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Full text of "Cuadernos de Educación N 52 CdE"

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Cuadernos 
de Educación 


Publicación Trimestral 
Gratuita — 155N 0719-0271 





y 


Grupo de Reflexión Fernando Ortiz Letelier N. 52 | Año XIIl ENE- MAR 2021 


Allo 


Marzo por la memoria, la conmemoración y la lucha. 
Editorial 

El MEMCH y su proyecto político: una mirada histórica a la 
organización feminista. 


Nicole Araya Quiñones 5-7 


A propósito de la reciente conmemoración del 8 de marzo, 
Día Internacional de la Mujer trabajadora, recordamos a 
EN TA 

Nadia Rojo Libuy 9-11 


Cuando los obreros tomaron el cielo por asalto a 150 años 
de la Comuna de París. 


Horaccio Tarcus ¡EY 





SOMOS 


Como grupo de académicos de izquierda mantenemos 
desde hace un tiempo una reflexión acerca de la 
educación superior en Chile. En conocimiento de que 
otros colegas han estado preocupados por una 
problemática similar, y han elaborado trabajos al 
respecto, les invitamos, por medio de esta hoja a debatir 
en conjunto. Esperamos que este sea el embrión de una 
futura discusión que no dudamos será enriquecida 
gracias al debate. Esperamos que esta publicación sea 
un aporte para quienes vivimos con entusiasmo y espiritu 
crítico el quehacer universitario, y ojalá también ella 
contribuya a instalar en el ambiente académico una 
discusión que permita resolver profundas 
contradicciones que todavía se arrastran desde la 
dictadura, como son los problemas globales de la 
educación en nuestro país. 


Visita la Web de Cuadernos de Educación 


Grupo de Reflexión Fernando Ortiz Letelier 


www.cuadernosdeeducacion.wordpress.com 





Marzo por la memoria, la 
conmemoración y la lucha 


EDITORIAL ( CdE ) N*52 


Desde hace ya varios años, el mes de marzo 
se ha convertido en un mes de reivindicación 
feminista, al conmemorar el Día 
Internacional de la Mujer trabajadora. Los 
movimientos feministas y disidencias 
sexuales han hecho un llamado a La huelga 
general feminista del 8M. Este año se 
enmarcó en un contexto de pandemia donde 
los ecos del Estallido social (2019) que volcó 
al pueblo a las calles en una insurrección 
social contra el modelo socioeconómico y 
sus consecuencias nefastas para nuestras 
vidas cotidianas, no termina de encontrar un 
camino a los cambios estructurales. 


Las desigualdades acumuladas en las 
ultimas décadas y el levantamiento social, 
han evidenciado y visibilizado la realidad 
chilena, la desigualdad que desde la 
dictadura se ha tratado de esconder y que se 
perpetua en todos los ámbito de la vida 
social, donde el pueblo y sus derechos 
básicos se han precarizado: salud, 
educación, vivienda, trabajo, jubilación de 
miseria, cultura, ocio y el ecosistema 
sometidos a zonas de sacrificios, son reflejo 
del ambiente de pauperización constante. Es 
en este contexto que el Estado no ha 
garantizado un piso mínimo de vida digna, 
hemos y seguimos viviendo en un país 
inventado, para que unos pocos disfruten y el 
resto solo sobreviva. 


A la lucha de las mujeres se suma también a 
un marzo por la Verdad, la Memoria y la 
Justicia. El asesinato por parte de agentes 
de la Dictadura de los hermanos Rafael y 
Eduardo Vergara Toledo, la ejecución de 
Paulina Aguirre y el degollamiento de los 
militantes del Partido Comunista José 
Manuel Parada, Santiago Nattino y Manuel 
Guerrero, son la expresión mas bárbara que 
la cultura neoliberal quiere sepultar en los 
lodazales del consumismo, encubrir la 


memoria de sus luchas. Luchas que la 
nación Argentina también impulsa este mes 
de marzo frente a una dictadura que carga 
con 30.000 desaparecidos, donde las 
abuelas y madres de Plaza de Mayo siguen 
girando la rueda de la Memoria la Verdad y 
la Justicia. 


Otro hito para recordar y que nos conecta 
con la conmemorarión, en este mes de 
marzo es el combate impulsado por las 
agrupaciones de los trabajadores por la 
supervivencia y la resistencia contra el 
ultraje de la burguesía francesa y las fuerzas 
alemanas, que aplacaron el grito de libertad 
frente al conjunto de trabajadores que 
impulsaron la Comuna de París en 1871. El 
mayor acontecimiento del siglo XIX como lo 
recordaría Karl Marx. 


Nos encontramos en un momento crucial 
donde la memoria, nos invita y nos convoca 
para luchar, donde los poderes reaccionarios 
impulsan mediante todas sus fuerzas, 
controlar y direccionar los cambios en sus 
propios beneficios, y por tanto es menester 
de las organizaciones sociales, de las 
trabajadoras y trabajadores, recordar las 
resistencias y las luchas llevas a cabo por 
otros e impulsar mediante la movilización el 
camino, por donde podamos construir una 
sociedad que tenga como centro la vida 
humana. 





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El MEMCH y su proyecto político: una 
mirada histórica a la organización 


feminista 


«El feminismo busca transformar, por lo 
tanto, es revolucionario». Julieta Kirkwood 
(2016) hace referencia a lo anterior, situando 
al feminismo como una revolución en dos 
sentidos: 1) trasciende esa lucha a las clases 
sociales como una raíz y origen de las 
relaciones de opresión entre los humanos y 
2) apunta a la existencia de la opresión 
sexual como dominio de cultural y material 
de un sexo sobre otro. Para la autora el 
feminismo contribuye a quitar el carácter 
restrictivo y del concepto de liberación social 
y política, ampliando y haciendo parte a la 
mujer, como grupo específico (2016, p.3). En 
esta lógica, el feminismo como proyecto 
político es transformador, pero siempre debe 
ser entendido en su contexto histórico. 


El Movimiento Pro Emancipación de la Mujer 
en Chile (MEMCH) como movimiento político, 
fue producto de diversos cambios en la 
sociedad chilena a comienzos del siglo XX. 
No fue la única organización naciente, ni 
evidentemente, tampoco la última. Los 
diferentes espacios asociativos nacidos a 
comienzos del siglo pasado, son un 
antecedente importante para develar que 
este movimiento político fue producto de 
múltiples esfuerzos colectivos que se 
asentaron paulatinamente. En esa línea, la 
movilización obrera, fue un catalizador 
importante de ideales políticos- 
reivindicativos y revolucionarios, así también 
las múltiples orgánicas exclusivamente de 
mujeres que apuntaron en su inicio a luchas 
parceladas —pero no menos trascendentes— 
que iban en dirección al mejoramiento de 
ciertas condiciones materiales de las 
mujeres. 


