Skip to main content

Full text of "Revista de Cuba; periodico mensual de ciencias, derecho, literatura y bellas artes .."

See other formats


Google 


This  is  a  digital  copy  of  a  book  that  was  prcscrvod  for  gcncrations  on  library  shclvcs  bcforc  it  was  carcfully  scannod  by  Google  as  parí  of  a  projcct 

to  make  the  world's  books  discoverablc  onlinc. 

It  has  survived  long  enough  for  the  copyright  to  expire  and  the  book  to  enter  the  public  domain.  A  public  domain  book  is  one  that  was  never  subject 

to  copyright  or  whose  legal  copyright  term  has  expired.  Whether  a  book  is  in  the  public  domain  may  vary  country  to  country.  Public  domain  books 

are  our  gateways  to  the  past,  representing  a  wealth  of  history,  culture  and  knowledge  that's  often  difficult  to  discover. 

Marks,  notations  and  other  maiginalia  present  in  the  original  volume  will  appear  in  this  file  -  a  reminder  of  this  book's  long  journcy  from  the 

publisher  to  a  library  and  finally  to  you. 

Usage  guidelines 

Google  is  proud  to  partner  with  libraries  to  digitize  public  domain  materials  and  make  them  widely  accessible.  Public  domain  books  belong  to  the 
public  and  we  are  merely  their  custodians.  Nevertheless,  this  work  is  expensive,  so  in  order  to  keep  providing  this  resource,  we  have  taken  steps  to 
prcvcnt  abuse  by  commercial  parties,  including  placing  lechnical  restrictions  on  automated  querying. 
We  also  ask  that  you: 

+  Make  non-commercial  use  of  the  files  We  designed  Google  Book  Search  for  use  by  individuáis,  and  we  request  that  you  use  these  files  for 
personal,  non-commercial  purposes. 

+  Refrainfivm  automated  querying  Do  nol  send  automated  queries  of  any  sort  to  Google's  system:  If  you  are  conducting  research  on  machine 
translation,  optical  character  recognition  or  other  áreas  where  access  to  a  laige  amount  of  text  is  helpful,  picase  contact  us.  We  encouragc  the 
use  of  public  domain  materials  for  these  purposes  and  may  be  able  to  help. 

+  Maintain  attributionTht  GoogXt  "watermark"  you  see  on  each  file  is essential  for  informingpcoplcabout  this  projcct  and  hclping  them  find 
additional  materials  through  Google  Book  Search.  Please  do  not  remove  it. 

+  Keep  it  legal  Whatever  your  use,  remember  that  you  are  lesponsible  for  ensuring  that  what  you  are  doing  is  legal.  Do  not  assume  that  just 
because  we  believe  a  book  is  in  the  public  domain  for  users  in  the  United  States,  that  the  work  is  also  in  the  public  domain  for  users  in  other 
countries.  Whether  a  book  is  still  in  copyright  varies  from  country  to  country,  and  we  can'l  offer  guidance  on  whether  any  specific  use  of 
any  specific  book  is  allowed.  Please  do  not  assume  that  a  book's  appearance  in  Google  Book  Search  means  it  can  be  used  in  any  manner 
anywhere  in  the  world.  Copyright  infringement  liabili^  can  be  quite  severe. 

About  Google  Book  Search 

Google's  mission  is  to  organizc  the  world's  information  and  to  make  it  univcrsally  accessible  and  uscful.   Google  Book  Search  hclps  rcadcrs 
discover  the  world's  books  while  hclping  authors  and  publishers  rcach  ncw  audicnccs.  You  can  search  through  the  full  icxi  of  this  book  on  the  web 

at|http: //books.  google  .com/l 


Google 


Acerca  de  este  libro 

Esta  es  una  copia  digital  de  un  libro  que,  durante  generaciones,  se  ha  conservado  en  las  estanterías  de  una  biblioteca,  hasta  que  Google  ha  decidido 

cscancarlo  como  parte  de  un  proyecto  que  pretende  que  sea  posible  descubrir  en  línea  libros  de  todo  el  mundo. 

Ha  sobrevivido  tantos  años  como  para  que  los  derechos  de  autor  hayan  expirado  y  el  libro  pase  a  ser  de  dominio  público.  El  que  un  libro  sea  de 

dominio  público  significa  que  nunca  ha  estado  protegido  por  derechos  de  autor,  o  bien  que  el  período  legal  de  estos  derechos  ya  ha  expirado.  Es 

posible  que  una  misma  obra  sea  de  dominio  público  en  unos  países  y,  sin  embaigo,  no  lo  sea  en  otros.  Los  libros  de  dominio  público  son  nuestras 

puertas  hacia  el  pasado,  suponen  un  patrimonio  histórico,  cultural  y  de  conocimientos  que,  a  menudo,  resulta  difícil  de  descubrir. 

Todas  las  anotaciones,  marcas  y  otras  señales  en  los  márgenes  que  estén  presentes  en  el  volumen  original  aparecerán  también  en  este  archivo  como 

tesümonio  del  laigo  viaje  que  el  libro  ha  recorrido  desde  el  editor  hasta  la  biblioteca  y,  finalmente,  hasta  usted. 

Normas  de  uso 

Google  se  enorgullece  de  poder  colaborar  con  distintas  bibliotecas  para  digitalizar  los  materiales  de  dominio  público  a  fin  de  hacerlos  accesibles 
a  todo  el  mundo.  Los  libros  de  dominio  público  son  patrimonio  de  todos,  nosotros  somos  sus  humildes  guardianes.  No  obstante,  se  trata  de  un 
trabajo  caro.  Por  este  motivo,  y  para  poder  ofrecer  este  recurso,  hemos  tomado  medidas  para  evitar  que  se  produzca  un  abuso  por  parte  de  terceros 
con  fines  comerciales,  y  hemos  incluido  restricciones  técnicas  sobre  las  solicitudes  automatizadas. 
Asimismo,  le  pedimos  que: 

+  Haga  un  uso  exclusivamente  no  comercial  de  estos  archivos  Hemos  diseñado  la  Búsqueda  de  libros  de  Google  para  el  uso  de  particulares: 
como  tal,  le  pedimos  que  utilice  estos  archivos  con  fines  personales,  y  no  comerciales. 

+  No  envíe  solicitudes  automatizadas  Por  favor,  no  envíe  solicitudes  automatizadas  de  ningún  tipo  al  sistema  de  Google.  Si  está  llevando  a 
cabo  una  investigación  sobre  traducción  automática,  reconocimiento  óptico  de  caracteres  u  otros  campos  para  los  que  resulte  útil  disfrutar 
de  acceso  a  una  gran  cantidad  de  texto,  por  favor,  envíenos  un  mensaje.  Fomentamos  el  uso  de  materiales  de  dominio  público  con  estos 
propósitos  y  seguro  que  podremos  ayudarle. 

+  Conserve  la  atribución  La  filigrana  de  Google  que  verá  en  todos  los  archivos  es  fundamental  para  informar  a  los  usuarios  sobre  este  proyecto 
y  ayudarles  a  encontrar  materiales  adicionales  en  la  Búsqueda  de  libros  de  Google.  Por  favor,  no  la  elimine. 

+  Manténgase  siempre  dentro  de  la  legalidad  Sea  cual  sea  el  uso  que  haga  de  estos  materiales,  recuerde  que  es  responsable  de  asegurarse  de 
que  todo  lo  que  hace  es  legal.  No  dé  por  sentado  que,  por  el  hecho  de  que  una  obra  se  considere  de  dominio  público  para  los  usuarios  de 
los  Estados  Unidos,  lo  será  también  para  los  usuarios  de  otros  países.  La  l^islación  sobre  derechos  de  autor  varía  de  un  país  a  otro,  y  no 
podemos  facilitar  información  sobre  si  está  permitido  un  uso  específico  de  algún  libro.  Por  favor,  no  suponga  que  la  aparición  de  un  libro  en 
nuestro  programa  significa  que  se  puede  utilizar  de  igual  manera  en  todo  el  mundo.  La  responsabilidad  ante  la  infracción  de  los  derechos  de 
autor  puede  ser  muy  grave. 

Acerca  de  la  Búsqueda  de  libros  de  Google 


El  objetivo  de  Google  consiste  en  organizar  información  procedente  de  todo  el  mundo  y  hacerla  accesible  y  útil  de  forma  universal.  El  programa  de 
Búsqueda  de  libros  de  Google  ayuda  a  los  lectores  a  descubrir  los  libros  de  todo  el  mundo  a  la  vez  que  ayuda  a  autores  y  editores  a  llegar  a  nuevas 
audiencias.  Podrá  realizar  búsquedas  en  el  texto  completo  de  este  libro  en  la  web,  en  la  página|http :  /  /books  .  google  .  com| 


SKí'3\n.\ 


l^arbartí  College  l^ifarars 


COLLECTION    ON    CUBA 

FROM  THE  GIKT  OF 

ENRIQUE  DE  CRUZAT  ZANETTI 

(Glass  of  1897) 
OF  NEW   YORK 


<  ■-5rs» 


■  * 

■  ■* 

r  ■  ;■■  ■. 

1  V  </.,_. 

V       ,:\m 

■«»,  ■ 

•  •  .  -     > 


..■^^  • 


■'►■    .'-.>"'^ 


':\^^.-  . 


^^ 


-  »>.V--^' 


*•  »•  .^.  -'«i  '  ^í^t'• 


■••^¿3. 


:7.'._:-í 


i 


1 


J 


REVISTA  DE  CUBA. 


f 


lEM  i 


E 


FEBIODICO  MENSUAL 


DE  CIENCIAS,  DERECHO,  LITERATURA 


Y  BELLAS  ARTES 


(imiADO  OON  m\\L\  DS  ORO  EN  L\  RXPOSIIM  DE  lATANZAS  DE  1881) 


DIRECTOR: 


DR.  JOSÉ   ANTONIO  CORTINA. 


TOMO    X 


C.  Zábarte  y  Paris 

Habana. 


JHPSEKTA   DE   LA   VIUDA   DE   SOLSK 

OALL.E  Oe  RICUA  NUM.  *J3 

im 


^I\(^a\<\.\ 


^^RI^C;;l.>    ^      . 


AL'j  9P 1Q00 


r 


¿  li  .A  ' 


■y. 


MiCROFILMED 
AT  HARVARD 


eONFERENCIAS  FILOSÓFICAS, 

(Segunda  serie.) 


fSJCOLOOlA. 

LECCIÓN  PRIMERA. 

ISüiCABio. — Reacción  contra  los  estadios  psicológicos. — Desarrollo  interno  de  la  psico- 
logía.—El  animismo  primitivo. — La  psicología  espiritualista. — Eant  plantea  el 
problema  de  las  relaciones  del  sujeto  con  el  objeto.—Método  de  introspección. — 
Su  importancia  y  su  deficiencia.— El  método  matemático  en  psicología:  Herbart. 
-!-Método  somático. — Su  exageración. — La  frenología  y  la  teoría  de  Huschke.— 
La  psicología  celular. — Crítica  de  la  psicología  materialista. — El  problema  psí- 
quico.— £1  verdadero  método,  á  la  vez  introspeocionista  y  experimentaL — Objeto 
de  estas  conferencias. 

SeÑOBES: 

Todas  las  reacciones,  en  el  orden  moral,  son  violentas,  y  están  fatal^ 
mente  expuestas  á  traspasar  los  limites  á  que  debían  circunscribirse.  La 
psicología  habia  crecido  endeble,  como  rama  raquítica  de  la  metafísica;  y 
al  considerar  sus  muchos  siglos  de  vida,  los  grandes  talentos  qué  se  le 
habian  consagrado,  y  la  gran  labor  que  habia  consumido,  al  lado  de  los 
pobres  frutos  que  podia  ofrecer,  insignes  pensadores  de  nuestros  tiempos 
llegaron  á  anularla  y  proscribirla,  como  materia  inútil  de  quiméricas  es- 
peculaciones. Diñcilmente  registrará  la  historia  de  la  inteligencia  humana 
jerro  mayor.  Ápesar  de  lo  mucho  que  debe  á  esos  filósofos  la  ley  de  la 


6  REVISTA  PS  CVBX 

ooutinuidad  histórica,  uo  descubrieron  sus  efectos  en  el  desarrollo  de  la 
psicología;  no  advirtieron  que,  á  semejanza  de  todas  las  otras  ciencias  y 
en  virtud  de  un  proceso  eminentemente  psíquico,  habia  comenzado  por 
estar  amalgamada  y  confundida  con  lo  que  se  llamaba  la  filosofía,  es  de- 
cir, con  algunos  principios  centrales  de  carácter  metafísico,  que  le  impo- 
nian  su  yugo,  en  la  forma  de  uiC  método  incompleto  y  defíciente  á  todas 
luces;  y  que  habia  de  llegar  un  momento  en  que  se  segregara  de  aquel 
carcomido  tronco,  limitara  su  contenido,  y  se  aplicara  á  constituirse  mer« 
ced  á  los  procedimientos  generales  de  los  conocimientos  bumanos. 

Las  generalizaciones  vulgares  y  las  generalizaciones  cientifícas  se  di- 
ferencian sola  en  que  las  primeras  se  forman  precipitadamente  y  sin  cui* 
dado  alguno  por  lo  endeble  ó  sólido  de  la  base,  y  las  segundas  no  son 
aceptadas  sino  después  de  una  incubación  lenta  y  un  examen  cuidadoso 
de  los  fundamentos.  T  lo  mismo  que  pya  hoy  entre  las  ideas  generales 
del  hombre  inculto  y  las  del  hombre  de  ciencia,  ha  ocurrido  con  las  con» 
oepciones  de  la  primera  edad  de  1%  especulación  filosófica  con  respecto  á 
las  posteriores  y  señaladamente  la  moderna.  Los  primeros  filósofos  gene* 
ralizaban  precipitadamente,  buscando  un  punto  de  apoyo  para  sus  siste- 
mas, construidos  en  su  totalidad  por  vía  deductiva;  de  aquí  que  sufrieran 
inconscientemente  el  influjo  de  las  preocupaciones  corrientes,  producto  de 
la  elaboración  grosera  de  los  primeros  tiempos  del  espíritu.  El  hombre  de 
las  edades  primitivas,  incapaz  dé  análisis,  pero  con  plena  conciencia  del 
dualismo  fundamental  que  descubría  en  su  espíritu,  lo  extendia  analogía 
oamente  al  mnndo  circunstante,  en  la  forma  de  una  doble  personalidad, 
de  las  cuales  la  interior  y  más  vaga,  la  sombra,  el  ánima,  era  considerada 
como  la  causa  de  los  cambios  de  estado  de  la  exterior  y  circunscrita. 
Todo  hombre  se  creia  doble,  y  duplicaba  cuantos  seres  lo  rodeaban. 
Esta  doctrína  animista  pasó  sin  alteraciones  fundamentales  á  las  escuelas 
filosóficas,  y  dio  nacimiento,  entre  otras  consecuencias,  á  la  concepción 
del  noúmenos  ó  sustancia  espiritual,  y  á  la  teoría  de  las  ideas  imágenes. 
Dentro  de  cada  hombre  habia  una  entidad  que  lo  hacia  sentir,  pensar, 
iniaginar,  querer;  es  decir,  un  hombre-fantasma,  dotado  de  las  mismas 
facultades  que  el  hombre  real;  y  dentro  de  cada  objeto  habia  una  enti- 
dad, una  imagen,  algo  como  el  objeto  en  escala  menor;  y  este  fantasma 
del  objeto  era  lo  que  se  ponía  en  relación  con  el  fantasma  del  sujeto,  y  ya 
tenéis  explicado  •!  gran  proUes^a  de  1a  percepción  del  mundo  exterior. 


Aunque  grosero  este  bosquejo  no  tiene  nada  de  exagerado;  y  con  perfiles 
más  ó  menos  correctos,  con  más  sombra  ó  más  luz,  pudiéramos  seguirlo  á 
través  de  muchas  generaciones  de  fílóeofos.  Hay  que  veiüir  casia  nuestros 
tiempos  y  llegar  á  Kant,  para  encontrar  planteado  en  sus  verdaderos 
términos  el  problema  de  las  relaciones  del  sujeto  y  el  objeto,  considerada 
la  percepción  como  una  síntesis  donde  se  debe  inquirir  qué  elementos 
pertenecen  al  uno  y  cuáles  al  otro.  Entre  tanto,  y  mientras  continuaban 
considerándose  los  fenómenos  anímicos  como  manifestaciones  de  una  enti- 
dad noumenal,  como  efectos  de  una  causa  recóndita,  con  sustancial  i  dad  y 
virtualidad  bastantes  para  producirlos  j9er  se^  claro  eatá  que  el  ünico  mé- 
todo para  estudiarlos  era  la  observación  interior,  era  que  cada  sujeto  se 
replegara  sobre  si  mismo,  se  reflejara,  reflexionara;  y  el  ünico  resultado, 
la  descripción  de  los  fenómenos,  y  su  clasificación.  La  investigación  de  las 
leyes  estaba  tocada  de  esterilidad  con  este  método;  porque  ya  la  causali- 
dad estaba  supuesta;  ya  estaba  descubierto  el  nexus  de  tan  varios  fenó- 
menos: habia  un  alma,  la  cual  tenia  diversas  facultades  que  ponía  suce- 
siva ó  conjuntamente  en  juego;  lo  mismo  que  hay  un  cuerpo  con  diversos 
órganos  que  mueve  á  voluntad.  La  explieacion  no  podía  ser  más  sencilla. 
De  esta  suerte  la  psicología  fué  pasando  de  ana  á  otra  escuela,  extreman- 
do aquí  su  análisis,  ampliando  allá  sus  deBcripcionea,  aumentando  acá  sus 
divisiones  y  subdivisiones;  pero  dejando  ÍAtactos  los  verdaderos  problema^ 
psicológicos,  y  sin  soñar  siquiera  en  buscarles  explicación.  Tal  ha  sido 
el  famoso  método  introspectivo,  y  estos  sus  reales  y  positivos  resultados. 

Partiendo  de  un  hecho  cierto,  pero  mal  comprendido,  se  ha  empeñado 
sin  fuerzas  en  una  empresa  temeraria.  Cierto  es  que  nuestros  estados  aní- 
micos nos  son  todos  revelados  por  la  conciencia;  pero  también  es  cierto  que 
en  el  m4s  sencillo  van  implícitos  ya  elementos  objetivos.  Por  donde  se  vé 
que  la  introspección  es  necesaria,  pero  incompleta.  Hé  aquí  en  dos  pala- 
bras terminado  este  gran  debate.  Hemos  de  empiBzar  la  psicología,  como 
todas  las  ciencias,  por  la  observación;  pero  la  psicología  exige  la  forma 
más  difícil  y  complicada  de  observación.  Los  antiguos  psicólogos  creían, 
por  lo  contrario,  que  la  observación  psíquica  es  la  más  fácil,  la  que  dá 
resultados  más  fidedignos  y  proposiciones  más  evidentes.  Sin  anticipar 
ideas,  lo  que  ya  sabemos  nos  basta  para  insistir  en  que  todo  fenómeno 
subjetivo  es  una  síntesis  de  elementos  tomados  á  ambos  aspectos  de  la 
realidad.  Ahora  bien,  cada  espíritu  puede  estar  y  está  frecuentemente  en 


8  KCVIStA  DE  CVítA 

rdlaciones  con  lo  objetivo,  distintas  de  las  en  cfuíef  está  ortro  espíritu;  íú 
observación  interior  no  puede,  por  tanto;  garantirle  de  que  las  verdades 
que  lee  en  su  conciencia,  lo  sean  más  allá.  Hé  aquí  por  qué  Kant  decía 
que  este  método  para  lo  más  que  servia  era  para  acumiular  datos  autobio- 
gráficos. Por  otra  parte  los  efttados  de  conciencia  no  pueden  ser  siempre,  ni 
en  el  mayor  número  de  casos,  suscitados  á  voluntad;  de  modo  que  la  in- 
trospección tiene  que  fiar  la  más  de  las  veces  en  los  datos  de  la  memoria, 
de  suyo  frágil,  y  más  en  fenómenos  tan  vatios,  rápidos  y  tornadizos.  El 
estado  afectivo— por  excelencia  móvil — del  sdjeto,  complica  aún  más  la 
dificultad  de  la  observación.  Figuraos  un  hombre  encolerizado  ó  vencido 
por  un  gran  dolor,  observándose  á  sí  propio.  Además  no  hay  ilusión  más 
peligrosa  que  la  producida  por  las  abstracciones  psíquicas;  el  espíritu  se 
cree  desligado  de  todo  elemento  objetivo,  no  cura  de  buscar  la  verifica- 
ción de  sus  productos  en  la  realidad  circunstante,  y  en  esos  momentos 
queda  la  imaginación  por  dueña  el  campo,  y  comienzan  para  el  sujeto  las 
alucinaciones  y  deslumbramientos  del  iluminismo  y  misticismo. 

Como  si  todos  estos  peligros  no  fuerau  bastantes  á  hacer  sospechoso  el 
método  introspectivo  ó  psicológico  (que  asi  se  ha  llamado  también  impro- 
piamente) se  pueden  notar  en  él  infracciones  tan  graves  al  verdadero  méto- 
do en  general,  que  acaban  por  inutilizarlo.  Estas  infracciones  pueden  redu- 
cirse á  dos  clases.  Lejos  de  comenzar  por  los  casos  más  sencillos,  como  lo 
exige  todo  buen  procedimiento  inductivo,  la  introspección,  que  sólo  puede 
tener  lugar  en  la  edad  adulta  y  en  espíritus  ilustrados  cuando  no  refinados , 
se  encuentra  desde  el  principio  y  no  puede  dejar  de  encontrarse  en  presen- 
cia de  estados  eminentemente  complexos.  ¿Qué  mucho  que  á  Descartes  el 
acto  de  pensar  conscientemente  le  pareciera  tan  sencillo  y  primitivo  que 
llegara  á  considerarlo  como  la  base  inquebrantable  de  toda  su  filosofía? 
¿Cómo  hemos  de  extrañar  que  un  concepto  como  el  de  perfección — tan 
complicado  y  relativo — tocado  en  el  crisol  de  su  bien  disciplinada  volun- 
tad, se  le  presentara  como  una  idea  clarísima  y  absoluta?  En  segundo  lu- 
gar, el  método  experimental,  para  ser  fructuoso,  requiere  que  los  fenóme- 
nos sean  estudiados  en  su  totalidad.  Ahora  bien,  el  estado  de  nuestros 
conocimientos  fisiológicos  y  psicológicos  nos  permite  aseverar  que  todo 
fenómeno  subjetivo  tiene  una  fase  objetiva;  ¿puede  la  observación  íntima 
atestiguarnos  que  tenemos  un  cerebro?  Es  decir,  que  nos  deja  á  oscuras 
sobre  condiciones  esenciales  de  la  actividad  que  se  propone  estudiar. 


C0KFEBSNGXÁ8  FILOSOFIOÁS  9 

¿Paede  informarnos  de  todos  los  actos  psíquicos  que  se  incuban  y  des- 
arrollan fuera  del  limitado  campo  de  la  conciencia?  Es  decir,  que  el  gran 
dominio  de  lo  inconsciente,  la  base  misma  de  nuestra  actividad  mental, 
queda  ip^  fació  excluida  de  la  psicología.  ¿Puede  enseñarnos  algo  acerca 
de  las  impresiones  latentes  de  las  ideas,  sus  modos  automáticos  de  unión 
y  el  proceso  de  su  restauración  6  reviviscencia?  Es  decir,  que  renuncia 
claramente  á  intentar  siquiera  la  explicación  del  más  importante  de  los 
fenómenos  anímicos;  la  memoria.  ¿Puede  indicarnos  la  influencia  de  las 
partes  del  organismo,  distintas  del  aparato  nervioso,  sobre  el  cerebro?  Es 
decir,  que  olvida  por  impotencia  concomitancias  necesarias  y  sin  las  cua- 
les el  conocimiento  á  que  aspiramos  resulta  fragmentario  é  incompleto. 

T  después  de  todo  esto,  señores,  aun  queda  en  pié  la  objeción  más 
grave  y  concluyen  te  contra  el  método  introspectivo.  La  imposibilidad 
total  en  que  estamos  de  determinar  el  campo  psíquico,  el  campo  de  ob- 
servación de  lo  que  han  llamado  los  introspeccionistas  al  sentido  íntimo. 
Cuando  reconocemos  un  objeto,  refiriéndolo  á  su  clase,  ¿dónde  concluye 
el  acto  fisiológico  y  comienzan  los  actos  psíquicos?  La  visión  estereoscópi- 
ca,  ¿se  verifica  por  medio  del  sentido  externo  ó  del  interno?  Cuando  se 
hace  pasar  una  corriento  galvánica  á  través  de  la  cabeza  y  se  perciben  co- 
lores ó  sonidos,  ¿en  qué  campo  estamos?  Ta  lo  veis;  el  mismo  fenómeno  que 
va  á  estudiarse  se  resiste  á  plegarse  á  un  procedimiento  tan  artificial. 

Como  ejemplo  notable  de  lo  que  puede  dar  de  sí  un  método  incomple- 
to, por  hábiles  que  sean  las  manos  que  lo  empleen,  citaré  una  tentativa, 
célebre  en  la  historia  de  la  psicología,  y  que  miró  nada  menos  que  á 
aplicar  á  esta  ciencia  el  método  matemático.  Tal  fué  el  empeño  de  Her- 
bart.  Toda  su  psicología  está  fundada  en  una  hipótesis  que  tiene  mucho 
de  leibniciana.  Herbart  considera  el  ser,  en  cierto  modo,  como  los  geó- 
metras el  punto,  una  posición  absoluta.  Nada  sabemos  de  su  cualidad; 
pero  si  conocemos  su  actividad,  que  consiste  en  conservarse.  El  ser  en 
sí  carece  de  relaciones,  pero  como  existen  otros  seres  que  también  tienden 
á  conservarse,  sobreviene  una  pugna  entre  ellos,  y  el  esfuerzo  de  cada 
uno  por  subsistir  se  convierte  en  representaciones.  Todos  los  estados 
psíquicos  son,  para  Herbart,  representaciones;  y  como  éstas  nacen  de  una 
lucha,  se  establecen  entre  ellas  relaciones  estáticas  y  dinámicas,  es  decir, 
que  ó  se  equilibran,  ó  las  unas  vencen  á  las  otras  y  se  produce  un  movi- 
miento. Herbart  consideraba  que  toda  la  psicología  debia  reducirse  á  la 

2 


lo  '  AfeVlSÍ A  DÉ  CüáA 

apreciación  cuantitativa  de  esas  relaciones.  Desde  luego  una  apreciación 
de  esta  naturaleza  requiere  una  unidad,  una  medida  común;  y  á  Herbart 
no  podia  ocultarse  que  carecemos  dei  esa  medida;  así  es  que  no  pretende 
apreciar  la  intensidad  absoluta  de  cada  representación — lo  cual  declara 
imposible — sino  sus  variaciones  de  intensidad,  al  entrar  en  conflicto  con 
otra  representación.  Dados  dos  estados  de  conciencia  con  desigual  inten- 
sidad, el  de  mayor  tenderá  á  perder  menos,  pero  ambos  tenderán  á  con- 
servarse, y  de  aquí  resultará  una  pérdida  total  que  se  repartirá  entré 
ambos  Esta  pérdida  y  la  proporción  en  que  se  reparte,  cree  Herbart 
poder  determinarla,  haciéndola  igual  á  la  intensidad  del  menor.  De 
modo  que  si  la  del  mayor  es  igual  á  3,  y  la  del  menor  á  2,  la  pérdida 
será  igual  á  2,  y  el  primero  quedará  reducido  á  ^/  de  la  intesidad  con- 
servada, y  el  más  débil  á  |.  Aunque  este  es  el  caso  más  sencillo,  creo  que 
no  es  necesario  pasar  adelante.  No  vayamos  á  pedir  las  pruebas  en  que 
se  fundan  los  principios  que  justifican  esta  teoría;  el  autor  no  oculta  que 
son  metafisicos;  vengamos  al  punto  interesante,  á  la  aplicación  del 
cálculo.  Demos  por  buenas  las  razones  en  que  Herbart  se  apoya  para  de- 
terminar fa  pérdida  de  intensidad,  y  fijémonos  sólo  en  que,  no  siendo  posi- 
ble conocer  el  valor  absoluto  de  la  intensidad  de  una  representación,  de 
muy  poco  nos  sirve  presentar  como  ley  la  fórmula  de  que  la  pérdida  es 
igual  á  la  intensidad  de  la  más  débil.  ¿Cuál  es  esa  intensidad?  Ahora 
bien,  la  aplicación  del  cálculo  es  preciosa  por  su  exactitud,  pues  encierra 
en  un  círculo  estrecho  y  determinado  nuestras  experiencias,  ahorrándo- 
nos una  dispersión  de  fuerzas.  Calcular  por  calcular  no  es  nada;  y  si 
después  de  laboriosas  operaciones  vamos  á  parar  á  una  vaga  aproxima- 
ción, hemos  perdido  tiempo  y  trabajo.  Y  hé  aquí  lo  que  pasa  en  la 
fórmula  de  Herbart;  apliquémosla  á  un  caso  concreto  y  veremos  lo  que 
queda.  Tenemos  una  percepción  muy  clara  de  un  color  rojo;  se  nos  pre- 
senta otra  más  débil  de  color  azul.  Hay  antagonismo  entre  las  dos.  La 
primera  será  menos  clara  y  la  segunda  más  débil;  y  lo  que  pierda  en 
intensidad  la  conciencia  será  igual  á  la  intensidad  que  primitivamente 
tuvo,  mejor  dicho  que  debió  tener  la  percepción  azul.  ¿Sabemos  algo, 
más  que  diciendo  en  términos  llanos  que  no  podemos  percibir  con  igual 
viveza  á  la  vez  dos  percepciones  de  color,  opuestas?  ¿A  qué,  entonces,  el 
empleo  del  cálculo,  más  y  más  dificultoso  á  medida  que  se  acumulan- 
percepciones  y  son  más  ó  menos  opuestos?  Hé  aquí  el  fruto  que  puede  dar 


CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS  11 

un  estudio  psicológico  que  prescinde  de  verificar  sus  leyes  ó  íórtiiulas  por 
medio  de  la  experiencia,  que  es  en  estos  casos  la  reducción  á  lo  concreto; 
hé  aquí  á  lo  que  se  lle^a  por  un  método  exclusivamente  introspectivo. 

Y,  sin  embargo,  poñoies,  Ilerbartha  sido  el  maestro  de  los  filósofos  que 
mejor  lian  apli<'ado  (mi  Alemania  el  método  verdadero;  pero  lo  ha  sido  por- 
que al  lado  dfe  siis  di-^quificiones  niatemjUica.s  presentó  obs-ervaciones  aisla- 
das, pero  profundas,  de  (';n'íM'tor  empírico,  que  mar(íabrtn  la  buena  vía. 

Por  otra  parte  la  reacción  provoca'^a  por  la  e.<torilidad  de  estas  in- 
vestigaciones comenzó  á  acreditar  un  sistema  totalmente  upue.sto,  y  que 
ha  consistido  en  estudiar  las  manifestaciones  psíquicas  como  meras  fun- 
ciones del  aparato  nervioso,  cuya  constitución  se  ha  estimado  como  la 
clave  y  explicación  que  .«o  buscaban.  Hombres  doctos  en  el  estudio  de 
las  ciencias  biológicas,  hastiados  por  el  constante  y  falso  prometer  de  ht 
psicología  metafísica,  y  preridatlos  además  de  la  apareiitíi  sencillez  de  la 
explicación  mecánica  del  mundo,  creyeron  de  buena  fe  que  bastaba  una 
reducción  verbal  de  los  fenómenos  anímioos  á  fenómenos  nerviosos,  para 
poner  el  dedo  en  el  }tf\ri(s  tan  solicitado;  pues  claro  está  que  conocida  la 
materia,  la  sustancia  del  alma,  el  encéfalo,  de  ella  habían  de  derivarse 
todas  las  propiedades,  todas  las  actividades  que,  en  rigor,  constituían  la 
psicología.  Y  no  advertian  que  mientras  no  llegaran  á  demostrar  la  po- 
sibilidad de  la  reducción  de  los  estados  de  conciencia  á  formas  de  un 
movimiento  conocido,  v  la  derivación  de  las  leyes  de  la  sensibilÍLlad  y  la 
inteligencia  (que  son  las  más  conocidas)  de  las  propiedades  de  las  célu- 
las y  fibras  nerviosas  musculares,  sustituían  pura  y  simplemente  un 
noúmenos  á  otro,  una  entidad  metafísica,  la  materia,  á  otra  entidad  me- 
tafísica, el  espíritu.  Siendo  lo  más  particular  que,  cuando  pretendían 
desacreditar  la  vieja  psicología,  sufrían  más  directamente  su  influencia, 
aceptaban  sus  análisis  y  divisiones,  y  acababan  por  alojar  una  ó  muchas 
almas  en  la  sustancia  gris. 

La  primitiva  teoría  de  las  localizaciones  cerebrales  responde  notable- 
mente á  esta  ilusión  psicológica.  Creía  candidamente  haber  dado  una 
explicación  cuando  nos  decía  que  tal  sujeto  era  un  excelente  topógrafo, 
porque  tenia  grandemente  desarrollado  el  órgano  de  la  memoria  de  los 
lugares,  y  tal  otro  un  buen  ciudadano,  á  causa  de  la  prominencia  que 
habían  adquirido  en  su  cerebro  los  lóbulos  del  amor  paternal,  de  la 
Bociabilidad,  de  la  benevolencia,  del  pundonor,  etc.  Más  adelante  fueron 


12  BEVISTA  DE  CUBA 

desapareciendo  estos  lóbulos  autónomos,  pero  quedaron  subsistentes  las 
divisiones  de  las  provincias  principales.  La  teoría  de  Huscbke  pone  en 
su  punto  y  al  descubierto  esta  curiosa  transformación.  Según  este  filósofo, 
siendo  tres  las  vértebras  del  cráneo,  y  correspondiendo  á  ellas  tres  partes 
principales  del  encéfalo,  tres  deben  ser  las  facultades  principales  del 
espíritu,  ó  sean  las  propiedades  psíquicas  de  cada  una  de  esas  partes.  La 
médula  oblonga  y  el  cerebelo  eran  asiento  de  la  voluntad;  los  lóbulos 
parietales  de  la  sensibilidad,  y  los  frontales  del  pensamiento. 

Todas  estas  pretenpas  explicaciones  y  cuantas  puedan  imaginarse 
semejantes,  claudican  por  su  base.  La  fisiología  nos  ha  enseñado  que  el 
proceso  de  todos  los  nervios  en  estado  de  excitación — la  neurilidad — es 
exactamente  el  mismo,  sin  deferir  sino  en  grado,  es  decir  por  la  in- 
tensidad ó  la  rapidez.  Siendo  así  y  no  acusando  la  composición  his- 
tológica de  las  partes  escogidas  diferencias  que  justifiquen  las  diversas 
funciones  que  se  les  asignan,  ¿dónde  está  la  explicación  fundada  en  la 
estructura?  Hay  entonces,  para  salvar  la  lógica,  que  acudir  á  un  pro- 
cedimiento H  primera  vista  especioso,  pero  que  la  acaba  de  arruinar. 
Hefugiarse  en  la  célula,  y  constituir  en  cada  una  un  alma.  En  nuestros 
dias  hemos  presenciado  este  curioso  atrincheramiento.  Descendamos  más 
allá  del  protaplasma,  lleguemos  al  plasson.— á  la  sustancia  plástica  totaU 
mente  amorfa — agregado  de  moléculas  compuestas  de  átomos  de  carbono, 
hidrógeno,  oxigeno,  y  ázoe;  pues  bien  cada  una  de  estas  moléculas — lla- 
madas plastídulas — manifiesta  ya  todas  las  propiedades  vitales,  inclusa 
las  psíquicas;  sí,  señores,  la  plastídula  no  sólo  se  nutre  y  se  reproduce  y 
se  contrae  y  se  mueve,  sino  que  siente,  quiere  y  recuerda.  Es  decir  que 
tomáis  un  alma  4©  tamaño  natural  la  reducís  á  las  proporciones  de  un 
ftlma  microvscópica,  la  alojáis  en  una  plastídula,  y  ya  está  explicado  el 
mundo  subjetivo.  Porque,  lo  que  era  eminentemente  complejo  y  confuso 
estudiado  en  nuestra  conciencia,  no  será  menos  complejo,  pero  debe  que- 
dar perfectamente  claro  estudiado  en  la  conciencia  de  un  cítodo,  ó  sea 
de  una  molécula  plastidular. 

Y  aquí  está  el  error  lógico  é  invencible  de  esta  novísima  teoría,  que 
aparece  refutada  con  anticipación  por  Wundt.  Se  nos  dan  funciones 
complexas  desempeñadas  por  órganos  simples;  y  es  el  caso,  como  ha  di- 
cho el  gran  psicólogo  alemán,  «que  necesariamente  debemos  admitir 
que  órganos  elementales  no  son  susceptibles  sino  de  funcionee  elemea* 


OONFSRENOIAS  PILOSOFICAS  13 

tales.»  ¿Nos  enseña  esta  psicología  cuáles  son  las  actividades  psíqui- 
cas elementales  en  que  se  pueden  descomponer  las  actividades  com- 
plejas que  llamamos  percepción,  memoria,  deliberación,  apetito,  etc.? 
No;  porque  á  lo  más  que  llega  es  á  determinar  movimientos  moleculares 
que  decora  con  el  nombre  de  ciertas  funciones  psíquicas,  sin  parar  mien- 
tas en  que  quiere  con  un  nombre  poner  un  puente  entre  dos  abismos. 
Precisamente,  á  medida  que  adelanta  más  camino  la  fisiología  más  lejos 
estamos  de  esa  pretendida  identificación.  Un  movimiento  ondulatorio 
que  va  á  herir  el  nervio  óptico  en  número  de  497  billones  de  ondas  por 
segundo  produce  en  mí  la  sensación  de  color  rojo;  un  movimiento  ondu- 
latorio que  va  á  herir  el  nervio  óptico  en  número  de  699  billones  de 
ondas  por  segundo  produce  en  mi  la  sensación  de  color  violeta.  Señores, 
¿descubrimos  relación  alguna  de  semejanza  entre  una  diferencia  numérica 
y  la  diferencia  entre  dos  colores  del  espectro?  Esta  relación  cuantitativa 
en  lo  objetivo  ¿nos  explica  el  acto  subjetivo?  Sabemos  que  el  éter  lumi- 
noso vibra  con  más  celeridad  para  producir  la  sensación  violeta  que  para 
la  roja,  pero  no  sabemos  absolutamente  cómo  ese  movimiento  y  esa  cele- 
ridad se  transforman  en  mi  sensorio  en  dos  sensaciones  distintas  de  color. 
Podemos  calcular  perfectamente  la  diferencia  entre  uno  y  otro  movi- 
miento; entre  las  dos  sensaciones  no  hay  cálculo  posible;  cuando  más  y 
de  un  modo  relativo,  podremos  sentir  que  la  una  es  en  ciertos  casos  más 
clara,  más  intensa  que  la  otra.  Y  todavía  estamos  en  la  superficie,  como  si 
dijéramos,  do  las  dificultades.  Este  movimiento,  que  se  diferencia  sólo  por 
su  velocidad,  al  comunicarse  al  nervio  la  pierde  casi  por  completo;  de 
una  velocidad  de  808  millones  de  metros  por  segundo  pasa  instantánea- 
te  á  una  moción  de  60  metros  por  segundo,  que  es  la  de  la  trasmisior^ 
nerviosa;  y  sin  embargo  la  diferencia  objetiva  entre  los  dos  colores  con- 
sistía, precisamente,  en  la  diversa  velocidad.  Y  hay  más  todavía  es^ 
misma  sensación  de  rojo,  que  consiste  siempre  en  idéntico  movimiento 
vibratorio,  puede  pasar  en  mi  sensorio  por  todos  los  grados  de  intensidad 
desde  la  percepción  más  viva  hasta  la  más  confusa,  sin  que  hayamos 
cambiado  en  nada  las  condiciones  objetivas  de  excitación.  Sin  embargo, 
estamos  en  el  umbral  de  la  vida  psíquica,  estamos  tratando  de  fenómenos 
cuyo  concomitante  objetivo  en  el  organismo  es  bastante  conocido;  si  da- 
mos  un  paso  adelante;  si  de  esa  sensación  de  color  pasamo»  á  la  percep- 
ción de  forma,,  exteriorizacion,  posician;  si  Begainjos  al  bilo  ie  las  propo* 


14  EEVI8TA  DE  CUBA 

aieioDes  que  se  deepiertan,  de  los  juicios  en  que  se  enlazan,  de  la  emoción 
que  empieza,  del  deseo  que  se  inicia,  de  la  indecisión  que  suspende,  hasta 
el  acto  final  ó  movimiento  que  reanuda  la  cadena  d«  fenómenos  objetivos 
interrumpida,  nos  encontramos  flotando  en  el  vacío,  todos  nuestros  hilos 
se  han  roto,  y  por  más  que  podemos  descubrir  uno  que  otra  indicio,  por 
más  que  tengamos  la  coiiviccion  de  que  todas  esas  operaciont^s  van  acom- 
pañadas de  cambios  orgánicos  internos;  ni  el  uonocimiento  Ui.is  profnrjvlü 
de  la  estructura  y  funciones  de  la  célula,  ni  de  la  fibra,  ni  del  tejido,  ni 
del  sistema,  ni  de  sus  conexiones  bastan  para  descifrarnos  una  palabra 
del  enigma.  Porque  el  enigma  existe.  Iremos  tan  lójos  como  se  quiera 
en  nuestros  análisis;  el  microscopio  no.s  descubrirá  los  secretos  de  la 
proliferación  orgánica;  asistiremos  á  ese  maravilloso  trabajo  de  elabora- 
ción de  la  vida;  veremos  á  la  célula  hincharse,  segmentarse,  alargarle, 
veremos  á  los  tegidos  diferenciarse;  pero  cuando  nos  preguntemos  cómo 
vemos  todo  eso,  volveremos  á  hallarnos  otra  vez  frente  al  abismo  infran- 
queable, entre  unos  rayos  de  luz  que  caen  en  mi*  retina,  y  esas  tormaí*, 
esas  posiciones  externas  que  constituyen  mi  representación.  jMi  represen- 
tación! Hé  aquí  la  terrible  palabra.  Porque,  como  lo  ha  dicho,  con  pro- 
fundidad y  concisión  nuuca  igualadas,  Schopenhauer:  el  mundo  es  mi 
representación.  Y  el  encéfalo,  y  la  médula  y  el  gran  simpático  y  sus  infini- 
tas ramificaciones  son  mi  representación;  y  por  más  que  yo  sepa  cómo  se 
originan,  cómo  se  agrupan,  cómo  se  diferencian,  cómo  se  distribuyen,  cómo 
actúan,  no  por  eso  sé  cómo  me  los  represento. 

Hé  aquí  el  gran  problema;  hé  aquí  la  gran  dificultad.  Y  no  es  poco, 
señores,  conocerla  y  determinarla;  porque  siendo,  como  es,  este  problema 
de  la  percepción  externa  la  cuestión  siempre  presente  y  el  objetivo  real 
de  toda  disquisición  psicológica,  es  indispensable  no  perderla  de  vista, 
para  acomodar  á  ella  nuestros  esfuerzos.  Su  índole  determina  en  qué 
forma  hemos  de  aplicar  el  método  á  la  ciencia  que  vamos  á  estudiar,  y 
explica  por  qué  son  deficientes  los  empleados  y  examinados  anterior- 
mente. Estamos  en  presencia  de  una  maravillosa  combinación  de  elemen- 
tos totalmente  diversos;  y  necesitamos  estudiar  y  conocer  esos  elemen- 
tos, estudiar  y  conocer  esa  combinación.  Pero  esta  necesidad  de  aislar 
los  componentes,  no  supone  la  facultad;  y  esto  es  lo  que  dificulta  tan 
extraordinariamente  los  análisis  psicológicos,  y  lo  que  nos  obliga  á  adop- 
tar un  compromiso  entre  los  procedimientos  anteriormente  descritos.  No 


CONFERENCIAS  ÍILOSOÍICAS  16 

basta  decir,  de  un  lado  está  el  sujeto  coa  sus  categorías,  del  otro  el  ob- 
jeto con  sus  atributos,  vamos  á  estudiarlos  separadamente.  Desde  el  mo- 
mento en  que  colocamos  ante  el  foco  de  la  conciencia  un  fenómeno,  sea  de 
orden  subjetivo,  sea  de  orden  objetivo,  ya  es  una  representación,  ya  es 
una  síntesis  de  esos  mismos  elementos  que  queriamos  estudiar  por  sepa- 
rado; tenemos,  pues,  que  adoptar  un  procedimiento  indirecto;  y  aceptan- 
do la  incierta  demarcación  que  empíricamente  trazamos  entre  los  dos 
órdenes  de  la  existencia,  interrogar  sobre  cada  uno  de  los  actos  mentales 
nuestra  conciencia  que  nos  informará  hasta  donde  le  sea  dable  acerca 
de  la  fenoménalidad  subjetiva;  y  buscar  en  seguida  el  testimonio  de  la 
observación  elterría  para  profundizar  todo  lo  posible  su  fenoménalidad 
objetiva. 

Es  decir  que  debemos  restringir  á  justos  límites  la  introspección, 
y  ampliar  el  método  fisiológico,  convirtiéndolo  en  una  extensa  inves- 
tigación objetiva.  La  introspección  debe  darnos  una  clasificación  pró'^ 
visional  de  los  estados  de  conciencia,  y  aun  puede  en  rigor  llegar  á 
descubrir  algunas  relaciones  primordiales  entre  ellos.  Vemos,  pues, 
que  hace  el  primer  acopio  de  materiales  y  los  ordena  y  distribuye 
provisionalmente.  Por  mucho  que  se  limite,  y  debe  limitarse,  el  campo 
de  la  conciencia,  siempre  será  la  piedra  de  toque  á  que  hayamos  de  acu- 
dir para  convencernos  de  la  validez  de  nuestras  adquisiciones  externas. 
En  este  sentido  aparece  cierta  la  sentencia  del  viejo  filósofo:  El  hombre 
es  la  medida  de  todo.  Pero  como  no  se  trata  de  edificar  in  vácuo^  la  ob- 
servación externa,  puede  acudir  desde  luego  á  robustecer  la  obra  de  la 
interna.  Sin  salir  de  sí  mismo,  el  sujeto  puede  entregarse,  por  decirlo 
así,  á  los  métodos  experimentales.  Los  fenómenos  de  sensibilidad  que 
flotan  en  la  frontera  incierta  que  une  los  dos  mundos,  cuya  objetividad 
es  casi  subjetividad  y  viceversa,  pueden  someterse  á  experiencias  deli- 
cadas, y  lo  que  es  más,  nos  franquean  la  entrada  para  experimentar  so- 
bre ciertos  aspectos  de  fenómenos  más  recónditos,  pertenecientes  á  la 
inteligencia  y  la  voluntad;  podemos  llamar  á  juicio  la  memoria  y  probar 
sus  fuerzas;  cabe  en  cierto  modo  el  tender  acechanzas  á  la  voluntad,  y 
certificarnos  de  su  temple;  la  ingestión  de  ciertas  sustancias  nos  permite 
introducir  un  elemento  de  perturbación  en  nuestra  ideación,  para  esta- 
blecer luego  el  cotejo.  Es  decir  que  el  mismo  sujeto  se  considera  por  el 
lado  objetivo;  y  llega  forzosamente  á  la  convicción  de  que  todos  sus  esta- 


16  REVISTA  t>£  CUfiÁ 

dos  mentales  tienen  un  concomitante  ñsico,  asequible  á  la  observación 
externa,  7  que  ese  concomitante  ñsico  en  su  propio  organismo  es  princi- 
palmente el  sistema  nervioso. 

Desde  ese  momento  ¡qué  campo  tan  inmenso  de  observaciones!  Por- 
que ante  si  descubre  innumerables  seres  cuya  apariencia,  cuyos  actos 
le  revelan  la  posesión  de  estados  de  conciencia  idénticos  á  los  suyos, 
y  de  un  organismo  idéntico  ó  semejante  al  suyo!  Lo  que  le  faltaba  para 
completar  el  método  experimental  está  ya  en  su  mano.  Las  variaciones 
que  no  puede  introducir  en  si  propio,  6  las  puede  en  otros  seres  6  se  las 
presenta  la  naturaleza.  Ese  substratum  orgánico,  ese  aparato  delicado 
que  no  puede  estudiar  en  si  mismo,  está  patente  en  la  mesa  anatómica; 
la  fisiología  se  lo  hace  conocer  bajo  todos  sus  aspectos  y  en  todas  sus 
maneras  de  funcionar.  La  simplificación  de  los  fenómenos,  requerida 
por  un  buen  método  inductivo,  imposible  de  ensayar  en  si  propio,  la 
encuentra  en  las  manifestaciones  anímicas  del  animal,  del  salvaje,  del 
niño.  Su  progresivo  desenvolvimiento  puede  ser  seguido  merced  al 
estudio  de  este  último,  en  su  paso  á  través  de  las  edades  de  la  vida. 
Las  diferencias  que  en  una  misma  manifestación  úiental  pueden  pro- 
vocar las  circunstancias  externas,  puede  aprenderlas  en  el  estudio 
de  las  razas  y  de  las  clases  sociales  y  en  las  evoluciones  de  la  historia. 
Las  desviaciones  del  tipo  normal  tienen  sus  tristes  ejemplares  en  los 
dementes  de  todas  clases  y  en  los  criminales  congónitos.  Es  decir,  se- 
ñores, que  la  psicología  no  se  limita  ni  se  puede  limitar  á  escudriñar  la 
conciencia  de  un  hombre  adulto,  de  raza  superior  y  de  instrucción  vasta; 
estudia  todos  sus  estados  mentales  dentro  y  fuera  de  la  conciencia,  loma 
en  cuenta  todo  su  organismo,  establece  sus  relaciones,  forma  tal  vez  su ' 
teoría  y  entonces  compara  desde  el  punto  de  vista  de  su  problema  es- 
pecial ese  hombre  con  el  hombre  en  general,  con  todo  lo  que  los  actos, 
el  lenguaje,  la  industria,  el  arte,  la  religión,  las  asociaciones,  las  migra- 
ciones de  los  hombres  en  el  tiempo  y  el  espacio  descubren  de  esa  vida 
intima  que  se  propone  conocer.  Porque  todas  y  cada  una  de  éstas  en  lo 
especifico  y  en  lo  individual  son  relaciones  del  sujeto  con  el  objeto;  y 
hay  que  agotarlas  para  llegar  á  entrever  con  qué  infinitas  formas  va  lo 
objeti/o  solicitando  el  espíritu,  para  intentar  alguna  reducción,  simplifi- 
cación y  coordinación  en  medio  de  este  caos,  para  descubir  algunas 
leyes,  es  decir,  por  donde  se  asemejan,  como  coexisten,  como  se  suceden 


¿ONI*BafiNCIAS  FILOSÓFICAS  17 

éstos  fenómenos  dobles,  en  fin,  para  que  cada  uno  puede  llegar  á  pregun- 
tarse: ¿de  qué  modo  es  el  mundo  una  representación? — Y  claro  está  que 
cuanto  más  nos  aproximemos  á  la  solución  de  este  problema  funda, 
mental,  más  perfectamente  se  amoldará  nuestra  actividad  á  las  nece- 
sidades reales  qué  le  impone  el  mundo  que  queremos  modifícar,  puesto 
que  toda  ciencia  es  una  virtualidad  que  tiende  á  la  acción. 

Algunos  afíoe  no  bastan  para  labor  tan  inmensa.  La  psicología  actual 
no  presume  haber  llegado  siquiera  á  la  mitad  de  su  camino;  pero  está 
segura  de  su  método,  posee  ya  algunos  resultados  ciertos,  y  la  aplicación 
de  ese  método  7  el  registro  de  esos  resultados  nos  darán  amplia  materia 
para  esta  segunda  parte  de  nuestras  conferencias. 


LECCIÓN  IL 

SuiCARio — Clasificación  provisional  de  Iob  estados  mentales. — El  acto  psíquico:  sus 
tres  momentos. — Las  sensaciones  7  su  evolución. — La  percepción.;— Generaliza- 
ción, abstracción  7  razonamiento. — ^Jodo  estímulo  produce  una  modificación  in- 
terna; toda  modificación  una  reacción. — El  conflicto  de  los  motivos  7  la  determi- 
nación.— Emociones  7  sentimientos. — Reflexión  del  acto  impulsivo,  la  atención. 
Imaginación  reproductiva  é  inventiva. — Antiguas  divisiones  de  la  psicología. — 
Imposibilidad  de  sostener  la  teoría  de  las  facultades. — Todos  los  fenómenos  de 
conciencia  son  sucesivos. — Sus  concomitantes  objetivos  en  el  organismo. — Legíti- 
ma aplicación  del  método  sobjetivo-objetivo  á  la  psicología. 


Señores: 

Consecuente  con  el  plan  que  naturalmente  se  desprende  de  las  consi- 
deraciones aducidas  en  la  conferencia  anterior,  me  propongo  que  no 
demos  un  paso,  como  no  sea  á  la  luz  que  pro7ecte  sobre  los  fenómenos 
psíquicos  el  doble  método  estudiado;  pero  asimismo  juzgo  necesario  tra- 
zar una  carta  provisional  del  contenido  de  la  psicología,  tal  como  tíos  la 
permita  una  mera  ojeada  introspeccionista;  con  el  fin  de  que  esta  especie 
de  clasificación  previa  va7a  limitando  y  circunscribiendo  el  campo  de 
nuestras  pesquisas,  que  de  otro  modo  podrían  carecer  de  verdadera  uni- 
dad y  subordinación,  y  por  consiguiente,  no  ser  de  provecho  real. 

3 


I 


18  HeVista  íe  cüba 

Un  acto  psíquico -completo  consta  de  la  relación  de  un  objeto  con  un 
sujeto,  de  modificaciones  en  el  sujeto,  y  reaccioneí»  de  éste  sobre  el  obje- 
to.' Hó  aquí  en  lo  que  consiste  la  unidad  psíquica;  podemos  distinguir  y 
distinguimos  los  tres  momentos  por  un  esfuerzo  de  abstracción;  pero  en 
la  realidad  se  están  compenetrando  ó  inriuyendo  mutuamente  unos  sobre 
otros.  No  debemos  perder  de  vista  esta  verdad,  que  nos  explica  no  pocas 
aparentes  anomalías,  V  nos  previene  contra  el  pelij^ro  de  divisiones  ex- 
clusivas. Al  estudiar  cada  una  de  estas  fases  del  acto  psíquico  por 
separado»  ejecutamos  la  más  difícil  de  las  operaciones  analíticas;  y  no 
nos  debe  sorprender  encontrar  siempre  residuos  que  pertenecen  á  las 
otras  fases.  De  aquí,  además,  que  sea  posible  establecer  diversas  clasifica- 
ciones con  respecto  á  los  componentes  del  acto  psíquico,  según  que  se 
tome  como  centro  alguno  de  sus  momentos  principales,  ó  se  considere 
exclusivamente  su  evolución.  Nosotros  tomaremos  ésta  como  punto  de 
partida;  pero  cuidaremos  también  de  aprovechar  lo  que  esas  tres  fases 
distintas  brindan  de  estable  para  la  formación  de  grupos  considerables  y 
realmente  diversos. 

Considerados  los  fenómenos  subjetivos  como  momentos  da  la  evolu- 
ción del  acto  psíquico;  descubrimos  primero  una  serie  que  corresponde 
á  la  comunicación  del  objeto  con  el  sujeto.  El  no-yo  se  presenta  al  yo,  y 
entra  en  relación  con  él  mediante  los  diversos  órganos  que  posee  el  suje- 
to adecuados  á  este  fin.  El  no-yo  se  le  presenta  como  sensación  de  resis- 
tencia, ó  de  temperatura  ó  de  movimiento,  ó  de  sabor,  ó  de  sonido,  ó  de 
luz,  etc.;  inmediatamente  va  á  producir  una  modificación,  subjetiva,  pe- 
ro para  esto  puede  recorrer  un  trayecto  más  ó  menos  largo.  En  el  más 
corto  la  sensación — táctil,  lumínica,  etc. — se  nos  revela  como  un  placer  ó 
dolor,  surge  la  determinación  para  prolongar  ó  hacer  cesar  la  sensación, 
y  sobreviene  una  modificación  orgánica  que  pone  de  nuevo  al  sujeto  en 
relación  con  el  objeto.  Pero  éste,  que  es  el  camino  más  corto,  no  es  el 
más  frecuente  ni  con  mucho.  Una  misma  sensación  difiere  en  intensidad 
y  cualidad;  y  todas  pueden  agruparse  en  unidades  más  ó  menos  comple- 
jas: las  sensaciones  musculares  y  las  visuales,  por  ejemplo,  se  unen  es- 
trechamente y  producen  una  sensación  compuesta  que  toma  en  nuestra 
conciencia  el  aspecto  de  la  percepción  de  la  forma  y  el  tamaño.  Estas 
sensaciones  compuestas  ó  percepciones  pueden  ocupar  un  lugar  claro  y 
determinado  en  la  conciencia  y  tener  un  máximun  de  intensidad,  cuan- 


I 


CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS  19 

do  corresponden  á  un  obj^íto  presente;  pero  también  pueden  estar  en  la 
conciencia  con  cierta  indeterminación  y  con  una  intensidad  decreciente, 
en  ausencia  del  objeto  que  la  produjo,  están  representadas,  y  por  eso  se 
las  ha  llamado  imágenes.  Y  no  sólo  toda  percepción  puede  pasar  á  re- 
presentación, sino  que  las  percepciones  actuales  tienen  el  poder  de  des- 
pertar representaciones  de  objetos  que  estuvieron  unidos  con  ellas  en  lo 
exterior  6  que  se  asemejan  á  la  percepción  actual,  y  forman  grupo  con 
esas  represen taci o neí?.  De  modo  que  en  toda  percepción  hay  un  centro 
objetivo  presente,  al  cual  se  agrupan  representaciones  más  ó  menos  nu- 
merosas, todo  lo  cual  constituye  una  imagen  6  serie  de  imágenes.  Así, 
por  ejemplo,  se  me  presenta  un  árbol  lozano  cubierto  de  frutos,  y  se  me 
representa  un  arriate  en  que  he  visto  plantado  uno  semejante  y  el  césped 
que  lo  cubria  y  hasta  un  banco  rustico  que  habia  al  pié;  también  puede 
representárseme  una  hilera  de  los  mismos  árboles,  unos  florecidos,  otros 
con  fruto,  otros  perdiendo  las  hojas,  etc.  Y  adviértase  que  asi  como  la 
mera  sensación  con  la  (mica  conciencia  de  placer  ó  dolor  bastó  para  mo- 
ver la  voluntad  y  producir  un  fenómeno  de  actuación:  todo  acto  per- 
ceptivo y  toda  representación,  aunque  produzcan  un  rodeo,  van  igual- 
mente á  solicitar  la  determinación  y  á  provocar  movimientos.  El  árbol 
presente  me  invita  á  acercarme,  la  fruta  que  se  balancea  Inclinando  la 
rama  me  hace  levantar  el  brazo  y  abrir  la  mano  para  asirla. 

Pero  no  termina  en  la  imagen  la  evolución  del  acto  psíqiíico.  Esa 
operación  constructiva  que  hemos  visto  agrupando  imágenes  á  percep- 
ciones, é  imágenes  entre  si;  ese  poder  que  tienen  las  percepciones  de 
revivir  en  nuestra  conciencia  con  una  intensidad  menor,  y  el  hecho  de 
que  las  percepciones  puedan  ir  perdiendo  en  claridad  Tiasta  desaparecer 
en  el  campo  de  lá  concieticia,  todos  estos  hechos  que  podemos  comprobar 
en  los  ejemplos  propuestos,  continúan  verificándose  en  escala  superior,  y 
así  como  hasta  aquí  habian  desvanecido,  revivido  y  agrupado  percepcio- 
nes completas^  objetos  particulares,  acuden  á  ejercitar  esas  mismas  acti- 
vidades con  los  elementos  mismos  de  la  percepción,  con  las  sensaciones 
primarias,  y  desvaneciendo  en  una  percepción  determinadas  sensacionesj 
reviviendo  las  semejantes  á  la  que  ha  quedado  después  de  la  elimina- 
ción, y  formando  nuevos  grupos  con  ellas,  construyen  las  ideas  generales; 
En  nuestro  árbol  presente  vamos  dejando  desvanecer  en  la  sombra  el 
lugar  en  que  está  plantado  y  los  objetos  que  lo  rodfean,  la*  impresión  dé- 


20  REVISTA  DE  OÜBA 

terminada  de  su  magnitud,  la  forma  y  el  color  de  sus  flores  y  frutos;  la 
figura  de  su  copa;  quédanos  la  impresión  del  tronco,  la  disposición  más  ó 
menos  verticilada  de  las  ramas,  el  color  verde  del  follaje,  un  recuerdo 
vago  de  su  aplicación  ó  del  papel  que  desempeña  en  la  naturaleza;  y  al 
mismo  tiempo  van  surgiendo  en  nuestra  conciencia  multitud  de  impre- 
siones semejantes,  que  van  insensiblemente  fundiéndose,  y  nos  dan  com* 
pleta  la  idea  general  de  árbol. 

Estas  sucesivas  eliminaciones  en  la  percepción  üctual  pueden  ir  tan 
lejos  como  se  quiera,  y  asi  en  el  follaje  puedo  quedarme  solo  con  el  color 
verde,  en  el  tronco  coq  la  forma  cilindrica,  en  la  hoja  con  el  parenquima 
ó  con  la  función  respiratoria:  el  proceso  de  formación  de  las  ideas  gene- 
rales es  ilimitado,  llegando  á  &\i  máximun  con  las  ideas  de  mera  rela- 
ción. Ahora  bien;  asi  como  una  percepción  ó  una  imagen  erati  un  centro 
de  atracción,  un  nücleo  de  reviviscencia  para  nuevas  y  múltiples  repre- 
sentaciones; una  idea  general  suscita  otras,  la  conciencia  ve  establecerse 
relaciones  entre  ellas,  y  de  su  agrupación  resultan  los  juicios,  y  del  en- 
lace, desdoblamiento  y  eliminación  de  los  juicios  se  compone  el  racioci- 
nio. Y  lo  mismo  que  la  sensación  y  que  la  percepción  y  que  la  represen- 
tación, la  idea  general  y  los  juicios  que  las  enlazan  y  los  raciocinios  que 
abarcan  los  juicios  solicitan  la  volición  y  provocan  las  acciones.  La  idea 
general  de  árbol  entra  en  relación  de  causalidad  con  una  ganancia  posi- 
ble, este  juicio  provoca  una  serie  de  consideraciones  sóbrelas  ventajas 
de  la  agricultura,  y  el  sujeto  se  determina  á  aplicar  en  esta  dirección  sus 
actividades. 

Hemos  visto  como  ha  ido  prolongándose  la  serie  de  fenómenos  suce- 
sivos en  una  sola  dirección  hasta  llegar  á  la  modificación  interna  capital, 
la  determinación  del  sujeto;  pero  este  acto  puede  tener  y  tiene  las  más 
de  las  veces  una  complicación  extraordinaria.  La  sensación  modificada 
como  lo  hemos  visto  6  cualquiera  de  sus  consecuencias  no  basta  siempre 
para  infiamar  la  voluntad;  otra  serie  de  fenómenos  sensacionales  mera- 
mente  rememorados  puede  solicitarla  casi  al  mismo  tiempo,  ó  un  estado 
más  ó  menos  permanente  del  sujeto  puede  tener  habituada  su  voluntad 
á  determinadas  direcciones.  En  el  primer  caso,  cuando  una  impulsión 
intelectual  se  opone  á  otra  ü  otras,  hay  lo  que  llamamos  el  conflicto  de 
los  motivos,,  y  sobreviene  un  momento  de  espera,  de  indecisión;  de  esto 
puede  resultar  que  el  primer  impulso  aborte,  desapareciendo  por  oom- 


OOKFERENOIAS  FILOSÓFICAS  21 

pleto,  6  quedando  latente  en  la  forma  de  deseo,  sin  perjuicio  de  ganar 
más  tarde  terreno,  y  convertirse  en  pasión  ó  apetito.  Aquel  raciocinio 
sobre  las  ventajas  de  la  agrioultara,  pudo  ser  contrariado  por  la  represen- 
tación de  la  falta  de  recursos  bastantes,  ó  las  dificultades  de  cambiar  de 
ocupaciones,  ó  la  incertidumbre  del  é:(ito,  dadas  tales  ó  cuales  oondicio-' 
nes,  tales  ó  cuales  antecedentes;  7  suspender  el  sujeto  sus  actos  y  des-^ 
aparecer  el  proyecto  y  convertirse  en  un  mero  deseo.  Más  tarde  la  vista 
de  otros  hombres  entregados  al  cultivo,  de  las  ventajas  obtenidas,  el 
cambio  de  las  circunstancias  pueden  llevar  al  sujeto  hasta  á  apasionarse 
por  aquella  deseada  empi'esa;  vencer  su  irresolución,  y  conducirlo  alacto. 
Siempre  nos  encontramos  con  la  misma  serie,  aunque  más  prolongada. 

He  dicho  que  un  estado  permanente  del  sujeto  puede  tener  habitua- 
da BU  voluntad,  y  servir  de  obstáculo  al  impulso  que  viene  por  la  vía 
intelectual,  y  esto  me  lleva  á  considerar  algunos  fenómenos  subordinados 
que  conspiran  al  mismo  fin  que  los  hasta  aquí  descritos.  En  aquella  pri- 
mera y  más  rápida  forma  del  circuito  psíquico,  vimos  cómo  la  sensación 
meramente  agradable  ó  dolorosa  fué  á  llamar  la  impulsión  motriz;  y  con* 
viene  advertir  que  esta  fase  sensible  existe  en  todos  los  actos  internos — > 
aunque  en  directa  oposición  á  la  otra  fase — toda  percepción  produce  algo 
de  placer  ó  algo  de  dolor,  pero  mientras  más  la  considera  la  conciencia 
como  percepción,  menos  la  siente  como  grata  ó  ingrata,  y  vice  versa*. 
Ahora  bien;  esta  fase  de  los  fenómenos  intelectuales,  que  es  la  esfera  del 
sentimiento,  aun  cuando  no  ocupe  el  primer  plano  de  la  conciencia,  sub* 
siste,  y  constituye  una  especie  de  tonalidad  del  espíritu.  Me  atrevería  á 
decir  que  el  sentimiento  es  la  memoria  de  la  sensibilidad;  y  por  tanto, 
cuando  una  serie  de  ideas  viene  á  contrariar  aquellas -que  son  habituales, 
y  que  por  ende  no  son  dolorosas,  el  sentimiento  en  la  forma  de  la  cos- 
tumbre opone  resistencias  que  suelen  ser  invencibles.  Si  el  sujeto  que 
pretende  ser  agricultor  está  conforme  con  sus  ocupaciones  anteriores,  y 
más  aún  si  tiene  gusto  en  ellas,  es  seguro  que|el  proyecto  de  cambiar  de 
vida  no  hará  más  que  atravesar  sn  conciencia. 

Tanto  las  percepciones,  como  las  imágenes,  como  las  ideas  y  hasta 
oscuras  relaciones  intra-orgánicas  tienen  el  poder  de  avivar  los  senti- 
mientos, y  producir  un  estado  sensible  actual  é  intenso  que  tiene  el  nom- 
bre de  emoción.  La  emoción  hace  con  las  ideas,  lo  que  la  conciencia  del 
placer  ó  dolor  con  la  sensación  vudimentaría;  es  el  gran  estimulo  para  la 


22  REVISTA  DE  CUBA 

voluntad.  Su  relación  con  los  apetitos  y  pasiones  es  muy  estrecha.  Si  la 
idea  de  la  vida  del  campo  despierta  en  nuestro  'futuro  agricultor  un  sen- 
timiento estético  que  dormia  en  el  fondo  de  su  organismo,  ó  le  hace 
sentir  más  vivamente  que  hasta  entonces  la  necesidad  de  una  existencia 
alejada  del  bullicio,  6  la  conveniencia  de  un  retiro  prolongado  ó  la  faci- 
lidad de  dar  rienda  á  algún  viejo  deseo  ó  á  algún  antiguo  hábito  ó  á  los 
recuerdos  de  su  infancia  6  al  deber  de  ser  útil  á  sus  semejantes;  y  se  con- 
mueve todo  su  ser  con  una  emoción  más  ó  menos  dulce,  más  6  monos 
intensa,  difícil  será  que  su  voluntad  no  ceda  á  su  blando  imperio.  Será 
agricultor. 

En  todos  estos  casos,  en  tan  vasto  panorama,  hemos  considera- 
do siempre  la  volición  ordenando  el  movimiento,  y  éste  traducién- 
dose por  actos  al  exterior.  Pero  si  queremos  completar  el  cuadro 
de  los  actos  psíquicos  posibles,  nos  falta  estudiar  una  dirección  in- 
interna  que  pueden  tomar  los  mandatos  de  la  voluntad.  Esta  puede 
reflejarse  en  cierto  modo,  y  ejercitarse  en  fijar  ó  reproducir  la  rá- 
pida serie  de  las  ideas.  Esto*  produce  la  atención,  por  la  cual  elacto 
volitivo  parece  suspenso  é  interrumpido  el  circuito  psíquico,  cuando  en 
realidad  sólo  cambia  de  dirección;  y  tanto  es  asi  que  muchas  veces  apa- 
recen en  el  gesto  y  hasta  en  los  ademanes  indicios  claros  de  esos  movi- 
mientos interiores.  La  atención  profunda  produce  cambios  en  la  expre- 
sión de  la  fisonomía,  harto  conocidos,  y  para  los  cuales  es  claro  que  han 
debido  entrar  en  juego  los  músculos  faciales.  La  atención  ó  reflexión  es 
un  elemento  esencial — no  el  único — del  último  de  los  fenómenos  menta- 
les que  nos  queda  por  estudiar.  Las  series  de  imágenes  que  construimos 
con  entera  independencia  de  nuestras  experiencias;  las  operaciones  ima- 
ginativas, que  ó  sirven  para  ocupar  nuestros  ocios,  ó  para  dar  impulso  á 
nuestra  actividad,  y  que  de  un  modo  ú  otro  están  dentro  del  círculo 
nunca  interrumpido  dtel  acto  psíquico  completo.  Parece  que  cuando  nos 
entretenemos  en  dar  libre  curso  á  nuestras  imaginaciones,  tenemos  fenó- 
menos psíquicos  totalmente  exentos  de  un  principio  y  comienzo  objeti- 
vos. No  hay  nada  de  eso.  La  falta  de  ocupación  produce  un  sentimiento 
de  vacío,  un  sentimiento  penoso,  que  solicita  la  volición,  la  cual  respon- 
de dirigiendo  sus  movimientos  del  lado  intertío,  y  provocando  esas  fan- 
tásticas procesiones,  esos  desfiles  maravillosos  de  imágenes  y  escenas  que 
tanto  conocemos  los  hijos  perezosos  de  estos  ardientes  climas» 


CÓN^E&SKCIAS  fíLOSOf  ICaA  Í& 

Aunque  tan  rápido  este  bosquejo,  aunque  tan  incompleto,  como  que 
^n  él  he  prescindido  de  todo  lo  que  no  nos  pueda  dar  la  conciencia — déla 
parte  objetiva  y  de  la  fase  preconsciente — creo  haber  logrado  con  él  mi 
objeto:  tener  una  clasifícacion  provisional  de  los  fenómenos  anímicos,  y 
haber  demostrado  la  perfecta  unidad  del  acto  psíquico  que  los  engloba; 
la  mutua  relación,  la  trabazón  necesaria  que  hay  entre  todos  ellos.  Sin 
riesgo  ninguno  podemos  ahora  recordar  las  antiguas  divisiones,  las  viejas 
facultades,  y  notar  que  la  sensibilidad  estudia  los  estados  de  placer  y  do- 
lor, pero  no  debe  prescindir  de  las  sensaciones  y  ya  se  adelanta  en  los 
dominios  de  la  inteligencia,  y  tiene  que  estudiar  el  sentimiento  que  ea  la 
base  de  las  emociones  y  se  encuentra  ya  en  el  dominio  de  la  voluntad.  La 
inteligencia  á  su  vez  estudia  las  percepciones  con  lo  cutíl  tiene  que  aten^- 
der  á  las  sensaciones  como  el  factor  más  importante,  pasa  al  acto  capital 
de  la  representación,  basado  todo  en  la  facultad  de  reviviscencia,  y  com- 
pleta  con  la  abstracción  los  estados  más  delicados  y  complejos,  necesitando 
de  la  intervención  del  mandato  volitivo  para  los  actos  de  reflexión  y  mu- 
chos de  los  de  inventiva.  A  su  vez  el  acto  inicial  de  la  voluntad,  la  deli- 
beracion,  supone  la  presencia  de  fenómenos  intelectuales,  y  esos  apetitos 
latentes  que  llamamos  deseos,  tocan  á  la  oscura  región  del  sentimiento, 
teniendo  después  la  voluntad  su  campo  más  restricto  en  los  fenómenos  de 
actuación,  ya  consistan  en  meros  gestos,  en  movimientos  ó  en  el  complicado 
fenómeno  del  lenguaje  y  la  palabra,  que  de  nuevo  vuelve  á  presentar  ele- 
mentos intelectuales.  • 

Ya  lo  veis;  podemos  señalar  tres  regiones  principales,  podemos  distin- 
guir un  fenómeno  como  perteneciendo  á  una  de  ellas,  pero  los  limites  de 
esas  tres  provincias  se  tocan  hasta  confundirse;  y  en  cada  fenómeno  aisla- 
do podemos  descubrir  las  ramificaciones  que  lo  unen  á  los  otros  campos 
del  espíritu,  los  diversos  aspectos  que  lo  integran  y  que  lo  hacen  referir 
en  parte  á  la  sensibilidad,  en  parte  á  la  inteligencia,  á  la  volición  en 
parte.  ¿Qué  nos  queda  ahora  de  aquellas  facultades,  consideradas  como 
manifestaciones  independientes  de  una  sustancia,  que  era  á  la  vez  su  cau- 
sa y  explicación?  Aun  desde  este  punto  de  vista  tan  limitado,  sin  los  co- 
piosos auxilios  que  nos  ha  de  prestar  el  método  objetivo,  vemos  que  nues- 
tra concepción  de  la  psicología  es  muy  otra;  y  vamos  entreviendo  que 
esta  unidad  del  acto  psíquico  en  sus  tres  momentos  sucesivos  nos  da  una 
clave  más  segura  para  dilucidar  sus  problemas,  que  la  pretensa  sustan- 


24  REVISTA  DE  CUBA 

ci^lidad  y  espiritualidad  de  la  arqnea  misteriosa  alojada  por  tantos  si- 
glos  en  el  organismo  humano. 

Tales  son,  sefiores,  sumariamente  considerados  7  en  sus  manifestacio- 
nes capitales,  los  fenómenos  de  que  nos  da  clara  cuenta  nuestra  concien- 
cia, como  ocupantes  sucesivos  del  campo  sobre  el  cual  proyecta  su  luz. 
Si  queremos  determinar  en  ellos  un  atributo  común  que  los  distinga  de 
los  fenómenos  objetivos,'  esa  misma  cualidad  de  sucesivos  es  la  que  prin- 
cipalmente los  caracteriza.  En  efecto,  los  fenómenos  anímicos,  cuando  lle- 
gan al  punto  central,  al  foco  luminoso  de  la  conciencia,  son  todos  sucesi- 
vos. Para  encontrar  fenómenos  anímicos,  en  cierto  modc  coexisten  tes, 
hemos  de  bajar  á  la  región  de  lo  preconsciente  ó  á  la  penumbra  de  la 
conciencia.  Por  esto  ha  dicho  con  toda  claridad  Spencer  que  el  objeto  de 
la  psicología  es  una  serie  continua  de  cambios,  y  su  propósito  determinar 
la  ley  de  esa  sucesión.  Sin  embargo,  si  no  nos  hemos  de  contentar  con  el 
testimonio  de  nuestra  reflexión,  ya  reconocido  por  nosotros  como  insu- 
ficiente, forzoso  es  que  busquemos  en  el  mundo  de  los  fenómenos  extensi- 
vos una  puerta  que  nos  lleve  á  influir  sobre  los  fenómenos  meramente  in- 
tensivos, que  nos  permita  la  experiencia  y  la  observación  objetiva.  Ya  la 
presencia  de  fenómenos  coexislentes,  apenas  descendemos  de  la  región  de 
la  conciencia,  nos  induce  á  sospechar  que  estos  fenómenos,  sentidos  como 
sucesivos,  pueden  "presentársenos  con  otra  faz  extensiva;  es  decir,  que  pue- 
de haber  una  correlación  estrecha,  una  correlación  quizás  de  equivalencia 
entre  los  actos  mentales  y  Jetos  puramente  ñsicos  del  organismo.  El  con- 
firmar esta  creencia  es  punto  preliminar  é  indispensable  para  aplicar  el 
método  objetivo  á  la  psicología. 

De  consiguiente,  hemos  de  examinar  si  estos  fenómenos  de  conciencia 
van  acompañados  invariablemente  de  fenómenos  orgánicos  y,  por  consi- 
guiente, objetivos. 

Para  que  nuestro  espíritu  tenga  la  sensación  de  tacto,  es  forzoso  que 
determinadas  partes  de  nuestro  cuerpo  toquen  objetos  exteriores,  y  hay 
partes  como  las  yemas  de  los  dedos,  los  labios  y  la  extremidad  de  la  len- 
gua que  gozan  de  un  poder  discriminativo  mucho  mayor  que  las  restan- 
tes; cuando  una  parte  no  dotada  generalmente  de  agudeza  táctil  la  ad- 
quiere extraordinaria,  es  decir,  cuando  una  sensación  interna  de  tacto 
sobreviene  al  sujeto  de  una  parte  de  que  uo  la  recibe  por  lo  general,  á 
esta  modificación  lubjetiva  acompaña  una  modificación  objetiva  aprecia* 


CÓNf^XBÍVCIAS  FILQSOPICAS  25 

ble,  como  pérdida  de  Ja  epidermis,  iniamacion^  contusión,  etc.  Lo  mismo 
pasa  en  el  caso  contrario,  es  decir,  caando  una  de  las  partes  dotadas  de 
gran  discriminación  táctil,  la  menoscaba  ó  pierde.  Idénticas  consideracio- 
nes podrían  hacerse  respecto  á  las  otras  fuentes  de  sensación. 

Es  claro  que  si  las  sensaciones  tienen  concomitantes  objetivos  necesa- 
rios, las  percepciones  han  de  tenerlos;  pero  prescindiendo  de  sus  ele* 
meatos,  7  fijándonos  en  el  acto  mismo  de  la  percepción,  tan  pronto 
como  introducimos  cualquiera  diferencia  en  las  relaciones  orgánicas,  ve- 
mos que  varía  la  percepción.  Oonte;nplamos  directamente  un  alfiler, 
tenemos  la  percepción  de  aquel  objeto;  pero  interponemos  un  cartón  en 
el  cual  hayamos  abierto  dos  pequeños  agujeros  á  menor  distancia  que  el 
diámetro  de  la  pupila,  miramos  á  través  de  ellos  v  vemos  dos  alfileres. 
La  disposición  del  ojo,  al  ajustamiento  focal,  necesario  para  las  percepcio- 
nes del  orden  visual,  y  que  es  automático,  se  puede  hacer  sensible,  puede 
darnos  una  sensación  de  esfuerzo  con  un  experimento  tan  sencillo  como 
el  anterior.  Se  clavan  dos  agujas  bien  rectas  en  una  regla  de  madera,  de 
modo  que  no  estén  en  una  linea  exactamente  paralela  al  filo  de  la  regla, 
•  sino  colocadas  de  tal  modo  que  la  una  esté  á  distancia  de  seis  pulgadas 
del  extremo  de  la  regla,  7  la  otra  pueda  verse  distintamente  casi  al  lado 
de  la  primera,  á  doce  pulgadas.  Si  miramos  la  segunda,  la  vemos  distin- 
tamente, 7  sin  que  nos  cueste  el  menor  esfuerzo;  pero  veremos  la  imagen 
de  la  primera  confusamente,  7  más  ó  menos  duplicada.  Si  nos  proponemos 
ver  distintamente  ésta,  lo  conseguiremos  pronto,  pero  no  sin  alguna  fati- 
ga, resultando  además  que  á  medida  que  la  primera  se  presenta  más  7 
más  clara,  la  imagen  de  la  segunda  va  siendo  más  7  más  confusa;  7  por 
más  esfuerzos  que  hagamos  no  conseguiremos  ver  las  dos  agujas  con  igual 
claridad  (nuxle7).  Patente  queda,  pues,  que  son  necesarias  modificacio- 
nes orgánicas  para  el  acto  de  la  percepción;  pues  lo  mismo  que  ocurre 
con  los  elementos  visuales  para  con  los  demás. 

El  sentimiento,  aun  cuando  no  adquiera  la  intensidad  necesaria  para 
traducirse  por  un  estado  grato  ó  doloroso,  está  de  tal  modo  sometido  á 
los  cambios  orgánicos,  que  nuestra  experiencia  familiar  é  individual  es 
suficiente  para  atestiguarnos  cómo  se  modifica  á  consecuencia  del  hambre 
ó  la  saciedad,  el  cansancio  ó  el  reposo,  el  estado  atmosférico,  el  grado  de 
temperatura,  las  sustancias  ingeridas  en  el  estómago,  los  estimulantes, 
las  enfermedades,  el  sueño,   la  vejez.  Esta  conexión  es  tan  manifiesta 

4 


26  BEYISTÁ  DE  C^BA 

que  las  más  de  las  expresiones  tomadas  por  las  lenguas  modernas  á  la¿ 
antiguas  para  determinar  estados  de  sentimiento  están  descubriéndola; 
así  bueno  y  mal  bumor,  melancolía,  atrabílis,  etc.  En  cuanto  á  las  emo- 
ciones, casi  inütil  parece  insistir  en  su  concomitancia  con  modificaciones 
orgánicas,  pues  apenas  se  concibe  un  estado  emocional  sin  signos  exterio- 
res característicos;  7  son  muy  pocos  los  hombres  que  puedan,  como 
Luis  XVI,  en  medio  de  una  multitud  frenética,  alargar  el  brazo,  diciendo: 
«¿Creéis  que  tengo  miedo?  tomadme  el  pulso».  Tan  es  así  que,  á  pesar  de  * 
'  la  opinión  común  de  los  helenos  acerca  de  la  impasibilidad  característica 
de  sus  dioses,  y  que  obligaba  á  sus  artistas  á  inmovilizar  las  facciones  de 
sus  célebres  estatuas,  basta  una  pequeña  retracción  del  labio  para  comu- 
nicar una  expresión  de  olímpico  desden  á  la  fisonomía  t^da  del  Apolo  de 
Belvedere.  Las  imprecaciones  más  tremendas  no  nos  pintarían  mejor  la 
soberbia  y  rencorosa  angustia  de  la  servidumbre  que  el  rostro  doliente  y 
fiero  de  aquella  otra  estatua,  conocida  por  el  amolador.  El  arte  de  la 
pantomima  ó  mímica,  que  no  es  otro  que  el  de  manifestar  con  el  gesto  y 
la  acción  los  movimientos  apasionados  del  ánimo,  ha  llegado  hasta  el 
punto  de  conmover  dolorosamente  á  un  auditorio,  á  pesar  de  no  corro- 
borar la  palabra  lo  que  expresaba  la  fisonomía.  Refiérese  d^  un  célebre  * 
actor  francés  que  hacía  derramar  lágrimas  á  sus  oyentes,  recitando  una 
canción  popular  y  nada  triste  que  comienza:  «Si  el  rey  me  diese  á  París, 
su  gran  ciudad.»  Y  esto  confirma  admirablemente  la  opinión  de  Maudn- 
ley  de  que  «si  en  el  momento  en  que  las  facciones  expresan  una  pasión, 
tratamos  de  hacer  nacer  una  diferente  en  el  espíritu,  no  lo  conseguire- 
mos.» Y  de  aquí  el  artificio  de  los  artistas  cuando  quieran  provocar  en  sí 
el  sentimiento  de  un  estado  emocional,  y  empiezan  adoptando  la  actitud 
que  le  eirve  de  signo  al  exterior.  Pero  hay  mucho  más,  señores,  el  profe- 
sor Mantegazza  ha  probado  que  el  dolor  ñsico  produce  un  descenso  en  la 
temperatura  orgánica.  Lo  mismo  pasa  con  el  dolor  moral,  cuya  acción 
continuada,  como  en  las  pesadumbres  prolongadas,  puede  ir  hasta  la 
alteración  de  los  tegidos,  determinando  degeneraciones  orgánicas. 

Si  pasamos  á  las  operaciones  más  íntimas  del  espíritu,  la  rememora- 

■ 

cion,  la  ideación,  que  parecen  tan  alejadas  de  toda  conexión  ñsica,  vere- 
mos también,  fácilmente,  por  cuantos  y  cuan  poderosos  vínculos  están 
unidas  al  organismo. 

La  progresiva  decadencia  de  la  memoria  en  la  edad  avanzada  es 


I 


CONFE&EVCIAS  FILOSÓFICAS  27 

caá  ana  regla  general;  Bain  ate^tigna  que  noventa  y  nueve  personas 
Bobre  cien  van  perdiendo  la  memoria  con  los  afios.  De  la  influencia  del 
estado  del  cuerpo  sobre  la  reviviscencia  nos  dáSir  Henry  HolVand  un  no- 
table ejemplo.  Refiere  que  habiendo  descendido,  en  un  mismo  dia,  á  dos 
profundas  minas  de  las  montañas  del  Hartz,  en  la  segunda  se  halló  tan 
postrado  por  el  hambre  y  la  fatiga  que  perdió  por  completo  la  memoria; 
no  le  era  posible  recordar  una  sola  palabra  alemana.  Apenas  tomó  un 
poco  de  vino  j  algún  alimento  comenzó  A  recordar  de  nuevo.  En.  cuanto 
á  la  ideación,  ¿no  la  suspende  por  completo  un  sincope?  ¿no  viene  el 
snefío  á  paralizarla  total  ó  parcialmente,  á  hacerle  perder  su  encadena- 
miento y  vivaqidad,  dejándola  realmente  como  suspensa  y  flotante  en  el 
vacío?  Diversas  sustancias  disueltas  en  los  plasmas  orgánicos  ejercen 
acciones  muy  pronunciadas  sobre  la  ideación:  el  cloroformo  la  extingue, 
el  café  la  estimula  agradablemente,  el  opio  y  el  haschich  le  comunican 
una  rapidez  vertiginosa.  Los  efectos  de  la  intoxicación  alcohólica  son 
tales  que  en  muchas  ocasiones  no  termina  su  progreso  fatal  hasta  llegar  al 
delirium  tremens.  ^ 

Por  otra  parte  la  observación  fisiológica  ha  encontrado  el  camino 
para  comprobar  las  huellas  inmediatas  que  deja  en  el  organismo  el  tra- 
bajo mental.  SchifF  y  Lombard  han  reconocido  que  mientras  se  verifica, 
hay  elevación  de  temperatura  en  el  encéfalo;  y  su  gasto  mayor  de  la 
sustancia  nerviosa  queda  patente  por  la  mayor  eliminación  de  fosfatos, 
reconocida  por  Byasson.  Es  muy  conocida  la  observación  de  Blumenbach 
y  de  Piesqnin  sobre  la  congestión  de  la  sustancia  cerebral,  durante  el 
sueño  con  ensueños,  confirmada  por  los  recientes  experimentos  del  profe- 
sor italiano  Morso. 

Merced  á  un  ingenioso  aparato  de  su  invención  ha  podido  éste  com- 
probar que  todo  fenómeno  mental  tiene  su  respuesta  en  la  circulación 
periférica.  El  trababajo  intelectual  produce  contracciones  en  la  red 
vascular  de  la  periferia,  proporcionales  al  esfuerzo  empleado.  En  un 
joven  que  traducia  primero  del  latin  y  después  del  griego,  la  contracción 
periférica  era  mucho  menor  en  el  primer  ejercicio,  y  la  razón  consistía 
en  que  poseia  mucho  mejor  el  latin  que  el  griego. 

Con  los  fenómenos  voluntarios  sucede  lo  mismo  que  con  los  emociona* 
les,  parece  ocioso  demostrar  que  afectan  el  organismo.  Casi  toda  la  fase 
de  la  voluntad  que  llamamos  actuación  se  traduce  por  movimientos  ex- 


! 


28  KSVISTA  SE  CUBA 

temos,  de  los  cuales  uno  de  los  más  importantes  es,  sin  duda,  el  lenguaje, 
Y  ¿quién  necesita  hoy  que  se  le  demuestren  las  conexiones  del  lenguaje 
con  el  cerebro,  no  como  modificación  del  sonido  verificada  en  la  laringe, 
j  sometida  á  su  disposición  muscular,  sino  como  fenómeno  de  significa* 
cion  correspondiente  á  los  más  delicados  fenómenos  mentales?  Como  lo 
ha  dicho  con  autoridad  innegable  Fermer:  «Debiéndose  la  afasia  esen^ 
cialmente  á  la  destrucción  temporal  ó  permanente  de  los  centros  de 
excitación  y  registro  orgánico  de  los  actos  articuladores,  constituye  una 
prueba  significativa  del  hecho  de  que  no  hay  interrupción  entre  las  fun- 
ciones fisiológicas  y  psicológicas  del  cerebro,  y  de  que  lo  objetivo  y  lo 
subjetivo  no  están  separados  por  un  abismo  infranqueable». 

Sobre  todo,  señores,  lo  que  me  importaba  demostrar  y  lo  que  creo 
abundantemente  demostrado  en  eóta  rapidísima  colección  de  hechos — no 
todos,  ni  con  mucho,  los  que  pudiera  aducir — es  que  los  fenómenos  que 
comenzamos  estudiando  con  la  mera  inspección  de  la  conciencia,  tienen 
sus  concomitantes  ñsicos,  con  los  cuales  guardan  estrechas  y  permanentes 
relaciones;  lo  bastante  á  franquearnos  una  ancha  vía  para  la  aplicación  del 
método  que  deseábamos  emplear;  el  doble  método  subjetivo  y  objetivo.  A 
medida  que  adelantemos,  veremos  abrirse  ante  nuestros  pasos  horizontes 
más  extensos  y  más  luminosos.  Lo  cual  prueba  una  vez  más  que  la  gran 
dificultad  para  hacer  las  cosas  está  en  el  modo  de  hacerlas.  Y  yo  creo, 
sefiores,  que  los  psicólogos  actuales  han  encontrado  ya  el  modo  de  hacer 
)a  psicología. 

ENRIQUE  JOSÉ  VARONA, 
(&  continuará.) 


— ••»- 


J 


■  U   I. 


ADIÓS  A  CUBA.  (1) 


Ta  despaata  da  la  aurora 
£1  rosado  colorido; 
El  avecilla  canora  ■ 

][q(}uieta  t;rÍQa  en  m  Qido; 

De  solitaria  palmera, 
En  elevada  colina, 
Reluce  la  cabellera 
Salpicada  de  neblina; 

El  arroyo  trasparente 
Las  campiñas  engalana; 
Alza  la  ceiba  su  frente, 
De  los  campos  soberana; 


V 


Desde  empinada  y  agruma, 
De  acentos  llenando  el  monte, 
Sacude  su  blanda  pluma 
El  melodioso  sinsonte; 


(1)   A  bordo  del  Antonio  lofu,  16  4i  MU>  4«  ÍM, 


80  EEVISTA  DE  CUBA 

Susurran  los  altos  piuos, 
Be  columpian  los  palmares 

Y  el  montuno  en  los  caminos 
Entona  tierúos  cantares. 

Todo  respira  alegría 
Al  cesar  la  noche  oscura, 
ISn  que  plácida  armenia 
Eleva  al  cielo  Natura, 

[Sólo  yo,  desventurado, 
Perdidos  placer  y  calma, 
Todo  lo  miro  enlutado, 
«  De  dolor  transida  el  alma! 

iQue  entre  espumas  argentinas 
Pejaró  mis  patrios  lares, 
Sus  arroyos  y  colinas, 
Bus  montanas  y  palmares! 

[Adiós,  adiós,  Cuba  mia. 
Asilo  de  la  hermosura! 
¡Tu  placer  es  mi  alegría! 
¡Tu  dolor  mi  desventura! 

[Cuan  presto  llegó  el  momento!.., 
[Cómo  las  horas  volaron!.,, 
[Horizonte  y  firmamento 
£ntre  nubes  se  ocultaron! 

Y  todos  adiós  me  dieron ...... 

Y  en  pos  de  opuestas  orillas 
Distintos,  rumbos  siguieron 
El  bajel  y  las  barquillas 


ÁÍ>ÍÓS  Á  CUBA  ái 

Y  ligera  como  un  ave 
Que  á  favor  del  viento  vuela, 
El  puerto  dejó  la  nave, 
Bordando  brillante  estela 


Y  sonó,  tras  leve  lumbre. 
Del  cañón  el  estampido... 

Y  sentí  la  pesadumbre 

De  un  dolor  desconocido... 

Sólo  abrigaba  un  consuelo 
^  Mi  corazón  lacerado: 

Miraba  el  cubano  suelo 
De  azules  aguas  bañado. 

Ilusión  tan  pasajera 
Desvanecióse  al  instante... 
¡Que  iba  la  nave  velera 

Y  con  prora  hacia  X^evantel 

Entonces...  |ob  suerte  impia! 
Divisé  que  en  lontananza 
Lentamente  se  extinguía 
Con  el  MoiTO  mi  esperanza... 

Perdí  #1  faro  luminoso 
Que  fijó  mi  pensamiento... 

Y  conmovido,  lloroso... 
Me  rindió  el  abatimiento. 

Soñando...  escuché  el  murmullo 
De  cimbradora  palmera 

Y  el  melancólico  arrullo 
De  tojosa  lastimera; 


Coronada  vi  la  pifia 
Al  airé  sa  aroma  dando, 
Y  afanoso  en  la  campifia 
Un  sunsún  revoloteando; 


A  lo  lejos  de  la  playa, 
Entre  vividos  fnlgores, 
Una  recta  guarda-raya 
Que  adornan  silvestres  flores, 

Más  allá. . .  rodar  un  rio 
De  linfa  luciente  7  pura, 
Mezclando  su  murmurio 
^  A  los  ecos  de  Natura... 

De  este  sueño  placentero 
Con  la  patria  suspirada, 
Despertóme  un  marinero, 
Entonando  una  trovada; 

Sorprendido  en  la  cubierta, 
Busqué  mi  suelo  adorado...' 
[Y  estaba  la  mar  desierta 
Y  el  horizonte  nublado!... 

Lejos  de  mis  patrios  lares. 
Sin  gozar  su  puro  ambiente 
Que  perfuman  azahares, 
A  exclamar  torné  doliente: 

{Adiós,  adiós,  Cuba  mia. 
Ya  no  admiro  tu  hermosura: 
(Tu  placer  es  mi  alegría! 
|Tu  dolor  mi  desventura! 

JOSB  ANTONIO  CORTINA. 


...A,.,-^»-.       •'     ■        '->■>■,       ..  ^»    .•,.■„, v.>-    '«»*rf.. 


DEL  ORIGEN  DE  LOS  AMERICANOS. 


Entre  las  opiniones  menos  aatorizadas  acerca  del  Origen  de  los  Ame- 
ricanos es  la  primera  en  poca  conaistencia  la  que  sostuvo  Antonio  Mon- 
tezinos,  portugués,  que  en  su  religión  se  llamó  Aron  Le  vi,  con  cuyo  nom- 
bre vivió  en  Amsterdam.  Montezinos  tuvo  un  abogado  decidido,  en  otro 
judio,  Menasseh  Ben  Israel,  teólogo  f  filósofo  hebreo,  también  lusitano. 
Escribió  en  español  el  segundo  un  libro  pequeño,  titulado:  esperanza  de 
Israel.  (Amsterdam,  1650  ó  5410).  D.  Santiago  Pérez  Junquera  acaba  de 
reimprimir  (Madrid,  1881)  el  texto  español  rarísimo,  (d  plana  y  ren- 
glón) con  notas;  la  biografía  del  judio  si  bien  anteponiendo  á  la  portada 
otra  que  dice  Origen  de  loa  Americanos  aunque  copia  exactamente,  pá- 
gina XXXVIII,  la  que  puso  su  autor  al  libro.  Dice  el  señor  Pérez  que  es  un 
libro  «desconocido  de  los  más  y  apreciado  de  pocos,  próximo  á  desapa- 
recer si  no  se  reimprimier¿( »  «Llama  sabia  y  metódica  disertación  (la 

Esperanza  de  Israel);  en  la  que  no  se  sabe  qué  admirar  más  si  la  fé  en 
acumular  textos  ó  la  sólida  y  bastisima  erudición  del  autora». 

Si  el  editor  se  hubiera  limitado  á  lo  raro  del  libro  y  á  la  necesidad  de 
conservar  el  texto  español  simplemente  como  curiosidad  literaria,  nada 
agreg&ríamos  á  la  anterior  noticia  bibliográfica;  pero  el  hecho  es  que  si  no 
en  el  texto  español  el  libro  es  conocidisimo  en  latin,  por  cuanto  á  que  ob- 
tuvo la  más  severa  critica,  tanto  en  la  relación  de  Montezinos,  que  defien- 
de, como  en  la  otra  dicha  /S^e  Israelis,  en  1661.  Teófilo  Spizelegio  escribió 

6 


34  EEVISTÁ  DE  CUBA 

éQ  latín  el  precioso  librito  sobre  «la  Eelacion  Monteziniana  de  haberse 
descubierto  en  América  las  tribus  de  Israel  7  la  discusión  de  los  argu. 
gumentos  en  defensa  del  Origen  israelita  de  los  Americanos,  por  Mena- 
sseh  Ben  Israel,  en  su  8pe  Israelis.  Con  la  carta  del  celebérrimo  Juan 
Buxtorfío,  sobre  el  empeño  jadáico  en  el  asunto».  Este  librito  lleno  de 
buen  sentido  7  de  erudición  critica  se  imprimió  en  Basilea  en  1661,  por 
Juan  Konig. 

La  Esperanza  de  Israel  es  un  libro  fanáticamente  sectario,  mu7  lejos 
de  ser  ni  sabia  ni  metódica  disertación.  Cuando  se  lee  la  relación  absurda, 
inverosimil,  fantástica  de  Montezinos,  cu7a  veracidad  juró  hasta  al  morir 
el  que  tenia  reputación  de  honrado,  no  queda  libre  de  la  nota  de  soñador. 
Los  muy  nobles,  prudcnies  y  magnificos  sefioi^es  diputados  y  Parnassim  de 
la  congregación  (^Kahal  Kadosoh)  de  Amterdam,  á  quien  dirigió  el  libro 
querían  oír  su  juicio  sobre  la  relación  de  Montezinos  7  le  parece  lo  mejor 
escrito  hasta  el  dia.  Después  de  impugnar  lo  dicho  sobre  el  Origen  de  los 
americanos  por  otros  viene  á  sostener  lo  mismo  con  el  aditamento  de  una 
primitiva  población  judía  que  ho7  se  conserva  oculta  en  lugares  incóg- 
nitos en  las  Indias  occidentales,  oponiéndose  á  que  sean  los  indios  de 
origen  israelitico,  siendo  éstos  la  raza  más  bella  é  inteligente,  tan  contra- 
ria la  de  los  feos  indios. 

En  los  libros  judaicos  encuentra  el  apo70  de  áu  teoria:  en  cuanto  á 
otras  formas  de  raciocinio  repárese  que  principia  en  primer  lugar  por 
fundarse  en  un  libro  reconocido  por  él  como  apócrifo,  el  49  de  Esdras;  7 
acaba  por  citar,  como  ejemplo  de  que  podían  ocultarse  los  israelitas  tras  las 
cordilleras,  el  valle  de  las  Batuecas  en  España;  7  sobre  lo  explicado  por 
los  astrólogos  acerca  de  dos  cometas  7  una  eclipse:  según  los  cuales  pron- 
to se  reunían  en  Egipto  7  Asiría  las  doce  tribus  los  vasallos  del  Meúas, 
CU70  reino  7a  no  se  dividiría. 

El  escrito  del  portugués  es  una  obra  bien  determinada  en  su  titulo: 
Esperanza  de  Israel,  que  aún  clama  por  su  Mesias  7  á  su  logro  convergía 
toda  la  literatura  judaica  7  fomentaban  las  hogueras  de  la  Inquisición 
proporcionando  mártires  de  esa  religiosa  ceguedad.  En  cuanto  al  Origen 
de  los  Americanos /eos  y  poco  inteligentes  que  hallaron  los  espafiqles,  éstos 
no  descienden  de  Israel:  su  conclusión  es  «rque  las  Indias  Occidentales 
fueron  antiguamente  habitadas  por  parte  de  las  diez  tribus,  que  desde 
Tartaria  pasaron  por  el  estrecho  de  Aniam  ó  de  la  China,  7  que  aún  viven 


DEL  ORIGEN  DE  LOS  AMERICANOS  35  * 

oculios  por  divina  providencia,  en  las  partes  incógnitas  de  la  dicha 
América.» 

El  sabio  orientalista  Buxtorfio  no  conocia  los  dos  escritos  de  loa  ju- 
díos, pero  se  los  proporcionó  Spizelio:  la  lectura  de  la  impugnación  de  és- 
tos que  le  envió  después  fué  el  motivo  de  que  escribiera  la  carta  en  que 
habla  del  conato  israelítico  que  los  hacia  soñai^  lo  que  les  convenia  divul- 
gar para  hacer  extensivas  y  conservar  sus  creencias.  «Gozoso  he  visto  y 
leido  tu  examen.  Confieso  que  ni  la  relación  de  Antonio  Montezinos  ni 
tampoco  el  librillo  de  Menasseh  Ben  Israel,  que  se  llama  Esperanzas  de 
Israel,  los  leí  hasta  que  me  los  comunicaste.  La  relación  histórica  de 
Montezinos  es   de   la  misma   tela  que  (ejusdem   farine)   he  conocido 

I  otros  que  se  esparcen  entre  los  judíos  de  supersticiones  y  sobre  las  diez 

/♦  tribus  perdidas  en  el  reino  de  los  Judíos.  Hoy,  como  en  su  cautividad, 

buscan  con  ansiedad  la  venida  de  su  Mesías,  é  inventan  y  fingen  sueños  ó 

I  repiten  los  de  otros,  los  reproducen  con  avidez  y  propitian  ásu  pueblo..., 

te  vuelvo  tus  libros  con  mi  opinión.  Aunque  la  relación  de   Montezinos 

I  no  es  de  más  artificio,  ni  mejor  contextura  ni  más  exornada,  como  se  le 

ha  aprobado  por  un  Rabino  de  gran  renombre  Menasseh  Ben  Israel,  que 

I  ha  querido  apoyarla  con  su  ingenio,  y  pretende  removiendo  hasta  las  pie- 

dras para  hacer  Americanos  israelitas,  me  admiro  que  haya  cristianos 
que  si  no  creen  en  todos  los  delirios  de  los  judíos  no  les  deniegan  del  todo 
ascenso  y  cuasi  dudosos  permanecenindecisos:  por  eso  estimo  tu  obra  espe- 
cialmente impugnando  las  imposturas  de  Montezinos  y  que  las  publiques 
en  beneficio  de  los  otros.  Apruebo  tu  método:  la  visión  ó  sueño  de  Mon^ 
tezinos  trascribiendo  primero;  después  poniendo  tus  observaciones;  colo- 
cando en  tercer  lugar  la  Esperanza  de  Israel,  de  Menasseh  Ben  Israel 
que  es  su  báculo  ó  caña,  refutando  sus  argumentos.  T  todo  cuidadosa, 
erudita  v  sólidamente  tratadlo  como  no  lo  ha  sido  hasta  ahora.  Menasseh 
es  una  tela  frágil  y  tierna  hecha  de  hilos  de  araña.  De  tela  de  araña  es 
su  casa.n  '  ' 

La  preciosa  obra  latina  comprende: 

La  relación  de  Antonio  Montezinos  sobre  el  descubrimiento  de  las  tri- 
bus de  Israel. 

Refutación  de  la  relación. 

Diversas  opiniones  sobre  el  Origen  de  los  Americanos. 

Origen  israelítico  de  los  Americanos,  según  Menasseh  Ben  Israel. 


i 


36  RBVISTA  DE  CUBA 

Discusión  sobre  sus  fundamentos  sacados  de  Esdras.  Segundos  funda- 
mentos sobre  inscripciones  en  la  Isla  de  San  MigueL  Tercero  sobre  las 
ruina»  que  cree  de  sinagogas  Menasseh.  Cuarto  acerca  de  los  ritos  7  cere- 
monias isVaelitico-americanos. 

La  critica  destruye  esas  telas  de  araña  y  sólo  queda  un  conato  secta- 
fio  en  que  se  aprovechan  hasta  las  preocupaciones  de  la  astrologia,  ios 
pernetas  7  los  eclipses.  Los  judies  esperan  su  Mesías,  los  cristianos  los 
quemaban:  essif  es  1^  enseñanza  histórica  del  siglo  en  que  el  libró  se  pi(- 
hlics^ba. 

AjíTONiQ  84CgiL:pER  Y  MOBALES, 


■♦♦'- 


.m  ■■L^.i  j>  I  ■  m 


-jj     -  ^1 


r 


I 


EXAMEN  HISTORICO-CRITICO 


!  DZ  LAS 


kjrat  pmtriM  ^ue  reguliui  li|  capacidad  de  la  majar  durante  al  m^tripnoQio  (|), 


8uum  cui^e. 


INTRODUCCIÓN. 


No  poco  se  ha  discutido  acerca  de  la  capacidad  de  la  mujer  en  gene- 
ral y  con  relación  á  determinadas  situaciones  en  el  orden  civil.  Quién  ha 
juzgado  que  á  la  mujer  aqueja  radical  é  invencible  ineptitud  para  gober^ 
narse  á  si  misma  y  compartir  con  el  hombre  el  ejercicio  de  la  autoridad  y 
del  poder,  asi  en  el  dominio  de  la  política  y  de  la  administración  como  ezi 
el  recinto  del  hogar  doméstico  y  en  el  régimen  de  la  familia.  Quién  há 
creido  que  si  bien  la  o^ujer  no  cede  al  hombre  en  inteligencia,  le  és  iiife- 

■ 

rior  en  punto  á  condiciones  da  carácter,  dadas  las  flaquezas  propias  del 
sexo.  Para  unos,  la  subordinación  de  la  mujer  en  el  orden  social  y  políti- 
co tiene  su  fundamento  en  la  división  del  trabajo  que  utiliza  todas  las 
aptitudes  y  señala  á  cada  uno,  de  acuerdo  con  la  naturaleza,  el  objeto  á 
que  debe  consagrar  su  actividad.  Para  otros,  la  subordinación  de  la  mu- 


(l)    Memoria  premiada  con  medalla  de  plata  en  el  Certamen  de]  Oírcillo  de 
Abogados,  celebrado  eu  19  de  Enero  de  1881 . 


38  BEVI8TA  DE  CUBA 

}er  en  el  orden  civil,  como  esposa,  no  tiene  su  raíz  7  esplicacion  en  su  in- 
ferioridad natural  sino  en  el  hecho  de  que  es  necesario  que  en  toda  socie- 
dad, por  reducida  que  sea,  haya  un  principio  de  unidad  7  orden,  que,  en 
la  constitución  de  la  familia,  se  encarna  en  el  esposo  en  razón  á  ser  más 
fuerte,  más  conocedor  de  las  cosas,  de  juicio  más  maduro,  y,  por  lo  tanto, 
más  apto  para  la  defensa  de  la  familia  7  para  la  lucha  por  la  existencia. 
Para  esotros  la  situación  en  que  se  encuentra  hoy  la  mujer,  en  fuerza  de 
las  leyes  políticas  y  civiles,  es  una  situación  transitoria  que  desaparecerá 
cuando  aquella  haya  ascendido,  como  ascenderá  sin  duda,  en  la  escala  de 
la  cultura  intelectual  y  moral.  Finalmente,  hay  quiénes  á  grito  herido  y 
con  entusiasta  exaltación,  claman  {)or  lo  que  llaman  emancipación  de  la 
mujer  en  todos  los  órdenes  de  la  actividad  humana  por  ser  igual,  cuando 
no  superior  al  hombre.  ¿Quién  se  encuentra  en  lo  cierto?¿Por  qué  opinión 
decidirse?  ¿En  qué  principios  debe  inspirarse  el  legislador,  para  que  su 
obra  guarde  armonía  con  la  naturaleza  de  las  cosas  y  con  el  sentimiento 
de  justicia?  ¿Qué  reclama  la  familia?  ¿Qué  la  sociedad? 

Suma  importancia  tiene  la  cuestión  de  principios  en  este  trabajo,  por 
cuanto  á  que  en  él  se  trata  de  un  examen,  no  sólo  histórico  sino  también 
critico  de  las  leyes  que  regulan  la  capacidad  de  la  mujer  casada;  pero 
como  aun  asi  necesario  es  convenir  en  que,  por  virtud  de  los  métodos 
científicos  que  hoy  privan  y  á  que  pertenece  el  porvenir,  los  principios 
no  son  ya  huecas  abstracciones  ni  tampoco  conceptos  metañsicos,  sino 
i'esultados  de  legítimas  inducciones,  fundadas  en  el  atento  y  escrupuloso 
examen  de  los  hechos,  vamos  á  decir  algunas  palabras  acerca  del  sentido 
de  las  principales  legislaciones  de  la  antigüedad  respecto  de  la  capacidad 
de  la  mujer  durante  el  matrimonio.  Expondremos  luego  las  leyes  patrias 
referentes  á  la  materia.  Después  examinaremos  la  cuestión  á  la  luz  de  la 
legislación  comparada;  y,  por  último,  formularemos  la  apreciación  crítica  . 
que  nos  merece  nuestro  derecho.  De  ese  modo  se  tendrá  un  cuadro  com- 
pleto, por  decirlo  así,  sobre  la  interesante  tesis,  objeto  de  esta  «Memoria», 
Quizás  estime  alguno  que  damos  al  asunto  una  extensión  desmesurada  y 
que  tocamos  puntos  que  no  se  relacionan  sino  muy  remotamente  con  la 
cuestión  propuesta.  Contestaremos:  primero,  que  no  es  este  un  trabajo 
puramente  exegético  y  sí  un  estudio  crítico  ó  histórico.  Es  necesario  es- 
poner hechos  y  principios.  Segundo,  que  ya  no  se  estudian  hoy  las  leyes 
como  las  estudiaban  nuestros  antiguos  pragmáticos,  tan  encariñados  con 


CAPACIDAD  DE  LA  MUJElí  DURANTE  EL  MATRIMONIO  39 

el  caauismo  y  tan  desnudos  de  verdadejro  sentido  critico.  Tercero,  que  la 
legislación  española  no  es  obra  de  generación  espontánea  ni  vive  sola  ni 
aislada,  sino  que  tiene  precedentes,  posee  una  fíliacioii,  es  el  producto 
de  evoluciones  anteriores.  Vive  además  en  contacto  con  otras  legislacio- 
ne8;  de  ellas  puede  utilizarse  y  á  su  vez  prestarles  servicios  para  el  ade- 
lanto del  derecho.  Tenemos,  pues,  dos  influencias  capitales  de  que  no  es 
posible  prescindir  en  el  examen  de  una  cuestión  de  derecho  de  la  impor- 
tancia de  la  propuesta:  la  influencia  histórica,  que  en  la  esfera  de  las  le- 
yes civiles  es  poderosa  y  á  las  veces  exagerada;  y  la  influencia  natural  y 
reciproca  que  ejercen,  para  bien  común,  las  legislaciones  contemporánea."!. 
Creemos,  por  lo  dicho,  que  el  método  y  plan  que  hemos  adoptado  encuen- 
tran su  justifícacion  en  razones  incontestables.  Entremos  en  materia. 


í. 


Investigacionea  recientes,  que  tienen  su  origen  en  el  libro  por  tantos 
conceptos  notable  d^l  ilustre  Baclwfen,  (1)  han  demostrado  que  es  error 
lo  que  hasta  hace  poco  se  tenia  por  cosa  cierta  y  averiguada, á saber, que 
la  organización  de  la  familia  comenzó  por  la  forma  patriarcal.  No  es  asi. 
En  los  comienzos  de  la  vida  social  encontramos  la  horda  y  la  promiscui- 
dad. La  familia  no  existe.  La  familia  se  funda  en  la  filiación,  reclama  un 
punto  de  referencia,  base  de  la  unidad.  En  el  orden  natural  ese  punto  de 
referencia  es  la  madre.  La  madre  siempre  es  conocida.  Ya  tenemos  la  base 
de  la  familia.  El  parentesco  primitivo  es  el  uterino.  La  familia  es  una 
prolongación  del  cordón  umbilical.  El  marido,  ó  mejor  dicho  el  padre,  no 
es  más  que  un  personaje  episódico;  no  trasmite  su  nombre.  A  la  madre 
tocaba  el  ejercicio  de  la  autoridad  en  la  familia,  cuyo  origen  era  al  par 
que  su  vínculo  de  unión.  Asi,  en  el  i3rden  natural  de  las  cosas,  se  consti- 
tuyó lo  que  se  llama  inatriarcadoy  que  aun  existe  en  algunas  tribus  sal- 
vajes, principalmente  de  la  Australia  y  entre  las  cuales  la  única  función 
del  padre  es  procrear.  (2)  Claro  se  vé  que  en  este  orden  de  cosas  no  hay 
lagar  para  discutir  acerca  de  la  capacidad  de  la  mujer  casada.   Aún  no 


(1)  D<u  MuUa-recht  Stuttgart.  1861. 

(2)  Véase  la  intereaaíite  obra  de  M.  Oiraud-Tenlon.  «Lea  Origenes  de  la  fa- 
mille.N 


40  ¿UVISTA  D8  OUBÁ 

existe  el  Verdadero  matrimonio;  no  existe  más  que  la  unión  meramente 
carnal,  Tnodo  ferarum.  En  lu  familia  j  en  la  tribu  domina  la  madre;  no 
hay  más  lazos  que  los  del  parentesco  uterino.  Andando  el  tiempo  y  mer- 
ced á  sucesos  trascendentales  en  la  historia  de  la  humanidad,  como  el  cul- 
tivo del  suelo,  la  fundación  de  ciudades,  unido  todo  á  influencias  de  raza, 
la  familia  patriarcal  fué  abriéndose  paso  hasta  quedar  sólidamente  cons- 
tituida. Es  la  que  encontramos  en  las  narraciones  del  Génesis  y  de  la 
historia  clásica. 

II. 

En  la  familia  patriarcal  era  absoluta  la  autoridad  del  jefe;  en  sus  ma- 
nos estaba  concentrado  el  poder  doméstico.  La  patria  poíestas  y  la  manu^ 
privaban  en  toda  su  crudeza.  Como  dice  un  distinguido  jurisconsulto 
francés  (1)  «ría  asimilación  de  la  mujer  al  nifioy  al  esclavo,  tal  era  el  prin- 
cipio general  en  la  época  patriarcab.  Vamos  á  examinar  ahora  la  legis- 
lación inda  en  punto  á  la  condición  de  la  mujer  casada,  según  el  Mana- 
va-Dkarmasasíra  ó  sea  el  Código  de  las  leyes  de  Manú.  (2) 

Allí  se  lee:  «Una  niña,  una  joven,  una  vieja,  jamás  deben  hacer  cosa 
alguna,  según  su  voluntad^  ni  aun  en  su  propia  casa».  Y  más  adelante: 
«En  la  infancia  debe  siempre  la  mujer  depender  de  su  padre,  de  su  ma- 
rido en  la  juventud  y  muerto  éste  de  los  hijos;  si  no  tiene  hijos,  de  los 
próximos  parientes  del  marido,  ó  en  su  defecto  de  los  del  padre,  y  si  no 
tiene  parientes  por  parte  de  éste,  del  soberano:  jamás  debe  una  mujer 
obrar  á  su  antojan.  (3)  Estas  palabras  constituyen  la*8intesis  del  régimen 
patriarcal  en  lo  tocante  á  la  mujer.  Se  vé  que  siendo  ésta  casada  carece 
de  capacidad  jurídica;  no  tiene  más  voluntad  que  la  de  su  marido,  á  quien 
debe  honor  y  respeto,  «aunque  el  marido  observe  conducta  relajada,  ten- 
ga otros  amores  y  carezca  de  buenas  cualidades.»  Apesar  de  todo  ello 
«debe  reverenciarlo  constantemente  como  á  un  dios».  (4)  «Una  mujer  in- 
fiel á  Bu  marido  es  objeto  de  ignominia  en  este  mundo;  después  de  su 
muerte  renace  en  el  vientre  de  un  chacal  ó  padece  de  elefantiasis  ó  de 


(1)  Paul  Oide.  Etude  sur  la  condition  privee  de  la  femme.  P¿g.  28. 

(2)  Véase  el  tomo  8?  de  la  Historia  universal  de  C.  Cantó. 

(3)  Libro  V,  147  y  148  (eslokas). 

(4)  Libro  V,  154. 


CA¿ACII>A¿  DE  LA  MUJiER  Í)ÜBA!TTE  EL  MATRIMONIO  41 

consunción  pulmonar».  (1)  Estos  textos  prueban  la  rígida  y  severa  disci- 
plina establecida  por  los  Brahmanes  en  punto  á  la  constitución  de  la  fa- 
milia, disciplina  consagrada  por  la  religión  y  sancionada  por  las  penas 
horribles  de  la  otra  vida.  Verdad  que  hay  textos  en  que  se  diviniza  la 
mujer,  pero  ¿qué  no  se  diviniza  en  una  religión  esencialmente  panteista? 
Lo  cierto  es  que,  en  el  orden  legal,  la  persona  7  los  bienes  de  la  mujer 
están  sometidos  á  la  autoridad  soberana  del  marido.  La  mujer  valia  como 
madre;  lo  qué  importaba  ante  todo  era  procrear  hijos  á  fin  de  que  el  cul- 
to de  los  antepasados  no  cesara  jamás,  pues  de  ellos  dependía  la  bienan- 
danza eterna.  Hay,  sin  embargo,  un  texto  del  Código  de  Manú  en  que  se 
pone  de  relieve  el  valor  moral  de  la  familia.  Es  el  siguiente:  «Es  perfecto 
el  que  se  compone  de  su  mujer,  de  sí  jaismo  y  de  sus  hijos.  Los  Brahma- 
nes sentaron  esta  máxima:  El  marido  con  su  mujer  constituyen  una  sola 
persona».  (2)  Estas  últimas  palabras  recuerdan  el  pasaje  del  Génesis: 
« et  erunt  dúo  in  carne  una.» 


III. 


En  el  antiguo  Egipto  era  muy  distinta  la  condición  de  la  mujer  en  la 
familia  y  ante  la  ley.  Hé  aquí  lo  que  nos  dice  Herodoto:  «Tanto  por  ra- 
zón de  su  clima,  tan  diferente  de  los  demás,  como  por  su  rio,  cuyas  pro- 
piedades tanto  le  distinguen  de  cualquier  otro,  distan  los  Egipcios  ente- 
ramente de  los  demás  pueblos  en  leyes,  usos  y  costumbres.  Alli  son  las 
7nuJ€7'es  las  que  venden,  compran  y  negocian  públicamente,  y  los  hombres 
hilan,  cosen  y  tejen »  (3)  Diodoro  va  más  lejos:  dicenosque  por  contra- 
to el  marido  prometía  fidelidad  á  la  mujer.  Plutarco  contradice  á  Hero- 
doto. Afirma  que  una  ley  egipcia  prohibía  á  las  mujeres  tener  calzado,  á 
fin  de  que  jamás  pudieran  salir  á  la  calle.  Investigaciones  y  estudios  pos- 
teriores han  confirmado  la  versión  de  Herodoto.  (4) 


(1)  El  mismo  libro,  164. 

(2)  Libro  IX,  45. 

(3)  Libro  II,  J  35.  Traducción  española  del  P.  B.  Pou. 

(4)  Véase  la  obra  de  J.  Dubrnlle.  «Des  droita  du  mari».  1879. 

6 


42  ilfcVlSTA  DK  CÜ¿A 


TV. 


En  el  pueblo  hebreo  encontramos  imperando  el  régimen  patriarcal. 
La  mujer  es  un  ser  inferior  al  hombre  por  su  naturaleza  moral.  «La  mu- 
jer, dice  Salomón,  es  más  temible  que  la  muerte He  encontrado  un 

hombre  entre  mil,  pero  ni  una  sola  Inujer  entre  todas».  (1)  Estas  pala- 
bras traen  á  la  memoria  las  de  San  Jerónimo:  «Una  mujer  sin  tacha,  dice, 
es  más  rara  que  él  ave  fénix.  Es  la  puerta  del  demonio,  el  camino  de  la 
iniquidad,  el  dardo  del  escorpión,  en  suma,  una  peligrosa  especie».  El  le- 
gislador trata  también  severamente  á  la  mujer  israelita.  No  puede  ser 
testigo  en  justicia  porque  se  considera  su  dicho  indigno  de  crédito.  No 
puede  contratar  fíuo  mediante  la  autorización  del  marido,  á  diferencia 
del  hijo  de  familia  que  puede  hacerlo  sin  licencia  del  padre.  (2)  El  desti- 
no de  la  mujer  hebrea  es  dar  á  la  familia  y  al  Estado  el  mayor  número 
posible  de  hijos.  Crescite  eímuÜipUcamini;  t^l  es  el  mandato  de  Jehová;  la 
mujer  es  elinedio  de  realizarlo.  Así  se  comprende  el  repudio  y  la  poliga- 
mia. En  las  siguientes  palabras  del  Génesis  está  elocuentemente  expresa- 
da la  condición  de  la  mujer  en  el  pueblo  escogido.  Sub  viri  potestate  eris 
ct  ip:^e  dcminabilur  tul.  (3)  «La  mujer,  dice  San  Agustin  de  acuerdo  con 
la  legislación  hebrea,  no  puede  ni  ensefíar,  ni  testificar,  ni  contestar,  ni 
juzgar  y  mucho  menos  puede  mandar».  Los  rigores  de  la  ley  estaban,  sin 
embargo,  hasta  cierto  punto  dulcificados  por  las  máximas  y  consejos  de 
elevado  sentido  moral  que  el  legislador  recomendaba  y  exaltaba  como 
dictados  por  Jehová  para  la  felicidad  y  glorificación  de  su  pueblo. 


V. 


Esparta  y  Atenas  son  los  dos  representantes  de  la  civilización  griega. 
En  la  primera  encontramos  la  creación  rígida  y  severa  de  la  raza  dórica; 
y  en  la  segunda  la  obra  brillante  y  expansiva  del  genio  de  la  raza  jónica. 
Y  sin  embargo,  de  mayor  libertad  é  influencia  gozó  la  mujer  en  la  ciudad 


(1)  EclesiastesVIL 

(2)  Números  XXX. 

(3)  III.  vera.  16. 


CAPACIDAD  DE  LA  MUJEB  DURANTE  th  MATRIKONIO  43 

de  Licurgo  que  en  la  de  Solón.  Este  contraste  se  esplica  si  se  atiende, 
primero  á  que  las  relaciones  del  Ática  con  el  Oriente  modificaron  las 
costumbres  primitivas  de  lo»  jónios,  análogas  á  la  de  los  dorios;  y  segun- 
do, á  las  constituciones  políticas  de  cada  una  de  las  dos  ciudades  griegas. 
I. — Un  distinguido  escritor  contemporáneo  se  expresa  de  esta  suerte 
al  hablar  de  la  condición  de  la  mujer  Esparta.  «En  la  época  clasica,  las 
costumbres  domésticas  de  Esparta  contrastaban  de  un  modo  notable  con 
lafl  de  las  demits  ciudades.  Al  paso  que  en  Atenas  la  joven  y  la  esposa 
vivían  encerradas  en  el  gineceo  y  pe  reservaba^  á  las  hetairas  los  encan- 
tos todos  de  la  vida  social,  en  Esparta  gozaba|i  las  jóvenes  de  grandísima 
,  libertad.  Casadas,  y  aunque  obligadas  á  una  conducta  más  severa,  no  de- 

^  jaban  de  ejercer  una  influencia  considerable  en  el  circulo  de  la  familia  ni 

j  de  mezclarse  frecuentemente  en  los  negocios  püblicos.  Creyeron  algunos 

antiguos  que  Licurgo  habia  establecido  una  disciplina  particular  para  las 
mujeres,  pero  Aristóteles  demostró  con  muy  buenas  razones  la  falsedad 
de  esa  opinión.  Las  mujeres  en  Esparta  estaban  en  una  situación  idéntica 
á  la  que  nos  muestran  los  poemas  homéricos.  En  Atenas,  á  consecuencia 
de  la  corrupción  de  costumbres  y  de  la  frecuencia  de  relaciones  con  el 
Oriente,  habian  sido  reducidas  poco  á  poco  al  género  de  vida  que  los 
Asiáticos  imponen  á  las  mujeres;  pero  en  Esparta  el  espíritu  y  las  virtu- 
des antiguas  se  habian  conservado  por  largo  tiempo  y  habian  protegido 
su  libertad  hasta  la  época  en  que  la  corriente  general  de  las  costumbres 
debia  hacerla  degenerar  en  licencia».  (1) 

IL — Hay,  decia  Aristóteles,  tres  clases  de  personas  que  no  pueden 
obrar  por  si  y  que  necesitan  que  se  les  gobierne,  son:  el  esclavo,  el  niño 
y  la  mujer.  El  esclavo  no  tiene  voluntad,  el  nifío  tiene  una,  pero  incom- 
pleta; la  mujer  también  posee  una,  pero  impotente.  (2)  No  es,  puea,  ma- 
ravilla que  en  Atenas  careciera  la  mujer  de  capacidad  jurídica,  á  causa 
de  la  debilidad  moral  que  se  le  atribuia.  Vivia  sujeta  á  tutela  perpetua! 
pero  entiéndase,  como  lo  hace  observar  un  jurisconsulto  ya  citado,  (3) 
que  la  incapacidad  legal  de  la  mujer  se  encontraba  establecida  en  interés 


(1)  C.  Jannet.  Les  institutions   sociales  et  le  droit  civil  a  típarte.  2  ed.  188U- 
P.  107. 

(2)  Política.  Libro  I,  cap.  V. 

(3)  P.  Oíde.  De  la  condition  privée  de  la  feume;  pág.  78. 


44  EEVI8TA  DE  CUBA 

de  ella  misma;  era  un  privilegio  como  los  et^tablecidos  én  defensa  y  pro- 
tección de  los  menores. 

La  minoría  de  la  mujer  era  perpetua,  como  en  la  India.  Los  actos  ci- 
viles prohibidos  al  menor  hasta  la  edad  de  18  a&os,  lo  estaban  ala  mujer 
durante  su  vida.  No  podia,  por  consiguiente,  contratar  ni  obligarse  por 
una  cantidad  que  excediese  de  un  medimno.  Tampoco  podia  comparecer 
en  juicio.  El  padre  y  el  marido  se  llamaban  Kyrioi,  esto  es,  señores.  Los 
poderes  del  marido  no  diferian  de  los  del  padre.  Se  extendian  ala  perso- 
na y  á  los  bienes  de  la  mujer.  Podia  además  enageriar  sus  derechos  sobre 
la  mujer,  es  decir,  repudiarla  y  darle  otro  marido.  También  le  estaba 
permitido  legar  la  mujer  á  un  pariente  ó  amigo  de  su  elección,  que  here- 
daba asi  la  tutela  de  la  mujer,  pudiendo  á  su  vez  trasmitirla.  No  obstan- 
te, habia  instituciones  en  Atenas  que  honraban  á  la  mujer  casada  y  le 
aseguraban  cierto  grado  de  independencia.  En  primer  lugar,  la  monoga- 
mia; no  habia  quien  en  el  hogar  pudiera  hacerle  competencia  legítima. 
En  segunio  lugar,  la  igualdad  de  los  esposos  en  cuanto  á  Ios-deberes.  La 
ley  castigaba  no  sólo  el  adulterio  de  la  mujer  sino  también  el  del  marido 
en  caaos  gravea.  En  tercer  lugar,  la  dote,  organizada  por  la  legislación 
ateniense  de  una  manera  admirable  y  no  superada  ciertamente  por  las 
legislaciones  modernas.  Si  bien  el  marido  era  el  señor  de  la  dote,  obliga- 
do estaba  á  subvenir  con  sus  proventos  á  las  necesidades  de  la  familia  y 
á  restituirla  á  la  disolucioa  del  matrimonio.  La  restitución  se  encontraba 
garantida  por  acciones  especiales,  por  un  privilegio  legal  y  lo  más  fre- 
cuentemente por  una  hipoteca.  (1) 


VI. 


Varia  fué  la  condición  de  la  mujer  casada  en  Roma,  (2)  según  los 
tiempos.  En  los  primitivos  presenta  la  familia  romana  todos  los  caracte- 
res de  la  familia  patriarcal.  Es  una  asociación  gerárquica  é  inflexible. 


{!)    P.  Oide.  Obra  citada  ps.  80,  90,  91  y  92. 

(2)  Véanse:  Crului.  Infltitutas.  Comentario  1 1.— Digesto,  passim-Maynz.  Cours 
.de  Droit  romain.  Tomo  III. — Accañas  Preces  de  Droit  romain.  Tomo  I. — P.  Oide. 
íObra  citada.  Libro  I.  cap.  4?  y  5? — Fustd  de  Coxdanges.  Im  Cité  Antique,  Libró  II. 
,Cap.  8? — Sitmiier  Maine.  Ancicnt  Law.  Cap.  5? — Pubnille.  Obra  citada.  Libro  II. 


i 


CAPACIDAD  DE  LA  HÜJBR  DUEANTE  EL  MATRIMONIO  45 

Presenta,  en  primer  lugar,  la  unidad  de  culto  en  honor  del  Lar  familia- 
ris.  El  padre  es  el  pontífice;  á  él  toca  cumplir  el  sacrificio,  junto  al  fuego 
sagrado.  Encontramos,  en  segundo  lugar,  la  unidad  de  patrimonio,  Wi 
los  hijos,  ni  la  mujer  poseen  bienes  personales.  Todo  pertenece  al  patri- 
monio común,  que  el  padre  administra  con  amplias  facultades.  A  la 
muerte  del  padre  los  hijos  y  la  mujer  se  dividen  el  patrimonio  como 
heredes  sui^  sin  que  tengan  necesidad  de  aceptar  la  sucesión  por  pertene- 
cerles  en  virtud  de  un  derecho  anterior. — En  tercer  lugar,  hay  unidad 
de  voluntad.  El  paterfamilias  es  omnipotente  respecto  de  las  personas  y 
y  cosas.  La  mujer  y  los  hijos  por  él  y  para  él  viven.  En  él  se  en. 
cama  la  representación  de  los  antepasados.  Tal  es  el  fundamento  de  su 
autoridad. 

«El  derecho  griego,  el  derecho  romano,  el  derecho  indo,  concuerdan 
en  considerar  á  la  mujer  como  menor  ú,  perpetuidad.  Jamás  puede  tener 
un  hogar  propio;  jamás  es  jefe  de  culto.  En  Roma,  recibe  el  nombre  de 
maierfamiliaSf  pero  lo  pierde  si  muere  el  marido.  No  teniendo  jamás  un 
hogar  que  le  pertenezca,  carece  de  todo  lo  que  confiere  la  autoridad  en 
la  casa.  Nunca  manda;  ni  siquiera  es  en  caso  alguno  libre  ni  dueña  de 
sí.  Está  siempre  junto  al  hogar  (fuego  sagrado)  de  otro,  repitiendo  la 
plegaria  agena;  para  todos  los  actos  de  la  vida  religiosa  ha  menester  de 
un  jefe,  y  de  un  tutor  para  todos  los  actos  de  la  vida  civil.í) 

«La  ley  de  Manü  dice:  «La  muger,  durante  la  infancia,  depende  del 
padre;  durante  la  juventud  del  marido;  muerto  el  marido,  de  sus  hijos; 
si  no  tiene  hijos,  de  los  próximos  parientes  del  marido:  porque  una  mu- 
jer no  puede  nunca  gobernarse  á  su  antojo.»  Lo  mismo  dicen  las  leyes 
griegas  y  romanas.  Hija,  está  sometida  al  padre;  muerto  el  padre,  á  sus 
hermanos;  casada,  está  bajo  la  tutela  del  marido;  muerto  el  marido,  no 
vuelve  á  su  propia  familia  porque,  á  causa  del  matrimonio  sagrado,  ha 
renunciado  á  ella  para  siempre;  la  viuda  queda  sometida  á  la  tutela  de 
los  agnados  del  marido,  es  decir,  de  sus  propios  hijos,  si  los  hubiere,  y, 
en  su  defecto  de  sus  más  próximos  parientes.  El  marido  tiene  tal  autori- 
dad sobre  la  mujer  que  puede,  antes  de  morir,  designarle  un  tutor  y 
hasta  escogerle  un  segundo  marido. — Para  significar  la  potestad  del  ma- 
rido sobre  la  mujer,  tenían  los  Romanos  una  expresión  antiquísima  que 
los  jurisconsultos  conservaron,  la  palabra  "tnanus...»  (1) 


(1)     OusUl  de  Coulanges.  La  Cité  antique.  Fág.  96. 


46v  REVISTA  DE  CUBA 

Es  cosa  cierta  que  á  )a  promulgación  de  la»  leyes  de  las  XII  tablas 
86  conocian  en  Boma  el  matrimonio  cutn  inanu  y  el  matrimonio  sine  ma- 
nu,  que  los  escritores  moderno^  llaman  «matrimonio  libre». 

La  manu^a  no  es  una  forma  del  matrimonio;  es  independiente  de  él. 
Para  que  exista,  es  necesaria  una  solemnidad  especial,  un  hecho  distinto 
del  matrimonio,  el  cual  se  forma  por  el  consentimiento.  Tres  eran  los  mo- 
dos de  constituir  k  maivns^  á  saber,  confarreatio,  coempüo  et  imus.  ¿Qué 
derechos  conferia  al  marido  la  manus? 

La  mujer  in  manu  era  siempre  jxí^iniilada  á  la  hija  de  familia;  chI  loeo 
filies.  Era,  con  respecto  íl  sus  hijos,  como  una  hermana  aguada.  Gaíus  nos 

»  dice:  «sororis  autem  nobis  loco  est  etiam  mater  aut  noverca,  qufe  per  in 
manum  conventionen  apud  patrem  nostrum  jura  filiae  consecuta  est.»  (Co- 
mentario III,  §  14).  La  maniis^  pues,  rompia  los  vínculos  de  parentesco 
legal  que  unian  á  la  mujer  con  su  familia  de  origen;  su  única  familia  era 
la  del  marido.  Veamos  los  efectos: 

1?  Cae  la  mujer  bajo  la  jurisdicción  del  marido.  Corresponde  á  éste 
el  jii8  vitos  el  necis. — 29  Le  corresponde  también  el  derecho  de  correc- 
ción.— 39  Puede  dar  á  la  mujer  in  manoipio. — 49  Puede  asimismo  darla 
en  noxa. — 59  Era  la  mujer  considerada  como  una  cosa  mueble.  De  ahí 
que  al  marido  correspondiera  la  actíofartí  contra  quien  le  hubiera  roba- 
do la  mujer. — 69  El  marido  nombraba  tutor  para  su  viuda.  El  cambio 
de  estado  que  en  punto  á  la  familia  producía  la  vianics  trascendía,  como 
era  natural,  á  los  bienes  de  la  mujer.  Esta  e.s  alieni  juris.  No  puede,  por 
lo  tanto,  tener  nn  patrimonio.  Adquiere  para  el  marido,  quien;  por  de- 
cirlo así,  hereda  á  la  mujer  en  vida,  puesto  que  á  su  favor  quedan  todos 
los  bienes  aportados  por  aquella.  Es  una  auocessio  pei^  íiniversum.  Tal  es 
la  situación  jurídica  de  la  mujer  constituida  in  vianu. — Varias  causas 
concurrieron  A  la  decadencia  de  la  nuinus.  1*  La  mnnxm  privaba  á  la 
mujer  del  derecho  de  heredar  en  su  familia  de  origen;  lo  cual  era  inferirle 

.  un  grave  agravio  y  violentar  los  sentimientos  naturales. — 2^  La  mujer  «wi 
juris  llegaba  á  ser  alieni  jims,  lo  cual  no  siempre  le  sería  grato:  ni  tam- 
poco á  los  agnados  de  la  mujer.  Si  era  la  mujer  alieni  juris ^  no  habia  de 
mirar  el  padre  con  buenos  ojos  la  pérdida  de  sus  derechos  sobre  su  hija. 
— 3?  La  multiplicación  de  los  divorcios,  que  rompían  la  integridad  del 
patrimonio  del  marido. — 4?  El  derecho  que  Adriano  confirió  íi  la  madre 
de  heredar  á  sus  hijos,  no  como  hermana  agnada,  sino  como  madre. — 5^ 


1* 


I 


¿AÍaCiAáB  Í)E  tA  MÜJEE  DURANTE  EL  MATRIMONIO  4' 

£1  adelanto  de  los  tiempod,  la  dulcificación  de  las  costumbres  y  el  prin- 
cipio  de  igualdad  enere  los  esposos,  que  comenzó  á  abrirse  paso. — 6?  El 
establecimiento  del  régimen  dotal,  que  fué  quizás  la  causa  más  poderosa 
contra  la  existencia  de  la  manus. — En  tiepapo  de  Adriano  ya  no  existia. 
Ocupémonos  ahora  del  matrimonio  tibi'e. 

