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Full text of "Romanische Bibliothek"

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ROMANISCHE BIBLIOTHEK 

BEGRÜNDET 

VON 

Dr. wendelin FOERSTERf 

PROFESSOR DER ROMANISCHEN PHILOLOGIE 
AN DER UNIVERSITÄT BONN- 
HER AUSGEGEBEN 
VON 

Dr. ALFONS HILKA 

PROFESSOR DER ROMANISCHEN PHILOLOGIE 
AN DER UNIVERSITÄT GÖTTINGEN 



XXIV 
DON QUIJOTE DE LA MANCHA 




HALLE (SAALE) 

VERLAG VON MAX NIEMEYER 

1926 



•tS-^r 



MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA 

DON QÜIJOTE DE LA MANCHA 



KRITISCHE AUSGABE MIT KOMMENTAR 
IN 5 BÄNDEN 

BESORGT VON 

ADALBEllT HÄMEL 

A. O. PROFESSOR DER RO.M.\Li^l.SCHEN PHILOLOGIE 
AH DER UNIVERSITÄT WÜRZBURG 



BAND II 





HALLE (SAALE) 
VERLAG VON MAX NIEMEYEB 

1926 



Alle Rechte, 
auch das der Übersetzung in fremde Sprachen, vorbehalten 
Copyright by Max Niemeyer, Verlag, Halle (Saale), 1926 



Druck von Karras, Kröber & JNietschmann, Halle (Saale) 



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Vorwort. 

Der erste Baad dieser Don Quijote -Ausgabe ist von 
der Kritik einhellig begrüßt worden. Das ermuntert Verleger 
und Herausgeber nunmehr den zweiten Band vorzulegen, 
dem der dritte und vierte mit der Segunda parte im Laufe 
des nächsten Jahres nachfolgen sollen. Der fünfte und 
letzte Band wird dann den gesamten Kommentar enthalten. 

Gegenüber dem ersten Band weist dieser zweite in- 
sofern eine kleine Änderung auf, als ich — einer An- 
regung Adolf Zauners folgend i) — die einzelnen Kapitel 
am Kopfe jeder Seite kenntlich gemacht habe. 

Von der Cervantes -Literatur des letzten Jahres ver- 
dienen erwähnt zu werden Emil Winklers dankenswerter 
Nachweis eines Exemplares der Erstausgabe des Don Qui- 
jote an der Universitätsbibliothek in Innsbruck-), der im 
Zusammenhang mit den Ausführungen von Homero Seris^) 
allerlei Probleme aufgibt und schließlich Americo Castros 
gründliches und aufschlußreiches Werk: El Pensamiento 
de Cervantes (Madrid 1925), das mit vielen Vorurteilen 
aufräumt und ohne Zweifel das bedeutendste Werk der 
jüngsten Zeit zur Geschichte der spanischen Renaissance ist. 



1) Deutsche Literaturzeitung 1925, Sp. 1852. 

2) Festgabe Karl Luick, Marburg 1925 (Beiheft zu den 
Neueren Sprachen) S. 239—211. 

ä) Una nueva variedad de la edicioii principe del „Quijote" 
(Romanic Review, IX, 1918, S. 194:— 205); La coleccion eervanti- 
na de la Sociedad Hispaiiica de America. Edicioues de Don 
Quijote. Uuiversity of Illinois, 1918, sowie Sobre una mieva 
variedad de la ediciöu principe del „Quijote" (Bulletin hispani- 
que XXVI, 1924, S. 312—322). 

Würzburg, Juni 1926. . ti- i 

^ A. Uamel. 



Terzeichnis der im zweiten Bande in den 
Fußnoten erwähnten Ausgaben. 

^ = Erstausgabe, Madrid, Juan de la Ciissta 1605. 

^=: Zweite Ausgabe, Madrid, Juan de la Cuesta 1605. 

C = Dritte Aiisg-abe, Madrid, Juan de la Cuesta 1608. 

Valencia 1605, Pedro Patricio Mey. 

Brüssel 1607, Roger Velpius. 

Madrid 1637 und 1647. 

London 1738, I. & R. Tonson. 

Ac ^^^7(56»^ = Erste Ausgabe der Real Academia Espauola, 
Madrid 1780. 5 Bände. 

Hart^enhusch = 'Erste Ausgabe von Argamasilla de Alba 
1863. 4 Bände. 

Fits!maurice-Kelli/ = FnmeYa ediciön del texto restitnido 
con notas y una introdncciön per Jaime Fitzmaurice- 
Kelly y Juan Ormsby. Edinbnrg, Constable und London, 
David Nutt 1898—1899. 2 Bände. 

i?ilf == Rodriguez Marin, Ausgabe der „La Lectnra" Madrid 
1911—1913. 8 Bände. 



s 



DON QUIJOTE DE LA MANCH A 



PRIMERA PARTE 

CAP. XXVIII-Ln. 



Romanische Bibl. Nr. 24. Don Quijote. 



CAPITÜLO XXVIII. 

Que trata de la nueva y agradable aventura qne al cura y barbero 
sucediö en la mesma sierra. 

Felicisimos y venturosos fueron los tiempos donde se 
echö al mnndo el audacisimo caballero don Quijote de la 
Mancha, pues por haber tenido tan honrosa determinaciön 
como fue el querer resucitar y volver al mundo la ya per- 
dida y casi muerta orden de la andante caballeria, gozamos 5 
ahora en esta nuestra edad, necesitada de alegres entreteni- 
mientos, no solo de la dulzura de su verdadera historia, 
slno de los cuentos y episodios della, que, en parte, no 
son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la 
misma historia; la cual, prosiguiendo su rastrillado, torcido 10 
y aspado hilo, cuenta que asi como el cura comenzö a 
prevenirse para consolar a Cardenio, lo impidiö una voz 
que Uegö a sus oidos, que, con tristes acentos, decia 
desta manera : 

jAy, Dios! jsi serä posible que he ya hallado lugar 15 
que pueda servir de escondida sepultura a la carga pesada 
de este cuerpo, que tan contra mi voluntad sostengo! Si 
serä, si la soledad que prometen estas sierras no me 
miente, jAy, desdichada, y cuän mäs agradable compaüia 
harän estos riscos y malezas a mi intenciön, pues me 20 
daran lugar para que con quejas comunique mi desgracia 
al cielo, que no la de ningün hombre humano, pues no 
hay ninguno en la tierra de quien se pueda esperar 
consejo en las dudas, alivio en las quejas, ni remedio en 
los males! 25 

Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y 
los que con 61 estaban, y por parecerles, como ello era, 
que alli junto las decian, se levantaron a buscar el dueno, 
y no hubieron andado veinte pasos, cuando deträs de un 
penasco vieron senfado al pie de un fresno a un mozo 30 

1* 



Cap. 28. __ 4 _ 

vestido como labrador, al cual, por tener incHnado el 
lostro, a causa de que se lavaba los pies en el an'oyo 
que por alli corria, no se le pudieron ver por entonces; 
y ellos llegaron con tanto silencio, que del no fueron 
5 sentidos, ni el estaba a otra cosa atento que a lavarse 
los pies, que eran tales, que no pareclan sino dos pedazos 
de blanco cristal que entre las otras piedras del arroyo 
se habian uacido. Suspendiöles la blancura y belleza de 
los pies, pareciendoles que no estaban heclios a pisar 

10 terrones, ni a andar tias el arado y los bueyes, como 
moötraba el häbito de su duefio; y asi, viendo que no 
habian sido sentidos, el cura, que iba delante, bizo seüas 
a los otros dos que se agazapasen o escondiesen deträs 
de unos pedazos de peüa que all! Labia, y asi lo hicieron 

15 todos, mirando con atenciön lo que el mozo hacia; el 
cual traia puesto un capotillo pardo de dos haldas, muy 
ceüido al cuerpo con una toalla blanca. Traia ansimesmo 
unos calzones y polainas de pafio pardo, y en la cabeza 
una montera parda; tenia las polainas levantadas Lasta 

20 la mitad de la pierna, que, sin duda algnna, de blanco 
alabastro parecia. Acaböse de lavar los hermosos pies, 
y luego, con un pafio de tocar, que sacö [de] debajo de 
la montera, se los limpiö ; y al querer quitärsele, alzö el 
rostro, y tuvieron lugar los que mirändole estaban de ver 

25 una hermosura incomparable, tal, que Cardenio dijo al 
cura, con voz baja: Esta, ya que no es Luscinda, no es 
persona humana, sino divina. 

El mozo se quitö la montera y, sacudiendo la cabeza 
a una y a otra parte, se comenzaron a descoger y des- 

30 parcir unos cabellos, que pudieran los del sol tenerles 
envidia. Con eslo conocieron que el qne parecia labrador 
era mujer, y delicada , y aun la mäs hermosa que hasta 
entonces los ojos de los dos habian visto, y aun los de 
Cardenio, si no hubieran mirado y conocido a Lnscinda; 

35 que despues afirmö que sola la belleza de Luscinda podia 
contender con aquella. Los luengos y rubios cabellos no 
solo le cubrieron las espaldas, mas toda en torno la 

1 C el quäl. 14 BC avia, assi. 19 C fehlt levantadas, 
22 EM schiebt mit Recht de ein. 



— 5 — Cap. 28. 

escondieron debajo dellos, que si no eian los pies, ninguna 
otra cosa de su cuerpo se parecia: tales y tantos eran. 
En esto les sirviö de peine uaas manos, qae si los pies 
ea el agua habian parecido pedazos de cristal, las manos 
en los cabellos semejaban pedazos de apretada nieve; todo 5 
lo cual en mäs admiraeiön, y en mäs deseo de saber 
qnien era, ponia a los tres que la miraban. Por esto 
determinaron de mostrarse; y al movimiento qne hicieron 
de ponerse en pie, la hermosa moza alzö la cabeza y, 
apartändose los cabellos de delante de los ojos con 10 
entrambas manos, mirö los que el ruido hacian; y apenas 
los hubo visto, cnando se levautö en pie y, sin aguardar 
a calzarse, ni a recoger los cabellos, asiö con mncha 
presteza an bulto, como de ropa, que junto a si tenia, y 
quiso ponerse en huida, llena de turbaciön y sobresalto; 15 
mas no hubo dado seis pasos, cuando, no pudiendo sufrir 
los delicados pies la aspereza de las piedras, diö consigo 
en el snelo. Lo cual visto por los tres, salieron a ella, 
y el cura fne el primero que le dijo: Deteneos, seiiora, 
qnien quiera que seäis; que los que aqui veis solo tienen 20 
intenciön de serviros: no hay para qne os pongjüs en tan 
impertinente huida, porque ni vuestros pies lo podrän 
snfrir, ni nosotros consentir. 

A todo esto ella no respondia palabra, atönita y 
confusa. Llegaron, pnes, a ella, y asiendola por la mano 25 
el cura, prosiguiö diciendo: Lo que vuestro traje, senora, 
nos niega, vuestros cabellos nos descubren: senales ciaras 
que no deben de ser de poco momento las. cansas que 
han disfrazado vuestra belleza eo häbito tan indigno, y 
traidola a tanta soledad como es esta, en la cual ha sido 30 
ventnra el hallaros, si no para dar remedio a vuestros 
males, a lo menos, para darles consejo, pues ningiin mal 
puede fatigar tanto, ni llegar tan al extremo de serlo, 
mientras no acaba la vida, que rehuya de no escuchar, 
siqniera, el consejo qne con bnena intenciön se le da al 35 
que lo padece. Asi que, sefiora mia, o seilor mio, o lo 
que vos quisierdes ser, perded el sobresalto que nuestra 

37 BC quisieredes. 



Cap. 28. — 6 — 

vista OS ha causado, y contadnos vuestra buena o mala 
suerte; que en nosotros juntos, o en cada uno, hallareis 
quien os ayiide a sentir vuestras desgracias. 

En tanto que el cura decia estas razones, estaba la 

5 disfrazada moza como embelesada, mirändolos a todos sin 
mover labio ni decir palabra alguna, bien asi como rüstico 
aldeano que de improviso se le muestran cosas raras y 
del jamäs vistas. Mas volviendo el cura a decirle otras 
razones al mesmo efeto encaminadas, dando ella un 

10 profundo suspiro, rompiö el silencio y dijo: Pues que la 
soledad destas sierras no ha sido parte para encubrirme, 
ni la soltura de mis descompuestos cabellos no ha permitido 
que sea mentirosa mi lengua, en balde seria fingir yo de 
nuevo ahora lo que si se me creyese, seria mäs per 

15 cortesia que por otra razön alguna. Presupuesto esto, 
digo, sefiores, que os agradezco el ofrecimiento que me 
habeis hecho, el cual me ha puesto en obligaciön de 
satisfaceros en todo lo que me habeis pedido, puesto que 
temo que la relaciön que os hiciere de mis desdichas os 

20 ha de causar, al par de la compasiön, la pesadumbre, 
porque no habeis de hallar remedio para remediarlas, ni 
consuelo para entretenerlas. Pero, con todo esto, porque 
no ande vacilando mi honra en vuestras intenciones, 
habiendome ya conocido por mujer y viendome moza, sola 

25 y en este traje, cosas todas juntas y cada una por si, 
que pueden echar por tierra cualquier honesto credito, os 
habre de decir lo que quisiera callar, si pudiera. 

Todo esto dijo sin parar la que tan hermosa mujer 
parecia, con tan suelta lengua, con voz tan suave, que no 

30 menos les admirö su discreciön que su hermosura. Y 
tornändole a hacer nuevos ofrecimientos y nuevos ruegos 
para que lo prometido cumpliese, ella, sin hacerse mäs de 
rogar, calzändose con toda honestidad y recogiendo sus 
cabellos, se acomodö en el asiento de una piedra, y, puestos 

35 los tres alrededor della, haciöndose fuerza por detener 
algunas lägi-imas que a los ojos se le venian, con voz repo- 
eada y clara comenzö la historia de su vida desta manera: 

29 C parecia, tan suelta. 



_ 7 — Cap. 28. 

Eq esta Andalucia Iiay un lugar de quien toma titulo 
un Duque, que le hace uao de los que llaman grandes 
da Espaiia: este tiene dos hijos, el mayor, heredero de 
SU estado y, al parecer, de sus buenas costumbres, y el 
menor no se yo de qu^ sea heredero, siao de las traiciones 5 
de Vellido y de los embustes de Galalön. Deste sefior 
son vasallos mis padres, humildes en linaje; pero tan 
ricos, que si los bienes de su naturaleza igualaran a los 
de SU fortuna, ni ellos tuvieraa mäs que desear, ni yo 
temiera verme ea la desdicha en que me veo ; porque 10 
quizä nace mi poca Ventura de la que no tuvieron ellos 
en no baber nacido ilustres; bien es verdad que no son 
tan bajos, que puedan afrentarse de sn estado, ni tan altos, 
que a mi me quiten la imaginaciön que tengo de que de 
ßu humildad viene mi desgracia. Ellos, en fin, son labra- 15 
dores, gente llana, sin mezcla de alguna raza mal sonante 
y, como suele decirse, cristianos viejos ranciosos; pero 
tan ricos, que su riqueza y magnifico trato les va poco a 
poco adquiriendo nombre de hidalgos, y aun de Caballeros. 
Puesto que de la mayor riqueza y nobleza que ellos se 20 
preciaban era de tenerme a mi por hija; y asi por no 
teuer otra ni otro que los heredase, como por ser padres 
y aficionados, yo era una de las mäs regaladas hijas que 
padres jamäs regalaron. Era el espejo en que se miraban, 
el bäculo de su vejez, y el sujeto a quien encaminaban, 25 
midiendolos con el cielo, todos sus deseos; de los cuales, 
por ser ellos tan buenos, los mios no salian un punto, 
Y del mismo modo que yo era senora de sus änimos, 
ansi lo era de su hacienda: por mi se recebian y des- 
pedian los criados; la razön y cuenta de lo que se 30 
sembraba y cogia pasaba por mi mano; los molinos de 
aceite, los lagares del vino, el nümero del ganado mayor 
y menor, el de las colmenas. Finalmente de todo aquello 
que un tan rico labrador como mi padre puede teuer y 
tiene, tenia yo la cuenta, y era la mayordoma y senora, 35 
con tanta solicitud mia y con tanto gusto suyo, que bue- 
namente no acertare a encarecerlo. Los ratos que del 

17 BC tan rancios. 



Cap. 28. — 8 — 

dia me qiiedaban, despaes de haber dado lo quo conveuia 
a los mayorales, a capataces y a otros joraaleros, los 
entretenia en ejercicios que son a lag doncellas tan licitos 
como necesarios, como son los que ofrece la aguja y la 
5 almohadilla, y la rueca muchas veces; y si alguna, por 
recrear cl äaimo, estos ejercicios dejaba, me acogia al 
entretenimiento de leer algiin libro devoto, o a tocar una 
arpa, porque la experiencia me mostraba que la müsica 
compone los änimos descompuestos y alivia los trabajos 

10 que nacen del espiritu. I^sta, pues, era la vida que yo 
tenia en casa de mis padres, la cual si tan particular- 
mente he contado, no ha sido por ostentaciön, ni por dar 
a entender que soy rica, sino porque se advierta cuäa 
sin culpa me he venido de aquel buen estado que he 

15 dicho al infelice en que ahora me hallo. 

Es pues, el caso que, pasando mi vida en tantas 
ocupaciones y en un encerraraiento tal, que al de un 
monasterio pudiera compararse, sin ser vista, a mi parecer, 
de otra persona alguna qae de los criados de casa, por- 

20 que los dias que iba a misa era tan de mailana, y tan 
acompanada de mi madre y de otras criadas, y yo tan 
cubierta y recatada, que apenas vian mis ojos mäs tierra 
de aquella donde ponia los pies, y, con todo esto, los del 
amor, o los de la ociosidad, por mejor decir, a quien los 

25 de lince no pueden igualarse, me vieron, puestos en la 
solicitud de don Fernando, que es este el nombre del hijo 
menor del Duque que os he contado. 

No hubo bien nombrado a don Fernando la que el 
cuento contaba, cuando a Cardenio se le mudö la color 

30 del rostro, y comenzö a trasudar, con tan grande altera- 
ciön, que el cura y el barbero, que miraron en ello, 
temieron qne le venia aquel accidente de locura que 
habian oido decir que de cuando en cuando le venia. 
Mas Cardenio no hizo otra cosa que trasudar y estarse 

35 quedo, mirando de hito en hito a la labradora, imaginando 
quien ella era; la cual, sin advertir en los movimientos 
de Cardenio, prosiguiö su historia, diciendo: Y no me 

2 BC may orales, o capatazes. 



— 9 — <^'ap. 28. 

hubieroa bien visto, cuaado, (segiin el dijo despues) quedö 
taa preso de mis amores cuanto lo dieron bien a entender 
SU3 demostracioaes. Mas por acabar presto con el cuento, 
que no le tiene, de mis desdichas, quiero pasar en silencio 
las diligeaciaä que don Fernando hizo para declararmc 5 
SU voluntad: sob^rnö toda la geate de mi casa; diö y 
ofreciö dädivas y mercedes a mis parientes; los dias eran 
todos de fiesta y de regocijo en mi calle; las noches no 
dejaban dormir a nadie las müsicas; los billetes que, sin 
saber cömo, a mis manos venian, eran infinitos, llenos de 10 
enamoradas razones y ofrecimientos, con menos letras que 
promesas y juramentos. Todo lo cual no solo no me 
ablandaba, pero me endurecia de manera como si fuera 
mi mortal enemigo, y que todas las obras que para redu- 
cirme a su voluntad hacia, las hiciera para el efeto 15 
contrario; no porque a mi me pareciese mal la gentileza 
de don Fernando, ni que tuviese a demasia sus solicitudes; 
porque me daba un no se que de contento verme tan 
querida y estimada de un tan principal caballero, y no 
me pesaba ver en sus papeles mis alabanzas; que en esto, 20 
por feas que seamos las mujeres, me parece a mi que 
siempre nos da gusto el oir que nos llaman herraosas. 
Pero a todo esto se oponia mi honestidad, y los consejos 
continuos que mis padres me daban, que ya muy al des- 
cubierto sabian la voluntad de don Fernando, porque ya 25 
a el no se le daba nada de que todo el mundo la supiese. 
Decianme mis padres que en sola mi virtud y bondad 
dejaban y depositaban su honra y fama, y que conside- 
rase la desigualdad que habia entre mi y don Fernando, 
y que por aqui echaria de ver que sus pensamientos, 30 
aunque el dijese otra cosa, mäs se encaminaban a su 
gusto que a mi provecho; y que si yo quisiese poner en 
alguna;^manera algün inconveniente para que el se dejase 
de su injusta pretension, que ellos me casarian luego con 
quien yo mäs gustase, asi de los mäs principales de 35 
nuestro lugar, como de todos los circunvecinos, pues todo 

3 BC demonstraciones. 23 ABC opone, Brüssel 1607: 
opouia. 26 C no se lo. 



Cap. 28. —lö- 

se podia esperar de su miicha hacienda y de mi buena 
fama. Con estos ciertos prometimientos, y con la verdad 
que ellos me decian, fortificaba yo mi entereza, y jamäs 
quise responder a don Fernando palabra que le pudiese 
5 mostrar, aunque de mny lejos, esperanza de alcanzar su 
deseo. 

Todos estos recatos mios, que el debia de tener por 
desdenes, debieron de ser causa de avivar mäs su lascivo 
apetito, que este nombre quiero dar a la voluntad que 

10 me mostraba; la cual, si ella fnera como debia, no la 
supierades vosotros ahora, porque bubiera faltado la ocasiön, 
de decirosla. Finalmente, don Fernando supo que mis 
padres andabau por darme estado, por quitalle a el la 
esperanza de poseerme, o, a lo menos, porque yo tuviese 

15 mäs guardas para guardarme; y esta nueva sospecha fue 
causa para que hiciese lo que ahora oireis; y fue que 
una noche, estando yo en mi aposento con sola la com- 
paüia de una doncella que me servia, teniendo bien 
cerradas las puertas, por temor que, por descuido, mi 

20 honestidad no se viese en peligro, sin saber ni imaginär 
cömo, en medio destos recatos y prevenciones, y en la 
soledad deste silencio y encierro, me le halle delante; 
cuya vista me turbö de manera, que me quitö la de mis 
ojos, y me enmudeciö la lengua; y asi, no fui poderosa 

25 de dar voces, ni aun el creo que me las dejara dar, por- 
que luego se llegö a mi, y tomändome entre sus brazos 
(porque yo, como digo, no tuve fuerzas para defenderme, 
segün estaba turbada), comenzö a decirme tales razones, 
que no se cömo es posible que tenga tanta habilidad la 

30 mentira, que las sepa componer de modo que parezcan 
tan verdaderas. Hacia el traidor que sus lägrimas acre- 
ditasen sus palabras, y los suspiros su intenciön. Yo, 
pobrecilla sola, entre los mios mal ejercitada en casos 
semejantes, comence, no s6 en quo modo, a tener por 

35 verdaderas tantas falsedades, pero no de suerte que me 
moviesen a compasiön menos que buena sus lägrimas y 
suspiros; y asi, pasändoseme aquel sobresalto primero, 

9, 10 C que mostrava. 11 C faltado ocasion. 



_ 11 _ Cap. 28. 

torae algiia tanto a cobrar mis perdidos espiritus, y con 
mäs änimo del que pense que pudiera tener, le dije: Si 
como estoy, seiior, en tus brazos, estuviera entre los de 
un leön fiero, y el librarme dellos se me asegurara con 
qne hiciera, o dijera, cosa que fuera en perjuicio de mi 5 
honestidad, asi fuera posible hacella o decilla como es 
posible dejar de haber sido lo que fue. Asi que, si tu 
tienes cenido mi cuerpo con tus brazos, yo tengo atada 
mi alma con mis buenos deseos, que son tan diferentes 
de los tuyos como lo veräs, si con hacerme fuerza quisieres 10 
pasar adelante en ellos. Tu vasalla soy, pero no tu es- 
clava; ni tiene ni debe tener imperio la nobleza de tu 
sangre para deshonrar y tener en poco la humildad de 
la mia; y en tanto me estimo yo, villana y labradora, 
como tu, seiior y caballero. Conmigo no han de ser de 15 
ningün efecto tus fuerzas, ni han de tener valor tus 
riquezas, ni tus palabras han de poder enganarme, ni tus 
suspiros y lägrimas enternecerme. Si alguna de todas 
estas cosas que he dicho vicra yo en el que mis padres 
me dieran por esposo, a su voluntad se ajustara la mia, 20 
y mi voluntad de la suya no saliera; de modo que, como 
quedara con honra, aunque quedara sin gusto, de grado 
te entregara lo que tu, sefior, ahora con tanta fuerza 
procuras. Todo esto he dicho porque no es pensar que 
de ml alcance cosa alguna el que no fuere mi ligitimo 25 
esposo. Si no reparas mäs que en eso, bellisima Dorotea 
(que este es el nombre desta desdichada) dijo el desleal 
caballero, ves aqui te doy la mano de serlo tuyo, y sean 
testigos desta verdad los cielos, a qnien ninguna cosa se 
asconde, y esta imagen de Nuestra Senora que aqui tienes. 30 

Cuando Cardenio le oyö decir que se llamaba Dorotea, 
tornö de nuevo a sus sobresaltos y acabö de confirmar 
por verdadera su primera opiniön; pero no quiso inter- 
romper el cuento, por ver en quo venia a parar lo que 
el ya casi sabia; solo dijo: (^Que, Dorotea es tu nombre, 35 
senora? Otra he oido yo decir del mesmo, que quizä 

28 Fitzmaurice-KeUy will lesen le entregara. 25 BC legi- 
timo. 29/30 BC se escoude. 



Cap. 28. — 12 — 

corre parejas con tus desdicbas. Pasa adelante, que 
tiempo vendrä en que te diga cosas qne te espanten en 
el mesmo grado que te lastimen. 

Reparö Dorotea en las razones de Cardenio y en su 
5 extraflo y desastrado traje, y rogöle que si alguna cosa 
de sn hacienda sabia, se la dijese luego; porque si algo 
le habia dejado bueno la fortuna, era el änimo que tenia 
para sufrir cualquier desastre que le sobreviniese, segura 
de que, a su parecer, ninguno podia llegar qne el que 

10 tenia acrecentase un punto. 

No le perdiera yo, senova, respondiö Cardenio, en 
decirte lo que pienso, si fuera verdad lo qne imagino; 
y hasta ahora no se pierde coyuntura, ni a ti te importa 
nada el saberlo. 

15 Sea lo que fuere, respondiö Dorotea, lo que en mi 

cuento pasa fue que tomando don Fernando una imagen 
que en aquel aposento estaba, la pnso por testigo de 
nnestro desposorio; con palabras eficacisimas y jnramentos 
extraordinarios me diö la palabra de ser mi marido, 

20 puesto que, antes que acabase de decirlas, le dije que 
mirase bien lo que hacia, y que considerase el enojo que 
su padre habia de recebir de verle casado con una 
villana, vasalla suya; que no le cegase mi hermosura, tal 
cual era, pues no era bastante para hallar en ella dis- 

25 culpa de su yerro, y que si algün bien me queria hacer, 
por el amor que me tenia, fuese dejar correr mi suerte a 
lo igual de lo que mi calidad pedia, porque nunca los 
tan desiguales casamientos se gozan ni duran mucho en 
aquel gusto con que se comienzan. Todas estas razones 

30 que aqni he dicho le dije, y otras mnchas de que no me 
acuerdo; pero no fueron parte para que el dejase de 
seguir su intento, bien ansi como el que no piensa pagar, 
qne, al concertar de la barata, no repara en inconvenientes. 
Yo, a esta sazön, hice un breve discurso conmigo, y me 

35 dije a mi mesma: Si, que no sere yo la primera que por 
via de matrimonio haya subido de humilde a grande 
estado, ni serä don Fernando el primero a quien hermo- 

27 ABC calidad podia. 



— 13 — Cap. 28. 

sura, ciega aficiön (que es lo mäs cierto) haya hecho 
tomar compaüia desigual a su grandeza. Pues si no hago 
ni mundo ni uso nuevo, bien es acudir a esta honra que 
la suerte nie ofrece, puesto que en este no dure mäs la 
volnntad que me muestra de cuanto dure el cumplimiento 5 
de SU deseo; que, en fin, para con Dios sere su esposa. 
Y si quiero con desdenes despedille, en termino le veo 
que, no usando el que debe, usarä el de la fuerza, y 
vendre a quedar deshonrada y sin disculpa de la culpa 
que me podia dar el que no supiere cuän sin ella he 10 
venido a este punto: porque ique razones serän bastantes 
para persuadir a mis padres, y a otros, que este caballero 
entrö en mi aposento sin consentimiento mio? Todas 
estas demandas y respuestas revolvi en un instante en la 
imaginaciön, y, sobre todo, me comenzaron a hacer fuerza 15 
y a inclinarme a lo que fue, sin yo pensarlo, mi perdiciön, 
los juramentos de don Fernando, los testigos que ponia, 
las lägrimas que derramaba y, finalmente, su dispusiciön y 
gentileza, que, acompaiiada con tantas muestras de ver- 
dadero amor, pudieran rendir a otro tan libre y recatado 20 
corazön como el mio. Llame a mi criada, para que en 
la tierra aeompaiiase a los testigos del cielo; tornö don 
Fernando a reiterar y confirmar sus juramentos; anadiö 
a los primeros nuevos santos por testigos; echöse mil 
futuras maldiciones, si no cumpliese lo qne me prometia; 25 
volviö a humedecer sus ojos y a acrecentar sus suspiros; 
apretöme mäs entre sus brazos, de los cuales jamäs me 
habia dejado; y con esto, y con volverse a salir del 
aposento mi doncella, yo deje de serlo, y el acabö de 
ser traidor y fementido. 30 

El dia que sucediö a la noche de mi desgracia se 
venia aün no tan apriesa como yo pienso que don 
Fernando deseaba; porque despues de cumplido aquello 
que el apetito pide, el mayor gusto que puede venir es 
apartarse de donde le alcanzaron. Üigo esto porque don 35 

7 AB despedilla. 9 AB y vendra. 10 Fast sämtliche 
modernen Ausgaben : me podrä dar. Die Korrektur ist unnötig, 
siehe Kommentar. 14 AB rebolvio; C istante. 16 AB pe- 
ticion (oder soll es pericion heißen?) 18 C disposicion. 



Cap. 28. — H — 

Fernando diö priesa por partirse de mi, y por indnstrfa 
de mi doncella, que era la misma que alli le habia 
traido, antes que amaneciese se viö en la calle, Y al 
despedirse de mi (aunque no con tanto ahinco y vehe- 
5 mencia como cuando vino), me dijo que estuviese segura 
de SU fe, y de ser firmes y verdaderos sus juramentos; 
y, para mäs confirmaciön de su palabra, sacö un rico 
anillo del dedo y lo puso en el mio. En efecto, el se 
fue, y yo quede ni s6 si triste o alegre; esto s6 bien 

10 decir; que quede confusa y pensativa y casi fuera de mi 
con el nnevo acaecimiento, y no tuve änimo, o no se me 
acordö, de reüir a mi doncella por la traiciön cometida 
de encerrar a don Fernando eu mi mismo aposento, por- 
que aiin no me determinaba si era bien o mal el que me 

15 habia sncedido. Dijele, al partir, a don Fernando que 
por el mesmo Camino de aquölla podria verme otras 
noches, pues ya era suya, hasta que, cuando 61 quisiese, 
aquel hecho se publicase. Pero no vino otra alguna, si 
no fue la siguiente, ni yo pude verle en la calle ni en 

20 la iglesia en mäs de un mes; que en vano me canse en 
solicitallo, puesto que supe que estaba en la villa y que 
los mäs dias iba a caza, ejercicio de que el era muy 
aficionado. 

Estos dias y estas horas bien se yo que para mi 

25 fueron aciagos y menguadas, y bien se que comenc^ a 
dudar en ellos, y aun a descreer, de la fe de don Fer- 
nando; y s^ tambi^n que mi doncella oyö entonces las 
palabras que en reprensiön de su atrevimiento antes no 
habia oido; y se que me fue forzoso tener cuenta con 

30 mis lägi'imas y con la compostura de mi rostro, por no 
dar ocasiön a que mis padres me pregnntasen que de que 
andaba descontenta y me obligasen a buscar mentiras que 
decilles. Pero todo esto se acabö en un punto, llegän- 
dose uno donde se atropellaron respetos y se acabaron 

35 los honrados discursos, y adonde se perdiö la paciencia 
y salieron a plaza mis secretos pensamientos. Y esto fue 

16 -4£ podra verme. C'podia. J?M podria. 21 C solicitalle. 
25 C menguados. 34 AB respectos. 35 C las honrados. 



— 15 — C'ap. 2& 

porque de alli a pocos dias se dijo en el lugar como en 
una ciudad alli cerca se habia casado don Fernando con 
una doncella hermoslsima en todo extremo, y de muy 
principales padres, aunque no tan rica, que por la dote 
pudiera aspirar a tan noble casamiento. Dijose que se 5 
llamaba Lnscinda, con otras cosas que en sns desposorios 
sucedieron, dignas de admiraeiön. 

Oyö Cardenio el nombre de Luscinda, y no hizo otra 
cosa que encoger los hombros, morderse los labios, enar- 
car las cejas, y dejar de alli a poco caer por sus ojos 10 
dos fuentes de lägrimas; mas no por esto dejö Dorotea 
de seguir su cuento, diciendo: Llegö esta triste nueva a 
mis oidos, y, en lugar de helärseme el corazön en oilla, 
fue tanta la cölera y rabia que se encendiö en dl, que 
faltö poco para no salirme por las calles dando voces, 15 
publicando la alevosla y (raiciön que se me habia hecho. 
Mas templöse esta furia por entonces con pensar de poner 
aqnella mesma noche por obra lo que puse; que fue 
ponerme en este häbito, que me diö uno de los que 
llaman zagales en casa de los labradores, que era criado 20 
de mi padre, al cual descubri toda mi desventura, y le 
rogne me acompaüase hasta la ciudad donde entendi qne 
mi enemigo estaba. El, despues que hubo reprendido mi 
atrevimiento y afeado mi determinaciön, viendome resuelta 
en mi parecer, se ofreciö a tenerme compafiia, como el 25 
dijo, hasta el cabo del mundo. Luego al momento encerre 
en una almohada de lienzo un vestido de mujer y algunas 
joyas y dineros, por lo que podia suceder, y en el silencio 
de aquella noche, sin dar cuenta a mi traidora doncella, 
sali de mi casa, acompafiada de mi criado, y de muchas 30 
imaginaciones, y me puse en camino de la ciudad a pie, 
llevada en vuelo del deseo de llegar, ya que no a estor- 
bar lo que tenia por hecho, a lo menos, a decir a don 
Fernando me dijese con que alma lo habia hecho. Llegue 
en dos dias y medio donde queria, y en entrando por la 35 
ciudad preguntd por la casa de los padres de Luscinda, 
y el primero a quien hice la pregunta me respondiö mäs 

37 ABC al primero. 



Cap. 28. —. le — 

de lo que yo quisiera oir. Dijome la casa, y todo lo 
quo habia sucedido en el desposorio de su hija, cosa tan 
publica en la ciudad, que se liacian corrillos paia contarla 
por toda ella. Dijome que la noche que don Fernando se 
5 desposü con Luscinda, despues de haber ella dado el si 
de ser su esposa, le Labia tomado iin recio desmayo, y 
que llegando su esposo a desabrocharle el pecho para 
qne le diese el aire, le hallu un papel esciito de la 
misma letra de Luscinda, en que decia y declaraba que 

10 ella no podia ser esposu de don Fernando, porque lo era 
de Cardenio, que, a lo que el hombre me dijo, era un 
Caballero muy principal de la mesma ciudad; y que si 
habia dado el si a don Fernando, fue por no salir de la 
obediencia de sus padres. En resoluciön, tales razones 

15 dijo que contenia el papel, que daba a entender que ella 
habia tenido intenciön de matarse en acabändose de des- 
posar, y daba alli las razones porque se habia quitado 
la vida; todo lo cual dicen que confirmö una daga que 
le hallaron no se en que parte de sus vestidos. Todo lo 

20 cual visto por don Fernando, pareciendole que Luscinda 
le habia burlado y escarnecido y tenido en poco, arre- 
metiö a ella antes que de su desmayo volviese, y con la 
misma daga que le hallaron la quiso dar de pufialadas, 
y lo hiciera, si sus padres y los que se hallaron presentes 

25 no se lo estorbaran. Dijeron mäs, que luego se ausentö 
don Fernando, y que Luscinda no habia vuelto de sn 
parasismo hasta otro dia, que conto a sus padres como 
ella era verdadera esposa de aquel Cardenio que he dicho. 
Supe mäs, que el Cardenio, segün decian, se hallo presente 

30 a los desposorios, y que en viendola desposada, lo cual 
61 jamäs pensö, se saliö de la ciudad desesperado, de- 
jändole primero escrita una carta, donde daba a entender 
el agravio que Luscinda le habia hecho, y de como 61 
se iba adonde gentes no le viesen. Esto todo era püblico 

35 y notorio en toda la ciudad; y todos hablaban dello, y 
mäs hablaron cuando supieron que Luscinda habia faltado 

3 AB que se hace en corrillos. ü que se liaz en corrillos 
Hartzenhvsch: hacian. 27 C de su padre. 



— 17 — Cap. 28. 

de casa de sus padres y de la ciudad, pues no la hallaron 
en toda ella, de que perdian el jnicio sus padres, y no 
sabian que medio se tomar para hallarla. Esto que supe 
puso en bando mis esperanzas, y tuve por mejor no haber 
hallado a don Fernando, que no hallarle casado, parecien- 5 
dorne que aün no estaba del todo cerrada la puerta a mi 
remedio, dändome yo a entender que podria ser que el 
cielo hubiese puesto aquel impedimento en el segundo 
matrimonio, por atraerle a conocer lo que al primero 
debia, y a caer en la cuenta de que era cristiano, y que 10 
estaba mäs obligado a su alma que a los respetos humanos. 
Todas estas cosas revolvia en rai fantasia, y me consolaba 
sin tener consuelo, fingiendo unas esperanzas largas y 
desmayadas, para entretener la vida que ya aborrezco. 

Estando, pues, en la ciudad, sin saber que hacerme, pues 15 
a don Fernando no hallaba, llegö a mis oidos un püblico 
pregön, donde se prometia grande hallazgo a quien me hal- 
lase, dando las seiias de la edad y del mesmo traje que 
ti'aia; y oi decir que se decia que me habia sacado de casa 
de mis padres el mozo que conmigo vino; cosa que me 20 
llegö al alma, por ver cuän de caida andaba mi credito, 
pues no bastaba perderle con mi venida, sino afiadir el 
con quien, siendo subjeto tan bajo y tan indigno de mis 
buenos pensamientos. AI punto que oi el pregön, me 
sali de la ciudad con mi criado, que ya comenzaba a dar 25 
muestras de titubear en la fe que de fidelidad me tenia 
prometida, y aquella noche nos entramos por lo espeso 
desta montana, con el miedo de no ser hallados. Pero 
como suele decirse que un mal Uama a otro, y que el 
fin de una desgracia suele ser principio de otra mayor, 30 
asi me sucediö a mi, porque mi buen criado, basta entonces 
fiel y seguro, asi como me viö en esta soledad, incitado 
de SU mesma bellaqueria antes que de mi hermosura, 
quiso aprovecbarse de la ocasiön que, a su parecer, estos 
yermos le ofrecian, y, con poca vergüenza y menos temor 35 
de Dios ni respeto mio, me requiriö de amores; y, viendo 
que yo con feas y justas palabras respondia a las des- 

1 C de SU padre. 23 C sujeto. 

ßomanische Bibl. Nr. 24. Don Quijote. 2 



Cap. 28. _ 18 _ 

vergüenzas de sus propösitos, dejö aparte los niegos, de 
qnien primero pensö aprovecharse. y comenzö a usar de 
la fuerza. Pero el justo cielo, que pocas o ningunas 
veces deja de mirar y favorecer a las justas intenciones, 
5 favoreciö las mias, de manera, que con niis pocas fuerzas, 
y con poco trabajo, di con 61 por im derrumbadero, donde 
le deje, ni s^ si muerto o si vivo; y Inego, coa mäs 
ligereza que mi sobresalto y cansancio pedian, me entre 
por estas montaiias, sin Uevar otro pensamiento ni otro 

10 designio que escondeime en ellas y huir, de mi padre y 
de aquellos que de su parte me andaban buscando. Con 
este deseo ha no se cuäntos meses que entre en ellas, 
donde halle un ganadero que me llevö por su criado a 
un lugar que estä en las entrafias desta sierra, al cual 

15 he servido de zagal todo este tiempo, procurando estar 
siempre en el campo por encubrir estos cabellos, que 
ahora, tan sin pensarlo, me han descubierto. Pero toda 
mi industria y toda mi solicitud fue y ha sido de ningün 
provecho, pues mi amo vino en conocimiento de que yo 

20 no era varön, y naciö en el el mesmo mal pensamiento 
que en mi criado; y como no siempre la fortuna con los 
trabajos da los remedios, no halle derrumbadero ni ba- 
rranco de donde despeiiar y despenar al amo, como le 
halle para el criado; y asi, tuve por menor inconveniente 

25 dejalle y asconderme de nuevo entre estas asperezas que 
probar con el mis fuerzas o mis disculpas. Digo, pues, 
que me torne a emboscar, y a buscar donde sin impe- 
dimento alguno pudiese con suspiros y lägrimas rogar al 
cielo se duela de mi desventura, y me de industria y 

30 favor para salir della, o para dejar la vida entre estas 
soledades, sin que quede memoria desta triste, que tan 
sin culpa suya habrä dado materia para que de ella se 
hable y murmure en la suya y en las ajenas tierras. 



25 C escondenne. 26 C desculpas. 27 AB embocar. 



— 19 — Cap. 29. 



CAPITULO XXIX. 

Que trata del gracioso artificio y orden qne se tuvo en sacar a 

nnestro eiiamoi'ado caballero de la asperisima penitencia en que 

se habia puesto. 

Esta es, sefiores, la verdadera historia de mi tragedia: 
mirad y juzgad aLora, si los suspiros que escuchastes, las 
palabras que oistes, y las lägrimas que de mis ojos 
salian, tenian ocasiön bastante para mostrarse en mayor 
abundancia; y, considerada la calidad de mi desgracia, 5 
vereis que serä en vano el consuelo, pues es imposible 
el remedio della. Solo os ruego (lo que con facilidad 
podreis y debeis hacer) que me aconsejeis dönde podr6 
pasar la vida, sin que me acabe el temor y sobresalto 
que tengo de ser hallada de los que me buscan; que 10 
aunque s^ que el mucho amor que mis padres me tienen 
me asegura que sere dellos bien recebida, es tanta la ver- 
güenza que me ocupa solo el pensar que, no como ellos 
pensaban, tengo de parecer a su presencia, que tengo por 
mejor desterrarme para siempre de ser vista, que no verles 15 
el rostro con pensamiento que ellos miran el mio ajeno 
de la honestidad que de mi se debian de tener prometida. 

Gallo en diciendo esto, y el rostro se le cubriö de 
un color que moströ bien claro el sentimiento y ver- 
güenza del alma. En las suyas sintieron los que escuchado 20 
la habian tanta lästima como admiraciön de su desgracia; 
y aunque luego quisiera el cnra consolarla y aconsejarla, 
tomö primero la mano Cardenio diciendo: En fin, seiiora, 
^que tu eres la hermosa Dorotea, la hija iinica del rico 
Clenardo? Admirada quedö Dorotea cuando oyö el nombre 25 



12 AB no assegura. 25 C Cleurado. 



1) Wie bei der Überschrift von Kapitel X (Bd. I, S. 75) die 
alten Ausgaben alle fehlgeheu, so verwechseln sie auch hier die 
Titel von Kapitel XXIX und XXX. Die Tabla der editio 
princeps gibt allerdings die richtige Folge. Erst die Akademie- 
ausgabe von 1780 setzte zum erstenmal die zum Inhalt passen- 
den Überschriften. 



Cap. 2Ö. _ 20 — ' 

de SU padre, y de ver cuän de poco era el que le nom- 
braba, porque ya se ba dicho de la mala manera que 
Cardenio estaba vestido, y asi le dijo: ^^Y quien suis vos, 
hermano, que asi sabeis el nombre de mi padre? Porque 
5 yo hasta ahora, si mal no me acnerdo, en todo el dis- 
curso del cuento de mi desdicba no le be uombrado. Soy, 
respondiö Cardenio, aquel sin Ventura, que segiin vos, se- 
nora, babeis dicbo, Luscinda dijo que era su esposo. Soy 
el desdicbadü Cardenio, a quien el mal termino de aquel 

10 que a vos os ba puesto en el que estäis, me ha traido a 
que me veais cual me veis, roto, desnudo, falto de todo 
humano consuelo, y lo que es peor de todo, falto de 
juicio, pues no le tengo sino cnando al cielo se le antoja 
därmele por algün breve espacio. Yo, Dorotea, soy el 

15 que me balle presente a las sinrazones de don Fernando, 
y el que aguardö a oir el si que de ser su esposa 
pronunciö Luscinda. Yo soy el que no tuvo ünimo para 
ver en que paraba su desmayo, ni lo que resnltaba del 
papel que le fue ballado en el pecbo, porque no tuvo el 

20 alma sufrimiento para ver tantas desventuras juntas; y 
asi deje la casa y la paciencia, y una carta, que deje a 
nn buesped mio, a quien rogne que en manos de Lus- 
cinda la pusiese, y vineme a estas soledades con intenciön 
de acabar en ellas la vida, que desde aquel punto abo- 

25 rreci, ccmo mortal enemiga mia. Mas no ba querido la 
suerte quitärmela, contentändose con quitarme el juicio, 
qniza por gnardarme para la buena Ventura que be tenido 
en ballaros; pues siendo verdad, como creo que lo es, lo 
que aqui habeis contado, aün podria ser que a entrambos 

30 nos tuviese el cielo gnardado mejor suceso en nuestros 
desastres que nosotros pensamos. Porque, presupuesto 
que Luscinda no puede casarse con don Fernando, por 
ser mia, ni don Fernando con ella, por ser vnestro, y 
baberlo ella tan manifiestamente declarado, bien podemos 

35 esperar que el cielo nos restituya lo que es nuestro, pues 
estä todavia en ser, y no se ha enajenado ni deshecho 

% AB esposa. 14 ABC Teodora. 24 C desde aquel 
tiempo. 27 C para guardarme para. 



— 21 — Cap. 29. 

Y pues este consuelo tenemos, nacido no de muy remota 
esperanza, ni fundado en desvariadas imaginaciones, supli- 
cüos, seiiora, que tomeis otra resoluciön en vuestros hon- 
rados pensamientos, pues yo la pienso tomar en los mios, 
aeomodändoos a esperar mejor fortuna; que yo os juro 5 
por la fe de caballero y de cristiano de no desampararos 
hasta veros en poder de don Fernando, y que cuando con 
razones no le pndiere atraer a que conozca lo que os 
debe, de usar entonces la libertad que me concede el sei* 
caballero, y poder con justo titulo desafialle, en razön de 10 
la sinrazön que os liace, sin acordarme de mis agravios, 
cuya venganza dejare al cielo, por acudir en la tierra a 
los vuestros. 

Con lo que Cardenio dijo se acabö de admirar Doro- 
tea, y, por no saber que gracias volver a tan grandes 15 
ofrecimientos, quiso tomarle los pies para besärselos; mas 
no lo consintiö Cardenio; y el licenciado respondiö por 
entrambos, y aprobö el buen discurso de Cardenio, y, 
sobre todo, les rogö, aconsejö y persuadiö que se fuesen 
con el a su aldea, donde se podrian reparar de las cosas 20 
que les faltaban, y que alli se darfa orden cömo buscar 
a don Fernando, o cömo llevar a Dorotea a sus padres, 
hacer lo que mäs les pareciese conveniente. Cardenio 
y Dorotea se lo agradecieron y acetaron la merced que 
se les ofrecia. El barbero, que a todo habia estado sus- 25 
penso y callado, hizo tambien su buena plätica, y se 
ofreciö con no menos voluntad que el cura a todo aquello 
que fuese bueno para servirles; conto asimismo con bre- 
vedad la causa que alli los habia traido, con la extraiieza 
de la locura de don Quijote, y como aguardaban a su 30 
escudero, que habia ido a buscalle. Vinosele a la memoria 
a Cardenio como por sueiios, la pendeneia que con don 
Quijote habia tenido, y contöla a los demäs; mas no supo 
decir por que causa fue su cuestiön. En esto, oyeron 
voces y conocieron que el que las daba era Sancho Panza, 35 
que, por no haberlos hallado en el lugar donde los dejö, 
los llamaba a voces. Salieronle al cncuentro y, pregun- 

34 AB SU quistion. 37 BG preguntadole. 



Cap. 29. _ 22 — 

tändole por don Quijote, les dijo como le habia hallado 
desnudo en camisa, flaco, amaiillo y muerto de hambre, 
y suspirando por su sefiora Dulcinea; y que puesto que 
le habia dicho que ella le mandaba que saliese de aquel 
5 lugar y se fuese al del Toboso, donde le quedaba es- 
perando, habia respondido que estaba determioado de no 
parecer ante su fermosura fasta que hobiese fecho fazaiias 
que le ficiesen digno de su gracia. Y que si aquello 
pasaba adelante, corria peligro de no venir a ser empe- 

10 rador, como estaba obligado, ni aun arzobispo, que era lo 
menos que podia ser: por eso, que mirasen lo que se 
habia de hacer para sacarle de alli. El licenciado le 
respondiö que no tuviese pena, que ellos le sacarian de 
alli, mal que le pesase. Conto luego a Cardenio y a 

15 Dorotea lo que tenian pensado para remedio de don 
Quijote, a lo menos, para llevarle a su casa; a lo cual 
dijo Dorotea que ella haria la doncella menesterosa mejor 
que el barbero, y mäs, que tenia alli vestidos con que 
hacerlo al natural, y que la dejasen el cargo de saber 

20 representar todo aquello que fuese menester para llevar 
adelante su intento, porque ella habia leido muchos libros 
de caballerias , ' y sabia bien el estilo que tenian las don- 
cellas cuitadas cuando pedian sus dones a los andantes 
Caballeros. Pues no es menester mäs, dijo el cura, sino 

25 que luego se ponga por obra; que, sin duda, la buena 
suerte se muestra en favor nuestro, pues, tan sin pensarlo, 
a vosotros, sefiores, se os ha comenzado a abrir puerta 
para vuestro remedio, y a nosotros se nos ha facilitado 
la que habiamos menester. 

80 Sacö luego Dorotea de su almohada una saya entera 

de cierta telilla rica, y una mantellina de otra vistosa tela 
verde, y de una cajita, un collar y otras joyas, con que 
en un instante se adornö, de manera, que una rica y gran 

26 ABC mio; Brüssel, Hartzenbusch, KM: nuestro. Diese 
Änderung wird nicht nur durch den Siun bedingt, sondern kann 
auch aus der Schreibweise des Cervantes erklärt werden. Cervantes 
kürzte „nuestro" gerne ab und schrieb „nro". Es liegt nahe, 
daß die Drucker der ersten Ausgaben dafür „mio" gelesen haben. 
(Siehe BM Bd. HI, S. 84 Anm.). 



— 23 — Cap. 29. 

senora parecia. Todo aquello, y mäs, dijo que habia 
sacado de su casa para lo que se ofreciese, y que hasta 
entonces no se le habIa ofrecido ocasiön de habello 
menester. A todos contentö en extremo su mucha gracia, 
donaire y hermosura, y confirmaron a don Fernando por 5 
de poco conocimiento, pues tanta belleza desechaba; pero 
el que mäs se admirö fu^ Sancho Panza, por parecerle 
(como era asi verdad) que en todos los dias de su vida 
habia visto tan hermosa criatura; y asi, preguntö al cura 
con grande ahinco le dijese quien era aquella tan fermosa 10 
senora, y que era lo que buscaba por aquellos andurriales. 
Esta hermosa senora, respondiö el cura, Sancho 
hermano, es, como quien no dice nada, es la heredera 
por linea recta de varön del gran reino de Micomicön, 
la cual viene en busca de vuestro amo a pedirle un don, 15 
el cual es que le desfaga nn tuerto o agravio que un 
mal gigante le tiene fecho; y a la fama que de buen 
Caballero vuestro amo tiene por todo lo descubierto, de 
Guinea ha venido a buscarle esta princesa. Dichosa bus- 
cada y dichoso .hallazgo, dijo a esta sazön Sancho Panza, 20 
y mäs si mi amo es tan venturoso, que desfaga ese 
agravio y enderece ese tuerto, matando a ese hideputa 
dese gigante que vuestra merced dice, que si matarä si 
el le encuentra, si ya no fuese fantasma; que contra las 
fantasmas no tiene mi senor poder alguno. Pero una 25 
cosa quiero suplicar a vuestra merced, entre otras, seüor 
licenciado, y es que porque a mi amo no le tome gana 
de ser arzobispo, que es lo que yo temo, que vuestra 
merced le aconseje que se case luego con esta princesa, 
y asi quedarä imposibilitado de recebir ördenes arzobis- 30 
pales, y vendrä con facilidad a su imperio, y yo al fin 
de mis deseos; que yo he mirado bien en ello y hallo 
por mi cuenta que no me estä bien que mi amo sea 
arzobispo, porque yo soy imitil para la Iglesia, pues soy 
casado, y andarme ahora a traer dispensaciones para poder 35 
tener renta por la Iglesia, teniendo, como tengo, mujer e 
hijos, seria nunca acabar: asi que, senor, todo el toqne 
estä en que mi amo se case luego con esta seöora, que hasta 
ahora no s^ su gracia, y asi, no la Hämo por su nombre. 



Cap. 29. _ 24 — 

Llämase, respondiö el cura, la princesa Micomicona, 
porque llamändose su reino Micomicön, claro estä que 
ella se ha de llamar asi. No hay duda en eso, respondiö 
Sancho, que yo he visto a muchos tomar el apellido y 
5 alcuinia del lugar doude nacieron, llamändose Pedro de 
Alcalä, Juan de Ubeda y Diego de Valladolid, y esto 
mesmo se debe de usar allä en Guinea: tomar las reinas 
los nombres de sus reinos. Asi debe de ser, dijo el 
cura; y en lo del casarse vuestro amo, yo hare en ello 

10 todos mis poderios. Con lo que quedö tan contento Sancho 
cuanto el cura admirado de su simplicidad, y de ver cuän 
encajados tenia en la fantasia los mesmos disparates que 
su amo, pues sin alguna duda se daba a entender que 
habia de venir a ser emperador. 

15 Ya, en esto, se habia puesto Dorotea sobre la mula 

del cura, y el barbero se habia acomodado al rostro la 
barba de la cola de buey, y dijeron a Sancho que los 
gniase adonde don Quijote estaba; al cual advirtieron 
que no dijese que conocia al licenciado ni al barbero, 

20 porque en no conocerlos consistia todo el. toque de venir 
a ser emperador su amo; puesto que ni el cura ni Cardenio 
quisieron ir con ellos, porque no se le acordase a don 
Quijote la pendencia que con Cardenio habia tenido, y 
el cura, porque no era menester por entonces su presencia; 

25 y asi, los dejaron ir delante, y ellos los fueron siguiendo 
a pie, poco a poco. Xo dejö de avisar el cura lo que 
habia de hacer Dorotea; a lo que ella dijo que descui- 
dasen: que todo se haria sin faltar punto, como lo pedian 
y pintaban los libros de caballerias. Tres cuartos de 

30 legua habrian andado, cuando descubrieron a don Quijote 
entre unas intricadas peilas, ya vestido, aunque no armado, 
y asi como Dorotea le viö y fue informada de Sancho 
que aquel era don Quijote , diu del azote a su palafren, 
siguiendole el bien barbado barbero; y en llegando junto 

35 a el, el escudero se arrojö de la mula y fue a tomar en 
Tos brazos a Dorotea, la cual, apeändose con grande 
desenvoltnra, se fne a hincar de rodillas ante las de don 

9 C en lo de casarse. 



— 25 — Cap. 29. 

Quijote; y aunque el pugnaba por levantarla, ella, sin 
levantarse, le fablö en esta guisa: 

De aqui no me levantare, o valeroso y esforzado 
Caballero, fasta que la vuestra bondad y cortesia me 
otorgue un don, el cual rediiudarä en honra y prez de 5 
vuestra persona y en pro de la mäs desconsolada y agra- 
viada doncella que el sol ha visto. Y si es que el valor 
de vuestro fuerte brazo corresponde a la voz de vuestra 
inmortal fama, obligado estäis a favorecer a la sin Ventura 
que de tan luefies tierras viene, al olor de vuestro famose 10 
nombre, buscändoos para remedio de sus desdichas. No 
08 respondere palabra, fermosa seiiora, respondiö don 
Quijote, ni oire mäs cosa de vuestra facienda, fasta que 
OS levanteis de tierra. No me levantare, seüor, respondiö 
la afligida doncella, si primero por la vuestra cortesia no 15 
me es otorgado el don que pido. Yo vos le otorgo y 
concedo, respondiö don Quijote, como no se haya de 
cumplir en daiio o mengua de mi rey, de mi patria, y 
de aquella que de mi corazön y libertad tiene la llave. 
No serä en daiio ni en mengua de los que decis, mi buen 20 
seiior, replicö la dolorosa doncella. Y estando en esto, 
se llegö Sancho Panza al oido de sn senor y muy pasito 
le dijo: Bien puede vuestra merced, seiior, concederle el 
don que pide, que no es cosa de nada; solo es matar a 
un gigantazo, y esta que lo pide es la alta princesa 25 
Micomicona, reina del gran reino Micomicön de Etiopia. 
Sea quien fuere, respondiö don Quijote; que yo hare lo 
que soy obligado y lo que me dicta mi conciencia, con- 
forme a lo que profesado tengo. Y volviendose a la don- 
cella, dijo: La vuestra gran fermosura se levante; que yo 30 
le otorgo el don que pedirme quisiere. Pues el que pido 
es, dijo la doncella, que la vuestra magnänima persona 
se venga luego conmigo donde yo le llevare, y me 
prometa que no se ha de entremeter en otra aventura ni 
demanda alguna hasta darme venganza de un traidor que, 35 
contra todo derecho divino y humano, me tiene usurpado 
mi reino. Digo que asi lo otorgo, respondiö don Quijote; 
y asi podeis, seiiora, desde hoy mäs, desechar la malenconia 

38 BC malencolia. 



Cap. 29. — 26 — 

que 08 fatiga, y hacer que cobre nuevos bri'os y fuerzas 
vuestra desmayada espeianza; que con el ayuda de Dios 
y la de mi brazo, vos os vereis presto restituida en 
vuestro reino, y sentada en la silla de vuestro antiguo y 
5 grande estado, a pesar y a despecho de los follones que 
contradecirlo quisieren. Y manos a labor; que en la tar- 
danza dicen que suele estar el peligro. 

La menesterosa doncella pugnö con mucha porfia 
por besarle las manos; mas don Quijote, que en todo era 

10 comedido y cortes caballero, jamäs lo consintiö; antes la 
hizo levantar, y la abrazö con mucha cortesia y come- 
dimiento, y mandö a Sancho que requiriese las cinchas a 
Rocinante y le armase luego al punto. Sancho descolgö 
las armas, que, como trofeo, de un arbol estaban pendientes, 

15 y, requiriendo las cinchas, en un punto armö a su senor; 
el cual, viendose armado, dijo: Vamos de aqui, en el 
nombre de Dios, a favorecer esta gran seiiora. 

Estäbase el barbero aüa de rodillas, teniendo gran 
cuenta de disimular la risa, y de que no se le cayese la 

20 barba, con cuya caida quizä quedaran todos sin conseguir 
su buena intenciön; y viendo que ya el don estaba conce- 
dido, y con la diligencla que don Quijote se alistaba para 
ir a cumplirle, se levanto y tomö de la otra mano a su 
senora, y entre los dos la subieron en la mula. Luego 

25 subiö don Quijote sobre Rocinante, y el barbero se aco- 
modö en su cabalgadura, quedändose Sancho a pie, donde 
de nuevo se le renovö la perdida del rucio con la falta 
que entonces le hacia; mas todo lo llevaba con gusto, 
por parecerle que ya su senor eslaba puesto en Camino, 

30 y muy a pique, de ser emperador; porque sin duda alguna 
pensaba que se habia de casar con aquella princesa, y 
ser, por lo menos, rey de Micomicön. Solo le daba pesa- 
dumbre el pensar que aquel reino era en tierra de negros, 
y que la gente que por sus vasallos le diesen habian de 

35 ser todos negros; a lo cual hizo luego en su imaginaciön 
un buen remedio, y dijose a si mismo: ,iQue se me da 
a mi que mis vasallos sean negros? ^Habrä mas que 
cargar con ellos y traerlos a Espana, donde los podre 
vender, y adonde me los pagarän de contado, de cuyo 



_ 27 — Cap. 29. 

dinero podre compiar algün titulo o algiin oficio con que 
vivir descansado todos los dias de mi vida? No, sino 
dormios, y no tengiiis ingenio ni habilidad para disponer 
de las cosas, y para vender treinta o diez mil vasallos 
en däcame esas pajas. Par Dios que los he de volar, 5 
chico con grande, o como pudiere, y que, por negros qiie 
sean, los he de volver blancos o amarillos. jLlegäos, 
que me mamo el dedo! Con esto andaba tan solicito y 
tan contento, que se le olvidaba la pesadumbre de 
caminar a pie. 10 

Todo esto miraban de entre unas breiias Cardenio y 
el cura, y no sabian que hacerse para jnntarse con ellos; 
pero el cura, que era gran tracista, imaginö luego lo que 
harian para conseguir lo que deseaban, y fue que con 
unas tijeras que traia en un estuche qnitö con mucha 15 
presteza la barba a Cardenio, y vistiöle un capotillo pardo 
que el traia, y diöle un herreruelo negro, y el se quedö 
en calzas y en jubön; y quedö tan otro de lo que antes 
parecia Cardenio, que el mesmo no se conociera, aunque 
a un espejo se mirara. Hecho esto, puesto ya que los 20 
otros habian pasado adelante en tanto que ellos se dis- 
frazaron, con facilidad salieron al Camino real antes que 
ellos, porque las malezas y malos pasos de aquellos 
lugares no concedian que anduviesen tanto los de a 
caballo como los de a pie. En efeto, ellos se pusieron 25 
en el llano, a la salida de la Sierra; y asi como saliö 
della don Quijote y sus camaradas, el cura se le puso a 
Ulirar muy de espacio, dando seiiales de que le iba 
reconociendo, y al cabo de haberle una buena pieza 
estado mirando, se in6 a el abiertos los brazos y diciendo 30 
a voces: Para bien sea hallado el espejo de la caballeria, 
el mi buen compatriota don Quijote de la Mancha, la 
flor y la nata de la gentileza, el amparo y remedio de 
los menesterosos, la quinta esencia de los caballeros 
andantes. 35 

Y diciendo esto, tenia abrazado por la rodilla de la 
pierna izquierda a don Quijote; el cual, espantado de lo 

32 AB compatriote. 



Cap. 29. _ 28 — 

que veia y oia decir y hacer a aquel hombre, se le puso 
a rairar con atenciön, y, al fin, le coaociö, y quedö como 
espantado de verle, y hizo grande fuerza por apearse; 
mas el cura no lo consintiö, por lo cual don Quijote 
5 decia: Dejeme vuestra merced, sefior licenciado, que no 
es razön que yo este a caballo, y nna tan reverenda 
persona como vuestra merced este a pie. 

Eso no consentire yo en ningün modo, dijo el cura, 
estese la vuestra grandeza a caballo, pues estando a 

10 caballo acaba las mayores fazaiias y aventuras que en 
nnestra edad se han visto; que a mi, aunque indigno 
sacerdote, bastaräme snbir en las ancas de una destas 
mulas destos seiiores que con vuestra merced caminan, 
si no lo han por enojo; y aun hare cuenta que voy 

15 Caballero sobre el caballo Pegaso, o sobre la cebra o 
alfana en que cabalgaba aquel famoso moro Muzaraque, 
que aün hasta ahora yace encantado en la gran cuesta 
Zulema, que dista poco de la gran Compluto. 

Aun no caia yo en tanto, mi senor licenciado, res- 

20 pondiö don Quijote, y yo se que mi senora la princesa 
sera servida, por mi amor, de mandar a su escudero de 
a vuestra merced la silla de su mula; que el podrä aco- 
modarse en las ancas, si es que ella las sufre. Si sufre, 
a lo que yo creo, respondiö la princesa; y tambien se 

25 que no serä menester mandärselo al sefior mi escudero; 
que el es tan cortes y tan cortesano, que no consentirä 
que una persona eclesiästica vaya a pie, pudiendo ir a 
caballo. Asi es, respondiö el barbero. Y apeändose en 
un punto, convidö al cura con la silla, y el la tomö sin 

30 hacerse mucho de rogar. Y fue el mal que al subir a 
las ancas el barbero, la mula, que en efeto era de 
alquiler, que para decir que era mala esto basta, alzö un 
poco los cuartos traseros, y diö dos coces en el aire, que 
a darlas en el pecho de maese Nicol.is o en la cabeza, 

35 el diera al diablo la venida por don Quijote. Con todo 
eso, le sobresaltaron de manera, que cayö en el suelo, 
con tan poco cuidado de las barbas, que se le cayeron 

37 C cayeron: y como. 



— 29 — Oap. 29. 

en el suelo; y como se viö sin ellas, no tuvo otro remedio 
sino acudir a cubrirse el rostro con ambas manos y a 
quejarse que le habian denibado las miielas. Don Quijote, 
como viö todo aquel mazo de barbas, sin quijadas y sin 
sangre, lejos del rostro del escudero caido, dijo: jVive 5 
Dios, que es gran milagro este! jLas barbas le ha der- 
ribado y arrancado del rostro, como si las quitaran a posta! 

El cura, que viö el peligro que corria su invenciön 
de ser descubierta, acudiö luego a las barbas y fuöse con 
ellas donde yacia maese Nicolas dando aün voces todavia, 10 
y de im golpe, llegändole la cabeza a su pecho, se las 
puso, murmurando sobre el unas palabras, que dijo que 
era cierto ensalmo apropiado para pegar barbas, como lo 
verian; y cuando ,se las tuvo puestas, se apartö, y quedö 
el escudero tan bien barbado y tan sano como de antes, 15 
de que se admirö don Quijote sobreraanera, y rogö al 
cura que cuando tuviese lugar, le enseiiase aquel ensalmo; 
que el entendia que su virtud a mäs que pegar barbas 
se debia de extender, pues estaba claro que de donde las 
barbas se qnitasen, habia de quedar la carne llagada y 20 
maltrecha, y que, pues todo lo sanaba, a mäs que barbas 
aprovechaba. Asi es, dijo el cura, y prometiö de ensefiär- 
sele en la primera ocasiön. 

Concertäronse que por entonces subiese el cura, y a 
trechos se fuesen los tres mudaudo, hasta que llegasen a 25 
la venta, que estaria hasta dos leguas de alli. Puestos 
los tres a caballo, es a saber, don Quijote, la princesa y 
el cura, y los tres a pie, Cardenio, el barbero y Sancho 
Panza, don Quijote dijo a la doncella: Vuestra grandeza, 
senora mia, guie por donde mäs gusto le diere. Y antes 30 
que ella respondiese, dijo el licenciado: ^Hacia que reino 
quiere guiar la vnestra seiioria? ^;Es, por Ventura, hacia 
el de Micomicön? Que si debe de ser, o yo se poco de 
reinos. Ella, que estaba bien en todo, entendiö que habia 
de responder que si, y asi dijo: Si, sefior, hacia ese reino 35 
es mi Camino. Si asi es, dijo el cura, por la mitad de 
mi pueblo hemos de pasar, y de all! tomarä vuestra 
merced la derrota de Cartagena, donde se podrä embarcar 
con la buena Ventura; y si hay viento pröspero, mar trän- 



Cap. 29. ^ 30 — 

qnilo y sin borrasca, en poco menos de nueve anos se 
podrä estar a vista de la gran laguna Meona, digo 
Meötides, que estä poco mas de cien jornadas mäs acä 
del reino de vuestra grandeza. 
5 Vuestra merced estä engafiado, sefior mio, dijo ella; 

porque no ha dos anos que yo parti del, y en verdad 
que nunca tuve buen tiempo, y con todo eso, he llegado 
a ver lo que tanto deseaba, que es el senor don Quijote 
de la Mancha, ciiyas nuevas llegaron a mis oidos asi 

10 como puse los pies en Espafia, y ellas me movieron a 
bnscarle, para encomendarme en su cortesia y fiar mi 
justicia del valor de su invencible brazo. 

No mäs, cesen mis alabanzas, dijo a esta sazön don 
Quijote, porque soy enemigo de todo geaero de adulaciön; 

15 y aunque esta no lo sea, todavia ofenden mis castas orejas 
semejantes pläticas. Lo que yo se decir, sefiora mia, qne 
ora tenga valor o no, el que tuviere o no tu viere se ha 
de emplear en vuestro servicio, hasta perder la vida; y 
asi, dejando esto para su tiempo, ruego al sefior licenciado 

20 me diga que es la causa qne le ha traido por estas 
partes tan solo, tan sin criados, y tan a la ligera, que 
me pone espanto. 

A eso yo respondere con brevedad, respondiö el cura, 
porque sabrä vuestra merced, senor don Quijote, que yo 

25 y maese Nicolas, nuestro amigo y nuestro barbero, ibamos 
a Sevilla a cobrar cierto dinero qne un pariente mio que 
ha muchos aiios que pasö a Indias me habia enviado, y 
no tan pocos que no pasan de sesenta mil pesos ensayados, 
que es otro que tal; y pasando ayer por estos lugares, 

30 nos salieron al encuentro cuatro salteadores, y nos quitaron 
hasta las barbas; y de modo nos las quitaron, que le 
convino al barbero ponerselas postizas; y aun a este 
mancebo que aqui va, sefialando a Cardenio, le pusieron 
como de nuevo. Y es lo bueno que es publica fama por 

35 todos estos contornos que los que nos saltearon son de 
unos galeotes que dicen qne libertö, casi en este mismo 
sitio, un hombre tan valiente, que a pesar del comisario 

21 A solo y tan. 



_ 31 — Cap. 30. 

y de las guardas, los soltö a todos; y, sin duda alguna, 
61 debia de estar fuera de juicio, o debe de ser tan 
grande bellaco como ellos, o algün hombre sin alma y 
sin conciencia, pues quiso soltar al lobo entre las ovejas, 
a la raposa entre las gallinas, a la mosca entre la miel: 5 
quiso defraudar la justicia, ir contra su rey y seiior 
natural, pues fue contra sus justos mandamientos; quiso, 
digo, quitar a las galeras sus pies, poner en alboroto a 
la Santa Hermandad, que Labia muchos afios que repo- 
saba; quiso, finalmente, hacer un hecho por donde se 10 
pierda su alma y no se gane su cuerpo. 

Habiales contado Sancho al cura y al barbero la 
aventura de los galeotes, que acabö su amo con tanta 
gloria suya, y por esto cargaba la mano el cura refi- 
riendola, por ver lo que hacia o decia don Quijote; al 15 
cual se le mudaba la color a cada palabra, y no osaba 
decir que el habia sido el libertador de aqnella buena 
gente. Estos, pues, dijo el cura, fueron los que nos 
robaron. Que Dios, por su misericordia, se lo perdone 
al que no los dejö Uevar al debido suplicio. 20 



CAPITULO XXX. 

Que trata de la discrecion de la hermosa Dorotea, con otras cosas 
de mucho gusto y pasatiempo. 

No hubo bien acabado el cura, cuando Sancho dijo: 
Pues mia fe, seiior licenciado, el que hizo esa fazaiia iu6 
mi amo, y no porque yo no le dije antes y le avise que 
mirase lo que hacia, y que era pecado darles libertad, 
porque todos iban alli por grandisimos bellacos. Majadero, 25 
dijo a esta sazön don Quijote, a los Caballeros andantes 
no les toca ni ataiie averiguar si los afligidos, encadenados 
y opresos que encuentran por los caminos van de aquella 
manera o estän en aquella angustia, por sus culpas o por 
sus gracias; solo les toca ayudarles como a menesterosos, 30 

18 C Esto pues. Zum Titel: ^ discordia statt discrecion, 
30 ABC le toca. 



Cap. 30. _ 32 __ 

poniendo los ojos en aus penas, y no en sus bellaquerias. 
Yo tope un rosario y sarta de geate mohina y desdichada, 
y hice con ellos lo que mi religion me pide, y lo demäs 
allä se avenga; y a quien mal le ha parecido, salvo la 
5 Santa dignidad del senor licenciado y su honrada persona, 
digo que sabe poco de achaque de caballeria, y que 
miente como un hideputa y mal nacido; y esto le hare 
conocer con mi espada, donde mäs lavgamente se contiene. 
Y esto dijo afirmändose en los estribos y caltindose 

10 el raorriön, porque la bacia de barbero, que a su cuenta 
era el yelmo de Mambrino, Uevaba colgada del arzön 
delantero, hasta adobarla del mal tratamiento que la 
hicieron los galeotes. 

Dorotea, que era discreta y de gran donaire, como 

15 quien ya sabia el menguado humor de don Quijote, y 
que todos hacian burla del, sino Sancho Panza, no quiso 
ser para menos, y viendole tan enojado le dijo: Senor 
Caballero, miembresele a la vuestra merced el don que 
me tiene prometido, y que, conforme a 61, no puede 

20 entremeterse en otra aventura, por urgente que sea: 
sosiegue vuestra merced el pecho; que si el senor licen- 
ciado supiera que por ese invicto brazo habian sido 
librados los galeotes, 61 se diera tres puntos en la boca, 
y aun se mordiera tres veces la lengua, antes que haber 

25 dicho palabra que en despecho de vuestra merced rednndara. 

Eso juro yo bien, dijo el cura, y aun me hubiera 

quitado un bigote. Yo callare, senora mia, dijo don 

Quijote, y reprimire la justa cölera que ya en mi pecho 

se habia levantado, y ire quieto y pacifico hasta tanto 

30 que os cumpla el don prometido; pero en pago deste 
buen deseo, os suplico me digäis, si no se os hace de 
mal, (^cuäl es la vuestra cuita, y cuäntas, quienes y cuäles 
son las personas de quien os tengo de dar debida, satis- 
fecha y entera venganza? 

35 Eso hare yo de gana, respondiö Dorotea, si es que 

no os enfada oir lästimas y desgracias. No enfadarä, 
senora mia, respondiö don Quijote. A lo que respondiö 
Dorotea: Pues asi es, estenme vuestras mercedes atentos. 
No hnbo ella dicho esto, cuando Cardenio y el barbero 



_ 33 — Cap. 30. 

se le pusieron al lado, deseosos de ver cömo fingia su 
historia la discreta Dorotea, y lo mismo liizo Sancho, que 
tan enganado iba con ella como su amo. Y ella, des- 
piies de haberse pnesto bien en la silla y prevenidose 
con toser y hacer otros ademanes, con mucho donaire 5 
comenzö a decir desta manera: 

Primeramente , quiero que vuestras mercedes sepan, 
senores mios, que a ml me Uaman ... Y detüvose aqui 
un. poco, porque se le olvidö el nombre que el cura le 
habia puesto; pero el acudiö al remedio, porque entendiö 10 
en lo que reparaba, y dijo: No es maravilla, seiiora mia, 
que la vnestra grandeza se turbe y empache contando sus 
desventuras, que ellas suelen ser tales, que muclias veces 
quitan la memoria a los que maltratan, de tal manera que 
aun de sus mesmos nombres no se les acuerda, como hau 15 
hecho con vuestra gran senoria, que se ha olvidado que 
se llama la princesa Micomicona, legitima heredera del 
grau reino Micomicön; y con este apuntamiento puede la 
vuestra grandeza reducir ahora fiicilmente a su lastimada 
memoria todo aquello que contar quisiere. 20 

Asi es la verdad, respondiö la doncella, y desde 
aqui adelante creo que no serä menester apuntarme nada; 
que yo saldre a buen puerto con mi verdad era historia; 
la cual es, que el rey mi padre, que se llamaba Tinacrio 
el Sabidor, fue muy docto en esto que llaman el arte 25 
mägica, y alcanzö por su ciencia que mi niadre, que se 
llamaba la reina Jaramilla, habia de morir primero que 
el, y que de alli a poco tiempo el tambien habia de 
pasar desta vida, y yo habia de quedar buerfana de padre 
y madre. Pero decia el que no le fatigaba tanto esto, 30 
cuanto le ponia en confusiön saber por cosa muy cierta, 
que un descomunal gigante, senor de una grande insula, 
que casi alinda con nuestro reino, llamado Pandafilando 
de la Fosca Vista (porque es cosa averiguada que, aunque 
tiene los ojos en su lugar y derechos, siempre mira al 35 
reves, como si fuese bizco, y esto lo hace el de maligno 



2 C fehlt: la discreta Dorotea. 3 ABC tan ensanado. 
29 Bü huerfano. 

Komanischo Bibl. Nr. 24. Don Quijote. 3 



Cap. 30. — 34 — 

y por poner miedo y espanto a los que mira) ; digo que 
supo que este gigante, en sabiendo mi orfandad habia de 
pasar con gran poderio sobre mi reino, y me lo habia de 
quitar todo, sin dejarme ima pequeiia aldea donde me 
5 recogiese; pero que podia excusar toda esta ruina y des- 
gracia, si yo me quisiese casav con el; mas, a lo que el 
entendia, jamäs pensaba que me vendn'a a mi en voluntad 
de hacer tan desigual casamiento; y dijo en esto la pura 
verdad, porqne jamäs me lia pasado por el pensamiento 

10 casarme con aquel gigante, pero ni con otro alguno, por 
grande y desaforado que fuese. Dijo tambien mi padre, 
que despues que el fuese muerto y viese yo que Panda- 
filando comenzaba a pasar sobre mi reino, que no aguar- 
dase a ponerme en defensa, porque seria destruirme, sino 

15 que libremente le dejase desembarazado el reino, si que- 
ria excusar la muerte y total destruiciön de mis buenos 
y leales vasallos, porque no habia de ser posible defen- 
derme de la endiablada fuerza del gigante; sino que luego 
con algunos de los mios me pusiese en Camino de las 

20 Espafias, donde hallaria el remedio de mis males hallando 
a un Caballero andante, cuya fama en este tiempo se exten- 
deria por todo este reino; el cual se habia de llaraar, si 
mal no me acuerdo, don Azote o don Gigote. 

Don Quijote diria, senora, dijo a esta sazön Sancho 

25 Panza, o por otro nombre el Caballero de la Triste 
Figura. Asi es la verdad, dijo Dorotea. Dijo mäs: que 
habia de ser alto de cuerpo, seco de rostro, y que en el 
lado derecho, debajo del hombro izquierdo, o por alli 
junto, habia de teuer un lunar pardo con ciertos cabellos 

30 a manera de cerdas. 

En oyendo esto don Quijote, dijo a su escudero: 
Ten aqui, Sancho hijo, ayüdame a desnudar; que quiero 
ver si soy el caballero que aquel sabio rey dejö profeti- 
zado. ^Pues para que quiere vuestra merced desnudarse? 

35 dijo Dorotea. Para ver si tengo ese lunar que vuestro 
padre dijo, respondiö don Quijote. No hay para que 
desnudarse, dijo Sancho; que yo se que tiene vuestra 

10 C fehlt: pero. 24 AB senor. 



__ 35 -^ Cap. 30. 

merced nn lunar desas senas en la mitad del espinazo, 
que es seiial de ser hombre fuerte. 