En 1906, por ejemplo, nació la Asociación de 
Costureras que reunía a costureras que 
trabajaban de forma particular. Estas 
mujeres, lograron gracias a su lucha política, 


Nicole Araya Quiñones 
nicolearayaMug.uchile.cl 


Universidad de Chile 


establecer contratos de trabajo con sus 
patrones, además ejecutar comisiones que 
tenían como finalidad fiscalizar las 
condiciones laborales de sus compañeras. 
Para María Angélica Illanes (2006), esto 
representa una asociación obrera moderna, 
con una conciencia de clase y, además, con 
clara voluntad organizativa que buscaba la 
protección de sus intereses como también la 
capacidad de negociación con los patrones. 
Así también, en las primeras décadas, se 
fundaron: los Centros de Belén de Zárraga, el 
Consejo Nacional de Mujeres, el Partido 
Cívico Femenino, la Unión Femenina de Chile, 
la Asociación de Mujeres Universitarias, 
entre otras. No todas eran iguales, cada una 
de ellas contenía líneas discursivas, y un 
accionar político diferente. Para las diversas 
historiadoras o investigadoras que han 
trabajado este periodo, o han hecho un 
recorrido histórico del movimiento feminista 
chileno, a este momento histórico lo han 
catalogado como «conformación del 
movimiento feminista» o, como «tiempo de 
señoras» (Klimpel 1962; Kirkwood 2016). Lo 
anterior, hace alusión a que el feminismo 
como teoría y accionar político, fue 
asentándose de manera paulatina al alero de 
los diálogos y maduraciones políticas 
propias de la sociedad y cada espacio 
organizativo. ¿Qué caracterizó al MEMCH 
como proyecto feminista? Se ha discutido 
largamente entorno a los feminismos y a sus 
respectivas olas en contextos históricos 
determinados. Respondiendo la pregunta 
anterior, para Alejandra Castillo (2010) el 
feminismo en su dimensión teórica y práctica 
busca —desde diversos espacios— la 
modificación de la política moderna. 


La fundación del MEMCH el año 1935 marcó 
la transición desde organizaciones de 
mujeres con carácter mutualista a una 
organización para mujeres de lucha 


reivindicativa, que levantó peticiones 
relacionadas con su condición social, 
económica, política y biológica (Rojas et al., 
2017). Esta organización buscaba no sólo 
situar a la mujer en el espacio público como 
sujeto político, sino también transformar lo 
había en ese momento; «romper los muros» 
del hogar para incorporarse al mundo social 
y público y así también salir a un mundo que 
está por hacerse y que no se construye sin 
destruir el antiguo» (Kirkwood, 2016). El valor 
dentro del marco de un proyecto feminista 
tuvo relación con que cuestionó lo existente 
y demandando lo que todavía no existía 
(Rojas et al., 2017). 


Si bien es cierto que, en el contexto mundial, 
se denomina comúnmente a este período 
como la primera ola del feminismo, relativo a 
la búsqueda por mayores derechos civiles y 
políticos, el proyecto que encarnaba el 
MEMCH a pesar de estar influido por todos 
estos movimientos, tenía una realidad 
propia. Esa realidad posibilitó la 
construcción de este movimiento y sus 
estrategias para la emancipación de las 
mujeres de este país. Como mencionó 
Caffarena: «El feminismo es un fenómeno 
social. Como tal, no se origina 
accidentalmente, tiene sus fundamentos en 
la realidad misma, emerge de los 
acontecimientos y posee características y 
leyes propias...». 


El feminismo que comandaba el MEMCH, fue 
proyecto construido a partir de las 
particularidades de cada mujer militante; 
eran feministas sin olvidar las condiciones 
de estructurales que originaban las 
desigualdades (Kirkwood, 2016). Por lo 
mismo, esa concepción reduccionista que 
sitúa a esta organización sólo como un 
movimiento sufragista, desconoce la 
construcción histórica de un movimiento que 
articuló un análisis profundo de las 
condiciones de vida de las mujeres. Si bien 
es cierto este análisis, para Kirkwood (2016), 
mirado con los ojos del feminismo 
contemporáneo puede resultar poco preciso 
—entendiendo la maduración que tuvo y ha 
tenido el movimiento feminista en torno al 
diagnóstico y la crítica— ya que aún no se 
percibían las raíces transpolíticas del 
patriarcado, no deja de ser trascendental 
para su momento histórico. Es importante 
subrayar que el proyecto construido por el 
MEMCH se configuró de manera dialéctica, 


6 


es decir, en diálogo con otros discursos, 
resignificando y cuestionando 
constantemente. 


Esta elaboración se sitúa como un contra 
poder. Hay en este proyecto una 
construcción más compleja, que va más allá 
de la mera postura de negación ante una 
subordinación histórica. No es una rebeldía 
que sale a la luz por un voluntarismo del 
momento, ni tampoco una rebeldía primitiva1 
que se manifiesta desde lo individual o 
colectivo sin una orgánica o proyecto a largo 
plazo. Como menciona Kirkwood (2016), la 
rebeldía o contestación femenina surge 
cuando hay una toma de razón o conciencia 
de contradicción entre los principios 
universales de igualdad teórica propuestos 
por la organización social, y las vivencias 
concretas de desigualdad experimentadas 
entre los sexos (p.30) . El proyecto del 
MEMCH sobrepasaba la rebeldía individual y 
devino en rebeldía social al situarse más allá 
de la propia percepción de la discriminación. 
Se habla de movimiento ya que implica un 
fenómeno social y político de cierta 
trascendencia, en este caso puede derivarse 
de su fuerza numérica como su capacidad 
para lograr algún cambio político (Molyneux, 


El rescate del feminismo que encarnaba el 
proyecto de esta organización pasa por la 
construcción colectiva, con la finalidad de 
situar lo social por sobre lo individual; valorar 
las experiencias situadas de cada militante y 
a partir de ahí construir política con la 
finalidad de ; cuestionar y resignificar a 
través de su discurso los mandatos de 





género históricos; constituir a la mujer como 
gestora de su propia lucha política y buscar 
la igualdad de derechos en todo ámbito en 
relación con el hombre. 


Un movimiento que como todos, se 
construyó en razón a otros diálogos y 
discursos sociales. En esa línea, el discurso 
del MEMCH para los ojos contemporáneos, 
pueden entenderse ambivalentes y 
paradójicos —sobre todo cuando lo llevamos 
al espacio de la corporalidad—, pero que en 
el fondo representan, en alguna medida, las 
«huellas de la dominación» (Varikas, 2005), 
que visibilizadas y puestas a la luz generan 
una agencia en sujetos que, no son ni 
unificados, ni autónomos (Scott, 2001), sino 
que, muestran desde diversas modalidades 
discursivas el lugar en que habitan las 
desigualdades históricas y construyen lo 
político a partir desde ahí. 


