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Full text of "Von Mises, Ludwig. La Accion Humana. Tratado De Economia [EPL FS] [1949] [2014]"

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Tratado de Eco 





En la presente obra, se expone, con admirable lógica 
y claridad, los principios y fundamentos esenciales de 
la ciencia económica, encuadrada en una teoría 
general de la acción humana o praxeología. Sobre esta 
base, y siguiendo una metodología apriorístico- 
deductiva en la línea de la concepción subjetivista típica 
de la Escuela Austriaca, se analizan también las 
principales cuestiones de la Economía y de la Política 
Económica de nuestro tiempo. El cálculo económico y 
monetario, el funcionamiento del mercado y la 
formación de los precios, el dinero, el interés y el 
crédito, los ciclos económicos, la crucial función del 
empresario y de los factores de producción, 
especialmente el capital y el trabajo, el papel del 
gobierno en la economía, el intervencionismo, la 
manipulación del dinero y el crédito, la fiscalidad, la 
imposibilidad del cálculo económico en el socialismo, el 
sindicalismo, el corporativismo, la economía de guerra, 
así como el lugar que la Economía ocupa en el sistema 
de las ciencias y en la sociedad, etc., son los 
principales temas que conforman esta obra magistral, 
formidable construcción teórica realizada —en palabras 
del principal discípulo de Mises, el Premio Nobel 
Friedrich A. Hayek— por «uno de los grandes 
pensadores de nuestro tiempo». 


epublibre 


Ludwig von Mises 


LA ACCIÓN HUMANA 
TRATADO DE ECONOMÍA 


ePub r1.0 
loto €. Leviatán 24.04.14 


EDICIÓN DIGITAL 


Título original: Human Action: A Treatise on Economics 
Ludwig von Mises, 1949 
Traducción: Joaquín Reig Albiol 
Retoque de cubierta: loto 

Editor digital: loto % Leviatán 
ePub base r1.1 

Edición digital: epublibre, 2014 
Conversión a pdf: ES, 2019 







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PREFACIO A LA TERCERA EDICIÓN 


Me produce gran satisfacción la aparición, elegantemente 
presentada por un distinguido editor, de la tercera edición 
revisada del presente libro. 


Quisiera hacer dos advertencias de orden terminológico. 


En primer término, debo señalar que empleo siempre el 
vocablo «liberal» en el sentido que se le atribuye a lo largo del 
siglo XIX y que aún le reconoce la Europa continental. Es 
necesario proceder así porque no disponemos de otra 
expresión para definir aquel gran movimiento político y 
económico que desterró los métodos precapitalistas de 
producción e implantó la economía de mercado y de libre 
empresa; que barrió el absolutismo real y oligárquico 
instaurando el gobierno representativo; que liberó a las 
masas, suprimiendo la esclavitud, las servidumbres personales 
y demás sistemas opresivos. 


En segundo lugar, considero necesario destacar que el 
término «psicología» se aplica, desde hace algunas décadas, 
con un sentido cada vez más restrictivo, a la psicología 
experimental, es decir, a aquella «psicología» que no sabe 
recurrir en sus análisis sino a los métodos típicos de las 
ciencias naturales. Estudiosos que antes se consideraban 
psicólogos son hoy en día tildados de meros «psicólogos 
literarios» y se les niega la condición de científicos. En 
economía, sin embargo, cuando se habla de psicología se 


alude precisamente a esta tan denigrada psicología literaria; 
por ello tal vez sería conveniente recurrir a un nuevo vocablo 
para designar tal disciplina. A este respecto, en mi libro 
Theory and History (New Haven 1957, pp. 264 a 274) sugerí el 
término «timología», que he empleado también en mi 
reciente ensayo The Ultimate Foundation of Economic Science 
(Princeton 1952). No considero, sin embargo, oportuno dar 
carácter retroactivo a tal uso ni variar la terminología 
empleada en anteriores publicaciones, razón por la cual, en 
esta nueva edición, sigo empleando la palabra psicología como 
en la primera. 


Dos traducciones de la primitiva Human Action han 
aparecido: una italiana, de Tullio Bagiotti, profesor de la 
milanesa Universita Bocconi, bajo el título L'Azione Umana, 
Trattato di Economia, publicada en 1959 por la Unione 
Tipografico-Editrice Torinese, y otra española, de Joaquín 
Reig Albiol, titulada La Acción Humana, Tratado de 
Economía, editada en dos volúmenes en 1960 por la 
Fundación Ignacio Villalonga, de Valencia (España)'”. 


Tengo que agradecer a numerosos y entrañables amigos su 
ayuda y consejos. 

Quiero, en primer lugar, recordar a dos ya fallecidos 
intelectuales, Paul Mantoux y William E. Rappard, quienes 
me brindaron la oportunidad de profesar en el famoso 
Institut Universitaire des Hautes Études, de Ginebra (Suiza) y 
me permitieron así iniciar el presente trabajo, proyecto largo 
tiempo acariciado y que no había tenido ocasión de abordar. 


Deseo igualmente expresar mi reconocimiento, por sus 
valiosas e interesantes sugerencias, a Mr. Arthur Goddard, 
Mr. Percy Greaves, Dr. Henry Hazlitt, Prof. Israel M. Kirzner, 
Mr. Leonard E. Read, Dr. Joaquín Reig Albiol y Dr. George 


Reisman. 


No obstante, la mayor deuda de gratitud la tengo contraída 
con mi propia esposa por su constante aliento y ayuda. 


LUDWIG VON MISES 
Nueva York, marzo de 1966 


ESTUDIO PRELIMINAR 


por Jesús HUERTA DE SOTO 


I. INTRODUCCIÓN 


La publicación de la décima edición en español de la obra 
cumbre de Ludwig von Mises, su Tratado de Economía 
titulado La acción humana, es sin duda una buena 
oportunidad para llevar a cabo una serie de consideraciones 
que sitúen a la obra en su contexto adecuado, expliquen su 
importancia científica y pongan en evidencia sus grandes 
ventajas comparativas en el mundo universitario, académico e 
intelectual. Por otro lado, esta nueva reedición de la obra de 
Mises en los actuales momentos, ya en la segunda década del 
siglo xxI, adquiere un significado muy profundo, no sólo por 
la plena confirmación en todos los órdenes del análisis 
económico de Mises que han supuesto el histórico 
desmoronamiento del socialismo real en los países del Este de 
Europa y la gran recesión económica que ha afectado al 
mundo a partir de 2008, sino además por la grave crisis del 
paradigma neoclásico-walrasiano que aunque hasta ahora ha 


dominado en la Ciencia Económica, hoy se encuentra en un 
oscuro callejón sin salida!" Además, y desde el punto de vista 
estrictamente docente, se cumplen ya veintisiete años desde 
que La acción humana comenzara a ser recomendada por 
nosotros como libro de texto fundamental en un Curso de 
Economía Política, primero en la Universidad Complutense y 
después en la Universidad Rey Juan Carlos, ambas de Madrid, 
habiendo sido utilizada como instrumento de estudio y 
trabajo durante los pasados veintisiete cursos académicos por 
más de cinco mil alumnos, que han sabido generar en el 
mundo universitario español un rico acervo de experiencias 
docentes e intelectuales que es preciso sacar a la luz. 


A continuación comentaremos, por tanto, las principales 
aportaciones y ventajas comparativas que esta obra de Mises 
tiene respecto de la mayoría de los manuales y libros de texto 
de Economía que podrían utilizarse con carácter alternativo. 
Seguidamente, y tras una breve biografía intelectual del autor, 
explicaremos la evolución de las sucesivas ediciones de La 
acción humana en todo el mundo, así como el impulso que la 
misma está teniendo en el desarrollo de la Ciencia 
Económica. Terminaremos nuestro estudio con una serie de 
recomendaciones prácticas de tipo docente, tanto para los 
alumnos como para los profesores, relativas a la utilización de 
este libro como instrumento clave de trabajo universitario. 


II. PRINCIPALES VENTAJAS COMPARATIVAS 
DE LA ACCIÓN HUMANA 


Las típicas insuficiencias de los actuales libros de texto de 
Economía 


La mayoría de los libros de texto introductorios o manuales 
de Economía Política que con carácter creciente hoy inundan 
el mercado poseen importantes defectos que hasta ahora en 
su mayor parte no han sido plenamente apreciados, pero que 
están teniendo consecuencias muy negativas en la formación 
de los futuros economistas. En primer lugar, casi todos los 
manuales modernos adolecen de la obsesión por la novedad. 
Se supone que el mejor libro de texto es el más actual, es 
decir, el que recoja las últimas modas que hayan surgido en el 
mundo académico y refleje las novedades que se hayan 
generalizado en forma de publicaciones en las revistas 
especializadas de Economía consideradas más prestigiosas. 
Esta forma de actuar no es sino una penosa manifestación del 
viejo mito del «mejorismo científico», según el cual todo lo 
reciente engloba y mejora los desarrollos teóricos anteriores. 
Esta concepción, que en todo caso podría tener algún 
fundamento en el ámbito de las ciencias naturales y de su 
aplicación práctica en forma de disciplinas técnicas 
relacionadas con la ingeniería, carece sin embargo de 
justificación en el campo de las ciencias sociales en general y 
de la Economía Política en particular. En efecto, nuestra 
Ciencia se fundamenta en principios y características 
esenciales de la naturaleza del ser humano, que no se pueden 
moldear al antojo de modas e impulsos científicos o técnicos 
y que, por tanto, gozan de gran permanencia y en ocasiones 
incluso de una plena inmutabilidad. Por eso la construcción 
del edificio teórico que hayan de manejar los futuros 
economistas exige fundamentar nuestra disciplina en unos 
sólidos cimientos, evitando, sobre todo al inicio de su 


10 


formación, cualquier distracción en aspectos que, aunque 
estén de moda o parezcan atractivos por su novedad, sean sin 
embargo relativamente más pasajeros o accidentales y oculten 
o tiendan a confundir los principios esenciales sobre los que 
se basa y construye la Ciencia Económica”. 


Esta obsesión por la novedad explica, en segundo lugar, que 
muchos autores de libros de texto crean que cumplen 
plenamente con su obligación elaborando un simple 
compendio, más o menos heterogéneo y afortunado, de las 
doctrinas que en cada momento se han puesto de moda, sin 
que se esfuercen por efectuar una profunda reflexión sobre 
sus fundamentos, ni se preocupen por exponer y aclarar con 
detalle la coherencia de los mismos a sus futuros alumnos y 
lectores. Normalmente estas carencias de reflexión y 
coherencia se tratan de ocultar con el formalismo de las 
matemáticas (que siempre a primera vista da la impresión al 
lego de un «elevado» nivel científico), así como con el uso de 
un prolijo instrumental gráfico y estadístico. Esta forma de 
componer manuales es, a pesar de todas las apariencias, 
mucho más fácil y menos comprometida que la elaboración 
de un verdadero volumen de principios coherentes de 
Economía que obligue a los alumnos (y a los profesores) a 
reflexionar y, sobre todo, a replantearse a cada paso 
críticamente los fundamentos del instrumental analítico que 
utilizan. Muy pocos son los que dedican un estudio riguroso a 
los fundamentos de la Economía, y aquéllos que al menos los 
mencionan pasan rápidamente sobre los mismos so pretexto 
de que no conviene «confundir» al alumnado con el estudio 
de las «arduas» cuestiones relacionadas con los principios, 
fundamentos y método de nuestra Ciencia. 


Las anteriores consideraciones explican también que, en 


11 


muchas ocasiones y en tercer lugar, los tratadistas caigan en la 
ligereza de simplificar indebidamente sus presentaciones y 
contenidos, con la finalidad de hacerlos «atractivos» y 
comprensibles para el alumnado. Este objetivo explica 
asimismo la obsesión de muchos manuales por recoger 
ejemplos de rabiosa actualidad, incorporando gráficos y 
cuadros numéricos y estadísticos con una presentación muy 
«colorista». La continua disminución en el nivel de formación 
intelectual de los alumnos que acceden a la universidad, junto 
con el triunfo de la «cultura light» que nos inunda (sobre todo 
de origen norteamericano), está motivando que muchos 
libros introductorios de economía más parezcan manuales 
destinados a divulgar la terminología y a facilitar la actividad 
del «periodismo económico» que verdaderas obras científicas 
de Economía dedicadas a exponer los principios y 
fundamentos básicos de nuestra disciplina, y sobre todo a 
enseñar a pensar en términos de lógica económica a los 
alumnos que por primera vez se ponen en contacto con 
nuestra Ciencia. Que uno de los manuales introductorios de 
economía más actuales y prestigiosos afirme categóricamente 
que «el precio mide la escasez»”, o que otro, por ejemplo, 
indique que aplicando la regla de igualar precios a costes 
marginales pueda hacerse que una economía socialista logre 
el «óptimo» que jamás se alcanza en una economía 
capitalistal*, son tan sólo dos botones de muestra que ponen 
de manifiesto hasta qué punto la falta de rigor y el deseo 
obsesivo por simplificar están dañando la formación de 
nuestros alumnos y creando en los mismos un handicap 
intelectual que tardará años en solventarse, si es que no llega a 
ser del todo irreversible. 


Sería equivocado pensar que los anteriores defectos se 


12 


deben únicamente a una moda pasajera o al simple capricho o 
falta de criterio de los autores de los correspondientes 
manuales. Todo lo contrario, y esto es lo verdaderamente 
preocupante, en gran medida estos errores son un resultado 
natural de la extensión, con carácter dominante en nuestra 
Ciencia, de una estrecha concepción cientista y positivista de 
la Economía. En efecto, y en cuarto lugar, la imagen que se da 
de nuestra Ciencia en los manuales suele ser, 
mayoritariamente, la de una disciplina que se quiere 
desarrollar y exponer a imagen y semejanza de las ciencias 
naturales y del mundo de la ingeniería. En sus desarrollos se 
parte de suponer que está disponible o «dada», bien en 
términos ciertos o probabilísticos, la información necesaria 
respecto a los fines y los medios de los seres humanos y que 
este conocimiento o información es constante y no varía, 
reduciéndose los problemas económicos a un mero problema 
técnico de optimización o maximización. Y ello con el 
objetivo implícito de elaborar toda una disciplina de 
«ingeniería social», que pretende reducir el contenido de 
nuestra Ciencia a un conjunto de recetas prácticas de 
intervención, que profusamente acompañadas de funciones o 
curvas (de oferta y de demanda, de costes, de indiferencia- 
preferencia, de posibilidades de producción, etc., etc.) 
producen sin crítica alguna en el alumno la falsa seguridad de 
que existe una técnica de intervención capaz de orientar los 
pasos del «analista» ante cualquier problema económico. El 
daño que se hace en la formación de los estudiantes con este 
enfoque es muy grande. Pasan a través de los primeros cursos 
introductorios de Economía sin aprender los principios y 
fundamentos esenciales, adquiriendo la errónea impresión de 
que existe una respuesta segura para cada problema que 


13 


puedan encontrarse, simplemente efectuando de forma 
correcta el «diagnóstico» y aplicando automáticamente la 
correspondiente «receta». Los afanes de los estudiantes se 
reducen a formular el problema y a encontrar mecánicamente 
la solución a las ecuaciones que supuestamente recogen de 
manera constante e inmutable la información relativa, por 
ejemplo, a la demanda, la oferta y las «elasticidades»'” de los 
correspondientes productos, lo cual hace que los diferentes 
centros de enseñanza de Economía mayoritariamente 
enfocados con este criterio se parezcan más a mediocres 
academias dedicadas a la preparación de «ingenieros» 
(sociales) que a lo que debieran ser, instituciones 
verdaderamente universitarias centradas en la investigación y 
estudio de los principios y fundamentos de la Ciencia 
Económica!” 

Las anteriores consideraciones también aclaran el porqué, 
en quinto lugar, los manuales modernos sólo suelen gozar, y 
en el mejor de los casos, de una vida muy efímera. En efecto, 
la obsesión por las novedades y el exceso de simplificación 
hacen que en las sucesivas ediciones, que rápidamente se 
agotan consumidas con avidez por promociones enteras de 
jóvenes economistas a los que sus profesores siempre 
«recomiendan» adquirir las ediciones más recientes, se 
abandonen teorías y exposiciones que en ediciones anteriores 
habían sido contenidos supuestamente muy importantes del 
libro, sin justificación ni explicación alguna por parte del 
autor. Así, por ejemplo, en uno de los libros de texto más 
populares ha desaparecido (en nuestra opinión 
afortunadamente) el tratamiento que venía dándose en las 
trece primeras ediciones a la denominada «paradoja del 
ahorro o frugalidad», eliminándose silenciosamente el 


14 


correspondiente apartado en la edición decimocuarta sin que 
el autor diera ninguna explicación al respecto, con lo que nos 
quedamos sin saber si se enseñó algo erróneo a las 
generaciones anteriores de estudiantes o si, por el contrario, 
fueron los lectores de la decimocuarta edición los que 
experimentaron una carencia injustificada en su formación'”. 


El espejismo de lo novedoso y, por tanto, el vicio de la 
superficialidad no sólo van en detrimento del rigor y 
coherencia de los manuales y de la formación de los alumnos, 
sino que también suelen provocar, en sexto lugar, la 
presentación de una visión parcial de la Ciencia Económica, 
caracterizada por que los distintos enfoques y tratamientos, 
quizá con un mal entendido objetivo de no «confundir» al 
alumno, se presentan sin exponer todas las posiciones 
teóricas alternativas ni efectuar un adecuado y completo 
análisis crítico de las mismas. Se ocultan, aplicándoles de esta 
manera la «ley del silencio», posiciones y desarrollos teóricos 
rigurosos pero que llegan a conclusiones distintas de las 
expuestas, dándose la falsa impresión a las jóvenes 
generaciones de alumnos de que existe un mayor consenso 
entre los tratadistas del que se da en la realidad, si es que no se 
aplica implícitamente el burdo criterio «democrático» según 
el cual una supuesta «mayoría» de seguidores legitima 
condenar al olvido las posturas consideradas como 
minoritarias. Las referencias a otras corrientes y doctrinas 
quedan relegadas, en el mejor de los casos, a breves 
comentarios sobre historia del pensamiento económico, 
muchas veces recogidos en recuadros al margen del texto 
principal, y que siempre producen la impresión de que lo que 
era correcto de las mismas ya se ha incorporado en lo que se 
explica, habiendo quedado el resto «superado» por 


15 


desarrollos teóricos posteriores, por lo que no merece la pena 
perder el tiempo con aquéllas, pues han pasado de moda o se 
cree que carecen de relevancia. ¿Cuántos libros de texto de 
economía mencionan que existen análisis rigurosos dedicados 
a demostrar que, por ejemplo, la ley de la igualdad de las 
utilidades marginales ponderadas por el precio carece de 
sentido teórico? ¿Cuántos exponen siquiera sea alguna duda 
sobre el uso indiscriminado del análisis funcional en nuestra 
Ciencia, o sobre instrumentos tan generalizados como, por 
ejemplo, el de las curvas de indiferencia-preferencia?'* 
¿Cuántos someten a crítica los postulados axiomáticos de la 
llamada teoría de la preferencia revelada por basarse, más que 
en criterios indiscutibles de «coherencia» y «racionalidad», en 
un supuesto de constancia de las valoraciones subjetivas que 
jamás se da en la vida real?” ¿Cuántos, en suma, explican que 
existen importantes corrientes dentro de nuestra disciplina 
que la desarrollan de forma apriorística y deductiva, sin 


recurrir a los viejos postulados del positivismo metodológico? 
[10] 


La importancia de los tratados sobre fundamentos o 
principios de la Ciencia Económica 


La única manera de evitar las insuficiencias que hemos 
resumido en el apartado anterior consiste en retomar la 
tradición de escribir para nuestros alumnos verdaderos 
tratados sobre principios o fundamentos de la Ciencia 
Económica. Se trata de elaborar en vez de simples manuales o 
libros de texto que resuman las últimas modas y novedades 
científicas, verdaderos tratados que, como fruto de una larga 
reflexión científica y experiencia académica, integren de una 
forma coherente los principios esenciales que constituyen los 
cimientos y fundamentos de la Economía. De esta manera se 


16 


logra poner a disposición de los estudiantes un instrumental 
analítico de incalculable valor sobre el que podrán seguir 
construyendo todo el edificio teórico de la Economía, y que 
ha de servirles de guía segura a lo largo de su futura vida 
profesional. La estabilidad y vocación de permanencia de los 
tratados sobre principios de Economía ha de ser mucho 
mayor que la de los manuales y libros de texto que hoy se 
publican, debiendo ser escritos, por tanto, con un criterio 
mucho más atemporal y abstracto (es decir, evitando la 
utilización de ejemplos de rabiosa actualidad o cuasi- 
periodísticos) y dando una visión integral de la Ciencia 
Económica, en la que todas sus áreas se encuentren 
convenientemente relacionadas entre sí. En cualquier caso, el 
objetivo de todo tratado de principios o fundamentos ha de 
consistir en enseñar a los alumnos a pensar en términos de los 
elementos esenciales de la disciplina. Además, como la 
elaboración y justificación teórica de los principios esenciales 
ha de hacerse con todo cuidado, detalle y rigor analíticos, es 
preciso referirse a los diferentes enfoques y puntos de vista 
alternativos evitando, en todo caso, una perniciosa 
parcialidad, debiéndose justificar adecuadamente cara a las 
distintas alternativas analizadas la posición teórica asumida. 
Por eso, en los verdaderos tratados de principios de 
Economía, lejos de ocultarse las diferentes opciones, las 
mismas son abiertamente explicadas al lector y diseccionadas 
analíticamente con todo el detalle que exijan antes de llegar a 
lo que se considere que es la conclusión teórica más adecuada. 

Como es lógico, este enfoque que es propio de los tratados 
sobre principios o fundamentos de la Economía no está, en 
forma alguna, reñido con el análisis teórico de problemas más 
concretos que se estime que puedan llegar a tener una 


17 


importante relevancia práctica. Por el contrario, una buena 
fundamentación teórica y abstracta es la condición sine qua 
non no sólo para poder entender e interpretar adecuadamente 
lo que sucede en la realidad histórica de cada momento, sino, 
sobre todo, para orientar de forma correcta el análisis y las 
recomendaciones prácticas que se consideren más 


convenientes en cada caso!''!. 


En esta perspectiva, La acción humana de Ludwig von 
Mises constituye el tratado sobre los principios y 
fundamentos esenciales de la Ciencia Económica más 
importante que se ha escrito en muchas décadas. Sus rasgos 
más característicos son su profundo rigor analítico, así como 
la constante coherencia y plena concatenación lógica que 
rezuman cada uno de los treinta y nueve capítulos de la obra 
en los que prácticamente se tratan la totalidad de los 
problemas económicos. Mises, en suma, construye 
sistemáticamente en esta obra el edificio de la teoría 
económica, que queda integrado en un todo coherente y 
unitario''”, El Tratado, que además está escrito en un estilo 
muy claro y fluido, no sólo analiza y se pronuncia en relación 
con las más variadas corrientes que han surgido a lo largo de 
la historia del pensamiento económico, sino que también, y 
como sucede con las contadas obras que, como ésta, 
rápidamente se convierten en un punto de referencia clásico 
para cualquier economista, manifiesta en cada párrafo una 
gran sabiduría y originalidad, constituyendo un verdadero 
tesoro intelectual de ideas y sugerencias, cada una de los 
cuales, estudiadas y analizadas con mayor profundidad, se 
convierte fácilmente en todo un tema de investigación para 
una tesis doctoral o incluso para otro tratado o un nuevo 
libro!'*”, 


18 


III. EL AUTOR Y SU OBRA: PRINCIPALES 
APORTACIONES DE MISES A LA CIENCIA 
ECONÓMICA 


Aunque, como es lógico, no procede efectuar en este 
«Estudio Preliminar» un resumen, siquiera sea breve y 
sucinto, del contenido de la obra que el lector tiene entre sus 
manos y que dentro de poco va a comenzar a estudiar, sí es 
preciso situarla adecuadamente en su contexto intelectual, 
explicando, sobre todo, cuál ha sido la evolución del 
pensamiento del autor que ha terminado plasmándose en este 
Tratado. 


Las aportaciones de Mises al campo de la Ciencia 
Económica se extienden a lo largo de los dos primeros tercios 
del siglo xx. En concreto, y según confesión propia, Mises se 
convirtió en economista tras leer en las navidades de 1903 los 
Principios de economía de Carl Menger'*. Es, por tanto, a 
partir de esa fecha cuando se inicia una extensísima y 
fructífera vida académica dedicada a la investigación y a la 
enseñanza de la Economía y que no habría de detenerse hasta 
1969 cuando Mises se jubila como profesor de Economía de la 
Universidad de Nueva York. 


El libro de Menger, que tanta influencia habría de tener en 
Mises, supuso un hito en la historia del pensamiento 
económico. Por primera vez se intentaba construir toda la 
Ciencia Económica partiendo del ser humano, considerado 
como actor creativo y protagonista de todos los procesos 
sociales. Menger creyó imprescindible abandonar el estéril 
«objetivismo» de la escuela clásica anglosajona y, siguiendo 
una tradición del pensamiento continental muy anterior que 
podría remontarse incluso hasta los escolásticos españoles de 


19 


Usi consideraba que el científico de la 


los siglos XVI y XVI 
economía debía situarse siempre en la perspectiva subjetiva 
del ser humano que actúa, de manera que dicha perspectiva 
habría de influir determinante e inevitablemente en la forma 
de elaborar todas las teorías económicas, en su contenido 
científico y en sus conclusiones y resultados prácticos. Se 
entiende, pues, cómo Menger considera imprescindible 
abandonar el estéril objetivismo de la escuela clásica 
anglosajona, siempre obsesionada por la supuesta existencia 
de entes externos de tipo objetivo (clases sociales, agregados, 
factores materiales de producción, etc.). Consecuencia natural 
de la concepción «subjetivista»"' que se retoma gracias a 
Menger es no sólo el desarrollo de la teoría subjetiva del valor 
y de su corolario la ley de la utilidad marginal, sino también la 
idea del coste como valoración subjetiva de las alternativas a 
las que se renuncia al actuar (coste de oportunidad). 

La aportación seminal de Menger es continuada por su 
alumno más notable, Eugen von Bóhm-Bawerk (1851-1914) 
17 que fue catedrático de Economía primero en Innsbruck y 
luego en Viena, ocupando la cartera de Hacienda del 
gobierno del Imperio Austro-Húngaro en tres ocasiones. 
Bóhm-Bawerk no sólo contribuyó a la divulgación de la 
concepción subjetivista que debemos originariamente a 
Menger, sino que, además, expandió notablemente su 
aplicación en especial en el ámbito de la teoría del capital y 
del interés. Bóhm-Bawerk criticó todas las teorías 
preexistentes hasta la aparición de su trabajo sobre el 
surgimiento del interés (siendo especialmente acertado su 
análisis crítico de la teoría marxista de la explotación y de las 
teorías que consideran que el interés tiene su origen en la 
productividad marginal del capital) impulsando además la 


20 


teoría sobre el surgimiento del interés basada en la realidad 
subjetiva de la preferencia temporal. El más brillante discípulo 
de Bóhm-Bawerk fue, sin duda, Ludwig von Mises, que muy 
pronto se hizo notar como el más sobresaliente entre los 
participantes en el seminario que Bóhm-Bawerk dirigió hasta 
antes de la Primera Guerra Mundial en la Universidad de 
Viena. Ya en este seminario, del que también formaron parte 
teóricos de la talla de J. A. Schumpeter, Mises propuso 
extender la aplicación de la tradicional concepción 
subjetivista de la economía que había retomado Menger al 
ámbito del dinero y del crédito, publicando en 1912, bajo el 
título de La teoría del dinero y del crédito, la primera edición 
de su primer libro de economía importante!" 


Ludwig von Mises y la teoría del dinero, del crédito y de los 
ciclos económicos 


Esta primera aportación seminal de Mises en el ámbito 
monetario supuso un gran paso adelante e hizo avanzar el 
subjetivismo de la Escuela Austriaca aplicándolo al campo del 
dinero y fundamentando su valor sobre la base de la teoría de 
la utilidad marginal. Además, Mises solucionó, por primera 
vez, el problema, aparentemente insoluble, de razonamiento 
circular que hasta entonces se pensó que existía en relación 
con la aplicación de la teoría de la utilidad marginal al dinero. 
En efecto, el precio o poder adquisitivo del dinero viene 
determinado por su oferta y demanda; la demanda de dinero, 
a su vez, la efectúan los seres humanos, no basándose en la 
utilidad directa que el dinero proporciona, sino en función, 
precisamente, de su poder adquisitivo. Pues bien, Mises 
resolvió este aparente razonamiento circular mediante su 
teorema regresivo del dinero, que con detalle analiza y explica 
en el epígrafe 4 del capítulo xvi del presente libro (pp. 


21 


491-500). De acuerdo con este teorema, la demanda de dinero 
viene determinada no por el poder adquisitivo de hoy (lo cual 
ineludiblemente daría lugar al mencionado razonamiento 
circular), sino por el conocimiento que se forma el actor 
basándose en su experiencia sobre el poder adquisitivo que el 
dinero tuvo ayer. A su vez, el poder adquisitivo de ayer vino 
determinado por una demanda de dinero que se formó sobre 
la base del conocimiento que se tenía respecto a su poder 
adquisitivo de anteayer. Y así sucesivamente hacia atrás en el 
tiempo, hasta llegar a aquel momento de la historia en el que, 
por primera vez, una determinada mercancía (oro o plata) 
comenzó a tener demanda como medio de intercambio. 


La teoría del dinero y del crédito pronto se convirtió en la 
obra estándar en el campo monetario"” e incluyó también, si 
bien de manera incipiente, el desarrollo de una notabilísima 
teoría de los ciclos económicos —su segunda gran aportación 
a la teoría económica— que con el tiempo vendría a ser 
conocida con la denominación de «teoría austriaca del ciclo 
económico». En efecto, Mises, aplicando las teorías 
monetarias de la Currency School a las teorías subjetivistas del 
capital e interés de Bóhm-Bawerk, se dio cuenta de que la 
creación expansiva de créditos sin respaldo de ahorro efectivo 
(medios fiduciarios) a que da lugar el sistema bancario basado 
en un coeficiente de reserva fraccionaria dirigido por un 
banco central, no sólo genera un crecimiento cíclico y 
descontrolado de la oferta monetaria, sino que también, al 
plasmarse en la creación ex nihilo de créditos a tipos de 
interés artificialmente reducidos, inevitablemente provoca un 
«alargamiento» ficticio e insostenible de los procesos 
productivos, que tienden así a hacerse de forma indebida 
excesivamente intensivos en capital. La amplificación de todo 


22 


proceso inflacionario mediante la expansión crediticia, tarde 
o temprano de manera espontánea e inexorable, habrá de 
revertirse, dando lugar primero a una crisis financiera y 
después a una recesión económica en la que los errores 
inducidos en la inversión se pondrán de manifiesto y surgirán 
el paro masivo y la necesidad de liquidar y reasignar todos los 
recursos erróneamente invertidos. El desarrollo por Mises de 
la teoría del ciclo, que se encuentra estudiada con detalle en 
los capítulos xx y XXXI del presente libro, hizo que, por 
primera vez, se integraran plenamente los aspectos «micro» y 
«macro» de la teoría económica?” y que se dispusiera de un 
instrumental analítico capaz de explicar los fenómenos 
recurrentes de auge y depresión que afectan a los mercados 
intervenidos. No es de extrañar, por tanto, que Mises fuera el 
principal impulsor de la creación del Instituto Austriaco de 
Coyuntura Económica, al frente del cual colocó como 
Director en un primer momento a F. A. Hayek (Premio 
Nobel de Economía en 1974), y que este Instituto fuera el 
único capaz de predecir el advenimiento de la Gran 
Depresión de 1929, como inexorable resultado de los 
desmanes monetarios y crediticios de los «felices» años veinte 
del siglo pasado que siguieron a la Primera Guerra 
Mundial'”'!, Además, es preciso resaltar cómo Mises y sus 
discípulos depuraron su teoría de los ciclos en paralelo con su 
análisis sobre la imposibilidad del socialismo que 
comentamos a continuación, y de hecho la teoría austriaca de 
las crisis no es sino una aplicación particular de los efectos 
descoordinadores que la coacción sistemática de los 
gobiernos en los campos fiscal, crediticio y monetario tiene 
(intra e  intertemporalmente) sobre la estructura 
productiva!” 


23 


El análisis misiano sobre la imposibilidad del socialismo 


La tercera gran aportación de Mises consiste en su teoría 
sobre la imposibilidad del socialismo. Para Mises, tal 
imposibilidad, desde la óptica del subjetivismo austríaco, es 
algo evidente!””. En efecto, si la fuente de todas las voliciones, 
valoraciones y conocimientos se encuentra en la capacidad 
creativa del ser humano actor, todo sistema que se base en el 
ejercicio de la coacción violenta contra el libre actuar 
humano, como es el caso del socialismo y, en menor medida, 
del intervencionismo, impedirá el surgimiento en la mente de 
los actores individuales de la información que es necesaria 
para coordinar la sociedad. Mises se dio cuenta de que el 
cálculo económico, entendido como todo juicio estimativo 
sobre el valor del resultado de los distintos cursos alternativos 
de acción que se abren al actor, exige disponer de una 
información de primera mano y deviene imposible en un 
sistema que, como el socialista, se basa en la coacción e 
impide, en mayor o menor medida, el intercambio voluntario 
(en el que se plasman, descubren y crean las valoraciones 
individuales) y la libre utilización del dinero entendido como 
medio de intercambio voluntario comúnmente aceptado”*, 
Por tanto, concluye Mises, allí donde no exista libertad de 
mercado, precios monetarios de mercado libre y dinero, no es 
posible que se efectúe cálculo económico «racional» alguno, 
entendiendo por «racional» el cálculo efectuado disponiendo 
de la información necesaria (no arbitraria) para llevarlo a 
cabo. Las primeras ideas esenciales de Mises sobre el 
socialismo fueron sistematizadas e incluidas en su gran 
tratado crítico sobre este sistema social cuya primera edición 
se publicó en alemán en 1922 con el título de Die 
Gemeinwirtschaft: Untersuchungen tiber den Sozialismus, 


24 


posteriormente traducido al inglés, al francés y al español'”. 


El Socialismo de Mises fue una obra que alcanzó una 
extraordinaria popularidad en la Europa continental y que 
tuvo, entre otras consecuencias, el resultado de hacer que 
teóricos de la talla de Friedrich A. Hayek, inicialmente un 
socialista fabiano, Wilhelm Rópke y Lionel Robbins 
cambiasen de opinión después de su lectura y se convirtieran 
al liberalismo?%. Además, esta obra supuso el comienzo de 
una de las cuatro grandes polémicas en las que se han visto 
implicados los teóricos de la Escuela Austriaca: la polémica 
sobre la imposibilidad del cálculo económico socialista'?””, He 
tenido la oportunidad de estudiar y reevaluar detalladamente 
en una extensa obra”*! todos los aspectos de esta controversia 
que, sin duda, y tal y como por fin hoy se reconoce de forma 
generalizada incluso por los antiguos teóricos socialistas”, 
fue ganada por los miembros de la Escuela Austriaca y se 
encuentra entre las polémicas más interesantes y preñadas de 
consecuencias de toda la historia del pensamiento 
económico!””, 


La teoría de la función empresarial 


La consideración del ser humano como protagonista 
ineludible de todo proceso social constituye la esencia de la 
cuarta aportación de Mises al campo de la Ciencia 
Económica. En efecto, Mises se da cuenta de que la 
Economía, que en un principio había surgido centrada en 
torno a un tipo ideal histórico en el sentido de Max Weber, el 
homo economicus, gracias a la concepción subjetivista de 
Menger, se generaliza y convierte en toda una teoría general 
sobre la acción e interacción humanas (praxeología, en la 
terminología de Mises). Las características e implicaciones 
esenciales de la acción e interacción humanas son estudiadas 


25 


con detalle y constituyen el objeto básico de investigación del 
Tratado de Economía que el lector tiene entre sus manos y 
que, precisamente por este motivo, lleva como título La 
acción humanal"", Mises considera que toda acción tiene un 
componente empresarial y especulativo, desarrollando una 
teoría de la función empresarial, entendida como la capacidad 
del ser humano para crear y darse cuenta de las 
oportunidades subjetivas de ganancia o beneficio que surgen 
en su entorno, actuando en consecuencia para 
aprovecharlas*?, Esta teoría misiana de la función 
empresarial ha sido muy desarrollada en las últimas décadas 
por uno de los más brillantes alumnos de Mises, Israel M. 
Kirzner (1930), ya jubilado como catedrático de Economía en 
la Universidad de Nueva York!'*”!. La capacidad empresarial 
del ser humano no sólo explica su constante búsqueda y 
creación de nueva información respecto de los fines y los 
medios", sino que además es la clave para entender la 
tendencia coordinadora que surge en el mercado de forma 
espontánea y continua cuando no se le interviene de manera 
coactiva. Es esta capacidad coordinadora de la función 
empresarial la que, precisamente, hace posible la elaboración 
de un corpus lógico de teoría económica sin necesidad de 
incurrir, como veremos en el apartado siguiente, en los vicios 
del análisis cientista (matemático y estadístico) que, basado 
en postulados de constancia, procede y es una indebida y 
mala copia del que se efectúa en el mundo ajeno de la Física y 
del resto de las ciencias naturales. 


La metodología apriorístico-deductiva y la crítica del 
positivismo cientista 


Ya desde Menger, los problemas de tipo metodológico y 
epistemológico han sido tratados con gran extensión y 


26 


profundidad por los teóricos austríacos, y en particular por el 
propio Mises, cuya aportación en este campo se encuentra 
entre las más esenciales de las que llevó a cabo. Efectivamente, 
el hecho de que el científico «observador» no pueda hacerse 
con la información práctica que constantemente están 
creando y descubriendo de manera descentralizada los 
actores-empresarios «observados» explica la imposibilidad 
teórica de cualquier tipo de contrastación empírica en nuestro 
campo. De hecho, desde este punto de vista puede 
considerarse que son las mismas razones que determinan la 
imposibilidad teórica del socialismo las que explican que 
tanto el empirismo, como el análisis coste-beneficio o el 
utilitarismo en su interpretación más estrecha, no sean viables 
en nuestra Ciencia. Y es que es irrelevante que sea un 
científico o un gobernante los que vanamente intenten 
hacerse con la información práctica relevante en cada caso 
para contrastar teorías o dar un contenido coordinador a sus 
mandatos. Si ello fuera posible, tan factible sería utilizar esta 
información para coordinar la sociedad vía mandatos 
coactivos (socialismo e intervencionismo) como para 
contrastar empíricamente teorías económicas. Sin embargo, 
por las mismas razones, primero, del inmenso volumen de 
información de que se trata; segundo, por la naturaleza de la 
información relevante (diseminada, subjetiva y tácita); 
tercero, por el carácter dinámico del proceso empresarial (no 
se puede transmitir la información que aún no ha sido 
generada por los empresarios en su proceso de constante 
creación innovadora); y cuarto, por el efecto de la coacción y 
de la propia «observación» científica (que distorsiona, 
corrompe, dificulta o simplemente imposibilita la creación 
empresarial de información), tanto el ideal socialista como el 


27 


ideal positivista o el estrechamente utilitarista son imposibles 
desde el punto de vista de la teoría económica!””, 


Estos mismos argumentos son también aplicables para 
justificar la imposibilidad teórica de efectuar predicciones 
específicas (es decir, referentes a coordenadas de tiempo y 
lugar determinados) en Economía. Lo que suceda mañana no 
puede conocerse hoy en términos científicos, pues depende 
en gran parte de un conocimiento e información que aún no 
se ha generado empresarialmente y que, por tanto, hoy aún 
no puede saberse. En Economía, por tanto, tan sólo podrán 
efectuarse «predicciones de tendencia» de tipo general (las 
que Hayek denomina pattem predictions) de naturaleza 
esencialmente teórica y relativas, como mucho, a la previsión 
cualitativa de los desajustes y efectos de descoordinación 
social que produce la coacción institucional (socialismo e 
intervencionismo) que se ejerce sobre el mercado. 


Además, la inexistencia de hechos objetivos directamente 
observables en el mundo exterior, que se deriva de la 
circunstancia de que, de acuerdo con la concepción 
subjetivista, los objetos de investigación en Economía no son 
sino ideas que otros tienen sobre lo que persiguen y hacen*9, 
que nunca son directamente observables, sino tan sólo 
interpretables en términos históricos, junto con el carácter 
constantemente variable y complejísimo de los procesos y 
acontecimientos sociales, en los que no existen «parámetros» 
ni «constantes», sino que todo son «variables», imposibilitan 
el objetivo tradicional de la econometría, y hacen inviable el 
programa metodológico positivista en cualquiera de sus 
versiones (desde el verificacionismo más ingenuo al 
falsacionismo popperiano más sofisticado). 


Frente al ideal positivista, Mises demuestra en La acción 


28 


humana que se puede construir toda la Ciencia Económica de 
una manera apriorística y deductiva. Se trata, en suma, de 
elaborar todo un arsenal lógico-deductivo a partir de unos 
conocimientos autoevidentes (axiomas tal como el propio 
concepto subjetivo de acción humana con sus elementos 
esenciales) que nadie pueda discutir sin autocontradecirsel””, 
Arsenal teórico que es imprescindible para interpretar 
adecuadamente ese magma en apariencia inconexo de 
complejos fenómenos históricos que constituye el mundo 
social, y para elaborar una historia hacia el pasado o una 
prospección de eventos hacia el futuro (que es la misión 
propia del empresario) con un mínimo de coherencia, y de 
garantías y posibilidades de éxito. Se entiende ahora la gran 
importancia que Mises asigna en su obra a la Historia como 
disciplina, a su relación con la Teoría y al papel del 
historiador, así como que haya llegado a definir al empresario 
como todo aquél que «mira al futuro, por así decirlo, con ojos 
de historiador»**, 


La economía como teoría de los procesos sociales dinámicos: 
crítica del análisis del equilibrio (general y parcial) y de la 
concepción de la Economía como una mera técnica 
maximizadora 


Finalmente, y en sexto lugar, Mises da en su obra un gran 
impulso a la teoría de los procesos dinámicos. En efecto, para 
Mises ningún sentido tiene la construcción matemática de 
una Ciencia Económica basada en el modelo de equilibrio 
(general o parcial)"" y en el que toda la información 
relevante, por ejemplo para construir las correspondientes 
funciones de oferta y de demanda, se considera constante y 
«dada» (aunque sea en términos probabilísticos). 


El problema económico fundamental es para Mises otro 


29 


bien distinto: estudiar el proceso dinámico de coordinación 
social en el que de manera continua los diferentes individuos 
generan empresarialmente nueva información (que jamás 
está «dada» ni es constante) al buscar los fines y los medios 
que consideran relevantes en cada circunstancia particular, 
estableciendo con ello, sin darse cuenta, un proceso 
espontáneo de coordinación. Y es que en Economía no 
existen, a diferencia de lo que sucede en el mundo de la Física 
y de las ciencias naturales, relaciones funcionales (ni, por 
tanto, funciones de oferta, ni de demanda, ni de costes, ni de 
ningún otro tipo). Recordemos que matemáticamente, y 
según la teoría de conjuntos, una función no es sino una 
correspondencia o aplicación (biyectiva si se desea que la 
función pueda «invertirse») entre los elementos de dos 
conjuntos denominados «conjunto original» y «conjunto 
imagen». Pues bien, dada la innata capacidad creativa del ser 
humano que continuamente está generando y descubriendo 
nueva información en cada circunstancia concreta en la que 
actúa respecto de los fines que pretende perseguir y los 
medios que considera a su alcance para lograrlos, es evidente 
que no se dan ninguna de las tres condiciones que son 
precisas para que exista una relación funcional: a) no están 
dados ni son constantes los elementos del conjunto origen; b) 
no están dados ni son constantes los elementos que 
constituyen el conjunto imagen; y c), y esto es lo más 
importante, las correspondencias entre los elementos de uno y 
otro conjunto tampoco están dadas, sino que varían 
continuamente como resultado de la acción y de la capacidad 
creativa del ser humano”. De manera que, en nuestra 
Ciencia, la utilización de funciones exige introducir un 
presupuesto de constancia en la información que elimina 


30 


radicalmente al protagonista de todo el proceso social: el ser 
humano dotado de una innata capacidad empresarial 
creativa. El gran mérito de Mises consiste en haber puesto de 
manifiesto que es perfectamente posible construir toda la 
Ciencia Económica de una manera lógica sin necesidad 
alguna de utilizar funciones ni, por tanto, de establecer 
supuestos de constancia que van contra la naturaleza creativa 
del ser humano, es decir, del protagonista de todo el proceso 
social que precisamente pretende estudiarse!*”., 


Queda, por tanto, demostrado que el problema económico 
fundamental no es de naturaleza técnica o tecnológica, como 
suelen plantearlo los economistas matemáticos del paradigma 
neoclásico, al suponer que los fines y los medios están 
«dados», así como que es constante el resto de toda la 
información necesaria, planteando el problema económico 
como si se tratara de un mero problema técnico de 
optimización o maximización”, Es decir, el problema 
económico fundamental no es de naturaleza técnica ni de 
maximización de una función-objetivo «conocida» y 
constante, sometida a restricciones también «conocidas» y 
constantes, sino que, por el contrario, es estrictamente 
económico: surge cuando los fines y los medios son muchos, 
compiten entre sí, el conocimiento en cuanto a los mismos no 
está dado ni es constante, sino que se encuentra disperso en la 
mente de innumerables seres humanos que continuamente lo 
están creando y generando ex novo y, por tanto, ni siquiera se 
pueden conocer todas las posibilidades alternativas existentes, 
ni las que se vayan a crear en el futuro, ni la intensidad 
relativa con que se quiera perseguir cada una de ellas. Quizá la 
aportación más importante y fructífera de Mises a la Ciencia 
Económica consista precisamente en la definitiva 


31 


erradicación de esta errónea concepción de nuestra Ciencia 
como una mera técnica de maximización!””, 


Breve reseña biográfica de Ludwig von Mises 


Ludwig Edler von Mises nació el 29 de septiembre de 1881 
en la ciudad de Lemberg, a la sazón situada dentro del 
Imperio Austro-Húngaro. Hoy esta ciudad se denomina Lvov 
y forma parte de la nueva República Independiente de 
Ucrania. El padre de Ludwig se formó en la Escuela 
Politécnica de Zurich y llegó a ser un importante ingeniero 
especializado en la construcción de ferrocarriles. Ludwig fue 
el mayor de tres hermanos, uno de los cuales murió de niño y 
el otro, Richard, llegó a ser con el tiempo un matemático y 
lógico positivista de reconocida fama, con el que Ludwig tan 
sólo mantuvo a lo largo de su vida unas frías relaciones 
personales. 

Ludwig von Mises se doctoró en Derecho el 20 de febrero 
de 1906 y hasta 1914 fue uno de los más sobresalientes 
participantes en el seminario de Economía que Eugen von 
Bóhm-Bawerk mantenía en la Universidad de Viena. 
También formó parte de este seminario J. A. Schumpeter, al 
que Mises siempre consideró como un teórico excesivamente 
confuso y frívolo, siempre deseoso de «epatar» y que había 
caído en las redes del cientismo neoclásico. 


En 1906 Mises comienza su actividad docente, primero, 
durante seis años, enseñando Economía en la Wiener 
Handelsakademie fúr Mádchen (Escuela de Estudios 
Mercantiles de Viena para señoritas) y después, a partir de 
1913 y durante veinte años, como profesor de la Universidad 
de Viena. En 1934 es nombrado catedrático de Economía 
Internacional en el Institut Universitaire des Hautes Études 
Internationales, sito en Ginebra, Suiza, trasladándose, 


32 


huyendo de Hitler, al comienzo de la Segunda Guerra 
Mundial a los Estados Unidos, en donde adquirió la 
nacionalidad americana y fue nombrado profesor de la 
Universidad de Nueva York, puesto que desempeñó hasta su 
jubilación en 1969. De 1920 a 1934 Mises organizó, dirigió y 
mantuvo un famoso seminario de Economía (Privatseminar) 
en su despacho oficial de la Cámara de Comercio de Viena, 
en la que era secretario general y jefe del departamento de 
economía, y a través de la cual llegó a tener una gran 
influencia sobre la política económica de su país. A las 
reuniones de este seminario, que tenían lugar los viernes por 
la tarde, asistían no sólo los alumnos que estaban elaborando 
su tesis doctoral bajo la dirección de Mises, sino también, y 
por invitación, muy prestigiosos economistas de todo el 
mundo. Entre ellos asistieron regularmente a las reuniones 
del seminario Friedrich A. Hayek, Fritz Machlup, Gottfried 
von Haberler, Oskar Morgenstern, Paul N. Rosenstein- 
Rodan, Félix Kaufman, Alfred Schutz, Richard von Strigl, 
Karl Menger (el hijo matemático de Carl Menger, fundador 
de la Escuela Austriaca) y Erich Voegelin, entre los 
participantes de habla alemana. Procedentes del Reino Unido 
y de Estados Unidos asistían Lionel Robbins, Hugh Gaitskell, 
Ragnar Nurkse y Albert F. Hart, entre otros. Posteriormente, 
y ya en los Estados Unidos, Mises rehízo su seminario en la 
Universidad de Nueva York, teniendo lugar las reuniones los 
jueves por la tarde desde el otoño de 1948 a la primavera de 
1969. Entre los numerosos participantes en esta segunda 
etapa destacan los que después serían profesores Murray N. 
Rothbard e Israel M. Kirzner. Ludwig von Mises fue 
nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Nueva 
York y, a instancias de F. A. Hayek, por la Universidad de 


33 


Friburgo  (Brisgovia, Alemania); siendo igualmente 
distinguido en el año 1962 con la Medalla de Honor de las 
Ciencias y de las Artes de la República de Austria, y 
nombrado Distinguished Fellow de la American Economic 
Association en el año 1969. Ludwig von Mises falleció en la 
ciudad de Nueva York el 10 de octubre de 1973, después de 
haber publicado 22 libros y centenares de artículos y 
monografías sobre temas de economía!**, 


Mises tuvo la fortuna de poder desarrollar una larguísima 
vida académica a lo largo de casi siete décadas del siglo Xx, 
llegando a ser reconocido en vida como un economista de 
fama universal. Así ya en 1944 Henry C. Simons le calificó 
como «the greatest living teacher of economics»'*. Por su 
parte, el Premio Nobel Milton Friedman, un economista 
positivista de la Escuela de Chicago, nada sospechoso de 
simpatía con las posiciones teóricas de Mises, se refirió a él 
poco después de su muerte en 1973 como «one of the great 


economists of all times»!*”, 


Y otro Premio Nobel de Economía, Maurice Allais ha 
escrito que Mises era «un homme d'une intelligence 
excepcionnelle dont les contributions a la science 
économique ont été de tout premier ordre»!*”. Finalmente, 
Lord Robbins, recordando a Mises en su autobiografía 
intelectual, concluía que «I fail to comprehend how anyone 
not blinded by political prejudice can read his main 
contributions and the magisterial general treatise Human 
Action, without experiencing at once a sense of rare quality 
and an intellectual stimulus of a high order»***!. 


34 


IV. LAs SUCESIVAS EDICIONES DE LA 
ACCIÓN HUMANA 


A pesar de que La acción humana de Mises no es un libro 
popular sino un extenso y profundo tratado de Economía 
Política, ha sido uno de los éxitos editoriales más notables en 
el campo de los libros de su naturaleza. En total hasta la fecha 
de este «Estudio Preliminar» se han publicado más de treinta 
ediciones y casi otras tantas reimpresiones del libro 
correspondientes a las cuatro ediciones sucesivas que el autor 
corrigió y revisó en vida, pudiendo estimarse en más de 
ciento cincuenta mil los ejemplares de La acción humana que 
se llevan vendidos hasta hoy'*”. El libro se ha publicado en 
catorce idiomas distintos, inglés, alemán, italiano, francés, 
español, catalán, portugués, ruso, rumano, checo, japonés, 
chino, coreano y polaco, y es uno de los tratados más 
ampliamente citados, sobre todo en monografías y artículos 
especializados sobre temas de economía en general, y sobre 
metodología de la Ciencia Económica y análisis económico 
del socialismo en particular. A continuación efectuaremos 
una breve reseña de las principales ediciones de La acción 
humana que hasta ahora se han publicado y de cuál ha sido su 
evolución. 


«Nationalókonomie»: un precedente inmediato de «La 
acción humana» escrito en alemán 


Nationalókonomie:  Theorie des  Handelns und 
Wirtschaftens*% («Economía: teoría de la acción y del 
cambio») es el primer tratado sistemático de economía que 
escribió Mises y puede considerarse como el precursor 
inmediato de La acción humana. Fue escrito durante los 
felices años que Mises pasó profesando en Ginebra y vio la luz 


35 


en mayo de 1940, por lo que debido al comienzo de la 
Segunda Guerra Mundial su publicación tuvo poca influencia 
en el mundo académico. Mises pretendió al escribir esta 
primera versión de su Tratado recoger de una manera 
sistemática y omnicomprensiva toda la teoría económica del 
comportamiento humano utilizando para ello un lenguaje 
que pudiera entender cualquier persona culta!””.. 

Hasta la fecha no se ha publicado ninguna traducción al 
inglés de Nationalókonomie, lo cual es de lamentar desde el 
punto de vista académico, pues esta obra no coincide 
exactamente con La acción humana en muchos e importantes 
aspectos. De hecho, Nationalókonomie quizá sea más 
orientativa para el investigador, ya que goza de más profusión 
de notas a pie de página y, por tanto, indica con más detalle 
cuáles fueron las fuentes que influyeron en su autor. Además 
existen apartados enteros de gran interés de 
Nationalókonomie que no fueron incluidos en la edición 
inglesa de La acción humana, como son los que se refieren, 
por ejemplo, a la crítica de la teoría del interés de Bóhm- 
Bawerk*”, 


La necesidad de volver a hacer disponible el tratado de 
Mises en el mundo de habla alemana hizo que en 1980 
Nationalókonomie fuera de nuevo publicada, esta vez en 
Alemania, y bajo los auspicios de la International Carl Menger 
Library**!, Esta segunda edición ha sido objeto de numerosas 
y muy favorables recensiones publicadas en Austria y 
Alemania", Finalmente, en 2002 se publicó una edición 
facsímil de lujo por «Klassiker der Nationalókonomie», con 
Vademécum escrito por Peter J. Boetke, Kurt R. Leube y 
Enrico Colombato. 


Las ediciones en inglés de «La acción humana» 


36 


La primera edición en inglés de La acción humana se 
publica con el título de Human Action: A Treatise on 
Economics por Yale University Press en el año 1949, es decir, 
hace ahora más de sesenta años. Es, sin duda alguna, el 
magnum opus que corona toda la vida académica de Ludwig 
von Mises. Como ya hemos indicado, no corresponde a una 
mera traducción al inglés de Nationalókonomie, sino que 
Mises, al llegar a Estados Unidos, a lo largo de cinco años 
revisó por completo y reescribió prácticamente por entero 
una nueva obra. Human Action se convirtió enseguida en un 
importante éxito editorial, de manera que de la primera 
edición, que se publicó simultáneamente en Estados Unidos y 
en Inglaterra*”, se hicieron en los siguientes diez años seis 
nuevas reimpresiones. 


En 1963 se publica también por Yale University Press la 
segunda edición de La acción humana que fue revisada y 
ampliada por el propio Mises. Las modificaciones y adiciones 
más notables se refieren al tratamiento del concepto de la 
libertad y el gobierno incluido en el epígrafe 6 del capítulo xv; 
a la teoría del monopolio desarrollada en el epígrafe 6 del 
capítulo xvi; y, finalmente, al análisis sobre la corrupción que 
se incorporó como el epígrafe 6 del capítulo xxvIL. Mises 
quedó muy disgustado por la gran cantidad de erratas e 
imperfecciones tipográficas de esta edición y, en general, por 
el negligente (si no doloso) comportamiento de su editor 
(Yale University Press)*, por lo que llegó a un acuerdo para 
publicar una tercera edición, en la que se subsanaron todos 
los errores cometidos en la anterior, que ve la luz en 1966 de 
la mano del editor Henry Regnery y que habría de convertirse 
en la edición definitiva de esta magna obra!*”. Posteriormente 
se publicaron tres reimpresiones de la tercera edición inglesa 


37 


de La acción humana: la primera en 1978, la segunda en 
edición de lujo en 1985, y la tercera, por primera vez en 
paperback, en 1990. Igualmente, es de destacar que también 
en 1990 comenzó a comercializarse una versión grabada en 
inglés en treinta casetes de La acción humana y que está leída 
por el locutor Bernard Mayes'*. 


Por último, posteriormente se han publicado en inglés tres 
nuevas e importantes ediciones de La acción humana, la 
primera al cuidado de Bettina Bien Greaves, en 1996 como 
cuarta edición revisada de la obra”. La segunda es la 
magnífica Scholar's Edition, preparada en 1998 a partir de la 
edición original de 1949 por los profesores Jeffrey H. 
Herbener, Hans-Hermann Hoppe y Joseph T. Salerno!'*”. Y la 
tercera es la magnífica edición en cuatro volúmenes publicada 
por Liberty Fund en 2007!%!, 

Traducciones de «Human Action» en lengua no española 

El éxito editorial de Human Action hizo que pronto 
empezaran a publicarse distintas traducciones de la obra en 
diferentes idiomas. Dejando aparte las sucesivas ediciones de 
la traducción española a las que nos referiremos en el 
apartado siguiente, a continuación haremos una breve 
referencia, por riguroso orden cronológico, a cada una de las 
traducciones que se han publicado hasta ahora. 


La primera versión de La acción humana fuera de Estados 
Unidos e Inglaterra se publica en 1959 en Italia con el título 
de L'Azione Umana: Trattato di economia. Esta edición fue 
traducida y editada en italiano gracias al esfuerzo de Tullio 
Bagiotti, profesor de Economía Política en la Universidad 
Bocconi de Milán, que además redactó una «Presentazione» 
donde incluía una breve nota biográfica sobre Mises así como 


una referencia a sus distintas obras!”!, 


38 


En 1976 aparece la primera traducción al chino de La 
acción humana, debida al profesor Tao-Ping Hsia publicada 
en dos volúmenes y traducida de la tercera edición inglesa de 
1966. Esta traducción, revisada por el profesor Hui-Lin Wu, 
ha sido reeditada en Taiwán, también en dos volúmenes, en 
199119. 


La traducción francesa de La acción humana se publica en 
1985 con el título de L'action humaine: Traité d'économie. 
Esta edición fue traducida a partir de la tercera edición inglesa 
de 1966 por Raoul Audouin, y ha sido publicada en la 
prestigiosa colección «Libre HÉchange» —de Presses 
Universitaires de France— que dirige Florin Aftalion'*. 


También a partir de la edición inglesa se publicó a lo largo 
de 19871988 una traducción al coreano de La acción humana 
en dos volúmenes, prologada por el profesor Toshio 
Murata!”., 

En 1990 se publica en Brasil la traducción al portugués de 
la tercera edición de La acción humana, con el título de Acáo 
Humana: um tratado de economia. La traducción corrió a 
cargo de Donald Stewart, Jr., y fue publicada por el Instituto 
Liberal de Río de Janeiro', Es de resaltar el alto nivel de la 
traducción portuguesa de Stewart, aunque su edición, a 
diferencia de las restantes, es de lectura menos cómoda pues 
traslada las notas a pie de página al final de cada capítulo. 


En 1991 se publica con el título de Ningen-Kói-Gaku la 
traducción al japonés de la tercera edición en inglés de La 
acción humana. Esta versión japonesa ha sido efectuada con 
sumo cuidado a lo largo de varios lustros por el profesor 
Toshio Murata, catedrático de Economía de la Universidad de 
Yokohama y antiguo alumno de Ludwig von Mises en Nueva 
York!”!, Murata, que aprendió español de la mano de un 


39 


padre jesuíta, en su juventud fue destinado en el Alto Estado 
Mayor del 13.” Ejército japonés que durante la Segunda 
Guerra Mundial ocupó Shanghai. Allí fue testigo de 
excepción de la imposibilidad de organizar de forma coactiva 
la floreciente economía de mercado que a la sazón imperaba 
en ese lugar de China, así como de la grave hiperinflación que 
provocó la política monetaria de los ocupantes. Estos 
problemas le pusieron en contacto con las teorías económicas 
de Mises, cuyo estudio y popularización no ha dejado de 
impulsar en Japón a lo largo de toda su vida académica. 


Posteriormente, y ello constituye un homenaje especial 
para Mises, en las Navidades de 2000 se publicó en Moscú la 
primera traducción rusa de La acción humana, debida a 
Alexander B. Kouryaev (Edit. Económica, Moscú 2000); 
agotada rápidamente la primera edición rusa, en 2005 fue 
publicada también en Moscú una magnífica segunda edición 
por Editorial Sotsium, también al cuidado de Alexander B. 
Kouryaev. Posteriormente, y gracias al esfuerzo del profesor 
Josef Sima en 2006 vio la luz la primera edición checa de La 
acción humana, publicada con el título de Lidské jednání: 
Pojednání o ekonomii (Liberální Institut, Praga 2006) y que 
fue presentada en un acto académico presidido por el 
presidente de la República Checa Váklav Klaus, el 29 de mayo 
de ese mismo año!*. Y poco menos de un año después, fue 
publicada en Varsovia la traducción polaca con el título de 
Ludzkie dzialanie: Traktac o ekonomii, debida a Witold 
Falkowski (Instytut Misesa, 2007). Por último, en 2008 se 
publica a través de internet la traducción rumana de La acción 
humana debida al profesor Dan Cristian Comanescu (website 
del «Institutul Ludwig von Mises Románia»). 


Las once ediciones españolas de «La acción humana» 


40 


La historia de las ediciones en castellano de La acción 
humana no puede entenderse sin hacer referencia a la figura 
de su traductor, Joaquín Reig Albiol. Joaquín Reig se doctoró 
en Derecho el 15 de febrero de 1958 leyendo una tesis 
doctoral cuyo título era precisamente «Los modernos 
problemas sociales a la luz del ideario económico de Ludwig 
von Mises». Esta tesis, que fue dirigida por el catedrático de 
Economía Política de la Facultad de Derecho de la 
Universidad Complutense de Madrid Jesús Prados Arrarte, 
fue el primer trabajo monográfico escrito en castellano sobre 
la primera edición inglesa de La acción humana que había 
aparecido en Estados Unidos pocos años antes!” 


Dos años después aparece la primera versión en castellano, 
traducida por Joaquín Reig Albiol, de la primera edición 
inglesa de 1949 de La acción humana, publicada en dos 
volúmenes por la Fundación Ignacio Villalonga”. Joaquín 
Reig incorporó además un extenso estudio preliminar 
presentando a los lectores de habla española la obra de Mises 
y que se encuentra recogido en las páginas 26 a 62 del 
volumen 1. 


Ocho años después aparece la segunda edición española de 
La acción humana que fue publicada por Editorial Sopec en 
un solo volumen, y que es la primera traducción al español de 
la tercera edición inglesa de 1966. Esta nueva edición 
española, que es la primera que yo leí, incorpora, al igual que 
la primera, una presentación «a los lectores de habla 
española» también escrita por Joaquín Reig (páginas 17-19) 
mucho más breve y concisa que la incluida en la primera 
edición”, 

A partir de los años 70, Unión Editorial se hace cargo de las 
sucesivas reediciones en castellano de las distintas obras de 


41 


Mises, siendo publicada la tercera edición española de La 
acción humana en 19801”!, Esta edición, de altísima calidad y 
presentación tipográfica, incorpora, aparte de una breve 
presentación del traductor, una serie de notas a pie de página 
en las que Joaquín Reig, siguiendo básicamente la pauta del 
glosario preparado y publicado en inglés por Percy Greaves 
en 1978, explica al lector los conceptos más complejos o 
difíciles de entender del libro. La edición de 1980 se agota 
rápidamente y es seguida por una cuarta edición también 
publicada por Unión Editorial en 1985"”.. 


Diez años después, en 1995, Unión Editorial publicó la 
quinta edición en español de La acción humana, cuya 
traducción fue cuidadosamente revisada, corregida y 
actualizada. Al haber fallecido en 1986 Joaquín Reig Albiol, su 
traductor original, éste no pudo colaborar en el importante 
trabajo de revisión que, respetando en la medida de lo posible 
la traducción original, consistió básicamente en la 
modernización y simplificación de determinados giros del 
lenguaje así como en la introducción de aquellos términos 
que hoy ya han adquirido carta de naturaleza en la Ciencia 
Económica. Igualmente, se conservaron las notas más 
importantes que 


Joaquín Reig preparó para las ediciones anteriores, se 
completó la bibliografía con las correspondientes referencias 
bibliográficas publicadas en español y se incorporó la primera 
versión del presente «Estudio Preliminar». La sexta edición, 
revisada y corregida, se publica en 2001, la séptima en 2004, la 
octava en 2007, y la novena en 2009. 

Finalmente, el lector tiene entre sus manos la décima, y 
hasta ahora la última edición en castellano de La acción 
humana de nuevo enteramente revisada y actualizada. 


42 


Estas diez ediciones publicadas en castellano no agotan el 
elenco de las editadas en España: en efecto, en mayo de 2010 
apareció con el título de L'acció humana: tractat d'economia 
la traducción catalana elaborada por David Cassasas Marqués 
y Julie Anne Wark Bathgate, gracias a los buenos oficios de 
Juan Torras y con el apoyo del Institut Catala de les Indúsiries 
Culturals de la Generalitat de Catalunya (Columna edicions, 
Barcelona 2010, 1288 páginas más un glossari de 174 páginas). 


Para terminar este apartado es preciso notar que Ludwig 
von Mises siempre tuvo un gran predicamento en los países 
de habla española. En primer lugar, no sólo el número de 
ediciones publicadas en castellano de La acción humana es, 
con gran diferencia, el más elevado en cualquier país fuera de 
los Estados Unidos, sino que además el propio Mises se 
preocupó de realizar diversas giras académicas por distintos 
países de Hispanoamérica (México, Perú y Argentina), en 
cuyas universidades más importantes expuso sus ideas y creó 
un número importante de discípulos y estudiosos de sus 
obras. Además, es interesante recalcar cómo en el «Prefacio» a 
la tercera edición inglesa la única personalidad de habla 
española a la que Mises agradece la ayuda que le prestó en la 
elaboración de su Tratado es precisamente la del Doctor 
Joaquín Reig Albiol”*. 


V. EL IMPULSO DADO POR LA ACCIÓN 
HUMANA AL DESARROLLO DE LA CIENCIA 
ECONÓMICA 


43 


Si algo caracteriza el Tratado de Economía de Mises es su 
profundo carácter seminal. Ya hemos indicado que 
prácticamente cada párrafo de la obra rezuma ideas y 
sugerencias capaces de servir de base para la investigación 
propia de una tesis doctoral. Por eso, no es de extrañar que La 
acción humana haya contribuido a lo largo de los años que 
han pasado desde su publicación inicial a importantes 
avances en el edificio de la Ciencia Económica. A 
continuación comentaremos brevemente los campos en los 
que se han producido las mejoras más interesantes. 


Mises y la teoría de la evolución 


Aunque no puede dudarse de que Mises acepta plenamente 
la teoría evolutiva sobre el surgimiento de las instituciones 
que debemos a Carl Menger, y de hecho se manifiesta sin 
reserva alguna en varios lugares de su Tratado y de forma 
expresa a favor de la misma"”, hay que reconocer, sin 
embargo, que existen en La acción humana una serie de 
afirmaciones que podrían inducir al error e interpretarse 
equivocadamente en términos del racionalismo exagerado y 
estrechamente utilitarista que tanto ha criticado la Escuela 
Austriaca. Así, por ejemplo, en la página 209 Mises se 
manifiesta en términos excesivamente laudatorios a favor de 
Bentham y su doctrina utilitarista, y en las páginas 225 y 597 
leemos que «todo orden social fue pensado y proyectado 
antes de ser puesto en práctica», y que las «normas no fueron 
fruto de la casualidad, ni de accidentes históricos ni de 
ambientación geográfica alguna, sino fruto de la razón». 
Aunque es claro que estas afirmaciones de Mises no pueden 
entenderse fuera de su contexto, es evidente que La acción 
humana no ha podido incorporar plenamente el importante 
impulso dado con posterioridad a la teoría sobre el 


44 


surgimiento evolutivo de las instituciones por el que fue el 
discípulo más brillante de Mises, F. A. Hayek, Premio Nobel 
de Economía en 1974. Hayek, continuando con el programa 
de investigación iniciado en este campo por Carl Menger, ha 
puesto de manifiesto cómo las instituciones en general, 
entendidas como normas pautadas de comportamiento, y las 
leyes y el Derecho en particular, lejos de haber sido un 
resultado expresamente diseñado por la razón humana, han 
surgido de manera evolutiva y espontánea a través de un 
proceso muy prolongado de tiempo en el que han intervenido 
muchas generaciones de seres humanos. Por eso, 
consideramos muy conveniente combinar el estudio de La 
acción humana con la lectura detenida de las obras más 
importantes que Hayek escribió sobre el análisis teórico de las 
instituciones sociales y entre las que destacan, por ejemplo, su 
Derecho, legislación y libertad y la última obra que Hayek 
publicó antes de fallecer en 1992 con el título de La fatal 
arrogancia: los errores del socialismo"? 


La teoría del Derecho Natural 


Más claro aún es el posicionamiento de Mises en las 
diferentes referencias críticas a la doctrina del Derecho 
Natural que efectúa en su libro. Por un lado manifiesta la 
opinión de que los principios del comportamiento ético son 
puramente subjetivos (páginas 114-115) y, por otro lado, no 
sólo defiende una posición estrictamente utilitarista sobre los 
principios morales!””, sino que además es muy crítico con la 
doctrina del Derecho Natural (capítulo xxvi1, epígrafe 3). Sin 
embargo, los estudiosos de la Economía han venido dando 
una importancia creciente al análisis de los principios éticos 
en general y del Derecho Natural en particular. Así, por 
ejemplo, uno de los más brillantes alumnos de Mises, Murray 


45 


N. Rothbard, ha adoptado una postura claramente 
iusnaturalista, defendiendo que los principios éticos tienen 
una validez objetiva que viene determinada por la esencia de 
la naturaleza humana por lo que son los únicos que hacen 
posible el proceso social de creatividad y coordinación"*, En 
la misma línea, Hans-Hermann Hoppe, siguiendo a Rothbard 
y partiendo del axioma habermasiano de la argumentación 
interpersonal, deduce lógicamente la necesidad ética del 
derecho de propiedad y del sistema capitalista””. Y, por 
último, Kirzner ha planteado todo un nuevo concepto de 
justicia distributiva en el capitalismo basado en el principio 
de que todo ser humano tiene un derecho natural a 
apropiarse de los resultados de su creatividad empresarial'*”, 
En todo caso, estimamos que es posible y conveniente 
efectuar una síntesis entre los tres puntos de vista, el racional- 
utilitarista, más bien defendido por Mises, el evolucionista 
desarrollado por Hayek y el iusnaturalista que defiende la 
existencia de una teoría objetiva de la ética social impulsado 
por Rothbard y Hoppe. Cada uno de los tres niveles tiene su 
ámbito propio de aplicación y enriquece, complementa y 
compensa los posibles excesos de los otros dos!*”!, 
La distinción entre el conocimiento práctico y el 

conocimiento científico 


Quizá una de las ideas más importantes de La acción 
humana sea la introducción del concepto de conocimiento 
práctico!" de tipo empresarial y esencialmente distinto del 
conocimiento científico. Sin embargo, el análisis detallado de 
las diferencias que existen entre uno y otro tipo de 
conocimiento y de las implicaciones que los mismos tienen 
para la Ciencia Económica ha sido efectuado por distintos 
autores que han continuado y profundizado en esta idea 


46 


seminal misiana. Y así, hemos llegado a integrar la idea de 
Mises en torno al desarrollo del mercado sobre la base de la 
«división intelectual del trabajo» (p. 836), que nosotros 
interpretamos en términos de la división de la información o 
conocimiento práctico que de forma expansiva se genera en la 
sociedad abierta!" 


La teoría del monopolio 


Uno de los ámbitos de la Economía en los que más se ha 
avanzado como consecuencia del impulso dado por La acción 
humana de Mises es, precisamente, el de la teoría del 
monopolio. Y es que aun cuando Mises sea pionero en el 
intento de abandonar en La acción humana el marco 
estrictamente estático que hasta ahora ha venido dominando 
los análisis sobre la competencia y el monopolio, en algunas 
de sus consideraciones sigue todavía viéndose demasiado 
influido por el mismo. Afortunadamente, dos de los alumnos 
más brillantes que Mises tuvo en los Estados Unidos, Israel 
M. Kirzner y Murray N. Rothbard'*”, han dado un gran 
empuje a la teoría del monopolio centrando su análisis, más 
que en el número de empresas «existentes» en cada «sector» y 
en la forma o «elasticidad» de sus supuestas curvas de 
demanda, en el estudio del proceso dinámico de la 
competencia y, por tanto, en si en mayor o menor medida se 
impide por la fuerza en cualquier parcela del mercado el libre 
ejercicio de la función empresarial. Rothbard además ha 
puesto el dedo en la llaga de la teoría neoclásica del 
monopolio, al indicar que todo su análisis se basa en la 
estática comparativa entre el «precio de monopolio» y el 
supuesto «precio de competencia perfecta» que, por ser un 
precio de equilibrio que nunca llega a existir en el mercado 
real, no puede conocerse ni, por tanto, servir como guía de 


47 


referencia para decidir en la práctica si nos encontramos o no 
ante una «situación de monopolio». Es importante resaltar 
que Mises tuvo en vida la oportunidad de ver florecer estos 
estudios sobre la teoría del monopolio que de alguna manera 
culminaban los realizados por él mismo y afortunadamente 
disponemos de un testimonio directo que nos indica su 


completo acuerdo con estos nuevos desarrollos teóricos!*”, 


El socialismo y la teoría del intervencionismo 


Otra de las características del pensamiento misiano es la 
clara separación teórica que efectúa entre el sistema 
económico socialista y el intervencionista (por ejemplo, en las 
pp. 314-315). Para Mises el socialismo es todo sistema de 
organización social basado en la propiedad pública de los 
medios de producción, mientras que el intervencionismo 
pretende ser un sistema a mitad de camino caracterizado por 
una intervención coactiva del Estado en diversos ámbitos de 
la economía, pero que, según Mises, permitiría mantener al 
menos los rudimentos más imprescindibles del cálculo 
económico. La investigación teórica sobre el socialismo en los 
últimos años ha puesto de manifiesto, sin embargo, que las 
diferencias existentes entre el régimen económico 
intervencionista y el socialista son mucho menores de lo que 
Mises pensaba. Uno y otro se caracterizan por la intervención 
coactiva del Estado que impide en mayor o menor medida el 
libre ejercicio de la función empresarial, si bien es cierto que 
existen diferencias de grado importantes entre uno y otro 
sistema. Sin embargo, también en aquellas parcelas en las que 
intervenga de manera coactiva el Estado se dificulta la 
generación empresarial de información y, por tanto, la 
estimación sobre el valor de los diferentes cursos alternativos 
de acción (es decir, el cálculo económico), por lo que surgen 


48 


en el mercado importantes desajustes y descoordinaciones 
sociales. Desde este punto de vista, en la actualidad se tiende a 
englobar de manera unitaria el tratamiento de la coacción 
institucional (con independencia de que pretenda ser 
omnicomprensiva, como sucede en el caso del socialismo 
«real», o por parcelas, como ocurre en el caso del 
intervencionismo) habiéndose puesto de manifiesto que los 
perversos efectos de descoordinación que uno y otro generan 
son los mismos desde el punto de vista cualitativo!*”, 


La teoría del crédito y del sistema bancario 


En La acción humana Mises se manifiesta a favor de un 
sistema de completa libertad bancaria como el mejor 
procedimiento posible para lograr un sistema monetario 
estable que libere de crisis económicas a las economías de 
mercado. Expresamente no se refiere con detalle en La acción 
humana a la propuesta de restablecer el coeficiente de caja del 
100 por cien para los depósitos a la vista de los bancos que, no 
obstante, defendió explícitamente en el resto de sus obrasl*”, 
La posición mantenida por Mises en La acción humana ha 
llevado a que con posterioridad a él los teóricos de la Escuela 
Austriaca se hayan dividido en dos grandes grupos. Por un 
lado, se encuentran aquéllos que defienden un sistema de 
completa libertad para ejercer la actividad bancaria incluso 
con un coeficiente de reserva fraccionaria, entre los que 
podemos mencionar a Lawrence White, George Selgin y 
Kevin Dowd, entre otros. Un segundo grupo, al que 
pertenecen Murray N. Rothbard, Joseph T. Salerno, Hans 
Hermann Hoppe, Jórg Guido Húlsmann y el autor de estas 
líneas, estima que la solución más adecuada consistiría en la 
defensa de los principios tradicionales del Derecho de 
propiedad para el ejercicio de la banca (es decir, en la 


49 


exigencia de un coeficiente de caja del 100 por cien para los 
depósitos a la vista) como condición necesaria para el buen 
funcionamiento de todo sistema de libertad bancaria!*!. 


La teoría de la población 


Otro aspecto en el que se ha verificado un desarrollo 
teórico de importancia es el relativo a la teoría de la 
población. En este ámbito, aunque el análisis que Mises 
efectúa en La acción humana (capítulo xxIv, epígrafe 2) está 
todavía demasiado influido por las doctrinas malthusianas, 
sin embargo Mises empieza a intuir que, existiendo un 
sistema de economía de mercado, el crecimiento de la 
población, lejos de suponer una rémora para el desarrollo 
económico, aumenta la riqueza e impulsa enormemente el 
desarrollo de la civilización'*”. Esta idea seminal es la que ha 
sido desarrollada por Friedrich A. Hayek, especialmente en su 
último libro La fatal arrogancia, en donde argumenta que, al 
no ser el hombre un factor homogéneo de producción y estar 
dotado de una innata capacidad creativa de tipo empresarial, 
el crecimiento de la población, lejos de suponer un freno para 
el desarrollo económico, es a la vez el motor y la condición 
necesaria para que el mismo se lleve a cabo. Además, se ha 
llegado a demostrar que el desarrollo de la civilización implica 
una siempre creciente división horizontal y vertical del 
conocimiento práctico que sólo se hace posible si en paralelo 
al avance de la civilización se produce un incremento en el 
número de seres humanos que sea capaz de soportar el 
volumen creciente de información práctica que se utiliza a 
nivel social". Las ideas de Hayek han sido, a su vez, 
desarrolladas por otros estudiosos que, como Julian L. Simon, 
las han aplicado a la teoría del crecimiento demográfico de los 
países del Tercer Mundo y al análisis de los beneficiosos 


50 


efectos económicos de la inmigración”, 


«La acción humana» como precursora de la Escuela de la 
Elección Pública 


Ludwig von Mises ha sido uno de los precursores más 
importantes de la llamada Escuela de la Elección Pública que 
estudia, utilizando el análisis económico, el comportamiento 
combinado de los políticos, burócratas y votantes. Este 
enfoque, que tan gran desarrollo ha alcanzado de la mano de 
teóricos como James M. Buchanan (Premio Nobel de 
Economía en 1986), encaja perfectamente dentro de la amplia 
concepción praxeológica de la Economía desarrollada por 
Mises, que considera que el objetivo de nuestra Ciencia es 
elaborar una teoría general de la acción humana en todas sus 
variedades y contextos (incluyendo, por tanto, el de las 
acciones llevadas a cabo en el ámbito político). 


Así, Mises es de los primeros autores en criticar el 
presupuesto tradicional del análisis político y económico y 
que venía considerando que los gobernantes eran siempre 
«sabios y ecuánimes», y sus servidores, los funcionarios o 
burócratas, criaturas cuasi angelicales. Por el contrario, para 
Mises «el político también es siempre egoísta; tanto cuando, 
para alcanzar el poder, hace suyas las doctrinas más 
populares, como cuando se mantiene fiel a sus propias 
convicciones» (p. 866), «no siendo, por desgracia, angélica la 
condición de los funcionarios y sus dependientes» (p. 867)*?. 
Frente a la imagen idílica del gobernante como «ser 
bondadoso y sabio por excelencia que procura, con absoluta y 
leal dedicación, el continuo bienestar de sus súbditos», Mises 
opone la figura del «gobernante real que es un hombre mortal 
que ante todo aspira a perpetuar su posición y la de su clan, 
amigos y partido» (p. 1004). 


al 


También destacan las referencias de Mises a los grupos de 
presión, que define como «la asociación formada por gentes 
que procuran fomentar su propio bienestar material 
recurriendo a todos los medios», y «cuidando de justificar sus 
propias pretensiones asegurando que la consecución de las 
mismas beneficiará al público en general» (p. 384). 


La acción combinada del comportamiento de los 
burócratas, políticos y grupos de presión perturba el 
funcionamiento democrático impidiendo que muchas 
decisiones mayoritarias sean correctas y adecuadas al 
envilecerse la opinión pública con ideologías erróneas y 
demagógicas””. Por eso, para Mises es tan importante la 
existencia de instituciones que, como el patrón oro, eliminan 
de la arena política, por ejemplo, las decisiones relativas a los 
temas monetarios!” 

No es de extrañar, por tanto, que James Buchanan como 
homenaje a Ludwig von Mises y a la Escuela Austriaca que 
tanto ha influido en su pensamiento haya manifestado que «l 
have often argued that the Austrians seem to be more 
successful in conveying the central principles of economics to 
students than alternative schools or approaches»!””, 


6. MÉTODO PARA EL ESTUDIO Y ENSEÑANZA 
DE LA ACCIÓN HUMANA 


A quién va dirigido este Tratado 
Ya hemos indicado con anterioridad que Mises, al concebir 


52 


la redacción de La acción humana, se planteó como objetivo 
primordial escribir un Tratado comnicomprensivo de 
Economía para cualquier persona culta interesada en el 
análisis de los problemas sociales más acuciantes de nuestro 
tiempo. En efecto, según Mises, «ya no se puede relegar la 
economía al estrecho marco de las aulas universitarias, a las 
oficinas de estadística o a círculos esotéricos. Es la filosofía de 
la vida y de la actividad humana y afecta a todos y a todo. Es 
la base misma de la civilización y de la propia existencia del 
hombre» (p. 1037). Por tanto, y si Mises está en lo cierto, su 
Tratado de Economía es un instrumento de trabajo 
intelectual que debería estar presente en la biblioteca de todos 
los hombres cultos del mundo moderno. 


Ahora bien, no hay duda alguna de que la misión más 
importante que puede y debe cumplir La acción humana de 
Mises radica en el ámbito de la formación universitaria. En 
este sentido puede considerarse que son dos los grandes 
grupos de alumnos a los que la obra va dirigida. Por un lado, 
los alumnos de Economía Política e Introducción a la 
Economía insertos en las facultades de Ciencias Jurídicas y 
Sociales, que necesitan recibir una formación panorámica de 
la Ciencia Económica, según una concepción y una 
metodología a la vez rigurosas y fuertemente humanistas. En 
este sentido, hemos de destacar la muy positiva experiencia de 
los pasados veintisiete cursos académicos en los que La acción 
humana ha sido el libro de texto principal para mis alumnos 
de Economía Política de la Facultad de Derecho de la 
Universidad Complutense y de la Facultad de Ciencias 
Jurídicas y Sociales de la Universidad Rey Juan Carlos, ambas 
de Madrid. Los alumnos de Ciencias Jurídicas y Sociales 
entienden más claramente de la mano de Mises la 


53 


concatenación que existe entre los conocimientos económicos 
y el resto de las disciplinas jurídicas y económicas que 
estudian en la carrera, adquiriendo un conocimiento sobre los 
principios y fundamentos esenciales de nuestra Ciencia de 
incalculable valor para el futuro de su vida profesional. Algo 
distinta es la situación de los alumnos que cursan Economía 
en las Facultades de Ciencias Económicas y que, dadas las 
actuales circunstancias del mundo académico, reciben una 
formación fuertemente condicionada por la metodología 
positivista y cientista que tanto criticaba Mises. Pues bien, en 
nuestra opinión es imprescindible que, con la finalidad de 
equilibrar la formación de estos alumnos y darles un punto de 
vista original y distinto al que tradicionalmente vienen 
recibiendo, todos los alumnos que cursan Ciencias 
Económicas estudien en profundidad el Tratado de Economía 
de Mises. De esta forma enriquecerán sus conocimientos 
sobre la materia, podrán comparar y entrar en contacto con 
nuevos puntos de vista que les parecerán muy atractivos y 
originales, redundando todo ello en una mejor y más 
completa formación profesional que les permitirá tomar, 
frente a las distintas teorías alternativas, una posición 
intelectual más sana, informada y crítica*”, 


El cuarto y último grupo de lectores que pueden sacar gran 
provecho del Tratado de Economía de Mises son los 
investigadores especializados en la Ciencia Económica que, de 
una manera creciente, vienen mostrando su interés por las 
teorías de la Escuela Austriaca de Economía, especialmente 
después de haberse puesto de manifiesto con la caída del 
socialismo «real», la crisis del Estado del bienestar y la grave 
crisis financiera de 2008 y su posterior recesión económica 
que los postulados intervencionistas mantenidos hasta ahora 


54 


carecían de una base teórica firme. Además, la crisis del 
paradigma neoclásico-walrasiano hace ineludible enriquecer 
el corpus teórico de la Economía con una concepción mucho 
más humanista y dinámica, como la que, desde siempre, han 
venido desarrollando los teóricos de la Escuela Austriaca en 
general, y Ludwig von Mises en particular?”, 


Recomendaciones prácticas sobre la organización del curso y 
su bibliografía 

De acuerdo con nuestra experiencia docente, el estudio de 
La acción humana puede efectuarse sin mayores problemas a 
lo largo del período lectivo correspondiente a un curso 
académico. Así, suponiendo tres clases semanales de una hora 
de duración a lo largo de dos cuatrimestres de octubre a 
junio, tal y como normalmente se han organizado hasta ahora 
los cursos de Economía Política e Introducción a la Economía 
en las titulaciones de grado y máster en las universidades 
españolas, pueden llegar a explicarse sin mayor inconveniente 
los treinta y nueve temas de La acción humana. En este 
sentido, es preciso recomendar al alumno que, con esfuerzo, 
dedicación y constancia, lea, antes de empezar la explicación 
de cada tema por parte del profesor, el capítulo 
correspondiente de La acción humana, aunque tenga algunas 
dificultades iniciales de comprensión. La experiencia 
demuestra que de este manera se hace mucho más fructífera 
la explicación del profesor y más fácil la posterior asimilación 
por parte del alumno de las ideas más importantes de cada 
capítulo. 

Concretamente, puede organizarse la enseñanza de este 
libro a lo largo de dos cuatrimestres, dividiendo La acción 
humana en dos grandes partes: la primera, hasta el capítulo 
xvI inclusive; la segunda, a partir del xv y hasta el final. Esta 


99 


división no corresponde, al contrario de lo que es habitual en 
los libros de texto de economía, a la separación entre la 
«micro» y la «macroeconomía» entendidas como 
compartimientos estancos, pues, como ya hemos indicado, 
para Mises ningún sentido analítico tiene la diferenciación 
radical entre ambas áreas. Sin embargo, sí parece conveniente 
dejar para la segunda parte el análisis de la teoría del dinero, 
del capital, del interés y de los ciclos económicos, pues, de 
alguna manera, y siempre desde la matizada concepción 
subjetivista basada en el individualismo metodológico que es 
tradicional en Mises, se da entrada en esta segunda parte a los 
problemas más prácticos y generales relacionados con la 
economía. Por otro lado, también es posible disponiendo de 
un solo cuatrimestre efectuar un estudio lo suficientemente 
extenso de La acción humana, si bien el nivel de detalle y 
profundidad que pueda alcanzarse en el mismo deberá ser 
obviamente inferior al de aquellos cursos de duración más 
prolongada. 


En lo que respecta a la bibliografía complementaria que 
exige la lectura de La acción humana, es preciso señalar que, 
en relación con dos áreas concretas (la teoría genético-causal 
de la determinación de los precios de mercado y el análisis de 
la formación del precio de los factores de producción), Mises 
da por supuesto el conocimiento previo por parte del 
alumnado de su desarrollo más elemental. Así, y en el caso de 
la teoría de la determinación de los precios, Mises 
expresamente manifiesta (p. 244, nota 1) que el conocimiento 
elemental que presupone es el desarrollado por Bóhm-Bawerk 
en el volumen 11 de su tratado de economía titulado Capital e 
interés, no indicando guía alguna en lo que se refiere a la 
teoría de la formación de los precios de los factores de 


56 


producción. Con la finalidad de facilitar al alumno el 
conocimiento previo de estas áreas, he publicado unas 
Lecturas de Economía Política que completan las enseñanzas 
de La acción humana y cuya lectura es recomendable efectuar 
en paralelo con el estudio de la mismal*!, 


Por último, y en lo que se refiere a la bibliografía 
complementaria, pueden consultarse no sólo las obras de 
F. A. Hayek, y en especial las ya citadas Derecho, legislación y 
libertad y La fatal arrogancia”, sino también mis propios 
libros sobre Socialismo, cálculo económico y función 
empresarial, el dedicado al análisis del Dinero, crédito 
bancario y ciclos económicos, y el titulado La Escuela 
Austriaca: mercado y creatividad empresarial. Además, hemos 
de indicar que ya se ha publicado en español la importante 
obra de historia del pensamiento económico que nos dejó con 
carácter postumo Murray N. Rothbard y que por su enfoque y 
amplitud se ha convertido también en un complemento de 
gran valía para el estudio de La acción humana", 


VII. CONCLUSIÓN 


La acción humana de Mises seguirá ejerciendo una 
importante influencia sobre el pensamiento económico y 
continuará siendo considerada durante los años venideros 
como uno de los libros ya clásicos y más importantes de 
nuestra Ciencia. Esperamos que los lectores de lengua 
española sigan obteniendo el máximo provecho de este 


Il 


extraordinario instrumento intelectual y que continúen como 
hasta ahora popularizando con gran entusiasmo el ideario 
misiano'"!, De esta manera el edificio de la Ciencia 
Económica seguirá consolidándose y avanzando, y ésta podrá 
cumplir su transcendental misión de servir de soporte teórico 
para el desarrollo de la civilización, evitando las crisis y 
conflictos sociales que puedan ponerla en peligro. Además, la 
propia evolución del pensamiento económico hará ineludible 
que en un futuro, que esperamos no sea muy lejano, pueda 
aparecer un nuevo tratado de principios y fundamentos de la 
Ciencia Económica que englobe y, en la medida de lo posible, 
supere y mejore las aportaciones realizadas por Mises en La 
acción humana. Estamos seguros de que este ambiciosísimo 
proyecto intelectual que, en todo caso, habrá de realizarse 
partiendo de los firmes fundamentos establecidos por Ludwig 
von Mises en su Tratado, será el mejor monumento que en el 
futuro pueda erigirse a este gran economista!” 


Jesús HUERTA DE SOTO 
Catedrático de Economía Política 
Universidad Rey Juan Carlos 


58 


INTRODUCCIÓN 


1. ECONOMÍA Y PRAXEOLOGÍA 


La economía es la más joven de todas las ciencias. A lo 
largo de los últimos doscientos años, es cierto, muchas nuevas 
ciencias han ido surgiendo de las disciplinas que ya eran 
familiares a los antiguos griegos. Pero lo que en realidad ha 
sucedido es simplemente que algunas partes del conocimiento 
que ya tenían su lugar en el conjunto del viejo sistema del 
saber se han convertido en ciencias autónomas. El campo de 
estudio quedaba más nítidamente subdividido y podía ser 
tratado con nuevos métodos; se descubrían sectores hasta 
entonces desconocidos y la gente empezó a considerar la 
realidad desde puntos de vista diferentes de los de sus 
precursores. Pero no por ello se ampliaba el mundo del saber. 
En cambio, la ciencia económica abrió a la ciencia humana un 
campo antes inaccesible y ni siquiera imaginado. El 
descubrimiento de una regularidad en la secuencia e 
interdependencia de los fenómenos del mercado desbordaba 
el sistema tradicional del saber. Surgía así un conocimiento 
que no era ni lógica, ni matemática, ni tampoco psicología, 
física o biología. 


59 


Desde la más remota antigiedad, los filósofos se han 
afanado en descubrir los fines que Dios o la Naturaleza han 
intentado realizar a lo largo de la historia humana. Querían 
descubrir la ley que rige el destino y evolución de la 
humanidad. Pero incluso aquellos pensadores cuya 
investigación estaba libre de toda preocupación teológica 
fallaron de ordinario en su empeño a causa de lo inadecuado 
de su método. Consideraban la humanidad como un todo o 
bien bajo otros conceptos holísticos tales como nación, raza o 
iglesia. Establecían de manera arbitraria los fines a los que 
esas entidades debían tender necesariamente. Pero nunca 
lograron responder satisfactoriamente a la pregunta relativa a 
qué factores son los que impelen a los distintos sujetos a 
comportarse de tal suerte que permitan alcanzar esos fines a 
los que tiende la inexorable evolución del todo. Por ello 
tenían que recurrir a las más abstrusas explicaciones: a la 
intervención milagrosa de la Divinidad, que se hacía presente 
por la revelación o la aparición de profetas o ungidos 
caudillos; a la armonía preestablecida, a la predestinación, o a 
la intervención de una mística y fabulosa alma nacional o 
universal. Otros hablaron de la «astucia de la naturaleza» que 
provoca en el hombre impulsos que involuntariamente le 
conducen por las sendas que la Naturaleza desea que siga. 


Otros filósofos eran más realistas. No se preocuparon de 
averiguar los designios de la Divinidad o la Naturaleza. 
Contemplaron los asuntos humanos desde un punto de vista 
político. Intentaron establecer normas para la acción pública, 
una especie de técnica de gobierno. Los de mente más audaz 
propugnaban ambiciosos planes para la reforma y completa 
reestructuración de la sociedad. Otros se contentaban con 
coleccionar y sistematizar la experiencia histórica. Pero todos 


60 


estaban plenamente convencidos de que en el orden social no 
se da esa regularidad fenomenológica que observamos en el 
campo del funcionamiento del razonar humano y en el de los 
fenómenos naturales. Descuidaron la investigación de las 
leyes de la cooperación social, pues pensaban que el hombre 
puede organizar la sociedad como mejor le plazca. Cuando la 
realidad no se ajustaba al deseo del reformador y las utopías 
resultaban  irrealizables, el fracaso se atribuía a la 
imperfección moral de los humanos. Los problemas sociales 
se consideraban cuestiones puramente éticas. Para edificar la 
sociedad ideal sólo se precisaba contar con rectos gobernantes 
y súbditos virtuosos. De este modo, cualquier utopía podía 
convertirse en realidad. 


El descubrimiento de la interdependencia ineluctable de los 
fenómenos del mercado puso de manifiesto lo infundado de 
esta opinión. Desorientada, la gente tuvo que enfrentarse con 
una visión distinta de la sociedad. Descubrió con estupor que 
se podía contemplar la acción humana desde puntos de vista 
distintos de lo bueno y lo malo, lo leal y lo desleal, lo justo y lo 
injusto. En los sucesos humanos se da una regularidad de 
fenómenos a la que el hombre debe adaptar su acción si 
quiere alcanzar lo que se propone. Carece de sentido 
enfrentarse con la realidad a modo del censor que aprueba o 
desaprueba según su sentir personal y con arreglo a criterios 
arbitrarios. Es preciso estudiar las normas rectoras de la 
acción del hombre y de la cooperación social a la manera 
como el físico examina las que regulan la naturaleza. 
Considerar la acción humana y la cooperación social como 
objeto de una ciencia de relaciones dadas, y no ya como una 
disciplina normativa de lo que debe ser, era una revolución de 
enormes consecuencias tanto para el conocimiento y la 


61 


filosofía como para la propia acción social. 


Sin embargo, durante más de cien años los efectos de este 
radical cambio en el modo de razonar fueron muy limitados, 
pues se pensaba que la nueva ciencia se refería sólo a un 
reducido segmento del total campo de la acción humana, es 
decir, los fenómenos del mercado. Los economistas clásicos se 
toparon con un obstáculo, la aparente antinomia del valor, 
que fueron incapaces de salvar. Su imperfecta teoría les obligó 
a reducir el ámbito de su propia ciencia. Hasta finales del 
siglo pasado, la economía política no pasó de ser una ciencia 
de los aspectos «económicos» de la acción humana, una teoría 
de la riqueza y del egoísmo. 'Trataba la acción humana en 
cuanto aparece impulsada por lo que, de modo muy poco 
satisfactorio, denominaba afán de lucro, reconociendo por lo 
demás que existen otras formas de acción cuyo tratamiento es 
objeto de otras disciplinas. La transformación del 
pensamiento que iniciaron los economistas clásicos sólo fue 
culminada por la moderna economía subjetiva, que convirtió 
la teoría de los precios del mercado en una teoría general de la 
elección humana. 


Durante mucho tiempo no se comprendió que la 
sustitución de la doctrina clásica del valor por la nueva teoría 
subjetiva representaba bastante más que reemplazar una 
imperfecta explicación del intercambio mercantil por otra 
mejor. La teoría general de la elección y la preferencia 
rebasaba el campo al que los economistas, desde Cantillon, 
Hume y Adam Smith hasta John Stuart Mill, circunscriben 
sus estudios. Es mucho más que una mera teoría del «aspecto 
económico» del esfuerzo humano por mejorar su bienestar 
material. Es la ciencia de toda forma de acción humana. La 
elección determina todas las decisiones del hombre. Cuando 


62 


realiza su elección, el hombre elige no sólo entre diversos 
bienes y servicios materiales; cualquier valor humano, sea el 
que sea, entra en el campo de su opción. Todos los fines y 
todos los medios —las aspiraciones espirituales y las 
materiales, lo sublime y lo despreciable, lo noble y lo vil— se 
ofrecen al hombre a idéntico nivel para que elija, prefiriendo 
unos y repudiando otros. Nada de cuanto los hombres 
aprecian o rechazan queda fuera de esa única elección. La 
teoría moderna del valor venía a ampliar el horizonte 
científico y a ensanchar el campo de los estudios económicos. 
De la economía política elaborada por la escuela clásica 
emergía la teoría general de la acción humana, la 
praxeología"'. Los problemas económicos o catalácticos!” 
quedaban enmarcados en una ciencia más general, 
integración imposible ya de alterar. Todo estudio económico 
debe partir de actos que consisten en optar y preferir; la 
economía es una parte, si bien la más elaborada hasta ahora, 
de una ciencia más universal, la praxeología. 


2. EL PROBLEMA EPISTEMOLÓGICO DE UNA 
TEORÍA GENERAL DE LA ACCIÓN HUMANA 


En la nueva ciencia todo aparecía problemático. Era como 
un cuerpo extraño en el sistema tradicional del saber; los 
estudiosos, perplejos, no acertaban a clasificarla ni a asignarle 
un lugar adecuado. Pero, por otro lado, estaban convencidos 
de que la inclusión de la economía en el catálogo del 
conocimiento no exigía reorganizar ni ampliar el esquema 


63 


total. Estimaban que la clasificación estaba ya completa. Si la 
economía no se acoplaba al sistema, era porque los 
economistas utilizaban métodos imperfectos al abordar sus 
problemas. 


Menospreciar los debates sobre la esencia, el ámbito y el 
carácter lógico de la economía como si se tratara de 
bizantinismos escolásticos de pedantes profesores no es sino 
ignorar por completo la importancia de tales debates. Por 
desgracia, está muy extendido el error de suponer que la 
economía puede proseguir tranquilamente sus estudios 
prescindiendo de las discusiones relativas al método mejor de 
investigación. En la Methodenstreit (disputa sobre método) 
entre los economistas austríacos y la Escuela Histórica 
Prusiana (la llamada «guardia intelectual de la Casa 
Hohenzollern») o en la polémica entre John Bates Clark y el 
institucionalismo americano se trataba de dilucidar mucho 
más que la simple cuestión de cuál fuera el mejor 
procedimiento de investigación a emplear. Lo que realmente 
se quería precisar era el fundamento epistemológico de la 
ciencia de la acción humana y su legitimidad lógica. 
Partiendo de un sistema al que era extraño el pensamiento 
praxeológico y de una filosofía que sólo reconocía como 
científicas —además de la lógica y las matemáticas— las 
ciencias naturales y la historia, muchos tratadistas negaron 
valor y utilidad a la teoría económica. El historicismo 
pretendió sustituirla por la historia económica y el 
positivismo por una imposible ciencia social basada en la 
estructura y la lógica de la mecánica newtoniana. Ambas 
escuelas coincidían en menospreciar las conquistas del 
pensamiento económico. No era posible que los economistas 
soportaran indiferentes tales ataques. 


64 


El radicalismo de esta condena en bloque de la economía 
bien pronto había de ser rebasado por un nihilismo todavía 
más generalizado. Desde tiempo inmemorial, los hombres — 
al pensar, hablar y actuar— venían aceptando como hecho 
indiscutible la uniformidad e inmutabilidad de la estructura 
lógica de la mente humana. Toda la investigación se basaba 
precisamente en tal supuesto. Pues bien, en las discusiones 
acerca de la condición epistemológica de la economía, los 
tratadistas, por vez primera en la historia, rechazaron este 
planteamiento. El marxismo afirma que el pensamiento 
humano está determinado por la clase a que el sujeto 
pertenece. Toda clase social tiene su propia lógica. El 
producto del pensamiento no puede ser otra cosa que un 
«disfraz ideológico» del egoísmo clasista del sujeto pensante. 
Por ello la misión de la «sociología del saber» es 
desenmascarar las filosofías y las teorías científicas 
evidenciando su carácter «ideológico». La economía no es 
sino un engendro «burgués» y los economistas meros 
«sicofantes» del capitalismo. Sólo la sociedad sin clases de la 
utopía socialista reemplazaría las mentiras «ideológicas» por 
la verdad. 


Este polilogismo adoptó más tarde nuevas formas. El 
historicismo asegura que la estructura lógica del pensamiento 
y los métodos de acción del hombre cambian en el curso de la 
evolución histórica. El polilogismo racial adscribió a cada raza 
una lógica peculiar. Y el antirracionalismo pretendió que la 
razón no es un instrumento idóneo para investigar los 
impulsos irracionales que también influyen en la conducta 
humana. 


Estas doctrinas rebasan la esfera de la cataláctica. Ponen en 
tela de juicio no sólo la economía y la praxeología, sino 


65 


además todas las ramas del saber y hasta la propia razón 
humana. Afectan a aquellas ciencias al igual que a la 
matemática O la física. Por tanto, su refutación no 
corresponde a ninguna rama particular del saber, sino a la 
epistemología y a la filosofía en general. Cobra así 
justificación aparente la actitud de aquellos economistas que 
prosiguen tranquilamente sus estudios sin prestar mayor 
atención ni a las cuestiones epistemológicas ni a las 
objeciones formuladas por el  polilogismo y el 
antirracionalismo. El físico no se preocupa de si se tildan sus 
teorías de burguesas, occidentales o judías; por lo mismo, el 
economista debería menospreciar la denigración y la 
calumnia. Debería dejar que ladraran los perros, sin dar 
mayor importancia a sus aullidos. Podríamos recordar el 
pensamiento de Spinoza: «Sane sicut se lux ipsam et tenebras 
manifestat, sic veritas norma sui et falsi est» (Lo mismo que la 
luz se manifiesta a sí misma y a las tinieblas, así también la 
verdad es norma de sí misma y de lo falso). 


Sin embargo, la situación de la economía no es totalmente 
idéntica a la de las matemáticas o las ciencias naturales. El 
polilogismo y el antirracionalismo dirigen realmente sus 
dardos contra la praxeología y la cataláctica. Aunque 
formulen sus afirmaciones de modo genérico, 
comprendiendo en su ataque todas las ramas del saber, en 
realidad a lo que apuntan es a las ciencias de la acción 
humana. Sostienen que es ilusorio pretender que la 
investigación científica pueda sentar conclusiones válidas 
para los pueblos de todas las épocas, razas y clases sociales y 
se complacen en adjetivar de burguesas u occidentales 
determinadas teorías físicas o biológicas. Ahora bien, cuando 
la solución de problemas prácticos requiere aplicar esas 


66 


doctrinas denigradas, pronto olvidan sus críticas. Los 
soviéticos, por ejemplo, se sirven sin escrúpulos de todos los 
avances de la física, química y biología burguesas y se 
despreocupan de si tales doctrinas son válidas para todas las 
clases. Los ingenieros y médicos nazis no desdeñaron ni 
dejaron de utilizar las teorías, descubrimientos e inventos de 
las «razas inferiores». El efectivo proceder de pueblos, 
naciones, religiones, grupos lingúísticos y clases sociales 
demuestra claramente que nadie toma en serio las doctrinas 
del polilogismo y del irracionalismo en lo concerniente a la 
lógica, las matemáticas o las ciencias naturales. 


Pero no ocurre así cuando se trata de la praxeología y la 
cataláctica. El motivo principal del desarrollo de las doctrinas 
del polilogismo, del historicismo y del irracionalismo no era 
otro que proporcionar una justificación para rechazar las 
enseñanzas de la economía en la determinación de la política 
económica. Socialistas, racistas, nacionalistas y estatistas 
fracasaron, tanto en su empeño de refutar las teorías de los 
economistas, como en el de demostrar la veracidad de sus 
falaces doctrinas. Fue precisamente eso lo que les incitó a 
negar los principios lógicos y epistemológicos en que se 
asienta el raciocinio humano, tanto por lo que atañe a la vida 
en general, como también en lo referente a la investigación 
científica. 


Pero no debemos desentendernos de tales objeciones 
simplemente por las motivaciones políticas que las inspiran. 
Al científico no le basta constatar que sus críticos se muevan a 
impulsos pasionales o partidistas. Tiene la obligación de 
examinar todas las objeciones que le sean opuestas, 
prescindiendo de la motivación o fondo subjetivo de las 
mismas. Por ello no es de recibo guardar silencio ante la 


67 


generalizada opinión según la cual los teoremas económicos 
sólo son válidos bajo hipotéticas condiciones que nunca se 
dan y que, por tanto, carecen de interés cuando se trata de la 
realidad. No deja de sorprender que algunas escuelas 
económicas compartan, aparentemente, este criterio, a pesar 
de lo cual continúan tranquilamente trazando sus curvas y 
formulando sus ecuaciones. Cuando así proceden, en el fondo 
se despreocupan del íntimo sentido de su propio razonar y de 
su efectiva importancia en el mundo de la vida real y de la 
acción. 

Tal actitud es insostenible. La tarea primordial de todo 
investigador estriba en analizar exhaustivamente y definir las 
condiciones y supuestos bajo los cuales cobran validez sus 
afirmaciones. Es erróneo tomar la física como modelo y 
patrón para la investigación económica; ahora bien, quienes 
caen bajo el hechizo de tal falacia deberían al menos 
percatarse de que ningún físico se avino jamás a aceptar que 
había determinados teoremas de su especialidad cuyo 
esclarecimiento quedaba fuera del ámbito de la propia 
investigación. El problema principal de la economía se reduce 
a precisar la adecuación entre las afirmaciones catalácticas y 
la realidad de esa acción humana que se pretende llegar a 
conocer. 


Incumbe, por tanto, a la ciencia económica examinar con 
detenimiento si es cierta la afirmación según la cual sus 
teorías sólo son válidas bajo un orden capitalista y una ya 
superada etapa liberal de la civilización occidental. A ninguna 
otra disciplina más que a la economía corresponde valorar las 
diversas críticas formuladas contra la utilidad y oportunidad 
del estudio de la acción humana. El pensamiento económico 
debe estructurarse de tal suerte que resulte inmune a la crítica 


68 


del antirracionalismo, el historicismo, el panfisicismo, el 
comportamentismo y demás variedades del polilogismo. Sería 
absurdo que mientras se aducen a diario nuevos argumentos 
para demostrar la utilidad de las investigaciones económicas, 
los economistas permanecieran tranquilamente encerrados en 
sus torres de marfil. 


Ya no basta abordar los problemas económicos por las 
sendas tradicionales. Es necesario elaborar la teoría cataláctica 
sobre la sólida base de una teoría general de la acción 
humana: la praxeología. Tal planteamiento no sólo la hará 
inmune a muchas críticas carentes de consistencia, sino que, 
además, aclarará numerosos problemas en la actualidad mal 
enfocados y peor resueltos. Con este criterio se suscita, de 
modo singular, la cuestión relativa al cálculo económico. 


3. LA TEORÍA ECONÓMICA Y LA PRÁCTICA DE LA 
ACCIÓN HUMANA 


Suele acusarse a la economía de ser una ciencia poco 
desarrollada. Cierto que no es perfecta. Es imposible alcanzar 
la perfección en el mundo del conocimiento, ni en ninguna 
otra actividad humana. El hombre carece de omnisciencia. 
Aun la teoría mejor elaborada y que parece satisfacer 
plenamente nuestra ansia de saber será probablemente en el 
futuro corregida o sustituida por otra. La ciencia jamás brinda 
certeza absoluta y definitiva. Sólo da ciertas seguridades 
dentro de los límites que nuestra capacidad mental y los 
descubrimientos de la época le marcan. Cada sistema 


69 


científico no representa más que un cierto estadio en el 
camino de la investigación. Refleja necesariamente la 
inherente insuficiencia del esfuerzo intelectual del hombre. 
Pero reconocer este hecho no significa que la economía actual 
esté atrasada. Simplemente atestigua que nuestra ciencia es 
algo vivo, ya que la vida presupone imperfección y cambio. 


Los críticos que proclaman el supuesto atraso de la 
economía pertenecen a dos campos distintos. 


A un lado están algunos naturalistas y físicos que la 
censuran por no ser una ciencia natural y por excluir las 
técnicas de laboratorio. Uno de los objetivos del presente 
tratado es demostrar el error que encierra esta idea. En estas 
notas preliminares bastará con referimos a su fondo 
psicológico. La gente de estrecha mentalidad suele criticar las 
diferencias que observan en los demás. El camello de la fábula 
se vanagloriaba de su giba ante los restantes animales que 
carecían de joroba y el ciudadano de Ruritania vilipendia al 
de Laputania por no ser ruritano. El investigador de 
laboratorio considera su método el más perfecto y estima que 
las ecuaciones diferenciales son la única forma adecuada de 
reflejar los resultados de la investigación. Es incapaz de 
apreciar los problemas epistemológicos de la acción humana. 
En su opinión, la economía no puede ser sino una forma de 
mecánica. 


En otro lado se sitúan quienes afirman que algo debe fallar 
en las ciencias sociales cuando la realidad social es tan 
insatisfactoria. Las ciencias naturales han logrado notables 
realizaciones en las dos o tres últimas centurias, elevando el 
nivel de vida de forma considerable. Las ciencias sociales, en 
cambio, han fracasado de modo lamentable en su pretensión 
de mejorar las condiciones humanas. No han sido capaces de 


70 


suprimir la miseria y el hambre, las crisis económicas y el 
paro, la guerra y la tiranía. Son, pues, ciencias estériles, que en 
nada contribuyen a la felicidad y a la bienandanza de la 
humanidad. 


Estos detractores no advierten que los grandes progresos de 
los métodos técnicos de producción y el consiguiente 
incremento de la riqueza y el bienestar se materializaron 
únicamente cuando se aplicaron las medidas liberales que 
eran la aplicación práctica de las enseñanzas de la economía. 
Fueron las ideas de los economistas clásicos las que 
eliminaron las barreras impuestas por las viejas leyes, 
costumbres y prejuicios seculares sobre las aplicaciones 
tecnológicas y las que liberaron a promotores e innovadores 
geniales de la camisa de fuerza con que la organización 
gremial, el paternalismo gubernamental y toda suerte de 
presiones sociales les maniataban. Los economistas minaron 
el venerado prestigio de militaristas y expoliadores, poniendo 
de manifiesto los beneficios que comporta la pacífica 
actividad mercantil. Ninguno de los grandes inventos 
modernos se habría implantado si la mentalidad de la era 
precapitalista no hubiera sido completamente destruida por 
los economistas. La generalmente denominada «revolución 
industrial» fue consecuencia de la «revolución ideológica» 
provocada por las doctrinas económicas. Los economistas 
demostraron la inconsistencia de los viejos dogmas: que no es 
lícito ni justo vencer al competidor produciendo géneros 
mejores y más baratos; que es reprochable desviarse de los 
métodos tradicionales de producción; que las máquinas son 
perniciosas porque causan paro; que el deber de gobernante 
consiste en impedir el enriquecimiento del empresario y 
conceder protección a los menos aptos frente a la 


71 


competencia de los más eficientes; que restringir la libertad 
empresarial mediante la fuerza y la coacción del estado o de 
otros organismos y asociaciones promueve el bienestar social. 
La escuela de Manchester y los fisiócratas franceses formaron 
la vanguardia del capitalismo moderno. Sólo gracias a ellos 
pudieron progresar esas ciencias naturales que han 
derramado beneficios sin cuento sobre las masas. 


Lo malo de nuestro siglo es precisamente su enorme 
ignorancia sobre la influencia que la libertad económica tuvo 
en el progreso técnico de los últimos doscientos años. Se 
engaña la gente cuando supone que la coincidente aparición 
de los nuevos métodos de producción y la política del laissez 
faire fue puramente casual. Cegados por el mito marxista, 
nuestros coetáneos creen que la moderna industrialización es 
consecuencia de unas misteriosas «fuerzas productivas» que 
funcionan independientemente de los factores ideológicos. Se 
cree que la economía clásica no tuvo parte alguna en el 
advenimiento del capitalismo, sino que más bien fue su fruto, 
su «superestructura ideológica», es decir, una doctrina 
meramente justificativa de las inicuas pretensiones de los 
explotadores. De ello se seguiría que la abolición de la 
economía de mercado y su sustitución por el totalitarismo 
socialista no  perturbaría gravemente el constante 
perfeccionamiento de la técnica. Al contrario, el progreso 
social se acentuaría al suprimirse los obstáculos con que el 
egoísmo de los capitalistas lo entorpece. 