Existia  como  institución  consuetudinaria  desde  antes  de  la  promul- 
gación de  las  leyes  decem  vi  rales.  Probablemente  debió  su  orifi[en  á  dos 
causas:  á  la  voluntad  del  padre  de  conservar  sus  derechos  sobre  la  hija 
y  al  deseo  de  impedir  que  salieran  los  bienes  de  la  familia  agnática, 
para  de  ese  modo  conservar  incólume  la  integridad  de  la  misma  en  lo 
tocante  á  las  personas  y  á  los  bienes. — La  mujer  continuaba,  pues,  per- 
teneciendo á  su  familia  de  origen,  lo  cual  no  quiere  decir  que  careciera 
el  marido  de  toda  autoridad  sobre  ella.  Lejos  de  eso,  se  le  reconocia 
superioridad,  pues  como  decian  Ior  jurisconsultos  romanos:  uMajor  digni- 
tas  €8t  in  sexu  virili.  (Dig.  Lib.  I,  tít.  IX,  ley  1).  La  mujer  debe  á  su 
esposo  el  respeto  que  el  inferior  debe  á  su  superior.  Heceptam  reveren- 
íiarrij  quce  niariiis  exhibenda  cat.»  (Dig. — Lib.  XXIV,  tít.  3?,  1.  14  §1.) — 
La  mujer  debe  también  prestan  al  marido  ciertos  servicios  domésticos 
{pperariim  exactio).  Tiene  el  domicilio  del  marido.  Se  deben  alimentos 
recíprocamente.  Por  último,  el  marido  representa  en  juicio  á  la  mujer. 
Ea  cuanto  á  los  bienes,  hay  independencia  absoluta  entre  el  patrimonio 
del  marido  y  él  de  la  mujer. 

El  matrimonio  libre  subsistió  hasta  el  fin  de  la  legislación  romana,  si 
bien  su  carácter  cambió  poco  á  poco.  De  excepción,  llegó  a  ser  la  regla 
general  y,  por  ultimo,  en  tiempo  de  Adriano,  el  único  existente.  Tomó 
entonces  el  nombre  de  régimen  doiaL 

El  régimen  dotal  no  fué,  si  bien  se  mira,  una  innovación  de  la  ley, 
sino  una  creación  de  la  costumbre.  «Fué  en  el  fondo,  dice  uno  de  los 
autores  que  hemos  citado,  (1)  una  especie  de  compromiso  entre  dos  ex- 
tremos, entre  el  matrimonio  cum  inanu  y  el  matrimonio  libre.  Se  corrige 
la  tnanus  quitando  al  marido  la  jurisdicción  que  tenia  sobre  la  esposa 
y  no  dándole  más  que  una  parte  de  los  bienes  de  la  misma;  se  mejora  el 
matrimonio  libre  no  aislando  completamente  los  intereses  pecuniarios  de 


(1)    DubrulU,  pág.  66. 


48  .         REVISTA  Í^E  (ÍíJBÁ 

los  esposos. — El  marido  fué  primeramente  propietario  absoluto  de  la  do- 
te; no  la  restituía  sino  después  de  la  disolución  del  matrimonio,  doüs 
causa  perpetua  esi;  pero  pronto  se  hicieron  frecuentes  los  divorcios;  los 
matrimonios  no  fueron  casi  siempre  más  que  especulaciones  pecuniarias 
y  fué  indispensable  que  la  mujer  tuviera  medios  de  recuperar  la  dote 
á  fin  de  poder  contraer  nuevo  matrimonio  nnterest  reipublicce  midieres 
dotes  salvas  kabo-e,  proptci*  quas  nubere  possint»  (L.  2. — D.  defu7'e  do- 
tuini)». 

Las  cauciones  y  acciones  m  ujcoiim  dieron  á  la  mujer  el  carácter  de 
acreedora  del  marido  por  él  valor  de  Ja  dote,  en  caso  de  divorcio  ó  de 
supervivencia.  A  esto  se  añade  que  la  ley  Julia,  Ae  fundo  doialij  prohi- 
bió al  marido  enagenar  ó  hipotecar  el  fundo  dotal  sin  el  consentimiento 
de  la  mujer. — Finalmente,  Justiniano,  llamado  imperator  uxoriv^,  com- 
pleta y  exagera  las  garantías  dadas  á  la  mujer  para  la  conservación  y 
restitución  de  la  dote.  —(Instituciones.  Lib.  II,  tít.  VIII,  proemio;  libro 
IV,  tít.  VI,  §  29;  ley  30  Código  Ae  jure  dotium\  y  ley  1  Código  de  reí 
uxoria:  acíione).-"  De  esa  suerte,  no  quedó  al  marido  más  que  la  adminis- 
tración de  la  dote  y  la  percepción  de  los  frutos. 

La  dote  debilitó  considerablemente  la  autoridad  del  marido,  al  paso 
que  erigió  á  la  mujer  en  arbitra  de  su  destino.  Su  arrogancia  y  orgullo 
tomaron  vuelo  á  la  sombra  de  las  leyes  y  á  favor  de  costumbres  relaja- 
das, y  dieron  al  traste  con  el  respeto  debido  al  marido  y  con  la  paz  do- 
méstica. Lo  dijo  Juvenal  (Sátira  VI),  con  referencia  á  la  mujer  romana. 


((Intolcí'abilitfs  nihil  est  quamfemina  dives». 


Antes  de  poner  término  á  esta  parte  de  nuestro  trabajo,  tenemos  que 
ocuparnos,  siquiera  sucintamente,  de  dos  particulares:  de  los  bienes  pa- 
rafernales y  del  Senado-consulto  Veleyano. 

La  existencia  de  los  primeros  arranca  de  la  época  en  que  la  7nanu^ 
habia  perdido  ya  en  fuerza  y  autoridad  y  en  que  el  matrimonio  libre  se 
abrió  paso  en  las  costumbres  y  en  la  opinión.  La  mujer,  para  obtener  y 
asegurar  mayor  suma  de  independencia,  se  reservó  el  dominio  y  admi- 
nistración de  sus  bienes  propios  en  cuanto  no  fueren  dados  en  dote,  como 


CAPACIDAD  DE  LA  MUJER  DURANTE  EL  MATRIMONIO  49 

lo  expresa  la  etimologia  de  la  palabra.  En  tiempo  de  los  jurisconsultos 
clásicos  se  habia  extendido  mucho  semejante  costumbre.  Generalmente 
la  mujer  confiaba  al  marido  la  administración  de  los  parafernales,  en  cu- 
yo caso  adquiria  los  derechos  y  contraia  las  obligaciones  que  resultaní 
del  mandato.  Fodia  también  la  mujer  darle  la  propiedad;  con  la  obligfli- 
cion  de  restituirlos  con  los  frutos.  Las  consecuencias  eran  análogas  cuan- 
do entregaba  al  marido  la  administración  de  los  créditos  qo  dótales 
podia  en  ese  caso  recibir  el  capital  y  aun  exigir  el  pago. — Los  bienes  pa- 
rafernales entregados  al  marido  habían  de  ser  restituidos  á  la  disolución 
del  matrimonio.  La  mujer  ó  sus  herederos  podian  al  efecto  y  según  el 
caso,  utilizar  la  acción  de  mandato,  la  de  depósito  ó  la  reivindicatoría. 
La  prueba  de  la  calidad  de  los  bienes  incumbía  al  actor.  La  prueba  no 
ofrece  nada  de  particular  cuando  se  trata  de  los  bienes  que  pertenecían 
al  patrimonio  de  la  mujer  á  la  celebración  del  matrimonio.  Respecto  de 
los  adquiridos  durante  el  matrimonio,  preceptúa  la  ley  romana,  que  en 
defecto  de  prueba  por  la  parte  de  la  mujer,  se  tengan  los  parafernales 
por  una  liberalidad  del  marido  hecha  á  la  mujer.  Para  la  seguridad  de 
sus  derechos,  la  mujer  y  sus  herederos  tenían  una  hipoteca  legal,  no  pri- 
vilegiada, sobre  todos  los  bienes  del  marido.  (1) 

El  título  I  Hel  Libro  XVI  del  Digesto  está  destinado  al  Senado-con- 
sulto Veleyano,  en  que  se  prohibe  á  la  mujer  obligarse  en  interés  de 
otro,  ora  se  trate  de  su  marido,  ora  de  otra  cualquier  persona.  Como  se 
lee  en  la  ley  2  de  dicho  título  la  prohibición  respecto  del  marido  fué  an- 
terior al  Senado-consulto  Veleyano  propiamente  dicho.  Dice  así  el  pá- 
rrafo esencial  de  la  mencionada  ley:  «Et  primo  quidem  ieinporibus  Divi 
Augusti,  inox  deinde  Claudü  edictü  coruvi  erat  inierdicíum,  ne  fetnincR 
pro  viris  suis  iníercederent.» — En  el  §  2  de  la  misma  ley  se  dá  la  razón: 
fípropter  sexus  ¿mbecillüafemn — Más  tarde,  Justiniano  admitió  una  ex- 
cepción, á  saber,  cuando  se  demostrara  claramente  que  el  dinero  se  habia 
invertido  en  provecho  de  la  mujer.  Novela  134,  c.  8. 


(1)     Véase  Maynz.  Cours  de  Broit  romain.  Tomo  III,  pág.  51. 


50  ¿EVISTA  DE  CUBA 


PARTE  PRIMERA. 

^XAMBN    HISTOE^ICO    DB  LAS   LBYBS   BSPÑOLAS   (^UB 
F^BQULAN   LA    CAPCIOAD   OB   LA   MUJBR  CASADA, 


L— Antecedentes. 

1§. — El  Fuero  Juzgo. 

No  es  este  lugar  oportuno  para  discutir  ni  disertar  acerca  de  si  los 
visigodos  procedían  6  no  de  la  raza  germánica.  El  ilustre  Pacheco,  en  el 
discurso  preliminar  al  Fuero  Juzgo,  entiende  que  eran  oriundos  de  la 
Escitia,  al  paso  que  la  mayor  parte  de  los  escritores  sostienen  que  las 
tribus  godas  eran  tribus  germánicas  por  su  origen  j  por  sus  costumbres. 
Esto  hace  que  digamos  algunas  palabras  respecto  de  las  mismas,  dada 
la  influencia  que  han  ejercido  en  nuestra  legislación  sobre  la  capacidad 
juridica  de  la  mujer  casada. 

Por  tradiciones  de  raza  y  por  necesidades  históricas  y  sociales  la 
familia  estaba,  entre  las  tribus  bárbaras  de  la  Germania,  sólidamente 
constitutida  en  armenia  con  el  régimen  patriarcal.  La  unidad  de  la 
familia  era  la  verdadera  unidfld  social.  No  por  eso  debe  confundirse  al 
jefe  de  la  familia  germánica  con  el  paterfaviilias.  El  derecho  estaba 
vinculado  en  éste;  sólo '  él  tenia  personalidad;  en  sus  manos  residía  el 
poder  doméstico  sin  limitación  alguna;  mientras  que  el  primero  asumía 
el  carácter  de  representante  de  la  familia;  á  su  nombre  obraba  y  proce- 
día. Amplia  era  su  autoridad,  pero  no  absoluta  como  en  Roma.  Los 
miembros  de  la  familia,  si  eran  hombres,  tenian  voz  y  voto  ya  para  velar 
por  sus  derechos,  ya  para  proteger  á  las  mujeres  contra  las  demasías  del 
padre  ó  del  esposo.  El  consejo  de  los  parientes,  institución  que  no  alcan- 
zó en  Roma  vida  regular  ni  robusta,  tenia  suma  importancia  entre  los 
germanos;  era  entre  ellas  una  institución  respetada,  una  prenda  de  jus- 
ticia en  el  seno  del  hogar. 


CAPACIDAD  D£  LA  MUJEB  DURANTE  EL  HATBIÍÍONIO  51 

Existia  en  las  tribus  germánicas  el  mundium,  qae  significaba,  por  aa 
origen,  lo  mismo  que  la  vianics.  Era  la  potestad  marital;  pero  ha  de 
entenderse  que  la  incapacidad  no  era  sólo  de  la  mujer  casada,  lo  era  de 
la  mujer  en  general.  El  mundium  no  era  más  que  una  de  las  formas  de 
la  tutela  perpetua  á  que  la  mujer  estaba  sujeta;  la  otra  era  la  potestad 
paterna.  La  mujer  jamás  se  pertenecía.  ¿Por  qué?  ¿Acaso  porque  se  esti^ 
maba  que  la  mujer  fuera  inferior  al  hombre  en  lo  intelectual  y  moral, 
como  se  juzgaba  en  Oriente  y  Grecia?  En  manera  alguna.  La  incapaci* 
dad  la  mujer  se  fundaba  para  los  germanos  en  su  debilidad /¿dz'ca  y  no 
en  su  debilidad  TrwraL  Entre  ellos  nada  era  el  derecho  sin  la  fuerza. 
Quien  no  fuera  apto  para  el  manejo  de  las  armas  carecia  de  capacidad 
jurídica  en  lo  politice  y  en  los  civil.  Tácito  nos  dice:  «Nihil  autem,  ne- 
que  publicce,  ñeque  pr¿vai<£  rei,  nisi  armati  agunt»  (1).  ¿Quiere  eso  decir 
que  la  mujer  careciera  en  absoluto  de  derechos?  Nó;  tenia  derechos,  pero 
los  ejercitaba  otro  en  su  representación;  á  ella  le  era  imposible  hacerlo, 
porque  los  actos  jurídicos  reclamaban,  para  su  eficacia  y  defensa,  la  in« 
tervencion  de  las  armas.  Con  todo,  era  licita  á  la  mujer  figurar  por  si 
en  los  actos  de  minima  importancia  y  de  simple  administración  (2). 

La  mjujer  germana  tenia  no  sólo  una  personalidad;  tenia  también  un 
patrimonio.  Era  una  obligación  en  el  marido  dotarla.  Según  Tácito:  (3) 
ttDotem  non  uxor  marito,  sed  uxori  maritua  offert.  ínter sunt  párenles  el 
propinqui  el  muñera  prohanty^.  También  debia  dotarla  su  familia.  De  esa 
snerte  obtenia  una  doble  garantía  para  su  independencia.  Si  el  marido 
disipaba  la  dote,  tenia  derecho  para  pedir  separación  de  bienes. 

De  cuanto  se  lleva  dicho  resulta  que,  si  bien  era  perpetua  y  general 
la  incapacidad  juridica  de  la  mujer,  como  perpetua  y  general  era  la 
cansa,  no  era,  sin  embargo,  absoluta. 

Por  lo  demás,  la  mujer  se  veia  honrada  y  protegida  entre  los  germa- 
nos. Se  le  concedia  á  veces  una  inteligencia  superior  y  dotes  proféticas. 
Oiase  su  consejo  con  respeto;  y  su  cooperación  era  precisa  en  los  comba- 
tes porque  con  su  palabras  animaba  á  los  guerreros  y  les  infundía  nuevos 
brios  para  proseguir  en  la  lucha  y  alcanzar  la  victoria.  Asociábanla 


(1)  De  moribna  germanonim.  13 

(2)  F.  Qlde.  Obra  citada,  pág.  231, 

(3)  16. 


52  REVISTA  DE  CUBA 

también  á  bus  fiestas  y  regocijos,  coido  á  los  peligros.  De  ese  modo,  la 
mujer,  alcanzó  gran  influencia  moral  j  social  en  las  tribus  bárbaras  del 
Norte. 

No  es  el  Fuero  Juzgo  una  compilación  de  costumbres  germánicas, 
como  los  demás  códigos  bárbaros.  En  él  dominan  dos  elementos  que  le 
asignan  lugar  aparte:  el  elemento  canónico  y  el  elemento  romano.  Cono- 
cida es  la  participación  principalísima  que  tuvieron  los  concilios  de 
Toledo  en  la  formación  del  Código  visigodo;  bajo  su  patrocicinio  tomó 
también  puesto  el  derecho  romano  en  las  leyes  godas.  Fácil  es  compren->- 
der  cuánto  habia  de  distar  en  muchas  materias  el  Fuero  Juzgo  de  las 
instituciones  tan  sanas  como  vigorosas  en  que  se  asentaba  su  organización 
social  y  política.  En  el  Fuero  Juzgo,  para  ser  miembro  de  la  sociedad 
civil  era  preciso  serlo  antes  de  la  sociedad  religiosa,  de  la  Iglesia;  el 
bautismo  conferia  la  capacidad  jurídica.  Entre  los  germanos  era  apto  en 
el  dominio  del  derecho  quien  lo  fuera  en  el  manejo  de  las  armas.  El 
hombre  valia  más  que  el  creyente.  En  el  Fuero  Juzgo  no  se  estima  en 
tanto  la  mujer  como  entre  los  germanos.  Según  la  tarifa  que  aquél  con- 
tiene (1)  la  vida  de  la  mujer  equivale  á  la  mitad  de  la  vida  del  hombre, 
al  paso  que  entre  los  germanos  la  vida  de  la  mujer  era  más  preciosa  que 
la  del  hombre,  según  hemos  diqho  ya.  En  el  Fuero  Juzgo  no  se  confunde 
el  patrimonio  del  marido  con  el  de  la  mujer;  establécense,  sí,  los  ganan- 
cíales,  pero  en  proporción  á  lo  que  cada  uno  de  los  cónyuges  haya  apor- 
tado al  matrimonio.  En  los  demás  códigos  bárbaros  habia  comunidad,  se 
asociaban  los  intereses  pecuniarios  de  los  cónyuges.  Por  últiüio,  en  el 
Fuero  Juzgo  el  morgengáb  se  transforma  en  una  especie  de  donación 
propier  nuptias  tasada. 

Proscrito  el  combate  judicial  y  condenado  el  culto  de  la  fuerza,  era 
lógico  que  en  el  Fuero  Juzgo  no  se  diera  cabida  al  mundium,  Y  asi  fué, 
an  efecto.  Cesó  la  tutela  perpetua  á  que  en  la  Germania  estaba  sujeta  la 
mujer.  Especial  atención  merece  á  este  respecto  la  ley  6,  titulo  IV,  libro 
n  del  Código  visigodo.  La  mujer  puede  postular  por  sí,  esto  es,  puede 
comparecer  en  juicio:  «mas  bien  pueden,  se  lee  en  dicha  ley,  razonar  su 
pleyto  si  se  quisieren».  Y  no  importa  que  la  mujer  sea  clisada.  Puede 
comparecer  por  si,  ó  bien  confiriendo  mw^p,tQ  expreso  ^1  inarido  (>  á 


2^ 

(1)  tejr  W,  iii.  IV,  Libro  Vil. 


CAPAOIPAD  DE  LA  MUJEB  DUBAHTE  EL  MATRIMONIO  53 

otra  persona.  «Nin  el  marido,  continí^a  la  ley,  non  puede  traer  el  pleyto 
de  la  muier  sin  su  mandadlo  de  ella,  si  non  diere  buen  recabdo  que  la 
Tnuier  aya  por  firme  lo  que  él  finiere.  E  si  la  mugier  lo  quiere  despicea  des- 
fazeTj  el  marido  deve  perder  la  pena  que  prometió  con  el  recabdo. 
E  si  el  marido  qíue  trae  el  plejto  de  la  mugier  si  su  mandado 
lo  perdiere  por  ventura,  esto  non  debe  empeecer  á  la  mugier,  que 
ella  non  lo  pueda  demandar  de  cabo  por  si  6  por  otri  si  quisiere,.,»  No 
oábe  afirmar  con  mayor  claridad  ni  precisión  la  personalidad  jurídica  de 
la  mujer  oasada  en  los  actos  civiles.  Distamos  tanto  del  mundium  como 
de  Ulpiano  al  excluir  á  las  mujeres  de  la  comparecencia  en  juicio  vprop- 
ier  sexus  infirmüatem  el  propier  forensium  rerum  ignorantiam.»  Lo  que  se 
les  prohibe  en  el  Fuero  Juzgo  es  que  postulen  por  otro.  «Las  mugieres, 
dice  la  ley  citada,  non  deven  traer  el  pleyto  dotri  nenguno.» 

Además,  tenia  la  mujer  un  patrimonio  suyo  que  no  se  confundia  con 
el  marido,  el  cual,  como  en  la  Germania,  dotaba  á  la  esposa.  Asi  tomaba 
aún  más  relieve  la  personalidad  de  la  mujer  Esta  podia  disponer  libre* 
mente  de  la  dote,  sí  no  tenia  hijos  (1). 

De  paso  y  para  concluir,  diremos  que  la  mujer  podia  ejercer  la  tutela 
de  sus  hijos  y  hasta  los  derechos  de  la  potestad  paterna. 

« 

§11.— Los  FüEBOS  RÜNICIPALES. 

Contrastan  los  Fueros  municipales  con  el  Fuero  Juzgo,  no  ya  sólo  por 
su  origen  y  fin  si  que  también  por  la  índole  de  sus  disposiciones.  En  los 
Fueros  municipales  renace  vigorosamente  el  elemento  germánico  y  resul- 
tan eliminados  el  elemento  caBÓnico  y  el  romano.  Encontramos  nueva- 
mente el  combate  judicial,  el  régimen  de  comunidad  entre  los  esposos  y 
la  incapacidad  jurídica  de  la  mujer  casada.  Citaremos  algunos  textos. 

Decia  la  ley  del  fuero  de  Molina:  «La  mugier  que  fuere  maridada  non 
haya  poder  de  empennar  nin  de  vender  sin  mandamiento  de  su  marido». 
Y  el  de  Fuentes:  «Toda  muger  que  haya  marido  non  pueda  facer  fíadura 
ninguna,  nin  fijo  emparentado».  Y  el  del  Alcalá;  «Mulier  maridada  de 
pícala  o  de  so  término  que  alguna  cosa  fiare  a4  ^)g^no  borne,  ó  mandar 


(1)  I^y  6,  tii  á,  I^ibro  8?  del  Faaro  Juzgo, 


54  EBVISTA  DE  CUBA 

ñar,  nol  preste;  é  venga  so  maridó  é  del  una  telada,  ó  éscase  de  la  fíadu- 
ra».  En  las  Cortes  de  Nájera  se  estableció  igual  prohibición  en  tórminoB 
muy  expresivos.  Helos  aquí:  «Esto  es  por  fuero  de  Oastiella  que  ninguna 
duenna  que  baya  marido,  non  puede  comprar  ningún  heredamiento,  nin 
puede  facer  fiadnra  ninguna  contra  otro  sin  otorgamiento  de  su  marido: 
et  si  lo  ficiere,  et  el  marido  mostrarse  quel  pesa  ante  testigos,  si  la  diere 
una  pescozada,  ó  diziere  que  non  vale  esta  compra  ó  fiadura  que  ella 
ficiera,  es  todo  desfecho,  et  non  vale  por  fuero».  Copióse  esta  disposición 
en  el  Fuero  Viejo  (1.  IX,  tit.  I,  Libro  V).-^En  el  Fuero  de  Sepülveda 
se  lee:  «Toda  muger  casada,  ó  manceba  en  cabello,  ó  vibda  que  morare 
con  padre  ó  con  madre  en  su  casa,  non  haya  poder  de  adebdar  ninguna 
debda  mas  de  fata  un  maravedí,  nin  de  vender,  seyendo  de  seso,  si  non 
fuer  con  placentería  del  pariente  con  qui  morare:  et  quiquier  que  mas  le 
manlevare  ol  comprare  lo  suyo,  á  menos  de  como  dicho  es,  piérdalo  el 
que  lo  comprare»  (1).  No  se  trata  únicamente  de  la  incapacidad  jurídica 
de  la  mujer  casada  sino  también  dé  la  dé  la  muger  en  general,  bien 
soltera,  casada  ó  viuda,  si  moraren  la  primera  y  la  segunda  en  la  casa 
del  padre  ó  de  la  madre. 

Legislación  fué  esa  que  se  hizo  general  en  Castilla.  Asi  lo  acreditan, 
por  una  parte,  el  Fuero  Viejo,  y,  por  otra  parte,  el  Fuero  Real. — Ya 
hemos  copiado  una  de  las  leyes  que  contiene  el  primero.  Vamos  Á  trans- 
cribir otra,  bien  esplícita  y  terminante,  la  12,.  tít.  2,  Libro  5:  Dice  así: 
«Si  la  muger,  qua  a  marido,  face  debda,  o  mete  fiadores  a  otro  ome  por 
qualquier  debda  que  sea,  el  marido  non  lo  otorgando  non  pagará  la 
debda,  nin  fiaduria,  que  oviese  la  muger  fecho,  á  menos  de  lo  otorgar 
suo  marido,  de  cinco  sueldos  en  arriba,  fueras  si  fuer  la  muger  panadera 
o  muger  de  bohon:  á  estos  om^s  tales,  que  las  mugeres  compran  ó  ven- 
den, e  place  a  suos  maridos  de  la  compra  que  facen,  con  que  ganan,  de- 
ven ellos  pagar  los  que  ellas  mallievan,  La  debda  que  fícieren  otras 
mugeres,  a  menos  de  lo  mandar  e  de  lo  otorgar  suo  marido,  non  las  de- 
ven quitar  suos  maridos  de  mas  de  cinco  sueldos,  e  puedenlas  emparar 
sus  maridos  mientras  que  fueron  vivos,  é  non  pagar  ellos,  nin  ellas  en 
mas  de  cinco  sueldos  en  arriba...»— Como  entí'e  los  griegos  y  los  germa- 


(1)  Martinez  MarÍTia.  Ensayo  histórico -crítico  sobre  la  Legislación  de  León  y 
Castilla.  T.  L  p.  288. 


CAPACIDAD  DE  LA  MUJER  DÜRAKTE  EL  MATRIMONIO  65 

nos,  era  lícito  á  la  mujer  contratar  y  obligarse  tan  sólo  por  una  cantidad 
mínima,  señalada  por  la  ley. 

'  En  el  Fuero  Real  encontramos  dos  leyes  relativas  al  asunto  de  esta 
Memoria.  Por  la  ley  V,  titulo  19,  Libro  39  «si  la  muger  ficiere  fiadura 
por  otro  sin  otorgamiento  de  su  marido,  no  vala,  ni  sea  tenuda  ella,  ni 
sus  bienes  por  tal  fiadura».  £u  la  misma  ley  se  prohibe  al  marido  hacer 
<rfíadura  sin- el  otorgamiento  de  su  muger»  y  si  la  hiciere  «é  la  pechare, 
ella  ni  sus  herederos  no  sean  tenudos  de  pechar  ni  niaguna  cosa  por  razón 
de  esta  fíadura,  en  vida  ni  en  muerte». 

En  la  otra  ley,  que  es  la  13,  título  20,  Libro  3?,  se  modera  hasta 
cierto  punto  el  rigor  de  la  que  acaba  de  ocuparnos.  Está  concebida  en 
estos  términos:  «r Maguer,  que  muger  de  su  marido  no  pueda  fiar,  ni  facer 
deuda  sin  otorgamiento  de  su  marido;  pero  si  fuere  muger  que  vende  ó 
compra  por  si  6  haya  menester  de  mercadería,  vala  iodo  deudo  é  toda  co- 
sa que  ficiere  en  quanto  pertenece  á  su  menester».  Esta  ley  es  análoga  á 
la  244  de  Estilo. 

Tócanos  ahora  examinar  un  punto  de  gran  interés,  ¿En  qué  se  fun- 
daron los  fueros  municipales  para  restringir  y  hasta  anular  la  capacidad 
jurídica  de  la  mujer?  Sin  duda  tuvieron  en  cuenta  la  razón  atendida  por 

los  germanos:  la  debilidad  ñsica  de  la  mujer,  máxime  cuando  revivió  el 
combate  judicial  y  cuando  los  tiempos  eran  de  continuo  batallar.  A 
nuestro  entender,  las  razones  de  mayor  peso  fueron  de  carácter  económi- 
co. Bien  sabido  es  el  fin  á  que  se  encaminaban  los  fueros:  consolidaí;  la 
obra  de  la  reconquista,  mediante  el  fomento  de  la  población  y  de  la  ri- 
queza. Necesitábase  para  ello  de  una  organización  robusta  y  previsora: 
robusta  para  resistir  con  éxito  al  mahometano,  el  enemigo  común,  y  para 
contener  las  demasías  de  la  nobleza;  previsora,  á  fin  de  que  los  elemen- 
tos de  nnion,  fuerza  y  poder  no  sufrieVan  menoscabo  alguno,  antes  bien, 
ganarán  en  estabilidad  y  consistencia.  La  conservación  de  la  familia  y 
de  la  propiedad  dentro  de  la  misma  y  de  la  municipalidad  fué  objeto  de 
rígidas  disposiciones.  Prohibióse  la  venta  de  bienes  raices  á  quien  no 
fuera. vecino,  á  quien  fuera  noble  y  al  clero.  Respecto  de  la  conservación 
del  patrimonio  en  la  familia,  bastará  recordar  el  derecho  de  tanteo,  el 
retracto  gentilicio  y  el  derecho  de  troncalidad  así  como  el  hecho  de  no 
ser  permitido  á  los  hijos  de  familia  tener  bienes  propios,  lo  cual  era  ex- 
cluir en  absoluto  el  sistema  romano  de  los  peculios,  ni  permitirles  tam- 


56  ¿KVISTA  DÉ  CUBA 

poco  contratar  ni  obligarse  mientras  dnrase  la  patria  potestad,  la  cual 
sólo  se  extinguia  por  el  matrimonio  del  hijo  ó  por  la  muerte.  ¿Qué  mu- 
cho, dado  estos  antecedeptes,  que  se  sometiera  á  la  mujer  á  tutela  perpe- 
tua? El  buen  orden  de  las  familias  j  la  necesidad  de  garantir  contra 
todo  evento  la  unidad  de  patrimonio  y  hogar  explican,  si  se  tiene  tam- 
bién en  cuenta  el  temor  á  la  llamada  scrá^/ra^'fóíw,  las  disposiciones  fora- 
les  respecto  del  punto  qu  e  nos  ocupa,  y  en  que  imperan  un  pensamiento 
político  y  necesidades  de  orden  económico,  pensamiento  y  necesidades 
cuyo  sentido  y  alean  ce  no  cabe  comprender  ni  apreciar  sin  considerar 
atentamente  las  condiciones  históricas  y  sociales  en  que  nacieron  y  se 
multiplicaron  los  fueros,  cual  un  producto  natural  y  espontáneo. 

11.  «-Les  siete^partidu. 

Leyes  hay  en  la  Partida  IV  y  en  la  V  que  atañen  al  objeto  y  asunto 
de  esta  Memona.-—'En  la  ley  7^  del  título  XI,  Partida  IV  se  preceptüa 
que  el  marido  exclusivamente  corresponda  el  gobierno  y  administración 
de  los  bienes  dótales  de  la  mujer,  perteneciénáole  el  dominio  de  la  dote 
apreciada,  á  diferencia  de  lo  que  acontecía  bajo  la  legislación  del  Fuero 
Juzgo,  pues  conforme  á  la  ley  VI,  tít.  I.  Libro  III  la  mujer  podia  dispo- 
ner libremente  de  la  dote  recibida  del  marido,  «rsi  fiios  non  oviere». — La 
ley  17,  tít.  XI  de  la  propia  Partida  IV  habla  «de  los  bienes  que  ha  la 
muger  apartadamente,  que  non  son  dados  en  dote,  a  que  dizen  en  iatin 
parafernales.»  Si  los  diere  la  mujer  al  marido  «con  atención  que  haya  el 
sefiorío  de  ellos;  mientra  que  durore  el  matrimonio  auerlo  ha...»  Y  si  no 
los  diere  al  marido  señaladamente  ni  fuere  su  intención  que  haya  el  se- 
ñorío en  ellos,  «siempre  finca  la  muger  por  señora  de  ellos.  Esso  mismo 
sería,  quando  fuessen  en  dubdas,  si  las  diera  al  marido  ó  non».. 

En  la  ley  2,  tít  12,  Partida  5*,  se  leen  estas  palabras:  «Otro  sí  dezi- 
mos, que  muger  ninguna  non  puede  entrar  fiador  por  otri.  Ca  non  sería 
cosa  guisada,  que  las  mugeres  andouissen  en  pleyto,  por  fíaduras  que 
fíziessen,  auiendo  a  llegar  a  logares  do  se  ayuntan  muchos  omes,-  a  usar 
cosas  que  fuessen  contra  castidad  ó  contra  buenas  costumbres,  que  las 
mugeres  deuen  guardar.»  Como  se  vé,  el  Bey  sabio  no  aduce  la  razón 
que  se  consigna  en  el  Digesto:  «propter  seams  imbecillitatemn.  Reproduce 
tan  sólo  la  primera  de  las  razones  que  se  expresan  en  el  texto  romano. 


¿A^ACÍDAD  t>¿  LA  MTÉ%  DÜRAÑtfi  EL  ^ATItllíONlÓ  6? 

En  la  ley  3?  es  donde  se  expone  la  razón  que  hemos  recordado  en  primer 
lugar.  «Ga  el  derecho  que  han  las  mugeres,  se  lee  alli,  en  razón  de  las 
fiaduras  non  les  fué  otorgado  para  ayudarse  del  en  el  enga&o:  moa  por 
la  simplicidad  e  por  la  flaqueza  que  hanncUuralmeyíteK 

Por  lo  que  hemos  trascribo  de  las  leyes  de  Partida,  se  ha  podido  ob- 
servar  que  son  contradictorias  y  que  su  tendencia  es  desfavorable  á  la 
capacidad  de  la  mujer,  lo  cual  no  es  de  extrañar,  si  se  atiende  á  que  sé 
ha  dado  cabida  en  ellas  al  Derecho  romano  tal  como  lo  encontramos  en 
su  último  periodo  asi  como  también  á  las  Decretales,  monumento  del 
derecho  canónico  en  la  Edad  media. 

En  la  ley  12,  titulo  23  de  la  Partida  1?  se  dispone  que  «casada  se- 
yendo  la  muger,  non  deue  fazor  limosna  sin  voluntad  de  su  marido,  nin 
puede  prometer  romería,  nin  ayuno,  nin  castidad  con  él,  contra  su  vo- 
luntad; Q  maguer  el  marido  gelo  otorgarse  de  comien90,  si  después  le 
mandasse  que  lo  non  fíciesse,  bien  puede  ir  la  muger  contra  lo  que  pro-» 
metió;  e  esto  es,  porque  el  marido  e«  como  señor  e  cabeza  de  la  muger] 
pero  si  ella  ouiere  algunas  cosas  suyas  apartadamente  como  cabdal,  que 
non  sean  en  poder  del  marido  ni  lo  aliñe  el,  bien  puede  del  dar  por  Dios 
sin  su  mandado.  Otro  si,  aqu-ello  que  es  en  poder    del  marido,  assi  como 
pan  e  vino,  e  las  otras  cosas  que  han  los  homes  en  sus   casas  para  sus 
despensas...* 

IIL— Lu  Leyes  de  Toro. 

En  la  Pragmática  dada  en  la  ciudad  de  Toro  á  nombre  de  la  reina 
Doña  Juana,  en  7  de  Marzo  de  1805^  al  exponer  las  causas  y  origen  de 
las  Leyes  que  llevan  el  nombre  de  la  mencionada  ciudad,  se  dice  que  por 
la^  Cortes  de  Toledo  de  1502  «fué  fecha  á  los  Reyes  Católicos  relación  de 
los  gran  daño  y  gasto  que  recibían  los  subditos  naturales,  á  causa  de  la 
gran  diferencia  y  variedad  que  habia  en  el  entendimiento  de  las  leyes  de 
León  y  Castilla,  asi  del  Fuero  como  de  las  Partidas  y  de  los  Ordena- 
mientos, y  otros  casos  donde  habia  menester  declaración,  aunque  no  ha- 
bia leyes  sobre  ello;  por  lo  cual  acaecía  que  en  algunas  partes  de  dichos 
reinos  y  aun  en  las  audiencias,  se  determinaba  y  sentenciaba  en  un  caso 
mismo  unas  veces  de  una  manera  y  otras  veces  de  otra,  lo  cual  causaba 
la  mucha  variedad  y  difere  ncia  que  habia  en  el  entendimiento  de  dichas 

8 


58  ÍMWA.  vk  CVMJi 

leyes  entre  los  letrados  de  los  expresados  reiiios;»  por  lo  qtie  la9  Oórtes 
citadas  suplicaron  que  «en  ello  mandasen  proveer  los  Reyes  Católicos,  de 
manera  que  tanto  daño  y  f^asto  se  quitase  y  que  hubiese  camino  como 
las  justicias  pudiesen  setenciar  y  determinar  las  dichas  dudas.  Y  acatan- 
do lo  susodicho  ser  justo,  y  informado  del  gran  daño  que  desto  se  reorea- 
cia,  mandaron  sobre  ello  platicar  á  los  de  su  consejo  y* oidores  de  la3  9us 
audiencias,  para  que  en  los  casos  que  más  continuamente  suelen  ocurrir 
y  haber  las  dichas  duda¿  viesen  y  declarasen  lo  que  por  ley  en  las  dichas 
dudas  se  debia  de  allí  adelante  guardar,  para  que  visto  por  ellos  lo  man- 
dasen proveer  como  conviniese  al  bien  de  sus  reinos  y  subditos». 

Como  en  la  misma  Pragmática  se  expresa,  la  ausencia  primero  del 
Bey  D.  Fernando  Y  y  luego  la  enfermedad  y  fallecimiento  de  la  Reina 
D?  Isabel  no  permitieron  la  promulgación  de  las  Leyes  de  que  nos  ocn- 
pamos  y  que  estaban  ja  terminadas  desde  fines  del  año  1504.  A  instan- 
cia de  las  Corteo  celebradas  en  la  ciudad  de  Toro  el  año  de  1505  para 
jurar  por  reina  á  D^  Juana  tuvo  lugar  su  promulgación  en  virtud  de  la 
Pragmática  mencionada  que  figura  al  frente  de  la  compilación  y  que 
firmó  D.  Fernando  V  como  a4ministrador  y  gobernador  de  los  reinos  de 
León  y  Ccistilla  en  ausencia  de  su  hija. 

Con  acierto  y  oportunidad  dice  el  señor  Pacheco:  (1)  que  traun  dentro 
de  la  idea  que  inspiró  esta  colección  de  leyes,  nunca  fué  el  ánimo  de  sus 
autores  el  de  formular  un  verdadero  y  sistemático  código,  no  digamos 
como  el  de  las  Partidas,  pero  ni  aun  como  cualquiera  de  los  fueros  6  el 
Ordenamiento  de  Alcalá.  Asi,  añade,  no  hay  división,  no  hay  trabazón, 
no  hay  orden  ni  estudio  científico  contra  sus  partes;  asi,  no  hay  libros  ni 
títulos,  asi  no  hay  más  que  leyesi.  Su  objeto  (la  Pragmática  lo  dice)  fué  . 
ver  y  declarar  lo  que  debería  hacerse  en  los  casos  de  duda  que  más  co- 
munmente solíase  ocurrir;  y  esta  expresión,  que  textualmente  copiamos, 
excluye  toda  idea  de  codificación  verdadera  y  real,  cual  ha  existido  antes 
y  después,  en  muchos  diversos  tiempos.»  Su  objeto  fué  también  suplir  el 
vacio  que  en  determinados  particulares  se  observaba  en  la  legislación 
civil  vigente  entonces. 

En  el  arreglo  definitivo  de  las  Leyes  de  Toro  tuvo  gran  parte  el 
licenciado  Fernando  Tello.  Los  demás  consejeros  que  en  ello  trabajaron 


(1)  Comentario  histórico,  critico  y  jurídico  &  las  LeyM  da  Toro.^Ley  1* 


CAPACIDAD  DE  LA  XUJEH  DUBAVTB  EL  MATBIMONIO  59 

'  faeron  Jnan,  obispo  de  Córdoba  y  presidente  del  Consejo,  los  doctores 
Carvajal  y  D.  Juan  López  de  Palacios  Rubios  y  los  licenciados  Zapata, 
Mágica  y  de  Sanctiago. 

Beproduzcamos  ahora  las  leyes  de  Toro  que  dicen  relación  al  asunto, 
objeto  de  esta  Memoria.  Son  las  leyes  54,  55,  56,  57,  58,  59  y  61, 

Ley  54.  «La  muger  durante  el  matrimonio  no  puede  sin  licencia  de 
sa  marido  repudiar  ninguna  herencia  que  le  venga  e^c  testamento  ni 
abintestato;  pero  permitimos  que  pueda  aceptar  sin  la  dicha  licencia 
coalquier  herencia  ex  testamento  é  abintestato  con  beneficio  de  inventa- 
rio y  no  de  otra  manera». 

Como  se  vé  esta  ley  comprende  dos  extremos: 

1?  La  licencia  marital  es  indispensable  para  que  la  mujer  pueda 
repudiar  válidamente  una  herencia  ex  testamento  ó  abintestato. 

2?  La  mujer  no  puede  aceptar  una  herencia  sino  con  beneficio  de 
inventarío;  para  aceptarla  puramente  ha  menester  de  la  licencia  del 
marido. 

Ley  55.  «La  muger  durante  el  matrimonio  sin  licencia  de  su  marido 
como  no  puede  hacer  contrato  alguno,  asimismo  no  se  pueda  apartar  ni 
desistir  de  ningún  contrato  que  á  ella  toque,  ni  dar  por  quito  á  nadie  de 
él;  ni  puede  hacer  casi  contrato,  ni  estar  en  juicio  faciendo  ni  defendiendo 
sin  1&  dicha  licencia  de  su  marido,  y  si  estoviere  por  si  ó  por  sa  procura- 
dor, mandamos  que  no  vala  lo  que  ficiere». 

La  mujer  casada  no  puede,  según  esta  ley: 

1?  Ni  contratar  ni  cuasi-contraer. 

29  Ni  apartarse  ó  desistir  de  contrato  alguno  celebrado  por  ella. 

3?  Ni  dar  por  cumplida' obligación  alguna  contraida  hacia  ella. 

4?  Ni  eetar  en  juicio. 

Ley  56.  «Mandamos  que  el  marido  pueda  dar  licencia  á  su  muger 
para  contraer,  y  para  hacer  todo  aquello  que  no  podia  sin  su  licencia,  y 
8Í  el  marido  se  la  diere,  vala  todo  lo  que  su  muger  fíoiere  por  virtud  de 
la  dicha  liceneiaji. 

Ley  57.  «El  Jaez  con  conocimiento  de  causa  legitima  ó  necesaria, 
cottpleta  al  marido  que  de  licencia  á  su  muger  para  aquello  que  ella  no 
pod»  hacer  sin  licencia  de  su  marido,  é  si  compelido  no  gela  diere,  que 
el  jaez  sólo  se  la  puede  dar». 

Ley  58.  «Bl  marido  puede  ratificar  lo  que  su  muger  ovieee  fecho  sin 


60  REVISTA  DE  CUBA 

6U  Ucencia,  no  embargante  que  la  dicha  liceuoia  do  haya  precedido,  ora 
la  ratificación  sea  general  ó  especialn. 

Ley  59.  «Cuando  el  marido  estuviere  ausente,  7  no  se  espera  de 
próximo  venir,  ó  corre  peligro  en  la  tardanza,  que  la  justicia,  con  cono- 
cimiento de  causa,  seyendo  dar  licencia  á  la  muger,  la  que  el  marido  le 
habia  de  dar,  la  oual,  ansí  dada,  vala  como  si  el  marido  se  la  diese». 

■ 

Ley  6L  «De  aquí  adelante  la  muger  no  se  pueda  obligar  por  fiadora 
de  su  marido,  aunque  se  diga  é  alegue  que  se  convirtió  la  tal  deuda  en 
provecho  de  la  muger;  assi  mismo  mandamos,  que  cuando  se  obligaren  á 
mancomún  marido  é  muger  en  un  contrato  6  en  diversos,  que  la  muger 
no  sea  obligada  á  cosa  alguna;  salvo  si  se  probare  que  se  convirtió  la  tal 
deuda  en  provecho  della,  ca  estonce  mandamos  que  por  rata  de  dicho 
provecho  sea  obligada;  pero  si  lo  que  se  convirtió  en  provecho  della,  fué 
en  las  cosas  que  el  marido  le  era  obligado  á  dar,  asi  como  en  vestirla,  6 
darla  de  comer,  ó  las  otras  cosas  necesarias,  mandamos  que  por  esto  ella 
no  sea  obligada  á  cosa  alguna;  lo  cual  todo  que  dicho  es,  se  entienda  si 
no  fuere  la  dicha  fianza  ü  obligación  á  mancomún  por  maravedís  de 
nuestras  rentas,  ó  pechos,  derechos  dellas». 

§L-— La  licencia  maeital. 

¿Cuál  es  el  origen  histórico  de  la  licencia  marital  que  prescriben  las 
leyes  de  Toro?  ¿Cuál  su  fundamento?  En  la  India,  en  Grecia,  en  Boma, 
en  la  Germania,  en  la  legislación  establecida  por  los  fueros  municipales 
estaba  también  la  mujer  sujeta  á  la  potestad  del  marido;  pero  no  era, 
ciertamente,  por  razón  del  matrimonio,  sino  por  razón  del  sexo.  Juzgóse  á 
la  mujer  como  inferior  al  hombre.  En  él  Oriente,  en  Grecia,  en  Roma  se 
fundaba  su  incapacidad  en  la  debilidad  intelectual  y  moral  que  se  le 
atribuia,  al  paso  que  en  la  Germania  se  consideraba  para  ello  su  debili- 
dad física  tan  sólo,  lo  cual  constituía  un  gran  progreso.  Por  una  razón  ó 
por  otra,  es  lo  cierto  que  la  mujer  estaba  sometida  á  perpetua  tutela,  fue- 
fdk  soltera,  casada  ó  viuda.  Casada,  ejercía  la  tutela  legal  del  marido,  ya 
con  el  nombre  de  manuSy  ya  con  el  de  mundium.  Soltera,  dependía  del 
padre;  viuda,  de  la  autoridad  del  tutor  legitimo.  ¿Sucede  asi  en  nuestra 
legislación?  Nó.  La  igualdad  entre  los  sexos  ea  principio  legal.  La  mujer 
üo  es  inc£^paz,  jurídicamente  hablando,  por  ser  mujer*  Hay  exdepcioües. 


CAPACIDAD  DE  LA  MÜJEB -DUBANTE  EL  MATEIMONIO  61 

8ia  duda  alguna,  que  ponen  de  relieve  la  falta  de  unidad  de  nuestra 
legislación  civil,  tal  como  la  prohibición  que  pesa  sobre  las  mujeres  de 
ser  fiadoras  ^p<yr  la  simplicidad  é  por  la  flaqueza  qiie  han  naturalmente» , 
como  dicen  las  Partidas  6  «rpropter  sez^s  imbecillitatem»  como  se  lee  en 
las  Pandectas.  Que  en  las  leyes  de  Toro,  al  prescribirse  la  licencia  mari- 
tal, no  se  ha  partido  del  supuesto  de  la  incapacidad  natural  de  la  mujer, 
ni,  por  lo  tanto,  de  la  idea  de  la  manuSf  ni  del  concepto  del  mundium^ 
lo  prueban  manifiestamente  la  ley  56  al  establecer  que  el  marido  pueda 
dar  licencia  general  á  su  mujer  para  contraer,  quedando  firme  cuanto  la 
mujer  hiciere,  y  la  ley  58  en  que  se  autoriza  al  marido  para  que  ratifi- 
que lo  que  la  mujer  hubiere  hecho  sin  su  licencia.  No  se  trata,  pues,  de 
una  institución  en  cuya  existencia  y  conservación  se  encuentren  interesa- 
dos el  orden  público  ni  las  buenas  costumbres.  En  esto,  fuerza  es  con  ve* 
nir  en  ello,  las  leyes  de  Toro  no  se  han  limitado  á  salvar  contradicciones 
ni  á  suplir  vacíos  que  se  notaban  en  la  legislación  por  entonces  vigente; 
han  hecho  más,  han  establecido  nuevos  principios  en  nuestro  derecho. 
¿Qué  criterio  se  tuvo  en  cuenta  para  ello?  Eso  es  lo  que  vamos  á  exami- 
nar desde  luego. 

Al  eitplicar  las  Leyes  de  Toro  los  comentaristas  no  han  dado  á  la 
influencia  del  cristianismo  y  del  derecho  canónico  la  importancia  que 
tienen  ni  la  consideración  que  merecen  como  elementos  de  la  vida  social, 
y,  por  lo  mismo,  de  la  vida  jurídica  en  la  Edad  media  y  ya  muy.  entrada 
la  moderna,  subsistiendo  aún  semejantes  influencias  en  no  pocas  leyes 
vigentes.  Han  estudiado  las  Leyes  de  Toro  de  una  manera  abstracta,  sin 
trabazón  ni  enlace  con  las  condiciones  históricas  que  á  la  sazón  existian, 
sin  relacionarlas  con  el  movimiento  jurídico  que  en  los  demás  paises  de 
Europa,  y  singularmente  en  Italia,  habia  precedidí»  á  la  formación  de 
aquellas;  lo  cual  ha  dependido  de  que  han  considerado  que  las  leyes  de 
Toro  representan  el  derecho  originariamente  nacional  y  constituyen  Ja 
encamación  pura  y  viva  del  genio  jurídico  español.  Eso  es  un  error  eil 
lo  que  á  la  licencia  marital  toca.  Las  leyes  de  Toro  que  la  establecen  y, 
exigen,  no  son  más  que  el  producto  de  ideas  y  tendencias  que  privaban 
en  Europa.  Ocupémonos  primeramente  del  elemento  canónico. 

Se  ha  dicho  y  repetido  en  todos  los  tonos  que  el  cristianismo  enalte- 
ció á  la  mujer,  que  la  hizo  la  igual  del  hombre,  y  que,  por  ende,  desapa- 
reció la  idea  dé  la  incapacidad  de  la  mujer  peí*  tazón  del  sexo^  abriendo- 


62  BETISTA  DE  CUBA 

se  paso  la  nueva  idea  en  las  costumbres  y  en  las  leyes.  Asi  es  la  verdad; 
pero  no  por  ello  dejan  de  abundar  las  contradicciones,  las  cuales  atesti- 
guan la  lucha  entre  la  tradición  y  las  consecuencias  sociales  de  la  religión 
de  Jesds,  lucha  que  tenia  por  campo  no  sólo  la  vida  exterior,  sino  el 
ánimo  mismo  de  los  cristianos,  no  libres  por  completo  ni  del  ascendiente 
que  ejercidn  las  creencias  del  pueblo  hebreo,  ni  tampoco  del  poderoso  y 
multiforme  influjo  de  la  ^civilización  pagana, 

<cAdan,  dice  San  Pablo,  fué  creado  primero,  después  Eva.  £1  hombre 
es  la  imagen  y  la  gloria  de  Dios;  la  mujer  es  la  gloria  del  hombre;  en 
efecto,  el  hombre  no  ha  sido  formado  del  hombre,  pero  la  mujer  ha  sido 
formada  del  hombre;  y  el  hombre  no  ha  sido  creado  para  la  mujer,  sino 
que  la  mujer  ha  sido  oreada  para  el  hombre».  (1)  ^Mulier  rton  estfacta 
ad  imaginem  Dei»  se  lee  en  el  Decreto  de  Graciano.  De  ese  modo  se  esta- 
blecia  entre  el  hombre  y  la  mujer  una  desigualdad  original  como  en  las 
castas.  ¿No  se  suscitó  en  el  Concilio  de  Ma9on  (585)  por  un  obispo  la 
cuestión  de  saber  si  la  mujer  era  realmente  honbre,  esto  es,  si  perteuaoia 
á  la  humanidad?  ¿Y  no  fué  negativa  la  decisión?  La  creencia  del  pecado 
original  era  otro  obstáculo  tradicional  que  se  oponia  al  reconocimiento 
de  la  igualdad  entre  el  hombre  y  la  mujer.  rNo  fué  Adán  el  seducido, 
dice  San  Pablo»  sino  que  seducida  la  mujer  fué  la  causa  del  pecado». 
«Sub  virÍ8  potestate  eria,  dice  el  Señor  á  Eva,  eí  ipae  dominabiiur  tuU, 
Grande  fué  la  influencia  que  en  la  doctrina  alcanzó  el  dogma  del  pecado 
original,  trascendiendo  á  la  condición  de  la  mujer.  Se  le  mandó  velar. la 
cabeza  en  señal  de  sujeción.  ^Ut  oBtendatur  ^vbjecta,  eí  quia  prcevcaica- 
tío  peí'  illam  inchoacia  eaí»  se  dice  en  el  Decreto  de  Graciano,  tomado  de 
San  Ambrosio.  Los  Padres  de  la  Iglesia  prodigaron  sus  maldiciones  á  la 
mujer.  «Mujer,  exclama  Tertuliano,  tü  deberías  estar  siempre  vestida  de 
luto  y  de  harapos,  y  no  ofrecer  á  las  miradas  más  que  una  penitente  que 
trata  de  redimir  por  sus  lágrimas  la  falta  de  haber  perdido  el  género 
humano!  ¡Mujer,  tü  eres  la  puerta  del  demoniol  ¡Tü  eres  la  que  haa  que- 
brado el  sello  del  árbol  prohibido;  tü  has  sido  la  primera  en  violar  la  ley 
divina;  tü  quien  has  corrompido  aquel  á  quien  Satanás  no  se  atrevia  á 
atacar  de  frente;  tü,  en  fin,  la  causa  de  que  Jesucristo  haya  muerto».  cLa 
mujer  es,  según  San  Jerónimo,  la  fuente  de  todos  los  males,  puesto  que 


(1)  Epístolas  I  a  Timoteo  y  1  a  los  Corintios. 


OAPACIDAD  DE  LA  MUJEB  DT7BANTE  £¿  MATRIMONIO  63 

por  ella  ha  tenido  la  muerte  entrada  en  el  mundo».  «Soberana  peste  ee 
la  majer,  exclama  San  Jnan  Crisóstomo,  dardo  agudo  del  demonio!  Por 
la  mujer,  el  demonio  ha  triunfado  de  Adán,  7  le  ha  hecho  perder  el 
paraiao». — «La  mujer,  dice  San  Agustin,  no  puede  ni  enseñar,  ni  testificar, 
ni  contratar,  ni  juzgar,  7  muclio  menos  puede  mandar».  No  cabe  incapa- 
cidad más  absoluta. 

Pero  al  cabo  el  principio  de  igualdad  prevaleció.  Reconcióse  que  la 
mujer  no  es  menos  perfecta  que  el  hombre.  «JVbn  é*sl  vitium  sexusfemi- 
neuSf  sednaiura^t  dice  San  Agustin. — «Mujeres,  dice  el  Apóstol  de  las 
gentes  en  su  célebre  epístola  á  los  hermanos  de  Efeso,  sed  sumisas  á  vues- 
tros maridos  como  el  Señor;  porque  el  marido  es  el  jefe  de  la  mujer,  como 
Cristo  es  el  jefe  de  la  Iglesia,  de  la  cual  ha  salvado  el  cuerpo;  7  como  la 
Iglesia  está  sometida  á  Cristo,  asi  las  mujeres  deben  en  todo  estar  some- 
tidas á  sus  maridos.» — «Maridos,  á  vuestra  vez,  amad  á  vuestras  esposas, 
como  Cristo  ha  amado  á  su  Iglesia  7  se  ha  dado  por  ella,  á  fin  de  santi- 
ficarla, lavarla  7  purificada  por  la  palabra  de  vida,  v  de  hacerme  una 
iglesia  gloriosa,,  sin  mancha,  pura  é  inmaculada;  asi  los  maridos  deben 
amar  á  sua  esposas  como  á  sus  propios  cuerpos».  Ha7,  pues,  deberes  para 
el  marido  como  para  la  mujer,  si'  bien  resulta  siem|)r6  la  superioridad 
del  primero.  Tal  es  al  principio  consagrado  en  lafi  Decretales  Parte  II 
causa  83,  cuestión  V,  canon  12.  Allí  se  leen  estas  palabras:  «est  ordo  na- 
taralis  in  ómnibus  ut  serviat  feminaB  viris,  quia  nnlla  justitia  est  ut 
major  serviat  minori».  Asi  se  explica  7  justifica  en  el  derecho  canónico  la 
potestad  marital.  £1  marido  proteje]  la  mujer  obttdece. 

Esa  idea  de  la  dependencia  de  la  mujer  respecto  al  marido  fué  ganan- 
do terreno  hasta  penetrar  en  las  Ie7e8.  En  Francia  se  le  encuentra  san- 
Clonada  7a  en  un  edi¿to  de  San  Luis  dado  en  1272.  Estimóse  que  la 
licencia  marital  tenia  por  principio  no  el  interés  de  la  mujer  sino  la  auto- 
ridad del'marido;  ¿7  cuáles  habian  de  ser  las  consecuencias  lógicas?  1? 
qae  realizado  un  acto  civil  por  la  mujer  sin  la  licencia  del  marido,  sólo  á 
éste  correspondia  el  derecho  de  pedir  7  obtener  su  nulidad;  7  2^  que  el 
acto  realizado  por  la  mujer  sin  la  licencia  del  marido,  quedaba  firme  7 
subsistente  después  de  la  muerte  del  mismo,  toda  vez  que  la  autoridad 
marital  no  se  trasmitió  á  sus  herederos  por  ser  personalisima.  una  dis- 
posición encontramos  en  el  Fuero  Viejo  (1)  que  corresponde  á  la  segunda 

(1)  Ley  12,  títl,  Libro  V. 


64  ¿EVÍ8TA  DE  CüÍÁ 

Üe  las  consecuencias  expresadas,  j  en  la  cual,  si  bien  se  mira,  vá  imblbi-ta 
la  primera.  Prohíbese  á  las  mujeres  que  contraten  sin  otorgamiento  de  su 
maridos;  y  añádese:  <ré  después  que  los  maridos  fuesen  muertos,  deven 
dar  ellas  lo  que  mallievaron  é  quitar  las  fíadurias  que  an  fechas:  e  si 
ellas  fueren  muertas,  los  que  eredaren  los  suo,  seyendo  probadas  las  deb- 
das,  como  es  derecho,  devenías  pagar,  pues  que  lo  suo  eredan».  Tales 
fueron  los  principios  que  dominaron  hasta  el  siglo  yv  en  el  derecho  con- 
suetudinario. Una  mudanza  de  gran  trascedencia  tuvo  lugar  en  el  punto 
que  nos  ocupa  á  causa  de  la  renovación  de  los  estudios  del  derecho  ro- 
mano. Fueron  sus  autores  los  jurisconsultos  de  Bolonia.  La  obra  de  los 
glosadores  excitó  vivo  interés  y  produjo  gran  admiración.  Hubo  porfía 
en  desacreditar  á  la  mujer,  en  recordar  la  «fragilitas  sexüs,  la  <rmbecilli- 
tas  sexús»  y  en  repetir  los  juicios  desfavorables  de  los  jurisconsultos  ro- 
manos en  punto  á  la  mujer.  Kenació  la  idea  de  que  la  mujer  era  incapaz, 
por  su  debilidad  intelectual  y  moral,  idea  que  coexistió  con  las  demás 
que  hemos  indicado,  cayéndose  en  la  gravísima  contradicción  de  estimar 
incapaz  á  la  mujer  en  tanto  que  fuera  casada  y  capaz  si  era  soltera  mayor 
de  edad  ó  viuda.  Pugnan  aquí  los  principios  de  lógica  y  justicia  y  las 
ideas  y  doctrina  de  los  jurisconsultos.  El  cristianismo  reconoce  la  perso- 
nalidad de  la  mujer;  el  derecho  canónico  la  declara  capaz  de  derecho, 
pero  la  subordina  á  la  autoridad  del  marido;  y  los  partidarios  del  dere- 
cho romano  sustentan  también  la  potestad  marital,  pero  no  la  hacen  des- 
cansar en  la  naturaleza  jurídica  del  matrimonio,  sino  en  la  idea  oriental, 
en  la  idea  griega,  en  la  romana,  en  suma,  á  saber  la  debilidad  moral  de 
la  mujer,  debilidad  que,  por  decirlo  así,  sobreviene  al  contraer  matrimo- 
nio la  mujer.  ¿Qué  resulta  de  aquí?  19  Que  si  la  mujer  realiza  un  acto 
sin  licencia  del  marido,  podrá  éste  pedir  su  nulidad  y  también  la  mujer 
podrá  hacerlo;  y  2?  que  todo  acto  realizado  sin  la  licencia  del  marido  es 
nulo  en  absoluto  en  términos  que  la  nulidad  podrá  ser  invocada  por  el 
marido,  por  la  mujer  y  sus  herederos  y  por  el  tercero  que  hubiere  con- 
traido  con  ella. 

Ahora  bien:  ¿á  qué  principios  obedecieron  los  legisladores  de  Toro? 
Uno  de  los  comentaristas  de  las  Leyes  promulgadas  en  dicha  ciudad, 
Don  Juan  Alvarez  Pesadilla,  (1)  al  ocuparse  de  la  58,  dice:  «la  licencia 

(1)  Comentarios  á  las  leyes  de  Toro  según  su  espíritu  y  el  de  la  legislación  de 
España.  Valladolid.  1796. 


se  requiere,  no  por  condición  del  contrato,  y  sí  por  evitar  los  pej-juicióé 
gite  al  marido  se  le  pueden  seguir  de  ellos  y  el  desdoro  que  resultaría  á  sú 
autoridad  y  jurisdicción  sobre  sujamilia,  si,  sin  consentimiento  de  la  ca- 
beza, valiesen  los  contratos,*  Aquí  vemos  palpitar  el  principio  que  á  la 
potestad  marital  se  dá  en  el  derecho  canónico,  de  acuerdo  con  el  consejo 
de  S.  Pablo,  erigido  en  precepto  legal:  la  subordinación  de  la  ininjer  al 
hombre  por  raeon  del  matrimonio.  Bueno  será  advertir  que  entre  los 
que  á  su  cargo  tuvieron  la  formación  y  revisión  de  las  leyes  de  Toro, 
figura  el  obispo  por  entonces  de  Córdoba  y  Palacios  Rubios,  catedrático 
de  derecho  canónico  en  Salamanca  y  Valladolid.  A  lo  dicho,  ha  de  aña- 
dirse que  en  aquella  época  efa  grande  la  autoridad  y  mucha  la  influen- 
cia del  Derecho  canónico.  Tal  es,  á  nuestro  entender,  el  origen  histórico 
y  el  fundamento  verdadero  de  la  licencia  marital,  según  la  establece  la 
ley  55  de  Toro,  que  es  la  fundamental  en  la  materia. — La  ley  54  no 
ajusta  lógicmaente  al  principio  que  en  la  55  se  consigna,  por  cnanto  á 
que  en  ella  se  atiende,  no  ya  á  la  autoridad  del  marido,  sino  á  su  interés; 
hay  más,  en  ella  se  rinde  tributo  á  la  idea  romana  de  «propter  sexus  imle- 
cilli¿a¿em9f  pues  no  le  es  permitido  aceptar  herencia  alguna  sino  con  be^ 
neficio  de  inventario.  Para  aceptarla  puramente  ha  menester  de  la  licen^ 
cia  del  marido,  quien  al  mismo  tiempo  que  consulta  su  interés,  suple  la 
incapacidad  de  la  mujer.  Aquí  se  Vd  clara  la  influencia  de  los  romanis* 
tas,  como  en  la  ley  61. 

La  ley  56  está  estrechamente  relacionada  con  la  55.  Visible  es  su 
concordancia  con  el  derecho  canónico,  puesto  que  en  ella  se  reconoce 
que  la  mujer  es  capaz  al  igual  del  hombre.  Tiene  aptitud  para  hacer  lo 
mismo  que  él.  Lo  que  el  poder  del  marido  confiere  á  la  mujer  es  la  ca- 
pacidad jurídica,  no  la  natural,  que  ya  posee.  Entre  el  origen  de  esta 
ley  y  el  de  la  54  hay  un  antagonismo  patente.  Proceden  de  ideas  y  sen- 
timientos opuestos:  en  la  54  se  vé  la  idea  pagana;  y  en  la  56  la  idea  cris- 
tiana. Cuanto  acabamos  de  decir  respecto  á  la  la  ley  56  es  aplicable 
á  la  ley  58  en  que  se  autoriza  al  marido  para  ratificar  lo  que  la  mujer 
hubiese  hecho  sin  su  licencia,  ora  sea  la  ratificación  general,  ora  espe- 
cial. Una  observación  es  de  consignarse,  y  es  que,  tanto  el  poder  como 
la  ratificación  del  marido,  cabe  aplicar  á  los  casos  previstos  en  la  ley  54. 
lo  cnal  demuestra  que  de  su  comparación  coh  la  56  y  58  resulta  un  sis- 
tema híbrido,  por  decirlo  así,  en  razón  á  que  por  virtud  del  poder  ó  de 

9 


é6  I  ¿IBVW^A  P9  oiiTBA 

la  ratificación  del  marido  alcaoBa  k  mujar  una  capacidad  nati;iral-9Ué 
le  niega  la  mismfk  ley  54  j  le  reconocen  las  56  7  58.  Asi  se  vé,  con  este 
caso  práctico,  la  confusión  de  ideas  que  existía  en  la  Edad  Media  y  ^^^ 
primeros  tiempos  de  la  Moderna,  en  panto  al  asuato  que  nos  ocap^t- 
Hoy  mismo  no  se  h^t  disipado  por  co^ipleto,  sagnn  tendcem,09  oca^on 
de  observar,  al  exponer  las  disposiciones  de  la  Ley  del  Matriqfipnio 
Civil,  relativas  á  sus  efectos,  en  cuanto  á  la  persona  dejos  cónyuges. 

La  ley  57  tiene  un  objeto  laudable:  impedir  que  al  marido  damnifi- 
que á  la  mujer  por  abuso  de  autoridad,  pues  ésta  le  ha  sido  dada,  ao 
para  oprimir,  sino  para  proteger.  La  obediencia  de  la  mujer  tiene  un 
limite;  pero  en  esta  ley  encontramos  una^idea  que  pugna  con  las  leyes 
55,  56  y  58  en  cuanto  manda  que  el  Juez  dé  á  la  mujer  la  licencia,  si  e 
marido  no  se  la  diefe.  Esta  disposición  significa  bien  á  las  claras  que  el 
legislador  no  pudo  ni  supo  libertarse  de  la  influencia  de  una  idea  anti- 
gua, iV  saber:  que  la  mujer  es  incapaz  ppr  razón  del  sexo,  y  que  ha  de 
vivir  sujeta  á  tutela  ¿Por  qué  ha  de  dar  el  Juez  la  licencia  que  negare 
el  marido?  La  autoridad  marital  es  peraonalisima;  la  licencia  que  exige 
la  ley  55  se  funda  en  ella.  Luego  si  esa  autoridad  pierde  su  efioaoia  au 
el  punto  concreto  de  que  se  trate;  si  no  tiene  por  base  la  incapacidad  de 
la  mujer,  parece  lógico  que  ést^i  recobre  su  libertad  de  Accion  en  el 
asunto  en  que  ocurra  la  resistencia  indebida  del  marido,  y  proceda  en  la 
plenitud  de  la  capacidad  jurídica,  si  fuere  mayor,  habiendo  de  limitarse' 
el  Juez  á  declarar,  previo  conocimiento  de  causa,  que  es  infundada  la  ne- 
gativa del  marido.  Otra  es,  lisa  y  llanamente,  dar  vida  de  ntievo,aunque 
para  un  caso  dado,  á  la  tutela  de  la  mujer  propier  s^nfi  iirfamiUaiem. 

Iguales  consideraciones  son  i^Ucables  á  la  ley  59,  en  que  itpacece 
también  de  manifiesto  la  incapacidad  natural  de  la  mujer,  puestp  que  se 
le  impone,  en  el  caso  de  ausencia  del  marido,  la  tutela  del  juez.  Lo  lógi* 
co  habria  sido  exigir  que  la  mujer  acreditase  la  ausencia  del  marido;  y 
acreditada,  respetarla  en  su  libertad  de  acción.  La  autoridad  que  ao 
se  ejerce  ni  puede  ejercerse,  no  debe  existir,  ni  cabe  que  exista  «n.  el  do- 
minio  del  derecho. 

II  §. — La  fianza,  y  la  obligación  mancomunada. 

Ya  hemos  visto  que  ÁJUgosto  7  Qlaadio  prohibieron  por  e^dictos  que 
la  mujer  intercediera  por  el  marido,  esto  es,  que  se  obligas»  en  interés 


OA?AOIDAD  DE  I/A  MUJER  DURANTE  EL  MATRIMONIO  6*/ 

del  mismo.  £1  Senado-coosnlto  Veleyatio  hizo  estensiva  la  prohibicioQ 
r^pecto  de  terceros.  La  razón  ya  la  conocemos;  ^'^'op^  sexús  imbecilliía- 
ie7n.  Jostimano  introdnjo  alteraciones  en  la  materia.  Respecto  del  Sena- 
*  do^ooDsalto  Veleyano,  permitió  la  intercesión  de  la  mujer  en  provecho 
dé  un  tercero  en  determinados  ca{iOs  y  bajo  condiciones  especiales,  apar- 
tándose  de  la  razón  en  que  aquel  se  fundó,  la  incapacidad  natural  de  la 
mujer,  y  aceptando  la  idea  cristiana  de  la  igualdad  moral  de  los  sexcs. 
En  cnanto  á  la  intercesión  de  la  mnjer  por  su  marido,  procedió  de  otra 
saerte.  En  la  novela  134,  cap.  89,  prohibió  que  la  mujer  se  obligara  por 
el  marido,  en  términos  más  sieveros  que  Augusto  y  Claudio  y  que  el 
Senado-consulto  Veleyano.  No  admitió  más  que  una  excepción:  r«¿«¿ 
Tnamfetíé  probetuVj  quia  pecunice  in  propriam  ipsiiía  mulie/i^  utiliiaiem 
expensce  aunt»  ¿A  qué  fin  obedeció  en  esto  Justiniaño?  Al  de  garantir 
la  conservación  de  la  dote  contra  los  actos  mismos  de  la  mujer  y  po^ 
ner  á  salvo  el  interés  de  la  familia.  Sabido  es  que  el  mismo  empe« 
rador  vedó  en  absoluto  la  enagenacíon  del  fundo  dotal,  aun  con  el  con- 
sentimiento de  la  mujer.  Al  obrar  así,  procedió  bajo  el  influjo  del 
cristianismo, 

Eb  la  historia  de  nu«)stro  derecho,  encontramos,  en  los  fueros  muni» 
oipales  la  prohibición  de  que  la  mujer  se  obligara  en  interés  de  un  terce* 
ro  sin  el  consentimiento  de  su  marido;  pero  no  respecto  de  éste.  La 
fifanza  de  la  mnjer  por  su  marido  fué,  pues,  licita.  En  el  Fuero  Real 
existe  una  ley  que  desvanece  toda  duda.  Es  la  5,  titulo  19,  Libro  3, 
que  ja  hemos  citado.  Dice  asi:  «Si  el  marido  fíciere  fíadura  sin  otorga- 
mieHito  de  su  niuger^  ella  ni  sus  herederos  no  sean  tenudos  de  pechar 

ninguna  cosa  por  razón  de  esta  fíadura,  en  vida  ni  en  muerte »  De 

eaerte  que,  mediando  el  consentimiento  de  la  mujer,  era  válida  y  efíca/' 
la  fianza  en  pro  del  marido. 

En  punto  á  la  obligación  mancomunada,  licita  era  también. — Véase 
la  ley  14,  título  20,  Libro  3  del  Fuero  Real. — Dice:  «Oomo  el  deudo  fe- 
cho durante  el  matrimonio,  lo  que  debea  pagar  marido  é  muger  junta- 
mente»— «rTodo  deudo  que  marido  é  muger  fideren  en  uno  páguenlo, 
otrosí,  en  uno:  é  si  antes  que  fuesen  ayuntados  por  casamiento  alguno 
déllos  fieiere  deudo,  pagúelo  aquel  que  lo  fizo,  y  el  otro  no  sea  tenudo 
de  pagarlo  de  sns  bienes.» — En  la  ley  207  del  Estilo  leemos  lo  que  si- 
gffe:  «Todo  el  dando  que  el  marido  f  la  mujer  ficieren  en  uno,  páguenlo. 


68  REVISTA  DE  CUBA 

otrosí,  en  uno.  Y  es,  á  saber,  que  el  deudo  que  face  el  marido,  maguer  la 
muger  no  lo  otorgue,  ni  sea  en  la  carta  del  deudo,  tenida  es  á  la  meytad 
del  deudo.  E  otrosí,  es  á  saber,  que  si  la  muger  con  el  marido  al  deudor 
de  m/mcomun^  y-  cada  uno  por  todo,  que  si  á  la  muger  demandan  toda  la 
deuda  qu^  lo  puede  facer,  es  tenida  de  pagar  toda  la  deuda.  Otrosí,  si  la 
muger  es  menor  de  edad  que  el  Fuero  manda,  y  es  casada,  ó  se  obliga 
con  su  marido  en  el  empreatido  en  la  carta  del  deudo,  tenida  es  ella  a  la 
su  meytad  del  deudo,  t  si  se  obligó  de  mancomún,  e  cada  uno  por  iodo, 
eerá  tenida  á  todo  el  deudo,  si  gelo  demanda,  maguer  sea  menor  de  edad; 
ca  el  casamiento,  é  la  malicia,  suple  la  edad.  E  como  quiere  parte  en  las 
ganancias,  así  se  debe  parar  á  las  deudas;  mas  si  la  que  es  menor  de 
edad  no  se  obligó  en  la  carta  cen  su  marido,  no  será  tenida  á  la 
deuda » 

Tales  son  las  ideas  verdaderamente  nacionales  respecto  á  la  fianza  de 
la  mujer  casada  y  á  la  obligación  en  mancomún  con  el  marido.  Están  en 
perfecto  acuerdo  con  el  espíritu  de  familia,  á  que  tanto  atendieron  los 
fueros  municipales.  Para  ellos  la  unidad  social  era  la  familia;  en  su  seno 
no  cabían  recelos.  Era  también  una  unidad  moral. 

Las  leyes  de  Partida  prohiben  la  fianza  de  la  mujer  por  otro;  calca- 
das están  en  el  derecho  romano,  si  bien  no  vemos  en  ellas  las  disposicio- 
nes de  la  Novela  134,  cap.  8? 

Dícese  que  las  leyes  de  Toro  se  han  limitado  á  resolver  dudas  y  á 
suplir  vacíos  que  se  notaban  en  la  legislación  civil  entonces  vigente.  Y 
no  es  así;  ya  antes  lo  hemos  demostrado;  las  leyes  de  Toro  han  estableci- 
do principios  nuevos  en  nuestro  derecho.  La  ley  61  es  una  prueba  más; 
y  decisiva  ciertamente.  La  ley  61  no  salva  duda  ninguna;  no  la  había 
en  nuestro  derecho  respecto  á  los  puntos  que  dicha  ley  comprende,  como 
lo  hemos  patentizado  con  los  textos  legales.  La  ley  61  de  Toro  es  obra 
de  romanistas  y  canonistas.  En  ella  se  rompió  bruscamente  con  las  ideas 
y  costumbres  nacionales,  para  importar  el  derecho  novísimo  de  Justinia- 
no,  servido  con  la  fe,  el  entusiasmo  y  el  proselitismo  del  creyente,  por 
los  doctores  de  Bolonia,  París  y  Salamanca.  La  misma  ley  anuncia  que 
introduce  una  innovación  en  el  derecho  patrio.  Empieza  así:  vDe  c^uí- 
adelante  la  muger  no  se  pueda  obligar,  etc.».  Y  mayor  rigidez  hay  en  la 
ley  61  de  Toro  que  en  la  Auténtica  /%'  qua  mulier,  pues  respecto  de  la 
fianza  no  admite  ni  siquiera  la  eiicepcion  que  en  0!  original  ron^ano  se 


CAPACIDAD  DE  LA  MUJER  DUBANTE  EL  MATRIMONIO  69 

encuentra:  nisi  manifesté  probeéur,  quia  peounioi  iñ  propriam  ipsms  mu- 
lieris  utilüaíem  expemce  sunt.  La  ley  de  Toro  no  admite  más  que  una 
excepción:  !a  fianza  en  interés  del  Fisco.  He  aquí  sus  palabras:  «lo  cual 
todo  que  dicho  es,  se  entienda  si  no  fuere  la  dicha  fianza....  por  marave< 
dis  de  nuestrsis  rentas,  ó  pechos,  ó  derechos  dellas». 

La  excepción  que  la  ley  no  admite  en  cuenta  á  la  fianza,  la  establece 
en  lo  que  respecta  á  la  obligación  mancomunada:  «salvo,  dice,  si  se  pro- 
bare que  se  convirtió  la  tal  deuda  en  provecho  de  ella,  ca  estonce  man- 
damos que  por  rata  del  dicho  provecho  sea  obligada».  Y  á  fin  de  circuns- 
cribir en  lo  posible  la  inteligencia  de  la  psA&hTA  provecho  y  restringir  su 
sentido  j  alcance,  se  añade:  «pero  si  lo  que  se  convirtió  en  provecho  de- 
lia,  fué  en  las  cosas  que  el  marido  le  era  obligado  á  dar,  asi  como  en  ves- 
tirla, é  darla  de  comer,  é  las  otras  cosas  necesarias,  mandamos  que  por 
esto  ella  uo  sea  obligada  á  cosa  alguna...» 

¿Por  qué  no  se  ha  aceptado  en  punto  á  la  fianza  la  excepción  que  en 
orden  á  la  obligación  mancomunada  se  consigna?  Porque,  según  dicen 
las  Partidas,  «el  marido  es  como  señor  é  cabeza  de  la  mugeri^.  No  está 
bien  que  el  inferior  afiance  los  actos  del  superior.  Se  vulneraria  lo  que 
las  Decretales  llaman  ordo  naturalis.  La  tradición  j  las  preocupaciones 
de  escuela  pudieron  más  que  el  buen  sentido  y  la  sana  lógica.  Solo  el 
Fisco  tuvo  la  suerte  y  alcanzó  el  privilegio  de  quedar  indemne  y  sobre- 
ponerse á  todo;  suerte,  que  aun  le  favorece  decididamente;  privilegio 
que  todavía  conserva. 

ir.— la  Pragmática  de  1621. 

Dada  fué  en  11  de  Febrero  por  Felipe  IV.  La  despoblación  de  la 
Península,  por  efecto  de  prolongadas  guerras,  de  la  intolerancia  religiosa 
y  de  una  pésima  administración,  unido  todo  ello  al  atraso  en  todos  los 
ramos  de  la  industria  y  de  la  riqueza  pública,  hizo  dictar  la  célebre 
Pragmática  de  que  tratamos.  «Porque  en  todo  se  ayude,  se  lee  en  ella,  á 
la  Tnuliiplicacion  y  á  la  felicidad  y  frecuencia  del  estado  de  matrimonio 
por  donde  se  consigne:  ordenamos  y  mandamos  que  los  cuatro  años  si- 
guientes al  dia  en  que  uno  se  casare  sea  libre  4d  todas  las  cargas  y  ofi- 
cios concejiles... «,,  y  si  se  casare  antes  de  di^;^  y  ocho  afüos  pue4a  admi* 


70  KEVISTA  DE  CUBA 

nistrar  (en  entrando  en  los  diez  y  ocho)  sa  hacienda  y  la  de  8tt  muger, 
81  fuere  menor ^  sin  tener  necesidad  de  véuia...» 

Al  citar  lá  Pragmática  de  1623,  lo  hemos  hecho,  porque  entendemos 
que  es  favorable  manifiestamente  á  la  capacidad  jurídica  dé  la  mujer 
casada,  si  fuere  mayor.  En  efecto;  la  Pragmática  concede  al  mayor  de 
18  años  la  facultad  de  administrar  su  hacienda  y  la  de  su  mujer;  pero, 
yéase  bien,  esa  facultad  en  tanto  existe,  por  lo  que  á  la  haciend.i  de  la 
mujer  respecta,  en  cuanto  fuere  ésta  m^nor.  Mayor,  á  ella  comprende  la 
administración  de  su  hacienda. 

4 

{Se  continipoerd,) 

ANTONIO  GOVIN. 


lÉMái 


^^«* 


it^thaá 


LITTRE. 


Ha  muerto  qdo  de  esos  hombres  cnyo  elogio  piadiera  dncerrarse  en 
esta  sola  frase:  deja  un  hueco  en  la  humanidad.  Discípulo  de  un  sabio, 
qo^  ha  sido  á  la  par,  uno  de  los  pensadores  más  profundos  de  nuestro, 
s^filOi  quiso  y  logró  acrecentar  su  herencia  intelectual,  pasando,  entre  los 
mjjeptos  de  la  filosofía  positiva,  á  la  categoría  de  maestro.  Augusto  Com- 
te  había  emprendido  una  obra  inmensa,  la  sistematización  de  la  ciencia 
moderna;  Littré,  tuvo  alientos  y  fuerza  para  continuarla.  No  ha  escrito 
ciertamente  el  Curso  de  filosofía  positiva;  pero  ha  depurado  la  doctrina 
40L£andad,or,  de  cierto  estrecho  dogmatismo  que  la  hubiera  paralizado, 
^.ÍAyalixlado  ciertas  construcciones  accesorias  y  provisionales,  óomo  la 
política  y  la  religión  positivas,  y  sobre  todo,  ha  mantenido  su  escuela  en 
cpnf tante  comjanícacion  con  el  mundo  científico,  ouyos  progresos  ha  id^ 
registr^ando  y  asimilándose  á  medida  que  se  iban  produciendo.  Por  esto 
principalmente  ha  sido  tan  fructuosa  para  el  positivismo  la  dirección  de 
liittré.  If  i^ntras  el  grupo  de  discípulos  que  se  consideran  ortodoxos  y 
q^e  pr/Q^de  Lajffite  vejeta  y  se  extingue  en  la  oscuridad,  los  littreistas  se 
han  mantenido  en' él  primer  plano,  llamando  sobre  ellos  uno  y  otro  dia 
.}a.atencion  de  \&  critica,  conservando  su  lugar  entre  las  doctrinas  filosó- 
ficas poetáneas,  y  extendiendo  el  círculo  de  su  infl^uencia  á  Inglaterra 
.^eiv^in^a,  B\isia,  Espafia,  Portugal  y  toda  la  America. 

^leijpf^to,  á  sus  dotes  personales,  Littré  no  desmerece  en  ns^ja  del 


I 


i 

f 


I 


ú 


I  .     ÍZ.       .  REVISTA  BE  CUBA 

hombre  insigne  á  quien  sucedió  como  jefe  de  escuela.  Si  no  prodiga  tan 
amenudo  esos  rasgos  súbitos,  esos  pensamientos  profundos  que  á  veces 
alumbran  como  un  relámpago  las  más  densas  oscuridades  de  un  problema 
científico,  7  que  dan  un  sello  de  poderosa  originalidad  á  las  obras  de 
Comte;  su  cultura  es  más  completa,  su  inteligencia  está  más  disciplinada, 
observa  y  medita  con  más  reposo, .  y  de  aquí  resulta  que  á  veces  no  ve 
tanto^  pero  muchas  veces  ve  mejor.  Littre  completa  á  Comte:  lo  que  el 
uno  concibe;  entrevé,  casi  adivina,  el  otro  lo  analiza,  lo  escudriña,  lo  cla- 
sifica; Comte  va  delante  alumbrando;  Littró  viene  en  pos  ordenando.  Asi 
ha  rectificado  su  clasificación  de  las  ciencias,  ha  reintegrado  en  parte  de 
sus  derechos  á  la  psicología,  ha  procurado  organizar  la  sociología  sólo 
bosquejada  por  el  maestro,  y  ha  descartado  de  su  obra  más  de  un  acce- 
sorio inútil  ó  perjudicial. 

El  que  quiera  darse  cuenta  de  la  posición  de  Littré  respecto  al  fun- 
dador de  su  escuela,  debe  leer  el  Prefacio  de  un  discípulo ^  escrito  para 
la  reimpresión  del  Curso  de  filosofía  positiva  de  Comte,  las  Palabras  de 
filosofía  positiva^  el  estudio  sobre  Augusto  Comte  y  SluaTÍ  Mill^  La  cien- 
cia desde  el  punto  de  vista  filosófico^  y  sobre  todo,  la  obra  capital  de  Littré 
como  filósofo  positivista,  Augusto  Comte  y  la  filosofía  positiva.  En  éste 
libro  interesante  se  encuentran  los  antecedentes  históricos  del  positivis- 
mo y  la  célebre  controversia  con  Spencer  sobre  la  clasificación  de  las  cien- 
cias; polémica  notable  por  lo  trascendental  del  asunto,  la  copia  de  doc- 
trina manifestada  en  ella  por  ambas  partes,  la  calidad  de  los  conten- 
dientes y  el  tono  respetuoso  y  moderado  de  uno  y  otro.  Es  además  digno 
de  atenta  lectura  porque  contiene  las  razones  de  Littre  para  rechazar  en 
absoluto  la  segunda  parte  de  la  obra  de  Comte;  razones  válidas  si  se 
atiende  á  los  resultados  á  que  llegaba  Comte  en  su  política;  destituidas 
quizás  de  fundamento  en  lo  que  se  refiere  á  la  impugnación  de  su  método, 
que  era  bueno. 

Mas  no  se  ha  limitado,  ni  con  mucho,  la  actividad  de  Littré,  aí  campo 
de  la  filosofía.  La  critica  literaria,  histórica  y  científica,  la  política  y  so- 
bre todo  la  lingüistica,  le  deben  Juminosisimos  trabajos,  algunos  délos 
cuales  durarán  tanto  como  la  lepgua  francesa.  En  su  colección  de  estu- 
dios: Literatura  e  JEListoria  se  leen  ensayos  que  compiten  en  lucidez  y 
espíritu  crítico  con  los  de  Sainte-Beuve  y  Taine;  con  tal  suma  de  infor- 
mes literarios  y  tan  selecto  gusto  que  parecen  trabajos  salidos  de  la  plu- 


tÍTTEE  tá 

iüa  de  ua  cabal  humanista:  Shakespeare,  Cervantes,  Aristófanes,  Babe« 
lais,  Schiller,  han  sido  juzgados  por  este  filósofo  como  pudieran  haberlo 
sido  por  un  critico  exclusivamente  literato.  En  su  obra  Medicina  y  Mé- 
dicos nos  revela  la  especialidad  de  sus  conocimientos  en  esta  ciencia,  que 
lo  ha  hecho  figurar  entre  los  redactores  de  las  publicaciones  profesionales 
de  más  nota  en  nuestra  época,  en  clase  de  enciclopedias  y  diccionarios  de 
medicina.  De  sus  estudios  7  participación  en  los  asuntos  públicos  de  su 
pais  7  en  la  política  general  del  mundo  civilizado  han  sido  hermosa 
muestra  sus  obras:  Conservación^  revolución  y  positivismo  y  Estahleci- 
miento  de  la  tercera  república^  donde  se  siente  palpitar  bajo  la .  pluma 
del  sociologista  el  civismo  ardiente  del  patriota.  Pero,  como  si  todos  esos 
titules  no  bastasen,  todavia  ha  señalado  Littré  su  paso  por  otro  dominio 
especial  de  los  conocimientos  humanos,  para  colocarse  no  7a  entre  los 
distinguidos,  sino  entre  los  primeros.  Su  Sisioria  de  la  lengxia  francesa 
por  el  plan,  por  el  método,  por  la  doctrina  7  por  los  resultados  ha  pasado 
á  ser  un  libro  clásico  en  Francia,  7  ha  puesto  á  su  autor  á  la  misma  al- 
tura que  los  Breal,  los  París,  los  Renán  7  los  Brachet.  Entrando  de  lleno 
en  el  espíritu  que  anima  ho7  la  lingüistica,  busca  en  la  comparación  de 
las  lenguas  7  en  el  príncipio  de  la  derivación  genética  7  evolución  mor- 
fológica de  los  idiomas  la  clave  del  estado  presente  7  de  las  transforma- 
ciones del  francés;  preparando  asi  la  obra  capital  de  Littré,  el  monumen- 
to  grandioso  que  la  ciencia  7  la  perseverancia  de  un  solo  hombre  han 
logrado  elevar  en  honor  de  todo  un  pueblo:  el  Diccionario  de  la  lengua 
francesa.  Este  gran  léxico  es  de  los  dedicados  á  las  lenguas  contemporá- 
neas, el  que  más  se  acerca  á  lo  que  debe  ser  un  diccionario  científica- 
mente escrito,  llevando  no  pequeña  ventaja  al  de  Webster,  por  la  época 
más  avanzada  en  que  ha  sido  compuesto.  Desde  ^1  punto  de  vista  de  la 
lexicografía  general  puede  parangonarse  sin  desventaja  con  los  dicciona-, 
ríos  latino- alemán  de  Freund7  sanscrito-aleman  de  Bohtiingk  7  Both; 
que  son  hasta  ho7  modelos  en  su  género. 

Todavia  pudiéramos  citar  no  pocos  trabajos  de  este  insigne  escritor; 
su  edición  greco-francesa  de  Hipócrates,  su  traducción  de  la  primera 
Vida  de  Jesús  de  Strauss,  numerosos  prefacios  de  obras  ajenas,  sus  tras- 
laciones  en  verso  de  poesías  de  Schiller,  la  versión  en  rima  antigua 
francesa  de  la  Divina  Oo7nedia,  7  por  último,  sus  poesías  originales.  Sí; 
Littré  escribía  delicados  7  melancólicos  versos  hasta  en  su  edad  provec- 
ió 


H  RÉVISÍA  DE  CUBA 

ta.  Y  no  contento  con  esta  labor  titánica,  se  dedicó  al  periodismo,  fuü- 
dando  desde  1867  la  Revista  de  filosofía  positiva,  donde  no  sólo  escribió 
sin  descanso,  sino  que  abrió  un  vasto  campo  para  entrar  en  comunicación 
con  el  publico  á  muchos  jóvenes  que  habian  abrazado  con  ardor  sus  doc- 
trinas dentro  v  fuera  de  Francia.  En  esa  Revista  se  han  dado  á  conocer 
escritores  y  filósofos  tan  distinguidos  como  WyroubofF,  Guarin  de  Vitry, 
De  Roberty  y  otros.  ¿Cabe  emplear  mejor  una  vida? 

En  estos  cortos  párrafos,  no  ha  pretendido  El  Triunfo  hacer  un  juicio 
del  grande  hombre  que  acaba  de  morir,  ni  resumir  siquiera  sus  trabajos; 
sino  dar  una  ligera  idea  á  sus  lectores  de  los  títulos  con  que  lo  coloca 
Francia  en  el  catálogo  de  sus  hijos  más  ilustres.  Y  como  pertenece  al 
corto  número  de  los  que  no  han  trabajado  para  un  solo  país,  para  una 
sola  raza  (que  ya  es  mucho),  sino  que  ha  llevado  su  influencia  tan  lejos 
como  hay  hombres  amantes  del  verdadero  saber,  nuestro  periódico,  añus- 
que tan  distante,  ha  querido  unir  su  voz  modesta  al  concierto  de  alaban- 
zas con  que  debe  el  mundo  manifestar  el  hondo  sentimiento  de  su  pérdi- 
da. Littré,  por  la  elevación  de  su  espíritu,  por  la  profundidad  y  extensión 
dé  su  ciencia,  por  la  severa  dignidad  de  su  carácter,  por  la  pureza  de  su 
vida,  consagrada  toda  á  mejorar  y  embellecer  la  condición  de  sus  seme- 
jantes, ha  sido  uno  de  esos  pocos  á  quienes  la  humanidad  podrá  saludar 
siempre  ccTn  el  inmortal  apostrofe  del  Dante: 

Tu  ducat  tu  signore,  c  tu  maestro, 

ENRIQUE  JCÍSÉ  VARONA. 
El  Triunfo, 


-•^^ 


mm 


•«w 


MOLIERE. 


POR   WILLIAM    H.   PRE8COTT. 


Los  franceses  superan  á  la  mayor  parte,  ó,  más  bien,  á  todas  las  ha- 
cienes  de  Europa,  en  el  numero  y  excelencias  de  sus  memorias.  ¿De  don» 
de  procede  esta  manifiesta  superioridad?  La  importante  colección  relativa 
á  la  historia  de  Francia,  y  que  data  del  siglo  xiii,  forma  para  el  investi- 
gador inteligente  la  base  histórica  civil  más  auténtica,  circunstanciada  y 
satisfactoria  que  encontrarse  puede.  También  multitud  de  anécdotas  per- 
sonales y  biografías  que  han  aparecido  en  Francia  durante  las  dos  últi- 
mas centurias,  arrojan  un  raudal  de  luz  sobre  las  costumbres  y  civilizv 
cion  del  periodo  en  que  fueron  escritas. 

Las  historias  italianas  (y  según  dice  Tiraboschi,  toda  ciudad  impor- 
tante de  Italia  tenia  su  historiador  desde  el  siglo  xiii)  sólo  abundan  en 
guerras,  asesinatos,  conspiraciones  ó  intrigas  diplomáticas,  sucesos  que 
afectan  la  tranquilidad  del  Estado.  El  rico  cuerpo  de  crónicas  españolas 
que  se  suceden  sin  interrupción  desde  Alfonso  el  Sabio  hasta  Felipe  II, 
apenas  son  más  individuales  é  interesantes  en  sus  detalles»  excepto  eii  lo 
que  se  reñere  al  rey  y  á  sus  más  allegados  cortesanos.  Los  ingleses,  en  sus 
memorias  y  biografías  del  último  siglo,  se  circunscriben  á  las  materias  de 
notoriedad  pública,  considerándolas  como  único'  objeto  digno  de  recor- 
darse 6  (jie  excitar  interés  er;i  sus  lectores. 


76  REVISTA  DE  CUBA 

No  sucede  asi  entre  los  franceses;  los  detalles  más  frivolos  adquieren 
á  sus  ojos  grande  importancia  cuando  sirven  para  ilustrar  algún  carácter 
eminente,  y,  áua  al  referirse  á  tipos  menos  elevados,  llegan  estos  detalles 
á  ser  interesantes,  como  pintura  exacta  de  la  vida  y  de  las  costumbres. 
Por  eso,  en  vez  de  presentarnos  á  su  héroe  tal  como  aparece  en  el  mun- 
do, nos  le  muestran  en  la  vida  privada,  donde  sin  disfraz  puede  desple* 
gar  su  natural  alegría,  en  cuya  expansión  va  mejor  manifestado  su  carác- 
ter verdadero  que  en  toda  su  premeditada  sabiduría.  Estas  pequeneces, 
que  forman  la  mayor  parte  de  las  memorias  francesas,  son  desechadas  por 
sus  graves  vecinos  los  ingleses,  que  las  consideran  indignas  de  su  héroe. 
¿Dónde  encontraremos  pintura  más  viva  del  interesante  período  en  que 
el  barbarismo  feudal  comienza  á  retroceder  ante  las  civilizadas  instita* 
clones  de  los  tiempos  modernos,  sino  en  las  descripciones  de  Felipe  de 
Comines  sobre  las  cortes  de  Francia  y  de  Borgofla,  en  la  última  mitad  del 
siglo  quince?  ¿Dónde  encontraremos  desenvolvimiento  más  completo  de 
las  intrigas  galantes,  de  los  políticos  impuros  que  animaban  las  peqnefias 
asambleas  de  ambos  sexos  de  Paris,  bajo  la  regencia  de  Ana  de  Austria, 
sino  en  las  memorias  de  De  Ketz?  Sin  contar  el  crecido  número  de  idén- 
ticas producciones  que  se  publicaron  en  Francia  durante  el  último  siglo, 
ex\  forma  de  cartas,  anécdotas  y  memorias,  haciéndonos  conocer  tan  Inti- 
mamente la  Índole  y  carácter  de  la  sociedad  parisiense,  en  todas  sus  for- 
mas, como  si  hubieran  sucedido  á  nuestra  vista. 

Desde  los  tiempos  fabulosos  y  de  los  viejos  romances  normandos,  se 
han  distinguido  los  franceses  en  la  narración,  de  una  manera  notable. 
Algo  de  su  éxito  en  este  género  puede  atribuirse  á  la  índole  del  idioma, 
fñiiy  generalizado,  y  cuyas  cualidades  peculiares  para  las  composiciones 
^jn  prosa,  han  sido  notadas  desde  una  época  muy  temprana. 

Brune.tto  Latini,  el  maestro  del  Dante,  escribió  su  «Tesoro»  en  francés 
con  preferencia  á  su  propio  idioma,  en  la  mitad  del  siglo  trece,  dando  por 
ra^on  que  era  el  más  universal  y  deleitoso  de  todos  los  idiomas  de- Euro- 
pa.» y  el  Izante  añrma  en  su  tratado  «Sobre  la  Elocuencia  Vulgar»,  que 
^  stjipQríprid^td  del  francés  consiste  en  lo  mucho  que  se  adapta  por  su  far 
.cilidad  y  encanto  á  las  narraciones  en  prosa.  Mucha  de  la  primitiva  gra- 
cia que  le  caracterizó  en  sq  infancia,  ha  sido  gastada  por  fastidiosos  crí- 
ticos, y  ha  sobrevivido  apenas  á  Marot  y  Montaigne;  pero  ha  ganado  con- 
siderablemente en  perspicuidad,  precisión  y  sencillez  de  condtrqccion,  4 


MOLIEEE  77 

lo  cual  han  contribuido  particularmente  los  infatigables  trabajos  de  la 
Academia  francesa.  Esta  sencillez  de  construcción,  que  rechazan  las  com- 
plicadas inversiones  tan  comunes  en  las  otras  lenguas  del  continente,  y 
su  falta  completa  de  prosodia,  aunque  desastrosa  para  la  poesía,  han  fa« 
cilitado  su  adquisición  á  los  extranjeros,  y  lo  han  convertido  en  el  len- 
guaje más  propio  para  la  conversación. 

Desde  los  tiempos  de  Luis  XIV,  ha  sido  el  idioma  de  las  Cortes  y  el 
medio  popular  de  comunicación  en  la  mayor  parte  de  los  paises  de  Euro* 
pa.  También  desde  aquella  época  se  ha  enriquecido  con  elegantes  frases 
y  giros  familiares,  que  lo  adaptan  admirablemente  para  ese  género  popu- 
lar y  ligero,  en  que  entran  las  epístolas  y  las  memorias. 

El  carácter  y  la  posición  de  los  escritores  puede  explicar  mejor  el 
éxito  de  los  franceses  en  esta  clase  de  literatura.  Muchos  de  ellos,  como 
Joinville,  SuUy  Comines,  Rochefoncault  y  Torcy,  eran  hombres  de  ran- 
go y  educación,  consejeros,  ó  amigos  de  prineipes,  y  por  experiencia  ad- 
quirian  un  conocimiento  exacto  de  los  caracteres  y  de  las  formas  de  la 
sociedad.  La  mayor  parte  estaban  familiarizados  con  aquellos  círculos 
escogidos,  que,  en  Paris  más  que  en  ninguna  otra  parte,  parecen  combi- 
nar el  amor  de  los  placeres  con  una  gran  inclinación  por  los  trabajos  in- 
telectuales. El  estado  de  la  sociedad  en  Francia,  ó,  lo  que  es  lo  mismo, 
en  Parip,  es  admirablemente  adecuado  para  el  escritor  de  memorias.  El 
carácter  bullicioso  y  alegre  de  los  habitantes,  que  reúne  todas  las  clases 
en  busca  del  común  placer:  las  buenas  maneras  que  saben  conservar  aun 
en  los  raptos  violentos,  y  la  influencia  que,  como  en  ningún  otro  pueblo 
durante  las  dos  ultimas  centurias,  ejercian  allí  las  mujeres  diestras  en 
materias  de  elegancia  política  y  literatura,  y  las  intrigas  licenciosas  y 
galantes  tan  comunes  en  las  altas  clases  de  esta  divertida  metrópoli,  y 
que  llenan  de  agitadas  y  románticas  aventuras  aun  la  vida  de  un  hombre 
de  letras,  tan  pacifica  en  otros  paises;  todo  esto,  decimos,  forma  un  ricp 
y  variado  panorama,  que  con  dificultad  carecerá  de  interés  bajo  la  mano 
del  artista  más  común. 

Por  último,  la  vanidad  de  los  franceses  puede  también  considerarse 
como  otra  de  las  causas  de  su  éxito  en  este  género  de  escritos;  vanidad, 
que  los  induce  á  describir  mil  entretenidos  particulares,  que  la  reserva  de 
un  inglés,  ó,  más  bien  su  orgullo,  rechazaría  como  impropio  de  escuchar? 
se  por  el  publico. 


78  REVISTA  DE  CUBA 

Seducidos  por  esta  vanidad  algunos  de  sus  escritores,  han  puesto  ea 
evidencia  la  debilidad  humana,  bajo  el  nombre  de  confesiones  y  memo- 
rias secretas,  exposición  tan  poco  halagüeña  que  algunos  hombres  no  ba-^ 
rian  ni  aun  asi  mismos. 

Las  mejoi^s  memorias  últimamente  producidas  en  Francia,  han  apa» 
recido  bajo  una  nueva  forma.  Escritas  con  la  acostumbrada  soltura  y  Vi^ 
gereza,  están  nutridas  con  gran  acopio  de  noticias  y  particularidades, 
que  demuestran  un  alto  grado  de  trabajo  y  de  estudio.  Tales  son  las  de 
Russeau,  La  Fontaíne,  y  las  de  Moliere  últimamente  publicadas.  Estas, 
que  forman  el  motivo  del  presente  articulo,  son  una  recopilación  de  todo 
lo  que  se  ha  escrito  sobre  la  vida  de  Moliere.  La  obra  ha  sido  llevada  á 
cabo  de  una  manera  agradable,  y  tiene  el  mérito  de  examinar  con  más 
exactitud  de  lo  que  hasta  ahora  se  ha  hecho,  ciertos  puntos  dudosos  de 
su  biografía,  y  de  reunir,  bajo  una  forma  conveniente,  los  puntos  que  an- 
tes se  habian  tratado  con  variedad  y  extensión. 

Pero,  por  muy  familiares  que  sean  estos  detalles  á  los  compatriotas 
de  Moliere  (que  es  por  otra  parte  el  genio  cómico  más  grande  de  su  na- 
ción, y  en  nada  inferior  á  los  de  ninguna  otra)  ,no  son  ellos  tan  conocidos 
generalmente,  que  creamos  indiferente  para  nuestros  lectores  una  resefia 
de  su  vida  y  trabajos  literarios. 

Juan  Bautista  Poquelin  (Moliere)  nació  en  Paris,  Enero  15, 1622.  Su 
padre  era  tapicero,  y  también  lo  había  sido  su  abuelo;  así  el  joven  Po- 
quelin estaba  destinado  á  seguir  el  mismo  hereditario  oñcio,  en  el  cual 
hizo  su  aprendiz(ije  hasta  los  catorce  años.  Afín  más  se  habia  afirmado  su 
padre  en  esta  determinación,  con  motivo  del  empleó,  que,  en  unión  de  su 
oficio,  ejercia  de  ayuda  de  cámara  del  rey;  empleo  que  debía  heredar  su 
hijo,  según  se  le  habia  prometido.  De  acuerdo  con  esto,  el  joven  no  reci- 
bió sino  una  mezquina  instrucción  elemental,  como  era  costumbre  entre 
los  artesanos  de  aquellos  dias.  Pero  una  intuición  secreta  de  sus  fuerzas 
le  aseguraba  que  estaba  destinado  por  la  naturaleza  para  algo  más  ele- 
vado  que  decorar  muebles  y  salones. 

Se  dice  que  su  asistencia  á  las  representaciones  del  Hotel  de  Borgo- 
fia,  despertó  on  él  la  pasión  por  el  drama.  A  consecuencia  de  ésto,  supli- 
có á  su  padre  que  }e  auxiliara  para  obtener  una  instrucción  más  vasta;  y 
cuando  aquel  cedió  á  sus  repetidas  instancias,  fué  con  el  disgusto  del  que 
imagina  que  destruye  un  buen  mecánico  para  formar  un  pobre  estudiante. 


MOLIBTRK  ilá 

Entró  en  el  colegio  de  Jesuítas  de  Clermont,  donde  cursó  los  estudios 
usuales,  por  cinco  anos,  con  aplicación  y  aprovechamiento.  Tuvo  la  for- 
tuna de  seguir  el  curso  de  filosofía  bajo  la  dirección  del  célebre  Gassendi, 
con  sus  condiscípulos  Chapelle,  el  poeta,  después  intimo  amigo  suyo,  y 
Bernier,  tan  famoso  más  adelante  por  sus  viajes  en  el  Este,  y  que  á  su 
retorno  perdió  desgraciadamente  el  favor  de  Luis  XIV,  por  decirle  que 
de  todos  los  países  que  habia  visto  preferia  la  Suiza. 

A  la  conclusión  de  sus  estudios  en  1641,  por  enfermedad  de  su  padre 
le  reemplazó  cerca  del  rey,  entonces  Luis  XIII,  en  un  viaje  por  el  Silr 
de  Francia.  Esta  excuision  le  facilitó  conocer  intimamente  las  costumbres 
de  la  corte  y  de  las  provincias,  sirviéndole  ventajosamente  más  adelanté 
para  sus  comedias.  De  vuelta  ya,  comentó  el  estudio  de  las  leyes,  y  lo 
hubiera  terminado  á  no  haberse  renovado  con  creciente  ardor  su  antigua 
pasión  por  el  teatro,  haciéndole  titubear  algún  tiempo;  mas  al  fin  se  de- 
cidió á  seguir  el  impulso  incontrastable  de  su  genio.  Con  este  objeto  se 
asoció  á  una  de  aquellas  compañías  de  cómicos  que  abundaban  en  París, 
desde  los  dias  de  Kichelieu,  ministro  que  aspiraba  en  las  letras  al  mismo 
imperio  que  habia  sostenido  tanto  tiempo  sobre  el  Estado;  y  cuya  fastuo- 
sa protección  contribuyó  grandemente  á  desarrollar  el  gusto  por  las  re- 
presentaciones dramáticas  que  desde  entonces  ha  caracterizado  á  sus  com- 
patriotas. 

Fácilmente  se  comprenderá  la  consternación  del  anciano  Foqnelin,  al 
saber  la  determinación  de  su  hijo:  determinación  que  de  un  golpe  des- 
truía las  hermosas  esperanzas  que  con  justicia  concibiera,  al  ver  los  rá- 
pidos progresos  que  aquel  habia  hecho  en  sus  estudios.  Consideraba  que 
su  hijo  se  degradaba  en  escojer  una  profesión  que  era  considerada  en 
aquel  tiempo  en  Francia  con  menos  estimación  de  lo  que  ha  sido  en  otros 
países.  La  imaginación  de  su  padre  vio  en  esta  profesión  muchos  incon- 
venientes.  Además  de  la  humillante  dependencia  en  que  se  encuentra  el 
actor  respecto  al  favor  publico,  la  exposición  diaria  de  su  persona  á  los 
caprichos  é  insultos  de  un  auditorio  insensible,  y  las  numerosas  ten- 
t€u;ione8  inherentes  á  esta  vida  precaria  é  incierta.  Todos  estos  obstáculos 
eran  superados  en  Francia  por  otro  de  más  grave  naturaleza:  la  religión. 
El  clero  de  aquel  país,  alarmado  con  la  creciente  inclinación  por  las  re- 
presentaciones teatrales,  denunció  abiertamente  estas  diversiones  como 
un  insulto  á  la  Divinidad;  por  lo  que  el  piadoso  padre  vio  la  pérdida  tem- 


80  REVISTA  Di  CUBA 

poral  7  espiritual  de  su  hijo  en  dicha  elección.  Con  este  motivo  trató  de 
disuadirlo  por  medio  de  uno  de  sus  amigos»  quien  en  vez  de  convertir  al 
joven,  fué  él  persuadido  á  formar  parte  de  la  compafíía  que  aquel  orga- 
nizaba. 

Nunca  quiso  su  familia  aprobar  su  conducta,  ni  aún  más  tarde,  cuan- 

< 

do  su  espléndido  éxito  en  aquella  profesión  hubo  demostrado  cuan  exac- 
taorente  había  comprendido  el  carácter  de  su  genio;  y  jamás,  á  pesar  de 
BUS  repetidas  instancias,  condescendió  en  asistir  al  teatro.  Mr.  Bret,  su 
editor,  dice  haber  visto  entre  los  descendientes  de  esta  misma  familia,  un 
árbol  genealógico  en  el  que  no  se  hallaba  el  nombre  de  Moliere.  ¿De  qué 
podia  servir  á  esa  familia  un  árbol  genealógico,  á  no  ser  que  marcara  la 
relación  que  existia  entre  ella  y  tan  ilustre  nombre?  Por  deferencia  á  es- 
tos escrúpulos  fué  por  lo  que  nuestro  héroe  agregó  á  su  nombre  patroní- 
mico el  de  Moliere,  por  el  cual  solamente  le  ha  reconocido  la  posteridad. 

Por  espacio  de  tres  años  continuó  representando  en  Paris,  hasta  la 
turbulenta  regencia  de  Ana  de  Austria,  que  llamó  la  atención  del  pueblo 
hacia  las  querellas  y  tumultos  civiles,  haciéndoles  olvidar  los  pacíficos 
placeres  del  teatro.  Moliere  dejó  entonces  la  capital,  dirigiéndose  al  Sur 
de  Francia.  Pocos  puntos  dignos  de  mención  ofrece  su  historia  en  este  pe- 
ríodo, desde  1646  á  1658,  en  que  recorrió  con  su  compañía  diferentes 
provincias,  escribiendo  algunas  obras  que  han  perecido,  y  representando 
en  las  principailes  ciudades,  en  donde  atraía  por  medio  de  su  superior  ta- 
lento al  publico,  que  prefería  sus  representaciones  á  cualquier  otro  es- 
pectáculo. 

En  aquella  época  tuvo  ocasión  de  observar  los  hombres  y  las  costum- 
bres, estudio  tan  esencial  para  el  autor  dramático  y  que  él  atesoraba  en 
su  imaginación,  par»  producir  el  fruto  A  su  debido  tiempo.  Aún  se  mues- 
tra en  la  ciudad  de  Pezenas  (como  en  Montpelier  la  caf^a  de  Rabelais) 
un  sillón  que  perteneció,  según  dicen,  á  Moliere,  y  en  el  cual  el  poeta  se 
sentaba  en  el  rincón  de  una  barbería,  observando  silenciosamente  los 
gestos  y  contorsiones  de  los  políticos  de  aldea,  pues  como  aun  no  se  habían 
introducido  en  Francia  los  cafés,  eran  aquellas  el  punto  de  reunión  de 
aquellos  días.  El  frutb  de  este  estudio  se  descubre  fácilmente  en  la  pin- 
tura de  caracteres  del  pueblo  y  de  la  clase  media  que  abundan  en  sus 
piezas. 

En  el  mediodía  de  Francia  encontró  al  principe  de  Oontí,á  quien  ha- 


MOLIERE  81 

bia  conocido  en  el  colegio  de  Clermont,  y  fué  recibido  por  él  con  gran 
afabilidad  y  agasajo.  El  principe  le  hizo  la  oferta  de  recibirlo  como  secreta- 
rio privado;  pero  afortunadamente  para  las  letras,  Moliere  era  constante 
en  su  vocación,  j  se  excusó  pretestando  que  la  ocupación  era  demasiado 
seria  para  su  carácter,  y  que  aun  cuando  fuera  un  autor  mediano,  no  serla 
sino  un  detestable  secretario.  Quizás  influyó  en  esta  negativa  la  suerte  «leí 
anterior  empleado,  que  habia  muerto  de  fieWe,  á  consecuencia  de  un  gol- 
pe en  la  sien  aplicado  con  las  tenazas  por  su  Alteza,  en  un  rapto  de  cólera. 

Sea  lo  que  fuere,  por  medio  del  príncipe  obtuvo  acceso  hasta  Mon- 
sieur,  padre  del  célebre,  regen  te  Luis  Felipe  de  Orleans,  y  hermano  fíni- 
co de  Luis  XIV,  al  cual  lo  presentó  al  retornar  á  Paris  en  1658;  y  le  fué 
concedido  el  permiso  de  representar,  coma  lo  hizo,  con  su  compañía,  en 
el  mes  de  Octubre  siguiente,  en  presencia  del  rey,  una  tragedia  de  Oor- 
neille,  juntamente  con  una  de  sus  propias  piezas. 

Pudo  entonces  su  pequeña  compañía  llevar  el  nombre  de  aCompañia 
de  Monsieun»,  y  se  escogió  como  lugar  de  las  representaciones  el  teatro 
del  «Petit  Bourbon».  A^ui  y  en  algunas  semanas,  se  dieron  su  «Etourdi 
y  le  Depit  Amoureux»,  comedias  en  cinco  actos  y  en  verso,  que  habia 
compuesto  en  su  viaje  por  las  provincias,  y  las'que,  aunque  deficientes  en 
el  artificioso  enlace  de  las  escenas  y  en  verosimilitud  de  incidentes,  reve- 
lan, particularmente  la  ultima,  aquellos  delicados  rasgos  de  la  sátira  que 
indicaban  al  futuro  autor  del  «Tartufo  y  del  Misántropo».  Faeron  recibi- 
das por  el  auditorio  de  una  manera  más  favorable  que  algunas  de  sus  úl- 
timas piezas,  pues  estas  primeras  sostenian  la  comparación  con  los  detes* 
tables  modelos  que  le  habian  precedido,  mientras  las  últimas  eran  com- 
paradas con  las  suyas  anteriores. 

En  el  siguiente  año  dio  Moliere  su  celebrada  comedia  Las  preciosas 
rirhculas,  pieza  en  un  acto  solamente;  pero  que  por  su  inimitable  sátira 
ocasionó  en  el  gusto  literario  de  sus  compatriotas  una  revolución,  que 
pocas  obras  de  género  más  severo  han  llevado  á  cabo;  pudiendo,  al  inis- 
mo  tiempo,  ser  considerada  como  la  alborada  de  la  buena  comedia  en 
Francia  y  la  base  de  la  gloria  dramática  de  su  autor.  Esta  época  fué  el 
principio  de  aquel  esplendente  período  de  la  literatura  francesa,  tan  co- 
nocida per  la  época  de  Luis  XIV,  á  pesar  de  que  el  gusto  era  tan  co- 
rrompido y  pueril,  como  no  se  encuentra  sino  en  las  primeras  etapas  de 
la  civilización,  ó  en  sn  declive. 

XI 


82  EEVISTA  DE  CUBA 

Esta  triste  perversión  intelectual  puede  atribuirse,  principalmente,  á 
la  influencia  de  cierto  grupo  de  escritores,  cuyo  rango,  inteligencia  7 
nombradla  les  autorizaba,  en  cierto  modo,  para  considerarse  como  arbi- 
tros del  gusto  y  de  la  moda.  Tan  escogida  asamblea  se  componia  del 
hipocondriaco  Rochefoucault,  del  bel  sprit  Voiture,  Balzac,  cuyas  cartas 
ofrecen  el  primer  ejemplo  de  poesía  en  la  prosa  francesa,  el  alegre  y  li- 
cencioso Bassy,  Rabutin,  Chapelain,  quien,  como  ha  dicho  un  observa- 
dor, tendría  aun  nombradla,  á  no  haber  sido  por  &u  Pucelle\  el  poeta 
Benserade.  Menage,  Madama  Lafayette,  Mademoiselle  Scndery,  la  de  las 
interminables  novelas,  delicia  de  su  edad  y  desesperación  de  las  otras, 
y  aun  la  elegante  Sévigné.  Se  reunian  principalmente  en  el  hotel  de 
Raníbouillety  residencia  de  la  marquesa  del  mismo  nombre,  y  que  á  esta 
circunstancia  debe  tan  desgraciada  celebridad  en  la  historia  de  las 
letraí. 

Alli  tenían  lugar  solemnes  pláticas  sobre  los  motivos  más  frivolos, 
particularmente  sobre  la  galantería  y  el  i^mor,  que  discutían  cbn  toda  la 
sutileza  y  alambicamiento  que  había  caracterizado,  en  siglos  anteriores, 
á  las  románticas  cortes  desamor,  en  el  Sur  de  Francia.  Se  hablaba  en  ^ma 
afectada  gerga,  en  que  las  cosas  más  comunes,  en  vez  de  ser  llamadas  por 
su  nombre  vulgar,  se  expresaban  por  medio  de  una  ridicula  perífrasis; 
lo  que,  en  verdad,  no  indicaba  ni  inventiva,  ni  ingenro,  y  sólo  podia  te- 
ner, como  único  mérito,  á  sus  ojos,  el  no  ser  comprendida  por  el  vulgo. 
Añádase  á  esto  un  sentimentalismo  exagerado  y  una  ridicula  etiqueta, 
que  regulaba  las  relaciones  que  se  establecían  entre  estos  entes  aingala- 
res,  teniendo  por  modelo  las  absurdas  novelas  de  Calprenede  y  Scudery. 
Aun  los  nombres  propios  se  sujetaron  á  esta  regla,  y  el  nombre  cristiano 
de  Madama  Rambuillet,  Catalina,  por  ser  demasiado  prosaico  y  común, 
fué  trocado  por  el  de  Arthénice,  por  el  cual  era  tan  generalmente  cono- 
cida, que  á  la  muerte  de  su  hija,  fué  designada  jon  él,  por  Fletelier,  en  su 
elocuente  oración  fúnebre.  (1)  Esta  insípida  afectación,  que  los  franceses  se 
complacen  en  atribuir  á  influencia  italiana,  se  asemeja  mucho  al  cultera- 
nismo español  y  al  concetti  de  la  nación  aludida;  poro  aún  mucho  más  pue- 


(1)  ¿Cómo  pudo  La  Ilarpe  cometer  el  error  de  suponer  que  Fletelier  se  refiere 
con  el  nombre  de  Arthénice  á  Madame  Montansier?  El  estilo  del  Obispo  en  est*  pa- 
saje es  tan  claro  como  de  costumbre. 


MOLIERE  83 

de  achacarse  á  los  falsos  principios  de  gasto  que  distinguió  á  la  pléyade 
francesa  del  siglo  diez  y  seis,  y  á  las  composiciones  más  antiguas  de  sus 
antecesores  provenzales.  Se  escribieron  tratados  y  diccionarios  de  este 
precioso  lenguaje,  deseando  todos  iniciarse  en  tan  elegante  ciencia;  y  aun 
hombres  como  Oorneille  y  Bossuet,  no  se  desdeñaban  de  frecuentar  los 
salones  en  que  se  ponia  en  práctica.  Las  provincias,  con  ese  espíritu  de 
imitación,  más  desarrollado  en  Francia  que  en  otros  países,  quisieron  te^ 
ner,  al  estilo  de  la  capital,  su  asamblea  de  preciosas,  y  un  gusto  y  una 
crítica  falsa  amenazaron  viciar  las  fuentes  puras  y  saludables  de  la  U* 
teratura. 

Contra  estas  viciadas  tendencias  dirigió  Moliere  sus  tiros,  en  la  pe; 
quena  sátira  Las  preciosas  ridiculas,  en  la  que  los  criados  de  dos  nobles,  re- 
medando las  mane**as  y  conversación  de  sus  amos,  tratan  de  deslumbrar 
á  dos  jóvenes  señoritas  de  provincia,  grandes  admiradoras  del  nuevo  es- 
tilo;  poniendo  aun  más  en  relieve  el  absurdo  de  aquella  afectación,  con 
la  despreciativa  incredulidad  del  padre  y  el  criado,  que  no  comprenden 
una  sola  palabra. 

De  esta  manera  consignió  Moliere  demostrar  y  rebajar  e>jtas  necias 
pretensiones,  indicando  cuan  opuestas  eran  al  sentido  coman,  y  qué  fá- 
cilmente se  prestaban«al  uso,  aun  de  las  imaginaciones  más  vulgares.  El 
éxitojué  el  que  debia  esperarse  del  sentimiento  popular,  donde  la  natu- 
raleza triunfa  siempre  sobre  lo  artificioso  y  afectado.  La  obra  fué  salu- 
dada con  entusiastas  aplausos,  y  los  discípulos  del  Hotel  de  Rarríbouillet, 
que  estaban,  en  su  mayor  parte,  presentes  en  la  primera  representación, 
^eron  desbaratado  de  un  golpe  el  hermoso  edificio  que  habian  construi- 
do tan  penosamente.  Ménage,  dirigiéndose  á  Ohapelain,  le  dijo;  <f¿es 
posible  que  hayamos  admirado  por  tanto  tiempo  las  locuras  que  acaba- 
mos de  ver  criticadas  de  una  manera  tan  completa.  Vamos  á  quemar 
nuestros  ídolos.»  Mientras,  un  anciano  le  gritaba  desde  el  parterre:  «áni- 
mo,  Moliere;  esta  es  la  verdadera  comedia.»  En  la  segunda  representa- 
ción se  habia  duplicado  el  precio  de  los  asientos. 

No  fueron  los  efectos  de  esta  obra  meramente  transitorios;  ella  con- 
virtió en  defecto  un  epíteto  de  alabanza;  y  han  servido,  desde  entonces, 
como  signo  del  amaneramiento  más  ridículo,  las  frases  una  mujer  precio- 
sa, un  estilo  precioso,  tan  admiradas  al  principio. 

5ul?Q.  ea  verdad,  tanta  fortuna  como  mérito  en  este  triijufo  de  Mot 


/ 


84  REVISTA  DE  CUBA 

liere,  cuya  producción  no  presenta  mejores  diálogos,  ni  mayor  ironía  que 
algunas  de  sus  ebras  posteriores.  Sirvió,  sin  embargo,  para  revelarle  bus 
propias  fuerzas  y  la  manera  de  satisfacer  el  guato  del  público.  De  aquí 
que  61  dijera:  «tya  que  no  tengo  ocasión  de  estudiar  á  Planto  y  á  Teren- 
cío,  estudiaré  el  mundo»:  el  mundo,  pues,  fué  su  estudio,  y  loa  buenos 
modelos  que  le  proporcionó  durarán  lo  que  la  sociedad  exista. 

En  1660,  dio  la  Escuela  de  los  maridoSf  su  es^celente  comedia,  y  en 
el  mismo  mes  Zos  importunos,  en  tres  actos;  compuesta,  aprendida  y  eje- 
cutada en  una  quincena;  empresa  que  demuestra  la  destreza  del  empre- 
sario, no  menor  que  la  del  autor.  Esta  pieza  fué  escrita  por  suplica  de 
Fouquet,  intendente  de  hacienda  de  Luis  XIV,  para  las  fiestas  de 
Vaux,  dadas  por  aquel  ministro  al  monarca;  siendo  muy  celebradas  en 
las  memorias  de  aquel  tiempo,  y  aún  con  mayor  elegancia  por  La  Fontal- 
ne,  en  una  epístola  poética  á  su  amigo  De  Maucroiz.  Fouquet  se  habia 
hecho  cargo  del  departamento  de  Hacienda,  bajo  el  Oardenal  Mazarino, 
y  habia  continuado  en  él  al  asumir  el  gobierno  Luis  catorce;  pero  alar* 
mado  el  monarca  con  las  erecientes  pérdidas  que  sufrían  las  rentas,  exi- 
gió del  ministro  un  estado  de  ellas,  comunicándolo  secretamente  á 
Colbert,  rival  y  suceeor  de  Fouquet. 

Este,  cuyos  gastos  ordiaarios  no  escedian  á  los  de  cualquier  subdito  del 
reino,  se  dice  que  distribuía  ea  pensiones  más  de  cuatro  millones  d^  libras 
anuales,  además  de  inmensas  sumas  perdidas  en  el  juego,  y  malgastadas 
diariamente  en  sus  excesos,  pensando  fácil  tarea  dirigir  á  un  principe 
joven  y  sin  experiencia,  «que  se  habia  mostrado  hasta  entonces  más  dedi- 
cado á  los  placeres  que  á  loa  negocios.  A  consecuencia  de  esto  dio  al  rey 
falsos  informes,  exagerando  los  gastos  y  disminuyendo  las  entradas.  El 
descubrimiento  de  este  fraude  determiné  al  rey  á  aprovechar  la  primera 
oportunidad  para  destituir  á  su  poderoso  ministro.  Esta  ocasión,  que  prcr 
cipitó  y  completó  la  ruina  de  aquél,  fué  el  descubrimiento  de  un  retrato 
de  Mademoiselle  La  Valliere  en  las  habitaciones  del  favorito.  La  indis- 
creta pasión  por  esta  joven,  que  con  sus^ fascinadores  encantos  comenzaba 
á  adquirir  sobre  el  monarca  el  ascendiente  que  le  ha  dado  tan  infortuna- 
da celebridad,  llevó  al  colmo  la  ira  del  rey,  quien  le  hubiera  mandado 
arrestar  en  el  acto,  á  no  ser  por  la  oportuna  intervención  de  la  reina  ma- 
dre, que  le  hizo  observar  que  Fouquet  era  su  huésped.  Para  las  fiestas 
de  Yaox,  cuyo  palacio  y  extensos  doo^inioa  ocupaban  el  esparció  4^  tres 


tfOLIERB  85 

aldeas,  y  había  costado  á  bq  dueño  la  suma,  casi  fabulosa  para  aquellos 
dias,  de  diez  y  ocho  millones  de  libras,  puso  Pouquefc  en  movimiento  á 
las  varias  inteligencias  de  la  capital;  la  destreza  de  sus  artistas  y  la  in- 
ventiua  de  sus  mejores  poetas.  Principalmente  pródigo  se  mostró  en  los 
preparativos  de  la  parte  dramática  de  la  fiesta,  ün  instante  abandonó 
Le  6run  sus  victorias  de  Alejandro,  para  pintar  las  decoraciones  teatra-r 
les;  Torelly  trabajó  en  la  maquinaria;  Pellison  compusa  el  prólogo,  muy 
admirado  en  su  tiempo,  y  Moliere,  su  comedia  Le  Facheux. 

Esta  pieza,  que  parece  habia  sido  inspirada  por  la  sátira  novena  de 
Horacio,  es  una  entretenida  pintura  de  los  varios  contratiempos  que 
ocurren  en  la  sociedad,  causando  las  mayores  molestias  con  su  interven- 
don  á.un  joven  amante,  que  se  apresura  á  concurrir  á  la  cita  de  su 
dama. 

Después  de  la  función,  viendo  Luis  XIV  cerca  de  él  á  Mr.  Soye- 
cour,  su  montero  mayor,  casi  siempre  notable  por  su  ausencia  y  desmedi- 
damente entregado  á  los  placeres  de  la  caza,  se  lo  mostró  á  Moliere, 
como  un  tipo  original  olvidado  en  su  cuadro.  Al  siguiente  dia,  el  poeta, 
apoderándole  de  la  idea,  compuso  una  excelente  escena,  en  que  hace  ha- 
blar al  Nemrod,  con  todo  el  tecnicismo  del  arte;  pues  la  noche  antes, 
habiendo  intrincado  conversación  eon  el  montero,  con  el  objeto  indicado, 
instruyó  él  mismo  con  gran  complacencia  al  malicioso  escritor. 

Esta  comedia  dio  origen  á  la  comedia  ballet,  tan  popular  después  en 
Francia.  Desde  esta  fecha  se  puso  Moliere  en  ;i>ás  intimo  contacto  con  la 
corte  y  el  rey,  que  desde  entonces  le  dispensó  su  protección;  lo  qué  le 
sirvió  para  triunfar  en  muchas  ocasiones  de  la  maldad  de  sus  enemigos. 
Algunos  dias  después  de  las  magnificas  fiestas  de  Vaux,  fué  llevado  Fou- 
quet  á  una  prisión,  donde  debía  terminar  el  resto  de  sus  dias,  (dleno  de 
la  más  sincera  piedad»,  (1)  según  dice  el  historiador  de  quien  tomamos 
estos  detalles,  y  como  ha  acontecido  con  otras  muchas  personas  en  Fran- 
pía,  cuando  han  tenido  la  desgracia  de  sobrevivir  á  su  fortuna  ó  á  su  be- 
lleza. 

En  Febrero  de  1602  entabló  Moliere  relaciones  matrimoniales  con 
una  joven  actriz  de  su  compañía,  que  habia  sido  educada  bajo  su  direcr 
cion,  Mademoiselle  Bejarfc,  cautivando  con  sus  atractivo»  y  su  ingenio  el 


(1)    Historia  4d  la  vi()a,  4,  ^e  I^afoutaiae,  por  }fr.  Valckeaaer.  París,  1824. 


86  REVISTA  DE  CUBA 

corazón  del  poeta^  aunque  ocasionándole  crecidos  disgustos  en  el  res- 
to de  sus  dias.  La  perniciosa  influencia  de  la  sociedad  en  que  había  sido 
educada  y  de  la  que  él  mismo  era  miembro,  no  siempre  inmaculado,  era 
lo  bastante  para  que  no  se  lisonjeara  de  verla  permanecer  intachable, 
aunque  la  desigualdad  de  edades,  pues  sólo  contaba  diez  7  siete  años,  era 
obstáculo  suficiente  para  esta  unión. 

En  su  excelente  comedia  la  Escuela  de  las  mujeres,  ejecutada  aquel 
mismo  afio,  se  desarrolla  la  trama  sobre  el  absurdo  de  un  viejo  que  edu- 
ca á  una  jóVien,  con  el  designio  de  hacerla  su  esposa  más  adelante;  pero 
tan  sabio  plan  es  destruido  en  un  instante  con  la  intempestiva  oposición 
de  un  amante  doncel.  La  semejanza  de  esta  moral  con  la  situación  del 
poeta,  demuestra  que  es  más  fácil  hablar  que  proceder  con  sabiduría. 

Algunos  de  su  oficio,  envidiosos  de  su  extraordinario  éxito,  y  los 
petU  maitres  que  aun  se  resentían  de  los  golpes  que  les  habia  infligido  en 
algunas  de  sus  primeras  composiciones,  promovieron  una  tempestad  de 
sátiras,  parodias  y  aun  acusaciones  sobre  la  cabeza  del  autor,  á  la  repre- 
sentación de  su  obra,  que  obtuvo  gran  popularidad. 

Uno  de  los  últimos  encolerizado,  la  noche  del  estreno,  con  los  aplau- 
sos que  se  tributabrn  á  la  pieza,  exclamó:  «¡reiros,  pues,  reíros!»,  abando- 
nando el  teatro  inmediatamen  te. 

No  tardó  en  vengarse  Moliere,  ridiculizando  con  extremada  acritud  y 
trayendo  á  colación  los  ataques  de  que  habia  sido  objeto  su  obra,  por  me- 
dio  dé  una  piececitatifculada  la  Critica  de  la  escuela  de  las  mujeres.  Daban 
motivo  á  la  critica,  que  se  referia  principalmente  al  lenguaje,  algunas  frases 
familiares  como  Tartre  á  la  créme,  <é.,  ofendiendo  el  guHto  de  los  puristas 
de  aquellos  dias,  y  rechazadas  como  indignas  de  la  comedia  desde  aquella 
época,  por  Voltaire  y  la  Harpe,  con  el  espíritu  gravemente  afectado  de  la 
critica  francesa.  Uno  de  los  personajes  de  la  Crítica^  es  un  marqués  que  no 
tenía  otra  respuesta  á  las  preguntas  que  se  le  hacían  respecto  á  sus  obje- 
ciones á  la  comedia  que  el  eterno  Ihríe  á  la  créme.  Se  suponía  generalr 
mente  que  el  original  era  el  duque  de  Feuillade,  necio  de  reducido  cerebro, 
pero  de  grandes  pretensiones.  No  pudíendo  discutir  con  su  antagonista, 
recurrió  el  noble  á  un  medio  menos  delicado  para  vengarse.  Encontran- 
do nn  día  á  Moliere  en  la  galería  de  Tersalles,  se  adelantó  como  si  fuera 
á  abrazarle,  cortesía  que  los  grandes  señores  de  aquel  tiempo  solían  con- 
peder á  sus  inferiores.  Ma.s  cuando  el  inadvertido  poeta  se  inclinaba  pan 


MOLIERE 


8Í 


recibir  el  salado,  toinóle  el  duque  la  cabeza  entre  laa  maaos,  frotándola 
rápidamente  contra  los  botones  de  su  traje,  repitiendo  al  mismo  tiempo: 
tarie  á  la  créme,  monsieur,  tarte  á  la  créme.  Altamente  indignado  el  rej, 
al  tener  conocimiento  de  esta  afrenta,  reprendió  al  duque  con  aspereza; 
al  propio  tiempo  animó  á  Moliere  á  defenderse  con  sus  armas,  de  cuyo 
privilegio  se  aprovechó  prontamente  en  una  pequeña  y  cáustica  sátira  en 
un  acto,  titulada:  Impronptu  de  Vh-sailles.  Dice  él  en  esta  pieza:  «el 
marques  es  ahora  el  gracioso  de  la  comedia,  pues  asi  como  nuestros  ante- 
cesores introducian  siempre  un  bufón  para  divertir  al  auditorio,  asi  de- 
bemos nosotros  tener  en  recorso  algún  ridiculo  marqués  que  mantenga 
su  buen  humor.» 

Claramente  se  vé  que  nunca  hubiera  podido  Moliere  sostenerse  en 
tan  independiente  actitud,  á  no  haber  sido  protegido  por  el  favor  real. 
Constante,  ciertamente,  fué  Luis  catorce  en  concederle  su  protección;  j 
cuando  poco  después  de  este  periodo  mancillaban  la  reputación  de  Mo- 
liere las  acusaciones  más  viles,  demostró  públicamente  la  convicción  que 
tenia  de  su  inocencia,  asistiendo  como  padrino  al  bautizo  de  su  hijo: 
tributo  de  consideración  tan  honroso  para  el  principe  como  para  el  poe- 
ta. Concedióle  además  una  pensión  de  mil  libras  anuales,  y  otra  de  siete 
mil  á  su  compañía,  que  desde  entonces  tomó  el  titulo  de  «actores  del 
rey».  Recibía  nuestro  autor  su  pensión  como  uno  de  los  que  formaban  la 
larga   lista  de   escritores  que   experimentaban    igual    munificen«3Ía '  de 
la  manó  real.  La  curiosa  apreciación  que  luce  en  este  documento,  acerca 
de  los  méritos  relativos  de  estos  literatos  pensionados,  ofrece  la  sorpren- 
dente verdad  de  que  no  siempre  la  posteridad  acata  los  fallos  de  los 
contemporáneos.   Alli  se  menciona  al  anticuado  Chapelain,  «como  el  más 
grande  poeta  francés  que  haya  existido»,  por  lo  cual  ascendía  su  pensión 
á  tres  mil  libras,  y   no  se  registra  el  nombre  de  Boileau,  cuyas  sátiras  le 
han  asegurado  una  existencia  imperecedera!  8in  embargo,  descansando 
en  la  autoridad  de  Boileau,  debe  añadirse  que  Chapelain  mismo  era  el 
que  principalmente  proporcianaba  al  ministro  esta  dudosa  escala  del 
mérito. 

En  el  mes  de  Setiembre,  1665,  Moliere  produjo  L'arrwur  medecin,  co- 
medie ballet,  en  tres  actos,  que  sólo  en  cinco  días  llevó  á  cabo  desde  el 
momento  de  su  concepción  al  de  su  ejecución.  Esta  pieza,  aunque  desple- 
ga, como  de  ordinario,  su  talento  cáustico,  es  notable  porque  presenta  la 


SS  ¿eVista  1)E  cuba. 

primera  demostración  de  aquellos  ataques  directos  sobre  la  facultad  mé- 
dica, que  sostuvo  á  intervalos  el  resto  de  sus  disis,  y  con  cuyo  seatimieu- 
to  puede  decirse  que  murió.  En  esto  siguió  el  ejemplo  de  Montaigne, 
quien  dedica  en  su  obra  uno  de  sus  más  largos  capítulos  contra  la  profe- 
sión, sostenido  con  todo  el  ingenio  de  su  imaginación  y  su  acostumbrado 
caudal  de  ilustración.  Y  después  fué  también  imitado  Molier  en  este  par- 
ticular, por  Le  Sage,  como  pueden  recordar  fácilmente  los  lectores  del 
Gil  Blas.  Sin  embargo,  Montaigne  y  Le  Sage,  como  otros  muchos  im- 
pugnadores de  la  medicina,  no  se  desdeñaron  de  recurrir  á  ella  en  mo- 
mentos decisivos;  lo  que  no  sucedió  con  Moliere.  Y  de  tal  manera  apare- 
cen libres  de  afectación  sus  sátiras,  que,  aunque  habitualn^ents  lleno  de 
achaques,  no  recurria  á  otro  medio  para  restablecer  su  salud,  que  á  la 
observancia  de  régimen.  <r¿Qué  hacéis  de  vuestro  médico?  le  preguntó  el 
rey  un  dia.  Si  re,  dijo  el  poeta,  charlamos  juntos;  el"  me  hace  sus  prescrip- 
ciones, yo  no  las  sigo  jamad,  y  así  me  restablezco. j> 

El  estado  de  la  profesión  en  aquellos  dias,  hace  la  apología  de  su 
conducta,  pues  los  individuos  del  arte  trataban  de  disfrazar,  bajo  un 
exterior  pomposo,  su  profunda  ignorancia  de  los  verdaderos  principios 
de  la  ciencia,  y  aunque  conseguían  deslumhrar  al  vulgo,  sólo  merecían 
el  descrédito  de  la  porción  inteligente.  Se  describe  á  los  doctores  de 
aquel  tiempo,  recorriendo  sobre  muías  las  calles  de  París,  vestidos  con 
largas  capas  y  conversando  en  mal  latin,  ó  si  acaso  se  dignaban  emplear 
el  idioma  nativo,  lo  hacían  mezclando  de  tal  manera  las  frases  escolásti- 
cas y  los  términos  científicos,  que  eran  de  todo  punto  incomprensibles  al 
vulgo. 

Las  siguientes  líneas,  citadas  por  M.  Tascherau,  fueron  escrita^  en 
aquella  época,  y  marcan  muchas  de  estas  peculiaridades! 

«AíFecter  un  air  pédantesque, 
Cracher  du  Grec  et  du  Latin, 
Longue  perruque,  habit  grotesqüe, 
De  la  fourme,  et  du  satín, 
Tout  cela  réuni  fait  presue 
Ce  qu'on  appelle  un  medecin.» 