La narrativa histórica que los movimientos de 
mujeres se deben pensar desde los 
discursos y los códigos de género que 
condiciones la vida de las que habitan una 
realidad determinada. No es un tránsito 
lineal, ni muchos menos homologable; las 
respuestas colectivas siempre están 
condicionadas a las experiencias que se 
tienen del género, tanto en la dimensión de 
cuestionar los arquetipos dominantes, 
resignificarlos o negociar los cambios y 
grandes horizontes de su actividad política 
emancipadora (Nash, 2006). 


A lo largo de este escrito quisimos dar 
cuenta de la agenda histórica de un 
movimiento importante en la historia política 
chilena y sobre todo para el feminismo. Un 
movimiento que nace al alero de otros 
espacio y discursos subalternos, pero 
también como contraparte de lo 
hegemónico. Ubicamos al MEMCH hacia 
dentro del territorio, un movimiento que abrió 
caminos y trazó nuevos límites en la lucha 
por mejores condiciones de vida para 
muchas mujeres en nuestro país. 


Bibliografía 


Castillo, A. (2011). Nudos Feministas. 
Santiago: Editorial Palinodia. 


Hobsbawn. E. (1983) Rebeldes primitivos. 
Estudios sobres las formas arcaicas de los 
movimientos sociales en los siglos XIX y XX. 


Barcelona. Arial. 1983. 


Illanes, M (2006). Cuerpo y sangre de la 
política. La construcción histórica de las 
visitadoras sociales Chile, 1887-1940. 
Santiago: Editorial LOM. 


Klimpel, E. (1962). La mujer chilena: el aporte 
femenino al progreso de Chile. 1910-1916. 
Santiago: Ediciones Andrés Bello 


Kirkwood, J. (2016). Ser política en Chile. Las 
feministas y los partidos. Santiago: LOM. 


Molyneux, M (2003). Movimientos de mujeres 
en América Latina: estudio teórico 
comparado. Universidad de Valencia. Instituto 
de la Mujer. Madrid: Cátedra. 


Nash, M. (2006) Identidades de género, 
mecanismos de subalternidad y procesos de 
emancipación femenina. En Revista CIDOB 
d'Afers internacionals. Número 73-74, 39-57. 
Barcelona. 


Rojas, C y Jiles, Ximena Comp. (2017) 
Epistolario emancipador del MEMCH. 
Catálogo histórico comentado. Archivo 
Nacional. 


Scott, J (2001) “Experiencia” en La ventana. 


Varikas, E. (2005). Lo que no somos. 
Historicidad del género y estrategias de 
desidentificación.” Revista Internacional de 
Filosofía Política (RIFP) (25), 77-88 


1 El concepto de “rebeldía primitiva” es 
trabajado por Hobsbawn en Rebeldes 
primitivos. Estudios sobres las formas 
arcaicas de los movimientos sociales en los 
siglos XIX y XX. Barcelona. Arial. 1983. En 
el caso de Chile toma significancia en 
expresiones del “movimiento popular 
urbano” en la segunda mitad del siglo XIX, 
sin ningún tipo de organización permanente. 
Hablamos, de la ausencia de un proyecto 
constituido con proyecciones políticas a 
largo plazo. Lo que el autor que engloba 
como las características pre-modernas de 
manifestación política y social. 


Cuadernos de Educación 


CONGRESO-NACiONAL 


9 La 








A propósito de la reciente 
conmemoración del 8 de marzo, Día 
Internacional de la Mujer trabajadora, 
recordamos a Olga Poblete Poblete 


Nadia Rojo Libuy 


A medida que transcurría el siglo XX, mujeres 
desde diferentes ámbitos de la vida social, 
política y cultural de Chile, se iban 
incorporando a la esfera pública, es decir, 
más allá del hogar. Ya sea desde los mismos 
espacios que les correspondía a las mujeres 
vinculados a la alimentación y cuidado 
infantil, cuando se trataba de la carestía, 
hasta a organizarse para luchar por la 
democratización de la sociedad. Cada 
transformación grande o pequeña a favor de 
la igualdad de derechos de las mujeres, solo 
se ha podido alcanzar tras largos años de 
lucha y el esfuerzo mancomunado y anónimo 
de muchas mujeres (Salinas, 1999, p.14). 


Es en este contexto que empiezan a surgir 
distintas organizaciones de mujeres que de 
alguna o otra forma exigían, la incorporación 
a la sociedad como sujetos de derechos y un 
orden político y social más democrático. 


De ahí que en el marco del Día Internacional 
de la Mujer resulta importante referirse a una 
mujer que destacó en distintos quehaceres 
públicos durante el pasado siglo. En este 
caso se trata de Olga Poblete Poblete: 
profesora, luchadora social y presidenta del 
movimento Por la Paz, integrante del 
Movimiento por la Emancipación de las 
Mujeres de Chile (MEMCH). 


Graduada del Instituto pedagógico, trabajó 
en la enseñanza secundaria durante 45 años, 
profesora de la cátedra de Historia Universal 
en el Departamento de Historia de la 
Facultad Filosofía y Educación de la 
Universidad de Chile, y más tarde directora 
del Departamento de Educación de la misma 
Facultad, integrante del Movimiento Por 
emancipación de la Mujer de Chile (MEMCH), 
FUNDADO EN 1935, y premio Lenin de la Paz 
en 1962 (S/D) 


nadiarojolibuy(Agmail.com 


Al ingresar al mundo del trabajo, su principal 
preocupación fu convertirse una buena 
profesora. Y dentro del ámbito laboral se fue 
interesando por el tema de la mujer. En una 
entrevista dada en 1993, comenta «Para que 
vea las contradicciones que una tiene, 
profesora de histona y progresista y jamás 
me había interesado por el tema de la 
mujer». El año 40, motivada por una 
exposición fotográfica de la presencia de la 
mujer en nuestra historia organizada por el 
Movimiento de Emancipación de la Mujer 
Chilena ( MEMCH), ingresó a esta 
organización. (GAM, 1993)Para Olga Poblete 
el Movimiento Pro Emancipación de la Mujer 
Chilena fue el primer movimiento femenino 
organizado y militante, con una trayectoria 
temporal que visibilizó la historia y las luchas 
de las mujeres chilenas en su famosa 
exposición de las Actividades de la Mujer 
Chilena (1940). Que además tuvo un 
resurgimiento en la década y 
especificamente en 1983 (MEMCH 83) donde 
también participaron Olga y Elena Caffarena, 
que tuvo como objetivo la lucha contra la 
Dictadura Militar (Poblete, 1983, p. 160). 


La fundación del MEMCH en 1935 tenia 
como nexo primordial una idea democrática 
amplia, política, pero con la idea clara de no 
ser partidistas. Esto es importante para 
establecer diferencias ideológicas que no 
permitieran evidenciar las desigualdades que 
existían en la sociedad que se vinculaban 
directamente con las mujeres (derechos 
sexuales y reproductivos, derechos políticos, 
derecho al trabajo, entre otros). Si bien 
existían desigualdades que eran 
transversales y de clase, existían también 
desigualdades estrictamente de género que 
había que visibilizar. Por esto mismo, 
participaron activamente en la elección de 
Pedro Aguirre Cerda en 1938, ya que la 
emancipación de la mujer se concebía ligada 
9 


al perfeccionamiento de la democracia, por 
tanto, inserta en las luchas populares. 
(Poblete 1983, p. 162). 