La rebelión contra la ciencia económica es la característica 
de esta nuestra época de guerras despiadadas y de 
desintegración social. "Tomás Carlyle tachó a la economía de 
«ciencia triste» y Carlos Marx calificó a los economistas de 
«sicofantes de la burguesía». Los charlatanes, para ponderar 


22 


sus remedios y los fáciles atajos que en su opinión conducen 
al paraíso terrenal, denigran la economía calificándola de 
«ortodoxa» y «reaccionaria». Los demagogos se vanaglorian 
de supuestas victorias por ellos conseguidas sobre la 
economía. El hombre «práctico» se jacta de despreciar lo 
económico y de ignorar las enseñanzas impartidas por meros 
«profesores». La política de las últimas décadas fue forjada 
por una mentalidad que se mofa de todas las teorías 
económicas sensatas y ensalza en cambio las torpes doctrinas 
de los detractores de aquéllas. En la mayoría de los países la 
llamada «economía ortodoxa» está desterrada de las 
universidades y es virtualmente desconocida por estadistas, 
políticos y escritores. No podemos culpar de la triste situación 
actual a una ciencia desdeñada y desconocida por masas y 
dirigentes. 


Conviene subrayar que el porvenir de la civilización 
moderna, tal como ha sido desarrollada por la raza blanca en 
los últimos doscientos años, se halla inseparablemente ligado 
al futuro de la economía. Esta civilización pudo surgir porque 
la gente creía en las fórmulas que aplicaban las enseñanzas de 
los economistas a los problemas de la vida diaria. Y 
fatalmente perecerá si las naciones prosiguen por el camino 
iniciado bajo el maleficio de las doctrinas que condenan el 
pensamiento económico. 


Es cierto que la economía es una ciencia teórica que, como 
tal, se abstiene de establecer normas de conducta. No 
pretende señalar a los hombres qué metas deben perseguir. 
Sólo quiere averiguar los medios más idóneos para alcanzar 
aquellos objetivos que otros, los consumidores, 
predeterminan; jamás pretende indicar a los hombres los 
fines a que deben aspirar. Las decisiones últimas, la 


73 


valoración y elección de metas a alcanzar, quedan fuera del 
ámbito de la ciencia. Nunca dirá a la humanidad qué debe 
desear, pero sí procurará ilustrarla acerca de cómo debe 
comportarse si quiere alcanzar determinados fines. 


Hay quienes consideran esto insuficiente y entienden que 
una ciencia limitada a la investigación de «lo que es», incapaz 
de expresar un juicio de valor acerca de los fines más elevados 
y últimos, carece de utilidad. Es un gran error. Sin embargo, 
demostrarlo no puede ser objeto de estas consideraciones 
preliminares, ya que constituye precisamente una de las 
pretensiones del presente tratado. 


4. RESUMEN 


Era necesario hacer estas consideraciones preliminares 
para aclarar por qué pretendemos situar los problemas 
económicos dentro del amplio marco de una teoría general de 
la acción humana. En el estado actual del pensamiento 
económico y de los estudios políticos referentes a las 
cuestiones fundamentales de la organización social, ya no es 
posible considerar aisladamente el problema cataláctico 
propiamente dicho. Estos problemas no son más que un 
sector de la ciencia general de la acción humana, y como tal 
deben abordarse. 


74 


PRIMERA PARTE 


LA ACCIÓN HUMANA 


23 


CAPÍTULO I 


EL HOMBRE EN ACCIÓN 


1. ACCIÓN DELIBERADA Y REACCIÓN ANIMAL 


La acción humana es una conducta consciente, movilizada 
voluntad transformada en actuación, que pretende alcanzar 
precisos fines y objetivos; es una reacción consciente del ego 
ante los estímulos y las circunstancias del ambiente; es una 
reflexiva acomodación a aquella disposición del universo que 
está influyendo en la vida del sujeto. Estas paráfrasis tal vez 
sirvan para aclarar la primera frase, evitando posibles 
interpretaciones erróneas; aquella definición, sin embargo, 
resulta correcta y no parece precisar de aclaraciones ni 
comentarios. 


El proceder consciente y deliberado contrasta con la 
conducta inconsciente, es decir, con los reflejos o 
involuntarias reacciones de nuestras células y nervios ante las 
realidades externas. Suele decirse que la frontera entre la 
actuación consciente y la inconsciente es imprecisa. Ello, sin 
embargo, tan sólo resulta cierto en cuanto a que a veces no es 


76 


fácil decidir si determinado acto es de condición voluntaria o 
involuntaria. Pero, no obstante, la demarcación entre 
consciencia e inconsciencia resulta clara, pudiendo trazarse 
tajantemente la raya entre ambos mundos. 


La conducta inconsciente de las células y los órganos 
fisiológicos es para el «yo» operante un dato más, como otro 
cualquiera, del mundo exterior que aquél debe tomar en 
cuenta. El hombre, al actuar, ha de considerar lo que acontece 
en su propio organismo, al igual que se ve constreñido a 
ponderar otras realidades, tales como, por ejemplo, las 
condiciones climatológicas o la actitud de sus semejantes. No 
cabe, desde luego, negar que la voluntad humana, en ciertos 
casos, es capaz de dominar las reacciones corporales. Resulta 
hasta cierto punto posible controlar los impulsos fisiológicos. 
Puede el hombre, a veces, mediante el ejercicio de su 
voluntad, superar la enfermedad, compensar la insuficiencia 
innata o adquirida de su constitución física y domeñar sus 
movimientos reflejos. En tanto ello es posible, se puede 
ampliar el campo de la actuación consciente. Cuando, 
teniendo capacidad para hacerlo, el sujeto se abstiene de 
controlar las reacciones involuntarias de sus células y centros 
nerviosos, tal conducta, desde el punto de vista que ahora nos 
interesa, ha de estimarse igualmente deliberada. 


Nuestra ciencia se ocupa de la acción humana, no de los 
fenómenos psicológicos capaces de ocasionar determinadas 
actuaciones. Es ello precisamente lo que distingue y separa la 
teoría general de la acción humana, o praxeología, de la 
psicología. Esta última se interesa por aquellos fenómenos 
internos que provocan o pueden provocar determinadas 
actuaciones. El objeto de estudio de la praxeología, en 
cambio, es la acción como tal. Queda así también separada la 


77 


praxeología del concepto psicoanalítico de subconsciente. El 
psicoanálisis, en definitiva, es psicología y no investiga la 
acción sino las fuerzas y factores que impulsan al hombre a 
actuar de una cierta manera. El subconsciente psicoanalítico 
es una categoría psicológica, no praxeológica. Que una acción 
sea fruto de clara deliberación o de recuerdos olvidados y 
deseos reprimidos que desde regiones, por decirlo así, 
subyacentes influyen en la voluntad, para nada afecta a la 
naturaleza del acto en cuestión. Tanto el asesino impelido al 
crimen por un impulso subconsciente (el id) como el 
neurótico cuya conducta aberrante carece de sentido para el 
observador superficial son individuos en acción, los cuales, al 
igual que el resto de los mortales, persiguen objetivos 
específicos. El mérito del psicoanálisis estriba en haber 
demostrado que la conducta de neuróticos y psicópatas tiene 
su sentido; que tales individuos, al actuar, no menos que los 
otros, también aspiran a conseguir determinados fines, aun 
cuando quienes nos consideramos cuerdos y normales tal vez 
reputemos sin base el raciocinio determinante de la decisión 
por aquéllos adoptada y califiquemos de inadecuados los 
medios escogidos para alcanzar los objetivos en cuestión. El 
concepto de «inconsciente» empleado por la praxeología y el 
concepto de «subconsciente» manejado por el psicoanálisis 
pertenecen a dos órdenes distintos de raciocinio, a diferentes 
campos de investigación. La praxeología, al igual que otras 
ramas del saber, debe mucho al psicoanálisis. Por ello es tanto 
más necesario trazar la raya que separa la una del otro. 

La acción no consiste simplemente en preferir. El hombre 
puede sentir preferencias aun en situación en que las cosas y 
los acontecimientos resulten inevitables o, al menos, así lo 
crea el sujeto. Se puede preferir la bonanza a la tormenta y 


78 


desear que el sol disperse las nubes. Ahora bien, quien sólo 
desea y espera no interviene activamente en el curso de los 
acontecimientos ni en la plasmación de su destino. El 
hombre, en cambio, al actuar, opta, determina y procura 
alcanzar un fin. De dos cosas que no pueda disfrutar al 
tiempo, elige una y rechaza la otra. La acción, por tanto, 
implica, siempre y a la vez, preferir y renunciar. 


La mera expresión de deseos y aspiraciones, así como la 
simple enunciación de planes, pueden constituir formas de 
actuar, en tanto en cuanto de tal modo se aspira a preparar 
ciertos proyectos. Ahora bien, no se debe confundir dichas 
ideas con las acciones a las que las mismas se refieren. No 
equivalen a las actuaciones que anuncian, preconizan o 
rechazan. La acción es una cosa real. Lo que cuenta es la 
auténtica conducta del hombre, no sus intenciones si éstas no 
llegan a realizarse. Por lo demás, conviene distinguir y separar 
con precisión la actividad consciente del simple trabajo físico. 
La acción implica acudir a ciertos medios para alcanzar 
determinados fines. Uno de los medios generalmente 
empleados para conseguir tales objetivos es el trabajo. Pero 
no siempre es así. Basta en ciertos casos una sola palabra para 
provocar el efecto deseado. Quien ordena o prohíbe actúa sin 
recurrir al trabajo físico. Tanto el hablar como el callar, el 
sonreírse y el quedarse serio pueden constituir actuaciones. Es 
acción el consumir y el recrearse, tanto como el renunciar al 
consumo o al deleite que tenemos a nuestro alcance. 


La praxeología, por consiguiente, no distingue entre el 
hombre «activo» o «enérgico» y el «pasivo» o «indolente». El 
hombre vigoroso que lucha diligentemente por mejorar su 
situación actúa al igual que el aletargado que, dominado por 
la indolencia, acepta las cosas tal como vienen. Pues el no 


79 


hacer nada y el estar ocioso también constituyen actuaciones 
que influyen en la realidad. Dondequiera que concurren los 
requisitos precisos para que pueda tener lugar la interferencia 
humana, el hombre actúa, tanto si interviene como si se 
abstiene de intervenir. Quien soporta resignadamente cosas 
que podría variar actúa tanto como quien se moviliza para 
provocar una situación distinta. Quien se abstiene de influir 
en el funcionamiento de los factores instintivos y fisiológicos 
sobre los que podría interferir también actúa. Actuar no 
supone sólo hacer, sino también dejar de hacer aquello que 
podría ser realizado. 


Se podría decir que la acción es la expresión de la voluntad 
humana. Ahora bien, no ampliamos con tal manifestación 
nuestro conocimiento, pues el vocablo «voluntad» no 
significa otra cosa que la capacidad del hombre para elegir 
entre distintas actuaciones, prefiriendo lo uno a lo otro y 
procediendo de acuerdo con el deseo de alcanzar la meta 
ambicionada y excluir los demás. 


2. Los REQUISITOS PREVIOS DELA ACCIÓN 
HUMANA 


Consideramos de contento y satisfacción aquel estado del 
ser humano que no induce ni puede inducir a la acción. El 
hombre, al actuar, aspira a sustituir un estado menos 
satisfactorio por otro mejor. La mente presenta al actor 
situaciones más gratas, que éste, mediante la acción, pretende 
alcanzar. Es siempre el malestar el incentivo que induce al 


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individuo a actuar!”!, El ser plenamente satisfecho carecería de 
motivo para variar de estado. Ya no tendría ni deseos ni 
anhelos; sería perfectamente feliz. Nada haría; simplemente 
viviría. 

Pero ni el malestar ni el representarse un estado de cosas 
más atractivo bastan por sí solos para impeler al hombre a 
actuar. Debe concurrir un tercer requisito: advertir 
mentalmente la existencia de cierta conducta deliberada capaz 
de suprimir o, al menos, de reducir la incomodidad sentida. 
Sin la concurrencia de esa circunstancia, ninguna actuación es 
posible; el interesado ha de conformarse con lo inevitable. No 
tiene más remedio que someterse a su destino. 


Tales son los presupuestos generales de la acción humana. 
El ser que vive bajo dichas condiciones es un ser humano. No 
es solamente homo sapiens, sino también homo agens. Los 
seres de ascendencia humana que, de nacimiento o por 
defecto adquirido, carecen de capacidad para actuar (en el 
sentido amplio del vocablo, no sólo en el legal), a efectos 
prácticos, no son seres humanos. Aunque las leyes y la 
biología los consideren hombres, de hecho carecen de la 
característica especificamente humana. El recién nacido no es 
un ser actuante; no ha recorrido aún todo el trayecto que va 
de la concepción al pleno desarrollo de sus cualidades 
humanas. Sólo al finalizar tal desarrollo se convertirá en 
sujeto de acción. 


Sobre la felicidad 


81 


Suele considerarse feliz al hombre que ha conseguido los objetivos que se había 
propuesto. Más exacto sería decir que esa persona es ahora más feliz de lo que antes 
era. No cabe oponer, sin embargo, objeción a la costumbre de definir el actuar 
humano como la búsqueda de la felicidad. 


Conviene, sin embargo, evitar errores bastante extendidos. En definitiva, la 
acción humana pretende invariablemente dar satisfacción al anhelo sentido por el 
actor. Sólo a través de individualizados juicios de valoración se puede ponderar la 
mayor o menor satisfacción personal, juicios que son distintos según los diversos 
interesados y, aun para una misma persona, diferentes según los momentos. Es la 
valoración subjetiva —con arreglo a la voluntad y al juicio propio— lo que hace a las 
gentes más o menos felices o desgraciadas. Nadie es capaz de dictaminar qué ha de 
proporcionar mayor bienestar al prójimo. 


Tales afirmaciones en modo alguno afectan a la antítesis existente entre el 
egoísmo y el altruismo, el materialismo y el idealismo, el individualismo y el 
colectivismo, el ateísmo y la religión. Hay quienes sólo se interesan por su propio 
bienestar material. A otros, en cambio, las desgracias ajenas les producen tanto o 
más malestar que sus propias desventuras. Hay personas que no aspiran más que a 
satisfacer el deseo sexual, la apetencia de alimentos, bebidas y vivienda y demás 
placeres fisiológicos. No faltan, en cambio, seres humanos a quienes en grado 
preferente interesan aquellas otras satisfacciones usualmente calificadas de 
«superiores» o «espirituales». Existen seres dispuestos a acomodar su conducta a las 
exigencias de la cooperación social; y hay también quienes propenden a quebrantar 
las correspondientes normas. Para unos el tránsito terrenal es un camino que 
conduce a la bienaventuranza eterna; pero también hay quienes no creen en las 
enseñanzas de religión alguna y para nada las toman en cuenta. 


La praxeología no se interesa por los objetivos últimos que la acción pueda 
perseguir. Sus enseñanzas resultan válidas para todo tipo de actuación, 
independientemente del fin a que se aspire. Es una ciencia que considera 
exclusivamente los medios, en modo alguno los fines. Manejamos el término 
felicidad en sentido meramente formal. Para la praxeología, el decir que «el único 
objetivo del hombre es alcanzar la felicidad» resulta pura tautología, porque, desde 
aquel plano, ningún juicio podemos formular acerca de lo que, concretamente, haya 
de hacer al hombre más feliz. 

El eudemonismo y el hedonismo afirman que el malestar es el incentivo de toda 
actuación humana, procurando ésta, invariablemente, suprimir la incomodidad en 
el mayor grado posible, es decir, hacer al hombre que actúa un poco más feliz. La 
ataraxia epicúrea es aquel estado de felicidad y contentamiento perfecto al que 
tiende toda actividad humana, sin llegar nunca a alcanzarlo plenamente. Ante la 
perspicacia de tal constatación, pierde importancia el que la mayoría de los 
partidarios de dichas filosofías no advirtieran la condición meramente formal de los 
conceptos de dolor y placer, dándoles en cambio una significación sensual y 


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materialista. Las escuelas teológicas, místicas y demás de ética heterónoma no 
acertaron a impugnar la esencia del epicureísmo por cuanto se limitaban a criticar 
su supuesto desinterés por los placeres más «elevados» y «nobles». Es cierto que 
muchas obras de los primeros partidarios del eudemonismo, hedonismo y 
utilitarismo se prestan a interpretaciones equívocas. Pero el lenguaje de los filósofos 
modernos, y más todavía el de los economistas actuales, es tan preciso y correcto, 
que ya no cabe confusión interpretativa alguna. 


Sobre los instintos y los impulsos 


El método utilizado por la sociología de los instintos no es idóneo para llegar a 
comprender el problema fundamental de la acción humana. Dicha escuela, en 
efecto, clasifica los diferentes objetivos concretos a que tiende la acción humana 
suponiendo que ésta es impulsada hacia cada uno de ellos por un instinto específico. 
El hombre aparece como exclusivamente movido por instintos e innatas 
disposiciones. Se presume que tal planteamiento viene a desarticular, de una vez 
para siempre, las odiosas enseñanzas de la economía y de la filosofía utilitaria. 
Feuerbach, sin embargo, advirtió acertadamente que el instinto aspira siempre a la 
felicidad?!. La metodología de la psicología y de la sociología de los instintos 
clasifica arbitrariamente los objetivos inmediatos de la acción y viene a ser una 
hipóstasis de cada uno de ellos. En tanto que la praxeología proclama que el fin de la 
acción es la remoción de cierto malestar, la psicología del instinto afirma que se 
actúa para satisfacer cierto impulso instintivo. 


Muchos partidarios de tal escuela creen haber demostrado que la actividad no se 
halla regida por la razón, sino que viene originada por profundas fuerzas innatas, 
impulsos y disposiciones que el pensamiento racional no comprende. También 
creen haber logrado evidenciar la inconsistencia del racionalismo, criticando a la 
economía por constituir un «tejido de erróneas conclusiones deducidas de falsos 
supuestos psicológicos»C!. Pero lo que pasa es que el racionalismo, la praxeología y 
la economía, en verdad, no se ocupan ni de los resortes que inducen a actuar ni de 
los fines últimos de la acción, sino de los medios que el hombre haya de emplear 
para alcanzar los objetivos propuestos. Por insondables que sean los abismos de los 
que emergen los instintos y los impulsos, los medios a que el hombre apela para 
satisfacerlos son fruto de consideraciones racionales que ponderan el coste, por un 


lado, y el resultado alcanzado, por otro!*! 


83 


Quien obra bajo presión emocional no por eso deja de actuar. Lo que distingue la 
acción impulsiva de las demás es que en estas últimas el sujeto contrasta más 
serenamente tanto el coste como el fruto obtenido. La emoción perturba las 
valoraciones del actor. Arrebatado por la pasión, el objetivo parece al interesado 
más deseable y su precio menos oneroso de lo que, ante un examen más frío, 
consideraría. Nadie ha puesto nunca en duda que incluso bajo un estado emocional 
los medios y los fines son objeto de ponderación, siendo posible influir en el 
resultado de tal análisis a base de incrementar el coste del ceder al impulso pasional. 
Castigar con menos rigor las infracciones criminales cometidas bajo un estado de 
excitación emocional o de intoxicación equivale a fomentar tales excesos. La 
amenaza de una severa sanción disuade incluso a las personas impulsadas por 
pasiones, al parecer, irresistibles. 


Interpretamos la conducta animal suponiendo que los seres irracionales siguen 
en cada momento el impulso de mayor vehemencia. Al comprobar que el animal 
come, cohabita y ataca a otros animales o al hombre, hablamos de sus instintos de 
alimentación, de reproducción y de agresión y concluimos que tales instintos son 
innatos y exigen satisfacción inmediata. 


Pero con el hombre no ocurre lo mismo. El ser humano es capaz de domeñar 
incluso aquellos impulsos que de modo más perentorio exigen atención. Puede 
vencer sus instintos, emociones y apetencias, racionalizando su conducta. Deja de 
satisfacer deseos vehementes para atender otras aspiraciones; no le avasallan 
aquéllos. El hombre no rapta a toda hembra que despierta su libido; ni devora todos 
los alimentos que le atraen; ni ataca a cuantos quisiera aniquilar. Tras ordenar en 
escala valorativa sus deseos y anhelos, opta y prefiere; es decir, actúa. Lo que 
distingue al homo sapiens de las bestias es, precisamente, eso, el que procede de 
manera consciente. El hombre es el ser capaz de inhibirse; que puede vencer sus 
impulsos y deseos; que tiene poder para refrenar sus instintos. 


A veces los impulsos son de tal violencia que ninguna de las desventajas que su 
satisfacción implica resulta bastante para detener al individuo. Aun en este supuesto 


hay elección. El agente, en tal caso, prefiere ceder al deseo en cuestión!?!. 


3. LA ACCIÓN HUMANA COMO PRESUPUESTO 
IRREDUCTIBLE 


Hubo siempre gentes deseosas de llegar a desentrañar la 


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causa primaria, la fuente y origen de cuanto existe, el impulso 
generador de los cambios que acontecen; la sustancia que 
todo lo crea y que es causa de sí misma. La ciencia, en cambio, 
nunca aspiró a tanto, consciente de la limitación de la mente 
humana. El estudioso pretende ciertamente retrotraer los 
fenómenos a sus causas. Pero advierte que tal aspiración 
fatalmente tiene que acabar tropezando con muros 
insalvables. Hay fenómenos que no pueden ser analizados ni 
referidos a otros: son presupuestos irreductibles. El progreso 
de la investigación científica permite ir paulatinamente 
reduciendo a sus componentes cada vez mayor número de 
hechos que previamente resultaban inexplicables. Pero 
siempre habrá realidades irreductibles o inanalizables, es 
decir, presupuestos últimos o finales. 


El monismo asegura no haber más que una sustancia 
esencial; el dualismo afirma que hay dos; y el pluralismo que 
son muchas. De nada sirve discutir estas cuestiones, meras 
disputas metafísicas insolubles. Nuestro actual conocimiento 
no nos permite dar a múltiples problemas soluciones 
universalmente satisfactorias. 


El monismo materialista entiende que los pensamientos y 
las humanas voliciones son fruto y producto de los órganos 
corporales, de las células y los nervios cerebrales. El 
pensamiento, la voluntad y la actuación del hombre serían 
mera consecuencia de procesos materiales que algún día los 
métodos de la investigación física y química explicarán. Tal 
supuesto entraña también una hipótesis metafísica, aun 
cuando sus partidarios la consideren verdad científica 
irrebatible e innegable. 

Muchas teorías han pretendido explicar, por ejemplo, la 
relación entre el cuerpo y el alma; pero, a fin de cuentas, no 


85 


eran sino conjeturas huérfanas de toda relación con la 
experiencia. Lo más que puede afirmarse es que hay ciertas 
conexiones entre los procesos mentales y los fisiológicos. 
Pero, en verdad, es muy poco lo que concretamente sabemos 
acerca de la naturaleza y desarrollo de tales relaciones. 


Ni los juicios de valor ni las efectivas acciones humanas se 
prestan a ulterior análisis. Podemos admitir que dichos 
fenómenos tienen sus causas. Pero en tanto no sepamos de 
qué modo los hechos externos —físicos y fisiológicos— 
producen en la mente humana pensamientos y voliciones que 
ocasionan actos concretos, tenemos que conformarnos con 
un insuperable dualismo metodológico. En el estado actual del 
saber, las afirmaciones fundamentales del positivismo, del 
monismo y del panfisicismo son meros postulados 
metafísicos, carentes de base científica y sin utilidad ni 
significado para la investigación. La razón y la experiencia nos 
muestran dos reinos separados: el externo, el de los 
fenómenos físicos, químicos y fisiológicos; y el interno, el del 
pensamiento, del sentimiento, de la apreciación y de la 
actuación consciente. Ningún puente conocemos hoy que una 
ambas esferas. Idénticos fenómenos exteriores provocan 
reflejos humanos diferentes y hechos dispares dan lugar a 
idénticas respuestas humanas. Ignoramos el porqué. 


Ante esta situación no es posible ni aceptar ni rechazar las 
declaraciones esenciales del monismo y del materialismo. 
Creamos o no que las ciencias naturales logren algún día 
explicarnos la producción de las ideas, de los juicios de 
apreciación y de las acciones, del mismo modo que explican 
la aparición de una síntesis química como fruto necesario e 
inevitable de determinada combinación de elementos, 
mientras tanto no tenemos más remedio que conformarnos 


86 


con el dualismo metodológico. 


La acción humana provoca cambios. Es un elemento más 
de la actividad universal y del devenir cósmico. De ahí que sea 
un objeto legítimo de investigación científica. Y puesto que — 
al menos por ahora— no puede ser desmenuzada en sus 
causas integrantes, debemos considerarla como presupuesto 
irreductible, y como tal estudiarla. 


Cierto que los cambios provocados por la acción humana 
carecen de trascendencia comparados con los efectos 
engendrados por las grandes fuerzas cósmicas. El hombre es 
un pobre grano de arena contemplado desde el ángulo de la 
eternidad y del universo infinito. Pero, para el individuo, la 
acción humana y sus vicisitudes son tremendamente reales. 
La acción constituye la esencia del hombre, el medio de 
proteger su vida y de elevarse por encima del nivel de los 
animales y las plantas. Por perecederos y vanos que puedan 
parecer, todos los esfuerzos humanos son, empero, de 
importancia trascendental para el hombre y para la ciencia 
humana. 


4. RACIONALIDAD E IRRACIONALIDAD; 
SUBJETIVISMO Y OBJETIVIDAD EN LA 
INVESTIGACIÓN PRAXEOLÓGICA 


La acción humana es siempre y necesariamente racional. 
Hablar de «acción racional» es un evidente pleonasmo y, por 
tanto, debe rechazarse tal expresión. Aplicados a los fines 
últimos de la acción, los términos racional e irracional no son 


87 


apropiados y carecen de sentido. El fin último de la acción 
siempre es la satisfacción de algún deseo del hombre actuante. 
Puesto que nadie puede reemplazar los juicios de valor del 
sujeto en acción por los propios, es inútil enjuiciar los anhelos 
y las voliciones de los demás. Nadie está calificado para 
decidir qué hará a otro más o menos feliz. Quienes pretenden 
enjuiciar la vida ajena, o bien exponen cuál sería su conducta 
de hallarse en la situación del prójimo, o bien, pasando por 
alto los deseos y aspiraciones de sus semejantes, se limitan a 
proclamar, con arrogancia dictatorial, la manera en que el 
prójimo serviría mejor a los designios del propio crítico. 

Es corriente denominar irracionales aquellas acciones que, 
prescindiendo de ventajas materiales y tangibles, tienden a 
alcanzar satisfacciones «ideales» o más «elevadas». En este 
sentido, la gente asegura, por ejemplo, —unas veces 
aprobando y otras desaprobando— que quien sacrifica la 
vida, la salud o la riqueza para alcanzar bienes más altos — 
como la lealtad a sus convicciones religiosas, filosóficas y 
políticas o la libertad y la grandeza nacional— viene impelido 
por consideraciones de índole no racional. La persecución de 
estos fines, sin embargo, no es ni más ni menos racional o 
irracional que la de otros fines humanos. Es erróneo suponer 
que el deseo de cubrir las necesidades perentorias de la vida o 
el de conservar la salud sea más racional, natural o justificado 
que el aspirar a otros bienes y satisfacciones. Cierto que la 
apetencia de alimentos y calor es común al hombre y a otros 
mamíferos y que, por lo general, quien carezca de 
manutención y abrigo concentrará sus esfuerzos en la 
satisfacción de esas urgentes necesidades sin, de momento, 
preocuparse mucho por otras cosas. El deseo de vivir, de 
salvaguardar la existencia y de sacar partido de toda 


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oportunidad para vigorizar las propias fuerzas vitales es un 
rasgo característico de cualquier forma de ser viviente. Sin 
embargo, para el hombre no constituye un imperativo 
ineludible el doblegarse ante dichas apetencias. 


Mientras todos los demás animales se ven inexorablemente 
impelidos a la conservación de su vida y a la proliferación de 
la especie, el hombre es capaz de dominar tales impulsos. 
Controla tanto su apetito sexual como su deseo de vivir. 
Renuncia a la vida si considera intolerables aquellas 
condiciones únicas bajo las cuales podría sobrevivir. Es capaz 
de morir por un ideal y también de suicidarse. Incluso la vida 
es para el hombre el resultado de una elección, o sea, de un 
juicio valorativo. 


Lo mismo ocurre con el deseo de vivir en la abundancia. La 
mera existencia de ascetas y de personas que renuncian a los 
bienes materiales por amor a sus convicciones, o simplemente 
por preservar su dignidad e individual respeto, evidencia que 
el correr en pos de los placeres materiales en modo alguno 
resulta inevitable, siendo en cambio consecuencia de una 
precisa elección. La verdad, sin embargo, es que la inmensa 
mayoría de nosotros preferimos la vida a la muerte y la 
riqueza a la pobreza. 

Es arbitrario considerar «natural» y «racional» únicamente 
la satisfacción de las necesidades fisiológicas y todo lo demás 
«artificial» y, por tanto, «irracional». El rasgo típicamente 
humano estriba en que el hombre no sólo desea alimento, 
abrigo y ayuntamiento carnal, como el resto de los animales, 
sino que aspira además a otras satisfacciones. 
Experimentamos necesidades y apetencias típicamente 
humanas, que podemos calificar de «más elevadas» 
comparadas con los deseos comunes al hombre y a los demás 


89 


mamiíferos!”, 


Al aplicar los calificativos racional e irracional a los medios 
elegidos para la consecución de fines determinados, lo que se 
trata de ponderar es la oportunidad e idoneidad del sistema 
adoptado. Debe el mismo enjuiciarse para decidir si es o no el 
que mejor permite alcanzar el objetivo ambicionado. La razón 
humana, desde luego, no es infalible y, con frecuencia, el 
hombre se equivoca, tanto en la elección de medios como en 
su utilización. Una acción inadecuada al fin propuesto no 
produce el fruto esperado. La misma no se adapta a la 
finalidad perseguida, pero no por ello dejará de ser racional, 
pues se trata de un método originado en una deliberación 
razonada (aunque defectuosa) y de un esfuerzo (si bien 
ineficaz) por conseguir cierto objetivo. Los médicos que, hace 
cien años, empleaban para el tratamiento del cáncer unos 
métodos que los profesionales contemporáneos rechazarían 
carecían, desde el punto de vista de la patología actual, de 
conocimientos bastantes y, por tanto, su actuación resultaba 
baldía. Ahora bien, no procedían irracionalmente; hacían lo 
que creían más conveniente. Es probable que dentro de cien 
años los futuros galenos dispongan de mejores métodos para 
tratar dicha enfermedad; en tal caso, serán más eficientes que 
nuestros médicos, pero no más racionales. 


Lo opuesto a la acción humana no es la conducta irracional, 
sino la refleja reacción de nuestros órganos corporales al 
estímulo externo, reacción que no puede ser controlada a 
voluntad. Y cabe incluso que el hombre, en determinados 
casos, ante un mismo agente, responda simultáneamente por 
reacción refleja y por acción consciente. Al ingerir un veneno, 
el organismo apresta automáticamente defensas contra la 
infección; con independencia, puede intervenir la actuación 


90 


humana administrando un antídoto. 


Respecto del problema planteado por la antítesis entre lo 
racional y lo irracional, no hay diferencia entre las ciencias 
naturales y las ciencias sociales. La ciencia siempre es y debe 
ser racional; presupone intentar aprehender los fenómenos 
del universo mediante una ordenación sistemática de todo el 
saber disponible. Sin embargo, como anteriormente se hacía 
notar, la descomposición analítica del fenómeno en sus 
elementos constitutivos antes o después llega a un punto del 
que ya no puede pasar. La mente humana es incluso incapaz 
de concebir un saber que no esté limitado por ningún dato 
último imposible de analizar y explicar. El sistema científico 
que guía al investigador hasta alcanzar el límite en cuestión 
resulta estrictamente racional. Es el dato irreductible el que 
puede calificarse de hecho irracional. 


Está hoy en boga el menospreciar las ciencias sociales por 
el hecho de ser puramente racionales. La objeción más 
corriente que se formula contra la economía es la de que 
olvida la irracionalidad de la vida y del universo e intenta 
encuadrar en secos esquemas racionales y en frías 
abstracciones la variedad infinita de los fenómenos. Nada más 
absurdo. La economía, al igual que las demás ramas del saber, 
va tan lejos como puede, dirigida por métodos racionales. 
Alcanzado el límite, se detiene y califica el hecho con que 
tropieza de dato irreductible, es decir, de fenómeno que no 
admite ulterior análisis, al menos en el estado actual de 
nuestros conocimientos”. 

Las enseñanzas de la praxeología y de la economía son 
válidas para todo tipo de acción humana, 
independientemente de los motivos, causas y fines en que esta 
última se fundamente. Los juicios finales de valor y los fines 


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últimos de la acción humana son hechos dados para cualquier 
forma de investigación científica y no se prestan a ningún 
análisis ulterior. La praxeología trata de los medios y sistemas 
adoptados para la consecución de los fines últimos. Su objeto 
de estudio son los medios, no los fines. 


En este sentido hablamos del subjetivismo de la ciencia 
general de la acción humana; acepta como realidades 
insoslayables los fines últimos a los que el hombre aspira en 
su actuar; es enteramente neutral respecto a ellos, 
absteniéndose de formular juicio valorativo alguno. Lo único 
que le preocupa es determinar si los medios empleados son 
idóneos para la consecución de los fines propuestos. Cuando 
el eudemonismo habla de felicidad y el utilitarismo o la 
economía de utilidad, estamos ante términos que debemos 
interpretar de un modo subjetivo, en el sentido de que 
mediante ellos se pretende expresar aquello que el hombre, 
por resultarle atractivo, persigue al actuar. El progreso del 
moderno eudemonismo, hedonismo y utilitarismo consiste 
precisamente en haber alcanzado tal formalismo, contrario al 
antiguo sentido materialista de dichos modos de pensar; 
idéntico progreso ha supuesto la moderna teoría subjetivista 
del valor comparativamente a la anterior teoría objetivista 
propugnada por la escuela clásica. Y precisamente en tal 
subjetivismo reside la objetividad de nuestra ciencia. Por ser 
subjetivista y por aceptar los juicios de apreciación del 
hombre actuante como datos últimos no susceptibles de 
ningún examen crítico posterior, nuestra ciencia queda 
emplazada por encima de las luchas de partidos y facciones; 
no interviene en los conflictos que se plantean las diferentes 
escuelas dogmáticas y éticas; se aparta de toda idea 
preconcebida, de todo juicio o valoración; sus enseñanzas 


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resultan umversalmente válidas y ella misma es absoluta y 
plenamente humana. 


5. LA CAUSALIDAD COMO REQUISITO DE LA 
ACCIÓN 


El hombre actúa porque es capaz de descubrir relaciones 
causales que provocan cambios y mutaciones en el universo. 
El actuar implica y presupone la categoría de causalidad. Sólo 
quien contemple el mundo a la luz de la causalidad puede 
actuar. En tal sentido, se puede decir que la causalidad es una 
categoría de la acción. La categoría medios y fines presupone 
la categoría causa y efecto. Sin causalidad ni regularidad 
fenomenológica no sería posible ni el raciocinio ni la acción 
humana. Tal mundo sería un caos, en el cual el individuo se 
esforzaría vanamente por hallar orientación y guía. El ser 
humano incluso es incapaz de representarse semejante 
desorden universal. 


No puede el hombre actuar cuando no percibe relaciones 
de causalidad. Pero esta afirmación no es reversible. En 
efecto, aun cuando conozca la relación causal, si no puede 
influir en la causa, el individuo tampoco puede actuar. 


El análisis de la causalidad siempre consistió en 
preguntarse el sujeto: ¿Dónde y cómo debo intervenir para 
desviar el curso que los acontecimientos adoptarían sin esa mi 
interferencia capaz de impulsarlos hada metas que satisfacen 
mejor mis deseos? En este sentido, el hombre se plantea el 


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problema: ¿Quién o qué rige el fenómeno de que se trate? 
Busca la regularidad, la «ley», precisamente porque desea 
intervenir. Esta búsqueda fue interpretada por la metafísica 
con excesiva amplitud, como investigación de la última causa 
del ser y de la existencia. Siglos habían de transcurrir antes de 
que ideas tan exageradas y desorbitadas fueran reconducidas 
al modesto problema de determinar dónde hay o habría que 
intervenir para alcanzar este o aquel objetivo. 


El enfoque dado al problema de la causalidad en las últimas 
décadas, debido a la confusión que algunos eminentes físicos 
han provocado, resulta poco satisfactorio. Confiemos en que 
este desagradable capítulo de la historia de la filosofía sirva de 
advertencia a futuros filósofos. 


Hay mutaciones cuyas causas nos resultan desconocidas, al 
menos por ahora. Nuestro conocimiento, en ciertos casos, es 
sólo parcial, permitiéndonos únicamente afirmar que, en el 70 
por 100 de los casos, A provoca B; en los restantes, C o incluso 
D, E, F, etc. Para poder ampliar esta fragmentaria 
información con otra más completa sería preciso que 
fuéramos capaces de descomponer A en sus elementos. 
Mientras ello no esté a nuestro alcance, habremos de 
conformarnos con una ley estadística; las realidades en 
cuestión, sin embargo, para nada afectan al significado 
praxeológico de la causalidad. El que nuestra ignorancia en 
determinadas materias sea total, o inutilizables nuestros 
conocimientos a efectos prácticos, en modo alguno supone 
anular la categoría causal. 

Los problemas filosóficos, epistemológicos y metafísicos 
que la causalidad y la inducción imperfecta plantean caen 
fuera del ámbito de la praxeología. Interesa tan sólo a nuestra 
ciencia dejar sentado que, para actuar, el hombre ha de 


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conocer la relación causal existente entre los distintos 
eventos, procesos o situaciones. La acción del sujeto 
provocará los efectos deseados sólo en aquella medida en que 
el interesado perciba tal relación. Es claro que al afirmar esto 
nos estamos moviendo en un círculo vicioso, pues sólo 
constatamos que se ha apreciado con acierto determinada 
relación causal cuando nuestra actuación, guiada por la 
correspondiente percepción, ha provocado el resultado 
esperado. Pero no podemos evitar este círculo vicioso 
precisamente en razón a que la causalidad es una categoría de 
la acción. Por tratarse de categoría del actuar, la praxeología 
no puede dejar de aludir al fundamental problema filosófico 
en cuestión. 


6. EL ALTER EGO 


Si tomamos el término causalidad en su sentido más 
amplio, la teleología puede considerarse como una rama del 
análisis causal. Las causas finales son las primeras de todas las 
causas. La causa de un hecho es siempre determinada acción 
o cuasi acción que apunta a un determinado objetivo. 


Tanto el hombre primitivo como el niño, adoptando una 
postura ingenuamente antropomórfica, creen que los cambios 
y acontecimientos son consecuencias provocadas por la 
acción de un ente que procede en forma similar a como ellos 
mismos actúan. Creen que los animales, las plantas, las 
montañas, los ríos y las fuentes, incluso las piedras y los 


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cuerpos celestes, son seres con sentimientos y deseos que 
procuran satisfacer. Sólo en una posterior fase de su 
desarrollo cultural renuncia el individuo a semejantes ideas 
animistas, reemplazándolas por una visión mecanicista del 
mundo. Los principios mecanicistas le resultan al hombre una 
guía tan certera que hasta llega a creer que, sirviéndose de 
ellos puede resolver todos los problemas que plantean el 
pensamiento y la investigación científica. El mecanicismo es, 
para el materialismo y el panfisicismo, la esencia misma del 
saber, y los métodos experimentales y matemáticos de las 
ciencias naturales son el único modo científico de pensar. 
Todos los cambios han de analizarse como movimientos 
regidos por las leyes de la mecánica. 


Los partidarios del mecanicismo se despreocupan de los 
graves y aún no resueltos problemas relacionados con la base 
lógica y epistemológica de los principios de la causalidad y de 
la inducción imperfecta. A su modo de ver, la certeza de tales 
principios resulta indudable simplemente porque los mismos 
se cumplen. El que los experimentos de laboratorio 
provoquen los resultados predichos por la teoría y el que las 
máquinas en las fábricas funcionen del modo previsto por la 
tecnología demuestra, dicen, la solvencia de los métodos y 
descubrimientos de las modernas ciencias naturales. Aun 
admitiendo que la ciencia sea incapaz de brindarnos la verdad 
—y ¿qué es la verdad?—, no por eso deja de sernos de gran 
utilidad, ya que nos permite alcanzar los objetivos que 
perseguimos. 

Ahora bien, precisamente cuando aceptamos ese 
pragmático punto de vista aparece la vacuidad del dogma 
panfísico. La ciencia, como más arriba se hacía notar, no ha 
logrado averiguar las relaciones existentes entre el cuerpo y la 


96 


mente. Ningún partidario del ideario panfísico puede 
pretender que su filosofía se haya podido jamás aplicar a las 
relaciones interhumanas o a las ciencias sociales. A pesar de 
ello, no hay duda de que el principio según el cual el ego trata 
a sus semejantes como si fueran seres pensantes y actuantes al 
igual que él ha evidenciado su utilidad tanto en la vida 
corriente como en la investigación científica. Nadie es capaz 
de negar que tal principio se cumple. 


No hay duda de que el considerar al semejante como ser 
que piensa y actúa como yo, el ego, ha provocado resultados 
satisfactorios; por otra parte, nadie cree que pudiera darse 
una verificación práctica semejante a cualquier postulado que 
predicara tratar al ser humano como se hace con los objetos 
de las ciencias naturales. Los problemas epistemológicos que 
la comprensión de la conducta ajena plantea no son menos 
arduos que los que suscitan la causalidad y la inducción 
incompleta. Se puede admitir que es imposible demostrar de 
modo concluyente la proposición que asegura que mi lógica 
es la lógica de todos los demás y la única lógica humana y que 
las categorías de mi actuar son las categorías de la actuación 
de todos los demás, así como de la acción humana en general. 
Ello no obstante, el pragmático debe recordar que tales 
proposiciones funcionan tanto en la práctica como en la 
ciencia, y el positivista no debe desconocer el hecho de que, al 
dirigirse a sus semejantes, presupone  —tácita e 
implícitamente— la validez intersubjetiva de la lógica y, por 
tanto, la existencia del mundo del pensamiento y de la acción 
del alter ego de condición indudablemente humana!” 


Pensar y actuar son rasgos específicos del hombre y 
privativos de los seres humanos. Caracterizan al ser humano 
aun independientemente de su adscripción a la especie 


97 


zoológica homo sapiens. No es propiamente el objeto de la 
praxeología la investigación de las relaciones entre el 
pensamiento y la acción. Le basta dejar sentado que no hay 
más que una lógica inteligible para la mente y que sólo existe 
un modo de actuar que merezca la calificación de humano y 
resulte comprensible para nuestra inteligencia. El que existan 
o puedan existir en algún lugar seres —sobrehumanos o 
infrahumanos— que piensen y actúen de modo distinto al 
nuestro es un tema que desborda la capacidad de la mente 
humana. Nuestro esfuerzo intelectual debe contraerse al 
estudio de la acción humana. 


Esta acción humana, que está inextricablemente ligada con 
el pensamiento, viene condicionada por un imperativo lógico. 
No le es posible a la mente del hombre concebir relaciones 
lógicas que contrasten con su propia estructura lógica. E 
igualmente imposible le resulta concebir un modo de actuar 
cuyas categorías diferirían de las categorías determinantes de 
nuestras propias acciones. 


El hombre sólo puede acudir a dos órdenes de principios 
para aprehender mentalmente la realidad; a saber: los de la 
teleología y los de la causalidad. Lo que no puede encuadrarse 
dentro de una de estas dos categorías resulta impenetrable 
para la mente. Un hecho que no se preste a ser interpretado 
por uno de esos dos caminos resulta para el hombre 
inconcebible y misterioso. El cambio sólo puede concebirse 
como consecuencia, o bien de la operación de la causalidad 
mecánica, o bien de una conducta deliberada; para la mente 
humana no cabe una tercera solución'”, Es cierto que la 
teleología, según antes se hacía notar, puede ser enfocada 
como una variante de la causalidad. Pero ello no anula las 
esenciales diferencias existentes entre ambas categorías. 


98 


La visión panmecanicista del mundo está abocada a un 
monismo metodológico; reconoce sólo la causalidad 
mecánica porque sólo a ella atribuye valor cognoscitivo o al 
menos un valor cognoscitivo más alto que a la teleología. Es 
una superstición metafísica. Ambos principios de 
conocimiento —la causalidad y la teleología—, debido a la 
limitación de la razón humana, son imperfectos y no nos 
aportan información plena. La causalidad supone un regressus 
in infinitum que la razón no puede llegar a agotar. La 
teleología flaquea en cuanto se le pregunta qué mueve al 
primer motor. Ambos métodos abocan a datos irreductibles 
que no cabe analizar ni interpretar. La razón y la 
investigación científica nunca pueden aportar sosiego pleno a 
la mente, certeza apodíctica, ni perfecto conocimiento de 
todas las cosas. Quien aspire a ello debe entregarse a la fe e 
intentar tranquilizar la inquietud de su consciencia abrazando 
un credo o una doctrina metafísica. 


Sólo apartándonos del mundo de la razón y de la 
experiencia podemos llegar a negar que nuestros semejantes 
actúan. No podemos escamotear este hecho recurriendo a 
prejuicios en boga o a una opinión arbitraria. La experiencia 
cotidiana no sólo patentiza que el único método idóneo para 
estudiar las circunstancias de nuestro alrededor no-humano 
es aquél que se ampara en la categoría de causalidad, sino que, 
además, acredita, y de modo no menos convincente, que 
nuestros semejantes son seres que actúan como nosotros 
mismos. Para comprender la acción sólo podemos recurrir a 
un método de interpretación y análisis: el que parte del 
conocimiento y examen de nuestra propia conducta 
consciente. 


El estudio y análisis de la acción ajena nada tiene que ver 


99 


con el problema de la existencia del espíritu, del alma 
inmortal. Las críticas esgrimidas por el empirismo, el 
conductismo y el positivismo contra las diversas teorías del 
alma para nada afectan al tema que nos ocupa. La cuestión 
debatida se reduce a determinar si se puede aprehender 
intelectualmente la acción humana negándose a considerarla 
como una conducta sensata e intencionada que aspira a la 
consecución de específicos objetivos. El  behaviorismo 
(conductismo) y el positivismo pretenden aplicar los métodos 
de las ciencias naturales empíricas a la acción humana. La 
interpretan como respuesta a estímulos. Tales estímulos, sin 
embargo, no pueden explicarse con arreglo a los métodos de 
las ciencias naturales. Todo intento de describirlos ha de 
contraerse forzosamente al significado que les atribuye el 
hombre que actúa. Podemos calificar de «estímulo» la oferta 
de un producto en venta. Pero lo típico de tal oferta, lo que la 
distingue de todas las demás, sólo puede comprenderse 
ponderando la significación que al hecho atribuyen las partes 
interesadas. Ningún artificio dialéctico logra, como por arte 
de magia, escamotear el que el deseo de alcanzar ciertos fines 
es el motor que induce al hombre a actuar. Tal deliberada 
conducta —la acción— constituye el objeto principal de 
nuestra ciencia. Ahora bien, al abordar el tema, forzosamente 
hemos de tomar en cuenta el significado que el hombre que 
actúa confiere tanto a la realidad dada como a su propio 
comportamiento en relación con esta situación. 


No interesa al físico investigar las causas finales, por cuanto 
no parece lógico que los hechos que constituyen el objeto de 
estudio de la física puedan ser fruto de la actuación de un ser 
que persiga fines al modo de los humanos. Pero tampoco 
debe el praxeólogo descuidar la mecánica de la volición y la 


100 


intencionalidad del hombre al actuar por el hecho de que 
constituyen meras realidades dadas. Si así lo hiciera, dejaría 
de estudiar la acción humana. Con frecuencia, tales hechos 
pueden ser analizados a un tiempo desde el campo de la 
praxeología y desde el de las ciencias naturales. Ahora bien, 
quien se interesa por el disparo de un arma de fuego como 
fenómeno físico o químico no es un praxeólogo: descuida 
precisamente aquellos problemas que la ciencia de la 
conducta humana deliberada pretende esclarecer. 


Sobre la utilidad de los instintos 


Buena prueba de que sólo hay dos vías —la de la causalidad y la de la teleología— 
para la investigación humana la proporcionan los problemas que se plantean en 
torno a la utilidad de los instintos. Hay conductas que ni pueden ser 
satisfactoriamente explicadas amparándose exclusivamente en los principios 
causales de las ciencias naturales ni tampoco se las puede encuadrar entre las 
acciones humanas de índole consciente. Para comprender tales actuaciones nos 
vemos forzados a dar un rodeo y, asignándoles la condición de cuasi acciones, 
hablamos de instintos útiles. 


Observamos dos cosas: primero, la tendencia específica de todo organismo con 
vida a responder ante estímulos determinados de forma regular; segundo, los 
buenos efectos que el proceder de esta suerte provoca por lo que se refiere a la 
vigorización y mantenimiento de las fuerzas vitales del organismo. Si pudiéramos 
considerar esta conducta como el fruto de una aspiración consciente a alcanzar 
específicos fines, la consideraríamos acción y la estudiaríamos de acuerdo con el 
método teleológico de la praxeología. Pero, al no hallar en tal proceder vestigio 
alguno de mente consciente, concluimos que un factor desconocido —al que 
denominamos instinto— fue el agente instrumental. En tal sentido suponemos que 
es el instinto lo que gobierna la cuasi deliberada conducta animal, así como las 
inconscientes, pero no por eso menos útiles, reacciones de nuestros músculos y 
nervios. Ahora bien, el hecho de que personalicemos a este desconocido elemento 
de la conducta como una fuerza y le llamemos instinto en nada amplía nuestro 


101 


saber. Nunca debemos olvidar que con la palabra instinto no hacemos más que 
marcar la frontera que nuestra investigación científica es incapaz de trasponer, al 
menos por ahora. 


La biología ha logrado descubrir una explicación «natural», es decir, mecanicista, 
para muchos procesos que en otros tiempos se atribuían a la acción instintiva. 
Subsisten, sin embargo, múltiples realidades que no pueden ser consideradas meras 
reacciones a estímulos químicos o mecánicos. Los animales adoptan actitudes que 
sólo pueden explicarse suponiendo la intervención de un agente dirigente que dicte 
las mismas a aquéllos. Es vana la pretensión del behaviorismo de estudiar la acción 
humana desde fuera de la misma, con arreglo a los métodos de la psicología animal. 
La conducta animal, tan pronto como rebasa los procesos meramente fisiológicos, 
tales como la respiración y el metabolismo, sólo puede analizarse recurriendo a los 
conceptos intencionales elaborados por la praxeología. El behaviorista aborda el 
tema partiendo del humano concepto de intención y logro. Recurre torpemente en 
su estudio a los conceptos de utilidad y perjudicialidad. Cuando rehúye toda expresa 
referencia a la actuación consciente, a la búsqueda de objetivos precisos, sólo logra 
engañarse a sí mismo; mentalmente trata de hallar fines por doquier, ponderando 
todas las actuaciones con arreglo a un imperfecto patrón utilitario. La ciencia de la 
conducta humana —en la medida en que no es mera fisiología— tiene que referirse 
al significado y a la intencionalidad. A este respecto, ninguna ilustración nos brinda 
la observación de la psicología de los brutos o el examen de las inconscientes 
reacciones del recién nacido. Al contrario, sólo recurriendo al auxilio de la ciencia 
de la acción humana se puede comprender la psicología animal y la infantil. Sin 
acudir a las categorías praxeológicas es imposible concebir y entender la acción de 
animales y niños. 


La contemplación de la conducta instintiva de los animales llena al hombre de 
estupor, suscitándole interrogantes a los que nadie ha podido responder 
satisfactoriamente. Ahora bien, el que los animales y las plantas reaccionen en 
forma cuasi deliberada no debe parecemos ni más ni menos milagroso que la 
capacidad del hombre para pensar y actuar o la sumisión del universo inorgánico a 
las funciones que la física reseña o la realidad de los procesos biológicos que en el 
mundo orgánico se producen. Son hechos todos ellos milagrosos, en el sentido de 
que se trata de fenómenos irreductibles para nuestra capacidad investigadora. 


Este dato último es eso que denominamos instinto animal. El concepto de 
instinto, al igual que los de movimiento, fuerza, vida y consciencia, no es más que 
un nuevo vocablo para designar un fenómeno irreductible. Pero, por sí, ni nos 


«explica» nada ni nos orienta hacia causa alguna próxima o remota!" 


102 


El fin absoluto 


Para evitar todo posible error en torno a las categorías praxeológicas parece 
conveniente resaltar una realidad en cierto modo perogrullesca. 


La praxeología, como las ciencias históricas, trata de la acción humana 
intencional. Si menciona los fines, entiende los fines que persigue el hombre al 
actuar; si alude a intencionalidad, se refiere al sentido que el hombre, al actuar, 
imprime a sus acciones. 


Praxeología e historia son manifestaciones de la mente humana y, como tales, se 
hallan condicionadas por la capacidad intelectual de los mortales. Ni la praxeología 
ni la historia pretenden averiguar las intenciones de una mente absoluta y objetiva 
ni el sentido objetivo inherente al curso de los acontecimientos y la evolución 
histórica; ni los planes que Dios, la Naturaleza, el Weltgeist o el Destino puedan 
pretender plasmar a través del universo y la humanidad. Aquellas disciplinas nada 
tienen en común con la denominada filosofía de la historia. No aspiran a ilustrarnos 
acerca del sentido objetivo, absoluto y cierto de la vida y la historia, contrariamente 


a lo que pretenden las obras de Hegel, Comte, Marx y legión de otros escritores!!! 


El hombre vegetativo 


Algunas filosofías recomendaron al hombre, como fin último, renunciar 
totalmente a la acción. Consideran la vida como un mal que sólo proporciona a los 
mortales pena, sufrimiento y angustia, y niegan resueltamente que cualquier 
esfuerzo humano consciente pueda hacerla más tolerable. Sólo aniquilando la 
consciencia, la volición y la vida es posible alcanzar la felicidad. El camino único que 
conduce a la salvación y a la bienaventuranza exige al hombre transformarse en un 
ser perfectamente pasivo, indiferente e inerte como las plantas. El bien supremo 
consiste en rehuir tanto el pensamiento como la acción. 


Tales son en esencia las enseñanzas de diversas filosofías indias, especialmente el 
budismo, así como del pensamiento de Schopenhauer. La praxeología no se interesa 
por tales doctrinas. La posición de nuestra ciencia es totalmente neutral ante todo 
género de juicio valorativo y la elección de los fines últimos. La misión de la 
praxeología no es aprobar ni condenar, sino describir la realidad. 


La praxeología pretende analizar la acción humana. Se ocupa del hombre que 
efectivamente actúa; nunca de un supuesto ser humano que, a modo de planta, 


103 


llevaría una existencia meramente vegetativa. 


104 


CAPÍTULO Il 


PROBLEMAS EPISTEMOLÓGICOS DE 
LAS CIENCIAS DE LA ACCIÓN 
HUMANA 


1. PRAXEOLOGÍA E HISTORIA 


Las ciencias de la acción humana se dividen en dos ramas 
principales: la de la praxeología y la de la historia. 


La historia recoge y ordena sistemáticamente todos los 
datos de experiencia concernientes a la acción humana. Se 
ocupa del contenido concreto de la actuación del hombre. 
Examina las empresas humanas en toda su multiplicidad y 
variedad, así como las actuaciones individuales en cualquiera 
de sus aspectos accidentales, especiales y particulares. Analiza 
las motivaciones que impulsaron a los hombres a actuar y las 
consecuencias provocadas por tal proceder. Abarca cualquier 
manifestación de la actividad humana. Existe, por eso, la 
historia general, pero también la historia de sucesos 
particulares; historia de la actuación política y militar, historia 


105 


de las ideas y de la filosofía, historia económica, historia de las 
diversas técnicas, de la literatura, del arte y de la ciencia, de la 
religión, de las costumbres y de los usos tradicionales, así 
como de múltiples otros aspectos de la vida humana. 
También son materia histórica la etnología y la antropología, 
mientras no invadan el terreno de la biología. Lo mismo 
acontece con la psicología, siempre que no se meta en la 
fisiología, epistemología o filosofía. De no menos condición 
histórica goza la lingúística, en tanto no se adentre en el 
campo de la lógica o de la fisiología del lenguaje'”. 


El objeto de estudio de todas las ciencias históricas es el 
pasado. No nos ilustran, por eso, con enseñanzas que puedan 
aplicarse a la totalidad de la actividad humana, es decir, a la 
acción futura también. El conocimiento histórico hace al 
hombre sabio y prudente. Pero no proporciona, por sí solo, 
saber ni pericia alguna que resulte útil para abordar ningún 
supuesto individualizado. 


Las ciencias naturales, igualmente, se ocupan de hechos ya 
pasados. Todo conocimiento experimental se refiere a hechos 
anteriormente observados; no existe experiencia de 
acontecimientos futuros. La verdad, sin embargo, es que la 
experiencia a la que las ciencias naturales deben todos sus 
triunfos es fruto de la experimentación, merced a la cual se 
puede examinar aisladamente cada uno de los elementos del 
cambio. Los datos así reunidos pueden luego utilizarse para el 
razonamiento inductivo, una de las formas de raciocinio, que 
en la práctica ha demostrado ciertamente su indudable 
eficacia, si bien su fundamentación epistemológica todavía, 
hoy por hoy, no está clara del todo. 

La experiencia de que tratan las ciencias de la acción 
humana es siempre experiencia de fenómenos complejos. En 


106 


el campo de la acción humana no es posible recurrir a ningún 
experimento de laboratorio. Nunca se puede ponderar 
aisladamente la mutación de uno solo de los elementos 
concurrentes, presuponiendo incambiadas todas las demás 
circunstancias del caso. La experiencia histórica como 
experiencia de fenómenos complejos no nos proporciona 
hechos en el sentido en que las ciencias naturales emplean 
este término para significar sucesos aislados comprobados de 
modo experimental. La ilustración proporcionada por la 
historia no sirve para formular teorías ni para predecir el 
futuro. Toda realidad histórica puede ser objeto de 
interpretaciones varias y, de hecho, ha sido siempre 
interpretada de los modos más diversos. 


Los postulados del positivismo y de escuelas metafísicas 
afines resultan, por tanto, falsos. No es posible conformar las 
ciencias de la acción humana con la metodología de la física y 
de las demás ciencias naturales. No hay manera de establecer 
una teoría a posteriori de la conducta del hombre y de los 
acontecimientos sociales. La historia no puede ni probar ni 
refutar ninguna afirmación de valor general como lo hacen 
las ciencias naturales, las cuales aceptan o rechazan las 
hipótesis según coincidan o no con la experimentación. No es 
posible en ese terreno comprobar experimentalmente la 
veracidad o la falsedad de una proposición general. 


Los fenómenos complejos, engendrados por la 
concurrencia de diversas relaciones causales, no permiten 
evidenciar la certeza o el error de teoría alguna. Antes al 
contrario, esos fenómenos sólo resultan inteligibles si se 
interpretan a la luz de teorías previamente desarrolladas a 
partir de otras fuentes. En el ámbito de los fenómenos 
naturales la interpretación de un acontecimiento debe encajar 


107 


en las teorías verificadas satisfactoriamente mediante la 
experimentación. En el terreno de los hechos históricos no 
existe tal restricción. Pueden formularse las más arbitrarias 
explicaciones. Cuando se trata de explicar algo, la mente 
humana no duda en inventar ad hoc las más imaginarias 
teorías carentes de toda justificación lógica. 


Pero, en la esfera de la historia, la praxeología viene a 
imponer a la interpretación de los hechos restricciones 
semejantes a las que las teorías experimentalmente 
contrastadas imponen cuando se trata de interpretar y aclarar 
acontecimientos de orden físico, químico o fisiológico. La 
praxeología no es una ciencia histórica, sino teórica y 
sistemática. Su objeto es la acción humana como tal, con 
independencia de todas las circunstancias ambientales, 
accidentales e individuales de los actos concretos. Sus 
enseñanzas son de orden puramente formal y general, ajenas 
al contenido material y a las condiciones peculiares del caso 
de que se trate. Aspira a formular teorías que resulten válidas 
en cualquier caso en el que efectivamente concurran aquellas 
circunstancias implícitas en sus supuestos y construcciones. 
Sus afirmaciones y proposiciones no derivan del 
conocimiento experimental. Como los de la lógica y la 
matemática, son a priori. Su veracidad o falsedad no puede 
ser contrastada mediante el recurso a acontecimientos ni 
experiencias. Lógica y temporalmente, son anteriores a 
cualquier comprensión de los hechos históricos. Constituyen 
obligado presupuesto para la aprehensión intelectual de los 
sucesos históricos. Sin su concurso, los acontecimientos se 
presentan ante el hombre en caleidoscópica diversidad e 
ininteligible desorden. 


108 


2. EL CARÁCTER FORMAL Y APRIORÍSTICO DE LA 
PRAXEOLOGÍA 


Se ha puesto de moda una tendencia filosófica que 
pretende negar la posibilidad de todo conocimiento a priori. 
El saber humano, asegúrase, deriva íntegra y exclusivamente 
de la experiencia. Tal postura se comprende en tanto 
reacción, exagerada desde luego, contra algunas aberraciones 
teológicas y cierta equivocada filosofía de la historia y de la 
naturaleza. Porque, como es sabido, la metafísica pretendía 
averiguar, de modo intuitivo, las normas morales, el sentido 
de la evolución histórica, las cualidades del alma y de la 
materia y las leyes rectoras del mundo físico, químico y 
fisiológico. En  alambicadas especulaciones, se volvía 
alegremente la espalda a la realidad evidente. Tales 
pensadores estaban convencidos de que, sin recurrir a la 
experiencia, sólo mediante el raciocinio cabía explicarlo todo 
y descifrar hasta los más abstrusos enigmas. 


Las modernas ciencias naturales deben sus éxitos a la 
observación y a la experimentación. No cabe duda de que el 
empirismo y el pragmatismo llevan razón cuando de las 
ciencias naturales se trata. Ahora bien, no es menos cierto que 
se equivocan gravemente cuando pretenden recusar todo 
conocimiento a priori y suponen que la lógica, la matemática 
y la praxeología deben ser consideradas también como 
disciplinas empíricas y experimentales. 

Por lo que a la praxeología atañe, los errores de los filósofos 
se deben a su total desconocimiento de la ciencia económica! 
e incluso, a veces, a su inaudita ignorancia de la historia. Para 
el filósofo, el estudio de los problemas filosóficos constituye 
una noble y sublime vocación situada muy por encima de 


109 


aquellas otras ocupaciones mediante las cuales el hombre 
persigue el lucro y el provecho propio. Contraría al eximio 
profesor el advertir que sus filosofías le sirven de medio de 
vida, le repugna la idea de que se gana el sustento 
análogamente a como lo hace el artesano o el labriego. Las 
cuestiones dinerarias son temas groseros y no debe el filósofo, 
dedicado a investigar trascendentes cuestiones sobre la 
verdad absoluta y los valores eternos, envilecer su mente 
ocupándose de los problemas de la economía. 


No debe confundirse el problema referente a si existen o no 
presupuestos apriorísticos del pensar —es decir, obligadas e 
ineludibles condiciones intelectuales del pensamiento, previas 
a toda idea o percepción— con el problema de la evolución 
del hombre hasta adquirir su actual capacidad mental 
típicamente humana. El hombre desciende de antepasados de 
condición no-humana, los cuales carecían de esa capacidad 
intelectiva. Tales antepasados, sin embargo, gozaban ya de 
una cierta potencialidad que a lo largo de la evolución les 
permitió acceder a la condición de seres racionales. Esta 
transformación se produjo mediante influencias ambientales 
que afectaron a generación tras generación. De ello deducen 
los empiristas que el raciocinio se basa en la experimentación 
y es consecuencia de la adaptación del hombre a las 
condiciones de su medio ambiente. 


Estas ideas, lógicamente, implican afirmar que el hombre 
fue pasando por etapas sucesivas, desde la condición de 
nuestros prehumanos antepasados hasta llegar a la de homo 
sapiens. Hubo seres que, si bien no gozaban aún de la facultad 
humana de razonar, disfrutaban ya de aquellos rudimentarios 
elementos en que se basa la razón. Su mentalidad no era 
todavía lógica, sino prelógica (o, más bien, imperfectamente 


110 


lógica). Esos endebles mecanismos lógicos progresaron poco 
a poco, pasando de la etapa prelógica a la de la verdadera 
lógica. La razón, la inteligencia y la lógica son, por tanto, 
fenómenos históricos. Podría escribirse la historia de la lógica 
como se puede escribir la de las diferentes técnicas. No hay 
razón alguna para suponer que nuestra lógica sea la fase 
última y definitiva de la evolución intelectual. La lógica 
humana no es más que una etapa en el camino que conduce 
desde el prehumano estado ilógico a la lógica sobrehumana. 
La razón y la mente, las armas más eficaces con que el hombre 
cuenta en su lucha por la existencia, están inmersas en el 
continuo devenir de los fenómenos zoológicos. No son ni 
eternas ni inmutables; son puramente transitorias. 


Es más, resulta evidente que todo individuo, a lo largo de 
su personal desarrollo evolutivo, no sólo rehace aquel proceso 
fisiológico que desde la simple célula desemboca en el 
sumamente complejo organismo mamífero, sino también el 
proceso espiritual que de la existencia puramente vegetativa y 
animal conduce a la mentalidad racional. Tal transformación 
no queda perfeccionada durante la vida intrauterina, sino que 
se completa más tarde, a medida que, paso a paso, el hombre 
va despertándose a la vida consciente. De esta suerte, resulta 
que el ser humano, durante sus primeros años, partiendo de 
oscuros fondos, rehace los diversos estadios recorridos por la 
evolución lógica de la mente humana. 


Por otra parte, está el caso de los animales. Advertimos 
plenamente el insalvable abismo que separa los procesos 
racionales de la mente humana de las reacciones cerebrales y 
nerviosas de los brutos. Sin embargo, también creemos 
percibir en las bestias la existencia de fuerzas que 
desesperadamente pugnan por alcanzar la luz intelectiva. Son 


111 


como prisioneros que anhelaran fervientemente liberarse de 
su fatal condena a la noche eterna y al automatismo 
inexorable. Nos dan pena porque también nosotros nos 
hallamos en análoga situación, luchando siempre con la 
inexorable limitación de nuestro aparato intelectivo, en vano 
esfuerzo por alcanzar el inasequible conocimiento perfecto. 


Pero el problema del conocimiento a priori es distinto. No 
se trata ahora de determinar cómo apareció el raciocinio y la 
conciencia. El tema que nos ocupa se refiere al carácter 
constitutivo y obligado de la estructura de la mente humana. 


Las relaciones lógicas fundamentales no pueden ser objeto 
de demostración ni de refutación. El pretender demostrar su 
certeza obliga a presuponer su validez. Es imposible 
explicarlas a quien, por sí solo, no las advierta. Es vano todo 
intento de precisarlas recurriendo a las conocidas reglas de la 
definición. Estamos ante proposiciones de carácter primario, 
obligado antecedente de toda definición, nominal o real. Se 
trata de categorías primordiales, que no pueden ser objeto de 
análisis. La mente humana es incapaz de concebir otras 
categorías lógicas diferentes. Para el hombre resultan 
imprescindibles e insoslayables, aun cuando a una mente 
sobrehumana pudieran merecer otra conceptuación. Integran 
los ineludibles presupuestos del conocimiento, de la 
comprensión y de la percepción. 

Al mismo tiempo, son presupuestos obligados de la 
memoria. Las ciencias naturales tienden a explicar la 
memoria como una manifestación específica de otro 
fenómeno más general. El organismo vivo queda 
indeleblemente estigmatizado por todo estímulo recibido y la 
propia materia inorgánica actual no es más que el resultado 
de todos los influjos que sobre ella actuaron. Nuestro 


112 


universo es fruto del pasado. Por tanto, cabe decir, en un 
cierto sentido metafórico, que la estructura geológica del 
globo guarda memoria de todas las anteriores influencias 
cósmicas, así como que el cuerpo humano es la resultante de 
la ejecutoria y vicisitudes del propio interesado y sus 
antepasados. Ahora bien, la memoria nada tiene que ver con 
esa unidad estructural y esa continuidad de la evolución 
cósmica. Se trata de un fenómeno de conciencia, 
condicionado, consecuentemente, por el a priori lógico. 
Sorpréndense los psicólogos ante el hecho de que el hombre 
nada recuerde de su vida embrionaria o de lactante. Freud 
intentó explicar esa ausencia recordatoria aludiendo a la 
subconsciente supresión de indeseadas memorias. La verdad 
es que en los estados de inconsciencia nada hay que pueda 
recordarse. Ni los reflejos inconscientes ni las simples 
reacciones fisiológicas pueden ser objeto de recuerdo, ya se 
trate de adultos o niños. Sólo los estados conscientes pueden 
ser recordados. 


La mente humana no es una tabula rasa sobre la que los 
hechos externos graban su propia historia. Al contrario, goza 
de medios propios para aprehender la realidad. El hombre 
fraguó esas armas, es decir, plasmó la estructura lógica de su 
propia mente a lo largo de un dilatado desarrollo evolutivo 
que, partiendo de las amebas, llega hasta la presente 
condición humana. Ahora bien, esos instrumentos mentales 
son lógicamente anteriores a todo conocimiento. 


El hombre no es sólo un animal íntegramente formado por 
aquellos estímulos que fatalmente determinan las 
circunstancias de su vida; también es un ser que actúa. Y la 
categoría de acción es antecedente lógico de cualquier acto 
determinado. 


113 


El que el hombre carezca de capacidad creadora bastante 
para concebir categorías disconformes con sus ilaciones 
lógicas fundamentales y con los principios de la causalidad y 
la teleología impone lo que cabe denominar apriorismo 
metodológico. 


A diario, con nuestra conducta, atestiguamos la 
inmutabilidad y universalidad de las categorías del 
pensamiento y de la acción. Quien se dirige a sus semejantes 
para informarles o convencerles, para inquirir o contestar 
interrogantes, se ampara, al proceder de tal suerte, en algo 
común a todos los hombres: la estructura lógica de la razón 
humana. La idea de que A pudiera ser al mismo tiempo no-A, 
o que preferir A a B equivaliera a preferir B a A, es para la 
mente humana inconcebible y absurdo. Nos resulta 
incomprensible todo razonamiento prelógico o metalógico. 
Somos incapaces de concebir un mundo sin causalidad ni 
teleología. 


No interesa al hombre determinar si, fuera de la esfera 
accesible a su inteligencia, existen o no otras en las cuales se 
opere de un modo categóricamente distinto a como 
funcionan el pensamiento y la acción humana. Ningún 
conocimiento procedente de tales mundos tiene acceso a 
nuestra mente. Carece de sentido inquirir si las cosas, en sí, 
son distintas de como a nosotros nos parecen; si existen 
universos inaccesibles e ideas imposibles de comprender. Esos 
problemas desbordan nuestra capacidad cognoscitiva. El 
conocimiento humano viene condicionado por la estructura 
de nuestra mente. Si, como objeto principal de investigación, 
se elige la acción humana, ello equivale a contraer, por fuerza, 
el estudio a las categorías de acción conformes con la mente 
humana, aquéllas que implican la proyección de ésta sobre el 


114 


mundo externo de la evolución y el cambio. “Todos los 
teoremas que la  praxeología formula se refieren 
exclusivamente a las indicadas categorías de acción y sólo 
tienen validez dentro de la órbita en la que aquellas categorías 
operan. Dichos pronunciamientos en modo alguno pretenden 
ilustrarnos acerca de mundos y situaciones impensables e 
inimaginables. 

De ahí que la praxeología merezca el calificativo de 
humana en un doble sentido. Lo es, en efecto, por cuanto sus 
teoremas, en el ámbito de los correspondientes presupuestos, 
aspiran a tener validez universal en relación con toda 
actuación humana. Y es humana igualmente porque sólo se 
interesa por la acción humana, desentendiéndose de las 
acciones que carezcan de tal condición, ya sean subhumanas 
o sobrehumanas. 


La supuesta heterogeneidad lógica del hombre 
primitivo 


Es un error bastante generalizado suponer que los escritos de Lucien Lévy-Bruhl 
abogan en favor de aquella doctrina según la cual la estructura lógica de la mente de 
los hombres primitivos fue y sigue siendo categóricamente diferente de la del 
hombre civilizado. Al contrario, las conclusiones a que Lévy-Bruhl llega, después de 
analizar cuidadosamente todo el material etnológico disponible, proclaman 
palmariamente que las ilaciones lógicas fundamentales y las categorías de 
pensamiento y de acción operan lo mismo en la actividad intelectual del salvaje que 
en la nuestra. El contenido de los pensamientos del hombre primitivo difiere del de 
los nuestros, pero la estructura formal y lógica es común a ambos. 


Es cierto que Lévy-Bruhl afirma que la mentalidad de los pueblos primitivos es de 
carácter esencialmente «mítico y prelógico»; las representaciones mentales 


115 


colectivas del hombre primitivo vienen reguladas por la «ley de la participación» y 
son, por lo tanto, diferentes de la «ley de la contradicción». Ahora bien, la distinción 
de Lévy-Bruhl entre pensamiento lógico y pensamiento prelógico se refiere al 
contenido, no a la forma ni a la estructura categorial del pensar. El propio escritor, 
en efecto, afirma que, entre las gentes civilizadas, también se dan ideas y relaciones 
ideológicas reguladas por la ley de la participación, las cuales, con mayor o menor 
independencia, con más o menos fuerza, coexisten inseparablemente con aquellas 
otras regidas por la ley de la razón. «Lo prelógico y lo mítico conviven con lo 
lógico»). 

Lévy-Bruhl sitúa las doctrinas fundamentales del cristianismo en la esfera del 
pensamiento prelógicol*!, Se pueden formular, y efectivamente se han formulado, 
numerosas críticas contra las doctrinas cristianas y su interpretación por los 
teólogos. Pero nadie osó jamás afirmar que la mente de los Padres de la Iglesia y 
filósofos cristianos —entre ellos San Agustín y Santo Tomás— fuera de estructura 
lógica diferente a la nuestra. La diferencia entre quien cree en milagros y quien no 
tiene fe en ellos atañe al contenido del pensamiento, no a su forma lógica. Tal vez se 
equivoque quien pretenda demostrar la posibilidad y la realidad de los milagros. 
Pero demostrar su error —según bien dicen los brillantes ensayos de Hume y Mill — 
es una tarea lógica no menos ardua que la de demostrar el error de cualquier falacia 
filosófica o económica. 


Exploradores y misioneros nos aseguran que en África y en la Polinesia el 
hombre primitivo rehúye superar mentalmente la primera impresión que le 
producen las cosas, no queriendo preocuparse de si puede mudar aquel 
planteamiento!”). Los educadores europeos y americanos también, a veces, nos 
dicen lo mismo de sus alumnos. Lévy-Bruhl transcribe las palabras de un misionero 
acerca de los componentes de la tribu Mossi del Níger: «La conversación con ellos 
gira exclusivamente en torno a mujeres, comida y, durante la estación de las lluvias, 
la cosecha»!%!, Pero ¿es que acaso preferían otros temas numerosos contemporáneos 
y conocidos de Newton, Kant y Lévy-Bruhl? 


La conclusión a que llevan los estudios de este último se expresa mejor con las 
propias palabras del autor. «La mente primitiva, como la nuestra, desea descubrir las 
causas de los acontecimientos, si bien aquélla no las busca en la misma dirección 
que nosotros»... 

El campesino deseoso de incrementar su cosecha tal vez recurra a soluciones 
distintas, según la filosofía que le anime. Puede ser que se dé a ritos mágicos; acaso 
practique una piadosa peregrinación, o bien ofrezca un cirio a su santo patrón; o 
también es posible que proceda a utilizar más y mejor fertilizante. Ahora bien, sea 
cual fuere la solución preferida, siempre nos hallaremos ante una actuación racional 
consistente en emplear ciertos medios para alcanzar determinados fines. La magia, 
en determinado aspecto, no es más que una variedad de la técnica. El exorcismo 
también es una acción deliberada y con sentido, basada en una concepción que la 


116 


mayoría de nuestros contemporáneos rechaza como supersticiosa y por tanto 
inadecuada. Pero el concepto de acción no implica que ésta se base en una teoría 
correcta y una técnica apropiada, ni tampoco que pueda alcanzar el fin propuesto. 
Lo único que, a estos efectos, importa es que quien actúe crea que los medios 
utilizados van a provocar el efecto apetecido. 


Ninguno de los descubrimientos aportados por la etnología y la historia 
contradicen la afirmación de que la estructura lógica de la mente es común a todos 


los hombres de todas las razas, edades y países!*!, 


3. Lo APRIORÍSTICO Y LA REALIDAD 


El razonamiento apriorístico es estrictamente conceptual y 
deductivo. De ahí que no pueda producir sino tautologías y 
juicios analíticos. Todas sus conclusiones se derivan 
lógicamente de las premisas en las que realmente se hallan 
contenidas. De donde la general objeción de que nada puede 
añadir a nuestro conocimiento. 


Todos los teoremas geométricos se hallan ya implícitos en 
los correspondientes axiomas. El teorema de Pitágoras 
presupone el triángulo rectángulo. Este teorema es una 
tautología, su deducción se concreta en un juicio analítico. 
Pese a ello, nadie duda de que la geometría en general y el 
teorema de Pitágoras en particular dejen de ampliar el campo 
de nuestro conocimiento. La cognición derivada del puro 
razonamiento deductivo es también creativa y abre nuestra 
mente a esferas que antes nos eran desconocidas. La 
trascendente misión del razonamiento apriorístico estriba, de 
un lado, en permitirnos advertir cuanto se halla implícito en 
las categorías, los conceptos y las premisas y, de otro, en 


117 


mostrarnos lo que éstos no contienen. Su función, por tanto, 
consiste en hacer claro y evidente lo que antes resultaba 
oscuro y arcano”, 


En el concepto de dinero están implícitos todos los 
teoremas de la teoría monetaria. La teoría cuantitativa del 
dinero no amplía nuestro conocimiento con enseñanza 
alguna que no esté ya virtualmente contenida en el concepto 
del propio medio de intercambio. Dicha doctrina no hace más 
que transformar, desarrollar y desplegar conocimientos; sólo 
analiza, y por tanto resulta tautológica, en el mismo sentido 
que lo es el teorema de Pitágoras en relación con el concepto 
de triángulo rectángulo. Nadie, sin embargo, negará la 
importancia cognoscitiva de la teoría cuantitativa del dinero. 
Ésta permanecerá desconocida si no se descubre mediante el 
razonamiento económico. Una larga lista de fracasos en el 
intento de resolver los problemas planteados demuestra que 
no fue tarea fácil alcanzar el actual nivel de conocimiento en 
la materia. 


El que la ciencia apriorística no proporcione un 
conocimiento pleno de la realidad no supone deficiencia de la 
misma. Los conceptos y teoremas que maneja son 
herramientas mentales gracias a las cuales vamos abriendo el 
camino que conduce a percibir mejor la realidad; ahora bien, 
dichos instrumentos no encierran la totalidad de los 
conocimientos posibles sobre el conjunto de las cosas. No hay 
oposición entre la teoría y la comprensión de la viviente y 
cambiante realidad. Sin contar con la teoría, es decir, con la 
ciencia general apriorística de la acción humana, es imposible 
comprender la realidad de la acción humana. 

La relación entre razón y experiencia ha constituido, desde 
antiguo, uno de los fundamentales problemas de la filosofía. 


118 


Al igual que todas las demás cuestiones referentes a la crítica 
del conocimiento, los filósofos lo han abordado sólo en 
relación con las ciencias naturales. No se han interesado por 
las ciencias de la acción humana, por lo que sus 
contribuciones carecen de valor para la praxeología. 


Se suele recurrir, al abordar los problemas epistemológicos 
que suscita la economía, a alguna de las soluciones que 
brindan las ciencias naturales. Hay autores que proponen el 
convencionalismo de Poincaré''”, Entienden que las premisas 
del razonamiento económico son objeto de convención 
lingúística o postulados''". Otros prefieren acogerse a las 
ideas einstenianas. Einstein se pregunta: ¿Cómo puede la 
matemática, producto de la razón humana totalmente 
independiente de cualquier experiencia, ajustarse a los objetos 
reales con tan extraordinaria exactitud? ¿Es posible que la 
razón humana, sin ayuda de la experiencia, se halle capacitada 
para descubrir, mediante el puro raciocinio, la esencia de las 
cosas reales? Einstein responde: «En tanto en cuanto los 
teoremas matemáticos hacen referencia a la realidad, no son 
ciertos, y en tanto en cuanto son ciertos, no hacen referencia a 


la realidad»"?!. 


Ahora bien, las ciencias de la acción humana difieren 
radicalmente de las ciencias naturales. Quienes pretenden 
construir un sistema epistemológico de la acción humana 
según el modelo de las ciencias naturales yerran 
lamentablemente. 

El objeto específico de la praxeología, es decir, la acción 
humana, brota de la misma fuente que el humano 
razonamiento. Acción y razón son cogenéricas y homogéneas; 
se las podría considerar como dos aspectos diferentes de una 
misma cosa. Precisamente porque la acción es fruto de la 


119 


razón, es ésta capaz de ilustrar mediante el puro 
razonamiento las características esenciales de la acción. Los 
teoremas que el recto razonamiento praxeológico llega a 
formular no sólo son absolutamente ciertos e irrefutables, al 
modo de los teoremas matemáticos, sino que también reflejan 
la íntima realidad de la acción, con el rigor de su apodíctica 
certeza e irrefutabilidad, tal como ésta, efectivamente, se 
produce en el mundo y en la historia. La praxeología 
proporciona conocimiento preciso y verdadero de la realidad. 


El punto de partida de la praxeología no consiste en 
seleccionar unos ciertos axiomas ni en preferir un cierto 
método de investigación, sino en reflexionar sobre la esencia 
de la acción. No existe actuación alguna en la que no 
concurran, plena y perfectamente, las categorías 
praxeológicas. Es impensable un actuar en el cual no sea 
posible distinguir y separar netamente medios y fines o costes 
y rendimientos. Nada hay que se ajuste sólo aproximada o 
imperfectamente a la categoría económica del intercambio. 
Sólo hay cambio o no-cambio, y en relación con cualquier 
cambio son plena y rigurosamente válidos todos los teoremas 
generales referentes al intercambio, con todas sus 
implicaciones. No existen formas transicionales entre el 
intercambio y su inexistencia o entre el cambio directo y el 
cambio indirecto. Ninguna experiencia podrá jamás aducirse 
que contradiga tales afirmaciones. 


Semejante experiencia sería imposible, ante todo, por el 
hecho de que cualquier experiencia referente a la acción 
humana viene condicionada por las categorías praxeológicas y 
resulta posible sólo mediante la aplicación de éstas. Si nuestra 
mente no dispusiera de los esquemas lógicos que el 
razonamiento praxeológico formula, jamás podríamos 


120 


distinguir ni apreciar la acción. Advertiríamos gestos 
diversos, pero no percibiríamos compras ni ventas, precios, 
salarios, tipos de interés, etc. Sólo sirviéndonos de los 
esquemas praxeológicos podemos tener una experiencia 
relativa a un acto de compra o de venta, independientemente 
de que nuestros sentidos adviertan o no determinados 
movimientos o gestos de hombres o elementos no humanos 
del mundo externo. Sin el auxilio de la percepción 
praxeológica nada sabríamos acerca de los medios de 
intercambio. Si, carentes de dicho conocimiento previo, 
contemplamos un conjunto de monedas, sólo veremos unos 
cuantos discos metálicos. Para comprender qué es el dinero, 
es preciso tener conocimiento de la categoría praxeológica de 
medio de intercambio. 


La experiencia relativa a la acción humana se diferencia de 
la referente a los fenómenos naturales en que exige y 
presupone el conocimiento praxeológico. De ahí que el 
método empleado por las ciencias naturales resulte inidóneo 
para el estudio de la praxeología, la economía y la historia. 


Al proclamar la condición apriorística de la praxeología, no 
es que pretendamos diseñar una ciencia nueva distinta de las 
tradicionales disciplinas de la acción humana. En modo 
alguno afirmamos que la teoría de la acción humana deba ser 
apriorística, sino que efectivamente lo es y siempre lo ha sido. 
El examen de cualquiera de los problemas suscitados por la 
acción humana aboca, indefectiblemente, al razonamiento 
apriorístico. Es indiferente a este respecto que quienes 
discuten un problema sean teóricos que sólo buscan el 
conocimiento puro o  estadistas, políticos o simples 
ciudadanos deseosos de comprender el fluir de los 
acontecimientos y decidir qué política o conducta ha de servir 


121 


mejor a sus personales intereses. Aun cuando pueda 
comenzar la discusión económica en torno a un hecho 
concreto, el debate se desvía inevitablemente de las 
circunstancias específicas del caso, pasándose, de modo 
insensible, al examen de los principios fundamentales, con 
olvido de los sucesos reales que provocaron el tema. La 
historia de las ciencias naturales es un vasto archivo de 
repudiadas teorías e hipótesis en pugna con los datos 
experimentales. Recuérdese, en este sentido, las erróneas 
doctrinas de la mecánica antigua, desautorizadas por Galileo, 
o el desastrado final de la teoría del flogisto. La historia de la 
economía no registra casos similares. Los partidarios de 
teorías mutuamente incompatibles pretenden apoyarse en 
unos mismos hechos para demostrar que la certeza de sus 
doctrinas ha sido experimentalmente comprobada. Lo cierto 
es que la percepción de fenómenos complejos —y no hay otro 
tipo de percepción en el terreno de la acción humana— puede 
esgrimirse en favor de las más contradictorias teorías. El que 
dicha interpretación de la realidad se estime o no correcta 
depende de la opinión personal que nos merezcan las 
aludidas teorías formuladas con anterioridad mediante el 
razonamiento apriorístico"”, 


La historia no puede instruirnos acerca de normas, 
principios o leyes generales. Es imposible deducir, a 
posteriori, de una experiencia histórica, teoría ni teorema 
alguno referente a la actuación o conducta humana. La 
historia no sería más que un conjunto de acaecimientos sin 
ilación, un mundo de confusión, si no fuera posible aclarar, 
ordenar e interpretar los datos disponibles mediante el 
sistematizado conocimiento praxeológico. 


122 


4. EL PRINCIPIO DEL INDIVIDUALISMO 
METODOLOGICO 


La praxeología se interesa por la actuación del hombre 
individual. Sólo más tarde, al progresar la investigación, se 
enfrenta con la cooperación humana, siendo analizada la 
actuación social como un caso especial de la más universal 
categoría de la acción humana como tal. 


Este individualismo metodológico ha sido atacado 
duramente por diversas escuelas metafísicas y rechazado 
como falacia nominalista. El propio concepto de individuo, se 
afirma, no es más que una vacía abstracción. El hombre 
aparece siempre como miembro de un conjunto social. Es 
imposible incluso imaginar la existencia de un individuo 
aislado del resto de la humanidad y desconectado de todo lazo 
social. El hombre aparece invariablemente como miembro de 
una colectividad. Por tanto, siendo así que el conjunto, lógica 
y cronológicamente, es anterior a sus miembros o partes 
integrantes, el examen de la sociedad ha de preceder al del 
individuo. El único medio fecundo para abordar 
científicamente los problemas humanos es el recomendado 
por el universalismo o colectivismo. 


Ahora bien, la controversia sobre la prioridad lógica del 
todo o de las partes carece de fundamento. Son lógicamente 
correlativas la noción de todo y la noción de parte. Ambas, 
como conceptos lógicos, quedan fuera del tiempo. 

No menos infundada, por lo que respecta a nuestro tema, 
es la oposición entre el realismo y el nominalismo, según el 
significado que a tales vocablos dio la escolástica medieval. 
Nadie pone en duda que las entidades y agrupaciones sociales 
que aparecen en el mundo de la acción humana tengan 


123 


existencia real. Nadie niega que las naciones, los estados, los 
municipios, los partidos y las comunidades religiosas 
constituyan realidades de indudable influjo en la evolución 
humana. El individualismo metodológico, lejos de cuestionar 
la importancia de tales entes colectivos, entiende que le 
compete describir y analizar la formación y disolución de los 
mismos, las mutaciones que experimentan y su mecánica, en 
fin. Por ello, porque aspira a resolver tales cuestiones de un 
modo satisfactorio, recurre al único método realmente 
idóneo. 

Ante todo, conviene advertir que la acción es siempre obra 
de seres individuales. Los entes colectivos operan, 
ineludiblemente, por mediación de uno o varios individuos, 
cuyas actuaciones se atribuyen a la colectividad de modo 
mediato. Es el significado que a la acción atribuyan su autor y 
los por ella afectados lo que determina la condición de la 
misma. Dicho significado de la acción da lugar a que 
determinada actuación se considere de índole particular 
mientras otra sea tenida por estatal o municipal. Es el 
verdugo, no el estado, quien materialmente ejecuta al 
criminal. Sólo el significado atribuido al acto transforma la 
actuación del verdugo en acción estatal. Un grupo de 
hombres armados ocupa una plaza; depende de la intención el 
que tal ocupación se atribuya a la nación y no a los oficiales y 
soldados allí presentes. Si llegamos a conocer la esencia de las 
múltiples acciones individuales, por fuerza habremos 
aprehendido todo lo relativo a la actuación de las 
colectividades. Porque una colectividad carece de existencia y 
realidad propia, independiente de las acciones de sus 
miembros. La vida colectiva se plasma en las actuaciones de 
quienes la integran. No es ni siquiera concebible un ente 


124 


social que pudiera operar sin mediación individual. La 
realidad de toda asociación estriba en su capacidad para 
impulsar y orientar acciones individuales concretas. Por 
tanto, el único camino que conduce al conocimiento de los 
entes colectivos parte del análisis de la actuación del 
individuo. 

El hombre, en cuanto ser que piensa y actúa, emerge ya 
como ser social de su existencia prehumana. El progreso de la 
razón, del lenguaje y de la cooperación es fruto del mismo 
proceso; se trata de fenómenos ligados entre sí, desde un 
principio, de modo inseparable y necesario. Ahora bien, 
dicho proceso operaba en el mundo individual. Suponía 
cambios en la conducta de los individuos. No se produjo en 
materia ajena a la específicamente humana. La sociedad no 
tiene más base que la propia actuación individual. 


Sólo gracias a las acciones de ciertos individuos resulta 
posible apreciar la existencia de naciones, estados, iglesias y 
aun de la cooperación social bajo el signo de la división del 
trabajo. No cabe percibir la existencia de una nación sin 
advertir la de sus miembros. En este sentido, puede decirse 
que la actuación individual engendra la colectividad. No 
supone ello afirmar que el individuo anteceda temporalmente 
a la sociedad. Simplemente supone proclamar que la 
colectividad la integran concretas actuaciones individuales. 

A nada conduce divagar en tomo a si la sociedad es sólo la 
suma de sus elementos integrantes o si representa algo más 
que esa simple adición; si es un ser sui generis o si cabe o no 
hablar de la voluntad, de los planes, de las aspiraciones y actos 
de la colectividad, atribuyéndolos a la existencia de una 
específica «alma» social. Es vano bizantinismo. Todo ente 
colectivo no es más que un aspecto particular de ciertas 


125 


actuaciones individuales y sólo como tal realidad cobra 
importancia en orden a la marcha de los acontecimientos. 


Es ilusorio creer que es posible contemplar los entes 
colectivos. No son éstos nunca visibles; su percepción es el 
resultado de saber interpretar el sentido que los hombres en 
acción atribuyen a sus actos. Podemos percibir una 
muchedumbre, es decir, una multitud de personas. Ahora 
bien, el que esa multitud sea mera agrupación o masa (en el 
sentido que la moderna psicología concede al término) o bien 
un cuerpo organizado o cualquier otro tipo de ente social es 
una cuestión que sólo se puede resolver ponderando la 
significación que dichas personas atribuyen a su presencia. Y 
esa significación supone siempre apreciaciones individuales. 
No son nuestros sentidos, sino la percepción, es decir, un 
proceso mental, lo que nos permite advertir la existencia de 
entidades sociales. 


Quienes pretenden iniciar el estudio de la acción humana 
partiendo de los entes colectivos tropiezan con un obstáculo 
insalvable cual es el de que el individuo puede pertenecer 
simultáneamente, y (con la sola excepción de las tribus más 
salvajes) de hecho pertenece, a varias agrupaciones de aquel 
tipo. Los problemas que suscita esa multiplicidad de 
entidades sociales coexistentes y su mutuo antagonismo sólo 
pueden resolverse mediante el individualismo 
metodológico!'*. 


El Yo y el Nosotros 


126 


El Ego es la unidad del ser actuante. Es un dato incuestionable, cuya realidad no 
cabe desvirtuar mediante argumentos ni sofismas. 


El Nosotros es siempre fruto de una agrupación que une a dos o más Egos. Si 
alguien dice Yo, no se precisa mayor ilustración para percibir el significado de la 
expresión. Lo mismo sucede con el Tú y, siempre que se halle específicamente 
precisada la persona de que se trate, también acontece lo mismo con el Él Ahora 
bien, al decir Nosotros, es ineludible una mayor información para identificar qué 
Egos se hallan comprendidos en ese Nosotros. Siempre es un solo individuo quien 
dice Nosotros; aun cuando se trate de varios que se expresen al tiempo, siempre 
serán diversas manifestaciones individuales. 


El Nosotros actúa, indefectiblemente, según actúan los Egos que lo integran. 
Pueden éstos proceder mancomunadamente o bien uno de ellos en nombre de 
todos los demás. En este segundo supuesto la cooperación de los otros consiste en 
disponer de tal modo las cosas que la acción de uno pueda valer por todos. Sólo en 
tal sentido el representante de una agrupación social actúa por la comunidad; los 
miembros individuales o bien dan lugar a que la acción de uno solo les afecte a 
todos o bien consienten el resultado. 


Pretende vanamente la psicología negar la existencia del Ego, presentándonoslo 
como una simple apariencia. La realidad del Ego praxeológico está fuera de toda 
duda. No importa lo que un hombre haya sido, ni tampoco lo que mañana será; en 
el acto mismo de hacer su elección es un Ego. 

Conviene distinguir del pluralis logicus (y del pluralis majestaticus, meramente 
ceremonial) el pluralis gloriosus. Si un canadiense sin la más vaga noción del 
patinaje asegura que «somos los primeros jugadores del mundo de hockey sobre 
hielo», o si, pese a su posible rusticidad personal, un italiano se jacta de que «somos 
los más eminentes pintores del mundo», nadie se llama a engaño. 


Ahora bien, tratándose de problemas políticos y económicos, el pluralis gloriosus 
se transforma en el pluralis imperialis y, como tal, desempeña un importante papel 
en la propagación de doctrinas que influyen en la adopción de medidas de grave 
trascendencia en la política económica internacional. 


5. EL PRINCIPIO DEL SINGULARISMO 
METODOLÓGICO 


La praxeología parte en sus investigaciones, no sólo de la 


127 


actuación del individuo, sino también de la acción 
individualizada. No se ocupa vagamente de la acción humana 
en general, sino de la acción realizada por un hombre 
determinado, en una fecha determinada y en determinado 
lugar. Desde luego, la praxeología prescinde de los accidentes 
que puedan acompañar a tal acción, haciéndola, en esa 
medida, distinta de las restantes acciones similares. Se 
interesa tan sólo por lo que cada acción tiene en sí de 
obligado y universal. 


Desde tiempo inmemorial, la filosofía del universalismo ha 
pretendido perturbar el recto planteamiento de los problemas 
praxeológicos, e igualmente el universalismo contemporáneo 
es incapaz de abordar estas cuestiones. Tanto el universalismo 
como el colectivismo y el realismo conceptual sólo saben 
manejar conjuntos y conceptos generales. El objeto de su 
estudio es siempre la humanidad, las naciones, los estados, las 
clases; se pronuncian sobre la virtud y el vicio; sobre la verdad 
y la mentira; sobre tipos generales de necesidades y de bienes. 
Los partidarios de estas doctrinas son de los que se preguntan, 
por ejemplo, por qué vale más «el oro» que «el hierro». Tal 
planteamiento les impide llegar a ninguna solución 
satisfactoria, viéndose siempre cercados por antinomias y 
paradojas. En este sentido, recuérdese el caso del problema 
del valor, que tanto perturbó incluso el trabajo de los 
economistas clásicos. 

La praxeología inquiere: ¿Qué sucede al actuar? ¿Qué 
significación tiene el que un individuo actúe, ya sea aquí o 
allá, ayer u hoy, en cualquier momento o en cualquier lugar? 
¿Qué trascendencia tiene el que elija una cosa y rechace otra? 

La elección supone siempre decidir entre varias alternativas 
que se le ofrecen al individuo. El hombre nunca opta por la 


128 


virtud o por el vicio, sino que elige entre dos modos de actuar, 
uno de los cuales nosotros, con arreglo a criterios 
preestablecidos, calificamos de virtuoso, mientras al otro lo 
tachamos de vicioso. El hombre jamás escoge entre «el oro» y 
«el hierro», en abstracto, sino entre una determinada cantidad 
de oro y otra también específica de hierro. Toda acción se 
contrae estrictamente a sus consecuencias inmediatas. Si se 
desea llegar a conclusiones correctas, es preciso ponderar, 
ante todo, estas limitaciones del actuar. 


La vida humana es una ininterrumpida secuencia de 
acciones individualizadas. Ahora bien, tales acciones no 
surgen nunca de modo aislado e independiente. Cada acción 
es un eslabón más en una cadena de actuaciones, las cuales, 
ensambladas, integran una acción de orden superior tendente 
a un fin más remoto. Toda acción presenta, pues, dos caras. 
Por una parte, supone una actuación parcial, enmarcada en 
otra acción de mayor alcance; es decir, mediante ella se tiende 
a alcanzar el objetivo que una actuación de más amplios 
vuelos tiene previsto. Pero, de otro lado, cada acción 
constituye en sí un todo con respecto a aquella acción que se 
plasmará gracias a la consecución de una serie de objetivos 
parciales. 


Dependerá del volumen del proyecto que, en cada 
momento, el hombre quiera realizar el que cobre mayor 
relieve o bien la acción de amplios vuelos o bien la que sólo 
pretende alcanzar un fin más inmediato. La praxeología no 
tiene por qué plantearse los problemas que suscita la 
Gestaltpsychologie. El camino que conduce a las grandes 
realizaciones está formado siempre por tareas parciales. Una 
catedral es algo más que un montón de piedras unidas entre 
sí. Ahora bien, el único procedimiento para construir una 


129 


catedral es el ir colocando sillar sobre sillar. Al arquitecto le 
interesa la obra en su conjunto, mientras que el albañil se 
preocupa sólo por cierto muro y el cantero por una 
determinada piedra. Lo que cuenta para la praxeología es el 
hecho de que el único método adecuado para realizar las 
grandes obras consiste en empezar por los cimientos y 
proseguir paso a paso hasta su terminación. 


6. EL ASPECTO INDIVIDUALIZADO Y CAMBIANTE 
DE LA ACCIÓN HUMANA 


El contenido de la acción humana, es decir los fines a que 
se aspira y los medios elegidos y utilizados para alcanzarlos, 
depende de las particulares condiciones de cada uno. El 
hombre es fruto de larga evolución zoológica que ha ido 
modelando su estructura fisiológica. Es descendiente y 
heredero de lejanos antepasados; el sedimento, el precipitado, 
de todas las vicisitudes experimentadas por sus mayores 
constituye el acervo biológico del individuo. Al nacer, no es 
que irrumpa, sin más, en el mundo, sino que surge en una 
determinada circunstancia ambiental. Sus innatas y heredadas 
condiciones biológicas y el continuo influjo de los 
acontecimientos vividos determinan lo que sea en cada 
momento de su peregrinar terreno. Tal es su sino, su destino. 
El hombre no es «libre» en el sentido metafísico del término. 
Está determinado por el ambiente y por todos aquellos 
influjos a que tanto él como sus antepasados se han visto 
expuestos. 


130 


La herencia y el entorno moldean la actuación del ser 
humano. Le sugieren tanto los fines como los medios. No vive 
el individuo como simple hombre in abstracto; por el 
contrario, es siempre hijo de una familia, de una raza, de un 
pueblo, de una época; miembro de cierta profesión; seguidor 
de determinadas ideas religiosas, metafísicas, filosóficas y 
políticas; beligerante en luchas y controversias. Ni sus ideas ni 
sus módulos valorativos son obra personal, sino que adopta 
ajenos idearios y el ambiente le hace pensar de uno u otro 
modo. Pocos gozan, en verdad, del don de concebir ideas 
nuevas y originales que desborden los credos y doctrinas 
tradicionales. 


El hombre común no se ocupa de los grandes problemas. 
Prefiere ampararse en la opinión general y procede como «la 
gente corriente»; es tan sólo una oveja más del rebaño. Esa 
inercia intelectual es precisamente lo que le concede 
investidura de hombre común. Pero no por ello deja de elegir 
y preferir. Se acoge a los usos tradicionales o a los de terceros 
únicamente por entender que dicho proceder le beneficia y 
modifica su ideología y, consecuentemente, su actuar en 
cuanto cree que un cambio determinado va a permitirle 
atender a sus intereses personales de modo más cumplido. 


La mayor parte de la vida del hombre es pura rutina. 
Practica determinados actos sin prestarles especial atención. 
Muchas cosas las realiza porque así fue educado, porque otros 
proceden del mismo modo o porque tales actuaciones 
resultan normales en su ambiente. Adquiere hábitos y reflejos 
automáticos. Ahora bien, cuando sigue tales conductas es 
porque sus consecuencias le resultan gratas, pues tan pronto 
como sospecha que el insistir en las prácticas habituales le 
impide alcanzar ciertos sobrevalorados fines, rápidamente 


131 


cambia de proceder. Quien se crio donde el agua 
generalmente es potable se acostumbra a utilizarla para la 
bebida o la limpieza, sin preocuparse de más. Pero si ese 
mismo individuo se traslada a un lugar donde lo normal sea 
la insalubridad del líquido elemento, pronto comenzará a 
preocuparse de detalles que antes en absoluto le interesaban. 
Cuidará de no perjudicar su salud insistiendo 
despreocupadamente en la anterior conducta irreflexiva y 
rutinaria. El hecho de que determinadas actuaciones se 
practiquen normalmente de un modo que pudiéramos 
denominar automático no significa que dicho proceder deje 
de venir dictado por una volición consciente y una elección 
deliberada. Abandonarse a una rutina que posiblemente 
pueda cambiarse es ya acción. 


La praxeología no trata del mudable contenido de la 
acción, sino de sus formas puras y de su estructura categorial. 
El examen del aspecto accidental o ambiental que pueda 
adoptar la acción humana corresponde a la historia. 


7. OBJETO Y METODOLOGÍA ESPECÍFICA DE LA 
HISTORIA 


El análisis de los múltiples acontecimientos referentes a la 
acción humana constituye el objeto de la historia. El 
historiador recoge y analiza críticamente todas las fuentes 
disponibles. Partiendo de tal base, aborda su específico 
cometido. 


152 


Hay quienes afirman que la historia debería reflejar cómo 
sucedieron efectivamente los hechos, sin valorar ni prejuzgar 
(wertfrei, es decir, sin formular ningún juicio valorativo). La 
obra del historiador tiene que ser fiel trasunto del pasado; 
una, como si dijéramos, fotografía intelectual, que refleje las 
circunstancias de modo completo e imparcial, lo que equivale 
a reproducir, ante nuestra visión actual, el pasado, con todas 
sus notas y características. 


Pero lo que sucede es que una auténtica y plena 
reproducción del ayer exigiría recrear el pasado entero, lo 
cual, por desgracia, resulta imposible. La historia no equivale 
a una copia mental; es más bien una imagen sintetizada de 
otros tiempos, formulada en términos ideales. El historiador 
jamás puede hacer «que los hechos hablen por sí mismos». Ha 
de ordenarlos según el ideario que informe su exposición. 
Nunca podrá reflejar todos los acontecimientos concurrentes; 
por eso se limita simplemente a destacar aquellos hechos que 
estima pertinentes. Jamás, desde luego, aborda las fuentes 
históricas sin suposiciones previas. Bien pertrechado con el 
arsenal de conocimientos científicos de su tiempo, o sea, con 
el conjunto de ilustración que le proporcionan la lógica, las 
matemáticas, la praxeología y las ciencias naturales, sólo 
entonces se halla capacitado para transcribir e interpretar el 
hecho de que se trate. 


El historiador, desde luego, no debe dejarse influir por 
prejuicios ni dogmas partidistas. Quienes manejan los sucesos 
históricos como armas dialécticas en sus controversias no son 
historiadores, sino propagandistas y apologistas. Tales 
expositores no buscan la verdad; sólo aspiran a propagar el 
ideario de su partido. Son combatientes que militan en favor 
de determinadas doctrinas metafísicas, religiosas, 


133 


nacionalistas, políticas o sociales. Usurpan el nombre de 
historia para sus escritos con miras a confundir a las almas 
cándidas. El historiador aspira, ante todo, al conocimiento. 
Rechaza el partidismo. En este sentido, debe ser neutral 
respecto a cualquier juicio de valor. 


El postulado de la Wertfreiheit puede fácilmente respetarse 
en el campo de la ciencia apriorística —es decir, en el terreno 
de la lógica, la matemática o la praxeología—, así como en el 
de las ciencias naturales experimentales. Es fácil distinguir, en 
ese ámbito, un trabajo científico e imparcial de otro 
deformado por la superstición, las ideas preconcebidas o la 
pasión. Pero en el mundo de la historia es mucho más difícil 
atenerse a esa exigencia de neutralidad valorativa. Ello es 
obvio por cuanto la materia que maneja el estudio histórico, 
es decir, la concreta, accidental y circunstancial ciencia de la 
acción humana consiste en juicios de valor y en los 
cambiantes efectos que éstos provocaron. A cada paso 
tropieza el historiador con juicios valorativos. Sus 
investigaciones giran en torno a las valoraciones formuladas 
por aquellas gentes cuyas acciones narra. 


Se ha dicho que el historiador no puede evitar el juicio 
valorativo. Ningún historiador —ni siquiera el más ingenuo 
reportero o cronista— refleja todos los sucesos como de 
verdad acontecieron. Ha de discriminar, ha de destacar 
ciertos aspectos que estima de mayor trascendencia, 
silenciando otras circunstancias. Tal selección, se dice, 
implica ya un juicio valorativo. Depende de cuál sea la 
filosofía del narrador, por lo cual nunca podrá ser imparcial, 
sino fruto de cierto ideario. La historia tiene, por fuerza, que 
tergiversar los hechos: en realidad, nunca podrá llegar a ser 
científica, es decir, imparcial con respecto a las valoraciones, 


134 


sin otro objeto que el de descubrir la verdad. 


No hay duda de que puede hacerse torpe uso de esa forzada 
selección de circunstancias que la historia implica. Puede 
suceder, y de hecho sucede, que dicha selección del 
historiador esté dictada por prejuicios partidistas. Ahora bien, 
los problemas implicados son mucho más complejos de lo 
que la gente suele creer. Sólo cabe abordarlos previo un 
minucioso análisis del método histórico. 


Al enfrentarse con cualquier asunto, el historiador maneja 
todos aquellos conocimientos que le brindan la lógica, las 
matemáticas, las ciencias naturales y, sobre todo, la 
praxeología. Ahora bien, no le bastan, en su labor, las 
herramientas mentales que tales disciplinas no históricas le 
proporcionan. Constituyen éstas armas auxiliares, 
indispensables al historiador; sin embargo, no puede el 
estudioso, amparado sólo en ellas, resolver las graves 
incógnitas que se le plantean. 

El curso de la historia depende de las acciones de los 
individuos y de los efectos provocados por dichas 
actuaciones. A su vez, la acción viene predeterminada por los 
juicios de valor de los interesados, es decir, por los fines que 
ellos mismos desean alcanzar y los medios que a tal objeto 
aplican. El que unos u otros medios sean preferidos también 
depende del conjunto de conocimientos técnicos de que se 
disponga. A veces, gracias a los conocimientos que la 
praxeología o las ciencias naturales proporcionan, se pueden 
apreciar los efectos a que dieron lugar los medios aplicados. 
Ahora bien, surgen muchos otros problemas que no pueden 
ser resueltos recurriendo al auxilio de estas disciplinas. 


El objeto típico de la historia, para cuya consecución se 
recurre a un método también específico, consiste en estudiar 


135 


estos juicios de valor y los efectos provocados por las 
correspondientes acciones, en tanto en cuanto no es posible 
su ponderación a la luz de las enseñanzas que brindan las 
demás ramas del saber. La genuina tarea del historiador 
estriba siempre en interpretar las cosas tal y como sucedieron. 
Pero no puede resolver este problema basándose sólo en los 
teoremas que le proporcionan las demás ciencias. Al final, 
siempre tropieza con situaciones para cuyo análisis de nada le 
sirven las enseñanzas de otras ciencias. Esas notas 
individuales y peculiares que, en todo caso, cada evento 
histórico presenta sólo pueden ser abordadas mediante la 
comprensión. 


La unicidad o individualidad que permanece en el fondo de 
todo hecho histórico, una vez agotados todos los medios que 
para su interpretación proporcionan la lógica, la matemática, 
la praxeología y las ciencias naturales, constituye un dato 
irreductible. Mientras las ciencias naturales, al tropezar en su 
esfera propia con datos o fenómenos irreductibles, nada 
pueden predicar de los mismos más que, en todo caso, la 
realidad de su existencia, la historia, en cambio, aspira a 
comprenderlos. Si bien no cabe analizarlos recurriendo a sus 
causas —no se trataría de datos irreductibles si ello fuera 
posible—, el historiador puede llegar a comprenderlos, por 
cuanto él mismo es un ser humano. En la filosofía de Bergson 
esta clase de conocimientos se denomina intuición, o sea, «la 
sympathie par laquelle on se transporte a l'interieur d'un 
objet pour coincider avec ce qu'il a d'unique, et par 
conséquent d'inexprimable»"”. La metodología alemana nos 
habla de das spezifische Verstehen der Geisteswissenschaften o 
simplemente de Verstehen. Tal es el método al que recurren 
los historiadores y aun todo el mundo, siempre que se trate de 


136 


examinar pasadas actuaciones humanas o de pronosticar 
futuros eventos. El haber advertido la existencia y la función 
de esta comprensión constituye uno de los triunfos más 
destacados de la metodología moderna. Pero ello no significa 
que nos hallemos ante una ciencia nueva, que acabe de 
aparecer, o ante un nuevo método de investigación al que, en 
adelante, puedan recurrir las disciplinas existentes. 


La comprensión a que venimos aludiendo no debe 
confundirse con una aprobación aunque sólo fuera 
condicional o transitoria. El historiador, el etnólogo y el 
psicólogo se enfrentan a veces con actuaciones que provocan 
en ellos repulsión y asco; sin embargo, las comprenden en lo 
que tienen de acción, percatándose de los fines que se 
perseguían y los medios técnicos y praxeológicos aplicados a 
su consecución. El que se comprenda determinado supuesto 
individualizado no implica su justificación ni condena. 


Tampoco debe confundirse la comprensión con el goce 
estético de un fenómeno. La empatía o compenetración 
(Einfúhlung) y la comprensión son dos actitudes mentales 
radicalmente diferentes. Una cosa es comprender 
históricamente una obra de arte, ponderando su 
trascendencia, significación e influjo en el fluir de los 
acontecimientos, y otra muy distinta apreciarla como tal obra 
artística, compenetrándose con ella emocionalmente. Se puede 
contemplar una catedral como historiador; pero también cabe 
observarla, bien con entusiasta admiración, bien con la 
indiferente superficialidad del simple turista. Una misma 
persona puede experimentar ambas formas de reacción, de 
apreciación estética y de comprensión científica. 

La comprensión nos dice que un individuo o un grupo ha 
practicado determinada actuación surgida de precisas 


137 


valoraciones y preferencias con el objeto de alcanzar ciertos 
fines, aplicando al efecto específicas enseñanzas técnicas, 
terapéuticas o praxeológicas. Además, la comprensión 
procura ponderar los efectos de mayor o menor trascendencia 
provocados por determinada actuación; es decir, aspira a 
constatar la importancia de cada acción, o sea, su peculiar 
influjo en el curso de los acontecimientos. 


Mediante la comprensión se aspira a analizar mentalmente 
aquellos fenómenos que ni la lógica, las matemáticas, la 
praxeología, ni las ciencias naturales permiten aclarar 
plenamente, prosiguiendo la investigación cuando ya dichas 
disciplinas no pueden prestar auxilio alguno. Sin embargo, 
nunca debe permitirse que aquélla contradiga las enseñanzas 
de estas otras ramas del saber''”. La existencia real y corpórea 
del demonio es proclamada en innumerables documentos 
históricos que, formalmente, parecen bastante fidedignos. 
Numerosos tribunales, en juicios celebrados con plenas 
garantías procesales, a la vista de las declaraciones de testigos 
e inculpados, proclamaron la existencia de tratos camales 
entre el diablo y las brujas. Ahora bien, pese a ello, no sería 
hoy admisible que ningún historiador pretendiera mantener, 
sobre la base de la comprensión, la existencia física del 
demonio y su intervención en los negocios humanos, fuera 
del mundo visionario de alguna mentalidad sobreexcitada. 