Eso basta, dijo Dorotea; porque con los amigos no 
se ha de mirai* en pocas cosas, y que este en el hombro, 
que este en el espinazo, importa poco; basta que haya 5 
lunar, y este donde estuviere, pues todo es una mesma 
carne; y, sin duda, acertö mi buen padre en todo, y yo he 
acertado en encomendarme al senor don Quijote; que el 
es por quien mi padre dijo, pues las sefiales del rostro 
vienen con las de la buena fama que este Caballero tiene, 10 
no solo en Espaiia, pero en toda la Mancha; pues apenas 
me hübe desembarcado en Osuna, cuando oi decir tantas 
hazaiias suyas, que luego me diö el alma que era el 
mesmo que venia a buscar. 

^,Pnes cömo se desembarcö vuestra merced en Osuna, 15 
sefiora mia, preguntö don Quijote, si no es puerto de 
mar? Mas antes que Dorotea respondiese, tomö el cura 
la mano y dijo: Debe de querer decir la seiiora princesa, 
que despues que desembarcö en Malaga, la primera parte 
donde oyö nuevas de vuestra merced fue en Osuna. Eso 20 
quise decir, dijo Dorotea. Y esto lleva Camino, dijo el 
cura; y prosiga vuestra Majestad adelante. 

No hay que prosegnir, respondiö Dorotea, sino que 
finalmente mi suerte ha sido tan buena en hallar al senor 
don Quijote, que ya me cuento y tengo por reina y seiiora 25 
de todo mi reino; pues el, por su cortesia y magnificencia, 
me ha prometido el don de irse conmigo donde quiera 
que yo le llevare, que no serä a otra parte que a ponerle 
delante de Pandafilando de la Fosca Vista para que le 
mate, y me restituya lo que tan contra razön me tiene 30 
usurpado; que todo esto ha de suceder a pedir de boca, 
pues asi lo dejö profetizado Tinacrio el Sabidor, mi buen 
padre. El cual tambien dejö dicho y escrito en letras 
caldeas o griegas, que yo no las se leer, que si este 
Caballero de la profecia, despues de haber degoUado al 35 
gigante, quisiese casarse conmigo, que yo me otorgase 
luego sin replica alguna por su legitima esposa, y le 
diese la posesiön de mi reino, junto con la de mi per- 
sona. (iQue te parece, Sancho amigo? dijo a este punto 

3* 



Cap. 30. _ 36 _ 

don Qnijote. ;,No oyes lo qne pasa? ^No te lo dije yo? 
Mira si tenemos ya reino que mandar y reiua con quieii 
casar. Eso juro yo, dijo Sancho; para el puto que no 
se casare en abriendo el gaznatico al seiior Pandahilado. 
5 Pues monta que es mala la reina, asi se me vuelvau las 
pulgas de la cama. 

Y diciendo esto, diö dos zapatetas en el aire, con 
muestras de grandisimo contento, y luego fue a tomar las 
riendas de la mula de Dorotea, y hacieudola detener, se 

10 hincö de rodillas ante ella, suplicändole le diese las 
manos pava besärselas, en seiial que la recebia por su 
reina y senora. ^^Quien no habi'a de reir de los circnn- 
stantes, viendo la locura del amo y la siinplicidad del criado? 
En efecto, Dorotea se las diö, y le prometiö de hacerle 

15 gran senor en su reino, cuando el cielo le hiciese tanto 
bien, que se lo dejase cobrar y gozar. Agradeciösele 
Sancho con tales palabras que renovö la risa en todos. 

Esta, seiiores, prosiguiö Dorotea, es mi historia: solo 
resta por deciros, que de cuanta gente de acompaiiamiento 

20 saque de mi reino no me ha quedado sino solo este buen 
barbado escudero, porque todos se anegaron en una gran 
borrasca que tuvimos a vista del puerto, y el y yo salimos 
en dos tablas a tierra como por milagro, y asi es todo 
milagro y misterio el discurso de mi vida, como lo 

25 habreis notado: y si en alguna cosa he andado demasiada 
no tan acertada como debiera, echad la culpa a lo que 
el seiior licenciado dijo al principio de mi cuento; que 
los trabajos continuos y extraordinarios quitan la memoria 
al que los padece. 

30 Esa no me quitarän a mi, o alta y valerosa senora, 

dijo don Quijote, cuantos yo pasare en serviros, por 
grandes y no vistos que seau; y asi de nuevo confirmo 
el don que os he prometido, y juro de ir con vos al 
cabo del mundo, hasta verme con el fiero enemigo vuestro, 

35 a quien pienso, con el ayuda de Dios y de mi brazo, 
tajar la cabeza soberbia con los filos desta, no quiero 



12/13 ABC circustantes. 20/21 C bien barbudo. 23 B 
tablar. 25 BC habeis. 



_ 37 — Cap. 30. 

decir buena espada, merced a Gines de Pasamonte, que 
Die llevö la mia. Esto dijo entre dientes, y prosiguiö 
diciendo: Y despues de habersela tajado y puestoos en 
paeifica posesion de vuestro estado, quedarä a vuestra 
voluQtad hacer de vuestra persona lo que mäs en talante 5 
OS viniere; porque mientras que yo tu viere ocupada la 
memoria y cautiva la voluntad, perdido el eutendimiento, 
a aquella . . . y no digo mäs, no es posible que yo 
arrostre, ni por pienso, el casarme, aunque fuese con el 
ave Fenix. 10 

Pareciöle tan mal a Sancho lo que ültimamente su 
amo dijo acerca de no querer casarse, que, con grande 
enojo, alzando la voz, dijo: Voto a mi, y juro a mi, que 
no tiene vuestra merced, senor don Quijote, cabal juicio: 
pues f,cömo es posible que pone vuestra merced en duda 15 
el casarse con tan alta princesa como aquesta? ^Piensa 
que le ha de ofrecer la fortuna tras cada cantillo seme- 
jante Ventura como la que ahora se le ofrece? ^Es, por 
dicha, mäs hermosa mi seiiora Dulcinea? No, por cierto, 
ni aun con la mitad, y aun estoy por decir que no llega 20 
a SU zapato de la que estä delante. Asi, noramala 
alcanzare yo el condado que espero, si vuestra merced se 
anda a pedir cotufas en el golfo. Cäsese, cäsese luego, 
encomiendole yo a Satanäs, y tome ese reino que se le 
viene a las manos de vobis vobis, y en siendo rey, hä- 25 
game marques o adelantado, y luego, siquiera se lo lleve 
el diablo todo. 

Don Quijote, que tales blasfemias oyö decir contra 
SU senora Dulcinea, no lo pudo sufrir; y, alzando el 
lanzön, sin hablalle palabra a Sancho y sin decirle esta 30 
boca es mia, le diö tales dos palos, que diö con el en 
tierra, y si no fuera porque Dorotea le diö voces que no 
le diera mäs, sin duda le quitara alli la vida. ^.Pensäis, 
le dijo a cabo de rato, villano ruin, que lia de haber 
lugar siempre para ponerme la mano en la horcajadura, 35 
y que todo ha de ser errar vos y perdonaros yo? Pues 
no lo penseis, bellaco descomulgado; que sin duda lo 



8 C por aquella. 



Cap. 30. _ 38 — 

estäs, pues lias puesto leugua en la sin par Dulcinea. 
^Y no sabeis vos, gaiiän, faquin, belitre, que si no fuese 
por el valov que ella infunde en mi brazo, que no le 
tendria yo para matar una pulga? Decid, socarrön de 
5 lengua viperina, ^,y quien pensäis que ha ganado este 
reino y cortado la cabeza a este gigante, y hechoos a 
vos marqiies (que todo esto doy ya por hecho y por cosa 
pasada en cosa juzgada), sino es el valor de Dulcinea, 
tomando a mi brazo por instrumento de sus hazafiasV 

10 Ella pelea en mi, y vence en mi, y yo vivo y respiro 
en ella, y tengo vida y ser. jO hideputa bellaco, y 
cömo sois desagradecido, que os veis levantado del polvo 
de la tierra a ser seiior de titulo, y correspondeis a tan 
bnena obra con decir mal de quien os la hizo! 

15 No estaba tan raaltrecho Sancho, que no oyese todo 

cuanto SU amo le decia, y levantändose con un poco de 
presteza, se fue a poner deträs del palafren de Dorotea, 
y desde alli dijo a su amo: Digame, seiior, si vaestra 
merced tiene determinado de no casarse con esta gran 

20 princesa, claro estä que no serä el reino suyo, y no sien- 
dolo, (iquö mercedes rae puede hacer? Esto es de lo que 
yo me quejo; cäsese vuestra merced una por una con 
esta reina, ahora que la tenemos aqui como llovida del 
cielo, y despues puede volverse con mi sefiora Dulcinea; 

25 que reyes debe de haber habido en el mundo que hayan 
sido amancebados. En lo de la hermosura no me entre- 
meto; que en verdad, si va a decirla, que entrambas me 
parecen bien; puesto que yo nunca he visto a la senora 
Dulcinea. ;,Cömo que no la has visto, traidor blasfemoV 

30 dijo don Quijote; ^Pnes no acabas de traerme ahora un 
recado de su parte? Digo que no la he visto tan des- 
pacio, dijo Sancho, que pueda haber notado particular- 
mente su hermosura y sus buenas partes punto porpunto; 
pero asi a bulto, me parece bien. Ahora te disculpo, 

35 dijo don Quijote, y perdöname el enojo que te he dado; 
que los primeros movimientos no son en manos de los 
hombres. Ya yo lo veo, respondiö Sancho; y asi, en mi 



2 C fehlt: ganan. 10 BC fehlt: y. 



— 39 — Cap. 30. 

la gana de hablar siempre es pvimero movimiento, y no 
puedo dejar de decir, por una vez siquiera, lo que me 
viene a la lengua. Con todo eso, dijo don Qiiijote, mira, 
Sancho, lo que hablas; porque tantas veces va el cantarillo 
a la fuente . . , y no te digo mäs. Ahora bien, respondiö 5 
Sancho, Dies estä en el cielo, que ve las trampas, y seni 
juez de quien hace mäs mal, yo en no hablar bien, o 
vnestra merced en obrallo. No haya mäs, dijo Dorotea; 
corred, Sancho, y besad la mano a vuestro seiior, y pe- 
dilde perdön, y de aqui adelante andad mäs atentado en 10 
vuestras alabanzas y vituperios, y no digäis mal de 
aquesa seilora Tobosa a quien yo no conozco sino es 
para servilla, y tened confianza en Dios, que no os ha 
de faltar un estado donde viväis como un principe. 

Fue Sancho cabizbajo y pidiö la mano a su seiior, 15 
y el se la diö con reposado continente; y despues que 
se la hubo besado, le echö la bendiciön, y dijo a Sancho 
que se adelantasen un poco; que tenia que preguntalle 
y que departir con el cosas de mucha importancia. Hizolo 
äsi Sancho, y apartäronse los dos algo adelante, y dijole 20 
don Quijote: Despues que veniste, no he tenido lugar ni 
espacio para preguntarte muchas cosas de particularidad 
acerca de la embajada que llevaste y de la respuesta que 
trujiste; y ahora, pues la fortuna nos ha concedido tiempo 
y lugar, no me niegues tu la Ventura que puedes darme 25 
con tan buenas nuevas. 

Pregunte vuestra merced lo que quisiere, respondiö 
Sancho; que a todo dare tan buena salida como tuve la 
entrada; pero suplico a vuestra merced, senor mio, que 
no sea de aqui adelante tan vengativo. ^Por que lo 30 
dices, Sancho? dijo don Quijote. Digolo, respondiö, por- 
que estos palos de agora mäs fueron por la pendencia 
que entre los dos trabö el diablo la otra noche, que por 
lo que dije contra mi sefiora Dulcinea, a quien amo y 
reverencio como a una reliquia, aunque en ella no la 35 
haya, solo por ser cosa de vuestra merced. No tornes a 
esas pläticas, Sancho, por tu vida, dijo don Quijote, que 



12 C Toboso. 35 ABC no lo. 



Cap. 30. — 40 — 

me dan pesadumbrc: ya te perdone entonces, y bien sabes 
tu qne suele decirse: A pecado nuevo, penitencia nueva. 
Mientras esto pasaba, vieron veuir por el Camino 
donde ellos iban a im horabre Caballero sobre un jumento, 
5 y cuando llego cerca, les pareciö que era gitauo; pero 
Sancho Panza, que doquiera que via asnos se le iban los 
ojos y el alma, apenas hubo visto al hombre, cuando 
conociö que era Gines de Pasamonte, y por el hilo del 
gitano sacö el ovillo de su asno, como era la verdad, 

10 pues era el rucio sobre qne Pasamonte venia: el cual, 
por no ser conocido y por vender el asno, se habia 
puesto en traje de gitano, cuya lengua y otras muchas 
sabia hablar como si fueran naturales suyas. Viöle 
Sancho y conociöle, y apenas le hubo visto y conocido, 

15 cuando a graudes voces le dijo: jAh ladrön Ginesillo, 
deja mi prenda, suelta mi vida, no te empaches con mi 
descanso, deja mi asno, deja mi regalo, huye, puto, 
ausentate, ladrön, y desampara lo que.no es tuyo! No 
fueron menester tantas palabras ni baldones, porque a la 

20 primera saltö Gines, y tomando un trote que parecia 
carrera, en un punto se ausentö y alejö de todos. Sancho 
llegö a su rucio, y, abrazandole, le dijo: ^•,Cömo has 
estado, bien mio, rucio de mis ojos, companero mio? Y 
con esto le besaba y acariciaba como si fuera persona. 

25 El asno callaba, y se dejaba besar y acariciar de Sancho 
sin responderle palabra alguna. Llegaron todos, y dieronle 
el parabien del hallazgo del rucio, especialmente don 
Quijote, el cual le dijo que no por eso anulaba la pöliza 
de los tres poUinos. Sancho se lo agradeciö. 

30 En tanto que los dos iban en estas pläticas, dijo el 

cura a Dorotea que habia andado muy discreta asi en el 
cuento como en la brevedad del, y en la similitud que 
tuvo con los de los libros de caballerias. Ella dijo que 
muchos ratos se habia entretenido en leellos; pero que 

35 no sabia ella dönde eran las provincias ni puertos de mar, 
y que asi habia dicho a tiento que se habia desembarcado 

3 A fehlt: Mientras esto pasaba — se lo agradeciö (S. 40 
Zeile 29). 13 C sabia muy bien hablar. 19 A fueran ; B fuera. 



_ 41 — Cap. 30. 

en Osuna. Yo lo entendi a&i, dijo el cura, y por eso 
acudi luego a decir lo que dije, con qiie se acomodö 
todo. i Pero no es cosa extraiia ver con cuänta facilidad 
cree este desventurado hidalgo todas estas invenciones y 
mentiras, solo porque llevan el estilo y modo de las 5 
necedades de sus libros? Si es, dijo Cardenio; y tan 
rara y nunca vista, que yo no se si, queriendo inventarla 
y fabricarla mentirosaraente, hubiera tan agudo ingenio, 
que pudiera dar en ella. Pues otra cosa hay en ello, 
dijo el cura; que fuera de las simplicidades que este 10 
buen hidalgo dice, tocantes a su locura, si le tratan de 
otras cosas, discnrre con bonisimas razones, y muestra 
teuer un entendimiento claro y apacible en todo; de 
manera que, como no le toquen en sus caballerias, no 
habrä nadie que le juzgue sino por de muy buen enten- 15 
dimiento. 

En tanto que ellos iban en esta conversaciön, prosiguiö 
don Quijote con la suya, y dijo a Sancho: Echemos, 
Panza amigo, pelillos a la mar en esto de nuestras 
pendencias, y dime ahora, sin teuer cuenta con enojo ni 20 
rencor alguno, ^dönde, cömo, y cuändo hallaste a Dulcinea? 
(^qne hacia? (,que le dijiste? ^,que te respondid? f,que 
rostro hizo cuando leia mi carta? (^quien te la trasladö? 
y todo aquello que vieres que en este caso es digno de 
saberse, de preguntarse y satisfacerse, sin que afiadas o 25 
mientas por darme gusto, ni menos te acortes por no qui- 
tärmele. Seiior, respondiö Sancho, si va a decir la ver- 
dad, la carta no me la trasladö nadie, porque yo no lleve 
carta alguna. 

Asi es como tu dices, dijo don Quijote, porque el 30 
librillo de memoria, donde yo la escribi, le halle en mi 
poder a cabo de dos dias de tu partida, lo cual me causö 
grandisima pena, por no saber lo que habias tu de hacer, 
cuando te vieses sin carta; y crei siempre que te volvieras 
desde el lugar donde la echaras menos. Asi fuera, res- 35 
pondiö Sancho, si no la hubiera yo tomado en la memoria, 
cuando vuestra merced me la leyö, de manera que se la 
dije a un sacristän que me la trasladö del entendimiento 
tan punto por punto, que dijo que en todos los dias de 



Cap. 31. — 42 — 

8U vida, aunque habia leido muchas cartas de descomuniön, 
no habia visto ni leido tan linda cavta como aqu^lla. 
^,Y tienesla todavia en la memoria, Sancho? dijo don 
Quijote. No, seiior, respondiö Sancho, porque despues 
5 que la di, como vi que no habia de ser de mäs provecho, 
di en olvidalla: y si algo se me acuerda, es aquello del 
Sobajacla, ditro, del Soberana sefiora, y lo ultimo: Vuestro 
hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura. Y en 
medio destas dos cosas le puse mäs de trecientas almas 
10 y vidas y ojos mios. 



CAPITULO XXXI. 

De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote 
y Sancho Panza su escudero, con otros sucesos. 

Todo eso no me descontenta; prosigue adelante, dijo 
don Quijote. Liegaste, ^,y que hacia aquella reina de la 
hermosura? A buen seguro que la hallaste ensartando 
perlas, o bordando alguna enipresa con oro de canutillo 

15 para este su cautivo Caballero. No la halle, respondiö 
Sancho, sino ahechando dos hanegas de trigo en un 
corral de su casa. Pues haz cuenta, dijo don Quijote, 
que los granos de aquel trigo eran granos de perlas, 
tocados de sus manos. Y si miraste, amigo, el trigo lera 

20 candeal o trechel? No era sino rubiön, respondiö Sancho. 
Pues yo te aseguro, dijo don Quijote, que ahechado por 
sus manos hizo pan candeal, sin duda alguna. Pero pasa 
adelante: cuando le diste mi carta (^besöla? ^,Püso8ela 
sobre la cabeza? ^Hizo alguna ceremonia digna de tal 

25 carta? ^0 que hizo? Cuando yo se la iba a dar, res- 
pondiö Sancho, ella estaba en la fuga del meneo de una 
buena parte de trigo que tenia en la criba, y dijome: 
Poned, amigo, esa carta sobre aquel costal, qne no la 
puedo leer hasta que acabe de acribar todo lo que aqni 

?0 estä. Discreta sefiora, dijo don Quijote, eso debiö de ser 
por leerla despacio y recrearse con ella. Adelante, Sancho; 



7 C de Sobajada. 31 BC de espacio. 



_ 43 — <^ap. 31. 

y en tanto que estaba en su menester ^qne coloqnios pasö 
contigo? (iQue te preguutö de mi? ,iY tu que le respon- 
diste? Acaba, cuentamelo todo, no se te quede en el 
tintero una minima. Ella no me preguntö nada, dijo 
Sancho; mas yo le dije de la manera que vuestra raerced 5 
por su servicio quedaba haciendo penitencia, desnudo de 
la cintura arriba, metido entre estas sierras como si fuera 
salvaje, durmiendo en el suelo, sin comei' pan a manteles 
ni sin peinarse la barba, llorando, y maldiciendo su 
fortuna. En decir que maldecia mi fortuna dijiste mal, 10 
dijo don Quijote; porque antes la bendigo y benedecire 
todos los dias de mi vida, por haberme hecho digno de 
merecer amar tan alta senora como Dulcinea del Toboso. 
Tan alta es, respondiö Sancho, que a buena fe que me 
lleva a mi mäs de un coto. ^^Pues como, Sancho? dijo 15 
don Quijote, (^ Haste medido tu con ella? Medime en esta 
manera, respondiö Sancho, que llegando a ayudar a poner 
un costal de trigo sobre un jumento, Uegamos tan juntos 
que eche de ver que me llevaba mäs de un gran palmo. 
Pues es verdad, replicö don Quijote, que no acompana 20 
esa grandeza y la adorna con mil millones de gracias del 
alma. Pero no me negaräs, Sancho, una cosa: cuando 
llegaste junto a ella (^no sentiste un olor sabeo, una 
fragancia aromätica, y un no se qud de bneno, que yo 
no acierto a dalle nombre, digo un tuho o un tufo como 25 
si estuvieras en la tienda de algün curioso guantero? Lo 
que se decir, dijo Sancho, es que senti un olorcillo algo 
hombruno, y debia de ser que ella con el mncho ejer- 
cicio estaba sudada y algo correosa. No seria eso, res- 
pondiö don Quijote, sino que tu debias de estar romadizado, 30 
te debiste de oler a ti mesmo; porque yo se bien a lo 
que huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del 
campo, aquel ämbar desleido. Todo puede ser, respondiö 
Sancho, que muchas veces sale de mi aquel olor que 
entonces me parecio que salia de su merced de la senora 35 
Dulcinea; pero no hay de que maravillarse, que un diablo 

17 A Ilegandole. 21 ABC y gracias. Madrid 1647 u. ff. 
de gracias. 31/32 BC se bien lo que huele. 



Cap. 31. — 44 — 

parece a otro. Y bieii, prosiguiö don Quijote, hc aqui 
que acabö de limpiar su trigo y de enviallo al moliuo: 
^,Qne hizo cuando leyd la carta? La carta, dijo Sancho, 
110 la leyö, porque dijo qne no sabia leer ni escribir, 
5 antes la rasgö y la hizo menudas piezas, diciendo que no 
la queria dar a leer a nadie, porque no se supiesen en 
el lugar sus secretos, y que bastaba lo que yo Ic habia 
dicho de palabra acerca del amor que vuestra merced le 
tenia, y de la penitencia extraordinaria que por su causa 

10 quedaba haciendo; y finalmente me dijo, que dijese a 
vuestra merced que le besaba las manos, y que alli que- 
daba con mäs deseo de verle que de escribirle; y que 
asi, le suplicaba y mandaba, que vista la presente saliese 
de aquellos matorrales, y se dejase de hacer disparates, 

15 y se pusiese luego luego en camino del Toboso, si otra 
cosa de mäs importancia no le sucediese, porque tenia 
gran deseo de ver a vuestra merced. Riöse mucho cuando 
le dije como se llamaba vuestra merced el Caballero de 
la Triste Figura. Preguntele si habia ido allä el Viz- 

20 caino de marras: dijome que si, y que era un hombre 
muy de bien. Tambien le pregunte por los galeotes; mas 
dijome que no habia visto hasta entonces alguno. Tode 
va bien hasta agora, dijo don Quijote; pero dime ;,que 
joya fue la que te diö al despedirte por las nuevas que 

25 de ml le Uevaste? Porque es usada y antigua costumbre 
entre los caballeros y damas andantes dar a los escuderos, 
doncellas o enanos que les llevan nuevas, de sus damas 
a ellos, a ellas de sus andantes, alguna rica joya en 
albricias, en agradecimiento de su recado. Bien puede eso 

30 ser asi, y yo la tengo por buena usanza; pero eso debiö 
de ser en los tiempos pasados, que ahora solo se debe 
de acostumbrar a dar un pedazo de pan y queso, que 
esto fue lo que me diö ml senora Dulcinea por las bardas 
de un corral, cuando della me despedi; y aun, por mäs 

35 seiias, era el queso ovejuno. Es liberal en extremo, dijo 
don Quijote; y si no te diö joya de oro, sin duda debiö 
de ser porque no la tendria alli a la mano para därtela; 

26 AB a dar los. 30 BC devia de ser. 



_ 45 — Cap. 31. 

pero buenas son mangas despues de Pascua, yo la vere 
y se satisfarä todo. (^Sabes de que estoy maravillado, 
Sancho? De que me parece que f niste y veniste por los 
aires, pues poco mäs de tres dias has tardado en ir y 
venir desde aqui al Toboso, habiendo de aqni allä mäs 5 
de treinta leguas; por lo cual me doy a entender que 
aquel sabio nigromante que tiene cuenta con mis cosas, 
y es mi amigo, porque por fuerza le hay y le ha de 
haber, so pena que yo no seria buen caballero andante, 
digo que este tal te debiö de ayudar a caminar sin que 10 
tu lo sintieses: que hay sabio destos que coge a un 
caballero andante durmiendo en su cama, y sin saber 
cömo en que manera amanece otro dia mäs de mil 
leguas de donde anocheciö. Y si no fuese por esto, no 
se podrian socorrer en sus peligros los Caballeros andantes 15 
unos a otros, como se socorren a cada paso; que acaece 
estar uno peleando en las sierras de Armenia con algün 
endriago, o con algün fiero vestiglo, o con otro caballero, 
donde lleva lo peor de la batalla y estä ya a punto de 
muerte; y cuando no os me cato, asoma por acullä, 20 
encima de una nube, o sobre nn carro de fuego, otro 
caballero amigo suyo, que poco antes se hallaba en 
Ingalaterra, que le favorece y libra de la muerte, y a la 
noche se halla en su posada, cenando muy a su sabor; y 
suele haber de la una a la otra parte dos o tres mil leguas, 25 
y todo esto se hace por industria y sabiduria destos sabios 
encantadores que tienen cuidado destos valerosos caballeros. 
Asi que, amigo Sancho, no se me hace dificultoso creer 
que en tan breve tiempo hayas ido y venido desde este 
lugar al del Toboso, pues, como tengo dicho, algün sabio 30 
amigo te debiö de llevar en volandillas, sin que tu lo 
sintieses. Asi seria, dijo Sancho; porque a buena fe que 
andaba Rocinante como si fuera asno de gitano con azogue 
en los oidos. Y cömo si llevaba azogue, dijo don Quijote, 
y aun una legiön de demonios, que es gente que camina 35 
y hace caminar sin cansarse, todo aquello que se les 
antoja; pero dejando esto aparte, ,jque te parece a ti que 

18 AB Lendirago. 23 BC Inglaterra. 



Cap. 31. — 46 — 

debo yo de hacer ahora cerca de lo qua mi senora me 
manda que la vaya a ver? Que, aunque yo veo que 
estoy obligado a cumplir su mandamiento, veome tambien 
imposibilitado del don que he prometido a la princesa 
5 que con nosotros viene, y fuerzame la ley de caballeria 
a cumplir mi palabra antes que mi gusto. Por una parte, 
me acosa y fatiga el deseo de ver a mi senora; por otra 
me incita y llama la prometida fe y la gloria que he de 
alcanzar en esta empresa. Pero lo que pienso hacer, serä 

10 caminar apriesa y Uegar presto donde estä este gigante, 
y en llegando le cortare la cabeza, y pondre a la princesa 
pacificamente en sn estado, y al punto dare la vuelta a 
ver a la luz que mis sentidos alumbra; a la cual dar6 
tales disculpas, que ella venga a teuer por buena mi tar- 

15 danza, pues verä que todo redunda en aumento de su 
gloria y fama, pues cuanta yo he alcanzado, alcanzo y 
alcanzare por las armas en esta vida, toda me viene del 
favor que ella me da, y de ser yo suyo. ;Ay! dijo 
Sancho, jv cömo estä vuestra merced lastimado de esos 

20 cascosi Pues digame, senor, ^.piensa vuestra merced 
caminar este Camino en balde, y dejar pasar y perder 
un tan rico y tan principal casamiento como este, donde 
le dan en dote un reino, que a buena verdad que he 
oido decir que tiene mäs de veinte mil leguas de con- 

25 torno, y que es abundantisimo de todas las cosas que son 
nesesarias para el sustento de la vida humana, y que es 
mayor que Portugal y que Castilla juntos? Calle, por 
amor de Dios, y tenga vergüenza de lo que ha dicho, y 
tome mi consejo, y perdöneme, y cäsese luego en el 

30 primer lugar que haya cura; y si no, ahl estä nuestro 
licenciado que lo harä de perlas. Y advierta que ya 
tengo edad para dar consejos, y que este que le doy le 
viene de molde, y que mäs vale päjaro en mano que 
buitre volando, porque quien bien tiene y mal escoge, 

35 por bien que se enoja no se venga. Mira, Sancho, res- 
pondiö don Quijote, si el consejo que me das de que me 

15 A pues vero. 21 BC dexar pisar. 33 BC molde 

que mas. 



47 — Oap. 31. 

case es porque sea luego rey en matando al gigante, y 
tenga cömodo para hacerte mercedes y darte lo prometido, 
hägote saber que sin casarme podre cumplir tu deseo muy 
fäcilmente, porque yo sacare de adahala, antes de entrav 
en la batalla, que, saliendo vencedor della, ya que no 5 
me case, me han de dar una parte del reino, para que 
la pueda dar a quien yo quisiere; y en dändomela, ^a 
quien quieres tu que la de sino a ti? Eso estä claro, 
respondiö Sancho; pero mire vuestra merced que la escoja 
hacia la marina, porque, si no me contentare la vivienda, 10 
pueda embarcar mis negros vasallos, y hacer dellos lo 
que ya he dicho; y vuestra merced no se eure de ir por 
agora a ver a mi sefiora Dulcinea, sino väyase a matar 
al gigante, y concluyamos eete negocio, que por Dios que 
se me asienta que ha de ser de mucha honra y de mucho 15 
provecho. Digote, Sancho, dijo don Quijote, que estäs 
en lo cierto, y que habre de tomar tu consejo en cuanto 
el ir antes con la princesa que a ver a Dulcinea. Y 
avisote que no digas nada a nadie, ni a los que con 
nosotros vienen, de lo que aqui hemos departido y tratado; 20 
que pues Dulcinea es tan recatada, que no quiere que 
se sepan sus pensamientos, no serä bien que yo, ni otro 
por mi, los descubra. Pues si eso es asi, dijo Sancho, 
^cömo hace vuestra merced que todos los que vence por 
SU brazo se vayan a presentar ante mi sefiora Dulcinea, 25 
siendo esto firma de sn nombre, que la quiere bien, y 
que es su enamorado? Y siendo forzoso que los que 
fuersen se han de ir a hincar de finojos ante su presencia, 
y decir que van de parte de vuestra merced a dalle la 
obediencia, ^cömo se pueden encubrir los pensamientos 30 
de entrambos? jO que necio y que simple que eres! 
dijo don Quijote; ^;Tü no ves, Sancho, que eso todo 
redunda en su mayor ensalzamiento? Porque has de 
saber que en este nuestro estilo de caballeria es gran 
honra teuer una dama muchos Caballeros andantes que la 35 
sirvan, sin que se extiendan mäs sus pensamientos que a 
servilla por solo ser ella quien es, sin esperar otro premio 

13 BC a ver mi sefiora. 



Cap. 31. — 48 — 

de sus muchos y buenos deseos sino que ella se contente 
de acetarlos por sus Caballeros. Con esa mauera de 
amor, dijo Sancho, he oido yo predicar que se ha de 
amar a Nuestro Seüor poi* si solo, sin que nos muevai 
5 esperanza de gloria o temor de pena, aunque yo le qne- 
n'ia amar y servir por lo que pudiese. Välate el diablo 
por villauo, dijo don Quijote, jy que de discreciones dices 
a las veces! no parece sino que has estudiado. Pues a 
fe mia que no se leer, respondiö Sancho. 

10 En esto les diö voces maese Nicolas, que esperasen 

un poco; que querian detenerse a beber en una fontecilla 
que alli estaba. Detüvose don Quijote con no poco gnsto 
de Sancho, que ya estaba cansado de mentir tanto, y 
temia no le cogiese su amo a palabras; porque, puesto 

15 que el sabia que Dulcinea era una labradora del Toboso, 
no la habia visto en toda su vida. 

Habiase en este tiempo vestido Cardenio los vestidos 
que Dorotea traia cuando la hallaron, que aunque no eran 
muy buenos, hacian mucha ventaja a los que dejaba. 

20 Apeäronse junto a la fuente, y con lo que el cura se 
acomodö en la venta satisficieron, aunque poco, la mucha 
hambre que todos traian. 

Estando en esto, acertö a pasar por alll un muchacho 
que iba de Camino, el cual, poniendose a mirar con 

25 mucha atenciön a los que en la fuente estaban, de alli 
a poco arremetiö a don Quijote, y abrazändole por las 
piernas, comenzö a llorar muy de propösito, diciendo: 
jAy senor mio! (;No me conoce vuestra merced? Pues 
mireme bien; que yo soy aquel mozo Andres qne quitö 

30 vuestra merced de la encina donde estaba atado. Reco- 
nociöle don Quijote, y asiendole por la mano se volviö 
a los que alli estaban, y dijo: Porque vean vuestras 
mercedes cuäu de importancia es haber caballeros andantes 
en el mundo, que desfagan los tuertos y agravios que en 

35 el se hacen por los insolentes y malos hombres que en 
el viven, sepan vuestras mercedes que los dias pasados, 
pasando yo por un bosque, oi unos gritos y unas voces 

HC fuentezilla. 



__ 49 ^'ap- 31. 

muy lastimosas como de persona afligida y menesterosa ; 
acudi luego, Uevado de mi obligaciön, hacia la parte 
donde me pareciö que las lamentables voces sonaban, y 
halld atado a una encina a este muchacho que ahora 
estä delante, de lo que me huelgo en el alma, porque 5 
serä testigo que no me dejarä mentir en nada. Digo • 
que estaba atado a la encina, desnudo del medio cuerpo 
arriba, y estäbale abriendo a azotes con las riendas de 
una yegua un villano, que despues supe que era amo 
suyo; y asi como yo le vi le pregunte la causa de tan 10 
atroz vapulamiento; respondiö el zafio que le azotaba 
porque era su criado, y que ciertos descuidos que tenia 
nacian mäs de ladrön que de simple; a lo cual este nifio 
dijo: Senor, no me azota sino porque le pido mi salario. 
El amo replicö no se que arengas y disculpas, las cuales, 15 
aunque de mi fueron oidas, no fueron admitidas. En 
resoluciön, yo le hice desatar, y tome juramento al 
villano de que le llevaria consigo y le pagaria un real 
sobre otro, y aun sahumados. ^No es verdad todo esto, 
hijo Andres? ^No notaste con cuänto imperio se lo 20 
mandö, y con cuänta humildad prometiö de hacer todo 
cuanto yo le impuse y notifique y quise? Responde; no 
te turbes ni dudes en nada; di lo que pasö a estos 
sefiores, porque se vea y considere ser del proveclio que 
digo haber caballeros andantes por los caminos. Todo 25 
lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad, res- 
pondiö el muchacho; pero el fin del negocio sucedio muy 
al reves de lo que vuestra merced se imagina. ^Cömo al 
reves? replicö don Quijote, (, Luego no te pagö el villano? 
No solo no me pagö, respondiö el muchacho, pero asi 30 
como vuestra merced traspuso del bosque y quedamos 
solos, me volviö a atar a la mesma encina, y me diö de 
nuevo tantos azotes, que quede hecho un San Bartolorae 
desollado; y a cada azote que me daba, me decia un 
donaire y ehufeta acerca de hacer burla de vuestra 35 
merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo 
que decia. En efeto, el me parö tal, que hasta ahora he 
estado curändome en un hospital del mal que el mal 
villano entonces me hizo. De todo lo cual tiene vuestra 

Romanische Bibl. Nr. 24. Don Quijote. i 



Cap. 31. _ 50 — 

merced la culpa; porque si se fuera su Camino adelante 
y no viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en 
negocios ajenos, mi amo se contentara con darme una o 
dos docenas de azotes, y luego me soltara y pagara 
5 cuantü me debia. Mas como vuestra merced le deshonrö 
tan sin propösito, y le dijo tantas villanias', encendiösele 
la cölera, y como no la pudo vengar en vuestra merced, 
cuando se viö solo descargö sobre mi el nublado, de 
modo, que me parece que no sere mäs hombre en toda 

10 mi vida. El dano estuvo, dijo don Quijote, en irme yo 
de alli, que no me habia de ir hasta dejarte pagado; 
porque bien debia yo de saber, por luengas experiencias, 
que no hay villano que guarde palabra que diere, si el 
ve que no le estä bien guardalla. Pero ya te acuerdas, 

15 Andres, que yo jur^ que, si no te pagaba, que habia de 
ir a buscarle, y que le habia de hallar, aunque se escon- 
diese en el vientre de la ballena. Asi es la verdad, dijo 
Andres; pero no aprovechö nada. Ahora venis si apro- 
vecha, dijo don Quijote. 

20 Y diciendo esto, se levanto muy apriesa, y mandu a 

Sancho que enfrenase a Rocinante, que estaba paciendo 
en tanto que ellos comian. 

Pregnntöle Dorotea que era lo que hacer qneria. 
£l le respondiö que queria ir a bnscar al villano y 

25 castigalle de tan mal t^rmino, y hacer pagado a Andres 
hasta el liltimo maravedi, a despecho y pesar de cuantos 
villanos hnbiese en el mundo. A lo que ella respondiö 
que advirtiese qne no podia, conforme al don prometido, 
entremeterse en ninguna empresa hasta acabar la suya; 

30 y que pues esto sabia el mejor que otro alguno, que 
sosegase el pecho hasta la vuelta de su reino. 

Asi es verdad, respondiö don Quijote, y es forzoso 
que Andres tenga paciencia hasta la vuelta, como vos, 
seiiora, decis; que yo le torno a jurar y a prometer de 

35 nuevo de no parar hasta hacerle vengado y pagado. Xo 
me creo desos juramentos, dijo Andres; mäs quisiera tener 
agora con que llegar a Sevilla, que todas las venganzas 

13 ABC palabra que tiene Brüssel 1607 diere. 



„ 51 — Cap. 32. 

del mundo: deme, si tiene ahi algo que coma y lleve, y 
qnedese con Dios sn merced y todos los caballeros 
andantes, que tan bien andantes sean ellos para consigo 
como lo han sido para conmigo. 

Sacö de su repuesto Sancho un pedazo de pan y 5 
otro de queso, y dändoselo al mozo, le dijo: Tema, 
hermano Andres, que a todos nos alcanza parte de 
vuestra desgracia. ^Pues que parte os alcanza a vos? 
preguntö Andres. Esta parte de queso y pan que os doy, 
respondiö Sancho, que Dios sabe si me ha de hacer falta 10 
no; porque os hago saber, amigo, que los escuderos de 
los caballeros andantes estamos sujetos a mucha hambre 
y a mala Ventura, y aun a otras cosas que se sienten 
mejor que se dicen. 

Andres asiö de sn pan y queso, y, viendo que nadie 15 
le daba otra cosa, abajö su cabeza, y tomö el Camino en 
las manos, como suele decirse. Bien es verdad que, al 
partirse, dijo a don Quijote: Por amor de Dios, seiior 
Caballero andante, que si otra vez me encontrare, aunque 
vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino 20 
dejeme con mi desgracia; qne no sera tanta, que no sea 
mayor la que me vendrä de su ayuda de vuestra merced, 
a quien Dios maldiga y a todos cuantos caballeros an- 
dantes han nacido en el mundo. 

Ibase a levantar don Quijote para castigalle; mas el 25 
se puso a correr de modo, que ninguno se atreviö a 
Reguille. Quedö corridisimo don Quijote del cuento de 
Andres, y fue menester que los demäs tuviesen mucha 
cuenta con no reirse por no acaballe de correr del todo. 



CAPITULO XXXII. 

Que trata de lo que sucediö en la venta a toda la cuadrilla de 
don Quijote. 

Acaböse la buena comida, ensillaron luego, y sin que 30 
les SQcediese cosa digna de contar, llegaron otro dia a 

3 A para castigo; B para costigo. 6 ^jBC'toma; UMXüXük 
infolge des darauffolgenden : vuestra desgracia. 27 ßC segnillo. 

4* 



Cap. 32. — 52 — 

la venta, espanto y asombro de Sancho Panza; y aunque 
el quisiera no entrar ea ella, no lo pudo huir. La ven- 
tera, ventero, su hija y Maiitornes, qne vieron venir a 
doa Quijote y a Sancho, les salieron a recebir con 
5 muestras de mucha alegria, y 61 las recibiö con grave 
continente y aplauso, y dijoles que le aderezasen otro 
mejor leclio que la vez pasada; a lo cual le respondiö 
la huespeda que como la pagase mejor que la otra vez, 
que ella se le daria de principes. Don Quijote dijo que 

10 si haria, y asi, le aderezaron uno razonable en el mismo 
caramanchön de marras, y el se acostö luego, porque 
venia muy quebrantado y falto de juicio. No se hubo 
bien encerrado, cuando la huespeda anemetiö al barbero, 
y asiendole de la barba, dijo: Para mi santiguada, que 

15 no se ha aün de aprovechar mus de mi rabo para su 
barba, y que me ha de volver mi cola; que anda lo de 
mi marido por esos suelos, que es vergüenza; digo, el 
peine, que solia yo colgar de mi buena cola. 

No se la queria dar el barbero, aunque ella mäs 

20 tiraba, hasta que el licenciado le dijo que se la diese; 
que ya no era menester mäs usar de aquella industria, 
sino que se descubriese y mostrase en su misma forma 
y dijese a don Quijote que cuando de despojaron los 
ladrones galeotes, se habia venido a aquella venta huyendo; 

25 y que si preguntase por el escudero de la princesa, le 
dirian que ella le habia enviado adelante a dar aviso a 
los de SU reino como ella iba y llevaba consigo el liber- 
tador de todos. Con esto diö de buena gana la cola a 
la ventera el barbero, y asimismo le volvieron todos los 

30 adherentes que habia prestado para la libertad de don 
Quijote. 

Espantäronse todos los de la venta de la hermosura 
de Dorotea, y aun del buen talle del zagal Cardenio. 
Hizo el cura que les aderezasen de comer de lo que en 

35 la venta hubiese, y el huesped, con esperanza de mejor 
paga, con diligencia les aderezö una razonable comida: 



9 ABC se la daria. 10 BC una razonable. 11 ü ca- 
niarachou. 



_ 53 — Cap. 32. 

y a todo esto dormia don Quijote, y fueron de parecer 
de no despertalle, porque mäs provecho le haria por 
entonces el dormiv que el comer. Trataron sobre comida, 
estando delante el ventero, su mujer, su hija, Maritornes 
y todos los pasajeros, de la extrana locura de don Qui- 5 
jote y del modo qne le habian hallado: la hnöspeda les 
conto lo que con el y con el arriero les habia aconte- 
cido y mirando si acaso estaba alli Sancho: como no le 
viese, conto todo lo de su manteamiento, de que no poco 
gusto recibieron. Y como el cura dijese que los libros 10 
de caballerias que don Quijote habIa leido, le habian 
vuelto el juicio, dijo el ventero: No b6 yo como puede 
ser esc; que en verdad que a lo que yo entiendo, no 
hay mejor letrado en el mundo, y que tengo ahi dos o 
tres dellos con otros papeles, que verdaderamente me han 15 
dado la vida, no solo a rai, sino a otros muchos; porque 
cuando es tiempo de la siega, se recogen aqui las fiestas 
muchos segadores, y siempre hay alguno que sabe leer, 
el. cual coge uno destos libros en las manos, y rodeä- 
monos del mäs de treinta, y estämosle escuchando con 20 
tanto gusto que nos quita mil canas; a lo raenos, de mi 
se decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y ter- 
ribles golpes que los caballeros pegan, que me toma gana 
de hacer otro tanto, y que querria estar oyendolos noches 
y dias. Y yo ni mäs ni menos, dijo la ventera; porque 25 
nunca tengo buen rato en mi casa, sino aquel que vos 
estäis escuchando leer; qne estäis tan embobado que no 
OS acordäis de reiiir por entonces. Asi es la verdad. dijo 
Maritornes; y a buena fe que yo tambien gusto mucho 
de oir aquellas cosas, que son muy lindas, y mäs cuando 30 
cuentan que se estä la otra seiiora debajo de unos na- 
ranjos abrazada con su caballero, y que les estä una 
dueiia haciendoles la guarda, muerta de envidia y con 
mucho sobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles. 
Y a vos (f,que os parece, seiiora doncella? dijo el cnra, 35 
hablando con la hija del ventero. No se, senor, en mi 

4 B su hijo Maritornes; C su hija y Maritornes. 7/8 BC 
acontecido, mirando. 14 C mejor letura. 18 ABC algunos 
que sahen. 



Cap. 32. _ 54 _ 

änima, respondiö ella; tambien yo lo escucho, y en ver- 
dad que, aunque no lo entiendo, que recibo gusto en 
oillo; pero no gusto yo de los golpes de qne mi padre 
gusta, sino de las laraentaciones que los Caballeros hacen 
5 cuando estän ausentes de sus sefioras; que en verdad que 
algunas veces me hacen llorar, de compasiön que les 
tengo. (-;Luego bien las remediärades vos, sefiora doncella, 
dijo Dovotea, si por vos lloraran? No s^ lo que me 
hiciera, respondiö la uioza; solo se que hay algunas se- 

10 noras de aqucllas tan crneles, que las llaman sus caba- 
lleros tigres y leones y otras mil inmundicias. Y j Jesus! 
yo no se qne gente es aquella tan desalraada y tan sin 
conciencia, que por no mirar a un hombre honrado, le 
dejan que se muera, o que se vuelva loco. Yo no se 

15 para que es tanto melindre; si lo hacen de honradas, 
cäsense con ellos; que ellos no desean otra cosa. Calla, 
nifia, dijo la ventera; que parece que sabes mucho destas 
cosas, y no estä bien a las doncellas saber ni hablar 
tanto. Como me lo pregunta este sefior, respondiö ella, 

20 no pude dejar de respondelle. Ahora bien, dijo el cura, 
traedme, senor huesped, aquesos libros, que los quiero 
ver. Que me place, respondiö el. 

Y entrando en su aposento, sacö del una maletilla 
vieja cerrada con una cadenilla, y abriendola, hallö en 

25 ella tres libros grandes y unos papeles de muy buena 
letra, escritos de mano. El primer libro que abriö viö 
que era Don Cirongilio de Tracia, y el otro de Felixmarte 
de Hircania, y el otro la Historia del Gran Capiidn 
Gonzalo Hernändez de Cördoha, con la vida de Diego 

30 Garcia de Paredes. Asi como el cura leyö los dos 
titnlos primeros, volviö el rostro al barbero y dijo: Falta 
nos hacen aqui ahora el ama de mi amigo y su sobrina. 
No hacen, respondiö el barbero; que tambien se yo 11 e- 
vallos al corral o a la chimenea; que en verdad que hay 

35 muy buen fuego en ella. ^Luego quiere vuestra merced 
quemar mis libros? dijo el ventero. No mas, dijo el cura, 
que estos dos, el de Don Cirongilio y el de Felixmarte. 

83/34 BC llevarlos. 86 ABC mas libros. 



— 55 — Cap. 32. 

^,Pue8 por Ventura, dijo el ventero, rai8 libros son herejes 
o flemäticos, que los quiere quemar? Cismäticos, qnereis 
decir, amigo, dijo el barbero, que no flemäticos. Asi es, 
replicö el ventero; mas si alguno quiere quemar, sea ese 
del Gran Capitän y dese Diego Garcia, que antes dejare 5 
quemar un hijo que dejar quemar ninguno desotros. 
Hermano mio, dijo el cura, estos dos libros son menti- 
rosos, y estän llenos de disparates y devaneos; y este del 
Gran Capitän es historia verdadera, y tiene los hechos 
de Gonzalo Hernändez de Cördoba, el cual por sus muchas 10 
y grandes hazaiias mereciö ser llamado de todo el mundo 
Gran Capitän, renombre famoso y claro, y del solo mere- 
cido: y este Diego Garcia de Paredes fue un principal 
Caballero, natural de la ciudad de Trnjillo en Extre- 
madura, valentisimo soldado, y de tantas fuerzas naturales, 15 
que detenia con un dedo una rueda de molino en la 
mitad de su furia: y puesto con un montante en la 
entrada de una puente, detuvo a todo un innumerable 
ejcrcito que no pasase por ella, y hizo otras tales cosas, 
que si como el las cuenta y las escribe el asimismo con 20 
la modestia de caballero y de coronista propio, las es- 
cribiera otro libre y desapasionado, pusieran en olvido 
las de los Hetores, Aquiles y Roldanes. Tomäos con rai 
padre, dijo el dicho ventero, mirad de que se espanta, 
de detener una rueda de molino: por Dios, ahora habia 25 
vuestra merced de leer lo que lei yo de Felixmarte de 
Hircania, que de un reves solo partiö cinco gigantes por 
la cintura, como si fueran hechos de habas como los 
frailecicos que hacen los niiios. Y otra vez arremetiö 
con un grandisimo y poderosisimo ejercito, donde llevö 30 
mäs de un millön y seiscientos mil soldados, todos arma- 
dos desde el pie hasta la cabeza, y los desbaratö a todos 
como si fueran manadas de ovejas. Pues que me dirän 
del bueno de don Cirongilio de Tracia, que fue tan 
valiente y animoso, como se verä en el libro, donde 35 



12 C el gran Capitän. 22 A en su olvido. 24 A dixo 
el dicho el ventero. 26 AB lo que leyö Felixmarte. 



Cap. 32. _ 56 _ 

cuenta qne navegando por un rio, le salio de la raitad 
del agua una serpiente de fuego, y el asi como la viö 
se arrojö sobre ella, y se puso a horcajadas encima de 
8US escamosas espaldas, y la apretö con ambas manos la 
5 garganta con tanta fuerza, que viendo la serpiente que 
la iba ahogando, no tuvo otro reraedio sino dejarse ir a 
lo hondo del rio, Uevändose tras si al caballero, que 
nunca la quiso soltar; y cnando llegaron allä abajo, se 
hallö en nnos palacios y en nnos jardines tan lindos, que 

10 era maravilla; y luego la sierpe se volviö en un viejo 
anciano, que le dijo tantas de cosas que no hay mäs que 
oir. Calle, senor, que si oyese esto, se volveria loco de 
placer. Dos higas para el Gran Capitän y para ese 
Diego Garcia que dice. 

15 Oyendo esto Dorotea, dijo callando a Cardenio: Poco 

le falta a nuestro huesped para hacer la segunda parte 
de don Quijote. Asi me parece a mi, respondiö Cardenio; 
porque segiin da indicio, el tiene por cierto que todo lo 
que estos libros cuentan pasö ni mäs ni raenos que lo 

20 escriben, y no le harän creer otra cosa frailes descalzos. 
Mirad, hermano, tornö a decir el cura, que no hubo en 
el mundo Felixraarte de Hircania, ni don Cirongilio de 
Tracia, ni otros caballeros semejantes que los libros de 
caballerias cuentan; porque todo es compostura y ficciön 

25 de ingeniös ociosos, que los compusieron para el efeto 
que V08 decis de entretener el tiempo, como lo entretienen 
leyendolos vuestros segadores. Porque realmente os juro 
que nunca tales caballeros fueron en el mundo, ni tales 
hazanas ni disparates acontecieron en öl. A otro perro 

30 con ese hueso, respondiö el ventero. ;Como si yo no 
supiese cnäntas son cinco, y adonde me aprieta el zapato! 
No piense vuestra merced darme papilla, porque por Dios 
que no soy nada blanco. ;Bueno es que quiera darme 
vuestra merced a entender que todo aquello que estos 

35 buenos libros dicen sea disparates y mentiras, estando 
impreso con licencia de los seiiores del Consejo Real, 
como si ellos fueran gente que hablan de dejar imprimir 
tanta mentira Junta, y tantas batallas y tantos encanta- 
mentos, que quitan el juicio! Ya os he dicho, amigo, 



_ 57 — Cap. 32. 

replicö el cura, que ello se hace para entretener nuestros 
ociosos pensamientos; y asi como se consiente en las 
repüblicas bien concertadas que haya juegos de ajedrez, 
de pelota y de trucos para entretener a algunos que ni 
quieren, ni deben, ni pueden trabajar, asi se consiente 5 
imprimir y que haya tales libros, creyendo, como es ver- 
dad, que no ha de haber alguno tan ignorante, que tenga 
por historia verdadera ninguna destos libros. Y si me 
faera licito ahora, y el auditorio lo requiriera, yo dijera 
cosas acerca de lo qne han de teuer los libros de caba- 10 
llerias para ser buenos, que quizä fueran de provecho, y 
aun de gusto para algunos: pero yo espero que vendrä 
tiempo en que lo pueda comunicar con quien pueda reme- 
diallo; y en este entretanto creed, senor ventero, lo que 
OS he dicho, y tomad vuestros libros, y all ,4 os avenid 15 
con sus verdades o mentiras, y buen provecho os hagan, 
y quiera Dios que no cojeeis del pie que cojea vuestro 
huesped don Quijote. Eso no, respondiö el ventero, que 
no sere yo tan loco que me haga Caballero andante; que 
bien veo que ahora no se usa lo que se usaba en aquel 20 
tiempo, cuando se dice que andaban por el mundo estos 
famosos caballeros. 

A la mitad desta plätica se hallo Sancho presentc, y 
quedö muy confuso y pensativo de lo que habia oido 
decir, que ahora no se usaban caballeros andantes, y que 25 
todos los libros de caballerfas eran necedades y mentiras, 
y propuso en su corazön de esperar en lo que paraba 
aquel viaje de su amo, y que si no salia con la felicidad 
que el pensaba, determinaba de dejalle y volverse con su 
mujer y sus hijos a su acostumbrado trabajo. 30 

Lleväbase la maleta y los libros el ventero; mas 
el cura le dijo: Esperad, que quiero ver qu^ papeles son 
esos, que de tan buena letra estan escritos. 

Sacölos el huesped, y dändoselos a leer, viö hasta 
obra de ocho pliegos escritos de mano, y al principio 35 
tenian un titnlo grande que decia: Novela del Curioso 

1 BC que esto se hace. 5 ABC ni tienen ni deben Äc 1780 
ni quieren. 



Cap. 33. — 58 — 

impertinente. Leyö el cura para si tres o cuatro ren- 
glones, y dijo: Cierto que no me parece mal el titulo 
desta novela, y que me viene volnntad de leella toda. 
A lo que respondiö el ventero: Pues bien puede leella 
5 SU reverencia, porque le hago saber que a algunos hues- 
pedes que aqui la hau leido les ha contentado mucho, 
y me la hau pedido con muchas veras; mas yo no se la 
he querido dar, pensando volversela a quien aqui dejö 
esta maleta olvidada con estos libros y esos papeles; que 

10 bien puede ser que vuelva su dueiio por aqui algün 
tiempo; y aunque se que me han de hacer falta los 
libros, a fe que se los he de volver; que, aunque ventero, 
todavia soy cristiano. Vos teneis mucha razön, amigo, 
dijo el cura; mas, con todo eso, si la novela me contenta, 

15 me la habeis de dejar trasladar. De muy buena gana, 
respondiö el ventero. Mientras los dos esto decian, habia 
tomado Cardenio la novela y comenzado a leer en ella; 
y pareciendole lo mismo que al cura, le rogö que la 
leyese de modo que todos la oyesen. Si leyera, dijo el 

20 cura, si no fuera mejor gastar este tiempo en dormir que 
en leer. Harto reposo serä para mi, dijo Dorotea, entre- 
tener el tiempo oyendo algün cuento, pues aün no tengo 
el espiritu tan sosegado, que me conceda dormir cuando 
fuera razön. Pues desa manera, dijo el cura, quiero 

25 leerla, por curiosidad siquiera, quizä tendrä alguna de gusto. 

Acudiö maese Nicolas a rogarle lo mismo, y Sancho 

tambien; lo cual visto del cura, y entendiendo que a 

todos daria gusto y cl le recebiria, dijo: Pues asi es, es- 

tenme todos atentos; que la novela comienza desta manera: 



CAPITULO XXXIII. 

Donde se cuenta la uovela del Curioso impertinente. 

30 En Florencia, ciudad rica y famosa de Italia en la 

provincia que Uaman Toscana, vivian Anselmo y Lotario, 

3 C leerla. 4 A fehlt a. 



_ 59 — Cap. 33. 

dos Caballeros ricos y principales, y tan amigos qiie por 
excelencia y antonomasia de todos los que los conocian 
los dos amigos eran llamados. Eran solteros, mozos de 
una misma edad y de iinas mismas costumbres; todo lo 
cual era bastante causa a que los dos con reciproca 5 
amistad se correspondiesen. Bien es verdad que el Anselmo 
era algo mäs inclinado a los pasatiempos amorosos que 
el Lotario, al cual llevaban tras si los de la caza; pero 
cuando se ofrecia, dejaba Anselmo de acudir a sus gustos 
por seguir los de Lotario, y Lotario dejaba los suyos por 10 
acudir a los de Anselmo; y desta manera, andaban tan a 
una sus voluntades, que no habia concertado reloj que 
asi lo anduviese. 

Andaba Anselmo perdido de amores de una doncella 
principal y hermosa de la misma ciudad, hija de tan 15 
buenos padres y tan bnena ella por si, que se determinö, 
con el parecer de su amigo Lotario, sin el cual ninguna 
cosa hacia, de pedilla por esposa a sus padres, y asi lo 
puso en ejecuciön; y el que llevö la embajada fue Lotario, 
y el que concluyö el negocio, tan a gusto de su amigo, 20 
que en breve tiempo se viö puesto en la posesiön que 
deseaba, y Camila tan contenta de haber alcanzado a 
Anselmo por esposo, que no cesaba de dar gracias al 
cielo y a Lotario por cuyo medio tanto bien le habia 
venido. Los primeros dias, como todos los de boda suelen 25 
ser alegres, continuö Lotario como solia la casa de su 
amigo Anselmo, procurando honralle, festejalle y regoci- 
jalle con todo aquello que a el le fue posible; pero aca- 
badas las bodas, y sosegada ya la frecuencia de las 
visitas y parabienes, comenzö Lotario a descuidarse con 80 
cuidado de las idas en casa de Anselmo, por parecerle a 
el, como es razön que parezca a todos los que fueren 
discretos, que no se han de visitar ni continuar las casas 
de los amigos casados de la misma manera que cuando 
eran solteros; porque aunque la buena y verdadera 35 
amistad no puede ni debe de ser sospechosa en nada, 
con todo esto, es tan delicada la honra del casado, que 
parece que se puede ofender ann de los mesmos hermanos, 
cuanto mäs de los amigos. 



Cap. 33. — 60 — 

Notö Anselmo la remisiön de Lotario, y formö del 
quejas grandes, diciendole que si el supiera que el casarse 
habia de ser parte para no comunicalle como solia, que 
jaraäs lo hubiera hecho, y que si por la buena corres- 
5 pondencia que los dos tenian mientras el fue soltero, 
habian alcanzado tan dulce nombre como el de ser 11a- 
mados Jos dos amigos, qne no permitiese, por querer hacer 
del circunspecto, sin otra ocasiön alguna, que tan famoso 
y tan agradable nombre se perdiese; y que asi le supli- 

10 caba, si era licito que tal termino de hablar se usase 
entre ellos, que volviese a ser senor de su casa, y a 
entrar y salir en ella como de antes, asegnrändole que 
SU esposa Camila no tenia otro gusto ni otra voluntad 
que la que öl queria que tuviese, y que por haber sabido 

15 ella con cnantas veras los dos se amaban, estaba confusa 
de ver en öl tanta esquiveza. 

A todas estas y otras muchas razones que Anselmo 
dijo a Lotario para persuadille volviese como solia a su 
casa, respondiö Lotario con tanta prüden cia, discreciön y 

20 aviso, que Anselmo quedö satisfecho de la buena intenciön 
de SU amigo, y quedaron de concicrto que dos dias en 
la semana y las fiestas fuese Lotario a comer con el; y 
annque esto quedö asi concertado entre los dos, propnso 
Lotario de no hacer mäs de aquello qne viese que mäs 

25 convenia a la honra de su amigo, cuyo credito estaba en 
mäs que el suyo propio. Decia öl, y decia bien, que cl 
casado a quien el cielo habia concedido mujer hermosa, 
tanto cuidado habia de teuer quo amigos llevaba a su 
casa como en mirar con quo amigas su mujer conversaba; 

30 porque lo que no se bace ni concierta en las plazas, ni 
en los templos, ni en las fiestas püblicas, ni estaciones 
(cosas que no todas veces las han de negar los maridos 
a sus mujeres), se concierta y facilita en casa de la 
amiga o la parienta de quien mäs satisfacciön se tiene. 

35 Tambien decia Lotario que tenian necesidad los casados 
de tener cada uno algün amigo que le advirtiese de los 

6/7 BC el ser llamado. 9/10 A asi su publicaba. 
25 Brüssel 1607 cuyo credito estimaba en mas. 



_ 61 — Cap. 33. 

descuidos que en su proceder hiciese, porque suele acon- 
tecer que con el mucho amor que el marido a la miijer 
tiene, o no le advierte o no le dice, por no enojalla, que 
haga deje de hacer algunas cosas, que el hacellas, o 
no, le seria de honra o de vituperio; de lo cual, siendo 5 
del amigo advertido, fäcilmente pondria remedio en todo. 
^Pero dönde se hallarä amigo tan discreto y tan leal y 
verdadero como aqul Lotario le pide? No lo se yo, por 
cierto; solo Lotario era este, que con toda solicitud y 
advertimiento miraba por la honra de su amigo, y pro- 10 
curaba dezmar, frisar y acortar los dias del concierto del 
ir a SU casa, porque no pareciese mal al vulgo ocioso y 
a los ojos vagabundos y maliciosos la entrada de un 
mozo rico, gentilhombre y bien naeido, y de las buenas 
partes que el pensaba que tenia, en la casa de una mujer 15 
tan hermosa como Camila; que, puesto que su bondad y 
valor podia poner freno a toda maldiciente lengua, todavia 
no queria poner en duda su credito ni el de su amigo, 
y por esto los mäs de los dias del concierto los ocupaba 
y entretenia en otras cosas, que ^1 daba a entender ser 20 
inexcnsables; asi que en quejas del uno y disculpas del 
otro se pasaban muchos ratos y partes del dia. 

Sucediö, pues, que uno que los dos se andaban 
paseando por un prado fuera de la ciudad, Anselmo dijo 
a Lotario las semejantes razones: ^Pensabas, amigo 25 
Lotario, que a las mercedes que Dios me ha hecho en 
hacerme hijo de tales padres como fueron los mios y al 
darme, no con mano escasa, los bienes, asi los que llaman 
de naturaleza como los de fortuna, no puedo yo corres- 
ponder con agradecimiento que llegue al bien recebido, 30 
y sobre al que me hizo en darme a ti por amigo y a 
Camila por mujer propia, dos prendas que las estimo, si 
no en el grado que debo, en el que puedo V Pues con 
todas estas partes, que suelen ser el todo con que los 
hombres suelen y pueden vivir conteutos, vivo yo el mäs 35 
despechado y el mäs desabrido hombre de todo el uni- 
verso mundo; porque no se que dias a esta parte me 

12 A mas al vulgo. 33 ABC debo y en el qne puedo. 



Cap. 33. _ 62 ~ 

fatiga y aprieta un deseo tan extrafio y tan fuera del 
uso comün de otros, que yo me maravillo de mi mismo, 
y me culpo y me rino a solas, y procuro callarlo y en- 
cubrirlo de rais propios pensamientos; y asi me ha sido 
5 posible salir con este secreto como ei de indnstria pro- 
curara decillo a todo el mundo; y pues que, en efeto, el 
ha de salir a plaza, quiero que sea en la del archivo de 
tu secreto, confiado que con el y con la diligencia que 
pondräs como mi amigo verdadero en remediarme, yo me 

10 vere presto libre de la angustia que me causa, y llegara 
mi alegria por tu solicitud al grado que ha llegado mi 
descontento por mi locura. 

Suspenso tenian a Lotario las razones de Anselmo, 
y no sabia en que habia de parar tan larga prevenciön 

15 o preämbulo; y aunque iba revolviendo en su imaginaci(jn 
que deseo podria ser aquel que a su amigo tanto fatigaba, 
dio siempre muy lejos del blauco de la verdad; y por 
salir presto de la agonia que le causaba aquella Sus- 
pension, le dijo que hacia notorio agravio a su mucha 

20 amistad en andar buscando rodeos para decirle sus mäs 
encubiertos pensamientos, pues tenia cierto que se podia 
prometer del o ya consejos para entretenellos, o ya remedio 
para cumplillos. 

Asi es la verdad, respondiö Anselmo, y con esa 

25 confianza te hago saber, amigo Lotario, que el deseo que 
me fatiga, es pensar si Camila mi esposa es tan buena y 
tan perfeta como yo pienso, y no puedo enterarme en 
esta verdad, si no es probändola de manera que la prueba 
manifieste los quilates de su bondad, como el fuego 

30 muestra los del oro. Porque yo tengo para mi, o amigo, 
que no es una mujer mäs buena de cuanto es o no es 
solicitada, y que aquella sola es fuerte que no se dobla 
a las promesas, a las dädivas, a las lägrimas y a las 
continuas importunidades de los solicitos amantes. Porque 

35 ^que hay que agradecer, decia el, que una mujer sea 



3/4 BC encubrillo. 8 A que con en el. 22 AB para 
entre ellos. 26 AB estava buena; V esta tan buena Brüssel 160T 
es tan buena. 



_ 63 — Cap. 33. 

buena, si nadie le dice qne sea mala? ,iQue mucho que 
este recogida y temerosa la que no le dan ocasiön para 
que se suelte, y la que sabe que tiene marido que, en 
cogiendola en la primera desenvoltura, la ha de quitar la 
vida? Ansl que la que es buena por temor, o por falta 5 
de lugar, yo no la quiero tener en aquella estima en que 
tendre a la solicitada y perseguida, que saliö con la 
Corona del vencimiento; de modo que por estas razones 
y por otras muchas que te pudiera decir para acreditar 
y fortalecer la opiniön que tengo, deseo que Camila mi 10 
esposa pase por estas dificultades, y se acrisole y quilate 
en el fuego de verse requerida y solicitada, y de quien 
tenga valor para poner en ella sus deseos; y si ella sale, 
como creo que saldrä, con la palma desta batalla, tendre 
yo por sin igual rai Ventura; podre yo decir qne estä 15 
colmo el vacio de mis deseos; dire que me cupo en suerte 
la mujer fuerte, de quien el Sabio dice que ^;qui6n la 
hallarä? Y cuando esto suceda al reves de lo qne 
pienso, con el gusto de ver que acerte en mi opiniön, 
Uevare sin pena la qne de razön podrä causarme mi tan 20 
■costosa experiencia; y prosupnesto que ninguna cosa de 
cuantas me dijeres en contra de mi deseo ha de ser de 
algün provecho para dejar de ponerle por la obra, quiero, 
o amigo Lotario, que te dispongas a ser el instrumento 
que labre aquesta obra de mi gusto; que yo te dare 25 
lugar para que lo hagas, sin faltarte todo aqnello que yo 
viere ser necesario para solicitar a una mujer honesta, 
honrada, recogida y desinteresada. Y mueveme, entre 
otras cosas, a fiar de ti esta tan ardua empresa el ver 
que si de ti es vencida Camila, no ha de llegar el ven- 30 
cimiento a todo trance y rigor, sino a solo tener por 
hecho lo que se ha de hacer, por buen respeto, y asi, no 
quedare yo ofendido mäs de con el deseo, y mi injuria 
quedarä escondida en la virtud de tu silencio, que bien 
se que en lo que me tocare ha de ser eterno como el de 35 
la muerte. Asi que, si quieres que yo tenga vida que 
pueda decir que lo es, desde luego has de entrar en esta 

31 ABC siiio solo a tener. 



Cap. 33. _ 64 — 

amorosa batalla, no tibia ni perezosamente, sino con el 
ahinco y diligencia que mi deseo pide, y con la confianza 
que nuestra amistad me asegura. 

Estas fueron las razones que Anselmo dijo a Lotario, 
5 a todas las cuales estuvo tan atento, que si no fueron las 
que quedan ecritas que le dijo, no desplegö sus labios 
hasta que hubo acabado; y viendo que no decia mäs, 
despues que le estuvo mirando un buen espacio, como si 
mirara otra cosa que jamäs hubiera visto, que le causara 

10 admiraciön y espanto, le dijo: No me puedo persuadir, 
amigo Anselmo, a que no sean buiias las cosas que me 
has dicho; que a pensar que de veras las decias, no 
consintiera que tan adelante pasaras, porque con no es- 
cuchaite previniera tu larga arenga. Sin duda imagino, 

15 que no me conoces, o que yo no te conozco. Pero no; 
que bien se que eres Anselmo, y tu sabes que yo soy 
Lotario: el dafio estä en que yo pienso que no eres el 
Anselmo que solias, y tu debes de haber pensado que 
tampoco yo soy el Lotario que debia ser; porque las 

20 cosas que me has dicho ni son de aquel Anselmo mi 
amigo, ni las qne me pides se han de pedir a aquel. 
Lotario que tu conoces; porque los buenos amigos han 
de probar a sus amigos y valerse dellos, como dijo iin 
poeta, usque ad aras; que quiso decir que no se habian 

25 de valer de su amistad en cosas que fuesen contra Dios. 
Pues si esto sintiö un gentil de la amistad, ^cuänto mejor 
es que lo sienta el cristiano, que sabe que por ninguna 
humana ha de perder la amistad divina? Y cuando el 
amigo tirase tanto la barra, que pusiese aparte los res- 

30 petos del cielo por acudir a los de su amigo, no ha de 
ser por cosas ligeras y de poco momento, sino por aquellas 
en que vaya la honra y la vida de su amigo. Pues dime 
tii ahora, Anselmo ^^cuäl destas dos cosas tienes en 
peligro para que yo me aventure a complacerte y a hacer 

35 una cosa tan detestable como me pides? Ninguna, por 
cierto; antes me pides, segün yo entiendo, que procure y 
solicite quitarte la honra y la vida, y quitärmela a mi 
juntamente; porque si yo he de procnrar quitarte la honra, 
claro estä que te quito la vida, pues el hombre sin honra 



_ 65 -^ f^ap. 33. 

peor es que nn muerto, y siendo yo el instrumento, como 
tu quieres qne lo sea, de tanto mal tuyo, no vengo a 
quedar deshonrado, y, por el mesmo consiguiente, sin 
vida. Escucha, amigo Anselmo, y ten paciencia de no 
vesponderme hasta que acabe de decirte lo que se me '> 
üfreciere acerca de lo que te ha pedido tu deseo; que 
tiempo quedarä para que tu me repliques y yo te escuche. 
Que me place, dijo Anselmo, di lo que quisieres. 
Y Lotario prosiguiö diciendo: Pareceme, o Anselmo, que 
tienes tu ahora el ingenio como el que siempre tienen los 10 
moros, a los cuales no se les puede dar a entender el 
error de su secta con las acotaciones de la Santa Escritura, 
ui con razones que consistan en especulaciun del entendi- 
miento ni que vayan fundadas en articulos de ie, sino 
que se les hau de traer ejemplos palpables, faciles, 15 
inteligibles, demostrativos, indubitables, con demostracione^ 
matemäticas que uo se pueden negar, como cuando diceu: 
Si de dos partes if/uales qu/tamos partes ifßiales, tas cßie 
quedan tamhien son igvales; y cuando esto no eutieudan 
de palabra, como, en efeto, no lo entienden, liaseles de 20 
mostrar con las manos, y ponerselo delante de los ojos, 
y, aiin con todo esto, no basta nadie con ellos a persua- 
dirles las verdades de mi sacra religiön. Y este mesmo 
termino y modo me convendrä usar contigo, porque el 
deseo que en ti ha nacido va tan descamiuado y tan 25 
fuera de todo aquello que teiiga sonibra de razonable, 
que me parece que ha de Fer tiempo gastado el que 
ocupare en darte a entender tu simplicidad, que por ahora 
no le quiero dar otro nombre, y aun estoy por dejarte 
en tu desatino, en pena de tu mal deseo; mas no me 30 
deja usar deste rigor la amistad que te tengo, la cual no 
consiente que te deje puesto en tan manifiesto peligro de 
perderte. Y porque claro lo veas, dime, Anselmo: ;.Tu 
no me has dicho que tengo de solicitar a uua retirada, 
persuadir a una honesta, ofrecer a una desinteresada, 85 
servir a una prudente? Si, que me lo has dicho. Pnes 

2 C tuyo, yo vengo. 12 C seta. 16 C demonstracione.s. 
23 C de nuestra sacra religiön. 27 C malgastado. 

Romanisrlie Bilil. Nr. 24. Don Qiiijote. 5 



Cap. 33. _ 66 — 

si tu sabes que tienes mujer retirada, honesta, desinteresada 
y prudente, rAU*i buscas? y si piensas que de todos mis 
asaltos ha de salir vencedora, como saldrä, sin duda, 
;.que majores titulos piensas darle despues que los que 
5 ahora tiene, o qne serä mas despues de lo que es ahora? 
es que tu no la tienes por la que dices o tu no sabes 
lo que pides; si no la tienes por la que dices, r'pai'a que 
quieres probarla, sino, como a mala, hacer della lo que 
mas te viniere en gustoV Mas si es tan buena como 

10 crees, impertinente cosa serä hacer experiencia de la 
mesma verdad, pues, despues de hecha, se ha de quedar 
con la estimacidn que priraero tenia. Asi qae es razon 
conclnyente que el intentar las cosas de las cuales antes 
nos puede suceder dafio qne provecho es de jnicios sin 

lö discurso y teraerarios, y mas cuando quieren intentar 
aquellas a que no son forzados ni compelidos, y que de 
luuy lejos traen descubierto que el intentarlas es mani- 
fiesta locura. Las cosas dificultosas se intentan por Bios, 
por el mundo, o por entrambos a dos: las que se 

20 acumeten por Dios son las que acometieron los santos, 
acometiendo a vivir vida de angeles en cuerpos liumanos; 
las que se acometen por respeto del mundo son las de 
aquellos que pasan tanta infinidad de agua, tanta diver- 
sidad de climas, tanta extrafieza de gentes, por adquirir 

25 estos que llaman bienes de fortuna: y las que se intentan 
por Dios y por el mundo juntamente son aquellas de los 
valerosos soldados, que apenas ven en el contrario muro 
abierto tanto espacio cuanto es el que pudo hacer una 
redonda bala de artilleria, cuando, puesto aparte todo 

30 temor, sin hacer discurso ni advertir al manifiesto peligro 
que les amenaza, llevados en vuelo de las alas del deseo 
de volver por su fe, por su nacic'm y por su rey, se 
arrojan intrepidamente por la mitad de mil contrapnestas 
muertes que los esperan. Estas cosas son las que stielen 

35 intentarse, y es honra, gloria y provecho intentarlas, aun- 
que tan llenas de inconvenientes y peligros; pero la que 
tu dices que quieres intentar y poner por obra, ni te ha 
de alcanzar gloria de Dios, bienes de la fortnna, ni fama 
cou bis lionibres; porque, puesto que salgas con ella como 



i 



— ß7 — Cap. 33. 

deseas, no has de quedar ni mas ufano, ni mäs rico, ni 
mäs honrado qne estäs ahora; y si no sales, te has de 
ver en la raayor miseria que imaginarse pueda, porque no 
te ha de aprovechar pensar entonces que no sabe nadie 
la desgracia que te ha sucedido; porque bastarä para 5 
afligirte y deshacerte que la sepas tu mesmo. Y para 
confirmaciön desta verdad te quiero decir una estancia 
que hizo el famoso poeta Luis Tansilo, en el fin de su 
primera parte de Las Lägrimas de San Pedro^ que dice asi: 

Crece el dolor, y crece la vergüeuza 10 

En Pedro, cuando el dia se ha mostrado, 
Y aunque alli uo ve a nadie, se avergüenza 
De si mesmo por ver que habia pecaclo: 
Que a un magnäuimo pecho a haber verg-üeiiza 
No solo ha de moverle el ser mirado, 15 

Que de si se avergüenza cuando yerra, 
Si bien otro no ve que cielo y tierra. 

Asi que no excusaras con el secreto tu dolor; antes 
tendras que llorar contino, si no lägrimas de los ojos, 
lägrimas de sangre del corazon, como las lloraba aqiiel 20 
simple doctor, que nuestro poeta nos cuenta qne hizo la 
prueba del vaso, que, con mejor discurso, se excusö de 
hacerla el prudente Reinaldos; que puesto que aquello 
sea ficciön poetica, tiene en si encerrados secretos morales 
dignos de ser advertidos, y entendidos, e imitados. Cuanto 25 
mäs que con lo que ahora pienso decirte acabaräs de 
venir en conocimiento del grande error qne quieres cometer. 
Dirne, Anselmo, si el ciclo, o la sucrte bucna, te liubiera 
hecho senor y legitimo posesor de un tinisimo diamante, 
de cuya bondad y quilates estuviesen satisfechos cnantos 30 
lapidarios le vicsen y que todos a una voz y de comiin 
parecer dijesen que llegaba en quilates, bondad y fineza 
a cuanto se podia extender la naturaleza de tal piedra, 
y tu mesmo lo creyeses asi, sin saber otra cosa en 
contrario, ;,seria justo que te viniese en deseo de tomar 35 
aquel diamante, y ponerle entre un ayunque y un martillo, 
y alli, a pura fuerza de golpes y brazos, probar si es tan 



11 BV, ver vergueni^a. 31 C viessen que todos. 

5* 



Oap. 33. __ 68 — 

duro y tan fino como dicen? Y müs, si lo pusieses por 
obra; que, puesto caso que la piedra hiciese resistencia 
a tan necia prueba, no por eso se le anadiria mäs valor 
ni mäs fama; y si se rompiese, cosa que podria ser, ^no 

■) 86 perdia todo? SI, por cierto, dejando a su dueiio en 
estimaciün de que todos le tengan por simple. Pues liaz 
cuenta, Anselmo amigo, que Camila es finisimo diamante, 
asi en tu estimaciön como en la ajena, y que no es 
razön ponerla en contingencia de que se quiebre, pues 

10 aunque se quede con su entereza, no puede subir a mäs 
valor del que ahora tiene; y si faltase y no resistiese 
considera desde ahora cutil qnedarla sin ella, y con 
cuäuta razün te podrias quejar de ti mesmo, por haber 
sido causa de su perdieiön y la luya. Mira que no hay 

15 joya en el mundo que tantu valga como la mujer castu 
y honrada, y que todo el honor de las mujeres consiste 
en la opiniön buena que dellas se tiene; y pues la de 
tu esposa es tal que llega al extremo de bondad que 
sabes, ,:para que quieres poner esta verdad en dudaV 

20 Mira, amigo, que la mujer es animal imperfecto, y que 
no se le han de poner embarazos donde tropiece y caiga, 
sino qnitärselos y despejalle el Camino de cualquier incon- 
veniente, para que sin pesadumbre corra ligera a alcanzar 
la perfecciön que le falta, que consiste en el ser virtuosa, 

25 Cuentan los naturales que el arminio es un animalejo que 
tiene nna piel blanquisima, y que cuando quiereu cazarle 
los cazadores, usan deste artificio, que, sabiendo las partes 
por donde suele pasar y acudir, las atajan con lodo, y 
despues, ojeändole, le encaminau liacia aquel lugar, y asi 

30 como el arminio llcga al lodo, se cst;i quedo, y se deja 
prender y cautivar, a trucco de no pasar por el cieno y 
perder y ensuciar su blancura, que la estima en mäs que 
la libertad y la vida. La honesta y casta mujer es 
arminio, y es mäs que nieve blanca y limpia la virtud 

35 de la honest: dad, y el que quisiere que no la pierda, 
antes la guarde y conserve, ha de usar de otro estilo 
diferente que con el arminio se tiene, porque no le hau 

5 r perderia. 12 AB quedarias. 



