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Full text of "166 HUME ( 2011). Ensayos Morales Políticos Y Literarios"

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Ensayos morales ■, 
políticos y literarios 

edición, prólogo y notas de Kllgene F. Miller 
traducción de Carlos Martín Ramírez 


«Hay aquí\ así pues , un incentivo suficiente para mantener con el mayor 
celo , en todo Estado libre\ las formas e instituciones que garantizan la 
libertad,\ respetan el bien común y restringen y castigan la avaricia y 
la ambición de determinados hombres . Nada honra más a la naturaleza 
humana que considerarla susceptible de tan noblepasión y y nada indica en 
un hombre la mezquindad de corazón tanto como verle carente de ella. 
Quien no ama más que a sí mismo, sin consideración para la amistad 
o el mérito , se hace merecedor de la crítica más severa ,, y quien sólo es 
propicio a la amistad\ sin estar dotado de espíritu público , o carece de 
consideración hacia la comunidad\ es deficiente en la parte más material 
de la virtud ». 

Las obras que en vida dieron fama como escritor a David Hume (1711-1776) 
no son las mismas que con posterioridad han consolidado su reputación 
como filósofo. Entre las primeras se cuentan estos Ensayos morales, políticos 
y literarios , cuya preparación y revisión ocupó a Hume durante toda su 
vida adulta hasta su muerte, a lo largo de sucesivas ediciones, corregidas 
y ampliadas personalmente por él. Las palabras de su amigo John Holme 
resumen bien el interés de esta obra: «Sus Ensayos son a la vez populares 
y filosóficos; en ellos se unen, de una manera rara y feliz, la profundidad 
científica y el buen estilo literario». Como afirma Eugene F. Miller en 
el prólogo a la presente edición, «los ensayos de Hume no indican el 
abandono de la filosofía, como algunos han mantenido, sino que antes 
bien indican el intento de mejorarla haciendo que se ocupe de las preo¬ 
cupaciones de la vida común». 


ISBN 978-84-9879-169-3 




7 9 1 6 9 3 


9 








David Hume 

Ensayos morales^ políticosy literarios 
edición, prólogo y notas de 

Eugene F. Miller 

traducción de 

Carlos Martín Ramírez 


EDITORIAL TROTTA • LIBERTY FUÑO 



Esta publicación ha sido posible gracias al esfuerzo 
conjunto de Liberty Fund , Inc.,y Editorial Trotta 


COLECCIÓN 
LIBERTAD DE LOS ANTIGUOS 

LIBERTAD DE LOS MODERNOS 


Título original: 

Essays, moral, political, and literary 
O 1985,1987 by Liberty Fund- Reprintcd by permission 

8335 Allison Pointe Trail, Suite 300 
Indianapolis, IN 46250-1684 
TcL: 00-1-317-842-0880 
Fax:00-1-317-579-6060 
http^/vww.libertyfund-oig 

Diseño: Estudio Joaquín Gallego 

Quedan reservados todos los derechos para las ediciones en lengua española 

Editorial Trotta, S» A-, 2011 
Ferraz, 55.28008 Madrid 
Tel.: 915 430 361 
Fax: 915 431488 
e-mail: editorial# trotta.es 
http://www.trotta.es 


ISBN: 978-84-9879-169-3 
Depósito legal: S. 69-2011 
Impresión: Gráficas Varona, S.A. 


Ninguna parte de esta publicación, incluyendo el diseño general y el de la cubierta, 
puede *er copiada, reproducida, almacenada o transmitida de ninguna numero 
por ningún medio, ya tea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación, 
fotocopia, 0 por otro* medio*, sin la autoráuKkfo previa por escrito de <us titulare*. 


8 * 2 . 




CONTENIDO 


Prólogo: Eugene F. Miller . 9 

Nota del editor. 15 

Nota a la edición revisada.... *... 23 

Mi vida, por David Hume. 27 

Carta de Adam Smith, doctor en Derecho, a William Strahan, Esquive . 35 


ENSAYOS MORALES, POLÍTICOS Y LITERARIOS 
PARTE 1 


L De la delicadeza dei gusto y la pasión. 43 

II. De la libertad de prensa. 48 

IIL Que la política puede reducirse a ciencia. 52 

IV. De los principios primordiales del Gobierno .. 66 

V. Del origen del Gobierno. 70 

VI. De la independencia del Parlamento. 74 

VIL De si el Gobierno británico se inclina más hacia la monarquía 

absoluta o hacia una república. 78 

VIII. De los partidos en general. 83 

IX. De los partidos en Gran Bretaña. 91 

X. De la superstición y el entusiasmo. 98 

XI. De la dignidad o mezquindad de la naturaleza humana. 104 

XII. De la libertad civil. 110 

XIII. De la elocuencia. 118 

XIV. Del auge y el progreso de las artes y las ciencias. 128 

XV. El epicúreo. 149 

XVI. El estoico. 156 

XVII. El platónico. 163 

XVIII. El escéptico. 166 

XIX. De la poligamia y el divorcio. 183 

XX. De la sencillez y el refinamiento en la escritura. 191 

XXL De los caracteres nacionales. 196 

XXIL De la tragedia. 211 

XXIIL De la norma del gusto. 219 


7 






























CONTENIDO 


ENSAYOS MORALES, POLÍTICOS Y LITERARIOS 
PARTE II 

I. Del comercio.*. 241 

II. Del refinamiento en las artes. 253 

III. Del dinero. 264 

IV. Del interés. 275 

V. De la balanza comercial. 285 

VI. De la suspicacia respecto al comercio .. 300 

VII. Del equilibrio del poder. 304 

VIII. De los impuestos. 312 

IX. Del crédito público. 317 

X. De algunas costumbres notables. 331 

XI. De lo populoso de las naciones antiguas. 340 

XII. Del contrato original. 405 

XIII. De la obediencia pasiva. 423 

XIV. De la coalición de partidos. 427 

XV. De la sucesión protestante. 434 

XVI. Idea de una república perfecta. 442 

ENSAYOS RETIRADOS E INÉDITOS 

I. De escribir ensayos. 459 

II. De los prejuicios morales. 463 

III. De la posición media en la vida. 468 

IV. Del descaro y la modestia. 473 

V. Del amor y el matrimonio. 477 

VI. Del estudio de la historia. 482 

VII. De la avaricia. 487 

VIII. Una caracterización de sir Robert Walpole. 491 

IX. Del suicidio. 493 

X. De la inmortalidad del alma. 503 

Variantes de texto. 511 

Indice de materias . 553 


8 































PRÓLOGO 


Eugene F. Miller 


La grandeza de David Hume fue reconocida en su época, como es re¬ 
conocida hoy. Pero las obras que le hicieron famoso no son, ni con 
mucho, las mismas en las que se basa su reputación en la actualidad. 
Dejando aparte sus Investigaciones 1 que se leían mucho, igual que ocu¬ 
rre ahora, a Hume se le conoce hoy principalmente por su Tratado de la 
naturaleza humana (Treatise of Human Nature ) 1 2 3 y los Diálogos sobre la 
religión natural (Dialogues Concerning Natural Religión) 2 . Por el con¬ 
trario, la mayor parte de los lectores prestan hoy escasa atención a los 
varios libros de ensayos y a su Historia de Inglaterra 4 , que son las obras 


1. La Investigación sobre el entendimiento humano (An Enquiry Concerning Hu¬ 
man Understanding) se publicó por primera vez con este título en la edición de 1758 de 
los Ensayos y tratados sobre varios temas (Essays and Treatises on Several Subjects). Pre¬ 
viamente se había publicado varias veces, a partir de 1748, con el título de Ensayos /f- 
losó/icos sobre el entendimiento humano (Philosophical Essays Concerning Human Un¬ 
derstanding). Investigación sobre los principios de la moral (An Enquiry Concerning the 
IPrincipies of Moráis) vio la luz en 1751. Esta información, y alguna otra, respecto a las 
distintas ediciones de la obra de Hume las he sacado de dos fuentes: X E. Jcsson, A Biblio- 
g r aplry of David Hume and of Scottish Philosophy , New York: Russell and Russell, 1966, y 
William B. Todd, «David Hume. A Preliminary Bibliography», en íd. (ed.), Hume and the 
hdightenment % Edinburgh/Austin, Texas: Edinburgh University Press/Human Research 
Center, 1974, pp. 189-205. 

2. Los libros I y II del Tratado se publicaron en 1739; el libro III, en 1740. 

3. Hume escribió los Diálogos hacia 1750, pero decidió no publicarlos en vida. Al 
no mostrarse dispuesto Adam Smith a asumir la responsabilidad de la publicación pós- 
tuma. Hume la confió a su propio editor, William Strahan, estableciendo que se le enco¬ 
mendara a su sobrino David, si Strahan no los publicaba en el plazo de dos años y medio 
después de su muerte. Cuando Strahan declinó cumplir el encargo, David organizó la pu¬ 
blicación en 1779. 

4. La Historia de Hume se publicó entre 1754 y 1762, en seis tomos, que empe¬ 
zaban por los reinados de los Estuardo y retrocedían después a la época de los Tudor y 


9 



EUGENE F. MtLLER 


que sus contemporáneos leyeron con avidez. Si se quiere obtener una 
visión equilibrada del pensamiento de Hume es necesario estudiar los 
dos grupos de obras. Si omitiéramos los ensayos o la Historia , nuestra 
visión de los propósitos y los logros de Hume sería probablemente tan 
incompleta como la de sus contemporáneos que no leyeron el Tratado 
o los Diálogos. 

La preparación y revisión de sus ensayos ocupó a Hume durante 
toda su vida adulta. En los últimos años de la tercera década de su 
vida, después de terminar tres libros de su Tratado , empezó a publicar 
ensayos sobre temas morales y políticos. Sus Ensayos morales y políticos 
(Essays, Moral and Political) los publicó en 1741 Alexander Kincaid, 
principal editor de Edimburgo 5 . Un segundo tomo de ensayos apare¬ 
ció con el mismo título a principios de 1742 6 , y más tarde se publicó, 
aquel mismo año, una «Segunda edición. Corregida» del primer tomo. 
En 1748 aparecieron tres ensayos más en un pequeño volumen publica¬ 
do en Edimburgo y Londres 7 . Es notable por ser la primera de las obras 
de Hume publicada con su nombre, así como por marcar el comienzo 
de su relación con Andrew Millar como su principal editor londinense. 


anterior. Una «Nueva edición. Corregida»*, con los seis volúmenes ordenados cronológi¬ 
camente, apareció en 1762, y llevaba por título Historia de Inglaterra , desde la invasión 
de Julio César hasta la Revolución de 1688 (The History of England, From the Invasión of 
Julias Ceasar to The Revolution ¡n 1688). 

5. Esta edición contenía los siguientes ensayos: 1) «De la delicadeza del gusto y la 
pasión»; 2) «De la libertad de prensa»; 3) «Del descaro y la modestia»; 4) «Que la política 
pueda reducirse a ciencia»; 5) «De los principios primordiales del gobierno»; 6) «Del 
amor y el matrimonio»; 7) «Del estudio de la historia»; 8) «De la independencia del par¬ 
lamento»; 9) «De si el gobierno británico se inclina más hacia una monarquía absoluta o 
hacia una república»; 10) «De los partidos en general»; 11) «De los partidos en Gran Bre¬ 
taña»; 12) «De la superstición y el entusiasmo»; 13) «De la avaricia»; 14) «De la dignidad 
de la naturaleza humana», y 15) «De la libertad y el despotismo». Los ensayos números 3, 
6 y 7 no los reimprimió Hume después de 1760, y el ensayo número 13 no se reimprimió 
después de 1768. El título del ensayo 14 se cambió por el de «De la dignidad o mezquin¬ 
dad de la naturaleza humana» en la edición de 1770 de Ensayos y tratados sobre varios 
temas (Essays and Treatises on Several Subjects). El título del ensayo 15 fue cambiado por 
«De ia libertad civil» en la edición de 1758 de Ensayos y tratados. 

6. Esta edición contenía los siguientes ensayos: I) «De la escritura de ensayos»; 
2) «De la elocuencia»; 3) «De los prejuicios morales»; 4) «De la estación media de la 
vida»; 5) «Del auge y el progreso de las artes y las ciencias»; 6) «El epicúreo»; 7) «El estoi¬ 
co»; 8) «El platónico»; 9) «El escéptico»; 10) «De la poligamia y el divorcio»; 11) «De la 
sencillez y el refinamiento», y 12) «Caracterización de sir Robert Walpole». Los ensayos 1, 
3 y 4 los publicó Hume únicamente en esta edición. El ensayo 12 se imprimió como nota 
de pie de página de «Que la política puede reducirse a ciencia» en las ediciones publicadas 
entre 1748 y 1768, y se excluyó después de esta última fecha. 

7. Esta edición, que llevaba por título Tres ensayos morales y políticos (Three Es¬ 
says , Moral and Political ), contenía: 1) «De los caracteres nacionales»; 2) «Del contrato 
original», y 3) «De la obediencia pasiva». 


10 



PRÓLOGO 


Los tres ensayos se incorporaron a la «Tercera edición. Corregida» de 
Ensayos morales y políticos , que Millar y Kincaid publicaron aquel mis¬ 
mo año. En 1752, Hume publicó gran número de ensayos nuevos con 
el título de Discursos políticos ( Política! Discourses ), obra que cosechó 
tal éxito que conoció una segunda edición antes de terminar el año y 
una tercera en 1754 8 . 

A principios de la década de 1750 reunió Hume sus diversos ensa¬ 
yos, junto con otros de sus escritos, en una recopilación titulada Ensa¬ 
yos y tratados sobre varios temas . El tomo 1 (1753) de esta recopilación 
contiene los Ensayos morales y políticos , y el tomo 4 (1753-1754), los 
Discursos políticos. Las dos Investigaciones se reimprimieron en los to¬ 
mos 2 y 3. Hume conservó el título de Ensayos y tratados sobre varios 
temas en ediciones subsiguientes de sus obras completas, pero cambió 
algo el formato y el contenido. En 1758 apareció con este mismo título 
una edición en un solo tomo, y en 1760 y 1770 se publicaron sen¬ 
das ediciones en cuatro tomos. Ediciones en dos tomos vieron la luz 
en 1764, 1767, 1768, 1772 y 1777. La edición de 1758 fue la primera 
que agrupaba los ensayos bajo el encabezamiento «Ensayos morales, po¬ 
líticos y literarios» y los dividía en partes I y II. Con el tiempo se fueron 
añadiendo varios nuevos ensayos y otros escritos a esta recopilación 9 . 

Como vemos, los ensayos no tenían para Hume un interés casual. 
Trabajó en ellos de manera continuada desde aproximadamente 1740 
hasta su muerte en 1776. Hay treinta y nueve ensayos en la edición 
postuma de 1777 de Ensayos morales, políticos y literarios (tomo 1 de 
Ensayos y tratados sobre varios temas). Diecinueve de ellos proceden de 
los dos tomos originales de Ensayos morales y políticos (1741-1742). 
En 1777, estos ensayos de los tomos originales habían pasado por once 
ediciones. Se fueron añadiendo veinte ensayos, se suprimieron ocho 
y dos esperaron hasta la publicación postuma. A lo largo de toda su 

8. Esta edición contenía los siguiente ensayos: I) «Del comercio»; 2) «Del lujo»; 
1) -Del dinero»; 4) «Del interés»; 5) «De la balanza comercial»; 6) «Del equilibrio del 
poder»; 7) -De los impuestos»; 8) «Del crédito público»; 9) «De algunas costumbres no¬ 
tables»; 10) «De lo populoso de las naciones de la Antigüedad»; 11) «De la sucesión pro¬ 
testante», y 12) «Idea de una mancomunidad perfecta». El título del ensayo 2 se cambió 
en la edición de 1760 por el de «Del refinamiento de las artes». 

9. La edición de 1758 de Ensayos y tratados incorporaba, procedentes de una obra 
de 1757 que llevaba el título de Cuatro disertaciones {Four Di$ertations) y los ensayos «De 
la tragedia», «De la norma del gusto» y otras dos obras más; La historia natural de la 
religión (The Natural History of Religión ) y Disertación sobre las pasiones (A Dissertation 
un the Passions). Dos nuevos ensayos, «De la suspicacia respecto al comercio» y «De la 
coalición de partidos» se añadieron posteriormente a algunos ejemplares de la edición 
tic 1758 de Ensayos y tratados , y se incorporaron posteriormente a la edición de 1760. 
l-inalmeme, Hume preparó otro ensayo más, «Del origen del gobierno», para la edición 
que se publicaría de manera póstuma en 1777. 


II 



EUGENE F. MILLER 


vida, Hume siguió la práctica de supervisar cuidadosamente la publica¬ 
ción de sus obras y de corregirlas para las sucesivas ediciones. En 1776, 
aunque estaba gravemente enfermo, dispuso la edición postuma de sus 
manuscritos, incluidos los ensayos suprimidos «Del suicidio» y «De la 
inmortalidad del alma», y preparó para su editor William Strahan, las 
correcciones de las nuevas ediciones de su Historia de Inglaterra y sus 
Ensayos y tratados sobre varios temas. Cuando Adam Smith le visitó el 
8 de agosto de 1776, poco más de dos semanas antes de la muerte del 
filósofo, acaecida el 25 de agosto, le encontró todavía trabajando en 
la corrección de los Ensayos y tratados . Anteriormente, Hume había 
estado leyendo los Diálogos de los muertos , de Luciano, y especuló en 
broma con Smith sobre las excusas que podría ofrecer a Caronte para 
no subir a su barca. Una de las posibilidades consistía en decirle: «Mi 
buen Caronte: he estado corrigiendo mis obras para una nueva edición. 
Déjame un poco de tiempo para que pueda ver cómo recibe el público 
los cambios» 10 . 

Los ensayos de Hume tuvieron una calurosa acogida en Gran Bre¬ 
taña, en el continente, donde aparecieron numerosas traducciones al 
francés, el alemán y el italiano, y en Norteamérica. En su breve auto¬ 
biografía, Mi vida (My own Life) u y expone Hume su gran satisfacción 
con la recepción que el público brindaba a sus ensayos. La favorable 
respuesta al primer tomo de Ensayos morales y políticos , hizo que olvi¬ 
dara por completo su anterior frustración por la indiferencia con la que 
fue recibido por parte del público su Tratado de la naturaleza humana , 
y le complació que los Discursos políticos tuvieran una buena acogida 
desde el principio, tanto en su país como en el extranjero. Cuando, 
en 1763, Hume acompañó al conde de Hertford a París, para una estan¬ 
cia de veintiséis meses en calidad de secretario de la embajada británica, 
y posteriormente de encargado de negocios, descubrió que la fama de la 
que gozaba en la capital de Francia superaba cuanto podía haber espera¬ 
do. Fue objeto de muestras de cortesía «procedentes de hombres y mu¬ 
jeres de todo rango y categoría social». Pero la fama no fue la única ven¬ 
taja que consiguió Hume con sus publicaciones. En la década de 1760, 
«los derechos de autor que me pagaban los libreros excedían con mucho 
todo lo anteriormente conocido en Inglaterra. No sólo había consegui¬ 
do ser independiente, sino alcanzar una cierta opulencia». 

Los ensayos de Hume siguieron leyéndose mucho durante más de 
un siglo después de su muerte. Jesson establece una lista de dieciséis 
ediciones o reimpresiones de los Ensayos y tratados sobre varios temas 


10. Véase la carra enviada por Smith a William Strahan, incluida en la presente edi¬ 
ción, p. 35. 

11. Incluida en la presente edición, pp. 27-34. 


12 



PRÓLOGO 


publicadas entre 1777 y 1894 12 . (Son más de cincuenta las ediciones o 
reimpresiones de la Historia que se relacionan para ese mismo período.) 
Los Ensayos morales > políticos y literarios se incluyeron como tomo 3 
de Las obras filosóficas de David Hume (The Philosophical Works of 
David Hume) (Edinburgh, 1825, reimpresas en 1826 y 1854), y nue¬ 
vamente como tomo 3 de una posterior edición de T. H. Green y T. H. 
Grose, asimismo titulada Las obras filosóficas de David Hume (London: 
Longmans, Green and Co., 1874-1875; tomo 3, reimpreso en 1882, 
1889, 1898, 1907 y 1912). Se publicaron varias ediciones por separa¬ 
do de los Ensayos morales , políticos y literarios , incluida una de «The 
World’s Classics» (London, 1903, reimpresa en 1904). 

Estos detalles bibliográficos son importantes porque muestran la 
alta consideración en que el propio Hume y muchos otros tuvieron los 
ensayos, hasta el siglo xx. Sin embargo en los setenta años anteriores 
a la presente edición en inglés [1985], se han visto ensombrecidos, al 
igual que la Historia , por otras obras de Hume. Aunque algunos estu¬ 
dios recientes han vuelto a llamar la atención sobre la importancia de 
los Ensayos morales , políticos y literarios 1 * y ha sido difícil localizar la 
obra en sí en una edición adecuada. Algunos de los ensayos se han in¬ 
cluido en varias recopilaciones 14 . Pero, aparte de la presente edición, no 
ha aparecido ninguna edición completa de los Ensayos desde comienzos 
del siglo XX, salvo la reimpresión en 1903 de la edición de «The WorlcTs 
Classics» 15 y costosas reproducciones del conjunto de cuatro tomos de 
Philosophical Works , publicadas por Green and Grose. Al publicar esta 
nueva edición de los Ensayos —junto con la publicación en seis tomos 
de la Historia de Inglaterra 16 —, Liberty Fund pone nuevamente al al- 


12. Véase A Bibliography of David Hume and of Scottish Philosophy , pp. 7-8. 

13. Véanse John B. Stewart, The Moral and Political Philosopfry of David Hume , 
New York: Columbia University Press, 1963; F. A. Hayek, «The Legal and Political Phi¬ 
losophy of David Hume», en V. C. Chapell (ed.), Hume: A Coliection of Critical Essays , 
< .arden City, N. Y.: Doubleday, 1966, pp. 335-360; Duncan Forbes, Hume’s Philosophi - 
i al Politics , Cambridge: Cambridge University Press, 1975; David Miller, Philosophy and 
Ideology in Hume’s Political Thought , Oxford: Clarendon Press, 1981, y Donald W. Living- 
Mon, Hume’s Philosophy of Common Life % Chicago: University of Chicago Press, 1984. 

14. Véanse, por ejemplo, Essential Works of David Hume , ed. de Ralph Cohén, New 
York: Bantam Books, 1965; Of the Standard ofTaste, And other Essays , ed. de John W. 
l eu/., lndianapolis: Bobbs-Merrill, 1965; Writingson Economics y ed. de Eugene Rotwein, 
Madison: University of Wisconsin Press, 1955; Political Essays , ed. de Charles W. Hendel, 
lndianapolis: Bobbs-Merrill, 1953; Theory of Politics , ed. de Frederick M. Watkins, Edin- 
hurgh: Nelson, 1951, y Hume’s Moral and Political Philosophy , ed. de Henry D. Aiken, 
New York: Hafner, 1948. 

15. London: Oxford University Press, 1963. 

16. Tomos I y 2, lndianapolis: Liberty Fund, 1983; romos 3 y 4, 1984; los romos 
s y 6 se encuentran en preparación en la fecha de edición de la presente obra [en inglés 
(I VH5)|. Esta edición va acompañada de un prólogo de Witliam B. Todd. 


13 



EUGENE F. MILLER 


canee del lector moderno un aspecto del pensamiento de Hume que 
había sido descuidado. 

Muchos años después de la muerte de Hume, su amigo íntimo John 
Home escribió una semblanza de su personalidad, en la que hacía la 
siguiente observación: «Sus Ensayos son a la vez populares y filosóficos; 
en ellos se unen, de una manera rara y feliz, la profundidad científica 
y el buen estilo literario» 17 . Es una observación que indica por qué los 
ensayos de Hume gozaron de tan alta estima por parte de sus coetáneos, 
y por qué siguen mereciendo nuestra atención hoy. Su estilo es elegan¬ 
te y ameno, pero su temple y su contenido son totalmente filosóficos. 
Elaboran unas disciplinas científicas —la ciencia moral y política y la 
crítica— para las que el Tratado de la naturaleza humana establece una 
fundamentación. No fue simplemente un deseo de fama lo que llevó 
a Hume a abandonar el Tratado y buscar una audiencia más general para 
su pensamiento. Actuó en la creencia de que la relación entre los hom¬ 
bres de letras y los hombres de mundo iba en beneficio de unos y otros. 
Creía que la filosofía tenía todas las de perder cuando permanecía reclui¬ 
da en universidades y celdas, y aislada del mundo y de la buena compa¬ 
ñía. Los ensayos de Hume no indican el abandono de la filosofía, como 
algunos han mantenido 18 , sino que antes bien indican un intento de me¬ 
jorarla haciendo que se ocupe de las preocupaciones de la vida común. 

1 de octubre de 1984 


Eugene F. Miller, 

profesor de Ciencias Políticas 
(Universidad de Georgia, Athens, Georgia) 


17. John Home, A Sketch of the character of Mr. Hume and Diary of a Joumey frotn 
Morpeth to Bath , 23 de abril-1 mayo de 1776, ed. de David Fate Norton, Edinburgh: 
Tragara Press, 1976, p. 8. 

18. T. H. Grose, en sus observaciones introductorias a los Ensayos morales, políti¬ 
cos y filosóficos , admite que le había llamado la atención «la manera súbita en que había 
puesto fin a sus trabajos filosóficos» con la publicación del Tratado (véase «History of the 
Editions», en The Philosophical Works of David Hume , ed. de T. H. Green y T. H. Grose 
(nueva ed., London: Longmans, Green and Co., 1889], vol. 3, p. 75). Grose sostiene que 
Hume «carecía con seguridad de la disposición, y probablemente de capacidad» para la 
filosofía constructiva, una vez que había terminado la labor crítica o negativa del Tratado 
{ibid.y p. 76). Aunque era contraria a lo que el propio Hume dice acerca de sus obras de 
madurez, y de lo que han afirmado otros intérpretes respecto a sus capacidades, esta opi¬ 
nión era bastante común hacía finales del siglo xvin. Contribuyó a atraer hacia el Tratado 
la atención que merece, pero al mismo tiempo disuadía del estudio de las otras obras de 
Hume, en especial de los Ensayos como fuentes adecuadas de su filosofía. 


14 



NOTA DEL EDITOR 


Esta nueva edición de los Ensayos morales, políticos y literarios de 
Hume se basa en la edición de 1777. Es la edición de elección como 
texto original, ya que, aunque apareció de manera postuma, contiene 
las últimas correcciones hechas por el autor. Fue el texto que utilizaron 
T. H. Green y T. H. Grose para la versión de los Ensayos que incluye¬ 
ron en su edición de Las obras filosóficas de David Hume . Debido a las 
dificultades iniciales para obtener una fotocopia de la edición de 1777, 
utilizamos el texto de Green y Grose como ejemplar de! editor del pre¬ 
sente proyecto. Pero este ejemplar y las pruebas de lectura de la com¬ 
posición se corrigieron comparándolos con la fotocopia de la edición 
de 1777 que nos facilitó la Huntington Library de San Marino, Califor¬ 
nia. La presente edición contiene material que no estaba en la edición 
de los Ensayos de 1777: Mi vida , de Hume, la carta de Adam Smith a 
William Strahan, y los ensayos que Hume retiró antes de dicha edición 
o que suprimió a lo largo de su vida. A menos que se advierta otra cosa, 
estos materiales se reimprimen aquí tal como aparecen en Green y Gro¬ 
se y, a diferencia de los Ensayos propiamente dichos, no se han corregi¬ 
do comparándolos con las ediciones previas pertinentes. 

La edición de los Ensayos de Green y Grose se ha considerado por 
lo general la más fidedigna que existe 1 , y se ha convertido en la fuente 
estándar para los estudiosos. Sin embargo, una comparación detallada 
de dicha edición con la de 1777 muestra que la primera dista mucho 
de cumplir las normas de exactitud que hoy se adoptan en las ediciones 
críticas 2 . Hay cientos de casos en los que, de manera intencionada o no. 


1, Hace unos años observaba Roland Hall: «Los Ensayos morales , políticos y litera- 
mu de Hume no se han editado adecuadamente, y puede que el mejor texto siga siendo el 
Je las Obras filosóficas , editadas por Green y Grose». Véase Fifty Years of Hume Scholar- 
tbip: A Hibliographical Cuide , Edinburgh: Edinburgh University Press, 1978, p. 5. 

2. Petcr H. Nidditch dice: «En mi opinión un estándar de exactitud del texto (par- 
i temió de material impreso), ofrecido por un editor que trabaja sin ayuda, es de un pro- 


15 



EUGENE F. MILLER 


se aparta del texto de la edición de 1777. Comparando la «Nueva edi¬ 
ción» de Creen y Grose, en la impresión de 1889, con el texto de 1777, 
encontramos, como mínimo, 100 casos de incorrecciones (palabras que 
faltan, que se añaden o que se cambian), 175 casos de errores de pun¬ 
tuación y 75 casos de errores en el uso de las mayúsculas. Probablemen¬ 
te son intencionados más de 100 cambios en la ortografía de Hume, 
el uso de signos, uniones de palabras, formato de las comillas, etc. Al 
menos 25 erratas que aparecían en la edición de 1777 se corrigen sin 
advertencia alguna en la de Green y Grose, y también se corrigen algu¬ 
nos pasajes en griego. Las diferencias más importantes con respecto a 
la edición de 1777 se producen en las notas a pie de página de Hume, 
en las que sus citas se cambian o se aumentan libremente. Sólo hacia el 
final del tomo, en una última nota al ensayo de Hume «De lo populo¬ 
so de las naciones de la Antigüedad», informan Green y Grose al lector 
de que se han hecho tales cambios. Los ensayos de Hume tienen mu¬ 
chas largas notas a pie de página, y hay por lo menos siete ocasiones 
en las que Green y Grose, sin advertencia ni explicación alguna, no im¬ 
primen la versión de las notas de 1777, sino una versión diferente pro¬ 
cedente de una edición anterior, y producen considerables variaciones 
en el texto, la puntuación y la ortografía, además de las que ya hemos 
mencionado. 

En la preparación de esta nueva edición de los Ensayos morales , 
políticos y literarios , el objetivo primordial ha sido la fidelidad al tex¬ 
to de la edición de 1777. En el original inglés se han conservado las 
peculiaridades de Hume en cuanto a la ortografía, la puntuación y el 
uso de mayúsculas, porque suelen tener importancia en relación con el 
sentido del texto 3 . El lector deberá saber que hay sin embargo algunas 


medio, en su primera edición, de dos usos ligeramente incorrectos de palabras y seis 
erratas por cada cuarenta mil palabras de texto. En la primera reimpresión, teniendo en 
cuenta la nueva revisión (por demás obligada), estos márgenes de error deberían reducirse 
a la mitad. Ésta es la norma que yo he adoptado en mi calidad de editor general de The 
Clarendott Edition of the Works ofjohn Locke, Oxford, 1975, en preparación». Véase 
An Apparatus ofVariant Readings for Humes's Treatise of Human Nature y Department of 
Philosophy, University of Sheffield, 1976, p. 34. 

3. En la edición de 1777 de los Ensayos y tratados sobre varios temas de Hume, 
los nombres propios y los adjetivos de ellos derivados (p. ej., «Brjtish», «French») están 
impresos en versales, para la letra inicial, y versalitas. También se imprimen a veces de esta 
manera los nombres abstractos, con el fin de poner énfasis en ellos o señalar divisiones 
en la argumentación (p. ej. «Forcé», «Power», «Property», en «De los principios primor¬ 
diales del gobierno»; «Authority» y «Liberty», en «Del origen del gobierno»). Ocasional¬ 
mente, sin embargo hay palabras escritas por entero en versales («GOD») o totalmente en 
versalitas («1NTEREST», y «R1GHT», en «De los principios primordiales del gobierno». No se 
sabe a ciencia cierta hasta qué punto esto refleja la práctica de Hume en sus manuscritos, 
que difiere de las convenciones de la industria editorial coetánea. Pero, en cualquier caso. 
Hume tuvo la oportunidad de corregir el texto que acabó yendo a la imprenta. Dado que 


16 



NOTA DEL EDITOR 


diferencias menores de esta edición con respecto a la de 1777: 1) se han 
corregido sin advertencia errores tipográficos que aparecían en aquella 
edición; 2) los pasajes en griego se toman de la edición de Green y Gro- 
se, con corrección de los acentos; 3) las notas de pie de página están 
numeradas con números arábigos, en lugar de los signos utilizados por 
Hume; 4) mientras que las notas largas de Hume, en la edición de 1777, 
están señaladas con letras y reunidas al final del tomo, en la presente 
edición se colocan al pie de la página correspondiente, tal como se hacía 
en las anteriores ediciones de los Ensayos hasta 1770 (con el cambio de 
colocación ya no era oportuno iniciar cada nota con la primera palabra 
en mayúsculas); 5) mientras que en la edición de 1777 se utilizan dos 
tamaños de mayúsculas y de caja baja, en la presente edición se usa un 
solo tamaño de mayúsculas; y 6) se han suprimido en las citas las comi¬ 
llas continuadas en el margen izquierdo, adaptando el entrecomillado a 
la práctica tipográfica moderna. 

Signos utilizados en las notas 

Hay tres clases de signos utilizados en las notas [en la versión original 
inglesa]: 

A. Números en supraíndice . Un número arábigo voladito indica el 
número de la nota. Las notas del editor se encierran entre corchetes 
para distinguirlas de las del propio Hume. Otro tanto se hace con la 
información que se añade a las notas de Hume. 

El lector de los Ensayos no podrá por menos de sentirse impresio¬ 
nado ante la amplitud de la erudición de Hume. En los Efisayos Hume 
va más allá de las grandes obras de la filosofía y se adentra en todas las 
dreas del conocimiento. Se encuentra abundante evidencia de sus lectu¬ 
ras de los clásicos griegos y latinos, así como de su familiaridad con las 
obras literarias de los autores ingleses, franceses, italianos y españoles 
importantes. Los ensayos reflejan el conocimiento íntimo que Hume 
tenía no sólo de la historia de Gran Bretaña, sino también de la histo¬ 
ria europea en toda su extensión. Conocía los tratados importantes de 
las ciencias naturales, e investigó la literatura moderna sobre economía 
política. 

Hume intentaba que sus ensayos tuvieran una audiencia amplia. 
IVro, como daba por supuesto que sus lectores tendrían un amplío co¬ 
nocimiento de la literatura, la historia y los asuntos de actualidad, sus 
notas son escasas y superficiales de acuerdo con las normas de hoy. Con 
Irccuencia hace referencia a personas o acontecimientos sin explicar de 


« sus peculiaridades en el uso de mayúsculas pueden estar relacionadas con la interpreta- 
i ión del texto, se lian conservado en la edición original en inglés. [N. del E. español: en la 
presente edición en castellano se ha optado por suprimir este uso.] 


17 



EUGENE F. MILLER 


quiénes o de qué se trata. También ocurre que cite en lenguas distintas 
del inglés y que muchas veces no identifique el autor o la obra citados. 
Algunas veces cita mal las fuentes* o hace citas equívocas. No cabe duda 
de que el lector informado del siglo xvm podía llenar algunas de es¬ 
tas lagunas. Pero no puede seguir dándose por supuesta esta base de 
conocimientos. 

Mis notas y suplementos tienen por finalidad proporcionar algo de 
la información que el lector de hoy puede necesitar para entender los 
Ensayos de Hume. Puesto que espero que esta edición resulte útil a 
los estudiantes que comienzan y a los lectores en general* he tendido 
a preferir una información completa en estas anotaciones* aunque se 
incluyen en ellas muchas cosas que los especialistas en una u otra área 
de estudios del siglo xvm conocen. En primer lugar* he identificado per¬ 
sonas, lugares y acontecimientos a los que se refiere Hume. En segundo 
lugar, he aporrado traducciones de pasajes en lenguas extranjeras en 
aquellos casos en los que Hume no los traduce u ofrece una paráfra¬ 
sis aproximada en inglés. Las traducciones de autores griegos y latinos 
las he sacado de los correspondientes volúmenes de la Loeb Classical 
Library, que publica en Estados Unidos Harvard University Press, Cam¬ 
bridge, Massachusets, y, en Gran Bretaña, William Heinemann Ltd., 
Londres. En tercer lugar, ofrezco los datos de muchas citas o referencias 
que Hume no ofrece. He complementado además los escasos datos que 
proporciona Hume, con el fin de identificar autores* aportar las fechas 
de nacimiento y muerte de un autor o la fecha de publicación de una 
obra, proporcionar los datos completos de las fuentes citadas y especi¬ 
ficar, con la máxima aproximación posible, la localización en una obra 
en la que puedan encontrarse las citas o referencias. En aras de la uni¬ 
formidad, las citas de obras clásicas remiten a las ediciones Loeb. Dado 
que muchas veces estas ediciones dividen o disponen los materiales de 
manera diferente a como lo hacen las ediciones usadas por Hume, las 
citas de Loeb no siempre concuerdan con las de Hume. Por último* 
he añadido notas explicativas que hacen referencia a otros escritos de 
Hume cuando ello ayuda a clarificar la argumentación de un ensayo. 

B. Círculos en supraíndice . Un circulito en supraíndice junto a una 
palabra indica que el significado de ésta se especifica en el Glosario*. 
Este signo se utiliza cuando la palabra en cuestión aparece por primera 
vez en los Ensayos , y no suele repetirse a menos que la misma palabra 


* Aunque el Glosario incluido por el editor de la edición original ha resultado 
sumamente útil en la traducción, para establecer el significado exacto de muchos rérminos 
utilizados por Hume, no se ha incluido en la presente edición en castellano, puesto que 
estaba destinado a facilitar la comprensión al lector en lengua inglesa. Kn consecuencia no 
hemos utilizado este signo de advertencia. [N. del E. español. \ 


18 



NOTA DEL EDITOR 


se utilice otra vez con un significado diferente* En los Ensayos de Hume 
se encuentra un número bastante grande de palabras cuyo significado 
se ha vuelto oscuro o que han llegado a tener significados bastante di¬ 
ferentes de los que Hume intentaba darles. Me ha resultado inmensa¬ 
mente útil, para localizar significados del siglo XVIII, el Dictionary ofthe 
English Langnage de Johnson, que se publicó por primera vez en 1755 
y se revisó posteriormente con frecuencia. En la preparación del Glosa¬ 
rio me he servido específicamente de la undécima edición, corregida y 
revisada (Londres, 1816, 2 tomos). Las palabras están glosadas secuen- 
cialmente, en vez de por orden alfabético, porque su significado suele 
estar estrechamente relacionado con el contexto en el que aparecen. 
En aquellos casos en los que el Diccionario de Johnson resultaba inade¬ 
cuado he recurrido al Oxford English Dictionary (Oxford: Clarendon 
Press, 1961, 12 tomos). 

C. Letras de caja baja en supratndice . Una letra de caja baja vola- 
dita indica una variante del texto aparecida en una edición o ediciones 
previas de los Ensayos de Hume. Estas variantes se recogen al final del 
presente tomo. Tal como ya hemos observado, los Ensayos de Hume 
conocieron numerosas ediciones durante la vida del autor, y éste tra¬ 
bajó concienzudamente en su preparación para la imprenta. Además de 
añadir muchos nuevos ensayos y suprimir algunos de ellos, introdujo 
con frecuencia cambios en los ensayos de ediciones previas. Algunos de 
estos cambios tenían un carácter estilístico. Pero otros reflejaban modi¬ 
ficaciones sustanciales en las opiniones de Hume. 

Hoy entendemos por edición crítica de un texto, aquélla que coteja 
el texto que se toma como base con el de todas las demás ediciones, 
y registra de manera exhaustiva las variaciones textuales, formales y 
materiales. Dos excelentes ejemplos son la edición crítica de An Essay 
Concerning Human Understanding , de John Locke, realizada por Peter 
H. Nidditch (Oxford: Clarendon Press, 1975**) y la edición de Glas¬ 
gow de hiquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations , 
de Adam Smith (Oxford: Clarendon Press, 1979; Indianapolis: Liberty 


4. La Introducción y el Apéndice de la edición de Nidditch del Ensayo de Locke 
aporta una exposición muy útil de las técnicas y la terminología de la edición crítica, 
también es notable la labor editorial de Nidditch en algunas de las obras de Hume más 
importantes. Ha revisado los textos y añadido notas a las ediciones estándar de Selby- 
Ibggc Je Enquiñes Concerning Human Understanding, and Concerning the Principies of 
Moráis (Investigaciones sobre el entendimiento humano y sobre los principios de la moral), 
L J cd., Oxford: Clarendon Press, 1975, y el Treatise of Human Nature {Tratado de la na¬ 
turaleza humana), 2. a cd., Oxford: Clarendon Press, 1978. Nidditch trata los problemas 
dr editar a Hume y expone los méritos de varias ediciones de este autor en los textos 
.mtes mencionados, así como en An Apparatus ofVariant Kcadings for Hume's Treatise of 
I turnan Nature . 


19 



EUGENE F. MllLER 


Fund, 1981), cuyos editores generales son R. H. Campbell y A. S. Skin- 
ner y cuyo editor textual es W. B. Todd. Las dos ediciones contienen 
relaciones exhaustivas de las variantes de texto. 

La preparación de un aparato crítico para los Ensayos requeriría un 
cotejo de la edición de 1777 con cada una de las ediciones y el registro 
de cada variación textual, de puntuación, uso de mayúsculas, ortogra¬ 
fía, etc. Es una tarea que va más allá del alcance que quiere darse a la 
presente edición. No obstante, en la medida en que las variantes tex¬ 
tuales tienen importancia para la comprensión del desarrollo del pen¬ 
samiento de Hume, he reproducido las recogidas por Green y Grose en 
su edición de Ensayos morales , políticos y literarios , utilizando para tal 
fin la «Nueva edición», en su impresión de 1889. Sin duda tiene razón 
Nidditch en señalar que el «aparato de variantes de texto (de Green y 
Grose) es muy deficiente» 5 . Los editores no mencionan, por ejemplo, 
las variaciones formales, y está claro que no muestran todas las varian¬ 
tes materiales significativas. No obstante, su relación de variantes es 
bastante extensa, y debe ser suficiente por ahora. En la edición de Green 
y Grose, las variantes textuales aparecen como notas a pie de página. Yo 
las he reunido al final del tomo, con el fin de evitar su confusión con las 
notas de Hume y mis propias notas. 

Aunque he intentado conseguir un texto y unas notas libres de 
errores, soy de sobra consciente de la advertencia de Hume de que la 
perfección es improbable en las cosas que el hombre emprende. Agra¬ 
deceré las sugerencias que se me hagan para mejorar esta edición de los 
Ensayos de Hume. 


Agradecimientos 

Estoy en deuda con muchas personas por la ayuda que me han prestado 
en la preparación de la presente edición de los Ensayos morales , políti¬ 
cos y literarios de David Hume. Con permiso de la Huntington Libra- 
ry, San Marino, California, se reproduce en facsímil fp. 40 de la pre¬ 
sente edición esp.] la portada de la edición de 1777 de los Ensayos . La 
Huntington Library proporcionó asimismo la fotocopia de dicha edi¬ 
ción que se ha utilizado para corregir el texto de Green y Grose. El se¬ 
ñor Thomas V. Lange, conservador ayudante de la Huntington Library 
nos prestó una gran ayuda al aclararnos varias dudas. Reproducimos 
pasajes de varias ediciones de la Loeb Classical Library con autoriza¬ 
ción de Harvard University Press. Entre los colegas de la Universidad 
de Georgia que nos han prestado ayuda se cuentan Richard A. LaFleur, 
James C. Anderson, Edward E. Best, Robert 1. Curtís, Timothy N. Gantz 

5. En «Notas» a Enquiñes Conceming Human Understanding y and Conceming the 
Principies of Moráis, p. 348. 


20 



NOTA DEL EDITOR 


y Nancy F. Rubín, del Departamento de Clásicas; Francis Assaf, Vanni 
Bartolozzi y María Coceo, del Departamento de Lenguas Romances; 
Lee B. Kennett, Linda J. Piper y Kirk Willis, del Departamento de His¬ 
toria, y Rodney Baine, del Departamento de Inglés. El profesor LaFleur 
y las profesoras Rubin y Piper se prestaron de buen grado, en numero¬ 
sas ocasiones, a ayudarme en algunos puntos de las traducciones o con 
detalles históricos. Mi ayudante de investigación, Myrna Nichols, par¬ 
ticipó en varias tareas editoriales. Cuando consideré necesario consul¬ 
tar a académicos de otras universidades, tuve la generosa respuesta de: 
Alian Bloom, de la Universidad de Chicago; J. W. Johnson, de la Uni¬ 
versidad de Rochester; David M. Levy, de la Universidad George Ma¬ 
són; Arthur Stocker de la Universidad de Virginia; William B. Todd, de 
la Universidad de Texas; Frank W. Walbank de la Universidad de Cam¬ 
bridge, y Thomas G. West, de la Universidad de Dallas. Mi esposa, Eva 
Miller, me ha prestado ayuda de más maneras de las que me sería po¬ 
sible enumerar. La responsabilidad de los errores que puedan haberse 
deslizado en el proceso de edición es, desde luego, exclusivamente mía, 
y no se debe a nadie de cuantos me han prestado su colaboración, que 
aquí reconozco. 

En una etapa avanzada del proceso editorial resultó evidente que 
el texto base para los ensayos suprimidos por Hume, «Del suicidio» y 
«De la inmortalidad del alma», serían las galeradas de estos ensayos, con 
correcciones al margen del puño y letra de Hume, que se conservan en 
la Biblioteca Nacional de Escocia. Tengo que agradecer a los adminis¬ 
tradores de dicha Biblioteca la autorización para reproducir el texto de 
las galeradas, y a Thomas I. Rae, conservador de la Sección de Manus¬ 
critos, su oportuna ayuda para conseguir la fotocopia necesaria. 

El trabajo que he dedicado a esta edición de los Ensayos de Hume 
ha servido de poderoso recordatorio de que la labor intelectual requiere 
el apoyo de las instituciones, así como el de los individuos. Mi investi¬ 
gación sobre Hume ha contado con la ayuda y con muchas formas de 
estímulo de la Universidad de Georgia, en especial de sus bibliotecas, 
dirigidas por David Bishop, del Franklin College of Arts and Sciences, 
cuyo decano es W. Jackson Payne, y del Departamente de Ciencias Po¬ 
líticas, encabezado durante el período de la investigación por Loren 
P. Beth y Frank J. Thompson. El Comité de Pensamiento Social de la 
Universidad de Chicago es una segunda institución a la que estoy pro¬ 
fundamente agradecido. Hace muchos años, cuando preparaba mi tesis 
doctoral bajo el Comité, estudié por primera vez las obras de Hume en 
una investigación dirigida por Friedrich A. Hayek, Leo Strauss y Joseph 
(Topsey. El Comité de Pensamiento Social, en mayor medida que nin¬ 
gún otro programa académico que yo conozca, ha intentado recuperar 
la unidad y globalidad del conocimiento humano que se perdió con 


21 



EUGENE F. MILLER 


posterioridad al tiempo de Hume, con la división del conocimiento en 
departamentos o disciplinas. Estoy por último muy en deuda con el Li¬ 
berty Fund, por su buena disposición a patrocinar una nueva edición de 
los Ensayos de Hume y por confiarme su preparación. El fundador 
del Liberty Fund, Pierre F. Goodrich, sostenía que una sociedad libre 
depende de la libertad de investigación y que ésta depende, a su vez, de 
la disponibilidad de ediciones o traducciones fidedignas de los grandes 
libros, entre los que incluía los ensayos de Hume. 


E. F. M. 

Athens, Georgia 


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NOTA A LA EDICIÓN REVISADA 


El presente tomo ha sido totalmente revisado para esta nueva impresión. 
En primer lugar, el texto de los Ensayos morales , políticos y literarios 
se ha vuelto a comprobar cuidadosamente con fotocopias de las edicio¬ 
nes de 1772 y 1777 facilitadas por la Huntington Library. Se ha hecho 
buen número de correcciones, aunque rara vez afectan al significado de 
Hume. La edición de 1777 sigue siendo el texto base, pero la compara¬ 
ción con la edición de 1772 ha permitido detectar errores tipográficos 
que en la de 1777 no habrían podido distinguirse. En su compilación de 
las variantes de texto, Green y Grose no tuvieron en cuenta la edición 
de 1772 de los Ensayos morales , políticos y literarios , que aparecieron 
como primer tomo de los Ensayos y tratados sobre varios temas (nueva 
edición, Londres; impresa para T. Cadell, in the Strand, y A. Kincaid y 
A. Donaldson, en Edimburgo; 2 tomos). Una comparación de la edición 
de 1777 de Ensayos morales , políticos y literarios con la de 1772 mues¬ 
tra que Hume reelaboró cuidadosamente la última edición que preparó 
para la imprenta, haciendo a veces cambios importantes. 

En segundo lugar, he corregido los restantes escritos recogidos en 
el presente tomo sirviéndome de los textos base adecuados, con lo que 
he evitado toda dependencia de la edición de Green y Grose, poco fi¬ 
dedigna, salvo en lo que se refiere al uso de su aparato de variantes tex¬ 
tuales. Tengo que agradecer a la British Library por haberme facilitado 
fotocopias de la edición de 1777 de la «Vida» de Hume y de la «Carta» 
de Adam Smith, y a la Houghton Library de la Universidad de Harvard 
por las fotocopias, en sus impresiones finales, de los ensayos retirados 
por Hume. 

En tercer lugar, he rediseñado y corregido el índice de la primera 
edición. Por último, he hecho algunos cambios menores en el aparato 
editorial. Estoy en deuda con las siguientes personas por las sugerencias 
que me han hecho y que han resultado útiles en la preparación de esta 
edición revisada: John Danford, de la Universidad de Houston; Tilo¬ 
mas Pangle, de la Universidad de Toronto; Samuel Shaffer, de Nashville, 
Icnnessee, y M. A. Stewart, de la Universidad de Lancaster. 

Octubre de 1986 

E. F. M. 


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LA VIDA DE 

DAVID HUME, ESQUIFE 
ESCRITA POR ÉL MISMO 



MI VIDA 1 


Resulta difícil para un hombre hablar largo de su vida sin vanidad. En 
consecuencia, seré breve. Puede pensarse que ya constituye un caso de 
vanidad que yo pretenda siquiera escribir mi vida. Pero este relato con¬ 
tendrá poco más que la historia de mis escritos, ya que, en rigor, casi 
toda mi vida la he dedicado a actividades y ocupaciones relacionadas 
con la pluma. El primer resultado de la mayor parte de mis obras no fue 
tal que pudiera ser objeto de vanidad. 


1. [Esta autobiografía y la carta de Adam Smith a William Strahan se publicaron en 
marzo de 1777, con el título de The Ufe of David Hume, Esq. Written by Himself (Vida de 
David Hume, Esquife, Escrita por él mismo), impresa por W. Strahan y T. Cadell, London: 
in the Strand. En el momento en el que la biografía fue escrita, estaba ya bastante avan- 
zada la enfermedad que terminó con la vida de Hume el 25 de agosto de 1776. El 3 de 
mayo, Hume escribió a Adam Smith, a quien confió sus manuscritos: «Encontrará entre 
mis papeles una pieza muy inofensiva con el título de My own Life [Mí vida], que compuse 
unos días antes de salir de Edimburgo, cuando pensaba, al igual que todos mis amigos, 
que no había esperanza para mi vida. No hay inconveniente en que esta pequeña pieza se 
envíe a los señores Strahan y Cadell y a los propietarios de mis restantes obras para que la 
antepongan en futuras ediciones» (en J. Y. T. Greig, The Letters of David Hume, Oxford: 
Clarendon Press, 1932, vol. 2, p. 318). Preocupado porque Smith pudiera dilatar la publi¬ 
cación de este y de otros manuscritos, con fecha 7 de agosto añadió Hume un codicilo a 
su testamento, por el que dejaba todos sus manuscritos a Strahan y daba instrucciones es¬ 
pecíficas para su publicación. Respecto a Mi Vida decía: «El relato de mi vida deseo que se 
anteponga en la primera edición de mis obras que se imprima después de mi muerte, que 
probablemente será la que actualmente está en la imprenta» (en Greig, vol. 2, p. 453). En 
la edición de 1777 de Ensayos y tratados sobre varios temas no se incluyó la autobiografía, 
pero sí se añadió a la primera edición, póstuma, de la Historia de Inglaterra (1778). 

Al escribir su autobiografía. Hume preveía el intenso deseo por pane del público 
de sí, en vista de su escepticismo respecto a la religión revelada, afrontaría la muerte con 
tranquilidad filosófica. Fue en el contexto del debate público que siguió a la muerte de 
Hume cuando Adam Smith escribió su carta a William Strahan, en la que describe el 
tranquilo estado mental del filósofo durante sus últimos meses, y atestigua la fortaleza de 
su carácter. Con la publicación de esta carta, Smith mismo se convirtió en blanco de una 
extendida indignación por su aprobación de la manera de morir de Hume. Una década 


27 



LA VIDA DE DAVID HUME. ESQUI RE 


Nací el 26 de abril de 1711, al estilo tradicional, en Edimburgo. 
Era de buena familia, tanto por parte de padre como de madre. La fa¬ 
milia de mi padre es una rama del conde de Home, o de Hume, y mis 
antepasados habían sido, durante varias generaciones, propietarios de 
la hacienda que hoy posee mi hermano. Mi madre era hija de sir David 
Falconer, presidente del College ofjustice (Tribunal Supremo de Escocia 
e instituciones asociadas al mismo, como la Facultad de Abogados]. El 
título de Lord Halkerton lo heredó el hermano de mi madre. 

Mi familia, sin embargo, no era rica, y al ser yo uno de los hijos me¬ 
nores, mi patrimonio, de acuerdo con la costumbre de mi país, era desde 
luego muy escaso. Mi padre, al que se consideraba hombre de talento, 
murió siendo yo niño, dejándome, junto con un hermano mayor y una 
hermana, al cuidado de nuestra madre, mujer de singular mérito que, 
aunque era joven y atractiva, se consagró por entero a la crianza y edu¬ 
cación de sus hijos. Seguí, con éxito, el curso normal de mi educación, 
y muy pronto se despertó en mí una pasión por las letras que ha sido la 
pasión dominante de mi vida y la gran fuente de mis satisfacciones. Mi 
disposición para el estudio, mi sobriedad y mi laboriosidad, despertaron 
en mi familia la idea de que las leyes eran la profesión adecuada para 
mí, pero me dominaba una aversión insuperable a cuanto no fuera la 
filosofía y el conocimiento general y, mientras en mi familia pensaban 
que estaba estudiando a Voet y Vinnius, eran las obras de Cicerón y de 
Virgilio las que yo devoraba en secreto. 


más tarde escribía Smith: «Una simple y harto inofensiva hoja de papel, como a la sazón 
pensé, que escribí en relación con la muerte de nuestro amigo, el señor Hume, q.e.p.d., 
atrajo sobre mí diez veces más insultos que los violentos ataques que he dedicado a todo el 
sistema comercial de Gran Bretaña» (citado en Ernest Campbell Mossner, The Ufe of Da¬ 
vid Hume , Edinburgh: Thomas Nelson and Sons, 1954, p. 605). Los ataques a la Vida de 
Hume y a la Carta de Smith los exponen Mossner, The Ufe of David Hume , pp. 604-607, 
620-622, y T. H. Grose en la «Historia de las ediciones», con que comienza la edición de 
los Ensayos: morales ; políticos y literarios de Hume, London: Longmans Creen and Co., 
1889, vol. l,pp. 80-84. 

Casi todas las impresiones que se han hecho de la Vida de Hume y de la Carta de 
Smith, incluida la de Green y Grose, han seguido la edición de 1777. Una versión fiable 
de la edición de i 777 se encuentra en la «Segunda edición» de Norman Kcmp Smith de 
los Diálogos sobre la religión natural de Hume, Edinburgh: Nelson, 1947, c Indianapo- 
lis: Bobbs-Merrill, s.a., pp. 231-248. He comparado la versión de Green y Grose con 
la de 1777 y he corregido algunos errores de texto y de puntuación. En el caso de la 
Vida de Hume, se conserva el manuscrito, y se ha reproducido en Greig, Letters , vol. 1, 
pp. 1 -7, y en Mossner, Life of David Hume , pp. 611-615. La primera versión impresa de 
MÍ vida , y las sucesivas impresiones basadas en ella, difieren marcadamente de la versión 
del manuscrito en puntuación, uso de mayúsculas y ortografía, y hay también impor¬ 
tantes diferencias textuales. Es evidente que Hume no tuvo la oportunidad de corregir 
la versión impresa. Menciono estas diferencias textuales en los lugares apropiados del 
presente texto.] 


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MI VIDA 


Sin embargo, como lo escaso de mis medios hacia que éstos resul¬ 
taran inadecuados para este plan de vida, y como mi salud estuviera 
algo quebrada por mi ardiente aplicación, me sentí tentado, o más bien 
obligado, a hacer un débil intento por acceder a un escenario de vida 
más activo. En 1734 fui a Bristol, con algunas cartas de recomendación 
para comerciantes eminentes, pero sólo tardé unos meses en comprobar 
lo inadecuado que aquél escenario resultaba para mí. Pasé a Francia, 
con la intención de proseguir mis estudios en un retiro campestre, y allí 
tracé el plan de vida que he seguido con regularidad y con éxito. Resolví 
que una estricta frugalidad supliera la escasez de mi fortuna, mantener 
intacta mi independencia y considerar despreciable todo otro fin que no 
fuera la mejora de mi talento como escritor. 

Durante mi retiro en Francia, primero en Reims, pero sobre todo 
en La Fleche, en Anjou, compuse mi Tratado de la naturaleza humana . 
Después de pasar tres años muy agradables en el campo, me trasladé 
a Londres en 1737. A finales de 1738 publiqué mi Tratado e inme¬ 
diatamente me fui con mi madre y mi hermano, que vivían en la casa 
de campo de éste. Mi hermano se dedicaba, con gran juicio y éxito, a 
mejorar su hacienda. 

Jamás intento literario alguno tuvo peor fortuna que mi Tratado de 
la naturaleza humana . Nació muerto desde que salió de la prensa , sin el 
mérito de provocar siquiera un murmullo entre los fanáticos. Pero, es¬ 
tando dotado por la naturaleza de un temperamento alegre y optimista, 
me recuperé muy pronto del golpe y proseguí con gran ardor mis estu¬ 
dios en el campo. En 1742 imprimí en Edimburgo la primera parte de 
mis Ensayos. La obra tuvo una acogida favorable, y no tardé en olvidar 
por completo mi anterior decepción. Seguí con mi madre y mi hermano 
en el campo, y en aquel tiempo recuperé mis conocimientos de la len¬ 
gua griega, que había descuidado en mi primera juventud. 

En 1745 recibí una carta del marqués de Annandale invitándome 
a ir a Inglaterra y vivir en su casa. Hallé asimismo que los amigos y la 
familia del joven noble estaban deseosos de ponerle bajo mi cuidado y 
dirección, puesto que el estado de su mente y su salud lo requerían. Viví 
con él doce meses. Los puestos que ocupé por aquel tiempo supusieron 
un considerable incremento de mi pequeña fortuna. Recibí una invita¬ 
ción del general St. Clair para trabajar con él como secretario 2 , en una 
misión cuyo destino iba a ser iniciaímente Canadá, pero que acabó sien¬ 
do un lugar en la costa de Francia. Al año siguiente, es decir, 1747, re¬ 
cibí una invitación del general para asistirle en su destino militar en las 
embajadas de Viena y Turín. Vestía yo entonces 3 uniforme de oficial, y 

2. [El manuscrito de Hume dice: para asistirle como secretario.) 

3. (El manuscrito de Hume: Allí vestía.) 


29 



LA VIDA DE DAVID HUME. ESQUIRE 


fui presentado en las cortes correspondientes como ayudante de campo 
del general, junto con sir Harry Erskine y el capitán Grant, actualmente 
general Grant. Estos dos años fueron casi la única interrupción que han 
sufrido mis estudios durante el curso 4 de mi vida. Los pasé de manera 
agradable y en buena compañía, y los nombramientos que recibí, junto 
con mi frugalidad, me permitieron alcanzar una fortuna que para mí 
suponía la independencia, aunque la mayor parte de mis amigos se in¬ 
clinaban por sonreír cuando me oían decirlo. En resumen, ahora poseía 
cerca de mil libras 5 . 

Siempre he creído que la falta de éxito que tuve con la publicación 
del Tratado sobre la naturaleza humana se debió en mayor medida a la 
forma que a la materia, y que había sido culpable de una falta de discre¬ 
ción muy habitual al dar mi obra a la imprenta demasiado pronto. En 
consecuencia, vertí la primera parte de la obra mencionada en la Inves¬ 
tigación sobre el entendimiento humano , que se publicó mientras yo 
me encontraba en Turín. Pero este nuevo libro tuvo al principio poco 
más 6 éxito que el Tratado de la naturaleza humana . A mi vuelta de Italia 
tuve la mortificación de encontrar a toda Inglaterra en efervescencia en 
relación con la Free Etiquiry [Libre investigación] del doctor Middleton, 
mientras se pasaba por alto mi obra, sin hacerle el menor caso. Una nue¬ 
va edición de mis Ensayos morales y políticos que se había publicado en 
Londres no tuvo mejor acogida. 

Pero es tal la fuerza del temperamento natural que estas decepcio¬ 
nes dejaron poca o ninguna impresión en mí. En 1749 me fui a vivir 
durante dos años con mi hermano, en su casa rural, pues mi madre ha¬ 
bía muerto entre tanto. Allí compuse la segunda parte de mis Ensayos y 
a la que di el título de Discursos políticos , e hice una nueva versión de 
mi Investigación sobre los principios de la moral , que es otra parte de mi 
tratado. Entre tanto, mi librero, A. Millar, me informó de que mis an¬ 
teriores publicaciones (todas menos el desdichado Tratado) estaban em¬ 
pezando a convertirse en tema de conversación, que gradualmente iban 
aumentando las ventas y que se demandaban nuevas ediciones. Al año 
se producían dos o tres respuestas de reverendos y obispos y, gracias a 
la recriminación del doctor Warburton, averigüé que mis libros empeza¬ 
ban a ser estimados en buena compañía. Estaba sin embargo firmemente 
decidido —decisión que he mantenido de manera inflexible— a no res¬ 
ponder nunca a nadie y a no ser muy irascible en mi temperamento. No 
me ha sido difícil mantenerme al margen de toda disputa literaria. Estos 
síntomas de una creciente reputación me daban ánimos, ya que estaba 

4. [El manuscrito de Hume: en el curso.) 

5. [El manuscrito de Hume: libra.) 

6. [Manuscrito de Hume; apenas poco más.) 


30 



MI VIDA 


siempre más dispuesto a ver el lado favorable de las cosas que su lado 
desfavorable, actitud mental cuya posesión resulta más afortunada que 
nacer con una herencia de diez mil libras anuales. 

En 1751 dejé el campo para ir a vivir a la ciudad, verdadero esce¬ 
nario para un hombre de letras. En 1752 se publicaron en Edimburgo, 
donde a la sazón residía, mis Discursos políticos , la única de mis obras 
que tuvo éxito en la primera edición. Fue bien acogida en el extranjero 
y en Gran Bretaña. Aquel mismo año se publicó en Londres mi Investi¬ 
gación sobre los principios de la moral , que en mi opinión (no debería 
ser quién para juzgar sobre este tema), es sin comparación el mejor de 
todos mis textos, históricos, filosóficos o literarios. Vino al mundo in¬ 
advertido e inobservado. 

En 1752, la Facultad de abogados me eligió bibliotecario, cargo con 
escasa o ninguna remuneración, pero que me ponía al frente de una gran 
biblioteca. Fue entonces cuando concebí el plan de escribir la Historia 
de Inglaterra . Mas, como me asustaba la idea de proseguir un relato a lo 
largo de un período de 1.700 años, comencé por el ascenso de la casa de 
los Estuardo, época en la que, según pensaba, comenzaron principalmen¬ 
te a producirse las tergiversaciones de las facciones. Confieso que tenía 
expectativas optimistas en cuanto al éxito de esta obra. Pensaba que era 
el único historiador que no había tenido en cuenta el poder, los intereses 
y la autoridad del momento y, simultáneamente, el clamor de los pre¬ 
juicios populares. Y, como el tema es adecuado a todas las capacidades, 
esperaba un aplauso en proporción. Tanto más miserable fue mi decep¬ 
ción: me rodeó un clamor de reproches, desaprobación e incluso de 
aborrecimiento; ingleses, escoceses e irlandeses, whigs [liberales] y tories 
(conservadores], eclesiásticos y sectarios, librepensadores y religiosos, 
patriotas y cortesanos, se unieron contra el hombre que había pretendi¬ 
do verter una generosa lágrima por la suerte de Carlos I y del conde de 
Strafford y, una vez que hubieron pasado los primeros borbotones de su 
furia 7 , lo que todavía era más mortificante, el libro pareció hundirse en 
el olvido. El señor Millar me dijo que en doce meses había vendido tan 
sólo cuarenta y cinco ejemplares. Y, en rigor, yo apenas supe de un hom¬ 
bre en los tres reinos, digno de consideración por su posición o sus cono¬ 
cimientos, que fuera capaz de soportar el libro. Únicamente el primado 
de Inglaterra, el doctor Herring, y el primado de Irlanda, el doctor Sto- 
ne, parecieron constituir dos raras excepciones. Estos dignos prelados, 
por separado, me hicieron llegar mensajes de que no me desanimara. 

He de confesar, no obstante, que fui presa del desánimo y, de no 
haber estado entonces en guerra Francia e Inglaterra, sin duda me habría 


7. [Manuscrito de Hume: esta Furia.) 


31 



LA VIDA DE DAVID HUME, ESQUIFE 


retirado a alguna ciudad de provincias del primero de estos reinos, habría 
cambiado de nombre y nunca habría retornado al país de mi nacimiento. 
Mas, como este plan no fuese viable en aquel momento, y como tenía 
bastante avanzado un segundo tomo, decidí cobrar valor y perseverar. 

En el intervalo publiqué en Londres mi Historia natural de la reli¬ 
gión , junto con algunos otros pequeños escritos. Su recepción pública 
fue bastante oscura, excepto por parte del doctor Hurd, que escribió un 
panfleto contra ella con toda la antiliberal petulancia, arrogancia e inso¬ 
lencia que distinguen 8 a la escuela de Warburton. El panfleto me propor¬ 
cionó algún consuelo frente a la indiferencia con que la obra fue recibida. 

En 1756, dos años después de la salida del primer tomo de mi H/s- 
toria y se publicó el segundo, que comprendía el período que va desde 
la muerte de Carlos I hasta la Revolución. Este tomo pareció disgustar 
menos a los liberales. No sólo se sostuvo, sino que pareció ayudar en la 
difusión a su desdichado hermano. 

Mas, como la experiencia me ha ensañado que el partido liberal tie¬ 
ne la prerrogativa de otorgar todos los puestos, tanto en el Estado como 
en la literatura, me sentía tan poco inclinado a ceder a su insensato cla¬ 
mor que, en más de cien cambios, que introduje como consecuencia de 
ulteriores estudios, lecturas o reflexiones, en relación con los reinados 
de los dos primeros Estuardo, todos estaban invariablemente a favor de 
los conservadores. Resulta ridículo considerar la constitución inglesa 
antes de aquel período como un plan regular de libertad. 

En 1759 publiqué mi historia de la casa de los Tudor. El clamor 
que se suscitó en contra de esta obra fue casi igual al que se suscitara 
contra la historia de los dos primeros Estuardo. El reinado de Isabel 
resultaba especialmente detestable. Pero yo era ya insensible frente a las 
impresiones de la insensatez pública y proseguí, con suma tranquilidad 
y satisfacción, en mi retiro de Edimburgo, hasta finalizar, en dos tomos, 
la parte anterior de la historia de Inglaterra, que saqué a la luz pública 
en 1761, con éxito aceptable y algo más que aceptable. 

Pero, no obstante la variedad de vientos y estaciones a las que se vie¬ 
ron expuestas mis obras, habían conseguido tales avances que los dere¬ 
chos de autor que me pagaban los libreros excedían con mucho todo lo 
anteriormente conocido en Inglaterra. No sólo había conseguido ser in¬ 
dependiente, sino alcanzar una cierta opulencia. Me retiré, a Escocia, 
mi país de nacimiento, decidido a no volver a pisar fuera de él, y con 
la satisfacción de no haber preferido nunca hacer solicitud alguna a un 
hombre importante, ni intentado entablar amistad con ninguno. Esta¬ 
ba ahora en los cincuenta, y pensaba pasar el resto de mi vida de esta 
filosófica manera cuando, en 1763, recibí una invitación del conde de 

8. [Manuscrito de Hume: distingue.) 


32 



MI VIDA 


Hertford 9 , al que no conocía en absoluto, proponiéndome que le asis¬ 
tiera en su embajada en París, con la perspectiva cercana de ser nombra¬ 
do secretario de la embajada y, entre tanto, de desempeñar las funciones 
de tal. Aunque era tentadora rechacé inicialmente la oferta, tanto por¬ 
que era reacio a relacionarme con los grandes como porque tenía miedo 
de que la vida social y la alegre compañía de París resultaran desagrada¬ 
bles para una persona de mi edad y humor. Pero como su señoría repi¬ 
tiera la invitación decidí aceptarla. Tengo todas las razones, tanto por lo 
placentero como por el interés, para considerarme afortunado por las 
relaciones que mantuve con aquel noble y posteriormente con su her¬ 
mano, el general Conway. 

Quienes no hayan contemplado los extraños efectos 10 de las modas 
nunca imaginarán la acogida que tuve en París, por parte de hombres 
y mujeres de todo rango y posición. Cuanto más me resistía 11 a sus 
excesivas cortesías, tanto más me abrumaban con ellas. Vivir en París 
proporciona, no obstante, una satisfacción verdadera, derivada del gran 
número de personas sensibles, con conocimientos y corteses, que abun¬ 
dan en dicha ciudad 12 más que en cualquier otro lugar del universo. Una 
vez llegué a pensar en establecerme allí para toda la vida. 

Fui nombrado secretario de la embajada y, en el verano de 1765, 
dejó la misión diplomática lord Hertford, al ser nombrado Lord Lieu - 
tenant [vicerrey] de irlanda. Fui encargado de negocios hasta la llegada 
del duque de Richmond hacia finales del año. Abandoné París a co¬ 
mienzos de 1766 y el verano siguiente me dirigí a Edimburgo con la 
misma intención anterior de enterrarme en un retiro filosófico. Volví a 
aquel lugar, no más rico, pero con mucho más dinero y unos ingresos 
muy superiores que cuando lo había dejado, gracias a la amistad de lord 
Hertford, y estaba deseoso de probar lo que podía producir lo super- 
tluo, como previamente había hecho el experimento de desarrollar una 
competencia. Pero en 1787, recibí del señor Conway una invitación 
para ser subsecretario, invitación que tanto por tratarse de quien se 
trataba como por mi relación con lord Hertford no me fue posible re¬ 
chazar. Volví a Edimburgo en 1769 con gran opulencia (pues tenía unos 
ingresos de 1.000 /. !3 anuales), bien de salud y, aunque algo metido en 
años, con la perspectiva de disfrutar largamente de una vida desahogada 
y ver incrementarse mi reputación. 

En la primavera de 1775 sufrí un trastorno intestinal que al principio 

9. [Manuscrito de Hume: lord Hertford.) 

10. [Manuscrito de Hume: efecto.] 

11. [Manuscrito de Hume: rehuía.] 

12. (Manuscrito de Hume: la ciudad.] 

13. (Manuscrito de Hume: libras.) 


33 



LA VIDA DE DAVID HUME. ESQUtRE 


no me causó alarma, pero que después, como he llegado a saber, ha deve¬ 
nido en mortal e incurable. Ahora cuento con un rápido final. He sufrido 
muy poco dolor como consecuencia de mi trastorno y, lo que es más ex- 
rraño, a pesar del deterioro de mi persona, no he sufrido ni un momento 
de abatimiento del ánimo. Hasta el punto de que si he de mencionar un 
período de mi vida por el que preferiría pasar de nuevo, podría sentirme 
tentado a señalar este último. Tengo el mismo ardor de siempre por el 
estudio, y encuentro el mismo placer en la compañía. Considero ade¬ 
más que un hombre de sesenta y cinco años, al morir, no hace más que 
acortar unos cuantos años de achaques. Y, aunque veo muchos indicios 
de que finalmente se inicie una época de mayor lustre para mi carrera 
literaria, sabía que no me quedarían 14 sino unos años más para disfrutar¬ 
la. Es difícil sentir mayor despego hacia la vida del que yo siento ahora. 

Para concluir históricamente con mi carácter, soy, o más bien he 
sido (pues tal es el estilo que debo usar ahora al hablar de mí mismo, el 
que más me anima a expresar mis sentimientos); he sido, digo, un hom¬ 
bre de apacible disposición, con control de su temperamento, de un hu¬ 
mor abierto, sociable y alegre, capaz de sentir apego, pero poco suscep¬ 
tible a la enemistad, y con gran moderación en todas mis pasiones. Ni 
siquiera mi afición a la fama literaria, mi pasión dominante, agrió nun¬ 
ca mi carácter 15 , a pesar de mis frecuentes decepciones. Mi compañía 
no resultaba inaceptable a los jóvenes y los despreocupados, como tam¬ 
poco a los estudiosos y aficionados a las letras. Y, como he hallado un 
particular placer en el trato con mujeres recatadas, no he tenido razón 
alguna para sentirme disgustado con la acogida que encontré en ellas. 
En una palabra, aunque la mayoría de los hombres que de algún modo 
han sido eminentes han hallado razones para quejarse de la calumnia, 
yo nunca fui tocado, ni siquiera atacado por sus siniestras fauces y, aun¬ 
que sobradamente me expuse a la ira de facciones, tanto civiles como 
religiosas, parecía desarmarles mi despreocupación por su habitual en¬ 
furecimiento. Mis amigos nunca tuvieron ocasión de justificar en ningu¬ 
na circunstancia mi carácter ni mi conducta, y no es que los fanáticos, 
como bien podemos suponer, no se hubieran alegrado de inventar y 
propagar cualquier historia en detrimento de mí, sino que nunca pudie¬ 
ron hallar ninguna que pensaran que tendría visos de probabilidad. No 
puedo decir que no haya nada de vanidad en esta oración fúnebre por 
mí mismo. Pero espero que no esté fuera de lugar, cuestión que es fácil 
de esclarecer y comprobar. 

18 de abril de 1776 

14. [Manuscrito de Hume: sabía que no tendría.] 

15. [Manuscrito de Hume; humor.] 


34 



CARTA DE ADAM SMITH, DOCTOR EN DERECHO 
A WILLIAM STRAHAN, ESQUIRE 


Kirkaldy, Fifeshire, 9 de noviembre de 1776 

Estimado señor: 

Con verdadero placer, aunque lleno de melancolía, me siento para dar¬ 
le noticia del comportamiento de nuestro excelente amigo, q.e.p.d., el 
señor Hume, durante su última enfermedad. 

Aunque, según su propio juicio, su enfermedad era mortal e incura¬ 
ble, se dejó convencer, atendiendo al ruego de sus amigos, para probar 
lo que podrían ser los efectos de un largo viaje. Unos días antes de su 
partida escribió el relato de su vida que, junto con sus demás papeles, ha 
confiado al cuidado de usted. Mi exposición comenzará en consecuen¬ 
cia donde termina la suya. 

Salió con rumbo a Londres hacia finales de abril, y en Morpeth se 
reunió con el señor John Home y conmigo, que habíamos venido de 
Londres con el propósito de verle, esperando encontrarle en Edimbur¬ 
go. El señor Home volvió con él y le atendió durante toda su estancia en 
Inglaterra, dedicándole todo el cuidado y atención que cabría esperar 
de un temperamento tan perfectamente amable y cariñoso. Como yo 
había escrito a mi madre que me esperase en Escocia, me vi precisado a 
proseguir el viaje. Su enfermedad parecía ceder al ejercicio y el cambio 
de aires, y cuando llegó a Londres parecía encontrarse mucho mejor 
que cuando salió de Edimburgo. Le aconsejaron que fuera a Bath a 
tomar las aguas, lo que durante cierto tiempo pareció hacerle tan buen 
efecto que incluso, lo que no tendía a hacer, empezó a tener mejor 
opinión de su propia salud. Volvieron no obstante los síntomas con su 
violencia acostumbrada, y a partir de ese momento abandonó toda idea 
de recuperación, y se sometió con el mejor ánimo y la complacencia y 
resignación más perfectas. A su vuelta a Edimburgo, aunque se encon¬ 
traba mucho más débil, su buen ánimo no cayó nunca en el abatimiento. 


35 



LA VIDA DE DAVID HUME. ESQUIRE 


y prosiguió dedicándose, como era habitual en él, a la corrección de sus 
obras para una nueva edición, a la lectura de libros de entretenimiento, 
a conversar con sus amigos y pasar a veces la velada jugando una partida 
de whist , su juego favorito. Era tal su animación, y de tal modo su con¬ 
versación y sus diversiones seguían sus cauces habituales, que, a pesar 
de todos los malos síntomas, muchas personas no podían creer que se 
estuviera muriendo. «Le diré a su amigo, el coronel Edmondstone», le 
dijo un día el doctor Dundas, «que le he encontrado mucho mejor, y en 
franca mejoría». «Doctor», dijo él, «como creo que no optará usted por 
decir nada que no sea la verdad, dígale mejor que me estoy muriendo 
tan rápidamente como podrían desear mis enemigos, si es que tengo 
alguno, y con tanta facilidad y alegría como sería el deseo de mis me¬ 
jores amigos». Poco después fue a verle el coronel Edmondstone para 
despedirse de él y, a su vuelta a casa, no pudo abstenerse de escribirle 
una carta en la que le reiteraba un adiós eterno y le aplicaba, como 
moribundo, los bellos versos franceses en los que el abbé Chaulieu, en 
espera de su propia muerte, lamenta la cercana separación de su amigo 
el marqués de La Fare. Tales eran la magnanimidad y la firmeza del 
señor Hume que sus amigos más queridos sabían que nada arriesgaban 
al hablarle o escribirle como a un moribundo y que, lejos de sentirse 
herido por su franqueza, se sentía bastante complacido y halagado por 
ella. Casualmente entré en su habitación cuando estaba leyendo esta 
carta, que acababa de recibir, y me la mostró de inmediato. Yo le dije 
que, aunque me daba cuenta de cuánto se había debilitado y de que en 
muchos aspectos las apariencias eran muy malas, su buen ánimo seguía 
siendo tan grande, y el espíritu de la vida parecía seguir siendo tan 
fuerte en él, que no podía evitar conservar alguna leve esperanza. Él 
respondió: «Sus esperanzas son infundadas. Una diarrea crónica que se 
prolonga más de un año sería una enfermedad muy mala a cualquier 
edad; a mi edad es mortal. Cuando me acuesto por la noche me siento 
más débil que cuando me levanto por la mañana, y cuando me levanto 
por la mañana más que cuando me acuesto por la noche. Soy cons¬ 
ciente, además, de que están afectados algunos de mis órganos vitales, 
por lo que he de morir pronto». «Bien», le dije. «Si ha de morir tiene 
usted al menos la satisfacción de dejar prósperos a todos sus amigos, en 
especial a la familia de su hermano». Dijo sentir tanto esta satisfacción 
que, cuando hacía unos días, estaba leyendo los Diálogos de los muertos 
de Luciano, entre todas las excusas que podían alegarse a Caronte para 
no entrar en seguida en su barca, no podía hallar una sola que le fuera 
aplicable a él: no tenía que terminar ninguna casa; no tenía ninguna hija 
a la que mantener, ni enemigos de los que deseara vengarse. «No se me 
alcanzaba», dijo, «qué excusas podría ponerle a Caronte para conseguir 
de él una cierta demora. He hecho todo cuanto de importante me ha- 

36 



CAR^A DE ADAM SMITH, DOCTOR EN DERECHO A WILLIAM STRAHAN, ESQUtRE 


bía propuesto hacer, y en ningún momento me cabría esperar dejar a 
mis parientes y amigos en mejor situación de la que probablemente los 
dejaría ahora. Tengo así pues todas las razones para morir contento». 
Luego se divirtió con la invención de varias excusas jocosas que podría 
ponerle a Caronte, e imaginando las sutilísimas respuestas que serían 
propias del personaje. «Después de seguirlo considerando», dijo, «pensé 
que podría decirle. Mi buen Caronte: he estado corrigiendo mis obras 
para una nueva edición. Déjame un poco de tiempo para que pueda 
ver cómo recibe el público los cambios». Pero Caronte respondería: 
«Cuando hayas visto su efecto, serás partidario de hacer otros cambios. 
Tus excusas no tendrán fin. Así que, mi honrado amigo, por favor, mé¬ 
tete ya en la barca». Pero yo podría argüir todavía: «Ten un poco de 
paciencia, buen Caronte. Si vivo unos cuantos años más, quizá tenga la 
satisfacción de ver cómo caen algunos de los sistemas de prejuicios y su¬ 
persticiones prevalecientes». Pero Caronte perdería entonces todo buen 
talante y decoro. «Desvergonzado picaro, eso no ocurrirá en muchos 
cientos de años. ¿Piensas que voy a concederte tan largo plazo? Sube a 
la barca de inmediato, picaro perezoso». 

Pero, aunque el señor Hume hablaba siempre de su cercano fin con 
gran animación, nunca hizo alarde de su magnanimidad. Nunca men¬ 
cionaba el tema sino cuando la conversación, de manera natural, llevaba 
a él, y tampoco se detenía en él más de lo que el curso de la conversa¬ 
ción lo requiriera. Era en rigor un tema que surgía con bastante frecuen¬ 
cia debido a las preguntas que naturalmente le hacían los amigos que 
acudían a verle y se interesaban por su estado de salud. La conversación 
a la que acabo de referirme, y que se produjo el jueves 8 de agosto, 
fue la última que mantuve con él, salvo otra más. Estaba ya tan débil 
que le fatigaba la compañía de sus más íntimos amigos. Pues su alegría 
seguía siendo tanta, y su buena disposición social seguía tan entera que, 
cuando estaba con él algún amigo, no podía evitar hablar más y con 
mayor esfuerzo de lo que convenía al debilitamiento de su cuerpo. Por 
tanto, y por deseo suyo, accedí a dejar Edimburgo, donde me encontra¬ 
ba en parte por él, y volví a la casa de mi madre, aquí en Kirkaldy, con 
la condición de que me mandara buscar cuando quisiera verme. Entre 
tanto, el médico que le visitaba con más frecuencia, el doctor Black, se 
comprometió a escribirme ocasionalmente para exponerme cuál era el 
estado de su salud. 

El 22 de agosto me escribió el doctor la siguiente carta: 

«Desde mi última carta, el señor Hume ha pasado el tiempo con 
bastante facilidad, pero está mucho más débil. Se incorpora, baja las 
escaleras una vez al día y se entretiene leyendo, pero rara vez ve a nadie. 
Encuentra fatigosa incluso la conversación con sus amigos más íntimos, 
V es una suerte que no la necesite, pues se mantiene bastante libre de 





LA VIDA DE DAVID HUME. ESQUIRE 


angustia, impaciencia o desánimo, y pasa muy bien su tiempo con la 
ayuda de libros amenos». 

Al día siguiente recibí una carta del propio señor Hume, de la que 
lo que sigue es un extracto: 


Edimburgo, 23 de agosto de 1776 

«Queridísimo amigo: Me veo obligado a hacer uso de la mano de mi 
sobrino para escribirle, ya que hoy no me levanto...». 

«Mi deterioro es muy rápido, y la noche pasada tuve un poco de 
fiebre, que yo esperaba que aceleraría esta tediosa enfermedad, pero 
por desgracia ha pasado en gran medida. No puedo aceptar que venga 
usted aquí por causa mía, ya que sólo me sería posible verle una peque¬ 
ña parte del día. Pero el doctor Black puede informarle mejor de cómo 
van las fuerzas que me van quedando. Adiós, etcétera». 

Tres días más tarde recibí la siguiente misiva del doctor Black: 

Edimburgo, lunes 26 de agosto de 1776 
«Estimado señor: Ayer, hacia las cuatro de la tarde, expiró el señor 
Hume. La proximidad de la muerte se hizo evidente durante la noche 
del jueves al viernes, cuando la enfermedad alcanzó un grado excesi¬ 
vo, y pronto le debilitó hasta tal punto que ya no podía moverse de la 
cama. Se conservó hasta el final perfectamente lúcido, y libre de grandes 
dolores y de sentimientos de angustia. En ningún momento expresó 
impaciencia y, cuando tenía ocasión de hablar con quienes le rodeaban, 
siempre lo hizo con afecto y ternura. Consideré inadecuado escribirle 
para hacerle venir, sobre todo cuando supe que había dictado una carta 
para usted expresando su deseo de que no viniera. Cuando se debilitó 
mucho le costaba trabajo hablar, y murió con tan feliz compostura men¬ 
tal que nada podía superarla». 

Así murió nuestro muy excelente e inolvidable amigo, respecto a 
cuyas opiniones filosóficas los hombres juzgarán sin duda de diversas 
maneras, aprobándolas o condenándolas, cada cual según coincidan o 
diverjan de las propias, pero respecto a cuyo carácter y cuya conduc¬ 
ta apenas caben diferencias de opinión. Su temperamento parecía en 
verdad estar más felizmente equilibrado, si se me permite emplear tal 
expresión, que el de cualquier otro hombre que yo haya conocido. In¬ 
cluso cuando su fortuna estaba en sus momentos más bajos, su gran y 
necesaria frugalidad nunca le impidió, cuando la situación lo requería, 
llevar a cabo actos de caridad y generosidad. Era la suya una frugali¬ 
dad que no se debía a la avaricia, sino al amor por la independencia. 


38 



CARTA 06 ADAM SHITH. DOCTOR EN OERECHO A WILLIAM STRAHAN. ESQUfRE 


La extrema gentileza de su naturaleza nunca debilitó la firmeza de su 
mente ni la constancia en sus decisiones. Los ocurrentes comentarios 
que hacía constantemente eran la genuina efusión de la buena índole 
y el buen humor, temperados por la delicadeza y la modestia, y sin el 
más mínimo tinte de la malignidad que con harta frecuencia constituye 
el desagradable origen de lo que en otros hombres se llama ingenio. 
La intención de sus burlas no fue nunca la de mortificar y, por tanto, 
lejos de ser ofensivas, rara vez dejaban de complacer y deleitar, incluso 
a quienes eran objeto de ellas. Para sus amigos, que con frecuencia lo 
eran, no había quizá ninguna de sus grandes y gratas cualidades que 
más contribuyera a hacer atractiva su conversación. Y esa alegría de 
carácter, que tan agradable resulta en sociedad pero que tan a menudo 
va acompañada de cualidades frívolas y superficiales, se unía en él a la 
más rigurosa aplicación, la más vasta erudición, la mayor profundidad 
de pensamiento y una capacidad amplísima en todos los aspectos. En 
conjunto, siempre he considerado, tanto durante su vida como desde 
su muerte, que era alguien que se aproximaba tanto a la idea de un 
hombre perfectamente sabio y virtuoso como la flaqueza de la humana 
naturaleza puede permitir. 

Quedo, estimado señor. 

De usted afectísimo. 


Adam Smith 


39 



E S S A y s 

AND 

TREATISES 

o M 

SEVERAL SUBJECTS. 

In two volumes. 

By DAVID HUME, Efqj 

V O L. I. 

CONTAI NIN q 

BSSAYS, MORAL, POUTICAL. and LITBRARY. 

A NEW E D I T ION, 

L O N D O N; 

Printed for T. Cadell, in thc Strand: and 
A. Domauoion, and W. Crbvch, ac Ediuburgh, 
MDCCLXXVIL 



ENSAYOS 

MORALES, POLÍTICOS Y LITERARIOS 
PARTE 1* 


Publicada en 1742 a 



I 


DE LA DELICADEZA DEL GUSTO 
Y LA PASIÓN 


Algunas personas están sometidas a una cierta delicadeza de la pasión 1 
que hace que sean extremadamente sensibles a todos los accidentes de 
la vida y que experimenten una viva alegría ante todo acontecimien¬ 
to positivo, así como un punzante dolor cuando se encuentran con 
desgracias y con la adversidad. Los favores y los buenos oficios hacen 
que fácilmente entablen amistad, mientras que la más pequeña ofensa 
provoca su resentimiento. Todo honor o señal de distinción eleva su 
ánimo con desmesura; pero son igualmente sensibles al desprecio. Las 
personas con este carácter tienen sin duda gozos más vivos, así como 
ntás punzantes pesares que las que poseen un temperamento más frío y 
tranquilo. Pero creo que, cuando se sopesa todo, no hay nadie que no 
prefiriese tener este último carácter si fuera totalmente dueño de su 
propia disposición. La buena o la mala fortuna dependen muy poco de 


L [En el Tratado de la naturaleza humana , Hume divide las percepciones de la 
mente en impresiones e ideas. Las impresiones se dividen a su vez en sensaciones y pa¬ 
ilones. Hume habla de las pasiones como impresiones secundarias, ya que suelen surgir a 
punir de alguna sensación o idea precedente. Divide las pasiones en tranquilas y violentas. 
Ocasionalmente, el término pasión se utiliza en un sentido estrecho, como en el presente 
ensayo, para designar únicamente las pasiones más violentas, tales como el amor y el odio, 
rl pesar y la alegría, el orgullo y la humildad. Cuando Hume habla aquí de una «delica¬ 
da/a de la pasión», se refiere a una disposición a ser fuertemente afectado por pasiones 
violentas ante la prosperidad o la desgracia, los favores o las ofensas, los honores o los 
dota ¡res, y otros accidentes de la vida que escapan a nuestro control. Lo que aquí llama 
*RUKto» —la sensación de belleza o deformidad en las acciones u objetos— es también una 
pailón, en sentido amplio, pero normalmente una pasión tranquila. Una delicadeza del 
giiMo es una aguda sensibilidad para la belleza y la deformidad en las acciones, los libros, 
Li» obras de arte, los compañeros, etc. Esta cualidad de la mente la expone Hume con 
o mude rabie extensión en el Ensayo XXII: «De la norma del gusto».) 


43 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


nosotros. Y cuando una persona que tiene un temperamento sensible 
hasta ese punto se encuentra ante una desgracia, el pesar o el resenti¬ 
miento se apoderan por entero de ella y le impiden disfrutar de las cosas 
comunes de la vida, cuyo adecuado disfrute constituye la parte principal 
de nuestra felicidad. Los grandes placeres son mucho menos frecuentes 
que los grandes dolores, por lo que un temperamento sensible tendrá 
muchas menos ocasiones de probar los primeros que los últimos. Por 
no mencionar que las personas de pasiones tan vivas tienden a dejarse 
llevar más allá de todos los límites de la prudencia y la discreción y a dar 
pasos falsos en la conducción de la vida, cuyas consecuencias son a me¬ 
nudo irreversibles. 

Hay una delicadeza del gusto, que puede observarse en algunas per¬ 
sonas, que se asemeja muchísimo a esta delicadeza de la pasión , y que 
da lugar a la misma sensibilidad ante la belleza y la deformidad de todo 
tipo que la que ésta produce en relación con la prosperidad y la adver¬ 
sidad, las obligaciones y los daños. Cuando se le presenta un poema 
o un cuadro a una persona que posee este talento, la delicadeza de 
sus sentimientos hace que le afecten sensiblemente todas sus partes: las 
pinceladas magistrales no son percibidas con placer y satisfacción más 
exquisitos que las negligencias o los absurdos con disgusto y desasosie¬ 
go. Una conversación cortés y juiciosa le proporciona la más elevada 
complacencia, mientras que la rudeza o la impertinencia son para ella 
un castigo igual de grande. En resumen: la delicadeza del gusto tiene el 
mismo efecto que la delicadeza de la pasión: aumenta la esfera tanto de 
nuestra felicidad como de nuestra miseria, y nos hace sensibles a dolores 
tanto como a placeres que escapan al resto de la humanidad. 

Creo, no obstante, que todos estarán de acuerdo conmigo en que, 
a pesar de esta semejanza, la delicadeza del gusto debe ser tan deseada 
y cultivada como la delicadeza de la pasión debe ser lamentada y, si es 
posible, remediada. Los buenos o malos accidentes de la vida dependen 
muy poco de nosotros. Pero somos en bastante medida dueños de qué 
libros leeremos, en qué diversiones tomaremos parte y qué compañías 
conservaremos. Los filósofos se han esforzado por hacer que la felicidad 
sea totalmente independiente de todo lo exterior. Ese grado de perfec¬ 
ción es imposible de conseguir ; Pero toda persona prudente intentará 
colocar su felicidad en objetos que dependan principalmente de ella, y 
eso es algo que no se consigue en tal grado por cualesquiera otros me¬ 
dios, sino gracias a la delicadeza del sentimiento 2 . Cuando una persona 


2. [Hume utiliza a veces el término sentimiento en un sentido amplio, para deno¬ 
tar la pasión o el sentimiento propiamente dicho. Pero en otras ocasiones, como en este 
pasaje, lo utiliza como sinónimo de gusto , para referirse a un sentimiento especial de 
aprobación o de desaprobación que surge de la contemplación de objetos, caracteres o 


44 



DE LA DELICADEZA DEL GUSTO Y LA PASIÓN 


posee ese talento, es más feliz debido a los placeres de su gusto que de¬ 
bido a aquello que satisface sus apetitos, y un poema o un razonamiento 
le proporcionan mayor gozo que el lujo más costoso. 

Sea cual fuere la relación que pueda existir originalmente 3 entre 
estas dos especies de delicadeza, estoy persuadido de que nada resulta 
más adecuado para curarnos de esta delicadeza de la pasión que el culti¬ 
vo del gusto más elevado y refinado, que nos permite juzgar el carácter 
de las personas, las composiciones del talento y las producciones de las 
más nobles artes. Un mayor o menor gusto por esas bellezas evidentes 
que inciden sobre los sentidos depende por entero de la mayor o menor 
sensibilidad del temperamento. Mas, por lo que hace a las ciencias y las 
artes liberales, la finura del gusto es, en alguna medida, lo mismo que la 
solidez del juicio, o depende al menos tanto de ésta que ambas resultan 
inseparables. Para juzgar correctamente una composición del genio, son 
tantos los puntos de vista que han de adoptarse, tantas las circunstancias 
que han de compararse, y tal el conocimiento de la naturaleza humana 
que se requiere, que nadie que no posea la más sólida capacidad de jui¬ 
cio podrá jamás hacer una crítica aceptable de tales realizaciones. Y ésta 
es una razón más para cultivar el gusto por las artes liberales. Nuestro 
juicio se reforzará mediante tal ejercicio. Nos formaremos más justas 
nociones de la vida. Muchas cosas que complacen o afligen a otros se 
nos antojarán demasiado frívolas para prestarles nuestra atención. Y 
gradualmente iremos perdiendo esa sensibilidad y delicadeza de la pa¬ 
sión que tan inconvenientes resultan. 

Pero quizá me he precipitado en afirmar que un gusto cultivado 
por las artes liberales extingue las pasiones y nos hace indiferentes ha¬ 
cia esos objetos a los que tan aficionado es el resto de la humanidad. 
Prosiguiendo con mi reflexión, encuentro que más bien mejora nuestra 
sensibilidad por todas las pasiones delicadas y agradables, al tiempo que 
luce que la mente sea incapaz de emociones violentas y borrascosas. 


.u\ iones. El gusto, o el sentimiento en este último sentido, subyace a los juicios relativos a 
la belleza y al valor moral. En la Investigación sobre el entendimiento humano argumenta 
11lime que «la moral y la crítica no son tanto objetos del entendimiento como del gusto y 
el sentimiento. La belleza, ya sea moral o natural es sentida, más propiamente que perci¬ 
bida» (cf. la sec. XII, parte 3).] 

3. (Una relación «original» es una relación que se da en la naturaleza humana mis- 
iiki. I lume alude aquí al hecho de que el «gusto» es también una pasión, y a que tiene 
mas en común con las restantes pasiones de lo que este ensayo podría sugerir. La relación 
nitro las distintas pasiones la expone Hume en el libro 11 del Tratado («De las pasiones») 
v o» una posterior refundición de dicho libro, que lleva por título «Disertación sobre las 
|M«iioncs».| 


45 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


Ingenuas didicisse fideliter artes, 
emolit mores, nec sinit esse feros 4 . 

Para ello creo que pueden señalarse dos razones perfectamente na¬ 
turales. En primer lugar, nada mejora tanto el temperamento como el 
estudio de la belleza, ya sea la de la poesía, la elocuencia, la música o 
la pintura. Proporciona una cierta elegancia del sentimiento a la que es 
ajena el resto de la humanidad. Las emociones que las cosas bellas exci¬ 
tan son suaves y tiernas. Alejan la mente de la premura de los negocios 
e intereses; favorecen la reflexión, predisponen a la tranquilidad y pro¬ 
ducen un agradable ensimismamiento que, de todas las disposiciones de 
la mente es la más adecuada para el amor y la amistad. 

En segundo lugar, la delicadeza del gusto es favorable al amor y la 
amistad, al reducir nuestra elección a pocas personas y hacer que sea¬ 
mos indiferentes a la compañía y la conversación de la mayor parte de 
la gente. Rara vez se encontrará que los hombres meramente de mun¬ 
do, con independencia de sus destacadas dotes en algún sentido, tie¬ 
nen la sensibilidad que les permita distinguir con precisión los caracte¬ 
res o establecer esas imperceptibles diferencias y gradaciones que hacen 
que una persona sea preferible a otra. Cualquiera que sea competente 
en cuanto a su juicio les basta para su entretenimiento. Le hablan de sus 
placeres y negocios con la misma franqueza con la que hablarían a cual¬ 
quier otro y, hallando a muchos que pudieran ocupar el puesto de su 
interlocutor, no le echan de menos ni sienten ninguna necesidad en su 
ausencia. Mas, haciendo alusión a un célebre autor francés 5 , cabe com¬ 
parar el juicio 6 con un reloj de pared o de bolsillo, en el que la maquina¬ 
ria más elemental basta para señalar las horas, mientras que se necesita 
la más refinada para señalar los minutos y los segundos y poder distin¬ 
guir las más pequeñas diferencias de tiempo. Quien haya asimilado bien 
su conocimiento tanto de los libros como de los hombres hallará poca 
satisfacción salvo en la compañía de unos pocos compañeros selectos. 
Será sensible en exceso respecto a la medida en que al resto de la hu- 


4. [Ovidio (43 a.C-<18 d.C?), Epistulae ex Ponto , 2.9.47-48. «... el haber aprendi¬ 
do con tesón las artes liberales dulcifica el carácter y no consiente que seas fiero» [Cartas 
desde el Ponto, ed. de Ana Pérez Vega y Francisco Socas, Madrid: CSIC, 2000, libro II, 
9.47-48, p. 96|.| 

5. M. Fontcnellc, Pluralité des mondes , Soir. 6. [Bernard le Bovicr de Fontenelle 
(1657-1757), académico, poeta y divulgador francés de la ciencia moderna, cuyas Con¬ 
versaciones sobre la pluralidad de los mundos se publicaron en 1686.] 

6. [En el Tratado , Hume se refiere al «juicio» como aquella operación de la mente 
por la que sacamos deducciones a partir de impresiones, como cuando emitimos juicios 
sobre la causa y el efecto. También los sentimientos de índole moral los trata en ocasiones 
como juicios, pero no de una manera sistemática.] 


46 



DE LA DELICADEZA OEL GUSTO Y LA PASIÓN 


manidad no se le alcanzan las nociones que ocupan su mente. Y, dado 
que sus afectos quedan reducidos a un estrecho círculo, no es de extra¬ 
ñar que los lleve más lejos que si fueran más generales e indiferenciados. 
La alegría y la diversión de un compañero con que el que comparte la 
bebida se convierte con él en una sólida amistad, y los ardores del ape¬ 
tito juvenil se tornan elegante pasión. 


47 



II 


DE LA LIBERTAD DE PRENSA 


Nada suele sorprender más a un extranjero que la extremada libertad 
de la que gozamos en este país para comunicar al público lo que nos 
plazca y para censurar abiertamente todas las medidas adoptadas por 
el rey o sus ministros, Si el gobierno opta por la guerra se afirma que, 
deliberadamente o por ignorancia, se equivoca al juzgar los intereses 
de la nación y que, en la situación actual, es infinitamente preferible la 
paz. Y si los ministros se inclinan por la paz, los comentaristas políticos 
se manifestarán únicamente en favor de la guerra y la devastación, y 
presentarán la conducta pacífica del gobierno como mezquina y pusilᬠ
nime. Dado que ningún otro gobierno, ya sea republicano o monárqui¬ 
co 1 , consiente esta libertad (Holanda y Venecia la consienten más que 
Francia o España), es muy natural que se suscite una pregunta: ¿Cómo 
acontece que únicamente Gran Bretaña goza de este privilegio?*. 

La razón por la que las leyes nos permiten una libertad semejante 
parece derivarse de nuestra forma mixta de gobierno, que no es total¬ 
mente monárquica ni totalmente republicana. Si no me equivoco, se 
encontrará que es cierta la observación hecha en política de que los dos 


l. [Hume no trata en ningún sitio, de manera temática, la importante cuestión de 
cómo deberían clasificarse las diversas formas de gobierno. Pero sf toca la cuestión en 
muchos sitios. En este ensayo sugiere que los gobiernos deben clasificarse como republi¬ 
canos o monárquicos, o que, como en el caso de Gran Bretaña, pueden estar constituidos 
por una mezcla de elementos republicanos y monárquicos. Dentro de esta clasificación, la 
aristocracia y la democracia «pura» serían tipos de gobierno republicano, como lo sería el 
sistema representativo que describe en el ensayo «Idea de una mancomunidad perfecta». 
La distinción que Hume establece en el presente ensayo, entre libertad y despotismo o 
esclavitud, no es equivalente, o siquiera paralela, a la distinción entre repúblicas y monar¬ 
quías. Hume sostiene que la libertad puede prevalecer con un gobierno monárquico, del 
mismo modo que el despotismo puede prevalecer en las repúblicas.) 

48 



DE LA LIBERTAD DE PRENSA 


sistemas de gobierno extremos, la libertad y la esclavitud, se aproximan 
por lo común al máximo y que, conforme nos apartamos de los extremos 
y mezclamos un poco de monarquía con libertad, la forma de gobierno 
se torna siempre más libre, mientras que si por el contrario mezclamos 
un poco de libertad con monarquía, el yugo se vuelve cada vez más cruel 
c intolerable b . En un gobierno tal como el que existe en Francia, que 
es absoluto, donde la ley, la costumbre y la religión concurren en hacer 
que la gente esté plenamente satisfecha con su situación, el monarca no 
puede abrigar sospechas respecto a sus súbditos, y tenderá por tanto a 
concederles grandes libertades , tanto de palabra como de acción. Con un 
gobierno totalmente republicano, como el de Holanda, donde no hay un 
magistrado tan eminente como para suscitar la suspicacia del Estado, no 
hay peligro en otorgar a los magistrados grandes poderes discrecionales 
y, aunque de tales poderes se derivan muchas ventajas, en cuanto a la 
preservación de la paz y el orden, imponen sin embargo considerables 
restricciones a la acción de las personas y hacen que cada ciudadano 
tenga gran respeto al gobierno. Parece así evidente que los dos extremos 
que suponen la monarquía absoluta y la república se aproximan entre 
sí en determinadas circunstancias materiales* En la primera , el pueblo 
no despierta suspicacia en el magistrado; en la segunda , el magistra¬ 
do no despierta suspicacia en el pueblo. Esta falta de suspicacia genera 
confianza y seguridad mutuas en ambos casos, y produce una cierta clase 
de libertad en las monarquías y un poder arbitrario en las repúblicas. 

Con el fin de justificar la otra parte de la observación que antecede, 
según la cual en cada forma de gobierno los medios se alejan al máximo 
entre sí, y las mezclas de monarquía con libertades hacen que el yugo 
sea más fácil de soportar o más pesado, tengo que tener en cuenta una 
observación que hiciera Tácito respecto a los romanos bajo los empe¬ 
radores: que no podían soportar ni toda la servidumbre ni toda la li¬ 
bertad. Nec totam servitutem , nec totam libertatem pati possunt 1 . Un 
célebre poeta ha traducido y aplicado esta observación a los ingleses, en 
su vivida descripción de la política y el gobierno de la reina Isabel. 

Et fit aimer son fong a VAnglois indompté , 

Qui ne peut ni servir ni vtvre en liberté . 

Henriade y lib. I 2 3 

2. |La cita procede del final de un discurso del emperador Galba a Pisón, al adoptar 
•i éste como su sucesor: «Y es que, además, aquí no hay, como en los pueblos que tienen 
ley, una casa indiscutida de señores y el resto siervos, sino que vas a imperar sobre unos 
hombres que no pueden soportar ni toda la servidumbre ni toda la libertad». Tácito (t55?* 
/120?), Historias , ed. de José Luis Moraleja ÁJvarez, Madrid: Akal, 1990, libro 1,16, p. 50.) 

3. | Fran^ois Marie Arouet (1694-1778), que escribió con el seudónimo de Voltaire, 
publicó por primera vez tu i Hettriade en 1723 con un título diferente, y la reeditó con 


49 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


De acuerdo con estos comentarios vamos a considerar la forma de 
gobierno romana bajo los emperadores como una mezcla de despotis¬ 
mo y libertad en la que prevalecía el despotismo, y la forma de gobierno 
inglesa como una mezcla de la misma naturaleza pero donde predomina 
la libertad. Las consecuencias son acordes con la observación que an¬ 
tecede, y tales como cabe esperar de esas formas mixtas de gobierno, 
que engendran una vigilancia y suspicacia mutuas. Muchos de los em¬ 
peradores romanos fueron los más terribles tiranos que jamás hayan 
deshonrado a la condición humana, y es evidente que su crueldad se 
vio impulsada principalmente por su suspicacia y por el hecho de darse 
cuenta de que todos los grandes hombres de Roma soportaban con im¬ 
paciencia la dominación de una familia que poco tiempo antes no era en 
modo alguno superior a la suya propia. Por otro lado, dado que la parte 
republicana del gobierno prevalece en Inglaterra, aunque con una gran 
mezcla de monarquía, es obligado que, para su propia preservación, se 
mantenga una vigilante suspicacia en relación con los magistrados, para 
suprimir todos los poderes discrecionales y asegurar la vida y la hacien¬ 
da de todos mediante leyes generales e inflexibles. Ningún acto debe 
considerarse delito salvo el que la ley haya determinado claramente 
como tal. No debe acusarse a una persona de delito alguno sino a partir 
de una prueba legal presentada ante sus jueces, e incluso estos jueces 
deben ser unos súbditos más que están obligados, por su propio interés, 
a vigilar los abusos y la violencia de los ministros. De estas razones se 
sigue que existe en Gran Bretaña tanta libertad, e incluso licenciosidad, 
como esclavitud y tiranía existieron en Roma. 

Estos principios explican la gran libertad de prensa existente en 
estos reinos, que va más allá de cuanto se tolera bajo cualquier otro 
gobierno 0 . Se comprende que el poder arbitrario se nos impondría su¬ 
brepticiamente si no tuviéramos el cuidado de evitar su progreso, y si no 
existiera un fácil método de transmitir la alarma desde un extremo del 
reino a otro. Debe excitarse con frecuencia el espíritu del pueblo con el 
fin de poner freno a la ambición de la corte, y el miedo de soliviantar a 
ese espíritu debe emplearse para prevenir tal ambición. Nada resulta tan 
efectivo para dicho propósito como la libertad de prensa, gracias a la 
cual pueden utilizarse en el lado de la libertad todo el saber, el ingenio y 
el genio de la nación, y puede incitarse a todos a su defensa. En conse¬ 
cuencia, mientras la parte republicana de nuestro gobierno pueda man¬ 
tenerse frente a la parte monárquica, cuidará naturalmente de conservar 
abierta la prensa como algo importante para su propia preservación. 


este título, con alteraciones, en 1728. El héroe del libro es Enrique de Navarra, que se 
convirtió en el rey Enrique IV de Francia. Los versos elogiosos para Isabel dicen: «E hizo 
amar su yugo al indómito inglés, / que no puede servir ni en libertad vivir».] 


50 



DE LA LIBERTAD DE PRENSA 


Tendrá que admitirse, sin embargo, que la libertad ilimitada de la 
prensa, aunque sea difícil, tal vez imposible, proponer un adecuado 
remedio para ella, es uno de los males que acompañan a esas formas 
mixtas de gobierno" 1 . 


51 



III 


QUE LA POLÍTICA PUEDE REDUCIRSE A CIENCIA 


Es una pregunta que encierra varias la de si existe alguna esencial di¬ 
ferencia entre una forma de gobierno y otra, y si no ocurre que cada 
forma devenga en buena o en mala según sea bien o mal administrada 1 . 
Si se llegara a admitir que todos los gobiernos son iguales y que la única 
diferencia consiste en el carácter y la conducta de quienes gobiernan, 
se acabaría con la mayor parte de las disputas políticas y habría que 
considerar que todo entusiasmo por una u otra constitución es mera in¬ 
tolerancia y locura. Mas, aunque soy amigo de la moderación, no puedo 
por menos de condenar este sentimiento, y me apesadumbraría pensar 
que los asuntos humanos no admiten mayor estabilidad que la que ob¬ 
tienen de los casuales humores y caracteres de determinadas personas. 

Es cierto que quienes mantienen que la bondad de todos los gobier¬ 
nos se debe a la bondad de su administración pueden citar muchos casos 
en la historia en los que la misma forma de Estado, en diferentes manos, 
ha variado súbitamente el gobierno de uno a otro extremo de la bondad 
o la maldad. Compárese el gobierno de Francia bajo Enrique III 2 y bajo 
Enrique IV 3 . Opresión, frivolidad y artificio por parte de los gobeman- 

1. Que insensatos discutan sobre formas de gobierno; 
la mejor administrada de todas es la mejor. 

Ensayo sobre el hombre , libro 3. 

[Escrito por Alexander Pope (1688-1744) y publicado en 1732-1734.J 

2. [Rey francés cuyo reinado (1574-1589) se caracterizó por las luchas civiles y 
religiosas. Se le recuerda por su parcialidad, su extravagancia y su poca afición al trabajo, 
así como por la opresión ejercida contra los protestantes hugonotes.] 

3. [Rey de Francia en 1589-1610. Enrique IV tuvo éxito en calmar la guerra de 
religión, en mejorar las finanzas y la administración del reino y en frenar los designios 
de España mediante alianzas con Inglaterra y con tos Provincias Unidas. Consiguió la 
aceptación del edicto de Ñames (1598), que hacía extensiva a los hugonotes la tolerancia 
religiosa.] 


52 



QUE LA POLÍTICA PUEDE REDUCIRSE A CIENCIA 


tes; discordia, sedición, traición y deslealtad por parte de los súbditos, 
son las características de aquella primera, miserable época. Pero cuando 
el príncipe patriota y heroico que sucedió a Enrique III se hubo asen¬ 
tado firmemente en el trono, el gobierno, el pueblo, todo, parecieron 
cambiar por completo, y todo se debió a la diferencia de talante y con¬ 
ducta entre estos dos soberanos*. Los ejemplos de esta clase pueden 
multiplicarse casi sin límite, tomados tanto de la historia antigua como 
de la moderna, de la nacional como de la universal. 

Pero aquí puede convenir establecer una diferencia. Todos los go¬ 
biernos absolutos b tienen que depender en muy gran medida de la admi¬ 
nistración, lo cual constituye uno de los grandes inconvenientes de esa 
forma de gobierno. Pero un gobierno republicano y libre sería un evi¬ 
dente absurdo si los dispositivos de verificación y control que la cons¬ 
titución prevé carecieran en realidad de eficacia, y si no se consiguiera 
que incluso las malas personas actuasen en pro del bien común. Tal es la 
intención de estas formas de gobierno y tal es su real efecto allí donde 
están sabiamente constituidas. Mientras que, por el contrario, son la 
fuente de todo desorden, y de los más negros crímenes, allí donde han 
faltado la habilidad o la honradez en su marco e institución originales. 

Tan grande es la fuerza de las leyes, y de determinadas formas de 
gobierno, y tan poca es su dependencia del humor o el talante persona¬ 
les, que pueden a veces deducirse de ellas consecuencias casi tan gene¬ 
rales como las que nos permite sacar la ciencia matemática. 

La constitución de la república romana daba al pueblo todo el poder 
legislativo, sin permitir una voz negativa a la nobleza ni a los cónsules. 
Usté poder ilimitado lo poseía el pueblo colectivamente, no por medio 
de un cuerpo representativo. Las consecuencias eran: cuando, gracias 
al éxito y las conquistas, el pueblo se había hecho muy numeroso y se 
había expandido a gran distancia de la capital, las tribus de la ciudad, 
aunque fueran las más despreciables, ganaban casi todas las votaciones, 
bran, en consecuencia, las más halagadas por todo el que trataba de 
complacer a la multitud. Eran mantenidas en la holganza mediante la 
distribución general de grano y los sobornos especiales que recibían de 
casi todos los candidatos. De este modo se tornaban más licenciosas 
cada día, y el Campo de Marte 4 era el permanente escenario de tumul¬ 
tos y sedición: esclavos armados se mezclaban entre estos ciudadanos 
corruptos, el gobierno caía en la anarquía y la mayor felicidad que les 
cabía esperar a los romanos era el poder despótico de los Césares. Tal es 
el efecto de la democracia sin representación. 

4. |Llano que se extendía desde ia orilla del Tíber hasta las colinas de Roma y que 
drhía su nombre del altar al dios Marte que en él se erigía. Era un lugar para reuniones 
públicas, para el culto y para el comercio.] 


53 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


La nobleza puede poseer la totalidad o una parte del poder legisla¬ 
tivo de dos diferentes maneras. O bien cada noble comparte el poder 
como parte de un cuerpo, o bien el cuerpo disfruta del poder compues¬ 
to de partes, cada una de las cuales posee un poder y una autoridad dife¬ 
renciados. La aristocracia veneciana constituye un ejemplo de este pri¬ 
mer tipo de gobierno; la polaca es un ejemplo del segundo. En el Estado 
veneciano, todo el cuerpo de la nobleza posee la totalidad del poder, y 
ningún noble tiene autoridad alguna que no reciba del conjunto. En el 
gobierno polaco, cada noble, por medio de sus feudos, tiene sobre sus 
vasallos una autoridad hereditaria distinta, y todo el cuerpo de la noble¬ 
za no tiene autoridad alguna más que la que recibe de la concurrencia 
de sus partes. Las diferentes formas de operar y las tendencias de estas 
dos clases de gobierno podrían resultar aparentes incluso a priori s . Una 
nobleza veneciana es preferible a una polaca, al ser tan variados el ta¬ 
lante y la educación de las personas. Una nobleza que posee su poder 
en común preservará mejor la paz y el orden, entre sí misma y entre sus 
vasallos, y ninguno de sus miembros puede tener la autoridad suficiente 
para controlar las leyes en un momento dado. Los nobles preservarán su 
poder sobre el pueblo, pero sin ejercer una cruel tiranía ni quebrantar la 
propiedad privada, porque un gobierno tiránico semejante no promue¬ 
ve los intereses del conjunto, por más que promueva los de algunos in¬ 
dividuos. Existirá una diferencia de rango entre la nobleza y el pueblo, 
pero ésta será la única diferencia en el Estado. El conjunto de la nobleza 
formará un cuerpo; y el conjunto del pueblo, otro, sin que existan esas 
disputas y animosidades privadas que por doquier extienden la ruina y 
la desolación. Son fáciles de ver las desventajas de una nobleza como la 
polaca en cada uno de estos aspectos. 

Es posible constituir un gobierno libre en el que una sola persona, 
llámesele dux , príncipe o rey, posea una gran parte del poder y equilibre 
las otras partes del poder legislativo, o forme un adecuado contrapeso 
de éste. Esta magistratura principal puede tener carácter electivo o here¬ 
ditario , y aunque la primera de las instituciones pueda parecer más ven¬ 
tajosa a una opinión superficial, un examen más riguroso descubrirá en 
ella mayores inconvenientes que en la segunda, inconvenientes que se 


5. [Tal como Hume utiliza el razonamiento a priori en el Tratado , éste compara 
las ideas haciendo abstracción de sus relaciones experimentadas. Mientras que algunos 
de sus predecesores, tales como Hobbes, habían intentado basar la filosofía moral o po¬ 
lítica en el razonamiento a priori , Hume se propuso establecer la ciencia moral sobre la 
base del «método de razonar experimental», que había introducido Francis Bacon y del 
que se había servido Isaac Newton. No obstante, en sus Ensayos , afirma a veces que los 
principios políticos puede derivarse a priori , es decir, mediante un razonamiento general 
sobre nuestras ideas y conceptos de las cosas de que se trate, y sin referencia a ejemplos 
concretos.] 


54 



QUE LA POLÍTICA PUEDE REDUCIRSE A CIENCIA 


fundamentan en causas y principios eternos e inmutables. La ocupación 
del trono es en un gobierno semejante cuestión de interés demasiado 
grande y general como para que no se divida el pueblo en facciones. De 
ser así, estallaría casi con seguridad la guerra civil, el mayor de los males, 
cada vez que quedara vacante. El príncipe electo deberá ser extranjero 
o nativo . Si es extranjero, será ignorante respecto al pueblo al que tiene 
que gobernar, sospechará de sus nuevos súbditos y éstos sospecharán 
de él, y otorgará su confianza totalmente a extranjeros que no tendrán 
otro cuidado que el de enriquecerse de la manera más rápida mientras 
el favor y la autoridad de su amo les pueda prestar apoyo. Un nativo 
se llevará con él al trono todas sus animosidades y amistades privadas, 
y nunca se le contemplará en toda su dignidad, sin que se susciten sen¬ 
timientos de envidia en quienes previamente le consideraban su igual. 
Por no mencionar que una corona es una recompensa demasiado eleva¬ 
da para otorgarla sólo al mérito, y siempre inducirá a los candidatos a 
emplear la fuerza, el dinero o la intriga, para conseguir los votos de los 
electores, de modo que una elección no ofrecerá mayores posibilidades 
de superior mérito en el príncipe que si se confiara el Estado únicamen¬ 
te al nacimiento para determinar la soberanía. 

Cabe así pues establecer como axioma universal en política que un 
príncipe hereditario, una nobleza sin vasallos y un pueblo que vota a tra¬ 
vés de sus representantes constituyen la mejor monarquía, aristocracia 
y democracia. Mas, con el fin de probar de una manera más plena que 
la política admite las verdades generales, que se mantienen invariables 
frente al talante o la educación de los súbditos o del soberano, no ven¬ 
drá mal observar algunos principios más de esta ciencia que puedan 
merecer tal condición. 