Añádase  á  estos  absurdos,  que  los  médicos  de  aquel  tiempo  se  expo- 
nían á  mayor  escarnio  por  la  divergencia  de  opiniones  y  la  tenacidad  con 


itOLlE&S  89 

que  las  sostenían.  La  famosa  consultan  del  Cardenal  Mazarino,  fué  bien 
conocida  en  su  dia.  Cuatro  doctores  le  asistían  y  cada  uno  de  ellos  colo- 
caba en  un  órgano  distinto  el  origen  de  su  n;Lal.  Por  lo  tanto  bien  se  es- 
cusan  las  censuras  7  sarcasmos  que  lanzó  Moliere,  ccHitra  los  empíricos, 
en  una  profesión  donde  los  engaños  son  tan  fáciles  de  cometerse,  tan  di- 
fíciles de  enmendar  7  la  ünica  en  que  son  irremediables.  Consecuencia  de 
estas  criticas  fué  la  reforma  que  en  las  maneras,  sino  en  algo  más,  se  efec- 
tuó en  su  época.  Gradualmente  fueron  adoptando  el  traje  7  el  lenguaje 
popular,  dando  asi  un  paso  notable  de  adelanto,  puesto  que  nada  cubre 
de  una  manera  más  eficacia  hacia  el  vulgo,  el  empirismo' 7  la  ignorancia 
que  el  uso  afectado  de  frases  sabias  7  de  términos  técnicos. 

Hemos  llegado  al  periodo  en  que  Moliere  compuso  su  J^ñaántropo^ 
que  algunos  críticos  consideran  su  obra  maestra,  7  que  todos  admi- 
ran como  una  de  las  más  hermosas  producciones  del  drama  moderno.  Su 
ejecución  literaria,  punto  de  gran  importancia  para  un  critico  francés,  es 
más  acabada  que  ninguna  otra  de  las  piezas  de  Moliere;  exceptuando  el 
Tarivfo,  7  sus  diálogos  desplegan  una  madurez  de  pensamientos  iguales 
á  los  de  las  mejores  sátiras  de  Boileau.  El  tono  didáctico  de  la  comedia, 
unido  á  la  falta  de  animación  7  calor  liicieron  que  fuera  menos  popular 
que  algunas  de  sus  inferiores  piezas.  Digna  de  notarse  es  la  circunstancia 
que  tuvo  lugar  la  noche  del  estreno.  Bien  sabido  es,  que,  en  la  segunda 
escena  del  primer  acto,  aparece  un  elegante  solicitando  la  franca  opinión 
de  Alcestes,  sobre  un  soneto  hechura  su7a,  aunque  á  los  cinco  minutos 
se  enfurece  contra  él,  porque  el  juicio  es  desfavorable.  Fué  compuesto 
este  soneto  por  Moliere,  de  una  manera  tan  artificiosa  7  haciendo  resal- 
tar aquellos  puntos  más  agradables  á  los  oidos  del  publico,  que  el  audi- 
torio satisfecho  7  ere7endo  en  la  buena  fé  de  la  ejecución,  demostró  su 
satisfacción  de  la  manera  más  calurosa.  Cuan  grande,  pues,  fué  su  morti- 
ficación al  oir  á  Alcestes,  condenarlo  como  una  puerilidad  7  exponer  los 
falsos  principios  en  que  se  habia  formado.  Por  consiguiente,  esta  lección, 
debia  tener  más  peso  que  un  volumen  de  disertaciones  sobre  los  principios 
del  verdadero  gusto. 

Rosseau  ha  reprochado  amargamente  á  Moliere,  el  haber  expuesto  al 
ridiculo  el  héroe  del  Misántropo,  siendo  un  carácter  estimable  7  elevado. 
Se  suponia  al  Duque  de  Montansier  conocido  por  su  austera  virtud,  como 
original  de  este  tipo.  Resentido  el  Duque,  asistió  á  una  de  las  representa- 

12 


90  HEVIStA  DE  CUBA 

ciones,  más  al  retornar  á  su  casa,  ¿ijó:  «que  apenas  se  atrevería  á  lison- 
jearse de  que  el  poeta  le  hiciera  tan  gran  honor.  Este  hecho  relatado  por 
La  Harpc,  es  la  mejor  réplica  á  las  acusaciones  de  Russeau.  Las  relacio- 
nes que  sostenía  Moliere,  con  su  esposa,  á  la  aparición  de  esta  comedia, 
daba  á  k  representación  un  penoso  interés.  La  prodigalidad  y  ligereza 
de  esta  dama  que  había  traspasado  los  limites  que  la  complacencia  de  un 
marido  francés  concedia  en  aquellos  dias,  afectaron  profundamente  la  fe- 
licidad del  poeta.  Tratando  un  dia  de  este  asunto  con  su  amigo  Chapelle, 
aconsejóle  aquel  que  la  confinara,  recurso  muy  en  boga  entonces  para  so- 
meter á  las  esposas  contumaces,  y  más  galante,  sino  más  eficaz,  que  la 
«flagelación  moderna»  autorizada  por  las  leyes  inglesas.  Y  haciéndole  ver 
la  locura  de  ser  por  más  tiempo  el  juguete  de  sus  caprichos,  contestóle  el 
infortunado  poet*  «¡Ah,  nunca  habéis  amado!»  Sin  embargo,  se  hizo  entre 
ambos  un  convenio,  por  el  cual  se  estipuló  que  aunque  habitarían  la  mis- 
ma casa  no  se  verían  sino  en  el  teatro.  Los  respectivos  papeles  que  ejecu- 
taban en  la  comedia  correspondian  á  sus  propias  situaciones.  El  de  Céli- 
néne  caprichosa  y  fascinadora  coqueta,  insensible  á  los  razonamientos  de 
su  amante  y  ocupada  en  su  egoismo  de  satisfacer  sus  deseos,  y  Alcestes, 
convencido  de  la  doblez  de  su  amada  y  de  la  indignidad  de  su  propia 
pasión,  la  que  vanamente  espera  extinguir,  en  fin,  las  coincidencias  todas 
son  demasiado  adecuadas  para  ser  casuales. 

Si  en  sus  precedentes  piezas  batió  Moliere,  los  absurdos  y  locuras  de 
la  época,  en  el  Tartufo  se  dirigió  contra  el  más  odioso  de  todos  los  vicios; 
la  hipocresía  religiosa.  El  resultado  probó  que  había  dado  en  el  blanco. 
Los  tres  primeros  actos,  que  eran  los  únicos  entonces,  aparecieron  en  las 
memorables  fiestas  de  Los  placeres  de  la  isla  encantada,  dadas  por  Luis 
XIV,  en  Versailles,  en  1664,  y  de  los  cuales  puede  encontrarse  una 
circunstanciada  narración,  en  el  capitulo  XXV,  de  la  historia  de  aquel 
monarca,  por  Voltaire.  El  estreno  de  esta  inimitable  comedia,  es  la  única 
circunstancia  que  les  da  valor  ante  la  posteridad.  Luis  XIV,  quien,  no 
obstante,  los  defectos  de  su  educación  tenia  un  verdadero  conocimiento 
de  las  bellezas  literarias,  supo  apreciar  completamente  los  méritos  de  la 
producción.  Pero  los  TaHufos  presentes  al  estreno,  profundamente  mo- 
lestados por  los  sarcasmos  del  autor,  como  los  buhos  cuyas  guaridas  se 
ven  inundadas  de  luz,  alzaron  contra  él  temibles  clamores,  hasta  que 
Luis  XIV,  cuya  tibieza  religiosa  en  nada  disminuía  su  solicitud  por  los 


MOLI£B£  91 

intereses  de  la  iglesia,  les  satisfizo,  prohibiendo  que  se  ejecutara  la  obra 
publicamente.  No  obstante,  fué  representada  en  privado,  en  presencia  de 
Monsieur,  y  después  ante  el  gran  Conde.  Algunas  copias  de  ella  circula^ 
ron  fervorosamente  en  las  sociedades  de  Paris  y  aunque  el  voto  unánime 
era  una  compensación  poco  productiva  que  no  indemnizaba  al  autor  de 
sus  pérdidas,  era  suficiente  para  activar  el  falso  celo  de  los  que  bajo  la 
máscara  de  la  piedad  le  atacaban  con  las  más  groseras  calumnias.  Hubo 
quien  pidiera,  al  rey,  que  hiciera  de  él  un  escarmiento  público  por  medio 
de  la  hoguera,  otro  declaró,  que  sería  una  ofensa  á  la  Divinidad,  el  per- 
mitir á  Moliere,  después  de  tal  enormidad,  «ser  admitido  en  confesión, 
participar  de  los  sacramentos,  y  aun  penetrar  en  los  templos,  consideran* 
do  los  anatemas  que  se  habian  fulminado  contra  los  autores  de  espec* 
táculos  indecorosos  y  sacrilegos!/)  Poco  después  de  su  prohibición,  asistió 
el  rey  á  la  ejecución  de  una  pieza  titulada  Scaramouch-e  hermite,  que 
abundaba  en  pasajes  groseros  y  profanos.  Al  retirarse  dijo,  dirigiéndose 
al  principe  de  Conde:  «¿por  qué  razón,  las  personas  tan  escandalizadas 
de  la  comedia  de  Moliere,  no  se  ofenden  con  ésta?»  «Porque,  contestó  el 
principe,  la  última,  sólo  ataca  á  la  religión,  mientras  que  la  primera  los 
ataca  á  ellos.  Esta  respuesta  hace  recordar  una  de  una  observación  de 
Bayle  con  referencia  al  Decameron,  que  habiendo  sido  puesto  en  el  Index 
á  consecuencia  de  su  inmoralidad,  se  permitió,  sin  embargo,  que  se  pu- 
blicara en  una  edición  qae  trocaba  en  nombres  laicos  los  nombres  de  los 
eclesiásticos;  y  «esta  corrección,  dice  el  filósofo,  demuestra  que  los  sacer- 
dotes se  ocupaban  más  de  los  intereses  de  su  orden  que  de  los  del  cielo.» 

(^Qmíinuará.') 

ROSA  KRUGER. 


m^mmmi'^mi^t^^^mmmmm^^mmmmmmmmm 


CARTA  DEL  LUGAREÑO. 


■•^^ 


Señor  don  Joaquín  Leecano.  -    , 

Santo  Tomás  y  Judío  16  de  61, 
Carísimo  amigo: 

En  verdad  que  no  me  esperaba*  yo  la  grata  sorpresa  y  los  tiernos  re- 
cuerdos que  despertó  en  mi  mente  vuestra  cartii  del  4  del  corriente.  jQuó 
habia  yo  de  esperar  ese  gustazof  |Ya  se  vói  Tantos  afíos  de  silencio,  que 
no  veia  vuestra  letra,  que  os  creia  entre  los  vivos,  sólo  porque  no  sabia 

que  estuvieseis  entre  los  muertos Gracias,  hermano,  por  la  fe  de  vida 

y  de  amistad  que  me  habéis  mandado  de  vuestro  Paraíso  de  Guanabacoa, 
á  mí  purgatorio  de  Carlota  Amalia. 

Os  he  agradecido  en  el  alma  la  atención  que  habéis  tenido  con  mi 
señora  de  llevarle  vuestra  familia  y  de  poner  á  su  disposición  vuestra 
casa  y  facultades.  Yo  espero  que  en  todo  Julio  tendré  el  gusto  de  abra- 
zaros, y  de  conocer  vuestra  familia,  que  ya  supongo  compuesta  de  hijos 
y  nietezuelos,  si  mis  cálculos  no  me  engañan  en  esto  de  la  fe  de  bautismo. 

Digo  que  me  adelanto  al  placer  de  daros  uii  abrazo,  en  Julio,  y  de 
renovar  los  sentimientos  de  amistad  con  los  recuerdos  de  la  juventud,  que 
son  para  la  vejez  lo  que  es  el  roclo  para  las  plantas  y  flores  que  el  sol  ha 
marchitado. 

Yo  tengo  que  permanecer  aquí  hasta  que  llegue  un  buque  del  JSTa- 
vrCf  que  salió  á  mediados  del  mes  de  Mayo,  y  trae  cuatro  cajas  de  efectos 


OA&TA  DEL  LUQAaEKO  93 

de  algún  valor  que  me  pertenecen,  7  de  que  necesito  disponer  aquí  para 
arreglar  cuentas  con  la  casa  de  los  señores  Nufiez  7  Gómez,  á  quien  vie- 
ne consignado  el  buque.  Aquí  tiene  Vuestra  Paternidad  explicado  eli 
secreto  de  mi  demora  en  Santo  Ihmás,  7  nó  en  las  ragones  que  suponéis 
para  mi  permanencia  lejos  ó  fuera  de  la  patria  7  la  familia. 

¿Queréis  saber  á  quién  le  tiene  miedo  el  Lugareño?  Os  lo  V07  á  de- 
cir, aunque  me  llaméis  fanfarrón:  '  ' 

A  Dios  en  el  cielo; 

A  mi  conciencia  en  la  tierra. 

Allá  me  tendréis  sin  temor  ni  encono.  Aunque  7a  viejo  7  achacoso; 
con  las  alas  del  corazón  abatidas  7  plegadas  por  las  desgracias  7  pérdi- 
das que  bé  sufrido;  todavía  con  bríos  para  servir  al  caro  Oamagüe7,  si 
mis  camagüe7anos  necesitan  de  mis  servicios  para  su  fomento,  para  su 
civilización  7  bienestar.  Si  no  me  necesitan,  mejor  para  mi;  prueba  de 
qae  ellos  se  bastan. 

Os  suplico  que  me  veáis  con  frecuencia,  si  vuestras  ocupaciones  os  lo 
permiten,  á  mi  mujer  7  al  Lego  Alonso  que  me  tiene  sin  dormir,  sin  vi- 
da, porque,  como  es  Florentino,  7  es  el  último  que  me  queda  para  bácu- 
lo de  mi  vejez,  temo  que  el  vómito  me  le  ataque,  7  con  él  se  hundan  las 
más  tiernas  7  halagüeñas  esperanzas  de  mi  vida.  Lime  á  ver  á  la  Bola  7 
á  mi  hijo  Alonso,  7  sed  para  ellos  lo  que  seria  70  para  vuestra  mujer 
7  un  hijo  vuestro.  Entretanto,  tengo  el  gusto  de  abrazaros,  Dios  os 
bendiga. 

De  vuestro  amigo  7  compatricio  ' 

GASPAR  BETANOOURT. 


MICELANEA. 


MEDALU    DE  ORO. 

La  Revista  be  Cuba  ha  obtenido  medalla  de  oro  en  la  Exposición  de 
Matanzas. 

A  continuación  publicamos  el  ofício  en  que  se  comunica  tan  grat^ 
nueva  á  nuestro  Director. 

Exposición  de  Matanzas.— íSlso-ctoría.— Jurado.  Tengo  el  honor  de 
poner  en  su  conocimiento  que  el  Jurado  ha  discernido  al  periódico  He- 
vista  de  Ouba  dirigido  por  usted  y  como  uno  de  los  periódicos  que  más 
honran  al  pais  y  respetando  el  fallo  de  la  publica  opinión,  una  Medalla 
de  mv.  Dios  guarde  á  usted  muchos  afíos. — Matanzas,  27  de  Julio  de 
1881.  El  Secretario  del  Jurado. — B.  Bo^-das.^Sr.  D.  José  A.  Cortina. 
Habaia. 

ROSA  KRUGER. 


La  Revista  de  Cuba,  al  engalanar  hoy  sus  páginas  con  el  juicio  criti- 
co que  mereció  el  eminente  Moliere  al  insigne  historiador  americano 
William  H.  Prescott,  consagra  un  recuerdo  de  admiración  y  cariño  á  la 
traductora,  señorita  Rosa  Krüger;  inspirada  poetisa,  cuyo  gusto  exquisito 
y  corrección  de  estilo  tan  halagüeñas  esperanzas  habia  despertado  entra 
los  amantes  de  la  literatura  patria,  hoy  acongojados  por  su  preíaat  qr^ 
muerte. 


MISCELÁNEA  '  95 

Si  no  á  la  altura  de  la  Avellaneda,  ni  de  Luisa  Pérez  de  Zambrana, 
nuestra  colaboradora  Rosa  Krüger  figurará  dignamente  en  el  Parnaso 
cubano.  Su  inspiración,  siempre  ardiente,  apenas  decae  en  ninguna  de 
sus  composiciones.  Todas  se  leen  con  entusiasmo,  porque  nunca  es  des- 
apasionada ni  fria.  Su  lenguaje  es  casi  siempre  correcto  7  propio.  Su  musa 
es  tierna,  melancólica  7  filosófica.  £1  género  donde  más  brillaba  era  el 
descriptivo. 

Sus  mejores  poesías  se  titulan:  Las  Flores,  La  Tormenta  en  el  iiiar, 
en  la  cual  compara  exactamente  el  embravecido  elemento  con  el  jaguar 
acosado  por  la  jauria;  La  viúsica  de  las  palmas  inspirada  en  el  precioso 
cuadro  del  mismo  nombre  de  Anselmo  Suarez  7  Romero,  el  inolvidable 
prosista  cubano. 

De  ella  copiamos  la  siguiente  estrofa: 

Llega  el  rumor  Bonoroso 

Y  cual  onda  suave  halaga         ' 
A  la  familia  que  huelga 

Y  sencilla  se  solaza, 

En  los  umbrales  reunida 
De  su  rústica  morada. 
Todo  en  el  valle  reposa; 
Del  misterio  es  la  hora  grata. 

Y  al  corazón  le  trasmite 
La  mil  nica  de  las  palmas! 

En  La  lluvia  es  donde  más  se  conoce  su  aptitud  para  el  género  des- 
criptivo. £n  nuestro  concepto  es  una  de  las  mejores  poesías  que  sobre  el 
asunto  se  han  publicado.  En  la  de  Melendez  Yaldés  no  ha7  una  pfntura 
tan  exacta  de  los  fenómenos  que  preceden  á  la  caída  de  la  lluvia,  ni  tam- 
poco la  armoniosa  cadencia  de  Ia  poesía  de  la  señorita  Krüger. 

En  la  titulada  A  la  luna  también  ha7  esquisito  sentimiento  7  no  co- 
man erudición.  La  siguiente  estrofa  es  bellísima,  7  en  el  uso  de  los  adje- 
tivos se  nota  bastante  propiedad. 

También  la  nebulosa  Escandinavia 
Eternizó  en  sus  cantos  tu  memoria; 
Y  fiero,  altivo,  rebosando  savia. 
Te  hizo  el  ¿írabe  emhlema  de  8u  gloria. 


á6  REVISÍTA  DÉ  0U6Á 

Y  aquella  humilde  raza  primitiva 
De  nuestro  bello  suelo  americano 
Miraste  en  inocente  comitiva 
Discurrir  por  el  monte  y  por  el  llano. 

La  poesía  A  la  primavera^  conoeida  de  nuestros  lectores,  contiene  toda 
la  Iiu,  la  brillantez  j  la  frescura  de  la  estación  pintada. 

En  Moisés  en  el  desierto  descuella  el  vigor  de  la  inspiración.  £1  liber- 
tador de  Israel  está  fielmente  retratado  en  la  estrofa  siguiente: 

De  ia  fe  con  la  espléndida  diadema 
Brilla  la  frente  del  caudillo  hebreo, 

Y  con  la  diestra  en  actitud  suprema 
Muestra  el  confín  al  pueblo  cananeo. 

Ante  un  cuadro  de  JRubens  también  es  magnifica.  En  su  oda  A  la  Es- 
pei^anza  la  entonación  es  robusta  y  admirable  su  fluidez. 

El  5  de  Abril  murió  Rosa  Krüger,  y  ya  nuestro  Director,  el  sefior  Cor- 
tina, se  ocupa  activamente  de  preparar,  en  unión  del  sefior  Arnao,  la 
publicación  de  las  composiciones  de  la  malograda  poetisa.  Tino  de  nues- 
tros redactores  se  ocupará  del  juicio  critico  con  la  imparcialidad  y  estudio 
que  requieren  las  obras  de  Rosa  Krüger,  y  que  acostumbra  la  Revista 
DE  Cuba. 

CUfUOSIDABES  CIEITIFICAS. 

Se  han  encontrado  microzarios,  hasta  en  la  profundidad  de  12,000 
pies,  A)nde  estos  pequeños  animales  vivian  en  medio  de  la  enorme  pre- 
sión de  875  atmósferas;  presión  que  haría  reventar  al  mejor  cafion  del 
mundo. 

Se  encuentran  seres  microscópicos  de  una  pequefiez  tal,  que  se  ha  cal- 
culado que  se  podrían  poner  en  linea  recta  10,000  de  ellos  y  apenas  cu- 
brían una  pulgada. 

—     ■ ■  -  -  .,-  -  ■■  -    .- ■  _  _■  ■  ■  ■!  I 

■       ^  I  I       -■-  I    -  - -  -        -  -  -  -  ^   -^  ■■     n       .^  —  -|—     --■  ir  ^^ 

Habana  31  de  Julio  de  1881. 

Director  propietario:  Dr.  José  Antonio  Cortina. 


-■•    ^        ....       .  -  -    \ 


SOBRE    LA    LITERATURA 


DB  LOS   ESTADOS   UNIDOS. 


ARTICULO  PRIMERO. 


I. 


Cuando  se  echa  una  ojeada  hacia  loque  eran  los  vastos  territorios  del 
Norte  América  hace  doscientos  cuarenta  afios,  que  es  la  época  quQ  ha 
trascurrido  desde  que  desembarcaron  los  peregrinos  puritanos  en  las 
costas  inhospitalarias  de  Massachusetts,  y  consideramos  lo  que  son  al 
presente,  no  podemos  menos  de  experimentar  una  sensación  extraña  pen- 
sando que  no  ha  habido  nunca  un  ejemplo  igual  de  tanta  actividad,  una 
población  momentánea  tan  numerosa,  ni  tan  repentino  progreso  moral  é 
intelectual  en  la  historia  conocida.  Ayer,  podria  decirse  sin  hipérbole, 
estaban  desiertos  ios  terrenos,  solitarias  las  playas,  silenciosos  los  aires; 
ayer  no  se  oian  en  aquellas  comarcas  más  ruido  que  el  que  formaban  los 
gritos  salvajes  de  los  Natches;  no  se  veia  á  lo  largo  de  los  rios  más  que 
algún  perezo.so  Atalcapa  fumando  la  hoja  del  papua;  y  hoy  ¡qué  espec- 
táculo tan  sorprendente!  Desde  las  cinco  bocas  por  donde  endulza  el 
Misaissipi  las  ondas  del  mar  mejicano,  hasta  las  márgenes  del  Lago  Supe- 
rior, desde  las  arenosas  playas  de  la  Virginia  hasta  los  auríferos  campos 

13 


98  feSVlSTA  ¿E  CUBA 

de  las  Californias,  todo  es  asaltado  por  el  hombre;  los  aires  son  invadidos 
por  los  hilos  metálicos  del  telégrafo,  las  aguas  sj  ven  cargadas  de  naves, 
el  suelo  cubierto  de  lineas  ferrocarrileras,  pero  de  tal  modo,  que  á  todas 
horas  corre  la  palabra  de  extremo  á  extremo  atrevsando  distancias  consi- 
derables por  más  de  cincuenta  ó  sesenta  mil  millas  de  alambres;  que  en 
el  Este  y  en  el  Oeste,  en  el  Norte  y  en  el  Sur,  navega  una  multitud 
asombrosa  de  vapores  y  hay  un  movimiento  anual  en  las  entradas  y  sali- 
das de  los  puertos  de  más  de  cuarenta  mil  buques;  que,  poi»  ultimo,  según 
la  expresión  de  un  distinguido  autor,  podria  darse  un  cinturon  de  hierro 
á  nuestro  planeta,  agregando  unas  á  otras  las  fajas  por  donde  cruzan 
volando  las  locomotoras,  y  este  es  un  grande  elogio,  porque  nuestro  pla- 
neta mide  nueve  mil  leguas  en  el  círculo  ecuatorial.  Por  todas  partes  se 
han  levantado  ciudades,  se  han  erigido  palacios,  se  han  trazado  caminos, 
se  han  edificado  puentes,  se  han  consumido  más  de  cien  millones  de  pesos 
eíi  la  apertura  de  3,000  millas  de  canales,  se  han  extendido  los  acuí^duc- 
tos,  ha  aparecido,  en  fin,  un  pueblo  que  se  componía  de  algo  más  de  cinco 
millones  sesenta  años  atrás,  y  que  subiendo  hoy  á  más  de  treinta,  ha  con- 
sumado todo  lo  que  constituya  la  suerte  de  una  nación  notable. 

Todo  esto,  sin  embargo,  arguyen  machos,  no  prueba  sino  una  facultad 
de  proceder  puramente  material,  un  engrandecimiento  mercantil,  y  como 
nos  hemos  acostumbrado  á  mirar  las  cosas  con  ligereza  bajo  este  punto 
de  vista  con  olvido  completo  de  las  obras  de  ciencias,  literatura  y  bellas 
artes,  que  allí  se  han  producido,  justo  será  que  examinemos  si  esto  es  una 
verdad,  ó  si  ya  se  ha  reflejado  en  las  manifestaciones  escritas  un  sello  de 
vigor  positivo  en  su  pensamiento.  Desde  luego  debia  suponerse  que  en  el 
lugar  donde  tales  fenómenos  han  ocurrido,  debian  necesariamente  haber 
tenido  una  voz  las  hijas  predilectas  déla  inteligencia,  porque  no  es  conse- 
cuente creer  que  con  miras  de  acreditar  un  mercado,  se  hagan  bellos 
edificios,  se  multipliquen  los  paseos  encantadores,  se  formen  cementerios 
artísticos,  se  paguen  cinco  millones  de  pesos  en  Boston  vdoce  millones  en 
New- York  por  dos  acueductos,  que  se  emplee  parte  de  dos  millones  en 
Filadelfia  para  sostener  sobre  34  columnas  corintias  un  monumento  de 
mármol  blanco  para  levantar  uu  templo  á  la  educación;  que  haya  mucho 
más  de  17,000  escuelas,  academias  y  colegios,  58  instituciones  teológicas, 
28  de  jurisprudencia,  45  de  medicina,  50  para  ciegos,  idiotas  y  sordo-mu- 
dos  y  20  establecimientos  científicos,  que  dan  la  suma  de  más  de  diez  y 


SOBRE  LA  LITERATURA  DE  LOS  ESTADOS  UNIDOS  99 

ocho  mil  cuatrocientas  instituciones  en  que  se  emplean  cerca  de  43  mi- 
llones de  pesos  al  año;  que  haya  capitolios,  bibliotecas,  liceos,  observato- 
rios y  tan  gran  número  de  casas  de  enseñanza  destinadas  á  las  artes  y 
las  ciencias  con  objeto  de  facilitar  compras  y  ventas,  nada  más,  pues, 
para  mantener  transacciones  simplemente  comerciales,,  bastan  las  obras 
ütiles  y  cómodas. 

Tampoco  se  deduzca  de  lo  que  hemos  expuesto  que  pretendemos  fijar 
en  lo  absoluto  su  progreso  in(electual  á  la  prodigiosa  altura  de  su  progre- 
so material;  esto  no  sería  razonable,  porque  no  es  posible  que  se  haya 
verificado  un  desenvolvimiento  á  la  par  tan  gigantesco  en  ambos  sentidos: 
mientras  se  desarrollaba  el  cuerpo  del  Hércules,  mientras  el  ejercicio 
constante  fortalecia  sus  miembros,  el  espíritu  no  había  aun  recibido  en 
abandancia  su  pan  sagrado,  y  así  oue  en  tanto  que  se  verificaba  una  evo- 
lución, apenas  se  habia  iniciado  la  otra;  pero  siendo  de  naturaleza  robus- 
ta pudo  caminar  á  pasos  largos,  desde  que  se  reconoció  en  aptitud  para 
atravesar  el  mundo  de  los  estudios  y  empezó  como  debia  empezar  para 
armonizar  con  su  carácter,  creando  muchas  escuelas  y  consagrando  á  todo 
mncha  atención,  haciendo >1  as  cosas  de  prisa  y  con  el  lujo  que  correspon- 
de á  los  dias  del  vigor,  de  la  riqueza  y  de  la  paz. 

He  dicho  de  la  paz,  y  aquí  encuentro  un  argumento  para  justificar 
'  los  motivos  que  deben  haberlo  t raido  en  tan  corto  tiempo  al  estado  en 
que  la  vimos,  hasta  el  advenimiento  á  la  presidencia  de  Abraham  Lincoln. 
¿Qué  ha  tenido  que  hacer  hasta  ahora -el  pueblo  americano?  Abiertas  las 
puertas  de  su  hogar  á  los  emigrados  de  todos  los  puntos  de  la  tierra,  ha 
recibido  anualmente  las  visitas  de  millares  de  hombres,  que  venian  par» 
ticularmente  de  Europa,  con  instrumentos,  libros  y  dinero,  á  dar  más 
bien  que  á  recibir,  á  enseñar  más  bien  que  á  aprender,  á  cambiar  ideas,  ^ 
trabajar  incesantemente,  y  en  tal- momento,  como  era  natural,  entróla 
ilustración  del  viejo  mundo  á  circular  da  repente  como  elemento  saluda- 
ble en  la  vena  palpitante  de  su  vigorosa  juventud.  Comparando  las  dife- 
rentes fases  en  que  se  ha  presentado  y  teniendo  siempre  en  cuenta  la  fecha 
de  su  nacimiento,  parécenos  que  las  circunstancias  favorables  qué  lo  han 
ayudado  á  completar  su  desenvolvimienta  son  suficientes  á  explicar  lo 
que  ha  sido  y  lo  que  es,  porque  las  instituciones  por  un  lado,  la  laborío, 
idad  por  otro,  el  reposo  interior,  la  dicha  de  qae  ha  disfrutado  y  la  esti- 
fftacion  que  ha  merecido  entre  los  grandes  estados  políticos,  son  estímulos 


loo  REVISTA  DÉ  CUBA 

para  dar  al  entendimiento  el  plomo  que  le  sirva  de  lastre,  según  laa  céle- 
bres palabras  de  Bacon.  Al  hablar  de  aquella  inalterabilidad  de  vida  sin 
ejemplo,  no  quiero  desentenderme  del  estado  de  guerra  sin  i^ual  en  que 
se  encuentra  á  la  hora  en  que  escribimos,  y  tratando  de  elevarnos  sobre 
las  miserias  de  los  partidos  y  las  ignorancias  de  algunos  articulistas  de 
periódicos,  permítaseme  fijar  un  hecho  histórico,  de  suma  importancia, 
que  será  la  última  honra  porque  tenia  que  pasar  el  Norte  América,  y  al 
mismo  tiempo  conducirá  á  esclarecer  las  teorías  en  que  descansan  núes* 
tras  observaciones,  probando  que  aun  sigue  sentado  al  banquete  de  su 
ilustración  y  que  esta  lucha  que  ha  aceptado  por  la  fe  de  los  principios, 
es  otro  dia  de  fiesta  que  ha  agregado  á  los  dias  de  sus  glorias. 

La  guerra  de  los  Estados  Unidos  tiene  un  origen  tal,  q*ie  de  todas  las 
guerras  esta  es  la  más  explicable,  pues  á  pesar  de  lo  que  quieraa 
aparentar  las  pasiones  para  darle  otro  carácter,  la  única  verdad  es  que 
el  10  de  Noviembre  de  1860  se  supo  que  el  resultado  de  la  elección  pre- 
sidencial habia  recaido  en  favor  de  Lincoln,  y  en  el  mismo  dia  la  Legisla- 
tura de  la  Carolina  del  Sud  ordenó  que  se  formara  una  convención  que 
considerase  el  asunto  de  la  separación.  Reunióse  la  convención  el  17  de 
Diciembre  y  el  20  del  mismo  mes  declaró  que:  «la  unión  subsistente  en- 
tre la  Carolina  del  Sud  y  les  demás  estados  bajo  el  nombre  de  Estados 
unidos,  quedaba  por  tanto  disuelta,»  y  hecha  la  manifestación  de  los  mo- 
tivos de  división,  anadia:  «que  catorce  de  los  estados  habian  rehusado 
deliberadamente  por  algunos  años  llenar  sus  deberes  constitucionales,  y 
remitia  á  la  revisión  de  sqs  estatutos  al  que  desease  la  prueba... que  en 
varios  de  estos  estados  se  liberta  al  fugitivo  del  servicio  á  que  es  recla- 
mado, y  los  gobiernos  respectivos  no  han  cumplido  en  ninguno  de  ellos 
don  las  estipulaciones  marcadas  en  la  Constitución.. ¿por  tanto  ha  sido 
roto  deliberadamente  el  pacto  constitucional  y  desatendido  por  los  esta- 
dos no  esclavistas,  y  en  consecuencia  la  Carolina  del  Sud  queda  sin  obli- 
gación,» y  bo  hace  alusiones  en  semejante  declaratoria  á  la  tarifa  ni  á 
otras  de  las  causas  de  queja  que  después  han  circulado,  sino  á  las  ya 
mencionadas,  <ry  haber  recaido  la  elección  de  presidente  de  los  Estados 
tJnidos  en  un  hombre  cuya  opinión  é  intenciones  son  hostiles  á  la  escla- 
vitud.» Lo  que  ha  acontecido  luego  lo  sabe  todo  el  mundo,  y  la  humani- 
dad ha  visto  por  primera  vez,  en  medio  de  un  lujo  inusitado  en  el  arte 
militar  y  de  una  prodigalidad  espantosa  de  instrumentos  de  muerte,  res- 


SOBRE  LA  LITERATURA  DE  LOS  ESTADOS  UNIDOS  101 

petarse  basta  dónde  ha  sido  posible  los  derechos  del  hombre  y  doirin«r  p1 
poder  de  la  inteligencia  cultivada,  que,  creando  una  conciencia  púbücH 
conforme  á  la  ley  moral  más  delicada,  no  ba  economizado,  por  cierto,  la 
sangre  y  el  dinero  para  conseguir  la  abolición  de  aquel  infame  comercio, 
del  que  pensaba  el  maestro  cubano  Don  José  de  la  Luz  Caballero  «n  un 
aforismo  tan  sencillo  en  la  forma,  como  profundo  en  el  fondo,  que:  «lo 
menos  negro  que  tiene  el  tráfico  de  negros  son  los  negros.»  Esta  revela- 
oion  de  la  dignidad  nacional  es  además  el  reflejo  de  una  luz  literaria  que 
86  ha  ido  difundiendo  rápidamente,  y  hoy  que  las  sombras  que  mancha* 
ban  el  cuadro  empiezan  á  retirarse,  cualquiera  que  no  sea  ciego  podrá 
distinguir  hasta  dónde  alcanzan  en  los  horizontes  esas  claridades  que  van 
penetrando  en  el  porvenir. 

Dije  también  que  las  obras  bellas  marcan  el  momento  de  las  regene- 
raciones del  alma,  y  así  se  entiende  á  poco  que  se  reflexione,  porque  es 
evidente  que  lo  bello  es  el  producto  de  una  educación  especial,  y  ahora 
que  las  doctrinas  hegelianaa  corren  por  todas  partes,  no  tendré  que  insis* 
tir  mucho  en  las  razones  que  aseguran  esta  verdad.  ¿Hay  ó  nó  obras  be- 
llas en  el  Norte  América?  Pocas,  ciertamente,  pueden  citarse,  pero  no  se 
trata  de  cantidad  sino  de  calidad  en  la  ciencia  estética,  y  con  una  sola 
que  podamos  recordar  habremos  desmentido  el  aserto  del  crecimiento 
comercial  en  lo  absoluto,  que  es  lo  que  nos  importa  para  lograr  el  fin  que 
nos  proponemos.  La  necrópolis  neoyorkina,  por  ejemplo,  es  un  sitio  que 
revela  alguna  cosa;  un  campo  sembrado  de  sepulcros  artísticos,  algunos 
de  valor  considerable  á  los  ojos  de  los  inteligentes  en  escultura,  lagos 
pintorescos,  colinas  magníficas,  calles  poéticas  de  álamos  y  cipreses,  labe- 
rintos caprichosos,  un  conjunto  delidadamente  encantador... y  todo  esto 
¿qué  significa?  ¿Presenta  acaso  pensamientos  de  utilidad?  ¿Ciiál  fes  el  prin- 
cipio de  donde  nacen  los  tipos  de  semejante  idealidad?  Enr  la  contestación 
de  estas  preguntas  van  envueltas  las  teorías  de  la  Estética;  no  hay  en 
aquel  sitio  nada  que  nos  haga  discurrir  sobre  los  provechos  de  tal  6  cual 
sistema,  de  tal  ó  cual  orden,  de  vulgares  negociaciones;  no  se  ha  colocado 
allí  nada  que  despierte  reflexiones  contrarias  al  tipo  del  fantasma  esen- 
cialmente bello;  lo  que  menos  puede  ofrecerse  á  la  imaginación  es  el  pen- 
samiento de  la  conveniencia,  la  noción  del  placer.  El  elemento  sensible 
que  explica  el  por  qué  de  aquellos  monumentos^  no  tiende  tampoco  á  lo 
verdadero,  sino  á  lo  fantástico,  á  lo  indefiniblej  á  lo  celestial.  T  bien:  este 


102  BEVISTA  DE  CUBA 

punto  céntrico  del  gusto  común,  esta  habitación  de  la  sencillez  y  de  la 
poesía,  con  el  hecho  de  encerrar  estas  dos  cualidades,  determina  por  sí 
sola  la  preeminencia  del  tipo  ideal  sobre  los  objetos  sensibles  en  que  se 
ha  fijado  este  mismo  tipo.  No  entro  en  los  detalles  ni  quiero  saber  cuál 
es  la  perfección  de  tales  ó  cuales  adornos,  ó  loa  defectos  de  tales  ó  cuales 
símbolos,  porque  me  basta  el  conjunto  bello  para  admitir  en  lo  relativo 
un  grado  notable  de  progreso  moral  é  intelectual. 

La  libertad  y  la  naturaleza  han  operado  este  milagro,  como  dice 
Felletan,  «porque  la  libertad  es  la  fuerza  productiva,  no  solamente  de 
toda  virtud,  sino  también  de  toda  riqueza;  es  un  alma  más  en  la  humani- 
dad que  derrama  en  ella  un  nuevo  vigor  para  el  trabajo,  que  provoca  la 
voluntad  y  por  la  voluntad  la  acción.  El  hombre  libre  es  el  hombre 
multiplicado  tantas  veces  cuantas  obras  que  acometer  tiene  A  la  vista: 
puede  todo  lo  que  puede  en  todas  partes  y  sin  cesar  por  su  poder  propio; 
y  su  valor  personal  es  siempre  la  medida  invariable  de  su  destino.  El 
americano  es  grande  á  la  luz  de  Dios,  porque  es  libre;  no  pide  su  suerte 
á  ningún  otro  hombre,  porque  él  mismo  la  forma  con  su  trabajo;  prepara 
un  mundo  nuevo  y  lleva  noblemente  consigo  su  misión;  ü  secura,  para 
hablar  la  lengua  de  Tácito.  Camina  en  su  independencia  y  si  el  yo  abso- 
luto está  en  alguna  parte,  reside  en  su  pensamiento.»  El  país  que  habita, 
con  sus  rios  caudalosos,  con  sus  lagos  magníficos,  con  sus  montes,  sus 
llanuras  dilatadas,  sus  cataratas,  sus  climas  diversos,  con  tantos  y  tan 
grandiosos  espectáculos  naturales,  habia  de  llamar  á  la  contemplación  y 
producir  genios  de  mérito  verdadero  en  varios  de  los  ramos  del  saber 
humano,  y  efectivamente,  con  gran  sorpresa  de  los  que  siguen  su  marcha, 
hemos  visto  nacer  allí  á  muchos  que  son  la  admiración  de  cuantos  han 
tenido  el  cuidado  de  observar  lo  que  acontece,  no  sólo  en  lo  qne  respecta 
A  lo  comercial,  como  se  hace  de  ordinario,  sino  en  lo  que  toca  también  á 
las  palpitaciones  del  corazón  y  el  brillo  del  espíritu. 

<rLa  América  del  Norte,  exclama  Lamartine,  absorta  hasta  el  presente 
por  la  conquista  y  la  desvastacion  de  los  bosques  del  Nuevo  Mundo,  no 
habia  aún  llegado  á  su -edad  literaria,  porque  á  la  edad  del  conocimiento 
49ucede  en  los  pueblos  nuevos  la  edad  de  la  madurez  y  del  descanso. 
Pero  mirad  que  ya  esa  misma  América  del  Norte  alcanza  ese  período 
por  la  ciencia,  por  la  historia,  por  la  poesía  y  por  la  novela,  que  es  la 
poesía  doméstica.  Los  nombres  de  sus  publicistas,  de  sus  oradoras,  d^ 


SOBBE  LA  LITEBATUkA.  DE  LOS  ESTADOS  tJKIDOS  l08 

6us  hombres  de  estado,  de  sus  poetas,  de  sus  nacientes  novelistas,  7  ya 
rivales  de  sus  modelos  en  el  antiguo  continente,  atraviesan  el  Atlántico, 
y  nos  traen  los  ecos  de  un  gran  siglo  de  pensamiento  después  de  un  gran 
siglo  de  acción.  Este  país  está  en  su  era  fabulosa  de  independencia,  de 
libertad,  de  institución,  de  creaciones;  las  almas  tienen  allí  el  vigor  del 
suelo,  la  grandeza  de  los  rios,  la  profundidad  de  los  valles,  la  altura 
demesurada  de  las  montañas,  lo  infinito  de  los  horizontes.  ¿Quién  podria 
decir,  si  acaso  no  se  destroza  en  su  infancia,  lo  que  producirá  en  Améri- 
ca esta  poesía  de  la  razón  y  de  la  libertad,  que  será  después  la  poesía  de 
las   tradiciones?  Esperemos,  continúa  más  adelante^  porque  el  poema 

■ 

épico  de  la  razón  humana  y  el  drama  de  la  verdad,  se  preparan  á  nacer 
en  este  nuevo  mundo,  que  aunque  no  canta,  trabaja,  pero  cuya  acción 
es  más  poética  que  nuestros  poemas.» 

Después  de  este  parecer,  que  resume  nuestro  juicio,  entraremos  desde 
luego  á  confirmar  lo  que  nos  empeñamos  en  demostrar,  dividiendo  la 
materia  que  nos  ocupa,  en  parte  de  prosa  y  parte  de  verso,  y  empezare- 
mos por  la  primera;  porque  aunque  en  el  desenvolvimiento  de  la  mente 
precede  la  poesía  á  la  prosa  en  el  orden  histórico,  aquí  se  han  producido 
simultáneamente  una  y  otra,  y. nos  favorece  á  la  vez  semejante  división, 
porque  con  eso  podremos  echar  una  ojeada  sobre  aquellas  serias  manifes- 
taciones de  la  razón  que  no  están  comprendidas  entre  los  verdaderos  li- 
mites de  la  Literatura. 


II. 


El  movimiento  intelectual  del  Norte  América,  abraza,  pues,  un  pe- 
ríodo de  ochenta  años,  desde  los  diasde  Franklin  á  fines  de)  siglo  pasado, 
hasta  los  dias  de  Maury  en  que  vivimos.  Harto  sería  que  pudiéramos 
mencionar  dos  ó  tres  nombres  célebres  en  una  extensión  de  tiempo  que 
suele  ser  la  edad  de  un  individuo,  y  sin  embargo,  larga  sería  la  lista  si  á 
los  dé  un  mérito  superior  agregáramos  los  de  muchos  que  cultivan  con 
éxito  las  artes,  las  letras  y  las  ciencias.  Franklin  sólo  necesita  un  libro 
para  ser  juzgado  como  moralista,  como  filósofo,  como  economista,  como  fí- 
sico, como  político.  iQué  mortal  tan  privilegiado!  Salido  del  seno  de  la  po- 
breza, cajista  de  imprenta,  sube  paso  á  paso  á  un  punto  tal  de  gloria,  que  no 
tarda  en  hacerse  una  notabilidad  en  ambos  hemisferios,  y  después  de 


•  104  EEVISTA  DE  CUBA 

llevar  á  cabo  las  más  atrevidas  empresas,  obtiene  al  morir  todo  lo  que 
puede  hacerse^  en  honor  del  talento  y  la  virtud,  y  merece  que  se  grabe 
sobre  la  lápida  dé  su  tumba  un  epitaño  conque  la  latinidad  moderna 
marca  una  era  de  esplendor;  Eripuit  corIo  f ulmén,  sceplrumque  tyrannis! 
Un  genio  basta  á  enaltecer  un  país,  porque  lo  que  él  produce,  á  toda  la 
nación  pertenece:  si  Grecia  no  hubiera  tenido  más  que  á  Homero,  Roma 
á  Virgilio,  Italia  al  Dante,  Inglaterra  á  Shakespeare,  España  á  Cervantes^ 
Francia  á  Pascal,  Alemania  á  Goethe  y  Portugal  áOamóens,  habrian  dado 
lo  suficiente  al  mundo;  y  cuando  los  Estados  Unidos  han  empezado  pre- 
sentando un  Benjamín  Franklin,  ¿no  han  acudido  á  satisfacer  generosa- 
mento  su  deuda  de  prueba  intelectual? 

Como  el  estudio  de  cada  notabilidad  exige  largas  páginas,  me  con- 
tentaré con  hacer  una  reseña,  pues  mis  lectores  conocerán  que  no  pode- 
mos extendernos  en  unas  ampliaciones  que  darían  á  este  trabajo  un  ca^ 
rácter  contrario  al  que  no  hemos  propuesto.  El  mismo  Franklin  ¡qué 
profundas  reflexiones  no  sugiere!  {Qué  comentarios  no  demandan  sus 
obras!  ¡Qué  admiración  no  debemos  á  sus  descubrimientos!  Colocado  en 
Ja  escala  de  los  primeros  hombres  de  todas  las  épocas,  es  un  modelo  para 
siempre  digno  de  imitación  en  el  porvenir  y  objeto  eterno  de  respeto  para 
cuantos  han  podido  apreciarlo,  no  ya  como  ciudadano,  sino  como  trabaja- 
dor infatigable  en  el  campo  de  los  conocimientos  filosóficos.  Hijo  de  un 
siglo  de  reacciones  en  que  todo  cambiaba,  en  que  la  sociedad  se  conmovía 
en  sus  cimientos,  es  uno  de  los  mejores  representantes  de  aquella  litera- 
tura que  se  personificó  especialmente  en  ciertos  talentos  que  dieron  en- 
tonces impulso  á  las  ideas.  — La  abolición  déla  dignidad  real  en  Francia, 
la  aj/íiricion  de  Bonaparte,  el  reinado  de  Federico  de  Prusia,  el  de  Carlos 
III  en  España,  él  de  Catalina  Primera  en  Rusia,  la  independencia  de  las 
trece  colonias  inglesas  del  Norte  América,  la  insurrección  de  Santo  Do- 
mingo, la  presentación  de  Kosciusko  en  Polonia,  el  degüello  de  Praga  y 
tanta.s  y  tan  poderosas  revoluciones,  influyeron  no  como  quiera,  en  una 
geiiei ación  pensadora  que  salia  del  seno  fecundo  de  la  libre  discusión, 
sino  en  una  falange  de  deHcul^idores  que  había  dado  y  daba  la  inocula- 
ción de  la  vacuna,  la  medida  de  un  grado  del  meridiano,  el  mícrocopio 
solar,  el  uso  de  la  porcelana,  el  planeta  de  Herschell,  el  globo  aereostá- 
tico  y  el  para- rayos. 

Las  consecuencias  literarias  de  este  periodo   memorable  se  sintieron 


SOBRÉ  LA  LITEEATüRA  DE  LOS  ESTADOS  UNIDOS  '     105 

naturalmente  en  estas  tierras  occidentales,  y  coincidiendo  un  gran  movi- 
miento intelectual  con  los  adelantos  de  la   navegacioil  7  el  progreso  de 

s 

las  relaciones  de  comercio,  ya  no  hubo  poblaciones  primitivas,  porque  las 
colonias  se  fundaron  desde  luego  en  todas  las  condiciones  de  la  civiliza- 
ción, y  el  europeo  y  el  americano  vivieron  juntos  y  crecieron  á  la  par. 
De  tan  intima  alianza  en  ninguna  parte  mejor  que  en  el  Norte  América 
nació  con  lozanía  el  árbol  de  los  conocimientos,  y  claramente  se  vé  á  este 
pueblo  formarse  en  completa  madurez,  de  modo  que  las  artes,  las  ciencias 
y  las  letras  han  venido  á  plantar  sus  tiendas  en  estas  playas,  sin  echar 
mucho  de  menos  su  patria  trasatlántica. 

Su  primera  revolución  dá  á  entender  que  se  sintió  pronto  en  la  pose- 
sión de  sus  derechos,  y  la  lucha  actual  es  un  motivo  más  para  creer  que 
atin  hay  en  aquella  noble  nación  exceso  de  vitalidad.  Como  era  lógico 
que  sucediera,  su- cultura  intelectual  ha  ido  rápidamente  en  aumento,  no 
sólo,  como  he  iudicado,  porque  así  tenia  que  resultar  después  de  los 
acontecimientos  del  siglo  jcviii,  sino  porque  la  naturaleza,  la  legislación, 
las  costumbres,  los  antecedentes  de  su  origen,  la  libertad  de  cultos,  el 
desarrollo  de  sus  vastas  ciudades  y  el  amor  á  los  lejanos  viajes,  han  traí- 
do por  precisión  la  necesidad  de  dar  forma  escrita  á  lo  que  tantos  hom- 
bres ven,  sienten  y  reflexionan. 

Después  de  Frankiin  asalta  á  la  memoria  el  luisianés  Audubon,  cuyo 
«rédito  como  naturalista  eminente  es  sin  duda  una  recompensa  justa  á 
los  desvelos,  á  la  paciencia  heroica,  á  las  excursiones,  á  los  dibujos,  á  las 
clasificaciones,  á  los  elegantísimos  cuadros  con  que  se  presenta  á  la  poste- 
ridad aquel  Buflbn  de  las  florestas  del  Nuevo  Mundo.  Confiando  en  sus 
uerzas  propias,  combatiendo  contra  muchos  obstáculos,  se  lanza  á  vagar 
desde  los  grandes  lagos  del  Norte  hasta  las  silvestres  soledades  de  los 
llanos  occidentales,  y  nada  se  oculta  á  su  mirada  penetrante;  atraviesa 
el  mar,  siente  por  todas  partes  que  le  rodea  una  atmósfera  pura  de  esti- 
mación y  alabanzas,  vuelve  á  su  país,  exhibe  en  Nueva  York  los  prodi- 
gios de  su  laboriosidad,  hace  imprimir  magníficamente  su  obra  inmortal 
de  los  «Pájaiós  de  América»  y  sus  «Biograñas  Ornitológicas»,  y  helo  ya 
declarado  por  la  fama  como  nnp  de  los  primeros  maestros  prácticos  en  la 
historia  natural,  y  subido  á  un  alto  puesto  en  la  literatura  por  los  bri- 
llantes episodios  personales  que  refiere  en  sus  escritos,  cuyo  estilo,  aun- 
que á  veces  demasiado  difuso,  no  es  nunca  oscuro  ni  afectado,  y  que  aun 

14 


106  reVí81*a  í)E  cuba 

cuando  DO  encerrase  galas  preciosas,  bastaría  á  probar,  por  lo  menos,  qné 
ejercía  casi  un  dominio  perfecto  sobre  su  idioma  nativo.  ¿Qué  citaré  de 
sus  obras? — de  han  vulgarizado  en  extremo  y  basta  haberlas  leido  para 
no  echar  nunca  en  olvido  unas  descripciones  en  que  todos  los  animales 
parece  que  tienen  vida  y  acción,  en  que  todas  las  plantas  tienen  color  J 
perfume,  en  que  están,  en  fin,  descubiertos  los  misterios  de  la  ciencia  en 
sus  más  difíciles  aplicaciones. — kEu  otoño,  dice  Audubon,  embarcaos  en 
el  Mississippi,  cuando  huyen  del  Norte  millares  de  pájaros  y  buscan  la 
proximidad  del  sol.  Alzad  los  ojos  siempre  que  alcancéis  á  ver  dos  árbo- 
les más  elevados  que  los  demás  y  que  estén  uno  en  frente  de  otro:  alli 
está  el  águila  posada  sobre  el  extremo  de  u  no  de  aquellos  dos  árboles:  so 
ojo  brilla  y  tal  parece  que  arde  como  una  llama  al  contemplar  atenta, 
mente  toda  la  extensión  de  las  aguas:  de  vez  en  cuando  mira  al  suelo, 
observa,  escucha,  recoje  y  distingue  todos  los  ruidos,  por  ligeros  que 
sean,  y  no  se  escapa  á  su  mirada  ni  el  gamo  que  apenas  mueve  las  hojas. 
En  el  árbol  opuesto  está  de  centinela  la  hembra,  que  arroja  por  interva- 
los un  chillido,  con  el  cual  parece  exhortar  al  macho  á  tener  paciencia:  á 
su  vez  responde  éste,  ya  batiendo  las  alas,  ya  por  medio  de  una  inclina- 
ción de  todo  su  cuerpo,  ya  también  por  cierto  canto  cuyo  grito  estrepito; 
so  y  discordante  semeja  la  risa  de  un  maniático,  y  después  vuelve  á 
ponerse  de  pié,  pero  tan  inmóvil,  tan  silencioso,  que  parece  de  mármol. 
Los  patos  de  todas  clases,  las  gallinetas  y  las  abutardas,  huyen  en  mul- 
titud arrebatadas  por  el  curso  de  las  aguas,  y  como  son  una  presa  que 
desdeña  el  águila,  se  libertan  de  la  muerte  por  este  desprecio.  Llega,  por 
fin,  á  los  oidos  de  bs  dos  salteadores  un  sonido  que  conduce  el  viento  por 
encima  de  la  corriente,  y  que  tiene  el  eco  y  el  tono  ronco  de  un  instru- 
mento de  cobre:  es  el  canto  del  cisne.  Con  un  llamamiento  compuesto  de 
dos  notas  dá  la  hembra  aviso  al  macho,  el  cual  siente  que  su  cuerpo  ae 
estremece  de  cólera:  peina  su  pluma  con  dos  ó  tres  picotazos,  que  son  los 
preparativos  para  su  expedición,  y  se  dispone  á  volar.  Viene  el  cisne  co- 
mo un  bajel  flotante  por  el  aire,  lleva  extendido  hacia  adelante  su  cuello 
de  una  blancura  de  nieve  y  sus  ojos  brillan  de  inquietud;  apenas  basta 
á  sostener  la  masa  de  su  cuerpo  el  movimiento  precipitado  de  sus  doa 
alas,  y  sus  patas  desaparecen  á  ia  vista  recogidas  sobre  la  cola;  la  vic- 
tima se  vá  acercando  lentamente;  resuena  un  grito  de  guerra,  se  presen- 
ta el  águila  con  la  velocidad  de  una  estrella  que  corre  ó  de  un  rayo  qne 


SOBRE  LA  LITERATUflA  DE  LOS  ESTADOS  UNIDOS  107 

■ 

brilla:  apenas  distingue  el  cisne  á  su  verdugo,  cuando  encoje  el  cuello, 
describe  un  semicírculo  7  se  pone  á  maniobrar  en  las  agonías  del  miedo 
para  procurar  huir  de  la  muerte;  7a  no  le  queda  más  recurso  que  za- 
bullirse en  la  corriente,  pero  el  águila,  conocedora  de  la  astucia,  obliga  á 
SU  presa  á  mantenerse  en  el  aire,  conservándose  debajo  sin  descanso  7 
amenazando  herirla  en  el  vientre  6  en  la  parte  inferior  de  las  alas.  Esta 
profundidad  de  combinación  que  envidiada  el  hombre  al  pájaro,  no  deja 
amas  de  conseguir  su  fin:  pronto  se  fatiga  el  cisne,  se  debilita  7  pierde 
las  esperanzas  de  salvarse;  pero  temiendo  todavía  su  enemigo  que  caiga 
en  el  agua,  hiere  á  su  victima  con  sus  garras  por  debajo  de  las  alas  7  la 
precipita  oblicuamente  á  la  orilla  del  rio.  Tanto  poder,  tanta  destreza, 
tanta  actividad,  tanta  astucia,  consiguen  siempre  su  conquista.  No  po* 
driais  ver  sin  horrorizaros  el  triunfo  del  águila:  baila  sobre  el  cadáver, 
clava  profundamente  sus  uñas  de  cobre  en  el  corazón  del  cisne  moribun- 
do, bate  las  alas,  dá  un  ahullido  de  alegría,  le  embriagan  las  postreras 
convulsiones  del  pájaro,  levanta  su  calva  cabera  hacia  los  cielos,  7  sus 
ojos,  ardiendo  de  orgullo,  adquieren  el  color  de  la  sangre:  la  hembra  no 
tarda  en  acompañarlo;  vuelven  ambos  al  cisne  hacia  arriba,  le  atraviesan 
el  pecho  con  su  pico  7  se  bañan  en  la  sangre,  caliente  todavía,  que  mana 
de  sus  heridas.» 

¡Qué  interesante  es  para  el  que  gusta  dar  imparcial  mente  lo  que  & 
cada  cual  corresponde,  seguir  dia  tras  dia  7  noche  tras  noche  por  las 
cordilleras,  por  los  bosques,  por  las  márgenes  de  los  ríos  á  aquel  infati- 
gable perseguidor,  asi  de  las  águilas,  como  de  las  golondrinas,  asi  del 
cisne  que  mora  en  la  vecindad  del  turbulento  Mississippi,  como  del  oso 
blanco  que  atraviesa  las  praderas  del  Oestel  Generoso,  bueno  7  sabio  co- 
mo  Franklin,  consagra  sus  bienes,  su  reposo  7  sus  largos  dias  á  la  medi- 
tación, 7  entrega  á  las  prensas  de  nuestra  época  unos  trabajos  que  no 
pueden  verse  sin  admiración,  que  le  valieron  envidiables  elogios. 7  han 
abierto  en  su  país'  la  senda  á  ulteriores  descubrimientos  en  est^e  ramo. 
Holbrook,  autor  de  la  obra  más  completa  sobre  entomología.  Tomás 
Nuttall,  Jhon  Oassin,  P.  P.  Giraud,  Tomás  Sa7,  J.  L.  Leconte,  J.  H.  Ha- 
rria 7  además  otros  muchos  que  han  ilustrado  varios  ramos  de  la  Zoolo- 
gía, como  B.  S.  Bar  ton,  Isaac  Lea,  J.  D.  Dana,  J.  E.  D.  Ka7,  Jeffries 
W7man,  P.  A.  Oonrad,  A.  A.  Gould,  J.  D.  Godman,  S.  Kneland  7  aquel 
ranees  ilustre,  Luis  Agassiz,  que  ha  trasladado  para  siempre  quizá  sus 


I 

108  REVISTA  DB  CGBA 

hogares  á  estas  playas  felices  del  Occidente;  Stephen  Elliot,  Amas  Eaton 
ThomStó  Nuttall,  Jacob  Bigelow,  A,  B.  Strong,  D.  J.  Browae,  Alphonao 
Wood,  y  el  más  eminente  entre  todos,  Asa  Gray,  han  dado  obras  gran- 
diosas en  Botánica,  y  este  ultimo,  no  contento  con  lo  que  ya  ha  prodnci- 
do,  está  preparando,  en  unión  de  Jhon  Tomey,  la  más  perfecta  Flora 
Americana  que  se  haya  emprendido  jamás. 

Al  llegar  á  este  punto  nos  encontramos  con  una  multitud  de  nom-' 
bres  de  autores  de  más  ó  menos  importancia,  que  son  dignos,  seguramen- 
te, de  que  haya  quien  se  aplique  á  saber  en  particular  hasta  dónde  al- 
canza su  mérito;  pero  una  mención  prolija  nos  separaría  de  nuestro 
propósito,  que  es  llegar  cuanto  antes  al  examen  de  aquellos  talentos  que 
han  empleado  su  laboriosidad  en  abrir  hondos  surcos  en  el  campo  fórtil 
de  los  estudios  amenos.  Es  preciso,  sin  embargo,  formarnos  una  idea  fija 
del  adelantamiento  general  en  los  E<=)tados  unidos,  y  éste  es  el  motivo  de 
que  nos  hayamos  valido  con  precaución  de  unas  referencias,  que,  entre 
otras  ventajas,  pueden  traer  las  de  inspirar  en  algunos  el  deseo  de  cono^ 
cer  los  grados  de  ilustración  indudable  de  que  hablamos,  y  además,  un 
espíritu  de  justicia  que  n(^  domina  enteramente,  y  el  encadenamiento 
natural  del  desarrollo  común  de  la  inteligencia,  nos  han  impulsado  sin 
sentirlo  á  traer  aquí  unos  recuerdos  de  que  no  hemos  podido  desenten- 
demos. 

En  Geología,  ahí  tenéis  á  Eduardo  Hitchcock,  Madure,  los  dos  Bo- 
gers,  Sterry  Hunt  Percival,  Emmons,  Owen,  Foster,  Jackson,  Whitney, 
Redfield,  James  Hall,  Hodge,  Leidy,  Mather,  Lea;  en  Mineralogía  á  J. 
D.  l)ana,  Cleveland,  Beck  Shepard;  en  Química  los  dos  Silleman,  Roberto 
Haré,  Jackson,  Draper,  José  Henry,  Horsford,  Jóhn  Torrey,  Youmans  y^ 
Campbell  Morñt,  y  en  otros  ramos  de  las  ciencias  naturales  se  citan  á 
Maury,  iledfield,  Spy  y  Brokclesby;  en  Meteorología,  á  Bailey;  en  gran- 
des trabajos  microscópicos,  al  céiebre  Bache,  superintendente  de  la  ex- 
ploración de  costas  ( Ooasi  survet/)]  á  José  Henry  que  ha  hecho  descubri- 
mientos dé  mucho  precio  en  electro-magnetismo,  y  en  fin,  á  Mr.  Morton» 
autor  de  la  Craneología  Americana,  que  habiéndose  propuesto  por  objeto 
de  sus  investigaciones  la  raza  de  los  aborígenes  del  Nuevo  Continente, 
consiguió,  por  curiosas  comparaciones,  resultados  interesantísimos;  entre 
los  cuales  no  fué  el  menor  demostrar  que  esta  parte  del  mundo  ha  sido 
poblada  por  hombres  que  no  tienen  rela^n  esencial  con  los  mongoles^ 


t 

SOBRE  LA  LITÜBATÜRA  DE  LOS  ESTADOS  UNIDOS  109 

Los  dos  tomos  en  que  refiere  el  Doctor  Kane  su  expedición  al  Polo 
Ártico,  son  una  ofrenda  preciosa   colocada  en  el  altar  de  las  atreviilaa 
observaciones,  y  el  estilo  de  que  se  sirve  para  dar  cuenta  de  su  fatigosa 
peregrinación,  es  el  encanto  de  los  qué  hojean  sus  páginas  inmortales, 
que  contienen,  á  más  de  una  bella  narración  de  viajes,  una  vigorosa 
fuerza  de  análisis  7  un  caudal  valioso  de  conocimientos  ñsicos.  Los  auT 
xilios  que  en  esta  ocasión  le  prestaron  la  sociedad  geográfica  de  New-r 
York,  el  instituto  Smifchsoniano  y  la  sociedad  filosófica,  dan  testimonio 
de  que  el  ilustre  descubridor  no  estaba  fóIo,  sino  que  tenía  un  gran  nú- 
mero de  amigos  entusiastas,  que  vanamente  podian  prometerse  una  ope- 
ración de  interés  mercantil,  sino  que  iban  en  pos  de  las  prácticas  gene- 
rosas de  la  ciencia,  y  por  tanto,  este  caso  prueba  amor  sublime  al  estudio; 
paed  para  que  fuese  más  verdadero,  la  esperanza  no  podia  ser  halagüeña 
en  una  empresa  que  habia  ocultado  para  siempre  los  restos  de  varias 
expediciones. 

iQué  cantidad  t-an  extraordinaria  de  libros  se  ha  dado  á  luz  en  los 
Estados  Unidos,  consagrada  á  las  exploraciones  y  pinturas  de  casi  todos 
los  países!  [Y  cuántos  adelantos  en  geografía  iiO  han  provenido  de  tanto 
empefio,  tanto  arrojo  y  tanta  asiduidad!  Sigourney,  Mackenzie,  Cheever, 
Bayard  Taylor,  Col  ton,  Brace,  Edward  Robinson,  Stephens,  Curtis,  R. 
H.  Dana,  Flint,  Olmested,  Squier,  el  capitán  Wilkes  en  sus  cinco  volú- 
menes, y  una  falange  que  sería  enojoso  individualizar,  han  contribuido 
á  que  casi  parezca  interminable  el  numero  de  los  que  se  dedican  á  esta 
clase  de  trabajos.  Pero  |quó  hombres  ese  Doctor  Kane  y  sus  compafierosl 
Si  la  vida  de  Audubon  causa  sorpresa,  qué  no  experimentaremos  ante 
aquellos  navegantes,  que  penetran  en  lo  más  árido,  en  lo  más  triste,  en  lo 
más  solitario,  en  lo  más  temible  del  globo  recorrido!  Las  tormentas  de 
nieve,  los  mare's  helados,  las  fieras  del  ^doIo,  nada  los  detiene:  hay  veces 
que  se  resignan  á  esperar  la  muerte;  dejan  anclada  la  nave  entre  los 
témpanos,  se  dividen  la  carga  de  los  instrumentos  de  observación,  suben 
montañas,  se  sostienen  unos  á  otros,  espiran  algunos  en  la  jornada,  y  sin 
embargo,  siguen  hacia  adelante  y  pasan  meses  y  se  consagran  á  la  cien- 
cia; y  ¿todo  esto  no  es  digno  de  aprecio?  ¿todo  esto  es  producto  del  co- 
mercio?... Nó:  esto  es  lo  bello,  lo  grande,  lo  sublime;  esto  »o  es  efecto  de 
conveniencias  ni  utilidades,  es  lo  que  resulta  únicamente  de  un  alto  gra- 
do de  cultura  moral  é  intelectual.  No  se  me  podría  argumentar  que  un 


lio  REVISTA  DE  CUBA 

hecho  semejante  no  representa  las  ideas  generales,  porque,  á  más  de  los 
que  hemos  mencionado  ligeramente  por  temor  de  molestar  la  paciencia 
del  lector,  podemos  agregar  la  sabia  exploración  que  al  mismo  tiempo 
emprendia  el  capitán  Herndern  en  el  valle  del  Amazonas,  y  otras  ma- 
chas, hasta  la  nueva  expedición  que  ha  acometido  últimamente  el  Doctor 
Hay  es  con  diez  y  seis  compañeros,  en  buQca  de  un  camino  por  el  paso 
del  Noroeste,  con  intención  de  ñjar  algunas  observaciones  del  Doctor 
Kane,  y  que,  según  una  noticia  reciente,  acaba  de  retornar  á  su  patria, 
después  de  haber  perdido  al  astrónomo  Augusto  Sontag  en  el  llamado 
estrecho  de  Smith,  bajo  la  fria  temperatura  de  6S  grados  bajo  cero,  y 
haber  tenido  el  orgullo  de  llevar  la  bandera  estrellada  hasta  los  81?  y 
859  al  Norte.' 

Apenas  hará  unos  veinte  y  cinco  años  que  se  introduje  en  los -Esta- 
dos  Unidos  el  primer  telescopio  escedente  del  tamaño  común,  y  sin  em- 
bargo, ya  tienen  artistas  que  han  fabricado  en  este  ramo  delicado  todo 
lo  que  podian  apetecer  para  llenar  algo  más  de  lo  que  reclaman  las  ne- 
cesidades del  momento;  y  los  observatorios  con  que  cuentan,  unos  de 
primer  orden,  otros  secundarios,  tienen  en  constante  actividad  á  un  nu- 
mero notable  de  astrónomos,  aficionados  y  estudiantes  (1).  Muchos  de 
éstos  se  han  erigido  por  medio  de  suscriciones  voluntarias,  otros  por  los 
legados  de  generosos  patriotas,  varios  por  cuenta  del  Estado.  La  astro^ 
nomia  está  muy  bien  representada  en  los  Estados  unidos.  Hánse  publi^ 
cado  ya  gruesos  volúmenes  de  las  observaciones  hechas  en  Wa.shingtoQ, 
hasta  hace  poco  sujetas  á  la  dirección  de  Maury,  y  en  ellos  se  puede 
ver  cuánto  trabajo,  cuánto  sudor,  cuánto  desvelo  ha  costado  á  los  sabios 
del  Norte  acumular  minuciosas  noticias  sobre  el  estado  de  los  cielos. — 
Los  profesores  Loomis,  Eeith,  Waker,  Ourley,  el    mencionado  Maury 


(1)  El  observatorio  de  Yabe  College,  el  de  WilliamB,  en  Massachoaetts,  el  de 
HudsoA  en  el  Ohio,  el  de  High  School  en  Filadelfía,  el  de  West-Foini,  el  Nacional 
de  Washington,  el  de  Georgetown,  el  de  Cincinati,  el  de  Cambridge,  el  particular  de 
Sharon,  cerca  de  Filadelfia,  el  de  Tuscaloosa,  el  de  Mr.  Lewis,  M.  Rntherford  en  la 
esquina  de  la  segunda  Avenida  y  de  la  calle  17*  en  New-York,  el  de  Charleston, 
en  la  Carolina  del  Sud,  el  de  Darmouth  en  Boston,  el  de  Mr.  Van  Arsdale  en  Newark 
(estado  de  New-Jersey),  el  de  Shelly  en  Kentuky,  el  de  Búfifalo,  el  de  Mr.  Campbel, 
en  New-York,  el  de  la  Universidad  de  Michigan,  el  de  Dudley  en  Albany,  el  de  Clo- 
verden,  en  Massachusette  y  el  de  Hamilton. 


8ÓbE£  la  LITE&ATÜÍIA  ¿1  LOS  ESTADOS  UNIDOS  Íll 

artlett,  Gillis,  Coffín,  Peterson,  Denison,  Olmoted,  Norton,  Gould  y  la 
Sefiorita  María  Mitchell,  se  consideran  maestros  estimables. — Los  instru- 
trumentos  de  Pike,  apreciado  no  sólo  como  el  primer  óptico  de  su  país, 
sino  á  la  altura  de  los  más  distinguidos  de  Europa,  7  que  recientemente 
ba  construido  un  telescopio  que  en  magnitud  7  perfección  puede  com- 
pararse con  los  más  nombrados  en  el  mundo;  los  catálogos  de  estrellas 
de  Bond,  las  observaciones  sobre  la  luna  de  Gibbes;  la  expedición  á 
Chile,  socorrida  por  las  sociedades  científicas  7  el  Congreso,  dirigida  por 
Gillis  7  que  llevaba  edificios  de  madera  7  útiles  preciosos  para  estable- 
cer un  observatorio  provisional  en  las  inmediaciones  de  Santiago,  7  que 
dio  grandes  resultados  asi  astronómicos  como  meteorológicos:  la  idea  que 
sugirió  el  profesor  Morse  de  que  el  telégrafo  eléctrico  podría  servir  para 
determinar  la  diferencia  de  longitud  entre  lugares  distantes:  los  experi- 
mentos para  fijar  aproximadamente  la  velocidad  del  fluido  eléctrico;  la 
traducción  de  la  mecánica  celeste  de  la  Place  por  Bowditch,  las  observa- 
ciones de  Gillis  publicadas  por  orden  del  Congreso;  los  anales  del  obser- 
vatorio del  colegio  de  Harvard  7  de  Georgetown;  las  memorias  de  la 
Academia  Americana;  las  del  periódico  de  ciencias,  las  del  almanaque, 
de  los  Estados  unidos,  7  en  fin,  las  repetida^  obras  que  se  han  dado  á 
luz  sobre  esta  materia,  son  una  demostración  de  que  no  están  abandona- 
dos en  aquella  región  los  estudios  matemáticos  en  su  aplicación  más  ele- 
vada, á  todo  lo  cual  puede  agregarse  que  los  americanos  tienen  el  honor 
de  haber  descubierto  varios  cometas  antes  que  los  astrónomos  europeos; 
que  Sammes  Ferguson  ha  bautizado  un  nuevo  asteroide  con  el  nombre 
de  Eufrosina,  7 que  el  director  del  observatorio  d.el  colegio  de  Hamilton 
ha  descubierto  otro  que  ocupa  el  número  setenta  7  dos  en  el  catálogo  de 
esos  cuerpos  celestes  que  tanto  se  han  aumentado  durante  estos  últimos 
años. 

Entre  los  matemáticos  especiales,  Pierce,  los  dos  Davies  7  Hill;  pen- 
sad un  poco  en  lo  que  vale  ese  mismo  Nathaniel  Bowditch,  autor  de  la 
traducción  con  comentarios  de  la  mecánica  celeste,  que  arrancó  á  la  cla- 
se las  más  satisfactorias  alabanzas,  7  á  quien  se  deben  algunas  obras  de 
náutica  aceptadas  universalmente:  su  educación  prodigiosa,  que  empren- 
dió por  si  mismo,  sus  vastas  investigaciones  7  su  existencia  toda,  presen- 
tan uno  de  los  cuadros  más  completos  que  pueden  exigirse  á  la  pobre 
naturaleza  humana.  ¿T  Maur7?  A  los  veinte  7  cuatro  años  de  edad  em- 


112 


REVISTA  DE  CUBA 


pezó  á  darse  á  conocer  con  un  tratado  de  navegación  que  9Írve  de  texto 
en  la  marina,  y  todavía  no  ha  terminado  su  carrera  de  victorias.  Si  no  se 
hiciera  caso  más  que  de  su  Geografía  física  del  mar,  que  le  ha  hecho  ob- 
tener una  salutación  unánime  de  los  reyes,  las  academias  y  los  amantes 
del  progreso  positivo  en  los  estudios  serios,  quedaría  suficientemente 
manifestado  que  allí  se  sostienen  con  brillo  notable  las  ciencias  físicas,  y 
si  considerásemos  que  fuera  necesario  apoyar  estos  asertos  multiplicando 
las  citas,  ¡cuántos  obreros  famosos  podríamos  ir  recordando!  ¡cuántas 
glorias  nos  sería  fácil  presentar!  Un  instante  y  saldremos  de  esta  parte 
de  nuestro  discurso:  Wood,  Bache,  Beck,  Gross,  Eberle,  Gibson,  Dikson, 
Dewees,  Meigs,  Dunglison,  y  un  sin  numero  de  autores   en  medicina  y 
cirujía;  Mann,  Bernard,  Page,  Jodd,  Emerson  Rusell,  etc.,  etc.,  en  siste- 
mas de  educación,  que  constituyen  uno  de  los  monumentos   mayores  de 
la  Literatura  del  Norte  América;  en  las  lenguas,  en  las  bellas  artes,  la 
agricultura,  la  economía  política,  la  legislación,  en  todo  han  venido  por 
centenares  los  obreros  á  recojer  la  mies,  y  en  verdad  que  no  alcanzan  los 
dias  de  un  hombre  para  examinar  lo  mucho  bueno  que  se  ha  producido 
allí,  en  medio  de  la  fiebre  de  publicidad   mayor  de  que  haya  memoria 
aquí  en  la  tierra.  Por  último:  ¿y  los  esfuerzos  de  Morse,  Vail,  Hughes 
H  cuse  y  Phelps  en  la  ingeniosa,  curiosísima  y  bella  invención  del  telé 
grafo  eléctrico,  para  lograr  el  aparato  que  produjo  el  primer  mensaje 
impreso?  ¡Qué!  ¿No  bastaba  la  prisión  del  rayo?  ¿No  bastaba  haber  apli- 
cado el  vapor  á  la  navegación?  Nó,  aun  quedaban  cosas  nuevas  que  lle- 
varse á  cabo:  en   la  lista  de  los  Franklin  y  los  Fulton,  que  trasmite 
nuestra  época  á  la  más  remota  posteridad,  tenían  que  agregarse  otros 
nombres;  después  de  aquellos  dos  colosales  descubrimientos  era  menester 
buscar  algo  más  delicado,  un   hilo  metálico;  era  menester  buscar  un 
agente  de  la  mayor  velocidad  posible,  la  electricidad;  era  menester  rea- 
lizar la  más  completa  maravilla;  un  instrumento  que  escribiese  lo  que 
se  hablaba  á  muy  largas  distancias,  que  comunicase  la  palabra,  que  die- 
ra noticias  de  comarca  á  comarca,  de  ciudad  á  ciudad,   de  nación  á  na- 
ción, de  mundo  á  mundo!  ¡Qué  triunfo!  Ya  no  hay  diques  en  oposición 
al  velo  fugaz  del  pensamiento;  «en  el  fondo  de  las  aguas,  donde  reina  la 
inmovilidad  del  sepulcro»,  según  la  expresión  de  Maury,  entran  nuevos 
visitantes;  se  sumerjo  un  cable  desde  una  á  otra  orilla  del  Atlántico,  y 
por  este  camino  han  podido  volar  misteriosamente  las  ideas.  El  celebro 


SOBRE  LÉL  LITERATURA.  DE  LOS  ESTADOS  UNIDOS  ll3 

alemán  Heory  Heine  observaba  que  las  vías  férreas  son  un  aconteci* 
miento  pravidencial  qae  dá  nuevo  impulso  á  la  humanidad,  que  cambia 
la  forma  y  el  color  de  la  vida  social;  que  con  ellas  comenzaba  una  era 
nunca  vista,  en  la  historia  universal,  7  que  nuestras  generaciones  pueden 
enorgullecerse  de  haber  asistido  á  su  inauguración.  ¡Qué  trasformacio- 
nes  deben  efectuarse  ahora  en  nuestro  modo  de  pensar!  esclamaba  lleno 
de  admiración;  las  mismas  ideas  elementales  del  tiempo  7  del  espacio 
eetáa  vacilando;  los  caminos  de  hierro  han  destruido  el  espacio  7  7a  no 
nos  qaeda  más  que  el  tiempo.  Pues  bien,  Henr7  Heine,  tü  que  soñabas 
por  la  rapidez  de  los  viajes  ver  caminando  hacia  Faris  los  montes  7  las 
florestas,  que  percibias  7a  el  olor  de  los  tilos  alemanes,  que  creias  que  de- 
lante de  tu  puerta  se  estrellaban  las  olas  del  mar  del  Norte;  tü  hubiera  tí 
sabido,  á  vivir  un  poco  más,  que  á  la  destrucción  del  espacio  ha  sucedido 
la  destrucción  del  tiempo.  Mr.  Field*  dijo  una  vez  en  el  Palacio  de  cris- 
tal de  New- York,  que  habia  recibido  una  comunicación  de  un  suburbio 
de  la  ciudad,  7  este  suburbio  era  Londres:  es  un  axioma  que  podríamos 
hablarnos  los  habitantes  de  todas  las  zonas  de  la  tierra  en  nn  momento 
dado,  7  tú  pudiste  comprenderlo,  porque  mucho  antes  de  bajar  á  la  tum- 
ba, ya  el  ra7o  arrebatado  á  las  nubes  se  habia  convertido  en  mensajero 
de  la  palabra. 

JUAN  CLEMENTE  ZENEA. 

{Cbníinuará,) 


■♦♦♦■ 


16 


■ÍMMHHMMaHl«MiB^MiMB.ai_MBMMM^iiaMM.Bi»a^HMM^i^MiHM^a^BNMMBMHMa*Mfei 


EL  MAR. 


¿Será  que  de  lo  bello  enamorada 
tanto  seduce  al  alma  tu  hermosura, 
que  mientras  más  te  miro,  la  mirada 
más  se  complace  en  recorrer  tu  anchura? 

Si  duermes  por  los  céfiros  mecido, 
|cuán  augusta  es  tu  calma!  jCuán  hermoso, 
8Í  tiemblas  por  los  vientos  combatido, 
y  en  estas  playas  áridas  y  solas 
se  estrellan,  con  monótono  quejido, 
de  ira  espumantes,  tus  hir vientes  olas! 

Tu  mágica  belleza 
mi  ser  despierta  hiriendo  mi  sentido; 
el  himno  que  te  inspira  tu  tristeza, 
loB  tormentos  que  expresa  tu  bramido, 
tienen  la  vibración,  en  su  rudeza, 
de  un  dolor  que  se  expande  en  un  gemido. 

¿No  eres  la  eterna  y  agitada  fuente 
en  que  se  baña  con  placer  la  vida? 
Enamorado  el  sol  besa  tu  frente, 
y  el  alma  de  tus  olas  difundida 


EL  MAR  11& 


por  el  azul-  del  cielo  trasparente, 
flota  en  las  blancas  nubes  apiñadas 
que  su  venida  esperan,  y  en  Poniente 
88  encienden  con  sus  últimas  miradas; 
86  condensa  en  la  lluvia  y  nace  el  rio; 
la  arrastra  el  Noto  y  vibra  en  el  torrente; 
tiembla  en  las  leves  gotas  del  roclo. 

Y  yo  anhelo  aspirar  esa  alma  inmensa, 

e^^  alma  bienhechora 
que  en  lo  bueno  y  lo  grande  se  condensa», 
que  ante  lo  bueno  que  realiza  llora, 
y  cual  la  mia  ante  lo  grande  piensa. 
|Yo  el  espíritu  evoco  de  tus  ondas 

cuando  sin  él  te  agitas, 
y  es  imposible  que  al  amor  respondas, 
aunque  los  ayes.del  dolor  imitas! 
La  niebla  con  que  el  tiempo  y  la  distancia 
envolvian  tu  cuna,  ya  está  rota; 
como  el  débil  mortal  tuviste  infancia, 
más  agitada  cuanto  más  remota. 

Jja  copa  incandescente 
que  con  sus  olas  rebosar  debia, 
en  la  ancha  mesa  del  festin  cercano 
un  artista  inmortal  dejó  vacia, 
y  en  nube  tempestuosa  el  Océano 
sobre  su  borde  extenso  se  cernía. 
El  vapor  de  la  altura  larga  guerra 
iba  á  llevar  al  fuego  del  abismo: 
gimió  la  nube  oceánica;  la  tierra, 
temblorosa,  esperaba  el  cataclismo, 
encendido  el  volcan  en  la  alta  sierra. 

Y  vio  la  nube  al  Bóreas  en  un  cielo 

tan  negro,  que  con  ella 
se  confundia,  hallándola  tan  bella, 
que  al  imprimirla  su  ósculo  de  hielo^ 


m 


REVISTA  DE  CUBA 


^brió  el  dolor  su  seno  palpitante 
de  placer,  y  su  cóncavo  encendido, 
como  entreabierta  sima  de  diamante, 
brilló  sobre  el  planeta  estremecido; 

7  el  fúnebre  estallido 

del  beso  del  amant^^ 
se  confundió  con  el  primer  gemido 

del  Océano  infante, 
y  ya  para  el  combate  apercibido. 

Y  el  terremoto  hundia  en  sus  escombrqs 
la  vida,  sofocada  por  su  efluvio, 

y  vio  la  tierra  desplomarse  en  hombros 
del  huracán  la  masa  del  diluvio; 

y  entre  el  horrible  estruendo 
que  produjo  la  mole  desprendida, 
la  vio  alejarse  con  fragor  huyendo, 
por  las  iras  del  fuego  repelida. 

Y  el  mar  volvió  al  combate, 
y,  vencedor  al  fin,  hasta  losibordes 
llenando  su  ancha  copa,  con  su  embate 
vibra  y  la  arranca  lügubres  acordes. 
Así  termina  tan  grandioso  duelo, 
y  cuando  el  hombre  llega,  escucha  el  himno' 
de  su  hirviente  cristal,  y  mira  al  cielo. 

Y  la  ley  que  preside  á  su  existencia, 
en  sus  oscuros  senos  escondida, 

le  reveló  la  ciencia: 
vio  que  era  en  ellos  causa  de  la  vida 
la  varia  dirección  de  sus  corrientes; 

siguió  también  los  cauces 

inmensos  de  los  ríos 

que  suspendidos  van  sobre  las  fauces 
de  sus  senos  hambrientos  y  sombríos; 
los  que  llevan  en  prismas  de  cristales 
á  las  tierras  del  Norte  los  ardientes 
besos  de  las  regiones  tropicales} 


EL  MAB  117 


los  que  nacen  del  polo  en  las  vertientes 
Y  exhalan  en  las  zonas  estivales 
el  frescor  de  sus  ondas  trasparentes; 
vio  los  portentos  de  sus  valles  hondos, 

los  vastos  continentes, 
trahajos  de  los  siglos  en  sus  fondos.  • 

jOuán  helio  estás  dormido,  cuando  envuelye 
tn  magostad  la  noche,  7  la  argentada 
luna  su  Inz  en  tu  cristal  disuelve; 
cuando  hrilla  tu  frente  coronada 

de  sideral  diadema; 
de  mundos  infinitos  tachonad^!    / 

Tu  augusta  magostad,  mar  soberano, 
despierta  mi  grandeza,  no  me  humilla; 
encerrado  en  mi  frente  un  océano, 
también  de  mundos  coronado  brilla; 
su  cristal  impalpable  centellea, 
herido  por  los  rayos  que  circundan 
los  inflamados  orbes  de  la  idea. 
Si  el  rayo  absorbes,  que  nació  encendido 
en  la  esfera  del  sol,  y  de  tus  olas 
en  la  espumosa  cúspide  partido, 
dora  tus  senos  y  tu  azul  esmalta, 
hay  otro  sol  que  con  amor  fulgura 
rayos  más  puros  en  región  más  alta; 
hay  otro  mar  cuyos  cristales  hiende 
con  más  cambiantes,  que  á  mayor  hondura 
su  ámbito  inmenso  con  su  luz  enciende. 

Océano  inmortal,  nuestro  destino 
es  grande:  tü  te  duermes  reclinado 
sobre  hundidos  imperios;  su  memoria 
envuelves  en  el  denso  torbellino 
de  tus  olas:  mi  espíritu  reposa 
entre  esas  glorias  tristes  del  pasado, 
que  Marte  cela  en  su  sangrienta  fo8a¿ 


118  REVISTA  DE  CUBA 

Tü  sobre  ruinas  yaces:  yo  reclino 
la  frente  con  dolor  sobre  la  historia 
de  pueblos  engañados,  que  aun  anhdlan 
en  su  mutuo  exterminio  hallar  la  gloria. 
La  ciencia  en  vano  vela  en  su  santuario, 
reparte  bienes  y  la  paz  implora: 
el  malvado,  con  celo  sanguinario, 
profana  hasta  el  sagrado  de  la  idea, 
Y  la  roba,  y  la  trueca  en  destructora 
arma  de  muerte  en  la  feroz  pelea. 
A  una  seQa,  no  más,  con  ella  armados 
los  pueblos  se  aglomeran,  é  ignorantes, 
se  ven  al  yugo  d3  la  guerra  atados; 
oaen,  heridos  con  safia,  los  sombríos 
bosques — que  fueron  antes  nuestro  encanto 
y  flotan,  transformados  en  navios, 
que  á  tus  confines  llevan  el  espanto. 
¿Cómo,  sagrado  mar,  sores  que  cifíen 

su  frente  con  la  aureola, 
emanación  de  un  Dios,  con  torpe  anuencia, 
sancionarán  el  crimen  con  que  inmola 
un  monstruo  á  su  ambición  la  inteligencia? 
Rompe  el  linde  mezquino  de  tu  Imperio; 
tü  que  eres  fuerte  puedes  ser  impío: 
busca  la  gloria;  invade  otro  hemisferio; 
funda  en  la  destrucción  tu  poderío. 
El  hombre  cantará  su  vencimiento, 
dejándote  el  dominio  de  la  esfera: 
serán  bajo  el  azul  del  firmamento, 
los  confines  de  un  mundo  tu  barrera; 
halagüeño  será  tu  ronco  acento 
por  más  que,  con  sus  alas  poderosas, 
tus  olas  rice  el  iracundo  viento; 
reina  en  la  soledad  que  hace  el  delito: 
el  hombre,  con  su  libre  pensamiento, 
patria  y  albergue  encuentra  en  lo  infinito. 


EL  MAR' 

Bañados  en  la  luz  esplendorosa 
del  sol,  en  vastos  círculos,  los  orbes 
giran  con  rapidez  vertiginosa; 
y  si  la  ley  rompieran  que  los  guia, 

un  cataclismo  horrendo 
el  conjunto  armonioso  romperia. 
¡Sólo  un  ser  libre,  con  marcial  estruendo, 
turba  la  eterna  ley  de  la  armonía! 
Pero  tü  respetabas.  Océano, 
esa  divina  ley  que  el  hombre  huella, 
cuando  Colon  te  arrebató  tu  arcano; 
cuando  nutrió  con  tus  tormentas  Gama 
su  genio  emprendedor,  y  heroico  y  grande, 
el  templo  holló  del  vaporoso  Brahma. 

De  tus  linderos  en  redor  se  extiende, 
para  blanquearlos,  tu  sonante  velo;  ^ 

pero  en  la  piedra  que  al  rasgarse  azota, 
la  dulce  llama  del  amor  se  enciende, 
la  alegre  vida  del  trabajo  brota; 
y  van  tus  naves  á  remoto  suelo, 
de  amor  henchidas  y  de  ricos  bienes; 
y  aunque  iracundo  se  desgarre  el  cielo, 
en  tu  dorso  rizado  las  sostienes. 
{Lazo  inmenso  de  amor!  En  vano  el  viento 
hará  terrible,  al  combatir,  tu  nombre;    • 
tü  de  la  paz  serás  el  instrumento 
que  una  por  siempre  al  hombre  con  el  hombre; 
bello  ideal  que  brilla  en  lontananza, 
y  solitario  vaga  entre  tus  olas, 
inspirándome  un  himno  de  esperanza. 

No  quise  unir  mi  voz  á  ese  lamento 
que  te  arrancan,  ¡oh  mar!  tus  tempestades, 
para  que  suene,  unido  á  su  concento, 
uno  más  en  tus  vastas  soledades; 
en  ellas  se  agitó  mi  pensamiento, 


iiá 


120 


REVISTA  Í>B  CUBA 

j  penetró  del  orbe  las  edades. 
Vé  los  escombros  que  el  pasado  muestra: 
canto  el  amor  que  el  porvenir  nos  brinda. 
Abrase  á  nueva  lid  nueva  palestra; 
gloria  más  pura  al  vencedor  se  rinda: 
obtengan,  con  las  armas  de  la  ciencia, 
triunfos  de  amor  sus  bienhechoras  manos; 
suene,  como  el  aplauso,  en  su  conciencia 
tu  ronca  voz  que  nos  proclama  hermanos. 


FEANCISCO  DE  ABARZUZA. 


EXAMEN  HISTORICO-CRTTICO 


DE  LAS 


leyes  patrias  que  regulan  la  capacidad  de  la  mujer  durante  el  matrimonio. 


T.— Antinomias. 

Ya  hemos  reproducido  el  texto  de  la  Ley  17,  tít.  XI,  Partida  4^  rela- 
tiva á  loa  bienes  parafernales,  ley  tomada  de  la  8?,  tít.  XV,  libro  V  del 
Código  de  Jiistiniano.  Importa  reproducir  nuevamente  dos  pasajes  de  la 
mencionada  ley:  «cE  todas  estas  cosas  llamadas  parafema,  dice,  si  las  die- 
re la  muger  al  marido,  con  entencion  de  que  haga  el  señorío  dellas,  men- 
tra  que  durarare  el  matrimonio  auerlo  ha;  bien  asi  como  de  las  quel  dápor 
dote; — E  si  las  no7i  diere  al  marido  señaladamente,  nin fuere  su  entencion 
que  haya  el  señorío  en  ellas,  siempre  finca  la  muger  por  señora  dellas». 

Otra  ley  hemos  copiado:  la  55  de  Toro  (I),  por  la  que  la  mujer  casa- 
da no  puede  contratar  ni  cuasi  contraer,  ni  apartarse  de  los  contratos  que 
hubiere  celebrado,  sin  que  medie  la  licencia  del  marido;  así  como  tampo- 
co puede  comparecer  en  juicio. 

Por  último,  hemos  transcrito  la  Pragmática  de  1623  (2)  que  concede 


(1)  Ley  11,  tít.  I,  Libro  10  de  la  Nov.  Recop. 

(2)  Ley  7*.  tít.  II.  Libro  10  de  la  Nov.  Recop. 

16 


122  RBVISTA  DE  OÜBA 

ál  marido,  ea  entrando  en  los  diez  y  ocho  años,  la  administración  de  su 
hacienda  y  la  de  su  mujer,  si  fuere  menor. 

Basta  la  mera  lectura  de  esas  tres  leyes,  para  comprender  que  su 
coexistencia  produce  un  grave  conflicto  en  nuestro  derecho  civil.  A  la  ju- 
risprudencia toca  resolverlo;  y,  sin  embargo,  la  jurisprudencia  dista  mu- 
cho de  haber  llegado  á  la  consecución  del  objeto  apetecido.  En  ella  se 
notan  contradicciones  de  monta,  como  pronto  veremos.  A  nuestro  juicio, 
intentar  y  proponerse  la  conciliación  délas  leyes  mencionadas,  es  intentar 
y  proponerse  la  realización  de  una  obra  imposible  de  alcanzar.  La  anti- 
tesis es  insoluble. 

Ante  todo,  ¿qué  se  entiende  por  señorío  de  los  bienes  parafernales?  ¿Es 
dominio?  ¿es  administración  tan  sólo?  Opiniones  encontradas  se  han  sus- 
tentando  acerca  de  este  punto.  Quién  ha  entendido  lo  primero;  quién  lo 
segundo.  El  Tribunal  Supremo  de  Justicia  ha  decidido  la  cuestión.  En 
sentencia  de  11  de  Mayo  de  1874  ha  declarado:  que  la  expresión  el  seño- 
río de  los  bienes  parafernales j  tomada  de  la  ley  17,  tít.  11,  Part.  4*  no 
puede  significar  otra  cosa,  en  el  espíritu  de  esta  ley  y  en  su  combinación 
con  las  demás  del  mismo  titulo,  que  la  administración  de  dichos  bienes, 
como  lo  ha  declarado  ya  este  Supremo  Tribunal,  y  de  ningún  modo  su 
dominio  6  propiedad,  que  conserva  siempre  la  mujer,  aun  en  los  parafer- 
nales que  entrega  á  su  marido  para  que  éste  los  administre  durante  el 
matrimonio,  como  lo  conserva  en  los  bienes  dótales  inestimados  que  con 
el  mismo  objeto  pasan  á  poder  del  marido». 

Sefiorío,  es,  pues,  administración;  pero  ¿á  quién  incumbe  ejercerla?  La 
ley  de  Partida  dice  que  á  la  mujer,  si  señaladamente  no  hubiere  entrega- 
do al  marido  los  parafernales;  la  Pragmática  de  Felipe  IV  dispone  que  al 
marido  en  todo  caso;  y  la  ley  de  Toro  hace  imposible  el  ejercicio  de  la 
administración  por  la  mujer.  Bien  visto  no  es  causa  directa  de  conflicto, 
porque,  conforme  á  su  texto,  el  marido  administra  la  hacienda  de  su  mu- 
jer, si  esta  fuere  meno7\  La  antinomia  existe  entre  la  Lej  de  Partida  y  la 
Ley  de  Toro.  Para  resolverla  han  sostenido  algunos  que  la  Ley  de  Parti- 
da ha  sido  derogada  por  la  de  Toro.  El  Tribunal  Supremo  de  Justicia  en 
numerosos  fallos  ha  declarado  lo  contrario.  Ambas  leyes,  la  alfonsina  y 
la  recopilada,  están  vigentes.  Subsiste,  por  lo  tanto,  la  dificultad.  Consul- 
temos la  jurisprudencia  del  Tribunal  Supremo,  y  veremos  que  no  resuel- 
ve la  antinomia,  sino  que  más  bien  es  una  reproducción  de  la  misma. 


CAPACIDAD  DE  LA  MUJER  DURANTE  EL  MATRIMONIO  123 

En  sentencia  de  9  de  Enero  de  1860  declaró  el  Tribunal  Supremo  que 
no  tenia  el  marido  la  cualidad  de  único  administrador  de  los  bienes  de 
la  mujer,  atendido  lo  que  las  leyes  establecen  y  confirma  la  jurispruden» 
cía  respecto  de  los  parafernales.  Pero  en  otra  sentencia,  la  de  13  de  Oo» 
tubre  de  1866,  declara  precisamente  lo  contrario:  declara  que  el  marido 
tiene  el  carácter  de  jefe  y  representante  de  la  familia  y  administrador 
único  de  la  sociedad  conyugal.  Refiriéndose  á  estas  dos  sentencias,  se  ex* 
presa  el  señor  Ortiz  de  Züñiga  en  estos  términos:  ((Apuntamos  estas  opues« 
tas  doctrinas  síq  más  comentarios,  limitándonos  sólo  á  indicar  la  necesi- 
dad de  que  la  jurisprudencia  lasuniformesobrematerias  tan  importantes, 
para  el  deslinde  de  los  mutuos  derechos  sobre  los  bienes  conyugales.»  (1) 
Al 'voto  del  insigne  jurisconsulto  y  magistrado  del  Supremo  no  han  co- 
rrespondido los  hechos.  En  sentencia  de  9  de  Mayo  de  1870  ha  declarado 
dicho  Tribunal,  que  «mientras  un  matrimonio  no  se  separa  judicialmente, 
corresponde  al  marido  la  administración  de  los  bienes  de  ambos»,  que  es 
lo  mismo  que  decir:  el  único  administrador  de  loa  bienes  de  los  cónyuges 
durante  el  matrimonio  es  el  marido. 

Sin  embargo,  contando  y  no  pesando  las  declaraciones  del  Tribunal 
Supremo  en  orden  á  esta  materia,  resulta  que  son  más  las  sentencias  en 
que  reconoce  y  confirma  la  ley  de  Partida  sobre  la  administración  de  los 
parafernales  por  la  mujer,  que  aquellas  en  que  asienta  que  el  marido  es 

el  único  administrador  de  los  bienes  de  la  mujer.  La  cuestión  capital  sur- 

■  * 

ge  desde  luego:  ¿de  qué  modo  ejerce  la  mujer  la  administración?  ¿podrá 
ejercerla,  no  obstante,  la  ley  55  de  Toro?  Nó,  contesta  el  Tribunal  Su- 
premo de  Justicia.  ((La  declaración  de  que  á  la  mujer  corresponde  la  ad- 
ministración de  los  bienes  parafernales,  no  puede  menos  de  entenderse  sin 
perjuicio  de  la  intervención  que  según  las  leyes  11  y  12,  tít.  19,  Libro  10 
de  la  Nov.  Recop.,  debe  tener  el  marido  en  los  actos  y  contratos  á  que  sin 
8Q  licencia  ó  autorización  no  puede  concurrir  la  mujer  casada  mientras 
subsista  el  matrimonio».  Sentencia  de  8  de  Octubre  de  1866.  En  la  de  29 
de  Enero  de  1862  habia  declarado  que  la  mujer  puede  enagenar  los  bie- 
nes parafernales  por  si,  contratando  libremente  y  vendiéndolos  con  licen- 
cia de  su  marido. 

A  la  objeción  que  naturalmente  se  desprende  del  texto  de  dos  leyes 


(1)    Jarisprudenci»  Civil  de  España,  1669,  Tomo  I,  pág.  149, 


124  Hévista  de  cuba 

contradictorias  y  del  examen  de  la  jurisprudencia  del  Tribunal  Supremo, 
y  que  consiste  en  negar  que  ia  mujer  pueda  administrar  los  bienes  para- 
fernales, se  ha  contestado  de  una  manera  poco  satisfactoria  por  el  seftor 
Ortiz  de  Züfiiga  en  su  obra  ya  citada.  (1)  Transcribiremos  sus  palabras: 
«¿Pero  cómo  puede  administrar  la  mujer,  se  pregunta,  siendo  el  marido 
el  jefe  de  la  familia,  y  sin  cuya  licencia  nada  puede  aquella  hacer?  Repe- 
tidos fallos,  dice  el  seüor  Ortiz  de  Zúfiiga,  han  respondido  á  esta  objeción: 
el  marido  conserva  su  autoridad,  pero  al  mismo  tiempo  debe  autorizar  á 
BU  mujer  para  los  contratos  que  tenga  que  celebrar,  si  ella  se  reserva  el 
señorío,  y  por  consiguiente,  la  administración  de  sus  bienes  parafernales; 
y  si  el  marido  se  opone,  la  autoridad  judicial  debe  compelerle  á  ello  ó 
autorizar  á  la  mujer.  ¿Cuál  es  si  no  el  objeto  de  la  ley  67  de  Toro,  13,  tí- 
tulo 19,  Libro  10  de  la  Nov.  Recop.,  que  previene  que  «el  juez,  con  cono- 
cimiento de  causa  legitima  6  necesaria,  compela  al  marido  á  que  dé  licen- 
cia á  su  mujer  para  todo  aquello  que  ella  no  podria  facer  sin  licencia  de 
su  marido,  y  si  compelido  no  se  la  diere,  el  juez  sólo  se  la  puede  dar?a 
O  es  menester  borrar  da  nuestros  códigos  esta  disposición  legal,  ó  conve- 
nir en  que  hay  muchos  casos,  en  que  la  mujer  habrá  de  obtener  necesa- 
riamente la  licencia  de  su  marido,  ó  la  del  juez  en  su  defecto,  á  pesar  de 
los  inconvenientes  que  pueda  ocurrir,  y  que  tanto  se  temen,  de  esa  dua- 
lidad de  administración,  y  á  pesar  también  de  esa  idea  de  terror  que  se 
quiere  difundir,  suponiendo  que  los  fallos  del  Tribunal  Supremo  en  que 
se  ha  procurado  conciliar  el  sentido  de  las  citadas  leyes,  van  á  producir 
la  disolución  de  la  familia. 

Loable  es  el  esfuerzo  del  sefior  Ortiz  de  Zúfíiga;  pero  siempre  resulta 
vano  su  empeño.  Concederle  á  la  mujer  la  administración  de  los  bienes 
parafernales  y  someter  los  actos  y  contratos  que  exija  y  reclame  esa  mis- 
ma administración  á  la  licencia  del  marido,  sin  otorgar  otra  garantía  ni 
ofrecer  otro  amparo  contra  la  negativa  ó  resistencia  de  aquel,  que  un  re- 
curso á  la  autoridad  judicial,  es  tanto,  en  realidad,  como  negar  ala  mujer 
la  administración  de  dichos  bienes;  es,  según  dice  el  señor  Gutiérrez,  (2) 
conceder  un  título  aine  re.  No  cabe  ciertamente  administración  más  em- 


(1)    Tomo  I,  pág.  160  y  siguiente. 

(Sf)  'Códigos  ó  estudios  fundamentales  sobre  el  Derecho  civil  español.  4?  ed. 
Tomo  If  pág.  538. 


CAPACIDAD  DE  LA  MUJER  DURANTE  EL  MATRIMONIO  125 

barazosa,  ni  más  ocasionada  á  inconvenientes  y  tropiezos,  ni  tampoco  más 
onerosa,  si  se  atiende  á  que  es  necesario  esclarecer  en  juicio  civil  ordina^ 
rio  á  quién  asiste  la  razón,  si  á  la  mujer  ó  al  marido. 

Se  trata  en  realidad  de  conciliar  dos  principios  opuestos:  el  de  la  in- 
dependencia de  la  mujer,  encarnado  en  el  derecho  que  se  le  concede  de 
retener  para  sí  apartadamente  los  bienes  parafernales  y  reservarse  su  adt 
ministracion,  si  quisiere;  y  el  de  la  dependencia  de  la  misma  respecto  del 
marido,  consagrado  por  la  ley  de  Toro.  Principios  son  esos  cuyo  respecti-» 
vo  origen  histórico  arranca  de  condiciones  sociales  que  nada  tiene  de  co- 
mún, según  lo  tenemos  demostrado  ya.  El  dualismo  que  en  nuestro  dere- 
cho se  observa  á.  este  respecto,  es  un  dualismo  que  tiene  su  raíz  en  las 
entrañas  de  la  historia  y  que  lo  causan,  por  lo  mismo,  elementos  que  son 
irreductibles.  Así  lo  comprendieron  los  redactores  del  nuevo  proyecto  de 
Código  Civil,  al  suprimir  la  difereiicia  entre  bienes  dótales  y  paraferna* 
les  (1). 

TI.— las  ProTineias  de  faeros.    . 

I^avarra. — Según  el  cap.  VI,  tít.  19,  Libro  6?  del  Fuero,  «ninguna 
muger  casada  no  puede  dar  heredamiento  sin  mandamiento  de  su  mari- 
do, mas  puede  recibir  si  le  dan  heredamiento  ó  mueble».  La  propiedad, 
usufructo  y  administraciones  de  los  bienes  parafernales  corresponde '  á  la 
muger.  Esta  no  puede,  sin  embargo,  contraer  obligación  alguna  ni  com- 
parecer en  juicio  sin  expresa  licencia  de  su  marido  ó  poder  suyo,  debien- 
do el  escribano  dar  fé  y  testimonio  en  la  escritura  de  haberse  pedido  y 
obtenido  semejante  licencia.  La  mujer  no  puede  constituirse  fiadora  de  su 
marido  ni  recibir  como  principal  la  obligación  anteriormente  contraída 
por  éste  ó  por  otro  cualquiera,  y  si  Ip  hiciera  se  obligará  de  esta  obliga- 
ción mediante  el  Senado-consulto  Veleyano.  (2)  En  Navarra  es  derecho 
supletorio  el  romano. 

Cataluña. — El  complemento  de  la  legislación  foral  es  el  derecho  ro- 
mano. Tiene  la  mujer  la  propiedad,  usufructo  y  administración  de  los 
parafernales.  (3)  No  puede  ser  fiadora  de  su  marido,  porque  lo  prohibe  lal 


(1)  Art.  1272. 

(2)  Oulierrez.  Códigos.  Tomo  VI.  Pág.  306. 

(3)  Ley  22,  tít  30.  Libro  IV,  Constitucionev/ 


126  ESVI8TÍ.  DE  CUBA 

Auténtica  Si  qua  mulier, — En  sentencia  del  Tribunal  Supremo  de  Justi- 
cia de  12  de  Mayo  de  1866,  se  ha  declarado  que  en  Cataluña  la  facultad 
que  tiene  la  mujer  de  administrar  loa  parafernales  está  limitada  por  la 
prohibición  impuesta  á  la  mujer  en  la  ley  11,  tit.  19,  Libro  10  de  laNov'. 
Recop.,  de  celebrar  contratos  ni  separarse  de  los  celebrados  sin  licencia  y 
consentimiento  de  su  marido. 

Mallorca, — La  mujer  tiene  también  la  propiedad,  usufructo  y  admi- 
nistración de  los  parafernales.  La  mujer  puede  obligarse  en  interés  del 
marido,  aunque  no  renuncie  á  la  Auténtica  8i  quui  mulier.  De  consigníen* 
te,  en  Mallorca  no  rige  la  Ley  61  de  Toro.  El  derecho  especial  prevaleca 
sobre  el  general  del  Reino.  Sentencia  del  Tribunal  Supremo  de  12  de 
Noviembre  de  1872. 

Aragón, — La  mujer  no  puede  celebrar  contratos  sin  la  licencia  de  su 
marido:  iLXor  non  potest  pebete  dehitum  quod  et  debebatur^  nisi  cum  eon^ 
sensu  virif  siendo  nulo  el  que  carezca  de  dicho  requisito  si  aquel  no  lo 
ratifica.  (1)  Tampoco  puede  comparecer  enjuicio,  si  bien  puede  el  ma- 
rido ratificar  lo  hec^o  sin  su  licencia.  (2)  La  mujer  no  administra  sua 
bienes:  de  oonauetudine  regni  wV,  constante  matrimonio,  est  adminia- 
trator  bonorum  sedentium,  (3)  Todos  los  bienes  de  la  mujer  se  consideran 
dótales,  ó  como  resultantes  de  ellos,  sin  que  se  conozcan  los  bienes  para* 
fernales. 

«Pero  no  es  tan  restringida,  dice  el  señor  Gutiérrez,  (4)  la  capacidad 
civil  de  la  mujer  que  no  tenga  importantes  facultades.» 

«La  mujer,  continua,  administra  los  bienes  del  marido  ausent^e  que  no 
haya  dejado  procurador  especial  con  este  objeto;  puede  comparecer  en 
juicio  y  conferir  poder  á  procurador  para  litigar  con  su  marido;  sustituir 
el  que  éste  la  hubiese  otorgado  y  compelerle,  durante  el  matrimonio,  á 
que  la  dote».  (5)  Además,  la  mujer  puede  enagenar  sus  bienes  propios  (6) 
y  obligarlos  para  pago  de  las  deudas  del  marido.  (7) 


(1)  Observ.  32  dejur.  doi. — Observ.  1.  Mandatú 

(2)  Observ.  1.  Ifyndati. 

(3)  Observ.  1.  rer  amot., 

(4)  Códigos.  Tomo  VI,  pág.  105. 

(5)  Observ.  23  áejur.  doi.  líoUno,  Repertorio.  V.  Vir  et  nxor,  Observ,   13,  de 
proeur,  Observ.  50  á&jur.  dot. 

(6)  Observ.  39  de;ur.  dot. 

(7)  F«  Zt  de  contrcbctíbut  eonyugum,  lib.  V. 


cííaoidad  de  la  mr^it  sxr&ANts  el  matrímonió        Í27 

Vizcaya. — Aunque  existe  la  autoridad  marítali  puede  decii'se  que  la 
mujer  es  igual  en  derechos  al  marido.  Prevalece  el  régimen  de  comunidad 
respecto  de  los  bienes.  La  administración  pertenece  al  marido.  No  puede 
éste  vender  los  bienes  raices,  muebles  y  semovientes,  que  no  sean  gana- 
dos durante  el  matrimonio,  mientras  la  mujer,  principal  interesada  ó  con- 
dnefia,  no  preste  su  consentimiento.  (1) 

f  11.— La  Ley  provUlonal  del  Matrimonia  eiTil. 

Fué  promulgada  en  18  de  Junio  de  1870.  Su  capitulo  V  trata  de  los 
efectos  generales  del  matrimonio  respecto  de  las  personas  y  bienes  de  los 
cónyuges  y  de  sus  descendientes,  sin  perjuicio  del  derecho  foral.  Del  pri- 
mer extremo  se  ocupa  la  Sección  1?  de  dicho  capitulo.  Comprende  desde 
el  art.  44  al  55,  ambos  inclusives.  Como  se  verá  en  breve,  pocas  han  sido 
las  innovaciones  introducidas>en  esta  materia.  La  tradición  ha  prevaleci- 
do sobre  los  buenos  principios.  Ninguna  de  las  antinomias  que  hemos  in- 
dicado respecto  de  las  leyes  de  Partida  y  de  Toro,  ha  sido  resuelta.  Por 
punto  general,  puede  decirse  que  el  objeto  esencial  de  la  Ley  ha  sido 
reivindicar  para  el  Estado,  secularizar,  la  institución  del  matrimonio.  En 
cuanto  á  las  disposiciones  y  principios,  se  vé  aun  poderosa  la  influencia 
del  derecho  canónico. 

ff£l  marido  debe  tener  en  su  compañía,  dice  el  art.  45,  y  proteger  á  la 
muger.  Administrará  también  sus  bienes,  excepto  aquellos  cuya  adminis- 
tración corresponda  á  la  misma  por  la  ley».  Aquí  vemos  consagrada  nue- 
vamente la  ley  8?,  titulo  XV,  Libro  V  del  Código  de  Justiniano,  repro- 
ducida en  la  17,  tít.  XI  de  la  Partida  IV,  sobre  el  sefiorio  de  los  bienes 
parafernales.  Hubiera  valido  más  aceptar  el  art.  1272  del  nuevo  proyecto 
de  Código  civil.  Por  lo  menos,  habría  unidad  y  sistema  en  la  legislación 
sobre  materia  tan  importante.  En  el  resto  del  art.  45  se  copia  la  ley  55 
de  Toro. 

En  el  propio  articulo  se  confirma  la  Pragmática  de  Felipe  IV,  por 
cuanto  concede  al  marido  la  administración  de  la  hacienda  de  la  mujer, 
con  la  salvedad  indicada.  También  se  le  confirma  en  el  art.  46  respecto 
al  beneficio  concedido  al  marido  mayor  de  18  afíos.  Hay,  sin  embargo, 


(1)    L.  9,  tít.  20_Fuero  de  Vizcaya. 


128  ¿eVista  díí  cuba 

una  diferencia,  y  es,  que  en  la  Pragmática  se  concede  al  marido  la  admi- 
nistración de  la  hacienda  de  su  mujer,  si  fiiere  esta  menor,  al  paso  que  en 
la  ley  del  Matrimonio  Civil  no  se  distingue.  Tal  diferencia  poco  significa 
en  verdad,  estando  reservada  á  la  mujer  la  administración  de  los  para- 
fernales y  encontrándose  vigente  la  disposición  de  la  ley  55  d^  Toro. 

Dice  así  el  art.  46  ya  citado:  «El  marido  menor  de  18  afios  no  podrá, 
sin  embargo,  ejercer  los  derechos  expresados  en  el  párrafo  anterior  (li- 
cencia marital  y  comparecencia  en  juicio  por  la  mujer),  ni  tampoco  ad- 
ministrará sus  propios  bienes  sin  el  consentimiento  de  su  padre;  en  de- 
fecto de  éste,  del  de  su  madre,  y  á  falta  de  ambos,  sin  la  competente 
autorización  judicial,  que  se  le  concederá  «n  la  forma  y  en  los  casos  pres- 
critos en  la  Ley  de  Enjuiciamiento  civil».  ¿Y  si  la  mujer  fuere  mayor? 
La  ley  no  distingue;  y  deberá  distinguir,  porque  si  no  cabe  ejercer  la  auto- 
ridad marital  por  defecto  de  edad,  no  parece  lógico  ni  justo  que  la  mujer 
ise  vea  privada  de  capacidad  jurídica  para  la  libre  administración  de  sus 
bienes  y  sometida  á  la  misma  condición  que  su  marido  menor. 

«Tampoco,  dice  el  art.  47,  podrá  ejercer  las  expresadas  facultades  el 
marido  que  esté  separado  de  su  mujer  por  sentencia  firme  de  divorcio, 
que  se  halle  ausente  en  ignorado  paradero  ó  que  esté  sometido  á  la  pena 
de  interdicion  civil».  Si,  como  es  evidente,  el  precepto  de  este  artículo  se 
funda  en  que  no  hay  términos  hábiles  de  hecho  ni  de  derecho  para  el 
ejercicio  de  la  autoridad  marital,  ¿por  qué  no  se  ha  de  reconocer  ala  mu- 
jer mayor  la  facultad  de  administrar  libremente  sus  bienes,  caso  de  que  el 
marido  sea  menor  de  18  afíos,  dado  que  tampoco  en  tal  caso  existen  con- 
diciones legales  para  que  aquel  ejerza  la  autoridad  marital?  Por  lo  de- 
más, en  este  artículo  se  deroga  en  parte  la  ley  59  de  Toro,  pues  conforme 
á  esta,  en  caso  de  ausencia  del  marido,  corresponde  al  Juez  dar  á  la  mu- 
jer la  licencia  que  el  marido  le  había  de  dar,  «la  cual  ansi  dada  vala,  co- 
mo si  el  marido  se  la  diese». 

Artículo  48:  «La  mujer  debe  obedecer  á  su  marido,  vivir  en  su  com- 
jañía  y  seguirle  á  donde  éste  traslade  eu  domicilio  ó  residencia.  Sin  em- 
bargo de  lo  dispuesto  en  el  párrafo  anterior,  los  Tribunales  podrán,  con 
coijooimiento  de  causa,  eximirla  de  esta  obligación  cuando  su  marido 
traslade  su  residencia  al  extranjero».  Conforme  á  la  jurisprudencia  colo- 
nial, queda  exenta  de  la  obligación  antedicha  la  mujer  cuando  el  marido 
traslade  su  residencia  á  Ultramar. 


CAPACIDAD  DE  LA  MUJEE  DURANTE  EL  MATRIMONIO  129 

En  el  articulo  49  se  reproduce  nuevamente  el  precepto  de  la  ley  55 
de  Toro.  También  se  confirma  la  disposición  de  la  ley  54,  aunque  no  en 
términos,  absolutos  por  cuanto  á  que  la  mujer  no  puede  aceptar  una  he- 
rencia ex-testamento  ó  ab-intestato  ni  siquiera  con  beneficio  de  interven- 
tario.  Necesita  siempre  de  4a  autoridad  marital.  De  suerte  que  la  ley  del 
Matrimonio  Civil  es  aún  más  restrictiva  que  la  de  Toro. 

En  h1  articulo  50  se  dispone  «rque  los  actos  de  esta  especie  (los  que 
exigen  la  licencia  marital)  serán  nulos  y  no  producirán  obligación  ni  ac- 
ción, si  no  fueren  ratificados  expresa  6  tácitamente  por  el  maridos.  En 
cuanto  á  la  ratificación,  se  reproduce  la  ley  58  de  Toro. 

En  sentencia  del  Tribunal  Supremo  de  Justicia  de  30  de  Enero  de 
1872,  se  ha  declarado:  wque  es  jurisprudencia  establecida  por  el  mismo 
considerar  válida  la  obligación  contraída  por  la  mujer,  aunque  no  haya 
procedido  la  licencia,  ni  seguido  el  consentimiento  del  marido,  con  tal  que 
este,  á  quien  únicamente  corresponde  la  acción  de  nulidad,  no  la  haya 
propuesto  6  reclamado».  Semejante  declaración  no  se  compadece  ni  con 
la  ley  55  de  Toro  ni  con  el  artículo  50  de  la  Ley  del  Matrimonio  Civil 
vigente  la  cual  se  hizo  declaración  tan  grave  y  notable.  El  mismo  Tribu- 
nal, en  sentencia  de  25  de  Setiembre  de  1861,  habia  declarado  que  «para 
que  produzca  efectos  legales  la  licencia  del  marido,  no  basta  que  se  su- 
ponga ó  presuma,  sino  que  es  necesario  que  conste  sin  género  alguno  de 
duda». 

Merece  copiarse  íntegro  el  artículo  51.  Contiene  una  reforma  digna 
de  aplauso.  Dice  así:  «Será  válida,  no  obstante,  la  compra  que  al  contado 
hiciere  la  muger  de  cosas  muebles,  y  la  que  hiciere  al  fiado  de  las  que 
por  su  naturaleza  e»tán  destinadas  al  consumo  ordinarip  de  la  familia  y 
no  con.sistiesen  en  joyas,  vestidos  y  muebles  preciosos,  por  más  que  no 
hubieren  sido  hechas  con  licencia  expresa  del  marido». 

«Sin  embargo,  prosigue  dicho  artículo,  se  í?o/is5/¿rford  la  compra  hecha 
por  la  muger  al  fiado  de  joyas,  vestidos  y  muebles  preciosos,  desde  el  mo- 
mento en  que  hubieren  sido  empleadas  en  el  uso  de  la  muger  6  de  la  fa- 
milia con  conocimiento  y  sin  reclamación  del  marido». 

De  ese  modo  se  mitiga  el  rigor  excesivo  de  la  ley  55  de  Toro  y  se 
sanciona  lo  establecido  por  la  necesidad  y  la  costumbre,  poniéndose  á 
salvo  al  propio  tiempo  los  derechos  del  tercero  que  hubiere  contratado 

con  la  muger  casada. 

17 


130  ItiriSTA  DK  CUBA 

Én  el  art.  5*2  ae  prohibe  á  la  mujer  publicar  escritos  ü  obras  cientí- 
ficas 6  literarias,  de  que  fuere  autora  ó  traductora,  sin  licencia  de  su  ma- 
rido, ó  en  su  defecto,  sin  la  autorización  judicial  competente.  El  legislador 
del  siglo  XIX  ha  superado  en  severidad  y  rigidez  al  del  siglo  XVI.  La 
ley  55  de  Toro  se  limita  á  exigir  la  licencia  marital  para  los  contratos  y 
cuÉtói-contratos  en  que  la  mujer  figure.  La  ley  del  Matrimonio  Civil  vá 
más  lejos:  exige  también  la  autoridad  marital  para  la  publicación  de  es- 
critos, ó  de  obras  científicas  ó  literarias.  Es  rendir  un  exagerado  tributo 
á  la  potestad  del  marido,  con  menoscabo  de  los  fueros  del  pensamient-o  y 
cofa  daño  de  los  superiores  intereses  de  la  ciencia  y  del  arte.  Prohibición 
tal  equivale  á  exigir  que  la  mujer  ni  piense  ni  ejercite  su  talento,  ni  tam- 
poco obedezca  á  la  inspiración  artística  sin  la  venia  del  marido.  A  la  su- 
jeción en  los  actos  de  vida  civil  se  une  la  sujeción  en  donde  no  cabe,  en 
ia  vida  de  la  inteligencia  y  de  la  fantasía.  Es  en  verdad  demasiado. 

Según  el  art.  53,  podrá  la  mujer  sin  licencia  del  marido:  19  Otorgar 
testamento.  2?  Ejercer  los  derechos  y  cumplir  los  deberes  que  le  corres- 
pondan respecto  á  los  hijos  naturales  reconocidos  ó  legítimos  que  hubiere 
tenido  de  otro  y  á  los  bienes  de  los  mismos. 

Con  arreglo  al  art.  55,  solamente  al  marido  y  sus  herederos  podrán 
reclamar  la  nulidad  de  los  actos  otorgados  por  la  mujer  sin  licencia  ó 
autorización.  ¿Y  qué  prueba  esto?  Que  la  autoridad  marital  no  ha  sido 
establecida  ni  consagrada  i^arB. proteger  ala  mujer,  como  se  pretende, 
sino  para  dignificar  al  marido  y  para  favorecer  sus  intereses.  Si  no  fuera 
así,  se  habría  concedido  también  la  acción  de  nulidad  á  la  mujer  y  á  sus 
herederos. 

Graves  son  las  contradicciones  que  en  la  Ley  del  Matrimonio  Civil  se 
notan  en  la  materia  á  que  esta  Memoria  se  refiere.  Más  aun:  las  contra- 
dicciones se  observan  con  relación  á  otros  puntos  que  la  misma  ley  con- 
tiene. Baste  indicar  que  en  el  art.  64  se  concede  á  la  madre  la  patria  po- 
testad, y  en  los  que  hemos  examinado  se  niega  la  capacidad  civil  á  la  espo- 
sa. Se  enaltece  merecidamente  á  la  mujer  en  una  situación  jr  se  le  depri- 
me injustamente  en  otra.  La  mujer,  como  madre,  lo  es  todo;  como  esposa, 
no  es  nada. 

La  ley  del  Matrimonio  Civil  no  está  vigente  en  Cuba;  lo  están  algunas 
de  sus  disposiciones,  es  decir,  las  que  en  puridad  no  son  más  que  una  co- 
pia de  las  leyes  de  Toro.  La  legislación,  en  este  concepto,,  es  idéntica  en 


CAPACIDá^D  D£  LA  MUJ£B  DO&ANTE  EL  MATRIMONIO  131 

la  Península  y  en  esta  Isla.  El  distinguido  jurisoonsulto  seüor  Savall,  ha 
pedido  en  un  bien  razonado  dictamen,  en  su  carácter  de  Fiscal  de  la 
Audiencia  de  Puerto  Príncipe,  se  haga  presente  al  Gobierno  cuan  con  ve» 
niente  seria  que  se  hiciera  extensiva  á  la  grande  Antilla  el  capítulo  V 
de  la  referida  ley.  (1)  De  entera  confornaidad  y  con  merecido  aplauso, 
han  informado  los  Colegios  de  Abogados  de  Puerto  Príncipe  y  Santiago 
de  Cuba.  (2)  Tanto  éstos  como  el  señor  Savall,  hacen  hincapié  principal- 
mente en  el  art.  64  de  la  Ley  del  Matrimonio  Civil,  relativo  á  la  patria 
potestad  de  la  madre. 

Tenemos  entendido  que  el  señor  Labra,  Diputado  á  Cortes  por  la 
Provincia  de  la  Habana,  ha  presentado  al  Congreso  una  proposición  para 
que  se  haga  extensiva  á  esta  Isla  la  mencionada  Ley  del  Matrimonio 
Civil. 

Con  fecha  17  de  Mayo  do  este  año,  el  Ministro  de  Gracia  y  Justicia, 
aefior  Bugallal,  ha  presentado  á  las  Cortes  un  proyecto  de  ley  sobre  los 
efectos  civiles  del  matrimonio.  Nada  ofrece  de  notable  en  la  parte  que 
atañe  al  asunto  de  esta  Memoria.  La  sección  1?,  del  capítulo  II  no  os  más 
que  una  simple  reproducción  de  la  1*  del  capítulo  V  de  la  Ley  provisio- 
nal del  Matrimonio  Civil  de  1870.  No  hay  en  dicho  proyecto,  en  la  parta 
referida,  ni  ideas  de  reacción  ni  mudanza  alguna  progresiva. 

VIH— El  Cüdigo  Peaal. 

.Con  arreglo  al  art.  24  del  Código  penal  promulgado  en  esta  Isla, 
existe  la  pena  accesoria  llamada  intet^diccion  civil.  Por  ella,  según  el  ar- 
tículo 41,  queda  privado  el  reo  del  ejercicio  de  la  awííwtrfac?  manto/.  Aún 
no  se  ha  publicado  entre  nosotros  el  art,  49  de  la  Ley  de  27  de  Junio  de 
1870,  que  es  el  natural  complemento  del  citado  art.  41  (Jpl  Código,  y  en 
que  se  determinan  los  efectos  civiles  de  la  pena  de  interdicción.  Por  la 
regla  4?  se  preceptúa  que  «rsi  el  penado  estuviere  casado  y  no  separado 
por  sentencia  de  divorcio  de  su  mujer,  se  encargará  ésta  de  la  adminis- 
tración de  los  bienes  de  la  sociedad  conyugal»,  si  fuere  mayor;  por  la  re- 
gla 7*  se  establece  que  la  esposa  que  fuere  mayor  de  edad,  pueda  dispo- 


(1)  Véase  Revista  del  Foro.  Año  II.  pág.  392. 

(2)  Revista  del  Foro,  Año  II,  pág.  408, 


132  REVISTA  DE  CUBA 

ner  libremente  de  los  bienes  de  cualquiera  clase  que  Je  pertenezcan;  y 
por  la  8?,  que  los  hijos  del  penado  menores  de  edad,  estarán  sometidos  al 
poder  de.sn  madre. 

£1  señor  Savall,  en  otro  excelente  dictamen,  ha  pedido  se  haga  exten- 
sivo á  esta  Isla  el  art.  4?,  ya  indicado,  de  la  ley  de  27  de  Junio  de  1870, 
(1)  lo  cual  es  de  visible  y  urgente  necesidad. 

IL— Del  C6digo  de  Comercio. 

Con  arreglo  á  su  art.  59,  la  mujer  casada  mayor  de  veinte  años,  que 
tenga  para  ello  autorización  expresa,  dada  en  escritura  publica,  puede 
ejercer  el  comercio,  en  cuyo  caso  quedan  obligados  á  las  resultas  del  trá- 
fico sus  bienes  dótales  y  todos  los  derechos  que  ambos  cónyuges  tengan 
en  la  comunidad  social.  Según  el  art.  69  puede  la  mujer  casada  comer- 
ciante hipotecar  los  bienes  inmuebles  que  le  pertenezcan,  para  lá  seguri- 
dad de  las  obligaciones  que  contraiga  como  comerciante.  Se  derogn,pue8, 
Ja  ley  55  de  Toro  en  cuanto  á  la  latitud  que  concede  á  la  autoridad  del 
iparido.  La  licencia  de  éste  es  general  y  se  exige  por  una  sola  vez.  En 
punto  á  los  contratos  y  demás  actos  que  la  mujer  casada  haya  de  realizar 
por  consecuencia  del  tráfico  mercantil,  procede  libremente;  su  capacidad 
jurídica  es  perfecta.  Los  bienes  dótales  y  gananciales  responden,  sin  que 
se  tengan  en  consideración  los  derechos  que,  conforme  al  derecho' civil, 
corresponden  al  marido.  En  cuanto  á  los  bienes  parafernales,  ha  incurri- 
do el  Código  de  Comercio  en  grave  inconsecuencia  al  eximirlos  de  la  res- 
ponsabilidad que  hace  pesar  sobre  los  dótales  y  gananciales. 

Una  última  observación:  la  licencia  dada  á  la  mujer  casada  paraejer-r 
oer  el  comercio  es  irrevocable. 

X.— El  nnevo  Proyecto  del  Código  Civil. 

El  marido,  según  el  art.  60,  es  el  administrador  legítimo  de  todos  los 
bienes  del  matrimonio.  Se  repudia,  por  tanto,  la  ley  17,  tit.  11,  Partida 
4*  relativa  á  bienes  parafernales.  Confírmase  la  Pragmática  de  1623,  su- 
primiéndose la  expresión  si  faei^e  menor  (la  mujer).   Se  trasfiere,  sin  em- 


(i)    Btouia  dd  Foro,  AKo  XI,  pág.  390, 


CAPACIDAD  DE  LA  MUJER  DURANTE  EL  MATRIMONIO  1SÍ 

bargo,  la  administración  de  todos  los  bienes  del  matrimonio  á  la  mujer: 
19  en  caso  de  separación  por  la  pena  de  interdicción  civil;  2?  si  la  mujer 
es  curadora  ejemplar  del  marido;  y  3?  si  se  opone  á  la  declaración  de 
ausencia  del  mismo.  Los  tribunales  conferirán  también  la  administración 
á  la  mujer,  con  'las  limitaciones  que  estimen  convenientes,  sí  el  marido 
está  prófugo  7  juzgado  en  rebeldía  en  causa  criminal;  6  si  hallándose  ab- 
solutamente impedido  para  la  administración,  no  hubiese  proveído  sobre 
ella.  Artículos  61,  1358  y  1363.  Corresponde  á  la  mujer  la  administra- 
ción de  loa  dótales:  1?  si  hubiere  sido  declarado  ausente  el  marido;  2?  si 
hubiere  sido  declarado  pródigo.  Artículos  61  y  1365.  La  mujer,  dice  el 
art.  1366,  no  podrá  enagenar  ni  gravar  durante  el  matrimonio,  sin  licen- 
cia judicial,  los  bienes  inmuebles  que  le  hayan  pertenecido  en  caso  de  se- 
paración, ó  cuya  administración  se  le  haya  conferido.  Se  establece,  como 
se  vé,  un  sistema  mixto  insostenible.  Sólo  una  excepción  es  de  admitirse: 
la  referente  á  la  enagenacion  de  los  bienes  inmuebles  del  incapacitado  ó 
gravamen  de  los  mismos.  En  lo  demás,  debiera  ser  completa  la  capacidad 
jurídica  de  la  mujer.  Con  la  licencia  judicial,  como  requisito  previo,  se  le 
somete  á  tutela. 

«El  raaiido,  dice  el  art.  62,  es  el  representante  legítimo  de  su  mujer. 
Esta  no  puede,  sin  su  licencia,  comparecer  en  juicio  por  si,  ni  por  medio 
de  procurador».  «Tampoco  puede  la  mujer,  afiade  el  63,  sin  licencia  6  po- 
der de  su  marido,  adquirir  por  titulo  oneroso  ni  lucrativo,  enagenar  sus 
bienes,  ni  obligarse».  «Los  tribunales,  preceptúa  el  art.  64,  con  conoci- 
miento de  causa,  pueden  suplir  la  falta  de  la  licencia  marital,  requerida 
en  los  dos  artículos  anteriores».  Según  ha  podido  observarse,  en  el  nuevo 
proyecto  de  Código  Civil  no  se  ha  hecho  más  que  reproducir  las  disposi- 
ciones de  las  leyes  54,  55,  56  y  57.  Corvtodo,  se  restringe  la  disposición 
de  la  primera,  toda  vez  que  ni  aún  puede  la  mujer  aceptar  una  herencia 
con  beneficio  de  inventario.  Igual  observación  hicimos  al  hablar  de  la 
Ley  del  Matrimonio  Civil.  En  el  proyecto  que  nos  ocupa  no  se  ha  dado 
cabida  al  precepto  de  la  ley  58  de  Toro,  concerniente  ala  ratificación  del 
marido,  como  tampoco  se  le  ha  dado  cnbida,  sino  de  una  manera  restrin- 
gida, en  la  Ley  del  Matrimonio  Civil,  según  se  ha  visto  al  examinar  el 
art.  51  de  la  misma. 

Finalmente,  con  arreglo  al  art.  67,  el  marido,  la  mujer  y  los  herede- 
ros d&  ambos  pueden  reclamar  la  nulidad  fundada  en  la  falta  de  licencia 


134  EEVI3TA  DE  CUBA 

prescrita  en  los  artículos  62  7  63.  £q  la  Ley  del  Matrimonio  Civil  se  nie- 
ga á  la  mujer  7  á  sus  herederos  la  acción  de  nulidad.  Fundáronse  los  re- 
dactores del  proyecto  en  que  la  falta  de  licencia  hace  nulo  de  derecho  el 
contrato  ó  acto  realizado  por  la  mujer  sin  aquella,  respecto  del  marido  7 
de  la  mujer:  del  primeria  porque  se  vio  privado  de  una  facultad  que  por 
ministerio  de  la  ld7  le  corresponde;  7  de  la  segunda,  porque  legal  mente 
no  pudo  hacer' lo  que  hizo.  Véase  ahora  el  fundamento  del  arL  55  de  la 
Le7  del  Matrimonio  Civil  en  que  se  niega  á  la  mujer  la  acción  de  nuli* 
dad.  Bice  asi  la  exposición  de  motivos  de  la  Le7  referida:  «En  el  art.  57 
(55  de  la  le7)  se  consigna  una  regla  que  es  de  alta  moralidad.  Los  actos 
jurídicos  que  la  mujer  celebre  sin  la  autorización  de  su  marido,  ó  la  judi* 
cial  en  su  defecto,  habrán  de  ser  nulos  para  que  sus  consecuencias  no 
perjudiquen  al  que  de  ellas  debe  ser  irresponsable.  Por  esto  solamente 
podrán  reclamar  la  nulidad  de  tales  actos  el  marido  ó  sus  causa-habien- 
tes,  pero  nunca  la  7nujej\  que  de  otra  manera  vendría  á  utilizarse  delfrau- 
de  que  había,  cometidos, 

XI.-  La  ley  de  Enjaieiamiento  Civil. 

Para  el  cargo  de  curador  ejemplar  del  marido,  son  preferidos  los  hijos 
á  la  mujer.  Art.  1245. 

El  titulo  Vil  de  U  2? -parte  de  la  Le7  trata  de  las  habilitaciones  para 
comparecer  en  juicio.  Necesita  habilitación  la  mujer  casada  para  compa* 
recer  en  juicio,  en  los  casos  siguientes:  1?  Hallarse  el  marido  au&ente  sin 
que  ha7a  fundada  esperanza  de  su  próxima  vuelta;  2?  Ignorarse  el  para- 
dero del  marido;  7  3?  Negarse  el  marido  á  representar  en  juicio  á  la  mu- 
jer (Art.  1351).  Para  conceder  la  habilitación  es  necesario  concurra 
algjuna  de  las  circunstancias  siguientes:  1^  Ser  demandada  la  mujer;  2? 
Seguirse  grave  perjuicio  de  no  promover  la  demanda  para  que  pida  la 
habilitación  (Art.  1352).  Para  conceder  la  habilitación  se  oirá  siempre  al 
Promotor  fiscal  del  Juzgado  respectivo  (Art.  1353).  Cuando  se  pidiere  la 
habilitación  por  negstrse  el  marido  á  representar  en  juicio  á  la  mujer  pa- 
ra la  defensa  de  sps  derechos,  se  sustanciará  la  demanda  en  juicio  ordi- 
nario. Lo  mismo  sucederá  cuando  antes  de  haberse  otorgado  la  pedida 
por  ausencia  ó  ignorarse  el  paradero  del  marido,  compareciere  este  opo- 
niéndose. (Art.  1857).  Si  el  marido  en  los  casos  de  ausencia  7  de  igno- 


GAPACÍÍ>Al)  t>É  tA  kuJER  DüitAlItfi  ÉL  líATBIlfOKlO  Í35' 

rarse  sa  paradero,  compareciese  despnes  de  concedida  la  habilitación,  se 
liará  contencioso  el  expediente  y  sustanciará  en  vía  ordinaria.  Mientras  se 
sustancia  debidamente,  continuará  surtiendo  todos  sus  efectos  la  habili- 
tación (Art.  1358). 

Al  derecho  civil  corresponde  por  la  índole  de  siis  disposicioiíes  el  ar- 
ticulo 1351  de  la  Ley  de  Enjuiciamiento  civil,  en  que,  según  está  visto, 
se  enumeran  los  casos  en  que  la  mujer  casada  há  menester  de  habilita- 
ción para  comparecer  en  juicio.  Guardan  congruencia  dichas  disposicio- 
nes con  las  leyes  5tj  59  de  Toro,  siendo  una  excepción  de  la  55,  6  como 
se  dice  en  los  Motivos  de  la  Ley  de  Enjuiciamiento  civil,  un  remedio  ax- 
irojordinario.  El  mencionado  art.  1351  deroga,  sin  embargo,  parte  de  la 
ley  57  de  Toro,  ast  como  amplia  el  precepto  de  la  59  al  caso  de  que  se 
ignore  el  paradero  del  marido.  Hemos  dicho  que  el  art.  1351  de  la  Ley 
de  Enjuiciamiento  civil  deroga  parcialmente  la  ley  57  de  Toro;  y  así  es 
la  verdad.  Se  re/íordará  que  en  dicha  ley  se  preceptúa  que  el  juez,  con 
conocimiento  de  causa  legitima  ó  necesaria,  compela  al  marido  á  que  dé  li- 
cencia á  su  mujer,  y  si  compelido  no  se  la  diere,  se  la  dé  el  juez.  Por  la 
Ley  de  Enjuiciamiento  civil  no  es  condición  previa  para  la  habilitación 
la  resistencia  del  marido;  basta  su  negativa.  «rlJna  reforma,  dice  el  señor 
Gromez  de  la  Serna,  (1)  hizo  en  este  punto  la  Comisión  en  el  derecho  an- 
tiguo. Según  una  ley  de  Toro,  el  juez,  con  conocimiento  de  causa  legiti- 
ma ó  necesaria,  debia  compeler  al  marido  á  que  diera  la  licencia  á  su 
mujer,  y  sólo  cuando  después  de  cumpelido  se   negaba,  procedia  la  habi- 
litación. La  Comisión  creyó  que  á  nada  conducía  el  compeler  al  marido; 
que  lejos  de  fortalecer  esta  medida  la  potestad  marital,  la  rebajaba;  que 
la  imposición  de  multas  y  de  cárcel,  que  eran  los  medios  de  apremio  que 
tenían  los  jueces  para  obligar  á  los  maridos  á  que  cumplieran  con  sus  de- 
beres, eran  ocasión  de  división  en  las  familias,  ó  cuando^ya  estaban  divi- 
didas,  motivos  para  ahondar  sus  resentimientos;  que  la  cárcel  no  era  apre- 
mio aceptable  en  nuestros  dias;  que  ni  él  ni  la  multa  eran  medios  conve- 
nientes ni  justos,  cuando  la  obstinación  del  marido  dimanaba  del  conven- 
cimiento intimo  que  tenia  de  que  el  pleito  no  debia  sostenerse,  y  por 
último,  que  en  estas  diligencias  y  apremios  se  malgastaba  un  tiempo  á 
las  veces  precioso  para  los  intereses  de  la  mujer». 