_ 69 — Cap. 33. 

de poner delante el cieno de los regalos y servicios 
de los importunos amantes, porque quizä, y ann sin quizä, 
no tiene tanta virtud y fuerza natural, quo pueda por si 
raesma atropellar y pasar por aquellos embarazos; y es 
uecesario quitärselos y ponerle delante la lirapieza de la 5 
virtud y la belleza que encierra en si la bnena fama. Es 
asimesmo la buena mnjer como espejo de cristal luciente 
y claro; pero estä süjeto a empaiiarse y escurecerse con 
cualqniera aliento que le toque. Hase de usar con la 
honesta mujer el estilo que con las reliquias, adorarlas y 10 
no tocarlas. Hase de guardar y estimar la mujer bnena 
como se guarda y estima un hermoso jardin que estä 
Ueno de flores y rosas, cuyo dueno no consiente que 
nadie le pasee ni manosee; basta qne desde lejos y por 
entre las verjas de hierro gocen de su fragancia y her- 15 
raosura. Finalmente quiero decirte unos versos que se 
rac han venido a la memoria, que los oi en nna comedia 
raoderna, qne me parece que hacen al propösito de lo 
que vamos tratando. Aconsejaba un prndente viejo a 
otro, padre de una doncella, que la recogiese, guardase y 20 
encerrase; y entre otras razones le dijo estas: 

Es de vidrio la mujer; 
Pero no se ha de probar 
Si se puede o no quebrar, 
Porque todo podria ser. 25 

Y es mas fäcil el quebrarse, 
Y no es cordura ponerse 

A peligro de romperse 
Lo que no puede soldarse. 

Y en esta opiniön esten 30 
Todos, y en razon la ftmdo; 

Que si hay Dänaes eu el mundo, 
Hay pluvias de oro tarabien. 

Cuanto hasta aqui te he dicho, o Anselmo, ha sido por 
lo quo a ti te toca, y ahora es bien que se oiga algo de 35 
lo que a mi me conviene; y si fuere largo, perdöname; 
que todo lo requiere el laberinto donde te has entrado 
y de donde quieres que yo te saque. Tu me tienes por 

7 .1 cristial. 22 C vidro. 



Cap. 33. _ 70 — 

amigo, y quieres quitarme la honra, cosa quc es contra 
toda amistad; y aun no solo pretendes esto, sino que 
procuras que yo te la quite a ti. Qxie me la quieres 
quitar a mi, est^i claro, pues cuando Camila vea que yo 
5 la solicito, como me pides, cierto estä que me ha de 
tener por hombre sin honra y mal mirado, pues intento 
y hago una cosa tan fuera de aquello que el ser quien 
soy y tu amistad me obliga. De que quieres que te la 
quite a ti, no hay duda, porque viendo Camila que yo 

10 la solicito, ha de pensar que yo he visto en ella alguna 
liviandad que me diö atrevimiento a descubrirle mi mal 
deseo, y teniendose por deshonrada, te toca a ti como a 
cosa suya, su mesma deshonra. Y de aqui nace lo que 
comünmente se platica; que el marido de la mujer 

15 adiiltera, puesto que el no lo sepa ni haya dado ocasiön 
para que su mujer no sea la que debe, ni haya sido en 
SU mano, ni en su descuido y puco recato, estorbar su 
dcsgracia, con todo, le llaman y le nombran con nombre de 
vituperio y bajo, y en cierta manera le miran los que la 

20 maldad de su mujer sahen con ojos de menosprecio, en 
cambiü de mirarle con los de lästima, viendo que no por 
SU culpa, sino por el gusto de su mala compaiiera estä 
en aquella desventura. Pero quidrote decir la causa por 
que con justa razön es deshonrado el marido de la mujer 

25 mala, aunque el no sepa que lo es, ni tenga culpa, ni 
haya sido parte, ni dado ocasiön para que ella lo sea. 
Y no te canses de oirme; que todo ha de redundar en 
tu provecho. Cuando Dios criö a nuestro primero padre 
en el paraiso terrenal, dice la divina Escritura que inlundiö 

30 Dios sueiio en Adän, y que, estando durmiendo, le sacö 
nna costilla del lado siniestro, de la cual formo a nuestra 
madre Eva; y asi como Ad.an despertö y la mirö, dijo: 
Esta es carne de mi carne y hueso de mis huesos. Y 
Dios dijo: Por esta dejarä el hombre a su padre y madre, 

35 y serän dos en una carne misma. Y entonces fuc insti- 
tuido el divino sacraraento del matrimonio, con tales lazos, 
que sola la muerte puede desatarlos. Y tiene tanta 

21. C cofl los ojos de lastima. 



— 71 — Cap. 33. 

fuerza y virtud este milagroso sacramento, que bace que 
dos diferentes personas sean una mesma carne; y aün 
bace mäs en los buenos casados, qiie aunque tienen dos 
almas, no tienen mäs de una volnntad; y de aqui viene 
que, como la carne de la esposa sea una mesma con la del 5 
esposo, las manchas que en ella caen, o los defectos que 
se procura, redundan en la carne del marido, aunque el 
no haya dado, como queda dicbo, ocasidn para aquel 
dafio. Porque asi como el dolor del pie o de cualquier 
miembro del cuerpo bumano le siente todo el cuerpo, por 10 
ser todo de una carne mesma, y la cabeza siente el daiio 
del tobillo, sin que ella se le haya causado, asi el marido 
es participante de la desbonra de la mujer, por ser una 
mesma cosa con ella; y como las bonras y desbonras del 
mundo sean todas y nazcan de carne y sangre, y las de 15 
la mujer mala sean deste genero, es forzoso que al 
marido le quepa parte delias, y sea tenido por dcs- 
bonrado sin que el lo sepa. Mira pues, o Anselmo, al 
peligro que te pones en querer turbar el sosiego en que 
tu buena esposa vive; mira por cuän vana e impertinente 20 
curiosidad quieres revolver los bumores que abora estän 
sosegados en el pecbo de tu casta esposa; adviertc que 
lü que aventuras a ganar es poco, y que lo que perderäs 
serä tanto, que lo dejare en su punto, porque me faltan 
palabras para encarecerlo. Pero si todo cuanto be dicbo 25 
no basta a moverte de tu mal propösito, bien puedes 
buscar otro instrumento de tu desbonra y desventura; que 
yo no pienso serlo, aunque por ello pierda tu amistad, 
que es la mayor perdida que imaginär puedo. 

Gallo en diciendo esto el virtuose y prudente Lotario, 30 
y Anselmo quedö tan confuso y pensativo, que por un 
buen espacio no le pudo responder palabra; pero, en fin, 
le dijo: Con la atenciön que bas visto be escucbado, 
Lotario amigo, cuanto bas querido decirme, y en tus 
razones, ejemplos y comparaciones be visto la mucba 35 
discreciön que tienes y el extremo de verdadera amistad 
que alcanzas; y ansimesmo veo y confieso que si no sigo 

7 C procuran. 



Cap. 33. — 72 — 

tu pareccT y me voy tras el mio, voy huyendo de! bicn 
y corriendo tras el mal. Prosupuesto esto, lias de consi- 
derar q\ie yo padezco ahora la enfermedad que suelen 
tener algunas raujeres, que se les antoja comer tierra, 
5 yeso, carböa y otras cosas peores, aun asquerosas para 
mirarse, cuanto mäs para comerse; asi que es menester 
usar de algün artificio para que yo sane, y esto se podia 
hacer con facilidad, solo cou que comiences, aunque tibia 
y tingidamente, a solicitar a Caraila, la cual no ha de 

10 ser tan tierna que a los primeros encuentros de coa su 
honestidad por tierra; y con solo este principio quedare 
contento, y tu habras cumplido con lo que debes a nuestra 
amistad, no solaraeute däudome la vida, sino persuadien- 
dome de no verme sin honra. Y estäs obligado a hacer 

15 esto por una razon sola; y es qne, estando yo, como 
estoy. determiuado de poner en plätica esta prueba, no 
has tu de conseutir que yo de cuenta de mi desatino a 
otra persona, con que pondria en aventura el honor que 
tii procuras que no pierda; y cuando el tuyo no este en 

20 el punto qne debe en la intenciön de Camila en tanto 
que la solicitares, importa poco o nada, pues con brevedad, 
viendo [en] ella la entereza que esperamos, le podräs 
decir la pura verdad de nuestro artificio, con que volvera 
tu credito al ser primero. Y pues tan poco aventuras y 

25 tanto contento rae puedes dar aventurändote, no lo dejes 
de hacer, aunque mäs inconvenientes se te pongan delante, 
pues, como ya he dicho, con solo que comiences dare por 
concluida la causa. 

Viendo Lotario la resoluta voluntad de Anselmo, y 

30 no sabiendo que mäs ejeraplos traerle, ni qne mäs razones 
mostrarle para que no la siguiese, y viendo que le 
amenazaba que daria a otro cuenta de su mal deseo, por 
evitar mayor mal, determinö de contentarle y hacer lo 
que le pedia, con propösito e intenciön de guiar aquel 

35 negocio de modo que, sin alterar los pensamientos de 
Camila, quedase Anselmo satisfecho; y asi, le respondiö 

2,3 A has que cousiderar. 22 en wird schon von Brüs- 
sel 1607 vorgesetzt. 



— 73 — Cii[i. 33. 

quc no comunicase su pensamiento con otro alguno; que 
cl touiaba a su cargo aquella empresa, la cual coraenzan'a 
cuandü a cl le diese mäs gusto. Abrazole Anselmo tierna 
y amorosamente y agradeciöle su ofrecimiento, como si 
alguna grande merced le hubiera becho; y quedaron de 5 
acuerdo entre los dos que desde otro dia siguiente se 
comenzase la obra; que el le dan'a lugar y tiempo como 
a sus solas pudiese hablar a Camila, y asimesrao le 
daria dineros y joyas que darla y que ofrecerla. Aconse- 
jöle que le diese miisicas, que escribiese versos en su 10 
alabanza; y que, cuando el no quisiese tomar trabajo de 
hacerlos, el mesmo los haria. A todo se ofreciö Lotario, 
bien con diferente intenciön que Anselmo pensaba, y com 
este acuerdo se volvieron a casa de Anselmo, donde 
hallaron a Camila con ansia y cuidado, esperando a su 15 
esposo, porque aquel dia tardaba en venir mäs de lo 
acostumbrado. 

Fuese Lotario a su casa, y Anselmo quedo en la 
suya, tan contento como Lotario fue pensativo, no sabiendo 
que traza dar para salir bien de aquel impertinente 20 
negocio; pero aquella noche pensö el modo que tendria 
para engafiar a Anselmo sin ofender a Camila; y otro 
dia vino a comer con su amigo, y fuc bien recebido de 
Camila, la cual le recebia y regalaba con mucha voluntad, 
por entender la buena que su esposo le tenia. Acabaron 25 
de comer, levantaron los manteles, y Anselmo dijo a 
Lotario que se quedase alli con Camila en tanto que el 
iba a un negocio forzoso; que dentro de Lora y media 
volveria. Rogöle Camila que no se fuese, y Lotario se 
ofreciö a hacerle compaiiia; mas nada aprovechö con An- 30 
selmo, antes importunö a Lotario que se quedase y le 
aguardase, porque tenia que tratar con el una cosa de 
mucha importancia. Dijo tambien a Camila que no dejase 
solo a Lotario en tanto que el volviese. En efeto, cl 
supo tan bien fingir la necesidad o necedad de su ausen- 35 
cia, que nadie pudiera entender que era fingida. Fuese 
Anselmo, y quedaron solos a la mesa Camila y Lotario, 
porque la demäs gente de casa toda se habia ido a comer. 
Viöse Lotario puesto en la estacada que su amigo deseaba, 



Cai«. 33. _ 74 _ 

y con el enemigo delante, que pudiera venccr con sola 
SU hermosura a un escuadrön de caballeros armados. 
Mirad si era razön que le temiera Lotaiio; peio lo que 
Iiizo fne poner el codo sobre el brazo de la silla y la 
5 mano abierta en la mejilla, y pidiendo perdön a Camila 
del mal comedimiento, dijo que queria reposar un poco 
cn tanto que Anselmo volvia. Camila le respondiö que 
mejor reposaria en el estrado que en la silla, y asi le 
rogö se entrase a dormir en el. No quiso Lotario, y alli 

10 se quedö dormido hasta que volviö Anselmo, el cnal, 
como hallö a Camila en sn aposento y a Lotario dur- 
miendo, creyö que, como se habia tardado tanto, ya 
habrian tenido los dos lugar para hablar, y aun para 
dormir, y no viö la hora en que Lotario despertase, para 

15 volverse con el fuera y preguntarle de su Ventura. Todo 
le sucediö como el quiso. Lotario despertö, y luego 
salicron los dos de casa, y asi le preguntö lo que deseaba, 
y le respondiö Lotario que no le habia parecido ser bien 
que la primera vez se descubriese del todo, y asi no 

20 habia hecho otra cosa que alabar a Camila de hermosa, 
diciendole que en toda la ciudad ne se trataba de otra 
cosa que de su hermosura y discreciön, y que estc Ic 
liabia parecido buen principio para entrar ganando la 
voluntad, y disponiendola a que otra vez le escuchase 

25 con gusto, usando en esto del artificio que el demonio 
usa cuando quiere engafiar a alguno que estä pue&to cn 
atalaya de mirar por si; que se transforma en ängel de 
luz, siendolo el de tinieblas, y, poniendole delante aparien- 
cias buenas, al cabo descubre quien es y sale con su 

30 intenciön, si a los principios no es descubierto su engano. 
Todo esto le contentö mucho a Anselmo, y dijo que cada 
dia daria el mesmo lugar. aunque no saliese de casa, 
porque en ella se oeuparia en cosas que Camila no pu- 
diese venir en conocimiento de su artiticio. 

35 Sucediö, pues, que se pasaron muchos dias que sin 

decir Lotario palabra a Camila, respondia a Anselmo que 
la hablaba y jamäs podia sacar della una pequeiia muestra 
de venir en ninguna cosa que mala fuese, ni aun dar 
una senal de sombra de esperanza; antes decia que le 



— 75 — Cap. 33. 

amenazaba qiic si de aquel mal pensamiento no se qui- 
taba, que lo babia de decir a su esposo. Bien estä, dijo 
Anselrao, hasta aqui ha resistido Camila a las palabras; 
es menester ver cömo resiste a las obras: yo os dare 
mafiana dos mil escudos de oro para que se los ofrezcäis, 5 
y auu se los deis, y otros tantos para que compreis joyas 
con que cebarla; que las mujeres suelen ser aficionadas, 
y mäs si son hermosas, por mäs castas que sean, a esto 
de traerse bien y andar galanas, y si ella resiste a esta 
tentacidn, yo quedare satisfecho y no os dare mäs pesa- 10 
dumbre. 

Lotario respondiö que ya que habia comenzado, que 
el llevaria hasta el fin aquella empresa, puesto que 
entendia salir della cansado y vencido. Otro dia recibiö 
los cuatro mil escudos, y con ellos cuatro mil confusiones, 15 
porque no sabia que decirse para mentir de nuevo; pero, 

. cn efeto, determinö de decirle que Camila estaba tan 
entera a las dädivas y promesas como a las palabras, y 
que no habia para que cansarse mäs, porque todo el 
tiempo se gastaba en balde. Pero la suerte, que las cosas 20 
guiaba de otra manera, ordenö que, habiendo dejado 
Anselmo solos a Lotario y a Camila, como otras veces 
solia, el se encerrö en un aposento y por los agujeros 
de la cerradura estuvo mirando y escuchando lo que los 
dos trataban, y viö que en mäs de media hora Lotario 25 
no hablö palabra a Camila, ni se la hablara si alli estu- 
viera un siglo, y cayö en la cuenta de que cuanto su 
amigo le habia dicho de las respuestas de Camila todo 
era ficciön y mentira. Y para ver si esto era ansi, saliö 
del aposento, y llamando a Lotario aparte, le preguntö 30 

I que nuevas habia y de que temple estaba Camila. Lotario 
respondiö que no pensaba mäs darle puntada en aquel 
negocio, porque respondia tan äspera y desabridamente, 
que no tendria änimo para volver a decirle cosa alguna. 
;Ah, dijo Anselmo, Lotario, Lotario, y cuän mal corres- 35 
pondes a lo que me debes y a lo mucho que de ti confiol 
Ahora te he estado mirando por el lugar que concede la 
entrada desta llave, y he visto que no has dicho palabra 
a Camila; por donde me doy a entender que aun las 



Cai«. 33. _ 76 _ 

pvimeras le ticncs por decir; y si esto es asi, como, sin 
duda, lo es, r.para que rae engafias, o por que quieres 
quitarme con tu industria los medios que yo podn'a hallar 
para conseguir mi deseo? 

5 No dijo mäs Anselmo; pero bastö lo que habia diclio 

para dejar corrido y confuso a Lotario; el cual, casi 
(•orao tomando por punto de honra el haber sido hallado 
en raentira, jurö a Anselmo que desde aquel momento 
tomaba tan a su cargo el contentalle y no mentille, cual 

10 lo veria si con curiosidad lo espiaba; cuanto mäs que no 

seria menester usar de ninguna diligencia, porque la que 

el pensaba poner en satisfacelle le quitaria de toda sospecha. 

Creyöle Anselmo, y para dalle comodidad mäs segura 

y menos sobresaltada, determinö de hacer ausencia de su 

15 casa por ocho dias, yendose a la de un araigo suyo, que 
estaba en una aldea, no lejos de la ciudad; con el cual 
amigo concertö que le enviase a Uamar con rauchas veras, 
para teuer ocasiön con Camila de su partida. ; Desdichado 
y mal advertido de ti, Anselmo! (j,Que es lo que hacesV 

20 f.Que es lo que trazas? ,jQue es lo que ordenas? Mira 
que haces contra ti mismo, trazando tu deshonra y orde- 
nando tu perdiciön. Buena es tu esposa Camila; quieta 
y sosegadamente la posees; nadie sobresalta tu gusto; sus 
pensamientos no salen de las paredes de su casa, tu eres 

25 SU cielo en la tierra, el blanco de sus deseos, el cumpli- 
miento de sus gustos, y la medida por donde mide su 
voluntad, ajuständola en todo con la tuya y con la dcl 
cielo. Pues si la mina de su lionor, hermosura, honestidad 
y recogimiento te da sin ningün trabajo toda la riqueza 

30 que tiene y tu puedes desear, (;,para que quieres ahondar 
la tierra y buscar nuevas vetas de nuevo y nunca visto 
tcsoro, poniendote a peligro que toda venga abajo, pues, en 
fin, se sustenta sobre los debiles arrimos de su flaca natura- 
lezaV Mira que el que busca lo imposible, es justo que lo 

35 posible se le niegue, como lo dijo mejor un poeta diciendo: 

Busco en la muerte la vida, 
Salud eu la enfermedad, 
En la prision libertad, 
En lo cerrado salida, 
Y en el traidor lealtad. 



_„ 77 Oap. 83. 

Pero mi suerte, de quieii 
Jamäs espero algün bien, 
Con el cielo ha estatuido 
Que, pues lo imposible pido, 
Lo posible aun iio me den. 5 

Fuese otro dia Ansei mo a la aldea, dejando dicho a 
Camila que el tiempo que el estuviese ausente vendiia 
Lotario a mirar por su casa y a comer con ella; que 
tuviese cuidado de tratalle como a su mesraa persona. 
Afligiöse Camila, como mujer discreta y honrada, de la 10 
orden que su marido le dejaba, y dijole que advirtiese 
que no estaba bien que nadie, el ausente, ocupase la silla 
de SU mesa; y que si lo hacia por no teuer confianza 
que ella sabria gobernar su casa, que probase por aquella 
vez, y veria por experiencia como para mayores cuidados 15 
era bastante. Anselmo le replico que aquel era su gusto, 
y que no tenia miis que liacer que bajar la cabeza y 
übedecelle. Camila dijo que ans! lo haria, aunque contra 
8u voluntad. Partiöse Anselmo, y otro dia vino a su casa 
Lotario, donde fue rescebido de Camila con amoroso y 20 
honesto acogimiento; la cual jamas se puso en parte 
donde Lotario la viese a solas, porque siempre andaba 
rodeada de sus criados y criadas, especialmente de una 
doncella suya llamada Leonela, a quien ella mucho queria 
por haberse criado desde niiias las dos juntas en casa de 25 
los padres de Camila, y cuando se casö con Anselmo la 
trujo consigo. En los tres dias priraeros nunca Lotario 
le dijo nada, aunque pudiera, cuando se levantaban los 
manteles y la gente se iba a comer con mucha priesa, 
porque asi se lo tenia maudado Camila; y aun teuia orden 30 
Leonela que comiese primero que Camila, y que de su 
lado jamäs se quitase; mas ella, que en otras cosas de 
8U gusto tenia puesto el peusamiento y habfa menester 
aquellas horas y aquel lugar para ocuparle en sus 
contentos, no cumplia todas veces el mandamiento de su 35 
senora; antes los dejaba solos, como si aquello le hubieran 
mandado. Mas la honesta presencia de Camila, la grave- 



20 BC recebido. 



Cap. 33. _ 78 — 

dad de su rostro, la compostura de sii persona era tanta, 
que ponia freno a la lengua de Lotario. 

Pero el provecho que las muchas virtudes de Camila 
hicieron poniendo silencio en la lengua de Lotario, redundö 
5 m.'is en dano de los dos, porque si la lengua callaba, el 
pensamiento discurri'a y tenia lugar de contemplar, parte 
por parte, todos los extremos de bondad y de hermosnra 
que Camila tenia, bastantes a enamorar una estatua de 
märmol, no que un corazön de carne. Mir^ibala Lotario 

10 en el lugar y espacio que liabia de hablarla, y conside- 
raba cu:in digna era de ser amada; y esta consideraciön 
comenzö poco a poco a dar asaltos a los respetos que a 
Anselmo tenia, y mil veces quiso ausentarse de la ciudad, 
y irse donde jamas Anselmo le viese a el, ni el viese a 

15 Camila; mas ya le hacia impedimento, y detenia, el gusto 
que hallaba en mirarla. Haciase fuerza y peleaba con- 
sigo mismo por desechar y no sentir el contento que le 
Uevaba a mirar a Camila; culpäbase a solas de su desa- 
tino; llamabase mal amigo, y aun mal cristiano; hacia 

20 discursos y coraparaciones entre el y Anselmo, y todos 
paraban en decir que mas Labia sido la locura y confianza 
de Anselmo que su poca fidelidad, y que si asi tuviera 
disculpa para con Dios como para con los hombres de lo 
que pensaba hacer, que no temiera pena por su culpa. 

25 Eq efecto, la hermosura y la bondad de Camila, 

juntamente con la ocasiön que el ignorante marido le 
habia puesto en las raanos, dieron con la lealtad de 
Lotario en tierra; y sin mirar a otra cosa que aquella a 
que SU gusto le inclinaba, al cabo de tres dias de la 

30 ausencia de Anselmo, en los cuales estuvo en continua 
batalla por resisiir a sus deseos, comenzo a reqncbrar a 
Camila, con tanta turbaciön y con tan amorosas razoncs, 
que Camila quedö suspensa, y no hizo otra cosa que 
levantarse de donde estaba y entrarse en su aposento, sin 

35 respondelle palabra alguna. Mas no por esta sequedad 
se desmayö en Lotario la esperanza, que siempre nace 
juntamente con el amor, antes tuvo en mas a Camila; la 



9 C no nn forazon. 12 C asalto. 



— 79 — Cap. 34. 

cual, habiendo vislo en Lotario lo qiie jamäs pensara, no 
sabia que hacerse: y, pareciendole no ser cosa segura ni 
bien hecha daiie ocasiön ni Ingar a que otra vez la 
hablase, determinö de enviar aqnella mesraa noche, como 
lo hizo, a un criado suyo con im billete a Anselmo, donde 5 
le escribiö estas razones: 



CAPITULO XXXIV. 

Donde se prosigue la novela del Curioso impertinente. 

«Asi como suele decirse que parece mal el ejercito 
»sin SU general y el castillo sin su castellano, digo yo 
»que parece muy peor la mujer casada y moza sin su 
»marido, cuando justisimas ocasiones no lo impiden. Yo 10 
»me hallo tan mal sin vos y tan imposibilitada de no 
»poder sufrir esta ausencia, qne si presto no venis, me 
»habre de ir a entretener en casa de mis padres, aunqne 
»deje sin guarda la vuestra; porque la que me dejastes, 
»si es que qued(5 con tal titulo, creo que mira mas por 15 
»SU gusto que por lo que a vos os toca; y pnes sois 
»discreto, no tengo mäs que deciros, ni aun es bien que 
»mäs os diga.» 

Esta carta recibiö Anselmo, y entendiö por ella que 
Lotario habia ya comenzado la empresa, y que Camila 20 
debia de haber respondido como el deseaba; y alegre 
sobremanera de tales nuevas, respondiö a Camila, de 
palabra, que no hiciese mudamiento de su casa en modo 
ningnno, porque el volveria con mucha brevedad. Admi- 
rada quedö Camila de la respucsta de Anselmo, que la 25 
puso en mäs confusiön que primero, porque ni se atrevia 
a estar en sii casa, ni menos irse a la de sus padres; 
porque en la quedada, corria peligro sii honestidad; y en 
la ida, iba contra el mandamiento de su esposo. En fin, 
se resolviö en lo que le estuvo peor, que fue en el que- 30 
darse, con determinaciön de no huir la presencia de 
Lotario, por no dar que decir a sus criados, y ya le 
pesaba de haber escrito lo que escribiö a sn esposo, 
temerosa de que no pensase que Lotario liabia visto en 



Oap. S4. _ 80 — 

ella alguna desenvoltura que le hubiese movido a no 
guardalle el decoro que debia. Pero, fiada en su bondad, 
se flö en Dios y en su buen pensamiento, con que pen- 
saba resistir callando a todo aquello que Lotario decirle 
5 quislese, sin dar mäs cuenta a su marido, por no ponerle 
en algnna pendencia y trabajo; y aun andaba buscando 
manera como disculpar a Lotario con Anselmo, cuando 
le preguntase la ocasiön que le habia movido a escribirle 
aquel papel. Con estos pensamientos, msis honrados que 

10 acertados ni provechosos, estuvo otro dia escuehando a 
Lotario, el cual cargö la mano de manera, que comenz(3 
a titubear la firmeza de Camila, y su honestidad tuvo 
liarto que hacer en acudir a los ojos, para que no diesen 
muestra[s] de alguna amorosa compasion que las higrimas 

lü y las razones de Lotario en su pecho babian despertado. 
Todo esto notaba Lotario, y todo le encendia. Finalmenle, 
a el le parecio que era nienester, en el espacio y lugar 
que daba la ausencia de Anselmo, apretar el cerco a 
aquella t'ortaleza, y asi, acometio a su presuncion con las 

20 alabanzas de su heimosura, porque no bay cosa que mäs 
presto rinda y allane las encastilladas lorres de la vanidad 
de las bermosas que la mesma vanidad, puesta en las 
lenguas de la adulaciön. En efecto, el, con toda diligencia, 
minö la roca de su enlereza, con tales pertrecbos, que 

25 annque Camila fuera toda de bronce, viniera al suelo. 
Llorö, rogö, ofreciö, adulö, porfiö y fingiö Lotario con 
tantos sentimientos, con muestras de tantas veras, que diö 
al traves con el recato de Camila y vino a triunfar de 
lo que menos se pensaba y mäs deseaba. 

30 Rindiöse Camila; Camila se rindio; ,:pero quo mucho, 

si la amistad de Lotario no quedö en pie? Ejemplo claro 
que nos muestra que solo se vence la pasiön amorosa con 
huilla, y que nadie se ba de pouer a brazos con tan 
poderoso enemigo, porque es menester fuerzas divinas para 

35 vencer las suyas humanas. Solo supo Leonela la flaqueza 
de su seiiora, porque no se la pudieron encnbrir los dos 
malos amigos y nnevos amantes, No quiso Lotario decir 

14 ABC mnestrn. 19 <' preteiision. 



_ 81 — Cap. 34. 

a Camila la pietensiön de Anselmo, ni que el le habia 
dado lugar para Uegar a aquel punto, porque no tuviese 
en menos su amor, y pensase que asi, acaso y sin pensar, 
y no de propösito, la habia solicitado. 

Volviö de alli a pocos dias Anselmo a su casa, y 5 
no echö de ver lo que faltaba en ella, que era lo que 
en menos tenia y mas estimaba. Fuese luego a ver a 
Lotario, y hallöle en su casa; abrazäronse los dos, y el 
uno preguntö por las nuevas de su vida, o de su muerte. 

Las nuevas que te podre dar, o amigo Anselmo, dijo 10 
Lotario, son de que tienes una mujer que dignamente 
puede ser ejemplo y Corona de todas las mujeres buenas. 
Las palabras que le he dicho se las ha Uevado el aire; 
los ofreeimientos se han tenido en poco; las dädivas no 
se han admitido; de algunas lägrimas fingidas mias se ha 15 
hecho burla notable. En resoluciön, asi como Camila es 
cifra de toda belleza, es archivo donde asiste la honesti- 
dad y vive el comedimiento y el recato, y todas las 
virtudes que pueden hacer loable y bien afortunada a 
una honrada mujer. Vuelve a tomar tus dineros, amigo, 20 
que aqui los tengo, sin haber tenido necesidad de tocar 
a ellos; que la entereza de Camila no se rinde a cosas 
tan bajas como son dädivas ni promesas. Contentate, 
Anselmo, y no quieras hacer mäs pruebas de las hechas: 
y, pues a pie enjuto has pasado el mar de las dificultades 25 
y sospechas que de las mujeres suelen y pueden tenerse, 
no quieras entrar de nuevo en el profundo pielago de 
nuevos inconvenientes, ni quieras hacer experiencia con 
otro piloto de la bondad y fortaleza del navio que el 
cielo te diö en suerte para que en el pasases la mar 30 
deste mundo; sino haz cuenta que estäs ya en seguro 
puerto, y af errate con las äncoras de la buena conside- 
raciön, y dejate estar hasta que te vengan a pedir la deuda 
que no hay hidalguia humana que de pagarla se excuse. 

Contentisimo qnedö Anselmo de las razones de Lo- 35 
tario, y asi se las creyö como si fueran dichas por algün 
oräculo; pero, con todo eso, le rogö que no dejase la 
empresa, aunque no fuese mjis de por curiosidad y entrete- 
öimiento; aunque no se aprovechase de alli adelante de 

Roinanischc Bibl. Xr. •24. Don Quijote. (J 



Cap. 34. — 82 — 

tan ahincadas diligencias comu liasta entouces; y que solo 
queria que le escribiese alguiios versos en su alabanza, 
debajo del nombre de Clori, porqne el le daria a entendev 
a Camila que andaba enamoiado de una dama a quien le 
5 habia puesto aquel nombre, por poder celebraiia con el 
decoro que a su honestidad se le debia; y que, cuando 
Lotario no quisiera tomar trabajo de escribir los versos, 
que el los haria. 

No serä menester eso, dijo Lotario, pues no me son 

10 tan enemigas las musas, que algunos ratos del aiio no 
me Visiten. Dile tu a Camila lo que has dicho del 
fingimiento de mis' amores; que los versos yo los hare; 
si no tan buenos como el sujeto merece, serän, por lo 
menos, los mejores que yo pudiere. 

15 Quedaron deste acuerdo el impertinente y el traidor 

amigo; y, vuelto Anselmo a su casa, preguntö a Camila 
lo que ella ya se maravillaba que no se lo hubiese 
preguntado; que fue que le dijese la ocasiön por que le 
habia escrito el papel que le enviö. Camila le respondiu 

20 que le habia parecido que Lotario la miraba un poco 
mäs desenvueltamente que cuando el estaba en casa; pero 
que ya estaba desengafiada y creia que habia sido imagina- 
ciön suya, porque ya Lotario huia de vella y de estar 
con ella a solas. Dijole Anselmo que bien podia estar 

25 segura de aquella sospecha, porque el sabia que Lotario 
andaba enamorado de una doncella principal de la ciudad, 
a quien el celebraba debajo del nombre de Clori, y que 
auuque no lo estuviera, no habia que temer de la verdad 
de Lotario y de la mucha amistad de entrambos; y, a 

30 no estar avisada Camila de Lotario de que eran fingidos 
aquellos amores de Clori, y que el se lo habia dicho a 
Anselmo por poder ocuparse algunos ratos en las mismas 
alabanzas de Camila, ella, sin duda, cayera en la desespe- 
rada red de los celos; mas, por estar ya advertida, pasö 

35 aquel sobresalto sin pesadumbre. 

Otro dia, estando los tres sobre mesa, rogö Anselmo 
a Lotario dijese alguna cosa de las que habia compuesto 



16 ABC vuelto Lotario; Valencia IGO'i Anselmo. 



_ 88 — Cap. 34. 

a SU amada Clori que, piies Camila no la conocia, segura- 
mente podia decir lo que quisiese. 

Aunque la conociera, respondiö Lotario, no encubriera 
yo nada; porque cuando algi'in amante loa a su dama de 
hermosa y la nota de cruel, ningün oprobio hace a su 5 
buen credito; pero, sea lo que fuere, lo que se decir, 
que ayer hice un soneto a la ingratitud desta Clori, que 
dice ansi: 

SONETO. 

En el silencio de la noche, cuando 
Ocupa el dulce sueiio a los mortales, 10 

La pobre cuenta de mis ricos males 
Estoy al cielo y a ml Clori dando. 

Y al tiempo cuaudo el sol se va niostrauilo 
Por las rosadas puertas orientales, 

Coli suspiros y acentos desiguales 15 

Voy la antigua querella renovando. 

Y cuando el sol de su estrellado asiento 
Derechos rayos a la tierra envia, 

El llanto crece y doblo los geraidos. 

Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento, 20 

Y siempre hallo, en ml mortal porfia, 
AI cielo, sordo; a Clori, sin oidos. 

Bien le pareciö el soneto a Camila; pero mejor a 
Anselmo, pues le alabö, y dijo que era demasiadamente 
cruel la dama que a tan ciaras verdades no correspondia. 25 
A lo que dijo Camila: ^Luego todo aquello que los 
poetas enamorados dicen es verdad? En cuanto poetas, 
iio la dicen, respondiö Lotario; mas en cuanto enamorados, 
siempre quedan tan cortos como verdaderos. No hay duda 
deso, replicö Anselmo, todo por apoyar y acreditar los 30 
pensamientos de Lotario con Camila, tan descuidada del 
artificio de Anselmo como ya enamorada de Lotario; y 
asi, con el gusto que de sus cosas tenia, y m;is, teniendo 
por entendido que sus deseos y escritos a ella se en- 
caminaban, y que ella era la verdadera Clori, le rogö que 3.") 
si otro soneto o otros versos sabia, los dijese. Si se, res- 
I pondiö Lotario; pero no creo que es tan bueno como el 
primero, o por mejor decir, menos malo, y podreislo bien 
jiizgar, pues es este: 

6* 



Cap. 3-t. — 84 — 

SONETO. 

Yo se que muero; y si no soy creido, 
Es mäs cierto el morir, como es mas cierto 
Verme a tus pies, o bella ingrata, muerto, 
Antes que de adorarte arrepentido. 
5 Podre yo verme eu la regiön de olvido, 

De vida y gloria y de favor desierto, 
Y alli verse podrä en mi pecho abierto 
Cömo tu hermoso rostro estä esculpido. 
Que esta reliquia guardo para el duro 
10 Trance que me amenaza mi porfia, 

Que en tu mesmo rigor se fortalece. 

i Ay de aquel que navega, el cielo escuro, 
Por mar no usado y peligrosa via, 
Adonde norte o puerto no se ofrece! 

15 Tambien alabö este segundo soneto Anselmo como 

habia hecho el primero, y desta manera iba aiiadiendo 
eslabön a eslabön a la cadena con que se enlazaba y 
trababa su deshonra, pues cnando mäs Lotario le des- 
honraba, entonces le decia que estaba mäs honrado; y 

20 con esto, todos los escalones que Camila bajaba hacia el 

centro de su menosprecio, los subia, en la opiniön de su 

marido, hacia la cumbre de la virtud y de su buena fama. 

Sncediö en esto que, halländose una vez, entre otras, 

sola Camila con su doncella, le dijo : Corrida estoy, amiga 

25 Leonela, de ver en cuän poco he sabido estimarme, pues 
siquiera no hice que con el tiempo comprara Lotario la 
entera posesiön que le di tan presto de mi voluntad. 
Temo que ha de estimar mi presteza o ligereza, sin que 
eche de ver la fuerza que el me hizo para no poder 

30 resistirle. No te de pena eso, seiiora mia, respondiö 
Leonela; que no estä la monta ni es causa para menguar 
la estimaciön darse lo que se da presto, si, en efecto, lo 
que se da es bueno, y ello por si digno de estimarse; y 
aun suele decirse que el que luego da, da dos veces. 

35 Tambien se suele decir, dijo Camila, que lo quej 

cuesta poco se estima en menos. No corre por ti esa! 
razön, respondiö Leonela, porque el amor, segün he oidoj 

20 A baxa. 28 C de desestimar. 31 ABC para mengna. 



— 85 — Cap. 34. 

decir, unas veces vuela, y otras anda: con este corre, y 
con aquel va despacio: a unos entibia, y a otros abrasa; 
a unos hieve, y a otros mata; en un mesmo punto 
comienza la can-era de sus deseos, y en aquel mesmo 
punto la acaba y concluye; por la maiiana suele poner 5 
el cerco a una fortaleza, y a la noche la tiene rendida, 
porque no hay fuerza que le resista; y siendo asi ^,de 
que te espantas, o de que temes, si lo mismo debe de 
haber aconteeido a Lotario, habiendo tomado el amor por 
instrumento de rendiros la ausencia de mi sefior? Y era 10 
forzoso que en ella se concluyese lo que el amor tenia 
determinado, sin dar tiempo al tiempo para que Anselmo 
le tuviese de volver, y con su presencia quedase imperfecta 
la obra: porque el amor uo tiene otro mejor ministro 
para ejecutar lo que desea que es la ocasion: de la 15 
ocasiön se sirve en todos sus liechos, principalmente en 
los principios. Todo esto se yo muy bien, mäs de ex- 
periencia que de oidas, y algün dia te lo dire, senora: 
que yo tambien soy de carne, y de sangre moza. Cnanto 
mäs, senora Camila, que no te entregaste ni diste tan 20 
luego que primero no hubieses visto en los ojos, en los 
suspiros, en las razones y en las promesas y dädivas de 
Lotario toda su alma, viendo en ella y en sus virtudes 
cuän digno era Lotario de ser araado. Pues si esto es 
ansi, no te asalteu la imaginaci(5n esos escrupulosos y 25 
melindrosos pensamientos; sino asegürate que Lotario te 
estima como tu le estimas a el, y vive con contento y 
I satisfacciön de que ya que caiste en el lazo amoroso, es 
i el que te aprieta de valor y de estima; y que no solo 

tiene las cuatro SS que dicen que hau de teuer los buenos 30 
; enamorados, sino todo un A, B, C entero: si no, escii- 
chame, y veräs cömo te le digo de coro. El es, segün 
yo veo y a mi me parece, agraclecido, hueno, cdballero, 
dadivoso, enamonido, firme, gallardo, honrado, üiistrc, leal, 
mozo^ noble, onesto, principal, quantioso, rico, y las SS 35 
que dicen, y luego tdcito, verdadero: la X no le cuadra, 



7 A resistia. 10 ABC rendirnos. 



Call. 34. _ 86 — 

purque es Ictia äspera: la F ya estä dicha: la Z, -dudof 
de tu honra. 

Riöse Camila del A, B, C de su doncella, y tüvola 
por mäs plätica en las cosas de amor que ella decia; y 
5 asi lo confesö ella, descnbriendo a Camila como trataba 
araores con un mancebo bien nacido de la mesma ciudad; 
de lo cual se tuvbö Camila, temiendo que eva aquel Camino 
por donde su houra podia correr riesgo. Apuröla si 
pasaban siis pläticas a mäs que serlo. Ella, con poca 

10 vergüenza y mucha desenvoltura , le respondiö que si 
pasaban. Porque es cosa ya cierta que los descuidos de 
las seiioras quitan la vergüenza a las criadas, las cuales, 
cuando ven a las amas echar traspies, no se les da nada 
a ellas de cojear, ni de que lo sepan. No pudo hacer 

15 otra cosa Camila sino rogar a Leonela no dijese nada de 
sn hecho al que decia ser su amante, y que tratase sus 
cosas con secreto, porque no viniesen a noticia de Anselmo 
ni de Lotario. Leonela respondiö que asi lo haria; mas 
cumpliölo de manera, que hizo cierto el temor de Camila 

20 de que por ella liabia de perder su credito; porque la 
deshonesta y atrevida Leonela, despues que viö que el 
proceder de su ama no era el que solia, atreviöse a entrar 
y poner dentro de casa a su amante, confiada que, aun- 
que SU senora le viese, no habia de osar descubrille; que 

'J5 este dario acarrean, entre otros, los pecados de las senoras, 
que se hacen esclavas de sus mesmas criadas, y se obligan 
a encubrirles sus deshonestidades y vilezas, como acon- 
teciö con Camila; que aunque viö una y muchas veces 
que SU Leonela estaba con su galäu en un aposento de 

30 SU casa, no solo no la osaba reiiir, mas däbale lugar a 
que lo encerrase, y quitäbale todos los estorbos, para que 
no fuese visto de su marido. Pero no los pudo quitar, 
que Lotario no le viese una vez salir, al romper del alba; 
el cual, sin conocer quien era, pensö primero que debia 

35 de ser alguna fantasma; mas cuando le viö caminar 
embozarse y encubrirse con cuidado y recato, cayö de su 
simple pensamiento, y diö en otro, que fuera la perdiciön 

24 B descubrirle. 



— 87 — Cap. 34. 

de tüdüs, si Camila no lo remediara. Pensö Lotario que 
aquel hombre qr.e habia visto sali? tan a deshora de casa 
de Anselmo, no habia entrado en ella por Leonela, ni 
aun se acordö si Leonela era en el mundo: solo creyö 
que Camila, de la raisma manera que habia sido fäcil y 5 
ligera con el, lo era para otro: que estas afiadiduras trae 
consigo la maldad de la mujer mala, que pierde el credito 
de SU honra con el mesmo a quien se entregö rogada y 
persuadida, y cree que con mayor facilidad se entrega a 
otros, y da int'alible credito a cualquiera sospecha que lü 
desto le venga. Y no parece sino que le faltö a Lotario 
en este punto todo su buen entendimiento, y se le fueron 
de la memoria todos sus advertidos discursos; pues, sin 
hacer alguno (jue bueno fuese, ni aun razonable, sin mäs 
ni mäs, antes que Anselmo se levantase, impaciente y 15 
ciego de la celosa rabia que las entraüas le roia, muriendo 
por vengarse de Camila, que en ninguna cosa le habia 
ofendido, se fue a Anselmo y le dijo: Säbete, Anselmo, 
que ha muchos dias que he andado peleando conmigo 
mesmo, haciendome fuerza a no decirte lo que ya no es 20 
posible ni justo que mäs te eneubra: säbete que la forta- 
leza de Camila estä ya rendida y sujeta a todo aquello 
que yo quisiere hacer della; y si he tardado en des- 
cubrirte esta verdad, ha sido por ver si era algiin liviano 
antojo suyo, o si lo hacia por probarme y ver si erau 25 
con propösito firme tratados los amores que, con tu 
. licencia, con ella he coraenzado. Crei ansimismo que ella, 
' si fuera la que debia y la que entrambos pensäbamos, ya 
te hubiera dado cuenta de mi solicitnd; pero habiendo 
visto que se tarda, conozco que son verdaderas las promesas 30 
que me ha dado de que cuando otra vez hagas ausencia 
de tu casa, me hablarä en la recämara donde estä el 
repuesto de tus alhajas (y era la verdad que alli le solia 
hablar Camila): y no quiero que precipitosamente corras 
a hacer alguna venganza, pues no estä aün cometido el 35 
pecado sino con pensamiento, y podria ser que deste hasta 
el tiempo de ponerle por obra se mudase el de Camila, 



36 AB deste este hasta. 



c;aj). 34. _ 88 — 

y naciese en su liigav el arrepentimiento. Y asi, ya que, 
en todo o en parte, has seguido siempre mis consejos, si- 
gue y guarda uno que ahora te dire, para que sin engaiio 
y con medroso advertimiento te satisfagas de aquello que 
5 mäs vieres que te convenga. Finge que te ansentas por 
dos tres dias, como otras veces sueles, y haz de manera 
que te quedes escondido en tu recäraava, pues los tapices 
que alli hay y otras cosas con que te puedas encubrir te 
ofrecen luucha comodidad, y entonces veräs por tus mismos 

10 ojos y yo por los mios lo que Camila quiere; y si fuere 
la maldad que se puede temer antes que esperar, con 
silencio, sagacidad y discreciön podras ser el verdugo de 
tu agravio. 

Absorto, suspenso y admirado quedö Anselmo con 

15 las razones de Lotario, porque le cogieron en tiempo 
donde menos las esperaba oir, porque ya tenia a Camila 
por vencedora de los fingidos asaltos de Lotario, y comen- 
zaba a gozar la gloria del vencimiento. Callando estuvo 
por un buen espacio, mirando al suelo sin mover pestaiia, 

20 y al cabo dijo: Tu lo has hecho, Lotario, como yo 
esperaba de tu amistad; en todo he de seguir tu consejo, 
haz lo que quisieres y guarda aquel secreto que ves que 
conviene en caso tan no pensado. 

Prometiöselo Lotario, y, en apartändose del, se arre- 

25 pintiö totalmente de cuanto le habia dicho, viendo cnän 
neciamente habia andado , pues pudiera el vengarse de 
Camila, y no por Camino tan cruel y tan deshonrado. 
Maldecia su entendimiento, afeaba su ligera determinaciön, 
y no sabia que medio tomarse para deshacer lo hecho o 

30 para dalle alguna razonable salida. AI fin, acordö de 
dar cuenta de todo a Camila; y como no faltaba lugar 
para poderlo hacer, aquel mismo dia la hallo sola, y 
ella, asi como viö que le podia hablar, le dijo: Sabed, 
amigo Lotario, que tengo una pena en el corazdn, que rae 

35 le aprieta de suerte, que parece que quiere reventar en el 
pecho, y ha de ser maravilla si no lo hace; pues ha 
llegado la desvergüenza de Leonela a tanto, que cada 

32/33 ABC y aUi asi. 



_ 89 — Cap. 34. 

noclie encierra a un galän suyo en esta casa, y sc estä 
con el hasta el dia, tan a costa de mi credito, cuanto le 
quedarä campo abierto de juzgarlo al que le viere salir 
a horas tan inusitadas de mi casa; y lo que me fatiga 
es que no la puedo castigar ni reiiir; que el ser ella 5 
secretario de nuestros tratos me ha puesto un freno en la 
boca para callar los suyos, y temo que de aqui ha de 
nacer algün mal suceso. 

AI principio que Camila esto decia creyö Lotario 
que era artificio para desmentille que el hombre que 10 
habia visto salir era de Leonela, y no suyo; pero vien- 
dola llorar, y afligirse, y pedirle remedio, vino a creer la 
verdad, y, en creyendola, acabö de estar confuso y arre- 
pentido del todo; pero, con todo esto, respondiö a Camila 
que no tuviese pena; que el ordenaria remedio para ata- 15 
jar la insolencia de Leonela. Dijole asimismo lo que, 
instigado de la furiosa rabia de los celos, habia dicho a 
Anselmo, y como estaba concertado de esconderse en la 
recäraara, para ver desde alli a la clara la poca lealtad 
qne ella le guardaba. Pidiöle perdon desta locura, y con- 20 
sejo para poder remedialla y salir bien de tan revaelto 
laberinto como su mal discurso le habia puesto. 

Espantada quedö Camila de oir lo que Lotario le 
decia, y con mucho enojo y mnchas y discretas razones 
le rinö y afeö sn mal pensamiento y la simple y mala 25 
determinaciön que habia tenido; pero, como naturalmente 
tiene la mujer ingenio presto para el bien y para el mal, 
mäs que el varön, puesto que le va faltando cuando de 
propösito se pone a hacer discursos, luego al instante 
hallo Camila el modo de remediar tan, al parecer, inreme- 30 
diable negocio, y dijo a Lotario que procurase que otro 
dia se escondiese Anselmo donde decia, porque ella pen- 
saba sacar de su escondimiento comodidad para que desde 
alli en adelante los dos se gozasen sin sobresalto alguno; 
y, sin declararle del todo su pensamiento, le advirtiö que 35 
tüviese cuidado que en estando Anselmo escondido, el 
viniese cuando Leonela le llamase, y que a cuanto ella 
le dijese le respondiese como respondiera aunque no 
snpiera qne Anselmo le escuchaba. Porfiö Lotario que 



('ai.. 34. • — 90 — 

le acabasii de dcclaiar su inteiiciön, porque c<mi mäs segu- 
ridad y aviso guardase todo lo que viese ser necesario. 

Digo, dijo Camila, qne no hay mäs que gnardar, si 
no fuere respondcrme como yo os pregnntave, no que- 
5 riendo Caniila darle antes cuenta de lo que pensaba hacer, 
temerosa que no quisiese ?eguir el parecer que a ella tan 
bueno le parecia, y siguiese o bnscase otros que no podian 
ser tan buenos. 

Con esto se fue Lotario; y Anselmo, otro dia, con 

10 la excusa de ir a aquella aldea de su amigo, se partio, y 
volviö a esconderse; que lo pudo hacer con comodidad, 
porque de industria se la dieron Camila y Leonela. 

Escondido, pues, Anselmo, con aquel sobresalto que 
se puede imaginär que tendria el que esperaba ver por 

15 sus ojos hacer notomia de las entranas de su honra, viase 
a pique de perder el sumo bien que el pensaba que tenia 
en SU querida Camila. Seguras ya y ciertas Camila y 
Leonela que Anselmo estaba escondido, entraron en la 
recämara; y, apenas hubo puesto los pies en ella Camila, 

20 cuando, dando un grande suspiro, dijo: jAy Leonela 
amiga! ;,no seria mejor que antes que llegase a poner 
cn ejecuciön lo que no quiero que sepas, porque no pro- 
cures estorbarlo, que tomases la daga de Anselmo, que te 
he pedido, y pasases con ella este infame pecho mio? 

25 Pero no hagas tal; que no seni razön que yo lleve la 
pena de la ajena culpa. Primero quiero saber que es lo 
qne vieron en rai los atrevidos y deshonestos ojos de 
Lotario que fuese causa de darle atrevimiento a descu- 
brirme un tan mal deseo como es el que me ha descu- 

30 bierto, en desprecio de su amigo y en deshonra mia. 
Ponte, Leonela, a esa ventana y Ilamale; que, sin duda 
alguna, el debe de estar en la calle, esperando poner en 
efeto SU mala intenciön; pero primero se pondrä la cruel 
cuanto honrada mia. 

35 iAy seiiora mia; respondiö la sagaz y advertida 

Leonela, ^;y que es lo que quieres hacer con esta daga? 



15/16 ABC yuase a pique Brüssel 1607 se via a pique; BM 
viase. 32 A alguna de deve. 



_ 91 — <^'ai). 34. 

^;qiiicres pur Ventura quitarte la vida o quitärsela a 
Lotario? qne cualquiera destas cosas que quieras ha de 
redundar en perdida de tu credito y fama. Mejor es que 
disimnles tu agravio, y no des lugar a que este mal 
hombre entre ahora en esta casa y nos halle solas; 5 
mira, sefiora, que soraos flacas mujeres, y el es hombre, 
y determinado; y como viene con aquel mal propösito, 
ciego y apasionado, quizä antes que tii pongas en ejecu- 
ciön el tuyo, harä el lo que te estaria mäs mal que 
quitarte la vida. Mal haya ml seiior Anselmo, que tanta 10 
mano ha querido dar a este desuellacaras en su casa; y 
ya, sefiora, que le mates, como yo pienso que quieres 
hacer, j,que hemos de hacer del despues de muerto? ;,Qu6, 
amiga? respondiö Camila: dejarömosle para que Anselmo 
le entierre, pues ser:i justo que tenga por descanso el 15 
trabajo que tomare en poner debajo de la tierra su misma 
infamia. Llämale, acaba; que todo el tiempo que tardo 
en tomar la debida venganza de mi agravio, parece que 
üfendo a la lealtad que a mi esposo debo. 

Todo esto escuchaba Anselmo, y a cada palabra que 20 
Camila decia se le mudaban los pensamientos; mas cuando 
entendiö que estaba resuelta en matar a Lotario, quiso 
salir y descubrirse, porque tal cosa no se hicies«e: pero 
detüvole el deseo de ver en que paraba tanta gallardia 
y honesta resoluciön, con propösito de salir a tiempo que 25 
la estorbase. 

Tomöle en esto a Camila un t'uerte desmayo y, arro- 
jändose encima de una cama qne alli estaba, comenzö 
Leonela a Uorar muy amargamente y a decir : jAy, des- 
dichada de mi, si fuese tan sin Ventura, que se me muriese 30 
aqui entre mis brazos la flor de la honestidad del mundo, 
la Corona de las buenas mujeres, el ejemplo de la casti- 
dad! Con otras cosas a estas semejantes, que ninguno la 
cscuchara que no la tuviera por la ma« lastimada y leal 
doncella del mundo, y a su seiiora por otra nueva y 35 
perseguida Penelope. Poco tardö en volver de su des- 



10 11 ABC tanto mal Brüssel 1607, Fitz-Kelly, tanto mano; 
RM tauta mano. 



Cap. 34. — 92 — 

mayo Camila, y al volver en si dijo: c^Por que no vas, 
Leonela, a Uamar al mäs leal amigo de amigo que viö 
el 8ol cubriö la noche? Acaba, corre, aguija, camina, 
no se esfogue con la tardanza el t'uego de la cölera que 
5 tengo, y se pase en amenazas y maldiciones la justa 
venganza que espero. Ya voy a llamarle, sefiora mia, 
dijo Leonela; mas hasrae de dar primero esa daga, por- 
que no hagas cosa, en tanto que falto, que dejes con ella 
que Uorar toda la vida a todos los que bien te quieren. 

lü Ve segura, Leonela amiga, que no hare, i'espondi(3 

Camila, porque ya que sea atrevida y simple, a tu parecer, 
en volver por mi honra, no lo he de ser tanto como 
aquella Lucrecia, de quien dicen que se matö sin haber 
cometido error alguno, y sin haber muerto primero a 

15 quien tuvo la causa de su desgracia; yo raorire, si muero; 
pero ha de ser vengada y satisfecha del que me ha dado 
ocasiön de venir a este lugar a Uorar sus atrevimientos, 
nacidos tan sin culpa mia. 

Mucho se hizo de rogar Leonela antes que saliese a 

20 llamar a Lotario; pero, en fin, saliö, y entre tanto que 
volvia, qued(5 Camila diciendo, como que hablaba consigo 
misma: jVälame Dios! i'iüo fuera mäs acertado haber 
despedido a Lotario, como otras muchas veces lo he hecho, 
que no ponerle en condiciön, como ya le he puesto, que 

25 me tenga por deshonesta y miala, siquiera este tiempo que 
he de tardar en desengaiiarle? Mejor fuera, sin duda; 
pero no quedara yo vengada, ni la honra de mi marido 
satisfecha, si tan a manos lavadas y tan a paso llano se 
volviera a salir de donde sus malos pensamientos le en- 

30 traron. Pague el traidor con la vida lo que intentö con 
tan lascivo deseo: sepa el mundo (si acaso llegare a 
saberlo) de que Camila no solo guardö la lealtad a su 
esposo, sino que le diö venganza del que se atreviö a 
ofendelle. Mas, con todo, creo que fuera mejor dar 

35 cuenta desto a Anselmo; pero ya se la apunte a dar en 
la carta que' le escribi al aldea, y creo que el no acudir 
el al remedio del daiio que alli le seiiale, debiö de ser 



2 C desleal amigo. 4 C uo se desfogue. 



_ 93 — Cap. 34. 

que, de puro bueno y confiado, no quiso ni pudo creer 
que en el pecho de su tan firme amigo pudiese caber 
genero de pensamiento que contra su honra fuese; ni aun 
yo lo crei despues, por muchos dias, ni lo creyera jamäs, 
si SU insolencia no llegara a tanto, que las manifiestas 5 
dädivas y las largas promesas y las continnas lägrimas 
no me lo manifestaran. Mas ^para que hago yo ahora 
estos discursos? ^,Tiene, por Ventura, una resolucion 
gallarda necesidad de consejo alguno? No, por cierto. 
Afuera, pues, traidores; aqui, venganzas: entre el falso, 10 
venga, llegue, muera, y acabe, y suceda lo que sucediere. 
Limpia entre en poder del que el cielo me diö por mio; 
y limpia he de salir del, y, cuando mucho, saldre bafiada 
en mi casta sangre, y en la impura del mäs falso amigo 
que viö la amistad en el mundo. Y diciendo esto, se 15 
paseaba por la sala con la daga desenvainada, dando tan 
desconcertados y desaforados pasos y haciendo tales ade- 
manes, que no parecia sino que le faltaba el juicio, y 
que no era mujer delicada, sino un rufiän desesperado. 

Todo lo miraba Anselmo, cubierto detrjts de unos 20 
tapices donde se habia escondido, y de todo se admiraba, 
y ya le parecia que lo que habia visto y oido era 
bastante satisfacciön para mayores sospechas; y ya quisiera 
que la prueba de venir Lotario faltara, temeroso de algiin 
mal repentino suceso. Y estando ya para manifestarse 25 
y salir, para abrazar y desenganar a su esposa, se detuvo 
porque viö que Leonela volvia con Lotario de la mano; 
y asi como Camila le viö, haciendo con la daga en el 
suelo una gran raya delante della, le dijo: Lotario, ad- 
vierte lo que te digo: si a dicha te atrevieres a pasar 30 
desta raya que ves, ni aun llegar a ella, en el punto que 
viere qne lo intentas, en ese mismo me pasare el pecho 
con esta daga que en las manos tengo. Y antes que a 
esto me respondas palabra, quiero que otras algunas me 
escuches; que despues responderäs lo que mäs te agradare. 35 
Lo primero, quiero, Lotario, que me digas si conoces a 

8 A resulucion. 23/24 BC quisiera la prueva. 24 C 
Lotario, aunque temeroso. 



Cap. 3-t. — 94 — 

Anselmo nii marido, y en que opiniön le tienes; y lo 
segundo, quiero saber tambien si me conoces a mi. Res- 
pöndeme a esto, y no te turbes, ni pienses mucho lo que 
Las de responder, pues no son dificultades las qne te 
5 pregunto. 

No era tan ignorante Lotario, que desde el primer 
punto que Camila le dijo que hiciese esconder a Anselmo, 
no hubiese dado en la cuenta de lo que ella pensaba 
hacer; y asi, correspondio con su intenciön tan discre- 

lü tamente y tan a tiempo, que hicieran los dos pasar aquella 
mentira por mäs que cierta verdad; y asi, respondiö a 
Camila desta uianera: No pense yo, hermosa Camila, que 
me llamabas para preguntarme cosas tan fuera de la 
intenciön con que yo aqui vengo. Si lo haces por dila- 

15 tarme la prometida merced, desde mäs lejos pudieras 
eutretenerla, porque tanto mäs fatiga el bien deseado 
cuanto la esperanza estä mäs cerca de poseello; pero 
porque no digas que no respondo a tus preguutas, digo 
que conozco a tu esposo Anselmo, y nos conocemos los 

20 dos desde nuestros mäs tiernos anos; y no quiero decir 
lo que tu tan bien sabes de nuestra amistad, por [no] me 
hacer testigo del agravio que el amor hace que le haga, 
poderosa disculpa de mayores yerros. A ti te conozco y 
tengo en la misma posesiön que el te tiene; que, a no 

25 ser asi, por menos prendas que las tuyas no Labia yo de 
ir contra lo que debo a ser quien soy y contra las santas 
leyes de la verdadera amistad, ahora por tan poderoso 
enemigo como el amor por mi rompidas y violadas. 

Si eso confiesas, respondiö Camila, enemigo mortal 

30 de todo aqnello que justamente merece ser amado, ,;con 
que rostro osas parecer ante quien sabes que es el espejo 
donde se mira aquel en quien tu te debieras mirar, para 
que vieras con cuän poca ocasiön le agravias? Pero ya 
cayo jay, desdichada de mi! en la cuenta de quien te ha 

35 hecho tener tan poca con lo que a ti mismo debes, que 
debe de haber sido alguna desenvoltura mia, que no quiero 



18/19 AB desao que conozco. 21 22 ABC por me hacer, 
Brüssel 1607 por iin hacerme. 



— 95 — Cai). 34. 

Uamarla deshouestidad, pues no habrä prucedido de delibe- 
rada determinaciön, sino de algi'in descuido de los que las 
miijeres q\ie piensan que no tieneii de quien recatarse 
suelen hacer inadvertidamente. Si no, dime: (:cuando, o 
traidor, respondi a tus ruegos con alguna palabra o sefial 5 
que pudiese despertar en ti alguna sombra de esperanza 
de cumplir tus infames deseos? ^^Cuändo tus amorosas 
palabras no fueron deshechas y reprendidas de las mias 
con rigor y con aspereza? ^Cuändo tus muchas promesas 
y mayores dädivas fueron de mi creidas ni admitidasV 10 
Pero, por parecerme que alguno no puede perseverar en 
el intento amoroso luengo tiempo, si no es sustentado de 
alguna esperanza, quiero atribuirme a mi la culpa de tu 
impertinencia, pues, sin duda, algün descuido mio ha sus- 
tentado tanto tiempo tu cuidado; y asi, quiero castigarme 15 
y darme la pena que tu culpa merece. Y porque vieses 
que siendo conmigo tan inhumana, no era posible dejar 
de serlo contigo, quise traerte a ser testigo del sacrificio 
que pienso bacer a la ofendida honra de mi tan honrado 
marido, agraviado de ti con el mayor cuidado que te ha 20 
sido posible, y de mi tambien con el poco recato que he 
tenido del huir la ocasiön, si alguna te di, para favorecer 
y canonizar tus malas intenciones. Torno a decir que la 
sospeclia que tengo que algün descuido mio engendrö en 
ti tan desvariados pensamientos es la que mäs me fatiga, 25 
y la que yo mäs deseo castigar con mis propias manos, 
porque, castigändome otro verdugo, quizä seria mäs publica 
mi culpa; pero antes que esto haga, quiero matar muriendo, 
y llevar conmigo quien me acabe de satisfacer el deseo 
de la venganza que espero y tengo, viendo allä, donde 30 
quiera que fuere, la pena que de la justicia desinteresada 
y que no se dobla al que en terminos tan desesperados 
me ha puesto. 

Y diciendo estas razones, con una increible fuerza y 
ligereza arremetiö a Lotario con la daga desenvainada, 35 
con tales muestras de querer enclavärsela en el pecho, 
que casi el estnvo en duda si aquellas demostraciones eran 
falsas verdaderas, porque le fue forzoso valerse de su 
industria y de su fuerza para estorbar que Camila no le 



Oap. 34. — 9(i — 

diese. La cual tan vivamente fingia aquel extraiio embuste 
y falsedad, que, por dalle color de verdad, la quiso matizar 
con SU misma sangre; porque, viendo que no podia herir 
a Lotario, o fingiendo que no podia, dijo: Pues la suerte 
5 no qniere satisfacer del todo mi tan justo deseo, a lo 
menos no serä tan poderosa que, en parte, me quite que 
no le satisfaga. Y haciendo fuerza para soltar la mano 
de la daga, que Lotario la tenia asida, la sacö, y guiando 
SU punta por parte que pudiese herir no profundamente, 

10 se la entrö y escondio por mäs arriba de la islilla del 
lado izquierdo, junto al hombro, y luego se dejö caer en 
el suelo, como desmayada. 

Estaban Leonela y Lotario suspensos y atönitos de 
tal suceso, y todavia dudaban de la verdad de aquel 

15 hecho, viendo a Camila tendida en tierra y banada en su 
sangre. Acudiö Lotario con mucha presteza, despavorido 
y sin aliento, a sacar la daga, y en ver la pequefia 
herida, saliö del temor que hasta entonces tenia, y de 
nuevo se admirö de la sagacidad, prudencia y mucha 

20 discreciön de la hermosa Camila; y, por acudir con lo 
que a el le tocaba, comenzö a hacer una larga y triste 
lamentaciön sobre el cuerpo de Camila, como si estnviera 
difunta, ecbsindose muchas maldiciones, no solo a el, sino 
al que habia sido causa de habeile puesto en aquel 

25 t6rmino. Y como sabia que le escuchaba su amigo 
Anselmo, decia cosas que el que le oyera le tuviera 
mucha mäs lästima que a Camila, aunque por muerta la 
juzgara. Leonela la tomö en brazos y la puso en el 
lecho, suplicando a Lotario fuese a buscar quien secre- 

30 tamente a Camila curase; pediale asimismo consejo y 
parecer de lo que dirian a Anselmo de aquella herida 
de su senora, si acaso viniese antes que estuviese sana. 
£l respondiö que dijesen lo que quisiesen; que el no 
estaba para dar consejo que de provecho fuese; solo le 

35 dijo que procurase tomarle la sangre, porque el se iba 
adonde gentes no le viesen. Y con muestras de mucho 

2 ABC fealdad, Madrid 1637 u.ff. falsedad. 3 ABC 
podia auer, Brüssel 1607 herir. 



— 97 — Cap. 34. 

dolor y sentimiento, se saliö de casa; y cuando se viö 
solo y ea parte donde nadie le veia, uo cesaba de hacerse 
eruces, raaravilländose de la industria de Camila y de los 
ademanes tan propios de Leone] a. Consideraba cuän 
enterado habia de quedar Anselmo de que tenia por mujer 5 
a una seg-unda Porcia, y deseaba verse con el para celebrar 
los dos la mentira y la verdad mäs disimnlada que jamäs 
pudiera imaginarse. 

Leonela tomö, como se ha dicho, la sangre a su sefiora, 
que no eva mäs de aquello que bastö para acreditar su 10 
embuste, y lavando con un poco de vino la herida, se la 
ato lo mejor que supo, diciendo tales razones en tanto 
que la curaba, que aunque no bubieran precedido otras, 
bastaran a hacer creer a Anselmo que tenia en Camila \\n 
simulacro de la honestidad. Juntäronse a las palabras de 15 
Leonela otras de Camila, llanuindose cobarde y de poco 
änimo, pues le habia faltado al tiempo que fuera mäs 
necesario tenerle, para quitarse la vida, que tan aborrecida 
tenia. Pedia consejo a su doncella si diria, o no, todo 
aquel suceso a su querido esposo; la cual le dijo que no 20 
se lo dijese, porque le pondria en obligaciön de vengarse 
de Lotario, lo cual no podria ser sin mucho riesgo suyo, 
y que la buena mujer estaba obligada a no dar ocasiöu 
a su marido a que rinese, sino a quitalle todas aquellas 
que le fuese posible. Respondiö Camila que le parecia 25 
muy bien su parecer, y que ella le seguiria; pero que 
en todo caso convenia buscar que decir a Anselmo de la 
causa de aquella herida, que el no podria dejar de ver; 
a lo que Leonela respondia que ella, ni aun burlando, no 
sabia mentir. Pues yo, hermana, replicö Camila, ^que 30 
tengo de saber, que no me atrevere a forjar ni sustentar 
una mentira, si me fuese en ello la vida? Y si es que 
no hemos de saber dar salida a esto, mejor serä decirle 
la verdad desnuda, que no que nos alcance en meutirosa 
enenta. 35 

No tengas pena, sefiora: de aqui a manana, respondiö 
Leonela, yo pensare que le digamos, y quizä que por ser 

19 A si daria. 22 AB sin mucho ruego suyo. 

Romanisphe Bibl. Nr. 24. Don Quijote. 7 



Cai). 84. _ 98 _ 

la bevida donde es, la podräs encubrir sin (jiie el la vea, 
y el cielo sera servido de favorecer a nuestros tan justos 
y tan honrados pensamientos. Sosiegate, seiiora mia, y 
procura sosegar tu alteraci()n, porque mi sefior no te halle 
5 sobresaltada; y lo demäs dt'jalo a mi cargo. y al de Dios, 
que siempre acude a los buenos deseos. 

Atentisimo habia estado Anselmo a escuchar y a ver 
representar la tragedia de la muerte de sn honra; la cual 
con tan extrafios y eficaces afectos la representaron los 

10 personajes della, que pareciö que se habian transformado 
en la misma verdad de lo que fingian. Deseaba mucho 
la noche, y el teuer lugar para salir de su casa, y ir a 
verse con su buen amigo Lotario, congratuländose con el 
de la margarita preciosa que habia hallado en el desen- 

15 gaiio de la bondad de su esposa. Tuvieron cuidado las 
dos de darle lugar y comodidad a que saliese, y el, sin 
perdella, saliö, y Inego fue a buscar a Lotario: el cnal 
hallado, no se puede buenamente contar los abrazos que 
le diö, las cosas que de su coutento le dijo, las alabanzas 

20 que diö a Camila. Todo lo cual escuchö Lotario sin poder 
dar muestras de alguna alegria, porque se le representaba 
a la memoria cuän engaüado estaba su amigo, y cuän 
injustamente el le agraviaba; y aunque Anselmo veia que 
Lotario no se alegraba, creia ser la causa por haber 

25 dejado a Camila herida y haber el sido la causa; y asi, 
entre otras razones, le dijo que no tuviese pena del suceso 
de Camila, porque, sin duda, la herida era ligera, pues 
quedaban de concierto de encubrirsela a el; y que, segün 
esto, no habia de que temer, sino que de alli adelante se 

30 gozase y alegrase con el, pues por su industria y medio 
el se veia levantado a la mäs alta felicidad que acertara 
desearse, y queria que no fuesen otros sus entretenimientos 
que el hacer versos en alabanza de Camila, que la 
hiciesen eterna en la memoria de los siglos venideros. 

35 Lotario alabö su buena determinaciön y dijo qne el, por 
su parte, ayudaria a levantar tan ilustre edificio. 

1 AB la podra; C se podra. 9/10 A los presonajes. 24 B 
creia ya ser; C creia ya ser. 33 ABC en hacer. 



— 99 — Cap. 85. 

Con esto quedö Anselmo el hombre mäs sabrosamente 
engafiado que pudo haber en el mundo: el mismo llevaba 
por la mano a su casa, creyendo que llevaba el instru- 
mento de su gloria, toda la perdiciön de su fama. Rece- 
biale Camila con rostro, al parecer, torcido, aunque con 
alma risuena. Dnrö este engailo algunos dias, hasta que 
al cabo de pocos meses volviö Fortuna su rueda, y saliö 
a plaza la maldad con tanto artificio hasta alli cubierta, 
y a Anselmo le costö la vida so impertinente curiosidad. 



CAPITULO XXXV. 

Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote 

tnvo con unos eueres de vino tinto, y se da tin a la uovela del 

Curioso impertinente. 

Poco mäs quedaba por leer de la novela, cuando del 10 
camaranchön donde reposaba don Quijote saliö Sancho 
Panza todo alborotado, diciendo a voces: Acudid, senores, 
presto, y socorred a mi seiior, que anda envuelto en la 
mäs renida y trabada batalla que mis ojos han visto. 
jVive Dios, que ha dado una cuchillada al gigante ene- 15 
migo de la seüora princesa Micomicona, que le ha tajado 
la cabeza cercen a cercen, como si fuera un nabo! ^Que 
dices, hermano? dijo el cura, dejando de leer lo que de 
la novela quedaba. ^Estäis en vos, Sancho? ^Cömo 
diablos puede ser eso que decis, estando el gigante dos 20 
mil leguas de aqui? 

En esto oyeron un gran ruido en el aposento, y que 
don Quijote decia a voces: jTente, ladrön, malandrin, 
foUön; que aqui te tengo, y no te ha de valer tu cimi- 
tarra! Y parecia que daba grandes cuchilladas por las 25 
paredes. Y dijo Sancho: No tienen que pararse a es- 
cuchar, sino entren a despartir la pelea o ayudar a mi 
amo, aunque ya no serä menester, porque, sin duda alguna, 
el gigante estä ya muerto, y dando cnenta a Dios de su 

3 AB Ueva Fitz-Kelly llevo. Zur Überschrift : ABC Donde 
se da fin a la ^■ovela del Curioso impertinente. Unsere Über- 
schrift steht fälschlich bei Kapitel XXXVI. 11 ^J5 caramanchon. 
20 C que dezis. 

7* 



Oap. 35. — 100 — 

pasada y mala vida; qne y» \i correr la sangre por el 
suelo, y la cabeza cortada y caida a un lado, que es 
tamana como un gran cnero de vino. Que me maten, 
dijo a esta sazön el ventero, si don Quijote o don diablo 
5 no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de 
vino tinto que a su cabecera estaban llenos, y el vino 
derramado debe de ser lo que le pavece sangre a este 
buen hombre. 

Y con csto, entrö en el aposeuto, y todos tras el, y 

10 ballaron a don Quijote en el mäs extrano traje del mundo. 
Estaba en camisa, la cual no era tan cumplida, que por 
delante le acabase de cnbrir los muslos, y por detnis 
tenia seis dedos menos; las piernas eran muy largas y 
flacas, lleuas de vello y no nada limpias; tenia en la 

lö cabeza un bonetillo Colorado grasiento. que era del ventero; 
en el brazo izquierdo tenia levnelta la manta de la cama, 
con qnien tenia ojeriza Sancho, y öl se sabia bien el por 
qne; y en la derecba, desenvainada la espada, con la cual 
daba cuchillada? a todas partes, diciendo palabras como 

20 si verdaderaraente estuviera peleando con algiin gigante. 
Y es lo bueno que no tenia los ojos abiertos. porque 
estaba dnrmiendo y sonando que estaba en batalla con 
el gigante: que fue tan intensa la imaginacion de la 
aventura que iba a fenecer, que le hizo soiiar que ya 

2ö habia llegado al reino de Micomicön, y que ya estaba en 
la pelea con su enemigo: y habia dado tantas cuchilladas 
en los cueros, creyendo que las daba en el gigante, que 
todo el aposento estaba Ueno de vino. Lo cual visto por 
el ventero, tomö tanto enojo. que arremetiö con don Qui- 

30 jote, y a puiio cerrado le comenzö a dar tantos golpe?, 
que si Cardenio y el cura no se le quitaran, el acabara 
la guerra del gigante: y, con todo aquello, no despertaba 
el pobre Caballero, hasta que el barbero trujo un gran 
caldero de agua fria del pozo, y se le echö por todo el 

35 cuerpo de golpe. con lo cual despertö don Quijote; mas 
no con tanto acuerdo, que echase de ver de la manera 
que estaba. Dorotea, qne viö cuan corta y sotilmente 
estaba vestido, no quiso entrar a ver la batalla de su 
avudador v de su contrario. 



_ IUI — Oap. 35. 

Andaba Sancho buscando la cabeza del gigante por 
todo el suelo, y como no la hallaba, dijo: Ya yo se que 
todo lo desta casa es encantamento; que la otra vez, en 
este mesmo luorar donde ahora rae hallo, me dieron 
muchos raojicones y porrazos, sin saber qnien me los daba, 5 
y nunca pude ver a uadie; y ahora uo parece por aqui 
esta cabeza que vi cortar por mis raismisiraos ojos, y la 
sangre corn'a de! cuerpo como de una fuente. r;Que 
sangre ni que fuente dices, enemigo de Dios y de sus 
santos? dijo el ventero. f,No ves, ladrön, que la sangre 10 
y la fuente no es otra cosa que estos cueros que aqui 
estän horadados y el vino tinto que nada en este aposento, 
que nadando vea yo el alma, en los infiernos, de quien 
los horadö? No se nada, respondiö Sancho, solo se que 
vendre a ser tan desdichado, que, por no hallar esta 15 
cabeza, se me ha de deshacer mi condado como la sal 
en el agua. 

Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo: 
tal le tenian las promesas que su amo le habia hecho. 
El ventero se desesperaba de ver la flema del escudero 20 
y el maleficio del seiior, y juraba que no habia de ser 
como la vez pasada, que se le fueron sin pagar, y que 
ahora no le habian de valer los privilegios de su caballeria 
para dejar de pagar lo uno y lo otro, aun hasta lo que 
pudiesen costar las botanas que se habian de echar a los 25 
rotos cueros. 

Tenia el cura de las manos a don Quijote, el cual, 
creyendo que ya habia acabado la a Ventura, y que se 
hallaba delante de la princesa Micomicona , se hincö de 
rodillas delante del cura, diciendo: Bien puede la vuestra 30 
grandeza, alta y famosa seiiora, vivir, de hoy mäs, 
segura que le pueda hacer mal esta mal nacida criatura; 
y yo tambien, de hoy mäs, soy quito de la palabra que 
OS di, pues con el ayuda del alto Dios y con el favor 
de aquella por quien yo vivo y respiro, tan bien la he 35 
cumplido. ^;No lo dije yo? dijo oyendo esto Sancho. Si 

7 BC por mis mismos ojos. 28 A previlegio.s. 31 C alta, 
y fermosa. 32 C sin que. 34 ß la ayuda. 



Cap. 35. — 102 — 

que no estaba yo borracLo; mirad si tiene pucäto ya t-n 
sal mi amo al gigante; ciertos son los toros, mi condado 
estä de molde. 

^Qnien no habia de reir con los dispavates de los 
5 dos, amo y mozo? Todos reian sino el ventero, que se 
daba a Satanäs; pero, en fin, tanto hicieron el barbero, 
Cardenio y el cura, que, con no poco trabajo, dieron con 
don Quijote en la cama, el cxial se quedö dormido, con 
muestras de grundisimo cansancio. Dejäronle dovniir, y 

10 salieronse al portal de la venta a consolar a Sanclio 
Panza de no haber hallado la cabeza del gigante; aun- 
que mäs tnvieron que hacer en aplacar al ventero, que 
estaba desesperado por la repentina muerte de sus cueros, 
y la ventera decia en voz y en grito: En mal punto y 

15 en Lora menguada entrö en mi casa este caballero andante, 
que nunca mis ojos le hubieran visto, que tan caro me 
cuesta. La vez pasada se fue con el costo de una noche, 
de cena. cama, paja y cebada, para el y para su escudero, 
y un rocin y un jumento, diciendo que era caballero 

20 aventurero, que mala Ventura le de Dies, a el y a cuantos 
aventureros hay en el mundo, y que por esto no estaba 
obligado a pagar nada, que asi estaba escrito en los 
aranceles de la caballen'a andantesca; y ahora, por su 
respeto, vino estotro sefior y me llevö mi cola, y hämela 

25 vuelto con mäs de dos cuartillos de daiio, toda pelada, 
que no puede servir para lo que la quiere mi marido; y 
por fin y remate de todo, romperme mis cueros y derra- 
marme mi vino, que derramada le vea yo su sangre. 
Pues no se piense; que por los huesos de mi padre y 

30 por el siglo de mi raadre, si no me lo han de pagar un 
cnarto sobre otro, o no me Ilamaria yo como me Hämo, 
ni seria hija de quien soy. 

Estas y otras razones tales decia la ventera con 
grande enojo, y ayudäbala su buena criada Maritornes. 