Resulta fácil comprobar que, aunque los gobiernos libres han sido 
por lo común los más felices para quienes participan de su libertad, son 
sin embargo los más ruinosos y opresivos para sus provincias, observa¬ 
ción ésta que creo que debe establecerse como una máxima de la clase a 
la que me estoy refiriendo. Cuando un monarca extiende sus dominios 
mediante conquistas, pronto aprende a considerar a sus antiguos y a 
sus nuevos súbditos en pie de igualdad, porque, en realidad, todos sus 
subditos son lo mismo para él, excepto los pocos amigos y favoritos 
con los que le une un conocimiento personal. No establecerá, por lo 
tanto, distinción alguna entre ellos en sus leyes de carácter general y, al 
mismo tiempo, cuidará de evitar todo acto de opresión particular por 
parte de unos y de otros. Un Estado libre, en cambio, necesariamente 
establece una gran diferencia, y tendrá que hacerlo siempre así hasta 
que los hombres aprendan a amar a su prójimo como a sí mismos. En 
un gobierno que tiene esta condición, los conquistadores son todos le¬ 
gisladores, y se asegurarán de arreglar las cosas, mediante restricciones 


55 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


sobre el comercio y mediante impuestos, de forma tal que extraigan 
de sus conquistas alguna ventaja privada, así como pública. Los gober¬ 
nadores provinciales tienen en consecuencia mejores oportunidades en 
una república para extraer su botín, mediante el soborno o la intriga, y 
sus conciudadanos, que ven su patrimonio enriquecido por el expolio 
de las provincias sometidas, se sentirán tanto más inclinados a tolerar 
tales abusos. Por no mencionar que es una necesaria precaución, en un 
Estado libre, cambiar con frecuencia a los gobernadores, lo cual obliga 
a estos tiranos temporales a ser más expeditivos y rapaces para poder 
acumular suficiente riqueza antes de tener que dejar su puesto a sus 
sucesores. ¡Qué cruel tiranía ejercieron los romanos sobre el mundo du¬ 
rante su imperio! Es cierto que tenían leyes para impedir la opresión en 
sus administraciones provinciales. Pero Cicerón nos informa de que los 
romanos no podían hallar mejor forma de tener en cuenta los intereses 
de las provincias que la derogación de estas leyes. Porque en ese caso, 
nos dice, nuestros magistrados, al tener total impunidad, no saquearían 
sino en la medida que satisficiera su propia rapacidad, mientras que ac¬ 
tualmente tienen que satisfacer asimismo la rapacidad de los jueces y la 
de todos los grandes de Roma cuya protección necesitan 6 . ¿Quién puede 
leer acerca de las crueldades y de la opresión de Verres sin sentir horror 
y asombro? ¿Y a quién no llenará de indignación que, tras agotar Cice¬ 
rón todos los truenos de su elocuencia contra este consumado criminal 
y conseguir que fuera condenado en la máxima medida que permitían 
las leyes, el cruel tirano viviera apaciblemente hasta avanzada edad, en 
medio del desahogo y la opulencia, y sólo treinta años después fuera 
proscrito por Marco Antonio debido a su exorbitante fortuna, mientras 
que no lo consiguieron el propio Cicerón y los hombres más virtuo¬ 
sos de Roma 7 ? Tras la disolución de la república, el yugo romano se 
hizo más soportable para las provincias, tal como nos informa Tácito 8 , 
y puede observarse que algunos de los peores emperadores, tales como 
Domiciano 9 , cuidaron de evitar toda opresión sobre ellas. En tiempos de 

6. [Cf. Cicerón (106-43 a.C.), Itt C. Verum Actio Prima (primera parte del discurso 
contra Cayo Verres en la primera vista), 1.14.41.] 

7. [Verres fue gobernador de Sicilia desde 73 hasta 70 a.C. Saqueó la provincia y 
cometió muchos actos de extrema crueldad. Al expirar su mandato, en el año 70 a.C., 
Cicerón, en representación de los sicilianos, le procesó ante el tribunal de extorsiones del 
Senado romano. Tan brillante fue el procesamiento conducido por Cicerón que Verres 
se exilió voluntariamente antes de que concluyera el juicio. Cicerón se impuso como 
principal abogado de Roma, sustituyendo a Hortensio, que había defendido a Verres. 
Tanto Verres como Cicerón fueron asesinados en 43 a.C., junto a cientos de senadores y 
hombres de negocios, por orden del triunvirato formado por Octaviano, Lépido y Marco 
Antonio.] 

8. Ann. lib. I, cap. 2. (Tácito, Anales, 1.8.] 

9. Suetonius, In vita Domit. [Cayo Suetonio Tranquilo (70-141), «En la vida de 


56 



QUE LA POLÍTICA PUEDE REDUCIRSE A CIENCIA 


Tiberio 10 se consideraba que la Galia era más rica que la propia Italia, y 
tampoco encuentro que, durante toda la época de la monarquía romana, 
perdiera el imperio riqueza o población en ninguna de sus provincias, 
aunque es cierto que declinaron el valor y la disciplina militar. La opre¬ 
sión y la tiranía que ejercían los cartagineses sobre sus Estados vasallos 
en África llegaban hasta el punto, como sabemos por Polibio 11 , de que, 
no contentos con hacerles pagar como tributo la mitad de la producción 
de la tierra, lo que constituía de por sí una renta muy elevada, cargaban 
a estos países con muchos otros impuestos 4 *. Si pasamos de los tiempos 
antiguos a los modernos, encontramos que esta observación es todavía 
válida. Las provincias de las monarquías absolutas reciben mejor trato 
que las de los Estados libres. Compare el lector el país conquts de Fran¬ 
cia con Irlanda y se convencerá de la verdad de este aserto, aunque este 
último reino, al haber sido en buena medida poblado por Inglaterra, 
posee tantos derechos y privilegios como para tener mejor trato que el 
de una provincia conquistada. Córcega constituye asimismo un ejemplo 
a este respecto* 2 . 

Hay una observación de Maquiavelo, relacionada con las conquis¬ 
tas de Alejandro Magno que creo que debe considerarse una de esas 
verdades políticas eternas que no pueden alterar el tiempo ni los ac¬ 
cidentes. Puede antojarse extraño, dice el político, que conquistas tan 
rápidas como las de Alejandro pudieran quedar de manera tan pacífica 
en posesión de sus sucesores, y que los persas, durante todos los años 
de confusión y guerras civiles entre los griegos, nunca hicieran el menor 
esfuerzo por recuperar su gobierno independiente anterior 13 . Para en¬ 
contrar explicación a este notable hecho podemos considerar que hay 


Domiciano, cap. 8», en Vida de los doce Césares , Madrid: Gredos, 1992. Domidano fue 
emperador desde el año 81 al 96.] 

10. Egregium resumendae libertati tempns , si ipsi florentes, quam btops Italia , quam 
imbel lis urbana plebs , rtihil validuttt itt exercitibus, nisi quod extentum cogitaren t. Tac i tus, 
Ann. lib. 3 («Era, les decían, una ocasión inmejorable para recuperar la libertad, si pensa¬ 
ban que, mientras ellos se encontraban en su mejor momento, Italia estaba empobrecida 
y la plebe urbana debilitada, y que en los ejércitos no había más fuerza que la que venía 
de fuera». Cornelio Tácito, Anale$> Madrid: Alianza, 1993, libro III, 40, pp. 205-206. 

I iberio fue emperador desde el año 14 al 37.) 

11. Libro I, cap. 72. (Polibio (¿200?-¿120? a.C.), Historias (libros l-IV), Madrid: 
Gredos, 1990,1.72.] 

12. [Durante la mayor parre del tiempo, desde mediados del siglo XV a principios 
del xvn, la isla de Córcega estuvo sometida ai gobierno opresor y corrupto de la repú¬ 
blica de Génova. A mediados del siglo xvn se sucedieron frecuentes rebeliones contra la 
autoridad genovesa. Finalmente, en 1768, comprendiendo que no podía someter la isla, y 
temiendo que fuera ocupada por una potencia hostil, Génova la cedió a Francia. Aunque 
l.i propia Córcega había buscado a veces el control francés, se hizo necesaria una guerra 
de conquista en 1768-1769 para establecer la autoridad francesa.] 

13. (Véase Maquiavelo (1469-1527), El Príncipe , cap. 4. Alejandro Magno (356- 


57 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


dos formas en que un monarca puede gobernar a sus súbditos. Puede 
seguir la máxima de los príncipes orientales y extender su autoridad 
hasta el punto de no dejar diferencia alguna de rango entre ellos, salvo 
en aquello que proceda inmediatamente de él mismo; ninguna ventaja 
por nacimiento; ningún honor ni posesión hereditarios; en una palabra, 
ningún crédito entre el pueblo excepto cuando proceda de los nombra¬ 
mientos hechos por él. O bien puede ejercer el monarca su poder de 
una manera más suave, como la de otros príncipes europeos, y dejar 
que existan otras fuentes de honor además de su sonrisa y sus favores: 
el nacimiento, los títulos, las posesiones, el valor, la integridad, los co¬ 
nocimientos y las grandes y afortunadas hazañas. En el gobierno de la 
primera especie, tras una conquista, resulta imposible llegar a sacudirse 
el yugo, pues nadie posee, entre el pueblo, el suficiente crédito y auto¬ 
ridad personales como para iniciar tal empresa, mientras que en el de la 
segunda, la menor desgracia o discordia entre los vencedores animará a 
los vencidos a tomar las armas, ya que tendrán líderes que les incitarán 
a cualquier empresa y les conducirán en la misma 14 . 


323 a.C.) fundó el vasto imperio greco-maccdonio tras derrotar a las fuerzas del imperio 
persa al mando de Darío 111 en 333-330 a.C.] 

14. Doy por descontado, de acuerdo con la suposición de Maquiavelo, que los an¬ 
tiguos persas carecían de nobleza, aunque hay razones para sospechar que el secretario 
florentino, que parece haber conocido mejor a los autores romanos y griegos, estaba 
equivocado a este respecto. Los persas más antiguos, cuyas costumbres describe Jenofon¬ 
te, eran un pueblo libre y tenían nobleza. Conservaron sus ógÓTipoi (nobles principales, 
pares. Cf. Jenofonte (<43S?-<354? a.C.), Educación de Ciro, 2.1.9] incluso después de la 
expansión de sus conquistas y del consiguiente cambio en la forma de gobierno. Arriano 
los menciona en tiempos de Darío (De Exped. A/ex, lib. II [Flavio Arriano (<Í96?-cl80?), 
Anábasis de Alejandro]). Los historiadores suelen hablar también de las personas que es¬ 
taban al mando como de hombres de familia. Tigranes, que fue general de los medos bajo 
Jerjes, era de la raza de Aquemenes (Herod., lib. VII, cap. 62 [Heródoto (<484?-<420? 
a.C.), Historia]). Artaqueas, que dirigió las obras de construcción del canal junto al monte 
Atos, pertenecía a la misma familia (ibid. y cap. 117). Megabazo fue uno de los siete emi¬ 
nentes persas que conspiraron contra los magos. Su hijo Zópiro alcanzó el más alto grado 
de mando con Darío y le entregó Babilonia. Su nieto, llamado asimismo Megabazo, man¬ 
dó el ejército que fue derrotado en la batalla de Maratón. También fue eminente su bisnie¬ 
to Zópiro, desterrado de Persia (Herod., lib. III; Thuc., lib. I [Heródoto, Historia , 3.160; 
Tucídides (<472?-dcspués de 400 a.C.), Historia de la guerra del Peloponeso , 1.109]). 
Rosaces, que mandó el ejército en Egipto, bajo Artajerjes, era también descendiente de 
uno de los siete conspiradores (Diod. Sic., lib. XVI (Diodoro Sículo (siglo I a.C.), Biblioteca 
histórica , 16.47]. En Jenofonte ( Hist. Graec ., lib. IV [Jenofonte, Helénicas (Historia de 
Grecia), 4.1 ]), Agesilao, deseoso de concertar un matrimonio entre el rey Cotis, su alia¬ 
do, y la hija de Espitrídates, un persa de alto rango que había desertado uniéndose a él, 
empieza por preguntar a Cotis que de qué familia es Espitrídates. De una de las mejores 
de Persia, responde Cotis. Cuando a Arieo 1c fue ofrecida una soberanía por Clearco y los 
diez mil griegos, se negó a aceptar por ser de un rango demasiado bajo y dijo que tantos 
persas eminentes nunca soportarían su gobierno (Id. de exped ., lib. 11 (Jenofonte, Expe • 
dición de Ciro , libro 2|). Algunas de las familias descendientes de los siete persas antes 


58 



QUE LA POLITICA PUEDE REDUCIRSE A CIENCIA 


Tal es el razonamiento de Maquiavelo, que parece sólido y conclu¬ 
yente, aunque me gustaría que no hubiera mezclado la falsedad con la 
verdad, aseverando que las monarquías, cuando se gobiernan de acuer¬ 
do con la política oriental, aunque son más fáciles de conservar una vez 
que el país está sometido, son las más difíciles de someter, ya que no 
puede haber en ellas ningún súbdito poderoso cuyo descontento y acti¬ 
tud facciosa pudiera facilitar las empresas de un enemigo. Pues, además 
de que un gobierno tiránico semejante enerva el valor de los hombres y 
los vuelve indiferentes hacia la suerte de su soberano, además de esto, 
digo, encontramos por experiencia que incluso la autoridad temporal y 
delegada de los generales y magistrados, que siempre en tales gobiernos 
es tan absoluta dentro de su esfera como la del propio príncipe, puede 
producir entre los bárbaros, acostumbrados a una ciega sumisión, las 
revoluciones más peligrosas y fatales. De modo que, a todos los respec¬ 
tos, es preferible un gobierno moderado, que ofrece la mayor seguridad 
tanto al soberano como a los súbditos. 

Los legisladores no deberían por tanto confiar el futuro gobierno 
de un Estado totalmente al azar, sino que deberían prever un sistema de 
leyes capaz de regular la administración de los asuntos públicos hasta 
la más lejana posteridad. Los efectos siempre tienen sus causas corres¬ 
pondientes, y las sabias regulaciones constituyen en cualquier Estado el 
más valioso legado que pueda dejarse a las generaciones futuras* En los 
más humildes negocios privados, las formas y los métodos establecidos 
resultan un considerable control sobre la natural tendencia de la hu¬ 
manidad a la depravación. ¿Por qué no ha de ocurrir otro tanto en los 
asuntos públicos? ¿Podemos atribuir la estabilidad y sabiduría del go¬ 
bierno veneciano, a través de tanto tiempo, a nada que no sea la forma 
de gobierno? ¿Y no resulta fácil señalar los defectos de su constitución 
originaria que dieron lugar a los tumultuosos gobiernos de Atenas y 
Roma y terminaron por provocar la ruina de estas dos famosas repúbli- 


rnencionados seguían existiendo durante los reinados de los sucesores de Alejandro y, a 
decir de Polihio, Mitrídates, en los tiempos de Antíoco, descendía de uno de ellos (lib. V, 
cap. 43). A Artabazo, según Arriano, se le consideraba kv toic irpcjv [«entre los más eleva¬ 
dos de los persas»] (lib. III [231). Y, cuando Alejandro casó en un solo día a ochenta de sus 
generales con mujeres persas, su intención era claramente la de establecer una alianza de 
los macedonios con las familias persas más eminentes {ibid. y lib. Vil [4]). Diodoro Sículo 
afirma que las mujeres eran de la más alta alcurnia en Persia (lib. XVII 1107]). El gobier¬ 
no en Persia era despótico, y se conducía en muchos aspectos a la manera oriental, pero 
no llegaba al punto de extirpar a la nobleza ni de confundir todos los rangos y órdenes. 
Permitía la existencia de hombres que eran grandes por sí mismos y por su familia, con 
independencia de su cargo y cometido. Y el hecho de que los macedonios tuvieran tanta 
facilidad para mantener su dominio sobre ellos se debe a otras causas que son fáciles de 
encontrar en los historiadores. No obstante, hay que reconocer que el razonamiento de 
Maquiavelo es en sí justo, aunque su aplicación al caso presente pueda ser dudosa 4 '. 


59 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


cas? Y tan poca es la dependencia que esta cuestión tiene del talante y la 
educación de determinadas personas que una parte de la misma repúbli¬ 
ca puede ser gobernada con prudencia, mientras otra es mal gobernada 
por los mismos hombres, meramente en virtud de las diferencias forma¬ 
les e institucionales que regulan estas partes de la administración. Los 
historiadores nos informan de que tal fue en verdad el caso de Génova. 
Pues mientras la sedición, los tumultos y el desorden campaban en el 
Estado, la banca de San Jorge, que afectaba a una parte considerable de 
la vida de la gente, se administró a lo largo del tiempo, con la mayor 
integridad y prudencia 15 . 

En las épocas de mayor espíritu público no siempre destacan al 
máximo las virtudes privadas. Las buenas leyes pueden engendrar buen 
orden y moderación en el gobierno, mientras que las costumbres y 
maneras instilan poca humanidad y justicia en el temperamento de los 
hombres. Considerado desde un punto de vista político, el más ilustre 
período de la historia romana es el comprendido entre el comienzo de 
la primera guerra púnica y el final de la última, cuando el debido equi¬ 
librio entre la nobleza y el pueblo se establecía mediante la competición 
entre los tribunos, y no se había perdido aún por la expansión de las 
conquistas. Sin embargo, en aquellos mismos tiempos era tan común la 
horrible práctica del envenenamiento que, durante parte de una sesión, 
un pretor impuso la pena capital, en una parte de Italia, a más de tres 
mil personas 16 , a consecuencia de este delito, y seguían multiplicándose 


15. Essentpio veramente raro , e da F¡loso/i hitante loro imagínate e vedute Republi - 
che mai non lrovato> vedere dentro ad un medesimo cerchio, fra medesimi cittadini ; la li¬ 
berta , e la tirannide , la vita civile e la corotta, la giustitia e la licenza; perche quello ordine 
solo mantiere queda citta piena di costumi antiebi e venerabili. E s'egli auvenisse (che col 
tempo in ogni modo auverrá) que San Giorgio tuna queda cittá occupasse ; sarrebbe queda 
una República piu dalla Venetiana memorabile. Dclla Hist. Florcntiné, lib. 8 [Niccolo Ma- 
chiavdli, La historia de Florencia , 8.29: «Ejemplo verdaderamente raro y jamás hallado 
por los filósofos en tantas repúblicas que han imaginado y visto, ver dentro de un mismo 
círculo, entre los mismos ciudadanos, la libertad y la tiranía, la vida civil y la corrupta, 
la justicia y la licencia; porque sólo aquel orden conserva plenamente en aquella ciudad 
las costumbres antiguas y venerables. Y si aconteciere (que con el tiempo de todos modos 
acontecerá) que San Jorge ocupe la ciudad entera, sería una república más memorable que 
la veneciana». La república de Génova, incapaz de pagar a sus acreedores tras la guerra 
con Venecia, concedió a éstos los ingresos de sus aduanas hasta la liquidación de la deuda 
de guerra. Los acreedores, que adoptaron el título de Banca de San Jorge, establecieron 
entre ellos una forma de gobierno, con un consejo y un cuerpo ejecutivo, Génova llegó 
a depender de la banca para el crédito, asignando como garantía ciudades, castillos y 
territorios, de modo que la banca llegó a tener bajo su administración la mayor parte de 
las ciudades pequeñas y grandes de los dominios genoveses.) 

16. T. Livii, lib. 40, cap. 43. [Tito Livio (59 a.C.-17 d.C), Historia de Roma desde 
su fundación , 40.43. I-as guerras púnicas se desarrollaron entre los romanos y los cartagi* 
neses. La primera de ellas comenzó en 264 a.C., y la tercera y última terminó en 146 a.C. 


60 



QUE LA POLITICA PUEOE REDUCIASE A CIENCIA 


los informes de esta índole que llegaban hasta él. Hay un ejemplo toda¬ 
vía peor 17 en los primeros tiempos de la república. Tan depravado era 
en su vida privada aquel pueblo al que tanto admiramos por su historia. 
No me cabe duda de que los romanos eran más virtuosos en la época de 
los dos triunviratos , cuando despedazaban su propio país y extendían 
las matanzas y la desolación por toda la faz de la tierra, tan sólo para la 
elección de sus tiranos 18 * f . 

Hay aquí, así pues, un incentivo suficiente para mantener con el ma¬ 
yor celo, en todo Estado libre, las formas e instituciones que garantizan 
la libertad, respetan el bien común y restringen y castigan la avaricia y 
la ambición de determinados hombres. Nada honra más a la naturaleza 
humana que considerarla susceptible de tan noble pasión, y nada indica 
en un hombre la mezquindad de corazón tanto como verle carente de 
ella. Quien no ama más que a sí mismo, sin consideración para la amis¬ 
tad o el mérito, se hace merecedor de la crítica más severa, y quien sólo 
es propicio a la amistad, sin estar dotado de espíritu público, o carece de 
consideración hacia la comunidad, es deficiente en la parte más material 
de la virtud. 

Pero no es éste tema en el que debamos seguir insistiendo por el 
momento. Hay bastantes fanáticos en ambos bandos, que encienden las 
pasiones de sus partidarios y que, con el pretexto del bien común, per- 

ion la destrucción de Cartago. Los tribunos los elegía el pueblo (plebeyos) para que re¬ 
presentaran sus intereses frente a la nobleza (patricios). Un pretor era un alto funcionario 
indicia! o un gobernador provincial.) 

17. Ibid,, líb. 8, cap. 18. 

18. L'Aigle con t re L'Aigle, Roma iris contre Romains. 
combatant seulement pour le choix de tyrans. 

Comedle 

(Estos dos versos están tomados de la tragedia Cittna, acto I, esc. 3, escrita por Pierre 
Corneille (1606-1684) a finales de 1640 o principios de 1641. En el original «Ou Paigle 
ibattoit Paigle» va seguido, ocho versos después, por «Romains contrc Romais, parents 
, nutre parents, / combattoient seulement pour le choix des tyrans». Cinna, que conspira 
para restaurar la libertad en Roma asesinando al emperador Augusto, describe así sus 
esfuerzos para incitar a sus seguidores: «He pintado cuadros de aquellas terribles gue¬ 
rras / cuando la salvaje Roma se inclinaba al suicidio. / Cuando el águila se abatía sobre 
rl águila, por doquier / legiones en orden de batalla se oponían a su libertad; / cuando 
los mejores soldados y los más bravos jefes / luchaban por el honor de convertirse en 
esclavos; / cuando, para mejor asegurar su encadenada vergüenza, / rivalizaban todos 
para imponer al mundo entero sus cadenas, / y el innoble honor de darle un amo, / ha- 
i leudo que todos abrazaran el nombre de un cobarde traidor. / Romanos contra romanos 
v parientes contra parientes, / combatían tan solo por el derecho de elegir un tirano». 
I a «época de los triunviratos» a la que se refiere Hume se extendió desde la formación 
del llamado Primer Triunvirato (Julio César, Pompeyo y Craso) en 60 a.C. hasta 31 a.C., 
i uando quedó definitivamente roto el Segundo Triunvirato (Octaviano, Marco Antonio y 
I copulo), iniciándose la guerra con la que Octaviano se convertiría en el primer emperador 
iiMilano (Augusto).) 


61 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


siguen los intereses y fines de su particular facción. Por mi parte siempre 
procuraré promover la moderación más que el entusiasmo; aunque qui¬ 
zá la mejor manera de conseguir la moderación en todos los partidos sea 
aumentar nuestro entusiasmo por lo público. Trataremos pues, si ello 
fuera posible, de sacar, a partir de la doctrina que antecede, una lección 
de moderación en relación con los partidos en los que actualmente se 
divide nuestro país 8 , y no dejaremos, al mismo tiempo, que esta mode¬ 
ración disminuya la diligencia y pasión que animan a cada individuo a 
perseguir el bien de su país 19 . 

Quienes atacan o defienden a un ministro en un sistema de gobierno 
como el nuestro 20 , en el que se permite la máxima libertad, siempre lle¬ 
van las cuestiones al extremo y exageran sus méritos o deméritos en re¬ 
lación con lo público. Sus enemigos le acusarán indefectiblemente de las 
mayores barbaridades, tanto en la gestión interior como en la exterior, 
y no habrá mezquindad ni delito del que, para ellos, no sea capaz. Se le 
atribuirán guerras innecesarias, tratados escandalosos, despilfarro del 
tesoro público, toda clase de casos de mala administración. Para agravar 
estas acusaciones, su perniciosa conducta, se dice, extenderá su funesta 
influencia a la posteridad, minando la mejor constitución del mundo, y 
desordenando el sabio sistema de leyes, instituciones y costumbres que, 
a lo largo de los siglos, ha gobernado de tan feliz manera a nuestros 
antepasados. No es sólo un mal ministro, sino que ha suprimido todas 
las garantías contra los malos ministros en el futuro. 

Por otra parte, los partidarios del ministro en cuestión elevan su 
panegírico a la misma altura de las acusaciones que se hacen contra él, 
y celebran la conducción prudente, regular y moderada en todos los 
aspectos de la administración. Se han defendido en el exterior el honor 
y los intereses de la nación, se ha mantenido el crédito público en el 

19. [Más adelante, en este mismo ensayo, identifica Hume la división en partidos de 
su tiempo como una división entre el partido de la corte y el partido del país. Véase la 
nota 21 sobre el uso que hace Bolingbroke de estos términos. Hume trata de los partidos 
británicos en varios de los ensayos posteriores. Véanse «De los partidos en Gran Bretaña», 
«De la obediencia pasiva», «De la coalición de partidos» y «De la sucesión protestante».] 

20. |En lo que sigue tiene Hume itt mente el debate que se suscitó en su tiempo en 
tomo a un ministro determinado: sir Robert Walpole (1676*1745). Walpole, que empezó 
por ser lord del Tesoro, entre 1721 y 1742, dominó el Parlamento gracias al hábil uso 
que supo hacer del patrocinio de la Corona para controlar la mayoría en la Cámara de los 
Comunes. Suele considerarse que Walpole fue el primero en ocupar el cargo de Primer 
Ministro en Inglaterra, aunque este término se lo aplicaron sus enemigos. En la edición 
de 1742 de los Ensayos de Hume se incluía un ensayo titulado «Carácter de sir Robert 
Walpole». En las ediciones que aparecieron entre 1748 y 1768, se imprimió como nota al 
final del presente ensayo: «Que la política puede reducirse a ciencia», nota que se excluyó 
en las ediciones de 1770 y posteriores. El ensayo sobre Walpole puede encontrarse en este 
tomo en la sección «Ensayos retirados e inéditos».) 


62 



QUE LA POLÍTICA PUEDE REDUCIRSE A CIENCIA 


interior, se ha moderado la persecución y se ha sometido la sedición. El 
mérito de todas estas bendiciones se atribuye en exclusiva al ministro. 
Al mismo tiempo, corona sus restantes méritos, con el más estricto Gui¬ 
llado de la mejor constitución del mundo, que ha preservado en toda su 
integridad y ha transmitido por entero, para la felicidad y la seguridad 
de la posteridad más lejana. 

Cuando los partidarios de cada partido reciben una acusación y 
un panegírico semejantes no es de extrañar que se genere en ellos un 
extraordinario fermento en ambos bandos y que el país se llene de vio¬ 
lentas animosidades. Pero quisiera persuadir a estos partidistas fanáti¬ 
cos de que hay una crasa contradicción tanto en la acusación como en 
el panegírico, y que sería imposible que ninguno de los dos alcanzase 
tal extremo si no existiera esta contradicción. Si verdaderamente fuese 
nuestra constitución esa noble estructura , el orgullo de Gran Bretaña , 
la envidia de nuestros vecinos , levantada por el trabajo de tantos siglos, 
renovada a expensas de tantos millones y cimentada por tal profusión 
de sangre 21 , esto es, si merece nuestra constitución, en algún grado, es¬ 
tos elogios* 1 , nunca habría consentido que un ministro malvado y débil 
gobernara triunfalmente durante veinte años, con la oposición de los 
mayores talentos de la nación que han ejercido la mayor libertad de pa¬ 
labra y pluma, en el parlamento y en las frecuentes apelaciones al pue¬ 
blo. Mas, si el ministro fuera malvado y débil, hasta el grado en que con 
tanta energía se insiste, la constitución tiene que ser defectuosa en sus 
principios originales, y no es posible acusarle con coherencia de socavar 
la mejor forma de gobierno del mundo. Una constitución sólo sirve 
mientras proporcione un remedio contra la mala administración, y la 
británica, cuando se encuentra en su máximo vigor, y ha sido renovada 
por acontecimientos tan notables como la Revolución y el Ascenso , por 
los que se sacrificó a ella nuestra vieja familia real 22 ; si nuestra constitu- 

21. Disertation on parties , carta 10 [escrita por Henry St. John (1678-1751), que 
rn 1712 se convirtió en vizconde de Bolingbroke. Bolingbroke, partidario del partido 
tory en el Parlamento y Secretario de Estado desde 1710 hasta 1714, marchó al exilio 
en 1715, a raíz de la ascensión al trono de Jorge I, y tras formular Robert Walpole acu¬ 
sación contra él ante la Cámara de los Comunes. El flirteo con Jacobo III, el Pretendien¬ 
te, contribuyó al descrédito del partido tory (conservador) durante el período del pre¬ 
dominio whig (liberal), entre 1714 y 1760. Después de su regreso a Londres en 1725, 
Bolingbroke publicó durante la década siguiente artículos en The Craftsman, periódico 
de oposición al gobierno whig de Walpole. Argumenta en ellos que no existe ya base para 
la antigua división en tories y whigs. Ambas tendencias forman ahora parte de un parti¬ 
do constitucional o del país, que trata de preservar la constitución británica asegurando 
la independencia del Parlamento frente a la nueva influencia de la Corona. El partido an¬ 
ticonstitucional o cortesano de Walpole intenta, por el contrario, ampliar el poder de la 
Corona y reducir las cámaras a una dependencia absoluta.) 

22. (Hume se refiere aquí a la revolución de 1688, que depuso a Jacobo II, y al pos- 


63 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


ción, afirmo, con tan grandes ventajas, no proporciona verdaderamente 
tal remedio, estamos más bien en deuda con un ministro que la socava y 
que nos brinda la oportunidad de crear una nueva en su lugar. 

Yo emplearía los mismos tópicos para moderar el celo de los defen¬ 
sores del ministro. ¿Es tan excelente nuestra constitución? En ese caso, 
un cambio de ministerio no puede ser un acontecimiento tan terrible, ya 
que es esencial en tales constituciones que, en cada ministerio, se pre¬ 
serven a sí mismas de las violaciones, y se eviten todas las atrocidades 
en la administración. ¿Es nuestra constitución muy mala? En ese caso 
está injustificada tan extraordinaria suspicacia y aprensión en cuanto a 
los cambios, y ya no debería inquietar tanto que un marido que se ha ca¬ 
sado con una prostituta deba vigilarla para impedir su infidelidad. Con 
un gobierno tal, los asuntos públicos caerán necesariamente en la con¬ 
fusión, sean cuales fueren las manos que los conduzcan, y se requiere en 
tal caso menos el celo de los patriotas que la paciencia y sumisión de los 
filósofos. Son encomiables la virtud y las buenas intenciones de Catón y 
de Bruto. Pero ¿para qué sirvió su celo? 23 . Únicamente para acelerar la 
llegada del fatal período del gobierno de Roma y hacer más violentas y 
dolorosas sus convulsiones y su agonía. 

No se entienda que quiero decir que los asuntos públicos no mere¬ 
cen cuidado y atención en absoluto. Si se trata de hombres moderados y 
coherentes, deberían admitirse sus afirmaciones, o al menos someterse a 
examen. El partido del país podría todavía sostener que nuestra consti¬ 
tución, aunque sea excelente, permite un cierto grado de mala adminis¬ 
tración y que, en consecuencia, si el ministro es malo, está bien oponerse 
a él con el adecuado celo. Y, por otra parte, puede permitirse al partido 
de la corte , en el supuesto de que el ministro fuera bueno, que, también 
con algún celo, defienda su administración. Yo me limitaría a tratar de 
convencer a los hombres de que no compitan como si lucharan pro aris 
et focis [por los altares y los hogares] y cambien una constitución buena 
por otra mala mediante la violencia de sus facciones'. 


tenor ascenso de María, su hija, y del marido de ésta, Guillermo de Orange, estatúder de 
Holanda. Guillermo III reinó junto a María desde 1689 hasta la muerte de ésta en 1694, 
y luego como soberano único hasta 1702. A Guillermo le sucedió Ana, segunda hija de 
Jacobo II y última de los Estuardo. Mediante el Act of Settlement de 1701, que regu¬ 
la la sucesión al trono, tras la muerte de Ana (1714) la línea sucesoria pasa a la casa de 
Hannóver.] 

23. [Se refiere probablemente a Marco Porcio Catón (Catón de Úrica o Catón el 
Joven) (95-46 a.C.), bisnieto de Catón el Viejo (o el Censor) (234-149 a.C.), político, 
escritor y orador notable. Era tío de Marco Junio Bruto (¿85P-42 a.C.), quien posterior¬ 
mente se casó con la hija de Catón. Bruto y Catón apoyaron a Pompeyo contra Julio César 
en la guerra civil. Catón se suicidó en 46 a.C., tras la derrota de los pompeyanos en la 
batalla de Tapso. Bruto fue perdonado por César, pero fue luego uno de los dirigentes de 
la conspiración patriótica que condujo al asesinato de éste en 44 a.C.| 


64 



QUE LA POLÍTICA PUEDE REDUCIRSE A CIENCIA 


No he considerado aquí, en la presente controversia, nada que sea 
personal. En la mejor de las constituciones civiles, donde cada uno está 
constreñido por las leyes más rigurosas, es fácil descubrir las intencio¬ 
nes, buenas o malas, de un ministro, y juzgar si su carácter personal se 
luce merecedor de amor o de odio. Pero tales cuestiones tienen escasa 
importancia para el público, y ponen a quienes emplean su pluma en 
relación con ellas bajo la justa sospecha de malevolencia o de adulación. 


65 



IV 


DE LOS PRINCIPIOS PRIMORDIALES 
DEL GOBIERNO 


Nada les parece más sorprendente a quienes contemplan los asuntos 
humanos con mirada filosófica que la facilidad con la que los pocos go¬ 
biernan a los muchos, y la implícita mansedumbre con la que los seres 
humanos someten sus propios sentimientos y pasiones a los de sus go¬ 
bernantes. Cuando indagamos por qué medios llega a efectuarse este 
milagro nos encontramos con que, al estar la fuerza siempre del lado de 
los gobernados, los gobernantes no tienen nada en lo que apoyarse sal¬ 
vo la opinión. La opinión es, así pues, aquello en lo que se fundamenta 
el gobierno, y esta máxima se extiende a los gobiernos más despóticos 
y más militares, tanto como a los más libres y populares. Puede que el 
sultán de Egipto o el emperador de Roma condujeran a sus inofensivos 
subditos como a bestias, contra sus sentimientos e inclinaciones. Pero 
a sus mamelucos, o a su guardia pretoriana, tendría que saberlos llevar 
como a personas, teniendo en cuenta su opinión. 

La opinión es de dos clases, a saber, la opinión sobre el interés y la 
opinión sobre el derecho. Por opinión sobre el interés entiendo princi¬ 
palmente el sentimiento de la ventaja general que se deriva del gobierno, 
junto con la convicción de que el gobierno determinado que está esta¬ 
blecido es igual de ventajoso que cualquier otro que fácilmente pudiera 
establecerse. Cuando prevalece esta opinión entre la generalidad de un 
Estado, o entre quienes tienen en sus manos la fuerza, proporciona gran 
seguridad a cualquier gobierno. 

El derecho es de dos clases: el derecho al poder y el derecho a la 
propiedad. El predominio que la opinión de la primera de estas clases 
tiene en la humanidad es fácil de entender, si se observa el apego que 
todas las naciones sienten por sus inveteradas formas de gobierno, e 
incluso por aquellos nombres que cuentan con la sanción que supone la 


66 



DE LOS PRINCIPIOS PRIMORDIALES DEL GOBIERNO 


antigüedad. La antigüedad siempre genera la opinión sobre el derecho, 
y cualesquiera que sean los sentimientos desfavorables que mantenga¬ 
mos acerca de la humanidad, siempre encontramos que son pródigos, 
tanto en cuanto a la sangre como en cuanto al tesoro, en el manteni¬ 
miento de la justicia pública*. No hay en verdad ningún aspecto en el 
que, a primera vista, pueda aparecer en el marco de la mente humana 
una mayor contradicción que ésta. Cuando se actúa en una facción, se 
tiende, sin sentimiento de vergüenza ni remordimiento, a dejar de lado 
todo cuanto nos vincula con el honor y la moralidad, con el fin de servir 
a nuestro partido. Y, sin embargo, cuando se forma una facción sobre 
una cuestión de derecho o un principio, no hay ninguna otra ocasión 
en que descubramos una mayor obstinación ni un más determinado 
sentimiento de justicia y equidad. La misma disposición social del ser 
humano es la causa de estos contradictorios aspectos. 

Se entiende suficientemente que la opinión respecto al derecho a 
la propiedad es importante en todas las cuestiones relacionadas con el 
gobierno. Un autor notable ha hecho de la propiedad el fundamento 
de todo gobierno 1 , y muchos de nuestros escritores políticos parecen 
indinados a seguirle a este respecto. Esto es llevar las cosas demasiado 
lejos, pero debe concederse que la opinión respecto al derecho a la pro¬ 
piedad tiene una gran influencia en este tema. 

Sobre estas tres opiniones, relativas al interés público, al derecho al 
poder y al derecho a la propiedad se fundamentan, así pues, todos los 
gobiernos, y toda la autoridad de los pocos sobre los muchos. Hay desde 
luego otros principios, que refuerzan éstos, y que determinan, limitan 
o dreran su funcionamiento, tales como el propio interés , el temor y el 
afecto. Pero podemos asegurar que estos otros principios no pueden 
irncr influencia por sí solos, sino que suponen la previa influencia de las 
\ >piniones que hemos mencionado. Por tanto hay que considerar que son 
los principios secundarios del gobierno, no los primarios. 

Pues, en primer lt4gar y por lo que hace al interés propio , concepto 
por el que entiendo la expectativa de recompensas particulares, distintas 
de la protección general que recibimos del gobierno, es evidente que 
previamente ha de estar establecida la autoridad del magistrado, o al 
menos debe esperarse que lo esté, antes de que se produzca esta expec- 
i.uiva. La perspectiva de recompensas puede aumentar su autoridad en 
o lacióncon determinadas personas, pero nunca puede ser su origen 
rn relación con el público. Es natural que la gente trate de conseguir los 
mayores favores de sus amigos y conocidos. Y, en consecuencia, las es- 


I. (Probablemente James Harrington (1611-1677), autor de Commonwealth of 
t h tuina (1656), quien mantenía que el equilibrio de los poderes políticos depende del 
••*ludibrio de la propiedad, en especial de los bienes raíces.] 


67 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


peranzas de una considerable parte del Estado nunca se centrarían en un 
determinado conjunto de hombres, si estos hombres no poseyeran nin¬ 
gún otro título para ejercer su magistratura, y no tuvieran una influencia 
independiente sobre las opiniones de la humanidad. La misma observa¬ 
ción puede hacerse extensiva a los otros dos principios, los del temor y el 
afecto. Ningún hombre tendría razón alguna para temer la furia de un ti¬ 
rano, si éste careciese de toda autoridad sobre otros salvo la derivada del 
temor, ya que, como hombre individual, su fuerza física no puede llevar¬ 
le muy lejos, y el resto del poder que posea tiene que basarse en nuestra 
propia opinión o en la opinión que se supone en otros. Y aunque el afec¬ 
to de un soberano por la sabiduría y la virtud llega muy lejos y tiene gran 
influencia, previamente tendrá que suponérsele investido de un carácter 
público, pues, de lo contrario, la estima pública no le serviría de nada, 
ni su virtud tendría influencia alguna más allá de un estrecho círculo. 

Una forma de gobierno puede durar varias épocas, aun cuando el 
equilibrio del poder y el equilibrio de la propiedad no coincidan. Esto 
ocurre principalmente allí donde cualquier rango u orden del Estado 
ha adquirido una elevada proporción de la propiedad, pero carece de 
participación en el gobierno desde la original constitución de éste. ¿Con 
qué pretexto adquiriría autoridad en los asuntos públicos un individuo 
de una categoría social semejante? Dado que la gente tiene por lo común 
apego a su forma de gobierno inveterada, no cabe esperar que el público 
llegue a aceptar usurpaciones de esta índole. Pero, allí donde la constitu¬ 
ción permite originalmente alguna participación en el poder, por peque¬ 
ña que sea, a una categoría de ciudadanos que posee una gran participa¬ 
ción en la propiedad, les resultará fácil a éstos ampliar gradualmente su 
autoridad, y hacer que el equilibrio del poder coincida con el de la pro¬ 
piedad. Así ha acontecido en Inglaterra con la Cámara de los Comunes. 

La mayoría de los autores que se han ocupado de la forma de go¬ 
bierno británica han dado por supuesto que la cámara baja representa 
a la totalidad de los comunes de Gran Bretaña, y que su peso en la ba¬ 
lanza es proporcional a la propiedad y el poder de todos aquéllos a los 
que representa. Mas no hay que considerar que este principio sea una 
verdad absoluta. Pues, aunque la gente tiende a sentirse más vinculada 
con la cámara de los comunes que con otras instituciones del Estado, 
y elige a los miembros de esa cámara como sus representantes, y como 
guardianes públicos de su libertad, hay casos en los que el pueblo no 
ha seguido a la cámara, incluso cuando ésta se encontraba en oposi¬ 
ción a la corona, como podemos observar en particular en la cámara 
dominada por los tories durante el reinado del rey Guillermo 2 . Si sus 

2. [Durante el período comprendido entre 1698 y 1701, la Cámara de los Co¬ 
munes, bajo control tory, se opuso a medidas adoptadas por Guillermo III, en pro de (a 


68 



DE LOS PRINCIPIOS PRIMORDIALES DEL GOBIERNO 


miembros estuvieran obligados a recibir instrucciones de sus electores, 
como es el caso de los diputados holandeses, ello alteraría totalmente 
l.i cuestión, y si se pusieran en la balanza un poder y una riqueza tan 
inmensos como los de todos los comunes de Gran Bretaña, no es fácil 
concebir que la corona pudiera influir sobre semejante multitud ni resis- 
lirse a tal superioridad en cuanto a la propiedad. Es cierto que la corona 
tiene gran influencia sobre el cuerpo colectivo en la elección de los 
miembros. Pero si esta influencia, que actualmente se ejerce sólo una vez 
cada siete años, se empleara para convencer a la gente en cada votación, 
pronto se dilapidaría, y no habría habilidad, popularidad ni capacidad 
económica que pudiera soportarlo. Tengo por tanto que exponer mi 
opinión de que un cambio a este respecto introduciría un cambio total 
en nuestra forma de gobierno, que no tardaría en quedar reducida a 
la de una pura república, y tal vez a una república de forma nada in¬ 
conveniente. Pues aunque el pueblo, reunido en un cuerpo tal como el 
que suponían las tribus romanas, sea bastante incapaz de gobernarse, 
disperso en cuerpos menores es sin embargo más apto para la razón y el 
orden. En gran medida se rompe la fuerza de las corrientes e impulsos 
populares, y es posible la búsqueda del interés público con un cierto mé¬ 
todo y constancia. Pero es innecesario seguir razonando acerca de una 
forma de gobierno que no es probable que llegue a establecerse nunca 
ni (irán Bretaña, y que no parece que esté en el ánimo de ninguno de 
lu% partidos existentes entre nosotros. Sigamos cuidando y mejorando 
nuestra vieja forma de gobierno cuanto nos sea posible, sin despertar 
una pasión por tan peligrosas novedades 5 . 


iMUiriilad de Europa frente a Luís XIV de Francia. Cuando el condado de Kent envió 
I" tu lunarios a Londres en 1701, para que reprochasen a la Cámara su desconfianza hacia 
1 1 n*y y su dilación en votar los suministros, los peticionarios fueron detenidos. El disgus¬ 
to público por el trato dado a los peticionarios se expresó en un panfleto whig llamado 
/ tiflón Memorial (1701). La Petición de Kent y el Legión Memorial demostraron que el 
wiiii miento popular estaba del lado del rey en esta pugna con los Comunes.] 


69 



V 


DEL ORIGEN DEL GOBIERNO 


El hombre, nacido en una familia, se ve obligado a mantener la so¬ 
ciedad, por necesidad, por natural inclinación y por hábito. Esta mis¬ 
ma criatura, en su ulterior progreso, se dedica a establecer la sociedad 
política, con el fin de administrar justicia, sin la cual no puede existir 
paz entre los congéneres, ni seguridad, ni mutuas relaciones. Vamos en 
consecuencia a contemplar todo el vasto aparato de nuestro gobierno 
como si no tuviera en última instancia otro objeto que la administración 
de justicia o, dicho de otra manera, el apoyo de los doce jueces. Reyes 
y parlamentos, ejércitos y armadas, funcionarios de la corte y de la ha¬ 
cienda, embajadores, ministros y miembros del consejo privado, quedan 
todos subordinados en su finalidad a esta parte de la administración. 
Incluso el clero, cuya obligación le lleva a inculcar la moralidad, puede 
considerarse con justicia, por lo que a este mundo atañe, que es éste el 
único objeto de su institución. 

Todas las personas son conscientes de esta necesidad de la justicia 
para mantener la paz y el orden, y todas lo son asimismo de la necesidad 
de la paz y el orden para que se mantenga la sociedad. Sin embargo, a 
pesar de esta fuerte y evidente necesidad, resulta imposible —ital es 
la debilidad o perversidad de nuestra humana naturaleza!— hacer que 
los hombres sigan, fielmente y sin desviarse, los senderos de la justi¬ 
cia. Pueden darse algunas extraordinarias circunstancias en las que una 
persona ve mas favorecidos sus intereses por el fraude o la rapiña que 
dañados por el quebranto que su injusticia hace a la unión social. Pero 
con mucha mayor frecuencia, el infractor es seducido para apartarse de 
sus grandes e importantes, aunque distantes, intereses, por la atracción 
de tentaciones, presentes aunque muy frívolas. Esta debilidad es algo 
incurable en la naturaleza humana. 

Tienen en consecuencia los humanos que esforzarse en paliar lo que 


70 



DEL ORIGEN DEL GOBIERNO 


no son capaces de curar. Tienen que nombrar a algunas personas, con el 
apelativo de magistrados, cuya especial función consista en adoptar de¬ 
cisiones equitativas, castigar a los transgresores, corregir el fraude y la 
violencia, y obligar a la gente, por reacia que sea, a tener en cuenta sus 
reales y permanentes intereses. En resumen: la obediencia constituye 
una nueva obligación, que debe imponerse en apoyo de la justicia, y los 
vínculos de la equidad deben ser corroborados por los de la lealtad. 

Sin embargo, viendo las cosas desde un punto de vista abstracto, 
cabe pensar que nada se gana con esta alianza, y que la artificial obliga¬ 
ción de la obediencia, por su propia índole, ejerce sobre la mente hu¬ 
mana un control tan débil como el de la primitiva y natural obligación 
de justicia. Los intereses personales y las tentaciones que se presentan 
pueden imponerse a la una tanto como a la otra. Están por igual ex¬ 
puestas al mismo inconveniente. Y aquel que siente inclinación por ser 
mal vecino, se verá llevado por los mismos motivos, bien o mal enten¬ 
didos, a ser mal ciudadano y súbdito. Por no mencionar que también el 
magistrado puede con frecuencia ser negligente, parcial o injusto, en la 
administración de la justicia. 

La experiencia demuestra, no obstante, que existe una gran diferen¬ 
cia entre unos casos y otros. El orden en la sociedad, encontramos, se 
mantiene mejor por medio del gobierno, y nuestra obligación para con 
d magistrado se guarda más estrictamente mediante los principios de 
la naturaleza humana que nuestra obligación para con nuestros conciu¬ 
dadanos. El amor por el dominio es tan fuerte en el pecho humano que 
muchos, no sólo se someten a él, sino que se exponen a todos los peli¬ 
gros, fatigas y cuidados del gobierno y, una vez alcanzado ese nivel, las 
personas, aunque a veces se extravíen debido a las pasiones privadas, 
lidian, en los casos normales, un visible interés en la administración im¬ 
pacial de la justicia. Quienes, por consentimiento tácito o expreso de 
la gente, alcanzan esta distinción deben estar dotados de superiores cua¬ 
lidades personales de valor, firmeza, integridad o prudencia, que inspi- 
i ,m respeto y confianza y, una vez que se ha establecido el gobierno, una 
consideración relativa al nacimiento, el rango y la posición social ejer¬ 
cen una poderosa influencia sobre los hombres e impone las decisiones 
tle los magistrados. El príncipe o el líder claman contra todo desorden 
«lile perturbe su sociedad. Convoca a todos sus partidarios y a todos los 
h'imbres probos para que le ayuden a corregir y reparar la situación, y 
indas las personas indiferentes están prestas a seguirle en el desempe¬ 
rna de su cargo. No tarda en adquirir el poder para recompensar estos 
servicios y, con el progreso de la sociedad, nombra ministros y organiza 
a menudo una fuerza militar que tiene un interés inmediato y patente 
rit apoyar su autoridad. El hábito pronto consolida lo que otros princi¬ 
pios de la naturaleza humana han fundamentado de manera imperfecta 


71 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


y, una vez acostumbradas a la obediencia, nunca piensan las gentes en 
apartarse de esa senda que constantemente hollaron sus antecesores, y a 
la que se ven limitadas por tantos motivos urgentes y patentes. 

Pero, aunque este progreso de los asuntos humanos, puede anto¬ 
jarse cierto e inevitable, y aunque el apoyo que la lealtad brinda a la 
justicia, se base en indudables principios de la naturaleza humana, no 
cabe esperar que los hombres sean de antemano capaces de descubrirlos 
o de prever su funcionamiento. El gobierno comienza de manera más 
casual e imperfecta. Es probable que el primer ascendiente que alcan¬ 
zara un hombre sobre las multitudes empezara en estado de guerra, 
situación en la que se hace más visible la superioridad en el valor o en 
la genialidad, en la que más se requieren la unanimidad y el concierto, 
y en la que se perciben de manera más clara los perniciosos efectos del 
desorden. La prolongada continuación de ese estado, incidente común 
entre las tribus salvajes, habituaron a la gente a la sumisión y, si el jefe 
de la tribu poseía tanto sentido de la equidad como prudencia y valor, 
pasaba a convertirse, incluso en la paz, en árbitro de todas las diferen¬ 
cias, y podía ir estableciendo gradualmente su autoridad gracias a una 
mezcla de fuerza y consentimiento. El beneficio de su influencia, al ha¬ 
cerse perceptible, era valorado por la gente, por lo menos por los pací¬ 
ficos y bien dispuestos y, si su hijo poseía las mismas buenas cualidades, 
el gobierno progresaba tanto antes hacia la madurez y la perfección, 
pero seguía estando en una situación de debilidad, hasta que el mayor 
avance en la mejora proporcionaba al magistrado una remuneración 
y le permitía conceder recompensas para diversos instrumentos de su 
administración, e imponer castigos a los refractarios y desobedientes. 
Antes de alcanzarse esta etapa, su influencia tenía que ejercerse cada vez 
de manera particular, acorde con las circunstancias especiales del caso. 
Pero después, la sumisión no era ya una cuestión de elección para el 
grueso de la comunidad, sino que era exigida de manera rigurosa por la 
autoridad del supremo magistrado. 

En todos los gobiernos hay una lucha intestina perpetua, de mane¬ 
ra abierta o secreta, entre la autoridad y la libertad, y ninguna de ellas 
puede llegar a prevalecer de manera absoluta. Con todo gobierno tie¬ 
ne que hacerse necesariamente un gran sacrificio de la libertad. Pero in¬ 
cluso la autoridad que limita la libertad no puede jamás, o quizá no de¬ 
bería jamás, con ninguna constitución, llegar a ser total e incontrolable. 
El sultán es el amo de la vida y hacienda de cada individuo. Pero no le 
está permitido imponer nuevos impuestos a sus súbditos. Un monarca 
francés puede establecer impuestos a placer. Pero seria peligroso para 
él atentar contra la vida y hacienda de los individuos. En la mayoría de 
los países, la religión resulta ser también un principio intocable, y otros 
principios y prejuicios se resisten con frecuencia a la autoridad de un 


72 



DEL ORIGEN DEL GOBIERNO 


magistrado civil, cuyo poder, al tener sus raíces en la opinión, no pue¬ 
de nunca someter a otras opiniones, que tienen el mismo arraigo que las 
ilc su título para ejercer el dominio. El gobierno que por lo común reci¬ 
be la denominación de libre es el que admite una división del poder en- 
n e varios miembros, cuya autoridad conjunta no es inferior a la de nin¬ 
gún monarca, y suele ser superior a ella, pero que en el curso habitual 
ile la administración deben actuar ateniéndose a leyes generales e igua¬ 
les para todos y que son previamente conocidas por todos los miembros 
\ por todos los súbditos. En este sentido hay que considerar que la li¬ 
bertad es la perfección de la sociedad civil. Pero hay que seguir reco¬ 
nociendo que la autoridad es esencial para la existencia de ésta y, en las 
disputas que con tanta frecuencia tienen lugar entre una y otra, esta úl¬ 
tima puede, en consecuencia, disputar la preferencia. A menos que pue- 
<1 a decirse (y no sin cierta razón) que una circunstancia que es esencial 
para la sociedad civil tiene que mantenerse siempre por sí misma, y su 
innservación requiere menos celo que la de otra que contribuye única¬ 
mente a su perfección, y que la indolencia de los hombres tiende a des¬ 
nudar, o su ignorancia a pasar por alto. 


73 



VI 


DE LA INDEPENDENCIA DEL PARLAMENTO 3 


Los escritores políticos han establecido como máxima que, al diseñar un 
sistema de gobierno y establecer los distintos mecanismos de compro¬ 
bación y control, hay que dar por supuesto que todo individuo es un 
bribón , y no tiene otra finalidad, en todos sus actos, que el interés pri¬ 
vado. Por medio de este interés tenemos que gobernarle, y a través de 
él hacer que, no obstante su avaricia y ambición insaciables, coopere en 
el bien público. Sin esto, aseveran, en vano alardearemos de las venta¬ 
jas de una constitución, y acabaremos por damos cuenta de que no te¬ 
nemos ninguna garantía para nuestras libertades o posesiones salvo la 
buena voluntad de nuestros gobernantes, es decir, no tendremos garan¬ 
tía ninguna. 

Es, así pues, una máxima política justa que hay que suponer que 
todo individuo es un bribón . Aunque al mismo tiempo parece algo ex¬ 
traño que sea verdadera en política una máxima que es de hecho falsa. 
Pero, para satisfacernos sobre este punto crítico, podemos considerar 
que, por lo general, los individuos son más honestos en sus actuacio¬ 
nes privadas que en las públicas, y que irán más lejos para servir a un 
partido que cuando sólo están en juego sus intereses privados. El honor 
es un gran control para la humanidad. Pero, cuando actúan juntas un 
número considerable de personas, este control queda en gran medida 
suprimido, ya que un hombre está seguro de contar con la aprobación 
de su partido para lo que promueve su interés común, y aprende pronto 
a desoír los reproches de los adversarios. A lo que podemos añadir que 
toda corte o senado decide de acuerdo con el mayor número de los vo¬ 
tos, de modo que, si el interés propio influye únicamente en la mayoría 
(como lo hará siempre b ), todo el senado obedece a las seducciones de 
este interés particular, y actúa como si no hubiera en él un solo miem¬ 
bro que tenga en cuenta en absoluto el interés público y la libertad. 


74 



DE LA INDEPENDENCIA DEL PARLAMENTO 


Así pues, cuando se somete a nuestra censura y examen un plan de 
gobierno, real o imaginario, en el que el poder se divide entre varias ju¬ 
risdicciones y distintas clases de personas, deberemos siempre conside¬ 
rar los distintos intereses de cada jurisdicción y cada clase, y si encontra¬ 
mos que, gracias a la hábil división del poder, este interés, al ponerse en 
práctica, tiene que coincidir necesariamente con el interés público, po¬ 
demos tener a ese gobierno por sabio y afortunado. Si, por el contrario, 
no se controlara el interés particular, y no se encaminara al interés pú¬ 
blico, no encontraríamos nada en ese gobierno que no fueran facciones, 
desorden y tiranía. En esta opinión me avalan la experiencia y la auto¬ 
ridad de todos los filósofos y políticos, tanto antiguos como modernos. 

Cuánto habría por tanto sorprendido a un hombre genial, como 
Cicerón, o como Tácito, si les hubieran dicho que, en una época futura, 
surgiría un sistema regular de gobierno mixto en el que la autoridad 
estaría repartida de tal manera que uno de los rangos podría, cuando 
quisiera, absorber a todos los restantes y hacerse con todo el poder de la 
constitución. Un gobierno así, dirían, no sería un gobierno mixto. Pues 
tan grande es la ambición de los hombres, que nunca están satisfechos 
con el poder que tienen y, si una categoría de hombres, al perseguir 
sus propios intereses, pueden usurpar los de todas las demás categorías, 
no dudarán en hacerlo y, en la medida de lo posible, con potestad abso¬ 
luta e incontrolable. 

Pero la experiencia muestra que podrían estar equivocados en esta 
opinión. Porque éste es realmente el caso de la constitución británica. 

I a participación en el poder que nuestra constitución otorga a la Cáma¬ 
ra ilc los Comunes es tan grande que predomina absolutamente sobre 
todas las demás partes del gobierno. El poder legislativo del rey no su¬ 
pone claramente ningún control adecuado del poder de la cámara. Pues, 
aunque tiene el veto en la elaboración de las leyes, se considera que, 
de hecho, esta facultad tiene tan poca importancia que todo cuanto se 
aprueba en las dos cámaras acaba con seguridad por convertirse en ley, 
v el consentimiento real es poco más que una formalidad. El peso real 
tic la corona reside en el poder ejecutivo. Pero, además de que, en todo 
g< tbierno, el poder ejecutivo está totalmente subordinado al legislativo, 
además de esto, digo, el ejercicio de este poder requiere un gasto in¬ 
menso, y los comunes se han otorgado el derecho exclusivo de aprobar 
los presupuestos. ¿No le sería facilísimo por tanto a la Cámara de los 
Uomuncs arrebatar esos poderes a la corona, uno tras otro, condicio¬ 
nando la aprobación de cada partida y eligiendo tan bien los momentos 
que cada aprobación denegada afectaría solamente al gobierno, sin dar 
.1 las potencias extranjeras ventajas sobre nosotros? Si la Cámara de los 
<amaines dependiera de la misma manera del rey, y si ninguno de sus 
miembros tuviera propiedad alguna que no se debiera al favor de éste, 


75 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


¿no impondría el rey todas las resoluciones y no pasaría a ser, desde ese 
momento, un monarca absoluto? En cuanto a la Cámara de los Lores, 
sus miembros constituyen un importante apoyo para la corona, en la 
medida en que ésta los apoye a ellos. Pero tanto la experiencia como la 
razón muestran que no tienen fuerza ni autoridad suficientes para man¬ 
tenerse por sí solos sin tal apoyo. 

¿Cómo resolveremos en consecuencia esta paradoja? ¿Y por qué 
medio se confina a este miembro de nuestra constitución dentro de sus 
propios límites, ya que, desde el momento mismo de constituirnos, tie¬ 
ne necesariamente que tener todo el poder que demande, y sólo a sí 
mismo puede limitarse? ¿Qué clase de coherencia tiene esto con nuestra 
experiencia de la naturaleza humana? Yo respondo que el interés del 
conjunto se ve aquí limitado por el de los individuos, y que la Cámara 
de los Comunes no amplía su poder porque tal usurpación sería con¬ 
traria al interés de la mayoría de sus miembros. La corona tiene tantos 
cargos a su disposición que, cuando cuenta con la asistencia de la parte 
honrada y desinteresada de la cámara, siempre impone las resoluciones 
del conjunto hasta el punto de poder, al menos, preservar del peligro a 
la vieja constitución. Podemos por tanto darle el nombre que nos plaz¬ 
ca, podemos considerar que son denominaciones de compromiso de la 
corrupción y la dependencia . Pero un cierto grado y una cierta clase de 
ello son inseparables de la naturaleza misma de la constitución, y son 
necesarios para la preservación de nuestra forma mixta de gobierno. 

En vez de asegurar 1 de manera absoluta que la dependencia del 
parlamento, en cualquier grado, es una infracción contra la libertad 
británica, el partido del país debería haber hecho algunas concesiones a 
sus adversarios y haberse limitado a examinar cuál es el grado adecuado 
de esta dependencia, más allá del cual se convierte en peligrosa para la 
libertad. Pero semejante moderación no puede esperarse de ninguna 
clase de hombres de partido. Después de una concesión de esta índole 
hay que abandonar toda retórica, y al lector le cabría esperar una inves¬ 
tigación tranquila del adecuado grado de influencia de la corte y de la 
dependencia parlamentaria. Y, aunque la balanza en una controversia 
tal acabaría posiblemente por inclinarse del lado del partido del país , 
la victoria no sería sin embargo tan completa como sus partidarios de¬ 
sean, ni debería ningún verdadero patriota desprenderse de su celo, por 
temor de que la cuestión pasara al extremo contrario, disminuyendo 2 


1. Véase Dissertation on Parties, passirn. (Bolingbroke, Dissertation Upon Parí tes. 
Cf. el Ensayo III, «Que la política puede reducirse a ciencia**, notas 19 y 21. Hume crítica 
aquí el partidismo extremo de Bolingbroke y defiende implícitamente la utilización que 
hace Walpole del patrocinio de la corona para controlar la Cámara de los Comunes.) 

2. Entiendo por la influencia de la corona que justifico únicamente aquella que se 


76 



DE LA INDEPENDENCIA DEL PARLAMENTO 


en exceso la influencia de la corona. Se consideró por tanto preferible 
negar que este caso extremo pudiera llegar a ser peligroso para la cons¬ 
titución, o que la corona pudiera llegar a tener demasiado poca influen¬ 
cia sobre los miembros del parlamento. 

Todas las cuestiones relativas al adecuado término medio entre dos 
extremos son difíciles de decidir, tanto por la dificultad que implica 
encontrar las palabras que permitan fijar con propiedad ese término 
medio, como porque, en tales casos, lo bueno y lo malo pasan tan gra¬ 
dualmente de uno a otro como para sumergir nuestros sentimientos en 
la duda y la incertidumbre. Pero el presente caso entraña una dificultad 
peculiar, que pondría en un aprieto al examinador más imparcial y mejor 
conocedor de la cuestión. El poder de la corona reside sólo en una sola 
persona, ya sea el rey o un ministro, y como esta persona puede tener 
un grado mayor o menor de ambición, capacidad, valor, popularidad o 
suerte, ese poder, que resulta excesivo en unas manos, puede llegar a ser 
demasiado pequeño en otras. En las repúblicas puras, donde la autori¬ 
dad se distribuye entre varias asambleas o senados, las comprobaciones 
y controles son más regulares en su funcionamiento, porque los miem¬ 
bros de tan numerosas asambleas puede presumirse que son siempre 
perfectamente iguales en cuanto a su capacidad y virtud, y únicamente 
entran en consideración su número, su riqueza o su autoridad. Pero una 
monarquía limitada no admite este tipo de estabilidad, ni resulta posible 
.isignar a la corona un grado de poder tal que, en cualesquiera manos, 
constituya un adecuado contrapeso frente a las restantes partes de la 
constitución. Es ésta una inevitable desventaja entre las muchas ventajas 
que tiene esta clase de gobierno. 


ilrnva Je los cargos y honores de los que la corona dispone. En cuanto al soborno pri¬ 
vado, puede considerarse equivalente a la práctica de recurrir a espías, que difícilmente 
puede justificarse en un buen ministro, y resulta infame en uno malo. Pero ser espía, o es- 
l.u corrompido, es siempre algo infame, con cualquier ministro, y debe considerarse una 
ptoMiiución desvergonzada. Polibio estima con justicia que la influencia pecuniaria del 
«nudo y de los censores era uno de los pesos regulares y constitucionales que preservaban 
rl equilibrio del gobierno romano. I.ib. VI, cap. 15. [Polibio, Historias , 6.15] c . 


77 



VII 


DE SI EL GOBIERNO BRITÁNICO SE INCLINA MÁS HACIA 
LA MONARQUÍA ABSOLUTA O HACIA UNA REPÚBLICA 


Requiere un fuerte prejuicio, prácticamente contra toda ciencia, que 
ninguna persona prudente, por firmes que sean sus principios, se atreve 
a hacer profecías respecto a ningún acontecimiento, o a prever las con¬ 
secuencias remotas de las cosas. Un médico no se aventura a pronun¬ 
ciarse sobre el estado en que se encontrará su paciente quince días o un 
mes después. Y menos aún osa un político predecir la situación de los 
asuntos públicos al plazo de unos años. Harrington se sentía tan seguro 
de su principio general de que el equilibrio del poder depende del equi¬ 
librio de la propiedad que se arriesgó a considerar imposible que jamás 
se restableciera la monarquía en Inglaterra. Mas, apenas se había publi¬ 
cado su libro cuando ésta fue restaurada, y vemos que desde entonces 
ha subsistido sobre la misma base que antes 1 . A pesar de este desafortu¬ 
nado ejemplo, me atrevo a examinar una importante cuestión, a saber, 
la de si el gobierno británico se inclina más hacia la monarquía absoluta 
o hacia una república , y cuál de estas dos formas de gobierno acabará 
teniendo con mayor probabilidad . Como no parece existir gran peligro 
de una súbdita revolución en ninguno de los dos sentidos, escaparé por 
lo menos a la vergüenza a la que me hace acreedor mi temeridad, en 
caso de que me equivoque. 


1. [Cf. James Harrington, «The Second Part oí the Preliminaries», en The Com- 
monwealth of Qceana (1656). Harrington señala que la monarquía se había hecho insos¬ 
tenible en Inglaterra como consecuencia de la emancipación de los vasallos y el ascenso de 
los propietarios independientes. Este proceso había privado a la nobleza de su propiedad 
y su poder. Cuando hay igualdad de patrimonio tiene que haber igualdad de poder, y 
cuando hay igualdad de poder no puede existir la monarquía. Harrington siguió man¬ 
teniendo este argumento en otros escritos entre 1656, año en que se publicó Ocea na > 
y 1660, cuando se restauró la monarquía con Carlos Il.| 


78 



EL GOBIERNO BRITANICO. MONARQUIA ABSOLUTA O REPÚBLICA 


Quienes afirman que el equilibrio de nuestro gobierno se inclina 
hacia la monarquía absoluta pueden basar su opinión en las siguientes 
razones. Que la propiedad tiene una gran influencia en el poder no es 
posible negarlo. Sin embargo, la máxima general de que el equilibrio del 
utto depende del equilibrio de la otra hay que acogerla con algunas li¬ 
mitaciones. Es evidente que una propiedad mucho menor en unas solas 
manos es capaz de contraponerse a una propiedad mayor en varias. No 
sólo porque es difícil hacer que muchas personas se pongan de acuerdo 
respecto a unas mismas opiniones y medidas, sino porque la propiedad, 
cuando está unida, causa mucha mayor dependencia que cuando está 
dispersa. Cien personas que cuenten con una renta anual de mil libras 
cada una pueden consumirla en su totalidad, y nadie sacará provecho de 
ellas, salvo sus criados y proveedores, que con justicia consideran lo que 
obtienen como fruto de su propio trabajo. Sin embargo, un hombre que 
renga una renta anual de cien mil libras, si posee una cierta generosidad, 
o una cierta astucia, puede crear una gran dependencia por medio de 
obligaciones, y todavía mayor por medio de expectativas. De aquí que 
podamos observar que, en todos los gobiernos libres, cualquier súbdito 
exorbitantemente rico siempre ha suscitado suspicacia, aunque sus ri¬ 
quezas no guarden proporción con las del Estado. La fortuna de Craso 2 , 
si bien recuerdo, no suponía más que dos millones y medio en nuestra 
ictual moneda. Y, sin embargo, encontramos que, aunque su talento no 
tenía nada de extraordinario, fue capaz, sólo por medio de sus riquezas, 
de contrapesar mientras vivió el poder de Pompeyo, y el de César, que 
posteriormente llegó a ser el amo del mundo. La riqueza de los Medid 
los convirtió en los amos de Florencia 3 , aunque es posible que no fuese 
considerable en comparación con la propiedad unida de aquella opu¬ 
lenta república. 

Estas consideraciones pueden inducirle a uno a mantener una idea 
magnifícente del espíritu británico y del amor británico por la libertad, 
puesto que hemos podido preservar nuestro gobierno libre durante tan¬ 
tos siglos frente a nuestros soberanos, quienes, además del poder, la dig¬ 
nidad y la majestad de la corona, siempre han poseído unas propiedades 
mucho mayores de las que nunca gozara un ciudadano en ninguna re- 
pnhlica. Pero puede decirse que este espíritu, por grande que sea, nunca 
u*r.í capaz de mantenerse frente a la inmensa riqueza que hay actual- 

2. 1 Marco Licinio Craso (115-53 a.C.) fue uno de los miembros del llamado Primer 
Inonvirato, que se formó en el año 60 a.C. Su muerte en 53 a.C. dejó a Julio César y a 
l'miipcyo como rivales por el poder en Roma.] 

3. |La familia Medid, que había acumulado una vasta riqueza mediante el comer- 
i H» y la banca, estableció en Florencia un principado no oficial en 1434, que, con dos in- 
h-rvalos (1494-1513 y 1527-1530) gobernó la ciudad durante un siglo. A partir de 1537, 
lu\ Medici adoptaron el título oficial de Grandes Duques.) 


79 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


mente depositada en manos dei rey, y que se sigue incrementando. Se¬ 
gún un cálculo moderado, la corona dispone de una renta anual de tres 
millones. La suma que el parlamento le asigna a la familia real asciende 
a cerca de un millón, el cobro de todos los impuestos a otro millón, y 
los empleos en el ejército y la armada, junto con los cargos honorífi¬ 
cos o de beneficios eclesiásticos, hacen más del tercer millón: cantidad 
enorme que bien puede calcularse que constituye más de la treintava 
parte de todas las rentas y salarios del reino. Cuando añadimos a estas 
grandes propiedades el creciente lujo de la nación, nuestra propensión a 
la corrupción, junto con el gran poder y las prerrogativas de la corona, 
y el mando de las fuerzas armadas, no hay nadie que no desespere de 
que seamos capaces, sin un esfuerzo extraordinario, de mantener nues¬ 
tro gobierno libre durante mucho más tiempo con tales desventajas. 

Por otra parte, quienes sostienen que la tendencia del gobierno bri¬ 
tánico se inclina hacia una república puede que apoyen su opinión con 
argumentos especiosos. Cabe decir que esta inmensa propiedad reunida 
en la corona, al estar unida a la dignidad de la primera magistratura, y 
a otros muchos poderes y prerrogativas legales, es natural que le pro¬ 
porcione mayor influencia. Sin embargo, a consecuencia de esto mis¬ 
mo, resulta ser menos peligrosa para la libertad. Si Inglaterra fuese una 
república, y si una persona privada poseyera unos ingresos la tercera 
parte, o incluso la décima parte, de los de la corona, sería justo que 
suscitase suspicacia, porque infaliblemente tendría gran autoridad en el 
gobierno. Y tal autoridad irregular, no sancionada por las leyes, resulta 
siempre más peligrosa que una autoridad mayor derivada de éstas. Un 
hombre en posesión de un poder usurpado no puede poner límites a 
sus pretensiones. Sus partidarios tienen la libertad de esperar cualquier 
cosa que vaya en su favor. Sus enemigos provocan su ambición, junto 
con sus temores, por la violencia de su oposición. Y al estar el gobierno 
sometido a un estado de ebullición, atrae de manera natural a todas las 
personas de inclinación corrompida que haya en el Estado. Por el con¬ 
trario, una autoridad legal, por grande que sea, tiene siempre algunas 
ataduras que ponen límite a las esperanzas y pretensiones de la persona 
que la ostenta. Las leyes tienen que prever un remedio contra sus ex¬ 
cesos. Un magistrado tan eminente tiene mucho que temer y poco que 
esperar de las usurpaciones en las que pueda incurrir y, como existe un 
sometimiento callado a su autoridad legal, son escasas sus tentaciones 
y oportunidades de ampliarla más todavía. Además, en relación con los 
propósitos y proyectos ambiciosos ocurre lo que puede observarse en 
relación con las sectas filosóficas y religiosas. Una nueva secta desata tal 
estado de agitación, y su oposición y su defensa son tan vehementes, 
que siempre se expande más deprisa y multiplica sus partidarios con 
mayor rapidez que cualquier vieja opinión ya establecida, recomendada 


80 



EL GOBIERNO BRITÁNICO. MONARQUÍA ABSOLUTA O REPÚBLICA 


y sancionada por las leyes y por su antigüedad. La índole de la nove¬ 
dad es tal que cuando algo gusta se torna doblemente agradable; pero 
si disgusta resulta doblemente desagradable por igual motivo. Y, en la 
mayoría de los casos, la violencia de los enemigos, así como el celo de 
los partidarios, favorece los proyectos ambiciosos. 

Puede decirse asimismo que, aunque el interés gobierna en gran 
medida a los hombres, el interés mismo, en todos los asuntos humanos, 
es gobernado enteramente por la opinión . Ahora bien, en estos últimos 
cincuenta años, ha habido un súbito y perceptible cambio en las opi¬ 
niones de la gente, debido al progreso en el aprendizaje y a la libertad, 
l a mayoría de la gente, en esta isla, se ha liberado de toda venera¬ 
ción supersticiosa por los nombres y la autoridad. El clero ha perdido d 
gran parte de su prestigio. Se han ridiculizado sus pretensiones y sus 
doctrinas, e incluso apenas puede la religión seguirse sosteniendo en el 
mundo. El simple nombre de rey suscita escaso respeto, y hablar del rey 
como vicario de Dios en la tierra, o darle alguno de esos títulos magni- 
lieentes que antes deslumbraban a la humanidad, no haría sino mover 
risa a cualquiera. Aunque la corona, gracias a sus grandes ingresos, 
puede mantener en tiempos tranquilos su autoridad sobre el interés y 
l.i influencia privados, sin embargo, como la menor conmoción o con¬ 
vulsión deshace todos esos intereses, el poder real, al no estar ya basado 
ni principios y opiniones establecidos, se disuelve de inmediato. Si la 
gente hubiera tenido cuando la revolución la misma disposición que 
tiene ahora, la monarquía habría corrido un grave riesgo de perderse 
por completo en esta isla. 

Si me atreviera a exponer cuál es mi propia manera de sentir en me- 
Jiu de estos argumentos contradictorios, yo diría que, a menos que se 
produzca una convulsión extraordinaria, el poder de la corona, gracias 
.1 sus grandes ingresos, va más bien en ascenso, aunque al mismo tiempo 
neo que su progreso parece muy lento, casi imperceptible. Durante lar¬ 
go tiempo, la tendencia se ha inclinado, con cierta rapidez, a favor del 
gobierno popular, y está comenzando a volverse hacia la monarquía. 

lis bien sabido que toda forma de gobierno ha de llegar a su fin, y 
que la muerte es inevitable para el cuerpo político tanto como lo es para 
rl cuerpo animal. Pero, como una clase de muerte puede resultar prefe¬ 
rible a otra, cabe indagar si sería deseable que la constitución británica 
terminara en un gobierno popular o en una monarquía absoluta. Y, a 
este respecto, he de declarar con franqueza que, aunque la libertad es 
preferible a la esclavitud, casi en todos los casos, yo desearía ver en esta 
isla a un monarca absoluto antes que una república. Pues consideremos 
qué clase de república tenemos razones para esperar. La cuestión no se 
i diere a una maravillosa república imaginaria, para la que en privado 
podamos forjarnos un plan. No cabe duda de que un gobierno popular 


81 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


puede imaginarse más perfecto que una monarquía absoluta, o incluso 
que nuestra actual constitución. Pero cqué razones tenemos para esperar 
que un gobierno semejante se establezca en Gran Bretaña al disolverse 
nuestra monarquía? Si una sola persona llega a adquirir poder suficiente 
para romper en pedazos nuestra constitución y construirla de nuevo, se 
tratará sin duda de un monarca absoluto, y ya hemos tenido un ejemplo 
de esta especie que basta para convencernos de que una persona así 
jamás renunciará al poder ni establecerá un gobierno libre 4 . Hay por 
tanto que confiar el curso de las cosas a su progreso y funcionamiento 
naturales, y la cámara de los comunes debe ser, de acuerdo con su actual 
constitución, el único poder legislativo en un gobierno popular seme¬ 
jante. Los inconvenientes de los que va acompañada una situación tal 
se presentan por miles. Si en un caso así llegara a disolverse la Cámara 
de los Comunes, lo que no es de esperar, podríamos prever una guerra 
civil cada vez que hubiera elecciones. Si continuara, sufriríamos toda 
la tiranía de una facción subdividida en nuevas facciones. Y, como una 
forma de gobierno tan violenta no puede subsistir a la larga, acabaría¬ 
mos, tras muchas convulsiones y guerras civiles, por hallar reposo en 
una monarquía absoluta, que hubiera sido preferible haber establecido 
pacíficamente desde el principio. La monarquía absoluta constituye, así 
pues, la forma de muerte más fácil, la verdadera eutanasia de la consti¬ 
tución británica. 

En consecuencia, si tenemos razón para mostrarnos más suspica¬ 
ces respecto a la monarquía, porque el peligro es más inminente de 
ese lado, también las tenemos para serlo respecto al gobierno popular, 
porque el peligro es más terrible. Esto puede enseñarnos una lección de 
moderación en todas nuestras controversias políticas. 


4. [Se refiere a Olivcr Cromwell (1599-1658). Tras llevar al ejército parlamentario 
a la victoria sobre las fuerzas leales a Carlos I, Cromwell gobernó en calidad de Lord 
Protector de Inglaterra, Escocia e Irlanda desde 1653 hasta 1658. Cuando el parlamento 
de 1654/1655 trató de revisar el Instrumento de Gobierno, por el que se establecía el 
protectorado, y limitar los poderes del Protector, éste lo disolvió y estableció un gobierno 
militar. La Cámara de los Lores le ofreció el título de rey a Cromwell, que lo rechazó. 
Posteriormente la cámara alta aprobó, y Cromwell aceptó, un documento constitucional 
f The Humble Véiition and AdvtcefL a humilde petición y consejo) que definía sus poderes 
en relación con las restantes instituciones del Estado, pero este documento fue rechazado 
por la Cámara de los Comunes.) 


82 



VIII 


DE LOS PARTIDOS EN GENERAL 


l)c todos los hombres que se distinguen por logros memorables, el pri¬ 
mer lugar de honor parece corresponder a los legisladores y fundado¬ 
res de Estados que transmiten un sistema de leyes e instituciones para 
asegurar la paz, la felicidad y libertad de las generaciones futuras. La 
influencia de los inventos útiles en las artes y las ciencias quizá llegue 
más lejos que la de las leyes prudentes, cuyos efectos están limitados 
en el tiempo y en el espacio. Pero los beneficios que se derivan de los 
primeros no son tan perceptibles como los que resultan de las últimas. 
Las ciencias especulativas mejoran en verdad la mente. Pero esta ventaja 
sólo alcanza a unas pocas personas que disponen del ocio necesario 
para ocuparse de ellas. Y, en cuanto a las artes prácticas, que aumentan 
los productos de que disfrutamos y las comodidades de la vida, es bien 
sabido que la felicidad humana no consiste tanto en la abundancia de 
estas cosas como en la paz y la seguridad con las que las poseemos. Y la 
bendición que éstas suponen sólo puede derivarse del buen gobierno. 
Vor no mencionar que la virtud general y el buen estado moral, que la 
felicidad tanto requiere, no pueden nunca proceder de los más refina¬ 
dos preceptos filosóficos, ni tampoco de los más severos mandamientos 
de la religión, sino que han de proceder por entero de la virtuosa edu¬ 
cación de la juventud, y del efecto de las leyes e instituciones sabias. Su¬ 
pongo, en consecuencia, que difiero de lord Bacon sobre este particular, 
y debo considerar que la Antigüedad fue algo injusta en su reparto de 
honores, cuando convirtió en dioses a todos los inventores de artes úti¬ 
les, tales como Ceres, Baco o Esculapio, y sólo concedió a legisladores 
tales como Rómulo y Teseo, la dignidad de semidioses y héroes 1 . 

I. |Cf. Erancis Bacon (1561 -1626), Advancement o f Leaming (Ei progreso del co- 
imctmicnto), libro 1. Esta obra se publicó en 1605. Ceres, Baco y Esculapio eran, respecti- 


83 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


Tanto como debería honrarse y respetarse entre los hombres a los 
legisladores y fundadores de Estados, debería detestarse y odiarse a los 
fundadores de sectas y facciones, porque la influencia de las facciones 
es directamente contraria a la de las leyes. Las facciones subvierten el 
gobierno, crean la impotencia de las leyes, y generan las más feroces 
animosidades entre las personas de una misma nación, que deberían 
ofrecerse protección y asistencia mutuas. Y lo que hace más odiosos a 
los fundadores de partidos es la dificultad de extirpar esas malas hierbas 
una vez que han echado raíces en el Estado. Se reproducen natural¬ 
mente durante muchos siglos, y es raro que se termine con ellas si no 
es mediante la total disolución de la forma de gobierno en la que se 
sembraron. Son además plantas que crecen con la mayor abundancia en 
los suelos más ricos. Y, aunque el gobierno absoluto no esté totalmente 
libre de ellas, hay que confesar que prosperan con más facilidad y se 
propagan más deprisa en los gobiernos libres, donde siempre infectan 
al poder legislativo, que es el único que podría erradicarlas, mediante la 
firme aplicación de recompensas y castigos. 

Cabe dividir las facciones en personales y reales, es decir, en faccio¬ 
nes basadas sobre la amistad y la animosidad personales entre quienes 
componen los partidos, y en otras basadas en alguna diferencia real de 
sentimientos o intereses. La razón de esta discriminación es evidente, 
aunque debo reconocer que rara vez se encuentran partidos puros, sin 
mezcla alguna, ya sean de una clase o de otra. No suele verse que un go¬ 
bierno se divida en facciones cuando no hay diferencia en las opiniones 
de los miembros que lo constituyen, ya sean reales o aparentes, triviales 
o materiales. Y en las facciones que se fundamentan en las diferencias 
más reales y materiales, siempre se observa un alto grado de animosidad 
o afecto. Pero, a pesar de esta mezcla, puede denominarse a un partido 
personal o real según el principio que predomine en él y que tenga la 
mayor influencia. 

Las facciones personales surgen con la mayor facilidad en las peque¬ 
ñas repúblicas. En ellas toda disputa interior se convierte en asunto de 
Estado. El amor, la vanidad, la emulación, cualquier pasión, así como 
la ambición y el resentimiento, generan división pública. Partidos de 
esta clase han sido los Neri y los Bianchi de Florencia, los Fregosi y los 
Adomi de Génova, los Colonesi y los Orsini de la Roma moderna 2 . 

vamente, las deidades romanas de las cosechas, el vino y la curación. Rómulo, legendario 
fundador de Roma, y Teseo, héroe legendario y rey de Atenas, se suponía que eran des¬ 
cendientes de dioses.] 

2. [Los Neri («Negros») y los Bianchi («Blancos») eran facciones opuestas dentro 
del partido florentino de los Güelfos, que se congregaban en torno a las familias de los 
Donati y los Cerchi. Estas denominaciones empezaron a usarse en 1301, cuando los Cer- 
chi intervinieron en favor de los «Blancos» en la ciudad de Pistola, y los Donati acudieron 


K4 



DE LOS PARTIDOS EN GENERAL 


Los humanos tienen tal propensión a dividirse en facciones perso¬ 
nales que la más mínima apariencia de diferencia real produce estas di¬ 
visiones. ¿Qué cabe imaginar más trivial que la diferencia en el color 
de la librea o en los colores utilizados en las carreras de caballos? Sin 
embargo, esta diferencia dio origen en el imperio griego [de Bizancio] a 
dos facciones irreconciliables, los Prasini y los Veneti, que nunca cejaron 
en su mutua animosidad hasta que arruinaron aquel desdichado Estado 3 . 

En la historia romana encontramos una importante discordia entre 
dos tribus, la tribu Pollia y la Papiria, que se prolongó por espado de 
cerca de trescientos años, y que se ponía de manifiesto en los sufragios 
en cada elección de magistrados 4 . Esta división en facciones fue tanto 


cii ayuda de los «Negros» de dicha ciudad. Los Fregosi y los Adomi se encontraban entre 
Ijs familias que se disputaban el cargo de Dux en la república de Génova, disputa que se 
inició en tomo a 1370. En la república romana moderna, que se inicia a principios del 
siglo XIII, la nobleza se dividió entre un partido guelfo, encabezado por los Orsini, y un 
partido gibelino, bajo ios Colonna.l 

3. [En el circo de Roma y en el hipódromo de Constantinopla se distinguía a los au- 
t igas profesionales (factio ) mediante colores. Los más importantes eran el verde (prasini) 
y el azul (veneti). Estas competiciones se seguían con especial fervor en Constantinopla y 
rn otras ciudades del imperio de Bizancio (griego), donde el populacho llegó a dividirse 
ni dos facciones, los «Azules** y los «Verdes*, entre las que con frecuencia se desencade¬ 
naban conílictos sangrientos y destructivos. Estas disputas facciosas las describen Mon¬ 
to squicu, contemporáneo de Hume, en Consideraciones sobre las causas de la grandeza de 
¡os romanos y su declive (1734), cap. 20, y Edward Gibbon en The Decline and Fall of the 
Homan Empire (1776-1788), cap. 40.] 

4. Dado que este hecho no ha contado con gran atención por parte de historiadores 
de la Antigüedad y de políticos, cito sobre él las palabras del historiador romano, Populas 
lusculanus cum conjugibus ac liberis Rotnam venit: Ea multitudo , veste mutata, et specie 
rcorum tribus circuit , genibus se omnium advolvens. Plus itaque misericordia ad poenae 
teniam impetrandam , quam causa ad crimen purgandum valuit. Tribus omnes praeter 
Iblliam , antiquarunt legem . Polliae sententia fuit % púberes verbéralos necari , liberas con- 
jugesque sub corona lege belli venire: Memoriamque ejus trae Tusculanis in poenae tam 
ik trocís auctores tnansisse ad patris aetatem constat; nec quemquam fere ex Pollia tribu 
umdidatum Papiram ferre solitam . T. Livio, lib. 8. [Tito Livio, Historia de Roma desde su 
fundación , Madrid: Credos, 1996, t. III, libro VIII, 37.9, pp. 88-89: «La población de 
íiiscnlo, mujeres e hijos incluidos, acudió a Roma. Aquella multitud, cambiada su indu- 
nrutaria por la de reos y con aspecto de tales, recorrió las tribus arrojándose a las rodillas 
ile lodo el mundo; les valió de más, por eso, la compasión para conseguir el perdón de su 
l,iIra que su causa, para quedar absueltos de su delito. Todas las tribus, a excepción de la 
l'nli.i. rechazaron la propuesta de ley; el veredicto de la tribu Polia fue que a los jóvenes se 
les diese muerte después de azotarlos, y que las mujeres e hijos, de acuerdo con el derecho 
ile guerra, fuesen vendidos en subasta. Es un hecho comprobado que permaneció en la 
iiirmnria de los rusculanos el resentimiento contra quienes propusieron un castigo tan 
mi o/ hasta la época de nuestros padres, y casi nunca ocurrió que un candidato pertene- 
i irme a la tribu Polia recibiese el apoyo de la tribu Papiria». Los tusculanos, una vez que 
.ulqmricron la ciudadanía romana, se enrolaron en la tribu papiria, cuyo voto llegaron a 
u mi rolar,) Los Casteinni y los Nicolloti son dos facciones tumultuosas de Venecia que con 
luTiirncia boxean juntas y entonces dejan en seguida de lado sus querellas b . 


85 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


más notable porque pudo perdurar largo tiempo, a pesar de que no se 
extendió ni indujo a ninguna otra tribu a participar en la querella. Si no 
tuviera la humanidad tan fuerte propensión a estas divisiones, la indife¬ 
rencia del resto de la comunidad tendría que haber suprimido esta ab¬ 
surda animosidad, que no se nutría de nuevos beneficios ni ofensas, de 
la simpatía o la antipatía general, que nunca faltan cuando todo el Esta¬ 
do se desgarra en dos facciones iguales 3 . 

Nada es más habitual que ver cómo partidos que tuvieron su origen 
en una diferencia real siguen existiendo después de que la diferencia 
haya desaparecido. Una vez que los hombres se han alistado en bandos 
opuestos, se desarrolla en ellos un afecto por aquellos con los que están 
unidos y una animosidad contra sus antagonistas. Y estas pasiones las 
transmiten a menudo a la posteridad. La diferencia real entre güelfos y 
gibelinos había desaparecido en Italia mucho antes de que se extinguie¬ 
ran estas facciones. Los güelfos eran partidarios del papa y los gibelinos 
del emperador. Sin embargo, la familia Sforza, que a pesar de ser güelfa 
estaba aliada con el emperador, fue expulsada de Milán por el rey de 
Francia s , con ayuda de Jacomo Trivulzio y de los gibelinos, y el papa se 
puso de acuerdo con estos últimos, que formaron ligas con él en contra 
del emperador 6 . 

Las guerras civiles que estallaron hace unos años en Marruecos, 
entre negros y blancos , en virtud meramente del color de la piel, se ba¬ 
san en una diferencia perceptible 7 . Nos reímos de ellos. Pero creo que 
si examináramos la cuestión con rigor, nosotros ofrecemos a los mo¬ 
ros mucho mayores ocasiones para que nos consideren ridículos. Pues, 
¿qué son las guerras de religiones que han prevalecido en esta parte del 
mundo, donde reinan la educación y el conocimiento? Son sin duda 


5. Luis XII. [Luis, que reinó entre 1498 y 1515, invadió Italia en 1499 para afirmar 
su pretensión al ducado de Milán.) 

6. [Durante el Renacimiento, las ciudades italianas estaban divididas en partidos 
que se alineaban con el emperador del Sacro Imperio Romano (los gibelinos) y parti¬ 
dos que se mantenían leales al papa (los güelfos). Hume se refiere a los acontecimientos 
de los años 1499-1500. Ludovico Sforza, duque de Milán, había formado una alianza 
con el emperador Maximiliano I con el propósito de detener la invasión francesa. l.a$ 
fuerzas francesas estaban al mando de Giacomo Trivulzio, que anteriormente había sido 
el comandante del propio Ludovico. Ludovico perdió la ciudad de Milán, la recuperó y 
volvió a perderla de manera definitiva. Fue hecho prisionero y trasladado a Francia, don¬ 
de murió en 1508. El papa Alejandro VI, que había sido aliado de la casa de los Sforza, 
formó una alianza con Luis XII en I498.J 

7. [Se refiere probablemente a la guerra civil que estalló en Marruecos a raíz de la 
muerte de Muley Ismail en 1727. Hume debió de haber leído la exposición de este con¬ 
flicto de tintes raciales que hace John Braithwaitcr, como testigo ocular, en Tbe History 
of tbe Revolutions itt the Empire of Morocco upo» tbe Death of the Late Emperor Muley 
Ishmael (1729).] 


K6 



DE LOS PARTIDOS EN GENERAL 


más absurdas que las guerras civiles moras. La diferencia de tez es una 
diferencia perceptible y real. En cambio, la controversia acerca de un 
artículo de fe, que resulta en extremo absurdo e ininteligible, no es una 
diferencia sensible, sino que se basa en unas cuantas frases y expresio¬ 
nes que uno de los partidos acepta sin entenderlas, mientras el otro las 
rechaza en iguales condiciones^ 

Las facciones reales pueden dividirse en facciones derivadas de inte¬ 
reses , de principios y de afectos . De todas ellas, las primeras son las más 
razonables, y las más excusables. Allí donde dos clases de personas, tales 
como las que constituyen la nobleza y las que forman el pueblo, tienen 
una diferente autoridad en el gobierno, no muy exactamente equilibra¬ 
da y modelada, es natural que persigan distintos intereses, y no es ra¬ 
zonable que esperemos una conducta diferente, si tenemos en cuenta el 
grado de egoísmo implantado en la naturaleza humana. Requiere gran 
habilidad en el legislador impedir que se formen estos dos partidos, y 
muchos filósofos opinan que este secreto, como el del elixir maravilloso 
o el del movimiento continuo , pueden servir de entretenimiento en la 
teoría, pero nunca pueden llevarse a la práctica 8 . Es cierto que en los 
gobiernos despóticos no suelen aparecer las facciones. Pero no por ello 
son menos reales. Lo que es más, son más reales y más perniciosas pre¬ 
cisamente porque no aparecen. Las diferentes clases de personas, nobles 
y pueblo, soldados y comerciantes, tienen todas ellas intereses distintos. 
IVro los más poderosos oprimen con impunidad a los más débiles, y sin 
resistencia por parte de éstos, lo cual genera una apariencia de tranqui¬ 
lidad en tales gobiernos* 1 . 

Ha habido un intento en Inglaterra por dividir la parte de la nación 
rural de la comercial , pero sin éxito. Los intereses de estos dos compo¬ 
nentes del país no son en realidad diferentes, y nunca lo serán a menos 
que nuestra deuda pública se incremente hasta tal punto que se haga 
completamente opresiva e intolerable. 

Los partidos basados en los principios , sobre todo en principios 
abstractos especulativos sólo se conocen en los tiempos modernos, y 
constituyen tal vez el fenómeno más extraordinario e inexplicable que 
lia aparecido en los asuntos humanos. Cuando principios diferentes dan 
origen a conductas contrarias, como ocurre con todos los principios 
políticos diferentes, la cuestión puede explicarse más fácilmente. Quien 
estima que el derecho legítimo a gobernar reside en una persona deter¬ 
minada, o en una determinada familia, no será fácil que se ponga de 
acuerdo con un conciudadano que piense que tal derecho corresponde 

H. |FJ elixir maravilloso es un remedio universal que supuestamente puede curar 
iodos los males. Las teorías del movimiento continuo imaginan una máquina que, una vez 
pueM .1 en movimiento, se seguirá moviendo eternamente.) 


87 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


a otra persona o a otra familia. Cada uno de ellos desea, naturalmente, 
que se cumpla el derecho según su propia noción de él. Mas, cuando la 
diferencia de principio no va acompañada de acciones en contradicción, 
sino que cada cual sigue su camino sin interferirse en el de su vecino, 
como ocurre con todas las controversias religiosas, ¿qué furia puede 
generar divisiones tan desdichadas y fatales? 

Dos personas que viajan por una carretera, una en dirección al este 
y otra al oeste, pueden cruzarse fácilmente si la carretera es lo suficien¬ 
temente ancha. Pero dos personas que razonan sobre principios religio¬ 
sos opuestos no pueden cruzarse tan fácilmente sin chocar, aun cuando 
cabría pensar que el camino, también en este caso, era bastante ancho 
y cada una podía haber seguido su propio camino sin interrupción. Es 
tal, sin embargo, la índole de la mente humana que siempre trata de 
hacerse con la mente que se acerca a ella y, de la misma manera que se 
siente fortificada maravillosamente cuando hay unanimidad de senti¬ 
mientos, se conmociona y perturba ante cualquier contrariedad. De ahí 
la impaciencia que la mayor parte de la gente pone de manifiesto en una 
disputa, y de ahí su poca tolerancia de la oposición, incluso en relación 
con las opiniones más especulativas e indiferentes. 

Este principio, por frívolo que pueda antojarse, parece haber sido 
el origen de todas las guerras y divisiones religiosas. Mas, como se tra¬ 
ta de un principio universal de la naturaleza humana, sus efectos no 
se habrían limitado a una época o a una secta religiosa, de no haber 
concurrido otras causas más accidentales que lo elevan a tal altura que 
llega a producir la más grande miseria y devastación. La mayoría de las 
religiones del mundo antiguo surgieron en las edades del gobierno des¬ 
conocidas, cuando los hombres eran aún bárbaros y poco instruidos, y 
el príncipe, al igual que el campesino, estaba dispuesto a aceptar, con fe 
implícita, cualquier pió cuento o ficción que se le ofreciera. El magistra¬ 
do abrazaba la religión del pueblo, y al ocuparse de corazón del cuidado 
de los asuntos sagrados, adquiría de manera natural una autoridad en 
ellos, y unía el poder eclesiástico al poder civil. Pero, como la religión 
cristiana surgió mientras principios que eran directamente opuestos a 
ella estaban firmemente establecidos en la parte educada del mundo, 
que despreciaba a la nación de la que primeramente surgió esta nove¬ 
dad, no es sorprendente que el magistrado civil tuviera escasa tolerancia 
con ella y que se permitiera a los sacerdotes acaparar toda la autoridad 
en la nueva secta. Y tan mal uso hicieron de este poder, incluso en aque¬ 
llos tempranos tiempos, que puede que las primitivas persecuciones 
deban atribuirse en parte 9 , a la violencia instilada por ellos en sus segui- 

9. Digo en parte . Pues es un vulgar error imaginar que los antiguos eran tan gran¬ 
des amigos de la tolerancia como hoy lo son los ingleses o los holandeses. Las leyes contra 

ss 



DE LOS PARTIDOS EN GENERAL 


dores. Y, al continuar los mismos principios de un gobierno sacerdotal, 
después de que el cristianismo se convirtiera en la religión establecida, 
han engendrado un espíritu de persecución que ha envenenado siempre 
desde entonces a la sociedad humana, y ha sido la fuente de las más 
implacables facciones en todo gobierno. Tales divisiones por parte de la 
gente pueden considerarse con justicia facciones de principio , aunque, 
por parte de los sacerdotes, que son sus principales instigadores, son en 
realidad facciones de interés . 

Hay otra causa (además de la autoridad de los sacerdotes y de la 
separación de los poderes civil y eclesiástico) que ha contribuido a ha¬ 
cer de la cristiandad el escenario de las guerras y divisiones religiosas. 
Las religiones que surgen en edades totalmente ignorantes y bárbaras 
consisten en su mayor parte en cuentos y ficciones tradicionales, que 
pueden ser diferentes en cada secta, sin ser contrarios unos de otros 
e, incluso cuando están en contradicción, cada cual se adhiere a la tra¬ 
dición de su secta, sin mayor razonamiento ni disputa. Mas, como la 
filosofía se hallaba muy extendida por el mundo en el momento en que 
surgió el cristianismo, los maestros de la nueva secta se vieron obliga¬ 
dos a formar un sistema de opiniones especulativas, a definir con cierta 
exactitud sus artículos de fe, y a explicar, comentar, refutar y defender 
formulaciones con la sutileza de la argumentación y de la ciencia. De 
aquí nació la intensidad en las disputas cuando la religión cristiana ex¬ 
perimentó nuevas divisiones y aparecieron las herejías. Y esta intensidad 
ayudó a los sacerdotes en su política de generar una antipatía y un odio 
mutuos entre sus engañados seguidores. En el mundo antiguo, las sectas 
filosóficas estaban inspiradas de un mayor celo que los partidos religio- 


las supersticiones se remontaban* entre los romanos a los tiempos de las doce tablas (las 
Doce Tablas (451-450 a.C.)|, y los judíos, así como los cristianos, fueron castigados de 
acuerdo con ellas, aunque, por lo general, estas leyes no se aplicaban con rigor. Inme¬ 
diatamente después de la conquista de la Galia, los romanos prohibieron que quienes 
no fueran nativos fuesen iniciados en la religión de los druidas, y esto fue una especie de 
persecución. Aproximadamente un siglo después de la conquista*, el emperador Claudio 
(reinó en 41-54 d.C.J abolió por completo aquella superstición mediante leyes penales, 
lo que habría supuesto una gran persecución de no haber sido porque la imitación de las 
costumbres romanas hubiera hecho previamente que los galos abandonaran su antiguos 
prejuicios. (Suetonio, en Vita Claudi.) Plinio atribuye la abolición de las supersticiones 
druídicas a Tiberio, probablemente porque este emperador había tomado algunas medi¬ 
das para reprimirlas (libro XXX, cap. l) B . [Plinio el Viejo (23-79 d.C.), Historia natural , 
10.4. Tiberio encabezó el imperio en 14-37 d.C. Entre las prácticas religiosas de los drui¬ 
das se contaban los sacrificios humanos.) Éste es un ejemplo de la habitual precaución y 
moderación de los romanos en estos casos, muy diferente del trato violento y sanguinario 
que dieron a los cristianos . En consecuencia podemos mantener la sospecha de que las 
furiosas persecuciones de las que fue objeto el cristianismo se debieron en alguna medida 
al imprudente celo e intolerancia de los primeros propagadores de esta secta, y la historia 
eclesiástica nos aporta muchas razones que confirman tal sospecha 11 . 


89 



ENSAYOS MORALES, POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


sos. Pero, en los tiempos modernos, los partidos religiosos son más fu¬ 
riosos e iracundos que las más crueles facciones que jamás se derivaran 
del interés y la ambición. 

He mencionado los partidos basados en afectos como una especie 
de partidos reales , además de los basados en intereses y en principios. 
Entiendo por partidos de afecto a los que se basan en los distintos ape¬ 
gos que la gente siente por determinadas familias y personas, por las 
que desea ser gobernada. Estas facciones son a menudo muy violentas, 
aunque debo conceder que puede resultar incomprensible que los hom¬ 
bres se vinculen tan fuertemente a personas a las que no conocen en ab¬ 
soluto, a las que quizá nunca hayan visto, y de las que nunca recibieron, 
ni pueden esperar recibir, favor alguno. Sin embargo nos encontramos 
muchas veces con que así ocurre, incluso con personas que, en otras 
ocasiones, no muestran un espíritu muy generoso, ni se dejan llevar 
fácilmente por la amistad más allá de su propio interés. Tendemos a 
considerar muy estrecha e íntima nuestra relación con nuestro sobera¬ 
no. Incluso la suerte de una sola persona adquiere importancia con el 
esplendor de la majestad y del poder. Y, aunque el lado bueno de una 
persona no le proporcione este interés imaginario, se lo proporcionará 
su lado malo, por despecho y por la oposición a otras personas cuyos 
sentimientos son diferentes de los suyos. 


90 



IX 


DE LOS PARTIDOS EN GRAN BRETAÑA 


Si la forma de gobierno británica se propusiera como tema de especula¬ 
ción, inmediatamente se percibiría en ella una fuente de división y par¬ 
tidismo que sería casi imposible de evitar con ninguna administración» 
El justo equilibrio entre (a parte republicana de nuestra constitución y 
su parte monárquica es realmente tan extremadamente delicado e in¬ 
seguro en sí que, cuando se une a las pasiones y prejuicios de los hom¬ 
bres, es imposible que no surjan diferentes opiniones sobre él, incluso 
entre personas dotadas del mayor entendimiento. Quienes tienen un 
temperamento apacible, aman la paz y el orden y detestan la sedición 
y las guerras civiles, mantienen siempre unos sentimientos más favora¬ 
bles a la monarquía que quienes, teniendo un espíritu más decidido y 
generoso, aman apasionadamente la libertad y piensan que ningún mal 
es comparable al sometimiento y la esclavitud. Y, aun cuando todas las 
personas razonables se muestran de acuerdo en preservar nuestra forma 
de gobierno mixta, cuando entran en detalles, algunas se inclinan por 
confiar mayores poderes a la corona, por otorgarle mayor influencia y 
guardarse de imponerle más cautelas, mientras que a otras les aterran 
las más lejanas aproximaciones a la tiranía y al poder despótico. Así, en 
la naturaleza misma de nuestra constitución hay implícitps partidos de 
principio a los que, con bastante propiedad, cabría denominar partidos 
de la corte y partidos del país \ La fuerza y la violencia de cada uno de 
estos partidos dependerán en gran medida de la administración que esté 
en el poder en cada momento. Una administración puede ser tan mala 
que arroje a una gran mayoría a la oposición, mientras que una admi¬ 
nistración buena reconciliará con la corte a muchos de los más apasio¬ 
nados amantes de la libertad. Pero sean cuales fueren las fluctuaciones 
del país entre los dos partidos, estos seguirán existiendo mientras nos 
gobierne una monarquía limitada. 


91 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


Sin embargo, además de las diferencias de principio hay una dife¬ 
rencia de intereses que fomenta en gran medida a esos partidos, y sin 
la que apenas podrían llegar a resultar peligrosos o violentos. Es natu¬ 
ral que la corona otorgue toda la confianza y el poder a aquéllos cuyos 
principios, reales o pretendidos, son más favorables al gobierno monár¬ 
quico, y esta tentación hará que lleguen más lejos de lo que sus prin¬ 
cipios les permitirían. Sus antagonistas, que se ven frustrados en sus 
ambiciones, se unen al partido cuyos sentimientos tienden a conside¬ 
rar con la mayor suspicacia el poder real, y naturalmente llevarán esos 
sentimientos a un nivel mayor que el que justifica una política sensata. 
Así, la Corte y el Pais y que son los hijos legítimos de la forma de gobier¬ 
no británica, son una especie de partidos mixtos, influidos tanto por los 
principios como por los intereses. Quienes encabezan las dos facciones 
suelen regirse por este último motivo, mientras que sus miembros infe¬ 
riores se rigen por el primero 1 *. 

En cuanto a los partidos eclesiásticos, podemos observar que, en 
todas las edades del mundo, los sacerdotes han sido enemigos de la 
libertad 0 , y es seguro que esta constante conducta suya tiene que ba¬ 
sarse en razones establecidas del interés y la ambición. La libertad de 
pensamiento y la libertad para expresar lo que pensamos resultan siem¬ 
pre fatales para el poder sacerdotal, y para esos engaños piadosos en 
los que suele basarse. Y, debido a una infalible relación que prevalece 
entre todas las clases de libertad, este privilegio no puede disfrutarse, 
o al menos no se ha disfrutado nunca, más que con gobiernos libres. 
Tiene así pues que suceder, en una constitución como la de Gran Bre¬ 
taña, que el clero establecido, mientras las cosas estén en una situación 
normal, siempre formará parte del partido de la Corte y como, por el 
contrario, los disidentes de toda clase, siempre pertenecerán al partido 
del PafSy ya que nunca podrán esperar la tolerancia que tanto necesitan 
salvo por medio de nuestro gobierno libre. Todos los príncipes que han 
querido establecer el poder despótico han sabido la importancia que 
tenía ganarse al clero establecido. Y el clero, por su parte, ha mostrado 
gran disposición a que tales príncipes pudieran contar con él*. Gustavo 
Vaza ha sido quizá el único monarca ambicioso que haya reprimido a 


1. Judaei sibi ipsi reges imposuere; qui mobilitate vulgi expulsi, resumpta per arma 
dominatkme; fugas civium , urbium eversiones ; fratrum , conjugum, parentum neces» 
aliaque sólita regibus ausi, superstitionem fovebant; quia honor sacerdotn firmamentum 
potentiae assumebatur (Tacit, hist. lib. V u ). [Tácito, Historias, cd. de J. Luis Moralejo, 
Madrid: Akal, 1990, libro V, 8, p. 311: «Entonces los judíos, como los macedonios se 
hallaban impotentes y los partos no habían cobrado fuerza todavía —y los romanos esta¬ 
ban muy lejos—■, se dieron reyes ellos mismos. Éstos, derrocados por la inconstancia del 
vulgo, tras recuperar por las armas su poder absoluto, se atrevieron a proscribir a ciuda¬ 
danos, a destruir ciudades, a matar a hermanos, cónyuges y padres, y a otras cosas propias 


92 



DE LOS PARTIDOS EN GRAN BRETAÑA 


la Iglesia al mismo tiempo que se oponía a la libertad. Pero la razón de 
que adoptara tan insólita política era el exorbitante poder que a la sazón 
tenían los obispos en Suecia, que superaba al de la propia corona, así 
como su apego a una familia real extranjera 2 * 

Esta observación respecto a la propensión de los sacerdotes al go¬ 
bierno de una sola persona no es cierta únicamente en relación con 
una sola secta. El clero presbiteriano y el calvinista fueron en Holanda 
partidarios declarados de la familia Orange, del mismo modo que los 
4 irntinianoSy a los que se consideraba heréticos, pertenecían a la facción 
de Louvenstein y eran celosos defensores de la libertad 3 . Pero si un prín¬ 
cipe tiene la opción de elegir entre ambas formas de gobierno, preferirá 
la episcopal a la presbiteriana, tanto por la mayor afinidad que existe 
entre la monarquía y el episcopado, como por la facilidad que hallarán 
en esa forma de gobierno de controlar al clero por medio de sus supe¬ 
riores eclesiásticos 4 . 

Si consideramos el surgimiento de los partidos en Inglaterra, duran¬ 
te la gran rebelión 5 , observaremos que se ajustó a esta teoría general, y 
que aquella clase de gobierno dio origen a ellos de una manera regular 
e infalible. La constitución inglesa anterior a aquel período había esta¬ 
do en una suerte de confusión. Aun así, los súbditos poseían muchos 
nobles privilegios que, aunque no estaban exactamente establecidos y 
.(segurados por las leyes, se consideraba de manera universal, dada su 

de reyes, mientras fomentaban la superstición, porque el honor tributado a su sacerdocio 
lo aprovechaban para robustecer su poder».) 

2. [Gustavo Eriksson Vasa fue elegido rey de Suecia en 1523, después de librar una 
guerra de independencia contra Cristian I, rey de Dinamarca y de Noruega. Confiscó 
la mayor parte de los bienes de la Iglesia católica, que apoyaba las pretensiones del rey 
danés, y estableció una Iglesia estatal cuyas doctrinas eran predominantemente luteranas. 
Ames de su muerte en 1560 convirtió la monarquía sueca en institución hereditaria.) 

3. |A partir de 1559, los estatúders o monarcas constitucionales de la república ho¬ 
landesa procedían de la casa de Orange. En cuestiones de religión, la casa de Orange era 
favorable a los calvinistas frente a los arminianos, que habían roto con el calvinismo en 
relación con la doctrina de la predestinación. Como consecuencia de una disputa que im¬ 
plicaba cuestiones tanto políticas como religiosas, en 1619 el príncipe Mauricio dispuso 
l.i ejecución del abogado holandés Johan van Oldenbarnevelt, y la prisión a perpetuidad 
de otras dos personas, una de ellas el jurista y estadista Hugo Grotius, en el castillo de 
I ouvenstein. A partir de ese momento, al partido que se oponía en las provincias neerlan¬ 
desas a la casa de Orange se le conoció como facción de Louvenstein.] 

4. Populi imperium juxta libertatem: paucorum dominatio regiae libidini proprior 
rst. (Tacit. Ann. lib. VI.) [Tácito, Anales,, Madrid: Alianza, 1993, libro VI, 42, p. 335: «El 
gobierno del pueblo se halla ai lado de la libertad, mientras que el predominio de unos 
pinos se acerca más a los caprichos propios de los reyes».] 

5. [La *Gran Rebelión» es el nombre que se dio a las guerras civiles que tuvieron 
lugar en Inglaterra y Escocia entre 1642 y 1652, en las que las fuerzas parlamentarias 
derrotaron a las fuerzas realistas, leales a Carlos 1. Carlos fue ejecutado en 1649, y se es- 
i.ildeció una nueva forma de gobierno: la C ommomvealth (mancomunidad o república).] 


93 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


larga posesión, que les pertenecían por derecho de nacimiento. Surgió 
un príncipe ambicioso, o más bien mal aconsejado, que estimaba que 
todos estos privilegios eran concesiones de sus predecesores, revocables 
a voluntad y, siguiendo este principio, actuó abiertamente, durante va¬ 
rios años, en violación de la libertad. Finalmente, la necesidad le obligó 
a convocar un parlamento. El espíritu de la libertad se alzó y se expan¬ 
dió, el príncipe, careciendo de todo apoyo, se vio obligado a conceder 
todo cuanto se le exigió, y sus enemigos, llenos de celo e implacables, 
no pusieron límites a sus propias pretensiones 6 . Comenzaron entonces 
las luchas en las que no era extraño que los hombres de aquella época 
se dividieran en partidos, puesto que, incluso hoy, los imparciales se 
sienten incapaces de decidir quién tenía la razón en aquella disputa. Las 
pretensiones del parlamento, si se cedía a ellas, rompían el equilibrio de 
la constitución, al convertir al gobierno en casi completamente republi¬ 
cano. Si no se aceptaban, la nación seguía estando quizá en peligro de 
un poder absoluto, procedente de los principios establecidos y de los 
hábitos inveterados del rey, que afloraban claramente en cada concesión 
que se vio obligado a hacer a su pueblo. En esta cuestión, tan delicada y 
dudosa, la gente se inclinaba del lado que era más acorde con sus prin¬ 
cipios habituales, y los partidarios más apasionados de la monarquía se 
declaraban a favor del rey, mientras que los celosos amigos de la libertad 
se ponían del lado del parlamento. Dado que las expectativas de éxito 
se repartían por igual entre los dos bandos, el interés no tenía ninguna 
influencia general en esta contienda. Los Cabezas Peladas y los Caballe¬ 
ros eran meros partidos de principio 7 , ninguno de los cuales renegaba 
de la monarquía o de la libertad. Pero el primero de ellos se inclinaba 
más hacia la parte republicana del gobierno; el último, hacia la parte 
monárquica. A este respecto cabe considerarlos partido de la corte y 
partido del país, enardecidos hasta el punto de llegar a una guerra civil 
por una desgraciada concurrencia de circunstancias, y por el espíritu 
turbulento de la época. Quienes propugnaban la Commonwealtb y los 


6. | Hume se refiere aquí a Carlos I, que ascendió al trono en 1625. Tras una disputa 
sobre cuestiones de política eclesiástica y de impuestos, Carlos disolvió el parlamento 
en 1629 y gobernó sin él durante once años. En 1640 convocó un nuevo parlamento, 
pero lo disolvió tres semanas después porque se negó a apoyarle en hacer la guerra contra 
los escoceses. Aquel mismo año, más adelante, al adentrarse el ejército escocés en Ingla¬ 
terra, Carlos se vio obligado a convocar un nuevo parlamento (el Parlamento Largo) y a 
aceptar una amplia serie de medidas que reforzaban los poderes parlamentarios frente al 
rey. En 1642 estalló la guerra civil en Inglaterra, después de que Carlos se rodeara de un 
ejército considerable para oponerse al parlamento.] 

7. (Estos nombres comenzaron a usarse en 1641, para denotar respectivamente a 
los partidarios del parlamento, que llevaban el pelo corto, y los realistas, que eran más 
elegantes en su peinado y atuendo.] 


94 



DE LOS PARTIDOS EN GRAN BRETAÑA 


partidarios del poder absoluto se ocultaban en ambos partidos, y sólo 
constituían una parte poco considerable de ellos. 

El clero había estado de acuerdo con los designios arbitrarios del 
rey y, como recompensa, se le permitió perseguir a sus adversarios, a 
quienes tachaban de heréticos y cismáticos. El clero establecido era 
episcopaliano; los no conformistas eran presbiterianos, de modo que 
todo concurría para que el primero se uniera sin reservas al partido del 
rey, y los últimos se unieran al del parlamento*. 

De todos es conocido el desenlace de esta querella, que primero fue 
fatal para el rey, y después para el parlamento. Tras muchas situaciones 
de confusión y revoluciones, se restauró finalmente a la familia real 8 . 
Carlos II no aprendió del ejemplo de su padre, sino que prosiguió con 
las mismas medidas, aunque al principio lo hiciera de manera más secre¬ 
ta y cauta. Surgieron nuevos partidos, con las denominaciones de Whig 
(«Liberal») y 7 ory («Conservador»), que se han perpetuado desde en¬ 
tonces para confundir y distraer a nuestro gobierno 9 . Determinar cuál 
es la índole exacta de estos partidos es uno de los problemas más difíci¬ 
les que pueden abordarse, y demuestra que puede haber enigmas en la 
historia tan dudosos como los que puedan encontrarse en las ciencias 
naturales. Hemos visto la conducta de ambos partidos en el curso de se¬ 
tenta años, en una amplia variedad de circunstancias, con el poder y sin 
el, en la paz y en la guerra. A todas horas, cuando estamos en compa¬ 
ñía, cuando nos estamos divirtiendo, cuando estamos dedicados a nues¬ 
tras ocupaciones serias, nos encontramos con personas que se declaran 
partidarias de uno u otro lado. Nosotros mismos nos vemos obligados, 
en cierto modo, a tomar partido y, dado que vivimos en un país donde 
reina la mayor libertad, cada cual puede declarar abiertamente cuáles 
son sus sentimientos y opiniones. Sin embargo, nos vemos perdidos a la 
hora de decir cuáles son la naturaleza, las pretensiones y los principios 
ele las distintas facciones 8 . 

Cuando comparamos a los partidos Whig y Tory con los de los Ca¬ 
bezas Peladas y los Caballeros , la diferencia más obvia que aparece entre 
unos y otros consiste en los principios de obediencia pasiva y de derecho 
irreminciable , que se escuchaban muy poco entre los Caballeros , mien¬ 
tras que se convirtieron en la doctrina universal de los lories y se consi¬ 
deraron su verdadera característica. Si estos principios se llevasen hasta 

8. |La soberanía de los Esmardo se restauró en Inglaterra en 1660, al proclamarse 
re) a (Jarlos II.] 

9. (Las denominaciones Whig y Tory empezaron al parecer a utilizarse para de¬ 
signar a los partidos ingleses en 1679. Se aplicaron respectivamente a los miembros del 
partido del país que hicieron a Carlos H la petición de convocar un parlamento en 1680, 
v .i los adherentes al partido de la corte que rechazaban lo que veían como un intento de 
usurpar la prerrogativa real.J 


95 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


sus consecuencias más evidentes, implicarían una renuncia formal a to¬ 
das nuestras libertades y una proclamación de la monarquía absoluta. 
Ya que nada puede ser tan absurdo como un poder limitado al que no 
es posible resistirse, ni siquiera cuando excede sus límites. Pero, como 
los principios más racionales son a menudo un débil contrapeso de la 
pasión, no es de extrañar que estos principios absurdos 11 se considerasen 
demasiado débiles a tal efecto. En cuanto personas, los fortes eran ene¬ 
migos de la opresión, y como ingleses eran asimismo enemigos del poder 
arbitrario. Puede que su celo por la libertad fuese menos ferviente que 
el de sus antagonistas. Pero era suficiente para hacerles olvidar todos sus 
principios generales cuando se veían abiertamente amenazados por la 
subversión de la antigua forma de gobierno. Estos sentimientos dieron 
origen a la revolución l0 , acontecimiento de poderosas consecuencias y 
el más firme fundamento de la libertad británica. El comportamiento 
que tuvieron los tories durante tal acontecimiento, y después de él, nos 
permitirá una verdadera comprensión de la índole de ese partido. 