Para Olga Poblete, la militancia política 
partidaria de las mujeres (que se hizo mas 
fuerte con el derecho a voto) generó 
dispersión del movimiento producto de las 
diferencias políticas. La lucha femenina fue 
definida por líneas políticas partidarias, 
elemento político que se recoge, pero que los 
partidos políticos ra lo menos en los de 
pulse no estaban preparados para 
incorporar: La lucha por el voto llevo a las 
mujeres a los partidos políticos y allí, 
dominadas por hombres, terminaron en los 
departamentos femeninos sirviéndoles el 
café o sacando copias a roneo. (entrevista la 
Epoca 1993). 


Que se entienda esto no significaba que Olga 
Poblete no tuviera una militancia política, era 
una mujer de izquierda, pero criticaba a los 
partidos políticos que izquierda que querían 
incorporar el trabajo femenino sin las 
demandas de la mujer. 


Nos dice Olga, que durante el gobierno de 
Eduardo Frei Montalva ya se advierte una 
gran definición del movimiento femenino, 
porque el gobierno le dio una gran 
importancia a la política comunitaria. Las 
mujeres de la Democracia Cristiana 
trabajaban en los Centros de Madres —que 
habían sido creados durante el gobierno de 
González Videla—, poniendo el acento 
especialmente en problemas culturales. 
Luego, la gran apertura que significó la 
Unidad Popular estimuló el desarrollo de 
organismos femeninos, y la creación de la 
Secretaría de la Mujer dio la oportunidad de 
intensificar el trabajo en los Centros de 
Madres, pero con una orientación más 
amplia, más democrática, más participativa y 
más directamente ligada a la lucha social 
que estaba planteada en ese momento. Pero 
también nos dice Olga Poblete que durante 
este periodo no se prestó suficiente atención 
al problema de capacitación de la mujer es 
su aspecto especifico, en cuanto a sus 
problemas como mujer. Crítica que sostuvo 
toda su vida a los partidos políticos. (S/D) 
Los partidos de izquierda, tenían que educar 
a las mujeres para comprender que no existe 
contradicción entre postular los cambios 
sociales, económicos y políticos y garantizar 
el orden, la tranquilidad, la autoridad. Creo 


10 


que la educación política nunca se hizo. 
Debió haber comenzado incluso por los 
mismos hombres para modificar en ellos, 
pese a sus posiciones políticas y filosóficas 
progresistas, los siglos y siglos de configurar 
su conciencia de varón...(Poblete, 1983, pp. 
166-167). 


Durante la Dictadura Militar, se reactiva la 
lucha colectiva emprendida por las mujeres, 
marcando un resurgimiento del movimiento 
femenino chileno. En 1983 se refunda el 
MEMCH 83. Nos dice Olga Poblete que 
fueron en muchos sentidos las mujeres que 
salieron en busca de sus familiares que 
ayudaron a reorganizar el tejido social roto 
por la dictadura, y esto le dio un nuevo aire al 
movimiento femenino. Las luchas ya 
planteadas anteriormente se sumaban la 
lucha por los Derechos Humanos. Me atrevo 
a decir que avanzaron sin leyes. Allí está el 
mérito de las mujeres en este país. Durante 
estos años fueron las primeras en salir a la 
calle, en organizarse, en arriesgarse pos sus 
hombres, sus hijos. (Poblete, 1990). 


.Olga Poblete reconoció los avances dentro 
de la sociedad respecto de los derechos de 
las mujeres, pero sin embargo reconocía 
también la falta de una corriente unitaria de 
las mujeres chilenas. Actualmente 
reconocería el trabajo del movimiento 
feminista actual dentro y fuera de los 
partidos políticos de izquierda, donde 
algunos se declaran feministas, y luchan por 
la paridad de género, igual trabajo igual 
paga. Reconocería el avance en una agenda 
de genero dentro de los partidos, pero se 
problematizaría el hecho que aún se están 
discutiendo cuestiones que se planteaban el 
siglo pasado y se sigue luchando por su 
superación. 


Bibliografía 

Entrevista a Olga Poblete La mujer aun no 
levanta la mano, La Epoca, 40 de junio 1990, 
(suplemento) 


http://www.bibliotecanacionaldigital. gob.cl/ 


bnd/628/w3-article-184185.html, [consultado: 


marzo 2021]. 


Adiós a Olga Poblete Punto Final n* 450 (jul 
23, 1999) p. 9 


http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/ 
bnd/628/w3-article-209967.html, 
[consultado: marzo 2021]. 


Entrevista a Olga Poblete, La mujer ¿una 
desconocida? s/d https://repositorio.ufsc.br/ 
bitstream/handle/ 
123456789/176358/3.4%20Revista%20- 
%20LA%20MUJER%20%3D%20REJUM%20AL 
%20%C02%BFUNAZ%20DESCONOCIDA_.pdf?se 
O AO marzo 
20211. 


Entrevista a Olga Poblete Olga Poblete, 
Feminista, Marea Alta 1993, http:// 
www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/ 
628/w3-article-200705.html [consultado: 
marzo 2021]. 


La Epoca. jun. 30, 1990, p. 11 y 14 
(suplemento) http:// 
www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/ 
628/w3-article-184185.html 


Cecilia Salinas, el derecho a voto de las 
mujeres chilenas MEMCH, Santiago 1999 


http://museovillagrimaldi.info/doc/ 
1_7_2_13_22.pdf, consultado: marzo 2021]. 


Olga Poblete, El MEMCH, un capitulo de 
militarismo femenino chileno, Araucaria de 
Chile n*? 24 1983 





Cuadernos de Educación 


mche délendue par des Femmes. 
12 


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Cuando los obreros tomaron el cielo 
por asalto a 150 años de la Comuna 


de París 


El 18 de marzo de 1871, los artesanos y los 
obreros tomaron el poder en la ciudad de 
París; mantuvieron el control durante 71 días. 
Aunque no respondió a un plan premeditado, 
la Comuna de París quedó asociada a la 
Internacional y la raíz común de «comun» y 
«comunismo» favoreció el deslizamiento de 
sentidos. Aunque finalmente fue derrotada a 
sangre y fuego y muchos de sus 
participantes fueron fusilados, su difusión 
global capturó la atención tanto de las clases 
dominantes como de los sectores populares. 
Muchos de los símbolos de la izquierda 
surgieron de ella. Y los communards 
exiliados alimentarían a las corrientes 
socialistas en diversos países, incluso en 
América Latina. 


El 18 de marzo de 1871, los trabajadores y 
los sectores populares de la ciudad de París 
tomaban el cielo por asalto. La metáfora 
homérica, que alude a los titanes que 
tuvieron la osadía de irrumpir en el Olimpo 
reservado a los dioses, quedó estampada en 
una carta que ese mismo año Karl Marx le 
enviaba a su amigo, el médico socialista 
Ludwig Kugelmann. 