35 La hija callaba, y de cuando en cuando se sonreia. El 
cura lo sosegö todo. prometiendo de satisfacerles su 
perdida lo major que pudiese, asi de los cueros como del 



17 C cou el coste. 20 BC mala aventura. 



_ 103 — Oap. 35. 

vinü, y prineipalmente del menoscabo de la cola, de quien 
tanta cuenta hacian. Dorotea consolö a Sancho Panza, 
diciendole que cada y cuando que pareciese haber sido 
verdad que su amo hubiese descabezado al gigante, le 
prometia, en viendose pacifica en su reino, de daiie el 5 
mejor condado que en el hubiese. Consolöse con esto 
Sancho, y asegurö a la princesa que tuviese por cierto 
que el habia visto la cabeza del gigante, y que, por mäs 
seiias, tenia una barba que le llegaba a la cintura; y que 
si no parecia, era porque todo cuanto en aquella casa 10 
pasaba era por via de encantamento, corao el lo habia 
probado otra vez que habia posado en ella. Dorotea dijo 
que asi lo creia y que no tuviese pena; que todo sc 
haria bien y sucederia a pedir de boca. Sosegados todos, 
el cura quiso acabar de leer la novela, porque viö que 15 
faltaba poco. Cardenio, Dorotea y todos los demäs le 
rogaron la acabase; el, que a todos quiso dar gusto, y 
por el que el tenia de leerla, prosiguiö el cuento, que 
asi decia: 

Sucediö, pues, que, por la satisfacciön que Anselmo 20 
tenia de la bondad de Camila, vivia una vida contenta y 
descuidada, y Camila, de industria, hacia mal rostro a 
Lotario, porque Anselmo entendiese al reves de la voluntad 
que le tenia; y para mäs confirmaciön de su hecho, pidiö 
licencia Lotario para no venir a su casa, pues claramente 25 
se mostraba la pesadnmbre que con su vista Camila 
recebia; mas el enganado Anselmo le dijo que en ninguna 
manera tal hiciese; y desta manera, por mil maneras era 
Anselmo el fabricador de su deshonra, creyendo que lo 
era de su gusto. En esto, el que tenia Leonela de verse 30 
calificada en sus amores llego a tanto que, sin mirar a 
otra cosa, se iba tras el a suelta rienda, fiada en que su 
senora la encubria, y aun la adverlia del modo que con 
poco recelo pudiese ponerle en ejecuciön. En fin, una 
noche sintiö Anselmo pasos en el aposento de Leonela, 35 
y queriendo entrar a ver quien los daba, sintiö que le 



30 C el gozo que tenia. 31 AB no de con sus amores. 
C no en sus amores. 



Oai». 35. — 104 — 

detenian la puerta, cosa que le pu80 mäs voluntad de 
abrirla; y tanta fuerza hizo, que la abriö, y entrö dentro 
a tieinpo que viö que un hombre saltaba por la ventana 
a la calle; y acudiendo con presteza a alcanzarle o cono- 
5 cerle, no pudo conseguir lo uno ni lo otro, porque Leouela 
se abrazö con el, dicieadole: Sosiegate, seiior mio, y no 
te alborotes, ni sigas al que de aqui saltö; es cosa mia, 
y tanto, que es mi esposo. No lo quiso creer Anselmo; 
antes, ciego de enojo, sacö la daga y quiso herir a 

10 Leonela, diciendole que le dijese la verdad; si no, que 
la mataria. Ella, con el miedo, sin saber lo que se de- 
cia, le dijo: No me mates, senor; que yo te dire cosas 
de mäs importancia de las que puedes imaginär. Dilas 
luego, dijo Anselmo, si no, muerta eres. Por ahora serä 

15 imposible, dijo Leonela, segün estoy de turbada; dejame 
hasta raanana, que entonces sabräs de mi lo que te ha 
de admirar; y estä seguro que el que saltö por esta 
ventana es un mancebo desta ciudad, que me ha dado la 
mano de ser mi esposo. 

20 Sosegöse con esto Anselmo y quiso aguardar el ter- 

raino que se le pedia, porque no pensaba oir cosa que 
contra Camila fuese, por estar de su bondad tan satisfecho 
y seguro ; y asi, se saliö del aposento, y dejö encerrada 
en el a Leonela, diciendole que de alli no saldria hasta 

'25 que le dijese lo que tenia que decirle. 

Fue luego a ver a Camila y a decirle, como le dijo, 
todo aquello que con su doncella le habia pasado, y la 
palabra que le habia dado de decirle grandes cosas y de 
importancia. Si se turbö Camila o no, no hay para que 

80 decirlo; porque fae tanto el temor que cobrö, creyendo 
verdaderamente (y era de creer) que Leonela habia de 
decir a Anselmo todo lo que sabia de su poca fe, que no 
tuvo änimo para esperar si su sospecha salla falsa o no; 
y aquella mesma noche, cuando le pareciö que Anselmo 

35 dormia, juntö las mejores joyas que tenia y algunos dineros, 
y sin ser de nadie sentida saliö de casa, y se fue a la 
üe Lotario, a quien conto lo que pasaba, y le pidiö que 



11 jB la materia. 



_ 105 — ^'ap- 35. 

Ja pusiese en cobro, o que se ausentaben los dos donde de 
Anselmo pudiesen estar seguros. La confnsiön en que 
Camila puso a Lotario fue tal que no le sabia responder 
palabra, ni menos sabia resolverse en lo que haria. En 
fin, acordö de llevar a Camila a un monasterio, en quien 5 
era priora una su hermana. Consintiö Camila en ello, y 
con la presteza que el caso pedia, la llevö Lotario y la 
dejö en el monasterio, y el ansimesmo se ausentö luego 
de la ciudad, sin dar parte a nadie de su ausencia. 

Cuando amaneciö, sin echar de ver Anselmo que 10 
Camila faltaba de su lado, con el deseo que tenia de 
saber lo que Leonela queria decirle, se levantö y fue 
adonde la habia dejado encerrada. Abriö y entrö en el 
aposento, pero no hallo en el a Leonela; solo hallo 
puestas unas säbanas anudadas a la ventana, indicio y 15 
seiial que por alli se habia descolgado e ido. Volviö 
luego muy triste a decirselo a Camila y, no halländola 
en la cama ni en toda la casa, quedd asombrado. Pre- 
guntö a los criados de casa por ella; pero nadie le supo 
dar razön de lo que pedia. Acertö acaso, andando a bus- 20 
car a Camila, que viö sus cofres abiertos y que dellos 
faltaban las mäs de sus joyas, y con esto acabö de caer 
en la cuenta de su desgracia, y en que no era Leonela 
la causa de su desventura; y ansi como estaba, sin aca- 
barse de vestir, triste y pensativo, fue a dar cuenta de 25 
su desdicha a su amigo Lotario; mas cuando no le hallo, 
y sus criados le dijeron que aquella noche habia faltado 
de casa, y habia llevado consigo todos los dineros que 
tenia, pensö perder el juicio; y para acabar de concluir 
con todo, volviendose a su casa, no hallo en ella ninguno 30 
de cuantos criados ni criadas tenia, sino la casa desierta 
y sola. 

No sabia que pensar, que decir, ni que hacer, y poco 
a poco se le iba volviendo el juicio. Contempläbase y 
miräbase en un instante sin mujer, sin amigo y sin criados, 35 
desamparado, a su parecer, del cielo que le cnbria, y 
sobre todo sin honra, porque en la falta de Camila viö 



5 AB monesterio. 8 AB monesterio. 



Cap. 35. — 106 — 

SU perdicion. Resolviöse, ea tin, a cabo de una gran 
pieza, de irse a la aldea de su amigo, donde habia estado 
cuando diu lugar a que se maquinase toda aquella des- 
ventura. Cerrö las puertas de su casa, subiö a caballo, 
5 y con desmayado aliento se puso en Camino; y apenas 
hnbo andado la mitad, cuando, acosado de sus pensamientos, 
le fue forzoso apearse y arrendar su caballo a un ärbol, 
a cuyo tronco se dejö caer, dando tiernos y dolorosos 
suspiros: y alli se estuvo hasta casi que anochecia; y a 

10 aquella liora vio que venia un hombre a caballo de la 
ciudad, y despues de haberle salndado, le preguntö que 
nuevas habia en Florencia. El ciudadano respoudiö: Las 
mäs extrafias que muchos dias ha se han oido en ella, 
porque se dice püblicamente que Lotario, aquel grande 

15 amigo de Anselmo el rico, que vivia a San Juan, se llevö 
esta noche a Camila, mujer de Anselmo, el cual tampoco 
parece. Todo esto ha dicho una criada de Camila, que 
anoche la hallo el gobernador descolgändose con una 
ssibana por las ventanas de la casa de Anselmo. En 

20 efeto, no se puntualmente cömo paso el negocio; solo se 
que toda la ciudad estä admirada deste suceso, porque 
no se podia esperar tal hecho de la mucba y familiär 
amistad de los dos, que dicen que era tanta que los 
llamaban los dos amigos. ;.Säbese, por Ventura, dijo An- 

25 selmo, el Camino que llevan Lotario y Camila V Ni por 
pienso, dijo el ciudadano, puesto que el gobernador ha 
usado de mucha diligencia en buscarlos. A Dios vais, 
sefior, dijo Anselmo. Con el quedeis, respondiö el ciuda- 
dano, y fuese. 

30 Con tan dcsdichadas nuevas casi casi llegö a terminos 

Anselmo, no solo de perder el juicio, sino de acabar la 
vida. Levantöse como pudo, y llegö a casa de su amigo, 
que aün no sabia su desgracia; mas como le viö llegar 
amarillo, consumido y seco, entendiö que de algün grave 

35 mal venia fatigado. Pidiö luego Anselmo que le acostasen, 
y que le diesen aderezo de escribir. Hizose asi, y dejä- 
ronle acostado y solo, porque el asi lo quiso, y aun que 
le cerrasen la puerta. Viendose, pues, solo, comenzö a 
cargar tanto la imaginaciön de su desventura, que clara- 



_ 107 — (-'ap. 35. 

mente couociö, que se le iba acabando la vida; y asi 
ordenö de dejar noticia de la causa de su extraiia muerte; 
y comenzando a escribir, antes que acabase de poner todo 
lo que queria, le faltö el aliento y dejö la vida en las 
inanos del dolor que le causö su curiosidad impertinente. 5 
Viendo el sefior de casa que era ya tarde y que Anselmo 
no llamaba, acordö de entrar a saber si pasaba adelante 
SU indisposicion, y hallöle tendido boea abajo, la mitad 
del cuerpo en la cama y la otra mitad sobre el bufete, 
sobre el cual estaba, con el papel escrito y abierto, y el 10 
tenia aün la pluma en la mano. Liegöse el huesped a 
el, habiendole llamado primero: y, trabändole per la 
mano, viendo que no le respondia, y halländole frio, viö 
que estaba muerto. Admiröse y congojöse en gran manera, 
y llamö a la gente de casa para que viesen la desgracia 15 
a Anselmo sucedida, y, finalmente, leyö el papel, que 
conociö que de su mesraa mano estaba escrito, el cual 
contenia estas razones: 

«Un neciü e impertinente deseo me qnitö la vida. 
»Si las nuevas de mi muerte llegaren a los oidos de 20 
»Camila, sepa que yo la perdono, porque no estaba ella 
»obligada a hacer milagros, ni yo tenia necesidad de 
»querer que ella los hiciese; y pues yo fui el fabricador 
»de mi deshonra, no hay para qne . . . > 

Hasta aquf escribiö Anselmo, por donde se echö de 25 
ver que en aquel punto. sin poder acabar la razön, se le 
acabö la vida. Otro dia diö aviso su amigo a los parientes 
de Anselmo de sn muerte, los cuales ya sabian su des- 
gracia, y el monasterio donde Camila estaba, casi en el 
termino de acompaiiar a su esposo en aquel forzoso viaje, 30 
no por las nuevas del muerto esposo, mas por las qne 
supo del ausente amigo. Dicese que, aunque se viö vinda, 
no quiso salir del monesterio, ni menos hacer profesiön 
de monja, hasta que, no de alli a muchos dias, le vinieron 
nnevas que Lotario habia muerto en una batalla que en 35 



1 C conocifj por las premisas mortales qne en si sentia que 
se le iba. 



Cai». 36. — 108 — 

aquel tiempo diti Monsixir de Lautrec al Gran Capitän 
Gouzalo Fcrnändez de Cordoba en el reino de Napoles, 
donde habia ido a parar el tavde arrepentido amigo; lo 
cual sabido por Camila, liizo profesiön, y acabö en breves 
5 dias la vida, a las rigurosas manos de tristezas y melan- 
colias. Este tue el fin qiie tuvieron todos, nacido de un 
tan desatinado principio. 

Bien, dijo el cura, me parece esta novcla; pero no 
me pnedo persnadir que esto sea verdad; y si es fingido, 

10 fingiö mal el antor, porque no se puede imaginär que 
haya marido tan necio que quiera hacer tan costosa ex- 
periencia como Anselmo. Si este caso se pusiera entre un 
galän y una daraa, pudierase llevar; pero entre marido 
y mujer, algo tiene del imposible; y en lo que toca al 

15 modo de contarle, no me descontenta. 



UAPITULO XXXVI. 

Que tiata de otros rares sucesos que eu la veuta sucedierou. 

Estando en esto, el ventero, que estaba a la puerta 
de la venta, dijo: Esta que viene es una hermosa tropa 
de hnespedes: si ellos paran aqui, gaudeamus tenemos. 
;Quc gente esV dijo Cardenio. Cuatro honobres, respondiö 

20 el ventero, vienen a caballo, a la jineta, con lanzas y 
adargas, y todos con antifaces negros; y junto con ellos 
viene una mujer vestida de blanco, en un sillön, ansimesmo 
cubierto el rostro, y otros dos mozos de a pie. ^; Vienen 
muy cerca? preguntd el cura. Tan cerca, respondiö el 

25 ventero, que ya llegan. 

Oyendo esto Dorotea, se cubriö el rostro, y Cardenio 
se entrö en el aposento de don Quijote; y casi no habian 
tenido lugar para esto, cuando entraron en la venta todos 
los que el ventero habia dicho; y apeändose los cuatro 

14 C de imposible. Überschrift: Konfusion mit der 

von Kap. XXXV. Sie lautet: Que trata de la brava y des- 
comunal batalla que D. Quijote tuvo con unos cueros de vino 
tinto con otros raros sucesos que en la venta sucedieron. 



_ 109 — Cap. 36. 

de a caballö, que de muy gentil talle y disposiciön eiau, 
fueron a apear a la mujer que en el sillöa venia; y, 
tomändola imo dellos en sns bvazos, la sentö en nna 
silla que eetaba a la entrada del aposento donde Cardenio 
se habia eseondido. En todo este tiempo, ni ella ni ellos 5 
se habian quitado los antifaces, ni hablado palabra alguna; 
solo qne al sentarse la mujer en la silla, diö un profundo 
suspiro, y dejö caer los brazos, como persona enferma y 
desmayada. Los mozos de a pie llevaron los caballos a 
la caballeriza. 10 

Viendo esto el cura, deseoso de saber que gente era 
aqnella que con tal traje y tal silencio estaba, se fue 
donde estaban los mozos, y a uno dellos le preguntö lo 
que ya deseaba; el cual le respondiö: Pardiez, seüor, yo 
no sabre deciros que gente sea esta, solo se que muestra 15 
ser muy principal, especialmente aquel que llegö a tomar 
en sus brazos a aquella seiiora que habeis visto; y esto 
digolo porque todos los demjis le tienen respeto, y no se 
hace otra cosa m-As de la que el ordena y manda. ,;Y 
la seöora quien es? preguntd el cura. Tampoco sabre 20 
decir eso, respondiö el mozo, porque en todo el camino 
no la he visto el rostro; suspirar si la he oido muchas 
veces, y dar unos gemidos, que parece que con cada uno 
dellos quiere dar el alma. Y no es de maravillar que 
no sepamos mäs de lo que habemos dicho, porque mi 25 
compafiero y yo no ha mäs de dos dias que los acom- 
paüamos; porque, habiendolos encontrado en el camino, 
nos rogaron y persuadieron que viniesemos con ellos hasta 
el Andalucia, ofreciendose a pagärnoslo muy bien. ,^Y 
habeis oido nombrar a alguno dellos? preguntö el cura, 30 
No, por cierto, respondiö el mozo, porque todos caminan 
con tauto silencio, que es maravilla; porque no se oye 
entre ellos otra cosa que los suspiros y sollozos de la 
pobre sefiora, que nos mueven a lästima; y sin duda 
tenemos creido que ella va forzada donde quiera que va; 35 
y, segün se puede colegir por su habito, ella es monja, 
va a serlo, que es lo mäs cierto; y quizä porque no 

25 ABC de la que. 



C&\). 36. —Ho- 

le debe de nacer de voluntad el monjio, va triste, como 
parece. Todo podria ser, dijo el cura. 

Y dejandolos, se volvio adonde estaba Dorotea; la 
caal, como habia oido suspirar a la embozada, movida de 
ö natural compasiön, se llegö a ella y le dijo: ^Que mal 
sentis, senora mia? Mirad si es alguno de quien las mu- 
jeres suelen tener uso y experiencia de curarle; que de 
mi parte os ofrezco una buena voluntad de serviros. 

A todo esto callaba la lastimada senora; y aunque 

10 Dorotea tornd con mayores ofrecimientos, todavia se es- 
taba en SU silencio, hasta que llegö el caballero embozado, 
(que dijo el mozo que los demäs obedecian), y dijo a 
Dorotea: No os canseis, seiiora, en ofrecer nada a esa 
mujer, porque tiene por costumbre de no agradecer cosa 

15 que por ella se hace, ni procureis que os responda, si no 
quereis oir alguna mentira de su boca. Jamäs la dije, 
dijo a esta sazön la que hasta alli habia estado callando; 
antes por ser tan verdadera y tan sin trazas mentirosas 
me veo ahora en tanta des Ventura; y desto vos mesmo 

20 quiero que seäis el testigo, pues mi pnra verdad os hace 
a vos ser falso y mentiroso. 

Oyö estas razones Cardenio bien clara y distintamente, 
como quien estaba tan junto de quien las decia, que sola 
la puerta del aposento de don Quijote estaba en medio; 

25 y asi como las oyö, dando una gran voz dijo: iVälgame 
Dios! f,Que es esto que oigo? (iQue voz es esta que 
ha llegado a mis oidos? Volvio la cabeza a estos gritos 
aquella senora, toda sobresaltada, y no viendo quien los 
daba, se levantö en pie y fuese a entrar en el aposento; 

30 lo cual visto por el caballero, la detuvo, sin dejarla 
mover un paso. A ella, con la turbaciön y desasosiego, 
se le cayö el tafetän con que traia cubierto el rostro, y 
descubriö una hermosura incomparable y un rostro mila- 
groso, aunque descolorido y asombrado, porque con los 

35 ojos andaba rodeando todos los lugares donde alcanzaba 
con la vista, con tanto ahinco, que parecia persona fuera 
de juicio; cuyas seiiales, sin saber por qud las hacia, 

28/29 ABC las daba. 



111 — Cap. 36. 

pusieron gran lastima en Dorotea y en cuantos la miraban. 
Teniala el caballero fuertemente asicla por las espaldas, 
y por estar tan ocupado en tenerla, no pndo acudir a 
alzarse el embozo, que se le caia, como, en efeto, se le 
cayö del todo; y alzando los ojos Dorotea, que abrazada 5 
con la senora estaba, viö que el que abrazada ansimesmo 
la tenia era su esposo don Fernando; y apenas le hnbo 
conocido, cuando, arrojando de lo intimo de sus entrafias 
un luengo y tristisimo \a^/\ se dejö caer de espaldas des- 
mayada; y a no hallarse alli junto el barbero, que la 10 
recogio en los brazos, ella diera consigo en el suelo. 
Acudiö luego el cura a quitarle el embozo, para echarle 
agua en el rostro, y asi como la descubriö, la conociö 
don Fernando, que era el que estaba abrazado con la 
otra, y quedö como muerto en verla; pero no porque 15 
dejase, con todo esto, de teuer a Luscinda, que era la 
que procuraba soltarse de sus brazos; la cual habia 
conocido en el suspiro a Cardenio, y el la habia conocido 
a ella. Oyö asimesmo Cardenio el \ai/l que diö Dorotea 
cuando se cayö desmayada, y, creyendo que era su Lus- 20 
cinda, saliö del aposento despavorido, y lo primero que 
viö fue a don Fernando, que tenia abrazada a Luscinda. 
Tambien don Fernando conociö luego a Cardenio; y todos 
tres, Luscinda, Cardenio, y Dorotea, quedaron mudos y 
suspensos, casi sin saber lo que les habia acontecido. 25 

Callaban todos y miräbanse todos, Dorotea a don 
Fernando, don Fernando a Cardenio, Cardenio a Luscinda, 
y Luscinda a Cardenio. Mas quien primero rompiö el 
'silencio fue Luscinda, hablando a don Fernando desta 
manera: Dejadme, seiior don Fernando, por lo que debeis 30 
a ser quien sois, ya que por otro respeto no lo liagais ; 
dejadme llegar al muro de quien yo soy yedra; al arrimo 
de quien no me hau podido apartar vuestras importu- 
naciones, vuestras amenazas, vuestras promesas ni vuestras 
dädivas. Notad cömo el cielo, por desusados y a nosotros 35 
encubiertos caminos, me ha puesto a mi verdadero esposo 
delante; y bien sabeis por mil costosas experiencias que 
sola la muerte fuera bastante para borrarle de mi me- 
moria. Scan, pues, parte tan claros desengaiios para que 



Cap. 86. — 112 — 

volväis (ya qiie no podäis hacer otra cosa) el amor ea 
rabia, la vohmtad en despecho. y acabadme con el la 
vida; que como yo la rinda delante de mi buen esposo, 
la dare por bien empleada: quizä con mi mueite quedani 
5 satisfecho de la fe que le mantuve hasta el ultimo trance 
de la vida. 

Habia en este entretanto vuelto Dorotea en si, y 
habia estado escuchando todas las razones que Luscinda 
dijo, por las cuales vino en conocimiento de quien ella 

10 era; y viendo que don Fernando aün no la dejaba de 
sus brazos, ni respondia a sus razones, esforzändose lo 
mäs que pudo, se levantö y se fue a hincar de rodillas 
a sus pies, y derramando mucha cantidad de hermosas y 
lastimeras lagrimas, asi le comenzö a decir: Si ya no es, 

\'^ senor mio, que los rayos deste sol que en tus brazos 
eclipsado tienes te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya 
habrjis echado de ver que la que a tus pies estä arro- 
dillada es la sin Ventura hasta que tu quieras , y la des- 
dichada Dorotea. Yo soy aquella labradora humilde a 

20 quien tii, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar 
a la alteza de poder Ilamarse tuya; soy la que, encerrada 
en los limites de la honestidad, viviö vida contenta hasta 
que, a las voces de tus importunidades, y, al parecer, 
justos y amorosos sentimientos, abriö las puertas de su 

25 recato y te entregö las llaves de su libertad, dadiva de 
ti tan mal agradecida, cual lo muestra bien claro haber 
sido forzoso hallarme en el lugar donde me hailas, y 
verte yo a ti de la manera que te veo. Pero, con todo 
esto, no quenia que cayese en tu imaginacidn pensar que 

30 he venido aqui con pasos de mi deshonra, habiendome traido 
solo los del dolor y sentimiento de verme de ti olvidada. 
Tu quisiste que yo fuese tuya, y quisistelo de manera, que 
aunque ahora quieras que no lo sea, no sertl posible 
que tu dejes de ser mio. Mira, seiior mio, que puede ser 

35 recompensa a la hermosura y nobleza por quien me dejas 
la incomparable voluntad que te tengo; tu no puedes ser 

10 ABC y que viendo que; London 1738: y viendo que. 
13 4 y del ramando. 18 C fehlt y. 



_ 113 — Cap. 36. 

de la hermosa Luscinda, porque eres mio, ni ella pnede 
ser tuya, porque es de Cardenio; y mäs facil te sera, si 
en ello miras, reducir tu volnntad a querer a quien te 
adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien 
te quiera. Tu solicitaste mi descuido; tu rogaste a mi 5 
entereza; txi no ignoraste mi calidad; tu sabes bien de la 
manera que me entregue a toda tu voluntad; no te queda 
lugar ni aeogida de llamarte a engano; y si esto es asi, 
como lo es, y tu eres tan cristiano como caballero, ,;por 
que por tantos rodeos dilatas de hacerme venturosa en 10 
los fines, como me hiciste en los principios? Y si no me 
quieres por la que soy, que soy tu verdadera y legitima 
esposa, quiereme, a lo menos, y admiteme por tu esclava; 
que como yo este en tu poder, me tendre por diehosa y 
bien afortunada. No permitas, con dejarme y desampararme, 15 
que se hagan y Junten corrillos en mi deshonra; no des 
tan mala vejez a mis padres, pues no lo mereeen los leales 
servicios que, como buenos vasallos, a los tuyos siempre 
han hecho; y si te parece que has de aniquilar tu sangre 
por mezclarla con la mia, considera que pocas o ninguna 20 
nobleza hay en el mundo que no haya corrido por este 
Camino, y que la que se toma de las mujeres no es la 
que hace al caso en las ilustres decendencias; cuanto mäs, 
que la verdadera nobleza coneiste en la virtud, y si esta 
a ti te falta negändome lo que tan justameute nie debes, 25 
yo quedare con mäs ventajas de noble que las que tu 
tienes. En fin, seiior, lo que ültimamente te digo es que, 
quieras o no quieras, yo soy tu esposa; testigos son tus 
palabras, que no han ni deben ser mentirosas, si ya es 
que te precias de aquello por que me desprecias; testigo 30 
serä la firma que hiciste, y testigo el cielo a quien tu 
llamaste por testigo de lo que me prometias; y cuando 
todo esto falte, tu misma conciencia no ha de faltar de 
dar voces callando en mitad de tus alegrias, volviendo 
por esta verdad que te he dicho, y turbando tus mejores 35 
gußtos y contentos. 

Estas y otras razones dijo la lastimada Dorotea, con 
tanto sentimiento y lägrimas, que los mismos que acompa- 

2 SC mas facil sera. 

Eomunisrhe Bihl. Nr. 24. Don Quijote. 8 



Cap. 36. _ 114 _ 

naban a don Fernando, y cuantos presentes estaban, la 
acoaipafiaron en ellas, Escuchola don Fernando sin repli- 
ealle palabra, hasta que ella dio fin a las siiyas, y 
principio a tanlos sollozos y suspiros, que bien habia de 
5 ser corazun de bronce el que con mnestras de tanto dolor 
no se enterneciera. Mirandola estaba Luscinda, no menos 
lastimada de su sentimiento que admirada de su mucha 
discreciön y hermosura; y aunque quisiera llegarse a ella 
y decirle algunas palabras de consuelo, no la dejaban los 

10 brazos de don Fernando, que apretada la tenian; el cual, 
Ueno de confusiön y espanto, al cabo de nn buen espacio 
que atentamente estuvo mirando a Dorotea, abrio los 
brazos, y, dejando libre a Luscinda, dijo: Venciste, hermosa 
Dorotea, venciste; porque no es posible tener animo para 

15 negar tantas verdades juntas. 

Con el desmayo que Luscinda habia tenido asi como 
la dejo don Fernando, iba a caer en el suelo; mas ha- 
lländose Cardenio alli junto, que a las espaldas de don 
Fernando se habia puesto porque no le conociese, pos- 

20 puesto todo temor y aventurando a todo riesgo, acudio a 
sostener a Luscinda, y, cogiendola entre sus brazos, le 
dijo: Si el piadoso cielo gusta y quiere que ya teugas 
algün descanso, leal, firme y hermosa sefiora mia, en 
ninguna parte creo yo que le tendräs mas seguro que en 

25 estos brazos que ahora te reciben, y otro tiempo te reci- 

bieron, cuando la fortuna quiso que pudiese llamarte mia. 

A estas razones, puso Luscinda en Cardenio los ojos, 

y, habiendo comenzado a conocerle, primero por la voz, 

y asegurandose que el era con la vista, casi fuera de 

30 sentido y sin tener cuenta a ningün honesto respeto, le 
echö los brazos al cuello, y, juntando su rostro con el 
de Cardenio, le dijo: Vos si, seiior mio, sois el verdadero 
dueno desta vuestra captiva, aunque mäs lo impida la 
contraria suerte, y aunque mas amenazas le hagan a esta 

35 vida que en la vuestra se sustenta. 

Extraiio espectäculo fue este para don Fernando y 
para todos los circunstantes, admirändose de tan no visto 

19/204Bprosupue.sto. 33Ccautiva. 34 ^4 £ hagan esta vida. 



— 115 — Cap. 3G. 

siiceso. Pareciöle a Dorotea que don Fernando habi'a 
perdido la color del rostro, y que hacia ademan de querer 
vengarse de Cardenio, porque le viö encaminar la mano 
a ponella en la espada; y asi como lo pensö, con no 
vista presteza se abrazo con el por las rodillas, besando- 5 
selas y teniendole apretado, que no le dejaba mover, y, 
sin cesar un punto de sus lägrimas, le decia: f^Que es lo 
que piensas hacer, ünico refugio niio, en este tan impen- 
sado trance? Tu tienes a tus pies a tu esposa, y la que 
quieres que lo sea estä en los brazos de su marido. Mira 10 
si te estarä bien, o te serä posible, deshacer lo que el 
cielo ha hecho, o si te convendrä querer levantar a igualar 
a ti mismo a la que, pospuesto todo inconveniente, con- 
firraada en su verdad y firmeza, delante de tus ojos tiene 
los suyos bafiados de licor amoroso el rostro y pecho de 15 
SU verdadero esposo. Por quien Dios es te ruego, y por 
qnieu tu eres te suplico, que este tan notorio desengaiio 
no solo no acreciente tu ira, sino que la mengüe en tal 
manera, que con quietud y sosiego permitas que estos dos 
araantes le tengan sin impedimento tuyo todo el tiempo 2U 
que el cielo quisiere concedersele, y en esto mostrarjis la 
generosidad de tu ilustre y noble pecho, y verä el mundo 
que tiene contigo inas fuerza la razon que el apetito. 

En tanto que esto decia Dorotea, aunque Cardenio 
tenia abrazada a Luscinda, no quitaba los ojos de don 25 
Fernando, con determinaciön de que si le viese hacer 
algün movimiento en su perjuicio, procurar defenderse y 
ofender como raejor pudiese a todos aquellos que en su 
daiio se raostrasen, aunque le costase la vida; pero a 
esta sazön acudieron los amigos de don Fernando, y el 30 
cura y el barbero que a todo habian estado presentes, sin 
que faltase el bueno de Sancho Panza, y todos rodeaban 
a don Fernando, suplicändole tuviese por bien de mirar 
las lägriraas de Dorotea, y que, siendo verdad, como sin 
duda ellos creian que lo era, lo que en sus razones 35 
habia dicho, que no permitiese quedase defraudada de sus 
tan justas esperanzas que considerase que, no acaso, como 

13 AB prosupuesto. 

8* 



Cap. 36. _ 116 _ 

parecia, sino con particular providencia del cielo, se habian 
todos juntado en lugar doude menos ninguno pensaba; y 
que advirtiese, dijo el cura, qne sola la nmerte podia 
apartar a Luscinda de Cardenio; y aimqne los dividiesen 
5 filos de alguna espada, ellos tendrian por felicisima su 
mnerte; y que en los casos inremediables era suma cor- 
dura, forzjiudüse y venciciidose a sl mismo, raostrar uii 
generoso pecho, pennitiendo que por sola su voluntad los 
dos gozasen el bien que el cielo ya les habia concedido; 

10 que pusiese los ojos ansimesmo en la beldad de Dorotea, 
y veria que pocas o ninguna se le podian igualar, cuanto 
mas hacerle ventaja, y que juntase a su hermosura su 
humildad y el extremo del amor que le tenia; y, sobre 
todo, advirtiese que si se preciaba de caballero y de 

15 cristiano, que no podia hacer otra cosa que cumplille la 
palabra dada; y que, cumpliendosela, cumpliria con Dios 
y satisfaria a las gentes discretas, las cuales saben y 
conocen que es prerrogativa de la hermosura, aunque este 
eu sujeto humilde, como se acompane con la honestidad, 

20 poder levantarse e igualarse a cualquiera alteza, sin nota 

de raenoscabo del que la levanta e iguala a si mismo; y 

cuando se cumplen las fuertes leyes del gusto, como en ello 

no intervenga pecado, no debe de ser cnlpado el que las sigue. 

En efeto, a estas razones afiadieron todos otras, tales 

25 y tantas, que el valeroso peclio de don Fernando, en fin, 
como alimentado con ilustre sangre, se ablando y se dejö 
vencer de la verdad, que el no pudiera negar aunque 
quisiera; y la seiial que diö de haberse rendido y entre- 
gado al buen parecer que se le habia propuesto tue aba- 

30 jarse y abrazar a Dorotea, diciendole: Levantaos, senora 
mia; que no es justo que este arrodillada a mis pies la 
qne yo tengo en mi alma; y si hasta aqui no he dado 
muestras de lo que digo, quizä ha sido por orden del 
cielo, para qne viendo yo en vos la fe con que me amäis, 

35 08 sepa estimar en lo que mereceis. Lo que os ruego 
es qne no me reprendäis mi mal termino y mi mucho 

5,6 47? tu muerte. ß ABC en los lazos. 11 BC verla. 
15 A podia«; C eomplille. 



_ 117 — Cap. 36. 

descuido; pues la misma ocasiön y fuerza que me moviö 
para acetaros por mia, esa misma me impeliö para pro- 
curar no ser vuestro, y que esto sea verdad, volved y 
mirad los ojos de la ya contenta Luscinda, y en ellos 
hallareis disculpa de todos mis yerros; y pues ella hallö 5 
y aleanzö lo que deseaba, y yo he hallado en vos lo que 
me cumple, viva ella segnra y contenta luengos y felices 
anos con su Cardenio; que yo rogare al cielo que me los 
deje vivir con mi Dorotea. 

Y diciendo esto, la tornö a abrazar y a juntar su 10 
rostro con el suyo, con tan tierno sentimiento, que le fue 
necesario tener gran cuenta con que las lägrimas no aca- 
basen de dar indubitables seiias de su amor y arrepen- 
timiento. No lo hicieron asi las de Luscinda y Cardenio, 
y aun las de casi todos los que alli presentes estaban; 15 
porque comenzaron a derramar tantas, los unos de contento 
proprio, y los otros del ajeno, que no parecia sino que 
algün grave y mal caso a todos habia sucedido. Hasta 
Sanchü Panza lloraba, aunque despues dijo que no lloraba 
el sino por ver que Dorotea no era, como el pcnsaba, la 20 
reina Micomicona, de quien el tantas mercedes esperaba. 
Durö algün espacio, junto con el llanto, la admiraciön en 
todos, y luego Cardenio y Luscinda se fueron a poner de 
rodillas ante don Fernando, dändole gracias de la merced 
que les habia hecho con tan corteses razones, que don 25 
Fernando no sabia que responderles; y, asi los levantö y 
abrazö con muestras de mucho amor y de mucha cortesia. 

Preguntö luego a Dorotea le dijese cömo habia 
venido a aquel lugar, tan lejos del suyo. Ella, con 
breves y discretas razones, conto todo lo que antes habia 30 
contado a Cardenio; de lo cual gustö tanto don Fernando 
y los que con el veuian, que quisieran que durara el 
cuento mäs tiempo: tanta era la gracia con que Dorotea 
contaba sus desventuras; y asi como hubo acabado, dijo 
don Fernando lo que en la ciudad le habia acontecido 35 
despues que hallö el papel, en el seno de Luscinda, 
donde declaraba ser esposa de Cardenio y no poderlo ser 

8 C yo de rodillas rogare. 13 BC seöales. 17 AB propio. 



Cap. 37. _ 118 — . 

siiya. Üijo quo la quiso matar, y lo hicicra si de sus 
padrcs no fuera impcdido; y que af«i se saliö de 8U casa 
despechado y coirido, con determinaciön de vengarse con 
mäs comodidad; y que otro di'a supo como Luscinda 
5 habia faltado de casa de sns padres, sin que nadie supiese 
decir dönde se habia ido, y que, en resoluciön, al cabo 
de algunos meses vino a saber corao estaba en un monas- 
terio, con voluntad de quedarse en el toda la vida, si no 
la pndiese pasar con Cardenio ; y que asi como lo supo, 

10 escogiendo para su compania aquellos tres Caballeros, vino 
al lugar donde estaba, a la cnal no habia querido hablar, 
tcmeroso que en sabiendo que el estaba alli, habia de 
haber mäs guarda en el monasterio; y asi, aguardando 
un dia a que la porteria estuviese abierta, dejö a los dos 

15 a la guarda de la puerta, y el con otro habian entrado 
en el monasterio buscando a Luscinda, la cual hallaron 
cn el claustro hablando con una monja; y, arrcbatändola, 
sin darle Ingar a otra cosa, se habian venido con ella a 
un lugar donde se acomodaron de aquello que hubieron 

20 menester para traella; todo lo cual habian podido haccr 
bien a su salvo, por estar el monasterio en el campo, 
buen trecho fuera del pueblo. Dijo que asi como Lus- 
cinda se viö en su poder, perdiö todos los sentidos; y 
que despncs de vuelta en si, no habia hecho otra cosa 

25 sino llorar y suspirar, sin hablar palabra alguna; y que 
asi, acompanados de silencio y de lägrimas, habian llegado 
a aquella venta, que para el era haber llegado al cielo, donde 
sc rematan y tienen fin todas las desventuras de la ticrra. 



CAPITÜLO XXXVU. 

Doude se prosigue la bistoria de la famosa infauta Micuuiicuiia, 
con otras graciosas aventuras. 

Todo esto escuchaba Sancho, no con poco dolor de 
30 öu änima, viendo que se le desparecian e iban en humo 

7/8 AC monesterio. 13 AB monesterio. iß A mpnes- 
terio. 21 monesterio; B por estar en el monesterio. Über- 
schrift: ABC Que trata donde . . 



_ 119 — Gap. 37. 

las esperanzas de eu ditado, y que la linda princesa 
Micomicona se le habia vuelto en Dorotea, y el gigante 
en don Fernando, y su amo se estaba durmiendo a sueiio 
suelto, bien descuidado de todo lo sucedido. No se podia 
asegurar Dorotea si era soüado el bien que poseia; Car- 5 
denio estaba en el mismo pensamiento, y el de Luscinda 
corria por la misma cnenta. Don Fernando daba gracias al 
cielo por la merced recibida y haberle sacado de aquel 
intricado laberinto, donde se ballaba tan a pique de per- 
der el credito y el alma; y, finalmente, cuantos en la 10 
venta estaban estaban contentos y gozosos del buen snceso 
que habian tenido tan trabados y desesperados negocios. 
Todo lo ponia en su punto el cura como discreto, y a 
cada uno daba el parabien del bien alcanzado; pero quien 
mäs jubilaba y se contentaba era la ventera, por la pro- 15 
meea que Cardenio y el cura le habian hecho de pagalle 
todos los daiios e intereses que por cuenta de don Quijote 
le hubiesen venido. Solo Sancho, como ya se ha dicho, 
era el afiigido, el desventurado y el triste; y asi, con 
malencönico semblante entrö a su amo, el cual acababa 20 
de despertar, a quien dijo: Bien puede vuestra merced, 
senor Triste Figura, dormir todo lo que quisiere, sin 
cuidado de matar a ningün gigante, ni de volver a la 
princesa su reino; que ya todo estä hecho y concluido. 
Eso creo yo bien, respondiö don Quijote, porque he tenido 25 
con el gigante la mäs descomunal y desaforada batalla 
que pienso teuer en todos los dias de mi vida, y de un 
^ reves, jzas! le denübe la cabeza en el suelo, y fue tanta 
-* la sangre que le saliö, que los arroyos corrian por la 
tlerra como si fueran de agua. Como si fueran de vino 30 
tintü, pudiera vuestra merced decir mejor, respondiö Sancho; 
porque quiero que sepa vuestra merced, si es que no lo 
sabe, que el gigante muerto es un cuero horadado; y la 
sangre, seis arrobas de vino tinto que encerraba en su 
vientre; y la cabeza cortada es la puta que me pariö, y 35 
llevelo todo Satanäs. ;.Y quo es lo que dices, loco? 
replicö don Quijote, ^Estäs en tu seso? Leväntese vuestra 

37 BC levantase. 



Cap. 37. — 120 — 

merced, dijo Sancho, y verä el buen recado que ha hecbo, 
y lo que tenemos que pagar, y verä a la reina convertida 
en una dama particular llamada Dorotea, con otros sucesos, 
que, si cae en ellos, le han de admirar. No me mara- 
5 villaria de nada deso, replicö don Quijote, porque, si bien 
te acuerdas, la otra vez que aqui estuvimos te dije yo 
qne todo cuanto aqui sucedia eran cosas de encantamento, 
y no seria mueho que ahora fuese lo mesmo. Todo lo 
creyera yo, respondiö Sancho, si tambien mi manteamiento 

10 fuera cosa dese jaez; mas no lo fue, sino real y verdade- 
ramente; y vi yo que el ventero, que aqui estä hoy dia, 
tenia del un cabo de la manta, y me empujaba hacia el 
cielo con mucho donaire y brio, y con tanta risa como 
fuerza; y donde interWene conocerse las personae, tengo 

15 para mi, aunque simple y pecador, que no hay encanta- 
mento alguno, sino mucho molimiento y mucha mala Ven- 
tura. Ahora bien, Dios lo remediarä, dijo don Quijote, 
dame de vestir, y dejame salir allä fuera; que quiero ver 
los sucesos y transformaciones que dices. 

20 Diöle de vestir Sancho, y en el entretanto que sc 

vestia, conto el cura a don Fernando y a los demäs las 
locuras de don Quijote, y del* artificio que habian usado 
para sacarle de la Pena Pobre, donde el se imaginaba 
estar, por desdenes de su sefiora. Contöles asimismo casi 

25 todas las aventuras que Sancho habia contado, de que 
no poco se admiraron y rieron, por parecerles lo que a 
todos parecia; ser el mäs extraiio genero de locura que 
podia caber en pensamiento disparatado. Dijo mäs el 
cura, que pues ya el buen suceso de la senora Dorotea 

30 impedia pasar con su disignio ad'elante, que era menester 
Inventar y hallar otro para poderle llevar a su tierra. 
Ofreciöse Cardenio de proseguir lo comenzado, y que Lns- 
cinda haria y representaria la persona de Dorotea. No, 
dijo don Fernando, no ha de ser asi, que yo quiero que 

35 Dorotea prosiga su invenciön; que como no sea muy le- 



20 21 C que Don Quixote se vestia. 21/22 C demas que 
alli estavan las locuras. 28 AB desparatado. 33 C repre- 
sentaria suficientemente la persona. 



_ 121 — Cap. 37. 

Jos de aqui el lugar deste buen caballero, yo holgare de 
que se procnre su remedio. No estä mäs de dos jornadas 
de aqui. Pues aunque estuviera mäs, gustara yo de 
caminallas, a trneco de hacer tan buena obia. 

Saliö, en esto, don Qnijote, armado de todos sus per- 5 
trechos, con el yelmo, aunque abollado, de Mambrino en 
la cabeza, embrazado de su rodela y arrimado a su tronco 
lanzön. Suspendiö a don Fernando y a los demäs la 
extrana presencia de don Quijote, viendo su rostro de 
media legua de andadura, seco y amarillo, la desigualdad 10 
de sns armas y su mesurado continente, y estuvieron 
callando, hasta ver lo qne el decia; el cual, con mucha 
gravedad y reposo, puesto los ojos en la hermosa Doro- 
tea, dijo: 

Estoy informado, hermosa sefiora, deste mi escudero 15 
qne la vuestra grandeza se ha aniquilado, y vuestro ser 
se ha deshecho, porque de reina y gran senora que soliades 
ser, OS habeis vuelto en una particular doncella. Si esto 
ha sido por orden del rey nigromante de vnestro padre, 
temeroso que yo no os diese la necesaria y debida ayuda, 20 
digo que no supo ni sabe de la misa la media, y que 
fue poco versado en las historias caballerescas; porque 
si el las hnbiera leido y pasado tan atentamente y con 
tanto espacio como yo las pase y lei, hallara a cada 
paso como otros Caballeros de menor fama que la mia 25 
habian acabado cosas mäs dificultosas, no siendolo mucho 
matar a un gigantillo, por arrogante que sea; porque no 
ha muchas horas que yo me vi con el, y . . . quiero callar, 
porque no me digan que miento; pero el tiempo, descu- 
bridor de todas las cosas, lo dirä cuando menos lo pen- 30 
scmos. Vistesos vos con dos cueros; que no con un 
gigante, dijo a esta sazön el ventero. 

AI cual mandö don Fernando que callase y no inte- 
rrumpiese la plätica de don Quijote, en ninguna manera; 
y don Quijote prosiguiö diciendo: Digo, en fin, alta y 35 
desheredada senora, que si por la causa que he dicho 
vuestro padre ha hecho este metamorföseos en vuesti-a 



30/31 B discubridor. 32 A vistes os. 37 AB Metamorfaseos. 



Cap. 37. — 122 — 

persona, que no le dcis cvedito alguno; poique no hay 
ningiin peligro en la tierra por quien no se abra Camino 
mi espada, con la cual, poniendo la . cabeza de vuestro 
enemigo en tierra, os pondre a vos la Corona de la 
5 vucstra en la cabeza, en breves dias. 

No dijo mäs don Qiiijote, y esperö a que la princesa 
le respondiese; la cual, como ya sabia la determinaciön 
de don Fernando de que se prosiguiese adelante en el 
cngano hasta llevar a su tierra a don Quijote, con mucho 

10 donaire y gravedad le respondio. Quienquiera que os 
dijo, valeroso Caballero de la Triste Figura, que yo mc 
habia mudado y trocado de mi ser, no os dijo lo cierto, 
porque la misma que ayer fui me soy hoy. Verdad es 
que alguna mudanza han hecho en mi ciertos acaecimientos 

15 de buena Ventura, que me la han dado, la mejor que yo 
pudicra desearme; pero no por eso he dejado de ser la 
que antes, y de teuer los mesmos pensamientos de valermc 
del valor de vuestro valeroso e invcncible brazo que 
siempre he tenido. Asi que, seiior mio, vuestra bondad 

20 vuclva la honra al padre que me engendrö, y tcngale por 
hombre advertido y prudente, pues con su ciencia hallo 
Camino tan täcil y tan verdadero para remediar mi des- 
gracia; que yo creo que si por vos, seiior, no fuera, jamäs 
acertara a teuer la Ventura que tengo; y en esto digo 

25 tanta verdad como son buenos testigos della los mäs 
destos seiiores que estän presentes. Lo que resta es que 
manana nos pongamos en Camino, porque ya hoy se podrä 
hacer poca jornada, y en lo demäs del buen suceso quo 
espero, lo dcjare a Dios y al valor de vuestro pecho. 

30 Esto dijo la discreta Dorotea, y en oycndolo don 

Quijote, se volviö a Sancho, y con muestras de mucho 
enojo, le dijo: Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el 
mayor bellacuelo que hay en Espana. Dime, ladrön 
vagamundo, ,;no me acabaste de decir ahora que esta 

35 princesa se habia vuelto en una doncella que se llamaba 
Dorotea, y que la cabeza que entiendo que corte a un 
gigante era la puta que te pariö, con otros disparates 

2 C le abra. 7 AB lo qual. 18 AB invenerable bra^o. 



— 123 — Cap. 37. 

que me pusieron en la mayor confusidn que jamäs he 
estado en todos los dias de mi vidaV Voto .... (y mirö 
al cielo, y apretö los dientes) que estoy por hacer un 
estrago en ti, que ponga sal en la mollera a todos cuantos 
mentirosos escuderos hubiere de Caballeros andantes, de 5 
aqui adelante, en el mundo. Vuestra raerced se sosiegue, 
sefior mio, respondiö Sancho, que bien podrä ser que yo 
me hubiese engaiiado en lo que toca a la mutaciön de 
la senora princesa Micomicona; pero en lo que toca a la 
cabezu del gigante, o, a lo menos, a la horadaciön de los 10 
eueres, y a lo de ser vino tinto la sangre, no me engaiio, 
vive Dios, porque los cueros alli estän heridos, a la cabe- 
cera del lecho de vuestra merced, y el vino tinto tiene 
heclio un lago el aposento; y si no, al frefr de los huevos 
lo Vera; quiero decir que lo verä cuando aqui su merced 15 
del seiior ventero le pida el menoscabo de todo. De lo 
demäs, de que la senora reina se este corao se estaba, 
me regocijo en al alma, porque me va mi parte, como s. 
cada hijo de vecino. Ahora yo te digo, Sancho, dijo don 
Quijote, que eres un mentecato, y perdöname, y basta. 20 
Basta, dijo don Fernando, y no se hable mas en esto; y 
pues la senora princesa dice que se camine manana, por- 
que ya hoy es tarde, hagase asi, y esta noche la podremos 
pasar en buena conversaciön, hasta el venidero dia, donde 
todos acompaiiaremos al sefior don Quijote, porque que- 25 
remos ser testigos de las valerosas e inauditas hazanas 
que ha de hacer en el discurso desta grande empresa que 
a SU cargo lleva. Yo soy el que tengo de serviros y 
acompaiiaros, respondiö don Quijote, y agradezco mucho 
la merced que se me hace y la buena opiniön que de mi 30 
se tiene, la cual procurarc que salga verdadera, o me 
costarä la vida, y aiin mäs, si mäs costarme puede. 

Muchas palabras de comedimiento y muchos ofrc- 
cimientos pasaron entre don Quijote y don Fernando; 
pero a todo puso silencio un pasajero que en aquella 35 
sazön entrö en la venta, el cual en su traje mostraba ser 
cristiano recien venido de tierra de moros, porque venia 
vestido con una casaca de paiio azul, corta de faldas, 
con medias mangas y sin cuello; los calzones eran asimismo 



Cap. 37. — 124 — 

de lienzo azul, con bonete de la misma color; traia unos 
borceguies datilados y un alfanje morisco, puesto en un 
taheli que le atravesaba el pecho. Entrö luego tras el, 
encima de un jumento, una mujer a la morisca vestida, 
5 cubierto el rostro, con una toca en la cabeza; traia un 
bonetillo de brocado, y vestida una almalafa, que desde 
los hombi'os a los pies la cubria. Era el hombre de 
robusto y agraciado talle, de edad de poco mäs de cua- 
renta anos, algo moreno de rostro, largo de bigotes y la 

10 barba muy bien puesta; en resoluciön, cl mostraba en su 
apostura que si estuviera bien vestido, le juzgaran por 
persona de calidad y bien nacida. Pidiö, en entrando, un 
aposento, y como le dijeron que en la venta no le habia, 
moströ recebir pesadumbre; y llegändose a la que en el 

15 traje parecia mora, la apeö en sns brazos. Luscinda, 
Dorotea, la ventera, su hija y Maritornes, llevadas del 
nuevo y para ellas nunca visto traje, rodearon a la mora; 
y Dorotea, que siempre fue agraciada, comedida y discreta, 
pareciendole que asi ella como el que la traia se congo- 

20 jaban por la falta del aposento, le dijo: No os de mucha 
pcTa, senora raia, la incomodidad de regalo que aqui falta, 
pues es proprio de ventas no hallarse en ellas; pero con 
todo esto, si gustäredes de pasar con nosotras, senalando 
a Luscinda, quizä en el discurso deste Camino habreis 

25 hallado otros no tan buenos acogimientos. 

iNo respondiö nada a esto la embozada, ni hizo otra 
cosa que levantarse de donde sentado se habia, y puestas 
entrambas manos cnizadas sobre el pecho, inclinada la 
cabeza, doblö el cuerpo en seiial de que lo agradecia. 

30 Por su silencio imaginaron que, sin duda alguna, debia de 
ser mora y que no sabia hablar cristiano. Llegö, en esto, 
el cautivo, que entendiendo en otra cosa hasta entonces 
habia estado, y viendo que todas tenian cercada a la que 
eon el venia, y que ella a cuanto le decian callaba, dijo: 

35 Senoras mias, esta doncella apenas entiende mi lengua, ni 
sabe hablar otra ninguna sino conforme a su tierra, y por 

17 ABC para ellos. 21 B sonora mia. 22 C proplo. 
23 C de possar. 



— 125 — Cap. 37. 

esto no debe de haber respondido, ni responde, a lo que 
se le ha preguntado. No se le pregunta otra cosa nin- 
guüa, respondio Luscinda, sino ofrecelle por esta noche 
nuestra compania y parte del lugar donde nos acomoda- 
remo8, donde se le hara el regalo que la comodidad 5 
ofreciere, con la volnntad que obliga a servir a todos los 
extranjeros que dello tnvieren necesidad, especialraeute 
siendo mujer a qnien se sirve. Por ella y por mi, res- 
pondio el captivo, os beso, sefiora mia, las manos, y 
estimo mucho y en lo que es razön la merced ofreeida, 10 
que en tal ocasiön, y de tales personas como vuestro 
parecer muestra, bien se ecba de ver que ha de ser muy 
grande. Decidme, seiior, dijo Dorotea, ^esta sefiora es 
cristiana o mora? porque el traje y el silencio nos hace 
pensar que es lo que no querriamos que fnese. Mora es 15 
en el traje y en el cuerpo; pero en el alma es muy grande 
cristiana, porque tiene grandisimos deseos de serlo. ^.Luego 
no es baptizada? replicö Luscinda. No ha habido lugar 
para ello, respondiü el cautivo, despues que saliö de Argel 
SU patria y tierra, y hasta agora no se ha visto en peligro 20 
de muerte tan cercana, que obligase a bautizalla sin que 
supiese primero todas las ceremonias que nuestra madre 
la Santa Iglesia manda; pero Dios sera servido que presto 
se bautice, con la decencia que la calidad de sn persona 
merece, que es mäs de lo que muestra su hübito y el mio. 25 

Estas razones pusieron gana en todos los que escu- 
chandole estaban de saber quien fuese la mora y el 
captivo; pero nadie se lo quiso preguntar por entonces, 
por ver que aquella sazön era mäs para procurarles des- 
canso que para preguntarles sns vidas. Dorotea la tomö 30 
por la mano y la Uevö a sentar junto a si, y le rogö 
que se quitase el embozo. Ella mirö al cautivo, como 
si le preguntara le dijese lo que decian y lo que ella 
haria. El, en lengna aräbiga, le dijo que le pedian se 
quitase el embozo, y que lo hiciese; y asi, se lo quitö, 35 
y descubriö nn rostro tan hermoso, que Dorotea la tnvo 

9 C cautivo. 18 C bautizada. 2G ABC puso Brüssel 1607 
pusieron. 28 C oautivo. 



Cap. 37. . — 126 — 

por mas hermosa que a Lnscinda, y Lusclnda por raus 
liermosa que a Dorotea, y todos los circunstantes coiio- 
cieroQ que si alguno se podria igualar al de las dos, era 
el de la mora, y nun hubo algunos que le aventajaron 
5 cn alguna cosa. Y como la lierniosura tenga prenogativa 
y gracia de reconciliar los animos y atraer las voluntades, 
luego se rindieron todos al deseo de servir y acariciar a 
la hermosa mora. 

Preguntö don Fernando al captivo cömo se llamaba 

10 la mora, el cual respondiö que Lela Zoraida; y asi como 
esto oyö ella, entendio lo que le habian preguntado al 
cristiano, y dijo con mucha priesa, llena de congoja y 
donaire: Ko, no Zoraida: Maria, Maria, dando a entender 
que se llamaba Maria, y no Zoraida. 

15 Estas palabras y el grande afecto con que la mora 

las dijo hicieron derramar mäs de una lägrima a algunos 
de los que la escucharon, especialmente a las mujeres, 
que de sn naturaleza son tiernas y compasivas. Abrazola 
Lnscinda con mucho amor, diciendole: Si, si, Maria, Maria. 

20 A lo enal respondiö la mora: Si, si Maria: Zoraida 
mncange, que quiere decir no. 

Ya, en esto, llegaba la noclie, y por orden de los 
que veuian con don Fernando habia el ventero puesto 
diligencia y cuidado en aderezarles de cenar lo mejor 

25 que a el le fiie posible. Liegada, pues, la hora, sentäronse 
todos a una larga mesa como de tinelo, porque no la 
habia redouda ni cuadrada en la venta, y dieron la 
cabecera y principal asiento, puesto que el lo rehusaba, 
a don Qnijote, el cual quiso que estuviese a su lado la 

30 senora Micomicona, pues el era su aguardador. Luego se 
sentaron Luscinda y Zoraida, y frontero dellas don Fer- 
nando y Cardenio, y Inego el cautivo y los demäs Caba- 
lleros, y al lado de las seiioras el cura y el barbero; y 
asi, cenaron con mucho contento, y acrecentöseles mäs 

35 viendo que, dejando de comer don Quijote, movido de otro 
semejante espiritu que el que le moviö a hablar tanto 
como hablö cnando ceno con los cabreros, comenzö a decir: 

9 C cautivo. 15 AB fehlt y. 



— 127 — Cap. 37. 

Verdaderamente, si bien se considera, senores niios, grandes 
e inauditas cosas ven los qne profesan la orden de la 
andante caballen'a. Si no, f.ciial de los vivientes liabni 
on el mundo qne ahora por la puerta deste castillo entrara, 
y de la suerte qne estamos nos viera, que jnzgne y crea 5 
que nosotros soraos quien somos? ^Quien podrä decir 
que esta senora que estä a mi lado es la gran reina que 
todos sabemos, y qne yo soy aquel caballero de la Triste 
Fignra que anda por ahi en boca de la fama? Aliora 
no hay que dudar, siuo que esta arte y ejercicio excede 10 
a todas aquellas y aquellos que los hombres inventaron, 
y tanto mäs se ha de tener en estima, cuanto a mas 
peligros estä sujeto. Quitenseme delante los que dijeren 
que las letras hacen ventaja a las armas; que les dire, 
y sean quien se fueren, que no saben lo que dicen. Por- 15 
que la razön que los tales suelen decir y a lo que ellos 
raäs se atienen, es que los trabajos del espiritu exceden 
a los del cuerpo, y que las armas solo con el enerpo se 
ejercitan, como si fuese su ejercicio oficio de ganapanes, 
para el cual no es menester mäs de buenas fuerzas; o 20 
como si en esto que llamamos armas los que las profe- 
samos no se encerrasen los actos de la fortaleza, los cuales 
piden para ejecutallos mucho entendimiento; o como si 
no trabajase el änimo del guerrero qne tiene a su eargo 
un ejercito, o la defensa de una ciudad sitiada, asi cun 25 
el espiritu como con el cuerpo. Si no, vease si se alcanza 
con las fuerzas corporales a saber y conjeturar el intento 
del enemigo, los disignios, las estratagemas, las dificultades, 
el prevenir los dafios que se temen; que todas estas cosas 
son acciones del entendimiento, en quien no tiene parte 30 
alguna el cuerpo. Siendo, pues, ansi que las armas re- 
quieren espiritu, como las letras, veamos ahora cuäl de 
los dos espiritus, el del letrado o el del guerrero, trabaja 
mäs; y esto se vendrä a conocer por el fin y paradero a 
que cada uno se encamina; porque aquella intenciön se 35 
ha de estimar en mäs que tiene por objeto mäs noble fin. 
Es el fin y paradero de las letras (y no hablo ahora de 

5 AB viere. 23 C executallo. 28 BC designios. 



Cap. 37. _ 128 — 

las divinas, qne tienen por blanco llevar y encaminar las 
almas al cielo ; que a nn fin tan sin fin como este ningunu 
otro se le puede igualar), hablo de las letras humanas, 
que es su fin poner cn su punto la justicia distributiva 

5 y dar a cada uuo lo que es suyo, entender y hacer que 
las buenas leyes se guarden. Fin, por cierto, generoso y 
altü, y digno de grande alabanza; pero no de tanta como 
merece aquel a que las armas atienden, las cuales tienen 
por objeto y fin la paz, que es el mayor bien qne los 

10 hombres pueden desear en esta vida. Y asi, las primeras 
buenas nuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres 
fueron las que dieron los ängeles la noche que fue nuestro 
dia, cuando cantaron en los aires: Gloria sea en las 
alturas, y paz en la tierra a los hombres de huena voluntad; 

15 y la salntaciön que el mejor maestro de la tierra y del 
cielo ensefiö a sus allegados y favoridos, fue decirles que 
cuando entrasen en alguna casa dijesen: Paz sea en esta 
casa; y otras muchas veces les dijo: Mi paz os doy; mi 
paz os dejo; paz sea con vosotros; bien como joya y 

20 preuda dada y dejada de tal mano, joya, que sin ella, en 
la tierra ni en el cielo puede haber bien alguno. Esta 
paz es el verdadero fin de la guerra; que lo niesmo es 
decir armas que guerra. Prosupuesta, pues, esta verdad, 
que el fiu de la guerra es la paz, y que en esto hace 

25 ventaja al fiu de las lelras, vengamos ahora a los trabajos 
del cuerpo del letrado y a los del profesor de las armas, 
y vease cuales son mayores. 

De tal manera y por tan buenos terminos iba prosi- 
guiendo en so plätica don Quijote, que obligö a que por 

30 entonces, ninguno de los que escuchändole estaban le tu- 
viesen por loco; antes, como todos los mäs eran Caballe- 
ros, a quien son anejas las armas, le escuchaban de muy 
bnena gana, y el prosiguiö diciendo: Digo, pues, que los 
trabajos del estudiante son estos: principalmente pobreza, 

35 no porque todos sean pobres, sino por poner este caso 
en todo el extremo que pueda ser; y en haber dicho que 
padece pobreza me parece qne no habia que decir mas 

16 BC favoreeidos. 



_ 129 — Cap. 38. 

de SU malaventura; porque quien es pobre no tiene cosa 
buena. Esta pobreza la padece por sus partes, ya eu 
hambve, ya en fiio, ya en desnudez, ya en todo junto; 
pero, con todo eso, no es tanta, quo no coma, aunque sea 
un poco mäs tavde de lo qua se usa; aunque sea de las 5 
sobras de los ricos, que es la raayor miseria del estudiante 
esto que entre ellos llaman andar a la sopa; y no les 
falta algün ajeno brasero o chimenea, que, si no calienta, 
a lo menos, entibie su fiio, y, en fin, la noche duermen 
debajo de cubierta. No quiero llegar a otras menuden- 10 
cias, conviene a saber, de la falta de camisas y no sobra 
de zapatos, la raridad y poco pelo del vestido, ni aquel 
ahitarse con tanto gusto, cuando la buena suerte les depara 
algün banquete. Por este Camino que he pintado, äspero 
y dificultoso, tropezando aqui, cayendo alli, levantändose 15 
acullä, tornando a caer aca, llegan al grado que desean; 
el cual alcanzado, a muchos hemos visto que, habiendo 
pasado por estas Sirtes y por estas Scilas y Caribdis, 
como llevados en vuelo de la favorable fortuna, digo que 
los hemos visto mandar y gobernar el mundo desde una 20 
silla, trocada su hambre en hartura, su frio en refrigerio, 
SU desnudez en galas y su dormir en una estera, en 
reposar en holandas y damascos, premio justamente mere- 
cido de su virtud. Pero eontrapuestos y comparados sus 
trabajos con los del milite guerrero, se quedan muy aträs 25 
en todo, como ahora dire. 



CAPITULO XXXVIII. 

Que trata del curioso discurso que hizo den Quijote de las 
armas y las letras. 

Prosiguiendo don Quijote, dijo: Pues comenzamos en 
el estudiante por la pobreza y sus partes, veamos si es 
mäs rico el soldado, y veremos que no hay ninguno mäs 
pobre en la misma pobreza, porque estä atenido a la 30 

7 ABC este. 8 AB calienta. 9 10 C duermen muy bleu 
debajo. 17 BC al^ando. 

Romanische Bibl. Nr. 24. Bon Quijote. 9 



Cap. 38. _ 130 _ 

miseria de su paga, que viene o tarde o nunca, o a lo 
que garbeare por sus manos, con notable peligro de su 
vida y de sn conciencia. Y a veces suele ser su desnudez 
tanta, que un coleto acuchillado le sirve de gala y de 
5 camisa, y en la mitad del invierno se suele reparar de 
las inclemencias del cielo, estando en la campaiia rasa, 
con solo el aliento de su boca, que, como sale de lugar 
vacio, tengo por averiguado que debe de salir frio contra 
toda naturaleza. Pues esperad que espere que llegue la 

10 noclie para restaurarse de todas cstas incomodidades en 
la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, 
jamas pecarä de estrecha; que bien puede medir en la 
tierra los pies que quisiere, y revolverse en ella a su 
sabor, sin temor que se le encojan las säbanas. Lleguese, 

15 pues, a todo esto, el dia y la hora de recebir el grado 
de SU ejercicio; lleguese un dia de batalla; que alli le 
pondnin la borla en la cabeza, hecha de hilas, para 
curarle algiin balazo, que quizä le habrä pasado las sienes, 
le dejarä estropeado de brazo o pierna. Y cuando esto 

20 no suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve 
sano y vivo, podrä ser que se quede en la mesma pobreza 
que antes estaba, y que sea menester que suceda uno y 
otro rencuentro, una y otra batalla, y que de todas salga 
vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense 

25 raras veces. Pero, decidme, seiiores, si habeis mirado en 
ello, ^cuän menos son los premiados por la guerra, que 
los que hau perecido en ella? Sin duda, habeis de res- 
ponder, que no tienen comparaciön, ni se pueden reducir 
a cuenta los muertos, y que se podran contar los premiados 

30 vivos con tres letras de guarismo. Todo esto es al revös 
en los letrados; porque de faldas, que no quiero decir de 
mangas, todos tienen en que entretenerse; asi que, aun- 
que es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el 
premio. Pero a esto se puede responder, que es mäs 

35 fäcil premiar a dos mil letrados que a treinta mil soldados, 
porque a aquellos se premia con darles oficios, que por 
fuerza se han de dar a los de su profesiön, y a estos 
no se pueden premiar sino con la mesma hacienda del 
senor a quien sirven; y esta imposibilidad fortifica mäs 



_ 131 — Cap. 38. 

la razön que tengo. Pero dejemos esto aparte, que es 
laberiato de muy dificultosa salida, sino volvamos a la 
preeminencia de las armas contra las letras, materia que 
hasta ahora estä por averiguar, segiin son las razones que 
cada una de su parte alega; y entre las que he dicho, 5 
dicen las letras que sin ellas no se podrian sustentar las 
armas, porque la guerra tambien tiene sus leyes y estä 
sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son 
letras y letrados. A esto responden las armas, que las 
leyes no se podrän sustentar sin ellas, porque con las ar- 10 
mas se defienden las repüblicas, se conservan los reinos, 
se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se des- 
pejan los mares de cosarios, y, finalmente, si por ellas 
no fuese, las repüblicas, los reinos, las monarquias, las 
ciudades, los caminos de mar y tierra estarian sujetos al 15 
rigor y a la confusiön que trae consigo la guerra el tiempo 
que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y 
de sus fuerzas. Y es razön averiguada que aquello que 
mäs cuesta se estima y debe de estimar en mäs. Alcanzar 
alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, 20 
hambre, desnudez, vaguidos de cabeza, indigestiones de 
estömago, y otras cosas a estas adherentes, que, en parte, 
ya las tengo referidas; mas llegar uno por sus terminos 
a ser buen soldado le cuesta todo lo que al estudiante, 
en tanto mayor grado, que no tiene comparaciön, porque 25 
a cada paso estä a pique de perder la vida. ^Y que 
temor de necesidad y pobreza puede llegar ni fatigar al 
estudiante, que llegue al que tiene un soldado, que, hallän- 
dose cercado en alguna fuerza, y estando de posta o 
guarda en algün rebellin o Caballero, siente que los 30 
enemigos estän minando hacia la parte donde el estä, y 
no puede apartarse de alli por ningitn caso, ni huir el 
peligro que de tan cerca le amenaza? Solo lo que puede 
hacer es dar noticia a su capitän de lo que pasa, para 
que lo remedie con alguna contramina, y el estarse quedo, 35 
temiendo y esperando cuändo improvisamente ha de subir 
a las nubes sin alas, y bajar al profundo sin su voluntad. 

12/13 BC se despojan. 21 BC voguido. 



Cap. 38. — 132 — 

Y si este parece pequeno peligro, veamos si le iguala o 
hace ventaja el de embestirse dos galeras por las proas 
en mitad del mar espacioso, las caales enclavijadas y 
trabadas, no le queda al soldado mäs espacio del que 
5 conceden dos pies de tabla del espolön; y, cou todo esto, 
viendo que tiene delante de sl tantos ministros de la 
muerte que le amenazan, cuantos caiiones de artilleria se 
asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo 
una lanza, y viendo que al primer descuido de los pies 

10 iria a visitar los profundus senos de Neptuno, y, con todo 
esto, con intrepido corazön, llevado de la honra que le 
incita, se pone a ser blanco de tanta arcabuceria, y procura 
pasar por tan estreclio paso al bajel contrario. Y lo que 
mäs es de admirar, que apenas uno ha caido donde no 

15 se podrä levantar hasta la fin del mundo, cuando otro 
ocupa su mesmo lugar; y si este tambien cae en el mar, 
que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, 
sin dar tiempo, al tiempo de sus rauertes: valentia y atre- 
vimiento el mayor que se puede hallar en todos los 

20 trances de la guerra. Bien hayan aquellos benditos siglos 
que carecieron de la espantable furia de aquestos ende- 
moniados instrumentos de la artilleria, a cuyo inventor 
tengo para mi que en el infierno se le estä dando el 
premio de su diabölica invenciön, con la cual diö causa 

25 que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso 
Caballero, y que, sin saber cömo o por dönde, en la mitad 
del coraje y brio que enciende y anima a los valientes 
pechos, llega una desmandada bala, disparada de quien 
quizä huyö y se espantd del resplandor que hizo el fuego 

30 al disparar de la maldita mäquina, y corta y acaba en 
un instante los pensamientos y vida de quien la merecia 
gozar luengos siglos. Y asi, considerando esto, estoy por 
decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejer- 
cicio de caballero andante en edad tan detestable como 

35 es esta en que ahora vivimos, porque aunque a mi ningün 
peligro me pone miedo, todavia me pone recelo pensar si 

3 BC del mar espacio. 8 C le assestan. 30 BC corta, 
y caba. 



_ 133 — Cap. 38. 

la pölvora y el estaiio me han de quitar la ocasiön de 
hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y 
filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. 
Pero haga el cielo lo que fiieve servido; que tanto sere 
mäs estimado, si salg-o con lo que pretendo, cuanto a 5 
mayores peligros me lie puesto que se pusieron los Caba- 
lleros andantes de los pasados siglos. 

Todo este largo preämbulo dijo don Quijote en tanto 
que los demäs cenaban, olvidändose de llevar bocado a 
la boca, puesto que algunas veces le habia dicho Sancho 10 
Panza que cenase; que despues habria lugar para decir 
todo lo qne quisiese. En los que escuchado le habian 
sobrevino nueva lästima, de ver que hombre que, al parecer, 
tenia buen entendimieuto y buen disciirso en todas las 
cosas que trataba, le hubiese perdido tan rematadamente 15 
en tratändole de su negra y pizmienta caballeria. El enra 
Ic dijo que tenia mucha razön en todo cuanto habia dicho 
en favor de las armas, y que el, aunque letrado y graduado, 
estaba de su mesmo parecer. Acabaron de cenar, levan- 
taron los manteles, y en tanto que la ventera, su hija y 20 
Maritornes aderezaban el camaranchön de don Quijote de 
la Mancha, donde habian determinado que aquella noche 
las mujeres solas en el se recogiesen, don Fernando rogö 
al cautivo les contase el discurso de su vida, porque no 
podria ser sino que fuese peregrino y gustoso, segün las 25 
muestras que habia comenzado a dar viniendo en compaiiia 
de Zoraida. A lo cual respondiö el cautivo que de mny 
buena gana haria lo que se le mandaba, y que solo temia 
que el cuento no habia de ser tal que les diese el gusto 
que el deseaba; pero que, con todo eso, por no faltar en 80 
obedecelle, le contaria. El cura y todos los demäs se lo 
agradecieron, y de nuevo se lo rogaron; y el, vi^ndose 
rogar de tantos, dijo que no eran menester ruegos adonde 
el mandar tenia tanta fuerza. Y asi, esten vuestras mer- 
cedes atentos, y oirän un discurso verdadero a quien 35 
podria ser que no Uegasen los mentirosos qne con curioso 
y pensado artificio suelen componerse. 



15 BC que tratavan. 



Cap. 39. _ 134 _ 

Con esto que dijo bizo que todos sc acomodasen y 
le prestasen un grande silencio; y el, viendo que ya 
callaban y esperaban lo que decir quisiese, con voz agra- 
dable y reposada comenzd a decir desta manera. 



CAPITULO XXXIX. 

Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos. 

5 En Uli lugar de las montaiias de Leon tuvo principio 

mi linaje, con qnien fue mäs agradecida y liberal la 
naturaleza que la fortuna, aunque en la estreclieza de 
aquellos pueblos todavia alcanzaba mi padre fama de rico, 
y verdaderamente lo fuera, si asi se diera mafia a conservar 

10 SU hacienda como se la daba en gastalla. Y la condiciön 
que tenia de ser liberal y gastador le procediö de haber 
sido soldado los afios de su jnventud ; que es escuela la 
soldadesca, donde el mezquino se hace franco, y el franco 
prödigo; y si algnnos soldados se hallan miserables, son 

15 como monstruos: que se ven raras veces. Pasaba mi 
padre los terminos de la liberalidad y rayaba en los de 
ser prodigo, cosa que no le es de ningün provecho al 
liombre casado y que tiene hijos que le han de suceder 
en el nombre y en el ser. Los que mi padre tenia eran 

20 tres, todos varones y todos de edad de poder elegir 
estado. Viendo, pues, mi padre que, segun el decia, no 
podia irse a la mano contra su condiciön, quiso privarse 
del instrumento y causa que le hacia gastador y dadivoso, 
que fue privarse de la hacienda, sin la cual el mismo 

25 Alejandro pareciera estrecho; y asi, llamändonos un dia 
a todos tres a solas en un aposento, nos dijo unas razones 
semejantes a las que ahora dire: «Hijos, para deciros que 
OS quiero bien basta saber y decir que sois mis hijos; y 
para entender que os quiero mal basta saber que no me 

30 voy a la mano en lo que toca a conservar vuestra ha- 
cienda. Pues para que entendäis desde aqui adelante que 
os quiero como padre, y que no os quiero destruir como 
padrastro, quiero hacer una cosa con vosotros que ha 
muchos dias que la tengo pensada y con madura con- 



_ 135 — Cap. 39. 

sideraciön dispuesta. Vosotros estäis ya en edad de tomar 
estado, o, a lo menos, de elegir ejercicio tal que, cuando 
mayores, os honre y aproveche; y lo que he pensado es 
hacer de mi hacienda cuatro partes: las tres os dare a 
vosotros, a cada nno lo qne le tocare, sin exceder en cosa 5 
alguna, y con la otra nie quedare yo para vivir y susten- 
tarme los dias que el cielo fuere servido de darme de 
vida. Pero querria que despues que cada uno tuviese en 
SU poder la parte que le toca de su hacienda, siguiese 
uno de los caminos que le dire. Hay un refiän en nuestra 10 
Espana, a mi paiecer, muy verdadero, como todos lo son, 
pov sei' sentencias breves sacadas de la luenga y dis- 
creta experiencia; y el que yo digo dice: Iglesia, o mar, 
casa real, como si mäs claraniente dijera: Quien quisiere 
valer y ser rico, siga o la Iglesia, o navegne ejercitando 15 
el arte de la mercancia, o entre a servir ^ los reyes en 
sns casas, porque dicen: Mäs vale migaja de rey que merced 
de senor. Digo esto, porque querria, y es mi voluntad, 
que uno de vosotros siguiese las letras, el otro la mer- 
cancia, y el otro sirviese al rey en la guerra, pues es 20 
dificultoso entrar a servirle en su casa, que ya que la 
guerra no de muchas riquezas, suele dar mucho valor y 
mucha fama. Dentro de ocho dias os dare toda vuestra 
parte en dineros, sin defraudaros en un ardite, como lo 
vereis por la obra. Decidrae ahora si quereis seguir mi 25 
parecer y consejo en lo que os he propuesto». Y mandän- 
dome a mi, por ser el mayor, que respondiese, despues 
de haberle dicho que no se deshiciese de la hacienda, sino 
que gastase todo lo que fuese su voluntad, que nosotros 
eramos mozos para saber ganarla, vine a concluir en que 30 
cumpliria su gusto, y que el mio era seguir el ejercicio 
de las armas, sirviendo en el a Dios y a mi rey. El 
segundo hermano hizo los mesmos ofrecimientos, y escogiö 
el irse a las Indias, llevando empleada la hacienda que 
le cupiese. El menor, y, a lo que yo creo, el mäs dis- 35 
creto, dijo que queriä seguir la Iglesia, o irse a acabar 
sus comenzados estudios a Salamanca. 

20 C en guerra. 



t'ap. 39. — 136 — 

Asi corao acabamos de concordarnos y escoger nuestros 
ejercicios, mi padre nos abrazö a todos, y con la brevedad 
que dijo puso por obra cuanto nos habia prometido; y 
dando a cada uno su parte, que, a lo qne se me acnerda, 
5 fneron cada tres mil ducados en dineros (porque im nuestro 
ti'o comprö toda la hacienda y la pag(5 de contado, porque 
no saliese del tronco de la casa), en un mesmo dia nos 
despedimos todos tres de nuestro buen padre, y en aquel 
mesmo, pareciendome a mi ser inhnmanidad que mi padre 

10 quedase viejo y con tan poca hacienda, hice con el qne 
de mis tres mil tomase los dos mil ducados, porque a mi 
me bastaba el resto para acomodarme de lo que habia 
menester un soldado. Mis dos hermanos, movidos de mi 
cjemplo, cada uno le diö mil ducados; de modo que, a 

15 mi padre le quedaron cuatro mil en dineros, y mäs tres 
mil, que, a lo que parece, valia la hacienda que le cupo, 
que no quiso vender, sino quedarse con ella en raices. 
Digo, en fin, que nos despedimos del y de aquel nuestro 
tio que he dicho, no sin mucho sentimiento y lägrimas de 

20 todos, encargändonos que les hiciesemos saber, todas las 
veces que hubiese comodidad para ello, de nuestros sucesos, 
prösperos o adversos. Prometimosselo, y abrazändonos y 
echändonos su bendiciön, el uno tomö el viaje de Sala- 
raanca, el otro de Sevilla, y yo el de Alicante, adonde 

25 tuve nuevas qoe habia una nave ginovesa que cargaba 
alli lana para Genova. 

Este harä veinte y dos anos qne sali de casa de mi 
padre, y en todos ellos, pue«to que he escrito algunas 
cartas, no he sabido del ni de mis hermanos nueva alguna; 

30 y lo que en este discurso de tiempo he pasado lo dire 
brevemente. 