En primer lugar , parecieron tener los auténticos sentimientos de 
los británicos en su amor por la libertad, y en su determinación de no 
sacrificarla en aras de ningún principio abstracto, ni de imaginarios de¬ 
rechos de los príncipes. Con razón cabía dudar de este carácter antes 
de la revolución , debido a la evidente tendencia de los principios que 
proclamaban, y a su conformidad con la corte, que parecía no hacer 
apenas secreto de sus designios arbitrarios. La revolución mostró que, 
a este respecto, no habían sido sino un auténtico partido de la corte 
como el que podía esperarse en un gobierno británico, es decir que eran 
amantes de la libertad , pero mayores amantes de la monarquía. Hay que 
admitir, no obstante, que llevaron sus principios monárquicos más allá, 
incluso en la práctica, pero sobre todo en la teoría, de cuanto cupiera 
considerar coherente, en grado alguno, con un gobierno limitado. 

En segundo lugar , ni sus principios ni sus afectos coincidían, por 
entero o de corazón, con el acuerdo al que se llegó en la revolución , 
o con el que ha prevalecido desde entonces. Esta parte de su carácter 
puede antojarse opuesta a la primera, puesto que, en aquellas circuns¬ 
tancias de la nación, cualquier otro arreglo tenía que haber resultado 
peligroso, si no fatal, para la libertad. Pero el corazón del hombre está 
hecho para reconciliar contradicciones, y esta contradicción no es ma¬ 
yor que la existente entre la obediencia pasiva y la resistencia utilizada 
en la revolución. Desde la revolución se puede por lo tanto definir a un 
íory, en pocas palabras, como alguien que es amante de la monarquía , 
pero sin abandonar la libertad , y como un partidario de la familia de 


10. [La revolución de 1688-1689.[ 


96 



DE LOS PARTIDOS EN GRAN BRETAÑA 


los fetuardo. Del mismo modo que puede definirse a un whig como un 
amante de ¡a libertad que no renuncia a la monarquía , y un partidario 
del arreglo acorde con la postura protestanteK 

Estas diferentes opiniones respecto al asentamiento de la corona, 
(nerón adiciones accidentales, pero naturales, a los principios del parti¬ 
do de la Corte y los del País , que son genuinas divisiones del gobierno 
británico. Un amante apasionado de la monarquía tenderá a sentirse 
contrariado por todo cambio en la sucesión, como algo que tiene ex¬ 
cesivo sabor republicano. Un amante apasionado de la libertad tenderá 
.1 pensar que todas las partes del gobierno deberían subordinarse a los 
intereses de ésta. 

Algunos, que no se atreven a afirmar que la diferencia real entre 
whigs y tories se perdió en la revolución , parecen inclinarse a pensar 
que la diferencia ha quedado ahora suprimida y que las cosas han vuelto 
hasta tal punto a su estado natural que actualmente no hay entre noso¬ 
tros otros partidos que el de la Corte y el del País , es decir que no hay 
más que personas que, por interés o por principios, son más afines a la 
monarquía o a la libertad. Los tories se han visto durante tanto tiempo 
obligados a hablar al estilo republicano, que parecen por su hipocresía 
haberse hecho conversos y haber adoptado los sentimientos y el len¬ 
guaje de sus adversarios. Siguen existiendo, sin embargo, considerables 
restos de ese partido en Inglaterra, con todos sus viejos prejuicios. Y una 
prueba de que la Corte y el País no son nuestros únicos partidos es que 
i asi todos los disidentes están del lado de la corte, mientras que, como 
mínimo, el bajo clero de la Iglesia de Inglaterra está con la oposición. 
I sto puede convencernos de que una cierta parcialidad sigue afectando 
a nuestra constitución, un peso extrínseco que la desvía de su curso 
natural y es causa de confusión en nuestros partidos 11 * 11 . 


II. De algunas de las opiniones expuestas en estos ensayos, con respecto a los asun¬ 
tos públicos del último siglo, a) autor, al examinar la cuestión con más exactitud, ha 
lt.ill.ulo razones para retractarse en su Historia de Inglaterra. Y, del mismo modo en que 
mu .itrpiaría someterse servilmente a ninguno de los partidos, tampoco dejaría que sus 
pinpiiis opiniones preconcebidas y prejuicios restringieran su juicio, y no se avergüenza 
d»‘ i ('conocer sus errores. En rigor, esos errores eran casi universales en este reino por 
•MpirlIoH tiempos 1 . 


97 



X 


DE LA SUPERSTICIÓN Y EL ENTUSIASMO 


Que la corrupción de las mejores cosas produce lo peor se ha convertido 
en máxima, y es algo que demuestran por lo común, entre otros casos, 
los perniciosos efectos de la superstición y el entusiasmo , las corrupcio¬ 
nes de la verdadera religión. 

Estas dos clases de falsa religión, aunque ambas son perniciosas, 
son sin embargo de índole diferente, e incluso contradictoria. La mente 
humana está sometida a ciertos terrores y aprehensiones inexplicables, 
que proceden de la desdichada situación de los asuntos privados o pú¬ 
blicos, de la mala salud, de la disposición triste y melancólica, o de la 
concurrencia de todas estas circunstancias. En un estado de la mente se¬ 
mejante se temen infinitos males desconocidos, procedentes de agentes 
ignotos. Y cuando faltan objetos de terror reales, el alma, que responde 
activamente a su propio prejuicio y fomenta su inclinación predominan¬ 
te, encuentra otros imaginarios, a cuyo poder y malevolencia no pone 
límites. Dado que estos enemigos son por completo invisibles y desco¬ 
nocidos, los métodos elegidos para apaciguarlos son asimismo ajenos 
a la razón, y consisten en ceremonias, observancias, mortificaciones, 
sacrificios, ofrendas, o en cualquier otra práctica, por absurda y frívola 
que sea, que la locura o el engaño recomienden a una credulidad ciega y 
aterrada. La debilidad, el miedo, la melancolía, junto con la ignorancia, 
son, así pues, las fuentes de la superstición. 

Pero también es el alma humana susceptible de alcanzar estados de 
elevación y de presunción, procedentes de éxitos y sucesos favorables, 
de una salud exuberante, de la fortaleza de espíritu o de una disposición 
audaz y confiada. En un estado mental semejante, la imaginación está 
henchida de grandes ideas, aunque confusamente concebidas, que no 
pueden corresponderse con ninguna belleza ni disfrute terrenal. Todo 
lo mortal o perecedero se desvanece como indigno de atención. Y se 


98 



DE LA SUPERSTICIÓN Y CL ENTUSIASMO 


deja plena libertad a la fantasía en las invisibles regiones del mundo de 
los espíritus, donde el alma goza de libertad para permitirse cualquier 
cosa imaginada que pueda adecuarse a su gusto y disposición de ese 
momento. Surgen así los raptos, transportes y sorprendentes vuelos de 
la imaginación y, al aumentar todavía más la confianza y la presunción, 
esos raptos, al ser completamente inexplicables, y parecer estar mucho 
más allá del alcance de nuestras facultades ordinarias, se atribuyen a la 
inmediata inspiración de ese Ser Divino que es objeto de devoción. En 
poco tiempo, la persona inspirada llega a considerarse favorita distin¬ 
guida de la Divinidad y, una vez que se ha desatado este frenesí, que 
es la cúspide del entusiasmo, se consagra toda extravagancia. La razón 
humana, e incluso la moralidad, son rechazadas como guías falaces, y el 
loco fanático se entrega ciegamente y sin reserva a las supuestas irrup¬ 
ciones del espíritu y a la inspiración de lo alto. La esperanza, el orgullo, 
l.i presunción, una imaginación calenturienta, junto con la ignorancia, 
son, en consecuencia, las fuentes del entusiasmo . 

Estas dos clases de falsa religión podrían ser ocasión de muchas 
especulaciones. Pero me limitaré, por ahora, a unas cuantas reflexiones 
sobre la distinta influencia que ejercen en el gobierno y en la sociedad. 

a Mi primera reflexión es que la superstición es favorable al poder 
sacerdotal , y el entusiasmo no menos contrario a él que la sana razón y 
la filosofía , o incluso más contrario que éstas . Una superstición se basa 
en el miedo, la tristeza y una depresión del ánimo. Representa a la per¬ 
sona ante sí misma de manera tan despreciable que aparece ante sus 
propios ojos indigna de acercarse a la presencia divina, y es natural que 
recurra a otra persona cuya santidad de vida, o cuyo descaro y astucia, 
lun hecho que se la suponga más favorecida por la Divinidad. A esta 
persona le confían los supersticiosos sus devociones. A su cuidado en¬ 
comiendan sus plegarias, peticiones y sacrificios, y por este medio es¬ 
peran hacer que sus ruegos resulten aceptables para la Deidad enco¬ 
lerizada. Tal es el origen de los sacerdotes 1 *, a los que con razón cabe 
considerar" invención de una superstición timorata y abyecta que, en 
su perenne desconfianza, no se atreve a ofrecer su propia devoción y 
piensa, en su ignorancia, propiciar a la Deidad gracias a la mediación 
de sus supuestos amigos y servidores. Como la superstición es un in- 
giediente considerable de casi todas las religiones, incluso de las más 
liadas al fanatismo, ya que no hay nada más que la filosofía que sea ca¬ 
paz de imponerse por completo a estos terrores inexplicables, es lógico 
que en casi todas las sectas religiosas existan los sacerdotes. Y cuanto 
mayor sea la mezcla de superstición, tanto más elevada será la autori¬ 
dad del sacerdocio**. 

h»r otra parte, puede observarse que los entusiastas no se han so¬ 
metido al yugo eclesiástico y han dado todos muestras de gran inde- 


99 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


pendencia en su devoción, mostrando desprecio por las formas, las 
ceremonias y las tradiciones. Los cuáqueros 1 son los entusiastas más no¬ 
tables que hasta ahora se hayan conocido, aunque también los más 
inocentes, y constituyen quizá la única secta que nunca ha admitido 
sacerdotes en su seno. Los independientes 1 2 son, de todos los secta¬ 
rios ingleses, los que más se aproximan a los cuáqueros en fanatismo 
y en su libertad del cautiverio impuesto por los sacerdotes. Vienen a 
continuación los presbiterianos 3 , a igual distancia en ambos aspectos. 
En resumen: esta observación se basa en la experiencia, y también se 
antojará fundada en la razón, si tenemos en cuenta que, como el en¬ 
tusiasmo surge de un orgullo presuntuoso y de la confianza, se cree 
suficientemente cualificado para acercarse a la Divinidad sin mediación 
humana alguna. La devoción del entusiasta es tan fervorosa que ima¬ 
gina acercarse realmente a la Divinidad mediante la contemplación y 
la conversión interior, lo que le lleva a omitir todas esas ceremonias y 
observancias exteriores, para las que la asistencia de sacerdotes se an¬ 
toja indispensable a los ojos de los devotos supersticiosos. El fanático 
se autoconsagra y otorga a su propia persona un carácter sagrado, muy 
superior a lo que las formas y las instituciones ceremoniales pueden 
conferir a cualquier otro. 

Mi segunda reflexión en tomo a estas clases de falsa religión es que 
las religiones que participan del entusiasmo son , en el momento de su 
surgimiento , más furibundas y violentas que las que participan de la 
superstición , pero al poco tiempo se vuelven más amables y modera¬ 
das . La violencia de esta clase de religión, cuando es excitada por la 
novedad y estimulada por la oposición, aparece en muchos casos: el 


1. [La Sociedad de los Amigos, conocida asimismo como cuáqueros, la fundó Geor- 
ge Fox en Inglaterra a mediados del siglo XVH. Entre sus creencias figuran la confianza 
en el testigo interior o principio divino presente en los seres humanos, la renuncia a la 
violencia y a la guerra, la sencillez en la forma de hablar y en el vestido, y la celebración 
del culto sin sacerdotes ordenados.] 

2. [Los independientes o congregacionalistas surgieron en Inglaterra en el siglo XVI 
y ejercieron una gran influencia en el XVII, bajo la Commonwealth. Consideraban que 
las congregaciones locales eran la verdadera Iglesia, e insistían en su independencia de 
cualesquiera otras organizaciones civiles y eclesiásticas.] 

3. [El presbiterianismo nació de los esfuerzos de Juan Calvino (1509-1564) por 
hacer que el cristianismo volviera a su forma primitiva de gobierno eclesiástico. Los pres¬ 
biterianos de Inglaterra y Escocia coincidían con los congregacionalistas en su rechazo al 
episcopado, o gobierno de la Iglesia mediante obispos que debían su nombramiento a la 
corona, pero concedían que la elección de ministros y ancianos por las congregaciones 
estuviera sujeta a confirmación por parte de asambleas mayores o presbiterios. 


100 



DE LA SUPERSTICIÓN Y EL ENTUSIASMO 


ik* los anabaptistas 4 en Alemania, los camisards? en Francia, los leve- 
llvrs 6 y otros fanáticos en Inglaterra y los covenanters 7 en Escocia* El 
rntusiasmo, que se basa en la fortaleza de ánimo y en un carácter pre¬ 
suntuosamente audaz, da origen de manera natural a las más extremas 
decisiones, sobre todo cuando alcanza un grado que inspira en el enga¬ 
llado fanático la creencia en la iluminación divina, y un desprecio de las 
tuntunes reglas de la razón, la moralidad y la prudencia. 

lis así como el entusiasmo provoca los más crueles desórdenes en la 
sociedad humana. Pero su furia es como la del trueno y la tempestad, 
i|iic se agotan en poco tiempo y dejan el aire más calmado y sereno que 
.unes* Una vez que se extingue ese primer fuego del entusiasmo, las per¬ 
sonas, en todas las sectas, caen de manera natural en el mayor descuido 
\ frialdad respecto a lo sagrado, y no hay entre ellas ningún grupo orga¬ 
nizado que posea autoridad suficiente, cuyo interés resida en mantener 
rl espíritu religioso. No hay ritos, ni ceremonias, ni santas observancias, 
que pueden incorporarse al curso común de la vida y preservar del olvi- 
d<>los sagrados principios. La superstición, por el contrario, se va impo¬ 
niendo gradual e insensiblemente, hace a las personas mansas y sumisas, 
i i sidra aceptable para el magistrado y se le antoja inofensiva a la gente. 

I Lista que, finalmente, el sacerdote, una vez establecida firmemente su 
uitoridad, se convierte en tirano y en perturbador de la sociedad huma- 
ii. i, mediante sus inacabables controversias, persecuciones y guerras re¬ 
ligiosas. ¡Con qué suavidad avanzó la Iglesia romana hasta hacerse con 

I I poder! ¡Y en qué penosas convulsiones sumió a toda Europa con el 
Im de conservarlo! Por otra parte, nuestros sectarios, que anteriormente 
lueron peligrosos intolerantes, se han convertido ahora en razonadores 

■I (Kl movimiento anabaptista, que se originó en Europa durante la Reforma pro- 
i» 'Miitc. rompió con Lutero en relación con e) tema del bautismo de los niños e insistió 

• ti i|*»r únicamente los adultos arrepentidos podían ser debidamente bautizados. En razón 

mi vehemente insistencia en la completa separación de la Iglesia y el Estado fueron muy 
|t* i • Kindos por las autoridades civiles. En la revuelta campesina de t52$, los anabaptistas 
i uli. .ilrs alemanes, dirigidos porThomas Münzer, hicieron la guerra contra la autoridad 

• mi r intentaron establecer por la fuerza una república cristiana basada en la igualdad 
ti»» iluta y en la comunidad de bienes.] 

V (Ijos ca misarás eran calvinistas franceses (de los Cévennes) que se sublevaron 

• i* I 'til a consecuencia de la revocación del edicto de Nantes por Luis XIV (en 1685), 
•i", habla concedido a los protestantes el derecho al culto en público y su admisibilidad 

• h «argos civiles.) 

h. \lrtvHcrs fue el nombre dado a un partido igualitarista radical en Inglaterra du- 
« mi. la ( Uunmonwealth, que se opuso al régimen de Cromwell alegando que no rompía 

• • •d.itlt-r.immic con la aristocracia.! 

- |A mediados del siglo xvu se dio el nombre de covenanters al partido que en Es- 
.ile le lidia la forma presbiteriana de gobierno eclesiástico. Tras el restablecimiento del 

• i*i • upado en 1662 y la persecución de los ministros disidentes, lo s covenanters iniciaron 
•ma irMión armada y fueron derrotados por el ejército del rey.| 


101 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


sumamente libres, y los cuáqueros parecen aproximarse al que casi es el 
único cuerpo regular de deístas * en el universo: los letrados o eruditos , 
discípulos de Confucio en China 8 9 . 

Mi tercera reflexión sobre este tema es que la superstición es enemi¬ 
ga de las libertades públicas , y el entusiasmo es favorable a ellas . Dado 
que la superstición sufre bajo el dominio de los sacerdotes, y que el 
entusiasmo resulta destructivo para todo poder eclesiástico, esto basta 
para explicar la presente observación. Por no mencionar que el entu¬ 
siasmo, que constituye la debilidad de los temperamentos audaces y 
ambiciosos, va acompañado, de modo natural, de un espíritu de liber¬ 
tad; mientras que la superstición, por el contrario, hace a las personas 
sumisas y abyectas, y las prepara para la esclavitud. La historia inglesa 
nos enseña que, durante las guerras civiles, los independientes y \os deís¬ 
tas, aunque eran por demás opuestos en cuanto a sus principios reli¬ 
giosos, estaban no obstante unidos en sus principios políticos, y unos y 
otros eran apasionados partidarios de la república. Y desde los orígenes 
de whigs y tories , los líderes whig nunca han sido deístas ni libertarios 
en sus principios. Es decir, amigos de la tolerancia e indiferentes hacia 
cualquier secta cristiana. Mientras que los sectarios, que tienen todos 
un fuerte matiz de entusiasmo, siempre, sin excepción, han coincidido 
con ese partido en la defensa de la libertad civil. La semejanza en la 
superstición unió durante mucho tiempo a los tories del alto clero y a 
los católicos romanos , en su apoyo a las prerrogativas del poder real, 
aunque últimamente parece ser que el espíritu de tolerancia de los whigs 
ha reconciliado a los católicos con ese partido. 

En Francia, molinistas y jansenistas mantienen mil disputas ininte¬ 
ligibles 10 , que no vale la pena que un hombre sensato reflexione sobre 
ellas. Pero lo que principalmente distingue a estas dos sectas, y es lo úni¬ 
co que merece atención, es el diferente espíritu que anima su religión. 
Los molinistas , dirigidos por los jesuítas, son muy amigos de la supersti¬ 
ción, rígidos observantes de las formas externas y las ceremonias, y fie- 


8. [El término deístas se utilizaba mucho en tiempos de Hume para designar a 
aquellos autores que reconocían a un único Dios, pero basaban su creencia en la razón 
y no en la religión revelada. Los deístas disentían entre ellos en cuestiones tales como el 
papel moral de la deidad, la existencia de una providencia y la vida posterior.] 

9. Los letrados chinos no tienen sacerdotes ni un sistema eclesiástico establecido*. 
[Confucio (551-479 a.C.) fue un maestro y pensador cuyas ideas sobre la virtud y las re¬ 
laciones humanas influyeron profundamente en la vida y el pensamiento chinos. Entre las 
creencias del confucianismo se cuentan el respeto al Cielo como fuerza espiritual cósmica 
con significación moral.] 

10. [Este conflicto interno del catolicismo del siglo xvn se centraba en el tema del 
libre albedrío o la predestinación. Los jansenistas veían la base de la salvación en la gracia 
divina, más que en las buenas obras, mientras que los molinistas trataban de reservar un 
papel más importante a la voluntad humana.) 


102 



DE LA SUPERSTICIÓN Y EL ENTUSIASMO 


les a la autoridad de los sacerdotes y a la tradición. Los jansenistas son 
entusiastas y celosos promotores de la devoción apasionada y de la vida 
interior, con escasa influencia de la autoridad y, en resumen, son cató¬ 
licos a medias. Las consecuencias son exactamente conformes al razo¬ 
namiento precedente. Los jesuítas son los tiranos del pueblo y los escla¬ 
vos de la corte, y los jansenistas conservan viva las pequeñas chispas del 
amor a la libertad que se encuentran en la nación francesa. 


103 



XI 


DE LA DIGNIDAD O MEZQUINDAD 
DE LA NATURALEZA HUMANA 3 


Hay ciertas sectas que secretamente se forman en el mundo erudito, del 
mismo modo que se forman las facciones en el mundo político y que, 
aunque muchas veces no llegan a una ruptura declarada, dan un giro 
distinto al modo de pensar de quienes han formado parte de ambos 
bandos. Las más notables de esta clase de sectas se basan en los distintos 
sentimientos que suscita la dignidad de la naturaleza humana , punto 
que parece haber dividido a filósofos y poetas, así como a sacerdotes y 
teólogos, desde el principio de los tiempos hasta nuestros días. Algunos 
enaltecen al máximo a nuestra especie, y presentan al hombre como 
un semidiós, que deriva su origen del cielo y conserva signos evidentes 
de su linaje y ascendencia. Otros insisten en los aspectos oscuros de la 
humana naturaleza, y no pueden descubrir en ella más que vanidad, 
algo en lo que el hombre supera a los restantes animales, a los que tanto 
pretende despreciar. Si un autor posee talento para la retórica y la de¬ 
clamación forma por lo común parte de los primeros; si su tendencia es 
a la ironía y el ridículo, pasa de modo natural al otro extremo. 

Estoy lejos de pensar que todos cuantos han despreciado a nuestra 
especie han sido enemigos de la virtud, y han expuesto las debilidades 
de sus congéneres con mala intención. Al contrario, soy consciente de 
que un delicado sentido de la moral, sobre todo cuando va acompañado 
de un temperamento inquieto b , tiende a provocar en una persona un dis¬ 
gusto hacia el mundo y a considerar con excesiva indignación el común 
curso de los asuntos humanos. No puedo sin embargo por menos de 
opinar que los sentimientos de quienes se inclinan por pensar de la hu¬ 
manidad favorablemente resultan más ventajosos para la virtud que los 
principios contrarios, que nos ofrecen una mezquina opinión de nues¬ 
tra naturaleza. Si una persona está imbuida de una elevada idea de su 
carácter y de su rango en la creación, se esforzará de manera natural 

104 



DE LA DIGNIDAD O MEZQUINDAD DE LA NATURALEZA HUMANA 


por actuar de acuerdo con ella, y desdeñará cometer una acción baja o 
maliciosa, que la coloque por debajo de la figura que ha forjado en su 
propia imaginación. En consecuencia, encontramos que todos nuestros 
retinados moralistas de moda insisten en este tema, e intentan presentar 
el vicio como indigno del ser humano, además de odioso per$e c . 

Hay pocas disputas que no se basen en alguna ambigüedad en la ex¬ 
presión, y estoy convencido de que la presente disputa, relativa a la dig¬ 
nidad o la mezquindad de la naturaleza humana no está más exenta de 
tal ambigüedad que cualquier otra. Puede en consecuencia que valga la 
pena considerar lo que esta controversia tiene de real y lo que tiene de 
meramente verbal. 

Ninguna persona razonable negará que existe una diferencia na- 
uiral entre el mérito y el demérito, la virtud y el vicio, la sabiduría y 
la locura. Resulta sin embargo evidente que al acuñar el término, que 
denota nuestra aprobación o nuestra condena, solemos estar más influi¬ 
dos por la comparación que por una norma fija e inalterable sobre la 
naturaleza de las cosas. De manera parecida, todo el mundo reconoce 
que la cantidad, la extensión y el volumen son cosas reales. Pero cuando 
decimos que un animal es grande o pequeño siempre establecemos una 
secreta comparación entre ese animal y otros de la misma especie, y es 
esa comparación la que regula nuestro criterio respecto a su tamaño. Un 
perro y un caballo pueden ser del mismo tamaño. Pero, mientras que se 
admirará en uno su gran volumen, en el otro se admirará su pequeñez. 
I ii consecuencia, cuando estoy presente en una disputa, siempre me 
paro a considerar si el tema de la controversia es o no una cuestión de 
comparación y, en su caso, si los que intervienen en ella están compa- 
i .mdo los mismos objetos o están hablando de cosas muy diferentes 11 . 

Al formar nuestras nociones de la naturaleza humana tendemos a 
establecer una comparación entre los hombres y los animales, las únicas 
i naturas dotadas de pensamiento accesibles a nuestros sentidos. Esta 
comparación resulta sin duda favorable a la humanidad. Por una parte 
vemos a una criatura cuyos pensamientos no están limitados por atadu- 
i.ts estrechas, ni de espacio ni de tiempo; que lleva sus investigaciones 
li.ista las regiones más distantes del globo, y más allá del globo, hasta 
los planetas y cuerpos celestes; que mira hacia atrás para considerar el 
origen primordial, o al menos la historia de la raza humana; que echa 
mi mirada hacia adelante para ver la influencia de sus actos en la poste- 
i ul.id, y los juicios que se formarán sobre su carácter de aquí a mil años. 
I Iii.i criatura que busca las causas y efectos hasta una gran distancia 
v con un alto nivel de complejidad; que extrae principios generales a 
partir de fenómenos particulares; que perfecciona sus descubrimien¬ 
tos, corrige sus errores y saca provecho de ellos. Por otra parte nos 
encontramos con una criatura que es todo lo contrario: está limitada 


105 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


en sus observaciones y razonamientos a unos pocos objetos sensibles 
que la rodean; sin curiosidad, sin previsión; ciegamente dirigida por el 
instinto, que alcanza en poco tiempo su máxima perfección, más allá de 
la cual nunca será capaz de avanzar un solo paso. ¡Qué gran diferencia 
existe entre estas criaturas! ¡Y qué elevada idea tenemos que tener de la 
primera en comparación con la segunda! 

Hay dos medios que suelen utilizarse para destruir esta conclusión: 
en primer lugar, presentando el caso de una manera improcedente e in¬ 
sistiendo en la debilidad de la naturaleza humana. Y, en segundo lugar, 
estableciendo una nueva y secreta comparación entre el ser humano y 
otros seres de la más perfecta sabiduría. Entre las restantes excelencias 
del hombre, está ésta, que le permite formarse una idea de perfecciones 
que van mucho más allá de lo que ha experimentado en sí mismo, y 
que su concepción de la sabiduría y la virtud no conoce límites. Puede 
fácilmente elevar sus ideas y concebir un grado de conocimiento que, 
comparado con el suyo, haría que éste resultara muy despreciable y que 
la diferencia entre él y la astucia de los animales, de un cierto modo, 
desapareciera y se desvaneciera. Pues bien, siendo un punto en el que 
todo el mundo está de acuerdo que el entendimiento humano dista infi¬ 
nitamente de la sabiduría perfecta, es conveniente que sepamos, cuando 
se establece esta comparación, que no debemos discutir cuando no hay 
real diferencia en nuestros sentimientos. El hombre está mucho más 
lejos de la sabiduría perfecta, e incluso de sus propias ideas sobre ella, 
de lo que los animales lo están del hombre. Y, sin embargo, esta última 
diferencia es tan considerable que nada que no sea una comparación 
con la sabiduría perfecta puede hacer que se antoje poco importante. 

También es habitual comparar a un hombre con otro. Y, al encon¬ 
trar a muy pocos a los que podamos llamar sabios o virtuosos , tendemos 
a mantener una idea despreciable de nuestra especie en general. Para 
que podamos percibir la falacia de este modo de razonar, observaremos 
que las apelaciones honoríficas de sabio y virtuoso no se derivan, en 
particular medida, de las cualidades de sabiduría y virtud , sino que sur¬ 
gen por completo de la comparación que establecemos entre un hom¬ 
bre y otro. Cuando nos encontramos con una persona que alcanza un 
grado muy poco común de sabiduría, decimos que es sabia. De modo 
que decir que hay muy pocas personas sabias en el mundo no es decir 
nada en realidad, puesto que es sólo por su escasez por lo que merecen 
tal apelativo. Si hombres como Tully o Bacon 1 pertenecieran a lo más 
bajo de nuestra especie, seguiríamos teniendo razones para decir que 


1. [En la literatura inglesa suele llamarse Tulty a Marco Tulio Cicerón. Francis Ba¬ 
con, primer barón de Verulam y vizconde de Saint Albans ocupó muchos cargos oficiales, 
entre ellos el de Lord Keeper (Conservador) y el de Lord Chancellar (Presidente de la 


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DE LA DIGNIDAD O MEZQUINDAD D6 LA NATURALEZA HUMANA 


son pocos los sabios. Porque en ese caso elevaríamos nuestras ideas de 
la sabiduría y no rendiríamos ningún honor singular a nadie que no se 
distinguiera singularmente por su talento. Del mismo modo, he oído 
observar a gente insensata que son pocas las mujeres que poseen belleza, 
en comparación con las que desean poseerla, sin tener en consideración 
que aplicamos el calificativo de bellas únicamente a las que tienen un 
grado de belleza que es común a unas pocas. El mismo grado de belleza 
que en una mujer se considera deformidad se tiene por verdadera belle¬ 
za en uno de nuestro sexo. 

Y, del mismo modo que, al formarnos una idea de nuestra especie, 
es habitual que la comparemos con otras especies por encima o por 
debajo de ella, o que comparemos a los individuos de la especie unos 
con otros, también comparamos muchas veces los distintos motivos o 
principios de actuación de la naturaleza humana, con el fin de regular 
nuestro juicio con respecto a ella. Y, en rigor, es ésta la única clase de 
comparación que merece nuestra atención, o que decide algo en la cues- 
nón que nos ocupa. Si los principios egoístas y crueles predominasen 
unto sobre nuestras virtudes sociales como afirman algunos filósofos, 
tendríamos sin duda que tener una idea despreciable sobre la naturaleza 
humana 2 . 

Hay en toda esta controversia algo más que una disputa en torno 
.1 las palabras. Cuando alguien niega la sinceridad de todo espíritu pú¬ 
blico o de afecto por un país y una comunidad, no sé que pensar de él. 
<}uizá nunca ha sentido esta pasión de modo tan claro y distinto como 
para eliminar todas sus dudas respecto a su fuerza y su realidad. Pero 
cuando luego procede a rechazar toda amistad privada, a menos que 
se mezcle en ella algún interés o amor propio, estoy seguro de que está 
utilizando abusivamente los términos y confunde las ideas de las cosas, 
pues es imposible que nadie sea tan egoísta, o más bien tan estúpido, 
c orno para no diferenciar a una persona de otra y no dar preferencia a 
cualidades que atraigan su aprobación y estima. ¿Es también, digo yo, 
i.m insensible a la ira como pretende serlo a la amistad? ¿Y no le afec¬ 
tan los perjuicios y la injusticia más de lo que le afectan la bondad o los 
beneficios? Imposible. No se conoce a sí mismo. Ha olvidado los movi¬ 
mientos de su corazón, o más bien utiliza una lengua distinta de la del 
resto de sus compatriotas y no llama a las cosas por su nombre. ¿Qué 
me dices del afecto natural? (Añado luego.) ¿Es también una especie 


( .miara Je los Lores). Hume alaba a Bacon en su Introducción al Tratado como fundador 
4 Ir mi nuevo «método experimental de razonar» en las ciencias.] 

2. |Cf. la Investigación sobre los principios de la moral , de Hume, sobre todo el 
\pnnlice II, donde se señala a Hobbcs y Locke como modernos proponentes del «sistema 
rgnísta de la moral-.} 


107 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


de amor a sí mismo? Sí, todo es amor propio* Amas a tus hijos porque 
son tuyos. A tu amigo por igual razón. Y tu país te importa sólo en la 
medida en que tiene una relación contigo . Si se suprimiera la idea de lo 
propio, nada te afectaría: permanecerías por completo inactivo e insen¬ 
sible. O si alguna vez hicieras algún movimiento, sería únicamente por 
vanidad, y por un deseo de fama y reputación para el propio yo. Estoy 
dispuesto, respondo, a aceptar tu interpretación de los actos humanos 
siempre y cuando tú admitas estos hechos. Que la clase de amor propio 
que se muestra en la bondad hacia otros has de conceder que tiene en 
muchas ocasiones gran influencia, incluso mayor, sobre otras acciones 
humanas que la que conserva su forma original. Pues, ¿cuántos son los 
que, teniendo una familia, hijos y parientes, no gastan más en su man¬ 
tenimiento y educación que en sus propios placeres? Esto puede en ver¬ 
dad deberse, como con razón observas, a su amor propio. Puesto que la 
prosperidad de su familia y de sus amigos es uno de sus placeres, o su 
principal placer, a la vez que su principal honor. Si eres también una de 
esas personas egoístas y estás seguro de la buena opinión y buena volun¬ 
tad de todos o, para no herir tus oídos con estas expresiones, del amor 
propio de todo el mundo, éste, y el mío con el del resto, nos inclinará a 
servirte y a hablar bien de ti c . 

Hay en mi opinión dos cosas que han llevado a extraviarse a los fi¬ 
lósofos que tanto han insistido en el egoísmo humano. Han encontrado, 
en primer lugar, que todo acto de virtud o amistad iba acompañado de 
un secreto placer, de donde han sacado la conclusión de que la amistad 
y la virtud no podían ser desinteresadas. Mas es obvia la falacia de esta 
postura. El sentimiento o pasión virtuosa produce el placer, y no surge 
de éste. Siento placer en hacer bien a mi amigo porque le quiero. Pero 
no le quiero por mor de ese placer. 

En segundo lugar, siempre se ha encontrado que los virtuosos distan 
de ser indiferentes a las alabanzas, y en consecuencia se los ha presen¬ 
tado como vanidosos que no piensan en otra cosa que en los elogios de 
los demás. Pero también esto es una falacia. Es muy injusto que, cuando 
se descubre una faceta de vanidad en una acción laudable, se desprecie 
por esa razón, o se atribuya enteramente a ese motivo. Y no ocurre lo 
mismo con otras pasiones que con la vanidad. Cuando son la avaricia o 
la venganza las que intervienen en una acción aparentemente virtuosa, 
nos resulta difícil determinar hasta qué punto intervienen, y es natural 
suponer que es el único principio que actúa. En cambio, la vanidad está 
tan estrechamente unida a la virtud, y el amor a la fama de las acciones 
laudables se aproxima tanto al amor a esas acciones por sí mismas, que 
esas acciones admiten una mayor mezcla que otras clases de afecto, y es 
imposible tener las acciones sin un cierto grado de vanidad. En conse¬ 
cuencia, encontramos que esta pasión por la gloria siempre se deforma 


108 



DE LA DIGNIDAD O MEZQUINDAD DE LA NATURALEZA HUMANA 


y transforma de acuerdo con el particular gusto o disposición de la 
mente a la que afecta. A Nerón le inspiraba la misma vanidad conducir 
un carro que a Trajano gobernar el imperio con justicia y habilidad 3 . 
Amar la gloria de los hechos virtuosos es una segura prueba del amor 
por la virtud. 


| Nerón fue emperador de Roma desde el año 54 al 68 d.C. Trajano lo fue entre 
los artiwi 98 y 117.) 


109 



XII 


DE LA LIBERTAD CIVIL 3 


Quienes dedican su pluma a los temas políticos sin incurrir en iras ni 
prejuicios partidistas, cultivan una ciencia que, entre todas, es la que 
más contribuye a la utilidad pública, e incluso a la satisfacción privada 
de quienes se aficionan a su estudio. Yo me inclino, sin embargo, por 
mantener la sospecha de que el mundo es todavía demasiado joven para 
que se establezcan en política muchas verdades generales que sigan sien¬ 
do verdad hasta la posterioridad más remota. Aún no tenemos tres mil 
años de experiencia, por lo que no sólo es todavía imperfecto el arte de 
razonar en esta ciencia, como en todas las demás, sino que carecemos 
de suficientes materiales sobre los que razonar. No se conoce del todo 
el grado de refinamiento al que, en la virtud o en el vicio, puede llegar 
la naturaleza humana; ni lo que cabe esperar de la humanidad a partir 
de una gran revolución en la educación, las costumbres o los princi¬ 
pios. Maquiavelo fue sin duda un gran genio. Pero al haber limitado 
su estudio a los furiosos y tiránicos gobiernos de la Antigüedad, o a los 
pequeños y turbulentos principados italianos, sus razonamientos, espe¬ 
cialmente sobre el gobierno monárquico, han resultado ser sumamente 
defectuosos, y apenas hay una máxima en su Principe que la posterior 
experiencia no haya refutado. Un príncipe débil y dice, es incapaz de 
recibir buen consejo; pues , si consulta con varios consejeros , no puede 
distinguir entre sus consejos. Si se entrega a uno, puede que ese ministro 
sea capaz; pero no será ministro mucho tiempo . Es seguro que derrocará 
a su señor y se colocará a sí mismo y a su familia en el tronoK Menciono 
éste, de entre otros casos de error de aquel político, que provienen, en 
gran medida, del hecho de que viviera en una edad del mundo dema- 

t. [Véase Maquiavelo, El Príncipe (1513), cap. 23. Maquiavelo habla de un prínci¬ 
pe «imprudente», y no de un príncipe «débil» como dice Hume.) 


110 



OE LA LIBERTAD CIVIL 


siado temprana para ser buen juez de la verdad política. Casi todos los 
príncipes de Europa tienen en la actualidad ministros al frente de su 
gobierno, y ha sido así durante casi dos siglos, sin que haya ocurrido o 
sea posible que ocurra, un acontecimiento semejante. Puede que Sejano 
proyectara destronar a los cesares; pero Fleury 2 3 , por muy malicioso que 
fuese, no habría podido acariciar, mientras estuviera en sus cabales, la 
más mínima esperanza de derrocar a los Borbones. 

Nunca, hasta el siglo pasado, se consideró el comercio asunto de 
Estado, y apenas hay autores antiguos que escribieran sobre política que 
lo mencionen^ Incluso los italianos han guardado un profundo silencio 
a este respecto, aunque ahora ha atraído la atención preferente tanto de 
los ministros de Estado como de los razonadores especulativos. La opu¬ 
lencia, la grandeza y los logros militares de las dos potencias marítimas 4 
parecen haber enseñado a la humanidad la importancia de un extenso 
comercio. 

Habiendo en consecuencia intentado, en este ensayo, establecer una 
comparación completa de la libertad civil y el gobierno absoluto, y mos¬ 
trar" las grandes ventajas de la primera sobre el segundo, he comenzado 
.1 tener la sospecha de que ningún hombre de su época estaba suficien¬ 
temente cualificado para entender algo semejante, y que fuera lo que 
fuere lo que alguien anticipase sobre este tema, lo refutaría la posterior 
experiencia y lo rechazaría la posteridad. Son tantas las poderosas re¬ 
voluciones que han acontecido en los asuntos humanos, y tantos los su¬ 
cesos acaecidos contrarios a las expectativas de los antiguos, que bastan 
para generar la sospecha de que habrá aún nuevos cambios. 

Los antiguos observaron una vez que todas las artes y las ciencias 
surgían en las naciones libres, y que los persas y egipcios, a pesar de su 
desahogo, opulencia y lujo, no hicieron más que leves esfuerzos para 
disfrutar de estos placeres más nobles, que los griegos llevaron a tal per- 
lección en medio de continuas guerras, acompañados por la pobreza y 
con mayor sencillez en su vida y costumbres. También se pudo observar 


2. (I.ucio Elio Sejano fue prefecto de la guardia pretoriana bajo el emperador Ti¬ 
berio. Gobernó Roma durante un tiempo tras retirarse Tiberio a Capñ (26 d.C.), pero 
posteriormente Tiberio le mandó arrestar y ejecutar (31 d.C.)- El cardenal Fleury fue 
nitor de Luis XV de Francia y primer ministro dei reino en las décadas que precedieron a 
mi muerte en 1743.] 

3. Jenofonte lo menciona, pero con una duda sobre si representa alguna ventaja 
p.u.i el Estado. Ei & ica! ¿piropta ti ttóXiv (Xen., Hiero.). (Jenofonte, Hierótt> 9.9: 

Si d comercio aporta también beneficios a la ciudad».) Platón también lo excluye de su 
irpttblica imaginaria. De legibus , lib. [V 1 *. [Platón (427*347 a.C.), Leyes , libro IV (704d* 
TKh).] 

*1. (Hume está pensando en Holanda e Inglaterra, como indica posteriormente en 
i Mi* mismo ensayo.) 


111 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS PARTE I 


que, cuando perdieron su libertad, aunque aumentaron mucho su rique¬ 
za, por medio de las conquistas de Alejandro, las artes decayeron entre 
ellos a partir de ese momento, y nunca pudieron levantar de nuevo 
cabeza en aquel clima. El saber se trasladó a Roma, la única nación libre 
del universo en aquel tiempo. Y, al encontrar un terreno tan favorable, 
consiguió avances prodigiosos durante más de un siglo, hasta que el 
declinar de la libertad produjo también la decadencia de las letras y ex¬ 
pandió por el mundo una total barbarie. A partir de estas dos experien¬ 
cias, cada una de las cuales tuvo carácter doble en su clase, y demostró 
la caída del saber con los gobiernos absolutos, así como su auge en los 
gobiernos populares, Longino se sintió suficientemente justificado para 
afirmar que las artes y las ciencias nunca podían florecer más que con un 
gobierno libre 5 . Y en esta opinión le han secundado varios eminentes 
autores 6 de nuestro propio país, quienes, bien han limitado su opinión 
a los hechos antiguos o han mantenido una excesiva parcialidad a favor 
de esa forma de gobierno, establecida entre nosotros. 

Pero ¿qué dirían estos autores respecto a los casos de Roma y de 
Florencia en la edad moderna? En la primera se llevaron a la perfección 
las bellas artes de la escultura, la pintura y la música, así como la poesía, 
a pesar de tener que soportar la tiranía política y sacerdotal. Y, en la 
segunda, los principales progresos en las artes y las ciencias tuvieron 
lugar después de que empezara a perderse la libertad por la usurpación 
de la familia Médici. Ariosto, Tasso, Galileo, no nacieron en repúblicas, 
como tampoco Rafael y Miguel Ángel 7 . Y aunque la escuela lombarda 
fue tan famosa como la romana, los venecianos tuvieron una participa¬ 
ción menor en sus honores, y parecen haber sido bastante inferiores a 
otros italianos en cuanto a la genialidad en las artes y las ciencias. Ru- 
bens estableció su escuela en Amberes, no en Amsterdam, y Dresde, no 
Hamburgo, es el centro de las buenas maneras en Alemania 8 . 


5. [Longino (<213?-273 d.C), Sobre ¡o sublime , sec. 44. El autor suscita en efecto 
la posibilidad de que los escritores y oradores geniales sólo se den con gobiernos demo¬ 
cráticos o libres, pero llega a sugerir, quizá con ironía, que la corrupción del genio en la 
era presente no se debe a la tiranía política, sino a la tiranía de las pasiones, en especial 
del amor a las riquezas y sus vicios concomitantes.] 

6. El señor Addison y lord Shaftesbury. [Cf. Joseph Addison (1672-1719), The 
Tatler , n.° 161 (20 de abril de 1710), y Anthony Ashley Cooper, tercer conde de Shaftes¬ 
bury (1671-1713), Characteristies (1711), «Soliloquy», parte 2, sec. 2.] 

7. [Los poetas Ariosto (1474-1533) y Tasso (1544-1592), el físico Galileo (1564- 
1642) y los artistas Rafael (1483-1520) y Miguel Ángel (1475-1564), nacieron en princi¬ 
pados italianos.] 

8. [Durante la vida del pintor Pedro Pablo Rubens (1577-1640), Amberes, en el 
sur de los Países Bajos, se mantuvo leal al catolicismo y al rey de España. A principios del 
siglo XVill, Dresde estuvo con frecuencia bajo el dominio de Federico Augusto, elector de 
Sajorna, católico romano. Amsterdam y Hamburgo eran ciudades libres y protestantes.) 



DE LA LIBERTAD CIVIL 


Pero el ejemplo más eminente del florecimiento del saber bajo go¬ 
biernos absolutos es el de Francia, que casi nunca ha gozado de una 
libertad establecida y, sin embargo, ha llevado las artes y las ciencias 
tan cerca de la perfección como cualquier otra nación. Puede que los 
ingleses sean mejores filósofos 41 ; que los italianos sean mejores pintores 
y músicos, y que los romanos fueran mejores oradores. Pero los fran¬ 
ceses son los únicos, con la excepción de los griegos, que han sido a 
la vez filósofos, poetas, oradores, historiadores, pintores, arquitectos, 
escultores y músicos. Por lo que respecta a la escena, han superado in¬ 
cluso a los griegos, que con mucho superaron a los ingleses c . Y en la vida 
corriente han perfeccionado en gran medida ese arte que es más útil y 
agradable que cualquier otro: VArt de Vtvre y el arte de la sociedad y la 
conversación. 

Si consideramos el estado de las ciencias y las artes refinadas en 
nuestro país, cabe aplicar en gran medida a los británicos la observación 
que hiciera Horacio en relación con los romanos: 

Sed in longum tamen aevurn 

manserunt , hodieque manent vestigia ruris 9 . 

Entre nosotros se ha descuidado mucho la elegancia y propiedad del 
estilo. No poseemos un diccionario de nuestra lengua, y apenas una gra¬ 
mática aceptable. La primera prosa refinada que tenemos la escribió un 
hombre que vive todavía 10 . En cuanto a Sprat, Locke, c incluso Temple, 
conocían demasiado poco las reglas del arte como para ser considera¬ 
dos escritores elegantes 11 . La prosa de Bacon, Harrington y Milton 12 
es completamente rígida y pedante, aunque su sentido sea excelente. 
I\n este país hemos estado tan ocupados con las grandes disputas sobre 
religión, política y filosofía que no ha habido gusto para las observa¬ 
ciones, aparentemente de menor importancia, de la gramática y la crí¬ 
tica. Y aunque esta forma de pensar haya mejorado considerablemente 
nuestro sentido y nuestro talento para razonar, hay que confesar que, 

9. (Horacio (65-8 a.C.), Epístolas , libro II, 1.160, en Horacio, Obras completas , 
i*d. de A. Cuatrecasas, Barcelona: Planeta, 1992, p. 315: «Sin embargo durante mucho 
(lempo permanecieron, y aún permanecen, vestigios de rusticidad».] 

10. El doctor Swift. [jonarhan Swift (1667-1745) escribió varias obras, la más famo¬ 
sa de las cuales es la sátira Los viajes de Gulliver (1726).] 

11. |Thomas Sprat (1635-1713) fue el primer historiador de la Royal Society. John 
I ockc (1632-3704) es muy famoso por su Ensayo sobre el entendimiento humano (1690) 
) sus Dos tratados sobre el gobierno (1690). Sir William Temple (1628-1699) fue un im¬ 
portante ensayista e historiador.] 

12. [Entre las muchas notables obras, en verso y en prosa, de Milton (1608-1674) $C 
dientan Areopagftica (1644) y El Paraíso perdido (1667).] 


113 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


incluso en las mencionadas ciencias, carecemos de una obra estándar 
que podamos transmitir a la posterioridad. Y a lo sumo podemos presu¬ 
mir de unos cuantos ensayos para llegar a una más exacta filosofía que, 
aunque constituyan una buena promesa, no han alcanzado aún grado 
alguno de perfección. 

Se ha convertido en opinión establecida que el comercio no pue¬ 
de florecer jamás salvo con un gobierno libre, y es opinión que pare¬ 
ce fundamentada en una más prolongada y mayor experiencia que la 
que antecede en relación con las artes y las ciencias. Si seguimos el pro¬ 
greso del comercio a través de Tiro, Atenas, Siracusa, Cartago, Venecia, 
Florencia, Génova, Amberes, Holanda, Inglaterra, etc., siempre encon¬ 
traremos que ha fijado su sede en lugares con un gobierno libre. Las 
más grandes ciudades comerciales que hay actualmente en Europa son 
Londres, Amsterdam y Hamburgo, todas ellas ciudades libres y protes¬ 
tantes, es decir, que gozan de una doble libertad. Hay que observar, no 
obstante, que la gran preocupación que existe últimamente en relación 
con el comercio de Francia parece demostrar que esta máxima no es ya 
más cierta e infalible que la anterior, y que los súbditos de un príncipe 
absoluto pueden convertirse en nuestros rivales tanto en el comercio 
como en el conocimiento. 

Si me atreviera a expresar mi opinión en asunto tan incierto, aseve¬ 
raría que, pese a los esfuerzos de los franceses, hay algo inherente a la 
índole del gobierno absoluto, e inseparable de éste, que es perjudicial 
para el comercio. Aunque la razón que yo asignaría a esta opinión sea 
algo diferente de aquella en la que se suele insistir. La propiedad priva¬ 
da parece estar casi tan segura en una monarquía europea civilizada, y 
no corre mayor peligro en un régimen tal, por la violencia del soberano, 
que el que cabe temer por lo común a causa de los rayos, los terremotos 
o cualquier accidente sumamente poco habitual y extraordinario. La 
avaricia, el acicate de la laboriosidad, es pasión tan obstinada, y se abre 
camino a través de tantos peligros y dificultades reales, que no es proba¬ 
ble que se deje amedrentar por un peligro imaginario, tan pequeño que 
apenas es posible calcularlo. El comercio, así pues, tiende en mi opinión 
a decaer con los gobiernos absolutos, no porque sea menos seguro , sino 
porque es menos honorable . Para que la monarquía se sostenga es ab¬ 
solutamente necesaria una subordinación jerárquica. Hay que honrar el 
nacimiento, los títulos y la posición social por encima de la laboriosidad 
y las riquezas. Y mientras prevalezcan estas ideas, todos los comercian¬ 
tes importantes se sentirán tentados a dejar el comercio y comprar algu¬ 
no de los cargos que llevan consigo privilegios y honores. 

Puesto que me estoy ocupando de este tema de los cambios que el 
tiempo ha producido, o puede producir, en la política, he de hacer la 
observación de que todos los gobiernos, libres o absolutos, parecen ha- 


114 



DE LA LIBERTAD CIVIL 


bcr experimentado en los tiempos modernos una gran transformación 
para mejor, en el manejo tanto de los asuntos exteriores como de los 
interiores. El equilibrio del poder es un secreto en política plenamente 
conocido por la época actual, y debo añadir que la política interna de 
los Estados ha experimentado asimismo mejoras en este último siglo. 
Sabemos por Salustio que el ejército de Catilina se vio muy reforzado 
por la incorporación a él de los salteadores de caminos que merodeaban 
cerca de Roma 13 ; aunque yo creo que todos los de esa profesión que 
andan actualmente dispersos por Europa no llegarían a formar un regi¬ 
miento. En los alegatos de Cicerón en favor de Mi Ion encuentro que se 
usa entre otros este argumento para demostrar que su cliente no había 
asesinado a Clodio. Si Milón, decía, hubiera intentado matar a Clodio 
no le habría atacado a la luz del día a semejante distancia de la ciudad. 
Le habría salido al paso por la noche, cerca de los suburbios, donde po¬ 
día haber parecido que había sido víctima de salteadores, y la frecuencia 
de tales incidentes habría favorecido el engaño. Es una prueba sorpren¬ 
dente de lo relajado de la vigilancia en Roma y del número y la fuerza de 
los salteadores, ya que a Clodio 14 le servían a la sazón treinta esclavos, 
completamente armados y bastante acostumbrados a la sangre y el peli¬ 
gro en los frecuentes tumultos provocados por el sedicioso tribuno*. 

Pero, aunque en los tiempos modernos se han mejorado todas las 
clases de gobierno, es el gobierno monárquico el que parece haber he¬ 
cho los mayores avances hacia la perfección. Cabe afirmar ahora, res¬ 
pecto a las monarquías civilizadas, lo que anteriormente sólo se decía 
en relación con las repúblicas: que son un gobierno de leyes , no de hom¬ 
bres . Son susceptibles de orden, método y constancia, hasta un grado 
sorprendente. En ellas se ofrece seguridad a la propiedad privada, se 
estimula la laboriosidad, y el príncipe vive seguro entre sus súbditos, 
como un padre entre sus hijos. Hay quizá en Europa, y ha habido du- 
i.mtc dos siglos, cerca de doscientos príncipes absolutos, grandes y pe¬ 
queños. Y, si calculamos veinte años por reinado, ha habido un total 
de veinte monarcas, o tiranos, como les habrían llamado los griegos. Y 
sin embargo no ha habido entre ellos ninguno —ni siquiera Felipe II de 
I spaña— tan malo como Tiberio, Calígula, Nerón o Domiciano 15 , que 
%i*n cuatro de entre doce emperadores romanos*. Hay que confesar, no 
obstante, que, aunque los gobiernos monárquicos se han aproximado 

t I. [Cf. Salustio (86-¿34? a.C.), La conjuración de Catilina. Enojado por no haber 
i «inseguido el cargo de cónsul, Catilina conspiró sin éxito para hacerse con el poder en 
Koni .1 formando un ejército privado.] 

I -I. Vide Ase. Ped. in Orat. pro Milone. [Discurso en favor de Milón.) 

15. [Felipe 11 fue rey de España y del imperio español desde 1556 hasta 1598. Tibe- 
i io lue emperador de Roma desde 14 hasta 37 d.C.; Calígula, desde 37 hasta 41; Nerón, 
<li de SA hasta 48, y Domiciano, desde 81 hasra 96.) 


115 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


más a los populares, en cuanto a suavidad y estabilidad, siguen siendo 
inferiores. Nuestra educación y costumbres modernas instilan más hu¬ 
manidad y moderación que las antiguas, pero aún no han podido supe¬ 
rar por completo las desventajas de esa forma de gobierno. 

Debo sin embargo pedir licencia para hacer una conjetura, que pa¬ 
rece probable, pero sólo la posteridad podrá juzgar plenamente. Tiendo 
a pensar que en los gobiernos monárquicos hay una fuente de mejora, 
y en los populares una fuente de degeneración, lo que, con el tiempo, 
acabará acercando a la igualdad a ambas formas de gobierno. Los ma¬ 
yores abusos que se dan en Francia, el ejemplo más perfecto de monar¬ 
quía pura, no proceden del número ni del peso de los impuestos, que 
superan lo que encontramos en los países libres, sino del método de su 
exacción, caro, desigual, arbitrario e intricado, que desalienta en gran 
medida la laboriosidad de los pobres, sobre todo de los campesinos y 
agricultores, y convierte la agricultura en una actividad mendicante y 
esclava. Pero ¿en beneficio de quién se producen estos abusos? Si tienen 
lugar en beneficio de la nobleza, podrían considerarse inherentes a esa 
forma de gobierno, puesto que los verdaderos pilares de la monarquía 
están formados por la nobleza, y es natural que se tengan más en cuen¬ 
ta sus intereses en una constitución semejante que en la constitución 
cuya base es el pueblo. Pero los nobles son en realidad los verdaderos 
perdedores a causa de esta opresión. Puesto que arruina sus posesiones 
y empobrece a sus arrendatarios. Los únicos beneficiarios son los finan - 
dero$ h , una clase de hombres bastante odiosos para la nobleza y para 
todo el reino. Por lo tanto, si surgiera un príncipe o un ministro dotado 
del suficiente discernimiento como para conocer su propio interés y el 
interés público, y con bastante fuerza de ánimo para romper con las 
viejas costumbres, podríamos esperar ver el remedio de estos abusos y, 
en ese caso, la diferencia entre un gobierno absoluto y un gobierno libre 
no se nos antojaría tan grande como ahora. 

La fuente de la degeneración que puede observarse en los regímenes 
libres consiste en la práctica del endeudamiento y de hipotecar los in¬ 
gresos públicos, con lo que, con el tiempo, los impuestos pueden llegar 
a hacerse insoportables, y todos los bienes del Estado pasan a manos 
del público. Esta práctica es moderna. Los atenienses', aunque estaban 
gobernados por una república, pagaban cerca del 200 por ciento sobre 
las sumas de dinero que una emergencia les hacía necesario pedir pres¬ 
tadas, tal como sabemos por Jenofonte 16 . Entre los modernos han sido 


16. Ktfjoiv & ¿ttouóíwx; av oÜtcj koXt)v KtiTaau'TO, oioirep ¿4*’ ou av npoteXÉocoou' 
eU tf|u ¿(Jíopprji '-—ol 6é ye ir Afloro i' A0T|uaí(i)v nAeíowi XrjtJjoi'Tcu icat’ mautóv i) ooa fiv 
íioei'éyKtooti'- oi yáp jivav TTpoteAéoai/te<;, fyyí^ buolv pualv irpóooóov *£owh— o óacet tüw 
¿ i'fyxúiHi'tjt' a 0 <tttA*ora-ói' te xal TróAuxpomwTatov ttinu. SEN. Í10P0I. 


116 



DE LA LIBERTAD CIVIL 


los holandeses los primeros en introducir ia práctica de prestarse gran¬ 
des sumas a bajo interés, y prácticamente les ha conducido a la ruina. 
También los príncipes absolutos han contraído deudas. Pero, como un 
príncipe absoluto puede declararse en bancarrota cuando le plazca, sus 
deudas nunca oprimirán a su pueblo. En los regímenes populares, el 
pueblo, y principalmente quienes tienen los más altos cargos, al ser por 
lo común los acreedores públicos, resulta difícil para el Estado recurrir 
a este remedio que, por más que a veces sea necesario, es siempre cruel 
y bárbaro. Esto parece en consecuencia constituir un inconveniente 
que amenaza a casi todos los gobiernos libres, en especial al nuestro en 
la actual coyuntura. Y ¿no es éste un poderoso motivo para aumentar 
nuestra frugalidad con el dinero público, no vaya a ser que por falta de 
ella nos veamos obligados, por la multiplicidad de impuestos o, lo que 
es peor, por la impotencia y la incapacidad de defendemos, a maldecir 
nuestra libertad y a desear tener la misma situación de servidumbre que 
las naciones que nos rodean? 


(Jenofonte, Los ingresos del Estado , en Obras menores , Madrid: Gredos, 1984, 3.9- 
to, |>p. 141-142: «Por supuesto, no harían ninguna adquisición tan buena como la que 
obtendrían del adelanto de esta inversión... La mayoría de los atenienses en un año recibi- 
I ,tn más de lo que han invertido, pues por esta mina adelantada tendrán unos ingresos de 
do> minas aproximadamente, y, además, es una inversión estatal que se considera como el 
hi'liocio más seguro y estable*.] 


117 



XIII 


DE LA ELOCUENCIA 


Quienes consideran los períodos y las revoluciones de la humanidad, 
tal como se presentan en la historia, contemplan un espectáculo su¬ 
mamente placentero y variado, y ven con sorpresa cómo las maneras, 
costumbres y opiniones de la misma clase son susceptibles, en distintos 
períodos, de tales cambios prodigiosos. Puede observarse, no obstante, 
que en la historia civil se halla una mayor uniformidad que en la historia 
del conocimiento y la ciencia, y que las guerras, negociaciones y polí¬ 
ticas de una época se parecen más a las de otra que el gusto, el ingenio 
y los principios especulativos. El interés y la ambición, el honor y la 
vergüenza, la amistad y la enemistad, la gratitud y la venganza, son los 
principales motores de todas las transacciones publicas, y constituyen 
pasiones de una índole sumamente terca e intratable, en comparación 
con los sentimientos y el entendimiento, que fácilmente cambian con 
la educación y el ejemplo. Los godos eran mucho más inferiores a los 
romanos en gusto y ciencia que en valor y virtud. 

Mas, para no comparar países tan diferentes 1 ', podemos observar 
que incluso este último período del conocimiento humano tiene, en 
muchos aspectos, un carácter opuesto al de la Edad Antigua y que, si 
fuéramos superiores en filosofía, no obstante todo nuestro refinamien¬ 
to, seguimos siendo muy inferiores en elocuencia. 

En los tiempos antiguos, no se pensaba que ninguna obra genial 
requiriese tan grandes facultades y capacidad como hablar en público, y 
algunos eminentes autores han considerado que incluso el talento de un 
gran poeta o filósofo es de índole inferior al que se requiere para la ora¬ 
toria. Grecia y Roma no produjeron cada una sino un consumado ora¬ 
dor y, cualesquiera elogios puedan merecer los restantes, seguían siendo 
considerados inferiores a estos grandes modelos de elocuencia. Es de 
observar que los críticos de la Antigüedad apenas podían encontrar dos 


118 



DE LA ELOCUENCIA 


oradores de una misma época que merecieran ser colocados exactamen¬ 
te en la misma categoría y poseyeran el mérito en igual medida. Calvo, 
Celio, Curio, Hortensio, César, se fueron superando uno a otro 1 2 . Pero 
el más grande de la época fue inferior a Cicerón, el orador más elo¬ 
cuente que jamás apareciera en Roma. Sin embargo, quienes poseían 
un gusto exquisito pronunciaron un juicio sobre el orador romano, y 
sobre el griego, según el cual ambos sobrepasaban en elocuencia cuanto 
había aparecido, pero distaban de alcanzar la perfección de su arte, que 
era infinita, y no sólo excedía las facultades humanas llegar a ella, sino 
también la posibilidad de concebirla por la imaginación. Cicerón se de¬ 
clara insatisfecho con sus propias actuaciones; es más, también con las 
tic Demóstenes. Ita sunt avidae et capaces meae aures , dice, et semper 
alujuid immensu , mfinitumque desiderant 1 ' b . 

De todas las naciones cultas e ¡lustradas, únicamente Inglaterra po¬ 
see un gobierno popular, o admite en su legislatura las numerosas asam¬ 
bleas que cabe suponer que están bajo el dominio de la elocuencia. Pero 
¿tic qué puede presumir Inglaterra en este aspecto? Cuando enumera¬ 
mos a los grandes hombres que han proporcionado honor a nuestro país 
nos regocijamos con nuestros poetas y filósofos. Pero ¿a qué oradores 
mencionamos? O ¿dónde hallamos los monumentos que conmemoren 
su genialidad? Cierto es que en los libros de historia encontramos los 
nombres de algunos hombres que dirigieron las resoluciones de nuestro 
parlamento. Pero ni ellos ni otros se tomaron la molestia de conservar 
sns discursos. Y la autoridad que pudieran haber poseído más parece de¬ 
berse a su experiencia, sabiduría o poder que a su talento para la orato¬ 
ria. Actualmente hay en nuestras dos cámaras algo más de media docena 
ilc oradores que, a juicio del público, han alcanzado aproximadamente 
el mismo nivel de elocuencia, y nadie parece dispuesto a mostrar prefe¬ 
rencia por ninguno sobre los demás. Esto se me antoja una cierta prueba 
de que ninguno de ellos ha ido más allá de la mediocridad en su arte, 
y de que la clase de elocuencia a la que aspiran no necesita ejercitar las 
sublimes facultades de la mente, sino que puede alcanzarse mediante un 
talento ordinario y una mínima aplicación. Hay en Londres cien car¬ 
pinteros dedicados a la fabricación de armarios que pueden también 
l.ihricar perfectamente una mesa o una silla. Pero no hay un solo poeta 
(.apa/, de escribir versos con la inspiración y la elegancia del señor Pope. 

Se nos dice que, cuando Demóstenes iba a hablar, todos los hombres 
de ingenio acudían a Atenas desde los lugares más remotos de Grecia, 

1. |Todos ellos fueron romanos del siglo 1 a.C.] 

2. | Cicerón, Orador, 29.104: «... tan avaros c insaciables son (mis oídos) y tanto 
.iiiltrian algo inmenso e infinito». Demóstenes (384-322 a.C.) fue el más grande orador 
iiini*c a nsc.| 


119 



ENSAYOS MORALES, POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


para asistir al más célebre espectáculo del mundo*. En Londres puede 
verse a hombres paseando en la corte de petición mientras se desarrolla 
el más importante debate en las dos cámaras 3 4 , y son muchos los que no 
se sienten suficientemente compensados por la elocuencia de nuestros 
mejores oradores como para perderse el almuerzo. Cuando va a actuar 
el viejo Cibber 5 , suscita la curiosidad de algunos más que cuando nues¬ 
tro primer ministro tiene que defenderse de una moción de censura o 
destitución. 

Incluso una persona que no conozca la memoria que queda de los 
oradores de la Antigüedad puede juzgar, a partir de unos pocos ejem¬ 
plos, que el estilo o la clase de su elocuencia era infinitamente más 
sublime de lo que puedan aspirar los oradores modernos. Que absurdo 
se les antojaría a nuestros moderados y tranquilos oradores utilizar una 
noble pieza oratoria como el Apostrofe de Demóstenes, tan celebrado 
por Quintiliano y Longino, cuando, para justificar la desafortunada ba¬ 
talla de Queronea, exclama: No, mis conciudadanos, juro por las me¬ 
lenas de aquellos héroes que lucharon por la misma causa en los llanos 
de Maratón y Platea 6 . ¿Quién soportaría ahora una figura tan osada y 
poética como la que empleara Cicerón tras describir en los términos 
más trágicos la crucifixión de un ciudadano romano? Si quisiera execrar 
y deplorar estos hechos, no ante ciudadanos romanos, no ante amigos 
cualesquiera de nuestro Estado, no ante gentes que hubieran oído el 
nombre del pueblo romano, en fin, no ante hombres, sino ante animales, 
o, incluso, por ir más lejos, en algún despoblado completamente desierto 
ante las piedras y roquedales, incluso todos los seres mudos e inani¬ 
mados se sentirían conmocionados por tanta y tan indigna crueldad de 
los acontecimientos 7 . ¡En qué brillante elocuencia ha de estar envuelta 

3. Ne illud quidem intelligunt , non modo ita memoriae prodi tum esse, sed ita ne~ 
cesse fuisse , cum Demostbenes dicturus esset , ni concursas, audiendi causa, ex tota Grecia 
fierent. At cum isti Attici dicunt, non modo a corona (quod est ipsum miserabile) sed etiam 
abadvocatis relinquuntur (Cicerón, de Claris Oratoribus). [Cicerón, Bruto . (Historia de ¡a 
elocuencia romana), Madrid: Alianza, 2000, 289, pp. 179-180: «Ni siquiera comprendes 
un hecho que no sólo está atestiguado por la historia, sino que no podía ser de otra mane¬ 
ra, a saber, que cuando Demóstenes se disponía a hablar, la gente acudía en masa de toda 
Grecia para escucharle. Sin embargo, cuando estos áticos hablan, se va no sólo el público 
—cosa humillante de por sí—, sino también los abogados asistentes-.] 

4. [En el siglo xvm, las Cortes de Petición eran tribunales locales establecidos para 
la redamación de pequeñas deudas. Las dos cámaras son las dos divisiones del parlamen¬ 
to: la Cámara de los Comunes y la de los Lores.) 

5. [Cooley Cibber (1671-1757), autor teatral y actor inglés que fue poeta laureado 
en 1730.] 

6. [Demóstenes, Sobre la Corona , sec. 208. Cf. Quintiliano (<35?-< 100? d.C.), Insti - 
tutio Oratoria (La educación de un orador), 9.2.62, y Longino, Sobre lo sublime, sec. 16.] 

7. El texto original dice: Quod si haec non ad cives Romanos , non ad aliqttos ami¬ 
cos nostrae ávitatis , non ad eos qui populi Romani nontcn audissent: denique, si non ad 


120 



DE LA ELOCUENCIA 


esta oración para causar impresión en los oyentes! ¡Y qué noble arte y 
sublime talento se requieren para, en medidas gradaciones, llegar a un 
sentimiento tan audaz y excesivo, para inflamar a la audiencia de modo 
tal que acompañe al orador en tan violentas pasiones y tan elevados 
conceptos, y para ocultar, bajo un torrente de elocuencia, el artificio 
por el que todo esto se consigue! Si este sentimiento se nos antojara 
excesivo, como con razón podría ocurrir, serviría por lo menos para 
darnos una idea del estilo de la antigua elocuencia, en la que tan hen¬ 
chidas expresiones no se rechazaban como totalmente desmesuradas y 
monstruosas c . 

En concordancia con esta vehemencia del pensamiento y la expre¬ 
sión estaba la vehemencia en la actuación que se observa en los oradores 
antiguos. La supplosio peáis , o patada en el suelo, era uno de los actos 
expresivos más habituales y moderados a los que se recurría 8 , aunque 
ahora se considere demasiado violento para el senado, el estrado o el 
pulpito, y sólo se admite en el teatro, para acompañar las pasiones más 
violentas que en él se representan. 

Resulta difícil de decir a qué causa debemos atribuir tan sensible 
declinar de la elocuencia en las últimas épocas. El genio de la humani¬ 
dad es tal vez igual en todos los tiempos. Los modernos se han dedica¬ 
do, con gran laboriosidad y éxito, al cultivo de todas las demás artes y 
ciencias. Y una nación ilustrada posee un gobierno popular, circunstan¬ 
cia que parece requerirse para el pleno desarrollo de este noble talento. 
Sin embargo, a pesar de todas estas ventajas, nuestro progreso en la elo¬ 
cuencia es por demás insignificante, en comparación con todos los avan¬ 
ces que hemos conseguido en los restantes aspectos del conocimiento. 

¿Deberemos afirmar que las formas de la antigua elocuencia son 
inadecuadas para nuestra época? Sean cuales fueren las razones que se 
aduzcan para demostrarlo así, al examinarlas encontraremos que son 
erróneas e insatisfactorias. 


fumines, verum ad bestias; aut etiam , ut longius pmgrediar, si iti aliqua desertissima solí - 
anime, ad saxa et ad scopulos haec conqueri et deplorare vellem, tamen omnia muta arque 
nntnima, tanta et tam indigna rerurn atrocitate commoverentur (Cic. in Ven). (Cicerón, 
Discursos, Madrid: Credos, 1990, t. II, Contra Verres , 2.5.67, p. 309.) 

8. Ubi dolor? Ubi ardor animi, qui etiam ex infantium ingen iis elicere voces et que¬ 
rrías soleté nulla perturbatio animi, nulla corporis: frons non percussa, non fémur; pedis 
(i|uod mínimum cst) nulla supplosio. i raque tantum abfuit ut inflammares nostros áni¬ 
mos; somnum isto loco vix tenebamus (Cicerón, de Claris Oratoribus). [Cicerón, Bruto. 
(Historia de la elocuencia romana), cir., 278, pp. 174-175: «¿Dónde está el patetismo, 
dónde el ardor anímico que suele arrancar voces y gemidos incluso a quienes no saben ha¬ 
blar? Ninguna excitación anímica ni corporal, ningún golpe en la frente ni en el muslo, ni 
la más mínima patada en el suelo. Tan lejos pues has estado de inflamar nuestros ánimos, 
que en este punto de tu discurso apenas podíamos evitar dormimos». 1 


121 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


En primer lugar , cabe decir que, en la Antigüedad, durante el perío¬ 
do floreciente de la ilustración griega y romana, las leyes municipales, 
en todos los Estados, eran pocas y sencillas, y la decisión de las causas 
se dejaba en gran medida a la equidad y al sentido común de los jueces. 
El estudio de las leyes no era una ocupación laboriosa, que requiriese 
para completarlo el esfuerzo de toda una vida ni era incompatible con 
cualquier otro estudio o profesión. Entre los romanos, los grandes esta¬ 
distas y generales eran todos hombres de leyes, y Cicerón, para mostrar 
la facilidad con la que se adquiría esta ciencia, afirma que, en medio de 
todas sus ocupaciones, dedicaría unos días a completar su formación 
en el derecho civil. Ahora bien, cuando un abogado defensor apela al 
sentido de la equidad de los jueces, dispone de un espacio mucho mayor 
para mostrar su elocuencia que cuando tiene que basar su argumen¬ 
tación en estrictas leyes, códigos y precedentes. En el primero de los 
casos deben tenerse en cuenta muchas circunstancias, estimarse muchas 
consideraciones personales, e incluso al favor y la inclinación, que el 
orador tiene que conciliar con su arte y su elocuencia, puede dársele la 
apariencia de equidad. Pero ¿cómo puede un abogado moderno dejar 
sus pesadas ocupaciones y encontrar el ocio para hacerse con las flores 
del Parnaso 9 ? Y ¿qué oportunidad tendrá de utilizarlas, en medio de los 
rígidos y sutiles argumentos, objeciones y respuestas, que se ve obligado 
a usar? El mayor genio y el más grande orador, que pretendiera presen¬ 
tar alegaciones ante el Chancellor 10 después de estudiar leyes durante 
un mes, no haría más que el ridículo. 

Estoy dispuesto a admitir que esta circunstancia de la multiplici¬ 
dad y complejidad de las leyes disuade del uso de la elocuencia en los 
tiempos modernos. Pero afirmo que no se debe sólo a ella el declinar 
de aquel noble arte. Puede que destierre la oratoria de Westminster- 
Hall 11 , pero no de las dos cámaras del parlamento. Entre los atenien¬ 
ses, los areopagitas 12 prohibían expresamente todos los adornos de la 
elocuencia, y algunos pretenden que los discursos griegos, escritos en 
forma judicial , no tienen un estilo tan atrevido y retórico como los de 
los romanos. Pero ¿a qué cumbre llevaron los atenienses su elocuencia 


9. [El Parnaso es un monte de la Grecia central, cerca de Delfos, que los antiguos 
consideraban consagrado a las musas. Su nombre se utiliza como alusión a la literatura, 
sobre todo a la poesía. Cf. Robert Allot, England’s Parnasus: or the choycest Flowers of 
our moderne Poets (1600). Hume sugiere que los abogados modernos carecen de tiempo 
libre para cultivarse en la literatura y la poesía.] 

10. [El Lord High Chancellor era el presidente de la Court of Chartcery , tribunal que 
administraba justicia de acuerdo con el sistema de equidad.] 

11» (El Westminster Hall de Londres albergaba a los tribunales de justicia.] 

12. (Los areopagitas eran miembros del Areópago, el tribunal superior de justicia de 
Atenas.] 


122 



DE LA ELOCUENCIA 


cuando se trataba de deliberar sobre asuntos de Estado y la libertad, la 
lelicidad y el honor de la república eran el objeto del debate? Las dis¬ 
putas de tal naturaleza elevan al genio por encima de todos los demás 
y dan su pleno alcance a la elocuencia. Y estas disputas eran frecuentes 
en aquella nación. 

En segundo lugar ; puede pretenderse que el declinar de la elocuen¬ 
cia se debe a un superior buen sentido de los modernos, que desdeñan 
todos esos trucos retóricos utilizados para seducir a los jueces, y no 
admiten nada que no sea la argumentación sólida en todo debate o 
deliberación. Si se acusa a una persona de asesinato, el hecho tiene que 
ser demostrado mediante testigos y pruebas, y las leyes determinarán 
después el castigo del criminal. Sería ridículo describir con fuertes pin¬ 
celadas coloristas los horrores y la crueldad del acto, o presentar a los 
deudos del muerto y, a una señal, hacer que se arrojen a los pies de los 
liicees implorando justicia entre lágrimas y lamentos. Y más ridículo 
todavía sería servirse de un cuadro que represente el hecho sangriento, 
con el fin de conmover a los jueces ante tan trágico espectáculo, aunque 
sabemos que los antiguos recurrían a veces a tal artificio al presentar sus 
alegatos 13 . Ahora bien, destierra de los discursos públicos lo que mueve 
las pasiones, y los oradores quedan reducidos al uso de la elocuencia 
moderna, es decir, al buen sentido correctamente expresado. 

Quizá se reconozca que nuestras costumbres modernas, o nuestro 
superior buen sentido, si se quiere, harían que nuestros oradores fuesen 
más cautos y reservados que los antiguos en el intento de inflamar las 
pasiones o excitar la imaginación de su audiencia. Pero no veo razón 
alguna para que deban desistir de su intento. Esto debería hacer que 
redoblaran los esfuerzos en el uso de su arte, no que abandonen éste por 
entero. Los oradores antiguos parecen haber estado en guardia frente 
a esta suspicacia de su audiencia, pero adoptaron una forma distinta de 
eludirla 14 . Desplegaban tal torrente de sublimidad y patetismo que no 
dejaban un respiro a su audiencia para percibir el artificio mediante el 
cual la engañaban. No, si hemos de considerar la cuestión en sus justos 
lerminos, no la estaban engañando con artificio alguno. El orador, por 
la fuerza de su genialidad y de su elocuencia, se inflamaba primeramente 
ile ira, indignación, piedad, pesar, y luego comunicaba estos impetuosos 
sentimientos a su auditorio. 

¿Hay alguien que pretenda tener mejor buen sentido que Julio Cé¬ 
sar? Y, sin embargo, sabemos que aquel altivo conquistador iba a ren¬ 
dirse a los encantos de la elocuencia de Cicerón hasta el punto de que, 
en cierto modo, se vio obligado a cambiar su propósito y resolución 

\^. Quintiliano, lib. VI, cap. I. 

\4. I.origino, cap. 15. 


123 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


y a absolver a un criminal al que» antes del alegato del orador, estaba 
decidido a condenar 15 , 

d En mi opinión hay, no obstante, algunas objeciones que hacer a 
algunos pasajes del orador romano. Es demasiado florido y retórico; 
sus figuras son demasiado llamativas y palpables; las divisiones que es¬ 
tablece en su discurso están sacadas principalmente de las reglas de las 
escuelas, y su ingenio no desdeña siempre el artificio incluso de un juego 
de palabras, una rima o una consonancia verbal. El griego se dirigía a 
una audiencia menos refinada que el senado o los jueces romanos. Sus 
soberanos, y los árbitros de su elocuencia, eran los atenienses más vul¬ 
gares 16 . Sin embargo era, en su estilo, más puro y austero que el otro. 
Si pudiera copiársele, el éxito sería infalible en una asamblea moderna. 
Posee una armonía rápida, que se ajusta con exactitud al sentido. Ra¬ 
zona con vehemencia sin dar la sensación de artificio. Muestra desdén, 
ira, audacia, libertad, envueltas en un continuo torrente de argumentos. 
De todas las producciones humanas, los discursos de Demóstenes nos 
presentan modelos que se acercan al máximo a la perfección d . 

En tercer lugar , cabe considerar que los escándalos de los gobiernos 
antiguos, y los tremendos crímenes de los que a veces se hicieron culpa¬ 
bles sus ciudadanos, ofrecían mayores ocasiones para la elocuencia de 
las que pueden hallarse entre los modernos. Si no hubiesen existido un 
Verres o un Catilina no habría habido ningún Cicerón. Pero es eviden¬ 
te que esta razón no puede tener gran influencia. Sería fácil encontrar 
un Filipo en los tiempos modernos 17 . Pero ¿dónde se encontraría un 
Demóstenes? 

¿Qué nos queda, más que echar la culpa a la falta de genialidad, 
o de capacidad de juicio, en nuestros oradores que, o bien son inca- 

15. (En el año 45 a.C. t Cicerón pronunció un discurso ante César en defensa del rey 
Deiotaro de («alacia, antiguo aliado al que se acusaba de haber conspirado para asesinar 
a César. En vez de condenar a Deiotaro, César se reservó su sentencia hasta que pudo 
dirigirse al este para informarse por sí mismo de todo el asunto in situ.] 

16. Los oradores formaban el gusto del pueblo ateniense; no el pueblo el de los 
oradores. Georgias de Leontino se mostró muy cautivador con ellos, hasta que se fami¬ 
liarizaron con un mejor estilo. Sus figuras retóricas, dice Diodoro Sículo, sus antítesis, 
sus ioókwXov (oraciones con miembros iguales o cláusulas equilibradas), sus ópoioré/UoTov 
(oraciones con finales iguales), que ahora se desprecian, producían gran efecto en la au¬ 
diencia (lib. XI!, p. 106, ex editione Rhod. [Diodoro Sículo, Biblioteca histórica , 12.53. 
Gorgias (<483?-<376? a.C), principal retórico de su tiempo y el primero en inventar 
reglas para la retórica, hablaba para los atenienses en 427 a.C. como jefe de la embajada 
de Siracusa.] En vano alegan por tanto los oradores modernos el gusto de sus oyentes 
como apología de sus pobres actuaciones. Constituiría un extraño prejuicio en favor de la 
Antigüedad no conceder que el parlamento británico es naturalmente superior en juicio y 
delicadeza a una chusma ateniense. 

17. [Filipo II, rey de Macedonia entre 359 y 336 a.C., puso los cimientos del impe¬ 
rio greco-mace don io que luego establecería su hijo, Alejandro Magno.) 


124 



DE LA ELOCUENCIA 


paces de alcanzar la altura de la antigua elocuencia, o rechazan todos 
esos esfuerzos como inadecuados al espíritu de las asambleas modernas? 
linos pocos conseguidos intentos de esta índole despertarían el genio 
tic* la nación, incitarían a la juventud a la emulación y acostumbrarían 
nuestros oídos a una elocución más sublime y apasionada de las que 
hasta ahora han escuchado. El surgimiento y el progreso de las artes 
y las ciencias en una nación tienen sin duda algo de accidental. Dudo 
que pueda darse una razón muy satisfactoria para explicar por qué la 
antigua Roma, aunque recibió todos sus refinamientos de Grecia, sólo 
pudo desarrollar su gusto por la estatuaria, la pintura y la arquitectura, 
sin alcanzar el mismo nivel en la práctica de estas artes, mientras que la 
Roma moderna, con el estímulo de unos restos hallados entre las ruinas 
de la Antigüedad, ha producido artistas de lo más eminente y distingui¬ 
do. Si hubiera surgido un genio cultivado para la oratoria, semejante al 
de Waller* para la poesía 18 , durante las guerras civiles, cuando empezó a 
establecerse plenamente la libertad, y las asambleas populares comenza¬ 
ron a intervenir en los aspectos más materiales del gobierno, estoy con¬ 
vencido de que tan ilustre ejemplo habría dado un giro muy diferente 
.»la elocuencia británica, y nos habría permitido alcanzar la perfección 
del modelo antiguo. Nuestros oradores habrían hecho honor a su país, 
lauto como nuestros poetas, geómetras y filósofos, y habrían aparecido 
(:icerones británicos, así como Arquímedes* y Virgilios 19, g . 

Ocurre rara vez, o no ocurre nunca, cuando prevalece en un pueblo 
un falso gusto en poesía o en elocuencia, que se haya preferido a un 
gusto verdadero tras la comparación y reflexión. Por lo común preva¬ 
lece debido a la ignorancia del gusto verdadero, y a la falta de modelos 
perfectos que lleven a la gente a una más justa apreciación y un más 
refinado goce de los productos del genio* Cuando éstos aparecen no 
urdan en reunir todos los votos a su favor y, gracias a sus naturales y 
poderosos encantos, se ganan incluso a los más cargados de prejuicios, 
induciéndoles al amor y admiración por ellos. Los principios de toda 
pasión y de todo sentimiento están en cada persona y, cuando se tocan 
adecuadamente, surgen a la vida, alegran el corazón y proporcionan la 
satisfacción que distingue a la obra del genio de las adulteradas belle¬ 
zas de un ingenio y una imaginación caprichosos. Y si esta observación 
lucra cierta en relación con todas las artes liberales, ha de serlo espe¬ 
cialmente respecto a la elocuencia que, al estar calculada meramente 
para el público y para la gente de mundo, no puede, con pretensión 
alguna de razón, apelar a jueces más refinados, sino que debe someterse 

IK. (Edmund Wallcr (1606-1687).] 

19, (Arquímcdes (¿287?-<212? a.C.) fue un matemático e inventor griego. El poeta 
Virgilio (70-19 a.C.) escribió \a Eneida, el gran poema épico de Roma.) 


125 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


al público veredicto sin reserva ni limitación. A quienquiera que una 
audiencia común, mediante comparación, estime el más grande ora¬ 
dor, deberían considerar tal los hombres de ciencia y de erudición. Y, 
aunque un orador mediocre pueda triunfar durante largo tiempo y ser 
estimado perfecto por el vulgo, que se siente satisfecho con sus logros 
e ignora sus defectos, cuando surge el verdadero genio, atrae hacia sí 
la atención de todos e inmediatamente se comprueba su superioridad 
respecto a su rival. 

Ahora bien, si juzgamos de acuerdo con esta regla, la elocuencia 
antigua, esto es, la sublime y apasionada, es de un gusto muy superior 
a la moderna, argumentativa y racional y, adecuadamente empleada, 
siempre tendrá mayor ascendiente y autoridad sobre la humanidad. Es¬ 
tamos satisfechos con nuestra mediocridad porque no hemos tenido 
ninguna experiencia de algo mejor. Pero los antiguos conocieron lo me¬ 
diocre y lo mejor y, al establecer la comparación, dieron su preferencia 
a aquella clase de elocuencia de la que nos han dejado tan aplaudidos 
modelos. Pues, si no me equivoco, nuestra moderna elocuencia es del 
mismo estilo de la que los críticos antiguos denominaron ática, es decir, 
tranquila, elegante y sutil, que instruía a la razón más que afectar a las 
pasiones, y nunca elevaba su tono por encima de los argumentos o del 
discurso común. Tal fue la elocuencia de Lisias entre los atenienses y de 
Calvo entre los romanos 20 . Gozaron de estimación en su tiempo, pero, 
al comparárseles con Demóstenes y Cicerón, se eclipsan como la luz de 
una vela bajo los rayos del sol del mediodía. Estos dos últimos orado¬ 
res poseían la misma elegancia, sutileza y fuerza argumentativa que los 
primeros. Pero lo que principalmente los hacía admirables era el tono 
sublime y apasionado que, en ocasiones adecuadas, daban a su discurso, 
y con el que pedían a su audiencia que tomara una resolución. 

De esta clase de elocuencia apenas hemos tenido algún ejemplo en 
Inglaterra, por lo menos en nuestros oradores públicos. En nuestros 
escritores hemos tenido algunos ejemplos que han sido muy aplaudidos 
y que podrían asegurar a nuestra juventud ambiciosa igual o superior 
gloria en los intentos de resucitar la antigua elocuencia. Las produccio¬ 
nes de lord Bolingbroke, con todos sus defectos en la argumentación, 
el método y la precisión h , tienen una fuerza y una energía a la que 
nuestros oradores rara vez aspiran, aunque es evidente que un estilo tan 
elevado resulta mucho más elegante en un orador que en un escritor, y 
puede proporcionar un éxito más rápido y sorprendente. Contribuyen 
a ello los efectos logrados de las voces y de la actuación. Los movimien¬ 
tos establecen una comunicación mutua entre orador y audiencia, y el 

20. [Lisias (<450?-<380? a.C.) fue un orador y redactor de discursos que alcanzó 
cierto renombre en Atenas. Calvo fue un poeta y orador romano del siglo I a.C.) 


126 



DE LA ELOCUENCIA 


liecho mismo de contar con una gran asamblea atenta al discurso de 
tina persona tiene que inspirar en ella una especial elevación, suficiente 
para justificar las figuras y expresiones dotadas de la mayor fuerza. Es 
cierto que existen muchos prejuicios contra los discursos preparados , y 
un orador no escapa al ridículo cuando repite un discurso del mismo 
modo que un niño repite en la escuela una lección, y no tiene en cuenta 
para nada lo que haya podido decirse en el curso del debate. Pero <es 
necesario caer en este absurdo? Un orador público tiene que conocer 
de antemano la cuestión que se está debatiendo. Puede componer todos 
los argumentos, objeciones y respuestas del modo que considere más 
.ipropiado para su discurso 21 . Si acontece algo nuevo, puede recurrir 
a su capacidad inventiva, y no será muy patente la diferencia entre su 
composición elaborada y la improvisada. La mente conserva de manera 
natural el mismo ímpetu o fuerza que ha adquirido al ponerse en movi¬ 
miento, del mismo modo que una embarcación, una vez impelida por 
los remos, sigue su curso durante algún tiempo después de haber cesado 
el impulso inicial. 

Concluiré con este tema observando que, aun cuando nuestros mo* 
liemos oradores no eleven su estilo ni aspiren a rivalizar con los anti¬ 
guos, hay no obstante en la mayoría de sus discursos un defecto mate- 
nal que bien podrían corregir sin salirse de la atmósfera serena de la 
argumentación y el razonamiento a los que limitan su ambición. El gran 
amaneramiento de sus discursos improvisados les ha llevado a rechazar 
iodo orden y método, que la argumentación tanto requiere y sin los que 
dilícilmente es posible conseguir en la mente la plena convicción. No es 
< 111c sea recomendable establecer muchas divisiones en el discurso pú¬ 
blico, a menos que el tema lo exija con toda evidencia. Pero es fácil, sin 
osla formalidad, observar un método y hacer que éste llame la atención 
de los oyentes, que se sentirán sumamente complacidos al comprobar 
i orno los argumentos surgen con naturalidad unos de otros, y su per¬ 
suasión será más completa de lo que conseguirían las más sólidas razo¬ 
nes reunidas de manera confusa. 


21. Kl primer ateniense que compuso y escribió sus discursos fue Pendes, hombre de 
negocios y hombre sensato donde los haya, npóto; Ypcorróv Xóyov kv óiKoornpúj) «íirt, tg>v 
upo aüiou ox<óiaCóuTG>v. Suidas en IkpucXiK. [Suidas, de la palabra latina para «fortín», es 
rl Ululo de una enciclopedia histórica y literaria que se compiló a finales del siglo X d.C. 
11 pasaje que se refiere al estadista ateniense Pericles (<495?-429 a.C.) dice: «... el primero 
ni pronunciar un discurso escrito ante el tribunal de justicia. Quienes le precedieron im¬ 
provisaban».] 


127 



XIV 


DEL AUGE Y EL PROGRESO DE LAS ARTES Y LAS CIENCIAS 


Nada requiere mayor precisión en nuestras indagaciones relativas a los 
asuntos humanos que discriminar con exactitud lo que se debe a la ca¬ 
sualidad y lo que proviene de causas , ni hay ningún otro tema en el que 
un autor sea más propenso a engañarse con falsas sutilezas y refinamien¬ 
tos. Decir que un acontecimiento se debe al azar da por zanjada toda 
investigación sobre él, y deja al autor en el mismo estado de ignorancia 
que al resto de la humanidad. Mas cuando el acontecimiento se supone 
que procede de determinadas causas estables, el autor podrá exhibir su 
ingenio para asignarle tales causas y, como alguien que posee alguna 
sutileza no puede nunca sentirse perdido a este respecto, tiene la opor¬ 
tunidad de hinchar sus volúmenes y de descubrir su profundo conoci¬ 
miento observando lo que se escapa al vulgo y a los ignorantes. 

Distinguir entre casualidad y causas tiene que depender de la sa¬ 
gacidad con la que una persona en particular considere un particular 
hecho. Pero, si yo tuviera que señalar una regla general que nos ayudara 
a aplicar esta distinción, sería la siguiente: lo que depende de unas pocas 
personas hay que atribuirlo en gran medida a la casualidad, o a causas 
secretas y desconocidas . Lo que procede de un gran número puede mu¬ 
chas veces explicarse por causas determinadas y conocidas . 

Hay dos razones que de manera natural pueden señalarse para esta 
regla. La primera es que, si se supone que un dado está cargado, aun¬ 
que sea mínimamente, hacia una de sus caras, ese desequilibrio, aunque 
quizá no aparezca en unas cuantas tiradas, prevalecerá cuando éstas se 
repiten en gran número, e inclinará la balanza enteramente hacia esa 
cara. De manera semejante, cuando haya causas que, en un momento 
determinado, generan una particular inclinación o pasión entre deter¬ 
minada gente, aunque muchos individuos puedan escapar al contagio y 
seguirse conduciendo de acuerdo con normas propias, la común emo- 


128 



DEL AUGE Y EL PROGRESO DE LAS ARTES Y LAS CIENCIAS 


ción se apoderará sin duda de la multitud, que será gobernada por ella 
en todos sus actos. 

La segunda es que esos principios o causas adecuados para actuar 
sobre una multitud son siempre de una índole más grosera y terca, me¬ 
nos sujeta a accidentes y menos susceptible a la influencia del capricho 
y tic la imaginación privada que los que afectan sólo a unos pocos* Los 
otros principios o causas suelen ser tan delicados y refinados, que el me¬ 
nor incidente en la salud, la educación o la fortuna de una persona en 
particular es suficiente para desviar su curso y retardar su efectividad, y 
tampoco es posible reducirlos a máximas ni a observaciones de carácter 
general. Su influencia en un momento dado nunca nos garantizará que 
influirán en otro momento, aunque las circunstancias generales sean las 
mismas en ambos casos. 

A juzgar por esta regla, las revoluciones interiores y graduales que 
tienen lugar en un Estado deben ser un tema más propio de razona¬ 
miento y observación que las extranjeras y violentas, comúnmente des¬ 
encadenadas por una sola persona, y en las que influyen en mayor me¬ 
dida la arbitrariedad, la locura o el capricho, que las pasiones e intereses 
generales. La decadencia de los lores y el auge de los comunes en In¬ 
glaterra, tras las leyes de enajenación y el incremento del comercio y 
la industria son más fáciles del explicar por principios generales que 
l«i decadencia de la monarquía española y el auge de la francesa tras la 
muerte de Carlos V 1 . Si Enrique IV, el cardenal Richelieu y Luis XIV 
hubieran sido españoles, y Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II hubie- 
un sido franceses, la historia de estas dos naciones se habría invertido 
por completo 2 * 

Por la misma ra2Ón, resulta más fácil explicar el auge y el progreso 
ilcl comercio en un reino que el del conocimiento, y un Estado que se 
dedicara a estimular el uno tendría más asegurado el éxito que el que 
tratara de cultivar el otro. La avaricia, o el deseo de ganar, es una pasión 
universal, que actúa en todo tiempo, en todo lugar y en toda persona. 
I'.u cambio, la curiosidad, o el amor del conocimiento, tiene una in¬ 
fluencia muy limitada, y requiere juventud, tiempo libre, educación, 
talento y ejemplo, para que pueda guiar a una persona. Nunca faltarán 
libreros mientras haya lectores de libros. Pero con frecuencia pueden 


1. [Carlos V, que en 1516 se convirtió en Carlos I de España, fue emperador del 
Sacro Romano Imperio desde 1519 hasta 1556.) 

2. (Enrique IV fue rey de Francia desde 1589 hasta 1610; el cardenal Richelieu fue 
rl principal ministro de Luis XIII y e) verdadero gobernante de Francia hasta su muerte 
en 1642; Luis XIV sucedió a su padre, Luis XIII, y reinó hasta su propia muerte en 1715. 
Iras la abdicación de Carlos I en 1556, reinaron en España Felipe II (1556-1598), Feli- 
|n* III (1598-1621), Felipe IV (1621-1665) y Carlos II (1665-1700), todos ellos de la fa- 
mitu llabsburgo.) 


129 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


existir lectores allí donde no hay autores. Las multitudes de gente, la 
necesidad y la libertad han generado el comercio en Holanda. Pero el 
estudio y la aplicación apenas han producido escritores eminentes. 

En consecuencia, podemos concluir que no hay ningún tema en el 
que debamos proceder con mayor cautela que en la exposición de la his¬ 
toria de las artes y las ciencias, no vaya a ser que establezcamos causas 
que nunca existieron y que simplifiquemos lo que es meramente con¬ 
tingente convirtiéndolo en principios estables y universales. Quienes en 
un Estado cultivan las ciencias son siempre pocos. La pasión por la que 
se rigen es limitada. Su gusto y su capacidad de juicio son delicados y 
se pervierten fácilmente, y su aplicación se perturba con el más mínimo 
accidente. Por lo tanto, el azar, o causas secretas y desconocidas, tienen 
que tener gran influencia en el auge y el progreso de todas las artes 
refinadas. 

Pero hay una razón que me induce a no atribuir la cuestión total¬ 
mente al azar. Aunque las personas que cultivan las ciencias con tan 
sorprendente éxito como para conseguir la admiración de la posteridad 
sean siempre pocas, en todas las naciones y épocas, es imposible que no 
se haya difundido previamente, entre el pueblo en el que surgen, una 
parte del mismo espíritu y talento, para que puedan producirse, formar¬ 
se y cultivarse, desde la más tierna infancia, el gusto y la capacidad de 
juicio de esos eminentes autores. No es posible que carezca totalmente 
de gusto las masas de la que proceden semejantes espíritus refinados. 
Hay un Dios en nosotros , dice Ovidio, que sopla el divino fuego del 
que estamos animados \ En toda época, los poetas han proclamado la 
inspiración. Pero la cuestión no tiene nada de sobrenatural. No es desde 
el cielo desde donde encienden su fuego. Éste se propaga únicamente a 
ras de tierra: pasa de un pecho a otro, y arde al máximo allí donde 
los materiales están mejor preparados y más felizmente dispuestos. Por 
consiguiente, la cuestión relativa al auge y progreso de las artes y las 
ciencias no es por completo una cuestión que se refiera al gusto, el 
talento y el espíritu de unos pocos, sino que se refiere a los de todo un 
pueblo y, en alguna medida, puede explicarse por lo tanto mediante 
causas y principios generales. Concedo que alguien que está indagando 
por qué un poeta determinado, como por ejemplo Homero 3 4 , existió en 
un lugar y tiempo dados, se arroje de cabeza en lo quimérico y no pue- 

3. E$t Deus in nobis; agitante calescimus ¡¡lo: 
ímpetus hic, sacrae semina mentís habet. 

Ovid., Fasti, lib. I. 

(Ovidio, Fasti (Calendario), 6.5-6.] 

4. [Poeta griego del siglo ix a.C. al que tradicionalmente se le atribuye la composi* 
ción de la Miada y la Odisea.] 


130 



DEL AUGE Y EL PROGRESO DE LAS ARTES Y LAS CIENCIAS 


da tratar nunca el tema sin multitud de falsas sutilezas y refinamientos. 
Podría asimismo pretender dar alguna razón por la que determinados 
generales, como Fabio y Escipión, vivieron en Roma en un momento 
tal, y por qué Fabio vino al mundo antes que Escipión 3 . Para hechos de 
esta índole no puede aducirse otra razón que la que ofrece Horacio: 

Scit genius, natale comes, qui temperat astrum, 
tiaturae Deus humanae , mortalis in uttum 
qtiodque caput, vultu mutabilis, albus et ater A . 

Pero estoy convencido que, en muchos casos, podrían darse buenas 
razones para explicar por qué una nación dada es más culta e instruida, 
en un momento determinado, que sus vecinas. Por lo menos es éste un 
tema tan curioso que sería lástima abandonarlo por entero antes de 
haber hallado si es susceptible de razonamiento y puede reducirse a 
algunos principios generales 3 . 

Mi primera observación sobre este tema es que es imposible que las 
artes y las ciencias experimenten inicialmente un auge en ningún pueblo 
a menos que se trate de un pueblo que goza la bendición de un gobierno 
Ubre . 

En las primeras eras del mundo, cuando los hombres son aíin bárba¬ 
ros e ignorantes, no buscan más seguridad contra la violencia y la injus¬ 
ticia mutuas que la elección de unos gobernantes, pocos o muchos, en 
los que depositan una implícita confianza, sin prever seguridad alguna, 
mediante leyes o instituciones políticas, frente a la violencia y la injus¬ 
ticia de esos gobernantes. Si la autoridad se centra en una sola persona, 
y si el pueblo, ya fuera mediante conquistas o por el normal curso de 
su crecimiento, llega a convertirse en una gran multitud, el monarca, al 
serle imposible ejercer personalmente, y en todo lugar, todos los cargos 
de la soberanía, tiene que delegar su autoridad en magistrados inferiores 
que preserven la paz y el orden en sus distritos respectivos. Como la ex¬ 
periencia y la educación no han refinado todavía en grado considerable 
l,t facultad de juicio de los hombres, el príncipe, que goza de poderes sin 
restricción, no sueña con restringir los de sus ministros, sino que delega 
mi plena autoridad en cada uno y le impone sobre una parte del pueblo. 


5. (Varios generales romanos llevaban el nombre parricio de Fabio y Escipión. 
I liiine se refiere sin duda a Fabio Cunctator, que fue un destacado general en la II guerra 
ininica (218-201 a.C.) y a Escipión el Africano, quien llevó a Africa la guerra contra Car- 
Ligo y derrotó a Aníbal en 202 a.C.] 

6. ( Epístolas y libro II, 2.187, en Horacio, Obras completas , ed. de A. Cuatrecasas, 
IWccIona: Planeta, 1992, p. 326: «... lo sabe el Genio de cada uno, inseparable compa¬ 
ñero que regula nuestro astro natal, dios de la humana naturaleza, que muere con cada 
individuo, de variable aspecto, blanco unas veces negro otras».] 


131 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


Todas las leyes generales van acompañadas de inconvenientes cuando 
se aplican a casos particulares, y requiere gran perspicacia y experien¬ 
cia percibir si estos inconvenientes son menos que los que resultan de 
otorgar plenos poderes discrecionales a cada magistrado, y discernir 
qué leyes generales conllevan, en su conjunto, menos inconvenientes. 
Es éste asunto de tan gran dificultad que pueden haberse hecho avances, 
incluso en las sublimes artes de la poesía y la elocuencia, donde la viveza 
del talento y la imaginación contribuye a su progreso, antes de que se 
llegue a un gran refinamiento en las leyes municipales, dónde única¬ 
mente la frecuencia de los procesos y la observación diligente pueden 
dar lugar a mejoras. No cabe suponer, en consecuencia, que un monarca 
bárbaro, carente de contención y de instrucción, llegue a ser alguna vez 
legislador, o que piense en restringir los poderes de sus pachás, en cada 
provincia, o incluso de sus cadis [jueces territoriales musulmanes que 
aplican la sharía] en cada pueblo. Se nos dice que el último zar 7 , aunque 
actuaba con noble talento, y aunque amaba y admiraba las artes euro¬ 
peas, estimaba no obstante la política turca a este respecto, y aprobaba 
las decisiones sumarias en las causas, tal como se practican en aquella 
bárbara monarquía, donde los jueces no tienen restringido su poder 
mediante métodos, formas ni leyes. Y no percibía hasta qué punto tal 
práctica era contraria a sus restantes esfuerzos por refinar a su pueblo. 
El poder arbitrario resulta en todos los casos opresivo y degradante en 
alguna medida, pero es absolutamente ruinoso e intolerable cuando se 
ejerce en un ámbito reducido, y se vuelve aún peor cuando la persona 
que lo posee sabe que la duración de su autoridad es limitada e incierta. 
Habet subjectos tanquam suos; viles ut alíenos 8 . Gobierna a sus súbditos 
con plena autoridad, como si fueran de su propiedad, y con negligencia 
y tiranía como si pertenecieran a otro. Un pueblo gobernado de este 
modo es un pueblo de esclavos en el pleno y verdadero sentido de la pa¬ 
labra, y es imposible que pueda aspirar a ningún refinamiento del gusto 
o la razón. No se atreve siquiera a pretender disfrutar de lo necesario 
para la vida en plenitud y seguridad. 

Esperar por tanto que las artes y las ciencias experimenten un auge 
en una monarquía es esperar algo contradictorio. Antes de que se pro¬ 
duzcan estos refinamientos, el monarca es ignorante y carece de instruc¬ 
ción y, al no tener conocimientos suficientes, que le hagan sensible de 
la necesidad de equilibrar su gobierno sobre la base de leyes generales, 
delega su pleno poder en magistrados inferiores. Esta bárbara política 

7. [Pedro 1 (el Grande), zar de Rusia desde 1689 hasta 1725.) 

8. Tácito, hist , libro I. [Tácito, Historias> ed. de J. L. M órale jo, Madrid: Akal, 
1990, libro 1,37, p. 63: «... nos ha mantenido sujetos como si fuéramos cosa suya, y en el 
mayor desprecio, como si fuéramos cosa ajena».] 


132 



DEL AUGE Y EL PROGRESO DE LAS ARTES Y LAS CIENCIAS 


degrada al pueblo e impide toda mejora. Si fuera posible que, antes de 
que se conociera la ciencia en el mundo, un monarca pudiera haber te¬ 
nido tanta sabiduría como para convertirse en legislador y gobernar a su 
pueblo mediante la ley y no mediante la voluntad arbitraria de algunos 
tic sus súbditos, sería también posible que un gobierno de esa clase fuese 
la primera cuna de las artes y las ciencias. Pero es un supuesto que no es 
ni mucho menos coherente ni racional. 

Puede acontecer que una república, si es todavía un Estado joven, 
esté basada en tan pocas leyes como una monarquía bárbara, y que 
confíe una autoridad igual de ilimitada a sus magistrados o jueces. Pero, 
además de que las frecuentes elecciones por el pueblo constituyen un 
control considerable de su autoridad, no es posible sino que, con el 
tiempo, la necesidad de restringir a los magistrados, con el fin de pre¬ 
servar la libertad, acabe por aparecer y dé origen a leyes generales. Los 
cónsules romanos decidían durante algún tiempo todas las causas sin 
verse limitados por ley escrita alguna, hasta que el pueblo, que sopor¬ 
taba este yugo con impaciencia, creó el decemvirato> que promulgó las 
Doce Tablas , cuerpo de leyes que, aunque tal vez no fueran comparables 
en volumen a una ley aprobada por el parlamento inglés, eran casi las 
únicas normas escritas que, durante algún tiempo, regularon la propie¬ 
dad y el castigo en aquella famosa república. Eran suficientes para, junto 
con las formas de un gobierno libre, garantizar la vida y propiedad de 
los ciudadanos, librarles del dominio de otros y proteger a cada uno 
tic la violencia o la tiranía de sus conciudadanos. En una situación tal 
pueden las ciencias levantar cabeza y florecer. Algo que nunca puede 
atontecer en un escenario de opresión y esclavitud como el que siem¬ 
pre resulta de las monarquías bárbaras, en las que únicamente al pueblo 
m le ponen restricciones por la autoridad de los magistrados, mientras 
que no hay ley, consuetudinaria o escrita, que imponga restricciones a 
estos. Un despotismo ilimitado de esta índole frena de hecho toda me- 
|ura, mientras existe, y evita que la gente alcance un conocimiento que 
es necesario para instruirla en las ventajas que emanan de una mejor 
policía y una autoridad más moderada. 

Kstas son, así pues, las ventajas de los Estados libres. Aunque una 
11 pública fuese bárbara, necesariamente, por infalible funcionamiento, 
il.t origen al derecho, incluso antes de que la humanidad haya hecho 
progresos de consideración en las demás ciencias. Del derecho proviene 
l.i seguridad; de la seguridad, la curiosidad, y la curiosidad da origen 
.il conocimiento. Los posteriores pasos de este proceso pueden resultar 
in.is accidentales. Pero los primeros son absolutamente necesarios. Una 
m pública sin leyes no puede nunca durar. En un régimen monárquico, 
por el contrario, la ley no surge necesariamente de las formas de go¬ 
bierno. monarquía, cuando es absoluta, contiene incluso algo que 


133 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


repugna al derecho. Únicamente una gran sabiduría y mucha reflexión 
pueden reconciliar una cosa con la otra. Pero no cabe esperar nunca 
un grado semejante de sabiduría antes de que se produzcan grandes 
refinamientos y mejoras en el humano raciocinio* Estos refinamientos 
requieren curiosidad, seguridad y derecho. El primer surgimiento de las 
artes y las ciencias no puede esperarse nunca en regímenes despóticos 1 *. 

Hay otras causas que se oponen al auge de las ciencias refinadas en 
los regímenes despóticos, aunque yo considero que las principales son 
la falta de leyes y la delegación de plenos poderes en cada magistrado. 
La elocuencia brota sin duda de manera más natural en los regímenes 
populares. También se estimula y anima más en ellos la emulación en 
todos los logros, y el talento y la capacidad tienen unas más plenas 
perspectivas y posibilidades. Todas estas causas hacen que los regímenes 
libres sean la única verdadera cuna de las artes y las ciencias. 

La siguiente observación que haré sobre este tema es que no hay 
nada más favorable al auge de la cultura y el conocimiento que una serie 
de Estados vecinos independientes con los que se mantienen relaciones 
políticas y comerciales . La emulación que surge de manera natural entre 
Estados vecinos es una evidente fuente de mejora. Pero, en lo que yo 
insistiría principalmente es en el freno que en esos territorios limitados 
se impone tanto al poder como a la autoridad . 

Los regímenes que dominan sobre territorios extensos, y en los que 
una sola persona tiene gran influencia, no tardan en adquirir carácter 
de absolutos, mientras que los de los países pequeños cambian fácil¬ 
mente a la forma republicana. Un país grande se acostumbra a la tira¬ 
nía gradualmente, porque cada acto de violencia se ejerce inicialmente 
sobre una parte de él que, al estar distante de la mayoría, pasa inadver¬ 
tida, y tampoco da lugar a un fermento de violencia. Además, con un 
poco de arte es posible, en un Estado grande, aunque en todo él reine 
el descontento, mantener la obediencia, mientras cada parte, ignoran¬ 
te de cuáles puedan ser los propósitos del resto, tenga miedo de iniciar 
una conmoción o una insurrección. Por no mencionar que existe un res¬ 
peto reverencial supersticioso por los príncipes, que los seres humanos 
adquieren de manera natural cuando no ven con frecuencia al soberano 
y cuando muchos de ellos no llegan a conocerle para poder darse cuen¬ 
ta de sus debilidades. Y, como estos Estados pueden permitirse grandes 
gastos con el fin de mantener la pompa de la majestad, esto ejerce una 
fascinación sobre los hombres y contribuye naturalmente a mantener¬ 
los esclavizados. 

En un Estado pequeño, cualquier acto de opresión es inmediata¬ 
mente conocido en todo él. Los murmullos y disidencias que origina se 
comunican con facilidad. Y la indignación aumenta tanto más debido a 
que, en tales Estados, los súbditos no tienden a percibir que es grande 


134 



OEL AUGE Y EL PROGRESO DE LAS ARTES Y LAS CIENCIAS 


I.» distancia que los separa del soberano. «Nadie es un gran hombre», 
dijo el príncipe de Condé, «para su ayuda de cámara» 9 . Es cierto que 
l.i admiración por una criatura mortal y su conocimiento íntimo son 
i ompletamente ¡ncompatibles c . El sueño y el amor convencieron hasta 
al mismo Alejandro de que no era un Dios. Pero estoy convencido de 
que quienes le atendían a diario podían darle muchas más pruebas con¬ 
vincentes de su humanidad, a partir de sus innumerables debilidades. 

La división en pequeños Estados es favorable al aprendizaje, al po¬ 
ner freno al progreso de la autoridad y del poder ,; La reputación suele 
ejercer sobre la gente una fascinación tan grande como la soberanía, y 
es igual de destructiva que ésta para el pensamiento y el libre examen. 
Pero, cuando una serie de Estados vecinos mantienen un gran intercam¬ 
bio en las artes y en el comercio, su suspicacia mutua guarda a cada uno 
de recibir demasiado a la ligera lo que, en cuestiones de gusto y de ra¬ 
zonamiento, es válido para ios otros, e induce a examinar, con la mayor 
atención y exactitud, todas las obras de arte. El contagio de la opinión 
popular no se difunde tan fácilmente de un lugar a otro. Inmediatamen¬ 
te se somete a comprobación en uno u otro Estado, cuando no coincide 
i on los prejuicios prevalecientes. Y nada que no sea la naturaleza o la 
i .iz.ón, o algo que se les asemeja mucho d , puede abrirse camino entre 
todos los obstáculos y unir a naciones que rivalizan al máximo entre sí 
en la estima y admiración de algo. 

(¡recia era un conglomerado de pequeños principados que pronto 
«te convirtieron en repúblicas y que, al estar unidos por su cercana ve- 
tuulad y por los vínculos que suponían la lengua y el interés comunes, 
mantuvieron el más estrecho intercambio en el comercio y el conoci¬ 
miento. Concurrieron un clima favorable, un suelo que no carecía de 
ln tilidad y una lengua sumamente armoniosa y completa, de modo que 
todas las circunstancias que se daban en aquel pueblo parecían favorecer 
rl desarrollo de las artes y las ciencias. Cada ciudad producía un cierto 
numero de artistas y filósofos, que se negaban a ceder la preeminencia 
a los de las repúblicas vecinas. Sus controversias y disputas aguzaban el 
ingenio de los hombres; se sometían a su consideración una variedad 
ile objetos y temas, mientras cada uno disputaba la predilección a los 
demás, y las ciencias, al no impedir su desarrollo restricciones impuestas 
por la autoridad, hicieron avances tan considerables que incluso hoy son 
objeto de nuestra admiración. Tras extenderse por todo el mundo civili¬ 
zado y haber absorbido todo el saber de los tiempos, la Iglesia romana, 
(mtiana o católica , que en sí misma constituye en realidad un gran 

V, (Pilis II de Borbón, príncipe de Condé (1621-1686), fue un noble y general fran- 
• r% I a cita «nadie es un gran hombre para su ayuda de cámara» se ha atribuido a varías 
jn i s mas de su época.] 


135 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


Estado unido bajo una sola jefatura, hizo desaparecer inmediatamente 
esta variedad de sectas, y sólo se admitió en las escuelas la filosofía pe¬ 
ripatética 10 , para la total depravación de toda clase de conocimiento. 
Pero la humanidad ha acabado por librarse de este yugo, las cosas han 
vuelto casi a la misma situación de antes, y Europa es en la actualidad 
una copia a gran escala de lo que Grecia fuera anteriormente un patrón 
en miniatura. Hemos visto en varios casos la ventaja que representa esta 
situación. ¿Qué es lo que detuvo el progreso de la filosofía cartesiana 11 , 
a la que la nación francesa se mostraba tan propensa hacia finales del 
pasado siglo, sino la oposición que le hicieron las demás naciones eu¬ 
ropeas, que no tardaron en descubrir sus puntos débiles? El severísimo 
examen por el que ha pasado la teoría de Newton 12 no procedía de sus 
compatriotas, sino de extranjeros y, si puede salvar los obstáculos con 
los que actualmente tropieza en Europa por doquier, probablemente 
seguirá su curso triunfante hasta la más lejana posteridad. Los ingleses 
han cobrado conciencia de la licenciosidad de su teatro gracias al ejem¬ 
plo de la decencia y la moral francesas. Los franceses se han convencido 
de que su teatro se ha vuelto algo afeminado debido al exceso de amor 
y galantería, y comienzan a aprobar el sabor más masculino que se estila 
en algunas naciones vecinas. 

En China parece existir una reserva muy considerable de cultura y 
ciencia que, en el curso de tantos años, cabría de manera natural esperar 
que madurase y se convirtiese en algo más perfecto y acabado que lo 
que ha surgido allí. Pero China es un vasto imperio que habla una sola 
lengua, gobernado por una sola ley y que acepta las mismas costumbres. 
La autoridad de un maestro tal como Confucio se ha propagado con 
facilidad de un extremo al otro del imperio. Nadie allí ha tenido el valor 
de oponerse al torrente de la opinión popular. Y la posteridad no ha 
tenido la osadía de poner en tela de juicio lo universalmente recibido de 
los antepasados. Ésta parece ser una razón natural por la que las ciencias 
han hecho un progreso tan lento en aquel poderoso imperio 13 . 

10. [El nombre de peripatética se le dio a la escuela de filosofía aristotélica, bien 
porque la instrucción tenía lugar mientras se paseaba o porque el edificio que la albergaba 
disponía de un peripatos o lugar cubierto para pasear.] 

11. [La filosofía de René Descartes (1596-1650) y sus seguidores.] 

12. [La revolucionaría teoría de la naturaleza de sir Isaac Newton (1642-1727), que 
se basa en las leyes del movimiento y se presenta en forma matemática. Hasta mediado el 
siglo xviii, la teoría newtoniana rivalizó con la de Descartes por la primacía en Europa.| 

13. Tenemos que preguntarnos como podemos conciliar los principios que antece¬ 
den con la felicidad, la riqueza y la buena política de los chinos, que han estado siempre 
gobernados por un monarca y apenas pueden hacerse una idea de lo que es un gobierno 
libre. Yo respondería que, a pesar de que el gobierno chino es una monarquía pura, no 
es, hablando con propiedad, una monarquía absoluta. Esto se debe a la peculiar situación 
de aquel país. No tienen los chinos vecinos, excepto los tártaros, respecto a los que han 


136 



DEL AUGE Y EL PROGRESO DE LAS ARTES Y LAS CIENCIAS 


Si contemplamos la faz de la tierra, Europa, de las cuatro partes 
del mundo, es la más quebrada por mares, ríos y montañas, y Grecia la 
más quebrada de todos los países europeos. Resulta por tanto natural 
que estas regiones estén divididas en distintos Estados. Y de ahí que 
las ciencias nacieran en Grecia y que Europa haya sido hasta ahora su 
habitáculo más constante. 

A veces me he inclinado a pensar que las interrupciones en los pe¬ 
ríodos de aprendizaje, si no hubieran ido acompañadas de la destruc¬ 
ción de libros antiguos y de los registros de la historia, resultarían más 
bien favorables para las artes y las ciencias, al romper el progreso de la 
autoridad y destronar a los tiránicos usurpadores de la razón humana. 
A este respecto tienen la misma influencia que las interrupciones en los 
regímenes políticos y en las sociedades. Considérese la ciega sumisión 
do los filósofos antiguos a los distintos maestros de cada escuela, y se lle¬ 
gará a la convicción que poco de bueno cabría esperar de cien siglos de 
tan servil filosofía. Incluso los eclécticos 14 , que surgieron hacia la época 
ilc Augusto, pese a profesar la libertad de elegir lo que les pluguiere de 
cada diferente secta, siguieron siendo en lo fundamental tan esclavos 
y dependientes como los demás filósofos, ya que buscaban la verdad, 
no en la naturaleza, sino en las distintas escuelas, donde suponían que 
debía hallarse, si no unida en un cuerpo de saber, dispersa en partes. Al 
recuperarse el conocimiento, escuelas tales como las de los estoicos y 
epicúreos, los platónicos y pitagóricos 15 , no pudieron recobrar nunca su 
crédito o autoridad. Y, al mismo tiempo, evitaron con el ejemplo de su 
caída que la gente se sometiera tan ciegamente a las nuevas sectas que 
buscaban ganar ascendiente sobre ella. 

rstado en alguna medida seguros, o lo han parecido al menos, gracias a su famosa muralla 
y a la gran superioridad de su número. De este modo, la disciplina militar se ha descuida¬ 
da siempre mucho entre ellos, y sus fuerzas permanentes las constituye meramente una 
M ilicia de la peor especie, inadecuada para acabar con cualquier insurrección general en 
países tan sumamente populosos. Cabe por tanto decir con propiedad que la espada ha 
catado siempre en manos del pueblo, lo que constituye un freno suficiente para el monar- 
i a, y obliga a éste a colocar a sus mandarines o gobernadores de las provincias, bajo las 
limitaciones de leyes generales, con el fin de prevenir las rebeliones que sabemos por la 
historia que han sido tan frecuentes y peligrosas en aquel listado. Tal vez una monarquía 
pura de esta clase, si estuviera en condiciones de defenderse de los enemigos extranjeros, 
sería el mejor de todos los regímenes, ya que proporcionaría la tranquilidad que acompa¬ 
ña al poder real y tendría al mismo tiempo la moderación y la libertad de las asambleas 
|xipulare$. 

14. [El nombre de ecléctico se le dio a un sistema de filosofía que trata de incorpo* 
i .ir las verdades de todos los demás sistemas. A la escuela neoplatónica alejandrina se la 
conoce habitualmente como ecléctica.] 

15. [Hubo importantes escuelas de filosofía en la época helenística y durante el im¬ 
perio romano. Cf. los ensayos de Hume que llevan por títulos «El epicúreo», «El estoico» 
y «El platónico».] 