Mientras que esto se admite generalmente en lo que 
respecta a las ciencias naturales, hay historiadores que no 
quieren proceder del mismo modo cuando de la teoría 
económica se trata. Pretenden oponer a los teoremas 
económicos el contenido de documentos que, se supone, 
atestiguan hechos contrarios a las verdades praxeológicas. 
Ignoran que los fenómenos complejos no pueden ni 


138 


demostrar ni refutar la certeza de ningún teorema económico, 
por lo cual no pueden esgrimirse frente a ninguna afirmación 
de índole teórica. La historia económica es posible sólo en 
razón a que existe una teoría económica, la cual explica las 
consecuencias económicas de las actuaciones humanas. Sin 
doctrina económica, toda historia referente a hechos 
económicos no sería más que mera acumulación de datos 
inconexos, abierta a las más arbitrarias interpretaciones. 


8. CONCEPCIÓN Y COMPRENSIÓN 


La misión de las ciencias de la acción humana consiste en 
descubrir el sentido y trascendencia de las distintas 
actuaciones. A tal efecto, recurren a dos diferentes 
procedimientos metodológicos: la concepción y la 
comprensión. Aquélla es la herramienta mental de la 
praxeología; ésta la de la historia. 


El conocimiento praxeológico es siempre conceptual. Se 
refiere a cuanto es obligado en toda acción humana. Implica 
invariablemente manejar categorías y conceptos universales. 


El conocimiento histórico, en cambio, se refiere a lo que es 
específico y típico de cada evento o conjunto de eventos. 
Analiza cada uno de sus objetos de estudio, ante todo, 
mediante los instrumentos mentales que las restantes ciencias 
le proporcionan. Practicada esta labor previa, se enfrenta con 
su tarea típica y genuina, la de descubrir mediante la 
comprensión las condiciones privativas e individualizantes del 


139 


hecho en cuestión. 


Como ya antes se hacía notar, hay quienes suponen que la 
historia nunca puede ser realmente científica, ya que la 
comprensión histórica está condicionada por los propios 
juicios subjetivos de valor del historiador. La comprensión, se 
afirma, no es más que un eufemismo tras el cual se esconde la 
pura arbitrariedad. Los trabajos históricos son siempre 
parciales y unilaterales, por cuanto no se limitan a narrar 
hechos; más bien sólo sirven para deformarlos. 


Existen, ciertamente, libros de historia escritos desde 
dispares puntos de vista. La Reforma ha sido reflejada por 
católicos y también por protestantes. Hay historias 
«proletarias» e historias «burguesas»; historiadores tory e 
historiadores whig; cada nación, partido o grupo lingúístico 
tiene sus propios narradores y sus particulares ideas 
históricas. 

Pero tales disparidades de criterio nada tienen que ver con 
la intencionada deformación de los hechos por 
propagandistas y apologistas disfrazados de historiadores. 
Aquellas circunstancias cuya certeza, a la vista de las fuentes 
disponibles, resulta indudable deben ser fielmente reflejadas 
por el historiador ante todo. En esta materia no cabe la 
interpretación personal. Es una tarea que ha de perfeccionarse 
recurriendo a los servicios que brindan las ciencias de índole 
no histórica. El historiador advierte los fenómenos, que 
después reflejará mediante el ponderado análisis crítico de las 
fuentes. Siempre que sean razonablemente fidedignas y 
ciertas las teorías de las ciencias no históricas que el 
historiador maneje al estudiar sus fuentes, no es posible 
ningún arbitrario desacuerdo respecto al establecimiento de 
los fenómenos en cuanto tales. Las afirmaciones del 


140 


historiador son correctas o contrarias a los hechos, lo cual 
resulta fácil comprobar a la vista de los oportunos 
documentos; tales afirmaciones, cuando las fuentes no 
brinden información bastante, puede ser que adolezcan de 
vaguedad. En tal caso, los respectivos puntos de vista de los 
autores tal vez discrepen, pero siempre habrán de basar sus 
opiniones en una racional interpretación de las pruebas 
disponibles. Del debate quedan, por fuerza, excluidas las 
afirmaciones puramente arbitrarias. 


Ahora bien, los historiadores discrepan con frecuencia en 
lo atinente a las propias enseñanzas de las ciencias no 
históricas. Resultan, así, discordancias por lo que se refiere al 
examen crítico de las fuentes y a las conclusiones que de ello 
se derivan. Surgen insalvables disparidades de criterio. Pero es 
de notar que éstas no obedecen a opiniones contrarias en 
torno al fenómeno histórico en sí, sino a disconformidad 
acerca de problemas imperfectamente resueltos por las 
ciencias de índole no histórica. 


Un antiguo historiador chino posiblemente afirmaría que 
los pecados del emperador provocaron una catastrófica 
sequía que sólo cesó cuando el propio gobernante expió sus 
faltas. Ningún historiador moderno aceptaría semejante 
relato. Esa teoría meteorológica pugna con indiscutidas 
enseñanzas de la ciencia natural contemporánea. No existe, 
sin embargo, entre los autores semejante unidad de criterio en 
lo que respecta a numerosas cuestiones teológicas, biológicas 
o económicas. De ahí que los historiadores disientan entre sí. 

Quien crea en las doctrinas racistas, que pregonan la 
superioridad de los arios nórdicos, estimará inexacto e 
inadmisible todo informe que aluda a cualquier gran obra de 
índole intelectual o moral realizada por alguna de las «razas 


141 


inferiores». No dará a las fuentes mayor crédito que el que a 
los historiadores modernos merece el mencionado relato 
chino. Con respecto a los fenómenos que aborda la historia 
del cristianismo no hay posibilidad de acuerdo entre quienes 
consideran los evangelios como sagrada escritura y quienes 
los estiman documentos meramente humanos. Los 
historiadores católicos y protestantes difieren en muchas 
cuestiones de hecho, al partir, en sus investigaciones, de ideas 
teológicas  discrepantes. Un  mercantilista o un 
neomercantilista nunca coincidirá con un economista. 
Cualquier historia monetaria alemana de los años 1914 a 1923 
forzosamente ha de hallarse condicionada por las ideas de su 
autor acerca de la moneda. Quienes crean en los derechos 
carismáticos del monarca ungido presentarán los hechos de la 
Revolución Francesa de modo muy distinto a como lo harán 
quienes comulguen con otros idearios. 


Los historiadores disienten en las anteriores cuestiones, no 
como tales historiadores, sino al interpretar el hecho en 
cuestión a la luz de las ciencias no históricas. Discrepan entre 
sí por las mismas razones que, con respecto a los milagros de 
Lourdes, impiden todo acuerdo entre los médicos agnósticos 
y los creyentes que integran el comité dedicado a recoger las 
pruebas acreditativas de la certeza de tales acaecimientos. Sólo 
si se cree que los hechos, por sí solos, escriben su propia 
historia en la tabula rasa de la mente es posible 
responsabilizar a los historiadores por sus diferencias de 
criterio; ahora bien, tal actitud implica dejar de advertir que 
jamás la historia podrá abordarse más que partiendo de 
ciertos presupuestos, de tal suerte que todo desacuerdo en 
tomo a dichos presupuestos, es decir, en tomo al contenido de 
las ramas no históricas del saber, ha de predeterminar por 


142 


fuerza la exposición de los hechos históricos. 


Tales presupuestos modelan igualmente la elección del 
historiador en lo referente a qué circunstancias entiende 
deban ser mencionadas y cuáles, por irrelevantes, procede 
omitir. Ante el problema de por qué cierta vaca no produce 
leche, un veterinario moderno para nada se preocupará de si 
el animal ha sido maldecido por una bruja; ahora bien, hace 
trescientos años, su despreocupación al respecto no hubiera 
sido tan absoluta. Del mismo modo, el historiador elige, de 
entre la infinidad de acaecimientos anteriores al hecho 
examinado, aquellos capaces de provocarlo —o de retrasar su 
aparición—, descartando aquellas otras circunstancias 
carentes, según su personal concepción de las ciencias no 
históricas, de cualquier influjo. 


Toda mutación en las enseñanzas de las ciencias no 
históricas exige, por consiguiente, una nueva exposición de la 
historia. Cada generación se ve en el caso de abordar, una vez 
más, los mismos problemas históricos, por cuanto se le 
presentan bajo nueva luz. La antigua visión teológica del 
mundo provocó un enfoque histórico distinto del que 
presentan las modernas enseñanzas de las ciencias naturales. 
La economía política de índole subjetiva da lugar a que se 
escriban obras históricas totalmente diferentes a las 
formuladas al amparo de las doctrinas mercantilistas. Las 
divergencias que, por razón de las anteriores disparidades de 
criterio, puedan registrar los libros de los historiadores, 
evidentemente, no son consecuencia de una supuesta 
imperfección o inconcreción de los estudios históricos. Al 
contrario, vienen a ser fruto de las distintas opiniones que 
coexisten en el ámbito de aquellas otras ciencias que suelen 
considerarse rigurosas y exactas. 


143 


En orden a evitar todo posible error interpretativo, 
conviene destacar algunos otros extremos. Las divergencias 
de criterio que nos vienen ocupando nada tienen en común 
con los supuestos siguientes: 


1. La voluntaria distorsión de los hechos con fines 
engañosos. 


2.El pretender ensalzar o condenar determinadas acciones 
desde puntos de vista legales o morales. 


3. El consignar, de modo incidental, observaciones que 
impliquen juicios valorativos dentro de una exposición de la 
realidad rigurosa y objetiva. No se perjudica la exactitud y 
certeza de un tratado de bacteriología porque su autor, desde 
un punto de vista humano, considere fin último la 
conservación de la vida y, aplicando dicho criterio, califique 
de buenos los acertados métodos para destruir microbios y de 
malos los sistemas en ese sentido ineficaces. Indudablemente, 
si un germen escribiera el mismo tratado, trastrocaría esos 
juicios de valor; sin embargo, el contenido material del libro 
sería el mismo en ambos casos. De igual modo, un historiador 
europeo, al tratar de las invasiones mongólicas del siglo XII, 
puede hablar de hechos «favorables» o «desfavorables» al 
ponerse en el lugar de los defensores de la civilización 
occidental. Ese adoptar los módulos valorativos de una de las 
partes en modo alguno hace desmerecer el contenido material 
del estudio, el cual puede ser —habida cuenta de los 
conocimientos científicos del momento— absolutamente 
objetivo. Un historiador mongol aceptaría el trabajo 
íntegramente, salvo por lo que se refiere a aquellas 
observaciones incidentales. 


4. El examinar los conflictos militares o diplomáticos por lo 
que atañe sólo a uno de los bandos. Las pugnas entre grupos 


144 


antagónicos pueden ser analizadas partiendo de las ideas, las 
motivaciones y los fines que impulsaron a uno solo de los 
contendientes. Cierto es que, para llegar a la comprensión 
plena del suceso, resulta obligado percatarse de la actuación 
de ambas partes interesadas. La realidad se fraguó al calor del 
recíproco proceder. Ahora bien, para comprender 
cumplidamente el evento de que se trate, el historiador ha de 
examinar las cosas tal y como éstas se presentaban en su día a 
los interesados, evitando limitar el análisis a los hechos bajo el 
aspecto en que ahora aparecen ante el estudioso que dispone 
de todas las enseñanzas de la cultura contemporánea. Una 
historia que se limite a exponer las actuaciones de Lincoln 
durante las semanas y los meses que precedieron a la Guerra 
de Secesión americana resultaría ciertamente incompleta. 
Ahora bien, incompleto es todo estudio de índole histórica. 
Con independencia de que el historiador pueda ser partidario 
de los unionistas o de los confederados o que, por el 
contrario, pueda ser absolutamente imparcial en su análisis, 
puede en todo caso ponderar con plena objetividad la política 
de Lincoln durante la primavera de 1861. Su estudio 
constituirá obligado antecedente para poder abordar el más 
amplio problema de por qué estalló la guerra civil americana. 


Aclarados estos problemas, podemos finalmente 
enfrentamos a la cuestión decisiva: ¿Acaso la comprensión 
histórica se halla condicionada por un elemento subjetivo, y, 
en tal supuesto, cómo influye éste en la obra del historiador? 


En aquella esfera en que la comprensión se limita a 
constatar que los interesados actuaron impelidos por 
determinados juicios valorativos, recurriendo al empleo de 
ciertos medios específicos, no cabe el desacuerdo entre 
auténticos historiadores, es decir, entre estudiosos deseosos 


145 


de conocer, efectivamente, la verdad del pasado. Tal vez haya 
incertidumbre en torno a algún hecho, provocada por la 
insuficiente información que proporcionan las fuentes 
disponibles. Ello, sin embargo, nada tiene que ver con la 
comprensión histórica. El problema atañe tan sólo a la labor 
previa que con anterioridad a la tarea comprensiva debe 
realizar el historiador. 


Pero, con independencia de lo anterior, mediante la 
comprensión es preciso ponderar los efectos provocados por 
la acción y la intensidad de los mismos; ha de analizarse la 
importancia de los móviles y de las acciones. 


Tropezamos ahora con una de las más notables diferencias 
existentes entre la física o la química, de un lado, y las ciencias 
de la acción humana, de otro. En el mundo de los fenómenos 
físicos y químicos existen (o, al menos, generalmente, se 
supone que existen) relaciones constantes entre las distintas 
magnitudes, siendo capaz el hombre de percibir, con bastante 
precisión, dichas constantes mediante los oportunos 
experimentos de laboratorio. Pero en el campo de la acción 
humana no se registran tales relaciones constantes, salvo por 
lo que atañe a la terapéutica y a la tecnología física y química. 
Creyeron los economistas, durante una época, haber 
descubierto una relación constante entre las variaciones 
cuantitativas de la cantidad de moneda existente y los precios 
de las mercancías. Suponíase que un alza o un descenso en la 
cantidad de moneda circulante había de provocar siempre 
una variación proporcional en los precios. La economía 
moderna ha demostrado, de modo definitivo e irrefutable, lo 
equivocado de este supuesto!'”, Se equivocan los economistas 
que pretenden sustituir por una «economía cuantitativa» la 
que ellos denominan «economía cualitativa». En el mundo de 


146 


lo económico no hay relaciones constantes, por lo cual toda 
medición resulta imposible. Cuando una estadística nos 
informa de que en cierta época un aumento del 10 por 100 en 
la producción patatera de Atlantis provocó una baja del 8 por 
100 en el precio de dicho tubérculo, tal ilustración en modo 
alguno prejuzga lo que sucedió o pueda suceder en cualquier 
otro lugar o momento al registrar una variación la 
producción de patatas. Los datos estadísticos no han 
«medido» la «elasticidad de la demanda» de las papas, 
únicamente reflejan un específico e individualizado evento 
histórico. Nadie de mediana inteligencia puede dejar de 
advertir que es variable el aprecio de las gentes por lo que se 
refiere a patatas o cualquier otra mercancía. No estimamos 
todos las mismas cosas de modo idéntico y aun las 
valoraciones de un determinado sujeto cambian al variar las 
circunstancias concurrentes!'*., 


Fuera del campo de la historia económica, nadie supuso 
jamás que las relaciones humanas registraran relaciones 
constantes. En las pasadas pugnas entre los europeos y los 
pueblos atrasados de otras razas, un soldado blanco, desde 
luego, equivalía a varios indígenas. Ahora bien, a ningún 
necio se le ocurrió «medir» la magnitud de la superioridad 
europea. 


La imposibilidad, en este terreno, de toda medición no ha 
de atribuirse a una supuesta imperfección de los métodos 
técnicos empleados, sino que proviene de la ausencia de 
relaciones constantes en la materia analizada. Si se debiera a 
una insuficiencia técnica, cabría, al menos en ciertos casos, 
llegar a cifras aproximadas. Pero no; el problema estriba, 
como se decía, en que no hay relaciones constantes. 
Contrariamente a lo que ignorantes positivistas se complacen 


147 


en repetir, la economía en modo alguno es una disciplina 
atrasada por no ser «cuantitativa». Carece de esta condición y 
no se embarca en mediciones por cuanto no maneja 
constantes. Los datos estadísticos referentes a realidades 
económicas son datos puramente históricos. Nos ilustran 
acerca de lo que sucedió en un caso específico que no volverá 
a repetirse. Los fenómenos físicos pueden interpretarse sobre 
la base de las relaciones constantes descubiertas mediante la 
experimentación. Los hechos históricos no admiten tal 
tratamiento. 


El historiador puede registrar todos los factores que 
contribuyeron a provocar un cierto evento, así como aquellas 
otras circunstancias que se oponían a su aparición, las cuales 
pudieron retrasar o paliar el efecto finalmente conseguido. 
Ahora bien, tan sólo mediante la comprensión puede el 
investigador ordenar los distintos factores causales con 
criterio cuantitativo en relación a los efectos provocados. Ha 
de recurrir forzosamente a la comprensión si quiere asignar a 
cada uno de los n factores concurrentes su respectiva 
importancia para la aparición del efecto P. En el terreno de la 
historia, la comprensión equivale, por así decirlo, al análisis 
cuantitativo y a la medición. 


La técnica podrá ilustramos acerca de cuál deba ser el 
grosor de una plancha de acero para que no la perfore la bala 
de un Winchester disparada a una distancia de 300 metros. 
Tal información nos permitirá saber por qué fue o no fue 
alcanzado por determinado proyectil un individuo situado 
detrás de una chapa de acero de cierto espesor. La historia, en 
cambio, es incapaz de explicar, con semejante simplicidad, 
por qué se han incrementado en un 10 por 100 los precios de 
la leche; por qué el presidente Roosevelt venció al gobernador 


148 


Dewey en las elecciones de 1944; o por qué Francia, de 1870 a 
1940, se gobernó por una constitución republicana. Estos 
problemas sólo pueden abordarse mediante la comprensión. 


La comprensión aspira a ponderar la importancia 
específica de cada circunstancia histórica. No es lícito, desde 
luego, al manejar la comprensión, recurrir a la arbitrariedad o 
al capricho. La libertad del historiador se halla limitada por la 
obligación de explicar racionalmente la realidad. Su única 
aspiración debe ser la de alcanzar la verdad. Ahora bien, en la 
comprensión aparece por fuerza un elemento de subjetividad. 
Está siempre matizada por la propia personalidad del sujeto y 
viene, por tanto, a reflejar la mentalidad del expositor. 


Las ciencias apriorísticas —la lógica, la matemática y la 
praxeología— aspiran a formular conclusiones 
universalmente válidas para todo ser que goce de la estructura 
lógica típica de la mente humana. Las ciencias naturales 
buscan conocimientos válidos para todos aquellos seres que 
no sólo disponen de la facultad humana de razonar, sino que 
se sirven además de los mismos sentidos que el hombre. La 
uniformidad humana por lo que atañe a la lógica y a la 
sensación confiere a tales ramas del saber su validez universal. 
Sobre esta idea se ha orientado hasta ahora la labor de los 
físicos. Sólo últimamente han comenzado dichos 
investigadores a advertir las limitaciones con que en sus 
tareas tropiezan y, repudiando la excesiva ambición anterior, 
han descubierto el «principio de incertidumbre». Admiten ya 
la existencia de cosas inobservables cuya inobservabilidad es 
cuestión de un principio epistemológico"”. 

La comprensión histórica nunca puede llegar a 
conclusiones que hayan de ser aceptadas por todos. Dos 
historiadores, pese a que coincidan en la interpretación de las 


149 


ciencias no históricas y convengan en los hechos concurrentes 
en cuanto quepa dejar éstos sentados sin recurrir a la 
comprensión de la respectiva importancia de los mismos, 
pueden hallarse, sin embargo, en total desacuerdo cuando se 
trate de aclarar este último extremo. Tal vez coincidan en que 
los factores a, b y c contribuyeron a provocar el efecto P y, sin 
embargo, pueden disentir gravemente al ponderar la 
relevancia de cada uno de dichos factores en el resultado 
finalmente producido. Por cuanto la comprensión aspira a 
calibrar la respectiva relevancia de cada una de las 
circunstancias concurrentes, resulta terreno abonado para los 
juicios subjetivos. Naturalmente, éstos no son juicios de valor 
ni reflejan las preferencias del historiador. Son juicios de 
relevancia”, 


Los historiadores pueden disentir por diversas razones. Tal 
vez sustenten diferentes criterios por lo que respecta a las 
enseñanzas de las ciencias no históricas; tal vez sus diferencias 
surjan de sus respectivos conocimientos, más o menos 
perfectos, de las fuentes, y tal vez difieran por sus ideas acerca 
de los motivos y aspiraciones de los interesados o acerca de 
los medios que al efecto aplicaron. Ahora bien, en todas estas 
cuestiones se puede llegar a fórmulas de avenencia, previo un 
examen racional, «objetivo», de los hechos; no es imposible 
alcanzar un acuerdo, en términos generales, acerca de tales 
problemas. En cambio, a las discrepancias entre historiadores, 
con motivo de sus respectivos juicios de relevancia, no se 
puede encontrar soluciones que todos forzosamente hayan de 
aceptar. 


Los métodos intelectuales de la ciencia no difieren 
especificamente de los que el hombre corriente aplica en su 
cotidiano razonar. El científico utiliza las mismas 


150 


herramientas mentales que el lego; pero las emplea con mayor 
precisión y pericia. La comprensión en modo alguno es 
privilegio exclusivo de historiadores. Todo el mundo se sirve 
de ella. Cualquiera, al observar las condiciones de su medio 
ambiente, adopta una actitud de historiador. Al enfrentarse 
con la incertidumbre de futuras circunstancias, todos y cada 
uno recurren a la comprensión. Mediante ella aspira el 
especulador a comprender la respectiva importancia de los 
diversos factores intervinientes que plasmarán la realidad 
futura. Porque la acción —hagámoslo notar desde ahora al 
iniciar nuestras investigaciones— se enfrenta siempre y por 
fuerza con el futuro, es decir, con circunstancias inciertas, por 
lo cual el actuar tiene invariablemente carácter especulativo. 
El hombre mira al futuro, por así decirlo, con ojos de 
historiador. 


Historia natural e historia humana 


La cosmogonía, la geología y las ciencias que se ocupan de las acaecidas 
mutaciones biológicas son, todas ellas, disciplinas históricas, por cuanto el objeto de 
su estudio consiste en hechos singulares que sucedieron en el pasado. Ahora bien, 
tales ramas del saber se atienen exclusivamente al sistema epistemológico de las 
ciencias naturales, por lo cual no precisan recurrir a la comprensión. A veces, se ven 
obligadas a ponderar magnitudes de un modo sólo aproximado. Dichos cálculos 
estimativos no implican, sin embargo, juicios de relevancia. Se trata simplemente de 
determinar relaciones cuantitativas de un modo menos perfecto que el que supone 
la medición «exacta». Nada tiene ello que ver con aquella situación que se plantea en 
el campo de la acción humana que se caracteriza por la ausencia de relaciones 
constantes. 


Por eso, al decir historia, pensamos exclusivamente en historia de las actuaciones 
humanas, terreno en el que la comprensión constituye la típica herramienta mental. 


LS 


Contra la afirmación de que la moderna ciencia natural debe al método 
experimental todos sus triunfos, suele aducirse el caso de la astronomía. Ahora bien, 
la astronomía contemporánea es esencialmente la aplicación a los cuerpos celestes 
de leyes físicas descubiertas en nuestro planeta de modo experimental. 
Antiguamente, los estudios astronómicos suponían que los cuerpos celestes se 
movían con arreglo a órbitas inmutables. Copérnico y Kepler intentaban adivinar, 
simplemente, qué tipo de curvas describía la Tierra alrededor del Sol. Por estimarse 
la circunferencia como la curva «más perfecta», Copérnico la adoptó en su hipótesis. 
Por una conjetura similar, Kepler, más tarde, recurrió a la elipse. Sólo a partir de los 
descubrimientos de Newton llegó a ser la astronomía una ciencia natural en sentido 
estricto. 


9. SOBRE LOS TIPOS IDEALES 


La historia se interesa por hechos singulares e irrepetibles, 
es decir, por ese irreversible fluir de los acaecimientos 
humanos. Ningún acontecimiento histórico puede describirse 
sin hacer referencia a los interesados en el mismo, así como al 
lugar y la fecha en que se produjo. Si un suceso puede ser 
narrado sin aludir a dichas circunstancias es porque carece de 
condición histórica, constituyendo un fenómeno de aquéllos 
por los que las ciencias naturales se interesan. El relatar que el 
profesor X el día 20 de febrero de 1945 practicó en su 
laboratorio determinado experimento es una narración de 
índole histórica. Sin embargo, el físico considera oportuno 
prescindir de la personalidad del actor, así como de la fecha y 
del lugar del caso. Alude tan sólo a aquellas circunstancias 
que considera relevantes en orden a provocar el efecto en 
cuestión, las cuales siempre que sean reproducidas, darán otra 
vez lugar al mismo resultado. De esta suerte aquel suceso 


152 


histórico se transforma en un hecho de los manejados por las 
ciencias naturales empíricas. Se prescinde de la intervención 
del experimentador, quien se desea aparezca más bien como 
simple observador o imparcial narrador de la realidad. No 
compete a la praxeología ocuparse de los aspectos 
epistemológicos de semejante filosofía. 


Aunque únicos e irrepetibles, los hechos históricos tienen 
un rasgo común: son acción humana. La historia los aborda 
en cuanto acciones humanas; concibe su significado mediante 
el conocimiento praxeológico y lo comprende considerando 
sus circunstancias individuales y únicas. Lo único que 
interesa a la historia es el significado atribuido a la realidad en 
cuestión por los individuos intervinientes, es decir, la que les 
merezca la situación que pretenden alterar, la que atribuyan a 
sus propias actuaciones y la concedida a los resultados 
provocados por su intervención. 


La historia ordena y clasifica los innumerables 
acaecimientos con arreglo a su respectiva significación. 
Sistematiza los objetos de su estudio —hombres, ideas, 
instituciones, entes sociales, mecanismos— con arreglo a la 
similitud de significación que entre sí puedan éstos tener. De 
acuerdo con esta similitud ordena los elementos en tipos 
ideales. 


Son tipos ideales los conceptos manejados en la 
investigación histórica, así como los utilizados para reflejar 
los resultados de dichos estudios. Los tipos ideales son, por 
tanto, conceptos de comprensión. Nada tienen que ver con las 
categorías y los conceptos praxeológicos o con los conceptos 
de las ciencias naturales. Estos tipos ideales en modo alguno 
son conceptos de clase, ya que su descripción no indica los 
rasgos cuya presencia determina clara y precisamente la 


153 


pertenencia a una clase. Los tipos ideales no pueden ser 
objeto de definición; para su descripción es preciso enumerar 
aquellos rasgos que, generalmente, cuando concurren en un 
caso concreto, permiten decidir si el supuesto puede o no 
incluirse en el tipo ideal correspondiente. Nota característica 
de todo tipo ideal es el que no sea imperativa la presencia de 
todos sus rasgos específicos en aquellos supuestos concretos 
que merezcan la calificación en cuestión. El que la ausencia de 
algunas de dichas características impida o no que un caso 
determinado sea considerado como correspondiente al tipo 
ideal en cuestión depende de un juicio de relevancia 
plasmado mediante la comprensión. En definitiva, el tipo 
ideal es un resultado de la comprensión de los motivos, las 
ideas y los propósitos de los individuos que actúan, así como 
de los medios que aplican. 


El tipo ideal nada tiene que ver con promedios estadísticos. 
La mayor parte de los rasgos que le caracterizan no admiten la 
ponderación numérica, por lo cual es imposible pensar en 
deducir medias aritméticas en esta materia. Pero la razón 
fundamental es otra. Los promedios estadísticos nos ilustran 
acerca de cómo proceden los sujetos integrantes de una cierta 
clase o grupo, formado, de antemano, en virtud de una 
definición o tipificación, que maneja ciertas notas comunes, 
en supuestos ajenos a los aludidos por la indicada definición o 
tipificación. Ha de constar la pertenencia a la clase o grupo en 
cuestión antes de que el estadístico pueda comenzar a 
averiguar cómo proceden los sujetos estudiados en casos 
especiales, sirviéndose de los resultados de esta investigación 
para deducir medias aritméticas. Se puede determinar la 
media de la edad de los senadores americanos y también 
averiguar, promediando, cómo reacciona, ante cierta 


154 


circunstancia, una determinada clase de personas formada 
por individuos de la misma edad. Ahora bien, lo que 
lógicamente resulta imposible es formar una clase sobre la 
base de que sus miembros registren las mismas cifras 
promedias. 


Sin la ayuda de los tipos ideales no es posible abordar 
ningún problema histórico. Ni aun cuando el historiador se 
ocupa de un solo individuo o de un hecho singular, puede 
evitar referirse a tipos ideales. Al tratar de Napoleón, el 
estudioso habrá de aludir a tipos ideales tales como los de 
capitán, dictador o jefe revolucionario; si se enfrenta con la 
Revolución Francesa, tendrá que manejar los tipos ideales de 
revolución, desintegración de un régimen, anarquía, etc. Tal 
vez la alusión a cierto tipo ideal consista sólo en negar la 
aplicabilidad del mismo al caso de que se trata. De una forma 
u otra, cualquier acontecimiento histórico ha de ser descrito e 
interpretado sobre la base de tipos ideales. El profano, por su 
parte, igualmente ha de manejar, cuando pretende abordar 
hechos pasados o futuros, tipos ideales, y a éstos recurre de 
modo inconsciente. 


Sólo mediante la comprensión se puede decidir si procede 
o no aludir a determinado tipo ideal para la mejor 
aprehensión mental del fenómeno de que se trate. El tipo 
ideal no viene a condicionar la comprensión; antes al 
contrario, es el deseo de una más perfecta comprensión lo que 
exige estructurar y emplear los correspondientes tipos ideales. 


Los tipos ideales se construyen mediante ideas y conceptos 
formulados por las ciencias de indole no histórica. Todo 
conocimiento histórico está condicionado, como decíamos, 
por las enseñanzas de las demás ciencias, depende de ellas, y 
jamás puede estar en contradicción con las mismas. Ahora 


155 


bien, lo cierto es que el conocimiento histórico se interesa por 
asuntos y emplea métodos totalmente diferentes de los de 
estas ciencias, las cuales, por su parte, no pueden recurrir a la 
comprensión. Por ello, los tipos ideales nada tienen en común 
con los conceptos que manejan las ciencias no históricas. Lo 
mismo les sucede con respecto a las categorías y conceptos 
praxeológicos. Los tipos ideales, desde luego, brindan las 
ineludibles herramientas mentales que el estudio de la historia 
exige. Pero el historiador no se sirve de ellos para desarrollar 
su labor de comprender hechos individuales y singulares. Por 
tanto, jamás podrá constituir un tipo ideal la simple adopción 
de cierto concepto praxeológico. 


Sucede con frecuencia que vocablos empleados por la 
praxeología para designar determinados conceptos 
praxeológicos los utilizan también los historiadores para 
referirse a ciertos tipos ideales. En tal caso, el historiador está 
sirviéndose de una misma palabra para expresar dos ideas 
distintas. En ocasiones empleará el término para designar el 
correspondiente concepto  praxeológico. Con mayor 
frecuencia, sin embargo, recurrirá al mismo para referirse al 
tipo ideal. En este último supuesto, el historiador atribuye a 
dicha palabra un significado distinto de su significado 
praxeológico; le transforma transfiriéndolo a un campo de 
investigación distinto. El concepto económico de 
«empresario» no coincide con el tipo ideal «empresario» que 
la historia económica y la economía descriptiva manejan. 
(Una tercera significación corresponde al concepto legal de 
«empresario»). El término «empresario», en el terreno 
económico, encarna una idea precisa y específica, idea que, en 
el marco de la teoría del mercado, sirve para designar una 
función claramente individualizada!”", El ideal tipo histórico 


156 


de «empresario» no abarca los mismos sujetos que el 
concepto económico. Nadie piensa, al hablar de 
«empresario», en el limpiabotas, ni en el taxista que trabaja 
con su propio automóvil, en el vendedor ambulante, ni en el 
humilde labriego. Todo lo que la economía predica de los 
empresarios es rigurosamente aplicable a cuantos integran esa 
clase con total independencia de las particulares 
circunstancias de tiempo, espacio u ocupación que a cada 
particular puedan corresponder. Por el contrario, lo que la 
historia económica establece en relación con sus tipos ideales 
puede variar según las circunstancias particulares de las 
distintas edades, países, tipos de negocio y demás situaciones. 
Por eso, los historiadores apenas manejan el tipo ideal general 
de «empresario». Se interesan más por ciertos tipos 
empresariales específicos, tales como el americano de los 
tiempos de Jefferson, el de la industria pesada alemana en la 
época de Guillermo Il, el correspondiente a la industria textil 
de Nueva Inglaterra en las décadas que precedieron a la 
Primera Guerra Mundial, el de la haute finance protestante de 
París, el de empresario autodidacta, etc. 


El que el uso de un determinado tipo ideal deba o no ser 
recomendado depende totalmente del modo de comprensión. 
Hoy en día es frecuente recurrir a dos conocidos tipos ideales: 
el integrado por los partidos de izquierda (progresistas) y el 
de los partidos de derecha (fascistas). Entre los primeros se 
incluyen las democracias occidentales, algunas de las 
dictaduras iberoamericanas y el bolchevismo ruso; el segundo 
grupo lo forman el fascismo italiano y el nazismo alemán. Tal 
clasificación es fruto de un cierto modo de comprensión. Otra 
forma de ver las cosas prefiere contrastar la democracia y la 
dictadura. En tal caso, el bolchevismo ruso, el fascismo 


157 


italiano y el nazismo alemán pertenecen al tipo ideal de 
régimen dictatorial, mientras los sistemas occidentales de 
gobierno corresponden al tipo ideal democrático. 


Fue un error fundamental de la Escuela Histórica de las 
Wirtschaftliche Staatswissenschaften en Alemania y del 
Institucionalismo en Norteamérica considerar que la ciencia 
económica lo que estudia es la conducta de un cierto tipo 
ideal, el homo oeconomicus. La economía clásica u ortodoxa 
—asegura dicho ideario— no se ocupó del hombre tal y como 
en verdad es y actúa, limitándose a analizar la conducta de un 
imaginario ser guiado exclusivamente por motivos 
económicos, impelido sólo por el deseo de cosechar el 
máximo beneficio material y monetario. Ese supuesto 
personaje jamás gozó de existencia real; es tan sólo un 
fantasma creado por arbitrarios filósofos de café. Nadie se 
guía exclusivamente por el deseo de enriquecerse al máximo; 
muchos ni siquiera experimentan esas apetencias 
materialistas. De nada sirve estudiar la vida y la historia 
ocupándose de tan fantasmal engendro. 


Pero, con independencia del posible significado que los 
economistas clásicos concedieran a la figura del homo 
oeconomicus, es preciso advertir que ésta, en ningún caso, es 
un tipo ideal. En efecto, la abstracción de una faceta o aspecto 
de las múltiples aspiraciones y apetencias del hombre no 
implica la plasmación de un tipo ideal. Antes al contrario, el 
tipo ideal viene a representar siempre fenómenos complejos 
realmente existentes, ya sean de índole humana, institucional 
o ideológica. 

La economía clásica pretendió explicar el fenómeno de la 
formación de los precios. Advertían bien aquellos pensadores 
que los precios en modo alguno son fruto exclusivamente de 


158 


la actuación de un específico grupo de personas, sino la 
resultante provocada por la recíproca acción de cuantos 
operan en el mercado. Por ello proclamaron que los precios 
vienen condicionados por la oferta y la demanda. Pero 
aquellos economistas fracasaron lamentablemente al 
pretender formular una teoría válida del valor. No supieron 
resolver la aparente antinomia del valor. Les desconcertaba la 
paradoja de que «el oro» valiera más que «el hierro», pese a 
ser éste más «útil» que aquél. Tal deficiencia les impidió 
advertir que las apetencias de los consumidores constituyen la 
única causa y razón de la producción y el intercambio 
mercantil. Por ello tuvieron que abandonar su ambicioso plan 
de llegar a formular una teoría general de la acción humana. 
Contentáronse con formular una teoría dedicada 
exclusivamente a explicar las actividades del hombre de 
empresa, descuidando el hecho de que las preferencias de 
todos y cada uno de los humanos es el factor económico 
decisivo. Se interesaron sólo por el proceder del hombre de 
negocios, que aspira siempre a comprar en el mercado más 
barato y a vender en el más caro. El consumidor quedaba 
excluido de su campo de observación. Más tarde, los 
continuadores de los economistas clásicos pretendieron 
explicar y justificar dicha actitud investigadora sobre la base 
de que era un método deliberadamente adoptado y 
epistemológicamente conveniente. Sostenían que los 
economistas pretendían limitar expresamente sus 
investigaciones a una determinada faceta de la acción 
humana: al aspecto «económico». Deseaban ocuparse tan sólo 
de la imaginaria figura del hombre impelido, de manera 
exclusiva, por motivaciones «económicas», dejando de lado 
cualesquiera otras, pese a constarles que la gente, en realidad, 


159 


actúa movida por numerosos impulsos de índole «no 
económica». Algunos de estos exegetas aseguraron que el 
análisis de esas motivaciones no corresponde a la ciencia 
económica, sino a otras ramas del saber. También hubo 
quienes, si bien convenían en que el examen de las apetencias 
«no económicas», así como su influjo en la formación de los 
precios, competía a la economía, opinaban que dicha tarea 
debería ser abordada más tarde por ulteriores generaciones. 
Comprobaremos después que la distinción entre motivos 
«económicos» y «no económicos» es imposible de 
mantener”, De momento basta con resaltar que esas 
doctrinas que pretenden limitar la investigación al aspecto 
«económico» de la acción humana vienen a falsear y 
tergiversar por completo las enseñanzas de los economistas 
clásicos. Jamás pretendieron éstos lo que sus comentaristas 
suponen. Se interesaban por aclarar la formación de los 
precios efectivos y verdaderos, desentendiéndose de aquellos 
imaginarios precios que surgirían si la gente operara bajo 
unas  hipotéticas condiciones distintas de las que 
efectivamente concurren. Los precios que pretendieron y 
llegaron a explicar —si bien olvidándose de las apetencias y 
elecciones de los consumidores— son los precios auténticos 
de mercado. La oferta y la demanda de que nos hablan 
constituyen realidades efectivas, engendradas por aquellas 
múltiples motivaciones que inducen a los hombres a comprar 
o a vender. Su teoría resultaba incompleta por cuanto 
abandonaban el análisis de la verdadera fuente y origen de la 
demanda, descuidando el remontarse a las preferencias de los 
consumidores. Por ello no lograron formular una teoría de la 
demanda plenamente satisfactoria. Pero jamás supusieron 
que la demanda —empleando el vocablo tal y como ellos en 


160 


sus escritos lo utilizan— respondiera exclusivamente a 
motivos «económicos», negando trascendencia a los «no 
económicos». Lamentablemente, dejaron de lado el estudio de 
las apetencias de los consumidores, limitando su examen a la 
actuación del hombre de empresa. Su teoría de los precios, no 
obstante, pretendía abordar los precios reales, si bien, como 
decíamos, prescindiendo de los motivos y voliciones que 
impulsan a los consumidores a actuar de uno u otro modo. 


Nace la moderna economía subjetiva cuando se logra 
resolver la aparente antinomia del valor. Sus teoremas en 
modo alguno se contraen ya a las actuaciones del hombre de 
empresa y para nada se interesan por el imaginario homo 
oeconomicus. Pretenden aprehender las inmodificables 
categorías que informan la acción humana en general. 
Abordan el examen de los precios, de los salarios o del interés, 
sin interesarse por las motivaciones personales que inducen a 
la gente a comprar y vender o a abstenerse de comprar y 
vender. Hora es ya de repudiar aquellas estériles 
construcciones que pretendían justificar las deficiencias de los 
clásicos a base de recurrir al fantasmagórico homo 
oveconomicus. 


10. EL MÉTODO DE LA ECONOMÍA POLÍTICA 


La praxeología tiene por objeto investigar la categoría de la 
acción humana. Todo lo que se precisa para deducir todos los 
teoremas praxeológicos es conocer la esencia de la acción 


161 


humana. Es un conocimiento que poseemos por el simple 
hecho de ser hombres; ningún ser humano carece de él, salvo 
que influencias patológicas le hayan reducido a una existencia 
meramente vegetativa. Para comprender cabalmente esos 
teoremas no se requiere acudir a experimentación alguna. Es 
más; ningún conocimiento experimental, por amplio que 
fuera, haría comprensibles los datos a quien de antemano no 
supiera en qué consiste la actividad humana. Sólo mediante el 
análisis lógico de aquellos conocimientos que llevamos 
dentro, referentes a la categoría de acción, es posible la 
asimilación mental de los teoremas en cuestión. Debemos 
concentrarnos y reflexionar sobre la estructura misma de la 
acción humana. El conocimiento praxeológico, como el 
lógico y el matemático, lo llevamos en nuestro interior; no 
nos viene de fuera. 


Todos los conceptos y teoremas de la praxeología están 
implícitos en la propia categoría de acción humana. En orden 
a alcanzar el conocimiento praxeológico, lo fundamental es 
analizar y deducir esos conceptos y teoremas, extraer las 
correspondientes conclusiones y determinar las 
características universales del actuar como tal. Una vez 
conocidos los requisitos típicos de toda acción, conviene dar 
un paso más en el sentido de determinar —desde luego, de un 
modo puramente categórico y formal— los requisitos más 
específicos de formas especiales de actuar. Cabría abordar esta 
segunda tarea formulando todas las situaciones imaginables, 
para deducir seguidamente las debidas conclusiones lógicas. 
Tal sistemática omnicomprensiva nos ilustraría no sólo 
acerca de la acción humana tal y como se produce en este 
mundo real, donde vive y actúa el hombre, sino también 
acerca de unas hipotéticas acciones que se registrarían en el 


162 


caso de concurrir las irrealizables condiciones de mundos 
imaginarios. 

Pero lo que la ciencia pretende es conocer la realidad. La 
investigación científica no es ni mera gimnasia mental ni 
pasatiempo lógico. De ahí que la praxeología restrinja su 
estudio al análisis de la acción tal y como aparece bajo las 
condiciones y presupuestos del mundo real. Únicamente en 
dos supuestos se aborda la acción tal como aparecería bajo 
condiciones que ni nunca se han presentado ni en el 
momento actual pueden aparecer. Se ocupa de situaciones 
que, aunque no sean reales en el presente y en el pasado, 
pueden llegar a serlo en el futuro. Y analiza las condiciones 
irreales e irrealizables siempre y cuando tal análisis permita 
una mejor percepción de los efectivos fenómenos que se trate 
de examinar. 


Sin embargo, esta referencia a la experiencia en modo 
alguno afecta al carácter apriorístico de la praxeología y de la 
economía. Nuestros conocimientos experimentales vienen 
simplemente a indicamos cuáles son los problemas que 
conviene examinar y cuáles procede desatender. Nos 
informan sobre lo que debemos analizar, pero nada nos dicen 
de cómo debemos proceder en nuestra investigación. 
Además, no es la experiencia, sino el propio pensar, el que 
nos indica que, y en qué casos, es necesario investigar las 
condiciones hipotéticas irrealizables en orden a comprender 
lo que sucede en el mundo real. 

El que el trabajo fatigue no es algo categórico y apriorístico. 
Se puede imaginar, sin caer en contradicción, un mundo en el 
que el trabajo no fuera penoso y deducir las correspondientes 
conclusiones!””, Ahora bien, en la vida real continuamente 
tropezamos con la «desutilidad» del trabajo. Sólo los teoremas 


163 


basados en el supuesto de que el trabajo es fuente de malestar 
son aplicables para la comprensión de lo que sucede en 
nuestro mundo. 


La experiencia nos muestra la desutilidad del trabajo. Pero 
no lo hace directamente. No existe, en efecto, fenómeno 
alguno que, por sí solo, denote la desutilidad del trabajo. Sólo 
hay datos de experiencia que se interpretan, sobre la base de 
un conocimiento apriorístico, en el sentido de que el hombre, 
en igualdad de circunstancias, prefiere el ocio —es decir, la 
ausencia de trabajo— al trabajo mismo. Vemos gentes que 
renuncian a placeres que podrían disfrutar si trabajaran más, 
es decir que están dispuestas a sacrificar ciertos goces en aras 
del descanso. De este hecho deducimos que el hombre aprecia 
el descanso como un bien y considera el trabajo una carga. 
Pero si llegamos a semejante conclusión, ello es sólo porque 
hemos apelado previamente al discernimiento praxeológico. 


La teoría del cambio indirecto y todas las que en ella se 
basan —la del crédito circulante, por ejemplo— sólo son 
aplicables a la interpretación de acontecimientos que se 
producen en un mundo en el que el cambio indirecto se 
practique. En un mundo en el que sólo existiera el trueque, 
tales construcciones serían mero pasatiempo intelectual. No 
es probable que los economistas de esa imaginaria sociedad se 
hubieran jamás ocupado del cambio indirecto, del dinero y 
demás conceptos conexos, aun suponiendo que en ella 
pudiera llegar a surgir la ciencia económica. Pero en nuestro 
mundo real dichos estudios son una imprescindible faceta del 
saber económico. 


El que la praxeología, al pretender captar la realidad, limite 
su investigación a aquellas cuestiones que, en ese sentido, 
tienen interés en modo alguno modifica la condición 


164 


apriorística de su razonar. Queda, no obstante, de este modo 
prefijado el campo de acción de la economía, la única parte de 
la praxeología hasta ahora elaborada. 


La economía no utiliza el método de la lógica ni el de las 
matemáticas. No se limita a formular puros razonamientos 
apriorísticos, desligados por completo de la realidad. Se 
plantea supuestos concretos siempre y cuando su análisis 
permita una mejor comprensión de los fenómenos reales. No 
existe en los tratados y monografías económicas una 
separación tajante entre la pura ciencia y la aplicación 
práctica de sus teoremas a específicas situaciones históricas o 
políticas. La economía formula sus enseñanzas entrelazando 
el conocimiento apriorístico con el examen e interpretación 
de la realidad. 


Es evidente que este método resulta ineludible, habida 
cuenta de la naturaleza y condición de la materia que trata la 
economía, y ha dado pruebas suficientes de su utilidad. Pero, 
ello no obstante, conviene advertir que el empleo de esa 
singular e, incluso, algo extraña sistemática, desde el punto de 
vista de la lógica, exige especial cautela y pericia por parte del 
estudioso, hasta el punto de que personas de escasa 
preparación han caído en graves errores al manejar 
imprudentemente ese bifronte sistema, integrado por dos 
métodos epistemológicamente diferentes. 


Tan erróneo es suponer que la vía histórica permite, por sí 
sola, abordar el estudio económico, como creer que sea 
posible una economía pura y exclusivamente teórica. 
Naturalmente, una cosa es la economía y otra la historia 
económica. Nunca ambas disciplinas deben confundirse. 
Todo teorema económico resulta válido y exacto en cualquier 
supuesto en el que concurran las circunstancias previstas por 


165 


el mismo. Desde luego, ninguno de esos teoremas tiene 
interés práctico cuando en el caso no se dan los 
correspondientes presupuestos. Las doctrinas referentes al 
cambio indirecto carecen de todo valor si aquél no existe. 
Ahora bien, ello nada tiene que ver con la exactitud y certeza 
de las mismas”*, 


El deseo de muchos políticos y de importantes grupos de 
presión de vilipendiar la economía política y difamar a los 
economistas ha provocado confusión en el debate. El poder 
embriaga lo mismo al príncipe que a la democrática mayoría. 
Aunque sea a regañadientes, todo el mundo ha de someterse a 
las inexorables leyes de la naturaleza. Sin embargo, los 
gobernantes no piensan lo mismo de las leyes económicas. 
Porque, ¿acaso no legislan como les place? ¿No disponen de 
poder bastante para aplastar a cualquier oponente? El 
belicoso autócrata se humilla sólo ante una fuerza militar 
superior a la suya. Siempre hay, además, plumas serviles 
dispuestas a justificar la acción estatal formulando doctrinas 
ad usum Delphini. De «economía histórica» suelen calificarse 
esos arbitrarios escritos. La verdad es que la historia 
económica ofrece un rico muestrario de actuaciones políticas 
que fracasaron en sus pretensiones precisamente por haber 
despreciado las leyes de la economía. 


Es imposible comprender las vicisitudes y obstáculos con 
que el pensamiento económico siempre ha tropezado si no se 
advierte que la economía, como tal ciencia, es un abierto 
desafío a la vanidad personal del gobernante. El verdadero 
economista jamás será bienquisto por autócratas y 
demagogos. Para ellos será siempre un personaje díscolo y 
poco grato y tanto más le odiarán cuanto mejor adviertan la 
certeza y exactitud de sus críticas. 


166 


Ante tan frenética oposición, bueno será resaltar que la 
base de todo el raciocinio praxeológico y económico, es decir, 
la categoría de acción humana, no admite crítica ni objeción 
alguna. Ninguna referencia a cuestiones históricas O 
empíricas puede invalidar la afirmación de que la gente 
trabaja conscientemente para alcanzar ciertos objetivos 
deseados. Ninguna discusión sobre la irracionalidad, los 
insondables abismos del alma humana, la espontaneidad de 
los fenómenos vitales, automatismos, reflejos y tropismos 
puede afectar al hecho de que el hombre se sirve de la razón 
para satisfacer sus deseos y apetencias. Partiendo de este 
fundamento inconmovible que es la categoría de acción 
humana, la praxeología y la economía progresan, paso a paso, 
en sus estudios mediante el razonamiento reflexivo. Dichas 
disciplinas, tras precisar con el máximo rigor sus 
presupuestos y condiciones, proceden a elaborar un ordenado 
sistema de conceptos, deduciendo del mismo, mediante 
raciocinio lógicamente  inatacable, las oportunas 
conclusiones. Ante éstas sólo caben dos actitudes: 
desenmascarar los errores lógicos en la cadena de 
deducciones que lleva a tales resultados, o bien proclamar su 
corrección y validez. 


De nada sirve alegar que ni la vida ni la realidad son 
lógicas. La vida y la realidad no son ni lógicas ni ilógicas; 
están simplemente dadas. Pero la lógica es el único 
instrumento con que cuenta el hombre para comprenderlas. 
A nada conduce suponer que la vida y la historia resultan 
inescrutables e incomprensibles, de tal suerte que la razón 
jamás podrá captar su íntima esencia. Quienes así piensan 
vienen a contradecir sus propias manifestaciones cuando, 
después de afirmar que todo lo trascendente resulta 


167 


inasequible para la mente humana, pasan a formular sus 
personales teorías —desde luego, erróneas— sobre aquellas 
mismas ignotas materias. Muchas cosas hay que exceden los 
límites de nuestra mente. Ahora bien, todo conocimiento, por 
mínimo que sea, ha de adquirirlo el hombre fatalmente por 
vía de la razón. 


No menos inadmisible es oponer la comprensión a la teoría 
económica. La comprensión histórica tiene por misión 
dilucidar aquellas cuestiones que las ciencias no históricas son 
incapaces de resolver satisfactoriamente. La comprensión 
jamás puede contradecir las doctrinas formuladas por estas 
otras disciplinas. Ha de limitarse, por un lado, a descubrir 
ante determinada acción las ideas que impulsaron a los 
actores, los fines perseguidos y los medios aplicados a su 
consecución y, por otro, a calibrar la respectiva importancia 
de los factores que intervienen en la aparición de cierto 
hecho, siempre y cuando las disciplinas no históricas sean 
incapaces de resolver la duda. La comprensión no autoriza a 
ningún historiador moderno a afirmar, por ejemplo, que 
alguna vez haya sido posible devolver la salud a las vacas 
enfermas mediante mágicos conjuros. Por lo mismo, tampoco 
le cabe ampararse en la comprensión para afirmar que en la 
antigua Roma o bajo el imperio de los incas determinadas 
leyes económicas no tenían vigencia. 


El hombre no es infalible. Busca siempre la verdad, es decir, 
aspira a aprehender la realidad lo más perfectamente que las 
limitaciones de su mente y razón le permiten. El hombre 
nunca será omnisciente. Jamás podrá llegar a un 
convencimiento pleno de que su investigación se halla 
acertadamente orientada y de que son efectivamente ciertas 
las verdades que considera inconcusas. Lo más que al hombre 


168 


le cabe es revisar, con el máximo rigor, una y otra vez, el 
conjunto de sus tesis. Para el economista esto implica 
retrotraer todos los teoremas a su origen cierto e indiscutible, 
la categoría de la acción humana, comprobando, mediante el 
análisis más cuidadoso, cuantas sucesivas inferencias y 
conclusiones finalmente abocan al teorema en cuestión. En 
modo alguno se supone que este método excluya 
definitivamente el error. Ahora bien, de lo que no cabe dudar 
es de que es el más eficaz para evitarlo. 


La praxeología —y por tanto también la economía— es una 
disciplina deductiva. Su valor lógico deriva de aquella base de 
la que parte en sus deducciones: la categoría de la acción. 
Ningún teorema económico que no esté sólidamente asido a 
dicha base a través de una inatacable cadena racional resulta 
científicamente admisible. Toda afirmación carente de esa 
ilación ha de estimarse arbitraria, hasta el punto de quedar 
flotando en el aire sin sustentación alguna. No es posible 
abordar ningún específico ámbito económico si no se le 
ensambla en una teoría general de la acción. 


Las ciencias empíricas parten de hechos singulares y en sus 
estudios progresan de lo individualizado a lo general. La 
materia manejada les permite la especialización. El 
investigador puede concentrar su atención en sectores 
determinados, despreocupándose del conjunto. El economista 
jamás puede ser un especialista. Al abordar cualquier 
problema, ha de tener presente todo el sistema. 

Los historiadores a menudo se equivocan a este respecto. 
Propenden a inventar los teoremas que mejor les convienen. 
Llegan incluso a olvidar que no se puede deducir ninguna 
relación causal del estudio de los fenómenos complejos. Vana 
es su pretensión de analizar la realidad sin apoyarse en lo que 


169 


ellos califican de ideas preconcebidas. En realidad, aplican sin 
darse cuenta doctrinas populares hace tiempo 
desenmascaradas como falaces y contradictorias. 


11. Las LIMITACIONES DE LOS CONCEPTOS 
PRAXEOLÓGICOS 


Las categorías y conceptos praxeológicos han sido 
formulados para una mejor comprensión de la acción 
humana. Resultan contradictorios y carecen de sentido 
cuando se pretende aplicarlos en condiciones que no sean las 
típicas de la vida humana. El elemental antropomorfismo de 
las religiones primitivas repugna a la mente filosófica. Pero no 
menos torpe es la pretensión de ciertos filósofos de describir 
con rigor, acudiendo a conceptos praxeológicos, las 
personales virtudes de un ser absoluto, sin ninguna de las 
incapacidades y flaquezas típicas de la condición humana. 


Los filósofos y los doctores de la Escolástica, al igual que los 
teístas y deístas de la Edad de la Razón, concebían un ser 
absoluto, perfecto, inmutable, omnipotente y omnisciente, el 
cual, sin embargo, planeaba y actuaba, señalándose fines a 
alcanzar y recurriendo a medios específicos para su 
consecución. En realidad, sólo actúa quien se halla en 
situación que conceptúa insatisfactoria; y reitera la acción 
sólo quien es incapaz de suprimir el propio malestar de una 
vez para siempre. Todo ser que actúa hállase descontento; 
luego no es omnipotente. Si estuviera plenamente satisfecho, 
no actuaría, y si fuera omnipotente, habría enteramente 


170 


suprimido, de golpe, la causa de su insatisfacción. El ente 
todopoderoso no tiene por qué elegir entre diferentes 
insatisfacciones. No se ve constreñido a contentarse, en 
cualquier caso, con el mal menor. La omnipotencia supone 
tener capacidad para hacerlo todo y gozar, por tanto, de plena 
felicidad, sin tener que atenerse a limitaciones de ninguna 
clase. Tal planteamiento, sin embargo, es incompatible con el 
concepto mismo de acción. Para un ser todopoderoso no 
existiría la categoría de fines ni la de medios. Su operar sería 
ajeno a las humanas percepciones, conceptos y 
comprensiones. Cualquier «medio» rendiríale servicios 
ilimitados; podría recurrir a cualquier «medio» para 
conseguir el fin deseado y aun alcanzar los objetivos 
propuestos sin servirse de medio alguno. Desborda nuestra 
limitada capacidad intelectual discurrir, hasta las últimas 
consecuencias lógicas, en tomo al concepto de omnipotencia. 
La mente tropieza en este terreno con paradojas insolubles. 
¿ Tendría ese ser omnipotente capacidad bastante para realizar 
algo que fuera inmune a su ulterior interferencia? Si no 
pudiera hacerlo, dejaría de ser omnipotente y, si no fuera 
capaz de variar dicha inmodificable obra, ya no sería 
todopoderoso. 


¿Es acaso compatible la omnipotencia con la omnisciencia? 
La omnisciencia implica que todos los futuros acaecimientos 
han de producirse del modo inexorablemente preestablecido. 
No es lógicamente concebible que un ser omnisciente sea, al 
tiempo, omnipotente. Su incapacidad para variar ese 
predeterminado curso de los acontecimientos argúiría en 
contra de su omnipotencia. 


La acción es un despliegue de potencia y control limitados. 
Es una manifestación del hombre, cuyo poder está restringido 


171 


por las limitaciones de su mente, por las exigencias 
fisiológicas de su cuerpo, por las realidades del medio en que 
opera y por la escasez de aquellos bienes de los que su 
bienestar depende. Vana es toda referencia a las 
imperfecciones y flaquezas del ser humano para describir la 
excelsitud de un ente absolutamente perfecto. Sucede que el 
propio concepto de perfección absoluta resulta, en sí mismo, 
contradictorio. Porque implica un estado definitivo e 
inmodificable. El más mínimo cambio vendría a desvirtuar la 
presupuesta perfección, provocando una situación más 
imperfecta; la mera posibilidad de mutación contradice la 
idea de absoluta perfección. Pero la ausencia de todo cambio 
—es decir, la absoluta inmutabilidad, rigidez e inmovilidad— 
implica la ausencia de vida. Vida y perfección son conceptos 
incompatibles entre sí; pero igualmente lo son los de 
perfección y muerte. 


El ser vivo no es perfecto por cuanto cambia; pero el 
muerto tampoco es perfecto porque le falta la vida. 


El lenguaje empleado por hombres que viven y actúan 
utiliza expresiones comparativas y superlativas al comparar 
situaciones más o menos satisfactorias. Lo absoluto, en 
cambio, no alude a estados mejores o peores; es más bien una 
noción límite; es indeterminable, impensable e inexpresable; 
una quimera. No hay felicidad plena, ni gentes perfectas, ni 
eterno bienestar. Pretender describir la vida de Jauja o las 
condiciones de la existencia angélica implica caer en 
insolubles contradicciones. Cualquier situación supone 
limitación e imperfección, esfuerzo por superar problemas; en 
definitiva, revela la existencia de descontento y malestar. 

Cuando la filosofía dejó de interesarse por lo absoluto 
aparecieron los autores de utopías insistiendo en el sofisma. 


172 


Divagaban dichos escritores en torno a sociedades pobladas 
por hombres perfectos, regidas por gobernantes no menos 
angélicos, sin advertir que el Estado, es decir, el aparato social 
de compulsión y coerción, es una institución montada 
precisamente para hacer frente a la imperfección humana, 
domeñando, con penas aflictivas, a las minorías, al objeto de 
proteger a la mayoría contra las acciones que pudieran 
perjudicarla. Pero tratándose de hombres «perfectos», 
resultarían innecesarias tanto la fuerza como la intimidación. 
Los utópicos, sin embargo, prefirieron siempre desentenderse 
de la verdadera naturaleza humana y de las inmodificables 
circunstancias que informan la vida en este planeta. Godwin 
aseguraba que, abolida la propiedad privada, el hombre 
llegaría a ser inmortal””. Charles Fourier entreveía los 
océanos rebosantes de rica limonada en vez de agua salada?” 
Marx pasa enteramente por alto la escasez de los factores 
materiales de la producción. Trotsky llegó al extremo de 
proclamar que, en el paraíso proletario, «el hombre medio 
alcanzará el nivel intelectual de un Aristóteles, un Goethe o 
un Marx. Y por encima de estas cumbres surgirán nuevas 


alturas»?”, 


La estabilización y la seguridad constituyen las populares 
quimeras del momento. De ellas nos ocuparemos más 
adelante. 


173 


CAPÍTULO III 


LA ECONOMÍA Y LA REBELIÓN 
CONTRA LA RAZÓN 


1. La REBELIÓN CONTRA LA RAZÓN 


Es cierto que a lo largo de la historia ha habido filósofos 
que han exagerado la capacidad de la razón. Creían que el 
hombre puede descubrir mediante el raciocinio las causas 
originarias de los eventos cósmicos y hasta los objetivos 
perseguidos por la causa primera creadora del universo y 
determinante de su evolución. Abordaban lo «Absoluto» con 
la misma tranquilidad con que  contemplarían el 
funcionamiento de su reloj de bolsillo. Descubrían valores 
inconmovibles y eternos; proclamaban normas morales que 
todos los hombres habrían de respetar incondicionalmente. 


Recordemos, en este sentido, a tantos creadores de utopías 
y sus imaginarios paraísos terrenales donde sólo la razón pura 
prevalecería. No advertían que aquellos imperativos absolutos 
y aquellas verdades evidentes, tan  pomposamente 
proclamadas, no eran más que fantasías de sus propias 


174 


mentes. Se consideraban infalibles, abogando, con el máximo 
desenfado, por la intolerancia y la violenta supresión de 
heterodoxos y disidentes. Aspiraban a la dictadura, bien para 
sí, bien para gentes que fielmente ejecutarían sus planes. La 
doliente humanidad no podía salvarse más que si, sumisa, 
aceptaba las fórmulas por ellos recomendadas. 


Recordemos a Hegel. Fue ciertamente un pensador 
profundo; sus escritos son un rico acervo de atractivas ideas. 
Pero siempre actuó bajo el error de suponer que el Geist, lo 
Absoluto, se manifestaba a través de sus palabras. Nada había 
demasiado arcano ni recóndito en el universo para la 
sagacidad de Hegel. Claro que se cuidaba siempre de emplear 
expresiones tan ambiguas que luego han podido ser 
interpretadas del modo más diverso. Los hegelianos de 
derechas entienden que sus teorías apoyan a la autocracia 
prusiana y a la iglesia teutona. Para los hegelianos de 
izquierdas, en cambio, el mismo ideario aboga por el ateísmo, 
el radicalismo revolucionario más intransigente y las 
doctrinas anarquistas. 


No descuidemos, en el mismo sentido, a Augusto Comte. 
Estaba convencido de hallarse en posesión de la verdad; se 
consideraba perfectamente informado del futuro que la 
humanidad tenía reservado. Erigióse, pues, en supremo 
legislador. Pretendió prohibir los estudios astronómicos por 
considerarlos inútiles. Quiso reemplazar el cristianismo por 
una nueva religión e incluso arbitró una mujer que había de 
ocupar el puesto de la Virgen. A Comte se le pueden disculpar 
sus locuras, ya que era un verdadero demente en el más 
estricto sentido patológico del vocablo. Pero ¿cómo exonerar 
a sus seguidores? 


Se podrían aducir innumerables ejemplos de este mismo 


175 


tipo. Tales desvarios, sin embargo, en modo alguno pueden 
esgrimirse para argumentar contra la razón, el racionalismo o 
la racionalidad. Porque estos errores no guardan ninguna 
relación con el problema específico que a este respecto 
interesa y que consiste en determinar si es o no la razón 
instrumento idóneo, y además el único, para alcanzar el 
máximo conocimiento que al hombre resulte posible 
conseguir. Nadie que celosa y abnegadamente haya buscado 
la verdad osó jamás afirmar que la razón y la investigación 
científica permiten despejar todas las incógnitas. Fue siempre 
consciente de la limitación de la mente humana. Sería 
ciertamente injusto responsabilizar a tales pensadores de la 
tosca filosofía de un Haeckel o de la intelectual frivolidad de 
las diversas escuelas materialistas. 


Los racionalistas se han preocupado siempre de resaltar las 
insalvables barreras con que, al final, tanto el método 
apriorístico como la investigación empírica forzosamente han 
de tropezar!!, Ni un David Hume, fundador de la economía 
política inglesa, ni los utilitaristas y pragmatistas americanos 
pueden, en justicia, ser acusados de haber pretendido 
exagerar la capacidad del hombre para alcanzar la verdad. A 
la filosofía de las dos últimas centurias pudiera, más bien, 
echársele en cara su proclividad al agnosticismo y 
escepticismo; pero nunca una desmedida confianza en el 
poder de la mente humana. 


La rebelión contra la razón, típica actitud mental de 
nuestra era, no cabe achacarla a supuesta falta de modestia, 
cautela o autocrítica por parte de los estudiosos. Tampoco se 
puede atribuir a unos imaginarios fracasos de las modernas 
ciencias naturales, disciplinas éstas en continuo progreso. 
Nadie sería capaz de negar las asombrosas conquistas técnicas 


176 


y terapéuticas logradas por el hombre. La ciencia moderna no 
puede ser denigrada por incurrir en  intuicionismo, 
misticismo o similares vicios. La rebelión contra la razón 
apunta, en verdad, a un objetivo distinto. Va contra la 
economía política; en el fondo, se despreocupa totalmente de 
las ciencias naturales. Fue una indeseada pero lógica 
consecuencia de la crítica contra la economía el que fuera 
preciso incluir en el ataque a tales disciplinas. Evidentemente, 
no se podía impugnar la razón en un solo campo científico 
sin cuestionarla en las restantes ramas del saber. 


Esa tan insólita reacción fue provocada por los 
acontecimientos de mediados del siglo pasado. Los 
economistas habían demostrado la falta de fundamento de las 
fantasías de los socialistas utópicos. Las deficiencias de la 
ciencia económica clásica, no obstante, impedían demostrar 
plenamente la impracticabilidad del socialismo, si bien las 
ideas de aquellos investigadores bastaban ya para poner de 
manifiesto la vanidad de todos los programas socialistas. El 
comunismo estaba fuera de combate. No sabían sus 
partidarios cómo replicar a la implacable crítica que se les 
hacía, ni aducir argumento alguno en defensa propia. Parecía 
haber sonado la hora última de la doctrina. 


Un solo camino de salvación quedaba franco. Era preciso 
difamar la lógica y la razón, suplantando el raciocinio por la 
intuición mística. Tal fue la empresa reservada a Marx. 
Amparándose en el misticismo dialéctico de Hegel, arrogóse 
tranquilamente la facultad de predecir el futuro. Hegel 
pretendía saber que el Geist, al crear el Universo, deseaba 
instaurar la monarquía prusiana de Federico Guillermo III. 
Pero Marx estaba aún mejor informado acerca de los planes 
del Geist. Había descubierto que la meta final de la evolución 


177 


histórica era alcanzar el milenio socialista. El socialismo 
llegaría fatalmente, «con la inexorabilidad de una ley de la 
naturaleza». Puesto que, según Hegel, toda fase posterior de la 
historia es, comparativamente a las anteriores, una etapa 
superior y mejor, no cabía duda que el socialismo, fase final y 
última de la evolución humana, habría de suponer, desde 
cualquier punto de vista, el colmo de las perfecciones. De 
donde la inutilidad de analizar detalladamente su futuro 
funcionamiento. La historia, a su debido tiempo, lo 
dispondría todo del modo mejor, sin necesidad alguna del 
concurso de los mortales. 


Pero quedaba por superar el obstáculo principal, a saber, la 
inquebrantable dialéctica de los economistas. Y Marx 
encontró la solución. La razón humana —arguyó— es, por 
naturaleza, incapaz de hallar la verdad. La estructura lógica de 
la mente varía según las diferentes clases sociales. No existe 
una lógica universalmente válida. La mente normalmente 
sólo produce «ideologías»; es decir, con arreglo a la 
terminología marxista, conjuntos de ideas destinados a 
disimular y enmascarar los ruines intereses de la propia clase 
social del pensador. De ahí que la mentalidad «burguesa» no 
interese al proletariado, esa nueva clase social que abolirá las 
clases y convertirá la tierra en auténtico edén. 


La lógica proletaria, en cambio, jamás puede ser tachada de 
lógica de clase. «Las ideas que la lógica proletaria engendra no 
son ideas partidistas, sino emanaciones de la más pura y 
estricta lógica»!”, Es más, en virtud de un privilegio especial, 
la mente de ciertos escogidos burgueses no está manchada 
por el pecado original de su condición burguesa. Ni Marx, 
hijo de un pudiente abogado, casado con la hija de un junker 
prusiano, ni tampoco su colaborador Engels, rico fabricante 


178 


textil, jamás pensaron que también pudiera afectarles a ellos 
esa ley, atribuyéndose, por el contrario, pese a su indudable 
origen burgués, plena capacidad para descubrir la verdad 
absoluta. 


Compete al historiador explicar cómo pudo ser que tan 
torpes ideas se difundieran. La labor del economista, sin 
embargo, es otra: analizar a fondo el polilogismo marxista, así 
como todos los demás tipos de polilogismo formados a 
semejanza de aquél y poner de manifiesto sus errores y 
contradicciones. 


2. EL ASPECTO LÓGICO DEL POLILOGISMO 


El polilogismo marxista asegura que la estructura lógica de 
la mente varía según las distintas clases sociales. El 
polilogismo racista difiere del anterior tan sólo en que esa 
dispar estructura mental la atribuye a las distintas razas, 
proclamando que los miembros de cada una de ellas, 
independientemente de su filiación clasista, poseen la misma 
estructura lógica. 


No es necesario entrar ahora en una crítica detallada de los 
conceptos de clase social y raza en el sentido en que estas 
doctrinas los utilizan. Tampoco es preciso preguntar al 
marxista cuándo y cómo el proletario que logra elevarse a la 
condición de burgués pierde su originaria mentalidad 
proletaria para adquirir la burguesa. Huelga igualmente 
interrogar al racista acerca del tipo de estructura lógica que 


179 


pueda tener una persona cuya estirpe racial no sea pura. Hay 
objeciones mucho más graves que oponer al polilogismo. 

Lo más a que llegaron tanto los marxistas como los racistas 
y los defensores de cualquier tipo de polilogismo fue 
simplemente a asegurar que la estructura lógica de la mente 
difiere según sea la clase, la raza o la nación del sujeto. Pero 
nunca les interesó precisar concretamente en qué difiere la 
lógica proletaria de la burguesa; la de las razas arias de las que 
no lo son: la alemana de la francesa o inglesa. Para el 
marxista, la teoría ricardiana de los costes comparativos es 
falsa porque su autor era burgués. Los racistas arios, en 
cambio, la condenan sobre la base de que Ricardo era judío. 
Los nacionalistas alemanes, en fin, la critican por la condición 
británica del autor. Hubo profesores teutones que recurrieron 
a los tres argumentos a la vez en su deseo de invalidar las 
enseñanzas ricardianas. Ahora bien, una doctrina no puede 
ser rechazada en bloque simplemente por el origen de quien 
la expone. Quien tal pretende debe, indudablemente, 
comenzar por exponer una teoría lógica distinta de la del 
autor criticado, al objeto de que, una vez ambas contrastadas, 
quede demostrado que la impugnada llega a conclusiones 
que, si bien resultan correctas para la lógica de su 
patrocinador, no lo son, en cambio, para la lógica proletaria, 
aria o alemana, detallando seguidamente las consecuencias 
que llevaría aparejadas el sustituir aquellas torpes inferencias 
por esas segundas más correctas. Pero ningún polilogista, 
según a todos consta, ha querido ni podido argumentar así. 

Por otra parte, es innegable que con frecuencia existen 
serias disparidades de criterio sobre cuestiones de la mayor 
trascendencia entre gentes que pertenecen a una misma clase, 
raza O nación. Hay alemanes —decían los nazis— que, por 


180 


desgracia, no piensan de modo verdaderamente germano. 
Pues bien, admitida la posibilidad de que hay alemanes que 
no razonan según deberían por su sangre, es decir, personas 
que razonan con arreglo a una lógica no germana, se plantea 
el problema de determinar quién será competente para 
resolver qué ideas deben estimarse auténticamente germanas 
y cuáles no. Aseguraba el ya fallecido profesor Franz 
Oppenheimer que «yerra a menudo el individuo por 
perseguir sus propios intereses; la clase, en cambio, a la larga, 
no se equivoca nunca»”), De esta afirmación podría deducirse 
la infalibilidad del voto mayoritario. Los nazis, sin embargo, 
eran los primeros en rechazar el veredicto democrático por 
considerarlo manifiestamente antigermano. Los marxistas 
aparentan someterse al voto de la mayoría!*. Pero a la hora de 
la verdad se inclinan invariablemente por el gobierno 
minoritario, siempre y cuando sea el partido quien vaya a 
detentar el poder. Recuérdese, en este sentido, cuán 
violentamente disolvió Lenin la Asamblea Constituyente rusa 
—elegida bajo los auspicios de su propio gobierno mediante 
sufragio universal de hombres y mujeres— porque tan sólo 
un 20 por 100 de sus miembros era bolchevique. 


Los defensores del polilogismo, para ser consecuentes, 
deberían sostener que, si el sujeto es miembro de la clase, 
nación o raza correcta, las ideas que emita han de resultar 
invariablemente rectas y procedentes. La consecuencia lógica, 
sin embargo, no es virtud que suela brillar entre ellos. Los 
marxistas, por ejemplo, califican de «pensador proletario» a 
quienquiera defienda sus doctrinas. Quien se oponga a las 
mismas, en cambio, es inmediatamente tachado de enemigo 
de la clase o de traidor social. Hitler, al menos, era más franco 
cuando simplemente recomendaba enunciar al pueblo un 


181 


programa genuinamente germánico y, con tal contraste, 
determinar quiénes eran auténticos arios y quiénes vil canalla, 
según coincidiesen o no con el plan trazado'”. Es decir, un 
individuo cetrino, cuyos rasgos corporales en modo alguno 
coincidían con los rubios prototipos de la «raza de los 
señores», se presentaba como el único ser capaz de descubrir 
qué doctrinas eran adecuadas a la mente germana, exigiendo 
el ostracismo de la patria alemana para cuantos no aceptaran 
tales ideas, cualquiera que fuera su morfología fisiológica. 
Con esto basta para demostrar la falta de fundamento de toda 
la doctrina. 


3. Los ASPECTOS PRAXEOLÓGICOS DEL 
POLILOGISMO 


Por ideología el marxista entiende una doctrina que, si bien 
resulta incorrecta analizada a la luz de la auténtica lógica 
proletaria, beneficia los egoístas intereses de la clase que la 
formula. Es objetivamente errónea, si bien favorece los 
intereses clasistas del expositor precisamente en razón de su 
error. Son numerosos los marxistas que creen haber 
demostrado su tesis simplemente destacando que el hombre 
no busca el saber per se. Al investigador —dicen— lo que de 
verdad le interesa es el éxito y la fortuna. Las teorías se 
formulan invariablemente pensando en la aplicación práctica 
de las mismas. Es falso cuanto se predica de una ciencia 
supuestamente pura, así como cuanto se habla de la 
desinteresada aspiración a la verdad. 


182 


Admitamos, aunque sólo sea a efectos dialécticos, que la 
búsqueda de la verdad viene inexorablemente guiada por 
consideraciones de orden material, por el deseo de conquistar 
concretos y específicos objetivos. Pues bien, ni aun entonces 
resulta comprensible cómo puede una teoría «ideológica» — 
es decir, falsa— provocar mejores efectos que otra teoría «más 
correcta». Cuando un ideario, aplicado en la práctica, provoca 
los efectos previstos, la gente proclama invariablemente su 
corrección. No tiene sentido afirmar que una tesis correcta, 
pese a tal condición, pueda ser menos fecunda que otra 
errónea. 


El hombre emplea armas de fuego. Precisamente para 
servirse mejor de ellas investigó y formuló la balística. Ahora 
bien, los estudiosos de referencia, por cuanto aspiraban a 
incrementar la capacidad cinegética y homicida del hombre, 
procuraron formular una balística correcta. De nada 
hubiérales servido una balística meramente ideológica. 


Para los marxistas es «orgullosa y vana pretensión» la 
postura de aquellos investigadores que proclaman su 
desinteresado amor a la ciencia. Si Maxwell investigó 
concienzudamente la teoría de las ondas electromagnéticas, 
ello fue sólo —dicen— a causa del interés que los hombres de 
negocios tenían por explotar la telegrafía sin hilos!'%. Ahora 
bien, aun concediendo que fuera cierta esta motivación, en 
nada queda aclarado el problema de las ideologías que 
venimos examinando. La cuestión que en verdad interesa 
estriba en determinar si aquel supuesto afán de la industria 
del siglo XIX por la telegrafía sin hilos, que fue ensalzada como 
la «piedra filosofal y el elixir de juventud»"”, indujo a Maxwell 
a formular una teoría exacta acerca del tema o si le hizo, por 
el contrario, arbitrar una superestructura ideológica 


183 


acomodada a los egoístas intereses de la burguesía. Como es 
bien sabido, no fue tan sólo el deseo de combatir las 
enfermedades contagiosas, sino también el interés de los 
fabricantes de vinos y quesos por perfeccionar sus métodos de 
producción, lo que impulsó a los biólogos hacia la 
investigación bacteriológica. Los resultados que lograron no 
pueden, sin embargo, ser calificados de ideológicos en el 
sentido marxista del término. 


Lo que Marx pretendió mediante la doctrina de las 
ideologías fue socavar el enorme prestigio de la economía. 
Con toda claridad advertía su incapacidad para refutar las 
graves objeciones opuestas por los economistas a la 
admisibilidad de los programas socialistas. La verdad es que el 
sistema teórico de la economía clásica inglesa le tenía de tal 
modo fascinado que lo consideraba lógicamente inatacable. O 
no tuvo ni noticia de las graves dudas que la teoría clásica del 
valor suscitaba en las mentes más preparadas o, si llegaron a 
sus oídos, fue incapaz de apreciar la trascendencia de estos 
problemas. El pensamiento económico de Marx no es más 
que pobre y mutilada versión de la economía ricardiana. 
Cuando Jevons y Menger abrían una nueva era del 
pensamiento económico, la actividad de Marx como escritor 
había ya concluido; el primer volumen de Das Kapital había 
visto la luz varios años antes. Ante la aparición de la teoría del 
valor marginal, Marx se limitó a demorar la publicación de 
los siguientes volúmenes, que sólo fueron editados después de 
su muerte. 

La doctrina de las ideologías apunta, única y 
exclusivamente, contra la economía y la filosofía del 
utilitarismo. Marx no quería sino demoler la autoridad de esa 
ciencia económica cuyas enseñanzas no podía refutar de 


184 


modo lógico y razonado. Si dio a la doctrina investidura de 
norma universal, válida en cualquier fase histórica de las 
clases sociales, ello fue exclusivamente porque un principio 
que sólo es aplicable a un determinado hecho histórico no 
puede considerarse como auténtica ley. De ahí que no 
quisiera Marx tampoco restringir la validez de su ideario al 
terreno económico, prefiriendo por el contrario proclamar 
que el mismo resulta aplicable a cualquier rama del saber. 


Doble era el servicio que la economía, en opinión de Marx, 
había rendido a la burguesía. Desde un principio se había 
servido ésta de la ciencia económica para triunfar sobre el 
feudalismo y el despotismo real; y, conseguido esto, los 
burgueses pretendían seguir apoyándose en ella para sojuzgar 
a la nueva clase proletaria que surgía. La economía era un 
manto que servía para encubrir la explotación capitalista con 
una aparente justificación de orden racional y moral. 
Permitió, en definitiva —empleando un concepto posterior a 
Marx—, racionalizar las pretensiones de los capitalistas!” 
Subconscientemente avergonzados éstos de su vil codicia, en 
el deseo de evitar el rechazo social, obligaron a sus sicofantes, 
los economistas, a formular teorías que les rehabilitaran ante 
las gentes honradas. 


El deseo de racionalizar las propias pretensiones 
proporciona una descripción psicológica de los incentivos 
que impulsan a una determinada persona o a un cierto grupo 
a formular teoremas o teorías. Tal explicación, sin embargo, 
nada nos aclara acerca de la validez o invalidez de la tesis 
formulada. Constatada la inadmisibilidad de la teoría en 
cuestión, la idea de racionalización es una interpretación 
psicológica de las causas que inducen al error a sus autores. A 
nada conduce, en cambio, esgrimir ese afán racionalizador si 


185 


la doctrina de que se trata es justa y procedente. Aunque 
admitiéramos, a efectos dialécticos, que los economistas, en 
sus investigaciones, subconscientemente no pretendían más 
que justificar las inicuas pretensiones de los capitalistas, no 
nos sería lícito concluir que con ello había quedado 
demostrada la forzosa e invariable falsedad de sus teorías. 
Demostrar el error de una doctrina exige necesariamente 
refutarla mediante el razonamiento discursivo y arbitrar otra 
mejor que la sustituya. Al enfrentarnos con el teorema del 
cuadrado de la hipotenusa o con la teoría de los costes 
comparativos, para nada nos interesan los motivos 
psicológicos que posiblemente impulsaran a Pitágoras o a 
Ricardo a formular tales ideas; es un detalle que, en todo caso, 
podrá interesar a historiadores y a biógrafos. A la ciencia lo 
que le preocupa es determinar si los supuestos en cuestión 
resisten o no la prueba del análisis lógico. Los antecedentes 
sociales o raciales de sus autores no interesan en absoluto. 


Cierto es que la gente, cuando quiere justificar sus egoístas 
intereses, apela a doctrinas más o menos generalmente 
aceptadas por la opinión pública. Además, los hombres 
tienden a ingeniar y propagar doctrinas que consideran 
pueden servir a sus propios intereses. Ahora bien, lo que con 
ello no se aclara es por qué tales doctrinas, favorables a 
determinada minoría, pero contrarias al interés de la gran 
mayoría, son, sin embargo, aceptadas por la opinión pública. 
Aun conviniendo que esas doctrinas sean producto de la 
«falsa conciencia» que obliga al hombre, sin que él mismo se 
dé cuenta, a razonar del modo en que mejor sean servidos los 
intereses de su clase, o aun cuando admitamos que sean una 
deliberada distorsión de la verdad, lo cierto es que al 
pretender implantarlas habrán de tropezar invariablemente 


186 


con las ideologías de las demás clases sociales. Y así surge la 
lucha abierta entre opiniones contrarias. Los marxistas 
atribuyen la victoria o la derrota en tales luchas a la 
intervención de la providencia histórica. El Geist, es decir, el 
primero y mítico motor que todo lo impulsa, sigue un plan 
definido y predeterminado. Etapa tras etapa va 
paulatinamente guiando a la humanidad hasta conducirla 
finalmente a la bienaventuranza del socialismo. Cada una de 
esas etapas intermedias viene determinada por los 
conocimientos técnicos del momento; las demás 
circunstancias de la época constituyen simplemente la 
obligada superestructura ideológica del estado de la 
tecnología. El Geist va induciendo al hombre a concebir y 
plasmar los progresos técnicos apropiados al estadio que esté 
atravesando. Las demás realidades son meras consecuencias 
del progreso técnico alcanzado. El taller manual engendró la 
sociedad feudal; la máquina de vapor, en cambio, dio lugar al 
capitalismo". La voluntad y la razón desempeñan un papel 
puramente auxiliar en estos cambios. La inexorable ley de la 
evolución histórica impele al hombre —sin preocuparse para 
nada de su voluntad— a pensar y comportarse de la forma 
que mejor corresponda a la base material de la época. Se 
engaña la gente cuando cree ser libre y capaz de optar entre 
unas y otras ideas, entre la verdad y el error. El hombre, por 
sí, no piensa; es la providencia histórica la que utiliza los 
idearios humanos para manifestarse ella. 


Se trata de una doctrina puramente mística, apoyada tan 
sólo en la conocida dialéctica hegeliana: la propiedad 
capitalista es la primera negación de la propiedad individual; 
por lo que originará, con la inexorabilidad de una ley de la 
naturaleza, su propia negación, dando entonces paso a la 


187 


propiedad pública de los medios de producción''”, Pero una 
teoría mística, basada tan sólo en la intuición, no puede 
liberarse de esa condición por el hecho de apoyarse en otra 
doctrina de misticismo no menor. No nos aclara por qué el 
individuo tiene inexorablemente que formular ideologías 
concordes con los intereses de su clase social. Admitamos, en 
gracia al argumento, que todas las doctrinas que el sujeto 
ingenia tienden invariablemente a favorecer sus intereses 
personales. Pero ¿es que el interés individual coincide siempre 
con el de la clase? El mismo Marx reconoce abiertamente que 
encuadrar en una clase social y en un partido político al 
proletariado exige previamente vencer la competencia que 
entre sí se hacen los propios trabajadores'*'!. Es evidente que 
se plantea un insoluble conflicto de intereses entre los 
trabajadores que cobran los altos salarios impuestos por la 
presión sindical y aquellos otros hermanos suyos condenados 
al paro forzoso en razón a que esos elevados salarios 
mantenidos coactivamente impiden que la demanda coincida 
con la oferta de trabajo. Igualmente antagónicos son los 
intereses de los trabajadores de los países relativamente 
superpoblados y los de los países poco poblados en lo atinente 
a las barreras migratorias. La afirmación según la cual a todo 
el proletariado le conviene la sustitución del capitalismo por 
el socialismo no es más que un arbitrario postulado que Marx 
y los restantes autores socialistas proclaman intuitivamente, 
pero que jamás prueban de manera convincente. En modo 
alguno puede considerarse demostrada su fundamentación 
simplemente alegando que la idea socialista ha sido arbitrada 
por la mente proletaria y, en consecuencia, que tal filosofía ha 
de beneficiar necesariamente los intereses de todo el 
proletariado como tal clase en general. 


188 


Una interpretación popular de las vicisitudes de la política 
referente al comercio exterior británico, basada en las ideas de 
Sismondi, Frederick List, Marx y la Escuela Histórica 
alemana, es la siguiente. Durante la segunda mitad del siglo 
xvii y la mayor parte del siglo xix convenía a los intereses 
clasistas de la burguesía inglesa la política librecambista. Los 
economistas ingleses, consiguientemente, formularon sus 
conocidas teorías en defensa del libre comercio. En ellas se 
apoyaron los empresarios para organizar movimientos 
populares que, finalmente, consiguieron la abolición de las 
tarifas proteccionistas. Posteriormente cambiaron las 
circunstancias; la burguesía inglesa no podía ya resistir la 
competencia extranjera; su supervivencia exigía la inmediata 
implantación de barreras protectoras. Los economistas 
entonces reemplazaron la ya anticuada ideología 
librecambista por la teoría contraria y Gran Bretaña volvió al 
proteccionismo. 


El primer error de esta exposición es suponer que la 
«burguesía» es una clase homogénea compuesta por gentes de 
coincidentes intereses personales. Los empresarios no tienen 
más remedio que acomodarse a las circunstancias 
institucionales bajo las cuales operan. Ni la existencia ni la 
ausencia de tarifas puede, a la larga, favorecer ni perjudicar al 
empresario y al capitalista. Cualesquiera que sean las 
circunstancias del mercado, el empresario tenderá siempre a 
producir aquellos bienes de los que piensa derivar la máxima 
ganancia. Son sólo los cambios en las instituciones del país los 
que, a corto plazo, le favorecen o perjudican. Ahora bien, tales 
mutaciones jamás pueden afectar igualmente a los diversos 
sectores y empresas. Una misma disposición puede favorecer 
a unos y perjudicar a otros. Cada empresario tan sólo se 


189 


interesa por unas pocas partidas del arancel. Y aun ni siquiera 
con respecto a esos limitados epígrafes resultan coincidentes 
los intereses de los diversos grupos y entidades. 


Los privilegios que el estado otorga pueden, ciertamente, 
favorecer los intereses de determinadas empresas y 
establecimientos. Ahora bien, si tales privilegios se conceden 
igualmente a todas las demás instalaciones, entonces cada 
empresario pierde, por un lado —no sólo como consumidor, 
sino también como adquirente de materias primas, productos 
semiacabados, máquinas y equipo en general—, lo mismo 
que, por el otro, puede ganar. El mezquino interés personal 
tal vez induzca a determinados sujetos a reclamar protección 
para sus propias industrias. Pero lo que indudablemente tales 
personas nunca harán es pedir privilegios para todas las 
empresas, a no ser que esperen verse favorecidos en mayor 
grado que los demás. 


Los industriales británicos, desde el punto de vista de sus 
apetencias clasistas, no tenían mayor interés que el resto de 
los ciudadanos ingleses en la abolición de las célebres leyes del 
trigo. Los terratenientes se oponían a la derogación de tales 
normas proteccionistas, ya que la baja del precio de los 
productos agrícolas reducía la renta de sus tierras. El que los 
intereses de toda la clase empresarial puedan resultar 
coincidentes sólo es concebible admitiendo la desde hace 
tiempo descartada ley de bronce de los salarios o de aquella 
otra doctrina, no menos periclitada, según la cual el beneficio 
empresarial deriva de la explotación de los trabajadores. 

Tan pronto como se implanta la división del trabajo, 
cualquier mutación, de un modo u otro, forzosamente ha de 
influir sobre los inmediatos intereses de numerosos sectores. 
De ahí que resulte fácil vilipendiar toda reforma tachándola 


190 


de máscara «ideológica», encubridora del vil interés de 
determinado grupo. Son muchos los escritores 
contemporáneos exclusivamente entregados a tal 
entretenimiento. No fue, desde luego, Marx el inventor de un 
juego de antiguo conocido. En este sentido recordemos el 
afán de algunos escritores del siglo xvIn por presentar los 
credos religiosos como fraudulentos engaños de los 
sacerdotes ansiosos de poder y riqueza para sí y para los 
explotadores, sus aliados. Los marxistas, más tarde, 
insistieron en el tema, asegurando que la religión es el «opio 
del pueblo»"”, Quienes aceptan tales explicaciones jamás 
piensan que si hay personas que egoísticamente se interesan 
por cierta cosa, siempre habrá otras que no menos 
egoísticamente propugnen lo contrario. Proclamar que 
determinado acontecimiento sucedió porque favorecía a un 
cierto grupo en modo alguno basta para explicar su aparición. 
Es necesario aclarar, además, por qué el resto de la población 
perjudicada en sus intereses fue incapaz de frustrar las 
apetencias de aquéllos a quienes tal evento favorecía. 


Toda empresa o sector mercantil de momento aumenta su 
beneficio al incrementar las ventas. Bajo el mercado, sin 
embargo, a la larga, tienden a igualarse las ganancias en todas 
las ramas de la producción. Ello es fácilmente comprensible, 
pues si la demanda de determinados productos aumenta, 
provocando un incremento del beneficio, el capital afluye al 
sector en cuestión, viniendo la competencia mercantil a 
cercenar aquellas elevadas rentabilidades. La venta de 
artículos nocivos no es más lucrativa que la de productos 
saludables. Lo que sucede es que, cuando la producción de 
determinadas mercancías se declara ilegal y quienes con ellas 
comercian quedan expuestos a persecuciones, multas y 


191 


pérdidas de libertad, los beneficios brutos deben 
incrementarse en cuantía suficiente para compensar esos 
riesgos supletorios. Pero esto en nada influye sobre la cuantía 
del beneficio percibido. 


Los ricos, los propietarios de las instalaciones fabriles, no 
tienen especial interés en mantener la libre competencia. 
Quieren que no se les confisquen o expropien sus fortunas; 
pero, en lo que atañe a los derechos que ya tienen adquiridos, 
más bien les conviene la implantación de medidas que les 
protejan de la competencia de otros potenciales empresarios. 
Quienes propugnan la libre competencia y la libertad de 
empresa en modo alguno están defendiendo a los hoy ricos y 
opulentos; lo que realmente pretenden es franquear la entrada 
a individuos actualmente desconocidos y humildes —los 
empresarios del mañana— gracias a cuya habilidad e ingenio 
se elevará el nivel de vida de las masas; no desean sino 
provocar la mayor prosperidad y el máximo desarrollo 
económico; forman, sin lugar a dudas, la vanguardia del 
progreso. 


Las doctrinas librecambistas se impusieron en el siglo xIx 
porque las respaldaban las teorías de los economistas clásicos. 
El prestigio de éstas era tal que nadie, ni siquiera aquellos 
cuyos intereses clasistas más se perjudicaban, pudieron 
impedir que calaran en la opinión pública y se plasmaran en 
disposiciones legales. Son las ideas las que hacen la historia, 
no la historia la que engendra las ideas. 

Es inútil discutir con místicos y videntes. Basan éstos sus 
afirmaciones en la intuición y jamás están dispuestos a 
someter sus posiciones a la dura prueba del análisis racional. 
Aseguran los marxistas que una voz interior les informa de 
los planes de la historia. Hay, en cambio, quienes no logran 


192 


esa comunión con el alma histórica, lo cual demostraría que 
tales gentes no pertenecen al grupo de los elegidos. Siendo 
ello así, sería gran insolencia el que esas personas, 
espiritualmente ciegas y sordas, pretendieran contradecir a 
los iluminados. Más les valiera retirarse a tiempo y silenciar 
sus bocas. 


La ciencia, sin embargo, no tiene más remedio que razonar, 
aunque nunca logre convencer a quienes no admiten la 
preeminente función del raciocinio. Pese a todo, nunca debe 
el científico dejar de resaltar que no se puede recurrir a la 
intuición para decidir, entre varias doctrinas antagónicas, 
cuáles sean ciertas y cuáles erróneas. Prevalecen actualmente 
en el mundo, además del marxismo, otras muchas teorías. No 
es, desde luego, aquélla la única «ideología» activa. La 
implantación de esas otras doctrinas, según los marxistas, 
perjudicaría gravemente los intereses de la mayoría. Pero lo 
cierto es que los partidarios de tales doctrinas proclaman 
exactamente lo mismo que el marxismo. 


Los marxistas consideran errónea toda doctrina cuyo autor 
no sea de origen proletario. Ahora bien, ¿quién merece el 
calificativo de proletario? No era ciertamente proletaria la 
sangre del doctor Marx, ni la de Engels, industrial y 
«explotador», ni la de Lenin, vástago de noble ascendencia 
rusa. Hitler y Mussolini, en cambio, sí eran auténticos 
proletarios; ambos conocieron bien la pobreza en su 
juventud. Las luchas entre bolcheviques y mencheviques, o 
entre Stalin y Trotsky, no pueden, ciertamente, ser 
presentadas como conflictos de clase. Al contrario, eran 
pugnas entre fanáticas facciones que mutuamente se 
insultaban, tachándose de abominables traidores a la clase y al 
partido. 


193 


La filosofía de los marxistas consiste esencialmente en 
proclamar: tenemos razón por ser los portavoces de la 
naciente clase proletaria; la argumentación lógica jamás podrá 
invalidar nuestros asertos, pues a través de ellos se manifiesta 
aquella fuerza suprema que determina el destino de la 
humanidad: nuestros adversarios, en cambio, yerran 
gravemente al carecer de esa intuición que a nosotros nos 
ilumina, y la verdad es que, en el fondo, no tienen culpa; 
carecen, pura y simplemente, de la genuina lógica proletaria, 
resultando fáciles víctimas de las ideologías; los insondables 
imperativos de la historia nos darán la victoria, mientras 
hundirán en el desastre a nuestros oponentes. No tardará en 
producirse nuestro triunfo definitivo. 


4. EL POLILOGISMO RACIAL 


El polilogismo marxista no es más que un mero arbitrio 
urdido a la desesperada para apuntalar las insostenibles 
doctrinas socialistas. Al pedir que la intuición reemplace a la 
razón, el marxismo simplemente apela al alma supersticiosa 
de la masa. El polilogismo marxista y su derivado, la llamada 
«sociología del conocimiento», vienen así a situarse en 
posición de antagonismo irreconciliable frente a la ciencia y al 
raciocinio. 


No sucede lo mismo con el polilogismo de los racistas. Este 
tipo de polilogismo es consecuencia de ciertas tendencias del 
moderno empirismo, tendencias que, si bien son a todas luces 


194 


erróneas, se hallan hoy en día muy de moda. Nadie pretende 
negar la división de la humanidad en razas; en efecto, se 
distinguen las unas de las otras por la disparidad de los rasgos 
corporales de sus componentes. Para los partidarios del 
materialismo filosófico, los pensamientos no son más que una 
secreción del cerebro, como la bilis lo es de la vesícula. Siendo 
ello así, la consistencia lógica vedaría a tales pensadores 
rechazar de antemano la hipótesis de que los pensamientos 
segregados por las diversas mentes pudieran diferir 
esencialmente según fuera la raza del pensador. Porque el que 
la ciencia no haya hallado todavía diferencias anatómicas 
entre las células cerebrales de las distintas gentes no debiera 
bastarnos para rechazar, sin más, su posible disparidad lógica. 
Tal vez los investigadores lleguen un día a descubrir 
peculiaridades anatómicas, hoy por hoy no apreciadas, que 
diferenciarían la mente del blanco de la del negro. 


Algunos etnólogos afirman que no se debe hablar de 
civilizaciones superiores e inferiores, ni considerar atrasadas a 
determinadas razas. Ciertas culturas, desde luego, son 
diferentes de la occidental que las naciones de estirpe 
caucásica han elaborado. Pero esa diferencia en modo alguno 
debe inducirnos a considerar a aquéllas inferiores. Cada raza 
tiene su mentalidad típica. Es ilusorio pretender ponderar una 
civilización utilizando módulos propios de otras gentes. Para 
Occidente, la china es una civilización anquilosada y de 
bárbaro primitivismo la de Nueva Guinea. Los chinos y los 
indígenas de esta última, no obstante, desdeñan nuestra 
civilización tanto como nosotros podemos despreciar la suya. 
Estamos ante puros juicios de valor, arbitrarios por fuerza 
siempre. La estructura de aquellos pueblos es distinta de la 
nuestra. Han creado civilizaciones que convienen a su 


195 


mentalidad, lo mismo que la civilización occidental 
concuerda con la nuestra. Cuanto nosotros consideramos 
progreso puede ser para ellos todo lo contrario. Contemplado 
a través de su lógica, el sistema que han establecido permite 
mejor que el nuestro, supuestamente progresivo, que 
prosperen ciertas instituciones típicamente suyas. 


Tienen razón tales etnólogos cuando aseguran no ser 
incumbencia del historiador —y el etnólogo, a fin de cuentas, 
es un historiador— formular juicios de valor. Sin embargo, se 
equivocan cuando suponen que las razas en cuestión han 
perseguido objetivos distintos de los que el hombre blanco, 
por su lado, pretendió siempre alcanzar. Los asiáticos y los 
africanos, al igual que los europeos, han luchado por 
sobrevivir, sirviéndose, al efecto, de la razón como arma 
fundamental. Han querido acabar con los animales feroces y 
con las sutiles enfermedades; han hecho frente al hambre y 
han deseado incrementar la productividad del trabajo. En la 
consecución de tales metas, sus logros son, sin embargo, muy 
inferiores a los de los blancos. Buena prueba de ello es el afán 
con que reclaman todos los adelantos occidentales. Sólo si los 
mongoles o los africanos, al ser víctimas de penosa dolencia, 
renunciaran a los servicios del médico europeo, sobre la base 
de que sus opiniones y su mentalidad les hacen preferir el 
sufrimiento al alivio, tendrían razón los investigadores a que 
nos venimos refiriendo. El mahattma Gandhi echó por la 
borda todos sus principios filosóficos cuando ingresó en una 
moderna clínica para ser operado de apendicitis. 


Los pieles rojas americanos desconocían la rueda. Los 
habitantes de los Alpes jamás pensaron en calzarse unos 
esquís que hubieran hecho notablemente más grata su dura 
existencia. Ahora bien, no soportaban estos inconvenientes 


196 


porque su mentalidad fuera distinta de la de aquellas otras 
gentes que mucho antes conocieron la rueda y el esquí; se 
trataba más bien de graves fallos, aun contemplados desde el 
personal punto de vista de los propios indios o de los 
habitantes de los Alpes. 


Estas reflexiones se refieren exclusivamente a la motivación 
de concretas y específicas acciones, no al problema realmente 
trascendente de si es o no distinta la estructura mental de las 
diferentes razas. Pero eso es lo que los racistas pregonan'””. 


Nos remitimos aquí a cuanto en anteriores capítulos se dijo 
acerca de la estructura lógica de la mente y de los principios 
categóricos en que se basan el pensamiento y la acción. Unas 
pocas observaciones más  bastarán para demostrar 
definitivamente la inanidad del polilogismo racista y de todos 
los demás tipos de polilogismo. 

Las categorías del pensamiento y de la acción humana no 
son ni arbitrarios productos de la mente ni meros 
convencionalismos. No llevan una vida propia externa al 
universo y ajena al curso de los eventos cósmicos. Son, por el 
contrario, realidades biológicas que desempeñan una función 
tanto en la vida como en la realidad. Son herramientas que el 
hombre emplea en su lucha por la existencia, en su afán por 
acomodarse lo mejor posible a las realidades del universo y de 
evitar el sufrimiento hasta donde se pueda. Concuerdan 
dichas categorías con las condiciones del mundo externo y 
retratan las circunstancias que presenta la realidad. 
Desempeñan una determinada función y, en tal sentido, 
resultan efectivas y válidas. 


De ahí que sea a todas luces inexacto afirmar que el 
conocimiento apriorístico y el razonamiento puro no pueden 
proporcionamos ilustración alguna acerca de la efectiva 


197 


realidad y estructura del universo. Las reacciones lógicas 
fundamentales y las categorías del pensamiento y de la acción 
constituyen las fuentes primarias de todo conocimiento 
humano. Concuerdan con la estructura de la realidad; 
advierten a la mente humana de tal estructura y, en tal 
sentido, constituyen para el hombre hechos ontológicos 
básicos''*, Nada sabemos acerca de cómo una inteligencia 
sobrehumana pensaría y comprendería. En el hombre toda 
cognición está condicionada por la estructura lógica de su 
mente, quedando aquélla implícita en ésta. Así lo demuestran 
los éxitos alcanzados por las ciencias empíricas, o sea, la 
aplicación práctica de tales disciplinas. Dentro de aquellos 
límites en que la acción humana es capaz de lograr los fines 
que se propone, es obligado rechazar todo agnosticismo. 


De haber existido razas de estructura lógica diferente a la 
nuestra, no habrían podido recurrir a la razón como 
herramienta en la lucha por la existencia. Para sobrevivir 
habrían tenido que confiar exclusivamente en sus reacciones 
instintivas. La selección natural habría suprimido a cuantos 
individuos pretendieran recurrir al raciocinio, prosperando 
únicamente aquéllos que no fiaran más que en el instinto. Ello 
implica que habrían sobrevivido sólo los ejemplares de las 
razas en cuestión cuyo nivel mental no fuera superior al de los 
animales. 


Los investigadores occidentales han reunido cuantiosa 
información tanto de las refinadas civilizaciones de la China y 
la India como de las primitivas civilizaciones aborígenes de 
Asia, América, Australia y África. Se puede asegurar que 
sabemos de tales razas cuanto merece ser conocido. Pero 
ningún polilogista ha pretendido jamás utilizar dichos datos 
para demostrar la supuesta disparidad lógica de estos pueblos 


198 


y civilizaciones. 


5. POLILOGISMO Y COMPRENSIÓN 


Hay, no obstante, marxistas y racistas dispuestos a 
interpretar de otro modo las bases epistemológicas de sus 
propios idearios. En tal sentido, proclaman que la estructura 
lógica de la mente es uniforme en todas las razas, naciones y 
clases. El marxismo o el racismo jamás pretendieron —dicen 
— negar un hecho tan indiscutible. Lo que ellos sostienen es 
que tanto la comprensión histórica como los juicios de valor y 
la apreciación estética dependen de los antecedentes 
personales de cada uno. Evidentemente, esta nueva 
presentación no concuerda con lo que sobre el tema 
escribieron los defensores del polilogismo. Ello no obstante, 
conviene examinar el punto de vista en cuestión a título de 
doctrina propia e independiente. 


No es necesario proclamar una vez más que los juicios de 
valor, así como los objetivos que el hombre pueda perseguir, 
dependen de las peculiares circunstancias físicas y la personal 
disposición de cada uno"”. Ahora bien, ello en modo alguno 
implica que la herencia racial o la filiación clasista 
predeterminen fatalmente los juicios de valor o los fines 
apetecidos. Las discrepancias de opinión que se dan entre los 
hombres en cuanto a su respectivo modo de apreciar la 
realidad y de valorar las normas de conducta individual en 
modo alguno coinciden con las diferentes razas, naciones o 


199 


clases. 


Sería difícil hallar una mayor disparidad valorativa que la 
que se aprecia entre el asceta y la persona ansiosa de gozar 
alegremente de la vida. Un abismo separa al hombre o a la 
mujer de condición verdaderamente religiosa de todo el resto 
de los mortales. Ahora bien, personas pertenecientes a las 
razas, naciones, clases y castas más diversas han abrazado el 
ideal religioso. Mientras algunas descendían de reyes y ricos 
nobles, otras habían nacido en la más humilde pobreza. San 
Francisco y Santa Clara y sus primeros fervorosos seguidores 
nacieron todos en Italia, pese a que sus paisanos, tanto 
entonces como ahora, jamás se distinguieron por rehuir los 
placeres sensuales. Anglosajón fue el puritanismo, al igual que 
la desenfrenada lascivia de los reinados de los Tudor, 
Estuardo y Hannover. El principal defensor del ascetismo en 
el siglo xIx fue el conde León Tolstoi, acaudalado miembro de 
la libertina aristocracia rusa. Y Tolstoi consideró siempre la 
Sonata a Kreutzer, de Beethoven, obra maestra del hijo de 
unos padres extremadamente pobres, como la más fidedigna 
representación de ese mundo que él con tanto ardor 
condenaba. 


Lo mismo ocurre con las valoraciones estéticas. Todas las 
razas y naciones han hecho arte clásico y también arte 
romántico. Los marxistas, pese a cuanto proclama una 
interesada propaganda, no han creado ni un arte ni una 
literatura específicamente proletarios. Los escritores, pintores 
y músicos «proletarios» ni han creado nuevos estilos ni han 
descubierto nuevos valores estéticos; tan sólo se diferencian 
de los «no proletarios» por su tendencia a considerar 
«burgués» cuanto detestan, reservando en cambio el 
calificativo de «proletario» para cuanto les agrada. 


200 


La comprensión histórica, tanto en el caso del historiador 
profesional como en el del hombre que actúa, refleja 
invariablemente la personalidad del interesado'*”, Ahora bien, 
el historiador, al igual que el político, si son gentes 
competentes y avisadas, cuidarán de que no les ciegue el 
partidismo cuando desean captar la verdad. El que califiquen 
cierta circunstancia de beneficiosa o de perjudicial carece de 
importancia. Ninguna ventaja personal puede derivar de 
exagerar o minimizar la respectiva relevancia de los diversos 
factores intervinientes. Sólo la torpeza de algunos 
pseudohistoriadores puede hacerles creer que sirven mejor a 
su causa falseando los hechos. Las biografías de Napoleón 1 y 
Napoleón III, de Bismarck, Marx, Gladstone y Disraeli, las 
personalidades más discutidas del siglo pasado, difieren 
ampliamente entre sí en lo que respecta a juicios de valor; 
pero coinciden ampliamente en lo que atañe al papel histórico 
que dichos personajes desempeñaron. 


Otro tanto ocurre al político. ¿Qué gana el partidario del 
protestantismo con ignorar el vigor y el prestigio del 
catolicismo o el liberal al menospreciar la fuerza del 
socialismo? Para triunfar, el hombre público ha de 
contemplar las cosas tal como realmente son; quien vive de 
fantasías fracasa sin remedio. Los juicios de relevancia 
difieren de los valorativos en que aquéllos aspiran a ponderar 
circunstancias que no dependen del criterio subjetivo del 
actor. Ahora bien, como igualmente los matiza la 
personalidad del sujeto, no puede haber acuerdo unánime en 
tomo a ellos. Pero de nuevo surge la interrogante: ¿Qué 
ventaja puede derivar una raza o clase de la alteración 
«ideológica» de la verdad? 


Como dijimos anteriormente, las profundas discrepancias 


201 


que los estudios históricos registran no tienen su causa en que 
sea distinta la lógica de los respectivos expositores, sino en 
disconformidades surgidas en el seno de las ciencias no 
históricas. 


Muchos escritores e historiadores modernos comulgan con 
aquel dogma marxista según el cual el advenimiento del 
socialismo es tan inevitable como deseable, habiendo sido 
encomendada al proletariado la histórica misión de implantar 
el nuevo régimen previa la violenta destrucción del sistema 
capitalista. Partiendo de tal premisa, consideran muy natural 
que la «izquierda», es decir, los elegidos, recurran a la 
violencia y al homicidio. No se puede hacer la revolución por 
métodos pacíficos. De nada sirve perder el tiempo con 
nimiedades tales como el asesinato de las hijas del zar, de 
León Trotsky, de decenas de millares de burgueses rusos, etc. 
Si «sin romper los huevos no puede hacerse la tortilla», ¿a qué 
viene ese afán por resaltar tan inevitable rotura? El 
planteamiento, no obstante, cambia por completo cuando 
alguna de esas víctimas osa defenderse y repeler la agresión. 
Pocos se atreven ni siquiera a mencionar los daños, las 
destrucciones y las violencias de los obreros en huelga. En 
cambio, cuando una compañía ferroviaria, por ejemplo, 
adopta medidas para proteger contra tales desmanes sus 
bienes y la vida de sus funcionarios y usuarios, los gritos se 
oyen por doquier. 

Ese diferente tratamiento no proviene de encontrados 
juicios de valor, ni de disimular un modo de razonar. Es 
consecuencia de las contradictorias teorías sobre la evolución 
histórica y económica. Si es inevitable el advenimiento del 
socialismo y sólo puede ser implantado por métodos 
revolucionarios, esos asesinatos cometidos por los 


202 


«progresistas» carecen, evidentemente, de importancia. En 
cambio, la acción defensiva u ofensiva de los «reaccionarios», 
que puede demorar la victoria socialista, cobra gravedad 
máxima. Son hechos importantes, mientras que los actos 
revolucionarios son mera rutina. 


6. ÉN DEFENSA DE LA RAZÓN 


Los racionalistas nunca pensaron que el ejercicio de la 
inteligencia pudiera llegar a hacer omnisciente al hombre. 
Advirtieron que, por más que se incrementara el saber, el 
estudioso acabaría enfrentado con datos últimos no 
susceptibles de ulterior análisis. Pero hasta donde el hombre 
puede razonar, entendieron, debe aprovechar su capacidad 
intelectiva. Es cierto que los datos últimos resultan 
inabordables para la razón; pero lo que en definitiva puede 
conocer la humanidad pasa siempre por el filtro de la razón. 
Ni cabe un conocimiento que no sea racionalista ni una 
ciencia de lo irracional. 


En lo atinente a problemas todavía no resueltos, es lícito 
formular diferentes hipótesis, siempre y cuando éstas no 
pugnen ni con la lógica ni con los hechos demostrados por la 
experiencia. Tales soluciones, sin embargo, de momento no 
serán más que eso: hipótesis. 

Ignoramos cuáles sean las causas que provocan la 
diferencia intelectual que se aprecia entre los hombres. La 
ciencia no puede explicar por qué un Newton o un Mozart 


203 


fueron geniales, mientras la mayoría de los humanos no lo 
somos. Pero lo que no se puede aceptar es que la genialidad 
dependa de la raza o la estirpe del sujeto. El problema consiste 
en saber por qué un cierto individuo sobresale de entre sus 
hermanos de sangre y por qué se distingue del resto de los 
miembros de su propia raza. 

Suponer que las hazañas de la raza blanca derivan de una 
superioridad racial es un error ligeramente más justificable. 
Pero tal afirmación no pasa de ser una vaga hipótesis, en 
pugna, además, con el hecho incontrovertible de que fueron 
pueblos de otras estirpes quienes echaron los cimientos de 
nuestra civilización. También es posible que en el futuro otras 
razas sustituyan a los blancos, desplazándoles de su hoy 
preeminente posición. 


La hipótesis en cuestión debe ser ponderada por sus 
propios méritos. No cabe descartarla de antemano sobre la 
base de que los racistas la esgrimen para justificar su 
afirmación de que existe un irreconciliable conflicto de 
intereses entre los diversos grupos raciales y que, en 
definitiva, prevalecerán las razas superiores sobre las 
inferiores. La ley de asociación de Ricardo patentizó hace 
mucho tiempo el error de semejante modo de interpretar la 
desigualdad humana!'”. Pero lo que no puede hacerse para 
combatir el racismo es negar hechos evidentes. Es evidente 
que, hasta el momento, determinadas razas no han 
contribuido en nada, o sólo en muy poco, al progreso de la 
civilización, pudiendo las mismas ser, en tal sentido, 
calificadas de inferiores. 


Si nos empeñáramos en destilar, a toda costa, de las 
enseñanzas marxistas, un adarme de verdad, podíamos llegar 
a convenir en que los sentimientos emocionales ejercen gran 


204 


influencia sobre el raciocinio. Pero esto nadie ha pretendido 
jamás negarlo y, desde luego, no fueron los marxistas los que 
descubrieron tan evidente verdad. Es más, es algo que carece 
de todo interés por lo que respecta a la epistemología. Son 
muchos los factores que impulsan al hombre tanto cuando 
descubre la verdad como cuando se equivoca. Pero 
corresponde a la psicología el enumerar y ordenar tales 
circunstancias. 