A partir del día siguiente, la prensa oficial 
francesa denunció ante el mundo la 
temeridad del «populacho» que había 
formado su propio ejército y convocaba a 
elegir su gobierno comunal. En pocos días, la 
prensa de todo el globo se hacía eco de las 
imputaciones de su par francesa: la Comuna 
de París era obra de la Internacional, la 
temible Asociación Internacional de los 
Trabajadores. Y tras la internacional obrera 
se escondía un sabio maléfico, empeñado en 
destruir la obra de la civilización: el 
«prusiano» Karl Marx, aquel Prometeo que 
había robado el moderno saber burgués -la 
Economía Política- para volverlo contra la 
propia burguesía y entregarlo al proletariado. 


Horacio Tarcus 


Historiador 


Aunque la investigación histórica pudo 
demostrar sobradamente que en modo 
alguno la Comuna había sido obra de la 
Internacional, nunca como entonces la 
historia de esta asociación obrera alcanzaba 
semejante difusión global. La prensa del 
mundo, en Occidente y en Oriente, informaba 
a sus lectores sobre los fines de la 
Internacional, de sus congresos sucesivos, 
de sus líderes. Algunos diarios transcribían 
incluso sus proclamas. «Gracias a la 
Comuna, la Internacional se ha convertido en 
una potencia moral en Europa», señalaba 
Friedrich Engels tres años más tarde en una 
carta a Friedrich A. Sorge fechada el 12 de 
septiembre de 1874. 


Al mismo tiempo, el nombre de Marx 
aparecía por primera vez en la primera plana 
de la gran prensa internacional, acompañado 
por grabados que revelaban al mundo su 
melena leonina y su rostro barbado. El 
mundo burgués comprendía que el 
comunismo no era una amenaza potencial, el 
producto febril de oscuros conspiradores o la 
lucubración racionalista de los constructores 
de utopías, sino un peligro real que de pronto 
podía acontecer en la ciudad que era el 
simbolo mismo de la civilización moderna. 
La Comuna abrigaba el fantasma del 
comunismo. Y aunque la Comuna de París 
lejos estuvo de adoptar un programa 
comunista, la presencia fantasmática de la 
Internacional era para sus detractores la 
prueba evidente de su estrategia final. 
“Commune” en francés quiere decir comuna, 
ayuntamiento. La Comuna de París no es 
más, literalmente hablando, que el 
ayuntamiento de la Ciudad Luz. Pero la 
palabra “commune” compartía la misma raíz 
que “communisme”, lo que favoreció el 
deslizamiento de sentido. El término 
«comunismo», si bien formaba parte del 
vocabulario político de las vanguardias 

13 


desde la década de 1830, no se difundió a 
escala internacional sino con los hechos de 
la Comuna. 


El acontecimiento 


La Comuna de París no respondió en modo 
alguno a un plan premeditado. Antes bien, 
fue hija de un encadenamiento de 
circunstancias imprevisibles: la Guerra 
Franco-prusiana, la derrota del ejército 
imperial francés, el sitio de París, el 
advenimiento de la Tercera República 
francesa al mismo tiempo que la unificación 
alemana bajo el Imperio de Guillermo |. 


La catástrofe de los ejércitos de Luis 
Bonaparte en Sedán, en septiembre de 1870, 
había significado el derrumbe del Segundo 
Imperio francés y la simultánea 
proclamación de la República. El proletariado 
así como los sectores más avanzados del 
pueblo manifestaban una abierta 
desconfianza hacia la nueva Asamblea 
Nacional -dominada por monárquicos y 
republicanos moderados- y hacia el 
Gabinete que presidía Adolphe Thiers, a 
cuyos integrantes consideraban no solo 
dispuestos a aceptar las más humillantes y 
onerosas condiciones de paz impuestas por 
Alemania, sino también a traicionar la recién 
fundada Tercera República en pro de una 
nueva monarquía borbónica. 


París había resistido un sitio de cuatro 
meses que culminó en enero de 1871 con la 
victoria del ejército prusiano y la 
proclamación de Guillermo | como 
emperador de Alemania, nada menos que en 
Versalles, en territorio francés. Pero como 
los ejércitos alemanes solo tuvieron cercada 
la ciudad capital sin atreverse a tomarla, el 
combativo y organizado pueblo parisino 
pudo rechazar la rendición, desafiando así a 
su propio gobierno. Tanto fue así que el 
Ejecutivo que presidía Thiers y la Asamblea 
Nacional decidieron instalarse en Versalles, 
intentando doblegar desde allí a la ciudad 
rebelde. El proletariado parisino no solo 
aquilataba una extensa tradición de luchas 
sociales y políticas sino que, además, 
contaba ahora con pertrechos y experiencia 
militar: las circunstancias históricas lo 
habían convertido en un proletariado armado, 
mientras el enemigo alemán o los 
republicanos burgueses no lograran 
desarmarlo. 


14 


En una inédita situación de doble poder, 
París se vio obligada a darse una forma de 
organización y de gestión, no solo para 
sostener su resistencia al gobierno de 
Versalles, sino incluso para asegurar su 
funcionamiento y su abastecimiento. La 
estructura política aquí creada tomó por 
base la Guardia Nacional, que había sido 
movilizada en septiembre de 1870 para 
asegurar la defensa de la capital y cuya 
tradición revolucionaria se remontaba a 
1789. No era otra cosa que una milicia 
ciudadana, compuesta por todos los varones 
mayores de 18 años, con amplia mayoría de 
proletarios y artesanos. En febrero de 1871, 
la Guardia parisina creó una estructura 
electiva y piramidal, la Federación de la 
Guardia Nacional (de allí que se designase a 
los comuneros como «federados»), 
compuesta por los delegados de las 
compañías y los batallones de la milicia 
parisina; su cúspide la ocupaba un Comité 
Central. 


La Comuna nació en París el 18 de marzo de 
1871, cuando los artesanos y los obreros 
tomaron el poder en la ciudad. El pueblo 
parisino se había levantado al descubrir que 
el gobierno provisional intentaba arrebatarle 
por sorpresa las baterías de cañones que 
habían comprado por suscripción popular 
para defender la ciudad. Las fuerzas del 
ejército terminaron confraternizando con la 
población sublevada. Cuando el general 
Lecomte ordenó disparar contra la 
muchedumbre inerme, los soldados lo 
hicieron bajar de su caballo y lo fusilaron. 
Otro tanto hicieron con el general Thomas, 
veterano comandante responsable de la 
represión durante la rebelión popular de junio 
de 1848. En ese momento Thiers ordenó a 
los empleados de la administración nacional 
evacuar la capital. Ante el vacío de poder, la 
Guardia Nacional convocó de inmediato a 
elecciones comunales sobre la base del 
sufragio universal (masculino). Su Comité 
Central entregó entonces el poder provisional 
al consejo municipal elegido 
democráticamente, con predominio de 
republicanos radicales y blanquistas. 