137 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


La tercera observación que haré sobre este tema del surgimiento y 
el progreso es que , aunque el vivero adecuado para estas nobles plantas 
sea un Estado libre , pueden transplantarse a cualquier otro, y que una 
república es lo más favorable para el desarrollo de las ciencias , mientras 
que una monarquía civilizada lo es para el desarrollo de las artes cultas. 

Mantener el equilibrio de un Estado o sociedad grande, ya sea mo¬ 
nárquico o republicano, sobre la base de leyes generales, es tarea de tan 
gran dificultad que ningún talento humano, por completo que sea, es 
capaz de llevarla a cabo por la mera fuerza de la razón y la reflexión. 
Tiene que unirse en ella la capacidad de juicio de muchos; la experien¬ 
cia debe guiar su trabajo; con el tiempo debe alcanzarse la perfección, y 
la percepción de los inconvenientes debe corregir los errores en los que 
inevitablemente incurrirán en sus primeros intentos y experimentos. A 
esto se debe la imposibilidad de que semejante empresa se inicie y se 
lleve a cabo en una monarquía, ya que esa forma de gobierno, aunque 
se trate de una monarquía civilizada, no sabe de más secreto ni política 
que otorgar poderes ilimitados a cada gobernador o magistrado y sub¬ 
dividir al pueblo en clases o categorías de esclavitud. De una situación 
tal no cabe esperar nunca mejora alguna en las ciencias, en las artes 
liberales, en las leyes, y apenas en las artes manuales y las manufacturas. 
La misma barbarie e ignorancia con la que comienza el gobierno se pro¬ 
paga a toda la posterioridad, y no se les puede poner nunca fin con los 
esfuerzos o el ingenio de los desdichados esclavos. 

Mas, aunque el derecho, la fuente de roda segundad y felicidad, sur¬ 
ge tardíamente con cualquier gobierno, y es el producto del lento de¬ 
sarrollo del orden y la libertad, no se preserva con la misma dificultad 
con la que se ha producido, sino que, una vez que ha echado raíces, es 
una planta resistente que difícilmente perecerá por el mal cultivo de los 
hombres o el rigor de las estaciones. Las artes del lujo, y más aún las ar¬ 
tes liberales, que dependen de un gusto o sentimiento refinado, se pier¬ 
den con facilidad, porque siempre las disfrutan sólo unos pocos que 
disponen del ocio, la fortuna y el talento adecuados para tales entreteni¬ 
mientos. Pero lo que es beneficioso para todo mortal en la vida común, 
difícilmente caerá en el olvido una vez descubierto, a no ser por efecto 
de la total subversión de la sociedad, sumergida por la furia de bárbaras 
invasiones, capaces de borrar toda memoria de las artes y la civilidad an¬ 
teriores. La imitación es, así pues, capaz de transportar estas artes, más 
vulgares y útiles, y hacer que precedan en su progreso a las artes refi¬ 
nadas, aunque quizá hayan surgido y se hayan propagado inicialmente 
con posterioridad de éstas. De estas causas provienen las monarquías ci¬ 
vilizadas, en las que las artes de gobernar, que se inventaron en los Es¬ 
tados libres, se preservan para beneficio y seguridad mutuos de sobera¬ 
no y súbditos. 



DEL AUGE Y EL PROGRESO DE LAS ARTES Y LAS CIENCIAS 


Por lo tanto, por muy perfecta que la forma monárquica pueda pa- 
reccrles a algunos políticos, debe toda su perfección a la forma repu¬ 
blicana, y no es posible que un despotismo puro, establecido entre un 
pueblo bárbaro, pueda jamás, por su fuerza y energía nativas, refinarse 
y pulirse. Tendrá que tomar prestados de gobiernos libres sus leyes, mé¬ 
todos e instituciones y, en consecuencia, su estabilidad y su orden. Estas 
ventajas sólo se desarrollan en las repúblicas. El despotismo extendido 
de una monarquía bárbara, al introducirse en los detalles del gobierno, 
así como en los principales puntos de la administración, impide para 
siempre esas mejoras. 

En una monarquía civilizada, tan sólo el príncipe no tiene restric¬ 
ciones en el ejercicio de su autoridad, y es el único que posee un poder 
no limitado por nada sino por la costumbre, el ejemplo y el sentido de 
su propio interés. Todo ministro o magistrado, por eminente que sea, 
debe someterse a las leyes generales que gobiernan al conjunto de la so¬ 
ciedad, y debe ejercer la autoridad que se ha delegado en él ateniéndose 
al modo de ejercerla prescrito. La gente no depende más que del sobe¬ 
rano para la seguridad de sus propiedades. Y el soberano está tan lejos 
de los súbditos, y carece hasta tal punto de envidias e intereses privados, 
que esta dependencia apenas se deja sentir. Surge así una especie de 
gobierno al que, en una huera denominación política, podemos darle el 
nombre de tiranía , pero que, con una administración justa y prudente, 
puede proporcionar al pueblo una tolerable seguridad, y dar respuesta 
a la mayor parte de los objetivos de la sociedad política. 

Mas, aunque en una monarquía civilizada, así como en una repúbli¬ 
ca, la gente tiene seguridad para disfrutar de sus propiedades, sin embar¬ 
go, en ambas formas de gobierno, quienes poseen la autoridad suprema 
pueden otorgar muchos honores y ventajas que suscitan la ambición y 
la avaricia. 1 .a diferencia reside únicamente en que, en una república, 
el candidato para un cargo tiene que mirar hacia abajo para ganarse los 
votos de la gente, mientras que en una monarquía tiene que dirigir su 
atención hacia arriba, para granjearse la gracia y el favor de los grandes. 
Para tener éxito de la primera de estas maneras es necesario que uno 
se haga útil por su laboriosidad, capacidad o saber. Para prosperar de 
la segunda manera, tiene que hacerse grato gracias a su ingenio, com¬ 
placencia o educación. Un gran talento es el que mejor triunfa en las 
repúblicas; un gusto refinado, en las monarquías. En consecuencia son 
las ciencias las que más naturalmente se desarrollan en las primeras, y 
las artes refinadas las que tienen más natura) desarrollo en las segundas. 

Por no mencionar que las monarquías, al conseguir principalmente 
su estabilidad gracias a la veneración supersticiosa de sacerdotes y prín¬ 
cipes, reducen por lo común la libertad de razonamiento en relación 
con la religión y la política y, por tanto, con la metafísica y la moral. 


139 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


disciplinas que forman las ramas más considerables de la ciencia. La 
matemática y la filosofía natural, que son las únicas que quedan, no son 
ni la mitad de valiosas c . 

Entre las artes de la conversación ninguna hay tan grata como la 
mutua deferencia o buena educación, que nos lleva a ceder en nuestra 
propia inclinación en favor de la de nuestro contertulio, y a frenar y 
esconder la presunción y la arrogancia que tan naturales son a la mente 
humana. Una persona de buen carácter, que está bien educada, practica 
estos modales con cualquier mortal, sin premeditación ni interés. Pero, 
para hacer que esa valiosa cualidad se generalice en cualquier pueblo, es 
necesario ayudar a la natural disposición mediante algún motivo de ca¬ 
rácter general. Cuando el poder asciende hacia arriba, desde el pueblo 
hasta los grandes, como en todas las repúblicas, tales refinamientos de 
la buena educación tienden a ser poco practicados, ya que en el Estado 
todo se coloca casi al mismo nivel y cada uno de sus miembros llega a 
ser, en gran medida, independiente de los demás. Es el pueblo el que 
tiene ventaja por la autoridad de los votos. Mientras que la ventaja de 
los grandes se basa en la superioridad de su posición. No obstante, en 
una monarquía civilizada existe una larga cadena de dependencia que va 
desde el príncipe al campesino y, aunque esta dependencia no alcance 
el grado suficiente como para hacer que la propiedad resulte precaria, o 
para suponer una carga opresiva en la mente de la gente, si lo es como 
para generar en todos una inclinación a complacer a los superiores, 
y para hacer que se adopten los modelos de formación más aceptables 
para las personas de condición y bien educadas. Las buenas maneras sur¬ 
gen así pues, con la mayor naturalidad, en las monarquías y en las cortes 
y, allí donde florecen, no se descuidarán del todo ni se despreciarán las 
artes liberales. 

En la actualidad, las repúblicas que hay en Europa destacan por la 
falta de buena educación. Para expresar el carácter tosco de una per¬ 
sona, los franceses hacen referencia a las buenas maneras de un suizo 
civilizado en Holanda ,6 . Y a los ingleses se les censura eso mismo, en 
alguna medida, pese a su educación intelectual y su talento. Y, si los 
venecianos constituyen una excepción a esta regla, ello tal vez se deba 
a la comunicación que mantienen con otros italianos, la mayoría de 
cuyos gobiernos generan una dependencia suficiente para civilizar sus 
modales. 

16. C’est la politesse d'uti suisse 
en Hollande civilisé. 

Rousseau. 

(Jean-Baptiste Rousseau (1671-1741), Poésies diver$e$ y «Sonner», en Giut/res, París, 
1820, vol. 2, p. 366.] 


140 



DEL AUGE Y EL PROGRESO DE LAS ARTES Y LAS CIENCIAS 


Resulta difícil emitir un juicio sobre los refinamientos de las repú¬ 
blicas antiguas a este respecto. Pero yo tiendo a suponer que las artes 
de la conversación no llegaron entre sus ciudadanos a acercarse tanto a 
la perfección como las artes de la escritura y la composición. La proca¬ 
cidad de sus oradores era increíblemente escandalosa. Tampoco la va¬ 
nidad resultaba mínimamente ofensiva en los autores de aquellos tiem¬ 
pos 17 , ni lo era la licenciosidad vulgar y la falta de decoro de su estilo. 
Quicuttque impudicus , adulter, ganeo, manu y ventre, pene, bona patria 
laceraveraty dice Salustio en uno de los más graves y moralizadores pa¬ 
sajes de su historia 18 . Nant fuit ante Helenant Cunttus teterrima belli 
Causa , es una expresión que utiliza Horacio al remontarse al origen del 
bien y el mal morales 19 . Ovidio y Lucrecio 20 son casi tan licenciosos en 
su estilo como Lord Rochester 21 , aunque los primeros eran elegantes 
caballeros y escritores delicados, mientras que el último®, debido a la 
corrupción de la corte en la que vivió, parecía haberse despojado de 
toda consideración hacia la vergüenza y la decencia. Juvenal 22 pone 
gran celo en inculcar la modestia, pero ofrece un muy mal ejemplo al 
respecto si tenemos en cuenta lo impúdico de sus expresiones. 

Me atreveré incluso a afirmar que no había entre los antiguos mu¬ 
cha delicadeza en la crianza, ni existían en gran medida la deferencia y 
el respeto educados hacia las personas con las que conversamos, que la 
cortesía nos obliga a expresar o a fingir. Cicerón fue sin duda uno de 

17. No es necesario citar a Cicerón ni a Plinio a este respecto. Era de lo más notorio 
en ellos. Pero resulta un poco sorprendente ver en Arriano, escritor sumamente grave y 
juicioso, que interrumpe de repente el hilo de su narración para decirle al lector que él es 
tan eminente entre los griegos por su elocuencia como Alejandro lo fuera por sus armas. 
I.ib. I. [Arriano, Expedición de Alejandro, 1.12.) 

18. [Salustio, Conjuración de Catilina , Madrid: Credos, 1997, 14.2, p. 84: «Pues 
cualquier sinvergüenza, calavera o jugador que hubiera disipado la fortuna paterna en el 
juego, la buena mesa o el sexo...».] 

19. [Horacio, Sátiras , libro 1, 3.108, en Horacio, Obras completas , cit., p. 189: 
»... pues ya el cono había sido, antes de Helena, motivo detestable de guerras».) 

20. Este poeta (véase el lib. IV, 1165) recomienda una cura sumamente extraor¬ 
dinaria para el amor que no se esperaría encontrar en poema tan elegante y filosófico. 
Parece que el doctor Swift f haya tomado de él algunas de sus imágenes. Igual censura cabe 
hacer a los elegantes Catulo y Pedro. [Lucrecio (<94?-c55? a.C.), De rerum natura (La 
naturaleza de las cosas), 4, 1165. En e) pasaje citado, Lucrecio, poeta romano y defensor 
de la filosofía epicúrea, sugiere que un hombre puede escapar a las trampas del amor ob¬ 
servando los defectos mentales y corporales de una mujer que ésta trata de esconder me¬ 
diante diversos artificios, tales como los perfumes que tapan los olores corporales. Catulo 
(¿K4?-¿54? a.C.) era un poeta lírico romano. Fedro (<15? a.C.-c50? d.C.) era fabulista, 
asimismo romano.] 

21. [John Wilmot, segundo conde de Rochester (1648-1680), poeta y notorio liber¬ 
tino, fue un favorito en la corte de Carlos II.] 

22. [Juvenal (¿60?-después de 127 d.C.) fue uno de los más grandes poetas satíricos 
romanos.) 


141 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


los más refinados caballeros de su tiempo. Y, sin embargo, tengo que 
confesar que muchas veces me ha escandalizado la triste figura con la 
que representa a su amigo Ático, en los diálogos en los que él mismo se 
presenta como orador. A aquel romano culto y virtuoso a quien, aunque 
sólo fuera un caballero privado, nadie superaba en dignidad en Roma, 
se le presenta allí de una manera más lastimosa que la del amigo de 
Filaletes en los diálogos modernos. Ático es en los diálogos un humilde 
admirador del orador, le dedica frecuentes cumplidos y recibe sus en¬ 
señanzas con toda la deferencia que un discípulo debe a su maestro 23 . 
Incluso Catón es tratado, en los diálogos de finibus de una manera que 
no deja de ser caballerosa 24 . 

Uno de los detalles más particulares de un diálogo real con el que 
podamos encontrarnos en la Antigüedad lo relata Polibio 25 . Se produjo 
cuando Filipo de Macedonia, príncipe dotado de ingenio y talento se 
reunió con Tito Flaminino, uno de los romanos más corteses, a decir 
de Plutarco 26 , acompañado de embajadores de casi todas las ciudades 
griegas. El embajador etolio le dice al rey de manera abrupta que había 
hablado como un idiota o un loco (A.ipEii'). Es evidente , responde su 
majestad, incluso para un ciego . Lo que constituía una burla de la ce¬ 
guera del embajador. Pero todo esto no pasaba de los límites habituales. 
La conferencia no se vio perturbada, y Flaminino se divirtió mucho con 
estos golpes de humor. Finalmente, cuando Filipo solicita un poco de 
tiempo para consultar con sus amigos, ninguno de los cuales se hallaba 
presente, el general romano, deseoso de mostrar también su ingenio, 
le dice, según el historiador, que quizá la razón de que no tenga con 
él a ninguno de sus amigos sea que los ha asesinado a iodos, lo que en 
efecto era el caso. Esta muestra de tosquedad no provocada, que el his¬ 
toriador no condena, no produjo en Filipo otra señal de resentimiento 
que una sonrisa sardónica, y no le impidió reanudar la conferencia al 


23. Att .: Non mihi videtur ad beate vivendum satis esse virtutem. Mar.: At hercu - 
le Bruto meo videtur; cujus ego judicium, pace iua dixerim , íortge antepono tuo (Tuse. 
Quaest ., lib. V). (Cicerón, Disputaciones tusculanas , Madrid: Credos, 2005, 5.5.12, 
p. 394: «Ático: No me parece que la virtud sea suficiente para vivir felices. Marco: Pero 
mi amigo Bruto, por Hércules, piensa que sí, y yo, con tu permiso, prefiero con mucho 
su juicio al tuyo». En cuanto a la referencia que hace Hume al «amigo de Philalcthcs en 
nuestros diálogos modernos», véase Jeremy Collier (1650-1726), Essays (1697), que con¬ 
tiene diálogos entre Philotionus y Philalethes.) 

24. [Cf. Cicerón, De finibus bonorum et matorum (.Sobre el sumo bien y el sumo 
mal).] 

25. Lib. XVII. [Polibio, Historias , 18.4-7.) 

26. tn Vita Flamin . [Plutarco (antes de 50 d.C.-después de 120), Vidas, en la vida 
de Tito Flaminino, sec. 2. A Flaminino (¿225?-174 a.C.), estadista y general romano, se 
le encomendó conducir la guerra contra Filipo V de Macedonia, a quien acabó derro¬ 
tando.] 


142 



DEL AUGE Y EL PROGRESO DE LAS ARTES Y LAS CIENCIAS 


día siguiente. También Plutarco 27 menciona esta broma como parte del 
ingenio y de las agradables ocurrencias de FlamininoH 

El cardenal Wolsey 28 se disculpó por su famosa insolencia al decir 
ego et Rex meus (yo y mi rey) aduciendo que esta expresión era con¬ 
forme a la lengua latina , y a que un romano siempre se nombraba a sí 
mismo delante de la persona a la que se dirigía. Sin embargo, esto pare¬ 
ce ser un ejemplo de falta de educación en aquel pueblo. Los antiguos 
convirtieron en regla que, en el discurso, se nombrara en primer lugar 
a la persona con la máxima dignidad. Hasta tal punto que encontramos 
la causa de una querella y de celos entre romanos y etolios en el hecho 
de que un poeta nombrara a los etolios antes de los romanos al celebrar 
una victoria ganada por sus ejércitos unidos contra los macedonios 25 *. 
Así, Livia disgustó a Tiberio al colocar su propio nombre delante del de 
éste en una inscripción 10, k . 

No hay en este mundo ventaja alguna que sea pura, sin mezcla al¬ 
guna. Del mismo modo que la moderna cortesía, que de manera natural 
constituye un adorno, se convierte con frecuencia en afectación y em¬ 
palago, en disimulo y falta de sinceridad, la sencillez antigua, que cuan¬ 
do es natural resulta amable y conmovedora, degenera en tosquedad y 
abuso, en procacidad y obscenidad. 

Si se concediera a los tiempos modernos la superioridad en la cor¬ 
tesía, probablemente se atribuirían las causas de este refinamiento a los 
modernos conceptos de la galantería, producto natural de cortes y mo¬ 
narquías. Nadie niega que su invención es moderna 31 . Pero algunos de 
los más fervientes partidarios de la Antigüedad afirman que es afectada 
y ridicula, y que constituye un reproche a la edad actual, antes que un 
mérito suyo 32 . Puede que sea conveniente examinar esta cuestión. 

La naturaleza ha implantado en todas las criaturas vivas una atrac¬ 
ción entre los sexos que, incluso entre los animales más feroces y rapa¬ 
ces, no se limita a la satisfacción del apetito corporal, sino que genera 
una amistad y mutua simpatía, que se prolonga durante todo el curso 
de su vida. Es más, incluso en aquellas especies en las que la naturaleza 


27. Plut., i« vita Flamin . [sec 17J. 

28. [Tilomas Wolsey (1471-1530), cardenal y Lord High ChattceUor> ejerció amplios 
poderes con Enrique VIH, pero los perdió a causa de su indecisión en la cuestión del 
divorcio de Enrique.] 

29. Ibid. (Plutarco, Vidas , en la vida de Flaminino, sec. 9.] 

30. Tacit. Amr., lib. III, cap. 64. 

31. En la obra de Terencio El enemigo de sí mismo, Ginias, cada vez que va a la 
utidad, en vez de esperar a su amante, la manda a buscar. [Terencio (cl90?-eT59? a.C.) 
íuc un comediógrafo romano.) 

32. Lord Shaftesbury, véanse sus Moralists. («The Moralists: A Philosophica! Rhap- 
w»dy-, en Characteristics ; t. 2.] 


143 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


limita este apetito a una estación y un solo objeto, y forma una especie 
de matrimonio o asociación entre un solo macho y una sola hembra, 
existe una visible complacencia y benevolencia que va más allá y dulci¬ 
fica la mutua atracción de los sexos 1 . ¿Cuánto más no tendrá esto lugar 
en los seres humanos, en los que la limitación del apetito no es natural, 
sino que, o bien se deriva accidentalmente de algún fuerte encanto que 
ejerce el amor, o surge de reflexiones sobre la obligación y la convenien¬ 
cia? Nada, así pues, es menos susceptible de proceder de la afectación 
que la pasión por la galantería. Es natural en grado sumo. El arte y la 
educación, en las cortes más elegantes, no provocan en ella mayor alte¬ 
ración que en todas las restantes pasiones laudables. Lo único que hacen 
es volver la mente más hacia ella; la refinan, la pulen y la dotan de una 
gracia y expresión propias. 

Pero la galantería es tan generosa como natural . Corregir los grose¬ 
ros vicios que nos llevan a infligir serio daño a otros es cometido de la 
moral, y el objeto de la educación más ordinaria. Donde no se atiende 
a esto en algún grado no puede subsistir sociedad humana alguna. Pero, 
para hacer la conversación y el intercambio entre las mentes más fácil 
y agradable se han inventado las buenas maneras, que han llevado más 
lejos las cosas. Dondequiera que la naturaleza haya hecho que la men¬ 
te sea propicia a algún vicio, o a alguna pasión desagradable para los 
demás, la educación refinada ha enseñado a la gente a inclinar su pre¬ 
disposición en el sentido contrario, y a preservar, en todo su compor¬ 
tamiento, la apariencia de sentimientos diferentes de aquellos a los que 
de manera natural tiende. Así, como por lo común somos orgullosos 
y egoístas, y tendemos a sentirnos superiores sobre otros, una perso¬ 
na cortés aprende a comportarse con deferencia hacia su compañía y 
a otorgar la superioridad a otros en todos los incidentes que común¬ 
mente se dan en sociedad. De modo semejante, cuando la situación 
de una persona pueda de manera natural generar en ella una sospecha 
desagradable, es función de las buenas maneras evitarla, mediante una 
estudiada exhibición de sentimientos directamente contrarios a los que 
tiendan a provocar su sospecha. Así, los ancianos conocen sus acha¬ 
ques, y es natural que teman el desprecio por parte de la juventud, por 
lo que los jóvenes bien educados redoblan las muestras de respeto y 
deferencia hacia sus mayores. Los extraños y los extranjeros carecen de 
protección, por lo que, en los países donde reina la buena educación, 
son objeto de las mayores cortesías y se les reserva un lugar preferente 
en toda reunión. Un hombre es señor en su familia, y sus huéspedes, 
de algún modo, están sujetos a su autoridad, por lo que se comportará 
como la persona más humilde de la reunión, estará atento a los deseos 
de cada uno, y se tomará todas las molestias necesarias para complacer. 
Todo ello sin que se trasluzca demasiada afectación, ni se impongan a 


144 



DEL AUGE Y EL PROGRESO DE LAS ARTES Y LAS CIENCIAS 


sus invitados demasiadas limitaciones 33 . La galantería no es más que 
un ejemplo de esta misma generosa atención. Como la naturaleza ha 
otorgado al hombre la superioridad sobre la mujer , dotándole de mayor 
fuerza tanto de la mente como del cuerpo, es su obligación aliviar esa 
superioridad, en la medida de lo posible, mediante la generosidad de su 
comportamiento, y mediante una deferencia y complacencia estudia¬ 
das para con todas sus inclinaciones y opiniones. Las naciones bárbaras 
muestran esta superioridad reduciendo a sus mujeres a la más abyec¬ 
ta esclavitud, confinándolas, golpeándolas, vendiéndolas, matándolas. 
En cambio, en los pueblos cultos, el género masculino demuestra su 
superioridad de una manera más generosa aunque no menos evidente: 
mediante la educación, el respeto, la complacencia y, en una palabra, 
la galantería. En buena compañía no se necesita preguntar quién es el 
anfitrión. Es sin duda el hombre que ocupa el lugar más humilde y 
que se muestra siempre dispuesto a ayudar a todos. Podemos condenar 
todos estos ejemplos de generosidad por afectados y falsos, o admitir 
la galantería entre ellos. Antiguamente los rusos simbolizaban la unión 
matrimonial con un látigo, en vez de hacerlo con un anillo. Y en sus 
casas eran ellos los que tenían siempre la precedencia por encima de 
los extranjeros, incluso de los embajadores 34 . Estos dos ejemplos de su 
generosidad y cortesía concuerdan en gran medida. 

La galantería no es menos compatible con la sabiduría y la pru¬ 
dencia que con la naturaleza y la generosidad. Y, cuando se regula ade¬ 
cuadamente, contribuye mejor que cualquier otra invención a) entre¬ 
tenimiento y la mejora de la juventud de los dos sexo$ m . En todas las 
especies animales, la naturaleza ha basado en el amor entre los sexos el 
mejor y más dulce disfrute por parte de éstos. Pero la satisfacción del 
apetito corporal no basta por sí sola para satisfacer a la mente, e incluso 
entre los brutos encontramos que el juego y el cortejo, y otras expre¬ 
siones cariñosas, forman la mayor parte de su entretenimiento. En los 


33. La frecuente mención, por parte de autores antiguos, de la mala costumbre se¬ 
gún la cual el jefe de la familia comía mejor pan y bebía mejor vino en la mesa que los que 
%e servían a sus huéspedes, es una señal de la educación imperante en aquellos tiempos. 
Cf. Juvenal, &*/,, 5, Plinio, lib. XIV, cap. 13. [Plinio el Viejo, Historia natural , 14.14.9l.J 
Asimismo, Plinio, Epist. [Plinio el Joven (61-el 12? d.C), Epístolas J, Luciano, de mercade 
nmductts, Saturna lia, etc . [Luciano, Sobre los puestos asalariados en las grandes casas. 
Saturna lia , etc.]. Difícilmente se encontrará hoy en día ninguna parte de Europa tan inci¬ 
vilizada como para admitir una costumbre semejante. 

14. Véase Relation ofthree Embassies , por el conde de Carlisle. [Charles Howard, 
primer conde de Carlisle (1629-1685), fue embajador en Rusia, Suecia y Dinamarca en 
l.i década de 1660. El libro al que hace referencia Hume, A Relation ofThree Emabassies 
frorn His Sacred Majestie Charles lí to the Great Duke of Muscovie, the King of Sweden , 
and the King of Denmark (1669), no lo escribió Carlisle, sino Guy Miége, que le acompa¬ 
ne» en las embajadas.) 


I4S 



ENSAYOS MORALES, POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE t 


seres racionales tenemos sin duda que admitir que la mente participa en 
grado considerable. Si le quitáramos a la fiesta todo el ornamento ba¬ 
sado en la razón, el discurso, la simpatía, la amistad y la alegría, lo que 
queda apenas sería digno de aceptación en opinión del verdaderamente 
elegante y amigo del lujo. 

¿Qué mejor escuela de modales que la compañía de mujeres virtuo¬ 
sas, donde el mutuo esfuerzo por complacer tiene insensiblemente que 
pulir la mente, donde el ejemplo de la suavidad y la modestia femeninas 
tiene que comunicarse a sus admiradores, y donde la delicadeza de ese 
sexo pone a todos en guardia, no vaya a ser que incurran en ofensa 
quebrantando la decencia?". 

Entre los antiguos, el carácter del bello sexo se consideraba como 
algo doméstico, y no se estimaba que las mujeres formasen parte del 
mundo de la buena sociedad. Ésta es tal vez la razón por la que no nos 
han legado ninguna excelente obra cortés (si exceptuamos el Banque¬ 
te de Jenofonte o los Diálogos de Luciano 35 ), aunque muchas de sus 
composiciones serias sean por completo inimitables. Horacio condena 
las burlas y bromas de Plauto 36 . Pero, a pesar de ser el más fácil, agra¬ 
dable y juicioso escritor del mundo, ¿es su talento para lo ridículo muy 
llamativo o refinado? Ésta es por tanto una considerable mejora que las 
artes cultas han recibido de la galantería, y de las cortes, en las que ésta 
tuvo su origen 0 . 

Pero, para volver de esta digresión, considero que una cuarta ob¬ 
servación sobre este tema del surgimiento y progreso de las artes y las 
ciencias es que cuando las artes y las ciencias alcanzan su perfección en 
un Estado , a partir de ese momento declinan de manera natural , o más 
bien necesaria , y rara vez o nunca renacen en esa nación en la que ante¬ 
riormente florecieron. 

Hay que confesar que esta máxima, aunque conforme a la experien¬ 
cia, puede a primera vista considerarse contraria a la razón. Si el talento 
natural de la humanidad es el mismo en todas las épocas y en casi todos 
los países (como así parece ser), debe ésta fomentar y cultivar al máxi¬ 
mo ese talento y hacer que esté incluido en pautas que, en cada una de 
las artes, regulen el gusto y fijen los objetos de imitación. Los modelos 
que nos dejaron los antiguos dieron origen, hace unos doscientos años, 
a todas las artes, y han empujado poderosamente su progreso en todos 
los países de Europa. ¿Por qué no tuvieron un efecto semejante durante 
el reinado de Trajano y de sus sucesores, cuando estaban mucho más 


35. (Las principales obras del escritor griego Luciano (<120?-dcspué$ de 180) son 
diálogos satíricos.] 

36. (Cf. Horacio, Ars poética (Arte poética), vv. 270-274. Plauto (¿250?-¿ 184? a.C.) 
fue un comediógrafo romano.) 


146 



DEL AUGE Y EL PROGRESO DE LAS ARTES Y LAS CIENCIAS 


enteros y todavía los admitía y estudiaba todo el mundo? Todavía en la 
época del emperador Justiniano 37 , cuando se hablaba de el poeta , entre 
los griegos se sobrentendía que se estaba hablando de Homero y, en¬ 
tre los romanos, de Virgilio. Tal era la admiración que aún quedaba por 
estos divinos genios, aunque durante muchos siglos no había aparecido 
un poeta que con justicia pudiera considerarse su imitador. 

El talento de una persona es al principio de su vida tan desconocido 
para ella como para los demás, y es sólo después de frecuentes probatu¬ 
ras culminadas con éxito cuando piensa que ha alcanzado logros iguales 
a los de aquéllos que han triunfado y han fijado lo que es objeto de 
admiración para la humanidad. En su propio país ya posee el poeta mu¬ 
chos modelos de elocuencia, con los que, como es natural, compara sus 
ejercicios juveniles y, al ser consciente de la gran diferencia que existe, 
se desanima de hacer nuevos intentos, y no aspira nunca a rivalizar con 
esos autores a los que tanto admira. Una noble emulación es la fuente de 
toda excelencia. Pero la admiración y la modestia extinguen de manera 
natural la emulación. Y nadie es tan propenso a un exceso de admira¬ 
ción y de modestia como un verdadero gran talento. 

Después de la emulación, el mayor estímulo para las artes nobles 
proviene de los elogios y de la gloria. Un escritor se ve impulsado por 
una nueva fuerza cuando escucha los aplausos con que el mundo acoge 
sus producciones anteriores y, con la incitación que experimenta con tal 
motivo, suele alcanzar un alto grado de perfección que le sorprende a 
él tanto como a sus lectores. Mas, cuando los puestos de honor están ya 
todos ocupados, el público recibe con frialdad sus primeros intentos, al 
compararlos con producciones que tienen en sí mayor calidad y cuen¬ 
tan además con la ventaja de una reputación establecida. Si Moliere 38 
y Comedle tuvieran en la actualidad que poner en escena sus primeras 
obras, que en su tiempo fueron tan bien recibidas, desanimaría a los 
jóvenes poetas ver la indiferencia y el desdén del público. Sólo la ig¬ 
norancia de la época habría permitido que se admitiera el Príncipe de 
¡tro . Pero a esta obra debemos el moro. Si se hubiera rechazado Every 
man in his humour [Cada cual según su humor], nunca habríamos visto 
Volpone 39 . 

Quizá no sea ventajoso para ninguna nación importar las artes de 
sus países vecinos en una etapa de demasiada perfección, pues ello ex- 

37. [Justiniano fue emperador del imperio romano de oriente desde 527 hasta 
W>5.) 

38. (Jean Baptistc Poquelin, conocido como Molidrc (1622*1673), es uno de los 
principales comediógrafos franceses.] 

39. \Perictes. rey de Tiro y Otelo , el moro de Venecia son obras de Williani Shake¬ 
speare (1564-1616). Every Man his Humour y Volpone son obras de Ben Jonson (1572- 
IM7).| 


147 



ENSAYOS MORALES, POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


tingue el espíritu de emulación y apaga el ardor de la juventud generosa. 
Se han traído a Inglaterra tantos modelos de la pintura italiana que, en 
vez de servir de incitación para nuestros artistas, son la causa de que ha¬ 
yan progresado tan poco en este noble arte. Lo mismo le ocurrió tal vez 
a Roma cuando recibió las artes de Grecia. La multitud de producciones 
refinadas en lengua francesa, difundidas por toda Alemania y por el 
Norte, impiden a estas naciones cultivar su propia lengua, y hacen que 
sigan dependiendo de su vecina para tales elegantes entretenimientos. 

Es cierto que los antiguos nos han legado modelos de todas las cla¬ 
ses de escritura, lo que es sumamente digno de admiración. Pero, aparte 
de eso, sus obras fueron escritas en lenguas que sólo conocen las perso¬ 
nas muy cultas y no se puede establecer una comparación tan perfecta y 
completa entre el ingenio moderno y el de quienes vivieron en edad tan 
remota. Si Waller hubiera nacido en Roma, durante el reinado de Tibe¬ 
rio, sus primeras producciones habrían sido rechazadas, al compararlas 
con las acabadas odas de Horacio. Pero, en esta isla, la superioridad del 
poeta romano no merma en nada la fama del inglés. Nos hemos con¬ 
siderado bastante afortunados por el hecho de que, en nuestro clima y 
en nuestra lengua, pudiera producirse una leve copia de tan excelente 
modelo. 

En resumen, las artes y las ciencias, como algunas plantas, requieren 
un suelo virgen. Y, por rica que sea la tierra, y por más que se le dedique 
arte o cuidado, una vez exhausta no volverá a producir nada que sea 
perfecto o acabado. 


148 



XV 


EL EPICÚREO 1 


Constituye una gran mortificación para la vanidad del hombre que su 
arte e industria máximos jamás puedan igualar a la más humilde de las 
producciones de la naturaleza, ya sea en cuanto a la belleza o al valor. 
El arte es únicamente el aprendiz al que se utiliza para dar unos toques 
embellecedores a las obras que proceden de la mano del maestro. Parte 
del ropaje puede deberse a su trazo. Pero no le está permitido tocar la 
figura principal. El arte puede proporcionar un traje. Pero la naturaleza 
I ¡ene que producir un ser humano. 

Incluso en aquellas producciones que suelen denominarse obras de 
arte encontramos que las más nobles de ellas deben su principal belleza 
a la fuerza y la feliz influencia de la naturaleza. A la a nativa inspiración 
ile los poetas debemos cuanto de admirable hay en sus producciones. 
El mayor de los genios, cuando alguna vez le falla la naturaleza (puesto 
que ésta no obra siempre igual) deja de lado la lira y no espera que las 
reglas del arte, por sí solas, le permitan alcanzar aquella divina armonía 
que únicamente puede proceder de la inspiración que ella proporciona. 
IQué pobres son las canciones en las que un feliz flujo de la imaginación 
no ha aportado materiales que el arte pueda embellecer y refinar! 

Pero, de todos los estériles intentos del arte, ninguno resulta tan 
ridículo como el que los rigurosos filósofos han emprendido: producir 
una felicidad artificial y hacer que nos complazcamos con reglas de la 


I. O bien, El hombre de la elegancia y el placer. La intención de éste y de los tres 
rmayos siguientes no es tanto explicar con exactitud los sentimientos de las antiguas 
teclas filosóficas como exponer los sentimientos de sectas que se forman en el mundo de 
manera natura! y que sostienen diferentes ideas respecto a la vida humana y a la felicidad. 
I le encabezado cada uno de los ensayos con el nombre de la secta filosófica con la que 
nene mayor afinidad. 


149 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


razón y con la reflexión. ¿Por qué ninguno de ellos reclama la recom¬ 
pensa que Jerjes 2 prometiera a quien inventase un placer nuevo? A no 
ser que, tal vez, inventaran tantos placeres para su propio uso que des¬ 
preciaran la riqueza y no tuvieran necesidad de ninguna de las satisfac¬ 
ciones que la recompensa del monarca pudiera proporcionarles. Yo me 
inclino a pensar que no estaban dispuestos a suministrar a la corte persa 
un nuevo placer regalándole tan novedoso e insólito objeto de ridículo. 
Sus especulaciones, cuando se limitaban a la teoría, y se enseñaban con 
gravedad en las escuelas de Grecia, podrían despertar la admiración de 
sus ignorantes discípulos. Pero el intento de llevar tales principios a la 
práctica no tardaría en traicionar su carácter absurdo. 

Pretendes hacerme feliz mediante la razón y mediante reglas de 
arte. Tendrás entonces que crearme de nuevo mediante reglas de arte. 
Pues mi felicidad depende de mi complexión y estructura originales. 
Pero hacer esto requiere poder, y habilidad también, me temo. Y no 
puedo tener una opinión de la sabiduría de la naturaleza inferior que 
la que tengo de la tuya. Dejemos que ella conduzca la maquinaria que 
tan sabiamente ha construido. Lo único que conseguiría forzándola es 
estropearla. 

¿Para qué serviría que pretendiera yo regular, refinar o reforzar 
cualquiera de los resortes o principios que la naturaleza ha implantado 
en mí? ¿Es ésta la senda por la que debo llegar a la felicidad? Mas la fe¬ 
licidad implica sosiego, contento, reposo y placer; no vigilancia, cuida¬ 
do y fatiga. La salud de mi cuerpo consiste en la facilidad con la que se 
realizan todas sus funciones. El estómago digiere los alimentos; el co¬ 
razón hace circular la sangre; el cerebro separa y refina los humores. Y 
todo ello sin que yo tenga que preocuparme del asunto. Si por mi sola 
voluntad pudiera detener la sangre cuando impetuosa recorre sus cana¬ 
les, podría esperar cambiar el curso de mis sentimientos y pasiones. En 
vano forzaría mis facultades e intentaría que me proporcionase placer 
un objeto al que la naturaleza no ha dotado para que afecte a mis órga¬ 
nos con deleite. Podré ocasionarme dolor con mis infructuosos esfuer¬ 
zos, pero nunca alcanzaré placer ninguno. 

Fuera entonces con todas esas vanas pretensiones de hacernos fe¬ 
lices interiormente, de regalarnos con nuestros propios pensamientos, 
de estar satisfechos con la conciencia de estarlo haciendo bien, y con el 
desprecio de toda asistencia y toda aportación procedentes de objetos 
exteriores. Esta es la voz del orgullo, no de la naturaleza. Y bien estaría 
que incluso este orgullo pudiera sostenerse y dar noticia de un placer 
interior real, por triste o grave que fuera. Pero este orgullo impotente 

2. (Jerjes, re y de Persia de 486 a 465 a.G, debe su fama principalmente a su fraca¬ 
sada invasión de Grecia en 480 a.C.) 


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El EPICÚREO 


no puede hacer más que regular el exterior y, con esfuerzos y atención 
infinitos, componer el lenguaje y la apariencia de una dignidad filosó¬ 
fica con el fin de engañar al ignorante vulgo. El corazón, entre tanto, 
está vacío de toda satisfacción. Y la mente, sin el apoyo de sus objetos 
adecuados, se hunde en el pesar y el desánimo más profundos. ¡Mi¬ 
serable pero vano mortal! ¡Sea feliz tu mente dentro de sí misma! ¿De 
qué recursos está dotada para llenar tan inmenso vacío y cubrir el sitio 
de todos tus sentidos y facultades corporales? ¿Puede subsistir tu cabeza 
sin tus otros miembros? En una situación tal, 

What foolisb figure must it make? 

Do nothing else but sleep and ake\ 

[¿Qué ridicula figura no ha de hacer? 

No hace sino dormir y despertar/doler*.] 

En semejante letargo, o en semejante melancolía, ha de sumergirse 
tu mente privada de ocupaciones y disfrutes exteriores. 

No me mantengáis en consecuencia por más tiempo en esta vio¬ 
lenta limitación. No me encerréis dentro de mí mismo, sino señaladme 
aquellos objetos y placeres que brindan las mayores satisfacciones. Pero 
¿por qué solicito de vosotros, orgullosos e ignorantes sabios, que me 
mostréis el camino de la felicidad? Consultaré mis propias pasiones e 
inclinaciones. En ellas debo leer los dictados de la naturaleza, y no en 
vuestros frívolos discursos. 

Mas, ved, propicio a mis deseos, el divino, el amable placer 3 4 , el 
amor supremo de dioses y de hombres, avanza hacia mí. Conforme se 
acerca, mi corazón late con afable calor, y todos los sentidos y las facul¬ 
tades todas se disuelven en gozo, mientras derrama en torno a mí todos 
los adornos de la primavera y todos los tesoros del otoño. La melodía 
de su voz encanta mis oídos con la más suave música, cuando me invita 
a participar de todos esos frutos deliciosos que, con una sonrisa que es¬ 
parce esplendor por el cielo y la tierra, me regala. Los juguetones cupi¬ 
dos que le asisten me abanican con sus alas odoríferas, o vierten sobre 


3. [No hemos podido localizar la fuente ni al autor de estos versos. El pareado oc¬ 
tosílabo se utilizaba mucho en el siglo xvm en un estilo de poesía satírica que se cono- 
il.i como hudibrástica, cuyo arquetipo era el Httdibras de Samuel Butler (parte I, 1663; 
parte II, 1664; parte III, 1678). Cf. Richmond P. Bond, Engiish Burlesque Poetry: 1700 - 
/ '50, Cambridge: Harvard University Press, 1932, pp. 145-154]. 

* [N. de! T.: La palabra inexistente ake juega con la semejanza fonética de wake 

(despertar) y ache (doler).] 

4. Ota Voluptas , Lucrecio. [«... divino placer*: Lucrecio, La naturaleza de las cosas 
M72.| 


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ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


mi testa los aceites más fragantes, o me ofrecen su brillante néctar en 
doradas copas. ¡Oh, déjame que extienda para siempre mis miembros 
sobre este lecho de rosas, y que así, así, sienta los momentos deliciosos 
deslizarse con blandos y muelles pasos! ¡Mas, cruel azar! ¿Adónde se di¬ 
rige tu raudo vuelo? ¿Por qué mis deseos ardientes, y esa carga de pla¬ 
ceres por la que padeces, más aceleran que retardan tu implacable avan¬ 
ce? Déjame disfrutar de este suave reposo, tras mi fatiga en busca de la 
felicidad. Déjame que me sacie con estos manjares, tras los sufrimientos 
de tan prolongada y absurda abstinencia. 

Pero no es posible. Las rosas han perdido su color; la fruta, su sabor. 
Y ese vino delicioso, cuyos vapores, tan tarde, embriagaron todos mis 
sentidos con tal deleite, solicita ahora en vano al saciado paladar. El pla¬ 
cer sonríe ante mi languidez. Hace señas a su hermana, la virtud , para 
que acuda en su ayuda. Y la virtud , alegre, retozona, atiende la llamada 
y trae consigo a todo el tropel de mis joviales amigos. Bienvenidos, 
tres veces bienvenidos, mis compañeros de siempre, a estas umbrosas 
pérgolas, y a este lujoso ágape. Vuestra presencia ha devuelto su color 
a la rosa y su sabor a la fruta. Los vapores de este néctar reconfortan¬ 
te de nuevo me envuelven el corazón mientras vosotros participáis en 
mis deleites y reveláis en vuestras miradas de contento el placer que os 
proporcionan mi felicidad y satisfacción. Lo mismo me proporcionan 
a mí las vuestras y, animado por vuestra gozosa presencia, reanudaré 
la fiesta, con la que, de tanto gozar, casi estaban saciados mis sentidos, 
mientras que la mente no podía seguir del cuerpo el paso, ni brindar 
alivio a su sobrecargado socio. 

En nuestros alegres discursos, mejor que en los formales razona¬ 
mientos de las escuelas, ha de hallarse la verdadera sabiduría. En nues¬ 
tras cordiales expresiones de afecto, mejor que en los hueros debates de 
estadistas y pretendidos patriotas, se muestra la verdadera virtud. Olvi¬ 
dando el pasado, seguros del futuro, gocemos aquí el presente y, mien¬ 
tras aún poseemos un ser, establezcamos algún bien más allá del poder 
del destino o de la suerte. El día de mañana traerá consigo sus propios 
placeres. Y si acaso frustrara los deseos que acariciamos, podremos al 
menos gozar el placer de reflexionar sobre los placeres de hoy. 

No temáis, amigos míos, que la bárbara disonancia de Baco 5 , y de 
sus juerguistas, irrumpa en esta diversión y nos confunda con sus place¬ 
res turbulentos y clamorosos. Las enérgicas musas aguardan alrededor 
y, con su encantadora sinfonía, que basta para amansar a los lobos y 
tigres del salvaje desierto, inspiran en cada pecho un suave gozo. Paz, 
armonía y concordia reinan en este retiro, y jamás se ha roto el silencio 

5. [Baco era otro nombre de Dioniso, el dios de la vegetación y del vino, cuyos 
adeptos se entregaban a menudo a emociones desenfrenadas.] 


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EL EPICÚREO 


salvo por la música de nuestras canciones o por los alegres acentos de 
nuestras voces amistosas. 

¡Mas escuchad! El favorito de las musas, el gentil Damón 6 , tañe 
la lira y, mientras acompaña sus notas armoniosas con su aún más ar¬ 
moniosa canción, nos inspira con la misma orgía de la imaginación que 
a él mismo le transporta. «Vosotros, jóvenes felices», canta. «Vosotros, 
favorecidos del cielo 7 , mientras la alegre primavera vierte sobre voso¬ 
tros todos sus florales honores, no dejéis que la gloria os seduzca, con su 
engañoso esplendor, y os haga pasar esta estación deliciosa, esta flor de 
la vida, metidos en riesgos y peligros. La sabiduría os señala la senda del 
placer. Y también la naturaleza os indica que la sigáis por ese sendero 
suave y florido. ¿Cerraréis vuestros oídos a su voz imperiosa? ¿Endu¬ 
receréis vuestro corazón frente a sus suaves llamadas? ¡Oh, engañados 
mortales, perder así vuestra juventud, desaprovechar así tan inaprecia¬ 
ble obsequio, jugar así con bendición tan perecedera! Contemplad bien 
vuestra recompensa. Considerad esa gloria que tanto atrae vuestros co¬ 
razones y os seduce con vuestras propias alabanzas. Es un eco, un sueño, 
no, la sombra de un sueño, por todos los vientos disipada, perdida por 
el contrario aliento de la multitud ignorante y malévola. No teméis si¬ 
quiera que la propia muerte os la arrebate. ¡Pero mirad! Mientras sigáis 
vivos, la calumnia hará que la perdáis; la ignorancia la descuidará; no 
la disfrutará la naturaleza. Tan sólo la fantasía, renunciando a todos 
los placeres, recibe esta etérea recompensa, vacía e inestable como ella 
misma». 

Así pasan inadvertidas las horas y se llevan en su tren sin sentido 
lodos los placeres de los sentidos y todos los deleites de la armonía 
y la amistad. La sonriente inocencia cierra la procesión y, mientras se 
presenta a nuestros embelesados ojos, adereza toda la escena, y torna la 
visión de esos placeres tan arrebatadora, después de haber pasado ante 
nosotros, como cuando, con rostro sonriente, hacia nosotros avanzaban. 

Pero el sol se ha hundido bajo el horizonte, y la oscuridad, deslizán¬ 
dose silenciosa sobre nosotros, ha enterrado ahora a la naturaleza toda 
en una sombra universal. «Regocijaos, amigos míos, proseguid vuestra 
comida. Aunque estoy ausente, siguen siendo míos vuestro gozo o vues- 


6. [Este nombre ha sido quizá tomado de la Égloga VIII de Virgilio, donde el pastor 
1 Unión canta una canción de amor con final trágico.] 

7. Imitación del canto de las sirenas en Tasso. 

«O Giovinetti, mentre aprile e maggio 
v’ammantan di fiorité e verde spoglie,* etc. 

Gerusalemme libera ta, Canto 14. 

fTorcuato Tasso, Jerusalén liberada 14, 62: «Oh, jóvenes, mientras abril y mayo / os 
envuelven en florescencias y verdores», etc.] Jerusaíem Delivered 14,62, trad. de Edward 
l .nríax [1600], Carbondalc: Southern Illinois Press, 1962. 


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ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


tra tranquilidad». Mas ¿adonde te diriges? O ¿qué nuevos placeres te re¬ 
claman para que dejes nuestra sociedad? ¿Hay allí algo agradable sin tus 
amigos? O ¿puede algo complacerte en lo que no participemos nosotros? 
«Sí, amigos míos, el gozo que ahora busco no permite vuestra participa¬ 
ción. Únicamente aquí deseo vuestra ausencia. Y tan sólo aquí hallo una 
compensación suficiente para la pérdida de vuestra sociedad». 

Pero no he avanzado mucho por las sombras del espeso bosque, 
que tiende una doble noche en torno a mí, antes de que me parezca 
percibir, a través de la penumbra, a la encantadora Celia, la dueña de 
mis deseos, que recorre impaciente la arboleda y, anticipando la hora de 
la cita, reprocha en silencio la lentitud de mis pasos. Mas la alegría que 
le causa mi presencia es el mejor alegato para mi disculpa y, disipando 
todo pensamiento de inquietud y enfado, no deja lugar para nada salvo 
para el gozo y el entusiasmo mutuos. ¡Con qué palabras, hermosa mía, 
expresaré mi ternura o describiré las emociones que en este momento 
dan calor a mi pecho embelesado! Las palabras son demasiado impreci¬ 
sas para describir mi amor, y si, por desgracia, tu no sintieras el mismo 
fuego dentro de ti, en vano trataría de comunicarte su justa idea. Pero 
cada una de tus palabras y cada uno de tus movimientos bastan para 
disipar esta duda y, al tiempo que expresan tu pasión, sirven para enar¬ 
decer la mía. ¡Qué amable esta soledad, este silencio, esta oscuridad! 
Ningún objeto importuna ahora al alma transportada. El pensamiento, 
los sentidos, plenos de nada que no sea nuestra mutua felicidad, se han 
apoderado totalmente de la mente y transmiten un placer que los enga¬ 
ñados mortales en vano buscan en todos los demás disfrutes. 

Pero ¿por qué b sube y baja tu pecho con esos suspiros, mientras las 
lágrimas bañan tus encendidas mejillas? ¿Por qué distraer tu corazón 
con tan vanas inquietudes? ¿Por qué tan a menudo me haces la pregun¬ 
ta: cuánto tiempo perdurará aún mi amor ? Ay, Celia mía, ¿puedo yo dar 
respuesta a esa pregunta? ¿Sé yo acaso cuánto tiempo perdurará aún mi 
vida? Pero ¿perturba también esto tu tierno pecho? ¿Y tienes siempre 
presente la imagen de nuestra mortal fragilidad, para mitigar tus horas 
más alegres y envenenar incluso los goces que el amor inspira? Consi¬ 
dera, más bien, que si la vida es frágil, si es transitoria la juventud, bien 
haremos en aprovechar el momento presente y no perder parte algu¬ 
na de existencia tan perecedera. Un momentito y éstas habrán pasado. 
Seremos como si nunca hubiéramos existido. No quedará en la tierra 
memoria de nosotros, y ni siquiera las fabuladas sombras de debajo nos 
ofrecerán una morada. Nuestras estériles inquietudes, nuestros vanos 
proyectos, nuestras dubitativas especulaciones, serán tragados y se per¬ 
derán. Nuestras actuales dudas respecto a la causa original de todas 
las cosas nunca, ay, se resolverán. Tan sólo de una cosa podemos estar 
ciertos: que si hay una mente que todo lo gobierna y preside, le com- 


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EL EPICÚREO 


placerá vernos cumplir los fines de nuestro ser y gozar de los placeres 
para los que únicamente fuimos creados. Que esta reflexión sosiegue 
rus angustiados pensamientos. Mas no des excesiva seriedad a tus go¬ 
ces insistiendo constantemente en ella* Basta con conocer una vez esta 
filosofía para dar una ilimitada libertad al amor y el regocijo, y para 
remover todos los escrúpulos de una vana superstición. Pero, mientras 
la juventud y la pasión, hermosa mía, incitan nuestros ávidos deseos, 
hemos de encontrar más graves temas de discurso y mezclarlos con estas 
caricias amorosas. 


155 



XVI 


EL ESTOICO 1 


Hay en el comportamiento de la naturaleza una evidente y material di¬ 
ferencia en relación con el hombre y los demás animales. Consiste en 
que, habiendo dotado al primero de un sublime espíritu celestial, y ha¬ 
biéndole otorgado una afinidad con los seres superiores, no permite que 
esas nobles facultades permanezcan ociosas o aletargadas, sino que le 
urge a utilizar en cada emergencia el máximo arte y la máxima laborio¬ 
sidad. Las criaturas irracionales tienen cubiertas muchas de sus necesi¬ 
dades por la naturaleza, ya que la madre de todas las cosas las ha vestido 
y armado. Y, cuando en alguna ocasión se requiere su laboriosidad , la 
naturaleza, implantando en ellas instintos, les proporciona el arte y y las 
guía hacia el buen fin mediante infalibles preceptos. En cambio, el hom¬ 
bre, expuesto desnudo e indigente a los duros elementos, va ascendien¬ 
do despacio desde ese estado de desamparo, gracias al cuidado y la vi¬ 
gilancia de sus padres y, una vez alcanzados su crecimiento y perfección 
máximos, sólo mediante el cuidado y vigilancia propios alcanza la capa¬ 
cidad de subsistir. Todo depende de la destreza y el trabajo y, donde la 
naturaleza proporciona los materiales, éstos son todavía toscos e inaca¬ 
bados, hasta que la laboriosidad, siempre activa e inteligente, los refina 
de su estado bruto y los adecúa al uso y a la conveniencia de los humanos. 

Reconoce en consecuencia, oh hombre, lo benéfico de la naturaleza, 
pues que te ha dotado de esa inteligencia que responde a todas tus ne¬ 
cesidades. Mas no permitas que la indolencia, bajo la falsa apariencia de 
gratitud, te persuada de quedar contento con sus presentes. ¿Volverías 
a recurrir a las hierbas silvestres para tu alimento, al cielo abierto como 
cobijo, y a las piedras y palos para defenderte de las voraces fieras del 


1. O el hombre de acción y virtud. 


156 



EL ESTOICO 


desierto? Vuelve entonces también a las maneras salvajes, a la amedren¬ 
tada superstición, a la brutal ignorancia, y desciende por debajo de esos 
animales cuya condición admiras y con tanta afición imitarías. 

Tu buena madre, la naturaleza, habiéndote dotado de arte y de inte¬ 
ligencia, ha llenado todo el globo de materiales para que emplees estas 
facultades. Escucha su voz, que tan claramente te dice que tu mismo de¬ 
tallas ser también el objeto de tu laboriosidad, y que sólo con el arte y 
la atención no puedes adquirir la habilidad que te elevará hasta el lugar 
en el universo que te es propio. Mira a ese artesano que convierte una 
«osea y amorfa piedra en un noble metal y que, moldeando el metal con 
sus hábiles manos, crea, cual si fuera por arte de magia, toda arma para 
su defensa, y todo utensilio para su comodidad. Esta destreza no se la ha 
iludo la naturaleza. La ha aprendido con el uso y la práctica. Y, si quisie¬ 
ras emular su éxito, tendrás que seguir los pasos de su laboriosidad. 

Mas, mientras ambiciosamente aspiras a perfeccionar tus poderes y 
l.icultades corporales, ¿descuidarías mezquinamente tu mente, y la de- 
larías, por una absurda pereza, tosca y sin cultivar, tal como la recibiste 
tic manos de la naturaleza? Lejos queden de todo ser racional locura y 
negligencia tales. Si la naturaleza ha sido frugal con sus dones y regalos, 
tanto mayor es la necesidad que tiene el arte de suplir sus defectos. 
Si ha sido generosa y liberal, ten en cuenta que espera laboriosidad y 
aplicación por nuestra parte, y que se venga en proporción a nuestra 
negligencia e ingratitud. El más rico de los talentos, como el más fértil 
de los suelos, hace crecer las peores malas hierbas y, en vez de viñas y 
olivos para el placer y el uso humanos, produce para su propietario la 
míis abundante cosecha de venenos. 

La gran finalidad de toda humana industria es alcanzar la felicidad. 
Para ello se inventaron las artes, se cultivaron las ciencias, y se modela¬ 
ron las sociedades gracias a la más honda sabiduría de patriotas y legis¬ 
ladores. Ni siquiera el salvaje solitario, expuesto a la inclemencia de los 
elementos y a la ferocidad de las bestias, olvida por un solo momento 
este gran objetivo de su ser. Ignorante como es de todo arte de vida, no 
deja de tener presente la finalidad de todas esas artes, y ávidamente bus- 
i.i la felicidad en medio de la oscuridad que le rodea. Pero, en la misma 
medida en que el más inculto de los salvajes es inferior al ciudadano 
mltivado que, bajo la protección de las leyes, disfruta de todas las co¬ 
modidades que la laboriosidad ha inventado, este ciudadano es inferior 
.il hombre virtuoso, y al verdadero filósofo, que gobierna sus apetitos, 
somete sus pasiones, y al que la razón ha enseñado a dar un justo valor a 
nula actividad y disfrute. Pues, ¿existen un arte y un aprendizaje necesa- 
i ios para cualquier otro logro? Y, ¿no hay acaso ningún arte de la vida, 
m regla, ni preceptos, que nos guíen en este principal asunto? ¿Puede 
.ik .mzarse sin habilidad ningún placer determinado, y puede regularse 


157 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


todo sin reflexión o inteligencia, con la ciega guía del apetito y el instin¬ 
to? Por supuesto que no se cometen nunca errores en esta cuestión. Pero 
toda persona, por disoluta y negligente que sea, procede en la búsqueda 
de la felicidad con movimiento tan infalible como el que observan los 
cuerpos celestes cuando, conducidos por la mano del Todopoderoso, 
ruedan por las llanuras del éter. Pero, si se cometen errores, tan a menu¬ 
do como inevitablemente, registrémoslos; consideremos sus causas; so¬ 
pesemos su importancia; busquémosles remedio. Cuando esto nos haya 
permitido establecer todas las reglas de conducta, seremos filósofos . Y, 
cuando hayamos convertido estas reglas en práctica, seremos sabios. 

Como tantos artistas subordinados, que se aplican en dar forma a 
las diversas ruedas y muelles de una máquina, así son quienes destacan 
en las particulares artes de la vida. Alcanza la maestría aquel que ensam¬ 
bla las distintas piezas, las mueve de acuerdo con la justa armonía y pro¬ 
porción, y consigue una felicidad verdadera como resultado de su orde¬ 
nada combinación. 

Mientras tienes ante ti un objetivo que te atrae, ¿se te antojan acaso 
onerosos e intolerables el esfuerzo y la atención que requiere conseguir 
tal fin? Sabe que este esfuerzo es en sí el principal ingrediente de la 
felicidad a la que aspiras, y que todo goce se vuelve pronto insípido y 
desagradable cuando no se adquiere mediante la fatiga y la laboriosi¬ 
dad. Mira a los intrépidos cazadores levantarse de sus blandos divanes, 
sacudirse el sueño que les pesa aún en los párpados y, antes de que Au¬ 
rora haya cubierto el cielo con su manto llameante, se apresuran a aden¬ 
trarse en el bosque. Dejan atrás, en sus propias casas y en los vecinos 
prados, animales de toda clase, cuya carne proporciona las viandas más 
deliciosas, y que se ofrecen al sacrificio. El hombre laborioso desdeña 
tal facilidad. Busca una presa que se esconde de él, que huye volando a 
su persecución o se defiende de su violencia. Habiendo ejercitado en la 
caza toda pasión de la mente, y todo miembro de su cuerpo, encuentra 
los encantos del reposo, y gozosamente compara el placer que propor¬ 
ciona al de sus atractivos trabajos. 

Y ¿puede la vigorosa laboriosidad proporcionar placer a la perse¬ 
cución incluso de la presa menos valiosa, que con frecuencia escapa a 
nuestros afanes? ¿Y no puede esa misma laboriosidad convertir en ocu¬ 
pación agradable el cultivo de nuestra mente, la moderación de nuestras 
pasiones, la aportación de luces a nuestra razón, cuando somos cada día 
conscientes de nuestros progresos, y contemplamos nuestro semblante 
y rasgos interiores resplandecer incesantemente con nuevos encantos? 
Empieza por abandonar esa letárgica indolencia. La tarea no es difícil. 
No tienes más que probar las dulzuras del trabajo honrado. Aprende a 
valorar cada actividad en su justo valor. No se necesita largo estudio. 
Compara, aunque sólo sea por una vez, la mente con el cuerpo, la virtud 


158 



Él ÉSTOICO 


u>n la fortuna, la gloria con el placen Percibirás entonces las ventajas 
de la laboriosidad. Serás entonces consciente de los verdaderos objetos 
ilc tus esfuerzos. 

En vano buscarás el reposo en lechos de flores. En vano esperarás 
disfrutar de los vinos y frutos más deliciosos. Tu indolencia misma se 
convierte en fatiga; tu mismo placer tómase en disgusto. La mente, no 
ejercitada, encuentra todo deleite insípido y repelente y, antes de que el 
cuerpo, lleno de nocivos humores, sienta el tormento de las afecciones 
ijue se multiplican, tu parte más noble es sensible al veneno que te inva¬ 
de, y busca en vano aliviar su angustia con nuevos placeres que no hacen 
sino aumentar aún la fatal enfermedad. 

No necesito decirte que, debido a esta ávida búsqueda del placer, te 
expones más cada vez al azar y los accidentes, y fijas tus afectos en ób¬ 
lelos exteriores que la suerte puede arrebatarte en un instante. Supon¬ 
dré que tus indulgentes estrellas te siguen favoreciendo y que todavía 
disfrutas de tus riquezas y posesiones. Te demostraré que, incluso en 
medio de tus lujosos placeres, no eres feliz, y que la excesiva indulgencia 
hace que seas incapaz de gozar de lo que la próspera fortuna todavía te 
permite poseer. 

Pbro no cabe duda de que la inestabilidad de la fortuna es una consi¬ 
deración que no puede pasarse por alto ni ignorarse. No es posible que 
exista la felicidad donde no hay seguridad, y no hay lugar para la seguri¬ 
dad donde la fortuna ejerce algún dominio. Aunque esa voluble deidad 
no descargue sobre ti su cólera, el temor a ella te seguirá atormentando, 
perturbará tu descanso, se aparecerá en tus sueños y perturbará la ale¬ 
gría de tus más deliciosas fiestas. 

El templo de la sabiduría está situado sobre una roca, por encima de 
lit furia de los elementos en conflicto, e inaccesible para toda humana 
malevolencia. Los retumbantes truenos estallan por debajo, y los más 
terribles instrumentos de la furia humana no alcanzan tan sublime al¬ 
tura. El sabio, mientras respira ese aire sereno, contempla con placer, 
mezclado de compasión, los errores de los equivocados mortales que 
i legamente buscan la verdadera senda de la vida y van en pos de las 
tiquczas, la nobleza, los honores o el poder como si fueran la auténtica 
lelicidad. Ve a la mayor parte de ellos desilusionados con sus vanos de- 
m'os. Algunos lamentan que, habiendo poseído una vez el objeto de sus 
.uilidos, se lo haya arrebatado la envidiosa fortuna, y todos se quejan de 
que incluso sus propios compromisos, aunque los hayan cumplido, no 
pueden aportarles felicidad ni aliviar la angustia de sus distraídas mentes. 

Pero ese preserva siempre el sabio encerrado en esta filosófica indi- 
Irienda, y se conforma con lamentar las miserias de la humanidad sin 
«mentar nunca aliviarlas? ¿No abandona nunca esta severa sabiduría 
•|iu\ pretendiendo elevarle por encima de rodo humano accidente, en- 


159 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


durece en realidad su corazón y le torna insensible a los intereses de la 
humanidad y de la sociedad? No, sabe que en esta hosca apatía no pue¬ 
den hallarse la verdadera sabiduría ni la verdadera felicidad. Siente con 
demasiada fuerza el encanto de los afectos sociales como para ir contra 
tan dulce, natural y virtuosa propensión. Incluso cuando, bañado en 
lágrimas, lamenta las miserias de la raza humana, de su país, de sus 
amigos e, incapaz de ofrecer socorro, no puede aliviarlas sino median¬ 
te la compasión, encuentra alegría en la disposición generosa y siente 
una satisfacción superior a la de la sensatez en la que más se incurre. 
Tan atractivos son los sentimientos humanitarios que animan el rostro 
mismo del pesar y, cual el sol, que brillando sobre una nube oscura, o a 
través de la lluvia, pinta los más gloriosos colores que puedan hallarse 
en todo el ámbito de la naturaleza. 

Pero no es sólo aquí donde las virtudes sociales despliegan su ener¬ 
gía. Sea cual fuere el ingrediente con que se mezclen, siguen siendo 
predominantes. Del mismo modo que el pesar no puede vencerlas, tam¬ 
poco el placer sensual las oscurece. Los goces del amor, aunque tumul¬ 
tuosos, no excluyen los tiernos sentimientos de la simpatía y el afecto. 
Incluso derivan su principal influjo de esa generosa pasión y, cuando 
se presentan solos, no aportan nada a la mente infeliz más que lasitud 
y disgusto. Mira a este libertino lleno de energía, que desprecia todos 
los demás placeres que no sean los del vino y la juerga. Sepárale de sus 
compañeros, como una chispa de un fuego donde antes contribuía a la 
hoguera general. De repente se extingue su alegre disposición y, aunque 
sigue rodeado de todos los demás medios para el deleite, abomina del 
suntuoso banquete y prefiere incluso el estudio y la especulación más 
abstractos, como más agradables y entretenidos. 

Pero las pasiones sociales nunca permiten placeres arrobadores ta¬ 
les, ni proporcionan una apariencia tan gloriosa a los ojos de Dios y de 
los hombres como cuando, desdeñando toda mezcla terrenal, se asocian 
con los sentimientos de la virtud y nos impelen a realizar actos laudables 
y meritorios. Al igual que los colores que armonizan mutuamente se 
prestan un lustre mediante su amistosa unión, también lo hacen estos 
nobles sentimientos de la mente humana. ¡Véase el triunfo de la natura¬ 
leza en el amor de los padres! ¿Qué pasión egoísta, qué deleite sensual 
puede comparársele? ¿Alguien se regocija tanto como un padre con la 
prosperidad y virtud de los hijos, o se apresura a socorrerlos de los más 
tremendos y amenazadores peligros? 

Si procedes aún a purificar la pasión generosa, tanto más admirarás 
todavía sus resplandecientes glorias. ¡Qué encantos existen en la armo¬ 
nía de las mentes, y en una amistad fundada sobre la estima y gratitud 
mutuas! ¡Qué satisfacción se encuentra en aliviar al necesitado, en con¬ 
fortar al afligido, en levantar al caído, y en detener la carrera de la cruel 


160 



EL ESTOICO 


fortuna, o del hombre, aún más cruel, que insulta al bueno y virtuoso! 
¡Qué goce supremo hay en los triunfos sobre el vicio y sobre la miseria, 
cuando, por virtuoso ejemplo o sabia exhortación, se enseña a nuestros 
congéneres a gobernar sus pasiones, a reformar sus vicios, y a someter a 
sus peores enemigos, que habitan en su propio seno! 

Mas estos objetivos son todavía demasiado limitados para la men¬ 
te humana que, al ser de celestial origen, se agranda henchida de los 
mayores y más divinos afectos y, llevando su atención más allá de pa¬ 
rientes y amistades, llega con sus benevolentes deseos a la más distante 
posteridad. Ve en la libertad y en las leyes la fuente de la felicidad hu¬ 
mana y, con la mayor presteza, se dedica a guardarlas y protegerlas. Los 
esfuerzos penosos, los peligros, la muerte misma, tienen su atractivo, 
cuando los desafiamos por el bien público y ennoblecemos a ese ser que 
generosamente sacrificamos por los intereses de nuestra patria. ¡Feliz 
aquel al que la fortuna indulgente permite pagar a la virtud lo que debe 
a la naturaleza, y que convierte en generoso don lo que de otro modo le 
sería arrebatado por cruel necesidad! 

En el verdadero sabio y patriota se unen todo cuanto puede distin¬ 
guir la naturaleza humana, o elevar al hombre moral dándole una seme¬ 
janza con la divinidad. La más suave benevolencia, la más intrépida re¬ 
solución, los sentimientos más tiernos, el más sublime amor a la virtud, 
animan todos sucesivamente su embelesado pecho. ¡Qué satisfacción, 
cuando mira hacia dentro, hallar las pasiones más turbulentas en justa 
concordia y armonía, y cada sonido que desentona excluido de esta mú¬ 
sica arrobadora! Si la contemplación incluso de la belleza inanimada es 
deleitosa; si arrebata los sentidos aun cuando la forma bella nos es ex- 
li.tña, ¿cuáles no serán los efectos de la belleza moral? ¿Y qué influencia 
no ejercerá cuando adorna nuestra propia mente y es resultado de nues- 
ii.1 propia reflexión y laboriosidad? 

¿Dónde está , empero, la recompensa de la virtud? ¿Y qué recom¬ 
pensa ha previsto la naturaleza para tan importantes sacrificios , como 
/i» de la vida y la fortuna , que a menudo hemos de hacerle? ¡Oh, hijos 
de la tierra! ¿Ignoráis acaso el valor de esta celestial amante? ¿Y pre¬ 
guntáis mezquinamente por su dote cuando contempláis sus auténticos 
encantos? Pues sabed: esa naturaleza ha sido indulgente con la debilidad 
humana, y no ha dejado a este hijo favorito desnudo y carente de dones. 
I la proporcionado a la virtud la más rica dote. Mas, siendo precavida, 
no fuera a ser que las tentaciones del interés atrajeran a pretendientes 
insensibles al valor genuino de tan divina belleza, sabiamente ha previs- 
io que esta dote no pueda tener atractivo sino a los ojos de quienes se 
sienten ya transportados por el amor de la virtud. La gloria es el destino 
ile la virtud, la dulce recompensa de los esfuerzos honorables, la triun- 
l.mte corona que cubre la testa pensativa del patriota desinteresado, o 


161 



ENSAYOS MORALES, POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


la frente polvorienta del guerrero victorioso. Elevado por premio tan 
sublime, el hombre virtuoso mira con desdén a todas las tentaciones 
del placer y a todas las amenazas del peligro. La muerte misma pierde 
sus terrores, cuando considera que su dominio sólo se extiende a una 
parte de él y que, a pesar de la muerte y del tiempo, de la furia de los 
elementos y de las inacabables vicisitudes de los asuntos humanos, tiene 
asegurada una fama inmortal entre todos los hijos de los hombres. 

Hay sin duda un ser que preside sobre el universo y que, con sabidu¬ 
ría y poder infinitos, ha reducido los elementos disonantes a proporción 
y orden justos. Dejemos que los razonadores especulativos disputen so¬ 
bre el punto hasta el que este ser benefactor extiende su cuidado, y si 
prolonga nuestra existencia más allá de la tumba, con el fin de otorgar a 
la virtud su justa recompensa y hacer que triunfe por completo. La per¬ 
sona moral, sin decidir nada sobre tan dudoso tema, se siente satisfecha 
con la dote que le ha reservado el supremo disponedor de todas las co¬ 
sas. Con gratitud acepta esa otra recompensa preparada para ella. Pero, 
si no la obtiene, no piensa que la virtud sea un nombre vacuo, sino que, 
estimándola con justicia su propia recompensa, reconoce agradecida la 
prodigalidad de su creador que, al llamarla a la existencia, le ha brinda¬ 
do la oportunidad de llegar a adquirir tan valiosa posesión. 


162 



XVII 


EL PLATÓNICO 1 


A muchos filósofos les parece sorprendente que toda la humanidad, 
a pesar de poseer la misma naturaleza y estar dotada de las mismas 
facultades, difiera tan ampliamente en sus afanes e inclinaciones, y que 
una persona condene totalmente lo que otra con tanta afición busca. A 
algunos les parece motivo de mayor sorpresa todavía que una persona 
difiera tan grandemente de sí misma en momentos diferentes y que, 
después de poseerlo, rechace con desdén lo que antes fuera objeto de 
sus anhelos y deseos. A mí se me antoja por completo inevitable esta 
febril incertidumbre e irresolución en la humana conducta, y no puede 
un alma racional, hecha para la contemplación del Ser Supremo y de sus 
obras, gozar alguna vez de tranquilidad o satisfacción mientras se dedi¬ 
que a la innoble búsqueda del placer sensual o del aplauso popular. La 
divinidad es un ilimitado océano de dicha y gloria; las mentes humanas 
son corrientes menores que, surgidas inicialmente de este océano, bus¬ 
can aún, en medio de todas sus correrías, volver a él y perderse en esa 
inmensidad de la perfección. Cuando en este curso natural las detienen 
el vicio o la locura, se tornan embravecidas y furiosas y, henchidas en 
torrente, extienden el horror y la devastación por las llanuras vecinas. 

En vano, con frases pomposas y apasionada expresión, recomienda 
.lila cual su propia búsqueda, e invita a sus crédulos oyentes a imitar su 
vitla y sus modales. El corazón desmiente al rostro y siente agudamente, 
incluso en medio del mayor éxito, la índole insatisfactoria de todos esos 
placeres que le impiden alcanzar su verdadero objeto. Examino al hom¬ 
bre voluptuoso antes de su disfrute. Mido la vehemencia de su deseo y 
la importancia de su objeto. Encuentro que toda su felicidad proviene 


I. O el hambre contemplativo y con devoción filosófica. 


163 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


únicamente de esa premura del pensamiento, que le aparta de sí mismo 
y desvía su mirada de su culpa y su miseria. Vuelvo a considerarle un 
momento después. Ahora acaba de gozar del placer que con tanto afán 
buscara. El sentimiento de culpa y de miseria vuelve a él con doble 
angustia: su mente atormentada por el temor y el remordimiento; su 
cuerpo deprimido por el disgusto y la saciedad. 

Pero un personaje más augusto, al menos más arrogante, se presen¬ 
ta audazmente a nuestra censura y, arrogándose el título de filósofo y 
hombre moral, ofrece someterse al más riguroso examen. Con visible 
aunque disimulada impaciencia reclama nuestra aprobación y aplauso, 
y se muestra ofendido por el hecho de que dudemos un momento antes 
de expresar nuestra admiración por su virtud. Viendo esta impaciencia, 
dudo más todavía, y comienzo a examinar los motivos de su aparen¬ 
te virtud. Pero imirad! Antes de que pueda iniciar esta indagación, se 
aparta de mí y, dirigiendo su discurso a la multitud de oyentes sin ca¬ 
beza, abusa afanosamente de ellos con sus pretensiones magnificentes. 

i Oh, filósofo! Vana es tu sabiduría, y poco provechosa tu virtud. 
Buscas los ignorantes aplausos de los hombres, no las sólidas reflexiones 
de tu propia conciencia, ni la más sólida aprobación de ese ser que, con 
una mirada de su ojo que todo lo ve, penetra el universo. Sin duda eres 
consciente de la vacuidad de tu pretendida probidad. Mientras te llamas 
ciudadano, hijo, amigo, olvidas a tu superior soberano, a tu verdadero 
padre, a tu mayor benefactor. ¿Dónde está la adoración debida a la per¬ 
fección infinita, de donde se derivan todas las cosas buenas y valiosas? 
¿Dónde está la gratitud que debes a tu creador, que te sacó de la nada, 
que te colocó en medio de todas estas relaciones con tus congéneres 
y que, requiriéndote para que cumplas tu obligación con cada una de 
ellas, te prohíbe que descuides lo que le debes a él, al ser más perfecto, 
al que te une el más estrecho vínculo? 

Pero tú eres tu propio ídolo: adoras tu imaginaria perfección. O 
más bien, consciente de tus reales imperfecciones, no buscas sino en¬ 
gañar al mundo, y complacer tu fantasía multiplicando el número de 
tus ignorantes admiradores. Así, no contento con descuidar lo más ex¬ 
celente que hay en el universo, deseas poner en su lugar lo más vil y 
despreciable. 

Considera todas las obras a las que ha dado origen la mano del 
hombre, todas las invenciones del humano ingenio, en las que tu afectas 
tan fino discernimiento. Hallarás que la obra más perfecta asimismo 
procede del más perfecto pensamiento, y que es sólo la mente lo que 
admiramos cuando otorgamos nuestro aplauso a las gracias de una es¬ 
tatua bien proporcionada o a la simetría de una noble construcción. 
Nos vienen aún a la mente el escultor, el arquitecto, y nos hacen re¬ 
flexionar sobre la belleza de su arte y de su ingenio, que de un montón 


164 



EL PLATÓNICO 


de materia amorfa supieron extraer expresiones y proporciones tales. 
Tú mismo reconoces esta superior belleza del pensamiento y la inte¬ 
ligencia cuando nos invitas a contemplar en tu conducta la armonía 
tic los afectos, la dignidad de los sentimientos, y todas esas gracias de 
la mente que principalmente merecen nuestra atención. Pero ¿por qué 
le detienes tan pronto? ¿No ves nada más que sea valioso? En medio 
tic tus enardecidos aplausos a la belleza y el orden, ¿sigues ignorando 
dónde se encuentra la más consumada belleza, el orden más perfecto? 
Compara las obras de arte con las de la naturaleza. Las unas no son sino 
imitación de las otras. Cuanto más se aproxima el arte a la naturaleza 
tanto más perfecto se considera. Y, sin embargo, ¡qué lejos quedan sus 
mayores aproximaciones, qué inmensas distancias pueden observarse 
entre el uno y la otra! El arte copia únicamente el exterior de la natura¬ 
leza, dejando sus interiores y más admirables resortes y principios como 
algo que excede la imitación, como algo más allá de la comprensión. El 
arte se limita a copiar las obras menores de la naturaleza, y desespera de 
alcanzar la grandiosidad y la magnificencia que tanto asombran en las 
obras maestras originales. ¿Podemos acaso ser tan ciegos como para no 
descubrir una inteligencia y diseño en el portentoso ingenio del univer¬ 
so? ¿Podemos ser tan estúpidos como para no caer en los más cálidos 
éxtasis de veneración y adoración, al contemplar a ese ser inteligente, 
un infinitamente bueno y sabio? 

La felicidad más perfecta tiene que surgir sin duda de la contempla- 
i ion del más perfecto objeto. Pero ¿qué hay más perfecto que la belleza 
y la virtud? ¿Y dónde se encuentra una belleza igual a la del universo, 
o una virtud que quepa comparar con la benevolencia y la justicia de la 
Deidad? Si algo puede disminuir el placer de esta contemplación, tiene 
que ser la estrechez de nuestras facultades, que nos oculta la mayor par¬ 
le* de estas bellezas y perfecciones, o la brevedad de nuestra vida que no 
nos deja el tiempo suficiente para instruirnos en ellas. Pero nos conforta 
que, si empleamos dignamente las facultades que aquí se nos asignan, 
éstas se ampliarán en otro estado de existencia, de forma que lleguemos 
a ser más adecuados adoradores de nuestro hacedor, y que la tarea que 
no puede nunca concluirse en el tiempo sea propia de una eternidad. 


165 



XVIII 


EL ESCÉPTICO 


Hace tiempo que mantengo una sospecha en relación con las decisio¬ 
nes de los filósofos sobre todos los temas, y encuentro en mí una ma¬ 
yor inclinación a discutir sus conclusiones que a asentir a ellas. Hay un 
error al que, casi sin excepción, parecen proclives: limitan demasiado 
sus principios y no tienen en cuenta la vasta variedad que la naturaleza 
ha mostrado en sus funciones. Cuando un filósofo se ha hecho con un 
principio favorito, que quizá explique muchos efectos naturales, lo hace 
extensivo a la creación entera, y reduce a él todo fenómeno, aunque sea 
mediante el razonamiento más violento y absurdo. Dada la estrechez y 
contracción de nuestra mente, no podemos ampliar nuestra concepción 
a la variedad y la extensión de la naturaleza, sino que imaginamos que 
ésta es más limitada en sus funciones de lo que lo somos nosotros en 
nuestra especulación. 

Mas si hay una ocasión en la que esta debilidad de los filósofos 
deba resultar sospechosa es cuando razonan sobre la vida humana y 
los métodos de alcanzar la felicidad. En ese caso se extravían, no sólo 
a causa de la estrechez de su entendimiento, sino también de la de sus 
pasiones. Casi todo el mundo tiene una inclinación predominante, a 
la que se someten todos sus demás deseos y afectos, y que le gobierna, 
aunque quizá con algunos intervalos, durante todo el curso de su vida. 
Es difícil para el individuo comprender que una cosa que a él se le anto¬ 
ja totalmente indiferente pueda proporcionar disfrute a nadie, o pueda 
poseer atractivos que escapan por completo a su observación. Para él lo 
más atractivo son siempre las cosas que él persigue. Lo más valioso son 
los objetos de su pasión. Y la vía que él sigue es la única que conduce a 
la felicidad. 

Pero, si estos razonadores cargados de prejuicios se parasen un mo¬ 
mento a reflexionar, hay muchos ejemplos y argumentos evidentes que 


166 



EL ESCÉPTICO 


bastarían para sacarles de su engaño, y hacer que ampliasen sus máxi¬ 
mas y principios. ¿Es que no ven la vasta diversidad de las inclinaciones 
y actividades dentro de nuestra especie, donde cada cual parece estar 
plenamente satisfecho con el curso de su vida, y consideraría su mayor 
infelicidad verse obligado a seguir el de su vecino? ¿No se percatan de 
que lo que les complace en una ocasión les disgusta en otro momen¬ 
to, debido al cambio de inclinación, y que no está en su poder, por 
más esfuerzos que hagan, recordar el sabor o el apetito que hacía tan 
atrayente lo que ahora parece indiferente o desagradable? ¿Qué senti¬ 
do tienen por tanto esas preferencias generales de la vida campestre o 
urbana, de la vida de acción o de placer, de retiro o sociedad, cuando, 
además de las diferentes inclinaciones de diferentes personas, la expe¬ 
riencia de todos nos convence de que cada una de estas clases de vida 
es agradable en su momento, y que su variedad, o su juiciosa mezcla, 
contribuye principalmente a hacer agradables todas ellas? 

¿Dejaremos esta cuestión totalmente al albur? ¿Debe una persona 
contar únicamente con su humor e inclinación para decidir el curso 
de su vida, sin recurrir a la razón para informarse de qué camino es 
preferible y conduce más seguramente a la felicidad? ¿No hay entonces 
diferencia alguna entre la conducta de una persona y la de otra? 

Mi respuesta es que hay una gran diferencia. Puede ser que una per¬ 
sona que sigue su inclinación en la elección del curso de su vida emplee 
medios más seguros para tener éxito que otra a la que también su incli¬ 
nación lleva al mismo curso vital y que persigue los mismos objetivos. 
*lis la riqueza el principal objeto de tus deseos? Adquiere habilidad en 
m profesión; sé diligente en su ejercicio; amplía el círculo de tus amigos 
y conocidos; evita el placer y los gastos, y no seas nunca generoso si no 
rs con la expectativa de ganar más de lo que podrías ahorrar con la fru¬ 
galidad. éQuieres conquistar la estima pública? Guárdate por igual de la 
airogancia y de la adulación extremas. Da a entender que te atribuyes 
un cierto valor a ti mismo, pero no desprecies a los demás. Si incurres 
rn cualquiera de los dos extremos, tu insolencia será una provocación 
para el orgullo de los otros; o tu sumisión timorata y la mezquina opi¬ 
nión que pareces tener de ti mismo les enseñarán a despreciarte. 

Kstas, dices, son las máximas de la prudencia y discreción comunes: 
lo que todos los padres y madres inculcan a sus hijos, y lo que toda 
persona sensata busca en el curso de la vida que ha elegido. ¿Cómo es 
entonces que deseas más? ¿Acudes a un filósofo como a hombre avisado , 
p.ir.i aprender algo, por magia o brujería, más allá de lo que puede co¬ 
nocerse mediante la prudencia y la discreción? Sí, acudimos a un filóso¬ 
fo para que nos instruya en la manera de elegir nuestros fines, más que 
ni los medios para alcanzarlos. Queremos saber qué deseo satisfaremos, 
» que pasión cederemos, por qué apetito nos dejaremos llevar. En cuan- 


167 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


to al resto, confiamos para nuestra instrucción en el sentido común y en 
las máximas generales que nos ofrece el mundo. 

Lamento, en consecuencia, haber pretendido ser filósofo. Pues tus 
preguntas me causan gran perplejidad, y corro el peligro de que mis res¬ 
puestas sean demasiado rígidas y severas, de pasar por pedante y adepto 
a una escuela. O, si fueran demasiado fáciles y libres, de ser tomado por 
predicador del vicio y la inmoralidad. Sin embargo, para darte satis¬ 
facción, daré mi opinión sobre el asunto, y sólo deseo que le concedas 
tan poca importancia como yo mismo. De ese modo no pensarás que 
merece que la ridiculices ni que la hagas objeto de tu ira. 

Si podemos depender de un principio que la filosofía nos enseñe, 
creo que éste puede considerarse cierto e indubitable: que no hay nada 
que en sí mismo sea valioso o despreciable, deseable u odioso, bello o 
deforme. Sino que estos atributos nacen de la particular constitución y 
estructura de los sentimientos y afectos humanos. Lo que para un animal 
es el alimento más delicioso, resulta repelente para otro. Lo que afec¬ 
ta con deleite la sensibilidad de uno produce desasosiego en otro. Así 
ocurre de modo palmario en relación con todos los sentidos corporales. 
Pero, si examinamos la cuestión con más exactitud, encontraremos que 
cabe hacer esta misma observación allí donde la mente concurre con el 
cuerpo, y mezcla su sentimiento con el exterior apetito. 

Si un amante apasionado desea retratar el carácter de su amada dirá 
que le faltan palabras para describir sus encantos, y os preguntará con 
toda seriedad si habéis conocido a una diosa o a un ángel. Si contestáis 
negativamente os dirá que es imposible que os forméis una idea de be¬ 
lleza tan sublime como la que posee su adorada: tan perfecta forma; 
tan bien proporcionados rasgos; un aire tan atractivo; tal dulzura de 
disposición; humor tan alegre. Sin embargo, únicamente podréis dedu¬ 
cir de todo este discurso que el pobre hombre está enamorado, y que el 
apetito general entre los sexos que la naturaleza ha infundido en todos 
los animales se centra en él en un objeto determinado debido a algunas 
cualidades que le producen placer. Esa misma divina criatura, no sólo 
para un animal diferente, sino para otro hombre, es percibida como un 
mero ser mortal y vista con la mayor indiferencia. 

La naturaleza ha dado a todos los animales un prejuicio a favor de 
su prole. Tan pronto como un indefenso niño ve la luz, aunque a los 
ojos de cualquier otro pueda parecer una criatura insignificante y mise¬ 
rable, sus cariñosos padres le miran con el mayor afecto, y le prefieren a 
cualquier otro objeto por perfecto y logrado que sea. Por sí sola, la pa¬ 
sión, que surge de la estructura y formación originales de la humana na¬ 
turaleza, otorga valor al objeto más insignificante. 

Podemos llevar esta observación más lejos todavía y llegar a la con¬ 
clusión de que, incluso cuando la mente funciona por sí sola, y tiene un 


168 



EL ESCÉPTICO 


sentimiento de crítica o de aprobación, declara a un objeto deforme u 
odioso, y a otro bello y agradable. Opino que, incluso en este caso, esas 
cualidades no están realmente en los objetos, sino que pertenecen por 
encero al sentimiento de esa mente que critica o alaba. Concedo que re¬ 
sultará más difícil demostrar lo evidente de esta afirmación y, por así de¬ 
cirlo, hacerla palpable a los pensadores negligentes. Porque la naturaleza 
es más uniforme en los sentimientos de la mente que en la mayor parte 
de las sensaciones del cuerpo, y produce una semejanza más cercana en 

1.1 parte interior del ser humano que en la exterior. Hay algo en el gusto 
mental que se aproxima a los principios, y los críticos pueden razonar 
y discutir más convincentemente que los cocineros o los perfumistas. 
Podemos observar que esta uniformidad no empece para que exista en 
el género humano una considerable diversidad en los sentimientos de 
belleza y valor, ni para que la educación, la costumbre, los prejuicios, 
el capricho y el humor varíen en nosotros, con frecuencia, esta clase de 
gustos. Nunca convencerás a una persona que no está acostumbrada a 

1.1 música italiana y que carece de oído para seguir sus complejidades, 
de que no es preferible una melodía escocesa. Aparte de tu propio gus¬ 
to no tendrás ningún argumento que puedas emplear para defender tu 
postura. Y a tu antagonista, su gusto personal siempre se le antojará un 
.irgumento más convincente en contra de ella. Si sois inteligentes, los dos 
concederéis que el otro puede estar en lo cierto y, al disponer de otros 
muchos ejemplos de esta diversidad de los gustos, ambos confesaréis que 

l.i belleza y el valor tienen meramente una naturaleza relativa, y que con¬ 
sisten en un sentimiento agradable que un objeto produce en una mente 
determinada, según la peculiar estructura y constitución de esa mente. 

Mediante esta diversidad del sentimiento que se observa en el géne¬ 
ro humano, tal vez haya intentado la naturaleza hacernos conscientes de 
su autoridad, y hacer que veamos los sorprendentes cambios que podría 
producir en las pasiones y deseos del ser humano, mediante el mero 
«anibio de la estructura interior, sin necesidad de alteración en los obje¬ 
tos. Incluso el vulgo puede estar convencido de este argumento. Pero las 
personas habituadas a pensar pueden extraer un argumento más con¬ 
vincente, al menos más general, de la naturaleza misma de este tema. 

Kn la función de razonar, la mente no hace más que repasar sus ob- 
jrtos tal como se supone que están situados en la realidad, sin añadirles 
ni quitarles nada. Si examino los sistemas tolemaico y copemicano 1 , lo 
que intento con mis indagaciones es saber la situación real de los pla- 

1. IToloinco (siglo n d.C.) enseñó que la cierra ocupa el centro de un sistema pía- 
m* i.i rio y permanece inmóvil, mientras que el sistema heliocéntrico de Nicolás Copérnico 
(1*1 * l 1543) mantiene que la tierra gira diariamente alrededor de su eje y anualmente 
ilu'dedor del sol.) 


169 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


netas. Dicho de otro modo: intento que tengan en mi concepción las 
mismas relaciones que tienen unos con otros en el firmamento. Para este 
funcionamiento de la mente parece haber siempre, en consecuencia, 
una norma real, aunque muchas veces desconocida, en la naturaleza de 
las cosas, y la verdad o la falsedad no varían con las distintas maneras 
en las que la humanidad la percibe. Aunque todos los seres humanos 
siguieran creyendo eternamente que el sol se mueve y la tierra permane¬ 
ce quieta, todos los razonamientos que acabaran en esta conclusión no 
harían que el sol se desplazara un ápice de su sitio, y la conclusión sería 
eternamente falsa y errónea. 

Pero no ocurre lo mismo con las cualidades de bello y deforme , 
deseable y odioso que con la verdad y la falsedad. En el primero de los 
casos, la mente no se contenta meramente con estudiar sus objetos tal 
como son en sí mismos, sino que experimenta también un sentimiento 
de deleite o de desasosiego, de aprobación o de crítica, después de ese 
estudio, y este sentimiento hace que atribuya a cada objeto el epíteto de 
bello o deforme , deseable u odioso . Ahora bien, es evidente que este sen¬ 
timiento tiene que depender de la particular constitución o estructura de 
la mente, que hace posible que formas determinadas funcionen de una 
determinada manera, y produzcan una simpatía o conformidad entre la 
mente y sus objetos. Si se varía la estructura de la mente o sus órganos 
internos, el sentimiento ya no surge, aunque la forma siga siendo la mis¬ 
ma. Puesto que el sentimiento es diferente del objeto, y surge a partir 
de la forma en que actúa sobre los órganos mentales, una alteración de 
éstos debe hacer variar el efecto, y el mismo objeto, presentado a una 
mente totalmente distinta, no puede producir el mismo sentimiento. 

Esta conclusión puede extraerla cualquiera por sí mismo, sin mucha 
filosofía, cuando el sentimiento se distingue evidentemente del objeto. 
¿Quién no es consciente de que el poder, la gloria y la venganza no son 
deseables por sí mismos, sino que derivan todo su valor de la estructura 
de las pasiones humanas, que generan un deseo de alcanzar esos objeti¬ 
vos? Pero, en relación con la belleza, ya sea natural o moral, se supone 
por lo común que el caso es diferente. Se supone que la cualidad agra¬ 
dable reside en el objeto, no en el sentimiento, y ello meramente porque 
el sentimiento no es tan tumultuoso y violento como para distinguirse, 
de evidente manera, de la percepción del objeto. 

Pero un poco de reflexión basta para distinguirlos. Una persona 
puede conocer con exactitud todos los círculos y elipses del sistema 
copernicano, y todas las espirales irregulares del sistema tolemaico, sin 
percibir que el primero es más bello que el último. Euclides 2 explicó 

2. [El matemático griego Euclides, que vivió desde finales del siglo IV a.C. hasta 
principios del!il, es famoso por su tratado de geometría Los elementos ,) 


170 



EL ESCÉPTICO 


completamente todas las cualidades del círculo, pero en ninguna de sus 
proposiciones dijo una sola palabra de su belleza. La razón es evidente: 
la belleza no es una cualidad del círculo. No reside en ninguna parte 
de la línea cuyos puntos están todos a la misma distancia de un cen¬ 
tro común. Es únicamente el efecto que esa figura produce sobre una 
mente cuya particular constitución y estructura es susceptible de tales 
sentimientos. En vano se buscará en el círculo, o se tratará de descubrir, 
mediante los sentidos o por razonamientos matemáticos, en todas las 
propiedades de esa figura. 

El matemático que no extrajera otro placer de leer a Virgilio que el 
de estudiar el viaje de Eneas en el mapa podría perfectamente entender 
cada una de las palabras latinas empleadas por el divino autor y tener, 
en consecuencia, una idea diferente de toda la narración. Podría inclu¬ 
so tener una idea diferente de ella que la que pudieran alcanzar quie¬ 
nes no hubieran estudiado con tanta exactitud la geografía del poema. 
(:<>nocería por tanto todo cuanto contiene el poema. Pero ignoraría 
su belleza, porque la belleza, hablando con propiedad, no reside en 
el poema, sino en el sentimiento o el gusto del lector. Y cuando una 
persona no posee el carácter delicado que le permita experimentar ese 
sentimiento, ignorará la belleza, aunque tenga la ciencia y el entendi¬ 
miento de un ángel 3 . 

La deducción que podemos sacar de todo esto es que no es el valor 
del objeto que una persona busca lo que nos permite determinar su 
disfrute, sino meramente la pasión con la que lo persigue y el éxito que 
llene en su búsqueda. Los objetos carecen en absoluto de valor en sí. 

I )c*rivan su valor simplemente de la pasión. Si ésta es fuerte, es constan¬ 
te y tiene éxito, la persona es feliz. No puede dudarse razonablemente 
que una damisela que estrena vestido para asistir al baile del colegio 
disfruta tanto como el más grande orador que triunfa en la cúspide de 
su elocuencia mientras gobierna las pasiones y determina los acuerdos 
ile una numerosa asamblea. 

1. Si no temiera parecer demasiado filosófico recordaría al lector aquella famosa 
d'Mrma que se supone totalmente demostrada en los tiempos modernos: «Que los gustos 
y los colores, y todas las demás cualidades sensibles no residen en los cuerpos, sino en los 
< 11*111 idos-. Otro tanto ocurre con la belleza y la deformidad, con el vicio y la virtud. Sin 
embargo, esta doctrina no resta más a la realidad de estas últimas cualidades de lo que 
irsta .1 la de las primeras, y no es necesario que críticos ni moralistas se ofendan. Aunque 
«r concediera que tos colores residen únicamente en el ojo, ¿gozarían los tintoreros o los 
I* nitores de menor estima o consideración? Hay la suficiente uniformidad en los sentidos 
y KMttimicntos de tos seres humanos como para hacer que todas estas cualidades sean 
Itit objetos de) arte y del razonamiento, y tengan la mayor influencia en la vida y en los 
un niales. Y, del mismo modo que es seguro que el descubrimiento de la filosofía natural 
mirs mencionado no altera la acción ni la conducta, ¿por qué debería producir alteración 
miigutu un descubrimiento semejante de la filosofía moral? 


171 



ENSAYOS MORALES, POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


En consecuencia, toda la diferencia que hay entre una persona y 
otra en relación con la vida consiste en la pasión o en el disfrute . Y 
estas diferencias bastan para producir los extremos de felicidad y de 
miseria. 

Para producir la felicidad, la pasión no debe ser demasiado violenta 
ni demasiado floja. En el primer caso, la mente está dominada por el 
apresuramiento y el tumulto; en el segundo, se hunde en una indolencia 
y un letargo desagradables. 

Para producir felicidad, la pasión debe ser benigna y social; no tor¬ 
mentosa e intensa. Los afectos de esta última clase no son ni mucho 
menos tan agradables a la sensibilidad como los de la primera. ¿Quién 
puede comparar el rencor y la animosidad, la envidia y la venganza, con 
la amistad, la benevolencia, la clemencia y la gratitud? 

Para producir felicidad, la pasión tiene que ser animada y alegre; no 
triste y melancólica. La propensión a la esperanza y a la alegría es una 
verdadera riqueza; al temor y la tristeza, una verdadera pobreza. 

Algunas pasiones o inclinaciones no son, en el disfrute de su objeto, 
tan firmes o constantes como otras, y no proporcionan un placer y sa¬ 
tisfacción tan duraderos. La devoción filosófica es, por ejemplo, como 
el entusiasmo de un poeta, el efecto transitorio de un ánimo elevado, de 
una gran disponibilidad de tiempo, de un gran talento y del hábito del 
estudio y la contemplación. Pero, no obstante todas estas circunstancias, 
un objeto abstracto, invisible, como el que únicamente nos presenta la 
religión natural , no puede motivar a la mente durante mucho tiempo, 
o ser importante en la vida. Para hacer que esta pasión sea duradera, 
tenemos que encontrar algún método que afecte a los sentidos y la ima¬ 
ginación, y tenemos que abrazar una explicación histórica , así como 
filo$6fica y de la divinidad. A este respecto resultan útiles incluso las su¬ 
persticiones y creencias populares. 

Aunque el temperamento de las personas es muy diferente, podemos 
afirmar en términos generales que una vida de placer no puede mante¬ 
nerse tanto tiempo como una vida de ocupación, sino que está más suje¬ 
ta a la saciedad y el disgusto. En todas las diversiones más duraderas se 
mezclan la aplicación y la atención, tal como ocurre en el juego y la caza. 
Y, en general, las actividades económicas y la acción llenan los grandes 
vacíos de la vida humana. 

Pero, aunque se tenga por temperamento la mejor disposición para 
disfrutar de cualquier cosa, muchas veces falta el objeto. Y, a este res¬ 
pecto, las pasiones que persiguen objetos exteriores no contribuyen tan¬ 
to a la felicidad como las que residen en nosotros mismos, puesto que 
no estamos tan ciertos de conseguir tales objetos, ni tan seguros de su 
posesión. Una pasión por aprender es preferible, por lo que hace a la 
felicidad, a una pasión por las riquezas. 


172 



EL ESCÉPTICO 


Algunas personas poseen una gran fortaleza mental e, incluso cuan¬ 
tío persiguen objetos exteriores , no les afecta mucho una decepción, 
sino que renuevan con el mejor ánimo su aplicación y laboriosidad. 
Nada contribuye más a la felicidad que esta actitud mental. 

Según este breve e imperfecto bosquejo de la vida humana, la dis¬ 
posición más feliz de la mente es la disposición virtuosa . Dicho de otra 
manera: aquélla que nos conduce a la ocupación y la acción, nos hace 
sensibles a las pasiones sociales, hurta el corazón a los avatares de la 
lortuna, reduce los afectos a una justa moderación, hace que nuestros 
pensamientos sean un entretenimiento para nosotros, y nos inclinan 
más por los placeres sociales y la conversación que por los de los sen¬ 
tidos. Entre tanto debe ser evidente para el razonador menos riguroso 
que no todas las disposiciones de la mente son por igual favorables a la 
felicidad, y que una pasión y un humor pueden ser por demás deseables, 
mientras que otros son en igual medida enojosos. De hecho toda la di¬ 
ferencia entre las condiciones de la vida depende de la mente. No hay 
ninguna situación de las cosas que sea en sí preferible a otra. El bien y el 
mal, tanto en sentido natural como moral, son por completo relativos 
,il sentimiento y el afecto humanos. Nadie sería jamás desgraciado si pu¬ 
diera cambiar sus sentimientos. Cual Proteo eludiría todos los ataques 
mediante continuos cambios de su figura y forma 4 . 

Mas la naturaleza nos ha privado en gran medida de este recurso. 
I a estructura y constitución de nuestra mente no dependen de nuestra 
elección en mayor grado que las de nuestro cuerpo. La generalidad de 
los hombres no tienen siquiera la menor noción de que un cambio a 
este respecto llegue a ser posible. Al igual que una corriente de agua 
sigue necesariamente las distintas inclinaciones del terreno sobre el que 
discurre, la parte ignorante de la humanidad, que no piensa, se mueve 
por sus propensiones naturales. Quienes la constituyen están efectiva¬ 
mente excluidos de todas las pretensiones a la filosofía, y de la medicina 
»/t* la mente , de la que se hace tanto alarde. Pero incluso sobre los sabios 
v cabales ejerce la naturaleza una prodigiosa influencia. Y no está siem- 
pir en el poder de un hombre, a pesar del mayor arte y laboriosidad, lle¬ 
gar a tener ese carácter virtuoso al que aspira. El imperio de la filosofía 
Milu se extiende a unos pocos, y también respecto a éstos su autoridad 
es muy débil y limitada. Los seres humanos pueden ser perfectamente 
i «inscientes del valor de la virtud, y desear alcanzarla. Pero no siempre 
es seguro que tengan éxito en sus deseos. 

Quienquiera que, sin prejuicios, considere la forma en que se pro- 

4. (Según la mitología griega., el dios marino Proteo tenía el poder de cambiar de 
lumia y de profetizar. Si se le agarraba fuertemente adoptaba su verdadera forma y res- 
(Hitidi.i a las preguntas.) 


173 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


ducen los actos humanos, encontrará que la humanidad se guía casi ex¬ 
clusivamente por la constitución y el temperamento, y que las máximas 
generales tienen poca influencia, salvo en la medida en que afectan a 
nuestros gustos y sentimientos. Si una persona tiene un vivo sentido del 
honor y la virtud, con pasiones moderadas, su conducta será siempre 
conforme a las reglas de la moralidad, y si se aparta de ellas, le será fácil 
volver a adoptarlas con prontitud. Por otra parte, si alguien nace con 
una actitud mental tan perversa, con una disposición tan cruel e insen¬ 
sible como para no tener gusto alguno por la virtud y la humanidad, 
simpatía por sus congéneres, ni deseo de estima y aplauso, a alguien así 
hay que considerarle incurable, y no hay para él remedio en la filosofía. 
No obtiene satisfacción alguna salvo de objetos bajos y sensuales, o de 
la complacencia en pasiones malignas. No siente remordimientos que 
controlen sus viciosas inclinaciones. No tiene siquiera ese sentimiento 
o gusto que se requiere para desear un mejor carácter. Por mi parte, no 
sabría cómo dirigirme a una persona así, ni con qué argumentos trataría 
de reformarla. Si le hablara de la satisfacción interior que procede de las 
acciones loables y humanas, del delicado placer del amor y la amistad 
desinteresados, del perdurable disfrute del buen nombre y el carácter 
estable, podría responderme que quizá éstos sean placeres para quienes 
sean susceptibles a ellos, pero que por su parte encuentra que él tiene 
una actitud y disposición totalmente diferentes. Tengo que repetirlo: mi 
filosofía no tiene remedio para un caso así, y no podría hacer otra cosa 
que lamentar la desdichada situación de esta persona. Pero luego me 
pregunto si puede hallarse remedio en alguna otra filosofía, o si es po¬ 
sible, mediante algún sistema, hacer virtuosa a toda la humanidad, por 
más perversa que pueda ser su actitud mental natural. La experiencia no 
tardará en convencernos de lo contrario, y me atreveré a afirmar que tal 
vez el principal beneficio que se deriva de la filosofía, surja de manera 
indirecta*, y proceda más de su influencia secreta, inconsciente, que de 
su aplicación inmediata. 

Es cierto que una atención seria a las ciencias y a las artes liberales 
ablanda y humaniza el temperamento, y cuida esas nobles emociones 
en las que consisten la virtud y el honor verdaderos. Rara vez, muy 
rara vez, ocurre que un hombre de gusto y conocimiento no sea a la 
vez, como mínimo, un hombre honrado, cualesquiera que sean sus fla¬ 
quezas. La inclinación de su mente por los estudios especulativos tiene 
que dominar en él las pasiones del interés y la ambición, a la vez que le 
dota de una mayor sensibilidad para todas las obligaciones y las cosas 
decentes de la vida. Está más capacitado para establecer una distinción 
moral en los caracteres y en los modales, y la especulación no merma 
esta clase de sensibilidad suya, sino que, por el contrario, la aumenta 
en mucho. 


174 



EL ESCÉPTICO 


Es sumamente probable que, aparte de estos cambios inconscientes 
en el temperamento y la disposición, el estudio y la aplicación produz¬ 
can otros. Los prodigiosos efectos de la educación pueden convencernos 
de que la mente no es absolutamente terca e inflexible, sino que admite 
muchos cambios en su constitución y estructura. Dejemos que una per¬ 
sona se ponga como modelo un carácter que tiene su aprobación, y que 
conozca bien los aspectos en los que su propio carácter difiere de este 
modelo. Dejemos que mantenga una constante vigilancia sobre sí misma 
y que, con un continuo esfuerzo, la aparte de los vicios y la incline a 
las virtudes. Yo no dudo en este caso que, con el tiempo, encontrará un 
cambio para mejor en su temperamento. 

El hábito es otro poderoso medio para reformar la mente, y para 
implantar en ella buenas disposiciones e inclinaciones. Una persona que 
adopta una actitud de sobriedad y templanza odiará el tumulto y el 
desorden. Si se dedica a los negocios o al estudio, la indolencia se le 
antojará un castigo. Si se obliga a practicar la benevolencia y la afabili¬ 
dad, pronto aborrecerá todo ejemplo de orgullo y de violencia. Cuando 
alguien está totalmente convencido que el curso virtuoso de la vida es 
preferible, si tiene la decisión suficiente para imponerse a sí mismo una 
cierta violencia, no desesperará de conseguir reformarse. La desgracia es 
que esta convicción y decisión nunca tendrán lugar a menos que una 
persona sea de antemano tolerablemente virtuosa. 

En esto radica el principal triunfo del arte y la filosofía: refinan 
insensiblemente el temperamento y nos señalan las disposiciones que 
hemos de esforzarnos en conseguir, mediante una constante inclinación 
de la mente y la repetición de un hábito. Más allá de esto no reconozco 
que ejerzan gran influencia, y tengo dudas respecto a esas exhortaciones 
y consuelos que están tan de moda entre los razonadores especulativos. 

Ya hemos observado que ningún objeto es en sí mismo deseable u 
odioso, valioso o despreciable, sino que los objetos adquieren estas cua¬ 
lidades a partir del carácter y la constitución de la mente que se ocupa 
tic ellos. Por tanto, para disminuir o aumentar el valor que un objeto 
tiene para una persona, para excitar o moderar sus pasiones, no exis¬ 
ten argumentos ni razones que puedan utilizarse directamente con una 
cierta fuerza o influencia. Es preferible cazar moscas, como Domiciano, 
si ello proporciona más placer, que cazar bestias salvajes, como William 
Kufus, o conquistar reinos como Alejandro 5 . 


5. [Suetonio {Vidas de ¡os Césares, Domiciano, sec. 3) informa que el emperador 
Duitliciano, al principio de su reinado, solía todos los días pasar horas recluido, no ha- 
iiendo otra cosa que cazar moscas que ensartaba con un afilado cuchillo. William Rufus, 
i vy tic Inglaterra desde 1087 hasta 1100 no tenía otra diversión que cazar. Murió acciden- 
i .dmente al ser alcanzado por la flecha de un compañero de caza (cf. Hume, Historia de 


175 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


Mas, aunque sólo puede determinarse el valor de cada objeto me¬ 
diante el sentimiento o la pasión de cada individuo, podemos observar 
que la pasión, al emitir su veredicto, no considera el objeto simplemen¬ 
te, tal como es en sí, sino que lo contempla con todas las circunstancias 
que lo acompañan. Una persona pictórica de alegría por la posesión 
de un diamante no se limita a ver la brillante piedra que tiene ante sus 
ojos, sino que considera asimismo su rareza, y de esa consideración pro¬ 
vienen principalmente el placer y el entusiasmo que le produce. Aquí 
puede en consecuencia intervenir un filósofo y sugerimos determinados 
puntos de vista, consideraciones y circunstancias que, de no ser por él, 
se nos habrían escapado, y puede de ese modo moderar o excitar una 
determinada pasión. 

Puede parecer absolutamente irrazonable negar la autoridad de la 
filosofía a este respecto. Pero hay que conceder que existe una fuerte 
presunción en su contra, en el sentido de que, si estos puntos de vista 
fuesen naturales y evidentes, habrían surgido por sí mismos, sin ayuda 
de la filosofía y, si no son naturales, no podrán tener jamás influen¬ 
cia en los afectos. Estos son de una índole harto delicada, y el arte y la 
laboriosidad más consumados no pueden forzarlos ni obligarlos. Una 
consideración que buscamos deliberadamente, en la que entramos con 
dificultad, que no podemos retener sin cuidado y atención, nunca pro¬ 
ducirá esos genuinos y duraderos movimientos de la pasión que son el 
resultado de la naturaleza y la constitución de la mente. Un hombre 
puede pretender curarse del amor mirando a su amada a través del me¬ 
dio artificial de un microscopio o de unos prismáticos y contemplando 
a su través la aspereza de su piel y la monstruosa desproporción de sus 
rasgos, del mismo modo que puede esperar excitar o moderar cualquier 
pasión gracias a los artificiales argumentos de un Séneca o de un Epic- 
teto 6 . Pero, en ambos casos, volverá a él el recuerdo del aspecto natural 
y la situación del objeto. Las reflexiones de la filosofía son demasiado 
sutiles y distantes como para tener lugar en la vida común o para erradi¬ 
car ningún afecto. Por encima de los vientos y las nubes de la atmósfera, 
el aire se vuelve demasiado tenue para poder respirar. 

Otro defecto que tienen estas refinadas reflexiones que nos sugieren 
los filósofos es que no suelen poder disminuir o extinguir nuestras pa¬ 
siones viciosas sin disminuir o extinguir las virtuosas; con lo que dejan 
la mente sumida en la indiferencia y en la inactividad. En su mayor par¬ 
te son de un carácter general, y se aplican a todos nuestros afectos. En 


Inglaterra, cap. 5). Alejandro Magno conquistó todas las tierras que se extendían al este 
de Grecia hasta India.] 

6. [Lucio Anneo Séneca (<4? a.C.-65 d.C.) y Epictcto (55-<135? d.C.) fueron filó¬ 
sofos morales estoicos.) 


176 



EL ESCÉPTICO 


vano esperaremos dirigir su influencia hacia un solo lado. Si por medio 
del estudio y la meditación incesantes las hemos convertido en íntimas 
y presentes para nosotros, actuarán en todos los sentidos y extenderán 
sobre la mente una sensibilidad universal. Cuando destruimos los ner¬ 
vios extinguimos en el cuerpo humano las sensaciones de placer junto 
con las de dolor. 

Será fácil, con una simple mirada, encontrar uno u otro de estos 
i (efectos en la mayor parte de esas reflexiones filosóficas tan celebradas 
en los tiempos antiguos y modernos. No dejes que la ira o el odio te 
descompongan —dicen los filósofos 7 — a causa de las heridas que pro¬ 
duce la violencia de ¡os hombres. ¿Te enfurecerías con el mono por su 
malicia, con el tigre por su ferocidad? Esta reflexión nos induce a tener 
una mala opinión de la naturaleza humana, y forzosamente extingui¬ 
rá los afectos sociales. Tiende asimismo a evitar todo remordimiento 
por los propios delitos, al considerar que el vicio es tan natural al ser 
humano como los instintos lo son a las criaturas irracionales. 

Todos los males provienen del orden del universo, que es absoluta¬ 
mente perfecto. ¿Quisieras perturbar tan divino orden por mor de tu 
propio interés particular? ¿Y qué ocurre si los males que me aquejan 
surgen de la malicia o la opresión? Pero los vicios e imperfecciones de los 
hombres están comprendidos también en el orden del universo: 

Si las plagas y los terremotos no quiebran el designio celestial , 

¿por qué entonces un Borgia o un Catilina? 8 . 

Permitamos que esto sea así, y también mis propios vicios serán 
parte del mismo orden. 

A uno que dijo que nadie era feliz si no estaba por encima de la 
opinión, le respondió un espartano: entonces nadie es feliz salvo los 
bribones y ¡os bandidos 9 ' b . 

El hombre ha nacido para ser miserable . ¿Le sorprende sufrir cual- 
i/uier particular desgracia? ¿Puede dejarse dominar por el pesar y las la¬ 
mentaciones cuando acontece algún desastre? Sí, es muy razonable que 
lamente haber nacido para ser miserable. El consuelo que puede ofre¬ 
cérsele plantea cien males por cada uno del que se pretende aliviarle. 

Hay que tener siempre presente la muerte 9 la enfermedad , la pobre- 


7. Plut. } de ira cohibenda. («Sobre el control de la ira»*, en los Moralia o escritos 
vi n os de Plutarco.] 

8. [ Alexander Pope, An Essay ott Man, 1,155-156. El original dice: «SÍ las plagas o 
|n% terremotos...*.) 

V. Plut., ÍMeon. Apophtheg . (Apophthegmata Lacónica (Dichos de los espartanos), 
m i 1 17 en los Moralia de Plutarco.) 


177 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


za, la ceguera , el exilio , la calumnia y la infamia como males que son 
propios de la naturaleza humana . Si te toca en suerte uno de estos males , 
lo sobrellevarás mucho mejor si has contado con él. Mi respuesta es que 
si nos limitamos a hacer una reflexión general y distante sobre los males 
de la vida humana, eso no nos ayuda en absoluto a prepararnos para 
ellos. Si, mediante una meditación rigurosa e intensa conseguimos te¬ 
nerlos presentes y conocerlos íntimamente, ése es el verdadero secreto 
para emponzoñar nuestros placeres y convertirnos en miserables de ma¬ 
nera perpetua. 

Nuestro pesar es estéril , y no cambiará el curso del destino. Muy 
cierto. Y por esa razón siento pesar. 

No deja de ser curioso el consuelo que encontró Cicerón para la 
sordera. ¿Qué mal hay en verdad en la sordera? —nos dice—... Nuestros 
compatriotas apenas sí saben griego y los griegos apenas saben latín. De 
manera que unos y otros son sordos respecto a la lengua de los otros e f 
igualmente , todos nosotros somos sordos , sin lugar a dudas , en las len¬ 
guas que no conocemos , que son innumerables I0 . 

Prefiero la salida de Antipatro el Cirenaico, quien, cuando unas mu¬ 
jeres le estaban compadeciendo por su ceguera, exclamó: éQué hacéis? 
éEs que os parece que no hay placeres nocturnos? 11 . 

Nada puede ser más destructivo —dice Fontenelle 12 —, para la am¬ 
bición y la pasión por la conquista , que el verdadero sistema de la as¬ 
tronomía. ¡Qué pobre cosa es incluso la totalidad del globo en compa¬ 
ración con la infinita extensión de la naturaleza! Esta consideración es 
evidentemente demasiado distante como para que llegue a tener efecto 
alguno. O, si alguno tuviere, ¿no destruiría el patriotismo a la vez que 
la ambición? Este mismo galante autor añade, no sin razón, que los 
brillantes ojos de las damas son los únicos objetos que no pierden un 
ápice de su lustre o de su valor a causa de las más extensas visiones de la 
astronomía, sino que pasan la prueba de todos los sistemas. ¿Nos reco¬ 
mendarían los filósofos que limitáramos a ellos nuestro afecto? 

c £/ exilio —dice Plutarco a un amigo en el destierro— no es ningún 
mal. Los matemáticos nos dicen que toda la tierra no es más que un pun¬ 
to en comparación con los cielos. Cambiar de país es entonces poco más 
que mudarse de una calle a otra. El hombre no es una planta que hunda 
sus raíces en un punto de la tierra . Todos los suelos y todos los climas le 
son por igual adecuados n . Estos temas son admirables, si fuera posible 


10. Tuse. Quest ., lib. V. [Cicerón, Disputaciones tusculanas , Madrid: Credos, 2005, 
5.40, p. 456.| 

11. [Ibid.y 5.38, p. 453.) 

12. [En Fontenelle, Conversaciones sobre ¡a pluralidad de los mundos.] 

13. De exilio. (Plutarco, De exilio (Sobre el exilio), en Moralia .| 


178 



EL ESCÉPTICO 


que cayeran únicamente en manos de personas desterradas. Pero ¿y si 
llegaran al conocimiento de quienes se ocupan de los asuntos públicos, 
y destruyeran su apego al país natal? ¿O actuarán como el remedio del 
curandero que lo mismo sirve para la diabetes que para la hidropesía? 

Es cierto que si un ser superior se viera arrojado al interior de un 
cuerpo humano, toda su vida se le antojaría mezquina, despreciable y 
pueril; que nunca se sentiría inducido a participar en nada, y apenas 
prestaría atención a lo que acontece en su derredor. Conseguir que con¬ 
descendiera a desempeñar, con celo y alacridad, incluso el papel de un 
Filipo, sería mucho más difícil que obligar a Filipo, después de haber 
sido rey y conquistador durante cincuenta años, a remendar zapatos 
viejos con el cuidado y la atención requeridos, la ocupación que Lucia¬ 
no le asigna en las regiones infernales 14 . Pues bien, los mismos temas 
del desdén hacia los asuntos humanos que pudieran darse en este ser 
supuesto, se dan también en un filósofo. Pero, estando en alguna medi¬ 
da en desproporción con la capacidad humana, y sin el refuerzo de la 
experiencia de algo mejor, no hacen en él plena impresión. Ve su ver¬ 
dad, pero no la siente suficientemente. Y es siempre un filósofo sublime 
cuando no necesita serlo, esto es, siempre y cuando nada le perturba 
o despierta sus afectos. Mientras otros juegan, se asombra de su entu¬ 
siasmo y ardor; pero cuando él mismo apuesta, se apoderan de él las 
mismas pasiones comunes que tanto condenara mientras se mantenía 
como simple espectador. 