La envidia es una flaqueza harto extendida. Son muchos los 
intelectuales que envidian la prosperidad del afortunado 
hombre de negocios. Tal resentimiento les arroja 
frecuentemente en brazos del socialismo, pues creen que bajo 
ese régimen cobrarían sumas superiores a las que perciben en 
un régimen capitalista. Ahora bien, la ciencia no puede 
conformarse con demostrar simplemente la concurrencia de 
ese factor envidioso, debiendo por el contrario analizar, con el 
máximo rigor, la doctrina socialista. El investigador no tiene 
más remedio que estudiar todas las tesis como si quienes las 
defienden persiguieran única y exclusivamente la verdad. Las 
escuelas polilogistas jamás están dispuestas a examinar bajo el 
prisma puramente teórico las doctrinas de sus 
contraopinantes; prefieren limitarse a subrayar los 
antecedentes personales y los motivos que, en su opinión, 
indujeron a sus autores a formular sus teorías. Tal proceder 
pugna con los más elementales fundamentos del razonar. 


Es ciertamente un pobre arbitrio, cuando se pretende 
combatir cierta doctrina, limitarse a aludir a sus precedentes 
históricos, al «espíritu» de la época, a las circunstancias 
materiales del país en que surgió o a las personales 
condiciones de su autor. Las teorías sólo pueden valorarse a la 
luz de la razón. El módulo aplicado ha de ser siempre 


205 


racional. Una afirmación científica o es verdadera o es 
errónea; tal vez nuestros conocimientos resulten hoy 
insuficientes para aceptar su total veracidad; pero ninguna 
teoría puede resultar lógicamente válida para un burgués o un 
americano si no lo es también para un proletario o un chino. 


Resulta incomprensible —en el caso de admitirse las 
afirmaciones de marxistas y racistas— ese obsesivo afán con 
que quienes detentan el poder pretenden silenciar a sus 
meramente teóricos opositores, persiguiendo a cuantos 
propugnan otras posiciones. La sola existencia de gobiernos 
intolerantes y de partidos políticos dispuestos a exterminar al 
disidente es prueba manifiesta del poder de la razón. Apelar a 
la policía, al verdugo o a la masa violenta no basta para 
acreditar la veracidad de las ideas defendidas. Lo que tal 
procedimiento demuestra es que quien a él apela como único 
recurso dialéctico está en su interior plenamente convencido 
de que las tesis que defiende son insostenibles. 


No se puede demostrar la validez de los fundamentos 
apriorísticos de la lógica y la praxeología sin acudir a ellos 
mismos. La razón es un dato último que, por tanto, no puede 
someterse a mayor estudio o análisis. La propia existencia es 
un hecho de carácter no racional. De la razón sólo cabe 
predicar que es el sello que distingue al hombre de los 
animales y que sólo gracias a ella ha podido aquél realizar 
todas las obras que consideramos específicamente humanas. 

Quienes aseguran que los mortales serían más felices si 
prescindieran del raciocinio y se dejaran guiar por la 
intuición y los instintos, deberían ante todo recordar el origen 
y las bases de la cooperación humana. La economía política, 
cuando estudia la aparición y el fundamento de la vida social, 
proporciona amplia información para que cualquiera, con 


206 


pleno conocimiento de causa, pueda optar entre continuar 
sirviéndose del raciocinio o prescindir de él. El hombre puede 
llegar a repudiar la razón; pero antes de adoptar medida tan 
radical, bueno será que pondere todo aquello a que en tal caso 
habrá de renunciar. 


207 


CAPÍTULO IV 


UN PRIMER ANÁLISIS DE LA 
CATEGORÍA DE ACCIÓN 


1. MEDIOS Y FINES 


El resultado que la acción persigue se llama su fin, meta u 
objetivo. También suelen emplearse estos términos para 
aludir a fines, metas u objetivos intermedios; es decir, 
escalones que el hombre que actúa desea superar porque sabe 
que sólo de ese modo podrá alcanzar su fin u objetivo último. 
Aliviar cierto malestar es lo que, mediante la consecución del 
fin, objetivo o meta, pretende invariablemente el actor. 


Denominamos medio cuanto sirve para lograr cualquier 
fin, objetivo o meta. Los medios no aparecen como tales en el 
universo; en nuestro mundo, tan sólo existen cosas; cosas que, 
sin embargo, se convierten en medios cuando, mediante la 
razón, advierte el hombre la idoneidad de las mismas para 
atender humanas apetencias, utilizándolas al objeto. El 
individuo advierte mentalmente la utilidad de los bienes, es 
decir, su idoneidad para conseguir resultados apetecidos; y al 


208 


actuar, los convierte en medios. Es de capital importancia 
observar que las cosas integrantes del mundo externo sólo 
gracias a la operación de la mente humana y a la acción por 
ella engendrada llegan a ser medios. Los objetos externos, en 
sí, son puros fenómenos físicos del universo y como tales los 
examinan las ciencias naturales. Pero mediante el 
discernimiento y la actuación humana se transforman en 
medios. La praxeología, por eso, no se ocupa propiamente del 
mundo exterior, sino de la conducta del hombre al 
enfrentarse con él; el universo físico per se no interesa a 
nuestra ciencia; lo que ésta pretende es analizar la consciente 
reacción del hombre ante las realidades objetivas. La teoría 
económica no trata sobre cosas y objetos materiales; trata 
sobre los hombres, sus apreciaciones y, consecuentemente, las 
acciones humanas que de aquéllas de derivan. Los bienes, 
mercancías, la riqueza y todas las demás nociones de la 
conducta, no son elementos de la naturaleza, sino elementos 
de la mente y de la conducta humana. Quien desee entrar en 
este segundo universo debe olvidarse del mundo exterior, 
centrando su atención en lo que significan las acciones que 
persiguen los hombres. 


La praxeología y la economía no se ocupan de cómo 
deberían ser las apreciaciones y actuaciones humanas, ni 
menos aún de cómo serían si todos los hombres tuvieran una 
misma filosofía absolutamente válida y todos poseyeran un 
conocimiento pleno de la tecnología. En el marco de una 
ciencia cuyo objeto es el hombre, víctima con frecuencia de la 
equivocación y el error, no hay lugar para hablar de nada con 
«vigencia absoluta» y menos aún de omnisciencia. Fin es 
cuanto el hombre apetece; medio, cuanto el actor considera 
tal. 


209 


Compete a las diferentes técnicas y a la terapéutica refutar 
los errores en sus respectivas esferas. A la economía incumbe 
idéntica misión, pero en el campo de la actuación social. La 
gente rechaza muchas veces las enseñanzas de la ciencia, 
prefiriendo aferrarse a falaces prejuicios; tal disposición de 
ánimo, aunque errada, no deja de ser un hecho evidente y 
como tal debe tenerse en cuenta. Los economistas, por 
ejemplo, estiman que el control de los cambios extranjeros no 
sirve para alcanzar los fines apetecidos por quienes apelan a 
ese recurso. Pero bien puede ocurrir que la opinión pública se 
resista a abandonar el error e induzca a las autoridades a 
imponer el control de cambios. Tal postura, pese a su 
equivocado origen, es un hecho de indudable influjo en el 
curso de los acontecimientos. La medicina moderna no 
reconoce, por ejemplo, virtudes terapéuticas a la célebre 
mandrágora; pero mientras la gente creía en ellas, la 
mandrágora era un bien económico valioso, por el cual se 
pagaban elevados precios. La economía, al tratar de la teoría 
de los precios, no se interesa por lo que una cosa deba valer; 
lo que le importa es cuánto realmente vale para quien la 
adquiere; nuestra disciplina analiza precios objetivos, los que 
efectivamente la gente estipula en sus transacciones; se 
desentiende totalmente de los precios que sólo aparecerían si 
los hombres no fueran como realmente son. 


Los medios resultan siempre escasos, es decir, insuficientes 
para alcanzar todos los objetivos a los que el hombre aspira. 
De no ser así, la acción humana se desentendería de ellos. El 
actuar, si el hombre no se viera inexorablemente cercado por 
la escasez, carecería de objeto. 


Es costumbre llamar objetivo al fin último perseguido y 
simplemente bienes a los medios para alcanzarlo. Al aplicar 


210 


tal terminología, los economistas razonaban sustancialmente 
como tecnócratas, no como praxeólogos. Distinguían entre 
bienes libres y bienes económicos. Libres son los disponibles en 
tal abundancia que no es preciso administrarlos; los mismos, 
sin embargo, no pueden constituir objeto de actuación 
humana alguna. Son presupuestos dados, por lo que respecta 
al bienestar del hombre; forman parte del medio ambiente 
natural en que el sujeto vive y actúa. Sólo los bienes 
económicos constituyen fundamento de la acción; 
únicamente de ellos, por tanto, se ocupa la economía. 


Los bienes que, directamente, por sí solos, sirven para 
satisfacer necesidades humanas —de tal suerte que su 
utilización no precisa del concurso de otros factores— se 
denominan bienes de consumo o bienes de primer orden. En 
cambio, aquellos medios que sólo indirectamente permiten 
satisfacer las necesidades, complementando su acción con el 
concurso de otros, se denominan bienes de producción, 
factores de producción o bienes de orden más remoto o elevado. 
El servicio que presta un factor de producción consiste en 
permitir la obtención de un producto mediante la 
concurrencia de otros bienes de producción 
complementarios. Tal producto podrá, a su vez, ser o un bien 
de consumo o un factor de producción que, combinado a su 
vez con otros, proporcionará un bien de consumo. Cabe 
imaginar una ordenación de los bienes de producción según 
su proximidad al artículo de consumo para cuya obtención se 
utilicen. Según esto, los bienes de producción más próximos 
al artículo de consumo en cuestión se consideran de segundo 
orden; los empleados para la producción de estos últimos se 
estimarán de tercer orden, y así sucesivamente. 


Esta clasificación de los bienes en órdenes distintos nos 


211 


sirve para abordar la teoría del valor y del precio de los 
factores de producción. Veremos más adelante cómo el valor 
y el precio de los bienes de órdenes más elevados dependen 
del valor y el precio de los bienes del orden primero 
producidos gracias a la inversión de aquéllos. El acto 
valorativo original y fundamental atañe exclusivamente a los 
bienes de consumo; todo lo demás se valora según contribuya 
a la producción de éstos. 


En la práctica no es necesario clasificar los bienes de 
producción según órdenes diversos, comenzando por el 
segundo para terminar con el enésimo. Igualmente carecen de 
interés las bizantinas discusiones en tomo a si un cierto bien 
debe ser catalogado entre los de orden ínfimo o en algún 
estrato superior. A nada conduce cavilar acerca de si debe 
aplicarse el apelativo de bien de consumo a las semillas de 
café crudo, o a estas mismas una vez tostadas, o al café 
molido, o al café preparado y mezclado, o solamente, en fin, al 
café listo ya para tomar, con leche y azúcar. La terminología 
adoptada resulta indiferente a estos efectos; pues, en lo 
atinente al valor, todo lo que digamos acerca de un bien de 
consumo puede igualmente ser predicado de cualquier otro 
bien del orden que sea (con la única excepción de los bienes 
de último orden) si lo consideramos como producto de 
anterior elaboración. 


Un bien económico, por otra parte, no tiene por qué 
plasmarse en cosa tangible. Los bienes económicos 
inmateriales, en este sentido, se denominan servicios. 


212 


2. LA ESCALA VALORATIVA 


El hombre, al actuar, decide entre las diversas posibilidades 
ofrecidas a su elección. En la alternativa prefiere una 
determinada cosa a las demás. 


Suele decirse que el hombre, cuando actúa, se representa 
mentalmente una escala de necesidades o valoraciones con 
arreglo a la cual ordena su proceder. Teniendo en cuenta esa 
escala valorativa, el individuo atiende las apetencias de más 
valor, es decir, procura cubrir las necesidades más urgentes y 
deja insatisfechas las de menor utilidad, es decir, las menos 
urgentes. Nada cabe objetar a tal presentación de las cosas. 
Conviene, sin embargo, no olvidar que esa escala de valores o 
necesidades toma corporeidad sólo cuando se produce la 
propia actuación humana. Porque dichas escalas valorativas 
carecen de existencia autónoma; las construimos sólo una vez 
conocida la efectiva conducta del individuo. Nuestra única 
información acerca de las mismas resulta de la propia 
contemplación de la acción humana. De ahí que el actuar 
siempre haya de concordar perfectamente con la escala de 
valores o necesidades, pues ésta no es más que un simple 
instrumento empleado para interpretar el proceder del 
hombre. 


Las doctrinas éticas pretenden establecer unas escalas 
valorativas según las cuales el hombre debería comportarse, 
aunque no siempre lo haya hecho así. Aspiran a definir el 
bien y el mal y quieren aconsejarnos acerca de lo que, como 
bien supremo, debiéramos perseguir. Se trata de disciplinas 
normativas, interesadas en averiguar cómo debería ser la 
realidad. Rehúyen adoptar una postura neutral ante hechos 
ciertos e indubitables; prefieren enjuiciarlos a la luz de 


213 


subjetivas normas de conducta. 


Semejante postura es ajena a la praxeología y a la 
economía. Estas disciplinas advierten que los fines 
perseguidos por el hombre no pueden ser ponderados con 
arreglo a norma alguna de carácter absoluto. Los fines, como 
decíamos, son datos irreductibles, son puramente subjetivos, 
difieren de persona a persona y, aun en un mismo individuo, 
varían según el momento. La praxeología y la economía se 
interesan por los medios idóneos para alcanzar las metas que 
los hombres eligen en cada circunstancia. Jamás se 
pronuncian acerca de problemas morales; no participan en el 
debate entre el sibaritismo y el ascetismo. Sólo les preocupa 
determinar si los medios adoptados resultan o no apropiados 
para conquistar los objetivos que el hombre efectivamente 
desea alcanzar. 


Los conceptos de anormalidad o perversidad, por 
consiguiente, carecen de vigencia en el terreno económico. La 
economía no puede estimar perverso a quien prefiera lo 
desagradable, lo dañino o lo doloroso a lo agradable, lo 
benéfico o lo placentero. En relación con semejante sujeto, la 
economía sólo predica que es distinto a los demás; que le 
gusta lo que otros detestan; que persigue lo que otros 
rehúyen; que goza soportando el dolor mientras los demás 
prefieren evitarlo. Los términos normal y anormal, como 
conceptos definidos, pueden ser utilizados por la antropología 
para distinguir entre quienes se comportan como la mayoría y 
quienes son seres atípicos o extravagantes; también cabe 
servirse de ellos en sentido biológico para separar a aquéllos 
cuya conducta apunta hacia la conservación de la vida de 
quienes siguen vías perniciosas para su propia salud; 
igualmente, en sentido ético, cabe, con arreglo a los mismos 


214 


conceptos, distinguir entre quienes proceden correctamente y 
quienes actúan de modo distinto. La ciencia teórica de la 
acción humana, en cambio, no puede admitir semejantes 
distingos. La ponderación de los fines últimos resulta, 
invariablemente, subjetiva y, por tanto, arbitraria. 


El valor es la importancia que el hombre, al actuar, atribuye 
a los fines últimos que él mismo se haya propuesto alcanzar. 
Sólo con respecto a los fines últimos aparece el concepto de 
valor en sentido propio y genuino. Los medios, como 
veíamos, resultan valorados de modo derivativo, según la 
utilidad o idoneidad de los mismos para alcanzar fines; su 
estimación depende del valor asignado al objeto en definitiva 
apetecido; para el hombre sólo tienen interés en tanto en 
cuanto le permiten alcanzar determinados fines. 


El valor no es algo intrínseco, no está en las cosas. Somos 
nosotros quienes lo llevamos dentro; depende, en cada caso, 
de cómo reaccione el sujeto ante específicas circunstancias 
externas. 


El valor nada tiene que ver con palabras o doctrinas. Es la 
propia conducta humana, exclusivamente, la que crea el valor. 
Nada importa lo que este hombre o aquel grupo digan del 
valor; lo importante es lo que efectivamente hagan. La 
oratoria de los moralista y la pomposidad de los políticos 
tienen a veces importancia; pero sólo influyen en el curso de 
los acontecimientos humanos en la medida en que, de hecho, 
determinan la conducta de los hombres. 


215 


3. LA ESCALA DE NECESIDADES 


Pese a que, una y otra vez, muchos lo han negado, la 
inmensa mayoría de los hombres aspira ante todo a mejorar 
las propias condiciones materiales de vida. La gente quiere 
comida más abundante y sabrosa; mejor vestido y habitación 
y otras mil comodidades. El hombre aspira a la salud y a la 
abundancia. Admitimos estos hechos, generalmente, como 
ciertos; y la fisiología aplicada se preocupa por descubrir los 
medios mejores para satisfacer, en la mayor medida posible, 
tales deseos. Es cierto que los fisiólogos suelen distinguir 
entre las necesidades «reales» del hombre y sus imaginarias o 
artificiales apetencias, y por eso enseñan cómo se debe 
proceder y a qué medios es preciso recurrir para satisfacer los 
propios deseos. 


Es evidente la importancia de tales estudios. El fisiólogo, 
desde su punto de vista, tiene razón al distinguir entre acción 
sensata y acción contraproducente. Está en lo cierto cuando 
contrasta los métodos juiciosos de alimentación con los 
desarreglados. Es libre de condenar ciertas conductas por 
resultar absurdas y contrarias a las necesidades «reales» del 
hombre. Tales juicios, sin embargo, desbordan el campo de 
una ciencia como la nuestra, que se enfrenta con la acción 
humana tal como efectivamente se produce en el mundo. Lo 
que cuenta para la praxeología y la economía no es lo que el 
hombre debería hacer, sino lo que, en definitiva, hace. La 
higiene puede estar en lo cierto al calificar de venenos al 
alcohol y a la nicotina. Ello no obstante, la economía ha de 
explicar y enfrentarse con los precios reales del tabaco y los 
licores tales como son, y no como serían si otras fueran las 
condiciones concurrentes. 


216 


En el campo de la economía no hay lugar para escalas de 
necesidades distintas de la escala valorativa plasmada por la 
real conducta del hombre. La economía aborda el estudio del 
hombre efectivo, frágil y sujeto a error, tal cual es; no puede 
ocuparse de seres ideales, perfectos y omniscientes como 
solamente lo es Dios. 


4. LA ACCIÓN COMO CAMBIO 


La acción consiste en pretender sustituir un estado de cosas 
poco satisfactorio por otro más satisfactorio. Denominamos 
cambio precisamente a esa mutación voluntariamente 
provocada. Se trueca una condición menos deseable por otra 
más apetecible. Se abandona lo que satisface menos, a fin de 
lograr algo que apetece más. Aquello a lo que es preciso 
renunciar para alcanzar el objeto deseado constituye el precio 
pagado por éste. El valor de ese precio pagado se llama coste. 
El coste es igual al valor que se atribuye a la satisfacción de la 
que es preciso privarse para conseguir el fin propuesto. 


La diferencia de valor entre el precio pagado (los costes 
incurridos) y el de la meta alcanzada se llama lucro, ganancia 
o rendimiento neto. El beneficio, en este primer sentido, es 
puramente subjetivo; no es más que aquel incremento de 
satisfacción que se obtiene al actuar; es un fenómeno 
psíquico, que no se puede ni pesar ni medir. La remoción del 
malestar puede lograrse en una medida mayor o menor. La 
cuantía en que una satisfacción supera a otra sólo cabe 


217 


sentirla; la diferencia no puede ponderarse ni precisarse con 
arreglo a ningún módulo objetivo. El juicio de valor no mide, 
se limita a ordenar en escala gradual; antepone unas cosas a 
otras. El valor no se expresa mediante peso ni medida, sino 
que se formula a través de un orden de preferencias y 
secuencias. En el mundo del valor sólo son aplicables los 
números ordinales; nunca los cardinales. 


Es inútil pretender calcular tratándose de valores. El 
cálculo sólo es posible mediante el manejo de números 
cardinales. La diferencia valorativa entre dos situaciones 
determinadas es puramente psíquica y personal. No cabe 
trasladarla al exterior. Sólo el propio interesado puede 
apreciarla y ni siquiera él sabe concretamente describirla a 
otros. Estamos ante magnitudes intensivas, nunca 
cuantitativas. 


La fisiología y la psicología, ciertamente, han desarrollado 
métodos con los que erróneamente suponen que se puede 
resolver ese insoluble problema que implica la medición de 
las magnitudes intensivas; la economía, por su parte, no tiene 
por qué entrar en el análisis de unos arbitrarios mecanismos 
que, al efecto, pocas garantías ofrecen, siendo así que quienes 
los utilizan advierten que no resultan aplicables a juicios 
valorativos. Pero es más; aun cuando lo fueran, para nada 
afectarían a los problemas económicos. Porque la economía 
estudia la acción como tal, no siendo de su incumbencia los 
hechos psíquicos que provocan esta o aquella actuación. 


Sucede con frecuencia que la acción no logra alcanzar el fin 
propuesto. A veces, el resultado obtenido, si bien resulta 
inferior al apetecido, representa una mejoría en comparación 
con la realidad anterior a la acción; en este caso sigue 
habiendo ganancia, aun cuando menor de la esperada. Pero 


218 


también puede suceder que la acción produzca una situación 
peor que la que se pretendía remediar; en tal supuesto, esa 
diferencia entre el valor del coste y el del resultado obtenido 
la denominamos pérdida. 


219 


CAPÍTULO V 


EL TIEMPO 


1. EL TIEMPO COMO FACTOR PRAXEOLÓGICO 


La idea de cambio implica la idea de sucesión temporal. Un 
universo rígido, eternamente inmutable, se hallaría fuera del 
tiempo, pero sería cosa muerta. Los conceptos de cambio y de 
tiempo están inseparablemente ligados. La acción aspira a 
determinada mutación y por ello tiene que pertenecer al 
orden temporal. La razón humana no es capaz de concebir ni 
una existencia intemporal ni un actuar fuera del tiempo. 


Quien actúa distingue el tiempo anterior a la acción, de un 
lado, el tiempo consumido por la misma, de otro, y el 
posterior a ella, en tercer lugar. No puede el ser humano 
desentenderse del tracto temporal. 


La lógica y la matemática manejan sistemas de 
razonamiento ideal. Las relaciones e implicaciones de su 
sistema son coexistentes e independientes. Podemos decir que 
son sincrónicas o que se encuentran fuera del tiempo. Una 
inteligencia perfecta podría aprehenderlas todas de golpe. La 


220 


incapacidad de la mente humana para realizar esa síntesis 
convierte el pensar también en acción que progresa, paso a 
paso, desde un estado menos satisfactorio, de cognición 
insuficiente, a otro más satisfactorio, de mayor conocimiento. 
Sin embargo, conviene no confundir el orden temporal en 
que el conocimiento va adquiriéndose con la simultaneidad 
lógica de todas las partes que integran el sistema deductivo 
apriorístico. Los conceptos de anterioridad y consecuencia, en 
este terreno, sólo pueden emplearse de modo metafórico, 
pues no se refieren al sistema, sino a nuestros propios actos 
intelectivos. El orden lógico en sí no admite las categorías de 
tiempo ni de causalidad. Existe, desde luego, correspondencia 
funcional entre sus elementos, pero no hay ni causa ni efecto. 


Lo que distingue desde el punto de vista epistemológico el 
sistema praxeológico del lógico es precisamente que aquél 
presupone las categorías de tiempo y causalidad. El orden 
praxeológico, evidentemente, como el lógico, también es 
apriorístico y deductivo. En cuanto sistema, se halla 
igualmente fuera del tiempo. La diferencia entre el uno y el 
otro estriba en que la praxeología se interesa precisamente 
por el cambio, por el demasiado tarde y el demasiado 
temprano, por la causa y el efecto. Anterioridad y 
consecuencia son conceptos esenciales al razonamiento 
praxeológico y lo mismo sucede con la irreversibilidad de los 
hechos. En el marco del sistema praxeológico, cualquier 
referencia a correspondencias funcionales resulta tan 
metafórica y errónea como el aludir a anterioridad y 
consecuencia dentro del sistema lógico!” 


221 


2. PASADO, PRESENTE Y FUTURO 


Es el actuar lo que confiere al hombre la noción de tiempo, 
haciéndole advertir el transcurso del mismo. La idea de 
tiempo es una categoría praxeológica. 


La acción apunta siempre al futuro; por su esencia, 
forzosamente, ha de consistir en planear y actuar con miras a 
alcanzar un mañana mejor. El objetivo de la acción estriba en 
lograr que las condiciones futuras sean más satisfactorias de 
lo que serían sin la interferencia de la propia actuación. El 
malestar que impulsa al hombre a actuar lo provoca, 
invariablemente, la desazón que al interesado producen las 
previstas circunstancias futuras, tal como él entiende se 
presentarían si nada hiciera por alterarlas. 


La acción influye exclusivamente sobre el futuro; nunca 
sobre un presente que, con el transcurso de cada infinitesimal 
fracción de segundo, va inexorablemente hundiéndose en el 
pasado. El hombre adquiere conciencia del tiempo al 
proyectar la mutación de una situación actual insatisfactoria 
por otra futura más atrayente. 

La meditación contemplativa considera el tiempo 
meramente como duración, «la durée pure, dont l'écoulement 
est continu, et ou Pon passe, par gradations insensibles, d'un 
état a Pautre: continuité réellement vécue»”!. El «ahora» del 
presente ingresa continuamente en el pasado, quedando 
retenido sólo por la memoria. Reflexionando sobre el pasado, 
dicen los filósofos, el hombre se percata del tiempo". No es, 
sin embargo, el recordar lo que hace que el hombre advierta 
las categorías de cambio y de tiempo; la propia voluntad de 
mejorar las personales condiciones de vida obliga al hombre a 
percatarse de tales circunstancias. 


222 


Ese tiempo que medimos, gracias a los distintos 
procedimientos mecánicos, pertenece siempre al pasado. El 
tiempo, en la acepción filosófica del concepto, no puede ser 
más que pasado o futuro. El presente, en este sentido, es pura 
línea ideal, virtual frontera que separa el ayer del mañana. 
Para la praxeología, sin embargo, entre el pasado y el futuro 
se extiende un presente amplio y real. La acción, como tal, se 
halla en el presente porque utiliza ese instante donde se 
encarna su realidad'”. La posterior y reflexiva ponderación 
indican al sujeto cuál fue, en el instante ya pasado, la acción y 
cuáles las circunstancias que aquél brindaba para actuar, 
advirtiéndole de lo que ya no puede hacerse o consumirse por 
haber pasado la oportunidad. En definitiva, el actor contrasta 
el ayer con el hoy, como decíamos, lo que todavía no puede 
hacerse o consumirse, dado que las condiciones necesarias 
para su iniciación, o tiempo de maduración, todavía no se 
han presentado, comparando así el futuro con el pasado. El 
presente ofrece a quien actúa oportunidades y tareas para las 
que hasta ahora era aún demasiado temprano, pero que 
pronto resultará demasiado tarde. 


El presente, en cuanto duración temporal, equivale a la 
permanencia de unas precisas circunstancias. Cada tipo de 
actuación supone la concurrencia de condiciones específicas, 
a las que hay que amoldarse para conseguir los objetivos 
perseguidos. El presente praxeológico, por lo tanto, varía 
según los diversos campos de acción; nada tiene que ver con 
el paso del tiempo astronómico. El presente, para la 
praxeología, comprende todo aquel pasado que todavía 
conserva actualidad, es decir idoneidad para la acción; lo 
mismo incluye, según sea la acción contemplada, la Edad 
Media que el siglo xIx, el año pasado, el mes, el día, la hora, el 


223 


minuto o el segundo que acaban de transcurrir. Al decir, por 
ejemplo, que en la actualidad ya no se adora a Zeus, ese 
presente es distinto del manejado por el automovilista cuando 
piensa que todavía es pronto para cambiar de dirección. 


Como quiera que el futuro es siempre incierto, vago e 
indefinido, resulta necesario concretar qué parte del mismo 
cabe considerar como ahora, es decir, presente. Si alguien 
hubiera dicho, hacia 1913, «actualmente —ahora— en Europa 
la libertad de pensamiento no se discute», indudablemente no 
estaba previendo que aquel presente muy pronto iba a ser 
pretérito. 


3. LA ECONOMIZACIÓN DEL TIEMPO 


El hombre no puede desentenderse del paso del tiempo. 
Nace, crece, envejece y muere. Es escaso el lapso temporal de 
que dispone. Por eso debe administrarlo, al igual que hace 
con los demás bienes escasos. 


La economización del tiempo ofrece aspectos peculiares en 
razón de la singularidad e irreversibilidad del orden temporal. 
La importancia de este hecho se manifiesta a lo largo de toda 
la teoría de la acción. 

Hay una circunstancia que en esta materia conviene 
destacar; la de que la administración del tiempo es distinta de 
la administración de que son objeto los demás bienes y 
servicios. Porque incluso en Jauja se vería el hombre 
constreñido a economizar el tiempo, a no ser que fuera 


224 


inmortal y gozara de juventud eterna, inmarcesible salud y 
vigor físico. Aun admitiendo que el individuo pudiera 
satisfacer, de modo inmediato, todos sus apetitos, sin invertir 
trabajo alguno, habría, no obstante, de ordenar el tiempo, al 
haber satisfacciones mutuamente incompatibles entre sí que 
no se pueden disfrutar simultáneamente. El tiempo, incluso 
en tal planteamiento, resultaría escaso para el hombre, quien 
se vería sometido a la servidumbre del antes y del después. 


4. LA RELACIÓN TEMPORAL ENTRE ACCIONES 


Dos acciones de un mismo individuo no pueden nunca ser 
coetáneas; se encuentran en relación temporal del antes y 
después. Incluso las acciones de diversos individuos sólo a la 
vista de los mecanismos físicos de medir el tiempo cabe 
considerarlas coetáneas. El sincronismo es una noción 
praxeológica aplicable a los esfuerzos concertados de varios 
sujetos en acción!”. 

Las actuaciones se suceden invariablemente unas a otras. 
Nunca pueden realizarse en el mismo instante: pueden 
sucederse con mayor o menor rapidez, pero eso es todo. Hay 
acciones, desde luego, que pueden servir al mismo tiempo a 
varios fines; pero sería erróneo deducir de ello la coincidencia 
temporal de acciones distintas. 


La conocida expresión «escala de valores» ha sido, con 
frecuencia, torpemente interpretada, habiéndose desatendido 
los obstáculos que impiden presumir coetaneidad entre las 


225 


diversas acciones de un mismo individuo. Se ha supuesto que 
las distintas actuaciones humanas serían fruto de la existencia 
de una escala valorativa, independiente y anterior a los 
propios actos del interesado, quien pretendería realizar con su 
actividad un plan previamente trazado. A aquella escala 
valorativa y a ese plan de acción —considerados ambos 
conceptos como permanentes e inmutables a lo largo de un 
cierto periodo de tiempo— se les atribuyó sustantividad 
propia e independiente, considerándolos la causa y el motivo 
impulsor de las distintas actuaciones humanas. Tal artificio 
hizo suponer que había en la escala de valoración y en el plan 
de acción un sincronismo que no podía encontrarse en los 
múltiples actos individuales. Pero se olvidaba que la escala de 
valoración es una mera herramienta lógica, que sólo se 
encarna en la acción real, hasta el punto de que únicamente 
observando una actuación real se la puede concebir. No es 
lícito, por lo tanto, contrastarla con la acción real como cosa 
independiente, pretendiendo servirse de ella para ponderar y 
enjuiciar las efectivas actuaciones del hombre. 

Tampoco se puede pretender diferenciar la acción racional 
de la acción denominada «irracional» sobre la base de asociar 
aquélla a la previa formulación de proyectos y planes 
conforme a los cuales se desarrollaría la actuación futura. Es 
muy posible que los objetivos fijados ayer para la acción de 
hoy no coincidan con los que verdaderamente ahora nos 
interesan; aquellos planes de ayer para enjuiciar la acción real 
de hoy no nos brindan módulos más objetivos y firmes que 
los ofrecidos por cualquier otro sistema de normas e ideas. 


Se ha pretendido también fijar el concepto de actuación no- 
racional mediante el siguiente razonamiento: Si se prefiere a a 
by ba c, lógicamente a habrá de ser preferida a c. Ahora bien, 


226 


si de hecho c luego resulta más atractiva que a, se supone que 
nos hallaríamos ante un modo de actuar que habría de ser 
tenido por inconsistente e irracional'”, Pero tal razonamiento 
olvida que dos actos individuales nunca pueden ser 
sincrónicos. Si en cierto momento preferimos a a b y, en otro, 
b a c, por corto que sea el intervalo entre ambas valoraciones, 
no es lícito construir una escala uniforme de valoración en la 
que, forzosamente, a haya de preceder a b y ba c. Del mismo 
modo, tampoco es admisible considerar la acción tercera y 
posterior como coincidente con las dos primeras. El ejemplo 
sólo sirve para probar, una vez más, que los juicios de valor 
no son inmutables. Por consiguiente, una escala valorativa 
deducida de distintas acciones que por fuerza han de ser 
asincrónicas pronto puede resultar contradictoria!”, 


No hay que confundir el concepto lógico de coherencia (es 
decir, ausencia de contradicción) con la coherencia 
praxeológica (es decir, la constancia o adhesión a unos 
mismos principios). La coherencia lógica aparece sólo en el 
mundo del pensamiento; la constancia surge en el terreno de 
la acción. 


Constancia y racionalidad son nociones completamente 
diferentes. Cuando se han modificado las propias 
valoraciones, permanecer adheridos a unas ciertas normas de 
acción anteriormente adoptadas, en gracia sólo a la 
constancia, no sería una actuación racional, sino pura 
terquedad. La acción sólo puede ser constante en un sentido: 
en preferir lo de mayor a lo de menor valor. Si nuestra 
valoración cambia, también habrá de variar nuestra 
actuación. Modificadas las circunstancias, carecería de 
sentido permanecer fiel a un plan de acción anterior. Un 
sistema lógico ha de ser coherente y ha de hallarse exento de 


227 


contradicciones por cuanto supone la coetánea existencia de 
todas sus diversas partes y teoremas. En la acción, que 
forzosamente se produce dentro de un orden temporal, 
semejante coherencia es impensable. La acción ha de 
acomodarse al fin perseguido y el proceder deliberado exige 
que el interesado se adapte continuamente a las siempre 
cambiantes condiciones. 


La presencia de ánimo se estima virtud en el hombre que 
actúa. Tiene presencia de ánimo quien es capaz de adaptarse 
personalmente con tal rapidez que logra reducir al mínimo el 
intervalo temporal entre la aparición de las nuevas 
condiciones y la adaptación de su actuar a las mismas. Si la 
constancia implica la adhesión a un plan previamente 
trazado, haciendo caso omiso de los cambios de condiciones 
que se han producido, es obligado concluir que la presencia 
de ánimo y la reacción rápida constituyen el reverso de 
aquélla. 

Cuando el especulador va a la Bolsa, puede haberse trazado 
un plan definido para sus operaciones. Tanto si lo sigue como 
si no, sus acciones no dejarán de ser racionales, aun en el 
sentido atribuido al término «racional» por quienes 
pretenden de esta suerte distinguir la acción racional de la 
irracional. A lo largo del día, el especulador tal vez realice 
operaciones que un observador incapaz de advertir las 
mutaciones experimentadas por las condiciones del mercado 
consideraría desacordes con una constante línea de conducta. 
El especulador, sin embargo, sigue adherido al principio de 
buscar la ganancia y rehuir la pérdida. Por ello ha de adaptar 
su conducta a las mudables condiciones del mercado y a sus 
propios juicios acerca del futuro desarrollo de los precios!*'. 


Por muchas vueltas que se dé a las cosas, nunca se logrará 


228 


definir qué sea una acción «no racional» más que apoyando la 
supuesta «no racionalidad» en un arbitrario juicio de valor. 
Imaginémonos que cierto individuo se decide a proceder 
inconsecuentemente sin otro objeto que el de refutar el 
principio praxeológico según el cual no hay acciones 
antirracionales. Pues bien, en ese caso, el interesado se 
propone también alcanzar un fin determinado: la refutación 
de cierto teorema praxeológico y, con esta mira, actúa de 
modo distinto a como lo haría en otro supuesto. En definitiva, 
no ha hecho otra cosa que elegir un medio inadecuado para 
refutar las enseñanzas praxeológicas; eso es todo. 


229 


CAPÍTULO VI 


LA INCERTIDUMBRE 


1. INCERTIDUMBRE Y ACCIÓN 


En la propia noción de acción va implícita la incertidumbre 
del futuro. El que el hombre actúe y el que el futuro resulte 
incierto en modo alguno son dos hechos desligados. Se trata 
únicamente de dos formas de afirmar la misma cosa. 


Podemos suponer que el resultado de todo acontecimiento 
o mutación está predeterminado por las eternas e inmutables 
leyes que regulan la evolución y desarrollo del universo. 
Podemos considerar que la interconexión e interdependencia 
de los fenómenos, es decir, su concatenación causal, es la 
realidad fundamental y suprema. Podemos negar de plano la 
intervención del azar. Ahora bien, admitido todo ello, y aun 
reconocido que tal vez para una mente dotada de la máxima 
perfección las cosas se plantearan de otro modo, queda en pie 
el hecho indudable de que para el hombre que actúa el futuro 
resulta incierto. Si pudieran los mortales conocer el futuro, no 
se verían constreñidos a elegir y, por tanto, no tendrían por 


230 


qué actuar. Vendrían a ser autómatas que reaccionarían ante 
meros estímulos, sin recurrir a voliciones personales. 


Hubo filósofos que rechazaron la idea de la autonomía de 
la voluntad, considerándola engañoso espejismo, en razón a 
que el hombre ha de atenerse fatalmente a las ineludibles leyes 
de la causalidad. Desde el punto de vista del primer Hacedor, 
causa de sí mismo, pudieran tener razón. Pero, por lo que se 
refiere al hombre, la acción constituye un hecho dado. No es 
que afirmemos que el hombre sea «libre» al escoger y actuar. 
Decimos tan sólo que el individuo efectivamente prefiere y 
procede consecuentemente, resultando inaplicables las 
enseñanzas de las ciencias naturales cuando se pretende 
explicar por qué el sujeto actúa de cierto modo, dejando de 
hacerlo en forma distinta. 


La ciencia natural no permite predecir el futuro. Sólo hace 
posible pronosticar los resultados de determinadas 
actuaciones. Siguen, sin embargo, siendo imprevisibles dos 
campos de acción: el de los fenómenos naturales 
insuficientemente conocidos y el de los actos humanos de 
elección. Nuestra ignorancia, por lo que respecta a estos dos 
terrenos, viene a teñir de incertidumbre toda actividad. La 
certeza apodíctica sólo se da en la órbita del sistema deductivo 
propio de las ciencias apriorísticas. En el campo de la 
realidad, el cálculo de probabilidades constituye la máxima 
aproximación a la certidumbre. 

No incumbe a la praxeología investigar si deben ser tenidos 
por ciertos algunos teoremas de las ciencias naturales 
empíricas. Este problema carece de importancia práctica para 
la investigación praxeológica. Los teoremas de la física y la 
química poseen un grado tan alto de probabilidad que 
podemos considerarlos ciertos a efectos prácticos. Así, 


231 


podemos prever con exactitud el funcionamiento de una 
máquina construida de acuerdo con las normas de la técnica 
moderna. Pero la construcción de una determinada máquina 
es sólo parte de un más amplio programa destinado a 
proporcionar sus productos a los consumidores. El que dicho 
programa, en definitiva, resulte o no el más apropiado 
depende del desarrollo de las condiciones futuras que en el 
momento de ponerlo en marcha no podían preverse con 
certeza. Por tanto, cualquiera que sea el grado de certeza que 
tengamos respecto al resultado técnico de la máquina, no por 
ello podemos escamotear la incertidumbre inherente al 
complejo conjunto de datos que la acción humana tiene que 
prever. Las necesidades y gustos del mañana, la reacción de 
los hombres ante mudadas circunstancias, los futuros 
descubrimientos científicos y técnicos, las ideologías y 
programas políticos del porvenir, nada se puede pronosticar 
en estos campos más que a base de meros márgenes, mayores 
o menores, de probabilidad. La acción apunta 
invariablemente hacia un futuro desconocido. En este 
sentido, la acción es siempre una arriesgada especulación. 


Corresponde a la teoría general del saber humano 
investigar el campo de la verdad y la certeza. El mundo de la 
probabilidad, por su parte, concierne específicamente a la 
praxeología. 


2. EL SIGNIFICADO DE LA PROBABILIDAD 


232 


Los matemáticos han provocado confusión en tomo al 
estudio de la probabilidad. Desde un principio se pecó de 
ambigiiedad al abordar el tema. Cuando el chevalier de Méré 
consultó a Pascal sobre los problemas inherentes a los juegos 
de dados, lo mejor habría sido que el gran sabio dijera a su 
amigo la verdad con toda desnudez, haciéndole ver que las 
matemáticas de nada sirven al tahúr en los lances de azar. 
Pascal, lejos de eso, formuló la respuesta en el lenguaje 
simbólico de la matemática; lo que podía haber sido 
expresado con toda sencillez en lenguaje cotidiano, fue 
enunciado mediante una terminología que la inmensa 
mayoría desconoce y que, precisamente por ello, viene a ser 
generalmente contemplada con reverencial temor. La persona 
imperita cree que aquellas enigmáticas fórmulas encierran 
trascendentes mensajes que sólo los iniciados pueden 
interpretar. Se saca la impresión de que existe una forma 
científica de jugar, brindando las esotéricas enseñanzas de la 
matemática una clave para ganar siempre. Pascal, el inefable 
místico, se convirtió, sin pretenderlo, en el santo patrón de los 
garitos. Los tratados teóricos que se ocupan del cálculo de 
probabilidades hacen propaganda gratuita para las casas de 
juego, precisamente por cuanto resultan ininteligibles a los 
legos. 


No fueron menores los estragos provocados por el 
equívoco del cálculo de probabilidades en el campo de la 
investigación científica. La historia de todas las ramas del 
saber registra los errores en que se incurrió a causa de una 
imperfecta aplicación del cálculo de probabilidades, el cual, 
como ya advirtiera John Stuart Mill, era causa de «verdadero 
oprobio para las matemáticas». Los problemas atinentes a la 
ilación probable son de complejidad mucho mayor que los 


233 


que plantea el cálculo de probabilidades. Sólo la obsesión por 
el enfoque matemático podía provocar un error tal como el de 
suponer que probabilidad equivale siempre a frecuencia. 


Otro yerro fue el de confundir el problema de la 
probabilidad con el del razonamiento inductivo que las 
ciencias naturales emplean. Incluso un fracasado sistema 
filosófico, que no hace mucho estuvo de moda, pretendió 
sustituir la categoría de causalidad por una teoría universal de 
la probabilidad. 


Una afirmación se estima probable tan sólo cuando nuestro 
conocimiento sobre su contenido es imperfecto, cuando no 
sabemos bastante como para precisar y separar debidamente 
lo verdadero de lo falso. Pero, en tal caso, pese a nuestra 
incertidumbre, una cierta dosis de conocimiento poseemos, 
por lo cual, hasta cierto punto, podemos pronunciarnos, 
evitando un simple non liquet o ignoramus. 

Hay dos especies de probabilidad totalmente distintas: la 
que podríamos denominar probabilidad de clase (o 
probabilidad de frecuencia) y la probabilidad de caso (es decir, 
la que se da en la comprensión típica de las ciencias de la 
acción humana). El campo en que rige la primera es el de las 
ciencias naturales, dominado enteramente por la causalidad; 
la segunda aparece en el terreno de la acción humana, 
plenamente regulado por la teleología. 


3. PROBABILIDAD DE CLASE 


234 


La probabilidad de clase significa que, en relación con 
cierto evento, conocemos o creemos conocer cómo opera una 
clase determinada de hechos o fenómenos; pero de los hechos 
o fenómenos singulares sólo sabemos que integran la clase en 
cuestión. 


Supongamos, por ejemplo, que cierta lotería está 
compuesta por noventa números, de los cuales cinco salen 
premiados. Sabemos, por tanto, cómo opera el conjunto total 
de números. Pero, con respecto a cada número singular, lo 
único que en verdad nos consta es que integra el conjunto de 
referencia. 


Tomemos una estadística de la mortalidad registrada en un 
área y en un periodo determinados. Si partimos del supuesto 
de que las circunstancias no van a variar, podemos afirmar 
que conocemos perfectamente la mortalidad del conjunto en 
cuestión. Ahora bien, acerca de la probabilidad de vida de un 
individuo determinado nada podemos afirmar, salvo que, 
efectivamente, forma parte de ese grupo. 


El cálculo de probabilidades mediante símbolos 
matemáticos refleja esa imperfección del conocimiento 
humano. Pero esa representación ni amplía ni completa ni 
profundiza nuestro saber. Simplemente lo traduce al lenguaje 
matemático. Dichos cálculos, en realidad, no hacen más que 
reiterar, mediante fórmulas algebraicas, lo que ya nos 
constaba de antemano. Jamás nos ilustran acerca de lo que 
acontecerá en casos singulares. Tampoco, evidentemente, 
incrementan nuestro conocimiento sobre cómo opera el 
conjunto, toda vez que dicha información, desde un 
principio, era o suponíamos plena. 


Es un grave error pensar que el cálculo de probabilidades 
brinda ayuda al jugador, permitiéndole suprimir o reducir sus 


233 


riesgos. El cálculo de probabilidades, contrariamente a una 
extendida creencia, de nada le sirve al tahúr, como tampoco le 
procuran, en este sentido, auxilio alguno las demás formas de 
raciocinio lógico o matemático. Lo característico del juego es 
que en él impera el azar puro, lo desconocido. Las esperanzas 
del jugador no se basan en fundadas consideraciones. Si no es 
supersticioso, en definitiva, pensará: existe una ligera 
posibilidad (o, en otras palabras, «no es imposible») de que 
gane; estoy dispuesto a efectuar el envite requerido; de sobra 
sé que, al jugar, procedo insensatamente. Pero como la suerte 
acompaña a los insensatos... ¡que sea lo que Dios quiera! 


El frío razonamiento indica al jugador que no mejoran sus 
probabilidades al adquirir dos en vez de un solo billete de 
lotería si, como suele suceder, el importe de los premios es 
menor que el valor de los billetes que la integran, pues quien 
comprara todos los números, indudablemente habría de 
perder. Los aficionados a la lotería, sin embargo, están 
convencidos de que, cuantos más billetes adquieren, mejor. 
Los clientes de casinos y máquinas tragaperras nunca cejan. 
No quieren comprender que, si las reglas del juego favorecen 
al banquero, lo probable es que cuanto más jueguen más 
pierdan. Pero la atracción del juego estriba precisamente en 
eso, en que no cabe la predicción; que todo es posible sobre el 
tapete verde. 


Imaginemos que una caja contiene diez tarjetas, cada una 
con el nombre de una persona distinta y que, al extraer una 
de ellas, el elegido habrá de pagar cien dólares. Ante tal 
planteamiento, un asegurador que pudiera contratar con cada 
uno de los intervinientes una prima de diez dólares, estaría en 
condiciones de garantizar al perdedor una total 
indemnización. Recaudaría cien dólares y pagaría esa misma 


236 


suma a uno de los diez intervinientes. Ahora bien, si no 
lograra asegurar más que a uno de los diez al tipo señalado, 
no estaría conviniendo un seguro, sino que estaría embarcado 
en un puro juego de azar; se habría colocado en el lugar del 
asegurado. Cobraría diez dólares, pero, aparte la posibilidad 
de ganarlos, correría el riesgo de perderlos junto con otros 
noventa más. 


Quien, por ejemplo, prometiera pagar, a la muerte de un 
tercero, cierta cantidad, cobrando por tal garantía una prima 
anual simplemente acorde con la previsibilidad de vida que, 
de acuerdo con el cálculo de probabilidades, resultara para el 
interesado, no estaría actuando como asegurador, sino a título 
de jugador. El seguro, ya sea de carácter comercial o 
mutualista, exige asegurar a toda una clase o a un número de 
personas que razonablemente pueda reputarse como tal. La 
idea que informa el seguro es la de asociación y distribución 
de riesgo; no se ampara en el cálculo de probabilidades. Las 
únicas Operaciones matemáticas que requiere son las cuatro 
reglas elementales de la aritmética. El cálculo de 
probabilidades es aquí un simple pasatiempo. 


Lo anterior queda claramente evidenciado al advertir que la 
eliminación del riesgo mediante la asociación también puede 
efectuarse sin recurrir a ningún sistema actuarial. Todo el 
mundo lo practica en la vida cotidiana. Los comerciantes 
incluyen, entre sus costes, una determinada compensación 
por las pérdidas que regularmente ocurren en la gestión 
mercantil. Al decir «regularmente» significamos que tales 
quebrantos resultan conocidos en cuanto al conjunto de la 
clase de artículos de que se trate. El frutero sabe, por ejemplo, 
que de cada cincuenta manzanas una se pudrirá, sin poder 
precisar cuál será en concreto la que haya de perjudicarse; 


237 


pero esa pérdida la computa como un coste más. 


La definición de la esencia de la probabilidad de clase dada 
anteriormente es la única que, desde un punto de vista lógico, 
resulta satisfactoria. Evita el círculo vicioso que implican 
cuantas aluden a la idéntica probabilidad de acaecimientos 
posibles. Al proclamar nuestra ignorancia acerca de los 
eventos singulares, de los cuales sólo sabemos que son 
elementos integrantes de una clase, cuyo comportamiento, sin 
embargo, como tal, resulta conocido, logramos salvar ese 
círculo vicioso. Y entonces no tenemos ya que referirnos a la 
ausencia de regularidad en la secuencia de los casos 
singulares. 


La nota característica del seguro estriba en que tan sólo se 
ocupa de clases íntegras. Supuesto que sabemos todo lo 
concerniente al comportamiento de la clase, podemos 
eliminar los riesgos específicos del caso concreto. 

Por lo mismo, tampoco soporta riesgos especiales el 
propietario de un casino de juego o el de una empresa de 
lotería. 


Si el lotero coloca todos los billetes, el resultado de la 
operación es perfectamente previsible. Por el contrario, si 
algunos quedan invendidos, se encuentra, con respecto a 
estos billetes que quedan en su poder, en la misma situación 
que cualquier otro jugador en lo atinente a los números por él 
adquiridos. 


4. PROBABILIDAD DECASO 


238 


La probabilidad de caso significa que conocemos, respecto 
a un determinado evento, algunos de los factores que lo 
producen, pero que existen otros factores determinantes 
acerca de los cuales nada sabemos. 


La probabilidad de caso sólo tiene en común con la 
probabilidad de clase la imperfección de nuestro 
conocimiento. En lo demás son enteramente distintas ambas 
formas de probabilidad. 


Con frecuencia se pretende predecir un evento futuro 
basándose en el conocimiento sobre el comportamiento de la 
clase. Un médico puede, por ejemplo, vislumbrar las 
probabilidades de curación de cierto paciente sabiendo que se 
han repuesto del mal el 70 por 100 de los que lo han sufrido. 
Si expresa correctamente tal conocimiento, se limitará a decir 
que la probabilidad que tiene el paciente de curar es de un 0,7; 
osea, que, de cada diez pacientes, sólo tres mueren. Toda 
predicción de este tipo acerca de los hechos externos, es decir, 
referente al campo de las ciencias naturales, tiene ese carácter. 
No se trata de predicciones sobre el desenlace de casos 
específicos, sino de simples afirmaciones acerca de la 
frecuencia con que los distintos resultados suelen producirse. 
Éstas se basan en una pura información estadística o 
simplemente en una estimación empírica y aproximada de la 
frecuencia con que un hecho se produce. 

Sin embargo, con lo anterior no hemos planteado todavía 
el problema específico de la probabilidad de caso. De hecho 
no conocemos nada del caso en cuestión excepto que se trata 
de un caso perteneciente a una clase cuyo comportamiento 
conocemos o creemos conocer. 


Imaginemos que un cirujano dice a su paciente que treinta 
de cada cien pacientes fallecen en la operación. Si el paciente 


239 


preguntara si estaba ya cubierto el cupo de muertes, no habría 
comprendido el sentido de la afirmación del médico. Sería 
víctima del error que se denomina «engaño del jugador», al 
confundir la probabilidad de caso con la probabilidad de 
clase, como sucede con el jugador de ruleta que, después de 
una serie de diez rojos sucesivos, supone hay una mayor 
probabilidad de que a la próxima jugada salga un negro. 


Todo pronóstico en medicina basado únicamente en el 
conocimiento fisiológico es de probabilidad de clase. El 
médico que oye que un individuo, desconocido para él, ha 
sido atacado por cierta enfermedad, apoyándose en su 
experiencia profesional podrá decir que las probabilidades de 
curación son de siete contra tres. Su opinión, sin embargo, 
tras examinar al enfermo, puede perfectamente cambiar; si 
comprueba que se trata de un hombre joven y vigoroso, que 
gozó siempre de buena salud, es posible que el doctor piense 
que entonces las cifras de mortalidad son menores. La 
probabilidad ya no será de siete a tres, sino, digamos, de 
nueve a uno. Pero el enfoque lógico es el mismo; el médico no 
se sirve de precisos datos estadísticos, sino de una más o 
menos exacta rememoración de su propia experiencia, 
manejando exclusivamente el comportamiento de una 
determinada clase; la clase, en este caso, compuesta por 
hombres jóvenes y vigorosos al ser atacados por la 
enfermedad de referencia. 


La probabilidad de caso es un supuesto especial en el 
terreno de la acción humana, donde jamás cabe aludir a la 
frecuencia con que determinado fenómeno se produce, pues 
aquí se trata siempre de eventos únicos que como tales no 
forman parte de clase alguna. Podemos, por ejemplo, 
configurar una clase formada por «las elecciones 


240 


presidenciales americanas». Tal agrupación puede ser útil o 
incluso necesaria para diversos estudios; el constitucional, por 
citar un caso. Pero si analizamos concretamente, 
supongamos, los comicios estadounidenses de 1944 —ya 
fuera antes de la elección, para determinar el futuro resultado, 
o después de la misma, ponderando los factores que 
determinaron su efectivo  desenlace—, estaríamos 
invariablemente enfrentándonos con un caso individual, 
único, que nunca más se repetirá. El supuesto viene dado por 
sus propias circunstancias; él solo constituye la clase. Aquellas 
características que permitirían su encuadramiento en 
determinado grupo carecen, a estos efectos, de todo interés. 


Imaginemos que mañana han de enfrentarse dos equipos 
de fútbol, los azules a los amarillos. Los azules, hasta ahora, 
han vencido siempre a los amarillos. Tal conocimiento no es 
de los que nos informan acerca del comportamiento de una 
determinada clase de eventos. Si así se estimara, debería 
concluirse que los azules siempre habrían de ganar, mientras 
que los amarillos invariablemente resultarían derrotados. No 
existiría incertidumbre acerca del resultado del encuentro. 
Sabríamos positivamente que los azules, una vez más, 
ganarían. El que nuestro pronóstico lo consideremos sólo 
probable evidencia que no discurrimos por tales vías. 


Consideramos, no obstante, que para la previsión del 
futuro resultado tiene su importancia el hecho de que los 
azules hayan siempre ganado. Tal circunstancia parece 
favorecer a los azules. Si, en cambio, razonáramos 
correctamente, de acuerdo con la probabilidad de clase, no 
atribuiríamos ninguna importancia a ese hecho. Más bien, 
por el contrario, incidiendo en el «engaño del jugador», 
pensaríamos que el partido debería terminar con la victoria 


241 


de los amarillos. 


Cuando nos jugamos el dinero apostando por la victoria de 
un equipo, podemos calificar esta acción como una simple 
apuesta. Si se tratara, por el contrario, de un supuesto de 
probabilidad de clase, nuestra acción equivaldría al envite de 
un lance de azar. 


Fuera del campo de la probabilidad de clase, todo lo que 
comúnmente se comprende bajo el término probabilidad 
atañe a ese modo especial de razonar empleado al examinar 
hechos singulares e individualizados, materia ésta propia de 
las ciencias históricas. 

La comprensión, en este terreno, parte siempre de un 
conocimiento incompleto. Podemos llegar a saber los motivos 
que impelen al hombre a actuar, los objetivos que puede 
perseguir y los medios que piensa emplear para alcanzar 
dichos fines. Tenemos clara idea de los efectos que tales 
factores han de provocar. Nuestro conocimiento, sin 
embargo, no es completo; podemos habernos equivocado al 
ponderar la respectiva influencia de los factores concurrentes 
o no haber tenido en cuenta, al menos con la debida 
exactitud, la existencia de otras circunstancias también 
decisivas. 


El intervenir en juegos de azar, el dedicarse a la 
construcción de máquinas y herramientas y el efectuar 
especulaciones mercantiles son tres modos diferentes de 
enfrentarse con el futuro. 


El tahúr ignora qué evento provoca el resultado del juego. 
Sólo sabe que, con una determinada frecuencia, dentro de una 
serie de eventos, se producen unos que le favorecen. Tal 
conocimiento, por lo demás, de nada le sirve para ordenar su 
posible actuación; tan sólo le cabe confiar en la suerte; he ahí 


242 


su único plan posible. 


La vida misma está expuesta a numerosos riesgos; nocivas 
situaciones, que no sabemos controlar, o al menos no 
logramos hacerlo en la medida necesaria, pueden poner de 
continuo en peligro la supervivencia. Todos, a este respecto, 
confiamos en la suerte; esperamos no ser alcanzados por el 
rayo o no ser mordidos por la víbora. Existe un elemento de 
azar en la vida humana. El hombre puede contrarrestar los 
efectos sobre su patrimonio de posibles daños y accidentes 
suscribiendo pólizas de seguro. Especula entonces con las 
probabilidades contrarias. En cuanto al asegurado, el seguro 
equivale a un juego de azar. Si el temido siniestro no se 
produce, habrá gastado en vano su dinero”), Frente a los 
fenómenos naturales imposibles de controlar, el hombre se 
halla siempre en la posición del jugador. 


El ingeniero, en cambio, sabe todo lo necesario para llegar 
a una solución técnicamente correcta del problema de que se 
trate; al construir una máquina, por ejemplo, si tropieza con 
alguna incertidumbre, procura eliminarla mediante los 
márgenes de seguridad. Tales técnicos sólo saben de 
problemas solubles, por un lado, y, por otro, de problemas 
insolubles dados los conocimientos técnicos del momento. A 
veces, alguna desgraciada experiencia les hace advertir que 
sus conocimientos no eran tan completos como suponían, 
habiendo pasado por alto la indeterminación de algunas 
cuestiones que consideraban ya resueltas. En tal caso 
procurarán completar su ilustración. Naturalmente, nunca 
podrán llegar a eliminar el elemento de azar presente en la 
vida humana. La tarea, sin embargo, se desenvuelve, en 
principio, dentro de la órbita de lo cierto. Aspiran, por ello, a 
controlar plenamente todos los elementos que manejan. 


243 


Hoy suele hablarse de «ingeniería social». Este concepto, al 
igual que el de dirigismo, es sinónimo de dictadura, de tiranía 
totalitaria. Se pretende operar con los seres humanos como el 
ingeniero manipula la materia con que tiende puentes, traza 
carreteras Oo construye máquinas. La voluntad del ingeniero 
social habría de suplantar la libre volición de las numerosas 
personas que piensa utilizar para edificar su utopía. La 
humanidad se dividiría en dos clases: el dictador 
omnipotente, de un lado, y, de otro, los tutelados, reducidos a 
la condición de simples engranajes. El ingeniero social, 
implantado su programa, no tendría que molestarse 
intentando comprender la actuación ajena. Gozaría de plena 
libertad para manejar a las gentes como el técnico cuando 
manipula el hierro o la madera. 


Pero en el mundo real el hombre que actúa se enfrenta con 
el hecho de que hay otros que, como él, operan por sí y para 
sí. La necesidad de acomodar la propia actuación a la de 
terceros concede al sujeto investidura de especulador. Su éxito 
o fracaso dependerá de la mayor o menor habilidad que tenga 
para prever el futuro. Toda acción viene a ser una 
especulación. En el curso de los acontecimientos humanos 
nunca hay estabilidad ni, por consiguiente, seguridad. 


5. LA VALORACIÓN NUMÉRICA DE LA 
PROBABILIDAD DE CASO 


La probabilidad de caso no permite forma alguna de 
cálculo numérico. Lo que generalmente pasa por tal, al ser 


244 


examinado más de cerca, resulta ser de índole diferente. 


En vísperas de la elección presidencial americana de 1944, 
por ejemplo, podría haberse dicho: 


a) Estoy dispuesto a apostar tres dólares contra uno a que 
Roosevelt saldrá elegido. 


b) Pronostico que, del total censo electoral, cuarenta y 
cinco millones de electores votarán; veinticinco de los cuales 
se ponunciarán por Roosevelt. 


c) Creo que las probabilidades en favor de Roosevelt son de 
nueve a uno. 


d) Estoy seguro de que Roosevelt será elegido. 


La afirmación d) es, a todas luces, arbitraria. Si al que tal 
afirma se le preguntara bajo juramento en calidad de testigo si 
está tan seguro de la futura victoria de Roosevelt como de que 
un bloque de hielo se derretirá al ser expuesto a una 
temperatura de cincuenta grados, respondería, 
indudablemente, que no. Más bien rectificaría su primitivo 
pronunciamiento .en el sentido de asegurar que, 
personalmente, está convencido de que Roosevelt ganará. 
Estaríamos ante una mera opinión individual, careciendo el 
sujeto de plena certeza; lo que el mismo más bien desea es 
expresar su propia valoración de las condiciones 
concurrentes. 


El caso a) es similar. El actor estima que arriesga muy poco 
apostando. La relación tres a uno nada dice acerca de las 
respectivas probabilidades de los candidatos; resulta de la 
concurrencia de dos factores: la creencia de que Roosevelt 
será elegido, de un lado, y la propensión del interesado a 
jugar, de otro. 


La afirmación b) es una estimación del desenlace del 


245 


acontecimiento inminente. Sus cifras no se refieren a un 
mayor o menor grado de probabilidad, sino al esperado 
resultado de la efectiva votación. Dicha afirmación puede 
descansar sobre una investigación sistemática, como, por 
ejemplo, la de las encuestas Gallup o, simplemente, sobre 
puras estimaciones personales. 


La afirmación c) es diferente. Se afirma el resultado 
esperado, pero se envuelve en términos aritméticos. No 
significa ciertamente que de diez casos del mismo tipo nueve 
habrían de ser favorables a Roosevelt y uno adverso. Ninguna 
relación puede tener la expresión de referencia con la 
probabilidad de clase. ¿Qué significa, pues? 


Se trata de una expresión metafórica. Las metáforas sirven, 
generalmente, para asimilar un objeto abstracto con otro que 
puede ser percibido por los sentidos. Si bien lo anterior no 
constituye formulación obligada de toda metáfora, suele la 
gente recurrir a esa forma de expresión porque normalmente 
lo concreto resulta más conocido que lo abstracto. Por cuanto 
la metáfora pretende aclarar algo menos corriente 
recurriendo a otra realidad más común, tiende aquélla a 
identificar una cosa abstracta con otra concreta, mejor 
conocida. Mediante la citada fórmula matemática se pretende 
hacer más comprensible cierta compleja realidad apelando a 
una analogía tomada de una de las ramas de la matemática, 
del cálculo de probabilidades. Tal cálculo, a no dudar, es más 
popular que la comprensión epistemológica. 

A nada conduce recurrir a la lógica para una crítica del 
lenguaje metafórico. Las analogías y metáforas son siempre 
imperfectas y de escasa utilidad. En esta materia se busca el 
tertium comparationis. Pero ni aun tal arbitrio es admisible en 
el caso de referencia, ya que la comparación se basa en una 


246 


suposición defectuosa, aun en el propio marco del cálculo de 
probabilidades, pues supone incurrir en el «engaño del 
jugador». Al afirmar que las probabilidades en favor de 
Roosevelt son de nueve contra una, se quiere dar a entender 
que, ante la próxima elección, Roosevelt se halla en la postura 
del hombre que ha adquirido el noventa por ciento de los 
billetes de una lotería. Presúmese que la razón nueve a uno 
nos revela algo sustancial acerca de lo que pasará con el hecho 
único y específico que nos interesa. Resultaría fatigoso 
evidenciar de nuevo el error que tal idea encierra. 


Igualmente inadmisible es recurrir al cálculo de 
probabilidades al analizar las hipótesis propias de las ciencias 
naturales. Las hipótesis son intentos de explicar fenómenos 
apoyándose en argumentos que resultan lógicamente 
insuficientes. Todo lo que puede afirmarse respecto de una 
hipótesis es que o contradice o se adapta a los principios 
lógicos y a los hechos experimentalmente atestiguados y, 
consecuentemente, tenidos por ciertos. En el primer caso, la 
hipótesis debe rechazarse; en el segundo —habida cuenta de 
nuestros conocimientos— no resulta más que meramente 
posible. (La intensidad de la convicción personal de que sea 
cierta es puramente subjetiva). Ya no estamos ante la 
probabilidad de clase ni ante la comprensión histórica. 


El término hipótesis no resulta aplicable cuando se trata de 
la interpretación de los hechos históricos. Si un historiador 
asegura que en la caída de la dinastía de los Romanoff jugó un 
importante papel el hecho de que la familia imperial era de 
origen alemán, no está aventurando una hipótesis. Los hechos 
en que se basa su apreciación son indiscutibles. Había una 
animosidad muy extendida contra los alemanes en Rusia y la 
rama gobernante de los Romanoff, que durante doscientos 


247 


años se venía uniendo matrimonialmente con familias 
alemanas, era considerada por muchos rusos como una 
estirpe germanizada, incluso por aquéllos que suponían que el 
zar Pablo no era hijo de Pedro III. Queda, sin embargo, 
siempre en pie la duda acerca de la trascendencia que 
efectivamente tuvo tal circunstancia en la cadena de 
acontecimientos que al final provocó la caída del zar. Sólo la 
comprensión histórica proporciona una vía para abordar tal 
incógnita. 


6. APUESTAS, JUEGOS DE AZAR, DEPORTES Y 
PASATIEMPOS 


Una apuesta es el convenio por el que el interesado arriesga 
con otro individuo dinero o distintos bienes en torno a un 
acontecimiento de cuya realidad o posible aparición toda 
información que poseemos viene dada por actos de 
comprensión intelectual. La gente puede apostar con motivo 
de una próxima elección o de un partido de tenis. También 
cabe apostar sobre cuál de dos afirmaciones sobre un hecho es 
la correcta. 

El juego de azar consiste en arriesgar dinero u otras cosas 
contra otro sujeto acerca del resultado de un acontecimiento 
sobre el que no poseemos otra información que la que 
proporciona el comportamiento de toda una clase. 

A veces el azar y la apuesta se combinan. El resultado de 
una carrera de caballos, por ejemplo, depende de la acción 


248 


humana —practicada por el propietario, el preparador y el 
jockey—, pero también de factores no humanos como las 
condiciones del caballo. La mayor parte de quienes arriesgan 
dinero en las carreras no son, por lo general, más que simples 
jugadores de azar. En cambio, los expertos creen derivar 
información de su particular conocimiento acerca de los 
factores personales; en la medida en que este factor influye en 
su decisión, apuestan. Además, presumen entender de 
caballos; pronostican basándose en su conocimiento del 
comportamiento de las clases de caballos a que pertenecen los 
que participan en la carrera, y en esa medida son jugadores de 
azar. 

En otros capítulos analizaremos las fórmulas mediante las 
cuales el mundo de los negocios se enfrenta con el problema 
de la incertidumbre del futuro. Conviene, sin embargo, para 
completar el tema, hacer alguna otra consideración. 


Dedicarse al juego puede ser tanto un fin como un medio. 
Para quienes buscan el excitante estímulo provocado por las 
lides de un juego o para aquéllos cuya vanidad se siente 
halagada al exhibir la propia destreza, tal actuación constituye 
un fin. Se trata, en cambio, de un medio para los profesionales 
que, mediante la misma, se ganan la vida. 

La práctica de un deporte o juego puede, por tanto, 
estimarse acción. En cambio, no puede afirmarse que toda 
acción sea un juego o considerar todas las acciones como si de 
juegos se tratara. La meta inmediata de toda competición 
deportiva consiste en derrotar al adversario respetando 
determinadas reglas. Se trata de un caso peculiar y especial de 
acción. La mayor parte de las acciones humanas no pretenden 
derrotar o perjudicar a nadie. Con ellas se aspira sólo a 
mejorar las propias condiciones de vida. Puede acaecer que 


249 


tal mejora se logre a costa de otros. Pero no es ése el 
planteamiento normal y, desde luego, dicho sea sin ánimo de 
herir suspicacias, jamás ocurre en un sistema social de 
división del trabajo cuando éste se desenvuelve libre de 
injerencias externas. 


En una sociedad de mercado no existe analogía alguna 
entre los juegos y los negocios. Con los naipes gana quien 
mejor se sirva de habilidades y astucias; el empresario, por el 
contrario, prospera proporcionando a sus clientes las 
mercancías que éstos más desean. Tal vez haya cierta analogía 
entre la postura del jugador de cartas y la del timador, pero no 
vale la pena entrar en el asunto. Se equivoca quien interpreta 
la vida mercantil como un mero engaño. 


Los juegos se caracterizan por el antagonismo existente 
entre dos o más contendientes”. Los negocios, por el 
contrario, dentro de una sociedad, es decir, dentro de un 
orden basado en la división del trabajo, se caracterizan por el 
concorde actuar de los sujetos; en cuanto comienzan éstos a 
enfrentarse los unos con los otros, caminan hacia la 
desintegración social. 

La competencia del mercado no implica antagonismo en el 
sentido de confrontación de intereses incompatibles. Cierto 
que la competencia, a veces, o aun con frecuencia, puede 
suscitar en quienes compiten aquellos sentimientos de odio y 
malicia que suelen informar el deseo de perjudicar a otros. De 
ahí que los psicólogos propendan a confundir la pugna hostil 
con la competencia económica. La praxeología, sin embargo, 
debe guardarse de imprecisiones que pueden inducir al error. 
Existe diferencia esencial entre el conflictivo combate y la 
competencia cataláctica. Los competidores aspiran a la 
excelencia y perfección de sus respectivas realizaciones, 


250 


dentro de un orden de cooperación mutua. La función de la 
competencia consiste en asignar a los miembros de un 
sistema social aquella misión en cuyo desempeño mejor 
pueden servir a la sociedad. Es el mecanismo que permite 
seleccionar, para cada tarea, el hombre más idóneo. Donde 
haya cooperación social, es preciso siempre seleccionar, de 
una forma u otra. Tal competencia desaparece tan sólo 
cuando la atribución de las distintas tareas depende 
exclusivamente de una decisión personal sin que los que 
participan en el proceso competitivo puedan hacer valer los 
propios méritos. 

Más adelante habremos de ocuparnos de la función de la 
competencia!*. Por el momento conviene resaltar que es 
erróneo aplicar ideas de mutuo exterminio a la recíproca 
cooperación que prevalece bajo el libre marco social. Las 
expresiones bélicas no cuadran a las operaciones mercantiles. 
Es una mala metáfora hablar de la conquista de un mercado, 
pues no hay conquista alguna cuando una empresa ofrece 
productos mejores o más baratos que sus competidores. Sólo 
en un sentido figurado puede hablarse de estrategias en el 
ámbito de los negocios. 


7. LA PREDICCIÓN PRAXEOLÓGICA 


El conocimiento praxeológico permite predecir con certeza 
apodíctica las consecuencias de diversas formas de acción. 
Pero tales predicciones jamás nos ilustran acerca de aspectos 


251 


cuantitativos. En el campo de la acción humana, los 
problemas cuantitativos sólo pueden abordarse mediante la 
comprensión. 


Podemos predecir, según veremos después, que —en 
igualdad de circunstancias— una caída en la demanda de a 
provocará una baja en su precio. Lo que no podemos, sin 
embargo, es adelantar la cuantía de tal baja. Es éste un 
interrogante que sólo la comprensión puede resolver. 


El error fundamental de todo enfoque cuantitativo de los 
problemas económicos estriba en olvidar que no existen 
relaciones constantes en las llamadas dimensiones económicas. 
No hay constancia ni permanencia en las valoraciones ni en 
las relaciones de intercambio entre los diversos bienes. Todas 
y cada una de las continuas mutaciones provocan nueva 
reestructuración del conjunto. La comprensión, 
aprehendiendo el modo de discurrir de los humanos, intenta 
pronosticar las futuras situaciones. Es cierto que los 
positivistas rechazan semejante vía de investigación, pero su 
postura no debe hacernos olvidar que la comprensión es el 
único procedimiento adecuado para abordar el tema de la 
incertidumbre de las condiciones futuras. 


z232 


CAPÍTULO VII 


LA ACCIÓN EN EL MUNDO 


1. La LEYDELA UTILIDAD MARGINAL 


La acción ordena y prefiere; comienza por manejar sólo 
números ordinales, dejando a un lado los cardinales. Sucede, 
sin embargo, que el mundo externo, al cual el hombre que 
actúa ha de acomodar su conducta, es un mundo de 
soluciones cuantitativas donde entre causa y efecto existe una 
relación mensurable. Si las cosas no fueran así, es decir, si los 
bienes pudieran prestar servicios ilimitados, nunca resultarían 
escasos y, por tanto, no merecerían el apelativo de medios. 


El hombre, al actuar, valora las cosas como medios para 
suprimir su malestar. Los bienes que, por su condición de 
medios, permiten atender las necesidades humanas, vistos en 
su conjunto, desde el ángulo de las ciencias naturales, 
constituyen multiplicidad de cosas diferentes. El actor, sin 
embargo, los asimila todos como ejemplares que encajan, 
unos más y otros menos, en una misma especie. Al evaluar 
estados de satisfacción muy distintos entre sí y apreciar los 


253 


medios convenientes para lograrlos, el hombre ordena en una 
escala todas las cosas, contemplándolas sólo en orden a su 
idoneidad para incrementar la satisfacción propia. El placer 
derivado de la alimentación y el originado por la 
contemplación de una obra artística constituyen, 
simplemente, para el hombre actuante, dos necesidades a 
atender, una más y otra menos urgente. Pero, por el hecho de 
valorar y actuar, ambas quedan situadas en una escala de 
apetencias que comprende desde las de máxima a las de 
mínima intensidad. Quien actúa no ve más que cosas, cosas 
de diversa utilidad para su personal bienestar, cosas que, por 
tanto, desea con distinta intensidad. 


Cantidad y calidad son categorías del mundo externo. Sólo 
indirectamente cobran importancia y sentido para la acción. 
En razón a que cada cosa sólo puede producir un efecto 
limitado, algunas de ellas se consideran escasas, 
conceptuándose como medios. Puesto que son distintos los 
efectos que las diversas cosas pueden producir, el hombre, al 
actuar, distingue diferentes clases de bienes. Y en razón a que 
la misma cantidad y calidad de un cierto medio produce 
siempre idéntico efecto, considerado tanto cualitativa como 
cuantitativamente, la acción no diferencia entre distintas pero 
iguales cantidades de un medio homogéneo. Pero ello no 
significa que el hombre atribuya el mismo valor a las distintas 
porciones del medio en cuestión. Cada porción es objeto de 
una valoración separada. A cada una de ellas se le asigna un 
rango específico en la escala de valores. Pero estos rangos 
pueden intercambiarse ad libitum entre las distintas 
porciones de la misma magnitud. 


Cuando el hombre ha de optar entre dos o más medios 
distintos, ordena en escala gradual las porciones individuales 


254 


disponibles de cada uno de ellos. A cada una de dichas 
porciones asigna un rango específico. Las distintas porciones 
de un cierto medio no tienen, sin embargo, por qué ocupar 
puestos inmediatamente sucesivos. 


El establecimiento, mediante la valoración, de ese diverso 
rango se practica al actuar y es la propia actuación la que 
efectúa tal ordenación. El tamaño de cada una de esas 
porciones estimadas de un mismo rango dependerá de la 
situación personal y única bajo la cual, en cada caso, actúa el 
interesado. La acción nunca se interesa por unidades, ni 
físicas ni metafísicas, ni las valora con arreglo a módulos 
teóricos o abstractos; la acción se halla siempre enfrentada 
con alternativas diversas, entre las cuales escoge. Tal elección 
se efectúa entre magnitudes determinadas de medios diversos. 
Podemos denominar unidad a la cantidad mínima que puede 
ser objeto de opción. Hay que guardarse, sin embargo, del 
error de suponer que el valor de la suma de múltiples 
unidades pueda deducirse del valor de cada una de ellas; el 
valor de la suma no coincide con la adición del valor 
atribuido a cada una de las distintas unidades. 


Un hombre posee cinco unidades del bien a y tres unidades 
del bien b. Atribuye a las unidades de a los rangos 1, 2, 4, 7 y 
8; mientras las unidades de b quedan graduadas en los lugares 
3, 5 y 6. Ello significa que si el interesado ha de optar entre 
dos unidades de a y dos unidades de b, preferirá desprenderse 
de dos unidades de a antes que de dos unidades de b. Ahora 
bien, si ha de escoger entre tres unidades de a y dos unidades 
de b, preferirá perder dos unidades de b antes que tres de a. Al 
valorar un conjunto de varias unidades, lo único que, en todo 
caso, importa es la utilidad del conjunto, es decir, el 
incremento de bienestar dependiente del mismo, o, lo que es 


255 


igual, el descenso del bienestar que su pérdida implicaría. Con 
ello para nada se alude a procesos aritméticos, a sumas ni a 
multiplicaciones; sólo se trata de estimar la utilidad resultante 
de poseer cierta porción, conjunto o provisión de que se trate. 


En este sentido, utilidad equivale a idoneidad causal para la 
supresión de un cierto malestar. El hombre, al actuar, supone 
que determinada cosa va a incrementar su bienestar; a tal 
potencialidad denomina la utilidad del bien en cuestión. Para 
la praxeología, el término utilidad equivale a la importancia 
atribuida a cierta cosa en razón a su supuesta capacidad para 
suprimir determinada incomodidad humana. El concepto 
praxeológico de utilidad (valor de uso subjetivo, según la 
terminología de los primitivos economistas de la Escuela 
Austriaca) debe diferenciarse claramente del concepto técnico 
de utilidad (valor de uso objetivo, como decían los mismos 
economistas). El valor de uso en sentido objetivo es la 
relación existente entre una cosa y el efecto que la misma 
puede producir. Es al valor de uso objetivo al que se refiere la 
gente cuando habla del «valor calórico» o de la «potencia 
térmica» del carbón. El valor de uso de carácter subjetivo no 
tiene por qué coincidir con el valor de uso objetivo. Hay cosas 
a las cuales se atribuye valor de uso subjetivo simplemente 
porque se supone erróneamente que gozan de capacidad para 
producir ciertos efectos deseados. Por otro lado, existen cosas 
que pueden provocar consecuencias deseadas, a las cuales, sin 
embargo, no se atribuye valor alguno de uso, por cuanto se 
ignora dicha potencialidad. 

Repasemos el pensamiento económico que prevalecía 
cuando la moderna teoría del valor fue elaborada por Carl 
Menger, William Stanley Jevons y Léon Walras. Quien 
pretenda formular la más elemental teoría del valor y los 


256 


precios comenzará, evidentemente, por intentar basarse en el 
concepto de utilidad. Nada es, en efecto, más plausible que 
suponer que la gente valora las cosas con arreglo a su utilidad. 
Pero, llegados a este punto, surge un problema en cuya 
solución los economistas clásicos fracasaron. Creyeron 
observar que había cosas cuya «utilidad» era mayor y que, sin 
embargo, se valoraban menos que otras de «utilidad» menor. 
El hierro es menos apreciado que el oro. Este hecho parecía 
echar por tierra toda teoría del valor y de los precios que 
partiera de los conceptos de utilidad y valor de uso. De ahí 
que los clásicos abandonaran ese terreno, pretendiendo 
infructuosamente explicar los fenómenos del valor y del 
cambio por otras vías. 


Sólo más tarde descubrieron los economistas que lo que 
originaba la aparente paradoja era el imperfecto 
planteamiento del problema. Las valoraciones y decisiones 
que se producen en los tipos de cambio del mercado no 
suponen elegir entre el oro y el hierro. El hombre, al actuar, 
nunca se ve en el caso de escoger entre todo el oro y todo el 
hierro. En un determinado lugar y tiempo, bajo condiciones 
definidas, hace su elección entre una cierta cantidad de oro y 
una cierta cantidad de hierro. Al decidirse entre cien onzas de 
oro y cien toneladas de hierro, su elección no guarda relación 
alguna con la decisión que adoptaría si se hallara en la muy 
improbable situación de tener que optar entre todo el oro y 
todo el hierro existente. 


En la práctica, lo único que cuenta para tal sujeto es si, bajo 
las específicas condiciones concurrentes, estima la 
satisfacción directa o indirecta que puedan reportarle las cien 
onzas de oro mayor o menor que la satisfacción que derivaría 
de las cien toneladas de hierro. Al decidirse, no está 


257 


formulando ningún juicio filosófico o académico en torno al 
valor «absoluto» del oro o del hierro; en modo alguno 
determina si, para la humanidad, importa más el oro o el 
hierro; no se ocupa de esos problemas tan gratos a los 
tratadistas de ética o de filosofía de la historia. Se limita a 
elegir entre dos satisfacciones que no puede disfrutar al 
mismo tiempo. 


Ni el preferir ni el rechazar ni las decisiones y elecciones 
que de ello resultan son actos de medición. La acción no mide 
la utilidad o el valor; se limita a elegir entre alternativas. No se 
trata del abstracto problema de determinar la utilidad total o 
el valor total'!. Ninguna operación racional permite deducir 
del valor asignado a una determinada cantidad o a un 
determinado número de ciertas cosas el valor 
correspondiente a una cantidad o número mayor o menor de 
esos mismos bienes. No hay forma de calcular el valor de todo 
un género de cosas si son sólo conocidos los valores de sus 
partes. Tampoco hay medio de calcular el valor de una parte 
si únicamente se conoce el valor del total del género. En la 
esfera del valor y las valoraciones no hay operaciones 
aritméticas; en el terreno de los valores no existe el cálculo ni 
nada que se le asemeje. El aprecio de las existencias totales de 
dos cosas puede diferir de la valoración de algunas de sus 
porciones. Un hombre aislado que posea siete vacas y siete 
caballos puede valorar en más un caballo que una vaca; es 
decir, que, puesto a optar, preferirá entregar una vaca antes 
que un caballo. Sin embargo, ese mismo individuo, ante la 
alternativa de elegir entre todos sus caballos y todas sus vacas, 
puede preferir quedarse con las vacas y prescindir de los 
caballos. Los conceptos de utilidad total y de valor total 
carecen de sentido, salvo que se trate de situaciones en las que 


258 


el interesado haya de escoger precisamente entre la totalidad 
de diversas existencias. Sólo tiene sentido plantear el 
problema de qué es más útil, el hierro o el oro, si se trata del 
supuesto en el que la humanidad, o una parte de la misma, 
hubiera de escoger entre todo el oro y todo el hierro 
disponible. 

El juicio de valor se contrae exclusivamente a la cantidad 
concreta a que se refiere cada acto de elección. Cualquier 
conjunto de determinado bien se halla siempre compuesto, ex 
definitione, por porciones homogéneas, cada una de las cuales 
es idónea para rendir ciertos e idénticos servicios, lo que hace 
que cualquiera de dichas porciones pueda sustituirse por otra. 
En el acto de valorar y preferir resulta, por tanto, indiferente 
cuál sea la porción efectiva que en ese momento se 
contemple. Cuando se presenta el problema de entregar una, 
todas las porciones —unidades— del stock disponible se 
consideran idénticamente útiles y valiosas. Cuando las 
existencias disminuyen por pérdida de una unidad, el sujeto 
ha de resolver de nuevo cómo emplear las unidades del stock 
remanente. Es evidente que el stock disminuido no podrá 
rendir el mismo número de servicios que el íntegro. Aquel 
objeto que, bajo este nuevo planteamiento, deja de cubrirse 
es, indudablemente, para el interesado, el menos urgente de 
todos los que previamente cabía alcanzar con el stock íntegro. 
La satisfacción que derivaba del uso de aquella unidad 
destinada a tal empleo era la menor de las satisfacciones que 
cualquiera de las unidades del stock completo podía 
proporcionarle. Por tanto, sólo el valor de esa satisfacción 
marginal es el que el sujeto ponderará cuando haya de 
renunciar a una unidad del stock completo. Al enfrentarse 
con el problema de qué valor debe atribuirse a una porción de 


259 


cierto conjunto homogéneo, el hombre resuelve de acuerdo 
con el valor correspondiente al cometido de menor interés 
que atendería con una unidad si tuviera a su disposición las 
unidades todas del conjunto; es decir, decide tomando en 
cuenta la utilidad marginal. 


Supongamos que una persona se encuentra en la 
alternativa de entregar una unidad de sus provisiones de a o 
una unidad de las de b; en tal disyuntiva, evidentemente, no 
comparará el valor de todo su haber de a con el valor total de 
su stock de b; contrastará únicamente los valores marginales 
de ay de b. Aunque tal vez valore en más la cantidad total de a 
que la de b, el valor marginal de b puede ser más alto que el 
valor marginal de a. 


El mismo razonamiento sirve para ilustrar el supuesto en 
que aumenta la cantidad disponible de un bien mediante la 
adquisición de una o más unidades supletorias. 

Para la descripción de tales hechos la economía no precisa 
recurrir a la terminología de la psicología, porque no se 
ampara en razonamientos y argumentaciones de tal 
condición. Cuando afirmamos que los actos de elección no 
dependen del valor atribuido a ninguna clase entera de 
necesidades, sino del valor que en cada caso corresponda a la 
necesidad concreta de que se trate, prescindiendo de la clase 
en que pueda ésta hallarse catalogada, en nada ampliamos 
nuestro conocimiento ni deviene éste más general o fundado. 
Sólo recordando la importancia que esta antinomia del valor 
tuvo en la historia del pensamiento económico 
comprenderemos por qué suele hablarse de clases de 
necesidades al abordar el tema. Carl Menger y Bóhm-Bawerk 
usaron el término «clases de necesidades» para refutar las 
objeciones a sus ideas por quienes consideraban el pan como 


260 


tal más valioso que la seda sobre la base de que la clase 
«necesidad de alimentos» tiene mayor importancia vital que 
la clase «necesidad de vestidos lujosos»”. Hoy el concepto de 
«clase de necesidades» es totalmente inútil. Tal idea nada 
significa para la acción ni, por tanto, para la teoría del valor; 
puede, además, inducir a error y a confusión. Los conceptos y 
las clasificaciones no son más que herramientas mentales; 
cobran sentido y significación sólo en el contexto de las 
teorías que los utilizan'*, A nada conduce agrupar las diversas 
necesidades en «clases» para después concluir que tal 
ordenación carece de interés en el terreno de la teoría del 
valor. 


La ley de la utilidad marginal y del decreciente valor 
marginal nada tiene que ver con la Ley de Gossen de la 
saturación de las necesidades (primera Ley de Gossen). Al 
hablar de la utilidad marginal no nos interesamos por el goce 
sensual ni por la saturación o la saciedad. En modo alguno 
desbordamos el campo del razonamiento praxeológico 
cuando decimos: el destino que el individuo da a cierta 
porción de determinado conjunto compuesto por n unidades, 
destino que no sería atendido, inmodificadas las restantes 
circunstancias, si el interesado dispusiera de sólo n-1 
unidades, constituye el empleo menos urgente de ese bien, o 
sea, su utilización marginal. Consideramos, por eso, marginal 
la utilidad derivada del empleo del bien en cuestión. Para 
llegar a la conclusión anterior no precisamos acudir a 
ninguna experimentación, conocimiento o argumentación de 
orden psicológico. Se deduce necesariamente de las premisas 
establecidas, es decir, de que los hombres actúan (valoran y 
prefieren) y de que el interesado posee n unidades de un 
conjunto homogéneo, en el primer caso, y n-1 unidades en el 


261 


segundo. Bajo estos supuestos, no puede imaginarse ninguna 
otra decisión. La afirmación es de orden formal y apriorístico; 
no se basa en experiencia alguna. 


El problema consiste en determinar si existen o no 
sucesivas etapas intermedias entre la situación de malestar 
que impulsa al hombre a actuar y aquella otra situación que, 
una vez alcanzada, vedaría toda nueva actuación (ya sea por 
haberse logrado un estado de perfecta satisfacción, ya sea 
porque el hombre se considerase incapaz de producir 
ninguna ulterior mejoría en su situación). Si dicha alternativa 
se resuelve en sentido negativo, sólo cabría una única acción: 
tan pronto como tal actuación quedara consumada, se habría 
alcanzado la situación que prohibiría toda ulterior actuación. 
Ahora bien, con ello se contradice abiertamente el supuesto 
de que existe el actuar; pugna el planteamiento con las 
condiciones generales presupuestas en la categoría de acción. 
De ahí que sea forzoso resolver la alternativa en sentido 
afirmativo. Existen, sin género de duda, etapas diversas en 
nuestra asintótica aproximación hacia aquel estado después 
del cual ya no hay nueva acción. Por eso la ley de la utilidad 
marginal se halla ya implícita en la categoría de acción. No es 
más que el reverso de la afirmación según la cual preferimos 
lo que satisface en mayor grado a lo que satisface en menor 
grado. Si las existencias a nuestra disposición aumentan de 
n-1 unidades a n unidades, esa incrementada unidad será 
utilizada para atender a una situación que será menos urgente 
o gravosa que la menos urgente o gravosa de todas las que 
con los recursos n-1 habían sido remediadas. 


La ley de la utilidad marginal no se refiere al valor de uso 
objetivo, sino al valor de uso subjetivo. No alude a las 
propiedades químicas o físicas de las cosas para provocar 


262 


ciertos efectos en general; se interesa tan sólo por su 
idoneidad para promover el bienestar del hombre según él lo 
entiende en cada momento y ocasión. No se ocupa de un 
supuesto valor intrínseco de las cosas, sino del valor que el 
hombre atribuye a los servicios que de las mismas espera 
derivar. 


Si admitiéramos que la utilidad marginal está en las cosas y 
en su valor de uso objetivo, habríamos de concluir que lo 
mismo podría aumentar que disminuir, al incrementarse la 
cantidad de unidades disponibles. Puede suceder que la 
utilización de una cierta cantidad irreducible —n unidades— 
del bien a proporcione una satisfacción mayor que la que 
cabe derivar de los servicios de una unidad del bien b. Ahora 
bien, si las existencias de a son inferiores a n, a sólo puede 
emplearse en otro cometido menos apreciado que el que 
gracias a b puede ser atendido. En tal situación, el que la 
cuantía de a pase de n-1 unidades a n unidades parece 
aumentar el valor atribuido a la unidad. El poseedor de cien 
maderos puede construir con ellos una cabaña, que le 
protegerá de la lluvia mejor que un impermeable. Sin 
embargo, si sus disponibilidades son inferiores a los treinta 
maderos, únicamente podrá construirse un lecho que le 
resguarde de la humedad del suelo. De ahí que, si el 
interesado dispusiera de noventa y cinco maderos, por otros 
cinco prescindiría del impermeable. Pero si contara sólo con 
diez, no cambiaría el impermeable ni por otros diez maderos. 
El hombre cuya fortuna ascendiera a 100 dólares tal vez se 
negaría a prestar cierto servicio por otros 100 dólares. Sin 
embargo, si ya dispusiera de 2000 dólares y deseara 
ardientemente adquirir un cierto bien indivisible que costara 
2100 dólares, seguramente realizaría aquel trabajo por sólo 


263 


100 dólares. Esto concuerda perfectamente con la ley de la 
utilidad marginal correctamente formulada, según la cual el 
valor de las cosas depende de la utilidad del servicio que las 
mismas puedan proporcionar. Es impensable una ley de 
utilidad marginal creciente. 


La ley de la utilidad marginal no debe confundirse con la 
doctrina de Bernoulli de mensura sortis ni con la ley de 
Weber-Fechner. En el fondo de la teoría de Bernoulli palpitan 
aquellas ideas, que jamás nadie puso en duda, según las cuales 
la gente se afana por satisfacer las necesidades más urgentes 
antes que las menos urgentes, resultándole más fácil al 
hombre rico atender sus necesidades que al pobre. Pero las 
conclusiones que Bernoulli derivaba de tales evidencias eran a 
todas luces inexactas. En efecto, formuló una teoría 
matemática según la cual el incremento de la satisfacción 
disminuye a medida que aumenta la riqueza del individuo. Su 
afirmación de que es altamente probable que, como regla 
general, un ducado, para quien goce de una renta de 5000 
ducados, valga como medio ducado para quien sólo disfrute 
de 2500 ducados de ingresos no es más que pura fantasía. 
Dejemos aparte el hecho de que no hay modo de efectuar 
comparaciones que no sean arbitrarias entre las mutuas 
valoraciones de personas distintas; el método de Bernoulli 
resulta igualmente inadecuado para las valoraciones de un 
mismo individuo con diferentes ingresos. No advirtió que lo 
único que se puede predicar del caso en cuestión es que, al 
crecer los ingresos, cada incremento dinerario se dedicará a 
satisfacer una necesidad menos urgentemente sentida que la 
necesidad menos acuciante que fue, sin embargo, satisfecha 
antes de registrarse el incremento de riqueza. No supo ver 
que, al valorar, optar y actuar, no se trata de medir, ni de 


264 


hallar equivalencias, sino de comparar, es decir, de preferir y 
de rechazar'", Así, ni Bernoulli ni los matemáticos y 
economistas que siguieron su razonamiento podían resolver 
la antinomia del valor. 


Los errores que implica el confundir la Ley de Weber- 
Fechner, perteneciente a la psicofísica, con la teoría subjetiva 
del valor fueron ya señalados por Max Weber. Verdad es que 
no estaba este último suficientemente versado en economía, 
hallándose, en cambio, demasiado influido por el 
historicismo, para aprehender debidamente los principios 
básicos que informan al pensamiento económico. Ello no 
obstante, su intuición genial le situó en el camino que 
conducía a las soluciones correctas. La teoría de la utilidad 
marginal, afirma Weber, «no se formula en sentido 
psicológico, sino —utilizando un término epistemológico— 
de modo pragmático, manejando las categorías de fines y 
medios»"”, 

Si se desea poner remedio a un cierto estado patológico 
mediante la ingestión de una determinada cantidad de una 
medicina, no se obtendrá un resultado mejor multiplicando la 
dosis. Ese excedente o no produce mayor efecto que la dosis 
apropiada, por cuanto ésta, de por sí, ya provoca el resultado 
óptimo, o bien da lugar a consecuencias nocivas. Lo mismo 
sucede con toda clase de satisfacciones, si bien, 
frecuentemente, el estado óptimo se alcanza mediante la 
administración de elevadas dosis, tardándose en llegar a aquel 
límite que, sobrepasado, cualquier ulterior incremento 
produce consecuencias perniciosas. Sucede ello por cuanto 
nuestro mundo está regido por la causalidad, existiendo 
relación cuantitativa entre causa y efecto. Quien desee 
suprimir el malestar que provoca el vivir en una casa a un 


265 


grado de temperatura, procurará caldearla para alcanzar los 
dieciocho o veinte grados. Nada tiene que ver con la ley de 
Weber-Fechner el que el interesado no busque temperaturas 
de setenta o noventa grados. El hecho tampoco afecta a la 
psicología. Para explicarlo, ésta ha de limitarse a constatar el 
dato de que los mortales, normalmente, prefieren la vida y la 
salud a la muerte y la enfermedad. Para la praxeología sólo 
cuenta la circunstancia de que el hombre, al actuar, opta y 
escoge entre alternativas; hallándose siempre cercado por 
disyuntivas, no tiene más remedio que elegir y, efectivamente, 
elige, prefiriendo una entre varias posibilidades, por cuanto 
—aparte otras razones— el sujeto opera en un mundo 
cuantitativo, no en un orden carente del concepto de 
cantidad, planteamiento que resulta, incluso, inconcebible 
para la mente humana. 


Confunden la utilidad marginal y la ley de Weber-Fechner 
quienes sólo ponderan los medios idóneos para alcanzar 
cierta satisfacción, pasando por alto la propia satisfacción en 
sí. De haberse parado mientes en ello, no se habría incurrido 
en el absurdo de pretender explicar el deseo de abrigo 
aludiendo a la decreciente intensidad de la sensación 
provocada por un sucesivo incremento del correspondiente 
estímulo. El que, normalmente, un individuo no desee elevar 
la temperatura de su dormitorio a cuarenta grados nada tiene 
que ver con la intensidad de la sensación de calor. Por lo 
mismo, tampoco cabe explicar recurriendo a las ciencias 
naturales el que una cierta persona no caliente su habitación a 
la temperatura que suelen hacerlo los demás, temperatura 
que, probablemente, también a aquélla apetecería, si no fuera 
porque prefiere comprarse un traje nuevo o asistir a la 
audición de una sinfonía de Beethoven. Sólo los problemas 


266 


del valor de uso objetivo pueden analizarse mediante los 
métodos típicos de las ciencias naturales; cosa bien distinta es 
el aprecio que el hombre que actúa pueda conceder a ese valor 
de uso objetivo en cada circunstancia. 


2. LA LEY DEL RENDIMIENTO 


La determinación cuantitativa en los efectos producida por 
un bien económico significa, en relación con los bienes de 
primer orden (bienes de consumo), que una cantidad a de 
causa provoca —bien a lo largo de un periodo de tiempo o 
bien en una única y específica ocasión— una cantidad a” de 
efecto. En lo que respecta a los bienes de órdenes más 
elevados (bienes de producción) tal relación cuantitativa 
supone que una cantidad b de causa produce una cantidad b” 
de efecto, siempre y cuando concurra un factor 
complementario c con su efecto c sólo mediante los efectos 
concertados de b” y c” se puede producir la cantidad p de 
cierto bien D de primer orden. En este caso se manejan tres 
cantidades: b y c de los dos bienes complementarios B y C, y p 
del producto D. 


Si la cantidad b permanece invariada, consideramos óptima 
aquella cantidad de c que provoca el máximo valor de la 
expresión p/c. Si a este máximo valor de p/c se llega 
indistintamente mediante la utilización de cantidades diversas 
de C, consideramos óptima aquélla que produce la mayor 
cantidad de p. Cuando los dos bienes complementarios se 


267 


utilizan en dicha cuantía óptima, ambos están dando el 
máximo rendimiento posible; su poder de producción, su 
valor de uso objetivo, está siendo plenamente utilizado; 
ninguna parte se desperdicia. Si nos desviamos de esta 
combinación óptima aumentando la cantidad de C sin variar 
la cantidad de B, normalmente el rendimiento será mayor, si 
bien no en grado proporcional al aumento de la cantidad de C 
empleada. En el caso de que se pueda incrementar la 
producción de p a p, incrementando la cantidad de uno solo 
de los factores complementarios, es decir, sustituyendo c por 
cx, siendo x mayor que la unidad, tendríamos siempre que p, 
> P, y pc < pcx. Pues, si fuera posible compensar cualquier 
disminución de b con un incremento de c, de tal forma que p 
quedara sin variación, ello supondría que la capacidad de 
producción de B era ilimitada; en tal supuesto, B no sería un 
bien escaso; es decir, no constituiría un bien económico. 
Carecería de trascendencia para la actividad humana el que 
las existencias de B fueran mayores o menores. Incluso una 
cantidad infinitesimal de B sería suficiente para producir 
cualquier cantidad de D, siempre y cuando se contara con una 
suficiente cantidad de C. En cambio, si no fuera posible 
incrementar las disponibilidades de C, por más que 
aumentara B no cabría ampliar la producción de D. Todo el 
rendimiento del proceso se achacaría a C; B no merecería la 
consideración de bien económico. Un factor capaz de 
proporcionar tales ilimitados servicios es, por ejemplo, el 
conocimiento de cualquier relación de causalidad. La 
fórmula, la receta que nos enseña a preparar el café, una vez 
conocida, rinde servicios ilimitados. Por mucho que se 
emplee, nada pierde de su capacidad de producir; estamos 
ante una inagotable capacidad productiva, la cual, 


268 


consecuentemente, deja de ser un bien económico. Por eso 
nunca se halla el individuo actuante ante el dilema de tener 
que optar entre el valor de uso de una fórmula comúnmente 
conocida y el de cualquiera otra cosa útil. 


La ley del rendimiento proclama que existen 
combinaciones óptimas de los bienes económicos de orden 
más elevado (factores de producción). Desviarse de esa 
óptima combinación, incrementando el consumo de uno de 
los factores intervinientes, da lugar, o bien a que no aumente 
el efecto deseado, o bien a que, en caso de aumentar, no lo 
haga proporcionalmente a aquella mayor inversión. Esta ley, 
como antes se hacía notar, es consecuencia obligada del hecho 
de que sólo si sus efectos resultan cuantitativamente limitados 
puede darse la consideración de económico al bien de que se 
trate. 


Que existen esas óptimas combinaciones es todo lo que 
afirma esta ley, comúnmente denominada ley del rendimiento 
decreciente. Hay muchos otros problemas al margen de dicha 
ley y que sólo pueden resolverse a posteriori mediante la 
experiencia. 

Si el efecto causado por cierto factor resulta indivisible, será 
óptima aquella única combinación que produce el apetecido 
resultado. Para teñir de un cierto color una pieza de lana, se 
precisa determinada cantidad de colorante. Una cantidad 
mayor o menor de tinte frustraría el deseado objetivo. Quien 
tuviera más colorante del preciso veríase obligado a no 
utilizar el excedente. Por el contrario, quien dispusiera de 
cantidad insuficiente, sólo podría teñir parte de la pieza. La 
condición decreciente del rendimiento, en el ejemplo 
contemplado, ocasiona que carezca de utilidad la cantidad 
excedente de colorante, la cual, en ningún caso, podría 


269 


emplearse, por cuanto perturbaría la consecución del 
propósito apetecido. 

En otros supuestos, para producir el menor efecto 
aprovechable, se precisa una cierta cantidad mínima de factor 
productivo. Entre ese efecto menor y el óptimo existe un 
margen dentro del cual el incremento de las cantidades 
invertidas provoca un aumento de la producción 
proporcional o más que proporcional a la indicada elevación 
del gasto. Una máquina, para funcionar, exige un mínimo de 
lubricante. Ahora bien, sólo la experiencia técnica podrá 
indicarnos si, por encima de dicho mínimo, una mayor 
cantidad de lubricante aumenta el rendimiento de la máquina 
de un modo proporcional o superior a tal supletoria 
inversión. 

La ley del rendimiento no resuelve los problemas 
siguientes: 1) Si la dosis Óptima es o no la única idónea para 
provocar el efecto apetecido. 2) Si existe o no un límite 
definido, traspuesto el cual, carece de utilidad todo 
incremento en la cantidad del factor variable empleada. 3) Si 
la baja de producción que el apartarse de la combinación 
Óptica provoca —o el aumento de la misma que engendra el 
aproximarse a ella— es o no proporcional al número de 
unidades del factor variable en cada caso manejado. Las 
anteriores cuestiones sólo  experimentalmente pueden 
resolverse. Ello no obstante, la ley del rendimiento en sí, es 
decir, la afirmación de que tales óptimas combinaciones han 
de existir, resulta válida a priori. 

La ley malthusiana de la población y los conceptos de 
superpoblación o subpoblación absoluta, así como el de 
población más perfecta, todos ellos derivados de aquélla, 
suponen hacer aplicación de la ley de rendimientos a un caso 


270 


especial. Se ponderan los efectos que forzosamente han de 
aparecer al variar el número de «brazos» disponibles, 
suponiendo  inmodificadas las demás circunstancias 
concurrentes. Por cuanto intereses políticos aconsejaban 
desvirtuar la ley de Malthus, se atacó apasionadamente, 
aunque con argumentos ineficaces, la ley del rendimiento, la 
cual, incidentalmente, conocían sólo como la ley del 
rendimiento decreciente de la inversión de capital y de 
trabajo en el factor tierra. Hoy en día no vale la pena volver 
sobre tan bizantinas cuestiones. La ley del rendimiento no se 
contrae tan sólo al problema atinente a la inversión en el 
factor tierra de los restantes factores complementarios de 
producción. Los esfuerzos tanto para refutar como para 
demostrar su validez mediante investigaciones históricas y 
experimentales de la producción agraria a nada conducen. 
Quien pretenda impugnar la ley habrá de explicar por qué los 
hombres pagan precios por la tierra. Si no fuese exacta, el 
agricultor nunca pretendería ampliar la extensión de su 
terreno. Tendería más bien a incrementar indefinidamente el 
rendimiento de cualquier parcela, multiplicando la inversión 
de capital y trabajo en la misma. 


También se ha supuesto que mientras en la producción 
agraria regiría la ley del rendimiento decreciente, en la 
industria prevalecería la ley del rendimiento creciente. Mucho 
se tardó en comprender que la ley del rendimiento se cumple 
invariablemente, sea cual fuere la clase de producción 
contemplada. A este respecto es un grave error distinguir 
entre agricultura e industria. La imperfectamente —por no 
decir erróneamente— denominada ley del rendimiento 
creciente no es más que el reverso de la ley del rendimiento 
decreciente; es decir, en definitiva, una torpe formulación de 


271 


esta última. Al aproximarse el proceso a la combinación 
óptima, a base de incrementar la inversión de un factor, 
mientras quedan invariados los demás, la producción 
aumenta en grado proporcional, o incluso más que 
proporcional, al número de unidades invertidas de dicho 
factor variable. Una máquina manejada por 2 obreros puede 
producir p; manejada por 3 obreros, 3p; por 4 obreros, 6p; por 
5 obreros, 7p; y por 6 obreros, también 7p. En tal supuesto, el 
utilizar 4 obreros supone obtener el rendimiento óptimo por 
obrero, es decir 6/4 p, mientras que, en los restantes 
supuestos, los rendimientos son, respectivamente, 1/2 p, p, 
7/5 p y 7/6 p. Al pasar de 2 a 3 obreros, los rendimientos 
aumentan más que proporcionalmente al número de 
operarios utilizados; la producción no aumenta en la 
proporción 2: 3: 4, sino en la de 1: 3: 6. Nos hallamos ante un 
caso de rendimiento creciente por obrero. Ahora bien, lo 
anterior no es más que el reverso de la ley del rendimiento 
decreciente. 


Si una explotación o empresa se aparta de aquella óptima 
combinación de los factores empleados, opera de modo más 
ineficiente que aquella otra explotación o empresa cuya 
desviación de la combinación óptima resulte menor. Tanto en 
la agricultura como en la industria se emplean factores de 
producción que no pueden ser subdivididos ad libitum. De 
ahí que, sobre todo en la industria, se alcance la combinación 
óptima más fácilmente ampliando que reduciendo las 
instalaciones. Si la unidad mínima de uno o varios factores 
resulta excesivamente grande para poder ser explotada del 
modo más económico en una empresa pequeña o mediana, la 
única solución para lograr el aprovechamiento óptimo de los 
factores estriba en ampliar las instalaciones. Vemos ahora 


212 


claramente en qué se funda la superioridad de la producción 
en gran escala. 


3. EL TRABAJO HUMANO COMO MEDIO 


Se entiende por trabajar el aprovechar, a título de medio, 
las funciones y manifestaciones fisiológicas de la vida 
humana. No trabaja el individuo cuando deja de aprovechar 
la potencialidad de la energía y los procesos vitales humanos 
para conseguir fines externos, distintos desde luego de los 
procesos fisiológicos y su función respecto a la propia vida; el 
sujeto, en tal supuesto, simplemente vive. El hombre trabaja 
cuando se sirve como medio de su capacidad y fuerza para 
suprimir, en cierta medida, el malestar, explotando de modo 
deliberado su energía vital, en vez de dejar, espontánea y 
libremente, manifestarse las facultades físicas y nerviosas de 
que dispone. El trabajo es un medio, no un fin. 


Gozamos de limitada cantidad de energía disponible y, 
además, cada unidad de tal capacidad laboral produce efectos 
igualmente limitados. Si no fuera así, el trabajo humano 
abundaría sin tasa; jamás sería escaso y, por tanto, no podría 
considerarse como medio para la supresión del malestar, ni 
como tal habría de ser administrado. 

En un mundo en que el trabajo sólo se economiza debido a 
que está disponible en cantidad insuficiente para lograr todos 
los objetivos que por medio de él pueden alcanzarse, la 
cantidad de trabajo disponible equivaldrá a la energía 


273 


productiva que todos los hombres en su conjunto son capaces 
de desplegar. En ese imaginario mundo, todos trabajarían 
hasta agotar totalmente su capacidad personal. Emplearían en 
el trabajo todo el tiempo que no resultara obligado dedicar al 
descanso y recuperación de las fuerzas consumidas. Se 
consideraría como una pérdida pura el desperdiciar en 
cualquier cometido parte de la propia capacidad. Tal 
dedicación incrementaría el bienestar personal de todos y 
cada uno; por eso, si una fracción cualquiera de la personal 
capacidad de trabajo quedara desaprovechada, el interesado 
se consideraría perjudicado, sin que ninguna satisfacción 
pudiera compensarle tal pérdida. La pereza resultaría 
inconcebible. Nadie pensaría: podría yo hacer esto o aquello, 
pero no vale la pena; no compensa, prefiero el ocio. Todos 
considerarían como recurso productivo su total capacidad de 
trabajo, capacidad que se afanarían en aprovechar 
plenamente. Cualquier posibilidad, por pequeña que fuera, de 
incrementar el bienestar personal se estimaría estímulo 
suficiente para seguir trabajando en lo que fuera, siempre que 
no se pudiera aprovechar mejor la capacidad laboral en otro 
cometido. 


En el mundo real las cosas son bien distintas. Trabajar 
resulta penoso. Se considera más agradable el descanso que la 
tarea. Invariadas las restantes circunstancias, se prefiere el 
ocio al esfuerzo laboral. Los hombres trabajan solamente 
cuando valoran en más el rendimiento que su actividad va a 
procurarles que el bienestar de la holganza. El trabajar 
molesta. 

La psicología y la fisiología intentarán explicamos por qué 
ello es así. Pero el que en definitiva lo consigan o no es 
indiferente para la praxeología. Nuestra ciencia parte de que a 


274 


los hombres lo que más les agrada es la diversión y el 
descanso; por eso contemplan su propia capacidad laboral de 
modo muy distinto a como ponderan la potencialidad de los 
factores materiales de producción. Cuando se trata de 
consumir el propio trabajo, el interesado analiza, por un lado, 
si no habrá algún otro objetivo, aparte del contemplado, más 
atractivo en el cual invertir su capacidad laboral; pero, por 
otro, pondera además si no le sería mejor abstenerse del 
esfuerzo. Podemos expresar el mismo pensamiento 
considerando el ocio como una meta a la que tiende la 
actividad deliberada o como un bien económico del orden 
primero. Esta vía, tal vez un poco rebuscada, nos abre, sin 
embargo, los ojos al hecho de que la holganza, a la luz de la 
teoría de la utilidad marginal, debe considerarse como otro 
bien económico cualquiera, lo que permite concluir que la 
primera unidad de ocio satisface un deseo más urgentemente 
sentido que el atendido por la segunda unidad; a su vez, esta 
segunda provee a una necesidad más acuciante que la de la 
tercera, y así sucesivamente. El lógico corolario es que la 
incomodidad personal provocada por el trabajo aumenta a 
medida que se va trabajando más, agravándose con la 
supletoria inversión laboral. 


La praxeología, sin embargo, no tiene por qué entrar en la 
discusión de si la molestia laboral aumenta 
proporcionalmente o en grado mayor al incremento de la 
inversión laboral. (El asunto puede tener interés para la 
fisiología o la psicología y es incluso posible que tales 
disciplinas logren un día desentrañarlo; todo ello, sin 
embargo, no nos concierne). La realidad es que el interesado 
suspende su actividad en cuanto estima que la utilidad de 
proseguir la labor no compensa suficientemente el bienestar 


22 


escamoteado por el supletorio trabajo. Dejando aparte la 
disminución en el rendimiento que la creciente fatiga 
provoca, quien trabaja, al formular el anterior juicio, compara 
cada porción de tiempo trabajado con la cantidad de bien que 
las sucesivas aportaciones laborales van a reportarle. Pero la 
utilidad de lo conseguido decrece a medida que más se va 
trabajando y mayor es la cantidad de producto obtenido. 
Mediante las primeras unidades de trabajo se ha proveído a la 
satisfacción de necesidades superiormente valoradas que las 
atendidas merced al trabajo ulterior. De ahí que esas 
necesidades cada vez menormente valoradas pronto puedan 
estimarse compensación insuficiente para prolongar la labor, 
aun admitiendo que, con el paso del tiempo, no desciende la 
productividad por razón de la fatiga. 


No interesa, como decíamos, al análisis praxeológico 
investigar si la incomodidad del trabajo es proporcional a la 
inversión laboral o si aumenta en mayor escala a medida que 
se dedica más tiempo a la actividad. Lo indudable es que la 
tendencia a invertir las porciones aún no empleadas del 
potencial laboral —inmodificadas las demás condiciones— 
disminuye a medida que se va incrementando la aportación 
de trabajo. El que dicha disminución de la voluntad laboral 
progrese con una aceleración mayor o menor depende de las 
circunstancias económicas concurrentes; en ningún caso 
atañe a los principios categóricos. 