(1)    Motivos  de  la  Ley  de  Enjuiciamiento  civil. 


136     ■  REVISTA  BEÍ  CUBA 

Xli— La  Ley  Hipotecaria. 

Haíi  estimado  algunos  que  poc  el  art.  188  de  la  Ley  Hipotecaria,  ó  sea 
el  202  de  la  nuestra,  ha  sido  tácitamente  derogada  la  Ley  61  de  Toro. 
Dice  asi  el  mencionado  artículo:  «Los  bienes  dótales  que  quedaren  hipo- 
tecados ó  inscritos  con  dicha  cualidad,  según  lo  dispuesto  en  los  nümeros 
primero  y  segundo  del  art.  169  (183)  no  se  podrán  enagenar,  gravar  ni 
hipotecar,  en  los  casos  en  que  las  leyes  lo  permitan,  sino  en  nombre  y 
con  consentimiento  expreso  de  ambos  cónyuges,  y  quedando  á  saWo  á  la 
mujer  er derecho  de  exigir  qiíe  su  marido  le  hipoteque  otros  bienes,  si  los 
tuviere,  en  sustitución  de  los  enagenados  ó  gravados,  ó  los  primeros  que 
adquiera,  cuando  carezca  de  ellos  al  tiempo  de  verificarse  la  enagenacion 
ó  de  imponerse  el  gravamen». 

«Si  cualquiera  de  los  cónyuges  fuere  menor  de  edad,  se  observarán 
en  la  enagenacion  de  dichos  bienes  las  reglas  establecidas  para  este  caso 
en  la  Ley  de  Enjuiciamiento  civil». 

«Si  la  mujer  fuere  la  menor,  el  Juez  ó  Tribunal  que  autorice  la  ena- 
genacion cuidará  de  que  se  constituya  la  hipoteca  de  que  trata  el  párra- 
fo primero  de  este  artículo.» 

No  parece  ciertamente  que  hay^  entrado  en  el  ánimo  de  ios  redacto- 
res de  la  Ley  Hipotecaria  prescindir  de  la  Ley  61  de  Toro.  En  primer  lu- 
gar, nada  contiene  á  este  respecto  la  Exposición  de  Motivos  de  la  Ley 
Hipotecaria.  En  segundo  lugar,  bien  examinado  el  texto  del  artículo  pre- 
inserto, resulta  que  la  Ley  de  Toro  está  vigente.  En  a.juel  se  lee  la  ex- 
presión siguiente,  que  á  nuestro  entender  disipa  toda  duda:  «no  se  podrán, 
dice,  enagenar,  gravar  ni  hipotecar,  en  los  casos  en  que  las  leyes  lo  per- 
mitán,  sino  en  nombre,  etc.»  Esas  palabras:  «en  los  casos  en  que  las  leyes 
lo  permitan»,  están  indicando  bien  á  las  claras  que  si  la  enagenacion,  gra- 
vamen ó  hipoteca  proceden  de  la  fianza  dada  por  la  mujer  en  pro  del 
marido  ó  de  obligación  mancomunada  entre  marido  y  mujer,  no  serán 
válidas  ni  podrán,  por  tanto,  ser  inscritas.  En  tercer  lugar,  en  el  mismo 
artículo  de  la  Ley  Hipotecaria  se  establece  que  á  la  mujer  queda  á  salvo 
el  derecho  de  exigir  que  su  marido  le  hipoteque  otros  bienes^  si  los  hubie- 
re, en  sustitución  de  los  enagenados  6  gravados,  ó  los  primeros  que  ad- 
quiera, cuando  carezca  de  ellos  al  tiempo  de  verificarse  ó  de  imponerse  el 


CAPACIDAD  DE  LA  MUJER  DURANTE  EL  MATRIMONIO  137 

gravamen,  añadiéndose  en  el  párrafo  tercero  que  si  la  mujer  fuere  menor, 
el  Juez  ó  el  Tribunal  que  autorice  la  enagenacion  cuidará  de  que  se  cons- 
tituya la  hipoteca  de  que  trata  el  párrafo  primero;  lo  cual  no  se  compren- 
deria  si  por  el  propio  articulo  hubiese  sido  derogada  tácitamente  la  Ley 
61  de  Toro,  puesto  que  esta  se  refiere  á  contratos,  siendo  evidente  que 
las  reaponsabilidades  procedentes  de  los  miamos  deben  recaer  sobre  Ist 
mujer,  ya  en  su  carácter  de  fiadora,  ya  en  el  concepto  coobligada  si  se 
trata  de  una  obligación  mancomunada  con  su  marido,  sin  que  le  corres- 
pondan más  derecho?  que  los  que  tengan  su  origen  en  la  naturaleza  del 
contrato  y  pertenezcan  á  cualquier  otro  contrayente;  y  como  no  es  asi 
conforme  al  art.  188  de  la  Ley  Hipotecaria,  como  en  él  se  previene  que  el 
marido  hipoteque  otros  bienes  en  sustitución  de  los  dótales  enageuados 
6  gravados,  dicho  se  está  que  no  cabe  sostener  que  la  expresión  «eu  nom- 
bre y  con  consentimiento  expreso  de  ambos  cónyuges»  signifique  que  sea 
lícita  la  obligación  mancomunada  entre  marido  y  mujer.  Por  ultimo,  el 
art.  33  de  dicha  ley  (41  de  la  nuestra)  establece  una  regla  general,  á  sa- 
ber: que  la  inscricion  no  convalida  los  actos  ó  contratos  que  sean  nulos 
con  arreglo  á  las  leyes. 

Lo  que  hace  el  art.  183  es  señalar  las  condiciones  y  requisitos  necesa- 
rios para  que  la  enagenacion  ó  gravamen  de  los  bienes  dótales  sean  actos 
válidos  y  eficaces.  Si  exige  el  consentimiento  de  ambos  cónyuges,  es  por- 
que ambos  tienen  derechos  en  los  dótales. 


PARTE   II. 

•  * 

I  --PUEBLOS  DE  BAZA  LATlüA. 

§  I.— Francia  (1). 

El  artículo  213  del  Código  civil  dispone  que  «1  marido ^roí^a  ala 
mujer  y  que  ésta  obedezca  al  marido.  Es  consagrar  la  potestad  marital, 

(1)  Código  Napoleón,  cap.  VI,  tít.  V.  Lib.  I. — Laurent.  Cours  elementaire  de 
Broit  civil,  pag.  267  y  sigtes.  del  tomo  I  y  Principes  de  Droit  civil,  tomo  III. — Glas- 
«on.  Elementa  da  Droit  francais,  tomo  I,  pág.  143  y  sigtea. — P.  Gide,  obra  citada, 
pág,  465. — Aubry  et  Bau,  Conrs  de  Droit  civil  francais.  Tomo  V,  pág.  132  y  sigtes. 

18 


138  áfiVIBf  A  Í)E  OüÉÁ 

íjue  si  bien  el  Código  no  nombra,  en  cambio  la  establece  en  dicho  artícu- 
lo. En  el  matrimonio  hay,  pues,  un  superior  y  un  inferior;  no  es  una  so- 
ciedad de  iguales. 

I  ,  * 

El  articulo  1124  niega  capacidad  civil  á  la  mujer  para  contratar  y 
obligarse.  ¿Por  qué  así?  Tres  son  las  razones:  1?— El  matrimonio  pone  á 
la  mujer  bajo  la  potestad  del  marido,  á  quien  debe  respeto  y  obediencia. 
2^ — El  matrimonio  crea  nuevos  intereses;  los  actos  de  la  mujer  trascien- 
den á  toda  la  familia,  afectan  á  los  intereses  de  la  misma;  por  lo  que  el 
jefe  debo  intervenir  para  garantía  de  los  intereses  comunes.  3^ — El  ma- 
trimonio es  una  sociedad;  cada  uno  de  los  asociados  tiene  una  esfera  de 
acción  propia:  á  la  mujer  toca  el  gobierno  de  la  casa  y  la  educación  de 
los  hijos,  y  al  marido  la  dirección  de  los  negocios,  porque  su  experiencia 
es  mayor. 

A  decir  verdad,  la  legislación  francesa  no  presenta  unidad  de  princi- 
pios en  esta  materia.  Como  en  la  española,  se  observan  graves  contradic- 
ciones, á  causa  de  haberse  dado  cabida  á  ideas  y  conceptos  que  chocan 
entre  sí,  porque  su  filiación  histórica  es  distinta;  más  que  distinta,  antité- 
tica.  ¿Cuál  es  el  fundamento  de  la  potestad  marital?  ¿La  incapacidad  na- 
tural ó  inexperiencia  de  la  mujer?  ¿la  obediencia  que  debe  al  marido?  ¿ó 
él  interés  de  la  familia?  Para  todas  estas  preguntas  tiene  respuestas  afir- 
mativas el  Código  Napoleón,  como  vamos  á  verlo. 

La  incapacidad  de  la  mujer  es  general.  El  artículo  215  dice:  «La  mu- 
jer no  puede  comparecer  en  juicio  sin  la  autorización  del  marido,  aún 
cuando  los  bienes  no  fueran  comunes.»— El  217  añade:  «Aun  cuando  no 
exista  comunidad  de  bienes,  no  puede  la  mujer  dar,  vender,  hipotecar, 
adquirir  á  título  gratuito  ú  oneroso,  sin  el  concurso  del  marido,  ó  su  con- 
sentimiento  por  escrito.»  No  es  tan  severa  la  Ley  54  de  Toro,  pues  per- 
mite á  la  mujer  aceptar  por  sí  una  herencia  con  beneficio  de  inventario. 
Tampoco  es  tan  severa  la  Ley  del  Matrimonio  Civil,  porque  en  su  artícu- 
lo 51  autoriza  á  la  mujer  para  celebrar  válidamente  determinados  con- 
tratos. 

<cSi  el  marido,  dice  el  artículo  218,  rehusare  la  autorización  á  la  mu- 
jer para  poder  comparecer  en  juicio,  poárá  otorgarla  el  juez.»  Es  la  ha- 
bilitación de  nuestro  Derecho. 

Conforme  al  artículo  219,  «si  el  marido  rehusare  á  su  mujer  permiso 
para  otorgar  un  documento  público,  ésta  puede  citarle'  directamente  an- 


CAPACIDAD  DE  LA  MUJER  DURANTE  EL  MATRIMONIO  139 

te  el  Tribunal  de  primera  iústaocia  del  distrito  del  domicilio  común,  que 
puede  dar  ó  rehusar  su  autorización  después  de  oir  ó  llamar  en  forma  al 
marido.»  Aunque  según  la  Ley  57  de  Toro,  la  licencia  del  juez  tiene  que 
ser  también  especial,  sin  embargo,  puede  autorizar  más  actos  de  los  que 
permite  la  ley  francesa;  puede  autorizar  A  la  muj^r  «para  todo  aquello 
que  ella  no  podría  hacer  sin  licencia  de  su  marido»,  es  decir,  para  cuan- 
to  expresan  las  leyes  54  y  55. 

Como  ha  podido  observarse,  la  ley  francesa  no  permite  más  autoriza* 
cion  que  la  espeeial.  Cada  caso  exige  el  consentimiento  ó  concurso  del 
marido.  No  asi  la  Ley  56  de  Toro,  conforme  á  la  que  el  marido  puede 
dar  licencia  genei-al  á  su  mujer  para  contraer  y  para  hacer  todo  aquello 
que  há  menester  de  licencia.  Dos  excepciones  admite  el  Código  Napo- 
león: 1*  si  la  mujer  hubiese  sido  autorizada  por  el  marido  para  ejercer 
el  comercio  (artículo  220),  y  2*,  cuando  la  mujer  estuviere  autorizada 
por  contrato  de  matrimonio  para  administrar  sus  bienes  (artículo 
223). 

Dispónese  en  el  artículo  221  que  «cuando  el  marido  haya  sido  conde- 
nado á  nna  pena  aflictiva  ó  infamante,  aunque  baya  sido  pronunciada  en 
rebeldía,  la  mujer,  por  más  que  sea  mayor  de  edad,  no  puede,  durante  la 
extinción  de  la  pena,  comparecer  en  juicio,  ni  contratar  sin  autorización 
íudicial.»  La  legislación  es  más  liberal,  más  deferente  hacia  la  mujer  que 
la  francesa.  Conforme  á  la  regla  4?  del  artículo  4?  de  la  Ley  de  27  de 
Junio  de  1870  sobre  -los  efectos  civiles  de  la  pena  de  interdicción,  la  es- 
posa del  penado,  si  fuere  mayor  de  edad,  se  encargará  de  la  administra- 
ción de  loa  bienes  de  la  sociedad  conyugal,  pudiendo,  según  la  regla  7?*, 
disponer  libremente  de  los  bienes  de  cualquiera  clase  que  á  ella  perte- 
nezcan. Análoga  disposición  encontramos  en  la  Ley  del  Matrimonio  Ci- 
vil (articulo  47.). 

«Si  el  marido,  dice  el  artículo  222  del  Código  francés,  estuviere  prl' 
vado  de  la  administración  de  sus  bienes,  ó  ausente,  el  juez  puede,  con 
conocimiento  de  causa,  autorizar  á  la  mujer  para  contratar.»  Así  lo  pre- 
ceptúa también  la  Ley  59  de  Toro.  Si  el  marido  es  menor  de  edad,  su 
mujer  necesita  autorización  judicial  para  comparecer  en  juicio  y  para 
Contratar  (articulo  224).  -Con  arreglo  al  artículo'  46  de  la  Ley  del  Ma- 
trimonio Civil,  si  el  marido  es  menor,  corresponde  la  administración  4^ 
los  bienes  y  el  ejercicio  de  los  d^más  der^cbos  que  forn^an  la  pot98ta4 


140  kfiViaTA  bu  cufiA 

marital,  al  padre  de  aquel;  en  su  defecto,  á  la  madre,  y  á  falta  de  ambos, 
es  oecesaria  la  autorización  judicial. 

La  acción  de  nulidad,  fundada  en  la  falta  de  autorización,  no  puede 
ser  interpuesta  más  que  por  la  mujer,  por  el  marido  6  por  sus  herederos. 
(Artículo  225  del  Código  Napoleón.)  Por  la  Ley  de  Matrimonio  Civil,  no 
puede  ser  ejercitada  la  acción  de  nulidad  sino  por  el  marido  y  sus  here- 
deros; nunca  por  la  mujer. 

Con  las  disposiciones  tan  restrictivas  que,  respecto  de  la  mujer  casa- 
da contiene  el  Código  civil  francés,  contrasta  la  facultad  que  tiene  d<í 
contratar  con  su  marido,  obligándose  por  él  y  en  su  interés,  pues  los  re- 
dactores del  dicho  Código  repudiaron  el  Senado-consulto  Veleyano  y  la 
.auténtica  Si  qiia  rmilier. 

§  IL— Italia  (1) 

El  marido  es  oijcfe  de  lafamilia\  la  mujer  sigue  su  condición  civil; 
toma  su  apellido  y  está  obligada  á  seguirle  á  cualquier  lugar  donde  juz- 
gue oportuno  fijar  su  residencia.  Tiene  el  marido  el  deber  de  protejer  á 
su  mujer;  de  tenerla  cerca  de  si;  de  procurarla  todo  cuanto  sea  posible 
para  las  necesidades  de  la  vida  en  proporción  á  sus  recursos.  La  mujer 
debe  contribuir  al  sostenimiento  del  marido,  si  éste  no  dispone  para  ello 
de  medios  suficientes.  (Artículos  131  y  182).  Como  se  vé,  en  el  Código 
civil  italiano  río  se  consigna,  como  en  el  francés,  ni  como  en  la  Ley  del 
Matrimonio  Civil,  el  deber  de  la  ohedieneia  en  la  mujer,  como  correlativo 
del  de  protección  que  se  impone  al  marido. 

La  mujer  no  puede  donar,  vencer  ni  hipotecar  bienes  inmuebles,  con- 
traer préstamos,  ceder  ó  recobrar  capitales,  ni  transigir  ni  comparecer 
en  juicio  relativamente  á  aquellos  actos,  sin  la  autor izacioyi  del  marido. 
Este  puede,  por  medio  de  documento  público,  dar  autorización  A  su  mu- 
jer, ó  general  para  todos  aquellos  actos,  ó  especial  para  alguno,  conservan- 
do el  derecho  de  revocarlo.  (Artículo  134)  La  ley  italiana  discrepa  déla 
francesa  en  cuanto  á  que  permite  la  autorización  gcneraly  como  sucede 


(1)  Código  Civil,  promulgado  en  25  de  Junio  de  1865. — Libro  I,  título  V» 
capítulo  IX,  Sección  primera. — Hue.  Le  Code  civil  italien  et  le  Code  Napoleón, 
TowoI,pág.67. 


\ 


CAÍ^ACIDAD  de  la  MUJEB  dudante  el  líATRlMONIO  141  ' 

entre  nosotros  (Ley  56  de  Tero).  Esto  basta  para  demostrar  que  el  ma-» 
rido  no  ocupa  el  lugar  de  guardador  y  que,  por  tanto,  no  es  la  mujer  ir)-» 
capaz  por  naturaleza. 

La  autorización  del  marido  no  es  necesaria:  1?  Cuando  sea  menor  de 
edad,  esté  incapacitado  judicialmente,  ausente  ó  condenado  á  má^  de  un 
año  de  prisión,  durante  la  extinción  de  la  pena.  En  España  es  necesario 
que  se  haya  impuesto  la  pena  accesoria  de  interdicción  civil.  29  Cuando 
la  mujer  esté  legalmente  separada  por  culpa  del  marido.  39  Cuando  la 
mujer  esté  dedicada  al  comercio.  (Artículo  135.) 

Cuando  el  marido  rehuse  la  autorización,  si  se  trata  de  actos  en  los 
cuales  haya  oposición  de  intereses,  6  si  la  mujer  está  legalmente  separada, 
bien  sea  por  su  culpa,  ó  por  la  de  ambos  cónyuges,  6  por  mutuo  consen- 
timiento, será  necesaria  la  autorización  del  tribunal  civil.  Este  no  puede 
conceder  la  autorización,  si  antes  no  ha  sido  oido  6  citado  á  comparecer 
el  marido,  salvo  los  casos  urgentes.  (Artículo  136). 

Combinando  este  artículo  con  el  precedente,  resulta  que  la  mujer 
no  necesita  de  la  autorización  judicial  cuando  «1  marido  sea  menor,  esté 
bajo  interdicción,  ausente  6  condenado  á  más  de  un  año  de  prisión, 
durante  la  extinción  de  la  pena;  ni  cuando  esté  legalmente  separa- 
da por  culpa  del  marido  ni  cuando  esté  dedicada  al  comercio.  No 
sucede  ñs^i  en  la  legislación  francesa  en  cuanto  á  los  casos  de  delito  del 
marido,  de  ausencia,  de  incapacidad  del  mismo,  6  de  minoría  de  edad. 
En  todos  esos  casos,  la  mujer  no  puede  contratar  ni  comparecer  en  juicio 
sin  la  autorización  judicial.  (Artículos  221,  222  y  224  del  Cóiligo  Napo- 
león.)— Conforme  á  la  Ley  59  de  Toro,  es  necesaria  la  autorización  judi- 
cial en  caso  de  ausencia  del  marido.  Finalmente,  según  la  Ley  del 
Matrimonio  Civil,  no  parece  que  la  mujer  haya  menester  de  la  autoriza- 
ción judicial  en  los  casos  de  separación  por  sentencia  firme  de  divorcio, 
de  ausencia  en  ignorado  paradero,  ó  de  interdicción  civil.  La  necesita, 
sin  embargo,  en  el  caso  de  que  el  marido  fuere  menor,  y  en  defecto  del 
padre  y  de  la  madre  del  mismo.  (Artículos  46  y  47). 

La  nulidad,  dice  el  artículo  138  del  Código  italiano,  por  defecto  de 
autorización,  no  puede  oponerse  sino  por  el  marido,  la  mujer  y  sus  here- 
deros y  causa-habientes.  Aquí  cae  el  legislador  italiano  en  flagrante  con- 
tradicción. Compréndese  que  á  la  mujer  y  sds  herederos  se  conceda  la 
acción  de  nulidad,  si  se  le  considera  como  incapaz  naturalmente,  pero  d« 


142  ÍIEVISTA  DE  CUBA 

ninguna  suerte  8Í  se  le  estima  capaz  en  el  orden  moral  ó  intelectual,  co- 
mo se  le  considera  en  los  artículos  134,  párrafo  segundo,  135  y  136. — El 
precepto  del  articulo  137  es  conforme  con  el  225  del  Código  Napoleón. 
En  la  Ley  del  Matrimonio  Civil  (Artículo  55),  no  se  concede  la  acción 
de  nulidad  más  que  al  marido  y  sus  heredero». 

§  III. — Portugal.  (1) 

Al  marido  incumbe  especialmente  la  obligación  de  proteger  y  defen- 
der la  persona  y  los  bienes  de  la  mujer,  y  á  ésta  la  de  prestar  obediencia 
al  marido.  La  mujer  escritora  no  puede  publicar  sus  escritos  sin  consen- 
timiento del  marido;  pero  puede  acudir  á  la  autoridad  judicial  en  caso 
de  negativa  injusta.  La  administración  de  todos  los  bienes  del  peculio 
matrimonial  pertenece  al  marido,  y  sójo  corresponderá  á  la  mujer  cuando 
éste  falte  ó  se  halle  incapacitado.  (Artículos  1185,  1187  y  1189  del  Có- 
digo civil. 

La  mujer  administradora,  en  ausencia  ó  durante  la  incapacidad  del 
marido,  no  puede  enagenar  bienes  inmuebles  sin  autorización  del  cornejo 
de  familia  con  asistencia  del  ministerio  público;  y  si  el  valor  de  dichos 
bienes  excediese  de  1.000,000  de  reís,  la  enagenacion  sólo  podrá  hacerse 
en  subasta  publica.  Las  enagenaciones  en  la  forma  dispuesta  serán  nulas 
y  los  compradores  sólo  podrán  recuperar  el  precio  de  la  cosa  comprada, 
por  los  bienes  propios  de  la  mujer  vendedora,  si  los  tuviere,  ó  por  los  del 
peculio  matrimonial,  cuando  se  probase  que  el  precio  de  que  se  trata  vi- 
no á  aumentar  dicho  peculio  matrimonial,  y  sólo  hasta  el  valor  de  este 
aumento.  (Articulo  1190). 

JVb  es  licito  al  marido  eruigenar  bienes  inmuebles  ni  comparecer  en 
juicio  por  causa  de  litigios  de  propiedad  ó  pose:4Íon  de  bienes  inmuebles, 
sin  consentimiento  de  la  mujer.  Este  consentimiento  puede  suplirse  judi* 
cialmente,  si  la  mujer  le  negase  sin  justa,  causa,  ó  si  estuviese  impasibilir 
tada  para  otorgarle.  Las  enagenaciones,  sin  embargo,  de  bienes  propios, 
hachas  por  el  marido,  céntralo  prevenido,  sólo' pueden  ser  anuladas á 
instancia  de  la  mujer  ó  de  sus  herederos,  hallándose  el  marido  constituid 


(1)    Código  civil,  promulgado  en  1?  de  Julio  de  1867,  Parte  2í.  Libro  2?.  título  2^ 
Capítulo  I,  SeccioQ  octava. 


CAPACIDAD  DÉ  LA  MUJER  DÜBAlíTE  EL  MATRlJÍONlO  US 

do  én  responsabilidad  para  con  ella  ó  para  con  los  dichos  herederos,  y  no 
teniendo  otros  bienes  con  qué  responder.  Si  las  citadas  enagenaciones 
fuesen  de  bienes  comunes,  la  mujer  ó  sus  herederos,  ó  los  herederos  legl- 
timos  del  marido,  podrán,  en  todo  caso,  pedir  que  sean  anuladas.  (Ar- 
tículo 1191). 

La  mujer  casada  no  puede  comparecer  en  juicio  sin  autorización  del 
marido,  excepto:  1?  En  las  causas  criminales  en  que  sea  reo.  2?  En 
cualquier  demanda  contra  el  maridó.  39  En  los  actos  que  tengan  única- 
mente por  objeto  la  conservación  y  seguridad  de  sus  derechos  propios  y 
exclusivos.  49  En  los  casos  en  que  haya  de  ejercer  los  derechos  y  debe- 
res inherentes  al  poder  paterno,  relativamente  de  sus  hijos  legítimos  ó 
de  los  naturales  que  de  otro  hubiere  tenido.  (Articulo  1192). 

La  mujer  no  puede,  sin  la  autorización  del  marido,  adquirir  ni  ena- 
genar  bienes,  ni  contraer  obligaciones,  excepto  en  los  casos  en  que  la  ley 
especialmente  lo  permite.  Si  el  marido  negase  indebidamente  la  autori- 
zación  pedida  por  la  mujer,  podrá  ésta  pedir  que  sea  suplida  por  el 
juez,  quien,  oido  el  marido,  la  concederá  ó   negará,  como  procediese  en 
justicia.  La  autorización  del  marido  debe  ser  especial  para  cada  uno  de 
los  actos  en  que  la  mujer  necesite  comparecer,  excepto  cuando  es  para 
comerciar;  pues  en  este  caso  puede  la  mujer  llevar  á  cabo  todos  los  actos 
consecuentes  á  su  comercio,  en  virtud  de  la  autorización  general,  y  hasta 
hipotecar   sits  bienes  inmuebles  y  ejercer  acciones,  siempre  que  sea  con 
motivo  de  dicho  comercio.  La  autorización  puede  ser  concedida  de  pala- 
bra, por  escrito  6 por  hechos  de  que  necesariamente  se  deduzca.  Sin  em- 
bargo,  la  autorización   para  comerciar,  hipotecar  ó  enagenar  bienes  in- 
muebles, ó  para  ejercitar  acciones  en  juicio,  sólo  puede  ser  otorgada  por 
^escritura  legal.  El  marido  puede  revocar  la  autorización  mientras  el  acto 
para  que  fué  concedida  no  hubiere  comenzado;  pero  si  éste  hubiera  tenido 
principio,  sólo  ste  podrá  revocar  reparando  cualquier  perjuicio  de  tercero 
que  resuke  de  la  revocación.  (Artículos  1193,  1194,  1195,  1196  y  1197). 

El  marido  responde  de  las  obligaciones  que  la  mujer  casada  según  la 
costumbre  del  reino,  ó  con  simple  comunidad  de  bienes  adquiridos,  con- 
trajo con  autorización  suya,  pero  no  de  las  obligaciones  que  la  mujer  ca- 
sada en  otra  forma,  coatrajo  sobre  bienes  ó  intereses  exclusivamente  su- 
yos. (Artículo  1198). 

Cuando  la  autorización  sea  suplida  por  el  juez,  el  marido  sólo  res- 


144  REVISTA  DE  CUBA 

ponJe  Ae  los  actos  de  la  mujer  que  procedan  de  obligaciones  comunes  ó 
redunden  en  beneficio  común.  (Artículo  1199). 

La  nulidad  por  falta  de  autorización*  sólo  puede  ser  alegada  por  el 
marido  ó  por  sus  herederos  ó  representantes.  (Artículo  1200). 

La  nulidad  por  falta  de  autorización,  puede  salvarse:  19  Por  la  con- 
firmaciou  del  marido.  2?  Si  no  fuese  hecha  la  reclamación  dentro  de  un 
afio,  á  contar  desde  la  disolución  del  matrimonio.  3?  Si  el  acto  iiubiese 
prescrito  conforme  á  las  reglas  generales.  (Artículo  1201). 

Finalmente:  la  acción  concedida  á  los  cónyuges  en  los  casos  citados, 
no  es  admisible  respecto  de  los  casamientos  celebrados  en  país  extranje- 
ro y  no  publicados  eu  el  reino  en  conformidad  de  la  ley.  (Artícnlo  1202) 

§  IV.— Chile  (1) 

El  marido  dehe  protección  á  la  mujer,  y  la  mujer  obediencia  al  mari- 
do. La  potestad  marital  es  el  conjunto  de  derechos  que  las  leyes  conce- 
den al  marido  sobre  la  persona  y  bienes  de  la  mujer.  (Artículos  131  y 
132  del  Código  civil). 

Por  el  hecho  del  matrimonio  se  contrae  sociedad  de  bienes  entre  los 
cónyuges,  y  toma  el  marido  la  administración  de  los  de  la  mujer.  (Ar- 
tículo 135). 

Sin  autorización  escrita  del  marido  no  puede  la  mujer  casada  compa- 
recer enjuicio  por  si  ni  por  procurador:  sea  demandando  ó  defendiéndose. 
La  mujer  no  puede,  sin  antorizacion  del  marido;  celebrar  contrato  alguno, 
ni  desistir  de  un  contrato  anterior,  ni  remitir  una  deuda,  ni  aceptar  ni 
repudiar  una  donación,  herencia  ó  legado,  ni  adquirir  á  título  oneroso 
ó  lucrativo,  ni  enagenar,  hipotecar  ni  empeñar.  La  autorización  del  mari- 
do debe  ser  otorgada  por  escrito,  ó  interviniendo  él  mismo  expresa  y 
directamente  en  el  acto.  No  podrá  presumirse  la  autorización  del  mari- 
do sino  en  los  casos  que  la  ley  ha  previsto.  La  autorización  puede  ser 
general  ó  especial.  El  marido  puede  revocar,  á  su  arbitrio,  sin  efecto  re- 
troactivo, la  autorización  general  ó. especial,  así  como  también  puede 
ratijcar  los  actos  para  los  cuales  no  haya  autorizado  á  la  mujer,  padien- 


(1)    Código  cítíI  promulgado  en  14  de  Diciembre  de  1855.  Lib.  I,  tft.  VI. 


CAPACIDAD  DE  LA  MUJER  DURANTE  EL  MATRIMONIO  145 

do  ser  la  ratificación  general  ó  especial.  Igualmente  podrá  ser  tácita  por 
hechos  del  marido  que  manifiesten  inequívocamente  su  aquiescencia. 
(Artículos  136,  137,  138,  140.  141  y  142). 

La  autorización  del  marido  puede  ser  suplida  por  la  del  juez,  con  co- 
nocimiento de  causa,  cuando  el  marido  se  la  negare  sin  justo  motivo  y 
de  ello  se  siga  perjuicio  á  la  mujer.  Podrá  asimismo  ser  suplida  por  el 
juez,  en  caso  de  algún  impedimento  del  marido,  como  el  de  ausencia  real 
6  aparente,  cuando  de  la  demora  se  siguiese  perjuicio.  Si  por  impedimen- 
to 4©  larga  6  indefinida  duración,  como  el  de  interdicción,  el  de  prolon- 
gada ausencia  ó  desaparición,  se  suspende  el  ejercicio  de  la  potestad  ma- 
rital, corresponderá  la  administración  de  los  bienes  de  la  sociedad 
conyugal  á  la  mujer  con  iguales  facultades  que  el  marido.  (Artículos 
143  y  145). 

La  autorización  judicial  representa  la  del  marido,  y  produce  los  mis- 
mos efectos,  con  la  diferencia  que  vá  á  expresarse.  La  mujer  que  proce- 
de con  autorización  del  marido,  obliga  á  éste  en  sus  bienes  de  la  misma 
manera  que  si  el  acto  fuera  del  marido:  y  obliga',  además,  sus  bienes  pro- 
pios, hasta  la  concurrencia  del  beneficio  particular  que  ella  reportare  del 
acto;  y  lo  mismo  será  si  la  mujer  ha  sido  autorizada  judicialmente  por 
impedimento  accidental  del  marido  en  casos  urgentes,  con  tal  que  haya 
podido  presumirse  el  consentimiento  de  éste;  al  paso  que  si  la  mujer  ha 
sido  autorizada  por  el  juez  contra  la  voluntad  del  marido,  obligará  sola- 
mente BUS  bienes  propios;  mas  no  obligará  el  haber  social  ni  los  bienes 
del  marido,  sino  hasta  la  concurrencia  del  beneficio  que  la  sociedad,  ó  el 
marido,  hubieren  reportado  del  acto.  Además,  si  el  juez  autorizare  á  la 
mujer  para  aceptar  una  herencia,  deberá  ella  aceptarla  con  beneficio  de 
inventario;  y  sin  este  requisito  obligará  solamente  sus  propios  bienes  á 
las  resultas  de  la  aceptación.  (Articulo  146). 

Se  presume  la  autorización  del  marido  en  la  compra  de  cosas  mue- 
bles que  la  mujer  hace  al  contado.  Se  presume  también  la  autorización 
del  marido  en  las  compras  al  fiado  de  objetos  naturalmente  destinados  al 
consumo  ordinario  de  la  familia;  pero  no  se  presume  en  la  compra  al  fia- 
do de  galas,  joyas,  muebles  preciosos,  aún  de  los  naturalmente  destinados 
al  vestido  y  menaje,  á  menos  de  probarse  que  se  han  comprado,  ó  se  han 
empleado  en  el  uso  de  la  mujer,  6  de  la  familia,  con  conocimiento  y  sin 
reclamación  del  marido.  Este  articulo  del  Código  civil  de  Chile,  que  es 

19 


146 


ESViatA  DE  CUBA 


el  147,  trae  á  la  memoria  el  61  de  la  Ley  española  del  Matrimonio  Civil. 
La  disposición  es  la  misma  y  hasta  los  términos  son  idénticos. 

El  marido  menor  de  21  afios  necesita  de  curador  para  la  administra- 
ción de  la  sociedad  conyugal.  (Artículo  148). 

Las  reglas  establecidas  acerca  de  la  potestad  marital,  sufren  excep- 
ciones ó  modificaciones  por  las  causas  siguientes:  1?  El  ejercitar  la  mujer 
uua  profesión,  industria  ü  oficio.  2*  La  separación  de  bienes.  3?  El  divor- 
cio perpetuo.  (Artículo  149). 

Especial- estudio  merecen  las  disposiciones  del  Código  de  Chile,  acerca 
de  la  simple  separación  de  bienes. 

§  V.— Méjico  (1) 


El  marido  debe  proteger  á  la  mujer;  ésta  debe  obedecer  á  aquel,  así  en 
lo  doméstico  como  en  la  educación  de  los  hijos  y  en  la  administración  de 
los  bienes.  (Artículo  201  del  Código  civil). 

El  marido  es  el  administrador  legítimo  de  todos  los  bienes  del  matri- 
monio; pero  si  fuere  menor  de  edad,  necesita  de  la  autorización  del  que 
le  emancipó,  y  en  falta  de  éste,  de  la  del  jnez  para  la  enagenacion,  gra- 
vamen ó  hipoteca  de  bienes  raices,  y  de  un  tutor  para  los  negocios  judi- 
ciales. (Artículo  205). 

El  marido  es  el  representante  legítimo  de  su  mujer.  Esta  no  puede 
sin  licencia  de  aquel,  dada  por  escrito,  comparecer  en  juicio  por  sí  ó  por 
procurador,  ni  aún  para  la  prosecución  de  los  pleitos  comenzados  antea 
del  matrimonio  y  pendientes  en  cualquiera  instancia  al  contraerse  éste; 
mas  la  autorización,  una  vez  dada,  sirve  para  todas  las  instancias;  á  me- 
nos que  sea  especial  para  una  sola,  lo  que  no  se  presume,  si  no  se  expre- 
sa. Tampoco  puede  la  mujer,  sin  licencia  ó  poder  de  su  marido,  ad- 
quirir por  título  oneroso  ó  lucrativo,  enagenar  sus  bienes,  ni  obligarse, 
sino  en  los  casos  especificados  en  la  ley.  La  licencia  para  demandar  y 

defenderse  en  juicio,  puede  ser  también  general  ó  especial.  (Artículos 
206,  207  y  208). 

Si  el  marido  estnviere  presente  y  rehusare  autorizar  á  la  mujer  para 


(1)    Código  civil,  promulgado  en  13  de  Diciembre  de  1870.  Libro  I,  tít.  V,   capí- 
tulo III. 


CAPACIDAD  DE  LA  MUJEB  DUBANTE  EL  MATRIMONIO  147 

contraer  ó  litigar,  el  jaez  concederá  ó  negará  la  autorización  dentro  d^ 
quince  dias,  oyendo  en  audiencia  verbal  .i^I  marido.  Si  éste,  citado  se- 
gunda vez,  no  concurriere,  el  juez  podrá  conceder  la  autorización.  En 
caso  de  ausencia  del  marido,  queda  al  arbitrio  del  juez  conceder  la  li- 
cencia, si  hubiere  motivo  para  ello.  (Artioulos  209,  210  7  211). 

La  nulidad  de  los  actos  de  la  mujer,  fundada  en  la  falta  de  licencia 
marital  ó  judicial,  no  puede  oponerse  sino  por  ella  misma,  por  el  marido 
ó  por  los  herederos  de  ambos.  Si  el  marido  ha  ratificado,  ezpresa  ó  táci- 
tamente, los  hechos  de  su  mujer,  ninguno  puede  intentar  la  acción  de 
nulidad.  (Artículo  214). 

§  VI.— Ukuoüay. 

Las  disposiciones  del  Código  civil  de  esta  República,  están  calcadas 
en  las  que  contiene  el  de  Chile,  respecto  de  la  potestad  marital  y  de  la 
capacidad  de  la  mujer  casada.  Véase  Libro  I,  título  V,  capítulo  IV, 
Sección  segunda,  que  comprende  desde  el  artículo  127  al  144,  ambos  in- 
clusives. 


Por  no  dar  demasiada  eztensiou  á  este  trabajo,  nos  abstenemos  de 
hablar  de  la  legislación  vigente  en  los  demás  pueblos  de  la  América  La- 
tina. Baste  decir  que,  con  corta  diferencia,  dominan  en  todos  los  mismos 
principios  en  punto  á  la  materia  que  nos  viene  ocupando. 


II.-IOS  PUEBLOS  DE  RAZA  GERMÁNICA. 

§  1. — Alemania  (1) 

El  marido,  según  los  Códigos  todos  de  Alemania,  es  la  cabeza  de  la 
casa  y  el  representante  legal  de  la  familia  (Das  Haupt  der  familie;  das 
Haupt  der  chelichen  Geseltsechaft.)  La  mujer  debe   obediencia  al  mari- 


(1)    K  Leher,  Derecho  civil  germánico,  pág.  486. 


148  REVISTA  DE  CUBA 

do;  en  caso  de  desacuerdo,  prevalece  el  parecer  del  marido.  En  cambio» 
éste  debe  protección  y  ayuda  á  la  mujer;  es  su  consejero  natural  y  su  re- 
presentante en  juicio.  Le  cumple  atender  á  las  necesidades  de  la  vida  co- 
mún. El  Derecho  germánico  completa  en  el  particular  el  principio  con- 
signado en  el  romano  al  añadir:  «La  mujer  tiene  que  contribuir  á  los 
gastos  con  todas  sus  fuerzas^»,  ó  en  otros  términos  más  propios:  «rdebe  lle- 
var au  parte  en  la  carga  común».  uLahorum  periculonimque  sociam,  tdem 
in  pace,  idem  in  prcRlio,  passuram  ausuramquert^  decia  ya  Tácito  en  su 
Qermania,  XVIII. 

La  tutela  del  marido  sobre  la  mujer  y  sus  bienes,  como  jefe  de  la  fa- 
milia y  de  la  comunidad  (mundium,  de  los  germanos)  se  ha  conservado 
en  muchos  códigos  locales  de  Alemania,  sin  que  pueda  inferirse  de  la 
supresión  de  la  tutela  general  de  las  mujeres,  la  del  marido  sobre  su  es- 
posa (eheliche  Vormundichaft).  Empieza  y  termina  con  el  matrimonio. 
Ea  la  actualidad  las  corporaciones  encargadas  de  la  Oberoormundschaft^ 
ó  sea  vigilancia  de  la  tutela,  cuidan  de  que  el  marido  no  incurra  en  abu- 
sos. En  cuanto  á  la  forma,  ha  desaparecido  en  algunos  paise.^  la  tutela 
marital,  pero  en  el  fondo  el  marido  continúa  disfrutando  de  sus  derechos. 
Rerepresenta  á  la  mujer,  usufructúa  y  administra  sus  bienes;  no  es  tutor, 
pero  si  jefe  y  señor  de  la  comunidad.  Como  se  dice  en  el  Landrecht 
prusiano:  «ftiene  el  marido  el  derecho  y  el  deber  de  defender -judicial 
y  extrajudicialmente  la  persona,  el  honor  y  la  fortuna  de  la  mujer. 
Si  es  demandada  por  sus  acreedores  ó  demanda  á  sus  deudores,  debe 
representarla  legalmente  aunque  no  tenga  interés  directo  en  el  litigio' 
pero  no  puede  usar  de  su  derecho  de  representación  para  contraer  en  su 
nombre  obligaciones  sin  su  consentimiento,  ni  para  hipotecar  sus  bienes 
ú  obligarla  á  aceptar  una  herencia  que  rechaza;  pues  como  ser  razonable 
é  inteligente  depende  del  marido,  no  como  el  hijo  por  su  incapacidad 
.  personal,  sino  por  ser  el  jefe  de  la  sociedad  legal,  puede,  sí,  dar  en  pren- 
da algunos  muebles  sueltos  prescindiendo  de  ella,  porque  en  general 
tiene  el  derecho  de  trasferir  su  posesión  y  enagenar  su  propiedad.»  Vea- 
mos ahora  los  derechos  de  la  mujer. 

Se  halla,  respecto  de  su  marido,  en  una  doble  situación:  es  á  la  vez 
subordinada  y  compañera.  En  el  primer  concepto  no  puede  enajenar  sin 
autorización  del  marido.  Es  válida  la  venta  hecha  por  la  mujer  á  favor 
del  marido.  Para  ese  caso  asiste  á  la  mujer  un  tutor  ad  hoc.  En  otros 


CAPÍ.CIDAD  SE  LA  UÜEJK  DUSANTE  EL  UATEIUOKIO 

palsds  alemanes  Be  présame  que  tiene  la  mujsr  ci'iterio  é  indep 
para  proceder  de  conformidad  con  lo  que  sub  intereaes  le  acoE 
la  mujer  se  limita  el  derecho  de  contraer  deudas.  El  marido  tin 
obligación  de  reconocer  y  pt^gar  de  los  bienes  de  ella  laa  que 
coDtraido  sin  su  cousen timíen tú.  Como  compafiera  del  marido, 
preeide  loa  cuidados  de  la  casa  y  el  marido  reepande  de  los  gast< 
gaciones  contraidas  al  efecto,  como  si  se  hubiera  obligado  persoQ 
Sa  presume  que  en  tales  casos  obra  en  virtud  de  un  mandato  ti 
marido. — Si  este  se  halla  ausente  ó  es  incapaz,  podrá  la  mujer  i 
ooEaa  muebles  ó  contraer  deudas.  Es  doctrina  bastante  general  ei 
nía,  que  ai  los  intereses  déla  familia  lo  exijen,  sustituya  la  madre  a 
pueda  tomar  todas  las  medidas  que  las  circunstancias  indiquen  y  a 
— Antee  de  la  celebración  del  matrimonio,  p\iede  la  mujer  resé 
libre  disposición  de  parte  de  aua  bienes,  presentas  ó  futuros.  Ret 
loa  bienes  reservados,  es  la  mujer  dueBa  absoluta  de  sus  acto 
enagenarlos  é  hipotecarlos  libremente. 

(^Gmtinuará). 

AKTONIO  GOVIN. 


-  «v     « 


MOLIERE. 


POR  WILLIAM   H.   PRB8COTT. 


Convencido  al  fin,  Luis  XIV  de  los  interesados  móviles  de  los  enemi- 
gos del  Tartufo,  coiió  á  las  exigencias  del  publico  7  revocó  la  prohibición. 
En  consecuencia  y  aumentadaí  en  cinco  actos,  fué  representada  por  pri* 
mera  vez  en  público,  y  ante  un  auditorio  inmenso,  en  Agosto  de  1667, 
aunque  alterando  el  nombre  de  la  comedia,  el  de  algunos  personajes  y 
varios  pasajes  de  los  más  marcados.  Se  llamó  entonces  El  Impostor  y  m 
héroe  Panulfo.  Mas  la  noche  de  la  segunda  representación,  llegó  una  ór* 
den  del  presidente  del  Parlamento,  impidiendo  la  continuación  de  las  re- 
presentaciones, y  como  el  rey  habia  dejado  á  Paris,  para  reunirse  con  su 
ejército  en  Flandes,  no  pudo  obtenerse  inmediato  remedio.  Hasta  dos 
afíos  más  tarde,  en  1669,  y  en  su  forma  presente,  no  pudo  libremente  re- 
presentarse el  Tartufo  sin  ulteriores  molestias.  Es  innecesario  afiadir  que 
obtuvo  el  éxito  más  brillante  que  pudo  haber  deseado  su  autor,  y  que 
merecia  no  sólo  por  su  mérito  intrínseco,  sino  por  las  injustas  persecu- 
ciones que  habia  sobrellevado.  Cuarenta  y  cuatro  representaciones  suce- 
sivas fueron  apenas  suficientes  á  satisfacer  la  creciente  curiosidad  del 
publico,  y  su  compañía  agradecida,  forzó  á  admitir  á  Moliere  doble  por- 
ción de  los  beneficios  que  produjeran  cada  repetición  durante  su  vida.  La 
posteridad  ha  confirmado  el  juicio  de  sus  contemporáneos,  y  es^  hoy  la 


uoLtsais  ISl 

Comedia  más  admirada  del  teatro  fraocéa  7  lo  sará,  dice  un  critico  d 
aquella  nación;  "laientras  el  gusto  r  los  hipócritas  esiatan  ea  Francia 
Hemos  sido  tan  minuciosos  en  la  relación  de  estos  suceBOs,  porque  pr< 
aenta  uno  de  los  ejemplos  más  interesantes  que  se  mencionan,  entre  li 
inmerecidas  persecuciones  que  haya  sufrido  un  escritor,  dehidas  á  la  ei 
vidia  y  al  espirita  de  partido.  Ninguna  de  las  producciones  de  Moliei 
se  sefiala  por  más  directo  sentimiento  mora],  ninguna  ha  arrancado  1 
máscara  del  vicio  con  más  intrépida  mano,  ni  animado  sus  discursos  co 
más  ardor  y  piedad.  Y  haciendo  justicia  al  clero  francés  de  aquel  tiemp 
debe  aQadirse,  qne  los  prelados  más  eminentes  de  la  corte,  reconocían  ■ 
mérito  de  la  obra  y  favorecían  las  representaciones. 

La  divertida  escena  del  primer  acto,  en  que  Dorine  pondera  ce 
tanta  elocuencia  !a  conducta  del  Tartufo,  durante  la  ausencia  del  duefi 
de  la  casa,  se  sabe  ¡generalmente  que  fué  inspirada  á  Moliere  por  ur 
circunstancia  que  tuvo  efecto  en  la  mesa  de  Luis  XIV,  algunos  aOos  ai 
tes,  cuando  lo  acompañó  á  Lorona  en  calidad  de  ayuda  de  cámara,  ti 
dia,  á  ta  sazón  que  el  rey  cenaba,  era  durante  la  cuaresma,  entró  Perefixi 
obispo  de  Rhodez,  é  invitado  por  el  rey,  se  escusó  protestando  que  sol 
hacia  una  comida  los  días  de  vigilia  y  ayuno.  Viendo  el  rey  sonreír 
uno  de  BUS  servidores,  le  preguntó  el  motivo,  tan  pronto  como  se  retit 
el  prelado.  Contestóle  aquel  á  su  amo  que  no  debia  preocuparse  por  1 
salud  del  buen  obispo,  porque  le  había  acompañado  él  mismo  á  la  com 
da  aquel  dia,  especificándola  la  lista  de  platos  que  se  habían  servido.  I 
rey,  que  escuchaba  con  graciosa  gravedad  la  historia,  lanzó  la  exclami 
cioQ  de  '¡pobre  hombrel»  y  variando  luego  el  tono  á  cada  nueva  enumi 
ración,  llegó  A  dar  á  su  acento  el  efecto  más  cómico.  Aprovechó  el  ohisi 
nuestro  poeta  y,  con  mayor  efecto,  hace  uso  de  la  misma  exclamacio 
en  la  escena  mencionada.  Y  si  hemos  de  creer  A  M.  Tascherau,  el  re; 
que  no  había  reconocido  el  origen  de  ella,  se  sintió  lísongeado  d 
asociarse,  aunque  de  una  manera  incidental,  cor  la  obra  de  un  hombí 
de  genio. 

En  1668,  produjo  Moliere  El  Avaro,  y  al  afio  siguiente  el  Bm-geo; 
genlühomme,  en  que  expone  y  ridiculiza,  de  una  manera  completa,  la  n« 
cedad  de  las  alianzas  desiguales.  Esta  fué  representada  primeramente  e 
Obambord,  en  presencia  de  la  Oórte,  j  durante  la  ejecución  conservó  1 
rey  un  semblante  impenetrable  que  hacia  dudoso  conocer  la  opinión  qi 


l52  REVISTA  DE  CUBA 

de  ella  habia  formado.  La  misma  conducta  observó  toda  la  noche  respec- 
to del  autor,  que  estaba  de  servicio  como  ayuda  de  cámara.  Los  pene- 
trantes cortesanos,  los  condes  y  marqueses  que  con  tanta  frecuencia  ha- 
blan sentido  los  golpes  del  autor,  creyeron  comprender  la  desaprobación 
real,  v  altamente  le  condenaron;  y  cierto  duque  afirmó  con  atrevimiento, 
«que  él  corria  apresuradamente  á  la  decrepitud,  7  que  á  menos  que  apa- 
recieta  un  escritor  más  notable,  la  comedia  francesa  degeneraría  en  la 
farsa  italiana».  Despojado  de  todo  consuelo,  el  infortunado  poeta,  pasó  en 
un  estado  angustioso  los  cinco  días  que  precedían  á  la  segunda  represen- 
tación. Mas  al  volver  de  ella,  el  monarca  le  aseguró  que  ninguna  de  sus 
producciones  le  habia  proporcionado  mayor  placer,  y  que  si  habia  tarda- 
do en  darle  su  opinión,  era  por  el  temor  de  que  hubiera  influido  en  su 
juicio  la  excelencia  de  la  ejecución.  Como  quiera  que  pensemos  acerca 
de  esta  muestra  del  capricho  real,  debemos  admirar  la  flexibilidad  de  los 
cortesanos,  que  inmediatamente  expresaron  su  convicción  acerca  d^  los 
merecimientos  de  la  comedia,  y  el  duque  mencionado  añadió  aque  habia 
cierto  vis  cómico  en  todo  lo  que  salla  de  la  pluma  de  Moliere,  que  no 
encontraba  paralelo  en  los  antiguos»!  ¡Qué  exquisitos  estudios  no  pro- 
porcionaría á  Moliere  esta  preciosa  asamblea!  Ya  hemos  observado  que 
la  profesión  de  artista  era  muy  poco  estimada  en  Francia  en  aquel  perio- 
do, y  Moliere  experimentó  las  consecueiicias  derivadas  de  estas  circuns- 
tancias, aun  después  que  sus  espléndidos  trabajos  literarios  le  concedian 
justos  derechos  á  la  consideración. 

Sin  duda  conocen  nuestros  lectores  la  anécdota  de  Belloc,  agradable 
poeta  de  la  Corte,  que  al  oir  á  un  criado  de  la  servidumbre  real  rehusar 
su  ayuda  al  autor  del  TariufOf  jiara  hacerle  la  cama  al  rey,  se  ofreció 
cortésmente  al  poeta  para  que  «aceptara  sus  servicios».  Bien  conocida  es 
también  la  anécdota  de  Madama  Campan  que  refiere  una  cortesía  igual 
de  parte  de  Luis  XIV,  cuando  rehusando  algunos  servidores  sentarse  á 
la  mesa  con  el  actor,  bondadosamente  le  invitó  á  acompañarle,  y  llaman- 
do á  sus  principales  cortesanos,  les  dijo:  que  él  habia  solicitado  de  Molie- 
re la  satisfacción  de  su  compañía,  ya  que  no  bastante  buena  para  sus 
servidores.  Esta  lección  hizo  el  efecto  debido.  Por  humillante  que  sea  la 
reflexión  de  que  siempre  tuvo  el  genio  necesidad  de  idéntica  protección, 
es  altamente  honroso  para  el  monarca  que  supo  conferirla,  sobreponién- 
dose á  los  preocupaciones  de  su  época. 


MOLIERE  153 

A  causa  de  estas  indignas  preocupaciones,  no  pudo  alcanzar  Moliere^ 
por  mucho  tiempo,  la  recompensa  mayor  que  puede  ambicionar  lyi  escri- 
tor francés:  un  sitio  en  la  Academia.  Cuando  el  autor  del  Tartufo  y  del 
Misántropo  habia  contribuido  á  purificar  y  adelantar  el  idioma, 
mía  que  ninguno  de  los  miembros  de  esta  corporación,  ocupada  en 
velar  por  el  lenguaje  y  literatura  patria.  Al  fin,  teniendo  en  cuenta  su 
mérito,  le  ofrecieron  un  lugar  en  ella,  siempre  que  renunciara  á  la  profe- 
sión de  actor,  reduciéndose  á  sus  tareas  litei^arias;  pero  él  replicó  á  su 
amigo  Boileau,  que  le  participaba  esta  comunicación,  «rque  muchos  indi- 
viduos de  su  compañía  dependian  de  la  ayuda  de  su  trabajo  artístico, 
para  que  pudiera  pensar  en  ello.  Respuesta  infinitamente  más  provechosa 
para  su  memoria,  que  todos  los  honores  que  hubiera  podido  concederle 
la  Academia,  ün  siglo  después  de  su  muerte  decretó  la  ilustre  corpora- 
ción el  único  extéril  tributo  que  podia  concederle:  un  elogio  y  la  admi- 
sión de  su  busto  en  su  recinto,  con  la  siguiente  inscripción: 

fíNacUifaUcí  á  su  gloria:  él /aliaba  para  la  nioesira». 

Al  ver  como  la  mayor  parte  de  los  académicos  contemporáneos  de 
Moliere,  descansan  en  dulce  olvido,  ó  viven  solamente  en  los  escritos  de 
Boileau,  como  Cotin  y  Chapelain,  se  comprende  cómo  no  estriba  en  el 
poder  de  las  academias  el  conferir  la  inmortalidad  á  un  escritor  ó  pri- 
varlo de  ella. 

No  hemos  tenido  tiempo  de  mencionar  su  excelente  comedia  Les 
Mimines  savantcs  y  otras  piezas  inferiores,  escritas  en  un  periodo  más 
avanzado  de  su  vida,  pues  debemos  apresurarnos  á  concluir.  Largo  tiem- 
po hacia  que  sufría  una  afección  pulmonar  y  sólo  por  medio  de  un  seve- 
ro régimen,  le  era  dado  gozar  un  mediano  estado  de  salud.  A  principios 
de  1673  aumentó  su  enfermedad  de  una  manera  sensible.  A  la  sazón 
compuso  su  Malade  Imaginaire^  la  más  festiva  y  quizás  la  más  entrete- 
nida de  sus  producciones  contra  la  facultad.  Al  ver  sus  amigos  los  pro- 
gresos del  mal  trataron  de  persuadirle  que  se  abstuviera  de  aparecer  el  día 
de  la  cuarta  representación,  17  de  Febrero;  pero  él  persitió,  respondien- 
do: «que  el  alimento  diario  de  más  de  cincuenta  pobres  individuos  de- 
pendía de  la  ejecución».  Asi  sacrificó  su  vida  en  aras  de  su  natural 
bondad.  Los  esfuerzos  que  se  veia  precisado  á  hacer  en  la  parte  principal 

20 


Í54 


tL£VI8TA  DE  CUBA 


de  Argan,  agravaron  sa  mal,  j  al  repetir  la  palabra ^'uro,  en  la  escena 
final,  fué  acometido  por  ana  convulsión,  que  en  vano  trataba  de  disimu- 
lar ante  los  espectadores  por  medio  de  una  forzada  sonrisa.  Inmediata- 
mente fné  conducido  k  su  casa,  calle  de  Richelieu,  ahora,  número  34.  A 
su  llegada,  una  violenta  tos  produjo  la  ruptura  de  una  arteria,  7  viendo 
próximo  su  ñn,  envió  por  dos  esclesiásticos  de  la  parroquia  de  San  Eus- 
taquio, á  la  cual  pertenecia,  para  que  se  le  prodigaran  los  últimos  servi- 
cios de  la  religión.  Pero  le  rehusaban  sus  socorros  espirituales  tan  dignos 
individuos,  y  antes  que  llegara  un  tercero  qne  se  habia  mandado  á  bus- 
car, espiró  Moliere,  sofocado  por  la  hemorragia,  entre  los  brazos  de  su 
familia.  Y  como  habia  tenido  la  desgracia  de  morir  sin  recibir  los  sacra- 
mentos, y  á  causa  de  ser  cómico,  se  prohibieron  las  ceremonias  de  ente- 
rramiento, por  el  arzobispo  de  París,  en  aquel  tiempo,  Harlay  de  Cham- 
prolon.  Este  prelado  se  hizo  üotable  por  su  escandalosa  conducta,  aún  en 
las  crónicas  de  aquellos  dias.  De  él  dijo  Mdme.  Sevigné  en  ,una  de  sus 
cartas:  «Dos  cosas  diñciles  hay  para  el  que  se  haga  cargo  de  su  oración 
fúnebre:  su  vida  y  su  muerte».  El  padre  Gaillard,  quien  al  ñn  consintió 
en  hacerse  cargo,  lo  hizo  con  la  condición  de  que  no  hablaria  del  carác- 
ter del  finado.  Las  instancias  de  Luis  XIV  hicieron  que  dicho  arzobispo 
revocase  la  orden,  aunque  privadamente  instruyó  al  cura  de  San  Eusta- 
quio, para  que  no  se  recitara  el  servicio  de  difuntos  en  el  entierro.  Y 
el  dia  señalado  para  ello,  se  reunió  el  populacho  ante  la  puerta 
del  difunto  poeta,  determinado  á  oponerse  á  él.  ^cSolamente  sabian 
ellos,  dice  Voltaire,  que  era  un  cómico,  y  no  que  era  un  filósofo  y  un 
grande  hombre:»  Quizás  con  mayor  probalibidad  fueron  reunidos  por  los 
^r^u/bd,  sus  irreconciliables  enemigos.  La  viuda  del  poeta  aplacó  á  estos 
miserables  arrojándoles  dinero  por  la  ventana.  Por  la  noche  fué  escoltado 
el  cadáver  por  cerca  de  cien  individuos,  Íntimos  amigos  y  conocidos  que 
habian  sido  del  poeta,  y  depositado  tranquilamente  en  el  cementerio  de 
San  José,  sin  los  cánticos  ordinarios  ni  servicios  de  ninguna  especie.  No 
fué  asi  como  acompañó  Paris  los  restos  de  su  célebre  trágico  Talma«  Y, 
nin  embargo.  Taima  era  sólo  un  actor,  mientras  que  Moliere,  reunia  á 
esto  el  ser  el  escritor  cómico  más  eminente  que  ha  producido  la  Francia. 
El  grado  de  civilización  que  esta  conducta  del  pueblo  revela,  es  asunto 
digno  de  meditación,  agradable  sin  duda  para  los  filántropos. 

En  el  año  de  1792,  en  aquel  memorable   periodo  en  que  la  Francia 


MOLIERE  155 

mezclaba  su  afectada  veneración  por  los  muertos  con  la  persecución  de 
las  vivos,  resolvieron  los  parisienses  exhumar  los  restos  de  La  Fontaine 
y  Moliere,  para  trasladarlos  á  un  lugar  más  honroso.  De  estas  removidas 
reliquias  puede  decirse  que  parte  de  ellas  no  pertenecian  á'La  Fontaine 
y  ninguna  probablemente  á  Moliere,  A  quien  quiera  que  pertenecieran, 
no  recibieron  los  honores  por  los  cuales  fué  turbado  su  reposo.  Con  la 
inconstancia  propia  de  la  época,  fueron  vergonzosamente  trasladadas  de 
un  punto  á  otro,  ú  olvidadas  durante  siete  afios,  hasta  que  el  patriótico 
conservador  de  los  Monumens  Franjáis  las  obtuvo  para  su  colección,  en 
los  Peiü  Augustina. 

Al  suprimirse  la  Orden  en  1817,  las  supuestas  cenizas  de  los  dos 
poetas  fueron  trasladadas  por  última  vez  al  espacioso  cementerio  del 
Pere  la  Chaise,  donde  marca  la  tumba  del  autor  del  Tartufo^  una  inscrip- 
ción en  latin;  mas  para  completar  lo  extraordinario  de  los  hechos,  en  lo 
único  que  trata  de  mencionar  principalmente,  comete  un  error,  á  saber, 
la  edad  del  poeta  y  la  época  de  su  muerte. 

Moliere  murió  poco  después  de  cumplidos  los  cincuenta  y  dos  'afios. 
Era  de  estatura  algo  más  que  mediana  y  bien  proporcionado;  de  aguile- 
ñas facciones,  trigueño,  y  tan  flexibles  y  espesas  sus  negras  cejas,  que 
daban  á  su  fisonomía  una  expresión  extremadamente  cómica.  Fué  el  me- 
jor actor  que  tuvo  su  generación,  y  la  siguiente  debió  á  sus  consejos  el 
célebre  Barón.  Desde  Alceste  á  Sganarelle,  todos  sus  caracteres  los  eje- 
cutaba, aunque  se  adaptaba  particularmente  al  género  cómico.  Componía 
con  rapidez,  por  lo  qué  le  felicitó  Boileau: 

(«Raro  y  sublime  genio,  cuya  fecunda  vena 
dAI  escribir  ignora  el  trabajo  y  la  pena».  • 

Al  revés  en  esto  de  Boileau  y  de  Racine,  á  quien  enseñó  el  primero» 
si  hemos  de  dar  crédito  á  su  hijo,  «el  arte  de  rimar  con  dificultad».  Vot 
consiguiente,  los  versos  de  Moliere  no  tienen  la  corrección,  ni  el  puli- 
mento, de  los  de  sus  dos  ilustres  rivales. 

En  el  corto  espacio  de  quince  años  compuso  sus  comedias,  que  ascien- 
den á  treinta.  Acostumbraba  leerlas  á  una  vieja  criada  llamada  La 
Foret,  en  cuyo  claro  discernimiento  confiaba  mucho.  En  una  ocasión,  ha- 
biendo querido  imponerle  la  producción   de  otro  autor^  le  contestó  ella 


I 

í 


156  REVISTA  DE  CUBA 

claramente  que  él  nanea  la  habia  escribo.  Quizás  recordó  Walter  Scolt  esta 
costumbre  de  Moliere,  cuando  introdujo  en  sus  Oronicles  ofthe  Canongate  un 
caso  parecido.  Por  la  misma  razón  suplicaba  nuestro  poeta  á  los  actores, 
que  llevaran  «consigo  á  sus  niños,  cuando  recitaba  una  obra  nueva.  Clara 
es  la  ventaja  que  presenta  esta  humilde  critica  para  las  composiciones 
dram^icas.  Alfíeri,  según  nos  informa  él  mismo,  no  desdeñaba  este  medio. 

Pocos  bienes  dejó  Moliere  al  morir,  aunque  no  bajaban  de  25  6  30 
mil  francos  sus  rentas,  suma  bastante  respetable  para  aquellos  dias;  pero 
los  gastos  de  su  esposa  y  su  propia  liberalidad  lo  explican  todo.  Daremos  un 
ejemplo  muy  oportuno  y  digno  de  mencionarse.  Cuando  Racine  fué  á 
París  como  un  joven  aventurero,  presentó  á  Moliere  un  ejemplar  de  su 
primera  é  indigesta  tragedia,  largo  tiempo  hacia  sepultado  en  el  olvido. 
El  último  discernió  en  ella,  en  medio  de  todas  sus  imperfecciones,  el 
fuego  latente  del  genio  dramático,  y  animó  á  su  autor,  haciéndole  el 
presente  de  cien  luises.  No  lo  hizo  así  Corneille,  quien  aconsejo  al  entón- 
ees  futuro  autor  de  Phedre^  que  abandonara  la  arena  dramática  y  se  de- 
dicara del  todo  á  la  comedia.  Racine  recompensó  este  beneficio  de  su 
amigo,  peleando  con  él,  en  el  ultimo  periodo  de  su  vida. 

Moliere  era  naturalmente  de  un  carácter  taciturno  y  reservado,  hasta 
el  punto  de  que  su  amigo  Boileau  acostumbraba  llamarla  el  Contempla' 
teur.  Las  personas  extrañas  que  esperaban  encontrar  y  reconocer  en  su 
conversación  las  manifestaciones  del  genio  que  distinguian  á  sus  dramas, 
quedaban  chasqueadas.  Lo  mismo  se  refiere  de  La  Fontaine.  La  verdad 
es  que  Moliere  entró  en  la  sociedad  como  .un  espectador,  no  como  actor: 
encontró  en  ella  é  hizo  el  estudio  de  los  caracteres  que  habia  de  trasla- 
dar á  la  escena,  y  se  ocupó  en  observarlos.  El  soñador  La  Fontaine 
vivió  también  con  un  mundo  de  su  propia  creación.  Su  amiga  Mdme.  de 
la  Sabliere  le  dirijió  este  cumplimiento  intraducibie:  (1)  «Envérilé^  mon- 
chsr  La  Fontaiyie  vous  aeriez  bien  béle  si  vous  n  avez  pos  íant  de  esprií,» 
Estos  estemporáneos  ensueños,  como  puede  imaginarse,  le  causaron  muchos 
chistosos  lances.  Igual  apatía  dicen  que  distinguía  al  gran  Corneille;  por 
cuya  razón,  un  caballero,  durante  seis  meses  estuvo  comiendo  en  la  mis- 
ma mesa  que  él,  sin  sospechar  que  fuera  el  autor  del  Cid, 


(1)    £q  verdad,  queridp  La  Fo^t^i^e,  vos  sertais  muy  bestU  si  no  tuyi^rais  tai^r 
to  tftle^to, 


HOLI£BS  157 

La  reputación  literaria  de  Moliere  7  sas  bellas  dotes  personales,  le 
pusieron  en  contacto  con  las  principales  inteligencias  de  la  edad  de  oro 
en  qne  vivió;  pero  principalmente  con  Boileau,  La  Fontaine  7  Bacine; 
7  las  frecuentes  7  confidenciales  reuniones  de  estas  vastas  inteligencias, 
nos  recuerdan  Jas  de  Mermaid'Sy  WM^^  ^offs  Jumae^  andBuUon,  que. tan 
bello  cuadro  forman  en  los  anales  de  la  literatura  inglesa.  Cuando  alguno 
de  ellos  cometia  un  error  gramatical/ se  le  imponía  el  leer  quince  ó  vein- 
te versos  del  poema  de  Ghapelaio,  entonces  en  el  aura  de  la  popularidad, 
«toda  una  página,  dice^Luis  Bacine,  era  sentencia  de  muerte.»  La  Fon* 
taine,  describe  con  tierno  sentimiento  en  su  Psic/ié  el  recuerdo  de  estas 
felices  reuniones,  «donde,  discutiendo  sobre  literatura,  ó  los  individuos 
trataban  ligeramente  de  todo,  como  las  abejas,  volando  de  una  en  otra 
ñor.  Criticando  las  obras  de  los  otros  sin  envidia  7  con  franqueza,  cuando 
se  incurría  en  los  defectos  7  vicios  de  la  época».  ¡Ah!  disolverse  por  pe- 
queneces propias  de  los  hombres  comunes,  tan  selectas  inteligencias,  des« 
tinadas  á  vivir  unidas  á  través  de  los  tiempos! 

Se  hace  frecuente  mención  en  estas  tertulias,  de  Ghapelle,  el  amigo 
más  íntimo  de  Moliere,  que  hacia  las  delicias  de  ellos  con  su  conversa- 
ción amena  ^7  modales  afables.  Sus  agradables  versos  aún  se  leen  con 
placer  en  nuestros  dias.  Sin  embargo,  solia  dejarse  llevar  demasiado  de 
los  placeres,  lo  que  le  valia  repetidas  aunque  infructuosas  amonestacio- 
nes de  sus  amigos.  En  una  de  esta^^  ocasiones,  en  que  le  hacia  ver  Boileau 
su  debilidad  7  sus  inevitables  resultados,  Chapelle,  quA  recibia  con  gran 
contrición  la  reprimenda,  invitó  á  su  Mentor  á  dejar  la  calle  en  que  se 
paseaban,  para  entrar  en  un  mesón  vecino,  donde  podrian  hablar  del 
asunto  con  más  libertad.  Se  pidió  vino,  7  en  el  calor  de  la  discusión 
sucedió  una  segunda  botella,  7  á  ésta  una  tercera,  hasta  que  al  fin  am- 
bos se  hallaron  en  condición  de  aplazar  el  sermón  para  ocasión  más 
¿oportuna. 

También  tuvo  Moliere  la  más  estrecha  amistad  con  el  ,gran  Conde, 
una  de  las  glorias  de  la  corte  de  Luis  XIV,  7,  por  mandato  SU70,  no  se 
rehusaba  recibirle  á  ninguna  hora  en  que  llegara  á  visitarlo.  El  afecto 
que  sentía  por  el  poeta,  lo  revela  la  observación,  más  franca  que  cortés, 
dirigida  á  un  abate  amigo  SU70,  que  le  traia  uij  epitafio  que  habia  com- 
puesto en  la  muerte  de  aquel.  «¡Pluguiera  al  pl^lo,  dijo  el  principe,  au9 
Aitaviara  él  en  estaco  ^e  h&cer  el  yuestrolji^ 


158  REVISTA  DE  CUBA 

Hemos  traspasado  ya  los  limites  que  nos  habíamos  fijado  al  hacer  un 
extracto  de  los  trabajos. literarios  de  Moliere,  j  de  las  más  interesantes 
anécdotas  de  su  biografía.  Sin  emprender,  por  lo  tanto,  una  crítica  de 
BUS  escritos,  de  la  cual  no  tiene  necesidad  el  público,  concluiremos  con 
algunas  breves  reflexiones  acerca  de  la  influencia  probable  de  ellos  j  la 
idea  del  autor  al  producirlos. 

Los  críticos  franceses  más  distinguidos,  con  la  alta  parcialidad  en 
favor  de  su  nación,  tan  natural  y  tan  universal,  colocan  á  Moliere,  de 
común  acuerdo,  á  la  cabeza  de  sus  escritores  cómicos,  reclamando  para 
él  la  preeminencia  sobre  los  de  todas  épocas  y  naciones.  Ün  juez  muy 
competente  en  estas  materias,  A.  W.  Schlegel,  le  ha  descendido,  por 
otra  parte,  de  la  comedia  elevada  para  designarlo  como  escritor  «de  far- 
sas bufonas,  á  lo  que  parecia  prestarse  principalmente  su  inclinación  y 
su  genio».  Añadiendo,  además,  (rque  sus  caracteres  no  son  copias  de  la 
naturaleza,  sino  del  esterior  superficial  y  ligero  de  la  vida  elegante».  Hé 
aquí  una  dura  sentencia  acomodada  á  la  poderosa  exposición  de  la  teo* 
ría  peculiar  que  profesa  en  su  obra  el  escritor  alemán,  y  que,  aunque 
razonable  en  sus  principios,  lo  conduce  á  una  admiración  exajerada  de 
los  modelos  románticos  que  él  prefiere,  con  detrimento  de  la  escuela 
clásica  que  abomina.  Oon  respecto  á  esta  sentencia,  muchos  eminentes 
críticos  de  su  país,  que  sostienen  en  principio  su  teoría,  se  han  tomado 
la  libertad  de  no  admitirla. 

Verdad  es  que  gran  parte  de  las  piezas  de  Moliere  están  concebidas 
de  una  manera  vulgar  y  grotesca,  más  propias  del  sainete  que  de  la  co- 
media, que  abundan  en  ellas  las  situaciones  forzadas,  las  caricaturas  y 
los  intrigantes  y  solapados  criados  de  Planto  y  de  Terencío;  presentando 
el  conjunto  de  irritabilidad  y  sencillez,  de  agudeza  y  credulidad  que 
forman  los  hombres  simples  de  Aristófanes;  pero  es  absolutamente  in- 
creible  que  prefiera  ésto  á  los  senderos  más  elevados  del  arte,  un  escritor 
que  se  distinguía  por  su  reflexión  profunda,  su  gusto  puro  y  sus  obser- 
vaciones tan  exactas  de  los  caracteres.  El  mismo  ha  hecho  su  justifica- 
ción en  la  defensa  que  dirigió  á  uno  que  lo  atacaba  en  el  mismo  terreno. 
Hó  aquí  dos  palabras  que  le  atribuye  el  biógrafo  contemporáneo:  «Si 
escribiera  solamente  para  adquirir  gloria,  lo  haría  de  una  manera  dis- 
tinta; pero  lo  hago  por  sostener  mi  compafiia.  Por  lo  tanto,  me  dirijo  al 
gusto  de  la  muchedumbre,  y  ii6  á  unas  cuantas  personas  ilustradas,^  la 


Moiiisas  Í59 

multitad  gusta  poco  de  la  contÍQua  elevación  en  el  sentimiento  y  el  esti- 
len. No  hay,  acaso,  una  de  estas  piezas  de  Moliere,  á  pesar  de  sus  pal- 
pables absurdos  é  imperfecciones,  que  no  muestren  rasgos  de  carácter 
y  felices  expresiones  que  por  su  verdad  han  llegado  á  hacerse  pro- 
verbiales. 

Tocante  á  la  objeción  de  que  sus  tipos  no  son  tomados  de  la  natura- 
leza, sino  de  las  costumbres  locales  de  la  época,  porque  no  se  agitan  con 
las  pasiones  profundas  que  absorben  el  alma  toda  y  que,  por  su  intensi- 
dad,  tienen  una  importancia  más  bien  trágica  que  cómica,  si  no  son 
más  bien  copias  de  las  debilidades  y  locuras  de  la  vida  ordinaria:  conce- 
dido; pero,  entonces,  estas  ultimas  tienen  que  ser  tan  permanentes,  y 
entre  las  naciones  civilizadas,  como  universales  son  las  primeras.  Y 
quién  las  ha-  mostrado  con  mayor  libertad,  ni  más  poderoso  ridiculo  que 
Moliere?  El  amor  bajo  mil  circunstancias,  sus  querellas  y  sus  reconcilia- 
ciones, la  vanidad,  persiguiendo  humildemente  á  la  admiración  bajo  el 
disfraz  de  la  modestia,  las  contradicciones  burlescas  entre  la  profesión  y 
la  práctica,  el  cuidado  con  que  los  servidores  imitan,  no  las  virtudes, 
sino  las  necedades  de  sus  superiores,  la  afectación  de  la  moda,  de  la 
ciencia  y  del  gusto;  el  espíritu  de  corporación  que  nos  inspira  un  exalta- 
do respeto  por  nuestra  profesión  y  un  soberano  desprecio  hacia  las  otras; 
el  amistoso  consejero  que  acecha  sus  intereses;  el  autor  que  solicita  vues- 
tra franca  opinión  y  os  riñe  óuando  se  la  habéis  dado;  el  amigo  justo  que 
bondadosamente  sacrifica  nuestra  reputación  por  un  chiste;  y  el  hipócrita 
bajo  todos  aspectos;  todo  esto,  forma  el  variado  y  prismático  panorama 
que  Moliere  trasladó  á  sus  cuadros  y,  aunque  tomados  la  mayor  parte  de 
la  alta  sociedad,  durarán  mientras  que  la  sociedad  los  posea. 

Poseia  Moliere  todas  las  cualidades  esenciales  para  sobresalir  en  la 
comedia:  el  gusto  puro,  el  conocimiento  exacto  del  ridiculo,  el  tono  esco- 
gido de  los  diálogos  y  una  imaginación  libre  y  chispeante  como  la  de 
Congreve,  sólo  que,  en  vez  de  agotarse  en  arranques  de  jovialidad,  se 
inspiraba  en  un  sentimiento  moral  ó  filosófico.  Este  plan  didáctico  ha 
sido  considerado  tan  incompatible  con  el  espíritu  del  drama,  como  pro- 
pio de  la  sátira;  pero  á  él  debió  Moliere  su  influencia  sobre  la  literatura 
y  la  opinión  de  su  propia  generación,  hasta  un  grado  que  no  ha  obtenido 
entre  los  modernos  ningún  escritor  dramático. 

El  fué  el  primero  que  estirpe  entre  sus  compatriotas  el  gusto  por  las 


«V'.JI  wx..      ?.  I'*.».' 


MOLIERE, 


POR  WILLIAM   H.   PRB8COTT. 

OonveDcido  al  fin,  Luis  XIV  de  los  interesados  móviles  de  los  enemi* 
gos  del  Tartufo ^  ceáió  á  las  exigencias  del  publico  y  revocó  la  prohibición. 
En  consecuencia  7  aumentada,  en  cinco  actos,  fué  representada  por  pri- 
mera vez  en  ptiblico.y  ante  un  auditorio  inmenso,  en  Agosto  de  1667, 
aunque  alterando  el  nombre  de  la  comedia,  el  de  algunos  personajes  7 
varios  pasajes  de  los  más  marcados.  Se  llamó  entonces  El  Impostor  y  su 
héroe  Panulfo,  Mas  la  noche  de  la  segunda  representación,  llegó  una  ór« 
den  del  presidente  del  Parlamento,  impidiendo  la  continuación  de  las  re- 
presentaciones, 7  como  el  re7  habia  dejado  á  París,  para  reunirse  con  su 
ejército  en  Flandes,  no  pudo  obtenerse  inmediato  remedio.  Hasta  dos 
años  más  tarde,  en  1669,  7  en  su  forma  presente,  no  pudo  libremente  re- 
presentarse el  Tartufo  sin  ulteriores  molestias.  Es  innecesario  añadir  que 
obtuvo  el  éxito  más  brillante  que  pudo  haber  deseado  su  autor,  7  que 
merecia  no  sólo  por  su  mérito  intrínseco,  sino  por  las  injustas  persecu- 
ciones que  habia  sobrellevado.  Cuarenta  7  cuatro  representaciones  suce- 
sivas fueron  apenas  suficientes  á  satisfacer  la  creciente  curiosidad  del 
público,  7  su  compañía  agradecida,  forzó  á  admitir  á  Moliere  doble  por- 
ción de  los  beneficios  que  produjeran  cada  repetición  durante  su  vida.  La 
posteridad  ha  confirmado  el  juicio  de  sus  contemporáneos,  7  es^  ho7  la 


MOLIEBE 


151 


Comedia  más  admirada  del  teatro  francés  y  lo  será,  dice  un  crítico  de 
aquella  nación;  «fmieatras  el  gusto  v  los  hipócritas  existan  en  Francia.» 
Hemos  sido  tan  minuciosos  en  la  relación  de  estos  sucesos,  porque  pre- 
senta uno  de  los  ejemplos  más  interesantes  que  se  mencionan,  entre  las 
inmerecidas  persecuciones  que  haya  sufrido  un  escritor,  debidas  á  la  en- 
vidia y  al  espíritu  de  partido.  Ninguna  de  las  producciones  de  Moliere 
se  señala  por  más  directo  sentimiento  mora],  ninguna  ha  arrancado  la 
máscara  del  vicio  con  más  intrépida  mano,  ni  animado  sus  discursos  con 
más  ardor  y  piedad.  Y  haciendo  justicia  al  clero  francés  de  aquel  tiempo, 
debe  añadirse,  que  los  prelados  más  eminentes  de  la  corte,  reconocian  el 
mérito  de  la  obra  y  favorecían  las  representaciones. 

La  divertida  escena  del  primer  acto,  en  que  Dorine  pondera  con 
tanta  elocuencia  la  conducta  del  Tartufo^  durante  la  ausencia  del  dueño 
de  la  casa,  se  sabe  c^eneralmente  que  fué  inspirada  á  Moliere  por  una 
circunstancia  que  tuvo  efecto  en  la  mesa  de  Luis  XIV,  algunos  años  an- 
tes, cuando  lo  acompañó  á  Lorena  en  calidad  de  ayuda  de  cámara.  Un 
dia,  á  la  sazón  que  el  rey  cenaba,  era  durante  la  cuaresma,  entró  Pereñxe, 
obispo  de  Rhodez,  é  invitado  por  el  rey,  se  escusó  protestando  que  sólo 
hacia  una  comida  los  días  de  vigilia  y  ayuno.  Viendo  el  rey  sonreír  á 
uno  de  sus  servidores,  le  preguntó  el  motivo,  tac  pronto  como  se  retiró 
el  prelado.  Contestóle  aquel  á  su  amo  que  no  debía  preocuparse  por  la 
salud  del  buen  obispo,  porque  le  había  acompañado  él  mismo  á  la  comi- 
da aquel  dia,  especificándole  la  lista  de  platos  que  se  habían  servido.  El 
rey,  que  escuchaba  con  graciosa  gravedad  la  historia,  lanzó  la  exclama- 
ción de  «¡pobre  hombrel»  y  variando  luego  el  tono  á  cada  nueva  enume- 
ración, llegó  á  dar  á  su  acento  el  efecto  más  cómico.  Aprovechó  el  chiste 
nuestro  poeta  y,  con  mayor  efecto,  hace  uso  de  la  misma  exclamación 
en  la  escena  mencionada.  Y  si  hemos  de  creer  á  M.  Taacherau,  el  rey, 
que  no  habia  reconocido  el  origen  de  ella,  se  sintió  lisongeado  de 
asociarse,  aunque  de  una  manera  incidental,  con  la  obra  de  un  hombre 
de  genio. 

En  1668,  produjo  Moliere  El  Avaro,  y  al  año  siguiente  el  Borgeois 
ffeníilhomme,  en  que  expone  y  ridiculiza,  de  una  manera  completa,  la  ne- 
cedad de  las  alianzas  desiguales.  Esta  fué  representada  primeramente  en 
Ohambord,  en  presencia  de  la  Corte,  y  durante  la  ejecución  conservó  el 
rey  un  semblante  impenetrable  que  hacia  dudoso  conocer  la  opinión  que 


Í60  REVISTA  DÉ  CUBA 

hipérboles  7  pueriles  conceptos  de  las  farsas  antiguas,  instruyéndoles  eii 
la  máxima  que  Boileau  ha'condensado  en  su  memorable  verso: 

«Nada  es  tan  bello,  como  lo  que  es  natural» 

Hemos  hablado  ya  de  la  reforma  que  efectuó  una  Je  sus  primeras  piezas 
en  los  admiradores  del  Hotel  de  RavihouiUeí  y  de  sus  absurdos;  y  cuando 
los  tertulianos  del  hotel  se  organizaron  bajo  un  pié  cientiñco,  ala  manera 
del  que  habían  sostenido  en  literatura,  de  nuevo  los  destrozó  su  poderosa 
sátira  en  una  pieza  titulada  Lea  Femmes  Savanles.  No  recordamos  nin- 
guna resol ucion  semejante  efectuada  por  solo  un  esfuerzo  del  genio  á  no 
ser  la  originada  por  el  Boviadd^ná  MíBviad;  pero  el  enemigo  de  Mr.  Gifford, 
en  la  escuela  Della-Cruseau,  era  muy  pequefSo,  en  comparación  del  for- 
midable, por  su  inteligencia  y  rango,  que  Moliere  atacaba.  En  lugar 
oportuno  hemos  mencionado  la  influencia  que  tuvieron  sus  escritos  sobre 
las  doctrinas  de  aquel  tiempo;  haciéndoles  abandonar,  por  medio  del  es- 
carnio público  á  que  merecidamente  los  exponía,  su  conducta  afectada, 
su  gerga  técnica  y  otras  ridiculeces  entonces  en  boga. 

De  la  misma  manera  castigó  la  pedantería,  la  lógica  miserable,  la 
intolerancia  de  los  escolásticos,  en  sus  chistosos' diálogos  entre  el  Doctor 
Marppurius  y  el  Dr.  Pancrace,  que  según  se  dice,  sirvieron  para  inuti- 
lizar los  serios  esfuerzos  que  hacía  la  Universidad,  para  obtener  la  con- 
firmacion  del  decreto  de  1624,  en  que  estaba  prohibida,  bajo  pena  de 
muerte,  la  promulgación  de  cualquiera  opinión  contraria  á  las  doctrinas 
de  Aristóteles. 

Mucho  después,  eharrét  burlesque  de  su  amigo  Boileau,  tuvo  una 
parte  principal  en  prevenir  un  decreto  del  Parlamento  contra  la  filosofía 
dé  Descartes.  Difícil  es  estimar  la  influencia  de  la  sátira  del  poeta,  sobre 
aquellas  altas  regiones,  cuyas  elevadas  pretensiones  y  amaneramien- 
tos atacaba  con  hostilidad  tan  pertinaz.  Si  no  los  reformó,  bien  puede 
decirse  que  los  privó  de  su  prestigio  é  influencia,  exponiéndolos  al  escar- 
nio y  algazara  del  público.  Algunas  veces,  verdad  es  que  muy  raras,  se 
dejó  arrastrar  al  terreno  de  la  personalidades,  por  conseguir  su  objeto. 

A  consecuencia  de  este  plan  didáctico  prefijado  por  Moliere  en  sus 
comedias,  es  muy  difícil  establecer  una  comparación  entre  ellas  y  las  de 
nuestros  dramáticos  ingleses,  ó  más  bien  Shakespeare,  considerado  como 


MOLIEBÉ  161 

SO  representante.  El  último  no  parece  haber  tenido  otro  objeto  que  el  d€f 
recrear,  según  le  venia  á  las  manos,  alguna  página  del  gran  volumen  def 
la  naturaleza  humana;  se  apoderaba  de  ella,  sin  tratar  de  acomodarla  á 
ningún  plan  moral  ó  literario.  El  primero  por  el  contrario,  lo  demuestra 
de  una  manera  tan  evidente,  que  llegó  á  dar  á  algunas  de  sus  piezas  la 
apariencia  de  sátiras,  más  bien  que  de  comedias.  El  argumento  ocupa  el 
lugar  de  la  accioo,  y  el  pro  y  el  contra  de  la  materia  de  ser  discutidos 
con  toda  la  formalidad  de  un  tema  escolástico.  Esto  hace  disminuir  el  in- 
terés de  algunas  de  sus  mejores  producciones,  el  Misántropo  y  Les  Fem* 
mes  SavanieSy  por  ejemplo,  que  por  esta  razón  parecen  más  propias  para 
ser  leidas  que  para  la  escena,  y  han  dejado  de  ser  favoritas  del  publico 
desde  hace  largo  tiempo.  Esta  falta  de  interés  se  aumenta  con  la  esteri- 
lidad de  acción  que  se  nota  en  muchas  de  las  comedias  de  Moliere,  en  las 
que  parece  no  haber  tenido  otro  propósito,  al  presentar  sus  damas  y  ga* 
lañes  en  escena,  que  lucir  su  extraordinaria  destreza  en  la  conversación. 
Diferente  en  esto  al  escritor  inglés,  cuya  inventiva  inagotable  llénala  es- 
cena de  incidentes,  que  nos  hacen  seguir  su  curso  jon  palpitante  interéSi 
aunque  ofende  de  una  manera  dolorosa  al  amante  de  las  unidades. 

Obedeciendo,  pues,  á  su  plan  general,  Shakespeare  nos  presenta  una 
perspectiva  variada;  el  campo,  la  corte,  y  el  claustro,  el  bullicio  de  las 
ciudades  populosas  y  la  agreste  soledad  de  las  selvas,  cuadros  estos  de 
una  rica  y  romántica  belleza  que  no  están  al  alcance  de  su  rival,  espa- 
ciándose en  la  alegría  sin  limites  de  una  imaginación  que  Moliere  no  po- 
seia.  Mas  en  cambio  éste,  observador  atento  del  hombre  en  las  sociedades 
más  refinadas,  en  las  cortes  y  en  las  populosas  capitales,  copia  sus  meno- 
res rasgos  con  una  precisión  que  convierte  sus  bosquejos  en  verdaderos 
retratos;  razonando  además  sus  discursos  con  agudas  alusiones  y  máximas 
de  política  mundana. 

El  genio  de  Shakespeare  no  se  prestaba  á  esta  delineacion  escru- 
pulosa, sino  á  los  rasgos  atrevidos;  por  esto  más  bien  describe  clases  que 
individuos.  El  toca  la  fuente  de  las  más  intensas  pasiones;  la  temeridad 
de  la  ambición,  el  encono  de  la  venganza,  la  ternura  profunda  del  amor, 
todo  le  suministra  materiales  para  el  drama,  y  esto  hace  que  tengan  al- 
gunas de  sus  producciones  más  admiradas,  como  el  Marchant  of  Verdee 
y  Meosurefor  MeosurCy  un  colorido  tan  solemne  que  sólo  los  distingue  de 
la  tragedia  su  más  afortunado  fin.  Moliere,  al  revés,  excluye  de  sus  obras 

21 


Í62 


-.  ' 


BÉVíSf  A  Í)É  CUBA 


cuidadosamente  todo  lo  que  puede  dismiuuir  su  interés  cómico;  y  cuando 
en  raras  ocasiones,  como  en  el  Tartufo^  ataca  el  vicio  en  vez  de  los  defec- 
tos, lo  hace  de  una  manera  que  lo  expone  al  sarcasmo,  más  bien  que  á  la 
indignación  del  auditorio. 

Pero  cualesquiera  que  sean  los  méritos  comparativos  de  estos  grandes 
maestros,  ambos  obtuvieron  en  su  género  un  éxito  completo.  La  comedia 
en  manos  de  Shakespeare^  nos  muestra  al  hombre  agitado,  no  sólo  por  las 
vanidades  de  la  vida,  sino  conmovido  por  pasiones  tumultuosas  7  pro- 
fundas; 7  en  situaciones  que  requieren  toda  la  inventiva  del  poeta  7  to- 
da su  elocuencia  7  colorido  para  describirlas.  Pero,  si  como  se  ha  dicho, 
el  objeto  de  la  comedia  np  es  otro  «que  corregir  los  defectos  de  la  época, 
exponiéndolos  al  ridiculo»  ¿quién  ha  igualado  entonces  á  Moliere? 

EOSA  KRUGER. 


-•^•— ^ 


mt^ 


biografía 


DB    MELCHOR     CPIAROTTI. 


Nació  este  poeta  italiano  en  Pádua  en  el  afio  de  de  1730,  de  una  fa- 
milia notable  por  su  rango,  pero  de  poca  fortuna.  Educóse  en  aquella 
academia,  7  desde  luego  manifestó  una  inclinación  decidida  á  las  tareas 
literarias,  é  hizo  tales  progresos,  que  obtuvo  la  cátedra  de  Retórica  en 
una  edad  más  corta  que  la  de  algunos  de  sus  alumnos.  Dedicóse  con  el 
mayor  celo  al  desempeño  de  su  encargo,  introdujo  varias  reformas  en  el 
método  de  enseñanza,  y  con  incesante  estudió  trató  de  hacer  útiles  sus 
lecciones.  Los  primeros  frutos  de  sus  tareas  fueron  las  traducciones  ita- 
lianas del  Prometeo,  de  Esquilo,  y  de  tres  tragedias  de  Voltaire,  cuyo 
mérito»  y  el  concepto  que  le  habian  grangeado  su  aprovechamiento  é  in- 
cansable aplicación,  le  valieron  sucesivamente  una  buena  colocación  en 
Venecia,  y  la  cátedra  de  Griego  y  Hebreo  en  la  universidad  de  Pádua. 
Treinta  años  habia  permanecido  en  ella,  cuando  entraron  los  franceses  en 
Italia.  El  poeta  no  rehusó,  como  Álfieri,  los  favores  pecuniarios  del  go- 
bierno republicano,  ni  evitó  el  trato  desús  jefes.  Ál  contrario,  por  orden 
de  éstos  publicó  varios  opúsculos  políticos;  y  cuando  el  general  del  ejér- 
cito invasor  tomó  el  titulo  de  Rey  de  Italia,  obtuvo  dos  pensiones  consi- 
derables y  varios  honores.  Continuó  residiendo  ya  en  Pádua,  ya  en  su 
qninta  de  Selvaggiano,  ocupado  priocipalm^i^te  ^a  cómpoaer  poemas  en 


164 


EEVISTA  DE  CUBA 


elogio  de  SU  favorecedor  Napoleón,  y  atender  á  una  edición  completa  de 
9US  obras,  en  cuyos  trabajos  le  sorprendió  la  muerte  el  3  de  Noviembre 
d^  1808. 

Aanque  en  opinión  dé  Sismondi  es  Cesarotti  el  más  célebre  de  los 
poetas  italianos  modernos,  es  más  oonocido  como  traductor  que  como 
fautor  original.  Los  italianos  siempre  se  han  distinguido  por  la  elegancia 
f  viveza  con  que  han  traducido  á  los  clásicos,  como  lo  acreditan  el  j&u- 
erecio  de  Marchetti,  la  Eneida  de  Aníbal  Caro,  y  la  versión  libre  de  las 
M^(<xm^osÍ8  de  Ovidio  por  Ariguillara.  Empero,  la  traducción  de  Ho- 
mero por  este  últimd  ha  tenido  menos  séquito  que  sus  MeturrUyrfosia,  y 
aún  quedaba  lugar  en  Italia  para  una  traducción  digna  del  principa  de 
los  poetas.  La  de  Cesarotti  no  es  fíel:  acomodó  la  litada  al  gusto  del  siglo, 
la  modernizó;  abrevió  algunos  pasajes,  amplificó  otros  á  su  arbitrio,  y  le 
han  imputado  que  dio  al  poeta  griego  el  estilo  y  tono  de  su  favorito 
Ossian.  En  la  ultima  edición  de  las  obras  de  Cesarotti,  siguen  á  su  versión 
poética  varias  notas  y  disertaciones  criticas,  traducidas  en  parte  de  Pope 
7  Dacien. 

•  Cesarotti  adquirió  más  fama  con  su  traducción  de  Ossian  que  con  la  de 
Homero,  y  sin  duda  hay  pocas  que  se  acerquen  á  la  primera,  en  térmi- 
nos de  que  parece  fruto  de  una  inspiración  original.  Conservó  completa- 
mente el  espíritu  del  bardo  caledonio,  con  toda  su  grandeza  gigantesca  y 
sombría,  y  lo  revistió  con  el  brillo  de  la  armonía  poética,  que  se  echa  de 
menos  en  la  obra  de  Macpherson.  El  Ossian  italiano  se  publicó  primero 
en  Pádua  en  1763,  á  espensas  de  un  viajero  inglés,  que  habia  contraido 
amistad  con  Cesarotti.  Esta  edición  salió  necesariamente  incompleta,  por 
estarlo  también  entonces  la  traducción  de  Ma'cpherson;  pero  todos  los 
poemas  se  imprimieron  ya  diez  años  después  en  la  misma  ciudad,  ocupan 
cuatro  tomos  en  la  edición  completa  de  las  obras  de  Cesarotti,  y  las  pre-- 
cade  un  examen  de  la  reñida  cuestión  literaria  sobre  la  autenticidad  de 
esas  famosas  producciones.  Su  aparición  en  esta  nueva  forma  excitó  mu- 
cho interés  en  Italia,  y  produjo  numerosos  imitadores  del  estilo  ossiánico, 
taa  diferente  del  fogoso  y  brillante  que  distingue  á  los  primeros  poetas 
italianos. 

También  se  deben  á  Cesarotti  varias  obras  estimables  en  prosa.  El 

(hireo  de  literatura  griega  fué  su  principal  empresa  literaria;  pero  el  plan 

<|iM  M  propuso  era  demasiado  vasto  para  que  lo  pudiese  completar  un 


biografía  de  MELCHOR  G3SSAR0TTI 


165 


hombre  solo.  Sus  ensayos  Sobre  las  fuentes  de  placer  qy^ produce  la  irage^ 
dia\j  el  Origen  y  progresos  del  arte  poético,  se  distinguen  por  una  critica 
ingeniosa  y  elegante;  al  paso  que  sus  tratados  sobre  la  FUosofia  de'kts 
lenguas f  y  sobre  la  Filosofía  del  gvsto,  (en  que  defiende  las  rarezas  de  su 
estilo,)  muestran  considerable  sagacidad  y  energía  mental.  En  1797,  la 
Academia  de  Bellas  Letras  de  Fádua  nombró  á  Cesarotti  Secretario  per* 
pétuo.  una  parte  de  los  deberes  de  esta  plaza  era  leer  en  las  sesiones  de 
la  Academia  los  varios  ensayos  presentados  por  sus  miembros.  Empero, 
muchos  eran  tan  extensos,  que  el  Secretario  prefería  extractarlos,  y  el 
resultado  de  este  trabajo  fueron  sus  Relaciones  Académicas^  divididas  en 
tres  partes,  á  saber:  Filosofía  experimental,  Matemáticas  y  Bellas  Letras. 
Casi  todas  las  obras  en  prosa  de  Cesarotti  demuestran  una  erudición  vas- 
ta, y  desplegan  un  espíritu  filosófico,  y  un  estilo  vivo  y  enérgico;  pero  los 
oriticos  celosos  de  la  'pureza  del  idioma  toscano,  le  atribuyen  la  introdao- 
cíon  de  galicismos  y  neologismos. 

Todas  las  obras  mencionadas  de  Cesarotti,  con  vanos  volúmenes  de 
correspondencia,  se  han  publicado  en  una  edición  completa,  empezada 
en  Pádua  bajo  la  inspección  del  autor  en  1800.  A  su  muerte,  la  continuó 
José  Barbieri,  que  le  sucedió  en  la  cátedra  de  Griego  y  Hebreo,  y  ha 
publicado  también  en  1810  unas  Memorias  sobre  la  vida  y  obras  de  su 
difunto  amigo. 

El  juicio  de  los  contemporáneos  ha  sido  más  ó  monos  favorable  que 
el  de  la  posteridad,  respecto  de  algunos*  literatos.  Cesarotti  pertenecerá 
probablemente  á  la  primera  clase,  cuyos  individuos  al  cabo  gozan  la 
reputación  más  grata  y  provechosa.  Pero  aunque  los  tiempos  venideros 
le  nieguen  un  genio  grande  y  original,  verán  con  aprecio  sus  talentos  y 
erudición,  y  la  meritoria  constancia  de  sus  trabajos  literarios. 

JOSÉ  MARÍA  HEBEDI A 


■^"♦^ 


i 


CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS. 


(Segunda  serie.) 


!■—  -W 


LECCIÓN  TERCERA, 

BuiCARio. — La  base  orgánica  de  los  fenómenos  psíquicos  es  el  sistema  nervioso.^- 
Pruebas. — Curvas  cranioméiricas  del  Dr,  Le  Bon. — Ley  fisiológica  de  la  diferen» 
ciacion  progresiva  de  la  estructura  y  las  funciones. — Como  se  realiza  en  el  tejido 
nervioso  y  en  las  funciones  de  relación. — Diferenciación  de  los  sistemas  nervioso 
y  muscular:  la  hidra  de  agua  dulce. — Esquema  del  aparato  de  relación. — Sn  rea-t 
lizaoion  en  el  sistema  nervioso.— 'Células  y  fibras. — Sustancia  blanca  y  sustancia 
gris. — Fibras  sensitivas  y  fibras, motrices. —Médula  espinal,  médula  oblongada  y 
pentros  encefálicos. 

Señores: 

Terminamos  nuestra  última  conferencia,  dejando  establecido  que  to* 
do  fenómeno  anímico  tiene,  de  un  modo  ú  otro,  un  concomitante  orgáni- 
co. Desde  este  momento,  y  consideradas  1%  estructura  7  manera  de 
funcionar  de  cualquier  organismo,  por  sucesión,  diferenciación  7  subordi- 
nación de  partes,  sistemas  7  órganos,  se  propone  naturalmente  el  proble- 
ma de  saber  si  alguna  parte  de  nuestro  organismo  está  especialmente  ads- 
crita á  esa  importantísima  función.  Fácil  me  seria,  desde  el  punto  especial 
de  la  ciencia  ñsiológica,  demostrar  que  asi  debe  ser  necesariamente;  pero 
como  me  propongo  no  traer  más  dalos  á  la  resolución  del  punto,  de  loa 


CONPEBENCIAS  FÍtOSÓFlCAS  167 

^Úe  pudiera  allegar  quien  se  lo  propusiera  sin  conocimientos  previos  de 
las  leyes  establecidas  en  fisiología;  veré  si,  entre  las  pruebas  experimen- 
tales de  esa  concomitancia,  las  hay  que  me  autoricen  á  inducir  cuál  es  el 
sistema  que  más  particularmente  responde  en  lo  objetivo  á  las  manifesta- 
ciones subjetivas. 

Comenzando  por  las  sensaciones,  vemos  que  las  que  están  ya  perfec- 
tamente limitadas  tien^  sus  aparatos  especiales  en  la  periferia,  los 
cuales  á  su  vez  tienen  de  común  ser  expansiones  radicales  de  filetes 
nerviosos.  Esta  estructura  parece  indicar  que  esos  filetes  son  el  elemento 
esencial  de  cada  aparato  sensitivo;  y  en  efecto,  si  nos  ponemos  en  comu- 
nicación directa  con  el  nervio,  podemos  á  voluntad,  producir,  suspender 
6  anularla  sensación.  En  la  esfera  del  sentimiento,  donde  es  tan  conside- 
rable el  inñujo  de  la  totalidad  del  organismo,  y  en  especial  de  las  visce- 
ras, el  método  experimental  obtiene  uno  de  sus  más  brillantes  triunfos, 
puesto  que  puede  suprimir  el  dolor  por  medio  de  los  anestésicos;  y  ahora 
bien,  sabido  está  ya  que  la  anestesia  quirúrgica,  la  anestesia  incompleta, 
que  solo  mira  á  hacer  perder  la  conciencia  del  dolor,  se  detiene  cuando 
la  sustancia  anestesiante  ha  invadido  el  tejido  nervioso  de  los  centros, 
cuyo  protoplasma  más  delicado,  según  la  expresión  de  Claudio  Bernard, 
es  el  primero  que  se  somete  á  su  acción.  En  cuanto  á  las  emociones,  bas- 
ta observar  el  gran  papel  que  en  todas  ellas  desempeña  la  región  epigás- 
trica; para  que,  á  menos  de  volver  á  las  extrañas  localizaciones  de  Caba- 
nis  y  Bichat,  convengamos  en  que  el  gran  simpático  y  sus  conexiones 
numerosas  con  el  sistema  cerebro-espinal  son  únicamente  capaces  de  ex- 
plicar la  fase  subjetiva,  y  en  particular  el  elemento  imaginativo  de  todo 
estado  pasionial;  teniendo  además,  eñ  apoyo,  el  curioso  experimento  de  la 
mucha  mayor  sensibilidad  del  gran  simpático  á  las  penas  y  regocijos  del 
ánimo,  que  á  las  excitaciones  físicas  y  aún  las  lesiones  traumáticas. 

Respecto  al  trabajo  mental,  á  las  funciones  más  especialmente  inte- 
lectuales, todas  las  pruebas  aducidas  en  la  última  conferencia  acerca  de 
su  concomitancia  con  modificaciones  orgánicas,  como  aumenta  de  tempe- 
ratura  y  tumefacción  del  encéfalo  y  mayor  eliminación  de  fosfatos  por 
las  secreciones  renales,  lo  son  de  su  dependencia  de  los  centros  nerviosos. 
Me  bastará,  pues,  aducir,  como  dato  interesante  y  del  mayor  valor,  las 
conclusiones  á  que  ha  llegado  recientemente  el  Doctor  Le  Bou,  auxilia- 
do por  trabajos  previos  del  Doctor  Broca,  acerca  de  la  estrecha  relación 


I6g 


tlEVlSTA  DE  CUBA 


que  guarda  el  desenvolvimiento  de  la  inteligencia  con  la  forma,  la  estruc- 
tura V  p1  volóraen  del  cerebro. 

Este  sabio  ha  reconocido  la  importancia  del  volumen  cerebral,  y  en 
consecuencia,  ha  introducido  una  innovación  feliz  en  el  método  compara- 
tivo, que  lo  ha  llevado  á  resultados  mucho  más  ciertos.  No  se  ha  limitado, 
í^omo  era  costumbre,  á  tomar  los  términos  medios  de  todos  los 
veraneos  de  cada  raza,  y  establecer  la  comparación  entre  ellos;  sino  que 
después  de  formar  series  por  volúmenes  crecientes  dentro  de  cada  raza, 
ha  construido  curvas  que  dan  á  conocer  cuantos  sujetos  hay  en  cada  di- 
visión que  poseen  un  volumen  determinado.  De  este  modo  se  nota  en  lo 
que  radica  la  verdadera  superioridad  de  un  grupo  sobre  otro,  pues  ae 
echa  de  ver  que  la  raza  superior  contiene  muchos  más  cráneos  volumino- 
sos que  la  inferior.  Entre  cien  cráneos  de  parisienses  modernos,  hay- on- 
ce aproximadamente  cuyo  volumen  está  comprendido  eptre  1700  y  1900 
centímetros  cúbicos;  mientras  que  en  el  mismo  número  dé  cráneos  de 
negros,  no  liay  ninguno  que  llegue  á  esa  capacidad.  Operando  sobre  el 
volumen^  y  el  peso  del  encéfalo,  ha  llegado  á  establecer  el  experimentador 
que  la  distancia  que  separa  los  términos  extremos  de  los  números  máxi- 
mo y  mínimo,  es  tanto  mayor  cuanto  más  elevada  está  la  raza  en  la  esca- 
la de  la  civilización.  Asi  ha  formado  esta  tabla  de  suma  importancia, 
donde  se  especifica  la  diferencia  entre  el  volumen  de  los  cráneos  mayores 
y  los  más  pequeños  dentro  de  cada  raza,  entendiéndose  que  se  trata  de 
cráneos  de  varones  adultos.  La  diferencia  es: 

En  el  gorila,  de 148  cent,  cúbicos. 

En  el  negro,  de 204    »  » 

En  los  antiguos  egipcios,  de... 353    i»  s 

En  los  parisienses  del  siglo  12?,  de 472    »  » 

Én  los  parisienses  modernos,  de 593    »  » 


En  consecuencia  de  este  notable  descubrimiento,  y  experimentando 
sobre  la  circunferencia  del  cráneo,  después  de  más  de  1200  medidas,  en 
individuos  ^ivos,  el  Doctor  Le  Bon  ha  podido,  siempre  mediante  el  siste- 
ma gráfico,  establecer  una  curiosa  serie  que  se  refiere  á  los  parisienses  y 
habitantes  del  campo,  la  cual  ha  dado  por  resultado  cinco  grupos  de  cir- 
cunferencia decreciente,  en  este  orden:  1^  sabios  y.  literatos;  2?  hurgue- 


CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS  169 

fcia  parisiense;  39  antigua  nobleza;  4?  sirvientes  parisienses;  59  campesinos. 
He  todo  lo  cual,  y  otras  consideraciones  menos  pertinentes  en  nuestro  ca- 
so, infiere  el  docto  profesor  «que  los  cerebros  más  voluminosos  pertene- 
cen, en  la  especie  humana,  á  las  razas  mejor  dotadas,  desde  el  punto  dé 
vista  intelectual,  y  en  cada  raza  á  los  individuos  mas  inteligentes.» 

Al  encontrarnos  con  las  respuestas  del  aparato  interno  á  losostímulos 
externos,  con  las  manifestaciones  exteriores  de  la  volición,  sea  gesto,  mo- 
vimiento,  mímica,  grito  6  lenguaje,  todos  sabemos  que  un  tejido  especial 
las  tiene  á  su  cargo,  el  muscular,  así  como  que  en  donde  quiera,  hasta  én  laá 
fibras  musculares  de  las  pequeñas  arterias  que  regulan  la  irrigacioii  sah-^ 
guinea  de  la  periferia,  la  contracción  de  un  müsculo  supone  la  presencia 
de  un  nervio  motriz.  De  modo  que  insistir  en  demostrar  la  dependencia 
de  los  movimientos  con  respecto  á  los  aparatos  nerviosos,  seria  cansadsk 
redundancia. 

Bien  comprendo,  señores,  que  gran  parte  de  esta  minuciosa  demostra- 
ción huelga  ante  vosotros;  pero,  parecíame  conveniente  inquirir  hasta  qué 
punto  la  observación  experimental,  sin  el  auxilio  de  nociones  previas, 
podia  ofrecer  ana  base  sólida  á  esta  inducción  necesaria  para  todas  nues- 
tras pesquisas  nlteriores,  que  el  sistema  nervioso  es  el  concomitante  físi- 
co, de  todos  los  actos  anímicos  conscientes  y  preconacientes. 

Beconocida  su  validez,  indicado  queda  que  la  primera  etapa  de  nues- 
tro nuevo  camino  ha  de  ser  el  estudio  sumario  de  esta  parte  importantí- 
sima de  nuestro  organismo. 

Enséñanos  la  fisiología,  y  ahora  podemos  confiadamente  acudir  á  ella, 
que  los  organismos  superiores  se  distinguen  de  los  inferiores  por  una 
progresiva  diferenciación  de  funciones  y  estructura,  de  suerte  que  el  más 
perfecto  es  aquel  en  que  partes  más  determinadas  corresponden  á  más  de- 
terminadadas  funciones.  En  la  materia  viviente  primordial,  en  el  proto- 
plasma,  ni  hay  huellas  de  estructura,  ni  diferenciación  alguna  de  funcio- 
nes. Toda  la  masa  amorfa  manifiesta  las  dos  propiedades  vitales:  irritabi- 
lidad y  raotilidad,  cuyo  fin  es  la  nutrición.  Por  culquier  parte  que  sea 
tocado  un  grumo  de  sustancia  protoplásmica  responde  con  una  contrac- 
ción. En  el  ameba — donde  la  existencia  de  un  núcleo  acusa  ya  una  pri- 
mera diferenciación  de  estructura — la  célula — ante  las  solicitaciones  del 
medio  ambiente  podemos  observar  una  forma  especial  de  movimiento,  de 
reptacion:  la  masa  emite   unas  prolongaciones  lobuladas  (psudópodos  de 

22 


lío  ÍIÉVISTA  DE  CUBA 

♦ 

HsBckel)  q^e  Van  llamando  así  el  resto  del  cuerpo,  y  lo  obliga  á  cambiar 
de  lugar;  hay  luego  retracción  de  aquellos  pseudopodos  que  desaparecen 
por  completo,  y  en  cualquier  otro  lugar  de  la  masa  se  fgrma  una  nueva 
prolongación  que  la  arrastra  en  una  nueva  dirección.  Es  la  misma  masa 
la  que  se  prolonga,  la  que  se  contrae,  y  la  que  asimila  y  elimina  las  sus- 
tancias  alimenticias  que  llegan  á  estar  en  contacto  con  ella.  En  una  sola 
célula  residen  todas  Jas  propiedades, 

Pero  si  adelantamos  algunos  pasos  en  la  escala  biológica,  podremos 
ver  confederarse  diversas  células  para  formar  organismos  superiores,  y 
entonces  algunas  van  modificando  su  individualidad,  ya  porque  asumen 
más  especialmente  una  función,  ya  porque  van  conformando  al  nuevo 
papel  su  estructura.  Asi  en  los  blastodemas  que  forman  ciertas  clases  de 
pólipos,  las  células  terminales  tienen  funciones  particulares;  y  si  en  nnos, 
los  llamados  cormus  monomorfos,  la  estructura  continúa  semejante  en 
todos  los  individuos,  es  decir,  en  todas  las  células,  en  otros,  los  que  se 
denominan  cormus  polimorfos,  epa^  células  ya  diferenciadas  por  la  fun- 
ción se  distinguen  por  la  forma,  y  unas  son  cilindricas,  otras  foliáceas; 
y  pronto  se  las  vé  agruparse  en  formas  más  complicadas  que  pudieran 
llamarse  verdaderos  órganos. 

Esto  nos  basta  para  comprender  que  la  ley  del  progreso  biológico  no 
es  otra  que  ir  asignando  las  funciones  primordiales,  aquellas  sin  las  cua- 
les no  existiría  la  vida,  á  estructuras,  llámense  tejidos,  sistemas  ü  or- 
ganos,  cada  vez  más  aptos  para  desempeñarlas.  De  donde  resulta  que 
cuanto  más  se  localiza  la  función,  mÁs  desembarazadamente  se  ejecuta, 
más  precisión,  más  extensión  y  más  complicación  adquiere;  continuando 
parí passu  la  diferenciación  orgánica  y  la  complejidad  funcional.  Ya  no 
residen  todas  las  propiedades  en  una  sola  célula;  sino  que  hay  células  es- 
pecialmente encargadas  de  responder  á  determinadas  funciones,  más  aun 
á  determinados  movimientos  de  una  sola  función. 

Siendo  las  de  relación  tan  considerables  en  el  conjunto  de  las  funcio- 
nes vitales,  debemos  prometernos  que  las  tendrán  á  su  cargo  células  es- 
peciales, las  cuales  nos  presentarán  la  misma  evolución  que  comienza 
por  una  diferenciación  y  acaba  por  una  armonización  de  partes  hetero- 
géneas que  concurran  con  un  actp  especial  al  conssensus  orgánico.  Y  asi 
es  en  efecto. 

La  relación  de  un  organismo  con  lo  exterior  supone  contacto/ trasmi- 


CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS  171 

Bion  de  la  impresión  al  interior  del  organismo,  y  respuesta  del  organismo, 
ya  para  continuar  el  contacto,  ya  para  evitarlo.  Vemos  claramente  que 
el  mismo  orden  de  células^ supuesta  su  comunicación — puede  llevar  la 
impresión  al  interior,  en  la  forma  en  que  se  propaga  un  movimiento 
ondulatorio,  y  traer  la  respuesta  en  la  forma  de  un  movimiento  retró- 
grado. De'  este  modo  dos  montentos  de  una  misma  función  tendrían  un 
sólo  vehículo;  pero  también  es  claro  que  estas  ondas  de  movimiento 
lina  progresiva,  otra  retrógrada,  frecuentemente  se  embarazarían  y  anu- 
larían; de  modo  que  seria  un  yerdadero  progreso  que  el  movimiento 
hacia  el  interior  fuera  por  un  canal  y  el  movimiento  hacia  el  exterior 
viniera  por  otro.  Lo  mismo  comprendemos  que  una  sola  parte  de  la  pe- 
riferia puede  recibir  el  estímulo  y  ejecutar  el  movimiento  responsivo, 
pero  que  estos  actos  serán  más  libres  y  variados  si  á  esta  diferencia  de 
funciones  corresponde  una  diferenciación  periférica.  Y  en  este  sentido 
vemos  que  cuanto  más  se  distinga  la  estructura,  más  perfecto  será  el 
papel  que  desempeñe.  Pues  nada  de  esto  constituye  una  mera  repre- 
sentación e.<>quemática  en  la  historia  de  las  funciones  de  relación  y  del 
tejido  orgánico  en  que  se  han  circunscrito.  Recorriendo  la  escala  zooló- 
gica podremos  encontrarlo  primero  informe  y  respondiendo  torpemen- 
te á  los  estímulos  que  lo  solicitan,  más  tarde  perfectamente  diferenciado' 
formando  un  complicadísimo  sistema  con  las  más  varias  y  complejas  atri- 
buciones en  los  organirtmos  más  perfectos.  Los  dos  tejidos  distintos  quH 
sirven  en  los  animales  superiores  para  desempeñar  á  maravilla  el  encar- 
go de  ponerlos  en  relación  con  su  ambiente,  el  nervioso  y  el  muscular  es- 
tán confundidos  en  animales  inferiores;  una  misma  fibra  nerviosa  sirve 
como  centrípeta  y  centrífuga  en  otros  más  adelantados. 

Busquemos  un  tipo  animal  en  que  tengamos  por  primera  vez  á  la  vis- 
ta la  diferenciación  de  los  sistemas  nervioso  y  muscular.  Kleinenberg  y 
Banvier  nos  darán  la  hidra  de  agua  dulce.  El  cuerpo  de  este  animal  pre« 
sent-a  tres  capas:  el  ectodermo  y  el  eiidodenno  cuyas  células  tienen  un  as^ 
pecto  epitelial,  y  el  rtiesodernio  cuyos  elementos  son  musculares-  Kleinen-» 
berg  ha  mostrado  que  las  células  epiteliales  externas,  las  del  ectodermo^ 
se  continúan  con  las  fibras  musculares,  por  lo  cual  ha  llamado  á  este 
aspecto  de  la  sustancia  animada  células  neuro-miLBCularea',  esta  falta  de 
diferenciación  ha  sido  muy  bien  caracterizada  por  el  docto  profesor  en 
estos  términos:  «aquí  tenejgaos  una  célula  que  es  á  la  vez  epitelial^  puesto 


172  REVISTA  DE  CUBA 

que  forma  parte  del  tegumento  del  animal,  nervioso-senaitiva,  nervioso— 
motriz,  y  en  fin,  muscular  por  sus  prolongaciones.» 

Pero  esta  confusión  nos  sirve  de  punto  de  partida  para  ver  el  termi- 
no de  la  diferenciación.  M«l8  adelante  encontramos  la  fibra  muscular  ya 
distinta  de  la*  célula  nerviosa;  luego  viene  la  diferenciación  entre  las 
células  y  fibras  nerviosas,  luego  la  distinción  de  fibras  nerviosas,  en  sensi- 
tivas y  motoras  y,  por  último,  la  diferenciación  de  la  célula  á  su  vez  en. 
sensitiva  y  motora.  De  modo  que,  considerado  esquemáticamente  todo  el 
aparato  de  relación,  en  su  prístinia  sencillez,  terminada  ya  la  obra  de  la 
diferenciación,  tendríamos,  como  dice  Ranvier,  una  célula  epitelial  reuni- 
da por  un  nervio  sensitivo  á  la  célula  nerviosa,  que  á  su  vez  está  unida 
(l  la  fibra  muscular  por  un  nervio  motor.  Debo  apresurarme  á  decir  que 
ésta  es  la  disposición  que  se  encuentra  en  el  fondo  de  todo  sistema  ner^ 
vioso;  pues  ya  no  bay  más  que  ir  combinando  ese  sencillo  mecanismo, 
para  tener  los  aparatos  asombrosos  que  se  alojan  en  la  columna  dorsal  y 
en  el  cráneo  bu  mano. 

Veamos  cómo  puede  ser  ésto.  El  circuito  nervioso  quedarla  com^ 
pleto  con  un  canal  que  de  la  perifjeria  trasmitiera  la  impresión  á  una 
célula  de  la  cual  se  reflejara  la  respuesta  por -otro  canal  á  la  periferia. 
Pero  si  recordamos  qué  los  organismos  superiores,  no  sólo  están  en  con- 
tacto  cf»n  el  medio  ambiente  externo,  sino  también  con  un  medio  interno, 
de  donde  pueden  partir  estímulos;  y  en  efecto,  el  trabajo  de  nutrición 
y  calorificación  los  produce  constantes;  comprenderemos  que  esta  dispo- 
fiicion  ha  de  repetirse  con  respecto  á  la  membrana  mucosa  y  á  todas  las 
Visceras  del  organismo,  y  veremos  que  las  forzosas  relaciones  del  cuerpo 
con  ambos  medios  exigen  que  no  funcionen  estas  pequeñas  máquinas  con 
total  independencia,  sino  qne  se  combinen  y  refuercen  mutuamente.  De 
modo  que  de  aquí  siirge  una  primera  y  necesaria  complicación.  La  res- 
puesta de  la  célula  excitada  puede  no  venir  á  la  periferia;  la  célula  pue- 
de trasmitir  la  impresión  por  una  fibra  conmisural  á  otra  célula,  la  cual, 
por  medio  de  su  fibra  motriz  va  á  excitar  una  glándula  y  á  producir  una 
secreción.  Aquí  vemos  que  la  sencilla  unión  de  dos  células  por  medio  de 
una  fibra  conmisural,  basta  para  hacer  más  largo  el  circuito  nervioso,  y 
provocar  dos  respuestas  á  un  sólo  estímulo. 

Si  concebimos  que  varias  células  se  enlacen  de  este  modo,  compren- 
deremos, que  un  solo  estímulo  pueda  obtener  varias  respuestas  sucesivas 


CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS  173 

6  combinadas,  ó  que  diversos  estímulos  obtengan  una  sola  respuestsv 
según  que  una  sola  fibra  sensitiva  sea  impresionada  y  varias  células 
respondan  por  sus  fibras  motoras;  ó  que  sean  varias  las  fibras  sensitivas 
estimuladas,  y  una  sola  la  célula  encargada  de  responder  por  su  fibra 
motora.  Es  claro  que  esta  sencillez  no  se  descubre  ni  en  el  acto  reflejo 
más  simple,  y  que  siendo  cualquier  movimiento  orgánico  una  resultante 
de  delicadas  combinaciones  de  movimientos  previos,  esta  autonomía  de  la 
red  celular  podia  ofrecer  graves  inconvenientes,  los  cuales  desaparecen 
sí  concebimos  la  subordinación  de  estas  células  confederadas  á  una  célu-> 
la  central  y  superior,  ó  á  un  conjunto  de  células  á  que  envían  fibras 
sensitivas  y  que  les  responde  por  fibras  motrices.  De  este  modo  la 
impulsión  recibida  no  se  esparce  por  una  red  de  células  dispuestas  á 
recibirla  y  responder  ad  líbitum,  con  grave  riesgo  de  que  la  respuesta 
no  corresponda  al  estímulo,  sino  que  llega  á  un  centro  de  combinación,  de 
donde  parte  la  impulsión  requerida  por  los  canales  que  deben  trasmitir- 
la, para  ir  á  parar  al  músculo  de  un  vaso  que  se  constriñe  6  al  músculo  de 
un  órgano  que  se  mueve.  En  el  caso  de  la  célula  única  con  sus  dos  fibras, 
un  solo  estímulo  había  de  obtener  una  sola  respuesta;  en  el  caso  de  las 
células  unidas  sin  subordinación,  laí  respuestas  coincidirían  raras  veces 
con  el  estímulo;  en  el  caso  del  centro  celular  superior,  éste  puede  recibir 
variados  impulsos  y  dar  á  cada  uno  la  respuesta  necesaria.  Es  una  esta- 
ción telegráfica  central  que  recibe  informes  de  todas  las  fronteras  del 
país,  y  trasmite  sus  órdenes  al  punto  necesario  por  el  intermedio  de  una 
ó  muchas  estaciones  dependientes.  Esta  disposición  de  centros  celulares 
de  combinación  puede  complicarse  y  se  complica  cuanto  sea  necpsarió. 
Viniendo  á  subordinarse  distintos  centros  á  otro  superior;  segr^n  la  com- 
plicación de  los  actos  á  que  hayan  de  servir;  y  si  esto  ha  de  ser  así  pu 
los  ors^anismos  complejos  lo  comprendereis  fácilmente  con  s6lo  reoordar 
que  para  que  un  niño  pjieda  mamar  han  de  entrar  en  juego  m>ífl  de 
treinta  pares  de  músculos  en  perfecta  combinación.  De  todos  modos  lo 
que  importa  es  tener  presente  este  plan  ó  esquema  que  nos  facilita  la 
comprensión  de  las  más  delicadas  estructuras  nerviosas:  células  servidas 
y  unidas  por  fibras,  que  se  subordinan  á  ganglios  centrales. 

Veamos  ahora  si  la  inspección  de  nuestro  sistema  nervioso  confirma 
nuestro  plan,  y  hasta  qué  punto. 

Por  lo  pronto,  histológicamente  considüfAtío)  el  sistema  nervioso  tío 


L 


174 


REVISTA  DE  CUBA 


revela  más  que  dos  elementos,  con  cuyos  nombres  nes  hemos  familiari- 
aado  ya,  la  célula  y  la  fibra.  Anatómicamente  considerado,  vemos  loea- 
Iksarse  casi  completamente  estos  dos  elementos,  la  fibra  predomina  en  bI 
gistema  periférico,  la  célula  en  el  sistema  central;  el  exceso  áe  fibras  da 
á  la  masa  un  color  blanco,  el  exceso  de  células  un  color  gris;  de  aquí  la 
conocida  división  de  la  sustancia  blanca  y  la  sustancia  gris;  por  otra 
parte  la  sustancia  blanca  parte  de  la  periferia  en  la  forma  de  cordones 
finos  y  aislados  que  se  dividen  A  cada  paso  y  ramifican  recorriendo  todo 
el  cuerpo;  la  sustancia  gris  se  concentra  en  determinados  puntos  del 
cuerpo,  como  el  cráneo  y  la  columna  vertebral,  en  forma  de  masas  más  ó 
menos  globulares. 

Si  examinamos  con  el  microscopio  uu  nervio  periférico  descubriremos 
que  estar  eom puesto  de  fibras  muy  finas,  ligadas  en  forma  de  haz  por  una 
envoltura  de  tejido  conectivo.  Estas  fibras  frescas  aíin  tienen  el  aspecto 
de  un  filamento  transparente,  y  algunas  veces  oleoso;  pero  poco  después 
de  su  muerte  se  puede  distinguir  en  ellas  tres  partes  diversas,  una 
membrana  exterior  sumamente  cénue  que  íorma  un  tubo  cuyo  centro 
ocupa  un  filamento  sólido  que  tiene  la  forma  de  una  cinta  y  que  se  lla- 
ma eje  cilindrico]  entre  la  membrana  tubular  y  el  eje  hay  una  sustancia 
fluida  que  lo  baña  por  completo  y  que  se  llama  viédula  nerviosa.  Y  todo 
esto,  eje,  médula  y  membrana,  está  á  su  vez  protegido  por  otro  tubo 
denso  y  elástico  que  se  llama  neurilema  el  cual  encierra  el  haz  de  fibras. 
Conviene  advertir  que  ésta  es  la  disposición  general  de  la  fibra,  pero  no 
todas  están  asi  constituidas,  en  las  extremidades  del  cordón  nervioso,  y 
á  medida  que  se  van  subdividiendo  las  fibras,  algunas  de  éstas  van  adeU 
gazándose  de  tal  suerte  que  pierden  la  médula,  y  aun  llega  á  dividirse  eu 
ramas  el  eje  cilindrico.  Cuando  están  reunidas  en  haz  varias  fibras  sin 
médula  su  aspecto  cambia,  y  toman  el  nombre  de  fibras  grises.  Todo  nos 
.está  indicando  en  esta  estructura  un  órgano  trasraisor;  en  sus  raices  ter- 
minales  expuesto  á  las  modificaciones  circunstantes,  en  el  cuerpo  del  ór» 
gano  cuidadosamente  resguardado  de  ellas. 

Pasemos  ya  á  la  célula.  Las  células  nerviosas  son  corpúsculos  coa 
una  cavidad  central  en  la  que  hay  un  grueso  núcleo,  que  suele  encerrar 
un  nucléolo.  Algttnas  están  rodeadas  de  una  membrana,  soldada  fre- 
cucntemente  con  el  neurilema  de  los  nervios  en  contacto  con  ellas.  £1 
pi^erpo  de  la  célula  está  lleno  de  granulacioaes  mijy  finas^  y  se  compone 


\  CONPEKEIÍCIAS  FILOSÓFICAS  Í76 

de  ana  materia  protoplásxnica  casi  transparente.  Su  forma  e^  mtiy  varia* 
ble;  unas  son  esféricas,  otras  elípticas,  otras  del  todo  irregulares  y  pro- 
vistas de  prolongaciones.  Estas  prolongaciones  son  muy  importantes  por 
el  papel  que  se  les  asigna,  si  bien  no  está  del  todo  comprobado.  Las  hay 
que  tienen  la  misma  apariencia  del  corpúsculo  celular,  es  decix  que  están 
cubiertas  de  granulaciones,  y  se  llaman  prolongaciones  protoplásmicas; 
unen  las  células  entre  si,  y  son  por  tanto  las  fibras  conmisurables  de  que 
he  hablado  anteriormente.  Pero  hay,  por  lo  regular,  en  cada  célula,  una 
prolongación  muy  distinta,  que  recorre  cierto  trecho  en  forma  de  un 
cordón  fino  y  cilindrico,  se  va  espesando  y  acaba  por  revestirse  de  mé- 
dula y  tomar  el  aspecto  de  una  fibra  periférica.  Todo  induce  á  creer  que 
estas  fibras,  nacidas  en  las  células,  al  salir  de  la  médula,  se  cambian  en 
verdaderas  fibras  periféricas;  pero  es  preciso  saber  que  esta  continuidad  no 
es  más  que  una  conjetura  legitima;  y  que  hay  células  que  carecen  de  es- 
tas prolongaciones.  El  tamaño  medio  de  las  céluLis  es  de  O*" 02  áO""06. 
Entre  la  célula  y  la  fibra,  además  de  esta  diferencia  de  estructura,  hay 
una  diferencia  mny  importante  de  composición.  Una  y  otra  contienen 
proteina,  pero  en  la  célula  la  proteina  es  blanda,  aunque  está  coagulaba, 
contiene  más  agua  y  está  mezclada  á  granulos  grasos,  siendo  de  notar 
que  ia  sustancia  gris  es  mucho  más  vascular  que  la  blanca.  En  el  eje 
cilindrico  la  proteina  es  mucho  más  densa  y  los  compuestos  grasos  están 
separados  perfectamente  de  ella,  como  que  constituyen  la  médula, 
comparada  por  Kólliker  á  la  terebintina.  Esto,  desde  el  punto  de  vista 
químico,  hace  de  los  ganglios  celulares,  de  la  sustancia  gris,  una  masa 
instable,  grandemente  susceptible  de  descomposición  con  desprendi- 
miento de  movimiento;  para  lo  cual,  como  se  ve,  todo  está  preparado, 
el  agua,  los  materiales  grasos,  y  el  riego  sanguíneo.  Recuérdese  lo  que 
acabo  de  decir  respecto  al  aparato  de  defensa  que  rodea  las  fibras  ner- 
viosas. 

Ya  conocemos  los  elementos  del  sistema,  consideremos  ahora  las  es- 
tructuras que  forman  y  las  propiedades  que  manifiestan. 

De  la  periferia, — ya  de  la  piel,  ya  de  los  sentidos  especiales, — de  los 
músculos,  de  las  glándulas,  parten  cordones  nerviosos  que  van  á  buscar 
el  eje  central  formado  por  la  serie  de  ganglios  que  constituyen  el  centro 
cerebro-espinal.  Ya  sabemos  cómo  están  formados  esos  cordones.  Reite- 
radas experiencias  han  enseñado  que,  por  lo  regular,  en  estos  cordones 


Í76 


¿EVISTA  D^  CUBA 


hay  fibms  encargadas  de  dos  funciones  distintas:  unas  llevan  las  excita- 
cinrie-s  -¡r-n-íltivas  de  la  periferia  á  los  centros  nerviosos,  otras  trastniteii 
'S  M  '.»  »  '  t'TtniDal  las  excitaciones  morriees  nacidas  en  los  centros;  de 
^  ,  1  I  a  las  iM  imeras  se  de  el  nombre  de  fibras  sensitivaíJ,  aferentes  6 
cenliipetas,  y  á  las  segundas  el  de  fibras  motrices,  eferentes  ó  centrifu- 
gas. Ninguna  diferencia  anatómica  apreciable  hay  entre  esas  dos  clases 
de  fibras,  si  se  exceptúa  un  pequeño  engrosamiento  ganglionar  en  el  tra- 
yecto de  las  sensitivas,  poco  antes  de  llegar  á  los  centros  nerviosos.  Por 
lo  demás  unas  y  otras  están  mezcladas  y  confundidas  bajo  el  nearilema¿ 
en  todos  los  cordones,  menos  en  los  especialmente  adscritos  á  los  órganos 
de  los  sentidos.  Estos  nervios  especialmente  sensitivos  van  á  terminar 
al  encí'falo  en  los  animales  vertebrados;  en  cuanto  á  los  mixtos  termi- 
nan en  la  médula  espinal,  con  la  particularidad  de  que  poco  antes  de 
insertarse  en  ella  los  dos  órdenes  de  fibras  ya  descritos,  se  separan  en 
una  raiz  anterior  cilindrica — que  es  la  de  las  fibras  motrices— y  una  raiz 
posterior  con  ganglio— que  es  la  de  las  fibras  sensitivas.  ^ 

La  médula  espinal  á  donde  van  á  parar  estos  cordones  nerviosos,  en 
ntmero  de  treinta  y  un  pares,  es  esencialmente  una  columna  de  sustan- 
cia  gris,  es  decir,  *de  células  con  prolongaciones  (células  multipolares), 
que  emiten  ó  reciben  tres  clases  de  fibras,  las  ya  mencionadas,  y  las^con- 
misurales  que  unen  todas  las  células  entre  sí,  y  constituyen  la  unidad 
del  centro.  Mas  las  células  medulares  no  están  únicamente  enlazadas 
entre  si,  lo  están  con  las  células  de  los  centros  contenidos  en  el  cráneo. 
No  ha  podido,  á  lo  menos  ha&ta  hoy,  la  histología  seguir  el  camino  de  la 
trasmisión  á  los  centros  cerebrales  como  lo  habia  seguido  hasta  los  gan- 
glios de  la  médula  por  las  fibras  sensitivas;  asi  es  que  se  conjetura  que 
las  células  posteriores  de  la  médula  son  especialmente  sensitivas,  y  las 
anteriores  especialmente  motrices;  de  modo  que  aquí  la  excitación,  en 
lugar  de  correr  por  un  hilo  no  interrumpido,  se  propaga  de  célula  á  cé- 
lula por  medio  de  fibras  conmisurales,  vistas  unas  y  supuestas  otras.  Co- 
mo quiera  que  se  verifique  la  comunicación  de  la  corriente  nerviosa,  la 
continuidad  morfológica  de  la  médula  con  el  encéfalo  es  manifiesta, 
puesto  que  por  una  transición  insensible  pasa  la  médula  espinal  á  la  7né- 
dula  oblongada,  situada  en  la  base  misma  del  cerebro.  La  médula  obton- 
gada,  en  su  parte  inferior,  tiene  la  misma  estructura  de  la  médula 
espinal,  pero  hacia  arriba  se  ensancha,  formando  al  mismo  tiempo  una 


•CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS  17^ 

ancha  cavidad,  que  se  continúa  con  la  que  ocupa  todo  el  centro  de  Id 
médula  espinal  y  que  se  llaraa  canal  central^  esta  cavidad  toma  el  nom- 
bre de  cuarto  ventñculo.  Sobre  él  descansa  una  gran  masa  laminar  qué 
es  el  cerebelo.  Este  órgano  emite  fibras  transversales  que  penetran  en  la 
masa  del  cerebro  y  van  á  reunirse  en  la  línea  media  de  su  base  for- 
mando el  puente  de  Varolto,  frente  á  la  médula  oblongada;  cuyas  fibras^ 
después  de  confundirse  alli  con  las  del  cerebelo,  se  distinguen  ade- 
lante en  forma  de  dos  haces  gruesos  y  divergentes  que  son  los  pe- 
dúnculos cerebrales.  Sobre  éstos  se  halla  una  masa  de  materia  igual-  ' 
mente  nerviosa,  la  cual  presenta  cuatro  prominencias  hemisféricas  qué 
se  llaman  tubérculos  cuadrigéminos\  los  pedúnoulos  van  á  terminar  en 
dos  grandes  masas  de  materia  nerviosa  que  llevan  el  nombre  de  tálamos 
ópticos,  de  donde  parten  numerosas  fibras  á  otra  masa  nerviosa  contigua, 
los  cuerpos  estriados.  Aquí  estamos  en  el  centro  mismo  del  cerebro; 
siendo  los  cuerpos  estriados  el  intermediario  por  donde  los  tálamos  ópti- 
cos se  comunican  con  la  ¿ustancia  blanca  de  los  hemisferios^  último  cen- 
tro que  viene  á  englobar  todos  los  mencionados  como  partes  del  en- 
céfalo. 

Mi  mayor  cuidado  ha  sido,  señores,  que  no  perdáis  de  vista  la 
continuidad  del  tegido  nervioso;  déla  médula  espinal  á  la  médula  oblon- 
gada; ésta,  ramificándose  con  una  división  dicotómica,  pasa  por  medio  de 
los  pedúnculos,  después  de  haber  estado  mezclada  con  fibras  del  cerebe- 
lo, á  los  tálamos  ópticos  y  de  aquí  á  los  cuerpos  estriados,  que  comuni- 
can con  uno  y  otro  hemisferio,  unidos  éstos  á  su  vez  por  la  delgada  masa 
de  fibras  transversales  de  su  parte  inferior  que  constituye  el  cuerpo  ca- 
lloso. Esta  continuidad  del  tejido  es  una  base  suficientemente  sólida 
para  que  podamos  ver  confirmado  en  la  realidad,  aun  en  ausencia  de 
datos  histológicos  que  nada  dejen  que  desear,  el  esquema  que  habíamos 
trasado;  pues  tenemos  en  la  médula  un  centro  subordinado  en  comunica- 
ción directa  con  otros  superiores.  Es  decir,  centros  para  recibir  impre- 
siones y  responder  á  ella,  puestos  en  relación  con  otros  centros  destina- 
dos á  combinar  más  delicadamente  esos  mismos  actos,  y  á  extender  su 
influjo  á  los  últimos  límites  del  organismo. 