Hay principalmente dos consideraciones de entre las que se encuen¬ 
dan en los libros de filosofía de las que cabe esperar un efecto impor¬ 
tante, y esto porque se han extraído de la vida común y tienen lugar en 
la visión más superficial de los asuntos humanos. ¡Qué despreciable se 
nos antojan nuestros intentos de buscar la felicidad cuando reflexiona¬ 
mos sobre la brevedad y lo incierto de la vida! E incluso si extendemos 
nuestro interés y preocupación más allá de nuestra propia vida, ¡qué 
Irívolos se nos antojan nuestros más dilatados y más generosos proyec¬ 
tos, cuando consideramos los incesantes cambios y revoluciones que se 
dan en los asuntos humanos, con los que el tiempo no tarda en llevarse 
leyes y conocimientos, libros y gobiernos, como si un raudo torrente 
los arrastrara y se perdieran en el inmenso océano de la materia! Una 
reflexión semejante tiende sin duda a mortificar nuestras pasiones. Pero 
¿no contrarresta al hacerlo el artificio de la naturaleza, que tranquila¬ 
mente nos ha hecho creer en la opinión de que la vida humana tiene 
alguna importancia? ¿Y no emplearán con éxito esa reflexión razona¬ 
dores voluptuosos para apartarnos del camino de la acción y la virtud y 
llevarnos a los campos floridos de la indolencia y el placer? 

I -t. |Cf. Luciano, Menipo, o el descenso al Hades, sec. 17, | 


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ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


Nos informa Tucídides 15 que, durante la famosa peste de Atenas, 
cuando todo el mundo parecía tener presente la muerte, prevalecían 
entre el pueblo las risas y la alegría disolutas. Unos a otros se exhorta¬ 
ban a sacarle a la vida el mayor provecho mientras durase. La misma 
observación hace Boccaccio en relación con la epidemia de peste de 
Florencia 16 * d . Un principio semejante hace que los soldados, durante la 
guerra, sean más adictos al alboroto y al gasto que cualquier otra cla¬ 
se de hombres. El placer presente tiene siempre importancia. Y todo lo 
que disminuya la importancia de todas las demás cosas tiene que otor¬ 
garle una influencia y un valor adicionales*. 

La segunda consideración filosófica que puede a menudo ejercer 
una influencia sobre los afectos se deriva de una comparación de nues¬ 
tra propia condición con la condición de otros. Esta comparación la 
establecemos continuamente, incluso en la vida común. Pero la desgra¬ 
cia es que tendemos a comparar nuestra situación con la de nuestros 
superiores más que con la de nuestros inferiores. Un filósofo corrige 
esta debilidad natural volviendo la vista hacia el otro lado, con el fin 
de hacer que le resulte más fácil la situación que le ha tocado en suerte. 
Son pocos los que no son susceptibles de hallar algún consuelo en esta 
reflexión, aunque, para una persona de muy buen natural, la contem¬ 
plación de las humanas miserias antes producirá pesar que consuelo, 
y añadirá a las lamentaciones por sus propias desdichas una profunda 
compasión por las de otros. Tal es la imperfección incluso de los mejo¬ 
res de estos temas filosóficos relativos al consuelo 17 . 

Concluiré con este tema observando que, aunque la virtud es sin 


15. [Tucídides, Im Guerra del Pelopotieso.] 

16. [Giovanni Boccaccio (1313-1375), Decamerón , «Introducción: a las damas»,) 

17. Quizá el escéptico lleve demasiado lejos las cosas cuando limita a estos dos todos 
los temas y reflexiones filosóficos. Parecen existir otras reflexiones, cuya verdad es innega¬ 
ble y cuya tendencia natural es a tranquilizar y suavizar todas las pasiones. Con avidez se 
apodera de ellas la filosofía, las estudia, las sopesa, las confía a la memoria y familiariza a 
la mente con ellas. Su influencia sobre los temperamentos reflexivos, amables y moderados 
puede ser considerable. Pero ¿cuál es su influencia, me diréis, si el temperamento muestra 
ya de antemano una disposición de la misma índole de aquella a la que quieren formarlo? 
Podrán, a) menos reforzar el temperamento y proporcionarle opiniones que le permi¬ 
tan mantenerse y alimentarse. He aquí algunos ejemplos de tales reflexiones filosóficas: 

1. ¿No es cierto que toda condición tiene males ocultos? ¿Por qué entonces envidiar 
a nadie? 

2. Todos tenemos males conocidos, y hay una compensación a todos ellos. ¿Por qué 
no nos conformamos con el presente? 

3. La costumbre amortigua el sentimiento tanto del bien como del mal, y nivela todas 
las cosas. 

4. La salud y el humor lo son todo. Lo demás tiene poca importancia, a menos que 
afecte a estas dos cosas. 

5. ¿Cuántas cosas buenas tengo? ¿Por qué me aflijo entonces por un solo mal? 


180 



EL ESCÉPTICO 


duda la mejor elección, cuando puede alcanzarse, es tal el desorden y 
la confusión que reinan en los asuntos humanos que no cabe esperar en 
esta vida una distribución perfecta o regular de la felicidad y la miseria* 
No son sólo los bienes de la fortuna y las facultades del cuerpo (siendo 
ambas cosas importantes), no son sólo estas ventajas, digo, las que están 
desigualmente repartidas entre el virtuoso y el vicioso, sino que la men¬ 
te misma participa de este desorden en algún grado, y el más valioso 
carácter no siempre disfruta de la mayor felicidad* 

Es de observar que, aunque todo dolor corporal procede de algún 
desarreglo que se produce en un órgano o en una parte del cuerpo, no 
siempre es proporcional al desarreglo, sino que es mayor o menor de¬ 
pendiendo de la mayor o menor sensibilidad de la parte sobre la que el 
humor nocivo ejerce su influencia. Un dolor de muelas produce males¬ 
tar y convulsiones más violentos que la tisis o la hidropesía . De manera 
semejante, por lo que respecta a la economía de la mente, podemos 
observar que todo vicio es en verdad pernicioso y, sin embargo, la natu- 

6. ¿Cuántos son felices en la situación de la que yo me quejo? ¿Cuántos hay que me 
envidian? 

7 . Hay que pagar por cualquier bien: la fortuna, con trabajo; el favor, con la adula¬ 
ción. ¿Quiero ahorrarme el precio y tener el bien? 

8. No esperes una gran felicidad en la vida* La naturaleza humana no lo consiente* 

9. No te propongas una felicidad demasiado complicada. Pero ¿depende eso de mí? 
Sí: la primera decisión depende de ti. La vida es como un juego: se elige el tipo de juego, 
y la pasión, gradualmente, se apodera del objeto adecuado. 

10. Anticipa mediante rus esperanzas y tu imaginación el futuro consuelo que infali- 
blcmente el tiempo trae a toda aflicción. 

I 1. Deseo ser rico. ¿Por qué? Para poseer muchos objetos hermosos: casas, jardines, 
equipamientos, etc. ¿Cuántos objetos hermosos ofrece la naturaleza a todos sin gasto 
.ilglillO? Suficientes si se saben disfrutar. Si no, ved los efectos de la costumbre y el tempe- 
lamento, que pronto os quitarán el gusto por las riquezas. 

12. Deseo fama. Dejemos que esto ocurra: si actúo bien, tendré la estima de quienes 
me conocen. ¿Y qué me importa todo lo demás? 

listas reflexiones son tan evidentes que es sorprendente que no se le ocurran a todo el 
inundo; tan convincentes, que es sorprendente que no persuadan a todos. Pero tal vez se le 
m urran y persuadan a más gente cuando se considera la vida humana con una visión gene- 
hil y tranquila. Pero, cuando ocurre un incidente real que le afecta, cuando se despierta la 
pasión, cuando la imaginación se agita, se extrae el ejemplo y urge el consejo, el filósofo se 
pierde en el hombre y en vano busca la persuasión que antes le parecía tan firme e inamo¬ 
vible. ¿Qué remedio hay para este inconveniente? Puedes obtener ayuda recurriendo con 
liruicncia a los moralistas amenos. Recurre a la erudición de Plutarco, a la imaginación 
•Ir I itciano, a la elocuencia de Cicerón, al ingenio de Séneca, a la alegría de Montaigne, a 
la sublimidad de Shaftesbury. Los preceptos morales, así expresados, llegan a lo hondo y 
IMitifican la mente frente a las ilusiones de la pasión. Pero no te fíes del todo de la ayuda 
• stenor. Adquiere mediante el hábito y el estudio ese temple filosófico que refuerza la 
i «-flexión y, al hacer que tu felicidad sea en gran parte independiente, suaviza las pasiones 
•Inordenadas y calma la mente. No desdeñes estas ayudas. Pero tampoco confíes en ellas 
M» exceso, a menos que la naturaleza te haya sido favorable al dotarte de temperamento. 


181 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


raleza no mide la molestia o el dolor en exacta proporción al grado del 
vicio, y tampoco la persona más virtuosa, incluso prescindiendo de los 
accidentes exteriores, es siempre la más feliz. Una disposición sombría 
y melancólica es sin duda, para nuestros sentimientos , un vicio o una 
imperfección. Pero, como puede ir acompañada de un gran sentido del 
honor y una gran integridad, puede encontrarse en caracteres muy va¬ 
liosos, aunque sea suficiente por sí sola para amargar la vida y hundir en 
la miseria a la persona por ella afectada. Por otra parte, un villano egoís¬ 
ta puede que posea una frescura y alacridad temperamental, una cierta 
alegría de corazón f , que es en rigor una buena cualidad, pero que tiene 
una recompensa muy por encima de su mérito y que, cuando se une a 
ella la buena suerte, compensará el desasosiego y el remordimiento que 
provienen de los vicios de esa persona. 

Añadiré, como una observación más a este mismo fin, que, si al¬ 
guien es propenso a un vicio o imperfección, puede ocurrir muchas ve¬ 
ces que una buena cualidad que posea al mismo tiempo, le haga más mi¬ 
serable que si fuera totalmente vicioso. Una persona con tanta debilidad 
de temperamento como para sentirse fácilmente abatida por la aflic¬ 
ción, es más infeliz si está dotada de una disposición generosa y amiga¬ 
ble, que hace que sienta un vivo interés por otros, y la expone en mayor 
grado al azar y los accidentes. Un sentimiento de vergüenza es sin duda 
una virtud en un carácter imperfecto. Pero produce gran inquietud y re¬ 
mordimiento, de los que en cambio está libre el perfecto villano. Una 
persona muy amorosa, unida a una incapacidad para la amistad, es más 
feliz que alguien que incurre en igual exceso en el amor junto con un 
carácter generoso que le hace olvidarse de sí mismo y le convierte en es¬ 
clavo del objeto de su pasión. 

En resumen: la vida humana se rige más por la fortuna que por la 
razón. Hay que considerarla más un aburrido pasatiempo que una ocu¬ 
pación seria. E influyen más en ella los estados de ánimo que los princi¬ 
pios generales. ¿Debemos afrontarla con pasión y angustia? No merece 
tanta preocupación. ¿Debemos ser indiferentes a lo que acontece? Todo 
el placer del juego lo perdemos con nuestra flema y nuestro descuido. 
Mientras reflexionamos acerca de la vida, la vida se va, y la muerte, 
aunque quizá la reciben de distinta manera, trata al loco lo mismo que 
al filósofo. Reducir la vida a regla y método exactos suele ser una ocu¬ 
pación penosa, a menudo estéril. ¿Y no es también una prueba de que 
sobrevaloramos el premio que nos disputamos? Incluso razonar tan cui¬ 
dadosamente al respecto, y establecer con exactitud su justa idea, sería 
una sobrevaloración, de no ser porque, para algunos temperamentos, 
esta ocupación es una de las más entretenidas en las que posiblemente 
pueda emplearse la vida. 


182 



XIX 


DE LA POLIGAMIA Y EL DIVORCIO 


Como el matrimonio es un compromiso que se adquiere por mutuo 
consentimiento y que tiene por finalidad la propagación de la especie, 
es evidente que es susceptible de toda la variedad de condiciones que el 
consentimiento establezca, siempre y cuando no sean contrarias a esta 
finalidad. 

Al unirse a una mujer, un hombre se vincula a ella de acuerdo con 
los términos de su compromiso. Al engendrar hijos está obligado, por 
todos los lazos de la naturaleza y la humanidad, a proveerles de manu¬ 
tención y de educación. Una vez que ha cumplido estas dos partes de 
su deber, nadie puede acusarle de injusticia o daño. Y como los térmi¬ 
nos de su compromiso, así como los métodos de mantener a su prole, 
pueden ser variados, es mera superstición imaginar que el matrimonio 
tiene que ser por completo uniforme y que no admite más que una mo¬ 
dalidad o forma. Si las leyes humanas no restringieran la libertad de los 
hombres, cada matrimonio concreto sería tan diferente como los son 
los contratos o negociaciones de cualquier otra clase o especie. 

Como las circunstancias varían, y las leyes proponen distintas ven¬ 
tajas, hallamos que, en diferentes tiempos y lugares, imponen diferentes 
condiciones sobre este importante contrato. En Tonquín 1 es habitual 
que los marineros, cuando sus barcos tocan puerto, contraigan un ma¬ 
trimonio temporal, y esas esposas temporales, se dice, a pesar de lo 
precario del compromiso, garantizan la más estricta fidelidad a su lecho 
y en el manejo de todos sus demás asuntos. 

No puedo ahora recordar mis fuentes. Pero en algún sitio he leído 
que, habiendo la república de Atenas perdido a muchos de sus ciudada- 


I. |Rcgión del norte de Indochina que ahora se llama Vietnam.) 


183 



ENSAYOS MORALES, POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


nos a causa de las guerras y de las epidemias, se permitió a todo hombre 
tomar dos esposas, con el fin de reparar cuanto antes las pérdidas ocasio¬ 
nadas por estas calamidades. El poeta Eurípides estaba unido a dos rui¬ 
dosas arpías, que tanto le importunaban con sus peleas y sus celos que, 
a partir de entonces, se convirtió en declarado misógino , y es el único 
autor teatral, tal vez el único poeta, que ha tenido aversión a ese sexo 2 . 

En la agradable novela llamada The History of the Sevarambiam* y 
donde se cuenta que el naufragio de muchos hombres y unas pocas 
mujeres que acaban arrojados a una costa desierta, el capitán del barco, 
para poner fin a las interminables disputas suscitadas, regula los matri¬ 
monios de la siguiente manera: se reserva para él solo a una atractiva 
mujer, asigna una mujer más a cada dos de los oficiales subordinados y 
destina otra en común para cada cinco marineros 3 . 

Los antiguos británicos tenían una clase singular de matrimonio que 
no se encuentra entre ningún otro pueblo. Un cierto número de ellos, 
algo así como diez o doce, formaban una sociedad, lo que tal vez era ne¬ 
cesario para la mutua defensa en aquellos tiempos bárbaros. Para crear 
un vínculo tanto más estrecho en esta sociedad, tomaban en común 
un número igual de esposas, y todos los niños que nacían se conside¬ 
raba que les pertenecían a todos, y toda la comunidad se encargaba de 
mantenerlos. 

Entre las criaturas inferiores, la propia naturaleza, siendo la legisla¬ 
dora suprema, prescribe todas las leyes que regulan su apareamiento, y 
varía esas leyes de acuerdo con las circunstancias en que viven las criatu¬ 
ras. Allí donde proporciona fácilmente alimento y defensa para el animal 
recién nacido, el momentáneo abrazo pone fin a la unión conyugal, y el 
cuidado de la prole queda encomendado por entero a la hembra. Donde 
el alimento es de más difícil adquisición, la unión se prolonga durante 
una temporada, hasta que la común progenie es capaz de mantenerse 
por sí misma. Entonces se disuelve de inmediato y deja a cada miembro 
de la pareja en libertad para entrar en una nueva unión a la tempora¬ 
da siguiente. Pero, al haber dotado a los seres humanos de raciocinio, 
la naturaleza no ha regulado con la misma exactitud cada artículo del 


2. [Según las biografías antiguas, el dramaturgo griego Eurípides (480-406 a.C.) 
tuvo dos esposas, pero sucesivamente. La primera cometió adulterio con el siervo de 
Eurípides, y la segunda era también de una moral laxa, lo que supuestamente explica el 
menosprecio de las mujeres en sus tragedias. En la comedia de Aristófanes Las Tesmofo- 
rias , una asamblea de mujeres atenienses pide explicaciones a Eurípides por sus supues¬ 
tos insultos.] 

3. [Denis Vairasse, The History of the Sevarites or Sevarambi , London, 1675. El re¬ 
sumen que hace Hume no es exactamente correcto, pues, en la narración, se le permite a 
cada oficial principal tener una mujer sólo para él. N. deIT El título original es L'Histoire 
des Séi'arambes.] 


184 



DE LA POLIGAMIA Y EL DIVORCIO 


contrato matrimonial, sino que ha dejado su adaptación a la prudencia 
de éstos, de acuerdo con la situación y las circunstancias que se den en 
cada caso. Las leyes civiles alimentan la sabiduría de cada individuo y, 
al mismo tiempo, al restringir la libertad de los hombres, hacen que el 
interés privado se someta al interés público. Así pues, todas las regula¬ 
ciones sobre esta cuestión son por igual legales, e igualmente conformes 
a los principios de la naturaleza. Aunque no son por igual convenientes 
o útiles a la sociedad. Las leyes pueden permitir la poligamia, como en 
los países orientales , o los divorcios voluntarios, como entre los griegos 
y los romanos. O pueden limitar a un hombre a una sola mujer para 
todo el curso de la vida, como entre los europeos modernos. Puede que 
no resulte una labor ingrata considerar las ventajas y desventajas que se 
derivan de cada una de estas instituciones. 

Los defensores de la poligamia tal vez la recomienden como el úni¬ 
co remedio eficaz para los desórdenes del amor, y como el único recurso 
para liberar a los hombres de la esclavitud respecto a las mujeres, que 
la violencia natural de nuestras pasiones nos ha impuesto. Es el único 
medio que nos permite recuperar nuestro derecho de soberanía, que, al 
saciar nuestro apetito, restablece en nuestras mentes la autoridad de la 
razón y, como consecuencia, también nuestra autoridad en la familia. 
El hombre, cual un soberano débil, al ser incapaz de sostenerse frente a 
las artimañas e intrigas de sus súbditos, tiene que enfrentar a una facción 
con otra, y adquirir una autoridad absoluta gracias a los mutuos celos de 
las mujeres. Dividir y dominar es una máxima universal y, por no hacer 
caso de ella, están sufriendo los europeos una esclavitud más grave e 
ignominiosa que la de los turcos o los persas, que, aunque están efectiva¬ 
mente sometidos a un soberano que se mantiene distante de ellos, en sus 
asuntos domésticos ejercen un dominio indiscutible 1 *. 

Por otra parte, puede aducirse con más razón que esta soberanía del 
varón es una real usurpación, y que destruye la cercanía de rango, por 
no decir la igualdad, que la naturaleza ha establecido entre los sexos. 
Somos, por naturaleza, los amantes, los amigos, los protectores, de las 
mujeres. ¿Estaríamos dispuestos a cambiar estas atractivas denomina- 
i iones por las de amo y tirano? 

¿En qué sentido saldremos ganando por este inhumano procedi¬ 
miento? ¿Como amante o como maridos? El amante queda totalmente 
suprimido, y el cortejo, la más agradable escena de la vida, no puede 
tener lugar allí donde las mujeres no disponen libremente de sí mis¬ 
mas, sino que son compradas y vendidas como el más mezquino animal, 
tampoco sale ganando el marido, al haber encontrado el admirable se- 
i reto de extinguir el amor en todas sus partes, salvo en los celos. No 
hay rosa sin espinas. Pero tiene que ser un loco desgraciado el que tira 
la rosa y se queda únicamente con las espinas. 


185 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


Ahora bien, las costumbres asiáticas resultan destructivas para la 
amistad y para el amor. Los celos privan a los hombres de toda inti¬ 
midad y familiaridad de unos con otros* Nadie se atreve a invitar a su 
casa o su mesa a un amigo, no vaya a ser que esté trayendo un amante a 
sus numerosas esposas. De ahí que, por todo Oriente, esté cada familia 
tan separada de las demás que sean todas como reinos independientes. 
No tiene nada de asombroso que Salomón, que vivía como un príncipe 
oriental, con sus setecientas esposas y sus trescientas concubinas, sin 
un amigo, escribiera tan patéticamente sobre la vanidad del mundo 4 . 
Si hubiera probado el secreto de tener una sola mujer o amante, unos 
pocos amigos y muchos conocidos con los que reunirse, tal vez habría 
encontrado la vida algo más agradable. Destruye el amor y la amistad y, 
¿qué queda en el mundo que valga la pena aceptar? 

La mala educación de los niños, especialmente los niños de rango 
superior, es otra consecuencia inevitable de estas instituciones orienta¬ 
les. Quienes pasan la primera parte de su vida rodeados de esclavos sólo 
están cualificados para ser ellos mismos esclavos o tiranos y, en todo fu¬ 
turo trato que tengan con inferiores o con superiores, tenderán a olvi¬ 
dar la natural igualdad humana. ¿Qué atención puede suponerse ade¬ 
más que prestará un padre de cuyo serrallo proceden cincuenta hijos a 
instilar principios de moralidad o de ciencia en su progenie, a la que 
apenas conoce y a la que ama con tan dividido afecto? Según la razón, y 
también la experiencia, la barbarie parece en consecuencia acompañar 
inseparablemente a la poligamia d . 

No necesito mencionar, para hacer más odiosa la poligamia, los te¬ 
rribles efectos de los celos, ni el constreñimiento en que mantiene al 
bello sexo en todo Oriente. En esos países no se permite a los hombres 
tener trato alguno con las mujeres, ni siquiera a los médicos, cuando se 
supone que la enfermedad ha extinguido toda pasión lasciva en el pecho 
de las bellas, y al mismo tiempo las ha convertido en objetos no aptos 
para el deseo. Cuenta Tournefort que cuando le llevaron, en calidad de 
médico, al serrallo del gran $eñor> se vio no poco sorprendido, al pasar 
por una galería y contemplar gran número de brazos desnudos saliendo 
de los laterales de la habitación. No podía imaginar lo que esto signifi¬ 
caba, hasta que le explicaron que aquellos brazos pertenecían a cuerpos 
que él debería sanar sin conocer de ellos más que lo que pudiera deducir 
del examen de los brazos. No le estaba permitido hacer preguntas a la 
paciente, ni tampoco a sus siervas, no fuera a ser que hallase necesario 
inquirir acerca de circunstancias que la delicadeza de cuanto rodea al 

4. [La vanidad del mundo es el tema del Eciesiastés , cuya autoría se atribuye tradi¬ 
cional mente a Salomón. Éste fue rey de Israel desde ca. 970 hasta 930 a.C. Que tuviera 
setecientas esposas y trescientas concubinas se menciona en el Libro / de los Reyes.) 


186 



DE LA POLIGAMIA Y EL DIVORCIO 


serrallo no permite revelar 5 . De ahí que, en Oriente, los médicos pre¬ 
tendan poder diagnosticar todas las enfermedades a partir del pulso, del 
mismo modo que, en Europa, los curanderos pretenden curar a una per¬ 
sona a partir de la mera inspección de su orina. Supongo que si Monsieur 
Tburnefort hubiera formado parte de esta segunda profesión, los celosos 
turcos no le habrían facilitado el material necesario para ejercer su arte. 

En otro de los países en los que se permite la poligamia convierten a 
sus mujeres en inválidas, oprimiendo sus pies hasta dejarlos inservibles, 
con el fin de mantenerlas confinadas en sus casas. Pero resultará quizá 
extraño que, en un país europeo, los celos se lleven hasta tal punto que 
sea indecente incluso suponer que una mujer de alto rango tiene pies o 
piernas c . Veamos la siguiente anécdota, que conocemos de muy buena 
tinta 6 . A su llegada a España, yendo camino de Madrid, la madre del 
último rey español atravesó una pequeña ciudad famosa por sus manu¬ 
facturas de guantes y medias. Las autoridades de la plaza pensaron que 
no podían expresar mejor su alegría por recibir a su nueva reina que ob¬ 
sequiarla con una muestra de estos artículos, a los que la ciudad debía su 
lama. El mayordomo que tenía a su cargo el desplazamiento de la prin¬ 
cesa recibió los guantes con sumo agrado. Pero cuando le entregaron 
las medias, las rechazó con gran indignación, y reprendió con severidad 
a las autoridades locales por su inconcebible indecencia. Sabed —Ies 
elijo— que una reina de España no tiene piernas . La joven princesa, que 
por entonces sólo entendía el español de manera imperfecta, y a la que 
habían asustado algunas historias acerca de los celos de los españoles, 
se imaginó que le iban a cortar las piernas. Lo que hizo que rompiera 
en llanto y que pidiera que la llevaran de vuelta a Alemania, ya que no 
podría soportar la operación. Y tuvieron alguna dificultad para tranqui¬ 
lizarla. Se dice que Felipe IV nunca se había reído tanto como cuando 
le contaron la anécdota*. 

Habiendo rechazado la poligamia, y emparejado a un solo hombre 
con una sola mujer, consideremos ahora qué duración asignaremos a 
esta unión, y si debemos admitir los divorcios voluntarios que eran cos¬ 
tumbre entre los griegos y los romanos. Quienes defiendan esta práctica 
pueden apelar a las siguientes razones: 

¿Cuántas veces surgen el disgusto y la aversión después de contraer 
matrimonio, a partir de las cosas más triviales, o de la incompatibilidad 


5. (Joseph ñnon <Je Toumefort, Reía f ton d’un voy age du Levant (1717). Respecto 
til incidente que menciona Hume, véase A Voyage into the LevanU London, 1741, vo!. 2, 
pp. 248-249.] 

6. Memotrs de la cour d'Espagne par Madatne d'Atdmyy. (Marie-Catherine Le Ju- 
mel de Hameville, Comrcsse d'AuInoy, Memotrs de la cour d'Espagne (Memorias de la 
«orle de Kspaña), I690.| 


1X7 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


de caracteres, y el tiempo, en lugar de curar las heridas causadas por los 
ataques mutuos, aumenta cada día el enconamiento mediante peleas y 
reproches? Separemos a dos corazones que no estaban hechos el uno 
para el otro. Cada uno de ellos puede encontrar a otro para el que tal 
vez resulte más adecuado. Nada puede ser más cruel que tratar de con¬ 
servar por la violencia una unión que se inició con mutuo amor y que 
ahora disuelve el odio mutuo. 

Pero la libertad de divorcio no sólo es una cura para el odio y las 
peleas domésticas. Es también un admirable protector contra ellos, y el 
único secreto para mantener vivo el amor que inicialmente unió a la pa¬ 
reja conyugal. El corazón humano se solaza con la libertad, y la simple 
idea de su constreñimiento le resulta dolorosa. Cuando se le obliga a 
limitarse mediante violencia a lo que de otro modo habría sido su elec¬ 
ción, la inclinación cambia de inmediato, y el deseo tórnase aversión. 
Si el interés público no nos permite que gocemos en la poligamia de esa 
variedad que es tan agradable en el amor, que no nos prive al menos de 
la libertad, que es tan esencial requisito. En vano me diréis que ya tuve 
mi elección en la persona con la que me uní. Tuve la elección, es cierto, 
de mi prisión. Pero éste es escaso consuelo, ya que no deja de ser una 
prisión. 

Tales son los argumentos que cabe aducir en favor del divorcio. 
Pero parecen existir tres objeciones incuestionables en su contra. En 
primer lugar , ¿qué va a ser de los hijos al separarse los padres? ¿Se enco¬ 
mendarán al cuidado de una madrastra y, en vez de a la tierna atención 
c interés de un progenitor, se les hará sentir toda la indiferencia o el 
odio de un extraño o un enemigo? Ya se experimentan suficientemente 
estos inconvenientes cuando ha sido la naturaleza la que ha impuesto el 
divorcio por la inevitable destrucción de todos los mortales. ¿Y vamos 
a multiplicar tales circunstancias multiplicando los divorcios, y dejando 
en manos de los padres que, ante cualquier capricho, tornen miserable 
el porvenir de sus hijos? 

En segundo lugar y si bien es verdad, por una parte, que el corazón 
humano se solaza de una manera natural con la libertad, y odia todo 
cuanto le constriñe, también lo es que, de manera no menos natural, se 
somete a la necesidad, y no tarda en abandonar una inclinación cuan¬ 
do aparece una imposibilidad absoluta de satisfacerla. Diréis que estos 
principios de la naturaleza humana son contradictorios. Pues bien, ¿qué 
es el hombre sino un cúmulo de contradicciones? Aunque hay que seña¬ 
lar que, donde los principios actúan de esta manera en sentido opuesto, 
no siempre se destruyen mutuamente, sino que uno u otro puede pre¬ 
dominar en cada ocasión determinada, según le sean las circunstancias 
más o menos favorables. Por ejemplo: el amor es una pasión agitada e 
impaciente, llena de caprichos y variaciones, que surge en un momen- 


188 



DE LA POLIGAMIA Y EL DIVORCIO 


to, a consecuencia de un rasgo, de una actitud, de nada, y de repente 
se extingue de la misma manera. Una pasión así requiere libertad por 
encima de todas las cosas. Y, por tanto, tiene razón Eloísa cuando, para 
preservar esta pasión, rechaza casarse con su amado Abelardo. 

Cuantas veces, presta a casarme , he dicho: 
malditas cuantas leyes el amor no hizo . 

El amor, libre cual el aire , ataduras viendo , 
abre sus alas , y al instante emprende vuelo 7 . 

En cambio, la amistad es un afecto tranquilo y sosegado, que la 
razón guía y el hábito cimienta, y que brota del conocimiento prolon¬ 
gado y las mutuas obligaciones, sin celos ni temores, y sin esas febri¬ 
les alternancias de calor y frío que tan agradable tormento causan en 
la pasión amorosa. Un afecto tan sobrio como la amistad florece en 
consecuencia bajo limitaciones y nunca alcanza una elevación tal como 
mando un fuerte interés o una fuerte necesidad atan a dos personas y 
les proporciona un objetivo común 8 . No tenemos por tanto que tener 
miedo de estrechar todo lo posible el lazo matrimonial que se mantie¬ 
ne principalmente gracias a la amistad. Cuando es sólida y sincera, la 
amistad entre las personas antes ganará con ello. Y cuando es vacilante 
r insegura, ésta es la mejor manera de reforzarla. ¿Cuántas disputas y 
disgustos frívolos, que personas de común prudencia se esfuerzan por 
olvidar, cuando tienen necesidad de pasar juntas su vida, no tardarían 
en inflamarse y convertirse en odio mortal, si se prosiguieran al máximo 
con la perspectiva de una fácil separación? 

En tercer lugar , tenemos que considerar que nada es más peligroso 
que unir a dos personas tan estrechamente en sus intereses y preocu¬ 
paciones como a un hombre y una mujer sin hacer que esa unión sea 
nuera y total. La más mínima posibilidad de que exista algún interés 
m' parado será la fuente de disputas y sospechas sin fin. La mujer, al no 
estar segura de su posición, seguirá manteniendo algún objetivo o pro¬ 
yecto separado* 1 , y el egoísmo del marido, al ir acompañado de mayor 
poder, puede resultar más peligroso todavía. 

Si se considerasen insuficientes estas razones en contra del divorcio 
voluntario, espero que nadie pretenda rechazar el testimonio de la ex¬ 
periencia. En el tiempo en que los divorcios eran más frecuentes entre 
los romanos, escaseaban al máximo los matrimonios, y Augusto tuvo 
que obligar a los hombres, mediante leyes penales, a adoptar el estado 
Je casados, una circunstancia que difícilmente se encuentra en ninguna 
otra época o país*. Dionisio de Halicarnaso dedica los mayores elogios 

'\ | Alcxandcr Pópe, Eloísa to Abelard (1717), vv. 73-76.) 


189 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


a las leyes más antiguas de Roma que prohibían el divorcio 8 . Maravi¬ 
llosa era la armonía, dice este historiador, que esta inseparable unión 
de intereses producía entre dos personas casadas, cuando cada una de 
ellas consideraba la ineludible necesidad de los vínculos que las unían, y 
abandonaba toda perspectiva de otra elección o condición. 

La exclusión de la poligamia y del divorcio recomienda suficiente¬ 
mente nuestra actual práctica europea respecto al matrimonio. 


8. Lib. II. [Romanike Archaeologia (Antigüedades romanas) 2.25. Dioniso de Ha- 
I¡carnaso fue un historiador y orador que desarrolló su actividad en Roma desde ca. 30 
hasta 7 a.C.] 


190 



XX 


DE LA SENCILLEZ Y EL REFINAMIENTO EN LA ESCRITURA 


Escribir bien, a decir del señor Addison, consiste en expresar sentimien¬ 
tos que son naturales sin ser evidentes. No puede haber una definición 
más justa y más concisa de este arte 1 . 

Los sentimientos que son meramente naturales no afectan a la men¬ 
te proporcionándole placer alguno, y no parecen merecer nuestra aten¬ 
ción. Los comentarios de un barquero, las observaciones de un cam¬ 
pesino, la procacidad de un mozo o de un cochero de alquiler, son 
todos naturales, y desagradables. ¡Qué insípida comedia escribiríamos 
si transcribiéramos fielmente y por completo la charla que se desarrolla 
mientras tomamos el té! Nada puede complacer a las personas de buen 
gusto sino la naturaleza pintada con todas sus gracias y adornos: la belle 
nature . Y, si copiamos la vida baja, los trazos deben ser fuertes e impre¬ 
sionar, ofreciendo a la mente una imagen vivida. Cervantes representa 
con tan inimitable colorido la ingenuidad absurda de Sancho Panza que 
su figura resulta tan entretenida como la del héroe más excelso o la del 
más tierno amante 2 . 

Otro tanto ocurre con los oradores, los filósofos, los críticos, o con 
cualquier autor que hable por sí mismo, sin introducir a otros hablantes 
o actores. Si su lenguaje no es elegante, sus observaciones poco co¬ 
munes, el sentido fuerte y varonil, en vano alardeará de naturalidad y 
sencillez. Puede que sea correcto; pero nunca resultará agradable. Es 
una desgracia para tales autores que nunca se los critique ni censure. La 

1. (joseph Addison, The Spectator, n.° 345 (5 de abril de 1712). En Donald E Bond 
(cd.), The Spectator , Oxford: Clarendon Press, 1965, vol. 3, p. 284.] 

2. (Véase Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), El ingenioso hidalgo don 
{Juijote de la Mancha , 1 parte, 1605; 2. a parte, 1615. Sancho Panza es el ignorante pero 
leal campesino a quien don Quijote elige como escudero.] 


191 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


buena fortuna de un libro y la de un hombre no son lo mismo. El cami¬ 
no secreto de la vida, del que habla Horacio, fallentis semita vitae*, 
puede ser la mayor suerte para uno, pero la mayor desgracia que pueda 
caberle al otro. 

Por otra parte, producciones que resultan meramente sorprenden¬ 
tes, sin ser naturales, no pueden jamás ofrecer a la mente un entrete¬ 
nimiento duradero. Describir quimeras no es, hablando en propiedad, 
copiar ni imitar. Se pierde la justeza de la representación, y disgusta a la 
mente encontrarse con una imagen que no tiene semejanza con original 
alguno. Y los refinamientos excesivos no son más agradables en el estilo 
epistolar o el filosófico que en el épico o el trágico. El exceso de adorno 
es una falta en toda suerte de producción. Las expresiones poco comu¬ 
nes, los fuertes destellos de ingenio, los símiles exagerados y los giros 
epigramáticos, sobre todo cuando se repiten con demasiada frecuencia, 
desfiguran el discurso, más que embellecerlo. Del mismo modo que, al 
examinar un edificio gótico, el ojo se distrae con la multiplicidad de la 
ornamentación y pierde la visión del conjunto por la minuciosa aten¬ 
ción a las partes, así la mente, al leer una obra recargada de ingenio, se 
fatiga y disgusta con el constante esfuerzo por brillar y sorprender. Tal 
acontece cuando un escritor hace un uso excesivo del ingenio, aunque, 
en sí, sea un ingenio apropiado y agradable. Pues acontece por lo co¬ 
mún que tales escritores recurren a sus adornos favoritos aun cuando 
el tema no los requiera, con lo que obtienen veinte conceptos insípidos 
por cada pensamiento realmente bello. 

No hay tema en el saber crítico más impreciso que este de la justa 
mezcla de sencillez y refinamiento al escribir, y no debe sorprender por 
tanto que, siendo un campo tan amplio, me limite a hacer unas cuantas 
observaciones sobre el tema. 

Observo, en primer lugar, que , aunque deben evitarse los excesos 
de ambas clases , y aunque en toda producción deba buscarse un punto 
medio, ese medio no es propiamente un punto, sino que tiene un consi¬ 
derable margen . Considérese la gran distancia que hay a este respecto 
entre el señor Pope y Lucrecio. Estos dos autores parecen hallarse en los 
mayores extremos del refinamiento y la sencillez que puede permitirse 
un poeta sin incurrir en reprobable exceso. Todo el intervalo que queda 
entre ellos puede llenarse con poetas que difieren unos de otros, pero 
que son igualmente admirables en su peculiar estilo y manera. Corneille 
y Congreve 3 4 , que llevan su ingenio y refinamiento algo más allá que el 
señor Pope (si es que pueden compararse poetas de tan distinta índole). 


3. [Horacio, Epístolas , 1.18.103: «... la senda de una vida inadvertida».] 

4. [William Congreve (1670-1729), poeta inglés conocido principalmente por sus 
comedias.] 


192 



DE LA SENCILLEZ Y EL REFINAMIENTO EN LA ESCRITURA 


y Sófocles 5 y Terencio, que son más sencillos que Lucrecio, parecen ha¬ 
berse salido de esa zona media, en la que se encuentran las más perfec¬ 
tas producciones, y ser culpables de algún exceso en sus opuestos carac¬ 
teres. De todos los grandes poetas son en mi opinión Virgilio y Racine 6 
los que están más cerca de ese centro, y más se alejan de los extremos* 

Mi segunda observación sobre este tema es que es muy difícil, si 
no imposible, explicar con palabras dónde está el justo medio entre los 
excesos de la sencillez y los del refinamiento, o dar ningtma regla que nos 
permita conocer con precisión los límites entre el defecto y la belleza . Un 
crítico no sólo puede hablar muy juiciosamente acerca de dicho tema 
sin enseñar nada a sus lectores, sino incluso sin entender él mismo per¬ 
fectamente la cuestión. No existe una obra crítica mejor que la diserta¬ 
ción sobre la literatura bucólica de Fontenelle 7 , en la que, por medio de 
una serie de reflexiones y razonamientos filosóficos, trata de establecer 
el justo medio adecuado para esta clase de literatura. Pero, si se leen 
las obras pastoriles de este autor, se llegará a la convicción de que este 
juicioso crítico, a pesar de sus excelentes razonamientos, tenía el gusto 
equivocado, y colocaba el punto de la perfección mucho más cerca del 
extremo del refinamiento de lo que admite la poesía pastoril. Los sen¬ 
timientos de sus pastores se adecúan más a las toilettes parisienses que 
a los bosques de Arcadia. Pero esto es imposible descubrirlo a partir de 
sus razonamientos críticos. Critica todos los excesos descriptivos y or¬ 
namentales tanto como hubiera podido hacerlo Virgilio si hubiese escri¬ 
to una disertación sobre este género de poesía. Por más que difieran los 
gustos de las personas, su discurso general sobre estos temas suele ser el 
mismo. No puede enseñar nada ninguna crítica que no descienda a los 
detalles y no presente abundantes ejemplos e ilustraciones. Se admite 
sin más que la belleza, al igual que la virtud, reside siempre en el térmi¬ 
no medio. Pero donde se sitúa ese centro es la gran pregunta, y nunca se 
e xplicará suficientemente mediante razonamientos de carácter general. 

Expondré como tercera observación sobre el tema que deberíamos 
estar más en guardia frente al exceso de refinamiento que frente al exceso 
de sencillez, y ello porque el primero es menos bello y más peligroso que 
#7 segundo . 

Es una regla cierta que el ingenio y la pasión son por completo 
incompatibles. Cuando se agitan los afectos no hay lugar para la ima- 

5. (Sófocles (496-406 a.C.), uno de los mayores poetas trágicos atenienses, es co- 
rtK.tdo por obras tales como Anttgona y Edipo Rey, | 

6. |J can Racine (1639-1699), dramaturgo francés, es conocido principalmente por 
%m tragedias.] 

7. | Fontenelle, «Discours sur la nature de TEglogue», en CEuvres Complétese París, 
IHIH, vol. 3, pp. 51-69.1 


193 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


ginación. Siendo limitada la mente humana, es imposible que todas sus 
facultades operen a la vez. Y, cuanto más predomine una de ellas, tanto 
menos espacio queda para que las otras ejerciten su vigor. Razón por la 
cual se necesita un mayor grado de sencillez en todas las composiciones 
en las que se describen personas, acciones y pasiones, que en las que 
consisten en reflexiones y observaciones. Y, dado que el primer tipo de 
escritura es más atractivo y bello, se puede tranquilamente dar preferen¬ 
cia en él a la sencillez extrema sobre el extremo refinamiento. 

Podemos observar asimismo que las composiciones que leemos con 
mayor frecuencia, y que toda persona de buen gusto aprende de me¬ 
moria, siguen la recomendación de la sencillez, y no tienen nada sor¬ 
prendente en cuanto al pensamiento cuando se despojan de la elegancia 
en la expresión y la armonía de que está revestido. Si el mérito de la 
composición reside en un punto ingenioso, puede sorprender al princi¬ 
pio. Pero, en la segunda lectura, la mente anticipa la idea y ésta ya no le 
afecta. Cuando leo un epigrama de Marcial 8 , el primer verso recuerda 
la composición entera, y no hallo placer en repetirme lo que ya sé. En 
cambio, en Catulo, cada verso, cada palabra, tiene su mérito, y nunca 
me canso de su lectura. Es suficiente leer una vez a Cowley*. Pero 
Parnel 10 sigue estando fresco después de leerlo cincuenta veces. Ocu¬ 
rre además con los libros como con las mujeres, en las que una cierta 
sencillez en las maneras y en el vestir resulta más atractiva que el brillo 
de los afeites, la afectación y la indumentaria, que quizá deslumbren la 
vista pero no llegan a los afectos. Terencio es de una belleza modesta y 
tímida, a la que le concedemos todo, porque no da nada por supuesto, y 
cuya pureza y naturalidad ejercen en nosotros una impresión duradera, 
aunque no violenta. 

Empero el refinamiento, al ser el extremo menos bello es también el 
más peligroso , y en el que más tendemos a incurrir. La sencillez pasa por 
monotonía, cuando no va acompañada de gran elegancia y propiedad. 
Hay por el contrario algo de sorprendente en un destello de ingenio y 
agudeza. Produce gran efecto en los lectores ordinarios, que falsamente 
imaginan que es la forma más difícil, y más excelente, de escribir. Séne¬ 
ca abunda en agradables defectos, dice Quintiliano (abundat dulcibus 
vitii$) Xi y y resulta por tal razón tanto más peligroso, y el más propenso a 
pervertir el gusto de los jóvenes y faltos de consideración. 

8. [Marcial (ca . 40 -ca. 104 d.C.). Poeta latino famoso sobre todo por sus epigra¬ 
mas.) 

9. (Abraham Cowley (1618-1667) fue un escritor inglés de poesía y prosa.] 

10. [Thomas Pamell (1679-1718) fue un poeta irlandés.) 

11. [Quintiliano, Institutio Oratoria , 10.1.129. Quintiliano observa aquí que el esti¬ 
lo de las obras de Séneca es demasiado peligroso en razón de que -sus vicios son tantos y 
tan atractivos».] 


194 



DE LA SENCILLEZ Y EL REFINAMIENTO EN LA ESCRITURA 


Añadiré que en la actualidad hay que guardarse más que nunca del 
exceso de refinamiento, porque es el extremo en el que más se tiende 
a caer, toda vez que el conocimiento ha hecho algunos progresos y que 
autores eminentes han publicado obras con toda clase de composicio¬ 
nes, El intento de complacer por medio de la novedad ha inducido a 
alejarse de lo sencillo y natural, y los escritos están llenos de afectación 
y vanidad. Fue así como la elocuencia ática degeneró en elocuencia asiá- 
tica b . Fue también así como la época de Claudio y de Nerón fue muy 
inferior a la de Augusto en cuanto a gusto y talento. Y quizá hay actual¬ 
mente síntomas de una semejante degeneración del gusto, en Francia 
tanto como en Inglaterra. 


195 



XXI 


DE LOS CARACTERES NACIONALES 


Tiende el vulgo a llevar al extremo todos los caracteres nacionales y, 
una vez que ha establecido que un pueblo es vil, o cobarde, o ignorante, 
no admite excepción alguna, sino que incluye a todo individuo en ese 
mismo reproche. Las personas sensatas condenan estos juicios indiscri¬ 
minados, aunque admiten al mismo tiempo que cada nación tiene un 
conjunto de formas de comportamiento que le son peculiares, y que 
determinadas cualidades se hallan en un pueblo con mayor frecuencia 
que en los pueblos vecinos. La gente común de Suiza es probablemente 
más honrada que la de igual categoría social en Irlanda, y toda persona 
prudente establecerá por este sólo hecho una diferencia en la confianza 
que otorga a los de uno y otro país. Tenemos razones para esperar más 
ingenio y alegría en un francés que en un español, aunque Cervantes 
nació en España. Se considerará natural que un inglés tenga más cono¬ 
cimientos que un danés, aunque Tycho Brahe sea nativo de Dinamarca 1 . 

Estos caracteres nacionales son atribuidos a diferentes razones. Hay 
quienes los explican a partir de causas morales , y quienes les adscriben 
causas físicas. Entiendo por causas morales todas aquellas circunstancias 
que pueden actuar sobre la mente como motivos o razones y que hacen 
que nos sea habitual un conjunto peculiar de modos de comportamien¬ 
to. Forman parte de este conjunto la índole del gobierno, las revolucio¬ 
nes habidas en los asuntos públicos, la abundancia o la penuria en la que 
vive la gente, la situación de la nación en relación con sus vecinos y otras 
circunstancias por el estilo. Como causas físicas aludo a las cualidades 
del aire y el clima, que se supone que actúan insensiblemente sobre el 
temperamento, alterando el tono y hábito del cuerpo y dotando de un 

1. [Tycho Brahe (1546-1601) fue un astrónomo danés cuyas cuidadas observacio¬ 
nes contribuyeron a la revolución copernicana en astronomía.) 


196 



DE LOS CARACTERES NACIONALES 


determinado carácter que, aunque a veces puede superarse mediante la 
reflexión y el razonamiento, prevalece en la generalidad de las personas 
e influye en su manera de comportarse. 

Que el carácter de una nación depende en gran parte de causas mo¬ 
rales es algo que resultará obvio para el observador más superficial, ya 
que una nación no es más que un conjunto de individuos, y los modales 
de los individuos suelen estar determinados por estas causas. Como la 
pobreza y el trabajo duro degradan la mente de la gente común, y hacen 
que sea inadecuada para toda ciencia y profesión liberal, así, cuando un 
gobierno oprime a todos sus súbditos, tiene que tener un efecto pro¬ 
porcional sobre su temperamento y su talento, y tiene que desterrar de 
entre ellos todo arte liberal* 1 . 

Este mismo principio de las causas morales establece el carácter de 
las diferentes profesiones, y altera incluso la disposición que sus miem¬ 
bros reciben de la mano de la naturaleza. En todas las naciones y en to¬ 
das las épocas tienen distintos caracteres el soldado y el sacerdote , y esta 
diferencia está fundamentada en circunstancias que actúan de manera 
eterna e inalterable. 

La inseguridad de sus vidas hace a los soldados pródigos y genero¬ 
sos, a la vez de valientes. La ociosidad, junto con la sociedad numerosa 
que forman en campamentos y guarniciones, les inclinan al placer y a la 
galantería. Debido a su frecuente cambio de compañía, adquieren bue¬ 
na educación y un comportamiento franco. Al ser utilizados únicamente 
contra un enemigo público y declarado, se vuelven cándidos, honrados 
y poco intrigantes. Y, como utilizan más el trabajo corporal que el de la 
mente, suelen ser irreflexivos e ignorantes 2 . 

Es una idea manida, pero no es una máxima totalmente falsa, que 
los sacerdotes de todas las religiones son lo mismo, y aunque el carácter 
ile la profesión no prevalece en todos los casos sobre el carácter perso¬ 
nal, es seguro que predominará siempre cuando los profesionales son 
muy numerosos. Pues lo mismo que los químicos observan que los alco¬ 
holes cuando llegan a un cierto grado son todos iguales, sea cual fuere la 
materia de la que se extraen, así estos hombres, al elevarse por encima 
ile la humanidad, adquieren un carácter uniforme que les es totalmente 


2. Son palabras de Menandro, Kom^cx; opere uárrjc, otó’ av el irXátm 6(6? OúQeic 
y«VcHT* áv. Mcn. apud Stobaeum. [Citado por Escobeo, antólogo griego del siglo v d.C. 
Menandro (342-292 a.C.) fue un comediógrafo griego cuyas obras, en tiempos de Hume, 
iólo se conocían fragmentariamente.] No está siquiera en el poder de Dios hacer cortés a 
un soldxido. La observación contraria respecto a los modales de los soldados tiene lugar en 
nuestros días. A mi entender, los antiguos debían todo su refinamiento y buena educación 
‘i lo* libros y al estudio, algo para lo que no está pensada la vida de un soldado. La esfera 
en que este se mueve la constituyen la compañía y el mundo. Y si de la compañía se puede 
aprender algo de cortesía, a buen seguro será considerable la que puede adquirir. 


197 



ENSAYOS MORALES, POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


propio, y que, en mi opinión, no es, hablando en términos generales, el 
más amable que cabe encontrar en la sociedad humana. Es, en la mayo¬ 
ría de los aspectos, opuesto al del soldado, como lo es el modo de vida 
del que se deriva 3 . 


3. Aunque todos los seres humanos tienen una fuerte propensión a la religión, en 
ciertos momentos y con ciertos estados de ánimo, hay no obstante muy pocos, o ninguno, 
que la tengan en tal grado y con tal constancia como se requiere para mantener el carácter 
de esta profesión. Tiene que ocurrir, en consecuencia, que los clérigos, al apartarse de la 
masa común de la humanidad, de los que desempeñan otras funciones, ante las perspecti¬ 
vas de beneficio, en su mayor parre, aunque no sean ateos ni librepensadores, encuentren 
necesario, en determinadas ocasiones, fingir más devoción de la que en ese momento sien¬ 
ten, y mantener la apariencia de fervor y seriedad, aun cuando estén cansados del ejercicio 
de su religión, o tengan la mente ocupada con las cosas comunes de la vida. A diferencia 
del resto del mundo, tienen que privarse de expresar sus deseos y sentimientos naturales. 
Tienen que estar en guardia en cuanto a su aspecto, sus palabras y sus actos. Y, con el fin 
de conservar la veneración de la que les hace objeto la multitud, no sólo tienen que man¬ 
tener una notable reserva, sino que tienen que fomentar el espíritu de la superstición con 
una mueca y una hipocresía constantes. Este disimulo destruye muchas veces el candor y 
la ingenuidad que les son natos y abre una brecha irreparable en su carácter. 

Si por casualidad alguno de ellos tuviese un temperamento más susceptible a la devo¬ 
ción de lo habitual, de forma que tuviera poca ocasión de que la hipocresía fuera el sostén 
del carácter de su profesión, le resultará tan natural sobrevalorar esta ventaja y pensar 
que sirve de expiación para todo quebrantamiento de la moralidad, que con frecuencia 
no será más virtuoso que el hipócrita. Y, aunque son pocos los que se atreven a declarar 
abiertamente la desacreditada opinión de que a los santos todo les está permitido y que son 
los únicos que tienen propiedad en sus bondades , podemos observar que estos principios 
se esconden en cada pecho, y que presentan el celo por las observancias religiosas como 
un mérito tan grande que puede compensar muchos vicios y atrocidades. Esta observación 
es tan común, que todas las personas se ponen en guardia cuando se encuentran ante una 
apariencia de religiosidad extraordinaria. Aunque al mismo tiempo confiesen que hay 
muchas excepciones a esta regla general, y que la probidad y la superstición, o incluso la 
probidad y el fanatismo, no son incompatibles por completo ni en todos los casos. 

La mayor parte de los hombres son ambiciosos. Pero las ambiciones de otros hom¬ 
bres pueden por lo común satisfacerse destacando en su profesión, con lo que también 
promueven los intereses de la sociedad. En cambio, las ambiciones del clero sólo se sa¬ 
tisfacen muchas veces promoviendo la ignorancia y la superstición, la fe implícita y los 
fraudes piadosos. Y teniendo lo que quería Arquímedes (a saber: otro mundo en el que 
pudiera montar sus ingenios), no es de extrañar que manejen este mundo a su antojo. 

La mayor parte de los hombres tienen un desmesurado concepto de sí mismos. Pero 
éstosy por los que la multitud ignorante tiene tal veneración, y a los que incluso considera 
sagrados, sienten una especial tentación por ese vicio. 

1.a mayor parte de los hombres sienten una especial consideración por los miembros 
de su propia profesión. Pero, como un abogado, un médico o un comerciante, sigue cada 
cual su actividad aparte, los intereses de estos profesionales no están tan estrechamente 
unidos como los intereses de los clérigos de la misma confesión, donde todos ellos, en 
conjunto, ganan con la veneración que se rinde a sus comunes creencias y con la supresión 
de sus antagonistas. 

Son pocas las personas que pueden soportar con paciencia la contradicción. Pero, 
con harta frecuencia, el clero monta en cólera a este respecto. Porque todo su crédito y su 


198 



DE LOS CARACTERES NACIONALES 


En cuanto a las causas físicas , me inclino a dudar por completo de 
su intervención a este particular, y no pienso que los seres humanos 
deban nada de su condición natural o de su talento al aire, el alimento 
o el clima. Confieso que la opinión contraria pueda con justicia, a pri¬ 
mera vista, antojarse probable. Puesto que estas circunstancias tienen 
influencia en todos los demás animales, e incluso aquellas criaturas que 
reúnen condiciones para vivir en todos los climas, como los perros, los 
caballos, etc., no alcanzan la misma perfección en todos. La valentía 
de los bulldogs y de los gallos de pelea parece peculiar de Inglaterra. 
Flandes es notable por los caballos corpulentos y pesados; España, por 
los caballos ligeros y batalladores. Y cualquier estirpe de estas criaturas 
trasplantada de un país a otro pronto perderá las cualidades que proce¬ 
den de su clima nativo. Cabe preguntarse por qué no ocurre otro tanto 
con los seres humanos 4 ’ d . 


modo de vida dependen de la fe con la que se acojan sus opiniones, y son los únicos que 
pretenden poseer una autoridad divina o sobrenatural, y recurren a las más vivas descrip¬ 
ciones para representar a sus antagonistas como impíos y profanos. Es proverbial el Odium 
lbeologicum % el odio teológico, que se refiere al grado de rencor más feroz c implacable. 

La venganza es una pasión natural de la humanidad. Pero parece imperar con la 
mayor fuerza en los sacerdotes y en las mujeres, porque al estarles negado el desahogo in¬ 
mediato de la ira en la violencia y el combate, tienden por ello a imaginarse despreciados, 
y su orgullo sustenta su disposición vengativa*. 

Así, por causas morales establecidas, muchos de los vicios de la humana naturaleza 
t itán exacerbados en esa profesión y, aunque algunos individuos escapen al contagio, 
todo gobierno prudente deberá estar en guardia frente a los intentos de una sociedad que 
siempre formará una facción y que, aunque actúa como sociedad, siempre será movida 
por la ambición, el orgullo, la venganza y el espíritu de persecución. 

La religión es grave y seria, y éste es el carácter que se requiere de los sacerdotes, que 
somete a éstos a estrictas reglas de decencia y que previene por lo común entre ellos la 
irregularidad y la intemperancia. No se le permite a su cuerpo la alegría, y menos aún los 
excesos del placer, virtud que es tal vez la única que deben a su profesión. En rigor, en la 
religión, fundamentada sobre principios especulativos, y en la que el discurso público for¬ 
ma parte del servicio religioso, cabe también suponer que el clero participará de manera 
considerable en el saber de los tiempos, aunque es seguro que su gusto por la elocuencia 
siempre será mayor que su capacidad para el razonamiento y la filosofía. Pero, quienquie¬ 
ra que posea las otras nobles virtudes de humanidad, mansedumbre y moderación, como 
sin duda las poseen muchos de ellos, lo deberá a la naturaleza o a la reflexión, y no a la 
l mi ole de su profesión. 

No era mal recurso el de los antiguos romanos que, para evitar el fuerte efecto del 
i arácter sacerdotal, hicieron una ley según la cual nadie podía tener acceso al oficio de 
*.K crdote hasta haber cumplido los cincuenta años, Dion. HaL, lib. I [Dionisio de Hali- 
• .irnaso, Antigüedades romanas , 2.21, en la ed. LoebJ. Vivir como lego hasta esa edad se 
supone que permitiría formar el carácter. 

4. César {de Bello Gallico, lib. I {La Guerra de la Gaita 4.2 en le ed. Loeb]) dice 
i|«c los caballos galos eran muy buenos, y los germanos muy malos. En el lib. VI! [7.65J 
Iremos que se vio obligado a reorganizar parte de la caballería germana con caballos ga¬ 
los. Actualmente ninguna parte de Europa tiene ran malos caballos de todas clases como 


199 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


Hay pocas cuestiones más curiosas que ésta, o que se planteen con 
mayor frecuencia en nuestras indagaciones sobre los asuntos humanos 
y, por tanto, puede ser adecuado examinarla a fondo. La mente huma¬ 
na es muy mimética, y no es posible que un grupo de personas conver¬ 
sen con frecuencia sin adquirir una cierta similitud en sus maneras, y 
sin comunicarse unos a otros sus vicios tanto como sus virtudes. La pro¬ 
pensión a la compañía y la sociedad es fuerte en todas las criaturas ra¬ 
cionales, y la misma disposición que produce en nosotros esta propen¬ 
sión hace que penetremos a fondo en los sentimientos de los otros, y 
que las mismas pasiones e inclinaciones, por así decirlo, discurran por 
contagio, por el mismo club o grupo de compañeros. Cuando un cierto 
número de personas se unen en un cuerpo político, las ocasiones de su 
interrelación tienen que ser tan frecuentes, en la defensa, el comercio 
y el gobierno, que, junto con el mismo discurso o lenguaje, tienen que 
adquirir una semejanza en sus maneras, y tienen que tener un carácter 
común o nacional, así como un carácter personal, peculiar de cada indi¬ 
viduo. Ahora bien, aunque la naturaleza produce toda clase de tempera¬ 
mentos en gran abundancia, no se sigue de ello que los produzca siem¬ 
pre en igual proporción, ni que en cada sociedad se mezclen del mismo 
modo los ingredientes de la laboriosidad y la indolencia, el valor y la 
cobardía, la humanidad y la brutalidad, la sabiduría y la locura. En la 
infancia de la sociedad, si cualquiera de estas disposiciones se hallase en 
mayor abundancia que el resto de ellas, prevalecerán naturalmente en 
la composición y darán una coloración determinada al carácter nacio¬ 
nal. O, si se afirma que ninguna clase de temperamento puede razona¬ 
blemente considerarse predominante, incluso en las sociedades reduci¬ 
das, y que siempre se guardan las mismas proporciones en la mezcla, no 
puede sin duda darse siempre por supuesto que las personas que gozan 
de crédito y autoridad, que constituyen un grupo todavía más reducido, 
tienen siempre el mismo carácter, y su influencia en los modales de la 
gente tiene, en todo momento, que ser muy considerable. Si cuando se 
funda una república se da la autoridad a un Bruto 5 , tan lleno de entu- 

Francia, mientras que en Alemania abundan los buenos caballos. Esto puede despertar una 
cierta sospecha de que tampoco los animales dependen del clima, sino de las diferentes 
razas y de la habilidad y el cuidado de la crianza. En el norte de Inglaterra abundan los 
mejores caballos de todas ciases que tal ve 2 haya en el mundo. En los condados vecinos, 
parte norte de Tweed, no se encuentran buenos caballos de ningún tipo. Estrabón [64 o 
63 a.C.-21 d.G], lib. II [Geografía 2.3.7] rechaza en gran medida la influencia del clima 
en los seres humanos. Todo es costumbre y educación, dice. No proviene de la naturaleza 
el hecho de que los atenienses sean instruidos, los lacedemonios ignorantes y los tebanos 
también, pese a ser vecinos todavía más cercanos de los primeros. Tampoco las diferencias 
entre los animales, añade, se deben al clima'. 

5. [Según la tradición, Lucio Junio Bruto estableció la libertad en Roma, al expulsar 
al tirano Tarquinio el Soberbio y fundar la República Romana en 509 a.C.] 


200 



DE LOS CARACTERES NACIONALES 


siasmo por la libertad y el bien público como para pasar por alto todos 
los vínculos de la naturaleza, así como el interés privado, tan ilustre 
ejemplo tendrá naturalmente un efecto en toda la sociedad, y encen¬ 
derá la misma pasión en todos los pechos. Sean cuales fueren las for¬ 
mas y maneras de una generación, la siguiente tiene que embeber un 
matiz más intenso del mismo color, ya que los seres humanos son más 
sensibles a todas las impresiones durante la infancia, y conservan esas 
impresiones mientras están en el mundo. Yo afirmo, así pues, que to¬ 
dos los caracteres nacionales, cuando no dependen de causas morales 
fijas, provienen de accidentes como los expuestos, y que las causas fí¬ 
sicas no ejercen en la mente humana ningún efecto discernible. Es una 
máxima de toda filosofía que las causas que no aparecen deben consi¬ 
derarse inexistentes*. 

Si recorremos todo el globo, o revolvemos en los anales de la his¬ 
toria, descubriremos toda clase de señales de simpatía o contagio de 
modales, y ninguna influencia del aire o el clima. 

En primer lugar podemos observar que, cuando se ha establecido 
un gobierno muy extenso durante muchos siglos, difunde un carácter 
nacional por todo el imperio y comunica a todas sus partes unas mane¬ 
ras semejantes. Así, los chinos poseen la mayor uniformidad de carácter 
imaginable, a pesar de que el aire y el clima, en distintas partes de aque¬ 
llos vastos dominios, admiten variaciones muy considerables. 

En segundo lugar , en países pequeños, contiguos pero con diferen¬ 
te gobierno, la gente tiene un carácter diferente, y a menudo pueden 
distinguirse tanto por sus maneras como las naciones muy distantes. 
Atenas y Tebas se encuentran a una breve jornada de viaje. A pesar de lo 
cual, los atenienses eran notables por su ingenio, su cortesía y su alegría, 
tanto como los tebanos lo eran por su desgana, su rusticidad y su carác¬ 
ter flemático. Al tratar de los efectos del aire en las mentes humanas. 
Plutarco observa que los habitantes del Píreo eran de un temperamento 
muy distinto de los de la ciudad de Atenas, situada a mayor altura, a 
|H.*sar de que sólo los separaba una distancia de seis kilómetros. Pero yo 
no creo que nadie atribuya las diferencias de modales que se dan entre 
W.ipping y Saint James a una diferencia del aire o del clima 6 . 

En tercer lugar y un mismo carácter nacional se conserva junto a la 
autoridad de un gobierno hasta una frontera precisa y, tras cruzar un 
río o pasar una montaña, se encuentra un nuevo conjunto de maneras 


6. [El Píreo es el puerto de Atenas. Es incierto a cuál de las obras de Plutarco se 
i diere Hume aquí. Wapping era una zona miserable de Londres, a orillas del Támesis, 
Iubicada por marineros y proveedores de suministros navales, donde una vez se ejecutaba 
•i los piratas. Saint James era el barrio elegante en tomo al palacio del mismo nombre, 
pi iiu ipal residencia real en Londres (o Wcstminster) después de la época de los Estuardo.] 


201 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


y un nuevo gobierno. Los languedocianos y los gascones son las gentes 
más serias de Francia. Pero en cuanto se pasan los Pirineos se está entre 
españoles. ¿Es concebible que las cualidades del aire cambien exacta¬ 
mente con los límites de un imperio, límites que tanto dependen del 
resultado accidental de las batallas, de las negociaciones y de las alianzas 
matrimoniales? 

En cuarto lugar , cuando una colectividad humana está dispersa por 
naciones distantes entre sí, sus miembros mantienen una sociedad cerra¬ 
da o una estrecha comunicación, adquieren formas de comportamiento 
semejantes y tienen poco en común con los habitantes de los países 
en los que viven. Así, los judíos en Europa y los armenios en Oriente 
tienen un carácter peculiar. Los primeros son tan conocidos por su pro¬ 
pensión al engaño como los segundos por su probidad 7 8 . También los 
jesuítas , en todos los países católicos romanos , tienen un carácter que 
les es peculiar*. 

En quinto lugar , cuando algún accidente, tal como una diferencia de 
lengua o de religión, evita que dos naciones que viven en un mismo país 
se mezclen la una con la otra, conservarán durante varios siglos un con¬ 
junto distinto, e incluso opuesto, de modos de comportarse. La integri¬ 
dad, la gravedad y la valentía de los turcos forman un exacto contraste 
con la doblez, la frivolidad y la cobardía de los modernos griegos. 

En sexto lugar , el mismo conjunto de modos de ser seguirá a una 
nación, y permanecerá adherido a ella, por todo el globo, así como las 
mismas leyes y la misma lengua. Las colonias españolas, inglesas, france¬ 
sas y holandesas se distinguen todas, incluso en los trópicos. 

En séptimo lugar , el modo de comportarse de un pueblo cambia 
muy considerablemente de una época a otra, ya sea a consecuencia de 
grandes cambios en su forma de gobierno, de su mezcla con otro pueblo 
o de la inconstancia a la que están sujetos todos los asuntos humanos. El 


7. Una secta o una sociedad pequeña que vive en medio de una sociedad mayor 
suele ser más regular en su moral, porque sus miembros destacan y sus fallos traen des¬ 
honra al conjunto. La única excepción a esta regla se da cuando la superstición y los 
prejuicios de la sociedad mayor son tan fuertes como para infamar a la sociedad menor, 
con independencia de su moral. Porque en ese caso, no teniendo honor que salvar o que 
ganar, se vuelven descuidados en su comportamiento, excepto entre ellos*. 

8. [Los jesuitas, o Compañía de Jesús, son una orden masculina fundada por san 
Ignacio de Loyola (1491-1556). Era conocida por su organización centralizada, su disci¬ 
plina y su interés por la educación. Había un colegio jesuita en la pequeña ciudad francesa 
de La Fleche en el que residió Hume entre 1735 y 1737, mientras escribía su Tratado. 
Allí había estudiado el filósofo René Descartes, y en la década de 1730 seguía siendo un 
centro del cartesianismo. Al parecer. Hume mantuvo unas cordiales relaciones con los 
jesuitas del colegio y utilizó su biblioteca, que contaba con unos cuarenta mil volúmenes. 
Véase Ernest Campbell Mossner, Life of David Hume¡ Edimburgo: Thomas Nclson and 
Sons, 1954, pp. 99-104.) 


202 



DE IOS CARACTERES NACIONALES 


ingenio* la laboriosidad y el carácter activo de los antiguos griegos nada 
tienen en común con la estupidez e indolencia de los actuales habitantes 
de aquellas regiones. El candor, la valentía y el amor a la libertad cons¬ 
tituían el carácter de los antiguos romanos, tanto como la sutileza, la co¬ 
bardía y la disposición servil constituyen el de los romanos modernos. 
Los antiguos españoles eran impacientes, turbulentos y tan aficionados 
a la guerra que muchos de ellos se mataban cuando los romanos les 
privaban de sus armas 9 . Actualmente se encontraría la misma dificultad 
(al menos se habría encontrado hace cincuenta años) para incitar a los 
modernos españoles a tomar las armas. Los bátavos eran todos soldados 
de fortuna y se incorporaron como mercenarios a los ejércitos romanos. 
Sus descendientes utilizan extranjeros con la misma finalidad que los ro¬ 
manos utilizaron a sus antepasados. Aunque algunos rasgos del carácter 
de los franceses sean los mismos que César atribuyera a los galos, ¿qué 
comparación existe entre la educación, la humanidad y el conocimien- 
to de los actuales habitantes de Francia y la ignorancia, la barbarie y 
la grosería de los antiguos? Por no insistir en la gran diferencia entre 
los actuales poseedores de Gran Bretaña y los anteriores a la conquista 
romana, podemos observar que nuestros antepasados, hace unos siglos, 
estaban hundidos en la superstición más abyecta, el siglo pasado estaban 
inflamados del más furioso entusiasmo en relación con las cuestiones 
religiosas, y ahora mantienen la más fría indiferencia hacia ellas que 
pueda hallarse en ninguna nación del mundo h . 

En octavo lugar , cuando varias naciones vecinas mantienen una es¬ 
trecha comunicación entre sí, ya sea por medio de la política, el comer¬ 
cio o los viajes, adquieren una semejanza en sus maneras proporcional 
.i esa comunicación. Así, todos los francos parecen tener un carácter 
uniforme para las naciones orientales. Las diferencias entre ellos son 
corno los acentos propios de diferentes provincias, que no distinguen 
más que los oídos acostumbrados a ellos y que, por lo común, se le es¬ 
capan a un extranjero. 

En noveno lugar podemos a menudo notar una maravillosa mezcla 
ilc modos de comportamiento y de caracteres en una misma nación, en 
la que hablan la misma lengua y están sujetos a una misma forma de go¬ 
bierno. Y, a este respecto, los ingleses son quizá el más notable de todos 
los pueblos que hayan existido nunca en el mundo. Sin que esto pueda 
.imbuirse a la mutabilidad y la inseguridad de su clima, ni a ninguna otra 
causa física, ya que todas las causas de esta índole se dan también en 
la vecina Escocia y no tienen el mismo efecto. Cuando el gobierno de 
una nación es enteramente republicano, tiende a generar un conjunto 


'■>. Iit. Liv., lib. XXXIV, cap. 17. |T¡to livio. Historia de Roma , ?4.17.| 


203 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


peculiar de modos de comportamiento. Cuando es totalmente monár¬ 
quico, tiende aún más a tener el mismo efecto, ya que la imitación de 
los superiores difunde los modales nacionales más rápidamente entre 
la gente. Si la parte gobernante de un Estado está constituida en su 
totalidad por comerciantes, como en Holanda, su forma de vida uni¬ 
forme fijará su carácter. Si está constituida principalmente por nobles y 
por la pequeña nobleza rural, como en Alemania, Francia y España, se 
produce el mismo efecto. También el espíritu de una secta o religión de¬ 
terminada puede moldear la manera de comportarse de un pueblo. Pero 
la forma de gobierno inglesa es una mezcla de monarquía, aristocracia 
y democracia. Quienes ostentan la autoridad son pequeños nobles y 
comerciantes. Entre ellos se encuentran todas las sectas religiosas. Y la 
gran libertad e independencia de que todo el mundo goza permiten a 
cada cual mostrar los modos de comportamiento que le son peculiares. 
De aquí que el pueblo inglés, de entre todos los del universo, tenga un 
carácter nacional mínimo, a menos que esta misma singularidad pase 
por tal. 

Si el carácter de las personas dependiera del aire y del clima, sería 
natural que el grado de calor y de frío tuviera una poderosa influencia, 
ya que ninguna otra cosa tiene mayor efecto en las plantas y los anima¬ 
les irracionales. Y de hecho hay alguna razón para pensar que todos los 
pueblos que viven más allá de los círculos polares y entre los trópicos 
son inferiores al resto de la especie e incapaces de los logros superiores 
de la mente humana. La pobreza y la miseria de los habitantes septen¬ 
trionales del globo, y la indolencia de los meridionales, debida a sus 
pocas necesidades, pueden quizá explicar esta notable diferencia, sin 
tener que recurrir a causas físicas . Lo cierto es, no obstante, que los 
caracteres de los pueblos son muy promiscuos en los climas templados, 
y que casi todas las observaciones generales que se han formulado sobre 
los pueblos más meridionales y más septentrionales dentro de estos cli¬ 
mas resultan ser inciertas y falaces 10 . 


10. Me inclino por sospechar que los negros son por naturaleza inferiores a los blan¬ 
cos. Apenas ha habido nunca una nación civilizada de ese color de piel, y ni siquiera un 
individuo eminente en la acción o en la especulación. No existen entre ellos fabricantes 
ingeniosos, y no cultivan las artes ni las ciencias. Por otra parte, los más rudos y bárbaros 
de los blancos, como ¡os antiguos germanos o los tártaros actuales, tienen sin embargo 
algo eminente: su valentía, su forma de gobierno o algún otro particular. Una diferencia 
tan uniforme y constante no podría darse a la vez en tantos países y épocas si la natura¬ 
leza no hubiese establecido una diferencia original entre estas estirpes humanas. Por no 
mencionar nuestras colonias, hay esclavos negros dispersos por toda Europa, de los que 
ninguno ha mostrado jamás ningún signo de ingenio, mientras que, entre nosotros, gente 
baja, sin ninguna educación, llega a distinguirse en todas las profesiones. En Jamaica se 
habla de un negro que es un hombre de talento. Pero es probable que se le admire por 
logros menores, como a un loro que llega a pronunciar algunas palabras inteligibles'. (A 


204 



DE LOS CARACTERES NACIONALES 


¿Diremos que la cercanía del sol inflama la imaginación de los hom¬ 
bres y la dota de un espíritu y una vivacidad peculiares? Los franceses, 
los griegos, los egipcios y los persas son notables por su alegría. Los 
españoles, los turcos y los chinos se distinguen por el carácter grave y 
un porte serio, sin que exista una diferencia de clima que produzca estas 
diferencias de temperamento. 

Los griegos y los romanos, que llamaban bárbaros a los habitantes 
de todas las demás naciones, limitaban el talento y la gran capacidad de 
entendimiento a los climas meridionales, y consideraban que los pue¬ 
blos septentrionales eran incapaces de adquirir cualquier conocimiento 
o educación civil. Sin embargo, nuestro país ha producido tan grandes 
hombres, de acción o intelecto, como Grecia o Italia. 

Existe la creencia de que los sentimientos de los hombres se tor¬ 
nan más delicados conforme el país está más próximo al sol, y de que 
el gusto por la belleza y la elegancia consigue mejoras proporcionales 
en cada latitud, tal como puede observarse en especial en relación con 
las lenguas, de las que las más meridionales son suaves y melodiosas, 
mientras que las del norte son ásperas y poco melodiosas. Pero esta 
observación no es de aplicación universal. El árabe es grosero y desagra¬ 
dable. El moscovita frusoj es suave y musical. La energía, la fuerza y la 
aspereza forman el carácter de la lengua latina. El italiano es la lengua 
de sonido más claro, suave y femenino que pueda imaginarse. Todas 
las lenguas dependen, en alguna medida, de los modales de los pueblos 
que las hablan. Pero dependen mucho más del acervo original de pa¬ 
labras y sonidos transmitidos por sus antepasados y que se mantienen 
inalterables, incluso cuando sus modales pueden experimentar grandes 
cambios. ¿Quién puede dudar que los ingleses son en la actualidad un 
pueblo más culto y con mayores conocimientos de lo que fueran los 
griegos durante largo tiempo después de la guerra de Troya? Y, sin em¬ 
bargo, no hay comparación entre la lengua de Milton y la de Homero. 
Es más, cuanto mayores son los cambios que se producen en los modos 
de comportamiento de un pueblo, tanto menos cabe esperarlos en su 
lengua. Unos cuantos genios, eminentes y refinados, transmiten su gusto 
v su conocimiento a todo un pueblo, y producen las mayores mejoras. 
IVro fijan su lengua al escribir y, en alguna medida, impiden nuevos 
i .wnbios en ella. 

Lord Bacon ha observado que los habitantes del sur son, en general, 
más ingeniosos que los del norte, pero que, cuando el nativo de un cli¬ 
ma frío posee talento, alcanza un nivel más alto que aquel al que llegan 


l»< vir tic estas opiniones sobre la inferioridad de los negros, Hume se oponía firmemente 
•» 1.» institución de la esclavitud (véase la nota 7 de su ensayo «De lo populoso de las na- 
* iones antiguas», incluido en la parte 11 de los £tf¿ayos).| 


205 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS PARTE I 

los ingenios del sur. Esta observación la confirma un autor posterior 11 , 
que compara el ingenio de los meridionales con pepinos, que suelen 
ser todos buenos en su clase, pero son, en el mejor de los casos, un 
fruto insípido. Mientras que el ingenio de los septentrionales es como 
los melones, de los que ni uno entre cincuenta es bueno, pero cuando 
hay uno bueno tiene un gusto exquisito. Yo creo que esta observación 
puede considerarse válida cuando se limita a los pueblos europeos y a 
la época actual, o más bien a la precedente. Pero pienso que debe expli¬ 
carse a partir de causas morales. Todas las ciencias y las artes liberales 
las hemos importado del sur, y es fácil imaginar que, en el primer fervor 
por su aplicación, incitados por la emulación y por la gloria, los pocos 
aficionados a ellas, las llevarían a su máxima altura, y tensarían todos 
sus nervios y todas sus facultades, para alcanzar el pináculo de la per¬ 
fección. Ejemplos tan ilustres difunden el conocimiento por doquier, y 
generan una estima universal por las ciencias. Tras lo cual, no es extraño 
que la laboriosidad se relaje, mientras los hombres no encuentran los 
estímulos apropiados ni alcanzan una distinción semejante por sus lo¬ 
gros. La difusión universal del conocimiento entre un pueblo, y el total 
destierro de la ignorancia y la rusticidad groseras, rara vez van unidos, 
en consecuencia, a una notable perfección en personas concretas. En los 
diálogos de Oratoribus 12 parece darse por sentado que el conocimiento 
era mucho más común en la época de Vespasiano que en la de Cicerón 
y Augusto. También Quintiliano se queja de la profanación de la eru¬ 
dición, al hacerse demasiado común'. «Antes», dice Juvenal, «la ciencia 
se limitaba a Grecia e Italia. Ahora el mundo entero emula a Atenas y 
Roma. La elocuente Galia ha enseñado a Britania el conocimiento de 
las leyes. Incluso Thule juega con la idea de contratar retóricos para ins¬ 
truirse» 13 . Este estado de erudición es notable, porque el propio Juvenal 
es el último de los escritores romanos que poseía un cierto grado de 

11. El doctor Berkeley: Minute Philosopher. [George Bcrkeley (1685-1753), Aid- 
phron , or the Minute Philosopber , 5.26. En este diálogo es Crito quien expresa la obser¬ 
vación que Hume viene a parafrasear.] 

12. (Tácito, Diálogo sobre la oratoria . | 

13. «Sed Cantaber unde 

Stoicus? antiqui praesertim actate Metelli. 

Nunc totus Gratas, nostrasque habet orbis Athenas. 

Gallia causídicos docuit facunda Britannos: 

De conducendo loquitur jam rhetore Thule». 

Sat. 15. 

(Juvenal, Sátiras, Madrid: Planeta d’Agostini, 1996, sátira XV, 108-110, p. 383: «Pero 
los cántabros, ¿cómo podían ser estoicos, principalmente en los tiempos antiguos de Mé¬ 
telo? Ahora toda la tierra goza de la educación de Atenas, que es la griega, y de la nuestra, 
y en las escuelas de retórica de la Galia se han formado abogados britanos. Tule ya habla 
de alquilar un rétor*.| 


206 



DE LOS CARACTERES NACIONALES 


talento. A los que vinieron después se les valora por las cosas prosaicas 
de las que nos dan información. Espero que la conversión reciente de 
Moscovia al estudio de las ciencias no resulte un pronóstico parecido 
para el actual período del conocimiento. 

El cardenal Bentivoglio 14 otorga la preferencia a las naciones sep¬ 
tentrionales sobre las meridionales, respecto al candor y la sinceridad, y 
menciona, por una parte, a los españoles y los italianos y, por otra, a los 
flamencos y alemanes. Pero me inclino a pensar que esto ha ocurrido de 
manera accidental. Los antiguos romanos parecen haber sido un pueblo 
cándido y sincero, como los son los modernos turcos. Pero, si hemos de 
suponer que estos hechos se deben a causas fijas, tendremos que llegar a 
In conclusión de que todos los extremos tienden a concurrir y van por lo 
común unidos a las mismas consecuencias. La traición es concomitante 
a la ignorancia y la barbarie, y si las naciones civilizadas adoptan alguna 
vez políticas sutiles y tortuosas, es por un exceso de refinamiento que 
luce que desdeñen la vía clara y directa hacia el poder y la gloria. 

La mayoría de las conquistas se han producido desde el norte hacia 
el sur. De lo cual se ha deducido que las naciones del norte poseen un 
grado superior de coraje y ferocidad. Pero habría sido más justo afirmar 
que la mayoría de las conquistas provienen de la pobreza y del deseo de 
abundancia y riquezas. Los sarracenos, abandonando los desiertos de 
Arabia, llevaron sus conquistas hacia el norte cayendo sobre todos los 
territorios del Imperio romano, y se encontraron a medio camino con 
los turcos, que marchaban hacia el sur desde los desiertos de Tartaria. 

Un eminente escritor ha señalado que todos los animales valientes 
son carnívoros, y que hay que esperar un valor mayor de un pueblo, 
como el inglés, que come fuerte y abundantemente, que del común de 
otros pueblos medio muertos de hambre 15 . Pero los suecos, a pesar de sus 
desventajas a este respecto, no son inferiores en valor militar a ninguna 
nación que haya existido jamás en el mundo. 

Podemos observar, en general, que el valor es la más precaria de 
todas las cualidades nacionales, porque sólo se ejerce a intervalos y sólo 
l.i ejercen unos pocos de cada nación, mientras que la laboriosidad, el 
conocimiento, la educación, pueden tener un uso constante y universal. 


14. [Guido Bentivoglio (1579-1644) fue nuncio papal en Flandes y en Francia antes 
di* **cr nombrado cardenal, y era conocido por sus escritos sobre el gobierno y la diplo- 
iii uia de estos países. Véanse Relazioni in tempo delie sue nunziature (1629), obra rradu- 
* nía en parte al inglés como Historieal Relations ofthe United Provinces and of Flanders 
1l*»52), y Delta guerra di Fiattdra (1632-1639), traducida como The Complete History of 
tlu Warrs of Flanders (1654). Se publicaron asimismo varías ediciones y traducciones de 
.m cartas.) 

15. Kxposición sobre los Países Bajos de $ir William Temple. [William Temple, Ob- 
v vihitinns upon the United Provinces ofthe Netherlands (1673), cap. 4.) 


207 



ENSAYOS MORALES, POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


y pueden llegar a hacerse habituales para todo un pueblo durante varias 
épocas. Si se quiere conservar el valor, tendrá que hacerse mediante la 
disciplina, el ejemplo y la opinión. La décima legión de César y el regi¬ 
miento de Picardía en Francia se formaron con una mezcla de gentes, 
pero una vez que adoptaron la idea de que eran las mejores tropas que 
había en servicio, esa misma opinión las convirtió realmente en tales 16 . 

Como prueba de hasta qué punto el valor depende de la opinión 
podemos observar que, de las dos principales tribus griegas, los dorios 
y los jonios, los primeros siempre gozaron de gran estima y se los con¬ 
sideraba más valientes y viriles que a los últimos, a pesar de que las co¬ 
lonias de ambas tribus se intercalaban y mezclaban en toda la extensión 
de Grecia, Asia Menor, Sicilia, Italia y las islas del Egeo. Los atenienses 
eran los únicos jonios que gozaron de una cierta reputación de valentía 
o de logros militares, aunque incluso a éstos se los consideraba inferio¬ 
res a los lacedemonios, los más valientes de los dorios. 

La única observación relacionada con la diferencia entre la gente 
de distintos climas a la que podemos otorgar un cierto peso es el lugar 
común según el cual, en las regiones septentrionales existe una fuerte 
inclinación por las bebidas alcohólicas fuertes, y en las meridionales 
por el amor y las mujeres. Se puede atribuir esta diferencia a una muy 
probable causa física. El vino y las bebidas destiladas calientan la sangre 
helada en las regiones frías, y fortifican a los hombres frente a las incle¬ 
mencias del tiempo, mientras que, en los países expuestos a los rayos 
solares, su calor inflama la sangre y estimula la pasión entre los sexos. 

Quizá también pueda explicarse por causas morales . Todas las bebi¬ 
das fuertes son más raras en el norte, y en consecuencia más codiciadas. 
Diodoro Sículo 17 nos cuenta que los galos, en su tiempo, eran grandes 
bebedores, muy aficionados al vino, principalmente, supongo, debido 
a su rareza y novedad. Por otra parte, el calor de los climas del sur, al 
hacer que hombres y mujeres vayan medio desnudos, hacen que su fre¬ 
cuente relación sea más peligrosa, e inflama su mutua pasión. A esto se 
debe que los padres y maridos sean más celosos y reservados, lo que 
aumenta aún más la pasión. Por no mencionar que, como las mujeres 
se desarrollan antes en las regiones meridionales, es necesario observar 

16. [Julio César puso gran confianza en la décima legión, y dio muestras de especial 
favor hacia ella. Véase la Guerra de las Galios , 1.40-42. El regimiento de Picardía era el 
más antiguo del ejército francés, disfrutaba de derechos especiales y se le reservaba una 
posición de honor en la línea de combate.J 

17. Lib. V. [Biblioteca de la Historia , 5.26.] El mismo autor dice que los galos eran 
taciturnos, una prueba más de que los caracteres nacionales pueden variar mucho k . la 
condición de taciturno, como carácter nacional, implica falta de sociabilidad. Aristóteles 
dice en su Política , libro II, cap. 9, que los galos son el único pueblo belicoso que muestra 
negligencia respecto a las mujeres. 


208 



DE LOS CARACTERES NACIONALES 


mayor celo y cuidado en su educación. Es evidente que una muchacha 
de doce años no posee la misma discreción para dominar esta pasión 
que otra que no siente su violencia hasta llegar a los diecisiete o los die¬ 
ciocho. Nada estimula tanto la pasión del amor como la facilidad y el 
ocio, ni la destruye tanto como la laboriosidad y el trabajo duro y, pues¬ 
to que las necesidades de la gente son claramente menores en los climas 
cálidos que en los fríos, esta sola circunstancia puede suponer una dife¬ 
rencia considerable entre unos y otros 1 . 

Pero quizá sea dudoso el hecho de que la naturaleza, por causas 
morales o físicas, haya distribuido estas diferentes inclinaciones según 
el clima. Los antiguos griegos, a pesar de haber nacido en un clima 
cálido, eran muy aficionados a la botella, y sus reuniones de placer no 
eran más que competiciones de beber entre hombres, que pasaban el 
tiempo totalmente al margen de la fiesta. Cuando Alejandro penetró 
con los griegos en Persia, multiplicaron este tipo de orgías imitando las 
costumbres persas 18 . Tan honorable era la condición de bebedor entre 
los persas que Ciro el Joven, al solicitar la ayuda de los sobrios lacede- 
monios contra su hermano Artajerjes, lo hace principalmente alegando 
sus superiores cualidades: mayor valor, mayor belleza y ser mejor bebe¬ 
dor 19 . Darío Histaspes 20 hizo que inscribieran en su lápida mortuoria, 
entre otras virtudes y cualidades principescas, que nadie podía beber 
mayor cantidad de alcohol. Se puede conseguir cualquier cosa de un 
negro ofreciéndole una bebida fuerte, y fácilmente se da entre ellos el 
caso de que vendan, no sólo a sus hijos, sino a sus esposas o concubinas, 
|K>r un barril de brandy. En Francia y en Italia son pocos los que beben 
el vino puro, excepto en los grandes calores del verano, y en verdad se 
hace entonces casi tan necesario, para recuperar los ánimos, evaporados 
por el calor, como lo es en Suecia durante el invierno para calentar el 
cuerpo, congelado por los rigores estacionales. 

Si se consideran los celos una prueba de la disposición amorosa, 
no hay pueblo más celoso que los moscovitas antes de que su contac- 
10 con Europa modificase en alguna medida su comportamiento a este 
respecto. 

Pero, dando por cierto el hecho de que la naturaleza, siguiendo 
principios físicos, ha distribuido con regularidad estas dos pasiones, co¬ 
rrespondiendo una a las regiones septentrionales y la otra a las meridio- 

18. Babilonii máxime in vitium , et quae ebrietatem sequuntur ; effusi sunt. Quint. 
(4ir M lib. V. [Quinto Curcio Rufo (probablemente siglo 1 d.C.), Historia de Alejandro 

Madrid: Gredos, 1986, libro V, 1.37-38, p. 234: «Los babilonios sienten una 
intimación extrema por el vino y lo que la embriaguez lleva consigo».] 

19. Plut., Symp, lib. I, quaest. 4.1Plutarco, Symposiaca Problemata (Cuestiones con¬ 
vivíales), libro 1, pregunta 4: «cQué dase de hombre sería camarero en una fiesta?».] 

2». (Darío I, rey de Persia desde 521 hasta 486 a.C.] 


209 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


nales, únicamente podemos deducir que el clima puede afectar a los ór¬ 
ganos más groseros y corporales de nuestra estructura, pero no puede 
actuar sobre los órganos más finos, de los que depende el funcionamien¬ 
to de la mente y del entendimiento. Y esto es acorde con la analogía de 
la naturaleza. Las razas de los animales nunca degeneran si éstos son 
debidamente cuidados, y los caballos en especial siempre dan pruebas 
de su sangre en la figura, el brío y la ligereza. Pero cualquier petimetre 
puede engendrar un filósofo, lo mismo que un hombre virtuoso puede 
dejar una progenie carente de valor. 

Terminaré con este tema haciendo la observación de que, aunque la 
pasión por el alcohol es más brutal y degradante que la pasión amorosa, 
la cual, si se maneja adecuadamente, es la fuente de toda educación y re¬ 
finamiento, esto no otorga sin embargo una ventaja tan grande a los cli¬ 
mas meridionales como a primera vista pudiéramos imaginar. Cuando 
el amor pasa un determinado punto vuelve celosos a los hombres e inte¬ 
rrumpe toda interrelación entre los sexos, de la que tanto suele depen¬ 
der la educación de una nación. Y, si afináramos y sutilizáramos nuestro 
criterio a este respecto, podríamos observar que los pueblos de los cli¬ 
mas muy templados son los que con mayor probabilidad consiguen toda 
clase de mejoras, al no inflamárseles la sangre hasta el punto de volver¬ 
los celosos, y ser no obstante lo suficientemente cálidos como para que 
otorguen su debido valor a los encantos y cualidades del bello sexo. 


210 



DE LA TRAGEDIA 


Parece un placer inexplicable el que los espectadores de una tragedia bien 
escrita obtienen del pesar, el terror, la angustia y otras pasiones que, en 
sí, son desagradables e inquietantes. Cuanto más se sienten conmovidos 
y afectados tanto más Ies deleita el espectáculo y, tan pronto como cesan 
las pasiones que producen inquietud, la obra toca a su fin* Una escena de 
plena alegría, contento y seguridad es el máximo que soporta este tipo 
de composición, y a buen seguro es siempre la escena final. Si en la tex¬ 
tura de la obra se intercala alguna escena que comunique satisfacción, 
sólo permite leves destellos de placer, introducidos por mor de variedad, 
y con el fin de sumir a los actores en una más profunda aflicción debido 
«ti contraste y la frustración. Todo el talento del poeta se utiliza para 
suscitar y mantener en su audiencia la compasión y la indignación, la 
angustia y el resentimiento. Esta se siente complacida en la medida de la 
aflicción que experimenta, y nunca se siente tan feliz como cuando tiene 
que recurrir a las lágrimas, los suspiros y los gritos para descargar su 
pena y aliviar el corazón. Heno de las más tiernas simparía y compasión. 

Los pocos críticos que han tenido algo de filósofos han señalado 
este singular fenómeno y han intentado explicarlo. 

En sus reflexiones sobre la poesía y la pintura, el abbé Dubos ase¬ 
vera que nada resulta en general tan desagradable para la mente como 
el lánguido y cansino estado de indolencia en el que cae cuando se le 
suprimen todas las pasiones y toda ocupación. Para evitar esta penosa 
situación busca cualquier diversión y actividad: negocios, juego, espec¬ 
táculos, excursiones, todo cuanto suscite pasiones y le impida estar pen¬ 
diente de sí misma. No importa cuál sea la pasión elegida, ya sea des¬ 
agradable, penosa, melancólica, desordenada, será mejor que la insípida 
languidez que surge de la tranquilidad y el reposo perfectos 1 . 


1. IJcan-Bapnstc Dubos (1670-1742), RéfJexions critiques sur la poésie et la pein• 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


Es imposible no admitir que esta explicación es, al menos en parte, 
satisfactoria. Puede observarse que, cuando hay varias mesas de juego, 
las que atraen más gente son aquéllas en las que el juego ha cobrado 
mayor intensidad, aunque no se encuentren en ellas los mejores juga¬ 
dores. Contemplar, o al menos imaginar, pasiones intensas, suscitadas 
por grandes pérdidas o grandes ganancias, afecta al espectador por sim¬ 
patía, le proporciona unos toques de esas mismas pasiones y le sirve 
de momentáneo entretenimiento. Hace que el tiempo pase para él más 
fácilmente, y supone un cierto alivio para la opresión a la que por lo 
común se ven sometidos los hombres cuando quedan enteramente a 
merced de sus pensamientos y meditaciones. 

Los embusteros habituales, cuando cuentan algo, siempre magnifi¬ 
can toda clase de peligros, dolores, aflicciones, enfermedades, muertes, 
asesinatos y crueldades. Y otro tanto hacen con la alegría, la belleza, la 
risa y la magnificencia. Es un absurdo secreto que tienen para compla¬ 
cer a quienes les acompañan, llamar su atención y hacer que se sientan 
atraídos por los relatos maravillosos y por las pasiones y emociones que 
suscitan. 

Existe sin embargo una dificultad para aplicar al tema que nos ocu¬ 
pa, en su plena extensión, esta solución, por ingeniosa y satisfactoria 
que pueda parecer. Es seguro que el mismo objeto de angustia que com¬ 
place en una tragedia, si lo tuviéramos delante de nosotros en realidad, 
nos provocaría la más viva inquietud, aunque resultara ser el remedio 
más eficaz contra la languidez y la indolencia. Monsieur Fontenelle pa¬ 
rece haber sido consciente de esta dificultad y, en consecuencia, intenta 
dar otra solución a este fenómeno o, por lo menos, añade algo a la 
teoría que hemos mencionado 2 . 

«El placer y el dolor», dice, «que son dos sentimientos tan diferentes 
en sí, no difieren tanto en su causa. El ejemplo de las cosquillas muestra 
que el placer, llevado un poco demasiado lejos, se convierte en dolor, y 
que el dolor, al moderarse un poco, se convierte en placer. De aquí se 
deduce que existe algo tal como una tristeza suave y agradable: es un 
dolor debilitado y aminorado. Al corazón le gusta, de una manera na¬ 
tural, sentirse movido y afectado. Le sientan bien los objetos melancó¬ 
licos, e incluso el desastre y la aflicción, siempre y cuando los suavice 
alguna circunstancia. Es cierto que, en el teatro, la representación pro¬ 
duce casi el efecto de ser real. Pero ese efecto no llega a ser completo. 
Por mucho que nos dejemos llevar por el espectáculo, y sea cual fuere el 


ture (1719*1733). Trad. inglesa: Critical Reflexiotts on Pbetry, Paintmg and Music (1748), 
parte I, cap. 1.] 

2. Réflexions swr la poétique , S 36. (Fontenelle, «Reflexiones sobre la poética», sec. 
36, que se encuentra en sus (Eutrres, vol. 3, p. 34.] 


212 



DE LA TRAGEDIA 


dominio que los sentidos y la imaginación puedan arrebatarle a la razón, 
en el fondo se conserva una cierta idea de que todo lo que estamos con¬ 
templando es falso* Esta idea, aunque sea débil y esté camuflada, basta 
para disminuir el dolor que sufrimos a consecuencia de las desventuras 
de unos personajes con los que simpatizamos, y para reducir la aflicción 
a un punto que la convierte en placer. Lloramos por la desventura de un 
héroe con el que nos identificamos y, al mismo tiempo, nos consolamos 
pensando que no es nada más que una ficción* Y es precisamente esa 
mezcla de sentimientos la que compone una tristeza agradable y hace 
que nos broten lágrimas que nos producen deleite* Mas, como esa aflic¬ 
ción que nos causan objetos exteriores y sensibles es más fuerte que el 
consuelo que surge de una reflexión interior, son los efectos y síntomas 
del pesar los que deberían predominar en la composición». 

Esta solución parece justa y convincente* Pero quizá necesita aún 
que se le añada algo, con el fin de que dé plenamente respuesta al fe¬ 
nómeno que estamos examinando. Todas las pasiones suscitadas por 
la elocuencia son agradables en grado sumo, así como las que mueven 
la pintura y el teatro. Debido principalmente a esto, los epílogos de 
(acerón hacen las delicias de todo lector de buen gusto, y es difícil 
leer algunos de ellos sin experimentar la compasión y la tristeza más 
hondas. Su mérito como orador depende mucho sin duda de su éxito 
a este respecto* Una vez que provocaba las lágrimas en los jueces y en 
rodo el auditorio, les deleitaba en sumo grado y expresaban la mayor 
satisfacción con el orador. La patética descripción de la carnicería de 
los capitanes sicilianos cometida por Verres 3 es una pieza maestra de 
esta clase. Pero yo creo que nadie afirmará que el ser que se presenta 
rn una escena melancólica de esta índole proporcione entretenimiento 
alguno. Y tampoco aquí el pesar estaba suavizado por la ficción. Pues la 
audiencia estaba convencida de la realidad de todas las circunstancias. 
¿Qué es entonces lo que en este caso suscita placer desde el seno de la 
inquietud, por así decirlo, y un placer que sigue manteniendo todas las 
características y los síntomas externos de la angustia y el pesar? 

Respondo: este extraordinario efecto procede de la elocuencia mis¬ 
ma con la que se presenta la escena melancólica. El genio que se requie¬ 
re* para pintar objetos de una manera vivida; el arte que se emplea para 
recoger todas las patéticas circunstancias; la capacidad de juicio mostra¬ 
da para exponerlas; el ejercicio, afirmo, de estos nobles talentos, junto 
con la fuerza de expresión y la belleza de la versificación oratoria, pro¬ 
porcionan a la audiencia la máxima satisfacción y las conmociones más 
placenteras. De este modo, la inquietud de las pasiones melancólicas, 

i. |Cicerón, Actionis secundae in c. Verrem (Segundo discurso contra Cayo Verres) 
UIK'MK.I 


213 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


no sólo es superada y suprimida por algo más fuerte de índole opuesta, 
sino que todo el impulso de esas pasiones se convierte en placer, y au¬ 
menta el deleite que la elocuencia suscita en nosotros. Esa misma fuerza 
oratoria, empleada en un tema carente de interés, no proporcionaría la 
mitad de placer, o más bien resultaría totalmente ridicula, y la mente, al 
quedar sumida en calma e indiferencia absolutas, no gozaría de ninguna 
de esas bellezas de la imaginación o la expresión que, si van unidas a 
la pasión, le proporcionan tan exquisito entretenimiento. El impulso o 
la vehemencia que surgen del pesar, la compasión, la indignación, toma 
una dirección nueva gracias a los sentimientos que despierta la belleza. 
Esta última, al estar constituida predominantemente por emociones, se 
apodera de la mente en su totalidad y convierte a esas otras emociones, 
o las tiñe por lo menos tan intensamente como para alterar totalmente 
su naturaleza. Y el alma, al sentirse al mismo tiempo excitada por la 
pasión, experimenta en conjunto una fuerte conmoción placentera. 

El mismo principio se aplica en la tragedia, en la que se añade que 
ésta, siendo una imitación, es siempre agradable en sí. Esta circunstan¬ 
cia sirve asimismo para suavizar los movimientos de la pasión, y para 
convertir el sentimiento todo en un disfrute intenso y uniforme. Obje¬ 
tos sumamente terribles y angustiosos proporcionan placer en la pintu¬ 
ra, en mayor medida que los objetos más bellos, que se representan con 
calma e indiferencia 4 . La afectación, excitando la mente, suscita una 
amplia variedad de impulsos y vehemencia, todo lo cual se transforma 
en placer por la fuerza del impulso dominante. Es así como la ficción de 
la tragedia suaviza la pasión, infundiendo un nuevo sentimiento, y no 
meramente el debilitamiento o la disminución de la aflicción. Se puede 
ir debilitando gradualmente una aflicción real, hasta que desaparece por 
completo. Pero en ninguna de sus gradaciones producirá placer, salvo 
quizá, accidentalmente, a una persona sumida en una indolencia letár¬ 
gica, a la que saca de tal lánguido estado. 

Para confirmar esta teoría bastaría traer a colación otros casos en los 
que un impulso subordinado se convierte en dominante, y lo refuerza, a 
pesar de ser de una índole distinta o incluso antagónica. 

La novedad excita de manera natural la mente y atrae nuestra aten¬ 
ción, y los impulsos que origina se convierten siempre en alguna pasión. 


4. Los pintores no tienen escrúpulos para representar la angustia y la aflicción al 
igual que las demás pasiones. Pero no parecen recrearse tanto en esos afectos melancólicos 
como los poetas, que, aunque copian todo impulso del pecho humano, pasan rápidamen¬ 
te por los sentimientos agradables. Un pintor representa solamente un instante y, si es lo 
suficientemente apasionado, afectará y complacerá con seguridad al espectador. Pero nada 
puede proporcionar al poeta una variedad de escenas, incidentes y sentimientos, más que 
el desasosiego, el terror o la angustia. 1.a alegría y la satisfacción completas van unidas a 
la seguridad, y no dejan más espacio para la acción. 


214 



DE LA TRAGEDIA 


que pertenece al objeto, y unen a ella su fuerza. Tanto si un aconteci¬ 
miento suscita alegría o pesar, orgullo o vergüenza, ira o buena volun¬ 
tad, producirá con seguridad un efecto más intenso cuando sea novedo¬ 
so o insólito. Y, aunque la novedad resulta por sí agradable, refuerza las 
pasiones penosas tanto como las agradables. 

Si se tiene la intención de conmover en extremo a una persona ex¬ 
poniéndole un acontecimiento, el método mejor para aumentar su efec¬ 
to consistiría en retrasar ingeniosamente la información sobre el mis¬ 
mo y excitar primero su curiosidad e impaciencia, antes de comunicarle 
el secreto. Tal es el artificio utilizado por Yago en la famosa escena de 
Shakespeare, y todo espectador es consciente de que los celos de Otelo 
ganan mayor intensidad debido a esta paciencia precedente, y que la pa¬ 
sión subordinada se transforma aquí rápidamente en dominante 5 . 

Las dificultades aumentan las pasiones de toda clase y, suscitando 
nuestra atención y haciendo surgir nuestros poderes activos, producen 
una emoción que alimenta el afecto prevaleciente. 

Los padres quieren más a aquel hijo cuya constitución corporal en¬ 
fermizamente débil les ha ocasionado los mayores sufrimientos, proble¬ 
mas y angustia al criarle. El agradable sentimiento del afecto adquiere 
fuerza aquí a partir de sentimientos de inquietud. 

No hay nada que nos haga sentir más el afecto por un amigo que la 
aflicción por su muerte. El placer de su compañía no tiene tan poderosa 
influencia. 

Los celos son una pasión penosa y, sin embargo, sin que intervengan 
en alguna medida, el agradable afecto amoroso tiene dificultad para 
subsistir en su plenitud de fuerza y violencia. La ausencia es también la 
mayor fuente de queja entre amantes y proporciona a éstos la mayor 
inquietud. No obstante, nada es más favorable para su mutua pasión 
que breves intervalos de separación. Y si los intervalos prolongados 
suelen resultar fatales es sólo porque, con el tiempo, las personas se 
acostumbran a ellos y dejan de ser causa de inquietud. Los celos y la 
ausencia componen el dolce peccante de los italianos, que éstos suponen 
tan esencial para todo placer. 

Hay una observación de Plinio el Viejo que ilustra el principio en 
el que aquí insistimos. Es por demás notable —dice— que las últimas 
obras de artistas célebres y que éstos han dejado imperfectas , sean siem¬ 
pre las más apreciadas , tales como la Iris de Aristides , las Tmdárides de 
Nicómaco, la Medea de Timótnaco y la Venus de Apeles, obras que son 
valoradas por encima incluso de sus producciones acabadas . Los rasgos 
quebrados de la pieza y la idea semiformada del pintor se estudian dete - 


5. (Shakespeare, Otelo , acto 3, esc. 3.| 


215 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


nidamente ; y nuestro mismo dolor por esa curiosa mano que la muerte 
ha detenido aumenta aún más nuestro placer 

Estos ejemplos (y podrían citarse muchos más) bastan para propor¬ 
cionarnos una cierta comprensión de la analogía de la naturaleza, y para 
mostrarnos que el placer que los poetas, oradores y músicos nos ofrecen 
suscitando nuestro dolor, aflicción, indignación, compasión, no es tan 
extraordinario ni tan paradójico como a primera vista pueda parecer. 
La fuerza de la imaginación, la energía de la expresión, el poder de los 
números, los encantos de la imitación, todas estas cosas son de por sí, de 
natural manera, placenteras para la mente. Y cuando el objeto presen¬ 
tado capta también algún afecto, el placer sigue surgiendo en nosotros, 
al convertirse este impulso mental subordinado en dominante. Aunque 
quizá, naturalmente, la pasión, cuando la suscita la simple apariencia de 
un objeto real, puede ser penosa. Pero está tan suavizada, ablandada y 
apaciguada cuando la suscitan las bellas artes que proporciona un ele- 
vadísimo entretenimiento. 

Para confirmar este razonamiento podemos observar que, si los im¬ 
pulsos de la imaginación no predominan sobre los de la pasión, se pro¬ 
duce un efecto contrario, y los primeros, que ahora son subordinados 
se convierten en los segundos, con lo que aumentan aún más el dolor y 
la aflicción de quienes los sufren. 

¿Quién podría pensar que constituye un buen recurso para aliviar 
a un padre o una madre exagerar, con toda la fuerza de la palabra, la 
irreparable pérdida que han sufrido con la muerte de su hijo favorito? 
Cuanto mayor sea el poder de la imaginación y de la expresión que 
en este caso se utilicen tanto más se aumentarán la desesperación y la 
aflicción de esa persona. 

La vergüenza, la confusión y el terror inspirados por Verres aumen¬ 
tarían sin duda con la noble elocuencia y vehemencia de Cicerón. Y otro 
tanto ocurriría con su dolor y desasosiego. Estas pasiones eran demasia¬ 
do intensas para el placer que provenía de las bellezas de la elocución y, 
aunque partiendo del mismo principio, actuaban de manera contraria a 
la simpatía, la compasión y la indignación de la audiencia. 

Cuando aborda la catástrofe del partido realista. Lord Clarendon 
supone que su exposición tiene que resultar infinitamente desagradable, 
y pasa como sobre ascuas por la muerte del rey, sin ofrecernos ninguna 


6. Illud vero perquam rarum ac memoria dignum, etiam suprema opera arti/icum, 
imperfectasque tabulas, sicut, Irin Aristidis, Tyndaridas Nicomachi, Medeam Ttmomachi 
et quam diximus Venerem Apellis , ¡n majori admiratione esse quam perfecta . Quippe tu 
iis lineamenta reliqua, ipsaeque cogitationes artificum spectantur, atque in lenocinio com- 
mendationis dolor est manus , cum id ageret extinctae . Lib. XXXV, cap. 11. [Historia 
Natural , lib. 35, cap. 40 en la ed. Loeb.] 


216 



DE LA TRAGEDIA 


de las circunstancias que la rodearon 7 . Considera que se trata de una 
escena demasiado horrible como para ser contemplada con alguna sa¬ 
tisfacción, e incluso sin el mayor dolor y aversión. A él mismo, así como 
a los lectores de su época, le afectaban demasiado profundamente los 
acontecimientos, y le causaban gran dolor temas que un historiador y 
un lector de otra época considerarían sumamente patéticos e interesan¬ 
tes y, en consecuencia, de lo más agradables. 

Una acción representada en una tragedia puede ser demasiado san¬ 
grienta y atroz. Puede suscitar sentimientos de horror que no puedan 
dulcificarse y convertirse en placer. Y la mayor fuerza expresiva que 
se dé a descripciones de esa índole sólo sirve para aumentar nuestra 
inquietud. Tal ocurre con la acción que se representa en la Ambitious 
Stepmother [La madrastra ambiciosa] 8 , en la que un venerable anciano, 
sumido hasta el límite en la furia y la desesperación, se lanza de cabeza 
contra un pilar y lo deja perdido con sus sesos y su sangre. En el teatro 
inglés abundan en demasía imágenes espantosas de este tipo. 

Incluso los sentimientos de compasión comunes requieren ser sua¬ 
vizados con algún afecto agradable para dar plena satisfacción a la au¬ 
diencia. El sufrimiento sin más de la virtud lastimera, bajo la triunfan¬ 
te tiranía y la opresión del vicio, constituye un espectáculo desagradable 
que evitan cuidadosamente todos los maestros del drama. Con el fin 
de que los espectadores se vayan contentos y satisfechos, la virtud tiene 
que convertirse en noble y valerosa desesperación, o el vicio tiene que 
recibir su merecido castigo. 

La mayoría de los pintores parecen haber sido muy desafortunados 
con sus temas. Como han trabajado tanto para iglesias y conventos, han 
representado principalmente temas horribles, tales como crucifixiones 
y martirios, donde no aparecen más que torturas, heridas, ejecuciones y 
sufrimiento pasivo, sin acción ni sentimiento positivo alguno. Y cuando 
su pincel ha salido de esta mitología espantosa, han solido recurrir a 
Ovidio, cuyas ficciones, aunque apasionadas y agradables, son escasa¬ 
mente naturales, o suficientemente probables para la pintura. 

La misma inversión de ese principio, en la que aquí insistimos, se 
muestra en la vida común, así como en los efectos de la oratoria y de la 
poesía. Si se eleva la pasión subordinada de manera que llegue a ser do¬ 
minante, absorbe ese afecto que previamente ha alimentado y aumen¬ 
tado. El exceso de celos extingue el amor; el exceso de dificultades nos 


7. (Kdward Hyde, primer conde de Clarendon (1609-1674), The True Historical 
Narrative of the Rebelliott and Civil Wars in England (1702-1704). Véase la descripción 
•I»»* hace Clarendon de los acontecimientos de 1649.] 

8. (Tragedia de Nicholas Rowe (1674-1718), que se representó y se publicó en 
I m | 


217 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


vuelve indiferentes. La enfermedad y la debilidad excesivas disgustan a 
los padres egoístas y crueles. 

¿Qué hay más desagradable que las historias tristes, lúgubres, de 
desastres, con las que la gente melancólica entretiene a quienes les ha¬ 
cen compañía? La inquietante pasión que únicamente se suscita de ese 
modo, sin que vaya acompañada de nada que inspire ánimo, de talento 
o elocuencia alguna, transmite un puro desasosiego, sin nada que pueda 
dulcificarla y convertirla en placer o satisfacción. 


218 



XXIII 


DE LA NORMA DEL GUSTO 


Li gran variedad de gustos, así como de opiniones, que prevalece en el 
mundo es demasiado evidente como para que no la hayan observado 
todos 1 11 . Las personas con los conocimientos más limitados son capaces 
de observar que existe una diferencia de gustos en el estrecho círculo 
de sus amistades, incluso cuando se trata de personas educadas bajo la 
misma forma de gobierno y que tempranamente se han embebido de 
los mismos prejuicios. Pero quienes pueden ampliar su visión y consi¬ 
derar lo que ocurre en países lejanos y lo que ha ocurrido al respecto 
en épocas remotas, se sorprenden todavía más de la gran falta de cohe¬ 
rencia y de las grandes contradicciones que existen. Solemos considerar 
bárbaro a cuanto se aleja de nuestro gusto y nuestra forma de percibir 
propios. Pero tardamos en comprobar que el epíteto acusador se nos 
aplica también a nosotros. Y nuestra arrogancia y vanidad sumas acaban 
por sobresaltarse al observar una semejante seguridad en todas partes, y 
dudan, en medio de semejante disputa de sentimientos, de pronunciarse 
positivamente a su propio favor. 

Dado que esta variedad de gustos es evidente incluso para el inves¬ 
tigador menos escrupuloso, se hallará al examinarla que es todavía ma- 

1 [El gusto, según Hume, es la fuente de nuestros juicios acerca de la belleza na- 
mrai y moral. Nos basamos en el gusto, y no en la razón, cuando juzgamos que una obra 
de arte es bella o que una acción es virtuosa. Al gusto «debemos los sentimientos de be¬ 
lleza y de deformidad, de vicio y de virtud»» (Inquiry Cottcernittg the Principies of Moráis 
|Investigación sobre los principios de la moral), Ap. 1). Es, así pues, el fundamento de la 
mnr.il y de la crítica. El plan inicial de Hume era tratar el gusto moral y el gusto crítico 
dentro del marco del Tratado . Pero abandonó el plan del Tratado antes de poder llevar a 
i abo su propósito. Su Investigación sobre la moral contiene su exposición más completa 
de cómo el gusto y el sentimiento moral pueden servir de fundamento de la ciencia moral. 

11 presente ensayo se ocupa principalmente del gusto critico, y representa su primordial 
umtribución a lo que él denomina «criticismo*».] 


219 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


yor en realidad que en apariencia. Los sentimientos de la gente difieren 
respecto a la belleza y la deformidad de todo tipo, aunque el discurso 
general sea el mismo. Hay en todas las lenguas términos que implican 
reproche, y otros que implican alabanza, y todos cuantos usan una mis¬ 
ma lengua tienen que estar de acuerdo en su aplicación. Todas las voces 
se unen para aplaudir la elegancia, el decoro, la sencillez y la inspiración 
al escribir, y en reprochar la rimbombancia, la afectación, la frialdad y 
la falsa brillantez. Pero, cuando los críticos pasan a ocuparse de los de¬ 
talles, esta aparente unanimidad se desvanece, y se comprueba que dan 
un sentido muy diferente a sus expresiones. En todas las cuestiones de 
opinión y científicas ocurre lo contrario. Las diferencias en estos cam¬ 
pos residen con más frecuencia en lo general que en los detalles y son 
menores en la realidad que en la apariencia. Una explicación de los tér¬ 
minos suele poner fin a la controversia, y los polemistas se sorprenden 
al comprobar que han estado discutiendo cuando en el fondo coinci¬ 
dían en el juicio. 

Quienes fundamentan la moral en los sentimientos, más que en la 
razón, se inclinan por entender la ética de acuerdo con la anterior ob¬ 
servación, y a mantener que en todas las cuestiones referentes a la con¬ 
ducta y los modales, la diferencia entre las personas es en realidad ma¬ 
yor de lo que a primera vista parece. Es de lo más evidente que autores 
de todos los países y épocas coinciden en aplaudir la justicia, la huma¬ 
nidad, la magnanimidad, la prudencia, la veracidad, y en criticar las 
cualidades opuestas. Incluso los poetas y otros escritores, cuyas com¬ 
posiciones están calculadas para el placer de la imaginación, desde Ho¬ 
mero hasta Fénelon 2 , inculcan los mismos preceptos morales y otorgan 
su aplauso o dedican sus reproches a las mismas virtudes y los mismos 
vicios. Esta gran unanimidad suele atribuirse a la influencia de la sim¬ 
ple razón, que en todos los casos mantiene sentimientos semejantes en 
todos los seres humanos e impide las controversias a las que están tan 
expuestas las ciencias abstractas. En la medida en la que la unanimidad 
sea real puede aceptarse esta explicación como satisfactoria. Pero tene¬ 
mos asimismo que admitir que, en parte, la aparente armonía respecto 
a la moral puede explicarse a partir de la naturaleza misma del lenguaje. 
La palabra virtud , con su equivalente en todas las lenguas, implica ala¬ 
banza; igual que la palabra vicio implica reproche. Y nadie que no incu¬ 
rra en la más evidente y grosera falta de decoro podría dar un sentido 
reprobable a un término que, en la aceptación general, se entiende en 


2. [Fran$oís de Salígnac de la Mothe-Fénelon (1651-1715), Les aventures de Télé - 
maque , fils dVlysse (1699), traducida el inglés como The Adventures of Telemachus the 
Son of Ulysses (1699-1700), Ulises es el nombre latino de Odiseo, el héroe de la Odisea 
de Homero. J 


220 



DE LA NORMA DEL GUSTO 


un sentido positivo; ni aplaudir allí donde el lenguaje exige desaproba¬ 
ción. Los preceptos generales de Homero, allí donde los expone, nunca 
serán controvertidos. Pero es evidente que, cuando traza determinadas 
descripciones de modos de comportamiento, y cuando presenta el he¬ 
roísmo de Aquiles y la prudencia de Ulises, incluye un grado mucho ma¬ 
yor de ferocidad en el primero y de astucia y engaño en el segundo, de 
lo que estaría dispuesto a aceptar Fénelon. En la obra del poeta griego, 
el sagaz Ulises parece recrearse en las mentiras y ficciones, que a veces 
utiliza sin ninguna necesidad o incluso ventaja. En cambio, en la obra 
épica del escritor francés, el hijo de Ulises, más escrupuloso, se expo¬ 
ne a peligros inminentes antes que apartarse de la más recta línea de la 
verdad y la veracidad. 

Los admiradores y seguidores de Al Quran 3 insisten en los exce¬ 
lentes preceptos morales interpretados a través de toda esa desenfrena¬ 
da y absurda actuación. Pero se supone que las palabras árabes corres¬ 
pondientes a las inglesas que equivalen a equidad, justicia, templanza, 
mansedumbre, caridad, eran tales que, por el uso constante de esa len¬ 
gua, tienen que tomarse siempre en buen sentido, y habría requerido 
la mayor ignorancia, no de la moral, sino de le lengua, mencionarlas 
acompañadas de un epíteto que no implique aplauso y aprobación. 
Ahora bien, ¿podríamos saber si el pretendido profeta había alcanzado 
un sentimiento justo de la moral? Escuchemos su narración y no tar¬ 
daremos en comprobar que dedica elogios a ejemplos de traición, in¬ 
humanidad, crueldad, venganza, intolerancia, que son incompatibles 
con una sociedad civilizada. No parece que se escuche en ella ningu¬ 
na norma constante relativa al bien, y se reprueba o alaba toda acción 
sólo en la medida en que resulta beneficiosa o dañina para los verda¬ 
deros creyentes. 

En verdad es muy reducido el mérito de pronunciar preceptos éti¬ 
cos generales. Quienquiera que recomiende virtudes morales no hace 
más de lo que está implícito en los propios términos. Quienes inventa¬ 
ron la palabra caridad , y la utilizaron en un buen sentido, inculcaron el 
precepto sed caritativos con mayor claridad y mucho mayor eficacia que 
cualquier pretendido legislador o profeta que insertara dicha máxima 
en sus escritos. De todas las expresiones las que, junto con su otro signi¬ 
ficado, implican un cierto grado de condena o aprobación, son las que, 
ion menor probabilidad, se pervertirán o confundirán. 