Sitiada París, primero por los prusianos y 
luego por los versalleses, los comuneros 
debieron gobernar una ciudad asediada. 
Promulgaron una serie de decretos (sobre 
educación popular, separación de la Iglesia 
del Estado, indulgencia con los alquileres 


impagos o abolición de los intereses por 
deudas) dictados por la urgencia y la 
necesidad antes que por la definición de un 
orden social cuyos trazos ni siquiera 
alcanzaron a definir durante sus dramáticos 
71 días de vida. 


Cercada en parte todavía por las tropas 
prusianas, hostigada por la prensa de 
Versalles con calumnias que a su vez 
replicaba la prensa internacional, 
empobrecida, incomunicada, aislada del 
resto de las fuerzas progresistas de la 
nación, la Comuna de París soportó con 
heroísmo durante más de dos meses 

el bombardeo y el asedio del 
gobierno provisional. 
Finalmente, el 21 de mayo 
el ejército de Versalles 
logró franquear la Porte 
de Saint-Cloud, y a lo 
largo de una semana 
conquistó militarmente 
una ciudad que le 
ofreció una dramática 
resistencia. Los — 
encarnizados combates “MM 
se sucedieron barrio a 
barrio, calle a calle. Los 
últimos 147 resistentes se 
parapetaron detrás de un 
muro del Cementerio de Pere- 

















e — 


de las costumbres que había impulsado la 
burguesía liberal. Los republicanos, que no 
podían condenar a la tradición revolucionaria 
de la que habían surgido, la vieron como el 
producto de la liberación de los «bajos 
instintos» de una plebe incontrolada 
compuesta por turbas frenéticas libradas a 
su propia suerte. 


En la vereda opuesta, todo el arco de la 

izquierda revolucionaria de su tiempo la 

reivindicó como un hito inaugural. Las 

lecturas que hicieron las izquierdas eran de 

algún modo proyecciones de las múltiples 

tendencias políticas que convivieron 

en su seno, desde republicanos 

radicales a mutualistas, 

pasando por socialistas de 

25, las más diversas escuelas 

4% (incluso de la 

2 Y 2 positivista); desde 

F 2 adeptos de la 

2 centralización política 

'aultranza (como los 
blanquistas, los 
seguidores del 

revolucionario Auguste 

eN Blanqui) hasta 

7 partidarios de las 

27 diversas corrientes 

=> federalistas, unas más 

radicales, otras más 


Lachaise, donde fueron fusilados y "<> Mmoderadas. 


enterrados en una fosa común. 


El 28 de mayo -una vez concluida la llamada 
«Semana Sangrienta» y con ella la 
experiencia comunalista-, el saldo era de 
unos 30.000 comuneros muertos y 43.000 
prisioneros, de los cuales 10.000 fueron 
condenados, unos a la cárcel y otros al exilio 
en Nueva Caledonia. París se mantuvo bajo 
la ley marcial durante cinco años. 


Las interpretaciones 


La experiencia de la Comuna fue leída de los 
modos más diversos, incluso durante su 
mismo decurso. Sus enemigos más 
encarnizados -aristócratas y clericales, 
monárquicos legitimistas y orleanistas, 
republicanos conservadores y moderados- 
coincidieron en denostarla, pero con 
argumentos diversos. Para los 
ultramontanos era abominable por el simple 
hecho de ser una revolución, y la leyeron 
como una consecuencia de la secularización 


Como ya ha sido señalado, la Comuna no fue 
un producto de la Internacional. De acuerdo 
con lo que Engels expresaba en una carta a 
Adolph Sorge, fechada el 12 de septiembre 
de 1874, la Internacional «no había movido 
un dedo para darle vida». Y, a pesar de ello, la 
Comuna era «hija espiritual de la 
Internacional». Solo un tercio de los 
delegados y de los integrantes del Comité 
Central de la Guardia Nacional pertenecía a 
las secciones francesas de la Internacional. 
Y apenas 13 sobre los 90 fueron elegidos 
para la Asamblea comunal del 26 de marzo, 
en la que había emergido una «elite oscura» 
de ilustres desconocidos. Pero tampoco 
estos 13 revolucionarios llevaban adelante 
una estrategia común. Marx exhortaba desde 
Consejo General de la Internacional con sede 
en Londres a la clase obrera europea en 
general (y a la británica en particular) a la 
solidaridad con la Comuna, mientras que en 
la correspondencia que mantenía con 
algunos de los comuneros de París, como 


15 


Cuadernos de Educación 











Cuadernos de Educación 


Auguste Serraillier, Léo Fránkel y Eugene 
Dupont, aconsejaba prudencia, señalando los 
inconvenientes que acarrearía el ataque 
abierto al gobierno republicano mientras 
durase la ocupación alemana así como el 
creciente aislamiento político de París. Marx 
consideraba imposible una victoria militar y 
aconsejaba a los comuneros negociar con 
Versalles una paz honrosa. 


Pero no todos los dirigentes políticos 
franceses participaban del realismo de Marx; 
en especial, discrepaban los republicanos 
radicales y los blanquistas, los exponentes 
de la tradición jacobina. A esta vertiente 
insurreccionalista a ultranza se sumarían 
muy pronto los bakuninistas, con el propio 
Mijaíl Bakunin que había viajado a Francia 
apenas comenzada la guerra. 


El 30 de mayo de 1871, apenas dos días 
después de concluida la Semana Sangrienta, 
Marx leía en el Consejo General londinense 
su célebre alocución, La guerra civil en 
Francia, una pieza magistral de equilibrio 
político. Había concebido un texto que, sin 
renunciar a sus ideas ni a su estilo, pudiera 
conformar a las distintas tendencias que 
convivían, no sin tensiones, en el Consejo. 
Antes que optar por una estrategia de debate 
público sobre las diferencias que separaban 
las diversas escuelas socialistas, Marx 
ensayó una lírica defensa de la experiencia 
comunera, en la que solo entre líneas es 
posible leer, por ejemplo, la crítica a los 
exponentes del insurreccionalismo 
neojacobino -«supervivientes y devotos de 
revoluciones pasadas»-, al exceso de 
escrúpulos democráticos de los republicanos 
moderados -que llevaron al Comité Central 
de los federados a delegar rápidamente el 
poder-, o a los herederos de Proudhon -que 
no se atrevieron a tocar la sacrosanta 
propiedad de la banca-. Estos y otros 
inevitables errores como la demora de las 
milicias en marchar sobre Versalles- no 
podían oscurecer su mérito histórico, que no 
consistía en otra cosa que en su propia 
existencia. Ahora que había sido derrotada, 
que los hombres y las mujeres que la 
sostuvieron eran fusilados o detenidos, que 
la prensa burguesa derramaba por el mundo 
las calumnias más inicuas, la Comuna debía 
ser saludada por los trabajadores de todo el 
mundo como un primer ensayo, fallido pero 
heroico, de gobierno obrero, como «la forma 
política al fin descubierta que permitía 


18 


realizar la emancipación económica del 
trabajo». 