Esa molestia típica del esfuerzo laboral explica por qué, a lo 
largo de la historia humana, al incrementarse la 
productividad del trabajo, gracias al progreso técnico y a los 
mayores recursos de capital disponibles, apareciera una 
tendencia generalizada a acortar los horarios de trabajo. Entre 
los placeres que, en mayor abundancia que sus antepasados, 


276 


puede disfrutar el hombre moderno se encuentra el de 
dedicar más tiempo al descanso y al ocio. En este sentido se 
puede dar cumplida respuesta a la interrogante, tantas veces 
formulada por filósofos y filántropos, de si el progreso 
económico habría o no hecho más felices a los hombres. Si la 
productividad del trabajo fuera menor de lo que es en el 
actual mundo capitalista, la gente habría de trabajar más, o 
habría de renunciar a numerosas comodidades de las que hoy 
disfruta. Conviene, no obstante, destacar que los economistas, 
al dejar constancia de lo anterior, en modo alguno están 
suponiendo que el único medio de alcanzar la felicidad 
consista en gozar del mayor bienestar material, vivir 
lujosamente o disponer de más tiempo libre. Atestiguan 
simplemente un hecho, cual es que el incremento de la 
productividad del trabajo permite ahora disponer en forma 
más cumplida de cosas que indudablemente resultan 
agradables. 


La fundamental idea praxeológica según la cual los 
hombres prefieren lo que les satisface más a lo que les 
satisface menos, apreciando las cosas sobre la base de su 
utilidad, no precisa por eso de ser completada, ni enmendada, 
con alusión alguna a la incomodidad del trabajo, pues se halla 
implícito en lo anterior que el hombre preferirá el trabajo al 
ocio sólo cuando desee más ávidamente el producto que ha de 
reportarle que el disfrutar de ese descanso al que renuncia. 


La singular posición que el factor trabajo ocupa en nuestro 
mundo deriva de su carácter no específico. Los factores 
primarios de producción que la naturaleza brinda —es decir, 
todas aquellas cosas y fuerzas naturales que el hombre puede 
emplear para mejorar su situación— poseen específicas 
virtudes y potencialidades. Para alcanzar ciertos objetivos hay 


2 


factores que son los más idóneos; para conseguir otros, esos 
mismos elementos resultan ya menos oportunos; existiendo, 
por último, fines para cuya consecución resultan totalmente 
inadecuados. Pero el trabajo es factor apropiado, a la par que 
indispensable, para la realización de cualesquiera procesos o 
sistemas de producción imaginables. 


Sin embargo, no se puede generalizar al hablar de trabajo 
humano. Sería un grave error desconocer que los hombres, y 
consecuentemente su respectiva capacidad laboral, son 
diferentes. El trabajo que un cierto individuo es capaz de 
realizar convendrá más a determinados objetivos, mientras 
para otros será menos apropiado, resultando, en fin, 
inadecuado para la ejecución de terceros cometidos. Una de 
las deficiencias de los economistas clásicos fue el no prestar la 
debida atención a este hecho al formular sus teorías en torno 
al valor, los precios y los tipos de salarios. Pues lo que los 
hombres suministran no es trabajo en general, sino clases 
determinadas de trabajo. No se pagan salarios por el puro 
trabajo invertido, sino por la obra realizada mediante labores 
ampliamente diferenciadas entre sí, tanto cuantitativa como 
cualitativamente consideradas. Cada producción particular 
exige utilizar aquellos agentes laborales que sean 
precisamente capaces de ejecutar el trabajo requerido. Es 
absurdo pretender despreciar este hecho sobre la base de que 
la mayor parte de la demanda y oferta de trabajo se contrae a 
peonaje no especializado, labor que cualquier hombre sano 
puede realizar, siendo excepción el trabajo específico 
realizado por personas con facultades peculiares o adquiridas 
mediante una especial preparación. No interesa averiguar si 
en un pasado remoto tales eran las circunstancias de hecho ni 
aclarar tampoco si para las tribus primitivas la desigual 


278 


capacidad de trabajo innata o adquirida era la principal 
consideración que les impelía a administrarlo. Cuando se 
trata de abordar las circunstancias de los pueblos civilizados 
no se pueden despreciar las diferencias cualitativas de trabajos 
diferentes. Distinta resulta la obra que las diversas personas 
pueden realizar, ya que los hombres no son iguales entre sí y, 
sobre todo, la destreza y experiencia adquirida en el decurso 
de la vida viene a diferenciar aún más la respectiva capacidad 
de los distintos sujetos. 


Cuando antes afirmábamos el carácter no específico del 
trabajo humano en modo alguno queríamos decir que la 
capacidad laboral humana fuera toda de la misma calidad. 
Queríamos, simplemente, destacar que las diferencias entre 
las distintas clases de trabajo requerido para producir los 
diversos bienes son mayores que las disparidades existentes 
entre las cualidades innatas de los hombres. (Al subrayar este 
punto, prescindimos de la labor creadora del genio; el trabajo 
del genio cae fuera de la órbita de la acción humana ordinaria; 
viene a ser como un gracioso regalo del destino que la 
humanidad, de vez en cuando, recibe'"; e igualmente 
prescindimos de las barreras institucionales que impiden a 
algunas personas ingresar en ciertas ocupaciones y tener 
acceso a las enseñanzas que ellas requieren). La innata 
desigualdad no quiebra la uniformidad y homogeneidad 
zoológica de la especie humana hasta el punto de dividir en 
compartimentos estancos la oferta de trabajo. Por eso, la 
oferta potencial de trabajo para la ejecución de cualquier obra 
determinada siempre excede a la efectiva demanda del tipo de 
trabajo de que se trate. Las disponibilidades de cualquier clase 
de trabajo especializado podrán siempre ser incrementadas 
detrayendo gentes de otro sector y  preparándolas 


279 


convenientemente. La posibilidad de atender necesidades 
jamás se halla permanentemente coartada, en ningún ámbito 
productivo, por la escasez de trabajo especializado. Dicha 
escasez sólo puede registrarse a corto plazo. A la larga, 
siempre es posible suprimirla mediante el adiestramiento de 
personas que gocen de las condiciones requeridas. 


El trabajo es el más escaso de todos los factores primarios 
de producción; de un lado, porque es, en este preciso sentido, 
no específico y, de otro, por cuanto toda clase de producción 
requiere la inversión del mismo. De ahí que la escasez de los 
demás medios primarios de producción —es decir, los 
factores de producción de carácter no humano, que 
proporciona la naturaleza— surja en razón a que no pueden 
utilizarse plenamente mientras exijan consumir trabajo, 
aunque tal concurso laboral sea mínimo!”. De ahí que las 
disponibilidades de trabajo, sea cual fuere su forma o 
presentación, determinen la proporción en que puede 
aprovecharse el factor naturaleza para la satisfacción de las 
necesidades humanas. 


Si la oferta de trabajo aumenta, la producción aumenta 
también. El esfuerzo laboral siempre es valioso; nunca sobra, 
pues en ningún caso deja de ser útil para mejorar 
adicionalmente las condiciones de vida. El hombre aislado y 
autárquico siempre puede prosperar trabajando más. En la 
bolsa del trabajo de una sociedad de mercado invariablemente 
hay compradores para toda capacidad laboral que se ofrezca. 
La abundancia superflua de trabajo sólo puede registrarse, de 
modo transitorio, en algún sector, induciéndose a ese trabajo 
sobrante a acudir a otras partes, con lo que se amplía la 
producción en lugares anteriormente menos atendidos. 
Frente a ello, un incremento de la cantidad de tierra 


280 


disponible —inmodificadas las restantes circunstancias— sólo 
permitiría ampliar la producción agrícola si tales tierras 
adicionales fueran de mayor feracidad que las ya cultivadas!” 
Lo mismo acontece con respecto al equipo material destinado 
a futuras producciones. Porque la utilidad o capacidad de 
servicio de los bienes de capital depende, igualmente, de que 
puedan contratarse los correspondientes trabajadores. Sería 
antieconómico explotar dispositivos de producción existentes 
si el trabajo a invertir en su aprovechamiento pudiera ser 
empleado mejor por otros cauces que permitieran atender 
necesidades más urgentes. 


Los factores complementarios de producción sólo pueden 
emplearse en la cuantía que las disponibles existencias del 
más escaso de ellos autorizan. Supongamos que la producción 
de una unidad de p requiere el gasto o consumo de 7 unidades 
de a y de 3 unidades de b, no pudiendo emplearse ni a ni ben 
producción alguna distinta de p. Si disponemos de 49 a y de 
2000 b, sólo podrán producirse 7 p. Las existencias de a 
predeterminan la cantidad de b que puede ser aprovechada. 
En el ejemplo, únicamente a merecería la consideración de 
bien económico; sólo por a estaría la gente dispuesta a pagar 
precios; el precio íntegro de p será función de lo que cuesten 7 
unidades de a. Por su parte, b no sería un bien económico; no 
cotizaría precio alguno, ya que una parte de las 
disponibilidades no se aprovecharía. 


Podemos imaginar un mundo en el que todos los factores 
materiales de producción estuvieran tan plenamente 
explotados que no fuera materialmente posible dar trabajo a 
todo el mundo, o al menos en la total cuantía en que algunos 
individuos estarían dispuestos a trabajar. En dicho mundo, el 
factor trabajo abundaría; ningún incremento en la capacidad 


281 


laboral disponible permitiría ampliar la producción. Si en tal 
ejemplo suponemos que todos tienen la misma capacidad y 
aplicación para el trabajo y pasamos por alto el malestar 
típico del mismo, el trabajo dejaría de ser un bien económico. 
Si dicha república fuera una comunidad socialista, todo 
incremento en las cifras de población se consideraría como 
un simple incremento del número de ociosos consumidores. 
Tratándose de una economía de mercado, los salarios 
resultarían insuficientes para vivir. Quienes buscasen 
ocupación estarían dispuestos a trabajar por cualquier salario, 
por reducido que fuera, aunque resultara insuficiente para 
atender las necesidades vitales. Trabajaría la gente aun 
cuando el producto del trabajo sólo sirviese para demorar la 
insoslayable muerte por inanición. 


De nada sirve divagar sobre tales paradojas y discutir aquí 
los problemas que semejante situación plantearía. El mundo 
en que vivimos es totalmente distinto. El trabajo resulta más 
escaso que los factores materiales de producción disponibles. 
No estamos ahora contemplando el problema de la población 
óptima. De momento, sólo interesa destacar que hay factores 
materiales de producción que no pueden ser explotados 
porque el trabajo requerido se precisa para atender 
necesidades más urgentes. En nuestro mundo no hay 
abundancia, sino insuficiencia, de potencia laboral, existiendo 
por este motivo tierras, yacimientos e incluso fábricas e 
instalaciones sin explotar, es decir, factores materiales de 
producción inaprovechados. 

Esta situación cambiaría merced a un incremento tal de la 
población que permitiera explotar plenamente todos los 
factores materiales que pudiera requerir la producción 
alimenticia imprescindible —en el sentido estricto de la 


282 


palabra— para la conservación de la vida. Ahora bien, no 
siendo ése el caso, el presente estado de cosas no puede 
variarse mediante progresos técnicos en los métodos de 
producción. La sustitución de unos sistemas por otros más 
eficientes no hace que el trabajo sea más abundante mientras 
queden factores materiales inaprovechados cuya utilización 
incrementaría el bienestar humano. Antes al contrario, dichos 
progresos vienen a ampliar la producción y, por ende, la 
cantidad disponible de bienes de consumo. Las técnicas 
«economizadoras de trabajo» militan contra la indigencia. 
Pero nunca pueden ocasionar paro «tecnológico»””, 


Todo producto es el resultado de invertir, conjuntamente, 
trabajo y factores materiales de producción. El hombre 
administra ambos, tanto aquél como éstos. 


Trabajo inmediatamente remunerado y trabajo 
mediatamente remunerado 


Normalmente, el trabajo recompensa a quien trabaja de modo mediato, es decir, 
le permite librarse de aquel malestar cuya supresión constituía la meta de su 
actuación. Quien trabaja prescinde del descanso y se somete a la incomodidad del 
trabajo para disfrutar de la obra realizada o de lo que otros estarían dispuestos a 
darle por ella. La inversión de trabajo constituye, para quien trabaja, un medio que 
le permite alcanzar ciertos fines; es un premio que recibe por su aportación laboral. 

Ahora bien, hay casos en los que el trabajo recompensa al actor inmediatamente. 
El interesado obtiene de la propia labor una satisfacción íntima. El rendimiento, 
pues, resulta doble. De un lado, disfruta del producto y, de otro, del placer que la 
propia operación le proporciona. 

Tal circunstancia ha inducido a muchos a caer en absurdos errores, sobre los 
cuales se ha pretendido basar fantásticos planes de reforma social. Uno de los 


283 


dogmas fundamentales del socialismo consiste en suponer que el trabajo resulta 
penoso y desagradable sólo en el sistema capitalista de producción, mientras que 
bajo el socialismo constituirá pura delicia. Podemos pasar por alto las divagaciones 
de aquel pobre loco que se llamó Charles Fourier. Ahora bien, conviene observar 
que el socialismo «científico» de Marx, en este punto, no difiere en nada de las ideas 
de los autores utópicos. Frederick Engels y Karl Kautsky llegan a decir textualmente 
que la gran obra del régimen proletario consistirá en transformar en placer la 
penosidad del trabajo!!%, 


Con frecuencia se pretende ignorar el hecho de que las actividades que 
proporcionan complacencia inmediata y constituyen, por tanto, fuentes directas de 
placer y deleite no coinciden con el trabajo con que uno se gana la vida. Muy 
superficial tiene que ser el examen para no advertir de inmediato la diferencia entre 
unas y otras actividades. Salir un domingo a remar por diversión en el lago se 
asemeja al bogar de remeros y galeotes sólo cuando la acción se contempla desde el 
punto de vista de la hidromecánica. Ambas actividades, ponderadas como medios 
para alcanzar fines determinados, son tan diferentes como el aria tarareada por un 
paseante y la interpretada por un cantante de ópera. El despreocupado remero 
dominical y el deambulante cantor derivan de sus actividades no una recompensa 
mediata, sino inmediata. Por consiguiente, lo que practican no es trabajo, pues no se 
trata de aplicar sus funciones fisiológicas al logro de fines ajenos al mero ejercicio de 
esas mismas funciones. Su actuación es, simplemente, un placer. Es un fin en sí 
misma; se practica por sus propios atractivos, sin derivar de ella ningún servicio 
ulterior. No tratándose, pues, de una actividad laboral, no cabe denominarla trabajo 
inmediatamente remunerado!!! 


A veces, personas poco observadoras pueden creer que el trabajo ajeno es fuente 
de inmediata satisfacción porque les gustaría, a título de juego, realizar ese mismo 
trabajo. Del mismo modo que los niños juegan a maestros, a soldados y a trenes, hay 
adultos a quienes les gustaría jugar a esto o a lo otro. Creen que el maquinista 
disfruta manejando la locomotora como ellos gozarían si se les permitiera conducir 
el convoy. Cuando el administrativo se dirige apresuradamente a la oficina, envidia 
al guardia que, en su opinión, cobra por pasear ociosamente por las calles. Sin 
embargo, tal vez éste envidie a aquél que, cómodamente sentado en un caldeado 
edificio, gana dinero emborronando papeles, labor que no puede considerarse 
trabajo serio. No vale la pena perder el tiempo analizando las opiniones de quienes, 
interpretando erróneamente la labor ajena, la consideran mero pasatiempo. 


Ahora bien, hay casos de auténtico trabajo inmediatamente remunerado. Ciertas 
clases de trabajo, en pequeñas dosis y bajo condiciones especiales, proporcionan 
satisfacción inmediata. Sin embargo, esas dosis han de ser tan reducidas que carecen 
de trascendencia en un mundo integrado por la producción orientada a la 
satisfacción de necesidades. En la tierra, el trabajo se caracteriza por su penosidad. 
La gente intercambia el trabajo, generador de malestar, por el producto del mismo; 


284 


el trabajo constituye una fuente de recompensa mediata. 


En aquella medida en que cierta clase de trabajo, en vez de malestar, produce 
placer y, en vez de incomodidad, gratificación inmediata, su ejecución no devenga 
salario alguno. Al contrario, quien lo realiza, el «trabajador», habrá de comprar el 
placer y pagarlo. La caza fue y es aún para muchas personas un trabajo normal, 
generador de incomodidades. Ahora bien, hay personas para quienes constituye 
puro placer. En Europa, los aficionados al arte venatorio pagan importantes sumas 
al propietario del coto por concederles el derecho a perseguir un cierto número de 
venados de un tipo determinado. El precio de tal derecho es independiente del que 
hayan de abonar por las piezas cobradas. Cuando ambos precios van ligados, el 
montante excede notablemente lo que cuesta la caza en el mercado. Resulta así que 
un venado entre peñascos y precipicios tiene mayor valor dinerario que después de 
haber sido muerto y transportado al valle, donde se puede aprovechar su carne, su 
piel y sus defensas, pese a que, para cobrar la pieza, se gasta equipo y munición, tras 
penosas escaladas. Podría, por tanto, decirse que uno de los servicios que un venado 
vivo puede prestar es el de proporcionar al cazador el gusto de matarlo. 


El genio creador 


Muy por encima de los millones de personas que nacen y mueren, se elevan los 
genios, aquellos hombres cuyas actuaciones e ideas abren caminos nuevos a la 
humanidad. Para el genio descubridor crear constituye la esencia de la vidal!?!, Para 
él, vivir significa crear. 


Las actividades de estos hombres prodigiosos no pueden ser plenamente 
encuadradas en el concepto praxeológico de trabajo. No son trabajo, ya que para el 
genio no son medios, sino fines en sí mismas; pues él sólo vive creando e 
inventando. Para él no hay descanso; sólo sabe de intermitencias en la labor en 
momentos de frustración y esterilidad. Lo que le impulsa no es el deseo de obtener 
un resultado, sino la operación misma de provocarlo. La obra no le recompensa, 
mediata ni inmediatamente. No le gratifica mediatamente, por cuanto sus 
semejantes, en el mejor de los casos, no se interesan por ella y, lo que es peor, 
frecuentemente la reciben con mofa, vilipendio y persecución. Muchos genios 
podrían haber empleado sus dotes personales en procurarse una vida agradable y 
placentera; pero ni siquiera se plantearon tal alternativa, optando sin vacilación por 
un camino lleno de espinas. El genio quiere realizar lo que considera su misión, aun 
cuando comprenda que tal conducta puede llevarle al desastre. 


285 


Tampoco deriva el genio satisfacción inmediata de sus actividades creadoras. 
Crear es para él agonía y tormento, una incesante y agotadora lucha contra 
obstáculos internos y externos, que le consume y destroza. El poeta austríaco 
Grillparzer supo reflejar tal situación en un emocionante poema: «Adiós a 
Gastein»l!**!. Podemos suponer que, al escribirlo, más que en sus propias penas y 
tribulaciones, pensaba en los mayores sufrimientos de un hombre mucho más 
grande que él, Beethoven, cuyo destino se asemejaba al suyo propio y a quien, 
gracias a un afecto entrañable y a una cordial admiración, comprendió mejor que 
ninguno de sus contemporáneos. Nietzsche se comparaba a la llama que, insaciable, 
se consume y destruye a sí mismal!'*l No existe similitud alguna entre tales 
tormentos y las ideas generalmente relacionadas con los conceptos de trabajo y 
labor, producción y éxito, ganarse el pan y gozar de la vida. 


Las obras del genio creador, sus pensamientos y teorías, sus poemas, pinturas y 
composiciones, praxeológicamente, no pueden considerarse frutos del trabajo. No 
son la resultante de haber invertido una capacidad laboral que hubiera podido 
dedicarse a producir otros bienes en vez de la obra maestra de filosofía, arte o 
literatura. Los pensadores, poetas y artistas a menudo carecen de condiciones para 
realizar otras labores. Sin embargo, el tiempo y la fatiga que dedican a sus 
actividades creadoras no lo detraen de trabajos mediante los cuales se podría 
atender a otros objetivos. A veces, las circunstancias pueden condenar a la 
esterilidad a un hombre capaz de llevar adelante cosas inauditas; tal vez le sitúen en 
la disyuntiva de morir de hambre o de dedicar la totalidad de sus fuerzas a luchar 
exclusivamente por la vida. Ahora bien, cuando el genio logra alcanzar sus metas, 
sólo él ha pagado los «costes» necesarios. A Goethe tal vez le estorbaran, en ciertos 
aspectos, sus ocupaciones en la corte de Weimar. Sin embargo, seguramente no 
habría cumplido mejor con sus deberes oficiales de ministro de Estado, director de 
teatro y administrador de minas si no hubiera escrito sus dramas, poemas y novelas. 


Hay más: no es posible sustituir por el trabajo de terceras personas la labor de los 
creadores. Si Dante y Beethoven no hubieran existido, habría sido imposible 
producir la Divina Comedia o la Novena Sinfonía encargando la tarea a otros 
hombres. Ni la sociedad ni los individuos particulares pueden impulsar 
sustancialmente al genio ni fomentar su labor. Ni la «demanda» más intensa ni la 
más perentoria de las órdenes gubernativas resultan en tal sentido eficaces. El genio 
jamás trabaja por encargo. Los hombres no pueden producir a voluntad unas 
condiciones naturales y sociales que provoquen la aparición del genio creador y su 
obra. Es imposible criar genios a base de eugenesia ni formarlos en escuelas ni 
reglamentar sus actividades. Resulta muy fácil, en cambio, organizar la sociedad de 
tal manera que no haya sitio para los innovadores ni para sus tareas descubridoras. 


La obra creadora del genio es, para la praxeología, un hecho dado. La creación 
genial aparece como generoso regalo del destino. No es en modo alguno un 
resultado de la producción en el sentido que la economía da a este último vocablo. 


286 


4. La PRODUCCIÓN 


La acción, si tiene éxito, alcanza la meta perseguida. Da 
lugar al producto deseado. 


La producción, sin embargo, en modo alguno es un acto de 
creación; no engendra nada que ya antes no existiera. Implica 
sólo la transformación de ciertos elementos mediante 
tratamientos y combinaciones. Quien produce no crea. El 
individuo crea tan sólo cuando piensa o imagina. El hombre, 
en el mundo de los fenómenos externos, únicamente 
transforma. Su actuación consiste en combinar los medios 
disponibles con miras a que, de conformidad con las leyes de 
la naturaleza, se produzca el resultado apetecido. 


Antes solía distinguirse entre la producción de bienes 
tangibles y la prestación de servicios personales. Se 
consideraba que el carpintero, cuando hacía mesas y sillas, 
producía algo; sin embargo, no se decía lo mismo del médico 
cuyo consejo ayudaba al carpintero enfermo a recobrar su 
capacidad para producir mesas y sillas. Se diferenciaba entre 
el vínculo médico-carpintero y el vínculo carpintero-sastre. Se 
aseguraba que el médico no producía nada por sí mismo; se 
ganaba la vida con lo que otros fabricaban, siendo, en 
definitiva, mantenido por los carpinteros y los sastres. En 
fecha todavía más lejana, los  fisiócratas franceses 
proclamaron la esterilidad de todo trabajo que no implicara 
extraer algo del suelo. En su opinión, sólo merecía el 
calificativo de productivo el trabajo agrícola, la pesca, la caza 
y la explotación de minas y canteras. La industria, suponían, 
agrega al valor del material empleado tan sólo el valor de las 
cosas consumidas por los trabajadores. 


Los economistas modernos sonríen ante los 


287 


pronunciamientos de aquellos antecesores suyos que 
recurrían a tan inadmisibles distingos. Mejor, sin embargo, 
procederían nuestros contemporáneos si pararan mientes en 
los errores que ellos mismos cometen. Son muchos los 
autores modernos que abordan diversos problemas 
económicos —por ejemplo, la publicidad o el márketing— 
recayendo en crasos errores que hace tiempo deberían haber 
quedado definitivamente aclarados. 


Otra idea también muy extendida pretende diferenciar 
entre el empleo del trabajo y el de los factores materiales de 
producción. La naturaleza, dicen, dispensa sus dones 
gratuitamente; en cambio, la inversión de trabajo implica que 
quien lo practica padezca la incomodidad del mismo. Al 
esforzarse y superar la incomodidad del trabajo, el hombre 
aporta algo que no existía antes en el universo. En este 
sentido, el trabajo crea. Pero tal afirmación también es 
errónea. La capacidad laboral del hombre es una cosa dada en 
el universo, al igual que son dadas las potencialidades 
diversas, típicas y características de la tierra y de las sustancias 
animales. El hecho de que una parte de la capacidad de 
trabajo pueda quedar inaprovechada tampoco viene a 
diferenciarlo de los factores no humanos de producción, pues 
éstos también pueden permanecer inexplotados. El individuo 
se ve impelido a superar la incomodidad del trabajo porque 
personalmente prefiere el producto del mismo a la 
satisfacción que derivaría del descanso. 


Sólo es creadora la mente humana cuando dirige la acción 
y la producción. La mente es una realidad también 
comprendida en el universo y la naturaleza; es una parte del 
mundo existente y dado. Llamar creadora a la mente no 
implica entregarse a especulaciones metafísicas. La 


288 


calificamos de creadora porque no sabemos cómo explicar los 
cambios provocados por la acción más allá de aquel punto en 
que tropezamos con la intervención de la razón que dirige las 
actividades humanas. La producción no es un hecho físico, 
natural y externo; al contrario, es un fenómeno intelectual y 
espiritual. La condición esencial para que aparezca no estriba 
en el trabajo humano, en las fuerzas naturales o en las cosas 
externas, sino en la decisión de la mente de emplear dichos 
factores como medios para alcanzar específicos objetivos. No 
es el trabajo el que por sí engendra el producto, sino el trabajo 
dirigido por la razón. Sólo la mente humana goza de poder 
para suprimir el malestar sentido por el hombre. 


La metafísica materialista del marxismo yerra al interpretar 
estas cosas. Las célebres «fuerzas productivas» no son de 
índole material. La producción es un fenómeno ideológico, 
intelectual y espiritual. Es aquel método que el hombre, 
guiado por la razón, emplea para suprimir la incomodidad en 
el mayor grado posible. Lo que distingue nuestro mundo del 
de nuestros antepasados de hace mil o veinte mil años no es 
ninguna diferencia material, sino algo espiritual. Los cambios 
objetivos registrados son fruto de operaciones anímicas. 


La producción consiste en manipular las cosas que el 
hombre encuentra dadas, siguiendo los planes que la razón 
traza. Tales planes —recetas, fórmulas, ideologías— 
constituyen lo fundamental; vienen a transmutar los factores 
originales —humanos y no humanos— en medios. El hombre 
produce gracias a su inteligencia; determina los fines y emplea 
los medios idóneos para alcanzarlos. Por eso es totalmente 
errónea la idea popular de que la economía tiene por objeto 
ocuparse de los presupuestos materiales de la vida. La acción 
humana es una manifestación de la mente. En este sentido, la 


289 


praxeología puede ser denominada ciencia moral 
(Geisteszwissenschaft). 


Naturalmente, no sabemos qué es la mente, por lo mismo 
que ignoramos lo que son realmente el movimiento, la vida o 
la electricidad. Mente es simplemente la palabra utilizada para 
designar aquel ignoto factor que ha permitido a los hombres 
llevar a cabo todas sus realizaciones: las teorías y los poemas, 
las catedrales y las sinfonías, los automóviles y los aviones. 


290 


SEGUNDA PARTE 


LA ACCIÓN EN EL MARCO DE LA 
SOCIEDAD 


291 


CAPÍTULO VII 


LA SOCIEDAD HUMANA 


1. La COOPERACIÓN HUMANA 


La sociedad es acción concertada, cooperación. Es 
producto de un comportamiento consciente y deliberado. 
Esto no quiere decir que los individuos celebraran un buen 
día un contrato en virtud del cual quedó fundada la sociedad 
humana. Las acciones que han realizado la cooperación social 
y que de nuevo la realizan a diario no tienden a otra cosa que 
a cooperar y colaborar con otros para alcanzar determinados 
fines concretos. Ese complejo de relaciones mutuas creado 
por la acción recíproca de los individuos es lo que se 
denomina sociedad. Reemplaza una —al menos concebible— 
vida aislada de los individuos por la colaboración. La sociedad 
es división del trabajo y combinación de esfuerzos. Por ser el 
hombre un animal que actúa se convierte en animal social. 


El ser humano nace siempre en un ambiente que halla ya 
socialmente organizado. Sólo en tal sentido puede afirmarse 
que —lógica o históricamente— la sociedad es anterior al 


292 


individuo. En cualquier otro sentido la afirmación es 
engañosa y falsa. Es cierto que el individuo vive y actúa en el 
marco social, pero la sociedad no es más que ese combinarse 
de actuaciones múltiples para producir un esfuerzo 
cooperativo. En ninguna parte existe fuera de las acciones de 
los individuos y es puro espejismo imaginarla fuera del 
ámbito en que los individuos actúan. Hablar de una existencia 
autónoma e independiente de la sociedad, de su vida propia, 
de su alma, de sus acciones, es una metáfora que fácilmente 
conduce a crasos errores. 


Carece de interés preocuparse de si el fin último es la 
sociedad o el individuo, así como de si los intereses de aquélla 
deban prevalecer sobre los de éste o a la inversa. La acción es 
siempre acción de seres individuales. Lo social o el aspecto 
social es sólo una orientación determinada que adoptan las 
acciones individuales. La categoría de fin cobra sentido 
únicamente aplicada a la acción. La teología y la metafísica 
discuten sobre los fines de la sociedad y los planes que Dios 
desea realizar respecto a ella del mismo modo que discuten 
los fines a que apuntan las restantes partes del universo 
creado. La ciencia, que no puede sino apoyarse en la razón, 
instrumento éste evidentemente inadecuado para abordar 
tales cuestiones, tiene en cambio vedada la especulación sobre 
tales materias. 


En el marco de la cooperación social pueden surgir entre 
los distintos miembros de la sociedad sentimientos de 
simpatía y amistad y una como sensación de común 
pertenencia. Tal disposición espiritual viene a ser manantial 
de placenteras y hasta sublimes experiencias humanas, 
constituyendo dichos sentimientos precioso aderezo de la 
vida, que elevan la especie animal hombre a la auténtica 


293 


condición humana. Pero, contrariamente a lo que algunos 
suponen, no fueron tales sensaciones las que produjeron las 
relaciones sociales, sino que más bien son fruto de la propia 
cooperación social en la que únicamente pueden prosperar; 
no preceden al establecimiento de las relaciones sociales ni 
son la fuente de la que éstas brotan. 


Los dos hechos fundamentales que originan la 
cooperación, la sociedad y la civilización, transformando al 
animal hombre en ser humano, son, de un lado, el que la 
labor realizada bajo el signo de la división del trabajo resulta 
más fecunda que la practicada bajo un régimen de 
aislamiento y, de otro, el que la inteligencia humana es capaz 
de reconocer esta verdad. A no ser por esas dos 
circunstancias, los hombres habrían continuado siendo 
siempre enemigos mortales entre sí, los unos frente a los 
otros, rivales irreconciliables en sus esfuerzos por apropiarse 
porciones siempre insuficientes del escaso sustento que la 
naturaleza espontáneamente proporciona. Cada uno vería en 
su semejante un enemigo; el indomeñable deseo de satisfacer 
las propias apetencias habría provocado implacables 
conflictos. Ningún sentimiento de amistad y simpatía hubiera 
podido florecer en tales condiciones. 


Algunos sociólogos han supuesto que el hecho subjetivo, 
original y elemental de la sociedad es una «conciencia de 
especie»!*!. Otros mantienen que no habría sistemas sociales a 
no ser por cierto «sentimiento de comunidad o de mutua 
pertenencia»”. Podemos aceptarlo siempre y cuando esos 
vagos y ambiguos términos se interpreten rectamente. Los 
conceptos de conciencia de especie, de sentido de comunidad 
o de mutua pertenencia pueden utilizarse en tanto impliquen 
reconocer el hecho de que en sociedad todos los demás seres 


294 


humanos son colaboradores potenciales en la lucha del sujeto 
por su propia supervivencia; simplemente porque el conjunto 
comprende los beneficios mutuos que la cooperación 
proporciona, a diferencia de los demás animales, incapaces de 
comprender ese hecho. Las dos circunstancias mencionadas 
anteriormente son las únicas que, en definitiva, originan esa 
conciencia o ese sentimiento. En un mundo hipotético, en el 
cual la división del trabajo no incrementara la productividad, 
los lazos sociales serían impensables. Desaparecería todo 
sentimiento de benevolencia o amistad. 


El principio de la división del trabajo es uno de los grandes 
motores del desarrollo del mundo y del cambio evolutivo. 
Hicieron bien los biólogos en tomar de la filosofía social el 
concepto de la división del trabajo, utilizándolo en sus 
investigaciones. Hay división de trabajo entre los distintos 
órganos de un ser vivo; existen en el reino animal colonias 
integradas por seres que colaboran entre sí; en sentido 
metafórico, tales colonias de hormigas o abejas suelen 
denominarse «sociedades animales». Pero nunca debe 
olvidarse que lo que caracteriza a la sociedad humana es la 
cooperación deliberada; la sociedad es fruto de la acción, o 
sea, del propósito consciente de alcanzar un fin. Semejante 
circunstancia, según nuestras noticias, no concurre en los 
procesos que provocan el desarrollo de las plantas y de los 
animales o informan el funcionamiento de las colonias de 
hormigas, abejas o avispas. La sociedad, en definitiva, es un 
fenómeno intelectual y espiritual: el resultado de acogerse 
deliberadamente a una ley universal determinante de la 
evolución cósmica, a saber, aquélla que predica la mayor 
productividad de la labor bajo el signo de la división del 
trabajo. Al igual que acontece en cualesquiera otros supuestos 


295 


de acción, el reconocimiento de una ley natural viene a 
ponerse al servicio de los esfuerzos del hombre deseoso de 
mejorar sus propias condiciones de vida. 


2. CRÍTICA DELA CONCEPCIÓN HOLÍSTICA Y 
METAFÍSICA DE LA SOCIEDAD 


Según las tesis del universalismo, del realismo conceptual, 
del holismo, del colectivismo y de algunos representantes de 
la Psicología de la Forma (Gestaltpsychologie), la sociedad es 
una entidad que tiene existencia autónoma, independiente y 
separada de la vida de los diversos individuos que la integran, 
actuando por cuenta propia hacia la consecución de precisos 
fines, distintos de los que persiguen los individuos que la 
componen. De ahí que pueda surgir un grave antagonismo 
entre los objetivos sociales y los individuales, lo que conduce 
a la necesidad de domeñar el egoísmo de los particulares para 
proteger la existencia y desenvolvimiento de la sociedad, 
obligando a aquéllos a que, en beneficio de ésta, renuncien a 
sus designios puramente personales. Una vez llegadas a tal 
conclusión, todas esas doctrinas se ven forzadas a dejar de 
utilizar el análisis científico y el razonamiento lógico, 
desviándose hacia puras profesiones de fe, de índole teológica 
o metafísica. Han de suponer que la providencia, por medio 
de profetas, apóstoles y carismáticos jerarcas, constriñe a los 
hombres, de por sí perversos, a perseguir fines que éstos no 
desean, haciéndoles caminar por las buenas sendas que Dios, 
el Weltgeist o la Historia desean que sigan. 


296 


Tal es la filosofía que, desde tiempo inmemorial, presidió 
las creencias de las tribus primitivas. A ella apelaron 
invariablemente las religiones en sus enseñanzas. El hombre 
debe atenerse a la ley dictada por un poder sobrehumano y 
obedecer a las autoridades a quienes dicho poder encarga de 
velar por el cumplimiento de la norma. Por consiguiente, el 
orden social creado por esta ley, la sociedad humana, es obra 
de Dios y no del hombre. Si la deidad no hubiera intervenido 
e iluminado convenientemente a los torpes mortales, la 
sociedad no habría surgido. Es cierto que la cooperación 
social constituye una bendición para el hombre; es cierto 
también que, desprovistos del auxilio que la sociedad les 
presta, jamás hubieran logrado los hombres emanciparse de la 
barbarie y de la miseria material y moral característica del 
estado primitivo. Pero por sí solo nunca hubiera el individuo 
hallado el camino de salvación, pues las mormas de la 
cooperación social y los preceptos de la ley moral le imponen 
duras exigencias. La limitada inteligencia humana habría 
hecho creer a la gente que la renuncia a determinados 
placeres inmediatos es inaceptable; las masas habrían sido 
incapaces de comprender las ventajas, incomparablemente 
mayores aunque posteriores, que implica el abstenerse de 
ciertas satisfacciones presentes. Sin una revelación 
sobrenatural, el hombre no habría comprendido lo que el 
destino exigía que hiciera tanto para su bien personal como 
para el de su descendencia. 


La teoría científica desarrollada por la filosofía social del 
racionalismo dieciochesco y el liberalismo y por la economía 
moderna no se basa en milagrosas intervenciones de poderes 
sobrenaturales. Cada vez que el individuo recurre a la acción 
concertada abandonando la actuación aislada se produce una 


297: 


clara mejora de sus condiciones materiales. Las ventajas 
derivadas de la cooperación pacífica y de la división del 
trabajo resultan ser de carácter universal. Esos beneficios los 
perciben de inmediato los propios sujetos actuantes, no 
quedando aplazado su disfrute hasta el advenimiento de 
futuras y lejanas generaciones. Lo que el individuo recibe le 
compensa ampliamente de sus sacrificios en aras de la 
sociedad. Tales sacrificios, pues, sólo son aparentes y 
temporales; renuncia a una ganancia pequeña para después 
disfrutar de otra mayor. Ninguna persona razonable puede 
dejar de comprender este hecho evidente. El incentivo que 
impulsa a intensificar la cooperación social ampliando la 
esfera de la división del trabajo, a robustecer la seguridad y la 
paz, es el común deseo de mejorar las propias condiciones 
materiales de cada uno. Defendiendo los propios intereses 
rectamente entendidos, el individuo contribuye a intensificar 
la cooperación social y la convivencia pacífica. La sociedad es 
fruto de la acción humana, es decir, de la apetencia humana 
por suprimir el malestar en la mayor medida posible. Para 
explicar su aparición y posterior desarrollo no es preciso 
recurrir a la idea, tan contraria a la verdadera mentalidad 
religiosa, según la cual la creación originaria fue tan 
defectuosa que exige la incesante intervención sobrenatural 
para evitar su fracaso. 


La función histórica de la teoría de la división del trabajo, 
tal como fue elaborada por la economía política inglesa desde 
Hume a Ricardo, consistió en demoler todas las doctrinas 
metafísicas concernientes al nacimiento y desenvolvimiento 
de la cooperación social. Consumó la emancipación 
espiritual, moral e intelectual de la humanidad iniciada por la 
filosofía del epicureísmo. Sustituyó la antigua ética 


298 


heterónoma e intuitiva por una moralidad racional 
autónoma. La ley y la legalidad, las normas morales y las 
instituciones sociales dejaron de ser veneradas como si fueran 
fruto de insondables decretos del cielo. Todas estas 
instituciones son de origen humano y sólo pueden ser 
enjuiciadas examinando su idoneidad para provocar el 
bienestar del hombre. El economista utilitario no dice fiat 
justitia, pereat mundus, sino, al contrario, fiat justitia, ne 
pereat mundus. No pide al hombre que renuncie a su 
bienestar en aras de la sociedad. Le aconseja que reconozca 
sus intereses rectamente entendidos. La sublime grandeza del 
Creador no se manifiesta en la puntillosa y atareada 
preocupación por la diaria actuación de príncipes y políticos, 
sino en haber dotado a sus criaturas de la razón y depositado 
en ellas el inmarcesible anhelo de la felicidad!”. 


El problema fundamental con que tropiezan todas estas 
filosofías sociales de tipo universalista, holístico y colectivista 
consiste en determinar cómo se puede reconocer la ley 
auténtica, el profeta verdadero y la autoridad legítima. Pues 
muchos son los que aseguran ser enviados del Señor, 
predicando, cada uno de ellos, diferente evangelio. Para el fiel 
creyente no cabe la duda; está plenamente convencido de 
haber abrazado la única doctrina verdadera. Precisamente la 
firmeza de tales respectivas creencias es lo que hace 
irreconciliables los antagonismos. Cada grupo está dispuesto 
a imponer, a cualquier precio, las propias ideas. Lo malo es 
que como en este terreno no se puede apelar a la disquisición 
lógica, resulta inevitable recurrir a la lucha armada. Las 
doctrinas sociales que no sean de carácter racional, utilitario y 
liberal forzosamente han de generar guerras y luchas civiles 
hasta que uno de los contendientes sea aniquilado o 


299 


sojuzgado. La historia de las grandes religiones es un rico 
muestrario de combates y guerras; muestrario muy similar al 
de las falsas religiones modernas, el socialismo, la estatolatría 
y el nacionalismo. La intolerancia, el hacer conversos 
mediante la espada del verdugo o del soldado, es inherente a 
cualquier sistema de ética heterónoma. Las leyes atribuidas a 
Dios o al destino reclaman validez universal; y a las 
autoridades que los correspondientes decálogos declaran 
legítimas les deben todos los hombres, en justicia, obediencia 
plena. Mientras se mantuvo intacto el prestigio de los códigos 
heterónomos de moralidad y su corolario filosófico, el 
realismo conceptual, la cuestión de la tolerancia y la paz 
duradera no podía ni siquiera plantearse. Cesaban los 
combatientes en sus mutuos asaltos sólo para recobrar las 
fuerzas necesarias que les permitieran reanudar la batalla. La 
idea de tolerar al disidente comenzó a prosperar sólo cuando 
las doctrinas liberales quebraron el hechizo del universalismo. 
Porque, a la luz de la filosofía utilitarista, ni la sociedad ni el 
estado fueron ya considerados como instituciones destinadas 
a organizar aquel orden mundial que, por razones 
inasequibles a la mente humana, agradaba a la Deidad, aun 
cuando pudiera perjudicar los intereses materiales de muchos 
y aun de la inmensa mayoría. Al contrario, la sociedad y el 
estado son los principales medios para que todos, de común 
acuerdo, puedan alcanzar los fines que se proponen. Son 
creaciones del esfuerzo humano, y su mantenimiento y 
perfeccionamiento son tarea que no difiere esencialmente de 
las demás actividades racionales. Los defensores de una 
moralidad heterónoma o de una doctrina colectivista, 
cualquiera que sea, jamás podrán demostrar racionalmente la 
veracidad de sus específicos principios éticos y la superioridad 


300 


y exclusiva legitimidad de su particular ideal social. Se ven 
obligados a exigir a la gente que acepte crédulamente su 
sistema ideológico y se someta a la autoridad que ellos 
consideran legítima, siempre dispuestos a amordazar al 
disidente e imponerle el acatamiento absoluto. 


Siempre habrá, naturalmente, individuos o grupos de 
individuos de tan estrecha inteligencia que no se percaten de 
los beneficios que les depara la cooperación social. Tampoco 
han de faltar gentes de voluntad y fuerza moral tan débil que 
no puedan resistir la tentación de perseguir efímeras ventajas, 
perjudicando con su desconsiderado proceder el regular 
funcionamiento del sistema social. Adaptarse a las exigencias 
de la cooperación social requiere, desde luego, sacrificios por 
parte del individuo. Estos sacrificios son sólo temporales y 
aparentes, ya que se hallan ampliamente compensados por las 
ventajas mucho mayores que proporciona la vida en sociedad. 
No se puede dejar de sentir la renuncia al goce deseado, y no 
todo el mundo es capaz de comprender los beneficios 
posteriores y proceder en consecuencia. El anarquismo cree 
que mediante la educación se podrá hacer comprender a la 
gente qué líneas de conducta le conviene adoptar en su propio 
interés; supone que los hombres, una vez instruidos, se 
atendrán espontáneamente a aquellas normas que la 
conservación de la sociedad exige respetar, asegurando que 
un orden social bajo el cual nadie disfrutara de privilegios a 
costa de sus semejantes podría pervivir sin necesidad de 
recurrir a ningún tipo de coacción en orden a evitar cualquier 
acto perjudicial para la sociedad. Una sociedad así podría 
prescindir del estado y del gobierno, es decir, de la policía, del 
aparato social de compulsión y coerción. 


Los anarquistas pasan por alto alegremente el hecho 


301 


innegable de que hay quienes son o demasiado cortos de 
entendimiento o débiles en exceso para adaptarse 
espontáneamente a las exigencias de la vida social. Aun 
admitiendo que toda persona adulta en su sano juicio goce de 
capacidad bastante para comprender la conveniencia de la 
cooperación social y proceda en consecuencia, siempre 
existirá el problema de los niños, de los viejos y de los 
dementes. Concedamos que quien actúa de modo antisocial 
no es más que un pobre enfermo mental, que reclama 
atención y cuidado. Pero mientras todos esos débiles mentales 
no se hallen curados y mientras haya viejos y niños, habrán de 
adoptarse oportunas medidas para que la sociedad no sea 
puesta continuamente en peligro. Una sociedad anarquista 
estaría a merced de cualquier asaltante. No puede sobrevivir 
la sociedad si la mayoría no está dispuesta a recurrir a la 
acción violenta, o al menos a la correspondiente amenaza, 
para impedir que las minorías destruyan el orden social. Ese 
poder se encama en el estado o gobierno. 


El estado o gobierno es el aparato social de compulsión y 
coerción. Debe monopolizar la acción violenta. Ningún 
individuo puede recurrir a la violencia o a la amenaza de 
emplearla si no ha sido autorizado para ello por el gobierno. 
El estado es una institución cuya función esencial estriba en 
proteger las relaciones pacíficas entre los hombres. Ahora 
bien, para preservar la paz, ha de hallarse siempre en 
condiciones de aplastar las acometidas de los quebrantadores 
del orden. 

La doctrina social liberal, basada en la ética utilitaria y en 
las enseñanzas económicas, contempla el problema de las 
relaciones entre el gobierno y los súbditos de un modo 
distinto de como lo hacen el universalismo y el colectivismo. 


302 


Sostiene el liberalismo que los gobernantes —siempre 
minoría— no pueden permanecer mucho tiempo en el poder 
si no cuentan con el apoyo de la mayoría de los gobernados. 
El gobierno —cualquiera que sea el sistema adoptado— se 
basa en que la mayoría de los gobernados piensa que, desde el 
punto de vista de sus personales intereses, les conviene más la 
obediencia y sumisión a la autoridad que la rebelión y 
sustitución del régimen por otro. La mayoría goza de poder 
para derrocar cualquier gobierno y, efectivamente, recurre a 
esa solución en cuanto supone que su propio bienestar lo 
requiere. A la larga, ni hay ni puede haber gobiernos 
impopulares. La guerra civil y la revolución son los medios a 
que recurre la mayoría descontenta para derribar a los 
gobernantes y reemplazar los sistemas de gobierno que 
considera no le convienen. El liberalismo aspira al gobierno 
democrático sólo en aras de la paz social. La democracia no 
es, por tanto, una institución revolucionaria. Al contrario, es 
el mejor sistema para evitar revoluciones y guerras civiles, 
porque hace posible adaptar pacíficamente el gobierno a los 
deseos de la mayoría. Si quienes ejercen el poder no satisfacen 
ya a la mayoría, ésta puede —en la próxima elección— 
eliminarlos y sustituirlos por otros que defiendan programas 
diferentes. 


El principio del gobierno mayoritario o gobierno por el 
pueblo recomendado por el liberalismo no aspira a que 
prevalezca la masa, el hombre de la calle. No defiende, como 
algunos críticos suponen, el gobierno de los más indignos, 
zafios e incapaces. Los liberales no dudan de que a la nación le 
conviene sobre todo ser regida por los mejores. Ahora bien, 
opinan que la capacidad política debe demostrarse 
convenciendo a los conciudadanos y no echando los tanques 


303 


a la calle. En modo alguno se puede garantizar que los 
electores confieran el poder a los candidatos más 
competentes. Ningún sistema puede ofrecer tal garantía. Si la 
mayoría de la nación sostiene ideas equivocadas y prefiere 
candidatos indignos, no hay más solución que hacer lo 
posible por cambiar su mentalidad, exponiendo principios 
más razonables y recomendando hombres mejores. Ninguna 
minoría cosechará éxitos duraderos recurriendo a otros 
procedimientos. 


El universalismo y el colectivismo no pueden aceptar esa 
solución democrática del problema político. En su opinión, el 
individuo, al atenerse al código ético, no persigue sus 
intereses particulares, sino que renuncia a propios fines para 
que puedan cumplirse los planes de la deidad o de la 
colectividad. Afirman, además, que la razón, por sí sola, es 
incapaz de percibir la supremacía de los valores absolutos, la 
inexorable validez de la sagrada ley e interpretar 
acertadamente los cánones y normas. Por ello es totalmente 
inútil pretender convencer a la mayoría mediante la 
persuasión, induciéndola suavemente al bien. Quienes 
recibieron la sublime inspiración, iluminados por tal carisma, 
tienen el deber de propagar el evangelio a los dóciles, 
recurriendo a la violencia contra los díscolos. El jefe 
carismático es el lugarteniente de Dios en la tierra, el 
representante de la colectividad, el «brazo» de la historia. 
Siempre tiene razón; goza de infalibilidad. Sus órdenes son la 
norma suprema. 

El universalismo y el colectivismo son necesariamente 
sistemas de gobierno tecnocrático. Nota común a todas sus 
diferentes variedades es la de predicar la existencia de una 
entidad sobrehumana a la que los individuos deben 


304 


someterse. Lo único que distingue entre sí a dichas doctrinas 
es la denominación dada a aquella entidad y el contenido de 
las leyes que proclaman en su nombre. El gobierno dictatorial 
de la minoría no puede justificarse más que apelando al 
supuesto mandato recibido de una autoridad suprema y 
sobrehumana. Poco importa que el gobernante absoluto 
pretenda basar su poder en el derecho divino de los reyes o en 
la misión histórica de la vanguardia del proletariado; 
igualmente, carece de importancia que el supremo ser se 
denomine Geist (Hegel) o Humanité (Comte). Los términos 
sociedad y estado, tal como de ellos se sirven los modernos 
defensores del socialismo, de la planificación y del control 
público de todas las actividades individuales, también tienen 
significado sobrenatural. Los sacerdotes de estos nuevos 
cultos atribuyen a sus respectivos ídolos todas aquellas 
perfecciones que los teólogos reservan para la divinidad: 
omnipotencia, omnisciencia, bondad infinita, etc. 


En cuanto se admite la existencia de una entidad que opera 
por encima y con independencia de la actuación individual, 
persiguiendo fines propios distintos de aquéllos a los que los 
mortales aspiran, se ha formulado ya el concepto de una 
personalidad sobrenatural. Ahora bien, planteadas así las 
cosas, es preciso enfrentarse resueltamente con el problema 
de qué fines u objetivos, en caso de conflicto, deban 
prevalecer, si los del estado y la sociedad o los del individuo. 
La respuesta, desde luego, va implícita en el propio concepto 
de estado o sociedad, tal y como lo conciben el colectivismo y 
el universalismo. Admitida la existencia de una entidad que 
ex definitione es superior, más noble y mejor que el individuo, 
no cabe duda alguna de que sus aspiraciones deben prevalecer 
sobre las de los míseros mortales. Verdad es que algunos 


305 


amantes de las paradojas —por ejemplo, Max Stirner'"— se 
divirtieron volviendo las cosas al revés y, por lo mismo, 
entienden que la precedencia corresponde al individuo. Pero, 
si la sociedad o el estado son entidades dotadas de voluntad, 
intención y todas las demás cualidades que les atribuye la 
doctrina colectivista, resulta impensable pretender enfrentar a 
sus elevados designios las triviales aspiraciones del pobre 
individuo. 

El carácter cuasi teológico de todas las doctrinas 
colectivistas resalta al entrar en colisión diversas variedades 
de esa misma filosofía. Porque el colectivismo no proclama la 
superioridad de un ente colectivo in abstracto; ensalza 
siempre las excelencias de un ídolo determinado y, o bien 
niega de plano la existencia de otras deidades semejantes, o 
las relega a una posición subordinada y auxiliar con respecto 
al propio dios. Los adoradores del estado proclaman la 
bondad de una cierta organización estatal; los nacionalistas, la 
excelencia de su propia nación. Cuando uno de estos idearios 
es objeto de ataque por parte de quienes predican la 
superioridad de otro determinado ídolo colectivista, sus 
defensores no saben replicar más que repitiendo una y mil 
veces: «Estamos en lo cierto, mientras vosotros erráis, porque 
una poderosa voz interior eso nos dice». Los conflictos entre 
sectas y credos colectivistas antagónicos no pueden dirimirse 
recurriendo al raciocinio; han de resolverse mediante las 
armas. La disyuntiva se plantea entre los principios liberales y 
democráticos del gobierno mayoritario, de un lado, y el 
principio militarista del conflicto armado y la opresión 
dictatorial, de otro. 


Todas las distintas variedades de credos colectivistas 
coinciden en su implacable hostilidad contra las instituciones 


306 


políticas fundamentales del sistema liberal: gobierno por la 
mayoría, tolerancia para con el disidente, libertad de 
pensamiento, palabra y prensa e igualdad de todos ante la ley. 
Esa comunidad ideológica entre los distintos credos 
colectivistas en su afán por destruir la libertad ha hecho que 
muchos, equivocadamente, supongan que la pugna política se 
halla planteada entre individualismo y colectivismo. Existe 
ciertamente la lucha entre el individualismo, de un lado, y 
una multitud de sectas colectivistas, de otro, cuyo mutuo odio 
y hostilidad no es menos feroz que el que cada una profesa al 
sistema liberal. No es un marxismo uniforme el que ataca al 
capitalismo, sino toda una hueste de grupos marxistas 
diferentes. Tales credos —por ejemplo, los estalinistas, los 
trotskistas, los mencheviques, los seguidores de la Segunda 
Internacional, etc.— se combaten entre sí inhumanamente y 
con la máxima brutalidad. Existen, además, otras numerosas 
sectas de carácter no marxista que, en sus mutuas pugnas, 
recurren también a esos mismos atroces métodos. La 
sustitución del liberalismo por el colectivismo provocaría 
interminables y sangrientas contiendas. 


La terminología que se emplea corrientemente al tratar 
estos asuntos induce a graves confusiones. La filosofía 
comúnmente denominada individualismo es una filosofía que 
propugna la cooperación social y la progresiva intensificación 
de los lazos sociales. Por el contrario, el triunfo de los dogmas 
colectivistas apunta hacia la desintegración de la sociedad y la 
perpetuación del conflicto armado. Cierto es que todas las 
variedades de colectivismo prometen una paz eterna a partir 
del día de su victoria final, una vez hayan sido derrotadas 
todas las demás ideologías y exterminados sus seguidores. 
Ahora bien, la realización de estos planes está subordinada a 


307 


una previa transformación radical de la humanidad. Los 
hombres se dividirán en dos castas: de un lado, el autócrata 
omnipotente, cuasi divino, y de otro, las masas, sin voluntad 
ni raciocinio propio, convertidas en meros peones a las 
órdenes del dictador. Las masas habrán de deshumanizarse 
para que uno pueda erigirse en su divinizado dueño. El pensar 
y el actuar, atributos típicos del hombre, pasarán a ser 
privilegio exclusivo de uno solo. No es necesario resaltar que 
tales proyectos son irrealizables. Los «milenios» de los 
dictadores acaban siempre en el fracaso; nunca han 
perdurado más allá de algunos años. Hemos presenciado la 
desaparición de varios de estos «milenios». No será más 
brillante el fin de los que quedan. 


La moderna reaparición de la idea colectivista —causa 
principal de los desastres y dolores que nos afligen— ha 
triunfado de tal modo que ha logrado relegar al olvido las 
ideas básicas en que se funda la filosofía social liberal. Hoy en 
día desconocen este pensamiento incluso muchos de los 
partidarios de las instituciones democráticas. Los argumentos 
que esgrimen para justificar la libertad y la democracia están 
plagados de errores colectivistas; sus doctrinas más bien 
constituyen una tergiversación que una defensa del 
liberalismo auténtico. Las mayorías, en su opinión, tienen 
siempre razón simplemente porque gozan de poder bastante 
para aplastar al disidente; el gobierno mayoritario equivale a 
la dictadura del partido más numeroso, no teniendo la 
mayoría por qué refrenarse a sí misma en el ejercicio del 
poder ni en la gestión de los negocios públicos. Tan pronto 
como una facción cualquiera ha conquistado el apoyo de la 
masa y, por ende, controla todos los resortes del gobierno, se 
considera facultada para denegar a la minoría aquellos 


308 


mismos derechos democráticos que le sirvieron para 
imponerse. 


Este pseudoliberalismo, evidentemente, es la antítesis de la 
filosofía liberal. Los liberales ni divinizan a la mayoría ni la 
consideran infalible; no sostienen que el simple hecho de que 
los más la apoyen sea prueba de la bondad de una política en 
orden al bien común. Los liberales jamás recomendaron la 
dictadura mayoritaria ni la opresión violenta de la minoría 
disidente. El liberalismo aspira a implantar un sistema 
político que permita la pacífica cooperación social y fomente 
la progresiva ampliación e intensificación de las relaciones 
entre los hombres. El principal objetivo del liberalismo es 
evitar el conflicto violento, las guerras y revoluciones, que 
pueden desintegrar la humana colaboración social, 
hundiendo a todos de nuevo en la primigenia barbarie, con 
interminables luchas intestinas entre tribus y grupos políticos. 
Puesto que la división del trabajo exige la paz, el liberalismo 
aspira a establecer el sistema de gobierno que mejor la 
salvaguarda: el democrático. 


Praxeología y liberalismo 


El liberalismo, en su sentido actual, es una doctrina política. No es una teoría 
científica, sino la aplicación práctica de los descubrimientos de la praxeología, y 
especialmente de la economía, para resolver los problemas que suscita la acción 
humana en el marco social. 


El liberalismo, como doctrina política, no se desentiende de las valoraciones y 
fines últimos perseguidos por la acción. Presupone que todos, o al menos la 
mayoría, desean alcanzar determinados fines, dedicándose consecuentemente a 


309 


señalar los medios más idóneos para la conquista de tales objetivos. Los defensores 
de las doctrinas liberales son plenamente conscientes de que sus ideas son válidas 
tan sólo para quienes coinciden con los mismos principios valorativos. 


Mientras la praxeología, y por tanto la economía, emplean los términos felicidad 
o supresión del malestar en sentido puramente formal, el liberalismo confiere a 
dichos conceptos un significado concreto. Presupone que la gente prefiere la vida a 
la muerte, la salud a la enfermedad, el alimento al hambre, la riqueza a la pobreza. 
Enseña al hombre cómo proceder de acuerdo con tales valoraciones. 


Es corriente tildar de materialistas a ese tipo de preocupaciones y acusar al 
liberalismo de caer en un burdo materialismo olvidando los afanes «elevados y 
nobles» de la humanidad. No sólo de pan vive el hombre, dice el crítico, mientras 
vilipendia la ruin y despreciable bajeza de la filosofía utilitaria. Pero tan apasionadas 
diatribas carecen de base, pues falsean torpemente los auténticos principios 
liberales. 


Primero: Los liberales no predican que los hombres deban perseguir las metas 
antes mencionadas. Lo único que constatan es que la inmensa mayoría prefiere una 
vida con salud y riqueza a la miseria, el hambre y la decrepitud. Es esto algo que 
nadie puede poner en duda. Y así lo demuestra el hecho de que todas las doctrinas 
antiliberales —los dogmas teocráticos de los diversos partidos religiosos, estatistas, 
nacionalistas y socialistas— adoptan ante estas cuestiones la misma actitud. Todas 
ellas prometen a sus seguidores una vida de abundancia e insisten, una y otra vez, en 
que, mientras los planes rivales traerían consigo la indigencia para la mayoría, los 
propios llevarían al pueblo la riqueza y el bienestar. Los partidos cristianos, cuando 
se trata de prometer a las masas un nivel de vida más alto, no son menos ardientes 
en sus palabras que los nacionalistas o los socialistas. Las diferentes iglesias 
modernas prefieren hablar de la elevación de jornales en la industria y en el campo 
antes que de los dogmas de la doctrina cristiana. 

Segundo: Los liberales no desdeñan las aspiraciones intelectuales y espirituales 
del hombre. Al contrario, con apasionado ardor les atrae la perfección intelectual y 
moral, la sabiduría y la excelencia estética. Tienen incluso un concepto de estas 
nobles y elevadas cosas muy distinto de la grosera idea que de las mismas se forman 
sus adversarios. No comparten la ingenua opinión de que cualquier sistema de 
organización social es bueno para alentar el pensamiento filosófico o científico, para 
producir obras maestras de arte y literatura y para ilustrar mejor a las masas. 
Sostienen que en estas materias la sociedad ha de contentarse con crear un clima 
social que no ponga obstáculos insuperables en el camino del genio, liberando al 
hombre común lo suficiente de los problemas materiales para que pueda interesarse 
por algo más que el simple ganarse la vida. Creen que el medio mejor para que el 
hombre se humanice y cultive consiste en librarle de la miseria. La sabiduría, las 
ciencias y las artes medran mejor en el mundo de la abundancia que en el de la 
pobreza. 


310 


Estigmatizar de un supuesto materialismo la era del liberalismo es una 
tergiversación de los hechos. El siglo XIX no fue solamente un siglo de progreso sin 
precedentes en los métodos técnicos de producción y en el bienestar material de las 
masas. Hizo mucho más que alargar la duración media de la vida. Son 
imperecederas sus realizaciones científicas y artísticas. Fue una época de músicos, 
escritores, poetas, pintores y escultores inmortales; se revolucionó la filosofía, la 
economía, las matemáticas, la física, la química y la biología. Y es más, por primera 
vez en la historia, tuvo el hombre de la calle a su alcance las grandes obras y las 
grandes ideas. 


Liberalismo y religión 


El liberalismo se asienta sobre una teoría de la cooperación social puramente 
racional y científica. Las medidas que recomienda son la aplicación de un conjunto 
de conocimientos que nada tienen que ver con sentimientos, con credos intuitivos 
sin respaldo lógico, con experiencias místicas ni con personales percepciones de 
fenómenos sobrenaturales. En este sentido podemos calificar al liberalismo de 
indiferente O agnóstico, epítetos éstos que pocos utilizan e interpretan 
correctamente. Pero sería un grave error inferir de ello que las ciencias de la acción 
humana y la técnica política derivada de sus enseñanzas, el liberalismo, sean ateas u 
hostiles a la religión. Los liberales rechazan resueltamente todo sistema teocrático, 
pero nada tienen que oponer a las creencias religiosas mientras éstas no interfieran 
en los asuntos sociales, políticos y económicos. 


Teocrático es cualquier sistema social que pretenda fundamentar su legitimidad 
en títulos sobrenaturales. La norma suprema de todo régimen teocrático está 
integrada por unos conocimientos que no pueden ser sometidos al examen racional, 
ni ser demostrados por métodos lógicos. Se fundamenta en un conocimiento de 
carácter intuitivo que proporciona una certeza mental subjetiva acerca de cosas que 
ni la razón ni el raciocinio pueden concebir. Cuando dicho conocimiento intuitivo 
se encarna en una de las tradicionales doctrinas que predican la existencia de un 
divino creador, rector del universo, es lo que entendemos por creencia religiosa. 
Cuando se plasma en otro tipo de doctrina, lo denominamos creencia metafísica. 
Por tanto, un sistema teocrático de gobierno no tiene forzosamente que ampararse 
en alguna de las grandes religiones. Puede igualmente ser fruto de una creencia 
metafísica —opuesta a todas las confesiones e iglesias tradicionales— que 
orgullosamente pregone su condición atea y antimetafísica. En la actualidad, los 


311 


más poderosos partidos teocráticos atacan al cristianismo y a las demás religiones 
derivadas del monoteísmo hebraico. Lo que a dichos grupos concede investidura 
teocrática es su afán de organizar los asuntos terrenales con arreglo a un conjunto 
de ideas cuyo fundamento no puede demostrarse mediante el raciocinio. Aseguran 
que sus respectivos jefes gozan de conocimientos inaccesibles al resto de los 
mortales, diametralmente opuestos a las ideas sustentadas por quienes no recibieron 
la oportuna revelación. Un supremo poder místico encomendó a dichos 
carismáticos jefes la misión de dirigir y tutelar a la engañada humanidad. Sólo ellos 
gozan de luces; todos los demás o son ciegos y sordos o son malvados. 


Cierto es que diversas sectas de las grandes religiones históricas defendieron ideas 
teocráticas. Sus representantes sentían el ansia de poder, propugnando la opresión y 
el aniquilamiento de los disidentes. Pero ello no debe llevamos a identificar cosas 
tan dispares entre sí como son la religión y la teocracia. 


William James considera religiosos «aquellos sentimientos, actos y experiencias 
del individuo aislado que se producen en torno a lo que el interesado considera 
divino»!*!, Estima típicas de toda vida religiosa las siguientes creencias: que el 
mundo material es sólo una parte de otro universo más espiritual del que recibe su 
principal significado; que nuestro verdadero fin consiste en alcanzar una armoniosa 
unión o relación con aquel universo más elevado; que la oración o comunión íntima 
con el espíritu de ese mundo superior — llámese «Dios» o «ley»— es un proceso real 
y efectivo del cual fluye energía espiritual que produce efectos tanto psicológicos 
como materiales. La religión —prosigue James— provoca, además, los siguientes 
sentimientos: un nuevo deleite espiritual que, como un don, se agrega a la vida, 
concretándose en transportes líricos o en una tendencia al sacrificio y al heroísmo, 
junto con una inefable sensación de seguridad y paz que llena el ánimo de caridad y 
afecto hacia los demásl'!, 


Esta descripción de las experiencias y sentimientos religiosos no hace ninguna 
referencia al ordenamiento de la cooperación social. La religión, para James, es un 
contacto especificamente personal e individual entre el hombre y una divina 
realidad, sagrada y misteriosa, que inspira temor. El sentimiento religioso impone al 
hombre determinada conducta personal. Pero nunca hace referencia a los 
problemas atinentes a la organización social. San Francisco de Asís, la más grande 
personalidad religiosa de Occidente, jamás se interesó por la política ni por la 
economía. Aconsejaba a sus discípulos vivir piadosamente; pero nunca se le ocurrió 
planificar la producción, ni menos aún incitó a sus seguidores a recurrir a la 
violencia contra el disidente. Desde luego, no se le puede responsabilizar de la 
interpretación que posteriormente dio a sus enseñanzas la orden que fundó. 

El liberalismo no opone ningún obstáculo a que el hombre adapte 
voluntariamente su conducta personal y ordene sus asuntos privados a tenor de las 
enseñanzas del evangelio, según él mismo, su iglesia o su credo las interpreten. En 
cambio, rechaza terminantemente todo intento de impedir, mediante la apelación a 


LA 


la intuición religiosa o a la revelación, el estudio racional de los problemas que el 
bienestar social suscita. El liberalismo a nadie impone el divorcio o el control de la 
natalidad. Pero combate a quienes quieren impedir a los demás que analicen 
libremente las razones en pro y en contra de estos asuntos. 

La opinión liberal entiende que el fin perseguido por la ley moral estriba en 
inducir a los hombres a que ajusten su conducta a las exigencias de la vida en 
sociedad, a que se abstengan de incurrir en actos perjudiciales para la pacífica 
cooperación social y en procurar el máximo mejoramiento de las relaciones 
interhumanas. Gustoso acoge el liberal las enseñanzas religiosas coincidentes con su 
ideario, pero tiene que mostrar su oposición a aquellas normas —sea quien fuere el 
que las formule— que por fuerza han de provocar la desintegración social. 

Asegurar que el liberalismo se opone a la religión, como muchos defensores de la 
teocracia religiosa pretenden, es una manifiesta tergiversación de la verdad. 
Dondequiera que la iglesia interfiere en los asuntos profanos, surge la pugna entre 
las diversas creencias, sectas y confesiones. El liberalismo, al separar iglesia y estado, 
instaura la paz entre los distintos credos, permitiendo que cada uno predique 
pacíficamente su propio evangelio. 

El liberalismo es racionalista. Cree en la posibilidad de llevar a la inmensa 
mayoría al convencimiento de que sus propios deseos e intereses, correctamente 
entendidos, se verán favorecidos en mayor grado por la pacífica cooperación 
humana dentro de la sociedad que recurriendo a la lucha intestina y a la 
desintegración social. Confía en la razón. Tal vez su optimismo sea infundado y, 
posiblemente, los liberales se equivoquen al pensar así. Lo malo es que, en tal caso, 
el futuro de la humanidad es verdaderamente desesperanzador. 


3. LA DIVISIÓN DEL TRABAJO 


La división del trabajo, con su corolario la cooperación 
humana, es el fenómeno social fundamental. 

La experiencia enseña al hombre que la acción cooperativa 
tiene una eficacia y es de una productividad mayor que la 
actuación individual aislada. Las condiciones naturales que 
determinan la vida y el esfuerzo humano dan lugar a que la 


313 


división del trabajo incremente la productividad por unidad 
de esfuerzo invertido. Las circunstancias naturales que 
provocan la aparición de este fenómeno son las siguientes: 


Primera: la innata desigualdad de la capacidad de los 
hombres para realizar específicos trabajos. Segunda: la 
desigual distribución, sobre la superficie de la tierra, de los 
recursos naturales. En realidad, podríamos considerar estas 
dos circunstancias como una sola; a saber, la diversidad de la 
naturaleza, que hace que el universo sea un complejo de 
variedad infinita. Si en la tierra las circunstancias fueran tales 
que las condiciones físicas de producción resultaran idénticas 
en todas partes y si los hombres fueran entre sí tan iguales 
como en la geometría euclidiana lo son dos círculos del 
mismo diámetro, la división del trabajo no ofrecería ventaja 
alguna al hombre que actúa. 


En favor de la división del trabajo milita un tercer hecho 
consistente en que existen empresas cuya ejecución excede las 
fuerzas de un solo individuo, exigiendo la conjunción de 
esfuerzos. La realización de determinadas obras impone la 
acumulación de una cantidad tal de trabajo que ningún 
hombre individualmente puede aportarlo, por ser limitada la 
capacidad laboral humana. Hay otras que podrían ser 
realizadas por el individuo aislado; pero su duración sería tan 
dilatada que se retrasaría excesivamente el disfrute de las 
mismas y no compensaría entonces la labor realizada. En 
ambos casos, sólo el esfuerzo humano coordinado permite 
alcanzar el objetivo deseado. 

Aun cuando únicamente concurriera esta última 
circunstancia, por sí sola habría originado entre los hombres 
la cooperación temporal. Pero tales asociaciones transitorias 
de cara a tareas específicas superiores a la capacidad 


314 


individual no habrían bastado para provocar una perdurable 
cooperación social. Durante las primeras etapas de la 
civilización, pocas eran las empresas que sólo de este modo 
pudieran coronarse. Aun en tales casos, es muy posible que 
no todos los interesados coincidieran en que la utilidad y 
urgencia de dicha obra fuera superior a la de otras tareas que 
pudieran realizar individualmente. La gran sociedad humana, 
integradora de todos los hombres y de todas sus actividades, 
no fue generada por esas alianzas ocasionales. La sociedad es 
mucho más que una asociación pasajera que se concierta para 
alcanzar un objetivo definido y que se disuelve tan pronto 
como el mismo ha sido logrado, aun cuando los asociados 
estuvieran dispuestos a renovarla siempre que se terciara la 
ocasión. 


El incremento de la productividad típico de la división del 
trabajo se registra siempre que la desigualdad sea tal que cada 
individuo o cada parcela de tierra en cuestión resulte 
superior, por lo menos en algún aspecto, a los demás 
individuos o parcelas de que se trate. Si A puede producir, por 
unidad de tiempo, 6p o 4q, mientras B produce sólo 2p pero 
8q, trabajando por separado A y B obtendrán una producción 
de 4p + 6q; sin embargo, bajo el signo de la división del 
trabajo, dedicándose tanto A como B únicamente a aquella 
labor en que mayor sea su respectiva eficiencia, en total 
producirán 6p + 8q. Ahora bien, ¿qué sucede si A no sólo 
sobrepasa a B en la producción de p, sino también en la de q? 


Tal es el problema que se planteó Ricardo y que resolvió 
correctamente. 


315 


4. LA LEY DE ASOCIACIÓN DE RICARDO 


Ricardo formuló la Ley de Asociación para demostrar los 
efectos que produce la división del trabajo cuando un 
individuo o un grupo, más eficientes en cualquier aspecto, 
colaboran con otro individuo o grupo menos eficientes. 
Quiso Ricardo investigar los efectos que produciría el 
comercio entre dos regiones, desigualmente dotadas por la 
naturaleza, suponiendo que las respectivas producciones 
podían libremente ser transportadas de una a otra, pero no así 
los trabajadores ni los factores de producción acumulados 
(bienes de capital). La división del trabajo entre ambas 
regiones, según demuestra la ley de Ricardo, ha de 
incrementar la productividad del esfuerzo laboral y, por 
tanto, resulta ventajosa para todos los intervinientes, pese a 
que las condiciones materiales de producción puedan ser más 
favorables en una de dichas zonas que en la otra. Conviene 
que la zona mejor dotada concentre sus esfuerzos en la 
producción de aquellos bienes en los cuales sea mayor su 
superioridad dejando a la región peor dotada que se dedique a 
las producciones en las que la superioridad de la primera sea 
menor. Esa paradoja de no explotar unas condiciones 
domésticas de producción más favorables yendo a buscar esos 
bienes, que podrían producirse dentro del país, en áreas cuyas 
condiciones de producción son más desfavorables, viene 
originada por la inmovilidad de los factores trabajo y capital, 
que no pueden acudir a los lugares de producción más 
favorables. 


Ricardo advirtió plenamente que su ley de los costes 
comparados —que formuló fundamentalmente para poder 
abordar un problema específico del comercio internacional — 


316 


venía a ser un caso particular de otra ley más general, la ley de 
asociación. 


Si A es más eficiente que B, de tal suerte que, para producir 
una unidad del bien p necesita tres horas, mientras B ha de 
emplear cinco horas, y para producir una unidad de q el 
primero invierte dos horas contra cuatro horas el segundo, 
resulta que ganarán ambos si A se limita a producir q y deja a 
B que produzca p. En efecto, si cada uno dedica sesenta horas 
a producir p y sesenta horas a producir q, el resultado de la 
obra de A será 20p + 30 q; el de B 12p + 15q; o sea, en 
conjunto, 32p + 45q. Ahora bien, si A se limita a q, producirá 
60q en 120 horas; B, en el mismo supuesto dedicándose sólo a 
p, producirá 24 p. La suma de sus actividades equivaldrá, en 
tal caso, a 24p + 60q; comoquiera que p tiene para A un 
cociente de sustitución de 3q/2, y para B de 5q/4, dicha suma 
representa una producción mayor que la de 32p + 454. Por lo 
tanto, es evidente que la división del trabajo beneficia a todos 
los que participan en la misma. La colaboración de los de más 
talento, habilidad y destreza con los peor dotados resulta 
ventajosa para ambos grupos. Las ganancias derivadas de la 
división del trabajo son siempre recíprocas. 


La ley de asociación muestra por qué desde un principio 
hubo una tendencia a ir gradualmente intensificando la 
cooperación humana. Comprendemos cuál fue el incentivo 
que indujo a los hombres a dejar de considerarse rivales en 
inacabable lucha por apropiarse de los escasos medios de 
subsistencia que la naturaleza ofrece. Advertimos el móvil que 
les impulsó y continuamente les impulsa a unirse en busca de 
mutua cooperación. Todo progreso hacia una más avanzada 
división del trabajo favorece los intereses de cuantos 
participan en la misma. Para comprender por qué el hombre 


317 


no permaneció aislado, buscando, como los animales, 
alimento y abrigo sólo para sí o, a lo más, para su compañera 
y su desvalida prole, no es preciso recurrir a ninguna 
milagrosa intervención divina ni a la personalización de un 
innato impulso de asociación, ni suponer que los individuos o 
las hordas primitivas se comprometieron un buen día 
mediante oportuna convención a establecer relaciones 
sociales. Fue la acción humana estimulada por la percepción 
de la mayor productividad del trabajo bajo la división del 
mismo la que originó la sociedad primitiva y la hizo 
progresivamente desarrollarse. 


Ni la historia ni la etnología ni ninguna otra rama del saber 
pueden explicar aquella evolución que hizo de las manadas y 
rebaños de antepasados no humanos del hombre los 
primitivos, si bien ya altamente diferenciados, grupos sociales 
de los que nos informan las excavaciones, las más antiguas 
fuentes documentales históricas y las noticias de exploradores 
y viajeros que se han topado con tribus salvajes. Con 
referencia a los orígenes de la sociedad, la tarea de la ciencia 
sólo puede consistir en descubrir los factores que pueden 
provocar y provocan necesariamente la asociación y su 
progresivo desarrollo. La praxeología resuelve esta incógnita. 
Mientras el trabajo resulte más fecundo bajo el signo de la 
división del mismo y en tanto el hombre sea capaz de advertir 
este hecho, la acción humana tenderá espontáneamente a la 
cooperación y a la asociación. No se convierte el individuo en 
ser social sacrificando sus personales intereses ante el altar de 
un mítico Moloch, la sociedad, sino simplemente porque 
aspira a mejorar su propio bienestar. La experiencia enseña 
que esta condición —la mayor productividad de la división 
del trabajo— aparece porque su causa —la innata desigualdad 


318 


de los hombres y la desigual distribución geográfica de los 
factores naturales de producción— es real. Y así podemos 
comprender el curso de la evolución social. 


Errores frecuentes relativos a la Ley de Asociación 


Se le han dado muchas vueltas a la ley de asociación de Ricardo, más conocida 
por el nombre de ley de los costes comparados. La razón es evidente. La ley en 
cuestión es una gravísima amenaza para los planes de todos aquéllos que pretenden 
justificar el proteccionismo y el aislamiento económico desde cualquier punto de 
vista que no sea el de privilegiar los egoístas intereses de algunos fabricantes o el de 
prepararse para la guerra. 

El objetivo principal que Ricardo perseguía al formular su ley consistía en refutar 
una determinada objeción, a la sazón frecuentemente esgrimida contra la libertad 
del comercio internacional. En efecto, inquiría el proteccionista: bajo un régimen 
librecambista, ¿cuál sería el destino de un país cuyas condiciones para cualquier 
producción resultaran todas más desfavorables que las de cualquier otro lugar? Pues 
bien, es cierto que en un mundo donde no sólo los productos sino también el 
trabajo y el capital gozaran de plena libertad de movimiento aquel país tan poco 
idóneo para la producción dejaría de utilizarse como ubicación de cualquier 
actividad humana. En tal caso, si la gente satisficiera mejor sus necesidades no 
explotando las condiciones comparativamente más imperfectas que ofrece la zona 
en cuestión, no se establecerían en ella, dejándola deshabitada como las regiones 
polares, las tundras o los desiertos. Pero Ricardo quiso enfrentarse con los 
problemas reales que suscita nuestro mundo, en el cual las circunstancias específicas 
de cada caso vienen predeterminadas por los asentamientos humanos efectuados en 
épocas anteriores y donde el trabajo y los bienes de capital están ligados al suelo por 
diversas razones de orden institucional. En tales circunstancias, el librecambismo, es 
decir, una libertad de movimientos restringida a las mercancías, no puede provocar 
la distribución del capital y el trabajo sobre la faz de la tierra según las posibilidades, 
mejores o peores, que cada lugar ofrezca en orden a la productividad del esfuerzo 
humano. Sólo entonces entra en juego la ley del coste comparado. Cada país se 
dedica a aquellas ramas de producción para las cuales sus específicas condiciones le 
ofrecen relativa, aunque no absolutamente, las mejores oportunidades. Para los 
habitantes de cualquier zona es más ventajoso abstenerse de explotar algunas de sus 


319 


capacidades, pese a ser éstas superiores a las del extranjero, importando en su lugar 
los géneros producidos allende sus fronteras en condiciones más desfavorables. Se 
trata de un caso análogo al del cirujano que para la limpieza del quirófano y del 
instrumental contrata los servicios de un tercero, no obstante superarle también en 
ese específico cometido, para dedicarse exclusivamente a la cirugía, en la que su 
preeminencia es todavía más notable. 


Este teorema del coste comparado nada tiene que ver con la teoría del valor de la 
doctrina económica clásica. No se refiere ni al valor ni a los precios. Se trata de un 
juicio puramente analítico: la conclusión a que se llega se halla implícita en aquellas 
dos premisas según las cuales resulta, de un lado, que la productividad de los 
factores de producción, técnicamente posibles de trasladar, es diferente según los 
lugares donde aquéllos se ubiquen y, de otro, que dichos factores, por razones 
institucionales, tienen restringida su movilidad. Sin que se afecte la validez de sus 
conclusiones, el teorema en cuestión puede desentenderse del problema del valor, 
toda vez que sólo maneja unos simples presupuestos. Éstos son: que únicamente se 
trata de producir dos mercancías, pudiendo ambas ser libremente transportadas; y 
que para la producción de cada una de ellas se precisa la concurrencia de dos 
factores; que en las dos mercancías aparece uno de estos factores (igual puede ser el 
trabajo que el capital), mientras el otro factor (una propiedad específica de la tierra 
de que se trate) sólo es aprovechado en uno de ambos procesos; que la mayor 
escasez del factor común en ambas producciones predetermina el grado en que es 
posible explotar el factor diferente. Sobre la base de estas premisas, que permiten 
establecer cocientes de sustitución entre la inversión efectuada del factor común y la 
producción, el teorema resuelve la incógnita planteada. 


La ley del coste comparado es tan ajena a la teoría clásica del valor como lo es la 
ley de los beneficios, basada en un razonamiento semejante a la primera. En ambos 
supuestos, cabe limitarse a comparar sólo la inversión material con el producto 
material obtenido. En la ley de los beneficios comparamos la producción de un 
mismo bien. En la del coste comparado contrastamos la producción de dos bienes 
distintos. Si tal comparación resulta factible es porque suponemos que para la 
producción de cada uno de ellos, aparte de un factor específico, sólo se requieren 
factores no específicos de la misma clase. 


Hay quienes critican la ley del coste comparado por tales simplificaciones. 
Aseguran que la moderna teoría del valor impone una nueva formulación de la ley 
en cuestión, con arreglo a los principios subjetivos. Sólo mediante esa 
reestructuración cabría demostrar su validez de modo satisfactorio y concluyente. 
Ahora bien, tales opositores se niegan a calcular en términos monetarios. Prefieren 
recurrir a los métodos del análisis de la utilidad, por creer que ese método es idóneo 
para cifrar el valor sobre la base de la utilidad. Más adelante se verá el engañoso 
espejismo que suponen tales intentos de llegar al cálculo económico dejando de lado 
las expresiones monetarias. Carecen de consistencia y son contradictorios, 
resultando inviables, cuantos sistemas se inspiran en dichas ideas. No es posible el 


320 


cálculo económico, en ningún sentido, si no se basa en precios monetarios según los 
determina el mercado!l”. 


Aquellas sencillas premisas que sustentan la ley de los costes comparados no 
tienen el mismo significado para los economistas modernos que para los clásicos. 
Hubo discípulos de la escuela clásica que veían en ella el punto de partida para una 
teoría del valor en el comercio internacional. Hoy en día nos consta que esa creencia 
era equivocada. Advertimos que no hay diferencia entre el comercio interior y el 
exterior en lo que respecta a la determinación del valor y de los precios. Sólo 
circunstancias diferentes, es decir, condiciones institucionales que restringen la 
movilidad de las mercancías y de los factores de producción, hacen que la gente 
distinga el mercado nacional del extranjero. 


Si no se quiere estudiar la ley del coste comparado bajo los simplificados 
supuestos de Ricardo, es necesario ir derecha y abiertamente al cálculo monetario. 
No se debe caer en el error de suponer que sin ayuda del cálculo monetario se 
pueden comparar los diversos factores de producción invertidos y las mercancías 
producidas. Volviendo sobre el ejemplo del cirujano y su ayudante habrá que decir: 
Si el cirujano puede emplear su limitada capacidad de trabajo en efectuar 
operaciones que le proporcionan unos ingresos horarios de 50 dólares, 
indudablemente, le convendrá contratar los servicios de un ayudante que le limpie 
el instrumental, pagándole a dos dólares la hora, aun cuando ese tercero emplee tres 
horas para realizar lo que el cirujano podría hacer en una hora. Al comparar las 
condiciones de dos países distintos habrá que decir: Si las circunstancias son tales 
que en Inglaterra la producción de una unidad de cada mercancías y b requiere el 
consumo de una jornada de la misma clase de trabajo, mientras en la India, con la 
misma inversión de capital, se necesitan dos jornadas para a y tres para b, 
resultando los bienes de capital y tanto a como b libremente transferibles de 
Inglaterra a la India y viceversa, pero no siéndolo así la mano de obra, los salarios, 
en la India, por lo que a la producción de a se refiere, tenderán a ser el cincuenta por 
ciento de los salarios ingleses y, por lo que a la producción de b se refiere, la tercera 
parte. Si el jornal inglés es de seis chelines, en la India será de tres en la producción 
de a y de dos chelines en la de b. Semejante disparidad en la remuneración de 
trabajo del mismo tipo no puede perdurar si en el mercado interior de la India la 
mano de obra goza de movilidad. Los obreros abandonarán la producción de b 
enrolándose en la de a; este movimiento haría que tendiera a rebajarse la 
remuneración en a, elevándose en b. Los salarios indios, finalmente, se igualarían en 
ambas industrias. Aparecería entonces una tendencia a ampliar la producción de a y 
a desplazar la competencia inglesa. Por otra parte, la producción de b en la India 
dejaría de ser rentable, lo que obligaría a abandonarla, mientras en Inglaterra se 
incrementaría. A la misma conclusión se llega suponiendo que la diferencia en las 
condiciones de producción estriba, parcial o exclusivamente, en la distinta cuantía 
de capital que en cada caso fuera preciso invertir. 


También se ha dicho que la ley de Ricardo resultaba válida en su época, pero no 


321 


lo es ya en la nuestra, por haber variado las circunstancias concurrentes. Ricardo 
distinguía el comercio interior del exterior por la diferente movilidad que en uno y 
otro tenían el capital y el trabajo. Si se supone que el capital, el trabajo y las 
mercancías gozan de plena movilidad, entonces entre el comercio regional y el 
interregional no hay más diferencia que la derivada del coste del transporte. En tal 
caso, de nada serviría formular una teoría específica del comercio internacional 
distinta de la atinente al interno. El capital y el trabajo se distribuirían sobre la 
superficie de la tierra según las mejores o peores condiciones que para la producción 
ofreciera cada región. Habría zonas de población más densa y mejor surtidas de 
capital, mientras otras comarcas gozarían de menor densidad humana y de más 
reducido capital. Pero en todo el mundo prevalecería una tendencia a retribuir de 
igual modo un mismo trabajo. 


Ricardo, como decíamos, suponía que sólo dentro del país tenían plena movilidad 
el trabajo y el capital, careciendo de ella allende las fronteras. En tales 
circunstancias, quiere investigar cuáles serían las consecuencias de la libre 
movilidad de las mercancías. (Si tampoco la transferencia de mercancías fuera 
posible, entonces cada país sería autárquico, sumido en un total aislamiento 
económico; habría desaparecido el comercio internacional). La teoría del coste 
comparado resuelve la incógnita ricardiana. Cierto es que, más o menos, los 
presupuestos de Ricardo se daban en su época. Posteriormente, a lo largo del siglo 
XIX, las circunstancias cambiaron. Disminuyó aquella inmovilidad del capital y del 
trabajo; cada vez resultaban más fáciles las transferencias internacionales de dichos 
factores productivos. Pero vino la reacción. Hoy en día, el capital y el trabajo de 
nuevo ven restringida su movilidad. La realidad actual vuelve a coincidir con las 
premisas ricardianas. 


Las enseñanzas de la teoría clásica sobre el comercio internacional son ajenas a 
cualquier cambio en las específicas condiciones institucionales concurrentes. De 
este modo se nos permite abordar el estudio de los problemas que suscita cualquier 
supuesto imaginable. 


5. LOS EFECTOS DE LA DIVISIÓN DEL TRABAJO 


La división del trabajo es la consecuencia provocada por la 
consciente reacción del hombre ante la desigualdad de 


322 


circunstancias naturales. Por otro lado, la propia división del 
trabajo va incrementando esa disparidad de las circunstancias 
de hecho. A causa de ella, las diversas zonas geográficas 
asumen funciones específicas en el complejo del proceso de 
producción. Debido a esa diversidad, determinadas áreas se 
convierten en urbanas, otras en rurales; se ubican en 
diferentes lugares las distintas ramas de la industria, de la 
minería y de la agricultura. Más importancia aún tiene la 
división del trabajo para aumentar la innata desigualdad 
humana. La práctica y la dedicación a tareas específicas 
adapta, cada vez en mayor grado, a los interesados a las 
distintas exigencias; la gente desarrolla más algunas de sus 
facultades innatas, descuidando otras. Surgen los tipos 
vocacionales, los hombres se hacen especialistas. 


La división del trabajo descompone los diversos procesos 
de producción en mínimas tareas, muchas de las cuales 
pueden realizarse mediante dispositivos mecánicos. Tal 
circunstancia permitió recurrir a la máquina, lo cual provocó 
un enorme progreso en los métodos técnicos de producción. 
La mecanización es consecuencia de la división del trabajo y 
su fruto más sazonado. Ahora bien, en modo alguno fue 
aquélla la causa u origen de ésta. La maquinaria especializada 
a motor sólo puede instalarse en un ambiente social donde 
impera la división del trabajo. Todo nuevo progreso en la 
utilización de maquinaria más precisa, refinada y productiva 
exige una mayor especialización de cometidos. 


323 


6. EL INDIVIDUO EN LA SOCIEDAD 


La praxeología estudia al individuo aislado —que actúa por 
su cuenta, con total independencia de sus semejantes— sólo 
para alcanzar una mejor comprensión de los problemas que 
suscita la cooperación social. El economista no afirma que 
hayan existido alguna vez tales seres humanos solitarios y 
autárquicos, ni que la fase social de la historia humana fuera 
precedida de otra durante la cual los individuos vivieran 
independientes, vagando como animales en busca de 
alimento. La humanización biológica de los antepasados no 
humanos del hombre y la aparición de los primitivos lazos 
sociales constituyen un proceso único. El hombre aparece en 
el escenario del mundo como un ser social. El hombre 
aislado, insociable, no es más que una construcción arbitraria. 


La sociedad brinda al individuo medios excepcionales para 
alcanzar todos sus fines. El mantenimiento de la sociedad 
constituye, pues, para el hombre, el presupuesto esencial de 
toda actuación que pretenda llevar a buen fin. El delincuente 
contumaz, que no quiere adaptar su conducta a las exigencias 
de la vida bajo un sistema social de cooperación, no está 
dispuesto, sin embargo, a renunciar a ninguna de las ventajas 
que la división del trabajo proporciona. No pretende 
deliberadamente destruir la sociedad. Lo que quiere es 
apropiarse de una porción de la riqueza conjuntamente 
producida mayor que la que el orden social le asigna. Se 
sentiría desgraciadísimo si se generalizara su conducta 
antisocial, provocándose el inevitable resultado de regresar a 
la indigencia primitiva. 

Es erróneo mantener que el hombre, al renunciar a las 
supuestas ventajas inherentes a un fabuloso estado de 


324 


naturaleza y pasar a integrar la sociedad, se haya privado de 
ciertas ganancias y tenga justo título para exigir 
indemnización por aquello que perdió. Es totalmente 
inadmisible la idea según la cual todo el mundo estaría mejor 
viviendo en un estado asocial; la existencia misma de la 
sociedad —se dice— perjudica a la gente. Lo cierto es que sólo 
gracias a la mayor productividad de la cooperación social ha 
sido posible que la especie humana se multiplique en número 
infinitamente mayor de lo que permitirían los medios de 
subsistencia producidos en épocas de una más rudimentaria 
división del trabajo. Todo el mundo goza de un nivel de vida 
mucho más elevado que el disfrutado por sus salvajes 
antepasados. El estado de naturaleza se caracteriza por la 
máxima inseguridad y pobreza. No pasa de ser una 
ensoñación romántica lamentar los felices días de la barbarie 
primigenia. En el estado salvaje esos mismos que se quejan no 
habrían seguramente alcanzado la edad viril y, aun en tal 
caso, no hubieran podido disfrutar de las ventajas y 
comodidades que la civilización les proporciona. Si Jean- 
Jacques Rousseau y Frederick Engels hubiesen vivido en aquel 
estado de naturaleza que describen con tan nostálgicos 
suspiros, no habrían dispuesto del ocio necesario para 
dedicarse a sus estudios y para escribir sus libros. 

Una de las grandes ventajas que el individuo disfruta 
gracias a la sociedad es la de poder vivir a pesar de hallarse 
enfermo o incapacitado físicamente. El animal doliente está 
condenado a muerte; su debilidad enerva el esfuerzo 
necesario para buscar alimentos y para repeler las agresiones. 
Los salvajes sordos, miopes o lisiados perecen. En cambio, 
tales flaquezas y defectos no impiden al hombre adaptarse a la 
vida en sociedad. La mayoría de nuestros contemporáneos 


325 


sufre deficiencias corporales que la biología considera 
patológicas. Muchos de esos lisiados, sin embargo, han 
contribuido decisivamente a hacer la civilización. La fuerza 
eliminadora de la selección natural se debilita bajo las 
condiciones sociales de vida. De ahí que haya quienes afirmen 
que la civilización tiende a menoscabar las virtudes raciales. 


Tales afirmaciones tienen sentido sólo si se contempla la 
humanidad como lo haría un ganadero que quisiera criar una 
raza de hombres dotados de específicas cualidades. La 
sociedad, sin embargo, no es ningún criadero de sementales 
para producir determinado tipo de individuos. No existe 
ninguna norma «natural» que permita apreciar qué es lo 
deseable y lo indeseable en la evolución biológica del hombre. 
Cualquier módulo que en este sentido se adopte por fuerza ha 
de ser arbitrario, puramente subjetivo; exponente tan sólo de 
un juicio personal de valor. Los términos mejoramiento o 
degeneración racial carecen de sentido si no es 
relacionándolos con un determinado plan trazado para 
organizar toda la humanidad. 


Es cierto que la fisiología del hombre civilizado se halla 
adaptada para vivir en sociedad y no para ser cazador en las 
selvas vírgenes. 


El mito de la comunión mística 


Mediante el mito de la comunión mística se pretende impugnar la teoría 
praxeológica de la sociedad. 


La sociedad —dicen los defensores de esa doctrina— no es el resultado de la 


326 


acción humana deliberada; no supone ni cooperación ni distribución de cometidos. 
La sociedad brota de profundidades insondables como fruto del impulso innato de 
la propia esencia del hombre. Hay quienes opinan que la sociedad es fruto de aquel 
espíritu que es la realidad divina y una participación en el poder y en el amor de 
Dios por virtud de una unio mystica. Para otros, la sociedad es un fenómeno 
biológico; es el resultado que produce la voz de la sangre; es el lazo que une los 
descendientes de comunes antepasados entre sí y con su común progenie, es esa 
misteriosa armonía que surge entre el campesino y la gleba que trabaja. 


Hay quienes realmente experimentan estos fenómenos psíquicos. Hay gente que 
siente esa unión mística, anteponiéndola a todo; también hay personas que creen 
escuchar la voz de la sangre y que, con toda el alma, aspiran esa fragancia única que 
despide la bendita tierra natal. La experiencia mística y el rapto extático, 
indudablemente, son hechos que la psicología ha de estimar reales, al igual que 
cualquier otro fenómeno psíquico debidamente constatado. El error de las doctrinas 
que nos ocupan no estriba en el hecho de admitir semejantes fenómenos, sino en 
suponer que se trata de circunstancias originarias que surgen con independencia de 
toda consideración racional. 


La voz de la sangre que liga al padre con el hijo no era ciertamente escuchada por 
aquellos salvajes que desconocían la relación causal entre la cohabitación y la 
preñez. Hoy día, cuando este hecho es bien conocido, puede sentir la voz de la 
sangre el hombre que tiene plena confianza en la fidelidad de su esposa. Pero si 
sobre esto último existe alguna duda, de nada sirve la voz de la sangre. Nadie se ha 
aventurado a afirmar que los problemas en torno a la investigación de la paternidad 
pueden resolverse recurriendo a la voz de la sangre. La madre que desde el parto 
veló sobre su hijo también podrá escucharla. Ahora bien, si pierde el contacto con el 
vástago en fecha temprana, más tarde sólo será capaz de identificarle por señales 
corporales, como aquellas cicatrices y lunares a los que tanto gustaban recurrir los 
novelistas. Pero la voz de la sangre, por desgracia, callará si tal observación y las 
conclusiones de ellas derivadas no le hacen hablar. Según los racistas alemanes, la 
voz de la sangre aúna misteriosamente a todos los miembros del pueblo alemán. La 
antropología, sin embargo, nos dice que la nación alemana es una mezcla de varias 
razas, subrazas y grupos; en modo alguno es una familia homogénea descendiente 
de una estirpe común. El eslavo recientemente germanizado, que no ha mucho 
cambió sus apellidos por otros de sonido más germánico, cree que está ligado por 
lazos comunes a todos los demás alemanes. No oye ninguna voz interior que le 
impulse a la unión con sus hermanos o primos que siguen siendo checos o polacos. 


La voz de la sangre no es un fenómeno primario e independiente. Es fruto de 
consideraciones racionales. Precisamente porque el individuo se cree emparentado, 
a través de una común especie, con otras gentes determinadas, experimenta hacia 
ellas esa atracción y sentimiento que poéticamente se denomina voz de la sangre. 


Lo mismo puede decirse del éxtasis religioso y del místico amor a la tierra 


324 


vernácula. La unio mystica del devoto creyente está condicionada por el 
conocimiento de las enseñanzas básicas de su religión. Sólo quien sepa de la 
grandeza y gloria de Dios puede experimentar comunión directa con Él. La 
venerable atracción del terruño patrio depende de la previa articulación de una serie 
de ideas geopolíticas. Por eso, ocurre a veces que los habitantes del llano o de la 
costa incluyan en la imagen de aquella patria, a la que aseguran estar fervientemente 
unidos y apegados, regiones montañosas para ellos desconocidas y a cuyas 
condiciones no podrían adaptarse, sólo porque esas zonas pertenecen al mismo 
cuerpo político del que son o desearían ser miembros. Análogamente, dejan a 
menudo de incluir en esa imagen patria, cuya voz pretenden oír, regiones vecinas a 
las propias, de similar estructura geográfica, cuando forman parte de una nación 
extranjera. 


Los miembros pertenecientes a una nación o rama lingúística, o los grupos que 
dentro de ella se forman, no están siempre unidos por sentimientos de amistad y 
buena voluntad. La historia de cualquier nación es un rico muestrario de antipatías 
y aun de odios mutuos entre los distintos sectores que la integran. En tal sentido 
basta recordar a ingleses y escoceses, a yanquis y sudistas, a prusianos y bávaros. Fue 
ideológico el impulso que permitió superar dichos antagonismos, inspirando a 
todos los miembros de la nación o grupo lingiístico aquellos sentimientos de 
comunidad y de pertenencia que los actuales nacionalistas consideran fenómeno 
natural y originario. 


La mutua atracción sexual del macho y la hembra es inherente a la naturaleza 
animal del hombre y para nada depende de teorías ni razonamientos. Se la puede 
calificar de originaria, vegetativa, instintiva o misteriosa; no hay inconveniente en 
afirmar metafóricamente que de dos seres hace uno. Podemos considerarla como 
una comunidad, como una unión mística de dos cuerpos. Sin embargo, ni la 
cohabitación ni cuanto la precede o la sigue genera ni cooperación social ni ningún 
sistema de vida social. También los animales se unen al aparearse y, sin embargo, no 
han desarrollado relaciones sociales. La vida familiar no es meramente un producto 
de la convivencia sexual. No es, en modo alguno, ni natural ni necesario que los 
padres y los hijos convivan como lo hacen en el marco familiar. La relación sexual 
no desemboca, necesariamente, en un orden familiar. La familia humana es fruto 
del pensar, del planear y del actuar. Es esto, precisamente, lo que la distingue de 
aquellas asociaciones zoológicas que per analogiam denominamos familias 
animales. 

El sentimiento místico de unión o comunidad no es el origen de la relación social, 
sino su consecuencia. 

El reverso de la fábula de la unión mística es el mito de la natural y originaria 
repulsa entre razas y naciones. Se ha dicho que el instinto enseña al hombre a 
distinguir entre congéneres y extraños y a aborrecer a estos últimos. Los 
descendientes de las razas nobles —dícese— repugnan todo contacto con los 


328 


miembros de razas inferiores. Para refutar esta afirmación basta pensar en el hecho 
de la mezcla de razas. Siendo un hecho indudable que en la Europa actual no hay 
ninguna raza pura, debemos concluir que entre los miembros de las diversas 
estirpes originarias que poblaron el continente no hubo repulsa sino atracción 
sexual. Millones de mulatos y mestizos son una refutación viviente de la afirmación 
que sostiene la natural repulsa entre distintas razas. 

El odio racial, al igual que el sentimiento místico de comunidad, no es un 
fenómeno natural innato en el hombre. Es fruto de ideologías. Pero es que, aun 
cuando tal supuesto se diera, aunque fuera cierto ese natural e innato odio 
interracial, no por ello dejaría de ser útil la cooperación social ni quedaría 
invalidada la teoría de la asociación de Ricardo. La cooperación social no tiene nada 
que ver con el afecto personal ni con el mandamiento que ordena amarnos los unos 
a los otros. La gente no coopera bajo la división del trabajo porque deban amarse 
unos a otros. Cooperan porque de esta suerte atienden mejor los propios intereses. 
Lo que originariamente impulsó al hombre a acomodar su conducta a las exigencias 
de la vida en sociedad, a respetar los derechos y las libertades de sus semejantes y a 
reemplazar la enemistad y el conflicto por la colaboración pacífica no fue el amor ni 
la caridad ni cualquier otro sentimiento de simpatía sino el propio egoísmo bien 
entendido. 


7. LA GRAN SOCIEDAD 


No todas las relaciones interhumanas son relaciones 
sociales. Cuando los hombres se acometen mutuamente en 
guerras de exterminio total, cuando luchan entre sí tan 
despiadadamente como si se tratara de destruir animales 
feroces o plantas dañinas, entre las partes combatientes existe 
efecto recíproco y relación mutua, pero no hay sociedad. La 
sociedad implica acción concertada y cooperativa en la que 
cada uno considera el provecho ajeno como medio para 
alcanzar el propio. 


Guerras de exterminio sin piedad fueron las luchas que 


329 


entre sí mantenían las hordas y tribus primitivas por los 
aguaderos, los lugares de pesca, los terrenos de caza, los 
pastos y el botín. Se trataba de conflictos totales. Del mismo 
tipo fueron, en el siglo xIx, los primeros encuentros de los 
europeos con los aborígenes de territorios recién 
descubiertos. Pero ya en épocas primitivas, muy anteriores a 
los tiempos de los que poseemos información histórica, 
comenzó a germinar otro modo de proceder. La gente ni 
siquiera al combatir llegaba a olvidar del todo las relaciones 
sociales previamente establecidas; incluso en las pugnas 
contra pueblos con quienes antes no habían existido 
contactos, los combatientes comenzaban a darse cuenta de 
que, pese a la transitoria oposición del momento, era posible 
entre seres humanos llegar posteriormente a fórmulas de 
avenencia y cooperación. Se pretendía perjudicar al enemigo; 
pero, sin embargo, los actos de hostilidad ya no eran 
plenamente crueles y despiadados. Al combatir con hombres 
—a diferencia de cuando luchaban contra las bestias— los 
beligerantes pensaban que había en la pugna ciertos límites 
que convenía no sobrepasar. Por encima del odio implacable, 
la furia destructiva y el afán de aniquilamiento flotaba un 
sentimiento societario. Nacía la idea de que el adversario 
debía ser considerado como potencial asociado en una 
cooperación futura, circunstancia ésta que no convenía 
olvidar en la gestión bélica. La guerra dejó de considerarse 
como la relación interhumana normal. La gente comenzaba a 
advertir que la cooperación pacífica constituía el medio mejor 
para triunfar en la lucha por la supervivencia. Puede incluso 
afirmarse que comprendió que era más ventajoso esclavizar al 
vencido que matarlo, por cuanto, aun durante la lucha, 
pensaba ya en el mañana, en la paz. Puede decirse que la 


330 


esclavitud fue un primer paso hacia la cooperación. 


La formulación de la idea de que ni siquiera en guerra 
todos los actos son permisibles y de que hay acciones bélicas 
lícitas y otras ilícitas, así como leyes, es decir, relaciones 
sociales, que deben prevalecer por encima de las naciones, 
incluso de aquéllas que de momento se enfrentan, acabó 
estableciendo la Gran Sociedad que incluye a todos los 
hombres y a todas las naciones. De este modo las diversas 
asociaciones de carácter regional fueron fundiéndose en una 
sola sociedad ecuménica. 


El combatiente que no hace la guerra salvajemente, al 
modo de las bestias, sino a tenor de ciertas normas bélicas 
«humanas» y sociales, renuncia a utilizar ciertos medios 
destructivos, con miras a alcanzar concesiones análogas del 
adversario. En la medida en que estas normas son respetadas, 
existen entre los contendientes relaciones sociales. Pero los 
actos hostiles sí constituyen actuaciones no sólo asociales, 
sino antisociales. Es un error definir el concepto de 
«relaciones sociales» de tal suerte que se incluya entre las 
mismas actos tendentes al aniquilamiento del oponente y a la 
frustración de sus aspiraciones!” Mientras las únicas 
relaciones existentes entre los individuos persigan el 
perjudicarse mutuamente, ni hay sociedad ni relaciones 
sociales. 

La sociedad no es una mera interacción. Hay interacción — 
influencia recíproca— entre todas las partes del universo: 
entre el lobo y la oveja devorada; entre el microbio y el 
hombre a quien mata; entre la piedra que cae y el objeto sobre 
el que choca. La sociedad, al contrario, implica siempre la 
actuación cooperativa con miras a que todos los partícipes 
puedan alcanzar sus propios fines. 


331 


8. EL INSTINTO DE AGRESIÓN Y DESTRUCCIÓN 


Se ha dicho que el hombre es una bestia agresiva cuyos 
innatos instintos le impulsan a la lucha, a la matanza y a la 
destrucción. La civilización, al crear una humanitaria laxitud 
innatural que aparta al hombre de sus antecedentes 
zoológicos, pretende acallar esos impulsos y apetencias. Ha 
transformado al hombre en un ser escuálido y decadente, que 
se avergiienza de su animalidad y pretende vanamente tildar 
de humanismo verdadero a su evidente degradación. Para 
impedir una mayor degeneración de la especie, es preciso 
liberarla de los perniciosos efectos de la civilización. Pues la 
civilización no es más que una hábil estratagema inventada 
por seres inferiores. Éstos son tan débiles que son incapaces 
de vencer a los héroes fuertes; demasiado cobardes para 
soportar su propia aniquilación, castigo que tienen bien 
merecido, impidiéndoles su perezosa insolencia servir como 
esclavos a los superiores. Por ello recurrieron a la argucia; 
invirtieron los eternos criterios de valor, absolutamente 
fijados por las inmutables leyes del universo; arbitraron unos 
preceptos morales según los cuales resultaba virtud su propia 
inferioridad y vicio la superioridad de los nobles héroes. Es 
preciso desarticular esta rebelión moral de los siervos 
trastrocando todos los valores. Hay que repudiar totalmente 
la ética de los esclavos, fruto vergonzante del resentimiento de 
los más cobardes; en su lugar habrá de implantarse la ética de 
los fuertes o, mejor aún, deberá ser suprimida toda cortapisa 
ética. El hombre tiene que resultar digno heredero de sus 
mayores, los nobles brutos de épocas pasadas. 


Se suele denominar estas doctrinas darwinismo social o 
sociológico. No es el caso de decidir aquí si esta terminología 


332 


es O no apropiada. En todo caso, no hay duda de que es un 
grave error calificar de evolutivas y biológicas unas filosofías 
que alegremente osan afirmar que la historia entera de la 
humanidad, desde que el hombre comenzó a alzarse por 
encima de la existencia puramente animal de sus antepasados 
no humanos, es tan sólo un vasto proceso de progresiva 
degeneración y decadencia. La biología no proporciona otro 
criterio para valorar las mutaciones producidas en los seres 
vivos que el de si permiten o no al sujeto adaptarse mejor al 
medio ambiente y aprovechar sus oportunidades en la lucha 
por la vida. Desde este punto de vista, es indudable que la 
civilización ha de considerarse como un beneficio, no como 
una calamidad. Ha impedido, por lo pronto, la derrota del 
hombre en su lucha contra los demás seres vivos, ya sean los 
grandes animales feroces o los perniciosos microbios; ha 
multiplicado los medios de subsistencia; ha incrementado la 
talla humana, la agilidad y habilidad del hombre y ha 
prolongado la duración media de la vida; le ha permitido 
dominar incontestado la tierra; ha sido posible multiplicar las 
cifras de población y elevar el nivel de vida a un grado 
totalmente impensable para los toscos moradores de las 
cavernas. Cierto es que tal evolución hizo perder al hombre 
ciertas mañas y habilidades que, si bien en determinadas 
épocas eran útiles para luchar por la vida, más tarde, 
cambiadas las circunstancias, perdieron toda utilidad. En 
cambio, se fomentaron otras capacidades y destrezas 
imprescindibles para la vida en sociedad. Ningún criterio 
biológico y evolutivo tiene por qué ocuparse de dichas 
mutaciones. Para el hombre primitivo, la dureza física y la 
combatividad le proporcionaban igual utilidad que la 
aritmética y la gramática al hombre moderno. Es totalmente 


333 


arbitrario y manifiestamente contradictorio con cualquier 
norma biológica de valoración considerar naturales y 
conformes con la condición humana únicamente aquellas 
cualidades que convenían al hombre primitivo, vilipendiando 
como signos de degeneración y decadencia biológica las 
destrezas y habilidades que el hombre civilizado precisa 
imperiosamente. Recomendar al hombre que recupere las 
condiciones físicas e intelectuales de sus antepasados 
prehistóricos es tan descabellado como conminarle a que 
vuelva a andar a cuatro manos o a que de nuevo se deje crecer 
el rabo. 


Es digno de notar que quienes más se exaltaron en ensalzar 
los salvajes impulsos de nuestros bárbaros antepasados fueron 
gentes tan enclenques que nunca habrían podido adaptarse a 
las exigencias de aquella «vida arriesgada». Nietzsche, aun 
antes de su colapso mental, era tan enfermizo que sólo resistía 
el clima de Engadin y el de algunos valles italianos. No 
hubiese podido escribir si la sociedad civilizada no hubiera 
protegido sus delicados nervios de la rudeza natural de la 
vida. Los defensores de la violencia editaron sus libros 
precisamente al amparo de aquella «seguridad burguesa» que 
tanto vilipendiaban y despreciaban. Gozaron de libertad para 
publicar sus incendiarias prédicas porque el propio 
liberalismo que ridiculizaban salvaguardaba la libertad de 
prensa. Se habrían desesperado si se hubieran visto privados 
de las facilidades de la civilización tan escarnecida por su 
filosofía. ¡Qué espectáculo el del tímido Georges Sorel 
cuando, en su elogio de la brutalidad, llega a acusar al 
moderno sistema pedagógico de debilitar las innatas 
tendencias violentas!”! 


Se puede admitir que para el hombre primitivo era innata 


334 


la propensión a matar y a destruir, así como el amor a la 
crueldad. También, a efectos dialécticos, se puede aceptar que, 
durante las primeras edades, las tendencias agresivas y 
homicidas abogaran en favor de la conservación de la vida. 
Hubo un tiempo en que el hombre fue una bestia brutal. (No 
hace al caso averiguar si el hombre prehistórico era carnívoro 
o herbívoro). Ahora bien, no debe olvidarse que físicamente 
el hombre era un animal débil, de tal suerte que no habría 
podido vencer a las fieras carniceras, de no haber contado con 
un arma peculiar, con la razón. El que el hombre sea un ser 
racional, que no cede fatalmente a toda apetencia, que ordena 
su conducta con racional deliberación, desde un punto de 
vista zoológico no puede estimarse antinatural. Conducta 
racional significa que el hombre, ante la imposibilidad de 
satisfacer todos sus impulsos, deseos y apetencias, renuncia a 
los que considera menos urgentes. Para no perturbar el 
mecanismo de la cooperación social, el individuo ha de 
abstenerse de dar satisfacción a aquellas apetencias que 
impedirían la aparición de las instituciones sociales. Esa 
renuncia, indudablemente, duele. Pero es que el hombre está 
eligiendo. Prefiere dejar insatisfechos ciertos deseos 
incompatibles con la vida social, para satisfacer otros que 
únicamente, o al menos sólo de modo más perfecto, pueden 
ser atendidos bajo el signo de la división del trabajo. Así 
emprendió la raza humana el camino que conduce a la 
civilización, a la cooperación social y a la riqueza. 


Ahora bien, dicha elección ni es irrevocable ni definitiva. 
La decisión adoptada por los padres no prejuzga cuál será la 
de los hijos. Éstos pueden libremente preferir otra. A diario se 
pueden trastrocar las escalas valorativas y preferir la barbarie 
a la civilización o, como dicen algunos, anteponer el alma a la 


39) 


inteligencia, los mitos a la razón y la violencia a la paz. Pero es 
necesario optar. No se puede disfrutar a un tiempo de cosas 
incompatibles entre sí. 


La ciencia, desde su neutralidad valorativa, no condena a 
los apóstoles del evangelio de la violencia por elogiar el frenesí 
del asesinato y los deleites del sadismo. Los juicios de valor 
son siempre subjetivos y la sociedad liberal concede a 
cualquiera derecho a expresar libremente sus sentimientos. La 
civilización no ha enervado la originaria tendencia a la 
agresión, a la ferocidad y a la crueldad características del 
hombre primitivo. En muchos individuos civilizados aquellos 
impulsos sólo están adormecidos y resurgen violentamente 
tan pronto como fallan los frenos con que la civilización los 
domeña. Basta, a este respecto, recordar los indecibles 
horrores de los campos de concentración nazis. Los 
periódicos continuamente nos informan de crímenes 
abominables que atestiguan de la dormida tendencia a la 
bestialidad ínsita en el hombre. Las novelas y películas más 
populares son aquéllas que se ocupan de violencias y 
episodios sangrientos. Las corridas de toros y las peleas de 
gallos siguen atrayendo a multitudes. 