Embarqueme en Alicante, llegue con pröspero viaje 
a Genova, fui desde alli a Milan, donde me acomode de 
armas y de algunas galas de soldado, de donde quise ir 

35 a asentar mi plaza al Piamonte: y estando ya de Camino 
para Alejandria de la Palla, tuve nuevas que el gran 
duque de Alba pasaba a Flandes. Müde propösito, fnime 



15 C quatro mil ducados en dinero. 



_ 137 — Cap. 39. 

con el, servile en las jornadas que hizo, lialleme en la 
mnerte de los condes de Egiiemön y de Hornos, alcance 
a ser alferez de un famoso capitän de Gnadalajara. llamado 
Diego de Urbina, y a cabo de algiin tiempo que llegue a 
Flandes, se tuvo mieva de la liga que la santidad del 5 
papa Pio Quinto, de felice recordacion, habia liecho con 
Venecia y con Espaiia, contra el enemigo comiin, que es 
el turco; el cual en aquel mesmo tiempo habia ganado 
con SU armada la famosa isla de Chipre, que estaba debajo 
deldominio deVeneciano[s]: perdida lamentable y desdichada. 10 

Süpose cierto que venia por general desta liga el 
serenisimo don Juan de Austria, hermano natural de 
nuestro buen rey don Felipe; divulgöse el grandisimo 
aparato de guerra que se hacia; todo lo cual me incitö 
y conmoviö el änimo y el deseo de verme en la jornada 15 
que se esperaba; y aunque tenia barruntos y casi promesas 
ciertas de que en la primera ocasiön que se ofreciese 
seria promovido a capitän, lo quise dejar todo y venirme, 
como me vine, a Italia; y quiso mi buena suerte que el 
senor don Juan de Austria acababa de llegar a Genova, 20 
que pasaba a Näpoles a juntarse con la armada de Venecia, 
como despues lo hizo en Mecina. Digo, en fin, que yo 
me halle en aquella felicisima jornada, ya hecho capitän 
de infanteria, a cnyo honroso cargo me subiö mi buena 
suerte, mäs que mis merecimientos; y aquel dia, que fue 25 
para la cristiandad tan dichoso, porque en el se desenganö 
el mundo y todas las naciones de! error en que estaban, 
creyendo que los turcos eran invencibles por la mar, en 
aquel dia, digo, donde quedö el orgullo y soberbia otomana 
quebrantada, entre tantos venturosos como alli hubo (por- 30 
que mäs Ventura tuvieron los cristianos que alli murieron 
que los que vlvos y vencedores quedaron), yo solo fui el 
desdichado; pues, en cambio de que pudiera esperar, si 
fuera en los romanos siglos, alguna naval Corona, me vi 
aquella noche que siguiö a tan famoso dia con cadenas 35 
a los pies y esposas a las manos, y fue desta suerte: que 

7 AB auia Lecho conuenencia y con Espana. 10 AB de 
Veneciano, y perdida. 22 C Micina. 



Cap. 39. — 138 — 

habiendo el LJchali, rey de Argel, atrevido y venturoso 
cosario, embestido y rendido la capitana de Malta, qiie 
solos tres Caballeros qnedaron vivos en ella, y estos mal 
heridos, aoudiö la capitana de Juan Andrea a socorrella, 
5 en la cnal yo iba con mi corapaiiia; y haciendo lo que 
debia en ocasiön semejante, salte en la galera contraria, 
la cual desviändose de la que la babia embestido, estorbö 
que mis soldados me siguiesen, y asi, me halle solo entre 
mis enemigos, a quien no pude resistir, por ser tantos; 

10 en fin, me rindieron, Ueno de heridas, y como ya habreis, 
seiiores, oido decir que el Uchali se salvö con toda su 
escuadra, vine yo a quedar cautivo en su poder, y solo 
fui el triste entre tantos alegres y el cautivo entre tantos 
libres; porque fueron quince mil cristianos los que aqucl 

15 dia alcanzaron la deseada libertad, que todos venian al 
remo en la turquesca armada. 

Lleväronme a Constantinopla, donde el gran turco 
Selim hizo general de la mar a mi amo, porque habia 
hecho su deber en la batalla, habiendo llevado por muestra 

20 de su valor el estandarte de la religiön de Malta. Halleme 
el segundo aiio, que fue el de setenta y dos, en Navarino, 
bogando en la capitana de los tres fanales. Vi y note 
la ocasiön que alli se perdiö de no coger en el puerto 
toda el armada turquesca; porque todos los leventes y 

25 genizaros que en ella venian tuvieron por cierto que les 
habian de embestir dentro del mesmo puerto, y tenian a 
punto SU ropa y pasamaques, que son sus zapatos, para 
huirse luego por tierra, sin esperar ser combatidos: tanto 
era el miedo que habian cobrado a nuestra armada. Pero 

30 el cielo lo ordenö de otra manera, no por culpa ni des- 
cuido del general que a los nuestros regia, sino por los 
pecados de la cristiandad, y porque quiere y permite Dios 
que tengamos siempre verdugos que nos castiguen. En 
efeto, el Uchali se recogiö a Modön, que es una isla que 

35 estä junto a Navarino, y echando la gente en tierra, 
fortificö la boca del puerto, y estüvose quedo hasta que 
el senor den Juan se volviö. En este viaje se tomö la 



lOBCcomoyaaveys. 17 J.£ Constantinopla. 24C'levantes. 



— 139 — Cap. 39. 

galera que se llamaba La Presa, de qiiien era capitän 
un hijo de aquel famoso cosario Barbaroja. Tomöla la 
capitana de Näpoles, llamada La Loha, regida por aquel 
rayo de la guerra, por el padre de los soldados, por aqnel 
venturoso y jamäs vencido capitän don Alvaro de Bazän, 5 
raarques de Santa Cruz; y no quiero dejar de decir lo 
que sucediö en la presa de La Presa. Era tan cruel el 
hijo de Barbaroja, y trataba tan mal a sus cautivos, que 
asi como los que venian al remo vierou que la galera 
Loha les iba entrando y que los alcanzaba, soltaron todos 10 
a un tiempo los remos, y asieron de su capitän, que 
estaba sobre el estanterol gritando que bogasen apriesa, 
y pasändole de banco en banco, de popa a proa, le dieron 
bocados, que a poco mäs que pasö del ärbol ya habia 
pasado su änima al infierno: tal era, como he dicho, la 15 
crueldad con que los trataba, y el odio que ellos le tenian. 

Volvimos a Constantinopla, y el ano siguiente, que 
fue el de setenta y tres, se supo en ella como el senor 
don Juan habia ganado a Tünez, y qnitado aquel reino 
a los turcos, y puesto en posesiön d^l a Muley Hamet, 20 
cortando las esperanzas que de volver a reinar en el 
tenia Muley Hamida, el moro mäs cruel y mäs valiente 
que tuvo el mundo. Sintiö mucho esta perdida el Gran 
Turco, y, usando de la sagacidad que todos los de su 
casa tienen, hizo paz con Venecianos, qoe mucho mäs que 25 
el la deseaban, y el ailo siguiente de setenta y cuatro 
acometiö a la Goleta, y al fuerte que junto a Tünez habia 
dejado medio levantado el senor don Juan. En todos 
estos trances andaba yo al remo, y sin esperanza de 
libertad alguna; a lo menos, no esperaba tenerla por res- 30 
cate, porque tenia determinado de no escribir las nuevas 
de mi desgracia a mi padre. 

Perdiöse, en fin, la Goleta, perdiöse el fuerte, sobre 
las cuales plazas hubo de soldados turcos pagado«^ setenta 
y cinco mil, y de moros y alärabes de toda la Africa, 35 
mäs de cuatrocientos mil, acompaiiado este tan gran 
mimero de gente con tantas municiones y pertrechos de 



li B alborol. 



Cap. 39. — 140 — 

guerra, y con tantus gastadores, que con la? raanos y a 
pufiados de tierra pudieran cubrir la Goleta y el fuerte. 
Perdiöse primero la Goleta, tenida basta entonces por 
inexpngnable, y no se perdiö por culpa de sus defensores, 
5 los cnales hicieron en su defensa todo aqiiello que debian 
y podian, sino porque la expcriencia moströ la facilidad 
con que se podian levantar trincheas en aquella desierta 
arena, porque a dos palmos se hallaba agua, y los turcos 
no la hallaron a dos varas; y asi, con muchos sacos de 

10 arena levantaron las trincheas tan altas, que sobrepujaban 
las murallas de la fuerza; y tirändoles a Caballero, ninguno 
podia parar, ni asistir a la defensa. 

Fue comün opiniön que no se babian de enccrrav 
los nuestvos en la Goleta, sino esperar en campafiti al 

15 desembarcadero; y los que esto dicen babian de lejos y 
con poca experiencia de casos semeiantes; porque si en 
la Goleta y en el fuerte apenas habia siete mil soldados, 
^;cömo podia tan poco nümero, aunque mäs esforzados 
fuesen, salir a la campaiia y quedar en las fuerzas, contra 

20 tanto como era el de los enemigos? ;.Y cömo es posible 
dejar de perderse fuerza que no es socorrida, y mäs cuando 
la cercan enemigos muchos y porfiados, y en su mesma 
tierra? Pero a muchos les pareciö, y asi me pareciö a 
rai, que fue particular gracia y merced que el cielo bizo 

25 a Espaiia en permitir que se asolase aquella oficina y 
capa de maldades, y aquella gomia o esponja y polilla 
de la infinidad de dineros que alli sin provecbo se gastaban, 
sin servir de otra cosa que de conservar la memoria de 
haberla ganado la felicisima del invictisimo Carlos V, 

30 como si fnera menester para hacerla eterna, como lo es 
y serä, que aquellas piedras la sustentaran. Perdiöse 
tambien el fuerte; pero fneronle ganando los turcos palmo 
a palmo, porque los soldados que lo defendian pelearon 
tan valerosa y fuerleniente, que pasaron de veinte y cinco 

35 mil enemigos los que mataron en veinte y dos asaltos 
^enerales que les dieron. Ninguno cautivaron sano de 
trecientos que quedaron vivos, senal cierta y clara de su 
esfuerzo y valor, y de lo bien que se babian defendido, 
y guardado sus plazas. Rindiöse a partido un peqneno 



_ 141 — (Jap. 39. 

fuerte o torre que estaba en mitad del estaiio, a cargo de 
don Juan Zanoguera, caballero valenciano y i'amoso sol- 
dado. Cautivaron a don Pedro Puerto carreio, general de 
la Goleta, el cual hizo cuanto fue posible por defender 
SU fuerza; y sintiö tanto el haberla perdido, que de pesar 5 
muriö en el Camino de Constantinopla, donde le llevaban 
cautivo. Cautivaron ansimesmo al general del fuerte, que 
se llamaba Gabrio Cervellön, caballero milanes, grande 
ingeniero y valentisimo soldado. Murieron en estas dos 
fuerzas muchas personas de cuenta, de las cuales fue una 10 
Pagän de Oria, caballero del häbito de San Juan, de 
condiciön generoso, como lo moströ la suma liberalidad 
que usö con su bermano el famoso Juan Andrea de Oria; 
y lo que mäs hizo lastimosa su muerte, fue haber muerto 
a manos de unos alärabes, de quien se fiö, viendo ya 15 
perdido el fuerte, que se ofrecieron de llevarle en häbito 
de moro a Tabarea, que es un portezuelo o casa que en 
aquellas riberas tienen los ginoveses que se ejercitan en 
la pesqueria del coral; los cuales alärabes le cortaron la 
cabeza y se la trujeron al general de la armada turquesca, 20 
ei cual cumpliö con ellos nuestro refrän castellano: que 
aimque la traicion aplace, el traiclor se ahorrece-, y asi se 
dice que mandö el general ahorcar a los que le trujeron 
el presente, porque no se le habian traido vivo. 

Entre los cristianos que en el fuerte se perdieron, 25 
fue uno llamado don Pedro de Agnilar, natural no se de 
que lugar del Andalucia, el cual habia sido alferez en el 
fuerte, soldado de mucha cuenta y de raro entendimiento; 
especialmente tenia particular gracia en lo que llaman 
poesia. Digolo porque su suerte le trnjo a mi galera y 30 
a mi banco, y a ser esclavo de mi mesmo patrön; y antes 
que nos parti^semos de aquel puerto hizo este caballero 
dos sonetos a manera de epitafios, el uno a la Goleta y 
el otro al fuerte; y en verdad que los tengo de decir, 
porque los se de memoria y creo que antes causarän 35 
gusto que pesadumbre. 



2 C Juan Zouaguera. 13 AB Juan de Andrea. 



Cap. 40. — 142 — 

En el punto que el cautivo nombrö a don Pedro de 
Aguilar, don Fernando mirö a sus camaradas, y todos tres 
86 sonrieron; y cuando Uegö a decir de los sonetos, dijo 
el nno: Antes que vuestra merced pase adelante, le suplico 
5 me diga que se hizo ose don Pedro de Aguilar que ha 
dicho. Lo que se es, respondiö el cautivo, que al cabo 
de dos anos que estuvo en Constantinopla, se huyö en 
traje de arnaute con un griego espia, y no se si vino en 
libertad, puesto que creo que si, porque de alli a un ano 

lü vi yo al griego en Constantinopla, y no le pude preguntar 
el suceso de aquel viaje. 

Pues lo fue, respondiö el Caballero; porque ese don 
Pedro es mi hermano, y estä ahora en nuestro lugar, 
bueno y rico, casado y con tres hijos. Gracias sean dadas 

15 a Dios, dijo el cautivo, por tantas mercedes como le hizo; 
porque no hay en la tierra, conforme mi pareccr, contento 
que se iguale a alcanzar la libertad perdida. Y mäs, 
replicö el caballero, que yo se los sonetos que mi hermano 
hizo. Digalos, pues, vuesa merced, dijo el cautivo, que 

20 los sabrä decir mejor que yo. Que me place, respondiö 
el caballero, y el de la Goleta decia asi: 



CAPITULO XL. 
Doüde se prosigue la historia del cautivo. 

SONETO. 

Almas dichosas, que del mortal velo 
Libres y exentas, por el bien que obrastes, 
Desde la baja tierra es levautastes 

25 A lo mas alte y lo mejor del cielo; 

Y, ardiendo en ira y en houroso celo, 
De los cuerpos la fuerza ejercitastes, 
Que en propia y sangre ajena colorastes 
El mar vecino y arenoso suelo: 

30 Primero que el valor faltö la vida 

En los cansados brazos, que, muriendo, 
Con ser vencidos, Uevan la vitoria; 

12 ABC pues no fue; Füztnaurtce- Kelly: lo. 



_ 143 — Cap. 40. 

Y esta vuestra mortal, triste caida, 
Eutre el muro y el hierro, os va adquirieiido 
Fama que el mundo os da, y el cielo gloria. 

Desa mesma manera le se yo, dijo el cautivo. Pues el del 
fuerte, si mal uo me acuerdo, dijo el caballero, dice asi: 



SONETO. 

De entre esta tierra esteril, derribada, 
Destos terrones por el suelo echados, 
Las almas santas de tres mil soldados 
Subieron vivas a mejor morada: 

Siendo primero, en vano, ejercitada 10 

La fuerza de sus brazos esforzados, 
Hasta que, al fin, de pocos y cansados, 
Dieron la vida al filo de la espada. 

Y este es el suelo que continuo ha sido 
De mil memorias lamentables Ueno 15 

En los pasados siglos y presentes: 

Mas no mas justas de su duro seno 
Habrän al claro cielo almas subido, 
Ni aun el sostuvo cuerpos tan valientes. 

No parecieron mal los sonetos, y el cautivo se alegrö con 20 
las nuevas que de su camarada le dieron, y, prosigniendo 
SU cuento, dijo: Rendidos, pues, la Goleta y el fuerte, los 
turcos dieron orden en desmantelar la Goleta, porque el 
fuerte quedö tal, que no Lubo que poner por tierra, y 
para hacerlo con mäs brevedad y menos trabajo, la minaron 25 
por tres partes; pero con ninguna se pudo volar lo que 
parecia menos fuerte, que eran las murallas viejas; y todo 
aquello que habia quedado en pie de la fortificaciön nueva 
que habia hecho el Fratin, con mucha facilidad vino a 
tierra. En resoluciön, la armada volviö a Constantinopla 30 
triunfante y vencedora, y de alli a pocos meses muriö 
mi amo el Uchali, al cual llamaban Uchall Fartax, que 
quiere decir en lengua turquesca el renegado tifioso, por- 
que lo era, y es costumbre entre los turcos ponerse 
nombres de algnna falta que tengan, o de alguna virtud 35 

7 C destos torreonos. 



Cap. 40. — 144 — 

que en ellos haya; y esto es porque no hay eutre ellos 
sino cuatro apellidos de linajes, que deciendeu de la Casa 
ütoniana, y los demas, corao tengo dicho, toman nombre 
y apellido ya de las tachas del cuerpo, y ya de las 
5 virtudes del änimo. Y este tinoso bogö el remo, siendo 
esclavo del Gran Sefior catorce aiios, y a mäs de los 
treinta y cuatro de su edad renegö de despecho de que 
un turco, estando al remo, le diö un bofetön, y por 
poderse vengar dejö su fe; y fue tanto su valor, que, sin 

10 subir por los torpes medios y caminos que los mäs pri- 
vados del Gran Turco suben, vino a ser rey de Argel, y 
despues a ser general de la mar, que es el tercero cargo 
que hay en aquel seiiorio. Era calabres de naciön, y 
moralmente fue hombre de bien, y trataba con mucba 

15 humanidad a sus cautivos, que llegö a tener tres mil, los 
cuales, despues de su muerte, se repartieron, como el lo 
dejö en su testamento, entre el Gran Sefior (que tambien 
es liijo beredero de cuantos mueren, y entra a la parte 
con los mäs hijos que deja el difunto) y entre sus rene- 

20 gados; y yo cupe a un renegado veneclano que, siendo 
grumete de una nave, le cautivö el Uchali, y le quiso 
tanto, que fue uno de los mäs regalados garzones suyos, 
y el vino a ser el mäs cruel renegado que jamäs se ha 
visto. Llamäbase Azän Agä, y llegö a ser muy rico y 

25 a ser rey de Argel; con el cual yo vine de Constantinopla, 
algo contento, por estar tan cerca de Espana; no porque 
pensase escribir a nadie el desdichado suceso mio, sino 
por ver si me era mäs favorable la suerte en Argel que 
en Constantinopla, donde ya habia probado mil maneras 

30 de huirme, y ninguna tuvo sazon ni Ventura; y pensaba 
en Argel buscar otros medios de alcanzar lo que tanto 
deseaba, porque jamäs me desamparö la esperanza de 
tener libertad; y cuando en lo que fabricaba, pensaba y 
ponia por obra no correspondia el suceso a la intenciön, 

35 luego, sin abandonarme, fingia y buscaba otra esperanza 
que me sustentase, aunque fuese debil y flaca. 



5 C bogö al remo. 



— U5 — Cap. 40. 

Con esto entretenia la vida, encerrado en una prisiön 
casa que los turcos llaman baiio, donde encierran los 
cautivos cristianos, asi los que son del rey como de algunos 
particulares, y los que llaman del almacen, que es como 
decir cautivos del concejo, que sirven a la ciudad en las 5 
obras püblicas que hace y en otros oficios, y estos tales 
cautivos tienen muy dificultosa su libertad; que, como son 
del comün y no tienen amo particular, no hay con quien 
tratar su rescate, aunque le tengan. En estos baiios, como 
tengo dicho, suelen llevar a sus cautivos algunos parti- 10 
culares del pueblo, principalmente cuando son de rescate, 
porque alli los tienen bolgados y seguros hasta que venga 
SU rescate. Tambien los cautivos del rey, que son de 
rescate, no salen al trabajo con la demäs chusma, sino es 
cuando se tarda su rescate; que entonces, per hacerles 15 
que escriban por el con mäs ahinco, les hacen trabajar y 
ir por leiia con los demäs, que es un no pequeiio trabajo. 

Yo, pues, era uno de los de rescate; que como se 
supo que era capitän, puesto que dije mi poca posibilidad 
y falta de hacienda, no aprovechö nada para que no rae 20 
pusiesen en el nümero de los caballeros y gente de rescate. 
Pusieronme una cadena, mäs por sefial de rescate que por 
guardarme con ella, y asi pasaba la vida en aquel baflo, 
con otros muchos caballeros y gente principal, sefialados 
y tenidos por de rescate; y aunque la hambre y desnudez 25 
pudiera fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna 
cosa nos fatigaba tanto como oir y ver a cada paso las 
jamäs vistas ni oidas crueldades que mi amo usaba con 
los cristianos. Cada dia ahorcaba el suyo, empalaba a 
este, desorejaba a aquel; y esto, por tan poca ocasiön, y 30 
tan sin ella, que los turcos conocian que lo hacia no mäs 
de por hacerlo, y por ser natural condiciön suya ser 
homicida de todo el genero humano. 

Solo librö bien con el un soldado espaiiol llamado 
tal de Saavedra, al cual, con haber hecho cosas que que- 35 
daran en la memoria de aquellas gentes por muchos 
aiios, y todas por alcanzar libertad, jamäs le diö palo, ni 

5 C consejo. 35 ABC el cual Brüssel 1607 al cual. 

Romanische Bibl. Nr. 24. Don Quijote. 10 



Cap. 40. _ 146 — 

se lo mandö dar, ni le dijo mala palabra; y pov la menor 
cosa de muchas qiie hizo, temiamos todos que habia de 
ser empalado, y asi lo temio 6\ miis de iina vez; y si no 
fuera porqne el tiempo no da lugav, yo dijera ahora algo 
5 de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entre- 
teneros y admiraros liarto mejor que con el cuento de 
mi historia. 

Digo, pues, que encima del patio de nuestra prision 
caian las ventanas de la casa de un moro rico y principal, 

10 las cnales, como de ordinario son las de los moros, mtvs 
eran agujeros que ventanas, y aun estas se cubrian con 
celosias muy espesas y apretadas. Acaeciö, pues, que un 
dia, estando en un terrado de nuestra prision con otros 
tres compaiieros, haciendo pruebas de saltar con las cadenas 

15 por entretener el tiempo, estando solos (porqne todos los 
demäs cristianos habian salido a trabajar), alce acaso los 
ojos, y vi que por aquellas cerradas ventanillas que he 
dicho parecia una caila, y al remate della puesto un lienzo 
atado, y la cana se estaba blandeando y moviöndose, casi 

20 como si hiciera seiias que Uegasemos a tomarla. Miramos 
en ello y uno de los que conmigo estaban fue a ponerse 
debajo de la cafia, por ver si la soltaban o lo que hacian; 
pero asI como llegö, alzaron lu cana y la movieron a los 
dos lados, como si dijeran no con la cabeza. Volviöse el 

25 cristiano, y tornäronla a bajar y hacer los mesmos movi- 
mientos que primero. Fue otro de mis companeros, y 
sucediöle lo mesmo que al primero. Finalmente, fuö el 
tercero, y avinole lo que al primero y al segundo. Viendo 
yo esto, no quise dejar de probar la suerte, y asi como 

30 llegne a ponerme debajo de la cana, la dejaron caer, y 
diö a mis pies dentro del baiio. Acudi Inego a desatar 
el lienzo, en el cual vi un nudo, y dentro del venian 
diez cianiis, que son unas monedas de oro bajo que usan 
los moros, que cada una vale diez reales de los nuestros. 

35 Si me holgue con el hallazgo no hay para que decirlo, 
pues fue tanto el contento como la admiraciön de pensar 
de dönde podia veniros aquel bien, especialmente a mi, 
pues las muestras de no haber querido soltar la cana sino 
a mi claro decian que a mi se hacia la merced. Tome 



— 147 — Cap. 40. 

mi buen dinero, quebre la caiia, volvime al terradillo, 
mire la ventana, y vi que por ella sah'a una muy blanca 
mano que la abrian y cerraban muy apriesa. Con esto 
entendimos o imaginamos que alguna mujev que en aquella 
casa vivia nos debia de haber hecho aquel beneficio; y 5 
eu senal de que lo agradeciamos hecimos zalemas a uso 
de moros, inclinando la cabeza, doblando el cuerpo y 
poniendo los brazos sobre el pecho. De alli a poco 
sacaron por la mesma ventana una pequeiia cruz hecba 
de cafias, y luego la volvieron a entrar. Esta senal nos 10 
confirmö en que alguna cristiana debia de estar cautiva 
en aquella casa, y era la que el bien nos hacia; pero la 
blancura de la mano, y las ajorcas que en ella vimos, 
nos desbizo este pensamiento, puesto que imaginamos que 
debia de ser cristiana renegada, a quien de ordinario suelen 15 
tomar por legitimas mujeres sns mesmos amos, y aun lo 
tienen a Ventura, porque las estiman en mäs que las de 
SU naciön. En todos nuestros discursos dimos muy lejos 
de la verdad del caso, y asi, todo nuestro entretenimiento 
desde alli adelante era mirar y tener por norte a la 20 
ventana donde nos habia aparecido la estrella de la cafia; 
pero bien se pasaron quince dias en que no la vimos, 
nl la mano tampoco, ni otra senal alguna. Y aunque en 
este tiempo procnramos con toda solicitud saber quien en 
aquella casa vivia, y si habia en ella alguna cristiana 25 
renegada, jaraäs hubo quien nos dijese otra cosa sino que 
alli vivia un moro principal y rico, llamado Agi Morato, 
alcaide que habia sido de la Pata, que es oficio entre 
ellos de mucha calidad; mas cuando mäs descuidados 
estabamos de que por alli habian de Ilover mäs cianiis, 30 
vimos a deshora parecer la cafia y otro lienzo en ella, 
con otro nudo mäs crecido; y esto fue a tiempo que 
estaba el bano, como la vez pasada, solo y sin gente. 
Hecimos la acostumbrada prueba, yendo cada uno primero 
que yo, de los mismos tres que estabamos; pero a nin- 35 
guno se rindiö la caüa sino a mi, porque en Uegando yo, 
la dejaron caer. Desate el nudo y halle cuarenta escudos 

6 C hizimos. 34 C hizimos. 

10* 



Cap. 40. _ 148 _ 

de oro espafioles y un papel escrito en aräbigo, y al cabo 
de lo escrito, hecha una grande cruz. Bese la cruz, tome 
los escudos, volvime al terrado, hecimos todos nuestras 
zalemas, toinö a parecer la mano, hice sefias que leeria 
5 el papel, cerraron la ventana. Quedamos todos confusos 
y alegres con lo sucedido; y como ninguno de nosotros 
no entendia el aräbigo, era giande el deseo que teniamos 
de entender lo que el papel contenia, y mayor la dificultad 
de buscar quien lo leyese. En fin, yo me determine de 

10 fiarme de un renegado natural de Murcia, que se habia 
dado por grande amigo mio, y puesto prendas entre los 
dos, que le obligaban a guardar el secreto que le encargase; 
porque suelen algunos renegados, cuando tienen intenciön 
de volverse a tierra de cristianos, traer consigo algunas 

15 firmas de cautivos principales, en que dan fe, en la forma 
que pueden, como el tal renegado es hombre de bien, y 
que siempre ha hecho bien a cristianos, y que lleva deseo 
de Lnirse en la primera ocasiön que se le ofrezca. Algunos 
hay que procuran estas fees con buena intenciön; otros 

20 se sirven dellas acaso y de industria, que viniendo a robar 
a tierra de cristianos, si a dicha se pierden o los cautivan, 
sacan sus firmas y dicen que por aquellos papeles se verä 
el proposito con que venian, el cual era de quedarse eu 
tierra de cristianos, y que por eso venian en corso con 

25 los demäs turcos. Con esto se escapan de aquel primer 
impetu, y ee reconcilian con la Iglesia, sin que se les liaga 
daiio, y cuando veen la suya, se vuelven a Berberia a 
ser lo que antes eran. Otros hay que usan destos papeles 
y los procuran con buen intento, y se quedan en tierra 

30 de cristianos. Pues uno de los renegados que he dicho 
era este mi amigo, el cual tenia firmas de todas nuestras 
camaradas, donde le acreditäbamos cuanto era posible; y 
si los moros le hallaran estos papeles, le quemaran vivo. 
Supe que sabia muy bien aräbigo, y no solamente hablarlo, 

35 sino escribirlo; pero antes que del todo me declarase con 
el, le dije que me leyese aquel papel, que acaso me habia 
hallado en un agujero de mi rancho. Abriöle, y estuvo 

27 BC ven. 31 BC este amigo. 



_ 149 — Oap. 40. 

un buen espacio mirändole y construyendole, murmurando 
entre los dientes. Preguntele si lo entendia; dijome que 
muy bien, y que si queria que me lo declarase palabra 
por palabra, que le diese tinta y pluma, porque mejor lo 
hiciese. Dimosle luego lo que pedi'a, y el poco a poeo 5 
lo fae traduciendo, y en acabando dijo: Todo lo que va 
aqui en romance, sin faltar letra, es lo que contiene este 
papel morisco, y hase de advertir que adonde dice: Lela 
Marien, quiere decir: Nucsira Senora la Virgen Ilaria. 
Leimos el papel, y decia asi: 10 

«Cuando yo era nina, tenia mi padre una esclava, la 
»cual en mi lengua me moströ la zalä cristianesca, y me 
»dijo muchas cosas de Lela Marien. La cristiana murio, 
»y yo se que no fue al fuego, sino con Alä, porque des- 
»pues la vi dos veces, y me dijo que me fuese a tierra 15 
»de cristianos a ver a Lela Marien, que me queria mucho. 
»No se yo cömo vaya: muchos cristianos he visto por 
»esta ventana, y ninguno me ha parecido Caballero sino 
»tu. Yo soy muy hermosa y muchacha, y tengo muchos 
»dineros que llevar conmigo: mira tii si puedes hacer 20 
»cömo nos vamos, y seräs allä mi marido, si quisieres, y 
»si no quisieres, no se me dani nada; que Lela Marien 
»me darä con quien me case. Yo escribi esto; mira a 
»quien lo das a leer, no te fies de ningiin moro, porque 
»son todos marfuces. Desto tengo mucha pena, que qui- 25 
»siera que no te descubrieras a nadie; porque si mi padre 
»lo sabe, me echarä luego en un pozo, y me cubrirä de 
»piedras. En la cana pondre un hilo, ata alli la res- 
»puesta; y si no tienes quien te escriba aräbigo, dimelo 
»por senas, que Lela Marien harä que te entienda. Ella 30 
»y Alä te guarden, y esa cruz que yo beso muchas veces; 
»que asi me lo mandö la cautiva.> 

Mirad, seüores, si eia razön que las razones deste 
papel nos admirasen y alegrasen; y asi, lo uno y lo otro 
fue de manera, que el renegado entendiö que no acaso 35 
se habia haliado aquel papel, sino que realmente a alguno 
de nosotros se habia escrito; y asi, nos rogö que si era 

31 BC guarde. 



Cap. 40. — 150 — 

verdad lo que sospechaba, que nos fiäseiuos dcl y se lo 

dijcsemos; que cl aventuraiia su vida por nuestra libertad. 

Y diciendo esto, sacö del peclio un crucifijo de raetal, 

y con muchas lagrimas jurö por el Dios que aquella 

5 imagen representaba, en quien el, aunque pecador y malo, 

bien y fielmente creia, de guardarnos lealtad y secreto en 

todo cuanto quisiesemos descubrirle , porque le parecia y 

casi adevinaba que por medio de aquella que aquel papel 

liabia escrito Labia el y todos nosotros de teuer libertad, 

10 y verse el en lo que tanto deseaba, que cra reducirse al 

gremio de la santa Iglesia su madve, de quien como 

miembro podrido estaba dividido y apartado, por su igno- 

rancia y pecado. Con tantas lagrimas y con muestras de 

tanto arrepentimiento dijo esto el renegado, que todos de 

15 un mesmo parecer consentimos y venimos en declararle 

la verdad del caso; y asi, le dimos cuenta de todo, sin 

cncubrirle nada. Mosträmosle la ventanilla por dondc 

parecia la cana, y cl marcö desde alli la casa, y quedö 

de tener especial y gran cuidado de informarse quien en 

20 ella vivia. Acordamos ansimesmo que seria bien responder 

al billete de la mora; y como teniamos quien lo supiese 

bacer, luego al momento el renegado escribiö las razones 

que yo le fui notando, que pnntualmente fueron las que 

dire, porque de todos los puntos sustanciales que en esto 

25 suceso me acontecieron, ninguno se me ha ido de la 

memoria, ni aun se me irä en tanto que tuviere vida. En 

efeto, lo que a la mora se le respondiö fue esto: 

«El verdadero Alä te guarde, senora mia, y aquella 
»bendita Marien, que es la verdadera madre de Dios, y 
30 »es la que te ha puesto en corazön que te vayas a tierra 
»de cristianos, porque te quiere bien. Ruegale tu que se 
»sirva de darte a entender como podräs poner por obra 
»lo que te manda; que ella es tan buena, que si harä. 
»De mi parte y de la de todos estos cristianos que estän 
35 »conmigo te ofrezco de hacer por ti todo lo que pudieremos, 
»hasta morir. No dejes de escribirme y avisarme lo que 
»pensares hacer, que yo te respondere siempre: que el 

19/20 AB en eUa venia. 



_ 151 — Cap. 40. 

»gi'ande Alä nos ha dado un cristiano cautivo que sabe 
»hablar y escribir tu lengua tan bien como lo veräs por 
»este papel. Asi que, sin tener miedo, nos puedes avisar 
»de todo lo que quisieres. A lo que dices que si fueres 
»a tierra de cristianos, que bas de ser mi mujer, yo te lo 5 
»prometo como buen cristiano; y sabe que los cristianos 
»cumplen lo que prometen, raejor que los moros. Alä y 
»Marien, su madre, sean en tu guarda, senora mia.» 

Escrito y cerrado este papel, aguarde dos dias a que 
estuviese el bano solo, como solia, y luego sali al paso 10 
acostumbrado del terradillo, por ver si la cana parecia, 
quo no tardö mucho en asomar. Asi como la vi, aunque 
no podia ver quien la ponia, mostre el papel, como dando 
a entender que pusiesen el hilo; pero ya venia puesto en 
la cafia, al cual ate el papel, y de alli a poco tornö a 15 
parecer nuestra estrella, con la blanca bandera de paz 
del atadillo. Dcjäronla caer, y alccla yo, y halle en el 
pano, en toda suerte de moneda de plata y de oro, mäs 
de cincuenta escudos, los cuales cincuenta veces mäs 
doblaron nuestro contento y confirmaron la esperanza de 20 
tener libertad. Aquella misma noche volviö nuestro rene- 
gado, y nos dijo que habia sabido que en aquella casa 
vivia el mesmo moro que a nosotros nos habian dicho, 
que se llamaba Agi Morato, riquisimo por todo extremo, 
el cual tenia una sola hija, heredera de toda su hacienda, 25 
y que era comün opiniön en toda la ciudad ser la mäs 
liermosa mujer de la Berberia; y que muchos de los 
virreyes que alli venian la habian pedido por mujer, y que 
ella nunca se habia querido casar; y que tambien supo 
que tuvo una cristiana cautiva, que ya se habia muerto. 30 
Todo lo cual concertaba con lo que venia en el papel. 

Entramos luego en consejo con el renegado en que 
orden se tendria para sacar a la mora y venirnos todos 
a tierra de cristianos, y, en fin, se acordö por entonces 
que esperäsemos al aviso segundo de Zoraida, que asi se 35 
llamaba la que ahora quiere Ilamarse Maria; porque bien 
vimos que ella y no otra alguna era la que habia de dar 



17 Ä y alce yo. 24 ABC Agui morato. 



Cap. iO. _ 152 _ 

medio a todas aquellas dificultades. Despues que quedamos 
en esto, dijo el renegado que no tuviesemos pena; que el 
perderia la vida, o nos pondn'a eu libertad. Cuatro dias 
estnvo el baiio con gente, que fue ocasiön que cuatro 
5 dias tardase en parecer la caiia; al cabo de los cuales, 
en la acostumbrada soledad del bafio, pareciö con el lienzo 
tan prenado, que nn felicisimo parto prometia. Inclinöse 
a mi la caüa y el lienzo; halle en el oti'o papel y cien 
cscudos de oro, sin otra moneda alguna. Estaba alli el 

10 renegado, dimosle a leer el papel dentro de nuestro rancho, 
el cual dijo que asi decia: 

«Yo no se, mi senor, cömo dar orden que nos vamos 
»a Espaiia, ni Lela Marien me lo ha dicho, aunque yo 
'^se lo he preguntado; lo que se podrä hacer es qne yo 

15 »OS dare por esta ventana muchisimos dineros de oro; 
»rescataos vos con ellos, y vuestros amigos, y vaya uno 
»en tierra de cristianos, y compre allä una barca, y 
»vuelva por los demäs; y a mi me hallarän en el jardin 
->de mi padre, que estä a la puerta de Babazön, junto a 

20 »la marina, donde tengo de estar todo este verano con 
»mi padre y con. mis criados. De alli, de noche, me 
»podreis sacar sin miedo, y llevarme a la barca. Y mira 
■>qne has de ser mi marido, porque si no, yo pedire a 
»Marien que te castigne. Si no te fias de nadie que vaya 

25 »por la barca, rescätate tu y ve; que yo se que volveräs 
»mejor que otro, pues eres caballero y cristiano. Procura 
»saber el jardin, y cuando te pasees por ahi sabre que 
»estä solo el baiio, y te dare mncho dinero. Alä te 
»goarde, seüor mio.» 

30 Esto decia y contenia el segundo papel; lo cual visto 

por todos, cada uno se ofreciö a querer ser el rescatado, 
y prometiö de ir y volver con toda puntualidad, y tambien 
yo me ofreci a lo mismo: a todo lo cual se opuso el 
renegado, diciendo que en ninguna manera consentiria qne 

35 ninguno saliese de libertad hasta que fuesen todos juntos, 
porque la experiencia le habia mostrado cuän mal cumplian 
los libres las palabras que daban en el cautiverio; porque 

8 C lieen^o. 18 BC hallarä. 



— 153 — Cap. 40. 

muchas veces habian usado de aquel remcdio algunos 
principales cautivos, rescatando a uno que fuese a Valencia 
Mallorca con dineros para poder armar una barca y 
volver por los que le habian rescatado, y nunca habian 
vuelto; porque la libertad alcanzada y el temor de no 5 
volver a perderla, les borraba de la memoria todas las 
obligaciones del mundo. Y en confirmaciön de la verdad 
que nos decia, nos conto brevemente un caso que casi en 
aquella mesma sazön habia acaecido a unos caballeros 
cristianos, el mäs extrano que jamäs sucediö en aquellas 10 
partes, donde a cada paso suceden cosas de grande espanto 
y de admiraciön. En efecto, el vino a decir que lo que 
se podia y debia hacer era que el dinero que se habia 
de dar para rescatar al cristiano, que se le diese a el 
para comprar alli en Argel una barca, con achaque de 15 
hacerse mercader y tratante en Tetuän y en aquella costa; 
y que siendo el seiior de la barca, fäcilmente se daria 
traza para sacarlos del baflo y embarcarlos a todos. Cuanto 
mäs que si la mora, como ella decia, daba dineros para 
rescatarlos a todos, que estando libres, era facilisima cosa 20 
äun embarcarse en la mitad del dia; y que la dificultad 
que se ofrecia mayor era que los moros no consienten 
que renegado alguno compre ni tenga barca, sino es bajel 
grande para ir en corso, porque se temen que el que 
compra barca, principalmente si es espanol, no la quiere 25 
sino para irse a tierra de cristianos ; pero que el facilitaria 
este inconveniente con hacer que un moro tagarino fuese 
a la parte con el en la compaiiia de la barca y en la 
ganancia de las mercancias, y con esta sombra el vendria 
a ser senor de la barca, con que daba por acabado todo 30 
lo demäs. Y puesto que a mi y a mis camaradas nos 
habia parecido mejor lo de enviar por la barca a Mallorca, 
como la mora decia, no osamos contradecirle, temerosos 
que si no haciamos lo que el decia, nos habia de descubrir 
y poner a peligro de perder las vidas, si descubriese el 35 
trato de Zoraida, por cuya vida dieramos todos las nuestrae; 

5 ABC de la libertad Brüssel 1607 la libertad. 27 ABC 
Tangerino Ac {1780) tagarino. 



Cai». 40. _ 154 _ 

y asi, determinamos de ponernos en las manos de Dius 
y en las del renegado, y en aquel mesmo punto se le 
rcspondiö a Zoraida, diciendole que hariamos todo cuanto 
nos aconsejaba, porque lo habia advertido tambien como 
5 si Lela Marien se lo hubiera dicho, y que en ella sola 
estaba dilatar aquel negocio, o ponello luego por obra. 
Ofrecimele de nuevo de ser su esposo, y con esto, otro 
dia que acaecid a estar solo el bano, en diversas veces, 
con la cana y el pano, nos diö dos mil escudos de oro, 

10 y un papel donde decia que el primer jumä, que es el 
viernes, se iba al jardin de su padre, y que antes que se 
fuese nos daria mäs dinero; y que si aquello no bastasc, 
que se lo avisasemos; que nos daria cuanto le pidiesemos, 
que SU padre tenia tantos, que no lo echaria menos, 

15 cuanto mäs que ella tenia las llaves de todo. Dimos 
luego quinientos escudos al renegado para comprar la 
barca; con ochocientos me rescate yo, dando el dinero a 
un mercader valenciano- que a la sazön se Lallaba cn 
Argel, el cual me rescatö del rey, tomändome sobre su 

20 palabra, dändola de que con el primer bajel que viniese 
de Valencia pagaria mi rescate; porque si luego diera el 
dinero, fuera dar sospechas al rey que habia muchos dias 
que mi rescate estaba en Argel, y que el mercader, por 
sus granjerias, lo habia callado. Finalmente, mi amo era 

25 tan caviloso, que en ninguna manera me atrevl a que luego 
se desembolsase el dinero. 

El juevcs antes del viernes que la hermosa Zoraida 
se habia de ir al jardin nos diö otros mil escudos y nos 
avisö de su partida, rogändome que si me rescatase, supiese 

30 luego el jardin de su padre, y que en todo caso buscase 
ocasiön de ir allä y verla. Respondile en breves palabras 
que asi lo haria, y que tuviese cuidado de encomendarnos 
a Lela Marien con todas aquellas oraciones que la cautiva 
le habia enseiiado. Hecho esto, dieron orden en que los 

35 tres compafieros nuestros se rescatasen, por facilitar la 
salida del bano, y porque viendome a mi rescatado, y a 
ellos no, pues habia dinero, no se alborotasen y les per- 

4 BC tan bien. 14 C no le echariamos menos. 



_ 155 — Cap. 41. 

suadiese el diablo que Iiiciesen alguna cosa en perjuicio 
de Zoraida; que puesto que el ser ellos quien eran me 
podia asegurar desto temor, con todo cso, no quise poner 
el negocio en aventura, y asi, los hice rescatar por la 
misma orden que yo me rescate, entregando todo el dinero 
al mercader, para que con certeza y seguridad pudiese 
hacer la fianza ; al cual nunca descubrimos nuestio trato 
y secreto, por el peligro que habia. 



CAPITULO XLI. 

Doude todavia prosigue el cautivo su suceso. 

No sc pasaron quince dias, cuando ya nuestio rene- 
gado tenia comprada una muy buena barca, capaz de mäs 10 
de treinta personas; y para asegurar su hecbo y dalle 
color, quiso hacer, como hizo, un viaje a un liigar que se 
llamaba Sargel, que estä treinta leguas de Argel hacia 
la parte de Orän, en el cual hay mucha contrataciön de 
higos pasos. Dos o tres veces bizo este viaje, en com- 15 
paiiia del tagarino que habia dicho. Tagarinos llaman 
en Berberia a los moros de Aragon, y a los de Granada 
nmcUjarcs; y en el reino de Fez llaman a los mudejares 
clcJics, los cuales son la gente de quien aquel rey mäs 
se sirve en la guerra. Digo, pues, que cada vez que 20 
pasaba con su barca daba fondo en una caleta que estaba 
no dos tiros de ballesta del jardin donde Zoraida esperaba; 
y alli, muy de propösito, se ponia el renegado con los 
morillos que bogaban el remo, o ya a hacer la zalä, o a 
como por ensayarse de burlas a lo que pensaba, hacer de 25 
Veras; y asi, se iba al jardin de Zoraida y le pedia frnta, 
y su padre se la daba sin conocelle. Y aunque el quisiera 
hablar a Zoraida, como el despues me dijo, y decille que 
el era el que por orden mia la habia de llevar a tierra 
de cristianos, que estnviese contenta y segura, nunca le 30 
fue posible, porque las moras no se dejan ver de ningün 

12/13 C que se Uama. 16 C Tagarino llaman. 26 BC 
la pedia. 



Oap. iL — 156 — 

moro ni turco, si no e3 que su marido o su padre se lo 
manden: de cristianos cautivos se dejan tratar y comunicar, 
aun mäs de aquello que seria razonable; y a mi me 
hubiera pesado que el la hubiera hablado; que quizä la 
5 alborotara, viendo que su negocio andaba en boca de rene- 
gados. Pevo Dios, que lo ordenaba de otra manera, no 
diö lugar al bnen deseo que nuestro renegado teni'a; el 
cual, vieudo cuän seguramente iba y venia a Sargel, y que 
daba fondo cuändo, y cömo, y adönde queria, y que el 

10 tagarino su companero no tenia mäs voluntad de lo que 
la suya ordenaba, y que yo estaba ya rescatado, y que 
solo faltaba buscar algunos cristianos que bogasen el 
remo, me dijo que mirase yo cuäles queria traer conmigo, 
fuera de los rescatados, y que los tuviese hablados para 

15 el primer viernes, donde tenia determinado que fuesc 
nuestra partida. Viendo esto, hable a doce espanoles, 
todos valientes hombres del remo, y de aquellos que mäs 
librcmente podian salir de la ciudad; y no fue poco 
hallar tantos en aquella coyuntura, porquc estaban veinte 

20 bajeles en corso, y se habian llevado toda la gente de 
remo, y estos no se hallaran, si no fuera que su amo sc 
quedö aquel verano sin ir en corso, a acabar una galeota 
que tenia en astillero; a los cuales no les dije otra cosa 
siuü que el primer viernes en la tarde se saliesen uno a 

25 uno, disimuladamente, y se fuesen la' vuelta del jardin de 
Agi Morato, y que alli me aguardasen hasta que yo fuese. 
A cada uno di este aviso de por si, con orden que aun- 
que alli viesen a otros cristianos, no les dijesen sino que 
yo les Labia mandado esperar en aquel lugar. Hecha 

30 esta diligencia, me faltaba hacer otra, que era la que mäs 
me convönia; y era la de avisar a Zoraida en el punto 
que estaban los negocios, para que estuviese apercebida y 
sobre aviso, que no se sobresaltase si de improviso la 
asaltäsemos antes del tiempo que ella podia imaginär que 

35 la barca de cristianos podia volver. Y asi, determine de 
ir al jardin y ver si podria hablarla; y con ocasiön de 

17 BC de remo. 23 ABC arstillero. 26 BG Agui- 
morato. 28 BC viessen otros. 



_ 157 — Cap. 41. 

coger algunas yeibas, im dia antes de mi partida, fui allä, 
y la primera persona con quien encontre fue con su padre, 
el cual me dijo en lengua qne en toda la Berben'a y aim 
en Constantinopla se habla entie cautivos y moros, que 
ni es morisca ni castellana ni de otra naciön alguna, sine 5 
una mezcla de todas las lenguas, con la cual todos nos 
entendemos: digo, pues, qne en esta manera de lengiiaje 
me preguntö que que buscaba en aquel su jardin, y de 
quien era. Respondile que era esclavo de Arnaute Marai, 
y esto, porque sabia yo por muy eierto que era un 10 
grandisimo amigo suyo, y que buscaba de todas yerbas, 
para hacer ensalada. Preguntöme, por el consiguiente, si 
era hombre de rescate o no, y que cuänto pedia mi amo 
por mi. Estando en todas estas preguntas y respuestas, 
saliö de la casa del jardin la bella Zoraida, la cual ya 15 
habia mucho que me Labia visto; y como las moras en 
ningnna manera Lacen melindre de mostrarse a los cristi- 
anos, ni tampoco se esquivan, como ya he dicho, no se 
le diö nada de venir adonde su padre conmigo estaba; 
antes, luego cuando su padre viö que venia, y de espacio, 20 
la llamö y mandö que llegase. 

Demasiada cosa seria decir yo agora la mucha her- 
mosura, la gentileza, el gallardo y rico adorno con que 
mi querida Zoraida se moströ a mis ojos: solo dire que 
mäs perlas pendian de su hermosisimo cuello, orejas y 25 
cabellos que cabellos tenia en la cabeza. En las gargantas 
de los pies, que descubiertas, a su usanza traia, traia dos 
carcajes (que asi se llaman las manillas o ajorcas de los 
pies en morisco) de purisimo oro, con tantos diamantes 
engastados, que ella me dijo despues que su padre los 30 
estimaba en diez mil doblas, y las que traia en las 
muiiecas de las manos valian otro tanto. Las perlas eran 
en gran cantidad y muy buenas, porque la mayor gala y 
bizarria de las moras es adornarse de ricas perlas y 
aljöfar; y asi, hay mäs perlas y aljöfar entre moros que 35 
entre todas las demäs nacioncs; y el padre de Zoraida 



4 ABC se halla Brüssel 1607 habla. 27 A de los sus 
pies. 28 ABC llamaban Brüssel 1607 llaman. 



Cap. 41. — 158 — 

tenia fama de tener muchas y de las mejores que en 
Argel Labia, y de teuer asimismo mäs de docientos mil 
escndos espanoles, de todo lo cnal eva sefiora esta que 
ahora lo es mia. Si con todo este adorno podia venir 
5 eutouces hermosa o no, por las reliquias que le han que- 
dado en tantos trabajos se podrä conjeturar cual debia de 
ser en las prosperidades. Porque ya se sabe que la her- 
mosura de algunas mnjeres tiene dias y sazones, y requiere 
accidentes para diminuirse o acrecentarse; y es natural 

10 cosa que las pasiones del änimo la levanten o abajen, 
puesto que las mjis veces la destruyen. Digo, en fin, que 
entonces llego en todo extremo aderezada y en todo 
extreme hermosa, o, a lo menos, a mi me parecio serlo 
la mäs que hasta entonces habia visto; y con esto, viendo 

15 las obligaciones en que me habia puesto, me parecia que 
tenia delante de mi una deidad del cielo, venida a la 
tierra para mi gusto y para mi remedio. Asi como ella 
llegö, le dijo su padre en su lengua como yo era cautivo 
de SU amigo Arnaute Mami, y que venia a buscar ensalada. 

20 Ella tomö la mano, y en aquella mezcla de lenguas que 
tengo dicho me preguntö si era caballero, y que era la 
causa que no me rescataba. Yo le respondi que ya estaba 
rescatado, y que en el precio podia echar de ver en lo 
que mi amo me estimaba, pues habia dado por mi mil y 

25 quinientos zoltanis. A lo cual ella respondiö: En verdad 
que si tu fueras de mi padre, que yo hiciera que no te 
diera el por otros dos tantos; porque vosotros, cristianos, 
siempre mentis en cuanto decis, y os haceis pobres por 
enganar a los moros. Bien podria ser eso, seüora, le res- 

30 pondi; mas en verdad que yo la he tratado con mi amo, 
y la trato y la tratare con cuantas personas hay en el 
mundo. ^;Y cuändo te vas? dijo Zoraida. Maiiana, creo 
yo, dije, porque estä aqui un bajel de Francia que se 
hace maiiana a la vela, y pienso irme en el. rjNo es 

35 mejor, replicö Zoraida, esperar a que vengan bajeles de 
Espana, y irte con ellos, que no con los de Francia, que 
no son vnestros amigos? No, respondi yo; aunque si 

2 C astimesmo. 10 BC baxen. 25 A coltamis. 



— 159 — Cap. 41. 

como hay nuevas que viene ya un bajel de Espafia es 
verdad, todavia yo le aguardare; puesto que es mäs cierto 
el partirme mailana; porque el deseo que tengo de verme 
en mi tierra y con las personas que bien quiero es tanto, 
que no me dejara esperav otra comodidad, si se tarda, por 5 
mejor que sea. Debes de ser, sin duda, casado en tu 
tierra, dijo Zoraida, y por eso deseas ir a verte con tu 
mujer. No soy, respondi yo, casado; mas tengo dada la 
palabra de casarme en llegando allä. <;,¥ es hermosa la 
dama a quien se la diste? dijo Zoraida. Tan hermosa es, 10 
respondi yo que para encarecella y decirte la verdad, se 
parece a ti mucho. Desto se riyö muy de veras su padre, 
y dijo : Gualä, cristiano, que debe de ser muy hermosa si 
se parece a mi hija, que es la mäs hermosa de todo este 
reino. Si no, mirala bien, y veras cömo te digo verdad. 15 
Servianos de intdrprete a las mäs destas palabras y razones 
el padre de Zoraida, como mäs ladino; que aunque ella 
liablaba la bastarda lengua que, como he dicho, alli se 
usa, mäs declaraba su intenciön por sefias que por palabras. 

Estando en estas y otras muchas razones, llegö un 20 
moro corriendo, y dijo a grandes voces que por las bardas 
o paredes del jardin habian saltado cuatro turcos, y andaban 
cogiendo la fruta, aunque no estaba madura. Sobresaltose 
el viejo, y lo mesmo hizo Zoraida; porque es comi'm y 
casi natural el miedo que los moros a los turcos tienen, 25 
especialmente a los soldados, los cuales son tan insolentes 
y tienen tanto imperio sobre los moros que a ellos estän 
sujetos, que los tratan peor que si fuesen esclavos suyos. 
Digo, pues, que dijo su padre a Zoraida: Hija, retirate a 
la casa y encierrate, en tanto que yo voy a hablar a estos 30 
canes; y tu, cristiano, busca tus yerbas, y vete en bnen 
hora, y llevete Alä con bien a tu tierra. 

Yo me incline, y el se fue a buscar los tui'cos, dejän- 
dome solo con Zoraida, que comenzö a dar muestras de 
irse donde su padre la habia mandado; pero apenas el se 35 
encubriö con los ärboles del jardin, cuando ella, volvien- 



11/12 ABC te parece Madrid 1637ff se. 36 BG bolviesse 
a mi. 



Cap. 41. _ 160 — 

(lose a mi, llenos los ojos de lägrimas, me dijo: ^Ämcxi 
cristiano, ämexi? que quiere decir: ^Vaste, cristiano, 
vaste? Yo la respondi: Senora, si, pero no, en ninguna 
manera, sin ti: el prlmer jumä me aguarda, y no te sobre- 
5 saltes cuando nos veas; que sin duda algiina iremos a 
tierra de cristianos. 

Yo le dije esto de manera que ella me eutendiö mny 
bien a todas las razones que entrambos pasamos; y echän- 
dome un brazo al cuello, con desmayados pasos comenzö 

10 a caminar hacia la casa; y quiso la suerte, que pudiera 
ser muy mala si el cielo no lo ordenara de otra manera, 
que yendo los dos de la manera y postura que os he 
contado, con un brazo al cuello, su padre, que ya volvia 
de hacer ir a los tnrcos, nos vid de la suerte y manera 

15 que ibamos, y nosotros vimos que el nos habia visto; 
pero Zoraida, advertida y discreta, no quiso quitar el brazo 
de mi cuello; antes se llegö mäs a mi y puso su cabeza 
sobre mi pecho, doblando un poco las rodillas, dando 
ciaras senales y muestras que se desmayaba, y yo, ansi- 

20 misrao, di a entender que la sostenia contra mi voluntad. 
Su padre llegu corriendo adonde estäbamos, y viendo a 
SU hija de aquella manera, le preguntd que que tenia; 
pero como ella no le respondiese, dijo su padre: Sin 
duda alguna que con el sobresalto de la entrada destus 

25 canes se ha desmayado. 

Y quitändola del mio, la arrimo a su pecho, y ella, 

dando un suspiro y aün no enjutos los ojos de higrimas, 

volviö a decir: Amexi^ cristiano, amexi. Vete, cristiano, vete. 

A lo qne su padre respondiö: No importa, hija, que 

30 el cristiano se vaya; que ningun mal te ha hecho, y los 
turcos ya son idos. No te sobresalte cosa alguna, pues 
ninguna hay que pueda darte pesadumbre; pues, como 
ya te he dicho, los turcos, a mi ruego, se volvieron per 
donde entraron. 

35 Ellos, seöor, la sobresaltaron, como has dicho, dije 

yo a su padre; mas pues ella dice que yo me vaya, no 

1 UM verbessert den arabischen Ausruf in Tämxixi auf 
Grund einer Auskunft von selten des Arabisten D. Miguel Asin 
Palacios (siehe Bd. IV, S. 68 Auni.). 



— 161 — Cap. 41. 

la qniero dar pesadumbre: quedate en paz, y, con tu 
licencia, volvere, si fuere iiienester, por yerbas a este 
jardin; que, segiln dice mi amo, en ninguno las hay me- 
jores para ensalada qne en el. 

Todas las que quisieres podräs volver, respondiö 5 
Agi Morato; que mi liija no dice esto porque tu ni nin- 
guno de los cristianos la enojaban, sino que, por decir 
que los turcos se fuesen, dijo que tu te fueses, o porque 
ya era hora que buscases tus yerbas. 

Con esto, me despedi al punto de entrambos; y ella, 10 
arrancändosele el alma, al parecer, se fue con su padre, 
y yo, con achaque de buscar las yerbas, rodee muy bien 
y a mi placer todo el jardin: mire bien las entradas y 
salidas, y la fortaleza de la casa, y la comodidad que se 
podia ofrecer para facilitar todo nuestro negocio. Hecho 15 
esto, me vine y di cuenta de cuanto habia pasado al 
renegado y a mis companeros, y ya no veia la hora de 
verme gozar sin sobresalto del bien que en la hermosa y 
bella Zoraida la suerte me ofrecia. 

En fin, el tiempo se paso, y se llegö el dia y plazo 20 
de nosotros tan deseado; y siguiendo todos el orden y 
parecer que, con discreta consideraciön y largo discurso, 
muchas veces habiamos dado, tuvimos el buen suceso que 
deseäbamos; porque el viernes que se siguio al dia que 
yo con Zoraida hable en el jardin, nuestro renegado, al 25 
anochecer, diö fondo con la barca casi frontero de donde 
la hermesisima Zoraida estaba. 

Ya los cristianos que habian de bogar el remo, estaban 
prevenidos y escondidos por diversas partes de todos 
aquellos alrededores. Todos estaban suspensos y alboro- 30 
zados aguardändome, deseosos ya de embestir con el bajel 
que a los ojos tenian; porque ellos no sabian el concierto 
del renegado, sino que pensaban que a fnerza de brazos 

2 A bolver, si fuere. 6 AB Aguimorato. 7 A enjoavan. 
25 ABC el jardin Morrenago. Die schon von Hartzenbusch (1863) 
vorgeschlagene Änderung in nuestro renegado dürfte die richtige 
sein. Cervantes kürzte ab : uro rreneg°. Der Setzer druckte 
dafür morreyiago ähnlich wie er in anderen Fällen mio statt nro 
gelesen hatte (.siehe Bd. II, S. 22 dieser Ausgabe). 

Komanisphe Bibl. Nr. 24. Don Quijote. W 



Cap. 41. _ 162 — 

habian de liaber y ganar la libertad, qiiitando la vida a 
los moros que dentro de la barca estabau. Sucediö, pues, 
que asi como yo me niostre y mis companeros, todos los 
demäs escondidos que nos vieron se vinieron llegando a 
5 nosotros. Esto era ya a tiempo que la ciudad estaba ya 
cerrada, y por toda aqnella carapana ninguna persona 
parecia. Como estuvimos juntos, dudamos si seria mejor 
ir primero por Zoraida, o rendir primero a los moros 
bagarinos que bogaban el remo en la barca; y estando 

10 en esta duda, Uegö a nosotros nuestro renegado dicien- 
donos que en que nos deteniamos; que ya era Lora, y 
que todos sus moros estaban descuidados y los mäs dellos 
durmiendo. Dijiraosle en lo que reparäbamos, y el dijo 
que lo que mas iiuporlaba era rendir primero el bajel, 

15 que se podia hacer con graudisima facilidad y sin peligro 
alguno, y que luego podiamos ir por Zoraida. Pareciönos 
bien a todos lo que decia, y asi, sin detenernos mäs, 
haciendo el la guia, llegamos al bajel, y saltando el dentro 
primero, metiö mano a un alfanje y dijo en morisco : 

20 Ninguno de vosotros se mueva de aqui, si no quiere que 
le cueste la vida. 

Ya, a este tiempo, habian entrado dcnt)o casi todos 
los cristianos. Los moros, que eran de poco änimo, viendo 
hablar de aquella manera a su arräez, quedäronse espau- 

25 tados, y sin ninguno de todos ellos cchar roano a las 
armas, que pocas o casi ningunas teniau, se dejaron, sin 
hablar alguna palabra, raaniatar de los cristianos, los 
cuales con mucha prcsteza lo hicioron, auienazando a los 
moros que si alzaban por alguna via o manera la voz, 

30 que luego al punto los pasaiian todos a cuchillo. Hecho 
ya esto, quedändose en guardia dellos la mitad de los 
nuestros, los que quedäbamos, haciendonos asimismo el re- 
negado la guia, fuimos al jardin de Agi Morato, y quiso 
la buena suerte que, llegando a abrir la puerta, se abriö 

35 con tanta facilidad como si cerrada no estuviera; y asi, 
con gran quietud y silencio, llegamos a la casa sin ser 
sentldos de nadie. 

30 B todo a cuchillo. 33 AB Agnimorato. 



— 163 — Cap. 41. 

Estaba la bellisima Zoraida aguardändonos a una 
veutana, y asi como sintiö gente, piegunto con voz baja 
si eramos nizarani^ como si dijera o preguntara si eramos 
cristianos. Yo le respondi que si, y que bajase. Cuando 
ella rne conociö, no se detuvo un punto; porque, sin res- 5 
ponderme palabra, bajö en un instante, abriö la puerta, 
y moströse a todos tan hermosa y ricamente vestida, qne 
no lo acierto a encarecer. Luego que yo la vi, le tome 
una mano y la comence a besar, y el renegado hizo lo 
mismo, y mis dos camaradas; y los demäs que el caso 10 
no sabian hicieron lo que vieron que nosotros haciamos, 
que no parecia sino que le däbamos las gracias y la 
reconociamos por seiiora de nuestra libertad. El renegado 
le dijo en lengua morisca si estaba su padre en el jardin. 
Ella respondiö que si, y que dormia. 15 

Pues serä menester despertalle , repUcö el renegado, 
y llevärnosle con nosotros, y todo aquello que tiene de 
valor este hermoso jardin. No, dijo ella, a mi padre no 
se ha de tocar en ningün modo, y en esta casa no hay 
otra cosa que lo que yo llevo, que es tanto, que bien 20 
habrä para que todos quedeis ricos y contentos, y esperaos 
un poco y lo vereis. 

Y diciendo esto, se volviö a entrar, diciendo que muy 
presto volveria; que nos estuvi^semos quedos, sin hacer 
ningün raido. Preguntele al renegado lo que con ella 25 
habia pasado, el cual me lo conto, a quien yo dije que 
en ninguna cosa se habia de hacer mäs de lo que Zoraida 
quisiese; la cual ya volvia cargada con un cofrecillo Ueno 
de escudos de oro, tantos, que apenas lo podia sustentar. 
Quiso la mala suerte que su padre despertase en el 30 
interin y sintiese el ruido que andaba en el jardin; y aso- 
mändose a la ventana, luego conociö que todos los que 
en el estaban eran cristianos y dando muchas, grandes 
y desaforadas voces, comenzö a decir en aräbigo: ; Cris- 
tianos, cristianos, ladrones, ladrones! Por los cuales gritos 35 
nos vimos todos puestos en grandisima y temerosa con- 

18 BC valor en este. 21 A esperaros. 28 A La quäl 
ya que volvia. 

11* 



Cap. 41. — 164 — 

fusiön; pero el renegado, viendo el peligro en que estä- 
bamos, y lo mucho qne le importaba salir con aquella 
empresa antes de ser sentido, con grandisima presteza subiö 
donde Agi Morato estaba, y juntamente con el fueron 
5 algunos de nosotros; qne yo no ose desamparar a la 
Zoraida, qne como desmayada se liabia dejado caer en 
mis brazos. En resolucion, los qne snbieron se dieron 
tan buena maiia, qne en un momento bajaron con Agi 
Morato, trayendole atadas las raanos y puesto nn paniznelo 

10 en la boca, que no le de.jaba hablar palabra, amenazändole 
qne el hablaiia le habia de costav la vida. Cnando sn 
hija le vio se cubriö los ojos pov no verle, y su padre 
quedö espantado, ignorando cuän de su voluntad se habia 
puesto en nuestras manos; mas entonces siendo mäs nece- 

15 sarios los pies, con diligencia y presteza nos pusimos en la 
barca; qne ya los que en ella habian quedado nos espe- 
raban, temerosos de algün mal suceso nuestro. 

Apenas serian dos horas pasadas de la noche, cnando 
ya estäbamos todos en la barca, en la cual se le qnito 

20 al padre de Zoraida la atadnra de las manos y el pano 
de la boca; pero tornöle a decir el renegado que no 
hablase palabra; que le quitarian la vida. El, como viö 
alli a su hija, comenzö a suspirar ternisiraamente, y mäs 
cuando viö que yo estrechamente la tenia abrazada, y que 

25 ella, sin defenderse, quejarse, ni esquivarse, se estaba 
queda; pero, con todo esto, callaba, porque no pusiesen 
en efeto las muchas amenazas que el renegado le hacia. 
Viendose, pues, Zoraida ya en la barca, y que queriaraos 
dar los remos al agua, y viendo alli a su padre y a los 

30 demäs moros que atados estaban, le dijo al renegado que 

' me dijese le hiciese merced de soltar a aquellos moros, y 

de dar libertad a su padre; porque antes se arrojaria en 

la mar qne ver delante de sus ojos y por causa suya 

llevar cautivo a un padre que tanto la habia querido. 

35 El renegado me lo dijo, y yo respondi que era muy 
contento; pero el respondid que no convenia, a causa que 
si alli los dejaban, apellidarian luego la tierra y alboro- 



4 AB Agnimorato. 25 C ni quejarse. 



— 165 — Cap. 41. 

tarian la ciudad, y serian causa que saliesen a buscallos 
con algunas fragatas ligeras, y les tomasen la tierra y la 
mar, de manera, que no pudiesemos escaparnos; que lo 
que se podria hacer era darles libertad en llegando a la 
primera tierra de cristianos. En este parecer venimos 5 
todos; y Zoraida, a quien se le diö cuenta, con las causas 
que nos movian a no hacer luego lo que queria, tambien 
se satisfizo; y luego, con regocijado silencio y alegre 
diligencia, cada uno de nuestros valientes remeros tomö 
SU remo, y comenzamos, encomendandonos a Dios de todo 10 
corazön, a navegar la vuelta de las islas de Mallorca, que 
es la tierra de cristianos mäs cerca; pero a causa de 
soplar un poco el viento tramontana y estar la mar algo 
picada, no fue posible seguir la derrota de Mallorca, y 
fuenos forzoso dejarnos ir tierra a tierra la vuelta de 15 
Orän, no sin mucha pesadumbre nuestra, por no ser des- 
cubiertos del lugar de Sargel, que en aquella costa cae 
sesenta millas de Argel; y asimismo temiamos encontrar 
por aquel paraje alguna galeota de las que de ordinario 
vienen con mercancia de Tetuän, aunque cada uno por si, 20 
y por todos juntos, presumiamos de que si se encontraba 
galeota de mercancia, como no fuese de las que andan en 
corso, que no solo no nos perderiamos; mas que tomariamos 
bajel donde con mäs seguridad pudiesemos acabar nuestro 
viaje. Iba Zoraida, en tanto que se uavegaba, puesta la 25 
cabeza entre mis manos por no ver a su padre, y sentia 
yo que iba Uamando a Lela Marien, que nos ayudase. 

Bien habriamos navegado treiuta millas, cuando nos 
amaneciö, como tres tiros de arcabuz desviados de tierra, 
toda la cual vimos desierta y sin nadie que nos descu- 30 
briese; pero, con todo eso, nos fuimos a fuerza de brazos 
entrando un poco en la mar, que ya estaba algo mäs 
sosegada; y habiendo entrado casi dos leguas, diöse orden 
que se bogase a cuarteles en tanto que comiamos algo, 
que iba bien proveida la barca, puesto que los que 35 
bogaban dijeron que no era aquel tiempo de tomar reposo 

1 1 da isla. 17 18 C cae no mas que sessenta millas. 20 BC 
veniau. 33 BC sosegado. 



Cap. 41. _ 166 — 

alguno; que les diesen de comer los quo nu bogaban; 
que ellos no querian soltar los remos de las manos en 
manera alguna. Hizose ansi, y en esto comenzö a soplav 
un viento largo, que nos Obligo a hazer luego vela y a 
5 dejar el remo, y enderezar a Oran, por no ser posible 
poder hacer otro viaje. Todo se hizo con mucha presteza, 
y asi, a la vela navegamos por mas de ocho millas por 
hora, sin llevar otro temor algiino sino el de encontrar 
con bajel que de corso fuese. Dimos de comer a los 

10 moros bagarinos, y el renegado les consolo diciendoles 
como no iban cautivos; qne en la primera ocasiön les 
darian libertad. Lo mismo se le dijo al padre de Zoraida, 
el cual respondiö : Ciialquiera otra cosa pudiera yo esperar 
y creer de vuestra liberalidad y buen termino, o cristianos; 

15 mas el darme libertad, no me tengäis por tan simple que 
lo imagine; que nunca os pusistes vosotros al peligi'O de 
quitärmela para volverla tan liberalmente, especialmente 
sabiendo quien soy yo, y el interese que se os puede 
segnir de därmela; el cual interese si le quereis poner 

20 nombre, desde aqui os ofrezco todo aquello que quisieredes 
por mi y por esa desdichada hija mia, o si no, por ella 
sola, que es la mayor y la mejor parte de mi alma. 

En diciendo esto, comenzö a llorar tan amargamente, 
que a todos nos moviö a compasiön, y forzo a Zoraida 

25 que mirase, la cnal, viendole llorar, asi se enterneciö, que 
se levantö de mis pies y fue a abrazar a sn padre y, 
juntando su rostro con el suyo, comenzaron los dos tan 
tierno llanto, que muchos de los que alli ibamos le acom- 
pafiamos en dl. Pero euando su padre la viö adomada 

30 de fiesla y con tantas joyas sobre si, le dijo en su lengna: 
^Que es esto, hija, que ayer al anochecer, antes que nos 
sucediese esta terrible desgracia en que nos vemos, te vi 
con tus ordinarios y caseros vestidos, y agora, sin que 
hayas tenido tiempo de vestirte, y sin haberte dado alguna 

35 nueva alegre de solemnizalla con adomarte y pulirte, tc 
veo compuesta con los mejores vestidos que yo supe y^ 

10 ABC moros vagarraos Ac 1780 bagarinos. 85 A solenizalla; 
B solenizarle. 



_.. 167 — Cap. il. 

pude darte cuaudü nos fue la Ventura mäs favorableV 
Respöndeme a esto, que me tiene mäs suspenso y admirado 
que la misma desgracia en que me hallo. 

Todo lo que el moro decia a su hija nos lo decla- 
raba el renegado, y ella no le respondia palabra. Pero 5 
cuando el viö a un lado de la barca el cofrecillo donde 
ella solia tener sus joyas, el cual sabia el bien que le 
habia dejado en Avgel, y no traidole al jardin, quedö 
mäs confuso, y preguntöle que cörao aquel cofre habia 
venido a nuestras manos, y que era lo que venia dentro. 10 
A lo cual el renegado, sin aguardar que Zoi'aida le res- 
poudiese, le respondiö: No te causes, senor, en preguntar 
a Zoraida, tu hija, tantas cosas, porque con una que yo te 
responda te satist'are a todas; y asi, quiero que sepas que 
ella es cristiana, y es la que ha sido la lima de nuestras 15 
cadenas y la libertad de nuestro cautiverio : ella va aqui 
de SU voluntad, tan contenta, a lo que yo imagino, de 
verse en este estado, como el que sale de las tinieblas a 
la luz, de la muerte a la vida y de la pena a la gloria. 
^,Es verdad lo que este dice, hija? dijo el moro. Asi es, 20 
respondiö Zoraida. r^Qu6 en efeto, replicö el viejo, tu 
eres cristiana, y la que ha puesto a su padre en poder 
de sus enemigos? 

A lo cual respondiö Zoraida: La que es cristiana, 
yo soy; pero no la que te ha puesto en este punto; 25 
porque nunca mi deseo se extendiö a dejarte ni a hacerte 
mal, sino a hacerme a mi bien. ^Y que bien es el qne 
tc has hecho, hija? Eso, respondiö ella, pregüntaselo tu 
a Leia Marien ; que ella te lo sabrä decir mejor que no yo. 

Äpenas hubo oido esto el moro, cuando, con una 30 
increible presteza, se arrojö de cabeza en la mar, donde 
sin ninguna duda se ahogara, si el vestido largo y emba- 
razoso que traia no le entretuviera un poco sobre el agua. 
Diö voces Zoraida que le sacasen, y asi, acudiraos luego 
todos, y, asiendole de la almalafa, le sacamos medio aho- 35 
gado y sin sentido; de que recebiö tanta pena Zoraida, 
que, como si fuera ya muerto, hacia sobre ^1 un tiemo 



8 ü el jardin. 19 AB de la luz. 29 C mejor que yo. 



Cap. 41. — 168 — 

y doloroso llanto. Volvimosle boca abajo; vulviö mucha 
agua; tornö en si al cabo de dos horas, en las cuales, 
habiendose trocado el viento, nos convino volver hacia 
tierra, y hacer fuerza de remos, por no embestir en ella; 
5 mas quiso nuestra buena suerte que llegamos a una cala 
que se hace al lado de un pequeiio promontorio o cabo 
que de los moros es llamado el de la Cava Bumla, qae 
en nuestra lengua quiere decir la mala mujer cristiana; 
y es tradiciön entre los moros qne en aquel lugar estä 

10 enterrada la Cava, por quien se perdiö Espaiia, porque 
Cava en su lengua quiere decir mujer mala, y nimia cris- 
tiana; y aun tienen por mal agüero llegar alli a dar 
fondo cuando la necesidad les fuerza a ello, porque nunca 
le dan sin ella; puesto que para nosotros no fue abrigo 

15 de mala mujer, sino puerto seguro de nuestro remedio, 
segün andaba alterada la mar. Pusimos nuestras centinelas 
en tierra, y no dejamos jamäs los remos de la mano: 
comimos de lo que el renegado habia proveido, y rogamos 
a Dios y a Nuestra Senora, de todo nuestro corazön, que 

20 nos ayudasen y favoreciesen para que felicemente diesemos 
fin a tan dichoso principio. Diöse orden, a suplicaciön 
de Zoraida, como echäsemos en tierra a su padre y a 
todos los demäs moros que alli atados venian, porque no 
le bastaba el änimo, ni lo podian sufrir sus blandas 

25 entranas, ver delante de sus ojos atado a su padre y 
aquellos de su tierra presos. Prometimosle de hacerlo 
asi al tiempo de la partida, pues no corria peligro el 
dejallos en aquel lugar, que era despoblado. 

No fueron tan vanas nuestras oraciones, que no fuesen 

30 oidas del cielo; que en nuestro favor luego volviö el 
viento tranquilo el mar, convidändonos a que tornäsemos 
alegres a proseguir nuestro comenzado viaje. Viendo esto, 
desatamos a los moros, y uno a uno los pusimos en tierra, 
de lo que ellos se quedaron admirados; pero llegando a 

35 desembarcar al padre de Zoraida, que ya estaba en todo 
su acuerdo, dijo: ,;Por que pensäis, cristianos, que esta 
mala hembra huelga de que me deis libertad? ^Pensäis 



16 BC centieuelas. 



— 169 — Cap. 41. 

que es pur piedad que de mi tieueV No, por cierto, sino 
qiie lo hace por el estorbo que le darä ini presencia 
ciiaudo quiera poner en ejecuciön sus malos deseos; ni 
penseii? que la ha movido a mudar religiön entender ella 
que la vuestra a la nuestra se aventaja, sino el saber que 5 
eu vuestra tierra se usa la dehonestidad mäs libremente 
que en la nuestra. 

Y volviendose a Zoraida, teniendole yo y otro cris- 
tiano de entrambos brazos asido, porque algiin desatino 
no hiciese, le dijo: infame moza y mal aconsejada 10 
muchacba, ^adönde vas ciega y desatinada, en poder destos 
perros, naturales enemigos nuestros? Maldita sea la hora 
en que yo te engendre, y malditos sean los regalos y 
deleites en que te he criado. 

Pero vi endo yo que llevaba termino de no acabar 15 
tan presto, di priesa a ponelle en tierra, y desde alli, a 
voces, prosiguiö en sus maldiciones y lamentos, rogando 
a Mahoma rogase a Alä que nos destruyese, confundiese 
y acabase; y cuando, por habernos hecho a la vela, no 
podiraos oir sus palabras, vimos sus obras, que eran 20 
arrancarse las barbas, mesarse los cabellos y arrastrarse 
por el suelo; mas una vez esforzö la voz de tal manera, 
que podimos entender que decia: Vuelve, amada hija, 
vuelve a tierra, que todo te lo perdono; entrega a esos 
hombres ese dinero, que ya es suyo, y vuelve a consolar 25 
a este triste padre tuyo, que en esta desierta arena dejarä 
la vida, si tu le dejas. 

Todo lo cual escuchaba Zoraida, y tüdo lo sentia y 
lloraba, y no supo deelrle ni respondelle palabra, sino: 
Plega a Alä, padre mio, que Lela Marien, que ha sido 30 
la causa de que yo sea ciistiaua, ella te consuele en tu 
tristeza. Alä sabe bien que no pude hacer otra cosa de 
la que he hecho, y que estos cristianos no deben nada a 
mi voluntad, pues aunque quisiera no venir con ellos y 
quedarme en mi casa, me fueva imposible, segün la priesa 35 
que me daba mi alma a poner por obra esta que a mi me 
parece tan buena como tu, padre amado, la juzgas por mala. 

Esto dijo, a tiempo que ni su padre la oia, ni nosotros 
ya le veiamos; y asi, consolando yo a Zoraida, atendimos 



Cap. 11. _ 170 — 

todos a nuestro viajc, el cual nos le faciliiaba el propio 
viento, de tal manera, que bien tiivimos por cierto de 
vernos otro dia al amanecer en las riberas de Espaiia. 
Mas como pocas veces o nunca viene el bieti puvo y 
5 sencillo, sin ser acompaiiado o seguido de algüu mal qiic 
le tiirbe o sobresalte, quiso nuestra Ventura, o quizä las 
maldiciones que el movo a su hija habia echado, que 
siempre se han de temer de cualquier padre qne sean, 
quiso, digo, que estando ya engolfados y siendo ya casi 

10 pasadas tres horas de la noche, yendo con la vela tendida 
de alto abajo frenillados los vemos, porque el pröspero 
viento nos quitaba del trabajo de haberlos menester, con 
la luz de la luna, que claramente resplandecia, vimos 
cerca de nosotros nn bajel redondo, que con todas las 

15 velas tendidas, llevando un poco a orza el timön, delante 
de nosotros atravesaba; y esto, tan cerca, qne nos fuö 
forzoso amainar por no embestirle, y ellos, asimesmo, 
hicieron fuerza de timön para darnos lugar que pasäsemos. 
Habianse puesto a bordo del bajel a preguntarnos qnien 

20 eramos, y adönde navegäbamos, y de dönde veniamos; 
pero por preguntarnos esto en lengua francesa, dijo 
nuestro renegado: Ninguno responda; porque estos, sin 
duda, son cosarios franceses, que hacen a toda ropa. 

Por este advertiraiento, ninguno respondiö palabra; y 

25 habiendo pasado un poco delante, que ya el bajel que- 
daba sotavento, de improviso soltaron dos piezas de arti- 
lleria, y, a lo que parecia, ambas venian con cadenas, 
porque con una cortaron nuestro ärbol por medio, y dieron 
con ^1 y con la vela en la mar; y al momento disparando 

30 otra pieza, vino a dar la bala en mitad de nuestra barca, 
de modo, que la abriö toda, sin hacer otro mal alguno; 
pero como nosotros nos vimos Ir a fondo, comenzamos 
todos a grandes voces a pedir socorro, y a rogar a los 
del bajel que nos acogiesen, porque nos anegäbamos. 