En un primer momento, el Consejo General 
aceptó sin discusión la alocución de Marx y 
decidió su publicación en diversos idiomas. 
El comunero Charles Longuet, futuro yerno 
de Marx, tradujo al francés el texto original 
de Marx redactado en inglés, y más tarde 
Engels editaría la versión alemana. Pero en 
los días que siguieron, los dirigentes 
sindicales ingleses George Odger y Benjamin 
Lucraft retiraron su firma objetando los 
pasajes más duros sobre el gobierno 
republicano de Versalles. Marx se dio a 
conocer entonces como el autor intelectual 
de la alocución, pero su decisión no pudo 
evitar, junto con la renuncia de sus 
dirigentes, la salida de las trade unions 
británicas, uno de los dos pilares sobre los 
cuales se había fundado la Internacional en 
1864. Esta defección, sumada al 
hostigamiento que las diversas secciones 
sufrieron después de la Comuna por parte de 
los gobiernos europeos y a la lucha de 
fracciones que comenzaba a desatarse 
abiertamente entre marxistas y bakuninistas, 
marcó el declive de la Primera Internacional. 


Como señaló el historiador alemán Arthur 
Rosenberg, «el escrito de Marx sobre la 
Guerra Civil de 1871 tiene una importancia 
histórica excepcional». En desacuerdo con 
muchos de los métodos de la Comuna -en 
primer término, la insurrección misma-, le 
habría resultado tanto más sencillo deslindar 
cualquier responsabilidad sobre el curso que 
tomaron los acontecimientos. Sin embargo, 
no le importó mostrarse ante la opinión 
pública como quien tenía la razón, sino que, 
al contrario, «hizo suya audazmente la 
Comuna y desde entonces el marxismo tiene 
una tradición revolucionaria ante los ojos de 
la humanidad». Esta apropiación marxiana 
de la Comuna fue tan resistida por los 
anarquistas (para Bakunin no fue sino la 
expresión de un «travestismo 
verdaderamente grotesco») como 
canonizada por los comunistas de todo el 
mundo, desde los rusos que en 1917 hicieron 
de la forma comuna el precedente del sóviet, 
hasta los chinos de la Comuna de Cantón 
primero y de la Comuna de Shanghái 
después. 


El folleto de Marx circuló en cientos (sino 
miles) de ediciones; usualmente, con un 


prólogo escrito por Engels para la edición 
alemana de 1891 que den franco contraste 
con el análisis de Marx) presentaba la 
experiencia comunera como un ejercicio de 
«dictadura del proletariado». Muchas 
ediciones añadían también artículos de 
Lenin, en los que la Comuna francesa era 
asimilada al sovietismo ruso. 


La difusión internacional 


Los días de la Comuna mantuvieron en vilo al 
mundo entero, tanto al orden burgués como a 
los sectores populares. Los medios de 
prensa transcribían en primera plana los 
bandos de una y otra parte, los modernos 
magazines ilustrados reproducían escenas 
de los combates o de la vida comunera bajo 
la forma de grabados y litografías. Mientras 
la gran prensa burguesa reproducía las 
noticias más fantásticas sobre hechos de 
violencia y destrucción atribuidos a la plebe 
de París, los medios de prensa minoritarios 
de los republicanos radicales, de los 
federalistas españoles y de los socialistas de 
todo el mundo se empeñaban chequear la 
información y en publicar fuentes fidedignas. 
La Comuna impactó fuertemente en la 
prensa española así como en toda la 
América Latina. 


Los exiliados de la Comuna refugiados en 
Londres, en Bruselas o en Ginebra 
comenzaron a publicar sus testimonios y sus 
balances en el mismo año de 1871. Una 
intensa folletería popular de celebración de 
la experiencia comunera y de denuncia a los 
procesos judiciales nutrió la cultura de 
izquierdas de las últimas tres décadas del 
siglo XIX, tanto anarquista como socialista, 
proyectándose incluso a comienzos del siglo 
XX. El republicano federalista español 
Manuel de Cala publicó entre 1871 y 1872 
dos volúmenes titulados Los comuneros de 
París, con prólogo de Pi y Margall, que 
todavía se reeditaban en Buenos Aires en 
1929. La vibrante Historia de la Comuna de 
1871 del periodista socialista Lissagaray, 
publicada en Bruselas en 1876 durante el 
exilio de su autor, fue un verdadero best- 
seller de su tiempo. Eleanor, la hija menor de 
Marx y por aquel tiempo pareja de 
Lissagaray, la tradujo al inglés. 


Del lado anarquista, la obra más popular fue 
la de Louise Michel, una educadora que 
había encabezado la manifestación de 


mujeres que impidió que los cañones 
parisinos pasaran a mano de los versalleses. 
La Commune. Histoire et souvenirs (La 
Comuna. Historia y recuerdos), publicado en 
París en 1898 cuando hacía ya varios años 
que su autora había retornado de su 
deportación en Nueva Caledonia, se tradujo 
enseguida al español en Barcelona, 
conociendo a comienzos del siglo XX 
sucesivas ediciones populares que se leían 
en todo el mundo de habla hispana. También 
alcanzó enorme popularidad La Commune 
(1904), una historia novelada de los 
hermanos Paul y Victor Margueritte, que fue 
traducida al español en Barcelona en 1932, 
en los albores de la Segunda República. 


Los exiliados de la Comuna se esparcieron 
por Europa y América llevando sus relatos 
heroicos, sus programas políticos y sus 
rencillas internas. Allí donde se afincaban, 
lanzaban periódicos en francés, publicaban 
folletos y fundaban secciones de la 
Internacional. Fueron comuneros franceses 
quienes crearon la primera sección francesa 
de la Internacional en la Buenos Aires de 
1872. Otros ex-communards se instalaron en 
Chile, Uruguay y Brasil, según las pistas que 
siguió Marcelo Segall. 


Alicia Moreau, una de las figuras señeras del 
socialismo argentino, era hija del comunero 
Armand Moreau, que se había exiliado en 
Londres con su familia antes de instalarse en 
Buenos Aires. El movimiento socialista 
internacional celebró el 18 de marzo como 
una jornada popular, al menos durante tres 
décadas. Jóvenes intelectuales socialistas 
como Leopoldo Lugones y José Ingenieros 
lanzaron en la Buenos Aires de 1987 el 
periódico La Montaña, fechándolo el 12 
Vendimiario del año XXVI de la Comuna, 
conforme el calendario revolucionario 
adoptado en 1871. Todavía a comienzos del 
siglo XX la portada del semanario socialista 
argentino La Vanguardia correspondiente al 
18 de marzo estaba dedicada a homenajear 
a la Comuna. En el México de 1874 aparece 
un periódico bisemanal, La Comuna, que 
poco después nacionaliza la experiencia 
parisina y pasa a titularse La Comuna 
Mexicana. Dos años después, el periódico 
mexicano El Hijo del Trabajo daba a conocer 
las biografías de los principales líderes de la 
experiencia comunera. 