Es natural que busquemos una norma del gusto: una regla que per¬ 
mita reconciliar los diversos sentimientos de la gente, o al menos una 
decisión que confirme un sentimiento y condene otro. 

t. (O el Corán, el libro sagrado del islam, que los musulmanes consideran la pala- 
l*t,» verdadera de Dios tal como le fue revelada al profeta Muhammad.) 


221 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


Hay una clase de filosofía que cercena toda esperanza de éxito en 
tal intento, y que representa la imposibilidad de llegar a ninguna norma 
del gusto. Es muy grande, se dice, la diferencia que separa el juicio del 
sentimiento. Todo sentimiento es correcto, porque el sentimiento no se 
refiere a nada más allá de sí mismo, y es real siempre que una persona 
sea consciente de él. En cambio, no son correctas todas las determina¬ 
ciones del entendimiento, porque se refieren a algo que está más allá de 
ellas mismas, al ingenio, a los hechos reales, y no pueden siempre con¬ 
formarse a esa norma. Entre mil diferentes opiniones que distintas per¬ 
sonas puedan mantener sobre el mismo tema, hay una, y sólo una, que 
es exacta y verdadera, y la única dificultad consiste en establecerla y con¬ 
firmarla. Por el contrario, de mil distintos sentimientos suscitados por 
un mismo objeto, ninguno es falso, porque ninguno de ellos representa 
lo que hay realmente en el objeto. El sentimiento indica únicamente una 
cierta conformidad o relación entre el objeto y los órganos o facultades 
de la mente y, si esa conformidad no existiera realmente, nunca se habría 
podido dar el sentimiento. La belleza no es una cualidad de las cosas en 
sí, y cada mente percibe una belleza diferente. Puede incluso ocurrir que 
una persona perciba como deformidad algo que para otra es belleza, y 
cada individuo tiene que aceptar su propio sentimiento sin pretender 
regular el de todos los demás. Buscar la verdadera belleza o la verda¬ 
dera deformidad es una indagación tan estéril como de establecer lo 
verdaderamente dulce y lo verdaderamente amargo. De acuerdo con la 
disposición de los órganos, el mismo objeto puede ser tanto dulce como 
amargo, y con justicia ha establecido el proverbio lo inútil que es discutir 
sobre gustos. Es muy natural, y hasta totalmente necesario, hacer exten¬ 
sivo este axioma al gusto mental, tanto como al gusto físico, y resulta 
que el sentido común, que con frecuencia está en desacuerdo con la filo¬ 
sofía, sobre todo con la escéptica, coincide con ésta al menos en un caso. 

Mas, aunque este axioma, al convertirse en proverbio, parece haber 
contado con la sanción del sentido común, hay por lo menos una clase 
de sentido común que se opone a él o que, como mínimo, sirve para 
modificarlo y restringirlo. De quienquiera que establezca una igualdad 
de talento y elegancia entre Ogilby 4 y Milton, o entre Bunyan 5 y Addi- 
son, se pensaría que está defendiendo una extravagancia no menor que 
quien mantuviera que una topera es tan alta como Tenerife 6 , o que un 


4. [John Ogilby (1600-1676) publicó traducciones en verso de Homero, de Virgilio 
y de las Fábulas de Esopo.] 

5. [John Bunyan (1628-1688) es el autor de obras teológicas y devotas, entre las 
que se cuenta The Pilgrim’s Progress from this World to that which is to come (1678).) 

6. [Tenerife, la principal de las islas Canarias es una formación volcánica cuyo pico 
del Teide sobrepasa los tres mil setecientos metros sobre el nivel del mar.) 


222 



DE LA NORMA DEL GUSTO 


estanque es tan grande como el océano. Aunque pueda haber unas cuan¬ 
tas personas que dan preferencia a los primeros de estos autores, nadie 
presta atención a un gusto semejante, y no tenemos el menor escrúpu¬ 
lo en considerar absurdo y ridículo el sentimiento de estos supuestos 
críticos. Se olvida por completo en tal caso el principio de la igualdad 
natural de los gustos y, aunque en ocasiones lo admitamos, cuando los 
objetos parecen aproximadamente iguales, se nos antoja una paradoja 
extravagante, o más bien un patente absurdo, cuando se comparan ob¬ 
jetos tan desproporcionados. 

Es evidente que las reglas de la composición no se fijan en ningún 
caso mediante el razonamiento a priori y ni puede considerarse que cons¬ 
tituyan conclusiones abstractas del entendimiento, que puedan extraer¬ 
se comparando los hábitos o relaciones de ideas que son eternos e inmu¬ 
tables. Su fundamento es el mismo de la de todas las ciencias prácticas: 
la experiencia, y no son nada más que observaciones generales sobre lo 
que universalmente se ha hallado que complace en todos los países y 
en todas las épocas. Muchas de las bellezas de la poesía, e incluso de la 
elocuencia, se basan en la falsedad y la ficción, en hipérboles, metáforas 
y en un abuso de la tergiversación del sentido natural de los términos, 
t iontrolar las ocurrencias de la imaginación, y reducir toda expresión 
,t verdad y exactitud geométrica sería lo más contrario a las leyes de 
l.i crítica, porque produciría una obra que, por experiencia universal, 
resultaría sumamente insípida y desagradable. Pero, aunque la poesía 
no puede someterse nunca a una verdad exacta, debe atenerse a reglas 
del arte que el talento o la observación descubren al autor. Si algunos 
escritores negligentes o irregulares han complacido, no lo han hecho 
gracias a sus transgresiones de las reglas o el orden, sino a pesar de ta¬ 
les transgresiones. Han poseído otras bellezas que eran conformes a la 
pista crítica, y la fuerza de estas bellezas ha sido capaz de sobreponerse 
»t la censura y de proporcionar a la mente una satisfacción superior al 
disgusto que procede de los defectos. Ariosto complace, pero no debido 
a sus ficciones monstruosas e improbables, a la falta de coherencia de 
sus historias, ni a las continuas interrupciones de su narración. Encanta 
por la fuerza y la claridad de su expresión, por el ingenio y la variedad 
de sus invenciones, y por las descripciones naturales de las pasiones, 
«.pccialmente las de carácter festivo y amoroso. Y, aunque sus defectos 
punían disminuir nuestra satisfacción, no son capaces de destruirla. Si 
nuestro placer surgiera de esas partes del poema que llamamos defectos, 
»M«> no supondría ninguna objeción para la crítica en general. Sería una 
objeción únicamente para las particulares reglas de la crítica que esta- 
hleücran que esas circunstancias constituyen defectos y los considerasen 
umversalmente reprobables. Si resulta que producen placer, no pueden 
m i defectos, por más que ese placer sea inesperado e inexplicable. 


223 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


Pero, aunque todas las reglas generales del arte se fundamentan úni¬ 
camente en la experiencia y en la observación de los comunes sentimien¬ 
tos de la humana naturaleza, no debemos imaginar que los sentimientos 
de las personas sean en toda ocasión acordes a estas reglas. Las emo¬ 
ciones más finas de la mente son de una índole muy tierna y delicada, 
y se requiere que concurran muchas circunstancias favorables para que 
puedan actuar con facilidad y exactitud, de acuerdo con sus principios 
generales establecidos. FJ mínimo obstáculo exterior que se oponga a 
estos pequeños resortes, o el mínimo desorden interno, perturban su 
movimiento y entorpecen el funcionamiento de toda la maquinaria. Si 
quisiéramos hacer un experimento de esta índole, y poner a prueba la 
fuerza de una belleza o de una deformidad, tendríamos que elegir con 
cuidado el tiempo y lugar adecuados y conseguir que la imaginación 
estuviera en una situación y disposición adecuadas: una perfecta sereni¬ 
dad de la mente, un estado de recolección del pensamiento, una debida 
atención al objeto. Si faltara cualquiera de estas circunstancias, nuestro 
experimento sería fallido, y seríamos incapaces de juzgar la condición 
católica y universal de la belleza. La relación que la naturaleza ha esta¬ 
blecido entre la forma y el sentimiento será como mínimo más oscura, 
y requerirá mayor exactitud para detectarla y discernirla. Podremos de¬ 
terminar su influencia, no tanto por la forma en que actúa cada belleza 
determinada, sino por la admiración duradera que despiertan las obras 
que han sobrevivido a todos los caprichos de las modas y a todos los 
errores de la ignorancia y la envidia. 

El mismo Homero que gustaba en Atenas y en Roma hace dos mil 
años, sigue siendo admirado en París y en Londres. Todos los cambios 
de clima, forma de gobierno, religión y lengua no han podido oscurecer 
su gloria. La autoridad y el prejuicio pueden poner de moda temporal¬ 
mente a un mal poeta o a un mal orador. Pero su reputación nunca será 
duradera o general. Cuando sus composiciones sean examinadas por la 
posteridad o por extranjeros, se disipará su atractivo, y sus defectos apa¬ 
recerán a la luz verdadera. Por el contrario, un genio auténtico, cuanto 
más tiempo duren sus obras tanto mayor será su difusión, y tanto más 
sincera será la admiración que despiertan. La envidia y los celos ocupan 
un espacio excesivo en un círculo estrecho, e incluso el conocimiento 
personal del poeta puede disminuir la aprobación de sus realizaciones. 
Pero, cuando se eliminan estas obstrucciones, las bellezas, que de ma¬ 
nera natural suscitan sentimientos agradables, despliegan de inmediato 
su energía y, mientras dure el mundo, mantendrán su autoridad sobre la 
mente de los hombres. 

Parece ser que, en medio de toda la variedad y el capricho del gus¬ 
to, existen ciertos principios generales de aprobación o desaprobación, 
cuya influencia una mirada cuidadosa es capaz de detectar en todas las 


224 



DE LA NORMA DEL GUSTO 


operaciones de la mente. Determinadas formas o cualidades, proceden¬ 
tes de la estructura original de la constitución interna, están calculadas 
para complacer, y otras para disgustar, y si dejan de producir su efecto 
en un caso determinado se deberá a algún aparente defecto o imper¬ 
fección del órgano correspondiente. Una persona que tiene fiebre no 
insistirá en que su paladar puede decidir en relación con los sabores, y 
alguien afectado de ictericia no pretenderá emitir un veredicto respecto 
a colores. En toda criatura hay un estado sano y un estado deficiente, y 
sólo el primero de estos estados se supone que puede proporcionarnos 
una verdadera norma para el gusto y el sentimiento. Si estando sano 
el órgano se produce entre las personas una uniformidad completa o 
considerable del sentimiento, podemos deducir de ella una idea de la 
belleza perfecta, del mismo modo que la apariencia de los objetos a la 
luz del día, para el ojo de una persona sana, se considera su color real 
y verdadero, aunque se conceda que el color es meramente una ilusión 
de nuestros sentidos. 

Son muchos y frecuentes los defectos de los órganos internos que 
impiden o debilitan la influencia de esos principios generales de los que 
depende nuestro sentimiento de la belleza o la deformidad. Aunque, 
debido a la estructura de la mente, algunos objetos estén calculados 
para proporcionarnos placer, no cabe esperar que todos los individuos 
sientan el placer de la misma manera. Hay determinados incidentes y 
situaciones que, o bien arrojan una falsa luz sobre los objetos, o bien 
evitan que la luz verdadera transmita a la imaginación el sentimiento y 
la percepción adecuados. 

Una causa evidente de por qué muchas personas no experimentan 
el adecuado sentimiento de la belleza es la falta de esa delicadeza de la 
imaginación que se requiere para proporcionar una sensibilidad para 
esas emociones más refinadas. Todo el mundo pretende tener esa delica¬ 
deza. Todos hablan de ella y reducirían toda clase de gusto o sentimien¬ 
to a su norma. Pero, como nuestra intención en este ensayo es añadir 
una cierta luz del entendimiento a las percepciones del sentimiento, 
sería conveniente dar una definición más exacta de la delicadeza de lo 
que hasta ahora se ha intentado. Y, para no extraer nuestra filosofía de 
una fuente demasiado profunda, recurriremos a una conocida anécdota 
del Quijote: 

«—¿A mí con eso? —dijo Sancho—. No me toméis menos sino que 
.r ine fuera a mí por alto dar alcance a su conocimiento. ¿No será bue¬ 
no, señor escudero [del Caballero del Bosque}, que tenga yo un instinto 
i.ui grande y tan natural en esto de conocer vinos, que en dándome a 
oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor y la dura, y las vueltas 
que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañederas? Pero no 
hay de qué maravillarse, si tuve en mi linaje por parte de mi padre los 


225 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


dos más excelentes mojones que en luengos años conoció la Mancha; 
para prueba de lo cual les sucedió lo que ahora diré. Diéronles a los 
dos a probar del vino de una cuba, pidiéndoles su parecer del estado, 
cualidad, bondad o malicia del vino. El uno lo probó con la punta de 
la lengua; el otro no hizo más que llegarlo a las narices. El primero dijo 
que aquel vino sabía a hierro, el segundo dijo que más sabía a cordobán. 
El dueño dijo que la cuba estaba limpia, y que el tal vino no tenía adobo 
alguno por donde hubiese tomado sabor de hierro ni de cordobán. Con 
todo eso, los dos famosos mojones se afirmaron en lo que habían dicho. 
Anduvo el tiempo, vendióse el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en 
ella una llave pequeña, pendiente de una correa de cordobán. Porque 
vea vuesa merced si quien viene desta ralea podrá dar su parecer en 
semejantes causas» 7 . 

La gran semejanza entre el gusto mental y el físico nos enseña a 
aplicar esta historia. Aunque es cierto que la belleza y la deformidad, en 
mayor medida que lo dulce y lo amargo, no son cualidades de los obje¬ 
tos, sino que pertenecen totalmente al sentimiento, interior o exterior, 
deberá concederse que hay ciertas cualidades en los objetos a las que la 
naturaleza ha capacitado para que produzcan esas sensaciones determi¬ 
nadas. Ahora bien, como estas cualidades pueden encontrarse en peque¬ 
ño grado, o pueden estar mezcladas y confundidas unas con otras, con 
frecuencia acontece que estas cualidades mínimas no afecten al gusto, 
o que éste no sea capaz de distinguir todos los particulares sabores en 
medio del desorden en el que se presentan. Cuando los órganos son tan 
finos como para no permitir que nada se les escape, y a la vez tan exac¬ 
tos como para percibir cada ingrediente de la composición, podemos 
llamar a esto delicadeza del gusto, tanto si empleamos estos términos 
en sentido literal como en sentido metafórico. Aquí son pues de utilidad 
las reglas de la belleza, que se extraen de modelos establecidos y a partir 
de la observación de lo que agrada o desagrada cuando se presenta por 
separado y en elevado grado. Y si esas cualidades, incluidas en una com¬ 
posición, y en grado menor, no afectan a los órganos con sensación de 
placer o displacer, excluiremos a esa persona de toda pretensión de po¬ 
seer tal delicadeza. Producir estas reglas generales o pautas concedidas 
de composición es como encontrar la llave con la correa de cordobán 
que justificaba el veredicto de los parientes de Sancho y contrariaba a 
quienes se habían erigido en jueces y los habían descalificado. Aunque 
nunca su hubiera vaciado la cuba, el gusto de unos seguiría siendo igual 
de delicado, y el de los otros lo mismo de embotado y lánguido. Pero 
habría sido más difícil probar la superioridad del gusto de los primeros 


7. [Miguel de Cervantes, Don Quijote , parte II, cap. 13.J 


226 



06 LA NORMA DEL GUSTO 


de manera convincente para todos cuantos supieron del caso. De ma¬ 
nera semejante, aunque nunca se hubieran metodizado las bellezas del 
arte de escribir, ni se hubieran reducido a principios generales; aunque 
nunca se hubieran reconocido modelos excelentes, seguirían existiendo 
diferentes grados del gusto, y el juicio de una persona sería preferible 
al de otra, pero no habría resultado tan fácil silenciar a un mal crítico, 
que podría seguir siempre insistiendo en su particular sentimiento y ne¬ 
gándose a someterse al de su antagonista. No obstante, cuando le mos¬ 
tramos un principio del arte aceptado; cuando ilustramos este principio 
con ejemplos que, desde su propio gusto particular, considera confor¬ 
mes al principio; cuando demostramos que el mismo principio puede 
aplicarse al presente caso, aunque él no perciba o sienta su influencia, 
tendrá que concluir, en conjunto, que la falta es suya, y que carece de 
la delicadeza que se requiere para ser sensible a toda belleza y a todo 
defecto en una composición o discurso. 

Se reconoce que la perfección de todos los sentidos o facultades re¬ 
side en percibir con exactitud los objetos mínimos y no dejar que nada 
escape a su sensibilidad y observación. Cuando más pequeños sean los 
objetos que el ojo percibe, tanto más fino es ese órgano y tanto más ela¬ 
borada su estructura y composición. Un buen paladar no se prueba con 
los sabores fuertes, sino con una mezcla de pequeños ingredientes, de 
los que seguimos percibiendo cada parte a pesar de su pequeñez y su 
confusión con el resto. De igual manera, una rápida y aguda percepción 
de la belleza y la deformidad debe ser la percepción de nuestro gusto 
mental, y no puede una persona estar satisfecha consigo misma mien¬ 
tras sospeche que le ha pasado inadvertida cualquier excelencia o cual¬ 
quier defecto de un discurso. En este caso se considera que van unidas 
la perfección de la persona y la del sentido o la sensibilidad. Hay oca¬ 
siones en las que un paladar muy delicado puede resultar ser un gran in¬ 
conveniente para una persona y para sus amigos. Sin embargo, un gus¬ 
to por el ingenio o la belleza ha de ser siempre deseable, porque es la 
lucnte de todos los goces más refinados e inocentes de los que es capaz 
la humana naturaleza. En esta conclusión están de acuerdo los senti¬ 
mientos de toda la humanidad. Dondequiera que pueda verificarse una 
delicadeza del gusto no cabe duda de que contará con aprobación, y el 
mejor modo de verificarlo consiste en apelar a los modelos y principios 
que se han establecido mediante el consenso y la experiencia uniformes 
de países y épocas. 

Pero, aunque naturalmente exista una gran diferencia respecto a la 
delicadeza entre una persona y otra, nada tiende a seguir incrementan¬ 
do y mejorando este talento como la práctica de un arte determinado y 
el frecuente estudio o contemplación de una determinada clase de belle¬ 
za. Cuando por primera vez se presentan objetos de cualquier clase ante 


227 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


el ojo o la imaginación, el sentimiento que los acompaña es oscuro y 
confuso, y la mente es incapaz en gran medida de pronunciarse respecto 
a sus méritos o defectos. El gusto no puede percibir las diversas excelen¬ 
cias de su realización, y mucho menos distinguir el particular carácter 
de cada excelencia y verificar su calidad y grado. Si una persona sin 
práctica considera que el objeto en su conjunto es bello o deforme, esto 
es lo más que cabe esperar, e incluso este juicio no podrá emitirlo sino 
con gran vacilación y reserva. Pero, si se permite que esa persona ad¬ 
quiera experiencia en tales objetos, su sensibilidad se hace más precisa 
y refinada. No sólo percibirá las bellezas o defectos de cada una de sus 
partes, sino que señalará lo que distingue cada una de sus cualidades, y 
le dedicará la alabanza o el reproche adecuados. Un sentimiento claro 
y distinto le asiste durante todo el estudio de los objetos, y discierne la 
clase y el grado exactos de aprobación o desagrado que cada parte es 
capaz de producir de modo natural. Se disipa la nebulosa que parecía 
cernirse sobre el objeto; el órgano adquiere mayor perfección en su 
funcionamiento y puede pronunciarse, sin temor a error, respecto a los 
méritos de cada realización. En resumen: la misma capacidad y destreza 
que la práctica proporciona para la ejecución de una obra se requieren 
también, por el mismo medio, para juzgarla. 

Tan ventajosa es la práctica para distinguir la belleza que, antes de 
que podamos emitir un juicio sobre una obra importante, será requisi¬ 
to incluso que examinemos esa obra concreta más de una vez, y que la 
estudiemos desde distintos puntos de vista con atención y deliberación. 
Hay un revoloteo o precipitación del pensamiento que acompaña el pri¬ 
mer examen de una pieza, y que confunde al verdadero sentido de la 
belleza. No se discierne la relación entre las partes. Se distingue poco el 
verdadero carácter del estilo. Los diversos defectos y perfecciones pare¬ 
cen estar envueltos en una especie de confusión, y se presentan a la ima¬ 
ginación de una manera vaga. Por no mencionar que hay una clase de 
belleza que, al ser brillante y superficial, gusta al principio, pero, cuando 
se encuentra incompatible con una justa expresión de la razón o de la 
pasión, no tarda en cansar al gusto, y entonces es rechazada con desdén 
o, al menos, clasificada como de inferior valor. 

Es imposible proseguir en la práctica de contemplar cualquier or¬ 
den de belleza sin verse obligado a establecer con frecuencia compara - 
dones entre los diferentes tipos y grados de excelencia y estimar en qué 
proporción se encuentran unos con otros. Alguien que no ha tenido la 
oportunidad de comparar las diferentes clases de belleza no está en ab¬ 
soluto capacitado para pronunciar una opinión en relación con ningún 
objeto que se le presente. Solamente mediante la comparación estable¬ 
cemos los epítetos de alabanza o reproche, y aprendemos a asignarlos 
en el debido grado. Una superficie pintarrajeada de la manera más tosca 


228 



DE LA NORMA DEL GUSTO 


contiene un cierto lustre de colores y exactitud de imitación que repre¬ 
sentarían bellezas en la medida en que despertasen la mayor admiración 
en la mente de un campesino o de un indio* Las baladas más vulgares 
no están por entero desprovistas de armonía o de naturalidad. Y nadie 
que no sea una persona familiarizada con bellezas superiores, calificaría 
su composición de estridente y su letra como carente de interés. Una 
belleza muy inferior resulta penosa para una persona versada en la clase 
de belleza más elevada, razón por la cual la considera deforme. Del mis¬ 
mo modo que el objeto más acabado con el que estamos familiarizados 
se supone naturalmente que ha alcanzado el pináculo de la perfección 
y merece el mayor aplauso. Unicamente alguien acostumbrado a ver, 
examinar y sopesar las diversas realizaciones que han sido admiradas 
en distintas épocas y distintos países, puede valorar los méritos de una 
obra que se le presente y asignarle la categoría adecuada entre las pro¬ 
ducciones del talento. 

Pero, para que un crítico pueda llevar a cabo esta valoración, tiene 
que mantener su mente libre de todo prejuicio y no permitir que entre 
en su consideración nada que no sea el objeto mismo que se somete a 
su examen. Podemos observar que toda obra de arte, para que pueda 
producir el debido efecto en la mente, tiene que ser estudiada desde 
un determinado punto de vista, y no puede ser disfrutada por personas 
uiyas situación, real o imaginaria, no sea conforme a lo que requiere la 
realización. Un orador se dirige a una audiencia determinada, y tiene 
que tener en cuenta su particular carácter, sus intereses, sus opiniones, 
sus pasiones y sus prejuicios. De otro modo esperará en vano influir 
en sus decisiones e inflamar sus pasiones. Si la audiencia ha mantenido 
alguna predisposición en su contra, por irrazonable que sea, no deberá 
pasar por alto esta desventaja, sino que, antes de entrar en materia, 
deberá intentar granjearse su afecto y buena disposición. Un crítico de 
una época o de un país diferente que lea su discurso, deberá considerar 
ludas estas circunstancias y colocarse en la misma situación de la au¬ 
diencia, con el fin de formarse un juicio verdadero de sus palabras. Del 
mismo modo, cuando una obra se dirige al público, aunque yo tenga 
amistad o enemistad con el autor, tendré que hacer abstracción de esta 
t iuttttstancia y considerarme como cualquier persona en general, olvi¬ 
dando, a ser posible, mi condición individual y mi peculiar situación. 
I bu persona influida por prejuicios no cumple esta condición, sino que 
ubstinadamente mantiene la posición que le es natural, sin adoptar el 
pimío de vista que la realización presupone. Si la obra se dirigía a perso¬ 
nas de una época o de un país diferente, no deja lugar para sus opiniones 
v pi« inicios peculiares, sino que, imbuido de las actitudes de su época y 
su país propios, condena apresuradamente lo que resultaba admirable 
paia aquellos para los que únicamente estaba calculado el discurso. Si 


229 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


la obra se representa ante el público, nunca aumentará suficientemente 
su comprensión, ni olvidará su interés como amigo o enemigo, como 
rival o comentarista. De este modo se pervierten sus sentimientos, y las 
mismas bellezas o defectos no ejercen la misma influencia sobre él que 
si hubiera forzado debidamente su propia imaginación y, por un mo¬ 
mento, se hubiera olvidado de sí mismo. En esa medida es evidente que 
su gusto se aparta de la verdadera norma y, en consecuencia, el crítico 
pierde todo crédito y autoridad. 

Es bien sabido que, en toda cuestión sometida al entendimiento, los 
prejuicios destruyen el buen juicio y pervierten todo el funcionamiento 
de las facultades intelectuales. No son éstos menos contrarios al buen 
gusto, ni influyen menos en corromper nuestro sentimiento de la belle¬ 
za. Es propio del buen sentido comprobar su influencia en ambos casos 
y, a este respecto, así como en muchos otros, la razón, si bien no es parte 
esencial del gusto, se requiere al menos de ella para el funcionamiento 
de esta última facultad. En todas las producciones nobles del talento 
existe una mutua relación y correspondencia de las partes, y no perci¬ 
birá las bellezas o los defectos aquél cuyo pensamiento no sea suficien¬ 
temente capaz de comprender todas esas partes y de compararlas entre 
sí, con el fin de percibir la coherencia y uniformidad del conjunto. Cada 
obra de arte tiene también una cierta finalidad o un cierto propósito, 
para los que está calculada, y se la considera más o menos perfecta en 
la medida en que sea más o menos adecuada para alcanzarlos. El objeto 
de la elocuencia es persuadir; el de la historia, instruir; el de la poesía, 
causar placer mediante las pasiones y la imaginación. Estas finalidades 
tienen que tenerse constantemente en cuenta cuando examinamos una 
realización y debemos ser capaces de juzgar en qué medida los medios 
empleados se adecúan a los respectivos propósitos. Además, toda clase 
de composición, incluso la más poética, no es otra cosa que una cadena 
de proposiciones y razonamientos, que en rigor no son siempre los más 
justos y exactos, pero que son no obstante plausibles y placenteros, por 
más que estén disfrazados con los colores que les presta la imaginación. 
Los personajes que intervienen en la tragedia y en la poesía épica deben 
representarse como personas que razonan, que piensan, que sacan con¬ 
clusiones y que actúan de manera adecuada a su carácter y sus circuns¬ 
tancias y, sin capacidad de juicio e invención, y sin gusto, un poeta no 
puede esperar nunca tener éxito en tan delicada empresa. Por no men¬ 
cionar que esas mismas facultades excelentes que contribuyen a mejorar 
la razón, esa misma claridad de concepción, esa misma exactitud en la 
capacidad de distinguir y esa misma vivacidad de la comprensión, son 
esenciales para el funcionamiento del verdadero gusto y son infalibles 
factores concomitantes. Rara vez ocurre, si es que ocurre alguna vez, 
que una persona sensata que tenga experiencia en cualquier arte no sea 


230 



DE LA NORMA DEL GUSTO 


capaz de juzgar su belleza, y no es menos raro encontrar a alguien que 
tiene buen gusto sin un sano entendimiento. 

Así, aunque los principios del gusto sean universales y sean casi los 
mismos, si no enteramente, en todos los seres humanos, son no obstan¬ 
te pocas las personas que pueden juzgar una obra de arte, o establecer 
sus propios sentimientos como canon de la belleza. Los órganos de las 
sensaciones interiores rara vez son tan perfectos como para permitir 
el pleno juego de los principios generales y producir un sentimiento 
correspondiente a esos principios. Bien funcionan con algún defecto, 
o están viciados por algún desorden, por lo que provocan un sentimien¬ 
to que hay que calificar de erróneo. Cuando el crítico carece de deli¬ 
cadeza, juzga sin distinguir y sólo le afectan las cualidades más gruesas 
y palpables del objeto. Los detalles más finos pasan inadvertidos y no 
son considerados. Cuando no cuenta con la ayuda de la práctica, su 
veredicto es confuso y vacilante. Cuando no se ha utilizado ninguna 
comparación, las bellezas más frívolas, que más bien merecen el nombre 
de defectos, son objeto de su admiración. Cuando está bajo la influen¬ 
cia de prejuicios, todos sus sentimientos naturales están pervertidos, 
t mando carece de buen sentido, no está cualificado para discernir las 
bellezas de un diseño o de un razonamiento, que son las más elevadas y 
excelentes. La generalidad de las personas sufre una u otra de estas im¬ 
perfecciones. De ahí la rareza, incluso en las épocas mas refinadas, de 
personas capaces de juzgar en las bellas artes. Una sólida sensatez, unida 
a la delicadeza de sentimientos, mejoradas por la práctica, perfecciona¬ 
das por la comparación y liberadas de todo prejuicio, son lo único que 
puede proporcionar a alguien estas valiosas cualidades, y el veredicto 
ionjunto de tales personas, cuando se las encuentra, constituyen el ver¬ 
dadero canon del gusto y la belleza. 

Pero ¿dónde se encuentra a críticos semejantes? ¿Qué señales per¬ 
miten reconocerlos? ¿Cómo se distinguen de quienes sólo pretenden 
tener tal condición? Estas preguntas resultan embarazosas, y parecen 
let retraernos a la misma incertidumbre de la que, en el curso de este en- 
ayo, hemos tratado de salir. 

Pero, si consideramos la cuestión correctamente, expresan cuestio¬ 
nes de hecho, no de sentimiento. Si una persona determinada está do¬ 
tada de buen sentido y de una imaginación delicada, libre de prejuicios, 
puede ser a menudo objeto de disputa, y dar lugar a gran discusión e in¬ 
vestigación. Pero toda la humanidad estará de acuerdo en que unas con¬ 
diciones tales son valiosas y estimables. Cuando surgen estas dudas no 
puede hacerse más que lo que se hace con otras cuestiones discutibles 
que se someten al entendimiento. Hay que utilizar los mejores argu¬ 
mentos que se sea capaz de idear; hay que reconocer que en algún lugar 
* hisIc una norma verdadera y decisiva para el ingenio, la existencia real 


231 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


y el sentido común, y hay que tener indulgencia con quienes difieran en 
cuanto a la aplicación de esta norma. Para nuestro actual propósito es 
suficiente si hemos probado que el gusto de todos los individuos no es 
equivalente, y que, en general, a algunas personas, por más que sea difí¬ 
cil establecer gradaciones, se les reconocerá, por sentimiento universal, 
que tienen preferencia sobre otras. 

Pero, en realidad, la dificultad de hallar, incluso en detalle, la norma 
del gusto no es tan grande como se supone. Aunque en la especulación 
estemos dispuestos a conceder un cierto criterio en la ciencia y a negar¬ 
lo en el sentimiento, la cuestión resulta mucho más difícil de determi¬ 
nar en el primer caso que en el segundo. En una época dada han preva¬ 
lecido teorías de filosofía abstracta, sistemas de profunda teología, que 
en el período siguiente se han visto universalmente refutados. Se han 
detectado su carácter absurdo y otras teorías y sistemas han pasado a 
ocupar su puesto, que a su vez han tenido que ceder ante otros sistemas 
y teorías. Y nada ha resultado estar tan sujeto a cambios y modas como 
estas pretendidas decisiones de la ciencia. No ocurre otro tanto con las 
bellezas de la elocuencia y la poesía. Justas expresiones de la pasión y 
la naturaleza ganan, al cabo de poco tiempo, el beneplácito del público, 
que mantienen a perpetuidad. Aristóteles 8 , Platón, Epicuro 9 y Descartes 
pueden sucesivamente dar paso uno a otro. Pero Terencio y Virgilio im¬ 
peran, universal e indiscutiblemente, sobre las mentes de los hombres. 
La filosofía abstracta de Cicerón ha perdido su crédito, mientras que la 
vehemencia de su oratoria sigue despertando nuestra admiración. 

Aunque son raras las personas de gusto delicado, es fácil distin¬ 
guirlas en la sociedad, gracias a la solidez de su entendimiento y a la 
superioridad de sus facultades sobre el resto de la humanidad. El as¬ 
cendiente que adquieren hace que prevalezca la viva aprobación con la 
que reciben cualquier producto del talento y hacen que predomine de 
manera general. Hay muchas personas que, dejadas a sí mismas, tienen 
una percepción borrosa y dubitativa de la belleza, y que, sin embargo, 
cuando se les señala, son capaces de disfrutar de una bella pincelada. 
Todo converso a la admiración del poeta u orador verdadero es causa 
de alguna nueva conversión. Y, aunque los prejuicios puedan preva¬ 
lecer por algún tiempo, nunca se unen para alabar a ningún rival del 
verdadero genio, sino que acaban por ceder a la fuerza de la naturaleza 
y del justo sentimiento. Así, aunque una nación civilizada pueda errar 


8. [Aristóteles (384-322 a.C.), filósofo griego, fue la principal fuente de la filosofía 
escolástica medieval.) 

9. [Epicuro (341-270 a.C.), filósofo moral griego, profesaba el hedonismo u opi¬ 
nión de que el placer es el bien para el hombre. Véase más arriba el ensayo de Hume -1*1 
epicúreo», pp. 149-155.] 


232 



DE LA NORMA DEL GUSTO 


fácilmente en la elección del filósofo al que admira, nunca se equivocará 
prolongadamente en el afecto por un autor épico o trágico favorito. 

Mas, no obstante todos nuestros esfuerzos para establecer una nor¬ 
ma del gusto y reconciliar las discordantes percepciones de la gente, 
siguen existiendo dos fuentes de variación que en rigor no son sufi¬ 
cientes para confundir todos los límites de la belleza y la deformidad, 
pero que a menudo sirven para producir una diferencia en el grado de 
nuestra aprobación o nuestro reproche. Una de estas fuentes son los 
particulares humores de determinadas personas; la otra, las particulares 
costumbres y opiniones de nuestra época y nuestro país. Los principios 
generales del gusto son uniformes en la naturaleza humana. Cuando 
las personas varían en sus juicios puede observarse por lo común algún 
defecto o perversión de las facultades, que procede de prejuicios, de la 
falta de práctica o de la falta de delicadeza, y hay una justa razón para 
aprobar un gusto y condenar otro. Pero, cuando existe una diversidad 
en la estructura interior o en la situación exterior que no puede en 
modo alguno achacarse a ninguna de las dos partes, y que no da lugar a 
otorgar a una de ellas preferencia sobre la otra, en ese caso es inevitable 
un cierto grado de diversidad en el juicio, y en vano buscaremos una 
norma que nos permita conciliar los sentimientos encontrados. 

Un hombre joven, cuyas pasiones son cálidas, será más sensible a las 
imágenes amorosas y tiernas que otro de más años, que halla placer en 
inflexiones sabias, filosóficas, relativas a la conducta vital y a la modera¬ 
ción de las pasiones. A los veinte años puede ser Ovidio el autor favo¬ 
rito; a los cuarenta, Horacio, y a los cincuenta quizá lo sea Tácito. En 
vano intentaremos, en tales casos, penetrar en los sentimientos de otros 
y librarnos de las propensiones que nos son naturales. Elegimos a nues- 
im autor favorito del mismo modo que elegimos a un amigo, a partir 
ile una conformidad de temperamento y disposición. La alegría o la pa¬ 
sión, el sentimiento o la reflexión; según predominen estas condiciones 
en nuestro carácter sentiremos una peculiar simpatía con el autor que 
se nos asemeja. 

A una persona le complace más lo sublime; a otra, lo tierno; una 
UTcera prefiere las burlas. Una persona es muy sensible a los repro¬ 
pies y está sumamente preocupada por la corrección; otra tiene una 
sensibilidad más viva para la belleza y perdona multitud de absurdos 
v defectos por una pincelada elevada o conmovedora. El oído de uno 
está por completo pendiente de la concisión y la energía. Le encantarán 
l is formas de expresión exuberantes, ricas y armoniosas. La sencillez 
nene su efecto en uno; el ornamento, en otro. La comedia, la tragedia, 
l.i sátira, las odas, son géneros cada uno de los cuales tiene sus adeptos, 
ijuc prefieren esa clase de escritos a todos los demás. En un crítico es sin 
iluda un error que limite su aprobación a una clase de estilo y condene 


233 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


todas las demás. Pero es imposible no sentir predilección por lo que se 
adecúa a una orientación y disposición determinadas. Tales preferencias 
son inocentes e inevitables, y nunca pueden razonablemente ser objeto 
de disputa, porque no hay normas que nos permitan decidir al respecto. 

Por esa misma razón nos placen más, en el curso de nuestras lectu¬ 
ras, las imágenes y caracteres que se asemejan a los que encontramos en 
nuestra época y en nuestro país, que aquellos que describen un conjunto 
de costumbres diferentes. No sin cierto esfuerzo nos reconciliamos con 
la sencillez de las costumbres antiguas, al encontrarnos con princesas 
que van a buscar agua a la fuente, o con reyes y héroes que preparan 
sus propias vituallas. Podemos aceptar en general que la descripción de 
estas costumbres no obedece a un defecto del autor ni de la obra. Pero 
no afectan a nuestra sensibilidad del mismo modo. Por esta razón no es 
fácil trasladar la comedia de una época o un país a otros. A un francés o 
a un inglés no le gustan la Andria de Terencio 10 o la Clizia de Maquia- 
velo 11 , donde la hermosa dama, en torno a la cual gira toda la obra, no 
aparece una sola vez ante los espectadores, sino que está siempre fuera 
de la escena, algo que va bien con el carácter reservado de los antiguos 
griegos y de los italianos modernos. Un hombre culto y reflexivo puede 
admitir estas costumbres peculiares. Pero el público común no se des¬ 
prende de sus ¡deas y sentimientos habituales hasta el punto de disfrutar 
de imágenes que en modo alguno se le asemejan. 

Aquí se produce sin embargo una reflexión que quizá pueda ser útil 
a la hora de considerar la célebre controversia sobre la erudición anti¬ 
gua y la moderna, donde a menudo encontramos que una parte excusa 
cualquier aparente absurdo de los antiguos, y que la otra se niega a ad¬ 
mitir tal excusa, o la admite solamente como apología del autor, no de 
la obra. En mi opinión, rara vez se han establecido los adecuados lími¬ 
tes entre las partes contendientes en esta materia. Cuando están repre¬ 
sentadas inocentes peculiaridades de las costumbres, tales como las que 
hemos mencionado, tendrían sin duda que admitirse, y aquél a quien 
escandalicen está dando pruebas evidentes de delicadeza y refinamiento 
falsos. El monumento del poeta, más duradero que el metal 12 , se desmo¬ 
ronaría como el ladrillo o la arcilla si no se tuviera en cuenta la conti¬ 
nua revolución de los modales y las costumbres, y no se admitiría nada 
más que lo compatible con la moda prevaleciente. ¿Hemos de desechar 


10. (Terencio, Andria (la muchacha de Andros). Glycerium, la joven en corno a l.i 
cual se desarrolla toda la obra, es una muta persona , esto es, no dice nada en escena. 
N. del T.: En realidad no aparece en escena.] 

11. [En la obra Clizia , de Maquiavelo, que se representó en 1525, la joven Clizia mi 
aparece en escena, pero es el centro de la acción.] 

12. [Horacio, Carmina (Odas), 3.30.1.) 


234 



DE LA NORMA DEL GUSTO 


las imágenes de nuestros antepasados a consecuencia de sus golas y po¬ 
lisones? Pero, cuando las ideas de moralidad y decencia cambian de una 
época a otra, y cuando se describen costumbres licenciosas sin señalar¬ 
las debidamente con el estigma de la desaprobación, se desfigurará el 
poema y constituirá una verdadera deformidad. No puedo, ni es propio 
que deba, entrar en tales sentimientos y, aunque pueda excusar al poeta 
por las costumbres de su época, nunca podré gozar de su composición. 
1.a falta de humanidad y de decencia, tan conspicuos en los personajes 
descritos por varios de los poetas de la Antigüedad, a veces incluso por 
I lomero y los trágicos griegos, disminuye considerablemente el mérito 
de sus nobles obras, y da a los autores modernos una ventaja sobre ellos. 
No nos interesan la suerte ni los sentimientos de héroes tan toscos. Nos 
disgusta hallar tan confundidos los límites del vicio y la virtud. Y, con 
independencia de la indulgencia que otorguemos al autor teniendo en 
cuenta sus prejuicios, no podemos permitirnos aceptar sus sentimientos 
o sentir afecto por personajes que a todas luces resultan reprobables. 

No son lo mismo los principios morales que las opiniones especu¬ 
lativas de cualquier tipo. Estas últimas están en cambio y revolución 
continuos. El hijo se adhiere a un sistema distinto que el padre. Es más, 
.ipenas hay alguien que pueda presumir de gran constancia y uniformi¬ 
dad a este respecto. Sean cuales fueren los errores especulativos que po¬ 
damos hallar en las obras cultas de cualquier época o de cualquier país, 
menoscaban muy poco el valor de esas composiciones. No necesitamos 
sino dar un cierto giro a nuestro pensamiento o a nuestra imaginación 
para poder adentrarnos en todas las opiniones que han prevalecido en 
un momento dado, y disfrutar los sentimientos o las conclusiones que 
ile esas opiniones se derivaban. En cambio, se requiere un violento es- 
lucrzo para cambiar nuestro juicio sobre las costumbres, y para suscitar 
M'iuimientos de aprobación o desaprobación, de amor o de odio, dife- 
tentes de aquéllos con los que la mente ha estado familiarizada por pro¬ 
fligado hábito. Y, cuando tenemos confianza en la rectitud de esa nor¬ 
ma moral, por la que se guía nuestro juicio, somos justamente celosos 
dr la misma, y no pervertiremos los sentimientos de nuestro corazón 
para caer en la complacencia con ningún autor, sea el que fuere. 

De todos los errores especulativos, los que conciernen a la religión 
son los más excusables en las composiciones de talento, y no es permisi¬ 
ble juzgar el grado de civilidad o de sabiduría de un pueblo, o incluso de 
los individuos, por la tosquedad o el refinamiento de sus principios teo¬ 
lógicos. El mismo buen sentido que nos guía en el acontecer ordinario 
di nuestra vida no puede aplicarse en cuestiones religiosas, que se su¬ 
pone que están por encima del alcance de la razón humana. Según esto, 
indo crítico que pretenda formarse una justa idea de la poesía antigua 
deberá pasar por alto todos los absurdos del sistema de teología pagano 


235 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


y, a su vez, quienes nos sucedan deberán tener cierta indulgencia con 
sus predecesores. No se le debe imputar a un poeta como falta ningún 
principio religioso, siempre y cuando se trate de un mero principio y 
no se apodere tan fuertemente de su corazón como para poder acusarle 
de intolerancia o de superstición . Pues, cuando ocurre así se confunden 
los sentimientos de la moralidad, y se alteran los límites naturales entre 
el vicio y la virtud. Éstos, según el principio antes mencionado, son en 
consecuencia defectos eternos, que los prejuicios y las opiniones falsas 
de la época no bastan para justificar. 

A la religión católica romana le es esencial inspirar un odio violento 
hacia todo otro culto, y presentar a todos los paganos, mahometanos y 
herejes como objetos de la ira y la venganza divinas. Tales sentimientos, 
aunque son en realidad muy reprobables, los fanáticos de esa confe¬ 
sión los consideran virtudes, y los representan en sus tragedias y en sus 
poemas épicos como una especie de divino heroísmo. Esta intolerancia 
ha desfigurado dos excelentes tragedias del teatro francés, Polieucte y 
Athalie L \ donde un celo incontrolado por determinados modos de cul¬ 
to se pone de relieve con toda la pompa imaginable y constituye la ca¬ 
racterística predominante en los héroes. «¿Qué es esto?», dice el sublime 
Joad a Josabet, al encontrarla en conversación con Mathan, sacerdote 
de Baal. «¿No temes que la tierra se abra y eche llamas que os devoren a 
ambos, o que los sagrados muros se desplomen y os aplasten? ¿Cuál es 
su propósito? ¿Por qué viene aquí ese enemigo de Dios a envenenar el 
aire que respiramos con su horrible presencia?». Esos sentimientos son 
acogidos con grandes aplausos en los teatros de París, pero en Londres 
complacerían tanto a los espectadores como escuchar a Aquiles decirle 
a Agamenón que tiene la frente de un perro y el corazón de un ciervo, o 
a Júpiter amenazar a Juno con una buena paliza si no se calla 14 . 

Los principios religiosos son también un defecto en una composi¬ 
ción correcta cuando se elevan a superstición y se mezclan con todos 
los sentimientos por muy poco que tengan que ver con la religión. No 
es ninguna excusa para un poeta que las costumbres de su país hayan 
recargado la vida con tantas ceremonias y observancias religiosas que 
no haya parte de ella que no esté sometida al yugo de la religión. Siem- 


13. [Polyeucte (1641-1642), tragedia de Comedle, es la historia de un noble ar* 
menio cuya conversión al cristianismo y cuyo martirio conducen a la conversión de su 
esposa, Pauline, y de su suegro, Félix, el gobernador romano que le había sentenciado a 
muerte por traicionar a los dioses romanos. Athalie (1691), tragedia escrita por Racinc, 
se basa en la narración bíblica (2 Reyes 11 y 2 Crónicas 22-23) del triunfo del sacerdote 
de Dios sobre Athaliah, reina de Judá y adoradora de Baal. La escena que a continuación 
describe Hume pertenece a Athalie , acto 3, esc. 5J 

14. [Véase Homero, Ufada I. 225, respecto al insulto de Aquiles a Agamenón, y 
1.56-67 respecto a las amenazas de Zeus (o Júpiter) a Hera Ouno).] 


236 



DE LA NORMA DEL GUSTO 


pre resultará ridículo que Petrarca compare a su amada Laura con Je¬ 
sucristo 15 . No es menos ridículo que Boccaccio, el agradable libertino, 
dé gracias a Dios omnipotente y a las damas por su ayuda en defenderle 
de sus enemigos 16 . 


15. (Hume se refiere probablemente a la colección de 366 poemas de Francesco 
IVir.irca (1304-1374), que no lleva ningún título preciso y que los italianos conocen 
i timi) Canzionere o Rima, La mayor parte de los poemas se refieren al amor de Petrarca 

m I aura, que se inició el día en que la vio en la iglesia, en 1327, y prosiguió después de 
l.i muerte de ella en 1348. Parece ser que Laura no estuvo al alcance de Petrarca, y que la 
.mió a distancia. En los poemas, el amor de Petrarca por Laura se convierte en un símbolo 
•Ir l.i búsqueda de la salvación por parte del poeta, y la propia Laura, tras su desaparición 
ll*i% .i, resucita en forma de ideal sublime con cualidades divinas.) 

16. (Véase Boccaccio, Decamerón , introducción a la «Cuarta ¡ornada».] 


237 



ENSAYOS 

MORALES, POLÍTICOS Y LITERARIOS 
PARTE II* 


Publicada en 1752 a 



I 


DEL COMERCIO 


1.a mayor parte de la humanidad puede dividirse en dos clases: la de los 
pensadores superficiales , que no llegan a la verdad, y la de los pensado¬ 
res abstrusos y que van más allá de ella. Los de esta última clase son con 
mucho los más raros, y puedo añadir que son también los más útiles y 
valiosos. Ellos, por lo menos, sugieren pistas, y plantean dificultades 
que quizá requieran capacidad para abordarlas, pero que pueden llegar 
a producir excelentes descubrimientos cuando las abordan personas con 
un más justo modo de pensar. En el peor de los casos, lo que dicen es 
poco común y, si bien puede que cueste trabajo comprenderlo, se tiene 
Hin embargo el placer de escuchar algo nuevo. Poco tiene que valorarse 
en un autor que no nos dice más que lo que podemos aprender en cual¬ 
quier charla de café. 

Toda la gente de pensamiento superficial tiende a menospreciar in¬ 
cluso a quienes tienen un entendimiento sólido , y a considerarlos pen¬ 
sadores abstrusos y metafísicos y sofisticadores, y nunca aceptarán que 
Kca justo nada que vaya más allá de sus propias débiles concepciones. 
(Conozco casos en los que un refinamiento extraordinario da lugar a 
una fuerte presunción de falsedad, y en los que no se confía en ningún 
razonamiento que no resulte natural y fácil. Cuando alguien delibera 
respecto a su conducta en un asunto determinado y configura esquemas 
que atañen a la política, el comercio, la economía o cualquier nego¬ 
cio de la vida, debería esbozar sus argumentos sin demasiada finura, y 
no conectar cadenas de consecuencias demasiado largas. Es seguro que 
ocurrirá algo que desconcertará su razonamiento y producirá un resul¬ 
tado distinto del que esperaba. Pero, cuando razonamos sobre temas 
generales podemos afirmar con justicia que nuestras especulaciones no 
pueden casi nunca ser demasiado finas, siempre y cuando se ajusten a 
la razón, y que la diferencia entre una persona común y una persona de 


241 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


talento se ve principalmente en la superficialidad o la profundidad de 
los principios en los que una u otra se basa. Los razonamientos de carác¬ 
ter general parecen intrincados, simplemente por tener ese carácter, y el 
grueso de la humanidad ni siquiera distingue con facilidad, en gran nú¬ 
mero de aspectos determinados, la circunstancia común en la que todo 
el mundo está de acuerdo, ni es capaz de extraerla, pura y sin mezcla, de 
entre todas las demás circunstancias superfluas. Para la mayor parte de 
las personas, todo juicio o conclusión es particular. No pueden ampliar 
su punto de vista para abarcar esas proposiciones universales que com¬ 
prenden a un infinito número de individuos y que contienen toda una 
ciencia en un sólo teorema. Su ojo se confunde ante tan amplia perspec¬ 
tiva, y las conclusiones que de ella se sacan, aunque estén expresadas 
con claridad, se les antojan intrincadas y obscuras. Mas por intrincadas 
que puedan parecer, lo cierto es que los principios generales, si son jus¬ 
tos y sólidos, han de prevalecer siempre en el curso general de las cosas, 
aunque puedan fallar en determinados casos, y es el principal cometido 
de los filósofos considerar ese curso general de las cosas. Puedo añadir 
que es también el principal cometido de los políticos, sobre todo en el 
gobierno interior del Estado, donde el bien público, que constituye, o 
debería constituir, su principal objetivo, depende de una concurrencia 
de múltiples causas 1 , y no, como en la política exterior, de accidentes 
o casualidades, y de caprichos de unas cuantas personas. Esto marca 
en consecuencia la diferencia entre las deliberaciones particulares y los 
razonamientos generales , y hace que la sutileza y el refinamiento sean 
más adecuados para los últimos que para las primeras. 

He pensado necesaria esta introducción antes de seguir mi diserta¬ 
ción sobre el comercio , el dinero, el interés, la balanza comercial, etc .\ 
donde quizá se den principios que son poco comunes y que pueden 
parecer demasiado refinados y sutiles para temas tan vulgares. Si son 
falsos, sean rechazados. Pero nadie debería tener prejuicios en contra de 
ellos, por el simple hecho de que no sigan la vía común. 

La grandeza de un Estado, y la felicidad de sus súbditos, por muy in- 

l. [En las ediciones aparecidas desde 1752 hasta 1768 dice «casos» en vez de «cau¬ 
sas». Cf. Eugene Rotwein, David Hume: Writings on Economics , Madison: University 
of Wisconsin Press, 1955, p. 4. Hume señala aquí que pueden establecerse principio» 
generales en relación con la política interior y con los asuntos comerciales o económicos, 
porque se encuentran regularidades de comportamientos en estas áreas de la vida. Estas 
regularidades provienen de dos causas principales: las instituciones del Estado y las pa¬ 
siones humanas. Tal como Hume ha observado anteriormente, puede existir una cicnci.i 
política porque las leyes y las formas de gobierno configuran los actos humanos de una 
manera uniforme (cf. lo dicho más arriba en la p. 53). Además, la política interior, y el 
comercio en particular, surgen de pasiones más universales, que tienden a actuar -en tudi» 
tiempo, en todo lugar y en toda persona» (p. 129). | 


242 



DEL COMERCIO 


dependientes que puedan parecer en algunos aspectos, suele considerar¬ 
se que son inseparables con respecto al comercio. Y, del mismo modo 
que las personas privadas obtienen una mayor seguridad del poder de 

10 público, en cuanto a sus posesiones, sus transacciones y su riqueza, lo 
público es más poderoso en proporción a la opulencia y a lo extendido 
del comercio de las personas privadas. Esta máxima es cierta en general. 
Aunque no puedo dejar de pensar que quizá admita algunas excepciones 
y que, con frecuencia, la afirmamos con demasiado pocas reservas y 
limitaciones. Pueden darse circunstancias en las que el comercio, la ri¬ 
queza y el lujo de los individuos, en vez de añadir fortaleza a lo público, 
sirvan únicamente para reducir sus ejércitos y disminuir la autoridad 
del país entre las naciones vecinas. El ser humano es muy variable, y es 
susceptible de muy distintas opiniones, principios y reglas de conducta. 
Lo que puede ser verdad mientras se adhiere a un determinado modo de 
pensar, resultará falso cuando ha adoptado un conjunto de costumbres 
y opiniones opuesto. 

El grueso de los habitantes de un Estado puede dividirse en agri- 
i ultores y manufactores [artesanos y trabajadores industriales). Los pri¬ 
meros se emplean en el cultivo de la tierra; los segundos elaboran los 
materiales proporcionados por los primeros y los convierten en todos 
los productos necesarios para la vida humana o que sirven de adorno, 
lan pronto como los seres humanos salen del estado salvaje, tienen que 
encajar en una de estas dos clases, aunque las artes de la agricultura, al 
principio , emplean a la parte más numerosa de la sociedad 2 . El tiempo 
v la experiencia mejoran tanto estas artes que la tierra puede fácilmente 
sustentar a un número mucho mayor de personas de las que se emplean 
directamente en sus cultivos, o que proveen de las más necesarias ma¬ 
nufacturas a quienes se dedican a la agricultura. 

Si estas manos superíluas se dedican a las artes más refinadas, a 
Lis que suele denominarse artes del /«/o, contribuyen a la felicidad del 
I stado, ya que permiten que muchos tengan la oportunidad de gozar 
de cosas que, de otro modo, no habrían conocido. Pero ¿no puede pro¬ 
ponerse un plan distinto para el empleo de estas manos? ¿No puede el 
lobcrano reclamarlas para emplearlas en armadas y ejércitos, con el fin 
de aumentar los dominios del Estado en el extranjero y difundir su fama 

2. M. Melón, en su ensayo sobre el comercio, afirma que, incluso en la actualidad, 
M m* divide a Francia en veinte partes, dieciséis corresponden a labradores o campesinos; 
%\m solamente a artesanos; una, a personas dedicadas a las leyes, la Iglesia y la milicia, 
\ mu a comerciantes, financieros y burgueses. Este cálculo es sin duda muy erróneo. En 

1 1 .lucia, en Inglaterra y en la mayor parte de Europa, la mitad de los habitantes viven en 
* itul.idcs, e incluso, de quienes viven en el campo, un gran número son artesanos, quizá 
nuv tic un tercio. |Jcan-Frani;ois Melón, Essai politique swr ie commerce (1734; 2. a ed. 
•inipl. 1736; trad. inglesa; A PoUtical Essay upan Commerce , 1738.) 


243 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


por distantes naciones? No cabe duda de que, cuanto menores sean las 
necesidades y los deseos de los propietarios y los trabajadores de la tie¬ 
rra, tantas menos manos emplean y, en consecuencia, los excedentes del 
campo, en vez de mantener a comerciantes y trabajadores industriales, 
pueden mantener armadas y ejércitos en mucha mayor medida que don¬ 
de se necesitan gran cantidad de artes para satisfacer el lujo de personas 
particulares. Aquí parece existir, así pues, una especie de oposición en¬ 
tre la grandeza del Estado y la felicidad de los súbditos. Nunca es más 
grande un Estado que cuando todas las manos superfluas se emplean 
al servicio del público. El desahogo y la conveniencia de las personas 
privadas requieren que estas manos se empleen para su servicio. Uno 
de estos servicios nunca puede satisfacerse si no es a costa del otro. Lo 
mismo que la ambición del soberano tiene que ir en menoscabo del lujo 
de los individuos, el lujo de los individuos tiene que disminuir la fuerza 
del soberano y controlar su ambición. 

Este razonamiento no es meramente quimérico, sino que está fun¬ 
damentado en la historia y la experiencia. La república de Esparta fue 
sin duda más poderosa que ningún Estado de los que ahora existen con 
igual número de habitantes. Y ello se debió totalmente a la falta de co¬ 
mercio y de lujo. Los ilotas eran los trabajadores; los espartanos eran 
los soldados o caballeros. Es evidente que el trabajo de los ilotas no ha¬ 
bría podido mantener tan gran número de espartanos, si estos últimos 
se hubieran dado a una vida desahogada y de delicadas costumbres y 
hubieran empleado una gran variedad de oficios e industrias. Esa mis¬ 
ma política puede observarse en Roma. Y, de hecho, a lo largo de toda 
la historia antigua puede observarse que repúblicas menores pusieron 
en pie y mantuvieron ejércitos mayores que los que Estados que tripli¬ 
can su población pueden mantener en la actualidad. Se ha comproba¬ 
do que, en todas las naciones europeas, la proporción de soldados con 
respecto a la población no excede de un soldado por cada cien habitan¬ 
tes. Pero leemos que sólo la ciudad de Roma, con su pequeño territorio, 
puso en pie y mantuvo, en sus primeros tiempos, diez legiones contra 
los latinos 3 . Atenas, el conjunto de cuyos dominios no era mayor que el 
condado de Yorkshire [unos 15.000 km 2 ], envió a la expedición contra 
Sicilia a cuarenta mil hombres 4 . Se dice que Dionisio el Viejo mantuvo 
un ejército permanente de cien mil infantes y diez mil jinetes, además 
de una gran flota de cuatrocientos barcos 5 , a pesar de que sus territorios 


3. |Cf. Tito Livio, Historia de Roma t 8.25.] 

4. Tucídides, lib. VIII. [75.) 

5. Diod. Sfc., lib. VII. Estos datos, en mi opinión, resultan algo sospechosos, por 
no decir algo peor. Sobre todo porque este ejército no estaba compuesto por ciudadanos, 
sino por mercenarios. 


244 



DEL COMERCIO 


se extendían no más allá de la ciudad de Siracusa, un tercio de la isla 
de Sicilia, y algunos puertos y guarniciones en las costas de Italia y del 
lUyricum 6 . Es cierto que, en tiempos de guerra, los ejércitos antiguos 
subsistían en gran parte gracias al saqueo. Pero ¿no saqueaba también el 
enemigo? El saqueo era una manera de recaudar impuestos más ruino¬ 
sa que cualquier otra que pudiera idearse. En resumen: no puede atri¬ 
buirse una razón probable del mayor poder de los Estados antiguos con 
respecto a los modernos que su falta de comercio y de lujo. Eran pocos 
los artesanos a los que se mantenía con el trabajo de los campesinos y, 
en consecuencia, podían vivir de él mayor número de soldados. Dice 
Tito Livio que, en su tiempo, le habría resultado difícil a Roma poner 
en pie un ejército como el que, en tiempos anteriores, había enviado a 
combatir contra galos y latinos 7 . En vez de soldados que lucharan por la 
libertad y el imperio en tiempos de [Marco Furio) Camilo, en la época 
de Augusto había músicos, pintores, cocineros, actores y sastres y, si la 
tierra se seguía cultivando de la misma manera en ambos períodos, po¬ 
día mantener seguramente a un número igual de una profesión que de la 
otra. No se añadía nada a las meras necesidades de la vida en el período 
posterior respecto al anterior. 

¿Resulta natural, en esta ocasión, preguntar si los soberanos no pue¬ 
den volver a la máxima de la política antigua, y tener en cuenta en este 
aspecto su propio interés más que la felicidad de sus súbditos? Mi res¬ 
puesta es que me parece casi imposible, y ello porque la política antigua 
ctj violenta y contraria al curso más natural y habitual de las cosas. Es 
bien sabido con qué peculiares leyes se gobernó Esparta y por qué pro¬ 
digio la tienen con justicia cuantos han considerado la naturaleza huma¬ 
na tal como se ha desplegado en otras naciones y en otras épocas. Si el 
testimonio de la historia fuera menos positivo y detallado, un gobierno 
tal se antojaría una mera ficción o capricho filosófico, que nunca habría 
podido llevarse a la práctica. Y, aunque la república romana y otras 
t('publicas antiguas se basaban en principios algo más naturales, una 
extraordinaria concurrencia de circunstancias hacía que se sometieran 
a ules gravosas cargas. Eran Estados libres, eran pequeños y, siendo la 
época marcial, sus vecinos estaban siempre en armas. La libertad genera 
siempre un espíritu público, especialmente en los Estados pequeños. Y 
este espíritu público, este amor patriae tiene que aumentar cuando el 


|Ittyricum se refiere por lo general al área de la costa del Adriático de lo que fue 

í. Tito Livio, lib. VII, cap. 24. «Adeo in quae laboramus», dice, «sola crevimus, 
•livuus luxuriemque». [T. Livio, Historia de Roma, 7.25: «... tan estrictamente se ha limi- 
• hIi» nuestro crecimiento a las cosas por las que nos esforzamos: la riqueza y el lujo». Tito 
I mu se refiere a ta Roma de 34X a.C., cuando era dictador Camilo.] 


245 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


público está casi en continua alarma y los hombres se ven obligados, a 
cada momento, a exponerse a los mayores peligros en su defensa. Una 
continuada sucesión de guerras convierte en soldado a todo ciudadano. 
Toma las armas y, durante su servicio, se mantiene en lo principal a sí 
mismo. El servicio es en realidad equivalente a un pesado impuesto, 
aunque lo sienta menos así un pueblo adicto a las armas, que lucha por 
el honor y la venganza más que por la paga, y que desconoce la ganancia 
y la laboriosidad tanto como el placer 8 . Por no mencionar la gran igual¬ 
dad de fortunas entre los habitantes de las repúblicas antiguas, en las 
que cada terreno de cultivo, que pertenecía a un propietario diferente, 
podía mantener a una familia, lo que hacía muy considerable el número 
de ciudadanos, incluso sin comercio y sin manufacturas. 

Pero, aunque la falta de comercio y de industria, en un pueblo li¬ 
bre y muy marcial, puede a veces no haber tenido otro efecto que el 
dar más poder a lo público, lo cierto es que, con el curso común de los 
asuntos humanos, acabará por tener una tendencia totalmente contra¬ 
ria. Los soberanos tienen que aceptar a los seres humanos tal como los 
encuentran, y no pueden pretender introducir ningún cambio violen¬ 
to en sus principios y modos de pensar. Se requiere un largo curso del 
tiempo, con variados accidentes y circunstancias, para que se produzcan 
esas grandes revoluciones que tanto diversifican el rostro de los asuntos 
humanos. Y cuanto menos natural sea el conjunto de principios sobre 
el que se sustenta una sociedad determinada, tanto mayor será la difi¬ 
cultad con la que se encuentra un legislador para implantarlos y culti¬ 
varlos. Su mejor política será seguir la inclinación común de la humani¬ 
dad y aplicarle todas las mejoras a las que es susceptible. Pues bien, de 
acuerdo con el curso más común de las cosas, la industria, las artes y el 
comercio, aumentan el poder del soberano, así como la felicidad de los 


8. Los romanos más antiguos estaban en guerra perpetua con sus vecinos y, en el 
latín antiguo, el término hostis expresaba tanto a un extraño como a un enemigo. Así lo 
hace notar Cicerón, pero él lo atribuye al espíritu humanitario de sus antepasados, que 
ablandaron todo lo posible la denominación de enemigo, aplicándole el mismo apelati¬ 
vo que significaba forastero. De Off,, lib. II. (1.12 en la ed. Locb.| Es más probable, sin 
embargo, dadas las costumbres de la época, que la ferocidad de aquellas gentes fuera tan 
grande como para hacer que se considerase enemigos a todos los forasteros y se les aplica¬ 
ra el mismo nombre. No es además coherente con las máximas más comunes de la política 
o de la naturaleza que ningún Estado tuviera una actitud amistosa hacia sus enemigos 
públicos, o que mantuviera hacia ellos unos sentimientos como los que el orador romano 
atribuía a sus antepasados. Por no mencionar que los primeros romanos practicaban en 
realidad la piratería, como sabemos por los primeros tratados con Cartago, que recoge 
Polibio, lib. III, y estaban en consecuencia, como los bandidos salaítas y argelinos, real 
mente en guerra con la mayoría de los países, por lo que extranjero y enemigo eran casi 
sinónimos. |Los bandidos salaítas (de Sala Colonia, hoy Salé) y argelinos eran piratas que 
actuaban desde Berbería, la costa berberisca del norte de África.) 


246 



DEL COMERCIO 


súbditos, y es violenta la política que engrandece lo público a costa de 
la pobreza de los individuos* Así se desprende fácilmente de unas cuan¬ 
tas consideraciones que nos presentarán las consecuencias de la pereza 
y de la barbarie* 

Allí donde no se cultivan las manufacturas y las artes mecánicas, 
el grueso de la población tiene que dedicarse a la agricultura y, si su 
habilidad y laboriosidad aumentan, sobrevendrá un gran excedente de 
mano de obra, por encima de lo que es suficiente para mantenerse* 
Quienes componen esta población no sentirán por tanto la tentación de 
aumentar sus técnicas ni su laboriosidad, ya que no pueden cambiar ese 
excedente por ningún producto que sirva para su placer o para su vani¬ 
dad. Prevalecerá naturalmente un hábito de indolencia. La mayor parte 
de la tierra queda sin cultivar, y la que se cultiva no rinde al máximo 
por faltarles a los agricultores habilidad y asiduidad. Si, en un momento 
liado, las necesidades públicas requieren que gran parte de la población 
se emplee en el servicio público, la mano de obra no podrá producir el 
excedente que permita mantenerla. Los trabajadores no pueden incre¬ 
mentar su habilidad y laboriosidad de manera súbita. Las tierras incultas 
no pueden labrarse durante años. Y, entre tanto, los ejércitos, o bien 
consiguen súbitas y violentas conquistas, o se desbandan por falta de 
avituallamiento. No cabe por tanto esperar de un pueblo así un ataque 
o una defensa regulares, y sus soldados serán tan ignorantes y carentes 
de habilidad como sus campesinos y obreros. 

Todas las cosas del mundo se compran con el trabajo y nuestras pa¬ 
siones son las únicas causas del trabajo. Cuando una nación abunda en 
manufacturas y artes mecánicas, los propietarios de la tierra, así como 
los agricultores, estudian la agricultura como ciencia y redoblan su la¬ 
boriosidad y su atención. El excedente que procede de su trabajo no se 
pierde, sino que se cambia, junto con las manufacturas, por productos 
que el lujo hace ahora codiciar a los hombres. Por este medio, la tierra 
proporciona una cantidad mucho mayor de las cosas necesarias para la 
vida de la que es suficiente para quienes la cultivan. En tiempos de paz 
y tranquilidad, este excedente se dedica al mantenimiento de los manu- 
l.ictures y de quienes cultivan las artes liberales. Pero resulta fácil para 
Lis autoridades públicas convertir a muchos de estos trabajadores en 
soldados, y mantenerlos con el excedente que procede del trabajo de 
los agricultores. En consecuencia, hallamos que así ocurre en todos los 
I stados civilizados. ¿Qué sucede cuando el soberano pone en pie un 
< |í rcito? Que establece un impuesto. El impuesto obliga a todo el pue¬ 
blo a reducir lo necesario para su subsistencia. Quienes trabajan en la 
pioducción de ciertos bienes tienen que alistarse en la tropa o dedicarse 
i la agricultura, con lo que obligan a otros trabajadores a alistarse por 
l.tlt.i de trabajo. Y, considerando la cuestión en un sentido abstracto, los 


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ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


trabajadores industriales aumentan el poder del Estado únicamente en 
la medida en que representan gran cantidad de mano de obra, y de una 
clase de la que los poderes públicos pueden echar mano sin que haya 
privación de lo necesario para la vida. Cuanto mayor sea por tanto la 
mano de obra que se dedica a cosas que están por encima de lo mera¬ 
mente necesario, tanto más poderoso será el Estado, puesto que las per¬ 
sonas que se dedican a esos trabajos pueden pasar fácilmente al servicio 
público. En un Estado sin manufacturas, puede que exista el mismo nú¬ 
mero de manos, pero no hay la misma cantidad de mano de obra, ni de 
la misma clase. Toda la mano de obra se dedica a cubrir las necesidades, 
que poco o nada pueden reducirse. 

Así pues, la grandeza del soberano y la felicidad del Estado van 
en gran medida unidas al comercio y las manufacturas. Constituye un 
método violento, y en muchos casos impracticable, obligar al trabajador 
a trabajar duro con el fin de sacar de la tierra más de lo que necesita 
para subsistir con su familia. Pero, si se le proporcionan manufacturas 
y mercancías, lo hará por sí mismo. Luego resultará fácil tomar una 
parte del excedente de su trabajo y emplearlo en el servicio público 
sin darle a cambio su remuneración habitual. Al estar acostumbrado 
a la laboriosidad, lo considerará menos gravoso que si, de repente, se 
le obliga a aumentar su trabajo sin compensación alguna. Otro tanto 
ocurre con los restantes miembros del Estado. Cuanto mayor sea la re¬ 
serva de mano de obra de todas clases, tanto mayor será la cantidad que 
puede tomarse de ese cúmulo sin que sufra una alteración sensible. 

Un granero público, un almacén de telas, un depósito de armas, son 
todas ellas cosas que deben considerarse riqueza y fuerza en un Estado. 
El comercio y la industria no son en realidad nada más que una reserva 
de trabajo que, en tiempos de paz y tranquilidad, se emplean para la vida 
desahogada y la satisfacción, pero en los momentos en que así lo exige 
el Estado pueden dedicarse en parte a funciones públicas. Si pudiéramos 
convertir una ciudad en una especie de campamento fortificado e infun¬ 
dir en cada pecho un talante tan marcial y tal pasión por el bien públi¬ 
co como para hacer que todos estén dispuestos a soportar las mayores 
privaciones por la causa pública, estos afectos podrían demostrar, ahora 
como en la Antigüedad, que son por sí solos suficientes acicates para la 
laboriosidad, y servirían de sostén a la comunidad. Resultaría entonces 
ventajoso, igual que en los campamentos militares, desterrar todas las 
artes y todo lujo y, mediante restricciones en equipamiento y mesa, ha¬ 
cer que las provisiones y el forraje duren más tiempo que si el ejército 
tuviera que cargar con un cierto número de superfluos sirvientes. Pero, 
como estos principios resultan demasiado desinteresados y demasiado 
difíciles de sostener, se hace necesario gobernar a los hombres mediante 
otras pasiones, e inspirarles un espíritu de avaricia y laboriosidad, de 


248 



DEL COMERCIO 


arte y lujo. El campamento tiene que cargar en ese caso con un super- 
fluo séquito, pero las provisiones llegan en mayor proporción. Se sigue 
manteniendo la armonía del conjunto y, al satisfacerse en mayor medida 
la inclinación natural de la mente, los individuos, tanto como el Estado, 
encuentran su punto de acuerdo en el cumplimiento de estas máximas. 

El mismo método de razonamiento nos permitirá ver las ventajas 
del comercio exterior para el aumento del poder del Estado, así como 
para la riqueza y la felicidad de los súbditos. Aumenta la reserva de 
trabajo de la nación, y el soberano puede convertir la parte de esta 
reserva que considere necesaria para aplicarla al servicio de lo público. 
Mediante las importaciones, el comercio exterior suministra materiales 
para nuevas manufacturas y, mediante las exportaciones, convierte el 
trabajo en determinadas mercancías que no podrían consumirse en el 
interior. En resumen: en un reino con grandes importaciones y expor¬ 
taciones habrá mayor laboriosidad que en otro que se contenta con sus 
productos nativos, y ésta se empleará para artículos delicados y de lujo. 

I I primero será por lo tanto más poderoso, a la vez que más rico y más 
feliz. Los individuos reciben el beneficio de estos bienes en la medida 
en que agradan a sus sentidos y satisfacen sus apetitos. Y también sale 
ganando el Estado, ya que, por este medio, se crea una mayor reserva 
de trabajo, por encima de toda exigencia pública. Es decir: se mantiene 
a un mayor número de hombres laboriosos que pueden ser utilizados 
para el servicio público, sin merma de ninguna de las necesidades de la 
vida, o incluso de sus principales comodidades. 

Si consultamos la historia, encontraremos que, en la mayor parte de 
las naciones, el comercio exterior ha precedido a cualquier refinamien¬ 
to en las manufacturas interiores, y ha dado nacimiento al lujo dentro 
del país. Es mayor la tentación de utilizar mercancías extranjeras listas 
para su uso y que nos resultan totalmente nuevas, que introducir mejo¬ 
ras en mercancías del país, que sólo se consiguen poco a poco y nunca 
nos producen el efecto de novedad. También es muy grande el benefi- 
110 de exportar lo que es superfluo en el propio país, y lo que no pue¬ 
de venderse en él, a naciones extranjeras cuyo suelo o cuyo clima no es 
lavorable a los productos en cuestión. La gente llega a conocer así los 
¡daceres del lujo y los beneficios del comercio y, una vez que se ha des¬ 
pertado su sentido de lo delicado y su laboriosidad , ello Ies lleva a nue¬ 
vas mejoras en todos los ramos del comercio tanto interior como exte¬ 
rior. Y ésta es quizá la principal ventaja que se deriva del comercio con 
«Airanjeros. Saca a la gente de su indolencia y, al facilitar a la parte más 
alegre y opulenta del país objetos de lujo con los que jamás había soña¬ 
do, suscita en ellos el deseo de un modo de vida más espléndido del que 
disfrutaran sus antecesores. Y, al mismo tiempo, los pocos comerciantes 
que están en el secreto de las importaciones y las exportaciones, obtie- 


249 



ENSAYOS MORALES, POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


nen grandes beneficios y, al rivalizar en riqueza con la antigua nobleza, 
tientan a otros empresarios aventureros a convertirse en rivales suyos en 
el comercio. La imitación no tarda en difundir esas artes. Los fabrican¬ 
tes del país emulan a los extranjeros en sus mejoras, y trabajan los pro¬ 
ductos interiores hasta alcanzar el más alto grado de perfección del que 
son susceptibles. En manos tan laboriosas, el acero y el hierro propios, 
se convierten en riquezas comparables al oro y los rubíes de las Indias. 

Una vez que los asuntos de una sociedad llegan a esta situación, una 
nación puede perder todo su comercio exterior y seguir estando cons¬ 
tituida por un pueblo grande y poderoso. Si los extranjeros no adquie¬ 
ren de nosotros un producto determinado, tenemos que dejar de pro¬ 
ducirlo. Las mismas manos que lo producían se dedicarán entonces a 
elaborar otros productos que cuentan con demanda en el interior. Y tie¬ 
ne que haber siempre materiales para que los trabajen, hasta que toda 
persona del Estado que posea riquezas disfrute de tanta abundancia de 
productos del país, y éstos de tanta perfección, como desee, lo que po¬ 
siblemente no ocurra nunca. De China se dice que es uno de los impe¬ 
rios más florecientes del mundo, aunque tiene muy poco comercio más 
allá de sus propios territorios. 

Espero que no se considere una digresión superílua si observo aquí 
que, al igual que es ventajosa la multitud de artes mecánicas, también 
lo es que gran número de personas participen de los productos de estas 
artes. Una gran desproporción de riqueza entre los ciudadanos debilita 
al Estado. En la medida de lo posible, toda persona debería disfrutar 
del fruto de su trabajo, de una plena cobertura de todas sus necesidades 
y de muchas de las comodidades de la vida. Nadie puede dudar de que 
esta igualdad es la más apropiada a la naturaleza humana y de que dis¬ 
minuye la felicidad de los ricos en menor medida que aumenta la de los 
pobres. También aumenta el poder del Estado y hace que se pague más 
tranquilamente cualquier impuesto o tributo extraordinario. Allí don¬ 
de son pocos los que se apoderan de la riqueza, tienen que contribuir 
mucho a la cobertura de las necesidades públicas. En cambio, cuando la 
riqueza está repartida entre la multitud, la carga sobre los hombros de 
cada uno resulta más liviana, y los impuestos no ocasionan una diferen¬ 
cia muy sensible en el modo de vida de nadie. 

Añádase que, cuando la riqueza está en pocas manos, todo el poder 
reside en ellas, y sus poseedores no tardarán en conspirar para hacer 
que toda la carga recaiga sobre los pobres y para oprimirlos más toda¬ 
vía, con lo que se desalienta toda laboriosidad. 

En esta circunstancia consiste la gran ventaja de Inglaterra sobre 
todas las naciones que hay actualmente en el mundo, o que aparecen en 
los registros de la historia. Es cierto que los ingleses experimentan unas 
ciertas desventajas en el comercio exterior debido al elevado precio de 


250 



DEL COMERCIO 


la mano de obra, lo que es en parte efecto de la riqueza de sus artesanos 
y de la abundancia de dinero. Mas, como el comercio exterior no es la 
más importante de las circunstancias, no hay que ponerlo en competen¬ 
cia con la felicidad de tantos millones. Y, si no hubiera otra cosa para 
hacer que aprecien esa libre forma de gobierno bajo la que viven, esto 
sería por sí solo suficiente. La pobreza de la gente común es un efecto 
natural, aunque no lo sea de manera infalible, de la monarquía absoluta. 
Aunque dudo de si siempre es verdad, por otra parte, que su riqueza 
sea el infalible resultado de su libertad. La libertad ha de ir unida a de¬ 
terminadas contingencias, y a un cierto modo de pensar, para producir 
este efecto. Lord Bacon, para explicar las grandes ventajas conseguidas 
por los ingleses en sus guerras con Francia, las atribuye principalmente 
al desahogo y la abundancia mayores de la gente común entre los pri¬ 
meros. Sin embargo, la forma de gobierno era muy parecida en ambos 
reinos en aquel tiempo 9 . Donde los trabajadores y artesanos están acos¬ 
tumbrados a trabajar por un salario bajo, les resulta difícil, incluso con 
un gobierno libre, mejorar su situación, o ponerse de acuerdo entre 
ellos para una elevación. Pero, incluso donde están acostumbrados a 
un modo de vida más abundante, con un gobierno arbitrario les resulta 
fácil a los ricos conspirar contra ellos y echar sobre sus hombres todo el 
peso de los impuestos. 

Puede antojarse una situación extraña el hecho de que la pobreza de 
l.i gente común en Francia, Italia y España, se deba en alguna medida a 
l.t mayor riqueza del suelo y bondad del clima. Pero no faltan razones 
que expliquen esta paradoja. En un mantillo o suelo tan excelente como 
el de las regiones más meridionales, la agricultura es un arte fácil, y un 
hombre con un par de jamelgos puede cultivar tanta tierra como para 
p.igar una muy considerable renta al propietario. Todo el arte que nece¬ 
sita saber el agricultor consiste en dejar la tierra en barbecho durante un 
ano, tan pronto como ésta se agota, y el calor del sol y la temperatura 
•lt*l clima se bastan para enriquecerla de nuevo y restablecer su fertili¬ 
dad. Esos campesinos pobres sólo necesitan una sencilla manutención 
por su trabajo. Carecen de aperos o de riqueza, que requieran más, y al 
mismo tiempo dependen a perpetuidad del terrateniente, que no otorga 
i «nitrato alguno de arrendamiento, ni teme que se deteriore su tierra 
por los malos métodos de cultivo. En Inglaterra, la tierra es rica, pero es 
áspera. Hay que cultivarla con gran gasto, y produce cosechas escasas 
m no se cultiva cuidadosamente, siguiendo un método que no produce 
ii pleno rendimiento más que en el curso de varios años. Un agricultor, 

• n Inglaterra, tiene por tanto que tener unos aperos considerables y 


9. |Cf. Lord Bacon, lissays, 29: «Of the true greatness of Kingdoms and States».] 


251 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


un contrato de arrendamiento prolongado que permita un rendimiento 
proporcional. Los magníficos viñedos de Champaña y Borgoña 10 , que a 
menudo rinden al terrateniente más de cinco libras por acre, los cultivan 
campesinos que apenas tienen pan. La razón es que esos campesinos no 
necesitan más aperos que sus brazos, con herramientas de cultivo que 
pueden comprar por veinte chelines. Los granjeros suelen estar en esos 
países en una situación algo mejor. Pero los ganaderos son los que están 
mejor de cuantos se dedican a las tareas agropecuarias. La razón sigue 
siendo la misma: la gente tiene que tener un beneficio en proporción 
a sus gastos y su riesgo. Allí donde un número considerable de traba¬ 
jadores pobres, como los campesinos y los granjeros, se encuentran en 
muy mala situación, esa pobreza afectará a todos los demás, tanto si el 
gobierno de la nación es monárquico como si es republicano. 

Podemos formular una observación semejante en relación con la 
historia general de la humanidad. ¿Cuál es la razón por la cual ningún 
pueblo de los que viven entre los trópicos ha alcanzado nunca grado 
alguno de civilización, o incluso un cierto orden administrativo en su 
gobierno, ni ha conocido la disciplina militar, mientras que pocos países 
de los climas templados se han visto privados totalmente de estas venta¬ 
jas? Es probable que una de las causas de este fenómeno sea el calor y el 
clima sin cambios en la zona tórrida, que hacen menos necesaria la ropa 
y las casas, que constituyen el principal acicate de la laboriosidad y la in¬ 
vención. Curis acuens mortalia corda u . Por no mencionar que, cuanto 
menos bienes o posesiones de esta clase tenga un pueblo, menos dispu¬ 
tas surgirán entre sus componentes, y tanto menor será la necesidad de 
una policía fija o una autoridad regular para protegerles y defenderles 
de enemigos foráneos, o para defender a los unos de los otros. 


10. [Provincias francesas célebres por sus vinos.] 

11. [Virgilio, Geórgicas , t .123: «aguzando el ingenio humano mediante el cui¬ 
dado».] 


252 



II 


DEL REFINAMIENTO EN LAS ARTES 


I a palabra lujo tiene un significado incierto, y puede ser tomada tanto en 
rl buen como en el mal sentido. En general significa gran refinamiento 
en la gratificación de los sentidos, y un determinado grado de lujo pue- 
ilc ser inocente o reprobable según la época, el país o la condición de la 
prrsona. Los límites entre la virtud y el vicio no pueden fijarse aquí con 
más exactitud que en otros temas morales. Imaginar que la gratificación 
ilr un sentido, o permitirse alguna exquisitez en las viandas, en la bebida 
o en la indumentaria, constituye de por sí un vicio, no entra en ninguna 
cabeza que no esté perturbada por las locuras del entusiasmo. De hecho 
lir oído de un monje en el extranjero que, debido a que las ventanas 
tlr su celda ofrecían una bella perspectiva, llegó al acuerdo con sus ojos 
ilc que nunca mirasen en aquella dirección ni recibieran satisfacción 
t.ni sensual. Y semejante es el delito de beber champán o borgoña, con 
preferencia a una cerveza de mala calidad. Este tipo de permisividad 
solo constituye un vicio cuando se incurre en ella a expensas de una 
virtud, tal como la liberalidad o la caridad, del mismo modo que supone 
una locura cuando, por ella, un hombre dilapida su fortuna y cae en la 
necesidad y la mendicidad. Cuando no merma virtud alguna, sino que 
iK*ía amplio margen para atender a amigos, familia, o a cualquier even¬ 
tualidad que sea adecuado objeto de generosidad o compasión, es total¬ 
mente inocente, y la mayoría de los moralistas lo han considerado así en 
nulas las épocas. Ocuparse por entero con el lujo de la mesa y no sentir, 
pnr ejemplo, gusto alguno por los placeres de la ambición, el estudio 
o la conversación, es una señal de estupidez, y es incompatible con un 
temperamento o un talento vigorosos en algún grado. Limitar los gastos 
por completo a una satisfacción así, sin tener en cuenta a los amigos o a 
la lamilla, es indicación de tener un corazón carente de humanidad o de 
benevolencia. Pero, si alguien reserva tiempo suficiente para toda clase 


253 



ENSAYOS MORALES, POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


de actividades loables, y suficiente dinero para fines generosos, queda 
libre de toda sombra de culpa o de reproche. 

Dado que el lujo puede considerarse inocente o reprobable, cabe 
sorprenderse de esas opiniones absurdas que se han mantenido en tor¬ 
no a él. Hay personas de principios libertinos que dedican loas incluso 
al lujo vicioso, y lo presentan como algo sumamente ventajoso para la 
sociedad, mientras que otras personas, de moral severa, reprueban hasta 
el lujo más inocente, y lo presentan como el origen de toda corrupción, 
desorden y facción, que repercuten en el orden social. Vamos a inten¬ 
tar aquí corregir estos dos extremos, probando, en primer lugar , que las 
épocas refinadas son las más felices y las más virtuosas; en segundo lu - 
gar, que siempre que el lujo deja de ser ¡nocente deja también de ser be¬ 
neficioso y, cuando se lleva a un grado excesivo, es asimismo pernicioso, 
aunque quizá no lo más pernicioso, para la sociedad política. 

Para demostrar el primer punto, no tenemos más que considerar los 
efectos del refinamiento en la vida privada y en la pública . La felicidad 
humana, según las nociones más aceptadas, parece constar de tres in¬ 
gredientes: acción, placer e indolencia. Y, aunque estos ingredientes se 
mezclarían en distintas proporciones según la particular disposición de 
la persona, ninguno de ellos puede faltar del todo sin destruir, en alguna 
medida, el gozo de la composición en su conjunto. La indolencia o repo¬ 
so no parece en rigor contribuir mucho por sí a nuestro disfrute. Pero, 
como el sueño, es necesaria como una concesión a la debilidad de la na¬ 
turaleza humana, incapaz de soportar una actividad o placer ininterrum¬ 
pidos. La viva marcha del pensamiento, que nos saca de nuestro ensimis¬ 
mamiento y principalmente nos produce satisfacción, acaba por agotar 
la mente y requiere algunos intervalos de reposo que, aunque por un 
momento resultan agradables, generan, si se prolongan, una languidez y 
un letargo que destruyen todo disfrute. La educación, la costumbre y el 
ejemplo ejercen una poderosa influencia en hacer que la mente se ocupe 
de alguna de estas actividades y, cuando promueven el gusto por la ac¬ 
ción y el placer son, en esa medida, favorables a la felicidad humana. En 
los tiempos en los que florecen la industria y las artes, la gente se mantie¬ 
ne permanentemente ocupada y disfruta, como recompensa, de la pro¬ 
pia ocupación, así como de los placeres que son el fruto de su trabajo. 
La mente cobra nuevo vigor, aumenta sus poderes y facultades y, gracias 
a la asiduidad en una actividad honesta, satisface sus apetitos naturales e 
impide que surjan otros antinaturales, que suelen aparecer alimentados 
por la facilidad y la ociosidad. Si se destierran estas artes de la socie¬ 
dad, se priva a la gente de la acción y el placer y, al no dejar en su lugar 
nada más que la indolencia, se destruye incluso el gusto por ella, que no 
es nunca agradable sino cuando sucede al trabajo y sirve de recupera¬ 
ción para el pensamiento, agotado por la mucha aplicación y la fatiga. 


254 



DEL REFINAMIENTO EN LAS ARTES 


Otra de las ventajas de la laboriosidad y de los refinamientos en las 
artes mecánicas es que suelen producir algunos refinamientos en las ar¬ 
tes liberales, sin que las unas puedan llevarse a la perfección sin ir acom¬ 
pañadas, en alguna medida, de las otras. La misma época que produ¬ 
ce grandes filósofos y políticos, renombrados generales y poetas, suele 
abundar en hábiles tejedores y carpinteros de ribera. No podemos espe¬ 
rar razonablemente que se produzca una pieza de paño perfecta en un 
país que ignora la astronomía, o donde se descuida la ética. El espíritu 
ele la época afecta a todas las artes. Y las mentes, una vez que han des¬ 
pertado de su letargo y entrado en ebullición, vuelven su atención en 
indas direcciones y llevan mejoras a todas las artes y las ciencias. La ig¬ 
norancia profunda queda totalmente desterrada y las personas gozan de 
los privilegios de las criaturas racionales: pensar tanto como actuar; cul¬ 
tivar los placeres de la mente así como los del cuerpo. 

Cuanto más avanzan estas artes refinadas, más sociables se hacen las 
personas, y no es posible que, cuando están enriquecidas con la cien¬ 
cia y poseen recursos de conversación, se conformen con la soledad, o 
vivan distantes de sus conciudadanos, a la manera que es propia de las 
naciones ignorantes y bárbaras. Se agrupan en ciudades; les encanta 
recibir y comunicar conocimientos, mostrar su ingenio o su educación, 
mis gustos en la conversación o en el modo de vivir, en el vestido o en 
los muebles. La curiosidad atrae al sabio; la vanidad, al insensato, y el 
placer a ambos. Por doquier se forman clubes y sociedades. Los dos 
vexos se mezclan de una manera relajada y sociable, y el temperamento 
«le las personas, al igual que su comportamiento, se refinan con rapidez. 
I >e modo tal que, además de las mejoras que reciben del conocimiento 
\ de las artes liberales, no es posible que dejen de experimentar un au¬ 
mento de su humanidad, gracias al hábito mismo de conversar con otros 
\ contribuir al mutuo placer y entretenimiento. Así, laboriosidad , cono- 
i miento y humanidad van unidos formando una cadena indisoluble y, 
unto la experiencia como la razón consideran que son peculiares de las 
• «ludes más refinadas, tenidas comúnmente por las de mayor lujo. 

Y estas ventajas no van unidas a desventajas que sean proporcióna¬ 
le* a ellas. Cuanto más se refine el placer, tanto menos se incurrirá en 
excesos de ninguna clase, porque nada es más destructivo de los place¬ 
as que los excesos. Se puede afirmar sin temor a error que los tártaros 1 
incurren con más frecuencia en bestial glotonería cuando se dan un fes¬ 
tín con sus caballos muertos que los cortesanos europeos con todos sus 
irlmamientos culinarios. Y si el amor libertino, e incluso la infidelidad 
il lecho conyugal, es más frecuente en las épocas refinadas, en las que 

I. | FJ nombre de tártaros se ha aplicado por lo general a los nómadas de las estepas 
v U desiertos de Asia, incluidos los mongoles y los turcos.) 


255 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE ti 


sólo se considera un aspecto de la galantería, la embriaguez, vicio más 
odioso, y más pernicioso para la mente y el cuerpo, es, por otra parte, 
mucho menos común. Apelo, sobre este tema, no sólo a Ovidio y Pe- 
tronío 2 , sino a Séneca y Catón. Sabemos que César, durante la conspi¬ 
ración de Catilina, se vio en la necesidad de poner en manos de Catón 
un billet-doux que revelaba una intriga en la que había intervenido Ser- 
vilia, hermana del propio Catón. El severo filósofo le devolvió la carta 
indignado y, en medio de la amargura de su ira, le dedicó el apelativo 
de borracho, como término más oprobioso del que con justicia podía 
haber utilizado contra él 3 . 

Pero la laboriosidad, el conocimiento y la humanidad no son venta¬ 
josos únicamente en la vida privada. Difunden su influencia benéfica en 
lo público y y hacen que el Estado sea grande y floreciente al tiempo que 
hacen felices y prósperos a los individuos. El incremento y el consumo 
de todos los productos que sirven para el ornamento y el placer de la 
vida son ventajosos para la sociedad, porque, a la vez que multiplican 
esas inocentes satisfacciones para los individuos, dan lugar a una espe¬ 
cie de almacén de mano de obra que, si lo exigen las necesidades del 
Estado, puede aplicarse al servicio público. En una nación en la que no 
hay demanda para tales cosas superfluas, la gente cae en la indolencia, 
pierde todo disfrute de la vida, y las personas resultan inútiles para el 
Estado. La laboriosidad de unos miembros de la sociedad tan perezosos 
no permite mantener armadas ni ejércitos. 

Los límites de todos los reinos europeos son en la actualidad casi los 
mismos que hace doscientos años. ¡Pero qué diferencia existe en cuanto 
al poder y la grandeza de estos reinos! Algo que no puede atribuirse nías 
que al aumento del arte y la industria. Cuando Carlos VIH de Francia 
invadió Italia, llevaba consigo un ejército de 20.000 hombres. Pero, tal 
como expone Guicciardini, armar a este ejército dejó tan exhausta a 
la nación que durante algunos años no pudo hacer tamaño esfuerzo 4 . 
El último rey francés, en tiempos de guerra, mantenía enrolados más 
de 400.000 hombres 5 , a pesar de que, desde la muerte de Mazarino 


2. [Petronio (que murió en 65 a.C.) era íntimo de Nerón y su «árbitro del gusto- 
oficial, y fue probablemente el autor de una novela satírica conocida como el Satiricón. I n 
la parte de esta obra que se conserva, el autor describe la absurda conducta de un esclavo 
manumiso acaudalado, Trimalquio, conforme se va emborrachando progresivamente eii 
un banquete.] 

3. [Cf. Plutarco, Vidas , en la vida de Catón el Joven, sec. 24. Catón le devolvió la 
nota a César con las palabras: «Toma, borrachín».] 

4. [Francesco Guicciardini (1483-1540), Storia dltalia , libros 1-3.] 

5. La inscripción en la Place-de-Vendóme dice: 440.000. [Hume se refiere en rl 
texto a Luis XIV, que murió en 1715. Luis asumió el poder absoluto a la muerte de mi 
ministro, el cardenal Mazarino, en 1661. Louis-Joseph, duque de Vendóme, fue uno de 


256 



DEL REFINAMIENTO EN LAS ARTES 


hasta su propia muerte, tomó parte en una sucesión de guerras que se 
prolongó durante cerca de treinta años. 

Esta laboriosidad la promueve en gran parte el conocimiento, inse¬ 
parable de épocas en las que florecen el arte y el refinamiento, del mis¬ 
mo modo que, por otra parte, el conocimiento permite al Estado sacar 
la mayor ventaja de la laboriosidad de los súbditos. Leyes, orden, poli¬ 
cía, disciplina no pueden alcanzar un cierto grado de perfección antes 
de que la razón humana se haya perfeccionado mediante el ejercicio, y 
mediante una aplicación a artes más vulgares como, por lo menos, las 
del comercio y la manufactura. ¿Podemos esperar que modele bien su 
gobierno un pueblo que no sabe cómo fabricar un torno de hilar o em¬ 
plear un telar con provecho? Por no mencionar que todas las épocas ig¬ 
norantes están plagadas de supersticiones que sacan al gobierno de su 
curso regular y perturban la búsqueda de los intereses y de la felicidad 
de la gente. 

El conocimiento de las artes del gobierno genera de manera natural 
templanza y moderación, al instruir a las personas en las ventajas de las 
máximas humanitarias, por encima del rigor y la severidad, que llevan a 
los súbditos a la rebelión, y hacen impracticable la vuelta a la sumisión, al 
cercenar toda esperanza de perdón. Cuando se suaviza el temperamento 
de las personas y se mejora su conocimiento, aparece ese humanitarismo 
ile manera más clara todavía, y constituye la principal característica que 
distingue una época civilizada de los tiempos de barbarie e ignorancia. 

I as facciones son entonces menos inveteradas; las revoluciones menos 
calamitosas; la autoridad, menos severa, y las sediciones menos frecuen¬ 
tes. Incluso disminuye la crueldad de las guerras extranjeras y, después 
del campo de batalla, donde el honor y los intereses endurecen a los 
hombres frente a la compasión y el miedo, los combatientes se liberan 
de la brutalidad y recobran al ser humano. 

No hay que temer que los hombres, al perder su ferocidad, pierdan 
mi espíritu marcial y se vuelvan menos intrépidos y vigorosos en la de- 
lensa de su país o de su libertad. Las artes no tienen semejante efecto de 
enervación de la mente ni del cuerpo. Por el contrario: la laboriosidad, 
que inseparablemente las acompaña, dota de nueva fuerza a ambos. Y si 
l.i ira, que según se dice es la piedra afiladora del valor, pierde algo de 
•ii aspereza, con la educación y el refinamiento, un sentido del honor, 
que es un principio más fuerte, más constante y más gobernable, pro¬ 
porciona nuevo vigor mediante la elevación del talento que proviene 
del conocimiento y de la buena educación. Añádase a esto que el valor 


mn principales generales durante la guerra de la Gran Alianza (1689-1697) y durante los 
> • uñeros años de la guerra de sucesión española (1701-1714). Inglaterra se alió en contra 
l- I rancia en estas dos guerras.) 


257 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


no es duradero ni sirve para nada cuando no va acompañado de la dis¬ 
ciplina y la habilidad marcial, que rara vez se encuentran en los pueblos 
bárbaros. Los antiguos señalaban que Datames era el único bárbaro que 
conocía el arte de la guerra 6 . Y Pirro, viendo el arte y la destreza de las 
formaciones romanas, exclamó sorprendido: ¡Estos bárbaros no tienen 
nada de bárbaros en su disciplina! 7 . Es de observar que, así como los an¬ 
tiguos romanos, cuando se dedicaban únicamente a la guerra, eran casi 
el único pueblo no civilizado que poseía disciplina militar, los italianos 
modernos son el único pueblo civilizado que carece de valor y de espíri¬ 
tu marcial. Quienes atribuirían este afeminamiento de los italianos a su 
lujo, a su educación o a su afición por las artes, no tienen más que con¬ 
siderar a los franceses y a los ingleses, cuya bravura es tan indiscutible 
como su amor por las artes y la asiduidad de su dedicación al comercio. 
Los historiadores italianos nos ofrecen una razón más satisfactoria de 
esta degeneración de sus compatriotas. Nos muestran cómo todos los 
soberanos italianos a la vez dejaron caer la espada: mientras que la aris¬ 
tocracia veneciana desconfiaba de sus súbditos, la democracia florentina 
se entregaba totalmente al comercio; Roma estaba gobernada por los 
curas, y Nápoles por las mujeres. En esas condiciones, la guerra se con¬ 
virtió en asunto de soldados de fortuna que procuraban no dañarse los 
unos a los otros y que, para asombro del mundo, podían pasarse todo 
el día en lo que llamaban una batalla y volver por la noche a su campa¬ 
mento sin que se hubiera vertido una gota de sangre. 

Lo que ha inducido a moralistas severos a pronunciarse en contra 
del refinamiento en las artes es el ejemplo de la Roma antigua que, 
uniendo a su pobreza y rusticidad, virtud y espíritu público, se elevó 
hasta tan sorprendente altura de grandeza y libertad, pero habiendo 
aprendido de sus provincias conquistadas el gusto por b el lujo asiático, 
cayó en toda clase de corrupción, dando origen a la sedición y las gue¬ 
rras civiles, a las que acompañó finalmente la pérdida de toda libertad. 
Todos los clásicos latinos que leimos en nuestra infancia están llenos de 


6. [Datames fue un comandante y sátrapa persa que, hacia el 362 a.C., encabezó 
una rebelión contra Artajcrjcs II. Comelio Nepote (¿100?-c24? a.C.) le elogia como d 
más valiente y más prudente de los comandantes bárbaros, con la excepción de los dos 
cartagineses Amflcar y Aníbal. Véase De viris illustribus (Vidas de hombres ilustres), en la 
vida de Datames.] 

7. [Pirro, el más grande rey de Epiro (la región continental al noroeste de Grecia, 
en la actual Albania), luchó contra los romanos entre 280 y 275 a.C. La frase que cita 
Hume la pronunció antes de la batalla de Heradea. Véase Plutarco, Vidas , en la vida dr 
Pirro, sec. 16. Tras ganar la batalla pero sufrir grandes pérdidas. Pirro comentó: «Si obten 
go una nueva victoria combatiendo contra los romanos, no me quedará un solo soldado 
de los que han cruzado el mar conmigo» (Diodoro, Biblioteca histórica , 22.6.2. De ahí se 
deriva la expresión victoria pintea .) 


258 



DEL REFINAMIENTO EN LAS ARTES 


estos sentimientos y atribuyen universalmente la ruina de su Estado a las 
artes y las riquezas importadas de Oriente, hasta tal punto que Salustio 
considera el gusto por la pintura un vicio comparable a la lascivia y la 
bebida. Y tan populares eran estos sentimientos en los últimos tiempos 
de la república que este autor abunda en elogios de la vieja y rígida 
virtud romana y, aunque él mismo fuera un ejemplo egregio de entrega 
al lujo moderno y a la corrupción, habla con desprecio de la elocuencia 
griega y, a pesar de ser el escritor más elegante del mundo, utiliza con 
tal finalidad las digresiones y frases más absurdas, siendo un modelo de 
buen gusto y corrección 8 . 

Pero sería fácil demostrar que estos autores se equivocaron respecto 
a la causa de los desórdenes del Estado romano, y atribuyeron al lujo y a 
las artes lo que procedía en realidad de un mal modelo de gobierno y 
de lo ilimitado de las conquistas. C EI refinamiento en los placeres y las 
comodidades de la vida no tiene una tendencia natural a generar vena¬ 
lidad y corrupción. El valor que todos otorgan a un determinado placer 
depende de la comparación y la experiencia, y un mozo de carga no 
valora menos el dinero que gasta en beicon y brandy que el cortesa¬ 
no que compra champán y hortelanos [pájaros de la especie Emberiza 
horttílana]. Las riquezas son valiosas en todas las épocas y para todo el 
mundo, porque permiten siempre adquirir los placeres a los que se está 
acostumbrado y se desean. Y no hay nada que restrinja o regule el amor 
por el dinero, sino un sentido del honor y la virtud que, si bien no es 
igual en todas las épocas, abunda naturalmente más en aquellas en las 
que imperan el conocimiento y el refinamiento. 

De todos los reinos de Europa, Polonia parece ser el que en menor 
medida posee las artes de la guerra y las de la paz, tanto mecánicas 
como liberales, y es allí donde más prevalecen la venalidad y la corrup¬ 
ción. Los nobles parecen haber conservado su monarquía electiva con el 
solo propósito que vender la corona al mejor postor. Es esa casi la única 
clase de comercio que conoce aquel pueblo. 

En Inglaterra, las libertades, lejos de decaer desde que se produ¬ 
jeron las mejoras en las artes, nunca han florecido tanto como en ese 
período. Y, aunque pueda parecer que la corrupción ha ido en aumen¬ 
to en estos últimos años, ello ha de atribuirse principalmente a nuestra 
,iscntada libertad, que ha hecho imposible que los príncipes puedan 
gobernar sin el parlamento o aterrorizar a éste con el fantasma de la 

K. (Cf. Salustio, La guerra contra Catiiina, secs. 6-12. Salustio aprovechó su posi- 
' ton como gobernador provincial de Nova Africa para amasar grandes riquezas, y evitó 
vi procesado a base de sobornos. Tras retirarse a sus lujosos jardines en Roma, para de¬ 
dil .irse a escribir historia, admitió en sus obras que una vez se había visto arrastrado por 
• I vicio y la ambición.) 


259 



ENSAYOS MORALES* POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


prerrogativa 9 . Por no mencionar que la corrupción o la venalidad pre¬ 
valecen mucho más entre los electores que entre los elegidos, y no pue¬ 
de por lo tanto atribuirse con justicia a ningún refinamiento en el lujo. 

Si consideramos la cuestión desde un punto de vista adecuado, en¬ 
contraremos que un progreso en las artes es más bien favorable a la li¬ 
bertad, y tiene una natural tendencia a preservar un gobierno libre, si es 
que no a ser su origen. En las naciones incultas, en las que no se cultivan 
las artes, todo el trabajo se dedica al cultivo del suelo, y la sociedad toda 
está dividida en dos clases: la de los propietarios de la tierra y la de sus 
vasallos o arrendatarios. Estos últimos se encuentran necesariamente en 
una situación de dependencia, y están preparados para la esclavitud y 
el sometimiento, sobre todo cuando no poseen riqueza alguna y no se 
los valora por su conocimiento de la agricultura, como siempre ocurre 
allí donde no se cultivan las artes. En cuanto a los primeros, se erigen 
naturalmente en tiranuelos y, o bien tienen que someterse a un amo 
absoluto, en pro de la paz y el orden o, si conservan su independencia, 
como los d antiguos barones, caen indefectiblemente en rencillas y peleas 
entre ellos, y arrastran a toda la sociedad a tal estado de confusión que 
es quizá peor que el gobierno más despótico. En cambio, cuando el lujo 
alimenta el comercio y la industria, los campesinos, gracias a un ade¬ 
cuado cultivo de la tierra, llegan a ser ricos e independientes, mientras 
que los comerciantes y mercaderes adquieren una participación en la 
propiedad, y consiguen autoridad y consideración para esa clase media 
que es la mejor y más firme base de las libertades públicas. Sus inte¬ 
grantes no se someten a la esclavitud, como los campesinos, debido a la 
pobreza y mezquindad de espíritu y, no teniendo expectativas de tirani¬ 
zar a otros, como les ocurre a los barones, no tienen la tentación, por 
mor de gratificación, de someterse a la tiranía de su soberano. Desean 
leyes iguales, que les aseguren la propiedad y les preserven de la tiranía 
monárquica o aristocrática. 

La cámara de los comunes es la base de nuestra forma de gobierno 
popular, y todo el mundo reconoce que debía su principal influencia y la 
consideración de que goza al aumento del comercio, que puso ese equi¬ 
librio de la propiedad en las manos de los comunes. ¡Qué incoherente 
resulta acusar con tal violencia al refinamiento de las artes y presentarlo 
como la ruina de la libertad y del espíritu público! 

Clamar contra los tiempos actuales y magnificar la virtud de lejanos 
antepasados es una propensión casi inherente a la naturaleza humana. 

9. [La prerrogativa se refiere a los poderes de la Corona y, en sentido más amplio, 
al supuesto derecho de desobedecer incluso a la ley si así lo requiere la seguridad pública. 
La prerrogativa real se puso bajo control parlamentario mediante las innovaciones conv 
ritucionales que se produjeron en el siglo XVII.] 


260 



DEL REFINAMIENTO EN LAS ARTES 


Y, como únicamente los sentimientos y las opiniones de las épocas civi¬ 
lizadas se transmiten a la posteridad, nos encontramos con tantos juicios 
severos pronunciados contra el lujo, e incluso contra la ciencia, y por 
eso estamos actualmente tan dispuestos a consentir en ellos. Pero es fácil 
percibir la falacia si comparamos diferentes naciones contemporáneas. 
Pues en ese caso nuestro juicio es más imparcial, y podemos contra¬ 
poner modos de comportamiento que conocemos suficientemente. La 
traición y la crueldad, los más perniciosos y odiosos de todos los vicios, 
parecen propias de las épocas incivilizadas, y los refinados griegos y 
romanos se las atribuían a todos los pueblos bárbaros que los rodeaban. 
Podrían en consecuencia haber supuesto con justicia que sus propios 
antepasados, a los que tanto celebraban, no poseían una virtud mayor, 
y eran tan inferiores a su posteridad en honor y humanidad como en el 
gusto y la ciencia. Puede ensalzarse mucho a un antiguo franco o a un 
antiguo sajón. Pero estoy seguro de que cualquiera considerará su vida 
o su fortuna mucho menos segura en manos de un moro o de un tártaro 
que en las de un caballero francés o inglés, la clase de hombre más civi¬ 
lizado de las naciones más civilizadas. 

Pasemos ahora a la segunda postura que nos proponíamos ilustrar, 
.1 saber: que un lujo o refinamiento inocente en las artes y comodidades 
ile la vida es ventajoso para el Estado. En consecuencia, en cuanto un 
lujo deja de ser ¡nocente, deja también de ser beneficioso y, si se lleva 
un grado más allá, comienza a convertirse en una cualidad perniciosa, si 
bien no la más perniciosa, para la sociedad política. 

Consideremos lo que podemos llamar lujo vicioso. Ninguna satis¬ 
facción, por sensual que sea, puede estimarse viciosa per se. Una satisfac- 
uún sólo es viciosa cuando absorbe la totalidad de los gastos de una 
persona y la inutiliza para cumplir con las obligaciones y los actos de 
generosidad que su posición y su fortuna requieren. Supongamos que 
alguien corrige su vicio y emplea parte de sus gastos en la educación 
de sus hijos, en ayudar a sus amigos y en aliviar a los pobres. ¿Resulta- 
ri.i de ello algún perjuicio para la sociedad? Al contrario: se produciría 
el mismo consumo, y el mismo trabajo que actualmente se utiliza para 
proporcionar una magra satisfacción a una sola persona, aliviaría la ne- 
k esiilad y proporcionaría satisfacción a cientos de personas. El mismo 
i uidado y esfuerzo que suministra un plato de guisantes por Navidad, 
proporcionaría pan durante seis meses a toda una familia. Afirmar que 
mu un lujo vicioso no se habría empleado en absoluto la mano de obra 
equivale a decir que existe algún otro defecto en la naturaleza humana, 
mI como la indolencia, el egoísmo, la falta de atención a los demás, para 
« I que el lujo, en alguna medida, supone un remedio, del mismo modo 
que un veneno puede ser el antídoto de otro. Pero la virtud, como la co¬ 
mida sana, es mejor que los venenos, aunque estén corregidos. 


261 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


Supongamos la misma cantidad de población que hay hoy en Gran 
Bretaña, con el mismo suelo y el mismo clima. Yo pregunto: ¿No es po¬ 
sible que fueran más felices gracias a la forma de vida más perfecta que 
quepa imaginar, y a la mayor reforma que el propio Omnipotente pu¬ 
diera obrar en su temperamento y disposición? Asegurar que no es posi¬ 
ble parece de todo punto ridículo. Dado que el país es capaz de man¬ 
tener a un número mayor de habitantes del que tiene, nunca podrían 
experimentar, en un Estado utópico semejante, otros males que los que 
provienen de las enfermedades corporales, y éstos son menos de la mi¬ 
tad de las miserias humanas. Todos los demás males surgen de algún 
vicio, propio o ajeno, e incluso muchas de nuestras dolencias tienen el 
mismo origen. Suprímanse los vicios y les seguirán los males. Lo único 
que hay que hacer es cuidarse de eliminar todos los vicios. Si se supri¬ 
men sólo en parte, la cosa puede ir peor. Desterrando el lujo vicioso , 
sin poner remedio a la pereza y a la indiferencia hacia los demás, tan 
sólo se reduce la laboriosidad en el Estado sin añadir nada a la caridad 
de los hombres ni a su generosidad. Contentémonos así pues con afir¬ 
mar que dos vicios opuestos en un Estado resultan más ventajosos que 
cualquiera de ellos por sí solos. Pero no consideremos nunca ventajoso 
el vicio en sí. ¿No resulta incoherente que un autor asegure en una pᬠ
gina que las distinciones morales son invenciones de los políticos por 
interés público, y en la siguiente sostenga que el vicio es ventajoso para 
el Estado 10 ? Y, de hecho, en cualquier sistema de moralidad, hablar de 
un vicio que es en general beneficioso para la sociedad parece ser poco 
menos que una contradicción en los términos. 

He juzgado necesario este razonamiento con el fin de arrojar algo 
de luz sobre una cuestión filosófica que se ha discutido mucho en In¬ 
glaterra. Digo que es una cuestión filosófica y no una cuestión política . 
Pues cualesquiera pudieran ser las consecuencias de una transformación 
tan milagrosa de la humanidad que dotara a los seres humanos de toda 
clase de virtudes y los liberase de toda clase de vicios, esto no concierne 
a quien ejerce una magistratura que sólo aspira a conseguir lo posible. 
No puede remediar cada uno de los vicios poniendo en su lugar una 
virtud. Lo único que con frecuencia puede hacer es remediar un vicio 
a base de otro y, en tal caso, tendrá que preferir lo que resulte menos 
pernicioso para la sociedad. El lujo, cuando es excesivo, es la fuente de 
muchos males. Pero es preferible en general a la pereza y la ociosidad, 
que suelen darse en su lugar, y son más dañinas tanto para las personas 


10. Fábula de las abejas. [Bernard de Mandeville (1670-1733), The Fable of the Bees; 
or y Prívate Vice , Public Benefits (1714; cd. ampl. en 1723 y 1728-1729). Véase la sección 
titulada «An Enquiry into the Origin of Moral Virtuc» (Investigación del origen de U 
virtud moral).] 


262 



DEL REFINAMIENTO EN LAS ARTES 


privadas como para el Estado. Cuando reina la pereza, prevalece entre 
los individuos un modo de vida mezquino e inculto, sin sociedad, sin 
disfrute. Y, si en tales condiciones el soberano demanda el servicio de 
sus súbditos, la labor del Estado basta únicamente para suministrar a los 
trabajadores lo más necesario para la vida, y no puede aportar nada a 
quienes se emplean en el servicio público. 


263 



III 


DEL DINERO 


El dinero, hablando en propiedad, no es uno de los objetos del comer¬ 
cio, sino tan sólo el instrumento sobre el que los hombres se han puesto 
de acuerdo para facilitar el intercambio de un producto por otro. No 
es una de las ruedas del trato comercial, sino el aceite que hace más 
suave y más fácil el movimiento de esas ruedas. Si consideramos a un 
reino por sí mismo, es evidente que la mayor o menor abundancia de 
dinero carece de importancia, ya que los precios de las mercancías es¬ 
tán siempre en proporción con la abundancia de dinero, y una corona 
del tiempo de Enrique Vil tenía el mismo valor que una libra actual 1 . 
Únicamente el Estado saca alguna ventaja de la mayor abundancia de 
dinero, y ello sólo en relación con las guerras y en las negociaciones con 
otros Estados, Y ésta es la razón por la que todos los países ricos y que 
han practicado el comercio, desde Cartago a Gran Bretaña y Holanda, 
han empleado tropas mercenarias, que reclutaban en países vecinos más 
pobres. Si tuvieran que utilizar a sus súbditos nativos, encontrarían me¬ 
nos ventajas en su superior riqueza y en la gran abundancia de oro y 
plata, ya que la paga de todos sus servidores debe aumentar en propor- 


1. (Enrique Vil fue rey de Inglaterra desde 1485 hasta 1509. Puede verse un anᬠ
lisis de la teoría monetaria que Hume desarrolla en el presente ensayo y su relación con 
otras opiniones de su época, en Rotwein, David Hume: Writings ort Economics , pp. liv- 
Ixvii. E) propósito general que Hume persigue aquí es oponerse a las opiniones mercan- 
tilistas, que tendían a identificar la riqueza con el dinero y propugnaban en consecuencia 
políticas encaminadas a incrementar la cantidad de metales preciosos o moneda de una 
nación. Hume defiende el principio genera) de que la abundancia de dinero no aumenta 
la felicidad en el interior de un Estado y, a veces, puede incluso dañarla. Intenta conciliar 
este principio con la evidencia de que el aumento de la oferta monetaria puede ejercer un 
estímulo beneficioso para la industria en ciertas etapas del desarrollo económico, y qur 
una amplia distribución del dinero es favorable a la recaudación de impuestos.) 


264 



DEL DINERO 


ción a la opulencia pública* Nuestro pequeño ejército de 20.000 hom¬ 
bres se mantiene con un gasto tan elevado como el del ejército francés, 
dos veces más numeroso. Durante la última guerra 2 , la armada inglesa 
requirió para su mantenimiento tanto dinero como todas las legiones 
romanas que, en la época de los emperadores, mantuvieron sometido 
al orbe entero 3 . 

La mayor cantidad de población y su mayor laboriosidad resultan 
útiles en todo caso, tanto en el interior como en el exterior. Pero la 
mayor abundancia de dinero tiene una utilidad muy limitada, y a veces 
puede incluso suponer una pérdida para una nación en su comercio con 
el extranjero. 

Parece existir una feliz concurrencia de causas en los asuntos huma¬ 
nos que controla el crecimiento del comercio y la riqueza y que evita 
que se limite por entero a un pueblo, como cabría temer en un princi¬ 
pio dadas las ventajas de un comercio establecido. Cuando un gobierno 
ha tomado la delantera a otro en el comercio, le resulta muy difícil al 
último recuperar el terreno perdido, debido a la superior laboriosidad 
y destreza en el primer país y a las mayores existencias que poseen sus 
mercaderes, que les permiten comerciar con márgenes mucho más re¬ 
ducidos. Pero estas ventajas se compensan en alguna medida debido al 
bajo precio de la mano de obra en los países que no tienen un comer- 

2. [Hume se refiere a la guerra de sucesión de Austria (1740-1748), en la que Gran 
Bretaña entró para evitar la hegemonía francesa en Europa y para proteger su imperio 
comercial y colonia), consiguiendo la supremacía naval sobre Francia. En 1746, Hume 
acompañó a una fuerza expedicionaria, al mando de) general James Saint Clair, en un 
ataque a la costa francesa. Hume describe la expedición, por la que recibió una comisión 
i omo juez-abogado, en un manuscrito que se conoce como «Descent on the Coast of 
Writtany» (Ataque a la costa de Bretaña). Véase Mossner, The Ufe of David Hume , Nel- 
*on: Edinburgh, 1954, pp. 187-204.) 

3. Un soldado raso de la infantería romana recibía un denario al día, algo menos 
dr ocho peniques. Los emperadores romanos solían disponer de 25 legiones. Calculan¬ 
do 5.000 hombres por legión, suponían 125.000 hombres. Tácito, Ann. Ub IV. [5.J Es 
cierto que había también personal auxiliar, pero no se sabe a ciencia cierta su número 
ni cuánto cobraba. Si consideramos solamente a los legionarios, la paga de los soldados 
t 4 M>s no podía exceder de 1.600.000 libras. Pues bien, el parlamento inglés, en la última 
guerra, solía aprobar un presupuesto de 2.500.000 libras. Restan por tanto 900.000 para 
la paga de los oficiales y otros gastos de las legiones romanas. En los ejércitos romanos, 
lo* oficiales parecen haber sido pocos, en comparación con los que se emplean hoy en 
nuestras tropas modernas, excepto en algunos cuerpos suizos. Y estos oficiales tenían una 
paga muy reducida. Un centurión, por ejemplo, ganaba sólo el doble de un soldado raso. 
^ de la paga que recibían, los soldados tenían que comprarse la ropa, las armas, las tiendas 
Y los petates (Tácito, Attn, lib. I. (17]), lo que también disminuía considerablemente los 
demás gastos del ejército, Tan poco costoso resultaba aquel poderoso gobierno, y tan fácil 
Ir era imponer su yugo al mundo. Ésta es la conclusión que cabe sacar de los cálculos que 
anteceden. Pues, tras la conquista de Egipto, el dinero parece haber sido casi tan abundan¬ 
te en Roma como lo es actualmente en los reinos más ricos de Europa. 