Réstanos  sólo  ver  si  en  su  modo  de  funcionar  corresponden  estos 
Centros  á  lo  que  indica  su  estructura;  pero  harto  técnica  ha  tenido  que 
ser  esta  lección,  y  temería  fatigaros  llevándola  más  adelante.  Hagamos 

23 


l?á 


REVISTA  DE  CUBA 


aquí  alto;  dispuestos  á  completar  en  la  próxima  conferencia  estas  nocio- 
nes indispensables  sobre  el  delicado  aparato  por  el  cual  se  maniíiestan 
los  importantes  fenómenos  que  hemos  escojido  como  materia  de  es- 
tudio. 


LECCIÓN  CUARTA. 


Buhorio. — Fanciones  del  sistema  nervioso. — La  fibra  es  un  mero  conductor. — La  di- 
ferencia  específica  de  sus  funciones  reside  en  los  aparatos  terminales. — Teoría  da 
las  energías  específicas. — Teoría  de  Lewes.--Ley  de  la  excitación  nerviosa. — For- 
ma del  movimiento  molecular  en  las  fibras;  hipótesis  de  Dubois  Reymond. —  In- 
termitencia de  la  corriente  nerviosa. — Tiempo  que  invierte  la  trasmisión. — Pro- 
piedades diversas  de  las  células,  según  Rosenthal. — Localizacion  en  las  células. — 
Funciones  de  la  médula  espinal. — Grados  en  la  conciencia. — Leyes  de  los  actos 
reflejos.— La  tonicidad  muscular. — Funciones  d^í  la  médula  oblongada. — Délos 
centros  mesencefálicos  y  del  cerebelo. — Hipótesis  sobre  las  funciones  de  los  tálamos 
ópticos  y  cuerpos  estriados. — Funciones  de  los  hemisferios. — El  gran  enigma. 


Señores: 

Conocida  ya  de  un  modo  suficiente  la  estructura  del  sistema  nervioso, 
tiempo  es  de  que  nos  fijemos  en  sus  funciones,  siempre  desde  el  punto  de 
vista  fisiológico.  Primero  estudiaremos  las  funciones  de  los  nervios  en 
general,  é  inmediatamente  después  las  de  los  centros.  De  cualquier  modo 
que  irritemos  un  nervio  veremos  que  se  produce  un  cambio,  las  más  de 
las  veces  un  movimiento,  á  una  de  sus  extremidades.  Las  partes  termi- 
nales de  los  nervios  y  el  efecto  que  allí  se  produce  nos  llevan  auna  divisioa 
entre  ellos.  Tenemos  nervios  que  terminan  en  un  músculo,  y  cuya  acti- 
vidad provoca  la  contracción  muscular.  Estos  se  llaman  7noiores.  Tene- 
mos nervios  que  terminan  en  las  fibras  musculares  lisas  de  los  vasos  san- 
guíneos, y  regulan  la  circulación;  los  vasos-motores.  Los  hay  que  están 
unidos  por  su  extremidad  á  una  glándula,  irritados  producen  una  secre- 
ción; son  los  nervios  secretores.  Otros  sirven  á  los  sentidos  especiales  y 
terminan  en  Ioh  centros;  cuando  son  irritados  producen  sensaciones  di- 
versas, son  los  sensitivos.  Una  última  clase  es  la  de  los  que  se  insertan 
en  visceras  importantes  como  los  pulmones  y  el  corazón,  y  excitados  de- 
terminan la  cesación  de  sus  movimientos  automáticos,  estos  nervios,  cono- 


CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS  179 

cidos  de  poco  tiempo  á  esta  parte,  se  llaman  nervios  de  suspensión  (nerfs 
d*  arréf).  Es  decir  que  los  nervios,  una  vez  irritados,  van  á  producir  uno 
ú  otro  de  estos  fines,  nna  acción,  ó  una  sensación.  Pero  estas  acciones  son 
varias,  contracción  muscular,  constricción  de  un  vaso,  secreción  de  una 
glándula,  suspensión  de  un  movimiento;  y  varías  también  las  sensa- 
ciones, porque  las  hay  de  temperatura,  de  contacto,  auditivas,  lumini' 
ca¿,  etc. 

La  primera  cuestión  que  se  propone,  por  tanto,  es  saber  si  existen  en 
las  fibras  nerviosas  caracteres  distintivos  que  las  diferencien.  Las  pe»^ 
quisas  más  diligentes  no  han  logrado  hasta  aquí  encontrar  ninguno.  Ni 
el  examen  microscópico,  ni  la  experimentación  han  logrado  revelarnos 
ni-nguna  diferencia  entre  el  nervio  óptico  y  el  nervio  pseumogástrico, 
por  ejemplo.  Todos  responden  del  mismo  modo  á  los  irritantes,  y  en  todoq 
son  idénticos  los  efectos  electromotores.  Por  otra  parle  es  un  hecho  com- 
probado, y  de  la  mayor  importancia,  que  nna  fibra  irritada  en  cualquier 
punto  de  su  extensión  trasmite  la  irritación  en  todos  sentidos;  por  más  que 
los  centrífugos  respondan  sólo  en  la  periferia,  y  los  centrípetos  en  loa 
^nglios  del  eje  cerebro  espinal.  Igualmente  es  cosa  averiguada  que  la 
irritación  ó  excitación  no  se  produce  espontáneamente  en  el  trayecto  de 
una  fibra;  hasta  el  punto  de  que  los  estímulos  externos  no  obren  directa- 
mente sobre  el  nervio,  sino  sobre  uu  aparato  celular  terminal  que  reci- 
be la  excitación  y  la  comunica  á  la  fibra.  Por  último  la  fibra  es  incapaa 
de  trasmitir  su  irritación  á  otra  fibra;  la  excitación  queda  confinada  en  la 
fibra  irritada.  ¿Qué  nos  está  diciendo  todo  esto?  Que  estamos  en  presen- 
cia de  un  mero  conductor.  Lo  que  nos  habia  sugerido  la  inspección  mor- 
fológica, nos  lo  comprueba  ahora  la  manera  de  funcionar.  Sí,  señores,  los 
nervios  no  tienen  otra  función  que  trasmitir  impresiones  ó  estímulos  de 
nn  punto  á  otro  del  organismo,  y  más  especialmente  de  una  parte  á  otra 
del  sistema  nervioso.  En  los  aparatos  terminales  hemos  de  ir  á  buscar  la 
razón  de  sus  diferencias:  el  nervio  estimula  un  mfisculo,  y  este  mfisculo 
se  contrae  y  mueve  una  palanca;  el  nervio  estimula  una  glándula,  y  se 
produce  una  secreción;  el  nervio  estimula  un  centro,  y  sesulta  una 
sensación. 

Aqui  tenemos  una  solución  bien  sencilla  y  comprensible  para  un 
problema  que  ha  preocupado  á  eminentes  fisiologistas,  y  de  importancia 
no  peqqeQa  para  el  psicólogo.  J40  que  Müller  habia  .desijsjnado  como  la 


180 


REVISTA  DE  CUBA 


energía  específica  de  los  nervios.  Sabido  es  que  este  insigne  precusor 
de  la  p.sico-fisiología  atribuía  las  diversas  sensaciones  ó  energías  es- 
peciales de  los  nervios  que  las  servian.  Los  hechos  an'otados  arriba, 
y  que  descansan  todos  en  las  más  delicadas  experiencias,  arruinan 
por  completo  esa  hipótesis.  La  explicación  que  vá  á  buscar  en  los  aparatos 
terminales  la  razón  de  la  diferencia,  debida  al  profesor  bávaro  Rosen- 
thal,  descansa  en  hechos  evidentes  en  cuanto  á  los  músculos,  -vasos  y 
glándulas,  y  en  inferencias  muy  legítimas  con  respecto  á  los  centros  gan- 
glionares.  El  psicólogo  Lewes  se  habia  aproximado  considerablemente  á 
esta  explicación.  Para  él  (das  diferentes  formas  de  sensación  son  todas 
formas  de  una  sensibilad  común,  lo  mismo  que  las  diferentes  formas  de 
movimiento  muscular  lo  son  de  una  contractilidad  común.  La  sensación 
de  sonido  es  tan  diferente  de  una  sensación  de  color  como  un  movimiento 
peristáltico  lo  es  de  un  movimiento  de  prehensión.  Cada  forma  especial 
es  la  expresión  de  un  grupo  especial  de  condiciones  orgánicas.  En  efecto, 
una  sensación  particular  requiere:  19  una  distribución  particular  de  ner- 
vios en  la  periferia;  29  un  arreglo  particular  de  los  tejidos  por  la  cual  la 
neurilidad  del  nervio  pueda  recibir  la  excitación  que  proviene  de  lo  ex- 
terior; 39  una  dist^'ibncion  particular  en  los  centros;  49  una  conexión 
particular  con  los  órganos  motores;  en  una  palabra,  la  función  6  el  uso 
de  un  órgano  sensorial  están  determinados  .por  su  estructura,  compren- 
diendo en  ella  sus  conexiones  anatómicas,  y  no  por  los  nervios  y  los 
centros  nerviosos  solamente,  y  menos  aún  por  una  de  las  dos  sustancias, 
los  nervios  y  los  centros.» 

Sin  embargo  estas  doctrinas  tan  afines  difieren  en  un  punto  de  no 
pequeña  monta.  Lewes,  así  como  reconoce  una  sola  función  en  los  filete.s 
nerviosos,  que  llama  neurilidad,  atribuye  una  sola  función  á  todos  los 
centros  ganglionares,  la  sensibilidad,  con  lo  cual  sólo  dt^ja  al  encéfalo  un 
papel  predominante,  pero  no  exclusivo,  en  los  f'^nóm^^no*?  de  sensación. 
Rosenthal  está  muy  dispuesto  á  creer  que  las  distintintas  funciones  que 
pronto  reconoceremos  en  las  células  se  desempeñan  por  células  distintas, 
y  sobre  todo  que  las  sensaciones  no  se  perciben  sino  en  el  cerebro.  No  es 
tiempo  para  nosotros  de  entrar  en  este  gran  debate,  á  la  vez  fisiológico  y 
psicológico. 

El  nervio  es  un  conductor.  Ya  conocemos  su  función.  ¿Qué  sabenios 
acerca  de  su  modo  de  funcionar?  Por  lo  méno6  una  ley  importantísima,  y 


CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS  181 

el  tiempo  que  invierte  en  trasmitir  la  impresión  recibida.  El  nervio  se 
fatiga  y  se  repone;  si  se  le  irrita  machas  veces  continuada  en  un  mismo 
lugar,  el  efecto  producido  va  disminuyendo  poco  á  poco,  hasta  que  cesa 
por  completo.  Si  entonces  se  le  deja  reposar  por  algún  tiempo,  vuelve  á 
recuperar  su  excitabilidad.  No  nos  extrañará  ahora  tanto  este  hecho  no- 
table, y  que  constituye  la  ley  á  que  he  aludido.  Si  hacemos  pasar  una 
corriente  eléctrica  por  un  nervio;  en  el  momento  de  cerrar  el  circuito,  el 
TOÍisculo  terminal  del  nervio  experimentará  una  sacudida.  Pero,  si  la  co* 

Tríente  prosigue  de  un  modo  continuo,  el  músculo  permanece  en  reposo,  y  el 
nervio  no  parece  sufrir  ningún  cambio.  En  realidad  los  sufre,  pero  lo  que 
es  el  fenómeno  de  excitación  está  sometido  á  esta  condición;  es  decir, 
segnn  la  fórmula  de  Rosenthal,  que  «todo  cambio  de  intensidad  de  una 
corriente  qne  recorre  un  nervio  puede  excitarlo,  si  el  cambio  es  bastante 
considerable  y  se  produce  con  una  rapidez  suficiente».  Fórmnla  que,  te- 
niendo ^n  f»nenta  todas  las  pruebas  conocidas  para  determinar  que  la 
trasmisión  del  estímulo  por  el  conductor  nervioso  no  se  verifica  sino 
merced  á  un  cambio  molecular,  puede  convertirse  en  esta  ley  general 
de  la  excitación  nerviosa:  La  excitación  de  los  nervios  tiene  por  causa  un 
cambio  de  estado  mol«ícular;  y  se  manifiesta  desde  que  ese  cambio  se 
prodnoe  con  una  celeridad  suficiente». 

Señores,  ;o6mo  no  recordar  aquí,  aunque  nos  anticipemos  un  tsnto, 
aquel  hercho  primordial  de  nuestra  conciencia,  la  percepción  de  una  dife- 
rencia, sin  la  cn^l  no  lleerarísmos  á  ser  nunca  conscientes?  Una  sola  sen- 
sación continuada  con  igual  intensidad  es  la  negncion  de  la  conciencia. 
Una  sola  impresión  continuada  con  igual  intensidad  es  la  negarinn  de  la 
excitación  nerviosa.  Esta  aproximación  basta  para  que  abaroupís  dp  una 
ojpada  toda  la  importancia  psicológica  de  esta  ley  fisiolócripa. 

Quédanos  todavía  un  punto  interpsante.  La  condición  de  la  trasmi- 
sión es  un  cambio  n^olpcular  ¿(\\ié  cambio  es  ese?  ;.Podrémo«  determinar 
la  forma  de  movimiento,  la  corriente  que  atraviesa  el  nervio?  Harto  di- 
fícil es,  pero  de  las  varias  hipótesis  presentadas  hasta  el  dia,  hay  una  que 
por  sus  fundamentos  experimentales  y  por  su  sencillez  merece  prefe- 
rirse. 

Antes  de  exponerla  es  preciso  reunir  las  conclusiones  á  que  ha  llega- 
do Dubois  Reymond  acerca  de  la  intervención  de  la  electricidad  comuí? 
a^  Iqs  feí^Oo^enos  nerviosos. 


182 


REVISTA  DE  CUBA 


«Los  inüsculos  y  los  nervios,  comprendiendo  el  cerebro  y  la  médula 
espinal,  están  dotados  durante  la  vida  de  un  poder  electro-motor. 

«Este  poder  obra  según  una  ley  definida  que  es  la  misma  para  los  ner- 
vios y  los  músculos,  la  ley  del  antagonismo  de  las  dos  secciones  longitu- 
dinal y  transversal.  La  superficie  longitudinal  es  positiva;  la  transvei*sal 
negativa». 

Esto  es  en  el  estado  de  reposo;  pero  «la  corriente  en  los  míisculos  du- 
rante la  contracción  y  en  los  nervios  durante  la  trasmicion  del  movi- 
miento ó  de  la  sensación,  sufre  una  variación  súbita;  pierde  considerable- 
mente de  su  intensidad». 

Ahora  bien,  la  hipótesis  fundada  en  estos  hechos  consiste  en  conside- 
rar  el  nervio  compuesto  de  partículas  nerviosas,  que  presentan  la  misma 
oposición  entre  sus  dos  secciones.  Estas  partículas  ejercen  influencia  mu- 
tua, y  se  mantienen  en  equilibrio.  Desde  el  momento  en  que  una  fuerza 
incidente  haga  mover  una  de  esas  moléculas  hay  un  cambio  en  la  polari- 
dad y  todas  han  de  sufrir  una  desviación.  De  aquí  la  propagación  del 
movimiento  en  forma  de  corriente.  Aplicando  el  principio  de  la  córrela^ 
cion  de  las  fuerzas  se  ve  que  á  esta  ondulación  ha  de  acompañar  una 
pérdida  de  la  intensidad  normal.  ToJo  esto  quedará  más  clfíro  con  la 
comparación  ideada  por  Dubois  Reymond:  «Una  aguja  magnética  suspendió 
da  á  un  hilo  se  coloca,  como  es  sabido,  según  la  dirección  magnética  de  la 
tierra,  de  modo  que  una  de  sus  extremidades  mira  al  norte  y  la  otra  al 
sur.  Imaginemos  una  serie  numerosa  de  agujas,  suspendidas  unas  al  lado 
de  otras  en  la  misma  línea  meridiana.  Cada  una  de  estas  agujas  estará 
mantenida  todavía  con  más  fuerza  en  su  posición  de  reposo  por  las  agujas 
inmediatas,  puesto  que  los  polos  ncrte  y  sur  de  las  agujas  vecinas  se 
atraen  mutuamente.  Si  queremos  mover  una  aguja  cualquiera  necesita- 
remos un  fuerza  incidente  mayor  que  si  estuviera  aislada;  pero  también 
su  moción  no  se  confinará  en  ella;  cuando  la  hayamos  hecho  oscilar  ó  gi- 
rar, las  agujas  vecinas  no  permanecerán  en  reposo;  se  desviarán  igual- 
mente, harán  desviar  á  su  vez  á  las  agujas  siguientes  y  así  de  las  demás, 
de  modo  que  la  oscilación  producida  en  una  sola  aguja  se  propagará  co- 
mo una  onda  en  toda  la  serie.» 

La  aplicación  del  ejemplo  á  la  fibra  nerviosa  es  muy  sencilla.  Así 
veremos  como  es  que  la  naturaleza  del  estimulante  nada  significa;  cual- 
quier estimulo  con  tal  de  que  venza  la  polaridad  de  las  moléculas  ner- 


COMFEBÉNOIAS  FILOSÓFICAS 


ids 


viosad,  producirá  la  corriente.  Poco  importa  que  toquemos  violentamente 
el  nervio,  que  lo  corroamos  con  un  ácido,  que  lo  galvanicemos,  ó  que  lo 
calentemos  súbitamente. 

Eato  nos  explica  también  por  que  la  corriente  nerviosa  ha  de  ser  in- 
termitente. Como  resulta  de  un  conflicto  entre  fuerzas  permanentes  y 
fuerzas  incidentales,  unas  y  otras  han  de  llevar  alternativamente  la  pri- 
macía, so  pena  de  atentar  á  la  conservación  del  órgano.  Una  excitación 
continua  llegaría  á  no  ser  sentida,  pero  aniquilaría  el  órgano  trasmisor. 
Hay  que  dar  tiempo  á  la  nutrición  y  renovación  molecular. 

Fáltanos  solo  señalar  el  tismpo  que  requiere  la  trasmisión.  Helmholtz 
por  medio  de  ingeniosísimos  aparatos  ha  determinado  que  la  trasmisión 
ya  por  un  nervio  motor,  ya  por  un  nervio  sensitivo  se  verifica  con  una 
velocidad  de  30  metros  por  segundo  en  el  hombre.  Siendo  de  notar  que 
aumenta  si  se  eleva  la  temperatura,  y  disminuye  cuando  ésta  decrece. 

Tal  es  la  función  de  la  fibra  nerviosa,  y  lo  que  de  ella  se  sabe.  Si  á 
esto  afiadimos  las  condiciones  requeridas  para  toda  función  orgánica, 
continuidad  del  tejido  nervioso,  irrigación  sanguínea  que  venga  á  repo* 
ner  las  pérdidas  sufridas,  una  presión  moderada  de  las  partes  circunve- 
cinas que  no  se  oponga  á  la  libertad  de  los  cambios  moleculares,  y  el  ca- 
lor necesario,  nos  podemos  dar  cuenta  aproximada  de  las  circunstancias 
que  acompañan  la  trasmisión  de  una  irritación,  excitación  ó  impresión  á 
través  del  filete  nervioso. 

Henos  ahora  en  presencia  de  las  célulab.  Hasta  aquí  teníamos  un  ele- 
mento que  podíamos  considerar  homogéneo,  y  donde  no  hemos  descubier- 
to sino  una  sola  función.  Pero  las  células  están  agrupadas  en  ganglios  que 
se  confederan  en  centros  de  muy  diversa  estructura,  y  presentan  más  de 
una  propiedad.  Hó  aquí  las  cuatro  que  justificadamente  les  atribuye  Ro- 
aenthal:  1?  La  excitación  puede  nacer  en  la  célula  nerviosa  espontánea- 
mente, es  decir  sin  la  intervención  de  una  causa  exterior;  2^  Las  células 
pueden  trasmitir  la  irritación  de  una  fibra  nerviosa  á  otra;  3?  Pueden 
percibir  una  excitación  trasmitida  y  transformarla  en  sensación;  4^  Son 
capaces  de  suprimir  una  excitación  existente.  A  las  cuales  parece  que 
podemos  añadir  la  renovación  espontánea,  ó  sea  por  causas  meramente 
internas,  de  la  sensación  va  recibida. 

Todo  lo  que  echábamos  de  menos  en  la  fibra  lo  encontramos  en  la  cé- 
lala; estas  son  las  que  suplen  al  aislamiento  de  las  fibras,  completan  el 


í     1   I 


184'  áEVisTA  deí  cuba 

1 

circuito,  .liiTj  impuUo  á  loa  nervios  motores,  refrenan  lo3  movimientos 
Hiitomáticos,  y  sobre  todo  en  ellas  es  donde  se  verifica  ese  cambio  mara- 
villiiso,  esa  síntesis  á  que  ninguna  química  alcanza  que  transforma  la  im- 
[•rfsiori  en  sensación  y  percepción, 

Pero,  ¿desempeñan  todas  las  célalas  todas  estas  funciones?  Cuestión 
gravísima  que  aun  no  está  resuelta.  La  corriente  hoy  predominante  en- 
tre los  fisiólogos  los  lleva  á  considerar  que  cada  función  es  servida  por 
su  célula  particular.  Esta  es  una  nueva  forma  de  locdlizacion,  mucho 
más  científica  sin  duda,  pero  que  escepto  en  muy  contados  casos,  como  el 
de  la  afasia,  dista  mucho  de  estar  confirmada  por  hechos  que  alejen  toda 
duda.  Fisiólogos  hay  que  no  contentos  con  asignar  á  unas  células  la  fun- 
ción motriz,  á  otras  la  sensitiva,  á  otras  la  refrenadora,  etc.  quieren  que 
las  células  sensitivas  se  subdividan  en  especies,  cada  una  para  su  forma 
especial  de  sensación.  Oportunamente  veremos  hasta  donde  han  llegado  á 
su  vez  los  psicólogos  en  la  via  de  las  localizaciones. 

Nosotros  nos  limitaremos  á  examinar  las  funciones  orgánicas  y  en 
cuanto  sea  posible  psíquicas  reconocidas  positivamente  en  cada  centro 
gauglionar,  y  á  indicar  las  localizaciones  propuestas.  De  este  modo  daré- 
mos  su  parte  á  la  realidad,  y  no  negaremos  la  suya  á  la  hipótesis. 

La  continuidad  del  tejido  nervioso,  tan  importante  para  la  explica- 
ción de  la  unidad  psíquica,  es  un  gravísimo^  inconveniente  para  el  fisió- 
logo, cuando  trata  de  inquirir  las  funciones  especiales  de  cada  centro 
ganglionar;  pues  para  aislarlos,  tiene  que  cortar  la  comunicación  de  los 
centros  inferiores  con  los  superiores,  y  abolir  por  consiguiente  la  concien- 
cia, de  modo  que  se  ve  precisado  á  meras  inferencias  ó  á  muy  modestas 
conclusiones.  Cuando  se  corta  de  través  la  médula  espinal,  la  sensación  y 
el  movimiento  voluptario  desaparecen  de  todas  las  partes  del  organismo 
servidas  por  nervios  cuyo  nacimiento  está  debajo  del  lugar  de  la  sección. 
De  suerte  que  aparece  de  un  modo  claro  que  la  médula  es  un  conductor, 
es  un  canal  por  donde  pasan  la  sensación  para  ir  al  encéfalo  y  el  manda- 
to voluntario  para  descender  á  la  periferia. 

Pero  esa  misma  médula,  separada  del  cerebro,  conserva  la  facnltad 
de  producir  movimientos  que  llamamos  involuntarios.  Si  aplicamos  un 
ácido  carrosivo  á  la  planta  del  pié,  la  respuesta  es  un  movimiento  más  ó 
menos  convulsivo  del  miembro.  Estos  movimientos  pueden  estar  perfec- 
tamente combinados  y  producir  un  fin;   en  muchos  animales,  en  quienes 


CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS  185 

ee  habia  practicado  la  ablación  de  los  hemisferios,  los  fenómenos  de  loco- 
moción han  continuado  produciéndose.  Ya  sabemos  que  numerosos  filetes 
nerviosos  van  á  llevar  los  estímulos  de  la  periferia  á  las  células  grises  de 
la  médula,  de  donde  parten  filetes  motores  que  trasmiten  hu  respuesta  ál 
exterior.  Aquí  no  hay  más  que  las  propiedades  generales  reconocidas  en 
los  elementos  de  la  sustancia  nerviosa;  pero  esas  células  que  combinan 
Y  re.sponden  ¿sienten  y  quieren?  Es  un  problema  insoluble  por  la  vía  de 
la  experimentación  directa.  Si  se  admiten  grados  en  la  sensación  y  la 
volición  desde  la  inconsciencia  hasta  la  conciencia  plena — y  todo  nos  lle- 
va hoy  á  admitirlos — si  no  se  pretende  alojar  un  alma  en  cada  célula, 
este  problema  tan  intrincado  puedo  aproximarse  bastante  á  su  solución. 
Hay  sensaciones  primordiales  y  rudimentarias,  hay  determinaciones  ne- 
cesarias, forma  primera  de  la  relación  forzosa  del  organismo  y  el  medio, 
sin  las  cuales  la  vida  de  relación  sería  imposible;  y  debemos  reconocer 
una  escala  aseen  lente  en  que  las  sensaciones  van  multiplioindose;  defi- 
niéndose y  coordinándose,  y  en  que  las  determinaciones  crecen  en  nume- 
ro, y  pueden  aj 'estarse  con  más  variedad  á  ellas,  formando  esa  complica^ 
díáima  red  de  percepciones  y  movimientos  corre.^pondientes  que  nos 
alumbra  la  luz  de  la  conciencia. 

De  este  modo,  y  aunque  estemos  muy  lejos  de  poder  precisar  en  qué 
grado  de  la  escala  están  las  sensaciones  y  determinaciones  de  un  centro 
inferior  dado,  reconoceremos  su  inferioridad,  v  esto  v  su  comunidad  de 
naturaleza  con  la  de  los  centros  superiores  nos  permitirá  explicarlas.  La 
médula  respon'de  lo  mismo  que  la  corteza  gris  de  los  hemisferios,  pero  la 
respuesta  de  la  médula  se  distingue  por  una  relativa  simplicidad,  y  la  de 
la  corteza  por  una  asombrosa  complejidad.  Cuando  se  nos  hable  de  juicios 
en  las  células  de  la  médula,  no  deberemos  asustarnos;  porque  en  la  mera 
distinción  puede  verse  un  juicio  rudimentario;  y  sin  distinción  no  hay 
función  psíquica  pOv^ible.  Todo  es  cuestión  de  grados.  La  acción  refleja  es 
el  primer  grado  de  la  vida  psíquica.- Los  ejemplos  que  he  presentado  son 
de  actos  reflejos.  Son  los  que  corresponden  más  directamente  al  esquema 
del  acto  psíquico  que  presenté  en  la  conferencia  anterior:  Un  estímulo, 
una  impresión,  una  respuesta  en  forma  de  movimiento.  Esta  es  la  función 
más  especialmente  asignada  á  la  médula;  sin  entrar  en  todos  los  porme- 
nores que  su  interés  exige,  y  sobre  los  cuales  volveré  en  otra  ocasión,  me 
limitaré  á  presentarla  generalización  más  importante  conocida  hasta  hoy 

24 


186  ¿EVISTA  Í)E  CUBA 

acerca  de  los  reflejos.  «Un  estímulo  moderado  provoca  un  acto  reflejo  del 
mismo  lado  del  cuerpo  en  que  se  aplicó  la  irritación.  Así  "una  irritación 
ligera  en  un  pió  sólo  provo<"ia  la  retracción  de  una  pierna:  Pero  si  la 
irritación  es  más  enérgica,  hay  irradaciotí  en  la  sustancia  gris  de  la  mé- 
dula, 7  las  contracciones  musculares  no  se  confirman  en  un  solo  grupo,  ó 
un  soló  miembro,  sino  que.se  producen  en  ambos  lados  y  en  los  cuatro 
miembros  del  cuerpo».  (Ferrier). 

Esta  ley,  experimentalmente  comprobada,  tiene  una  grande  aplicación 
en  psicología;  no  la  tiene  menos  esta  otra  generalización,  aunque  no  pue- 
de considerarse  sino  como  aproximativa;  que  el  acto  reflejo  no  se  produ- 
ce, ó  se  produce  muy  débilmente,  cuando  impresiones  simultáneas  de 
origen  distinto  obran  sobre  los  centros  nerviosos. 

Sin  embargo,  conviene  distinguir  los  actos  reflejos  intermitentes  pro- 
vocados por  el  contacto  con  lo  externo,  y  á  los  que  ae  refiere  esa  ley,  de 
otros  actos  reflejos  constantes,  conocidos  con  el  nombre  de  actos  automá- 
ticos, y  cuyo  estímulo  está  en  lo  interior  del  organismo,  mejor  dicho,  cuyo 
estímulo  es  la  serie  de  acciones  y  reacciones  orgánicas  por  las  cuales  se 
manifiesta  la  vida.  No  son  acciones  reflejas  que  pongan  en  juego  otro 
mecanismo,  no  son  distintas,  sino  que  su  estímulo  es  permanente.  De 
estos  actos  el  que  especialmente  corresponde  á  la  médula  es  la  tonicidad 
muscular;  el  cual  será  un  buen  ejemplo  de  todos  ellos.  Entiéndese  por 
tonicidad  muscular  la  propiedad  inherente  á  todo  músculo  vivo  ó  no  pa- 
ralizado de  no  aflojarse  completamente.  Esta  ajcion  de  la  médula  se  ex- 
tiende á  los  esfínteres,  y  hasta  á  los  vasos  sanguíneos,  según  Vulpian. 
Sin  que  la  periferia  deje  de  desempeñar  su  papel  en  este  acto  reflejo;  bien 
86  vé  su  dependencia  de  las  acciones  nutricias. 

Las  funciones  de  la  médula  oblongada  corresponden  á  lo  que  indica 
su  estructura.  A  mas  de  continuar  el  canal  medular,  para  conducir  im- 
presiones al  encéfalo  y  recibir  sus  respuestas,  es  un  centro  de  coordinación 
refleja  más  complicada  y  más  íntimamente  unida  á  las  funciones  vitales 
esenciales  (Ferrier).  Ocho  de  los  doce  pares  de  nervios  cranianos  están 
directamente  unidos  á  este  centro  glanglionar;  de  aquí  parten  el  nervio 
del  oido  y  el  del  gusto.  La  sensibilidad  de  la  cara,  la  faringe,  la  laringe, 
la  traquea-arteria,  los  bronquios,  el  corazón,  los  pulmones  y  el  estómago 
desaparece  si  se  corta  la  comunicación  que  ella  establece  con  el  encéfalo. 
Los  actos  reflejos  que  están  bajo  su    dependencia   son  de  los  más  impor- 


CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS  187 

tan  tes;  basteóos  mencionar  las  contracción  de  la  papila  y  el  movimiento 
de  los  párpados  bajo  la  acción  de  la  luz;  la  degluticion  y  la  succión;  los 
movimientos  musculares  del  rostro;  la  innervacion  cardiaca,  en  lo  q»e  no 
depende  de  los  ganglios  especiales  del  corazón;  la  innervacion  de  los  vasos 
sanguíneos;  tal  vez  la  coordinación  de  los  movimientos  musculares  nece^ 
sarios  para  la  articulación;  pero  sobre  todos  éstos,  la  función  respiratoria. 
Muy  sabido  es  que  Florens  ha  localizado  el  centro  coordinador  del  meca* 
nismo  respiratorio,  por  medio  de  exquisitas  experienciíis,   en  la  cima  en 
forma  de  V  del  cuarto  ventrículo,  á  que  se  dá  el  nombre  de  nudo  vital , 
y  que  corresponde  en  lo  exterior  á  la  parte  que  vulgarmente  se  llama  la 
nuca.  Véase  pues,  con  cuanta  razón  ha  podido  dejír  Ferrier  que  «la  mé- 
dula ablongada  es  el  centro  de  coordinación  de  los  actos  reflejos  esencia- 
les al  mantenimiento  de  la  vida.  Si  se  separan  todos  los  centros  que  están 
encima  de  la  médula,  la  vida  puede  continuar,  seguir  su  ritmo  acostum- 
brado  los  movimientos  respiratorios,  proseguir   palpitando  el   corazón, 
mantenerse  la  circulación;  el  animal  puede  tragar  si  se  le  introduce  el 
alimento  en  la  boca,  puede  reaccionar  contra  las  impresiones  que  hieran 
sus  nervios,  retirar  sus  miembros,  saltar  torpemente  si  se  le  punza,  y  has- 
ta gritar  como  si  sufriera;  y  sin   embargo   no   será  sino  un  mecanismo 
reflejo». 

El  mesencéfalo  y  los  otros  pequeüos  centros  grises  del  encéfalo,  como 
prolongación  que  son  de  la  médula,  continúan  trasmitiendo  y  recibiendo 
impresiones  centrípetas  y  centrífugas.  Tienen  además  sus  funciones  refle- 
jas poderosas;  convinien'lo  aquí  hacer  una  advertencia  importante.  Mo- 
vimientos idénticos  pueden  estar  diferentemente  representados  en  los  di- 
ferentes centrOvS;  en  el  inferior  los  encontraremos  con  su  sencillez  inicial 
y  esencial;  en  el  superior  en  una  fase  más  adelantada  de  complicación 
y  subordinación.  Así  el  mesencéfalo  interviene  en  los  movimientos  del 
iris,  en  los  de  la  expresión  de  la  fisonomía  y  en  el  mecanismo  del  grito; 
algunos  de  cuyos  actos  dependen  también  de  le  médula  oblongada;  pero 
su  función  capital  es  comportarse  como  centro  coordinador  de  loa  movi- 
mientos locomotores,  así  como  del  mecanismo  del  equilibrio;  función  esta 
última  que  se  halla  representada  y  complicada  en  el  cerebelo.  Las  fun- 
ciones de  los  tálamos  ópticos  y  cuerpos  estriados  son  hoy  materia  de  gran 
controversia  entre  los  fisiólogos»  El  predominar  en  los  primeros  las  fibras 
sensitivas  y  en  los  segundos  las  l^otrices  ha  sido  parte  á  que  se  atribuya 


188 


REVISTA.  DE  CUBA 


Á  los  tálamos  la  receptividad  de  todas  las  sensaciones,  y  á  los  cuerpos 
estriados  el  impulso  de  todas  las  voliciones.  Pero  aquí  todo  es  conjetural. 
Teniendo  en  cuenta  su  evolución  morfológica  en  la  serie  animal,  lo  ex- 
presado há  poco  de  que  un  mismo  movimiento  puede  provenir  de  dos 
centros,  y  el  hecho  de  conciencia  innegable  de  que  multitud  de  actos  que 
empiezan  por  ser  conscientes  pasan  de  un  modo  gradual  á  ser  inconscien- 
tes, sin  perder  su  regularidad  y  ajuste,  no  me  parece  anticientífica  la 
opinión  de  Ferrier,  que  loa  considera  centros  automáticos  de  la  sensación 
y  la  impresión  motriz.  Es  decir,  que  ellos  pueden  bastar  para  muchos  é 
importantes  actos  psíquicos,  sin  intervención  de  la  conciencia.  Cuando 
un  pianista  continua  tocando  un  aire  á  que  está  habituado,  dejando  co-. 
rrer  su  pensamiento  por  espacios  remotos  é  imaginarios,  esta  explicación 
supone  que  las  seni^aciones  auditivas  y  de  contacto  llegín  sólo  á  los  tála- 
mos,-y  que  en  los  cuerpos  estriados  se  verifica  la  combinación,  de  fisa 
delicada  serie  de  contracciones  musculares  que  dan  por  resultado  el  jue- 
go de  los  ded'>a  en  el  teclado,  la  ejecución  de  la  pieza. 

Llegamos  va  íí  los  heraisf'^rios,  asiento  de  la  ideación  v  la  voluntad. 
Al  contemplar  esta  masa  globulosa  tan  llena  de  anfractuosidades,  surca- 
da por  hendi^lnras  varias,  de  peso  de  dos  á  tres  libras,  erris  por  una  parte, 
blanquecina  por  otras,  he  sentido  siempre  el  mavor  movimiento  de 
asombro  de  qu<^  me  creo  capaz.  El  sjran  enigma  de  la  psinolo^ía  me  ha 
parecido  que  surgía  ante  raí,  y  la  vanidad  de  toflas  las  soluciones  se  ha 
presentado  con  luz  vivísima  ante  mis  ojos.  La  fisiología  no  me  descubre 
en  este  ^ran  centro  ni  otros  tejidos,  ni  otros  elementos,  ni  otras  corrien- 
tes, ni  otras  fnnciones  que  las  ya  conocidas;  diferencias  de  estructura  de 
escasa  consideración  es  todo  lo  que  pone  de  relieve  la  inspección  más 
atenta;  y  sin  embarco  el  mundo  marovilloso  déla  intelip^encia,  y  la  fanta- 
sía, las  erran r|pzas  v  miserias  del  sentimiento,  los  heroísmos  v  postraciones 
de  la  voluntad:  cuanto  es  el  hombre,  cuanto  dignifica  y  empequeñece  la 
humanidad,  todo  está  aquí. 

La  ideación,  la  volición,  ¡qué  palabras  tan  cortas!  ¡qué  signifi- 
cado tan  inmenso!  Por  esto,  señores,  acaban  siempre  por  parecerme  li- 
mitadas cuando  no  mezquinas  las  tentativas  de  localizacion  en  los  hemis- 
ferios, cuando  no  se  refieren  á  meras  sensaciones  6  trasmisiones;  y  puesto 
que  toda  fisiología  seria  se  abstiene  aún  de  pronuncia!*  su  última  palabra 
•fl  tan  dcl^atidA  outution,  imlttttOK  »ottdro«  lu  f«f«rVM  Virdtd«fAffitflt# 


CONFERENCIAS  FILOSQFICAS  ISd 

científica.  Ferrier  reconoce  que  las  ideas  no  tienen  un  sitio  circunscrito 
en  el  cerebro;  y.  si  bien  asigna  álos  lóbulos  frontales  un  papel  moderador, 
haciendo  irradiar  de  ellos  la  refleccion  y  la  atención,  ésta  no  es  más  que 
una  bella  hipótesis,  á  que  el  porvenir  dará  su  verdadero  valor. 

Bástenos  á  nosotros,  que  sólo  buscábamos  una  base  ñsica  para  nues- 
tras disqnisiciones  psicológicas,  saber,  como  sabemos  ya,  que  todo  el  or- 
ganismo es  el  concomitante  ñsico  del  espíritu;  pero  que  así  como  el 
sistema  nervioso  és  el  gran  regulador  y  el  eje  central  del  organismo,  asi 
es  aquel  que  en  cierto  modo  monopoliza  las  funciones  psíquicas;  dando 
las  rudimentarias,  las  primordiales  á  toda  la  sustancia,  en  sus  dos  formas, 
j  concentrando,  las  funciones, á  medida  que  se  hacen  más  complejas,  más 
extensas  y  más  coordinadas,  en  centros  progresivamente  superiores;  desde 
la  médula  mero  centro  excito-motriz,  hasta  los  hemisferios  donde  se  veri- 
fica la  síntesis  total  orgánica  y  psíquica,  que  da  por  resultado  la  unida4 
4el  yo,  la  conciencia. 

JCNBiqUI!  JOSÉ  VARONAr 
iConíinu^rá.) 


-♦' 


MISCELÁNEA. 


OBRA  INÉDITA, 

Con  verdadera  satisfacción  anunciamos  á  nuestros  lectores,  que  en 
uno  de  los  próximos  nümeros  de  la  Revista  de  Cuba  comenz^ará  á 
publicarse  la  obra  inédita  del  sabio  cubano  D.  José  Antonio  Saco,  cuyo 
título  es  la  Esclavitud  de  los  indios.      • 

E'íta  obra  la  dejó  completa  y  corregida  su  ilustre  autor. 

LA  BIBUOTECA  DE  STRASBURGO. 

Trátase  de  construir  una  nueva  biblioteca  en  Sirasburgo,  por  haber- 
se destinado  á-otro  objeto  el  local  que  actualmente  ocupa.  El  gobierno  de 
Alsacia-Lorena  ha  encargado  al  bibliotecario  en  jefe  y  á  otra  persona, 
que  visiten  las  bibliotecas  de  Europa  más  renombradas  por  su  instalación 
interior,  para  escojer  el  modelo  más  digno  de  imitación.  Sa  ha  reconoci- 
do que  la  biblioteca  nacional  de  París  es  la  mejor  instalada  y  organizada, 
por  cuya  razón  los  planos  se  han  levantado  conforme  á  ella. 

OBRA  NOTABLE. 

Será  sin  duda  la  que,  coleccionando  sus  artículos  cientifícos,  piensa 
publicar  el  eminente  profesor  Helmholtz,  autor  de  El  Sonido  y  li  Músi- 
Cuy  de  los  Principios  científicos  de  las  bellas  arles  y  otros  trabajos  jmpor* 
tantei. 


MISCELANfiÁ  Í9Í 

FACULTAD  DE  CIEHCIAS  DE  PARÍS. 

El  viernes  22  de  Julio,  A  las  ,2,  M.  Vasaeur  ha  sostenido,  para  obtener 
él  grado  de  doctor  en  ciencias  naturales,  la  siguiente  tesis:  «Investigacio- 
nes experimentales  sobre  los  terrenos  terciarios  de  la  Francia  occidental.!» 
— El  sábado  23  de  Julio,  M.  Moniez  ha  sostenido,  para  obtener  el  grado 
de  doctor  en  ciencias  naturales,  la  siguiente  tesis:  «Memoria  sobre  los 
Gestóides.» 

GARLO  MAGRO  EN  "US  MIL  T  UNA  ROCHES". 

Todo  el  mundo  conoce  la  historia  de  la  hija  de  Cario  Magno,  llevan- 
do á  su  amante  sobre  la  espalda  durante  una  noche  de  nieve.  Según  un 
artículo  publicado  en  el  Diario  de  la  Sociedad  Oriental  Alemana^  la  \ey en- 
da  de  Emma  y  de  Egiahard  hubo  de  extenderse  hasta  Oriente  y  se  la 
encontrará  desfigurada,  pero  muy  conocible,  en  un  cuento  de  JJas  mil  y 
uña  noches  que  no  mencionan  la  mayor  parte  de  los  traductores.  Este 
cuento  se  titula  Noureddin  y  la  joven  del  cintuy^on.  Tiene  por  heroina  una 
princesa  María,  hija  del  rey  de  los  Francos,  muy  sabia  y  con  soberbia  le- 
tra; dotada,  además,  de  una  energía  viril  y  de  extraordinaria  fuerza  ñsica. 
La  princesa  María,  en  busca  de  aventuras  sorprendentes,  so  enamora  de 
un  cumplido  joven  musulmán,  no  muy  bravo,  llamado  Noureddin.  Le  sal- 
va la  vida  con  su  vigor  y,  después  de  complicaciones  que  hacen  tirantes 
las  relaciones  de  Carlo-Magno  con  Harón n-Al-Raschid,  los  dos  amantes 
viven  tranquilos  y  dichosos  en  Bagdad. 

REVISTA  VILUCLARESA. 

Con  este  titulo  ha  empezado,  hace  poco  tiempo,  á  publicarse  en  San- 
ta Clara  nn  semanario  de  ciencias,  literatura,  artes  y  modas,  bajo  la  di- 
rección del  señor  don  Ángel  Luzon  de  las  Cuevas.  Colaboran  en  este  pe- 
riódico los  aeñores  siguientes: 

Anido,  Joaquin;  Arbouch,  Guillermo;  Arencibia,  Francisco;  Aroza- 
rena,  Luis;  Boluda,  Emeterio;  Barnet,  Enrique;  Doporto,  Manuel;  Fley- 
tes,  Miguel;  Qarcía  Garófalo,  Ricardo;  García  Garófalo,  Francisco;  García 
Garófalo,  Manuel;  Gutiérrez,  Manuel;  Gutiérrez  Miguel;  Ledon,  Arturo; 
Ledon,  Manuel  Felipe;  Martinez  López,  Rafael;  Montero,  Arturo;  Mon- 


I9á  ílÉVlSfA  DE  CUBA 

teriegro,  Evaristo;  Pichardo,  Manuel  Serafio;  Rosales,  Antonio;  Ramirez 
de  Arellano,  Raa&on;  Silva,  Rafael  J;  Suri,  Manuel  Lino;  Toymil,  Fran- 
^Taoo■,  Vaidés  Sotoca,  Emilio;  Valdés,  José  Manuel;  Valdós,  Juan  N.;  Vi- 
'   uretn.  Antonio. 

La  Revista  de  Cuba  felicita  Á  los  entusiastas  jóvenes  villaclareños, 
por  haber  acometido  una  empresa,  tanto  más  honrosa,  cuanto  menos  lu- 
crativa y  más  conveniente  á  la  difusión  de  las  grandes  conquistas  que  ha 
llevado  ia  ciencia  á  cabo  en  nuestro  siglo. 

liOIIULO. 

M.  Mommsen,  el  eminente  autor  de  la  Historia  cíe  Boma,  acaba  de 
publicar  un  trabajo  en  el  Sermés^  asentando  que  el  hermano  de  Rómu- 
lo  no  ha  existido  jamás.  El  conocido  profesor  estudia  los  orígenes  de  la 
leyenda  de  Rómulo,  sigue  sus  desenvolvimientos  y  concluye  por  fíjar  la 
época  en  que  empezó  á  tomar  curso  la  fábula  de  los  dos  gemelos  y  las 
ideas  bajo  cuya  influencia  nació. 

REVISTA  POUnCA  Y  UTCRARIA  DE  U  FRANCIA  Y  DEL  EXTRANJERO. 

El  numero  de  esta  interesante  Revista,  correspondiente  al  16  de  Ja- 
lio  de  1831,  trae  el  siguiente  sumario: 

— Los  disturbios  de  Marsella  y  la  colonia  de  italianos  en  Francia, 
por  M.  Anatole  Leroy-Beaulieu. 

• 

— Estudios  nuevos  sobre  Bossnet. — Los  sermones,  por  M.  F.  Bruñe* 
tiére. 

— Sabine  Catalán^  Romance,  continuación,  por  M.  Henri  Liesse. 

—  El  discurso  en  el  Senado. — Los  deberes  para  con  Dios,  por  M. 
Arístide  Astrue. 

— OaiLserie  literaria. — Paul  de  Sant-Victor. — Una  cuestión  de  pro- 
nunciación.— M.  Jules  Clare tie:  El  Señor  Minhtro, — M.  EJgard  Mon- 
tiel:  Comeboia. — Henry  Gréville:  Los  grados  de  la  escala.— ^L  Oeorges 
Clerc:  Mi/aUr*gfi£ra. — ^M.  Alexandre  Huró:  El  Principe  imperial, 

— Notas  é  impresiones,  por  Fierre  et  Jean. 

— Buletin. 

''  '  *    ■         ...  '  ■       '   ■  a 

Habana  31  de  Agosto  de  1881. 

Director  propietario:  Da.  Jós&  Antonio  Cortina. 


i*>aá^_^iÉBÉkí;ááaM^SBiMMI^M^(^^MbM^^^ai 


i^ 


CONRADO  WALLENROD.  (i) 


pkoLOOd. 

En  un  notable  artículo  de  Jorge  Sand  sobre  el  l)rama  faníáatico,  pu- 
blicado en  la  Remie  des  deux  Mondes  hace  algunos  años,  leí  por  vez  pri- 
mera el  nombre  de  Adán  Mickiewioz.  Establecíase  un  paralelo  entre  el 
Fausto  de  Goethe,  el  Manfredo  de  Byron,  y  Los  Antepasados  (Dziady) 
del  poeta  polaco;  y  los  trozos  de  la  producción  últimamente  nombrada 
que  la  ilustre  escritora  citaba  en  su  trabajo  crítico,  de  tal  manera  llama- 
ron mi  atención,  y  despertaron  mi  curiosidad  en  grado  tal,  que  no  des- 
cansé hasta  que  me  hube  proporcionado  las  Obras  poéticas  de  Miclrie- 
wicz,  que  leí  en  la  traducción  que  en  prosa  francesa  hizo  su  amigo  y  com- 
patriota Cristiano  Ostrowski.  (2) 

Mediante  esta  lectura  vine  en  conocimiento  de  los  escritos  de  uno  de 


(1)  Este  artículo,  debido  á  la  fócil  y  correcta  pluma  de  nuestro  amigo  y  colabo- 

Tador  Francisco  Sellen,  servirá  de  prólogo  &  la  magnífica  traducción  del  poema  polaco 

de  Adán  Mickiewioz,  hecha  por  -el  conocido  poeta  Antonio  Sellen,  la  que  pronto 

verá  la  luz  pública. 

N.  de  la  Revista  de  Cuba. 

(2)  Oeuvres  poétiques  completes  de  Adán  Mickiewicz,  traduction  du  polonais  par 
Christien  Ostrowski.  Paris,  1859. 

26 


I  %       w  -  ' 

194  KEVISTA  DE  CUBA 

los  más  egregios  poetas  de  este  siglo,  y  vislumbró  la  existencia  de  una  li- 
teratura  de  que,  sea  dicho  de  paso'',  no  tenia  muchas  noticias.  Y  aunque 
mi  ignorancia  de  la  lengua  polaca  me  ha  impedido,  y  desgraciadamente 
me  impide  aún,  leer  las  obras  de  su  rica  literatura  en  su  materno  idioma, 
sin  embargo,  gracias  á  las  versiones  que  de  sus  producciones  más  nota- 
bles se  han  hecho  al  alemán,  francés  é  inglés,  he  podido  formarme  una 
idea  de  su  bondad  y  riq\ieza. 

Sabido  es  que  en  casi  todas  las  literaturas  europeas  se  llevó  á  cabo  á 
principios  de  este  siglo  una  revolución  completa:  sacudióse  el  yugo  de  la 
imitación  de  los  modelos  franceses  que,  excepto  en  Alemania  é  Inglaterra, 
imperaban  donde  quiera:  la  escuela  seudo-clásica  se  hundió  con  todo  su 
oropel  y  falsas  galas;  á  las  formas  antiguas  y  gastadas  se  sustituyeron 
otras  más  variadas,  más  amplias;  hubo  una  inspiración  más  libre  y  espon- 
tánea: Iqs  sentimientos  é  ideas  de  pura  convención  fueron  reemplazados 
por  otros  más  naturales,  más  verdaderos,  y  más  en  armonía  con  las  aspi- 
raciones  y  necesidades  de  la  época  actual:  en  una  palabra,  el  arte  asumió 
un  carácter  más  nacional,  y  más  moderno.  Empezó  esta  reforma  en  Polo- 
nia cuando  su  funesto  desmembramiento  puso  fin  á  su  nacionalidad:  al 
dejar  de  tener  patria,  despertóse  en  el  pueblo  polaco  un  vehementísimo 
amor  á  la  madre  común:  el  nombre  sagrado  de  Patria,  siempre  caro  á 
sus  ojos,  se  encarnó  en  su  corazón  y  adquirió  nueva  y  vigorosa  vida.  En- 
tonces se  la  amó  con  más  intensidad,  se  concentró  todo  en  ella,  y  se  so- 
brepuso ese  ardiente  y  apasionado  amor  á  todo  otro  sentimiento.  Se  es- 
tudiaron la  historia  y  tradiciones  nacionales;  se  revivieron  olvidadas 
leyendas;  se  prestó  atento  oido  á  la  poesía  popular,  á  las  antiguas  cancio- 
nes, hasta  entonces  desdeñadas;  se  remontó  á  los  orígenes  del  idioma  pa- 
trio; el  pasado  glorioso  de  Polonia  se  estudió  en  todos  sentidos:  en  ese 
estudio  se  templó  y  h^lló  consuelo  y  alimentó  esperanzas  el  alma  de  ese 
pueblo  infortunado,  y  la  literatura  polaca  asumió  el  carácter  profunda- 
mente nacional  y  patriótico  que  constituye  uno  de  sus  distintivos  espe- 
ciales. 

Fueron  los  precursores  de  esta  reforma  literaria  F.  Karpinski,  en  cu- 
yos cantos  empezó  á  vibrar  la  cuerda  nacional;  J.  P.  Woronicz,  cuyo 
poema  épico  Sibila  es  una  pintura  de  las  principales  épocas  de  la  historia 
de  Polonia;  y  más  que  los  dos  anteriores,  Julio  Ursino  Niemcewicz,  com- 
pañero de  armas  de  Kosciuszko  y  autor  de  los   Cantos  histéricos  ck  los 


CONRADO  WALLENBOD 


195 


póteteos  que  respiran  profundo  sentimiento  nacional,  asi  como  su  drama 
Casimiro  el  Grande  y  la  novela  Jium  de  Tenczyn, 

Pero  estaba  reservado  á  Adán  Mickiewicz  dar  feliz  cima  á  esa  refor- 
ma literaria,  y^ser  el  fundador  de  la  moderna  poesía  polaca.  Secundáron- 
le en  sus  esfuerzos  K.  Brodzinski,  notable  critico  al  par  que  distinguido 
poeta  lírico;  A.  C.  Odyniec  y  J.  Korsak,  que  enriquecieron  la  literatura 
patria  con  excelentes  traducciones  de  los  grandes  poetas  extranjeros  cu* 
jas  tendencias  eran  idénticas  á  las  de  la  reforma  que  se  trataba  de  llevar 
á  cabo  en  Polonia.  Mickiewicz  fué  reconocido  desde  el  principio  como 
jefe  de  la  nueva  escuela  de  poesía,  que  en  la  historia  de  la  literatura  po- 
laca se  conoce  con  el  epíteto  de  Lituaniense.  Debe  este  nombre  á  haber 
partido  de  Vilna,-en  Lituania,  el  impulso  que  dio  origen  á  su  existencia, 
y  á  la  circunstancia  de  haberse  publicado  allí  en  1822  la  primera  colec- 
ción de  Baladas  y  Leyendas  de  Mickiewicz,  precedidas  de  un  extenso 
prólogo  en  que  su  autor  exponía  los  principios  de  la  nueva  escuela. 

Enlazada  á  la  Lituaniense,  basada  en  los  mismos  principios,  y  anima- 
da del  mismo  patriotismo  y  sentimiento  nacional,  brilla  la  escuela  Ukra- 
niense,  asi  titulada  por  inspirarse  principalmente  en  la  naturaleza,  his- 
toria, tradiciones,  usos  y  costumbres  de  la  ükrania.  En  primera  línea, 
y  como  su  representante  más  notable,  descuella  José  Bogdan  Zaleski  cu- 
yo poema  El  genio  de  las  eslepas  le  ha  proporcionado  un  puesto  envidia- 
ble en  la  literatura  patria;  Antonio  Malczewski  (1792-1826)  autor  del 
hermoso  poema  María,  pintura  viva  y  animada  de  las  extensas  estepas 
de  la  Ükrania,  y  cuya  heroína  es  el  verdadero  ideal  de  una  dama  polaca; 
y  S.  Gosczynski  (1803-76),  cuyo  sombrío  poema  El  Castillo  de  Kraniow, 
en  que  se  describe  con  vigoroso  estilo  la  última  y  sangrienta  lucha  de 
los  cosacos  con  los  polacos,  ha  dado  justa  celebridad  al  nombre  de  su 
autor. 

Además  de  los  mencionados  escritores,  brillan  en  el  cielo  de  la 
poesía  contemporánea  de  Polonia  tres  astros  esplendentes:  Julio  Slo' 
wacki  (1809-1849),  considerado  por  muchos  como  el  rival  de  Mickie- 
wicz, dotado  de  riquísima  fantasía  y  extraordinaria  fecundidad,  y  autor 
de  numerosos  dramas  y  tragedias  entre  las  que  sobresalen  Mario,  Es- 
tuardo,  Balladina,  Mazeppa,  Lilla  Veneda  y  Kordian\  autor  también 
del  poema  Bejiiowslci,  que  por  la  forma  nos  recuerda  el  Don  Juan  de 
Byron,  y  por  el  espíritu  las  creaciones  dej  Ariosto,  y  de   multitud  de 


J 


196  BEVISTA  DE  CUBA 

poesías  llenas  de  arranque  7  vigor  que  asignan  á  Slowacki  un  puesto 
notable  entre  los  grandes  líricos  modernos.  (1)  Esteban  Garczjnski  es 
otro  de  los  insignes  poetas  á  que%e  ha  aludido  anteriormente:  su  poe- 
ma filosófico  Loa  hechos  de  Warlaw  nos  trae  á  la  memoria  el  Fausto 
y  el  Manfredo\  pero  el  carácter  del  héroe  del  poema  polaco  es  más  in- 
maculado que  el  de  los  protagonistas  de  sus  modelos,  y  el  final  de  la  obra 
de  Garczynski  es  una  de  las  situaciones  más  hermosas  que  pueda  presen- 
tar la  poesía  moderna.  (2)  El  tercero  de  los  ilustres  poetas  de  que  me 
falta  hacer  mención  es  el  Conde  Segismundo  Krasinski  (1812-59)  cono- 
cido mucho  tiempo  bajo  el  seudónimo  del  Poeta  anónimo  de  Polonia,  7 
autor  de  los  notables  poemas  dramáticos  La  comedia  injernal  é  Jri- 
dion,  que  han  sido  traducidos  á  la  mayor  parte  de  los  idiomas  europeos. 
En  todos  estos  poetas  un  ardiente  6  inextinguible  amor  á  la  patria  forma 
la  base  de  su  inspiración,  unido  á  un  profundo  sentimiento  religioso  que 
en  algunos  llega  hasta  el  misticismo,  7  en  otros  á  un  catolicismo  que  pu- 
diera llamarse  ultramontano.  Pocos  son  los  que  han  logrado  sacudir  por 
completo  el  yugo  clerical,  rompiendo  con  Roma  y  enarbolando  la  bandera 
de  los  libres  pensadores,  y  entre  estos  es  preciso  nombrar  á  Slowacki. 

Pero  si  en  todos  los  poetas  polacos  vibra  la  cuerda  del  patriotismo,  en 
ninguno  con  tanto  vigor  ni  tan  íntima  é  intensamente  como  en  Mickie- 
wicz.  Nacido  en  1798  en  Nowogodrek,  Lituania,  de  padres  pobres,  hizo 
sus  primeros  estudios  en  el  lugar  de  su  nacimiento,  y  luego  en  el  colegio 
de  Minsk.  En  1815  entró  en  la  Universidad  de  Wilna,  donde  adquirió 
extensos  conocimientos  en  historia,  literatura  y  ciencias  naturales,  y  se 
familiarizó  con  los  idiomas  clásicos  y  la  mayor  parte  de  los  modernos.  Un 
amor  desgraciado  despertó  su  talento  poético:  el  objeto  de  esta  pj^ion  no 
correspondida  fué  la  hermana  de  uno  de  sus  compañeros  de  estudios.  Al 
salir  de  Vilna  fué  nombrado  profesor  de  literatura  clásica  en  Kowno,  y 
por  esa  época,  1822,  dio  á  la  estampa  la  colección  de  poesías  á  que  se  ha 
aludido  anteriormente.  Vio  la  luz  en  Wilna,  y  consta  de  dos  pequeños 
volúmenes  que  contienen  el  poema  Graiyna^  parte  del  poema  dramático 


(1)  Las  obras  completas  de  J.  Slowacki  han  sido  traducidas  recientemente  al 
francés  por  W.  Gasztowtt,  autor  de  un  excelente  Estudio  literario  y  biográfico  de  di- 
cho poeta. 

(2)  Scherr,  AUgemeine  Oeachiehte  der  LiUratur. 


r~ 


CONRADO  WALLENBOD  197 

Los  Antepasados,  y  diversas  poesías  líricas,  baladas,  leyendas,  &.  El  nom- 
bre del  autor  se  hizo  al  momento  célebre  y  popular  entre  sus  compa- 
triotas. • 

En  1823  fué  reducido  á  prisión  por  el  gobierno  ruso,  por  sospechas 
de  complicidad  en  una  de  las  sociedades  secretas  que  tenian  su  asiento 
principal  en  la  Universidad  de  Wilna.  Un  año  permaneció  encerrado  en 
el  Convento  de  San  Basilio  de  dicha  ciudad,  convertido  en  prisión  de  Es- 
tado, y  donde  más  tarde  hizo  pasar  la  escena  de  su  poema  dramático  Los 
Antepasados,  y  en  1824  fué  condenado  á  destierro  perpetuo  al  interior  de 
Rusia.  En  San  Petersburgo,  donde  se  le  permitió  residir  al  principio,  co- 
noció al  gran  poeta  ruso  Puschkin:  de  allí  se  le  envió  á  Odesa,  y  luego  á 
la  Crimea,  lo  que  dio  origen  á  sus  celebrados  Sonetos  de  Ctiinea,  los  pri- 
meros  escritos  en  lengua  polaca.  En  1828  se  le  permitió  regresar  á  San 
Petersburgo,  y  publicó  el  poema  Conrado  Wallenrod  que  alcanzó  un  éxi» 
to  inmenso  é  instantáneo. 

Obtuvo  en  1829  permiso  para  viajar  en  países  extranjeros:  pasó  por 
Alemania:  visitó  á  Goethe,  que  estimaba  en  mucho  sus  talentos,  y  partió 
para  Soma  donde  recibió  la  noticia  de  la  insurrección  que  comenzó  una 
partida  de  estudiantes  que  cantaban  en  las  calles  de  Varsovia  los  últimos 
versos  de  su  famosa  Oda  á  la  juventud.  Inmediatamente  se  puso  Mickie- 
wicz  en  camino  de  la  patria  para  tomar  parte  en  la  sagrada  lucha;  pero 
al  llegar  á  Posen,  ya  el  movimiento  patriótico  habia  sido  sofocado  á  san- 
gre y  fuego.  Se  retiró  á  Dresde,  y  allí  escribió  otra  parte  de  Los  Antepa- 
sados, que  publicó  en  Paris  en  1832.  Fijó  su  residencia  en  esta  ciudad;  y 
dio  á  la  prensa  en  1834  el  poema  titulado  Tadeo  Sopliiza. 

Aceptó  en  1839  la  cátedra  de  Literatura  clásica  en  Lausanne,  y  en 
1840  se  hizo  cargo  de  la  de  lenguas  y  literatura  eslavas  del  Colegio  de 
Francia,  en  Paris.  Sus  primeras  conferencias  obtuvieron  gran  éxito;  pero 
desde  1841  empezó  Mickiewicz  á  manifestar  cierta  inclinación  á  las  doc- 
trinas de  un  polaco  fanático  llamado  Towianski,  que  pretendía  ser  el  Me- 
sías de  una  nueva  religión.  El  gobierno  francés  se  vio  precisado  á  inter- 
venir; ordenó  á  Towianski  que  saliese  de  Paris,  y  puso  fin  á  las  conferen- 
cias de  Mickiewicz.  Este,  desentendiéndose  de  las  literaturas  eslavas,  se 
habia  convertido  en  apóstol  de  los  sueños  y  fantasías  de  Towianski.  En 
1851  fué  nombrado  sub-bibliotecario  de  la  Biblioteca  del  Arsenal,  en  Pa- 
ris; y  en  1855,  cuando  estalló  la  guerra  entre  Rusia  y  los   Aliados,  fué 


198  REVISTA  DE  CUBA 

enviado  por  el  Gobierno  francés  con  una  comisión  secreta  á  Constaa- 
tinopla,  donde  murió  en  26  de  Noviembre  de  1856.  Sus  restos  fueroa 
trasladados  á  Paris,  y  se  les  dio  sepultura  en  el  Cementerio  de  Montmar- 
tre.  Allí  descansan  los  despojos  mortales  del  gran  poeta  nacional  de  Po- 
lonia, desterrado  á  la  edad  de  26  años  de  la  patria  cuyo  suelo  nunca  mis 
habia  de  pisar! 

Muchos  años  hacia  ya,  sin  embargo,  que  Mickiewicz  puede  decirse 
habia  muerto  para  las  letras:  las  doctrinas  misticae  de  Towianski  ejercie- 
ron en  el  poeta  polaco  una  influencia  funesta,  y  durante  los  quince  últi- 
mos años  de  su  vida  ni  un  sólo  canto  brotó  de  su  lira.  Sus  obras  poéticas 
no  son  numerosas:  Orazyna^  Conrado  Wallenrodj  Los  Antepasados^  Ta- 
deo  ¡Soplilza  y  Poesías  varias. 

El  poema  Orazyna  pasa  por  su  obra  maestra  en  punto  á>  estilo,  que 
algunos  críticos  califican  de  escultural.  Su  asunto  está  tomado  de  las  an- 
tiguas crónicas  lituanienses.  Grazyna,  la  heroína  del  poema,  era  la  esposa 
de  un  Duque  de  Lituania,  quien,  para  vengarse  de  ciertas  ofensab  recibi- 
das de  sus  compatriotas,  se  habia  ligado  con  los  caballeros  teutónicos, 
eternos  enemigos  de  su  patria.  Sabedora  de  ello  áu  esposa,  y  antes  de  que 
se  consumase  la  traición,  envió  un  cartel  de  desafio  á  los  alemanes;  y 
disfrazada  de  hombre  con  la  armadura  de  su  marido,  conduce  á  la  pelea 
á  los  soldados  de  éste,  y  derrota  al  enemigo.  Cuéstale  la  vida  la  victoria: 
pero  su  sacrificio  no  es  estéril,  puesto  que  su  marido  entró  de  nuevo  en 
la  senda  del  deber,  y  evitó  las  calamidades  que  su  traición  hubiera  atraí- 
do sobre  la  patria. 

Conrado  Wallenrod  descansa,  como  Grazyna,  en  tradiciones  de  la 
Edad  Media,  y  se  refiere  á  la  época  en  que  la  Orden  Teutónica  estaba  en 
guerra  perpetua  con  los  moradores  de  Lituania.  Es  la  historia  de  un  hé- 
roe lituaniense  del  siglo  xiv  que,  habiendo  caido  prisionero  de  la  referi- 
da Orden,  logró  ganarse  la  confianza  de  los  caballeros  que  le  creían  cru- 
zado y  de  origen  teutónico,  y  llegó  á  ser  Gran  Maestre.  Imperaba  á  la 
sazón  el  paganismo  en  la  Lituania;  y  en  una  cruzada  contra  ésta,  condu- 
jo á  los  ejércitos  de  la  Orden.  Pero  en  vez  de  aprovechar  las  oportunida- 
des que  se  le  presentan  para  acabar  con  el  enemigo,  se  entrega  á  la  inac- 
ción más  completa,  y  deja  que  sus  soldados  perezcan  lentamente,  em- 
pleando todo  el  poder  que  le  confiere  su  alto  puesto  en  vengarse  de  loa 
enemigos  irreconciliables  de  su  patria,  mediante  la   destrucción  de  las 


CONRADO  WALLENROD 


Í99 


fuerzas  de  la  Orden.  Obtenido  este  fin,  se  entrega  en  manos  de  los  caba- 
lleros qne  castigan  su  traición  con  la  muerte. 

Esta  producción,  cuyo  mérito  poético  es  muy  grande,  causó  extraor- 
dinaria sensación  entre  los  polacos  que  la  consideran  su  epopeya  nacio- 
nal. Inmediatamente  después  de  su  aparición  se  publicaron  dos  traduc- 
ciones en  ruso,  y  ha  sido  vertida  varias  veces  al  alemán,  asi  como  al 
francés,  inglés  y  otros  idiomas  europeos. 

Bellísimo  es  sobre  todo  el  canto  del  Vaydelota,  ó  bardo  lituaniense, 
en  la  sección  IV  del  poema:  está  lleno  de  vida,  de  colorido,  de  anima- 
ción, de  recuerdos  nacionales  que  deben  hacer  palpitar  violentamente  el 
corazón  de  todo  polaco.  De  él  trascribimos  los  siguientes  versos  que  son 
como  la  nota  fundamental,  la  síntesis  de   toda  la  poesía  <le  Mickiewicz: 

«¡vSi  el  fuego  que  devora  el  alma  mia 
Trasmitir  yo  pudiera  al  seno  helado 
De  mis  oyentes  ¡ay!  y  ante  sus  ojos 
Resucitar  pudiera  yo  el  pasado! 
jSi  con  el  dardo  de  mi  acento  rudo 
Dado  me  fuera  las  ocultas  fibras 
Herir  de  mis  inertes  compatriotas, 
Despertarla  sus  dormidas  almas. 
Les  haría  escuchar  las  graves  notas 
Del  canto  de  la  patria,  sentirían 
Reanimarse  en  su  pecho  el  extinguido 
Sagrado  amor  de  las  antiguas  glorias, 
Y  al  menos  una  hora  vivirían!»  (1) 

Este  recuerdo  constante  de  la  patria,  de  sus  antiguas  glorias,  de  sus 
amarguras  y  dolores  actuales,  de  sus  futuras  esperanzas;  Ja  idea,  siempre 
fija,  de  la  resurrección  de  la  patria,  idea  cara  á  todo  corazón  polaco,  es  lo 
que  ha  hecho  de  Mickiewicz  el  poeta  nacional  de  su  pueblo. 

ios  Aniepasados  (Dziady),  es  un  poema  dramático  de  la  categoría  de 
Fausto,  aunque  tiene  por  base  una  amarga  realidad,  y  por  musa  inspira- 


(1)    Traducción  de  Antonio  Sellen. 


200  kfiVIStA  1>É  CUBA 

dora  el  más  intenso  patriotismo.  Consta  de  cuatro  partes  escritas 7  publi- 
cadas en  diversos  intervalos.  Un  amor  desgraciado  de  su  juventud,  deque 
queda  hecha  mención,  inspiró  al  poeta  la  primera  parte;  pero  en  el  curso 
de  su  obra,  haciéndose  superior  á  este  sentimiento  personal,  se  convirtió 
en  el  intérprete  del  dolor  de  un  pueblo  entero.  Sombriamente  hermosa  y 
notable  es  la  segunda  parte  en  que  bajo  forma  dramática,  se  describen  y 
representan  de  una  manera  patética  los  horrores  del  despotismo  ruso: 
sorprendentes  son  el  vigor,  colorido  y  energía  de  sus  diversas  escenas. 
Sobresale  entre  todas  la  de  la  famosa  Iiriprovísacion  en  que  el  numen  de 
Mickiewicz,  en  un  rapto  de  sublime  inspiración,  arrancó  á  su  lira  acentos 
inmortales;  versos  de  que  pocas  literaturas,  así  antiguas  como  modernas, 
pueden  presentar  ejemplos  parecidos.  En  esa  escena,  en  que  se  resume  la 
idea  fundamental  de  la  obra,  el  joven  poeta  Conrado,  héroe  del  poema, 
demanda  á  la  Divinidad  su  poder  supremo  para  dotar  á  la*patria  de  una 
felicidad  infinita  cuyo  ideal  no  se  halla  en  este  mundo. 

«Pero  mi  amor,  exclama,  no  reposa  en  un  ser,  como  el  insecto, en  la 
rosa;  ni  en  una  familia,  ni  en  un  siglo.  ¡Yo  amo  á  toda  una  nación!  Yo 
estrecho  entre  mis  brazos  todas  sus  generaciones  pasadas  y  por  venir;  yo 
las  he  estrechado  á  mi  corazón  como  amigo,  como  amante,  como  esposo, 

como  padre! Yo  quiero  devolver  á  mi  patria  la  vida  y  la  felicidad: 

yo  quiero  hacerla  la  admiración  del  mundo!» 

Un  análisis  detenido  de  este  notable  poema  demandarla  más  espacio 
del  que  me  es  dado  disponer:  dificultase  además  por  el  carácter  fragmen- 
tario de  la  obra,  en  que  á  falta  de  verdadera  unidad  de  acción  hay  lo 
que  pudiéramos  llamar  unidad  de  sentimiento.  Con  todos  sus  defectos  el 
poema  dramático  Loa  Antepasados  es  una  de  las  grandes  creaciones  poé- 
ticas que  este  siglo  legará  á  la  posteridad. 

Tadeo  Soplitza  es  una  producción  de  un  carácter  completamente  di- 
verso á  los  Dziady  de  que  acaba  de  hacerse  mención.  Es  una  epopeya 
que  pudiéramos  llamar  doméstica,  dividida  en  doce  cantos:  pintura  de 
mano  maestra  de  las  antiguas  costumbres  de  la  nobleza  polaca,  y  de  &us 
patrióticos  esfuerzos,  después  de  la  repartición  de  Polonia,  para  devol- 
verla su  independencia  nacional.  La  época  de  la  escena  es  el  a(lo  de  1812 
en  que  las  esperanzas  de  ese  desgraciado  país  se  vieron  reanimadas,  gra- 
cias á  la  campaña  de  Napoleón  en  Rusia.  El  poema  es  una  galería  de 
cuadros  de  diverso  género:  descripciones  de  las  impenetrables  y  primiti- 


coNRAtó  Walléneod  20Í 

vas  selvas  de  Lituania;  delíneaciones  del  carácter  nacional,  sus  fiestas^ 
naos  y  costambres;  eacena^j  domésticas  7  campestres,  7a  idílicas,  7a  cómi- 
cas, ora  patéticas,  &.  Machos  críticos  consideran  á  Tadeo  SoplUza  como 
la  obra  maestra  de  Mickiewicz,  la  perla  de  la  literatura  eslava  7  al  mis- 
ino tiempo  una  de  las  mejores  epope7as  de  la  moderna  literatura. 

Las  poesías  líricas  de  Mickiewicz  son  numerosas  7  de  diverso  género: 
el  mérito  de  algunas  es  tan  grande,  que  ellas  solas  hubieran  bastado  á 
asignarle  un  puesto  eminente  entre  los  grandes  líricos  modernos,  7  á  in- 
mortalizar su  nombre. 

Además  de  las  mencionadas  obras  poéticas,  escribió  Mickiewicz  un 
libro  inspirado  por  las  desgracias  ó  infortunios  de  su  patria.  Está  dividi- 
do en  dos  partes:  la  primera  se  titula  Las  actas  de  la  nación  polaca^  7  es 
una  historia  sintética  de  Polonia.  La  segunda  parte  que  lleva  por  títüld 
El  libro  de  los  peregrinos  polacos^  es  una  serie  de  parábolas  7  preceptos 
dirigidos  al  pueblo  polaco,  7  en  que  desplega  el  autor  una  gran  fuerza 
lírica  7  el  alma  de  un  verdadero  patriota.  Ambas  partes  están  escritas 
en  fraseología  bíblica,  7,  aunque  en  prosa,  pueden  considerarse  como  una 
de  sus  obras  poéticas. 

Para  terminar  esta  breve  reseña  bibliográfica  de  las  producciones  de 
Mickiewicz,  mencionaré  sus  Cursos  de  la  literatura  eslava  (1840-44)  en 
que  ha7  mucho  bueno,  y  mucho  que  no  lo  es;  7  una  traducción  en  verso 
del  Giaour  de  B7ron. 

Mickiewicz  no  sólo  es  el  gran  poeta  nacional  de  Polonia,  sino  el  poeta 
más  egregio  que  hasta  ahora  ha7a  producido  la  raza  eslava;  7  la  influen- 
cia que  sus  obras  han  ejercido  en  los  destinos  de  su  patria,  es  incalcula' 
ble.  crSu  nombre,  dice  uno  de  sus  biógrafos,  se  encuentra  en  boca  de 
todos;  sus  versos,  en  todas  las  memorias:  de  tal  modo,  que  si  el  ultimo 
ejemplar  de  sus  poesías  sirviese  para  calentar  los  baQos  del  Czar,  podrían 
éstas  reconstruirse  por  completo,  verso  por  verso,  con  los  que  sus  compa- 
triotas han  aprendido  de  memoria.»  » 

Tal  es,  imperfectamente  bosquejado,  el  gran  poeta  CU70  Conrado  Wa- 
lUnrod  se  ofrece  al  publico  en  el  volumen  á  que  sirven  de  introducción 
estas  breves  páginas.  La  traducción  de  este  poema  ha  sido  hecha  por  mi 
hermano  Antonio  teniendo  á  la  vista  la  versión  de  Ostro wski,  en  prosa 
francesa,  7  otra  en  inglés,  también  en  prosa,  publicada  por  León  Jablons- 
ki  hace  algunos  afíos.  La  fidelidad  de  ambas  versiones  está  fuera  de  du- 

26 


202 


REVISTA  I>E  CUÉA 


da,  sobre  todo  la  primera,  que  puede  decirse  se  hizo  á  presencia  de  Mio- 
kiewicz.  No  me  corresponde  juzgar  del  mérito  de  la  traducción,  6  si  se 
quiere,  adaptación  de  mi  hermano:  cualquiera  que  sea,  7  en  esta  materia 
el  publico  es  juez  inapelable,  no  se  le  podrá,  sin  embargo,  negar  una  la- 
boriosidad incansable  en  la  ingrata  tarea  de  trasladar  á  nuestra  lengua 
las  obras  de  afamados  poetas  extranjeros,  ni  al  mismo  tiempo  un  deseo 
vivísimo  de  contribuir  con  su  óbolo  al  desenvolvimiento  j  progreso  inte- 
lectual á  que  van  encaminados  estos  modestos  trabajos.  (1) 


FRANCISCO  SELLEN. 


Nueva  York,  1881. 


(1)  Baen  testimonio  de  esa  actividad  dan  la  traducción  en  verso  de  los  cuatro 
poemas  de  Byron,  tittftados:  Parisina,  Elpritionero  de  Chulón,  Los  lamentos  del  Tat- 
sso  j  La  novia  de  Ahydos,  publicada  en  1877,  y  la  de  los  poemas  de  Isaias  Tegner  que 
llevan  por  titulo  Axil  7  La  primera  comunión,  que  en  unión  de  otras  poesías  de  bar- 
dos escandinavos  se  dieron  á  la  estampa  en  1879  bajo  el  titulo  de  Joyas  del  Norte  d* 
Europa. 


EXAMEN  HISTORICO-CRITICO 


Uv*»  patrias  qne  nguUn  U  capacidad  de  U  pinjor  duimnte  «I  matrimonio, 


II  §.~-lKSLA.TEaRA.  (1) 

El  matrimoDio  forma  una  persona  legal;  bu  baso  ea  la  identidad  ent 
marido  j  mnjer.  La  persoDalidad  de  éeta  es  pierda  en  la  del  marido, 
cnal  ea  realmente  su  sefior  (her  lord).  Corresponde,  pues,  al  marido 
tutela  de  la  mnjer.  El  derecho  ciril  (civil  law)  d¿  al  marido  dereohi 
muy  amplios;  le  permite,  para  ciertos  delitos,  _^a^«^'s  eijuatibua  acrÜ 
verberare  wxorem;  y  para  otros,  TMidicam  caaügaUonem  adhihere.  Con 
ttcilments  se  comprende,  el  estado  y  progreso  de  las  costumbres  na  co 
sienten  el  ejercicio  de  tamaDa  facultad. 

La  circunstancia  de  basarse  el  matrimonio  en  la  identidad,  hace  ii 
posible  toda  liberalidad  del  marido  hacia  la  mnjer,  asi  como  todo  co 
trato  y  todo  pleito  entre  ellos.  Cuando  la  mnjer  quiere  reservarse  alg 
ñas  ventajas  y  ponerlas  á  cubierto  del  marido,  tiene  que  acudir  á  ui 

(1)  Bladuiont.  Coni«DtaTÍM  on  the  Laws  oí  Ea^tiaA.—ColJavni.  ]>a  Mam 
en  ADgleterre  et  aoz  Ettats-Üois. — Weitohy.  LefjiBlatioD  auglaue.— ^otmitA,  loe 
tatos  of  ingliah  lan. 


204  EEVISTA  DB  CUBA 

forma  de  fideicomiso  (trust)]  y,  si  durante  el  matrimonio,  quiere  el  mari- 
do ceder  una  propiedad  cualquiera  á  la  mujer,  6  celebrar  con  ella  un 
contrato,  tiene  que  tratar  con  terceros  á  titulo  de  fideicomisarios  de  la 
?nujer,  quienes  estipularán  para  ella,  pero  no  en  su  nombre,  bajo  la 
garantía  de  la  buena  fó.  Asi  se  atenúa  el  rigor  de  tan  dura  legia^ 
}acion. 

Como  se  vé,  la  mujer  casada  entra,  por  el  hecho  del  matrimonio,  bajo 
la  dependencia  absoluta  del  marido,  que  la  ct/ire  con  su  protección  y 
responsabilidad.  De  ahí  la  enérgica  expresión  /eme  covert.  La  propiedad 
mueble  de  la  mujer,  no  reservada  por  ella,  pertenece  absolutamente  al 
marido;  puede  disponer  de  ella  á  su  antojo,  bien  enagenándola,  bien  afeo« 
tándola  al  pago  de  sus  deudas.  Lo  mismo  puede  hacer  en  cuanto  á  las 
rentas  de  los  muebles  de  la  mujer.  A  ésta  corresponde,  sin  embargo,  la 
propiedad  de  sus  inmuebles,  Si  premuriese  la  mujer,  pasan  á  sus  here- 
deros; si  deja  hijos,  continúa  el  padre  en  el  usufructo  durante  su  vida.  A 
esto  se  llama  ienant  hy  the  curtesy  of  England. 

Estaba  prohibida  toda  enagenacion  de  los  inmuebles  de  la  mujer;  bajo 
el  reinado  de  Guillermo  IV  cesó  la  interdicción.  Autorizóse,  por  tanto, 
á  la  mujer  para  enas^enar  sus  inmuebles,  pero  á  condición  de  que  el  ma- 
rido concurriese  al  acto  y  de  que  fuese  este  sometido  á  la  aprobación  ju- 
dicial, previo  interrogatorio  de  la  mujer  para  alcanzar  la  certeza  de  que 
ha  procedido  libremente. 

Al  marido  corresponde  exclusivamente  la  administración  de  los  in- 
muebles de  la  mujer.  El  celebra  los  contratos  de  arrendamientos,  pero  no 
puede  darles  una  duración  que  ceda  en  perjuicio  de  la  mujer  ó  de  sus 
herederos. 

En  cambio  de  esta  posesión  tan  absoluta  de  los  bienes  de  la  mujer 
por  el  marido,  le  ofrece  la  ley  lo  que  llama  compensaciones.  (Compensa- 
iory  provisions):  1?  El  marido  debe  mantener  á  la  mujer. — 2?  En  caso  de 
que  premuera  el  marido,  tiene  la  mujer  derecho  á  una  pensión  vitalicia 
(dower),  equivalente  á  la  tercera  parte  de  la  renta  procedente  de  la  pro- 
piedad que  el  marido  posea  al  tiempo  de  su  muerte. 

El  marido  quedff  obligado  por  los  contratos  que  la  mujer  celebre  á 
fin  de  atender  á  las  necesidades  de  la  vida,  en  la  medida  que  determine 
la  posición  social  de  los  esposos. 

La  mujer  no  puede  disponer  por  testamento  de  su  propiedad  muebla 


CAPACIDAD  DE  LA  HÜJEB  DUBANTE  EL  MATRIHONIO  205 

6  inmueble.  No  puede  testar  sino  con  la  autorización  del  marido.  (Es-> 
tatuto  7,  Guillermo  IV;  y  Estatuto  Victoria,  cap.  26). 

Según  la  costumbre  de  la  ciudad  de  Londres,  toda  mujer  casada  pue- 
de ejercer  el  comercio  independiente  de  su  marido.  Procede,  entonces, 
cowiO  femé  solé  y  puede,  por  tanto,  contratar  7  obligarse  libremente  en  Ici 
que  á  su  tráfico  6  industria  concierna. 

También  procede  la  mujer  oomo  femé  sale  en  el  desempeño  del  alba? 
ceazgo  ó  de  un  mandato;  ó  si  el  marido  hubiese  sido  condenado  por  cri- 
men de  felonía,  ó  bien,  si  hubiese  perdido  la  nacionalidad. 

Las  Marri^d  Wbmen's  Property  acts  de  1870  y  1874,  han  mejorado 
ooneiderablemente  la  condición  de  la  mujer  casada  en  su  carácter  de  pro» 
pietaria.  El  marido  pierde  la  propiedad  de  los  bienes  muebles  de  la  xau-' 
jar,  pudiendo  ésta  contraer  y  obligarse  respecto  de  los  lirismos. 

§  Los  Estados  Unidos.  (1) 

Hasta  el  aflo  de  1840  dominaron  los  principios  de  la  legislación  tra- 
dicional inglesa;  mas,  á  partir  de  esa  época,  nuevas  ideas,  favorables  á 
la  condición  de  la  mujer  casada,  fueron  abriéndose  paso  y  obteniendo 
acogida  v  sanción  en  las  legislaturas  de  varios  Estados  de  la  Union 

En  el  de  Vermoni  se  aprobó  en  1847  nna  ley  en  que  se  dispone  que 
no  puedan  embarcarse  por  deudas  particulares  del  marido  las  rentas  de 
los  bienes  inmuebles  de  la  mujer  casada;  que  el  marido  no  pueda  dis- 
poner de  ellas  sino  por  escrito  (deed)  y  con  el  consentimiento  de  la 
mujer;  y  que  pueda  la  mujer  disponer  por  testamento  de  sus  bienes  in- 
muebles. 

Conforme  á  una  ley  del  estado  de  Connectic^d,  de  1849,  se  considera 
como  fideicomiso  confiado  al  marido  en  provecho  de  la  mujer,  toda  pro- 
piedad que  por  legado  ó  sucesión  hereditaria  corresponda  á  la  mujer.  Al 
marido  corresponde  el  usufructo  durante  el  matrimonio,  pero  no  puede 
afectarla  sino  por  razón  de  deudas  contraidas  en  beneficio  de  la  mujer  y 
de  los  hijos.  Con  arreglo  á  la  propia  ley,  no  pueden  ser  embargadas  las 
rentas  de  los  inmuebles  de  la  mujer  durante  la  vida'He  ésta  ni  de  fias 

(1)  Kent  Commentaries  on  American  Law. — 12  th  edition.  Vol.  II.  Lecture 
XXVIII -BotítTi^.  Institutes  of  American  Lav.— Cbí/avru.  Du  Mariage  eu  Auglete» 
rre  et  aux  Estats-UaÍB. 


{ 


206 


REVISTA  DE  CUBA 


hijos.  La  mujer  tiene  derecho  para  percibir  sola  la  remuneración  de  su 
trabajo. 

En  el  estado  de  AlabaTna  la  alteración  es  aún  más  profunda.  Desde 
el  afio  de  1850,  toda  propiedad  poseida  por  la  mujer  al  tiempo  de  la  ce-p 
lebracion  del  matrimonio  7  la  adquirida  con  posterioridad,  le  pertenece 
exclusivamente,  como  propiedad  distinta  7  separada  {kfir  sepárate  pra^ 
períy)  No  pasa  al  marido  sino  como  fideicomiso  (trust).  No  puede  dispo- 
ner de  ella  sino  con  sujeción  á  las  Ie7e8  vigentes  en  materia  de  fideico* 
miso.  Puede,  si,  disponer  libremente  de  las  rentas,  pero  ni  éstas  ni  la 
propiedad  de  donde  proceden»  pueden  ser  gravadas  en  favor  de  los 
acreedores  del  marido.  La  propiedad  de  la  mujer  no  puede  ser  enagetia- 
da  sino  por  ambos  cón7Uge3,  conjucnta  manu.  Marido  7  mujer  son  res- 
ponsables  en  punto  á  las  obligaciones  contraidas  para-  atender  á  las  ne- 
cesidades de  la  familia.  Si  la  mujer  muere  intestada,  corresponde  al 
marido  la  mitad  de  los  bienes  muebles  en  propiedad  7  en  usufructo  la 
mitad  d«  los  inmuebles. 

En  el  estado  de  MasBochussetta  una  le7  de  1855,  enmendada  en 
1857,  reconoce  á  la  mujer  casada  el  derecho  de  poseer  personalmente, 
como  si  fuera /(97n«  8ole  cualquier  clase  de  propiedad.  Puede  vender  ó 
ceder  sus  bienes  muebles  6  inmuebles  con  el  consentimiento  por  escrito 
de  su  marido,  7  en  caso  de  rehusarlo,  con  el  de  uno  de  los  jueces  del 
Tribunal  Supremo  del  estado.  Puede  hacer  testamento,  pero  no  puede 
legar  pon  perjuicio  de  su  marido  más  de  la  mitad  de  su  propiedad  sin 
su  consentimiento  escrito;  7  le  está  vedado  privar  por  testamento  á  sa 
marido  de  los  derechos  de  la  Unury  hycuriesy^  de  que  hemos  hablado  7a* 
Puede  también  la  mujer  casada  ejercer  el  comercio  ó  industria  que  quie- 
ra; los  beneficios  de  su  trabajo  le  pertenecen  exclusivamente.  Puede  de- 
mandar 7  ser  demandada  como  si  fuera /<?m6  solé. 

En  el  estado  de  Miasissippi  la  mujer  posee  en  nombre  propio  7  puede 
disponer  libremente  de  sus  bienes,  con  tal  que  no  procedan  del  marido 
con  anterioridad  almatrimonio. 

En  Texas  la  mujer  tiene  la  propiedad  separada  de  los  bienes  aporta- 
dos al  matrimonio  7  adquiridos  con  posterioridad.  Al  marido  correspon- 
de la  administración. 

.  En  el  estado  de  New-  York,  fué  aprobada  una  107  en  7  de  Abril  de 
1848,  enmendada  en  11  de  Abril  de  1849,  por  la  que  se  dispone:  1?  Que 


OAPAOttÍAÍ}  bZ  LA  MOÍÉ&  filFBABtE  EL  UATKIMOIItCI  ^7 

toda  mujer  casada  tenga  la  propiodad  particular  y  distinta  de  suebienes, 
como  si  fuera /ent«  soU.  No  está  oblif^a  al  pago  de  las  deudas  de  bu 
marido  ni  sometida  á  bu  voluntad  discrecional; — 29  Que  toda  mujer  ca- 
sada puede  heredar  6  adquirir  por  donación  ó  por  cualquier  otro  titulo, 
corraspondiéndole  el  derecho  de  poseer  y  disponer  como  si  no  fuera  ca- 
sada.— Una  ley  de  20  de  Marzo  de  1869  dá  mayor  amplitud  á  la  capaci' 
dad  de  la  mujer  casada.  Puede  comprar,  vender,  ceder  an  propiedad 
mueble;  puede  asimismo  ejercer  y  dirigir  personalmente  cualquier  co- 
mercio ó  industria  por  su  cuenta  y  bajo  sq  responsabilidad,  haciendo  au' 
yos  escIusÍTamente  los  beneficios,  y  de  los  que  puede  disponer  libremente, 
lio  puede  disponer  de  au  propiedad  inmueble,  eino  con  el  censen  ti  mi  euto 
escrito  de  su  marido;  en  caso  de  negativa,  suple  el  consentimiento  el 
Tribunal  del  condado.  Puede  la  mujer  por  sí  entablar  uu  litigio  y  de- 
fenderse cuando  de  su  propiedad  personal  ae  trate.  Las  indemnizaciones 
que  obtenga  por  ejecutoria  le  pertenecen  ezcluaivamente. — Si  al  falleci- 
miento de  uno  de  los  cónyuges,  no  hubiere  hijo  menor,  el  supérstite  tiene 
el  usufructo  vitalicio  de  la  tercera  parte  de  la  propiedad  inmueble  del 
premortao.  Si  éete  dejare  uno  ó  varios  hijos  menores,  sin  disposición 
alguna  testamentaria,  el  superviviente  tiene  el  usufructo  de  toda  la  pro- 
piedad del  finado  baata  la  mayoría  de  los  hijos.  En  ese  caso  queda  redu- 
cido el  usufructo  á  la  tercera  parte. 

En  el  estado  de  Máine,  un  estatuto  de  1852,  autoriza  á  las  mujeres 
casadas  para  poseer  en  su  nombre  la  propiedad  que  adquieran  y  dispo' 
ner  de  ella  libremente.  Análogas  disposiciones  han  aido  aceptadas  en 
^ew- Jersey,  Cal^omia,  Maryland  y  Keniuciy. 

m.-PUEBLOS  ESUTOS. 

Rusia.  (1) 

Oooforme  á  las  disposiciones  del  8ood  (2)  el  marido  es  el  jefe  de  la 
bmilia.  Su  mujer  le  debe  amor,  obediencia  y  respeto.  Está  obligada  á 
complacerlo  y  á  mostrarle  adhesión  en  su  carácter  de  amo  de  casa. 

(1)  Lehr.  Elementa  de  Droit  civil  rowa. 

(2)  El  Svodta  una  vaeta  compilación  da  leyea,  au  vardsdero  Digesto  del  derecho 
niBo,  pnhlicado  en  1833  por  ftrdon  del  Emperador  Nicolüí.  Se  compone  de  15  grueBqa 
volumen  es. 


20d 


REVISTA  DE  CUBA 


El  marido  y  la  mujer  tienen  el  derecho  de  hipotecar  7  de  enagenar 
BUS  bienes  en  su  nombre  personal,  sin  tener  necesidad  uno  del  consenti- 
timiento  del  otro.  En  consecuencia,  si  uno  vende  sus  bienes  en  remate 
liada  impide  que  el  otro  los  adquiera.  También  es  licito  A  los  cónyuges 
trasferirse  reciproca  y  directamente  la  propiedad  de  sus  bienes,  á  titulo 
gratuito  ú  oneroso,  6  hipotecar  uno  de  sus  bienes  en  provecho  del  otro 
conformándose  á  las  reglas  del  derecho  común.  Pueden,  en  general,  ha- 
cer conjuntamente  toda  convención  y  contraer  cualquiera  obligación 
reciproca  permitida  por  la  ley.  La  mujer,  en  lo  tocante  á  la  administra- 
ción y  disposición  de  su  hacienda,  goza  en  Rusia  de  una  independencia 
de  que  no  disfruta  en  ningún  otro  pueblo  de  Europa. — En  Polonia,  á.  la 
inversa,  dominan  los  principios  del  Código  Napoleón. 


PARTE  TERCERA. 


IQ3:^3^E!3Sr   OI^ITIOO- 


Las  leyes  que  regulan,  en  el  derecho  espafíol,  la  capacidad  de  la 
mujer  casada,  pueden  ser  objeto  de  apreciación  crítica  bajo  un  triple  as- 
pecto: 19  Considei'adas  en  si  mismas  y  en  su  reciproca  correspondencia; 
— 29  Consideradas  en  sus  relaciones  con  las  leyes  que  se  refieren  á  la  ca- 
pacidad civil  de  la  mujer  en  general; — y  39  Consideradas  á  la  luz  de  las 
ideas  y  de  los  principios. 


I. 


En  la  parte  histórica  de  este  trabajo  hemos  apuntado  las  contradic. 
ciones  insolubles  que  existen  entre  las  leyes  que  regulan  la  capacidad  de 
la  mujer  casada.  Allí,  en  el  capítulo  titulado  «Antinomia.^»,  las  hemos 
puesto  de  relieve  y  patentizado  la  imposibilidad  de  llegar  á  una  conci- 
liación seria  y  razonable  por  medio  de  la  jurisprudencia.  La  interven- 
ción del  legislador  es  indispensable. 

Ya  examinemos  las  leyes  de  Toro  entre  sí;  ya  con  respecto  á  la  ley 
de  Partida  sobre  parafernales,  siempre  habremos  de  encontrar  dificulta- 


CAPACIDAt)  DK  LA  ÍÍUJEE  DÜEANTE  EL  MATBIMOÍÍÍO  209 

des  graves  en  el  terreno  de  la  práctica,  7  manifiestas  an  ti  tesis  en  la  esfe- 
ra de  los  principios.  En  las  leyes  de  Toro  chocan  ideas  opuestas:  ora  sé 
considera  á  la  mujer  casada  como  incapaz  en  el  orden  natural,  esto  es, 
por  razón  del- sexo  (leyes  54,  57,  59  y  61);  ora  se  le  estima  como  ser  ca- 
paz, dotado  de  propio  discernimiento  (leyes  56  y  58);  ora,  finalmente,  seí 
le  somete  á  rígida  tutela  por  razón  del  matrimonio  (leyes  54  y  55).  An-» 
dan  revueltos,  y  sin  mezclarse,  principios  de  distinta  filiación  histórica 
y  cuyos  fines  respectivos  son  extraños  los  unos  A  los  otros.  ¿Cabe,  por  otra 
parte,  mayor  divergencia  que  la  que  existe  entre  la  ley  55  de  Toro  y  la 
ley  17,  título  2  de  la  Partida  4^? 

Quizás  se  arguya  que  los  derechos  constitutivos  de  la  potestad  mari- 
tal son  y  deben  ser  independientes  de  la  clase  de  bienes  conyugales;  y 
que  por  lo  tanto,  no  hay  contradicción  ninguna  entre  la  ley  recopilada 
que  á  la  autoridad  del  marido  ae  refiere  y  la  ley  alfonsina  que  solo  de 
los  bienes  parafernales  se  ocupa.  Quien  tal  dijere,  se  olvidaría  del  texto 
de  las  leyes.  Si,  como  prescribe  el  articulo  1872  del  nuevo  Proyecto  de 
Código  Civil,  no  se  reconocieran  más  bienes  que  los  dótales;  si,  aún  sub- 
sistiendo los  parafernales,  dispusiera  la  ley  que  su  administración  perte- 
neciera exclusivamente  al  marido  y  fuera  éste  el  administrador  único  de 
los  bienes  conyugales,  lo  cual  rechaza  la  jurisprudencia  del  Tribunal  Su- 
premo de  Justicia;  si  tal  sucediera,  nada  tendríamos  que  replicar.  Pero 
no  es  asi.  Los  bienes  parafernales,  según  la  ley  de  Partida,  imprimen  ca- 
rácter á  la  mujer  casada,  le  confieren  una  acentuada  personalidad  en  el 
matrimonio,  garantizan  su  independencia  en  la  sociedad  conyugal;  por 
donde  se  vé  que  la  clase  de  bienes,  en  nuestra  legislación,  influye  pode- 
rosamente en  la  capacidad  de  la  mujer  casada  en  seritido  favorable,  y, 
por  ende,  en  la  potestad  marital  para  restringirla  y.  hasta  anularla.  A 
eso  conduce,  por  lo  monos,  la  lógica.  Asi  sucedería  ciertamente  si  la  ley  de 
Partida  fuera  respetada  en  su  principio  y  en  las  natnrales  consecuencias 
que  del  mismo  se  derivan.  Se  ha  querido,  no  obstante,  ponerla  de  acuer- 
do y  en  consonancia  con  la  ley  55  de  Toro;  y  ya  conocemos  el  mal  éxito 
de  tan  temeraria  empresa. 

La  Ley  de  Matrimonio  Civil  no  resuelve  tamaña  dificultad;  la  deja  en 
pié.  Un  jurisconsulto  peninsular  (1)  pretende  lo  contrario;  pretende  que 

(1)    El  Sr.  Martinez  González:  Revista  de  Legiglacion  y  Jurisprudencia.  Tomo 
50.  pág.  500. 

27 


202  BEVI8TA  BE  CTTAA. 

•  •  • 

da,  sobre  todo  la  primera,  que  puede  decirse  se  hizo  á  presencia  de  Mic- 
kiewicz.  No  me  corresponde  juzgar  del  mérito  de  la  traducción,  6  ai  se 
quiere,  adaptación  de  mi  hermano:  cualquiera  que  sea,  7  en  esta  materia 
el  público  es  juez  inapelable,  no  se  le  podrá,  sin  embargo,  negar  una  la- 
boriosidad incansable  en  la  ingrata  tarea  de  trasladar  á  nuestra  lengua 
las  obras  de  afamados  poetas  extranjeros,  ni  al  mismo  tiempo  un  deseo 
vivísimo  de  contribuir  con  su  óbolo  al  desenvolvimiento  7  progreso  inte* 

• 

lectual  á  que  van  encaminados  estos  modestos  trabajos.  (1) 


FBANOisoo  SELLEN. 


Nueva  York,  1881. 


(1)  Baen  testimonio  de  esa  actividad  dan  la  tradaccion  en  verso  de  los  cuatro 
poemas  de  B7ron,  tittRados:  Paritina,  IUpriiiónero  de  ChtUon,  Los  lammtot  del  Ih- 
stoj  La  novia  de  Ahydos^  publicada  en  1877,  7  la  de  los  poemas  de  Isaías  Tegner  que 
llevan  por  título  AxÜ  7  La  frimera  comunión,  que  en  unión  de  otras  poesías  de  bar- 
dos escandinavos  se  dieron  á  la  estampa  en  1879  bajo  el  titulo  de  Joya*  del  Norte  de 
Europa. 


•v^r^F^  I-I  ■Jii' 


EXAMEN  HISTORICOCRTTICO 


DE  LAS 


leyes  patries  que  regulen  la  capacidad  de  la  mujer  durante  el  matrimonio. 


v*^ 


II  §.— Inglaterra.  (1) 


El  matrimonio  forma  una  persona  legal;  su  base  es  la  identidad  entre 
marido  7  mujer.  La  personalidad  de  ésta  se  pierde  en  la  del  marido,  el 
cual  es  realmente  su  sefior  (her  lord).  Corresponde,  pues,  al  marido  la 
tutela  de  la  mujer.  El  derecho  civil  (civil  law)  dá  al  marido  derechos 
muy  amplios;  le  permite,  para  ciertos  delitos,  ^^«¿¿la  etfusUbiLS  aeriler 
verberare  uxorem;  y  para  otros,  modicam  caaHgaiionem  adkibere.  Como 
fácilmente  se  comprende,  el  estado  7  progreso  de  las  costumbres  no  con- 
sienten el  ejercicio  de  tamafia  facultod. 

La  circunstancia  de  basarse  el  matrimonio  en  la  identidad,  hace  im- 
posible toda  liberalidad  del  marido  hacia  la  mujer,  asi  como  todo  con- 
trato 7  todo  pleito  entre  ellos.  Cuando  la  mujer  quiere  reservarse  algu- 
nas ventajas  7  ponerlas  á  cubierto  del  marido,  tiene  que  acudir  á  una 


(1)  BlackiUme.  Comentaries  on  the  Laws  of  England. — Colfavru.  Da  Mariage 
en  Angleterre  et  aoz  Estats-Uais. — Watoby,  Legislation  anglaise. —iVíumif^.  Insti- 
tiit«8  of  inglish  lan. 


204  EEVISTA  DE  OUBA 

forma  de  fideicomiso  (tníst);  y,  si  durante  el  matrimonio,  quiere  el  mari- 
do ceder  una  propiedad  cualquiera  á  la  mujer,  6  celebrar  con  ella  un 
pontrato,  tiene  que  tratar  con  terceros  á  titulo  de  fideicomisarios  de  la 
piujer,  quienes  estipularán  para  ella,  pero  no  en  su  nombre,  bajo  la 
garantía  de  la  buena  fé.  Asi  se  atenúa  el  rigor  de  tan  dura  legis* 
}acion. 

Como  se  vé,  la  mujer  casada  entra,  por  el  hecho  del  matrimonio,  bajo 
la  dependencia  absoluta  del  marido,  que  la  cubre  con  su  protección  y 
responsabilidad.  De  ahi  la  enérgica  expresión /em.6  covert.  La  propiedad 
mueble  de  la  mujer,  no  reservada  por  ella,  pertenece  absolutamente  al 
marido;  puede  disponer  de  ella  á  su  antojo,  bien  enagenándola,  bien  afeo* 
tándola  al  pago  de  sus  deudas.  Lo  mismo  puede  hacer  en  cuanto  á  las 
rentas  de  los  muebles  de  la  mujer.  A  ésta  corresponde,  sin  embargo,  la 
propiedad  de  sus  inmuebles,  Si  premuriese  la  mujer,  pasan  á  sus  here- 
deros; si  deja  hijos,  continúa  el  padre  en  el  usufructo  durante  su  vida.  A 
esto  se  llama  tenant  hy  the  curtesy  of  England. 

Estaba  prohibida  toda  enagenacion  de  los  inmuebles  de  la  mujer;  bajo 
el  reinado  de  Guillermo  IV  cesó  la  interdicción.  Autorizóse,  por  tanto, 
á  la  mujer  para  enas^enar  sus  inmuebles,  pero  á  condición  de  que  el  ma- 
rido concurriese  al  acto  y  de  que  fuese  este  sometido  á  la  aprobación  ju- 
dicial, previo  interrogatorio  de  la  mujer  para  alcanzar  la  certeza  de  que 
ha  procedido  libremente. 

Al  marido  corresponde  exclusivamente  la  administración  de  los  in- 
muebles de  la  mujer.  El  celebra  los  contratos  de  arrendamientos,  pero  no 
puede  darles  una  duración  que  ceda  en  perjuicio  de  la  mujer  ó  de  sus 
herederos. 

En  cambio  de  esta  posesión  tan  absoluta  de  los  bienes  de  la  mujer 
por  el  marido,  le  ofrece  la  ley  lo  que  llama  compensaciones.  (^Compensa" 
iory  provisions):  1?  El  marido  debe  mantener  á  la  mujer. — 2^  En  caso  de 
que  premuera  el  marido,  tiene  la  mujer  derecho  á  una  pensión  vitalicia 
(dower),  equivalente  á  la  tercera  parte  de  la  renta  procedente  de  la  pro- 
piedad que  el  marido  posea  al  tiempo  de  su  muerte. 

El  marido  quedff  obligado  por  los  contratos  que  la  mujer  celebre  á 
fin  de  atender  á  las  necesidades  de  la  vida,  en  la  medida  que  determine 
la  posición  social  de  los  esposos. 

La  mujer  no  puede  disponer  por  testamento  de  su  propiedad  muebla 


CAPACIDAD  DE  LA  UÜJEB  DURANTE  EL  MATRIMONIO 


2D6 


6  inmueble.  No  puede  testar  sino  con  la  autorización  del  marido.  (Es-> 
tatato  7,  Guillermo  IV;  y  Estatuto  Victoria,  cap.  26). 

Según  la  costumbre  de  la  ciudad  de  Londres,  toda  mujer  casada  pue- 
de ejercer  el  comercio  independiente  de  su  marido.  Procede,  entonces, 
oomo  femé  aole  y  puede,  por  tanto,  contratar  j  obligarse  libremente  en  lo 
que  á  su  tráfico  ó  industria  concierna. 

También  procede  la  mujer  como/<?77^  solé  en  el  desempeño  del  alba? 
oeazgo  6  de  un  mandato;  ó  si  el  marido  hubiese  sido  condenado  por  cri- 
men de  felonía,  ó  bien,  si  hubiese  perdido  la  nacionalidad. 

Las  Marrí^d  Wkmen'a  Property  acta  de  1870  7  1874,  han  mejorado 
considerablemente  la  condición  de  la  mujer  casada  en  su  carácter  de  pro» 
pietaria.  El  marido  pierde  la  propiedad  de  los  bienes  muebles  de  U  mu^ 
jar,  pudiendo  ésta  contraer  7  obligarse  respecto  de  los  mÍ8mo9. 

§  Los  Estados  Unidos.  (1) 


Hasta  el  aflo  de  1840  dominaron  los  principios  de  la  legislación  tra- 
dicional inglesa;  mas,  á  partir  de  esa  época,  nuevas  ideas,  favorables  á 
la  condición  de  la  mujer  cariada,  fueron  abriéndose  paso  7  obteniendo 
acoGfida  v  sanción  en  las  legislaturas  de  varios  Estados  de  la  Union 

En  el  de  Vermont  se  aprobó  en  1847  una  le7  en  que  se  dispone  que 
no  pnedan  embarcarse  por  deudas  particulares  del  marido  las  rentas  de 
los  bienes  inmuebles  de  la  mujer  casada;  que  el  marido  no  pueda  dis- 
poner de  ellas  sino  por  escrito  fdeed)  7  con  el  consentimiento  de  la 
mujer:  7  qne  pueda  la  mujer  disponer  por  testamento  de  sus  bienes  in- 
muebles. 

Conforme  á  una  ley  del  estado  de  Oonnectic^U,  de  1849,  se  considera 
como  fideicomiso  confiado  al  marido  en  provecho  de  la  mujer,  toda  pro- 
piedad que  por  legado  ó  sucesión  hereditaria  corresponda  á  la  mujer.  Ál 
marido  corresponde  el  usufructo  durante  el  matrimonio,  pero  no  puede 
afectarla  sino  por  razón  de  deudas  contraidas  en  beneficio  de  la  mujer  7 
de  los  hijos.  Oon  arreglo  á  la  propia  107,  no  pueden  ser  embargadas  las 
rentas  de  los  inmuebles  de  la  mujer  durante  la  vidaTde  ésta  ni  de  sus 

(1)  Kent.  Commentaries  on  American  Law. — 12  th  edition.  Vol.  II.  Lecture 
XXVIII  Bowier,  Inatitutea  of  American  Lav.— Cbí/awnt.  Du  Mariage  eu  Auglete* 
rre  et  aux  Estats-Unis. 


204  EEVISTA  DE  CUBA 

forma  de  fideicomiso  (trust);  y,  si  durante  el  matrimonio,  quiere  el  mari- 
do ceder  una  propiedad  cualquiera  á  la  mujer,  ó  celebrar  con  ella  un 
pontrato,  tiene  que  tratar  con  terceros  á  titulo  de  fideicomisarios  de  la 
inujer,  quienes  estipularán  para  ella,  pero  no  en  su  nombre,  bajo  la 
garantía  de  la  buena  f6.  Asi  se  atenúa  el  rigor  de  tan  dura  legis- 
}acion. 

Como  se  vé,  la  mujer  casada  entra,  por  el  hecho  del  matrimonio,  bajo 
la  dependencia  absoluta  del  marido,  que  la  cubre  con  su  protección  y 
responsabilidad.  De  ahí  la  enérgica  expresión  femé  covert.  La  propiedad 
mueble  de  la  mujer,  no  reservada  por  ella,  pertenece  absolutamente  al 
marido;  puede  disponer  de  ella  á  su  antojo,  bien  enagenándola,  bien  afeo« 
tándola  al  pago  de  sus  deudas.  Lo  mismo  puede  hacer  en  cuanto  á  laa 
rentas  de  los  muebles  de  la  mujer.  A  ésta  corresponde,  sin  embargo,  la 
propiedad  de  sus  inmuebles,  Si  premuriese  la  mujer,  pasan  á  sus  here- 
deros; si  deja  hijos,  continúa  el  padre  en  el  usufructo  durante  su  vida.  A 
esto  se  llama  tenant  by  the  curtesy  of  England, 

Estaba  prohibida  toda  enagenacion  de  los  inmuebles  déla  mujer; bajo 
el  reinado  de  Guillermo  IV  cesóla  interdicción.  Autorizóse,  por  tanto, 
á  la  mujer  para  enae^enar  sus  inmuebles,  pero  á  condición  de  que  el  ma- 
rido concurriese  al  acto  y  de  que  fuese  este  sometido  á  la  aprobación  ju- 
dicial, previo  interrogatorio  de  la  mujer  para  alcanzar  la  certeza  de  que 
ha  procedido  libremente. 

Al  marido  corresponde  exclusivamente  la  administración  de  los  in- 
muebles de  la  mujer.  El  celebra  los  contratos  de  arrendamientos,  pero  no 
puede  darles  una  duración  que  ceda  en  perjuicio  de  la  mujer  ó  de  sus 
herederos. 

En  cambio  de  esta  poseaion  tan  absoluta  de  los  bienes  de  la  mujer 
por  el  marido,  le  ofrece  la  ley  lo  que  llama  compensaciones.  (Oompensa- 
iory  provisions):  1*  El  marido  debe  mantener  á  la  mujer. — 2*  En  caso  de 
que  premuera  el  marido,  tiene  la  mujer  derecho  á  una  pensión  vitalicia 
(dower),  equivalente  á  la  tercera  parte  de  la  renta  procedente  de  la  pro- 
piedad que  el  marido  posea  al  tiempo  de  su  muerte. 

El  marido  quedar  obligado  por  los  contratos  que  la  mujer  celebre  á 
fin  de  atender  á  las  necesidades  de  la  vida,  en  la  medida  que  determine 
la  posición  social  de  los  esposos. 

La  mujer  no  puede  disponer  por  testamento  de  su  propiedad  muebla 


OAÍAOIDAD  DE  LA  MUJER  DURANTE  EL  MATRIMONIO  205 

6  inmaeble.  No  puede  testar  sino  con  la  autorización  del  marido,  (Es-» 
tatuto  7,  Guillermo  IV;  y  Estatuto  Victoria,  cap.  26). 

Según  la  costumbre  de  la  ciudad  de  Londres,  toda  mujer  casada  pue- 
de ejercer  el  comercio  independiente  de  su  marido.  Procede,  entonces, 
como  femé  solé  j  puede,  por  tanto,  contratar  j  obligarse  libremente  en  le 
que  á  su  tráfico  6  industria  concierna. 

También  procede  la  mujer  aomofeme  solé  en  el  desempeflo  del  alba? 
ceazgo  6  de  un  mandato;  ó  si  el  marido  hubiese  sido  condenado  por  ori- 
llen de  felonía,  ó  bien,  si  hubiese  perdido  la  nacionalidad. 

Las  Marri^d  WbTnen'a  Property  acta  de  1870  y  1874,  han  mejorado 
considerablemente  la  condición  de  la  mujer  casada  en  su  carácter  de  pro<> 
pietaria.  El  marido  pierde  la  propiedad  de  los  bienes  muebles  de  1^  XQU-> 
jer,  podiendo  ésta  contraer  y  obligarse  respecto  de  los  lirismos. 

§  Los  Estados  Unidos.  (1) 

Hasta  el  aflo  de  1840  dominaron  los  principios  de  la  legislación  tra- 
dicional inglesa;  mas,  á  partir  de  esa  época,  nuevas  ideas,  favorables  A 
la  condición  de  la  mujer  casada,  fueron  abriéndose  paso  y  obteniendo 
acoerida  v  sanción  en  las  legislaturas  de  varios  Estados  de  la  Union 

En  el  de  Vermont  se  aprobó  en  1847  nna  ley  en  que  se  dispone  que 
no  pnedan  embarcarse  por  deudas  particulares  del  marido  las  rentas  de 
los  bienes  inmuebles  de  la  mujer  casada;  que  el  marido  no  pueda  dis- 
poner de  ellas  sino  por  escrito  (deed)  y  con  el  consentimiento  de  la 
mo.ier;  y  que  pueda  la  mujer  disponer  por  testamento  de  sus  bienes  in- 
mnebles. 

Conforme  á  una  ley  del  estado  de  Conneetic^Uy  de  1849,  se  considera 
como  fideicomiso  confiado  al  marido  en  provecho  de  la  mujer,  toda  pro- 
piedad que  por  legado  ó  sucesión  hereditaria  corresponda  á  la  mujer.  Al 
marido  corresponde  el  usufructo  durante  el  matrimonio,  pero  no  puede 
afectarla  sino  por  razón  de  deudas  contraidas  en  beneficio  de  la  mujer  y 
de  los  hijos.  Con  arreglo  á  la  propia  ley,  no  pueden  ser  embargadas  las 
rentas  de  los  inmuebles  de  la  mujer  durante  la  vida'He  ésta  ni  de  sus 

(1)  Kent.  OommentarieB  on  Americatx  Law. — 12  th  edition.  Vol.  II.  Lecture 
XXVIII  Bouvier.  Insti tutes  of  American  Lav. — Oolfavru.  Du  Mariage  eu  Auglete» 
rre  et  anx  ISstats-Unis. 


-  '  ... 

216  ÍIEVI8TA  DÉ  CUBA 

de  la  vida  civil,  enagenar  los  inmuebles,  hipotecar,  comparecer  en  juicio, 
ftín  autorización  alguna  del  marido?  (1) 

Mr.  Glasson  establece  "un  dualismo  insostenible  respecto  de  la  capaci- 
dad'de  la  mujer  casada.  Por  una  parte,' es  de  parecer  que  subsista  la  au- 
toridad marital  en  los  actos  que  conciernan  directamente  á  la  persona  de 
la  mujer;  y,  por  otra,  opina  que  la  capacidad  de  la  mujer  debe  ser  com- 
pleta en  lo  que  toca  á  los  bienes  que  se  hubiere  reservado.  De  ese  modo 
se  desfigura  y  mutila  la  potestad  marital.  Ya  lo  hemos  dicho:  la  potestad 
marital  se  ejerce  sobre  la  persona  de  la  mujer.  Y  la  razón  es  obvia.  ¿Qué 
son  loa  bienes  sin  la  persona?  Y  si  la  potestad  marital  se  ejerce  sobre  la 
persona  de  la  mujer,  claro  está  que  ésta  nada  podrá  ser,  aún  tratándose 
de  sus  bienes,  sin  la  autorización  del  marido.  A  eso  conduce  indefectible- 
mente la  lógica  déla  institución.  Lo  que  acabamos  de  consignar  se  refiere 
á  la  tesis  de  Mr.  Glasson  considerada  en  su  conjunto.  Vengamos  á  los  de- 
talles. 

No  somos  de  parecer  que  la  mujer  deba  obediencia  al  marido  ni  si- 
quiera en  los  actos  que  conciernan  directamente  á  su  persona.  En  primer 
lugar,  el  deber  de  la  obediencia  en  el  matrimonio  es,  dígase  lo-  que  se 
quiera,  un  deber  puramente  moral.  Desde  el  instante  en  que  la  coacción 
interviene,  ya  la  sociedad  conyugal  no  existe.  Se  vé  herida  en  su  funda- 
mento esencial,  la  comunidad  de  voluntades.  ¿A. 'qué,  pues,  consignar  en 
las  leyes  deberes  que  pertenecen  exclusivamente  al  dominio  de  la  moral 
y  del  sentimiento?  El  legislador  es  impotente  para  hacerlos  cumplir.  La 
única  sanción  del  matrimonio  es  el  divorcio.  —En  segundo  lugar,  ¿por  qué 
se  ha  de  erigir  al  marido  en  autoridad  cuando  se  trata  de  una  sociedad 
entre  iguales?  El  marido  puede  aconsejar;  puede  con  sus  razones  influir 
poderosamente  en  el  ánimo  de  la  mujer  y  disuadirlo  de  cualquier  propó- 
sito cuya  realización  no  se  compadezca  con  el  decoro  de  la  propia  mujer 
ó  con  el  bien  de  la  familia.  Y  aquí  es  oportuno  hacer  constar  una  con- 
tradicción de  nota  en  que  incurren  las  leyes.  Prohíbese  á  la  mujer  que 
sea  fiadora  del  marido  ó  que  se  obligue  mancomunadamente  con  él  (ley 
61  de  Toro)  por  temor  á  la  influencia  que  en  su  ánimo  pueda  ejercer;  y, 
8Ín  embargo,  se  subordina  á  la  mujer  á  la  autoridad  del  marido,  en  tér- 
minos que  nada  puede  hacer  sin  su  licencia  ¡Bello  modo,  por  cierto,  de 


(1)    Elemente  du  Droit  frangals. — Tomo  I,  pág.  147  y  siguiente. 


r  • ....,•  . 

CAPAOÍDAD  DE  LA  1ÍUÍ2R  DURANTE  th  UAT&IKOIÍK)  ¿17 

avivar  y  robustecer  en  la  mujer  el  sentimiento  de  la  independenoáa  para 
resistir  á  las  imposiciones  del  marido!  Si  la  ley  reconoce,  y  la  experiencia 
lo  atestigua,  que  la  mujer  cede  á  la  influencia  del  marido,  ¿por  qué  se  ha 
de  erigir  á  éste  en  autoridad,  y  no  reconocerle  más  bien  el  carácter  de 
consejero?  ¿Por  qué  se  le  ha  de  dar  el  voto  decisivo,  que  las  más  veces 
irrita  y  lastima,  y  no  el  consultivo,  á  fin  de  que  la  decisión  sea  común, 
con  lo  cual  ganarla  en  solidez  la  unión  conyugal?  Por  fortuna,  las  cos- 
tumbres son  superiores  á  las  leyes. 

En  cvanto  á  lo  que  manifíesta  Mr.  Glasson  sobre  la  libre  disposición 
de  los  bienes  afectos  á  las  necesidades  de  la  familia,  estamos  de  acuerdo 
con  él  en  que  la  mujer  no  pueda  hacerlo  por  sí  sol©  Pero  aquí  la  cues- 
tión varía.  Se  trata  de  un  contrato  de  matrimonio,  esto  es,  de  capitula- 
ciones matrimoniales;  y  claro  está  que  la  mujer,  como  cualquier  contra- 
yente, está  obligada  á  respetar  lo  estipulado.  En  casos  de  esa  naturaleza 
debe  procederse  de  común  acuerdo.  Nuestra  Ley  Hipotecaria  preceptúa 
que  para  la  enagenacion  6  gravamen  de  los  bienes  dótales  medie,  como 
requisito  previo  y  esencial,  el  expreso  consentimiento  de  ambos  cónyuges. 

El  señor  Fernandez  Ellas,  en  su  obra  titulada:  uNoviaimo  tratadlo  com- 
pleto de  Filosofía  del  Derecho»  dice  respecto  al  asunto  de  esta  Memoria 
lo  que  á  continuación  transcribimos:  <cNo  es  fácil  hallar  en  el  derecho  na- 
tural razones  fuertes  y  muy  sólidas  en  pro  de  la  preponderancia  que  las 
leyes  positivas  dan  al  marido  sobre  la  mujer,  porque  habiendo  dicho  nos- 
otros que  la  sociedad  conyugal  no  puede  establecerse  sino  sobre  la  base 
del  amor,  y  de  la  igualdad  por  consiguiente,  es  indudable  que  esta  igual- 
dad se  rompe  desde  el  momento  que  se  acuerde  al  hombre  la  dirección 
suprema  de  la  asociación;  y  sin  embargo,  si  se  tiene  en  cuenta  que  no 
puede  existir,  ni  comprenderse  siquiera,  una  sociedad  sin  que  aparezca 
en  ella  la  razón  como  elemento  superior  á  todos  los  demás  componentes, 
y  á  todos  se  imponga;  que  este  elemento  generalmente  se  traduce  en  una 
mayoría;  que  en  una  sociedad  de  dos  personas  .esa  mayoría  no  puede 
existir,  y  que  tampoco  sería  conveniente  que  radicase  el  poder  en  el  ser 
más  débil  y  menos  experimentado;  se  alcanza  la  necesidad  desque  el  po- 
der radique  en  el  hombre,  si  bien  templado  siempre  por  los  consejos  y 
por  la  influencia  natural  y  legitima  que  sobre  él  tendrá  constantemente 
la  mujer.»  (1) 

(1)    Pág.  651  y  siguiente. 

28 


ks 


EfeVlSÍA  Í)E  CUBA 


El  autor  comienza,  como  se  lia  visto,  por  reconocer  que  ante  la  filo- 
Sofía  del  derecho  no  tiene  defensa  la  potestad  marital;  y  luego,  rompiendo 
con  los  principios  fundamentales  que  en  su  libro  expone,  pretende  justi- 
ñcar  lo  mismo  que  por  ellos  se  condena,  decidiéndose  al  cabo  por  un 
despotismo  iliistrado^  un  despotismo  fundado  en  la  razón.  No  cabe  nada 
más  ilógico  ni  contradictorio.  Pero  veamos  el  motivo  que  alega  en  apoyo 
de  su  parecer  ultimo.  Merece  examinarse.   , 

Dlcese:  no  se  comprende  siquiera  una  sociedad  sin  que  aparezca  en 
ella  la  razón  como  elemento  superior  que  á  todos  se  imponga,  elemento 
que  se  traduce  generalmente  en  una  mayoría,  la  cual  no  es  dable  que 
exista  en  una  sociedad  de  dos.  Primera  observación.  No  hay  fundamen- 
to para  estimar  el  matrimonio  como  única  sociedad  de  dos  personas.  Así 
en  el  orden  puramente  civil  como  en  el  mercantil,  hay  muchas  socieda- 
des en  que  no  hay  más  que  dos  socios.  Ninguna  ley  exije  que,  al  efecto 
de  que  exista  siempre  una  mayoría,  haya  de  componerse  de  más  de  dos 
personas  una  sociedad.  Eso  es  evidente.  Y  sin  embargo,  no  es  condición 
para  la  existencia  de  una  sociedad  civil  ó  mercantil  de  dos  personas  so- 
lamente, que  una  de  ellas  ejerza  el  poder,  en  nombre  de  la  razón,  y  la 
otra  obedezca,  sin  más  voto  que  el  consultivo.  La  decisión  debe  ser  obra 
común.  Si  hubiere  divergencia,  á  los  tribunales  toca  resolver,  como  pre- 
ceptúa el  Códigc^civil  italiano  paia  el  caso  que  hubiere  oposición  entre 
los  intereses  de  los  esposos. — Segunda  observación.  La  naturaleza  pura- 
mente moral  del  matrimonio  reclama  que  haya  igualdad  entre  los  cón- 
yuges y  que  sea  una  verdad  el  consorcio  de  las  voluntades.  Medios  mo- 
rales hay,  y  muy  poderosos,  para  conservar  la  paz  en  la  sociedad  con- 
yugal y  crear  el  acuerdo  entre  los  esposos.  Someter  la  voluntad  de  la 
mujer  al  poder  del  marido  es  minar  la  existencia  del  matrimonio;  desco- 
nocer su  carácter  y  dar  origen  á  dolorosas  desavenencias  domésticas.  La 
mujer,  ser  racional  y  libre,  se  siente  herida  en  su  dignidad  y  el  espíritu 
de  rebelión  fermenta  en  ella.-^El  marido,  entablada  la  lucha  y  encari- 
fiado  con  su  poder,  quiere  imponerse  y  vencer  para  dejar  á  salvo  su  auto* 

« 

ridad.  De  esa  suerte,  el  matrimonio,  como  asociación  de  voluntades  y 
símbolo  de  armonía,  desaparece.  No  quedan  más  que  las  relaciones  es- 
trictamente jurídicas,  que  nada  valen  si  no  tienen  por  base  el  recíproco 
afecto.  El  único  remedio,  en  ese  caso  es  el  divorcio,  la  disolución  de  la 
sociedad  conyugal,  ya  disuelta  de  hecho. 


CAPACIDAD  DE  LA  UUJEE  DDBANTE  EL  Hi^TBIHOMt 
Conforme  á  las  ídeasque  profesamos  de  acuerdo  con  dos  ilust 
enltos,  fl)  la  igualdad  debe  reinar  en  et  matrimonio.  Ni  al  mi 
mando  ni  á  la  mujer  la  obediencia.  En  aus  asuntos  propios,  en 
lares  intereses,  cada  cónyuge  debe,  en  último  resultado,  proc( 
tera  independencia,  con  perfecta  capacidad,  puesto  que  en  el 
DO  debe  perder  ninguno  de  loa  cónyuges  loa  derechos  inhe 
personalidad.  En  los  intereses  comanes,  han  de  proceder  de  ce 
do.  De  consiguiente,  repudiamos,  en  el  terreno  de  los  buenoi 
las  leyes  que  regulan  la  capacidad  de  la  mujer  casada  en  cue 
tan  6  anulan. 

ANTONIO  GOVIN, 
Habana,  NoTÍembre  de  1880. 


{])     Áhreta.  Cours  de  Droit  nalurel.  C  ed.— Tomo  II,  pSg.  283.— 
»es  de  Droit  civil.  Tomo  III.  pUg.  113  y  sigotentes. 


-r^r^ * 


CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS. 


(Segunda  serle.) 


«-!-  '.  J  ■ 


LECCIÓN  QUINTA. 


SuvABio. — Importancia  de  los  fenómenos  de  movimiento  en  el  estudio  de  los  estados 
subjetivos.— El  sistema  muscular. — Sensibilidad  muscular. — Como  se  trasmita  al 
semorio;  opiniones  contrarias  de  fisiologistas  y  psicólogos. — Teoría  de  Bain  sobre 
la  fuerza  espontánea. — Crítica  de  esta  teoría. — Fundamento  orgánico  de  la  perso- 
nalidad.— Desproporción  enorme  entre  el  estímulo  físico  y  ^1  resultado  mental. — 
Repetición  automática  de  los  movimientos. — Flan  para  el  estudio  general  de  las 
sensaciones. — Primacía  de  las  sensaciones  de  movimiento. 


SeITORES: 

El  concepto  fundamental  en  que  tanto  he  insistido,  y  que  nos  presen- 
ta todo  acto  psíquico  como  expresivo  de  la  relación  de  un  objeto  con  su 
sujeto,  concediendo  toda  la  importancia  que  merecen  á  las  ideas  de  medio 
ambiente  y  de  contacto,  nos  patentiza  que  también  en  el  mundo  subjeti- 
vo debemos  encontrar  á  cada  paso,  bajo  la  aparente  variedad  de  los  fer 
¿ómenos,  un  fenómeno  de  movimiento.  No  sólo  porque  nuestros  estados 
de  conciencia  se  nos  presentan  como  una  serie  sucesiva,'lo  cual  ya  de  por 
si  serla  de  grande  trascendencia  para  encarecer  la  idea  de  movimiento; 
sino  porque  ninguno  de  los  esiimuloa  que  no?  llaman  incesaniemenle  á 


•  < 


C0NFEREN0IA8  FILOSÓFICAS  221 

entrar  en  relación  con  lo  objetivo  puede  producir  sus  efectos  sin  movi- 
mientos del  objeto  ó  del  sujeto,  y  las  más  de  las  veces  con  movimientos 
simultáneos  de  ambos.  La  sensación  caloriñca  supone  renovación  de 
las  moléculas  de  aire  que  bafian  nuestro  cuerpo;  la  sensación  táctil 
reqsiere  ó  aproximación  del  objeto  que  se  toca  ó  movimientos  variados 
de  nuestros  órganos;  las  sensaciones  gustativas  7  olfatorias  exigen  disolu^ 
cion  de  las  materias  sápidas  7  odoríferas^  7  las  primeras  son  auxiliadas 
por  los  movimientos  del  aparato  bucal;  las  sensaciones  sonoras  piden 
ondulaciones  del  aire  7  diversos  movimientos,  que  las  vibraciones  del 
tímpano  propagan  al  oido  medio  é  interno;  las  sensaciones  visuales  son 
imposibles  sin  las  vibraciones  etéreas  7  requieren  delicadísimos  movi- 
mientos musculares.  Ha7  más  aún.  Cuando  nos  proponemos  inquirir 
cuál  puede  ser  la  sensación  que  se  presenta  á  nuestra  conciencia  como 
primaria  7  fundamental,  aquella  sin  la  cual  no  llegaríamos  á  distiníi^iir- 
nos  del  no-70,  hallamos  la  senínacion  de  resistencia,  que  hq,ce  posible  el 
contacto;  es  decir  que  está  imbíbita  en  la  noción  primera,  en  la  de  la 
universal  relatividad.  Y  esta  sensación  de  resistencia,  ¿qué  formas  puede 
tener?  O  el  objeto  choca  con  nosotros  6  nosotros  con  el  objeto,  7  en  uno 
ú  otro  caso  ha7  una  reacción  muscular,  la  tonicidad  de  nuestros  múscu- 
los se  hace  consciente,  pudiéramos  decir  que  nos  sentimos  como  fnerza. 
Sabiendo,  pues,  como  sabemos,  que  todo  movimiento  mecánico — á  excep- 
ción de  movimientos  vibratorios  del  cráneo  7  sacudidas  del  esqueleto 
de  escasa  importancia — tiene  lugar  en  nuestro  organismo  por  medio  del 
sistema  muscular,  impórtanos  mu7  mucho  estudiarlo  en  sus  relacionea 
con  todas  las  fases  del  espíritu;  tanto  más  cuanto  que  por  lo  pronto  hef- 
mos  hallado  una  que  indica  cuan  gran  papel  desempeña  en  toda  nuestrft 
vida  psíquica. 

Que  este  estudio  debe  preceder  al  de  las  sensaciones  propiamente 
dichas,  parece  quedar  demostrado  por  las  consideraciones  anteriores;  Bain, 
que  lo  entiende  así,  añade  otras  dos  razones,  implicadas  ciertamente  en 
lo  dicho,  pero  que  importa  poner  de  relieve.  Es  la  primera,  que  el  mo- 
vimiento  precede  á  la  sensación;  7  la  segunda  que  la  acción  es  una  pro-' 
piedad  más  Intima,  más  fundamental  que  ninguna  de  nuestras  sensación 
nes,  es  tina  parte  constitu7ente  de  cada  uno  de  nuestros  sentidos)  7,  por 
tanto,  éstos  son  compuestos,  mientras  ella  es  simple. 

£«  rerd»d  que  tomo  la  prirnem  de  0tftas  rasiones  en  ttn  sentido  lilg<^ 


222 


REVISTA  DE  CUBA 


distinto  del  que  le  atribuye  su  autor;  pero  eso  depende  de  que  él  alude 
aqui  á  una  teoría  que  sólo  es  parcialmente  cierta,  la  cual  no  tardarémog 
en  examinar;  j  70  me  cifio  á  lo  expuesto  en  los  primeros  párrafos. 

Con  esta  salvedad,  podemos  entrar  en  el  estudio  sucinto  del  sistema 
muscular  7  de  sus  funciones  tanto  orgánicas  como  psicológicas. 

Distinguense  dos  suertes  de  müsculos,  los  estriados  7  los  liaos.  Los 
primeros,  que  constituyen  la  musculatura  ordinaria  del  tronco  7  las  ex* 
tremidades,  están  compuestos  por  haces  de  fibras,  generalmente  unidos 
por  sus  extremos  á  cuerdas  de  tegido  conexivo,  los  tendones, lior  medio  de 
los  cuales  se  adhieren  á  los  huesos.  Estos  haces  están  envueltos,  por  lo 
regular,  en  una  fuerte  vaina  de  tegido  conexivo  que  los  mantiene  atados 
7  que  recibe  los  vasos  7  nervios  del  müsculo;  se  llama  fascia.  En  el  haz 
muscular,  como  en  el  haz  nervioso,  cada  fibra  conserva  su  independencia 
7  está  protegida  por  una  membrana  elástica  7  transparente,  que  lleva  el 
nombre  de  sarcolema,  ?ero  ha7  una  difirencia  en  la  estructura  de  las 
fibras  musculares  sobre  la  cual  importa  detener  la  atención.  El  müsculo 
en  su  conjunto  presenta  estrías  mu7  marcadas  en  sentido  transversal;  7 
las  fibras  examinadas  al  microscopio  se  descomponen  en  fibrillas  cada  una 
de  las  cuales  aparece  formada  de  pequeñísimas,  pero  distintas  porciones; 
puesto  que,  vistas  al  trasluz,  ofrecen  partes  iluminadas  7  oscuras,  dis- 
puestas exactamente  como  las  estrias  transversales  déla  fibra  entera,  con 
las  cuales  se  corresponden.  Esta  estructura  es  la  que  supone  en  los  ner^ 
vios  conductores  la  teoría  que  expuse  en  la  conferencia  anterior  sobre  la 
naturaleza  del  movimiento  trasmisor;  pues  el  müsculo  en  su  totalidad 
presenta  la  misma  le7  del  antagonismo  electromotor  de  las  dos  secciones; 
7  esta  disposición  en  partecillas  visibles  autoriza  á  trasladar  á  cada  una 
'de  ellas  el  antagonismo  de  toda  la  masa. 

En  cuanto  á  los  müsculos  lisos,  se  componen  de  fibras,  cada  una  de 
las  cuales  tiene  su  nücleo  en  forma  de  varilla;  carecen  de  estrías  7  de  sar- 
colema, 7  no  se  descomponen  en  fibrillas. 

Desde  el  punto  de  vista  de  la  ciencia  mental  los  müsculos  lisos  son 
independientes  de  la  acción  de  la  voluntad,  á  diferencia  de  la  generali- 
dad de  los  estriados. 

Los  müsculos  tienen  formas  mu7  variadas,  predominando  la  oblonga. 
Todos  sirven  de  terminación  á  un  nervio.  Esta  terminación  es  notable. 
El  neurilema  del  filete  nervioso  se  funde  en  el  sarcolema,  7  las  diversas 


COÑFERENdlAS  l^lLOdÓFICAd  223 

« 

fibras  del  hd¿  de  rami&can  é  insinüan  por  entre  las  fibras  müsoillares,  per- 
diendo sus  envolturas  hasta  quedar  reducidas  al  eje  cilindrico,  el  cual  se 
transforma,  por  último,  en  un  cuerpo  de  estructura  celular  que  se  pone  en 
contacto  inmediato  con  la  sustancia  muscular,  y  que  se  ha  W&m&do- placa 
nerviosa  terminal.  Por  tanto,  la  comunicación  de  las  fibras  del  filete 
nervioso  con  las  fibras  del  haz  muscular  se  produce  por  contacto  in- 
mediato. 

Esta  es  una  de  tantas  estructuras  teriüinales  de  los  nervios  conducto- 
res; 7  estudiadas  las  propiedades  de  la  sustancia  á  que  se  adhieren  y  con 
que  tal  vez  se  amalgaman,  según  la  opinión  del  profesor  Gerlach,  sabre- 
mos el  papel  que  van'á  desempeñar  allí. 

La  sustancia  muscular  es  elástica,  y  su  propiedad  característica  es 
contraerse  bajo  la  acción  de  un  estimulo.  Al  contraerse  desarrolla  fuerza, 
produce  un  trabajo.  El  estimulo  puede  obrar  directamente  sobre  el  tegi- 
do  muscular;  en  este  caso  es  inmediato,  ó  puede  obrar  sobre  los  nervios 
que  van  á  terminar  e^  el  músculo;  el  estimulo  será  entonces  mediato.  Ya 
sabemos  que  el  nervio  puede  ser  irritado  directamente,  ó  recibir  el  es- 
tímulo de  una  célula  mediante  un  circuito  más  ó  menos  prolongado. 