19 


Cuadernos de Educación 


La memoria de la Comuna se mantuvo viva 


en América Latina más allá del exilio francés. 


El socialista chileno Luis Emilio Recabarren y 
el anarquista peruano González Prada, entre 
muchísimos otros, le consagraron artículos 
en la prensa obrera de su tiempo. El 
Centenario de la Comuna fue celebrado en 
1971 con reediciones de aquellas obras 
clásicas, con suplementos especiales que le 
consagraron periódicos y revistas, y con un 
Coloquio internacional realizado en París. El 
Berliner Ensable presentó entonces en París 
Los días de la Comuna, la pieza teatral de 
Bertold Brecht. 


Todavía resonaban los ecos de Mayo de 
1968, cuando los estudiantes de la nouvelle 
gauche le disputaron a la tradición 
comunista la herencia de la Comuna. Tan 
constantes fueron las referencias de los 
enrages a los episodios de la Comuna de 
1871 que la compilación de Alain Schnapp y 
Pierre Vidal-Naquet sobre Mayo del 68 llevó 
por título Journal de la Commune étudiante. 


Los herederos de la tradición leninista -los 
comunistas, los trotskistas y los maoístas-, 
venían celebrando en la experiencia 
comunera la dimensión insurreccional y los 
atisbos de una «dictadura del proletariado», 
remarcando siempre la «gran lección» de 
1871: la clase obrera no puede triunfar sin un 
partido revolucionario. En un camino abierto 
por el movimiento situacionista, el filósofo 
francés Henri Lefebvre ofrecía en 1965 a sus 
alumnos de la Universidad de Nanterre una 
lectura alternativa, en la que el final trágico 
de la experiencia comunera no debía opacar 
su decurso como un acontecimiento lúdico y 
festivo. 


Para Lefebvre, la Comuna habría sido una 
fiesta inmensa que el pueblo de París se 
habría regalado a sí mismo y al mundo, una 
fiesta «de los desheredados y de los 
proletarios, fiesta revolucionaria y de la 
revolución, fiesta total, la más grande de los 
tiempos modernos». Y a contrapelo de las 
lecturas hasta entonces dominantes, 
entendió que las notas que definían la 
experiencia comunera eran una 
espontaneidad incontenible, una gran 
pluralidad, su carácter internacionalista, su 
genio colectivo (desprovisto de grandes 
jefes), la ausencia de un partido que por 
detrás pudiera controlar todo lo que sucedía, 
así como un antibelicismo y anticolonialismo 


20 


ejemplificados en el derribo de la Columna 
Vendóme, símbolo de las victorias 
napoléonicas. Lefebvre abrió el camino a 
aquellas lecturas contemporáneas que 
repusieron la historicidad de la Comuna, al 
extraerla de la genealogía que la inscribía 
como un prolegómeno de la Revolución Rusa 
de 1917. Esto no significa, ni mucho menos, 
que se trate simplemente de devolverla a 
Francia, porque la Comuna tampoco 
encuentra su lugar en la historia del 
republicanismo nacional francés. 


En el mundo globalizado del siglo XXI, las 
apelaciones a las formas comunales son 
cada vez más frecuentes en las más diversas 
experiencias políticas de resistencia al poder, 
en las que no faltan siquiera las referencias 
expresas a la experiencia de 1871. «La 
referencia a la Comuna -escribe Deluermoz, 
el último gran historiador de este 
acontecimiento- parece alimentar las 
demandas cada vez más presentes de un 
poder más horizontal así como el principio 
de un movimiento sin líderes” que 
caracterizan a muchas de estas protestas 
contemporáneas». 


Estas demandas sociales alimentan nuevos 
significados y recuperan otras imágenes, 
más próximas a la subjetividad política 
contemporánea. Es el caso de la Comuna de 
Louise Michel y la de tantas mujeres que a 
pesar de quedar excluidas del sufragio 
«universal», jugaron un rol crucial en la 
defensa de París. O de la Comuna de los 
artistas y de los poetas, la de Gustave 
Courbet y Honoré Daumier, la de Rimbaud y 
Verlaine. También es la Comuna del poeta 
Eugéne Pottier, autor de aquellos versos de 
«La Internacional» que, años después, con 
música del belga Pierre Degeyter, iban a 
convertirse en el himno de los trabajadores 
de todo el globo. O la Comuna de los 
laicistas y de los educadores. Está también 
la Comuna del general Jarostaw Dabrowski y 
la de tantos polacos e italianos que se 
batieron en París por una causa que 
consideraban universal. Está la Comuna de 
los clubes políticos, de los periódicos 
revolucionarios que libraban una lucha 
desigual con los grandes medios de prensa, 
la Comuna de los pasquines pegados en la 
pared, la Comuna que adoptó la bandera roja 
convirtiéndola, 150 años atrás, en emblema 
universal del socialismo y estandarte 
internacional de la liberación de los trabajadores. 


Cuadernos de Educación 





21 


La Comuna fue fecunda forjadora de 
imágenes y de símbolos que, a pesar del 
tiempo transcurrido, todavía le dicen algo a 
nuestro presente. La historiografía del siglo 
XXI vuelve a los archivos y elabora nuevos 
relatos del acontecimiento de 1871. La 
literatura y el arte de nuestro presente 
vuelven a ponerla en escena, tal como lo 
ensayó a comienzos de nuestro siglo el 
director británico Peter Watkins con su 
docudrama monumental La Comuna de 
París, apelando a actores no profesionales. 
Una actualidad que disgustaba a Francois 
Furet. El historiador liberal francés había 
sostenido que «ningún acontecimiento de 
nuestra historia moderna, y acaso de toda 
nuestra historia, ha sido objeto de tal 
sobreinversión de interés en relación con su 
brevedad». Eric Hobsbawm coincidía en 
cierto modo al señalar que la Comuna «no 
fue tan importante por lo que consiguió 
como por lo que presagiaba; fue más 
formidable como símbolo que como hecho». 
Justamente por eso, señalaba, los 
historiadores deberían «resistirse a la 
tentación de despreciarla 
retrospectivamente». 


OPINIÓN 
MARZO 2021 
*publicado en revista nueva sociedad 


https://www.nuso.org/articulo/comuna-de- 
paris/ 


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Edgar Straehle corras. « 8, la 
Comuna de parís el a tr ¡ción revolticionaria. 
Una aproximación desde Henri Lefebvre» en 
Oximora, Revista Internacional de Ética y 
Política N* 13, 7-12/2018. 


Horacio Tarcus: Marx en la Argentina Sus 
primeros lectores obreros, Inte ectuales dl 
GIepiffiCos, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 


ayo del 68, la 


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