265 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


ció extenso ni gran abundancia de oro y plata. Los fabricantes van cam¬ 
biando de plazas, abandonando los países y provincias que ya se han 
enriquecido y acudiendo a otras atraídos por la baratura de las materias 
primas y de la mano de obra, hasta que, una vez enriquecidos también 
éstos, se ven también excluidos por las mismas causas. Y podemos ob¬ 
servar, en general, que el encarecimiento de todas las cosas, que provo¬ 
ca la abundancia de dinero, es una desventaja que acompaña al comer¬ 
cio establecido, y le pone límites en todos los países, al permitir a los 
Estados más pobres vender en todos los mercados a menor precio que 
los ricos. 

Esto ha hecho que yo sostenga una duda en relación con la ventaja 
que representan los bancos y el papel-crédito , que de manera tan gene¬ 
ral se consideran beneficiosos para todas las naciones. Que los abasteci¬ 
mientos y la mano de obra se encarezcan con el aumento del comercio 
y del dinero es, en muchos aspectos, un inconveniente. Pero un incon¬ 
veniente que resulta inevitable y que es el efecto de la riqueza y la pros¬ 
peridad públicas que constituyen el objeto de todos nuestros deseos. Se 
compensan por las ventajas que obtenemos de la posesión de esos me¬ 
tales preciosos, y por el peso que dan a la nación en todas las guerras y 
negociaciones exteriores. Pero no hay razón alguna para aumentar este 
inconveniente mediante falso dinero, que los extranjeros no aceptarán 
como pago y que cualquier gran desorden que se produzca en el Estado 
reducirá a nada. Hay, es cierto, muchas personas en todo Estado rico 
que, al tener grandes sumas de dinero, preferirían papel con buenas ga¬ 
rantías, ya que es más fácil de transportar y más seguro de custodiar. 
Si no existe una banca pública, los banqueros privados sacarán ventaja 
de tal circunstancia, como anteriormente hicieran los orfebres de Lon¬ 
dres, o como hacen actualmente los banqueros de Dublín. Y es mejor en 
consecuencia que una compañía pública disfrute del beneficio del pa¬ 
pel-crédito que siempre se dará en todo reino opulento. Pero, fomen¬ 
tar artificialmente el aumento de tal crédito no puede ir nunca en inte¬ 
rés de ninguna nación que comercie, sino que dejará a esas naciones en 
desventaja al incrementar el dinero más allá de su proporción natural 
con el trabajo y las mercancías, con lo que estos factores aumentan de 
precio para comerciantes y fabricantes. Y, desde este punto de vista hay 
que conceder que ningún banco podría resultar más ventajoso que uno 
que bloquease todo el dinero que recibiese 4 y no aumentase nunca la 
moneda circulante, como es habitual, devolviendo parte de su tesoro al 
comercio. Mediante este procedimiento, un banco público podría redu 
cir en gran parte los tratos de los banqueros privados y los cambistas. Y, 


4. Éste es el caso del banco de Áimtcrdam b . 


266 



DEL DINERO 


aunque los salarios de los directores y de los cajeros del banco correrían 
a cargo del Estado (puesto que, de acuerdo con el supuesto que antece¬ 
de, no obtendría beneficio de sus operaciones), la ventaja nacional que 
se derivaría del bajo precio de la mano de obra y de la destrucción del 
papel-crédito sería una compensación suficiente. Por no mencionar que 
el hecho de quedar disponible una gran suma constituiría una gran ven¬ 
taja en tiempos de gran peligro público y en situaciones apuradas, y la 
parte que tuviera que emplearse podría sustituirse con comodidad una 
vez restaurada la paz y la tranquilidad en la nación. 

Mas sobre este tema del crédito sobre papel volveremos a tratar 
después más extensamente. Y terminaré mi ensayo sobre el dinero pro¬ 
poniendo y explicando dos observaciones que quizá sirvan para ocupar 
las mentes de nuestros políticos, dados a la especulación 0 . 

Anacarsis el escita 5 , que nunca había conocido el dinero en su país, 
hizo la perspicaz observación de que, a su entender, el oro y la plata no 
parecían tener ninguna utilidad para los griegos, salvo para ayudarles en 
la aritmética y el uso de los números. Es evidente, en efecto, que el dine¬ 
ro no es nada más que la representación del trabajo y de las mercancías, 
y sirve tan sólo como método para estimar su valor. Cuando hay mayor 
abundancia de moneda, como se necesita mayor cantidad de ella para 
representar la misma cantidad de bienes, carecerá de todo efecto, bueno 
(► malo, si se considera aisladamente una nación, como tampoco lo ten¬ 
dría una alteración que se hiciera en los libros de un comerciante si, en 
vez de la notación árabe, que requiere pocos signos numéricos, utilizara 
l.i romana, que requiere muchos más. Es más, la gran cantidad de dine¬ 
ro, como los caracteres romanos, resulta más bien incómoda, y exige to¬ 
marse más molestias para su custodia y su transporte. Pero, no obstante 
es la conclusión, que debe concederse que es justa, es cierto que, desde 
que se descubrieron las minas en América, ha aumentado la industria 
en todas las naciones de Europa, excepto en las que poseen esas minas. 

esto puede atribuirse con justicia, entre otras razones, al aumento del 
oro y la plata. En consecuencia, encontramos que, en todos los reinos 
en los que el dinero comienza a fluir con mayor abundancia que antes, 
lodo adquiere un nuevo rostro: el trabajo y la industria cobran vida; el 
l.ihricante se hace más diligente y diestro, e incluso el agricultor sigue 
.il arado con mayor ligereza y atención. Esto no resulta fácil de explicar 
m consideramos únicamente la influencia que una mayor abundancia de 
moneda tiene en el reino mismo, elevando el precio de los productos 
\ obligando a todos a pagar un mayor número de esas pequeñas piezas 
itu.irillas o blancas por todo lo que compran. En cuanto al comercio 

S. IMut. Quomodo quis suos profectus in virtute sentiré possit. (Plutarco, Moralia : 

1 «uno puede un hombre tomar conciencia de su progreso en la virtud», scc. 7.1 


267 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


exterior, parece ser que esa gran abundancia de dinero resulta más bien 
desventajosa, ya que eleva el precio de toda clase de trabajo* 

Así pues, para explicar este fenómeno tenemos que considerar que, 
aunque el elevado precio de los bienes sea una consecuencia del au¬ 
mento de oro y plata, no se produce inmediatamente después de ese 
aumento, sino que se necesita algo de tiempo antes de que el dinero 
circule por todo el Estado y deje sentir sus efectos en todas las clases de 
gente* Al principio no se percibe alteración alguna. Pero poco a poco 
va subiendo el precio, primero de un producto, luego de otro, hasta 
que todo acaba por alcanzar una justa proporción con la nueva canti¬ 
dad de moneda existente en el reino. En mi opinión es únicamente en 
este intervalo o situación inmediata, entre el aumento del dinero y la 
elevación de los precios, cuando la creciente cantidad de oro y plata 
resulta favorable para la industria. Cuando en un país se importa una 
determinada cantidad de dinero, inicialmente no está repartida entre 
muchas manos, sino que está guardada en las arcas de unas pocas per¬ 
sonas que inmediatamente tratan de utilizar ese dinero en provecho 
propio. Tenemos entonces a una serie de fabricantes o comerciantes 
que, supongamos, han recibido oro y plata a cambio de las mercancías 
enviadas a Cádiz 6 . Están por lo tanto en condiciones de emplear más 
trabajadores de los que emplearan anteriormente, y éstos nunca soña¬ 
rán con pedir salarios más altos, sino que se alegrarán de tener un em¬ 
pleo con tan buenos patronos, Si la mano de obra escasea, el fabricante 
paga salarios más elevados, pero primero exige un aumento del trabajo, 
a lo que voluntariamente se somete el artesano, que ahora puede comer 
y beber mejor como compensación por el mayor esfuerzo y la mayor 
fatiga. Éste acude con su dinero al mercado, donde encuentra de todo 
al mismo precio que antes, y vuelve con mayor cantidad de cosas, y de 
mejor calidad, para su familia. El granjero y el horticultor, al ver que 
todos sus productos tienen salida, dedican mayor energía a producir 
más, y a la vez pueden permitirse comprar mayor cantidad de ropa a 
los comerciantes, que mantienen los mismos precios de antes, y cuya 
actividad se ve únicamente espoleada por las nuevas ganancias. Resulta 
fácil seguir el curso del dinero a través de toda la comunidad, donde 
veremos que tiene que empezar por estimular la diligencia de todos los 
individuos antes de que aumente el precio del trabajo. 

Y el hecho de que la moneda pueda aumentar hasta un nivel con¬ 
siderable antes de producir este último efecto, resulta evidente, entre 
otros casos, a partir de las frecuentes operaciones del rey de Francia con 
el dinero, en las que siempre se ha podido comprobar que el aumento 

6. [Cádiz era el puerto español por el que entraban el oro y la plata procedentes de 
las Indias Occidentales.) 


268 



DEL DINERO 


del numerario no producía una elevación proporcional de los precios, 
al menos durante algún tiempo. El último año del reinado de Luis XIV 
aumentó el dinero en tres séptimos, mientras que los precios sólo subían 
en un séptimo. El grano se vende en Francia ahora al mismo precio, o 
por el mismo número de libras, que en 1683, a pesar de que la plata 
estaba entonces a 30 libras el marco, y ahora está a 50 7 . Y no hablemos 
ya de la gran adicción al oro y la plata que se ha producido en ese reino 
desde el período anterior. 

Del conjunto de estas reflexiones podemos sacar la conclusión de 
que carece totalmente de importancia, para la felicidad interior en un 
listado, que exista mayor o menor cantidad de dinero. La buena política 
de las autoridades consiste únicamente en mantener de todos modos su 
aumento, si ello es posible. Porque, de ese modo, se mantiene vivo en 
el país el espíritu de laboriosidad, y aumenta la existencia de mano de 
obra, en la que consiste todo el poder y la riqueza reales. Una nación en 
la que disminuye el dinero es en realidad más débil y miserable que otra 
que no posee más dinero pero cuyas manos laboriosas van en aumento. 

I sto resulta fácil de explicar si consideramos que las alteraciones en 
la cantidad de dinero, en un sentido o en otro, no van acompañadas 
inmediatamente por alteraciones proporcionales en el precio de los 
productos. Hay siempre un intervalo hasta que se produce el ajuste a 
la nueva situación, y este intervalo es tan pernicioso para la actividad 

7. Ofrezco estos hechos basándome en la autoridad de M. du Tot, autor de repu¬ 
tación, en sus Réflexions politiques [Réflexions poli tiques sur les finantes et le commerce 
(1738)), traducidas al inglés como Political Reflections upan the Finattees and Commer - 
*eof Frunce (1739). Aunque tengo que confesar que los hechos que expone en otras oca- 
iones resultan a menudo tan sospechosos como para hacer que su autoridad sobre esta 
i nrstión sea menor. Sin embargo es exacta la observación general de que el aumento del 
limero circulante en Francia no aumenta al principio los precios de manera proporcional. 

Digamos de paso que ésta parece ser una de las mejores razones que puedan darse en 
l*ivor de un aumento gradual y universal del valor nominal del dinero, aunque se haya pᬠ
bulo por alto en todos los volúmenes que sobre esta cuestión han escrito Melón, Du Tot y 
París de Verney [Joseph Paris-Duverney, Examen du livre intitulé Réflections politiques sur 
/<•* finattees et le commerce ; par du Tott (Examen del libro de Du Tot que lleva por título 
Ki'llcxiones políticas sobre las finanzas y el comercio), 1740]. Si, por ejemplo, se acuñara 
tic nuevo toda nuestra moneda y se quitara a cada chelín el valor en plata equivalente a un 
penique, con el nuevo chelín se compraría probablemente lo mismo que podía adquirirse 
. mi el antiguo, con lo que insensiblemente se disminuiría el precio de todas las cosas, se 
•iv i varía el comercio exterior y la industria del país, al circular mayor número de libras y 
i In lmes, recibiría un nuevo estímulo y experimentaría un cierto aumento. En la ejecución 
.Ir tal proyecto sería preferible que el nuevo chelín se pasara por 24 medios peniques, con 
rl lin de preservar la ilusión, y se aceptara a cambio de esa misma cantidad. Y, dado que 
una nueva acuñación de las monedas de plata empieza a ser necesaria, por el continuo 
.li .gaste de nuestras monedas de un chelín y de seis peniques, cabe dudar si deberíamos 
imitar el ejemplo que se dio en el reinado del rey Guillermo, cuando el dinero recortado 
•• ajustó elevándolo al antiguo patrón d . 


269 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


económica cuando el oro y la plata están disminuyendo como ventajosa 
resulta cuando estos metales están aumentando. El fabricante y el co¬ 
merciante no hacen el mismo empleo del trabajador, aunque éste tenga 
que pagar el mismo precio por todas las cosas en el mercado. El agri¬ 
cultor no puede dar salida a su grano y a su ganado, aunque tenga que 
seguir pagando la misma renta al terrateniente. Son fáciles de prever la 
pobreza, la mendicidad y la pereza que siguen a esta situación. 

La segunda observación que me proponía hacer en relación con el 
dinero puede exponerse de la manera siguiente. Hay algunos reinos y 
muchas provincias en Europa (y todos estuvieron una vez en la misma 
situación) donde el dinero es tan escaso que los terratenientes no pue¬ 
den obtener de sus arrendatarios ningún pago en moneda, y se ven obli¬ 
gados a cobrar sus rentas en especie, ya sea para su propio consumo o 
para llevar los productos a lugares donde encuentren mercado. En tales 
países, el príncipe puede recaudar pocos impuestos, o ninguno, y ello 
de la misma manera. Como obtiene escaso beneficio de los impuestos 
cobrados de ese modo, es evidente que un reino semejante tiene escaso 
poder incluso en su interior, y no puede mantener flotas y ejércitos 
en la misma medida que si todas sus partes abundaran en oro y plata. 
Existe sin duda una mayor desproporción entre la fuerza de Alemania 
en la actualidad, y la que poseía hace tres siglos 8 , que la que existe en 
su industria, su pueblo y sus manufacturas. Los dominios austriacos del 
Imperio están por lo general bien poblados y bien cultivados, y son muy 
extensos, pero no tienen un peso proporcional en el equilibrio europeo, 
lo que, según suele suponerse, se debe a la escasez de dinero. ¿Cómo 
concuerdan todos estos hechos con el principio racional de que la can¬ 
tidad de oro y plata es en sí totalmente indiferente? Según dicho prin¬ 
cipio, siempre que un soberano tenga gran número de súbditos y que 
éstos posean gran cantidad de bienes, será sin duda grande y poderoso, 
y los súbditos serán ricos y felices, con independencia de la mayor o 
menor abundancia de metales preciosos. Las monedas de estos metales 
admiten divisiones y subdivisiones en gran medida y, cuando parezca 
que las piezas van a ser tan pequeñas que se corra el riesgo de que se 
pierdan, es fácil mezclar el oro y la plata con un metal menos noble, tal 
como es la práctica en algunos países europeos, y aumentar el volumen 


8. Los italianos te pusieron al emperador Maximiliano ei mote de Pochi Dañar i. 
Aquel príncipe no tuvo éxito en ninguna de sus empresas, debido a su falta de dinero. 
[Maximiliano I fue elegido emperador del Sacro Imperio Romano en 1508. Pero debido 
a la hostilidad de Venecia no pudo ir a Roma para su coronación, En consecuencia se .ilm 
con Francia, con España y con el papa en la liga de Cambrai, cuya finalidad era repartirse 
las posesiones de la república de Venecia. Debido a $u falta de dinero y de tropas se le 
consideró un aliado poco Hable en la guerra que siguió. Pochi Dañar i significa «Pocos 
Dineros».) 


270 



O EL DINERO 


de las piezas para que resulten más fáciles de percibir y más cómodas de 
usar. Seguirán sirviendo para la misma finalidad del intercambio, cual¬ 
quiera que sea su ley y el color que se supone que deben tener. 

A estas dificultades contesto yo que el efecto que aquí se supone que 
procede de la escasez monetaria, surge en realidad como consecuencia 
de las preferencias y costumbres de la gente y que, como resulta de¬ 
masiado habitual, confundimos un efecto colateral con una causa. La 
contradicción es sólo aparente. Pero se necesita pensar y reflexionar un 
poco para descubrir los principios que nos permitan conciliar la razón 
con la experiencia . 

Una máxima que parece evidente por sí misma dice que los precios 
de todas las cosas dependen de la proporción que se dé entre mercan¬ 
cías y dinero y que una alteración considerable de cualquiera de estos 
tíos elementos tiene el efecto de subir o de bajar los precios. Si aumen¬ 
tan las mercancías, se vuelven más baratas; si aumenta el dinero, sube 
su valor. Del mismo modo que una disminución de las primeras y del 
segundo da lugar a las tendencias contrarias. 

También es evidente que los precios no dependen tanto de la canti¬ 
dad absoluta de mercancías y de dinero que existan en un país, como de 
la cantidad de mercancías que salgan o puedan salir al mercado, y del 
dinero que circula. Si la moneda se encierra en arcones, es lo mismo, 
por lo que a los precios se refiere, que si se destruye; si las mercancías 
so acumulan en almacenes y graneros, se produce el mismo efecto. 
(lomo, en tales casos, el dinero y las mercancías nunca se encuentran, 
no pueden afectarse entre sí. Si en un momento dado hacemos conjetu¬ 
ras sobre los precios de las provisiones, el grano que el agricultor tiene 
que guardar para f la siembra y para el mantenimiento propio y de su fa¬ 
milia, nunca deberá entrar en la estimación. Es solamente el excedente, 
comparado con la demanda, lo que determina el precio. 

Para aplicar estos principios tenemos que tener en cuenta que, en 
las etapas primeras y más incultas de un Estado, antes de que la imagi¬ 
nación haya confundido sus deseos con los de la naturaleza, la gente, 
contenta con el producto de sus campos, o con las rudas mejoras que 
puedan conseguir por sí mismos, tienen poca ocasión de practicar el in¬ 
tercambio, al menos con la mediación del dinero que, por convención, 

* s la medida del intercambio. La lana del rebaño del propio agricultor, 
hilada en el seno de su propia familia y trabajada por un tejedor vecino 
que recibe su paga en grano o en lana, basta para pagar los muebles o el 
vestido. El carpintero, el herrero, el albañil, el sastre, se mantienen con 
^Lirios de una parecida naturaleza, y hasta el terrateniente, que vive 
m la vecindad, se contenta con recibir su renta en los bienes produci¬ 
dos por los agricultores. La mayor parte de ellos la consume en casa, 
i n rústica hospitalidad; al resto quizá le dé salida a cambio de dinero 


271 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


llevándolo a la ciudad más cercana, donde obtiene las pocas cosas que 
representan su gasto y su lujo. 

Pero una vez que la gente comienza a refinar estos disfrutes y a no 
vivir siempre en casa, y una vez que deja de conformarse con lo que se 
cría en su vecindad, hay más intercambio y comercio de todas clases, y 
en ese intercambio interviene más el dinero. A los comerciantes ya no se 
les paga en grano, porque quieren algo más que simplemente comer. El 
agricultor va más allá de su municipio en busca de cosas que comprar, 
y no siempre puede llevar sus productos al comerciante que le abastece. 
El terrateniente vive en la capital, o en un país extranjero, y exige que se 
le paguen las rentas en oro y plata, que pueden transportarse fácilmente 
a donde se encuentre. Surgen grandes empresarios, fabricantes y comer¬ 
ciantes, en toda clase de bienes, y éstos no pueden operar cómodamente 
más que utilizando la moneda. En consecuencia, en esta situación de la 
sociedad, el dinero interviene en un número de contratos mucho ma¬ 
yor, por lo que se utiliza mucho más que en la situación anterior. 

El efecto necesario es que, suponiendo que no aumenta la cantidad 
de dinero en un país, todas las cosas deberán abaratarse mucho en tiem¬ 
pos de industria y refinamiento, en relación con las épocas toscas e in¬ 
cultas. Lo que determina los precios es la proporción que existe entre el 
dinero circulante y los productos del mercado. Los bienes que se consu¬ 
men en casa o que se intercambian por otros en la vecindad nunca ac¬ 
ceden al mercado; no afectan en lo más mínimo a la moneda de curso. 
En relación con ella es como si se destruyeran por completo y, en con¬ 
secuencia, este modo de uso reduce la proporción de las mercancías e 
incrementa los precios. Pero, una vez que el dinero interviene en todos 
los contratos y las ventas, y se convierte en todas partes en la medida 
del intercambio, la moneda nacional tiene una función mucho mayor 
que desempeñar: todos los productos están entonces en el mercado; la 
esfera de la circulación se amplía; es el mismo caso que si esa suma de¬ 
terminada tuviera que servir para un reino mayor. Y, en consecuencia, 
al reducirse la proporción aquí del lado del dinero, todas las cosas tie¬ 
nen que abaratarse y los precios caen gradualmente. 

Según los cálculos más exactos que se han hecho por toda Europa, 
y después de tenerse en cuenta las diferencias en el valor nominal y en 
la denominación, se llega a la conclusión de que los precios de todas las 
cosas sólo han subido en tres veces, o a lo sumo en cuatro, desde el des¬ 
cubrimiento de las Indias Occidentales 9 . Pero ¿habrá quien asevere que 


9, [Hume utiliza Indias Occidentales , en un sentido amplio, para referirse a Amé 
rica central y del Sur. La exploración y ia conquista del Nuevo Mundo que siguió al des 
cubrimiento por Cristóbal Colón de las islas de las Indias Occidentales frente a la costa 
atlántica de América, en 1492, condujo, durante el siglo siguiente, a un enorme aumento 


272 



DEL DINERO 


no existe en Europa mucho más de cuatro veces la cantidad de moneda 
que existía en el siglo XV y en los siglos anteriores? Los españoles y por¬ 
tugueses mediante la explotación de sus minas; los ingleses, franceses 
y holandeses a través de su comercio africano y de sus agentes intrusos 
en las Indias Occidentales, traen a Europa alrededor de *$ei$ millones al 
año, de los que no más de un tercio acaban yendo a las Indias Orienta¬ 
les. Tan sólo esta suma duplicaría en diez años las antiguas existencias 
de dinero en Europa. Y no puede darse otra razón satisfactoria de por 
qué todos los precios no han experimentado una elevación mucho más 
exorbitante que la que se deriva del cambio de las costumbres y los 
comportamientos. Además de producirse más mercancías, gracias a una 
mayor laboriosidad, los productos acceden más al mercado, desde que 
la gente abandonara la antigua sencillez en su modo de vida. Y, aunque 
este aumento no ha sido igual al aumento del dinero, ha sido no obs¬ 
tante considerable, y ha mantenido la proporción entre el dinero y las 
mercancías más cerca de los antiguos valores. 

Si se propusiera la pregunta sobre cuál de estos dos modos de vida 
de la gente, el sencillo o el refinado, es más ventajoso para el Estado o 
para lo público, yo preferiría, sin mayor escrúpulo, el último, por lo 
menos con vistas a la política, y aduciría esta mayor ventaja como una 
razón más para recomendar el comercio y las manufacturas. 

Mientras los hombres vivan a la manera sencilla antigua, y provean 
a todas sus necesidades a base de la industria local o de la vecindad, el 
soberano no puede recaudar impuestos monetarios de una parte con¬ 
siderable de sus súbditos y, si les impone algunas cargas, tiene que co¬ 
brarlas en productos, que es lo único que tienen en abundancia, método 
éste que va acompañado de tan grandes y obvios inconvenientes que no 
es necesario insistir aquí en ellos. Todo el dinero que pueda pretender 
recaudar debe obtenerlo de las ciudades principales, que es donde úni¬ 
camente circula, y éstas no pueden proporcionarle tanto como podría 
obtener del conjunto del Estado si el oro y la plata circularan por todo 
él. Pero, además de la evidente disminución del ingreso, hay otra causa 
más para la pobreza del Estado en tal situación. No es sólo que el sobe¬ 
rano reciba menos dinero, sino que ese dinero no alcanza tanto como 
en tiempos de industria y comercio general. Todo es más caro, mientras 
c*l oro y la plata se suponen iguales, y ello porque son menos los pro¬ 
ductos que llegan al mercado, y la moneda en su conjunto mantiene una 
proporción más elevada con lo que hay que comprar con ella, que es a 
partir de donde únicamente se fijan y determinan los precios de todas 
las cosas. 


i)< l.i oferta de metales preciosos en Europa. Lo que Hume afirma es que el aumento de 
ios precios no se produjo al mismo ritmo que el aumento de la moneda.] 


273 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTI II 


Esto puede ayudarnos a comprender la falacia de la observación, 
que a menudo encontramos en los historiadores, e incluso en la conver¬ 
sación común, según la cual, por el mero hecho de carecer de dinero, 
un Estado es débil, aunque sea fértil, populoso y esté bien cultivado. 
Parece que la falta de dinero no puede nunca dañar a un Estado dentro 
de sí mismo. Puesto que la población y los productos constituyen la 
verdadera fuerza de una comunidad. Lo que aquí perjudica al Estado 
es la manera sencilla de vivir, al limitar el oro y la plata a unas pocas 
manos y evitar su difusión y circulación universales. Por el contrario, 
la industria y los refinamientos de todas clases incorporan el dinero al 
conjunto del Estado, por poco que sea su cantidad. Lo inyectan, por así 
decirlo, en todas sus venas y hacen que intervenga en toda transacción y 
contrato, No hay ninguna mano que esté totalmente vacía de él. Y cuan¬ 
do, por ese medio, caen los precios de todas las cosas, el soberano tiene 
una doble ventaja: puede recaudar dinero, mediante sus impuestos, de 
todas las partes del Estado, y lo que recibe le alcanza más en todas las 
compras y pagos. 

De una comparación de los precios podemos deducir que el dinero 
no abunda más en China de lo que abundaba en Europa hace tres siglos. 
Mas ¡qué inmenso poder posee aquél imperio a juzgar por la adminis¬ 
tración civil y el estamento militar que mantiene! Nos cuenta Polibio 10 
que, en su tiempo, las provisiones eran tan baratas en Italia que, en al¬ 
gunos sitios, el h precio que cobraban en las posadas por una comida era 
de un semis por persona: poco más de un cuarto de penique. Y, no obs¬ 
tante, el poderío romano acababa de someter a todo el mundo conoci¬ 
do. Un siglo antes, aproximadamente, decía el embajador cartaginés, a 
título de burla, que ningún pueblo vivía más socialmente que los roma¬ 
nos. Pues, en todos los agasajos que recibían como ministros extranje¬ 
ros, observaban el mismo plato en cada mesa 11 . La cantidad absoluta de 
metales preciosos es en gran medida indiferente. Hay sólo dos circuns¬ 
tancias que tienen alguna importancia, a saber: el aumento gradual y la 
mezcla y circulación totales por todo el Estado, y ya hemos explicado 
aquí la influencia de estas dos circunstancias. 

En el ensayo siguiente veremos un ejemplo de falacia parecida a la 
que hemos mencionado aquí, en la que un efecto colateral se toma por 
causa, y en la que se atribuye una consecuencia a la abundancia de dine¬ 
ro, cuando en realidad se debe a un cambio en las costumbres y modos 
de comportamiento de la gente. 


10. Ltb. I!, cap. 15. lHistorias> 2.15.] 

11. Plin., lib. XXXIII, cap. II. (Pimío el Viejo, Historia natural.] 


274 



IV 


DEL INTERÉS 


Nada se considera un signo más cierto de la situación floreciente de 
una nación que los bajos tipos de interés. Y ello con razón, aunque yo 
creo que la causa es algo distinta de lo que suele percibirse. El interés 
reducido suele atribuirse a la abundancia de dinero 1 . Pero el dinero, 
por abundante que sea, no tiene otro efecto, si se fija , que aumentar el 
precio del trabajo. La plata es más común que el oro y, por lo tanto, se 
recibe mayor cantidad de ella por las mismas mercancías. Pero ¿se paga 
menos interés por ella? El interés en Batavia y en jamaica está en el 10 
por ciento y, en Portugal, en el 6 por ciento . A pesar de que esas plazas, 
(al como podemos saber por los precios de todas las cosas, tienen mayor 
abundancia de oro y plata que Londres o Ámsterdam. 

Si se destruyera todo el oro de Inglaterra y se sustituyera cada gui¬ 
nea por veintiún chelines, ¿sería el dinero más abundante o el interés 
más bajo? A buen seguro, no. Lo único que sucedería es que utiliza¬ 
ríamos plata en lugar de oro. Si el oro llegara a ser tan común como 
la plata, y la plata tan común como el cobre, ¿sería más abundante el 
dinero, o el interés más bajo? Sin duda tenemos que dar la misma res¬ 
puesta. Nuestros chelines serían amarillos, y nuestro medio penique. 


1. (Los autores mercantilístas habían mantenido que una reducción del interés, o 
precio pagado por la utilización de recursos durante un tiempo, es uno de los beneficios 
ilcl aumento de la cantidad de dinero. Hume prosigue sus ataques al mercantilismo ne¬ 
gando que los tipos de interés se deban a la cantidad de dinero en circulación. Recurre a 
l.i teoría de la naturaleza humana, así como a ejemplos históricos, para demostrar que el 
lu|o interés lo produce en última instancia el crecimiento de la industria y el comercio, 
que reduce la proporción de prestatarios y aumenta el número de prestadores con ahorros 
ihipnmbles para atender a la demanda de dinero. Véase una valoración de las opiniones 
ile Hume sobre el interés en Rotwein, David Hume: Writings on Economics y pp. Ixvii- 
)xkit.| 


275 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


blanco, y no tendríamos guineas. Jamás se observaría diferencia alguna, 
ni cambio alguno en el comercio, las manufacturas, la navegación o el 
interés, a menos que imaginemos que el color del metal tiene alguna 
importancia. 

Pues bien, lo que se hace tan patente en estas grandes variaciones de 
la escasez o la abundancia de metales preciosos tiene que ser asimismo 
válido en todos los cambios menores. Si aumentar el oro y la plata en 
quince veces no crea ninguna diferencia, menos aún la creará doblarlos 
o triplicarlos. Todo aumento no tiene ningún otro efecto que elevar el 
precio del trabajo y de las mercancías, e incluso esta variación es poco 
más que un cambio de nombre. En el proceso que da lugar a estos cam¬ 
bios, el aumento puede tener alguna influencia, estimulando la laborio¬ 
sidad. Pero, una vez que los precios quedan establecidos de acuerdo con 
la nueva abundancia de oro y plata, carece de toda influencia. 

Un efecto siempre guarda proporción con su causa. Los precios se 
han elevado casi en cuatro veces desde el descubrimiento de las Indias, 
y es probable que el oro y la plata se hayan multiplicado por mucho 
más. Pero el interés no se ha reducido en mucho más de la mitad. El 
tipo de interés, en consecuencia, no se deriva de la cantidad de metales 
preciosos. 

Dado que el dinero tiene principalmente un valor ficticio 3 , la ma¬ 
yor o menor abundancia de él carece de importancia, si consideramos 
la nación en sí misma, y la cantidad de moneda, una vez establecida, 
por grande que sea, no tiene otro efecto que obligar a todos a contar un 
número mayor de esos pedacitos de metal, al adquirir ropa, muebles o 
equipamiento, sin aumentar ninguna comodidad de la vida. Si alguien 
pide dinero prestado para construir una casa, tendrá que llevar una 
carga mayor. Porque la piedra, la madera, el plomo, el vidrio, etc., así 
como el trabajo de los albañiles y carpinteros, estarán representados por 
una cantidad mayor de oro y plata. Mas, como estos se consideran prin¬ 
cipalmente representaciones, no puede surgir alteración alguna como 
consecuencia de su volumen o cantidad, su peso o color, que afecte a su 
valor real o a su interés. El mismo interés, en todos los casos, mantiene 
igual proporción con la suma. Y, si me prestas tal cantidad de trabajo y 
tal cantidad de mercancías, al recibir un 5 por ciento siempre recibirás 
el trabajo y las mercancías proporcionales, con independencia de cómo 
estén representados, ya sea por monedas amarillas o blancas, por una 
libra o una onza. Resulta vano, en consecuencia, buscar la causa de la 
caída o el alza del interés en la mayor o menor cantidad de oro y plata 
que exista en una nación. 

El interés elevado surge de tres circunstancias: una mayor demanda 
de préstamos, escasez de riqueza para atender esa demanda y grandes 
beneficios procedentes del comercio. Y estas circunstancias son clara 


276 



DEL INTERÉS 


prueba del escaso progreso del comercio y la industria, y no de la es¬ 
casez de oro y plata. El interés bajo procede, por otra parte, de las cir¬ 
cunstancias opuestas: escasa demanda de préstamos, gran riqueza para 
atender a esa demanda y beneficios reducidos del comercio. Y estas cir¬ 
cunstancias están todas relacionadas entre sí, y provienen del aumento 
de la industria y el comercio, no del oro y la plata. Vamos a tratar de 
demostrar estas afirmaciones, empezando por las causas y los efectos de 
una demanda de préstamos grande o pequeña. 

Cuando un pueblo acaba de emerger del estado salvaje, y su pobla¬ 
ción ha aumentado por encima de la multitud original, tiene que surgir 
inmediatamente una desigualdad en la propiedad y, mientras unos po¬ 
seen grandes extensiones de tierra, otros se ven confinados dentro de 
estrechos límites, y otros carecen de todo suelo propio. Quienes poseen 
más tierra de la que pueden laborar, emplean a quienes no poseen nada 
y están de acuerdo en recibir una parte determinada del producto. Así 
se establece inmediatamente el interés sobre la tierra , y no existe ningún 
gobierno estable, por primitivo que sea, cuyos asuntos no tengan esta 
base. De entre los propietarios de la tierra, unos descubren en segui¬ 
da que tienen actitudes muy distintas de otros y, mientras uno estaría 
dispuesto a guardar el producto de su tierra para el futuro, otro desea 
consumir de inmediato lo que bastaría para muchos años. Pero, como 
el gasto de una renta establecida es un modo de vida totalmente sin 
ocupación, los hombres tienen tal necesidad de algo de lo que ocuparse 
y que fije su interés que los placeres pasan a constituir la actividad de 
la mayor parte de los terratenientes y, entre ellos, los pródigos siempre 
serán más numerosos que los avaros. En consecuencia, en un Estado en 
el que no existe otro interés que el que se saca de la tierra, al haber poca 
frugalidad, los prestatarios tienen que ser muy numerosos, y los tipos de 
interés tienen que guardar proporción con ese hecho. La diferencia no 
depende de la cantidad de dinero, sino de los hábitos y modos de com¬ 
portamiento que prevalecen. Sólo en función de ellos aumenta o dismi¬ 
nuye la demanda de préstamos. Si el dinero fuese tan abundante como 
para hacer que un huevo costara seis peniques, mientras sólo existan 
en el Estado una nobleza terrateniente y campesinos, los prestatarios 
han de ser numerosos y el interés elevado. La renta por la misma finca 
sería más pesada y voluminosa. Pero la ociosidad del terrateniente, con 
el mayor precio de los bienes, la disiparía en el mismo tiempo, y daría 
lugar a la misma necesidad y demanda de préstamos 1 *. 

Nada distinto ocurre en relación con la segunda circunstancia que 
nos proponíamos considerar, a saber: la riqueza, grande o pequeña, 
para atender a la demanda. Este efecto depende asimismo de los hábitos 
y del modo de vida de la gente, y no de la cantidad de oro y plata. Para 
que en un Estado exista gran número de prestamistas no es suficiente 

277 



ENSAYOS MORALES, POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


ni necesario que exista gran abundancia de metales preciosos. Lo úni¬ 
co que se requiere es que la propiedad o el control de la cantidad que 
exista en el Estado, sea grande o pequeña, esté acumulada en determi¬ 
nadas manos, de modo que forme considerables sumas o constituya un 
gran interés monetario. Esto produce un cierto número de prestadores 
y reduce el nivel de usura, y esto, me atreveré a afirmar, no depende 
de la cantidad de moneda, sino de determinados comportamientos y 
costumbres, que hacen que el dinero se acumule en sumas separadas o 
en masas de considerable valor. 

Pues supongamos que, milagrosamente, a cada hombre en Gran 
Bretaña una buena noche le metieran en el bolsillo cinco libras, lo que 
duplicaría con creces todo el dinero que existe actualmente en el rei¬ 
no. Sin embargo, ni al día siguiente ni durante cierto tiempo, habría 
más prestamistas, ni variación alguna en los tipos de interés. Y, si no 
hubiera en el Estado más que terratenientes y campesinos, este dinero, 
aunque fuera abundante, no se acumularía nunca en grandes sumas, y 
sólo serviría para aumentar los precios de todas las cosas, sin más con¬ 
secuencias. El terrateniente pródigo lo dilapidaría tan pronto como lo 
recibiera, y el campesino miserable carece de medios, de visión y de am¬ 
bición para aspirar a nada que esté por encima de su mera subsistencia. 
Como el mayor número de prestatarios sobre el de prestadores seguiría 
siendo el mismo, no se produciría reducción ninguna del interés. Eso 
depende de otro principio, y debe ser consecuencia de un aumento de la 
laboriosidad y de la frugalidad, de las artes y del comercio. 

Todo lo que es útil para la vida del hombre procede del suelo. Pero 
son pocas las cosas que surgen en el estado que se requiere para que 
tengan utilidad. Tiene en consecuencia que haber, además de los cam¬ 
pesinos y los propietarios de la tierra, otra clase de hombres que reciban 
de los primeros las materias primas, las elaboren de la forma adecuada, 
y dediquen una parte a su propio uso y subsistencia. En la infancia de 
la sociedad, estos tratos entre artesanos y campesinos, y entre una clase 
de artesanos y otra, los establecen por lo común, de manera inmediata, 
las personas mismas que, al ser vecinos, conocen con facilidad los unos 
las necesidades de los otros y se prestan su asistencia mutua para satisfa¬ 
cerlas. Pero, cuando aumenta la laboriosidad humana, y se amplían las 
perspectivas de los hombres, se comprueba que las partes alejadas del 
Estado pueden ayudarse entre sí lo mismo que las partes contiguas, y 
que este intercambio de buenos oficios puede llevarse a la mayor exten¬ 
sión y complejidad. De ahí la aparición de los comerciantes , una de las 
clases de personas más útiles, que sirven de agentes entre esas partes del 
Estado que se desconocen entre sí e ignoran sus mutuas necesidades. 1* u 
una ciudad hay cincuenta trabajadores de la seda y el lino, y un millar 
de clientes. Pues bien: estas dos categorías de personas, tan necesarias la 


278 



DEL INTERÉS 


una para la otra, no pueden coincidir adecuadamente hasta que alguien 
pone una tienda, a la que acuden los trabajadores y los clientes. En una 
provincia crece abundante la hierba. Sus habitantes tienen gran canti¬ 
dad de ganado, mantequilla y queso, pero necesitan grano y pan que, en 
una provincia vecina existen en mayor abundancia de la que necesitan 
sus pobladores. Alguien se percata de esto, lleva grano de una provincia 
y vuelve con ganado. Al suministrar lo necesario a las dos provincias se 
convierte, de algún modo, en benefactor de ambas. Conforme aumenta 
la población y crece la industria se incrementa la dificultad del inter¬ 
cambio. La actividad de intermediación o comercialización se hace más 
compleja: divide, subdivide, compone y mezcla, creando una mayor 
variedad. En todas estas transacciones se hace necesario, y es razonable, 
que una parte considerable de las mercancías y del trabajo pertenezca 
al comerciante, a quien en gran medida se deben. Y estas mercancías las 
conservará unas veces como tales o, con mayor frecuencia, las conver¬ 
tirá en dinero, que es su forma de representación común. Si las existen¬ 
cias de oro y plata han aumentado en el Estado, a la vez que la industria, 
se necesitará gran cantidad de estos metales para representar una gran 
cantidad de mercancías y trabajo. Si sólo se hubiera incrementado la 
industria, bajarían los precios de todas las cosas, y bastaría una pequeña 
cantidad de moneda para su representación. 

No hay mayor anhelo o demanda de la mente humana más constan¬ 
te e insaciable que la necesidad de ejercitarse y emplearse en algo, y este 
deseo parece ser el fundamento de la mayor parte de nuestras pasiones 
y actividades. Prívese a un hombre de toda actividad y ocupación seria, 
y correrá inquieto de una diversión a otra. El peso y la opresión que 
la ociosidad le hacen sentir son tan grandes que, con sus inmoderados 
excesos, se labrará la ruina. Désele un modo de emplear su mente o su 
cuerpo más inofensivo, y estará satisfecho y dejará de sentir la insacia¬ 
ble sed de placer. Mas, si el empleo que se le proporciona es lucrativo, 
sobre todo si el beneficio va unido a toda clase de ejercicio determinado 
ile la laboriosidad, estará con tanta frecuencia pendiente de la ganan¬ 
cia que gradualmente se desarrollará en él, una pasión por ella, y no 
conocerá mayor placer que el de comprobar a diario el aumento de su 
fortuna. Ésta es la razón por la que el comercio incrementa la frugalidad 
y por la que existe entre los comerciantes el mismo mayor número de 
miserables sobre el de pródigos que el que existe, en sentido contrario, 
cutre los terratenientes. 

El comercio aumenta la laboriosidad, al transmitirla con prontitud 
ilc un miembro de la sociedad a otro, y al no consentir que ninguna 
parte de ella se deteriore o resulte inútil. Aumenta la frugalidad, al pro¬ 
porcionar a las personas ocupación y emplearlas en las artes de la ga¬ 
nancia, que no tardan en despertar su afición y suprimir todo gusto por 


279 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


el placer y los gastos. Es consecuencia infalible de toda profesión la¬ 
boriosa generar frugalidad y hacer que el amor al beneficio prevalezca 
sobre el amor al placer. Entre los abogados y los médicos en ejercicio 
son muchos más los que viven ateniéndose a sus ingresos que los que se 
exceden de éstos, o incluso que los que gastan cuanto ganan. Pero los 
abogados y los médicos no generan industria, y adquieren su riqueza 
a costa de otros, de modo que, con seguridad, reducen lo que poseen 
algunos de sus conciudadanos con tanta rapidez como aumentan sus 
propios bienes. En cambio, los comerciantes sí generan actividad indus¬ 
triosa, al canalizar sus productos hasta todos los rincones del Estado, al 
tiempo que, gracias a su frugalidad, adquieren gran poder sobre la in¬ 
dustria así creada, y llegan a reunir una gran participación en el trabajo 
y las mercancías de cuya producción ellos son los principales instrumen¬ 
tos. No hay por tanto ninguna otra profesión que, como la comercia¬ 
lización, pueda hacer que el interés monetario sea considerable o que, 
dicho de otro modo, pueda aumentar la industria y, al incrementar tam¬ 
bién la frugalidad, proporcionar un gran control de esa industria a de¬ 
terminados miembros de la sociedad. Sin comercio, el Estado está for¬ 
mado principalmente por la nobleza terrateniente, cuya prodigalidad y 
gastos dan lugar a una constante demanda de crédito, y de campesinos 
que carecen de sumas para atender esa demanda. El dinero no se acu¬ 
mula nunca en grandes reservas o sumas que puedan prestarse con inte¬ 
rés. Se dispersa en innumerables manos que, bien lo derrochan en vana 
ostentación y magnificencia, o lo emplean en la adquisición de las cosas 
necesarias para la vida. Sólo el comercio lo acumula en sumas conside¬ 
rables, y este efecto procede meramente de la laboriosidad que fomenta 
y la frugalidad que inspira, con independencia de la cantidad determi¬ 
nada de metales preciosos que circulen en el Estado. 

Así, un crecimiento del comercio da lugar, como consecuencia ne¬ 
cesaria, a un gran número de prestamistas, y produce, de ese modo, 
una reducción de la tasa de interés. Vamos a considerar ahora hasta qué 
punto este crecimiento del comercio disminuye los beneficios proceden¬ 
tes de esa profesión, y da origen a la tercera circunstancia necesaria para 
que se produzca una reducción del interés. 

Puede ser adecuado que observemos, en relación con este tema, que 
los bajos intereses y los beneficios reducidos de la comercialización son 
dos hechos que se refuerzan mutuamente, y se derivan ambos del comer¬ 
cio extensivo que produce mercaderes opulentos y hace que el interés 
monetario sea considerable. Cuando los comerciantes poseen grandes 
existencias, tanto si están representadas por pocas o por muchas piezas 
de metal, suele ocurrir con frecuencia que, cuando ellos se cansan del 
negocio, o dejan herederos que no desean dedicarse al comercio, o que 
no son aptos para él, una gran proporción de esta riqueza busque una 


280 



DEL INTERÉS 


renta anual y segura. La abundancia hace que disminuya el precio, y 
que los prestamistas acepten un interés bajo. Esta consideración obliga 
a muchos a mantener su capital empleado en el comercio, y a conten¬ 
tarse con beneficios bajos antes que disponer de su dinero con un valor 
reducido. Por otra parte, cuando el comercio se ha extendido, e inter¬ 
vienen en él grandes capitales, tienen que surgir rivalidades entre los co¬ 
merciantes, lo cual disminuye los beneficios del comercio, a la vez que 
aumenta el comercio mismo. Los bajos beneficios de la comercialización 
inducen a los comerciantes a aceptar un interés bajo cuando abandonan 
la actividad y comienzan a permitirse la vida fácil y la indolencia. No 
tiene sentido, por lo tanto, preguntarse cuál de estas dos circunstancias, 
a saber: el interés bajo o los bajos beneficios , es la causa y cuál el efecto. 
Ambas proceden de la extensión que alcanza el comercio, y se refuerzan 
mutuamente. Nadie aceptará bajos beneficios cuando puede obtener un 
interés alto, y nadie aceptará un interés bajo cuando puede obtener al¬ 
tos beneficios. Un comercio extensivo, al producir grandes existencias, 
disminuye el interés y los beneficios, y la disminución de uno de estos 
dos factores va acompañada de la reducción del otro. Tengo que añadir 
que, del mismo modo que los bajos beneficios proceden del incremento 
del comercio y la industria, sirven a su vez para su ulterior incremento, 
al abaratar las mercancías, estimular el consumo e intensificar la indus¬ 
tria, De ese modo, si consideramos el conjunto de relaciones de causa 
y efecto, el interés es el barómetro del Estado, y su nivel reducido es 
un signo casi infalible de la situación floreciente de un pueblo. Es una 
muestra, poco inferior a una demostración, del crecimiento de la indus¬ 
tria y de la rápida circulación de sus productos por todo el Estado. Y, 
junque quizá no sea imposible que una súbita y gran reducción del co¬ 
mercio pueda tener un efecto momentáneo de la misma índole, al dejar 
fuera del mercado tantas existencias, tiene que ir unida a tal miseria y 
falta de empleo de los pobres que, además de su breve duración, no será 
posible confundir un caso con el otro. 

Quienes han afirmado que la abundancia de dinero era la causa del 
bajo interés toman al parecer un efecto colateral por una causa, ya que 
l.i misma industria que hace bajar el interés suele provocar gran abun¬ 
dancia de metales preciosos. Una variedad de excelentes manufacturas, 
t on comerciantes atentos y emprendedores, no tardará en traer dinero 
a un Estado, si hubiera alguno en el mundo en tal situación. La misma 
t ansa, al multiplicar las comodidades de la vida y aumentar la industria, 
concentra grandes riquezas en las manos de personas que no son pro¬ 
pietarias de tierra, y produce de ese modo un descenso del interés. Pero, 
muque estos dos efectos, la abundancia de dinero y el bajo interés, 
%e derivan ambos del comercio y la industria, son totalmente indepen¬ 
dientes uno del otro. Pues, supongamos que en una nación lejana, en 


281 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


medio del océano Pacífico , no existe el comercio exterior ni se conoce 
la navegación. Y supongamos que esta nación posee siempre la misma 
cantidad de moneda, pero aumenta constantemente su población y su 
industria. Es evidente que, en ese reino, el precio de todas las mercan¬ 
cías tiene que disminuir gradualmente, ya que es la proporción entre el 
dinero y toda clase de bienes la que fija su valor mutuo y, de acuerdo 
con este supuesto, las comodidades de la vida se hacen cada día más 
abundantes, sin que se altere la moneda circulante. En tiempos en los 
que existe la industria, bastará para hacer rico a un hombre una menor 
cantidad de dinero de la que sería necesaria en épocas de ignorancia 
y pereza. Bastará menos dinero para construir una casa, dotar a una 
hija, comprar una finca, levantar una fábrica, mantener a una familia 
o adquirir equipamiento. Éstas son las finalidades para las que la gente 
pide prestado dinero y, en consecuencia, la cantidad mayor o menor de 
él que exista en el Estado no ejerce influencia alguna sobre el interés. 
En cambio, es evidente que la mayor o menor cantidad de trabajo y de 
mercancías tiene que tener gran influencia, ya que en realidad es lo que 
tomamos prestado cuando nos dejan dinero con interés. Es cierto que, 
cuando el comercio se extiende por todo el globo, las naciones más 
industriosas son las que tienen siempre mayor abundancia de metales 
preciosos, de modo tal que el interés bajo y la abundancia de dinero son 
de hecho casi inseparables. Sin embargo, sigue teniendo importancia 
conocer el principio al que se debe cualquier fenómeno, y distinguir una 
causa de sus efectos concomitantes 2 . Además de ser curiosa, la especula¬ 
ción puede con frecuencia resultar útil en la conducción de los asuntos 
públicos. Se concederá, al menos, que nada puede ser más útil que me¬ 
jorar, mediante la práctica, el método de razonar sobre estos temas, que 
son los más importantes de todos, aunque suelan tratarse de la manera 
más imprecisa y descuidada. 

Otra razón de este popular error en relación con la causa del bajo 
interés parece ser el ejemplo de varios países, en los que, tras una súbita 
adquisición de dinero o de metales preciosos, por medio de conquistas 
exteriores, el interés ha descendido, no sólo en ellos, sino también en 
los Estados vecinos, tan pronto como el dinero se ha dispersado y ha 
empezado a aparecer por todos los rincones. Así, en España, el inte¬ 
rés descendió inmediatamente después del descubrimiento de las Indias 
Occidentales, tal como nos informa Garcilaso de la Vega 3 . Y, desde 

2. (Hume ofrece varias reglas para distinguir las causas de las circunstancias acci¬ 
dentales. Cf. Treatise of Human Nature , 1.3.15.] 

3. [Garcilaso de la Vega. «El Inca» (1539-1616), nació en Perú, hijo de un conqui* 
tador español y de una princesa india, y creció allí hasta la edad de doce años. Es mt|iH 
conocido por una historia de Perú en dos partes* I. Comentarios reales que tratan del on 


282 



DEL INTERÉS 


entonces, no ha hecho más que descender gradualmente en todos los 
reinos de Europa, En Roma, tras la conquista de Egipto, el interés des¬ 
cendió del 6 al 4 por ciento , como sabemos por Dion 4 . 

Las causas del descenso del interés al producirse un acontecimiento 
tal parecen diferentes en el país conquistador y en los Estados vecinos. 
Pero en ninguno de los dos casos podemos atribuir justificadamente el 
efecto al mero aumento del oro y la plata. 

En el país conquistador es natural imaginar que la nueva adqui¬ 
sición de dinero caiga en unas pocas manos y se acumule en grandes 
sumas, para las que se buscará una renta segura, bien sea mediante la 
compra de tierras o mediante el interés, con lo que, en consecuencia, 
se producirá por breve tiempo el mismo efecto que si hubiera habido 
un gran ascenso de la industria y el comercio. El aumento del número 
de prestadores con relación al de prestatarios hace bajar el interés, con 
tanta mayor rapidez si quienes han adquirido esas grandes sumas no 
encuentran dentro del Estado industria ni comercio, ni método alguno 
de emplear su dinero que no sea el de prestarlo con interés. Pero, una 
vez que se ha absorbido esta nueva masa de oro y plata, y que ha circu¬ 
lado por todo el Estado, no tardarán las cosas en volver a la situación 
de antes: los terratenientes y los nuevos adinerados, que viven en la 
ociosidad, derrochan por encima de sus ingresos; los primeros contraen 
deudas a diario, y los segundos abusan de su capital hasta que se agota 
por completo. Puede que el dinero siga estando todo dentro del país y 
que se deje sentir en el aumento de los precios. Pero, al no estar ahora 
reunido en grandes masas o capitales, la desproporción entre prestata¬ 
rios y prestadores vuelve a ser la misma de antes y, como consecuencia, 
el interés sube de nuevo. 

En concordancia con esto encontramos en Roma que, ya en los 
tiempos de Tiberio, el interés había vuelto a subir al 6 por ciento 5 , aun¬ 
que no había habido ninguna causa accidental que drenara de dinero 
d Imperio. En tiempos de Trajano, el dinero prestado sobre hipotecas 
en Italia rendía un 6 por ciento 6 ; el prestado en Bitinia sobre garantías 
comunes, el 12 por ciento 7 . Y, si en España el interés no ha vuelto a 


grádelos Yncas (1608 o 1609), y II. Historia general de Perú (1617). Hume posiblemente 
está pensando en la discusión en tomo a ia renta sobre los arrendamientos, en la parte 2. a , 
libro 1, cap. 6.) 

4. Lib. LI. (Dio(n) Casio (155-235 d.C). Historia Romana , 51.21.5: «... préstamos 
P« *r los que el prestatario se alegraría de pagar un doce por ciento, podían obtenerse ahora 
por una tercera parte de esa tasa». 

5. Col u me la, lib. III, cap. 3. [Columela (siglo I a.C.), Rei rusticae (Sobre la agricul¬ 
tura) 3.3.9.) 

6. Plinii, epist. lib. VII, ep. 18. [Plinio el Joven, Epístolas , 7.18.] 

7. Ibid., lib. X, ep. 62. libido 10.54 en la ed. Loeb.] 


283 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


alcanzar el máximo de antes, ello no puede atribuirse a nada que no 
sea la misma causa que lo hizo bajar, a saber: las grandes fortunas que 
constantemente se hacen en las Indias, que llegan a España de tiempo en 
tiempo y cubren la demanda de los prestatarios. Debido a esta causa ac¬ 
cidental y externa, se presta en España más dinero, esto es, se acumula 
el dinero en grandes sumas, en mayor medida de lo que sería el caso en 
un Estado en el que el comercio y la industria son tan reducidos. 

En cuanto a la reducción del interés que se ha producido en Ingla¬ 
terra, en Francia y en otros reinos de Europa, que carecen de minas, ha 
sido una reducción gradual y no ha sido consecuencia del aumento del 
dinero, considerado en sí, sino del crecimiento de la industria, que es 
la consecuencia natural del primer aumento durante el intervalo previo 
al aumento del precio de la mano de obra y de las provisiones. Pues, 
para volver al supuesto que antecede, si en Inglaterra la industria hu¬ 
biera crecido tanto por otras causas (y ese crecimiento podría haberse 
producido fácilmente, aunque la existencia de dinero se hubiera man¬ 
tenido igual), ¿no se habrían producido todas las consecuencias que 
actualmente observamos? Hallaríamos en tal caso a la misma gente en 
el mismo reino, las mismas mercancías, la misma industria, las mismas 
manufacturas y el mismo comercio y, por tanto los mismos comercian¬ 
tes con iguales capitales, es decir, con igual control sobre el trabajo y los 
productos, aunque representados por un número menor de monedas 
blancas o amarillas, lo que, siendo una circunstancia que carece de im¬ 
portancia, tan sólo afectaría a mozos de carga, carreteros, porteadores 
y constructores de baúles. En consecuencia, al florecer como en el pre¬ 
sente el lujo, las manufacturas, las artes, la laboriosidad, la frugalidad, 
es evidente que el interés estaría igual de bajo, ya que ése es el resultado 
necesario de todas estas circunstancias, en la medida en que determinan 
los beneficios del comercio y la proporción entre prestatarios y presta¬ 
dores que se da en un Estado. 


284 



V 


DE LA BALANZA COMERCIAL 


Es muy habitual, en países que ignoran la naturaleza del comercio, pro¬ 
hibir la exportación de mercancías y conservar en su interior cualquier 
cosa que tengan por valiosa y útil. No consideran que, al establecer 
esta prohibición, actúan directamente en sentido contrario de lo que es 
su intención y que, cuanto más se exporte un producto, tanto más se 
cultivará o se fabricará en el interior, y el propio país tendrá la primera 
opción de comprarlo. 

Las personas cultas saben muy bien que las antiguas leyes de Atenas 
convertían en delito la exportación de higos, por suponer que era una 
especie de fruta tan excelente en Ática que los atenienses la conside¬ 
raban demasiado deliciosa para el paladar de ningún extranjero. Y se 
tomaban tan en serio esta ridicula prohibición que a los soplones se los 
conocía como sicofantes , término derivado de dos palabras griegas que 
significaban respectivamente higo y descubridor 1 ' a . Hay ejemplos de mu¬ 
chos decretos parlamentarios ingleses que revelan la misma ignorancia 
del comercio, especialmente en el reinado de Eduardo III 2 . Y en Francia, 
hasta hoy, está casi siempre prohibida la exportación de grano, con el 
fin, dicen, de prevenir el hambre, aunque es evidente que nada contribu¬ 
ye más a las frecuentes hambrunas que tanto perturban a ese fértil país. 

El mismo miedo suspicaz, en relación con el dinero, ha prevalecido 
en varias naciones. Y se necesita de la razón y de la experiencia para 
convencer a un pueblo de que esas prohibiciones no sirven más que 
para aumentar el intercambio en su contra y producir una exportación 
todavía mayor 3 . 

1. Plut., De Curiositate. (Plutarco, Moralia , «De la curiosidad», sec. 16.] 

2. (Eduardo III fue rey de Inglaterra desde 1327 hasta 1377.] 

3. (En este ensayo y en el siguiente combate Hume el miedo suspicaz, o «celos», 


285 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


Estos errores, puede decirse, son gruesos y palmarios. Pero, incluso 
en naciones que conocen bien el comercio, sigue existiendo una fuerte 
suspicacia hacia la balanza comercial, y un temor a perder todo su oro 
y su plata. Esto se me antoja, en casi todos los casos, una aprensión in¬ 
fundada, y antes temería yo que se agotaran todos nuestros manantiales 
y ríos que el que perdiera todo su dinero un reino en el que hay una 
población y una industria. Cuidemos de conservar estas últimas ventajas 
y nunca tendremos que tener la aprensión de perder el dinero. 

Resulta fácil observar que todos los cálculos que se refieren a la ba¬ 
lanza comercial se basan en hechos inciertos y en suposiciones. Los re¬ 
gistros de aduanas constituyen una base insuficiente de razonamiento, y 
no es mucho mejor base la tasa de cambio, a menos que la cotejemos con 
la de todos los países, y conozcamos asimismo las diferentes sumas remi¬ 
tidas, algo que con seguridad puede considerarse imposible. Todos cuan¬ 
tos alguna vez han razonado sobre este tema han demostrado su teoría, 
cualquiera que haya sido, a base de hechos y cálculos, y de una enume¬ 
ración de todas las mercancías enviadas a todos los reinos extranjeros. 

Los escritos del señor Gee sembraron un pánico universal en el país, 
al considerarse claramente demostrado, con todo lujo de detalles, que 
teníamos la balanza de pagos en contra por una suma tan considerable 
que todos los ingleses nos quedaríamos sin un solo chelín en cinco o 
seis años 4 . Pero, afortunadamente, han pasado veinte años desde enton¬ 
ces, con una costosa guerra extranjera, y sin embargo se supone por lo 
común que el dinero es todavía más abundante entre nosotros que en 
ningún período anterior. 

Nada resulta más ameno, sobre este tema, que la lectura del doctor 
Swift, autor b que rápidamente discierne los errores y absurdos de otros. 
En su breve visión del Estado de Irlanda , dice que todo el dinero del que 
disponía anteriormente aquel reino no sumaba más que 500.000 libras; 


respecto al libre comercio que los mercantilistas habían contribuido a fomentar. Este en¬ 
sayo busca acallar el temor de que el desequilibrio de las importaciones en relación con las 
exportaciones acabe por agotar las existencias de moneda de oro y plata de un país. Hume 
desarrolla una «teoría general* según la cual el dinero guarda una proporción regular con 
la industria y los productos de cada país. En el curso natural de las cosas se conserva este 
nivel, y los intentos que haga una nación por acumular una oferta monetaria que supere 
este nivel natural, mediante barreras impuestas al comercio y restricciones de la circula 
ción del dinero, son ineficaces y, en el peor de los casos, destructivas. Al final del ensayo, 
Hume concede que las tarifas protectoras pueden resultar a veces beneficiosas, pero poi 
lo general condena en sus escritos las restricciones interiores impuestas al mercado. Véase 
Rotwein, David Hume: Writings o ti Economic$ y pp. Ixxii-lxxxi.j 

4. [Joshua Gee, The Trade and Navigation of Great Britain Considered (1729), II 
subtítulo de la obra dice en parte: «Que la manera más segura que tiene una nación di 
aumentar su riqueza es evitar la importación de las mercancías extranjeras que puedan 
producirse en el país*.) 


286 



DE LA BALANZA COMERCIAL 


que, de esa cantidad, los irlandeses remitían cada año a Inglaterra no 
menos de un millón, y no tenían apenas ninguna otra fuente que les pu¬ 
diera servir de compensación, y poco comercio exterior aparte de la im¬ 
portación de vinos franceses, que pagaban al contado 5 . La consecuen¬ 
cia de esta situación, que hay que admitir que era desventajosa, fue que, 
en el curso de tres años, el dinero circulante irlandés se vio reducido 
de las 500.000 libras a menos de dos, Y supongo que ahora, transcurri¬ 
dos treinta años, no quedará absolutamente nada. No obstante, sin que 
yo sepa cómo, ha seguido ganando adeptos en todo el mundo esa opi¬ 
nión de lo que acontece con la riqueza en Irlanda, que tanto indignaba 
al doctor Swift. 

En resumen: esta percepción de la balanza comercial negativa pa¬ 
rece ser de una índole tal que se saca a la palestra cada vez que estamos 
descontentos con el ministerio, o estamos bajos de ánimo. Y, como no 
puede rebatirse nunca con una relación detallada de las exportaciones, 
que contrapesan las importaciones, puede ser adecuado que desarro¬ 
llemos aquí una argumentación general que pueda demostrar la im¬ 
posibilidad de una pérdida del dinero mientras conservemos nuestra 
población y nuestra industria. 

Supongamos que las cuatro quintas partes del dinero de Gran Breta¬ 
ña se destruyen de la noche a la mañana y que el país quedara reducido, 
respecto a la moneda, a la situación existente durante los reinados de 
los Enriques y los Eduardos 6 . ¿Qué consecuencias traería? ¿No tendría 
que descender proporcionalmente el precio del trabajo y de las mer¬ 
cancías, y no tendrían que venderse todas las cosas tan baratas como 
e staban en aquellas épocas? ¿Qué nación podría entonces competir con 
nosotros en ningún mercado extranjero, o intentaría navegar o vender 
manufacturas al mismo precio que a nosotros nos reportaría suficientes 
beneficios? ¿En qué poco tiempo nos traería esto de nuevo el dinero 
que habíamos perdido, y nos colocaría en el mismo nivel de rodos los 
países vecinos? Tras haber llegado a este punto perderíamos la ventaja 
ile lo barato de la mano de obra y de las mercancías, y dejaría de fluir el 
dinero a consecuencia de nuestra abundancia y exceso. 

Supongamos ahora que todo el dinero de Gran Bretaña se multiplica 
por cinco en una noche. ¿No vendría a continuación el efecto contrario? 

* No alcanzaría el precio del trabajo y de las mercancías una altura tan 
exorbitante que ninguna nación vecina podría permitirse comprarnos, 
mientras que sus productos, por el contrario, se volverían comparativa¬ 
mente tan baratos que, a pesar de todas las leyes que pudieran promul¬ 
garse, acabarían entrando en nuestro país, y nuestro dinero se iría fuera 

5. [Jonathan Swift, A Short View of the State of ¡neland (1727-1728).] 

6. [El período comprendido entre 1100 y 1553.] 


287 



ENSAYOS MORALES, POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


hasta que nos niveláramos con los extranjeros y perdiéramos la gran 
superioridad en riqueza que nos habría llevado a tener estas desventajas? 

Ahora bien, es evidente que la misma causa que corregiría estas 
exorbitantes desigualdades, si ocurriesen milagrosamente, evitará que 
acontezcan en el curso habitual de la naturaleza, y mantendrá siempre 
el dinero, en todos los países vecinos, casi en proporción a las artes y la 
industria que existan en ellos. El agua, cuando está en comunicación, 
se mantiene siempre al mismo nivel. Preguntemos la razón de esto a los 
naturalistas y nos dirán que si se elevara en un lugar determinado, al 
no estar compensada la superior gravedad en esa parte, la haría bajar 
hasta encontrarse en equilibrio, y que la misma causa que rectifica la 
desigualdad cuando se produce la evitará permanentemente si no actúa 
una fuerza externa 7 . 

¿Cabe imaginar que habría sido posible, mediante leyes, o incluso 
mediante las artes y la industria, conservar en España todo el dinero que 
los galeones traían de las Indias? ¿O que todas las mercancías pudieran 
venderse en Francia por una décima parte del precio al que se venderían 
al otro lado de los Pirineos, sin que acabasen por llegar hasta allí y mer¬ 
mar el inmenso tesoro? ¿Qué otra razón hay de hecho para que todas 
las naciones ganen actualmente en su comercio con España y Portugal, 
sino que es imposible acumular dinero, más que cualquier flujo, por en¬ 
cima del nivel que le es propio? Los soberanos de estos países han dado 
muestras de que no se sentían inclinados a guardar para sí el oro y la 
plata, en caso de que hubiera sido factible en algún grado. 

Pero, de la misma manera que una cantidad de agua puede elevarse 
sobre el nivel del elemento que la rodea si esa agua no tiene comunica¬ 
ción alguna con éste, también en el caso del dinero, si se corta la comu¬ 
nicación con un obstáculo material o físico (pues las leyes por sí solas 
son ineficaces), puede producirse una gran desigualdad monetaria. Así, 
la inmensa distancia a la que se encuentra China, unida a los monopo¬ 
lios de nuestras compañías de Indias, que obstruyen la comunicación, 
conservan en Europa el oro y la plata, especialmente esta última, en 
mucha mayor abundancia de la que se encuentra en aquel reino 8 . Pero, 


7. Hay otra causa, aunque más limitada en su acción, que controla la balanza de pa 
gos negativa con las distintas naciones con las que comercia el reino. Cuando importamos 
más bienes de los que exportamos, la tasa de cambio se vuelve contra nosotros, y esto sv 
convierte en un nuevo estímulo para exportar, según a qué cantidad asciendan los gastos 
de transporte y seguro del dinero que deba pagarse. Pues la tasa de cambio no puede subir 
nunca más que un poco por encima de esa cantidad. 

8. (Las compañías de las Indias Orientales de Inglaterra, Holanda y Portugal do 
minaban el comercio entre Europa y Oriente. Las principales importaciones eran la pi 
mienta y otras especies, el té, el café, la seda y los tejidos de algodón. Como la demanda 
en Oriente de productos europeos distaba de ser suficiente para pagar todo lo que los 


288 



OE LA BALANZA COMERCIAL 


no obstante esta gran obstrucción, sigue siendo evidente la fuerza de las 
causas que acabamos de mencionar. La destreza y el ingenio de Europa 
sobrepasan quizá en general a los de China, por lo que se refiere a las 
artes y las manufacturas. Sin embargo no somos capaces de colocar allí 
nuestros productos sin gran desventaja. Y, si no fuera por las continuas 
remesas que recibimos de América, el dinero no tardaría en reducirse en 
Europa y aumentar en China, hasta llegar casi al mismo nivel en ambos 
lugares. Nadie puede dudar razonablemente que si aquella laboriosa 
nación estuviera tan cerca como Polonia o Berbería, drenaría nuestro 
excedente de moneda y conseguiría una parte mayor de los tesoros de 
las Indias Occidentales. No necesitamos recurrir a una atracción física 
para explicar que esto funciona así por necesidad. Hay una atracción 
moral, que surge de los intereses y las pasiones de los hombres y es igual 
de potente e infalible. 

¿Cómo se mantiene el equilibrio entre las provincias de cada reino 
si no es por la fuerza de este principio que hace imposible que el dinero 
pierda su nivel, y aumente o se reduzca más allá de la proporción del 
trabajo y las mercancías que existen en cada provincia? ¿No ha tran¬ 
quilizado a la gente sobre este tema la larga experiencia de qué cúmulo 
ile sombrías reflexiones podrían brindar los cálculos a un melancólico 
yorkshiriano, al computar y magnificar las sumas llevadas a Londres a 
través de los impuestos, los propietarios absentistas, las mercancías, y 
encontrar en comparación tan inferiores los artículos que sirven de con¬ 
trapartida? Y no cabe duda de que si la Heptarquía hubiera prevalecido 
en Inglaterra 9 , el cuerpo legislativo de cada Estado se habría mantenido 
en constante alarma por temor a una balanza negativa y, como es proba¬ 
ble que el odio mutuo entre estos Estados hubiera sido extremadamente 
violento, debido a su estrecha vecindad, habría establecido cargas sobre 
todo comercio y lo habría reprimido, por una celosa y superflua cautela. 
!>ado que la unión ha suprimido las barreras entre Escocia e Inglaterra, 
¿cuál de estas dos naciones sale ganando respecto a la otra en este libre 
comercio? O, si el primero de estos reinos ha experimentado un aumen¬ 
to de su riqueza, ¿puede razonablemente explicarse por algo que no sea 
rl aumento de sus artes y su industria? Era una percepción común en In¬ 
glaterra, antes de la unión, tal como sabemos por el abbé du Bos 10 , que 


europeos querían comprar, las monedas y los lingotes de plata se convirtieron en la prin- 
• ip.it exportación europea. Este drenaje de moneda en dirección a Oriente, del que habla 
I fume a continuación, era motivo de preocupación para los Estados europeos.) 

V. |-Heptarquía» es un término que se ha aplicado a los reinos anglosajones inde- 
p. mi icntcs de los siglos V al IX.] 

10. Les interets d'Angleterre mal-entendus. (jean Baptiste Dubos, Les interets de 
í \ngteterre mal-entendus dans la présente guerre y 1703. El río Tweed forma parte de la 
numera entre Escocia e Inglaterra.] 


289 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


Escocia no tardaría en drenar su tesoro si se permitía el libre comercio, 
mientras al otro lado del Tweed prevalecía la percepción contraria. Con 
qué justificación en ambos casos lo ha mostrado el tiempo. 

Lo que acontece en pequeñas parcelas de la humanidad tiene que 
tener lugar asimismo en ámbitos mayores. Las provincias del Imperio 
romano guardaron sin duda el equilibrio entre sí, y con Italia, con inde¬ 
pendencia de las leyes, lo mismo que los distintos países que constituyen 
Gran Bretaña o que los distintos municipios de cada país. Y quienquiera 
que viaje por Europa en nuestros días puede comprobar, por los precios 
de los productos, que el dinero, a pesar de la absurda suspicacia de prínci¬ 
pes y Estados, ha llegado a alcanzar un mismo nivel, y que las diferencias 
entre un reino y otro no son mayores a este respecto que las que existen 
entre las provincias de un mismo reino. La gente, de manera natural, se 
agrupa en las capitales, en los puertos marítimos y en los ríos navegables. 
En estos lugares encontramos más personas, más industria, más produc¬ 
tos y, en consecuencia, más dinero, pero, sin embargo, esta última dife¬ 
rencia guarda proporción con la primera, y se preserva el equilibrio 11 . 

Nuestra suspicacia y nuestro odio respecto a Francia no tiene lími¬ 
tes, y el primero de estos sentimientos, como mínimo, debe reconocer¬ 
se razonable y fundamentado. Estas pasiones han dado lugar a que se 
impongan innumerables barreras y obstáculos al comercio, y se nos ha 
acusado de que solemos ser los agresores. Pero ¿qué hemos ganado con 
esto? Hemos perdido el mercado francés para las manufacturas de lana, 
y hemos buscado el suministro de vino en España y Portugal, donde 
compramos peores caldos a un precio más alto. Son pocos los ingleses 
que no creerían que su país se arruinaría por completo si los vinos fran¬ 
ceses se vendieran en Inglaterra tan baratos y en tanta abundancia como 
para suplantar, en alguna medida, la cerveza y los licores destilados en 
casa. Pero, si dejásemos de lado los prejuicios, no sería difícil de probar 
que nada podría ser más inocente y quizá más ventajoso. Cada nueva 
hectárea de viñedo que se plantara en Francia para suministrar vino a 
Inglaterra exigiría de los franceses adquirir, para su subsistencia, los 


11. Tengo que hacer hincapié en que, en esta exposición, cuando hablo del nivel 
del dinero, me refiero siempre a su nivel en proporción a las mercancías, el trabajo, l.i 
industria y la destreza que existen en cada F«$tado. Y afirmo que, cuando esta s ventajas son 
el doble, el triple, el cuádruple, que en un Estado vecino, existe infaliblemente esa misma 
proporción en el dinero. La única circunstancia que puede perturbar la exactitud de esta* 
precisiones es el gasto de transportar las mercancías de un lugar a otro, un gasto que es a 
veces desigual. Así, el grano, el ganado, el queso y la mantequilla de Derbyshire no pin¬ 
dén atraer el dinero de Londres tanto como las manufacturas londinenses atraen el dim i" 
de Derbyshire. Pero esta objeción es sólo aparente. Pues, en la medida en que el transpon» 
de mercancías es caro, la comunicación entre los distintos lugares se ve obstaculizada yo 
imperfecta. 


290 



OE LA BALANZA COMERCIAL 


productos de una hectárea inglesa sembrada de trigo o de cebada, y es 
evidente que con ello tendríamos el control del producto mejor. 

Hay muchos edictos del rey de Francia prohibiendo la plantación de 
nuevas vides y ordenando que se arranquen las que se hayan plantado 
recientemente. Hasta tal punto son conscientes en ese país del superior 
valor del cereal por encima de cualquier otro producto. 

El mariscal Vauban se queja a menudo, y con razón, de las absurdas 
tasas que cargan la entrada de esos vinos de Languedoc, Guyena y otras 
provincias meridionales que se importan en Bretaña y Normandía 12 . 
No le cabía duda de que estas últimas provincias podían conservar su 
balanza no obstante la apertura comercial que él recomienda. Y es evi¬ 
dente que unas cuantas leguas más de navegación hasta Inglaterra no 
supondrían ninguna diferencia y, si la supusieran, afectarían por igual a 
las mercancías de ambos reinos. 

Existe en verdad un medio que hace posible, en cualquier reino, 
reducir el dinero por debajo de su nivel natural, y otro que hace posible 
aumentarlo por encima de ese nivel. Pero, cuando se examinan estos 
casos se comprueba que quedan incluidos en nuestra teoría general y 
proporcionan a ésta mayor autoridad. 

Apenas conozco ningún método de reducir el dinero por debajo de 
su nivel salvo las prácticas de los bancos, los fondos y el papel-crédito, 
que son tan habituales en nuestro reino. Estas prácticas convierten el 
papel en equivalente del dinero, lo hacen circular por todo el Estado, 
sustituir al oro y la plata, aumentar proporcionalmente el precio del tra¬ 
bajo y las mercancías y, de ese modo, quitar de la circulación una gran 
parte de esos metales preciosos o evitar que sigan aumentando. ¿Qué 
puede ser más miope que nuestro razonamiento sobre este tema? Nos 
imaginamos que porque un individuo sería mucho más rico si se dupli¬ 
cara el dinero que posee, se produciría ese mismo efecto en caso de que 
aumentara el dinero de todo el mundo, sin considerar que esto último 
liaría aumentar proporcional mente el precio de todas las mercancías y, 
ton el tiempo, haría que todo el mundo quedase en la misma situación 
que antes. Es únicamente en las negociaciones y en las transacciones 
publicas con el exterior donde una mayor existencia de dinero resulta 
ventajosa y, como nuestro papel tiene en este caso una importancia in¬ 
significante, hace que se dejen sentir todos los malos efectos de una gran 
abundancia de dinero sin que cosechemos ninguna de las ventajas 13 . 


1 1. [Sébastien Le Prestre, señor de Vauban (1633-1707), Projet d*une dtxme royale 
• I '<) /): traducido al inglés como A Project for a Hayal Tythe or Generat Tax (1709). 
ViuImii, gran ingeniero militar y mariscal de Francia escribió también sobre el arte de la 
fi’i ilinación, el ataque y la defensa de las ciudades.] 

13. Kn el ensayo III [«Del dinero»] observábamos que el dinero, cuando aumenta, es- 


291 



ENSAYOS MORALES, POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


Supongamos que hay en papel doce millones que circulan en el rei¬ 
no como dinero (pues no vamos a imaginar que todos nuestros enormes 
fondos se empleen en esa forma), y supongamos que el dinero real del 
reino asciende a dieciocho millones. Estamos en un Estado que ha de¬ 
mostrado por experiencia ser capaz de tener un capital de treinta millo¬ 
nes. Pues bien, si es capaz de tenerlo, tendrá necesariamente que haberlo 
adquirido en oro y plata, siempre y cuando no hayamos impedido la 
entrada de estos metales mediante el nuevo invento del papel. éDóttde 
habría adquirido esta cantidad? Procedente de todos los reinos del mun¬ 
do. Pero épor quéi Porque si suprimimos estos doce millones, el dinero 
en este Estado estará por debajo de su nivel, en comparación con los 
Estados vecinos, e inmediatamente tendremos que sacar dinero de todos 
ellos, hasta llegar a cubrir plenamente nuestro nivel, estar saturados, por 
así decirlo, y no poder tener más. Con nuestra actual política tenemos 
que saturar el país con esta refinada mercancía de billetes de banco y che¬ 
ques como si tuviéramos miedo de sobrecargarnos de metales preciosos. 

No cabe duda de que la gran abundancia de lingotes que existe 
en Francia se debe, en gran medida, a la falta de crédito en papel. Los 
franceses carecen de bancos. Los pagarés de los comerciantes no circu¬ 
lan allí como entre nosotros. La usura o préstamo con interés no está 
permitida sin más. De modo que muchos tienen grandes cantidades en 
cofres. En las casas se utiliza gran cantidad de objetos de plata, y todas 
las iglesias están llenas de objetos tales. Por este medio, las provisiones 
y la mano de obra siguen siendo más baratas allí que en países que no 
son la mitad de ricos en plata y oro. Las ventajas de esta situación res¬ 
pecto al comercio y en las grandes emergencias públicas son demasiado 
evidentes para ser discutidas. 

En Génova, hace unos años, prevalecía la misma moda que en In¬ 
glaterra y Holanda, consistente en utilizar vajillas de porcelana, en vez 
de usarlas de plata. Pero el senado, previendo las consecuencias, pro¬ 
hibió el uso de esa frágil mercancía, mientras que no se limitó el de 
las vajillas de plata. Y supongo que, cuando últimamente han tenido 
situaciones apuradas, habrán notado el buen efecto de la prohibición. 
La tasa sobre las vajillas de plata que existe entre nosotros obedece tal 
vez a una política algo inadecuada. 

Antes de que se introdujera el papel moneda en nuestras colonias, 
éstas tenían oro y plata suficientes para su circulación. Desde la intro- 


timula la industria en el intervalo que va desde ese aumento hasta la subida de los precios. 
Puede que el crédito sobre papel produzca también un buen efecto de esta índole. Pero 
es peligroso precipitar las cosas con el riesgo de que se pierda todo si falla esc crédito, 
como ocurrirá necesariamente en caso de que se produzca una conmoción violenta en los 
asuntos públicos. 


292 



DE LA BALANZA COMERCIAL 


ducción de ese medio de pago, el inconveniente menor que se ha pro¬ 
ducido ha sido el destierro completo de los metales preciosos. Tras la 
abolición del papel no cabe duda de que volverá el dinero, puesto que 
estas colonias poseen manufacturas y mercancías, que es lo único que 
tiene validez en el comercio y lo único que hace que todo el mundo 
desee el dinero. 

¡Qué pena que Licurgo no pensara en el papel-crédito cuando qui¬ 
so desterrar el oro y la plata de Esparta! Habría servido mejor para su 
propósito que los trozos de hierro que decidió utilizar como dinero, y 
habría impedido también con más eficacia todo comercio con extranje¬ 
ros, al ser de mucho menos valor real e intrínseco 14 . 

d Hay que confesar, sin embargo, que, como todas estas cuestiones 
del dinero y el crédito son extraordinariamente complicadas, hay deter¬ 
minados enfoques para considerar este tema de modo que se presenten 
las ventajas del papel-crédito y de los bancos como superiores a sus 
desventajas. Es indudable que destierran de un Estado la moneda y los 
lingotes y, quienquiera que no mire más allá de esta circunstancia hace 
bien en condenarlos. Pero la moneda y los lingotes no tienen tanta 
importancia como para que no se admita una compensación, o incluso 
una compensación con creces, procedente del aumento de la indus¬ 
tria y del crédito que pueden promoverse mediante el uso correcto 
del papel moneda. Es bien conocida la ventaja que representa para un 
comerciante poder descontar sus pagarés cuando la ocasión lo requiere, 
y todo cuanto facilita esta especie de tráfico resulta favorable para el 
comercio en un Estado. Pero, los banqueros privados están autorizados 
,i conceder esos créditos con la garantía del dinero depositado en sus 
establecimientos, y el Banco de Inglaterra, de igual modo, a partir de 
la libertad que tiene para emitir sus billetes en todos los pagos. Hay 
un invento de esta clase al que recurrieron los bancos de Edimburgo 
y que, por ser una de las ideas más ingeniosas que se han puesto en la 
práctica en el comercio, se juzgó también ventajoso en Escocia. Se la 
llama crédito bancario, y es de esta índole. Alguien acude al banco y 
consigue crédito por una suma, digamos, de mil libras. Tiene la libertad 
de sacar este dinero, o parte de él, cuando le plazca, y paga únicamente 
el interés normal por él mientras está en sus manos. Cuando quiera 
puede devolver una suma tan pequeña como veinte libras, y el interés 
se le descuenta desde el mismo día de la devolución. Las ventajas que 
se derivan de este procedimiento son múltiples. Como una persona 
puede contar con garantías casi hasta el límite del valor de sus bienes, 

14. (Vcase Plutarco* Vidas % en la vida de Licurgo, sec. 9. Licurgo* el legislador de 
IAparra, ordenó el uso de dinero de hierro, en vez de oro y plata, y atribuyó un valor 
uitigntficante a piezas de gran tamaño y peso, de forma que resultaran difíciles de ocultar.) 


293 



ENSAYOS MORALES* POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


y como el crédito que le concede el banco es equivalente a dinero con¬ 
tante, un comerciante puede convertir en moneda el mobiliario de su 
casa, las mercancías de sus almacenes, las deudas exteriores que tengan 
con él, sus barcos que surcan los mares y puede, cuando la ocasión lo 
requiera, emplear ese dinero en todos sus pagos, como si fuera moneda 
corriente del país. Si una persona pide prestadas mil libras a un particu¬ 
lar, además de que no siempre encuentra quien se las preste cuando las 
necesita, tiene que pagar los intereses de esa cantidad tanto si la utiliza 
como si no. Su cuenta de crédito bancaria no le cuesta nada en cambio 
excepto en el momento mismo en que le está prestando un servicio. Y 
esto supone la misma ventaja que si hubiese conseguido dinero presta¬ 
do a un interés mucho más bajo. También obtienen los comerciantes de 
este invento una gran facilidad para concederse crédito unos a otros, lo 
que constituye una considerable garantía contra las quiebras. Cuando 
a un comerciante se le ha agotado su crédito bancario, acude a otros 
comerciantes que no están en su misma situación y consigue el dinero, 
que devuelve a su comodidad. 

*Tras haberse empleado esta práctica durante algunos años en Edim¬ 
burgo, varias compañías comerciales de Glasgow la desarrollaron aún 
más. Se asociaron formando diferentes bancos y emitieron billetes de- 
cantidades tan pequeñas como diez chelines, que utilizaban en todos los 
pagos de productos, manufacturas, proveedores de todo tipo, y estos 
billetes, surgidos del crédito establecido de las compañías, se usaban 
como dinero, por todo el país y en toda clase de pagos. De este modo, 
con un capital de cinco mil libras se podían realizar las mismas opera¬ 
ciones que con seis o siete mil, y los comerciantes podían permitirse 
ampliar su actividad y obtener un beneficio menor en todas sus tran¬ 
sacciones. Mas, sean cuales fueren las demás ventajas de estos inventos, 
hay que conceder que, además de dar demasiadas facilidades al crédito, 
lo que es peligroso, destierran el uso de los metales preciosos, y nada 
puede demostrar esto de manera más evidente que una comparación 
de la situación pasada y presente de Escocia a este respecto. Al hacérse¬ 
la nueva acuñación después de la unión se encontró que existía en ese 
país cerca de un millón en moneda. En cambio, no obstante el gran 
incremento experimentado por la riqueza, el comercio y las manufac¬ 
turas de toda clase, se piensa que, incluso cuando Inglaterra no drena 
extraordinariamente el dinero, la moneda en curso no llega ahora a un 
tercio de esa cantidad. 

*Pero, como nuestros proyectos de papel-crédito son casi el único 
recurso que tenemos para hacer descender la cantidad de dinero por 
debajo de su nivel, también, en mi opinión, el único recurso por el que 
podemos elevarlo por encima es una práctica que todos tacharemos de 
destructiva, a saber: acumular grandes sumas para formar un tesoro 


294 



DE LA BALANZA COMERCIAL 


público, bloquearlas e impedir a roda costa su circulación. El flujo, al 
no estar en comunicación con el elemento vecino, puede, mediante este 
artificio, elevarse a la altura que nos plazca. Para demostrarlo nos basta 
con volver al primer supuesto, el de destruir la mitad o una parte del 
dinero contante, en el que hemos encontrado que la consecuencia inme¬ 
diata de una medida tal sería la atracción de una suma igual procedente 
de todos los reinos vecinos. Y no parece haber límites necesarios, im¬ 
puestos por la naturaleza de las cosas, a esta práctica de acaparamiento. 
Una ciudad pequeña, como Ginebra, si prosiguiera esta política durante 
mucho tiempo, podría acumular nueve décimas partes del dinero de 
Europa. En rigor parece haber en la naturaleza humana un invencible 
obstáculo a ese inmenso crecimiento de la riqueza. Un Estado débil con 
un tesoro enorme no tardaría en ser presa de sus vecinos, más pobres 
pero más poderosos. Un gran Estado derrocharía sus riquezas en pro¬ 
yectos mal coordinados y probablemente destruiría con ellos lo que es 
más valioso: la industria, la moral y una parte importante de su pueblo. 
En este caso, el flujo, elevado a gran altura, hace estallar los vasos que lo 
contienen y, al mezclarse con el elemento circundante, no tarda en caer 
al nivel que le es propio. 

Tan poco familiarizados solemos estar con este principio que, aun¬ 
que todos los historiadores coinciden en relatar de la misma manera un 
hecho tan reciente como el inmenso tesoro amasado por Enrique Vil 
(que ellos cifran en e 2.700.000 libras), preferimos rechazar un testi¬ 
monio tan coincidente que admitir un hecho que tan mal se aviene con 
nuestros inveterados prejuicios. Es en verdad probable que esta suma 
ascendiera a las tres cuartas partes de todo el dinero existente en In¬ 
glaterra. Pero ¿qué dificultad tiene concebir que una suma semejante 
pudiera ser amasada, en veinte años, por un monarca astuto, rapaz, 
Irugal y casi absoluto? Tampoco es probable que la gente fuera alguna 
vez consciente de la disminución del dinero circulante, ni que le pro¬ 
vocara perjuicio alguno. La reducción de los precios de las mercancías 
sustituiría inmediatamente ese dinero, al dar a Inglaterra ventaja en su 
comercio con los reinos vecinos. 

¿No tenemos un ejemplo en la pequeña república de Atenas con sus 
aliados, que, en alrededor de cincuenta años, entre las guerras contra 
los medos y las del Peloponeso, amasó h una suma no muy inferior a 
la Lie Enrique VII? Pues todos los historiadores 15 y oradores 16 griegos 
están de acuerdo en que los atenienses acumularon, en el interior de 
su ciudadela, más de 10.000 talentos, que posteriormente derrocharon 


15. Tucídides, lib. II [.13] y Diod. Síc. lib. XII [.40]. 

16. Vid. Aeschinis et Demoschenis, Epist. [Esquines (¿397?-<322? a.C.), El discurso 
de la embajada , sec. 175; Demóstenes. Tercera Olíntica , sec. 24.) 


295 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


rápidamente, hasta arruinarse, en imprudentes empresas. Pero, cuando 
este dinero se puso en circulación y entró en comunicación con el flujo 
circundante, ¿cuál fue la consecuencia? ¿Quedó dentro del Estado? No, 
pues encontramos, gracias al memorable censo que mencionan Demós- 
tenes 17 y Polibio 18 , que, unos cincuenta años después, todo el valor de 
la república, comprendidas las tierras, casas, mercancías, esclavos y di¬ 
nero, era de menos de 6.000 talentos. 

¡Qué ambicioso y animoso pueblo era éste, capaz de reunir y guar¬ 
dar en su tesoro, con vistas a hacer conquistas, una suma que, por un 
solo voto, habrían podido repartirse entre los ciudadanos, y que habría 
llegado casi a triplicar las riquezas de todos ellos! Pues hemos de obser¬ 
var que, a decir de los autores antiguos, el número de atenienses y su 
riqueza privada no era mayor al comienzo de la guerra del Peloponeso 
que cuando se inició la guerra contra Macedonia. 

El dinero era más abundante en Grecia, en la época de Filipo y Per- 
seo, que en Inglaterra en la de Enrique Vil. Y, sin embargo, estos dos 
monarcas 19 , en treinta años, recaudaron en el pequeño reino de Ma¬ 
cedonia un tesoro superior al del monarca inglés. Paulo Emilio llevó 
a Roma alrededor de 1.700.000 libras esterlinas 20 . Plinio dice que fue¬ 
ron 2.400.000 21 . Y eso sólo era una parte del tesoro macedonio. El res¬ 
to se derrochó en la resistencia y huida de Perseo 22 . 

Sabemos por Stanian que el cantón de Berna había prestado 300.000 
libras con interés y tenía seis veces más en su tesoro. Nos encontramos 
aquí con 1.800.000 libras esterlinas atesoradas, que son al menos cuatro 
veces más la cantidad de dinero que circularía de una manera natural 
en un Estado tan pequeño y, sin embargo, nadie que viaje por el País 
de Vaux, o por cualquier parte de aquel cantón, observa una falta de 
dinero mayor que la que cabría esperar en un país de esa extensión, 
ese terreno y esa situación. Al contrario, en el interior de Francia o 
de Alemania difícilmente se encuentran provincias en las que los habi¬ 
tantes sean tan opulentos en este tiempo, a pesar de que el cantón ha 


17. íl€pi Euwiopícu;. [Demóstenes, Sobre ei Consejo de la Marina , sec. 19.] 

18. Lib. 11, cap. 62. 

19. Titi Livii, lib. XLV, cap. 40. (Filipo V fue rey de Macedonia desde 221 hasta 
179 a.C. Ferseo, su sucesor, reinó desde 179 hasta 168. Hume se refiere a los treinta años 
transcurridos desde el acuerdo de paz con Roma (197 a.C.) hasta la derrota de Perseo .t 
manos de Lucio Emilio Paulo, en 168 a.C. Los textos que se citan en esta nota y en las 
tres siguientes, se refieren al enorme tesoro que se portaba en el desfile triunfal de Paulo, 
con el que, en 167 a.C., se conmemoraba su victoria sobre Perseo.) 

20. Vel. Paterc., lib. 1, cap. 9. [Velenio Patérculo (é 19? a.C.-después de 30 d.C.), 
Historiae romanae (Historia romana) I.9.6.] 

21. Lib. XXXIII, cap. 3. [Plinio el Viejo, Historia natural , 33.50.] 

22. Titi Livii, ibid . [45.40]. 


296 



DE LA BALANZA COMERCIAL 


incrementado muchísimo su tesoro desde 1714, que es cuando Stanian 
escribió su juiciosa exposición de Suiza 23 * 

La exposición que hace Apiano 24 del tesoro de los Tolomeos es tan 
prodigiosa que no puede aceptarse, y mucho menos porque este his¬ 
toriador nos dice que los otros sucesores de Alejandro eran también 
frugales y muchos de ellos poseían tesoros no mucho menores. Pues 
el ánimo ahorrador de los príncipes vecinos tiene necesariamente que 
haber servido de control para la frugalidad de los monarcas egipcios. La 
suma que Apiano menciona es de 740.000 talentos, o 191.166.666 li¬ 
bras, 13 chelines y 4 peniques, según el cálculo del doctor Arbuthnot. 
Y, sin embargo, Apiano afirma que había hecho su cálculo a partir de los 
registros públicos, y él era alejandrino. 

De estos principios podemos aprender qué juicio deberíamos for¬ 
marnos de las innúmeras barreras, obstáculos e impuestos que todas 
las naciones de Europa, y ninguna más que Inglaterra, han impuesto al 
comercio, debido a un exagerado deseo de amasar dinero, que nunca 
se acumulará más allá de su nivel mientras circule, o a la infundada im¬ 
presión de perder su moneda, que nunca descenderá por debajo de ese 
nivel. Si hay algo que pueda dispersar nuestras riquezas serían esas im¬ 
políticas disposiciones. Pero este efecto desfavorable general proviene 
de quienes privan a los países vecinos de esa comunicación e intercam¬ 
bio libres que ha sido la intención del Autor del mundo al darles suelos, 
climas y talentos diferentes. 

Nuestras políticas modernas se aferran al único método de deste¬ 
rrar el dinero: la utilización del papel-crédito. Rechazan el único méto¬ 
do de amasarlo: la práctica de atesorarlo, y adoptan mil artilugios que 
no sirven más que para contener la industria y robarnos a nosotros y a 
nuestros vecinos los beneficios comunes del arte y la naturaleza. 

No obstante, no todos los impuestos sobre las mercancías extran¬ 
jeras deben considerarse perjudiciales o inútiles, sino únicamente aqué¬ 
llos que se basan en la suspicacia a la que antes nos hemos referido. Una 
tasa sobre el lino alemán estimula a los fabricantes del país, con lo que 
aumenta nuestra población e industria. Un impuesto sobre el brandy au¬ 
menta las ventas de ron y ayuda a nuestras colonias del sur. Y, como es 
necesario que se recauden impuestos para cubrir los gastos del Estado, 


23. La pobreza de que habla Stanian se da únicamente en los cantones más montaño¬ 
sos, donde no existen productos que puedan venderse por dinero. E incluso allí, la gente 
no es más pobre que en la diócesis de Salzburgo, por una parte, o de Saboya por otra. 
1 Véase Abraham Stanyan, An Account of Sivitzerland Written in the Year 1714 (1714).] 

24. Proem. [Apiano (siglo u d.C.), Historia romana , Prólogo, sec. 10. John Arbuth¬ 
not es autor de Tables of the Crecían , Román and Jewisb Measures , Weights and Coins 
(41705?), obra de la que se publicó una edición muy ampliada en 1727 con el título de 
l abtes of And en t Coins , Weights and Measures. j 


297 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


puede considerarse más conveniente que se impongan a las mercancías 
extranjeras, que resulta fácil interceptar en los puertos para hacer efecti¬ 
vo el cobro* Deberíamos recordar siempre, sin embargo, la máxima del 
doctor Swift, según la cual en la aritmética de las aduanas dos más dos 
no suman cuatro, sino que a menudo sólo suman uno 25 . Difícilmente se 
dudará de que si se redujeran en un tercio los derechos de importación 
sobre el vino, el Estado recaudaría mucho más que actualmente. Nues¬ 
tro pueblo podría entonces consumir una bebida mejor y más sana, y no 
se derivaría perjuicio alguno para la balanza comercial, de la que somos 
tan celosos guardianes. La fabricación de cerveza fuera de la agricultura 
es poco considerable y se emplean en ella pocas manos. El transporte de 
vino y grano no sería muy inferior. 

Pero ¿no hay frecuentes casos, se me dirá, de Estados y reinos que 
antaño fueron ricos y ahora son pobres y pedigüeños? ¿No se les ha es¬ 
capado el dinero que antes tuvieron en abundancia? Mi respuesta es que 
si pierden el comercio y la industria y pierden población no pueden es¬ 
perar conservar su oro y su plata, pues estos metales preciosos guardan 
proporción con esas otras ventajas. Cuando Lisboa y Ámsterdam quita¬ 
ron el comercio de las Indias Orientales a Venecia y Genova, se queda¬ 
ron asimismo con el beneficio y el dinero que de él se derivaba. Cuan¬ 
do se transfiere la sede del gobierno, cuando se mantienen a distancia 
costosos ejércitos, cuando grandes fondos quedan en manos de extran¬ 
jeros, se sigue de estas causas, de manera natural, una disminución de 
la moneda. Pero estos son métodos violentos de desprenderse forzosa¬ 
mente del dinero, y con el tiempo suelen ir acompañados del desplaza¬ 
miento de la población y la industria. Pero, cuando éstas se conservan y 
el drenaje no continúa, el dinero encuentra siempre su camino de vuel¬ 
ta a través de cien canales que desconocemos o no sospechamos. ¡Qué 
inmensos tesoros han gastado tantas naciones en Flandes, desde la re¬ 
volución, en el curso de tres largas guerras 26 ! Más dinero quizá del que 

25. [Véase Jonathan Swift, An Answer to a Paper calleó A Memorial ofthe Poor Inha * 
bitants, Tradesmen and Labourers of ireland (1728): «Pero voy a contarles un secreto que 
aprendí hace muchos años de los comisarios de la aduana de Londres. Decían que, cuando 
se cargaba una mercancía por encima de una tasa moderada, la consecuencia era reducir 
los ingresos del ramo en la mitad, y uno de aquellos caballeros me aseguró amablemente 
que el error en el que incurrían los parlamentos en tales ocasiones se debía a un error 
de cálculo haciendo que dos y dos sumaran cuatro, pues, cuando se trata de establecer 
pesados impuestos dos y dos nunca suman más que uno, lo que ocurre al reducirse 1 a» 
importaciones y la fuerte tentación de comerciar con mercancías que pagan derechos 
elevados». En Herbert Davis (ed.), The Prose Works of Jonathan Swift, Blackwell: Oxford, 
1939-1968, vol. 12, p. 21] 

26. [La histórica región de Flandes se encuentra hoy dividida entre el departamento 
francés del Norte, las provincias belgas de Flandes Oriental y Flandes Occidental y la pro¬ 
vincia holandesa de Zelanda. Durante el siglo xvn perteneció a los Países Bajos españoles. 


298 



OE LA BALANZA COMERCIAL 


actualmente existe en Europa* Pero ¿qué ha sido de él? ¿Se encuentra 
en el estrecho ámbito de las provincias austríacas? No, sin duda. Ha 
vuelto, en su mayor parte, a los diversos países de los que procedía, y 
ha seguido a esas artes e industria mediante las que fue inicialmente ad¬ 
quirido. Durantre más de mil años, el dinero de Europa ha fluido hacia 
Roma, siguiendo una corriente abierta y perceptible, pero ha desapa¬ 
recido a través de muchos secretos e invisibles canales. Y la falta de in¬ 
dustria y comercio convierte a los dominios papales en el territorio más 
pobre de toda Italia. 

En resumen: un gobierno tiene mucha razón en conservar su pobla¬ 
ción y sus manufacturas. Su dinero puede confiarlo tranquilamente al 
curso de los asuntos humanos, sin temor ni suspicacia. O, si alguna vez 
presta atención a esta última circunstancia, deberá hacerlo únicamente 
en la medida en que afecte a la primera. 


I'.n el período al que se refiere Hume (1688-1752) fue el escenario de reclamaciones 
territoriales rivales y de sangrientas guerras en las que participaron Inglaterra, Holanda, 
iTancia, España y el Sacro Imperio Romano. Las tres guerras a las que alude Hume, y los 
tratados de paz que les pusieron fin, se analizan más abajo en el ensayo «Del equilibrio del 
poder», pp. 504-311. La mayor parte de Flandes se hallaba bajo dominio austríaco en la 
¿poca en que escribía Hume.) 


299 



VI 


DE LA SUSPICACIA RESPECTO AL COMERCIO 


Habiendo intentado ya eliminar una clase de infundada suspicacia tan 
prevaleciente entre las naciones comerciales, no está quizá de más que 
nos refiramos a otra carente asimismo de fundamento 1 . Nada es más 
habitual, entre Estados que han conseguido algunos progresos en el co¬ 
mercio, que contemplar con mirada suspicaz los progresos de sus ve¬ 
cinos, considerar rivales a todos los Estados que comercian y dar por 
supuesto que es imposible que ninguno de ellos florezca si no es a sus 
expensas. En contraposición a esta opinión estrecha y maligna, me atre¬ 
vo a afirmar que el aumento de la riqueza y del comercio de una nación, 
en vez de dañar la riqueza y el comercio de sus vecinos, suele fomentar¬ 
los, y que difícilmente puede un Estado llegar muy lejos con su comer¬ 
cio e industria cuando todos los Estados que lo rodean están sumidos en 
la ignorancia, en la pereza y en la barbarie. 

Resulta obvio que la industria interior de un pueblo no puede ser 

1. (En el ensayo anterior argüía Hume que ninguna nación necesita temer que ci 
comercio reduzca sus existencias de dinero. Ahora se refiere a otra de las «suspicacias» que 
inhiben el libre comercio, a saber: el temor de que el comercio cause daño a una nación 
en la medida en que contribuya a la mejora y la prosperidad de sus vecinos. Este ensayo, 
que se publicó por primera vez unos ocho años después de los demás ensayos económicos, 
representa la culminación del pensamiento de Hume sobre los mutuos beneficios del trato 
o comercio y lo poco deseable que resulta levantar barreras para proteger incluso lo que 
cabe considerar los productos «de primera necesidad» de un país. Según Green y Gro«\ 
el ensayo apareció por primera vez en la edición de 1758 de los Ensayos y tratados subte 
diversos temas. Greig señala, no obstante, que tanto este ensayo como el que lleva pni 
titulo «De la coalición de partidos» se imprimieron y paginaron por separado, y se encu.i 
dernaron con ejemplares posteriores de la edición de 1758 de los Ensayos y tratados . Su 
fecha real de aparición fue, en consecuencia, la de finales de 1759 o principios de 1760, 
Cf. J. T. Y. Greig (ed.), The Letters of David Hume y Clarendon Press: Oxford, 1912, 
vol. I, pp. 272 y 317.) 


300 



DE LA SUSPICACIA RESPECTO AL COMERCIO 


dañada por la máxima prosperidad de sus vecinos y como el ramo del 
comercio es sin duda el más importante en un reino extenso estamos le¬ 
jos de toda razón de suspicacia o celos. Pero yo voy más lejos, y observo 
que, cuando se mantiene una comunicación abierta entre las naciones, 
es imposible que la industria interior de cada una de ellas no experi¬ 
mente un aumento como consecuencia de la mejora de las otras. Com¬ 
párese la situación actual de Gran Bretaña con la de hace dos siglos. 
Todas las artes, tanto de la agricultura como de las manufacturas eran 
extraordinariamente toscas e imperfectas. Todas las mejoras que hemos 
experimentado desde entonces se deben a nuestra imitación de los ex¬ 
tranjeros, y deberíamos considerar hasta ahora una feliz circunstancia 
que consiguieran previamente progresos en las artes y el ingenio. Pero 
este intercambio se mantiene todavía para gran ventaja nuestra. A pesar 
del avanzado estado de nuestras manufacturas, a diario adoptamos, en 
todas las artes, los inventos y mejoras de nuestros vecinos. Empeza¬ 
mos por importar el producto del extranjero, con gran descontento por 
nuestra parte, al imaginar que merma nuestro dinero. Posteriormente 
importamos gradualmente el arte, con visible ventaja nuestra. Nos sigue 
molestado, sin embargo, que nuestros vecinos posean artes, industria y 
capacidad de inventar, y olvidamos que si no nos hubieran enseñado en 
primer lugar, actualmente seríamos bárbaros y que, si no siguieran ense¬ 
ñándonos todavía, las artes caerían en un estado de languidez y se per¬ 
derían la emulación y la novedad que tanto contribuyen a su progreso. 

El aumento de la industria nacional pone los cimientos al comercio 
exterior. Cuando se producen y perfeccionan gran número de mercan¬ 
cías para el mercado interior, siempre habrá algunas que puedan ex¬ 
portarse ventajosamente. Pero, si nuestros vecinos carecen de arte y de 
cultura, no podrán adquirirlas, porque no tendrán nada que ofrecer a 
cambio. A este respecto los Estados están en la misma situación que los 
individuos. Difícilmente podrá ser laboriosa una persona cuyos conciu¬ 
dadanos son ociosos. La riqueza de los distintos miembros de una co¬ 
munidad contribuye a mi propia riqueza, sea cual fuere la profesión que 
adopte. Esos otros miembros consumen el producto de mi laboriosidad, 
y me proporcionan a cambio el producto de la suya. 

Y no tiene un Estado por qué temer que sus vecinos mejoren has¬ 
ta tal punto en todos los oficios y manufacturas como para no tener 
demanda alguna de éstos. La naturaleza, al dotar de diversos talentos, 
i limas y suelos a las distintas naciones, ha asegurado su mutua relación 
y comercio, mientras sigan siendo laboriosas y civilizadas. Es más, cuan¬ 
to mayor sea el desarrollo de las artes y oficios en un Estado, mayores 
serán las demandas que haga a sus vecinos industriosos. Sus habitantes, 
habiendo llegado a ser ricos y capaces, desean tener toda clase de pro¬ 
ductos fabricados con la mayor perfección y, como tienen muchas mer- 


301 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


candas que ofrecer a cambio, realizan grandes importaciones de todos 
los países extranjeros. La industria de las naciones de las que importan 
se ve estimulada. Y la suya propia también aumenta gracias a las mer¬ 
cancías que ofrecen a cambio. 

Pero ¿qué ocurre si una nación tiene un producto principal, como 
las manufacturas de lana en Inglaterra? ¿No supondrá la interferencia 
de nuestros vecinos en esa rama de las manufacturas una pérdida para 
nosotros? Mi respuesta es que, cuando se dice de un producto que es 
la principal producción del reino, se da por supuesto que ese reino po¬ 
see algunas ventajas naturales que le son peculiares y que favorecen tal 
producción. Si no obstante estas ventajas, pierde ese producto, deberá 
achacarse a su propia negligencia o mal gobierno, y no a la laboriosidad 
de sus vecinos. Debería considerarse que al aumentar la industria entre 
las naciones vecinas, aumenta el consumo de toda clase de mercancías y, 
aunque se interpongan manufacturas extranjeras en el mercado, seguirá 
habiendo demanda para su producción, e incluso puede que ésta se in¬ 
cremente. Y, en caso de que disminuya, ¿habrá que considerar fatal esta 
consecuencia? Si se conserva el espíritu industrial, será fácil desviarlo 
de un ramo a otro, y los fabricantes de artículos de lana pueden, por 
ejemplo, dedicarse al lino, a la seda, al hierro, o a cualquier producto 
para el que parezca existir demanda. No tenemos por qué percibir que 
nuestros fabricantes, mientras estén en pie de igualdad con los de nues¬ 
tros vecinos, corren el peligro de quedar sin ocupación. La emulación 
entre países rivales sirve, antes bien, para mantener viva la industria en 
todos ellos. Y es más afortunado un pueblo que posee una diversidad 
de manufacturas, que si sólo dispusiera de una gran manufactura que 
diera empleo a todos. Su situación será menos precaria y sentirá menos 
esas revoluciones e incertidumbres a las que siempre están expuestos los 
ramos del comercio. 

El único Estado comercial que debería temer las mejoras en las in¬ 
dustrias de sus vecinos, es un Estado como el holandés que, al no dis¬ 
frutar de un país extenso, ni poseer una producción propia, florece úni¬ 
camente gracias a que los holandeses se han convertido en los agentes, 
factores mercantiles y transportistas de otros. Un pueblo así puede per¬ 
catarse naturalmente de que, tan pronto como los Estados vecinos co¬ 
nozcan sus intereses y los atiendan, tomarán en sus propias manos l.i 
gestión de sus negocios, y privarán a sus agentes del beneficio que an¬ 
tes Ies proporcionaban. Mas, aunque es natural que se tema esta conse¬ 
cuencia, pasará mucho tiempo antes de que se produzca y, mediante el 
arte y la laboriosidad, puede evitarse durante muchas generaciones, si 
es que no eludirse del todo. La ventaja que proporcionan unas existen¬ 
cias y una correspondencia superiores es tan grande que no es fácil de 
superar. Y, como todas las transacciones se incrementan con el aumento 


302 



DE LA SUSPICACIA RESPECTO AL COMERCIO 


de la industria en los Estados vecinos, incluso un pueblo cuyo comer¬ 
cio tenga una base precaria puede inicialmente cosechar un considera¬ 
ble beneficio como consecuencia de la situación floreciente de sus veci¬ 
nos, Los holandeses, que han hipotecado todos sus ingresos, no tienen 
el peso en las negociaciones políticas que tenían antes, pero su comercio 
sigue siendo igual que a mediados del siglo pasado cuando se les tenía 
entre las grandes potencias de Europa. 

Si triunfaran nuestras políticas malignas y de miras estrechas reduci¬ 
ríamos a las naciones vecinas al mismo estado de indolencia e ignoran¬ 
cia que reina en Marruecos y en la costa de Berbería. Pero ¿qué conse¬ 
cuencias tendría? Pudiera ser que no nos enviasen ninguna mercancía. 
Que no nos comprasen nada. Nuestro comercio interior languidecería 
por falta de emulación, ejemplo, y transmisión de conocimientos. Y no 
tardaríamos en caer en la misma situación abyecta a la que los habría¬ 
mos reducido. No sólo en mi condición de hombre, sino también como 
súbdito británico, me atrevo en consecuencia a implorar que florezca 
el comercio de Alemania, España, Italia e incluso Francia. Estoy seguro 
al menos de que Gran Bretaña y todas esas naciones florecerían mejor si 
sus soberanos y ministros adoptaran unas posturas mutuas menos estre¬ 
chas y mas benevolentes. 


303 



VII 


DEL EQUILIBRIO DEL PODER 


Se plantea la cuestión de si la idea del equilibrio del poder se debe por 
entero a la política moderna, o si la expresión se ha inventado en estos 
últimos tiempos* Es cierto que Jenofonte 1 , en su Institución de Ciro, 
presenta la combinación de potencias asiáticas como algo surgido del 
miedo al creciente poderío de medos y persas y, aunque se supone que 
esta elegante composición es por completo una fábula, este sentimiento, 
que el autor atribuye a los príncipes asiáticos, supone como mínimo una 
prueba de que el concepto existía en la Antigüedad. 

En toda la política de Grecia se pone de manifiesto la angustia res¬ 
pecto al equilibrio del poder, y nos la señalan expresamente incluso los 
historiadores antiguos. Tucídides 2 presenta la liga que se formó contra 
Atenas, y dio origen a la guerra del Peloponeso, como algo debido en¬ 
teramente a este principio. Y, tras el declinar de Atenas, cuando tebanos 
y lacedemonios se disputaban la hegemonía, los atenienses (así como 
otras repúblicas) dejaron caer siempre su peso sobre el platillo más lige¬ 
ro y trataron de preservar el equilibrio* Apoyaron a Tebas contra Espar¬ 
ta, hasta la gran victoria obtenida por Epaminondas en Leuctra, después 
de la cual se pasaron inmediatamente al bando de los conquistados, por 
generosidad, según su propia pretensión, pero en realidad debido al 
miedo a los conquistadores 3 . 

Quienquiera que lea el discurso de Demóstenes en favor de los me- 
galopolitanos puede comprobar los máximos refinamientos sobre la 

1. Lib. I. [Ciropedia (La educación de Ciro), 1.5.2-3.] 

2. Lib. 1.(23.] 

3. Xenoph., Hist . Graec ., libs. VI y VIL (La derrota en Leuctra del ejército invasor 
espartano, por parte de las fuerzas tebanas mandadas por Epaminondas, en 371 a.C., 
puso fin a la supremacía de Esparta en el Peloponeso. Temerosa del creciente poder de 
Tebas, Atenas concluyó en 369 a.C. una alianza formal con su inveterada enemiga.) 


304 



DEL EQUILIBRIO DEL PODER 


base de este principio que jamás hayan entrado en la cabeza de un es¬ 
peculador veneciano o inglés 4 . Y, ante el primer auge del poder mace- 
domo, este orador descubrió inmediatamente el peligro, hizo sonar la 
alarma por toda Grecia y, finalmente, reunió aquella confederación que, 
bajo la bandera ateniense, libró la gran y decisiva batalla de Queronea. 

Es cierto que los historiadores consideran las guerras griegas gue¬ 
rras de emulación, más que guerras políticas, y cada Estado parece ha¬ 
ber tenido más en cuenta el honor de conducir a los demás que cuales¬ 
quiera bien fundadas esperanzas de autoridad y dominación. De hecho, 
si consideramos el reducido número de habitantes de cualquiera de las 
repúblicas, en comparación con el conjunto de ellas, la gran dificultad 
de imponer estados de sitio en aquel tiempo, y la extraordinaria valen¬ 
tía y disciplina de todos los hombres libres de aquel noble pueblo, con¬ 
cluiremos que el equilibrio del poder estaba suficientemente asegurado 
en Grecia y no necesitaba ser guardado con la precaución que puede 
haber sido necesaria en otras épocas. Pero si atribuimos los cambios de 
bando que se producían en todas las repúblicas griegas tanto a celosa 
emulación como a políticas de cautela , los efectos eran semejantes, y 
cada potencia dominante estaba segura de encontrarse con una confe¬ 
deración formada en contra de ella y que a menudo estaba compuesta 
por amigos y aliados anteriores. 

El mismo principio, ya se le llame envidia o prudencia, que dio ori¬ 
gen al ostracismo en Atenas, y al petalismo en Siracusa 5 , por el que se 
desterraba temporalmente a todo ciudadano cuya fama o poder sobre¬ 
pasara al del resto, ese mismo principio, afirmo, se ponía de manifiesto 
de manera natural en la política exterior, y no tardaba en hacer surgir 


4. |Tras la victoria de Leuctra, Epaminondas trató de equilibrar el poder de Esparta 
en el Peloponeso ayudando a establecer Megalópolis como la nueva capital de la Arcadia 
unida. En 353 a.C., cuando existía amenaza de guerra entre Megalópolis y Esparta, ambas 
ciudades enviaron embajadas a Atenas en busca de apoyo. Dcmóstenes habló sin éxito en 
favor de ayudar a Megalópolis, manteniendo que una política semejante es la que mejor 
serviría al interés de Atenas por mantener un equilibrio de poder entre Esparta y Tebas. 
Tal como Hume sugiere a continuación, Demóstenes promocionó posteriormente una 
alianza de Atenas con Tebas y varios Estados del Peloponeso con el fin de bloquear el po¬ 
der macedónio. La derrota de esta alianza en Queronea, en 338 a.C, convirtió a Filipo II 
de Macedonia en amo indiscutido de Grecia.] 

5. [El ostracismo fue una de las reformas democráticas introducidas en la constitu¬ 
ción ateniense por Clístenes, a finales det siglo vi a.C., manifiestamente como salvaguardia 
contra la restauración de la tiranía. El procedimiento, que se aplicó a un cierto número 
de prominentes estadistas atenienses durante el siglo v, permitía que una asamblea de no 
menos de seis mil ciudadanos votara el exilio de uno de ellos durante diez años, después 
de los cuales podía reclamar su ciudadanía y sus propiedades. El petalismo, practicado en 
Siracusa, era un procedimiento similar, excepto que los nombres de los posibles exiliados 
se escribían en hojas de olivo, en vez de trozos de cerámica ( ostraka ).] 


305 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


enemigos del Estado dominante, por muy moderado que fuera el ejer¬ 
cicio de su autoridad. 

El monarca persa era en realidad, por su fuerza, un pequeño prín¬ 
cipe en comparación con las repúblicas griegas y, en consecuencia, le 
correspondía, más por seguridad que por emulación, interesarse por las 
pendencias y apoyar al bando más débil en cada contienda. Este fue el 
consejo que diera Alcibíades a Tisafernes 6 , y prolongó durante casi un 
siglo la existencia del imperio persa, hasta que su momentáneo descui¬ 
do, tras la aparición del genio de Filipo y sus aspiraciones, acabó por 
hundir el altivo y frágil edificio, con una rapidez de la que existen pocos 
ejemplos en la historia de la humanidad. 

Los sucesores de Alejandro mostraron gran celo en guardar el equi¬ 
librio de poder, un celo basado en una política y prudencia auténticas, 
y que conservó durante varios períodos la partición que se hiciera tras 
la muerte del gran conquistador. La fortuna y la ambición de Antígono 7 
les amenazaba con una nueva monarquía universal. Pero les salvó su 
unidad y la victoria que obtuvieron en Ipso. Los Tolomeos, en especial, 
apoyaron primero a Arato y los aqueos, y luego a Cleómenes, rey de 
Esparta, con la única intención de servir de contrapeso a la monarquía 
macedonia. Ésta es la razón que da Polibio para la política egipcia 8 . 

La razón por la que se supone que los antiguos ignoraban por com¬ 
pleto el equilibrio del poder parece sacarse más de la historia romana 
que de la griega y, como las negociaciones que se dieron en la primera 
nos son por lo general más conocidas que las de la segunda, hemos 
formado nuestras conclusiones a partir de ellas. Hay que conceder que 
los romanos nunca se encontraron frente a una combinación general o 
confederación que les hiciera frente, como se habría esperado de ma¬ 
nera natural a partir de sus rápidas conquistas y su declarada ambición, 
sino que les fue permitido ir sometiendo a sus vecinos, uno tras otro, 
hasta que extendieron sus dominios por todo el mundo conocido. Por 
no mencionar la fabulosa historia de sus a guerras italianas. Ante la in¬ 
vasión del Estado romano por Aníbal se produjo una notable crisis que 
debería haber llamado la atención de todas las naciones civilizadas. Con 
posterioridad pareció (aunque no era difícil observarlo en el momen- 

6. Thucyd., lib. Vlll. [Tucídides, 8.46. Alcibíades, que anteriormente se había pues¬ 
to del lado de Esparta, frente a Atenas, de la que era oriundo, desertó de Esparta y se pasó 
al persa Tisafernes en 412 a.C. Alcibíades le ofreció su consejo con vistas a que finalmente 
se le rehabilitara en Atenas.) 