Interviniendo  ios  nervios,  debemos  prometernos  la  manifestación  en 
el.  músculo  de  una  propiedad  inherente  á  la  presencia  de  ese  elemento: 
la  sensibilidad.  En  efecto,  todo  golpe,  desgarradura,  hendidura  ó  espas- 
mo de  un  músculo  produce  una  sensación  más  ó  menos  dolorosa.  Hay 
otra  forma  de  sensación  muscular  muy  importante,  por  más  que  sea  muy 
yaga,  tal  vez  por  su  misma  permanencia,  la  que  nos  dá  la  conciencia  de 
un  movimiento  voluntario — ésta  es  su  forma  extrema  y  plenamente  cons- 
ciente— y  que  subsiste  en  la  forma  de  conciencia  de  la  tonicidad  muscu- 
lar,  menos  consciente  é  intensa  .aunque  más  extensa.  Hay,  pues,  sensa- 
Clones  musculares;  sobre  esto  no  se  mueve  hoy  discusión;  pero  si  se  mueve 
7  muy  porfiada  acerca  de  la  manera  de  llegar  al  sensorio  esta  sensación 
especial.  Preséntanse  aquí  dos  teorías  extremas  representadas  la  una  por 
insignes  fisiólogos  como  Schiff,  Schroeder,  Vander  Kolk,  Trousseau,  Fe- 
rrier,  etc.,.  y  la  otra  por  psicólogos  eminentes  como  Bain,  Wundt,  Lewes. 
Los  primeros,  en  especial  Ferrier,  sostienen  que  las  sensaciones  muscula- 
res no  son  primitivas,  sino  que  se  asocian  á  los  movimientos  producidos 
por  un  órgano  cualquiera,  y  van  al  cerebro  por  los  nervios  sensitivos  que 
sirven  para  el  tacto,  es  decir,  que  son  sensaciones  táctiles  que  se  funden 


224  ¿EVI8ÍA  DE  CUéÁ 

coa  la  conciencia  del  impulso  motriz.  Los  segundos  quieren  que  la  sensa- 
ción muscular  sea  un  concomitante  de  la  corriente  que  viene'  del  sensorio 
al  músculo,  y  vaya  por  el  mismo  canal  del  müsculo  al  sensorio.  Es  decir 
que  el  nervio  motor,  que  conduce  la  irritación  al  müsculo,  trasmita  la 
reacción  del  músculo  al  cerebro.  Esta  teoría  es  sumamente  increniosa,  y 
mucho  más  después  que  se  ha  demostrado,  como  ya  sabemos,  que  la  irri- 
tación ó  excitación  se  propaga  igualmente  en  un  nervio  en  los  dos  senti- 
dos. Pero  militan  contra  ella  hechos  que  la  invalidan  mientras  no  logre 
explicarlos.  Es  el  primero  y  más  decisivo  el  que  en  todos  los  casos  obser- 
vados  de  abolición  del  sentido  del  tacto  hay  pérdida  del  sentido  muscu- 
lar, por  más  que  subsistan  los  movimientos.  En  caso  de  hemianestesia 
cerebral,  con  pérdida  completa  de  la  sensación  táctil,  ha  persistido  la 
facultad  motriz,  puesto  que  se  han  podido  mover  los  miembros;  pero  la 
conciencia  de  la  posición  del  miembro  y  de  la  contracción  muscular  en 
aquella  parte  del  organismo  ha  desaparecido.  Demeaux,  Maguan  y  otros 
refieren  numerosos  ejemplos.  Por  otra  parte,  en  casos  de  amputados,  se 
ha  hecho  revivir  la  sensación  de  un  movimiento  en  órganos  que  ya  no 
exiatian,  excitando  los  nervios  sensitivos  del  muñón.  Weir-Mitchell  en 
su  obra  sobre  Lesiones  de  los  nervios  presenta  ejemplos  auténticos. 

El  reciente  descubrimiento  de  Sachs,  por  el  cual  sabemos  que  los 
mútículos  reciben  nervios  sensitivos,  que  provienen,  como  todos  los  de- 
más de  su  clase,  de  las  raices  posteriores  de  la  médula,  no  sólo  explica 
las  sensaciones  dolorosas  que  puede  producir  un  músculo,  sino  que  apo- 
ya poderosamente  la  opinión  de  los  que  sostienen  que  la  excitación  cen- 
trípeta vá,  aquí  como  en  los  demás  sentidos,  por  un  canal  distinto.  Ade- 
más, Raubes  ha  descubierto  en  los  músculos,  corpúsculos  de  Pacini, 
órganos  especialmente  susceptibles  de  recibir  el  estímulo  de  la  presión 
mecánica,  y  que  se  encuentran  en  las  articulaciones,  los  ligamentos  y  el 
periosto.  Estas  y  otras  razones  de  no  menos  peso  me  hacen  decidir  por 
la  teoría  que  separa  el  conducto  de  la  sensación  muscular  del  conducto 
de  la  impresión  motriz.  (1)  De  todos  modos  la  existencia  de  una  sensa- 


(1)  Como  se  vé  pudiéramos  aceptar  plenamente  la  conclusión  de  Sachs,  para  quien 
«el  sentido  muscular  resulta  de  la  presión  mecánica  que  la  fibra  muscular  primitiva 
ejerce  sobre  la  red  nerviosa  que  la  envuelve,  en  el  momento  en  que  cambia  de  forma 
7  volumen,  por  efecto  de  la  contraccionii 


confebiíkcias  hlosofioas  225 

ff 

cion  8ui  génerís,  que  acompaña  nuestros  movimiento?  y  que  produce  la 
sensación  permanente  de  esfuerzo  que  llamamos  tonicidad,  es  un  dato 
precioso  que  podemos  considerar  sólidamente  establecido,  y  que  no  sufre, 
desde  el  punto  de  vista  psíquico,  porque  no  se  acepte  la  teoría  de  los 
eminentes  psicólogos  ya  citados.  Nos  queda  el  hecho,  aunque  nos  aparte- 
mos en  la  interpretación. 

Los  estímulos  que  pueden  despertar  la  irritabilidad  muscular  son  de 
tres  órdenes:  fisicos,  orgánicos  y  mentales.  De  los  físicos  no  necesitamos 
ocuparnos  ahora;  los  orgánicos  son  todos  aquellos  que  dependen  del  jue- 
go ordenado  de  nuestras  funciones;  los  mentales  son  las  determinaciones 
inconscientes,  las  emociones  y  la  volición. 

Entre  estos  últimos  coloca  Bain  esa  reacción  orgánica  permanente 
cuya  primera  y  fundamental  manifestación  es  la  tonicidad,  y  que  él 
llama  la  fuerza  espontánea.  Nos  importa  examinar  esta  teoría. 

Bain  sostiene  que  existen  movimientos  y  acciones  independientes  de 
las  sensaciones  de  los  sentidos  especiales,  y  que  las  preceden.  Para  esto 
se  funda  en  la  tonicidad  ya  citada,  en  la  constricción  permanente  de  los 
esfínteres,  en  los  movimientos  variadísimos  y  desordenados  de  los  infan- 
tes y  de  los  animales  en  su  primera  edad,  en  la  necesidad  de  entrar  en 
ejercicio  que  experimentan  los  órganos,  después  del  reposo,  en  la  influen* 
cia  de  ciertas  drogas  como  la  estricnina,  bajo  la  cual  el  gasto  de  fuerza 
es  enorme  con  relación  al  estímulo  (Bain  dice,  con  independencia  de  nin- 
gún estimulo),  y  en  las  personas  cuyo  carácter  parece  concentrarse  en 
una  actividad  sin  límites,  y  á  veces  sin  objeto.  He  prescindido  de  otras 
pruebas,  en  mi  sentir  mucho  menos  pertinentes. 

Si  hemos  de  apreciar  atinadamente  lo  que  hay  de  verdadero  en  el 
fondo  de  esta  teoría  que  viene  á  dotar  á  los  centros  nerviosos  de  activi- 
dad espontánea,  es  decir,  no  solicitada,  comencemos  por  descartar  los 
ejemplos  en  que  el  estímulo  exterior  es  innegable;  y  nos  quedamos  redu- 
cidoB  á  la  tonicidad  y  á  la  contracción  de  los  esfínteres,  que  es  un  grado 
superior  de  esa  misma  tonicidad.  Cierto  que  en  los  casos  del  niño  y  del 
cachorrillo,  en  el  del  envenenamiento  por  la  estricnina  y  en  el  del  hom- 
bre bullicioso  é  inquieto,  hay  desproporción  entre  el  estímulo  primero  y 
el  resultado  en  movimientos;  pero  el  estímulo  existe  y  no  sólo  existe,  sino 
que,  iniciado,  se  multiplica.  El  niño  tendido  en  su  lecho  recibe  sensaciones 
de  presión  variadas,  sensaciones  térmicas,    sensaciones   pulmonares  ó 

29 


^20  ÍlfíVl8T A  Í)E  CÍfBÁ 

l^espiratoriaa,  sensaciones  visuales,  prescindamos  de  las  sensaciones  per- 
manentes auditivas;  cualquiera  de  éstas  ó.  todas  juntas,  provocan  nn 
movimiento,  por  mera  acción  refleja,  pero  un  movimiento — en  las 
condiciones  psíquicas  de  un  niño — no  es  más  que  el  primer  paso  de 
una  larga  serie  de  otros;  porque  el  primero  supone  un  cambio  de  po- 
sición y  nuevas  presiones  ó  una  distinta  exposición  al  aire  ambiente,  y 
aumento  6  descenso  de  temperatura;  diferencias  en  el  campo  visual;  ee 
decir,  cambios  rápidos  de  estimulación  que  se  van  sucediendo  y  provo- 
cando sus  respuestas*— sin  tener  en  cuenta  que  la  vista  de  un  movimiento 
provoca  por  asociación  y  por  imitación  otros  y  otros— factor  psíquico  que 
DO  he  querido  introducir  para  atenerme  sólo  á  los  datos  de  la  sensación 
externa.  El  adulto  recibe  todos  esos  estímulos,  pero  en  él  van  á  desper- 
tar no  sólo  actos  reflejos,  sino  el  largo  proceso  de  la  ideación;  las  fuerzas 
orgánicas  tienen  que  concurrir  á  otras  funciones  antes  de  producir  un 
movimiento;  en  el  niño  están  casi  intactas  al  servicio  de  la  acción.  La 
descarga  sigue  instantáneamente  á  la  excitación;  y  el  efecto  se  traduce 
por  nuevas  excitaciones  en  un  circuito  interminable.  El  caso  del  niño  se 
aplica  á  los  otros;  sólo  que  en  el  hombre  dotado  de  una  actividad  extra- 
ordinaria, sin  olvidar  que  en  tesis  general  adolece  de  una  irreflexión  que 
lo  aproxima  al  ejemplo  anterior,  hay  que  tener  en  cuenta  el  influjo  de  las 
ideas  é  imágenes  de  movimiento;  éstas  llenan  por  completo  su  cerebro,  y 
son  solicitaciones  incesantes  á  que  responde  ciegamente.  Volvemos  por 
Otro  camino  á  un  movimiento  inicial,  hijo  de  un  estímulo,  y  que  provoca 
una  serie  infinita  de  otros  movimientos. 

Quédanos,  pues,  la  tonicidad.  ¿Con  qué  derecho  suprimimos  en  este  fe- 
nómeno la  inmersión  en  el  medio  ambiente,  la  reacción  de  la  base  de 
sustentación,  la  presión  atmosférica,  la  luz  difusa,  la  sonoridad  constan- 
te? Estímulos  externos  incesantes  que  «xigen  una  reacción  permanente. 
Pero  hay  más,  el  medio  para  los  organismos  perfectos  no  es  solo  el  exter- 
no, hay  un  medio  interno  de  que  no  podemos  prescindir,  el  cual  ee  otra 
fuente  de  estimulación.  ¿Cómo  olvidar  la  aspiración  é  inspiración  alter- 
nadas de  la  masa  de  aire  que  entra,  se  estanca  y  fluye  sucesivamente  en 
los  pulmoneSi  la  corriente  y  riego  sanguíneo  y  linfático,  la  elaboración  de 
las  secreciones,  el  trabajo  de  nutrición  en  su  totalidad,  actuando  á  la  vez 
en  todas  las  partes  del  organismo,  y  yendo  á  solicitar  y  provocar  hasta 
las  tenues  celdillas  epitélicas  ciliadas  de  los  intestinos?  Aquí  tenemos  un 


CONFEBENGIAS  FILOSÓFICAS  227 

estimulo  interno  incesante  que  exige  á  su  vez  una  reacción  permanente. 
La  tonicidad  tiene  sns  estímulos  puramente  orgánicos,  los  tiene  extra-or« 
ganicos,  pero  unos  y  otros  obran  continuadamente,  por  eso  su  reacción 
68  continua;  y  tanto,  que  en  realidad  de  verdad  considero  que  en  ella  re- 
side el  fundamento  de  nuestra  personalidad.  Si  el  hombre  se  siente  como 
una  fuerza,  es  porque  en  realidad  la  conciencia  de  la  tonicidad  de  sus 
músculos  no  es  otra  cosa  que  la  conciencia  de  su  reacción  contra  el  me- 
dio;  del  equilibrio  que  constituye  la  vida  de  todo  organismo.  No  recuer* 
do  pruebas  directas  de  lo  que  pudiera  ser  la  abolición  completa  de  esta 
conciencia;  pero  indirectas  si,  en  ciertas  formas  de  éxtasis.  El  éxtasis  pro- 
ducido por  una  idea  fija  y  absorbente  ocasiona  una  especie  de  anestesia 
psíquica,  la  conciencia  está  toda  en  aquella  idea,  se  eclipsa  la  sensación 
permanente  de  la  tonicidad,  el  extático  ignora  su  cuerpo,  no  lo  siente,  ea 
espíritu  puro,  flota  en  el  aire  y  se  cierne  sobre  la  tierra. 

Pero,  ¿quiere  esto  decir  que  Bain  ha  prescindido  por  completo  de  to* 
dos  estos  estímulos?  Por  lo  menos  no  los  aprecia  ni  en  todo  su  valor,  ni 
en  su  conjunto.  Hay  bastante  indecisión  en  sus  palabras.  Por  una  parte 
coloca  la  fuerza  espontánea  entre  los  estímulos  mentales  de  los  movi- 
mientos musculares,  pareciendo  indicar  algunas  veces  que  esta  fuerza  se 
desarrolla  en  los  centros  sin  antecedentes'  apreciables;  por  otra  admite 
que  la  reparación  de  los  nervios  y  centros  durante  el  sueño  es  la  causa 
de  la  explosión  de  actividad  espontánea  que  se  manifiesta  al  despertar, 
llegando  á  decir  en  ese  lugar  que  el  antecedente  de  la  actividad  es  más 
bien  ñsico  que  mental,  como  en  iodos  los  casos  de  actividad  espontánea;  y 
aun  declara  que  basta  á  su  tesis  que  la  tendencia  al  movimiento  del  sis- 
tema locomotor  no  tenga  por  antecedente  una  sensación  6  una  emoción. 
Esto  reduce  á  bien  modestas  proporciones  una  teoría  que  ha  hecho  tanto 
ruido;  pues,  en  último  ¿ormino,  parece  reducirse  á  comprobar  la  acumu- 
lación por  el  reposo  y  la  nutrición  de  una  gran  fi\erza  latente  en  loa 
centros  ganglionares,  lo  cual  nadie  disputa.  Lo  que  importa,  y  me  pare- 
ce haber  probado  plenamente,  es  que  esa  fuerza  no  puede  entrar  en  acto 
per  sCy  pues  aun  el  sentimiento  de  plenitud  que  puede  determinar  una 
descarga,  requiere  la  acumulación  de  nuevQS  materiales.  El  circuito  ner- 
vioso, el  circuito  psíquico,  el  estimulo,  la  impresión,  el  acto,  esto  no  des- 
aparece nunca.  Desgraciadamente  la  teoría  de  la  actividad  espontánea 
tiende  á  dejar  en  la  sombra  el  primar  i40iQ6i)to,  y  se  pr^^t^  á  Us  máa 


i 


223  ^  BEVISTA  ^JL  OÜBA 

quiméricas  y  peligrosas  iatérprdtacioQM.  Podemos  decirlo  con  toda  con* 
fianza:  cuando  se  produce  una  corriente  nervios»,  siempre  hay  es- 
tímulo. (1) 

Sin  embargo,  desde  el  punto  de  vieta  de  la  investigación  psicológica, 
esta  teoría  pone  de  relieve  un  hecho  muy  interesante:  cuanto  puede  ez^ 
ceder  el  resultado  mental  al  estimulo  físico  inicial.  Se  ha  hecho  amena- 
do  una  atinada  comparación,  asemejando  el  estimulo  que  vá  á  hacer  vi* 
brar  el  nervio  á  la  chispa  que  provoca  la  explosión  de  una  mina  de 
pólvora.  La  fuerza  latente  acumulada  en  los  centros  puede  ser  inmensa, 
como  imensas  son  esas  fuerzas  virtuales  que  los  mecánicos  llaman  de  ten- 
sión; todo  equilibrio  químico  instable  puede  ocasionar  al  romperse  un  mo-» 
vimiento  vertiginoso  de  moléculas;  y  todo  nos  lleva  á  creer  que  ése  es  el 
estado  de  la  estructura  molecular  en  los  músculos,  y  más  aun  en  los  ner- 
vios. Pero  este  movimiento  molecular  produce  muchas  veces  grandes  mo» 
vimientos  de  masa. 

El  carbono  y  el  oxigeno  pueden  permanecer  siglos  en  equilibrio 
instable,  en  cuerpos  como  la  nitro-glicerina;  una  causa  insignificante  pue- 
de producir  su  conbi nación  en  ácido  carbónico,  cuya  expansión  ocasiona 
un  trabajo  prodigioso.  Asi  un  ligero  estimulo  produce  la  excitación  ner- 
viosa y  ésta  un  inmenso  trabajo,  ya  en  los  centros,  ya  en  los  músculos. 
Los  músculos  forman  complicadísimos  aparatos,  concurren  combinados  á 
la  producción  de  los  movimientos  corporales;  sin  embargo,  basta  un  im- 
pulso, sea  voluntario,  sea  emocional,  sea  una  determinación  habitual, 
para  poner  en  juego  todo  el  aparato  locomotor,  ya  para  la  marcha,  ya 
para  el  salto,  ya  para  la  carrera.  Basta  á  veces  la  plenitud  de  faersa 
nerviosa  en  los  centros,  como  inmediatamente  después  del  sueflo,  para 
provocar  repetidos  movimientos  de  extensión,  en  las  extremidades,  que 
se  comunican  al  tronco  y  hasta  las  facciones,  con  enarcamiento  de  las 
cejas  y  apertura  de  los  labios.  La  enumeración  simple  de  todos  los  mús- 
culos que  han  debido  entrar  en  actividad  para  producir  tan  variados 
movimientos  ocuparía  páginas. 

(1)  El  profesor  italiano  Herzen,  discutiendo  esta  opinión  de  Bain,  trae  una  ex- 
periencia que  no  carece  de  significación.  Cortadas  solamente  las  raices  sensitivas  de 

■ 

los  nervios  espinales,  se  verifica  la  relajación  de  los  músculos.  No  es  posible  descono- 
cer aquí  la  intervención  de  las  corrientes  centrípetas  en  la  tonicidad.  Séame  permiti- 
do afiadir  que  es  el  único  argumento  que  tomo  6  la  impugnación  del  dooto  prof«or. 


OONFSBEVOIAS  Flt0807I0AB  229 

Los  órganos  vocales  nos  presentan  también  un  ejemplo  notable  de 
interminables  movimientos,  producidos  por  un  sólo  impulso.  No  hablo 
del  trabajo  que  requiere  un  largo  discurso,  porque  aquí  hay  un  esfuerzo 
central  director,  que  obedece  á  leyes  de  asociación  perfectamente  cono-^ 
oidas;  sino  de  esa  charla  interminable  de  los  niños  ó  las  jóvenes,  cuando 
eetán  en  perfecto  estado  de  salud  y  nutrición,  en  que  se  suceden  las  pa<r 
labras,  como  torrente  desbordado,  sin  bilacion,  ni  concierto;  desperdicio 
fabuloso  de  movimientos  musculares,  laríngeos,  bucales  y  linguales,  que 
80  caracteriza  en  nuestra  lengua  con  la  expresión  feliz  de  hablar  por  ha* 
blar.  Es  verdad  que  en  este  caso,  como  en  todos  los  de  sucesión  de  mo* 
vimientos,  y  más  si  es  rápida,  se  produce  un  fenómeno  psíquico  notable, 
qae  pudiera  llamarse  asociación  y  mejor  repetición  automática  de  moví- 
mientes,  pues  los  primeros,  como  que  llaman  y  obligan  á  los  segundos,  y 
éstos  á  los  sucesivos,  sin  conciencia  y  sin  voluntad  del  sujeto,  que  llega 
á  sentir  una  verdadera  embriaguez,  cuyo  término,  en  determinados  ca- 
sos,  viene  á  ser  un  periodo  verdaderamente  convulsivo  y  casi  epiléptico. 
Pero  aun  reconociendo  esta  ley  de  la  continuación  de  los  movimientos 
rápidos,  siempre  resulta  que,  en  el  ejemplo  propuesto,  la  suma  de  actos 
ánn  iniciales  es  maravillosamente  mayor  que  los  estimlos  que  han  podido 
producirlos.  Así  sacamos  de  la  teoría  de  Sain  toda  la  enseñanza  á  que 
se  presta;  sin  exponernos  á  exageraciones  peligrosas. 

Podemos  ahora  prepararnos  á  estudiar  las  sensaciones  de  movimiento 
en  sus  relaciones  puramente  mentales;  y  nos  conviene  fijar  de  una  vez  el 
camino  que  hemos  de  seguir,  y  que  nos  servirá  de  norma  para  el  estudio 
de  todas  las  demás. 

No  habréis  olvidado  ciertamente  que  las  divisiones  comunes  de  los 
departamentos  del  espíritu  son  puramente  artificiales  desde  que  dejan 
de  verse  en  ellos  momentos  diversos  de  una  sola  actividad  que  se  revela 
ya  en  los  estados  de  sensibilidad,  ya  en  los  actos  volicionales,  ya  en  los 
hechos  intelectuales,  una  misma  modificación  externa  recorre  todas 
esas  fases,  y  es  sucesivamente  sensación  placentera,  dolorosa  ó  indiferente, 
imagen  que  suscita  conceptos  é  impulso  que  se  traduce  en  actos. 

Así  es  que,  si  estudiáramos  aisladamente  la  sensibilidad,  la  inteligen- 
cia y  la  volición,  nos  expondríamos  á  interminables  repeticiones  ó  á  for- 
marnos una  idea  totalmente  errónea  del  espíritu;  la  que  se  han  formado 
las  escuelas  espiritualistas^  con  virtiendo  esas  formas  de  la  actividad  mental 


230  REVISTA  DE  CüBA 

en  otras  tantas  facultades  con  sustancialidad  propia  ó  independiente.  Im- 
pórtanos mucho  más  tener  siempre  á  la.  vista  la  unidad  perfecta  del  acto 
psíquico  bajo  sus  mCiltiples  formas  internas,  ver  el  dato  de  la  ezperienoia, 
el  producto  de  lo  objetivo,  ocupando  y  fecundando  el  sujeto,  peu:a  volvec 
en  forma  de  acto  al  exterior:  esta  acción  7  reacción  mutuas  de  las  dos  ac* 
tividades  que  abarca  nuestro  conocimiento  de  la  realidad,  es  un  prinoi-» 
pió  fundamental  que  no  debemos  perder  de  vista  ni  aun  en  nuestras  di-* 
visiones  7  descripciones. 

Examinaremos,  por  tanto,  cada  uno  de  los  modos  que  tiene  el  objeto 
para  entrar  en  contacto,  en  comunicación  con  el  sujeto.  Estos  son  las  sen- 
saciones. Procuraremos  seguir  el  tra7ecto  de  cada  sensación  en  nuestro 
espíritu;  veremos  lo  que  es  objetivamente,  su  lado  ñsioo,  lo  que  es  oomo 
estimulo  nervioso,  su  difusión  por  el  organismo;  veremos  lo  que  es  en  to- 
das las  fases  de  su  estado  subjetivo,  primero  para  la  sensibilidad,  segUD 
BU  intensidad  7  extensión,  según  eus  caracteres  de  placer,  dolor  ó  indife* 
rencia;  después  para  la  voluntad,  según  va7a  á  ser  motivo  de  acción  ó 
abstención;  por  üHimo,  para  la  inteligencia,  donde  la  hemos  de  conaide* 
rar  en  los  tres  estados  que  puede  atravesar:  modificación  inconsciente 
que  sólo  se  revelará  por  sus  resultados  conscientes;  plenamente  distin- 
guida de  sus  contrarias,  ó  identificada  á  sus  semejantes  en  el  foco  de  la 
conciencia,  como  percepción;  conservada  como  impresión  latente,  con 
ma70r  ó  menor  aptitud  á  presentarse  de  nuevo  como  imagen.  Asi  confir- 
maremos la  verdad  7a  establecida  de  que  el  circuito  psíquico  puede  ser 
más  6  menos  largo,  pero  tiene  siempre  tres  estaciones  distintas. 

Esto  confirmará  también  por  qué  he  debido  empezar  por  las  sensa- 
ciones de  movimiento.  Mucho  contribn7en  á  las  construcciones  de  la  in- 
teligencia, pero  están  aún  más  en  esa  zona  intermedia,  en  ese  primer 
grado  de  la  vida  psíquica  en  que  el  circuito  psicológico  recorre  su  tra- 
7ecto  menos  largo.  Nos  dan  la  conciencia  vaga,  pero  permanente  de  nues- 
tra personalidad,  se  acumulan  en  nuestro  sensorio  en  la  forma  de  tenden- 
cias, provocan  sus  especiales  determinaciones,  tienen  su  vida  autónoma,  no 
las  separa  de  las  acciones  reflejas  sino  un  grado  poco  ma7or  de  conciencia,  7 
fácilmente  se  convierten  en  ellas;  están  en  los  dos  extremos  del  circuito 
como  sensaciones  7  como  movimientos;  en  fin,  sirven  á  maravilla  para 
elevarnos  desde  el  lindero  de  lo  meramente  fisiológico  á  las  fases  sucesi- 
yas  7  superiores  de  lo  plenamente  psicológico. 


ÓOKFfiRSKOIAa  FILOSÓFICAS  281 

Coando  hayamos  hecho  igual  estudio  y  aplicación  de  las  demás  sea- 
sacionee,  así  oi^ánicas  como  de  los  sentidos  especiales,  cuando  aprenda- 
mos á  verlas  combinarse  y  auxiliarse,  cuando  nos  demos  cuenta  de  có- 
mo contribuyen,  cada  una  por  su  parte  y  todas  juntas,  á  formar  las 
solicitaciones  de  la  vida  psíquica,  tanto  rudimentaria  como  completa, 
¿quién  duda  que  tendremos  los  materiales  para  abarcar  el  modo  de  fun- 
cionar variadísimo  de  esas  esferas  superiores,  la  inteligencia  y  la  volun- 
tad? Entonces,  y  sólo  entonces,  podremos  aspirar  á  verdaderas  leyes,  que 
salgan  del  reducido  cuadro  de  las  generalizaciones  empíricas,  ó  que  no 
saan,  como  las  de  la  vieja  psicología,  deducciones  artificiales  de  princi- 
pios totalmente  hipotéticos. 

No  es  deciros  ésto  ni  que  podré  yo  llenar  un  programa  tan  extenso 
ni  que  los  verdaderos  maestros,  los  grandes  psicólogos,  hayan  logrado 
realizarlo  en  todas  sus  partes;  sino  que  ya  no  trabaja  la  psicología  á 
tientas,  y  que  no  es  poco  conocer  el  cuadro  en  que  han  de  encerrarse 
stn  conclusiones,  tener  perfectamente  limitado  el  campo  de  sus  pes- 
qnisab.  Asi  es  como  han  entrado  todas  las  ciencias  en  las  vías  de  sus 
grandes  progresos;  asi  es  como  nuestro  siglo  ha  visto  formarse  y  verá 
quizás  terminar  la  verdadera  psicología. 


LEOOION  SEXTA. 

SxTVASio. — Sentido  mriBcalar. — Difosion  de  las  sensaciones  moscnlares. — La  expre- 
sión.— El  rifcmo.^^Üalidad  de  las  sensaciones  mnscalares. — En  la  tensión. — En 
los  movimientos. — Movimientos  lentos. — Movimientos  rápidos.— Qrado  de  las 
sensaciones  muscnlares.  —Sus  caracteres  volicionales. — Elementes  qne  sugiere  el 
sentido  muscular  á  la  inteligencia. — Sensación  de  peso. — Sensación  de  resistencia. 
—Actividad  y  pasividad  del  sujeto. — Modos  de  la  distinción  muscular. — Sensa- 
eion  de  esfuerzo. — Continuación  del  esfuerzo. — Rapidez. — Rudimentos  de  las  no- 
ciones de  espacio  y  tiempo. — Identificación  de  las  sensaciones  musculares. 

SeÍÍORES:       ^ 

Mncho  tenemos  ya  adelantado  para  el  estudio  del  sentido  muscular, 
bajo  en  aspecto  ñsico.  Conocemos  el  tegido  y  las  masas  musculares,  cono- 
cemos los  filetes  nerviosos  particularmente  motrices,  conocemos  los  es- 


m 


tísMialA.  t>k  tivüi 


timulos  que  por  conducto  de  los  nervios  determinan  la  forma  especial  dé 
irritabilidad  de  que  está  dotada  la  fibra  muscular:  la  contracción,  7  tene- 
mos noticia  de  la  empeñada  controversia  acerca  del  modo  de  trasmisión 
al  sensorio  de  las  sensaciones  musculares;  habiéndonos  inclinado  á  la  opi- 
nión de  Sachs,  cuyo  descubrimiento  de  nervios  sensitivos  en  los  músculos 
dá  inmensa  fuerza  á  la  opinión  de  los  que  están  por  la  conducción  á  tra- 
vés de  canales  especiales. 

En  cuanto  á  la  influencia  de  su  manifestación  en  la  totalidad  del 
organismo,  lo  que  se  llama  la  difusión  ñsica  de  la  sensación,  consecuencia 
necesaria  del  cónsensus  orgánica,  es  tan  considerable  como  debíamos 
esperarlo  de  un  sistema  tan  preponderante  como  el  muscular.  Asi  que  el 
ejercicio  activo  de  los  müsculos  acelera  la  circulación,  haciendo  que  la 
sangre  afluya  en  mayor  abundancia  á  ellos,  con  lo  cual  se  descarga  el 
cerebro;  la  función  respiratoria  se  activa  y  vigoriza,  la  eliminación  de 
residuos  inorgánicos  es  más  abundante,  y  aumenta  el  calor  animal. 
Dentro  de  limites  moderados  es,  por  tanto,  el  ejercicio  muscular  uno  de 
loe  más  completos  y  poderosos  estimulantes  de  la  actividad  orgánica. 

Una  consecuencia  interesante  de  la  difusión  ñsica  de  las  sensaciones 
es  su  expresión  al  exterior,  por  medio  de  gestos  ó  movimientos  no  direc- 
tamente voluntarios;  especie  de  mímica  6  lenguaje  de  las  sensaciones,  en 
que  debe  fijarse  el  psicólogo,  porque  patentiza  á  su  modo  la  indisoluble 
nnion  de  las  sensaciones  y  los  movimientos,  y  las  asociaciones  que  esta 
unión  produce  entre  órganos  y  sistemas  diversos;  pudiendo  una  sensación 
visual  traducirse  por  un  movimiento  rápido  y  brevísimo  del  pié.  En  las 
sensaciones  musculares,  en  razón  misma  de  su  generalidad  é  intensidad, 
no  es  extraño  que  sea  díñcil  descubrir  esta  forma  de  expresión;  sin  em- 
bargo, hay  hechos  que  no  deben  quedar  inavertidos,' como  la  tendencia  de 
ciertos  músculos  á  repetir  los  movimientos  de  sus  simétricos,  y  el  cambio 
que  suelen  producir  los  esfuerzos  musculares  en  las  facciones  y  la  voz. 

Es  un  hecho  de  diaria  experiencia  que  un  movimiento  repetido  á  inter- 
valos más  ó  menos  iguales,  produce  cierta  desazón  cuando  se  interrumpe; 
esto  indica  que  su  repetición  era  grata.  Entre  los  movimientos  orgánicos 
continuos  hay  uno  que  desempeña  un  importante  papel,  el  de  sístole 
y  diástole  del  corazón,  repetido  en  las  pulsaciones  de  las  arterias.  Con- 
cebimos que  las  descargas  nerviosos  necesarias  para  este  alternado  movi- 
miento produzcan  un  aflujo  de  energía  nerviosa  en  los  ganglios  especial- 


I 


CONFERENCIAS  frlLOSOPIOAS  238 

Mente  adscritos  á  esta  función,  y  conociendo  como  conocemos  la  propiedad 
de  ser  intermitente,  inherente  á  la  trasmisión  nerviosa,  comprenderemos 
la  igualdad  de  intervalos  que  separan  esas  contracciones,  y  nos  será  fácil 
entender  que  pocas  funciones  hayan  de  ser  ejecutadas  con  más  facilidad,  de 
un  modo  más  automático;  por  lo  cual  si  no  producen  en  el  organismo  un 
placer  intenso,  contribuyen  al  sentimiento  general  de  bienestar,  tan  po- 
derosamente turbado  cuando  cambian  las  condiciones  del  movimiento 
cardiaco.  En  cuanto  al  estimulo  que  lo  produce,  como  es  constante, 
tiene  que  dar  un  resultado  constante;  á  poco  que  cesara,  cesaría  la  vida. 
Todos  sabemos  que  á  esto  dan  los  fisiólogos  el  nombre  de  ritmo  del 
corazón . 

Aquí  tenemos,  pues,  un  estímulo  constante,  como  todos  los  que  resul- 
tan del  movimiento  molecular  que  anima  todo  el  organismo,  el  cual  pro- 
duce una  acción  nerviosa  intermitente,  cuyo  resultado  es  un  mí»vimiento 
acompasado  de  un  órgano  muscular,  y  al   cuaLacompaña  el  bienestar 
üsico.  Lus  otras  especies  de  ritmo  no  son  más  que  complicaciones  de  éste. 
Si  un  estímulo  externo  provoca  un  movimiento  en  una  masa  muscular 
cualquiera,  con  bastante  intensidad  para  que  no  se  agote  su  acción,  sin 
que  por  eso  se  difunda  á  otras  masas  musculares,  el  movimiento  se  repe'- 
tira,  y  por  poco   que  ayude  el  estimulo,  tomará  la  forma  rítmica;  con  lo 
cual  hará  nacer  una  especie  de  tendencia  del  centro  nervioso,  que  sentirá 
desagrado,  casi  dolor  si  es  interrumpido.  Damos  un  golpecito   con   el 
dedo  sobre  la  mesa,  é  insensiblemente  continuamos  golpeando,  hasta  que 
una  causa  externa  ó  interna  dé   otra  dirección  á  nuestras  actividades. 
Este   es   el  mismo  caso  del   ritmo  del   corazón,  menos  la  continuidad. 
Pero  la  intensidad  del  choque  puede  ser  mayor,  y  comenzar  la  difusión; 
ya  el  movimiento  no  se  limitará  al  mismo  músculo,  invadirá  otros.  Y 
aquí  se  presenta  una  particularidad  muy  digna  de  nota.  La  disposición 
simétrica  bilateral  del  cuerpo  es  muy  conocida;  las  masas  musculares  es- 
tán distribuidas  con  igual  simetría.  Ahora  bien,  cuando  un  movimiento 
*  alternado  de  un  miembro  es  bastante  rápido  ó  intenso,  la  difusión  empie- 
za, por  lo  general,  provocando  el   mismo   movimiento   en  el  miembro 
correspondiente.  El  ritmo  locomotor,  el  alternado   movimiento  de  las 
extremidades  torácicas  es  un  ejemplo  cotidiano.  En  la  marcha  tranquila 
ponemos  en  juego  una  y  otra  pierna,  nada  más;  á  poco  que  avivemos  el 
paso,  comienzan  á  oscilar  los  brazos,  hasta  que  se  ponen   al  unísono  con 

30 


I 


S&i  ítBVlSl^A  DK  CUBA 

I 

las  piernas.  Ün  director  de  orquesta  comienza  á  medir  el  tiempo  con  el 
brazo  que  sostiene  la  batuta,  á  poco  que  se  anime  el  tiempo,  ó  que  se 
haga  más  intensa  su  emoción  estética,  comenzará  á  repetir  con  el  braao 
izquierdo  los  movimientos  del  derecho.  Esta  forma  más  complicada  del 
ritmo  es  interesantísima,  porque  introduce  un  nuevo  elemento,  el  de  la 
imitación  de  los  movimientos,  que  tiene  grande  alcance  psicológico.  Esta 
imitación,  en  los  movimientos  rápidos,  es  de  tal  naturaleza  que,  llega 
hasta  producir  el  vértigo.  Eecnérdese  la  embriaguez  de  movimiento  que 
se  apodera  de  los  bailadores  en  un  galop  ó  en  una  wals  por  alto.  Aquí 
está  contenida  la  mejor  explicación  de  ese  fenómeno  tan  interesante  del 
ritmo. 

Ta  heínos  visto  la  conexión  estrecha  que  guarda  con  la  difusión  j 
expresión  de  los  sentimientos  musculares.  Veamos  las  otras  formas  cita- 
das. Todo  gran  esfuerzo  muscular  vá  acompañado  de  gestos  expresivos 
eh  el  rostro,  sobre  todo,  contracción  en  los  labios,  enarcamiento  de  laA 
cejas,  etc.;  y  á  poco  que  haya  de  ser  sostenido,  y  comience  á  dividirse  en 
intervalos  como  es  necesario,  vá  á  suscitar  emisiones  vocales  que  acaban 
por  tomar  la  forma  ritmica;  este  fenómeno  es  más  notable  y  más  segura 
flu  manifestación  cuando  hay  muchos  individuos  reunidos,  ocupados  en 
un  mismo  trabajo  que  exija  un  gran  gasto  de  fuerza  muscular.  «Cuando 
los  hombres  trabajan  juntos,  cuando  los  campesinos  cavan  ó 'avientan  el 
irigo,  los  marineros  reman,  hilan  las  mujeres  ó  marchan  los  soldados,  es- 
Mn  dispuestos  á  acompañar  sus  ocupaciones  con  articulaciones  más  6 
menos  vibrantes  y  litmicas.»  Esta  observación  es  del  profesor  Ludwig 
Noiré,  quien  establece  sobre  ella  una  de  las  más  sugestivas  teorías  sobre 
el  origen  del  lenguaje.  Nosotros  no  podemos  hacer  aqui  otra  cosa  qne 
recojer  ese  dato,  pues  tratamos  de  la  difusión  y  expresiojí  de  las  sensa- 
ciones musculares  sólo  desde  el  punto  de  vista  físico.  En  su  oportunidad, 
sacaremos  de  estos  hechos  interesantes  todo  el  partido  que  debemos. 

Desde  el  punto  de  vista  mental  es  inmenso  el  campo  que  nos  presenta 
este  sentido;  pero  tendremos  que  limitarnos  á  lo  más  interesante.  Veá- 
moslo  en  sus  relaciones  con  la  sensibilidad.  Una  sensación  muscular  pue- 
de ser  agradable,  indiferente  ó  penosa.  Un  cuerpo  en  reposo  y  en  buen 
estado  de  nutrición,  si  pone  en  juego  sus  músculos,  experimenta  una  sen- 
sación agradable.  Pero  notemos  esto;  si  el  mismo  ejercicio  continúa  de 
nna  manera  moderada,  pasa  á  ser  totalmente  indiferente;  continuado  con 


OOltFBBENCIA.3  TILOSOPICAS 

ejceso  ocflBiona  dolor,  Al  principio  de  todo  trabajo  manual 
meras  horas  de  la  maQana,  el  sentimiento  muscular  es  grato: 
se  va  haciendo  indifirente.  De  aquí  esta  observación,  que  la 
tos  gradualmente  acelerados  6  gradualmente  retardados  son 
agradables  que  los  movimientos  uniformes.  Después  de  un  I 
los  primeros  movimientos  para  la  marcha,  son  gratos;  más  & 
dar  llegan  á  sernos  tan  indiferentea,  que  no  los  sentimos  en  i 
del  todo  inconscientes;  necesario  es  que  apretemos  ó  retarde 
para  que  volvamos  á  darnos  cuenta  de  que  estamos  andando 
resulta  con  la  tensión  musoular.  Después  de  haber  permanecidí 
sentados  largo  rato,  el  ponernos  de  pió  ocasiona  una  sensación 
poco  ya  ea  una  sensación  indiferente;  si  se  prolonga  laactitud, 
la  fatiga  y  el  dolor:  observemos cnandoeetamosobligadoságu 
sicion,  como  tratamos  de  variar  la  sensación  de  tensión,  ya  adelí 
pierna,  ya  otra,  ya  recargando  el  cuerpo  de  un  lado,  ya  del 
un  niño  son  muy  notables  estos  cambios  deposición  en  un  re 
ció;  un  centinela  está  un  rato  en  posición  .perfectamente  vt 
hace  algunas  evoluciones  con  el  arma  que  tiene  al  brazo,  al  f 
dar,  para  volver  al  cabo  á  su  primera  actitud  Entre  las  ton 
refinada  crueldad  humana  ha  sugerido  al  hombre,  una  de  lai 
ha  consistido  en  ésta  de  forzar  á  la  estación  vertical. 

En  la  tensión  caben  muy  pocas  diferencias  de  ptaoer,  áu 
refieran  al  grado  de  la  sensación,  es  decir,  á  su  mayor  ó'm€ 
dad,  á  su  mayor  ó  menor  volumen;  podemos  recordar  el  plR< 
so  después  de  la  fatiga,  y  el  sentimiento  de  expansión,  ci 
tenido  nuestros  miembros  larga  tiempo  comprimidos.  Ha; 
particularmente  agradable  en  que  entra  por  mucho  esta  setif 
do  después  de' haber  acumulado  fuerzas  por  un  reposo  máa  6 
y  una  nutrición  suficiente  nos  sentimos  llenos  de  vida,  la  o 
nuestra  fuerza  vital  llega  al  summun  de  placer  que  puede  pr 
moe  en  esa  disposición  que  llamamos  buen  humor.  En  caml 
bles  los  dolores  que  pueden  nacer  de  esta  sensación;  y  ta 
griegos,' tan  sutiles  analizadores  en  el  orden  moral,  expresa! 
mistna  palabra  el  dolor  y  la  fatiga.  Cuando  el  esfuerzo  must 
de  sus  justos  límites,  empieza  á  ser  doloroso;  este  dolor  pued. 
pero  pasa  pronto  á  esa  forma  especial  que  se  caracteriza  má 


296  BEVISTA  BE  OUBA 

lumen,  por  su  masa,  que  por  su  intensidad,  sin  dejar  por  eso  de  ser  terri- 
ble, que  empieza  por  el  desfallecimiento  y  acaba  por  la  postración,  es  la 
fatiga.  En  el  buen  humor,  nos  sentimos  tan  llenos  de  fuerza,  de  acometivi- 
dad, que  el  mundo  objetivo  nos  parece  haberse  diafanizado,  eterizado  para 
nosotros;  en  la  fatiga  completa  nos  parece  que  todo  lo  exterior  gravita  so- 
bre nosotros,  y  nos  anonada.  Es  la  antitesis  más  completa  que  nos  revela 
nuestra  conciencia;  en  el  primer  caso  apenas  si  sentimos  algo  más  que  el 
yo;  en  el  segundo  sentimos  lo  objetivo  hasta  anularnos.  No  es  extraño, 
por  tanto,  que  la  fatiga  caracterice  una  serie  de  estados  anímicos  singu- 
larmente penosos.  Una  forma  mitigada  de  esta  especie  de  sensación  do- 
lorosa  es  la  debilidad,  la  anemia,  efecto  de  una  imperfecta  reparación  de 
las  pérdidas  orgánicas.  Sin  la  postración  de  la  fatiga  completa,  produce 
una  dejadez  que  la  preludia. 

Las  sensaciones  de  movimiento  que  pueden  suscitar,  como  se  com- 
prenderá fácilmente,  los  mismos  estados  dolorosos  que  las  de  tensión, 
pues  de  ellas  se  derivan,  tienen,  sin  embargo,  una  forma  especial  de  dolor 
singularmente  intenso — á  diferencia  del  de  la  fatiga  que  es  voluminoso— 
el  espasmo  ó  movimiento  convulsivo.  A  su  vez  tienen  una  escala  mayor  de 
sensaciones  placenteras;  es  decir,  que  los  placeres  que  son  capaces  de 
producir  difieren  más  en  calidad  y  grado.  Tenemoe  en  primer  lugar  los 
que  provienen  de  movimientos  directos,  y  los  que  de  movimientos  indi- 
rectos. Esta  última  frase  necesita  explicación,  y  á  más  nos  fijaremos  pri- 
mero en  los  movimientos  que  designa,  porque  están  más  próximos  á  las 
sensaciones  de  tensión.  Llamo  movimientos  indirectos,  y  otros  los  han 
llamado  pasivos  ü  obligados,  los  que  nos  vemos  precisados  á  hacer  cuando 
vamos  en  coche  6  á  caballo,  es  decir,  cuando  el  movimiento  es  trasmitido 
á  nuestro  cuerpo.  Cuando  la  moción  es  suave  ó  igual,  el  ejercicio  de 
nuestros  músculos  se  verifica  tan  concertadamente,  la  reacción  de  las 
fuerzas  en  tensión  es  tan  perfecta,  que  la  sensación  de  bienestar  llega  á 
6er  singularmente  perceptible.  El  medio  de  gustar  este  placer  en  su  ma- 
^or  pureza,  es  decir,  con  la  mayor  eliminación  posible  de  sensaciones 
fextrafias,  lo  tenemos  muy  á  la  mano:  nuestros  nlecedores. 

En  los  movimientos  directos,  producen  sensaciones  muy  diversas  dé 
placer,  por  una  parte  los  lentos,  y  por  otra  los  rápidos.  Los  movimien- 
lentos,  como  en  una  marcha  solemne,  en  un  discurso  recitado  con  calma 
j  gravedad,  en  una  ceremonia  religiosa,  producen  una  sensación  que  M 


OONFEBENOIAS  FILOSÓFICAS  28T 

ademeja  á  la  del  reposo,  con  la  actividad  demás;  hay  ejercicio  de  fuerzas 
sin  esfaerso,  j  dejan  un  ancho  campo  á  otras  sensaciones  concurrentes; 
de  aquí  que  sean  muy  sugestivas  de  ideas  é  imágenes  de  otra  especie.  Su 
alianza  con  las  ideas  de  orden  consagrado,  de  fuerza  estable,  de  senti* 
miento  reposado  de  poder  es  muy  conocida.  De  aquí  que,  por  contraste, 
tengan  un  gran  poder,  para  calmar  excitaciones  físicas  y  mentales;  lo 
cual  nos  advierte  que  un  placer  debe  apreciarse,  no  sólo  por  lo  que  es  en 
s!,  sino  por  lo  que  es  con  respecto  á  las  penas  que  borrado  la  conciencia. 

La  aceleración  y  disminución  de  movimientos  es,  coqqo  ya  he  notado, 
una  causa  de  placer  mayor  que  la  uniformidad.  Movimientos  constante- 
mente lentos  acaban  por  prqducir  somnolencia;  movimientos  constante? 
mente  rápidos  llevan  al  vértigo. 

Sin  embargo,  estos  últimos,  mientras  no  caen  en  la  monotonía,  y  por 
lo  mismo  que  esto  es  diñcil,  son  una  de  las  fuentes  más  copiosas  del  pla< 
cer  puramente  sensible.  Constituyen,  á  diferencia  de  los  lentos,  un  ver- 
dadero estimulante  del  organismo.  En  una  marcha  rápida,  en  la  carrera, 
el  ritmo  respiratorio  se  aviva,  la  circulación  se  hace  más  presta,  se  ani- 
man las  facciones,  chispean  los  ojos.  Al  tratar  de  U  difusión  de  este  sen- 
timiento, hemos  visto  las  cualidades  características  que  posee  de  sugerir 
la  imitación  y  la  repetición,  de  conmover,  en  suma,  todo  el  organismo. 
Asi,  !'en  la  nifíez,  los  movimientos  rápidos  son  una  de  las  fuentes  más 
copiosas  de  placer.  Los  pueblos  salvajes  apenas  conocen  otra;  sus  dan- 
zas terminan,  por  lo  regular,  en  una  ronda  frenética  que  desvanece  hasta 
á  los  que  simplemente  la  miran.  Los  pueblos  más  cultos  están  muy  lejos 
de  desdeñarla;  asi  la  caza,  las  carreras  de  caballos,  los  juegos  gimnásti- 
cos, y  en  gran  parte  el  baile,  buscan  en  la  celeridad  y  variedad  áé  loS 
movimientos  musculares  estimulo  placentero  ó  placer  manifiesto. 

Hasta  aquí  he  considerado  el  placer  que  puede  producir  directa  f 
exclusivamente  el  sentido  muscular;  me  limitaré  ahora  á  indicar  qué 
unido  á  los  otros  y  por  medio  del  poder  de  sugerir  ideas,  imágenes  y 
estados  emocionales,  entra  como  un  factor  importantísimo  en  el  placer 
estético,  con  toda  una  categoría  de  movimientos  que  podemos  llamar 
bellos,  y  otra  de  movimientos  á  que  podemos  dar  el  nombre  de  ri- 
diculos. En  su  oportunidad  nos  haremos  cargo  de  está  observación, 
qae  aquí  viene  sólo  á  completar  todas  las  maneras  con  que  puede  produ- 
cir placer  la  sensación  muscular: 


238 


REVISTA  DE  OÜBA 


1 


En  cuanto  al  grado  de  las  sensaciones  musculares,  esto  es  su  intensi- 
dad 7  masa,  lo  que  más  resalta  es  cierta  oposición  entre  las  sensaciones 
de  movimiento  y  las  de  tensión;  las  primeras  se  distinguen  por  su  inten* 
sidad,  mientras  las  segundas  se  caracterizan  por  su  volumen.  La  inten 
sidad  de  las  sensaciones  de  movimiento  adquieren  un  máximun  en  e 
sentimiento  de  un  gran  esfuerzo  impulsor  ó  de  resistencia,  sobre  todo,  en 
el  primer  momento;  resultado  de  la  gran  energía  de  los  movimientos 
iniciales,  producto  á  su  vez  del  reposo  orgánico  y  de  la  acumulación  de 
fuerza  nerviosa  latente. 

El  sentido  muscular  es  uno  de  tantos  canales  por  donde  el  mundo 
exterior  viene  á  afectarnos,  á  solicitar  modificaciones  j  reacciones  en 
nuestro  organismo,  en  nuestro  yo.  Sus  caracteres  volicionales  están  en 
proporción  directa  con  su  calidad.  Ouanto  más  agradable  es  ana  de 
estas  sensaciones,  tanto  más  tiende  á  durar,  á  acrecentarse  y  á  reprodu- 
cirse: cuanto  más  penosa,  tanto  más  tiende  á  cesar,  á  aminorarse,  á  im- 
pedir la  reproducción. 

Mientras  estas  sensaciones  ocupan  nuestra  conciencia  como  placer  6 
dolor,  dejan  poco  lugar  á  la  distinción,  al  carácter  intelectual  por  exce- 
lencia; pero  ya  hemos  visto  que  caen  muy  pronto  en  ese  estado  de  indi- 
ferencia que  dá  lugar  al  ejercicio  de  las  aptitudes  del  espíritu,  para 
distinguir  y  asemejar;  y  además,  ya  como  placer  ó  pena,  ya  como  idea, 
siendo  tan  constantes,  debemos  esperar  verlas  pasar  al  estado  latente  y 
revivir,  es  decir,  pasar  de  la  conciencia  y  volver  á  ella  con  gran  facili- 
dad, aumentar  copiosamente  el  contenido  de  eso  que  llamamos  en  nnes^ 
tro  espíritu  lo  inconsciente. 

Veamos,  pues,  qué  dice  á  nuestro  espíritu  el  sentido  muscular.  En 
BUS  dos  formas  y  en  el  ejercicio  de  cada  una  de  ellas;  el  sentido  muscu- 
lar comienza  por  revelarnos  la  distinción  fundamental.  La  tensión  nos 
dá  la  sensación  de  peso;  lo  subjetivo  siente  aquí  lo  objetivo  en  su  forma 
más  extensa;  de  aquí  el  carácter  eminentemente  pasivo  de  esta  sensa- 
ción. La  presión  atmosférica  y  el  peso  de  nuestro  cuerpo  son  dos  sensa- 
ciones constantes  y  totales,  de  las  cuales — en  el  estado  normal — no  tene- 
mos conciencia  por  la  ley  que  ya  hemos  indicado  al  tratar  de  la  sensación 
como  placer,  y  que  aquí  vemos  ir  más  lejos,  pasando  de  la  indiferencia  á 
la  inconsciencia;  pero  que  se  nos  revelan  tan  pronto  como  se  introduce 
cualquiera  modificación — la  fatiga,  el  enrarecimiento  del  aire — y  (jue 


CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS  280 

son  un  factor  siempre  presente.  Esta  sensación  es  extensa  per  se,  se  dis- 
tingue por  su  masa,  es  la  manifestación  primera  7  subsistente  de  lo  obje- 
tivo; de  aquí  que  objeto  7  extensión  sean  ideas  correlativas  en  nuestra 
mente.  Para  que  sintamos  el  peso  de  un  objeto,  por  pequeño  que  sea,  es 
necesario  que  se  ponga  en  contacto  con  cualquier  parte  de  uuestro  orga- 
nismo, y  que  se  establezca  una  distinción  entre  el  peso  general  que 
soporta  el  cuerpo  y  el  adicional  del  objeto  que  sopesamos;  hay,  pues, 
limitación  necesaria,  percepción  de  la  extensión.  Y  adviértase,  además, 
qne  aunque  nos  sentimos  en  este  caso  en  un  estado  pasivo,  esta  sensación 
nos  revela  nuestro  yo,  al  revelarnos  lo  objetivo;  nos  sentimos.  Aquí  el 
exterior  es  activo,  pesa;  el  interior  es  pasivo,  sufre  el  peso;  pero  ambos  se 
oponen,  y  en  aquel  estado  de  conciencia  están  ambos. 

En  la  sensación  de  movimiento  se  han  trocado  los  papeles.  El  espíritu 
se  siente  activo,  y  la  materia  se  le  preseúta  pasiva,  en  forma  de  resisten- 
cia. Aquí  como  en  el  caso  anterior  no  hay  más  que  el  contacto  de  nuestro 
caerpo  con  cuerpos  externos;  pero  sentimos  que  la  impulsión  ha  partido 
de  nosotros,  en  el  fondo  hay  lo  mismo,  pero  lo  sentimos  y  percibimos  de 
un  modo  diverso;  aqui  la  actividad  es  del  espíritu  que  dirige  el  movi- 
miento, y  la  pasividad  de  la  materia  que  sesiste.  Es  una  sensación  que  se 
distingue  por  su  intensidad;  pudiera  decirse  que  nos  la  representamos 
como  la  proyección  de  un  punto.  En  la  resistencia  no  es  la  masa  la  que 
sentimos,  es  la  fuerza. 

iQué  importantes  adquisiciones!  Apenas  hemos  dado  un  paso,  y  ya  tene- 
mos la  base  inmoble  en  que  descansa  toda  nuestra  vida  psíquica:  el  sujeto 
activo  opuesto  al  objeto  pasivo;  el  objeto  activo  opuesto  al  sujeto  pasivo; 
7  estas  sensaciones,  estos  estados  anímicos  trocándose  incesantemente,  y 
en  cada  una  de  ellos  la  necesidad  de  grados  de  mayor  á  menor  ó  de  me- 
nor á  mayor,  sopeña  de  desaparecer  de  la  conciencia.  Toda  la  actividad 
mental  encerrada  en  la  más  rudimentaria  de  bus  manifestaciones. 

Tomemos  en  la  mano  un  peso  de  dos  libras,  ya  sabemos  cómo  se 
produce  la  sensación,  pero  busquemos  un  ejemplo  más  palpable.  Aña- 
dámosle una  libra;  inmediatamente  se  ha  modificado  la  sensación,  he- 
mos establecido  una  distinción.  De  modo  que  no  solamente  somos  afec- 
tados, sino  afectados  de  diverso  modo.  Este  es  el  fundamento  de  la  inte- 
ligencia. 

En  el   ejercicio  de  esta  propiedad  del  sentido  muscular  hay  tres  mo- 


240  SfiVlSTA  DÜ  CUBA 

t 

dos.  La  sensación  de  esfuerzo^  que  nos  dice  la  fuerza  empleada  y  la  resiS' 
tencia  vencida;  la  sensación  de  continuidad  del  esfuerv)^  que  nos  dice 
hasta  dónde  lo  prolongamos  con  una  intensidad  dada,  si  la  aumentamos, 
si  la  disminuimos,  cuando  lo  interrumpimos;  la  sensación  de  rapidez  de 
la  contracción  muscular,  y  del  movimiento  del  miembro  correspondiente. 
Estas  sensaciones  combinadas  7  diversificadas  de  muy  diversas  maneras, 
nos  dan  las  nociones  de  lo  exterior  que  produce  el  sentido  muscular. 

«El  sentimiento  de  la  resistencia,  ha  dicho  Bain,  es  la  base  de  la  no* 
cion  de  cuerpo,  la  medida  de  la  fuerza,  de  la  inercia,  del  momento,  ó  de 
la  propiedad  mecánica  de  la  materia.» 

Podemos  apreciar  todos  los  grados  del  esfuerzo,  asi  en  el  movimiento 
como  en  la  tensión.  En  una  marcha  á  caballo  no  es  el  mismo  esfuerzo  el 
que  empleamos  para  tener  las  riendas  más  ó  menos  flojas,  que  el  que  em-. 
pleamos  para  detener  el  corcel;  ni  el  esfuerzo  de  detención  es  el  mismo 
cuando  el  caballo  lleva  un  paso  moderado,  que  cuando  vá  á  toda  carrera. 
Cavando,  remando,  tirando  de  un  cuerpo  pesado,  tenemos  conciencia  del 
distinto  grado  de  esfuerzo  que  sucesivamente  empleamos.  En  el  peso  dis- 
tinguimos las  diferencias  más  tenues  con  sólo  el  ejercicio  de  nuestros 
músculos.  La  densidad,  la  elasticidad,  la  flexibilidad  son  propiedades  que 
nos  revela  el  sentido  del  esfuerzo. 

La  continuación  es  el  segundo  modo  de  la  acción  muscular.  La  dura- 
ción de  una  tensión  nos  afecta  de  una  manera  muy  distinta  que  su  inten- 
sidad. Con*una  intensidad  invariable,  distinguimos  perfectamente  si  el 
esfuerzo  dura  diez  ó  veinte  minutos.  Toda  la  atención  que  prestemos  á 
este  hecho,  de  que  nos  dá  claro  testimonio  nuestra  conciencia,  se- 
rá siempre  poca.  Apenas  tenemos  conciencia  de  un  esfuerzo,  si  éste  con- 
tinúa, tenemos  conciencia  de  su  duración;  es  decir  que  la  misma  sen- 
eacion  nos  revela  lo  objetivo  y  su  elemento  esencial,  la  extensión,  nos 
revela  lo  subjetivo,  y  su  elemento  esencial,  el  tiempo.  Hay  esfuerzo;  con- 
tacto del  yo  y  el  no  yo;  hay  tiempo,  duración  del  contacto.  Así  que  pa- 
ra medir  el  tiempo  nos  basta  una  pequeña  suma  de  esfuerzos  de  intermi- 
tente intensidad,  y  diremos,  anticipándonos  un  tanto,  que  nos  basta,  por 
consiguiente,  el  ezfuerzo  mental  para  la  sucesión  de  las  ideas.  No  conce- 
bimos  la  vida  mental  sin  algo  externo  que  nos  afecte,  de  aquí  la  resisten- 
cia, el  peso,  la  materia;  no  la  concebimos  sin  una  sucesión  de  esfuerzos,  de 
aqui  la  continuidad,  el  tiempo,  el  espíritu. 


■  í 
CONFERENCIAS  PlLOSOFlCAd  241 

Cuando  la  duración  se  aplica  á  la  percepción  de  los  movimientos,  en- 
tra en  escena  un  nuevo  factor  no  menos  importante.  «La  continuación  de 
un  movimiento,  ha  dicho  un  insigne  psicólogo,  significa  para  nosotros  al- 
go distinto  á  la  continuación  de  una  tensión,  es  el  curso  del  órgano  á  tra- 
vés del  espacio.»  Cuando  movemos  un  miembro,  la  duración  de  su  movi- 
miento nos  dice  la  aáiplitud  del  espacio  en  que  se  mneve.  Si  movemos  la 
mano  dentro  de  una  caja,  su  movimiento,  en  una  ú  otra  dirección,  será 
más  6  menos  continuado  según  el  tamaño  de  la  caja.  Y  ved,  señores,  cómo 
concurrentemente  con  la  idea  de  tiempo,  el  sentido  muscular  nos  propor- 
ciona los  rudimentos  de  la  idea  de  espacio.  Y  no  se  diga,  como  algunos 
críticos,  que  este  sentido  no  nos  dá  tales  rudimentos  porque  ya  presupo. 
ne  la  noción  de  dirección,  implícita  en  la  de  espacio.  Esto  último  es  cier- 
to, pero  la  noción  de  dirección,  que  acompaña  al  movimiento  reiterado 
es  muscular  en  alto  grado.  Juegan  distintos  músculos  en  la  abducción,  de 
los  que  juegan  en  la  adduccion;  cuando  separamos  un  brazo  del  cuerpo  , 
y  cuando  lo  recejemos.  La  sensación  de  esta  diferencia  es  cuanto  necesi- 
tamos para  tener  la  noción  de  dirección.  Si  el  miembro  no  se  mueve  en 
el  vacío,  sino  que  corre  sobre  una  superficie,  nace  la  percepción  de  exten- 
sión linear  y  superficial;  si  cambia  de  dirección  en  sentido  de  la  profun- 
didad, tenemos  todos  los  elementos  de  la  percepción  de  volumen.  Todas 
las  formas  de  coexistencia,  la  extensión,  el  espacib,  encuentran  sns  rudi- 
mentos en  las  percepciones  que  sugiere  este  sentido. 

La  distinción  de  los  estados  mentales  musculares  sube  de  punto, 
cuando  consideramos  que  cualquier  forma  de  movimiento  que  deje  de  ser 
uniforme  afecta  nuestra  conciencia  y  le  dá  la  sensación  de  rapidez  6  len- 
titud. «Los  cambios  de  celeridad,  dice  Bain,  son  otras  tantas  maneras  de 
gastar  una  fuerza  nueva;  y  no  nos  es  posible  acrecentar  la  fuerza  gastadaí 
sin  tener  conciencia  de  su  aumento.»  Sabemos  perfectamente,  cuando  mo- 
vemos con  más  rapidez  un  miembro,  como  sabemos  cuando  aumentamos 
el  esfuerzo  de  una  tracción,  y  como  sabemos  cuanto  ha  durado:  son  for- 
mas específicas  del  ejercicio  muscular.  De  suerte  que  aquí  tenemos  el  mo- 
do de  evaluar  una  nueva  propiedad  de  los  cuerpos  en  movimiento,  la  ra- 
piclez.  Esta  propiedad  viene  á  convertirse  en  un  nnevo  medio  de  conocer 
la  extensión.  En  un  tiempo  dado,  aumentando  la  celeridad,  recorremos 
mayor  extensión.  Hé  aquí  cómo  la  extensión  en  el  espacio  «se  enlaza  á 
dos  distinciones:  la  continuación  y  la  celeridad  del  movimiento.» 

31 


24á  REVISTA  DE  CUBA 

■ 

Hasta  ahora  hemos  visto  al  sentido  muscular  sirviendo  á  la  inteligencia 
por  medio  de  sutiles  distinciones  en  las  relaciones  primordiales  del  objeto 
al  sujeto.  Pero  asi  como  estas  sensaciones  se  distinguen  hasta  en  los  grados 
más  tenues,  asi  mismo  tienen  la  propiedad  de  afectar  al  yo  como  semejantes. 
No  sólo  reconocemos  que  un  peso  difiere  de  otro,  sino  que  reconocemos  que 
un  peso  actual  es  igual  á  un  peso  de  que  ya  hemos  tenido  experiencia;  y 
tacto,  que  las  personas  dedicadas  á  examinar  el  peso  de  determinados  ob- 
jetos suelen  tener  tan  educado  su  sentido  muscular,  que  evalúan,  sope- 
sándolo, los  objetos  de  su  constante  comercio;  y  asi  los  carteros,  los  caje- 
ros etc.  Esto  implica  la  persistencia  y  reviviscencia  de  las  impresiones  de 
peso,  de  resistencia;  elemento  no  menos  esencial  del  espíritu  que  la  dis- 
tinción. Asi  mismo  en  la  apreciación  de  la  longitud,  de  la  superficie  y  del 
volumen,  tenemos  nuestras  sensaciones  tipos,  que  hacen  posible  la  identi- 
ficación y  comparación  de  las  nuev^  sensaciones. 

Distinguiendo  asi  é  identificando  sensaciones  tan  frecuentes,  tan  in- 
cesantes, nuestro  espiritu  ejecuta  un  inmenso  trabajo,  del  cual  son  pro- 
ducto nociones  tan  importantes  como  las  de  personalidad,  exterioridad, 
fuerza,  espacio  y  tiempo. 

He  dicho  esto  para  memoria  y  resumen;  pero  ya  al  identificar  una 
sensación  actual  con  una  pasada,  hemos  supuesto  un  poder  que  aún  no  te- 
nemos estudiado;  el  de  acumular  las  sensaciones  fuera  de  la  conciencia, 
para  servirnos  de  ellas  en  tiempo  y  lugar. 

Algunas  palabras  hemos  de  decir  acerca  de  este  punto  trascendente 
con  respecto  al  sentido  que  estudiamos;  pero  necesito  para  ellas  toda 
vuestra  atención.  Por  aqui  comenzaremos  nuestra  próxima  conferencia, 
Entre  tanto,  no  es  poco  haber  encontrado,  merced  á  nuestros  análisis,  los 
rudimentos  de  nociones  tan  universales.  Y,  sin  embargo,  nos  atenemos  á 
los  datos  exclusivos  de  un  sentido,  el  menos  independiente;  pensad  cuál 
será  la  síntesis  que  nos  ha  de  ofrecer  el  concurso  de  todos! 


CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS  24S 


LEOOION  SÉTIMA. 

SUXA.RIO. — Continaacion  del  sentido  moscolar. — Retentividad  de  las  impresiones  mus- 
oiilares.^PrimeraB  manifestacionefl  de  lo  inconsciente. — Hechos  recojidos  por 
Carpenter.-^Experiéncia  de  Robin. — El  sentido  muscular  y  la  personalidad.— 
Casos  de  abolicicion  parcial  de  la  sensibilidad  muscular.— La  identidad  del  yo. — 
En  todas  las  sensaciones  especiales  intervienen  sensaciones  de  tensión  y  movi- 
miento.^ Elemento  activo  en  toda  senfiacion. — La  idea  es  un  compuesto  de  ele- 
mentos  sensibles  y  motrices. — Teoría  de  Hughlings  Jackson. — Movimientos  ilu- 
sorios.— Valor  de  esta  teoría  para  comprender  la  unidad  de  composición  de  los 
estados  psíquicos. — ExperienciM  de  Braid,  Cbarcot  y  Bichet.-— El  acto  y  la  idea 
están  comprendidos  en  una  sola  síntesis, 

SfiÑORES: 

Hemos  visto  que  una  sensación  muscular  no  sólo  puede  ser  distingui- 
da de  sus  afines,  sino  comparada  ó  identificada  con  otra  anterior;  es  decir, 
que  reconocemos  un  peso  como  igual  á  otro  que  no  está  presente,  como 
mayor  6  como  menor;  que  sabemos  si  el  espacio  recorrido  por  nuestro 
brazo  es  igual  al  que  recorrió  en  otra  ocasión,  más  extenso  ó  menos  ex-» 
tenso.  Esta  propiedad  de  nuestro  espíritu  de  reconocer  la  igualdad  ó  la 
semejanza  supone  otra  quizás  más  notable,  la  de  retener  las  impresione^ 
y  hacerlas  revivir  en  el  estado  ideal.  Cuando  un  cajero  asegura,  sopesán- 
dola en  la  mano,  que  una  onza  de  oro  está  falta,  es  necesario  que  la  im- 
presión actual  se  haya  puesto  en  relación  con  una  impresión  pasada,  con  la 
impresión  tipo,  del  peso  exacto  de  la  onza  de  oro.  Esa  impresión  no  estaba 
en  la  conciencia,  ha  surgido  evocada  por  la  impresión  a<3tual.  De  modo 
que  este  solo  ejemplo  nos  hace  ver  que  una  impresión  puede  subsistir  en 
estado  latente,  y  que  una  nueva  impresión  puede  hacerla  volver  al  cam- 
po de  la  conciencia,  con  mayor  ó  menor  viveza,  nunca  con  tanta  intensi- 
dad como  la  impresión  actual.  Pudiéramos  representarnos  groseramente 
el  hecho,  comparando  la  impresión  rememorada  con  unos  antiguos  carac- 
teres casi  borrados  que  se  aclaran  bajo  la  acción  de  un  reactivo. 

Desde  luego  fácil  es  comprender  que  el  grado  de  la  impresión,, su 
intensidad  ó  masa,  ha  de  influir  en  que  se  retenga  más  fácilmente^,  y  que 
la  repetición  dará  el  mismo  rebultado,  pae»  h  acumulación  do  pequeño» 


244  REVISTA  DE  CUBA 

estímulos  es  tanto  como  un  sólo  grande  estimulo.  En  la  impresión  inten-r 
sa  tenemos  el  estimulo  en  su  mayor  grado;  en  la  impresión  voluminosa 
tenemos  pequeños  estímulos  que  obran  simultáneamente;  y  ahora  en  la 
repetición,  pequeños  estímulos  que  obran  simultáneamente;  y  ahora  en  la 
repetición,  pequeños  estímulos  que  actúan  sucesivamente;  pero  el  resul-r 
tado  es  siempre  idéntico,  una  huella  más  profunda  y  más  presta  á  reapa- 
recer. Ese  mismo  cajero  que  aprecia  las  diferencias  en  más  ó  menos  de 
diez  y  seis  adarmes,  dentro  de  un  círculo  restricto;  no  será  capaz,  como 
un  gimnasta,  de  decir  cuantas  libras  tiene  una  campana  sorda,  con  el 
mero  hecho  de  levantarla  del  suelo.  Su  aptitud  está  en  esa  impresión 
tipo — la  de  la  onza-^que  incesantemente  está  recibiendo. 
,  Por  otra  parte  este  mismo  ejemplo  nos  obliga  á  fijar  la  atención  en 
una  particularidad  interesantísima.  Esa  impresión  tipo  se  ha  ido  forman- 
do merced  á  impresiones  repetidas;  puesto  que  nosotros  no  la  tenemos,  á 
pesar  de  haber  sopesado  algunas  ó  muchas  onzas;  cada  una  de  esas  im- 
presiones ha  afectado  sin  duda  el  organismo,  y  muchas  habrán  llegado  á 
la  conciencia,  atravesándola  más  ó  menos  rápidamente;  pero  hasta  que 
no  han  llegado  á  un  numero  que  no  somos  capaces  de  determinar — y  que 
variará  probablemente  en  cada  organismo— no  se  ha  formado  la  impresión 
tipo,  y  no  ha  podido  por  tanto  venir  espontáneamente  6  llamada  á  la 
conciencia.  Aquí  tenemos  multitud  de  pequeñas  impresiones  que  llegan 
á  la  conciencia  y  pasan,  6  que  no  llegan,  pero  que  afectan  nuestro  sensorio 
común — médula,  mesencéfalo,  cerebelo,  hemisferios — y  quedan  en  él,  pues 
si  no  quedaran  no  podrían  acumularse.  Esta  es  condición  necesaria  para 
la  retentividad;  mejor  dicho,  ésta  es  la  rentitividad  que  elabora  sus  pro- 
ductos aparte,  y  los  ofrece  ala  conciencia  en  la  rememoración.  Operación 
del  todo  inconsciente,  por  tanto,  y  que  tiene  vida  independiente.  Es  de- 
cir, que  nos  descubre  una  región  psíquica,  en  que  se  verifican  los  actos 
anímicos  sin  que  los  bañe  ningún  rayo  de  esa  luz  interna  que  llamamos 
la  conciencia.  Porque  esas  pequeñas  impresiones  tienen  que  ser  distin- 
guidas, para  ser  retenidas;  y  porque  sin  ir  á  suscitar  placer  6  dolor 
conscientes,  ni  ideación  y  volición  conscientes,  solicitan  determinaciones 
de  los  centros  que  se  traducen  en  actos  numerosos. 

Como  las  sensaciones  de  tensión,  las  de  movimiento  son  retenidas  y 
determinan  al  exterior  nuevos  movimientos,  sin  ninguna  conciencia. 
Conviene  recordar  algunos  casos. 


CONF£B£NaiAS  PIL0S0FICA8  245 

Podemos  ejecatar,  7  muy  amenudo  ejecutamos,  dos  ó  más  actos  á  la 
vez;  de  éstos  sólo  uno  ocupa  distintamente  la  conciencia,  los  otros  se  eje- 
cutan, sin  embargo,  con  la  mayor  precisión.  Estoy  escribiendo,  y  toda 
mi  atención,  mi  vida  consciente  está  concentrada  en  la  sórie  de  ideas  qi^e 
voy  desenvolviendo;  pero  al  mismo  tiempo  mi  m&QO  derecha  ejecuta  los 
movimientos  diversos  que  requieren  la  escritura,  la  forma  especial  de  cada 
letra,  la  distancia  que  separa  los  vocablos,  etc.,  sin  turbar  absolutamente 
el  proceso  consciente,  hasta  que  una  rasgadura  del  papel,  un  borrón,  un 
tropiezo  de  la  pluma  hacen  que  la  atención  acuda  á  este  acto  concomi*^ 
tante  é  inconsciente,  distrayéndose  del  acto  discursivo.  Cuando  andamos, 
nuestro  pensamiento  vá  ocupado  con  las  imágenes  que  le  presentan  los 
otros  sentidos,  6  con  una  animada  conversación,  ó  con  la  contemplación 
de  una  estampa,  ó  con  la  lectura;  y  todos  los  movimientos  locomotores  se 
ejecutan  sin  titubear,  y  adaptamos  el  paso  al  sitio  que  pisamos,  y  varia- 
mos los  movimientos  con  verdadera  exactitud,  y  nos  encontramos,  por 
último,  al  ñn  de  nuestra  jornada,  sin  haber  parado  mientes  en  tantas  y 
tan  diversas  operaciones.  Carpenter  refiere  estos  hechos: 

«Testigos  dignos  de  fe  afirman  haber  visto  soldados  fatigados  por  una 
larga  marcha,  que  continuaban  caminando  profundamente  dormidos;  asi 
mismo  los  criados  indios  encargados  de  agitar  unos  grandes  abanicos, 
continúan,  dormidos,  tirando  y  aflojando  su  cuerda...... He  visto  en  Lon- 
dres á  J.  Stuart-Mill  recorrer  al  mediodía  á  Chapside,  cuando  esta  calle 
está  más  llena  de  gente,  y  circular  sin  obstáculo  por  la  acera  estrecha, 
sin  codear  á  nadie,  ni  chocar  con  los  postes  del  alumbrado;  y  él  mismo 
me  ha  asegurado  que  su  espíritu  estaba  entonces  ocupado  completamente 
por  su  sistema  de  Lógica,  cuya  mayor  parte  habia  meditado,  yendo  cada 
dia  de  Kensington  á  las  oficinas  de  la  Compañía  de  las  Indias;  y  que  te- 
nía tan  poca  conciencia  de  lo  que  pasaba  en  torno  suyo,  que  no  recono- 
cia  á  sus  mejores  amigos,  sino  cuando  le  dirigian  la  palabra». 

Hay  una  experiencia  célebre  de  M.  Robin,  en  la  cual  vemos  producir- 
se movimientos  determinados,  faltando  absolutamente  las  condiciones  de 
todo  pensamiento  consciente.  La  experiencia  se  verificó  en  un  hombre 
decapitado,  cuya  médula  espinal  se  sometió  á  la  acción  eléctrica.  Se  le 
excitó  la  pared  derecha  del  pecho  con  un  escalpelo,  «en  seguida  vimos, 
dice  el  experimentador,  al  gran  pectoral,  después  al  bíceps,  al  braquial 
anterior  probablemente  y  á  los  músculos  que  cubren  el  epitócleo  que 


^ 


246  REVISTA  DE  CUBA 

contraían  sucesiva  y  rápidamente.  El  resultado  final  fué  uo  movimiento 
de  aproximación  de  todo  el  brazo  hacia  el  tronco,  con  rotación  del  brazo 
hacia  dentro,  y  semiflexion  del  antebrazo  sobre  el  brazo,  verdadero  movi- 
miento de  defensa^  que  proyectó  la  mano  del  lado  del  pecho  hasta  la  boca 
del  estómago»  (^Journal  de  V  Anatomie  et  de  la  Physiologíe,  1869,  p.  90), 

Hay  otros  casos  aún  más  notables,  en  que  la  abolición  del  yo  es  com- 
pleta; pero  aquí  no  tratamos  más  que  de  recojer  datos  elementales;  más 
adelante  habremos  de  estudiar  los  fenómenos  de  inconsciencia  en  conjun- 
to. Por  lo  pronto  ya  vemos  hasta  dónde  puede  llegar  la  retentividad  de 
la  sensaciones  musculares,  y  qué  actos  de  determinación  y  combinación 
de  movimientos  pueden  producir  sin  la  intervención  de  la  voluntad  y  U 
conciencia. 

Así  hemos  pasado  en  sumaria  revista  las  contribuciones  de  la  sensación 
muscular  á  la  vida  psíquica;  y  hemos  encontrado  en  ellas  elementos  im- 
portantísimos de  todo  orden,  los  cuales  combinados,  como  sabemos  que  se 
combinan,  con  los  que  ofrecen  los  sentidos  especiales  constituyen  el  in-r 
agotable  conjunto  de  manifestaciones  que  tratamos  de  estudiar.  Con  este 
sentido  nuestra  comunicación  con  el  mundo  es  ya  considerable,  pero  no 
tiene  la  grande  amplitud  que  en  realidad  le  reconocemos.  Las  importan- 
tes nociones  que  por  medio  de  él  adquirimos  .se  extienden  y  consolidan 
por  medio  de  los  otros.  En  una  sola  puede  decirse  que  es  su  influencia 
decisiva,  la  de  la  personalidad.  Dediquómosle  pues  un  momento  nueva 
atención,  antes  de  considerar  la  ultima  faz  del  sentido  muscular,  la  que 
nos  lo  muestra  auxiliando  todos'los  sentidos  especiales. 

¿Qué  ^8  sentirnos  como  una  persona?  Es  indudablemente  sentir  nues- 
tra limitación  con  respecto  alo  objetivo;  sentir  el  límite  en  que  cesan  las 
sensaciones  permanentes  y  comienzan  las  sucesivas,  las  adventicias,  las 
del  medio  extra-orgánico.  Es  decir,  que  para  sentirnos  como  una  persona 
necesitamos  una  simultaneidad  de  sensaciones  constantes  que  formen  el 
fondo  de  nuestra  vida  íntima;  y  ¿cuál  es  el  sentido  que  nos  suministra 
sensaciones  de  esta  especie  de  un  modo  más  completo?  El  muscular.  De 
todas  las  otras  sensaciones  podemos  prescindir,  sin  que  se  anule  la  con- 
ciencia del  yo;  de  la  de  tonicidad,  no.  En  el  sueño  profundo  la  perdemos, 
y  el  yo  se  eclipsa  por  completo;  pero  en  el  acto  de  despertar  tomamos 
inmediata  posesión  de  ella.  Si  á  la  parálisis  acompañara  pérdida  de  la 
sensación  de  tonicidad,  la  idea  de  personalidad  desaparecía;  más  no  suce^ 


CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS  247 


de  asi,  la  contractilidad  subsisto.  Sólo  cuando  hay  destrucción  de  la  ñbra; 
como  en  ciertas  atrofias  musculares  ya  muy  avanzadas,  hay  abolición  de 
la  contractilidad;  y  todavia  en  los  últimos  instantes  de  la  vida  subsisten 
movimientos  musculares,  que  no  cesan  sino  con  la  extinción  total  del  yo 
con  la  muerte;  es  decir  que  la  pérdida  de  la  contractilidad  no  es  comple- 
ta ni  en  la  atrofia  muscular  progresiva.  Claro  está,  por  tanto,  que  no  po- 
dremos presentar  ningún  caso  de  abolición  total — porque  ésta  es  la  muer- 
te— pero  los  casos  de  abolición  parcial  nos  permiten  inferir  legítimamen- 
te, «Ciertos  enfermos,  dice  Ribot,  privados  del  sentido  muscular,  desde 
que  dejan  de  ver  sus  miembros,  cesan  detener  conciencia  de  su  posición  y 
hasta  de  su  existencia,»  «He  visto,  refiere  Briquet,  una  joven  que  tenia 
anestesiados  toda  la  piel  y  todos  los  músculos Obligada  á  permane- 
cer en  el  lecho  todo  el  dia,  á  causa  de  la  debilidad  de  la  contractilidad 
de  sus  músculos,  no  podia  servirse  de  las  manos,  sino  con  auxilio  de  la 
vista,  que  era  en  cierto  modo  el  único  sentido  que  lo  gobernaba  todq.  La 
insensibilidad  de  sus  miembros  era  tal,  que  si  se  le  vendaban  los  ojos,  se 
la  podia  levantar  del  lecho,  sin  que  tuviera  la  menor,  idea  de  lo  que  le 
pasaba.  Comparaba  la  sensación  que  experimentaba  de  ordinario,  á  la  que 
deberla  experimentar  una  persona  suspendida  en  el  aire  por  un  globo.» 

Estas  son  pruebas  más  que  suficientes  para  demostrar  que  esa  sensa- 
ción permanente  es  el  substratuns  permanente  de  nuestra  personalidad. 
Sin  anticipar  mucho  sobre  otras  ideas  que  vendrán  más  tarde,  compren- 
demos fácilmente  que  si  todas  las  sensaciones  especiales  se  condensan  en 
representaciones  ó  percepciones  rememoradas,  esta  sensación  constante 
ha  de  tener  su  representación  sintética  en  ese  estado  de  conciencia  que 
distinguimos  con  el  nombre  de  la  unidad  del  yo;  porque  en  realidad  de 
verdad  por  esta  sensación  nos  sentimos  uno;  y  todas  las  demás  nos  afec- 
tan como  modificaciones  de  esta  unidad;  por  lo  que  la  unidad  de  los  actos 
BQcesivos  de  conciencia  se  explica  de  la  misma  manera;  todos  se  dibujan 
6  adquieren  relieve  sobre  ese  fondo  invariable,  ün  sólo  elemento  nos  fal- 
ta, el  de  la  identidad  del  yo,  para  explicar  en  esta  forma  rudimentaria 
la  conciencia.  No  me  parece  difícil. 

Si  una  percepción  desapareciera  y  surgiera  cada  vez  una  completamen- 
te nueva,  la  ideiitidad  del  yo  no  serla  posible.  Pero  no  resulta  asi;  las 
percepciones  van  modificándose  y  las  unas  están  unidas  á  las  otras,  el  su- 
jeto se  está  sintiendo  á  si  propio,  y  está  recibiendo  las  impresiones  del 


úé 


REVISTA  DE  CUBA 


medio  externo;  asi  percibe  las  diferencias,  sintiendo  á  la  par  bu  iden- 
tidad. 

Veamos  si  no,  lo  que  pasa  cuando  desaparece  esta  identidad.  En  los 
casos  morbosos  de  una  doble  conciencia,  de  un  sujeto  con  dos  fases  psí- 
quicas distintas,  uno  7  otro  estado  están  siempre  separados  por  un  sinco- 
pe: es  decir  por  la  abolición  momentánea  de  la  sensación  de  tonicidad  en 
primer  término.  Al  volver  en  sí  el  sujeto  se  encuentra  en  muy  distintas 
condiciones  orgánicas,  y  es  otro.  Sin  la  intervención  de  desarreglos  fun- 
cionales, si  á  un  individuo  profundamente  dormido  ó  aletargado  se  le 
cambian  todos  los  objetos  que  lo  rodean,  empezando  por  el  lecho  y  los 
vestidos — como  en  ciertos  cuentos  orientales — al  tomar  posesión  de  sí, las 
diferencias  externas  pueden  ser  bastante  poderosas  para  turbar  la  idea  de 
su  personalidad,  y  empieza  por  dudar  de  sí  propio. 

Esto  basta  para  comprender  que  en  el  sentido  muscular  reside  el  fun- 
damento de  esta  noción  capital;  sin  negar  á  los  otros  sentidos  los  auxilios 
constantes  y  valiosos  que  le  apartan. 

Porque  no  debemos  olvidar  nunca  que  la  constante  relación  del  me- 
dio con  el  sujeto  no  se  verifica  por  un  solo  conducto;  aquellas  rudimenta- 
ria que  nos  trasmite  este  sentido-base  han  de  ser  diversificadas,  acen- 
tuadas, depuradas  por  el  concurso  de  los  otros  sentidos;  así  como  él  á  su 
vez  interviene,  no  ya  sólo  por  sí,  sino  como  auxiliar  necesario  de  todos 
ellos.  Veamos  hasta  qué  punto,  pues,  de  la  presencia  de  las  sensaciones 
musculares  en  el  juego  de  los  demás  sentidos  se  deriva  un  hecho  trascen- 
dental para  el  psicólogo. 

En  el  sentido  del  tacto  excusado  parece  detenernos,  las  sensacio- 
nes más  especialmente  musculares  se  han  atribuido  hasta  nuestros 
tiempos  á  ese  sentido;  pero  aun  aquellas  más  particularmente  táctiles 
exigen  el  concurso  del  movimiento  para  su  recto  uso.  La  rugosidad  6  pu- 
limento de  un  cuerpo  no  se  aprecian  bien  sino  pasando  la  mano  por  la 
superficie.  La  misma  temperatura,  para  la  cual  basta  el  contacto,  exije 
que  se  toquen  diversas  partes  del  cuerpo,  para  que  lleguemos  á  su  apre- 
ciación total.  Y  tanto,  que  si  apoyamos  ligeramente  un  dedo  sobre  un 
cuerpo  cualquiera,  sin  hacer  movimiento  alguno,  á  poco  toda  sensación 
habrá  desaparecido,  sea  del  estado  superficial  del  cuerpo,  sea  de  su  tem- 
peratura. Sólo  la  acción  corrosiva  de  algún  ácido  se  substrae  á  esta  con- 
dición, pero  es  un  hecho  que  afecta  muy  poco  la  vida  psíquica;  y  en  él, 


CONFEílENOtAS  F1L0S0PICA3  249 

si  no  lia^  movimiento  moscular,  hay  an  movimiento  molecular  vivísimo, 
por  lo  cual  no  puede  desaparecer  la  aenaacion. 

El  sentido  del  gueto  requiere  variados  movimientos  de  la  lengua,  que 
se  aplica  soceaivamente  sobre  la  bóveda  palatina;  ai  permaneciera  inmó- 
vil, I»  sensación  gustativa  estarla  en  su  mínimum. 

El  sentido  del  olfato  no  ejerce  sus  funciones  sin  un  movimiento  ins- 
piratorio  y  otro  visiblemente  muscular  de  la  nariz.  Si  queremos  verlo 
esperi  meo  tal  mente  no  tenemos  más  que  observar  lo»  gestos  que  acompa- 
fian  &  la  aplicación  de  un  cuerpo  fragante  á  la  nariz;  ó  la  díaposicion  de 
los  animales  que  husmean. 

En  el  oido,  el  m&a  independiente  quizás  de  los  sentidos  con  respecto 
al  muscular,  son  necesarios  diversos  movimientos,  ya  para  ia  mera  sensa- 
ción, 7a  para  reforzarla.  Aun  cuando  no  volvamos  la  cabeza,  cuando  llega 
&  nosotros  una  onda  sonora  tos  pequefios  músculos  que  mueven  la  mem- 
brana del  tímpano  7  los  huesecillos  del  oido  medio  se  contraen  ó  se  rela- 
jan, para  adaptar  la  tensión  de  la  membrana  timpánica  y  de  las  membra- 
nas de  las  ventanas  oval  y  redonda  ala  intensidad  ó  tonalidad  delaonid 
Por  otra  parte,  cu  and  o  queremos  que  un  sonido  nos  afecte  con  másintei 
sidad  ejecutamos  movimientos  diversos  con  la  cabeza;  y  como  han  obser- 
vado personas  doctas,  el  oido  tan  penetrante  da  loe  animales  de  largas 
orejas,  como  la  liebre,  se  debe  en  gran  parte  A  un  aparato  muscular  qne 
dá  movilidad  á  sus  orejas,  y  le  permite  recojer  mejor  las  ondas  sonoras; 
ii  la  manera  que  el  hombre  forma  un  pabellón  adicional  con  la  mano. 

Pero  en  la  visión  es  donde  el  sentido  musuular  presta  Ii 
tea  servicios.  Apenas  hiere  la  excitación  laminosa  la  retina! 
ó  dilatación  del  iris,  interviene  el  músculo  ciliar  para  la  a 
ojo  á  la  distancia,  y  loa  müaculos  del  globo  del  ojo  asocian 
tos,  para  que  el  objeto  esterior  caiga  bajo  el  eje  visual  d 
loa  globos  oculares.  Suprimid  cualquiera  de  estoa  movimi» 
turba  más  ó  monos  hondamente  la  visión.  Ya  tenemos  reii 
tas  condiciones,  todavía  para  ver  se  necesita  un  lijero  n 
ojo  que  vaya  poniendo  las  diversas  partea  del  objeto  ante  la  mancha 
amarilla.  Si  fijamos  tenazmente  la  vista  en  un  objeto,  impidiendo  todos 
estos  movimientos,  el  resultado  no  se  hace  esperar,  la  imagen  del  objeto 
se  vá  haciendo  singularmente  confusa,  y  como  no  sobrevenga  un  movi- 
miento involuntario  de  los  párpados,  acabaremos  por  no  verlo.  No  habla- 


260 


Revista  d&  cuba 


ré  de  otros  tnovimientos  mis  visibles,  igualmente  necesarios  para  la  vi- 
sión completa. 

De  todo  resulta  que  los  movimientos  son  absolutamente  necesarios,  7 
con  los  movimientos  cambios  musculares  de  tensión,  para  que  se  verifi- 
que la  operación  sensitiva  primordial:  la  de  distinción.  Desde  el  punto  de 
vista  de  la  sensibilidad  este  hecho,  como  ha  notado  Richet,  tiene  una  in- 
terpretación que  ya  conocemos.  «Lo  que  obra  sobre  nuestros  nervios  y 
centros  nerviosos  no* es  tanto  la  excitación,  como  el  cambio  de  excitaciou.B 
Estos  pequeños  movimientos  vienen  á  provocar  ese  cambio,  dosifican'por 
decirlo  así  el  estímulo,  la  impresión.  Pero  desde  el  punto  de  vista  men- 
.  tal,  ¿qué  importancia  tiene  esta  intervención  del  sentido  muscular?  La 
inás  alta.  Estos  movimientos  producen  sus  sensaciones  respectivas,  la  to- 
nicidad muscular  se  modifica,  y  el  sujeto  al  ser  afectado  por  lo  externo  se 
siente  reaccionando,  se  siente  activo.  Nueva  confirmación,  é  interesantí- 
simo por  cierto,  de  nuestra  teoría  sobre  el  fundamento  de  la  persona- 
lidad. 

De  esto  se  desprende  otra  consideración  no  menos  importante.  Toda 
sensación  implica  elementos  motrices.  De  modo  que  una  sensación  com- 
puesta no  aporta  sólo  impresiones  del  medio  ambiente,  sino  reacciones 
del  sujeto:  en  la  unidad  percepción  está  el  sujeto  como  pasivo  y  como 
activo;  en  una  palabra,  como  ha  dicho  excelentemente  Mr.  Hughlinga 
Jackson,  á  quien  debemos  haber  fijado  esta  importante  verdad:  «una  idea 
68  un  compuesto  de  elerneníoa  sensibles  y  motrices». 

En  las  representaciones  ó  imágenes  de  objetos  sensibles,  después  del 
análisis  que  acabamos  de  hacer,  no  se  necesita  gran  esfuerzo  para  descu- 
brir el  elemento  motriz.  Para  ver  un  objeto  en  realidad  es  necesario  que 
se  verifiquen  movimientos  de  que  tenemos  conciencia — que,  por  lo  menos, 
afectan  nuestro  sensorio.  No  hay  nada  que  nos  pruebe  que  la  rememora- 
ción no  es  el  mismo  acto  psíquico  con  menor  intensidad.  ((De  aquí  se  si- 
gue, dice  el  autor  citado,  que  debe  haber  un  elemento  motor,  así  como 
un  elemento  sensorial,  en  el  substratum  anatómico  cuya  débil  descarga 
corresponde  á  lo  que  llamamos  pensar  un  objeto».  Y  Ribot  añade:  «Pues- 
to que  el  movimiento— hecho  ñsico — entra  en  la  conciencia,  es  decir,  se 
hace  psíquico  (por  una  transformación  cuya  naturaleza  ignoramos  y  no 
nos  importa  conocer),  y  entra  como  elemento  en  el  todo  complejo  que 
constituye  una  percepción,  el  mismo  elemento  psíquico  debe  encontrarse 


CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS  251 

tambiea  en  las  imágenes;  pues  no  siendo  éstas  sino  pei'cepciones  debili' 
tadas,  suponen  las  mismas  condiciones  anatomo-físiológicas,  las  mismas 
condiciones  psicológicas.  La  idea  de  una  bola,  por  ejemplo,  no  es  la  re' 
sultante  de  impresiones  de  superficie  y  de  ajustes  musculares  especiales? 
Podemos,  pues,  concluir  que  «1  grupo  de  las  ideas  visuales  y  táctiles,  por 
lo  menos — y  este  grupo  contiene  los  principales  materiales  de  nuestros 
conocimientos — implica  elementos  motores». 

Para  comprobar  de  un  modo  material  esta  verdad,  señores,  no  nece-» 
eitamos  más  que  observar  los  gestos  de  una  persona  ó  naturalmente  ex» 
presi va  ó  excitada  en  aquel  momento.  Nos  habla  de  una  esfera,  y  sus 
manos  se  ahuecan,  se  adaptan  á  la  superficie  esférica;  de  un  plano,  y  ve- 
mros  que  su  mano  se  aplana  v  lo  recorre;  de  un  objeto  cónico,  y  la  mano 
toma  en  el  acto  esa  figura. 

Es  claro  que  esta  demostración  es  mucho  más  difícil  cuando  se  trata 
no  de  imágenes,  sino  de  ideas  abstractas.  Pero  aquí  debemos  distinguir 
esas  abstracciones  primarias,  rudimentarias  por  decirlo  asi,  que  podemos 
tener  sin  auxilio  del  lenguaje,  y  que  constituyen  el  fondo  de  nuestra 
actividad  mental,  por  lo  que  jamás  están  aisladas,  sino  por  un  esfuerzo 
momentáneo  de  atención,  y  las  abstracciones  más  refinadas  á  que  nos 
elevamos  con  el  auxilio  del  lenguaje.  A  reserva  de  tocar  este  punto, 
cuando  tengamos  recojidos  todos  los  elementos  sensibles  que  producen 
las  abstracciones  de  una  y  otra  clase;  baste  ahora  notar  la  intervención 
del  lenguaje,  para  descubrir  un  elemento  motriz  permanente.  Raciocinar 
es  hablar  mentalmente;  y  la  idea  de  una  palabra  envuelve  impresiones 
auditivas  ó  impresiones  de  articulación,  sin  contar,  las  más  de  las  veces, 
los  signos  visibles  y  los  movimientos  de  la  escritura  en  los  que  saben 
leer  y  escribir.  Para  esto  la  prueba  es  la  misma  que  en  el  caso  anterior. 
Estaraos  leyendo  con  la  vista,  ó  estamos  recordando  un  pasaje,  un-  trozo 
interesante;  á  poco  que  nos  apasionemos,  nos  sorprenderemos  leyendo  ó 
recitando  en  voz  alta.  La  articulación  latente  se  ha  hecho  efectiva,  mer- 
ced á  una  difusión  más  intensa  de  la  fuerza  nerviosa.  Si  desechamos 
esta  explicación,  ese  hecho  tan  sencillo  es  un  acto  misterioso  ó  incom- 
prensible. Además,  tenemos  la  prueba  experimental  más 'completa.  La 
localizacion  cerebral,  hasta  aquí  más  comprobada,  es  la  del  centro  articu- 
lador  en  la  tercera  circunvolución  del  lóbulo  frontal  izquierdo.  Desórde- 
nes en  este  órgano  producen  desórdenes  en  la  articulación  hasta  la  per- 


252 


REVISTA  DE  CUBA 


dida  total  de  la  palabra — la  afasia  en  todos  sus  grados.  Ahora  bien;  un 
afáaico  es  incapaz  de  ideación  abstracta  ó  de  un  raciocinio  seguido.  Se- 
gún Ferner,  «no  piensa  sino  en  las  cosas  particulares,  y  sus  pensamientos 
están  condicionados  principalmente  por  las  impresiones  actuales  hechas 
sobre  los  óiganos  de  los  sentidos,  impresiones  que  despiertan  ideas,  según 
las  leyes  habituales  de  la  asociación.» 

En  este  mismo  dominio  de  los  casos  anómalos,  y  sin  llegar  á  la  pato* 
logia,  podemos  encontrar  un  nuevo  orden  de  pruebas  de  la  intervención 
de  sensaciones  de  movimiento  en  las  sensaciones  especiales,  y  de  tal  mo- 
do que  produzcan  percepciones  y  juicios  en  desacuerdo  con  estas  últimas. 
Lo  encontraremos  en  algunos  movimientos  ilusorios.  Contemplando  dis- 
traidamento  una  estatua,  un  cuadro,  ¿quién  no  ha  visto  dibujarse  una 
sonrisa  en  la  imáp^en  contemplada,  ó  que  baja  los  párpados  ó  inclina  la  ca- 
beza? ¿Y  cómo  asi?  porque  en  la  percepción  visual   de  estos  movimientos 
intervienen  movimientos  musculares  del  ojo,  que  ahora  se  han  reprodu- 
cido  espontáneamente,  y  como  la  atención  no  estaba  á  punto  para  recti- 
ficar, ha  surgido  la  ilusión.  Y  esto  vá  tan  lejos  que,  cuando  se  trata  de 
movimientos  extensos  y  complicados  en  lo  objetivo,  la  educación  especial 
que  reciben  nuestras  sensaciones  para  adaptarse  á  cuerpos  en  movimien- 
to, da  margen  á  las  ilusiones  más  conocidas.  No  sólo  vemos  un  cuerpo, 
sino  que  vemos  cuando  se  mueve;  y  si  en  el  estado  de  reposo  no  podemos 
percibirlo  sin  los  movimientos  oculares,  claro  está  que  en    el  estado  de 
movimiento  han  de  ocurrir  movimientos  musculares  mayores,  más  inten- 
sos y,  por  consiguiente,  más  sentidos.   Así  cuando  vamos  en  un  ferroca- 
rril, como  los   objetos  pasan  rápidamente  ante  nuestra  retina,  y  el  ajus- 
tamiento focal  tiene  que  cambiar  tan  incesantemente  como  si  en  realidad 
los  objetos  estuvieran  cambiando  de  lugar,  todo  este  esfuerzo  muscular 
es  sentido  é  interpretado  del  modo  común,  es  decir,  como  producido  por 
la  moción  rápida  de  los  objetos.   Mi   inmovilidad    viene   á    favorecer 
la  ilusión;   y   así,  cuando  me  adelanto   tranquilamente  por   una   calle 
doy  á  las  sensacicmes  exteriores  su  verdadero   valor;  soy  yo  el  que  me 

muevo. 

La  suma  de  sensaciones,  de  impresiones  tenues  de  movimiento  puede 
adquirir  por  su  repetición  lina  masa  en  la  conciencia,  que  produzca  un 
efecto  verdaderamente  singular.  De  esta  manera  interpreto  yo  una  ilu- 
sión sobre  la  cual  ha  fijado  muy  especialmente  su  atención  el  profesor 


CON^EEUNOIAS  FILOSÓFICAS  25S 

alemán  Hoppe.  Es  la  ilusión  del  movimiento  de  la  ribera  (  Uferbewe^ 
gung).  Si  miramos  un  agua  oorriente,  con  facilidad  tendremos  la  ilusión 
de  que  el  lugar  en  que  estamos  se  mueve  7  nos  arrastra,  en  sentido 
opuesto  al  del  agua.  Ssto  indica  que  el  movimiento  incesante  del  liquida 
nos  obliga  á  cambios  incesantes  de  tensión  muscular  en  los  ojos,  los  cua* 
les  van  acumulándose  hasta  producir  una  impresión  total  de  movimiento, 
en  todo  semejante  á  la  que  tendríamos  si  recorrióramos  la  orilla  del  rio 
en  el  sentido  en  que  parece  que  nos  movemos.  En  efecto,  fijémonos  en 
que  para  que  las  diversas  partes  de  la  superficie  inmóvil  fueran  pasando 
ante  nuestros  ojos  era  necesario  que  nosotros  fuéramos  cambiando  de  po- 
sicion.  Aquí,  como  en  el  paisaje  visto  desde  el  ferrocarril,  el  movimien- 
to ilusorio  es  inverso  al  real,  7  la  explicación  me  parece  fundamental- 
mente la  misma.  Recibimos  impresiones  musculares  idénticas  á  las  que 
recibiríamos  si  movieran  el  paisaje  ante  nosotros  en  la  dirección  en  que 
lo  vemos  huir,  ó  si  fuéramos  mirando  el  rio  adelantándonos  en  la  direc- 
ción en  que  parece  que  nos  movemos;  7  esto  porque  en  el  ferrocarril  eai- 
pezamos  por  ver  la  parte  que  veríamos  también^  primero  si  el  paisaje  se 
moviera,  7  acabamos  por  donde  hubiéramos  acabado  en  ese  caso;  7  en  el 
rio  vemos  primero  las  olas  ó  partículas  de  agua  que  veríamos  si  nosotros 
fuéramos  los  que  anduviéramos  7  asj  sucesivamente;  7  como  ningún  otro 
factor  externo  concurre  á  que  rectifiquemos  las  impresiones,  se  produce 
la  ilusión,  no  por  engafio  del  sentido,  sino  del  juicio  que  concIu7e  según 
sus  datos  7  hábitos. 

Pero,  á  pesar  de  lo  dicho,  no  nos  daremos  cuenta  del  valor  psicológi- 
co del  hecho  enunciado,  si  no  consideramos  en  conjunto  nuestra  vida 
psíquica.  El  estímulo  exterior  comienza  la  obra,  provoca  la  impresión  7 
ésta  pone  en  conmoción  todo  el  sujeto,  las  imágenes  se  suceden,  evocan 
las  ideas,  nacen  los  juicios  7  surgen  las  determinaciones  que  darán  por 
resultado  nuevos  actos.  Este  tránsito  de  la  idea  al  movimiento  era  punto 
ínénos  que  inexplicable;  ho7,  si  recordamos  que  todas  las  ideas  provocan 
movimientos  latentes  ó  tendencias  al  movimiento,  aparece  á  una  nueva 
luz  el  principio;  7  estamos  mucho  más  cerca  de  comprenderlo.  Si  fuera 
posible  tomar  un  movimiento  inicial,  7  seguir  sus  transformaciones  psí- 
quicas hasta  traducirse  de  nuevo  al  exterior  en  movimientos,  tendríamos 
una  aplicación  feliz  del  principio  enunciado,  no  7a  en  una  idea  aislada—* 
6aso  hipotético— sino  en  la  trama  variadísima  dé  úuéstros  esteídoé  dfl/ 


254 


BEVISTA  DE  CUBA 


conciencia.  Las  experiencias  de  Braid,  con  sujetos  hipnotizados  ó  sonám- 
bulos, nos  presentan  el  caso.  Hé  aquí  algunas. 

Si  á  un  individuo  hipnotizado  se  le  cierra  el  pu&o  derecho  y  se  le 
extiende  el  brazo,  en  seguida  su  rostro  reviste  la  expresión  de  la  cólera, 
y  todo  su  cuerpo  adopta  la  actitud  de  la  amenaza.  Si  se  le  juntan  laa 
manos,  su  actitud  y  gestos  serán  humildes,  se  pondrá  de  rodillas,  parece- 
rá implorar  merced. 

En  muchos  casos  de  histerismo  ha  comprobado  idénticos  ejemplos 
M.  Charcot;  y  Bichet,  con  sonámbulos,  ha  provocado  toda  una  serie  de 
imágenes,  pensamientos  y  actos,  con  un  gesto  ó  una  palabra.  Aquí  tene- 
mos el  organismo  afectado  por  un  sólo  estimulo,  y  vemos  toda  una  serie 
de  actos  psíquicos  producirse  con  la  mayor  regularidad. 

Las  consecuencias  no  pueden  ser  más  importantes. 

El  acto  y  la  idea  están  comprendidos  en  una  sola  síntesis;  pens<ir  es 
casi  ejecutar.  Dad  relieve,  dad  intensidad  á  la  idea,  aisladla,  favoreced- 
la,  y  veréis  surgir  de  un  modo  casi  automático  la  acción.  Esto  en  tesis 
general;  en  cuanto  al  sentido  muscular  que  ahora  nos  ocupa,  el  resumen 
más  perfecto  de  cuanto  llevamos  dicho  está  en  esta  conclusión  de  Richet, 
que  recomiendo  U  vuestra  atención:  «Todo  movimiento,  sea  voluntario, 
sea  reflejo,  sea  comunicado,  repercute  sobre  los  centros  nerviosos  y  modi* 
fica  el  curso  de  nuestras  ideas  y  sentimientos». 


ENRIQUE  JOSÉ  VABONA. 


(Con¿mt¿ará.) 


J 

1 

i 

> 

■'i 

j 
•  j 

.i 


¿POR  QUÉ? 

[Imitación  de  Henry  Heine.] 


¿Por  qué  el  yirtuoeo  afligido 
Vive  llorando  en  el  suelo, 
Sin  encontrar  un  consuelo 
Para  su  pecho  abatido; 

Y  el  vil  malvado,  que  arrostra 
Sus  crímenes  7  bajeza, 

Ooza  de  paz  7  riqueza 

T  el  mundo  á  sus  pies  se  postra? 

Esta  pregunta  funesta 
Hacemos  desde  la  cuna; 
Pero  Dios  la  cr6e  importuna, 
T  á  nuestro  afaú  no  contesta. 

Y  al  ver  que  tanto  se  aferra 
Nuestra  mente  inquieta,  loca, 
Al  fin  nos  tapa  la  boca 

Con  un  puñado  de  tierra. 

JOSEFINA  PEBEZ. 


31 
■q 

! 

•1! 

.1 


^ 


Méjico. 


¡¿¿¿¿ 


¡kdta 


'-   •'     ^-  • 


SOBRE    LA    LITERATURA 


DB   LOS   ESTADOS   UNIDOS. 


ARTICULO  SEGUNDO. 


Detengámonos  en  la  elocuencia  que  se  ha  derivado  de  este  estado 
progresivo  de  las  ciencias,  7  hallaremos  lo  que  buscamos:  un  periodo  de 
fuego  7  luz,  un  desbordamiento  extraordinario  de  la  palabra  en  las  cá- 
maras parlamentarias,  en  los  tribunales  de  justicia,  en  las  academias,  en 
los  actos  solemnes,  en  las  reuniones  públicas  7  particulares,  en  las  cáte- 
dras de  los  templos,  en  los  campamentos,  en  todas  partes.  Si  los  america- 
nos no  tuvieran  otras  pruebas  que  alegar  que  las  del  estado  de  sa  elo- 
cuencia, bastarla  para  su  honra  literaria,  porque  allí  está  todo  7  porque 
la  extensión  de  tiempo  que  comprende  no  sólo  es  la  más  larga  que  se 
puede  citar,  sino  porque  atendiendo  á  su  organización  social  7  política,  es 
el  campo  que  mejor  han  podido  cultivar.  Entiéndase  que  no  me  refiero 
simplemente  á  la  oratoria  sujeta  á  las  exijencias  de  una  estudiada  retó- 
rica, porque  no  le  daria  mucho  aprecio  en  este  caso,  sino  á  la  alta  orato- 
ria, á  la  ciencia  7  no  al  arte  de  la  persuacion;  á  los  arranques  del  entu- 
siasmo 7  no  á  las  frases  de  buen  colorido;  comprendo,  en  fin,  en  esta  clase 
de  producciones  el  Peotttó  eat  quod  disertos  facü,  de  Quintiliano. 

Empieza  esta  era  con  James  Otis  7  aún  continúa.  Ha  transcurrido  un 


SOBRE  LA  LITERATURA  DE  LOS  ESTADOS  TmiDOS 


2é7 


siglo  desde  aquella  gloriosa  iniciación  y  esta  es  la  edad  de  la  palabra  en 
los  Estados  Unidos:  nació,  por  tanto,  la  oratoria,  de  la  lucha  de  dos  pue- 
blos fuertes  en  el  cerebro,  en  el  brazo  y  el  corazón,  y  como  ningún  pue- 
blo tiene  una  fé  de  bautismo  igual  á  la  declaración  de  la  independencia 
de  aquellas  colonias,  ningún  pueblo  ha  podido  tan  velozmente  recojer 
tantos  triunfos  en  el  más  ancho  terreno  de  las-ideas:  la  mejor  elocuencia 
será  siempre  la  que  se  produzca  en  el  seno  atribulado  de  las  revoluciones 
y  después  de  ella,  la  que  de  ella  misma  haya  tenido  origen. 

Dejando  atrás  por  un  instante  á  Patrick  Henry,  Ricardo  Henry  Lee, 
"William   Henry  Drayton,  Joseph  Warren,  James  Wilson,  William  Li- 
Tingston,  Fisher  Ames,  John  Cutledge,  James  Madison,  John  Jay,  Ed- 
mundo Handolph,  Alejandro  Hamilton,  John  Hancock  y  John  Adams^ 
voy  á  tributar  algún  homenaje  á  Jorge  Washington  y  abandonaré  tam- 
bién hasta  más  adelante  á  los  que  le  han  sucedido  en  el  uso  de  la  pala- 
bra en  los  asuntos  patrióticos.  Washington  es  casi  único  en  la   historia 
universal  y  no  hay  nación  honrada  que  no  hubiera  querido  tenerlo  por 
padre:  primero  en  la  guerra,  primero  en  la  paz,  primero  en  el  amor  de 
BUS  conciudadanos,  se  dice  de  él  en  un  lema  vulgarizado  en  su  país,  y  en 
verdad  que  esto  es  poco  todavía,  porque  es  primero,  no  en  el  estrecho 
circulo  de  un  siglo,  no  entre  los  limites  geográficos  de  una  extensión  de- 
terminada, íio  entre  tantos  ó  cuantos  millones  de  hombres,  sino  de  los 
primeros  en  todos  los  siglos,  en  el  mundo  entero  entre  todos  los  hombres, 
Le  doy,  pues,  la  preferencia  en  la  oratoria,  porque  aunque  en  rigorosa  ley 
literaria  no  le  correspondiese,  está  á  la  cabeza  de  los   acontecimientos  de 
que  nos  ocupamos  y  ha  presidido  á  la  más  sincera  admiración  en  el  fon- 
do de  nuestra  alma.  ¿Qué  diré  de  este  mortal  que  pueda  explicar  su  in- 
comparable grandeza?  Si  alguno  estuviere  tan  atrasado  en  política  y  en 
moral  que  ignorase  lo  que  vale  Jorge  Washington,  no  soy  yo  el  que  pue- 
de hacérselo  comprender,  porque  como  observa  Chateaubriand,  ahí  ha 
quedado  un  mundo  florenciente  para  dar  testimonio  de  él,    y  cuando  ha- 
bla un  mundo,  un  escritor  debe  guardar  silencio:  eiiam  mortuiis  loquitur 

Aunque  procuro  no  detenerme  en  detalles  y  análisis,  se  me  permitirá 
citar  algunos  trozos  de  vez  en  cuando,  para  marcar  el  carácter  del  genio 
americano,  pues  aunque  es  diñcil  escojer  entre  tantas  y  tan  diversas  con- 
cepciones, y  tal  vez  sea  enojoso  someter  á  una  larga  prueba  la  paciencia 
del  lector,  yo  no  sabria  darme  crédito  de  otro  modo  y  hacerme  compren- 
sa 


258 


JfcEVlSTA  DE  CUBA 


der  como  deseo  con  juicios  propios.  Ocurre  naturalmente  pensar  que  te- 
niendo que  paRar  á  la  ligera  sobre  el  asunto  de  que  estamos  tratando, 
será  suficiente  escojer  algunos  hombres  tipos,  pues  además  de  adivinarse 
detrás  de  ellos  una  multitud  de  oradores,  se  podrá  advertir  en  los  resul- 
tados generales  la  evolución  del  pensamiento  en  aquel  país,  porque  para 
darlo  á  conocer  en  toda  su  carrera  sería  necesario  entrar  en  largas*  sec- 
ciones. 

La  elocuencia  de  Washington  impone  el  entusiasmo,  porque  su  auto- 
ridad le  imprime  un  sello  que  dá  curso  libre  á  sus  sentencias,  y  todos  se 
sienten  inclinados  á  oirle  con  favor  aíjn  antes  de  est^r  al  cabo  de  lo  que^ 
ha  de  decir;  su  modestia  sin  límites  v  su  ingenuidad  encantadora,  le  dan 
un  estilo  en  sumo  grado  sencillo,  y  por  tanto,  extremadamente  bello. — 
«Entre  las  vicisitudes  de  la  vida,  dijo  cuando  se  le  notificó  oficialmente 
el  dia  14  de  Abril  de  1789  que  habia  sido  electo  Presidente,  ningún 
acontecimiento  pudiera  haberme  proporcionado  raay^r  ansiedad  que  el 
de  la  notificación  que  me  habéis  comunicado  el  dia  14  del  mes  actual. 
Por  un  lado  mi  país,  cuyo  acento  no. puedo  escuchar  sino  con  amor  y  ve- 
neración, me  envia  un  aviso  al  lugar  retirado  que  yo  habia  acogido  con 
cariñosa  predilección,  y  en  él  cual  mis  lisonjeras  esperanzas  buscaban  con 
inmutable  indecisión  un  asilo  para  mis  últimos  años;  un  lugar  retirado 
que  cada  dia  iba  siendo  para  mi  más  necesario,  así  como  á  la  vez  el  más 
querido,  si  se  agrega  la  inclinación  á  la  costumbre  y  las  frecuentes  alte- 
raciones de  mi  salud,  á  la  gradual  devastación  que  en  él  han  cometido 
los  tiempos;  y  por  otro  lado,  la  magnitud  y  dificultad  del  cargo  á  que  me 
llama  mi  país,  siendo  suficientes  á  despertar  en  el  más  sabio  y  en  el  más 
experimentado  de  los  ciudadanos  la  mayor  desconfianza  de  sus  cualida- 
des, no  podian  monos  que  abrumar  de  temor  á  uno  como  yo,  que  habien- 
do heredado  dotes  inferiores  de  la  naturaleza  y  que  siendo  inexperto  en 
las  obligaciones  de  la  administración  civil,  debe  tener  la  convicción  de  sa 
propia  insuficiencia».  Esta  ingenua  y  modesta  manifestación,  este  sencillo 
exordio,  es  una  ampliación  de  la  célebre  queja  de  aquel  romano  ilustre, 
que  estando  conduciendo  el  arado  en  su  campestre  apartamiento  recibió 
la  investidura  de  dictador,  y  exclamó:  /SóIú  siento  que  mi  haciendilla 
quede  mal  este  Q,ñoI 

Si  juzgásemos  su  discurso  de  despedida  {Fareivell  Addres)  cuando 
tomó  la  determinación  de  separarse  de  los  negocios  públicos,  le  encentra- 


SOBRE  LA  LITERATURA  DE  LOS  ESTADOS  UNIDOS  259 

riamos  en  el  mismo  grado  de  sencillez,  de  orden,  de  claridad   y  de  santa 
virtud  en  que  siempre  apareció.  Algunos  han  querido  probar  que  Was- 
hington no  era  el  verdadero  autor  de  este  trabajo,  y  hasta  hace  poco  CO' 
rria  semejante  aserción  con   bastante  validez,  pero  el  manuscrito   que  se 
conserva  de  su  propia  letra  con  muchas  enmendaturas,  así  como  el  estilo 
y  otras  razones  que  no  son  de  este  lugar,  se  lo  adjudican  por  completo. 
Pide  en  él  á  sus  compatriotas  que  le  hagan  justicia  al  considerar  su  com- 
portamiento; dá  cuenta  de  la  suerte  de  los  estados,  multiplica  sabios  con- 
sejos y  suplica  que  s$  tengan  presentes  sus  debilidades  personales,  porque 
aunque  al  examinar  los  incidentes  de  su  administración  no  tiene  concien- 
cia de  errores  intencionales,  «al  dar  cuenta,  exclama,  de  la  confianza  que 
habéis  hecho  de  mí,  diré  únicamente  que  he  contribuido  con   buenas  in- 
tenciones á  la  organización  y  administración  del   gobierno  con  los  mejo- 
res esfuerzos  de  tjue  era  capaz  un  hombre  de  juicio  falible  como  yo.  Como 
desde  el  principio  estoy  al  cabo  de  la  inferioridad  de  mis   cualidades,  mi 
experiencia  ha  aumentado  á  mi  vista,  mucho  iüAh  que  :i  \u  de   los  otros, 
los  motivos  de  temor  eri  mí  mismo,  y  todos  los  dias  el    nuevo  peso  de  los 
años  me  enseña  míís  y  más  que  el  reposo  del  retiro  es  para   mí  tan  nece- 
sario como  agradable,  y  ojalá  que  conozca  también  entonces  que  los  erro- 
res involuntarios  que  probablemente  he  cometido,  no  han  sido  jamás  la 
fuente  de  serios  y  duraderos  perjuicios  para  nuestra  patria,  y  que  pueda 
á  la  vez  sin  ningún  compromiso  disfrutai  del  dulce  goce  de  compartir  las 
benignas  influencias  de  un  gobierno  libre. en  medio  de  mis  conciudadanos, 
que  es  io  que  ha  sido  siempre  el  objeto  favorito  de  mi  corazón  y  la  dicho- 
sa recompensa  de  nuestros  mutuos  cuidados,  peligros  y  trabajos». — ¿Con- 
mueve  esto  de  alguna  manera?  Sí:  ¡pues  bien!  Entonces  esto  es  elocuente, 
porque  según  Cicerón,  la  elocuencia  es  el  arte  de  conmover,  y  cuando  no 
llegue  con  su  palabra  al  fondo  del  alma  aquel  sencillo  plantador  de  trigo 
de  la  Virginia,  que  ha  sido  «el  más  grande  de  los  hombres  buenos  y  el 
mejor  de  los  grandes  hombres». 

Entre  muchos  autores  (1)  cuyos  discursos  principales  se  han  impreso 


(1)  James  Otis,  Patrick  Henry,  Richard  H.  Lee,  W.  Henry  Drayton,  Joseph 
Warren,  James  Wilson,  William  Livingston,  Fisher  Amea,  John  Butege,  James  Wa- 
dison,  J.  Jay,  Kdmund  Haadolph,  Alexander  Hamilton,  John  Hancock,  John  Adams, 
Oeorge  Washington,  Elias  Boudinot,  J,  DickiasoQ,  J.  Withespooq,  DavicJ  Ramsay,  J, 


260  REVISTA  DE  CUBA. 

en  dos  gruesos  volúmenes,  podemos  elegir,  por  ejemplo,  el  de  Patrick 
Henry  sobre  la  Constitución  federal,  en  que  aquel  orador  de  la  naturale- 
za, como  se  le  llama  con  justicia,  desplegó  las  galas  de  su  genio,  y  retro- 
cediendo un  poco  más  le  hallaremos  aun  en  mejor  posición,  cuando  en  el 
primer  congreso  celebrado  en  Filadelfia,  «se  levantó  tranquilamente  como 
humillado  bajo  el  peso  del  asunto  de  que  iba  á  ocuparse,  y  después  de 
tartamudear,  según  tenia  por  costumbre,  en  un  exordio  impresionable,  se 
fué  lanzando  en  la  recitación  de  las  faltas  coloniales.  Elevándose  en  tan- 
to que  adelantaba  en  la  grandeza  del  motivo  de  ^ue  se  ocupaba,  y  encen- 
diéndose por  fin  con  toda  la  majestad  que  debia  esperarse  en  tal  momen- 
to, su  discurso  pareció  algo  más  que  el  discurso  de  un  simple  mortal.  No 
cometió  equivocaciones,  ni  rapsodias,  ni  tuvo  dificultad  de  comprensión, 
ni  esforzó  la  voz,  ni  se  confundió  una  vez  en  la  pronunciación.  Su  apa- 
riencia era  digna,  sus  ojos  miraban  con  firmeza,  su  acción  era  noble,  su 
pensamiento  se  habia  encerrado  en  un  centro:  las  miras  que  se  había  pro- 
puesto eran  grandes  y  fáciles  de  entenderse,  y  su  imaginación,  desenvol- 
viéndose con  magnificencia  y  variedad,  hizo  temblar  de  espanto  á  la 
Asamblea.  Bajó  de  la  tribuna  entre  los  murmullos  de  la  sorpresa  y  délas 
alabanzas,  y  como  habia  sido  proclamado  antes  el  más  grande  de  los  ora- 
dores de  la  Virginia,  fué  entonces  reconocido  como  el  primer  orador  de 
la  América.»  La  manifestación  de  Mr.  John  Adams  en  la  defensa  de  unos 
soldados  por  el  asesinato  de  otros,  y  que  empieza  con  aquellas  palabras 
de  Beccaria: — «Si  no  pudiera  servir  más  que  de  instrumento  para  salvar 
una  vida,  las  bendiciones  y  las  lágrimas  que  obtuviera  me  serian  de  su- 
ficiente consuelo  para  satisfacer  á  todo  el  género  humano»;  y  que  conclu- 
ye con  ingeniosos  argumentos  para  inclinar  á  su  favor  el  espíritu  de  los 
jueces,  es  un  erudito  y  elocuente  discurso  que  puede  consultarse  con  pro- 
vecho; la  súplica  de  Dickson  al  rey,  pidiendo  un  cambio  en  el  gobierno, 


Adams,  Joseph  Duincy,  Benjamin  Rusch,  Robert  Livingston,  H.  H.  Brackenridge, 
Charlea  Pinckney,  Luther  Martin,  Oliver  EUsworth,  Cristopher  Gore,  Red  Jacket,  IJ- 
Tracy,  II.  Lee,  G.. Morris,  R.  Goodloe,  Harper  Th.  A.ddÍ8  Emmet,  G.  R.  Minot,  Harri- 
Bon  Gray  Otis,  De  Witt  Clinton,  John  Marshall,  Rufas  King,  J.  A.  Bayard,  William 
Pinkney,  A.  Gallatin,  J.  Milliouse,  J.  Randolph,  Wra.  B.  Giles,  E.  Livingston,  Sa- 
muel Bexter,  J.  Quiney  Adams,  Henry  Clay,  Tristan  Burgea,  Wm.  Hunter,  Tecum- 
seh,  Daniel  Webster,  Josoph  Story,  William  Gastón,  Robert  Y.  Ilayne,  Seargent  S. 
Prentice. — American  eloqúénce:  acollecU'on  of  speecfies  and  addresses  hy  ihc  mo8t  emi- 
ncni  oratora  of  America,  etc.,  hy  frank  Moore. 


SOBRE  LA  LITERATURA  DE  LOS  ESTADOS  UNIDOS  261 

y  SU  calurosa  declaración  de  los  motivos  que  excitaban  al  pueblo  á  tomar 
las  armas  contra  injustos  enemigos;  la  oración  de  Samuel  Adams  so- 
bre la  independencia;  el  vigoroso  ataque  contra  la  pena  capital  del  dis-» 
tinguido  diplomático  Eduardo  Livingston,  publicado  en  la  introducción 
del  Código  criminal  de  la  Luisiana,  7  sobre  todo,  cualquiera  de  las  im? 
provisaciones  de  Henry  Clay,  de  Oalhoun  y  Daniel  Webster,  dan  un  tono 
elevado  á  la  elecuencia  de  los  que  hasta  hace  poco  se  llamaban  propia* 
mente  Estados  Unidos. 

Henry  Clay,  cuyo  carácter,  cuya  organización  física  y  mental  lo  im- 
pulsaban á  subir  hora  por  hora  al  punto  más  eminente  de  la  escala  ora- 
toria; alto  de  talla,  imperioso  en  sus  maneras,  de  ardiente  naturaleza, 
alma  agena  á  todo  temor,  rostro  variable,  voz  cultivada  y  armónica,  na- 
tural en  sus  gestos,  razonador  profundo,  rápido  en  sus  percepciones,  or- 
denado en  extremo,  águila  en  su  vuelo,  por  la  jurisprudencia  y  la  políti- 
ca, amigo  de  las  causas  nobles,  miembro  de  todas  las  familias,  ciudadano 
de  todo  el  mundo  sin  distinción  de  colores  y  climas,  completó  la  más  en- 
vidiable carrera.  Daniel  Webster  hablando  sobre  el  aumento  de  la  mari- 
na  y  exponiendo  la  ley  constitucional,  se  sostuvo  siempre  en  unas  regio- 
nes á  donde  después  no  hemos  visto  sino  rara  vez  á  uno  que  otro  de  sus 
contemporáneos.  Calhoun,  por  último,  ocupando  tal  vez  el  lugar  más  ex- 
clarecido  al  lado  de  Henry  Clay,  era,  como  decia  el  mismo  Dr.  Webster, 
un  hombre  de  indudable  genio  y  de  poderoso  talento,  y  así  reconocido 
por  todo  el  mundo.  El  modo  de  expresarse  en  los  cuerpos  públicos  for- 
maba parte  en  su  carácter  intelectual:  sobresalía  aún  á  las  mismas  cuali- 
dades de  su  entendimiento:  era  claro,  fuerte,  fino,  conciso,  condensador: 
algunas  veces  carecía  de  pasión:  siempre  era  severo.  Rechazaba  toda  cla- 
se de  adornos,  sin  que  por  esto  dejara  de  lanzarse  en  busca  de  interesan- 
tes ejemplos:  estribaba  su  supremacía  en  la  explanación  de  sus  proposi- 
ciones, en  la  frialdad  de  su  lógica  y  en  la  energía  de  su  acción.  Como  sena- 
dor es  conocido  de  todos,  apreciado,  venerado:  ninguno  supo  mejor  que 
él  respetar  á  los  demás,  conducirse  con  mayor  decoro,  superarle  en  dig- 
nídad.  «La  última  ocasión  en  que  ocupó  su  asiento  en  el  Senado,  observa 
también  el  mismo  Webster,  conservaba  todavía  su  actitud,  y  aunque  su 
acento  indicaba  ya  suma  decadencia  física,  creíamos  estar  viendo  á  un 
Cenador  romano,  cuando  Roma  acababa  de  renacer.» 

Escojamos  á  uno  cualquiera  entre  tanto  y  veamos^  por  ejemplo^  qttiéii 


» / 


V- 


262 


REVISTA  DE  CUBA 


era  Daniel  Webster.  Muerto  á  los  70  años  de  edad  este  jurisconsulto  y 
hombre  de  estado  eminente,  hizo  mucho  para  que  pudiera  pasar  dea- 
apercibida  su  existencia.  Empezó  su  educación  tropezando  con  tales  fal- 
tas de  recursos,  que  jsiendo  muy  niño  tenia  que  recorrer  á  pió  de  dos  y 
media  á  tres  millas  para  ir  á  la  escuela;  auxiliado  después  por  un  herma- 
no suyo,  mejora  de  suerte,  se  gradúa  de  abogado,  hace  su  aparición  en  el 
tribunal  de  justicia  de  Boston,  practica  un  año,  progresa  en  su  profesión, 
comparte  las  miras  de  un  nuevo  partido,  y  comienza  á  manifestarlas  en 
reuniones  públicas;  se  casa,  viene  la  guerra  de  1812,  y  como  este  aconte- 
cimiento exije  el  mejor  talento  que  pudiera  dar  el  país,  hé  aquí  que  el 
Estado  de  New-Hampshire  lo  envia  á  la  Cámara  de  Representantes.  Ya 
lo  tenéis  en  el  puesto  que  le  corresponde,  ya  hay  que  fijar  en  él  las  mi- 
radas: toma  su  asiento  entre  hombres  de  valor  incuestionable  y  que  hau 
de  hacerse  célebres  por  su  habilidad  suma;  se  levanta;  su  presencia  impo- 
ne, su  cuerpo  es  bien  proporcionado,  su  cabeza  de  gran  tamaño,  sus  ojos 
serenos  y  brillantes,  su  voz  poderosa,  sonora  y  flexible,  su  acción  impre- 
sionable, vá  á  hablar  en  asuntos  que  no  habia  manejado  y  parece  que  de- 
bía faltarle  aquella  firmeza  que  sólo  se  adquiere  con  la  experiencia;  pero 
sin  embargo,  ya  está  familiarizado  con  las  tradicciones  y  la  historia  de 
su  gobierno,  y  todas  las  naciones  lo  han  oido  y  lo  han  admirado. — Se  re- 
tira más  tarde  del  ruido  del  mundo,  se  dedica  á  recobrar  la  fortuna  que 
habia  perdido  en  una  de  esas  vicisitudes  comunes  en  la  ondulación  de  las 
riquezas  personales,  entra  en  las  discusiones  otra  vez,  se  coloca  á  nivel  de 
Emmet,  Pinkey  y  Wirt  al  frente  de  la  jurisprudencia  americana,  y  en 
casos  de  monopolio,  de  leyes  de  insolvencia,  de  blancos,  de  validez  de  un 
testamento,  con  otros  muchos  que  ocuparon  la  atención  de  la  corte  su- 
prema durante  una  generación  entera,  como  en  ciertas  causas  criminales,/ 
logró  tan  alta  reputación,  que  algunos  han  creido  que  ningún  abogado  le 
ha  superado  jamás  en  ningún  país. 

Su  discurso  sobre  el  aniversario  del  desembarco  de  los  peregrinos  en 
Plymouth,  y  el  que  consagró  á  los  mártires  de  la  libertad  que  perecieron 
en  Bunker  Hill,  como  el  que  pronunció  al  ponerse  la  primera  piedra  de 
la  extensión  del  Capitolio  y  el  elogio  de  Adams  y  Jefferson,  pertenecen, 
según  una  autoridad  respetable,  á  una  clase  de  elocuencia  que  no  es  par- 
lamentaria, ni  forense,  ni  académica,  sino  que  propiamente  podria  lla- 
marse patriótica,  pues  en  tanto  que  se  advierte  que  estas  obras  comple- 


«  . 


•*\ 


SOBE£  LA  LITERATURA  1)E  LOS  kSTAÜOS  UNIDOS 


26á 


lamente  libres  de  formalidades  escolásticas,  se  conoce  que  están  madura- 
mente preparadas,  y  pueden  servir  de  modelos  de  composición.  Lo  en- 
contramos después  y  ¡cuan  magníficamente!  tratando  de  la  revolución 
griega,  protestando  contra  las  doctrinas  de  la  Santa  Alianza,  sobre  tari- 
fas, el  congreso  de  Panamá,  discusiones  de  actas,  asuntos  financieros.  Te- 
jas, Méjico,  California,  Cuba,  las  expediciones  al  Japón,  Centro  América, 
la  Pesquería  de  costas,  sobre  todo  lo  que  era  de  interés; 'y  después  de 
tanto  afán  sucumbe  lleno  de  honores  y  se  dicen  tantas  cosas  en  su  elogio 
que  sólo  se  han  dicho  más  cuando  la  muerte  de  Washington. 

Nos  valdremos  de  la  fiel  traducción  que  ha  hecho  el  célebre  cubano 
Don  José  María  Heredia,  del  discurso  pronunciado  al  poner  la  piedra 
angular  del  monumento  de  Bunker  Hill,  de  que  ya  hemos  hecho  men- 
ción, y  por  algunos  de  sus  extractos  daremos  á  conocer  imperfectamente 
el  carácter  de  aquella  oratoria  sin  afectación,  que  se  manifestaba  en  un 
estilo  vigoroso  y  en  un  lenguaje  castizo,  que  en  grado  notable  es  viril- 
mente sencillo. — crEstamos  sobre  los  sepulcros  de  nuestros  padres;  esta- 
mos en  un  suelo  distinguido  por  su  valor,  su  constancia  y  su  sangre  ver- 
tida. Aquí  estamos,  no  para  fijar  una  época  incierta  de  nuestros  anales, 
ni  para  atraer  atención  sobre  un  pasaje  oscuro  y  desconocido.  Si  nuestro 
humilde  objeto  no  se  hubiese  concebido  jamás,  si  no  hubiéramos  nacido, 
no  por  eso  hubiese  dejado  de  ser  el  17  de  Junio  de  1775  un  dia  que  toda 
la  historia  posterior  hubiera  derramado  su  luz,  y  un  punto  que  atrajese 
los  ojos  de  generaciones  y  generaciones  sucesivas.  Pero  somos  americanos. 
Vivimos  en  la  que  puede  llamarse  edad  tierna  de  este  continente,  y  sa- 
bemos que  nuestra  posteridad  debe  para  siempre  gozar  y  sufrir  aquí  la 
suerte  de  la  humanidad.  Tenemos  delante  una  serie  probable  de  grandes 
acontecimientos;  sabemos  que  nuestra  fortuna  se  ha  decidido  felizmente; 
es  natural,  pues,  que  nos  conmovamos  al  contemplar  los  sucesos  que  gnia- 
ron  nuestro  destino,  antes  que  muchos  de  nosotros  naciesen,  y  afianzaron 
la  condición  en  que  hemos  de  pasar  la  parte  de  existencia  que  Dios  con- 
cede á  los  hombres  en  tierra. 

«Consagramos  nuestra  obra  al  espíritu  de  la  independencia  nacional, 
y  deseamos  que  la  luz  serena  de  la  paz,  descanse  sobre  ella  para  siempre. 
Alzamos  un  monamente  de  nuestra  convicción  del  beneficio  inmenso  que 
recibió  nuestro  suelo  y  del  influjo  feliz  que  los  mismos  sucesos  han  tenido 
en  los  intereses  generales  del  género  humano.  Venimos,  como  americanos, 


^61 


¿EVISTÁ  t>t  CÜBÁ 


á  sefíalar  un  sitio  qué  nosotros  y  nuestra  posteridad  debemos  amar  para 
siempre.  Deseamos  que  cualquiera  que  en  todo  él  tiempo  venidero  vuelva 
aquí  sus  ojos,  vea  que  no  hemos  dejado  que  se  confunda  el  suelo  en  que 
se  dio  la  primer  batalla  grande  de  la  revolución.  Deseamos  que  esta  es- 
tructura proclame  á  todas  las  clases  y  á  todas  las  edades  la  magnitud  é 
importancia  de  aquel  suceso.  Deseamos  que  la  infancia  sepa  de  los  labios 
maternales  el  motivo  de  su  erección,  y  que  la  cansada  y  trémula  vejez  la 
mire,  y  sienta  alivio  con  los  recuerdos  que  sugiere.  Deseamos  que  el  tra- 
bajador alce  la  vista  aquí  y  se  ensoberbezca  en  medio  de  sus  fatigas.  De- 
seamos que  en  los  dias  desastrosos,  que  también  debemos  esperar,  puesto 
que  han  visitado  á.  todas  las  naciones,  el  patriotismo  abatido  vuelva  aquí 
sus  ojos  y  se  reanime  con  la  seguridad  de  que  aun  subsisten  fírmes  los 
cimientos  de  nuestro  poder  nacional.  Deseamos  que  esta  colamna  alzán- 
dose hacia  el  cielo,  entre  las  torres  de  tantos  templos  dedicados  á  Dios, 
contribuya  también  A  producir  en  todas  las  almas  un  sentimiento  piadoso 
de  dependencia  y  gratitud.  Deseamos,  finalmente,  que  el  último  objeto 
que  vea  el  que  se  aparte  de  sus  playas  nativas,  y  el  primero  que  lo  albo- 
roce á  su  vuelta,  le  recuerde  la  libertad  y  gloria  de  su  patria.  Álcese, 
pues,  hasta  que  salude  al  sol  en  su  venida:  dórelo  el  primer  esplendor  de 
la  mañana  y  deténgase  un  tanto  en  su  cumbre  la  luz  del  moribundo  dia 

«Dejemos  gozar  de  su  elección  á  los  que  prefieran  otros  sistemas,  ya 
porque  los  crean  mejores  en  si,  ó  porque  los  expongan  más  acertados 
á  su  estado  presente.  Empero,  nuestra  historia  prueba  que  la  forma  popu- 
lar es  practicable,  y  que  los  hombres  con  prudencia  y  sabiduría  pueden 
gobernarse:  es,  pues,  de  nuestro  deber  conservar  este  ejemplo  vivificador, 
y  cuidar  de  que  nada  disminuya  su  autoridad  á  los  ojos  del  mundo.  Si 
en  nuestro  caso  viene  á  caer  el  sistema  representativo,  deben  declararse 
imposibles  los  gobiernos  populares.  No  debe  esperarse  que  se  presente 
otra  combinación  de  circunstancias  más  favorables  al  experimento.  En 
nosotros,  pues,  deposita  el  género  humano  sus  últimas  esperanzas;  y  si 
nuestro  ejemplo  dá  una  prueba  contra  el  experimento,  sonará  por  toda  la 
tierra  el  doble  funeral  de  la  libertad  de  los  pueblos » 

» A  todos  estos  héroes  de  la  tribuna,  entre  los  que  representan  tan  buen 
papel  los  abogados  (1)  ejercitándose  con  éxito  en  extender  las  cuestiones 

(1)    «ConflictD  de  las  leyes»,  por  Story;  «Elementos  de  ley  internacional»,   «His- 
toria de  las  leyes  de  las  naciones»,  por  Wheaton;  «Tratado  de  ley  penal»,  por  Edw. 