35 Amaiuaron entonces, y ecliando el esquife o barca a la 
mar, entraron en el hasta doce franceses bien armados. 



11 ABC de alto baxa Ac 1780 abaxo. 30 ABC a dar 
la vela. 



_ 171 — Cai). 41. 

cuu 8U8 ai'cabuces y cuerdas encenclidas, y asi llegaron 
junto al nuestro; y viendo cuän pocos eramos, y cömo 
el bajel se hundia, nos recogieron, diciendo que por haber 
usado la descovtesla de no respondelles, nos habia sucedido 
aquello. Nuestro renegado tomo el cofre de las riquezas 5 
de Zoraida, y diö con 61 en la mar, sin que ninguno 
echase de ver en lo qne hacia. En resoluciön, todos 
pasamos con los franceses, los cuales, despues de baberse 
informado de todo aquello que de nosotros saber quisieron, 
como si fueriin nuestros capitales enemigos, nos despojaron 10 
de todo cuanto teniamos, y a Zoraida le quitaron hasta 
los carcajes que traia en los pies; pero no me daba a 
mi tanta pesadumbre la que a Zoraida daban conao me 
la daba el temor que tenia de que habian de pasar del 
quitar de las riquisimas y preciosisimas joyas al quitar 15 
de la joya que mas valia y ella mäs estimaba. Pero los 
deseos de aquella gente no se extienden a mäs que al 
dinero, y desto jamäs se ve liarta su codicia; lo cual 
entonces llegö a tanto, que nun liasta los vestidos de 
cautivos nos quitaran si de algün provecho les fueran; y 20 
hubo parecer entre ellos de que a todos nos arrojasen a 
la mar envueltos en una vela, porque tenian inteuciön de 
tratar en algunos puertos de Elspana con nombre de que 
eran bretones, y si nos ]levaban vivos scrian castigados 
siendo descubierto su liurto; mas el capitnn, que era el 25 
que habia despojado a mi querida Zoraida, dijo que el 
se contentaba con la presa que tenia, y que no queria 
tocar en ningün pnerto de Espaiia. sino pasar el estrecbo 
de Gibraltar de noche, o como pudiese, y irse a la 
Rocbela, de donde habia salido; y asi, tomaron por acuerdo 30 
de darnos el esquife de su navio, y todo lo necesario 
para la corta navegaciön que nos quedaba, como lo hi- 
cieron otro dia, ya a vista de tierra de Espana; con la 
cual vista todas nuestras pesadurabres y pobrezas se nos 
olvidaron de todo punto, como si no hubicran pasado por 35 
nosotros: tanto es el gusto de alcanzar la libertad perdida. 

28 C sino yrse luego a Camino y passar. 29/30 C pu- 
diese, basta la Rochela. 34 C vista y alegria. 85 C si 
propiamente no. 



Cap. 41. _ 172 — 

Cerca de mediodia podria ser cuando nos ecliarun en 
la barca, dandonos dos barriles de agua y algüa bizcocho; 
y el capitän, movido no se de que misericordia, al embar- 
carse la herraosisima Zoraida, le diö hasta cuarenta es- 
5 cudos de oro, y no consintiö que le quitasen sus soldados 
estos mesmos vestidos que ahora tiene puestos. Entramos 
en el bajel; dimosles las gracias por el bien que nos 
hacian, mosträndonos mas agvadecidos que quejosos; ellos 
se hicieron a lo largo, siguiendo la derrota del estrecho; 

10 nosotros, sin mirar a otro norte que a la tievra que se 
nos mostraba delante, nos dimos tanta priesa a bogar, que 
al poner del sol estabamos tan cerca. que bien pudieramos, 
a nuestro parecer, llegar antes que t'uera muy noche; 
pero, por no parecer en aquella noche la luna y el cielo 

15 mostrarse escuro, y por ignorar el paraje en que esta- 
bamos, no nos pareciö cosa segura embestir en tierra, 
como a muchos de nosotros les parecia, diciendo que 
diesemos en ella, aunqne fuese en unas penas y lejos de 
poblado, porque asi asegurariamos el temor que de razön 

20 se debia teuer que por alli anduviesen bajeles de cosarios 
de Tetuän, los cuales anochecen en Berberia y amanecen 
en las costas de Espaiia, y hacen, de ordinario, presa, y 
se vnelven a dormir a sus casas ; pero de los contrarios 
pareceres el que se tomö fue que nos llegäsemos poco a 

25 poco, y que si el sosiesro del mar lo concediese, des- 
embarcäsemos donde pndiesemos. Hizose asi, y poco antes 
de la media noche seria cuando llegamos al pie de una 
disformisima y alta montaiia, no tan junto al mar, que 
no concediese un poco de espacio para poder desembarcar 

30 cömodamente. Embestimos en la arena, salimos a tierra, 
besamos el suelo, y con lägrimas de muy alegrisimo con- 
tento dimos todos gracias a Dios, Seiior Nuestro, por el 
bien tan incomparable que nos habia hecho. Sacamos de 
la barca los bastimentos que tenia, tirämosla en tierra, y 

35 subimonos un grandisimo trecho en la montana, porque 



18 19 A lexos despoblado. 30/31 BC salimos todos a 

tierra y besamos. 31 32 C de aleft-rissimo conteuto. 33 BC 
hecho en nuestro viaje. 3ü BC subimos. 



_ 173 — Cap. 41. 

aun alli estäbamos, y aun no poduimos asegurar el pecho, 
ni acabäbamos de creer que era tierra de cristianos la 
que ya nos sostenia. 

Amaneciö mäs tarde, a nii parecer, de lo que quisie- 
ramos. Acabamos de subir toda la montana. pov ver si ö 
desde alll algün poblado se descubria, o algunas cabafias 
de pastores; pero aianque mäs tendimos la vista, ai poblado, 
ni persona, ni senda, ni Camino descubrimos. Con todo 
esto, determinamos de entrarnos la tierra adentro, pues no 
podi-ia ser menos sino que presto descubriesemos quien 10 
nos diese noticia della. Pero lo que a mi mäs me fatigaba 
era el ver ir a pie a Zoraida por aquellas asperezas, que, 
puesto que alguna vez la puse sobre mis hombros, mäs 
le cansaba a ella mi cansancio que la reposaba su reposo; 
y asi, nunca mäs quiso que yo aquel trabajo tomase; y lö 
con mucha paciencia y muestras de alegria, llevändola yo 
siempre de la mano, poco menos de un cuarto de legua 
deb'iamos de haber andado cuando llegö a nuestros oidos 
el son de una pequeüa esquila, sefial clara que por alli 
cerca Labia ganado; y mirando todos con atenciön si 20 
alguno se parecia, vimos al pie de un alcornoque un pastor 
mozo, que con grande reposo y descuido estaba labrando 
un palo con un cuchillo. Dimos voces, y el, alzando la 
cabeza, se puso ligeramente en pie, y a lo que despues 
supimos, los primeros que a la vista 'se le ofrecieron fne- '25 
ron el renegado y Zoraida, y como el los viö en häbito de 
moros, pensö que todos los de la Berberia estaban sobre el; 
y metiendose con extraiia ligereza por el bosque adelante, 
comenzö a dar los mayores gritos del mundo, diciendo: 
Moros, moros hay en la tierra! jMoros, moros, arma, arma! 30 

Con estas voces quedamos todos confusos, y no 
sabiamos que hacernos; pero considerando que las voces 
del pastor habian de alborotar la tierra, y que la caba- 
Uerla de la costa habia de venir luego a ver lo que era, 
acordamos qne el renegado se desnudase las ropas de 35 
turco y se vistiese un gileco o casaca de cautivo que 

4/5 A de lo quisieramos. 21 A'B alguno le parecia. 

35 '36 .4 del Tnrco; AB un gilequelco. 



Oap. iL _ 174 __ 

uuo de nosotros le diö luego, annque se quedö en camisa; 
y asi, encomeudäiidoiios a Dios, fuimos por el mlsino 
Camino que vimos que el pastor llevaba, esperando siempre 
cuändo habia de dar sobre nosotros la caballeiia de la 
5 Costa. Y no nos engaiiö nuestro pensamiento; porque 
aün no habrian pasado dos horas, cnando babieudo ya 
salido de aquellas malezas a im llano, descubrimos hasta 
cincuenta caballeros, que con gran ligereza, corriendo a 
media rienda, a nosotros se venian; y asi como los vimos, 

10 nos estuvimos quedos aguardändolos; pero como ellos 
llegaron, y vieron, en lugar de los moros que buscaban, 
tanto pobre cristiano. quedaron confusos, y uno dellos nos 
preguntö si eramos nosotros acaso la ocasiön porque un 
pastor habia apellidado al arma. Si, dije yo; y queriendo 

15 comenzar a decirle mi suceso, y de dönde veniamos, y 
quien eramos, uno de los cristianos que con nosotros 
venian conociö al jinete que nos habia hecho la pregunta, 
y dijo, sin dejarme a mi decir mäs palabra: Gracias sean 
dadas a Dios, senores, que a tan buena parte nos ha 

20 conducido, porque si yo no me engano, la tierra que 
pisamos es la de Velez Malaga; si ya los aiios de mi 
cautiverio no me han quitado de la memoria el acordarme 
que vos, senor, que nos preguntäis quien ßomos, sois Pedro 
de Bustamante, tio mio. 

25 Apenas hubo dicho esto el cristiano cautivo, cuando 

el jinete se arrojö del caballo y vino a abrazar al mozo, 
diciendole: Sobrino de mi alma y de mi vida, ya te 
conozco, y ya te he llorado por muerto yo, y mi hermana 
tu madre, y todos los tuyos, que ann viven, y Dios ha 

30 sido servido de darles vida para que gocen el placer de 
verte: ya sabiamos que estabas en Argel, y por las senales 
y muesti-as de tus vestidos, y la de todos los desta com- 
pania comprendo que habeis tenido milagrosa libertad. 
Asi es, respondiö el mozo, y tiempo nos quedarä para 

35 contaroslo todo. 

Luego que los jinetes entendieron que eramos cris- 
tianos cautivos se apearon de aus caballos, y cada uno 

14 C apellidado arma. 



— 175 — Oap. 41. 

DOS convidaba con el suyo para llevaruos a In ciiidad de 
Velez Malaga, que legua y media de alli estaba. Algunos 
dellos volvieron a llevar la barca a la ciiidad, diciendoles 
dönde la habiamos dejado; otros nos snbieron a las ancas, 
y Zoraida fue en las del caballo del tio del cristläno. 5 
Saliönos a recebir todo el piieblo; que ya de alguno que 
se habia adelantado sabian la nueva de nuestra venida. 
No se admiraban de ver cautivos libies, nl moros cautivos, 
porque toda la gente de aquella costa estä hecha a ver 
a los unos y a los otros; pero admiräbanse de la hermo- 10 
sura de Zoraida, la cual en aquel instante y sazön estaba 
en SU punto, ansi con el cansancio del Camino como con 
la alegria de verse ya en tierra de cribtianos, sin sobre- 
salto de perderse; y esto le habia sacado al rostro tales 
colores, que si no es que la aficiön entonces me engaüaba, 15 
osare decir que mäs hermosa criatura no habia en el 
mundo; a lo menos, que yo la hubiese visto. 

Fuimos derechos a la iglesia a dar gracias a Dios 
por la merced recebida; y asi como en clla eutrö Zoraida, 
dijo que alli habia rostros que se pareciau a los de Lela 20 
Marien. Dijimosle que eran imägenes suyas, y como mejor 
se pudo le diö el renegado a entender lo que significaban, 
para que ella las adorase como si vcrdaderamente fueran 
cada una dellas la misma Lela Marien que la habia 
hablado. Ella, que tiene buen entendimiento y uu natural 25 
fäcil y claro, entendiö luego cuanto acerca de las imägenes 
se le dijo. Desde alli nos llevaron y repartieren a todos 
en diferentes casas del pueblo; pero al renegado, Zoraida 
y a mi nos llevö el cristiano que vino con nosotros en 
casa de sus padres, que medianamente eran acomodados 30 
de los bienes de fortuna, y nos regalaron con tanto amor 
como a SU mismo hijo. 

Seis dias estuvimos en Völez, al cabo de los cuales, 
el renegado, hecha su informaciön de cuanto le convenia, 
se fuö a la ciudad de Granada a reducirse por medio 35 
de la Santa Inquisiciön al gremio santisimo de la Iglesia; 

9/10 C a ver los unos. 16 C osara. 24 A cada uua 
de dellas; C cade, una de ellas. 29/30 A y en casa. 



Cap. 42. — 17b — 

los demäs crlstianos libertados se fueron cada uno doiide 
mejor le pareciö; solos quedamos Zoraida y yo, con solos 
los escudos que la coitesia del frances le diö a Zoraida, 
de los cnales compre este animal en que ella viene, y, 
5 sirviendola yo hasta agora de padre y escudero, y no de 
esposo, vamos con intenciön de ver si mi padre es vivo, 
si alguno de mis hernianos ha tenido mäs pröspera 
Ventura que la mia; puesto que, por haberme hecho el 
cielo compafiero de Zoraida, me parece que niugnna otra 

10 suerte me pudiera venir, por buena que fueva, que mäs 
la estimara. La paciencia con que Zoraida lleva las 
incomodidades que la pobreza trae consigo y el deseo 
que muestra teuer de verse ya cristiana es tauto y tal, 
que me admira, y me mneve a servirla todo el tiempo de 

15 mi vida; puesto que el gusto que tengo de verme suyo 
y de que ella sea mia me le turba y deshace no saber 
si hallare en mi tierra algün rincön donde recogella, y 
si habrän hecho el tiempo y la muerte tal mudanza en 
la hacienda y vida de mi padre y hermanos, que apenas 

20 halle quien me conozca, si ellos faltan. 

No tengo mäs, senores, que deciros de mi historia; 
la cual si es agradable y peregrina jüzguenlo vuestros 
buenos entendimientos; que de mi se decir que quisiera 
haberosla contado mäs brevemente, puesto que el temor 

25 de enfadaros mäs de cuatro circunstancias me ha quitado 
de la lengna. 



CAPITULO XLn. 

Que trata de lo que mäs sucediö en la venta, y de otras nnichas 
cosas dignas de saberse. 

Gallo en diciendo esto el cautivo, a quien don Fernando 
dijo: Por cierto, senor capitän, el modo con que habeis 
contado este extrano suceso ha sido tal, que iguala a la 
30 novedad y extraneza del mesmo caso. Todo es peregrino, 
y raro, y Ueno de accidentes, que maravillan y suspen- 
den a quien los oye; y es de tal manera el gusto que 
hemos recebido en escuchalle, que aunque nos hallara el 



^ 177 — Cap. 42. 

dia de maüana entretenidos en el mesmo ciiento, holgäramos 
qne de nuevo se comenzara. 

Y en diciendo esto, Cardenio y todos los demäa se 
le ofrecieron eon todo lo a ellos posible para servirle, 
con palabras y razones tan amorosas y tan verdaderas, 5 
qne el capitän se tuvo por bien satisfecho de sns volnn- 
tades. Especialmente, le ofreciö don Fernando que si 
queria volverse con el, que el haria que el marqu^s sn 
hermano fuese padrino del bautismo de Zoraida, y que el, 
por SU parte, le acomodaria de manera, que pudiese entrar 10 
en SU tierra con el autoridad y cömodo que a su persona 
se debia. Todo lo agradeciö cortesisimamente el cautivo, 
pero no quiso acetar ninguno de sus liberales ofrecimientos. 

En esto, llegaba ya la noche, y al cerrar della, llegö 
a la venta un coche, con algunos hombres de a caballo. 15 
Pidieron posada; a quien la ventera respondiö que no 
habia en toda la venta un palmo desocupado. Pues aun- 
que eso sea, dijo uno de los de a caballo que habian 
entrado, no ha de faltar para el senor oidor que aqui 
viene. 20 

A este nombre se turbö la huespeda, y dijo: Senor, 
lo que en ello hay es que no tengo camas; si es que su 
merced del senor oidor la trae, que si debe de traer, 
entre en buen hora; que yo y mi marido nos saldremos 
de nuestro aposento, por acomodar a su merced. Sea en 25 
buen hora, dijo el escudero. Pero a este tiempo ya habia 
salido del coche un hombre, que en el traje moströ luego 
el oficio y cargo que tenia, porque la ropa luenga, con 
las mangas arrocadas, que vestia, mostraron ser oidor, 
como su criado habia dicho. Traia de la mano a una 30 
doncella al parecer de hasta diez y seis anos, vestida de 
Camino, tan bizarra, tan hermosa y tan gallarda, que a 
todos puso en admiraciön su vista; de suerte, que a no 
haber visto a Dorotea y a Luscinda y Zoraida, que en la 
venta estaban, creyeran que otra tal hermosura como la 35 
desta doncella dificilmente pndiera hallarse. 

3 ABC don Antonio y todos (statt: Cardenio). 21 A 
guespeda. 32 B gallarga. 

Romanische Bibl. Nr. 2i. Don Quijote. 12 



Cap. 42. _ 178 — 

Hallöse don Quijote al entrar del oidor y de la don- 
cella, y asi como le viö, dijo: Seguramente puede vuestra 
merced entrar y espaciarse en este castillo; que aiinqiie 
es estrecho y mal acomodado, no hay estrecheza ni inco- 
5 modidad en el mundo que no de higar a las armas y a 
las letras, y mäs si las armas y letras traen por guia y 
adalid a la fermosura, como la traen las letras de vuestra 
merced en esta fermosa doncella, a quien deben no solo 
abrirse y manifestarse los castillos, sino apartarse los 

10 riscos, y dividirse y abajarse las montafias, para dalle 
acogida. Entre vuestra merced, digo, en este paraiso; 
que aqui hallarä estrellas y soles que acompafien el cielo 
que vuestra merced trae consigo: aqui hallarä las armas 
en SU punto y la hermosura en su extremo. 

15 Admirado quedö el oidor del razonamiento de don 

Quijote, a quien se puso a mirar muy de propösito, y no 
menos le admiraba su talle que sus palabras; y sin hallar 
ningunas con que respondelle, se tornö a admirar de 
nuevo cuando viö delante de si a Luscinda, [a] Dorotea 

20 y a Zoraida, que a las nuevas de los nuevos huespedes, 
y a las que la ventera les habia dado de la hermosura 
de la doncella, habian venido a verla y a recebirla; pero 
don Fernando, Cardenio y el cura le hicieron mäs llanos 
y mäs cortesanos ofrecimientos. En efecto, el seiior oidor 

25 entrö confuso, asi de lo que veia como de lo que escu- 
chaba, y las hermosas de la venta dieron la bien llegada 
a la hermosa doncella. En resoluciön, bien echö de ver 
el oidor que era gente principal toda la que alli estaba; 
pero el talle, visaje y la apostura de don Quijote le 

30 desatinaba; y habiendo pasado entre todos corteses ofreci- 
mientos, y tanteado la comodidad de la venta, se ordenö 
lo que antes estaba ordenado: que todas las mujeres se 
entrasen en el camaranchön ya referido, y que los hombres 
se quedasen fuera, como en su guarda. Y asi, fue conteuto 

35 el oidor que su hija, que era la doncella, se fuese con 
aquellas seiioras, lo que ella hizo de muy buena gaua; 

16 B se pulo. 23 BC mas Uenos. 29 BC y la postura 
33 A camaracbon; BV caramanchon. 



^ 119 — Uap. 42. 

y con parte de la estreclia cama del ventero, y con la 
mitad de la que el oidor traia, se acomodaron aquella 
noche, raejor de lo que pensaban. 

El cautivo, que desde el punto que viö al oidor, le 
diö Saltos el corazön y barruutos de que aqu^l era su 5 
hermano, preguntö a uno de los criados que con el 
venian, que cömo se Uamaba y si sabia de qu^ tierra 
era. El criado le respondiö que se llamaba el licenciado 
Juan P^rez de Viedma, y que habia oido decir que era 
de un lugar de las montanas de Leon. Con esta relaciön 10 
y con lo que el habia visto se aeabö de confirmar de 
que aquel era su hermano, que habia seguido las letras, 
por consejo de su padre; y alborotado y contento, llamando 
aparte a don Fernando, a Cardenio y al cura, les conto 
lo que pasaba, certificändoles que aquel oidor era su 15 
hermano. Habiale dicho tambien el criado como iba 
proveido por oidor a las Indias, en la audiencia de 
Mejico; supo tambidn como aquella doncella era su hija, 
de cuyo parto habia muerto su madre, y que'el habia 
quedado muy rico con el dote que con la hija se le 20 
quedö en casa. Pidiöles consejo qud modo tendria para 
descubrirse, o para conocer primero si, despu6s de des- 
cubierto, su hermano, por verle pobre, se afrentaba, o le 
recebia con buenas entraiias. 

Dejeseme a mi el hacer esa experiencia, dijo el cura; 25 
cuanto mäs que no hay pensar sino que vos, senor capitän, 
sereis muy bien recebido; porque el valor y prudencia 
que en su buen parecer descubre vuestro hermano no da 
Indicios de ser arrogante ni desconocido, ni que no ha de 
saber poner los casos de la fortuna en su punto. 30 

Con todo eso, dijo el capitän, yo querria, no de im- 
proviso, sino por rodeos, därmele a conocer. Ya os digo, 
respondiö el cura, que yo lo trazare de modo, que todos 
quedemos satisfechos. 

Ya, en esto, estaba aderezada la cena, y todos se 35 
sentaron a la mesa, eceto el cautivo y las seiioras, que 
cenaron de por si en su aposento. En la mitad de la 

23/24 C se afrentaria o le receberia. 

12* 



Cap. 42. ^ 180 — 

cena dijo el cura: Del mesmo nombre de vuestra merced, 
seiioi' oidor, tuve yo una camarada en Constantinopla, 
donde estuve cautivo algunos anos; la ciial camarada era 
UDO de los valientes soldados y capitanes que habia en 
5 toda la infanteria espafiola; pero tanto cuanto tenia de 
esforzado y valeroso tenia de desdichado. ^'.Y como se 
llamaba ese capitdn, seiior mio? preguntö el oidor. Llamä- 
base, respondiö el cura, Rui Perez de Viedma, y era 
natural de un lugar de las montanas de Leon, el ciial 

10 me conto un caso que a su padre con sus hermanos le 
habia sucedido, que, a no contärmelo un bombre tan ver- 
dadero como el, lo tuviera por conseja de aqu^Uas que 
las viejas cuentan el invierno al fuego. Porque me dijo 
que SU padre habia dividido su hacienda entre tres hijos 

15 que tenia, y les habia dado ciertos consejos, mejores que 
lo8 de Catön. Y s6 yo decir que el que el escogiö de 
venir a la guerra le habia sucedido tan bien, que en 
pocos aiios, por su valor y esfuerzo, sin otro brazo qne 
el de su'mucha virtud, subiö a ser capitän de infanteria, 

20 y a verse en Camino y predicamento de ser presto maestre 
de campo. Pero fuele la fortuna contraria, pues donde 
la pudiera esperar y teuer buena, alli la perdiö, con perder 
la libertad en la felicisima jornada donde tantos la cobraron, 
que fue en la batalla de Lepanto. Yo la perdi en la 

25 Goleta, y despues, por diferentes sucesos, nos hallamos 
camaradas en Costantinopla. Desde alli vino a Argel, 
donde se qne le sucediö uno de los mäs extranos casos 
que en el mundo han sucedido. 

De aqui fue prosiguiendo el cura, y con brevedad 

30 sucinta conto lo que con Zoraida a su hermano habia suce- 
dido. A todo lo cual estaba tan atento el oidor, que ninguna 
vez habia sido tan oidor como entonces. Solo llegö el cura 
al punto de cuando los franceses despojaron a los cristianos 
que en la barca venian, y la pobreza y necesidad en que 

35 SU camarada y la hermosa mora habian quedado; de los 
cuales no habia sabido en que habian parado, ni si habian 
Uegado a Espaßa, o Uevädolos los franceses a Francia. 

10 AB que su padre. 26 C Constantinopla. 



— 181 — Cap. 42. 

Todo lo que el cura decia estaba escuchando algo 
de alli desviado el capitän, y notaba todos los movimientos 
que SU hermano hacia; el cual, viendo que ya el cura 
habia llegado al fin de su cuento, dando un grande sus- 
piro, y llenändosele los ojos de agua, dijo; jOh, seüor, 5 
si supiesedes las nuevas que me habeis contado, y cömo 
me tocan tan en parte, que me es forzoso dar muestras 
dello con estas lägrimas que, contra toda mi discreciön y 
recato, me salen por los ojos! Ese capitän tan valeroso 
que decis es mi mayor hermano, el cual, como mäs fuerte 10 
y de mäs altos pensamientos que yo ni otro hermano 
menor mio, escogiö el honroso y digno ejercicio de la 
guerra, que fue uno de los tres caminos que nuestro padre 
nos propuso, segün os dijo vuestra camarada en la conseja 
quCj a vuestro parecer, le oistes. Yo segui el de las 15 
letras, en las cuales Dios y mi diligencia me han puesto 
en el grado que me veis. Mi menor hermano estä en el 
Pirü, tan rico, que con lo que ha enviado a mi padre y 
a mi ha satisfecho bien la parte qne el se llevö, y aun 
dado a las manos de mi padre con que poder hartar su 20 
liberalidad natural; y yo ansimesmo he podido con mäs 
decencia y autoridad tratarme en mis estudios, y llegar 
al puesto en que me veo. Vive aün mi padre muriendo, 
con el deseo de saber de su hijo mayor, y pide a Dios 
con continuas oraciones no cierre la muerte sus ojos hasta 25 
que el vea con vida a los de su hijo; del cual me mara- 
villo, siendo tan discreto, como en tantos trabajos y 
afliciones, o prösperos sucesos, se haya descuidado de dar 
roticia de si a su padre; que si el lo supiera, o alguno 
de nosotros, no tuviera necesidad de aguardar al milagro 30 
de la caiia para alcanzar su rescate. Pero de lo que yo 
agora me temo es de pensar si aquellos franceses le 
habrän dado libertad, o le habrän muerto por encubrir 
SU hurto. Esto todo serä que yo prosiga mi viaje no con 
aquel contento con que le comence, sino con toda melan- 35 
colia y tristeza. jOh buen hermano mio, y quien supiera 
agora dönde estabas, que yo te fuera a buscar y a librar 

37 G donde estas. 



Cap. 42. _ 182 — 

de tus trabajos, aunque fuera a costa de los mios! jOh, 
quien llevara nuevas a nuestro viejo padre de que tenias 
vida; aunque estuvieras en las mazmorras mäs escondidas 
de Berberia; que de alli te sacaran sus riquezas, las de 
5 mi hermano y las mias! jOh Zoraida hermosa y liberal, 
qui^n pudiera pagar el bien que a un hermano hiciste! 
iQui^n pudiera hallarse al renacer de tu alma, y a las 
bodas, que tauto gusto a todos nos dieran! 

Estas y otras semejantes palabras decia el oidor, Ueno 

10 de tanta compasiön con las nuevas que de su hermano le 

habian dado, que todos los que le olan le acompanaban 

en dar muestras del sentimiento que tenian de su lästiraa. 

Viendo, pues, el cura que tan bien habia salido con 

SU intenciön y con lo que deseaba el capitän, no quiso 

15 tenerlos a todos mäs tiempo tristes, y asi, se levantö de 
la mesa, y entrando donde estaba Zoraida, la tomö por 
la mano, y tras ella se vinieron Luscinda, Dorotea y la 
hija del oidor. Estaba esperando el capitän a ver lo que 
el cura queria hacer, que fue que, tomändole a el asimesmo 

20 de la otra mano, con entrambos a dos se fud donde el 
oidor y los demäs caballeros estaban, y dijo: Cesen, senor 
oidor, vnestras lägrimas, y cölmese vuestro deseo de todo 
el bien que acertare a desearse, pues teneis delante a 
vuestro buen hermano y a vuestra buena cunada. Este 

25 que aqui veis es el capitän Viedma, y esta la hermosa 
mora que tanto bien le hizo. Los franceses que os dije 
los pusieron en la estrecheza que veis, para que vos 
mostreis la liberalidad de vuestro buen pecho. 

Acudiö el capitän a abrazar a su hermano, y ^1 le 

30 puso ambas manos en los pechos, por mirarle algo mäs 
apartado; mas cuando le acabö de conocer le abrazö tan 
estrecharaente, derramando tan tiernas lägrimas de contento, 
que los mäs de los que presentes estaban le hubieron de 
acompaiiar en ellas. Las palabras que entrambos herma- 

35 nos se dijeron, los sentimientos que mostraron, apenas 
creo que pueden pensarse, cuanto mäs escribirse. Alli, en 

4 AB tus riquezas. 30 AB anchas manos; C las manos 
Brüssel 1607 ambas manos. 



— 183 — Cap. 42. 

breves razones, se dieron cuenta de sus sucesos; alli 
mostraron puesta en su punto la buena amistad de dos 
hermaaos; alli abrazö el oidor a Zoraida; alli la ofreciö 
SU hacienda; alli hizo que la abrazase su hija; alli la 
cristiana hermosa y la raora bermosisima renovaron las 5 
lägrimas de todos. Alli don Quijote estaba atento, sin 
bablav palabra, considerando estos tan extranos sucesos, 
atribuyendolos todos a quimeras de la andante caballeria. 
Alli concertaron que el capitän y Zoraida se volviesen 
con SU hermano a Sevilla y avisasen a su padre de su 10 
hallazgo y libertad, para que, como pudiese, viniese a 
hallarse en las bodas y bautismo de Zoraida, por no le 
ser al oidor posible dejar el Camino que llevaba, a causa 
de tener nuevas que de alli a un mes partia flota de 
Sevilla a la Nueva Espana, y fuerale de grande incomo- 15 
didad perder el viaje. En resoluciön, todos quedaron 
contentos y alegres del buen suceso del cautivo; y como 
ya la noche iba casi en las dos partes de su jornada, 
acordaron de recogerse y reposar lo que de ella les que- 
daba. Don Quijote se ofreciö a hacer la guardia del 20 
castillo, porque de algün gigante o otro mal andante 
follön no fuesen acometidos, codiciosos del gran tesoro de 
hermosnra que en aquel castillo se encerraba. Agrade- 
cieronselo los que le conocian, y dieron al oidor cuenta 
del humor extrano de don Quijote, de que no poco gusto 25 
recebiö. Solo Sancho Panza se desesperaba con la tar- 
danza del recogimiento, y solo el se acomodö mejor que 
todos, echändose sobre los aparejos de su jumento, que 
le costaron tan caros como adclante se dirä. Recogidas, 
pues, las damas en su estancia, y los demäs acomodändose 30 
como menos mal pudieron, don Quijote se saliö fuera de 
la venta a hacer la centinela del castillo, como lo habia 
prometido. 

Sucediö, pues, que faltando poco por venir el alba, 
llegö a los oidos de las damas una voz tan entonada 35 
y tan buena, que les obligö a que todas le prestasen 



10 B Servilla. 30 AB acoraodädose. 34 C poco para 
venir. 



Oap. 43. _ 184 — 

atento oido, especialmente Dorotea, que despierta estaba, 
a cuyo lado dormia dofia Clara de Viedma, que ansi se 
llamaba la hija del oidor. Nadie podia imaginär quiön 
era la persona que tan bien cantaba, y era una voz sola, 
5 sin que la acompafiase instrumento alguno. Unas veces 
les parecia que cantaban en el patio; otras, que en la 
caballeriza; y estando en esta confusiön muy atentas, 
llegö a la puerta del aposento Cardenio, y dijo: Quien 
no duerme, escuche; que oirän una voz de un mozo de 
10 mulas, que de tal manera canta, que encanta. Ya lo 
oimos, seiior, respondiö Dorotea. 

Y con esto, se fue Cardenio, y Dorotea, poniendo 
toda la atenciön posible, entendiö que lo que se cantaba 
era esto: 

15 CAPITÜLO XLIII. 

Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas , con 
otros extranos acaecimientos en la venta suceilidos. 

Marinero soy de amor 

Y en SU pielago profundo 
20 Navego sin esperanza 

De llegar a puerto alguno, 
Siguiendo voy a una estrella, 

Que desde lejos descubro, 

Mas bella y resplandeciente, 
25 Que cuantas viö Palinuro. 

Yo no se adönde me guia, 

Y asi, navego confuso, 
El alma a mirarla atenta, 
Cuidadosa y con deseuido. 

30 Recatos impertinentes, 

Honestidad contra el uso, 

Son nubes que me la encubren 

Cuaudo mäs verla procuro. 
jOh Clara y luciente estrella, 
35 En cuya lumbre me apuro ! . 

AI punto que te me encubras, 

Sera de mi muerte el punto. 



15 ABC Überschrift fehlt. 



— 185 — Cap. 43. 

Llegando el que cantaba a este punto, le pareciö a 
Dorotea que no seria bien que dejase Clara de oir una 
tan buena voz; y asi, movidndola a una y a otra parte, 
la despertö, diciendole: Perdöname, nina, que te despierto, 
pues lo liago porque gustes de oir la mejor voz que quizä 5 
habräs oido en toda tu vida. 

Clara despertö toda soiiolienta, y de la primera vez 
no eutendiö lo que üorotea le decia; y volviendoselo a 
preguntar, ella se lo volviö a decir, por lo cual estuvo 
atenta Clara; pero apenas hubo oido dos versos que el 10 
que cantaba iba prosiguiendo, cuando le tomö un temblor 
tan extraiio, como si de algün grave accidente de cuartana 
estuviera enferma, y abrazändose estrechamente con Dorotea, 
le dijo: jAy, senora de mi alma y de mi vida! ^Para 
que me despertastes? Que el mayor bien que la fortuna 15 
me podia liacer por ahora era tenerme cerrados los ojos 
y los oidos, para no ver ni oir a ese desdichado müsico. 
^Que es lo que dices, niiia? Mira que dicen que el que 
canta es un mozo de mulas. No es sino senor de lugares, 
respondiö Clara, y el que le tiene en mi alma con tanta 20 
seguridad, que si dl no quiere dejalle, no le serä quitado 
eternamente. 

Admirada quedö Dorotea de las sentidas razones de 
la muchacha, pareciendole que se aventajaban en mucho 
a la discreciön que sus pocos aüos prometian, y asi, le 25 
dijo: Habläis de modo, senora Clara, que no puedo enten- 
deros; declaräos mäs y decidme (,qw6 es lo que decis de 
alma y de lugares, y deste müsico, cuya voz tan inquieta 
08 tiene? Pero no me digäis nada por ahora; que no 
quiero perder, por acudir a vuestro sobresalto, el gusto 30 
que recibo de oir al que canta; que me parece que con 
nuevos versos y nuevo tono torna a su canto. 

Sea en buen hora, respondiö Clara. Y por no oille, se 
tapö con las manos entrambos oidos, de lo que tambidn 
se admirö Dorotea; la cual, estando atenta a lo que se 35 
cantaba, viö que proseguian en esta manera: 



18 AB con Teodora. 20 BC y el que el tiene. 



Cap. 43. — 186 — 

Dulce esperanza mia, 
Que, rompiendo iniposibles y malezas, 
Sigues firme la via 
Que tu mesma te finges y aderezas, 
5 Mo te desmaye el verte 

A cada paso junto al de tu muerte. 

No alcanzan perezosos 
Honiados triunfos ui vitoria alguua, 
Ni pueden ser dichosos 
10 Los que, uo contrastando a la fortuna, 

Entregan desvaUdos 
AI ocio blaiido todos los sentidos. 

Que amor sus glorias venda 
Caras, es grau razou y es trato justo; 
15 Pues no hay mäs rica prenda 

Que la que se quilata por su gusto; 

Y es cosa manifiesta 

Que no es de estima lo que poco cuesta. 
Amorosas porfias 
20 Tal vez alcauzan inipusibles cosas; 

Y ansi, auoque con las iiiias 
Sigo de amor las mäs dificultosas, 
No por eso recelo 

De uo alcanzar desde la tierra el cielo. 

25 Aqui diö fin la voz, y principio a nuevos sollozos Clara, 
Todo lo cual encendia el deseo de Dorotea, que deseaba 
saber la causa de tan suave canto y de tan triste lloro; 
y asi, le volviö a preguntar que era lo que le queria 
decir denantes. Entonces Clara, temerosa de que Luscinda 

30 no la oyese, abrazando estrechamente a Dorotea, puso su 
boca tan junto del oido de Dorotea, que seguramente 
podia hablar sin ser de otro sentida, y asi le dijo: Este 
que canta, senora mia, es un hijo de un Caballero natural 
del reino de Aragon, sefior de dos lugares, el cual vi via 

35 frontero de la casa de mi padre en la Corte; y aunque 
mi padre tenia las ventanas de su casa con lienzos en el 
invierno y celosias en el verano, yo no se lo que fue, 
ni lo que no, que este caballcro, que audaba al estudio, 
me viö, ni se si en la iglesia o en otra parte; finalraente, el 

40 se enamorö de mi, y me lo diö a entender desde las 
ventanas de su casa con tautas seiias y con tantas lägrimas, 
que yo le hübe de creer, y aun querer, sin saber lo que 



_ 187 — Cap. 43. 

me queria. Entre las senas que me hacia, era una de 
jantarse la una mano con la otra, dändome a entender 
que se casaria conmigo; y aunque yo me holgaria mucho 
de que ansi fuera, como sola y sin madre no sabia con 
quiea comunicallo, y asi lo deje estar sin dalle otro favor 5 
sino era, caando estaba mi padre fuera de casa y el suyo 
tambien, alzar un poco el lienzo o la celosia, y dejarme 
ver toda; de lo que el hacia tanta fiesta, que daba seiiales 
de volverse loco. Liegöse en esto el tiempo de la par- 
tida de mi padre, la cual el supo, y no de mi, pues nunca 10 
pude decirselo. Cayö malo, a lo que yo entiendo, de 
pesadumbre, v asi, el dia que nos partimos nunca pude 
verle para despedirme del siquiera con los ojos; pero a 
cabo de dos dias que caminäbamos, al entrar de una 
posada en un lugar una jornada de aqui, le vi a la puerta 15 
del mesön, puesto en häbito de mozo de mulas, tan al 
natural, que si yo no le trujera tan retratado en mi alma, 
fuera imposible conocelle. Conocile, admireme y ale- 
greme; el me mirö a hurto de mi padre, de quien el 
sierapre se esconde cuando atraviesa por delante de mi 20 
en los caminos y en las posadas do Uegamos ; y como 
yo se quien es, y considero que por amor de mi viene a 
pie y con tanto trabajo, muerome de pesadumbre, }' adonde 
el pone los pies, pongo yo los ojos. No se con que 
intenciön viene, ni cömo ha podido escaparse de su padre, 25 
que le quiere extraordinariamente, porque no tiene otro 
heredero, y porque el lo merece, como lo verä vuestra 
merced cuando le vea. Y mäs le se decir: que todo 
aquello que canta lo saca de su cabeza; que he oido decir 
que es muy gran estudiante y poeta. Y hay mäs, que 30 
cada vez que le veo o le oigo cantar tiemblo toda y me 
sobresalto, temerosa de que mi padre le conozca, y venga 
en conocimiento de nuestros deseos. En mi vida le he 
hablado palabra, y con todo eso, le quiero de manera, 
que no he de poder vivir sin el. Esto es, sefiora mia, todo 35 
lo que OS puedo decir deste miisico cuya voz tanto os ha 
contentado; que en sola ella echaröis bien de ver que no 

30 C muy grande estudiante. 



Cap. 13. — 188 — 

es mozo de mulas, como decis, sino sefior de almas y 
lugares, como yo es Le dicho. 

No digäis mäs, senora dona Clara, dijo a esta sazön 
Dorotea, y esto, besändola mil veces; no digäis mäs, digo, 
5 y esperad que venga el nuevo dia; que yo espero en 
Dios de encaminar de manera vuestros negocios, que 
teDgan el felice fin que tan honestos principios merecen. 
jAy, seüora! dijo dona Clara, ^que fin se puede esperar, 
si SU padre es tan piincipal y tan rico, que le parecerä 

10 que aun yo no puedo ser criada de su hijo, cuanto mäs 
esposa? Pues casarme yo a hurto de mi padre, no lo 
hare por cuanto hay en el mundo. No qugrria sino que 
este mozo se volviese y me dejase; quizä con no velle y 
con la gran distancia del Camino que llevamos se me 

15 aliviaria la pena que ahora Uevo; aunque se decir que 
este remedio que me imagino me ha de aprovechar bien 
poco. No se que diablos ha sido esto, ni por dönde se 
ha entrado este amor que le tengo, siendo yo tan muchacha 
y el tan muchacho, que en verdad que creo que somos 

20 de nna edad mesma, y que yo no tengo cumplidos diez 
y seis anos; que para }el dia de San Miguel que vendrä 
dice mi padre que los cumplo. 

No pudo dejar de reirse Dorotea oyendo cuän como 
niiia hablaba doiia Clara, a quien dijo: Reposemos, senora, 

25 lo poco que creo que queda de la noche, y amanecerä 
Dios y medraremos, o mal me andarän las manos. 

Sosegäronse con esto, y en toda la venta se guardaba 
un gi'ande silencio; solamente no dormian la hija de la 
ventera y Maritornes su criada, las cuales, como ya sabian 

30 el humor de que pecaba don Qnijote, y que estaba fuera 

de la venta armado y a caballo haciendo la guardia, 

determinaron las dos de hacelle alguna burla, o, a lo 

menos, de pasar un poco cl tiempo oyendole sus disparates. 

Es, pues, el caso, que en toda la venta no habia 

35 ventana que saliese al campo, sino un agujero de un 
pajar, por donde echaban la paja por defuera. A este 
agujero se pusieron las dos semidoncellas, y vieron que 

2 C yo OS. 25 ABC que creo queda. 



^ 189 — Cap. 4B. 

don Quijote estaba a caballo recostado sobre su lanzön, 
dando de cuando en cuando tan dolientes y profundus 
suspiros, que parecia que con cada uno se le arrancaba 
el alma. Y asimesmo oyeron que decia con voz blanda, 
regalada y amorosa: jOh mi senora Dulcinea del Toboso, 5 
extremo de toda heiruosura, fin y remate de la discreciön, 
archivo del mejor donaire, depösito de la honestidad, y, 
ultimadamente, idea de todo lo provechoso, honesto y 
deleitable que hay en el mundo! ,iY que farä agora la 
tu merced? ^Si tendnis por Ventura las mientes en tu 10 
cautivo Caballero, que a tantos peligros, por solo servirte, 
de SU vohintad ha querido ponerse? Dame tu nuevas 
della; oli luminaria de las tres caras! Quizä con envidia 
de la suya la estäs aliora mirando, que, o paseändose por 
alguna galeria de sus suntuosos palacios, o ya puesta de 15 
peehos sobre algün balcön, estä considerando cömo, salva 
SU honestidad y grandeza, ha de amansar la tormenta que 
por ella este mi cuitado corazf3n padece; qud gloria ha 
de dar a mis penas, qu6 sosiego a mi cuidado, y, final- 
mente, que vida a mi muerte y que premio a mis servicios. 20 
Y tu, sol, que ya debes de estar apriesa ensillando tus 
caballos, por madrugar y salir a ver a mi senora, asi 
como la veas, suplicote que de mi parte la saludes; pero 
guärdate que al verla y saliidarla no le des paz en el 
rostro; que tendre mäs celos de ti que tu los tuviste de 25 
aquella ligera ingrata que tanto te hizo sudar y correr 
por los llanos de Tesalia, o por las riberas de Peneo; 
que no me acuerdo bien por dönde corriste entonces 
celoso y enamorado. 

A este punto llegaba entonces don Quijote en su tan 30 
lastimero razonamiento, cuando la hija de la ventera le 
comenzö a cecear y a decirle: Senor mio, lleguese acä 
la vuestra merced, si es servido. 

A cuyas senas y voz volviö don Quijote la cabeza, 
y viö a la luz de la luna, que entonces estaba en toda su 35 
claridad, como le llamaban del agujero que a el le pareciö 
ventana, y aun con rejas doradas, como conviene que las 

14 BC passandose. 



Oap. 43. — Ulö — 

tengan tan ricos castillos como el se imaginaba que era 
aquella venta; y luego en el instante se le representö en 
SU loca imaginaciön que otra vez como la pasada, la don- 
cella fermosa hija de la senora de aquel cästillo, vencida 
5 de SU amor, tornaba a solicitarle; y con este pensamiento, 
por no mostrarse descortes y desagradecido, volviö las 
riendas a Kocinante y se llego al agujero, y asi como 
viö a las dos mozas, dijo: Lnstiraa os tengo, fermosa 
senora, de que hayades puesto vuestras amorosas mientes 

10 en parte donde no es posible corresponderos conforme 
merece vuestro gran valor y gentileza; de lo que no 
debeis dar culpa a este miserable andante caballero, a 
quien tieue amor imposibilitado de poder entregar su 
voluntad a otra que aquella que en el punto que sus 

15 ojos la vieron, la hizo senora absoluta de su alma. 
Perdonadme, buena senora, y recogeos en vuestro aposento, 
y no queräis con significarme mäs vuestros deseos que yo 
me muestre mas desagradecido; y si del amor que me 
tenöis halläis en rai otra cosa con que satisfaceros que el 

20 mismo amor no sea, pedidmela; que yo os juro por aquella 
ausente enemiga dnlce mia de därosla en continente, si 
bien me pidiesedes una guedeja de los cabellos de Medusa, 
que eran todos culebras, o ya los mesmos rayos del sol, 
encerrados en una redoma. 

25 No ha menester nada deso mi senora, seiior caballero, 

dijo a este punto Maritornes. ^Pues que ha menester, 
discreta duena, vuestra senora? respondiö don Quijote. 
Sola una de vuestras hermosas manos, dijo Maritornes, 
por poder deshogar con ella el gran deseo que a este 

30 agujero la ha traldo, tan a peligro de su honor, que si 
SU seiior padre la hubiera sentido, la menor tajada della 
fuera la oreja. Ya quisiera yo ver eso, respondiö don 
Quijote. Pero 61 se guardarä bien deso, si ya no quiere 
hacer el mäs desastrado fin que padre hizo en el mundo, 

35 por haber puesto las manos en los delicados miembros de 
su enamorada hija. 



29 C desfogar. 



_ 191 -- Cap. 43. 

Pareciöle a Maritornes que sin duda don Quijote 
daria la mano que le habia pedido, y, proponiendo en su 
pensamiento lo que habi'a de hacer, se bajö del agujero 
y se fue a la caballeriza, donde tomö el cabestro del 
jumento de Sancho Panza, y con mucha presteza se vol- 5 
viö a SU agujero, a tiempo que don Quijote se habia 
puesto de pies sobie la silla de Rocinante, por alcanzar 
a la ventana enrejada donde se imaginaba estar la ferida 
doncella; y al darle la mano, dijo: Tomad, seiiora, esa 
mano, o, por mejor decir, ese verdugo de los malhechores 10 
del mundo: tomad esa mano, digo, a quien no ha tocado 
otra de mujer alguna, ni aun la de aquella que tiene 
entera posesiön de todo mi cuerpo. No os la doy para 
que la beseis, sino para que mireis la contextura de sus 
nervios, la trabazön de sus müsculos, la anchura y es- 15 
paciosidad de sus venas; de donde sacareis que tal debe 
ser la fuerza del brazo que tal mano tiene. 

Ahora lo veremos, dijo Maritornes; y haciendo una 
lazada corrediza al cabestro, se la echö a la muiieca, y 
bajändose del agujero, atö lo que quedaba al cerrojo de 20 
la puerta del pajar, muy fuertemente. Don Quijote, que 
sintiö la aspereza del cordel en su muiieca, dijo: Mas 
parece que vuestra merced me ralla que no que me regala 
la mano; no la trateis tan mal, pues ella no tiene la 
culpa del mal que mi voluntad os hace, ni es bien que 25 
en tan poca parte vengueis el todo de vnestro enojo. 
Mirad que quien quiere bien no se venga tan mal. 

Pero todas estas razones de don Quijote ya no las 
escuchaba nadie, porque asi como Maritornes le atö, ella 
y la otra se fueron, muertas de risa, y le dejaron asido 30 
de manera, que in6 imposible soltarse. 

Estaba, pues, como se ha dicho, de pies sobre Roci- 
nante, metido todo el brazo por el agujero, y atado de 
la muneca, y al cerrojo de la puerta, con grandisimo 
temor y cuidado, que si Rocinante se desviaba a un cabo 35 
o a otro, habia de quedar colgado del brazo; y asi, no 
osaba hacer movimiento alguno, puesto que de la pacien- 

2 C habian. 



Cap. 43. — 192 

cia y quietnd de Rocinante bien se podia esperar que 
estaria sin moverse un siglo entero. En resoluciön, vien- 
dose don Qiiijote atado, y que ya las damas se habian 
ido, se diö a imaginär que todo aquello se hacia por via 
5 de encantamento, corao la vez pasada, cuando en aquel 
mesmo castillo le moliö aqnel moro eucantado del arriero; 
y maldecia entre si sn poca discrecion y disciirso, pues 
habiendo salido tan mal la vez primera de aquel castillo, 
se habia aventurado a entrar en 6\ la segunda, siendo 

10 advertimiento de caballeroa andantes que cuando han pro- 
bado una aventura y no salido bien con ella, es senal 
que no estä para ellos guardada, sino para otros; y asi, 
no tienen necesidad de probarla segunda vez. Con todo 
esto, tiraba de su brazo, por ver si podia soltarse; mas 

15 el estaba tan bien asido, que todas aus pruebas fueron 
en vano. Bien es verdad que tiraba con tiento, porque 
Rocinante no se moviese; y aunque 61 quisiera sentarse 
y ponerse en la silla, no podia sino estar en pie, o arran- 
carse la mano. 

20 Alli fue el desear de la espada de Amadis, contra 

quien no tenia fuerza encantamento algnno; alli fu6 el 
maldecir de su fortuna; alli fud el exagerar la falta que 
haria en el mundo su presencia el tiempo que alli estu- 
viese encantado, que sin duda alguna se habia creido que 

25 lo estaba; alli el acordarse de nuevo de su querida Dul- 
cinea del Toboso; alli fne el llamar a su buen escudero 
Sancho Panza, que, sepultado en sueno y tendido sobre 
el albarda de su jumento, no se aeordaba en aquel ins- 
tante de la madre que lo habia parido; alli llamö a los 

30 sabios Lirgandeo y Alquife, que le ayudasen; alli invocö 
a su buena amiga Urganda, que le socorriese; y, finalmente, 
alli le tomö la manana, tan desesperado y confuso, que 
bramaba como un toro; porque no esperaba 61 que con 
el dia se remediaria su cuita, porque la tenia por eterna, 

35 teniöndose por encantado. Y haciale creer esto ver que 
Rocinante poco ni mucho se movia; y creia que de aquella 
suerte, sin comer ni beber ni dormir, habian de estar el 

21 ABC fuerza de encantamento Brüssel 1607 fehlt „de". 



-- l9ä — Oap. 4ä. 

y SU caballo, hasta que aquel mal influjo de las estrellas 
se pasase, o hasta que otro mäs sabio encantador le 
desencantase. 

Pero enganöse mucho en su creencia, porque apenas 
comenzö a amanecer, cuando llegaron a la venta cuatro 5 
hombres de a caballo, muy bien puestos y aderezados, 
con sus escopetas sobre los arzones. Llamaron a la puerta 
de la venta, que aün estaba cerrada, con grandes golpes; 
lo cual visto por don Quijote desde donde aun no dejaba 
de hacer la centinela, con voz arrogante y alta dijo: 10 
Caballeros, o escuderos, o quienquiera que seäis, no tendis 
para qu6 llamar a las puertas deste castillo; que asaz 
de claro estä que a tales horas, o los que estän dentro 
duermen, o no tienen por costumbre de abrirse las forta- 
lezas, hasta que el sol este tendido por todo el suelo. 15 
Desviaos afuera, y esperad que aclare el dia, y entonces 
veremos si serä justo o no, que os abran. ^Qu^ diablos 
de fortaleza o castillo es dste, dijo uno, para obligarnos 
a guardar esas ceremonias? Si sois el ventero, mandad 
que nos abran; que somos caminantes que no queremos 20 
mäs de dar cebada a nuestras cabalgaduras y pasar ade- 
lante, porque vamos de priesa. (:Pareceo8, caballeros, que 
tengo yo talle de ventero? respondiö don Quijote. No 
se de qu^ teneis talle, respondiö el otro; pero se que 
decis disparates en llamar castillo a esta venta. Castillo 25 
es, replicö don Quijote, y aun de los mejores de toda 
esta provincia; y gente tiene dentro que ha tenido cetro 
en la mano y Corona en la cabeza. Mejor fnera al rev^s, 
dijo el caminante, el cetro en la cabeza y la Corona en 
la mano. Y serä, si a mano viene, que debe de estar 30 
dentro alguna compaiiia de representantes, de los cuales 
es teuer a menudo esas Coronas y cetros que decis; por- 
que en una venta tan pequena, y adonde se guarda tanto 
silencio como 6sta, no creo yo que se alojan personas 
dignas de corona y cetro. Sabeis poco del mundo, replicö 35 
don Quijote, pues ignoräis los casos que suelen acontecer 
en la caballeria andante. 

32 C y cetro que. 

Bomaniaehe Bibl. Nr. 24. Don Quijote. ig 



Oap. 44. --_ 194 — 

Cansäbanse los companeros que con el preguntante 
venian del coloquio que cou don Quijote pasaba, y asi, 
tornaron a llamar con grande furia; y fue de modo, que 
el ventero despeitö, y aun todos cuantos en la venta 
5 estaban, y asi, se levantö a preguntar quiea llamaba. 
Sucediö en este tiempo que una de las cabalgadnras en 
que venian los cuatro que llamaban se llego a oler a 
Rocinante, que melancölico y triste, con las orejas caidas, 
sostenia sin moverse a su estirado senor; y, como, en fin, 

10 era de carne, aunque parecia de leüo, no pudo dejar de 
resentirse y tornar a oler a quien le llegaba a hacer 
caricias; y asi, no se hubo movido tanto cuanto, cuando 
se desviaron los juntos pies de don Quijote, y, resbalando 
de la silla, dieran con el en el suelo, a no quedar col- 

15 gado del brazo; cosa que le causö tanto dolor, que creyö, 
que la muiieca le cortaban, o que el brazo se le arran- 
caba; porque el quedö tan cerca del suelo, que con los 
extremos de las puntas de los pies besaba la tierra, que 
era en su perjuicio; porque, como sentia lo poco que le 

20 faltaba para poner las plantas en la tierra, fatigäbase y 
estiräbase cuanto podia por alcanzar al suelo, bien asi 
como los que estän en el tormento de la garrucha, puestos 
a toca, no toca, que ellos mesmos son causa de acrecentar 
su dolor, con el ahinco que ponen en estirarse, engaflados 

25 de la esperanza que se les representa, que con poco mäs 
que se estiren llegarän al suelo. 



CAPITULO XLIV. 
Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta. 

En efeto, fueron tantas las voces que don Quijote 

diö, que abriendo de presto las puertas de la venta, saliö 

el ventero, despavorido, a ver quien tales gritos daba, y 

30 los que estaban fuera hicieron lo mesmo. Maritornes, que 

ya Labia despertado a las mismas voces, imaginando lo 

11 BC lo llegaba. 22 C los estan. 



I 



— 195 — Cap. 44. 

que podia ser, se fue al pajar y desatö, sin que nadie lo 
viese, el cabestro que a don Quijote sostenia, y 61 diö 
luego en el suelo, a vista del ventero y de los caminantes, 
que, llegändose a el, le preguntaron que tenia, que tales 
voces daba. El, sin responder palabra, se qnitö el cordel 5 
de la muneca, y levantändose en pie, subiö sobre Roci- 
nante, embrazö su adarga, enriströ su lanzön, y tomando 
buena parte del campo, volviö a medio galope, diciendo: 
Cualquiera que dijere que yo he sido con justo titulo 
encantado, como mi senora la priueesa Micomicona me de 10 
licencia para ello, yo le desmiento, le riete y desafio a 
Singular batalla. 

Admirados se qnedaron los nuevos caminantes de las 
palabras de don Quijote; pero el ventero les quitö de 
aquella admiraciön, diciendoles que era don Quijote, y 15 
que no habia que hacer caso del, porque estaba fnera 
de juicio. 

Preguntäronle al ventero si acaso habia llegado a 
aquella venta un muchacho de hasta edad de quince aiios, 
que venia vestido como mozo de mulas, de tales y tales 20 
senas, dando las mesmas que traia el amante de doiia 
Clara. El ventero respondiö que habia tanta gente en la 
venta, que no habia echado de ver en el que preguntaban; 
pero habiendo visto uno dellos el coche donde habia 
venido el oidor, dijo: Aqui debe de estar sin duda, por- 25 
que este es el coche que el dicen que sigue: quedese 
uno de nosotros a la puerta y entren los demas a bus- 
carle; y aun seria bien que uno de nosotros rodease toda 
la venta, porque no se fuese por las bardas de los corrales. 

Asi se harä, respondiö uno dellos. Y enträndose los 30 
dos dentro, nno se quedö a la puerta y el otro se fuö a 
rodear la venta; todo lo cual veia el ventero, y no sabia 
atinar para qu6 se hacian aquellas diligencias, puesto que 
bien creyö que buscaban [a] aquel mozo cuyas sefias le 
habian dado. 35 

Ya a esta sazön aclaraba el dia; y asi por esto como 
por el ruido que don Quijote habia hecho, estaban todos 
despiertos y se levantaban, especialmente dona Clara y 
Dorotea, que la una con el sobresalto de teuer cerca a 

13* 



Cap. 44. _ 196 — 

SU amante, y la otra coa el deseo de veiie, habian podido 
dormir bieu mal aquella noche. Don Quijote, qiie viö 
que ninguno de los cuatro caminautes Lacia caso del, ni 
le respoudian a su demanda, mon'a y rabiaba de des- 
5 pecho y saila; y si 61 ballara en las ordenanzas de bu 
caballeria que licitamente podia el caballero andante 
tomar y emprender otra empresa babiendo dado su palabra 
y fe de no ponerse en ninguna hasta acabar la que habia 
prometido, el enibistiera con todos, y les biciera responder 

10 mal de su grado; pero por parecerle no convenirle ni 
estarle bicn comenzar nueva empresa hasta poner a Mico- 
micona en su reino, liubo de callar y estarse quedo, es- 
poraudo a ver en que parabau las diligencias de aquellos 
caminantes; uno de los cuales hallo al mancebo que bus- 

15 caba, durraiendo al lado de uu mozo de mulas, bien des- 
cuidado de que nadie ni le buscase, ni nienos de que le 
hallase. El hombre le trabö del brazo y le dijo: Por 
cierto, seüor don Luis, que responde bien a quien vos 
sois el hjibito que teneis, y que dice bien la cama en que 

20 08 hallo al regalo con que vuestra madre os criö. 

Limpiöse el mozo los sofiolientos ojos, y mirö de 
espacio al que le tenia asido, y luego conociö que era 
criado de su padre, de que recebiö tal sobresalto, que no 
acertö o no pudo hablarle palabra por un buen espacio, 

25 y el criado prosiguio diciendo: Aqui no hay que hacer 
otra cosa, senor don Luis, sino prestar paciencia, y dar 
la vuelta a casa, si ya vuestra merced no gusta que su 
padre y mi senor la i6 al otro mundo; porque no se 
puede esperar otra cosa de la pena con que queda por 

30 vuestra ausencia. (^Pues cömo supo mi padre, dijo don 
Luis, que yo venia este caraino y en este traje? ün 
estudiante, respondiö el criado, a quien distes cuenta de 
vuestros pensamientos fue el que lo descubriö, movido a 
lästima de las que viö que hacia vuestro padre al puuto 

35 que os echö menos; y asi, despachö a cuatro de sus 
criados en vuestra busca, y todos estamos aqui a vuestro 

10/11 C convenirle bien comenzar. 19 ü lo cama. 29/30 C 
per vuestra. 



— 197 — Cap. 44. 

servicio, mäs contentos de lo que imaginär se puede, por 
el bnen despacho con que tornaremos, llevändoos a los 
ojos que tanto os quicren. Eso serä como j^o quisiere, o 
corao el cielo lo ordenare, respondiö don Luis. <,Qnc 
habeis de querer, o que ha de ordenar el cielo, fuera de 5 
consentir en volvcros? Porque no ha de ser posible otra cosa. 

Todas estas razones que entre los dos pasaban ovo 
el mozo de mulas junto a quien don Luis estaba; y levan- 
täudose de alli, fae a decir lo que pasaba a don Fernando 
y a Cardenio, y a los demäs, que ya vestido sc habian; 10 
a los cuales dijo como aquel hombre llamaba de don a 
aquel mucliacho, y las razones que pasaban, y como Ic 
queria volver a casa de su padre, y el mozo no quen'a. 
Y con esto, y con lo que del sabian, de la buena voz 
que el cielo le habia dado, vinieron todos en gran deseo 15 
de saber mäs particularmente quien era, y aun de ayu- 
darle, si alguna fuerza le quisiesen hacer; y asi, se fucron 
hacia la parte donde aün estaba habian do y porfiando con 
sn criado. Salia en esto Dorotoa de su aposonfo, y tras 
ella dona Clara toda turbada; y llamando Dorotea a Car- 20 
denio aparte, le conto en breves razones la lli^;toria del 
müsico y de dona Clara; a quien el tambien dijo lo que 
pasaba de la venida a buscarle los criados de su padre, 
y no se lo dijo tan callando, que lo dejase de oir Clara; 
de lo que quedö tan fuera de si, que si Dorotea no llegara 25 
a tcnerla, diera consigo en el suclo. Cardenio dijo a 
Dorotea que se volviesen al aposento; que öl procuraria 
poner reraedio en todo, y ellas lo liicieron. 

Ya estaban todos los cuatro que venian a biiscar a 
don Luis dentro de la venta y rodeados del, persuadien- 30 
dole que luego, sin detenerse un punto, volvieso a con- 
solar a su padre. El respondiö que en ninguna manera 
lo podia hacer hasta dar fin a un ncgocio en que le iba 
la vida, la honra y cl alraa. Aprctäronlo entonces los 
criados, dicie'ndole qne en ningiin modo volverian sin el, 35 
y que le llevarian, quisiesc o no quisiese. 



4 C cielo ordenare. 14 C con todo estn. 16 C a quien. 
19 C salio. 20 A llamado. 24 ü de oyr dona Clara. 



Cap. 44. — 198 — 

Esto no hareis vosotros, replicö don Lnis, sino es 
llevändome muerto; aunque de cualquiera manera que me 
lleveis, serä llevarme sin vida. 

Ya a esta sazön habian acudido a la porfia todos 
5 los mäs que en la venta estaban, especialmente Cardenio, 
don Fernando, sus camaradas, el oidor, el cura, el bar- 
bero y don Quijote, que ya le pareciö que no habia 
necesidad de gaardar mäs el castillo. Cardenio, como ya 
sabia la historia del mozo, preguntö a los que llevarle 

10 querian que qu6 les movia a querer llevar contra su 
voluntad aqucl muchacho. Mu(5venos, respondiö uno de los 
cuatro, dar la vida a su padre, que por la ausencia deste 
Caballero queda a peligro de perderla. 

A esto dijo don Luis: No hay para que se de cuenta 

15 aqui de mis cosas; yo soy libre, y volverd si me diere 
gusto, y si no, ninguno de vosotros me ha de hacer 
fuerza. Haräsela a vuestra merced la razön, respondiö el 
hombre; y cuando ella no bastare con vuestra merced, 
bastarä con nosolros para hacer a lo que venimos y lo 

20 qne somos obligados. Sepamos qud es esto de raiz, dijo 
a este tiempo el oidor. Pero el hombre, que lo conociö, 
como vecino de su casa, respondiö: ,;No conoce vuestra 
merced, senor oidor, a este caballero, que es el hijo de 
su vecino, el cual se ha ausentado de casa de su padre 

25 en el häbito tan indecente a su calidad como vuestra 
merced puede ver? 

Miröle entonces el oidor mäs atentamente y cono- 
ciöle; y abrazändole dijo: ,iQiie ninerias son dstas, senor 
don Luis, o quo causas tan poderosas, que os hay an 

30 movido a venir desta manera, y en este traje, que dice 
tan mal con la calidad vuestra? AI mozo se le vinieron 
las lägrimas a los ojos, y no pudo responder palabra al 
oidor; el cual dijo a los cuatro que se sosegasen, que 
todo se haria bien; y tomando por la mano a don Luis, 

35 le apartö a una parte, y le preguntö que venida habia 
sido aquella. 



1 C esto. 38 ABC al oydor. Dixo alos quatro Brüssel 1607 
al oydor el cual dixo a los cuatro. 



— 199 — Cap. 44. 

Y en tanto qiie le hacia esta y otras preguntas, 
oyeron grandes voces a la puerta de la venta, y era la 
causa dellas que dos huespedes que aquella noche habian 
alojado en ella, viendo a toda la gente ocupada en saber 
lo que los cuatro buscaban, habian intentado a irse sin 5 
pagar lo que debian; mas el ventero, que atendia mäs a 
8u nogocio que a los ajenos, les asiö al salir de la 
puerta, y pidiö su paga, y les afeö su mala intenciön con 
tales palabras, que les moviö a que le respondiesen con 
los punos; y asi, le comenzaron a dar tal mano, quel el 10 
pobre ventero tuvo necesidad de dar voces y pedir socorro. 
La ventera y su hija no vieron a otro mäs desocupado 
para poder socorrerle que a don Quijote, a quien la hija 
de la ventera dijo: Socorra vuestra merced, seüor caballero, 
por la virtud que Dios le diö, a mi pobre padre, que dos 15 
malos hombres le estän moliendo como a cibera. 

A lo cual respondio don Quijote muy de espacio y 
con mucha flema: Fermosa doncella, no ha lugar por 
ahora vuestra peticiön, porque estoy impedido de entreme- 
terme en otra aventura en tanto que no diere cima a 20 
Tina en que mi palabra me ha puesto. Mas lo que yo 
podre hacer por serviros, es lo que ahora dire: corred y 
decid a vuestro padre que se entretenga en esa batalla 
lo mejor qxie pudiere, y que no se deje vencer en ningün 
modo, en tanto que yo pido licencia a la princesa Mico- 25 
micona para poder socorrerle en su cnita; que si ella me 
la da, tened por cierto que yo le sacare della. ;Peca- 
dora de mi! dijö a csto Maritornes, que estaba delante. 
Primero que vuestra merced alcance esa licencia que dice 
estarä ya mi seüor en el otro mundo. Dadme vos, sefiora, 30 
que yo alcance la licencia que digo, respondio don Qui- 
jote; que como yo la tenga, poco harä al caso que el 
este en el otro mundo; que de alli le sacare a pesar del 
mismo mundo que lo contradiga; o por lo menos, os dare 
tal venganza de los que allä le hubieren enviado, que 35 
quedeis mäs que medianamente satisfechas. 

Y sin decir mäs, se fue a poner de hinojos ante 
Dorotea, pidiendole con palabras caballerescas y andan- 
tescas que la su grandeza fuese servida de darle licencia 



Cap. ii. — 200 — 

de acorrer y socorrer al castellano de aqnel castillo, que 
estaba puesto en ima grave mengua. La princesa se la 
diö de buea talante, y el luego, embrazaudo su adarga 
y poniendo mano a su espada, acadiö a la puerta de la 
5 venta, adonde aün todavia traian los dos hnespedes a 
maltraer al ventero; pero asi como llegö, embazo y se 
estuvo quedo, aiinque Maritornes y la ventera le deciaa 
que en que se detenia; que socorriese a su seiior y marido. 
Det^ngome, dijo don Quijote, porque no me es licito 

10 poner mano a la espada contra gente escuderil; pero 
llamadme aqui a mi escudero Sancho; que a el toca y 
atafie esta defensa y venganza. 

Esto pasaba en la puerta de la venta, y en ella 
andaban las puiiadas y mojicones muy en su punto, todo 

15 en daüo del ventero y en rabia de Maritornes, la ventera 
y SU hija, que se desesperaban de ver la cobardia de don 
Quijote, y de lo mal que lo pasaba su marido, seiior y 
padre. 

Pero dejömosle aqui, que no faltarä quien le socorra, 

20 si no, sufra y calle el que se atreve a mäs de a lo 
que 8U8 fuerzas le prometen, y volvämonos aträs cincuenta 
pasoe, a ver que fu6 lo que don Luis respondiö al oidor, 
que le dejamos aparte, preguntändole la causa de su 
venida a pie y de tan vil traje vestido; a lo cual el 

25 mozo, asiendole fuertemente de las manos, como en seiial 
de que algün gran dolor le apretaba el corazön, y derra- 
mando lägrimas en gran'le abundancia, le dijo: Seiior 
mio, yo no s^ deciros otra cosa sino que desde el punto 
que qniso el cielo y facilitö nuestra vecindad que yo 

30 viese a mi senora doiia Clara, hija vuestra y senora mia, 
desde aquel instante la hice dueiia de rai voluntad; y si 
la vuestra, verdadero senor y padre mio, no lo impide, 
en este mesmo dia ha de ser rai esposa. Por ella dejö 
la casa de mi padre, y por ella me puse en este traje, 

35 para seguirla donde quiera que fuese, como la saeta al 
blanco, o como el marinere al norte. Ella no sabe de 
mis deseos mäs de lo que ha podido entender de algunas 

24 25 C vestido: lo quäl el mo^o. 



— 201 — Cap. 44. 

veces que desde lejos ha visto llorar mis ojos. Ya, senor, 
sabeis la riqaeia y la nobleza de mis padres, y como yo 
8oy SU ünico heredero; si os parece que estas son partes 
para que os aventureis a hacerme en todo venturoso, 
recebidme luego por vuestro hijo; que si mi padre, llevado 5 
de otros disignios suyos, no gustare deste bien que yo 
Bupe buscarme, mäs fuerza tiene el tiempo para deshacer 
y mudar las cosas, que las humanas voluntades. 

Gallo ea diciendo esto el enamorado mancebo, y el 
oidor quedö en oirle suspenso, confuso y admirado, asi de 10 
haber oido el modo y la discreciön con que don Luis le 
habi'a descubierto su peusamiento como de verse en punto 
que no sabia el que poder tomar en tan repentino y no 
esperado negocio; y asi, no respondiö otra cosa sino que 
se sosegase por entonces, y entretuviese a sus criados, 15 
que por aquel dia no le volviesen, porque se tuviese 
tiempo para considerar lo que mejor a todos estuviese. 
Besöle las manos por fuerza don Luis, y aun se las banö 
con lägrimas, cosa que pudiera enternecer un corazön de 
märmol, no solo el del oidor, que, como discreto, ya habia 20 
conocido cuän bien le estaba a eu hija aquel matrimonio; 
puesto que, si fuera posible, lo quisiera efetuar con vo- 
luntad del padre de don Luis, del cual sabia que preten- 
dia hacer de titulo a su hijo. 

Ya a esta sazön estaban en paz los huespedes con 25 
el ventero, pues por persuasiön y buenas razones de don 
Quijote, mäs que por amenazas, le habian pagado todo 
lo que el quiso, y los criados de don Luis aguardaban el 
£n de la plätica del oidor y la resoluciön de su amo, 
cuando el demonio, que no duerme, ordenö que en aquel 30 
raesmo punto entrö en la venta el barbero a quien don 
Quijote quitö el yelmo de Mambrino, y Sanclio Panza los 
aparejos del asno, que trocö con los del suyo; el cual 
barbero. llevando su jumento a la caballeriza, viö a Sancho 
Panza que estaba aderezando no se que de la albarda, y 35 
asi como la viö la conoeiö, y se atreviö a arremeter a 
Sancho diciendo: jAh, don ladrön, que aqui os tengo, 

6 C designias. 



Cap. iL — 202 — 

venga mi bacia y mi albarda, con todos mis aparejos que 
me robastes! 

Sancho, que se viö acometer tan de improviso y oyö 
los vituperios que le decian, con la una mano asiö de la 
5 albarda, y con la otra diö un mojicön al barbero, que le 
band los dientes en sangre; pero no por esto dejö el 
barbero la presa que tenia hecha en el albarda; antes 
alzö la voz de tal manera, que todos los de la venta 
acudieron al ruido y pendencia, y decia: jAqni del rey 

10 y de la justicia; que sobre cobrar mi bacienda me quiere 

matar este ladrön, salteador de caminos. Mcntis, respondiö 

Sancho; que yo no soy salteador de caminos; que en 

buena guerra ganö mi sefior don Quijote estos despojos. 

Ya estaba don Quijote delante, con mucho contento 

15 de ver cuän bien se defendia y ofendia su escudero, y 
tüvole desde alli adelante por hombre de pro, y propuso 
en SU corazön de armalle caballero en la primera ocasiön 
que se le ofreciese, por parecerle que seria en el bien 
empleada la orden de la caballeria. Entre otras cosas 

20 que el barbero decia en el discurso de la pendencia, vino 
a decir: Seiiores, asi esta albarda es mia como la muerte 
quo debo a Dios, y asi la conozco como si la hubierj 
parido; y ahi estä mi asno en el establo, que no m( 
dejarä mentir; si no, pruebensela, y si no le viniere pinti- 

25 parada, yo quedarc por infame. Y hay mäs: que el 
mismo dia que ella se me quitö, me quitaron tambien una 
bacia de azdfar nueva, que no se habia estrenado, que 
era senora de un escudo. 

Aqui no se pudo contener don Quijote sin responder, 

30 y poniendose entre los dos y apartändoles, depositando 
la albarda en el suelo, que la tuviese de manifiesto hasta 
que la verdad se aclarase, dijo: Porque vean vuestraa 
mercedes clara y manifiestamente el error en que estä 
este buen escudero, pues Uama bacia a lo que fue, es y 

35 serä yelmo de Mambrino, el cual se le quite yo en buens 
gueiTa, y me hice senor döl con ligitima y licita posesiön. 
En lo del albarda no me entreraeto; que lo que en 



17 BC armarle. 26 B quitaren. 35 C sera el yelmo. 



_ 203 — Cap. ib 

ello sabre decir es que mi escadero Sancho me pidid 
licencia para quitar los jaeces del caballo deste vencido 
cobarde, y con ellos adornar el snyo; yo se la di, y 61 
los tomö, y de haberse convertido de jaez en albarda no 
sabrd dar otra razön sino es la ordinaria: que como esas 5 
transformaciones se ven en los sucesos de la caballeria; 
para confiimaciön de lo cual, corre, Sancho hijo, y saca 
aqui el yelmo que este buen hombre dice ser bacia. 
Pardiez, senor, dijo Sancho, si no tenemos otra prueba 
de nuestra intenciön que la que vuestra merced dice, tan 10 
bacia es el yelmo de Malino como el jaez deste buen 
hombre albarda, Haz lo que te mando, replicö don Qui- 
jote, que no todas las cosas deste castillo han de ser 
guiadas por encantamento. 

Sancho fue a do estaba la bacia y la trujo; y asi 15 
como don Quijote la viö, la tomö en las manos y dijo: 
Miren vuestras mercedes con que cara podia decir este 
escudero que esta es bacia, y no el yelmo que yo he 
dicho; y juro por la orden de caballeria que profeso que 
este yelmo iü6 el mismo que yo le quite, sin haber anadido 20 
en el ni quitado cosa alguna. 

En eso no hay diida, dijo a esta sazön Sancho; por- 
que desde que mi senor le ganö hasta agora no ha hecho 
con el mäs de una batalla, cuando librö a los sin Ventura 
encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo 25 
pasara entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas 
en aquel trance. 



CAPITULO XLV. 

Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y 
de la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad. 

^Que les parece a vuestras mercedes, senores, dijo el 
barbero, de lo que afirman estos gentileshombres, pues 
aün porfian que esta no es bacia sino yelmo? Y quien 30 

6 C se veen. 11 B de Mäbrino; C de Mambrino. 
29/30 A pues aun porfia. 



Cap. 45. — 204 — 

lo contrario dijere, dijo den Quijote, le hare yo conocer 
que miente, si fnere Caballero, y si escudero, que remiente 
mil veces. 

Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como 
o tenia tan bien conocido el humor de don Qnijote, quiso 
esforzar su desatino y llevar adclante la burla, para que 
todos riesen, y dijo hablando con el otro barbero: Senor 
barbero, o quien sois, sabed que yo tambien soy de vuestro 
oficio, y tengo mas ha de veinte afios carta de examen, 

10 y conozco niuy bien de todos los instruraentos de la bar- 
beria, sin que le falte uno; y ni niäs ni menos fui un 
tiempo en mi raocedad soldado, y se tambien que es 
yelmo, y que es morriön y celada de encaje, y otras 
cosas tocantcs a la milicia, digo, a los generös de armas 

15 de los soldadoB; y digo, salvo mejor parecer, remitiöndome 
siempre al mejor entendimiento, que esta pieza que esta 
aqui delante y qne este buen seiior tiene en las manos, 
no solo no es bacia de barbero, pero esta tan lejos de 
serlo como esta lejos lo blanco de lo negro, y la verdad 

20 de la mentira; tambien digo que este, aunque es yelmo, 
no es yelmo cntero. No por cierto, dijo don Quijote, 
porque le falta la mitad, que es la babera. Asi es, dijo 
el cura, que ya habia entendido la intenciön de su amigo 
el barbero. 

25 Y lo mismo confirmö Cardenio, don Fernando y sus 

camaradas; y aun el oidor, si no estuviera tan pensativo 
con el negocio de don Luis, ayudara por su parte, a la 
burla; pero las veras de lo que pensaba le tenian tan 
suspenso, que poco o nada atendia a aquellos donaires. 

30 jVälame Dios! dijo a esta sazön el barbero burlado. (j.Que 
es posible que tanta gente honrada diga que esta no es 
bacia sino yelmo? Cosa parece esta que puede poner en 
admiraciön a toda una universidad, por discreta que sca. 
Basta, si es que esta bacia es yelmo, tambien debe de 

35 ser esta albarda jaez de caballo, como este seiior ha 
dicho. A mi albarda me parece, dijo don Quijote; pero 
ya he dicho que en eso no me entremeto. De que sea 



17 C delante que. 



— 205 — Cap. 45. 

albaida o jaez, dijo el cura, uo estä en mäs de decirlo 
el senor don Quijote; que en estas cosas de la caballeiia 
todos estos scnores y yo le damos la ventaja. Por Dios, 
senores mios, dijo don Quijote, qne son tanlas y tan ex- 
trafias las cosas que en este castillo, en dos veces que 5 
en el he alojado, me lian sucedido, que no me atreva a 
decir afirmativamente ninguna cosa de lo que acerca de 
lo que en el se contiene se pieguntare, porque imagino 
que cuanto en 61 se trata va por via de encantamento. 
La primera vez me fatigö mucho un moro encantado que 10 
en el hay, y a Sancho no le fue muy bien con otios sus 
secuaces; y anoche estuve colgado deste brazo casi dos 
horas: sin saber cömo ni cömo no, vine a caer en aquella 
desgvacia. Asl que ponerme yo agora en cosa de tanta 
confusiön a dar mi parecer, serä caer en juicio temerario. 15 
En lo que toca a lo que dicen que dsta es bacia y no 
yelmo, ya yo tengo respondido; pero en lo de declarar 
si ösa es albarda o jaez, no me atrevo a dar sentencia 
difinitiva; solo lo dejo al buen parecer de vuestras mer- 
cedes; quizä por no ser armados Caballeros como yo lo 20 
soy no tendrän que ver con vuestras mercedes los encan- 
tamentos de este lugar, y tendrän los entendimientos libres, 
y podrän juzgar de las cosas deste castillo como ellas 
son real y verdaderamente, y no como a mi me parecian. 
No hay duda, respondiö a esto don Fernando, sino que 25 
el seiior don Quijote ha dicho muy bien hoy, que a 
nosotros toca la difiniciön deste caso; y porque vaya con 
mäs fundamento, yo toniard en secreto los votos destos 
senores, y de lo que resultare dare entera y clara 
noticia. 30 

Para aquellos que la tenian del humor de don Qui- 
jote era todo esto materia de grandisima risa; pero para 
los que le ignoraban les parecia el mayor disparate del 
mundo, especialmente a los cuatro criados de don Luis, 
y a don Luis ni mäs ni menos, y a otros tres pasajeros 35 
qne acaso habian llegado a la venta, que tenian parecer 
de ser cuadrilleros, como, en efeto, lo eran. Pero el que 



33 BC la ignoraban. 



Cap. 45. — 206 — 

mäs se desesperaba era el baibero, cuya bacia alli delante 
de 8U8 ojos se le habia vnelto en yelmo de Mambrino, y 
cuya albarda pensaba sin duda alguna que se le habia 
de volver en jaez rico de caballo; y los nnos y los otros 
5 se reian de ver como andaba don Fernando tomando los 
votos de nnos en otros, hablandolos al oido para que en 
secreto declarasen si era albarda o jaez aquella joya sobre 
quien tanto se habia peleado; y despnös que hubo tomado 
los votos de aquellos que a don Quijote conocian, dijo 

10 en alta voz: El caso es, buen hombre, que ya yo estoy 
cansado de tomar tantos pareceres, porque veo que a 
ninguno pregunto lo que deseo saber que no me diga que 
es disparate el decir que esta sea albarda de jumento, 
sino jaez de caballo, y aun de caballo castizo; y asi, 

15 habreis de teuer paciencia, porque, a vuestro pesar y al 
de vuestro asno, 6ste es jaez, y no albarda, y vos haböis 
alegado y probado muy mal de vuestra parte. No la 
tenga yo en el cielo, dijo el pobre barbero, si todos 
vuestras mercedes no se enganan; y que asi parezca mi 

20 änima ante Dios como ella rae parece a mi albarda, y no 
jaez; pero allä van leyes . . . y no digo mäs; y en verdad 
que no estoy borracho: que no me he desayunado, si de 
pecar no. 