Si un escritor afirma que la chusma ansia la sangre e 
incluso que él mismo también, tal vez esté en lo cierto, igual 
que si asegura que el hombre primitivo se complacía en 
matar. Pero comete un grave error si cree que la satisfacción 
de tan sádicos impulsos no pone en peligro la propia 
existencia de la sociedad; si afirma que la civilización 
«verdadera» y la sociedad «conveniente» consisten en dar 
rienda suelta a las tendencias violentas, homicidas y crueles 
de la gente; o si proclama que la represión de dichos impulsos 
brutales perjudica el progreso de la humanidad, de tal suerte 


336 


que suplantar el humanitarismo por la barbarie impediría la 
degeneración de la raza humana. La división social del trabajo 
y la cooperación se fundan en la posibilidad de solucionar 
pacíficamente los conflictos. No es la guerra, como Heráclito 
decía, sino la paz el origen de todas las relaciones sociales. El 
hombre, además de los instintos sanguinarios, abriga otras 
apetencias igualmente innatas. Si quiere satisfacer éstas, habrá 
de reprimir sus tendencias homicidas. Quien desee conservar 
la propia vida y salud en condiciones óptimas y durante el 
tiempo más dilatado posible deberá admitir que respetando la 
vida y salud de los demás atiende mejor sus propias 
aspiraciones que mediante la conducta opuesta. Podrá 
lamentar que nuestro mundo sea así. Pero, por más lágrimas 
que derrame, no alterará la severa realidad. 


De nada sirve criticar esta afirmación aludiendo a la 
irracionalidad. Ningún impulso instintivo ¡puede ser 
analizado de modo racional, ya que la razón se ocupa sólo de 
los medios idóneos para alcanzar los fines deseados, pero no 
de los fines últimos en sí. El hombre se distingue de los 
restantes animales en que no cede a los impulsos instintivos si 
no es con un cierto grado de voluntariedad. Se sirve de la 
razón para, entre deseos incompatibles, optar por unos u 
otros. 


No puede decirse a las masas: Dad rienda suelta a vuestros 
afanes homicidas porque así vuestra actuación será 
genuinamente humana y mediante ella incrementaréis 
vuestro bienestar personal. Al contrario, conviene advertirles: 
Si dais satisfacción a vuestros deseos sanguinarios, habréis de 
renunciar a la satisfacción de otras muchas apetencias. 
Deseáis comer, beber, vivir en buenas casas, cubrir vuestra 
desnudez y mil cosas más, las cuales sólo a través de la 


397 


sociedad podéis alcanzar. No se puede tenerlo todo; es preciso 
elegir. Podrá resultar atractiva la vida arriesgada; también 
habrá quienes gusten de las locuras sádicas; pero lo cierto es 
que tales placeres resultan incompatibles con aquella 
seguridad y abundancia material de la que nadie en modo 
alguno quiere prescindir. 


La praxeología como ciencia no debe discutir el derecho del 
individuo a elegir y a proceder en consecuencia. Es el hombre 
que actúa, no el teórico, quien en definitiva decide. La función 
de la ciencia, por lo que a la vida y a la acción atañe, no estriba 
en formular preferencias valorativas, sino en exponer las 
circunstancias reales a las cuales forzosamente el hombre ha 
de atemperar sus actos, limitándose simplemente a resaltar 
los efectos que las diversas actuaciones posibles han de 
provocar. La teoría ofrece al individuo cuanta información 
pueda precisar para decidir con pleno conocimiento de causa. 
Viene a formular, como si dijéramos, un presupuesto, una 
cuenta de beneficios y costes. No cumpliría la ciencia su 
cometido si en esa cuenta omitiera alguna de las rúbricas que 
pueden influir en la elección y decisión finales. 


Falsas interpretaciones de la moderna ciencia 
natural, especialmente del darwinismo 


Algunos modernos antiliberales, tanto de derecha como de izquierda, pretenden 
amparar sus tesis en interpretaciones erróneas de los últimos descubrimientos 
efectuados por la ciencia biológica. 

1. Los hombres no son iguales. El liberalismo del siglo XVIII, lo mismo que el 
moderno igualitarismo, partía de aquella «evidente verdad» según la cual «todos los 


338 


hombres fueron creados iguales, y gozan de ciertos derechos inalienables». Ante tal 
afirmación, los defensores de la filosofía biológica social aseguran que la ciencia 
natural ha demostrado ya, de modo irrefutable, que los hombres no son iguales 
entre sí. La contemplación de la realidad tal cual es prohíbe especular en torno a 
unos imaginarios derechos naturales del hombre. Porque la naturaleza es insensible 
y no se preocupa ni de la vida ni de la felicidad de los mortales; al contrario, es un 
regular y férreo imperativo. Es un disparate metafísico pretender aunar la 
resbaladiza y vaga noción de libertad con las absolutas e inexorables leyes del orden 
cósmico. De este modo cae por su base la idea fundamental del liberalismo. 


Es cierto que el movimiento liberal y democrático de los siglos XVIII y XIX apeló 
enérgicamente a la idea de ley natural y a los imprescriptibles derechos del hombre. 
Tales ideas, elaboradas originariamente por los pensadores clásicos y por la teología 
hebraica, fueron absorbidas por la filosofía cristiana. Algunas sectas anticatólicas 
basaron en ellas sus programas políticos. Una larga teoría de eminentes filósofos 
también las defendieron. Se popularizaron y llegaron a constituir el más firme 
sostén del movimiento democrático. Aun hoy en día hay muchos que las defienden, 
pasando por alto el hecho indudable de que Dios o la Naturaleza crea desiguales a 
los hombres; mientras unos nacen sanos y fuertes, otros son víctimas de 
deformidades y lacras. Según ellos, todas las diferencias entre los hombres no son 
sino fruto de la educación, de las oportunidades personales y de las instituciones 
sociales. 


Las enseñanzas de la filosofía utilitaria y de la economía política clásica nada 
tienen que ver con la teoría de los derechos naturales. Lo único que les interesa es la 
utilidad social. Recomiendan la democracia, la propiedad privada, la tolerancia y la 
libertad no porque sean instituciones naturales y justas, sino porque resultan 
beneficiosas. La idea básica de la filosofía ricardiana es la de que la cooperación 
social y la división del trabajo que se perfecciona entre gentes superiores y más 
eficientes en cualquier sentido, de un lado, y de otro, gentes inferiores y de menor 
eficiencia igualmente en cualquier aspecto, beneficia a todos los intervinientes. El 
radical Bentham gritaba: «Derechos naturales, puro dislate; derechos naturales e 
imprescriptibles, vacua retórica»l!%, En su opinión, «el único fin del gobierno 
debería estribar en proporcionar la mayor felicidad al mayor número posible de 
ciudadanos»!!! 
estimarse bueno y procedente, se desentiende de toda idea preconcebida acerca de 
los planes y proyectos de Dios o de la Naturaleza, incognoscibles siempre; prefiere 
limitarse a estudiar qué cosas fomentan en mayor grado el bienestar y la felicidad 
del hombre. Malthus demostró cómo la naturaleza, que restringe los medios de 
subsistencia precisados por la humanidad, no reconoce derecho natural alguno a la 
existencia; demostró que si se hubiera dejado llevar por el natural impulso a la 
procreación, el hombre nunca habría logrado liberarse del espectro del hambre. 
Proclamó, igualmente, que la civilización y el bienestar sólo pueden prosperar en 


. De acuerdo con lo anterior, Bentham, al investigar qué debe 


tanto en cuanto el individuo logra dominar mediante un freno moral sus instintos 


339 


genésicos. El utilitarismo no se opone al gobierno arbitrario y a la concesión de 
privilegios personales porque resulten contrarios a la ley natural, sino porque 
restringen la prosperidad de la gente. Preconiza la igualdad de todos ante la ley, no 
porque los hombres sean entre sí iguales, sino por entender que tal política beneficia 
a la comunidad. La biología moderna, al demostrar la inconsistencia de conceptos 
tan ilusorios como el de la igualdad de todos los hombres, no viene más que a 
repetir lo que el utilitarismo liberal y democrático proclamó, y ciertamente con 
mayor fuerza argumental. Es indudable que ninguna doctrina biológica podrá jamás 
desvirtuar lo que la filosofía utilitaria predica acerca de la conveniencia social que en 
sí encierran la democracia, la propiedad privada, la libertad y la igualdad ante la ley. 


La actual preponderancia de doctrinas que abogan por la desintegración social y 
el conflicto armado no debe atribuirse a una supuesta adaptación de la filosofía 
social a los últimos descubrimientos de la ciencia biológica, sino al hecho de haber 
sido casi universalmente repudiada la filosofía utilitaria y la teoría económica. Se ha 
suplantado con una filosofía que predica la lucha irreconciliable de clases y el 
conflicto internacional armado la ideología «ortodoxa» que pregonaba la armonía 
entre los intereses rectamente entendidos, es decir, los intereses, a la larga, de todos, 
ya se tratara de individuos, de grupos sociales o de naciones. Los hombres se 
combaten ferozmente porque están convencidos de que sólo mediante el exterminio 
y la liquidación de sus adversarios pueden personalmente prosperar. 


2. Implicaciones sociales del darwinismo. Asegura el darwinismo social que la 
teoría de la evolución, según la formuló Darwin, vino a demostrar que la naturaleza 
en modo alguno brinda paz o asegura respeto para la vida y el bienestar de nadie. La 
naturaleza presupone la pugna y el despiadado aniquilamiento de los más débiles 
que fracasan en la lucha por la vida. Los planes liberales, que pretenden implantar 
una paz eterna, tanto en el interior como en el exterior, son fruto de un 
racionalismo ilusorio en contradicción evidente con el orden natural. 


El concepto de lucha por la existencia, que Darwin tomó de Malthus sirviéndose 
de él en la formulación de su teoría, ha de entenderse en un sentido metafórico. 
Mediante tal expresión se afirma simplemente que el ser vivo opone resistencia 
esforzada a cuanto pueda perjudicar su existencia. Esa activa resistencia, para ser 
útil, ha de conjugarse con las circunstancias ambientales bajo las cuales opera el 
interesado. La lucha por la vida no implica recurrir siempre a una guerra de 
exterminio como la que el hombre mantiene contra los microbios nocivos. 
Sirviéndose de la razón, el individuo advierte que como mejor cuida de su bienestar 
personal es recurriendo a la cooperación social y a la división del trabajo. Éstas son 
las armas principales con que cuenta en la lucha por la existencia. Pero sólo en un 
ambiente de paz puede recurrirse a ellas. Las guerras y las revoluciones son 
perjudiciales para el hombre en su lucha por la vida precisamente porque rompen el 
aparato de la cooperación social. 


3. La razón y la conducta racional considerada antinatural. La teología cristiana 


340 


condenó las funciones animales del cuerpo humano y concibió el «alma» como algo 
ajeno a los fenómenos biológicos. En una reacción excesiva contra dicha filosofía, 
algunos modernos tienden a despreciar todo aquello en que el hombre se diferencia 
de los demás animales. Estas nuevas ideas consideran que la razón humana es 
inferior a los instintos e impulsos animales; no es natural y por consiguiente es 
mala. Los términos racionalismo y conducta racional han cobrado así un sentido 
peyorativo. El hombre perfecto, el hombre verdadero, es un ser que prefiere atenerse 
a sus instintos primarios más que a su razón. 

Lo cierto, sin embargo, es que la razón, el rasgo humano más genuino, es un 
fenómeno igualmente biológico. No es ni más ni menos natural que cualquier otra 
circunstancia típica de la especie homo sapiens como, por ejemplo, el caminar erecto 
o el carecer de pelaje. 


341 


CAPÍTULO IX 


EL PAPEL DE LAS IDEAS 


1. La RAZÓN HUMANA 


La razón es un rasgo peculiar y característico del hombre. 
No tiene la praxeología por qué dilucidar si es o no 
instrumento idóneo para llegar a aprehender las verdades 
últimas y absolutas. Se interesa por la razón únicamente en 
cuanto instrumento que le permite actuar. 


Todos esos objetos que son el substrato de la sensación 
humana, de la percepción y de la observación se hallan 
también ante los sentidos de los animales. Pero sólo el 
hombre es capaz de transformar tales estímulos sensorios en 
observación y experiencia. Y sólo él sabe ordenar sus 
múltiples conocimientos y experiencias en un sistema 
coherente. 

El pensamiento precede siempre a la acción. Pensar es 
deliberar previamente sobre una acción futura y reflexionar 
luego sobre una acción pasada. Pensar y actuar son 
fenómenos inseparables. Toda acción se basa siempre sobre 


342 


una determinada idea acerca de las relaciones causales. Al 
percibir una relación causal, el sujeto formula un teorema. 
Acción sin pensamiento y práctica sin teoría resultan 
inconcebibles. Tal vez el razonamiento sea defectuoso o la 
teoría incorrecta; pero el pensar y el teorizar no pueden faltar 
nunca en la acción. Por otra parte, pensar implica 
invariablemente idear una posible acción. Incluso quien 
razona en torno a una teoría pura supone que la misma es 
correcta, es decir, que si la acción se ajustara a ella provocaría 
los resultados previstos por el pensamiento. Para la lógica 
carece de importancia que tal acción sea factible o no. 


Siempre es un individuo quien piensa. La sociedad no 
puede pensar, como tampoco puede comer o beber. La 
evolución del razonar humano desde el ingenuo pensamiento 
del hombre primitivo hasta las más sutiles elaboraciones de la 
ciencia moderna se ha producido en el ámbito de la sociedad. 
Pero el propio razonar es invariablemente obra individual. Es 
posible la acción conjunta; en cambio, el pensamiento 
conjunto resulta inconcebible. La tradición conserva y 
transmite las ideas, incitando a las generaciones posteriores a 
continuar la labor intelectual. Ello no obstante, el hombre no 
tiene otra forma de apropiarse del pensamiento de sus 
precursores que repensándolo de nuevo personalmente. Sólo 
entonces puede proseguir y ampliar las ideas recibidas. La 
palabra constituye el vehículo principal de que se sirve la 
tradición. El pensamiento hállase ligado a la palabra, y 
viceversa. Los conceptos se encarnan en los vocablos. El 
lenguaje es el instrumento de la razón y también de la acción 
social. 


La historia del pensamiento y de las ideas es un proceso 
que se desarrolla de generación en generación. El 


343 


pensamiento de épocas posteriores brota del de épocas 
anteriores. Sin el concurso de este estímulo todo progreso 
intelectual habría sido imposible. La continuidad del 
quehacer humano, el sembrar para nuestros hijos, mientras 
cosechamos lo que nuestros mayores cultivaron, se refleja 
también en la historia de la ciencia y de las ideas. Heredamos 
de nuestros antepasados no sólo bienes y productos diversos, 
de los que derivamos riquezas materiales, sino también ideas 
y pensamientos, teorías y técnicas, a las que nuestra 
inteligencia debe su fecundidad. 


Pero el pensar es siempre una manifestación del individuo. 


2. CONCEPCIÓN DEL MUNDO E IDEOLOGÍA 


Las teorías que orientan la acción son con frecuencia 
imperfectas e  insatisfactorias. Incluso llegan a ser 
contradictorias, resultando difícil ordenarlas en un sistema 
global y coherente. 


Si ordenamos los diversos teoremas y teorías que guían la 
conducta de ciertos individuos y grupos como un conjunto 
coherente y tratamos de incluirlas en un sistema, es decir en 
un cuerpo global de conocimientos, podemos hablar de 
concepción del mundo o Weltanschauung. Una concepción 
del mundo es, en cuanto teoría, una interpretación global de 
todos los fenómenos y, en cuanto norma rectora de la acción, 
una opinión acerca de los medios más idóneos para suprimir 
la incomodidad en la mayor medida posible. Es, por un lado, 


344 


una explicación racional de cuanto existe y, por otro, una 
técnica, tomando ambos conceptos en su sentido más amplio. 
La religión, la metafísica y la filosofía aspiran a ofrecer una 
visión del mundo. Interpretan el universo e indican a los 
hombres cómo deben proceder. 

El concepto de ideología es más restringido que el de visión 
del mundo. Las ideologías surgen en el campo de la acción 
humana y de la cooperación social, desentendiéndose de los 
problemas que pretenden resolver la metafísica, la religión, las 
ciencias naturales o las técnicas de éstas derivadas. Una 
ideología es el conjunto de doctrinas relativas a la conducta 
individual y las relaciones sociales. Tanto las concepciones del 
mundo como las ideologías trascienden los límites impuestos 
al estudio puramente neutral y académico de las cosas tales 
como son. Son no sólo teorías científicas, sino también 
doctrinas sobre la forma de comportarse, es decir, sobre los 
fines últimos a que el hombre debe aspirar en su peregrinar 
por la tierra. 


El ascetismo enseña que, para superar las penas y alcanzar 
la paz, la alegría y la felicidad plena, el hombre no tiene más 
remedio que renunciar a los bienes terrenales y liberarse de 
todo afán mundano. Es preciso apartarse de los placeres 
materiales, soportar con mansedumbre las contrariedades de 
este valle de lágrimas y prepararse devotamente para la vida 
ultraterrena. Ahora bien, es tan escaso el número de quienes, 
a lo largo de la historia, han seguido firme y lealmente las 
doctrinas ascéticas, que hoy sólo podemos ofrecer un puñado 
de nombres. Parece como si esa total pasividad que reclama el 
ascetismo fuera contraria a la propia naturaleza humana. 
Predomina el empuje vital. De ahí que los principios ascéticos 
hayan sido con frecuencia adulterados. Hasta los más santos 


345 


ermitaños hicieron concesiones a la vida y a los placeres 
terrenales en pugna con la rigidez de sus principios. Pero tan 
pronto como el asceta acepta cualquier concesión a los 
intereses terrenales y sustituye los ideales puramente 
vegetativos por las cosas de este mundo, por más 
incompatible que esa conducta sea con la doctrina que 
profesa, tiende un puente sobre el abismo que le separa de 
quienes se ven atraídos por la vida sensual. En ese momento 
tiene algo común con el resto de los mortales. 


Las ideas humanas sobre temas que ni el razonamiento ni 
la experiencia proporciona algún conocimiento pueden ser 
tan radicalmente distintos que no se pueda alcanzar ningún 
acuerdo. En estos campos en los que ni el razonamiento 
lógico ni la experiencia sensorial pueden coartar las libres 
ensoñaciones de la mente el hombre puede dar rienda suelta a 
su individualidad y subjetividad. Nada hay más personal que 
las ideas e imágenes sobre lo trascendente. El lenguaje no 
puede expresar lo inefable; nunca se sabe si el oyente da a las 
palabras el mismo significado que el orador. En lo tocante al 
más allá no es posible la transacción. Las guerras religiosas 
son las más terribles porque la reconciliación entre los 
litigantes resulta impensable. 


Por el contrario, en los asuntos puramente terrenales ejerce 
una influencia decisiva la natural afinidad de todos los 
hombres y la identidad de sus necesidades biológicas en lo 
que respecta a la conservación de la vida. La mayor 
productividad de la cooperación humana bajo el signo de la 
división del trabajo hace que la sociedad constituya para 
todos el instrumento fundamental en orden a la consecución 
de los fines propios de cada uno, cualesquiera que éstos sean. 
El mantenimiento de la cooperación social y su progresiva 


346 


intensificación interesa a todos. De ahí que la visión del 
mundo o la ideología que no predique la estricta e 
incondicional observancia de la vida ascética y anacorética 
deba proclamar forzosamente que la sociedad es el 
instrumento más idóneo para conseguir los objetivos que el 
hombre persigue en lo terrenal. Pero entonces surge 
automáticamente una base común sobre la que es posible 
resolver los problemas secundarios y los detalles de la 
organización social. Por mucho que las distintas ideologías 
puedan resultar contradictorias entre sí, siempre coincidirán 
en una cosa, a saber, en la conveniencia de mantener la 
cooperación social. 


Esta circunstancia pasa frecuentemente inadvertida, ya que 
la gente, al analizar filosofías e ideologías, se fija más en lo que 
éstas predican acerca de los problemas trascendentes e 
incognoscibles que en lo que afirman respecto a las 
actividades terrenales. Las distintas partes de un mismo 
sistema ideológico se hallan frecuentemente separadas por 
abismos insalvables. Ahora bien, lo único que realmente 
interesa al hombre que actúa son las normas que regulan su 
acción, no las doctrinas puramente académicas que no 
pueden aplicarse a la conducta en el marco de la cooperación 
social. Podemos dejar de lado la filosofía del ascetismo duro e 
inquebrantable, ya que por su propia rigidez resulta 
inaplicable en la práctica. Todas las demás ideologías, al 
admitir la conveniencia de las preocupaciones terrenas, se ven 
obligadas a reconocer, de una forma u otra, que la división del 
trabajo es más fecunda que la actuación aislada. Por 
consiguiente, se ven en la necesidad de proclamar la 
conveniencia de la cooperación social. 


Ni la praxeología ni la economía política pueden abordar 


347 


los aspectos trascendentes y metafísicos de cualquier doctrina. 
A la inversa, tampoco sirve de nada el recurrir a dogmas o 
credos metafísicos o religiosos para invalidar los teoremas y 
doctrinas que el razonamiento praxeológico formula acerca 
de la cooperación social. Cualquier filosofía que reconozca la 
conveniencia de que existan lazos sociales entre los hombres 
queda situada, por lo que se refiere a los problemas atinentes 
a la actuación social, en un terreno en el que no se puede 
recurrir a convicciones personales o a profesiones de fe que 
no puedan ser sometidas a un riguroso examen mediante 
métodos racionales. 


Este hecho fundamental se olvida con frecuencia. La gente 
cree que las diferencias en la concepción del mundo crean 
conflictos irreconciliables. Se cree que los antagonismos 
básicos entre grupos que se inspiran en diferentes visiones del 
mundo no pueden arreglarse mediante el compromiso, ya 
que derivan de los más profundos entresijos del alma humana 
y reflejan la comunión innata del hombre con fuerzas 
sobrenaturales y eternas. De ahí que no pueda haber 
cooperación entre gentes a quienes separan oOpuestas 
concepciones del mundo. 


Ahora bien, si examinamos los programas de los diferentes 
partidos —los publicados y formalmente proclamados y los 
que en la práctica aplican al llegar al poder—, podremos 
descubrir fácilmente la falacia de esta interpretación. Es 
indudable que todos los partidos políticos aspiran hoy a 
conseguir el bienestar y la prosperidad material de sus 
seguidores. Todos prometen mejorar su situación económica. 
Sobre este punto no hay diferencia entre la Iglesia Católica y 
las confesiones protestantes; entre el cristianismo y las 
religiones no cristianas; entre los defensores de la libertad 


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económica y los partidarios de las distintas sectas del 
materialismo marxista; entre nacionalistas e 
internacionalistas; entre quienes se apoyan en el racismo y 
quienes prefieren la convivencia interracial. Cierto es que 
muchos de estos grupos creen que sólo acabando con los 
demás podrán ellos medrar, recomendando en consecuencia 
el aniquilamiento previo o la esclavización del disidente. 
Ahora bien, esa violenta opresión del oponente no es para 
quienes la aconsejan un fin último, sino tan sólo un medio, en 
su opinión idóneo, para alcanzar el objetivo deseado: la 
prosperidad de los propios seguidores. Si estos partidos 
comprendieran que tal política jamás puede alcanzar los 
resultados apetecidos, no hay duda de que modificarían sus 
programas. 


Las ampulosas declaraciones que los hombres han 
formulado en torno a lo incognoscible e inasequible para la 
mente humana, en torno a cosmologías, concepciones del 
mundo, religiones, misticismos, metafísicas y fantasías 
conceptuales difieren ampliamente unas de otras. Pero la 
esencia práctica de estas ideologías, es decir sus enseñanzas 
sobre los fines que deben alcanzarse en la vida terrenal y los 
medios para conseguirlos, muestran una gran uniformidad. 
Existen, desde luego, diferencias y antagonismos por lo que se 
refiere a los fines y los medios. Pero por lo que respecta a los 
fines, esas disparidades de criterio no son inconciliables ni 
impiden la cooperación ni el compromiso en la esfera de la 
acción social; y en lo tocante a medios y sistemas, tales 
diferencias son sólo de carácter técnico, por lo cual se las 
puede someter a examen racional. Cuando en el calor de la 
disputa uno de los bandos declara: «No podemos proseguir la 
discusión, pues se han planteado cuestiones que afectan a 


349 


nuestros principios básicos y en tal materia no cabe la 
transacción; es imperativo que cada uno sea fiel a sus ideales, 
cueste lo que cueste», basta con mirar las cosas un poco más 
detenidamente para advertir de inmediato que las diferencias 
suscitadas no son tan serias como esa declaración pretende. 
En efecto, para los partidos que propugnan el bienestar 
material de los suyos y que, por consiguiente, defienden la 
necesidad de la cooperación social, las disparidades que 
pueden suscitarse en torno a la mejor organización social y la 
más conveniente actuación humana no atañen a principios 
ideológicos ni a doctrinas generales; se trata, por el contrario, 
de cuestiones simplemente técnicas, sobre las que el acuerdo 
no es difícil. Ningún partido proclama la desintegración 
social, la anarquía y la vuelta a la barbarie primitiva frente a 
una solución armónica, aun cuando ésta pueda implicar el 
sacrificio de ciertos detalles ideológicos. 


En los programas políticos estas cuestiones técnicas tienen, 
indudablemente, gran importancia. El partido puede haberse 
comprometido a utilizar ciertos medios, a aplicar 
determinados métodos de acción, rechazando por inoportuna 
toda otra política. Al hablar de partido entendemos aquella 
unidad que agrupa a cuantos creen en la conveniencia de 
emplear unos mismos sistemas de acción común. Lo que 
distingue a unos ciudadanos de otros y plasma los partidos 
políticos es la elección de los medios. Para el partido en 
cuanto tal los medios elegidos son esenciales. El partido tiene 
sus días contados si se demuestra la esterilidad de los medios 
que preconiza. Los jefes, cuyo prestigio y porvenir político 
está íntimamente ligado al programa en cuestión, advierten 
los peligros de permitir una discusión amplia y sin trabas de 
sus sistemas, prefiriendo atribuir a éstos el carácter de fines 


350 


últimos indiscutibles en cuanto basados en la inmodificable 
doctrina general. Pero para las masas, en cuya representación 
pretenden aquéllos actuar, para los votantes, a quienes los 
mismos desean atraer y cuyos sufragios mendigan, el 
planteamiento es radicalmente distinto. Estas personas no 
pueden ver inconveniente alguno en que se someta a 
detallado análisis el programa en cuestión, pues a fin de 
cuentas tal programa no es más que un conjunto de 
propuestas sobre los medios más apropiados para alcanzar el 
fin que a todos interesa: el bienestar terrenal. 


Lo que divide a aquellos partidos que hoy se presentan 
como partidos ideológicos, es decir partidos centrados en 
decisiones filosóficas básicas sobre los fines últimos, es sólo 
una aparente discrepancia en lo que respecta a estos fines 
últimos. Los antagonismos surgen cuando se plantean 
cuestiones religiosas, o bien problemas de relaciones 
internacionales, referentes a la propiedad de los medios de 
producción o a la organización política. Pero es fácil 
demostrar que tales antagonismos se refieren exclusivamente 
a los medios a emplear, nunca a los fines últimos. 


Comencemos con el problema de la organización política 
de una nación. Hay partidarios de la democracia, otros de la 
monarquía hereditaria, no faltan quienes prefieren el 
gobierno de «los mejores» o recomiendan la dictadura 
cesaristal'!, Es cierto que estos programas buscan con 
frecuencia justificación en instituciones divinas, en eternas 
leyes universales, en el orden natural, en la inevitable 
evolución histórica y en otros conceptos de tipo trascendente. 
Pero tales afirmaciones son puramente retóricas. Cuando se 
dirigen al electorado, recurren a otros argumentos. Afánanse 
por demostrar que su sistema es el más eficaz para lograr los 


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objetivos a que todos aspiran. Resaltan los logros conseguidos 
en épocas pasadas o en otros países; atacan los programas 
ajenos por haber fracasado en la consecución de estos 
objetivos ambicionados. Recurren al razonamiento puro y a la 
experiencia histórica para demostrar la superioridad de sus 
propuestas y la futilidad de las de sus adversarios. Su 
argumento principal es siempre: el sistema político que 
defendemos os hará más prósperos y felices. 


En el campo de la organización económica de la sociedad 
existen los liberales, que defienden la propiedad privada de 
los medios de producción; los socialistas, que abogan por la 
propiedad pública de los mismos; y los intervencionistas, 
partidarios de un tercer sistema equidistante, en su opinión, 
tanto del socialismo como del capitalismo. También aquí hay 
mucha palabrería sobre los principios filosóficos. La gente 
habla de la verdadera libertad, de la igualdad y de la justicia 
social, de los derechos del individuo, de la comunidad, de la 
solidaridad y de la hermandad entre todos los hombres. Pero 
cada partido pretende demostrar mediante el raciocinio y la 
experiencia histórica que sólo el sistema que él propugna 
logrará hacer prósperos y felices a los ciudadanos. Aseguran a 
las masas que la realización de su programa elevará el nivel 
general de vida en mayor grado que los proyectos que 
defienden los demás partidos. Insisten en la oportunidad y 
utilidad de sus propios planes. Es claro que no difieren en 
cuanto a los fines, sino sólo en lo atinente a los medios. Tanto 
unos como otros aspiran al máximo bienestar material 
posible para todos. 


Los nacionalistas aseguran que existe un conflicto 
irreconciliable entre los intereses de las diversas naciones, 
mientras que, por el contrario, los intereses rectamente 


352 


entendidos de todos los ciudadanos dentro de la propia 
nación pueden perfectamente armonizarse. Un país sólo 
puede prosperar a costa de los demás; y el particular 
únicamente progresa cuando su nación predomina. Los 
liberales no opinan lo mismo. Aseguran que los intereses de 
las distintas naciones se armonizan entre sí no menos que los 
de los distintos grupos, estamentos y clases de cada nación. 
Creen que la pacífica cooperación internacional es un medio 
más idóneo que el conflicto armado para alcanzar la meta a la 
cual todos aspiran: la riqueza y bienestar nacional. No 
propugnan la paz y la libertad comercial porque deseen 
traicionar a su país y favorecer al extranjero, como suponen 
los nacionalistas. Muy al contrario, precisamente porque 
quieren enriquecer a la patria, aconsejan recurrir a la paz y al 
libre cambio. Lo que separa a los librecambistas de los 
nacionalistas no es, pues, el objetivo perseguido, sino los 
medios propuestos para alcanzarlo. 


Las discrepancias religiosas no pueden solucionarse 
recurriendo al razonamiento. Los conflictos religiosos son por 
esencia implacables e insolubles. Ahora bien, en cuanto una 
comunidad religiosa aborda el campo de la acción política y 
los problemas de la organización social, tiene que ocuparse de 
intereses terrenales, aunque ello a veces pueda entrar en 
conflicto con los dogmas y artículos de fe. Ninguna religión se 
aventuró jamás a decir francamente a sus feligreses: la 
realización de nuestros planes os empobrecerá y rebajará 
vuestro nivel de vida. 

Quienes de verdad quieren abrazar una vida de austeridad 
y pobreza huyen de la escena política y se refugian en retiros 
monásticos. Pero las iglesias y comunidades religiosas que 
aspiran al proselitismo y desean influir en la conducta política 


353 


y social de sus fieles no condenan lo que en el mundo resulta 
atractivo. Cuando se enfrentan con los problemas materiales 
del peregrinar terrenal, en poco difieren de los demás partidos 
políticos. Insisten más en las ventajas tangibles que los 
creyentes tienen reservadas que en las bienaventuranzas del 
más allá. 


Sólo una doctrina general cuyos seguidores renunciaran a 
toda actividad terrenal podría pasar por alto el que la 
cooperación social es el gran medio para la consecución de 
todos los fines humanos. Puesto que el hombre es un animal 
social, que sólo prospera dentro de la sociedad, todas las 
ideologías se ven en la necesidad de reconocer la importancia 
de la cooperación humana. De ahí que los partidos quieran 
siempre hallar la organización social más perfecta y que mejor 
sirva al deseo del hombre de alcanzar el máximo bienestar 
material posible. Todos esos diversos modos de pensar vienen 
así a coincidir en un terreno común. No son, pues, doctrinas 
generales ni cuestiones trascendentes inabordables por el 
análisis racional lo que a tales grupos separa, sino cuestiones 
de vías y medios. Las discrepancias ideológicas pueden 
analizarse con los métodos científicos de la praxeología y de la 
economía. 


La lucha contra el error 


El examen crítico de los sistemas filosóficos formulados por los grandes 
pensadores de la humanidad ha revelado a menudo fallos y grietas en la 
impresionante estructura de estas al parecer consecuentes y coherentes 


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construcciones intelectuales. Incluso el genio, al esbozar doctrinas generales, falla a 
veces, no pudiendo evitar contradicciones y falsos silogismos. 


Las ideologías comúnmente aceptadas por la opinión pública adolecen aún en 
mayor grado de esas imperfecciones de la mente humana. Con harta frecuencia, son 
una ecléctica yuxtaposición de ideas totalmente incompatibles entre sí. No resisten 
el más somero análisis. Su inconsistencia resulta insalvable, hallándose de antemano 
condenado al fracaso todo intento de combinar las diversas partes que los forman 
para ordenar un sistema lógico coherente. 


No faltan autores que pretenden justificar las íntimas contradicciones de las 
ideologías en boga resaltando la utilidad de las fórmulas transaccionales, por 
deficientes que, desde un punto de vista lógico, pudieran parecer, ya que permiten el 
pacífico desenvolvimiento de las relaciones humanas, apoyándose en la extendida 
pero errónea creencia según la cual ni la vida ni la realidad serían en sí «lógicas». Un 
sistema lógicamente contradictorio, afirman, puede demostrar su utilidad al 
acreditar que funciona de modo satisfactorio, en tanto que un sistema lógicamente 
perfecto podría provocar resultados desastrosos. No hace falta refutar, una vez más, 
tan patentes errores. El pensamiento lógico y la vida real en modo alguno son 
órbitas separadas. La lógica es el único medio del que el hombre dispone para 
resolver los problemas que la realidad le plantea. Lo que es contradictorio en teoría 
no lo es menos en la práctica. Ninguna ideología inconsecuente puede proporcionar 
solución satisfactoria, o sea, operante, a las cuestiones que la vida plantea. Los 
razonamientos contradictorios sólo sirven para enmascarar los auténticos 
problemas, impidiendo que la gente pueda adoptar a tiempo apropiadas conductas 
que permitan resolverlos. A veces se puede retrasar la aparición del insoslayable 
conflicto, pero, al disimular y encubrir los males, éstos se agravan y hacen más 
difícil su solución final. Se multiplica el malestar, se intensifican los odios y se 
imposibilitan las soluciones pacíficas. Es un grave error considerar inofensivas e 
incluso beneficiosas las contradicciones ideológicas. 


El objetivo principal de la praxeología y de la economía consiste en reemplazar 
por ideologías correctas y coherentes las contradictorias creencias del eclecticismo 
popular. Sólo recurriendo a los medios que la razón brinda se puede impedir la 
desintegración social y garantizar el constante mejoramiento de las condiciones de 
vida. El hombre debe examinar con el máximo rigor los problemas que se le 
plantean hasta el punto más allá del cual la mente ya no pueda proceder. No 
debemos jamás conformarnos con las soluciones sugeridas por pasadas 
generaciones, ni ceder en la lucha por el más perfecto conocimiento que permita 
eliminar el error en el mayor grado posible. Hay que divulgar la verdad y 
desenmascarar sin descanso las doctrinas falaces. 

Los problemas en cuestión son de orden puramente intelectual y como tales 
deben ser abordados. Es inadmisible pretender escamotearlos, transfiriéndolos al 
terreno de la moral o limitándose a vilipendiar, como seres indeseables, a los 


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defensores de ideologías contrarias a la propia. De nada sirve insistir, una y otra vez, 
en la bondad de lo que nosotros defendemos y en la nocividad de lo que propugnan 
nuestros opositores. El problema consiste precisamente en eso, en determinar qué 
cosas deben estimarse buenas y cuáles nocivas. El rígido dogmatismo de las sectas 
religiosas y del marxismo provoca conflictos insolubles. Tal dogmatismo condena 
de antemano al disidente, tachándole de malhechor; niega la buena fe del 
contrincante y exige de él sumisión incondicional. Allí donde tal actitud prevalezca 
resulta imposible la cooperación social. 


No es más constructiva la tendencia, actualmente tan en boga, de motejar de 
pobre orate a todo el que defienda una ideología distinta de la propia. Los 
psiquiatras son incapaces de precisar la frontera entre la locura y la cordura. Sería 
ridículo para el profano pretender intervenir en tan grave cuestión médica. Además, 
si el mero hecho de sustentar puntos de vista equivocados y el proceder en 
consecuencia ha de estimarse signo de incapacidad mental, sería realmente difícil 
hallar un individuo al que se le pueda considerar cuerdo y normal. Según esto, 
habría que considerar locas a las generaciones pasadas porque sus ideas acerca de las 
ciencias naturales, y consiguientemente sus técnicas, diferían de las nuestras. Por la 
misma razón tendrían que considerarnos a nosotros dementes las generaciones 
venideras. El hombre es frecuentemente víctima del error. Si el equivocarse fuera el 
rasgo distintivo de la incapacidad mental, entonces todos debiéramos considerarnos 
lunáticos. 


El que un hombre no coincida con la opinión mayoritaria de sus contemporáneos 
tampoco autoriza a calificarlo de demente. ¿Acaso eran tales Copérnico, Galileo o 
Lavoisier? Es propio del curso normal de la historia el que sean concebidas nuevas 
ideas, contrarias a las a la sazón prevalentes. Algunas de estas ideas serán luego 
incorporadas al conjunto de conocimientos aceptados como verdaderos por la 
opinión pública. ¿Es admisible considerar «cuerdos» solamente a aquellos hombres- 
masa que nunca tuvieron una idea propia y negar dicha consideración a todo 
innovador? 


La actitud adoptada por algunos psiquiatras contemporáneos es realmente 
imperdonable. Ignoran por completo las doctrinas praxeológicas y económicas. Sus 
conocimientos acerca de las modernas ideologías son sólo superficiales e 
incontrastados. Ello no les impide calificar, con la mayor despreocupación, de 
paranoicos a los defensores de esas nuevas ideologías. 

Hay personas a las que se califica comúnmente de arbitristas monetarios; ofrecen 
fórmulas para hacer felices a todos mediante manipulaciones dineradas. Se trata, 
desde luego, de puras fantasías. Pero la verdad es que tales fórmulas vienen a ser 
consecuente aplicación de las ideologías monetarias que la opinión pública 
contemporánea suscribe y que aceptan en sus programas prácticamente todos los 
gobiernos. Las objeciones opuestas por los economistas a esos errores ideológicos ni 
las administraciones públicas ni los partidos políticos ni los grandes rotativos las 


356 


toman en cuenta. 


Los profanos en materia económica consideran la expansión del crédito y el 
aumento de la cantidad de dinero circulante medios eficaces para reducir de modo 
permanente el tipo de interés por debajo del nivel que alcanzaría en un mercado 
crediticio y de capitales no interferido. La idea es totalmente erróneal?!. A pesar de 
ello, inspira la política monetaria y crediticia de casi todos los gobiernos 
contemporáneos. Ahora bien, una vez dada por buena tan perniciosa ideología, 
nada cabe objetar a los planes que Pierre Joseph Proudhon, Ernest Solvay, Clifford 
Hugh Douglas y huestes de otros falsos reformadores han venido proponiendo. 
Tales arbitristas simplemente son más consecuentes con las premisas que el resto de 
sus contemporáneos. Aspiran a reducir el tipo de interés a cero y a suprimir así, de 
una vez para siempre, la «escasez de capital». Quien pretenda refutarles deberá 
primero demostrar lo infundado de las teorías en que se basa toda la política 
monetaria y crediticia de los grandes estados modernos. 


Los psiquiatras tal vez objeten que lo que caracteriza al loco es precisamente la 
carencia de moderación, el ir siempre a los extremos. Mientras el individuo normal 
es suficientemente juicioso como para refrenarse, el vesánico no se detiene ante 
ningún límite. Pero este argumento carece de base. Los conceptos esgrimidos en 
favor de la tesis según la cual el tipo de interés, mediante la expansión crediticia, 
puede ser reducido del cinco o el cuatro por ciento al tres o al dos por ciento militan 
igualmente en favor de su reducción a cero. Los arbitristas monetarios tienen 
ciertamente razón desde el punto de vista de las falacias monetarias hoy en día más 
extendidas. 


Hay psiquiatras que aseguran que eran dementes aquellos alemanes que se 
adhirieron al nazismo y quisieran curarles mediante procedimientos terapéuticos. 
De nuevo nos hallamos ante el mismo problema. Las doctrinas del nazismo son 
erróneas, pero en lo esencial coinciden con las ideologías socialistas y nacionalistas 
que la opinión pública de los demás pueblos aprueba. Lo que caracterizó a los nazis 
fue el aplicar, de modo consecuente, tales principios a las condiciones particulares 
de Alemania. Como sucede en todas las demás naciones modernas, los nazis 
preferían la regulación estatal de la vida mercantil y la autosuficiencia económica, es 
decir, la autarquía nacional. Lo típico de su política consistió en no querer consentir 
los perjuicios que había de acarrearles la adopción del mismo sistema por otras 
naciones. No estaban dispuestos —decían— a quedar «aprisionados» para siempre 
en un territorio relativamente superpoblado cuyas condiciones naturales daban 
lugar a que allí la productividad del trabajo resultara inferior a la de otros países. 
Creyeron que sus grandes cifras de población, una favorable situación estratégica y 
la proverbial fuerza y valor de sus instituciones armadas les deparaban buena 
ocasión para remediar mediante la agresión aquellos males que deploraban. 

Ahora bien, quien acepte como verdadera la ideología del nacionalismo y del 
socialismo considerándola adecuada para su propia nación, nada podrá oponer a las 


357 


conclusiones que de esos mismos idearios derivaron los nazis. El único camino que 
para refutar el nazismo les queda a las naciones extranjeras admiradoras de aquellos 
dos principios es el de recurrir a la guerra para aplastar por medios bélicos a 
cualquier Hitler y a sus seguidores. Mientras las ideologías del socialismo y del 
nacionalismo dominen la opinión pública mundial, los alemanes u otros pueblos, en 
cuanto se les presente la ocasión, intentarán de nuevo recurrir a la agresión y a la 
conquista. La mentalidad agresiva sólo quedará desarraigada cuando sean 
públicamente refutados los errores ideológicos en que se basa. No es ésta tarea de 
psiquiatras, sino de economistas!” 


El hombre sólo dispone de un instrumento para combatir el error: la razón. 


3. EL PODER 


La sociedad es producto de la acción humana. La acción 
humana se guía por ideologías. Por tanto, la sociedad y 
cualquier orden concreto de las relaciones sociales son fruto 
de ideologías. Éstas, contrariamente a lo que el marxismo 
afirma, no son producto de una determinada situación social. 
Cierto es que los pensamientos y las ideas humanas no son 
obra de individuos aislados. El pensar triunfa solamente a 
través de la cooperación de quienes piensan. La labor mental 
no podría progresar si el interesado tuviera que iniciar todo 
razonamiento desde el origen. El pensamiento humano 
avanza porque cada pensador se ve apoyado en sus esfuerzos 
por la labor que realizaron anteriores generaciones, las cuales 
forjaron los instrumentos del pensar, es decir, los conceptos y 
las terminologías, y plantearon los problemas. 


Todo orden social fue pensado y proyectado antes de ser 
puesto en práctica. Esta precedencia temporal y lógica del 
factor ideológico no supone afirmar que los hombres 


358 


formulen de antemano completos sistemas sociales como 
hacen los autores de utopías. Lo que se piensa y debe pensarse 
antes no es el acoplamiento de las acciones individuales en un 
sistema social ordenado, sino las acciones de los individuos 
con respecto a sus semejantes y la de los diversos grupos ya 
formados con respecto a los demás. Antes de que un hombre 
ayude a otro a cortar un árbol, dicha operación ha de ser 
pensada. Antes de que tenga lugar un acto de trueque, ha de 
concebirse la idea de la recíproca ventaja derivada del 
intercambio de bienes y servicios. No es preciso que los 
interesados comprendan que esa mutualidad origina lazos 
comunes y da lugar a un sistema social. El individuo ni planea 
ni actúa pensando en la creación de una sociedad. Pero su 
conducta y la correspondiente conducta de los demás 
producen los cuerpos sociales. 


Toda institución social es fruto de ideologías previamente 
formuladas. Dentro de una cierta organización social pueden 
surgir nuevas ideologías, sobreponerse a las anteriormente 
mantenidas y transformar así el sistema. La sociedad es 
siempre fruto de ideologías temporal y lógicamente 
anteriores. La acción está siempre dirigida por ideas; realiza lo 
que previamente ha diseñado el pensamiento. 


Si hipostatizamos o antropomorfizamos la noción de 
ideología, podemos decir que las ideologías ejercen poder 
sobre los hombres. Poder es facultad o capacidad de orientar 
la acción. El poder, por lo general, sólo se atribuye a un 
hombre o a un grupo de hombres. En este sentido, poder 
equivale a capacidad para ordenar la actuación ajena. Quien 
disfruta de poder debe su fuerza a una ideología. Únicamente 
las ideologías pueden conferir a un individuo poder para 
influir en la conducta y decisiones de terceros. El hombre, 


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para erigirse en jefe, ha de apoyarse en una ideología que 
obligue a los demás a serle dóciles y sumisos. El poder, por 
tanto, no es cosa material y tangible, sino un fenómeno moral 
y espiritual. El poder de la realeza se basaba en la aceptación 
de la ideología monárquica por parte de los súbditos. 


Quien se sirve de su poder para manejar el estado, es decir, 
el aparato social de coerción y compulsión, gobierna. 
Gobernar es ejercer poder sobre el cuerpo político. El 
gobierno se basa siempre en el poder, en la capacidad de 
ordenar ajenas actuaciones. 


Se puede, ciertamente, gobernar mediante la opresión 
violenta del pueblo disconforme. Lo típico del estado y del 
gobierno es, desde luego, gozar de atributos bastantes para 
aplicar coacción violenta o amenazar con la misma a quienes 
no quieran de buen grado someterse. Pero incluso esa 
violenta opresión también se funda en algo de orden 
ideológico. Quien pretenda servirse de la violencia habrá de 
estar respaldado por la voluntaria cooperación de algunos. Un 
individuo que sólo contara consigo mismo nunca podría 
gobernar mediante la fuerza físical". El tirano precisa del 
apoyo ideológico de determinado grupo para someter a los 
restantes; ha de disponer de un círculo de partidarios que 
voluntariamente le obedezcan. Esa espontánea sumisión le 
proporciona el arma necesaria para someter a los demás. La 
duración de su imperio depende de la relación numérica de 
los dos grupos, el que le apoya voluntariamente y el que es 
sometido por la fuerza. Aunque el déspota logre gobernar 
temporalmente gracias a una minoría, si ésta está armada y la 
mayoría no, a la larga la minoría no puede mantener 
sometida a la mayoría. Los oprimidos se rebelarán y 
rechazarán el yugo. 


360 


Un sistema duradero de gobierno debe basarse siempre en 
una ideología que la mayoría acepte. Son esencialmente de 
orden ideológico, moral y espiritual los factores «reales» y las 
«fuerzas efectivas» en que se apoya el gobierno y que éste, en 
definitiva, utiliza para someter por la violencia a la minoría 
disidente. Los gobernantes que olvidaron tan básico principio 
político y, confiando en la supuesta invencibilidad de sus 
fuerzas, menospreciaron el espíritu y las ideas acabaron 
siendo derrocadas por el empuje de sus adversarios. Muchas 
obras de política y de historia conciben erróneamente el 
poder como una «realidad» ajena a las ideologías. El término 
Realpolitik sólo tiene sentido cuando se emplea para calificar 
la política que se atiene a las ideologías comúnmente 
aceptadas, en contraste con la que pretende basarse en 
ideologías escasamente compartidas, las cuales, por tanto, no 
sirven para fundamentar un sistema duradero de gobierno. 


La mentalidad de quien concibe el poder como una fuerza 
física y «real» que permite imponerse y considera la acción 
violenta como el verdadero fundamento del gobernar es 
similar a la de los mandos subalternos colocados al frente de 
las secciones del ejército o de la policía. A tales subordinados 
no se les encomiendan más que concretas tareas dentro del 
marco de la ideología imperante. Los jefes ponen a sus 
órdenes tropas que no sólo están equipadas, armadas y 
organizadas para el combate, sino que se hallan además 
imbuidas de un espíritu que las impulsa a obedecer las 
órdenes recibidas. Los aludidos subalternos consideran esa 
disposición moral de la tropa como algo natural, por cuanto a 
ellos mismos les anima idéntico espíritu y no pueden ni 
imaginar una ideología diferente. El poder de una ideología 
estriba precisamente en eso, en inducir a la gente a someterse 


361 


a sus dictados sin vacilaciones ni escrúpulos. 


El planteamiento es totalmente distinto para el jefe del 
gobierno. Debe cuidarse de mantener la moral de las fuerzas 
armadas y la lealtad del resto de la población, pues tales 
factores morales constituyen los únicos elementos «reales» 
con que en definitiva cuenta para mantenerse. Su poder se 
esfumaría tan pronto como desapareciera la ideología que lo 
sustenta. 


Una minoría puede a veces conquistar el poder mediante 
una capacidad militar superior, instaurando así un gobierno 
antimayoritario. Pero semejante situación sólo puede ser 
transitoria. Si los victoriosos conquistadores no aciertan 
pronto a sustituir el mando que amparó la violencia por un 
gobierno que se apoye en el asenso ideológico de los 
gobernados, sucumbirán en ulteriores pugnas. Siempre 
triunfaron las minorías que lograron imponer un sistema 
duradero de gobierno legitimando su supremacía, o bien 
ateniéndose a las ideologías de los vencidos, o bien 
transformando éstas. Donde no se produjo ni una ni otra 
mutación ideológica la mayoría oprimida acabó avasallando a 
la minoría dominante, recurriendo a la lucha abierta o 
apoyándose en la callada pero inexorable presión de las 
fuerzas ideológicas”. 

La mayor parte de las grandes conquistas históricas 
perduraron porque los invasores se aliaron con aquellas clases 
de la nación derrotada que estaban respaldadas por la 
ideología dominante, alcanzando así la consideración de 
gobernantes legítimos. Tal fue el sistema seguido por los 
tártaros en Rusia, por los turcos en los principados del 
Danubio y en la mayor parte de Hungría y Transilvania y por 
británicos y holandeses en las Indias Orientales. Un puñado 


362 


de ingleses podía gobernar a varios cientos de millones de 
hindúes porque los príncipes y los grandes terratenientes 
indígenas vieron en el dominio imperial un medio de 
preservar sus privilegios, por lo cual prestaron a la corona 
victoriana el apoyo que la ideología generalmente aceptada en 
la India les ofrecía a ellos mismos. El imperio británico 
pervivió allí mientras la opinión pública prestó aquiescencia 
al orden social tradicional. La Pax Britannica salvaguardaba 
los privilegios de príncipes y terratenientes y protegía a las 
masas de las penalidades que las guerras entre los principados 
y las internas pugnas sucesorias hubiérales impuesto. En la 
actualidad, ideas subversivas, provenientes del exterior, han 
acabado con el predominio británico, amenazando el 
mantenimiento en el país de su ancestral orden social. 


Hay minorías triunfantes que a veces deben el éxito a su 
superioridad técnica. Pero ello no altera el problema. No es 
posible a la larga impedir que los miembros de la mayoría 
disfruten también de las mejores armas. Lo que sostuvo a los 
ingleses en la India no fue el armamento de sus tropas, sino 
puros factores ideológicos!”, 

La opinión pública de un país puede hallarse 
ideológicamente tan dividida que ningún grupo resulte ser 
suficientemente amplio para asegurar un gobierno duradero. 
En tal caso, surge la anarquía; las revoluciones y las luchas 
civiles se hacen permanentes. 


El tradicionalismo como ideología 


363 


El tradicionalismo es una ideología que considera justo y conveniente mantenerse 
fiel a las valoraciones, costumbres y procedimientos que, efectiva o supuestamente, 
adoptaron los antepasados. No es preciso que dichos antepasados lo sean en sentido 
biológico o puedan así estimarse; a veces, merecen tal consideración los anteriores 
habitantes del país, los previos seguidores de un mismo credo religioso o, incluso, 
quienes de siempre ejercieron cierta función. Las distintas variedades de 
tradicionalismo determinan en cada caso quiénes merecen la consideración de 
antepasados, así como el contenido del cuerpo de enseñanzas legado. La ideología 
en cuestión destaca a ciertos antecesores, mientras que a otros los relega al olvido; 
incluso califica de antepasados, en ciertas ocasiones, a gentes sin relación alguna con 
sus supuestos descendientes. Y más de una vez estima «tradicional» una doctrina de 
origen reciente contraria a las ideologías efectivamente mantenidas por los 
originarios. 

Para justificar las ideas tradicionales se alegan sus excelentes resultados en el 
pasado. Que tal afirmación sea correcta es otra cuestión. La investigación posterior 
ha demostrado a veces los errores de las afirmaciones tradicionalistas. Ello, sin 
embargo, no siempre ha sido suficiente para echar por tierra la doctrina tradicional. 
Pues el tradicionalismo no se fundamenta en hechos históricos reales, sino en la 
opinión acerca de los mismos, aunque errónea, y en la voluntad de creer en cosas a 
las que se atribuye la autoridad de antiguos orígenes. 


4. EL «MEJORISMO» Y LA IDEA DE PROGRESO 


Las ideas de avance y retroceso sólo cobran sentido en el 
marco de un sistema teleológico de pensar. En tal supuesto 
tiene sentido decir que se progresa al aproximarse a la meta 
deseada, considerando retroceso el movimiento contrario. 
Tales conceptos, si no hacen referencia a una acción 
determinada y a un objetivo definido, resultan vacuos y 
desprovistos de sentido. 


Uno de los defectos de la filosofía decimonónica consistió 
en su errónea interpretación del sentido del cambio cósmico y 


364 


en haber injertado en la teoría de la evolución biológica la 
idea de progreso. Contemplando situaciones pasadas, cabe 
emplear acertadamente los conceptos de desarrollo y 
evolución, de modo objetivo, si por evolución entendemos el 
proceso seguido por las situaciones pretéritas hasta llegar a las 
presentes. Ahora bien, es preciso guardarse del error de 
confundir el cambio con el mejoramiento y la evolución con 
la marcha hacia más elevadas formas de vida. Tampoco 
resulta permisible sustituir el antropocentrismo religioso y el 
característico de las antiguas doctrinas metafísicas por un 
antropocentrismo pseudofilosófico. 


Pero la praxeología no tiene por qué analizar de modo 
crítico tales filosofías. Su cometido consiste en refutar los 
errores que las vigentes ideologías plantean. 


La filosofía social del siglo xvI11 suponía que la humanidad 
había, al fin, alcanzado la edad de la razón. Mientras 
anteriormente predominaban los errores teológicos y 
metafísicos, en adelante prevalecería la razón. Los pueblos 
irían librándose, cada vez en mayor grado, de las cadenas de 
la superstición y la tradición, fijando su atención en el 
continuo mejoramiento de las instituciones sociales. Cada 
nueva generación aportaría lo suyo a la gran tarea. Con el 
tiempo la sociedad se hallaría integrada cada vez en mayor 
proporción por hombres libres deseosos de proporcionar la 
máxima felicidad al mayor número posible. Siempre podría 
producirse algún retroceso temporal. Pero acabaría 
triunfando la buena causa respaldada por la razón. Se 
consideraba la gente dichosa por haber nacido en el Siglo de la 
Ilustración que, mediante el descubrimiento de las leyes que 
rigen la conducta racional, abría posibilidades insospechadas 
a un constante progreso humano. Sólo sentían el haber de 


365 


morir antes de que en la práctica se produjeran todos los 
beneficiosos efectos de la nueva filosofía. «Desearía —dijo 
Bentham a Philaréte Chasles— que se me otorgara el 
privilegio de vivir los años que me restan, al final de cada uno 
de los siglos que seguirán a mi muerte; así podría ver los 
efectos provocados por mis escritos»"”., 


Todas estas esperanzas se fundaban en la firme convicción, 
característica de la época, de que las masas son normalmente 
buenas y razonables. Los estamentos superiores, los 
privilegiados aristócratas, que todo lo tenían, eran en cambio 
de condición perversa. El hombre común, especialmente el 
campesino y el obrero, era ensalzado románticamente, 
considerándosele como un ser de noble carácter, incapaz de 
caer en el error. Los filósofos, por tanto, confiaban en que la 
democracia, el gobierno por el pueblo, traería consigo la 
perfección social. 


Este prejuicio era un error fatal de los humanitarios, los 
filósofos y los liberales. Los hombres no son infalibles, sino 
que con frecuencia se equivocan. No es cierto que los más 
tengan siempre razón, ni que invariablemente conozcan los 
medios idóneos para alcanzar los fines deseados. «La fe en el 
hombre común» no tiene mejor fundamento que la antigua 
creencia en los dones sobrenaturales de reyes, sacerdotes y 
nobles. La democracia garantiza un gobierno acorde con los 
deseos y planes de la mayoría; lo que, en cambio, no puede 
impedir es que la propia mayoría sea víctima de ideas 
erróneas y que, consecuentemente, adopte medidas 
equivocadas que no sólo sean inapropiadas para alcanzar los 
fines deseados, sino que además resulten desastrosas. Las 
mayorías pueden fácilmente equivocarse y destruir la 
civilización. Para que triunfe la buena causa no basta con que 


366 


sea razonable y útil. Sólo si los hombres son tales que acaban 
adoptando normas de conducta razonables e idóneas para 
conseguir los fines por ellos mismos ambicionados, podrá 
nuestra civilización progresar; y únicamente entonces 
quedarán atendidos por la sociedad y el estado los deseos de 
los hombres en la medida de lo posible, bien entendido que 
éstos jamás podrán llegar a ser enteramente felices en sentido 
metafísico. El futuro, siempre incierto para los mortales, 
revelará si esas condiciones acabarán por darse. 


No tienen lugar en un sistema de praxeología el 
«mejorismo» y el fatalismo optimista. El hombre es libre en el 
sentido de que cada día ha de optar y preferir entre acogerse a 
aquellas normas de conducta que llevan al éxito o a aquellas 
otras que abocan al desastre, a la descomposición social y a la 
barbarie. 


El término progreso carece de sentido aplicado a eventos 
cósmicos o a concepciones generales del mundo. 
Desconocemos cuáles sean los planes del primer motor del 
universo. Pero es distinto cuando se usa en el marco de una 
doctrina ideológica. La inmensa mayoría de la humanidad 
quisiera disponer de más abundantes y mejores alimentos, 
vestidos, habitaciones y mil otros bienes materiales. No es 
porque los economistas sean unos burdos materialistas por lo 
que consideran que la elevación del nivel de vida de las masas 
supone progreso y mejora social. Al hablar así se limitan a 
proclamar que la gente siente ardientes deseos de ver 
mejoradas sus condiciones de vida. Por ello juzgan y 
ponderan las distintas fórmulas sociales posibles según su 
idoneidad para alcanzar los objetivos deseados. Quien 
considere cosa baladí el descenso de la mortalidad infantil, la 
progresiva supresión del hambre y de las enfermedades, que 


367 


arroje la primera piedra contra el materialismo de los 
economistas. 

El único criterio para enjuiciar la acción humana es si 
resulta o no capaz de conseguir los fines que el hombre 
persigue con su actuar. 


368 


CAPÍTULO X 


EL INTERCAMBIO EN LA SOCIEDAD 


1. CAMBIO INTRAPERSONAL Y CAMBIO 
INTERPESONAL 


La acción consiste fundamentalmente en sustituir una 
situación por otra. Cuando la acción se practica sin contar 
con la cooperación de terceros, podemos calificarla de cambio 
«autístico» o intrapersonal. Un ejemplo: el cazador aislado, 
que mata un animal para su propio consumo, cambia su ocio 
y cartucho por alimentos. 


En la sociedad, la cooperación sustituye el cambio 
intrapersonal por el cambio interpersonal o social. El hombre 
da a otros para a su vez recibir de ellos. Surge la mutualidad. 
El sujeto sirve a los demás con miras a ser en cambio servido 
por terceros. 

La relación de intercambio es la relación social por 
excelencia. El cambio interpersonal de bienes y de servicios 
crea el lazo que une a los hombres en sociedad. La ley social 
reza: do ut des. Cuando no hay reciprocidad intencional, 


369 


cuando el hombre, al actuar, no pretende beneficiarse con 
otra actuación ajena, no existe cambio interpersonal, sino 
cambio intrapersonal. Por lo que a tal calificación atañe, es 
indiferente que la acción intrapersonal resulte beneficiosa o 
perjudicial a los demás o que para nada afecte a éstos. El genio 
puede realizar su tarea para sí mismo y no para la masa; sin 
embargo, es un bienhechor prominente de la humanidad. El 
ladrón mata a la víctima buscando provecho propio; el 
asesinado no es un partícipe en el crimen, sino mero objeto; el 
homicidio, evidentemente, se ha perpetrado contra su 
voluntad. 


La agresión hostil constituía la práctica habitual entre los 
antepasados del hombre. La cooperación consciente y 
deliberada fue fruto de un dilatado proceso. La etnología y la 
historia nos proporcionan interesante información acerca de 
la aparición del cambio interpersonal y de sus 
manifestaciones originarias. Hay quienes suponen que surgió 
de la antiquísima costumbre de darse y  devolverse 
mutuamente regalos, conviniendo incluso por adelantado la 
entrega de posterior obsequio!!. Otros consideran el trueque 
mudo como la más primitiva forma del comercio. El ofrecer 
un presente, bien en la confianza de obtener otro del 
obsequiado, bien para conseguir una acogida favorable por 
parte de persona cuya animosidad pudiera resultar perjudicial 
al sujeto, lleva ya implícita la idea del cambio interpersonal. 
Otro tanto cabe decir del trueque mudo que sólo por la 
ausencia del diálogo se diferencia de los demás modos de 
trocar y comerciar. 


Es característico y esencial de las categorías de la acción 
humana el ser apodícticas y absolutas, no admitiendo 
gradaciones. Sólo hay acción o no acción, cambio o no 


370 


cambio; todo lo referente a la acción y al cambio, como tales, 
surge o no surge, en cada caso concreto, según haya acción y 
cambio o no los haya. La frontera entre el cambio 
intrapersonal y el interpersonal resulta, por ello, nítida. Es 
cambio intrapersonal hacer obsequios unilateralmente, sin 
ánimo de ser correspondido por parte del donatario o de 
tercero. El donante goza de la satisfacción que le produce el 
contemplar la mejor situación personal del obsequiado, 
aunque éste no sienta agradecimiento. Pero tan pronto como 
la donación pretende influir en la conducta ajena deja de ser 
unilateral y se convierte en una variedad del cambio 
interpersonal entre el donante y la persona en cuya conducta 
se pretende influir. Aun cuando la aparición del cambio 
interpersonal fue fruto de larga evolución, no podemos 
suponer ni imaginar una gradual transición del cambio 
intrapersonal al interpersonal debido a que no existen formas 
intermedias de cambio. La mutación que partiendo del 
cambio intrapersonal dio origen al interpersonal fue un salto 
hacia algo enteramente nuevo y esencialmente distinto, como 
lo fue el paso de la reacción automática de las células y de los 
nervios a la conducta consciente y deliberada, es decir, a la 
acción. 


2. VÍNCULOS CONTRACTUALES Y VÍNCULOS 
HEGEMÓNICOS 


Existen dos diferentes formas de cooperación social: la 
cooperación en virtud de contrato y la coordinación 


371 


voluntaria, y la cooperación en virtud de mando y 
subordinación, es decir, hegemónica. 


Cuando y en la medida en que la cooperación se basa en el 
contrato, la relación lógica entre los individuos cooperantes es 
simétrica. Todos ellos son partes de un contrato de 
intercambio interpersonal. Juan está con respecto a Tomás en 
la misma posición que Tomás lo está con respecto a Juan. Por 
el contrario, cuando la cooperación se basa en el mando y la 
subordinación, aparece uno que ordena mientras otro 
obedece. La relación es entonces asimétrica. Existe un 
dirigente y otro u otros a quienes aquél tutela. Sólo el director 
opta y dirige; los demás —cual menores de edad— son meros 
instrumentos de acción en sus manos. 


El impulso que crea y anima a un cuerpo social es siempre 
un poder ideológico, y lo que hace que un individuo sea 
miembro de un cuerpo social es siempre su propia conducta. 
Esto es válido también respecto al vínculo social hegemónico. 
Es cierto que los hombres nacen generalmente ya dentro de 
los más fundamentales vínculos hegemónicos, es decir, en la 
familia y en el estado, y lo mismo sucedía en las hegemónicas 
instituciones de la antigúedad, tales como la esclavitud y la 
servidumbre, que desaparecieron al implantarse la 
civilización occidental. Ahora bien, ni la violencia ni la 
coacción pueden por sí solas forzar a uno a que permanezca 
contra su voluntad en la condición servil de un orden 
hegemónico. La violencia o la amenaza de violencia dan lugar 
a que el sometimiento, por regla general, se considere más 
atractivo que la rebelión. Enfrentado con el dilema de 
soportar las consecuencias de la desobediencia o las de la 
sumisión, el siervo opta por esta última, quedando así 
integrado en la sociedad hegemónica. Cada nueva orden que 


372 


recibe vuelve a plantearle el mismo dilema y, al consentir una 
y otra vez, él mismo contribuye al mantenimiento del vínculo 
coercitivo. Ni aun sojuzgado por semejante sistema pierde el 
esclavo su condición humana, es decir, la de un sujeto que no 
cede a impulsos ciegos, apelando en cambio a la razón para 
decidir entre alternativas. 


El vínculo hegemónico se diferencia del contractual en el 
grado en que la voluntad del individuo puede influir sobre el 
curso de los acontecimientos. Desde el momento en que el 
interesado opta por integrarse en determinado orden 
hegemónico se convierte en instrumento del jerarca, dentro 
del ámbito del sistema y por el tiempo de su sometimiento. 
En tal cuerpo social sólo actúa el superior en la medida en que 
dirige la conducta de sus subordinados. La iniciativa de los 
tutelados se limita a optar entre la rebelión o la sumisión, la 
cual les convierte, como decíamos, en simples menores que 
nada resuelven por su cuenta. 


En el marco de una sociedad contractual, los individuos 
intercambian ciertas cantidades de bienes y servicios de 
determinada calidad. Al optar por la sumisión bajo una 
organización hegemónica, el hombre ni recibe ni da nada 
concreto y definido. Se integra dentro de un sistema en el que 
ha de rendir servicios indeterminados, recibiendo a cambio 
aquello que el director tenga a bien asignarle. Está a merced 
del jefe. Sólo éste escoge libremente. Por lo que respecta a la 
estructura del sistema, carece de importancia que el jerarca 
sea un individuo o un grupo, un directorio; que se trate de un 
tirano demencial y egoísta o de un monarca benévolo y 
paternal. 

Esas dos formas de cooperación reaparecen en todas las 
teorías sociales. Ferguson las percibía al contrastar las 


373 


naciones belicosas con las de espíritu comercial”; Saint- 
Simon, al distinguir entre los pueblos guerreros y los 
industriales o pacíficos; Herbert Spencer, al hablar de 
sociedades de libertad individual y sociedades de estructura 
militarista; Sombart tampoco ignoraba el tema, al 
diferenciar los héroes de los mercaderes!*". Los marxistas 
distinguen la «amable organización» de la fabulosa sociedad 
primitiva y el paraíso socialista, por una parte, y la indecible 
degradación del capitalismo, por otra”. Los filósofos nazis 
diferenciaban la despreciable seguridad burguesa del heroico 
orden del caudillaje autoritario (Fúhrertum). La valoración 
que uno u otro sistema merezca difiere según el sociólogo de 
que se trate. Pero todos admiten sin reservas el contraste 
señalado y todos proclaman que no es imaginable ni 
practicable una tercera solución. 


La civilización occidental, al igual que la de los pueblos 
orientales más avanzados, es fruto de hombres que 
cooperaron bajo el signo de la coordinación contractual. 
Ciertamente, en algunas esferas, estas civilizaciones 
adoptaron también sistemas de estructura hegemónica. El 
estado como aparato de compulsión y coerción constituye 
por definición un orden hegemónico. Lo mismo sucede con la 
familia. Ahora bien, el rasgo característico de estas 
civilizaciones es la estructura contractual propia de la 
cooperación entre las diversas familias. En épocas pasadas 
prevaleció una casi completa autarquía y aislamiento 
económico entre los distintos grupos familiares. Pero cuando 
esa autosuficiencia económica fue sustituida por el cambio 
interfamiliar de bienes y servicios, la cooperación se basó en 
lazos contractuales en todas las naciones que comúnmente se 
consideran civilizadas. La civilización humana, tal como hasta 


374 


ahora la conoce la experiencia histórica, es obra 
fundamentalmente de las relaciones contractuales. 


Toda forma de cooperación humana y de mutualidad 
social es esencialmente un orden de paz y de arreglo 
conciliatorio de las discrepancias. En las relaciones internas 
de cualquier ente social, ya sea contractual, ya sea 
hegemónico, invariablemente ha de prosperar la paz. Donde 
hay conflictos violentos y mientras éstos duren, no puede 
haber cooperación ni vínculos sociales. Los partidos políticos 
que, en su afán de ver sustituido el sistema contractual por el 
hegemónico, denigran la decadente paz y la seguridad 
burguesa, exaltando el sentido heroico de la violencia y la 
lucha sangrienta, propugnando la guerra y la revolución 
como métodos eminentemente naturales de la relación 
humana, se contradicen a sí mismos. Sus utopías, en efecto, se 
nos ofrecen como emporios de paz. El Reich de los nazis y la 
sociedad marxista son comunidades donde reina paz 
inalterable. Se organizan sobre la base de «la pacificación», es 
decir, partiendo del sometimiento violento de cuantos no 
estén dispuestos a ceder sin resistencia. En un mundo 
contractual es posible la coexistencia de varios países. En un 
mundo hegemónico sólo es imaginable un Reich, un imperio, 
un dictador. El socialismo ha de optar entre implantar un 
orden hegemónico universal o renunciar a las ventajas que 
supone la división del trabajo en el ámbito mundial. Por eso 
es hoy tan «dinámico», o sea, tan agresivo, el bolchevismo 
ruso; como ayer lo fueron el nazismo alemán y el fascismo 
italiano. Bajo vínculos contractuales, los imperios se 
transforman en asociaciones libres de naciones autónomas. El 
sistema hegemónico tiende fatalmente a absorber cualquier 
estado que pretenda ser independiente. 


375 


La organización contractual de la sociedad es un orden 
legal y de derecho. Implica gobernar bajo el imperio de la ley 
(Rechtsstaat), a diferencia del estado social (Wohlfahrstaat) o 
estado paternal. El derecho, la legalidad, es aquel conjunto de 
normas que predeterminan la esfera dentro de la cual el 
individuo puede actuar libremente. En una sociedad 
hegemónica, por el contrario, en ningún ámbito puede el 
particular proceder de modo independiente. El estado 
hegemónico no conoce la ley ni el derecho; sólo existen 
órdenes, reglamentaciones, que el jerarca aplica 
inexorablemente a los súbditos según considera mejor y que 
puede modificar en cualquier momento. La gente sólo goza de 
una libertad: la de someterse al capricho del gobernante sin 
hacer preguntas. 


3. LA ACCIÓN CALCULADORA 


Todas las categorías praxeológicas son eternas e 
inmutables, puesto que se hallan exclusivamente 
determinadas por la constitución lógica de la mente humana 
y por las condiciones naturales de la existencia del hombre. 
Tanto al actuar como al teorizar sobre la acción, el hombre no 
puede ni librarse de estas categorías ni rebasarlas. No le es 
posible realizar y ni siquiera concebir una acción distinta de la 
que estas categorías determinan. El hombre jamás podrá 
representarse una situación en la que no hubiera ni acción ni 
ausencia de acción. La acción no tiene antecedentes 


376 


históricos; ninguna evolución conduce de la no acción a la 
acción; no hay etapas transitorias entre la acción y la no 
acción. Sólo existe el actuar y el no actuar. Y cuanto 
prediquemos categóricamente de la acción en general será 
rigurosamente válido para cada acción concreta. 


La acción puede siempre emplear los números ordinales. 
En cambio, para que la misma pueda servirse de los 
cardinales y, consecuentemente, hacer uso del cómputo 
aritmético, deben concurrir determinadas circunstancias. 
Éstas emergen a lo largo de la evolución histórica de la 
sociedad contractual. De este modo se abrió el camino al 
cómputo y al cálculo para planear la acción futura y 
determinar los efectos producidos por acciones pasadas. Los 
números cardinales y las operaciones aritméticas son también 
categorías eternas e inmutables de la mente humana. Pero su 
aplicabilidad tanto a la acción futura como a la evaluación de 
los actos realizados sólo es posible si concurren particulares 
circunstancias, coyunturas que no se daban en las 
organizaciones primitivas, que sólo más tarde aparecieron y 
que tal vez un día desaparezcan. 


El hombre, observando cómo se desenvuelve un mundo en 
el que era posible el cómputo y cálculo de la acción, pudo 
formular la praxeología y la economía. La economía es 
esencialmente una teoría sobre aquel campo de la acción en 
que se aplica o puede aplicarse el cálculo siempre que se den 
determinadas condiciones. Es de suma importancia, tanto 
para la vida humana como para el estudio de la acción, 
distinguir entre la acción calculable de la que no lo es. Es una 
nota típica de la civilización moderna el haber arbitrado un 
sistema que permite aplicar los métodos aritméticos a un 
amplio sector de actividades. A tal circunstancia alude la 


377 


gente cuando califican de racional —adjetivo éste de dudosa 
validez— nuestra civilización. 


El deseo de captar mentalmente y analizar los problemas 
que se plantean en un sistema de mercado en el que puede 
aplicarse el cálculo fue el punto de partida del pensamiento 
económico que luego condujo a la formulación de la 
praxeología general. Sin embargo, no es la consideración de 
este hecho histórico lo que hace necesario iniciar la 
exposición de un sistema completo de economía por el 
análisis de la economía de mercado y hacer preceder este 
análisis de un examen del problema del cálculo económico. 
No son razones de tipo histórico ni heurístico las que 
aconsejan este procedimiento, sino las exigencias de un rigor 
lógico y sistemático. Lo que sucede es que los problemas que 
nos interesan sólo toman cuerpo y cobran sentido dentro del 
marco de una economía de mercado capaz, por tanto, de 
calcular. Únicamente en hipotética y figurativa transposición 
se puede aludir a ellos cuando se quiere analizar otros 
sistemas de organización económica en los que el cálculo no 
resulta posible. El cálculo económico es el instrumento 
fundamental para comprender los problemas que 
comúnmente calificamos de económicos. 


378 


TERCERA PARTE 


EL CÁLCULO ECONÓMICO 


379 


CAPÍTULO XI 


EVALUACIÓN SIN CÁLCULO 


1. La GRADACIÓN DE LOS MEDIOS 


El hombre, al actuar, transfiere la valoración de los fines 
que persigue a los medios. En igualdad de circunstancias, 
concede al conjunto de los diversos medios idéntico valor que 
al fin que aquéllos permiten alcanzar. Por el momento no nos 
ocuparemos del tiempo necesario para la producción del fin 
ni de su influencia sobre la relación entre el valor de los fines 
y el de los medios. 


La gradación de los medios, al igual que la de los fines, es 
un proceso por el que se prefiere a a b. Implica optar, 
prefiriendo una cosa y rechazando otra. Es el resultado de un 
juicio que nos hace desear a con mayor intensidad que b. En 
dicha gradación podemos servirnos de los números ordinales; 
pero no es posible recurrir ni a los números cardinales ni a las 
operaciones aritméticas que en éstos se basan. Cuando se me 
ofrecen tres entradas a elegir para las óperas Aída, Falstaff y 
Traviata, si opto por Aída, y si se me permite tomar una más 


380 


elijo la de Falstaff, es porque he formulado una elección. Esto 
significa que, dadas ciertas condiciones, prefiero Aída y 
Falstaff a Traviata; que si hubiera de quedarme con una sola 
de las entradas, optaría por Aída y renunciaría a Falstaff. 
Denominando a a la entrada de Aída, b a la de Falstaff y c a la 
de Traviata, ello significa que prefiero aabyba.c. 


El objetivo inmediato de la acción es con frecuencia 
obtener conjuntos de cosas tangibles que pueden ser objeto de 
ponderación y medida. En tales supuestos, el hombre que 
actúa se ve en la tesitura de optar entre sumas numéricas; 
prefiere, por ejemplo, 15 ra 7 p; ahora bien, si se hallara ante 
el dilema de escoger entre 15 r y 8 p, tal vez optara por 8 p. En 
ese caso cabría reflejar la situación diciendo que, para el actor, 
15 r vale menos que 8 p, pero más que 7 p. Esta afirmación es 
equivalente a la anterior según la cual se prefería aabybac. 
El sustituir 8 p en vez de a, 15 r en vez de b y 7 p en lugar de c 
en modo alguno varía el pronunciamiento ni la realidad así 
descrita. Ello no supone que estemos empleando números 
cardinales. Continuamos sin poder servirnos del cálculo 
económico ni de las operaciones mentales que se fundan en el 
mismo. 


2. EL TRUEQUE COMO FICCIÓN DE LA TEORÍA 
ELEMENTAL DEL VALOR Y LOS PRECIOS 


La elaboración de la ciencia económica depende 
heurísticamente en tal medida del proceso lógico de cálculo 
que los economistas han sido incapaces de plantear 


381 


correctamente el fundamental problema que implican los 
métodos del cálculo económico. Tendían a considerar el 
cálculo como una cosa natural, ignorando que no se trata de 
una realidad dada sino que resulta de una serie de fenómenos 
más elementales que conviene distinguir. No lograron 
desentrañar su íntima esencia. Le consideraron como una 
categoría de toda acción humana, ignorando el hecho de que 
es sólo una categoría inherente a la acción que se desenvuelve 
en especiales condiciones. Sabían perfectamente que el 
cambio interpersonal, y por tanto el intercambio de mercado 
efectuado a través de un medio común de cambio —la 
moneda, y por tanto los precios—, son rasgos característicos 
de cierta organización económica de la sociedad que no se dio 
entre las civilizaciones primitivas y que incluso puede 
desaparecer en la futura evolución histórica'!, Pero no 
comprendieron que sólo a través de los precios monetarios es 
posible el cálculo económico. De ahí que la mayor parte de 
sus trabajos resulten hoy en día poco aprovechables. Aun los 
escritos de los más eminentes economistas adolecen en cierto 
grado de esas imperfecciones originadas en su errónea visión 
del cálculo económico. 


La moderna teoría del valor y de los precios nos permite 
advertir cómo la elección personal de cada uno, es decir, el 
que se prefieran ciertas cosas y se rechacen otras, da lugar a 
los precios de mercado en el mundo del cambio 
interpersonal'”. Estas magistrales exposiciones no son del 
todo satisfactorias en ciertos aspectos de detalle y, además, un 
léxico imperfecto viene a veces a desfigurar su contenido. 
Pero son esencialmente irrefutables. La labor de completarlas 
y mejorarlas en aquellos aspectos que precisan de enmienda 
debe consistir en la reestructuración lógica del pensamiento 


382 


básico de sus autores, nunca en la simple recusación de tan 
fecundos hallazgos. 


Para llegar a reducir los complejos fenómenos de mercado 
a la universal y simple categoría de preferir a a b, la teoría 
elemental del valor y de los precios se ve obligada a recurrir a 
ciertas construcciones imaginarias. Estas construcciones, sin 
correspondencia alguna en el mundo de la realidad, son 
herramientas indispensables del pensar. Ningún otro método 
nos permite comprender tan perfectamente la realidad. Ahora 
bien, uno de los problemas más importantes de la ciencia 
consiste en saber eludir los errores que se pueden cometer 
cuando esos modelos se utilizan de modo imprudente. 


La teoría elemental del valor y de los precios, a parte de 
otras construcciones imaginarias que trataremos más 
adelante!”!, recurre a un modelo de mercado en el que todas 
las transacciones se realizarían en intercambio directo. En tal 
planteamiento, el dinero no existe; unos bienes y servicios son 
trocados por otros bienes y servicios. Esta construcción 
imaginaria es necesaria. Se puede prescindir de la función de 
intermediación que desempeña el dinero en orden a 
comprender que en definitiva son siempre cosas del orden 
primero las que se intercambian por otras de igual índole. El 
dinero no es otra cosa que un medio de cambio interpersonal. 
En todo caso, es preciso evitar cuidadosamente los errores a 
que fácilmente puede dar lugar esta construcción del mercado 
como intercambio directo. 

Una grave equivocación que tiene su origen y su fuerza en 
la errónea interpretación de esa imaginaria construcción es 
dar por supuesto que el medio de intercambio es un factor 
puramente neutral. Según esta tesis, lo único que diferencia el 
cambio directo del indirecto sería la utilización del dinero. La 


383 


interpolación de la moneda en la transacción en nada 
afectaría a las bases fundamentales de la operación. No se 
ignoraba que la historia ha registrado profundas mutaciones 
en el poder adquisitivo del dinero, ni tampoco que tales 
fluctuaciones han provocado frecuentemente graves 
convulsiones en todo el sistema de intercambios. Pero se 
pensaba que estos fenómenos eran casos excepcionales 
provocados por medidas inadecuadas; sólo la moneda «mala» 
podía dar lugar a tales desarreglos. Por lo demás, se 
malinterpretaron tanto las causas como los efectos de estas 
perturbaciones. Se admitía tácitamente que los cambios del 
poder adquisitivo de la moneda afectan por igual y al mismo 
tiempo a los precios de todos los bienes y servicios. Es, por 
supuesto, la conclusión lógica de la fábula de la neutralidad 
del dinero. Se llegó incluso a sostener que toda la teoría de la 
cataláctica podía elaborarse bajo el supuesto de que sólo existe 
el cambio directo. Una vez logrado esto, para completar el 
sistema bastaría con introducir «simplemente» los términos 
monetarios en el conjunto de teoremas relativos al cambio 
directo. Se consideraba esta complementación del sistema 
cataláctico como algo de escasa trascendencia, pues parecía 
que no habría de variar sustancialmente ninguno de los 
puntos fundamentales del pensamiento económico. La tarea 
esencial de la economía se concebía como el estudio del 
cambio directo. Aparte de tal examen, lo más que podía 
interesar era el estudio de los problemas suscitados por la 
moneda «mala». 

Siguiendo estas tesis, los economistas se desentendieron 
tranquilamente del cambio indirecto, abordando de modo 
demasiado superficial los problemas monetarios, que 
consideraban mero apéndice escasamente relacionado con 


384 


sus estudios básicos. Al filo de los siglos xIx y xx, las 
cuestiones del cambio indirecto quedaron relegadas a un 
segundo plano. Había tratados de economía que sólo de 
pasada abordaban el tema de la moneda; y hubo textos sobre 
moneda y banca que ni siquiera pretendían integrar las 
diversas cuestiones en el conjunto de un preciso sistema 
cataláctico. En las universidades anglosajonas existían 
cátedras distintas de economía y de moneda y banca; y en la 
mayor parte de las universidades alemanas los problemas 
monetarios ni siquiera se examinaban'”. Pero con el paso del 
tiempo los economistas advirtieron que algunos de los más 
trascendentales y abstrusos problemas catalácticos surgían 
precisamente en la esfera del cambio indirecto y que por tanto 
resultaba incompleta toda teoría económica que descuidara 
dicha materia. El que los investigadores comenzaran a 
preocuparse por temas tales como el de la proporcionalidad 
entre el «tipo natural» y el «tipo monetario» de interés; el que 
se concediera cada vez mayor importancia a la teoría 
monetaria del ciclo económico y el que se rechazaran ya por 
doquier las doctrinas que suponían la simultaneidad y la 
uniformidad de las mutaciones registradas por la capacidad 
adquisitiva del dinero, todo ello evidenciaba bien a las claras 
que había aparecido una nueva tendencia en el pensamiento 
económico. Esas nuevas ideas no eran en realidad sino la 
continuación de la obra gloriosamente iniciada por David 
Hume, la escuela monetaria inglesa, John Stuart Mill y 
Cairnes. 

Aún más pernicioso fue un segundo error, igualmente 
provocado por el poco riguroso manejo de aquella imaginaria 
construcción que se limita a contemplar un mercado que sólo 
conoce el cambio directo. 


385 


Una inveterada y grave equivocación era el suponer que los 
bienes o servicios objeto de intercambio tienen el mismo 
valor. Se consideraba el valor como una cualidad objetiva, 
intrínseca, inherente a las cosas, y no como una mera 
expresión de la distinta intensidad con que se desea 
conseguirlas. Se suponía que, mediante un acto de medición, 
se establecía el valor de los bienes y servicios y se procedía 
luego a intercambiarlos por otros bienes y servicios de igual 
valor. Esta falsa base de partida hizo estéril el pensamiento 
económico de Aristóteles, así como el de todos aquéllos que, 
durante casi dos mil años, tenían por definitivas las ideas 
aristotélicas. Perturbó gravemente la gran obra de los 
economistas clásicos y vino a privar de todo interés científico 
los trabajos de sus sucesores, en especial los de Marx y las 
escuelas marxistas. La economía moderna, por el contrario, se 
basa en la idea de que el trueque surge precisamente a causa 
del distinto valor que las partes atribuyen a los objetos 
intercambiados. La gente compra y vende, única y 
exclusivamente, porque valora en menos lo que da que lo que 
recibe. De ahí que sea vano todo intento de medir el valor. El 
acto de intercambio no va precedido de ningún proceso que 
implique medir el valor. Si un individuo atribuye el mismo 
valor a dos cosas, no tiene por qué intercambiar la una por la 
otra. Ahora bien, si se las valora de forma distinta, lo más que 
se puede afirmar es que una de ellas, a, se valora en más, es 
decir, se prefiere a b. El valor y las valoraciones son 
expresiones intensivas, no extensivas. De ahí que no puedan 
ser objeto de comprensión mental mediante los números 
cardinales. 


Sin embargo, estaba tan arraigada la falsa idea de que los 
valores no sólo son mensurables sino que además son 


386 


efectivamente medidos al concertarse toda transacción 
económica, que incluso algunos eminentes economistas 
cayeron en semejante falacia. Friedrich von Wieser e Irving 
Fisher, por ejemplo, admitían la posibilidad de medir el valor 
y atribuían a la economía la función de explicar cómo se 
practica esa medición!”. Los economistas de segunda fila, por 
lo general, sin dar mayor importancia al asunto, suponían 
tranquilamente que el dinero sirve para «medir el valor». 


Conviene ahora recordar que valorar no significa más que 
preferir a a b y que sólo existe —lógica, epistemológica, 
psicológica y praxeológicamente hablando— una forma de 
preferir. En este orden de ideas, en la misma posición se 
encuentran el enamorado que prefiere una mujer a las demás, 
el hombre que prefiere un cierto amigo a los restantes, el 
coleccionista que prefiere determinado cuadro y el 
consumidor que prefiere el pan a las golosinas. En definitiva, 
preferir equivale siempre a querer o desear a más que b. Por 
lo mismo que no se puede ponderar ni medir la atracción 
sexual, la amistad, la simpatía o el placer estético, tampoco 
resulta posible calcular numéricamente el valor de los bienes. 
Cuando alguien intercambia dos libras de mantequilla por 
una camisa, lo más que de dicho acto se puede predicar es que 
el actor —en el momento de convenir la transacción y en las 
específicas circunstancias de aquel instante— prefiere una 
camisa a dos libras de mantequilla. Naturalmente, en cada 
acto de preferir es distinta la intensidad psíquica del 
sentimiento subjetivo en que el mismo se basa. El ansia por 
alcanzar un cierto fin puede ser mayor o menor; la 
vehemencia del deseo predetermina la cuantía de ese 
beneficio o provecho, de orden psíquico, que la acción, 
cuando es idónea para provocar el efecto apetecido, 


387 


proporciona al individuo que actúa. Pero las cuantías 
psíquicas sólo pueden sentirse. Son de índole estrictamente 
personal y no es posible, por medios semánticos, expresar su 
intensidad ni informar a nadie acerca de su íntima condición. 


No existe ningún método válido para construir una unidad 
de valor. Recordemos que dos unidades de un bien 
homogéneo son necesariamente valoradas de manera 
diferente. El valor atribuido a la unidad número n es siempre 
inferior al de la unidad número n-1. 


En el mercado aparecen los precios monetarios. El cálculo 
económico se efectúa a base de los mismos. Las diversas 
cantidades de bienes y servicios entran en este cálculo con el 
total de la moneda que se emplea —o en perspectiva puede 
emplearse— para comprarlas y venderlas en el mercado. Es 
erróneo suponer que puedan calcular el individuo autárquico 
y autosuficiente o el director de la república socialista donde 
no existe un mercado para los factores de producción. 
Ninguna fórmula permite, partiendo del cálculo monetario 
típico de la economía de mercado, llegar a calcular en un 
sistema económico donde el mercado no exista. 


La teoría del valor y el socialismo 


Los socialistas, los institucionalistas y también los partidarios de la Escuela 
Histórica echan en cara a los economistas su tendencia a recurrir a la imaginaria 
construcción del individuo aislado que piensa y actúa. Ese imaginario Robinson — 
afirman— de nada sirve cuando se trata de analizar los problemas que surgen en 
una economía de mercado. En cierto modo, tal censura está justificada. El 
imaginario planteamiento del individuo aislado, así como el de una economía 


388 


racionalmente ordenada pero sin mercado, sólo puede utilizarse si se admite la idea, 
contradictoria en sí y contraria a la realidad, de que el cálculo económico es también 
posible en un sistema sin mercado de los medios de producción. 


Fue realmente una torpeza el que los economistas no advirtieran la sustancial 
diferencia entre la economía de mercado y cualquier otra economía que carezca del 
mismo. Ahora bien, los socialistas son los últimos que pueden quejarse del error en 
cuestión, un error concretado en el hecho de que los economistas admitieran 
tácitamente la posibilidad del cálculo económico bajo un orden socialista, 
proclamando así la posibilidad de que los planes socialistas fueran llevados a la 
práctica. 

Evidentemente, los economistas clásicos y sus epígonos no podían percatarse de 
los problemas que plantea el cálculo económico. Si se admite como cierto que el 
valor de las cosas depende de la cantidad de trabajo requerido para la producción o 
reproducción de las mismas, ninguna cuestión suscita el cálculo económico. A 
quienes defendían la teoría laboral del valor no se les puede reprochar el no haber 
comprendido los problemas inherentes al socialismo. Sus equivocadas doctrinas 
sobre el valor les impedían ver el problema. Para nada afectaba al contenido esencial 
de su análisis teórico el hecho de que algunos de ellos consideraran la imaginaria 
construcción de una economía socialista como un modelo útil y realizable para una 
completa reforma de la organización social. No ocurría lo mismo con la cataláctica 
subjetiva. Era imperdonable que los economista modernos desconocieran la 
verdadera naturaleza del problema. 


Razón tenía Wieser cuando, en cierta ocasión, decía que muchos economistas se 
habían dedicado al estudio de la teoría comunista del valor olvidándose de formular 
la teoría del valor de nuestra propia organización social!*!. Lo incomprensible es que 
Wieser, por su parte, cayera en el mismo error. 

La falacia de que un orden racional en la gestión económica es posible dentro de 
una sociedad basada en la propiedad pública de los medios de producción tiene su 
origen en la errónea teoría del valor formulada por los economistas clásicos, así 
como a la tenaz incapacidad de muchos economistas modernos para captar el 
teorema fundamental de la teoría subjetiva y comprender hasta las últimas 
consecuencias que del mismo se derivan. Conviene, por tanto, dejar bien sentado 
que las utopías socialistas nacieron y prosperaron precisamente al amparo de las 
deficiencias de aquellas escuelas de pensamiento que los marxistas rechazan como 
«disfraz ideológico de los egoístas intereses de clase de la burguesía explotadora». La 
verdad es que sólo los errores de estas escuelas hicieron que las ideas socialistas 
prosperaran. Este hecho demuestra claramente la vacuidad tanto de la doctrina 
marxista sobre las «ideologías» como de su vástago moderno, la sociología del 
conocimiento. 


389 


3. EL PROBLEMA DEL CÁLCULO ECONÓMICO 


El hombre que actúa utiliza los conocimientos que las 
ciencias naturales le brindan para elaborar la tecnología, es 
decir, la ciencia aplicada de la acción posible en el mundo 
externo. La tecnología nos dice qué cosas, si las deseamos, 
pueden ser conseguidas; y también nos informa sobre si 
hemos de proceder al efecto. La tecnología se perfeccionó 
gracias al progreso de las ciencias naturales; también 
podemos invertir la afirmación y decir que el deseo de 
mejorar los diversos métodos tecnológicos impulsó el 
progreso de las ciencias naturales. El carácter cuantitativo de 
las ciencias naturales dio lugar a que también la tecnología 
fuera cuantitativa. En definitiva, la técnica moderna está 
hecha de conocimientos prácticos con los cuales se pretende 
predecir en forma cuantitativa el resultado de la acción. La 
gente calcula, con bastante precisión, según las diversas 
técnicas, el efecto que la actuación contemplada ha de 
provocar, así como la posibilidad de orientar la acción de tal 
suerte que pueda producir el fruto apetecido. 


Sin embargo, la mera información proporcionada por la 
tecnología bastaría para realizar el cálculo únicamente si 
todos los medios de producción —tanto materiales como 
humanos— fueran perfectamente  sustituibles según 
determinados ratios, o si cada factor de producción fuera 
absolutamente específico. En el primer caso, los medios de 
producción, todos y cada uno, de acuerdo evidentemente con 
una cierta proporcionalidad cuantitativa, serían idóneos para 
alcanzar cualquier fin que el hombre pudiera apetecer; ello 
equivaldría a la existencia de una sola clase de medios, es 
decir, un solo tipo de bienes de orden superior. En el segundo 


390 


supuesto, cada uno de los medios existentes serviría 
únicamente para conseguir un determinado fin; en tal caso, la 
gente atribuiría al conjunto de factores complementarios 
necesarios para la producción de un bien del orden primero 
idéntico valor al asignado a este último. (Pasamos por alto, de 
momento, la influencia del factor tiempo). Sin embargo, lo 
cierto es que ninguno de los dos planteamientos 
contemplados se da en el mundo real en el que el hombre 
actúa. Los medios económicos que manejamos pueden ser 
sustituidos unos por otros, pero sólo en cierto grado; es decir, 
para la consecución de los diversos fines apetecidos los 
medios son más bien específicos. Pero en su mayoría no son 
absolutamente específicos, ya que muchos son idóneos para 
provocar efectos diversos. El que existan distintas clases de 
medios, o sea, que algunos, para la consecución de ciertos 
fines, resulten los más idóneos, no siendo tan convenientes 
cuando se trata de otros objetivos y hasta de que nada sirvan 
cuando se pretende provocar terceros efectos, hace 
imperativo ordenar y administrar el uso de cada uno de ellos. 
Es decir, el que los distintos medios tengan diferentes 
utilizaciones obliga al hombre a dedicar cada uno a aquel 
cometido para el cual resulte más idóneo. En este terreno, de 
nada sirve el cálculo en especie que la tecnología maneja; 
porque la tecnología opera con cosas y fenómenos materiales 
que pueden ser objeto de ponderación o medida y conoce la 
relación de causa/efecto entre dichas realidades. En cambio, 
las diversas técnicas no nos proporcionan ninguna 
información acerca de la importancia específica de cada uno 
de estos diferentes medios. La tecnología no nos habla más 
que del valor de uso objetivo. Aborda los problemas como 
pudiera hacerlo un imparcial observador que contemplara 


391 


simplemente fenómenos físicos, químicos o biológicos. 
Nunca se enfrenta con las cuestiones atinentes al valor de uso 
subjetivo, es decir, con el problema humano por excelencia; 
no se plantea, por eso, los dilemas que el hombre que actúa 
tiene que resolver. Olvida la cuestión económica 
fundamental, la de decidir en qué cometidos conviene 
emplear mejor los medios existentes para que no quede 
insatisfecha ninguna necesidad más urgentemente sentida por 
haber sido aquéllos invertidos —es decir, malgastados— en 
atender otra de menor interés. Para resolver tales incógnitas, 
de nada sirve la técnica con sus conocidos sistemas de cálculo 
y medida. Porque la tecnología nos ilustra acerca de cómo 
deben emplearse unos determinados bienes que pueden 
combinarse con arreglo a distintas fórmulas para provocar 
cierto efecto, así como de los diversos medios a que se puede 
recurrir para alcanzar un fin apetecido, pero jamás indica cuál 
sea el procedimiento específico al que el hombre deba recurrir 
entre los múltiples que permiten la consecución del deseado 
objetivo. Al individuo que actúa lo que le interesa saber es 
cómo ha de emplear los medios disponibles en orden a cubrir 
del modo más cumplido —es decir, de la manera más 
económica— sus múltiples necesidades. Pero lo malo es que 
la tecnología no nos ilustra más que sobre las relaciones de 
causalidad existentes entre los diversos factores del mundo 
externo. En este sentido puede decirnos, por ejemplo, que 7 a 
+3b+5c+... + xn producirán 8 p. Ahora bien, aun dando 
por conocido el valor que el hombre, al actuar, pueda atribuir 
a los diversos bienes del orden primero, los métodos 
tecnológicos no brindan información alguna acerca de cuál 
sea, entre la variedad infinita de fórmulas posibles, el 
procedimiento que mejor permita conseguirlos, es decir, que 


392 


más cumplidamente permita conquistar los objetivos 
deseados. Los tratados de ingeniería nos dirán, por ejemplo, 
cómo debe construirse un puente de determinada capacidad 
de carga entre dos puntos preestablecidos; pero lo que jamás 
podrá resolver es si la construcción del puente no apartará 
mano de obra y factores materiales de producción de otras 
aplicaciones de más urgente necesidad. Nunca nos aclarará si, 
en definitiva, conviene o no construir el puente; dónde deba 
concretamente tenderse; qué capacidad de carga haya de 
darse al mismo y cuál sea, entre los múltiples sistemas de 
construcción, el que más convenga adoptar. El cómputo 
tecnológico permite comparar entre sí medios diversos sólo 
en tanto en cuanto, para la consecución de un determinado 
fin, pueden sustituirse los unos por los otros. Pero la acción 
humana se ve constreñida a comparar entre sí todos los 
medios, por dispares que sean, y, además, con independencia 
de si pueden ser intercambiados entre sí en relación con la 
prestación de un determinado servicio. 


De poco le servirían al hombre que actúa la tecnología y sus 
enseñanzas, si no pudiera complementar los planes y 
proyectos técnicos injertando en ellos los precios monetarios 
de los distintos bienes y servicios. Los documentados estudios 
ingenieriles no tendrían más que un interés puramente 
teórico si no existiera una unidad común que permitiera 
comparar costes y rendimientos. El altivo investigador 
encerrado en la torre de marfil de su laboratorio desdeña esta 
clase de minucias; él se interesa sólo por las relaciones de 
causalidad que ligan entre sí diversas partes del universo. El 
hombre práctico, sin embargo, que desea elevar el nivel de 
vida suprimiendo el malestar de la gente en el mayor grado 
posible tiene en cambio gran interés por dilucidar si sus 


393 


proyectos conseguirán al final hacer a las masas menos 
desgraciadas y si el método adoptado es, en tal sentido, el 
mejor. Lo que desea saber es si la obra constituirá o no una 
mejora en comparación con la situación anterior; si las 
ventajas que la misma reportará serán mayores que las que 
cabría derivar de aquellos otros proyectos, técnicamente 
realizables, que sin embargo no podrán ya realizarse por 
haberse dedicado los recursos disponibles al cometido en 
cuestión. Sólo recurriendo a los precios monetarios, 
efectuando los oportunos cálculos y comparaciones, se 
pueden resolver tales incógnitas. 


El dinero se nos aparece, pues, como ineludible 
instrumento del cálculo económico. No implica ello 
proclamar una función más del dinero. El dinero, desde 
luego, no es otra cosa que un medio de intercambio 
comúnmente aceptado. Ahora bien, precisamente en tanto en 
cuanto constituye medio general de intercambio, de tal suerte 
que la mayor parte de los bienes y servicios pueden 
comprarse y venderse en el mercado por dinero, puede la 
gente servirse de las expresiones monetarias para calcular. Los 
tipos de cambio que entre el dinero y los diversos bienes y 
servicios registró ayer el mercado, así como los que se supone 
que registrará mañana, son las herramientas mentales merced 
a las cuales resulta posible planificar el futuro económico. 
Donde no hay precios tampoco puede haber expresiones de 
índole económica ni nada que se les parezca; existirían sólo 
múltiples relaciones cuantitativas entre causas y efectos 
materiales. En ese mundo sería imposible determinar la 
acción más idónea para suprimir el malestar humano en el 
mayor grado posible. 


No es necesario detenerse a examinar las circunstancias de 


394 


la economía doméstica de los primitivos campesinos 
autárquicos. Se ocupaban sólo de procesos de producción 
muy elementales. No necesitaban recurrir al cálculo 
económico, pues si, por ejemplo, precisaban camisas, 
procedían a cultivar el cáñamo y seguidamente lo hilaban, 
tejían y cosían. Podían fácilmente, sin cálculo alguno, 
contrastar si el producto terminado les compensaba del 
trabajo invertido. Pero nuestra civilización no puede regresar 
a semejantes situaciones. 


4. EL CÁLCULO ECONÓMICO Y EL MERCADO 


Conviene advertir que el abordar mediante el cálculo el 
mundo económico nada tiene en común con aquellos 
métodos cuantitativos a que los investigadores recurren al 
enfrentarse con los problemas que suscita el estudio de los 
fenómenos físicos. Lo característico del cálculo económico 
estriba en no basarse ni guardar relación alguna con nada que 
pueda calificarse de medición. 


El medir consiste en hallar la relación numérica que un 
objeto tiene con respecto a otro que se toma como unidad. La 
medición, en definitiva, se basa siempre en dimensiones 
espaciales. Una vez definida de modo espacial la unidad, 
pasamos a medir la energía y la potencia, la capacidad que 
determinado fenómeno posee para provocar mutaciones en 
las cosas y situaciones e incluso el paso del tiempo. La 
manecilla del contador nos informa inmediatamente de un 


395 


dato puramente espacial del que inferimos conclusiones de 
diversa índole. La medición se basa en la inmutabilidad de la 
unidad empleada. La unidad de longitud es, en definitiva, el 
fundamento de toda medición. La correspondiente dimensión 
se considera invariable. 


El tradicional planteamiento epistemológico de la física, la 
química y la matemática ha experimentado una convulsión 
revolucionaria durante las últimas décadas. Nos hallamos en 
vísperas de innovaciones cuyo alcance resulta difícil prever. 
Es muy posible que las próximas generaciones de 
investigadores hayan de enfrentarse en dichas disciplinas con 
problemas similares a los que se plantean a la praxeología. Tal 
vez se vean obligados a repudiar la suposición de que en el 
universo hay cosas invariables que pueden servir de unidades 
de medida. Pero aunque así fuera, no por ello dejará de valer 
la medición de los fenómenos en el campo de la física 
macroscópica o molar. Por lo que a la física microscópica 
atañe, para medir se recurre igualmente a escalas graduadas, 
micrómetros, espectrógrafos y, en definitiva, a los poco 
precisos sentidos humanos del propio observador o 
experimentador, el cual es invariablemente de condición 
molar!”, No puede nunca la medición salirse de la geometría 
euclidiana ni servirse de invariables patrones o módulos. 


Existen unidades monetarias y también existen unidades 
que físicamente permiten medir los diversos bienes 
económicos y la mayor parte —aunque no todos— de los 
servicios que pueden ser objeto de compraventa. Pero las 
relaciones de intercambio entre el dinero y las restantes 
mercancías que nos interesan se hallan en permanente 
mutación. Nada hay en ellas que sea constante. Se resisten a 
toda medición por no constituir «datos» en el sentido en que 


396 


la física emplea el vocablo cuando proclama, por ejemplo, el 
peso de una cierta cantidad de cobre. Son en realidad hechos 
históricos que reflejan simplemente lo sucedido en cierta 
ocasión y momento bajo determinadas circunstancias. Puede 
volver a registrarse un determinado tipo de intercambio, pero 
no hay certidumbre alguna de que así suceda. Aun cuando 
efectivamente reaparezca, no es posible asegurar si fue fruto 
de las circunstancias que ayer lo provocaron y que han vuelto 
a presentarse, o si es el resultado de una nueva y totalmente 
distinta constelación de fuerzas. Las cifras que se manejan en 
el cálculo económico no se refieren a medición alguna, sino a 
los tipos de intercambio que el interesado —basándose en la 
comprensión histórica— supone registrará o no el futuro 
mercado. Esos precios futuros, los únicos que interesan al 
hombre cuando actúa, constituyen el fundamento en que se 
basa toda acción humana. 


No se pretende examinar ahora el problema referente a la 
posibilidad de construir una «ciencia económica 
cuantitativa»; de momento, tan sólo interesa contemplar los 
procesos mentales del hombre cuando, para ordenar su 
conducta, toma en cuenta consideraciones de orden 
cuantitativo. Por cuanto la acción pretende invariablemente 
crear situaciones futuras, el cálculo económico también mira 
siempre hacia el futuro. Si a veces se interesa por las 
circunstancias y los precios pasados, es sólo para orientar 
mejor la acción que apunta al futuro. 


Mediante el cálculo económico, lo que el hombre pretende 
es ponderar los efectos provocados por la acción, 
contrastando costes y rendimientos. A través del cálculo 
económico, o bien se efectúa una estimación del resultado de 
la futura actuación, o bien se cifran las consecuencias de la 


397 


acción ya practicada. No es sólo un interés didáctico el que 
tiene este último cálculo. Mediante el mismo cabe, en efecto, 
determinar qué proporción de los bienes producidos puede 
ser consumida sin perjudicar la futura capacidad de 
producción. Con esas miras precisamente se formularon los 
conceptos fundamentales del cálculo económico; es decir, los 
conceptos de capital y renta, de pérdida y ganancia, de 
consumo y ahorro, de costes y rendimientos. La utilización 
práctica de esos conceptos y de las ideas que de ellos se 
derivan sólo es posible en el marco del mercado, donde 
contra un medio de intercambio generalmente aceptado, el 
dinero, se pueden contratar bienes y servicios económicos de 
toda condición. Resultarían puramente académicas y carentes 
de interés para el hombre que actúa en un mundo en el que la 
estructura de la acción fuera diferente. 


398 


CAPÍTULO XII 


EL ÁMBITO DEL CÁLCULO 
ECONÓMICO 


1. EL CARÁCTER DE LAS EXPRESIONES 
MONETARIAS 


El cálculo económico puede referirse a todo cuanto se 
cambia por dinero. 


Los precios de bienes y servicios son datos históricos que 
reflejan hechos pasados o bien anticipaciones de posibles 
eventos futuros. En el primer caso, los precios nos informan 
de que, en cierto momento, se realizaron uno o más actos de 
trueque interpersonal al tipo de cambio en cuestión. Pero no 
nos proporcionan ninguna ilustración directa acerca de los 
precios futuros. En la práctica, con frecuencia se puede 
presumir que las circunstancias mercantiles que ayer 
provocaron la aparición de determinados precios 
permanecerán durante un cierto periodo, siendo por tanto 
improbable que las tasas de intercambio monetario registren 
una brusca oscilación. Tales expectativas son racionales 


399 


cuando los precios son consecuencia de la interacción de 
mucha gente dispuesta a comprar y a vender por considerar 
interesantes los precios y cuando la situación del mercado no 
está influida por condiciones que se consideran accidentales, 
extraordinarias y probablemente irrepetibles. Sin embargo, lo 
que por medio del cálculo económico fundamentalmente se 
pretende no es ponderar situaciones y precios de mercado de 
escasa O ninguna variabilidad, sino abordar el cambio y la 
mutación. El hombre que actúa desea acomodarse a 
mutaciones que prevé que van a producirse sin su 
intervención, o bien provocar cambios por sí mismo. Los 
precios del pasado son para él meros puntos de partida en su 
intento de anticipar los precios futuros. 


Quienes cultivan la historia o la estadística se fijan 
únicamente en los precios del pasado. El hombre que actúa 
centra su interés en los precios del futuro, un futuro que 
puede contraerse a la hora, al día o al mes que 
inmediatamente va a seguir. Los precios del pasado son sólo 
signos indicadores que el sujeto contempla para prever mejor 
los del futuro. Le interesan los precios que luego han de 
registrarse para prever el resultado de sus proyectadas 
actuaciones, así como para cifrar la pérdida o la ganancia 
derivada de pasadas transacciones. 


Los balances y las cuentas de pérdidas y ganancias reflejan 
el resultado de actuaciones otrora practicadas a través de la 
diferencia dineraria que exista entre el activo neto (activo 
total menos pasivo total) del primero y del último día del 
ejercicio, es decir, el saldo resultante, una vez deducidos los 
costes de los rendimientos por todos conceptos. Pero en 
dichos estados es forzoso traducir las partidas del activo y del 
pasivo, salvo la de caja, a su equivalente monetario. Las 


400 


rúbricas en cuestión deberían ser cifradas con arreglo a los 
precios que se suponga hayan de registrar en el próximo 
futuro los bienes de referencia o, sobre todo, tratándose de 
instrumentos de producción, a tenor de los precios a que 
previsiblemente será posible vender las mercancías 
producidas por su medio. Sin embargo, los usos mercantiles, 
las disposiciones legales y las normas fiscales han hecho que 
los métodos actuariales no se conformen plenamente con esos 
correctos principios tendentes a lograr la máxima 
correspondencia posible entre las cifras contabilizadas y la 
realidad. Son otros los objetivos que se pretende alcanzar, 
razón por la cual se desprecia hasta cierto punto la exactitud 
de los balances y cuentas de resultados. En efecto, la 
legislación mercantil aspira a que la contabilidad sirva de 
protección a los acreedores; tiende, consecuentemente, a 
valorar los activos por debajo de su verdadero importe, para 
reducir tanto los beneficios líquidos como el montante del 
activo neto, creando unos márgenes de seguridad que 
impidan al comerciante retirar de la empresa, a título de 
beneficio, sumas excesivas, vedando a aquellas firmas que 
puedan hallarse en difícil situación proseguir operaciones 
posiblemente malbaratadoras de fondos ya comprometidos 
con terceros. Las leyes fiscales, a la inversa, propenden a 
calificar de beneficios sumas que en buena técnica no 
merecerían tal consideración; procuran con ello incrementar 
las cargas tributarias sin elevar oficialmente los tipos 
contributivos. Conviene, por tanto, no confundir el cálculo 
económico que el empresario practica al planear futuras 
operaciones con ese reflejo escriturario de las transacciones 
mercantiles mediante el cual lo que se busca, en realidad, son 
objetivos habilidosamente solapados. Una cosa es el cálculo 


401 


económico y otra distinta la determinación de las cargas 
fiscales. Si la ley, al gravar, por ejemplo, la servidumbre 
doméstica del contribuyente, establece que un criado ha de 
computarse como dos doncellas, nadie pretenderá dar a tal 
asimilación otro significado que no sea el puramente fiscal. 
En este mismo sentido las disposiciones que gravan las 
transmisiones mortis causa establecen que los títulos 
mobiliarios habrán de valorarse según la cotización bursátil 
de los mismos en la fecha de la defunción del causante. Tales 
normas no hacen más que formular un sistema específico 
para liquidar el impuesto correspondiente. 


En una contabilidad bien llevada es plena la exactitud 
aritmética de las cifras manejadas. Sorprende el detalle de los 
correspondientes estados, lo cual, unido a la comprobada 
ausencia de todo error material, hace presumir la absoluta 
veracidad de los datos consignados. Pero lo cierto es que las 
partidas fundamentales de los balances no son más que 
previsiones especulativas de realidades que se supone 
registrará mañana el mercado. Es un grave error equiparar los 
asientos de una rúbrica contable a las cifras de un estudio 
técnico, como, por ejemplo, las consignadas en el proyecto de 
una máquina. El ingeniero —por lo que se refiere al aspecto 
puramente técnico de su función— utiliza expresiones 
numéricas deducidas siguiendo los métodos de las ciencias 
experimentales. El hombre de negocios, al contrario, no tiene 
más remedio que manejar sumas cuya cuantía dependerá de 
la conducta futura de la gente, cifras que sólo mediante la 
comprensión puede llegar a establecer. El problema capital de 
balances y cuentas de pérdidas y ganancias es el referente al 
modo de valorar aquellas rúbricas del activo y del pasivo que 
no son típicas de numerario. De ahí que dichos estados hayan 


402 


siempre de considerarse hasta cierto punto provisionales. 
Reflejan, con la exactitud posible, cierta realidad económica 
en determinado instante, arbitrariamente elegido, mientras el 
devenir de la acción y la vida prosigue. Se puede inmovilizar 
en un balance la situación de determinado negocio; ahora 
bien, no es posible hacer lo mismo con el total sistema de 
producción social, en permanente cambio y evolución. Es 
más: ni siquiera las cuentas de numerario, ya sean de activo o 
pasivo, están exentas de esa indeterminación típica de toda 
rúbrica contable, pues el valor de las mismas depende, igual 
que el de todas las demás cuentas, de las futuras 
circunstancias del mercado. La engañosa exactitud aritmética 
de las cifras y los asientos contables no debe hacernos olvidar 
el carácter incierto y especulativo de los datos y de los cálculos 
que se hacen con ellos. 