7. Diod. Sic., lib. XX. [Tras la muerte de Alejandro Magno, Antígono, uno de los 
generales de Alejandro, trató de restablecer el imperio bajo su mando, pero fue derrotado 
por los generales rivales en Ipso, en 301 a.C.j 

8. Lib. II, cap. 51. [Polibio refiere acontecimientos de 225 a.C., cuando Antígo 
no 111 era rey de Macedonia.) 


306 



DEL EQUILIBRIO DEL PODER 


to) 9 que se trataba de una pugna por establecer un imperio universal. 
Sin embargo, ningún principe ni ningún Estado pareció alarmarse por 
el hecho o por el resultado de la pugna. Filipo V de Macedonia se 
mantuvo neutral hasta que conoció las victorias de Aníbal, y entonces, 
de manera harto imprudente, formó una alianza con el conquistador, 
en términos todavía más imprudentes. Estipuló que ayudaría al Estado 
cartaginés a conquistar Italia, tras lo cual éste se comprometía a enviar 
fuerzas a Grecia para ayudarle a someter a las repúblicas griegas 10 . 

Los historiadores antiguos ensalzan a la república de Rodas y a las 
repúblicas aqueas por su prudencia y su sabia política. Sin embargo, to¬ 
das ellas ayudaron a los romanos en sus guerras contra Filipo y Antíoco. 
Y, lo que puede considerarse una prueba mayor de que esta máxima no 
era de conocimiento general por aquellos tiempos: ningún autor anti¬ 
guo ha señalado la imprudencia de estas medidas, y ni siquiera ha con¬ 
denado aquel absurdo tratado de Filipo con los cartagineses. En todas 
las edades, principes y estadistas pueden ser de antemano ciegos en sus 
razonamientos sobre los acontecimientos. Pero es un tanto extraordina¬ 
rio que, con posterioridad, los historiadores no lleguen a formarse un 
juicio más sensato de los mismos. 

Masinisa, Atalo, Prusias, al satisfacer sus pasiones privadas, fueron 
todos ellos instrumentos de la grandeza romana, y nunca sospecharon 
que estaban forjando sus propias cadenas mientras favorecían las con¬ 
quistas de su aliado 11 . Un simple tratado y acuerdo entre Masinisa y los 
cartagineses habría impedido la entrada de los romanos en África y pre¬ 
servado la libertad para la humanidad. 

El único príncipe que encontramos en la historia de Roma que pa¬ 
rece haber entendido el equilibrio del poder es Hierón, rey de Siracusa. 

9. Lo observaron algunos, tal como se desprende del discurso de Agelao de Nau- 
pacto en el congreso general de Grecia, Véase Polibio, lib. V, cap. 104. [Aníbal invadió 
Italia en 218 a.C. El discurso de Agelao advertía de que el vencedor de la guerra entre 
Roma y Cartago se convertiría en una amenaza para Grecia, y aconsejaba a Filipo V de 
Macedonia que tratara bien a los griegos para poder más tarde contar con su apoyo.) 

10. Titi Livii, lib. XXIII, cap. 33. [El tratado entre el embajador de Filipo, Jenofon¬ 
tes, y Aníbal se concluyó en 215 a.C.J 

11. [Como rey de Numidia (202-148 a.C.) y aliado de Roma, Masinisa siguió una 
política agresiva hacia su vecina Cartago. Cuando Cartago se vio finalmente empujada 
.i atacar a Masinisa, Roma declaró la guerra a Cartago. Esta tercera guerra púnica (149- 
146 a.C.) condujo a la destrucción de Cartago y al establecimiento en su territorio de la 
provincia romana de África. El territorio de Numidia fue anexionado a esta provincia 
un siglo más tarde. Atalo I, rey de Pcrgamo desde 241 hasta 197 a.C. aceptó la ayuda 
ile Roma para contener el poderío macedonio, pero Roma acabó por apoderarse del 
uino (133 a.C.) y lo convirtió en la provincia romana de Asia. Prusias I, rey de Bitinia 
(c230?-< 182? a.C.) se mantuvo neutral en la guerra de Roma contra Antíoco III. Su hijo, 
husías II, que reinó desde <182? hasta 149 a.C., fue leal a Roma hasta el punto del ser¬ 
vilismo. Bitinia se convirtió en provincia romana en el siglo l a.C.) 


307 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


Pese a ser aliado de Roma envió ayuda a los cartagineses en la guerra de 
las tropas auxiliares: «Estimaba necesaria», dice Polibio 12 , «para conser¬ 
var tanto sus dominios en Sicilia como la amistad con Roma, la seguri¬ 
dad de Cartago. Pues, con su caída, la potencia que quedaba podría, sin 
contraste ni oposición, llevar a cabo todos sus propósitos y empresas. Y 
actuó en esto con gran sabiduría y prudencia. Pues es algo que en nin¬ 
gún caso debe pasarse por alto, y no debería dejarse nunca tanta fuerza 
en unas solas manos como para incapacitar a los Estados vecinos para 
defender contra ella sus derechos». He aquí, expresada en sus justos 
términos, la finalidad que persigue la política moderna. 

En resumen: la máxima de la preservación del equilibrio del poder 
se basa hasta tal punto en el sentido común y en un obvio razonamiento 
que es imposible que pudiera escapársele a la Antigüedad, donde en¬ 
contramos, en algunos aspectos, tantos signos de una penetración y dis¬ 
cernimiento profundos. Si no era conocida y reconocida de una manera 
tan general como en la actualidad, ejerció por lo menos una influencia 
en los príncipes y los políticos más prudentes y experimentados. Y, en 
rigor, incluso actualmente, aunque sea generalmente conocida y reco¬ 
nocida entre los razonadores especulativos, no goza en la práctica de 
una autoridad mucho más extendida entre aquéllos que gobiernan el 
mundo. 

Tras la caída del imperio romano, la forma de gobierno establecida 
por los conquistadores procedentes del norte los incapacitaba en gran 
medida para seguir haciendo conquistas, y mantuvo durante mucho 
tiempo a cada Estado dentro de sus fronteras. Mas, cuando se abolieron 
el vasallaje y las huestes feudales, la humanidad se sintió nuevamente 
alarmada ante el peligro de la monarquía universal que suponía la unión 
de tantos reinos y principados en la persona del emperador Carlos 11 . 
Pero el poder de la casa de Austria, basado en dominios extensos pero 
divididos, y su riqueza, procedente principalmente de las minas de oro 
y plata, era más probable que decayeran por sí mismos, debido a defec¬ 
tos internos, en vez de que pudieran superar todos los obstáculos que 
se levantaron en contra. En menos de un siglo se agotó la fuerza de 
aquella estirpe violenta y arrogante, se disipó su opulencia y se eclipsó 
su esplendor. Le sucedió una nueva potencia, más formidable para las 
libertades de Europa 14 , que poseía todas las ventajas de la anterior y no 
incurría en ninguno de sus defectos, excepto el de compartir el espíritu 


12. Lib. I, cap. 83. [Hierón 11 fue rey de Siracusa desde 269 hasta 215 a.C. Polibio 
se refiere aquí a acontecimientos de 239 a.C.] 

13. [Carlos V, rey de España y posteriormente emperador del Sacro Imperio Roma 
no, desde 1519 hasta 1556, trató de establecer un imperio unificado en Europa.! 

14. (Es Francia la potencia en la que piensa Hume.) 


308 



DEL EQUILIBRIO DEL PODER 


de intolerancia y persecución que tanto tiempo ha caracterizado, y aún 
sigue caracterizando, a la casa de Austria. 

En las guerras generales sostenidas contra esta ambiciosa potencia, 
ha destacado principalmente Gran Bretaña, que aún mantiene su po¬ 
sición. Además de las ventajas de su riqueza y su situación, su pueblo 
está animado de tal espíritu nacional, y es tan sensible a las bendiciones 
que representa su forma de gobierno, que le cabe esperar que su vigor 
nunca languidezca en causa tan necesaria y justa. Muy al contrario: si 
hemos de juzgar por el pasado, su apasionado ardor más parece requerir 
una cierta moderación, y con mayor frecuencia ha pecado de laudable 
exceso que de culpable defecto. 

En primer lugar parecemos haber estado más poseídos del antiguo 
espíritu de celosa emulación de los griegos que impulsados por las pru¬ 
dentes opiniones de la moderna política. Nuestras guerras con Francia 
se han iniciado con justicia, e incluso quizá por necesidad. Pero nos 
hemos dejado llevar demasiado por la obstinación y la pasión. La misma 
paz que posteriormente se acordara en Rijswijk en 1697 fue ofrecida ya 
el año noventa y dos; la que se concluyó en Utrecht en 1712 podría ha¬ 
berse firmado en las mismas buenas condiciones en Geertruidenberg en 
el año ocho, y en 1743 podríamos haber ofrecido en Fráncfort las mis¬ 
mas condiciones que nos contentamos con aceptar en Aix-La-Chapelle 
el año cuarenta y ocho. Vemos aquí que más de la mitad de nuestras 
guerras con Francia, y la totalidad de nuestra deuda pública, se deben 
más a nuestra propia e imprudente vehemencia que a la ambición de 
nuestros vecinos. 

En segundo lugar, proclamamos tanto nuestra oposición a la po¬ 
tencia francesa, y nos mantenemos tan alerta en la defensa de nuestros 
,iliados, que estos cuentan con nuestra fuerza tanto como con la suya 
propia y, esperando hacer la guerra a nuestras expensas, rechazan todas 
las condiciones razonables para llegar a un arreglo. Habent subjectos , 
tanquam suos; viles , ut áltenos 15 . Todo el mundo sabe que el voto fac¬ 
cioso de la Cámara de los Comunes, al comienzo del último parlamen¬ 
to, con el declarado estado de ánimo de la nación, hizo que la reina de 
Hungría se mostrara inflexible en sus condiciones e impidiera el acuer¬ 
do con Prusia que habría restablecido de inmediato la tranquilidad en 
Europa 16 . 

15. («Nos tratan como a esclavos cual si a ellos perteneciéramos; pero nos conside* 
i m carentes de valor cual si perteneciéramos a alguien distinto». Hume parafrasea aquí 
ih i pasaje de Tácito, Ims Historias , 1.37, en el que Otón, en rebelión contra el emperador 
< .alba, se queja del apoyo que éste presta a Tito Vinio: «... nos tiene ahora bajo su talón 
• si fuéramos sus esclavos; y nos considera baratos porque pertenecemos a otro*.| 

U>. |Hume parece referirse al parlamento de 1741*1747 y sus tempranas medidas 
ni apoyo de María Teresa, reina de Hungría, frente a su rival, Federico II de Prusia, en 


309 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


En tercer lugar, somos tan verdaderos combatientes que, una vez 
que estamos dentro de la contienda, perdemos toda preocupación por 
nosotros mismos o por nuestra posteridad, y sólo consideramos la for¬ 
ma de mejor enojar al enemigo. Hipotecar nuestros ingresos a tan baja 
tasa, en guerras en las que sólo hacíamos un papel accesorio, ha sido sin 
duda el más fatal engaño del que jamás haya sido culpable una nación 
que tenía alguna pretensión de hacer política y ejercer la prudencia. El 
remedio de conversión en una deuda más o menos permanente, si es 
que es un remedio, y no un veneno, debería con toda razón reservarse 
para el caso más extremo, y ningún mal, salvo el más grave y urgente, 
debería inducirnos nunca a aceptar un recurso tan peligroso. 

Estos excesos a los que nos hemos dejado arrastrar son perjudicia¬ 
les, y quizá, con el tiempo, puedan llegar a serlo más todavía en otro 
sentido, al generar, como es habitual, la actitud totalmente opuesta, y 
hacernos descuidados y negligentes respecto al destino de Europa. Los 
atenienses, al tomar conciencia de su error en lanzarse a todas las con¬ 
tiendas, pasaron de ser el pueblo más bullicioso, intrigante y belicoso 
de Grecia, a abandonar toda atención a los asuntos exteriores y a no 
tomar parte en ninguna disputa salvo para dedicar halagos al vencedor 
y mostrarse complaciente con él. 

Las monarquías de grandes dimensiones^ son probablemente des¬ 
tructivas para la naturaleza humana, cuando progresan y cuando conti¬ 
núan 17 , e incluso en su caída, que nunca puede encontrarse muy distante 
de su establecimiento. El talento militar, que engrandece la monarquía, 
no tarda en abandonar la corte, la capital y el centro de este tipo de go¬ 
bierno, mientras las guerras se libran a gran distancia e interesan a una 
parte muy pequeña del Estado. La vieja nobleza, unida por su afecto al 

la guerra de sucesión austríaca. En 1740, Federico había reclamado parte de Silesia y, 
cuando la corte de Viena rechazó su reclamación, invadió con su ejército la totalidad 
del territorio sílesiano. Al encontrarse vacío su tesoro, María Teresa pidió ayuda a las 
naciones que habían garantizado su sucesión hereditaria a los dominios austríacos. F.n 
respuesta a esta petición, Jorge II de Inglaterra declaró su intención de mantener el equili¬ 
brio del poder en Europa suministrando tropas y subsidios a la reina de Hungría, política 
que inicialmcnte contó con fuerte apoyo por parte del parlamento y del pueblo, aunque 
implicaba la intervención de Inglaterra en una costosa guerra en el continente, al reforzar 
la resolución de María Teresa de no comprar la paz cediendo parte de Silesia a Federico. 
El «voto faccioso» al que Hume se refiere se produjo en diciembre de 1742, cuando la 
Cámara de los Comunes aprobó una serie de medidas de guerra, incluida la petición del 
rey de poner bajo paga británica a dieciséis mil soldados de su electorado de Hanóver, que 
contó con bastante oposición. El entusiasmo inglés por el apoyo a María Teresa se había 
desvanecido en 1748, cuando ésta se vio obligada, por el tratado de Aix-La-Chapelle, a 
ratificar la apropiación de Silesia por Federico.] 

17. Si el imperio romano supuso una ventaja, esto sólo podía proceder del hecho de 
que, cuando se estableció, la humanidad se encontraba en una situación de gran desorden 
y falta de civilización. 


310 



DEL EQUILIBRIO DEL PODER 


soberano, vive toda ella en la corte* y sus miembros nunca aceptarán 
empleos militares que les llevarían a remotas y bárbaras fronteras, que 
se hallan distantes de sus placeres y de su fortuna. Las armas del Esta¬ 
do deben confiarse en consecuencia a mercenarios extranjeros, carentes 
de celo, de apego, de honor, dispuestos en todo momento a volverlas 
contra el príncipe, y a unirse a cualquier descontento desesperado que 
les ofrezca paga y botín. Éste es el necesario progreso de los asuntos 
humanos: así se controla la humana naturaleza en su etérea elevación; 
así trabaja la ciega ambición por la destrucción del conquistador, de su 
familia, y por todo lo que le es cercano y caro. Los Borbones, confiados 
en el apoyo de su brava, fiel y afectuosa nobleza, han hecho uso de esta 
ventaja sin reserva ni limitaciones 18 . Los nobles, aunque estimulados 
por la gloria y la emulación, son capaces de soportar las fatigas de la 
guerra, pero nunca aceptarán languidecer en guarniciones situadas en 
Hungría o en Lituania, olvidados en la corte y sacrificados por las intri¬ 
gas de cualquier lacayo o querida que se acerque al príncipe. Las tropas 
están integradas por croatas y tártaros, húsares y cosacos, mezclados tal 
vez con algunos soldados de fortuna de provincias mejores. Y el triste 
destino de los emperadores romanos, por esta misma causa, se renueva 
una y otra vez, hasta la final disolución de la monarquía. 


18. [Los soberanos de Francia y España del siglo xvm pertenecían a la casa de Bor- 
bón, Con esta referencia. Hume pone en claro que sus comentarios generales sobre la 
inevitable caída de las grandes monarquías son aplicables a la Europa moderna.] 


311 



VIII 


DE LOS IMPUESTOS 


Prevalece la máxima 3 , entre algunos razonadores, de que todo nuevo 
impuesto genera una nueva capacidad de los siíbditos para soportarlo , y 
de que todo incremento en las cargas públicas incrementa proporcional¬ 
mente la laboriosidad de la gente . La índole de esta máxima es tal que 
lo más probable es que se abuse de ella, y resulta tanto más peligrosa 
por cuanto no puede negarse del todo su verdad. Pero hay que conceder 
que, si se mantiene dentro de ciertos límites, no carece de fundamento 
en la razón y la experiencia 1 . 


1. [La «máxima» que Hume considera aquí la mantuvieron por lo común los au 
tores mercantilistas y otros entre 1660 y 1750. Cf. Edwin R. A. Scligman, The Sbifting 
and bteidettee ofTaxation |La carga e incidencia de los impuestos], 5. a ed. rcv., Columbitt 
University Press: New York, 1927, pp. 25-30,46-62. Hume la encuentra en parte correc¬ 
ta, por cuanto cabe esperar que los trabajadores absorban impuestos moderados sobre los 
productos de consumo incrementando su laboriosidad, en vez de reducir el consumo o 
aumentar los salarios. Dado que la gente suele ser más industriosa y más rica allí donde 
hay que superar «desventajas naturales» de suelo y clima, podemos esperar que las «carga* 
artificiales» tales como unos impuestos juiciosos sean asimismo favorables para la laborío 
sidad. Sin embargo, Hume matiza el argumento al negarse a aplicarlo a impuestos sobre 
las «cosas imprescindibles para la vida» y advertir que se puede arruinar a un pueblo con 
impuestos exorbitantes o inadecuados (véase el párrafo 2 en la nota b de las variante* 
de este ensayo). Más adelante, Hume se muestra contrario a la opinión de que todos lo* 
impuestos se cargan en última instancia sobre la tierra. Esta opinión la había adoptado 
John Locke, y seguramente era él el «célebre autor» al que hace referencia en versiones 
anteriores de este ensayo (véase el pasaje correspondiente en la nota d de las variantes). 
La teoría de Locke de la carga de todos los impuestos sobre la tierra la resucitaron en el 
siglo xvni los economistas franceses conocidos como «fisiócratas» (cf. Seligman, pp. 125- 
142). Hume debatió esta cuestión epistolarmente con uno de los principales fisiócn 
tas, Anne-Robert Jacques Turgot, en correspondencia mantenida durante los años 17 t>ti 
y 1767. Respecto a la importancia de las opiniones de Hume sobre los impuestos véase 
Rotwein, David Hume: Writitigs on Economías , pp. lxxxi-lxxxiii.) 


312 



DE LOS IMPUESTOS 


Cuando se establece un impuesto sobre bienes que consume la gente 
común, puede parecer que la consecuencia necesaria consista en que, 
o bien los pobres han de restringir en algo su modo de vida, o suben 
sus salarios de manera que la carga del impuesto caiga por entero so¬ 
bre los ricos, Pero hay una tercera consecuencia que suele seguir a los 
impuestos, a saber: que los pobres aumenten su laboriosidad, realicen 
más trabajo y vivan igual de bien que antes, sin pedir más por su labor. 
Cuando los impuestos son moderados, se imponen de modo gradual y 
no afectan a lo imprescindible para la vida, se sigue esta consecuencia 
de manera natural, y lo cierto es que tales dificultades sirven a menudo 
para estimular la laboriosidad de un pueblo y hacerle más próspero y 
diligente que otros que cuentan con las mayores ventajas. Pues podemos 
observar, como ejemplo paralelo, que las naciones más comerciales no 
siempre han poseído las mayores extensiones de tierras fértiles, sino 
que, por el contrario, han trabajado con muchas condiciones naturales 
desfavorables. Tiro, Atenas, Cartago, Rodas, Génova, Venecia, Holan¬ 
da, son buenos ejemplos a este respecto. Y en toda la historia encon¬ 
tramos únicamente tres ejemplos de países grandes y fértiles que hayan 
tenido mucho comercio: los Países Bajos, Inglaterra y Francia. Los dos 
primeros parecen haber sido impulsados por las ventajas de su situación 
marítima y la necesidad que tienen de visitar puertos extranjeros, con 
el fin de procurarse lo que su propio clima les negaba. Y en cuanto a 
Francia, el comercio se introdujo tardíamente en aquel reino, y parece 
haber sido efecto de la reflexión y observación por parte de un pueblo 
emprendedor y dotado de ingenio que reparaba en las riquezas adqui¬ 
ridas por aquellas naciones vecinas que cultivaban la navegación y el 
comercio. 

Los lugares que cita Cicerón 2 como aquéllos que contaron con la 
mayor actividad comercial de su tiempo son Alejandría, Cólquida, Tiro, 
Sidón. Andros, Chipre, Panfilia, Licia, Rodas, Quíos, Bizancio, Lesbos, 
lísmirna, Mileto y Cos. Todos ellos, con la excepción de Alejandría, 
eran pequeñas islas o estrechos territorios, y Alejandría debía su comer¬ 
cio a su excelente situación geográfica. 

Por tanto, si algunas necesidades o desventajas naturales pueden 
considerarse favorables para la laboriosidad, ¿por qué no han de tener 
el mismo efecto cargas artificiales? Cabe hacer la observación de que sir 
William Temple 3 atribuye la laboriosidad de los holandeses totalmen¬ 
te a la necesidad, debida a sus desventajas naturales, e ilustra su opi¬ 
nión mediante una llamativa comparación con Irlanda, «donde», afir¬ 
ma, «dada la abundancia de suelo y la escasez de población, todo lo 

2. Epist. ad Att . \Cartas a Ático\ % lib. IX, ep. II. 

3. Account of the Neatherlands , cap. 6. 


313 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


necesario para ia vida es tan barato que un hombre laborioso puede, 
con dos días de trabajo, ganar lo suficiente para alimentarse el resto 
de la semana, lo cual considero una clarísima razón para la pereza que 
se atribuye a aquel pueblo. Pues los hombres prefieren naturalmente la 
holganza al trabajo, y no se esforzarán si pueden vivir más ociosamen¬ 
te; aunque, cuando por necesidad se han habituado a ello, no pueden 
dejarlo, ya que se ha convertido en costumbre necesaria para su salud y 
para su mismo entretenimiento. Tampoco es quizá más duro el cambio 
de la holganza constante al trabajo que del trabajo constante a la hol¬ 
ganza». Tras lo cual procede este autor a confirmar su doctrina enume¬ 
rando, como antecede, los lugares donde, en tiempos antiguos y moder¬ 
nos, más ha florecido el comercio y que, como por lo común se observa, 
son territorios tan estrechamente confinados que generan una necesi¬ 
dad de laboriosidad 11 . 

Los mejores impuestos son aquellos que gravan el consumo, espe¬ 
cialmente el de lujo 4 5 , porque son los que menos repercuten en la gente. 
En alguna medida parecen voluntarios, ya que se puede elegir hasta 
qué punto se utiliza el bien gravado. Y se pagan de manera gradual e 
insensible. Si se imponen con buen juicio, producen, de manera natural, 
sobriedad y frugalidad y, al confundirse con el precio natural de la mer¬ 
cancía, los consumidores escasamente los perciben. Su única desventaja 
consiste en que su exacción es costosa. 

Los impuestos sobre las propiedades se recaudan sin gasto, pero 
tienen todos los demás inconvenientes. La mayoría de los Estados se 
ven obligados sin embargo a recurrir a ellos, con el fin de cubrir las 
deficiencias de los otros impuestos. 

Pero los más perniciosos de todos los impuestos son los arbitra¬ 
rios^. Por lo común se convierten, debido a su gestión, en castigos a la 
laboriosidad y, por su inevitable desigualdad, resultan más gravosos que 


4. [Hume piensa en impuestos indirectos sobre el consumo que graven bienes de 
producción nacional y derechos de aduana sobre mercancías importadas.) 

5. [Cf. Adam Smith, The Wealth of Nations [La riqueza de las naciones |, lib. 5, 
cap. 2, parte 2. «El impuesto que cada individuo está obligado a pagar debería ser fijo, y 
no arbitrario. El momento de pagarlo, la forma de hacerlo y la cantidad a pagar deberían 
ser claras y sencillas para el contribuyente y para toda otra persona. Donde ocurre algo 
distinto, toda persona sometida al impuesto queda más o menos en poder del recaudador, 
que puede agravar la exacción a un contribuyente al que detesta o extorsionarle, mediante 
el terror de ral agravación, para conseguir de él algún regalo o pequeño beneficio para 
sf mismo. 1.a incertidumbre respecto al gravamen estimula la insolencia y favorece la co¬ 
rrupción de una clase de hombres que no gozan de por sí de estima aun cuando no sean 
insolentes ni corruptos. La certidumbre respecto a lo que cada individuo debería pagar 
es, en los impuestos, asunto de tan gran importancia que, según creo, y a juzgar por l.i 
experiencia de todas las naciones, un grado muy considerable de desigualdad, no parece 
ser un mal tan grande como un pequeñísimo grado de ¡neertidumbre*.] 


314 



DE LOS IMPUESTOS 


la carga real que imponen. Es sorprendente, en consecuencia, que se 
encuentren entre los pueblos civilizados. 

Por regla general, todos los impuestos de capitación 6 , aun cuando 
no sean arbitrarios, que suelen serlo, pueden estimarse peligrosos. Por¬ 
que le resulta tan fácil al soberano añadir a la cantidad exigida un poco 
más, y un poco más, que tienden a convertirse por completo en opresi¬ 
vos e intolerables. Por otra parte, una carga sobre los bienes de consumo 
se controla a sí misma, y el príncipe no tardará en darse cuenta de que 
un aumento del impuesto no supone un aumento de lo que recauda. No 
es fácil, por tanto, que un pueblo se vea totalmente arruinado por tales 
impuestos. 

Los historiadores nos informan de que una de las causas de la des¬ 
trucción del Estado romano fue la alteración que Constantino introdujo 
en las finanzas al sustituir por un impuesto de capitación universal casi 
todos los diezmos, derechos de aduana e impuestos sobre el consumo 
que anteriormente constituían los ingresos del imperio 7 . En todas las 
provincias, los publicarlos acosaban con impuestos y oprimían a la gente 
hasta tal punto que ésta se alegraba de hallar refugio bajo las armas con¬ 
quistadoras de los bárbaros, cuya dominación, dado que tenían menos 
necesidades y menos arte, encontraba preferible a la refinada tiranía de 
los romanos. 

ü Es opinión que fomentan con gran celo algunos autores políticos 
que, dado que todos los impuestos, según ellos pretenden, recaen en 
última instancia sobre la tierra, sería preferible imponerlos allí desde 
el primer momento y abolir todos los gravámenes sobre los consumos. 
Pero no es cierto que todos los impuestos acaben incidiendo sobre la tie¬ 
rra. Si se impone una tasa sobre un bien que consume un artesano, tiene 
éste dos formas evidentes de hacer frente a su pago: puede reducir algo 
sus gastos o puede aumentar su trabajo. Ambos recursos son más natu¬ 
rales y fáciles de aplicar que el aumento de su salario. Vemos como, en 
años de escasez, el tejedor consume menos o trabaja más, o utiliza los 
dos recursos: el de la frugalidad y el de la laboriosidad, lo que le permi¬ 
te llegar hasta el final del año. No es sino justo que se someta a las mis¬ 
mas privaciones, si es que tal nombre merecen, en favor de lo público, 
que le ofrece protección. ¿Cómo se las apañará para elevar el precio de 


6. [Un impuesto de capitación (o impuesto per cápita) era una carga fiscal que se 
imponía a cada ciudadano de una comunidad con independencia de sus ingresos o pro¬ 
piedades.) 

7. Constantino («el Grande») fue emperador desde 306 a 337 de nuestra era. Ini- 
ttalmente compartió el poder. Pero, a partir de 324, ejerció el gobierno absoluto sobre 
un imperio unido. En The Decline and hall ofthe Román Empire [La decadencia y caída 
ileí imperio romano), cap. 17, Edward Gibbon expone la política fiscal de Constantino y 
mis consecuencias, basándose en los historiadores a los que alude Hume.) 


315 



ENSAYOS MORALES, POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE I 


su trabajo? El empresario de la manufactura que le da trabajo no le pa¬ 
gará más. Tampoco puede hacerlo, porque el mercader que exporta el 
paño no puede subir su precio, al estar limitado por el precio que ob¬ 
tiene en los mercados extranjeros. Cada cual, a buen seguro, desea li¬ 
berarse de la carga de cualquier impuesto y pasarla a otros. Pero como 
cada cual tiene la misma inclinación y está a la defensiva, no se presu¬ 
pone que ningún conjunto de personas prevalezca por completo en esta 
competición. Y no me resulta fácil imaginar que el caballero hacenda¬ 
do pueda ser la víctima de todo ello y no sea capaz de defenderse como 
los demás. Todos los comerciantes, verdaderamente, estarían dispues¬ 
tos a hacer presa de él y a repartirse su hacienda si pudieran. Pero esta 
inclinación la tendrían siempre, aunque no se cobraran impuestos, y los 
mismos métodos con los que se guarda de las imposiciones de los co¬ 
merciantes antes de los impuestos le servirán después, y harán que éstos 
compartan con él la carga. c Muy gravosos deberán ser los impuestos, y 
recaudados con gran falta de juicio, para que el artesano no pueda pa¬ 
garlos por sí mismo aumentando su laboriosidad y su frugalidad, sin ne¬ 
cesidad de aumentar el precio de su trabajo. 

Concluiré este tema observando que tenemos, por lo que a los im¬ 
puestos se refiere, un ejemplo de lo que con frecuencia acontece en las 
instituciones políticas: que las consecuencias de las cosas son diametral¬ 
mente opuestas de lo que a primera vista nos cabría esperar. Se consi¬ 
dera una máxima fundamental del gobierno turco que el Grand Sigttior , 
aun siendo dueño absoluto de la vida y hacienda de cada individuo, 
carece de autoridad para establecer nuevos impuestos, y todo príncipe 
otomano que lo ha intentado ha sido obligado a retractarse o se ha 
encontrado con los fatales efectos de su perseverancia. Cabría imaginar 
que ese prejuicio u opinión establecida fuese la barrera más firme del 
mundo contra la opresión. Lo cierto es, sin embargo, que su efecto es 
todo lo contrario. El emperador, al carecer de todo método regular 
para incrementar sus ingresos, tenía que permitir que todos los pachaes 
y gobernadores abusaran de sus súbditos y los oprimieran, y les sacaba 
luego a éstos lo recaudado. Mientras que, si pudiera imponer un nuevo 
impuesto, como nuestros príncipes europeos, su interés estaría unido 
hasta tal punto con el de su pueblo que inmediatamente se percataría 
de los malos efectos de estas indisciplinadas exacciones, y encontraría 
que una libra recaudada mediante un impuesto general tendría efectos 
menos perniciosos que un chelín obtenido de tan desigual y arbitraria 
manera. 


316 



IX 


DEL CRÉDITO PÚBLICO 


Parece haber sido práctica común de la Antigüedad aprovisionarse du¬ 
rante la paz para las necesidades de la guerra, y acumular tesoros de 
antemano como instrumentos para la conquista o para la defensa, sin 
confiar en los impuestos extraordinarios, y menos aún en los préstamos, 
en tiempos de desorden y confusión. Además de las inmensas sumas 
que mencionamos anteriormente 1 , que amasaron Atenas, los Tolomeos 
y otros sucesores de Alejandro, sabemos por Platón 2 que también los 
austeros lacedemonios habían acumulado un gran tesoro, y Arriano 3 
y Plutarco 4 dan cuenta de las grandes riquezas de las que se apoderó 
Alejandro en la conquista de Susa y Ecbatana, que en algunos casos se 
habían conservado desde los tiempos de Ciro. Si no recuerdo mal, la 
Biblia también menciona el tesoro de Ezequías y de los príncipes ju¬ 
díos 5 , del mismo modo que la historia profana menciona los de Filipo y 
Perseo, reyes de Macedonia. La antigua república de la Galia solía tener 
grandes sumas en reserva 6 . Todo el mundo conoce el gran tesoro del 
que Julio César se apoderó en Roma durante las guerras civiles 7 , y pos- 


1. Ensayo V, [«De la balanza comercial»».] 

2. Alcib. i. IAlcibiades , U22d-123b.] 

3. Lib. III. [Expedición de Alejandro, 3.16 y 19.] 

4. Plut. in vita Alex . [secs. 36 y 37]. Según Plutarco, estos tesoros ascendían a 
80.000 talentos, o unos 15 millones de libras esterlinas. Quinto Curcio (lib. V, cap. 2) dice 
que Alejandro encontró en Susa más de 50.000 talentos. 

5. [Cf. 2 Reyes 18, 15, y 2 Crónicas 32, 27-29.] 

6. Estrabón, lib. IV. [1.13 en la ed. Loeb.] 

7. [AJ terminar la guerra civil de 49-45 a.C., que concluyó con la derrota total de 
Pompcyo y de otros enemigos, Julio César se apoderó del tesoro de Roma, que consistía 
ni una enorme cantidad de lingotes de oro y plata y de otros objetos valiosos. Cf. Plutar¬ 
co, Vidas, en la vida de César, sec. 35.] 


317 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


tcriormente encontramos que los emperadores más prudentes, Augusto, 
Tiberio, Vespasiano, Severo, etc., siempre dieron muestras de previsión 
y ahorraron grandes sumas para hacer frente a cualquier contingencia 
pública. 

Por el contrario, nuestro recurso moderno, que se ha generalizado 
mucho, consiste en hipotecar los ingresos públicos y confiar en que la 
posteridad pague las deudas contraídas por sus predecesores. Y los su¬ 
cesores, que tienen ante sus ojos el sabio ejemplo de sus padres, tienen 
la misma prudente confianza en sus descendientes que, finalmente, más 
por necesidad que por elección, se ven obligados a poner su confianza 
en una nueva posteridad. Pero, para no perder tiempo clamando contra 
una práctica que se nos antoja ruinosa, a más allá de toda controversia, 
no parece caber duda de que las máximas antiguas son, a este respecto, 
más prudentes que la moderna, aunque a esta última se le hayan puesto 
algunos límites razonables y haya en todo caso ido unida a una cierta 
austeridad en tiempos de paz, con el fin de aligerar las deudas contraídas 
durante una costosa guerra. Pues, ¿por qué habría de ser tan diferente el 
caso de lo público y de lo individual como para hacer que establezcamos 
diferentes máximas de conducta en uno y otro caso? Si bien, en el caso 
de lo público, los fondos son mayores, también son proporcionalmentc 
mayores los gastos necesarios; si sus recursos son más cuantiosos, no 
son infinitos; y, como hay que calcular su marco para una duración nías 
larga que la de una vida individual, e incluso que la de una familia, de¬ 
berá atenerse a máximas de aplicación general, duraderas y generosas, 
acordes con lo supuestamente prolongado de su existencia. Confiar en 
el azar y en recursos temporales es, en verdad, lo que la necesidad suele 
hacer inevitable en los asuntos humanos. Pero, quienes voluntariamente 
dependen de tales recursos no han de acusar a la necesidad, sino a su 
propia insensatez, de las desgracias que puedan acontecerles 8 . 

Si los abusos de los tesoros son peligrosos, bien porque comprome¬ 
ten al Estado en empresas apresuradas, o porque hacen que descuide 
la disciplina militar, confiando en su riqueza, los abusos de la hipoteca 


8. [Hay que contemplar las reflexiones de Hume en este ensayo sobre el fondo de 
la controversia que se desarrolló en el siglo xvm respecto a si la deuda pública es benc 
ficiosa o perjudicial. El economista francés Melón* así como algunos en Gran Bretaña, 
argüían que la deuda nacional alimentaba al Estado* o que era un tesoro que enriquecía 
a la nación. Pero, para la mayor parte de los autores británicos, incluidos Hume y Ada ni 
Smith* la creciente deuda pública era alarmante. Véase Shutaro Matsuschita* The Eicon tt 
mic Effects of Public Debts , Columbia University Press: New York* 1929, cap. 1. Adani 
Smith desarrolla puntos de vista muy semejantes a los del ensayo de Hume, pero trun 
mayor detalle* en La riqueza de las naciones , libro 5, cap. 3. La postura de Hume sobre 
política fiscal la resume Rotwcin en Devid Hume: Writings ott Economías , pp. Ixxxm 
Ixxxviii.) 


318 



DEL CRÉDITO PÚBLICO 


conducen a males más ciertos e inevitables: pobreza, impotencia y so¬ 
metimiento a potencias extranjeras. 

De acuerdo con la política moderna, la guerra va unida a toda cla¬ 
se de circunstancias destructivas: pérdida de hombres, aumento de los 
impuestos, decaer del comercio, derroche de dinero y devastación por 
mar y tierra. Según las máximas antiguas, la apertura del tesoro público, 
al producir una afluencia del oro y la plata fuera de lo común, servía 
para estimular temporalmente la industria, y aliviaba, en cierto grado, 
las inevitables calamidades de la guerra. 

b Resulta muy tentador para un ministro el empleo de este recurso, 
que le permite quedar muy bien durante su administración, sin sobre¬ 
cargar al pueblo con impuestos ni suscitar protestas inmediatas. Por 
ello, casi infaliblemente, todos los gobiernos abusan de la práctica de 
contraer deuda. Apenas sería más imprudente abrir a un hijo pródigo un 
crédito en cada oficina bancaria de Londres que autorizar a un estadista 
crear, de este modo, compromisos de pago para la posteridad. 

¿Qué diremos entonces respecto a esta nueva paradoja, según la 
cual las cargas públicas son, de por sí, ventajosas, con independencia 
de la necesidad de crearlas, y un Estado, aunque no se vea presionado 
por un enemigo exterior, no puede adoptar un recurso más inteligente, 
para fomentar el comercio y la riqueza, que crear sin limitación fondos, 
deudas e impuestos? Los razonamientos de esta clase podrían pasar por 
pruebas de ingenio entre retóricos, como los panegíricos de la locura 
y el delirio, o los de Busiris y Nerón, si no fuera porque hemos visto 
entre nosotros a grandes ministros 9 , y a todo un partido, defender tan 
absurdas máximas 0 . 


9. (Este pasaje trata de ser una crítica dirigida contra sir Robcrt Walpole, que des¬ 
empeñó un papel principal en la Cámara de los (Comunes, desde su elección en 1701 hasta 
mi dimisión, como «Primer Ministro», en 1742, y del partido whig que le dio su apoyo. 
El intento de Hume está algo más claro en un pasaje que se omite en esta versión del en¬ 
rayo (véase la referencia a «lord Orford* en la nota c de la variante textual. Walpole fue 
convertido en primer conde de Orford en 1742). Adam Smith hace una paráfrasis muy 
aproximada de este pasaje omitido: «Con el fin de detener este clamor, sir Robcrt Walpole 
te esforzó en demostrar que la deuda pública no representaba ningún inconveniente, 
.itinque cabe suponer que un hombre de su talento estaba convencido de lo contrario» 
(/ etters ort Jurisprudetice , London: Oxford University Press, 1978; Indianapolis: Liberty 
(lassics, 1982, p. 515). En 1717, Walpole jugó un papel decisivo en el establecimiento de 
mt fondo de amortización para redimir el principal de la deuda nacional, y esta política 
consiguió por lo menos un éxito parcial en la década siguiente. Sin embargo, en 1733, 
Walpole insistió en que el parlamento tomara dinero del fondo de amortización para 
•Hender gastos corrientes, con el argumento de que esto supondría una carga menor para 
el país que subir la contribución territorial rústica. Se opusieron a esta medida quienes 
consideraban que el fondo de amortización era «una bendición sagrada» y «la última cs- 
pnan/a de la nación». En los años siguientes, durante el ministerio de Walpole, se siguió 
mirando dinero del fondo de amortización de manera regular. Cf. Norris A. Brisco, The 


319 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


Examinemos las consecuencias de la deuda publica, tanto en la ad¬ 
ministración interior, por su influencia sobre el comercio y la industria, 
como en las transacciones exteriores, por su efecto sobre las guerras y 
las negociaciones* 1 . 

Los valores públicos se han convertido para nosotros en una especie 
de dinero, y se transfieren a su precio corriente con tanta facilidad como 
el oro y la plata. Siempre que se ofrece la oportunidad de una empresa 
rentable, por costosa que sea, nunca faltan manos suficientes para em¬ 
prenderla, y un comerciante que tenga sumas invertidas en deuda públi¬ 
ca no dudará en lanzarse a las aventuras comerciales más ambiciosas, ya 
que posee fondos con los que responder a las más urgentes demandas 
que puedan presentársele. Ningún comerciante cree necesario guardar 
consigo grandes sumas en dinero contante. Las acciones de los bancos o 
los bonos de India 10 sirven para el mismo fin, sobre todo estos últimos, 
porque puede disponer de ellos, o cederlos en garantía a un banco, en 
un cuarto de hora. Y, al mismo tiempo, no están ociosos aunque los 
tenga guardados en su escritorio, sino que le proporcionan una renta 
constante. En resumen: nuestra deuda nacional proporciona a nuestros 
comerciantes una especie de dinero, que continuamente se multiplica 
en sus manos y produce una ganancia segura, además de los beneficios 
de su actividad comercial. Esto les permite trabajar con márgenes más 
reducidos, y esta reducción abarata la mercancía, da origen a un mayor 
consumo, estimula el trabajo del pueblo común y contribuye a difundir 
las artes y oficios y la industria por toda la sociedad. 

Podemos observar que existe en Inglaterra y en otros Estados que 
tienen también comercio y deuda pública, un conjunto de hombres que 
son medio comerciantes medio accionistas, y que pueden estar dispues¬ 
tos a comerciar con beneficios reducidos, porque el comercio no es su 
único sostén, y los ingresos que les proporcionan los fondos constituyen 
un seguro recurso para ellos y sus familias. Si no existieran los fondos, 
los grandes comerciantes no tendrían más recurso para realizar o ase- 
gurar una parte de sus beneficios que adquirir tierras, y la tierra tiene 
muchas desventajas en comparación con los fondos. Al requerir más 
cuidados y vigilancia, divide el tiempo y la atención de los comercian 
tes; al recibir un comerciante una oferta tentadora, o al producirse un 
incidente extraordinario en su actividad, no le resulta tan fácil con ver- 


Economic Policy of Robert Walpole , New York: AMS Press, 1967, cap. 2. En este pusuic, 
Hume sugiere que la justificación que ofrece Walpole para proseguir con la deuda es tan 
falaz como los discursos en elogio de los tiranos (Busiris, según la mitología griega, fue un 
cruel rey egipcio) o de otras cosas condenables.] 

10. [Probablemente Hume se refiere a acciones del capital de la Compañía de l.< 
India Oriental británica.] 


320 



DEL CRÉDITO PÚBLICO 


tirla en dinero; y, como atrae demasiado, tanto por ios placeres natu¬ 
rales que ofrece como por la autoridad que otorga, pronto convierte al 
ciudadano en un caballero rural. Son más, en consecuencia, los hombres 
que naturalmente se supone que, disponiendo de gran cantidad de va¬ 
lores y rentas, prosiguen su actividad comercial allí donde existe deuda 
pública, lo cual, hay que conceder, supone alguna ventaja para el co¬ 
mercio, al disminuir sus beneficios, promover la circulación y estimular 
la industria'. 

Mas, en oposición a estas dos circunstancias favorables, que quizá 
no tengan muy grande importancia, pesan las muchas desventajas que 
van unidas a nuestra deuda pública en el conjunto de la economía in¬ 
terior del Estado. No se hallará comparación entre lo perjudicial y lo 
beneficioso que de ella se deriva. 

En primer lugar , es cierto que la deuda nacional hace confluir en la 
capital a enorme cantidad de gente y de riqueza, debido a las grandes 
sumas que se recaudan en las provincias para pagar el interés, y quizá 
también por las ventajas en el comercio, antes mencionadas, que otorga 
a los comerciantes de la capital sobre los del resto del reino. La cuestión 
es, en nuestro caso, si favorece el interés público que se concedan tantos 
privilegios a Londres, que ha alcanzado ya tan enormes dimensiones y 
parece seguir creciendo todavía. Hay quienes temen las consecuencias. 
Por mi parte no puedo dejar de pensar que, aunque la cabeza es sin duda 
demasiado grande para el cuerpo, esa gran ciudad está tan bien situada, 
que su excesivo tamaño causa menos inconvenientes que una capital 
más pequeña para un reino mayor. Existe mayor diferencia en los pre¬ 
cios de todas las provisiones entre París y Languedoc que entre Londres 
y Yorkshire. r De hecho, el inmenso tamaño de Londres, con una forma 
de gobierno que no admite el poder discrecional, hace que la gente sea 
facciosa, levantisca, sediciosa y hasta puede que rebelde. Pero incluso 
para estos males tiende a proporcionar un remedio la propia deuda 
nacional. La primera erupción visible de desórdenes públicos, o incluso 
su peligro inmediato, hará que todos los accionistas y tenedores de valo¬ 
res, cuya propiedad es la más precaria, se apresuren a apoyar al gobier¬ 
no, amenazado por la violencia jacobita 11 o por el frenesí democrático. 

En segundo lugar ; los valores públicos, al ser una especie de papel- 
crédito, tienen todas las desventajas que van unidas a esa clase de dinero. 
I )estierran el oro y la plata de la mayor parte del comercio del Estado, 

11. [Los jacobitas eran los partidarios de la causa de los Estuardo después de la re¬ 
volución de 1688. En 1715 hubo un levantamiento jacobita en apoyo de jacobo Eduardo 
Ktnardo, el «Viejo Pretendiente», y en 1745 se produjo otro en apoyo de Carlos Eduar¬ 
do Estuardo, el «Joven Pretendiente». El sentir jacobita era esencialmente intenso en las 
I ierras Altas escocesas.) 


321 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


los reducen a la circulación común y hacen, de ese modo, que las pro¬ 
visiones y el trabajo resulten más caros de lo que serían de otro modo 8 . 

En tercer lugar , los impuestos que se recaudan para pagar los in¬ 
tereses de la deuda h tienden a elevar el precio de la mano de obra o a 
convertirse en opresión para la clase más pobre. 

En cuarto lugar ; dado que una gran parte de nuestros fondos está en 
manos de extranjeros, lo público se convierte en cierto modo en tributa¬ 
rio de éstos, y puede que, con el tiempo, se dé lugar al desplazamiento 
de nuestra población y de nuestra industria. 

En quinto lugar y al estar la mayor parte de los valores públicos en 
manos de gente ociosa, que vive de sus rentas, nuestros fondos, desde 
esta perspectiva, estimulan en gran manera una forma de vida inútil e 
inactiva. 

Pero, aunque el daño que los fondos públicos causan al comercio 
y la industria, en una ponderación de conjunto, no carece de conside¬ 
ración, resulta trivial en comparación con el perjuicio que de ellos se 
deriva para el Estado en cuanto cuerpo político que debe mantenerse 
en el seno de la sociedad de las naciones y que tiene transacciones con 
otros Estados, en las guerras y en las negociaciones. El mal es en este 
caso puro, sin mezcla, y sin ventaja alguna que lo atenúe, además de 
suponer un daño de la índole más importante. 

Se nos ha dicho, de hecho, que el Estado no se debilita a conse¬ 
cuencia de sus deudas, ya que éstas se contraen en su mayor parte entre 
nosotros, y aportan a uno la misma cantidad de propiedad que toman 
de otro. Es como transferir dinero de la mano derecha a la izquierda, lo 
que deja a la persona ni más rica ni más pobre que antes 12 . Estos razona¬ 
mientos tan imprecisos y estas comparaciones tan especiosas se aceptan 
siempre cuando no juzgamos las cosas sobre la base de principios. Yo 
pregunto: ¿es posible, dentro de la naturaleza de las cosas, sobrecargar 
a una nación con impuestos, incluso donde el soberano reside entre sik 
súbditos? La duda misma parece extravagante ya que es necesario, en 
toda comunidad, que exista una cierta proporción entre su parte labo¬ 
riosa y su parte ociosa. Pero, si se suprimen todos nuestros impuestos 
actuales, ¿no inventaremos otros nuevos? ¿Y no puede esta cuestión 
llevarse a tal extremo que resulte ruinosa y destructiva? 

En todos los países existen siempre algunos métodos de recaud.ii 
impuestos más fáciles que otros, de acuerdo con el modo de vida de 
la gente y los productos que utilicen. En Gran Bretaña, los impuestos 


12. [Véase Melón, Essai politique sur ie commerce , cap. 23: «Las deudas del 1’st.uln 
son las deudas de la mano derecha con la izquierda, con las que no se debilita el uivijhi 
en absoluto, si tiene suficiente cantidad de alimento, y si sabe distribuir esas (deudas | 
Citado en Matsushita, The Econamic Effects of Public Debts, p. 20. | 


322 



DEL CRÉDITO PÚBLICO 


sobre la malta y la cerveza permiten un ingreso considerable, porque 
las operaciones de maltear y fabricar cerveza son tediosas y resultan 
difíciles de ocultar; y, al mismo tiempo, estos productos no son tan ab¬ 
solutamente necesarios para la vida como para que su subida de precio 
afecte a la clase pobre. Si todos estos impuesto se suprimieran, iqué di¬ 
fícil sería inventar otros nuevos! ¡Qué irritación y qué ruina produciría 
entre los pobres! 

Las tasas sobre el consumo son más igualitarias y fáciles que las 
tasas sobre la propiedad. ¡Qué pérdida para la hacienda pública que se 
supriman todas las primeras y que tengamos que recurrir a métodos más 
penosos de exacción! 

Si todos los propietarios de tierras fueran administradores de la ha¬ 
cienda pública, <no Ies obligaría la necesidad a practicar todas las artes 
de la opresión que utilizan los administradores, cuando la ausencia o la 
negligencia de los propietarios pone a éstos a salvo de las averiguaciones? 

Difícilmente se afirmará que no deberían ponerse nunca límites a la 
deuda nacional, y que la comunidad en general no se debilitaría en el 
caso de que doce o quince chelines de cada libra fueran impuesto terri¬ 
torial, con todos los derechos y exacciones actuales. Hay por lo tanto 
en este asunto algo más que la mera transferencia de propiedad de una 
mano a otra. Dentro de quinientos años es probable que hayan inter¬ 
cambiado sus sitios los descendientes de quienes hoy se sientan dentro 
de los coches y de quienes ocupan el pescante, sin que estas revolucio¬ 
nes afecten al Estado en general. 

Supongamos que se ha llevado al Estado verdaderamente a la situa¬ 
ción a la que se está acercando con tan sorprendente rapidez; suponga¬ 
mos que se carga la tierra con un impuesto de dieciocho o diecinueve 
chelines por libra, ya que nunca podrá soportar el total de veinte che¬ 
lines; supongamos que las exacciones y derechos se elevan al máximo 
que la nación pueda soportar sin perder por completo su comercio y su 
industria, y supongamos que todos esos fondos se hipotecan a perpetui¬ 
dad, y que la inventiva y el ingenio de quienes hacen nuestros proyectos 
no puede encontrar ninguna imposición nueva que pueda servir de base 
para un nuevo préstamo, y consideremos las necesarias consecuencias 
de esta situación. Aunque el imperfecto estado de nuestros conocimien¬ 
tos políticos, y la limitada capacidad humana, hacen difícil predecir los 
efectos que pueden derivarse de una medida no probada, las semillas de 
la ruina se habrán sembrado aquí con tanta profusión que no pueden 
pasar inadvertidas a la mirada del observador más descuidado. 

En este antinatural estado de la sociedad, las únicas personas que 
poseen unos ingresos al margen de los efectos inmediatos de su activi¬ 
dad son los tenedores de valores, que se embolsan casi la totalidad de la 
l enta de la tierra y los inmuebles, además del producto de los derechos 


323 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


de aduana y exacciones. Se trata de personas que no tienen ninguna re¬ 
lación con el Estado, que pueden disfrutar de sus ingresos en cualquier 
parte del globo en la que decidan residir, que por lo general se recluyen 
en la capital o en grandes ciudades y se hunden en el letargo de un lujo 
estúpido que cuidan con esmero, sin espíritu, ambición ni gozo. Adiós 
a toda idea de aristocracia, nobleza y familia. Los valores se transfieren 
en un instante y al ser su estado tan cambiante, rara vez se transmiten 
de padre a hijo durante tres generaciones. O, en caso de que permane¬ 
cieran tanto tiempo en manos de una misma familia, no otorgan a su 
poseedor ninguna autoridad ni crédito hereditario y, de este modo, se 
pierden por completo las diversas categorías de hombres que constitu¬ 
yen en un Estado una especie de magistratura independiente, instituida 
por la mano de la naturaleza, y todos cuantos están revestidos de auto¬ 
ridad derivan su influencia únicamente del nombramiento que reciben 
del soberano. No queda otro recurso para prevenir las insurrecciones 
o para acabar con ellas que los ejércitos mercenarios. Ni queda recurso 
alguno para resistirse a la tiranía. Las elecciones están únicamente a 
merced del soborno y la corrupción y, al haberse suprimido totalmente 
el poder intermedio entre el rey y el pueblo, tiene que prevalecer infa¬ 
liblemente un cruel despotismo. Los terratenientes, despreciados por 
su pobreza y odiados por la opresión que ejercen, serán por completo 
incapaces de oponerse a él. 

Aunque el poder legislativo adopte la decisión de no aprobar nunca 
ningún impuesto que dañe al comercio y desanime a la industria será 
imposible que, en temas tan extraordinariamente delicados, los hom¬ 
bres razonen con tal acierto que nunca puedan equivocarse, o que no se 
dejen seducir, apartándose de su resolución en medio de circunstancias 
tan apremiantes. Las continuas fluctuaciones que se producen en el co¬ 
mercio requieren continuas modificaciones de la naturaleza de los im¬ 
puestos, lo que expone a los legisladores, en todo momento, al peligro 
de errores voluntarios e involuntarios. Y todo golpe importante que se 
descargue contra el comercio, ya sea mediante impuestos poco juiciosos 
o mediante cualquier otra traba, crea confusión en todo el sistema de 
gobierno. 

Ahora bien, ¿qué recurso puede utilizar el Estado, incluso suponicn 
do que el comercio siga siendo floreciente, para sostener sus guerras y 
empresas exteriores y para defender su honor y sus intereses o los de 
sus aliados? Y no pregunto cómo va el Estado a ejercer un poder tan 
prodigioso como el que ha mantenido durante las últimas guerras, en 
las que tanto hemos excedido no sólo nuestra propia fortaleza natural, 
sino también la de los mayores imperios. Este despilfarro es el abuso del 
que nos quejamos, considerando que es la fuente de todos los peligros 
a los que nos exponemos en la actualidad. Pero, como debemos supo 


324 



DEL CRÉDITO PÚBLICO 


ner todavía que seguirá existiendo una gran actividad comercial y una 
gran opulencia incluso después de que se hayan hipotecado todos los 
fondos, esta riqueza tiene que ser defendida con un poder proporcional 
y, ¿de dónde sacará la hacienda pública los ingresos que la sostengan? 
Claramente tendrá que ser a base de seguir cobrando impuestos a los 
rentistas o, lo que viene a ser lo mismo, hipotecando de nuevo, en cada 
situación de emergencia, una parte de las rentas anuales 13 , haciendo de 
ese modo que los contribuyentes participen en su propia defensa y en la 
de la nación. Pero las dificultades a las que va unido este sistema político 
aparecerán fácilmente si suponemos que el rey se ha convertido en amo 
absoluto o que sigue estando controlado por consejos nacionales en los 
que los rentistas tienen necesariamente la mayor influencia. 

Si el príncipe se ha convertido en absoluto, como cabe esperar a 
partir de esta situación, le será fácil incrementar sus exacciones a cos¬ 
ta de los rentistas, lo que supone únicamente retener el dinero en sus 
manos, de modo que esta forma de propiedad pierda todo su crédito y 
todos los ingresos de cada individuo del Estado queden por completo a 
merced del soberano. Un grado de despotismo que jamás ha alcanzado 
ninguna monarquía oriental. Si, por el contrario, se requiere el consen¬ 
timiento de los rentistas para cada impuesto, nunca se les convencerá 
para que contribuyan suficientemente siquiera al sostenimiento del Es¬ 
tado, ya que la disminución de sus ingresos ha de ser en ese caso muy 
sensible, no podría disimularse bajo la apariencia de impuestos de con¬ 
sumo o aduanas, y no sería compartida por ninguna de las otras clases 
tlel Estado, que se supone que pagan ya el máximo de impuestos. Hay 
casos, en algunas repúblicas, en los que se da un centésimo, o incluso 
un cincuentavo, para el sostenimiento del Estado. Pero se trata siempre 
de un ejercicio extraordinario del poder, y nunca puede llegar a ser la 
base de una defensa nacional constante. Siempre hemos encontrado que 
cuando un gobierno ha hipotecado todos sus ingresos cae necesaria¬ 
mente en un estado de languidez, inactividad e impotencia. 

Tales son los inconvenientes que razonablemente pueden preverse 
de esta situación a la que Gran Bretaña visiblemente tiende. Por no ha¬ 
blar de los innumerables inconvenientes que se derivan de una situación 
lan monstruosa como la de convertir al Estado en el principal o el único 
propietario de la tierra, además de establecer toda clase de impuestos 

13. [Adam Smith describe los distintos métodos de empréstito utilizados por el go* 
Imrno británico en el siglo xvill. Entre ellos se cuentan la renta perpetua equivalente al 
interés, que el gobierno podía redimir en todo momento reembolsando el principal de la 
• .unidad prestada. Este modo de conseguir dinero se conocía como financiación perpetua 
o. más sencillamente, como financiación. Otros tipos de renta tenían un plazo fijo, o se 
prolongaban durante la vida del prestador. Cf. La riqueza de las naciones , libro 5, cap. 3.) 


325 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


de consumo y aduanas que la fértil imaginación de nuestros ministros y 
planificadores haya sido capaz de inventar. 

Debo confesar que existe, respecto a la deuda pública, una extraña 
indolencia, derivada de la prolongada costumbre y que afecta a toda 
clase de personas. No difiere de lo que los clérigos afirman con vehe¬ 
mencia en relación con sus doctrinas religiosas. Todos pensamos que 
ni la imaginación más optimista puede esperar que este o aquel futuro 
ministro sea de una austeridad tan rígida y constante como para con¬ 
seguir un considerable progreso en el pago de nuestra deuda pública, o 
que la situación de los asuntos exteriores le permita, durante un largo 
período, tener el tiempo y la tranquilidad necesarios para intentarlo 1 . 
¿Qué será por tanto de nosotros? Si fuéramos buenos cristianos y confiᬠ
ramos tan resignadamente en la Providencia, ésta, me parece, sería una 
curiosa pregunta, incluso considerándola una pregunta especulativa, y 
de la que tal vez no sería imposible alguna conjetura de solución. Los 
hechos, en tal caso, dependerían en escasa medida de las contingencias 
de las batallas, negociaciones, intrigas y facciones. Parece existir un pro¬ 
greso natural de las cosas que puede orientar nuestro razonamiento. Del 
mismo modo que no habría requerido más que una moderada dosis de 
prudencia, cuando empezamos esta práctica de la hipoteca, haber pre¬ 
visto, dada la naturaleza de los hombres y de los ministros, que las cosas 
llegarían tan lejos como vemos, ahora que finalmente lo hemos podido 
comprobar puede no ser difícil calcular las consecuencias. Estas, en ri¬ 
gor, tienen que desembocar en dos hechos: o bien la nación destruye el 
crédito, o el crédito acabará destruyendo la nación. Es imposible que 
puedan subsistir ambos, tal como hasta ahora se han gestionado, en éste 
como en otros países. 

Existía de hecho un plan para el pago de nuestra deuda, propuesto 
por un excelente ciudadano, el señor Hutchinson H , hace más de trein¬ 
ta años, y que gozó de gran aprobación por parte de algunos hombres 
sensatos, pero que nunca tuvo probabilidades de ponerse en práctica, 
Afirmaba que era una falacia imaginar que el Estado tenía esta deuda, 
porque en realidad cada individuo debía una parte proporcional y paga 
ba, con sus impuestos, una parte proporcional de los intereses, ademas 
de los gastos para recaudar estos impuestos. <No habría sido preferible 
entonces, dice, que hiciéramos una distribución de la deuda entre no 
sotros, y que cada cual contribuyera con una suma adecuada a su patn 
monio, liberando de una vez, de ese modo, todos los fondos e hipotecas 
públicas? No parece haber considerado que los trabajadores pobres p.i 
gan una parte considerable de los impuestos por medio de su consumo 

14. (Archibald Hutcheson, A Collectian ofTreatises Relating to the National /><*/»/• 
and Fund$ (1721).] 


326 



DEL CRÉDITO PÚBLICO 


anual, aunque no podrían adelantar de una vez una parte proporcional 
de la suma requerida. Por no mencionar que la propiedad en dinero y 
las mercancías del comercio podrían ocultarse o disimularse fácilmente, 
y que la propiedad visible, constituida por tierras e inmuebles, acaba¬ 
rían en realidad por responder por el total. Esto supone una desigual¬ 
dad y opresión a la que nunca debería sometérsenos. Pero, aunque no 
es probable que este proyecto se lleve a cabo, no es del todo improba¬ 
ble que, cuando la nación esté harta de la deuda y sufra su cruel opre¬ 
sión, surja algún audaz planificador con unos planes visionarios para la 
liberación. Y, como el crédito público, para entonces, empezará a ser un 
poco frágil, se destruirá en cuanto se toque, como ocurrió en Francia 
durante la regencia 15 , con lo que habrá perecido a manos del médico v . 

Pero es más probable que la quiebra de la fe nacional sea el efecto 
necesario de las guerras, derrotas, desgracias y calamidades públicas, o 
tal vez, incluso, de las victorias y conquistas. Debo confesar que cuando 
veo a príncipes y Estados luchando y peleándose en medio de sus deu¬ 
das, fondos e hipotecas públicas, siempre se me viene a la mente una 
batalla de porras en una tienda china. ¿Cómo cabe esperar que los sobe¬ 
ranos eximan a una clase de propiedad que es perniciosa para ellos mis¬ 
mos y para la sociedad, cuando tienen tan poca compasión con las vidas 
y las propiedades que son tan útiles para ambos? Dejemos que llegue 
el momento (que sin duda llegará) en que los nuevos fondos, creados 
para atender a las necesidades del año, no se suscriban, y no permitan 
conseguir el dinero que se proyectaba. Supongamos que se ha agotado 
el dinero contante del país, o que empieza a faltarnos la fe tan amplia 
que hasta entonces habíamos tenido. Supongamos que, en esta situación 
apurada, la nación está amenazada de invasión, que se sospecha una 
rebelión interior, o que ésta ha estallado, que no puede equiparse un 
escuadrón por falta de dinero para la paga, el avituallamiento o las re¬ 
paraciones, o que incluso no puede anticiparse un subsidio extranjero. 
(Qué puede hacer un príncipe o un ministro en semejante emergencia? 
El derecho a la autopreservación es inalienable en todo individuo; tanto 
más en toda comunidad 16 . Y la locura de nuestros estadistas tiene que 


15. [El período comprendido entre 1643 y 1661, a comienzos del reinado de 
1 iiis XIV, en el que la responsabilidad del gobierno de Francia estuvo principalmente en 
manos del cardenal Mazarino.) 

16. |AI hablar del derecho a la autopreservación (véase también el Tratado de la na¬ 
turaleza humana , 3.2.10) nos trae Hume a la memoria el pensamiento político de Thomas 
I lobhcs y de John Locke, así como posteriores formulaciones, tales como la Declaración 
«Ir Independencia norteamericana. Sin embargo. Hume se opone en general a la tradición 
hohhcsiana, negando que el deseo de autopreservación sea la pasión fundamental, con 
i Herencia a la cual hay que entender la vida moral y política del hombre. De manera 
explícita critica el «sistema egoísta de la moral» de Hobbes y Locke {Investigación sobre 


327 



ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


ser mayor que la locura de quienes fueron los primeros en contraer 
deudas o, lo que es más, que la locura de quienes han confiado, y siguen 
confiando, en esta seguridad, si estos estadistas tienen en sus manos los 
medios para conseguir esta seguridad y no los emplean. Para enton¬ 
ces, los fondos creados e hipotecados proporcionarán grandes ingresos 
anuales, suficientes para la defensa y la seguridad de la nación. El di¬ 
nero se encuentra quizá en el Tesoro Público, listo para dar solución a 
los intereses encontrados; la necesidad clama, el miedo urge, la razón 
exhorta, la compasión se limita a exclamar. Se toma inmediatamente 
el dinero para los gastos corrientes, con solemnes protestas, quizá, de 
reemplazarlo en seguida. Pero no se requiere nada más. Toda la estruc¬ 
tura, que ya se tambalea, se desploma y entierra a miles bajo sus ruinas. 
Y a esto, creo yo, puede llamársele muerte natural del crédito público, 
ya que, cuando llega este momento, tiende de manera natural, como un 
cuerpo animal, a su disolución y destrucción. 

Tan ingenuos son por lo general los seres humanos que, a pesar de 
la conmoción tan violenta para el crédito público como la que causaría 
en Inglaterra una bancarrota voluntaria, probablemente no tardaría éste 
en recuperar una situación tan floreciente como la de antes. En el curso 
de la última guerra, el actual rey de Francia 17 obtuvo préstamos a un 
interés más bajo del que jamás consiguiera su abuelo, y tan bajo como 
el obtenido por el parlamento británico comparando la tasa de interés 
natural en ambos reinos. Y, aunque los hombres suelen dejarse gobernar 
más por lo que han visto que por lo que prevén con cualquier grado 
de certeza, las promesas, las protestas, las buenas apariencias, con el 
aliciente del interés actual, ejercen sin embargo tan poderosa influenci.i 
que pocos son capaces de resistirse a ella. En todas las edades, la huma¬ 
nidad muerde los mismos cebos. La gente se deja atrapar por los mismos 
trucos, repetidos una y otra vez. Las cumbres de la popularidad y la 
exaltación del patriotismo constituyen la transitada vía hacia el poder y 
la tiranía; la adulación es la vía de la traición; los ejércitos permanentes 
llevan al gobierno arbitrario, y la gloria de Dios al interés temporal del 
clero. El miedo a la permanente destrucción del crédito, si es que se 


los principios de la moral , Ap. 2), y hace hincapié en que las pasiones desinteresada* 
superan a menudo a las interesadas. Es verdad que todas las criaturas, incluidos los luí 
manos, realizan acciones que tienden a la preservación propia ( Tratado , 1.3.16), que -el 
amor a la vida» es uno de los instintos implantados originalmente en nuestra natura Ir /.» 
(Tratado , 2.3.3), y que sentimos un natural «horror a la muerte» (véase más ahajo -Del 
suicidio», pp. 493-502). No obstante. Hume presta escasa atención al instinto, y no afirma 
que domine a las otras pasiones. A diferencia de Hobbes, Hume reconoce la nobleza d« I 
valor y del autosacrificio por los demás. También reconoce el derecho al suicidio cuando 
la vida se convierte en una carga.] 

17. [Luis XV, durante la guerra de sucesión austríaca.) 


328 



DEL CRÉDITO PÚBLICO 


considera un mal, es una innecesaria pesadilla. En realidad, una persona 
prudente prestaría dinero al Estado inmediatamente después de que ha¬ 
yamos reducido un tanto la deuda, en vez de hacerlo actualmente. Del 
mismo modo que un bribón rico, aunque no pueda obligársele a pagar, 
es preferible como deudor a una persona honrada pero insolvente. Para 
poder seguir adelante con su negocio, el primero puede considerar que 
va en su interés pagar sus deudas, cuando no son exorbitantes, mientras 
que el segundo no puede pagar aunque quiera. El razonamiento de Tᬠ
cito 18 , al ser eternamente verdadero, es muy aplicable al caso que nos 
ocupa. Sed vulgus ad magnitudinem beneficiorum aderat: stultissimus 
quisque pecuttiis mercabatur: apud sapientes cassa habebantur, quae ñe¬ 
que dari ñeque accipi, salva república , poterant . El Estado es un deudor 
al que nadie puede obligar a pagar. El único control que tienen sobre él 
los acreedores es el interés en conservar el crédito, un interés que puede 
verse fácilmente superado por una gran deuda y por una emergencia 
difícil y extraordinaria, incluso suponiendo ese crédito irrecuperable. 
Por no mencionar que una necesidad presente obliga a menudo a los 
Estados a adoptar medidas que en rigor van en contra de sus intereses. 

Los dos casos mencionados son calamitosos, pero no lo son al máxi¬ 
mo. En ellos se sacrifica a miles por la seguridad de millones. Pero no 
están exentos del peligro de que se pueda producir el caso contrario y 
que pueda sacrificarse para siempre a millones para la seguridad tem¬ 
poral de miles 19 . Nuestra forma popular de gobierno tal vez haga difícil 
o peligroso para un ministro arriesgarse a un recurso tan desesperado 
como el de la bancarrota voluntaria. Aunque la Cámara de los Lores 
esté compuesta totalmente por propietarios de tierras, y la Cámara de 


18. [Tácito, Historias , ed. de J. L. Moralcjo, Madrid: Akal, 1990, libro III, 55, 
I 209: «Sin embargo, el vulgo abría la boca ansioso ante la magnitud de los favores 
otorgados. Los más necios los compraban por dinero, la gente sensata tenía por carente 
tic valor lo que no se podía dar ni recibir sin daño de la república»*. Tácito comenta aquí 
los esfuerzos del emperador Vitclio, en 69 d.C., por granjearse el favor del pueblo en su 
t'.icasada lucha contra Vespasiano. Es sorprendente que Hume se refiera al razonamiento 
tic Tácito como «eternamente verdadero».] 

19. He oído que se ha calculado que todos los acreedores de la Hacienda Pública, 
nacionales y extranjeros, son solamente 17.000. Esto les proporciona ahora el prestigio de 
sus ingresos. Pero, en el caso de una bancarrota pública, se convertirían instantáneamente 
r» las personas más inferiores y desgraciadas. La dignidad y autoridad de la aristocracia 
y la pequeña nobleza terrateniente están mejor fundadas, y harían muy desigual la liza si 
-v llegara alguna vez a ese extremo. Nos inclinaríamos por fijar para este acontecimiento 
un plazo muy cercano, tal como el de medio siglo, de no ser porque las profecías de esta 
i :.isc que hicieron nuestros padres han resultado fallidas, dada la perpetuación de nuestro 
• edito público más allá de toda expectativa razonable. Cuando en Francia los astrólogos 
l«rdccían cada año la muerte de Enrique IV, comentó éste: Estos individuos acabarán 
!*tr tener razón. Debemos por tanto ser más cautos y no hablar de una fecha precisa, sino 
comentarnos con señalar el hecho en general. 


329 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


los Comunes lo esté principalmente, por lo que cabe suponer que nin¬ 
guno de los miembros de ambas cámaras tiene una gran inversión en 
fondos públicos. Sin embargo, las relaciones de estos miembros con 
propietarios de estos valores pueden ser tan intensas como para con¬ 
vertirlos en defensores más tenaces de la fe pública de lo que la pru¬ 
dencia, la política, e incluso la justicia, en sentido estricto, requieren. Y 
puede también que nuestros enemigos extranjeros"' tengan tal sentido 
político como para descubrir que nuestra seguridad está en un estado 
desesperado, y en consecuencia no muestren el peligro, abiertamente y 
a cara descubierta, hasta que sea inevitable. El equilibrio del poder en 
Europa, nuestros abuelos, nuestros padres y nosotros lo hemos juzgado 
demasiado desigual como para que se conserve sin nuestra atención y 
asistencia. Pero nuestros hijos, cansados de la lucha y llenos de cargas, 
puede que se sientan seguros y contemplen cómo sus vecinos son opri¬ 
midos y conquistados, hasta que finalmente ellos mismos, y sus acree¬ 
dores, estén a merced de los conquistadores. Y esto, en rigor, puede 
denominarse la muerte violenta de nuestro crédito público. 

Estos parecen ser los acontecimientos, que no están muy lejos, y 
que la razón prevé con tanta claridad como puede preverse cualquier 
cosa que el tiempo lleve en su seno. Y, aunque los antiguos sostenían 
que, para alcanzar el don de la profecía, se necesitaba una cierta furia 
o locura divina, puede afirmarse sin temor a error que, para dar a co¬ 
nocer profecías como éstas, sólo se necesita sensatez, y estar libres de la 
influencia de la locura y las ilusiones populares. 


330 



X 


DE ALGUNAS COSTUMBRES NOTABLES 


Observaré tres notables costumbres en tres notables formas de gobierno, 
y concluiré de todo ello que, en política, todas las máximas generales 
deberían establecerse con gran cautela, y que con frecuencia se descu¬ 
bren, en el mundo moral tanto como en el mundo físico, fenómenos 
irregulares y extraordinarios. Los primeros tal vez podemos explicarlos 
mejor, una vez que se han producido, a partir de resortes y principios de 
los que cada cual, dentro de sí o por observación, tiene la mayor seguri¬ 
dad y convicción. Pero suele ser por completo imposible para la humana 
prudencia, preverlos y predecirlos de antemano. 

I. Se consideraría esencial, para todo consejo supremo o asamblea 
en los que se debate, que se garantizase a todos sus miembros la total li¬ 
bertad de palabra, y que se sometieran a discusión todas las mociones o 
razonamientos que de algún modo tiendan a ilustrar la cuestión sobre la 
que se esté deliberando. Aún con mayor seguridad concluiríamos que, 
una vez presentada, discutida y aprobada una moción por la asamblea 
en la que reside el poder legislativo, el miembro que ha presentado 
la moción debe quedar eximido permanentemente de juicio o inves¬ 
tigación futuros. Pero ninguna máxima política puede antojarse más 
indispensable a primera vista que la de que, al menos, hay que ofrecer¬ 
le garantías frente a toda jurisdicción inferior, y de que únicamente la 
misma asamblea legislativa suprema, en sus reuniones posteriores, po¬ 
dría hacerle responsable por esas mociones y arengas a las que anterior¬ 
mente diera su aprobación. Pues bien, estos axiomas, por irrefutables 
que puedan parecer, faltaron en la forma de gobierno ateniense, debido 
también a causas y principios que parecen casi inevitables. 

De acuerdo con el Ypac|>q Trapai'ópon', o acusación de ilegalidad, 
(aunque no lo haya señalado ningún historiador o comentarista de la 
Antigüedad) cualquiera podía ser juzgado y castigado, en un tribunal 


331 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


común, por una ley que se hubiera aprobado a partir de una moción 
suya en la asamblea del pueblo, si dicha ley le parecía al tribunal in¬ 
justa o perjudicial para el Estado. Así, Demóstenes, encontrando que 
el dinero para los barcos se recaudaba de manera irregular, y que los 
pobres soportaban la misma carga que los ricos para el equipamiento 
de las naves, corrigió esta desigualdad mediante una ley muy útil que 
establecía una aportación de cada individuo en función de sus rentas e 
ingresos. El famoso orador defendió esta ley en la asamblea; demostró 
sus ventajas 1 ; convenció al pueblo, el único poder legislativo en Atenas; 
la ley se aprobó y se puso en práctica. Sin embargo, debido a ella, fue 
juzgado por un tribunal penal, bajo la acusación de los ricos, resentidos 
por el cambio que suponía para su economía 2 . Al demostrar de nuevo la 
utilidad de su ley, fue absuelto. 

Ctesifonte propuso a la asamblea del pueblo que se otorgasen ho¬ 
nores especiales a Demóstenes como ciudadano afecto y útil a la re¬ 
pública. La gente, convencida de esta verdad, votó a favor de tal con¬ 
cesión. Sin embargo, Ctesifonte fue juzgado por el Ypa^q irapavópcov. 
Se afirmó, entre otras cosas, que Demóstenes no era buen ciudadano 
ni afecto a la república. Se pidió al orador que defendiera a su amigo 
y, por tanto, que se defendiera a sí mismo, lo que hizo mediante esa 
sublime pieza de elocuencia que ha despertado siempre desde entonces 
la admiración de la humanidad 3 . 

Después de la batalla de Queronea se aprobó una ley a propuesta de 
Hipérides por la que se daba la libertad a los esclavos y se los enrolaba 
en el ejército 4 . A consecuencia de esta ley, el orador fue posteriormen¬ 
te procesado bajo la acusación antes mencionada, y se defendió, entre 
otros, con el magistral argumento celebrado por Plutarco y Longino. 
No fui yo, dijo, quien propuso esta ley; fueron las necesidades de la gue¬ 
rra; fue la batalla de Queronea . Los discursos de Demóstenes recogen 
abundantes ejemplos de juicios de esta índole, y demuestran con clari¬ 
dad que era la práctica más común. 


1. Se conserva todavía su alegato en favor de esta ley: irepl Eupiiopíac. [Demóstenes. 
Sobre los Consejos de la Marina , secs. 17-22.J 

2. Pro Ctcsiphonte. [Demóstenes, En defensa de Ctesifonte (o Sobre la corona), 
secs. 102-109.) 

3. [Hume se refiere a la defensa que hizo Demóstenes de Ctesifonte en su discurso 
Sobre la corona .) 

4. Plutarchus, m vita decem oratorum. [Plutarco, Moralia, «Vidas de los diez or.i 
dores», bajo «Hipcrides», 849a. Filipo de Macedonia derrotó a atenienses y rebaños en 
la batalla de Queronea, en 338 a.C] Demóstenes da una explicación diferente de i*si,i 
ley. Contra Aristogiton , orat . II, [803-804.] Dice que su finalidad era hacer a los ounoi 
«TtÍTqioi [dar a los privados de voto el derecho de voto], o restituir el privilegio de cjcrcct 
cargos a quienes habían sido declarados incapaces para ello. Tal vez éstas eran cláusul.n 
de la misma ley. 


332 



DE ALGUNAS COSTUMBRES NOTABLES 


La democracia ateniense era una forma de gobierno tan tumultuosa 
como apenas podamos imaginar en la actual era del mundo. Cada ley 
era votada por todo el cuerpo colectivo del pueblo, sin limitación algu¬ 
na en función de la propiedad, sin distinción de rango, sin control por 
magistratura ni senado alguno 5 y, por tanto, sin consideración para con 
el orden, la justicia o la prudencia. Los atenienses no tardaron en ser 
conscientes de los males que aquejaban a esta constitución. Pero, siendo 
contrarios a controlarse a sí mismos mediante norma o restricción algu¬ 
na, decidieron, al menos, controlar a sus demagogos o consejeros por 
el temor a futura investigación y castigo. En consecuencia instituyeron 
esta notable ley, que se consideraba tan esencial que para su forma de 
gobierno que Esquines insiste en que era una verdad conocida que, en 
caso de abolirse o de descuidar su aplicación, sería imposible que siguie¬ 
ra existiendo la democracia 6 . 

La gente no temía malas consecuencias para la libertad de la auto¬ 
ridad de los tribunales penales, porque estos no eran otra cosa que ju¬ 
rados muy numerosos elegidos por sorteo entre el pueblo. Y con razón 
se consideraban los ciudadanos en un estado de permanente pupilaje en 
el que, una vez llegados a la edad de la razón, disponían de una autori¬ 
dad no sólo para revocar y controlar lo que se hubiera aprobado, sino 
para castigar a cualquier responsable por medidas adoptadas debido a 
mis dotes de persuasión. Esta misma ley, y por el mismo motivo, existía 
rambién en Tebas 7 8 . 

Parece haber sido práctica habitual en Atenas, cuando se estable¬ 
cía una ley considerada muy útil o popular, prohibir para siempre su 
abrogación o abolición. Así, el demagogo que dedicó la totalidad de 
los ingresos públicos al apoyo de los espectáculos convirtió en delito 
hasta proponer la derogación de la ley correspondiente*. Así, Leptines 

5. El Senado de la Judía estaba constituido únicamente por una multitud menos 
numerosa, elegida entre el pueblo mediante sorteo. Su autoridad no era grande. 

6. ¡n Ctesiphontem. [Esquines, Contra Ctesifonte> secs. 5-8. Resulta notable que 
l.i primera medida adoptada por Critias y los Treinta tras la disolución de la democracia 
consistiera en suprimir el ypa(j>q ttapavópup, como sabemos por el icata TqiOK [Contra 
Innócrates] de Demóstenes. En este discurso, el orador nos ofrece literalmente la ar¬ 
gumentación que establecía el ypa<t>f) irapawpwp, p. 297 ex edit Atdi (sec. 13 en la cd. 

I ocb), y ofrece una explicación partiendo de los mismos principios que utilizamos en esta 
idlexión. 

7. Plut., in vita Pelop. [En la vida de PelópicLis, sec. 25.] 

8. Demost., Olynth 1. 2. [Hume se refiere a Éubulo, importante político ateniense 
• Ir mediados del siglo iv a.C. y su legislación sobre el Fondo Teórico ( theorika ). Este fondo 
lo había establecido Pericles para permitir a los ciudadanos más pobres la asistencia a los 
irvtivales públicos. Los esfuerzos de Éubulo consiguieron la aprobación de leyes que exi- 
ri.m que todos los remanentes de los ingresos de la ciudad se destinaran al Fondo Teórico, 
*. que además fuese punible con la pena capital tratar de revocar esta ley con la acusación 


333 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


promovió una ley no sólo para retirar las inmunidades concedidas pre¬ 
viamente, sino para prohibir que pudieran en el futuro concederse otras 
nuevas 9 . Se prohibieron de ese modo todas las leyes de extinción de los 
derechos civiles sin proceso judicial 10 , o las que afectaran a un ateniense 
sin hacerse extensivas a toda la comunidad. Estas cláusulas absurdas, 
mediante las cuales el poder legislativo trataba en vano de autolimitarse 
para siempre, tenían su origen en un sentimiento universal del pueblo 
respecto a su propia frivolidad e inconstancia. 

II. Un mecanismo dentro de otro [un sistema de gran complejidad), 
tal como el que observamos en el Imperio Germánico, es algo que lord 
Shaftesbury 11 considera un absurdo en política. Pero ¿qué hemos de de¬ 
cir respecto a dos mecanismos iguales que gobiernan la misma máquina 
política sin mutuo control o subordinación, y sin embargo conservan 
la mayor armonía y concordia? Establecer dos cuerpos legislativos dis¬ 
tintos, cada uno de los cuales posee autoridad plena y absoluta en sí 
mismo, y no necesita la asistencia del otro para dar validez a sus actos, 
puede parecer de antemano totalmente impracticable, mientras los seres 
humanos actúen movidos por las pasiones de la ambición, la emulación 
y la avaricia, que hasta ahora han sido sus verdaderos principios máxi¬ 
mos. Y si yo afirmara que el Estado en el que pienso estaría dividido 
en dos facciones distintas, cada una de las cuales predominaría en un 
cuerpo legislativo diferente, sin producir no obstante enfrentamiento 
alguno en estos poderes independientes, el supuesto puede antojarse 
increíble. Y si, por argumentar la paradoja, afirmase que esta forma de 
gobierno inconexa, irregular, constituía la más activa, triunfante e ¡lus¬ 
tre república jamás conocida, me dirían con seguridad que semejante 
quimera política era tan absurda como cualquier visión de sacerdotes o 


de ilegalidad. En el Primer Discurso Olintfaco (secs. 19-20), Dcmóstenes señala que, a 
menos que la ciudad recurriera a este fondo para pagar la guerra contra Filipo, habría 
que cobrar un impuesto especial para tal fin. 1.a tercera Olintíaca (secs. 10*13) pide la 
derogación de la ley que restringía el uso del Fondo Teórico. 1 

9. Dcmost., contra Lept . (Dcmóstenes, Contra Leptines % secs. 1 -4-1 

10. Demosr., contra Aristocratem . |Demóstenes, Contra Aristócrates, sec. 86. | 

11. «Ensayo sobre la libertad de ingenio y humor», parte 3, 5 2. [Este ensayo m* 
encuentra en la obra de Shaftesbury Characteristicks , t. I. En la sección que cita Hume, 
Shaftesbury argumenta que, aunque los hombres se sienten inclinados de manera natural 
a asociarse c incluso a constituir un gobierno civil, tienden a preferir la cercanía de la* 
asociaciones reducidas a la lejanía de las grandes naciones. Así, cuando «la sociedad crcu 
y se vuelve vasta y voluminosa», es natural que los hombres busquen un ámbito más cstri* 
cho en el que ejercer el poder formando partidos o facciones, o mediante la «cantom/a 
ción», es decir, dividiéndose en asociaciones menores de índole institucional o territon.il. 
Shaftesbury prosigue: «De esc modo tenemos Mecanismos dentro de ios Mecanismos, Y, 
en algunas Constituciones Nacionales (a pesar del Absurdo de la Política) tenemos un 
Imperto dentro de otro». Hume toma esto como referencia al Imperio Germánico» con mu 
E stados confederados.] 


334 



DE ALGUNAS COSTUMBRES NOTABLES 


poetas» Pero no es necesario buscar mucho para comprobar la realidad 
de los supuestos que anteceden» Pues esto es lo que ocurría con la re¬ 
pública romana. 

El poder legislativo residía en ella en la contrita centuriata y la co- 
mriia tributa 11 . En la primera es bien sabido que el pueblo votaba según 
el census , de modo que, cuando la primera clase era unánime, aunque 
quizá no constituyera la centésima parte de la comunidad, determinaba 
la votación total y, con la autoridad del senado, establecía una ley. En la 
segunda, el voto era por igual y, como no se requería la autoridad del 
senado, la gente baja prevalecía por entero, y legislaba para todo el Es¬ 
tado. En todas las divisiones en partidos, inicialmente entre patricios y 
plebeyos, luego entre los nobles y el pueblo, predominaban los intereses 
de la aristocracia en el primer cuerpo legislativo, y los de la democracia 
en el segundo. Uno de los cuerpos podía siempre destruir lo que el otro 
había establecido. Es más, el uno, mediante una moción presentada de 
manera súbita e imprevista, podía conseguir ventaja sobre el otro y ani¬ 
quilar completamente a su rival mediante una votación que, por la natu¬ 
raleza de la constitución, tenía la plena autoridad de una ley. Sin embar¬ 
go, no se observa en la historia de Roma un antagonismo semejante. No 
se dio ningún caso de pelea entre estos dos cuerpos legislativos, aunque 
hubo muchas entre los partidos que gobernaron cada uno de ellos. ¿De 
dónde procedía esta concordia, que puede parecer tan extraordinaria? 


12. [Una comitia era una asamblea del pueblo romano para votar sobre asuntos que 
le presentaban los magistrados. La comitia curata era el más antiguo de los tres tipos de 
.oamblea. Pero a finales de la república su función se reducía en gran pane a la confirma¬ 
ción formal de los magistrados, las adopciones y los testamentos. La comitia centuriata 
se supone que la estableció uno de los primeros reyes. Servio Tulio, en el siglo vi a.C. Se 
ocupaba de la promulgación de las leyes, la elección de los más altos magistrados y de los 
tensores, la declaración de la guerra y la paz, y de la imposición de las penas de muene 
por delitos políticos. La comitia tributa , además de legislar sobre todas las cuestiones 
relacionadas con los negocios, elegía a los tribunos de la plebe y a los ediles plebeyos, y 
celebraba juicios por delitos no penados con la pena capital. En la comitia centuriata el 
pueblo votaba por grupos, denominados centurias, que estaban repartidas en cinco clases 
di acuerdo con el grado de riqueza. Había además dos clases adicionales, los equites (o ca¬ 
balleros) y los plebeyos. Las dos clases más pudientes, junto con los équites, tenían bastan¬ 
te más de la mayoría del total de centurias votantes, aunque el número de los ciudadanos 
<|tic componían esas centurias era muy inferior al número de los que componían las otras 
tu-* clases, por no hablar del número de plebeyos. De ese modo, si los ciudadanos más 
ritos estaban unidos, era innecesario que las otras clases votasen. En la comitia tributa se 
vi taba por divisiones electorales o «tribus». Cada tribu tenía un voto, con independencia 
del número de votantes. Puesto que sólo cuatro de las treinta y cinco tribus representaban 
.1 U ciudad de Roma, el poder de la comitia tributa estaba decisivamente en manos de las 
mbus rurales y, por tanto, de la clase media agrícola. La descripción que hace Hume de 
la votación en la comitia centuriata la ha sacado probablemente de Tito Livio, Historia de 
Ktww, 1.43.) 


335 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


El cuerpo legislativo establecido en Roma por la autoridad de Ser¬ 
vio Tulio era la comitia centuriata , la cual, tras la expulsión de los re¬ 
yes, hizo que, durante algún tiempo, el gobierno fuese marcadamente 
aristocrático. Pero el pueblo, al contar con su número y con la fuerza, 
y con el estímulo de las frecuentes conquistas y victorias en el extran¬ 
jero, siempre se imponía cuando se veía presionado hasta el extremo, y 
consiguió primeramente del senado el establecimiento de la magistra¬ 
tura de los tribunos, y luego el poder legislativo de la comitia tributa . 
Los nobles tuvieron a partir de entonces que cuidarse mucho de no 
provocar al pueblo. Pues, además de disponer siempre de la fuerza, 
poseía ahora autoridad legislativa, y podía destruir instantáneamente 
cualquier orden o institución que se le opusiera. Mediante la intriga, las 
influencias, el dinero, las combinaciones y el respeto que se debía a su 
condición, los nobles podían a menudo prevalecer y gobernar toda la 
maquinaria gubernamental. Pero, si hubieran opuesto abiertamente su 
comitia centuriata a la comitia tributa , no habrían tardado en perder 
la ventaja que les otorgaba aquella institución, junto con sus cónsules, 
pretores, ediles y todos los magistrados por ella elegidos. Por su parte, 
la comitia tributa , al no tener las mismas razones para respetar a la 
centuriata , derogaba con frecuencia leyes favorables a la aristocracia. 
Limitaba la autoridad de los nobles, protegía al pueblo de la opresión 
y controlaba la actuación del senado y la magistratura. La centuriata 
consideró siempre conveniente acatar estas decisiones y, aunque dotada 
de igual autoridad, pero siendo inferior en poder, nunca se atrevió a 
oponerse abiertamente al otro cuerpo legislativo, o a promulgar leyes 
que, previsiblemente, éste derogaría. 

No se encuentra ningún caso de oposición o lucha entre las dos 
comitia , excepto un leve intento de este tipo que menciona Apiano en 
el tercer libro sobre las guerras civiles 13 . Marco Antonio, decidido a 
privar a Décimo Bruto del gobierno de la Cialia Cisalpina, despotricó 
en el Foro y convocó a una de las comitia para impedir la reunión de l.i 
otra, que el senado había ordenado. Pero la situación había alcanzado 
tal grado de confusión, y la constitución romana se hallaba tan cerca de 
su disolución final que no puede sacarse deducción alguna de tal recur 
so. Además, esta disputa se basaba más en la forma que en la división en 
partidos. Era el senado el que había ordenado a la comitia tributa que 
obstruyera la reunión de la centuriata , que, de acuerdo con la constitu 
ción romana, o al menos con las formas de gobierno, era la única que 
podía disponer de las provincias. 


13. [Apiano, Historia romana: ¡asguerras civiles , 3.27-30. Julio César había asigiM 
do el mando de la Galia Cisalpina, en el norte de Italia, a Décimo Bruto, y éste, iras I.» 
muerte de César en 44 a.C,, no entregó la provincia a Marco Antonio.) 


336 



DE ALGUNAS COSTUMBRES NOTABLES 


Cicerón fue convocado por la comitia centuriata a pesar de haber 
sido desterrado por la tributa , esto es, por un plebiscito . Pero su destie¬ 
rro, cabe observar, nunca fue un acto legal, sino que surgió de la libre 
decisión e inclinación del pueblo. Siempre se atribuyó únicamente a 
la violencia de Clodio y a los desórdenes que éste ocasionó en el go¬ 
bierno. 

111. La tercera costumbre que nos proponemos señalar se refiere a 
Inglaterra y, aunque no es tan importante como las señaladas en Atenas 
y Roma, no es menos singular e inesperada. Es una máxima en política, 
que en seguida admitimos como indiscutible y universal, que un poder, 
por grande que sea, otorgado mediante la ley a un magistrado eminen¬ 
te, no es tan peligroso para la libertad como una autoridad, por poco 
considerable que sea, que éste haya conseguido mediante la violencia 
y la usurpación. Pues, además de que la ley siempre limita todo poder 
que se otorga, el mero hecho de recibirlo como concesión establece la 
autoridad de la que se deriva, y preserva la armonía de la constitución. 
Con el mismo derecho que se adquiere una prerrogativa sin ley, pueden 
reclamarse otra y otra, todavía con mayor facilidad, ya que las primeras 
usurpaciones sirven como precedentes a las siguientes y otorgan fuerza 
para mantenerlas. De ahí el heroísmo de la conducta de John Hamp- 
den H , que soportó toda la violencia de la persecución real antes que 
acceder a pagar un impuesto de veinte chelines no establecido por el 
parlamento. De ahí la preocupación de los patriotas ingleses por opo¬ 
nerse a los primeros abusos de la corona. Y de ahí la existencia hoy de 
la libertad inglesa. 

Hay sin embargo una ocasión en la que el parlamento se ha aparta¬ 
do de esta máxima, y es el enrolamiento forzoso de marineros í5 . Tácita¬ 
mente se le permite en esto a la corona el ejercicio de un poder irregular 
y, aunque con frecuencia se ha deliberado sobre la forma de hacer legal 


14. [Una de las controversias entre Carlos I y e! parlamento, en el período que llevó 
.1 la guerra civil, tuvo que ver con el derecho del rey a establecer, sin la aprobación del par¬ 
lamento, el impuesto conocido como «dinero de la marina», destinado al equipamiento de 
la armada. John Hainpden (1594-1643), miembro de la Cámara de los Comunes y primo 
carnal de Oliver Cromwell, se negó a pagar veinte chelines que le correspondían por una 
de sus propiedades en virtud del impuesto para la marina establecido en 1635. Hampden 
fue sometido a juicio por el Tribunal de Hacienda y, en 163$, declarado culpable por 7 
votos contra 5. En virtud de este juicio, se convirtió en líder parlamentario y en un símbo¬ 
lo de quienes trataban de proteger la libertad y la propiedad limitando las prerrogativas 
leales.] 

15. (Desde la Edad Media, la corona británica se había atribuido el poder de enrolar 
hombres, sin su consentimiento, para hacerles servir en la armada. Antes del siglo xix se 
usaron partidas de la marina, conocidas como «levas de enganche», para reclutar por la 
Iticrza a una cierta cuota de marineros. El enrolamiento forzoso de súbditos británicos en 
las colonias fue uno de los agravios que condujeron a la revolución norteamericana.) 


337 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


ese poder, y de otorgarlo, con las debidas restricciones, al soberano, 
no se ha podido proponer ningún procedimiento seguro para tal fin, 
y siempre se ha antojado mayor el peligro para la libertad proveniente 
de la ley que el proveniente de la usurpación. Puesto que este poder se 
ejerce únicamente con la finalidad de dotar de hombres a la armada, los 
afectados se someten a él voluntariamente, a partir de un sentimiento 
de su utilidad y necesidad, y los marineros, que son los únicos a los que 
afecta, no encuentran a nadie que les apoye en la reclamación de los 
derechos y privilegios que la ley garantiza, sin distinción, a todos los 
súbditos británicos. Pero, si en alguna ocasión este poder se convirtiera 
en instrumento de facción o de tiranía ministerial, la facción opuesta, 
y de hecho todos los amantes de su patria, se alarmarían de inmediato 
y apoyarían al partido perjudicado. Se afirmaría la libertad de los in¬ 
gleses; los jurados serían implacables, y los instrumentos de la tiranía, 
que estarían actuando contra le ley y contra la equidad, se enfrentarían 
a la más severa venganza. Por otra parte, si el parlamento concediese 
tal autoridad, se encontraría probablemente con uno de estos dos in¬ 
convenientes: lo otorgarían con tantas restricciones que pusieran obs¬ 
táculos a la autoridad de la corona, o lo harían tan amplio y completo 
como para dar ocasión a grandes abusos, contra los que, en ese caso, 
no tendríamos remedio alguno. La propia irregularidad de esta práctica 
evita actualmente que se abuse de ella, al hacer posible un fácil remedio 
contra ella. 

No pretendo, mediante este razonamiento, excluir toda posibilidad 
de crear un registro de marineros para la dotación de la marina, sin que 
ello ponga en peligro la libertad. Me limito a observar que no se ha 
propuesto ningún plan satisfactorio de esta índole. En vez de adoptar 
cualquier proyecto ya ideado, seguimos aferrados a una práctica que 
es al parecer la más absurda e inexplicable. En tiempos de plena paz y 
concordia interiores, la autoridad actúa contra la ley. Se permite a la 
corona una continuada violencia, mientras se extrema la suspicacia y la 
vigilancia del pueblo. En un país de la máxima libertad, se deja que ésta 
se defienda por sí misma, sin aprobación ni protección. Se restablece el 
estado salvaje de la naturaleza en una de las sociedades humanas más 
civilizadas 16 . Se incurre con impunidad en la violencia y desorden nia- 

16. (Al hablar aquí de un estado de naturaleza. Hume parece estar más cerca de 
Hobbes y Locke que de su propia postura en otros lugares. En el Tratado de la naturaleza 
humana insistía en que «con razón, puesto que cabe considerar que el estado y situación 
primigenios (del hombre] es social», el «supuesto estado de naturaleza - debe tenerse por 
«una mera ficción filosófica, que nunca ha sido, ni podría haber sido real» (3.2.2). En la 
Investigación sobre los principios de la moral dice lo siguiente acerca del estado natural: 
«Puede dudarse con razón de que haya podido existir alguna vez una situación tal de la 
naturaleza humana, o de que, de haber existido, se hubiera prolongado tamo como para 


338 



DE ALGUNAS COSTUMBRES NOTABLES 


yores a , con un parrido que pide obediencia a la magistratura suprema, 
mientras el otro solicita la sanción de las leyes fundamentales. 


merecer el nombre de estado. Los seres humanos nacen necesariamente, como mínimo, 
en una sociedad familiar, y sus padres les enseñan alguna norma de conducta y com¬ 
portamiento* (sec. 3, parte 1). Hume rechaza en consecuencia el estado de naturaleza, 
concebido como una situación estrictamente solitaria y asocia! del hombre* Sin embargo, 
podría entenderse el estado de naturaleza únicamente como una situación sin sociedad 
rir// ni gobierno. Incluso Hobbes concede que la sociedad familiar podía desarrollarse en 
el estado de naturaleza. Hume podría aceptar un «estado de naturaleza» entendido de esta 
manera, ya que hace hincapié en que las sociedades a gran escala pueden subsistir durante 
algún tiempo sin que se establezca un gobierno. La sociedad sin gobierno es «uno de los 
estados más naturales del hombre, y subsistirá con la conjunción de muchas familias, y 
mucho más allá de la primera generación» (Tratado , 3.2.8). Sea como fuere, en este pasaje 
parece acercarse a la opinión de Hobbes y Locke de que el estado de naturaleza se repro¬ 
duce en la sociedad civil siempre que la vida o la libertad de un individuo se ve amenazada 
por otro, o incluso por la autoridad civil.) 


339 



XI 


DE LO POPULOSO DE LAS NACIONES ANTIGUAS 3 


Hay muy escasa base para concluir, partiendo de la razón o de la obser¬ 
vación, que el mundo es eterno o incorruptible. El continuo y rápido 
movimiento de la materia, las violentas revoluciones que agitan cada 
parte, los cambios que se observan en el cielo, las claras huellas y la 
tradición de un diluvio universal, o la general convulsión de los ele¬ 
mentos, todo ello prueba la mortalidad de esta fábrica del mundo y su 
paso, mediante la corrupción o la disolución, de un estado u orden a 
otro. Ha de tener, en consecuencia, al igual que cada una de las formas 
que contiene, su infancia, su juventud, su madurez y su vejez, y es pro¬ 
bable que en todas estas variaciones tome parte el hombre como todo 
animal y vegetal. Cabe esperar que, en la edad floreciente del mundo, 
la especie humana posea mayor vigor, tanto mental como físico, mejor 
salud, más elevado ánimo, una vida más prolongada y una mayor incli¬ 
nación y potencia genésica. Pero, si el sistema general de las cosas, y la 
sociedad humana, desde luego, pasan por tales revoluciones graduales, 
éstas son demasiado lentas para ser discernibles en el breve período que 
comprenden la historia y la tradición. La estatura y fuerza del cuerpo, la 
longitud de la vida, incluso el valor y la proliferación del talento, vienen 
a ser más o menos iguales en todas las épocas. Es cierto que las artes 
y las ciencias han florecido en un período y han decaído en otro. Pero 
podemos observar que, en el momento en el que alcanzaban la mayor 
perfección entre un pueblo, quizá eran totalmente desconocidas en las 
naciones vecinas. Y, aunque decayeran universalmente en una época, se 
reavivaban en la generación siguiente y se difundían por todo el mundo. 
En consecuencia, hasta donde llega la observación, no se puede discernii 
ninguna diferencia universal en la especie humana y, aunque se admitie¬ 
ra que el universo, cual un cuerpo animal, experimenta un progreso na¬ 
tural desde la infancia a la vejez, seguimos sin poder estar seguros de si. 


340 



DE LO POPULOSO DE LAS NACIONES ANTIGUAS 


en el momento presente, está avanzando hasta su punto de perfección o 
decayendo de él, por lo que no podemos presuponer una decadencia en 
la naturaleza humana 1 . Por lo tanto, demostrar, o explicar ese supuesto 
carácter más populoso de la Antigüedad, que suele darse por supuesto, 
en función de la imaginaria juventud o vigor del mundo, es algo que di¬ 
fícilmente admitirá un razonador ecuánime. Las causas físicas generales 
deberían excluirse por completo de esta cuestión 2 . 

Existen en verdad algunas causas físicas importantes más particula¬ 
res . Se mencionan en la Antigüedad enfermedades que son casi desco¬ 
nocidas para la medicina moderna, y han surgido y se han propagado 
enfermedades nuevas de las que no hay rastro en la historia antigua. 
Sobre este particular cabe observar, al establecer la comparación, que 

1. Dice Columela |So¿w la agricultura ], lib. II!» cap. 8, que en Egipto y en África 
eran frecuentes, e incluso habituales, los partos de gemelos: gemini partus familiares , ac 
poene solennes surtí . Si esto es cierto, hay una diferencia física en los países y en las eda¬ 
des, pues los viajeros no señalan que ocurra nada parecido en esos países en la actualidad. 
Al contrario: tendemos a suponer que las naciones septentrionales son más prolíficas. 
Dado que esos dos países eran provincias del Imperio romano, es difícil de suponer, aun¬ 
que no sea del todo absurdo, que un hombre como Columela pudiera estar equivocado 
en relación con ellos. 

2. [El ensayo de Hume se dirige contra la suposición común de su época de que 
el mundo antiguo estaba más poblado que el moderno. Hume se refiere al ensayo en co¬ 
rrespondencia de 1750, y menciona a Isaak Vossius (1618-1689) y a Monresquieu como 
autores que exageran la demografía de la Antigüedad (cf. Greig, Letters of David Hume, 
vol. 1, p. 140). En el verano de 1751, Hume leyó el manuscrito del doctor Robert Wa- 
llace, miembro de la Sociedad Filosófica de Edimburgo, que defendía la mayor población 
del mundo antiguo. Wallace es el «eminente clérigo» sobre cuyo discurso llama Hume la 
atención en una nota de la primera edición del presente ensayo (véase la nota a en la va¬ 
riante textual). Como consecuencia de los argumentos de Hume y del interés creado por 
la nota, Wallace publicó su obra en 1753, acompañada de un apéndice crítico dedicado 
¡\ la argumentación de Hume, que llevaba por título «A Disscrtarion on the Numbcrs of 
Mankind in Ancient and Modern Times». Hume rescribió la nota para algunas de las 
ediciones posteriores, prestando atención al intento de refutación de Wallace. Aunque 
Hume reconoce generosamente que Wallace había detectado «muchos errores» en sus 
fuentes y en su razonamiento, sólo consideró conveniente introducir ligeras enmiendas en 
nu ensayo. Sus relaciones con Wallace las examina Mossner en The Life of David Hume , 
pp. 260-268. Puede verse una exposición de las teorías demográficas de los tiempos de 
Hume y de la influencia que tuvo su ensayo, en Charles E. Stangeland, Pre-Malíhusian 
Doctrines of Population, New York: Augustus M. Kclley, 1966, reimp. de la ed. de 1904), 
y en Joseph J. Spengler, French Predecessors of Malthus, Durham, NC: Duke University 
Press, 1942. En su reciente ensayo sobre la población de la Italia antigua, P. A. Brunt 
w refiere al ensayo de Hume como un estudio demográfico «que hace época», y señala 
que, a pesar de disponerse de mejores técnicas cuando se conocen mejor los hechos, el 
método utilizado por Hume de hacer conjeturas a partir de textos de la literatura «debe 
ser empleado todavía por los estudiosos de la población de la Italia republicana, como el 
tínico que puede permitirnos por lo menos determinar si la población era de 14 millones 
o sólo de 7 u 8» (Italian Manpower: 22S a.C.-14 d.C., Oxford: Clarendon Press, 1971, 

pp. 11-12).) 


341 



ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE 


la desventaja cae marcadamente del lado de los tiempos modernos. Por 
no mencionar otras de menor importancia, la viruela hace tales estragos 
que por sí sola sería responsable de la gran superioridad que se atribuye 
a los tiempos antiguos. La destrucción en cada generación de la décima 
o la doceava parte de la humanidad supondría una vasta diferencia, 
cabe pensar, en la cantidad de población. Y, si se unen a esto los males 
venéreos, una nueva plaga difundida por doquier, esta enfermedad es 
quiza, por su constante presencia, equivalente a los tres grandes azotes 
de la humanidad: la guerra, la peste y el hambre. Si fuera cierto, por 
consiguiente, que los tiempos antiguos eran más populosos que los ac¬ 
tuales y no pudieran aducirse razones morales para tan gran cambio, 
estas causas físicas por si solas serían, en opinión de muchos, suficientes 
para darnos satisfacción sobre este tema. 

Pero ¿es cierto que la Antigüedad era más populosa en el grado 
que se pretende? Son bien conocidas las extravagancias de Vossius al 
respecto'. Pero un autor de mucho mayor talento y discernimiento se 
ha atrevido a afirmar que, según los cálculos que admiten estos temas, 
no hay ahora sobre la faz de la tierra la cincuentava parte de los seres 
humanos que existían en los tiempos de Julio César 3 4 . Puede observarse 
fácilmente que, en este caso, la comparación tiene que ser imperfecta, 
incluso si nos limitamos al escenario de la historia antigua: Europa y las 
naciones que rodean el Mediterráneo. Desconocemos el número de ha¬ 
bitantes de ninguno de los Estados europeos en la actualidad, e incluso 
el de cualquiera de sus ciudades. ¿Cómo podemos pretender calcular el 
de las ciudades y los Estados de la Antigüedad, cuando los historiadores 
nos han dejado datos tan imperfectos? Por mi parte, el asunto se me an¬ 
toja tan incierto que, cuando intento hilvanar algunas reflexiones sobre 


3. [Véase ísaak Vossius, Varinmm Observatiotium Líber (1685), pp. 1-68. El ensayo 
con el que se abre este libro considera el tamaño de la antigua Roma y de otras ciudades, y 
trata de demostrar que Roma tenía una población de catorce millones* con una superficie 
veinte veces mayor que la de París y Londres conjuntamente.] 

4. Lettres Persattnes. Véase también LEsprit de Lois % lib. XXIII. caps. I?, 18 y |9, 
ICharles de Secondat, Barón de la Bréde et de Montesquieu (1689*1755) publicó anó¬ 
nimamente las (darías persas en 1721. En las cartas 112-122 afirma que la población del 
mundo había descendido en gran medida desde los tiempos antiguos y que este descenso 
hay que explicarlo en términos morales* más que por causas físicas. F.l libro 23 de til 
espíritu de las leyes (1748) trata de los determinantes físicos y morales de la población y, 
en los capítulos que cita Hume, se arguye que se produjo un despoblamiento de Europa 
y Asia Menor cuando las pequeñas repúblicas de la Antigüedad fueron absorbidas por el 
Imperio romano. El pasaje de las Cartas persas que parafrasea Hume se encuentra en l.i 
carta n.° 112 (fue modificado en la edición de 1758, y dice «una décima»* en vez de «l.i 
cincuentava» parte). Puede verse una comparación del ensayo de Hume con los escrito*» 
de Montesquieu sobre la población en Rogcr B. Oakc, «Montesquieu and Hume»: Mó¬ 
dem iMttguage Quaterly 2 (marzo de 1941). pp. 25-41.] 


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DE LO POPULOSO DE LAS NACIONES ANTIGUAS 


el tema, se me mezcla la investigación relativa a las causas con la que 
se refiere a los hechos , lo que no debería admitirse nunca, allí donde 
los hechos pueden establecerse con una tolerable seguridad. Debemos 
considerar, en primer lugar , si es probable, por lo que sabemos de la si¬ 
tuación de la sociedad en los dos períodos, que la Antigüedad fuera más 
populosa; en segundo lugar, si realmente fue así. Si puedo hacer que la 
conclusión en favor de la Antigüedad no parezca tan segura como se 
pretende, es a lo único que aspiro. 

Podemos observar, en general, que esta cuestión, relativa a la po¬ 
blación comparativa de las edades o los reinos, lleva implícitas impor¬ 
tantes consecuencias y que suele determinar las preferencias sobre el 
conjunto de su política, sus costumbres y la constitución de su gobierno. 
Puesto que en todos los humanos, hombres y mujeres, existe un deseo 
y potencia genésicos más activos de lo que universalmente se practica, 
las restricciones a las que se hallan sometidos tienen que proceder de 
ciertas dificultades de su situación, que un poder legislativo pruden¬ 
te debe observar con cuidado y suprimir. Casi cada hombre que cree 
poder mantener una familia la tiene y, con esta tasa de reproducción, 
la especie humana se duplicaría con creces de una generación a otra b . 
¿Con qué rapidez se multiplica la población humana en las colonias o 
en los nuevos asentamientos, donde resulta fácil proveer para la familia 
y donde la gente no sufre en modo alguno los apuros o limitaciones 
que tiene allí donde existen formas de gobierno establecidas desde hace 
tiempo? La historia nos habla de plagas que se han llevado a una tercera 
o una cuarta parte de la población. Sin embargo, en una o dos genera¬ 
ciones no se percibía ya la destrucción, y la sociedad había recuperado 
la población anterior. Las tierras cultivadas, las casas construidas, los 
bienes creados, la riqueza adquirida, permitían a la gente que había 
escapado casarse inmediatamente y criar una familia que ocupase el 
lugar de los que habían perecido 5 . Y, por una razón parecida, todo 
gobierno prudente, justo y moderado, al hacer más fácil y más segura la 
situación de sus súbditos, siempre contará con más gente, así como po¬ 
seerá más bienes y riquezas c . De hecho, un país cuyo clima y cuyo suelo 
son adecuados para el cultivo de la vid será naturalmente más populoso 
que otro que sólo produce grano, y este último lo será más que otro que 
únicamente es apto para pastos. En general, los países de clima cálido, 


5, También esta es una buena razón por la que la viruela no despuebla los países 
unto como a primera vista cabría imaginar. Allí donde hay espado para más gente acaba 
por establecerse alguien, incluso sin la contribución de leyes de naturalización. Don Ge* 
rónimo de Ustáriz ha señalado que las provincias españolas que mandaron más gente a 
las Indias son las más populosas, lo que se debe a su mayor riqueza. [Véase Gerónimo de 
U/táriz, Theórica , y práctica de comercio , y de marina (1724), cap. 12.) 


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ENSAYOS MORALES. POLITICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


como las necesidades de sus habitantes son menores allí, es probable 
que sean más populosos. Pero, si todo lo demás es igual, parece natural 
esperar que, dondequiera que existan más felicidad y más virtud, y las 
instituciones más sabias, será mayor la población 6 . 

En consecuencia, puesto que concedemos gran importancia a la 
cuestión relativa a lo populoso de los tiempos antiguos y los modernos, 
será necesario, si queremos llegar a alguna conclusión, comparar la si¬ 
tuación doméstica y política en ambos períodos, con el fin de juzgar los 
hechos por sus causas morales, que es el primer punto de vista bajo el 
que nos proponíamos considerarlos. 

La principal diferencia entre la economía doméstica de los antiguos 
y la de los modernos consiste en la práctica de la esclavitud, que preva¬ 
leció entre los primeros y que ha sido abolida desde hace algunos siglos 
en la mayor parte de Europa. Algunos apasionados admiradores de los 
antiguos y celosos partidarios de la libertad civil (sentimientos éstos 
que, puesto que en lo principal son ambos sumamente justos, resul¬ 
tan ser casi inseparables), no pueden evitar lamentar la pérdida de esta 
institución y, mientras que tachan de esclavitud todo sometimiento al 
gobierno de una sola persona, reducirían alegremente a la esclavitud y 
la sumisión reales a la mayor parte de la humanidad. Pero, para alguien 
que considera el tema con frialdad, estará claro que, en general, la na¬ 
turaleza humana goza realmente de más libertad hoy en el régimen más 
arbitrario de Europa de la que disfrutó jamás en los tiempos más flore¬ 
cientes de la Antigüedad. Del mismo modo que el sometimiento a un 
pequeño príncipe, cuyos dominios no van más allá de una sola ciudad, 
es más doloroso que la obediencia a un gran monarca, la esclavitud do¬ 
méstica es más cruel y opresiva que cualquier sometimiento civil. Cuan¬ 
to más alejado de nosotros, en lugar y rango, se encuentre el amo, ma- 


6. [El principio que establece aquí Hume —que una población grande es signo dr 
una nación feliz y virtuosa y de sabias instituciones— estaba muy generalizado durante los 
siglos xvii y xviii y sirve para relacionar la cuestión del tamaño de la población con impor 
tan tes temas de la filosofía moral y política. Por ejemplo: el debate sobre lo populoso de 
las naciones antiguas y las modernas formaba parte de una disputa más general referente 
al valor relativo de los modos de vida antiguos y modernos. La supuesta despoblación del 
mundo en los tiempos modernos podía tomarse como prueba del carácter defectuoso de 
la modernidad. La bondad de cosas tales como el lujo, el comercio y el republicanismo st 
juzgaba de acuerdo con la tendencia de estas cosas a promover o retardar el incremento 
de la población, y se estaba a favor de las políticas públicas que promovían un aumento. 
Esta visión favorable de las poblaciones grandes y crecientes la puso en tela de juicio a 
comienzos del siglo XIX la obra de T. R. Malthus (1766-1814) que hace hincapié en l.t ten 
dencia de la población a crecer superando la producción de alimentos. Sobre esta cuestión 
general, véase Emest Campbell Mossner, «Hume and the Ancient-Modern Controvcisv. 
1725-1752: A Study in Creative Sccpticism»: University of Texas Studies in English 2N 
(1949), pp. 139-153.1 


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DE LO POPULOSO DE LAS NACIONES ANTIGUAS 


yor será la libertad que disfrutaremos, tanto menos se inspeccionarán y 
controlarán nuestros actos, y tanto más débil será la cruel comparación 
entre nuestro sometimiento y la libertad e incluso el dominio de otro. 
Los restos que aún existen de esclavitud doméstica en las colonias ame¬ 
ricanas y en algunas naciones Europeas nunca darían sin duda origen a 
un deseo de hacer más universal esta forma de sometimiento. La escasa 
humanidad que suele observarse en personas acostumbradas desde su 
infancia a ejercer tan gran autoridad sobre sus semejantes, y a pisotear 
la naturaleza humana, bastaría para provocar nuestro disgusto por ese 
dominio ilimitado. Y no puede atribuirse una razón más probable para 
los severos, yo diría bárbaros, modales de los tiempos antiguos, que 
esta práctica de la esclavitud doméstica, que convertía a cada hombre 
de rango en un pequeño tirano, y le educaba en medio de la adulación, 
la sumisión y la degradación de sus esclavos 7 . 

Según la práctica antigua, todos los controles se imponían al infe¬ 
rior, para reducirle a la obligación de la sumisión, y ninguno al superior 
para que asumiera las recíprocas obligaciones de amabilidad y humani¬ 
dad. En los tiempos modernos, un mal criado no encuentra fácilmente 
un buen amo, ni un mal amo un buen criado, y los controles son mutuos, 
con adecuación a las leyes inviolables y eternas de la razón y la equidad. 

La costumbre de dejar expuestos a los esclavos viejos, inútiles o 
enfermos, en una isla en medio del Tíber, para que muriesen allí de 
hambre, parece haber sido muy común en Roma, y a los que se recupe¬ 
raban tras haber sido expuestos se les concedía la libertad por un edicto 
del emperador Claudio, que prohibía también matar a un esclavo por 
el hecho de ser viejo o estar enfermo 8 . Mas, suponiendo que este edicto 
se cumpliera estrictamente, ¿mejoraría el trato dado a los esclavos do¬ 
mésticos, o haría su vida mucho más confortable? Podemos imaginar lo 
que otros harían cuando Catón el Viejo adoptaba como máxima la de 
vender por cualquier precio a sus esclavos envejecidos, en vez de con¬ 
servarlos como lo que estimaba una carga inútil 9 . 

Las mazmorras, o ergástula , donde se encerraba a los esclavos en¬ 
cadenados para trabajar, eran comunes en toda Italia. Columela 10 reco- 


7. (Este párrafo y los siguientes son notables por la decidida condena de la esclavi¬ 
tud doméstica como una situación peor que el sometimiento incluso al gobierno civil más 
arbitrario. En esto, y en su insistencia en que la esclavitud degrada también a los dueños 
de esclavos, al convertirlos en pequeños tiranos, Hume anticipa los argumentos de mu¬ 
chos de quienes, en Gran Bretaña y en América, estaban con él de acuerdo en la oposición 
.t la esclavitud.] 

8. Suetonius in vita Claudii. [Suetonio, Vidas de los Césares , en la vida de Claudio, 
wc. 25,] 

9. Plut., in vita Catonis. [Plutarco, Vidas , en la vida de Marco Catón, sec. 4.] 

10. I.ib. I, cap. 6. 


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ENSAYOS MORALES. POLÍTICOS Y LITERARIOS 


PARTE II 


mienda que su construcción sea siempre subterránea 11 y que sea obliga¬ 
ción de un buen capataz pasar lista todos los días, como se hace en un 
regimiento o en un buque, para comprobar en seguida si alguno de los 
esclavos se ha escapado. Una prueba de la frecuencia de estos ergástula 
y del gran número de esclavos encerrados en ellos d . 

Era habitual en Roma emplear a un esclavo encadenado como por¬ 
tero, como se sabe por Ovidio 12 y otros autores 13 . Si estas gentes no se 
hubieran desprendido de todo sentimiento de compasión hacia aquella 
desdichada parte de su especie, ¿habrían ofrecido a sus amigos, a la 
entrada misma de su casa, una imagen tal de la severidad del amo y de 
la miseria del esclavo? 

Nada era tan común en todos los juicios, incluso en las causas civi¬ 
les, como presentar el testimonio de esclavos, que siempre se obtenía 
mediante refinados tormentos. Demóstenes dice 14 que cuando se podía 
presentar, para el mismo hecho, el testimonio de hombres libres o de 
esclavos, los jueces preferían siempre, como prueba más segura, la tor¬ 
tura de los esclavos 15 . 

Séneca pinta un cuadro de ese desordenado lujo que cambia el día 
en noche y la noche en día, e invierte todas las horas de las distintas 
funciones de la vida. Entre otras circunstancias, tales como alterar las 
horas de las comidas y las del baño, menciona que, de manera regular, 
a eso de las tres de la madrugada, los vecinos de uno que se permite 
ese falso refinamiento, pueden escuchar el ruido de latigazos y azotes 
y, al indagar lo que ocu