No menos causaban risa las necedades que decia el 

25 barbero que los disparates de don Quijote, el cual a esta 
sazön dijo: Aqui no hay mäs que hacer sino que cada 
uno tome lo que es suyo, y a quien Dios se la diö, San 
Pedro se la bendiga. 

Uno de los cuatro dijo: Si ya no es que esto sea 

30 burla pensada, no me puedo persuadir que hombres de 
tan buen entendimiento como son, o parecen, todos los 
que aqui estän, se atrevan a decir y afirmar que ^sta no 
es bacia, ni aquella albarda; mas como veo que lo afirman 
y lo dicen, me doy a entender que no carece de misterio 

35 el porfiar una cosa tan contraria de lo que nos muestra 
la misma verdad y la misma experiencia; porque voto a 

6 C hablando al oydo. 18 ABC sobre barbero. 34 A 
que no casere. 



^ 207 — Cap. 45. 

tal (y aiTOJöle redondo) que no me den a mi a entender 
cuantos hoy viven en el mundo al reves de qne östa no 
sea bacia de baibero, y 6sta albarda de asno. Bien podria 
ser de borrica, dijo el cura. Tanto monta, dijo el criado; 
que el caso no consiste en eso, sino en si es o no es 5 
albarda, como vuestras mercedes dicen. 

Oyendo esto uno de los cuadrilleros que habian 
entrado, que habia oido la pendencia y quistion, Ueno de 
cölera y de enfado, dijo: Tan albarda es como mi padre; 
y el que otra cosa ha dicho dijere debe de estar hecbo 10 
uva. Mentis como bellaco villano, respondiö don Quijote. 

Y alzando el lanzön, que nunca le dejaba de las 
manos, le iba a descargar tal golpe sobre la cabeza, que 
a no desviarse el cuadrillero, se le dejara alli tendido. 
El lanzön se hizo pedazos en el suelo, y los demäs 15 
cuadrilleros, que vieron tratar mal a su compaiiero, alzaron 
la voz pidiendo favor a la Santa Hermandad. 

El ventero, que era de la cuadrilla, entrö al punto 
por SU varilla y por su espada, y se puso al lado de sus 
compaiieros; los criados de don Luis rodearon a don 20 
Luis, porque con el alboroto no se les fuese; el barbero, 
viendo la casa revuelta, tornö a asir de su albarda, y lo 
mismo hizo Sancho; don Quijote puso mano a su espada 
y arremetiö a los cuadrilleros ; don Luis daba voces a sus 
criados, que le dejasen a 61 y acorriesen a don Quijote, 25 
y a Cardenio y a don Fernando, que todos favorecian a 
don Quijote; el cura daba voces; la ventera gritaba; su 
hija se afligia; Maritornes lloraba; Dorotea estaba confusa; 
Luscinda, suspensa; y doiia Clara desmayada. El barbero 
aporreaba a Sancho; Sancho molia al barbero; don Luis, 30 
a quien un criado suyo se atreviö a asirle del brazo por- 
que no se fuese, le diö una puiiada, que le baiiö los 
dientes en sangre; el oidor le defendia; don Fernando 
tenia debajo de sus pies a un cuadrillero, midiendole el 
cuerpo con ellos muy a su sabor; el ventero tornö a 35 
reforzar la voz, pidiendo favor a la Santa Hermandad : de 
modo que toda la venta era llantos, voces, gritos, con- 
fasiones, temores, sobresaltos, desgracias, cuchilladas, moji- 
cones, palos, coces y efusiön de sangre. Y en la mitad 



Cap. 45. — 208 — 

deste caos, mäquina y laberinto de cosas, se le representö 
en la memoria a don Qnijote qne se veia metido de hoz 
y de coz en la discordia del campo de Agramante, y asi 
dijo, con voz que atronaba la venta: Tenganse todos; 
5 todos envainen; todos se sosieguen; oiganme todos, si todos 
qnieren quedar con vida. 

A cnya gran voz todos se pararon, y el prosiguiö, 
diciendo: ,;No os dije yo, sonores, que este castillo era 
encantado, y que alguna legiön de demonios debe de 

10 habitar en el? En contirmaciön de lo cual quiero que 
veäis por vuestros ojos como se ha pasado aqui y trasla- 
dado entre nosotros la discordia del campo de Agramante. 
Mirad como alli se pelea por la espada, aqui por el 
caballo, acullä por el äguila, acä por el yelmo, y todoa 

15 peleamos, y todos no nos entendemos. Venga, pues, vuestra 
merced, senor oidor, y vuestra merced, senor cura, y el 
UDO sirva de rey Agramante, y el otro de rey Sobrino, y 
pöngannos en paz; porque por Dios todopoderoso que es 
gran bellaqueria que tanta gente principal como aqni 

20 estamos se mate por causas tan livianas. 

Los cuadrilleros, que no entendian el frasis de don 
Qnijote, y se veian malparados de don Fernando, Cardenio 
y sus camaradas, no querian sosegarse; el barbero si, por- 
que en la pendencia tenia deshechas las barbas y el 

25 albarda; Sancbo, a la mäs minima voz de su amo, obe- 
deciö, como buen criado; los cuatro criados de don Luis 
tambien se estuvieron quedos, viendo cuan poco les iba 
en no estarlo; solo el ventero porfiaba que se habian de 
castigar las insolencias de aquel loco, que a cada paso 

30 le alborotaba la venta. Finalmente, el rnmor se apacignö 
por entonces, la albarda se quedö por jaez hasta el dia 
del juicio, y la bacia por yelmo y la venta por castillo 
en la imaginaciön de don Quijote. 

Puestos, pues, ya en sosiego, y hechos amigos todos 

35 a persuasiön del oidor y del cura, volvieron los criados 
de don Luis a porfiarle que al momento se viniese con 

2 A que ae vaya metido; C qne yva metido. 9 ABC 
alguna region Brüssel 1607 legion. 18 ABC ponganos. 



— 209 — Cap. 45. 

ellos; y en tanto qne el con ellos se avenia, el oidor 
comunicö con don Fernando, Cardenio y el cnra que 
debia hacer en aquel caso, contändoselo con las razones 
qne don Luis le habia dicho. En fin, fne acordado que 
don Fernando dijese a los criados de don Luis quien ^1 5 
era y cömo era su gusto que don Luis se fuese con el 
al Andalucia, donde de su hermano el marques seria 
estimado como el valor de don Luis merecia; porque 
desta manera se sabia de la intenciön de don Luis que 
no volveria por aquella vez a los ojos de su padre, si le 10 
hiciesen pedazos. Entendida, pues, de los cuatro la calidad 
de don Fernando y la intenciön de don Luis, determinaron 
entre ellos que los tres se volviesen a contar lo que 
pasaba a su padre, y el otro se quedase a servir a don 
Luis, y a no dejalle hasta que ellos volviesen por el, o 15 
viese lo que su padre les ordenaba. 

Desta manera se apaciguö aquella maquina de pen- 
dencias por la autoridad de Agramante y prudencia del 
rey Sobrino; pero viendose el enemigo de la concordia y 
el emulo de la paz menospreciado y burlado, y el poco 20 
fruto que habia granjeado de haberlos puesto a todos en 
tan confuso laberinto, acordö de probar otra vez la mano, 
resucitando nuevas pendencias y desasosiegos. 

Es, pues, el caso, que los cuadrilleros se sosegaron, 
por haber entreoido la calidad de los que con ellos se 25 
habian combatido, y se retiraron de la pendencia, por 
parecerles que de cualquiera manera que sucediese, habian 
de llevar lo peor de la batalla; pero a uno dellos, que 
fue el que fue molido y pateado por don Fernando, le 
vino a la memoria que entre algunos mandamientos que 30 
traia para prender a algunos delincuentes, traia uno contra 
don Quijote, a quien la Santa Hermandad habia mandado 
prender por la libertad que diö a los galeotes, y como 
Sancho con mucha razön habia temido. Imaginando, pues, 
esto, quiso certificarse si las seiias que de don Quijote 35 
traia venian bien, y sacando del seno un pergamino, topö 



3 AB contandoseles. 19 A vieudole. 28 ABC pero 
uno dellos Brüssel 1607 a uno. 

Bomaniscbe BiM. Nr. 24. Don Quijote. J4 



Cap. 45. — 210 — 

con el que buscaba, y poniendosele a leer de espacio, 
porqiie no era buen lector, a cada palabra que lei:i ponia 
los ojos en don Quijote, y iba cotejando las senas del 
mandamiento con el rostro de don Quijote, y hallo que 
5 sin duda alguna era el que el mandamiento rezaba. Y 
apenas se hübe certificado, cuando, rccogiendo su perga- 
mino, en la izquierda tomö el mandamiento, y con la 
derecha asiö a don Quijote del cuello fuertemente, que 
no le dejaba alentar, y a grandes voces decia: jFavor a 

10 la Santa Hermandad! Y para que se vea que lo pido de 
Veras, lease este mandamiento, donde se contiene que se 
prenda a este salteador de caminos. 

Tomö el mandamiento el cura, y viö como era verdad 
cuanto el cuadrillero decia, y como convenia con las seiias 

15 con don Quijote; el cual viendose tratar mal de aquel 
villano malandrin, puesta la cölera en su punto, y crujien- 
dole los huesos de su cuerpo, como mejor pudo 61, asiö 
al cuadrillero con entrambas manos de la garganta, que 
a no ser socorrido de sus compaüeros alli dejara la vida 

20 antes que don Quijote la presa. El ventero, que por 
fuerza habia de favorecer a los de su oficio, acudiö luego 
a dalle favor. La ventera, que viö de nuevo a su marido 
en pendencias, de nuevo alzö la voz, cuyo tenor le llevaron 
luego Maritornes y su hija, pidiendo favor al cielo y a 

25 los que all! estaban. Sancho dijo, viendo lo que pasaba: 
Vive el Senor, que es verdad cuanto mi amo dice de los 
encantos deste castillo, pues no es posible vivir una hora 
con quietud en el. 

Don Fernando despartiö al cuadrillero y a don Qui- 

30 jote y, con gusto de entrambos, les desenclavijö las manos, 
que el uno en el collar del sayo del uno, y el otro en 
la garganta del otro, bien asidas tenian; pero no por esto 
cesaban los cuadrilleros de pedir su preso, y que les 
ayudasen a därsele atado y entregado a toda su voluntad, 

35 porque asi convenia al servicio del rey y de la Santa 



7 ABC pergamino y quiga tomo Ac 1780 en la izquierda^ 
tomo. 10 C que lo que pido es de veras. 23 A temor. 



— 211 — Cap. 45. 

Hermandad, de cuya parte de nuevo les pedian socorro y 
favor para hacer aquella prisiön de äqual robador y salte- 
ador de sendas y de carreras. Reiase de oir decir estas 
razones don Quijote, y cou mucho sosiego dijo: Venid 
acä, gente soez y mal nacida: ^saltear de caminos Uamäis 5 
al dar libertad a los encadenados, soltar los presos, aco- 
rrer a los miserables, alzar los caidos, remediar los meneste- 
rosos? jAh, gente infame, digna por vuestro bajo y vil 
entendimiento que el cielo no os comunique el valor que 
se encierra en la caballeria andante, ni os de a entender 10 
el pecado e ignorancia en qne estäis en no reverenciar la 
sombra, cuanto mäs la asistencia, de cualquier caballero 
andante! Venid acä, ladrones en cuadrilla, que no cua- 
drilleros, salteadores de caminos con licencia de la Santa 
Hermandad; decidme: (jQuien fue el ignorante que firmo 15 
mandamiento de prisiön contra un tal caballero como yo 
soy? (^Quien el que ignorö que son exentos de todo 
jndicial fuero los Caballeros andantes, y que su ley es 
SU espada, sus fueros sus brios, sus premäticas su voluntad? 
^Qnien fue el mentecato, vuelvo a decir, que no sabe que 20 
no hay secutoria de hidalgo con tantas preeminencias ni 
exenciones como la que adquiere un caballero andante el 
dia que se arma caballero y se entrega al duro ejercicio 
de la caballeria? ^Que caballero andante pagö pecho, 
alcabala, cliapin de la reina, moneda forera, portazgo ni 25 
barca? ^Que sastre le Uevö hechura de vestido que le 
hiciese? ,iQue castellano le acogiö en su castillo qne le 
hiciese pagar el escote? iQue rey no le asentö a su 
mesa? ^.Que doncella no se le aficionö y se le entregö 
rendida, a todo su talante y voluntad? Y, finalmente, 30 
^que caballero andante ha habido, hay ni habrä en el 
mundo, que no tenga brios para dar el solo cuatro- 
cientos palos a cuatrocientos cuadrilleros que se le pongan 
delante? 



1 C los pediau. 10 AB a la cavalleria. 21 C exe- 
cutoria de hidalgo. 

14* 



Cap. 46. — 212 — 



CAPITULO XLVI. 

De la notable aventura de los cuadrilleros, y la gran ferocidad 
de nuestro buen caballero don Quijote. 

En tanto qua don Quijote esto decia, estaba persua- 
diendü el ciira a los cuadrilleros como don Quijote era 
falto de juicio, como lo veian por sus obras y por sus 
palabras, y que no tenian para que llevar aquel negocio 
5 adelante, pues aunque le preudiesen y llevasen, luego le 
habian de dejar por loco; a lo que respondiö el del 
mandamieuto que a el no tocaba juzgar de la locura de 
don Quijote, sino Lacer lo que por su inayor le era man- 
dado, y que una vez preso, siquiera le soltaseu trecientas. 

10 Con todo eso, dijo el cura, por esta vez no le babdis de 
llevar, ni auu el dejani llevarse, a lo que yo entiendo. 
En efeto, tanto les supo el cura decir, y tantas locuras 
supo don Quijote hacer, que mas locos fucran que no 61 
los cuadrilleros si no conocieran la falta de don Quijote; 

15 y asi, tuvieron por bien de apaciguarse, y aun de ser 
medianeros de hacer las paces eutre el barbero y SaucLo 
Panza, que todavia asistian con gran rencor a su penden- 
cia. Finalmente, ellos, como miembros de justicia, mediaron 
la causa y fueron ärbitros della, de tal modo, que ambas 

20 partes quedaron, si no del todo contentas, a lo menos, en 
algo satisfechas, porque se trocaron las albardas, y no 
las cinchas y jäquimas; y en lo que tocaba a lo del 
yelnio de Mambrino, el cura, a socapa, y sin que don 
Quijote lo entendiese, le diö por la bacia ocho reales, y 

25 el barbero le hizo una cedula del recibo y de no llaraarse 
a engano por entonces, ni por siempre jamäs, amen. 
Sosegadas, pues, estas dos peudencias, que eran las mas 
principales y de mas tomo, restaba que los criados de 
don Luis se contentasen de volver los tres, y que el uno 

30 quedase para acompaiiarle donde don Fernando le queria 
llevar; y como ya la bueua suerte y mejor fortuna liabia 
comenzado a romper lanzas y a facilitar dificultades en 
favor de los amantes de la venia y de los valientes della, 

33 ABC en saber de los amantes Brüssel 1607 en favor. 



— 213 — Cap. 46. 

quiso Uevarlo al cabo y dar a todo felice suceso, porque 
los criados se contentaron de ciianto don Luis queria; de 
que recebiö tauto coutento • doiia Clara, que ninguno en 
aquella sazön la mirara al rostro que no conociera el 
regocijo de su alma. Zoraida, aunque no entendia bien 5 
todos los sucesos que babia visto, se entristecia y alegraba 
a bulto, conforme veia y notaba los semblantes a cada 
uno, especialmente de su espanoJ, en quien tenia siempre 
puestos los ojos y traia colgada el alma. El ventero, a 
quien [no] se le pasö por alto la dädiva y recompensa que 10 
cl cura habia hecho al barbero, pidiö el escote de don 
Quijote, con el menoscabo de sus cueros y falta de vino, 
jurando que no saldiia de la venia Rocinante, ni el jumeuto 
de Saucho, sin que se le pagase primero liasta el ultimo 
ardite. Todo lo apaciguö el cura, y lo pago don Fernando, 15 
puesto que el oidor, de mu}'^ buena voluntad, habia tambien 
ofrecido la paga; y de tal manera quedaron todos en paz 
y sosiego, que ya no parecia la venta la discordia del 
campo de Agramante, como don Quijote habia dicho, sino 
la misma paz y quietud del tiempo de Otaviano; de todo 20 
lo cual fue comiin opiniön que se debian dar las gracias 
a la buena intenciön y mucha elocuencia del senor cura 
y a la incomparable liberalidad de don Fernando. 

Viendose, pues, don Quijote libre y desembarazado 
de tantas pendencias, asi de su escudero eomo suyas, le 25 
pareciö que seria bien seguir su comenzado viaje y dar 
flu a aquella grande aventura para que habia sido llamado 
y escogido; y asi, con resoluta determinaciön se fue a 
poner de hinojos ante Dorotea, la cual no le consintiö 
que hablase palabra hasta que se levantase; y el, por 30 
obedecella, se puso en pie, y le dijo: Es comün proverbio, 
fermosa seiiora, que la diligencia es madre de la buena 
Ventura, y en muchas y graves cosas ha mostrado la 
experiencia que la solicitud del negociante trac a buen 
fin el pleito dudoso; pero en niugunas cosas se muestra 35 
mäs esta verdad que en las de la guerra, adonde la 

10 AB se le pagö. 23 .B y a incomparable. 35/36 AB se 
muestra esta verdad C se muestra estad verdad mas Valencia 1605 
se muestra mas esta verdad. 



Cap. 46. — 214 — 

celeridad y presteza previene los discursos del euemigo, 
y alcanza la vitoria antes que el contrario se ponga en 
defensa. Todo esto digo, alta y preciosa seiiora, porqiie 
me parece que la estada nuestra en este castillo ya es 
5 sin provecho, y podria sernos de tanto daüo, que lo 
echäsemos de ver algiin dia; porque (^quien sabe si por 
ocultas espias y diligentes habrsi sabido ya vuestro enemigo 
el gigante de que yo voy a destruille, y, dändole lugar 
el tiempo, se fortificase en algiin inexpugnable castillo o 

10 fortaleza contra quien valiesen poco mis diligencias y la 
fuerza de mi incansable brazo? Asi que, seiiora mia, 
prevengamos, como tengo dicho, con nuestra diligencia sns 
designios, y partämonos luego a la buena Ventura; quo no 
estä m;is de tenerla vuestra grandeza, como desea, de 

15 cuanto yo tarde de verme con vuestro contrario. 

Gallo y no dijo mäs don Quijote, y esperö con mucho 
sosiego la respnesta de la fermosa infanta; la cual, con 
ademan seiioril y acomodado al estilo de don Quijote, le 
respondiö desta manera: Yo os agradezco, senor caballero, 

20 el deseo que mosträis tener de favorecerme en mi gran 
cuita, bien asi como caballero a quien es anejo y con- 
cerniente favorecer los huerfanos y menesterosos; y quiera 
el cielo que el vuestro y mi deseo se cumplan, para qne 
veäis que hay agradecidas mujeres en el mundo. Y en 

25 lo de mi partida, sea luego; que yo no tengo mäs voluntad 
que la vuestra ; disponed vos de mi a toda vuestra guisa 
y talante; que la que una vez os entregö la defensa de 
SU persona y puso en vuestras manos la restauraciön de 
BUS senorios no ha de querer ir contra lo que la vuestra 

30 prudencia ordenare. 

A la mano de üios, dijo don Quijote; pues asi es 
que una senora se me humilla, no quiero yo perder la 
ocasiön de levantalla y ponella en su heredado trono. 
La partida sea luego, porque me va poniendo espuelas 

35 al deseo y al Camino lo que suele decirse que en la 
tardanza estä el peligro; y pues no ha criado el cielo, 

14 C lo que dessea. 15 A en verme. 35 BC el desseo 
y el Camino. 



-_ 215 — Cap. 46. 

iii visto el infierno, iiinguno quo me espante ni ucubarde, 
ensilla, Sancho, a Rocinante, y apareja tu jnmento y el 
palafven de la reina, y despidämonos del castellano y 
destos seiiores. y vamos de aqui luego al punto. Sancho, 
que a todo estaba presente, dijo meneando la cabeza a 5 
una parte y a otra: jAy senov, seilor, y como hay mäs 
mal en el aldegüela que se suena; cou perdön sea dicho 
de las tocadas honradas! (^Que mal puede haber en nin- 
guna aldea, ni en todas las ciudades del mundo, que pueda 
sonarse en menoscabo mio, villano? Si vuestra merced 10 
se enoja, respondiö Sancho, yo callave, y dejare de decir 
lo que soy obligado como bucn escudero, y como debe 
un buen ciiado decir a su seüor. Di lo que quisieres, 
replicö don Quijote, como tus palabras no se encaminen 
a ponerme miedo; que si tu le tienes, haces como quien 15 
eres; y si yo no le tengo, hago como quien soy. No es 
eso, pecador fui yo a Dios, respondiö Sancho; sino que 
yo tengo por cierto y por averiguado que esta senora que 
se dice ser reina del gran reino Micomicön no lo es mäs 
que mi madre; porque a ser lo que ella dice, no se andu- 20 
vicra liocicando con alguno de los que est an en la rueda, 
a vuelta de cabeza y a cada traspuesta. 

Paröse colorada con las razones de Sancho Dorotea, 
porque era verdad que su esposo don Fernando, alguna 
vez, a hurto de otros ojos, habia cogido con los labios 25 
parte del premio que merecian sus deseos, lo cual habia 
visto Sancho, y pareciendole que aquella desenvoltura mäs 
era de dama cortesana que de reina de tan gran reino; 
y no pudo ni qniso responder palabra a Sancho, sino 
dejöle proseguir en su plätica, y el fue diciendo: Este 30 
digo, senor, porque si al cabo de haber andado caminos 
y carreras, y pasado malas noches y peores dias, ha de 
venir a coger el fruto de nuestros trabajos el que se estä 
holgando en esta venta, no hay para que darme priesa a 
que ensille a Rocinante, albarde el jnmento y aderece el 35 
palafren, pues serä mejor que nos estemos quedos, y cada 

8 BC tocas honradas. 11 AB dejare decir. 23 Ä Colo- 
rado. Bbl'cjß A al palafren. 



Cap. 46. — 216 — 

puta hile, y comamos. jOh, välame Dios, y cuän graude 
que fue el cdojo qiie recibiö don Quijote oyendo las des- 
compuestas palabras de su escudero! Digo que fue tanto, 
qne, von voz atropellada y tartamuda lengua, lanzando 
5 vivo fuego por los ojos, dijo: jOh bellaco villano, mal 
mirado, descompuesto, ignorante, infaeundo, dcslenguado, 
atrevido, murmurador y maldicieute! ^^Tales palabras has 
osado decir en mi presencia y en la destas inclitas seüoras, 
y tales deshonestidades y atrevimientos osaste poner en 

10 tu confusa imaginaciön? Vete de mi presencia, monstruo 
de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustfs, 
silo de bellaquerias, inventor de maldades, publicador de 
sandeces, enemigo del decoro que se debe a las reales 
personas! iVete, no parezcas delante de mi, so pena de 

15 mi ira! 

Y dicicndo esto, enarcö las cejas, hinchö los carrillos, 
mirö a todas partes, y diö con el pie derecho uua gran 
patada en el suelo, sefiales todas de la ira que encerraba 
en SHS entranas. A cuyas palabras y furibundos ademanes 

20 quedö Sancho tan encogido y medroso, que se holgara 

que en aquel instante se abriera debajo de sus pies la 

tierra y le tragara; y no supo que hacerse, sino volver 

las espaldas y quitarse de la enojada presencia de su senor. 

Pero la discreta Dorotea, que tan entendido tenia ya 

25 el humor de don Quijote, dijo, para templarle la ira: 
No OS despecheis, senor Caballero de la Triste Figura, de 
las sandeces que vuestro buen escudero ha dicho, porque 
quizä no las debe de decir sin ocasiön, ni de su buen 
entendimiento y cristiana conciencia se puede sospechar 

30 que levante testimonio a nadie; y asi, se ha de creer, sin 
poner duda en ello, que, como en este castillo, segün vos, 
senor Caballero, decis, todas las cosas van y suceden por 
modo de encantamento, podria ser, digo, que Sancho 
hubiese visto por esta diabölica via lo que el dice que 

35 viö, tan en ofeusa de mi honestidad. 

Por el omnipotente Dios juro, dijo a esta sazön don 
Quijote, que la voiestra grandeza ha dado en el punto, y 



6 BC descompuesto e ignorante. 20 A escogido. 



„-. 217 — Cap. 46. 

que alguua mala visiöa se ie puso delante a este pecadur 
de Sancho, que le hizo ver lo que fuera imposible verse 
de otro modo qne por el de encantos no fuera; que se 
yo bien de la bondad e inocencia deste desdichado que 
no sabe levantar testimonios a nadie. Ansi es y ansi 5 
seiä, dijo don Fernando; por lo cual debe vuestra merced, 
sefior don Quijote, perdonalle y reducille al gremio de su 
gracia, sicut erat in principio, antes que las tales visiones 
le sacasen de juicio. 

Don Quijote respondiö que el le perdonuba, y el cura 10 
fue por Sancho, el cual vino muy humilde, y liincändose 
de rodillas, pidiö lu mano a su amo, y el se la diö, y 
despues de habersela dejado besar, le echö la bendiciön 
diciendo: Agora acabaräs de conocer, Sancho hijo, ser 
verdad lo que yo otras muchas veces te he dicho de que 15 
todas las cosas deste castillo son hechas por via de en- 
cantamento. Asi lo creo yo, dijo Sancho, excepto aquello 
de la manta, qne realmente sucediö por via ordinaria. 
No lo creas, respondiö don Quijote; que si asi fuera, yo 
te vengara entonces, y aun agora; pero ni entonces ni 20 
agora pude, ni vi en quien tomar venganza de tu agravio. 

Desearon saber todos que era aquello de la manta, 
y el ventero lo conto punto por punto la volateria de 
Sancho Panza, de que no poco se rieron todos, y de que 
no meuos se corriera Sancho, si de nuevo no le asegurara 25 
SU amo que era encantamento; puesto que jamäs llegö la 
sandez de Sancho a tanto, que creyese no ser verdad 
pura y averiguada, sin mezcla de engaiio alguno, lo de 
haber sido mauteado por personas de carne y hueso, y 
no por fantasmas soiiadas ni imaginadas, como su senor 30 
lo creia y lo afirmaba. 

Dos dias eran ya pasados: los que habia que toda 
aquella ilustre compania estaba en la venta; y pareci^n- 
doles que ya era tiempo de partirse, dieron orden para 
qne, sin ponerse al trabajo de volver Dorotca y don 35 
Fernando con don Quijote a su aldea, con la invenciön 
de la libertad de la reina Micomicona, pudiesen el cura 



5 C asi es y asi sera. 



Cap. iß. _ 218 — 

y el barbero llevärscle, como dcscaban, y piucurar Iü cura 
de sa locuia en su tierra. Y lo quc ordenaron fue que 
se concertaron con un carretero de bueyes quc acaso 
acertö a pasar por alli, para que lo llevase, en esta 
5 forma: hicieron una como jaula, de palos enrejados, capaz 
quc pudiese en ella caber holgadaraente don Quijote, y 
luego don Fernando y sus camaradas, con los criados de 
don Luis y los cuadrilleros, juntamente con el ventero, 
todos, por Orden y parecer del cura, se cubrieron los 

10 rostros y se disfrazaron, quien de una manera y quicn 
de otra, de modo que a don Quijote le pareciese ser otra 
gente de la que en aquel castillo habia visto. Hecbo 
esto, con grandisimo silencio se entraron adonde el estaba 
durmiendo y descansando de las pasadas refriegas. 

15 Llegaronse a el, que libre y seguro de tal aconte- 

cimiento dormia, y asiendole fuertemente, le ataron muy 
bien las manos y los pies, de modo, que cuando el des- 
pertö con sobresalto, no pudo menearse, ni hacer otra 
cosa mäs que admirarse y suspenderse de ver delante de 

20 si tan extranos visajes; y luego diö en la cuenta de lo 
que SU continua y desvariada imaginaciön le representaba, 
y se creyö que todas aquellas figuras eran fantasmas de 
aquel encantado castillo, y que, sin duda alguna, ya estaba 
encantado, pues no se podia menear ni defender; todo a 

25 punto como habia pensado que sucederia el cura, trazador 
desta mäquina. Solo Sancho, de todos los presentes, 
estaba en su mesmo juicio y en su mesma figura; el cual, 
aunque le faltaba bien poco para teuer la mesma enfer- 
medad de su amo, no dejö de conocer quiön eran todas 

30 aquellas contrahechas figuras; mas no osö descoser su 
boca, hasta ver en que paraba aquel asalto y prisiön de 
su amo, el cual tampoco hablaba palabra, atendiendo a 
ver el paradero de su desgracia; que fue que, trayendo 
alli la jaula, le encerraron dectro, y le clavaron los 

35 maderos tan fuertemente, que no se pudieran romper a 
dos tirones. 



13 B entraron donde. 






_ 219 ~ Cap. 46. 

Tomäronle luego en Iiorabros, y al salir del aposento, 
se oyö una voz temerosa, todo cuanto la supo formar el 
barbero, no el del albarda, sino el otro, qiie decia: jOh 
»Caballero de la Triste Figura! no te de afincamiento la 
»prisiön en que vas, porque asi conviene para acabar 5 
»mäs presto la aventura en que tu gran esfuerzo te puso. 
»La cnal se acabarä cuando el fnribundo leön mauchado 
»con la blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya 
»despues de humilladas las altas cervices al blando yugo 
»matrimonesco; de cuyo inaudito consorcio saldrän a la 10 
»luz del orbe los bravos cachorros, que imitarän las ram- 
»pantes garras del valeroso padre. Y esto serä antes que 
»el seguidor de la fugitiva Ninfa faga dos vegadas a la 
»visita de las lucientes imägines con su räpido y natural 
»curso. Y tu, joh el mäs noble y obediente escudero que 15 
»tuvo espada en cinta, barbas en rostro y olfato en las 
»narices, no te desmaye ni descontente ver llevar ansl 
»delante de tus ojos mesmos a la flor de la caballeria 
»andante; que presto, si al plasmador del mundo le place, 
»te Veras tan alto y tan sublimado, que no te conozcas, 20 
»y no saldrän defraudadas las promesas que te ha fecho 
»tu buen senor! Y asegnrote, de parte de la sabia 
»Mentironiana, que tu salario te sea pagado, como lo 
»veräs por la obra; y sigue las pisadas del valeroso y 
»encantado Caballero; que conviene que vayas donde pareis 25 
»entrambos. Y porque no me es licito decir otra cosa, a 
>dios quedad; que yo me vuelvo adonde yo me se.» 

Y al acabar de la profecia, alzö la voz de punto, y 
disminuyöla despues, con tan tierno acento, que aun los 
sabidores de la burla estuvieron por creer que era verdad 30 
lo que oian. 

Quedö don Quijote consolado con la escuchada pro- 
fecia, porque luego coligiö de todo en todo la significaciön 
della, y viö que le prometian el verse ayuntado en Santo 
y debido matrimonio con su querida Dulcinea del Toboso, 35 

8 AB yogiren; G yacieren. 1112 AB rumpantes; 

C rapautes. 14 B imagenes. 17 Bö assi. 21 B hecho. 

38 C sinificacion. 34 ABC ayuntados. 



Cap. 47. — 220 — 

de cuyo felice vientre saldiian los cachorros, que eran 
BUS hijos, para gloria perpetua de la Mancha; y creyendo 
esto bien y firmemente, alzö la voz, y dando un graa 
suspiro, dijo: jOh tu, quienquiera que seas, que tanto 
5 bien ine has pronosticado! Ruegote que pidas de mi 
parte al sabio encantador que mis cosas tieue a cargo 
que no me deje perecer en esta prisiön donde agora me 
llevan, hasta ver cumplidas tan alegres e iucomparables 
promesas como son las que aqul se me han hecho; que 

10 como esto sea, tendre por gloria las penas de mi cärcel, 
y por alivio estas cadenas que me einen, y no por duro 
campo de batalla este lecho en que me acnestan, sino 
por cama blauda y tälamo dichoso. Y en lo que toca a 
la consolaciön de Sancho Panza mi escudero, yo confio de 

15 SU bondad y buen proceder que no me dejarä, en buena 
ni en mal-a suerte; porque cuando no suceda, por la suya 
por mi corta Ventura, el poderle yo dar la insula, o 
otra cosa equivalente, que le tengo prometida, por lo 
menos, su salario no podrä perderse; que en mi testamento, 

20 que ya estä hecho, dejo declarado lo que se le ha de 
dar, no conforme a sus muchos y buenos servicios, sino a 
la posibilidad mia. 

Sancho Panza se le inclinö con mucho comedimiento, 
y le besö enframbas las manos, porque la una no pudiera, 

25 por estar atadas entrambas. 

Luego tomaron la jaula en hombros aquellas visiones, 
y la acomodaron en el carro de los bueyes. 



OAPITULO XLVII. 

Del extrano modo con que fue encantado den Quijote de la Mancha, 
con otros famoses sucesos. 

Cuando don Quijote se viö de aquella manera enjau- 

lado y encima del carro, dijo: Muchas y muy graves 

30 historias he yo leido de caballeros andantes; pero jamäs 

he leido, ni visto, ni oido, que a los caballeros encantados 

los lleven desta manera, y con el espacio que prometen 

31/32 B encantados lleveu. 



— 221 — Cap. 47. 

estos perezosos y tardios animales; porque siempre los 
suelen llevar por los aires, con extraria ligereza, encerrados 
en alguna parda y escura nube, o ea algün carro de 
fuego, ya sobre algün hipögrifo o otra bestia semejante; 
pero que me lleven a mi agora sobre un carro de bueyes, 5 
jvive Dios que me pone en confusiön! Pero quizä la 
caballeria y los encantos destos nuestros tiempos deben 
de seguir otro Camino que siguieron los antiguos. Y 
tambien podria ser que, como yo soy nuevo Caballero en 
el mundo, y el primero que ha resucitado el ya olvidado 10 
ejercicio de la caballeria aventurera, tambien nnevamente 
se hayan inventado otros generös de encantamentos, y 
oti'os modos de llevar a los encantados. ,iQue te parece 
desto, Sancho hijo? No se yo lo que me parece, res- 
pondiö Sancho, por no ser tan leido como vuestra merced 15 
en las escrituras andantes; pero, con todo eso, osaria afirmar 
y jurar que estas visiones que por aqui andan, que no 
son del todo catölicas. ^Catölicas? jMi padre! respondiö 
don Quijote: (iCömo han de ser catölicas, si son todos 
demonios, que han tomado cuerpos fantästicos para venir 20 
a hacer esto y a ponerme en este estado? Y si qnieres 
ver esta verdad, töcalos y pälpalos, y veräs como no 
tienen cuerpo sino de aire, y como no consiste mäs de 
en la apariencia. Par Dios, seüor, replicö Sancho, ya yo 
los hö tocado; y este diablo que aqui anda tan solicito 25 
es rollizo de carnes, y tiene otra propiedad muy diferente 
de la que yo he oido decir que tienen los demonios; por- 
que, segun se dice, todos huelen a piedra azufre y a otros 
raalos oloros; pero este huele a ämbar de media legua. 

Decia esto Sancho por don Fernando, que, como tan 30 
seiior, debia de oler a lo que Sancho decia. No te mara- 
villes deso, Sancho amigo, respondiö don Quijote; porque 
te hago saber que los diablos sahen mucho, y puesto que 
traigan olores consigo, ellos no huelen nada, porque son 
esplritus, y si huelen, no pueden oler cosas buenas, sino 35 
malas y hidiondas. Y la razön es que como ellos, donde 
quiera que estän, traen el infierno consigo, y no pueden 

4 B Ipografo. 23 C consisten. 36 C hediondas. 



Cap. 47. — 222 — 

recebir genero de alivio alguno en sus tormentos, y el 
buen olor sea cosa que deleita y contenta, no es posible 
qne ellos hnelan cosa bueaa; y si a ti te parece que ese 
demonio que dices huele a ämbar, o tu te engaiias, o el 
5 quiere engafiarte con hacer que no le tengas por demonio. 
Todos estos coloquios pasaron entre amo y criado; 
y temiendo don Fernando y Cardenio que Sancho no 
viniese a caer del todo en la cuenta de su invenciön, a 
quien andaba ya muy en los alcances, determinaron de 

10 abreviar con la partida; y llamando aparte al ventero, le 
ordenaron que ensillase a Rocinante y enalbardase el ju- 
mento de Sancho; el cual lo hizo con mucha presteza. 
Ya, en esto, el cura se habia concertado con los cuadri- 
lleros que le acompanasen hasta su lugar, dändoles un 

15 tanto cada di'a. Colgö Cardenio del arzön de la silla de 
Rocinante, del un cabo la adarga y del otro la bacia, y 
por senas mandö a Sancho que subiese en su asno y 
tomase de las riendas a Rocinante, y puso a los dos 
lados del carro a los dos cuadrilleros con sus escopetas. 

20 Pero antes que se moviese el carro, saliö la ventera, su 
hija y Maritornes a despedirse de don Quijote, fingiendo 
que lloraban de dolor de su desgracia; a quien don Qui- 
jote dijo: Xo lloreis, mis buenas senoras; que todas estas 
desdichas son anejas a los que profesan lo que yo pro- 

25 feso: y si estas calamidades no me acontecieran, no me 
tuviera yo por famoso Caballero andante; porque a los 
Caballeros de poco nombre y fama nunca les suceden 
semejantes casos, porque no hay en el mundo quien se 
acuerde dellos: a los valerosos si; que tienen envidiosos 

30 de SU virtud y valentia a muchos principes y a muchos 
otros Caballeros, que procuran por malas vias destruir a 
los buenos. Pero, con todo eso, la virtud es tan poderosa, 
que por si sola, a pesar de toda la nigromancia que supo 
su primer inventor Zoroastes, saldrä vencedora de todo 

35 trance, y darä de si luz en el mundo como la da el sol 
en el cielo. Perdonadme, fermosas damas, si algün desa- 
guisado, por descuido mio, es he fecho, que de voluntad 

87 B vos he fecho. 



~ 223 — Cap 47. 

y a sabiendas jamäs le di a nadie; y rogiid a Dios me 
saque destas prisiones, donde algün mal inteucionado 
encantador me ha puesto, que si dellas me veo libre, no 
se me caerän de la memoria las mercedes que en este 
castillo me habedes fecho, para gratificallas, servillas y 5 
recompensallas como ellas merecen. 

En tanto que las damas del castillo esto pasaban 
con don Quijote, el cura y el barbero se despidieron de 
don Fernando y su3 camaradas, y del capitän y de su 
hermano y todas aquellas contentas seiioras, especialmente 10 
de Dorotea y Luscinda. Todos se abrazaron y quedaron 
de darse noticia de sus sucesos, diciendo don Fernando 
al cura donde Labia de escribirle para avisarle en lo que 
paraba don Quijote, asegurändole que no habria cosa que 
mäs gusto le diese que saberlo; y que el, asimesmo le 15 
avisaria de todo aquello que el viese que podria darle 
gusto, asl de su oasamiento como del bautismo de Zoraida, 
y suceso de don Luis, y vuelta de Luscinda a su casa. 
El cura ofreciö de hacer cuanto se le mandaba con toda 
puntualidad. Tornaron a abrazar?e otra vez, y otra vez 20 
tornaron a nuevos ofrecimientos. El ventero se llegö al 
cura y le diö unos papeles, diciendole que los habia 
hallado en un aforro de la maleta donde se liallö la 
Novela del Curioso impertinente^ y que pues su duefio no. 
habia vuelto mäs por alli, que se los llevase todos; que 25 
pues el no sabia leer, no los queria. El cura se lo 
agradeciö, y abriendolos luego, viö que al principio del 
escrito decia: Novela de Rinconete y Cortadillo, por donde 
entendiö ser alguna novela, y coligiö que, pues la del 
Curioso impertinente habia sido buena, que tambi^n lo 30 
seria aquella, pues podria ser fuesen todas de un mesrao 
autor; y asi, la guardö, con prosupuesto de leerla cuando 
tuviese comodidad. 

Subiö a caballo, y tambien su amigo el barbero, con 
sus antifaces, porque no fuesen luego couocidos de don 35 
Quijote, y pusieronse a caminar träs el carro. Y la orden 
que llevaban era esta: iba primero el carro, guiändole 

4 A caera. 5 C gratificarlas. 19 B ofrecio de ofrecer. 



Oap. 47. — 224 — 

SU dueno; a los dos lados iban los cuadrilleros, como se 
ha dicho, con sus escopetas; seguia luego Sancho Panza 
sobre su asno, llevando de rienda a Rocinante; deträs de 
todo esto iban el cura y el barbero sobre sus poderosas 
5 mulas, cubiertos los rostros, como se ha dicho, con grave 
y reposado continente, no caminando mäs de lo que per- 
mitia el paso tardo de los bueyes. Don Quijote iba sen- 
tado en la jaula, las manos atadas, tendidos los pies, y 
arrimado a las verjas, con tanto silencio y tanta paciencia 

10 como si no fuera hombre de carne, sino estatua de piedra. 
Y asi, con aquel espacio y silencio caminaron hasta dos 
legiias, que llegaron a un valle, donde le pareciö al boyero 
ser lugar acomodado para reposar y dar pasto a los bueyes; 
y comunicändolo con el cura, fue de parecer el barbero 

15 que caminasen un poco mäs, porque el sabia que deträs 
de un recuesto que cerca de alli se mostraba, habia un 
valle de mäs yerba y mucho mejor que aquel donde parar 
querian. Tomöse el parecer del barbero, y asi, tornaron 
a proseguir su Camino. 

20 En esto, volviö el cura el rostro, y viö que a sus 

espaldas venian hasta seis o siete hombres de a caballo, 
bien puestos y aderezados, de los cuales fueron presto 
alcanzados, porque caminaban no con la flema y reposo 
de los bueyes, sino como quien iba sobre mulas de 

25 canönigos y con deseo de llegar presto a sestear a la 
venta, que menos de una legua de alli se parecla. Lle- 
garon los diligentes a los perezosos y saludäronse cortes- 
mente; y uno de los que venian, que, en resoluciön, era 
canönigo de Toledo y sefior de los demäs que le acom- 

30 panaban, viendo la concertada procesiön del carro, cuadri- 
lleros, Sancho, Rocinante, cura y barbero, y mäs a don 
Quijote enjaulado y aprisionado, no pudo dejar de pre- 
guntar que significaba llevar aquel hombre de aqnella 
manera; aunque ya se habia dado a entender, viendo las 

35 insignia^ de los cuadrilleros, que debia de ser algün 
facinoroso salteador, o otro delincuente cuyo castigo tocase 
a la Santa Hermandad. Uno de los cuadrilleros, a quien 

15 ABC el sabia deträs Bnissel 1G07 que deträs. 



_ 225 — Cap. 47. 

fu^ hecha la pregunta, respondiö ansi: Seiior, lo que 
significa ir este caballero desta manera, digalo el, porque 
nosotros no lo sabemos. 

Oyö don Quijote la plätica, y dijo: iPor dicha vues- 
tras mercedes, seiiores caballeros, son versados y peritos 5 
en esto de la caballerla andante? Porque si lo son, 
comunicarö con ellos mis desgracias; y si no, no hay para 
que me canse en decillas. 

Y a este tiempo habian ya llegado el cura y el bar- 
bero, viendo que los caminantes estaban en pläticas con 10 
don Quijote de la Mancha, para responder de modo, que 
no fuese descubierto su artificio. 

El canönigo a lo que don Quijote dijo, respondiö: 
En verdad, hermano, que s6 mäs de libros de caballerias 
que de las Sümulas de Villalpando. Asi que, si no estä 15 
mäs que en esto, seguramente podeis comunicar conmigo 
lo que quisieredes. A la mano de Dios, replicö don Qui- 
jote. Pues asi es, quiero, seiior caballero, que sepades 
que yo voy encantado en esta jaula, por envidia y fraude 
de malos encantadores ; que la virtud mäs es perseguida 20 
de los malos, que amada de los buenos. Caballero an- 
dante soy, y no de aquellos de cuyos nombres jamäs la 
fama se acordö para eternizarlos en su memoria, sino de 
aquellos que, a despecho y pesar de la mesma envidia, 
y de cuantos magos criö Persia, bracmanes la India, 25 
ginosofistas la Etiopia, han de poner su nombre en el 
templo de la inmortalidad, para que sirva de ejemplo y 
dechado en los venideros siglos, donde los caballeros 
aadantes vean los pasos que han de seguir, si quisieren 
llegar a la cumbre y alteza honrosa de las armas. Dice 30 
verdad el seiior don Quijote de la Mancha, dijo a esta 
sazön el cura; que el va encantado en esta carreta, no 
por sus culpas y pecados, sino por la mala intenciön de 
aquellos a quien la virtud enfada y la valentia enoja. 
lEste es, seiior, el Caballero de la Triste Figura, si ya le 35 
oistes nombrar en algün tiempo; cuyas valerosas hazaiias 

1 C assi. 5 ABC perictos. 8 C en dezirlas. 25 AB 
Braemanes. 26 A ha. 

BomaniBche Bibl. Nr. 24. Don Quijote. 15 



Cap. 47. — 226 — 

y grandes hechos seran escritos en bronces diiros y en 
eternos märmoles, por mäs que se canse la envidia en 
escurecerlos y la malicia en ocultarlos. 

Cuando el canönigo oyö hablar al preso y al libre 
5 en semejante estilo, estuvo por hacevse la crnz de adrairado, 
y no podia saber lo que le habia acontecido, y en la 
mesma admiraciön cayeron todos los que con el venian. 
En esto, Sancho Panza, que se habia acercado a oir la 
plätica, para adobarlo todo dijo: Ahora, seiiores, quieranme 

10 bien o quieranme mal por lo que dijere, el caso dello es 
que asi va encantado mi senor don Quijote como mi 
madre: el tiene su entero juicio, cl come, y bebe, y hace 
BUS necesidades como los demäs hombres, y como las 
hacia ayer antes que le enjaulasen. Siendo esto ans! 

15 ^, como quieren hacerme a mi entender que va encantado? 
Pues yo he oido decir a mucbas personas que los encantados 
ni comen, ni duermen, ni hablan, y mi amo, si no le van 
a la mano, hablarä mäs que treinta procuradores. 

Y volviendose a mirar al cura, prosiguiö diciendo: 

20 (Ah, senor cura, seiior cura! ^Pensaba vuestra merced 
que no le conozco? ly pensarä que yo no calo y adivino 
adönde se encaminan estos nuevos encantamentos? Pues 
sepa que le conozco, por mäs que se encubra el rostro, 
y sepa que le entiendo, por mäs que disimule sus embustes. 

25 En fin, donde reina la envidia no puede vivir la virtud, 
ni adonde hay escaseza la liberalidad. Mal haya el diablo, 
que si por su reverencia no fuera, esta fuera ya la hora 
que mi seiior estuviera casado con la infanta Micomicona, 
y yo fuera conde, por lo menos, pues no se podia esperar 

30 otra cosa, asi de la bondad de mi seiior el de la Triste 
Figura, como de la grandeza de mis servicios. Pero ya 
veo que es verdad lo que se dice por ahi; que la rueda 
de la fortuna anda mäs lista que una rueda de molino, 
y que los que ayer estaban en piuganitos, hoy estän por 

35 el suelo. De mis hijos y de mi mujer me pesa; pues 
cuando podian y debian esperar ver entrar a su padre por 
sus puertas hecho gobernador o visorey de alguna insula 

1 AB escritas. 14 C assi. 20 C pensarä. 



m 



— 227 — Cap. 47. 

reino, le verän entrar heclio mozo de caballos. Todo 
esto que he dicho, seiior cura, no es mäs de por encarecer 
a SU paternidad haga conciencia del mal tratamiento que 
a mi seiior se le hace, y mire bien no le pida Dios en 
la otra vida esta prisiön de mi amo, y se le haga cargo 5 
de todos aquellos socorros y bienes que mi seöor don 
Quijote deja de hacer en este tiempo que estä preso. 
Adöbame esos candiles, dijo a este punto el barbero. 
(iTambien vos, Sancho, sois de la cofradia de vuestro 
amo? Vive el Senor, que voy viendo que le habeis de 10 
tener compaiiia en la jaula, y que habeis de quedar tan 
encantado como el, por lo que os toca de su humor y de 
SU caballeria. En mal punto os emprefiastes de sus 
promesas, y en mal hora se os entrö en los cascos la 
Insula que tanto deseäis. Yo no estoy preiiado de nadie, 15 
respondiö Sancho, ni soy hombre que me dejaria emprenar, 
del rey que fuese; y aunque pobre, soy cristiano viejo, 
y no debo nada a nadie; y si insulas deseo, otros desean 
otras cosas peores, y cada uno es hijo de sus obras; y 
debajo de ser hombre puedo venir a ser papa, cuanto mäs 20 
göbernador de una insula, y mäs pudiendo ganar tantas 
mi seiior, que le falte a quien dallas. Vuesta merced 
mire cömo habla, seiior barbero; que no es todo hacer 
barbas, y algo va de Pedro a Pedro. Digolo porque 
todos nos conocemos, y a mi no se me ha de echar dado 25 
falso. Y en esto del encanto de mi amo Dios sabe la 
verdad; y quedese aqui, porque es peor meneallo. 

No quiso responder el barbero a Sancho, porque no 
descubriese con sus simplicidades lo que el y el cura 
tanto procuraban encubrir; y por este mesmo temor habia 30 
el cura dicho al canönigo que caminasen un poco delante; 
que el le diria el misterio del enjaulado, con otras cosas 
qne le diesen gusto. Hizolo asi el canönigo, y adelantöse 
con sus criados y con el, estuvo atento a todo aquello 
que decirle quiso de la condiciön, vida, locura y costum- 35 
bres de don Quijote, contändole brevemente el principio 



4 BC sefior le haze. 8 B Adobadme. 22 ü dorlas. 
27 C menearlo. 31 C caminasse. 

15* 



Cap. 47. — 228 — 

y cansa de su desvario, y todo el progreso de sus sucesos, 
hasta baberlo puesto en aquella jaula, y el disiguio que 
llevaban de Uevarle a su tierra, para ver si por algün 
medio hallaban remedio a su locura. Admiräronse de 
5 nuevo los criados y el canönigo de oir la peregrina historia 
de dou Quijote, y en acabändola de oir dijo: Verdade- 
ramente, sefior cura, yo ballo por mi cuenta que sou 
perjudiciales en la repüblica estos que llaman libros de 
caballerias; y aunque be leido, llevado de un ocioso y 

10 falso gusto, casi el principio de todos los raäs que bay 
impresos, jamäs me he podido acomodar a leer ninguno 
del principio al cabo, porque me parece que, cuäl mäs, 
cuäl menos, todos ellos son una mesma cosa, y no tiene 
mäs este que aquel, ni estotro que el otro. Y segün a 

15 mi me parece, este gönero de escritura y composiciön cae 
debajo de aquel de las fäbulas que llaman milesias, que 
son cuentos disparatados, que atienden solamente a deleitar 
y no a ensenar; al contrario de lo que bacen las fäbulas 
apölogas, que deleitan y enseiian juntamente. Y puesto 

20 que el principal intento de semejantes libros sea el deleitar, 
no se yo como puedan conseguirle, yendo Uenos de tantos 
y tan desaforados disparates; que el deleite que en el 
alma se concibe ha de ser de la hermosura y concor- 
dancia que ve o contempla en las cosas que la vista o la 

25 imaginaciön le ponen delante; y toda cosa que tiene en 
si fealdad y descompostura no nos puede causar contento 
alguno. Pues <;que hermosura puede haber, o que pro- 
porciön de partes con el todo, y del todo con las partes, 
en un libro o fäbula donde un mozo de diez y seis aüos 

30 da una cucbillada a un gigante como una ton'e, y le 
divide en dos mitades como si fuera de alfenique, y que 
cnando nos quieren pintar una batalla, despues de haber 
dicho que bay de la parte de los enemigos un millön de 
competientes, como sea contra ellos el seüor del libro, 

35 forzosamente, mal que nos pese, habemos de entender que 
el tal Caballero alcanzö la vitoria por solo el valor de 



9 AB aunque el oydo. 34 B compitientes ; C de com- 
batientes. 






— 229 — Cap. 47. 

SU fiierte brazo? Pues (^que diremos de la facilidad con 
que una reina o emperatriz heredera se conduce en los 
brazos de un andante y no conocido Caballero? (^Que ' 
ingenio, si no es del todo bärbaro e inculto, podrä conten- 
tarse leyendo que una gran torre llena de Caballeros va 5 
por la mar adelante, como nave con pröspero viento, y 
hoy anochece en Lombardia, y maüana amanezca en tierras 
del preste Juan de las Indias, o en otras que ni las des- 
cubriö Tolomeo, ni las viö Marco Polo? Y si a esto se 
me respondiese que los que tales libros componen los 10 
escriben como cosas de mentira, y que asi, no estän obli- 
gados a mirar en delicadezas ni verdades, responderles 
hia yo que tanto la mentira es mejor cuanto mäs parece 
verdadera, y tanto mäs agrada cuanto tiene mäs de lo 
dudoso y posible. Hanse de casar las fäbulas mentirosas 15 
con el entendimieato de los que las leyeren, escribiendose 
de snerte, que facilitando los imposibles, allanando las 
grandezas, suspendiendo los änimos, admiren, suspendan, 
alborocen y entretengan de modo, que anden a un mismo 
paso la admivaciön y la alegria juntas; y todas estas cosas 20 
no podrä hacer el que hnyere de la verisimilitud y de la 
imitaciön, en quien consiste la perfeciön de lo que se 
escribe. No he visto ningün libro de caballerias que haga 
un cuerpo de fäbula entero con todos sus miembros, de 
manera, que el medio corresponda al principio, y el fin 25 
al principio y al medio; sino que los componen con tantos 
miembros, que mäs parece que llevan intenciön a formar 
una quimera o un monstruo que a hacer una figura propor- . 
cionada. Fuera desto, son en el estilo duros; en las 
hazaiias, increibles; en los amores, lascivos; en las corte- 30 
Sias, mal mirados; largos en las batallas, necios en las 
razones, disparatados en los viajes, y, finalmente, ajenos 
de todo discreto artificio, y por esto dignos de ser deste- 
rrados de la repüblica cristiana, como a genta iniitil. 

El cura le estuvo escuchando con grande atenciön, 35 
y pareciöle hombre de buen entendimiento, y que tenia 
razön en cuanto decia; y asi, le dijo qne por ser 61 de 

2 B hereda se conduze; C heredera, se conduzel. 



Cap. 47. — 230 — 

SU mesma opiniön, y tener ojeriza a los libros de caba- 
llerias, habia quemado todos los de don Quijote, qne eran 
muchos. Y contöle el escrutinio que dellos habia hecho, 
y los qne habia condenado al fuego y dejado con vida, 
5 de que no poco se rio el canonigo, y dijo que con todo 
cuanto mal habia dicho de tales libros, hallaba en ellos 
una cosa buena; que era el sujeto que ofrecian para que 
un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos, porque 
daban largo y espacioso campo por donde sin empacho 

10 algnno pudiese correr la pluma, describiendo naufragios, 
tormentas, reencuentros, batallas, pintando un capitän 
valeroso con todas las partes que para ser tal se requieren, 
mostrandose prudente previniendo las astucias de sus 
enemigos, y elocuente orador persuadiendo o disuadiendo 

15 a sus soldados, maduro en el consejo, presto en lo deter- 
minado, tan valiente en el esperar como en el acometer; 
pintando ora un lamentable y trägico suceso, ahora un 
alegre y no pensado acontecimiento, alli una hermosisima 
daraa, honesta, discreta y recatada, aqui un Caballero 

20 cristiano, valiente y comedido; acullä un desaforado bär- 
baro fanfarrön; acä un principe cortes, valeroso y bien 
mirado; representando bondad y lealtad de vasallos, 
grandezas y mercedes de seiiores. Ya puede mostrarse 
aströlogo, ya cosmögrafo excelente, ya müsico, ya inteli- 

25 gente en las materias de estado, y tal vez le vendrä 
ocasiön de mostrarse nigromante, si quisiere. Puede mostrar 
las astucias de Ulises, la piedad de Eneas, la valentia de 

• Aquiles, las desgracias de Hector, las traiciones de Sinön, 
la amistad de Eurialo, la liberalidad de Alejandro, el 

30 valor de Cesar, la clemencia y verdad de Trajano, la 
fidelidad de Zöpiro, la prudencia de Catön, y, finalmente, 
todas aquellas acciones que pueden hacer perfecto a un 
varön ilustre, ahora poniendolas en uno solo, ahora divi- 
diendolas en muchos. Y siendo esto hecho con apacibilidad 

35 de estilo y con ingeniosa invenciön, que tire lo mäs que 
fuere posible a la verdad, sin duda compondrä una tela 

10 AB descubriendo. 11 BC y batallas. 17 B aora. 
22 B bondad, lealtad. 26 B ingromante. 29 AB Eurialio, 



— 231 — Cap. 48. 

de vurios y hermosos lizos tejida, que despues de acabada, 
tal perfecciön y hermosura mnestre, que consiga el fin 
mejor que se pretende en los escritos, que es enseiiar y 
deleitar juntamente, como ya tengo dicho, Porque la 
escritura desatada destos libros da lugar a que el autor 5 
pueda mostrarse epico, lirico, trägico, cömico, con todas 
aquellas partes que encierran en si las dulcisimas y agra- 
dables ciencias de la poesia y de la oratoria; que la 
epica tambien puede escrebirse en prosa como en verso. 



CAPITULO XL VIII. 

Donde prosigue el cauonigo la materia de los libros de caballerias, 
con otras cosas dignas de su iugeino. 

Asi es como vuestra merced dice, seiior canönigo, dijo 10 
el cura. y por esta causa son mäs dignos de reprehensiön 
los que hasta aqui han compuesto semejantes libros, sin 
tener advertencia a ningiin buen discurso, ni al arte y 
reglas por donde pudieran guiarse y hacerse famosos en 
prosa, como lo son en verso los dos pn'ncipes de la 15 
poesia griega y latina. Yo a lo menos, replicö el canönigo, 
he tenido cierta tentaciön de hacer nn libro de caballerias, 
guardando en el todos los puntos que he significado; y 
si he de confesar la verdad, tengo escritas mäs de cien 
hojas. Y para hacer la experiencia de si correspondian 20 
a mi estimaciön, las he comnnicado con hombres apasionados 
desta leyenda, dotos y discretos, y con otros ignorantes, 
que solo atienden al gusto de oir disparates, y de todos 
he hallado una agradable aprobaciön; pero, con todo esto, 
no he proseguido adelante, asi por parecerme que hago 25 
cosa ajena de mi profesiön como por ver que es mäs el 
nümero de los simples que de los prndentes, y que, puesto 
que es mejor ser loado de los pocos sabios que buiiado 
de los muchos necios, no quiero sujetarme al confnso 
juicio del desvanecido vulgo, a quien por la mayor parte 30 

1 ABC hermosos lazos Clemencin lizos. 17 B cavalleria. 



Cap. 48. — 232 ~ 

toca leer semejantes libros. Pero lo que mas me le quitö 
de las manos, y ann del pensamiento de acabarle, fue nn 
argumento que hice conmigo mesmo, sacado de las come- 
dias que ahora se representan, diciendo: Si estas que 
5 ahora se usan, asi las imaginadas como las de historia, 
todas las mäs son conocidos disparates y cosas que no 
llevan pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye 
con gusto, y las tiene y las aprueba por buenas, estando 
tan lejos de serlo, y los autores que las componen y los 

10 actores que las representan dicen que asi han de ser, por- 
que asi las quiere el vulgo, y no de otra manera, y que 
las que llevan traza y siguen la fjibula como el arte pide 
no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y 
todos los demäs se quedan ayunos de entender su artificio, 

15 y que a ellos les estä mejor ganar de comer con los 
muchos, que no opiniön con los pocos, deste modo vendrä 
a ser mi libro al cabo de haberme quemado las cejas 
por gnardar los preceptos referidos, y vendre a ser el 
sastre del cantillo. Y aunque algunas veces he procurado 

20 persuadir a los actores que se engaüan en tener la opiniön 
que tienen, y que mas gente atraerän y mäs fama cobrarän 
representando comedias que sigan el arte que no con las 
disparatadas, ya estän tan asidos y encorporados en su 
parecer, que no hay razön ni evidencia que del los saque. 

25 Acuerdome que un dia dije a uno destos pertinaces: 
Decidme, ^;no os acordais que ha pocos aiios que se 
representaron en Espana tres tragedias que compuso un 
famoso poeta de estos reinos, las cuales fueron tales, 
qae admiraron, alegraron y suspendieren a todos cuantos 

30 las oyeron, asi simples como prndentes, asi del vnlgo 
como de los escogidos, y dieron mäs dineros a los 
representantes ellas tres solas que treinta de las 
mejores que despues acä se han hecho? ^Sin duda, 
respondiö el autor que digo, que debe de decir vuestra 

35 merced por La Isaheia, La Filis y La Alejandra? 



9/10 C y los autores 17 ABC a ser un libro Brüssel 1607 
mi libro. 20 C a los autores. 22 AB que hagan el arte. 

23 AB y estan. 



_- 233 — Cap. 48. 

Por esas digo, le replique yo; y mirad si guardaban bicn 
los preceptos del arte, y si por guardarlos dejaron de 
parecer lo que eran y de agradar a todo el mundo. Asi 
que no estä la falta en el vulgo, que pide disparates, 
sino en aquellos que no sahen representar otra cosa. Si, 5 
que no fue disparate La IngraUtud vengada, ni le tuvo 
La Numancia, ni se le hallo en la de El Mercader 
amante, ni menos en La Enemiga favorahle, ni en otras 
algunas que de algiinos entendidos poetas han sido com- 
puestas, para fama y renombre suyo, y para ganancia de 10 
los que las hau representado. Y otras cosas aiiadi a 
estas, con que, a mi parecer, le deje algo confuso; pero 
no ßatisfecho ni convencido, para saearle de su errado 
pensamiento. 

En materia ha tocado vuestra merced, seiior canönigo, 15 
dijo a esta sazön el cura, que ha despertado en mi un 
antiguo rancor que tengo con las comedias que agora se 
usan, tal, que iguala al que tengo con los libros de caba- 
Uerias; porque habiendo de ser la comedia, segün le 
parece a Tulio, espejo de la vida humana, ejemplo de las 20 
costumbres y imagen de la verdad, las que ahora se 
representan son espejos de disparates, ejemplos de nece- 
dades, e imägenes de lascivia. Porque ,ique mayor dis- 
parate puede ser en el sujeto que tratamos, que salir un 
niiio en mantillas en la primera escena del primer acto, 25 
y en la segunda salir ya hecho hombre barbado? Y (ique 
mayor que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde, 
un lacayo retörico, un paje consejero, un rey ganapän, y 
una princesa fregona? r,Que dirö, pues, de la observancia 
que guardan en los tiempos en que pueden o podlan 30 
suceder las acciones que representan, sino que he visto 
comedia que la primera jornada comenzö en Europa, la 
segunda en Asia, la tercera se acabö en Africa, y ansi 
fuera de cuatro jornadas, la cuarta acababa en America, 
y asi, se hubiera hecho en todas las cuatro partes del 35 
mundo? Y si es que la imitaciön es lo principal que ha 

21 C e imagen. 25 Ä primera cena; BC scena. 33 BC 
y aun si fuera. 34: BC acabara. 



Cap. 48. — 234 — 

de tener la comedia, ^cörno es posible quo satisfuga a 
ningün mediane entendimiento que, fingiendo una acciön 
que pasa en tiempo del rey Pepino y Carlomagno, al 
raesmo que en ella hace la persona principal le atribuyan 
5 que fue el emperador Heraclio, qne entro coa la Cruz en 
Jerusal<5n, y el que gan6 la Casa Santa como Godofre de 
BuUön, babiendo infinites afios de lo uno a lo otro; y 
fundandose la comedia sobre cosa fingida, atribuirle ver- 
dades de historia y mezclarle pedazos de otras sucedidas 

10 a diferentes personas y tiempos, y esto, no con trazas 
verisimiles, sino con patentes errores, de todo punto inexcu- 
sables? Y es lo malo que hay ignorantes que digan que 
esto es lo perfecto, y que lo demäs es buscar gullurias. 
(iPues que, si venimos a las comedias divinas? jQue de 

15 milagros falsos fingen en ellas, quo de cosas apöcrifas y 
mal entendidas, atribuyendo a un santo los milagros de 
otro! Y aun en las humanas se atreven a hacer milagros, 
sin raäs respeto ni consideraciön que parecerles que alli 
estara bien el tal milagro y apariencia, como ellos llaraan, 

20 para que gente ignorante se admire y venga a la comedia; 
que todo esto es en perjuicio de la verdad y en menos- 
cabo de las historias, y aun en oprobio de los ingeniös 
espanoles; porque los extranjeros, que con mucha puntu- 
alidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por 

25 bärbaros e ignorantes, viendo los absurdes y disparates 
de las que hacemos. Y no seria bastante disculpa desto 
decir que el principal intento que las repüblicas bien 
ordenadas tienen permitiendo que se hagan püblicas come- 
dias es para entretener la comunidad con alguna honesta 

30 recreaciön, y divertirla a veces de los malos humores que 
suele engendrar la ociosidad; y que, pues este se consigue 
con cualquier comedia, buena o mala, no hay para que 
poner leyes, ni estrechar a los que las componen y 
representan a qae las hagan como debian hacerse, pues, 

35 como he dicho, con cualquiera se consigue lo que con 
ellas se pretende. A lo cual responderia yo que este fin 

13 BC perfeto. 15 C de milagros fingen. 20 para 
la gente. 80 £ a vozes. 



__ 235 — Cap. 48. 

86 conseguiria mueho mejor, sin comparaciön alguna, con 
las comedias buenas que con las no tales; povque de 
haber oido la comedia artificiosa y bien ordenada saldria 
el oyente alegre con las burlas, ensenado con las veras, 
admirado de los sucesos, discreto con las razones, advertido 5 
con los erabüstes, sagaz con los ejemplos, airado contra 
el vicio y enamorado de la virtud; que todos estos afectos 
ha de despertar la buena comedia en el animo del que 
la escuchare, por rüstico y torpe que sea, y de toda 
imposibilidad es imposible dejar de alegrar y entretener, 10 
satisfacer y contentar, la comedia que todas estas partes 
tuviere mucho mäs que aquella que careciere dellas, como 
por la mayor parte carecen estas que de ordinario agora 
se representan. Y no tienen la culpa desto los poetas 
que las componen, porque algunos hay dellos que conocen 15 
muy bien en lo que yerran, y saben extremadamente lo 
que deben hacer; pero como las comedias se han hecho 
mercaderia vendible, dicen, y dicen verdad, que los repre- 
sentantes no se las comprarian si no fuesen de aquel jaez; 
y asi, el poeta procura acomodarse con lo que el repre- 20 
sentante que le ha de pagar su obra le pide. Y que 
esto sea verdad vease por muchas e infinitas comedias 
que ha compuesto un felicisimo ingenio destos reinos, con 
tanta gala, con tanto donaire, con tan elegante verso, con 
tan buenas razones, con tan graves sentencias, y, finalmente, 25 
tan llenas de elocuciön y alteza de estilo, que tiene Ueno 
el mundo de su fama; y, por querer acomodarse al gusto 
de los representantes, no han llegado todas, como han 
llegado algunas, al punto de la perfecciön qne requieren. 
Otros las componen tan sin mirar lo que hacen, que des- 30 
pues de representadas tienen necesidad los recitantes de 
huirse y ausentarse, temerosos de ser castigados, como lo 
han sido muchas veces, por haber representado cosas en 
perjuicio de algunos reyes y en deshonra de algunos 
linajes. Y todos estos inconvenientes cesarian, y aun 35 
otros muchos mäs que no digo, con que hubiese en la 
Corte una persona inteligente y discreta que examinase 

7 C afetos. 15 B las contraponen. 



Cap. 48. _ 236 — 

todas las comedias aates que se representascn; no solo 
aquellas que se hiciesen en la Corte, sino todas las que 
se quisiesen representar en Espaiia; sin la cual aproba- 
ciön, sello y firma ninguua justicia en su lugar dejase 
5 representar coraedia algnna; y desta manera, los come- 
diantes tendrian cuidado de enviar las comedias a la Corte, | 
y con seguridad podrian representallas, y aquellos que las * 
componen mirarian con mäs cuidado y estudio lo que 
hacian, temerosos de haber de pasar sus obras por el 

10 riguroso examen de quien lo entiende; y desta manera 
se harian buenas comedias y se conseguiria felicisimamente 
lo que en ellas se pretende; asi el entretenimiento del 
pueblo corao la opiniön de los ingeniös de Espaiia, el 
interes y seguridad de los recitantes, y el ahorro del 

15 cuidado de castigallos. Y si se diese cargo a otro, o a 
este mismo, que examinase los libros de caballerias que : 
de nuevo se compusiesen, sin duda podrian salir algunos 
con la perfecciön que vuestra merced ha dicho, enrique- 
ciendo nuestra lengua del agradable y precioso tesoro de 

20 la elocuencia, dando ocasiön que los libros viejos se escu- 
reciesen a la luz de los nuevos que saliesen, para honesto j 
pasatiempo, no solamente de los ociosos, sino de los mäs 
ocupados, pues no es posible que este continuo el arco 
armado, ni la condiciön y flaqueza humana se pueda 

25 sustentar sin alguua licita recreaciön. 

A este punto de su coloquio llegaban el canönigo y 
el cura, cuando adelantändose el barbero, llegö a ellos, 
y dijo al cura: Aqui, seiior licenciado, es el lugar que yo 
dije que era bneno para que, sesteando nosotros, tuviesen 

30 los bueyes fresco y abundoso pasto. Asi me lo parece a 
mi, respondiö el cura. 

Y diciendole al canönigo lo que pensaba hacer, el 
tambiön quiso quedarse con ellos, convidado del sitio de 
un hermoso valle que a la vista se les ofrecia. Y asi 

35 por gozar del como de la conversaciön del cura, de quien 
ya iba aficionado, y por saber mäs por menudo las haza- 

7 C representarlas. 15 C castigarlos. 22 C no sola- 
mente los ociosos. 36 C ya se yva ancionando. 



— 237 — Gap. 48. 

iias de don Qnijote, mandö a algunos de sus criados que 
se fuesen a la venia que no lejos de alli estaba, y trujesen 
della lo que hubiese de comer, para todos, porque 61 
determinaba de sestear en aquel lugar aquella tarde; a 
lo cual uno de sus criados respondiö que el acemila del 5 
repuesto, que ya debia de estar en la venia, traia recado 
bastante para no obligar a tomar de la venta mäs que 
cebada. Pnes asi es, dijo el canönigo, Uevense allä todas 
las cabalgaduras, y haced volver la acemila. 

En tanto que esto pasaba, viendo Sancbo que podia 10 
hablar a su amo sin la continua asistencia del cura y el 
barbero, que tenia por sospechosos, se llego a la jaula 
doude iba su amo, y le dijo: Seiior, para dcscargo de 
mi conciencia le quiero decir lo que pasa cerca de su 
encantamento; y es que aquestos dos que vienen aqui 15 
cubiertos los rostros son el cura de nuestro lugar y el 
barbero; y imagino han dado esta traza de llevalle desta 
manera, de pura envidia que lienen como vuestra merced 
se les adelanta en hacer famosos hechos. Presupuesta, 
pues, esta verdad, siguese que no va encantado, sino 20 
embaido y tonto. Para prueba de lo cual le quiero pre- 
guntar una cosa; y si me responde como creo que me ha 
de responder, tocarä con la mano este engafio, y verä 
como no va encantado, sino trastornado el juicio. 

Pregunta lo que quisieres, hijo Sancho, respondiö don 25 
Quijote; que yo te satisfare y respondere a toda tu volun- 
tad. Y en lo que dices que aquellos que alli van y 
vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestros 
compatriotos y conocidos, bien podrä ser que parezca que 
son ellos mesmos; pero que lo sean realmente y en efeto, 30 
eso no lo creas en ninguna manera. Lo que has de 
creer y entender es que si ellos se les parecen, como 
dices, debe de ser qne los que me han encantado habrän 
tomado esa apariencia y semejanza; porque es fäcil a los 
encantadores tomar la figura que se les antoja, y habrän 35 



4 C de se estar. 7 AB a no tomar. 9 5 el azemila; 
C la azemila. 12/13 C a la jaula y le dixo. 16 BC encu- 
biertos. 17 C Uevarle. 



Cap. 48. — 238 — 

tomado las destos nuestros amigos, para darte a ti ocasiön 
de que pieuses lo que piensas y ponerte en un laberinto 
de imaginaciones, que no aciertes a salir del, aunque 
tuvieses la soga de Teseo. Y tambien lo habrän hecho 
5 para que yo vacile en mi entendimiento, y no sepa atinar 
de dönde me viene este dafio; porqne si, por una parte, tu 
me dices que me acompaiian el barbero y el cura de 
nuestro pueblo, y, por otra, yo me vco enjaulado, y se 
de mi que fuerzas humanas, como no fueran sobrenaturales, 

10 no fueran bastantes para enjaularme, ,;que qnieres que 
diga piense sino que la manera de mi encantamento , 
excede a cuantas yo he leido en todas las historias que I 
tratan de caballeros andantes que han sido encantados? 
Ansi que bien puedes darte paz y sosiego en esto de 

15 creer que son los que dices, porque asi son ellos como 
yo soy turco. Y en lo que toca a querer preguntarme 
algo, di; que yo te responderd, aunque me preguntes de 
aqul a manana. 

jVälame Nuestra Seüora! respondiö Sancho dando 

20 una gran voz. ,^Y es posible que sea vuestra merced tan 
duro de celebro y tan falto de meollo, que no eche de 
ver que es pura verdad la que le digo, y que en esta su 
prisiön y desgracia tiene mäs parte la malicia que el en- 
canto? Pero, pues asi es, yo le quiero probar evidente- 

25 mente como no va encantado. Si no, digame, asi Dios 
le saque desta tormenta, y asi se vea en los brazos de 
mi senora Dalcinea cuando menos se piense. Acaba de 
conjurarme, dijo don Quijote, y pregunta lo qne quisieres; 
que ya te he dicho que te respondere con toda puntuali- 

30 dad. Eso pido, replicö Sancho; y lo que quiero saber 
es que me diga, sin anadir ni quitar cosa ninguna, sino 
con toda verdad, como se espera que la han de decir y 
la dicen todos aqu ellos que profesan las armas, como 
vuestra merced las profesa, debajo de titulo de caballeros 

35 andantes . . . Digo que no mentire en cosa alguna, res- 
pondiö don Quijote. Acaba ya de preguntar; que en ver- 
dad que me cansas con tantas salvas, plegarias y pre- 
. , 

14 C assi que. 



— 239 — Cap. 49. 

venciones, Sancbo. Digo que yo estoy seguro de la bondad 
y verdad de mi amo; y asi, porque hace al caso a nuestro 
cuento, pregunto, hablando con acatamiento, si acaso des- 
pues que vuestra merced va enjaulado y, a su parecer, 
encantado en esta jaula le ha venido gana y voluntad de 5 
bacer aguas mayores o menores, como suele decirse. No 
entiendo eso de hacer aguas, Sancbo; aclärate mäs, si 
quieres que te responda derecbamente. ^Es posible que 
no entiende vuestra merced de bacer aguas menores o 
mayores? Pues en la escuela destetan a los mucbacbos 10 
con ello. Pues sepa que quiero decir si le ba venido 
gana de bacer lo que no se excusa. Ya, ya te entiendo, 
Sancbo. Y mucbas veces; y aun agora la tengo. jSäcame 
deste peligro; que no anda todo limpio! 



CAPITULO XLIX. 

Donde se trata del discreto coloquio que Saiicho Panza tuvo con 
su seüor don Quijote. 

;Ab! dijo Sancbo, cogido le tengo: esto es lo qne 15 
yo deseaba saber, como al alma y como a la vida. Yenga 
acä, seüor, ^podria negar lo que comünmente suele decirse 
por abi cuando una persona esta de mala voluntad. No 
se que tiene fulano, que ni come, ni bebe, ni duerme, ni 
responde a propösito a lo que le preguntan, qne no parece 20 
sino que esta encantado? De donde se viene a sacar, 
que los que no comen, ni beben, ni duermen, ni bacen 
las obras naturales que yo digo, estos tales estän encan- 
tados; pero no aquellos que tienen la gana que vuestra 
merced tiene, y que bebe cuando se lo dan, y come cuando 25 
lo tiene, y responde a todo aquello que le preguntan. 
Verdad dices, Sancbo, respondiö don Quijote; pero ya te 
be dicho que bay mucbas maneras de encantamentos, y 
podria ser que con el tiempo se bubiesen mudado de 
Tinos en otros, y que agora se use que los encantados 30 

Überschrift: B el discreto. 28 B encautamientos. 



Cap. 49. — 240 — 

hagan todo lo que yo Lago, aunque antes no lo hacian. 
De manera, que contra el uso de los tiempos no hay que 
argüir ni de que hacer consecuencias. Yo b6 y tengo 
para ml que voy encantado, y esto me basta para la 
5 seguridad de mi conciencia; que la formaria muy grande 
si yo pensase que no estaba encantado y me dejase estar 
en esta jaula perezoso y cobarde, defraudando el socorro 
que podria dar a muchos menesterosos y necesitados que 
de mi ayuda y amparo deben teuer a la hora de ahora 

10 precisa y extrema necesidad. Pues, con todo eso, replicö 
Sancho, digo que para mayor abundancia y satisfaciön 
seria bien que vnestra merced probase a salir desta cärcel, 
que yo me obligo con todo mi poder a facilitarlo, y aun 
a sacarle della, y probase de nuevo a subir sobre su buen 

15 Rocinante, que tambiön parece que va encantado, segün 
va de malencölico y triste; y hecho esto, probäsemos 
otra vez la suerte de buscar mäs aventuras; y si no nos 
sucediese bien, tiempo nos queda para volvernos a la 
jaula, eu la cual prometo a ley de buen y leal escudero 

20 de encerrarme juntamente con vnestra merced, si acaso 
fuere vuestra merced tan desdichado, o yo tan simple, que 
no acierte a salir con lo que digo. Yo soy contento de 
hacer lo que dices, Sancho hermano, replicö don Quijote; 
y cuando tu veas coyuntura de poner en obra mi libertad, 

25 yo te obedecere en todo y por todo; pero tu, Sancho, 

veräs como te enganas en el conocimiento de mi desgracia. 

En estas pläticas se entretuvieron el caballero andante 

y el mal andante escudero, hasta que llegaron donde, ya 

apeados, los aguardaban el cura, el canönigo y el barbero. 