Ahora bien, estos hechos no deben  impedirnos 
comprender la eficacia del cálculo económico. El cálculo 
económico es tan eficiente como puede serlo. Ninguna 
reforma puede añadir nada a su eficacia. Ofrece al hombre 
que actúa todos los servicios que éste puede obtener de la 
computación numérica. No nos permite conocer con certeza 
las condiciones futuras ni elimina de la acción su carácter 
especulativo. Pero esto será un fallo sólo para quienes no 
quieran comprender que la vida nunca será rígida ni estática 
o para quienes olviden que nuestro mundo se halla en 
permanente devenir y que el hombre jamás llegará a conocer 
lo que el futuro le reserva. 

El cálculo económico no sirve para informarnos acerca de 
condiciones futuras. Pero con su ayuda puede el hombre 
orientarse para actuar del modo que mejor le permitirá 
atender aquellas necesidades que el interesado supone 


403 


aparecerán en el futuro. Para ello, el hombre que actúa precisa 
de un método de cálculo y el cálculo presupone la posibilidad 
de manejar un común denominador aplicable a todas las 
magnitudes. Ese común denominador del cálculo económicos 
es el dinero. 


2. Los LÍMITES DEL CÁLCULO ECONÓMICO 


Queda excluido del cálculo económico todo aquello que no 
se puede comprar ni vender por dinero. 


Hay cosas que no se venden y para adquirirlas hay que 
afrontar sacrificios muy distintos del coste del dinero. Quien 
desee empeñarse en una gran hazaña debe emplear muchos 
medios, algunos de los cuales puede adquirir por dinero. Pero 
los principales factores para la realización de tales empresas 
no se pueden comprar. El honor, la virtud, la gloria, así como 
el vigor físico, la salud y la vida misma desempeñan en la 
acción un papel al mismo tiempo de medio y de fines, pero 
exceden el ámbito del cálculo económico. 


Hay cosas que no se pueden valorar en dinero; existen otras 
que sólo en parte pueden cifrarse en términos monetarios. Al 
valorar un edificio antiguo, algunos prescinden de sus 
condiciones artísticas o de su interés histórico si tales 
circunstancias no son fuente de ingresos dinerarios o 
materiales. Todo aquello que sólo interesa a un determinado 
individuo y que en modo alguno induce a los demás a 
afrontar sacrificios económicos para conseguirlo queda por 


404 


fuerza excluido del ámbito del cálculo económico. 


Sin embargo, estas consideraciones en modo alguno 
prejuzgan la utilidad del cálculo económico. Las cosas que 
caen fuera de su dominio o bien son fines o bienes del primer 
orden. El cálculo de nada sirve para apreciar su valor e 
interés. Le basta al sujeto comparar dichos bienes con los 
costes que su consecución exige para decidir si, en definitiva, 
le interesan o no. Un Ayuntamiento, por ejemplo, se ve en el 
caso de optar entre dos proyectos de traída de aguas; 
supongamos que el primero exige derribar cierto edificio 
histórico, mientras que el segundo, de mayor coste, permite 
evitar dicha destrucción. Pues bien, aun cuando no es posible 
valorar en cifras monetarias los sentimientos que abogan por 
la conservación del monumento, los ediles sabrán 
seguramente resolver el dilema. Los valores que no pueden 
ser objeto de ponderación dineraria asumen por ello mismo 
una peculiar presentación que incluso facilita las decisiones a 
tomar. Carece de fundamento lamentar que los bienes que no 
pueden comprarse ni venderse en el mercado estén al margen 
del cálculo económico, pues no por ello quedan afectados los 
valores morales y estéticos. 


El dinero, los precios monetarios, las transacciones 
mercantiles, así como el cálculo económico basado en tales 
conceptos, son hoy objeto preferente de la crítica. Locuaces 
sermoneadores acusan al mundo occidental de ser una 
civilización de traficantes y mercaderes. El fariseísmo se alía 
con la vanidad y el resentimiento para atacar esa denostada 
«filosofía del dólar» que se supone es típica de nuestra época. 
Neuróticos reformadores, escritores  tendenciosos y 
ambiciosos demagogos despotrican contra la «racionalidad» y 
se complacen en predicar el evangelio de lo «irracional». Para 


405 


estos charlatanes, el dinero y el cálculo son fuente de los más 
graves males. Sin embargo, el hecho de que el hombre haya 
desarrollado un método que le permite ordenar sus 
actuaciones y conseguir así los fines que más desea y eliminar 
el malestar de la humanidad del modo mejor y más 
económico a nadie le impide adaptar su conducta a los 
principios que considere más convincentes. Ese 
«materialismo» de administradores y bolsistas en modo 
alguno impide a quien así lo desee vivir a lo Tomás Kempis o 
sacrificarse en el altar de las causas más sublimes. El que las 
masas prefieran las novelas policíacas a la poesía —lo cual 
hace que aquéllas sean económicamente más rentables que 
ésta— nada tiene que ver ni con el dinero ni con la 
contabilidad monetaria. Si hay forajidos, ladrones, asesinos, 
prostitutas y jueces y funcionarios venales no es porque exista 
el dinero. No es correcto decir que la honradez «no paga». La 
honradez «paga» a quien subjetivamente valora en más 
atenerse a ciertos principios que las ventajas que tal vez 
pudiera derivar de no seguir dichas normas. 


Hay un segundo grupo de críticos cuyos componentes no 
advierten que el cálculo económico es un método que 
únicamente pueden emplear quienes viven bajo un orden 
social basado en la división del trabajo y en la propiedad 
privada de los medios de producción. Sólo esos privilegiados 
pueden beneficiarse del sistema. Éste permite calcular el 
beneficio o provecho del particular, pero nunca se puede 
calcular con él el «bienestar social». Ello implica que para el 
cálculo los precios del mercado son hechos irreductibles. De 
nada tampoco sirve el cálculo económico cuando los planes 
contemplados no se ajustan a la demanda libremente 
expresada por los consumidores, sino a las arbitrarias 


406 


valoraciones de un ente dictatorial, rector único de la 
economía nacional o mundial. Menos aún puede servirse del 
cálculo quien pretenda enjuiciar las diversas actuaciones con 
arreglo al totalmente imaginario «valor social» de las mismas, 
es decir, desde el punto de vista de la «sociedad en su 
conjunto», y denigre el libre proceder de la gente 
comparándolo con el que prevalecería bajo un imaginario 
sistema socialista en el que la voluntad del propio crítico sería 
la ley suprema. El cálculo económico en términos de precios 
monetarios es el que practican los empresarios que producen 
para los consumidores de una sociedad de mercado. No sirve 
para otros cometidos. 


Quien desee servirse del cálculo económico debe evitar 
juzgar la realidad a la manera de una mente despótica. Por eso 
pueden utilizar los precios para el cálculo los empresarios, los 
inversores, los propietarios y los asalariados cuando operan 
bajo el sistema capitalista. Fuera de él no sirve en absoluto. Es 
ridículo pretender valorar en términos monetarios 
mercaderías que no son objeto de contratación, así como 
creer que se puede calcular a base de cifras puramente 
arbitrarias, sin relación alguna con la realidad mercantil. Las 
normas legales pueden fijar cuánto ha de pagar a título de 
indemnización quien causó una muerte. Pero ello, 
indudablemente, no significa que ése sea el precio de la vida 
humana. Donde existe la esclavitud hay precios de mercado 
que rigen la compra y venta de esclavos. Sin embargo, abolida 
la esclavitud, tanto el hombre como la vida y la salud son res 
extra commercium. En una sociedad de hombres libres la vida 
y la salud no son medios sino fines. Tales bienes, cuando se 
trata de calcular medios, evidentemente no pueden entrar en 
el cómputo. 


407 


Se puede reflejar en cifras monetarias los ingresos o la 
fortuna de un cierto número de personas. Ahora bien, carece 
de sentido pretender calcular la renta nacional o la riqueza de 
un país. En cuanto nuestras especulaciones se apartan de las 
categorías mentales que maneja el individuo al actuar dentro 
de una economía de mercado, hemos de renunciar al método 
del cálculo monetario. Pretender cifrar monetariamente la 
riqueza de una nación o la de toda la humanidad resulta tan 
pueril como el querer resolver los enigmas del universo 
divagando sobre las dimensiones de la pirámide de Cheops. 
Cuando el cálculo mercantil valora, por ejemplo, una partida 
de patatas en cien dólares, ello significa que por dicha suma es 
posible comprarlas o venderlas. En el mismo sentido, si 
valoramos una empresa en un millón de dólares, es porque 
suponemos que podría hallarse un comprador por ese precio. 
Pero ¿qué significación podrían tener las diferentes rúbricas 
de un imaginario balance que comprendiera a toda una 
nación? ¿Qué trascendencia tendría el saldo final resultante? 
¿Qué realidades deberían ser incluidas y cuáles omitidas en 
dicho balance? ¿Procedería valorar el clima del país o las 
habilidades y conocimientos de los indígenas? El empresario 
puede transformar sus propiedades en dinero, pero la nación 
no. 


Las equivalencias monetarias que la acción y el cálculo 
económico manejan son, en definitiva, precios dinerarios, es 
decir, relaciones de intercambio entre el dinero, de un lado, y 
determinados bienes y servicios, de otro. No es que los 
precios se midan en unidades monetarias, sino que consisten 
precisamente en una cierta cantidad de dinero. Los precios 
son siempre o precios que ayer se registraron o precios que se 
supone aparecerán efectivamente mañana. Por eso el precio 


408 


es invariablemente un hecho histórico pasado o futuro. Nada 
hay en los precios que permita asimilarlos a las mediciones 
que se hacen de los fenómenos físicos y químicos. 


3. LA VARIABILIDAD DE LOS PRECIOS 


Los tipos de intercambio fluctúan de continuo, ya que las 
circunstancias que los originan también se hallan en perpetua 
mutación. El valor que el individuo atribuye tanto al dinero 
como a los diversos bienes y servicios es fruto de una 
momentánea elección. Cada futuro instante puede originar 
nuevas circunstancias y provocar distintas consideraciones y 
valoraciones. No es la movilidad de los precios lo que debería 
llamarnos la atención; lo que debería sorprendernos es que no 
oscilen en mayor medida. 


La experiencia cotidiana nos muestra la continua 
fluctuación de los precios. Podría esperarse que la gente 
tuviera en cuenta este hecho. Sin embargo, las ideas populares 
sobre la producción y el consumo, las operaciones 
mercantiles y los precios se hallan más o menos contaminadas 
por una vaga y contradictoria noción de la rigidez de los 
precios. Se tiende a creer que el mantenimiento de la 
estructura de precios ayer vigente es normal y conveniente y a 
condenar toda variación en los tipos de intercambio como si 
se tratara de una violación de las normas de la naturaleza y la 
Justicia. 


Sería un error pensar que estas creencias populares son el 


409 


precipitado de opiniones vigentes en épocas pasadas en que 
las condiciones de la producción y el intercambio habrían 
sido más estables. Es discutible que los precios variaran 
antiguamente menos que ahora. Por el contrario, parece más 
lógico afirmar que la integración de múltiples mercados 
locales en otros de ámbito nacional, la extensión al área 
mundial de las transacciones mercantiles y el haberse 
organizado el comercio de tal suerte que pudiera 
proporcionar un continuo suministro de artículos de 
consumo más bien habrá tendido a minimizar la frecuencia e 
importancia de las oscilaciones de los precios. En los tiempos 
precapitalistas los métodos técnicos de producción eran más 
rígidos e invariables, si bien era mucho más irregular el 
abastecimiento de los diversos mercados locales y eran 
grandes las dificultades para adaptar rápidamente la oferta a 
las variaciones de la demanda. Pero, aun cuando fuera cierta 
esa supuesta estabilidad de los precios en épocas pasadas, ello 
para nada podría enmascarar la comprensión de la realidad 
actual. Las nociones populares sobre el dinero y los precios no 
derivan de ideas formadas en el pasado. Sería erróneo 
interpretarlas como atávicas reminiscencias. En la actualidad, 
todo el mundo se enfrenta a diario con los numerosos 
problemas de las continuas compraventas, de tal suerte que 
bien podemos pensar que las ideas de la gente sobre estas 
materias no son simplemente un reflejo de conceptos 
tradicionales. 

Es fácil comprender por qué quienes observan que sus 
intereses a corto plazo se ven perjudicados por un cambio de 
precios se quejen de esos cambios, proclamen que los precios 
anteriores eran no sólo más justos sino también más 
normales, y no duden en asegurar que la estabilidad de los 


410 


precios es conforme a las supremas leyes de la naturaleza y la 
moral. Pero conviene tener presente que toda variación de los 
precios, al tiempo que perjudica a unos, favorece a otros. 
Naturalmente, no opinarán éstos lo mismo que aquéllos 
acerca de la supuesta condición equitativa y natural de la 
rigidez de los precios. 


Ni la existencia de atávicas reminiscencias ni la 
concurrencia de los egoístas intereses de ciertos grupos sirven 
para explicar la popularidad de la idea de la estabilidad de los 
precios. Sus raíces deben hallarse en el hecho de que las ideas 
referentes a las relaciones sociales se han construido de 
acuerdo con los modelos de las ciencias naturales. Los 
economistas y sociólogos que conciben las ciencias sociales 
según el modelo de la física o de la fisiología caen en los 
mismos errores que la mentalidad popular cometió mucho 
antes. 


Incluso a los economistas clásicos les faltó perspicacia para 
vencer plenamente estas falacias. Creían que el valor es un 
hecho objetivo; en su opinión era un fenómeno más del 
mundo externo, una condición inherente a las cosas, que, por 
lo tanto, podía ser ponderado y medido. No lograron 
comprender el carácter puramente humano y personal de los 
juicios de valor. Según nuestras noticias, fue Samuel Bailey el 
primero que se percató de la íntima esencia de todo acto que 
suponga preferir una cosa a otra!”!. Sin embargo, su ensayo, al 
igual que los escritos de otros precursores de la teoría 
subjetiva del valor, no fue tomado por nadie en 
consideración. 

Refutar el error relativo a la mensurabilidad en el campo de 
la acción es algo que no sólo interesa a la economía. También 
es importante para la política económica. Las desastrosas 


411 


medidas de política económica que hoy prevalecen se deben 
en gran parte a la lamentable confusión producida por la idea 
de que hay algo fijo, y por consiguiente medible, en las 
relaciones interhumanas. 


4. LA ESTABILIZACIÓN 


Fruto de tales errores es la idea de estabilización. 


Los daños provocados por la intervención estatal en los 
asuntos monetarios y los desastrosos efectos causados por las 
actuaciones que pretenden reducir el tipo de interés e 
incrementar la actividad mercantil mediante la expansión 
crediticia hicieron que la gente ansiara la «estabilización». 
Podemos comprender su aparición y el atractivo que ejerce 
sobre las masas si paramos mientes en la serie de arbitrismos 
padecidos por la moneda y el crédito durante los últimos 
ciento cincuenta años; podemos incluso disculpar las 
equivocaciones que encierra. Pero, por benévolos que 
queramos ser, no podemos disimular la gravedad del error. 


La estabilidad a que aspiran los programas de estabilización 
es un concepto vano y contradictorio. El deseo de actuar, es 
decir, el afán por mejorar nuestras condiciones de vida, es 
consustancial a la naturaleza humana. El propio individuo 
cambia y varía continuamente y con él cambian sus 
valoraciones, deseos y actuaciones. En el mundo de la acción 
nada es permanente, a no ser, precisamente, el cambio. En ese 
continuo fluctuar, sólo las eternas categorías apriorísticas de 


412 


la acción permanecen inconmovibles. Carece de sentido 
pretender desgajar de la inestabilidad típica del hombre y de 
su conducta el preferir y el actuar, como si en el universo 
existieran valores eternos independientes de los juicios 
humanos de valor y a cuya luz pudiera enjuiciarse la acción 
real 

Todas las fórmulas propuestas para medir los cambios en el 
poder adquisitivo de la unidad monetaria descansan, más o 
menos, en la ilusoria imagen de un ser eterno e inmutable que 
fija, mediante la aplicación de un patrón igualmente 
inmutable, la cantidad de satisfacción que una unidad 
monetaria puede proporcionar. Flaco apoyo recibe tan 
inadmisible idea cuando se argumenta que lo que se pretende 
es ponderar sólo la variación del poder adquisitivo de la 
moneda, ya que la esencia de la estabilidad radica 
precisamente en este concepto de poder adquisitivo. El 
profano, confundido por el modelo de conocimiento propio 
de la física, en un principio suponía que el dinero servía para 
medir los precios. Creía que las variaciones en los tipos de 
intercambios se registraban sólo en la diferente valoración de 
los diversos bienes y servicios entre sí, permaneciendo fijo el 
tipo existente entre el dinero, de un lado, y la «totalidad» de 
los bienes y servicios, de otro. Después, la gente volvió la idea 
del revés. Se negó la constancia del valor de la moneda y se 
proclamó la inmutabilidad valorativa de la «totalidad» de las 
cosas que podían ser objeto de compraventa. Se ingeniaron 
diferentes conjuntos de productos que se contrastaban con la 
unidad monetaria. Había tal deseo de encontrar índices para 
medir el poder adquisitivo, que todo escrúpulo al respecto 
desapareció. No se quiso parar mientes en la escasa precisión 
de las estadísticas de precios ni en la imposibilidad —por su 


413 


heterogeneidad— de comparar muchos de éstos entre sí, ni en 
el carácter arbitrario de los sistemas seguidos para la 
determinación de cifras medias. 


El eminente economista Irving Fisher, máximo impulsor 
en América del movimiento en pro de la estabilización, 
contrasta el dólar con la cesta en que el ama de casa reúne los 
diversos productos que compra en el mercado para mantener 
a la familia. El poder adquisitivo del dólar variaría en 
proporción inversa a la suma dineraria precisa para comprar 
el contenido en cuestión. De acuerdo con estas ideas, la 
política de estabilización aspira a que no varíe ese gasto 
monetario”. Este planteamiento sería admisible sólo si tanto 
el ama de casa como su imaginaria cesta fueran constantes; si 
esta última hubiera siempre de contener los mismos 
productos e idéntica cantidad de cada uno de ellos; y si fuera 
inmutable la utilidad que dicho conjunto de bienes tuviera 
para la familia en cuestión. Lo malo es que en nuestro mundo 
real no se cumple ninguna de estas condiciones. 


Ante todo, conviene advertir que las calidades de los bienes 
producidos y consumidos varían continuamente. Es un grave 
error suponer que todo el trigo que se produce es idéntico; y 
nada digamos de las diversas clases de zapatos, sombreros y 
demás objetos manufacturados. Las grandes diferencias de 
precios que, en cierto momento, registran las distintas 
variedades de un mismo producto, variedades que ni el 
lenguaje ordinario ni las estadísticas reflejan, demuestran 
claramente este hecho. Suele decirse que un guisante es 
idéntico a otro guisante; y, sin embargo, tanto compradores 
como vendedores distinguen múltiples calidades y especies de 
guisantes. Resulta totalmente vano comparar precios pagados 
en plazas distintas o en fechas diferentes por productos que, 


414 


desde el punto de vista de la técnica o la estadística, se 
agrupan bajo una misma denominación, si no consta 
taxativamente que la calidad de los mismos —con la única 
excepción de su diferente ubicación— es realmente idéntica. 
Por calidad entendemos todas aquellas propiedades del bien 
de referencia que los efectivos o potenciales compradores 
toman en consideración al actuar. El solo hecho de que hay 
calidades diversas en todos los bienes y servicios del orden 
primero echa por tierra uno de los presupuestos 
fundamentales del método estadístico basado en números 
índices. Es irrelevante que un limitado número de mercancías 
de los órdenes más elevados —especialmente metales y 
productos químicos que pueden describirse mediante 
fórmulas— puedan ser objeto de precisa especificación de sus 
cualidades características. Porque toda medición del poder 
adquisitivo forzosamente habrá de tomar en consideración 
los precios de los bienes y servicios del orden primero; y no 
sólo el precio de unos cuantos, sino de todos ellos. Pretender 
evitar el escollo acudiendo a los precios de los bienes de 
producción resulta igualmente estéril, ya que el cálculo 
quedaría forzosamente falseado al computar varias veces las 
diversas fases de producción de un mismo artículo de 
consumo. Limitar el estudio a un cierto grupo de bienes 
seleccionados es a todas luces arbitrario y además vicioso. 


Pero aun dejando de lado todos estos insalvables 
obstáculos, resulta inalcanzable el objetivo ambicionado. 
Porque no es que únicamente cambie la calidad técnica de los 
diversos productos, ni que de continuo aparezcan cosas 
nuevas, al tiempo que otras dejan de producirse; lo 
importante es que también varían las valoraciones personales, 
lo cual provoca cambios en la demanda y en la producción. 


415 


Los presupuestos en que se basa esta doctrina de la medición 
sólo se darían en un mundo poblado por hombres cuyas 
necesidades y estimaciones fueran inmutables. Sólo si la gente 
valorara las cosas siempre del mismo modo, sería admisible 
suponer que las oscilaciones de los precios reflejan efectivos 
cambios en el poder adquisitivo del dinero. 


Puesto que no es posible conocer la cantidad total de 
dinero invertido durante un cierto lapso de tiempo en bienes 
de consumo, los cómputos estadísticos han de apoyarse en los 
precios pagados por los distintos bienes. Ahora bien, este 
hecho suscita otros dos problemas imposibles de solucionar 
de un modo apodíctico. En primer lugar, resulta obligado 
asignar a cada cosa distinto coeficiente de importancia, ya que 
sería inadmisible operar con precios de bienes diversos sin 
ponderar su peso respectivo en la economía familiar. Pero 
esta ordenación siempre será arbitraria. En segundo término, 
es imperativo promediar los datos una vez recogidos y 
clasificados. Pero hay muchas formas de promediar; existe la 
media aritmética y también la geométrica y la armónica e, 
igualmente, el cuasi promedio denominado mediana. Cada 
uno de estos sistemas brinda diferentes soluciones. No existe 
razón alguna para preferir uno, considerándolo como el 
único procedente en buena lógica. La elección que se haga, 
una vez más, resultará siempre caprichosa. 


Lo cierto es que si las circunstancias humanas fueran 
inmutables; si la gente no hiciera más que repetir iguales 
actuaciones, por ser su malestar siempre el mismo e idénticas 
las formas de remediarlo; o si fuera posible admitir que todo 
cambio acaecido en ciertos individuos o grupos, por lo que 
respecta a las anteriores cuestiones, viniera a ser compensado 
por la contrapuesta mutación en otros individuos o grupos, 


416 


de tal suerte que la total demanda y oferta no resultara 
afectada, ello supondría que nuestro mundo goza de plena 
estabilidad. Ahora bien, en tal supuesto no se puede pensar en 
posible variabilidad de la capacidad adquisitiva del dinero. 
Como más adelante se demostrará, los cambios en el poder 
adquisitivo del dinero han de afectar, por fuerza, en diferente 
grado y momento, a todos los precios de los diversos bienes y 
servicios; siendo ello así, dichos cambios han de provocar 
mutaciones en la demanda y en la oferta, en la producción y 
en el consumo'*. Por tanto, resulta inadmisible la idea 
implícita al hablar del nivel de precios según la cual, 
permaneciendo inmodificadas las restantes circunstancias, 
pueden estos últimos subir o bajar de modo uniforme. Porque 
las demás circunstancias, si varía la capacidad adquisitiva del 
dinero, jamás permanecen idénticas. 


En el terreno praxeológico y económico, como tantas veces 
se ha dicho, carece de sentido toda idea de medición. En una 
hipotética situación plenamente rígida no existen cambios 
que puedan ser objeto de medida. En nuestro siempre 
cambiante mundo, por el contrario, no hay ningún punto fijo, 
ninguna dimensión o relación en que pueda basarse la 
medición. El poder adquisitivo de la unidad monetaria nunca 
varía de modo uniforme con respecto a todas aquellas cosas 
que pueden ser objeto de compraventa. Las ideas de 
estabilidad y estabilización carecen de sentido si no es 
relacionándolas con una situación estática. Pero ni siquiera 
mentalmente es posible llegar a contemplar las últimas 
consecuencias lógicas de tal inmovilismo, que, menos aún, 
puede ser llevado a la práctica”. Donde hay acción hay 
mutación. La acción es perenne causa de cambio. 


Es ridícula la pretenciosa solemnidad con que los 


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funcionarios de las oficinas de estadística pretenden cifrar los 
índices expresivos del poder adquisitivo del dinero y la 
variación del coste de la vida. En el mejor de los casos, esos 
numerosos índices no son más que un torpe e impreciso 
reflejo de cambios que ya acontecieron. Cuando las 
variaciones de la relación entre la oferta y la demanda de 
dinero son pequeñas, nada nos dicen. Por el contrario, 
cuando hay inflación, cuando los precios registran profundos 
cambios, esos índices no nos proporcionan más que una tosca 
caricatura de hechos bien conocidos y constatados a diario 
por todo el mundo. Cualquier ama de casa sabe más de las 
variaciones experimentadas por los precios que le afectan que 
todos los promedios estadísticos. De poco le sirven a ella unos 
cálculos que nada le dicen ni de la calidad del bien ni de la 
cantidad del mismo que, al precio de la estadística, es posible 
adquirir. Cuando, para su personal información, procede a 
«medir» los cambios del mercado, fiándose sólo del precio de 
dos o tres mercancías, no está siendo ni menos «científica» ni 
más arbitraria que los engreídos matemáticos en la elección 
de sus métodos para manipular los datos del mercado. 


En la práctica nadie se deja engañar por los números 
índices. Nadie se atiene a la ficción de suponer que implican 
auténticas mediciones. Cuando se trata de cantidades que 
efectivamente pueden ser objeto de medida, no hay dudas ni 
desacuerdos en torno a las cifras resultantes. Realizadas las 
oportunas operaciones, tales asuntos quedan definitivamente 
zanjados. Nadie discute los datos referentes a la temperatura, 
la humedad, la presión atmosférica y demás cálculos 
meteorológicos. En cambio, sólo damos por bueno un 
número índice cuando esperamos una ventaja personal de su 
aceptación por la opinión pública. El establecimiento de 


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números índices no zanja las disputas; tan sólo las traslada a 
un campo en el que los conflictos de opiniones antagónicas y 
de intereses son irreconciliables. 


La acción humana provoca cambios. En la medida en que 
hay acción humana no hay estabilidad sino continua 
alteración. La historia no es más que una secuencia de 
variaciones. No puede el hombre detener el curso histórico 
creando un mundo totalmente estable, donde la propia 
historia resultaría inadmisible. Es consustancial a la 
naturaleza humana pretender mejorar las propias condiciones 
de vida, concebir al efecto ideas nuevas y el ordenar la acción 
a tenor de las mismas. 


Los precios del mercado son hechos históricos, resultado 
de una constelación de circunstancias registradas en un cierto 
momento del irreversible proceso histórico. En la esfera 
praxeológica, el concepto de medición carece totalmente de 
sentido. Pero en una imaginaria —y desde luego irrealizable 
— situación plenamente rígida y estable no hay cambio 
alguno que pueda ser objeto de medida; en el mundo real, de 
incesante cambio, no hay puntos, objetos, cualidades o 
relaciones fijas que permitan medir las variaciones 
acontecidas. 


5. LA RAÍZ DE LA IDEA DE ESTABILIZACIÓN 


El cálculo económico no exige la estabilidad monetaria en 
el sentido en que emplean el término los defensores del 


419 


movimiento de estabilización. El hecho de que la rigidez en el 
poder adquisitivo de la unidad monetaria sea impensable e 
irrealizable no invalida los métodos del cálculo económico. El 
funcionamiento del cálculo económico sólo precisa de un 
sistema monetario inmune a la interferencia estatal. Cuando 
las autoridades incrementan la cantidad de dinero circulante, 
ya sea con miras a ampliar la capacidad adquisitiva del 
gobierno, ya sea buscando una (temporal) rebaja del tipo de 
interés, desarticulan todas las relaciones monetarias y 
perturban gravemente el cálculo económico. El primer 
objetivo que una sana política monetaria debe perseguir es no 
sólo impedir que el gobernante provoque por sí mismo 
inflación, sino también evitar que induzca la expansión 
crediticia de la banca privada. Pero este programa es muy 
distinto de las confusas y contradictorias medidas 
encaminadas a estabilizar el poder adquisitivo del dinero. 


La buena marcha del cálculo económico sólo exige evitar 
que se produzcan graves y bruscas variaciones en la cantidad 
de dinero. El patrón oro —y hasta la mitad del siglo xix 
también el patrón plata— cumplió satisfactoriamente las 
condiciones requeridas para el cálculo económico. Variaba 
tan escasamente la relación entre las existencias y la demanda 
de dichos metales y, por consiguiente, era tan lenta la 
modificación de su poder adquisitivo, que los empresarios 
podían despreciar en sus cálculos tales mutaciones sin temor 
a equivocarse gravemente. En el terreno del cálculo 
económico no es posible una precisión absoluta, aun 
excluyendo aquellos errores emanados de no tomar 
debidamente en consideración la mutación de las 
circunstancias monetarias'", El empresario se ve siempre 
obligado a manejar en sus planes datos referentes al incierto 


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futuro; maneja precios y costes de producción futuros. La 
contabilidad y teneduría de libros, cuando pretenden reflejar 
los resultados de pasadas actuaciones, tropiezan con los 
mismos problemas, al valorar instalaciones, existencias y 
créditos contra terceros. Pese a tales incertidumbres, el 
cálculo económico alcanza su preciso objetivo, ya que aquella 
incertidumbre no es fruto de imperfección del sistema, sino 
secuela obligada del actuar, que siempre ha de abordar un 
futuro incierto. 


La idea de estabilizar el poder adquisitivo del dinero no 
brotó del deseo de proporcionar mayor exactitud al cálculo 
económico. Surgió del anhelo de crear una esfera inmune al 
incesante fluir de las cosas humanas, un mundo ajeno al 
continuo devenir histórico. Las rentas destinadas a atender 
perpetuamente las necesidades de fundaciones religiosas, 
instituciones de caridad o grupos familiares, durante mucho 
tiempo, se reflejaron en terrenos o productos agrícolas. Más 
tarde se establecieron anualidades monetarias. Tanto 
donantes como beneficiarios suponían que las rentas 
representadas por una cierta cantidad de metal precioso no 
podrían ser afectadas por las mutaciones económicas. Pero 
tales esperanzas resultaron fallidas. Las sucesivas 
generaciones pudieron comprobar cómo fracasaban los 
planes más cuidadosamente trazados por los difuntos 
patronos. Estimuladas por esta experiencia, comenzaron a 
investigar cómo podría alcanzarse este objetivo. Y de este 
modo se embarcaron en el intento de medir los cambios en el 
poder adquisitivo y a eliminar esos cambios. 


El asunto cobró particular importancia cuando los 
gobiernos comenzaron a emitir deuda pública perpetua, cuyo 
principal nunca habría de ser reembolsado. El estado, esa 


421 


nueva deidad de la naciente estatolatría, esa eterna y 
sobrehumana institución inmune a toda terrenal flaqueza, 
brindaba al ciudadano la oportunidad de poner su riqueza a 
salvo de cualquier vicisitud, ofreciéndole ingresos seguros y 
estables. Se abría así el camino para liberar al individuo de la 
necesidad de arriesgarse y de adquirir su riqueza y su renta 
cada día en el mercado capitalista. Quien invirtiera sus fondos 
en el papel emitido por el gobierno o por las entidades 
paraestatales quedaría para siempre liberado de las 
insoslayables leyes del mercado y del yugo de la soberanía de 
los consumidores. Ya no habría de preocuparse por invertir 
su dinero precisamente en aquellos cometidos que mejor 
sirvieran los deseos y las necesidades de las masas. El 
poseedor de papel del estado estaba plenamente asegurado, a 
cubierto de los peligros de la competencia mercantil, 
sancionadora de la ineficacia con pérdidas patrimoniales 
graves; la imperecedera deidad estatal le había acogido en su 
regazo, permitiéndole disfrutar tranquilamente de su 
patrimonio. Las rentas de tales favorecidos no dependían ya 
de haber sabido atender del mejor modo posible las 
necesidades de los consumidores; estaban, por el contrario, 
plenamente garantizadas mediante impuestos recaudados 
gracias al aparato gubernamental de compulsión y coerción. 
Se trataba de gentes que, en adelante, no tenían ya por qué 
servir a sus conciudadanos, sometiéndose a su soberanía; eran 
más bien asociados del estado, que gobernaba y exigía tributo 
a las masas. Es cierto que el interés ofrecido por el gobierno 
resultaba inferior al del mercado; pero este perjuicio estaba 
ampliamente compensado por la indiscutible solvencia del 
deudor, cuyos ingresos no dependían de haber sabido servir 
dócilmente al público; provenían de exacciones fiscales 


422 


coactivas. 


Pese a los desagradables recuerdos que los primeros 
empréstitos públicos habían dejado, la gente depositó amplia 
confianza en las modernas administraciones públicas surgidas 
hace cien años. No se ponía en duda que las mismas darían 
fiel cumplimiento a las obligaciones voluntariamente 
contraídas.  Capitalistas y empresarios  advertían 
perfectamente que dentro de una sociedad de mercado no hay 
forma de conservar la riqueza acumulada más que 
reconquistándola a diario en ruda competencia con todos, 
con las empresas ya existentes y con los recién llegados «que 
surgen de la nada». El empresario viejo y cansado, que no 
quería seguir arriesgando las riquezas ganadas a pulso en 
proyectos orientados a servir mejor al consumidor, y también 
los herederos de ajenas fortunas, indolentes y plenamente 
conscientes de su incapacidad, preferían invertir sus fondos 
en papel del estado, buscando protección contra la implacable 
ley del mercado. 


La deuda pública perpetua e irredimible presupone la 
estabilidad del poder adquisitivo de la moneda. Podrán ser 
eternos el estado y su poder coactivo, pero el interés pagado 
sólo gozará de esa misma condición si se computa con arreglo 
a un patrón de valor inmutable. De esta forma, el inversor 
que, buscando la seguridad, rehúye el mercado, la 
empresarialidad y la inversión en títulos privados, y prefiere 
los bonos del tesoro, vuelve a enfrentarse con el mismo 
problema de la variabilidad de todo lo humano. Descubre que 
en el marco de una sociedad de mercado la riqueza sólo 
puede conquistarse a través de ese mismo mercado. Su 
empeño por encontrar una fuente inagotable de riqueza se 
desvanece. 


423 


En nuestro mundo no existen la estabilidad y la seguridad y 
ningún esfuerzo humano es capaz de producirlas. Dentro de 
la sociedad de mercado sólo se puede adquirir y conservar la 
riqueza sirviendo acertadamente a los consumidores. El 
estado puede imponer cargas tributarias a sus súbditos, así 
como tomar a préstamo el dinero de éstos. Ahora bien, ni el 
más despiadado gobernante logra violentar a la larga las leyes 
que rigen la vida y la acción humana. Si el gobierno dedica las 
sumas tomadas a préstamo a aquellas inversiones a través de 
las cuales quedan mejor atendidas las necesidades de los 
consumidores y, en libre y abierta competencia con los 
empresarios particulares, triunfa en ese empeño, se 
encontrará en la misma posición que cualquier otro 
industrial, es decir, podrá pagar rentas e intereses porque 
habrá cosechado una diferencia entre costes y rendimientos. 
Por el contrario, si el estado invierte desacertadamente dichos 
fondos y esa diferencia no se produce, o bien emplea el dinero 
en gastos corrientes, el capital disminuirá e incluso 
desaparecerá totalmente, cegándose aquella única fuente que 
había de producir las cantidades necesarias para el pago de 
principal e intereses. En tal supuesto, la exacción fiscal es la 
única vía a que puede recurrir el gobierno para cumplir sus 
compromisos crediticios. De este modo el gobierno hace 
responsables a los ciudadanos del dinero malgastado. Los 
impuestos que pagan los ciudadanos no reciben ninguna 
contrapartida en servicios prestados por el aparato 
gubernamental. El gobierno abona intereses por un capital 
que se ha consumido y que ya no existe. Sobre el erario recae 
la pesada carga de torpes actuaciones anteriores. 


Cabe justificar la deuda pública a corto plazo en 
condiciones especiales. Por supuesto, la justificación popular 


424 


de los préstamos de guerra carece de fundamento. Las 
necesidades bélicas habrán de cubrirse mediante la restricción 
del consumo civil, trabajando más e, incluso, consumiendo 
una parte del capital existente. La carga bélica recae 
íntegramente sobre la generación en lucha. A las siguientes les 
afecta el conflicto tan sólo por cuanto heredaron menos de lo 
que en otro caso les hubiera correspondido. Financiar la 
guerra mediante la emisión de deuda pública no debe supone 
transferir parte de la carga a los hijos o a los nietos de los 
combatientes!?. Es simplemente un método de distribución 
de la carga del conflicto entre los ciudadanos. Porque si el 
gasto bélico hubiera de ser atendido sólo con impuestos, 
contribuirían al mismo únicamente quienes dispusieran de 
fondos líquidos. Los demás no harían las adecuadas 
aportaciones. Sirviéndose de los préstamos a corto plazo se 
puede minimizar esta desigualdad, ya que hacen posible una 
oportuna derrama entre los propietarios de capital fijo. 


El crédito público o semipúblico a largo plazo es un 
elemento extraño y perturbador en la estructura de la 
sociedad de mercado. Tales fórmulas financieras fueron 
ingeniadas en el vano intento de olvidar la natural limitación 
de la acción humana y crear una zona de seguridad eterna que 
no sería afectada por la típica transitoriedad e inestabilidad de 
las cosas terrenas. ¡Qué arrogante presunción concertar 
préstamos perpetuos, estipular contratos para la eternidad y 
fijar cláusulas que el futuro más remoto haya de respetar! 
Poco importa que los préstamos públicos se emitan o no 
formalmente con carácter perpetuo; tácitamente y en la 
práctica se les considerará tales. En la época de mayor 
esplendor del liberalismo hubo gobiernos que efectivamente 
redimieron parte de la deuda pública mediante honrado 


425 


reembolso de su principal. Pero lo corriente ha sido siempre 
ir acumulando nuevas deudas sobre las antiguas. La historia 
financiera de los últimos cien años refleja un continuo y 
general incremento de la deuda pública. Nadie cree ya que las 
administraciones soportarán eternamente la gravosa carga de 
los intereses. Tarde o temprano, todas esas deudas, de una u 
otra forma, quedarán impagadas. Una legión de sofisticados 
escritores se afanan ya por arbitrar justificaciones morales 
para el día del ajuste final'*.. 


No puede considerarse imperfección del cálculo económico 
el que resulte inutilizable cuando se trata de abordar 
quiméricos planes tendentes a implantar un imposible 
régimen de absoluta quietud y eterna seguridad inmune a las 
insoslayables limitaciones de la acción humana. En nuestro 
mundo ningún valor es eterno, absoluto e inmutable, y por 
ello es vano buscar un patrón de semejantes valores. No debe 
estimarse imperfecto el cálculo económico simplemente 
porque no se ajuste a las arbitrarias ideas de quienes quisieran 
hallar perennes fuentes de renta independientes de los 
procesos productivos de los hombres. 


426 


CAPÍTULO XIII 


EL CÁLCULO MONETARIO AL 
SERVICIO DE LA ACCIÓN 


1. EL CÁLCULO MONETARIO COMO MÉTODO DEL 
PENSAR 


El cálculo monetario es el norte de la acción dentro de un 
sistema social de división del trabajo. Viene a ser la brújula 
que guía al hombre cuando éste se lanza a producir. Mediante 
el cálculo consigue distinguir, entre las múltiples 
producciones posibles, las remuneradoras de las que no lo 
son; las que seguramente serán apreciadas por el consumidor 
soberano de las que lo más probable es que éste rechace. Cada 
etapa y cada paso de la actuación productiva ha de ponderarse 
a la luz del cálculo monetario. La previa planificación de la 
acción se convierte en cálculo comercial de los costes y 
beneficios esperados. La verificación retrospectiva del 
resultado de las acciones realizadas se convierte en 
contabilidad de pérdidas y ganancias. 


El sistema de cálculo económico en términos monetarios 


427 


está condicionado por la existencia de determinadas 
instituciones sociales. Sólo es practicable en el marco 
institucional de la división del trabajo y de la propiedad 
privada de los medios de producción, es decir, dentro de un 
orden bajo el cual los bienes y servicios se compran y se 
venden contra un medio de intercambio comúnmente 
aceptado, o sea, contra dinero. 


El cálculo monetario es un método del que pueden servirse 
sólo quienes se mueven en el ámbito de una sociedad basada 
en la propiedad privada de los medios de producción. Es un 
instrumento destinado a sujetos que actúan, un sistema de 
computación que permite conocer la riqueza y los ingresos de 
los particulares, los beneficios o pérdidas de quienes operan 
por cuenta propia en una sociedad de libre empresa!l". El 
resultado del cálculo económico se refiere a actuaciones 
individuales. Cuando en una estadística se resume el conjunto 
de esos resultados, la cifra reflejada nos habla de la suma de 
una serie de acciones autónomas practicadas por una 
pluralidad de individuos independientes, no del efecto de la 
acción de un cuerpo colectivo, de un conjunto, de una 
totalidad. El cálculo económico no sirve en absoluto si las 
cosas no se consideran desde el punto de vista de los 
individuos. Es un cálculo de beneficios de los individuos, no 
de unos imaginarios valores «sociales» o de bienestar «social». 


El cálculo monetario es el instrumento básico para planear 
y actuar en una sociedad de libre empresa, gobernada e 
impulsada por el mercado y los precios. En ese marco se 
originó y fue depurado, a medida que se perfeccionaba el 
funcionamiento del mercado y se ampliaba el número de 
bienes que podían contratarse a cambio de dinero. Fue el 
cálculo económico el que confirió a la medida, al número y al 


428 


cómputo el papel que desempeñan en nuestra civilización 
cuantitativa y calculadora. Las medidas de la física y de la 
química tienen sentido para la acción práctica sólo porque 
hay cálculo económico. Es el cálculo monetario el que hace 
que la aritmética sea un instrumento en la lucha por una vida 
mejor. Sólo él nos capacita para utilizar las conquistas de las 
experiencias de laboratorio para suprimir del modo más 
eficaz el malestar y el dolor. 


El cálculo monetario alcanza su máxima perfección en la 
contabilidad de capital; indica al empresario cuál es el 
importe monetario de los medios de producción de que 
dispone y le permite confrontar dicha cifra con los resultados 
que tanto la acción humana como otros factores pueden 
haber provocado. Tal confrontación proporciona cumplida 
información acerca de las mutaciones que han registrado los 
negocios, así como la magnitud de tales cambios; resulta 
entonces posible apreciar los éxitos y los fracasos, las pérdidas 
y las ganancias. Con el único fin de denigrar y desprestigiar el 
sistema de libre empresa, se le califica de régimen capitalista, 
de capitalismo. Sin embargo, se trata de un término que le 
cuadra perfectamente, ya que destaca el rasgo más 
característico del sistema, su principal excelencia, es decir el 
papel que en él desempeña la noción de capital. 


Hay gente a la que repugna el cálculo monetario. No 
quieren que el aldabonazo crítico de la razón les impida 
seguir soñando despiertos. La verdad les desasosiega; 
prefieren fantasear en torno a mundos de ilimitada 
abundancia; les molesta la existencia de un orden social tan 
ruin que todo lo computa en dólares y centavos. Califican de 
noble afán su descontento; porque ellos prefieren lo 
espiritual, lo bello y lo virtuoso a la grosera bajeza del 


429 


materialismo burgués. En realidad, lo cierto es que la facultad 
razonadora de la mente, que cifra y computa, en modo alguno 
impide rendir culto a la belleza y a la virtud, a la sabiduría y a 
la verdad. Lo que no puede medrar en un medio de serena 
crítica son las románticas ensoñaciones. Lo que más 
atemoriza a los visionarios es una mente que calcula y 
pondera fríamente. 


Nuestra civilización está inseparablemente ligada al cálculo 
económico y se hundirá tan pronto como renunciemos a tan 
inapreciable herramienta intelectual. Razón tenía Goethe 
cuando aseguraba que la contabilidad por partida doble era 
«uno de los descubrimientos más ingeniosos de la mente 
humana»? 


2. EL CÁLCULO ECONÓMICO Y LA CIENCIA DE LA 
ACCIÓN HUMANA 


La evolución del cálculo económico capitalista fue una 
condición necesaria para el establecimiento de una ciencia de 
la acción humana sistemática y lógicamente coherente. La 
praxeología y la economía aparecen en determinada etapa de 
la historia de la humanidad y del progreso de la investigación 
científica. No podían tomar cuerpo mientras el hombre no 
elaborara unos métodos de pensar que permitieran cifrar y 
calcular el resultado de sus propias actuaciones. La ciencia de 
la acción humana es una disciplina que comenzó ocupándose 
tan sólo de aquello que cabía contemplar a la luz del cálculo 
monetario. Se interesaba exclusivamente por lo que, en 


430 


sentido restrictivo, corresponde a la economía, es decir, 
abordaba únicamente las actuaciones que en la sociedad de 
mercado se practican con la intervención del dinero. Los 
primeros balbuceos de nuestra ciencia consistieron en 
inconexas investigaciones acerca de la moneda, el crédito y el 
precio de determinados bienes. Los hombres comenzaron a 
percatarse de la inexorable regularidad de los fenómenos que 
en el mundo de la acción se producen, a través de la ley de 
Gresham, de la de Gregory King y de otras toscas y primitivas 
exposiciones, como las que Bodino y Davanzati formularon 
para explicar la teoría cuantitativa del dinero!?, El primer 
sistema global de teoría económica, que tan brillantemente 
supieron construir los economistas clásicos, se limitaba a 
analizar aquel aspecto de la acción humana que puede 
examinarse a la luz del cálculo monetario. Aparecía así 
implícitamente trazada la frontera entre lo que debía 
estimarse económico y lo extraeconómico, quedando 
separadas las actuaciones que podían ser computadas en 
términos dinerarios de aquellas otras que no admitían tal 
tratamiento. Partiendo de esa base, sin embargo, los 
economistas fueron ampliando poco a poco el campo de sus 
estudios, hasta llegar finalmente a desarrollar un sistema 
sobre la elección humana, una teoría general de la acción. 


431 


CUARTA PARTE 


LA CATALÁCTICA O LA TEORÍA DEL 
MERCADO 


432 


CAPÍTULO XIV 


ÁMBITO Y METODOLOGÍA DE LA 
CATALÁCTICA 


1. LA DELIMITACIÓN DE LOS PROBLEMAS 
CATALÁCTICOS 


Nunca hubo duda o incertidumbre alguna en torno al 
ámbito propio de la ciencia económica. Desde que los 
hombres comenzaron a interesarse por el examen sistemático 
de la Economía o Economía Política todo el mundo convino 
en que el objeto de esta rama del saber es investigar los 
fenómenos del mercado, es decir, inquirir la naturaleza de los 
tipos de intercambio entre los diversos bienes y servicios, su 
relación de dependencia con la acción humana, y su 
importancia para las actuaciones futuras del hombre. Las 
dificultades con que se tropieza al tratar de precisar el ámbito 
de la ciencia económica no provienen de que haya 
incertidumbre en lo que respecta a los fenómenos que deban 
examinarse. Los problemas surgen en razón a que el análisis 
le obliga al investigador a salirse de la órbita propiamente 


433 


dicha del mercado y de las transacciones mercantiles. Porque, 
para comprender cabalmente lo que es el mercado es preciso 
contemplar, de un lado, el imaginario proceder de unos 
hipotéticos individuos que se supone aislados y que actuarían 
en solitario, y de otro, un en realidad impracticable régimen 
socialista universal. Para investigar el intercambio 
interpersonal, es necesario, primero, examinar el cambio 
autístico (intrapersonal), y entonces resulta harto difícil trazar 
una neta frontera entre las acciones que deben quedar 
comprendidas dentro del ámbito de la ciencia económica en 
sentido estricto y las que deben ser excluidas, pues la 
economía fue, poco a poco, ampliando sus primitivos 
horizontes hasta convertirse en una teoría general que abarca 
ya todo tipo de acción humana. Se ha transformado en 
praxeología. Por eso resulta difícil precisar, dentro del amplio 
campo de la praxeología general, los límites concretos de 
aquella más estrecha disciplina que se ocupa sólo de las 
cuestiones estrictamente económicas. 


Los malogrados esfuerzos por resolver el problema de una 
precisa delimitación del ámbito de la cataláctica han adoptado 
como criterio los motivos que impulsan a la acción o bien los 
fines que ésta pretende alcanzar. Pues el reconocer que los 
motivos determinantes de la acción pueden ser múltiples y 
variados carece de interés cuando lo que se pretende es 
formular una teoría general de la acción. Toda actuación 
viene invariablemente impuesta por el deseo de suprimir 
determinado malestar; por eso resulta intrascendente para 
nuestra ciencia el calificativo que ese malestar pueda merecer 
desde un punto de vista fisiológico, psicológico o ético. El 
objeto de la ciencia económica consiste en analizar los precios 
de los bienes tal y como efectivamente se demandan y abonan 


434 


en el mercado. Sería falsear el análisis restringir nuestro 
estudio a unos precios que pudieran dar origen a 
determinadas actuaciones merecedoras de específico 
apelativo al ser contempladas desde el punto de vista de la 
psicología, de la ética o desde cualquier otra forma de 
enjuiciar la conducta humana. El distinguir las diversas 
actuaciones con arreglo a los múltiples impulsos que las 
motivan puede ser importante para la psicología o para su 
valoración moral, pero para la economía tales circunstancias 
carecen de interés. Lo mismo puede afirmarse de las 
pretensiones de quienes quisieran limitar el campo de la 
economía a las acciones humanas cuyo objetivo es 
proporcionar a la gente mercancías materiales y tangibles del 
mundo externo. El hombre no busca los bienes materiales per 
se, sino por el servicio que tales bienes piensa le pueden 
proporcionar. Quiere incrementar su bienestar mediante la 
utilidad que piensa pueden reportarle los diversos bienes. De 
ahí que no deban excluirse de las acciones «económicas» las 
que directamente, sin mediación de ninguna cosa tangible o 
visible, permiten suprimir determinado malestar humano. Un 
consejo médico, la ilustración que un maestro nos 
proporciona, el recital de un artista y otros muchos servicios 
personales caen, evidentemente, dentro de la órbita de los 
estudios económicos, por lo mismo que en ella también 
quedan incluidos los planos del arquitecto que permiten 
construir la casa, la fórmula científica con la que se obtiene el 
deseado producto químico o la labor del autor de un libro. 


Interesan a la cataláctica todos los fenómenos de mercado; 
su origen, su desarrollo, así como las consecuencias que 
provocan. La gente busca en el mercado no sólo alimento, 
cobijo y satisfacción sexual, sino también otros muchos 


435 


deleites «espirituales». El hombre, al actuar, se interesa por 
cosas «materiales» y cosas «inmateriales». Opta entre diversas 
alternativas, sin preocuparse de si el objeto de su preferencia 
pueda ser considerado por otros «material» o «espiritual». En 
las escalas valorativas de los hombres todo se entremezcla. 
Aun admitiendo que fuera posible trazar una rigurosa 
frontera entre unas y otras apetencias, no cabe olvidar que la 
acción unas veces aspira a alcanzar al mismo tiempo objetivos 
materiales y espirituales y otras veces opta por bienes de un 
tipo o del otro. 


Podemos prescindir de si es posible distinguir con 
precisión entre las actuaciones tendentes a satisfacer 
necesidades exclusivamente fisiológicas y otras necesidades 
«más elevadas». A este respecto conviene advertir que no hay 
ningún alimento que el hombre valore tan sólo por su poder 
nutritivo, ni casa ni vestido alguno que únicamente aprecie 
por la protección que contra el frío o la lluvia puedan 
proporcionarle. En la demanda de los diversos bienes 
influyen poderosamente consideraciones metafísicas, 
religiosas y éticas, juicios de valor estético, costumbres, 
hábitos, prejuicios, tradiciones, modas y otras mil 
circunstancias. Un economista que quisiera restringir sus 
investigaciones tan sólo a cuestiones puramente materiales no 
tardaría en percatarse de que el objeto de su análisis se le 
esfuma tan pronto como pretende aprehenderlo. 


Lo único que podemos afirmar es que los estudios 
económicos aspiran a analizar los precios monetarios de los 
bienes y servicios que en el mercado se intercambian; y que 
para ello, ante todo, es preciso formular una teoría general de 
la acción humana. Pero, por eso mismo, la investigación no 
puede quedar restringida a los fenómenos puros de mercado, 


436 


sino que tiene también que abordar tanto la conducta de un 
hipotético ser aislado como el funcionamiento de una 
comunidad socialista, sin que el análisis pueda limitarse a las 
actuaciones calificadas por lo común de «económicas», pues 
resulta igualmente obligado ponderar aquellas otras 
generalmente consideradas como «no económicas». 


El ámbito de la praxeología, teoría general de la acción 
humana, puede ser delimitado y definido con la máxima 
precisión. Por el contrario, los problemas típicamente 
económicos, los temas referentes a la acción económica en su 
sentido más estricto sólo de un modo aproximado pueden ser 
desgajados del cuerpo de la teoría praxeológica general. 
Circunstancias accidentales de la historia de nuestra ciencia y 
otras puramente convencionales influyen cuando se trata de 
definir el «genuino» ámbito de la ciencia económica. 


No son razones rigurosamente lógicas o epistemológicas, 
sino usos tradicionales y el deseo de simplificar las cosas, los 
que nos hacen proclamar que el ámbito cataláctico, es decir, el 
de la economía en sentido restringido, es aquél que atañe al 
análisis de los fenómenos del mercado. Ello equivale a afirmar 
que la cataláctica se ocupa de las acciones que se realizan 
sobre la base del cálculo monetario. El intercambio mercantil 
y el cálculo monetario se hallan inseparablemente ligados 
entre sí. Un mercado con cambio directo tan sólo no es más 
que una construcción imaginaria. Es más, la aparición del 
dinero y del cálculo monetario viene condicionada por la 
preexistencia del mercado. 

Cierto es que la economía debe analizar el funcionamiento 
de un imaginario sistema socialista de producción. Pero este 
análisis presupone la previa construcción de una ciencia 
cataláctica, es decir, de un sistema lógico basado en los 


437 


precios monetarios y el cálculo económico. 


La negación de la Economía 


Hay quienes niegan, pura y simplemente, la existencia de la ciencia económica. Es 
cierto que lo que bajo este nombre se enseña en la mayor parte de las universidades 
modernas implica su abierta negación. 

Quien rechaza la existencia de la economía virtualmente niega que haya en el 
mundo escasez alguna de medios materiales que perturbe la satisfacción de las 
necesidades humanas. Sentada esta premisa, se proclama que, suprimidos los 
perniciosos efectos de ciertas artificiosas instituciones humanas, todo el mundo 
vería satisfechas todas sus apetencias. La naturaleza en sí es generosa y derrama 
riquezas sin cuento sobre la humanidad. La existencia en la tierra, cualquiera que 
fuera el número de los humanos, podría ser paradisíaca. La escasez es sólo fruto de 
usos y prácticas arbitrarios; la superación de tales artificios abrirá las puertas a la 
plena abundancia. 


Para K. Marx y sus seguidores, la escasez es una simple categoría histórica. Se 
trata de una realidad típica de los primeros estadios históricos, que desaparecerá 
cuando sea abolida la propiedad privada de los medios de producción. Tan pronto 
como la humanidad haya superado el mundo de la necesidad para ingresar en el de 
la libertad!!!) alcanzando de esta suerte «la fase superior de la sociedad comunista», 
habrá abundancia de todo y será posible «dar a cada uno según sus necesidades»), 
No es posible hallar en todo el mare magnum de publicaciones marxistas ni la más 
leve alusión a la posibilidad de que la sociedad comunista en su «fase superior» 
pueda hallarse enfrentada con el problema de la escasez de los factores naturales de 
producción. Se esfuma misteriosamente la indudable penosidad del trabajo con sólo 
afirmar que trabajar bajo el régimen comunista no será una carga sino un placer y 
que entonces se convertirá en «la fundamental exigencia de la vida»l!, Las terribles 
realidades del «experimento» ruso se explicarían por la hostilidad de los países 
capitalistas, por el hecho de que el socialismo en un solo país todavía no es perfecto, 
de tal suerte que aún no ha sido posible alcanzar la «fase superior» del comunismo 
y, últimamente, por los estragos causados por la guerra. 


También existen los inflacionistas radicales representados, por ejemplo, por 
Proudhon y Ernest Solvay. En su opinión, la escasez es fruto de las artificiosas 
restricciones impuestas a la expansión crediticia y a otros métodos que permiten 


438 


incrementar la cantidad de dinero circulante, medidas restrictivas que los egoístas 
intereses de clase de los banqueros y demás explotadores han logrado imponer. 
Panacea para todos los males es incrementar ilimitadamente el gasto público. 


Estamos ante el mito de la abundancia y de la saciedad. Dejando el tema en 
manos de los historiadores y los psicólogos, la economía puede desentenderse del 
problema de determinar por qué es tan popular este arbitrario modo de pensar y esa 
tendencia de la gente a soñar despierta. Frente a tanta vana palabrería, la economía 
afirma tan sólo que su misión es enfrentarse con aquellos problemas que se le 
suscitan al hombre precisamente porque el mantenimiento de la vida humana le 
exige disponer de múltiples factores materiales. La economía se ocupa de la acción, 
es decir, del esfuerzo consciente del hombre por paliar en lo posible sus diversas 
formas de malestar. Para nada le interesa determinar qué sucedería en un mundo no 
sólo inexistente sino incluso inconcebible para la mente humana en el que ningún 
deseo jamás quedaría insatisfecho. Se puede admitir que en ese imaginario supuesto 
ni regiría la ley del valor ni habría escasez ni problema económico alguno. Todo 
esto estaría ausente por cuanto no habría lugar a la elección y, al actuar, no existiría 
dilema que hubiera de resolverse mediante el raciocinio. Los habitantes de ese 
hipotético mundo nunca habrían desarrollado su razón ni su inteligencia, y si en la 
tierra llegaran alguna vez a darse tales circunstancias, aquellos hombres 
perfectamente felices verían cómo iba esfumándose su capacidad de pensar, para 
acabar dejando de ser humanos. Porque el cometido esencial de la razón estriba en 
abordar los problemas que la naturaleza plantea; la capacidad intelectual permite a 
los mortales luchar contra la escasez. El hombre capaz de pensar y actuar sólo puede 
aparecer dentro de un universo en el que haya escasez, en el que todo género de 
bienestar ha de conquistarse mediante trabajos y fatigas, aplicando precisamente 
aquella conducta que suele denominarse económica. 


2. EL MÉTODO DE LAS CONSTRUCCIONES 
IMAGINARIAS 


El sistema de investigación típico de la economía es aquél 
que se basa en construcciones imaginarias. 


Tal procedimiento constituye el genuino método 
praxeológico. Ha sido especialmente elaborado y 


439 


perfeccionado en el marco de los estudios económicos, 
debiéndose ello a que la economía es la parte de la 
praxeología hasta ahora más adelantada. Quien pretenda 
exponer una opinión sobre los problemas comúnmente 
considerados económicos debe utilizar este procedimiento. 
Naturalmente, recurrir a tales construcciones imaginarias no 
es prerrogativa exclusiva del profesional dedicado a la 
investigación científica. A él recurre igualmente el profano 
cuando trata de los mismos problemas. Sin embargo, 
mientras las construcciones de éste resultan vagas e 
imprecisas, el economista procura que las suyas sean 
formuladas con la máxima diligencia, atención y justeza, 
analizando críticamente todos los supuestos y circunstancias 
de las mismas. 


Una construcción imaginaria es una imagen conceptual de 
una secuencia de hechos que se desarrollan lógicamente a 
partir de los elementos de la acción empleada en su 
realización. Es fruto por tanto de la deducción, derivando por 
eso de la categoría fundamental del actuar, es decir, del 
preferir y rechazar. El economista, al configurar su 
construcción imaginaria, no se preocupa de si refleja o no 
exacta y precisamente la realidad que se propone examinar. 
No le interesa averiguar si el orden imaginado puede existir y 
funcionar en el mundo real, pues incluso construcciones 
imaginarias inadmisibles, contradictorias y de imposible 
realización práctica pueden ser útiles y hasta indispensables 
para comprender mejor la realidad, siempre y cuando se sepa 
manejarlas con el debido tino. 


El método de las construcciones imaginarias se justifica por 
sus resultados. La praxeología no puede, a diferencia de las 
ciencias naturales, basar sus enseñanzas en experimentos de 


440 


laboratorio ni en el conocimiento sensorial de la realidad 
externa. De ahí que tenga que desarrollar unos métodos 
completamente distintos de los empleados por la física o la 
biología. Se equivocaría gravemente quien pretendiera buscar 
en el campo de las ciencias naturales algo similar a las 
construcciones imaginarias. Las construcciones imaginarias 
de la praxeología nunca pueden ser contrastadas con la 
experiencia de cosas externas ni valoradas a la luz de esa 
experiencia. Su función estriba en auxiliar al hombre 
precisamente cuando quiere abordar investigaciones en las 
que no puede recurrir a los sentidos. Al contrastar con la 
realidad las construcciones imaginarias no se puede plantear 
la cuestión de si se ajustan a los conocimientos 
experimentales o si reflejan convenientemente los datos 
empíricos. Lo único que se precisa confirmar es si los 
presupuestos de la construcción coinciden con las 
condiciones de las acciones que se quiere enjuiciar. 


El sistema consiste, fundamentalmente, en abstraer de una 
determinada acción algunas de las circunstancias que en ella 
concurren. Entonces podemos captar las consecuencias 
hipotéticas de la ausencia de estas condiciones y concebir los 
efectos de su existencia. Concebimos así la categoría de acción 
construyendo la imagen de una situación en la que la acción 
no existe, bien porque el individuo se halla ya plenamente 
satisfecho y no siente malestar alguno, o bien porque 
desconoce cualquier procedimiento que le permita 
incrementar su bienestar (estado de satisfacción). Del mismo 
modo, concebimos la noción de interés originario 
formulando una construcción imaginaria en la que no se 
distingue entre satisfacciones en periodos de tiempo iguales 
en su duración pero distintas en relación con su distancia del 


441 


momento de la acción. 


El método de las construcciones imaginarias es 
imprescindible en praxeología; es el único método de la 
investigación praxeológica y económica. Es, ciertamente, un 
método difícil de manejar, ya que lleva fácilmente a 
silogismos falaces. Conduce a lo largo de una afilada arista a 
cuyos lados se abren los abismos de lo absurdo y lo 
disparatado, y sólo una rigurosa autocrítica puede evitar caer 
en tales abismos. 


3. LA ECONOMÍA PURA DE MERCADO 


En la imaginaria construcción de una economía pura o de 
mercado no interferido suponemos que se practica la división 
del trabajo y que rige la propiedad privada (el control) de los 
medios de producción; que existe, por tanto, intercambio 
mercantil de bienes y servicios. Se supone, igualmente, que el 
funcionamiento del mercado no es perturbado por factores 
institucionales. Se da, finalmente, por admitido que el 
gobierno, es decir, el aparato social de compulsión y coerción, 
estará presto a amparar la buena marcha del sistema, 
absteniéndose, por un lado, de actuaciones que puedan 
desarticularlo y protegiéndolo, por otro, contra posibles 
ataques de terceros. El mercado goza, así, de plena libertad; 
ningún agente ajeno al mismo interfiere los precios, los 
salarios, ni los tipos de interés. Partiendo de tales 
presupuestos, la economía trata de averiguar los efectos de 


442 


semejante organización. Sólo más tarde, cuando ya ha 
quedado debidamente expuesto cuanto se puede inferir del 
análisis de esa construcción imaginaria, pasa el economista a 
examinar las cuestiones que suscita la interferencia del 
gobierno o de otras organizaciones capaces de recurrir a la 
fuerza y a la intimidación en el funcionamiento del mercado. 


Es sorprendente que este procedimiento, lógicamente 
impecable, y el único que permite abordar los problemas 
planteados, pueda haber sido objetivo de ataques tan 
apasionados. Se le ha tachado de adoptar una postura 
favorable a la política económica liberal, estigmatizada a su 
vez como reaccionaria, imperialista,  manchesteriana, 
negativista, etc. Se niega que del análisis de construcciones 
imaginarias se pueda derivar ilustración alguna que permita 
comprender mejor la realidad. Sin embargo, tan ardorosos 
críticos caen en abierta contradicción cuando recurren al 
mismo método para exponer sus propias opiniones. Al 
abogar por salarios mínimos, describen las pretendidas 
condiciones insatisfactorias de un libre mercado laboral y 
cuando proponen protecciones tarifarias también describen 
las desastrosas consecuencias que, en su opinión, provoca el 
mercado libre. Lo cierto es que para valorar cualquier medida 
tendente a limitar el libre juego de los elementos que integran 
un mercado no interferido es necesario examinar ante todo 
aquellas situaciones que produciría la libertad económica. 


Es cierto que los economistas han llegado en sus 
investigaciones a la conclusión de que los objetivos que la 
mayoría de la gente, es más, prácticamente todos, se afanan 
por conquistar mediante la inversión de trabajo y esfuerzo y a 
través de la política económica como mejor pueden 
alcanzarse es implantando un mercado libre cuyo 


443 


funcionamiento no se vea perturbado por la interferencia 
estatal. Pero esto no es un juicio preconcebido derivado de un 
análisis insuficiente de los efectos que la interferencia del 
gobierno produce en el funcionamiento del mercado. Al 
contrario, es el resultado de un riguroso e imparcial estudio 
del intervencionismo en todas sus facetas. 


También es cierto que los economistas clásicos y sus 
continuadores solían calificar de «natural» el sistema basado 
en una libre economía de mercado y de «artificial» y 
«perturbador» el intervenido por el gobierno. Pero esta 
terminología era también fruto de su cuidadoso análisis de los 
problemas del intervencionismo. Al expresarse así, no hacían 
más que atemperar su dicción a los usos semánticos de una 
época que propendía a calificar de contraria a la naturaleza 
toda situación social tenida por indeseable. 


El teísmo y el deísmo del siglo de la Ilustración veían 
reflejados en la regularidad de los fenómenos naturales los 
mandatos de la Providencia. Por eso, cuando aquellos 
filósofos advirtieron análoga regularidad en el mundo de la 
acción humana y de la evolución social, tendieron a 
interpretar dicha realidad como una manifestación más del 
paternal tutelaje ejercido por el Creador del universo. En tal 
sentido, hubo economistas que adoptaron la doctrina de la 
armonía preestablecida'*. La filosofía social en que se basaba 
el despotismo paternalista insistía en el origen divino de la 
autoridad de los reyes y autócratas destinados a gobernar los 
pueblos. Los liberales, por su parte, replicaban que el libre 
funcionamiento del mercado, en el cual el consumidor —todo 
ciudadano— es soberano, provoca resultados mejores que los 
de órdenes emanadas de ungidos gobernantes. Contemplad el 
funcionamiento del mercado —decían— y veréis en él la 


dde 


mano de Dios. 


Al tiempo que formulaban la imaginaria construcción de 
una economía de mercado pura, los economistas clásicos 
elaboraron su contrafigura lógica, la imaginaria construcción 
de una comunidad socialista. En el proceso heurístico que, 
finalmente, permitió descubrir la mecánica de la economía de 
mercado, este imaginario orden socialista gozó incluso de 
prioridad lógica. Preocupaba a los economistas el problema 
referente a si el sastre disfrutaría de pan y zapatos en el 
supuesto de que no hubiera mandato gubernativo alguno que 
obligara al panadero y al zapatero atender sus respectivos 
cometidos. Parecía que debía imponerse una intervención 
autoritaria para constreñir a cada profesional a que sirviera a 
sus conciudadanos. Por eso, los economistas se sorprendían al 
advertir que tales medidas coactivas en modo alguno eran 
necesarias. Cuando contrastaban la producción con el lucro, 
el interés privado con el público, el egoísmo con el altruismo, 
aquellos pensadores utilizaban tácitamente la imaginaria 
construcción de un sistema socialista. Precisamente su 
sorpresa ante la, digamos, «automática» regulación del 
mercado surgía porque advertían que mediante un sistema de 
producción «anárquico» se podía atender las necesidades de 
la gente de modo más cumplido que recurriendo a cualquier 
ordenación de un omnipotente gobierno centralizado. El 
socialismo, como sistema basado en la división del trabajo 
que una autoridad planificadora por entero gobierna y dirige, 
no fue idea de los reformadores utópicos. Éstos tendían más 
bien a predicar la autárquica coexistencia de reducidas 
entidades económicas; en tal sentido, recuérdese el 
phalanstere de Fourier. Si el radicalismo reformista recurrió al 
socialismo, fue porque se acogió a la idea —implícita en las 


445 


teorías expuestas por los economistas clásicos— de una 
economía dirigida por un gobierno de ámbito nacional o 
mundial. 


La maximización de los beneficios 


Suele decirse que los economistas, al abordar los problemas de la economía de 
mercado, parten de un supuesto irreal, imaginando que la gente se afana 
exclusivamente por procurarse la máxima satisfacción personal. Dichos teóricos — 
se asegura— basan sus lucubraciones en un ser imaginario, totalmente egoísta y 
racional, que sólo se interesaría por su ganancia personal. Ese homo oeconomicus tal 
vez sirva para retratar a los especuladores y a jugadores de Bolsa; pero la gente, en su 
inmensa mayoría, es bien diferente. El estudio de la conducta de ese ser imaginario 
de nada sirve cuando lo que se pretende es aprehender la realidad tal cual es. 


No es necesario refutar una vez más el confusionismo, error e inexactitud de esta 
afirmación, pues las falacias que contiene fueron ya examinadas en las partes 
primera y segunda de este libro. Conviene ahora, sin embargo, centrar nuestra 
atención en el problema relativo a la maximización de los beneficios. 


La praxeología en general, y concretamente la economía, al enfrentarse con los 
móviles de la acción humana, se limita a afirmar que el hombre, mediante la acción, 
pretende suprimir su malestar. Sus acciones en la órbita del mercado se concretan 
en compras y ventas. Cuanto la economía predica de la oferta y la demanda es 
aplicable a cualquier tipo de oferta y de demanda, sin que la validez de estas 
afirmaciones quede limitada a determinadas ofertas y demandas debidas a 
circunstancias especiales que requieran especial examen o definición. No es preciso 
establecer ningún presupuesto especial para afirmar que el individuo, en la 
disyuntiva de percibir más o percibir menos por cierta mercancía que pretenda 
vender, preferirá siempre, ceteris paribus, cobrar el precio mayor. Para el vendedor, 
percibir esa cantidad superior supone una mejor satisfacción de sus necesidades. Lo 
mismo, mutatis mutandis, sucede con el comprador. La cantidad que éste se ahorra 
al comprar más barato le permite invertir mayores sumas en apetencias que en otro 
caso quedarían insatisfechas. Comprar en el mercado más barato y vender en el más 
caro —inmodificadas las restantes circunstancias— es una conducta cuya 
explicación en modo alguno exige ponderar particulares motivaciones o impulsos 
morales en el actor. Dicho proceder es el único natural y obligado en todo 


446 


intercambio. 


El hombre, en el mundo de los negocios, es un servidor de los consumidores, 
quedando obligado a atender los deseos de éstos. No puede entregarse a sus propios 
caprichos y antojos. Los gustos y fantasías del cliente son la norma suprema para él, 
siempre y cuando el adquirente esté dispuesto a pagar el precio correspondiente. El 
hombre de negocios ha de acomodar fatalmente su conducta a la demanda de los 
consumidores. Si la clientela es incapaz de apreciar la belleza y prefiere el producto 
tosco y vulgar, aun contrariando sus propios gustos, aquél habrá de producir 
precisamente lo que los compradores prefieran!*!, Si los consumidores no están 
dispuestos a pagar más por los productos nacionales que por los extranjeros, el 
comerciante se ve en la necesidad de surtirse de estos últimos si son más baratos que 
los autóctonos. El patrono no puede hacer caridad a costa de la clientela. No puede 
pagar salarios superiores a los del mercado si los compradores, por su parte, no 
están dispuestos a abonar precios proporcionalmente mayores por aquellas 
mercancías que se producen pagando esos incrementados salarios. 

El planteamiento es totalmente distinto cuando se trata de gastar los propios 
ingresos. En tal caso, el interesado puede proceder como mejor le parezca. Si le 
place, puede hacer donativos y limosnas. Nada le impide que, dejándose llevar por 
teorías y prejuicios diversos, discrimine contra bienes de determinado origen o 
procedencia y prefiera adquirir productos que técnicamente son peores o más caros. 
Lo normal, sin embargo, es que el comprador no favorezca caritativamente al 
vendedor. Pero alguna vez ocurre. La frontera que separa la compraventa mercantil 
de bienes y servicios de la donación limosnera a veces es difícil de trazar. Quien hace 
una adquisición en una tómbola de caridad combina generalmente una compra 
comercial con un acto de caridad. Quien entrega unos céntimos en la calle al músico 
ciego no pretende pagar con ello la dudosa labor musical; se limita a hacer caridad. 


El hombre, al actuar, procede como ser unitario. El comerciante, exclusivo 
propietario de cierta empresa, puede en ocasiones difuminar la frontera entre lo que 
es negocio y lo que es liberalidad. Si desea socorrer a un amigo en situación 
apurada, tal vez, por delicadeza, arbitre alguna fórmula que evite a este último la 
vergúenza de vivir de la bondad ajena. En este sentido, puede ofrecerle un cargo en 
sus oficinas, aun cuando no precise de tal auxilio o pueda contratarlo a menor 
precio en el mercado. En tal supuesto, el correspondiente salario, formalmente, es 
un coste más del proceso industrial. Pero en realidad es una inversión efectuada por 
el propietario de parte de sus ingresos. En puridad estamos ante un gasto de 
consumo, no un coste de producción para aumentar el beneficiol%, 

La tendencia a tomar en consideración sólo lo tangible, ponderable y visible, 
descuidando todo lo demás, induce a torpes errores. El consumidor no compra 
alimentos o calorías exclusivamente. No pretende devorar como mero animal; 
quiere comer como ser racional. Hay muchas personas a quienes la comida satisface 
tanto más cuanto mejor presentada y más gustosa sea, cuanto mejor dispuesta esté 


447 


la mesa y cuanto más agradable sea el ambiente. A estas cosas no les dan 
importancia aquéllos que se ocupan exclusivamente de los aspectos químicos del 
proceso digestivo!”!. Ahora bien, el que dichas circunstancias tengan notoria 
importancia en la determinación de los precios de la alimentación resulta 
perfectamente compatible con nuestra anterior afirmación de que los hombres 
prefieren, ceteris paribus, comprar en el mercado más barato. Cuando el comprador, 
al elegir entre dos cosas que la química y la técnica reputan iguales, opta por la más 
cara, indudablemente tiene sus motivos para proceder así. Salvo que se equivoque, 
al actuar de tal suerte lo que hace es pagar unos servicios que la química y la 
tecnología, con sus métodos específicos de investigación, son incapaces de apreciar. 
Tal vez, personalmente, consideremos ridícula la vanidad de quien paga mayores 
precios acudiendo a un bar de lujo, simplemente por tomarse el mismo cóctel al 
lado de un duque y codeándose con la mejor sociedad. Lo que no puede afirmarse es 
que tal persona no está mejorando su propia satisfacción al proceder así. 


El hombre actúa siempre para acrecentar su satisfacción personal. En este sentido 
—y en ningún otro— cabe emplear el término egoísmo y decir que la acción es 
siempre y necesariamente egoísta. Incluso las actuaciones que directamente tienden 
a mejorar la condición ajena son, en definitiva, egoístas, pues el actor deriva mayor 
satisfacción de ver comer a los demás que de comer él mismo. Contemplar gente 
hambrienta le produce malestar. 


Cierto es que muchos piensan de otro modo y prefieren llenar el propio estómago 
antes que el ajeno. Pero esto nada tiene que ver con la economía; es un simple dato 
de experiencia histórica. La economía se interesa por toda acción, 
independientemente de que ésta responda al hambre del actor o a su deseo de 
aplacar la de los demás. 


Si por maximización de los beneficios entendemos que el hombre, en las 
transacciones de mercado, aspira a incrementar todo lo posible la propia ventaja, 
incurrimos en un circunloquio pleonástico y perifrástico, pues simplemente 
repetimos lo que ya se halla implícito en la propia categoría de acción. Pero si, en 
cambio, pretendemos dar a tal expresión cualquier otro significado, 
inmediatamente caemos en el error. 

Hay economistas que creen que compete a la economía determinar cómo puede 
todo el mundo, o al menos la mayoría, alcanzar la máxima satisfacción posible. 
Olvidan que no existe mecanismo alguno que permita medir el respectivo estado de 
satisfacción alcanzado por cada uno de los componentes de la sociedad. Interpretan 
erróneamente el carácter de los juicios formulados acerca de la comparativa 
felicidad de personas diversas. Creen estar sentando hechos, cuando no hacen más 
que expresar arbitrarios juicios de valor. Naturalmente, se puede decir que es justo 
robar al rico para dar al pobre; pero el calificar algo de justo o injusto implica un 
previo y subjetivo juicio de valor que como tal es siempre puramente personal, sin 
que pueda ser verificado o refutado. La economía jamás pretende emitir juicios de 


448 


valor. La ciencia aspira tan sólo a averiguar los efectos que determinados modos de 
actuar producen necesariamente. 

Las necesidades fisiológicas —se ha dicho— en todos los hombres son idénticas; 
tal identidad, por tanto, brinda una pauta que permite apreciar en qué grado se 
hallan objetivamente satisfechas. Quienes emiten tales opiniones y recomiendan 
seguir esos criterios en la acción de gobierno pretenden tratar a los hombres como 
el ganadero trata a sus reses. Se equivocan al no advertir que no existe ningún 
principio universal que pueda servir de guía para decidir una alimentación que 
fuera conveniente para todos. El que al respecto se sigan unos u otros principios 
dependerá integramente de los objetivos que se persigan. El ganadero no alimenta 
las vacas para hacerlas más o menos felices, sino para alcanzar determinados 
objetivos. Puede ser que quiera incrementar la producción de leche o de carne, o tal 
vez busque otras cosas. ¿Qué tipo de personas querrán producir esos criadores de 
hombres? ¿Atletas o matemáticos? ¿Guerreros o jornaleros? Quien pretenda criar y 
alimentar hombres con arreglo a un patrón preestablecido en verdad desea 
arrogarse poderes despóticos y servirse, como medios, de sus conciudadanos para 
alcanzar sus propios fines, que indudablemente diferirán de los preferidos por 
aquéllos. 

Mediante sus subjetivos juicios de valor, el individuo distingue entre aquello que 
le produce más satisfacción y lo que le satisface menos. En cambio, el juicio de valor 
emitido por una persona con respecto a la satisfacción de un tercero nada dice 
acerca de la real satisfacción personal de este último. Tales juicios no hacen más que 
proclamar cuál es el estado en que quien los formula quisiera ver al tercero. Esos 
reformadores que aseguran perseguir la máxima satisfacción general no hacen más 
que expresar la situación ajena que mejor conviene a sus propios intereses. 


4. LA ECONOMÍA AUTÍSTICA 


Ninguna construcción imaginaria ha sido más acerbamente 
criticada que la que supone la existencia de un sujeto 
económico aislado que se basta a sí mismo. Sin embargo, la 
economía no puede prescindir de dicho modelo. Para 
estudiar debidamente el cambio interpersonal, el economista 


449 


se ve obligado a contrastarle con aquellos supuestos en los 
que no podría darse. En este sentido recurre a dos ejemplos 
de economía autística: el de la economía del individuo aislado 
y el de la economía de una sociedad socialista. Los 
economistas, al servirse de estas construcciones imaginarias, 
se desentiende del problema referente a si la economía 
autística puede efectivamente funcionar o no!*, 


El estudioso advierte perfectamente que el modelo es 
ficticio. Ni a Robinson Crusoe —que, pese a todo, tal vez 
efectivamente haya vivido— ni al jerarca supremo de una 
comunidad socialista aislada —la cual históricamente hasta 
ahora nunca ha existido— les resultaría posible planear y 
actuar como, en cambio, lo hacen quienes pueden recurrir al 
cálculo económico. No obstante, en el marco de nuestra 
construcción imaginaria podemos perfectamente suponer que 
dichos cálculos pueden efectuarse, si tal suposición permite 
abordar mejor los problemas examinados. 


En la imaginaria construcción de una economía autística se 
basa la popular distinción entre productividad y lucratividad 
en que se basan tantos juicios de valor. Quienes recurren a tal 
diferencia estiman que la economía autística, especialmente la 
de tipo socialista, es el más deseable y perfecto sistema de 
gestión. Enjuician los diferentes fenómenos de la economía de 
mercado valorando cada uno de ellos según resulte o no 
justificado desde el punto de vista de la organización 
socialista. Sólo atribuyen valor positivo, calificándolas de 
«productivas», a aquellas actuaciones que el jerarca 
económico de tal sistema practicaría. Las restantes actividades 
realizadas en una economía de mercado se tildan de 
improductivas, independientemente de que puedan ser 
provechosas para quienes las ejercen. Así, por ejemplo, el arte 


450 


de vender, la publicidad y la banca se consideran actividades 
rentables, pero improductivas. 


Es claro que la economía nada tiene que decir acerca de tan 
arbitrarios juicios de valor. 


5. EL ESTADO DE REPOSO Y LA ECONOMÍA DE 
GIRO UNIFORME 


Para abordar debidamente el estudio de la acción conviene 
observar que ésta apunta siempre hacia un estado que, una 
vez conseguido, vedaría toda ulterior actuación, bien por 
haber sido suprimido todo malestar, bien por no ser posible 
paliar en mayor grado el prevalente. La acción, por tanto, 
tiende al estado de reposo, a la supresión de la actividad. 


La teoría de los precios estudia el cambio interpersonal 
teniendo siempre presente esta circunstancia. La gente seguirá 
intercambiando mercancías en el mercado hasta llegar al 
momento en que el intercambio se interrumpa y detenga al 
no haber nadie ya que crea que puede mejorar su bienestar 
mediante una ulterior actuación. En tales circunstancias, a los 
potenciales compradores dejarían de interesarles los precios 
solicitados por los potenciales vendedores, y lo mismo 
sucedería a la inversa. No podría efectuarse ninguna 
transacción. Surgiría, así, el estado de reposo. Tal estado de 
reposo, que podemos denominar estado natural de reposo, no 
es una mera construcción imaginaria. Aparece repetidamente. 
Cuando cierra la Bolsa, los agentes han cumplimentado 


451 


cuantas Órdenes cabía casar al vigente precio de mercado. 
Han dejado de vender y de comprar tan sólo aquellos 
potenciales vendedores y compradores que, respectivamente, 
estiman demasiado bajo o demasiado alto el precio del 
mercado”, Esto mismo es predicable de todo tipo de 
transacción. La economía de mercado, en su conjunto, es, por 
decirlo así, una gran lonja o casa de contratación. En cada 
instante se casan todas aquellas transacciones que los 
intervinientes están dispuestos a aceptar a los precios a la 
sazón vigentes. Sólo cuando varíen las respectivas 
valoraciones personales de las partes podrán realizarse nuevas 
Operaciones. 

Se ha dicho que este concepto del estado de reposo es 
insatisfactorio, puesto que se refiere sólo a la determinación 
del precio de unos bienes disponibles en cantidad limitada, 
sin pronunciarse acerca de los efectos que tales precios han de 
provocar en la actividad productiva. La objeción carece de 
base. Los teoremas implícitos en el estado natural de reposo 
resultan válidos y aplicables a todo tipo de transacción, sin 
excepción alguna. Cierto es que los compradores de factores 
de producción, a la vista de aquellas ventas, se lanzarán 
inmediatamente a producir, entrando de nuevo en el mercado 
con sus productos, impelidos por el deseo de comprar a su 
vez lo que necesitan para su propio consumo, así como para 
continuar los procesos de producción. Pero ello no invalida 
nuestro supuesto, el cual en modo alguno presupone que el 
estado de reposo haya de perdurar. La calma se desvanecerá 
tan pronto como varíen las momentáneas circunstancias que 
la produjeron. 


El estado natural de reposo, según antes hacíamos notar, 
no es una construcción imaginaria, sino una descripción 


452 


exacta de lo que con frecuencia sucede en todo mercado. A 
este respecto, difiere radicalmente de la otra construcción 
imaginaria que alude al estado final de reposo. 


Al tratar del estado natural de reposo fijamos la atención 
exclusivamente en lo que ahora mismo está ocurriendo. 
Restringimos nuestro horizonte a lo que momentáneamente 
acaba de suceder, desentendiéndonos de lo que después, en el 
próximo instante, mañana o ulteriormente, acaecerá. Nos 
interesan sólo aquellos precios que se pagaron efectivamente 
en las distintas compraventas, es decir, nos ocupamos 
exclusivamente de los precios vigentes en un inmediato 
pretérito. No importa saber si los futuros precios serán iguales 
o distintos a los que observamos. 


Pero ahora vamos a dar un paso más. Vamos a interesarnos 
por los factores que pueden desatar una tendencia a la 
variación de los precios. Queremos averiguar adonde lleva 
esta tendencia en tanto se vaya agotando su fuerza impulsora, 
dando lugar a un nuevo estado de reposo. Los economistas de 
antaño llamaron precio natural al precio en este futuro estado 
de reposo; hoy en día se emplea más a menudo el término 
precio estático. En orden a evitar asociaciones 
desorientadoras, es más conveniente hablar deprecio final, 
aludiendo, consiguientemente, a un estado final de reposo. 
Este estado final de reposo es una construcción imaginaria, en 
modo alguno una descripción de la realidad. Porque ese 
estado final de reposo nunca podrá ser alcanzado. Antes de 
que llegue a ser una realidad, surgirán forzosamente factores 
perturbadores. Pero no hay más remedio que recurrir a esa 
construcción imaginaria, ya que el mercado tiende en todo 
momento hacia un estado final de reposo. En cada instante 
subsiguiente pueden aparecer circunstancias que den lugar a 


453 


que varíe. El mercado, orientado en cada momento hacia 
determinado estado final de reposo, jamás se aquieta. 


El precio de mercado es un fenómeno real; es aquel tipo de 
cambio al que efectivamente se realizaron las operaciones. El 
precio final, en cambio, es un precio hipotético. Los precios 
de mercado son realidades históricas, por lo que es posible 
cifrarlos con exactitud numérica en dólares y centavos. El 
precio final, en cambio, sólo puede concebirse partiendo de 
las circunstancias necesarias para que el mismo aparezca. No 
puede ser cifrado ni en valor numérico expresado en términos 
monetarios ni en cantidades ciertas de otros bienes. Nunca 
aparece en el mercado. Los precios libres jamás coinciden con 
el precio final correspondiente a la estructura de mercado a la 
sazón prevalente. Ahora bien, la cataláctica fracasaría 
lamentablemente en sus intentos por resolver los problemas 
que suscita la determinación de los precios, si descuidase el 
análisis del precio final. Pues en la misma estructura 
mercantil que origina el precio de mercado están ya operando 
las fuerzas que, a través de sucesivos cambios, darían lugar, de 
no aparecer nuevas circunstancias, al precio final y al estado 
final de reposo. Quedaría indebidamente restringido nuestro 
análisis de la determinación de los precios si nos limitáramos 
a contemplar tan sólo los momentáneos precios de mercado y 
el estado natural de reposo, sin parar mientes en que, en el 
mercado, están ya operando factores que han de provocar 
sucesivos cambios de los precios, orientando el conjunto 
mercantil hacia distinto estado de reposo. 

El fenómeno con que nos enfrentamos estriba en que las 
variaciones de las circunstancias determinadoras de los 
precios no producen de golpe todos sus efectos. Ha de 
transcurrir un cierto lapso de tiempo para que 


454 


definitivamente su capacidad quede agotada. Desde que 
aparece un dato nuevo hasta que el mercado queda 
plenamente adaptado al mismo transcurre cierto lapso 
temporal. (Y, naturalmente, durante ese tiempo, comienzan a 
actuar nuevos factores). Al abordar los efectos propios de 
cualquier variación de aquellas circunstancias que influyen en 
el mercado, jamás debemos olvidar que contemplamos 
eventos sucesivamente encadenados, hechos que, eslabón tras 
eslabón, van apareciendo, efectos escalonados. Cuánto tiempo 
transcurrirá de una a otra situación, nadie puede predecirlo. 
Pero es indudable que entre una y otra ha de existir un cierto 
lapso temporal; periodo que a veces puede ser tan corto que 
en la práctica pueda despreciarse. 


Se equivocaron frecuentemente los economistas al no 
advertir la importancia del factor tiempo. En este sentido, 
como ejemplo, podemos citar la controversia referente a los 
efectos provocados por las variaciones de la cantidad de 
dinero existente. Hubo estudiosos que se fijaron sólo en los 
efectos a largo plazo, es decir, en los precios finales y en el 
estado final de reposo. Otros, por el contrario, se limitaron a 
contemplar los efectos inmediatos, es decir, los precios 
subsiguientes al instante mismo de la variación de las 
circunstancias mercantiles. Ambos grupos planteaban mal el 
problema, resultando por ello viciadas sus conclusiones. 
Podríamos citar muchos otros ejemplos similares. 


La construcción imaginaria del estado final de reposo sirve 
para percatarnos de esa evolución temporal de las 
circunstancias del mercado. En esto se diferencia de aquella 
otra construcción imaginaria que alude a la economía de giro 
uniforme, pues ésta se caracteriza por haber sido eliminado de 
la misma el factor tiempo, suponiéndose invariables las 


455 


circunstancias de hecho concurrentes. (Es equivocado e 
induce a confusión denominar economía estática o economía 
en equilibrio estático a la construcción que nos ocupa, y es un 
grave error confundirla con la construcción imaginaria de la 
economía estacionaria)”. La economía de giro uniforme es 
un esquema ficticio en el cual los precios de mercado de todos 
los bienes y servicios coinciden con los precios finales. Los 
precios ya no varían; existe perfecta estabilidad. El mercado 
repite, una y otra vez, idénticas transacciones. Iguales 
cantidades de bienes de orden superior, siendo objeto de las 
mismas manipulaciones, llegan finalmente, en forma de 
bienes de consumo, a los consumidores que con ellos acaban. 
Las circunstancias de tal mercado jamás varían. Hoy es lo 
mismo que ayer y mañana será igual a hoy. El sistema está en 
movimiento constante, pero nunca cambia de aspecto. 
Evoluciona invariablemente en torno a un centro fijo; gira 
uniformemente. El estado natural de reposo de tal economía 
se perturba continuamente; sin embargo, reaparece de 
inmediato tal y como primeramente se presentó. Son 
constantes todas las circunstancias operantes, incluso aquéllas 
que ocasionan esos periódicos desarreglos del estado natural 
de reposo. Por tanto, los precios —llamados generalmente 
precios estáticos o de equilibrio— permanecen también 
constantes. 


La nota típica de esta construcción imaginaria es el haberse 
eliminado el transcurso del tiempo y la alteración incesante 
de los fenómenos de mercado. Ni la oferta ni la demanda 
pueden variar en ese marco. Sólo son admisibles los cambios 
que no influyen sobre los precios. No es preciso suponer que 
ese mundo imaginario haya de estar poblado por hombres 
inmortales, que ni envejecen ni se reproducen. Por el 


456 


contrario, podemos admitir que tales gentes nacen, crecen y, 
finalmente, mueren, siempre y cuando no se modifique ni la 
cifra de población total ni el número de individuos que 
integra cada grupo de la misma edad. En ese supuesto no 
variará la demanda de aquellos bienes cuyo consumo se 
efectúa sólo en determinadas épocas vitales, pese a que no 
serán las mismas personas las que provoquen la demanda. 


Jamás existió en el mundo esa supuesta economía de giro 
uniforme. Sin embargo, para valorar mejor los problemas que 
suscita la mutabilidad de las circunstancias económicas y el 
cambio irregular e inconstante del mercado es preciso 
contrastar esas variaciones con un estado imaginario, del cual, 
hipotéticamente, las mismas han sido eliminadas. Por tanto, 
es erróneo suponer que la construcción imaginaria de una 
economía de giro uniforme no sirve en absoluto para abordar 
este nuestro mundo cambiante. Por lo mismo, carece de 
sentido recomendar a los economistas que prescindan de su 
supuestamente exclusivo interés por lo «estático» y 
concentren la atención en lo «dinámico». Ese método estático 
es precisamente el instrumento mental más adecuado para 
valorar el cambio. Si queremos analizar los complejos 
fenómenos que suscita la acción, es preciso comenzar 
valorando la ausencia de todo cambio, para introducir 
después en el estudio un factor capaz de provocar 
determinada mutación cuya importancia podremos entonces 
examinar cumplidamente, suponiendo  invariadas las 
restantes circunstancias. También sería absurdo suponer que 
la imaginada economía de giro uniforme resultaría más útil 
para la investigación cuanto mejor coincidiera la realidad —a 
fin de cuentas, el verdadero objeto de nuestro examen— con 
esa construcción imaginaria en lo referente a la ausencia de 


457 


cambio. El método estático, es decir, el que recurre al modelo 
de la economía de giro uniforme, es el único que permite 
abordar los cambios que nos interesan, careciendo a estos 
efectos de importancia el que tales mutaciones sean grandes o 
pequeñas, súbitas o lentas. 


Las objeciones hasta ahora opuestas al uso de la 
construcción imaginaria de una economía de giro uniforme 
han fallado totalmente el blanco. Sus autores no han 
comprendido en qué aspectos esta construcción es 
problemática y por qué puede fácilmente inducir a errores y 
confusiones. 


La acción es cambio; y el cambio implica secuencia 
temporal. En la economía de giro uniforme, sin embargo, se 
elimina tanto el cambio como la sucesión de los 
acontecimientos. Actuar equivale a optar, y el sujeto debe 
enfrentarse siempre con la incertidumbre del futuro. Pero en 
la economía de giro uniforme no cabe la opción, y el futuro 
deja de ser incierto, pues el mañana será igual al hoy 
conocido. En ese sistema no pueden aparecer individuos que 
escojan y prefieran y, tal vez, sean víctimas del error; estamos, 
por el contrario, ante un mundo de autómatas sin alma ni 
capacidad de pensar; no se trata de una sociedad humana, 
sino de termitas. 


Tan insolubles contradicciones, no obstante, en modo 
alguno minimizan los excelentes servicios que el modelo 
presta cuando se trata de abordar únicamente los problemas 
para cuya solución no sólo es apropiado sino indispensable; es 
decir, los referentes a la relación entre los precios de los 
bienes y los de los factores necesarios para su producción y 
los que plantean la actuación empresarial y las 
correspondientes pérdidas y ganancias. Para poder 


458 


comprender la función del empresario, así como lo que 
significan las pérdidas y las ganancias, imaginamos un orden 
del cual están ausentes. Esta construcción no es más que un 
mero instrumento mental. En modo alguno se trata de un 
supuesto posible ni realizable. Es más, no puede ni siquiera 
ser llevado a sus últimas consecuencias lógicas. Porque es 
imposible eliminar de una economía de mercado la figura del 
empresario. Los diferentes factores de producción no pueden 
asociarse espontáneamente para producir el bien de que se 
trate. A estos efectos, es imprescindible la intervención 
racional de personas que aspiran a alcanzar determinados 
fines en el deseo de mejorar el propio estado de satisfacción. 
Eliminado el empresario, desaparece la fuerza que mueve el 
mercado. 


El modelo en cuestión adolece de otra deficiencia. En la 
construcción imaginaria de una economía de giro uniforme 
se supone la existencia de cambio indirecto y de moneda. 
Ahora bien, ¿qué clase de dinero podría existir en ese 
imaginario mundo? Bajo un régimen en el cual no hay 
cambio, la incertidumbre con respecto al futuro desaparece y 
consecuentemente nadie necesita disponer de efectivo. Todo 
el mundo sabe, con plena exactitud, la cantidad de dinero que 
precisará en cualquier fecha futura. Por tanto, la gente puede 
prestar la totalidad de sus fondos, siempre y cuando los 
créditos venzan para la fecha en que los interesados 
precisarán del numerario. Supongamos que sólo hay moneda 
de oro y que existe un único banco central. Al ir progresando 
la economía hacia el giro uniforme, todo el mundo, tanto las 
personas individuales como las jurídicas, iría reduciendo 
poco a poco sus saldos de numerario; las cantidades de oro así 
liberadas  afluirían hacia inversiones no monetarias 


459 


(industriales). Cuando, finalmente, se alcanzara el estado de 
equilibrio típico de la economía de giro uniforme, ya nadie 
conservaría dinero en caja, el oro dejaría de emplearse a 
efectos monetarios. La gente simplemente ostentaría créditos 
contra el banco central, créditos cuyos vencimientos vendrían 
sucesivamente a coincidir, en cuantía y época, con los de las 
obligaciones que los interesados tuvieran que afrontar. El 
banco, por su parte, tampoco necesitaría conservar reservas 
dinerarias, ya que las sumas totales que a diario habría que 
pagar coincidirían exactamente con las cantidades en él 
ingresadas. Todas las transacciones podrían practicarse 
mediante meras transferencias, sin necesidad de utilizar 
metálico alguno. El «dinero», en tal caso, dejaría de utilizarse 
como medio de intercambio; ya no sería dinero; sería simple 
numéraire, etérea e indeterminada unidad contable de 
carácter vago e indefinible, carácter que la fantasía de algunos 
economistas y la ignorancia de muchos profanos atribuye 
erróneamente al dinero. La interposición entre comprador y 
vendedor de ese tipo de expresiones numéricas para nada 
influiría en la esencia de la operación; el dinero en cuestión 
sería neutro con respecto a las actividades económicas de la 
gente. Pero un dinero neutro carece de sentido y hasta resulta 
inconcebible'*!. Si en esta materia se recurriera a la torpe 
terminología que actualmente suele emplearse en muchos 
escritos económicos, diríamos que el dinero es, por fuerza, un 
«factor dinámico»; en un sistema «estático», el dinero se 
esfuma. Una economía de mercado sin dinero es por fuerza 
una idea contradictoria. 


La imaginaria construcción de una economía de giro 
uniforme es un concepto límite. En semejante sistema 
también la acción desaparece. El lugar que ocupa el 


460 


consciente actuar del individuo racional deseoso de suprimir 
su propio malestar viene a ser ocupado por reacciones 
automáticas. Tan arbitrario modelo sólo puede emplearse 
sobre la base de no olvidar nunca lo que mediante el mismo 
pretendemos conseguir. Debemos tener siempre presente que 
queremos, ante todo, percatarnos de la tendencia de toda 
acción a instaurar una economía de giro uniforme, tendencia 
que jamás podrá alcanzar tal objetivo mientras operemos en 
un universo que no sea totalmente rígido e inmutable, es 
decir, en un universo que, lejos de estar muerto, viva. 
Pretendemos también advertir las diferencias que hay entre 
un mundo viviente, en el que hay acción, y un mundo yerto, y 
ello sólo podemos aprehenderlo mediante el argumentum a 
contrario que nos brinda la imagen de una economía 
invariable. Tal contrastación nos enseña que el enfrentarse 
con las condiciones inciertas de un futuro siempre 
desconocido —o sea, la especulación— es característico de 
todo tipo de actuar; que la pérdida o la ganancia son 
elementos característicos de la acción, imposibles de suprimir 
mediante arbitrismos de cualquier género. El procedimiento 
de aquellos economistas que han asimilado estas 
fundamentales ideas podríamos calificarlo de método lógico 
frente a la técnica del que podríamos llamar método 
matemático. 


Los economistas de este segundo grupo no quieren 
ocuparse de esas actuaciones que, en el imaginario e 
impracticable supuesto de que ya no aparecieran nuevos 
datos, instaurarían una economía de giro uniforme. 
Pretenden hacer caso omiso del especulador individual que 
no desea implantar una economía de rotación uniforme, sino 
que aspira a lucrarse actuando como mejor le convenga para 


461 


conquistar el objetivo siempre perseguido por la acción, 
suprimir el malestar en el mayor grado posible. Fijan 
exclusivamente su atención en aquel imaginario estado de 
equilibrio que el conjunto de todas esas actuaciones 
individuales engendraría si no se produjera ningún cambio 
ulterior en las circunstancias concurrentes. Tal imaginario 
equilibrio lo describen mediante series simultáneas de 
ecuaciones diferenciales. No advierten que, en tal situación, 
ya no hay acción, sino simple sucesión de acontecimientos 
provocados por una fuerza mítica. Dedican todos sus 
esfuerzos a reflejar mediante símbolos matemáticos diversos 
«equilibrios», es decir, situaciones en reposo, ausencia de 
acción. Discurren sobre el equilibrio como si se tratara de una 
realidad efectiva, olvidando que es un concepto límite, simple 
herramienta mental. En definitiva, su labor no es más que 
vana manipulación de símbolos matemáticos, inútil 
pasatiempo que no proporciona conocimiento alguno!”, 


6. LA ECONOMÍA ESTACIONARIA 


La imaginaria construcción de una economía estacionaria 
se ha confundido a veces con la de la economía de giro 
uniforme. Se trata, sin embargo, de conceptos diferentes. 

La economía estacionaria es una economía en la que jamás 
varían ni la riqueza ni los ingresos de la gente. En semejante 
mundo pueden producirse cambios que en una economía de 
giro uniforme serían impensables. Las cifras de población 


462 


pueden aumentar o disminuir, siempre y cuando vayan 
acompañadas del correspondiente aumento o disminución en 
el conjunto de ingresos y riquezas. Puede variar la demanda 
de ciertos productos; tal variación, sin embargo, habría de 
verificarse con máxima parsimonia, para permitir que el 
capital pudiera transferirse de los sectores que deban 
restringirse a aquellos otros que proceda ampliar mediante la 
no renovación del utillaje de los primeros y la instalación de 
los correspondientes equipos en los segundos. 


La imaginaria construcción de una economía estacionaria 
lleva de la mano a otras dos construcciones imaginarias: la de 
una economía progresiva (en expansión) y la de una 
economía regresiva (en contracción). En la primera, tanto la 
cuota per capita de riquezas e ingresos como la población 
tienden hacia cifras cada vez más elevadas; en la segunda, por 
el contrario, dichas magnitudes van siendo cada vez menores. 


En la economía estacionaria la suma de todas las ganancias 
y todas las pérdidas es cero. En la economía progresiva, el 
conjunto formado por todos los beneficios es superior al 
conjunto total de pérdidas. En la economía regresiva, la suma 
total de beneficios es inferior al conjunto total de pérdidas. 


La imperfección de estas tres construcciones imaginarias es 
evidente, toda vez que presuponen que se puede valorar la 
riqueza y la renta social. Esta valoración es impracticable e, 
incluso, inconcebible, por lo que no es posible recurrir a la 
misma al abordar la realidad. Cuando el historiador 
económico califica de estacionaria, progresiva o regresiva la 
economía de determinada época, ello en modo alguno 
significa que haya «medido» las circunstancias económicas; se 
limita a apelar a la comprensión histórica para llegar a esa 
conclusión. 


463 


7. LA INTEGRACIÓN DE LAS FUNCIONES 
CATALÁCTICAS 


Cuando los hombres, al abordar los problemas de sus 
propias acciones, y cuando la historia económica, la 
economía descriptiva y la estadística económica, al pretender 
reflejar las acciones humanas, hablan de empresarios, 
capitalistas, terratenientes, trabajadores o consumidores, 
manejan tipos ideales. El economista, en cambio, cuando 
emplea esos mismos términos, se refiere a categorías 
catalácticas. Los empresarios, capitalistas, terratenientes, 
trabajadores o consumidores de la teoría económica no son 
seres reales y vivientes como los que pueblan el mundo y 
aparecen en la historia. Son, por el contrario, meras 
personificaciones de las distintas funciones del mercado. El 
que tanto la gente que actúa como las diferentes ciencias 
históricas empleen conceptos económicos, forjando tipos 
ideales basados en categorías praxeológicas, en modo alguno 
empaña la radical distinción lógica entre los tipos ideales y los 
conceptos económicos. Éstos se refieren a funciones precisas; 
los tipos ideales, en cambio, a hechos históricos. El hombre, al 
vivir y actuar, por fuerza combina en sí funciones diversas. 
Nunca es exclusivamente consumidor, sino también 
empresario, terrateniente, capitalista, trabajador o persona 
mantenida por alguno de los anteriores. No sólo esto; las 
funciones de empresario, terrateniente, capitalista o 
trabajador pueden, y así ocurre frecuentemente, coincidir en 
un mismo individuo. La historia clasifica a la gente según los 
fines que cada uno persigue y los medios que emplea en la 
consecución de tales objetivos. La economía, por el contrario, 
al analizar la acción en la sociedad de mercado, prescinde de 
la meta perseguida por los interesados y aspira tan sólo a 


464 


precisar sus diferentes categorías y funciones. Estamos, pues, 
ante dos distintas pretensiones. Su diferencia se percibe 
claramente al examinar el concepto cataláctico de empresario. 


En la imaginaria construcción de una economía de giro 
uniforme no hay lugar para la actividad empresarial, 
precisamente porque en tal modelo no existe cambio alguno 
que pueda afectar a los precios. Al prescindir de esa supuesta 
invariabilidad, se advierte que cualquier mutación de las 
circunstancias forzosamente ha de influir en el actuar. Puesto 
que la acción aspira siempre a influir en una situación futura, 
que a veces se contrae al inmediato e inminente momento, se 
ve afectada por todo cambio equivocadamente previsto en los 
datos que se producen entre el comienzo y el final del periodo 
que se pretende atender (plazo de provisión)"”, De ahí que el 
efecto de la acción sea siempre incierto. La acción es siempre 
especulación. Ello sucede no sólo en la economía de mercado, 
sino también en el supuesto de Robinson Crusoe —el 
imaginario actor aislado— como asimismo bajo una 
economía socialista. En la imaginaria construcción de un 
sistema de giro uniforme nadie es ni empresario ni 
especulador; por el contrario, en la economía verdadera y 
funcionante, sea la que fuere, quien actúa es siempre 
empresario y especulador; las personas que están al cuidado 
de los actores —los menores en una sociedad de mercado y 
las masas en una sociedad socialista—, aun cuando ni actúan 
ni especulan, se ven afectadas por los resultados de las 
especulaciones de los actores. 

La economía, al hablar de empresarios, no se refiere a 
personas sino a una determinada función. Esta función no es 
patrimonio exclusivo de una clase o grupo; se halla presente 
en toda acción y acompaña a todo actor. Al incorporar esa 


465 


función en una figura imaginaria, empleamos un recurso 
metodológico. El término empresario, tal como lo emplea la 
teoría cataláctica, significa: individuo actuante contemplado 
exclusivamente a la luz de la incertidumbre inherente a toda 
actividad. Al emplear este término no debe olvidarse que 
cualquier acción se halla siempre situada en el devenir 
temporal y que, por lo tanto, implica especulación. Los 
capitalistas, los terratenientes y los trabajadores, todos ellos, 
son necesariamente especuladores. También el consumidor 
especula cuando prevé anticipadamente sus futuras 
necesidades. Son muchos los errores que pueden cometerse 
en esa previsión del futuro. 


Llevemos la imaginaria construcción del empresario puro 
hasta sus últimas consecuencias lógicas. Dicho empresario no 
posee capital alguno; el capital que emplea en sus actividades 
empresariales se lo han prestado los capitalistas. Ante la ley, 
dicho empresario posee, a título dominical, los diversos 
medios de producción que ha adquirido con ese préstamo. 
Pero en realidad no es propietario de nada, ya que frente a su 
activo existe un pasivo por el mismo importe. Si tiene éxito en 
sus Operaciones, suyo será el beneficio neto; si fracasa, la 
pérdida habrá de ser soportada por los capitalistas 
prestamistas. Tal empresario, en realidad, viene a ser como un 
empleado de los capitalistas, que por cuenta de éstos especula, 
apropiándose del cien por cien de los beneficios netos, sin 
responder para nada de las pérdidas. El planteamiento 
sustancialmente no varía si se admite que una parte del 
capital es del empresario, que se limita a tomar prestado el 
resto. Cualesquiera que sean los términos concertados con sus 
acreedores, éstos han de soportar las pérdidas habidas, al 
menos en aquella proporción en que no puedan ser cubiertas 


466 


con los fondos personales del empresario. El capitalista, por 
tanto, virtualmente, es siempre también empresario y 
especulador; corre el riesgo de perder sus fondos; no hay 
inversión alguna que pueda estimarse totalmente segura. 


El campesino autárquico que cultiva la tierra para cubrir las 
necesidades de su familia, se ve afectado por los cambios que 
registre la feracidad agraria o el conjunto de las propias 
necesidades. En una economía de mercado, ese mismo 
campesino se ve afectado por cuantos cambios hagan variar la 
importancia de su explotación agrícola en lo que al 
abastecimiento del mercado se refiere. El campesino es 
claramente, aun en el sentido más común, un empresario. El 
propietario de medios de producción, ya sean éstos materiales 
o monetarios, jamás puede liberarse de la incertidumbre del 
futuro. La inversión de dinero o bienes materiales en la 
producción, es decir, el hacer provisión para el día de 
mañana, es una actividad empresarial. 


Lo mismo ocurre, esencialmente, con el trabajador. Nace 
siendo dueño de determinadas habilidades; sus condiciones 
innatas son medios de producción muy idóneos para ciertas 
labores, de menor idoneidad para otras tareas y totalmente 
inservibles en unos terceros cometidos!''*, En el caso de que 
no haya nacido con la destreza necesaria para ejecutar 
determinadas tareas y la haya adquirido más tarde, dicho 
trabajador, por lo que se refiere al tiempo y gastos que ha 
tenido que invertir en tal adiestramiento, se halla en la misma 
posición que cualquier otro ahorrador. Ha efectuado una 
inversión con miras a sacar de la misma el correspondiente 
producto. El trabajador, en la medida en que su salario 
depende del precio que el mercado está dispuesto a pagar por 
su trabajo, es también empresario. El precio de la actividad 


467 


laboral varía cuando se modifican las circunstancias 
concurrentes, del mismo modo que también varía el precio de 
los demás factores de producción. 


Todo ello, para la ciencia económica, significa lo siguiente: 
empresario es el individuo que actúa con la mira puesta en las 
mutaciones que las circunstancias del mercado registran. 
Capitalistas y terratenientes son quienes proceden 
contemplando aquellos cambios de valor y precio que, aun 
permaneciendo invariadas todas las demás circunstancias del 
mercado, acontecen por el simple transcurso del tiempo, a 
causa de la distinta valoración que los bienes presentes tienen 
con respecto a los bienes futuros. Trabajador es el hombre 
que, como factor de producción, utiliza su propia capacidad 
laboral. De esta suerte quedan perfectamente integradas las 
diversas funciones: el empresario obtiene beneficio o sufre 
pérdidas; los propietarios de los factores de producción 
(tierras O bienes de capital) devengan interés originario; los 
trabajadores ganan salarios. De este modo elaboramos la 
imaginaria construcción de la distribución funcional, distinta 
de la efectiva distribución histórica!"”. 


La ciencia económica, sin embargo, siempre empleó, y 
sigue empleando, el término «empresario» en un sentido 
distinto del que se le atribuye en la construcción imaginaria 
de la distribución funcional. Son empresarios aquellos 
individuos especialmente deseosos de sacar ventaja del hecho 
de acomodar la producción a las mutaciones del mercado sólo 
por ellos previstas, aquéllos que tienen una mayor iniciativa, 
un superior espíritu de aventura y una vista más penetrante 
que la mayoría, pioneros que impulsan y promueven el 
progreso económico. Este concepto de empresario es menos 
amplio que el empleado en la hipótesis de la distribución 


468 


funcional; no comprende supuestos abarcados por esta 
última. Emplear un mismo vocablo para designar dos 
conceptos distintos puede generar confusión. Tal vez habría 
sido mejor emplear otra palabra para designar ese segundo 
concepto de empresario, como por ejemplo el término 
«promotor». 


Cierto es que el concepto de empresario-promotor no 
puede definirse con rigor praxeológico. (En esto se asemeja al 
concepto de dinero, el cual —a diferencia del de medio de 
intercambio— tampoco admite definición de pleno rigor 
praxeológico'"'”). Sin embargo, la economía no puede 
prescindir del promotor. En él se encarna una circunstancia 
que constituye una característica general de la naturaleza 
humana, que aparece en toda transacción mercantil y la 
marca profundamente. Nos referimos al hecho de que no 
todos los individuos reaccionan al cambio de condiciones con 
la misma rapidez ni del mismo modo. La desigualdad de los 
individuos, debida tanto a cualidades innatas como a las 
vicisitudes de la vida, reaparece también en esta materia. En el 
mercado hay quienes abren la marcha y también quienes se 
limitan a copiar lo que hacen sus conciudadanos más 
perspicaces. La capacidad de mando produce sus efectos tanto 
en el mercado como en cualquier otro aspecto de la actividad 
humana. La fuerza motora del mercado, el impulso que 
engendra la innovación y el progreso, procede del inquieto 
promotor, deseoso siempre de incrementar todo lo posible su 
beneficio personal. 