' 


SOBRE  LA.  LITERATURA  DE  LOS  ESTADOS  UNIDOS  265" 

judiciales,  los  americanos  tienen  por  costumbre  introduci,r  en  sus  tratados 
de  elocuencia  los  nombres  de  Sagnyn  Whathah,  •  aíí'as,  Red  Jacket,^ 
(chaqueta  colorada)  y  de  Tecümseh,  dos  indios  que  tuvieron  motiVbs 
para  hacerse  conocidos  de  los  blancos  del  Norte,  7  que  ciertamente  son 
hijos  escogidos  de  la  oratoria  natural.  £1  primero  era  entusiasta  7  tena:¿ 
7  sabia  arrastrar  á  su  tribu  á  la  guerra  más  bien  que  llevarla  á  la  victo- 
ria. Su  principal  objeto  era  el  de  mantener  la  independencia  de  su  pue- 
blo, oponerse  al  cristianismo  7  á  la  educación  7  civilización  de  sus  com- 
pañeros. Contestando  una  vez  á  la  petición  que  le  dirigia  un  misionero 
en  un  consejo  de  jefes  de  los  seis  daciones,  exclamó  con  respeto  7  sereni- 
dad:— crjHermano!  oid  lo  que  os  decimos:  hubo  un  tiempo  en  que  nuestros 
antepasados  eran  dueños  de  esta  gran  isla  7  sus  posesiones  se  extendían 
desde  la  salida  hasta  la  puesta  del  sol:  el  Gran  Espíritu  la  habia  hecho 
para  el  uso  de  los  indios.  Habia  creado  el  búfalo,  el  ciervo  7  otros  anima- 
les para  nuestro  alimento:  habia  hecho  el  oso  7  el  castor,  7  sus  pieles  nos 
sirvieron  para  nuestros  vestidos:  los  esparció  por  el  país  7  nos  enseñó  la 
manera  de  cojerlos.  Hizo  que  la  tierra  produjese  granos  para  nuestro 
pan,  y  todo  esto  lo  hizo  para  sus  hijos  rojos,  porque  los  amaba.  Si  acaso 
disputábamos  algún  terreno  para  nuestra  caza,  generalmente  nos  arreglá- 
bamos sin  derramar  mucha  sangre,  pero  vino  un  mal  dia  para  nosotros: 
vuestros  antepasados  cruzaron  las  grandes  aguas  7  desembarcaron  en  esta 
isla:  eran  mu7  pocos:  encontraron  en  nosotros  amigos  7  no  enemigos.  Nos 
dijeron  que  huian  de  su  propio  país  por  medio  de  los  hombres  perversos 
7  venian  á  gozar  aquí  de  su  religión:  nos  pidieron  un  pequeño  lugar,  les 
tuvimos  compasión,  accedimos  inmediatamente  á  su  ruego,  7  se  sentaron 
entre  nosotros.  Les  dimos  granos  7  carne,  7  ellos  en  pago  nos  dieron  ve- 
neno. Habiendo  hollado  los  blancos  nuestro  suelo,  mandaron  noticia  á  los 
BU708  7  vinieron  otros,  7  sin  embargo,  no  los  temimos:  los  recibimos  como 
amigps,  ellos  nos  llamaron  hervíanos,  los  creimos  7  les  dimos  un  lugar 
ma7or.  Por  último,  aumentaron  tanto,  que  quisieron  más  terreno  7  nece- 
sitaron todo  el  país:  abrimos  los  ojos  7  nos  vimos  molestados;  empezaron 
las  guerras:  los  indios  fueron  alquilados  para  pelear  contra  los  iiidios,  7 
muchos  de  los  nuestros  perecieron.  Distribu7eron  también  licor  entre  nos- 


Livingston-Wharton,  «Sobre  ley  criminal»,  Grenteaf,  Bouvier,   Tushing,  Hilliard, 
Daer,  etc.,  etc. 

34 


266  ílEVlSTA  DÉ  CUBA 

otros  y  con  ésto  mataron  á  miles. — '¡Hermano!  hubo  un  tiempo  en  que 
nuestro  terreno  era  grande  y  el  vuestro  pequeBo:  vosotros  habéis  llegado 
á  ser  un  gran  pueblo,  y  nosotros  apenas  tenemos  un  lugar  en  que  exten- 
der nuestras  sábanas!» 

Antes  de  morir,  sintiendo  próximo  su  fin,  hablaba  de  este  asunto  con 
calma  filosófica;  visitó  sucecivamente  á  sus  más  íntimos  amigos  en  sus 
cabanas,  y  se  puso  á  conversar  con  ellos  sobre  las  condiciones  de  su  na- 
ción, valiéndose  de  los  conceptos  mías  tiernos  que  puedan  imaginarse.  Les 
dijo  que  ya  estaba  muriendo  y  que  nadie  volveria  á  escuchar  sus  consejos; 
penetró  en  la  historia  de  su  pueblo  hasta  el  más  remoto  periodo  á  que 
podia  alcanzar  con  su  sorprendente  memoria,  y  marcó  como  pudieran 
pocos,  las  faltas,  las  privaciones  y  la  pérdida  de  carácter  que  á  su  mane- 
ra de  ver  era  lo  que  constituia  su  historia. — «Estoy  pronto  á  dejaros,  dijo, 
y  cuando  me  haya  ido  y  no  se  oigan  más  mis  consejos,  las  mañas  y  ava- 
ricias del  blanco  prevalecerán.  He  soportado  las  tormentas  durante  mu- 
chos inviernos;  pero  soy  un  árbol  viejo  y  ya  no  podré  sostenerme  mucho 
tiempo;  mis  hojas  han  caido,  mis  ramas  están  secas  y  estoy  sacudido  por 
todos  los  vientos.  En  breve  estará  postrado  mi  tronco  y  los  pies  del  ene- 
migo regocijado  del  indio,  podrán  hollarme  sin  peligro,  porque  no  dejo  á 
nadie  que  sea  capaz  de  vengar  semejante  injuria.  Creed,  además,  que  no 
me  aflijo  por  mí  mismo:  voy  á  unirme  con  los  espíritus  de  mis  padres  en 
un  lugar  donde  no  hay  miedo  de  que  lleguen  los  años,  pero  mi  corazón 
desfallece  cuando  pienso  en  mi  pueblo,  que  dentro  de  tan  poco  vá  á  ser 
destruido  y  olvidado.»  Estas  consideraciones  concluían  siempre  con  ins- 
trucciones particulares  respecto  de  sus  negocios  domésticos,  y  de  los  últi- 
mos honores  que  se  le  habían  de  tributar. — «Enterradme,  anadia,  al  lado 
de  mi  primera  mujer,  y  haced  el  entierro  conforme  á  las  costumbres  de 
nuestra  nación.  "Vestidme  como  se  vestían  mis  padres  para  que  se  com- 
plazcan de  mi  llega^da;  tened  cuidado  que  no  sea  el  blanco  el  que  haga 
mi  sepulcro  y  no  lo  dejéis  que  allí  me  persiga.» 

Teoumseh,  uno  de  los  guerreros  y  oradores  más  notables  entre  los 
aborígenes  de  aquellas  fronteras  y  el  más  encarnizado  óontrario  de  los 
norte-americanos,  se  unió  á  los  ingleses  en  la  segunda  guerra  que  tuvo 
efecto  entre  los  Estados  Unidos  y  la  Gran  Bretaña,  y  llegó  á  merecer  el 
grado  de  brigadier  general.  Samuel  Drake,  en  su  historia  de  los  indios 
del  Norte  América,  cuenta  que  había  recibido  de  manos  de  la  naturaleza 


SOBRE  LA  LITERATURA  DE  LOS  ESTADOS  UNIDOS  267 

el  sello  de  la  más  estimable  dignidad,  y  que  á  haber  nacido  en  diferente 
época  y  en  otra  sociedad,  se  hubiera  distinguido  porque  unia  á  un  rico 
talento  el  alma  de  un  héroe.  Sus  arengas  rebosan  fuego  entre  las  más 
terribles  invectivas  y  podrian  compararse,  á  entender  de  su  biógrafo,  con 
las  de  los  más  célebres  oradores  de  Grecia  y  Roma.  Fué  sepultado  hon* 
rosamente  por  los  americanos,  que  siempre  lo  respetaron  como  el  niá^ 
constante  asi  como  el  más  magnánimo  de  sus  enemigos. 

La  elocuencia  militar  en  las  cartas  de  Washington  y  en  las  exhorta- 
ciones de  algunos  generales  en  casos  dados,  merece  un  estudio  especial, 
porque  presenta  la  particularidad  de  que  llenando  las  condiciones  del 
género,  afecta  un  carácter  monos  belicoso,  menos  soldadesco  del  que  he-» 
mos  estado  habituados  á  distinguir  en  lo  que  recordamos  de  estas  locu' 
clones.  No  está  esta  elocuencia  como  la  francesa  y  'española,  llena  de 
figuras,  amontonada  de  hipérboles,  engalanada  con  muchas  flores;  aque^' 
lias  hieren  primero  la  imaginación  y  luego  el  alma,  prometen  recompen» 
eas,  halagan  el  orgullo  y  entretienen  la  vanidad,  mientras  ésta  vá  direo' 
tamente  al  objeto,  es  hija  legitima  de  la  inglesa,  y,  por  tanto,  reproduce 
el  mismo  tipo,  atendidas  las  variaciones  que  tenia  que  sufrir  al  trasla* 
darse  á  un  mundo  en  que  acontecen  cosas  nuevas.  Si  decís  á  la  raza 
anglo-sajona,  6  á  las  ramas  que  de  ellas  se  derivan: — ¡Cuarenta  siglos  oa 
contemplan  desde  lo  alto  de  esas  pirámides/  No  conseguiréis,  seguramente, 
alarmar  su  entusiasmo,  como  16  consiguió  aquel  marinero  que  dirigió  ala 
Inglaterra  nada  más  que  estas  sencillas  palabras, i  que  el  ilustre  D,  Joa* 
quin  María  López  encuentra  arrebatadoras.— «Ctí^ncfo  los  españoles  des- 
pués de  haberme  7n7it¿lado  me  condenaron  á  mue7*te,  encomendé  mi  alma 
d  Dios  y  mi  venganza  á  mi  patria/»  Si  un  Napoleón  inglés  ó  norte-ame- 
ricano hubiera  usado  el  lenguaje  que  oyeron  los  franceses  en  Fryelando 
de  boca  de  su  emperador: — Soldados  del  grande  ejército,  hobeis  sido  dignos 
de  vosotros  y  de  mí/  no  habria  logrado  lo  que  logró  Nelson  con  esta  orden 
famosa: — ¡Soy  espera  la  Inglaterra  que  cada  hombre  cumpla  con  su 
deber/. 

Asi,  pues,  la  oratoria  militar  americana  es  sencilla,  eminentemente 
patriótica,  esencialiñente,  inglesa,-  y,  por  tanto,  sentenciosa.  ¿Queréis  un 
ejemplo?  No  hace  mucho  que  el  general  Sherman,  después  de  desembar- 
car y  tomar  posecion  de  los  fuertes  de  la  Carolina  del  Sud,  ha  publicado 
una  proclama  que  puede  dar  ideas  exactas   de  esta  verdad- — «El  mundo 


268  REVISTA  DE  CUBA 

civilizado,  exclama,  en  la  exaltación  del  dolor,  mira  aterrado  la  condacta 
que  estáis  observando,  A  crimen  que,  estáis  cometiendo  contra  vaestra 
propia  madre,  la  mejor,  la  más  ilustrada,  y  hasta  aquí  la  más  próspera  de 
las  naciones.  Os  halláis  en  activa  rebelión  contra  las  leyes  de  vuestro 
mismo  país:  os  habéis  apoderado  igualmente  de  los  fuertes,  arsenales  7 
otras  propiedades  pertenecientes  á  nuestro  suelo  común  y  en  nuestras 
fronteras;  os  halláis  sobre  las  armas  y  sosteniendo  una  guerra  implacable 
contra  vuestro  gobierno  constitucional,  amenazando  de  este  modo  la  exis- 
tencia de  un  gobierno  que  por  las  cláusulas  de  un  solemne  contrato  est-ais 
obligados  á  obedecer  y  sostener  fielmente.  Al  hacer  e^to  no  sólo  estala 
minando  y  preparando  la  vía  de  destrucción  de  vuestra  propia  existencia 
social  y  política,  sjno  que  estáis  inspirando  ai  mundo  civilizado  la  odiosa 
idea  de  que  á  hombres  ilustrados  les  sea  imposible  gobernarse  á  si  mis- 
mos.»— El  jefe  aquí  no  trata  de  exaltar  la  imaginación,  no  hace  promesas, 
no  insulta,  no  busca  recursos  para  llamar  la  atención;  manifiesta  lo  que 
siente,  procura  recordar  los  deberes  de  cada  cual  y  nada  más,  La  orga- 
nización de  los  ejércitos,  el  objeto  de  la  guerra,  el  legitimo  empeño  de 
conservar  un  orden  de  cosas  á  todas  luces  conveniente,  la  educación  es- 
cogida que  se  ha  propagado  en  un  período  de  grandeza  y  de  paz,  la  de- 
mocracia, en  fin,  exijen  que  se  hable  de  este  modo,  y  la  palabra  que 
viene  siempre  amoldada  á  la  necesidad,  no  podia  facilitarse  mejor  que  en 
su  hermosa  desnudez  para  la  interpretación  de  las  obligacionea.de  loii 
buenos  ciudadanos. 


ARTICULO  TERCERO. 

Gran  fortuna  fué  para  los  americanos  hallarse  con  una  lengua  com- 
pletamente formada  al  empezar  su  existencia  política.  Ya  habia  adquiri- 
do el  inglés  un  carácter  culto;  habia  ido  dejando  sus  asperezas  teutónicas 
en  el  trascurso  de  los  tiempos;  habia  admitido  cambios  cuando  se  rozaron 
los  sajones  con  otras  razas  en  el  ancho  camino  de  las  revoluciones;  habia 
sido  limado  por  los  sabios  de  las  órdenes  religiosas,  y  las  innovaciones 
recibidas  del  latin  después  de  las  luchas  con  el  francés  normando,  lo  pre- 
paran para  entrar  con  algún  brillo  en  el  siglo  xii.  Los  trovadores  erran- 
tes y  las  influencias  del  periodo  siguiente  I9  quitan  algo  de  su  rudesa 


I 


SOBRE  LA  LITERATURA  DB  LOS  ESTADOS  UNIDOS  269 

septentrional;  lo  doblegan  ante  las  exigencias  soberanas  del  entendimien- 
to, pasa  por  el  reinado  de  Isabel,  se  deja  arrastrar  en  las  corrientes  de 
otros  idiomas,  se  trasforma,  se  corrompe,  se  oscurece,  vacila,  cae  y  surge 
luego  bajo  la  mirada  del  puritano  en  una  versión  de  las  'íSantas  Escritu- 
ras,  que  constituye  uno  de  los  monumentos  de  la  hermosa  literatura  de 
la  Gran  Bretafia,  j*  ya  sabéis  qne  los  tristes  emigrantes  que  desembarca- 
ron entre  las  rocas  de  Flymoutb  trajeron  en  sus  manos  este  libro  que 
habian  ojeado  amenudo  en  su  penosa  navegación,  en  medio  del  silencio 
del  mar,  y  en  presencia  de  un  cielo  desconocido;  que  lo  abrieron  á  la 
pálida  luz  de  un  sol  de  otoño  del  siglo  xvir  en  las  soledades  del  Nuevo 
Mando,  y  allí  enseñaron  á  leer  á  sus  hijos. 

Las  diferencias  esenciales  entre  el  inglés  escrito  y  hablado  tal  cual 
existe  en  América  y  en  la  Gran  Bretaña,  no  son.  tan  importantes  como 
creen  algunos,  y  hay  además  razones  de  mucho  valor  que  explican  satis- 
factoriamente estos  resultados,  que  pueden  reducirse  á  cuatro  puntos: 
pronunciación;  uso  de  palabras  que  son  anticuadas  actualmente  en  In- 
glaterra ó  que  se  usan  en  diferente  sentido;  palabras  que  prevalecen  en 
varias  partes  de  América  como  en  algunas  provincias  inglesas,  y  palabras 
nuevas. 

El  inglés  de  América  afecta  el  tipo  que  le  dieron  sus  primeros  rnaes* 
tros,  á  quienes  pinta  Macaulay  en  páginas  admirables:  «Los  puritanos 
fueron  conocidos  por  su  modo  de  andar,  su  garbo,  su  cabello  lacio,  la 
áspera  solemnidad  de  su  rostro,  su  mirada  altiva,  el  tono  nasal  de  su 
habla,  y  sobre  todo,  por  su  dialecto  particular,  pues  empleaban  en  toda 
ocasión  las  imágenes  y  el  estilo  de  la  Escritura,  introduciendo  violentar 
mente  algunos  hebraismos  y  pidiendo  metáforas  á  la  más  atrevida  poesía 
lírica  de  una  edad  y  de  un  país  remoto.»  Aquellos  padres  tuvieron  hijos 
fieles.  En  la  pronunciación  hay  en  los  Estados  Unidos  mucha  más  uni- 
formidad que  en  Inglaterra,  y  en  algunas  partes  de  América,  como  ei^ 
Filadelfla,  es  tan  buena  como  en  cualquier  punto  de  los  dominios  brir 
tánicos  y  si  comparándose  los  naturales  de  Estados  que  se  hallan 
muy  distantes  de  oíros,  se  encuentran  variaciones  de  más  6  menos 
consideración,  dependen  de  la  misma  distancia  y  en  mucho  de  la 
fuerza  del  elemento  extranjero  que  ha  solido  amenazar  la  pureza 
original  del  acento.  La  articulación  del  americano  es  más  lenta  en  lo 
general  que  la  del  inglés^  j  aun(jue  á  y^c^s  balbucea,  ^mbien  99  ciertQ 


270  EETI3TA  DE  CUBA 

que  marca  la  expresión  másdiatintameate.  El  número  de  voces  é, 
dá  diferente  ei^niñcacioa  de  la  que  tienen  en  Inglaterra  os  cort 
halU  rara  vez  en  los  buenos  autore»,  aunque  si  es  mayor  el  qne  ce 
!a  conversación.  No  son  muchas  las  palabras  nuevas,  7  entre  ellas 
necesarias,  porque  vienen  á  ponerse  al  servicio  de  circunatanc 
momento  que  ban  provenido  de  creaciones  recientes,  y  es  de  obsi 
enlo  demás  que  por  regla  común  laa  alteraciones  ortográficas  en  . 
oa  no  conducen  á  desórdenes  lengttísticos  que  sea  preciso  recbas 
señalada  tenacidad. 

Dado  ya  el  primer  paso,  no  buboque  luchar  con  el  obstáculo  ii 
ble  de  carecer  de  medios  de  manifestación  á  propósito  parajes  alti 
de  la  literatura,  y  comenzando  la  educación  por  la  costumbre  que 
los  colonos  ricos  de  enviar  sus  hijos  á  estudiar  á  Inglaterra,  se 
haciendo  adelantos  graduales  en  el  estilo,  de  manera  que  al  come 
siglo  pasado,  ya  se  encuentran  en  los  trabajos  cienttñcos  y  en  la  a 
grafía  de  Benjamín  Franklin,  sencillez  en  la  narración,  clarida 
expresión  y  aquel  agradable  y  condensado  decir  que  caracteriza  al 
to  inglés  en  los  tiempos  de  la  reina  Ana.  Sucede  A  este  desarro 
mental,  el  impulso  que  dio  la  revolución  al  genio  naciente  de  la  Ai 
y  de  repente  lo  vemos  presentarse  ante  el  jurado  de  los  pueblos 
declaración  de  la  independencia,  que  es  un  documento  sin  rival  et 
de  au  clase,  y  una  base  segura  para  levantar  un  altar  al  buen  gu 
la  dignidad  de  la  nación,  que  no  tardarían  en  ilustrar  por  comp 
producciones  de  sus  hombres-de  Estado. 

Los  escritores  religiosoa  de!  primer  período  cultivaron  la  lenj 
bastante  esmero  y  loa  eatndios  gramaticales  posteriores,  asi  como 
vestigaoiones  en  la  filología  en  genera!,  han  perfercionado  hasta 
era  de  esperarse,  el  lenguaje  escrito  y  hablado.  Esa  literatura  mi 
del  periodismo,  que  aborta  sin  cesar  millones  de  páginas  prepar 
vuelo,  ha  sido  y  será  un  obstáculo  con  que  lucharán  la  preciaioi 
gancia  del  estilo,  pero  como  lo  que  puede  tomarse  por  ejemplo  ea 
se  encierra  en  loa  libros  que  han  sido  fruto  de  la  reflexión,  juzgi 
deade  luego,  que  lo  bueno  en  este  asunto  no  debe  ir  á  buscarse  ei 
circulo  en  que  la  irresponsabilidad  directa  suele  establecer  algún 
fusiones.  Como  en  América  se  dá  mucho  valor  al  lujo  oratorio,  < 
diferencial  entre  un  escritor  inglés  y  un  americano  ea  cierto  gi 


SÓBBG  LA  LITEBATUfiA.  t>B  LOS  EStAÍ>OS  tíflCOd 


2^ 


adornos  con  que  este  último  dá  tono  á  sus  discursos,  pues  en  lo  demás 
ambos  se  parecen  mucho.  Win  E.  Briant,  J.  C.  Percival,  H.  W.  Long- 

* 

fellow,  Edw  Everett,  Rufus  Choate,  Gh.  Sumner,  Moses  Stuart,  Teodoro 
Parker,  Prescott  y  otros  muchos  pueden  servir  muy  á  menudo  de  ejem- 
plos para  la  composición,  asi  como  los  dos  grandes  diccionarios  america- 
nos de  lengua  inglesa  por  Noab  Webster  y  Joseph,  E.  Worcester,  son  una 
hermosa  muestra  de  los  adelantos  en  este  ramo  importantísimo,  sin  con- 
tar otras  delicadas  averiguaciones  filológicas  (1)  que  han  venido  á  agre- 
gar un  poco  de  luz  en  uno  de  los  ejercicios  preferentes  de  la  inteligencia 
de  nuestra  época. 

Guando  se  llegó  á  este  punto,  las  ciencias  morales  tuvieron  dignos 
representantes  y  la  filosofía  llamó  á  un  numero  respetable  de  serios  razo- 
nadores que  han  expuesto  los  sistemas  conocidos,  añadiendo  de  su  cosecha 
importantes  consideraciones  que  son  estimadas  en  alto  grado;  y  ¿cómo 
no  suceder  asi,  si  desde  el  periodo  colonial  ya  habian  abierto  la  puerta 
de  este  templo  Benjamin  Franklin  y  Jonathan  Edwards?  Todas  las  es- 
cuelas  han  tenido  maestros  desde  Locke  hasta  los  eclécticos  franceses, 
desde  los  idealistas  alemanes  hasta  los  más  extravagantes  utopistas;  no 
ha  habido  campo  que  no  haya  sido  cultivado,  encontrándose  á  veces  en- 
tre estos  autores,  trabajos  como  el  discurso  de  Samuel  Tyler  sobre  la 
filosofía  baconiana,  que  se  dice  ser  una  de  las  más  profundas  adquisicio- 
nes metafísicas  del  siglo,  y  no  siendo  difícil  que  Marsh,  Emerson,  Wilson 
y  otros  (2)  presenten  ejemplos  de  haber  sabido  echar  la  sonda  en  este 
mar  sin  fondo  de  la  meditación. 

Este  celebrado  Emerson  es  un  gran  educador,  distinguido  en  toda  la 

(1)  G.  P.  Marsh,  «Lectura  sobre  la  lengua  inglesa;»  Diccionario  de  Americanismos 
por  J.  R.  Bartlett;  Goold  Brown  y  W.  C.  Fowler  «obre  etimología;  lengua  de  los  abo- 
rígenes de  América  que  han  tratado  J.  Rickering,  A  Gallatin,  Dupocenceau,  Tumer, 
Schoolcraft;  la  señora  Eastman  y  Sguier;  gramáticas  y  vocabularios  de  misioneros 
sobre  varios  de  aquellos  dialectos:  Rohitson,  Taylér,  Lew,  distinguidos  como  helenis- 
tas, y  en  literatura  oriental,  Stuart,  Edwards,  Bush,  Turner,  Gibbs,  W.  Willians, 
Whitney,  Conant,  Tlackett,  A.  Judson,  Noyes,  Goodrich,  Riggs,  Masón,  Grenough, 
Palfrey,  Hale,  Kraitsir;  además,  los  libros  elementales  de  Greenleaf,  Murray,  Bullions, 
Kirkham,  Sanders,  Town,  etc.,  etc. 

(2)  Parker,  Bowen,  Walker,  Brownson-,  Beasley,  C.  S.  Henry,  O.  W.  Wight, 
Wpham,  H.  James,  H.  Winslow,  H.  Hooker,  Roswell,  Park,  Tappan,  Shedd,  Asa 
Mahan,  Job  Durfee,  Hickok  y  George  Payne. 


272 


heVista  be  cuba 


acepción  de  la  palabra,  notable  por  su  independencia  intelectual  y  cuyas 
creencias  propias  le  acreditan  de  hombre  sagaz  (1).  Juzgarle  de  paso 
presenta  inconvenientes  que  no  se  escapan  á  nuestra  atención,  porque 
sabemos  que  él  sólo  reclama  un  estudio;  mas  ya  el  lector  habrá  compren- 
dido que  en  el  plan  de  estos  artículos  no  puede  determinarse  el  mérito 
de  cada  notabilidad  en  todos  los  ramos,  sin  desviarnos  de  la  unidad  de 
nuestro  pensamiento,  y  así  será  conveniente  que  no  se  pierda  de  vista 
este  que  parece  descuido  y  es,  sin  embargo,  nuestro  mayor  cuidado. 
Emerson,  por  la  inclinación  de  su  entendimiento,  busca  las  leyes  ideales, 
como  se  distinguen  por  la  facultad  intuitiva  más  bien  que  por  los  medios 
de  que  se  sirven  los  dialécticos,  y  por  una  fuerza  poderosa  de  análisis 
trata  siempre  de  convertir  én  realidad  concreta  lo  más  imperceptible 
abstracción,  caracterizando  su  genio  la  percepción  y  sentimiento  de  lo 
bello,  á  lo  cual  podría  casi  asegurarse  que  subordina  lo  demás,  porque  él 
encuentra  el  modelo  de  la  belleza  en  la  totalidad  de  la  naturaleza,  com- 
prendiéndole en  la  definición  italiana:  ilpiunells  uno,  esto  es,  nada  bello 
por  si  sólo,  nada  bello  sino  en  el  todo;  y  en  consecuencia,  el  mundo  existe 
para  el  alma  con  objeto  de  satisfacer  el  deseo  de  la  belleza.  Su  estilo  está 
en  consonancia  con  su  talento,  y  se  resiente  de  no  encadenar  sus  ideas 
por  los  métodos  de  la  lógica:  se  vé  que  se  empeña  más  en  la  elección  de 
expresiones  que  en  el  enlace  de  las  sentencias  y  esto  lo  hace  caer  en  os- 
curidad algunas  ocasiones.  No  establece  un  sistema  nuevo,  pero  es  un 
fiilósofo  cuyas  doctrinas  sería  muy  útil  conocer. 

En  la  historia  de  la  literatura  y  en  la  literatura  como  ciencia,  son 
considerables  los  adelantos  de  los  americanos,  y  hay  ya  un  tratado  famo- 
so que  es  familiar  á  todos  los  que  hablan  el  castellano,  de  bastante  valor 
para  inspirarnos  respeto  y  suficientemente  oportuno  para  que  sirva  de 
prueba  á  nuestro  aserto:  cualquiera  adivinará  que  hacemos  referencia  á 
la  obra  de  Ticknor.  Instruido  desde  temprano  en  los  clásicos  antiguos, 
preparado  por  los  viajes  para  emprender  comparaciones  sabias,  y  dedi- 
cándose con  energía  y  constancia  á  las  tareas  del  profesorado,  empezó  á 
reunir  materiales  para  escribir  la  Sistoria  de  la  literatura  española,  que 
después  de  largos  dias  de  laboriosidad   ha  dado  á  luz  con  un  acierto  in- 


(1)  Véanse  EnglUh  traits,  E^ayi,  líucdaniei,  Oonduct  of  bife  etc  bi  R.  W. 
Emerson. 


SOBBE  LA  LIT£KATCSA  DE  L09  ESTAÜOS  UNIÓOS 


2^á 


disputable,  y  que  revelando  sano  juicio,  buen  gusto,  critica  delicada  y 
gran  maestría  en  el  lenguaje,  ha  concluido   por  ocupar  un  rango  mdj 
elevado  entre  las  producciones  de   esta  clase.  «Ticknor,  dice   Don  José 
Amador  de  los  Ríos,  es  sin  duda  uno  de  los  escritores   extraños  que  más 
grandes  esfuerzos  han  hecho   para  descubrir  los  olvidados  tesoros  de  la 
llteratnra  espafiola,  mereciendo  bajo  este  punto  de  vista  toda  considera- 
ción 7  elogio.  Consagrado  por  mucho  tiempo  á  la  adquisición  de  los  más 
raros  libros  que  produjeron  nuestros  celebrados  ingenios;  auxiliado  en 
tan  penosas  tareas  por  diligentes  bibliógrafos  e-spañoles,  no  sólo  ha  exce- 
dido en  estas  investigaciones  á  cuantos  habian  intentado  trazar  la  histo^ 
ria  de  nuestra  literatura,  sino  que  ha  logrado  acopiar  muchas  j  muy  pe- 
regrinas noticias  aun  para  los  que  llevan  el  nombre  de  eruditos.»  La  obra 
tiene  un  valor  que  nadie  pone  en  duda  y  la  traducción  magnifica  que 
han  hecho  de  ella  personas  tan  inteligentes  en  la  materia,   como  son  IX 
Pascual  Gayangos  y  D.  Enrique  Vedia,  ilustrándola  con  notas  preciosas, 
la  ha  hecho  correr  de  mano  en  mano  con  aprobación  unánime;  no  carecOi 
sin  embargo,  de  defectos,  porque  como  observa  muy  bien  el  mismo  D» 
José  Amador  de  los  Eios,  «si  respecto  de  la  riqueza,  y  abundancia  de  da- 
tos bibliográficos  y  con  relación  á  ciertas  épocas  es   digna  de  verdadera 
alabanza;  si  ha  obtenido  en  esta  parte  útiles  y  plausibles  resultados,  no 
puede,  en  justicia,  concórdesele  igual  lauro    respecto  del  plan  y  método^ 
porque  desde  luego  no  resalta  en  ella  un  pensamiento  fecundo  y  trascen- 
dental que  le  sirva  de  norte,  ni  menos  se  descubren   las  huellas  majes- 
tuosas de  aquella  civilización  que  se  engendra  al  grito  de  patria  y  reli- 
gión  en  las  montañas  de  Asturias,  Aragón  y  Navarra;  se  desarrolla  y 
crece  alimentada  por  el  santo  fuego  de  la  fé  y  la  libertad,  y  sometiendo 
á  su  imperio  cuantos  elementos  de  vida  se  le  acercan,  llega  triunfante  á 
los  muros  de  Granada  y  se   derrama  después  por  el  África,  el  Asia  y  la 
América,  con  asombro  de  Europa.»  (1) 

Hasta  aquí  estamos  de  acuerdo  con  el  señor  Amador  de  los  Rios,  mas 
en  lo  que  agrega  de  que  Ticknor  nada  ha  adelantado  en  este  punto  res- 
pecto de  los  escritores  que  le  precedieron  en  el  continente  europeo, 
siguiendo  el  impütlso  impreso  á  la  ciencia  critica  por  los  alemanes,  y  el 


\:i 


■  } 


V  ■•3 


(1)  Introd.  á  la  Historia  Crítica  de  la  Literatura  Española,  por  D.  José  Amador 
deloB  Ríos.  T.  I,  1861. 

35 


274 


REVISTA.  DE  CUBA 


creeí  qííé  no  acertó  á  descubrir  los  principios  fundamentales  de  la  civili- 
zación española  quizá  porque  no  le  fué  dado  desprenderse  del  espíritu  de 
éécta,  estando  en  esto  como  quien  dice  á  nivel  de  Sismodi,  es  apreciación 
que  creemos  exagerada,  pues  al  descubrir  el  célebre  americano  la  litera- 
tura en  su  conjunto  ordenado  como  la  reunión  de  todqs  las  capacidades 
Y  de  todas  las  producciones  intelectuales  del  pueblo  de  que  se  ocupa,  lo 
hizo  del  modo  que  aun  á  falta  del  método,  dejó  atrás  á  los  que  antes 
habian  investigado  el  desarrollo  de  la  ilustración  española,  y  percibe 
muchas  veces  con  bastante  imparcialidad,  no  las  leyes  particulares  del 
gran  movimiento,  que  ést^  es  su  falta,  sino  el  movimiento  en  general,  que 
éste  es  su  mérito. 

Palidecen  al  lado  de  este  trabajo  los  otros  de  su  clase  con  que  han 
ilustrado  sus  compatriotas  el  estudio  de  la  literatura  extranjera  y  nacio- 
nal; (1)  algunos  tienen  algún  valor  relativo  que  es  de  estimarse  y  loa 
hay  que  en  lo  absoluto  pueden  atraer  con  sumo  agrado  la  mirada  de  los 
amigos  de  las  juiciosas  críticas.  Este  ramo  es  campo  fértil  para  el  buen 
dultivador,  pero  también  impone  obligaciones  que  no  es  muy  fácil  cum- 
plir satisfactoriamente.  ¿Sabéis  todo  lo  qne  es  menester  inquirir  y  com- 
parar para  llegar  á  feliz  término?  Respecto  de  lo  que  está  escrito  en 
lengua  propia,  pueden  hallarse  con  mayor  comodidad  las  sendas  que  con- 
duzcan á  la  recta  explanación  de  la  verdad;  pero  cuando  se  trata  de 
explorar  en  terreno  extraño,  como  lo  ha  hecho  Ticknor,  y  se  obtienen 
triunfos,  entonces  es  preciso  admirar  á  los  que  así  se  distinguen  entre 
sus  contemporáneos.  Cuando  el  genio  se  sitüa  en  esta  esfera  superior, 
tiene  por  precisión  que  multiplicap-  sus  fuerzas,  y  se  van  agrandando  á 
su  vista  los  horizontes  en  proporción  que  vá  empleando  sus  facultades 
en  descubrir  todas  las  cosas  que  se  ocultaban  á  los  observadores  vulga- 
res, y  que  él  distingue  claramente  en  el  tegido  de  los  sucesos.  La  histo- 
ria crítica  de  toda  literatura  estoy  por  asegurar  qne  es  la  tarea  que 
reclama  la  mayor  potencia  intelectual,  porque  no  es  dádiva  común  la  de 
poder  discernir  con  exactitud  sobre  la  marcha  regular  de  una  civiliza- 
ción que  viene  confundiéndose  en  el  transcurso  de  las  edades;  sobre  la 
cual  influyen  las  relaciones  políticas  y  sociales,  que  altéían  las  revolucio- 


(1)  Véanse  los  trabajos  de  Griswold,  Hart,  Duyckinck,  Altibone,  Dana  (R.  H.) 
Verplauk,  etc.,  etc. 


SOBRE  LA  LITERATURA  DE  LOS  ESTADOS  UNIDOS  275 

nos,  varían  los  elementos  extranjeros  7  en  la  que  han  ejercido  su  acción 
principios  diversos.  Saber  en  qué  punto  se  separa  la  vida  ideal  de  la 
vida  práctica,  cuándo  y  cómo  el  comercio  ha  importado  innovaciones 
buenas  6  malas,  cuál  es  la  unión  entre  lo  antiguo  7  lo  moderno;  en  qué 
consiste  la  originalidad  7  en  qué  se  fundan  las  imitaciones,  qué  es  lo 
espontáneo  7  qué  lo  forzado,  enlazar  lo  disperso,  determinar  el  carácter 
de  los  habitantes  de  épocas  lejanas  7  lo  que  ganaron  ó  perdieron  al  ro- 
zarse con  otros;  encontrar  las  mezclas  que  ha7an  resultado,  comprender 
la  fábula  7  fijar  la  razón  en  una  completa  unidad,  es  uno  de  los  más  fati- 
gosos afanes  que  pueden  atormentar  el  espíritu  humano. 

En  la  historia  propiamente  dicha,  en  la  narración  de  los  grandes 
acontecimientos  7  en  el  examen  de  sus  causas,  los  americanos  han  llega- 
do mucho  más  lejos  de  lo  que  era  de  esperarse:  pueden  presentar  autores 
que  el  mundo  entero  aplaude  7  que  han  conquistado  el  privilegio  de 
vivir  en  la  posteridad  con  derechos  legítimos.  Prescott,  Motle7,  Irwing, 
Wheaton,  Bancroft,  son  nombres  que  tienen  ho7  una  elevada  significa- 
ción entre  los  que  saben  apreciar  las  bellezas  de  este  género  de  investi- 
gaciones, 7  al  pronunciarlos  nos  vemos  obligados  á  manifestar  lo  que 
sobre  ellos  hemos  pensado.  Un  joven  cubano,  amigo  mió,  el  Sr.  D.  Enri- 
que Pifie7ro,  dá  tan  buena  idea  de  John  Lothrop  Motle7,  que  V07  á  tras- 
cribir sus  palabras  para  empezar  á  dar  á  conocer  al  lec(;or  uno  de  los 
autores  que  más  han  contribuido  á  sostener  el  progreso  literario  del 
Jíorte  Améiica. 

«rLas  dos  obras  históricas  de  Mr.  Motle7  comprenden:  desde  la  abdi- 
cación de  Carlos  V,  hasta  el  asesinato  de  Guillermo  de  Orange;  la  prime- 
ra con  el  título  de  Nacimiento  de  la  República  Holandesa^  7  la  segunda 
con  el  de  üistoria  de  los  holandeses  unidos,  alcanza  hasta  el  afio  de  1590, 
ofreciéndonos  el  autor  en  su  prólogo  completar  dicha  historia  hasta  el 
sínodo  de  Dort,  con  la  publicación  de  dos  volúmenes  más. 

«Yo  pongo  tan  altos  como  nadie  los  trabajos  de  Prescott,  7,  sin  em- 
bargo, no  vacilo  en  afirmar  que  las  dos  historias  de  Motle7  son  lo  más 
notable  que  han  publicado  los  americanos  sobre  las  cosas  de  Europa,  7 
por  mi  parte  me  atrevo  á  decir  que  el  insigne  historiador  biógrafo  de 
Guillermo  el  Taciturno  es  uno  de  los  autores  que  he  leido  con  satisfac- 
ción má^  intima  7  más  completa,  porque  he  encontrado  reunidas  en  él 
dotes  que  por  lo  común  siempre  be  visto  esparcidas  eu  muchos  historia- 


276 


EEVISTA  DE  CUBA 


dores.  La  sencillez  verdaderamente  patética  de  la  narración,  la  tranqui- 
la y  majistral  elevación  de  la  forma,  la  majestuosa  unidad  del  conjunto, 
el  conocimiento  profundo  de  los  documentos  de  la  época,  la  elevación  de 
fientimientos  y  la  fuerza  dramática  que  resultan  siempre  cuando  las  cosas 
y  loB  hombres  se  estudian  en  los  lugares  donde  éstos  se  han  movido  y 
aquellas  han  acaecido,  una  simpatía  íntima  por  su  héroe,  todas  estai 
cualidades  nos  permitirán  considerar  la  primera  obra  de  Motley  como 
un  poema  épico,  si  no  creyésemos  que  basta  á  su  gloria  el  decir  qae 
ha  escrito  una  de  laa  historias  más  complet-as  ó  interesantes  que  hem63 
leido. 

«El  gran  suceso  histórico  que  escojió  para  argumento  de  su  obra,  era 
además  particularmente  propio  para  que  desplegara  en  él  los  rasgos 
especiales  de  su  talento.  La  revolución  de  los  Paises  Bajos,  esa  lucha 
desesperada  entre  \c^  pordioseros  holandeses  y  el  poder  de  un  monarca 
en  cuyos  dominios  realmente  nunca  se  ponia  el  sol,  agriada  por  las  iras 
de  la  religión  y  el  despotismo,  forma  una  de  las  páginas  más  sombrías  y 
más  trágicas  de  la  historia  moderna;  y  la  circunstancia  de  haber  sido  el 
jefe  y  el  alma  de  esa  memorable  insurrección  Guillermo  de  Orange,  quizá 
el  hombre  que  podemos  poner  al  lado  de  ese  otro  gran  rebelde,  Washing* 
ton,  sin  temor  de  que  uno  haga  sombra  sobre  el  otro;  permitia  al  escri- 
tor que  se  propusiera  relatar  aquel  suceso,  reunir  én  su  obra  toda  la  am- 
plitud de  la  historia  y  todo  el  interés  de  la  biograña. 

«Guillermo  de  Orapge,  más  conocido  con  el  nombre  de  Ul  Taciturno^ 
fué  ün  héroe  en  el  sentido  moderno  de  la  palabra,  esto  es,  sacrificó  su 
vida,  su  tranquilidad,  todos  sus  intereses  morales  y  materiales,  al  triunfo 
de  una  noble  y  santa  causa,  y  Mr.  Motley  hace  resaltar  con  mucha  fuer-r 
fsa  á  cada  paso  esa  superioridad  moral  del  principe  holandés,  que  es  lo 
que  el  historiador  admira  más  en  su  personaje  llevado  de  ese  fondo  de 
seriedad  y  de  honradez  que  distingue  á  todos  los  historiadores  norte 
americanos. 

«La  historia  de  la  fundación  de  la  República  de  Holanda  comienza 
,con  la  abdicación  del  emperador  Carlos  V,  acto  solemne  que  tuvo  lugar 
,ea  Bruselas  el  año  1555  y  que  Mr.  Motley  describe  con  mueha  anima* 
.cion,  y  después  vá  relatando  punto  por  punto  todas  las  peripecias  de  lit 
lucha  trasportando  la  escena  á  Francia,  á  España,  á  Inglaterra,  á  Italiay 
Á  donde  quiera  qi^e  lo  .lleve  la  sucesión  de  los  acontecimientos,  hasta  lie? 


\ 


SOBRE  LA  LITEBATÜEA  DB  LOS  ESTADOS  UNIDOS  2ÍÍ 

gar  al  10  de  Julio  de  1584,  en  cuyo  dia  fué  asesinado  Guillermo  por  el 
católico  fanático  Baltasar  Gerard.  Aqui  termina  la  narración,  7  en  uñad 
pocas  páginas  más  completa  Mr.  Motlej  con  algunos  rasgos  la  pintura 
del  principe,  7  de  las  cuales  tomamos  las  siguientes  frases  que  pueden 
servir  para  dar  una  idea  del  estilo  del  historiador: — «La  vida  de  Gui- 
llermo el  Taciturno  es  un  hermoso  poema  cristiano,  inspirado  desde  su 
principio  hasta  el  fin  por  una  gran  idea; — es  un  rio  que  corre  copiosa^ 
mente  desde  su  origen  derramando  la  abundancia  sin  perder  nada  de  stt 
pureza  original.  Personalmente  era  de  estatura  más  que  mediana,  bieú 
formado,  de  complexión  nerviosa,  pero  más  bien  delgado  que  grueso, 
Los  ojos,  los  cabellos  7  la  barba  eran  rubios.  La  cabeza  pequeña^  simó' 
trica,  parecía  reunir  la  vigilancia  del  soldado  con  la  frente  ancha  surca- 
da prematuramente  por  las  lineas  horizontales  de  la  reflexión,  que  revela 
al  hombre  de  estado  7  al  sabio.  Su  aspecto  ñsico  estaba,  pues,  en  armo- 
nía con  su  carácter,  que  era  del  temple  de  los  antiguos.  La  más  preemi-i 
nente  de  sus  cualidades  morales  era  la  piedad;  era,  sobre  todo,  un  hom^ 
bre  religioso,  7  de  su  confianza  en  Dios  sacaba  él  apo70  7  consuelo  etl 
las  horas  más  tristes.  Confiando  siempre  implicitamente  en  la  sabiduría  y 
bondad  de  Dios,  miró  de  frente  el  peligro  con  una  sonrisa  constante  f 
soportó  trabajos  7  pruebas  incesantes  con  una  serenidad  que  parecía 
sobrehumana.  Y  á  pesar  de  la  religiosidad  de  su  alma,  fué  siempre  tole- 
rante con  el  error.  Habiéndose  convertido  sincera  7  deliberadamente  á 
la  té  reformada,  siempre  estuvo  dispuesto  á  conceder  la  libertad  de  cultoEf 
lo  mismo  á  católicos  que  á  anabaptistas,  7  nadie  conoció  mejor  que  él  quel 
el  reformado  que  se  hace  fanático  es  doblemente  odioso.  A  la  piedad 
afiadia  la  firmeza  7  su  constancia  en  soportar  todo  el  peso  de  la  lucha 
más  desigual  quizás  que  han  emprendido  nunca  los  hombres,  era  la  ad- 
miración de  sus  mismos  enemigos.  La  roca  en  el  Occóano. — «Tranquila 
en  taedio  de  las  olas  enfurecidas.» — scevis  tranquillus  in  undis,  era  el  em: 
blema.con  que  sus  amigos  expresaban  su  firmeza.» 

Abrimos  la  historia  del  reinado  de  Felipe  II  por  Williám  Hickiing 
Prescott,  7  nos  encontramos  con  un  autor  digno  del  asunto  de  que  vá  4 
ocuparse:  desde  las  primeras  páginas  se  conoce  que  nos  habla  un  gr^xf 
maestro;  el  lenguaje  es  sencillo,  correcto  7  elegante,  el  tono  seveío,  el 
juicio  exacto.  Introducido  el  lector  en  el  más  ancho  campo  de  los  acon- 
tecimientos, se  encuentra  furente  á  frente  de  un  héroe  7  4©  í?^  mundo:  é^ 


278 


REVISTA  DE  CUBA 


el  instante  famoso  en  que  abdica  Carlos  V.  7  pone  su  diadema  real  en  la 
cabeza  de  su  joven  hijo:  el  asunto  es  conocido  y  se  ha  descrito  muchas 
veces;  pero,  sin  embargo,  el  interés  aumenta  y  se  devora  un  volumen  y 
otro  y  otro,  y  se  llega  al  fin  como  conducido  por  la  mano  de  quien  sabe 
la  dirección  de  todos  los  caminos;  entonces  se  recojen  las  ideas,  se  re- 
cuerda, se  examina  y  se  vé  que  este  Prescott  era  un  hombre  ilustre  eu 
toda  la  acepción  respetable  de  la  palabra.  No  decae  en  su  proyeoto  gi- 
gantesco; su  espíritu  emprende  un  vuelo  majestuoso  y  se  vá  remontando 
á  esas  regiones  que  ha  reservado  Dios  para  sus  escojidos,  pero  se  deja 
seguir  por  las  miradas  de  los  que  »|nedamo8  en  el  polvo  terrestre  y  no 
hay  tensor  de  que  desaparezca  entre  las  confusiones  del  estravío:  ea  un 
talento  sólido  que  tiene  la  fijeza  de  la  penetración  y  la  habilidad  del 
análisis. 

Las  cualidades  que  sobresalen  en  él  lo  ponen  al  lado  de  los  m.is  emi- 
nentes de  la  época  en  el  género  á  que  se  ha  dedicado,  y  los  obstáculos 
con  que  ha  tenido  que  luchar  para  cordinar  tantos  datos  y  descubrir  tan- 
tos secretos, lo  hacen  muy  notable  entre  la  mayor  parte  de  los  literatos  de 
nuestros  dias  que  han  hecho  prodigios  en  estos  dificilísimos  estudios. 
Lanzarse  atrevidamente  en  lo  pasado,  recojer  en  ese  mar  oscuro  lo  que 
sobrenada,  sacar  á  la  luz  de  la  vida  todo  lo  que  estaba  en  la  oscuridad 
de  la  muerte,  hallar  la  verdad  y  saber  comunicarla  en  un  estilo  que  tiene 
la  precisión  severa  de  Tucidides  y  la  enérgica  brevedad  de  Salustio,  hé 
aquí  los  méritos  con  qiVB  viene  á  comprar  su  corona  de  laurel  ese  infati- 
gable mortal  á  quien  el  cielo  habia  concedido  el  permiso  de  presentir  la 
durabilidad  de  sus  glorias  postumas.  Su  manera  de  referir  los  hechos 
llena  las  condiciones  narrativas,  descriptivas  y  filosóficas  que  completan 
este  sistema  de  composición,  y  su  vasta  instrucción, le  dá  recursos  de  que 
se  vale  con  acierto  notable  para  hablar  con  esa  seguridad  que  prueba  el 
conocimiento  á  fondo  de  la  materia  que  trata  y  que  imprime  al  todo  un 
sello  particular  que  aumenta  su  precio.  La  historia  de  Felipe  II  no  era 
un  asunto  que  hubiera  manejado  bien  un  hombre  de  intetigencia  media- 
na, porque,  como  el  mismo  Prescott  lo  anuncia,  este  reinado  comprende 
la  historia  de  Europa  durante  la  última  mitad  del  siglo  diez  y  seis  7 
encierra  el  período  en  que  las  doctrinas  de  la  reforma  agitaban  de  una 
manera  tan  terrible  las  ideas  que  extremecian  en  sus  fundamentos  la 
e:(istencia  dividida  de  la  cristiandad;  el  rey  espaüol,  por  su  carácter 


SOBRE  LA  LITERATURA.  DE  LOS  ESTAÍ)Oá  UNIDOS 


27& 


personal  lo  mismo  que  por  su  posición  coijao  soberano  de  la  más  podero- 
sa monarquía  en  el  antiguo  continente,  estaba  colocado  á  la  cabeza  del 
partido  que  tenia  que  protejer  las  fortunas  de  la  antigua  iglesia,  y,  por 
lo  tanto,  su  política  lo  llevaba  perpetuamente  á  intervenir  en  los  negó- 
oíos  interiores  de  los  otros  estados,  7  de  aquí  la  necesidad  de  que  esta 
obra  demandase  un  cuidado  especial  7  un  escritor  que  reuniese  mu- 
chas distinciones  intelectuales  que  siempre  ha  sido  raro  que  uno  sólo 
posea. 

Desde  sus  primeros  afios  empezó  á  padecer  de  la  vista,  á  causa  de  un 
accidente  de  la  vida  de  colegio,  7  una  larga  serie  de  males  le  fué  privan- 
do de  la  facultad  de  distinguir  claramente  los  objetos,  hasta  el  extremo 
de  hallarse  obligado  á  buscar  un  amanuense  que  le  prestara  ayuda  en  sus 
laboriosas  tareas.  Abandonó  el  estudio  de  las  le7es  por  el  de  la  literatura, 
7  asi  andando  entre  los  inconvenientes  del  estado  de  su  salud  llegó  á 
concebir  tal  entusiasmo  por  la  relación  7  juicio  de  lo  pasado,  que  resol- 
vió dedicar  diez  años  á  ciertos  conocimientos  preparatorios  7  otros  diez  á 
componer  una  historia.  Escritbió  algunos  ensa70s,  viajó  por  Europa,  reu- 
nió materiales  preciosos,  consultó  á  sus  amigos  sabios  7  dio  á  luz  su  cono- 
cida Historia  de  Fernando  é  Isabel^  que  el  eminente  profesor  de  la  Uni- 
versidad de  Madrid  Don  Pascual  Gayangos,  consideró  como  una  de  las 
producciones  más  felices  de  su  clase  que  se  hayan  publicado  en  nuestros 
tiempos,  y  que  hoy  tiene  una  reputación  favorable  en  todas  partes,  con- 
firmándose así  el  parecer  de  Mr.  Jtlichard  Ford,  que  es  el  inglés  que  más 
v  mejor  se  ha  ocupado  de  las  letras  y  bellas  artes  eepafiolas,  y  que  decia 
de  ella  que  no  debia  temer  la  comparación  de  cualquier  otra  obra  que 
hubiera  salido  da  las  prensas  europeas  desde  principios  de  este  siglo. 
Dedicó  después  Mr.  Prescott  seis  años  á  la  Conquista  de  Méjico  y  cuatro 
á  la  Conquista  del  Perú,  y  ¿quién  no  sabe  lo  que  valen  estos  trabajos?  So- 
bre todo,  ¿qué  cosa  más  admirable  que  la  de  dar  al  mundo  estas  maravi- 
llas luchando  con  la  carencia  de  la  vista?  Uno  de  sus  biógrafos  refiere  que 
para  llevar  á  cabo  sus  composiciones,  ((hacia  que  su  secretario  le  leyera 
primero  los  libros  que  trataban  del  asunto  en  general,  y  en  seguida  iba 
dictando  á  intervalos  los  apuntes  que  creia  necesarios.  Se  trazaba  el  plan 
de  la  obra,  se  hacia  una  división  por  capítulos  y  se  separaban  juntos  los 
autores  de  consulta  que  se  referían  al  motivo  del  primer  capítulo,  los  cua- 
les se  le  leian  con  mucho  cuidado  mientras  él  dictaba  abundantes  notas  sa- 


280 


ítEVISTA  Í)E  CUBA 


Caldas  de  sus  contenidos  7  de  las  reflexiones  ó  descripciones  que  sugerían. 
4^  concluir  la  lectura  de  las  autoridades  se  le  leian  varias  veces  las 
potas  hasta  que  se  ñjaban  en  conjunto  en  su  memoria,  7  entonces  se  sen- 
t^bs^  ék  escribir,  einviéndose  del  instrumento  de  que  hacen  uso  los  ciegos 
para  este  objeto,  que  consiste  en  un  marco  del  tamaño  de  una  hoja  de 
p^vpel  de  carta  en  cuarto,  atravesado  por  tantos  alambres  de  bronce  como 
UuearS  debiera  haber  en  la  página,  y  con  una  lámina  de  papel  carbonada, 
tal  como  la  que  sirve  para  duplicados,  7  que  está  cubierta  con  una  pasta 
por  el  reverso.  Con  un  punzón  de  marfil  trazaba  sus  caracteres  entre  los 
ajlojubres  sobre  la  foja  carbonada,  haciendo  marcas  indelebles  en  la  pági- 
na en  blanco  que  estaba  debajo.  Escribía  con  gran  rapidez  7  en  un  carao- 
teír  tan  ilegible,  que  solo  su  secretario  podía  entenderlo,  el  cual  copiaba 
el  manuscrito  inmediatamente,  7  cuando  quedaba  terminado  el  capitulo 
PjfesQott  se  lo  hacía  leer  varias  veces,  se  revisaba  escrupulosamente  7 
i|ja  copiaba  de  nuevo  para  enviarlo  á  la  imprenta.»  Era  amable,  fino,  bue- 
no, consagraba  la  décima  parte  de  sus  rentas  á  la  caridad,  7  Bancroft  mar 
l^ifíesta  que  su  figura  tenía  algo  que  recordaba  el  hermoso  continente  de 

j 

Apolp. 

ün  historiador  ciego  es  lo  más  bello  7  lo  más  triste  que  podemos  faa- 
llftr  en  este  valle  de  lágrimas  de  las  tribulaciones  de  los  hombres  de  le- 
tr,aB;  I09  poetas  como  Homero  7  como  Mílton  no  necesitaban  de  sus  ojoa 
parii  distinguir  la  luz  de  Dios;  ellos  se  sentaron  tranquilos  en  la  noche 
de  sus  amarguras  7  cantaron  sus  propias  inspiraciones  sin  fatigosos  es- 
fji^er^os,  pues  si  admitimos  la  teoría  platónica  que  liberta  de  responsabi- 
IjjJ^d  al  genio,  no  tenían  más  que  abandonarse  á  los  impulsos  naturales 
7  d^jar  que  el  espíritu,  esa  cosa  ligera,  alada  7  santa,  diera  vueltas  por 
el  jardín  de  las  Musas  7  recojiese  el  jugo  de  las  flores,  según  la  opinión 
d^l  filósofo  de  Atenas;  pero  el  que  há  ipenester  registrar  en  los  archivos, 
averiguar  las  fechas,  coordinar  loi  documentos,  descifrar  los  caracteres 
^tfafios  7  hacer  tantas  cosas  para  descubrir  el  hilo  de  la  existencia  de 
Unf^  nación  en  una  época  lejana;  el  ciego  que  emprende  esta  lucha  sin 
treguas  7  triunfa  entre  otros  que  se  emplean  en  lo  mismo  con  señaladas 
ventajas,  es  un  ser  escepcional  que  se  eleva  majestuosamente  sobre  todas 
lai^  miserias  humanas. 

Washington  Irving,  aunque  en  un  orden  secundario,  es  autor  á  quien 
se  deben  obras  de  cierto  mérito  en  este  ramo,  7   su  Historia  de  la  vida 


SOBRE  LA  LITERATURA  DE  LOS  ESTADOS  UNIDOS  281 

y  viajes  de  Qi'ütbbal  Colono  Viajes  y  descuhrmieníos  de  los  compañeros 
de  Oohn  j  La  vida  de  Washington^  que  se  han  hecho  muy  popu- 
lares, son  los  monumentos  principales  de  su  reputación  universal.  Se 
resiente  siempre  de  ser  un  novelista,  y  por  eso  suele  ser  inferior  eii  la  na- 
rración bien  entendida  que  se  debe  usar  en  este  género  de  serias  compo- 
siciones, así  como  su  estilo  florido  y  poético  le  encamina  fuera  del  domi- 
nio del  arte  de  vez  er\  cuando;  mas  también  es  interesante  y  verídico  f 
la  gracia  y  pureza  de  su  dicción  le  han  hecho  ser  calificado  muy  favora- 
blemente, como  también  por  su  habilidad  esquisita  para  la  descripcioü 
ha  logrado  obtener  un  gran  número  de  admiradores.  Verdaderamente  lo 
que  mejor  le  corresponde  es  el  título  de  biógrafo  antes  de  todo,  (1)  pues 
sólo  su  obra  sobre  la  vida  de  Washington  vale  bastante  para  ponerlo  si- 
quiera en  duda;  el  interés  dramático  que  tanto  se  marca  en  esta  produc- 
ción y  la  secillez  que  la  caracteriza',  la  distinguen  entre  las  demás  que  le 
dieron  fama  y  provecho,  y  se  advierte  que  tuvo  empeño   de  fijar  en  ella 

■ 

unas  tendencias  que  lo  separaron  de  aquellas  otras  manifestaciones  gra- 
ciosas de  su  genio,  en  las  cuales  supo  desplegar  en  períodos  armoniosos^ 
que  dejan  entrever  las  influencias  del  gusto  por  la  literatura  espafiola» 
toda  la  brillantez  de  las  más  pintorescas  escenas. 

Henry  Wheaton,  por  su  Historia  de  los  kotnbres  del  Norte  desde  los 
primeros  tiempos  hasta  la  conquis  a  de  Inglaterra,  por  Guillermo  de  Nor- 
mandia,  y  su  Historia  del  derecho  de  gentes  de  Europa  desde  la  paz  de 
Westfalia  hasta  el  Congreso  de  Viena,8e  ha  hecho  notable  en  ambos  con- 
tinentes y  ocupa  un  puesto  elevado  que  habia  sabido  conseguir  de  ante- 
mano por  sus  profundos  estudios  en  lajurisprudencia;  otros  muchos  pueden 
citarse  que  con  acierto  han  ido  á  registrar  los  anales  del  extranjero  (2) 
y  quédanos,  en  conclusión,  que  saber  cómo  han  manejado  este  asunto  los 
americanos  al  referirse  á  los  hechos  que  han  tenido  efecto  en  su  mismo  pais. 


(1)  Muchos  son  los  biógrafos  americanos,  y  entre  ellos  pueden  recordarse  á 
Sparks,  J.  Quincy.  W.  Tudor,  G.  Tucker,  P.  Henney,  W.  B.  Reed,  W.  W.  Story, 
Calvin  Colton,  Emerson,  Mrs.  C.  H.  Kirkland,  W.  L.  Stone,  Thimothy  Flint,  Mrs. 
Elisa  Buckminster  Lee,  W.  G.  Simms,  Theophilus  Parson,  E.  A.  Park,  P.  M.  Irving, 

A.  H.  Everett,  EUis,  H.  Wheaton,  G.  S.  Hillard,  C.  A.  Goodrich,  etc.,  etc. 

(2)  Mayer,  Wilson,  Alexander,  Poinset,  Tlagg,  Alien,  Geen,  Hodge,  Schaff, 
Abel  Steveus,  Raphall,  J.  B.  Felt,  Robert  Baird,  James  Murdock,  Thomas  Gaillard, 

B.  WiHiam,  Meade,  etc. 

36 


282 


REVISTA  DU  CUfeA 


George  Baticroft  es  el  que  más  merecidamente  llama  la  atención:  su 
actividad,  sus  conocimientos,  su  permanencia  en  Alemania,  su  intimidad 
con  las  notabilidades  europeas  de  su  tiempo,  su  habilidad  como  hombre 
de  estado  y  su  talento  analizador,  lo  impulsaron  poco  á  poco  á  entregar- 
se á  hacer  indagaciones  sobro  lo  que  habia  ocurrido  en  el  suelo  de  su  na- 
cimiento y  al  dar  á  la  publicidud  en  1834  el  primer  volumen  de  su  His- 
toria de  los  Estados  Unidos^  entró  en  el  rango  de  los  historiadores  filosófi- 
cos y  como  tal  es  acreedor  á  nuestro  mayor  miramiento.  Los  tesoros  de 
ciencia  que  habia  adquirido  desde  temprano  templaron  su  espíritu  para 
dar  á  sus  juicios  una  rectitud  capaz  de  conducirlo  á  la  apreciación  de  lo 
verdadero:  dispone  los  acontecimientos  en  su  enlace  correspondiente,  y 
aunque  no  rehusa  examinar  lo  que  encuentra  al  paso  porque  sea  de  otra 
nación  y  de  otra  época,  se  vé  que  tiene  el  tino  de  no  permitir  que  el  lec- 
tor se  distraiga  con  lo  que  debe  ser  accesorio,  y  se  aprovecha  de  estas 
circunstancias  para  someter  á  discusión  varias  cuestiones  extrañas  que 
vienen  á  relacionarse  intimamente  con  el  orden  de  cosas  que  desarrolló  los 
principios  de  la  libertad  en  estas  regiones,  y  que  es  lo  que  lo  obliga  á 
meditar  sobre  cuanto  arrastra  el  torrente  de  la  política  en  sus  oscuras 
complicaciones,  "'".a  filosofía  de  la  historia  moderna  no  desdeñaría  recono- 
cerlo como  uno  de  los  que  la  naturaleza  ha  dotado  con  más  prodigalidad 
para  hacerlo  contribuir  con  ricos  presentes  á  edificar  en  este  campo  de 
exploraciones  eternas  un  monumento  á  la  gloria  de  la  literatura  de  nues- 
tros dias,  y  tiene  derecho  también  por  su  estilo  culto  á  dar  á  su  obra  un 
doble  valor,  porque  es  preciso  no  olvidar  que  lo  que  sale  de  su  cerebro, 
como  bien  se  concibe,  bien  se  expresa,  y  asi  corren  parejas  en  sus  escri- 
tos con  mucha  frecuencia  la  excelencias  de  la  forma  con  la  belleza  de  las 
ideas.  Otros  también  (1)  han  tratado  en  diferente  sentido  esta  misma 
historia  de  los  Estados  Unidos,  pero  ninguno  hasta  hoy  ha  podido  supe- 
rar á  Bancroft,  y  sólo  le  aventajan  en  mérito  los  maestros  á  quienes  he- 
mos consagrado  ya  algunas  lineas  para  poner  al  corriente  al  lector  de 
una  evidencia  que  la  malicia  se  ha  empeñado  largo  tiempo  en  negar  por 
completo,  pero  que  la  sana  razón  se  encargaría  tarde  ó  temprano  de  pu- 
blicar por  todas  partes. 


(1)    0.  W.  üpham,  E.  D.  Mansfield,  R.  S.  Ripiey,  Teodoro  Irving,  G.  W.  Ken- 
dftll,  Francia  Parkman,  etc. 


SOBRE  LA  LITERATURA  DE  LOS  ESTADOS  UNIDOS  233 

Semejantes  adelantos  en  la  filología,  la  filosofía  7  la  historia»  han  pro- 
ducido muchos  7  mu7  buenos  traductores,  quelian  puesto  en  inglés  lo  que 
ha  sido  digno  de  elogios  en  otras  lenguas,  7  por  cierto  que  por  su  fideli- 
dad en  algunas  ocasiones  han  vencido  bastantes  dificultades,  pues  no  son 
pocas  con  las  que  ha7  que  luchar  cuando  se  penetra  con  honradez  7  era- 
dicion  en  este  campo  en  que  tan  irrespetuosamente  hacen  algunos  alarde 
de  su  atrevimiento.  No  es  nuestra  decisión  hallarlo  todo  excelente  en 
la  literatura  de  los  Estados  Unidos,  ni  creemos  que  ha7a  quién  nos  consi^ 
dere  amigos  tan  parciales  que  no  pretendamos  descubrir  los  defectos,  don- 
de se  encuentran  con  abundancia,  7  el  que  ha7a  seguido  con  nosotros 
hasta  aquí,  nos  debe  haber  hecho  la  justicia  de  observar  que  al  mismo 
tiempo  que  designamos  los  autores,  los  vemos  por  su  lado  bueno  7  su  lado 
malo  7  que  en  conformidad  con  el  arreglo  de  estos  capítulos  después  de 
la  particularizacion  de  cada  uno  de  los  autores  que  pueden  dar  tono  á 
un  género,  marcamos  en  general  las  faltas  lo  mismo  que  lo  que  sirva  de 
modelo,  porque  de  lo  contrario  nos  separaríamos  de  este  método  que  po- 
dríamos llamar  sinóptico,  7  asi  sabemos  por  experiencia  que  es  como  se 
leen  con  más  agrado  los  escritos  que  tienen  por  objeto  alguna  enseñanza; 
además  que  tendiendo  á  demostrar  que  no  todo  es  comercio  en  el  Norte 
América,  es  preciso  prescindir  de  las  medianías,  7  en  esta  laboriosa  ocu- 
pación al  fin  7  al  cabo  las  cosas  que  sacamos  en  consecuencia  estimulan 
naturalmente  á  la  alabanza. 

Estos  articulos  van  de  antemano  sentenciados  al  recibimiento  apasio- 
nado de  los  unos  7  á  la  sistemática  reprobación  de  los  otros.  En  materias 
de  crítica,  como  en  todas  las  cuestiones,  deciamos  no3oj;ros  en  otra  ocasión, 
.  revela  cada  cual  el  germen  de  una  vanidad  que  desgraciadamente  está 
tan  ligada  con  nuestro  propio  ser,  que  parece  constituir  una  cualidad 
esencial  de  nuestra  naturaleza.  No  acepta  el  hombre  la  censura  sino  del 
modo  con  que  él  mismo  la  hubiera  presentado  7  condena  sin  piedad  al- 
guna cualquier  razonamiento  que  no  se  ajuste  á  su  manera  de  ver  7  de 
pensar,  no  encuentra  bueno  por  lo  común  lo  que  se  separa  siquiera  un 
tanto  de  sus  teorías,  7  por  eso  vemos  á  menudo  que  hasta  en  lo  que  toca 
á  ciertos  principios  cuya  exactitud  no  admite  dudas,  se  quieren  estable- 
cer aplicaciones  tan  opuestas  que  con  dificultad  se  concibe  que  emanen 
de  una  misma  verdad  fundamental.  En  prueba  de  lo  generalizado  que 

está  este  proceder,  tenemos  que  combatir  en  su  oportunidad  algunos  erro- 
I 


284 


REVISTA  D*  CUBA 


res  ya  difundidos  por  donde  quiera  que  van  no  solo  á  alterar  el  juicio 
público,  sino  á  atacar  los  preceptos  sancionados  por  el  talento,  y  en  este 
concepto*  henos  aquí  obligados  á  repetir  unas  ideas  que  forman  parte  de 
los  conocimiento^  elementales.  Como  nuestro  proyecto  ba  sido  concebido 
con  firmeza  y  como  la  previsión  nos  ha  preparado  para  recibir  quizá  7 
sin  quizá,  los  tiros  del  orgullo  enojado,  nada  de  lo  que  suceda  nos  sor* 
prenderá  ni  será  suficiente  á  hacernos  vacilar  en  la  continuación  de  nues- 
tro plan.  Si  tuviéramos  que  satisfacer  las  exijencias  de  cada  uno,  nos  ale- 
jaríamos del  terreno  que  pisamos,  antes  que  llevar  nuestra  docilidad  al 
punto  de  doblegarnos  á  tantas  y  tan  extrañas  opiniones  con  que  se  nos 
convida  á  cambiar  de  rumbo;  pues  resultaría  que  entonces  seriamos  el 
órgano  de  todos  y  no  mantendríamos  la  unidad  de  tendencias  y  carácter 
en  que  queremos  apoyar  nuestro  pensamiento,  concluyendo  por  caer  en 
la  abyección  verdadera  al  perder  el  criterio  y  la  conciencia  y  olvidar  que 
sobre  estas  cosas  existen  inalter«able8  principios.  No  se  crea  por  esto  que 
nos  encastillamos  en  una  intolerante  tenacidad,  porque  siempre  cedimos 
á  las  indicaciones  bien  entendidas  cuando  se  nos  convenció  del  estravio 
de  nuestras  ideas;  mas  absurdo  seria  también  que  nos  inclinásemos  débil- 
mente ante  las  insinuaciones  del  capricho  y  que  escribiésemos  con  una 
pluma  que  por  querer  pertenecer  á  todos,  no  perteneciera  á  nadie. 

Entre  las  causas  que  modifican  la  crítica  no  debe  olvidarse  la  mayor 
ó  menor  sensibilidad  natural  de  un  individuo  para  recibir  lo  bello  y  re- 
chazar lo  defectuoso:  confesamos  que  podemos  cometer  algún  error  de 
buena  fé,  porque  somos  de  naturaleza  impresionable  y  podemos  á  veces 
ó  dejarnos  arrastrar  hasta  el  extremo  del  entusiasmo  por  lo  que  nos  cau- 
se admiración,  ó  llevar  hasta  su  término  nuestra  repugnancia  por  lo  que 
nos  parezca  monstruoso,  pero  nunca  falsearemos  la  verdad  intencionalmen- 
te.  Puede  ser  que  la  literatura  naciente  de  los  Estados  Unidos  no  parez- 
ca á  muchos  tan  excelente  como  á  nosotros,  relativamente  hablando,  pero 
ya  hemos  contestado  á  éstos,  en  el  primer  artículo,  y  ahora  vuelvo  á  re- 
cordar las  razones  que  expuse  entonces  para  que  no  se  descuide  el  lector 
de  tener  presente  que  nuestro  interés  mayor  es  negar  el  crecimiento  del 
mercantilismo  en  lo  absoluto  con  exclusión  de  las  artes  y  ciencias,  y  ha- 
cer al  mismo  tiempo  una  reseña  que  lo  instruya  tal  vez  algo  en  un  asun- 
to que  es  de  suma  importancia. 

Del  resumen  que  acabamos  de  hacer  deducimos  que  la  lengua  propia 


i 


fiOBRE  LA  LITEBATU&A.  DB  LOS  BSTAD08  UNIDOS  285 

está  bi^n  cultivada,  que  los  idiomas  eztfafios  lian  sido  sometidos  á  un  es- 
tadio trascendental,  que  la  filosoña  cuenta  con  intérpretes  muy  inteli- 
gentes 7  que  la  historia  moderna  tiene  que  agradecer  á  los  norte-ameri* 
canos  los  nobles  ensayos  con  que  han  venido  á  tomar  parte  entre  el 
concurso  de  los  sabios  de  nuestro  siglo.  Los  defectos  que  se  pueden  hallar 
en  las  obras  de  esta  ultima  clase  son  alguna  afectación,  recargo  inútil  de 
frases  bien  sonantes,  ampliaciones  fatigosas  y  minuciosidad  en  los  por- 
menores; pero  en  cambio  las  buenas  cualidades  no  escasean:  tono  solem^ 
ne,  estilo  sencillo,  exactitud  y  cuanta  imparcialidad  puede  pedirse  á  unos 
hombres  que  por  su  organizacfon  política  han  aprendido  desde  la  niñez 
á  respetar  y  á  difundir  la  verdad.  Harto  hacia  que  la  mentira  tenia  eri. 
gido  un  altar  en  los  libros,  y  si  esta  literatura  no  trajera  al  mundo  otro 
fin  que  el  de  atacar  frente  á  frente  á  ese  enemigo  de  la  luz,  ¿cuánto  no 
deberemos  en  el  porvenir  á  esos  serios  pensadores  que  se  entretienen  no 
sólo  en  hacer  temblar  lo  tierra  con  el  peso  de  su  industria,  sino  en  impri* 
mir  un  movimiento  de  vida  al  alma  de  los  pueblos? 

JUAN  CLBMBNTE  ZENEAr 
Habana,  Mar^o  de  1864. 


-r»- 


n 


286 


HBVIfiTA  DE  CUBA 
Mortalidad  de  la  Habana  en  el  verano  de  x88z. 


» 

VERANO. 

x88x. 
CAUSAS  DB  0SPD1ICION. 

— 

MORTA 

LIDAI 

i 

'S 

1 

D  CIVIL. 

>lox> 

1 

• 

""  "i 
'"' "i 

1 

"¿i 
""'2 

• 

t 

< 

V. 

2 
6 

'••4 

•    •  •  •• 

27 

7 
14 

H. 

1 

"l 

3 

11 

2 

17 

SUMA 

V. 

3 
2 

H. 

1 

3 

SUMA 

Albuminurift 

3 

6 

s" 

3 
38 

9 
31 

4 
5 

8 
11 

6 

4 

73 
11 
45 

3 
28 

2 

212 

19 

29 

6 

Alcoholismo 

Anginas 

Anemia  v  clorosis 

Ántrax  

Add*  V  C.  cerebral 

i 

"••4 

""Í5 

1 
1 

1 

19 

•    1 

8 

2 

6 

""41* 
4 
6 

1 
34 
2 
9 
2 
9 

6 
7 
3 

Apoplegíay  C.  pulmonar. 
Cáncer  • 

Cólera  esüorádico 

Cólera  iniantil 

11 
1 

62 
5 
9 
1 

8 

1 
56 

7 
11 

2 

19 

2 

118 

12 

20 

3 

""*5 

1 

4 

"26 
2 
1 
3 

Diabetes 

Diarrea  y  enteritis 

Difteria  V  cmp 

Disenteria 

KclamDfiia  infantil.... 

Eriainela 

Escarlatina 

1 

1 
25 
37 
36 

5 

157 

27 

2 

•  •  ■  «^  • 

39 
2 

33 
3 

-  ■  •  •  •  • 

3 

2 

.    4 

'"2 
14 
11 
16 

1 
10 
18 

"32 

*"*25 

1 
8 

1 

■ '"4 
"•4 

'""i 

35 
103 

*"'Í'8 

"*  2 

1 
24 

451 
432 

+  19 

1 

3 
39 
48 
62 

6 

167 

45 

2 

2 

58 
4 
8 
1 
3 
2 
8- 

4" 

1 

6 

83 

253 

'"'40' 

3 

3 

6 

99 

i 

2 

"12 

..... 

1 

¡ 

■  •  •    • 

•  •  •  •    • 

"13 

tí 

12 

1 

"■•4 

22 
8 
6 

4" 

35 
14 

18 

1 

1 

1 

5 

1 

165 

3 

1 
7 

76 

65 

75 

8 

332 

62 
4 

12 

101 

3 

91 
6 

13 
7 
4 
2 
8 

7" 

1 

9 

126 

422 

■""65* 

3 

3 

13 

159 

EnileDsia 

Enfermes,  del  corazón.... 
ídem  del  bisado 

Fiebre  y  caq?  palúdica.. 
Fiebre  biliosa 

Id  amarilla 

Id.  tifoidea 

8 
1 

6 

1 

14 
2 

Ganerena  

Intoxicación  tebaica 

Meningitis » 

15 

1 
9 

1 

'*'"2 

15 
"12 

5 
2 

30 
1 

21 
1 
5 
4 

"  1 

1 

Muermo  y  farcino 

Neumonía  y  bronquitis... 
Nefritis 

Parto  y  acetes,  puerps... 
Peritonitis 

Pleuresía 

Pénfígo " 

Reblandecimto.  cerebral.. 

Rabia 

Reumatii^mo 

«  •  •    •  * 

"i 

1" 

•  •  «  •    • 

■"2 

Saramnion 

1 

6 

48 

150 

"22 
3 

1 

5 

75 

836 
879 

—43 

Tétano  en  adultos 

'32 

2 
17 
45 

7 

1 
26 
85 

""17 

3 

43 

130 

"i 

Id.  infantil 

Tisis 

Tos  ferina 

Viruelas 

VóJ  vulus 

Uremia 

Muertes  repentinas 

Otras  causas 

■■■  4 
15 

81 
82 

1 

3 
23 

224 
260 

36 

"Té 

318 
309 

+9 

3 
39 

*'"6 

232 
448 

216 

Sumas 

1287 
1311 

542 
569 

2142 
2410 

Año  de  1880 

Diferencias 

24 

—27 

-268 

Dr.  Ambrosio  Gonzales  del  Valle. 


MISCELÁNEA. 


MAHUEL  DE  U  RKVILU. 

Más  de  una  vez  han  puesto  los  redactores  de  la  Revista  de  Cuba 
atento  oido  á  las  eruditas  disertaciones  del  eminente  critico  don  Manuel 
de  la  Revilla,  arrebatado  á  la  vida  cuando  más  vigoroso  su  cerebro  en- 
traba en  ese  periodo  de  madurez  tan  fecundo  en  obras  inmortales,  como 
es  propicia  la  juventud  á  creaciones  de  sentimiento  ó  de  pura  imagi- 
nación. 

Poeta,  filósofo,  literato,  critico,  tales  eran  las  diversas  manifestaciones 
de  aquella  inteligencia  superior  que  franqueando  los  limites  de  la  tierra 
que  le  vio  nacer,  hizo  popular  el  nombre  de  Manuel  de  la  Revilla  en 
-caantos  pueblos  conocen  y  cultivan  la  rica  habla  de  Castilla. 

A  estudiar  ese  carácter,  verdaderamente  notable,  en  sus  diversas  7 
complejas  relaciones  de  aptitud,  tiempo  7  lugar,  se  dispone  uno  de  nues- 
tros colaboradores,  el  Sr.  D.  Rafael  Montero,  amigo  intimo  del  ilustre 
Revilla,  compañero  SU70  en  aquellas  discusiones  sobre  ciencias  políticas, 
filosóficas  7  morales  que  tanto  lustre  han  dado  al  Ateneo  de  Madrid  7 
entusiasta  admirador  de  ese  astro  apagado  en  mitad  de  su  carrera,  para 
desdicha  de  su  patria  7  eterno  duelo  de  las  letras  7  las  artes. 

POR   QUt 

La  filosófica  composición  de  la  poetisa  mejicana  Josefina  Pérez,  que 
lleva  este  titulo  7  reproducimos  en  otro  lugar  de  la  Revista  de  Cuba, 
vio  la  luz  en  el  Paria  Charmant  correspondiente  al  dia  primero  del  pa- 
sado mes  de  Junio. 


288  K&VI8TA  DE  OÚBA 

P0ISIA8  DB  ROSA  KRUGER. 

Ya  se  hau  dado  á  la  imprenta  las  poesías  de  esta  malograda  hija  de 
las  Masas,  á  quien  se  refiere  la  siguiente  comunicación: 

Sr.  D 

Estimado  señor  nuestro: 

Autorizados  por  el  Sr.  D.  José  Antonio  Cortina  para  dirigirnos  á  los 

señores  suscritores  de  la  Revista  de  Cuba,  con  el  objeto  de  invitarlos  á 

que  se  suscriban  al  tomo  de  versos,  cuya  publicación  proyectamos,  de  la 

malograda  poetisa  Rosa  Kruger,  tenemos  el  honor  de  efectuarlo  por  este 

medio,  rogando  á  usted  se  sirva  expresar  en  esta  misma  carta,  que  pasará 

á  recojer  el  propio  individuo  que  la  entregue,  si  quiere  usted  ser  suscri* 

tor,  y  el  número  de  ejemplares  que  desee;  bien  entendido,  que  con  sólo 

uno  que  tome,  contribuirá  usted  cumplidamente  á  realizar  el  laudable 

propósito  que  nos  ocupa. 

El  objeto  de  la  citada  publicación  es,  no  sólo  salvar  del  olvido  las 
inspiradas  poesías  de  la  finada  Señorita  Kruger,  sino  también  erigir  un 

modesto  monumento  que  guarde  sus  restos  mortales,  con  el  producto  de 

la  suscrícion  y  venta  del  libro. 

El  Sr.  Cortina  contribuye  con  doscientos  pesos  billetes,  y  en  prueba 
de  ello  conviene  en  suscribir  también  la  presente. 

Usted  tiene  bien  demostrado  su  amor  á  las  Letras,  y  estamos,  por 
tanto,  muy  seguros  de  que  ha  de  serle  bastante  simpático  el  pensamiento. 

Somos,  con  la  mayor  consideración,  S.  S.  Q.  B.  S.  M. 

Diego  VicerUe  Tejera. — Ramón  I,  Arruto, — Casimiro  Delmonte, — 
Domingo  Figarola  y  Qaneda, — José  Antonio  Cortina. 

Con  gusto  anunciamos  que  el  publico  habanero  ha  correspondido  has- 
ta ahora  al  loable  propósito  de  salvar  del  olvido  las  producoiones  de  Ro- 
sa Kruger. 

OBRA    HISTÓRICA. 

El  eruditísimo  escritor  señor  Joaquín  Oarcia  Icazbalceta  ha  dado  re- 
cientemente á  la  estampa  una  obra  intitulada  Don  Juan  de  Zumárraga, 
primer  Obispo  y  Arzobispo  de  México,  El  estudio  del  señor  (barcia  Icaz- 
balceta ilustra  y  depura  hechos  históricos  de  la  época  en  que  figuró  el 
que  es  considerado  como  primer  introductor  de  la  imprenta  en  Méjico. 

Habana  30  de  Setiembre  de  1881. 

Director  propietario-.  Db.  José  Antonio  Cortina. 


( 


t 


LA  ESCLAVITUD  DE  LOS  INDIOS 

BN  SL  NUSVO   MUNDO.  (1) 


CAPITULO  PRIMERO. 

Ssclavüud  entre  los  indios  del  Nuevo  Mundos  inucho  antes  de  su  descu- 

hrimiento  y  conquista  por  los  europeos.  • 

El  indígena  del  Nuevo  Mundo,  sin  saber  que  hubiese  esclavos  en  el 
viejo  continente,  pues  que  aún  ignoraba  su  existencia,  esclavizó  al  indio 
su  semejante.  Para  demostrar  esta  verdad,  puede  seguirse  el  orden  geo- 
gráfico empezando  cuando  Colon  descubrió  el  Nuevo  Mundo  en  1492. 
La  primera  tierra  á  que  arribó,  fué  una  isla  del  grupo  de  las  Lucayas 
llamada  Guanahani  por  los  naturales  y  San  Salvador  por  Colon;  pero  ni 
en  ella,  ni  en  las  otras  que  entonces  descubrió,  halló  establecida  la  escla- 
vitud de  unos  indios  por  otros  indios. 

(1)  José  Antonio  Saco,  el  eminente  publicista  cubano,  dice  en  la  Introducción 
á  su  obra  monumental  Historia  de  la  etcíavitud  desde  los  tiempos  más  remotos  hasta 
nuestros  dios:  «Compónese,  pues,  osta  obra,  según  el  plan  que  ne  trazado,  de  tres  par- 
tes principales,  constitativas  de  ún  gran  todo-,  pero  este  todo  lo  be  arreglado  de  ma- 
ñera,  que  bien  puede  romperse  su  trabazón,  formando  tres  historias  separadas  y  com- 
pletas en  su  género  cada  una,  6  volverlas  á  juntar  en  un  sólo  cuerpo,  dándoles  sa 
primer  enlace».  • 

De  estas  tres  historia»  Saco  no  concluyó  más  que  dos:  la  primera,  publicada  ya, 
que  comprende  La  esclavitud  en  el  antiguo  mundo,  y  la  tercera,  que  empieza  hoy  á  pu- 
blicar la  Revista  de  Cuba  y  trata  de  la  La  esclavitud  de  los  indios,  las  encomiendas, 
repartimientos,  mitas  y  servicios  forzados.  La  seeunda,  6  sea  La  esclavitud  de  la  raza, 
africana  en  el  nuevo  mundo,  quedó  incompleta:  Saco  publicó  el  primer  tomo  que  llega 
sólo  hasta  fines  del  siglo  pasado,  dejando  inédito  además  dos  6  tres  capítulos  que  en 
«delante  publicaremos;  del  resto  sólo  existen  notas  y  apuntaciones  incoherentes. 

(Nota  de  la  Revista  de  Cuba) 

37 


290 


REVISTA  DE  CUBA 


El  25  de  Setiembre  de  1493  emprendió  Colon  su  segundo  viaje,  zar- 
pando de  Cádiz  con  diez  y  siete  naves.  El  3  y  dias  siguientes  de  aquel 
año  descubrió  nuevas  islas  en  el  mar  de  las  Antillas.  Por  ser  domingo 
el  dia  en  que  avistó  la  1?  llamóla  Dominica,  á  la  segunda  Marigalante, 
nombre  de  la  nave  capitana,  y  Guadalupe  á  la  tercera,  á  otras  llamó  Re- 
donda, San  Martin,  &,  (1).  Poblaba  algunas  de  ellas  una  raza  de  indios 
lamados  caribes^  que  asaltaban  otras  islas  habitadas  de  indios  pacíficos; 
comíanse  á  los  hombres  que  caian  en  su  poder;  y  como  hallaban  la  carne 
de  las  mujeres  y  de  los  muchachos  monos  sabrosa  que  la  de  los  hombres, 
esclavizaban  á  las  primeras  reservándolas  para  su  deleite,  si  eran  jóve- 
nes y  bellas,  y  á  los  segundos  los  castraban,  engordaban  y  retenían  en 
esclavitud  hasta  que  llegaban  á  ser  hombres  formados,  para  regalarse 
con  sus  carnes  en  un  banquete  (2). 

Al  pasar  Colon  por  la  Guadalupe  y  San  Martin  recogió  en  sus  naves 
algunas  mujeres  y  muchachos  esclavizados  por  los  caribes,  de  cuyo  poder 
se  habian  huido,  y  él  los  llevó  á  la  Española,  término  de  su  viaje  (3). 

Pasemos  de  las  Antillas  al  continente,  y,  siguiendo  el, progreso  de  la 
conquista,  hallaremos  la  esclavitud  en  diferentes  tribus  y  naciones. 

Fué  el  Darien  el  punto  del  continente  (una  de  las  provincias  del 
reino  de  Tierra  Firme)  en  que  asentaron  los  españoles  su  primera  colonia; 
y  allí  vieron  que  algunos  padres  vendían  k  sus  hijos.  Diversas  tribus  de 
aquella  región  esclavizaban  á  sus  prisioneros  de  guerra,  y  sus  amos,  para 
distinguirlos,  los  marcaban  en  la  frente  con  un  instrumento  encendido,  6 
les  arrancaban  un  diente  (4),  ó,  en  fin,  les  teñían  el  cuerpo  con  una  pin- 
tura que  duraba  toda  la  vida.  «Se  sirven   de  ella,  dice  Oviedo,  en  dos 

(1)  Carta  del  Doctor  Chanca  al  Ayuntamiento  de  Sevilla.  Esta  carta  debió  ha- 
berse escrito  á  principios  de  1494  y  publicóla  Martin  Fernandez  de  Navareie.  en  el 
tomo  primero  de  su  Colección  de  los  Viajes  y  Deacubrimientos  que  hicieron  por  mar 
los  españoles  desde  fines  del  ñglo  XV.  Edición  de  Madrid  de  1825  á  1837.— El  "Doctor 
Chanca  fué  Médico  de  la  Armada  de  Colon*  en  el  segundo  viaje  que  éste  hizo  al  Nue- 
vo Mundo. — Gonzalo  Fernandez  de  Oviedo,  Historia  General  y  Natural  de  leu  Indiast 

lib.  2,  cap.  8. 

(2)  Pedro  Mártir  de  Anglería  de  Orbe  'Novo,  Dec.  1*.  cap.  1?  -Kochefort,  J3w- 
toire  Naturelle  et  Morale  des  fies  Antilles  d!  Amerxque,  lib.  2,  cap.  21. 

(3)  Carta  del  Doctor  Chanca  al  Ayuntamiento  de  Sevilla. — Historia  inédita  de 
los  Reyes  Católicos,  por  el  Cura  de  los  Palacios,  cap.  120. 

(4)  Oviedo,  Sumaria  Relación  de  la  Historia  de  las  Indias,  cap.  10. 


IiA  ESCLAVITUD  DE  LOS  INDIOS  EN  EL  NUEVO  MUNDO  291 

ocasiones:  una  para  marcar  \o8  pacos  6  esclavos;  la  otra  por  el  contrario, 
es  un  adorno  signo  de  libertad.  Esto  depende  del  lugar  en  que  se  hace 
la  marca.  En  este  ultimo  caso  se  practica  en  la  barba,  subiendo  ha^ta'las 
orejas,  en  los  brazos  y  en  el  pecho;  mientras  que  los  esclavos  se  marcan 
en  la  frente  y  en  los  carrillos.  Los  esclavos  de  na  señor  están  marcados 
de  una  misma  manera  tan  exactamente,  que  podría  creerse  que  se  han 
hecho  con  un  mismo  molde.  No  pueden  aumentarla  ni  disminuirla,  por- 
que es  una  especie  de  uniforme  ó  librea  que  denota  el  dueOo  á  quien 
pertenecen»  (1). 

De  estos  esclavos  participaron  algunos  de  los  españoles  que  se  esta- 
blecieron en  el  Darien.  A  Vasco  Nuñez  de  Balboa  y  á  su  compañero 
Rodríguez  Colmenares  regaló  «etenta  el  hijo  primogénito  del  Señor  de 
Comogre  (2).  Regalo  semejante  hizo  al  primero  el  cacique  Pocorosa, 
cuando  pasó  por  sus  tierras  (3);  y  otro  jefe  6  cacique  de  aquella  comarca, 
ultrajado  y  preso  con  muchos  de  los  suyos,  no  obtuvo  su  libertad,  sino 
dando  al  aventurero  Diego  de  Albitez  treinta  esclavos  y  todo  el  oro  que 
poseia  (4). 

Indios  procedentes  de  la  mar  del  Sur  subianen  canoa  por  un  rio  que 
pasaba  por  delante  de  la  casa  del  cacique  de  Comogre,  y  en  cambio  del 
oro  que  le  ofrecían  él  les  daba  ropa  de  algodón  y  esclavos  indios  ó  indias 
hermosas  para  su  servicio  (5). 


(1)  Gonzalo  Fernandez  de  Oviedo,  Historia  General  y  Natural  de  las  Indias, 
lib.  29,  cap.  2,  26,  á  31. — Debo  advertir  que  cuando  cite  la  obra  de  Oviedo,  siempre 
me  serviré  de  la  edición  en  cuatro  tomos  hecha  por  la  Real  Academia  de  la  Historia 
de  Madrid  en  loa  años  de  1851  ñ.  1855. 

(2)  Herr.  Dec.  1.  lib.  9,  cap.  2. 

(3)  Herr.  Dec.  1,  lib.  10,  cap.  5. 

(4)  Herr.  Dec.  2,  lib.  3,  cap.  4. 

(5)  Carta  dirigida  al  rey  católico  don  Fernando,  por  Vasco  Nufiez  de  Balboa, 
desde  la  villa  de  Santa  María  del  Antigua  del  Darien,  á  20  de  Enero  de  1513.  Se 
informó  que,  yendo  por  el  rio  Grande  de  San  Juan,  treinta  leguas  arriba,  sobre  la  ma- 
no izquierda  entra  en  él  otro  rio  muy  hermoso,  y,  que  navegándolo  dos  dias  hacia 
arriba  se  hallaron  un  cacique  poderoso,  muy  rico  en  oro,  llamado  Daraire.  A  dos  jor- 
nadas de  "sus  tierras  existían  unos  indios  belicosos  y  antropófagos,  señores  de  unsts 
minas  muy  ricas  en  que  cogían  mucho  oro.  Llevaban  este  metal  al  cacique  Daraire, 
que  les  daba  en  cambio  indios  mancebos  y  muchachos  para  comer,  é  indias  para  que 
sirviesen  como  esclavas  á  su  mujeres,  pues  que  á  ellas  no  las  devoraban.  (Se  halla 
en  la  Colección  de  Navarrete.  Tomo  3?) 


292  EEVISTA  DE  OÜBA 

Loa  indios  de  la  Provincia  de  Nicaragua  acostumbraron  tener  escla- 
vos, ó  vendíanse  unos  á  otros,  7  los  padres  á  los  hijos,  á  manera  de  los 
antiguos  germanos  jugaban  su  libertad,  mas  no  podian  rescatarse  sin 
voluntad  del  cacique  (1).  Estas  ventas  se  hacían  privadamente  6  en  los 
mercados.  En  éstos  y  en  sus  ferias  solamente  se  admitía  á  los  de  una 
misma*  lengua;  pero  había  cinco  entre  los  indios  de  Nicaragua.  Sin  em- 
bargo, pudieron  llevarse  á  esos  mercados  aun  los  que  hablaban  lenguas- 
diferentes,  con  tal  que  fuese  para  venderlos  como  esclavos  de  servicio,  6 
cacao  para  comérselos  (2). 

Pena  de  esclavitud  se  impuso  también  por  varios  delitos.  Quien 
forzaba  una  virgen  v  quejándose  ésta  no  la  dotaba,  era  esclavo. 

Al  ladrón  se  le  cortaban  los  cabellos,  y  mientras  no  pagaba  la  cosa 
hurtada,  el  amo  de  ella  le  retenia  como  esclavo  (3).  A  veces  para  tener 
esclavos  y  sacrificarlos  á  sus  dioses,  hacían  la  guerra.  Ningún  castigo  se 
imponía  al  que  mataba  un  esclavo  (4),  y  esto  prueba  el  poco  caso  que  se 
hacia  de  su  vida.  Si  alguno  cohabitaba ,  con  la  hija  de  su  amo,  era  ente- 
rrado vivo  con  ella  (5). 

Los  indios  de  las  Hibueras  6  de  Honduras  también  tuvieron  esclavos. 
Adquiríanlos  por  la  guerra  (6);  cortábanle  la  nariz;  y  los  empleaban  en 
cultivar  el  maíz  y  molerlo  y  en  otras  faenas.  A  los  enemigos  que  hacían 
resistencia,  en  vez  de  esclavizarlos,  los  precipitaban  de  una  altura  para 
que  no  hiciesen  más  dafío  (7). 

En  Diciembre  de  1526,  Diego  López  de  Salcedo  escribió  al  Gobierno 
desde  la  villa  de  Trujillo,  en  Honduras,  lo  que  paso  á  transcribir: 

ffDemás  destos  hay  otros  esclavos,  como  ya  he  dicho,  que  son  los  que 
los  mismos  naturales  de  la  Tierra  los  tienen  por  esclavos  y  los  compran 
y  venden  entre  si  unos  con  otros:  éstos  son  tan  conocidos  entre  ellos  que 


(1)  Herr.  Dec.  3,  lib.  4,  cap.  7. 

(2)  Oviedo,  Hiatoria  QerUral  de  las  Indias,  lib.  42,  caps.  1  y  11. 

(3)  Herr.  Dec.  3,  lib.  4,  cap.  7. 

(4)  Herr.  Dec.  3,  lib.  4,  cap.  7. 

(5)  Herr.  Dec.  3,  lib.  4,  cap.  7. 

(6)  Herr.  Dec.  3,  lib.  9,  cap.  10. 

(7)  Torquemada,  Monarquía  Indiana,  lib.  3,  cap.  41. — Herr.  Dec.  4,  lib.  8, 
capítulo  3. 


LA  ESCLAVITUD  DE  LOS  INDIOS  EN  EL  NUEVO  MUNDO  293 

venidos  ante  loe  españoles  ellos  mismos  confiesan  ser  esclavos  de  su 
nación»  (1). 

Guando  Cortés  partió  de  Méjico  á  Honduras  para  castigar  la  rebelión 
de  Cristóbal  Olid»  encontró  un  pueblo  llamado  Oculan  ó  Acalan,  en  que 
habia  muchos  mercaderes  ricos  que  traticaban  en  gran  numero  de  esclavos. 

crHaj  en  ella  (asi  se  expresa  aquel  famoso  Capitán)  muchos  mercade- 
res Y  gentes  que  tratan  en  muchas  partes  y  son  7ñcos  de  esclavos  j  de  las 
co^as  que  se  tratan  en  la  tierra Las  mercaderías  que  más  por  aque- 
llas partes  se  tratan  entre  ellos  (los  indios)  son  cacao,  ropa  de  algodón, 
coloree  para  teñir,  cierta  manera  de  tinta  con  que  se  tiñen  ellos  los  cuer- 
pos para  se  defender  del  calor  y  del  frió,  tea  para  alumbrarse,  reciña  de 
pinos  para  los  sahumerios  de  sus  ídolos  y  esclavos.»  (2) 

Los  indios  del  reino  de  Quiche  ó  Guatemala  tuvieron  esclavos.  En  sus 
guerras  mataban  y  se  comian  á  los  Jefes  principales  para  infundir  terror 
á  sus  enemigos;  pero  á  los  otros  prisioneros  los  esclavizaban.  Además, 
el  hombre  libre  que  contraía  relaciones  con  esclava  agena,  era  esclavizado, 
á  no  ser  que  por  los  servicios  que  hubiese  hecho  en  la  guerra  el  gran 
Sacerdote  le  perdonase.  Al  que  mentia  en  asuntos  de  guerra,  se  le  escla- 
vizaba. (3)  En  las  conjuraciones,  que  á  veces  se  formaban  contra  el  caci- 
que ó  señor  del  Estado,  dábase  muerte  al  conspirador;  pero  á  sus  mujeres 
é  hijos  se  les  reducia  á  esclavitud.  {4) 

Con  mucha  frecuencia  se  esclavizaba  también  á  las  mujeres  é  hijos  de 
las  personas  condenadas  á  muerte  por  otros  delitos  (5)  El  que  de  los 
templos  hurtaba  alguna  cosa  de  cierto  valor,  moria  despeñado;  mas  si  de 
poco,  era  esclavizado.  (6)  Lo  mismo  sucedia  con  el  hombre  que  violenta- 


(1)  Comunicación  de  Diego  López  de  Salcedo,  al  Emperador  Carlos  V.,  fecha  en 
la  villa  de  Trujillo,  Puerto  y  Cabo  de  Honduras,  á  31  de  Diciembre  de  1526.  (Muñoz 
Col.  Tomo  77). 

(2)  Kelacion  5*,  hecha  al  Emperador  Carlos  V.  por  Hernán  Cortés,  sobre  la 
expedición  de  Honduras,  fecha  en  Tenúxtitan  á  3  de  Setiembre  de  1526,  y  publicada 
por  primera  vez  en  la  colección  de  documentos  inéditos  para  la  Historia  de  España, 
Tomo  4?  núm.  l.<>,  Abril  1844,  en  Madrid. 

(3)  Herr.  Dec.  4,  lib.  8,  cap.  10. 

(4)  Torquemada,  Monarquía  Indiana;  lib.  12,  cap.  8. 

(5)  Torquemada,  Monarquía  Indiana^  lib.  '2,  cap.  8. 

(6)  Torquemada,  lib.  12,  cap.  8. 


294  REVISTA  DE  CTJBA 

ba  á  una  mujer  sin  "haber  llegado  á  consumar  sus  deseos,  ó  con  el  que  loí 
realizaba,  sin  violencia,  con  la  hija  ó  hermana  de  un  padre  ó  hermano  qu« 
reclamaban  el  agravio;  bien  que  en  este  filtimo  caso  la  esclavitud  era  la 
pena  que  ordinariamente  se  imponía.  (1)  Igualmente  sa  esclavizaba  á  la 
mujer  y  á  los  hijos  del  traidor  ó  del  vasallo  que  huia  de  su  señor.  Los 
indios  enemigos  cogidos  cazando  en  montes  ágenos,  ó  pescando  en  aguas 
fuera  de  sus  linderos,  casi  siempre  sufrían  pena  de  muerte;  pero  á  veces 
eran  esclavizados.  (2)  '         . 

Los  indios  de  Chiapa  inmolaban  á  los  vecinos  en  la  guerra,  y  después 
se  los  comian;  pero  á  veces  asaltaban  algunos  pueblos  de  sus  enemigos 
para  esclavizar  á  sus  habitantes  y  emplearlos  en  sus  sementeras,  en  la 
pesca  y  en  otros  ocupaciones.  (3) 

Las  tribus  de  la  provincia  de  Otlatla,  llamada  después  de  Vera- Paz  (4) 
porque  no  fué  conquistada  por  las  armas  españolas,  sino  solo  por  la  pre- 
dicación evangélica  de  los  religiosos  dominicos,  (5)  acostumbraron  ven- 
derse unos  á  otros;  y  cuando  se  cometia  plagio  imponíase  al  delincuent-e 
pena  capital,  y  si  tenia  mujer  é  hijos,  eran  vendidos  como  esclavos.  (6)  Lo 
mismo  se  hacia  con  el  que  hurtaba  cosa  de  algún  valor  y  no  la  restituía  (7), 
6  con  el  que  tomaba  al  fiado  á  diferentes  personas  un  corto  numero  de 
objetos  y  no  los  pagaba;  porque  sí  eran  en  cantidad  considerable,  enton- 
ces era  condenado  á  muerte.  (8)  El  amo  que  mataba  su  propio  esclavo, 
quedaba  impune,  porque  disponía  de  su  hacienda;  pero  si  era  ageno,  de- 
bía pagarlo.  (9) 

Los  indios  de  Oumaná  también  tuvieron  esclavos,  los  cuales  se  com- 
praban en  el  mercado  por  oro  ó  por  una  preparación  de  ciertos  polvos 
vejetales  mezclados  con  los  de  caracoles  quemados.  Servíanse  los  hombres 


(1)  Torquemada,  lib.  12,  cap.  8. 

(2)  Torquemada,  lib.  12,  cap.  9. 

(3)  Bernal  Diaz  del  Castillo,  Conquista  de  México,  cap.  166. 

(4)  Torquemada,  lib.  6,  cap.  26. 
(ó)  Herr.  Dec.  4*  lib.  10,  cap.  13. 

(6)  Torquemada,  lib.  12,  cap.  10. 

(7)  Torquemada,  lib.  12,  cap.  12. 

(8)  Torquemada,  ídem. 

(9)  Torquemada,  lib.  12,  cap.  10. 


LÁ  ÉSOtAVlTÜI)  DE  LOS  INblÓft  EK  EL  NUEVO  MUNDO         295 

de  ellos  para  preservar  y  ennegrecer  sus  dientes,  pues  á  los  que  los  tenían 
blancos,  llamábanles  mnjereH.  (1) 

Poseyéronlos  igualmente  los  de  la  tierra  llamada  Venezuela  por  los 
castellanos;  y  aún  hubo  de  entre  éstos  quien  sufrió  el  yugo  de  la  esclavi- 
tud que  aquellos  indios  le  impusieron.  En  una  expedición  al  mando  de 
Iñigo  Yasouña,  Teniente  de  Ambrosio  Alfínger,  representante  de  la  com- 
pañía Alemana  en  Venezuela,  aconteció,  que  habiéndose  extraviado  un 
castellano  llamado  Francisco  Martin  fué  cogido  por  unos  indios  y  vendi- 
do á  otros  por  una  águila  de  oro.  Estaseran  unas  piezas  de  ese  metal,  lla- 
nas, en  figura  de  águila,  abiertas  las  alas,  de  diferentes  tamaños,  más  ó 
menos  gruesas,  de  diversos  quilates  y  leyes,  pues  unas  eran  de  oro  fino, 
otras  más  bajo  y  otras  encobradas.  (2) 

Esclavos  hubo  entre  los  Moxos  de  la  Nueva  Granada.  Sus  sacerdotes 
eran  unos  niños  que  compraban  á  cierta  distancia  de  aquella  tierra;  teráan- 
los  en  grande  veneración,  cuidándolos  con  mucho  esmero,  y  cuando  lle- 
gaban á  la  edad  viril  matábanlos,  pues  el  sacrificio  de  sangre  era  una  de 
las  tres  especies  que  tenían.  (3)  Si  ese  esclavo  tocaba  mujer,  ya  no  era 
sacrificado,  porque  se  consideraba  como  victima  impura  para  ser  inmola- 
da al  Sol.  Esta  esclavitud  diferia  por  su  origen  y  duración  de  la  que  ge- 
neralmente usaban  muchos  indios,  pues  si  tenían  esclavos,  era  para  ser- 
virse de  ellos,  mas  no  para  inmolarlos. 

Cuando  los  españoles  recorrieron  en  1536  el  valle  de  Bogotá,  al  man- 
do del  Licenciado  Gonzalo  Jiménez,  Teniente  del  Adelantado,  Don  Pedro 
de  Lugo,  tuvieron  noticia  de  una  nación  de  mujeres  que  sin  tener  hom- 
bres en  su  seno,  vivían  solas  por  si;  y  de  aquí  fué  que  los  españoles  las 
llamaron  amazonas.  Decíase  que  ellas  compraban  esclavos  para  que  las  fe- 
cundasen, y  que  después  los  despedían  de  su  lado:  si  parían  varón,  enviá- 
banle á  su  padre,  y  si  hembra  criábanla  para  aumentar  el  numero  de  su 
nación.  (4)  Yo  no  creo  en  esta  fábula,  pero  ella  misma  indica  que  la  es- 
clavitud no  era  desconocida  de  aquellos  indios. 
■  «>. 

(1)  Herr.  Dec.  3,  lib.  4,  cap.  10. 

(2)  Oviedo,  Hist'^  &*,  lib.  25,  caps.  7  y  8. 

•  (3)    Herr.  Dec.  6,  lib.  5,  cap.  6. — Oviedo,  Hist.   Gral.  de  las  Indias,  lib.  26, 
capa.  28,  29,  30  y  31. 

(4)  Carta  de  los  Oficiales  Reales  de  Santa  Marta  al  Emperador,  dando  cuenta 
del  viaje  del  Licenciado  Gonzalo  Ximenez,  por  las  tierras  de  Bogotá  y  Tunja.  Inser- 
tóla Oviedo  en  su  Historia  Gral.  de  Indias,  lib.  26,  cap  11. — Lo  mismo  dijeron  al 
Emperador,  Fr.  Juan  de  San  Martin  y  Antonio  de  Librija. 


REVISTA  DE  COBA 


NUEVA  ESPARA. 


ttbiea  eaclavoa  en  el  vasto  país  de  Anahuac,  Han 
03  españolea.  (1) 

de  la  batalla  que  ganó  Cortés  á  loa  indígenas  de 
'a  captarse  bu  amistad,  le  regalaron  20  esclavas, ; 
Marina,  amiga  de  Cortés,  y  que  sirviendo  de  lengu 
il  les  fué  para  la  conquista  del  imperio  mejícaoo. 
i  hicieron  también  otros  señorea  en  la  marcha  at 
esde  las  costas  á  la  ciudad  de  Méjico.  (3) 
-ovincias  que  ya  teofan  alguna  civilización,  cot 
bo  leyea  que  regularizaron  la  eaclavitud,  deter: 
odos  con  que  el  hombre  libre  podia  perder  na  li 
na  sola  vez,  ó  por  costumbre,  hurtaba  cosa  de  pt 
ituia,  ni  eue  parientes  la  pagaban,  era  esclavi 
to  á  Herrera,  tanto  rigor  hubo  en  la  provincia  > 
s  del  Imperio  Mejicano,  que  una  sola  mazorca 


1  y  dfll  : 


lulabra  Anahuac  signiliciL  «cerca  del  agum 

rendido  todo  el  país  entro  las  aguas  del  AUioticc 

de  Méjico,  por  el  Liccociado  D.  Mariano  Veytía,  iniprCEi 

836);  ó  iicaao  so  aplicó  al  principio  á  búIo  el  vnila  de  Méjii 

del  Metsico,  lib.  1.  J  1,),  ex  tond ¡Andona  después  6.  loa  pafíi 

>or  los  Aztecas  y  otras  razas. 

al  Díaz  del  Caalillo,  HUloria  de  la  CanqxtUla  dt.  Nurva, 

;.  2,  lib.  4,  cap.  12;  y  lib.  5.  cap,  4. 

1  6  Relaeion  icganda  de  Corlúi  á.  Curios  í  á  30  de  Octubrt 

T.^Dec.  2,  lib.  6,  cap.  2  y  7;  y  lib.  7,  cap.  3  y  4. 

□emoda,  JUbnurjuia  Jiic/iana,  lib.  14,  cap.  16. 

is  cañas  del  maíz,  planta  indígena  de  toda  la  América,  s 

caQOS,  mucho  áotes  de  la  conquista  de  los, españoles.  Esl 

n  Sumaria  de  la  Historia  Natural  de  las  Indias  (cap, -4 

ndez  do  Oviedo,  y  en  la  que  equivocadamente  sgiunda 

ijico,  tom,  1,  cap.  5,  sino  del  \  30  de  la  carta   segunda  de 

en  la  obra  del  Obispo  Loreozana;   en  cuya  carta  dice  t 

ue  los  mejicanos  eitraian  azúcar  asi   del  a^axe  o 

Gas  del  maiz. 


LA  ESCLAVITUD  DE  LOS  IKDI03  EK  EL  WUEVo 
en  un  camino,  b&awba  para  tiacer  al  ladrón  ca^ 
Para  incuirir  en  esta  pena,  el  Pailre  Lís  Casas 
e  mazorcas  (S).  y  jiist.iniente  censura  la  dañH 
lííiog,  pues  dice  que  «con  friínJe  y  cautela  y  d' 
iez  y  doce  mazorcas  ó  espigas  de  maia  cerca  del 
■a  qne  pasase  por  él,  cayese  en  el  lazo  de 
(3). 

fué  más  rigorosa  la  legislación  del  reino  de 
capital  Tetzcuco.  pues  su  rey  Nczahuíiicorotl. 
de  nuestrtt  era,  hizo  unn  ley  [lor  la  cnul  cüi 
que  robaba  alguna  coMft  en  Ci\mp0  ajeno,  sienc' 
i  se  aplicaba  aun  por  el  hurto  de  siete  mazorc 
in  embargo,  A  loa  viandantes  pobres  cojer  éa 
las  plantas  que  se  hallaban  á  la  orilla  del  camino,  en  ca 
para  satisfacer  el  hambre  (4). 

He  hablado  en  el  párrafo  anterior  de  la  legislación  d 
del  reino  de  Acolhuacan;  y  esto  Índica,  que  tolas  Us  p 
dae  á  loa  mejicanos  no  se  rigieron  generalmente  por  1í 
pital,  pues  asi  como  do  se  las  forzaba  á  hablar  la  le 
tampoco  i,  adoptar  sus  leyes.  La  legislación  de  Tetzciici 
de  Acolhuacan,  fué  la  que  más  se  conformó  á  la  de  Mój 
na  de  ella  en  muchos  puntos,  y  era  más  rigorosa  (5). 

El  que  cometía  algún  hurto  considerable,  aunque  s 
mera  vez,  era  también  esclavizado  en  favor  del  dueño  c 
da;  y  si  reincidía,  castigábasele  con  pena  de  muerte  (C) 
en  el  mercado  público  cosas  de  valor,   como  mantas  rici 

(1)  llerr.  Dec.  4,  lib.  O,  cap.  8, 

(2)  Las  Casas,  Tratado  que  conlpveo  por  r.omiaiKn  del  Coiaej 
lobrt  la  materia  de  los  indios  que  ce  han  hecho  cu  elliis  f  Jíímos, 
lia  en  1552. 

(3)  Lm  Casas,  ídem. 

(1)  Clavig.  HiEto^ift  Aotigud  Jo  MOjico,  lib.  4,  J  15;  y  lib. 
da  te  equivocó,  suponiendo  que  esa  ley  pertenecía  al  reino  d 
Acolhuacan. 

(5)  Clavig.  lib.  7,  J  19. 

(6)  Torquemnda,  Monarquía  Indiana,  lib.  14,  cap.  16. 


ú^ú 


íieVista  dé  cuba 


ó  en  él  vendía  los  objetos  hurtados  en  otra  parte,  buscábanle  con  empe&o 
los  guardas  encargados  de  la  policía  del  tianguiz,  que  era  el  nombre  de 
aquel  mercado  {Y)\  y  el  primero  de  ellos  que  lo  encontraba,  lo  hacía  es- 
clavo suyo  (2),  si  aún  tenia  en  su  poder  la  cosa  hurtada,  porque  en  caso 
contrario  se  le  mataba  á  palos  (3). 

En  la  región  donde  habitaban  los  Mixtecas,  se  esclavizaba  á  los  deu- 
dores insolventes  (4). 

Cuando  los  españoles  llegaron  á  Tlaxcala,  vieron  que  los  tlaxcaltecas 
tenían  esclavos  indios;  y  como  sus  matrimonios  eran  lujosos,  los  parientes 
del  novio  regalaban  á  la  novia,  entre  otras  cosas,  esclavos  y  esclavas  (5). 
En  la  muerte  de  los  señores  acostumbraban,  á  semejanza  de  los  antiguos 
Scytas,  arrojar  vivas  en  la  hoguera  junto  con  el  cadáver  las  mujeres  que 
más  quería,  y  algunos  esclavos  y  esclavas,  para  que  le  sirviesen  en  la 
otra  vida  según  creían.  Si  no  los  quemaban,  enterrábanlos  entonces  en 
los  sepulcros  de  bóvedas  que  usaban,  junto  con  las  personas  indi- 
cadas (6). 

En  Tlaxcala  también  se  impuso  pena  de  muerte  á  los  traidores  y  á 
sus  deudos  hasta  el  79  grado  (7);  pero  en  las  provincias  de  Méjico,  de 
Tetzcuco  y  en  algunas  otras  no  morian  los  parientes  de  aquellos,  sino  que 
eran  esclavizados  hasta  el  2?  grado  (8),  y  sólo  en  el  Ciiso  de  que,  sabedo- 
res de  la  traición,  no  la  hubiesen  denunciado  (9). 

El  hombre  libre  que  fecundaba  esclava  ajena,  y  ésta  moria  durante 
su  embarazo,  era  esclavizado  (10).  Éralo  también  el  que  escondia  ó  hur- 
taba algún  niño  para  servirse  de  él  ó  venderlo  como  hijo  suyo;  y  al  que 
esto  ultimo  hacía,  confiscábansele  además  los  bienes,  dándose  una  mitad  al 


(1)  Sahagun,  Historia  Universal  de  las  cosas  de  Nueva  España,  lib.  8,  cap.  36. 

(2)  ToFquemada,  lib.  14,  cap.  16. 

(3)  Torqaemada,  lib.  12,  cap.  5. 

(4)  Herr.  Dec.  3,  lib.  3,  cap.  14. 

(5)  Herr.  Dec.  2,  lib.  6,  cap   16.  • 

(6)  Herr.  Dec.  2,  lib.  6,  cap.  17. 

(7)  Herr.  Dec.  2,  lib.  6,  cap.  16. 

(8)  Torquemada,  lib.  12,  cap.  6;  y  lib.  14,  caps.  2  y   16.— Clavig.  lib,  7,  J  17. 
Este  autor  no  hace  diferencia  de  grados. 

(9)  Torqaemada,  lib.  14,  caps.  2  y  16. 

(10)  Torquemada,  lib.  12,  caps.  4  y  5;  y  lib.  14,  cap.  16. — Clavig,  hb.  7,  {  17. 


L 


LA  ESCLAVITUD  DE  LOS  INDIOS  EN  EL  NUEVO  MUNDO  299 

nifio  robado,  7  pagándose  déla  otra  mitad  al  comprador  e!  precio  que  por 
aquel  había  dado  (1).  Si  personas  libres  eran  robadas,  éranlo  con  más 
frecuencia  los  esclavos,  pues  los  traficantes  de  ellos  comunmente  cometían 
el  delito  de  plagio  (2). 

Cuando  los  vasallos  no  pagaban  al  monarca  el  debido  tributo,  después 
de  vencido  el  plazo  que  les  daban  los  recaudadores,  eran  ó  sacrificados, 
6  vendidos  para  cubrir  la  deuda  con  su  importe  (3).  Aquel  que  sin  ser 
amo,  ó  hijo  de  éste,  im pedia  al  esclavo  prófugo  que  se  acojiese  al  palacio 
del  Emperador,  incurría  también  en  la  pena  de  esclavitud  (4).  Suerte 
igual  corría  con  la  confiscación  de  sus  bienes  el  que  vendía  tierras  aje- 
nas que  tenía  arrendadas  (5). 

Algunas  mujeres  y  hombres  holgaz^lnes  solían  venderse  á  otras  personas 
como  esclavos  para  continuar  por  algún  tiempo  los  desórdenes  de  &,u  vi- 
da (6).  Fué  costumbre  entre  las  mujeres  licenciosas  el  engalanarse,  darse 
colores,  ó  pintarse  el  rostro  y  los  labios  (7);  y  como  el'as  se  entregaban 
al  libertinaje,  no  por  interés,  sino  por  sensualidad,  á  veces,  no  teniendo 
con  que  adornarse,  vendían  su  libertad  (8).  Así  en  esta  venta,  como  en 
la  anterior,  los  esclavos  comprados  no  empezaban  á  servir  inmediata- 
mente, sino  que  el  comprador  les  daba  un  plazo  más  6  menos  largo,  pero 
que  rara  vez  pasaba  de  un  año,  para  que  disfrutasen  del  precio  que  habían 
recibido  (9). 

Lo  mismo  acontecía  con  los   hombres,  que  dados  al  juego  de  la  pelo- 


(1)  Clavig.,  lib.  7,  cap.  17. 

(2)  Las  Casas,  Tratado  que  compuso  por  comisión  de, 

(3)  Gonzalo  Fernandez  de  Oviedo,  Hisiaria  General  y  Natural  délas  Indias, 
lib.  33,  cap.  46.— López  (iomara,  Crónica  de  Nueva  España,  cap.  229. — lierr.  Dec. 
2,  lib.  7,  cap.  13. — Torquemaia,  lib.  14,  cap.  8. — Clavig.,  lib.  7,  ?  15.  Este  autor  sólo 
habla  de  esclavitud,  mas  no  menciona  el  sacrifício. 

(4)  Torquemada,  lib.  14,  cap.  17. 

(5)  Clavig..  lib.  7, 1  17. 

(6)  Torquemada,  lib.  14,  cap.  16. — Las  Casas,  Tratado  que  comptiso  por  comi- 
sión é^ 

(7)  Sahagum,  Historia  de  Nueva  España,  lib.  6,  cap.  10. 

(8)  Clavig.,  lib.  7,  {  18. 

(9)  Torquemada,  lib.  14,  cap.  16. 


1 


800  REVISTA  DE  CUBA 

ta  (1)  y  del  patolli  que  era  algo  semejante  al  de  los  dados  (2),  llegaban 
al  extremo  de  jugar  su  libertad  (3)  como  los  antiguos  germanos  (4).  El 
precio  común  de  estas  ventas  eran  veinte  mantas,  las  cuales  formaban 
una  carga  de  ropa,  llamada  Cenanquimilli]  y  como  todas  no  eran  del 
mismo  tamaño,  dábanse  ya  más  pequeñas,  según  la  calidad  de  la  persona 
comprada  (5). 

Además  de  las  mantas,  los  mejicanos  se  sirvieron  de  otras  materias 
para  su  comercio  y  la  compra  de  esclavos.  Robertson,  en  el  libro  79  de  su 
Sísioria  de  América,  dice  que  en  Méjico  no  se  conoció  el  uso  de  la  mo- 
neda, pero  éste  es  uno  de  los  errores  de  su  obra.  El  comercio  de  aqaelia 
nación  se  hacia,  no  sólo  por  permuta,  sino  por  verdadera  venta  monetaria, 
pues  los  mejicanos  emplearon  varias  especies  de  moneda  aunque  no  acu- 
ñada. La  más  abundante  y  general  de  todas  fué  el  cacao  en  grano:  un 
saco  con  ocho  rail  de  ellos  se  llamó  xiquipil,  y  los  comerciantes,  para 
comprar  cosa  de  algún  valor,  tenían  sacos  tres  xiquipiles,  ó  24,000  granos. 
Otra  especie  de  rüoneda  consistía  en  cañoncitos  de  pluma  de  Ocha  (ita- 
liano ¿ganso?)  llenos  de  granitos  ó  polvo  de  oro  cuyo  valor  variaba  en 
razón  de  su  tamaño.  Los  objetos  do  poco  valor  se  c.ompraban  con  ciertas 
telillas  de  algodón  llamadas  Patolguachílí»  Cortés  descubrió  que  en  al- 
gunas provincias  se  servían  de  piecesitas  de  estaño  muy  delgadas  en 
forma  de  T  (,6). 


(1)  Torquemada,  lib.  14,  cap.  12,  y  Gumilla,  página  169. 

(2)  Torquemada,   lib.  M,  cap.  2. 

(3)  Las  Casas,  Tratado  que  comjmso  d^ — Torquemada,  lib.  14,  caps.  12  y  16. — 
Clavig.,  lib.  7,  i  18. 

(4)  uTapit.  De  Moribus.  Germán. 

(5)  Torquemada,  Monarípáa  Indiana^  lib.  14,  cap.  16. 

(6)  Lo  que  digo  sobre  moneda  mejicana,  lo  he  tomado  de  loa  autores  siguientes: 
Cortés,  carta  2.\  g  2^,  y  caria  4?,  g  17.— Carta  del  Licenciado  Zuazo,  Ms. — Toribio 
Motolinia,  Historia  de  los  indios,  Ms.  parte  3),  cap.  8. — Pedro  Mártir,  Decad.  5,  cap. 
4. — López  Gomara,  Crónica  de  Nueva  España,  cap.  79. — Torquemada,  lib.  14,  capítu- 
los 10.  14,"  23  y  42.— Clavig.,  lib.  7,  ?  36. 

En  una  Memoria  sobre  el  medio  circulante  en  América,  que  leyó  Mr.  BoUaeri 
en  la  Sociedad  Numismática  de  Londres,  el  15  do  Marzo  de  1838,  se  dice:  Los  mejica- 
nos usaron  el  cacao  como  monfida,  y  los  peruanos  de  una  vaina  {pod  of  the  uchú). 
Después  de  la  conquista,  los  españoles  usaron  del  oro  y  la  plata  en  hojas  delgadas. 


LA  ESCLAVITUD  DE  L03  INDIOS  EK  EL  MUEVO  KDHDO 

También  la  miseria  forzaba  miichoB  indios  á  vender  su  libertt 
de  BHs  hijos  (1);  bien  que  ]a  venta  era  nula,  si  éstos  no  consentí: 
En  las  de  loa  bijoa  dice  Torquemada:  «aoontecia  machas  veces  c 
viendo  servido  aquel  hijo  algunos  afioa,  parecíales  que  era  bien 
tir  el  trabajo,  7  daban  al  Sefior  otro  de  sus  hijos,  y  sacaban  da  ser' 
bre  al  primero,  7  no  sólo  holgaba  de  ello  el  amo,  más  daba  por 
entraba  de  nuevo  en  ea  servicio  otras  tres,  6  quatro  mantas,  6  oai 
maiz>  (3). 

Estas  ventas  de  los  indios  pobres  y  de  sus  hijos  se  muítiplicab 
timosam ente  en  tiempos  de  hambre.  En  las  dos  terribl_ea  que  añi 
una  parte  del  imperio  mejicano  bajo  los  reinados  de  Moctezuí 
Moctezuma  II,  vendiéronse  los  hombres  unos  á  otros  por  una  cor! 
tidad  de  maiz.  En  la  primera,  acaecida  en  1452,  viendo  aquel  m 
que  le  era  imposible  socorrer  6,  sus  vasallos,  y  que  muchos  se 
esclavos  para  sustentarse  aun  por  sólo  dos  ó  treá  dias,  mandó  que  1 
hombre  libre  pudiera  venderse  por  menos  de  500  mazorzas  da  m 
mujer  por  menos  de  400  (4). 

Otro  modo  particular  de  esclavitud,  llamada  Siiekuellatlncoli,  • 
lengua  mejicana  significa  culpa  6  servidumbre  antigua,  consiatia  < 
nna  ó  dos  familias  acosadas  de  la  miseria,  se  juntaban  para  vend 
de  BUS  hijos,  y  repartir  el  precio  entre  sí,  obligándose  cada  una  d 
é.  reponer  e!  esclavo,  aun  cuando  muriese.  Esta  obligación  era  tri 
ble  A  eus  descendientes;  sólo  se  eximían  de  ella  si  el  esclavo  m( 
casa  del  amo,  ó  si  éste  tomaba  alj^o  de  lo  que  aquel  tenía;  pero  e 
para  conservar  siempre  su  derecho,  no  cojia  nada  perteneciente  al 

«ortft'Jiit  en  piezas  de  ana  de  peeo,  y  marcftdna  con  una  cruz,  Hé  aquf  la  -plati 
guiña.  TMavía  vio  Bollaert  en  Chile,  eo  182!),  slgnnas  pieznn  en  circulación 
colc'niafl  españolas  no  ee  obÚ  de  naneda  de  cobre.— En  182  '  se  introdujo  en 
Aires;  se  la  llamú  dieima.  y  es  poco  m&a  grande  quena  fftrthing.  La  primt 
de  moneda  se  eetableciú  en  Mfjico,  y  después  en  el  Potosí.  Chile,  Lima,  ,'ianl 
Bogotá  y  Guatemala. 

<1)  Las  Ca^as,  Tratado  qut  computo  lí.  — Torqoemada,  lib.  14,  cap,  16- 
Dec.  2,  lib,  6,  cap.  10, 

(2)  Clavig,,  lib.  7.  ?  13. 

(3)  Torquemada,  Jifonarguta  Indiana,  lib.  40,  cap.  16.  - 

(4)  Torquemada,  lib,  2,  caps.  47  y  73,— Clavig.,  lib.  4,  J  12, 


oOa  BETISTA  DE  CUBA 

vo,  ni  ménofl  permitía  que  ésta  habitase  en  au  casa.  Si  deupues 
noa  aüoe  de  eervicio,  el  hijo  esclavo  deseaba  descansaré  casarse, 
pedia  á  las  fimiilias  qu-í  lo  habiari  vendido  que  otros  miembros 
entrasen  á  servir  en  sn  lugar  por  cierto  tiempo;  pero  fiun  en  e 
que  otro  lo  reemplezare,  ni  él,  ni  la  mujer  con  qaien  se  casaba,  q 
exentof  de  la  obligación  primitiva  (1).  Habiéndose  abusado  de  li 
autorizaba  esta  especie  de  esclavitud,  y  teraiéndosu  los  eicesi 
hubieran  cometido  cou  el  hambre  de  1505,  Neashualpilli,  rey 
huacan,  la  abolió,  libertando  de  todo  compromiso  alas  familias  o' 
y  lo  mismo  hizo  Moctezuma  II  en  otras  partes  de  bu  imperio  (2 

Para  evitar  fraudes,  las  ventas  de  personas  libres  6  de  es 
hacían  comunmente  en  presencia  de  cuatro  ó  más  testigos  anci 
cuales  intervenían  también  en  fijar  el  precio  entre  el  compri 
vendedor  (3). 

Hombre  hubo  do  mala  fé  que  se  vendía  dos  veces  A  dístint 
ñas  para  participar  de  doble  precio.  En  este  caso,  el  esclavo  era 
que  lo  había  comprado  delante  dg  testigos  y  con  otras  seguridaí 
si  ks  dos  ventas  se  habian  hecho  con  los  mismos  requisitos,  en 
declaraba  propiedad  del  primer  comprador  (4). 

Vendíanse  los  esclavos  no  sólo  en  lugares  privados,  sino  en 
cados  píiblicos  (5);  y  la  vez  primera  que  loa  espafíolea  entraron 
co,  vieron  en  la  gran  plaza  de  aquella  ciudad  muchos  esclavos  y 
de  venta,  sueltos  unos,  y  atadosotros  en  unan  varos  largas  y  con 
al  pescuezo  para  que  no  se  huyesen  (6), 

Pero  el  mercado  mus  famoso  del  Imperio  no  estaba  er 
sino  en  Aztcnpotzalco,  ]'rovinc¡a  de  Xicalanco,  distante  alg 
gufls  de  íiquella  capital.  Los  Telzcucos  ligados  con  los  Azte 
fruyeron  la  ciudad  de  Aztcapotzalco,  ciipit^l  del  Vey  Maitl 
raza    de    los    Tepanecos,    y    en    el    campo    desierto    que    qued 

(1)  Torquomada,  lib.  14,  cap.  17.-CIav¡g,,  ILb.  7,  J  J8, 

(2)  Torqiicmadii,  lib.  Ú,  cap.  17.— Clavig.,  lib.  7.  J  18._ 

(3)  Torquemadft,  lib.  U,  c¡ip.  16.— Clavig,,  Ub.  7,  J  18. 

(4)  Torquemada,  lib.  14,  cap,  17. 

(5)  Clavig.,  lib.  7,  i  35. 

(6)  Bernal  Diai  del  Castillo,  flwíoria  rk  la  OonqvUUt  de  Nvtva  Etp 
tuto  92. 


LA  fiSCLAVi^Ub  í)»  L03  IKDlds  M  th  KÜSVO  líUKÜO         &08 

tableció  el  gran  mercado  de  esclavos,  al  que  acudieron  después  los  püe-» 
bles  de  Anahuac  (1).  «Allí,  dice  Sahagun,  (2)  havia  ferias  de  esclavos, 
allí  havia  feria  de  ellos  y  allí  los  vendían  los  que  tratavan  en  esclavos, 
y  para  venderlos  aderezávanlos  con  buenos  atavíos  á  los  hombres,  buenas 

• 

mantas  y  maxtles  y  sus  cotaras  muy  buenas:  ponían  sus  bezotes  de  pie- 
dras preciosas,  y  poníanles  sus  orejeras  de  cuero  hermosas  con  pinjantesi 
y  cortábanles  sus  cabellos  como  suelen  los  capitanes  cortárselos;  y  ponían- 
les sus  sartales  de  flores  y  sus  rodelas  en  las  manos  sus  cañas  de 
perfumes  que  andaban  chupando,  y  andaban  bailando  ó  haciendo  areyto 
de  esta  manera  compuestos.  Y  los  que  vendían  mugeres  también  his  ata- 
viaban: vestíanlas  de  muy  buenos  vipíles,  y  poníanlas  sus  enaguas  ricas,  y 
cortábanlas  los  cabellos  por  devajo  de  las  orejas;  una  mano  ó  poco  más 
todo  al  rededor.  El  tratante  que  comprava  y  vendía  los  esclavos,  alqui- 
lava  los  cantores  para  que  cantasen  y  tañesen  el  Teponaztlí  para  que 
bailasen  y  danzasen  los  esclavos  en  la  plaza  donde  los  vendían;  y  cada 
uno  de  estos  tratantes  ponía  los  suyos  para  que  aparte  bailasen.  Los 
que  querían  comprar  los  esclavos  para  saórificar  y  comer,  allí  iban  á  mi- 
rarlos quando  andavan  bailando  y  esta  van  compuestos,  y  al  que  veían 
que  mejor  cantava  y  mas  sentidamente  danzaba  conforme  al  son,  y  que 
tenia  buen  gesto  y  buena  disposición,  que  no  tenia  tacha  corporal,  ni  era 
corcobado,  ni  gordo  demasiado,  y  que  era  proporcionado  y  bienhecho  en 
BU  estatura,  como  se  contentase  de  algún  hombre  ó  muger,  luego  hablaba 
al  mercader  sobre  el  precio  del  esclavo.  Los  esclavos  que  ni  cantaban  ni 
danzaban  sentidamente,  dábanlos  por  treinta  mantas;  y  los  que  cantaban 
y  danzaban  sentidamente  y  tenían  buena  disposición  dábanlos  por  qua- 
renta  qnachtles  ó  mantas.  Habiendo  dado  el  precio  que  valia  el  esclavo, 
luego  el  mercader  le  quitaba  todos  los  atavíos  con  que  estaba  compuesto, 
y  poníale  otros  atavíos  medianos,  y  asi  las  mugeres  en  sus  atavíos;  lo 
cual  llevavan  los  que  los  compravan  aparejados,  pues  que  sabían  que  les 
habían  de  quitar  el  atavío  conque  estavan  ataviados.  Y  llegando  á  su  ca- 
sa el  que  los  llevava  comprados,  echávalos  en  la  cárcel  de  noche,  y  de 

(1)  Txtlilxóchitl,  Eelaciones  manuscritas,  núm.  11. — Ixtlilxóchítl,  Historia  Chi- 
chemeca,  Mf*.,  caps.  28  á  31. — Veytia,  Hist.  ant.  mex.,  lib.  2,  caps.  51  á  54.— Clavig., 
líb.  3,  {  22.  Esta  cita  habla  de  la  destrucción  de  aquella  ciudad,  pero  no  del  mercado 
de  esclavos. 

(2)  Sahagun,  lib.  9,  cap.  10. 


.TI 


804 


KÉVrSTA  DK  CUBA 


mañana  sacábalos  de  la  cárcel;  y  á  las  mugares  davanlas  recaudo  para 
que  liasen  entre  tanto  que  llegaba  el  tiempo  de  matarlas:  á  los  hombrea 
no  les  mandaban  que  hic¡es«n  trabajó  alguno.^  El  que  compraba  esclavos 
hombres,  ya  tenia  hechas  unas  casas  nuevas,  tres  ó  cuatro,  y  hacia  á  los 
esclavos  que  bailasen  eu  los  tlapaucos  cada  dia.  Y  eat»  que  havia  com- 
prado los  esclavos  para  hacer  convite  con  ellos,  después  de  haber  llega- 
do todas  las  cosas  necesarias  para  el  convite  y  de  tenerlas  guardadas  en 
8U  oasa,  asi  las  que  se  havian  de  comer  como  las  que  se  havian  de  dar  en 
dones  A  los  convidados,  como  son  mantas  que  se  havian  de  gastar  en  el 
banquete  hasta  800,  ó  mil  mantas  de  muchas  maneras,  y  maxtles  400  de 

los  ricos,  y  otros  muchos  que  no  eran  tales " Y 

después  de  esto  daban  dones  á  los  mercaderes  de  los  principales  que  ha- 
vian venido  al  convite  de  otros  pueblos  que  eran  doce  j)ueblo3,  y  estos 
eran  tratantes  en  esclavos  y  escojidos  entre  muchos;  y  después  de  estos 
davan  dones  á  los  inugeres  mercad  eras  y  tratantes  en  esclavos.» 

Vendíanse  en  los  mercados  esclavos  de  ambos  sexos  y  de  diferentes 
edades;  y  cuando  los  principales  mercaderes,  á  quienes  se  llamó  TeaUta- 
coanianÍ€y  recorrían  varios  países,  pasando  por  algún  territorio  enemigo, 
vestíanlos  con  armas  defensivas  para  que  no  se  los  matasen  (1).  Los 
comerciantes  eran  tenidos  en  gran  estima,  y  hombres  y  mujeres  se  dieron 
al  tráfico  de  esclavos  (2). 

La  guerra,  fuente  muy  fecunda  de  esclavitud  en  las  antiguas  naciones 
del  viejo  continente,  no  lo  fué  en  el  Imperio  mejicano.  Ella  je  dio  pocos 
esclavos,  y  tanto  menos,  cuanto  más  nos  acercamos  á  la  época  del  descu- 
brimiento y  conquista  de  los  españoles.  Esta  anomalía  no  provino  de  que 
las  razas  que  habitaron  aquel  vasto  territorio,  hubiesen  sido  todas  paci- 
ficas. Los  Aztecas  ó  antiguos  mejicanos,  que  se  cree  bajaron  del  Norte  y 
^ue  llegaron  á  las  fronteras  de  Anahuac  á  principios  del  siglo  xiii,  siem- 
pre se  distinguieron  por  su  valor  y  aun  ferocidad;  y  este  espíritu  guerre- 
ro fomentado  y  tenido  en  gran  honor  (3),  llevólos  poco  á  poco  á  la  con- 
quista  de  las  razas  que  ocupaban  aquella  región  hasta  las  playas  del 
golfo  que  hoy  llamamos  mejicano.  A  primera  vista  parece   que  tantas 


(1)  Sabagnn,  lib.  9,  cap.  4. 

(2)  Sahagun,  lib.  9,  caps.  2,  4,  6  y  10;  y  lib.  10,  cap.  16. 

(3)  Clavig..  lib.  7,  {  21. 


N    1 


tA  SSOLAVITUD  DS  LOÉ  INDIOS  BN  th  KUSVO  MUKDO  806 

gaerras  como  ta.vieron  lo3  Aztecas,  debieron  darles  muchos  esclavos,  y 
que  la  civilización  que  alcanzaron,  influíria  en  que  respetasen  la  vida  de 
los  prisioneros  para  servirse  de  ellos;  pero  su  carácter  feroz  y  la  religión 
sanguinaria  que  profesaron,  los  arrastró,  no  á  mantener  esclavizados  á 
los  vencidos,  sino  á  inmolarlos  casi  todos  en  los  altares  de  sus  Dioses. 

De  las  razas  primitivas  que  poblaron  el  Anahuac,  los  Tolt^cas  fueron 
los  menos  bárbaros  y  de  ellos  emanó  la  civilización  que  encontraron  los 
europeos  en  aquel  país  al  tiempo  de  la  conquista  (1),  Sus  ofrendas  á  los 
Dioses  que  adoraban,  consistían  en  maiz,  frutas,  gomas  olorosas,  y  alguno^ 
animales,  sobre  todo,  codornices.  Este  rito  adoptaron  al  principio  los 
Aztecas,  ó  mejicanosj  y  de  aquellas  aves  inmolaron  muchas  á  sus  divini- 
dades (2). 