30 Desunciö luego los bueyes de la carreta el boyero, y 
dejölos andar a sns anchoras por aquel verde y apacible 
sitio, cuya frescura convidaba a quererla gozar, no a las 
personas tan encantadas como don Quijote, sino a los tan 
advertidos y discretos como su escudero; el cual rogö al 

35 cura que permitiese que su senor saliese por un rato de 
la jaula, porque si no le dejaban salir, no iria tan limpia 
aquella prisiön como requeria la decencia de un tal caba- 

9 AB hora de ahoro. 13/14 BC aun sacarle. 



_ Ö41 — Cap. 49. 

llero como su amo. Entendiöle el ciira, y dijo qtie de 
miiy buena gana haria lo qne le pedia, si no temiera que 
en viendose sn senor en libertad habia de hacer de las 
snyas, y irse donde jamäs gentes le viesen. Yo le fio de 
la fnga, respoiidiö Sancho. Y yo y todo, dijo el canönigo, 5 
y mäs si el me da la palabra como Caballero de no 
apartarse de nosotvos hasta que sea nuestra volnntad. Si 
doy, respondiö don Quijote, que todo lo estaba escuchando; 
cnanto mäs que el qne estä encantado, como yo, no tiene 
libertad pava hacer de su persona lo que qnisiere, porque 10 
el que le encantö le puede hacer qne no se mueva de 
un lugar en tres siglos; y si hubiere hnido, le harä vol- 
ver en volandas. Y que, pues esto era asi, bien podian 
soltalle, y mäs siendo tan en provecho de todos; y del 
no soltalle les protestaba qne no podia dejar de fatigalles 15 
el olfato, si de alli no se desviaban. 

Tomöle la mano el canönigo, annque las tenia atadas, 
y debajo de su buena fe y palabra, le desenjaularon, de 
que el se alegrö infinito y en grande manera de verse 
fnera de la janla; y lo primero que hizo fue estirarse 20 
todo el cuerpo, y Inego se fue donde estaba Rocinante, 
y dändole dos palmadas en las ancas, dijo: Aün espero 
en Dios y en su bendita madre, flor y espejo de los 
caballos, qne presto nos hemos de ver los dos cnal dese- 
amos; tii, con tu senor a cuestas; y yo, enciraa de ti, 25 
ejercitando el oficio para que Dios me echö al mundo. 
Y diciendo esto don Quijote, se apartö con Sancho en 
remota parte, de donde vino mäs aliviado y con mäs 
deseos de poner en obra lo qne su escndero ordenase. 

Miräbalo el canönigo, y admiräbase de ver la extra- 30 
fieza de sn grande locnra, y de que en cnanto hablaba 
y respondia mostraba tener bonisimo entendimiento; sola- 
mente venia a perder los estribos, como otras veces se ha 
dicho, en tratändole de caballeria. Y asi, movido de 
compasiön, despues de haberse sentado todos en la verde 35 
yerba para esperar el repuesto del canönigo, le dijo: ^Es 

14 C soltarle. 15 B faltalle C soltarle; C fatigaxlea. 

19 Ä manera. 34 BC cavallerias. 

Eomanische Bibl. Nr. 24. Don Quijote. 16 



Cap. 49. — 242 — 

posible, senor hidalgo, que haya podido tanto con vuestra 
merced la amarga y ociosa letura de los libros de caba- 
llen'as, que le hayan vuelto el jnicio de modo, qne venga 
a creer que va encantado, con otras cosas de este jaez, 
5 tan lejos de ser verdaderas como lo estä la mesma mentira 
de la verdad? Y f,cömo es posible que haya entendimiento 
humano que se de a entender que ha habido en el mundo 
aquella infinidad de Amadises, y aquella turbamulta de 
tanto famoso Caballero, tanto emperador de Trapisonda, 

10 tanto Felixmarte de Hircania, tanto palafren, tanta don- 
cella andante, tantas sierpes, tantos endriagos, tantos 
gigantes, tantas inauditas aventuras, tanto genero de encan- 
tamentos, tantas batallas, tantos desaforados encuentro^, 
tanta bizarria de trajes, tantas princesas enamoradas, tantos 

15 escuderos condes, tantos enanos graciosos, tanto billete, 
tanto requiebro, tantas mujeres valientes, y, finalmente, 
tantas y tan disparatados casos como los libros de caba- 
llerias contienenV De mi se decir que cuando los leo, en 
tanto que no pongo la imaginaciön en pensar que son 

20 todos mentira y liviandad, me dan algün contento; pero 
cuando caigo en la cuenta de lo que son, doy con el 
mejor dellos en la pared, y aun diera con el en el fuego, 
si cerca o presente le tuviera, bien como a merecedores 
de tal pena, por ser falsos y embusteros, y fnera del 

25 trato que pide la comün naturaleza, y como a inventoresi 
de nuevas sectas y de nuevo modo de vida, y como a 
quien da ocasiön que el vulgo ignorante venga a creer] 
y a teuer por verdaderas tantas necedades como contie- 
nen. Y aun tienen tanto atrevimiento, que se atreven al 

30 turbar los ingeniös de los discretos y bien nacidos hidalgos, 
como se echa bien de ver por lo que con vuestra merced | 
hau hecho, pues le han traido a terminos que sea forzoso| 
encerrarle en una jaula, y traerle sobre un carro dej 
bneyes, como quien trae o lleva algün leön o algün tigrej 

35 de lugar en lugar, para ganar con el dejando que lej 
vean. ;Ea, senor don Quijote, du^lase de si mismo, y 



10 AB Flexmarte. 12/18 B encantamientos ; C encan- 
tamento. 17 C tantos y tan disparatadas cosas. 28 BC y tener. j 



_ 243 — Cap. 49. 

redüzgase al gremio de la discreciön, y sepa usar de la 
mucha qne el cielo fne servido de daiie, empleando el 
felicisimo talento de su ingenio en otra letura que redunde 
ea aprovecharaiento de su conciencia y en aumento de 
SU honra! Y si todavia llevado de su natural inclinaciön, 5 
quisiere leer libros de hazaiias y de caballenas, lea en 
la Sacra Escritura el de los Jueces; que alli hallarä ver- 
dades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. 
Un Viriato tuvo Lusitania, un Cesar Roma, un Anibal 
Cartago, un Alejandro Grecia, un Conde Fernän Gonzalez 10 
Castilla, un Cid Valencia, un Gonzalo Fernändez Andalucia, 
un Diego Garcia de Paredes Extrem adura, un Garci Perez 
de Vargas Jerez, un Garcilaso Toledo, un don Manuel de 
Leon Sevilla, cnya leciön de sus valerosos hechos puede 
entretener, enseiiar, deleitar y admirar a los mäs altos 15 
ingeniös que los leyeren. Esta si serä letura digna del 
buen entendimiento de vuestra merced, seüor don Quijote 
mio, de la cual saldrä erudito en la historia, enamorado 
de la virtud, ensenado en la bondad, mejorado en las 
costumbres, valiente sin temeridad, osado sin cobardia, y 20 
todo esto, para honra de Dios, provecho suyo y fama de 
la Mancha, do, segün he sabido, trae vuestra merced su 
principio y origen. 

Atentisimamente estuvo don Quijote escnchando las 
razones del canönigo; y cuando viö que ya habia puesto 25 
fin a ellas, despues de haberle estado un buen espacio 
mirando, le dijo: Pareceme, senor hidalgo, que la plätica 
de vuestra merced se ha encaminado a querer darme a 
entender que no ha habido caballeros andantes en el 
mundo, y que todos los libros de caballerias son falsos, 30 
mentirosos, danadores e inütiles para la repiiblica, y que 
yo he hecho mal en leerlos, y peor en creerlos, y mäs 
mal en imitarlos, habiendome puesto a seguir la durisima 
profesiön de la caballeria andante, que ellos ensenan, 
negändome que no ha habido en el mundo Amadises, ni 35 
de Gaula ni de Grecia, ni todos los otros caballeros de 

14 B leccion. 31 C danadores. 82/38 B mas mal en 

mirarlos, 

16* 



Cap. 49. _ 244 — 

que las esciitiiras estäti llenas. Todo es al pie de la 
letra como vnestra merced lo va relatando, dijo a esta 
sazon el canönigo. 

A lo cual respondiö don Quijote: Aiiadiö tambien 
5 vnestra merced, diciendo qne rae habian heclio mucho 
dafiü tales libros, pnes me habian vuelto el juicio y 
puöstome en nna jaula, y que nie seria mejor hacer la 
enmicnda y mudar de letura, leyendo otros mäs verdaderos 
y que mejor deleitan y enseiian. Asi es, dijo el canönigo. 

10 Pnes yo, replicö don Quijote, hallo por mi cuenta que 
el sin juicio y el encantado es vnestra merced, pues se 
ha puesto a decir tantas blasfemias contra una cosa tan 
recebida en el mundo, y tenida por tan verdadera, que 
el que la negase, como vuestra merced la niega, merecia 

15 la mesma pena que vuestra merced dice que da a los 
libros cuando los lee y le enfadan. Porque querer dar 
a entender a nadie que Amadis no fue en el mundo, ni 
todos los otros Caballeros aventureros de que estän col- 
madas las historias, serä querer persuadir que el sol no 

20 alumbra, ni el hielo enfria, ni la tierra sustenta; porque 
^que ingenio puede haber en el mundo que pueda per- 
suadir a otro que no fue verdad lo de la infanta Floripes 
y Guy de Borgoiia, y lo de Fierabräs con la pueute de 
Mantible, que sucediö en el tiempo de Carlo Magno, qne 

25 voto a tal que es tanta verdad como es ahora de dia? 
Y si es mentira, tambien lo debe de ser que no hubo 
Ilector, ni Aquiles, ni la guerra de Troya, ni los doce 
Pares de Francia, ni el rey Artus de Ingalaterra, que 
anda hasta ahora convertido en cuervo, y le esperan en 

30 SU reino por momentos. Y tambien se atreverän a decir 
que es mentirosa la historia de Guarino Mezquino, y la 
de la demanda del Santo Grial, y que son apöcrifos los 
amores de don Tristan y la reina Iseo, como los de 
Ginebra y Lanzarote, habiendo personas que casi se acuer- 

35 dan de haber visto a la dueüa Quintaiiona, que fue la 
mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaüa. 

14/15 B merescia la mesma; C merecia la misma. 28 C 
Inglaterra. 



— 245 — Cap. 49. 

Y es esto tan ansi, qne me acuerdo yo que me decia 
una mi agüela de partes de mi padre, cuando veia alguna 
duena con tocas reverendas: Aquella, nieto, se parece a 
la duena Quintaiiona. De donde arguyo yo que la debiö 
de conocer ella, o, por lo menos, debiö de alcanzar a ver 5 
algün retrato suyo. ^Pues quien podrä negar no ser ver- 
dadera la liistoria de Pienes y la linda Magalona, pues 
aun hasta hoy dia se ve en la armeria de los reyes la 
clavija con que volvia el caballo de madera sobre quien 
iba el valiente Pierres por los aires, que es un poco 10 
mayor que un timön de carreta? Y junto a la clavija 
estä la silla de Babieca, y en Roncesvalles estä el cuerno 
de Roldän, tamano como una grande viga: de donde se 
infiere que hubo doce Pares, que hubo Pierres, que hubo 
Cides, y otros caballeros semejantes, destos que dicen las 15 
gentes que a sus aventuras van. Si no, diganme tambien 
que no es verdad que fne Caballero andante el valiente 
lusitano Juan de Merlo, que fuc a Borgoiia, y se combatiö 
en la ciudad de Ras con el famoso senor de Charni, 
llamado mosen Pierres, y despues, en la ciudad de Basilea, 20 
con mosen Enrique de Remestan, saliendo de entrambas 
empresas vencedor y Ueno de bonrosa fama; y las aven- 
turas y desafios quo tambien acabaron en Borgoiia los 
valientes espafioles Pedro Barba y Gutierre Quijada (de 
cuya alcurnia yo deciendo por liuea recta de varön) 25 
venciendo a los hijos del Conde de San Polo. Nieguenme 
asimesmo que no fue a buscar las aventuras a Alemania 
don Fernando de Guevara, donde se combatiö con Micer 
Jorge. Caballero de la casa del duque de Austria. Digan 
que fueron burla las justas de Suero de Quinones, del 30 
Paso; las empresas de mosen Luis de Falces contra don 
Gonzalo de Guzmän, caballero castellano, con otras muchas 
hazaiias bechas por caballeros cristianos, destos y de los 
reinos extranjeros, tan autenticas y verdaderas, que torno 
a decir que el que las negase carecerla de toda razön y 35 
buen discnrso. 



8 C se veen la armeria. 9 AB &l cauallo. 19 B Carni. 



Cap. 49. — 246 — 

Admirado quedö el canönigo de oir la mezcla que 
don Quijote hacia de verdades y mentiras, y de ver la 
noticia que tenia de todas aquellas cosas tocantes y con- 
cernientes a los hechos de ßu andante caballeria, y asi le 
5 respondiö: No puedo yo negar, senor don Quijote, que 
no sea verdad algo de lo que vuestra merced ha dicho, 
especialmente, en lo que toca a los caballeros andantes 
espanoles; y asimesmo quiero conceder que hubo doce 
Pares de Francia; pero no quiero creer que hicieron todas 

10 aquellas cosas que el arzobispo Turpin dellos escribe; 
porque la verdad dello es que fueron caballeros escogidos 
por los reyes de Francia, a quien llamaron pares, por ser 
todos igiiales en valor, en calidad y en valentia; a lo 
menos, si no lo eran, era razön que lo fuesen, y era como 

15 una religiön de las que ahora se usan de Santiago o de 
Calatrava, que se presupone que los que la profesan han 
de ser, o debeu ser, caballeros valerosos, valientes y bien 
nacidos; y conio ahora dicen caballero de San Juan o de 
Alcäntam, decian en aquel tiempo cahallero de los doce 

20 Pares, porque fueron doce iguales los que para esta reli- 
giön militar se escogieron. En lo de que hubo Cid no 
hay duda, ni menos Bernardo del Carpio; pero de que 
hicieron las hazanas que dicen creo que la hay muy 
grande. En lo otro de la clavija que vaestra merced dice 

25 del conde Pierres, y que estä junto a la silla de Babieca 
en la armeria de los reyes, confieso mi pecado; que soy 
tan ignorante, o tan corto de vista, que aunque he visto 
la silla, no he echado de ver la clavija, y mäs siendo 
tan grande como vuestra merced ha dicho. Pues alli estä 

30 sin duda alguna, replicö don Quijote; y, por mäs seiias, 
dicen que estä metida en una fimda de vaqueta, porque 
no se tome de raoho. Todo puede ser, respondiö el 
canönigo; pero por las ördenes que recebi que no me 
acuerdo haberla visto. Mas puesto que conceda que estä 

35 alli, no por eso me Obligo a creer las historias de tantos 
Amadises, ni las de tanta turbamulta de caballeros como 
por ahi nos cuentan, ni es razön que un hombre como 

20 ABC no fueron Äc 1780 fehlt no. 81 B que este metida. 



— 247 — Cap. 50. 

vuestra merced, tan honrado y de tan buenas partes, y 
dotado de tan buen entendimiento, se de a ent ender que 
son verdaderas tantas y tan extranas locuras como las 
que estän escritas en los disparatados libros de caballerias. 



CAPITULO L. 

De las discretas altercacioues que don Quijote y el cauonigo tu- 
vieron, con otros sucesos. 

Bueno eetä eso, respondiö don Quijote. Los libros 5 
que estän impresos con licencia de los reyes y con apro- 
baciön de aquellos a quien se remitieron, y que con gusto 
general son leidos y celebrados de los grandes y de los 
cbicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados e 
ignorantes, de los plebeyos y caballeros, finalmente, de 10 
todo genero de personas de cualquier estado y condiciön 
que sean, (^habian de ser mentira, y mäs llevando tanta 
apariencia de verdad, pues nos cuentan el padre, la 
madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar y las 
hazaiias, punto por punto y dia por dia, que el tal caba- 15 
llero hizo o caballeros bicieron? Calle vuestra merced, 
no diga tal blasfemia, y cröame que le aconsejo en esto 
lo que debe de hacer como discreto; si no lealos, y verä 
el gusto que recibe de su leyenda. Si no, di'game, ,^hay 
mayor contento que ver, como si dijesemos, aqui ahora 20 
se muestra delante de nosotros un gran lago de pez bir- 
viendo a borboUones, y que andan nadando y cruzando 
por el muchas serpientes, culebras y lagartos, y oti'os 
muchos generös de animales feroces y espantables, y que 
del medio del lago sale una voz tristisima que dice : 25 
«Tu, Caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago 
«estäs mirando, si qnieres alcanzar el bien que debajo 
«destas negras aguas se encubre, muestra el valor de tu 
«fuerte pecbo, y arröjate en mitad de su negro y encen- 
«dido licor; porque si asi no lo haces, no seräs diguo de 30 
«ver las altas maravillas que en si encierran y conti enen 

1 B honrado de tan buenas. 



Cap. 50. — 248 — 

«los Biete castillos de las siete fadas que debajo desta 
«negregura yacen?» (^Y que apenas el caballero no ha 
acabado de oir la voz temerosa, cuando, sin entrar mas 
en cuentas consigo, sin ponerse a considerar el peligro a 
5 que se pone, y aun sin despojarse de la pesadumbre de 
BUS fuertes armas, encomendändose a Dios y a su seiiora, 
se arroja en mitad del bulleute lago, y cuando no se cata 
ni sabe dönde ha de parar, se halla entre unos floridos 
campos, con quien los Eliseos no tienen que ver en nin- 

10 guna cosa? AUi le parece que el cielo es mäs trans- 
parente, y que el sol luce con claridad mäs nueva; ofre- 
cesele a los ojos una apacible floresta de tan verdes y 
frondosos ärboles compuesta, que alegra a la vista su 
verdura, y entretiene los oidos el duice y no aprendido 

15 canto de los pequenos, infinitos y pintados pajarillos, que 
por los iatricados ramos van cruzando. Aqui descubre 
un arroyuelo, cuyas frescas aguas, que liquides cristales 
parecen, corren sobre menudas arcnas y blancas pedre- 
zuelas, que oro cernido y puras perlas semejau. Acullä 

20 ve una artificiosa fuente de jaspe variado y de liso mär- 
mol compuesta; acä vee otra a lo brutesco adornada 
adonde las menudas conchas de las almejas con las tor- 
cidas casas blancas y amarillas del caracol, puestas con 
orden desordenada, mezclados entre ellas pedazos de 

25 cristal luciente y de contrahechas esmeraldas, hacen una 
variada labor, de manera que el arte, imitando a la 
naturaleza, parece que alli la vence. Acullä de improviso 
se le descubre un fuerte castillo o vistoso alcäzar, cuyas 
murallas son de macizo oro; las almenas, de diamautes; 

30 las puertas, de jacintos; final mente, el es de tan admirable 
compostura, que, con ser la materia de que estä formado 
no menos que de diamantes, de carbuncos, de rubies, de 
perlas, de oro y de esmeraldas, es de mäs estiraaciön su 
hechura. Y (^hay mäs que ver, despues de haber visto 

35 esto, que ver salir por la puerta del castillo un buen 
nümero de doncellas, cuyos galanos y vistosos trajes, si 
yo me pusiese ahora a decirlos como las historias nos los 

21 BC ordenada. 37 B no los cuentan. 



— 249 — Cap. 50. 

cnentan, seria nunca acabar, y tomar luego la qne parecia 
principal de todas por la mano al atrevido caballero que 
se arrojö en el ferviente lago, y llevarle, sin hablarle 
palabra, dentro del rico alcäzar o castillo, y hacerle des- 
nudar como su madre le pariö, y banarle con templadas 5 
aguas, y luego untarle todo con olorosos ungüentos, y 
pestirle una camisa de cendal delgadisimo, toda olorosa y 
sobrumada, y acudir otra doncella y echarle un man tön 
suerfe los hombros, que por lo menos menos, dicen que 
cuale valer una ciudad, y aün mäs? c,Que es ver, pues, 10 
sala,do nos cuentan que, tras todo esto, le llevan a otra 
viie doade halla puestas las mesas, con tanto concierto, 
que queda suspenso y admirado? ^Quö el verle echar 
agua a nianos, toda de ämbar y de olorosas flores disti- 
lada? ^Que el hacerle sentar sobre una silla de marfil? 15 
^Que verle servir todas las doncellas, guardando un 
maravilloso silencio? ,iQue el traerle tanta diferencia de 
manjares, tan sabrosamente guisados, que no sabe el 
apetito a cuäl deba de alargar la mano? ^Cuäl serä 
oir la miisica qne en tanto que come suena, sin saberse 20 
quien la canta ni adönde suena? ^Y, despues de la 
comida acabada y las mesas alzadas, quedarse el caba- 
llero recostado sobre la silla, y qnizä mondandose los 
dientes, como es costumbre, entrar a deshora por la puerta 
de la sala otra mucho mäs hermosa doncella que ninguna 25 
de las primeras, y sentarse al lado del caballero, y 
comenzar a darle cuenta de que castillo es aquel, y de 
como ella estä encantada en el, con otras cosas que sus- 
penden al caballero y admiran a los Icyentes que van 
leyendo su historia? No quiero alargarme mäs en esto, 30 
pues dello se puede colegir que cualquiera parte que se 
lea de cualquiera historia de caballero andante ha de 
causar gusto y maravilla a cualquiera que la leyere. Y 
vuestra merced Creame, y como otra vez le he dicho, lea 
estos libros, y verä como le destierran la melancolia que 35 
tuviere, y le mejoran la condiciön, si acaso la tiene mala. 
De mi se decir que despues que soy caballero andante 

20,21 B sin saber quien. 27 -B a dar cuenta. 



Cap. 50. — 250 — 

soy valieate, comedido, liberal, bien criado, generoso, cor- 
tes, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de 
prisiones, de encantos; y aunque ha tan poco que me vi 
encerrado en iina jaula como loco, pieuso, por el valor 
5 de mi brazo, favorecieadome el cielo, y no me ßiendo 
contraria la fortuna, en pocos dias verme rey de algün 
reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y liberali- 
dad que mi pecho encierra: que mia fe, senor, el pobre 
estä inhabilitado de poder mostrar la virtud de liberalidad 

10 con ninguno, aunque en sumo grado la posea; y el agrade- 
cimiento que solo consiste en el deseo es cosa muerta, 
como es muerta la fe sin obras. Por esto querria que la 
fortuna me ofreciese presto alguna ocasiön donde me 
hiciese emperador, por mostrar mi pecho hacieudo bien a 

15 mis amigos, especialmente a este pobre de Sancho Panza, 
mi escudero, que es el mejor hombre del mundo, y querria 
darle un condado que le tengo muchos dias ha prometido; 
sino que temo que no ha de teuer habilidad para gobernar 
8U estado. 

20 Casi estas ültimas palabras oyö Sancho a su amo, a 

quien dijo: Trabaje vuestra merced, seiior don Quijote, en 
darme ese condado tan prometido de vuestra merced como 
de mi esperado; que yo le prometo que no me falte a 
mi habilidad para gobernarle; y cuando me faltare, yo he 

25 oido decir que hay hombres en el mundo que toman en 
arrendamiento los estados de los seiiores, y les dan un 
tanto cada ano, y ellos se tienen cuidado del gobierno, 
y el senor se estä a pierna tendida, gozando de la renta 
que le dan, sin curarse de otra cosa; y asi harö yo, y 

30 no reparare en tanto mäs cuanto, sino que luego me 
desistire de todo, y me gozare mi renta como un duque, 
y allä se lo hayan. Eso, hermano Sancho, dijo el canönigo, 
entiendese en cuanto al gozar la renta; empero al admi- 
nistrar justicia, ha de atender el senor del estado, y aqui 

35 entra la habilidad y buen juicio, y principalmente la 
buena intenciön de acertar; que si esta falta en los 
principios, siempre irän errados los medios y los fines; y 

27 B le tienen. 33 B a gozar. 34 BC ha de entender. 



_ 251 — Cap. 50. 

asi suele Dios ayudai* al buen deseo del simple como 
desfavorecer al malo del discreto. No se esas filosofias, 
respondiö Sancho Panza; mas solo se que tan presto tu- 
viese yo el condado como sabria regirle; que tanta alma 
tengo yo como otro, y tanto cuerpo como el que mäs, y 5 
tan rey seria yo de mi estado como cada uno del suyo; 
y sieadolo, haria lo que quisiese: y haciendo lo que qui- 
siese, haria mi gusto; y haciendo mi gusto, estaria contento, 
y en estando uno contento, no tiene mäs que desear; y 
no teniendo mäs que desear, acaböse, y el estado venga, 10 
y a Dios y veämonos, como dijo un ciego a otro. No 
son malas filosofias ^sas, como tu dices, Sancho; pero, 
con todo eso, hay mucho que decir sobre esta materia de 
condados. 

A lo cual replicö don Quijote: Yo no so que haya 15 
mäs que decir, solo me guio por el ejemplo que me da 
el grande Amadis de Gaula, que hizo a su escudero conde 
de la Insula Firme; y asi, puedo yo sin escrüpulo de 
conciencia hacer conde a Sancho Panza, que es uno de 
los mejores escuderos que caballero andante ha tenido. 20 

Adrairado quedö el canönigo de los concertados dis- 
parates que don Quijote habia dicho, del modo con que 
habia pintado la aventura del caballero del Lago, de la 
impresiön que en el habian hecho las pensadas mentiras 
de los libros que habia leido, y, finalmente, le admiraba 25 
la necedad de Sancho, que con tanto ahinco deseaba 
alcanzar el condado que sn amo le habia prometido. Ya 
en esto volvian los criados del canönigo, que a la venta 

15 C fehlt: a lo cual replicö don Quijote; steht bereitvS 
zwischen: otro und no (Zeile 12). 15—17 C Yo no se que haya 
mäs que decir. S61o me guio por muchos y diversos ejemplos 
que podria traer a este proposito, de caballeros de mi profesiön, 
que correspondieudo a los leales y senalados servicios que de 
sus escuderos habian recibido, les hicieron notables mercedes, ha- 
ciendoles senores absolutes de ciudades e insulas: y cual hubo 
que llegaron sus mereciraientos a tanto grado, que tuvo humos 
de hacerse rey. Pero ^para que gasto tiempo en esto', ofreci^n- 
dome un tan insigne ejemplo el grande y nunca bien alabado 
Amadis de Gaula. 21/22 C disparates (si disparates sufren 
concierto) que. 



Cap. 50. — 252 — 

habian ido por la acemila del repuesto, y haciendo mesa 
de una alhombra y de la verde yerba del prado, a la 
sombra de unos ärboles se seataron, y comieron alli, por- 
que el boyero no perdiese la comodidad de aquel sitio, 
5 como queda dicho. Y estando comieodo, a deshora oyeron 
un recio estruendo y un son de esquila, que por entre 
unas zarzas y espesas matas que alli junto estaban sonaba, 
y al mesmo instante vieron salir de entre aquellas malezas 
una hermosa cabra, toda la piel manchada de negro, 

10 blanco y pardo. Tras ella venia un cabrero dändole 
voces, y diciendole palabras a su uso, para que se detu- 
viese, o al rebafio volviese. La fugitiva cabra, temerosa 
y despavorida, se vino a la gente, como a favorecerse 
della, y alli se detuvo. Llegö el cabrero, y asiendola de 

15 los cuernos, como si fuera capaz de discurso y entendi- 
miento, le dijo: jAh cerrera, cerrera, manchada, manchada, 
y cömo andäis vos estos dias de pie cojo! iQue lobos 
OS espantan, hija? ^i.No me direis que es esto, hermosa? 
Mas que puede ser sino que sois hembra, y no podeis 

20 estar sosegada; que mal haya vuestra condieiön, y la de 
todas aquellas a quien imitäis. Volved, volved, amiga; 
que si no tan contenta, a lo menos estareis mäs segura 
en vuestro aprisco, o con vuestras compaiieras; que si 
vos que las habeis de guardar y encaminar andäis tan 

25 sin guia y tan descaminada, ^en que podrän parar ellas? 

Contento dieron las palabras del cabrero a los que 

las oyeron, especialmente al canönigo, que le dijo: Por 

vida vuestra, hermano, que os sosegueis un poco, y no 

OS acucieis en volver tan presto esa cabra a su rebaiio; 

30 que pues ella es hembra, como vos decis, ha de seguir 
SU natural distinto, por mäs que vos os pongäis a estor- 
barlo. Tomad este bocado, y bebed una vez, con que 
templareis la cölera, y en tanto, descansarä la cabra. 

Y el decir esto y el darle con la punta del cuchillo 

35 los lomos de un conejo fiambre todo fue uno. Tomölo 
y agradeciölo el cabrero; bebiö y sosegöse, y luego dijo: 
No querria que por haber yo hablado con esta alimafia 

22 C estareys segura. 



^ Ö53 — Cap. 50. 

tan en seso, me tnviesen viiestras mercedes por liombre 
simple; que en verdad que no carecen de misterio las 
palabras que le dije. Rüstico soy; pero no tanto, que 
no entienda cömo se ha de tratar con los hombres y con 
las bestias. Eso creo yo muy bien, dijo el cura; que ya 5 
yo se de experiencia que los montes crian letrados, y las 
cabaiias de los pastores encierran filösofos. A lo menos, 
seiior, replicö el cabrero, acogen hombres escarmentados; 
y para que creäis esta verdad y la toqnöis con la mano, 
aunque parezca que sin ser rogado me convido, si no os 10 
enfadäis dello y quereis, seiiores, un breve espacio pres- 
tarme oido atento, os contare una verdad que acredite lo 
que ese seiior (senalaudo al cura) ha dicho, y la mia. 

A esto respondio don Quijote: Por ver que tiene este 
caso nn no se que de sombra de aventura de caballeria, 15 
yo, por mi parte, os oire, hermano, de muy bnena gana, 
y asi lo harän todos estos seiiores, por lo mucho que 
denen de discretos y de ser amigos de cnriosas novedades 
que suspendan, alegren y entretengan los sentidos, como, 
sin duda, pienso que lo ha de hacer vuestro cuento. 20 
Comenzad, pues, amigo; que todos escncharemos. Saco la 
mia, dijo Sancho; que yo a aquel arroyo me voy con esta 
empanada, donde pienso hartarme por tres dias; porque 
he oido decir a mi senor don Quijote que el escudero 
de Caballero andante ha de comer cuando se le ofreciere, 25 
hasta no poder mds, a causa que se les suele ofrecer 
entrar acaso por una selva tan intricada, que no aciertan 
a salir della en seis dias; y si el hombre no va harto, 
bien proveidas las alforjas, alli se podra quedar, como 
muchas veces se queda, hecho carne momia. Tu estäs 30 
en lo cierto, Sancho, dijo don Quijote; vete adonde qui- 
sieres, y come lo que pudieres; que yo ya estoy satis- 
fecho, y solo me falta dar al alma su refacciön, como se 
la dare escuchando el cuento deste buen hombre. Asi 
las daremos todos a las nuestras, dijo el canönigo. 35 

Y luego rogö al cabrero que diese principio a lo 
que prometido habia. El cabrero diö dos palmadas sobre 

26 ABC le suele. 27 B no acierten. 33 C refacion. 
35 C la daremos. 



öap. 51. — 254 — 

el lomo a la cabra, que por los cuernos tenia, dici^ndole: 
Recnestate junto a mi, manchada; que tiempo nos queda 
para volver a nuestro apero. 

Parece que lo entendiö la cabra, porque ea sentän- 

5 dose SU dueno, se tendiö ella junto a el con mucho so- 

siego, y mirändole al rostro daba a entender que estaba 

atenta a lo que el cabrero iba diciendo; el cual comenzö 

SU historia desta manera: 



CAPITULO LI. 

Que trata de lo que conto el cabrero a todos los que llevaban a 
don Quijote. 

Tres leguas deste valle estä una aldea que, aunque 

10 pequefia, es de las mäs ricas que hay en todos eetos con- 
tornos; en la cual habia un labrador muy honrado, y 
tanto, que aunque es anejo al ser rico el ser honrado, 
mäs lo era 61 por la virtud que tenia que por la riqueza 
que alcanzaba. Mas lo que le hacia mäs dichoso, segün 

15 el decia, era teuer una hija de tan extremada hermosura, 
rara discreciön, donaire y virtud, que el que la conocia 
y la miraba, se admiraba de ver las extremadas partes 
con que el cielo y la naturaleza la babian enriquecido. 
Siendo nina fue hermosa, y siempre fue creciendo en 

20 belleza, y en la edad de diez y seis aiios fuö hermosisima. 
La fama de su belleza se comenzö a extender por todas 
las circunvecinas aldeas; ,:que digo yo por las circun- 
vecinas no mäs, si se extendiö a las apartadas ciudades, 
y aun se entrö por las salas de los reyes, y por los 

25 oidos de todo g^nero de gente, que como a cosa rara o 
como a imagen de milagros, de todas partes a verla 
venian? Gnardäbala su padre, y guardäbase ella; que 
no hay candados, guardas ni cerraduras que mejor guarden 
a una doncella que- las del recato propio. 

30 La riqueza del padre y la belleza de la hija movieron 

a muchos, asi del pueblo como forasteros, a que por 

26/27 C Verla venia. 



— Ö5S — Öap. 51. 

mujer se la pidiesen; mas el, como a quien tocaba dis- 
poner de tan rica joya, andaba confuso, sin saber deter- 
minarse a quien la entregaria de los infinites que le im- 
portunaban. Y entre los muchos que tan buen deseo 
tenian, fui yo nno, a quien dieron muchas y grandes es- 5 
peranzas de bnen suceso conocer que el padre conocia 
quien yo era, el ser natural del mismo pueblo, limpio en 
sangre, en la edad floreciente, en la hacienda miiy rico y 
en el ingenio no menos acabado. Con todas estas mismas 
partes la pidiu tambien otro del mismo pueblo, que fue 10 
causa de snspender y poner en balanza la voluntad del 
padre, a quien parecia que con cualquiera de nosotros 
estaba su hija bien empleada; y, por salir desta confusiön, 
determinö decirselo a Leandra (que asi se Uama la rica 
que en miseria me tiene pnesto), advirtiendo que, pues 15 
los dos 6ramos iguales, era bien dejar a la voluntad de 
8u querida hija el escoger a su gusto; cosa digna de 
imitar de todos los padres que a sus hijos quieren poner 
en estado. No digo yo que los dejen escoger en cosas 
ruines y malas, sino que se las propongan buenas, y de 20 
las buenas, que escojan a su gusto. No se yo el que 
tuvo Leandra; solo se qne el padre nos entretuvo a en- 
trambos con la poca edad de su hija y con palabras 
generales, que ni le obligaban ni nos desobligaban tam- 
poco. Llämase mi competidor Anselmo, y yo Eugenio, 25 
porque vais con noticia de los nombres de las personas 
que en esta tragedia se contienen, cuyo fin aün estä 
pendiente; pero bien se deja entender que ha de ser 
desastrado. 

En esta sazön vino a nuestro pueblo un Vicente de 30 
la Rosa, hijo de un pobre labrador del mismo lugar; el 
cual Vicente venia de las Italias y de otras diversas par- 
tes, de ser soldado. Llevöle de nuestro lugar, siendo 
muchacho de hasta doce anos, un capitäu que con sn 
compania por alli acertö a pasar, y volviö el mozo de 35 
alli a otros doce, vestido a la soldadesca, pintado con mil 



14 B se llamava. 24 ABC desobligaua. 26 C porque 
veays. 30 31 C de la Roca. 34 B hasta de doce. 



Cap. 51. — 256 — 

colores, Ueno de mil dijes de cristal y sutiles cadenas de 
acero. Hoy se ponia nna gala y maiiana otra; pero 
todas sntiles, pintadas, de poco peso y menos tomo. La 
gente labradora, que de suyo es maliciosa, y dändole el 
5 ocio Ingar es la misma raalicia, lo notö y conto punto 
por punto sus galas y preseas, y hallo que los vestidos 
eran tres, de diferentes colores, con sus ligas y raedias; 
pero ^1 hacia tantos gnisados e invenciones dellos, que 
si no se los contaran, hubiera quien jurara que habia 

10 hecho mnestra de mäs de diez pares de vestidos y de 
mäs de veinte plumajes. Y no parezca impertinencia y 
demasia esto que de los vestidos voy contando, porque 
ellos hacen una buena parte en esta historia. 

Sentäbase en un poyo que debajo de un gran älamo 

15 estä en nuestra plaza, y alli nos tenla a todos la boca 
abierta, peudientes de las hazafias que nos iba contando. 
No habia tierra en todo el orbe que no hubiese visto, ni 
batalla donde no se hubiese hallado; habia muerto mäs 
moros que tiene Marruecos y Tünez, y entrado en mäs 

20 singulares desafios, segün 61 decia, que Gante y Luna, 
Diego Garcia de Paredes y otros mil que nombraba; y 
de todos habia salido con vitoria, sin que le hubiesen 
derramado una sola gota de sangre. Por otra parte, 
mostraba senales de heridas que, aunque no se divisaban, 

25 nos hacia entender que eran arcabuzazos dados en dife- 
rentes rencuentros y faciones. Finalmente, con una no 
vista arrogancia, llamaba de ros a sus iguales y a los 
mismos que le conocian, y decia que su padre era su 
brazo, su linaje sus obras, y que debajo de ser soldado, 

30 al mismo rey no debia nada. Aüadiösele a estas arro- 
gancias ser un poco miisico y tocar una guitarra a lo 
rasgado, de manera, que decian algunos que la hacia hablar; 
pero no pararon aqui sus gracias; que tambien la tenia 
de poeta, y asi, de cada nineria que pasaba en el pueblo 

35 componia un romance de legua y media de escritura. 

Este soldado, pues, que aqui he pintado, este Vicente de 
!a Rosa, este bravo, este galän, este müsico, este poeta fue 

11 C veinte plumas. 23 B tan solo una gota. 37 C de la Eoca. 



— 257 — Cap. 5t. 

visto y mirado muchas veces de Leandra, desde una ventana 
de SU casa, qiie tenia la vista a la plaza. Enamoröla el 
oropel de sus vistosos trajes; encantäroula sus romances, 
que de cada uno que componia daba veinte traslados; 
llegaron a sus oldos las bazaiias que el de si mismo 5 
habia referido; y, finalmente, que asi el diablo lo debia 
de teuer ordenado, ella se vino a enamorar del, antes que 
en el naciese presunciön de solicitalla. Y como en los 
casos de amor no hay ninguno que con mäs facilidad se 
cumpla que aquel que tiene de su parte el deseo de la 10 
dama, con facilidad se concertaron Leandra y Vicente; 
y primero que alguno de sus muchos pretendientes cayesen 
en la cuenta de su deseo, ya ella le tenia cumplido, 
habiendo dejado la casa de su querido y amado padre, 
que madre no la tiene, y ausentädose de la aldea con el 15 
soldado, que saliö con mäs triunfo desta empresa que de 
todas las muchas que el se aplicaba. Admirö el suceso 
a toda el aldea, y aun a todos los que del noticia tu- 
vieron; yo quede suspenso, Anselmo atönito, el padre triste, 
sus parientes afrentados, solicita la justicia, los cuadrilleros 20 
listos; tomäronse los caminos, escudrinäronse los bosques 
y cuanto habia, y al cabo de tres dias hallaron a la 
antojadiza Leandra en una cueva de un monte, desnuda 
en camisa, sin muchos dineros y preciosisimas joyas que 
de SU casa habia sacado. Volvieronla a la presencia del 25 
lastimado padre; preguntäronle su desgracia; confesö sin 
apremio que Vicente de la Rosa la habia enganado, y 
debajo de su palabra de ser su esposo la persuadiö que 
dejase la casa de su padre; que el la llevaria a la mäs 
rica y mäs viciosa ciudad que habia en todo el universo 30 
mundo, que era Näpoles; y que ella, mal advertida y 
peor enganada, le habia creido; y robando a su padre, 
se le entregö la misma noche que habia faltado; y que 
^1 la Uevö a un äspero monte, y la encerrö en aquella 
cueva donde la habian hallado. Conto tambien como el 35 



3 B encantaronle. 6 B que el diablo assi lo. 8 ü soli- 
citarla. 12 C cayese. 13 B ya ella tenia cumplido; C ya 
ella teuiale cumplido. 18 C toda la aldea. 27 ABC ßoca. 

Bomanische Bibl. Nr. 24. Don Quijote. 17 



Cap. 51. — 258 — 

soldado, sin quitalle su honor, le robö cuanto teiiia, y la 
dejö en aquella cueva, y se fue: suce&o que de nuevo 
pnso en admiraciön a todos. Dnro se nos hizo de creer 
la continencia del mozo; pero ella lo afirmö con tantas 
5 Veras, que fueion parte para que el desconsolado padre 
se consolase, no haciendo cneuta de las riquezas que le 
llevaban, pues le habian dejado a su hija con la joya 
que si una vez se pierde, no deja esperanza de que jamas 
se cobre. El mismo dia que pareciö Leandra la des- 

10 pareciö su padre de nuestros ojos, y la llevö a encerrar 
en nn monesterio de una villa que estä aqui cerca, es- 
perando que el tiempo gaste alguna parte de la mala 
opiniön en que su liija se puso. Los pocos aiios de Le- 
andra sirvieron de disculpa de su culpa, a lo menos, con 

15 aquellos que no les iba algün interes en que ella fuese 
mala o buena; pero los que conocian su discreciön y 
mucho entendimiento no atribuyeron a ignorancia su pe- 
cado, sino a su desenvoltura y a la natural inclinaciön 
de las mujeres, que, por la mayor parte, suele ser desa- 

20 tinada y mal compuesta. 

Encerrada Leandra, quedaron los ojos de Anselmo 
ciegos: a lo menos, sin teuer cosa que mirar que contento 
le diese; los mios, en tinieblas; sin luz que a ninguua 
cosa de gusto les encaminase. Con la ausencia de Leandra 

25 crecia nuestra tristeza, apocäbase nuestra paciencia, malde- 
ciamos las galas del soldado y abominäbamos del poco 
recato del padre de Leandra. Finalmente, Anselmo y yo 
nos concertamos de dejar el aldea y venirnos a este valle, 
donde el apacentando una gran cantidad de ovejas suyas 

30 proprias, y yo un numeroso rebaüo de cabras, tambien 
mias, pasamos la vida entre los ärboles, dando vado a 
nuestras pasiones, o cantando juntos alabanzas o vituperios 
de la hermosa Leandra, o suspirando solos y a solas 
comunicando con el cielo nuestras querellas. A imitaciöu 

35 nuestra, otros muchos de los pretendientes de Leandra se 

1 C quitarle. 3 A Dino senor hizo ; B Digno senor hizo ; 
C Dificil, senor, se hizo Brüssel 1607 Duro se nos hizo. HC 
monasterio. 30 Bü propias. 34 AB tiuerellas, a imitacion 
nuestra. Otros . . . 



— 259 — Cap. 51. 

Lau venido a estos äsperos montes usando el mismo ejer- 
cicio nuestro; y son tantos, que parece que este sitio se 
ha convertido en la pastoral Arcadia, segün estä colmo 
de pastores y de apriscos, y no hay parte en el donde 
no se oiga el nombre de la Lermosa Leandra. Este la 5 
maldice y la llama antojadiza, varia y deshonesta; aquel 
la condena por fäcil y ligera; tal la absuelve y perdona, 
y tal la jnsticia y vitnpera; vino celebra su hermosura, 
otro reniega de su condiciön, y, en fin, todos la deshonran, 
y todos la adoran, y de todos se extiende a tanto la 10 
locura, qne hay quien se queje de desden sin haberla jamas 
hablado, y ann quien se lamente y sienta la rabiosa en- 
fermedad de los celos, que ella jamas diö a nadie, por- 
que, como ya tengo dicho, antes se snpo su pecado que 
su deseo. No hay hueco de pefia, ni margen de arroyo, 15 
ni sombra de ärbol qne no este ocupada de algün pastor 
que sus desventuras a los aires cuente: el eco repite el 
nombre de Leandra donde quiera que pueda formarse: 
Leandra resuenan los montes, Leandra murmuran los 
arroyos, y Leandra nos tiene a todos suspensos y encan- 20 
tados, esperando sin esperanza y temiendo sin saber de 
que tememos. Entre estos disparatados, el que muestra 
que menos y mäs juicio tiene es mi competidor Anseimo, 
el cual teniendo tantas otras cosas de que quejarse, solo 
se queja de ausencia; y al son de nn rabel, que admi- 25 
rablemente toca, con versos donde muestra su buen enten- 
dimiento, cantando se queja. Yo sigo otro Camino mäs 
fäcil, y a mi parecer el mäs acertado, que es decir mal 
de la ligereza de las mujeres, de su inconstancia, de su 
doble trato, de sus promesas muertas, de su fe rompida, 30 
y, finalmente, del poco discurso que tienen en saber colo- 
car sus pensamientos e intenciones. Y esta fue la ocasiön, 
seiiores, de las palabras y razones que dije a esta cabra 
cuando aqul Uegue; que por ser hembra la tengo en poco, 
aunque es la mejor de todo mi apero. Esta es la his- 35 
toria que prometi contaros. Si he sido en el contarla 

3/4 C colmado de pastores. 8 C la justifica. 24 AB 
temiendo. 32 AB intenciones que tienen y esta. 

17* 



Cap. 52. — 26Ö — 

prolijo, no sere en serviros corto: cerca de aqui tengo mi 
majada, y en ella tengo fresca leche y muy sabrosisimo 
queso, con otras varias y sazonadas fnitas, no menos a 
la vista que al gusto agradables. 



CAPITULO LH. 

De la pendencia que den Quijote tuvo con el cabrero, con la 

rara aventura de los dicipliuantes, a quien diö felice fin a costa 

de sn sndor. 

5 General gusto causo el cuento del cabrero a todo9 

los que escnchädole habian; especialmente le recibiö el 
canönigo, que con extrana curiosidad notö la manera con 
que le habia contado, tan lejos de parecer riistico cabrero 
cuan cerca de mostrarse discreto cortesano; y asi, dijo 

10 que habia dicho muy bien el cura en decir que los montes 
criaban letrados. Todos se ofrecieron a Eugenio; pero 
el que mäs se moströ liberal en esto fue don Quijote, 
que le dijo: Por cierto, hermano cabrero, que si yo me 
hallara posibilitado de poder comenzar alguna aventura, que 

15 luego luego me pusiera en Camino porque vos la tuvierades 
buena; que yo sacara del monesterio (donde sin duda 
alguna debe de estar contra su voluntad) a Leandra, a 
pesar de la abadesa y de cuantos quisieran estorbarlo, y 
OS la pusiera en vuestras manos, para que hicierades della 

20 a toda vuestra voluntad y talante; guardando, pero, las 
leyes de caballeria, que mandan que a ninguna doncella 
se le sea fecho desaguisado alguno; aunque yo espero en 
Dios, nnestro Senor, que no ha de poder tanto la fuerza 
de un encantador malicioso, que no pueda mäs la de otro 

25 encantador mejor intencionado, y para entonces es prometo 
mi favor y ayuda, como me obliga mi profesiön, que no 
es otra sino es favorecer a los desvalidos y menesterosos. 



1 C en servicios corto. Überschrift: A deceplinantes- 
18 BC del Abadessa. 20 B guardando en pero. 27 B sino 
favorecer^ 6 sino de favorecer; B desvalidos menesterosos. 



I 



— 261 — Cap. 52. 

Miröle el cabrero, y como viö a don Quijote de tan 
mal pelaje y catadura, admiröse, y preguutö al barbero, 
que cerca de si tenia: Senor, ^quiea es este hombre, que 
tal talle tiene y de tal manera habla? Quien ha de ser, 
respondiö el barbero, sino el famoso don Quijote de la 5 
Mancha, desfacedor de agravios, enderezador de tiiertos, 
el amparo de las doncellas, el asombro de los gigantes 
y el vencedor de las batallas? Eso me semeja, respondiö 
el cabrero, a lo que se lee en los libros de caballeros 
andantes, que hacian todo eso que de este bombre vuestra 10 
mevced dice; puesto que para mi tengo, o que vuestra 
merced se burla, o que este gentilhombre debe de tener 
vacios los aposentos de la cabeza. Sois un grandisimo 
bellaco, dijo a esta sazön don Quijote, y vos sois el vacio 
y el menguado; que yo estoy mäs Ueno que jamäs lo 15 
estuvo la muy hideputa, puta que os pariö. 

y diciendo y haciendo arrebatö de un pan que junto 
a si tenia, y did con el al cabrero en todo el rostro, 
con tanta furia, que le remachö las narices; mas el cabrero, 
que no sabia de burlas, viendo con cuäntas veras le 20 
maltrataban, sin tener respeto a la alhombra, ni a los 
manteles, ni a todos aquellos que comiendo estaban, saltö 
sobre don Quijote y, asiendole del cuello con entrambas 
manos, no dudara de ahogalle, si Sancho Panza no llegara 
en aquel punto, y le asiera por las espaldas, y diera con 25 
el encima de la mesa, quebrando piatos, rompiendo tazas 
y derramando y esparciendo cuanto en ella estaba. Don 
Quijote, que se vi(5 libre, acudiö a subirse sobre el 
cabrero; el cual, Ueno de sangre el rostro, molido a 
coces de Sancho, andaba buscando a gatas algiin cuchillo 30 
de la mesa para hacer algnna sanguinolenta venganza; 
pero estorbäbanselo el canönigo y el cura; mas el bar- 
bero hizo de suerte, que el cabrero cogiö debajo de si a 
don Quijote, sobre el cual lloviö tanto nümero de mojico- 



5 B famoso cavallero don Quijote. 7 B el amparador. 
8 -B y vencedor. 17 ABC diziendo y hablando Brüssel 1607 
haciendo. 18 B todo aquel rostro. 21 B sin teuer uingua 
respeto. 21 C abogarle. 32 C estorvaronselo. 



Cap. 52. — 262 — 

nes, que del rostro del pobre caballero llovia tanta sangre 
como del suyo. Reventaban de risa el canönigo y el 
cura, saltaban los cuadrilleros de gozo, zuzaban los unos 
y los otros, como Lacea a los perros cuando en pendencia 
5 estän trabados; solo Sanclio Panza se desesperaba, porque 
no se podia desasir de im criado del canönigo, que le 
estorbaba quo a su amo no ayudase. 

En resoluciön, estando todos en regocijo y fiesta, sino 
los dos aporreantes que sc carpian, oyeron el son de una 

10 trompeta, tan triste, que les hizo volver los rostros hacia 
donde les parfeciö que sonaba; pero el que mäs se albo- 
rotö de oirle fue don Quijote, el cual, aunque estaba de- 
bajo del cabrero, harto contra su voluntad y mäs que 
medianamente molido, le dijo: Hermano demonio, que no 

15 es posible quo dejes de serlo, pues has tenido valor y 
fuerzas para sujetar las mias, ruegote que hagaraos treguas, 
no mäs de por una hora; porque el doloroso son de 
aquella trompeta que a nuestros oidos llega me parece 
que a alguna nueva aventura me llama. 

20 El cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser 

molido, le dejö luego, y don Quijote se puso en pie, vol- 
viendo asimismo el rostro adonde el son se oia, y viö a 
deshora que por un recuesto bajaban muchos hombres 
vestidos de blanco, a modo de diciplinantes. 

25 Era el caso que aquel ano habian las nubes negado 

su rocio a la tierra, y por todos los lugares de aquella 
coraarca se hacian procesiones, rogativas y diciplinas, 
pidiendo a Dios abriese las raanos de su misericordia y 
les lloviese; y para este efecto la gente de una aldea 

30 que alli junto estaba venia en procesiön a una devota 
ermita que en un recuesto de aquel valle Labia. Don 
Quijote, que viö los extrafios trajes de los diciplinantes, 
sin pasarle por la memoria las muchas veces que los 
habia de haber visto, se imaginö que era cosa de aven- 

35 tura, y que a el solo tocaba, como a caballero andante, 
el acometerla; y confirmöle mäs esta imaginaciön pensar 

2 B primo del suyo. 3/4 B que unos y los otros. 
10 C que los hizo. 



_ 263 — Cap. 52. 

qne una imagea que traian cubierta de luto fiiese algima 
principal seiiora que llcvabaa por fuerza aquellos follones 
y descomedidos malandriaes; y como esto le cayö en las 
mientes, con grau ligereza arremetiö a Rocinante, que 
paciendo andaba, quitändole del arzön el freno y el 5 
adarga, y en un punto Ic enfrenö; y pidiendo a Sancho 
SU espada, subiö sobre Rocinante y embrazö su adarga, y 
dijo en alta voz a todos los que presentes estaban: Agora, 
valerosa compania, veredes cuänto importa quo liaya en 
el mundo Caballeros que profesen la orden de la andante 10 
caballen'a; agora digo, que veredes, en la libertad de 
aquella buena seiiora que alli va cautiva, si se han de 
estimar los Caballeros andantes. 

Y en diciendo esto, apretö los muslos a Rocinante, 
porque espuelas no las tenia, y a todo galope (porque 15 
carrera tirada no se lee en toda esta verdadera historia 
que jamäs la diese Rocinante) se fue a encontrar con los 
diciplinantes, bien que fueron el cura y el canönigo y 
barbero a detenelle; mas no les fue posible, ni menos le 
detuvieron las voces que Sancho le daba, diciendo: 20 
(j.Adönde va, senor don Quijote? f,Que demonios lleva 
en el peclio, que le iucitan a ir contra nuestra fe catölica? 
Advierta, mal haya yo, que aquella es procesiön de dici- 
plinantes, y que aquella scnora que llevan sobre la poana 
es la imagen benditisima de la Virgen sin niaucilla; mire, 25 
sefior, lo que liace; que por esta vez se puede decir que 
no es lo que sabe. 

Fatigöse en vano Sancho; porque su amo iba tan 
puesto en llegar a los ensabanados y en librar a la sefiora 
enlutada, que no oyö palabra; y aunque la oyera, no 30 
volviera, si el rey se lo mandara. Llegö, pues, a la pro- 
cesiön, y parö a Rocinante, que ya llevaba deseo de quie- 
tarse un poco, y con turbada y ronca voz dijo: Vosotros, 



10 B profesen orden. 14 B apretö fuertemente los muslos; 
15 B espuela. 19 C deteuerle. 25 B mancilla uuestra senora: 
mire. 28 A fatiguose. 28/29 B yva tan determiuado y 

puesto; C tan determiuado y tan puesto. 32 B llevava 
harto desseo. 



Cap. 52. — 264 — 

que, quiza por no ser buenos, os encubris los rostros, 
atended y escuchad lo qae deciros quiero. 

Los primeroö que se detuvieron fueron los que la 
imagen Uevaban ; y uno de los cuatro clerigos que cantaban 
5 las ledanias, viendo la extrana catadura de don Quijote, 
la flaqueza de Rocinante y otras circunstancias de risa 
que notö y descubriö en don Quijote, le respondiö. diciendo: 
Senor hermauo, si nos quiere decir algo, digalo presto, 
porque se van estos hermanos abriendo las carnes, y no 

10 podemos, ni es razön que nos detengamos a oir cosa 
alguna, si ya no es tan breve, que en dos palabras se 
diga. En una lo dirö, replicö don Quijote, y es esta; 
que luego al punto dejöis libre a eea hermosa senora, 
cuyas lägrimas y triste semblante dan ciaras muestras que 

15 la Uevais contra su voluntad y que algün notorio desa- 

guisado le habedes fecho; y yo, que naci en el mundo 

para desfacer semejantes agravios, no consentire que nn solo 

paso adelante pase sin darle la deseada libertad que merece. 

En estas razones, cayeron todos los que las oyeron 

20 que don Quijote debia de ser algün hombre loco, y 
tomäronse a reir muy de gana; cuya risa fue poner pöl- 
vora a la cölera de don Quijote, porque, sin decir mäs 
palabra, sacando la espada, arremetiö a las andas. Uno 
de aquellos que las llevaban, dejando la carga a sus 

25 companeros, saliö al encuentro de don Quijote, enarbo- 
lando una horquUla o bastön con que sustentaba las 
andas en tanto que descansaba; y recebiendo en ella una 
gran cuchillada que le tirö don Quijote, con que se la 
bizo dos partes, con el liltimo tercio, que le quedö en la 

30 mano, diö tal golpe a don Quijote encima de un hombro, 
por el mismo lado de la espada, que no pudo cubrir el 
adarga contra villana fuerza, que el pobre don Quijote 
vino al suelo muy mal parado. Sancho Panza, que jade- 
ando le iba a los alcances, viendole caido, diö voces a 

35 SU moledor que no le diese otro palo, porque era un 



1 B que por Ventura por no. 5 A las dedanias. 26 B 
a baston. 32 B contra villana fuera; C contra la villana 

faerza. 33^34 ABC hijadeaudo Hartzenbusch jadeando. 



_ 265 — Cap. 52. 

pobre Caballero encantado, que no habia hecho mal a 
nadie ea todos los dias de su vida. Mas lo que detuvo 
al villano no fueron las voces de Sancho, sino el ver que 
den Quijote no bullia pie ni mano; y asi, creyendo que 
le habia rauerto, con priesa se alzö la tiinica a la cinta, 5 
y did a huir por la campana como un gamo. 

Ya en esto llegaron todos los de la compaüia de 
don Quijote adonde el estaba; mas los de la procesiön, 
que los vieron venir corriendo, y con ellos los cuadrilleros 
con sus ballestas, temieron algün mal süceso, y hicieronse 10 
todos un vemoliuo alrededor de la imagen; y alzados los 
capirotes, empuüando las diciplinas, y los clerigos los 
ciriales, esperabau el asalto con determinaciön de defen- 
derse, y aun of ender, si pudiesen, a sus acometedores; 
pero la fortuna lo hizo mejor que se pensaba, porque 15 
Sancho no hizo otra cosa que arrojarse sobre el cuerpo 
de su seüor, haciendo sobre 61 el mäs doloroso y risueüo 
Uanto del muado, creyendo que estaba muerto. El cura 
fue conocido de otro cura que en la procesiön venia; cuyo 
conocimiento puso en sosiego el concebido temor de los 20 
dos escuadrones. El primer cura diö al segundo , en dos 
razones, cuenta de quien era don Quijote, y asi ^1 como 
toda la turba de los dicipliuantes fueron a ver si estaba 
muerto el pobre caballero, y oyeron que Sancho Panza, 
con lägrimas en los ojos, decia: ;0h fior de la caballeria, 25 
que con solo un garrotazo acabaste la carrera de tus tan 
bien gastados anos! ;0h honra de tu linaje, honor y 
gioria de toda la Mancha y aun de todo el mundo, el 
cual, faltando tii en el, quedarä Ueno de malhechores, sin 
temor de ser castigados de sus malas fechorias ! jOh 30 
liberal sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho 
meaes de servicio me tenias dada la mejor insula que el 
mar eine y rodea! ;0h humilde con los soberbios y 
arrogante con los humildes, acometedor de peligros, su- 
fridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los 35 
buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines, en fin, 
caballero andante, que es todo lo que decirse puede! 

8 ABC y mas los. lö B Saucho Panza uo hizo. 



Cap. 52. _ 266 — 

Con las voces y gemidos de Sancho reviviö don Qui- 
jote, y la primer palabra quo dijo fue: El que de vos 
vive ausente, dulcisima Dulcinea, a raayores miserias que 
estas esta sujeto. Ayüdame, Sancho amigo, a ponerme 
5 sobre el carro encantado; que ya no estoy para oprimir 
la silla de Rociuante, porque tengo todo este hombro 
hechü pedazos. Eso hare yo de muy buena gana, sefior 
mio, respondio Saucho, y volvamos a mi aldea, en coiu- 
pania destos sefiores que su bien desean, y alli darcmos 

10 orden de hacer otra salida que nos sea de mäs provecho 
y fama. Bien dices, Sancho, respondio don Qiiijote, y 
serd gran prudencia dejar pasar el mal infliijo de las 
estrellas que agora corre. 

El canönigo y el cura y barbero le dijeron que haria 

15 muy bien en hacer lo que decia ; y asi, hubiendo reccbido 
grande gusto de las simplicidades de Sancho Panza, pu- 
sieron a don Quijote en el carro, como antes venia; la 
procesiön volviö a ordenarse y a proseguir su camino; 
el cabrcro se despidiö de todos; los cuadrilleros no qui- 

20 sieron pasar adelante, y el cura les pago lo que se les 
debia: el canönigo pidiö al cura le avisase el suceso de 
don Quijote, si sanaba de su locura, o si proseguia en 
ella, y con esto, tomö licencia para seguir su viaje. En 
fin, todos se dividieron y apartaron, quedando solos el 

25 cura y barbero, don Quijote y Panza y el bueno de Roci- 
nante, que a todo lo que habia visto estaba con tanta 
paciencia como su amo. 

El boyero unciö sus bueyes y acomodö a don Qui- 
jote sobre un haz de heno, y con su acostumbrada flema 

30 siguiö el Camino que el cura quiso, y a cabo de seis 
dias Uegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron 
en la mitad del dia, que acertö a ser domingo, y la 
gente estaba toda en la plaza, por mitad de la cual atra- 
vesö el carro de don Quijote. 

35 Acudieron todos a vor lo que en el carro venia, y 

cuando conocieron a su compatrioto, quedaron maravillados, 

2 JB la primera palabra. 5 C que no estoy. 11 BG 

bien dezis. 25 B don Quixote y Sancho Pau§a. 



— 267 — Cap. 52. 

y im mucbacho acudiö corriendo a dar las nnevas a so 
ama y a su sobrina de que su tio y su seiior venia flaco 
y araarillo, y tendidü sobre un montön de heno y sobre 
an carro de bueyes. Cosa de lästima fue oir los gritos 
que las dos buenas seiioras alzaron, las bofetadas que se 5 
dieron, las nialdiciones que de nuevo ecbaron a los mal- 
ditos libros de caballerias, todo lo cual se renovö cuando 
vieron entrar a don Quijote por sus puertas. 

A las nuevas de esta venida de don Quijote, acudiö 
la raujer de Sancho Panza, que ya habia sabido que 10 
habia ido con el sirviendole de escudero, y asi como 
vio a Sancho, lo primero que le preguntö fue que si 
venia bueno cl asno. Sancho rcspondiö que venia nicjor 
que su amo. Gracias sean dadas a Dios, replicö ella, 
que tanto bien me ha hecho; pero contadme agora, 15 
amigo, (J.que bien habeis sacado de vuestras escuderias? 
,:Que saboyana me traeis a mi? ^, Que zapaticos a vues- 
tros hijos? No traigo nada deso, dijo Sancho, mujer mia, 
aunque traigo otras cosas de mäs momento y considera- 
ciön. Deso reeibo yo mucho gusto, respondiö la niujer: 20 
mostradme esas cosas de mäs consideraciön y mäs momento, 
amigo mio; que las quiero ver, para que se me alegre 
este corazön, que tan triste y descontento ha estado en 
todos los siglos de vuestra ausencia. En casa os las 
mostrare, mujer, dijo Panza, y por agora estad contenta; 25 
que siendo Dios servido de que otra vez salgaraos en 
viaje a buscar aventuras, vos me vereis presto conde, o 
gobernador de una insula, y no de las de por ahi, sino 
la mejor que pueda hallarse. Quieralo asi el cielo, marido 
mio; que bien lo habemos menester. Mas decidme, (ique 30 
es eso de insulas, que no lo entiendo? No es la miel 
para la boca del asno, respondiö Sancho: a su tiempo 
lo Veras, mujer, y aun te admiraräs de oirte llamar 
senoria de todos tus vasallos. ^Que es lo que decis, 
Sancho, de senorias, insulas y vasallos? respondiö Juana 35 
Panza, que asi se llamaba la mujer de Sancho, aunque 
no eran parientes, sino porque se usa en la Mancha tomar 
las mujeres el apellido de sus maridos. No te acucies, 
Juana, por saber todo esto tan apriesa; basta que te digo 



Cap. 52. — 268 — 

verdad, y cose la boca. Solo te sabie decir, asi de paso, 
que no hay cosa mäs gustosa en el mundo que ser un 
hombre honrado esciidero de ua caballero andante bus- 
cador de aventoras. Bien es verdad que las mäs que se 
5 hallan no salen tan a gusto corao el hombre querria, por- 
que de ciento que se encuentran, las noventa y nueve 
suelen salir aviesas y torcidas. Selo yo de experiencia, 
porque de algunas he salido manteado, y de otras molido; 
pero, con todo eso, es linda cosa esperar los sucesos atra- 

10 vesando montes, escudrinando selvas, pisando peiias, visi- 
tando castillos, alojando en ventas a toda discreciön, sin 
pagar ot'recido sea al diablo el maravedi. 

Todas estas pläticas pasaron entre Sancho Panza y 
Juana Panza, su mujer, en tanto que el ama y sobrina 

15 de don Quijote le recibieron, y le desnudaron, y le ten- 
dieren en SU antiguo lecho. Miräbalas el con ojos atra- 
vesados, y no acababa de entender en que parte estaba. 
El cura encargö a la sobrina tuviese gran cuenta con 
regalar a su tio, y que estuviesen alerta de que otra vez 

20 no se led escapase, contando lo que habia sido menester 
para traelle a su casa. Aqiü alzaron las dos de nuevo 
los gritos al cielo; alli sc renovaron las maldiciones de 
los libros de caballerias; alli pidieron al cielo que con- 
fundiesc en el centro del abismo a los autores de tantas 

25 mentiras y disparates. Finalmente, ellas quedaron cou- 
fusas, y temerosas de quo se habian de vor sin su amo y 
tio en el mesmo punto que tuviese alguna mejoria, y asi 
fue como ellas se lo imaginaron. 

Pero el autor desta historia, puesto que con curiosidad 

30 y diligencia ha buscado los hechos que don Quijote hizo 
en su tercera salida, no ha podido hallar noticia dellos, 
a lo menos, por escrituras autenticas; solo la fama ha 
guardado, en las memorias de la Mancha, que don Qui- 
jote la tercera vez que saliö de su casa fue a Zaragoza, 

35 donde se hallö en unas famosas justas que en aquella 



7 B solo yo. 27/28 ABC si fue Brüssel 1607 asi. 3 1 ABC 
noticia de ellas. 



_ 269 — Cap. 52. 

ciudad se hicieron, y alli le pasaron cosas dignas de su 
valor y buen entendimiento. Ni de su fin y acabamiento 
piido alcanzar cosa algima, ni la nlcanzara ni supiera si 
la buena suerte no le deparara uu antiguo medico que 
tenia en su poder una caja de plomo, que, segün el dijo, 5 
se habia hallado en los cimientos derribados de una 
antigua ermita que se renovaba; en la cual caja se habian 
hallado unos pergaminos escritos con letras göticas, pero 
en versos castellanos, que contenian muchas de sus ha- 
zaiias y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del 10 
Toboso, de la figura de Rocinante, de la fidelidad de 
Sancbo Panza, y de la sepultura del mesmo don Quijote, 
con diferentes epitafios y elogios de su vida y costumbres. 
Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los 
que aqui pone el fidedigno autor desta nueva y jamäs 15 
vista histoiia. El cual autor no pide a los que la leyeren, 
en premio del inmenso trabajo que le costö inquerir y 
buscar todos los archivos manchegos, por sacarla a luz, 
sino que le den el mesmo crödito que suelen dar los dis- 
cretos a los libros de caballerias, que tan validos andan 20 
en el mundo; que con esto se tendrä por bien pagado y 
satisfecho, y se animarä a sacar y buscar otras, si no tan 
verdaderas, a lo menos, de tanta invenciön y pasatiempo. 
Las palabras primeras que estaban escritas en el 
pergamino que se hallo en la caja de plomo eran <Sstas: 25 

LOS ACADEMICOS DE LA ARGAMASILLA, LUGAR DE 
LA MANCHA, EN VIDA Y MUERTE DEL VALEROSO 
DON QUIJOTE DE LA MANCHA HOC SCRIPSERUNT. 

EL MONICONGO, ACADEMICO DE LA ARGAMASILLA, A LA 

SEPULTURA DE DON QUIJOTE. 30 

EPITAFIO. 

El calvatrueno que adoruö a la Maucha 
De mäs despojos que Jason de Greta; 
El juicio que tuvo la veleta 
Aguda donde fuera major ancha, 35 

1 C ciudad hizieron. 2 JB y acamiento. 17 BC in- 

quirir. 33 AB decreta. 



Cap. 52. — 270 — 

El brazo que su fuerza tanto ensancha, 
Qae llego del Catay basta Gaeta, 
La Musa inas borrenda y mäs discreta 
Que grabo versos en broucinea plancba, 
5 El que a cola dejo los Amadises, 

Y eu muy poquito a Galaores tuvo, 
Estribando eu su amor y bizarria, 

El que bizo callar los Beliaiiises: 
Aquel que en Rocinaute errando anduvo, 
10 Yace debajo desta losa fn'a. 



DEL PANIAGUADO, ACADEMICO DE LA ARGAMASILLA, 
IN LAUDEM DULCINE^ DEL TOBOSO. 

SONETO. 

Esta que veis de rostro amondongado, 
15 Alta de pecbos y adeuiän brioso, 

Es Dulcinea, reina del Toboso, 
De quien fue el gran Quijote aficionado. 

Piso por ella el uno y otro lado 
De la grau Sierra Negra, y el famoso 
20 Campo de Montiel, basta el berboso 

Llano de Aranjuez, a pie y cansado, 

Culpa de Rocinante. jOh dura estrella! 
Que esta mancbega dama, y este invito 
Andante caballero, en tiernos anos, 
25 Ella dejö, muriendo, de ser bella; 

Y el, aunque queda en märmores escrito, 
No pudo buir de amor, iras y engaüos. 



DEL CAPRICHOSO, DISCRETISIMO ACADEMICO DE LA 
ARGAMASILLA, EN LOOR DE ROCINANTE, CABALLO DE 
30 DON QUIJOTE DE LA MANCHA. 

SONETO. 

En el soberbio trono diamantino 
Que con sangrientas plantas buella Marte, 
Frenetico el mancbego su estandarte 
35 Tremola con esfuerzo peregrino: 

Cuelga las armas y el acero fino 
Con que destroza, asuela, raja y parte: 

12 Ä del Doboso. 20 ABC basta el Eniolo. Brüssel 1607 
Eruoso. 26 BC en marmoles. 32 BC tronco. 



— 271 — Cap. 52. 

jXuevas proezas! pero inventa el arte 
Un nuevo estilo al nuevo Paladiuo. 

Y si de SU Amadis se precia Ganla, 
Por cu3'0s bravos descendientes Grecia 
Triunfo mil veces y sn fama ensaucha, 5 

Hoy a Qvüjote le corona el anla 
Do Belona preside, y del se precia, 
Mas qne Grecia ni Gaula, la alta Mancha. 

Nimca sus glorias el olvido mancha, 
Pues hasta Rocinante, en ser gallardo, 10 

Excede a Brilladoro y a Bayardo. 



DEL BURLADOR, ACADEMICO ARGAMASILLESCO, 
A SANCHO PANZA. 

SONETO. 

Sancho Panza es aqueste en cuerpo chico, 1^5 

Pero grande en valor. jMilagro extraüo! 
Escudero el mäs simple y sin engaüo 
Que tuvo el mundo, os juro y certifico. 

De ser conde no estuvo en un tantico 
Si no se conjuraran en su daiio 20 

Insolencias y agravios del tacano 
Siglo, que aun no perdonan a un borrico. 

Sobre el anduvo (con perdön se miente) 
Este manso escudero, tras el manso 
Caballo Rocinante y tras su duefio. 25 

;0h vanas esperanzas de la gente, 
Cömo pasäis con prometer descanso, 
Y al fin paräis en sombra, en humo, en sueüo! 



DEL CACHIDIABLO, ACADEMICO DE LA ARGAMASILLA, 

EN LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE. 30 

EPITAFIO. 

Aqui yace el caballero 
Bien molido y mal andante 
A quieu llevö Rocinante 
Por uno y otro sendero. 35 

Sancho Panza el majadero 
Yace tambien junto a el, 
Escudero el mäs fiel, 
Que viö el trato de escudero. 

7 ABC de Belona Valencia 1605 do Belona. 



Cap. 52. — 272 — 



DEL TIQUITOC, ACADEMICO DE LA ARGAMASILLA, EN 
LA SEPULTÜEA DE DULCINEA DEL TOBOSO. 

EPITAFIO. 

Reposa aqui Dulciuea; 
5 Y, auuque de carues rolliza, 

La volviö eu polvo y ceniza 
La muerte espautable y fea: 

Fne de castiza ralea, 

Y tnvo asomos de dama; 
10 Del gran Quijote fue llama, 

Y fue gloria de su aldea. 

fistos fuei'on los versos qiie se pudieron leer; los demas, 
por estar carcomida la letra, se entregaron a iin academico 
para qua por coujeturas los declarase. Tienese noticia que 
15 lo ha hecho, a costa de muchas vigilias y mucho trabajo, 
y que tiene intenciön de sacallos a luz, con esperanza de 
la tercera salida de don Quijote. 

Forse altri cantera con miglior plettro. 



12 A Forsi altro cantera con miglior plectio. 



FIN DE LA PRIMERA PARTE. 



TABLA DE LOS CAPITULOS. 



BAND I. 

Seite 

AI Duque de Bejar 3 

Prölogo 4 

AI libro de Don Quijote de la Mancha .... 11 
Cap. I. — Que trata de la condiciön y ejercicio del famoso 

hidalgo dou Quijote de la Maucha 17 

Cap. II. — Que trata de la primera sallda que de su tierra 

hizo el ingenioso don Quijote 22 

Cap. III. — Donde se cueuta la graciosa iiianera que tuvo 

don Quijote en armarse caballero 29 

Cap. IV. — De lo que le sucedio a nuestro caballero 

cuaudo salio de la venta 35 

Cap. V. — Donde se prosigne la narracion de la desgracia 

de nuestro caballero 43 

Cap. VI. ^ Del douoso y grande escrutinio que el cura y 

el barbero hicierou en la libreria de nuestro ingenioso 

bidalgo 48 

Cap. VII. — De la segunda salida de nuestro buen caba- 
llero don Quijote de la Mancha 56 

Cap. VIII. — Del buen suceso que el valeroso don Quijote 

tuvo en la espantable y jamäs imaginada aventura de 

los moliuos de vieuto, con otros sucesos dignos de felice 

recordaciön 61 

Cap. IX. — Donde se concluye y da fin a la estupenda ba- 

talla que el gallardo vizcaino y el valiente mauchego 

tuvieron 70 

Cap. X. — De los graciosos razonamientos que pasaron 

eutre don Quijote y Sancho Panza su escudero . . 75 
Cap. XI. — De lo que le sucediö a Don Quijote con unos 

cabreros 81 

Cap. XII. — De lo que conto un cabrero a los que estaban 

con don Quijote 88 

Cap. XIII. — Donde se da fin al cuento de la pastora 

Marcela, con otros sucesos 94 

Cap. XIV. — Donde se ponen los versos desesperados del 

difunto pastor, con otros no esperados sucesos . . 104 
Cap. XV. — Donde se cuenta la desgraciada aventura que se 

top6 don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses 113 

Bomanische Bibl. Nr. 24. Don Quijote. 18 



— 274 — 

Seite 

Cap. XYI. — De lo que le sucediö al ingenioso hidalgo 
eu la veuta que el imaginaba ser castillo . . . 121 

Cap. XVn. — Donde se prosiguen los innumerables tra- 
bajos que el bravo dou Quijote y su buen escudero 
Sancho Pauza pasaron eu la venta, que, por su mal, 
penso que era castillo 128 

Cap. XVIII. — Donde se cuentan las razoues que paso 
Sancho Panza cou su senor don Quijote, cou otras aven- 
turas dignas de ser contadas 137 

Cap. XIX. — De las discretas razones que Sancho pasaba 
con su amo, y de la aventura que le sucediö con un 
cuerpo muerto, con otros aconteciuiientos famosos . . 147 

Cap. XX. — De la jamäs vista ui oida aventura que con 
mäs poco peligro tue acabada de fauioso caballero en 
el mundo, como la que acabo el valeroso dou Quijote 
de la Mancha 155 

Cap. XXI. — Que trata de la alta aventura y rica ganancia 
del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a 
nuestro invencible caballero 169 

Cap. XXII. — De la libertad que dio don Quijote a 
muchos desdichados que mal de su grado los llevaban 
donde no quisieran ir 181 

Cap. XXIII. — De lo que le aconteciö al famoso don Qui- 
jote en Sierra Morena, que fue uua de las mas raras 
aventuras que en esta verdadera historia se cuentan . 192 

Cap. XXIV. — Donde se prosigue la aventura de la Sierra 
Morena 204 

Cap. XXV. — Que trata de las extranas cosas que en Sierra 
Morena sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y 
de la imitacion que hizo a la penitencia de Beltenebros 218 

Cap. XXVI. — Donde se prosiguen las finezas que de 
enamorado hizo don Quijote en Sierra Morena . . 230 

Cap. XXVII. — De como salieron con su intencion el 
cura y el barbero, con otras cosas dignas de que se 
cuenten en esta graude historia 239 



BAND IL 

Cap. XXVIII. — Que trata de la nueva y agradable aven- 
tura que al cura y barbero sucediö eu la mesma Sierra 3 

Cap. XXIX. — Que trata del gracioso artificio y orden 
que se tuvo en sacar a nuestro enamorado caballero de 
la aspevisima penitencia en que se habia puesto . . 19 

Cap. XXX. — Que trata de la discreciön de la hermosa 
Dorotea, con otras cosas de mucho gusto y pasatiempo 31 

Cap. XXXI. — De los sabrcsos razonamientos que pasaron 
entre don Quijote y Suucho Pauza su escudero, con 
otros sucesos 42 



— 275 — 

Seite 

Cap. XXXII. — Que trata de lo que sucediö en la venta 

a toda la euadiilla de dou Quijote 51 

Cap. XXXIII. — Doude se cueuta la novela del Curioso 

impertinente 58 

Cap. XXXIV. — Donde se prosigue la novela del Curioso 

impertinente 79 

Cap. XXXV. — Que trata de la brava y descomuual ba- 

talla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino 

tinto, y se da fin a la novela del Curioso impertinente . 99 
Cap. XXXVI. — Que trata de otros raros sucesos que en 

la venta sucedieron 108 

Cap. XXXVII. — Donde se prosigue la historia de la fa- 

mosa infanta Micomicona, con otras graciosas aventuras 118 
Cap. XXXVIII. — Que trata del curioso discurso que hizo 

don Quijote de las armas y las letras .... 129 
Cap. XXXIX. — Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos 134 
Cap. XL. — Donde se prosigue la historia del cautivo . 142 
Cap. XLI. — Donde todavia prosigue el cautivo su suceso 155 
Cap. XLII. — Que trata de lo que mäs sucediö en la 

venta, y de otras mucbas cosas dignas de saberse . . 176 
Cap. XLIII. — Donde se cuenta la agradable bistoria del 

mozo de mulas, con otros extranos acaecimientos en la 

venta sucedidos 184 

Cap. XLrV. — Donde se prosiguen los inauditos sucesos 

de la venta 194 

Cap. XLV. — Donde se acaba de averiguar la duda del 

yehno de Mambriuo y de la albarda, y otras aventuras 

sucedidas con toda verdad 203 

Cap. XLVI. — De la notable aventura de los cuadri- 

Ueros, y la gran ferocidad de nuestro bueu caballero 

don Quijote 212 

Cap. XLVII. — Del extraüo modo con que fue eucantado 

don Quijote de la Mancba, con otros famosos sucesos 220 
Cap. XLVIII. — Donde prosigue el canouigo la materia 

de los libros de caballerias, con otras cosas dignas de 

su ingeuio 231 

Cap. XLIX. — Donde se trata del discreto coloquio qne 

Sancho Panza tuvo con su senor don Quijote . . 289 

Cap. L. — De las discretas altercaciones que don Quijote 

y el canonigo tuvieron, con otros sucesos . . . 247 
Cap. LI. — Que trata de lo que conto el cabrero a todos 

los que Uevaban a don Quijote 254 

Cap. LII. — De la pendeiicia que don Quijote tuvo con 

el cabrero, con la rara aventura de los diciplinautes , a 

quien diö felice fin a costa de su sudor .... 260 



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