No debe, sin embargo, permitirse que el equívoco 
significado del término dé lugar a confusión de ningún 
género en el estudio de la cataláctica. Siempre que pueda 
haber duda, se puede fácilmente desvanecerla empleando el 


469 


término promotor en vez del de empresario. 


La función empresarial en la economía estacionaria 


Los mercados de futuro pueden liberar al promotor de una parte de su función 
empresarial. En la medida en que, a través de tales operaciones, se cubre de posibles 
pérdidas futuras, abdica de su condición empresarial en favor de la otra parte del 
contrato. Por ejemplo, el empresario textil que compra algodón y simultáneamente 
lo vende a plazo renuncia parcialmente a su función empresarial. Las posibles 
variaciones de precio que el algodón pueda experimentar durante el período en 
cuestión no le afectarán ya en forma de pérdidas o ganancias. Pero el interesado no 
renuncia por completo a la función empresarial; pese a su venta convenida a plazo, 
le afectará todo cambio que no se deba a variación del precio del algodón, registrado 
en cambio por el precio de los tejidos en general o de las específicas telas que él 
fabrique. Aun cuando sólo trabaje teniendo vendida de antemano por suma cierta 
su producción, seguirá actuando como empresario por lo que se refiere a los fondos 
invertidos en sus instalaciones fabriles. 


Imaginemos una economía en la que todos los bienes y servicios pudieran 
contratarse mediante operaciones a plazo. En dicha construcción imaginaria la 
función empresarial quedaría netamente distinguida y separada de todas las demás 
funciones. Aparecería una clase formada por empresarios puros. Los precios de los 
mercados a plazo regularían todas las actividades productivas. Sólo quienes 
intervinieran en tales operaciones cosecharían ganancias o sufrirían pérdidas. El 
resto de la población estaría, como si dijéramos, asegurada contra la incertidumbre 
del futuro y gozaría en tal sentido de plena tranquilidad. Los elementos rectores de 
las diversas empresas, en definitiva, pasarían a ser meros asalariados, con ingresos 
fijados de antemano. 


Si suponemos, además, que dicha economía es estacionaria y que hay una sola 
empresa que realiza todas las transacciones a plazo, no hay duda de que la suma 
total de las pérdidas se igualaría con la suma total de las ganancias. Bastaría con 
nacionalizar dicha única empresa para implantar un estado socialista sin pérdidas y 
sin ganancias, un sistema de inalterable seguridad y estabilidad. Ahora bien, 
llegamos a esta conclusión en razón a que, por definición, en la economía 
estacionaria el total de pérdidas y el total de beneficios se igualan. Por el contrario, 
bajo una economía en la que haya cambio, por fuerza ha de existir superávit de 


470 


pérdidas o de ganancias. 

No merece la pena dedicar más tiempo a estos bizantinismos que para nada 
amplían nuestro conocimiento. Convenía, sin embargo, prestar cierta atención a la 
materia, pues hemos abordado conceptos que a veces se esgrimen contra el sistema 
capitalista y que sirven de base a algunas de las ilusorias propuestas presentadas 
para instaurar el socialismo. No hay duda de que un modelo socialista es 
lógicamente compatible con las irrealizables construcciones imaginarias de una 
economía de giro uniforme o estacionaria. La grandilocuencia con que los 
economistas matemáticos abordan esas imaginarias hipótesis y los correspondientes 
estados de «equilibrio» hace que la gente olvide con frecuencia que tales 
construcciones no son más que entes irreales, íntimamente contradictorios, puras 
herramientas del pensar, carentes por sí mismos de interés práctico y que, desde 
luego, jamás podrían servir de modelo para organizar un mundo real poblado por 
hombres capaces de actuar. 


471 


CAPÍTULO XV 


EL MERCADO 


1. CARACTERÍSTICAS DE LA ECONOMÍA DE 
MERCADO 


La economía de mercado es un sistema social de división 
del trabajo basado en la propiedad privada de los medios de 
producción. Cada uno, dentro de tal orden, actúa según le 
aconseja su propio interés; todos, sin embargo, satisfacen las 
necesidades de los demás al atender las propias. El actor se 
pone invariablemente al servicio de sus conciudadanos. Éstos, 
a su vez, igualmente sirven a aquél. El hombre es al mismo 
tiempo medio y fin; fin último para sí mismo y medio en 
cuanto coadyuva con los demás para que puedan alcanzar sus 
propios fines. 

El sistema está gobernado por el mercado. El mercado 
impulsa las diversas actividades de la gente por aquellos 
cauces que mejor permiten satisfacer las necesidades de los 
demás. En el funcionamiento del mercado no hay compulsión 
ni coerción. El estado, es decir, el aparato social de fuerza y 


472 


coacción, no interfiere en su funcionamiento ni interviene en 
aquellas actividades de los ciudadanos que el propio mercado 
encauza. El imperio estatal se ejerce sobre la gente 
únicamente para prevenir actuaciones que perjudiquen o 
puedan perturbar el funcionamiento del mercado. Se protege 
y ampara la vida, la salud y la propiedad de los particulares 
contra las agresiones que, por violencia o fraude, puedan 
perpetrar enemigos internos o externos. El estado crea y 
mantiene así un ambiente social que permite que la economía 
de mercado se desenvuelva pacíficamente. El eslogan marxista 
que habla de la «anarquía de la producción capitalista» retrata 
muy certeramente esta organización social, ya que se trata de 
un sistema que ningún dictador gobierna, donde no hay 
jerarca económico que a cada uno señale su tarea y le fuerce a 
cumplirla. Todo el mundo es libre; nadie está sometido a 
ningún déspota; la gente se integra voluntariamente en tal 
sistema de cooperación. El mercado las guía, mostrándoles 
cómo podrán alcanzar mejor su propio bienestar y el de los 
demás. Todo lo dirige el mercado, única institución que 
ordena el sistema en su conjunto, dotándole de razón y 
sentido. 


El mercado no es ni un lugar ni una cosa ni una asociación. 
El mercado es un proceso puesto en marcha por las 
actuaciones diversas de los múltiples individuos que entre sí 
cooperan bajo el régimen de división del trabajo. Los juicios 
de valor de estas personas, así como las acciones que surgen 
de estas apreciaciones, son las fuerzas que determinan la 
disposición —continuamente cambiante— del mercado. La 
situación queda reflejada en cada momento en la estructura 
de los precios, es decir, en el conjunto de tipos de cambio que 
genera la mutua actuación de todos aquéllos que desean 


473 


comprar o vender. Nada hay de inhumano o mítico que tenga 
que ver con el mercado. El proceso mercantil es la resultante 
de determinadas actuaciones humanas. Todo fenómeno de 
mercado puede ser retrotraído a precisos actos electivos de 
quienes en el mismo actúan. 


El proceso del mercado hace que sean mutuamente 
cooperativas las acciones de los diversos miembros de la 
sociedad. Los precios ilustran a los productores acerca de qué, 
cómo y cuánto debe ser producido. El mercado es el punto 
donde convergen las actuaciones de la gente y, al tiempo, el 
centro donde se originan. 


Conviene distinguir netamente la economía de mercado de 
aquel otro sistema —imaginable, aunque no realizable— de 
cooperación social bajo un régimen de división del trabajo en 
el que la propiedad de los medios de producción pertenece a 
la sociedad o al estado. Este segundo sistema suele 
denominarse socialismo, comunismo, economía planificada o 
capitalismo de estado. La economía de mercado o capitalismo 
puro, como también se suele denominar, y la economía 
socialista son términos antitéticos. Ninguna mezcla de ambos 
sistemas es posible o pensable. No existe una economía mixta, 
un sistema en parte capitalista y en parte socialista. La 
producción o la dirige el mercado o es ordenada por los 
mandatos del órgano dictatorial, ya sea unipersonal o 
colegiado. 

En modo alguno puede hablarse de sistema intermedio, 
combinación del socialismo y el capitalismo, cuando en una 
sociedad basada en la propiedad privada de los medios de 
producción algunos de éstos son administrados o poseídos 
por entes públicos, es decir, por el gobierno o alguno de sus 
órganos. El que el estado o los municipios posean y 


474 


administren determinadas explotaciones no empaña los 
rasgos típicos de la economía de mercado. Dichas empresas, 
poseídas y dirigidas por el poder público, están sometidas, 
igual que las privadas, a la soberanía del mercado. Han de 
acomodarse, tanto al comprar primeras materias, maquinaria 
o trabajo, como al vender sus productos o servicios, a la 
soberanía del mercado. Están sometidas a su ley y, por tanto, 
a la voluntad de los consumidores, que pueden acudir 
libremente a las mismas o rechazarlas, habiendo de esforzarse 
por conseguir beneficios o, al menos, evitar pérdidas. La 
administración podrá compensar sus quebrantos con fondos 
estatales; pero ello ni suprime ni palia la supremacía del 
mercado; simplemente, se desvían las consecuencias hacia 
otros sectores. Porque los fondos que cubran esas pérdidas 
habrán de ser recaudados mediante impuestos y las 
consecuencias que dicha imposición fiscal provocará en la 
sociedad y en la estructura económica son siempre las 
previstas por la ley del mercado. Es el funcionamiento del 
mercado —y no el estado al recaudar gabelas— el que decide 
sobre quién recaerá al final la carga fiscal y cuáles serán los 
efectos de ésta sobre la producción. Es el mercado, y no una 
oficina estatal, el que determina el funcionamiento de las 
empresas públicas. 


Desde el punto de vista praxeológico o económico, no se 
puede denominar socialista a ninguna institución que de uno 
u otro modo se relacione con el mercado. El socialismo, tal 
como sus teóricos lo conciben y definen, presupone la 
ausencia de mercado para los factores de producción y de 
precios de estos factores. «Socializar» las industrias, tiendas y 
explotaciones agrícolas privadas —es decir, transferir la 
propiedad de las mismas de los particulares al estado— es 


475 


indudablemente un modo de implantar poco a poco el 
socialismo. Son etapas sucesivas en el camino que conduce al 
socialismo. Sin embargo, el socialismo todavía no ha sido 
alcanzado. (Marx y los marxistas ortodoxos niegan 
tajantemente la posibilidad de ese acercamiento gradual al 
socialismo. De acuerdo con sus tesis, la propia evolución del 
orden capitalista dará lugar a que un día, de golpe, se 
transforme en socialismo). 


Los entes públicos, al igual que los soviets, por el mero 
hecho de comprar y vender en mercados, se hallan 
relacionados con el sistema capitalista, como lo demuestra el 
hecho de que efectúen sus cálculos en términos monetarios. 
De este modo recurren a los instrumentos intelectuales 
típicos de ese orden capitalista que con tanto fanatismo 
condenan. 


El cálculo monetario es la base intelectual de la economía 
de mercado. Los objetivos que la acción persigue bajo 
cualquier régimen de división de trabajo resultan 
inalcanzables si se prescinde del cálculo económico. La 
economía de mercado calcula mediante los precios 
monetarios. El que resultara posible calcular predeterminó su 
aparición y, aún hoy, condiciona su funcionamiento. La 
economía de mercado existe, única y exclusivamente, porque 
puede recurrir al cálculo. 


2. CAPITAL Y BIENES DE CAPITAL 


476 


Existe en todos los seres vivos un innato impulso a 
procurarse aquello que sostiene, refuerza y renueva su energía 
vital. La singularidad humana estriba simplemente en que el 
hombre se esfuerza por mantener y vigorizar la propia 
vitalidad de modo consciente y deliberado. Nuestros 
prehistóricos antepasados se preocuparon ante todo por 
producir las herramientas con las que pudieran atender sus 
más perentorias necesidades; recurrieron después a métodos 
y sistemas que les permitieron, primero, ampliar la 
producción de alimentos, para ir luego satisfaciendo 
sucesivamente necesidades cada vez más elevadas, hasta 
atender las ya típicamente humanas no sentidas por las 
bestias. Como dice Bóhm-Bawerk, el hombre, a medida que 
prospera, va adoptando métodos de producción más 
complejos que exigen una superior inversión de tiempo, 
demora ésta más que compensada por las mayores 
producciones o las mejores calidades que con tales nuevos 
métodos pueden conseguirse. 


Cada paso que el hombre da hacia un mejor nivel de vida 
se apoya invariablemente en el ahorro previo, es decir, en la 
anterior acumulación de las provisiones necesarias para 
ampliar el lapso temporal que media entre el inicio del 
proceso productivo y la obtención del bien listo ya para ser 
empleado o consumido. Los bienes así acumulados 
representan, O bien etapas intermedias del proceso 
productivo, es decir, herramientas y productos 
semiterminados, o bien artículos de consumo que permiten al 
hombre abandonar sistemas de producción de menor lapso 
temporal, pero de inferior productividad, por otros que, si 
bien exigen mayor inversión de tiempo, son de superior 
fecundidad, sin que la ampliación del plazo productivo 


477 


obligue a quienes en el mismo participan a desatender sus 
necesidades. Denominamos bienes de capital a esos bienes 
acumulados. Por ello podemos afirmar que el ahorro y la 
consiguiente acumulación de bienes de capital constituyen la 
base de todo progreso material y el fundamento, en definitiva, 
de la civilización humana. Sin ahorro y sin acumulación de 
capital es imposible apuntar hacia objetivos de tipo 
espiritual'".. 

Sobre la base de la noción de bienes de capital podemos ya 
precisar el concepto de capital”, El concepto de capital 
constituye la idea fundamental y la base del cálculo 
económico, que, a su vez, es la primordial herramienta mental 
a manejar en una economía de mercado. Es correlativo al 
concepto de renta. 


Cuando en el lenguaje vulgar y en la contabilidad —ciencia 
ésta que no ha hecho más que depurar y precisar los juicios 
que la gente utiliza a diario— empleamos los conceptos de 
capital y renta, estamos simplemente distinguiendo entre 
medios y fines. La mente del actor, al calcular, trata una 
divisoria entre aquellos bienes de consumo que piensa 
destinar a la inmediata satisfacción de sus necesidades y 
aquellos otros bienes de diversos órdenes —entre los que 
puede haber bienes del orden primero'"— que, previa la 
oportuna manipulación, le servirán para atender futuras 
necesidades. Así, el distinguir entre medios y fines nos lleva a 
diferenciar entre invertir y consumir, entre el negocio y la 
casa, entre los fondos mercantiles y el gasto familiar. La suma 
resultante de valorar en términos monetarios el conjunto de 
bienes destinados a inversiones —el capital— constituye el 
punto de donde arranca todo el cálculo económico. El fin 
inmediato de la actividad inversora consiste en incrementar, o 


478 


al menos en no disminuir, el capital poseído. Se denomina 
renta aquella suma que, sin merma de capital originario, 
puede ser consumida en un cierto periodo de tiempo. Si lo 
consumido supera a la renta, la diferencia constituye lo que se 
denomina consumo de capital. Por el contrario, si la renta es 
superior al consumo, la diferencia es ahorro. Cifrar con 
precisión a cuánto asciende en cada caso la renta, el ahorro o 
el consumo de capital es uno de los cometidos más 
importantes del cálculo económico. 


La idea que hizo al hombre distinguir entre capital y renta 
se halla implícita en toda premeditación y planificación de la 
acción. Los más primitivos agricultores ya intuían las 
consecuencias que provocarían si recurrían a aquellas 
medidas que la técnica contable moderna calificaría de 
consumo de capital. La aversión del cazador a matar la cierva 
preñada y la prevención que hasta los más crueles 
conquistadores sentían contra la tala de árboles frutales son 
consideraciones que sólo pueden formular quienes razonan 
en el sentido que nos viene ocupando. La misma idea palpita 
en la clásica institución del usufructo y en otros muchos usos 
y prácticas análogos. Pero sólo quienes pueden aplicar el 
cálculo monetario están capacitados para percibir con toda 
nitidez la diferencia entre un bien económico y los frutos 
derivados del mismo, resultándoles posible aplicar dicha 
distinción a cualesquiera cosas y servicios de la clase, especie y 
orden que fueren. Sólo esas personas pueden formular las 
oportunas distinciones al enfrentarse con las siempre 
cambiantes situaciones del moderno industrialismo altamente 
desarrollado y con la complicada estructura de la cooperación 
social basada en cientos de miles de actuaciones y cometidos 
especializados. 


479 


Si a la luz de los modernos sistemas contables, 
contempláramos las economías de nuestros prehistóricos 
antepasados, podríamos decir, en un sentido metafórico, que 
también ellos utilizaban «capital». Cualquier profesor 
mercantil actual podría valorar contablemente los enseres de 
los que se servía el hombre primitivo para la caza y la pesca, 
así como para las actividades agrícolas y ganaderas, siempre 
que conociera sus precios. Algunos economistas han 
deducido de esto que el «capital» es una categoría de toda 
producción humana, que aparece bajo cualquier imaginable 
sistema de producción —o sea, tanto en el involuntario 
aislamiento de Robinson, como en la república socialista— y 
que no tiene nada que ver con la existencia o inexistencia del 
cálculo monetario'*. Pero este modo de razonar es confuso. El 
concepto de capital no se puede separar del cálculo monetario 
ni de la estructura social de una economía de mercado, que es 
la única en que el cálculo monetario es posible. El concepto de 
capital carece de sentido fuera de la economía de mercado. 
Sólo tiene sentido cuando individuos que actúan libremente 
dentro de un sistema social basado en la propiedad privada de 
los medios de producción pretenden enjuiciar sus planes y 
actuaciones; el concepto se fue precisando poco a poco a 
medida que el cálculo económico progresaba en términos 
monetarios", 


La contabilidad moderna es fruto de una dilatada evolución 
histórica. Empresarios y contables coinciden hoy por 
completo en lo que significa el término capital. Se denomina 
capital a la cifra dineraria dedicada en un momento 
determinado a un determinado negocio, resultante de deducir 
del total valor monetario del activo el total valor monetario 
del pasivo. En este orden de ideas, no tiene importancia el que 


480 


los bienes así valorados sean de una u otra condición; da lo 
mismo que se trate de terrenos, edificios, maquinaria, 
herramientas, mercaderías de todo orden, créditos, efectos 
comerciales, metálico o cualquier otro activo. 


Cierto es que al principio los comerciantes, que a fin de 
cuentas fueron quienes sentaron las bases del cálculo 
económico, solían excluir del concepto de capital el valor de 
los terrenos y edificios explotados. Los agricultores, por su 
parte, también tardaron bastante en conceptuar sus predios 
como capital. Aún hoy en día, incluso en los países más 
adelantados, pocos son los agricultores que aplican a sus 
explotaciones rigurosas normas de contabilidad. La mayoría 
de ellos no toma en consideración el factor tierra ni la 
contribución del mismo a la producción. Los asientos de sus 
libros no hacen ninguna alusión al valor dinerario del terreno 
poseído, quedando por tanto sin reflejar las mutaciones que 
dicho valor pueda sufrir. Se trata, evidentemente, de una 
contabilidad defectuosa, ya que no nos proporciona la 
información que en definitiva buscamos mediante la 
contabilidad de capitales. En efecto, no nos proporciona 
ninguna información acerca de si durante el proceso agrícola 
ha sido perjudicada la capacidad productiva de la tierra, es 
decir, si ha descendido su valor de uso objetivo; nada nos dice 
sobre si la tierra ha sufrido desgaste a causa de una mala 
utilización, y así los datos contables arrojarán un beneficio 
(un rendimiento) superior al que reflejaría una contabilidad 
más precisa. 

Convenía aludir a estas circunstancias históricas, ya que 
tuvieron gran importancia cuando los economistas trataron 
de definir el concepto de capital real. 


Los economistas se hallaban y siguen hallándose ante la 


481 


supersticiosa creencia de que se puede eliminar totalmente, o 
al menos en parte, la escasez de los factores de producción 
incrementando el dinero circulante o ampliando el crédito. 
Para abordar mejor este problema fundamental de la política 
económica, los economistas creyeron oportuno elaborar un 
concepto de capital real oponiéndole al concepto de capital 
que maneja el comerciante cuando mediante el cálculo 
pondera el conjunto de sus actividades crematísticas. Cuando 
los economistas comenzaron a interesarse por estas 
cuestiones existían graves dudas acerca de si el valor 
monetario del terreno debía ser comprendido en el concepto 
de capital. De ahí que optaran por excluir la tierra de su 
concepto de capital real, definido como el conjunto de 
factores de producción de que el actor dispone. Suscitáronse 
de inmediato discusiones de lo más bizantinas acerca de si los 
bienes de consumo del sujeto en cuestión son o no capital 
real. Por lo que al numerario se refiere, prácticamente todos 
convenían en que no debía ser estimado como tal. 


Ahora bien, definir el capital como el conjunto disponible 
de medios de producción es una pura simpleza. En efecto, se 
puede determinar y totalizar el importe dinerario de los 
múltiples factores de producción que una determinada 
empresa utiliza; pero, si eliminamos las expresiones 
monetarias, ese conjunto de factores de producción no pasa 
de ser un mero catálogo de miles de bienes diferentes. Ningún 
interés tiene para la acción semejante inventario. Dicha 
relación no será más que pura descripción de un fragmento 
del universo, desde un punto de vista técnico o topográfico, 
carente de toda utilidad cuando se trata de incrementar el 
bienestar humano. Podemos aceptar el uso del término y 
seguir denominando bienes de capital a los medios de 


482 


producción disponibles. Pero con ello ni se aclara ni se 
precisa el concepto de capital real. 


El efecto más grave que provocó esa mítica idea de un 
capital real fue inducir a los economistas a cavilar sobre el 
artificioso problema de la denominada productividad del 
capital (real). Por definición, factor de producción es todo 
aquello que puede contribuir al éxito de un proceso de 
producción. Su precio de mercado refleja enteramente el 
valor que la gente atribuye a esta contribución. Los servicios 
que se esperan del empleo de un factor de producción (es 
decir, su contribución a la productividad) se pagan en las 
transacciones del mercado según el valor íntegro que la gente 
le atribuye. Tienen valor los factores de producción única y 
exclusivamente por esos servicios que pueden reportar; sólo 
por ese servicio se cotizan los factores en cuestión. Una vez 
abonado su precio, nada queda ya por pagar; todos los 
servicios productivos del bien en cuestión se hallan 
comprendidos en el precio de referencia. Fue un grave error 
explicar el interés como renta derivada de la productividad 
del capital!'”. 

Una segunda confusión no menos grave provocó esa idea 
del capital real. En efecto, se comenzó a pensar en un capital 
social distinto del capital privado. Partiendo de la imaginaria 
construcción de una economía socialista, se pretendía 
elaborar un concepto del capital que pudiera servir al director 
colectivista en sus actividades económicas. Los economistas 
suponían, con razón, que tendría aquél interés por saber si su 
gestión era acertada (valorada desde luego sobre la base de sus 
personales juicios de valor y de los fines que, a la luz de tales 
valoraciones, persiguiera) y por conocer cuánto podrían 
consumir sus administrados sin provocar merma en los 


483 


factores de producción existentes, con la consiguiente 
minoración de la futura capacidad productiva. Para ordenar 
mejor su actuación, le convendría al jerarca servirse de los 
conceptos de capital y renta. Lo que sucede, sin embargo, es 
que, bajo una organización económica en la cual no existe la 
propiedad privada de los medios de producción y, por tanto, 
no hay ni mercado ni precios para los correspondientes 
factores, los conceptos de capital y renta son meros conceptos 
teóricos sin aplicabilidad práctica alguna. En una economía 
socialista existen bienes de capital, pero no hay capital. 


La idea de capital sólo tiene sentido en la economía de 
mercado. Bajo el signo del mercado sirve para que los 
individuos, actuando libremente, separados o en agrupación, 
puedan decidir y calcular. Es un instrumento fecundo sólo en 
manos de capitalistas, empresarios y agricultores deseosos de 
cosechar ganancias y evitar pérdidas. No es una categoría de 
cualquier género de acción. Es una categoría del sujeto que 
actúa dentro de una economía de mercado. 


3. EL CAPITALISMO 


Todas las civilizaciones, hasta el presente, se han basado en 
la propiedad privada de los medios de producción. 
Civilización y propiedad privada fueron siempre de la mano. 
Quienes sostienen que la economía es una ciencia 
experimental y, no obstante, propugnan el control estatal de 
los medios de producción incurren en manifiesta 


484 


contradicción. La única conclusión que de la experiencia 
histórica cabría deducir, admitiendo que ésta pueda decimos 
algo al respecto, es que la civilización va indefectiblemente 
unida a la propiedad privada. Ninguna demostración 
histórica se puede aducir en el sentido de que el socialismo 
proporcione un nivel de vida superior al del capitalismo'”. 


Cierto es que, hasta ahora y de forma plena y pura, nunca 
se ha aplicado la economía de mercado. Ello no obstante, es 
indudable que a partir de la Edad Media ha venido 
prevaleciendo een Occidente una tendencia a ir 
paulatinamente aboliendo todas aquellas instituciones que 
perturban el libre funcionamiento de la economía de 
mercado. A medida que dicha tendencia progresaba, se 
multiplicaba la población y el nivel de vida de las masas 
alcanzaba cimas nunca antes conocidas ni soñadas. Creso, 
Craso, los Médicis y Luis XIV hubieran envidiado las 
comodidades de que hoy disfruta el obrero americano medio. 


Los problemas que suscita el ataque lanzado por socialistas 
e intervencionistas contra la economía de mercado son todos 
de índole puramente económica, de tal suerte que sólo 
pueden ser abordados con arreglo a la técnica que en el 
presente libro pretendemos adoptar, es decir, analizando a 
fondo la actividad humana y todos los imaginables sistemas 
de cooperación social. El problema psicológico de por qué la 
gente denigra y rechaza el capitalismo, hasta el punto de 
motejar de «capitalista» cuanto les repugna y considerar, en 
cambio, «social» o «socialista» todo aquello que les agrada, es 
una interrogante cuya respuesta debe dejarse en manos de los 
historiadores. Hay otros temas que sí nos corresponde a 
nosotros abordar. 


Los defensores del totalitarismo consideran el 


485 


«capitalismo» como una lamentable adversidad, una 
tremenda desventura que un día cayera sobre la humanidad. 
Marx afirmaba que es una inevitable etapa por la que la 
evolución humana debe pasar, si bien no deja por ello de ser 
la peor de las calamidades; por suerte, la redención estaba a 
las puertas y pronto iba a ser liberado el hombre de tanta 
aflicción. Otros afirmaron que el capitalismo habría podido 
evitarse a la humanidad, si la gente hubiera sido moralmente 
más perfecta, lo que les habría inducido a adoptar mejores 
sistemas económicos. Todas estas posturas tienen un rasgo 
común: contemplan el capitalismo como si se tratara de un 
fenómeno accidental que se pudiera suprimir sin acabar al 
mismo tiempo con las condiciones imprescindibles para el 
desarrollo del pensamiento y la acción del hombre civilizado. 
Tales ideologías eluden cuidadosamente el problema del 
cálculo económico, lo cual les impide advertir las 
consecuencias que la ausencia del mismo provoca 
necesariamente. No se percatan de que el socialista, a quien 
de nada le serviría la aritmética para planear la acción, tendría 
una mentalidad y un modo de pensar radicalmente distintos 
al nuestro. Al tratar del socialismo no se puede silenciar este 
cambio mental, aun dejando de lado los perniciosos efectos 
que su implantación provocaría en lo que se refiere al 
bienestar material del hombre. 


La economía de mercado es un modo de actuar, bajo el 
signo de la división del trabajo, que el hombre ha ingeniado. 
Pero de esta afirmación no se puede inferir que estemos ante 
un sistema puramente accidental y artificial, sustituible sin 
más por otro cualquiera. La economía de mercado es fruto de 
un dilatado proceso de evolución. El hombre, en su 
incansable afán por acomodar la propia actuación, del modo 


486 


más perfecto posible, a las inalterables circunstancias del 
medio ambiente, logró al fin descubrir esta salida. La 
economía de mercado es, como si dijéramos, la estrategia que 
ha permitido al hombre prosperar triunfalmente desde el 
primitivo salvajismo hasta alcanzar la actual condición 
civilizada. 


Muchos autores argumentan: el capitalismo es aquel orden 
económico que provocó los magníficos resultados que la 
historia de los últimos doscientos años registra; siendo ello 
así, no hay duda de que ya es hora de superar tal sistema, 
puesto que si ayer fue beneficioso no puede seguir siéndolo en 
la actualidad y, menos aún, en el futuro. Evidentemente, esta 
afirmación choca con los más elementales principios de la 
ciencia experimental. No es necesario volver sobre la cuestión 
de si en las disciplinas referentes a la actividad humana se 
pueden o no aplicar los métodos propios de las ciencias 
naturales experimentales, pues aun cuando resolviéramos 
afirmativamente la interrogante, sería absurdo argúir como lo 
hacen estos experimentalistas al revés. Las ciencias naturales 
razonan diciendo que si a fue ayer válido, mañana lo será 
también. En este terreno no se puede argumentar a la inversa 
y proclamar que puesto que a fue antes válido, no lo será ya 
en el futuro. 


Se suele criticar a los economistas una supuesta 
despreocupación por la historia; en este sentido se afirma que 
glorifican la economía de mercado, considerándola como el 
patrón ideal y eterno de la cooperación social, y se les censura 
por circunscribir el estudio al de los problemas de la 
economía de mercado, despreciando todo lo demás. No 
inquieta a los economistas, se concluye, pensar que el 
capitalismo sólo surgió hace doscientos años, y que, aún hoy, 


487 


tan sólo opera en un área relativamente pequeña del mundo y 
entre grupos minoritarios de la población. Hubo ayer y 
existen actualmente civilizaciones de mentalidad diferente 
que ordenan sus asuntos económicos de modo distinto del 
nuestro. El capitalismo, contemplado sub specie aeternitatis, 
no es más que un fenómeno pasajero, una efímera etapa de la 
evolución histórica, mera época de transición entre un pasado 
precapitalista y un futuro postcapitalista. 


Todas estas críticas son falsas. Cierto que la economía no es 
una rama de la historia o de cualquier ciencia histórica. Es la 
disciplina que estudia la actividad humana, la teoría general 
de las inmutables categorías de la acción y de su 
desenvolvimiento en cualquier supuesto en que el hombre 
actúe. De ahí que sea la herramienta mental imprescindible 
cuando se trata de investigar problemas históricos o 
etnográficos. Pobre habrá de ser la obra del historiador o 
etnógrafo que no aplique en sus trabajos los conocimientos 
que la economía le brinda, pues tal teórico, pese a lo que 
posiblemente crea, no dejará de aplicar las ideas que desprecia 
como meras hipótesis. Retazos confusos e inexactos de 
superficiales teorías económicas tiempo ha descartadas, 
elaboradas por mentes desorientadas antes de la aparición de 
la ciencia económica, presidirán una labor que el investigador 
considerará imparcial, tanto en la recogida de los hechos, 
supuestamente auténticos, como en su ordenación y en las 
conclusiones que de ellos pretenda inferir. 


El análisis de los problemas de la sociedad de mercado, 
única organización de la acción humana que permite aplicar 
el cálculo económico a la planificación de la acción, nos 
faculta para abordar el examen de todos los posibles modos 
de actuar, así como todas las cuestiones económicas con que 


488 


se enfrentan los historiadores y los etnólogos. Los sistemas no 
capitalistas de dirección económica sólo pueden ser 
estudiados bajo el hipotético supuesto de que también ellos 
pueden recurrir a los números cardinales al evaluar la acción 
pretérita y al proyectar la futura. He ahí por qué los 
economistas colocan el estudio de la economía pura de 
mercado en el centro de su investigación. 


No son los economistas, sino sus críticos, quienes carecen 
de «sentido histórico» e ignoran la evolución y el progreso. 
Los economistas siempre advirtieron que la economía de 
mercado es fruto de un largo proceso histórico que se inicia 
cuando la raza humana emerge de entre las filas de otros 
primates. Los partidarios de la corriente erróneamente 
denominada «historicista» se empeñan en desandar el camino 
que tan fatigosamente ha recorrido la evolución humana. De 
ahí que consideren artificiosas e incluso decadentes cuantas 
instituciones no puedan ser retrotraídas al más remoto 
pasado o, incluso, resulten desconocidas para alguna 
primitiva tribu de la Polinesia. Toda institución que los 
salvajes no hayan descubierto la tachan de inútil o 
degenerada. Marx, Engels y los germánicos profesores de la 
Escuela Histórica se entusiasmaban pensando que la 
propiedad privada era «sólo un fenómeno histórico». Tan 
palmaria verdad era para ellos prueba evidente de que sus 
planes socialistas eran realizables!*., 


El genio creador no coincide con sus contemporáneos. En 
tanto en cuanto es adelantado de cosas nuevas y nunca oídas, 
por fuerza ha de repugnarle la sumisa aceptación con que sus 
coetáneos se atienen a las ideas y valores tradicionales. Es para 
él una pura estupidez el rutinario proceder del ciudadano 
corriente, del hombre medio y común. Considera por eso «lo 


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burgués» sinónimo de imbecilidad'”. Los artistas de segunda 


fila que disfrutan copiando los gestos del genio, deseosos de 
olvidar y disimular su propia incapacidad, adoptan también 
idénticas expresiones. Califican de «aburguesado» cuanto les 
molesta y, comoquiera que Marx asimilara el significado de 
«capitalista» al de «burgués», utilizan indistintamente ambos 
vocablos, términos que en todos los idiomas del mundo se 
aplican actualmente a cuanto parece vergonzoso, despreciable 
e infame!''”, Reservan, en cambio, el apelativo «socialista» 
para todo aquello que las masas consideran bueno y digno de 
alabanza. Con frecuencia suele hoy la gente comenzar por 
calificar arbitrariamente de «capitalista» aquello que les 
desagrada, sea lo que fuere, y a renglón seguido deducen de 
tal apelativo la ruindad del objeto en cuestión. 


Esta confusión semántica va más lejos. Sismondi, los 
románticos defensores de las instituciones medievales, los 
autores socialistas, la Escuela Histórica Prusiana y el 
institucionalismo americano adoctrinaron a la gente en el 
sentido de que el capitalismo es un inicuo sistema de 
explotación en el que se sacrifican los vitales intereses de la 
mayoría para favorecer a unos pocos traficantes. Ninguna 
persona honrada puede apoyar régimen tan «insensato». Los 
economistas que aseguran no ser cierto que el capitalismo 
beneficia sólo a una minoría, sino que enriquece a todos, no 
son más que «sicofantes de la burguesía»; una de dos, o son 
obtusos en demasía para advertir la verdad, o son vendidos 
apologistas de los egoístas intereses de clase de los 
explotadores. 


El capitalismo, para esos enemigos de la libertad, de la 
democracia y de la economía de mercado, es la política 
económica que favorece a las grandes empresas y a los 


490 


millonarios. Ante el hecho de que —aun cuando no todos— 
haya capitalistas y enriquecidos empresarios que en la 
actualidad abogan por las medidas restrictivas de la 
competencia y del libre cambio que engendran los 
monopolios esos críticos argumentan como sigue. El 
capitalismo contemporáneo patrocina el proteccionismo, los 
carteles y la supresión de la competencia. Es cierto, agregan, 
que en cierto momento histórico el capitalismo británico 
propugnaba el comercio libre, tanto en la esfera interna como 
en la internacional; pero predicaba esa política porque 
entonces el librecambismo convenía a los intereses de clase de 
la burguesía inglesa. Comoquiera que, modernamente, las 
cosas han variado, las pretensiones de los explotadores al 
respecto también han cambiado. 


Ya anteriormente se hacía notar cómo estas ideas chocan 
tanto con la teoría científica como con la realidad histórical”.. 
Hubo y siempre habrá gentes egoístas cuya ambición les 
induce a pedir protección para sus conquistadas posiciones, 
en la esperanza de lucrarse mediante la limitación de la 
competencia. Al empresario que se nota envejecido y 
decadente y al débil heredero de quien otrora triunfara les 
asusta el ágil parvenu que sale de la nada para disputarles su 
riqueza y su eminente posición. Pero el que llegue a triunfar 
aquella pretensión de anquilosar el mercado y dificultar el 
progreso depende del ambiente social que a la sazón 
prevalezca. La estructura ideológica del siglo xIx, moldeada 
por las enseñanzas de los economistas liberales, impedía que 
prosperaran semejantes exigencias. Cuando los progresos 
técnicos de la época liberal revolucionaron la producción, el 
transporte y el comercio tradicionales, jamás se les ocurrió a 
los perjudicados por estos cambios reclamar proteccionismo, 


491 


pues la opinión pública les hubiera avasallado. Sin embargo, 
hoy en día, cuando se considera deber del estado impedir que 
el hombre eficiente compita con el apático, la opinión pública 
se pone de parte de los poderosos grupos de presión que 
desean detener el desarrollo y el progreso económico. Los 
fabricantes de mantequilla con éxito notable dificultan la 
venta de margarina y los instrumentistas la de las grabaciones 
musicales. Los sindicatos luchan contra la instalación de toda 
maquinaria nueva. No es de extrañar que en tal ambiente los 
empresarios de menor capacidad reclamen protección contra 
la competencia de sus más eficientes rivales. 


La realidad actual podría describirse así. Muchos o algunos 
sectores empresariales han dejado de ser liberales; no abogan 
por la auténtica economía de mercado y la libre empresa; 
reclaman, al contrario, todo género de intervenciones 
estatales en la vida de los negocios. Pero estos hechos no 
autorizan a afirmar que haya variado el capitalismo como 
concepto científico, ni que «el capitalismo en sazón» (mature 
capitalism) —como dicen los americanos— o «el capitalismo 
tardío» (late capitalism) —según la terminología marxista— 
se caracterice por propugnar medidas restrictivas tendentes a 
proteger los derechos un día adquiridos por los asalariados, 
los campesinos, los comerciantes, los artesanos, llegándose 
incluso a veces a defender los intereses creados de capitalistas 
y empresarios. El concepto de capitalismo, como concepto 
económico, es inmutable; si con dicho término algo se quiere 
significar, no puede ser otra cosa que la economía de 
mercado. Al trastrocar la nomenclatura, se descomponen los 
instrumentos semánticos que nos permiten abordar el estudio 
de los problemas que la historia contemporánea y las 
modernas políticas económicas suscitan. Bien a las claras 


492 


resalta lo que se busca con ese confusionismo terminológico. 
Los economistas y políticos que a él recurren tan sólo 
pretenden impedir que la gente advierta qué es, en verdad, la 
economía de mercado. Quieren convencer a las masas de que 
«el capitalismo» es lo que provoca las desagradables medidas 
restrictivas que adopta el gobierno. 


4. LA SOBERANÍA DEL CONSUMIDOR 


En la sociedad de mercado corresponde a los empresarios 
la dirección de los asuntos económicos. Ordenan la 
producción. Son los pilotos que dirigen el navío. A primera 
vista, podría parecemos que son ellos los supremos árbitros. 
Pero no es así. Están sometidos incondicionalmente a las 
órdenes del capitán, el consumidor. Ni los empresarios ni los 
terratenientes ni los capitalistas deciden qué bienes deban ser 
producidos. Eso corresponde exclusivamente a los 
consumidores. Cuando el hombre de negocios no sigue, dócil 
y sumiso, las directrices que, mediante los precios del 
mercado, el público le marca, sufre pérdidas patrimoniales; se 
arruina y acaba siendo relevado de aquella eminente posición 
que ocupaba al timón de la nave. Otras personas, más 
respetuosas con los mandatos de los consumidores, serán 
puestas en su lugar. 


Los consumidores acuden adonde les ofrecen a mejor 
precio las cosas que más desean; comprando y absteniéndose 
de hacerlo, determinan quiénes han de poseer y administrar 


493 


las plantas fabriles y las explotaciones agrícolas. Enriquecen a 
los pobres y empobrecen a los ricos. Precisan con el máximo 
rigor lo que deba producirse, así como la cantidad y calidad 
de las mercancías. Son como jerarcas egoístas e implacables, 
caprichosos y volubles, difíciles de contentar. Sólo su personal 
satisfacción les preocupa. No se interesan ni por méritos 
pasados ni por derechos un día adquiridos. Abandonan a sus 
tradicionales proveedores en cuanto alguien les ofrece cosas 
mejores o más baratas. En su condición de compradores y 
consumidores, son duros de corazón, desconsiderados por lo 
que a los demás se refiere. 


Sólo los vendedores de bienes del primer orden se hallan en 
contacto directo con los consumidores, sometidos a sus 
instrucciones de modo inmediato. Pero trasladan a los 
productores de los demás bienes y servicios los mandatos de 
los consumidores. Los productores de bienes de consumo, los 
comerciantes, las empresas de servicios públicos y los 
profesionales adquieren, en efecto, los bienes que necesitan 
para atender sus respectivos cometidos sólo de aquellos 
proveedores que los ofrecen en mejores condiciones. Porque 
si dejaran de comprar en el mercado más barato y no 
ordenaran convenientemente sus actividades 
transformadoras para dejar atendidas, del modo mejor y más 
barato posible, las exigencias de los consumidores, se verían 
suplantados, por terceros en sus funciones. Los reemplazarían 
otros más eficientes, capaces de comprar y de elaborar los 
factores de producción con técnica más depurada. Puede el 
consumidor dejarse llevar por caprichos y fantasías. En 
cambio, los empresarios, los capitalistas y los explotadores del 
campo están como maniatados; en todas sus actividades se 
ven constreñidos a acatar los mandatos del público 


494 


comprador. En cuanto se apartan de las directrices trazadas 
por la demanda de los consumidores, perjudican sus intereses 
patrimoniales. La más ligera desviación, ya sea voluntaria, ya 
sea debida a error, torpeza o incapacidad, merma el beneficio 
o lo anula por completo. Cuando dicho apartamiento es de 
mayor alcance, aparecen las pérdidas, que volatilizan el 
capital. Sólo ateniéndose rigurosamente a los deseos de los 
consumidores pueden los capitalistas, los empresarios y los 
terratenientes conservar e incrementar su riqueza. No pueden 
incurrir en gasto alguno que los consumidores no estén 
dispuestos a reembolsarles pagando un precio mayor por la 
mercancía de que se trate. Al administrar sus negocios han de 
insensibilizarse y endurecerse, precisamente por cuanto los 
consumidores, sus superiores, son a su vez insensibles y 
duros. 


En efecto, los consumidores determinan no sólo los precios 
de los bienes de consumo, sino también los precios de todos 
los factores de producción, fijando los ingresos de cuantos 
operan en el ámbito de la economía de mercado. Son ellos, no 
los empresarios, quienes, en definitiva, pagan a cada 
trabajador su salario, lo mismo a la famosa estrella 
cinematográfica que a la mísera fregona. Con cada centavo 
que gastan ordenan el proceso productivo y, hasta en los más 
mínimos detalles, la organización de los entes mercantiles. 
Por eso se ha podido decir que el mercado es una democracia 
en la cual cada centavo da derecho a un voto!'”, Más exacto 
sería decir que, mediante las constituciones democráticas, se 
aspira a conceder a los ciudadanos, en la esfera política, 
aquella misma supremacía que, como consumidores, les 
confiere el mercado. Aun así, el símil no es del todo exacto. 
En las democracias, sólo los votos depositados en favor del 


495 


candidato triunfante gozan de efectiva trascendencia política. 
Los votos minoritarios carecen de influjo. En el mercado, por 
el contrario, ningún voto resulta vano. Cada céntimo gastado 
tiene capacidad específica para influir en el proceso 
productivo. Las editoriales atienden los deseos de la mayoría 
publicando novelas policíacas; pero también imprimen 
tratados filosóficos y poesía lírica, de acuerdo con apetencias 
minoritarias. Las panaderías producen no sólo los tipos de 
pan que prefieren las personas sanas, sino también aquellos 
otros que consumen quienes siguen especiales regímenes 
dietéticos. La elección del consumidor cobra virtualidad tan 
pronto como el interesado se decide a gastar el dinero preciso 
en la consecución de su objetivo. 


Es cierto que en el mercado los consumidores no disponen 
todos del mismo número de votos. Los ricos pueden 
depositar más sufragios que los pobres. Ahora bien, dicha 
desigualdad no es más que el fruto de una votación previa. 
Dentro de una economía pura de mercado sólo se enriquece 
quien sabe atender los deseos de los consumidores. Y, para 
conservar su fortuna, el rico no tiene más remedio que 
perseverar abnegadamente en el servicio de estos últimos. 


De ahí que los empresarios y quienes poseen los medios 
materiales de producción puedan ser considerados como 
unos meros mandatarios o representantes de los 
consumidores, cuyos poderes son objeto a diario de 
revocación o reconfirmación. 

Sólo hay en la economía de mercado una excepción a esa 
total sumisión de la clase propietaria a la supremacía de los 
consumidores. En efecto, los precios de monopolio quiebran 
el dominio del consumidor. 


496 


El empleo metafórico de la terminología política 


Las instrucciones dadas por los empresarios en la dirección de sus negocios son 
audibles y visibles. Cualquiera las advierte. Hasta el botones sabe quién manda y 
dirige la empresa. En cambio, se precisa una mayor perspicacia para captar la 
relación de dependencia en que se encuentra el empresario con respecto al mercado. 
Las órdenes de los consumidores no son tangibles, no las registran los sentidos 
corporales. De ahí que muchos sean incapaces de advertir su existencia, incurriendo 
en el grave error de suponer que empresarios y capitalistas vienen a ser autócratas 


irresponsables que a nadie dan cuenta de sus actos! 1?! 


Esta mentalidad se originó en la costumbre de emplear, al tratar del mundo 
mercantil, términos y expresiones políticas y militares. Se suele denominar reyes o 
magnates a los empresarios más destacados y sus empresas se califican de imperios y 
reinos. Nada habría que oponer a tales expresiones si no fueran más que 
intrascendentes metáforas. Pero lo grave es que provocan graves falacias que 
perturban torpemente el pensamiento actual. 


El gobierno no es más que un aparato de compulsión y de coerción. Su poderío le 
permite hacerse obedecer por la fuerza. El gobernante, ya sea un autócrata, ya sea un 
representante del pueblo, mientras goce de fuerza política, puede aplastar al rebelde. 


Totalmente distinta a la del gobernante es la posición de empresarios y 
capitalistas en la economía de mercado. El «rey del chocolate» no goza de poder 
alguno sobre los consumidores, sus clientes. Se limita a proporcionarles chocolate 
de la mejor calidad al precio más barato posible. Desde luego, no gobierna a los 
adquirentes; antes al contrario, se pone a su servicio. No depende de él una clientela 
que libremente puede ir a comprar a otros comercios. Su hipotético «reino» se 
esfuma en cuanto los consumidores prefieren gastarse los cuartos con distinto 
proveedor. Menos aún «reina» sobre sus operarios. No hace más que contratar los 
servicios de éstos, pagándoles exactamente lo que los consumidores están dispuestos 
a reembolsarle al comprar el producto en cuestión. Los capitalistas y empresarios no 
conocen el poderío político. Hubo una época en que, en las naciones civilizadas de 
Europa y América, los gobernantes no intervenían seriamente en el funcionamiento 
del mercado. Esos mismos países se hallan hoy dirigidos por partidos hostiles al 
capitalismo, por gentes convencidas de que cuanto más perjudiquen los intereses de 
capitalistas y empresarios, tanto más prosperarán los humildes. 


En un sistema de libre economía de mercado, ninguna ventaja pueden los 
capitalistas y empresarios derivar del cohecho de funcionarios y políticos. Por otra 
parte, éstos tampoco pueden coaccionar a aquéllos ni exigirles nada. En los países 
dirigistas, por el contrario, existen poderosos grupos de presión que bregan 
buscando privilegios para sus componentes, a costa siempre de otros grupos o 
personas más débiles. En tal ambiente, no es de extrañar que los hombres de 
empresa intenten protegerse contra los abusos administrativos comprando a los 


497 


funcionarios. Es más, una vez habituados a este método, raro será que por su parte 
no busquen también privilegios personales sirviéndose del mismo. Pero ni siquiera 
esa solución de origen dirigista entre los funcionarios públicos y los empresarios 
arguye en el sentido de que estos últimos sean omnipotentes y gobiernen el país. 
Porque son los consumidores, es decir, los supuestamente gobernados, no los en 
apariencia gobernantes, quienes aprontan las sumas que luego se dedicarán a la 
corrupción y al cohecho. 

Ya sea por razones morales, ya sea por miedo, en la práctica, la mayoría de los 
empresarios rehúye tan torpes maquinaciones. Por medios limpios y democráticos 
pretenden defender el sistema de empresa libre y protegerse contra las medidas 
discriminatorias. Forman asociaciones patronales e intentan influir en la opinión 
pública. Pero la verdad es que no son muy brillantes los resultados que de esta 
suerte han conseguido, como lo demuestra el triunfo por doquier de la política 
anticapitalista. Lo más que lograron fue retrasar momentáneamente la implantación 
de algunas medidas intervencionistas especialmente nocivas. 

Los demagogos tergiversan esta situación del modo más burdo. Pregonan a los 
cuatro vientos que las asociaciones de banqueros e industriales son, en todas partes, 
los verdaderos gobernantes, que imperan incontestados en la llamada 
«plutodemocracia». Ahora bien, basta un simple repaso de la serie de leyes 
anticapitalistas dictadas durante las últimas décadas en todo el mundo para 
demostrar lo infundado de semejantes leyendas. 


5. LA COMPETENCIA 


Predominan en la naturaleza irreconciliables conflictos de 
intereses. Los medios de subsistencia resultan escasos. El 
incremento de las poblaciones animales tiende a superar las 
existencias alimenticias. Sólo sobreviven los más fuertes. Es 
implacable el antagonismo que surge entre la fiera que va a 
morir de hambre y aquella otra que le arrebata el alimento 
salvador. 


La cooperación social bajo el signo de la división del 


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trabajo elimina tales rivalidades. Desaparece la hostilidad y en 
su lugar surge la colaboración y la mutua asistencia que une a 
quienes integran la sociedad en una comunidad de empresa. 


Cuando hablamos de competencia en el mundo zoológico 
nos referimos a esa rivalidad que surge entre los brutos en 
busca del imprescindible alimento. Podemos calificarla de 
competencia biológica, que no debe confundirse con la 
competencia social, es decir, la que se entabla entre quienes 
desean alcanzar los puestos mejores dentro de un orden 
basado en la cooperación. Puesto que la gente siempre 
estimará en más unos puestos que otros, los hombres 
competirán invariablemente entre sí tratando cada uno de 
superar a sus rivales. De ahí que no quepa imaginar tipo 
alguno de organización social dentro del cual no haya 
competencia. Para representamos un sistema sin 
competencia, habremos de imaginar una república socialista 
en la cual la ambición personal de los súbditos no facilitara 
indicación alguna al jefe acerca de sus respectivas 
aspiraciones cuando de asignar posiciones y cometidos se 
tratara. En esa imaginaria construcción, la gente sería 
totalmente apática e indiferente y nadie perseguiría ningún 
puesto específico, viniendo a comportarse como aquellos 
sementales que no compiten entre sí cuando el propietario 
elige a uno para cubrir a su mejor yegua. Tales personas, sin 
embargo, habrían dejado de ser hombres actuantes. 


La competencia cataláctica es emulación entre gentes que 
desean mutuamente sobrepasarse. A pesar de ello, no se trata 
de una lucha, aun cuando es frecuente, tratándose de la 
competencia del mercado, hablar en sentido metafórico de 
«guerras», «conflictos», «ataques» y «defensas», «estrategias» 
y «tácticas». Conviene destacar que quienes pierden en esa 


499 


emulación cataláctica no por ello resultan objeto de 
aniquilación; quedan simplemente relegados a otros puestos, 
más conformes con su ejecutoria e inferiores a los que habían 
pretendido ocupar. 


En un sistema totalitario la competencia social se 
manifiesta en la pugna por conseguir los favores de quienes 
detentan el poder. En la economía de mercado, por el 
contrario, brota cuando los diversos vendedores rivalizan los 
unos con los otros por procurar a la gente los mejores y más 
baratos bienes y servicios, mientras los compradores porfían 
entre sí ofreciendo los precios más atractivos. Al tratar de esta 
competencia social, que podemos denominar competencia 
cataláctica, conviene guardarse de ciertos errores, por 
desgracia hoy en día harto extendidos. 


Los economistas clásicos propugnaban la abolición de 
todas las barreras mercantiles que impedían a los hombres 
competir en el mercado. Tales medidas restrictivas — 
aseguraban dichos precursores— sólo servían para desviar la 
producción de los lugares más idóneos a otros de peor 
condición y para amparar al hombre ineficiente frente al de 
mayor capacidad, provocándose así una tendencia a la 
pervivencia de anticuados y torpes métodos de producción. 
Por tales vías lo único que se hacía era restringir la 
producción, con la consiguiente rebaja del nivel de vida. Para 
enriquecer a todo el mundo —concluían los economistas— 
todo el mundo debería ser libre de competir con los demás. 
En tal sentido emplearon el término libre competencia. No 
había nada de metafísico en el empleo del término libre. 
Abogaban por la supresión de cuantos privilegios vedaban el 
acceso a determinadas profesiones y a ciertos mercados. Vano 
es, por tanto, todo ese alambicado discurrir sobre las 


500 


implicaciones metafísicas del adjetivo libre aplicado a la 
competencia; tales cuestiones no guardan relación alguna con 
el problema cataláctico que nos ocupa. 


Tan pronto como entran en juego las condiciones 
naturales, la competencia sólo puede ser «libre» respecto a 
aquellos factores de producción que no son escasos y por lo 
tanto no son objeto de la acción humana. En el mundo 
cataláctico, la competencia se halla siempre limitada por la 
insoslayable escasez de todos los bienes y servicios 
económicos. Incluso en ausencia de las barreras 
institucionales erigidas con miras a restringir el número de 
posibles competidores, jamás las circunstancias permiten que 
todos puedan competir en cualquier sector del mercado, sea 
el que fuere. Sólo determinados grupos, relativamente 
restringidos, pueden entrar en competencia. 


La competencia cataláctica —nota característica de la 
economía de mercado— es un fenómeno social. No implica 
derecho alguno, garantizado por el estado y las leyes, que 
posibilite a cada individuo elegir ad libitum el puesto que más 
le agrada en la estructura de la división del trabajo. 
Corresponde exclusivamente a los consumidores determinar 
la misión que cada persona haya de desempeñar en la 
sociedad. Comprando o dejando de comprar, los 
consumidores señalan la respectiva posición social de la 
gente. Tal supremacía no resulta menoscabada por privilegio 
alguno concedido a nadie en cuanto productor. El acceso a 
una determinada rama industrial virtualmente es libre, pero 
sólo se accede a la misma si los consumidores desean que sea 
ampliada la producción en cuestión o si los nuevos 
industriales son capaces de desplazar a los antiguos 
satisfaciendo de un modo mejor o más económico los deseos 


501 


de los consumidores. Una mayor inversión de capital y 
trabajo, en efecto, únicamente resultaría oportuna si 
permitiera atender las más urgentes de las todavía 
insatisfechas necesidades de los consumidores. Si las 
explotaciones existentes bastan de momento, sería un 
evidente despilfarro invertir mayores sumas en la misma 
rama industrial, dejando desatendidas otras posibilidades más 
urgentes. La estructura de los precios es precisamente lo que 
induce a los nuevos inversores a atender nuevos cometidos. 


Conviene subrayar este punto para poder comprender la 
raíz de muchas de las más frecuentes quejas que hoy se 
formulan acerca de la imposibilidad de competir. Hace unos 
cincuenta años solía decirse que no se podía competir con las 
compañías ferroviarias; es imposible asaltar sus conquistadas 
posiciones creando nuevas líneas competitivas; en el terreno 
del transporte terrestre, la libre competencia ha desaparecido. 
Pero la verdad era que, en términos generales, a la sazón 
bastaban las líneas existentes. Por lo tanto, era más rentable 
invertir los nuevos capitales en la mejora de los servicios 
ferroviarios ya existentes o en otros negocios antes que en la 
construcción de nuevos ferrocarriles. Pero ello en modo 
alguno impidió el progreso técnico del transporte. La 
magnitud y «poder económico» de las compañías ferroviarias 
no perturbó la aparición del automóvil ni del avión. 


Lo mismo opina hoy la gente respecto a varias ramas 
mercantiles atendidas por grandes empresas: no se puede 
impugnar su posición, pues son demasiado grandes y 
poderosas. Pero competencia no significa que cualquiera 
pueda enriquecerse simplemente a base de imitar lo que los 
demás hacen. Significa, en cambio, oportunidad para servir a 
los consumidores de un modo mejor o más barato, 


502 


oportunidad que no han de poder enervar quienes vean sus 
intereses perjudicados por la aparición del innovador. Lo que 
en mayor grado precisa ese nuevo empresario que quiere 
asaltar posiciones ocupadas por firmas de antiguo 
establecidas es inteligencia e imaginación. En el caso de que 
sus ideas permitan atender las necesidades más urgentes y 
todavía insatisfechas de los consumidores, o se pueda con 
ellas brindar a éstos precios más económicos que los exigidos 
por los antiguos proveedores, el nuevo empresario triunfará 
inexorablemente pese a la importancia y fuerza de las 
empresas existentes. 


No hay que confundir la competencia cataláctica con los 
combates de boxeo o los concursos de belleza. Mediante tales 
luchas y certámenes lo que se pretende es determinar quién es 
el mejor boxeador o la muchacha más guapa. La función 
social de la competencia cataláctica, en cambio, no estriba en 
decidir quién sea el más listo, recompensándole con títulos y 
medallas. Lo único que se desea es garantizar la mejor 
satisfacción posible de los consumidores, dadas las específicas 
circunstancias económicas concurrentes. 


La igualdad de oportunidades carece de importancia en los 
combates pugilísticos y en los certámenes de belleza, como en 
cualquier otra esfera en que se plantee competencia, ya sea de 
índole biológica o social. La inmensa mayoría, en razón a 
nuestra estructura fisiológica, tenemos vedado el acceso a los 
honores reservados a los grandes púgiles y a las reinas de la 
beldad. Son muy pocos los que en el mercado laboral pueden 
competir como cantantes de ópera o estrellas de la pantalla. 
Para la investigación teórica, las mejores oportunidades las 
tienen los profesores universitarios. Miles de ellos, sin 
embargo, pasan sin dejar rastro alguno en el mundo de las 


503 


ideas y de los avances científicos, mientras muchos outsiders 
suplen con celo y capacidad su desventaja inicial y, mediante 
magníficos trabajos, logran conquistar fama. 


Suele criticarse el que en la competencia cataláctica no sean 
iguales las oportunidades de todos los que en la misma 
intervienen. Los comienzos, posiblemente, sean más difíciles 
para el muchacho pobre que para el hijo del rico. Lo que pasa 
es que a los consumidores no les importan un bledo las 
respectivas bases de partida de sus suministradores. Les 
preocupa tan sólo conseguir la más perfecta satisfacción 
posible de las propias necesidades. Si la transmisión 
hereditaria funciona eficazmente, la prefieren a otros sistemas 
menos eficientes. Lo contemplan todo desde el punto de vista 
de la utilidad y el bienestar social y se desentienden de unos 
supuestos, imaginarios e impracticables derechos «naturales» 
que facultarían a los hombres para competir entre sí con las 
mismas oportunidades respectivas. La plasmación práctica de 
tales ideas implicaría, precisamente, dificultar la actuación de 
quienes nacieron dotados de superior inteligencia y voluntad, 
lo cual sería a todas luces absurdo. 


Suele hablarse de competencia como antítesis del 
monopolio. En tales casos, sin embargo, el término 
monopolio se emplea con distintos significados que conviene 
precisar. 

La primera acepción de monopolio, que es la más frecuente 
en el uso popular del término, supone que el monopolista, ya 
sea un individuo o un grupo, goza de control absoluto y 
exclusivo sobre alguno de los factores imprescindibles para la 
supervivencia humana. Tal monopolista podría condenar a la 
muerte por inanición a todos los que no obedecieran sus 
órdenes. Dictaría sus Órdenes y los demás no tendrían otra 


504 


alternativa que someterse o morir. Bajo tal monopolio ni 
habría mercado ni competencia cataláctica de género alguno. 
De un lado, estaría el monopolista, dueño y señor, y, de otro, 
el resto de los mortales, simples esclavos enteramente 
dependientes de los favores del primero. No es necesario 
insistir en este tipo de monopolio, totalmente ajeno a la 
economía de mercado. En la práctica, un estado socialista 
universal disfrutaría de ese monopolio total y absoluto; podría 
aplastar a cualquier oponente, condenándole a morir de 
hambre!'*. 


La segunda acepción del término monopolio difiere de la 
primera en que describe una situación compatible con las 
condiciones de una economía de mercado. El monopolista en 
este sentido es una persona o un grupo de individuos, que 
actúan de consuno, que controlan en exclusiva la oferta de 
determinada mercancía. Definido así el monopolio, su ámbito 
aparece en verdad extenso. Los productos industriales, aun 
perteneciendo a la misma clase, difieren entre sí. Los artículos 
de una factoría jamás son idénticos a los obtenidos en otra 
planta similar. Cada hotel goza, en su específico 
emplazamiento, de evidente monopolio. La asistencia de un 
médico o un abogado no es jamás idéntica a la de otro 
compañero de profesión. Salvo en el terreno de determinadas 
materias primas, artículos alimenticios y algunos otros bienes 
de uso muy extendido, el monopolio, en el sentido expuesto, 
aparece por doquier. 


Ahora bien, el monopolio como tal carece de significación 
e importancia en el funcionamiento del mercado y en la 
determinación de los precios. Por sí solo no otorga al 
monopolista ventaja alguna en relación con la colocación de 
su producto. La propiedad intelectual concede a todo 


505 


versificador un monopolio sobre la venta de sus poemas. Ello, 
sin embargo, no influye en el mercado. Pese a tal monopolio, 
frecuentemente ocurre que el bardo no halle a ningún precio 
comprador para su producción, viéndose finalmente obligado 
a vender sus libros al peso. 


El monopolio en esta segunda acepción que estamos 
examinando sí influye en la estructura de los precios cuando 
la curva de la demanda de la mercancía monopolizada adopta 
una determinada configuración. Si las circunstancias 
concurrentes son tales que le permiten al monopolista 
cosechar un beneficio neto superior vendiendo menos a 
mayor precio que vendiendo más a precio inferior, surge el 
llamado precio de monopolio, más elevado de lo que lo sería el 
precio potencial del mercado en el caso de no existir tal 
situación monopolística. Los precios de monopolio son un 
factor de graves repercusiones en el mercado; por el 
contrario, el monopolio como tal no tiene trascendencia, 
cobrándola únicamente cuando con él aparecen los precios de 
monopolio. 


Los precios que no son de monopolio suelen denominarse 
de competencia. Si bien es discutible la conveniencia de dicha 
calificación, como quiera que ha sido aceptada de modo 
amplio y general, sería difícil intentar ahora cambiarla. 
Debemos, sin embargo, procurar guardarnos contra una 
torpe interpretación de tal expresión. En efecto, sería un grave 
error deducir de la confrontación de los términos precios de 
monopolio y precios de competencia que aquéllos surgen 
cuando no hay competencia. Porque competencia cataláctica 
siempre existe en el mercado. Ejerce la misma influencia 
decisiva tanto en la determinación de los precios de 
monopolio como en la de los de competencia. Es 


506 


precisamente la competencia que se entabla entre todas las 
demás mercancías por atraerse los dineros de los 
compradores la que da aquella configuración especial a la 
curva de la demanda que permite la aparición del precio de 
monopolio, impeliendo al monopolista a proceder como lo 
hace. Cuanto más eleve el monopolista su precio de venta, 
mayor será el número de potenciales compradores que 
canalizarán sus fondos hacia la adquisición de otros bienes. 
Todas las mercancías compiten entre sí en el mercado. 


Hay quienes afirman que la teoría cataláctica de los precios 
de nada sirve cuando se trata de analizar el mundo real, por 
cuanto la competencia nunca fue en verdad «libre» o, al 
menos, no lo es ya en nuestra época. Yerran gravemente 
quienes así piensan'"”, Interpretan torcidamente la realidad y, 
a fin de cuentas, lo que sucede es que desconocen en qué 
consiste realmente la competencia. La historia de las últimas 
décadas es un rico muestrario de todo género de 
disposiciones tendentes a  restringirla. Mediante tales 
disposiciones se ha querido privilegiar a ciertos sectores 
fabricantes, protegiéndoles contra la competencia de sus más 
eficientes rivales. Dicha política, en muchos casos, ha 
permitido la aparición de los presupuestos ineludibles para 
que surjan los precios de monopolio. En otros no fueron ésos 
los efectos provocados, vedándose simplemente a numerosos 
capitalistas, empresarios, campesinos y obreros el acceso a 
aquellos sectores desde los cuales hubieran servido mejor a 
sus conciudadanos. La competencia cataláctica, desde luego, 
ha sido gravemente restringida; a pesar de todo, operamos 
todavía bajo una economía de mercado, aunque siempre 
saboteada por la injerencia estatal y sindical. Pervive el 
sistema de la competencia cataláctica, si bien la productividad 


507 


del trabajo ha quedado gravemente reducida. 


Mediante tales medidas anticompetitivas lo que de verdad 
se quiere es reemplazar el capitalismo por un sistema de 
planificación socialista en el que no haya competencia 
cataláctica alguna. Los dirigistas, mientras vierten lágrimas de 
cocodrilo por la desaparición de la competencia, hacen 
cuanto pueden por abolir este nuestro «loco» sistema 
competitivo. En algunos países han alcanzado ya sus 
objetivos. En el resto del mundo, de momento, sólo han 
logrado restringir la competencia en determinados sectores e 
incrementarla en otras ramas mercantiles. 


Las fuerzas que pretenden coartar la competencia 
desempeñan hoy un gran papel. Es un gran tema que la 
historia de nuestra época analizará en su día. La teoría 
económica, sin embargo, no tiene por qué dedicarle especial 
atención. El que florezcan por doquier las barreras tarifarias, 
los privilegios, los carteles, los monopolios estatales y los 
sindicatos es un hecho que la futura historia económica 
recogerá. Pero su interpretación no precisa de especiales 
teoremas. 


6. LA LIBERTAD 


Filósofos y juristas, una y otra vez, a lo largo de la historia 
del pensamiento humano, han pretendido definir y precisar el 
concepto de libertad, cosechando, sin embargo, bien pocos 
éxitos en estos sus esfuerzos. 


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La idea de libertad sólo cobra sentido en la esfera de las 
relaciones interhumanas. No han faltado, ciertamente, 
escritores que encomiaran una supuesta libertad originaria o 
natural, de la cual habría disfrutado el hombre mientras vivió 
en aquel quimérico «estado de naturaleza» anterior al 
establecimiento de las relaciones sociales. Pero lo cierto es que 
tales fabulosos individuos o clanes familiares, autárquicos e 
independientes, gozarían de libertad sólo mientras, en su 
deambular por la faz de la tierra, no vinieran a tropezarse con 
los contrapuestos intereses de otros más poderosos. En la 
desalmada competencia del mundo biológico el más fuerte 
lleva siempre la razón y el débil no puede más que entregarse 
incondicionalmente. Nuestros primitivos antepasados 
ciertamente no nacieron libres. 


De ahí que, como decíamos, sólo en el marco de una 
organización social pueda hablarse con fundamento de 
libertad. Consideramos libre, desde un punto de vista 
praxeológico, al hombre cuando puede optar entre actuar de 
un modo o de otro, es decir, cuando puede personalmente 
determinar sus objetivos y elegir los medios que estime 
mejores. Sin embargo, la libertad humana se halla limitada 
inexorablemente tanto por las leyes físicas como por las leyes 
praxeológicas. Vano es para los humanos pretender alcanzar 
metas entre sí incompatibles. Hay placeres que provocan 
perniciosos efectos en los órganos físicos y mentales del 
hombre: si el sujeto se procura tales gratificaciones, sufrirá 
inexcusablemente sus consecuencias. Carecería de sentido 
decir que no es libre una persona simplemente porque no 
puede, digamos, drogarse sin sufrir los inconvenientes del 
caso. La gente reconoce y admite las limitaciones que las leyes 
físicas imponen; en cambio, se resiste por lo general a acatar 


509 


la no menor inflexibilidad de las leyes praxeológicas. 


El hombre no puede pretender, por un lado, disfrutar de las 
ventajas que implica la pacífica colaboración en sociedad bajo 
la égida de la división del trabajo y permitirse, por otro, 
actuaciones que forzosamente han de desintegrar tal 
cooperación. Ha de optar entre atenerse a aquellas normas 
que permiten el mantenimiento del régimen social o soportar 
la inseguridad y la pobreza típicas de la «vida arriesgada» en 
perpetuo conflicto de todos contra todos. Esta ley del convivir 
humano es no menos inquebrantable que cualquier otra ley 
de la naturaleza. 


Y, sin embargo, existe notable diferencia entre los efectos 
provocados por la infracción de las leyes praxeológicas y la de 
las leyes físicas. Ambos tipos de normas son autoimpositivas 
en el sentido de que no precisan, a diferencia de las leyes 
promulgadas por el hombre, de poder alguno que cuide de su 
cumplimiento. Pero los efectos que el individuo provoca al 
incumplir unas y otras son distintos. Quien ingiere un veneno 
letal sólo se perjudica a sí mismo. En cambio, quien, por 
ejemplo, recurre al robo, desordena y perjudica a la sociedad 
en su conjunto. Mientras únicamente disfruta él de las 
ventajas inmediatas y a corto plazo de su acción, las 
perniciosas consecuencias sociales de la misma dañan a la 
comunidad toda. Precisamente consideramos delictivo tal 
actuar por resultar nocivo para la colectividad. Si la sociedad 
no evita esa conducta, se generalizará y hará imposible la 
convivencia, con lo que la gente se verá privada de todas las 
ventajas que supone la cooperación social. 

Para que la cooperación social y la civilización puedan 
establecerse y pervivir, es preciso adoptar medidas que 
impidan a los seres antisociales destruir todo eso que el 


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género humano consiguió a lo largo del dilatado proceso que 
va desde la época Neanderthal hasta nuestros días. Con miras 
a mantener esa organización social, gracias a la cual el 
hombre evita ser tiranizado por sus semejantes de mayor 
fuerza o habilidad, es preciso instaurar los sistemas represivos 
de la actividad antisocial. La paz pública —es decir, la 
evitación de una perpetua lucha de todos contra todos— sólo 
es asequible si se establece un orden en el que haya un ente 
que monopolice la violencia y disponga de una organización 
de mando y coerción, la cual, sin embargo, sólo debe 
intervenir cuando lo autoricen las leyes debidamente 
promulgadas, que, naturalmente, no deben confundirse ni 
con las físicas ni con las praxeológicas. Lo que caracteriza a 
todo orden social es precisamente la existencia de esa 
institución autoritaria e impositiva que denominamos 
gobierno. 


Las palabras libertad y sumisión cobran sentido sólo 
cuando se enjuicia el modo de actuar del gobernante con 
respecto a sus súbditos. Sería estúpido decir que el hombre no 
es libre porque no puede impunemente preferir como bebida 
el cianuro potásico al agua. No menos errado sería negar la 
condición de libre al individuo a quien la acción estatal 
impide asesinar a sus semejantes. Mientras el gobierno, es 
decir, el aparato social de autoridad y mando, limita sus 
facultades de coerción y violencia a impedir la actividad 
antisocial, prevalece eso que acertadamente denominamos 
libertad. Lo único que en tal supuesto queda vedado al 
hombre es aquello que forzosamente ha de desintegrar la 
cooperación social y destruir la civilización retrotrayendo al 
género humano al estado prevalente cuando el homo sapiens 
hizo su aparición en el reino animal. “Tal coerción no puede 


511 


decirse que venga a limitar la libertad del hombre, pues, aun 
en ausencia de un estado que obligue a respetar la ley, no 
podría el individuo pretender disfrutar de las ventajas del 
orden social y al tiempo dar rienda suelta a sus instintos 
animales de agresión y rapacidad. 


En una economía de mercado, es decir, en una 
organización social del tipo laissez faire, existe una esfera 
dentro de la cual el hombre puede optar por actuar de un 
modo o de otro, sin temor a sanción alguna. Cuando, en 
cambio, el gobierno extiende su campo de acción más allá de 
lo que exige el proteger a la gente contra el fraude y la 
violencia de los seres antisociales, restringe de inmediato la 
libertad del individuo en grado superior a aquél en que, por sí 
solas, la limitarían las leyes praxeológicas. Es por eso por lo 
que podemos calificar de libre el estado bajo el cual la 
discrecionalidad del particular para actuar según estime 
mejor no se halla interferida por la acción estatal en mayor 
medida de la que, en todo caso, lo estaría por las normas 
praxeológicas. 


Consideramos, consecuentemente, libre al hombre en el 
marco de la economía de mercado. Lo es, en efecto, toda vez 
que la intervención estatal no cercena su autonomía e 
independencia más allá de lo que ya lo estarían en virtud de 
insoslayables leyes praxeológicas. A lo único que, bajo tal 
organización, el ser humano renuncia es a vivir como un 
irracional, sin preocuparse de la coexistencia de otros seres de 
su misma especie. A través del estado, es decir, del 
mecanismo social de autoridad y fuerza, se consigue paralizar 
a quienes por malicia, torpeza o inferioridad mental no logran 
advertir que determinadas actuaciones destructivas del orden 
social no sirven sino para, en definitiva, perjudicar tanto a sus 


312 


autores como a todos los miembros de la comunidad. 


Llegados a este punto, parece obligado examinar la 
cuestión, más de una vez suscitada, de si el servicio militar y la 
imposición fiscal suponen o no limitación de la libertad del 
hombre. Es cierto que, si por doquier fueran reconocidos los 
principios de la economía de mercado, no habría jamás 
necesidad de recurrir a la guerra y los pueblos vivirían en 
perpetua paz tanto interna como external'”, Pero la realidad 
de nuestro mundo consiste en que todo pueblo libre vive hoy 
bajo permanente amenaza de agresión por parte de diversas 
autocracias totalitarias. Si tal nación no quiere sucumbir, ha 
de hallarse en todo momento debidamente preparada para 
defender su independencia con las armas. Así las cosas, no 
puede decirse que aquel gobierno que obliga a todos a 
contribuir al esfuerzo común de repeler al agresor y, al efecto, 
impone el servicio militar a cuantos gozan de las necesarias 
fuerzas físicas está exigiendo más de lo que la ley praxeológica 
de por sí sola requeriría. El pacifismo absoluto e 
incondicionado, en nuestro actual mundo, pleno de matones 
y tiranos sin escrúpulos, implica entregarse en brazos de los 
más despiadados opresores. Quien ame la libertad debe 
hallarse siempre dispuesto a luchar hasta la muerte contra 
aquéllos que sólo desean suprimirla. Como quiera que, en la 
esfera bélica, los esfuerzos del hombre aislado resultan vanos, 
es forzoso encomendar al estado la organización de las 
oportunas fuerzas defensivas. Porque la misión fundamental 
del gobierno consiste en proteger el orden social no sólo 
contra los forajidos del interior, sino también contra los 
asaltantes de fuera. Quienes hoy se oponen al armamento y al 
servicio militar son cómplices, posiblemente sin que ellos 
mismos se den cuenta, de gente que sólo aspira a esclavizar al 


513 


mundo entero. 


La financiación de la actividad gubernamental, el 
mantenimiento de los tribunales, de la policía, del sistema 
penitenciario, de las fuerzas armadas exige la inversión de 
enormes sumas. Imponer a tal objeto contribuciones fiscales 
en modo alguno supone menoscabar la libertad que el 
hombre disfruta bajo una economía de mercado. No es 
necesario advertir que esta necesidad en ningún caso puede 
aducirse como justificación de esa tributación expoliatoria y 
discriminatoria a la que hoy recurren todos los sedicentes 
gobiernos progresistas. Conviene insistir sobre esto, ya que en 
esta nuestra época intervencionista, caracterizada por el 
continuo «avance» hacia el totalitarismo, lo normal es que los 
gobiernos empleen su poder tributario para desarticular la 
economía de mercado. 


Toda ulterior actuación del estado, una vez ha adoptado las 
medidas necesarias para proteger debidamente el mercado 
contra la agresión, tanto interna como externa, no supone 
sino sucesivos pasos por el camino que indefectiblemente 
aboca al totalitarismo, donde la libertad desaparece por 
entero. 


De libertad sólo disfruta quien vive en una sociedad 
contractual. La cooperación social, bajo el signo de la 
propiedad privada de los medios de producción, implica que 
el individuo, dentro del ámbito del mercado, no se vea 
constreñido a obedecer ni a servir a ningún jerarca. Cuando 
suministra y atiende a los demás, procede voluntariamente, 
con miras a que sus beneficiados conciudadanos también le 
sirvan a él. Se limita a intercambiar bienes y servicios, no 
realiza trabajos coactivamente impuestos, ni soporta cargas y 
gabelas. No es que ese hombre sea independiente. Depende de 


514 


los demás miembros de la sociedad. Tal dependencia, sin 
embargo, es recíproca. El comprador depende del vendedor, y 
éste de aquél. 


Numerosos escritores de los siglos xIx y xx, obsesivamente, 
pretendieron desnaturalizar y ensombrecer el anterior 
planteamiento, tan claro y evidente. El obrero —aseguraron— 
se encuentra a merced de su patrono. Cierto es que, en una 
sociedad contractual, el patrono puede despedir al asalariado. 
Lo que pasa es que, en cuanto de modo extravagante y 
arbitrario haga uso de ese derecho, lesionará sus propios 
intereses patrimoniales. Se perjudicará a sí mismo al despedir 
a un buen operario, tomando en su lugar otro de menor 
capacidad. El funcionamiento del mercado no impide de un 
modo directo lesionar caprichosamente al semejante; se limita 
a castigar una tal conducta. El tendero, si quiere, puede tratar 
con malos modos a su clientela, bien entendido que habrá de 
atenerse a las consecuencias. Los consumidores, por simple 
manía, pueden rehuir y arruinar a un buen suministrador, 
pero habrán de soportar el correspondiente coste. No es la 
compulsión y coerción ejercidas por gendarmes, verdugos y 
jueces lo que en el ámbito de mercado constriñe a todos a 
servir dócilmente a los demás, domeñando el innato impulso 
hacia la despótica perversidad; es el propio egoísmo lo que 
induce a la gente a proceder de esa manera. El individuo que 
forma parte de una sociedad contractual es libre por cuanto 
sólo sirviendo a los demás se sirve a sí mismo. La escasez, 
fenómeno natural, es el único dogal que le domeña. Por lo 
demás, en el ámbito del mercado es libre. 


No hay más libertad que la que engendra la economía de 
mercado. En una sociedad hegemónica y totalitaria, el 
individuo goza de una sola libertad que no le puede ser 


515 


cercenada: la del suicidio. 


El estado, es decir, el aparato social de coerción y 
compulsión, por fuerza ha de ser un vínculo hegemónico. Si 
los gobernantes estuvieran facultados para ampliar ad libitum 
su esfera de poder, podrían aniquilar el mercado, 
reemplazándolo por un socialismo totalitario. Para evitarlo, es 
preciso limitar el poder del estado. He ahí el objetivo que 
persiguen todas las constituciones, leyes y declaraciones de 
derechos. Conseguirlo fue la aspiración del hombre en todas 
las luchas que ha mantenido por la libertad. 


En este sentido tienen razón los enemigos de la libertad al 
calificarla de invento «burgués» y al denigrar como 
puramente negativas las medidas ingeniadas para protegerla 
mejor. En la esfera del estado y del gobierno, cada libertad 
implica una específica restricción impuesta al ejercicio del 
poder político. 

No habría sido necesario ocuparnos de estos hechos si no 
fuera porque los partidarios de la abolición de la libertad 
provocaron deliberadamente en esta materia una confusión 
semántica. Advertían que sus esfuerzos habían de resultar 
vanos si abogaban lisa y llanamente por un régimen de 
sujeción y servidumbre. El ideal de libertad gozaba de tal 
prestigio que ninguna propaganda podía menguar su 
popularidad. Desde tiempos inmemoriales, Occidente ha 
valorado la libertad como el bien más precioso. La 
preeminencia occidental se basó precisamente en esa su 
obsesiva pasión por la libertad, ideal social totalmente 
desconocido por los pueblos orientales. La filosofía social de 
Occidente es esencialmente la filosofía de la libertad. La 
historia de Europa, así como la de aquellos pueblos que 
formaron emigrantes europeos y sus descendientes en otras 


516 


partes del mundo, casi no es más que una continua lucha por 
la libertad. Un individualismo «a ultranza» caracteriza a 
nuestra civilización. Ningún ataque lanzado directamente 
contra la libertad individual podía prosperar. 


De ahí que los defensores del totalitarismo prefirieran 
adoptar otra táctica. Se dedican a tergiversar el sentido de las 
palabras. Califican de libertad auténtica y genuina la de 
quienes viven bajo un régimen que no concede a sus súbditos 
más derechos que el de obedecer. En Estados Unidos, se 
llaman a sí mismos verdaderos liberales porque se esfuerzan 
en implantar semejante orden social. Califican de 
democráticos los dictatoriales métodos rusos de gobierno; 
aseguran que el régimen de violencia y coacción propugnado 
por los sindicatos es «democracia industrial»; afirman que es 
libre la persona cuando sólo al gobierno compete decidir qué 
libros o revistas podrán publicarse; definen la libertad como el 
derecho a proceder «rectamente», reservándose en exclusiva 
la facultad de determinar qué es «lo recto». Sólo la 
omnipotencia gubernamental asegura, en su opinión, la 
libertad. Luchar por la libertad, para ellos, consiste en 
conceder a la policía poderes omnímodos. 


La economía de mercado, proclaman estos sedicentes 
liberales, otorga libertad tan sólo a una clase: a la burguesía, 
integrada por parásitos y explotadores. Estos bergantes gozan 
de libertad plena para esclavizar a las masas. El trabajador no 
es libre; trabaja sólo para enriquecer al amo, al patrono. Los 
capitalistas se apropian de aquello que, con arreglo a 
inalienables e imprescriptibles derechos del hombre, 
corresponde al obrero. El socialismo proporcionará al 
trabajador libertad y dignidad verdaderamente humanas al 
impedir que el capital siga esclavizando a los humildes. 


517 


Socialismo significa emancipar al hombre común; quiere 
decir libertad para todos. Y, además, representa riqueza para 
todos. 


Estas ideas han podido triunfar porque no se les opuso 
eficaz crítica racional. Hubo, ciertamente, economistas que 
supieron demostrar brillantemente sus crasos errores e 
íntimas contradicciones. Pero la gente prefiere ignorar las 
enseñanzas de la economía y, además, los argumentos 
normalmente esgrimidos frente al socialismo por el político o 
el escritor medio son flojos o irrelevantes. Es inútil aducir un 
supuesto «derecho natural» del individuo a la propiedad 
cuando el contrincante lo que predica es que la igualdad de 
rentas es el «derecho natural» fundamental de la gente. Es 
imposible resolver por esa vía tales controversias. A nada 
conduce atacar al socialismo criticando simples 
circunstancias y detalles sin trascendencia del programa 
marxista. No es posible refutar el socialismo limitándose a 
atacar su posición frente a la religión, el matrimonio, el 
control de la natalidad, el arte, etc. Aparte de que, en estas 
materias, frecuentemente los propios críticos del socialismo 
también se equivocan. 


Pese a esos graves errores de muchos defensores de la 
libertad económica, no era posible a la larga escamotear a 
todos la realidad íntima del socialismo. Incluso los más 
fanáticos planificadores se vieron obligados a admitir que su 
programa implicaba abolir muchas de las libertades que la 
gente disfruta bajo el capitalismo y la «plutodemocracia». Al 
verse dialécticamente vencidos, inventaron un nuevo 
subterfugio. La única libertad que es preciso abolir, dijeron, es 
esa falsa libertad «económica» de los capitalistas que tanto 
perjudica a las masas. Toda libertad ajena a la esfera 


518 


puramente «económica» no sólo se mantendrá, sino que 
prosperará. «Planificar para la libertad» («Planning for 
Freedom») es el último eslogan ingeniado por los partidarios 
del totalitarismo y de la rusificación de todos los pueblos. 


La falacia de este argumento deriva de la espuria distinción 
entre el mundo «económico» y el mundo «no económico». A 
este respecto, no es preciso agregar nada a lo ya dicho en otras 
partes de este libro. Sin embargo, hay un punto sobre el que sí 
conviene insistir. 


La libertad de que disfrutó la gente en los países 
democráticos de Occidente durante la época del viejo 
liberalismo no fue producto de las constituciones, las 
declaraciones de derechos del hombre, las leyes o los 
reglamentos. Mediante tales documentos se aspiraba 
simplemente a proteger la libertad surgida del 
funcionamiento de la economía de mercado contra los 
atropellos de los funcionarios públicos. No hay gobierno ni 
constitución alguna que pueda por sí garantizar la libertad si 
no ampara y defiende las instituciones fundamentales en que 
se basa la economía de mercado. Gobernar implica siempre 
recurrir a la coacción y a la fuerza, por lo cual, 
inevitablemente, la acción estatal viene a ser la antítesis de la 
libertad. El gobierno aparece como defensor de la libertad y 
su acción resulta compatible con el mantenimiento de ésta 
sólo cuando se delimita y restringe convenientemente la 
órbita estatal en provecho de la libertad económica. Las leyes 
y constituciones más generosas, cuando desaparece la 
economía de mercado, no son más que letra muerta. 

La libertad que bajo el capitalismo conoce el hombre es 
fruto de la competencia. El obrero, para trabajar, no ha de 
ampararse en la magnanimidad de su patrono. Si éste no le 


519 


admite, encontrará a muchos deseosos de contratar sus 
servicios''”, El consumidor tampoco se halla a merced del 
suministrador. Puede perfectamente acudir al que más le 
plazca. Nadie tiene por qué besar las manos ni temer la 
iracundia de los demás. Las relaciones interpersonales son de 
carácter mercantil. El intercambio de bienes y servicios es 
siempre mutuo; ni al vender ni al comprar se pretende hacer 
favores; el egoísmo personal de ambos contratantes origina la 
transacción y el recíproco beneficio. 


Cierto es que el individuo, en cuanto se lanza a producir, 
pasa a depender de la demanda de los consumidores, ya sea 
de modo directo, como es el caso del empresario, ya sea 
indirectamente, como sucede con el obrero. Pero esta 
sumisión a la voluntad de los consumidores en modo alguno 
es absoluta. Nada le impide a uno rebelarse contra tal 
soberanía si, por razones subjetivas, prefiere hacerlo. En el 
ámbito del mercado, todo el mundo tiene derecho, sustancial 
y efectivo, a oponerse a la opresión. Nadie se ve constreñido a 
producir armas o bebidas alcohólicas, si ello disgusta a su 
conciencia. Quizás el atenerse a esas convicciones pueda 
costar caro; ahora bien, no hay objetivo alguno en este mundo 
cuya consecución no sea costosa. Queda en manos del 
interesado el optar entre el bienestar material, de un lado, y lo 
que él considera su deber, de otro. Dentro de la economía de 
mercado, cada uno es árbitro supremo en lo atinente a su 
satisfacción personal'*, 


La sociedad capitalista no cuenta con otro medio para 
obligar a la gente a cambiar de ocupación o de lugar de 
trabajo que el de recompensar con mayores ingresos a 
quienes acatan dócilmente los deseos de los consumidores. Es 
precisamente esta inducción la que muchos estiman 


520 


insoportable, confiando que desaparecerá bajo el socialismo. 
Quienes así piensan son obtusos en exceso para advertir que 
la única alternativa posible estriba en otorgar a las 
autoridades plenos poderes para que, sin apelación, decidan 
en qué cometidos y en qué lugar haya de trabajar cada uno. 


No es menos libre el individuo en cuanto consumidor. 
Resuelve él, de modo exclusivo, qué cosas le agradan más y 
cuáles menos. Es él personalmente quien decide cómo ha de 
gastar su dinero. 


Sustituir la economía de mercado por la planificación 
económica implica anular toda libertad y deja al individuo un 
único derecho: el de obedecer. Las autoridades, que gobiernan 
los asuntos económicos, vienen a controlar efectivamente la 
vida y las actividades todas del hombre. Erígense en único 
patrono. El trabajo, en su totalidad, equivale a trabajo 
forzado, ya que el asalariado ha de conformarse con lo que el 
superior se digne concederle. La jerarquía económica dispone 
qué cosas pueden consumir las masas y en qué cuantía. En 
ningún sector de la vida humana las decisiones obedecen a los 
juicios personales de valoración. Las autoridades asignan su 
tarea a cada uno; le adiestran para la misma y se sirven de él 
donde y como mejor creen. 

Tan pronto como se anula esa libertad económica que el 
mercado confiere a quienes en él participan, todas las 
libertades políticas, todos los derechos del hombre, se 
convierten en pura farsa. El habeas corpus y la institución del 
jurado se convierten en simple superchería cuando, bajo el 
pretexto de que así se sirve mejor los supremos intereses 
económicos, las autoridades pueden, sin apelación, deportar 
al polo o al desierto o condenar a trabajos forzados de por 
vida a quien les desagrade. La libertad de prensa no es más 


PA | 


que vana entelequia cuando el poder público controla 
efectivamente las imprentas y fábricas de papel, y lo mismo 
sucede con todos los demás derechos del hombre. 


La gente es libre en aquella medida en que cada uno puede 
organizar su vida como considere mejor. Las personas cuyo 
futuro depende del criterio de unas autoridades inapelables, 
que monopolizan toda posibilidad de planear, no son, desde 
luego, libres en el sentido que al vocablo atribuyó todo el 
mundo hasta que la revolución semántica de nuestros días 
produjera la moderna confusión de las lenguas. 


7. LA DESIGUALDAD DE RENTAS Y PATRIMONIOS 


La desigualdad de rentas y patrimonios es una nota típica 
de la economía de mercado. 


Muchos autores han hecho notar la incompatibilidad de la 
libertad y la igualdad de rentas y patrimonios. No es necesario 
examinar aquí los argumentos emocionales que se esgrimen 
en tales escritos. Tampoco vale la pena entrar a dilucidar si la 
renuncia a la libertad permitiría uniformar rentas y 
patrimonios, ni inquirir si la sociedad podría pervivir sobre la 
base de semejante igualdad. De momento nos interesa tan 
sólo examinar la función que en la sociedad de mercado 
desempeña esa desigualdad de ingresos y fortunas. 

En la sociedad de mercado se recurre a la coacción y 
compulsión directa sólo para atajar las acciones perjudiciales 
para la cooperación social. Por lo demás, la policía no 


222 


interfiere en la vida de los ciudadanos. Quien respeta la ley no 
tiene por qué temer a la autoridad pública. La presión 
necesaria para inducir a la gente a contribuir al esfuerzo 
productivo común se ejerce a través de los precios del 
mercado. Dicha inducción es de tipo indirecto; consiste en 
premiar la contribución de cada uno a la producción 
proporcionalmente al valor que los consumidores atribuyen a 
la misma. Sobre la base de recompensar las diversas 
actuaciones individuales con arreglo a su respectivo valor, se 
deja que cada uno decida libremente en qué medida va a 
emplear sus facultades y conocimientos para servir a su 
prójimo. Por supuesto, este método no compensa la posible 
incapacidad personal del sujeto. Pero induce a todo el mundo 
a aplicar sus conocimientos y aptitudes, cualesquiera que 
sean, con el máximo celo. 


La única alternativa a ese apremio crematístico del 
mercado es aplicar la coacción y compulsión directa de la 
fuerza policial. Las autoridades deben decidir por sí solas qué 
cantidad y tipo de trabajo debe realizar cada uno. Puesto que 
las condiciones personales de la gente son distintas, el mando 
tiene que valorar previamente la capacidad individual de 
todos los ciudadanos. De este modo el hombre queda 
asimilado al recluso, a quien se le asigna una determinada 
tarea, y, cuando el sujeto no cumple con el trabajo asignado a 
gusto de la autoridad, recibe el oportuno castigo. 


Es importante advertir la diferencia entre recurrir a la 
violencia para evitar la acción criminal y la coacción 
empleada para obligar a una persona a cumplir determinada 
tarea. En el primer caso, lo único que se exige al individuo es 
que no realice un cierto acto, taxativamente precisado por la 
ley. Generalmente, es fácil comprobar si el mandato legal ha 


523 


sido o no respetado. En el segundo supuesto, por el contrario, 
se obliga al sujeto a realizar determinada obra; la ley le exige, 
de un modo indefinido, aportar su capacidad laboral, 
correspondiendo al jerarca el decidir cuándo ha sido 
debidamente cumplimentada la orden. El interesado debe 
atenerse a los deseos de la superioridad, resultando 
extremadamente arduo decidir si la empresa que el poder 
ejecutivo encomienda al actor se adapta a sus facultades y si la 
misma se ha realizado poniendo el sujeto de su parte cuanto 
puede. La conducta y la personalidad del ciudadano quedan 
sometidas a la voluntad de las autoridades. Cuando, en la 
economía de mercado, se trata de enjuiciar una acción 
criminal, el acusador ha de probar la responsabilidad del 
encartado; tratándose, en cambio, de la realización de un 
trabajo forzado, es el propio acusado quien debe mostrar que 
la labor era superior a sus fuerzas y que ha puesto de su parte 
cuanto podía. En la persona del jerarca económico se 
confunden las funciones de legislador y de ejecutor de la 
norma legal; las de fiscal y juez. El «acusado» está a la merced 
del funcionario. Eso es lo que la gente entiende por falta de 
libertad. 


Ningún sistema de división social del trabajo puede 
funcionar sin un mecanismo que apremie a la gente a trabajar 
y a contribuir al común esfuerzo productivo. Si no se quiere 
que dicha inducción sea practicada por la propia estructura 
de los precios del mercado y la correspondiente diversidad de 
rentas y fortunas, es preciso recurrir a la violencia, es decir, a 
los métodos de opresión típicamente policiales. 


524 


8. LA PÉRDIDA Y LA GANANCIA EMPRESARIAL 


El beneficio, en sentido amplio, es la ganancia derivada de 
la acción; es el incremento de satisfacción (reducción de 
malestar) alcanzado; es la diferencia entre el mayor valor 
atribuido al resultado logrado y el menor asignado a lo 
sacrificado para conseguirlo. En otras palabras, beneficio es 
igual a rendimiento menos coste. La acción tiene 
invariablemente por objetivo obtener beneficio. Cuando, 
mediante nuestra actividad, no logramos alcanzar la meta 
propuesta, el rendimiento, o bien no es superior al coste 
invertido, o bien resulta inferior al mismo; supuesto éste en 
que aparece la pérdida, o sea, la disminución de nuestro 
estado de satisfacción. 


Pérdidas y ganancias, en este primer sentido, son 
fenómenos puramente psíquicos y como tales no pueden ser 
objeto de medida ni hay forma semántica alguna que permita 
al sujeto describir a terceros su intensidad. Puede una persona 
decir que a le gusta más que b; pero le resulta imposible, a no 
ser de manera muy vaga e imprecisa, indicar en cuanto supera 
la satisfacción derivada de a a la provocada por b. 


En la economía de mercado, todas aquellas cosas que son 
objeto de compraventa por dinero tienen sus respectivos 
precios monetarios. A la luz del cálculo monetario, el 
beneficio aparece como superávit entre el montante cobrado 
y las sumas invertidas, mientras que las pérdidas equivalen a 
un excedente del dinero gastado con respecto a lo percibido. 
De este modo se puede cifrar tanto la pérdida como la 
ganancia en concretas sumas dinerarias. Puede decirse, en 
términos monetarios, cuánto ha ganado o perdido cada actor. 
No obstante, esta afirmación para nada alude a la pérdida o la 


22) 


ganancia psíquica del interesado; se refiere exclusivamente a 
un fenómeno social, al valor que a la contribución del actor al 
esfuerzo común conceden los demás miembros de la 
sociedad. Nada cabe, en este sentido, predicar acerca del 
incremento o disminución de la satisfacción personal del 
sujeto ni acerca de su felicidad. Nos limitamos a consignar en 
cuánto valoran los demás su contribución a la cooperación 
social. En definitiva, la valoración es función del deseo de 
todos y cada uno de los miembros de la sociedad por alcanzar 
el máximo beneficio psíquico posible. Es la resultante del 
combinado efecto de todos los juicios subjetivos y las 
valoraciones personales de la gente tal como quedan 
reflejadas en el mercado a través de la conducta de cada uno. 
Sin embargo, esta valoración no debe confundirse con los 
juicios de valor propiamente dichos. 

No podemos ni siquiera imaginar un mundo en el cual la 
gente actuara sin perseguir beneficio psíquico alguno y donde 
la acción no provocara la correspondiente ganancia oO 
pérdida'”. En la imaginaria construcción de una economía de 
giro uniforme no existen, ciertamente, ni beneficios ni 
pérdidas dinerarias totales. Pero no por ello deja el actor de 
derivar provecho propio de su actuar, pues en otro caso no 
habría actuado. El ganadero alimenta y ordeña a sus vacas y 
vende la leche, ya que valora en más las cosas que puede 
comprar con el dinero así obtenido que los costes que para 
ello ha tenido que afrontar. La ausencia tanto de ganancias 
como de pérdidas monetarias que se registra en el sistema de 
giro uniforme se debe a que, dejando de lado el mayor valor 
de los bienes presentes con respecto a los bienes futuros, el 
precio íntegro de todos los factores complementarios 
requeridos para la producción de que se trate es exactamente 


526 


igual al precio del producto terminado. 


En el cambiante mundo de la realidad, continuamente 
reaparecen disparidades entre ese total formado por los 
precios de los factores complementarios de producción y el 
precio del producto terminado. Son tales disparidades las que 
provocan la aparición de beneficios y pérdidas dinerarias. 
Más adelante veremos cómo dichas diferencias afectan a 
quienes venden trabajo o factores originales (naturales) de 
producción y a los capitalistas que prestan su dinero. De 
momento, limitamos nuestra atención a las pérdidas y a las 
ganancias empresariales. Es a ellas a las que la gente alude 
cuando, en lenguaje vulgar, se habla de pérdidas y ganancias. 


El empresario, como todo hombre que actúa, es siempre un 
especulador. Pondera circunstancias futuras, y por ello 
invariablemente inciertas. El éxito o fracaso de sus 
operaciones depende de la justeza con que haya discernido 
tales inciertos eventos. Está perdido si no logra entrever lo 
que mañana sucederá. La única fuente de la que brota el 
beneficio del empresario es su capacidad para prever, con 
mayor justeza que los demás, la futura demanda de los 
consumidores. Si todo el mundo fuera capaz de anticipar 
correctamente el futuro estado del mercado en lo que respecta 
a determinada mercancía, el precio de la misma coincidiría, 
desde ahora, con el precio de los factores de producción 
necesarios. Ni pérdidas ni beneficios tendrían quienes se 
lanzasen a dicha fabricación. 

La función empresarial típica consiste en determinar el 
empleo que deba darse a los factores de producción. El 
empresario es aquella persona que da a cada uno de ellos su 
destino específico. Su egoísta deseo de cosechar beneficios y 
acumular riquezas le impele a proceder de tal suerte. Pero 


527 


nunca puede eludir la ley del mercado. Para cosechar éxitos, 
no tiene más remedio que atender los deseos de los 
consumidores del modo más perfecto posible. Las ganancias 
dependen de que éstos aprueben su conducta. 


Conviene distinguir netamente las pérdidas y las ganancias 
empresariales de otras circunstancias que pueden influir en 
los ingresos del empresario. 


Su capacidad técnica o sus conocimientos científicos no 
tienen ningún influjo en la aparición de la pérdida o la 
ganancia típicamente empresarial. El incremento de los 
ingresos y beneficios del empresario debido a su propia 
competencia tecnológica, desde un punto de vista cataláctico, 
no puede considerarse más que como una pura retribución a 
determinado servicio. Estamos, a fin de cuentas, ante un 
salario pagado al empresario por una determinada 
contribución laboral. De ahí que igualmente carezca de 
importancia, por lo que atañe a las ganancias y pérdidas 
propiamente empresariales, el que, debido a circunstancias 
técnicas, a veces los procesos de producción no generen el 
resultado apetecido. Tales fracasos pueden ser evitables o 
inevitables. En el primer caso, aparecen por haberse aplicado 
una técnica imperfecta. Las pérdidas resultantes han de 
achacarse a la personal incapacidad del empresario, es decir, a 
su ignorancia técnica o a su inhabilidad para procurarse los 
oportunos asesores. En el segundo supuesto, el fracaso se 
debe a que, de momento, los conocimientos humanos no 
permiten controlar las circunstancias de las que depende el 
éxito. Y esto puede acontecer, ya sea porque ignoremos, en 
grado mayor o menor, qué factores provocan el efecto 
apetecido, ya sea porque no podamos controlar algunas de 
dichas circunstancias pese a sernos conocidas. En el precio de 


528 


los factores de producción se descuenta esa imperfección de 
nuestros conocimientos y habilidades técnicas. El precio de la 
tierra de labor refleja de antemano el hecho de que la cosecha 
pueda a veces perderse; en consecuencia, el terreno de cultivo 
se valora con arreglo al previsto futuro rendimiento medio de 
la parcela. Por lo mismo, tampoco influye en las ganancias y 
pérdidas empresariales el que la ruptura de algunas botellas 
restrinja el volumen de vino de champaña producido. Ese 
hecho es un factor más de los que determinan los costes de 
producción y los precios del champaña””, 


Los accidentes que afectan al proceso de producción, a los 
medios o a los productos terminados mientras sigan éstos en 
poder del empresario son un capítulo más de los costes de 
producción. La experiencia que proporcionan al interesado 
los conocimientos técnicos le informa también acerca de la 
disminución media de la producción industrial que dichos 
accidentes pueden provocar. Mediante las oportunas 
previsiones contables, trasmuta tales azares en costes 
regulares de producción. Cuando se trata de siniestros raros y 
en exceso impredecibles para que una empresa corriente 
pueda preverlos, se asocian los comerciantes formando un 
grupo suficientemente amplio que permita abordar el 
problema. Se agrupan para afrontar el peligro de incendio, de 
inundación y otros siniestros análogos. En tales casos, las 
primas de los seguros sustituyen a los fondos de previsión 
antes mencionados. Conviene notar que la posibilidad de 
riesgos y accidentes en ningún caso suscita incertidumbre en 
el desenvolvimiento de los progresos tecnológicos'”'!. Si el 
empresario deja de tomar debidamente en cuenta dichas 
posibilidades, no hace más que subrayar su ignorancia 
técnica. Las pérdidas que, en su consecuencia, soporte habrán 


329 


de achacarse exclusivamente a semejante impericia, nunca a 
su actuación como tal empresario. 


La eliminación de los empresarios incapaces de dar a sus 
empresas el grado adecuado de eficiencia tecnológica o cuya 
ignorancia tecnológica vicia el cálculo de costes se realiza en 
el mercado por los mismos cauces que se siguen para apartar 
del mundo de los negocios a quienes fracasan en las 
actuaciones típicamente empresariales. Puede suceder que 
determinado empresario acierte de tal modo en su función 
empresarial que logre compensar las pérdidas provocadas por 
sus errores técnicos. A la inversa, también se dan casos de 
empresarios que logran compensar sus equivocaciones de 
índole empresarial con una extraordinaria pericia técnica o 
manifiesta superioridad de la renta diferencial de los factores 
de producción que emplea. En todo caso, conviene separar y 
distinguir las diversas funciones que deben atenderse en la 
gestión de una empresa. El empresario de superior capacidad 
técnica gana más que otro de inferior preparación, por lo 
mismo que el obrero mejor dotado percibe más salario que su 
compañero de menor eficacia. La máquina más perfecta o la 
parcela más fértil rinden más por unidad de coste; es decir, 
comparativamente a la máquina menos eficiente o a la tierra 
de menor feracidad, las primeras producen una renta 
diferencial. Ese mayor salario y esa mayor renta es, ceteris 
paribus, la consecuencia de una producción material superior. 
En cambio, las ganancias y pérdidas especificamente 
empresariales no son función de la cantidad material 
producida. Dependen exclusivamente de haber sabido 
adaptar la producción a las más urgentes necesidades de los 
consumidores. Su cuantía no es sino consecuencia de la 
medida en que el empresario acierta o se equivoca al prever el 


530 


futuro estado —por fuerza incierto— del mercado. 


El empresario está expuesto también a riesgos políticos. Las 
actuaciones gubernamentales, las revoluciones y las guerras 
pueden perjudicar oO arruinar sus negocios. Tales 
acontecimientos, sin embargo, no le atañen a él solo; afectan a 
todo el mercado y al conjunto de la gente, si bien a unos más 
y a otros menos. Son para el empresario simples 
circunstancias que no está en su mano alterar. Si es hábil, 
sabrá anticiparse oportunamente a ellas. Naturalmente, no 
siempre podrá ordenar su proceder de suerte que evite las 
pérdidas. Cuando los peligros vislumbrados afecten a una 
parte sólo de la zona geográfica en que opera, podrá 
replegarse a territorios menos amenazados. Ahora bien, si, 
por cualquier razón, no puede huir, nada podrá hacer. Aun 
cuando todos los empresarios estuvieran convencidos de la 
inminencia de la victoria bolchevique, no por ello 
abandonarían las actividades empresariales. El prever la 
inmediata acción confiscatoria induciría a los capitalistas a 
consumir sus haberes. Los empresarios acomodarían sus 
actuaciones a la situación del mercado provocada por este 
consumo de capital y la amenaza de nacionalización de sus 
industrias y comercios. Pero no por ello dejarían de actuar. 
Aun en el caso de que algunos abandonaran la palestra, otros 
—gentes nuevas o empresarios antiguos que ampliarían su 
esfera de acción— ocuparían los puestos abandonados. En 
una economía de mercado siempre habrá empresarios. Las 
medidas anticapitalistas privarán indudablemente a los 
consumidores de inmensos beneficios que sobre ellos hubiera 
derramado una actividad empresarial libre de trabas. El 
empresario no desaparecerá mientras no sea totalmente 
suprimida la economía de mercado. 


531 


La incertidumbre acerca de la futura estructura de la oferta 
y la demanda es el venero de donde brota, en definitiva, la 
ganancia y la pérdida empresarial. 


Si todos los empresarios fueran capaces de prever 
exactamente el futuro estado del mercado, no habría lugar 
para la pérdida o la ganancia. Los precios de todos los factores 
de producción reflejarían ya hoy íntegramente el precio 
futuro de los correspondientes productos terminados. El 
empresario, al adquirir los factores de producción, habría de 
pagar (descontada la diferencia de valor que siempre ha de 
existir entre bienes presentes y bienes futuros) lo mismo que 
los compradores le abonarían más tarde por la mercancía. El 
empresario gana cuando logra prever, con mayor justeza que 
los demás, las futuras circunstancias del mercado. Entonces 
compra los factores complementarios de producción a unos 
precios cuya suma, incluyendo el descuento de la diferencia 
temporal, es inferior a la que obtendrá por el producto. 


Si pretendemos imaginar una economía cambiante en la 
cual no haya ni pérdida ni ganancia, debemos partir de un 
supuesto irrealizable: la perfecta previsión del futuro por 
parte de todos. Si los primitivos cazadores y pescadores a los 
que se suele atribuir la primitiva acumulación de elementos 
de producción fabricados por el hombre hubieran conocido 
por adelantado todas las futuras vicisitudes de los asuntos 
humanos, y si tanto ellos como sus descendientes hasta el día 
del juicio, disfrutando todos de la misma omnisciencia, 
hubieran valorado los factores de producción de acuerdo con 
este conocimiento, nunca se hubieran producido pérdidas ni 
ganancias. Las pérdidas y las ganancias empresariales surgen 
de la discrepancia entre los precios previstos y los 
efectivamente pagados más tarde por el mercado. 


292 


Se puede, naturalmente, confiscar los beneficios 
cosechados por uno y transferirlos a otro. Ahora bien, en un 
mundo cambiante que no esté poblado por seres 
omniscientes jamás pueden desaparecer las pérdidas ni las 
ganancias. 


9. Las PÉRDIDAS Y GANANCIAS EMPRESARIALES 
EN UNA ECONOMÍA PROGRESIVA 


En la imaginaria construcción de una economía 
estacionaria, las ganancias totales de los empresarios se 
igualan a las pérdidas totales sufridas por la clase empresarial. 
En definitiva, lo que un empresario gana se compensa con lo 
que otro pierde. Lo que en conjunto gastan los consumidores 
en la adquisición de cierta mercancía queda balanceado por la 
reducción de lo gastado en la adquisición de otros bienes!” 


Nada de esto sucede en una economía progresiva. 


Consideramos progresivas aquellas economías en las cuales 
se aumenta la cuota de capital por habitante. Al emplear este 
término en modo alguno expresamos un juicio de valor. Ni en 
un sentido «materialista» pretendemos decir sea buena esa 
progresiva evolución ni tampoco, en sentido «idealista», 
aseguramos que sea nociva o, en todo caso, intrascendente, 
contemplada desde «un punto de vista más elevado». Los 
hombres en su inmensa mayoría consideran que el desarrollo, 
en este sentido, es lo mejor y aspiran vehementemente a unas 
condiciones de vida que sólo en una economía progresiva 


533 


pueden darse. 


Los empresarios, en una economía estacionaria, al practicar 
sus típicas actuaciones, únicamente pueden detraer factores 
de producción —siempre y cuando todavía sean convertibles 
y quepa destinarlos a nuevos usos!”— de un sector industrial 
para utilizarlos en otro diferente o destinar las sumas con que 
cabría compensar el desgaste padecido por los bienes de 
capital durante el curso del proceso de producción a la 
ampliación de ciertas ramas mercantiles a expensas de otras. 
En cambio, cuando se trata de una economía progresiva, la 
actividad empresarial debe ocuparse, además, de determinar 
el empleo que deba darse a los adicionales bienes de capital 
originados por el ahorro. La inyección en la economía de 
estos bienes de capital adicionales implica incrementar las 
rentas disponibles, o sea, posibilitar la ampliación de la 
cuantía de los bienes de consumo que pueden ser 
efectivamente consumidos, sin que ello implique reducción 
del capital existente, lo cual impondría una restricción de la 
producción futura. Dicho incremento de renta se origina, 
bien ampliando la producción sin modificar los 
correspondientes métodos, o bien perfeccionando los 
sistemas técnicos mediante adelantos que no hubiera sido 
posible aplicar de no existir esos supletorios bienes de capital. 


De esa adicional riqueza procede aquella porción de los 
beneficios empresariales totales en que éstos superan las 
totales pérdidas empresariales. Y es fácil demostrar que la 
cuantía de esos mayores beneficios percibidos por los 
empresarios jamás puede absorber la totalidad de la adicional 
riqueza obtenida gracias a los progresos económicos. La ley 
del mercado distribuye dicha riqueza adicional entre los 
empresarios, los trabajadores y los propietarios de 


534 


determinados factores materiales de producción en forma tal 
que la parte del león se la llevan siempre los no empresarios. 


Conviene advertir ante todo que el beneficio empresarial 
no es nunca un fenómeno permanente sino transitorio. Hay 
en el mercado una insoslayable tendencia a la supresión tanto 
de las ganancias como de las pérdidas. El funcionamiento del 
mercado apunta siempre hacia determinados precios últimos 
y cierto estado final de reposo. Si no fuera porque el cambio 
de circunstancias perturba continuamente esa tendencia, 
obligando a reajustar la producción a las nuevas 
circunstancias, el precio de los factores de producción — 
descontado el elemento tiempo— acabaría igualándose al de 
las mercancías producidas, con lo cual desaparecería el 
margen en que se traduce la ganancia o la pérdida. El 
incremento de la productividad, a la larga, beneficia 
exclusivamente a los trabajadores y a ciertos terratenientes y 
propietarios de bienes de capital. 


Entre estos últimos se benefician: 


1. Aquellas personas cuyo ahorro incrementó la cantidad 
de bienes de capital disponibles. Poseen esa riqueza adicional, 
fruto de la restricción de su consumo. 


2. Los propietarios de los bienes de capital existentes con 
anterioridad, bienes que gracias al perfeccionamiento de los 
métodos de producción pueden ser aprovechados ahora 
mejor. Tales ganancias, desde luego, sólo son transitorias. 
Irán esfumándose, pues desatan una tendencia a ampliar la 
producción de los bienes de capital. 

Pero, por otro lado, el incremento cuantitativo de los 
bienes de capital disponibles reduce la utilidad marginal de 
los propios bienes de capital; tienden a la baja los precios de 
los mismos, resultando perjudicados, en consecuencia, los 


29) 


intereses de aquellos capitalistas que no participaron, o al 
menos no suficientemente, en la actividad ahorradora y en la 
de creación de esos nuevos bienes de capital. 


Entre los terratenientes se benefician quienes, gracias a las 
nuevas disponibilidades de capital, ven incrementada la 
productividad de sus campos, bosques, pesquerías, minas, etc. 
En cambio, salen perdiendo aquellos cuyos fondos 
posiblemente resulten submarginales en razón al incremento 
de la productividad de otros bienes raíces. 


Todos los trabajadores, en cambio, derivan ganancias 
perdurables, al incrementarse la utilidad marginal del trabajo. 
Es cierto que, de momento, algunos pueden verse 
perjudicados. En efecto, es posible que haya gente 
especializada en determinados trabajos que, a causa del 
progreso técnico, tal vez dejen de interesar económicamente 
si las condiciones personales de tales individuos no les 
permiten trabajar en otros cometidos mejor retribuidos; 
posiblemente habrán de contentarse —pese al alza general de 
los salarios— con puestos peor pagados que los que 
anteriormente ocupaban. 

Todos estos cambios de los precios de los factores de 
producción se registran desde el mismo momento en que los 
empresarios inician su acción para acomodar la producción a 
la nueva situación. Al igual que sucede cuando se analizan 
otros diversos problemas relativos a la variación de las 
circunstancias