El  sol  y  la  luna  fueron  las  de  los  Chichemecas.  Durante  mucho  tiem 
po  ellos  no  le  ofrecieron  sino  ñores,  frutas,  hierbas  y  copal;  y  sólo  sacri- 
ficaron hombres,  cuando  el  contagioso  ejemplo  de  los  mejicanos  alteró  sil 
religión  (3).  ¿Pero  de  dónde  tomaron  éstos  tan  bárbaro  rito?  La  Historia 
no  lo  dice;  mas  se  puede  inferir  que  nació  de  sus  crueles  instintos,  del  es* 
plritu  belicoso  que  los  había  familiarizado  con  la  sangre,  del  odio  á  sus 
enemigos  y  del  fanatismo  de  sus  sacerdotes.  No  es,  pues,  extraño  que  los 
Aztecas  hubiesen  inmolado  víctimas  humanas,  porque  lo  mismo  hicieron 
otros  pueblos  bárbaros  de  la  antigüedad,  y  lo  mismo  hacen  hoy  algunas 
tribus  salvajes  indias  y  africanas:  lo  que  sí  asombra  es  el  numero  prodi- 
gioso de  hombres  que  sacrificaron  en  sus  altares;  número  que  si  en  su 
inmensa  mayoría  se  compuso  de  prisioneros  esclavizados,  á  veces  se  llenó, 
cuando  éstos  faltaban,  con  algunos  delincuentes  y  con  esclavos  expresa- 
mente comprados  para  el  sacrificio  (4). 

Según  Clavigero  los  Aztecas  fundaron  la  ciudad   de  Méjico  en  el  afio 


(t)  Sahagun,  lib.  10,  cap.  29. — Ixtlilxóchitl,  Relacione*  manuscritas,  Ms.  nú- 
mero 2. — ídem,  Historia  Chichemeea,  Mb.,  cap.  2.— Clavig.,  lib.  1,  J  1;  y  lib.  2,  {  2.— 
Veyti»,  ffist  Ánt,  lib.  1,  cap.  27. 

(2)  3ahagun,  lib  2,  en  varios  capítulos. — Codex  Telleriano-Remensis,  Lam.  1*; 
y  el  Código  Vatic.  en  las  antigüedades  de  Méjico,  publicadas  en  inglés  por  el  Lord 
Kingsborough,  tomofe  1  y  6. — Torquemada,  lib.  7,  caps.  5  y  6,  y  lib.  10. 

(3)  Clavig.  lib.  6,  J  18. 

(4)  Clavig.  lib.  6,  {  20. 

39 


306 


r  \ 


ÍIEVISTA  DE  CUBA 


1325  de  la  era  cristiana,   y  poco  antes  fué  cuando  sacriticaron  por  pri- 
mera vez  un  corto  número  de  prisioneros  <le  guerra  (1) 

Raros  en  su  origen  estos  sacrificios,  aumentáronse  poco  á  poco  hasta 
que  corrió  la  sangre  á  torrentes  en  sus  numerosas  fiestas  religiosas  (2)  en 
la  consagración  de  sus  templos  y  en  la  coronación  y  funerales  de  sus  re- 
Jres  y  señores.  Ya  el  objeto  de  sus  guerras  no  fué  tanto  por  engrandecerse. 
Cuanto  por  hacer  prisioneros  para  el  sacrificio  (3).  «Los  Dioses  tienen 
hambre)),  decian  á  veces  los  sacerdotes  al  monarca;  y  si  en  el  furor  de  los 
combates  se  derramaba  menos  sangre,  era  por  el  interés  de  cojer  vivos  A 
los  enemigos,  para  ofrecerlos  en  holocausto  á  sus  Dioses  sanguinarios. 
Cuando  Cortés  preguntó  á  Moctezuma  «¿cómo  siendo  tan  poderoso  y  ha- 
biendo conquistado  tantos  reinos,  no  habia  sojuzgado  la  provincia  de 
Tlaxcala,  que  tan  cerca  estaba?))  Moctezuma  le  respondió  que  por  dos  ra- 
Kones:  la  una,  por  tener  en  que  ejercitar  la  juventud  mejicana,  para  qa« 
no  se  criase  en  ocio  y  regalo:  la  otra,  y  principalmente,  porque  habia  re- 
servado aquella  provincia  para  sacar  cautivos  que  sacrificar  á  sus  Dio- 
ses» (4)  Ningún  rescate  podia  librar  al  cautivo  del  sacrificio,  y  el  valor 
de  un  guerrero  mejicano  se  graduaba  por  el  número  de  prisioneros  que 
hacía  (5). 

El  modo  ordinario  del  sacrificio  era  abrir  la  victima  por  el  pecho  y 
sacarle  el  corazón;  pero  á  veces,  ora  se  la  ahogaba  en  el  lago  de  Méjico, 
ora  se  la  hacia  morir  de  hambre,  encerrándola  en  las  cavernas  de  los 
montes,  ora  en  fin,  combatiendo  como  loa  gladiadores  de  la  antigua 
Roma  (6). 

(1)  Clavig.,  lib.  2,  2  18  y  19. 

(2)  Torquemada,  lib.  7,  cap.  17. — Sahagun,  lib.  2  en  varios  capítulos. — Clavig., 
lib.  2,  J  18  y  19. — Codex  Teller-Remenais,  lám.  H  y  18.  En  la  antigüedades  mexi- 
canas, por  Lord  Kingsborougb,  tomo  5,  y  Codex  Vatican.,  lára.  22  en  Kingsborough, 
tomo  6. 

(3)  Clavig.,  lib.  5,  i  14.  y  lib.  6,  i  20. 

(4)  Historia  N&tural  y  Moral  de  las  Indias,  por  el  jesuita  Fray  José  de  Acosté' 
lib.  5,  cap.  20— Herr.,  Dec.  3,  lib.  2,  cap.  16. 

(5)  Torquemada,  lib.  14,  cap.  3. — Colección  de  Mendoza  en  las  antigüedades  do 
Méjico,  por  Lord  Kingsborougb,  tom.  1,  lám.  65  y  06;  y  tomo  6,  lám.  66,  pág.  13. — 
Toribio  Benavente,  alias,  Mobolinia,  Historia  de  los  indios  de  Ih  Nueva  España^  Ms. 
parte  1*.  cap.  7. — Sahagun,  lib.  8,  caps.  27  y  28. 

(6)  Clavig.,  lib.  6.  §  18  y  19. 


LA  ESCLAVITUD  DE  LOS  INDIOS  EN  EL  NUEVO  MnNDO  307 

Cuando  llegaba  la  hora  tremenda  de  consumar  el  sacrificio  del  pri- 
mer modo  indicado,  seis  sacerdotes  con  las  manos,  rostro  y  cuerpo  pinta- 
dos de  negro  hacian  subir  al  cautivo  al  atrio  del  templo.  Cinco  de  aque- 
llos vestían  mantos  blancos  recamados  (ricamaíi)  de  negro,  con  le  frento 
armada  (adornada  6  ceñida)  de  aotellini  de  papel  de  varios  colores,  y  con 
largas  y /revueltas  cabelleras.  El  sexto  sacerdote,  que  era  el  gran  sacrifi- 
cador,  llevaba  un  manto  rojo,  símbolo  de  su  sanguinario  ministerio,  una 
corona  en  la  cabeza,  de  hermosas  plumas  verdes  y  amarillas,  y  en  la  ma- 
no un  cuchillo  formidable  de  una  materia  volcánica,  diira  como  el  peder- 
nal (1).  Tendíase  á  la  victima  boca  arriba  sobre  una  gran  piedra  de  jas- 
pe, de  más  de  cinco  pies  de  largo,  tres  de  ancho,  otro  tanto  de  alto,  y  un 
poco  convexa  por  la  parte  superior  para  que  el  pecho  le  quedase  promi- 
nente. En  esta  posición,  cuatro  de  los  sacerdotes  le  sujetaban  los  pies  y 
las  manos,  otro  le  apretaba  la  garganta  contra  la  piedra  echándole  una 
media  argolla  de  madera  en  forma  de  serpiente,  y  el  sexto,  armado  del 
cuchillo,  le  abria  el  pecho  con  una  prontitud  asombrosa,  metiendo  la  ma- 
no por  la  herida,  le  arrancaba  el  corazón,  que  caliente  y  palpitante  ofre- 
cía al  sol,  y  después  lo  arrojaba  á  los  pies  del  ídolo  del  templo  (2).  Esta 
muerte  horible  sufrieron  en  la  7ioche  tnsie  muchos  de  Ioh  españoles  com- 
pañeros de  Cortés,  y  sus  carnes  después  del   sacrificio  fueron  devoradas 


(1)  ñztli  llamaron  los  mejicanos  á  ese  producto  volcánico  que  yo  creo  es  la  oh- 
sidiana,  mineral  ordinariamente  negro  que  han  vomitado  en  abundancia  los  volcanes 
de  los  Andes,  y  del  que  aquellos  indios  también  hicieron  navajitas  de  punta  para 
sangrar  y  otras  más  grandes  para  cortarse  el  cabello,  con  las  cuales  muchos  españo- 
les, por  falta  de  otras,  se  raparon  la  barba  al  principio  de  la  conquista;  bien  que  una 
sola  no  bastaba  para  esta  operación,  porque  perdian  los  filos  al  segundo  corte.  (Saha- 
gun,  lib.  9,  cap.  4.-^Torquemada,  lib.  13,  cap.  34,  y  lib.  17,  cap.  1. — ^^Herr.,  Dec.  2, 
lib.  7,  cap.  16).  De  esta  piedra  labraron  además  unas  espadas  tan  terribles  (Torque- 
mada.  lib.  14,  cap.  3. — Herr..  Dec.  2,  lib.  6,  cap.  17),  que  en  sus  batallas  con  los  sol- 
dados de  Cortés,  á  veces  partian  en  dos  el  pezcuezo  de  un  caballo  (Ver  á  Bernal  Diaz 
del  Castillo  y  á  las  cartas  de  Cortés).  Como  Is^  obsidiana  es  muy  reluciente  por  ser 
BUBceptible  de  un  gran  pulimento,  aquellos  indios  también  la  emplearon  en  hacer  es- 
pejos, de  los  cuales  vi  yo  uno  en  1835  en  el  Museo  de  Historia  Natural  de  Madrid. 

(2)  Sahagun,  lib.  2,  caps.  2,  5  y  otros. — Cortés,  Carta  segunda,  {  31,  y  carta 
tercera,  ?  12  y  31. — Carta  del  Licenciado  Zuazo,  Ms.— Torquemada,  lib.  7,  cap.  19,  y 
lib,  JO,  cap.  14.— Acosta,  lib.  5,  caps.  20  y  21.— Clavig.,  lib.  6,  {  18, 


308  EEVIBTA  DE  CUBA 

como  de  costumbre,  en  un  banquete  sagrado  (1).  Tal  fué  el  modi 
nario  de  loa  Bacrificioa  entre  los  Aztecas;  pero  hubo  caaos  en  que 
tima  era  inmolada  con  ceremonias  diferentes  y  de  una  maner 
cruel  f'2). 

La  bárbara  coMumbre  de  los  sacrificios  bumhnos  no  solo  exie 
muchos  pueblos  de  América,  sino  en  otros  del  Viejo  Continente. 

Los  CaiianeoB  inmolaron  cruelmente  i  los  niños  en  los  brazos 
Ídolo  Moloch  (3).  Victimas  biimansü  sacrificaron  también  losmoabit 
Lo  mismo  Licieron  por  hecatombes  algunos  pueblos  de  la  aiitigua 
tía.  Los  Calatas  Facridcaron  cada  cinco  años  los  malhechores  a  sus  ] 
ya  empaldndoloá,  ya  consumiéndolos  en  hoguersa,  y  suerte  igual  < 
mentaron  siia  prisionerca  de  guerra.  (5) 

Loa  Soytas,  ademíia  de  caballos  y  otros  animales,  ofrecieron  í 
Marte  algunos  di?  rus  prisioneros  (6). 

Aquí  aparece  el  scyta  monos  feroz  que  el  mejicano,  porque  aq 
devoraba  como  éste   las  carnes-de  la  victima  en  un  banquete  aoleír 

Los  antiguos  Germanos  sacrificaban  en  ciertos  dias  victimas  bu 
á  Mercurio,  que  era  su  principal  divinidad  (7);  y  lo  miamo  hicien 
antiguos  Galos  (S). 

Los  árabes  inmolaron  hombres  á  bus  divinidades,  y  todavía  en 
glo  seito  duraban  entre  ellos  estos  sacrificios  (9). 

Vinienílo  il  nuestros  dias,  vése  en  África  que  algunas  nacionef 
tican  sacrificios  humanos;  y  entre  ellos,  ninguna  es  tan  conocida 
europeos,  ni  goza  de  tan  funesta  celebridad  como  la  de  Dahomey 
costa  occidental  de  aquel  continente. 

Pero  se  dirá,  que  todaa  los  naciones  haata  aqiit  mencionadas  vi 


(1)  SahaguQ,  lib.  2,  cap.  2. 

(2)  Sahagun,  lib.  2,  cap.  2  y  olron.— Torquetnada,  lib.  7,  capa.   !8,  20  y 
10,  capa.  11  y  12.— Acoeta,  lib.  5,  capa.  21  y  29.-- aavig.,  lib.  6,  J  18,  19  y  30 

(3)  Deotcronomio.  cap.  12,  v,  31. 

(4)  ir.  Reyes,  cap.  .1,  v,  27. 

(5)  StraboQ,  lib.  3, 

(6)  Theodoro,  lib.  6,  cap.  9. 

(7)  Herodoto,  libro  i.  |  62. 

(8)  Tacit.  De  Moribus  Ormanerum,  {  9, 

(9)  Tertalliani,  Apologeliati  adveran  gmla,  i  9. 


LA.  ESCLAVITUD  DE  LOS  INDIOS  EN  EL  NUEVO  MUNDO  309 

en  la  barbarie,  y  que  los  mejicano»,  que  inmolaron  hombres  como  ellas, 
no  tuvieron  por  cierto  la  civilización  que  tanto  se  pondera.  Nada  sería 
más  erróneo  que  este  argumento,  porque  las  supersticiones  religiosas  tie- 
nen un  imperio  tan  poderoso  sobre  el  corazón  humano,  que  A  vece»  so- 
breviven mu<"hos  siglos  Á  la  época  en  que  los  pueblo»  que  Ins  pra<^tican 
han  salido  ya  de  la  barbarie.  ¿No  subió  el  antiguo  Ejjipto  á  una  civiliza- 
ción muy  elevada?  Pero  al  mismo  tiempo,  ¿no  estuvo  en  contradicción 
con  ella  el  abí^urdo  y  ridículo  sistema  religioso  que  profpsó?  Si  no  puede 
afirma if»e  que  ese  pueblo  hubiese  manchado  su  culto  con  sanijrt»  humana, 
otros  ciertamente  á  quienes  n«>  cuadra  la  denominación  de  bárbaros  la 
derramaron  también  en  honor  de  sus  divinidades. 

La  antigua  India,  á  pesar  de  su  adelantada  civilización,  celebró  sacri- 
ficios humanos,  y  sus  Dioses  hallaban  la  sangre  de  las  victimas  sabrosa 
como  la  ambrosía.  (1)  Los  Battas,  en  la  isla  de  Sumatra,  aunque  ya  ci- 
vilizados, se  comían  por  su  precepto  religioso  á  sus  más  próximos  parien- 
tes viejos  y  enfermos.  (2) 

Los  persas  enterraban  gente  viva,  y  á  veces  era  para  sacrificar  á  los 
Dioses.  (3)  Los  antiguos  griegos  del  continente  y  de  las  islas  sacrificaron 
á  sus  Dioses  víctimas. humanas  (4),  y  en  la  Arcadia  todavia  se  inmolaban 
en  tiempo  de  Ensebio.  (5) 

Los  mismos  hebreos,  ese  pueblo  escojido  de  Dios,  olvidándose  de  las 
leyes,  y  entregándose  á  una  idólatra  apostasía,  sacrificaron  á  sus  hijos  á 
los  Dioses  de  Canaan.  (6) 

Iguales  sacrificios  hicieron  los  Phenicios  á  Saturno  en  tiempo  de  gue- 
rra y  de  otras  calamidades.  (7) 

Los  cartagineses,  que  fueron  uno  de  los  pueblos  más  célebres  de  la 


(1)  Evagriua,  lib.  6,  cap.  21.— Procopiu9,-dc  Bello  Pérsico,  lib.  1,  cap.  28: — Po- 
cock,  SpecÍ77icn,  Historie  Arabum. 

(2)  Afiiatic.  Reaearches,  vol  5,  pág.  371. — Maurice  indian  antiquities,  tom.  7, 
pdg.  164  y  siguientes.  Esas  obras  contienen  varios  fragmentos  traducidos  del  Gálica 
Ftirana,  y  los  Puranas  son,  entre  los  Vedas,  los  libros  más  sagrados  de  la  India. 

(3)  Asiatic.  Researches,  tom.  9,  pág.  202. 

(4)  Herodoto,  lib.  7,  J  114. 

(5)  ¿Herodoto? 

(6)  Ensebio,  lib.  4,  caps.  7  y  8  de  de  preparatione  evangélica. 

(7)  Psalmo  106.— II  Reyes,  cap.  16. — Josepho  Antigüed.  Jud.,  lib.  19,  cap.  3. 


310 


REVISTA  DE  CUBA 


antigüedad,  inmolaron  á  Kronos,  no  ya  los  prisioneros  de  guerra,  sino  los 
hijos  de  las  familias  más  distinguidas  de  Cartago.  (1)  Y  todavia  practica- 
ron estos  sacrificios  en  tiempo  de  Ensebio.  (2) 

Hombres  sacrificaron  á  Júpiter  y  á  Apolo  los  antiguos  romanos  (3):  y 
si  datíQOS  crédito  á  Porphiro  (4),  ellos  no  abolieron  enteramente  esta  prác- 

I 

tica  sanguinaria  hasta  el  año  657  de  la  fundación  de  Roma. 

Robertson,  en  el  libro  7  de  su  Historia  de  América,  atribuye  loa  sa- 
crificios de  los  mejicanos,  no  á  su  bárbaro  estado,  pues  que  él  recono':e 
los  adelantamientos  sociales  que  habian  hecho,  sino  al  sistema  religioso 
que  adoptaron.  En  su  concepto,  todos  los  paises  donde  se  adora  como  di- 
vinidad al  Sol.  la  Luna  y  otros  objetos  de  la  naturaleza,  el  espíritu  de 
superstición  es  dulce;  pero  cuando  se  rinde  un  culto  religioso  á  seres  qui- 
méricos, hijos  de  la  imaginación  y  del  temor  del  hombre,  entonces  la  su- 
perstición toma  unas  formas  extrañas  y  feroces.  La  primera  de  estas  reli- 
giones, dice  él,  fué  la  de  los  peruanos,  la  segunda  la  de  los  mejicanos: 
y  hé  aquí,  dice  él  también,  por  qué  éstos  inmolaron  hombres,  mas  no 
aquellos. 

Este  raciocinio  de  Robertson,  por  más  filosófico  que  parezca,  es  com- 
pletamente falso.  Que  se  derrame  ó  nó  sangre  humana  en  el  culto  de  las 
pueblos  idólatras,  esto  no  depende  de  que  los  seres  á  quienes  ellos  ado- 
ran, sean  objetos  naturales,  ó  puramente  quiméricos,  sino  de  las  ideas  eu- 
pesticiosas  que  los  obcecan  y  obligan  á  tributar  adoraciones  de  aqueste  ó 
del  otro  género.  El  hombre  en  su  pequenez,  deseando  hacerse  propicia 
la  divinidad  que  rige  el  universo,  juzga  que  Ins  ofrendas  que  le  consagra, 
cuanto  más  nobles  y  más  preciosas,  tanto  más  aceptables  le  serán;  y  como 
nada  eii  la  creaccion  es  comparable  al  hombre,  él  creyó  en  su  delirante 
fanatisrpo,  que  á  veces  del)i;i  derramar  en  los  altaies  la  pangre  de  sns  se- 
mejantes. 

Si  volvemos  la  vista  á  los  pueblos  que  en  el  nuevo  continente  ofrecie- 
ron victimas  humanas,  encontramos  que  algunos  de  ellos  adoraron  obje- 


(1)  Philon,  Historia  de  los  Pkeniciot,  lib.  1,  «apud  Eusebium»,  lib.  cap.  7  de 
preparat.  evangélica. 

(2)  Diodoro,  Sicul.,  lib.  20,  J  14. 

(3)  Eusebius  De  preparat.  evang.,  lib.  4,  cap.  7. 

(4)  Dion.  Halicaruas,  li^.  1.— Tit.   Livio,  lib,  2,  Dec.  1;  y  lib,  9,  Dec.  U.— Plu- 
tarco en  los  problemas, 


LA  ESCLAVITUD  DE  LOá  INDIOS  EN  EL  NUEVO  MUNDO  Sil 

tos  naturales.  Culto  rindieron  al  sol  los  indios  que  habitaban  la  Florida 
entre  los  30  y  359  de  latitud  setentrional;  y  sin  embargo,  á  él  le  sacrifi- 
caban los  prisioneros  de  guerra  (1).  A  ese  astro  contaron  también  entre 
sus  divinidades  los  mismos  mejicanos,  y  por  eso,  en  el  acto  del  sacrificio, 
el  gran  sacrificador  le  ofrecia  el  corazón  de  la  victima. 

En  el  espacio  comprendido  entre  la  península  de  Yucatán  y  Guatema- 
la habitaron  varias  naciones,  y  una  de  las  principales  de  ellas,  llamada 
de  los  indios  Lacondones,  adoraba  también  al  sol,  á  cuyo  astro  se  ofrecia 
el  corazón  de  sus  prisioneros  d^iX  mismo  modo  que  los  mejicanos  (2). 

Lof?  Itzaes,  otra  de  las  naciones  de  aquella  región,  tuvieron  mucha  va- 
riedad de  sacrificios,  y  uno  era  el  que  se  hacia  al  ídolo  Sobo.  Era  este 
de  metal  hueco  como  Moloc  entre  los  cananeos,  abierto  por  las  espaldas 
y  con  ios  brazos  tendidos.  Encerrábase  en  él  la  víctima,  y  aplicándole 
fuego,  quedaba  allí  hecha  cenizas;  y  para  que  nadie  tuviese  compasión  de 
los  lamentos  de  la  victima,  los  sacerdotes  durante  el  sacrificio  bailaban, 
gritaban,  y  tañian  sus  estrepitosos  instrumentos.  A  los  padres  y  parien- 
tes hádaseles  bailar  con  los  demás  circunstantes  mientras  duraba  tan 
horrible  sacrificio  (3). 

Los  indios  del  Nuevo  Reino  de  Granada  adoraron  al  sol  y  á  la  luna 
como  dos  divinidades  creadoras  del  universo;  pero  ya  hemos  visto  que  á 
veces  regaron  sus  templos  con  la  sangre  de  los  muchachos  (4). 

Los  mismos  Peruanos,  cuya  religión  nos  presenta  iRobertson  tan  in- 
maculada, no  estuvieron  del  todo  exentos  de  sacrificios  humanos,  pues 
cuando  los  incas  estaban  enfermos,  ó  iban  á  la  guerra,  solieron  inmolar- 
se niños  de  la  edad  de  cuatro  á  diez  años,  para  que  aquellos  alcazasen  h. 
sulud  6  la  victoria  (5). 

Al  coronarse  los  incas,  sacrificábanse  doscientos  niños,  ahogándolos  y 
enterrándolos  unas  veces,  ó  degollándolos  otras,  con  cuya  sangre  untá- 
banse los  sacerdotes  de  oreja  á  oreja.  En  esa  solemnidad  inmolábanse 
también  las  vírgenes  Mamaconas  del  templo.  Cuando  estaba  enfermo  al- 


(1)  Citado  por  Giébou,  tom.  6,  cap.  50,  pá^g.  194. 

(2)  Charlevoix,  HUtoire  OeneraU  de  la  Nouvevh  France  (Canadá),  lib.  1, 

(3)  Villagutierrez,  Historia  de  la  Conquista  de  la   Provincia  de  Itza,  lib.  8. 
capítulo  II. 

(4)  Herr.,  Dec.  6,  lib.  5,  cap.  6. 

(5)  Herr.,  Dec.  5,  lib.  3,  cap.  16,  y  lib.  4,  cap.  5. 


&12 


O  » 


REVISTA  DS  CUBA 


gun  indio  principal  y  el  sacerdote  decia  que  había  de  morir*,  aacriííca- 
ban  al  hijo  diciendo:  «que  se  contentase  el  ídolo  con  él  y  que  no  quitase 
la  vida  al  padre  (1). 

En  otros  casos  sacrificaron  también  los  peruanos  victimas  humanas; 
mas  no  hay  necesidad  de  prolongar  esa  lista  fúnebre. 

El  célebre  historiador  escocés  tuvo  poco  acceso  á  las  fuentes  origina- 
les y  no  leyó  todo  lo  que  debió  leer  para  escribir  la  Historia  de  América. 
Acaso  en  este  punto  siguió  al  inca  Garcilazo  de  la  Vega,  quien  niega  en 
la  parte  1*,  libro  29,  capítulo  9  de  sus  Cotnentarios  i?ea&5,  que  los  perua- 
nos se  hubiesen  manchado  con  esos  Sacrificios.  Pero  Garcilazo  fué  por  su 
madre  descendiente  de  los  incas  del  Perü  é  interesado  en  repeler  tan 
grave  cargo  contra  la  memoria  de  sus  progenitores;  .su  testimonio  debe 
mirarse  con  desconfianza,  y  tanto  más,  cuanto  que  autores  que  conocieron 
las  costumbres  de  aquellos  indios,  afirman  positivamente  lo  contrario. 
.  Fray  Vicente  de  Valverde,  Obispo  del  Cuzco,  dice  en  una  carta  intere- 
resante  que  escribió  á  Carlos  V.: '(Sacrifican  ovexas  y  palomas  al  sol,  por- 
que entre  los  señores  principales  y  en  la  mayor  parte  de  la  tierra  no 
sacrificaban  ombres  ni  adoraban  ídolos  sino  al  Sol,  aunque  en  algunas 
provincias  sngetas  á  este  señor  (al  inca  del  Cuzco)  sacrifican  ombres  v 
adoran  ídolos»  (2). 

Acerca  del  número  de  víctimas  sacrificadas  en  Méjico,  hay  gran  di- 
vergencia entre  los  autores.  Los  primeros  religiosos  Franciscos  que  lle- 
garon á  Méjico  muy  poco  después  de  la  conquista,  calcularon  en  casi 
•  2,500  los  hombros  y  ios  niños  inmolados  anualmente  en  aquella  capital  y 
en  algunos  pueblos   circunvecinos  de  la  laguna  (3).  Pero  este  cómputo 


■ 

(1)  Herr.,  Dec.  5,  lib.  4,  cap.  6. 

(2)  Carta  de  Vicentt  de  Valverde  al  Emperador  Carlos  V,  fecha  en  el  Cuzco,  á 
2  de  Abril  de  1539— Sobre  los  sacrificios  hamanos  en  el  Perú  hablan  también  Fjay 
José  de  Acopta,  Historia  Natural  y  Moral  de  las  IndUis,  lib.  5,  caps.  4,  7,  19  y  25. — 
Sarmiento,  Relación  Ms.,  cap.  22.  — Cieza  de  León,  Crónica,  cap.  72.— Montesinos,  Mc- 
mor.  Antigxuis  Ms.,  lib.  2,  cap.  8. — Ondegardo,  Relación  segunda  ms.— Balboa,  ITis- 
ioria  del  Perú,  caps.  5  y  8.— Zarate  Historia  del  descubrimiento  del  Perú,  lib.  1,  cap. 
4.—  Herr.,  Dec.  5,  lib.  3,  cap.  16;  lib.  4,  caps.  I,  4  y  5,  y  en  otras  partes. 

(3)  Bernal  Diaz  del  Castillo,  Hist.  cap.  207. — Acosta,  en  su  Historia  de  las  In- 
dias, lib.  5,  cap.  20.  Comete  un  grave  error,  suponiendo  que  los  mejicanos  no  sacrifi- 
caban niños. 


(1)  Dávila,  Teatro  Eclesiástico,  126.— Ver  á  Torquem.,  lib.  7,  cap.  21. 

(2)  Clavig..  lib.  6,  J  20. 

(3)  Crónica  de  la  Nueva  España,  cap.  229. 

(4)  Herr.,  Dec.  3,  lib.  2,  cap.  16. 

(5)  Torquem.,  lib.  2,  cap.  63. 

(6)  Ixtlilxóchitl,  Eist  Chichem.,  Ms. 

(7)  Véase  en  la  publicación  del  Lord  Kingsborough  la  lámina  19,  tom.  3  7  6 

(8)  Húiory  of  iht  eonquett  of  México,  tom.  1,  lib.  1,  cap.  3. 

'40 


La  esclavitud  de  los  indios  en  el  nuevo  mundo       3Í3 

es  miij incompleto,  pues  solamente  comprende  una  parte   del  Imperio.  j 

Las  Casas  en  su  impugnación  al  Doctor  Sepülveda,  dice  que  el  numero 
de  víctimas  era  muy  corto.  Zumárraga,  primer  obispo  de  Méjico,  en  una 
carta  que  escribió  fin  12  de  Junio  de  1531  al  Capítulo  General  de  su 
Oiden,  reunido  en  Tolosa  de  EspaQa,  eleva  á  20,000  el  totdl  anual  en  sólo 
la  ciudad  de  Méjico  (1).  Clavigero  cree  que  no  es  excesivo  calcular  en 
20,000  los  sacrificios  anuales  (2).  López  Gomara,  llevado  de  lo  que  otros 
dicen,  opina  que  hubo  años  hasta  de  50,000  (3).  Herrera,  más  circuns- 
pecto, no  se  atreve  á  fijar  cantidad  anual;  pero  dice  que  hubo  vez  en  que 
las  víctimas  pasaron  de  5,000  y  aun  20,000  (4).  *  1 

Autores  muy  versados  en  las  antigüedades  mejicanas,  como  Torque- 
mada  y  don  Fernando  de  Alba,  nombre  que  se  dio  al  indio  IxtUlxóchitl^ 
elevan  el  primero  (5)  á  72,344  y  el  segundo  (6)  á  80,400  los  prisioneros 
inmolados  en  pocos  dias,  cuando  en  el  año  de  1486  se  celebró  la  consa* 
gracion  del  gran  templo  de  Méjico.  Con.  estas  cifras  no  concuerda  la 
Explicación  del  Cbdigo  Telleriano-Remense,  pues  en  ella  se  afirma  que 
entonces  sólo  fueron  sacrificados  4,000  prisioneros  (7).  Prescott  (8)  no 
cree  que  entonces  se  hubiesen  sacrificado  tantas  víctimas,  y  fundase  en 
que  los  prisioneros  se  habrían  sublevado  para  no  dejarse  matar  como 
carneros,  y  en  que  la  corrupción  de  los  cadáveres  habría  ocasionado  una 
peste.  Yo  tampoco  creo  en  tales  exajeraciones;  pero  no  por  las  dos  razo- 
nes que  él  expone.  En  cuanto  á  la  primera,' es  de  advertir,  que  ni  todos 
los  cautivos  estarían  juntos,  sino  esparcidos  en  varios  lugares;  ni  que  se 
sacarían  todos  de  un  golpe,  puesto  que  los  sacrificios  duraron  cuatro  dias 
consecutivos.  Tomaríanse  además  con  ellos  todas  las  precauciones  posi-  • 
bles  para  que  no  se  sublevasen  ó  escapasen.  La  nación  mejicana  era  po- 
pulosa y  guerrera;  y  como  la  fiesta  que  entonces  se  celebró  fué  una  de 
las  más  solemnes,  acudirían  á  la  capital  muchos  habitantes  de  otros  pue- 


314 


REVISTA  IÍE  CübA 


blos;  y  este  extraordinario  concurso  facilitaba  los  medios  de  consumar 
aquel  sacrificio  con  toda  seguridad.  Clavigero  dice  que  en  concepto  de 
algunos  autores,  seis  millones  de  personas  asistieron  á  esta  gran  fiesta, 
húmero  que  aunque,  en  su  juicio,  puede  ser  exagerado,  no  le  parece  ab- 
solutamente inverosímil  (1).  Yo  no  creo  en  tales  seis  millones;  pero  sí 
admito  que  la  concurrencia  seria  muy  numerosa  y  más  que  suficiente 
para  impedir  que  los  cautivos  se  sublevasen.  En  cuanto  á  la  peste,  muclioa 
cadáveres  serían  devorados,  según  costumbre,  en  el  banquete  sagrado  que 
he  hacia  después  del  sacrificio;  y  los  restantes  serían  transportados  á  pun- 
tos diferentes  para  impedir  su  acumulación,  6  enterrados  ó  quemados, 
como  se  practicaba  con  otros  muertos. 

t^ara  mí  la  verdadera  dificultad  consiste  en  el  prodigioso  numero  de 
victimas  que  se  señala;  porque  cuando  se  celebró  la  consagración  del  gran 
templo  en  1486,  ya  estaban  terminadas  las  conquistas  del  vasto  país 
que  formaron  aquel  imperio,  puesá  excepción  de  Tlaxcala,  todos  los  pue- 
blos obedecian  ciegamente  al  monarca  de  Méjico:  de  manera  que  de  ellos 
ya  no  se  podían  sacar  cautivos.  Y  si  Tlaxcala  no  sucumbió  también,  fué 
porque  de  intento  se  la  dejó  independiente  para  guerrear  con  ella,  ejer- 
citar, como  se  ha  dicho,  en  las  armas  á  la  juventud  mejicana  y  cojerpri- 
8Íonero9  para  el  sacrificio.  ¿Pero  esto  mismo  no  prueba  que  ya  eran  muy 
pocas  las  guerras  exteriores,  y  que  por  lo  mismo  habia  gran  dificultad 
en  hacer  cautivos?  Muy  raras  debieron  también  de  ser  las  insurrecciones 
intestinas,  por  el  grado  de  profunda  sumisión  á  que  estaban  reducidas  las 
provincias  subyugadas;  y  esto  demuestra,  que  ya  estaban  casi  agotadas 
las  fuentes  de  donde  se  sacaban  las  víctimas  humanas.  Para  reunir  todas 
las  que  entonces  se  inmolaron,  fué  preciso  ir  reservando  los  prisioneros 
que  se  hicieron  en  las  guerras  de  los  cuatro  años  anteriores  (2);  pero  este 
número  no  pudo  ser  tan  grande  como  se  supone,  asi  por  las  razones  ya 
expuestas,  como  por  la  multitud  de  sacrificios  que  hacían  los  mejicanos 
en  las  frecuentísimas  fiestas  que  anualmentente  celebraban. 

En  medio  de  tanta  incertidumbre,  hay  un  dato  que  derrama  mucha 
luz  sobre  el  número  aproximado  de  las  victimas  que  hubo  en  la  consa- 
gración del  gran  templo  en  1486.  «Para  hacer,  dice  Clavigero,  con  mayor 


(1)  Clavig.,  lib.  4,  J  23. 

(2)  Clavig.,  lib.  4,  J  23. 


LA  ESCLAVITUD  DE  LOS  INDIOS  EN  EL  NUEVO  MUNDO 


315 


aparato  tan  horrible  sacrifício,  las  victimas  se  pusieron  en  dos  ñlas,  cada 
una  de  casi  milla  y  media,  laa  cuales  empezaban  en  las  calles  de  Tacuba 
y  de  Iztapalapan  y  terminaban  en  el  mismo  templo,  y  según  que  á  él 
iban  llegando,  eran  sacrificadas»  (1). 

Esas  dos  filas  de  casi  milla  v  media  cada  una  forman  casi  tres,  ó  sea 
casi  una  legua.  Al  fin  que  rae  propongo  cumple  más  bien  aumentar  que 
disminuir  la  distancia:  por  epo  tomaré  entera  la  legua,  pero  no  francesa, 
sino  española,  que  es  más  larga,  y  cuya  longitud  es  do  6,565  metros,  55 
centímetros.  Computando  que  en  cada  metro  se  colocaron  tres  cautivos, 
resulta  un  total  de  16,666;  pero  aun  exajerando  el  cálculo,  y  suponien- 
do  que  en  cada  metro  entrasen  cuatro  cautivos,  el  total  de  ellos  sería  de 
22,222:  numero  que  dista  inmensamente  de  e.sas  decenas  ile  miles  de  que 
hablan  algunos  autores. 

Por  más  que  se  rebaj«  el  numero  de  victimas  inmoladas  en  aquella 
gran  solemnidad  y  en  los  sacrificios  anuales,  es  innegable  que  en  ningún 
país  de  América  ni  acaso  del  mundo,  se  derramó  en  período  igual  tanta 
sangre  humana  á  nombre  de  la  religión,  como  en  el  Imperio  de  Anahuac; 
y  que  sin  esta  bárbara  costumbre,  la  esclavitud  habría  tomado  en  él 
mayor  extensión,  pues  que  á  ella  hubieran  sido  condenados  muchos  délos 
prisioneros  que  recibieron  la  muerte. 

Ni  á  éstos  se  limitaron  aquellos  sacrificio»,  pues  en  ciertas  ocasiones 
se  compraron  esclavos  para  inmolarlos.  Celebraban  los  mercaderes  una 
fiesta  particular  llamada  Panquczaliztli,  cuyas  victimas  eran  esclavos  de 
ambos  sexos  en  numero  igual,  comprados  en  el  gran  mercado  publico  de 
Azcapuzalco.  Llamóse  á  esos  esclavos  TlaaliiUin,  que  quiere  decir  lava- 
dos, porque  se  les  lavaba  y  engordaba,  para  que  cuando  se  les  matase  y 
comiese,  sus  carnes  fuesen  sabrosas,  las  que  se  servians  cocida  con  maiz 
también  cocido,  en  el  gran  banquete  á  que  asistían  los  principales  trafi- 
cantes de  esclavos,  escojidos  de  entre  muchos  pertenecientes  á  varios 
pueblos  del  Imperio  (2). 

La  feroz  superstición  mejicana  llegó  al  extremo  de  sacrificar  hasta  los 


(1)  Clavig.,  lib.  4,  J  23. 

(2)  Sahagun,  lib.  9,  cap.  10,  11  y  14.  En  este  aut<ir,  líb.  9,  cap.  13  y  14  se  refie* 
ren  muy  á  la  larga  las  numerosas  ceremonias  qne  se  hacían  antes  de  sacrificar  á  los 
esclavos. 


816 


REVISTA  DE  CUBA 


niños  esclavizados,  pues  los  sacerdotes  los  compraban  para  celebrar  con 
ellos  las  fiestas  de  las  divinidades  del  agua;  y  las  madres  obcecadas  por 
el  más  cruel  fanatismo  consentían  gustosas  en  la  venta  y  el  sacrificio  de 
sus  tiernos  hijos.  En  el  monte  de  Coactepeo  estaban  colocadas  las  esta- 
tuas de  aquellos  Dioses,  y  allí  se  les  ofrecia  la  sangre  y  el  corazón  de  los 
nifios,  cuyas  carnes  después  del  sacrificio  eran  devoradas  en  un  convite 
por  los  señores  y  los  sacerdotes. 

En  primer  mes  del  calendario  mejicano,  que  corresponde  á  nuestro 
Febrero,  «hacían,  dice  Torquemada,  fiesta  á  los  Dioses  del  agua  llamados 
Tlaloc  ó  Tlalocatecuhtli.  Al  segundo  dia  de  este  mes,  se  juntaba  todo  el 
pueblo  á  la  celebración  de  su  fiesta,  en  la  cual  hacían  muchas  y  varias 
ceremonias,  y  las  acompañaban  con  diversidad  de  sacrificios;  y  por  razón 
de  tenerlos  por  Dioses  de  las  pluvias  y  aguas,  ocupábanse  este  dia  y  todos 
los  demás  de  el  dicho  mes  en  comprar  niños  tiernecitos,  que  aun  estaban 
á  los  pechos  de  sus  madres,  para  sacrificarlos  en  los  montes,  de  donde 
imaginaban,  que  el  agua  les  venía,  y  les  parecia  que  las  nubes  se  engen- 
draban, en  las  cuales  tenían  creído  que  los  dichos  Tlaloques  estaban  y 
presidian.  De  estos  niños  comprados  hacian  luego  sa"Crificio,  gastando  en 
él  parte  de  ellos,  pero  no  todos;  y  los  que  restaban,  iban  sacrificando  por 
espacio  y  tiempo  de  tres  meses,  que  según  esto,  era  esta  matanza  y  sacri- 
ficio, en  los  otros  dos  meses  suyos,  que  corresponden  al  nuestro  de  Marzo 
y  parte  dé  Abril,  que  es  el  tiempo  cuando  ya  las  aguas  en  esta  tierra 
y  reino  comienzan  con  alguna  frecuencia,  para  sustentar  los  sembra- 
dos y  sementeras.  Mientras  alguno  de  estos  niños  no  se  sacrificaba, 
no  se  le  quitaba  á  la  madre,  y  le  criaba,   hasta  que   llegaba  el  dia  de  su 

ofrenda  y  muerte Cuando  llevaban  estos  niños  al  sncrificio,  iban  en 

hombros  y  literas  muy  enramadas  y  compuestas  de  flores  y  rosas;  y  de 
ellos  echaban  en  esta  ciudad  de  Méjico,  en  el  remolino  de  la  laguna,  y 
los  otros  llevaban  al  desierto  y  monte  de  Coactepec,  á  hacer  de  ellos  el 
ordinario  sacrificio.  Llevábanlos  con  mucha  música,  asi  de  instrumentos 
musicales  como  de  cantos  é  himnos  hechos  y  compuestos  para  aquel  pro- 
pósito. Este  mes  mataban  otros  muchos  cautivos  á  honra  de  les  Dioses 
Tlalogues»  (1). 


(1)     Torquemada,  libro  10,  cap.  10.— Sahagun,  lib.  2,  caps.  í,  4,  20,  A.—Clavig., 
tom.  2,  lib.  6,  §  30. 


LA  ESCLA-ÍITOD  DE  LOS  INDIOS  EN  EL  NUEVO  MUNDO 

Inmolábaose  los  esclavos,  no  sólo  en  las  ceremonias  religiosa; 
loa  funerales  de  sas  amos.  Fué  costumbre  entre  loa  grandes  si 
canoa  tener  altares  en  sus  casaa  y  emplear  exclusivamente  uno  de  eil 
en  encender  el  fuego  sagrado,  y  quemar  aromas  en  él.  Cuando  el  a 
moría,  este  esclavo  junto  con  otros  asi  de  aquel  como  de  los  señores  c( 
vidados,  eran  il  veces  sacrificados  hasta  en  numero  de  100  y  de  200,  | 
ra  que  ¡e  acompaüasen  y  sirviesen  en  la  otra  vida;  y  estos  sacrificios 
renovaban  al  dia  59  29  40?  60?  y  809  después  de  haber  sido  quemado 
cadáver  en  la  pira  quo  se  preparaba  en  e!  atrio  del  templo.  Aeostumb 
se  también  á  la  muerte  de  nn  seDor,  convidar  (i  su  entierro  á  los  den 
señores  de  las  provincias,  quienes  llevaban  regalos  de  ricaa  rnantaa,  p 
mas  verdes  y  esclavos.  Laa  primeras  servían  para  envolver  el  cadáv 
las  segundas  para  adornarle  y  los  ültimos  para  inmolarloa  A  loa  mai 
del  difunto  (1). 

Al  contemplar  el  terrible  sacrificio  de  los  esclavos,  bien  pudiera  c: 
erse  que  la  esclavitud  fué  muy  cruel  entre  los  mejicanos;  pero  nada  sei 
más  erróneo.  El  corazón  del  hombre,  y  particularmente  el  del  homl 
semi— civilizado  es  nn  conjunto  de  inconsecuencias  y  contradicciones 
el  mejicano,  que  tan  sanguinario  era  con  los  esclavos  delante  de  los  al 
res,  en  eV  doméstico  les  trató  con  mucha  humanidad  y  dulzura. 

Laa  leyea  lea  protejieron,  y  el  hombre  que  loa  mataba,  sufría  pe 
de  muerte  (2).  Sus  tareaa  fueron  pocas  y  moderadas  (3);  podían  casa: 
tener  íamilia,  bienes  y  aun  esclavos,  sin  que  au  amo  pudiese  servirse 
ellos,  ni  impedirles  que  los  comprasen  (4).  Muchos  amos  al  morir  los  < 
jaban  libres  (5);  otros  frecuentemente  se  casaban  con  sus  esclavas  y 
amas  viudas  con  auB  esclavos.  Cuando  estos  eran  muchachos  se  les  mi 
ba  como  hijos.  La  esclavitud  del  padre  6  de  la  madre,  ú  de  entramb 
en  nada  afectaba  al  hijo,  y  éate  por  consiguiente  nacia  Ubre  (6):  cosa  q 


(1)  Sahagon,  lib.  2,  cap.  19  y  lib.  9,  cap.  9.— Clavig,,  lib.  6,  5  39.-Acostft, 
5,  cap.  8.— Herr,,  Dec.  2,  lib.  6.  cap.  17:  y  Dec.  3,  lib.  2,  cap.  18---Toriiuemada, 
13,  cap.  45.— CoiJai  Tellsriano  Bamaneia,  14m,  1?  en  Kingsborough.  tít.  5. 

;2)    Olavig.,  lib.  7,  J  17. 

(3)  Clavig..  lib.  7,  I  17. 

(4)  Clavifi.,  lib.  7,  j  17. 

(5)  Clavig.,  lib.  7,  §  17.         . 

(6)  Clavig.,  lib.  7,  |  17,— Torqnemada,  Ubnarijuía  Indiana,  lomo  2,  libro 
capitulo  17. 


318 


REVISTA  DE  CUBA 


jamás  se  vio  ni  aún  en  las  naciones  más  civilizadas  de  los  tiempos  anti- 
guos y  modernos.  Los  amos  generalmente  conservaban  en  su  poder  á  los 
buenos  esclavos;  pero  solian  regalarlos  como  en  las  grandes  fiestas  que  se 
celebraban,  cuando  algunos  indios  de  Tíaxcala,  Méjico  y  otros  pueblos 
de  aquella  laguna  eran  armados  de  caballeros  por  servicios  á  la  patria, 
en  cuyas  funciones  los  nuevamente  condecorados  hacian  presentes  á  los 
otros  caballeros  (1)  A  los  esclavos  viciosos  ó  que  se  huian,  el  amo  antes 
de  venderlos  los  amonestaba  dos  ó  tres  veces  delante  de  testigos;  pero  si 
no  se  corregian,  entonces  se  les  echaba  al  pezcuezo  una  media  argolla  de 
madera  y  se  les  vendia  en  el  merca<lo.  Si  después  de  haber  cambiado  dos 
ó  tres  veces  de  amo  aún  no  se  enmendaban,  vendíaseles  para  el  sacrifi- 
cio (2).  Los  esclavos  de  argolla  al  pescuezo  que  se  huian  de  la  prisión, 
alcanzaba  su  libertad  si  se  acogían  al  palacio  del  emperador  (3). 

Cuando  los  señores  se  aparejaban  para  la  guerra,  sentenciaban  á 
muerte  á  los  esclavos  que  estaban  presos  por  algún  delito  grave;  pero 
también  libraban  de  la  cárcel  á  los  injustamente  retenidos  en  esclavitnU 
y  éstos  inmediatamente  se  iban  á  bañar  en  señal  de  que  eran  libres  (4), 

En  el  sfgno  del  mes  del  año  en  que  los  mejicanos  celebraban  la  fiesta 
del  Dios  Tezcatlipoca  no  se  podia  maltratar  á  ningún  esclavo,  pues  el 
amo  lo  prohibía  bajo  de  graves  penas  á  todos  los  miembros  de  su  familia- 
Desde  la  víspera  de  la  función  se  quitaban  las  colleras  á  todos  los  presos, 
se  les  bañaba,  enjabonaba,  y  limpiaba  la  cabeza,  y  el  amo  los  obsequiaba 
como  si  fuesen  los  hijos  queridos  de  aquel  Dios  (5). 

Tan  desinteresada  y  generosa  fué  la  esclavitud  de  los  mejicanos  con 
sus  esclavos,  que  cuando  Carlos  19  mandó  libertar  los  indígenas  injusta- 
mente esclavizados  por  los  españoles,  los  indios  ya  cristianos  y  propieta- 
ríos  de  esclavos  de  su  misma  raza,  cediendo  á  los  consejos  de  los  religiosos 
misioneros,  no  sólo  los  libertaron  voluntaria  y  gratuitamente,  puesto  que 
á  ellos  no  se  refería  la  orden  de  aquel  monarca,  sino  que  les  proporcio- 
naron medios  con  que  subsistir  en  su  nueva  vida.  Otros  que  antes  habían 


(1)  Camargo,  Historia  de  Tíaxcala,  Ms.  (Prescott,  tom.  3,  apéndice,  pág.  281). 

(2)  Clavig.,  lib.  7,  §  18. 

(3).   Clavig.,  lib.  7,  ?  18.— Sahagun,  lib.  8,  cap.  14.— Torquemada,  lib.  12,  cape. 
4  y  5;  y  lib.  14,  caps.  16  y  17.-"Las  Casas,  Tratado  (¡ue  compuso  &. 

(4)  Sahagun,  lib.  4,  cap.  16. 

(5)  Torquemada,  lib.  10,  cap.  9. 


LA  ESCLAVITUD  DE  LOS  INDIOS  £»  ÉL  NUEVO  MUNDO  319 

vendido  algunos  de  esos  esclavos,  los  buscaron  con  diligencia  para  resca- 
tarlos con  su  dinero,  y  sino  los  encontraban,  ó  repartian  entre  los  pobres 
el  precio  en  que  los  hablan  vendido,  ó  libertaban  en  su  lugar  A  otros  es- 
clavos (1).  ¡Ejemplo  digno  de  ser  imitado  por  los  españoles  qnealli  resi- 
dían, y  aun  por  las  naciones  más  cultas  de  la  tierra! 

Tales  fueron  las  leyes  del  código  Azteca  en  punto  á  esclavitud.  En  él 
deben  distinguirse  dos  partes  muy  diferentes:  una,  relativa  al  modo  de 
adquirir  esclavos;  y  otra  al  tratamiento  que  se  les  daba.  La  primera  es 
muy  imperfecta,  por  que  prodiga  la  pena  de  esclavitud  sin  guardar  la 
debida  proporción  entre  las  penas  y  los  delitos:  asunto  verdaderamente 
difícil,  y  que  no  podia  resolver  con  acierto  uu  pueblo  cuya  civilización 
estaba  poco  adelantada.  La  segunda  parte,  que  más  depende  del  corazón 
que  del  entendimiento,  es  digna  de  grandes  elogios,  y  aunque  todas  sus 
disposiciones  no  merecen  una  completa  aprobación,  puede  asegurarse 
que  en  su  conjunto,  ningún  pueblo  antiguo  ni  moderno  ha  presentado 
jamáa  un  código  tan  justo  y  tan  humano  en  materia  de  esclavitud.  Em- 
pero, no  se  crea,  que  los  esclavos  fueron  gobernados  con  la  misma  dulzu- 
ra en  todas  las  provincias  de  Imperio  mejicano,  porque  hubo  algunas 
donde  las  costumbres  y  las  pocas  leyes  quo  las  regian  se  apartaron  de 
las  ideas  filantrópicas  de  los  Aztecas. 

Antes  de  salir  de  Nueva  España,  digamos  que  en  Yucatán  eran  es- 
clavizados los  indios  que  cometían  ciertos  delitos  (2).  Ni  perdieron  la 
costumbre  de  esclavizar  por  otras  causas  aun  después  de  la  dominación 
española:  asi  fué  que  los  religiosos  establecidos  en  aquella  provincia,  en- 
tre los  remedios  que  propusieron  al  Consejo  de  Indias  para  atajar  los 
males  de  aquella  tierra,  escribieron  lo  siguiente: 

ctRemedio  en  los  esclavos  que  hacen  los  naturales  entre  sí;  lo  que  an- 
da tan  roto,  que  en  muriendo  su  padre,  eí  que  más  puede  del  pueblo,  ha- 
ce esclavos  á  les  hijos  y  los  vende»  (3). 

Si  de  Nueva  España  pasamos  á  países  más  meridionales,  damos  con 
el  Perú,  que  en  grandeza  y  civilización  fué  superior  á  Méjico;  pero  asi 


(1)  Torquemada,  I  ib.  16,  cap.  le. 

(2)  Herr.,  Dec.  4,  lib.  10,  cap.  4. 

(3)  Al  Consejo  de  Indias.— Juan  de  la  Puerta,  Fr.  Lorenzo  de  Bienvenida,  Fr. 
Luis  de  Villalpando,  Fr.  Juan  de  Herrera,  Fr.  Nic.  de  Aválate,  Fr.  Miguel  de  Vera. 
Ciudad  de  Mérida  1?  de  Febrero  de  1547  (Muñoz,  Colee.) 


Sao  REVISTA  DE  CtJfiA 

como  en  éste  encontraron  los  españoles  establecida  la  esclavitud  de  los 
indios,  asi  también  en  aquél. 

Atendiendo  á  la  organización  social  del  Perü,  no  hubo  necesidad  de 
esclavos.  Todos  los  indios  de  ambos  sexos  estaban  obligados  á  trabajar,  y 
la  pereza  era  castigada  severamente.  Empleábanse  en  el  servicio  domés- 
tico, en  la  agricultura,  en  las  artes,  en  la  explotación  de  las  minas,  y  ea 
todas  las  obras  publicas  (1).  Por  otra  parte,  las  leyes  á  nadie  esclavizaban 
por  vicios  ó  delitos,  pues  éstos,  por  leves  que  fuesen,  se  castigaban  ordi- 
nariamente con  penas  mucho  más  severas,  graduándose  la  magnitud  de 
la  culpa,  menos  por  el  daño  de  tercero,  que  por  la  ofensa  que  se  hacía  al 
monarca,  autor  supremo  de  toda  legislación,  y  á  quien  debia  respetarse 
como  aun  Dios  (2).  De  este  modo  quedaron  cegadas  las  fuentes  de  escla- 
vitud que  tan  fecundas  fueron  en  otras  partes  del  Nuevo  Mundo.  Verdad 
es  que  los  Incas  del  Perü  siempre  tuvieron  guerras  de  conquista  (3)  y 
que  dilatando  con  ellos  los  límites  de  su  imperio  desde  el  Ecuador  hast^ 
Chile,  pudieron  haber  esclavizado  muchedumbre  de  prisioneros;  pero  su 
política,  con  pocas  excepciones,  consistió  en  subyugar  los  pueblos,  mascón 
arte  y  con  regalos  que  con  las  armas,  y  cuando  se  veian  forzados  á  acudir 
Á  ellas,  procuraban  disminuir  los  males,  impidiendo  los  saqueos,  perdo- 
nando á  sus  enemigos  y  admitiéndolos  como  miembros  de  la  nación  pe- 
ruana (4).  tíin  embargo,  aunque  en  casos  de  rebelión  hubo  veces  que 
exterminaron  á  todos  los  hombres  (5),  otras  redujeron  los  rebeldes  á  per- 
petua servidumbre,  y  de  aquí  nació  aquella  raza  de  esclavos  por  origen, 
pertenecientes  á  la  corona,  llamados  Yanaconas,  y  que  vestian  de  un 
modo  diferente  al  de  gente  libre  (6). 

Es  innegable  que  la  guerra  dio  esclavos  á  los  pueblos  situados  en  loa 
confines  septentrionales  del  Imperio  de  los  Incas,  pues  cuaüdo  Francisco 
Pizarro  marchó  de  aquellas  regiones,    dio  libertad  en  U  isla  de  Puna  A 


(1)  AcoBtii,  Historia,  lib.  6' cap.  12  y  lo. — Herr.,  Dec.  5,  lib.  4,  cap.  -1. 

(2)  Inca'Garcilago  de  la  Vega,  Comentarioi  Reales,  par.  1,  lib.  2,  cap.  12. 

(3)  Ilerr.,  Dec-  5,  lib.  1,  cap.  1. 

(4)  Ilerr.,  Dec.  5,  lib.  3,  cap.  9  y  15,  y  lib:  4  cap.  8. — Garcilaso,  Com,  Real, 
part.  1,  lib.  2,  cap.  14. — Fernandez,  Historia  del  Perú,  part.  2,  lib.  3,  cap.  11. — Sar- 
miento, Belaeion.  ^f8.,  cap.  14. — Polo  Ondegardo,  Relación*  M.  S. 

(5)  Herr.,  Dec.  5,  lib.  3,  caps.  4  y  17. 
(G)     Herr.,  Dec.  4,  lib.  7,  cap.  10. 


LA  ESCLAVITUD  KE  LOS  INDIOS  £H  Eh    NUEVO  HUNDO 

más  de  600  per^orins  naturales  de  Tumbes,  que  estaban  destina 
para  el  sacrificio  y  otras  para  la  esclavitud  U).  De  un  pasaje  df 
ftparece  que  loa  caciquea  acostumbraron  esclavizar  algunos  i 
faltas  leves,  y  que  aun  después  de  la  coaquistn  quedaron  toda^ 
de  esta  costumbre  (2). 

A  sn  entrada  en  las  Provincias  del  Rio  de  la  Plata,  loa  esp: 
centraron  indios  con  esclavos  (3).  E!  hurto  era  una  de  las  cnua 
cuales  se  imponía  la  pena  de  esclavitud,  y  el  condenado  era  vi 
otra  tierra. 

Los  A'.baiaa  y  loa  Gnirnacaes,  tribus  del  Paraguay,  matab 
guerras  &  loa  enemigos  adultos;  pero  esclavizaban  í  las  mujere 
muchachos,  y  por  pobre  que  fuese  el  albaia,  no  dejaba  áe  ten 
cuatro  esclavos  cogidos  en  la  guerra.  (4)  Hernando  de  Maga 
su  viaje  inmortal,  tocó  en  Rio  Janeiro,  y  en  los  truequea  que  1; 
ciotí  (le  8HS  naves  hizo  con  aquellos  indios,  duba  una  hacha  por 
vo;  pero  Magallanes,  ya  para  evitar  altercados  con  los  portuj 
por  el  fundado  temor  de  que  se  consumiesen  los  víveres,  tan  i 
para  la  larga  navegación  que  habla  emprendido,  prohibió  bají 
muerte  que  nadie  tomase  esclavos  (5). 

Al  paso  que  los  portugueses  iban  asentando  su  domiua( 
Brasil,  fueron  también  descubriendo  que  muchas  tribus  tenían 
De  ellos  se  sirvieron  los  Papanazes;  y  la  nación  de  los  Graiman 
que  Martin  Alfonso  de  Sousa  hizo  un  tratado  de  alianza  en  15 
vizaba  sus  prisioneros.  Cuando  alguno  dejos  Papanazes  mata 
de  su  nación,  aunque  fuese  por  casualidad,  era  inmediatamente 
y  enterrado  en  preaeucia  de  aus  parientes  y  de  los  del  miiertci, 
86  entregaba  para  que  lo  ejecutasen.  Si  el  matador  se  huia,   er 


(1)    H8rr.,Dec.  a,  lib.  5.  cap.  7. 

['£)  EipoBÍcioD  ó  carta  del  capetlaa  Martin  Goninlei.  al  Em¡)erRd<: 
fecKa  £□  la  Ciudad  d^  la  ABancion,  á  25  de  Abril  de  1546. — Herr..  I 
9,  cap,  10. 

(3)  Comonicttcion  al  Qobierao,  de  Francigín  de  Villalta,  desde  el  Ri' 
ta  en  la  Ciudad  de  la  Asunción,  &  22  da  Julio  de  1656. 

(4)  Alara,  Daeñpeion  ¿  Sittoña  del  Paraguay  y  del  Eio  de  la  i 
I,  cap.  10. 

(5)  Herr.,  Dec.  2.  lib.  4,  cap.  10. 


' 


322  REVISTA  DE  CUBA. 

hijo,  hija,  ó  pariente  más  cercano,  se  daba  como  esclavo  al  pariente  más 
próximo  del  muerto.  Aun  entre  las  tribus  caníbales  hubo  alguna,  como 
la  de  los  Tupiniguinos,  que  si  bien  devoraba  á  los  prisioneros  cuando 
eran  adultos,  perdonaba  la  vida  á  los  muchachos  reduciéndolos  á 
esclavitud  (1). 

Parece  que  todas  las  tribus  que  habitan  el  Brasil,  todavía  tienen  es- 
clavos. Si  entre  los  indios  de  Méjico  se  perdió  la  libertad  por  algunos 
delitos,  en  el  Brasil  no  se  esclaviza  por  ninguno.  Aquí  pueden  el  padre 
y  el  marido  vender  al  hijo  y  á  la  mujer;  pero  pocas  veces  «san  de  este 
derecho,  y  cuando  lo  ejercen,  véndenlos  más  bien  á  los  extranjeros  que  á 
los  de  su  raza.  La  suerte  que  cabe  á  los  prisioneros  de  guerra,  es  la 
muerte  6  la  esclavitud.  Tribus  hay  muy  crueles  con  los  esclavos,  y  que 
abandonan  inhumanamente  á  los  enfermos  y  á  los  ancianos;  pero  hay 
otras,  como  los  Botocudos,  Mundrucos,  &,  que  los  tratan  con  dulzura,  par- 
ticularmente dios  niños  que  cogen  en  la  guerra  (2). 

Abandonando,  pues,  las  tierras  del  Mediodía,  volvamos  al  hemisferio 
septentrional  para  apuntar  brevemente  lo  que  en  Florida  vieron  loa 
castellanos. 

De  ese  país  sabemos  que  los  indios  en  sus  mutuas  guerras  también 
se  esclavizaban,  y  que  los  amos  los  destinaban  á  la  labranza  y  á  otras 
tareas.  Pero  así  como  los  antiguos  Scytas  reventaban  los  ojos  á  sus  escla- 
vos para  que  no  se  distrajesen  de  la  ocupación  de  ordeñar  sus  yeguas, 
así  los  indios  de  la  Provincia  de  Cofaiquichi  cortaban  á  los  suyos,  para 
que  no  se  huyesen,  los  calcañales  y  nervios  de  las  piernas  (3). 

Al  decir  de  Charlevoix,  los  indios  que  habitaban  la  Florida  entre  los 
30°  y  35°  de  latitud,  esclavizaban  á  las  mujeres  y  niños  que  cojian  en  sus 
guerras;  pero  que  á  los  hombres  los  sacrificaban  al  Sol,  que  era  una  de  sus 
divinidades,  y  que  después  se  lo  comían  como  un  deber  religioso  (4). 


(1)  Haus  Stade,  citado  por  Southey  en  el  tomo  I,  cap.  7,  de  su  Historia  del 
Brasil. 

(2)  Memoria  sobre  las  Instituciones  Sociales  de  los  habitantes  primitivoe  del 
Brasil,  por  el  Dr.  Martius,  estractada  de  la  Biblioteca  Universal  de  Ginebra,  y  pu- 
blicada en  las  Memoñas  de  la  Real  Sociedad  Patriótiea  de  la  Habana,  tom.  3,  nú- 
mero 15  Enero  de  1837. 

(3)  Herr.,  Dec.  7,  lib.  I,  cap.  15  y  lib.  2,  cap.  6. 

(4)  Charlevoix,  Histoire  Genérale  de  la  NouveUe  France  (Canadá),  lib.  I. 


LA  ESCLAVITUD  DE  LOS  INDIOS  EN  EL  NUEVO  MUNDO  323 

Avanzando  hacia  el  septentrión,  damos  con  loa  iroqueses  y  otras  na- 
oiones,  cuyas  costumbres  son  tan  curiosas- en  punto  de  guerra  y  esclavi- 
tud, que  bien  merecen  una  mención  especial. 

Hacíanse  de  dos  modos  los  esclavos  entre  esas  naciones:  ó  por  castigo- 

6  por  la  guerra.  Por  castigo  era  cuando  algún  miembro  de  una  familia 
mataba  al  de  otra,  ó  al  de  tribu  ó  nación  diferente.  En  estos  casos  admi- 
tiase  la  composición,  esto  es,  ciertos  presentes  que  satisfaciendo  á  la  fa- 
milia del  muerto,  todo  quedaba  arreglado,  sin  haber  lugar  á  venganzas. 
Los  parientes  de  la  victima  no  se  contentaban  con  los  regalos  que  se  les 
ofrecían,  entonces,  era  regla  general  seguida  por  la  mayor  parte  de  esas 
naciones,  que  el  homicida  se  entregase  como  esclavo  á  los  parientes  del 
muerto;  y  aunque  éstos  podian  matarle,  jamás  lo  hacian. 'Semejantes  es- 
clavos eran  tratados  con  dulzura  pues  las  madres  los  adoptaban  dispen- 
sándoles el  jnismo  cariño  que  á  sus  hijos  muertos.  A  veces  acontecía  que 
contentándose  los  interesados  con  la  presentación  del  esclavo,  no  lo  acep- 
taban para  no  tener  delante  de  si  el  homicida  de  su  hijo,  de  su  padre  ó  de 
otro  objeto  querido  (1). 

Varia  fué  la  suerte  de  los  prisioneros  de  guerra. 

Un  congejo  hacia  la  distribución  de  los  prisioneros,  y  un  anciano  pu- 
blicaba en  alta  voz  los  nombres  de  las  personas  á  quienes  les  tocaban. 
Estas  los  llevaban  á  sus  cabanas,  ya  para  esclavizarlos,  ya  para  matar- 
los (2):  muerte  que  le  daban  los  iroqueses,  quemando  del  modo  más  ho- 
rrible á  los  que  consideraban  inütiles,  como  los  viejos,  enfermos  y  niños; 

7  también  á  los  jefes  ó  á  otros  que  temian  se  les  escapasen  y  después  les 
hiciesen  daño  (8). 

La  condición  del  prisionero  esclavizado  era,  entre  las  naciones  Algon, 
quines,  siempre  dura;  pero  muy  suave  entre  los  iroqueses  y  los  hu- 
rones. 

«Desde  que  penetra  en  la  cabana,  en  la  cual  se  ha  resuelto  conser- 
varle, se  le  desata,  se  le  despoja  de  los  lügiibres  atavíos  que  le  presentan- 
corno  una  victima  destinada  al  sacrifício;  se  le  lava  con  agua  tibia  para 
borrar  los  colores  de  su  rostro  y  se  le  vist^e  de  limpio^  recibiendo  en  se- 


(1)  Lafitau,  2í(xur8  des  Sauvaget  Ámericains,  tom.  I  cap.  5; 

(2)  Lafít.,  tomo  2,  cap.  3. 

(3)  Lafit.)  tomo  2,  cap.  3» 


324 


REVISTA  DE  CUBA 


guida  las  visitas  de  los  parientes  y  amigos  de  la  familia  en  que  vá  á 
entrar.  Poco  tiempo  después  se  celebra  un  festín,  al  cual  se  invita  4.  todo 
el  pueblo,  para  darle  el  nombre  de  la  persona  á  quien  viene  á  sustituir: 
los  amigos  v  los  parientes  del  difunto  celebran  también  un  festin  para 
honrarla,  y  desde  este  instante  entra  en  posesión* de  todos  sus  derechos. 
Si  la  esclava  donada  en  una  cabana  es  una  doncella,  y  no  hay  ninguna 
persona  de  su  sexo  en  estado  de  poderla  sostener,  es  una  fortuna  para 
esta  cabaüa  y  para  ella.  Toda  la  esperanza  de  esta  familia  se  funda  en- 
tonces en  esta  esclava,  que  se  convierte  en  señora  de  la  familia  y  de  las 
ramas  que  de  ella  dependen.  Si  es  un  hombre  el  que  reemplaza  á  un 
anciano  j  aun  considerable,  se  convierte  también  en  anciano  ó  en  conside- 
rable, y  ejerce  autoridad  en  la  ciudad,  si  por  su  mérito  personal  sabo 
sostener  con  puestigio  el  nombre  que  toma.» 

Estos  esclavos  debian  comporliarse  bien,  pues  de  lo  contrario,  se  ex- 
ponian  á  que  cambiase  su  situación,  aunque  hubiesen  corrido  muchos 
afios  después  de  haber  si^o  adoptados,  y  particularmente,  si  la  familia  en 
que  se  hablan  ingertado  ora  numerosa,  pues  entonces  podrían  pasarse 
fácilmente  sin  ellos. 

Los  esclavos  de  los  iroqueses  no  deseaban  huirse  de  la  casa  de  8U5  amos, 
pues  estaban  identificados  con  ellos,  ya  por  el  vinculo  de  la  adopción, 
yapor  el  buen  trato  que  se  les  daba.  Y  esta  conducta,  seguida  desde  siglos 
anteriores  hasta  los  últimos  años,  ha  influido  en  que  los  enemigos  de  los 
iroqueses  acojan  las  proposiciones  que  éstos  les  hacen,  contribuyendo  de 
esta  manera  á  conservar  el  numero  de  sus  familias,  y  á  ser  más  prepon- 
derantes que  las  demás  naciones  del  septentrión  de  la  América.  (1) 

Las  mujeres  cogidas  en  las  guerras  que  esas  naciones  se  hacían,  eran 
esclavizadas  y  sus  amos,  ora  las  tomaban  por  concubinas,  ora  se  casaban 
con  ellas;  pero  en  uno  y  otro  caso,  conservaban  la  marca  de  su  esclavi- 
tud, pues  no  podían  usar  ni  los  cabellos  largos,  ni  los  borceguíes,  que 
era  el  signo  distintivo  de  las  mujeres  libres  (2).  El  borceguí  consistía  en 
dos  piezas  de  junco  y  de  algodón,  cosidas  y  muy  bien  trabajadas,  que 
apretando  la  pierna  por  sus  dos  extremidades,  hacen  inflar  el  grueso  de 
ella  para  que  parezca  más  llena  y  más  redonda.    (3) 


(1)  Lafit.,  tomo  2,  cap.  3. 

(2)  Lafit.,  tomo  1,  cap.  6. 

(3)  Lafit,  tomo  2,- cap.  1. 


LA  ESCLATITÜQ  DS  LOS  IKDIOB  ES  EL  HDETO  KDHIX)  3 

Por  ftltimo,  es  de  advertir  que  U  «■sclavitud  no  er»  personal  < 
eaas  Dacioaes,  pues  se  trasmitía  de  ^ladres  &  hijos.  (1) 

Si  los  europeos,  al  conquistar  el  Nuevo  Mundo,  hallaron  eatablí 
lu  esúkvitüd  entre  los  mismos  indígenas,  evidente  es  que  ella  no  fui 
novedad  que  la  Europa  introdujo  en  aquellas  regiones.  Tan  funeste 
titucion  estaba  entonces  generalizada  en  la  vasta  superficie  del 
continente;  y  el  gran  pecado  da  los  conquistadores  del  Nuevo  con 
en  haber  consolidado  y  extendido  en  él.  la  esclavitud,  ora  imponi 
su  pesado  yugo  sobre  millones  de  indios  libres,  ora  trasportando  i 
esclavos  &  los  hombrea  de  raza  africaDa. 

J08É  ASTONIO  SACO. 


(1)     Lafit.,  tomo  1,  c«p.  6. 


LOS    QUAKERÜS, 


Lo8  qaákeros  vinieron  á  América  al  abrigo  de  Guillermo  Penn,  hom- 
bre eminente  por  su  rango,  su  educación  y  su3  virtudes,  y  en  las  orillas 
del  Delaware  buscaron  un  asilo  contra  las  injuriase  indignidades  que  les 
habia  hecho  sufrir  bu  pais  nativo.  Por  el  espíritu  y  carácter  singular  de 
BUS  instituciones,  incurrieron  en  la  enemistad  de  las  otras  sectas,  y  exas- 
peraron contra  sí  toda  la  rabia  del  frenesí  religioso. 

Eran  cristianos  sin  los  ritos  de  bautismo  ó  comunión,  y  sectarios  sin 
espíritu  de  persecución;  cosa  que  parece  solecismo  en  la  historia  eclesiás- 
tica de  aquellos  dias.  En  todas  sus  transacciones  seculares  tomaban  las 
medidas  más  paclñcas,  y  ningunos  dogmas  teológicos  intrincados  inte* 
rrumpian  la  armonía  de  sus  devociones.  En  su  conducta  imitaban  la  sen- 
cillez patriarcal  de  los  apóstoles,  evitando  toda  superfluidad  en  sus  ves- 
tidos, fraseología  y  gesticulación.  Expurgaron  su  idioma  de  toda  frase 
de  cumplimiento  ó  de  adulación,  mirándolas  como  monumentos  de  bar- 
barie, ó  indicaciones  de  orgullo  ó  servilismo. 

Reservaron  al  Criador  los  tratamientos  de  Excelencia,  Majestad,  San- 
tidad, <&,  creyéndolos  incompatibles  con  la  imbecilidad  y  flaqueza  huma- 
na. Llegaban  á  su  jefe  como  se  acercaban  los  romanos  á  los  señorea  del 
mundo.  Ni  en  sus  salutaciones,  ni  en  su  culto,  permitían  actitudes  hu- 
mildes. Permanecían  cubiertos  en  presencia  de  su  principe,  y  rectos 
ante  la  majestad  del  cielo» 


n      >* 


LOS  QUAKEROS  327 

Otros  legisladores,  como  Licurgo  y  Numá,  inspiraron  el  amor  íl  la 
virtud  coh  ceremonias  teatrales  y  entusiasmo:  Péñn,  con  Ik  casta  santidad 
de  811  ejemplo.  Administraba  justicia,  sin  ostentación  de  autoridad  ni 
fórmulas  legales,  y  propagaba  las  verdades  aél  Evangelio  sin  impreca- 
biones  ni  anatemas.  Sus  compañeros,  circunscribiendo  sus  necesidades,  ó 
ejerciendo  bha  DeheVolencia  mutua,  se  libertaban  del  odio  de  la  mendi- 
guez,  y  del  abatimiento  y  deshonra  de  la  servidumb/e  doméstica.  Su- 
plían á  la  ciencia  de  los  médicos  con  la  industria,  templanza  y  modera- 
ción de  sus  pasiones. 

Su  religión,  como  otrau  muchas,  nació  del  entusiasmo  extravagante  de 
una  multitud  rústica  y  en  su  origen  tuvo  desórdenes  repugnantes  al  es- 
píritn  del  cristianismo.  Los  gestos  y  contorsiones  ridiculas,  que  siempre 
han  sido  señales  de  inspiración,  les  dieron  el  nombre  de  qicakej^s,  y  su 
amor  á  la  igualdad,  su  mutua  caridad  y  ternura,  el  dulce  de  amigos. 
Los  tenían  por  ridiculos  y  extravagantes,  al  Torios  exentos  de  las  locuras 
y  frivolidades  del  mundo.  El  cortesano  los  compadecia;  el  fanático  los 
aborrecia,  azotaba  y  ahorcaba;  los  necios  se  reian  de  ellos  y  los  filósofos 
los  admiraban. 

Los  quákeros,  imitando  al  autor  divino  de  su  religión,  se  sometieron 
sin  resentirse  á  las  befas  y  á  los  insultos,  y  sin  vengarse,  sufrieron  encar- 
celamiento y  muerte.  Por  explicar  con  demasiada  rigidez  sus  preceptos, 
violaban  la  ley  más  sagrada  de  la  naturaleza,  y  se  negaban  á  tomar  las 
armas  contra  los  enemigos  de  su  patria.  Empero  su  administración  civil 
y  religiosa,  la  piedad  é  inocencia  de  su  moral,  promovían  y  propagaban 
las  virtudes  republicanas,  sin  las  cuales  no  pueden  subsistir  entre  los 
hombres  las  instituciones  libres,  y  la  independencia  no  vale  la  sangre  que 
86  vierte  para  obtenerla. 

En  Pensil vania  alzaron  los  quákeros  el  monumento  más  duradero  de 
su  fama,  y  adelantaron  hasta  el  grado  más  alto  los  intereses  de  su  secta. 
Lá  libertad,  liberalidad  y  dulzura  de  su  politica,  invitaron  á  su  seno  una 
población  numerosa,  tanto  de  las  provincias  adyacentes,  como  de  Euro- 
pa, y  la  industria  alemana,  la  actividad  irlandes|k,  unidas  al  orden  y  eco- 
nomía preexistentes  en  la  colonia,  la  alzaron  súbitamente  á  tal  prosperidad, 
que  apenas  tiene  ejemplo  en  la  historia  de  las  naciones.  A  los  estableci- 
mientos de  Penn  precedió  la  compra  de  las  tierras  y  un  tratado  solemne 
con  los  indígenas,  el  único,  tal  vez,  que  no  se  sancionó  con  la  formalidad 


Sáé  fekVisTA  DE  CUfiA 

de  un  juramento,  f  acaso  el  ünico  qae  Re  observó  con  nna  fidelidad  da- 
grada,  inviolable.  La  mejor  prueba  de  este  hecho  es  la  afectuosa  comu- 
liicacion  que  subsistió  ehtre  las  partes  contratantes  por  medio  siglo,  tao 
deseada  por  los  indios,  que  muchas  tribus' de  aquellos  bárbaros,  no  sólo 
pedian  la  alianza  y  amistad  de  l(5s  colonos,  sino  solicitaban  por  privilegio 
el  someterse  al  influjo  benéfico  de  su  autoridad. 

El  que  está  armado  de  integridad  6  inocencia  de  vida,  no  necesita  es- 
pada que  le  proteja  contra  la  malevolencia  humana.  Esta  opinión  politi- 
ca  no  es  indigna  de  la  sabiduría  sobria  del  hombre  prudente.  Pensilvania, 
á  lo  menos,  dá  un  ejemplo  de  que  estas  virtudes,  con  la  piedad  y  justi- 
cia, pueden  suavizar  la  ferocidad  del  salvaje,  aunque  sólo  opongan  una 
barrera  débil  al  furor  del  fanatismo  ó  la  rabia  de  la  ambición. 

JOSÉ  MARÍA  HEREDIA. 


»♦— 


1 


iTy  .,  .i'--     ,•  s         .y  ..       --  .        /  '■       ■       ■ 


DOCUMENTO  HISTÓRICO. 


1  N  FORMB 

redactado  por  D.  Antonio  Bachiller  y  Morales,  según  acuerdo  de  la  junta  celebrada 
el  día  13  de  enero  de  1869  en  la  morada  del  Marqués  de  Campo  Florido  para  lo 
que  fué  electo,  oida  su  moción,  y  luego  leido  y  aceptado  por  la  Comisión  que  al 
efecto  se  nombró  en  la  misma  reunión:  aprobado  por  la  siguiente  junta  general. 
La  Comisión  la  compusieron  los  señores  Domingo  Sterling,  Conde  de  Pozos 
Dulces,  Juan  Poey  y  Antonio  Bachiller  y  Morales,  Los  señores  Marqués  de 
Campo  Florido  y  Carlos  de  Sedaño,  firmaron  este  informe  como  Presidente  y 
Secretario  de  la  Junta  en  que  se  dio  cuenta  de  él. 

Señores: 

La  Comisión  que  suscribe  viene  á  someter  á  la  consideración  de  esta 
junta  lo  que,  en  su  opinión  y  en  la  de  una  grao  mayoria  de  sus  conciu- 
dadanos, comprende  que  puede  mejorar  la  condición  del  pais  y  terminar 
por  medios  morales  la  guerra  que  nos  aflige,  que  llevada  á  término  será 
la  ruina  de  su  riqueza  y  su  bienestar,  cualquiera  que  sea  su  resultado: 
que  ese  deseo,  que  consiste  en  invocar  la  justicia  x  propender  á  la  paz 
por  el  convenio  y  concierto  de  todas  las  voluntades,  está  encarnado  en  la 
mayoria  de  sus  naturales,  lo  prueba  lo  numeroso  de  la  primera  junta 
aquí  reunida  y  lo  que  en  ella  pasó:  no  es  preciso,  por  lo  tanto,  encomiar 
las  ventajas  de  una  conciliación  en  que  no  habrá  sacrificios  si  sólo  recono- 
cemos lo  justo,  lo  conveniente  y  lo  digno. 

42 


i 


330 


KBVISTA  DE  CUBA 


Cuba  es  una  parte  integrante  de  la  que  fué  monarquía  española  y  hojr 
se  reconstituye  en  su  nacionalidad,  política:  su  pasado,  como  gobierno,  ea 
acreedor  á  la  execración  que  han  merecido  sus  abusos  á  la  gloriosa  Revo- 
lución de  la  Península:  asi  lo  publican  los  órganos  del  país  y  el  manifies- 
to del  Gobierno  Provisional:  la  censura  sería  más  severa  aquí,  porque  allí 
había  apariencias  de  un  gobierno  parí  arden  tario  y  se  aceptaban  siquiera 
las  formas  de  la  hipocresía:  aquí  estábamos  sujetos  á  una  ley  excepcional 
y  arbitraria. 

Ño  debemos  mirar  para  atrás:  eso  sería  ocuparnos  de  la  historia;  pero 
fijemos  esta  situación  para  que  no  se  dificulten  las  resoluciones  de  actua- 
lidad y  de  forma;  ni  nos  asuste  la  idea  de  que  en  ellas  tiene  que  ser  un  ele- 
mento la  urgencia  anormal  en  que  el  país  se  encuentra.  Si  supusiésemos 
por  un  momento  que  no  fuésemos  hoy  españoles  con  el  derecho  de  reu- 
nión reconocido  por  el  ilustre  y  querido  General  que  aquí  representa  al 
Gobierno  Provisional, — ünico  punto  luminoso,  única  fuente  de  legalidad, 
porque  es  la  expresión  de  un  movimiento  social,  lógico,  natural,  fundado 
en  la  voluntad  divina  que  hizo  libres  álos  hombres, — los  habitantes  de  la 
Isla  de  Cuba,  peninsulares  ó  insulares,  en  su  calidad  de  hombres,  ten- 
drían el  derecho  de  pedir  y  de  obtener  justicia,  porque  es  el  reinado  de 
la  justicia  el  que  la  Revolución  ha  proclamado,  y  quien  á  la  Revolución 
representa  tiene  tcdo  el  poder  indispensable;  mayor,  por  las  circunstan- 
cias, que  el  que  antes  tuvieron  por  la  distancia  los  gobernantes  en  las  Indias. 

Los  señores  presentes  saben  nuestra  historia  y  no  dudarán  un  momen- 
to que  la  fermentación  general  de  los  espíritus  que  recorre  todo  el  país 
no  puede  serenarse  sino  dentro  del  magnífico  programa  que -fie  ha  ofreci- 
do á  la  nación  como  la  tabla  de  sus  derechos:  para  Cuba  es  ahora  esa  de- 
claración una  tabla  de  salvación,  pero  real,  efectiva  y  sinceramente  res- 
petada en  su  índole  deseen tralizadora.  Cuba  tendría  esa  garantía  si 
pudiera  ser,  conforme  á  la  letra  y  el  espíritu,  custodiadora  de  un  derecho 
que  asegure  á  los  futuros  habitantes  y  descendientes  una  dignidad  de  que 
sus  vejados  padres  carecieron  y  de  que  sólo  han  disfrutado  por  cortas 
temporadas,  como  para  hacerles  más  sensible  la  sinrazón  de  las  privacio- 
nes que  en  toda  forma  sufrían;  privaciones  á  que  no  se  sometían  sus  her- 
manos de  la  Metrópoli. 

La  fórmula  expresada  por  el  General  que  representa  al  Gobierno  Pro- 
vitíional,  si  se  acepta  por  todos  los  partidos,  es  la  bandera  de  noble  unión, 


DOCUMENTO  HISTÓRICO  331 

aun  para  aquellos  que  se  asustan  de  las  innovaciones  necesarias:  «que  el 
país  se  gobierne  por  el  país». 

Si  el  uso  de  la  palabra  autonomía  es  nuevo,  la  idea  que  envuelve  ea 
una  cosa  practicada  por  muchos  años  con  felices  resultados;  que  no  puede 
dejar  de  existir  de  derecho  desile  el  momento  en  que  se  reconoce  que  la 
centralización  es  el  despotismo  moderno.  Los  hombres  que  se  han  ocupa- 
do de  la  colonización  y  de  su  política,  han  convenido  en  que  el  gobierno 
ha  de  encerrarse  en  la  fórmula  que  tan  bellamente  ha  expresado  en  sus 
proclamas  y  disposiciones  el  General  Dulce:  profundamente  liberales,  vi- 
rilmente emitidas,  delicadamente  manifest-adap. 

Loa  hombres  prácticos  que  han  consagnado  su  vida  al  estudio  de  estas 
materias  están  de  acuerdo  en  que  los  habitantes  de  las  colonias  deben 
gobernarse  á  sí  mismos;  y  de  ese  gobierno  propio  resulta  bien  para  todos, 
inclusa  la  Metrópoli.  Las  colon ia.s  pueden  tener  extensión  y  elementos 
para  constituirse  en  naciones  independientes  llegada  su  época,  ó  están 
condenadas  á  ser  satélites  de  alguna  otra,  como  sucede  á  las  islas  pe- 
queñas de  América:  parecía  que,  conforme  fuera  el  destino  final,  podía  ser 
distinta  su  educación;  pero  no  es  así.  Oigamos  á  Duval:  (1) 

«Cualquiera  que  sea  la  constitución  que  adopte,  se  halla  dentro  de 
esta  fórmula: 

«Union  política.  (Integridad  nacional). 

«Independencia  en  la  Administración. 

«Administración  progresiva  (donde  hay  castas). 

«Solaridad  de  interese.<j». 

Hé  aquí  la  fórmula:  en  cuanto  á  su  realización,  la  legislación  que  pro- 
clama, á  pesar  de  que  los  franceses  no  son  inclinados  á  las  ideas  descen- 
tralizad oras,  recomienda  el  sistema  inglés:  el  gohieymo  propio  que  las  co- 
lonias inglesas  vienen  experimentando  há  más  de  un  siglo  en  territo- 
rios magníficos  que  equivalen  á  grandes  naciones  en  todas  las  partes 
conocidas  del  mundo.  Y  ¿cuál  es,  señores,  el  pensamiento  del  gobierno 
inglés  hoy?  Helo  aquí  en  boca  de  uno  de  sus  más  distinguidos  repüblicos, 
de  Lord  Kusselh  «Los  ingleses  en  cualquiera  parte  donde  se  establecie- 
ren deben  vivir  tan  libres  como  en  su  propio  país.»  (2) 

(1)    Les  Colonies  et  la  Folitique  Coloniale  de  la  France,  par  Jules  Duval,  pági- 
na 472. 

.  (2)    Annuaire  de  la  Revue  (|§8  Deqz  Mondes,  pág.  408  (1855  á  56). 


332 


REVISTA  DE  CUBA 


En  el  discurso  de  que  copiamos  esas  palabras  se  demuestra  la  prospe- 
ridad siempre  creciente  de  las  colonias  británicas  con  ese  régimen  liberal 
que  produce  en  todas  dignidad  y  bienestar  y  que  aleja  en  lugar  de  preci- 
pitar la  independencia  á  que  naturalmente  tienen  que  llegar:  lejos  de 
que  produzca  el  deaeo  de  la  separación,  la  libre  legislación  del  Canadá 
ha  estrechado  sus  vínculos  con  la  Metrópoli,  á  punto  de  que  en  la  gue- 
rra  do  Oriente  se  trasladaron  todas  las  guarniciones  y  tropas  de  sus  cas- 
tillos al  campo  de  batalla,  y  la  tranquilidad  permaneció  inalterable.  (1) 
Verdaderos  ingleses,  han  tomado  parte  en  las  glorias  y  las  desventuras 
,  de  sus  hermanos  políticos:  ingleses  y  con  las  libertades  inglesas  en  dónele 
quiera  que  pongan  el  pié. 

Ese  gobierno  liberal  y  autonómico  de  las  colonias  inglesas,  que  se  rea- 
liza con  menos  extensión  en  Francia,  Holanda  y  otras  naciones,  que  se 
ha  reformado  siempre  en  sentido  liberal  en  el  Canadá,  ha  dado  los  resul- 
tados má3  ventajosos,  conforme  ha  ido  siendo  más  libeml.  Lo  ha  demos- 
trado Lord  Russell;  pero  para  no  cansar  la  atención  de  la  junta  con  mu- 
chas pruebas  estadísticas,  baste  decir  que  en  menos  de  un  siglo  se  ha  mul- 
tiplicado la  población  en  el  Alto  y  Bajo  Canadá  treinta  veces;  que  en 
1763  era  de  82,000  almas  y  en  1861  de  2,505,702,  y  que  su  comercio  ñe 
importación  y  exportación  ascendía  en  1861  á  $79,669,031.  (2) 

Ese  sistema  que  es  igual  para  los  ingleses  en  todas  partes,  que  se  apli- 
ca en  la  India  hasta  donde  lo  permiten  las  circunstancias  locales,  desde 
que  cesó  la  Compañía  que  antes  la  gobernaba,  no  sólo  es  el  más  conve* 
niente,  porque  aleja  el  deseo  de  una  separación, — pues,  nadie  aventura  fá- 
cilmente la  felicidad  ni  acepta  la  revolución,  á  no  ser  por  las  causas  que 
han  motivado  la  española, — sino  que,  aun  para  ese  caso  supremo  y  final, 
evita  perjuicios  que  la  historia  imparcial  condena  como  inútiles.  No  de- 
be la  Comisión  repetir  aquí  cuanto  se  ha  dicho  sobre  este  asunto:  limitase 
sólo  á  recordar  las  expresiones  de  Lord  Russell  en  el  discurso  citado:  «No 
sólo  creo  que  se  puede  y  debe  proceder  de  conformidad  con  estos  princi- 
pios, sino  que  ellos  son  los  únicos  que,  supuesto  el  caso  de  ocurrir  conflic- 
tos en  lo  futuro,  están  llamados  á  resolverlos  sin  peligro  de  repetir  el 


(1)  Discurso  de  9  de  febrero  de  1859,  en  las  Cámaras. 

(2)  Annuaire  de  1'   Ecoa.  Polit.  et  Statistique  (1864)  pág.  264. — Histoire  do 
r  Emigration,  par  Duval,  pág.  286. — Otras  fuentes. 


DOCUMENTO  HISTOBICO  3í 

l&meDtoble  ejemplo  que  dimos  con  las  coloaiaa  que  hoy  componen  lo 
ee  llaman  Estados  Unidos.»  Fué,  á  su  juicio,  no  una,  sino  una  séri 
causas  las  que  eucendieron  una  guerra  fratricida,  que  el  noble  Lorc 
pera  que  sea  «la  última  de  las  guerras  de  separación». 

La  Comisión,  fundándose  en  las  instrucciones  de  muchos  de  sus  ■ 
ciudadanos,  en  el  voto  de  ios  hombres  de  gobierno,  en  la  autoridad  di 
escritores,  en  la  práctica  de  Inglatera,  en  la  opinión  legalmente  expr 
da  por  el  país  no  hi  mucho  tiempo,  en  los  derechos  imprescriptible! 
la  naturaleza  y  las  leyes  de  la  razonj  propone  se  pida  como  medida 
gente  la  inmediata  autonomía  de  Cuba  en  la  forma  que  apf 
de  esta  exposición,  procurando  antes  ocuparnos  de  las  objec 
hacen  al  pensamiento  por  los  partidos  conservadores. 

Se  pretende  que  es  una  innovación,  que  ni  tenemos  derecho  de  re 
mar,  ni  hay  poderes  (fue  nos  la  otorguen.  Prescindiendo  de  que  se  co 
be  que  haya  un  partido  conservador  en  Inglaterra,  que  tantas  cosas  I 
naa  tiene  que  conservar  en  su  gobierno,  no  puede  esto  suceder  en  C 
hoy,  en  momentos  en  que  la  Península  se  constituye  con  una  banc 
democrática,  en  circunstancias  en  que,  si  se  atiende  á  las  formas,  lo  \i 
en  la  Isla  es  que  el  Gobierno  la  rija  por  reales  órdenes.  Lo  que  es 
autonomía  de  hecho,  una  independencia  administrativa  y  que  ha  exis 
para  el  sufrimiento  moral  de  los  habitantes. 

Se  indicó  ya  al  principio  que  estamos  en  circunstancias  anormal 
nunca  ba  podido  considerarse  más  lleno  de  facultades  el  Gobierno  1< 
que  hoy:  si  se  salva  ima  sola  vida,  sí  se  devuelve  la  tranquilidad  al  f 
,  ¿quién  puede  preguntar  con  qué  derecho  se  hace  el  bien?  Cuando  el 
neral  Someruelos  abrió  bajo  su  responsabilidad  el  comercio  de  Cubaí 
extranjeros,  y  el  liberal  Mahy  ae  negó,  en  la  segunda  época  conatitu 
nal,  á  dar  cumplimiento  á  una  ley  votada  en  las  Cortes,  asumiend 
responsabilidad  que  no  quiso  que  compartiera  el  Ayuntamiento,  sal  ve 
á  la  Isla:  la  prosperidad  de  ésta  ha  comenzado  con  actos  revoluciona) 
pero  ese  epíteto  honra  cuando  su  fin  es  la  justicia,  su  aspiración  y  r€ 
tado  la  felicidad,  su  medio  los  sentimientos  de  fraternidad  de  una  f 
familia,  cuyos  nobles  instintos  se  pervierten  por  los  pocos  que  la  esc! 
zan  á  BUS  intereses,  evocando  las  pasiones. 

Antes  de  que  la  Constitución  espadóla  admitiera  los  Diputadof 
América  en  sus  Cortes,  pensamiento  anterior  del  que  redactó  la  de 


334 


REVISTA  DE  CUBA 


yona,  la  idea  de  que  la  administración  propia  del  país  debía  representar- 
se y  reunirse  en  cada  localidad  se  ocurrió  lógica  y  materialmente  á  nues- 
tros legisladores.  Como  lo  ha  dicho  Saco,  como  lo  ha  publicado  la  Sagra,  la 
misma  Cuba  tuvo  sus  Congresos  á  que  concurrieron  Diputados  nombrados 
por  sus  Ayuntamientos.  No  pudieron  trasladar  á  América  instituciones 
que  no  tenían;  pero  á  ella  se  llevó  el  espíritu  municipal  y  libre  de  sua 
venerables  fueros,  y  las  leyes,  al  ocuparse  de  reuniones  públicas,  recono- 
cieron á  las  Indias  el  derecho  de  tener  Cortes  locales,  sin  más  requisitos 
que  la  licencia  del  Monarca,  que  era  el  que  se  exigía  en  Europa:  la  con- 
vocatoria. Estaba  en  derecho  resuelto  que  la  América  pudiera  tener  Cor- 
tes en  dos  secciones:  la  Setentrional,  en  que  tenía  la  primera  voz  Méjico, 
y  la  Meridional,  en  donde  la  primera  ciudad  era  el  Cuzco.  (1) 

La  Espafia  antigua  no  es  la  España  de  hoy,  y  si  antes  hizo  esas  decla- 
ratorias que  indican  la  necesidad  de  que  sus  colonias  tuvieran  en  sí  mis- 
mas las  propias  instituciones,  no  centralizando  y  haciendo  imposible  sn 
ejercicio  en  las  respectivas  localidades,  si  la  semejanza  del  derecho  exige 
esa  forma  autonómica  que  es  la  asimilación  sin  la  absorción;  si  de  hecho 
no  hay  nada  más  en  pié  respecto  de  legalidad  que  la  autoridad  qne  quie- 
re que  el  país  se  gobierne  por  el  país,  si  esto  no  excluye  la  unidad  polí- 
tica, sino  que  la  perpetúa  ¿por  qué  se  invocan  principios  conservadores 
que  lejos  de  conservar  destruyen  la  bandera  de  la  Revolución  española 
que  nos  cobija,  y  que  reconoce  derechos  que  tenemos  áfuer  de  seres  racio- 
nales? La  autonomía  no  es  una  innovación:  es  dar  formas  legales  y  justas 
á  una  diferencia  que  fué  absoluta  en  lo  político  y  de  hecho  desde  1837; 
pero  nunca  fué  semejante^  no  ya  idéntica,  en  las  otras  épocas  constitucio- 
nales. La  autonomía  se  ha  pedido  también  en  1867,  por  los  últimos  re- 
presentantes elegidos  por  Cuba,  y  el  Gobierno  actual  de  la  Metrópoli  ha 
proclamado  la  descentralización,  y  eso  es  el  gobierno  propio. 

Otra  de  las  objeciones  que  ha  oido  la  Comisión  entre  los  que,  más  por 
efecto  de  los  hábitos  que  de  la  mala  fé,  consideran  necesario  el  despotis- 
mo para  el  orden,  es  suponer  suelto  el  lazo  de  unión  con  ese  sistema.  El 
el  lazo  más  seguro  es  el  del  recíproco  interés,  el  más  duradero,  el  que 


(1)  Leyes  2  y  4,  título  8,  libro  IV  de  la  Recopilación  de  Indias. — Cédalas  de  25 
de  junio  de  1530  y  27  de  diciembre  de  1663.  •— Cedulario  de  Méjico,  tomo  1.®,  pági- 
na 272, 


DOCUMENTO  HISTÓRICO  3i 

anuda  reUciorí^a  juntas  y  dignas  entre  gobernantes  y  gobernados,  gi 
radoroa  Oe  cotitento  y  de  Ia  paz  pública.  ¿Quién  puede  negar  que  la 
preciosa  conquista  de  la  Revolución  de  EspaQa  ha  sido  disminuir  la! 
cnltades  de  que  abusaron  sus  gobiernos?  Pues  á  aso  mismo  aspiramof 
I  la  paz  y  la  felicidad  de  Cuba,  bien  gobernada,  con  iii 
s  habitantes.  Si  la  distinguida  figura, de  un  Lord  BIgin 
construyendo  el  CanadA  después  de  sus  turbulencias  de  1837  resulta 
deada  de  una  gloria  espléndida,  dirigiendo  las  aspiraciones  de  los  mis 
eeparatistas  A  un  fín  nacional,  y  si  reunió  en  un  pacto  fuadamental  k 
pueblos  de  distinto  origen  y  los  hizo  confundir  en  fraternal  abrazo  y 
sus  facultades  pudo  hacerlo,  ¿por  qué  negar  que  tienen  los  que  en  su  < 
se  hallan  la  neceflarin  para  unir  y  triunfar  como  debe  hacerlo  lá  in 
gencia?  No  es  posible  que  alguno  crea  de  buena  fó  qué  está  desairad 
poderlo  y  representación  españoIeB,  ni  la  bandera  de  ningún  pais 
donde  está  con  honor  la  inglesa  en  idénticas  circunstancias:  eso  n 
presumible. 

Y,  pues  se  nos  presenta  ese  ejemplo  histórico,  veamos  de  paso  ei 
resuelta  otra  objeción.  Se  suponen  diferentes  las  circunstancias  resp 
de  Cuba:  es  un  error.  La  población  de  Cuba  no  es  homogénea;  pen 
luchan  dos  nacionalidades  diferentes,  no  hay  aótipattas  hereditarias 
tre  sus  secciones;  nijos  celos  que  siempre  figuraron  entre  franceses  é 
gleses.  El  Bajo  Canadá,  de  origen  francés  y  católico,  los  restos  de  la 
tigua  Acadia,  se  unían  sin  confundirse  con  la  raza  anglo-sajona,  repel 
dose  continuamente.  La  justicia,  la  conveniencia,  la  superior  inteligei 
que  sabe  que  hay  cosas  que  no  pueden  combatirse,  pero  sí  dirigirs 
bien,  los  ha  confundido  en  un  gran  pneblo  que  acabará  por  ser  todc 
glés.  Ahi  está  ese  cuadro  en  la  actual  América  inglesa,  en  las  ricas  y 
ees  provincias  del  Canadfi.  Ese  fenómeno  en  otra  escala  se  verifica  e: 
India  con  eleraeotos  más  heterogéneos  y  hasta  donde  es  posible.  La 
misión  quiere  imitar  á  un  prudente  y  entendido  Jefe  superior  y  nt 
atreve  á  nombrar  lo  que  S.  E.  no  nombra;  pero  ¿quién  puede  dudar 
hasta  esas  soluciones  aconsejan  la  autonomía? 

Hay  quien  pregunta  si  renunciará  la  Metrópoli  á  sacar  ventajai 
BU  colonia.  La  autonomía  no  excluye  la  contribución  proporcional  y  j 
de  la  parte  para  la  conservación  del  todo:  mucho  tiempo  vivió  Espafi 
precisamente  antes  de  ser  parlamentario  su  gobierno,  coa  provincias 


836  REVISTA  Db  cuba 

ho  pagaban  oontribucionea  como  Castilla  y  ofrecían  sus  conti' 
paz  y  guerra:  si  bien  nunca  fueron  legítimaa  por  1a^  leyes  conl 
DO  votadas  por  los  contribuyentes,  algunas  han  conservado 
hasta  nuestros  días.  EspaBa  con  honra  no  puede  conaíderar  á  1 
cías  ultramarinas  cotuo  una  factoría,  parque  comprende  que  \t 
cion  es  una  cotización  de  ventajas,  una  indemnización  necesí 
sabe  que  debe  sostener  con  su  contingente  el  decoro  y  la  digni 
nales;  sabe  que  esa  prestación  le  es  conveniente,  le  es  (itil  y  qi 
robustece  su  e:tÍBtencia  material.  Espafia  no  necesita  de  gastos 
tivos  de  empleados  y  esfuerzos  materiales,  porque  los  mejores  e 
el  interés  reciproco  de  todos  loa  habitantes  y  ganarla  para  la 
el  tnás  precioso  de  los  beneüoiosi  el  ahorro  del  tributo  de  sangí 
conservación  por  ese  medio,  paga  la  juventud  peninsular  on  lo 
Si  esto  no  fuera  bastante,  ¿no  está  Espaila  destinada  á  ser  un 
cion  maritiraa?  ¿No  es  la  comarca  de  Europa  más  rica  en  pr 
naturales?  ¿No  es  su  marina  mercante  una  de  las  míls numerosas  i 
Pues  recuérdese  que  con  las  leyes  autonómicas  en  poco  miís  t 
el  Alto  y  Bajo  Canadá,  que  apenas  figuraban  en  la  estadistic 
población  de  82,000  almas,  han  producido  en  1861,  en  su  c 
importación  y  exportación,  wn  contar  con  el  trfifioo  interior,  ^ 
arrojan  una  cnpitacion  de  31.79  dollars.  ¿A  cuánto  equivaldri 
del  comercio  metropolitano  en  ese  inmenso  progresa?  lío  es  t 
sioTí  de  demorarnos  en  pormenores,  bastan  sus  indicaciones. 

Otras  objeciones  han  solido  hacerse  que  hoy  carecen  de  of 
pero  que  se  resuelven  todas  fácilmente  por  el  criterio  de  la  ji 
indisputable  ventaja  de  que  asi  es  únicamente  posible  que,  coi 
dijo,  'nasimtla/don  no  sea  la  absorción,  y  aquella  voz  no  puedi 
lítica  aplicada  con  la  significación  que  en  zoología:  la  Metrópo! 
asimilarse  por  fuerzas  digestivas  las  colonias  á  quienes  quiere 
derechos  naturales  é  imprescriptibles. 

La  Comisión  no  se  supone  investida  de  poderes  para  tomai 
la  Isla  y  asegurar  que  representa  la  genuina  voluntad  del  pal 
!o  creerá  aunque  la  junta  sólo  adopte  sus  pensamientos;  pero 
ii.üeíibilidad  de  las  consecuencias  de  la  lógica,  y  por  lo  tant 
que  el  iiacido  en  esta  tierra  prefiere  la  autonomía  con  Espaftí 
ra,  con  la   Espada  regenerada  por  su  actual  programa,  á  la 


DOCUMENTO  HISTÓRICO 


ssi 


ningunotro país  ó  auna  independencia  para  la  cual  no  tiene  hoy  elemen- 
tos: comprende  que  su  actual  aspiración  es  la  de  asegurar  sus  derechos, 
semejantes  á  los  de  sus  hermanos  de  la  Península:  vivir  unidos  por  los 
lazos  que  anuda  una  conducta  digna  y  por  la  justificación  de  los  manda- 
tarios con  los  mandantes,  y  prolongar  por  todo  el  tiempo  posible,  alejar 
con  el  bienestar  recíproco  la  hora  de  la  separación;  y  porque  así  es  lo  que 
á  todos  conviene,  se  figura  que  debe  ser  la  voluntad  de  todos. 

Resumiendo,  la  Comisión  propone  se  adopten  las  siguientes  conclu- 
siones: 

19  Que  la  autonomía  de  Cuba  resuelve  todas  las  dificultades  y  con- 
flictos que  aquejan  al  país. 

29  Que  para  llevar  á  efecto  este  pensamiento  debe  tomarse  en  con- 
sideración  el  proyecto  presentado  al  Gobierno  en  1867  por  la  mayoría  de 
la  Comisión  de  Información  con  las  modificaciones  que  reclama  la  dife- 
rente índole  de  las  actuales  circunstancias  de  la  Metrópoli. 

Habana  y  enero  17  de  1869. 

ANTONIO  BACHILLER  Y  MORALES. 


♦•» 


43 


LA  ADULTERA. 


[Poema    de    Alfredo    de    Vigny.] 


I. 


— (íMi  lecho  está,  amor  mió, 
De  aloes  7  de  mirra  perfumado: 
El  cinamomo,  el  nardo  de  Palmira, 
Mis  alfombras  de  Egipto  embalsamaron. 
Brillan  el  oro  7  perlas  en  mi  frente. 
Ven  hacia  mi:  no  tardes,  dulce  amado, 
T  en  delicias  me  embriaga  Hasta  el  momento 
Que  llame  el  sacrificio  á  los  humanos. 
H07  que  no  mora  en  la  ciudad  mi  esposo 
A  las  nocturnas  dichas  sé  invitado: 
El  mu7  lejos  se  encuentra».  Asi  en  la  sombra 
Y  en  inquieta  actitud,  cabe  un  naranjo, 
Hablaba  nna  mujer:  la  estrecha  puerta 
Al  amante  mostrábale  turbado. 
Quien  salvando  el  umbral,  rápidamente 
Tras  si  la  cierra  su  convulsa  mano. 
Reinó  el  silencio,  7  luego  estas  palabras 
Só  el  techo  artesonado  retumbaron: 


LA  ADULTERA  83d 

— «jOhl  ¡deja  que  me  embriague  en  esoe  ojoal 
Tu  frente  es  semejante  al  lirio  blanco 
De  los  valles,  mi  bien.  ¡Cuan  suave  aroma 
Se  exhala  siempre  de  tus  frescos  labios! 
jCuánto  es  dulce  tu  acento!  £so8  collares, 
Que  circundan  tu  seno  de  alabastro, 

Y  esas  perlas  brillantes  abandona!» 
— «¡Deja  que  seque  mi  amorosa  mano 
El  húmedo  rocío  que  la  noche 
Depuso  en  tus  cabellos:  esperando 

A  tu  amada  se  heló  tu  frente  hermosa!» 
— «Mas  arde  el  corazón  con  fuego  extraño, 

Y  el  amor  le  guió:  véme  á  tus  plantas, 
jOh  bella  entre  las  bellas!  AI  amado 

¿Qué  importan  los  peligros?  ¿qué  las, noches 

Son  de  eterno  anhelar,  si  ya  del  árbol 

De  ardiente  amor  la  fruta  codiciada 

La  siento  extremecer  bajo  mi  mano?» 

— «¡Oh!  sí...  ¿pero  no  escuchas?...  Ese  grito... 

¿No  sientes  el  rumor  de  lentos  pasos?» 

— «¡Es  un  hijo  de  Aaron  que  al  rezo  llama, 

¡Pero  pálida  estás!...  ¡Qué  el  fuego  sacro 

De  un  perdurable  beso  nos  consuma...! 

Todo  temor  desecha,  y  en  los  brazos 

Del  amor  la  inquietud,  risueña,  calma, 

Y  une  á  mis  labios  tus  purpúreos  labios». 
No  se  oyó  nada  más,  y  una  tras  otra 
Lentamente  las  luces  se  apagaron. 

IL  • 

Cuando  del  Sol  levante  los  primeros 
Rayos  doran  el  campo  y  los  olivos 
De  la  sacra  montaña;  en  esa  hora 
De  apacible  quietud,  cuando  tardíos 

Y  polvorosos  vuelven  los  camellos^ 

Y  del  desierto  los  tributos  ricos 


340  REVISTA  DE  CUBA 

Conducen  á  Israel;  cuando  se  apresta 
Pe' su  tienda  el  pastor  el  blanco  lino 
Gozoso  á  abrir;  pastor  que  vio  del  alba 
Palidecer  la  estrella,  y  á  sus  hijos 
Convoca  á  que  saludan  cariñosos 
La  aurora  j  al  Eterno  en  dulces  himnos;- 
El  seductor,  del  éxito  contento 
De  su  crimen,  se  aleja  con  fastidio 
Del  placer  y  á  su  víctima  abandona. 
Sola,  en  su  estancia,  en  ademan  sombrío, 
Queda  sentada:  en  su  incolora  frente 
Ya  del  remordimiento  tristes  signos 
Pálidos  lucen.  Retener  quisiera 
La  noche  que  por  cómplice  ha  tenido, 
Y  la  aurora  primera,  y  el  primero 
También  de  sus  suplicios!  Ella  ha  visto 
La  falta  y  el  lugar  á  un  mismo  tiempo. 
De  sí  se  asombra;  y  de  su  Dios,  impío 
Dudó  su  corazón.  Inmóvil,  mudsi, 
Unió  sus  manos,  con  los  ojos  fijos 
En  la  secreta  puerta,  y  semejante 
A  la  muerte,  del  llanto  comprimido 
Tan  sólo  alguna  lágrima  furtiva 
Al  mostrar  sus  dolores  infinitos, 
Mostraba  que  aún  vivia.  Tal  Sodoma 
A  imprudente  mujer'herida  ha  visto 

\E1  dia  en  que  el  Eterno  fuego  ardiente 
Vertió  sobre  sus  muros  corrompidos, 
Extinguiendo  dos  pueblos  detestados 
Con  una  misma  llama  á  un  tiempo  mismo. 

.  Ella,  contra  el  mandato  del  Eterno 
Ver  de  la  infancia  los  amados  sitios 
Quiso  por  vez  postrera,  ú  orgullosa, 
O  á  su  loca  ambición  prestando  oidos, 
Sorprender  con  miradas  indiscretas 
El  gran  secreto  de  los  cielos  quiso, 


r 


LA  ADULTERA  341 

Mas  de  repente|  inhábil  á  la  faga, 

Su  pió  quedó  en  la  tierra,  inmóvil,  ^o. 

Bajo  la  inerte  sal  se  descolora 

Su  semblante,  y  en  tanto  el  hombre  digqo, 

£1  justo  anciano  que  á  Segór  marchaba, 

Sus  pasos  no  oyó  más  en  su  camino, 

La  helada  frente  de  la  infiel  hebrea 

Asi  quedó.  ¿Mas  quién  es  ese  niño 

Que  á  sn  lado  aparece?  Al  contemplarla 

Llorar,  llora  también  el  pobrecillo, 

Y  le  demanda  con  turbado  acento 
Le  dé  cual  siempre  el  beso  matutino. 
Con  insegura  planta,  y  lentamente, 
Avanza  al  fin,  y  de  su  madre,  timido, 
Osa  besar  las  húmedas  mejillas. 
[Cuan  dulce  de  esos  labios  purpurinos 
Fuera  el  ósculo  tierno!  Ella  probarlo 
Intenta,  y  se  extremece,  que  en  el  hijo 
La  imagen  vé  del  ultrajado  esposo: 

Que  ante  ese  lecho,  en  esos  muros  mismos, 
Del  conyugal  secreto  aun  empapados, 
Do  el  sacrilego  amor  halló  un  asilo. 
Del  amor  maternal  avergonzada. 
No  se  atreve  á  posar  sus  fementidos. 
Sus  adúlteros  labios  en  la  boca 
Fura  del  ángel  que  á  besarla  vino. 
Quiso  hablar,  pero  en  vano,  que  apagados 
De  su  acento  espiraron  los  sonidos; 

Y  en  tan  supremo  instante  pudo  sólo 
Su  corazón  hablar  con  un  suspiro. 
Que  pareció  el  postrero  de  su  vida. 
Rechaza  entonces  con  horror  al  hijo 
Que  atónito  la  mira:  [la  vergüenza 
Tal  abrumó  su  corazón  aflicto! 

Abre  la  puerta,  mas  cual  blanca  estatua 
Cae  de  su  base,  se  abatió  ea  el  sitio! 


342 


BEVtSTA  DE  CUBA. 


III, 

Y  en  ese  dia,  y  desde  el  alto  muro 
Se  miraba  volver  pausadamente 
A  un  viajero  opulento,  que  hacia  Tiro 
Partido  habia:  los  pesados  bueyes 

Y  el  camello  indolente  al  grave  peso 
Doblegados  marchaban.  Doce  fieles 
Bervidoreb  siguiendo  paso  á  paso 

La  estrecha  vía,  sus  morenas  frentes 
Tostadas  por  el  sol,  bajo  la  seda 

Y  purpura  doblaban.  Y  así,  alegre, 
El  señor  de  la  rica  caravana 
Pronunció  estas  palabras:  Ahora  debe 
Mi  Séfora,  mirando  al  horizonte, 

Al  esposo  aguardar:  lágrimas  vierte 

Y  dice  acongojada: — «¡Aún  estl  lejos! 
))Sin  embargo,  del  sol  el  rayo  ardiente 
j)Ya  el  desierto  colora!  Y  no  la  veo 
»Por  el  lado  de  Tiro». — Mas  en  breve 
Vendrá  en  mi  busca,  y  la  diré:  «¡Querida, 
^Entrégate  al  placer!  Estos  presentes 
»Son  para  ti:  la  púrpura  y  la  seda 

»Y  el  ámbar  rico  y  las  alfombras  muelles 

«Y  el  acero  pulido  del  espejo 

»Do  anhelas  que  tu  imagen  se  refleje». 

Asi  decia,  y  de  Sion  cruzaba 

El  recinto  tortuoso  velozmente. 


IV. 


En  tanto  de  Judá  la  tribu  toda 
Al  templo  acude  á  celebrar  las  fiestas: 
Niños,  ancianos  y  mujeres  vierten, 
Arrepentidos,  lágrimas  sinceras. 


LA  ADULTERA      •  843 


Allí  los  que  un  secreto  mal  aflije, 
El  impuro  leproso,  que  á  la  tierra 
Causa  horror,  el  tullido,  el  ciego  triste, 
Ya  libres  de  sus  males,  se  prosternan 
Al  pié  del  Salvador  que  Ioa  sanara, 

Y  los  misterios  de  su  cura  cuentan; 
El,  hijo  del  dolor,  dé  infortunado^ 
Rey  á  la  vez,  con  su  fecunda  diedtrá 
Milagros  prodigaba,  y  una  fuente 
De  oráculos  sagrados  su  V02  erat 
Er  pesar  con  el  hombre  compartía, 

Y  bajar  hasta  el  pobre  no  desdeña. 
Unos  cuantos,  cual  él,  sencillos,  pobres, 
Pero  formados  en  su  santa  escuela, 
Siguen  sus  pasos,  y  en  su  seria  frente 
La  luz  de  sacra  aureola  se  refleja. 


* 

*  « 


Por  los  sueltos  cabellos  arrastrada 
Una  mujer, — que  con  clamor  rodea 
Desenfrenada  chusma  tumultuosa,— 
De  súbito  aparece:  al  cielo  eleva       ^ 
Sus  ojos  abrasantes...  Sus  desnudos 
Brazos  jay!  ciñen  bárbaras  cadenas. 
Ante  el  Hijo  del  Hombre  la  conducen: 
El  error  provocando,  con  perversa 
Intención,  y  el  insulto  meditando, 
Avalizan  los  escribas,  y  uno  empieza: 
«Juzga,  maestro,  su  pecado  horrendo; 
«Esa  mujer  adúltera  y  perversa,     . 
«Ha  sido  sorprendida,  y  es  culpable, 
«Y  el  pueblo  de  Israel  saber  espera 
«Si  la  ley  de  Moisés  cumplirse  debej». 

Y  la  adúltera  esposa  aguarda  y  tiembla, 
Y  con  mirada  agonizante  busca 


§44 


REVISTA  Dfi  CuiÁ 

A  otbo  tal  vez  entre  la  turba  inmeüsá; 

Y  el  paéblo  sanguinario  la  señala: 
«¡Es  la  adúltera!» — exclama:  sobre  ella 
«^¡Piedras  lanzad:  su  seductor  ha  muerto!» 

Y  la  mujer  lloraba.  Mas  la  diestra 
Alzando  el  Juez,  con  grave  acento  dijo: 
— «¡Que  arroje  al  punto  la  primera  piedra 
Quien  de  vosotros  pecador  no  fuese!» 

Y  de  los  hijos  de  Israel  se  aleja. 
Estas  palabras  de  la  turba  aplacan 
Por  grados  el  furor,  y  se  dispersa. 

Y  luego  con  su  dedo  misterioso, 

Y  en  lengua  al  hombre  extraña,  y  en  la  arena. 
Signos  trazó  que  el  cielo  reflejara... 

Y  solo,  al  levantarse,  allí  se  encuentra. 


3880. 


ANTONIO  SELLEN. 


— •»■ 


CONFERENCIAS  FILOSÓFICAS. 


(Segunda  serie.) 


LECCIÓN  OCTAVA. 

STncABio. — SeoBaciones  de  la  vida  orgánica. — Sensaciones  Orgánicas  de  los  nervios.— 
El  agotamiento  nervioso.— El  tedio. — Estimulantes  del  sistema  nervioso. — Kela- 
ciones  de  De-Quincey. — Experiencias  de  Richet. — La  anestesia. — Batos  que  no6 
ofrece  para  el  problema  de  la  memoria. — Para  el  de  la  conciencia. — Observación 
personal  do  un  cloroformizado. — Su  análisis. — Sensaciones  de  la  circulación  y 
nutricioD.— Sensaciones  respiratorias. — Sensaciones  del  canal  alimenticio. — Sen  - 
saciones  genésicas. — Sensaciones  de  los  estados  eléctricos. — Importancia  capital 
de  estas  sensaciones  en  los  estados  psíquicos  más  permanentes. 

Señores: 

Prosiguiendo  el  estudio  de  las  sensaciones,  y  dicho  ya  lo  suficiente  de 
las  musculares,  nos  encontramos  con  una  clase  más  importante  en  sus  re- 
laciones con  la  sensibilidad  que  por  sus  contribuciones  á  la  inteligencia; 
pero  que  no  podríamos  dejar  en  silencio,  so  pena  de  desatender  factores 
interesantísimos  de  nuestra  yida  psíquica:  son  las  que  Bain  ha  designado 
con  el  nombre  de  sensaciones  de  la  vida  orgánica,  y  las  que  Spencer.  pa- 
ra  distinguirlas  de  las  de  los  sentidos  especiales  por  su  cualidad  caracte- 
rística, llama  entoperif ericas.  En  efecto,  mientras  aquellas  son  causadas 
por  acciones  externas,  éstas  provienen  de  acciones  internas;  y  asi  como 

44 


346  aevista  de  cuba 

las  priraeraB  nos  ponen  en  relación  con  el  medio  externo  y  nos 
lo  objetivo  distinto  de  nuestro  cuerpo,  les  segundas  nos  ponen 
cion    con    el    medio   interno,   y   nos  hacen  sentir   nuestro  prop 

Bain  Iñu  clafliñca  por  el  sitio  en  que  ae  localizan,  del  modo  si 
Sensaciones  orgánicas  de  loa  músculos;  sensaciones  orgánicas  de  '. 
vios,  sensaciones  orgánicas  de  la  circulación  y  nutrición;  sensaci 
la  respiración;  eensaciones  de  calor  y  frió;  sensaciones  del  ca 
meuticio  y  sensaciones  de  los  estados  eléctricos. 

Obligado  como  estoy  por  la  índole  de  estas  conferencias  á  reí 
ñ  limites  restrictos,  no  insistiré  sobre  las  sensaciones  musculares 
las  de  c.iior  y  frió  para  cuando  tratemos  del  tacto,  y  ahora  pasar 
mente  sobre  las  otras;  para  poder  notar  después  sus  caracteres  ( 
y  su  influencia  en  la  vida  del  espíritu;  inÜuencia  tan  grande  com 
nada  por  los  antiguos  psicólogos, em pe Badc-s  en  reducir  los  factor 
estados  anímicos  k  los  solos  elementos  de  la  conciencia. 

Cuando  veamos  que  ]>(  más  sencilla  función  orgánica  tiene 
nancia  en  nuestros  estados  subjetivos,  comprenderemos  que  la  c 
tancia.de  todo  acto  psíquico  con  un  acto  físico  es  una  inducción 
debemos  jamás  perder  de  vista  en  los  estudios  psicológicos,  por 
dá  la  clave  de  muchos  hechos  hasta  aquí  inexplicados. 

El  estado  orgánico  de  los  nervios  produce  sensaciones  de  bit 
y  dolor  en  correspondencia  con  su  importancia  entre  los  tegidos. 
mo  en  el  muscular  un  gasto  excesivo  produce,  según  hemos  vist 
rrible  y  voluminosa  sensación  de  la  fatiga,  y  una  acción  excesiva 
y  desordenada,  el  intenso  dolor  del  espasmo,  en  el  nervioso  enco 
también  un  estado  doloroso  que  ae  distingue  por  su  intensidad, 
rálgia,  y  un  estado  doloroso  que  se  distingue  por  su  volumen,  el 
miento  nervioso,  efecto  de  un  gasto  excesivo  de  innervacion. 

El  estado  intenso,  como  todos  aquellos  en  que  la  sensibilidad 
mina  y  ocupa,  por  decirlo  asi,  toda  la  conciencia,  eclipsa  la  ideac 
trastorna  poderosamente.  En  el  agotamiento  nervioso,  cuando  es 
verifica  lo  mismo;  pero  cuando  se  mantiene  en  ciertos  limites  pro 
estado  mental  concomitante  excesivamente  penoso,  el  tedio.  Li 
falta  de  energía  para  responder  á  los  estimules  de  que  padece  el 
mo,  se  nota  en  el  intelecto  perezoso  y  embotado,  indeferente  i.  lo 


C0NFEREKCIA3  FILOSOI 

mientos  del  exterior  ka  ideas  se  sucedente 
verdadero  eafuerzo;  hay  intervalos  vacíos  en  i 
está  ocupada  por  una  senüauinn  particular  de 
ca  y  mental.  No  !isy  estado  en  que  aparezca  i 
dencia  del  organismo  y  del  espiritii.  Tal  pareí 
táneo  aniquilamiento.  Y  obsérvese  que  tod 
cuerpo  ó  del  espíritu  nos  lleva  il  ese  estado,  \< 
que  un  placer  excesivo,  que  una  meditación 
dispendioso,  la  reparación  normal  no  es  sufi 
acndir  A  un  reposo  hábilmente  dirigido,  A  una 
y  á  veces  á  los  estimulantes  especinles  del  ais' 

Ea  bien  frecuente  la  observticioii  de  pcrsi 
reveses  de  forttnm  que  van  A  bnscar  en  los  al< 
vulgo,  estimulo  para  su  sistema  nervioso  posti 
lógica  y  psicológica.  Asi  mismo  una  vida  ente 
larmente  por  excesos  de  esta  nalnraleza/y  sir 
tese  que  en  las  fiestas  prolongadas,  en  los  bai 
de  bebidas  excitantes  comienza  después  de  r, 
el  canaancio  orgilnico  y  el  hastío  mental.  Sabi 
rea  y  artistas  pe  han  distinguido  por  un  uso 
países  en  que  el  consumo  del  opio  y  del  hacbi 
tingaido  precisamente  por  la  construcción  di 
gioaos  que  están  denotando  la  hiperestesia  pe 

Estos  eatimulanteá  del  sistema  nervioso 
paicológica  un  campo  de  experimentos  extens 
lidas  de  la  concomitancia  de  los  fenómenos 
jetivos. 

Célebres  y  cooocidbs  üon  las  relaciones  en  c 
Huefioe  bajo  el  inñajo  del  opio.  Los  edíñcios  ; 
con  proporciones  tan  vastas,  que  sus  ojos  no  ( 
ilCl  e^acú)  se  hinchaba,  áice  textualmente,  f 
un  modo  inexplicable. o  Algunas  veces  le  pan 
ta  ó  cien  afiod  en  una  noche,  ú  segua  dice  él  r 
cienes  que  representaban  mil  afioa,  ó,  en  todo 
de  los  límites  de  toda  eiperíencia  humana.» 

Richet  ha  hecho  una  deacripcion  muy  nota 


348 


REVISTA  DE  CUBA 


tancia  es  suficientemente  grande  para  que  nos  convenga  reproducirla  aquí. 

«Media  hora  ó  una  hora  después  de  tomar  el  opio,  dice,  se  experimen- 
ta una  ligera  excitación,  una  sensación  general  de  viveza  y  satisfacción, 
que  se  convierte  muy  pronto  en  una  verdadera  somnolencia,  en  un  esta- 
do de  desvarío,  más  bien  que  de  sueño.  Se  siente  cierto  placer  al  abando- 
narse por  completo  á  ese  estado,  y  se  deja  invadir  uno  por  un  dulce  so- 
por; las  ideas  se  transforman  en  imágenes  que  continúan  originándose 
rápidamente,  sin  que  se  quiera  hacer  esfuerzo  alguno  para  cambiar  su 
curso.  Sin  embargo,  mientras  la  intoxicación  no  es  profunda,  este  esfuer- 
zo es  posible  aún Poco  á  poco  las  piernas  se  ponen  cada  vez  máa 

pesadas,  los  brazos  caen  casi  inertes,  los  párpados  también  parece  como 
que  pesan  y  no  pueden  , permanecer  levantados  Se  sueña,  se  divaga,  y 
■  no  obstante,  no  se  duerme;  la  conciencia  del  mundo  exterior  no  ha  des- 
aparecido. Los  ruidos  externos,  el  tic  tac  de  la  péndola,  el  rodar 
de  los  coches,  todo  se  percibe  oscuramente,  pero  parece  que  esos  ruidos 
cruzan  en  la  oscuridad  y  que  otra  persona  es  la  que  los  escucha.  El  yo 
activo,  consciente,  voluntarto,  no  existe,  y  se  imagina  uno  que  otro  indi- 
viduo ha  venido  á  reemplazarlo.  Poco  á  poco  todo  se  vá  haciendo  cada 
vez  más  vago,  las  ideas  se  pierden  en  un  una  confusa  bruma,  parece  co- 
mo que  se  ha  hecho  inmaterial  el  individuo,  que  no  siente  su  cuerpo,  que 
,  es  todo  pensamiento;  y  este  pensamiento  revolotea,  por  decirlo  asi,  ha- 
ciéndose cada  vez  más  brilante,  pero  también  más  vago.  Por  último,  el 
mundo  exterior  desaparece,  no  hay  más  que  un  mundo  interno,  á  veces 
tumultuoso,  delirante,  que  provoca  una  agitación  febril,  y  que,  por  el 
contrario,  otras  veces  con  más  frecuencia,  tranquilo  y  en  calma,  se  abis- 
ma en  un  sueño  delicioso Las  horas  transcurren  con  una  maravillo- 
sa rapidez La  inteligencia,  desprendida  de  todo  lazo  terrestre,  pare- 
ce reinar  en  un  mundo  de  ideas  tranquilas  y  serenas» 

No  es  posible  pintar  mejor  la  concentración  de  toda  nuestra  vida  in- 
terna en  el  pensamiento,  el  estimulante  ha  producido  toda  su  acción,  no 
hay  sensibilidad,  no  hay  voluntad,  todo  el  espíritu  es  ideación.  Pero  este 
trabajo  extraordinario  no  puede  llevarse  á  cabo  sin  agotar  aún  á  la  larga 
más  las  fuerzas  orgánicas,  y  de  aquí  que  la  mayor  parte  de  estos  estima- 
lantes  lleven  al  fin  y  al  cabo  al  letargo.  Esto  me  induce  á  decir  dos  pa- 
labras de  un  estado  especial  del  organismo,  y  más  en  particular  del  te^ 
gido  nervioso:  la  anestesia. 


C0NFEBEHCIA3  FILOSÓFICAS  3'49 

La  anestesia  es  la  parálisis  de  la  sensibilidad,  provocada  por  la  iul 
lacion  de  diverjas  sustancias,  en  especial  el  uloroformo.  La  comunicaci 
del  muDdo  objetivo  con  el  sujeto  consciente  vá  interrumpiéndose  p 
grados.  Las  sensaciones  de  tos  sentidos  especiales  van  apagándose  hai 
extinguirse,  siendo  las  ultimas  ¡as  auditivas;  las  sensaciones  orgánic 
siguen  la  misma  progresión;  de  las  acciones  reflejas  unas  desaparecen, 
pupila  queda  inmóvil,  otras  se  ejecutan  con  lentitud  y  regularidad, 
bay  dolor,  la  conciencia  se  eclipsa  por  completo,  ha  desaparecido  el  3 
Pero  entre  el  periodo  inicial  y  el  comatoso  terminal,  hay  otro  en  q 
las  funciones  mentales  parecen  haber  adquirido  la  vivacidad  que  v 
perdiendo  las  seneiblea.  A  medida  que  van  afectando  menos  al  sujeto! 
impresiones  actuales,  la  rememoración  de  las  pasadas  es  m&e  intensa, 
operación  constructiva  desplega  todo  su  poder;  la  más  ^Rera  sugeati 
eiterna  provoca  toda  una  serie  de  ideas  é  imágenes,  y  el  paciente  gi 
ticula,  ríe,  llora,  se  apasiona,  está  en  pleno  delirio.  Pudiéramos  dei 
que  el  espiíitu  trabaja  aislado  de]  medio  objetivo,  que  vive  de  sue  al 
rroa;  y  como  se  ha  turbado  el  equilibrio,  como  el  contingente  de  lo  q 
aportan  los  canales  que  comunican  con  el  exterior  vá  siendo  cada  ^ 
más  mezquino,  las  ideas  toman  un  insólito  relieve,  las  imágenes  se  a, 
gantan.  las  mismas  impresiones  externas,  como  van  en  cierto  modo  ais. 
das,  afectan  más  intensamente  al  sujeto  y  producen  un  trabajo  de  sug' 
tion  miich'o  mayor.  Hay  al  mismo  tiempo  que  disminución  hasta  abolii 
de  la  sensibilidad,  una  como  hiperestesia  de  las  ideas;  y  esto  hasta  q 
el  gasto  eicedente  de  fuerzas  lo  apaga  todo  por  igual  y  viene  el  letarj 
Lo  más  notable  en  estos  fenómenos  interesantes  ea  que,  al  volver  en  ai 
sujeto  anestesiado,  no  recuerda  absolutamente  nada  de  lo  que  dijo  ó  h: 
en  el  periodo  intermedio;  estado  idéntico  al  de  muchos  sonámbulos,  e| 
lépticos,  y  personas  en  que  se  ha  notado  la  doble  conciencia. 

Considerada  la  memoria  como  lo  ha  sido  generalmente  por  loa  psi 
logo  espiritual iataa,  e.stoa  fenómenos  carecen  de  explicación;  pues  cli 
está  que  la  memoria  inmediata  necesaria  para  hablar,  para  asir  un  ob 
to,  para  andar  y  ejecntiir  otras  operaciones  complicadas  existe  en 
casos   á   que  he  aludido;    ¿cómo  es  que    horas   después  se  ignora  !l 


Pero  consideremos  la  memoria  como  reviviscencia  de  las  impresioi 
recibidas  por  la  sustancia  nerviosa,  que  lleva  á  la  conciencia  huellas  ha 


350 


REVISTA  DE  CUBA 


entonces  latentes,  y  comprenderemos  que  hiperestesiado  el  órgano  de  la 
ideación  basten  impresiones  muy  tenues  para  hacerlo  funcionar;  impre- 
siones que  en  su  estado  normal  no  pueden  de  ningún  modo  entrar  en  el 
campo  de  la  conciencia.  Si  me  permitís  una  tosca  comparación,  es  el  caso 
de  un  ligero  golpe  en  una  parte  inflamada.  Y  comprenderemos  que,  en 
ausencia  de  las  impresiones  externas,  esté  el  espíritu  viviendo  de  su  pro- 
pia sustancia,  trabajando  con  los  materiales  de  reserva,  construyendo  a 
su  sabor  panoramas  ideales,  de  que  no  quedarán  huellas  sino  en  los  últi- 
mos sedimentos  de  la  inconsciencia.  Cuando  todo  el  organismo  funcione 
y  las  impresiones  vengan  por  tan  diversos  canales,  y  las  fuerzas  hayan 
de  distribuirse  por  igual,  esas  imágenes  no  pueden  llegar  á  la  superficie; 
necesario  es  que  una  nueva  hiperestesia  del  órgano  venga  á  favorecer  hu 
aparición. 

De  todo  esto  se  desprende  que  la  plena  conciencia  es  un  estado  de 
equilibrio,  que  sólo  podemos  conocer  estudiando  los  casos  de  desequilibrio 
mucho  más  frecuente9  de  16  que  generalmente  se  cree.  La  anestesia  par- 
cial y  por  causas  no  artificiales,  es  decir,  la  abolición  de  ciertos  estados 
de  sensibilidad,  la  indiferencia  á  las  impresiones  externas,  la  ruptura 
más  ó  menos  total  de  la  comunicación  actual  del  sujeto  y  el  objeto,  se 
verifica  á  cada  paso.  Una  gran  concentración  mental,  una  preocupación 
muy  viva  son  verdaderos  anestésicos. 

Herbert  Spencer  ha  publicado  recientemente  una  nota  interesantísi- 
ma que  le  fué  comunicada  por  un  corresponsal  suyo,  perito  en  materias 
filosóficas,  acerca  de  los  estados  subjetivos  que  le  sobrevinieron  duran- 
te la  cloroformización.  El  individuo  que  hizo  la  observación  era  tan 
refractario  á  la  acción  del  anestésico,  que  tardó  veinte  minutos  en  caer 
en  insensibilidad,  de  modo  que  la  hiperestesia  anterior  á  la  anestesia  se 
prolongó  en  él  más  de  lo  ordinario. 

Hé  aquí  lo  más  sustancial  de  su  nota: 

Después  de  haber  relatado  las  sensaciones  terribles  que  empezó  por 
experimentar,  añade:  «Comencé  á  sentir  un  terror  tal  que  antes  me  hu- 
biera parecido  imposible.  Hice  un  esfuerzo  involuntario  por  dejar  la 
silla,  y  advertí  de  repente  que  mis  miradas  se  perdian  en  lo  vago.  Mien- 
tras que  mis  pulmones  se  embarazaban,  los  objetos  exteriores  de  la  habí- 
,  tacion  habían  desaparecido,  y  estaba  sólo  en  las  tinieblas.  Sentía  pesar 
sobre  mi  brazo  una  fuerza  que  no  obraba  copo  la  piayio  4el  cirujano,  sino 


OONFfiESIffCIAS  £^IX,080FICA.S  35l 

Únicamente  como  una  presión  exterior;  esta  presión  me  sujetaba,  fué  la 
que  venció  toda  resistencia  y  el  ultimo  fenómeno  definido  (olor,  sonido, 
visión  ó  tacto)  fuera  de  mi  cuerpo,  de  que  me  acuerdo.  Inmediatamente 
después  se  apoderó  de  mi  y  me  aterró  una  angustia  interior.  Podía  sentir 
todas  las  células  de  aire  luchando  con  espasmos  contra  una  presión  terri- 
ble. En  esta  lucha,  parecian  separarse  violentamente,  y  experimeni;aba 
terribles  torsiones  en  todas  partes;  al  mismo  tiempo  el  enemigo  común, 
r  en  la  forma  de  aquella  presión  de  hierro,  ne  sostenía  con  una  fuerza  cada 
vez  más  irresistible 

«He  aquí,  poco  más  ó  menos,  de  lo  que  tenia  yo  entonces  conciencia: 
percibia  únicamente  una  escena  aislada  de  tortura,  donde  reinaban  un 
sentimiento  de  terror  desconocido  hasta  ese  momento  y  lo  que  he  oido 
llamar  después  unidad  de  la  conciencia]  ésta  permaneció  en  la  escena 
hasta  el  momento  mismo  en  que  las  pulsaciones  del  corazón  se  hicieron 
imperceptibles.  Digo  escena,  porque  reconocia  diferentes  partes  de  mi 
cuerpo,  y  sentía  una  desemejanza  entre  el  dolor  experimentado  por  una 
parte  y  el  experimentado  por  otra.  Las  convulsiones  en  los  pulmones  au- 
mentaron de  intensidad,  y  al  mismo  tiempo  estalló.un  ruido.  Un  mugido 
confuBo  estalló  en  mi  cerebro,  innumerables  tambores  comenzaron  á  batir 
en  el  fondo  de  mi  oído,  hasta  que  la  confusión  se  trocó  en  latidos  terri- 
bles; cada  latido  me  hería  como  una  masa  cayendo  repentinamente  sobre 
un  mismo  lugar 

ífA  partir  de  este  momento  mis  pulmones  me  dejaron  en  reposo,  ó  ig- 

I*  noro  cómo  cesó  la  lucha.  Con  un  alivio  relativo  sentía  que,  en  todo  caso, 

i 

I  había  triunfado  una  fuerza  y  habían  cesado  los  desgarramientos.  El  gran- 

de y  extraño  espanto  que  se  había  apoderado  de  mi  completamente, 
cuando  sentí  que  me  sofocaba,  había  desaparecido  también.  No  quedaban 
sino  los  latidos  violentos  en  los  oídos  y  las  pulsaciones  precipitadas  del 
corazón.  Poco  á  poco  los  latidos  fueron  siendo  menos  dolorosos  y  ruido- 
sos; recuerdo  que  reconocí  con  satisfacción  que  había  cesado  uno  de  los 
desórdenes  más  penosos.  Pero  mientras  que  el  trueno  de  los  oídos  se  en- 
sorde